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[Fantasía Épica] Prisma: El Cisne Negro.
#11
Me gustado la historia, es interesante y bien escrita, aunque el primer capitulo tiene algunos problemas que ya fueron mencionados, tambien hay muchos nombres y uno puede confundirlos al principio. Esta se ve interesante, continuala.

Pd: ¿Que tal vas con el mapa?

Saludos.
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#12
CAPÍTULO 3. El camino se desvía.


El traqueteo de las ruedas contra la calzada era muy molesto, pensó. Por suerte, y pese a las calamidades del camino al fin había llegado y estaba en un estado presentable, con un moño de pelo blanco trenzado con exquisitez sobre la coronilla, y un vestido de tela y lino importados de las ciudades libres de Thamara que parecía centellear cuando lo alcanzaba un rayo de sol.

El carruaje se detuvo en un cruce con un camino bastante más angosto. Atravesaban un bosque frondoso, y aunque más allá los troncos eran pequeños y endebles y se entreveían las suaves colinas de la capital, los árboles aún se retorcían en formas imposibles, formando una bóveda de hojas que difuminaba la luz del cielo y daba cobijos a los pájaros cantores que mataban el silencio con sus agudas vocecitas.

A los pies de la pequeña puerta le aguardaba un hombre fornido que vestía cota de malla. Agria puso un pie fuera y se ayudó de su mano para bajar. No quería manchar los pliegues del vestido, así que se lo levantó hasta las rodillas y mandó a uno de los sirvientes que sostuviera la cola. Sí, allí era. Al final del sendero se erguía una casa de madera bastante vieja, casi decrépita en medio de un lodazal, acompañada del esqueleto de piedra de una antigua torre que vertía su sombra sobre las vallas torcidas que delimitaban la finca. Pudo distinguir una luz tras las ventanas ennegrecidas y caminó con determinación hacia el lejano porche.

Miró al cielo para adivinar el tiempo y descubrió el sol en lo alto, glorioso como si fuera oro fundido, indicando el mediodía. El funeral aún era a la mañana siguiente, de modo que si se daba prisa podría llegar para el anochecer.

De dentro venían unas voces. Aguardó unos segundos a que sus guardaespaldas la alcanzasen y entonces abrió la puerta, que crujió lentamente revelando un ambiente sobrio y cargado de alcohol. La luz del día vertió su sombra alargada sobre los tablones de madera enmohecida del suelo y un poco más allá entrevió el contorno de una barra repleta de jarras y botellas de cristal que centelleaban vacías. Había un tímido jaleo que se extinguió lentamente, al mismo tiempo que la puerta abierta permitía respirar al salón.

-¿Quién va? -las voces callaron y la pregunta resonó como una advertencia hueca de significado, pero Agria no vaciló y se adelantó un paso. A su derecha había varias mesas redondas bastante brutas en su forma y unas figuras amortajadas que se sentaban a ellas. Uno de sus hombres entró y llevó la mano al mango de la espada.

-Busco a Sarn Tres-dedos. Traigo una carta que ha de entregar, y un saco con dinero -alzó la voz en el crepitante silencio y su sonido de serpiente silbó en el aire unos segundos hasta extinguirse. Por un momento pensó que nadie hablaba su idioma. Entonces, un par de hombres se levantaron. Lo supo por el sonido de las sillas, pues acostumbrada a la luz del mediodía sus ojos azules apenas vislumbraban unas sombras maltrechas amontonadas en las esquinas. Aguzó la vista y vio que alguien más se incorporaba en silencio.

-¿Y quién es esta putilla? -roncó uno mientras se le acercaba a lady Agria. El guardaespaldas desenvainó la espada y la blandió frente al desconocido sin vacilar un ápice. Lady Agria lo miró con soberbia bajo las finas cejas canas.

Se hizo el silencio de nuevo y el rostro rulo del hombre se contrajo en una mueca de desagrado.

-No me gusta que entren hombres armados en mi posada -interrumpió otra voz mucho más clara y sonora. Lady Agria enarcó una ceja y la intensidad de su mirada escrutó las tinieblas alrededor de la barra, no hallando a nadie

-No me gusta que me llamen puta. Deberías controlar a estos miserables -silavó con desprecio.

-Sólo respondieron a vuestras provocaciones. ¿Quién sois?

-Una clienta, quién eres tu me temo que no me importa. Como dije, busco a Sarn Tres-dedos. ¿Está aquí o no?

La voz carraspeó y al poco apareció un hombre de mediana edad, cabello castaño y profundos ojos verdes cautivadores que vestía armadura de cuero y llevaba dos dagas al cinto y un arco a la espalda. Clavó en Agria su mirada y se cruzó de brazos. Ella le correspondió con un brillo de suficiencia.

-¿Eres tú? -inquirió de nuevo. El hombre negó con la cabeza y su rostro se endureció.

-No me gusta tu tono, vieja. Quizás esté aquí, quizás no ¿Por qué preguntáis por él?

Lady Agria suspiró lentamente y sacó algo del bolsillo. El hombre insinuó apenas una sonrisa y extendió la mano para que las monedas cayeran sobre su palma abierta. Cuando tuvo el dinero cerró el puño y sonrió ampliamente.

-Muchachos, llamad al Sarnoso y decidle que tiene "visita".

Alguien se movió y desapareció por una de las puertas de la pared del fondo y poco a poco volvió el jaleo y despertaron unas risas roncas que inundaron la sala. Agria seguía en el mismo sitio exacto, con el guardaespaldas a su vera todavía con la espada en mano.

-Esta escoria sólo se mueve por dinero -le susurró la anciana en un determinado momento. Él se limitó a asentir y miró en derredor suya, atento a cualquier posible amenaza. Sabían que su señora llevaba dinero encima y algún insensato aún podía intentar una temeridad. Tras unos minutos que se hicieron eternos, la misma figura que había desaparecido por la puerta salió acompañada de un joven que no debía tener más de treinta años: un muchacho larguirucho y de cabello rubio desgreñado que observaba con un brillo apagado sus propios pasos. Tenía una nariz afilada y una cicatriz bastante fea le surcaba la barbilla hasta el pómulo derecho. Uno de sus brazos se balanceaba mientras caminaba, pero con el otro aferraba el cinturón y Agria descubrió el porqué de su sobrenombre.

-¿Eres al que llaman Sarn Tres-dedos? -preguntó la anciana acercándose más para ver mejor sus facciones. Por toda respuesta, el muchacho alzó la mano izquierda, agitando los tres únicos dedos que le quedaban entre los muñones del pulgar y el meñique.

-Para servirle.

Lady Agria lo estudió con una mirada analítica y enarcó una ceja con gesto avieso.

-Tengo entendido que sabes donde se oculta Mano de Plata. Soy una vieja conocida suya, pero eso ahora no te importa. Le tienes que hacer llegar esta carta, toma.

El muchacho observó durante un segundo el sobre que le tendía la anciana y lo cogió rápidamente y lo guardó en una especie de bolsillo.

-No va a ser gratis -se limitó a decir con mirada felina. Agria esperaba precisamente esa misma respuesta y se permitió insinuar una sonrisa de medio lado.

-Saca el sobre y míralo. -Sarn obedeció y extrajo el sobre del bolsillo con un deje de escepticismo.

-Pálpalo.

Los cinco dedos de la mano sana se acomodaron entorno al sobre y empezaron a juguetear sobre su superficie. Dentro parecía haber una especie de moneda lo suficientemente ligera para que la primera vez no se diera cuenta, lo que le extrañó y arrancó una mueca de sorpresa. Lady Agria sonrió.

-Mira el sello -el joven le dio la vuelta y miró el deslumbrante sello azul. Había un emblema que no conocía, supuso que era el símbolo de la familia de aquella mujer, pero debajo reconoció una runa, diminuta y ardiente al tacto que apenas emitía un leve resplandor en la semipenumbra del local -. Sí, es lo que parece -le advirtió la vieja -: magia de espíritu. El sobre sólo lo puede abrir su destinatario.

-¿Y la moneda? -inquirió el chico -¿Qué garantías tengo de que es lo suficientemente valiosa para pagar mis servicios?

-Las mismas que yo tengo de que la carta llegará a su destino y de que controlarás esa gran bocaza que tienes. Y no es una moneda, es un medallón que pertenecía a la familia de mi esposo. Vale diez veces más que toda esta finca y la madera de los mugrientos árboles que la decoran -dijo con desprecio y lo miró intensamente. La mirada penetrante de la vieja pareció desnudarlo y dejarlo indefenso, y aunque quiso, no pudo sostenérsela y vaciló ante ella - ¿Aceptas el trato?

Asintió lentamente y volvió a guardar el material en el bolsillo. Aquella era una forma de pago muy sagaz, pensó. No cobraría el trabajo hasta completarlo, y aunque en cualquier caso iba a andar con cuidado, ahora que sabía que el sobre contenía su propia recompensa se andaría con mil ojos.

La mirada de Lady Agria Darne centelleó por el éxito.

-Quiero que la carta llegue lo antes posible. Hemos atado uno de los mejores sementales de mis establos ahí afuera. Ya está ensillado y me he preocupado de abastecerlo de víveres adecuadamente. Durante al menos tres días no pasarás ni hambre ni sed ni frio. Luego podrás quedártela.

Sarn Tres-dedos alzó un poco la cabeza sobre el hombro se la anciana y descubrió el maravilloso ejemplar que piafaba lejos, atado a uno de los postes de madera que marcaban la entrada a la finca. Era negro y poderoso como una noche tormentosa, pensó mientras se le ocurrían un par de ideas sobre como usarlo una vez no lo precisara.

-Me llevará menos de tres días si es rápido.

-Lo es.

Se miraron unos segundos y Sarn le tendió la mano sana.

-Acepto el trato.

Agria la observó un momento pero no se la estrechó. Estaba mugrienta y huesuda, y ella era no era una dama cualquiera. Tras unos segundos en cortante silencio, Sarn guardó la mano y relajó la postura. Lady Agria lo dejó plantado con un frío adiós y volvió a ponerse en marcha hacia la ciudad. Habían perdido quizás una hora y el Sol ya empezaba a resbalarse por la bóveda celeste como si una mano invisible lo condujera por encima de las ramas y las nubes. Más temprano que tarde desapareció el hedor a alcohol, sudor y algo que no se atrevía a conjeturar y el intenso aroma de los pinos le penetró como una navaja por la nariz hasta los pulmones.

Apartó un poco la cortinilla y asomó la cabeza. Habían dejado muy atrás el bosque y una aldeucha bastante humilde que se asentaba a sus pies, y ahora el camino zigzagueaba por las verdes y desnudas colinas que brotaban de la tierra como hongos a ambos lados. Suspiró y pasó de nuevo la cortinilla, ensombreciendo su rostro y el de sus acompañantes.

-¿Nos acercamos? -quiso saber Arnus, su hijo. El joven de veinticuatro años vestía una almilla y una blanca camisa por debajo que parecía gris en la sombra, y la barba corta le oscurecía el mentón y las patillas bajo los ojos azules.

-En menos de tres hora surgirán las murallas de la capital y estaremos a otra hora de viaje hasta ella. Quizás lleguemos antes del ocaso.

Arnus se limitó a asentir en silencio y miró a su hermana de dieciséis años. La muchacha parecía abstraída en alguna cavilación profunda frente a él.

-¿Aburrida?

-Un tanto -sonrió tras unos segundos. El pelo rubio le caía sobre los hombros y llevaba el resto recogido en un moño como el de su madre, pero mucho más hermoso y radiante. Llevaba un vestido azul sencillo que le llegaba hasta los tobillos, y una tiara plateada decoraba su despejada frente.

-Tienes el porte de madre -le dijo él. Lady Agria alzó brevemente la mirada sin mucho entusiasmo y luego volvió a centrarse en el colgante que tenía en sus manos arrugadas. No. Ella a su edad era una muchacha mucho más resuelta y ya estaba casada, mientras que aquella no era más que una niña que no entendía de negocios ni de lealtades. Si de algo podía presumir, era de un rostro bonito que se arrugaría con los años. Pero lo cierto es que era su hija, y pese a todo, la quería.

Arnus sacudió la cabeza.

-¡Ah, madre! -se acordó de pronto. Lady Agria enarcó una ceja -. ¿Dijo Sarn Tres-dedos cuánto tardaría en entregar la carta?

-Le hemos dado un caballo muy rápido. Dijo que en menos de tres días.

-En ese caso... -continuó Arnus, pero calló de pronto.

El carruaje se detuvo en seco y aunque no iba muy rápido el frenazo fue suficiente para sacudirlos a todos. Agria se llevó las manos a la nuca con un deje de dolor y Arnus se arrodilló rápidamente junto a su hermana, que se había golpeado la cabeza contra la pared de madera.

-¡Pero bueno, exijo saber que sucede! -chilló la anciana asomando la cabeza por la ventanilla. Afuera los hombres de su guardia que iban a caballo se agrupaban alrededor del carruaje en actitud protectora, y vio el cadáver del valet tendido contra la calzada de grava. Allí, en lo alto de las grandes rocas que flanqueaban el camino vislumbró una figura solitaria más negra que una noche sin estrellas.

-Y al final la liebre asoma la cabeza afuera de la madriguera -exclamó la voz. Lady Agria lo miró más detenidamente y observó un hombre escuálido y demacrado, de piel enfermizamente pálida y nariz afilada. Una cola de caballo negra como sus vestiduras le caía por la espalda.

-¡¿Qué significa esto?!

El hombre dio un paso adelante y los caballos relincharon nerviosos y pusieron los ojos en blanco. Algunos jinetes cayeron de sus monturas y se arrastraron por el suelo, incapaces de levantarse como si de pronto sus cuerpos se hiciesen de plomo.

-Eres lista, pequeña -continuó el hombre dando otro paso -, pero te ha engañado fácilmente tu propio orgullo. Era sólo cuestión de tiempo que Sola y sus consejeros perfumados se diesen cuenta de que Vendal no tenía nada que ver en la muerte de los reyes, si no tú. Tu muerte les despejará cualquier futura duda.

Dentro del carro Daynella miró a su hermano. Su rostro se había oscurecido por la desesperación. Arnus la cogió del brazo y abrió la otra puerta de una patada. Al otro lado de la calzada no había nadie y se apresuró a bajar a hurtadillas mientras el hombre seguía hablando con su madre. Su voz era tan fría que se clavaba en los oídos. Pronto el cielo azul pareció encapotarse y volverse gris y melancólico.

-Cuidado -susurró Arnus mientras ayudaba a su hermana a bajar de un salto. La muchacha dio un paso y él la cogió por la cintura para luego dejarla en el suelo. La voz del hombre seguía sonando como una orquesta fantasmal.

-...y si descubriera que la traición vino de dentro de su reino y no de fuera, ya no habría guerra razonable contra Vendal.

-¡Matadlo! ¡Matad a este demente! -bramó Agria, señalándolo con su huesudo índice desde su asiento. El rostro del hombre se endureció y sus ojos relampaguearon como si durmiera en ellos un poder muy antiguo.

-Así que aquí hemos llegado. Tus apenas diez soldados pulgosos y mis siglos de estudio y preparación para este momento. Que apropiado que nuestros caminos se entrelacen tan cerca de tu destino y tan lejos de tu fracaso. Como una mosca, has caído en mi red.

-¡Cortadle la cabeza! -chilló todavía más alto. La voz se le desgarró por el esfuerzo y pronto estalló en una tos sanguinolenta. Los hombres que aún no habían caído de sus monturas las azuzaron para que se movieran, pero los caballos permanecieron inmóviles como si un miedo sobrenatural los hubiese inmovilizado.

El hombre alzó el brazo y unas palabras tristes surcaron el viento gélido. Las bestias dudaron y se alejaron al galope, tirando a sus jinetes al suelo o arrastrándolos en dirección contraria contra rocas afiladas y barro. Los que cayeron desaparecieron en medio de una niebla pertinaz y antinatural que comenzó a surgir de los matojos de hierba. Lady Agria se volvió hacia sus hijos y vio que ya no estaban, pero vislumbró sus sombras encorvadas alejándose con sigilo al otro lado y suspiró, aliviada.

-¡Brujo malnacido! -escupió la anciana volviéndose hacia el hombre. Necesitaba ganar tiempo para que huyeran. Mientras, sus soldados se desvanecían como un eco en la tiniebla. Tras unos segundos volcó toda la furia de su mirada en los ojos oscuros de aquel hombre, pero chocó contra un muro impertérrito. Permaneció unos segundos así pero tuvo que apartarla. Todo el calor de su rabia se había desvanecido con la frialdad de aquellos ojos, toda su fuerza se había marchitado en aquella serenidad macabra. Tosió otra vez y conjuró una maldición al cielo.

-Brujo no, nigromante -la corrigió él. Agria vaciló y las piernas le flaquearon. Una fuerza la zarandeó y tendió de bruces contra la tierra, fuera del carro. El hombre se acercó hasta a ella.

-¿Sabes lo que va a pasar ahora?

Ella no contestó y le escupió en las botas haciendo acoplo de la poca fuerza que le quedaba. Selnalla hizo otro ademán con la mano y una luz negra y chillante surgió en torno a la palma abierta.

“Se ha acabado”, pensó, mientras intentaba levantar la cabeza para ver a su verdugo. El moño se había deshecho y el pelo cano parecía más lacio que nunca. También el vestido se había ensuciado con el polvo del camino, y una pequeña rozadura le decoraba la mejilla arrugada.

-Considérate aplastado, insecto -la energía abandonó la mano del nigromante y se lanzó contra Agria, que dejó escapar un último quejido antes de expirar y desplomarse sobre si misma. Entonces, Selnalla arrancó el vestido de Agria por la zona de los senos y clavó la uña cerca del esternón. Movió el dedo y brotó la sangre. Había hecho un símbolo, el de Vendal. Los que encontrasen el cadáver lo entenderían como la última afrenta de Vendal al reino, la última que se necesitaba para que estallase la guerra pertinente. Suspiró. La vieja estaba muerta y sus dos hijos no escaparían por mucho más tiempo. Los había visto deslizarse entre la maleza al otro lado del camino por el rabillo del ojo, pero estaban en medio de la nada, a muchos kilómetros de cualquier aldea.

-No veas esto como un asesinato -dijo el nigromante como si percibiese la esencia del alma de Agria en algún lugar junto a él -, míralo como un sacrificio necesario para salvar el mundo. Hay una guerra planeando sobre este planeta, ¿sabes? Tu ambición podría haber determinado sin que lo supieras el sino de muchas vidas.

El espíritu debió de replicar algo y Selnalla se permitió esbozar una sonrisa entre cómplice y cínica.

-Vete antes de que un demonio devore tu alma. Tus hijos estarán en buenas manos, pero yo he de quedarme a restaurar todo el daño de este mundo y encerrar a los hijos del infierno fuera de esta dimensión. ¿Irónico, no? Tú ni siquiera has entendido nada.

Una vara de metal se materializó en la mano izquierda del hombre. El cielo gris volvió poco a poco al azul radiante de antes.

El carruaje saltó por los aires y estalló en mil astillas a una palabra mental del nigromante.

Se escucharon unos gritos a lo lejos.

Levantó la mirada hacia el horizonte y las palabras de la vieja profecía resonaron en su mente, gravadas a fuego en su memoria. Sus cejas se contrajeron en una expresión grave y la sombra lo envolvió tan rápidamente como lo había traído.
Responder
#13
Buenas Maserez,
Se agradece algo fresco por el foro!

Creo que hoy estoy muy criticón, pero he visto más pegas que en otros capítulos:

- impertérrito creo que se aplica sólo a personas, no me ha sonado bien en la frase
- el nombre del nigromante aparece de sopetón, ¿cómo sabe el lector quién es? Para mi gusto, hubiera preferido que un personaje lo hubiera intoducido, con un simple "--Selnalla --musitó Lady Agria." es suficiente para situar al lector.

La escena de la posada y la conversación con Sarn me ha gustado; en cambio la escena del nigromante la he visto muy corta y falta de tensión, para lo que podría ser...
Y también me ha llamado la atención que el lenguaje se ha vuelto más poético... pomposo, no?

Bueno, no quiero desanimarte porque sigo esperando la continuación! Con este nuevo personaje está más interesante!

Saludos, nos leemos!
Responder
#14
Muchas gracias, como siempre, tomo nota de tus observaciones para pulir estos "borradores". Seguiré subiendo y actualizando, este personaje, si bien no aparece demasiado en próximos capítulos, sí que dará juego en el futuro. Mucho juego. jejeje.

Un saludo y, de nuevo, muchísimas gracias por tu dedicación.
Responder
#15
Muy buen capitulo, con un giro sorprendente -yo pensaba que Lady Agria iba a durar mas- como ya te dijeron, la parte del nigromante es algo apresurada y falta de tension, y el personaje quizas parece demasiado poderoso.

Saludos.
Responder
#16
BASTARDO



El hombre lo miró fijamente y azuzó al caballo de nuevo.

-¿Y bien, muchacho?

El joven trotaba a su lado. Había bautizado a su incansable compañero con el nombre de Flecha, y aunque aún llevaba poco tiempo con él, presentía que a partir de ese día una gran cantidad de emociones y recuerdos los unirían. Le dio una palmadita y acarició su crin dorada unos segundos antes de volverse de nuevo hacia su mentor.

-Soy un Hijo de Huriel. Mis votos son la paz y la justicia, mis armas, la pluma y las palabras amables, mi coraza el honor y la lealtad. Soy un hijo de Huriel, y como Huriel, viviré para ver completada mi tarea sagrada.

Dharil lo miró bajo las cejas gruesas y sonrió. Era un chico algo inseguro y tímido, pero se había tomado muy en serio su entrenamiento y en unos años se había convertido en un espadachín letal.

-Hoy te someterás a la prueba que determinará si eres digno o no de ser un Hijo de Huriel.

-¿Y quién me va a juzgar? -Geiron desenvainó la espada y su rostro se iluminó con entusiasmo. Aún era temprano, pero el día había amanecido cálido y despejado sobre el verde del campo.

-Sólo una persona puede juzgarte. Hoy vas a conocer al maestro de todos.

El chico envainó de nuevo la espada y miró a su maestro algo confundido. Su entrenamiento había durado años y no sólo había consistido en prácticas de combate, si no en largas sesiones de estudio sobre historia, filosofía y asignaturas relacionadas con la magia y la vida. En todos aquellos años encerrado en la biblioteca jamás había leído nada sobre ese tal maestro, y se dio cuenta de que tampoco sabía nada sobre aquella prueba de acceso.

Se revolvió sobre su montura, incómodo.

-¿Quién es esa persona? -inquirió.

El camino torció a la derecha y empezó a descender por la falda de una colina. En el horizonte la tierra se despejaba a unas montañas grises cubiertas de nieve, pero allí en frente a ellos había una casa de piedra y madera a los pies de un pequeño bosque. No parecía haber huertos, o al menos estaban del otro lado y no se veían. La finca era grande.

-¿Sabes? Una vez ese hombre me dijo que la curiosidad es sana, que mantiene a uno despierto y vivo. Pero es una pregunta que deberá responderte él -tiró de las riendas del caballo y lo detuvo -. Yo he de esperar aquí -señaló una pequeña caseta a la derecha del camino en la que no había reparado antes -. Ve a la casa y vuelve con una buena noticia, anda.

-Lo haré -dijo Gerion, y apuró el paso de Flecha. Aquello era totalmente nuevo para él. Hacía apenas media hora creía saberlo casi todo sobre la orden de los Hijos de Huriel, pero ahora sentía que apenas había rasgado una verdad superficial y que el verdadero desafío llegaría una vez ingresase oficialmente como un hijo más.

«Si es que consigo superar la prueba» -pensó - «¿Pero qué prueba?»

Le parecía pasmoso que llevase toda la vida preparándose para ese momento y que jamás hubiese leído nada respecto a ella, ni se hubiera preocupado por indagar. Y ahora debía de enfrentarse a ciegas a algo para lo que no se había preparado.

Flecha aminoró la marcha a una orden mental de su jinete y se detuvo un poco antes de llegar a la casa. De cerca pudo verla mejor. Tenía un tejado alto y gris y había varios árboles a su alrededor que vertían su fresca sombra sobre las briznas de hierba. La primera planta era de piedra, pero la segunda estaba construida con madera de roble y tenía varias ventanas. No era la casa de un campesino cualquiera. Desmontó y se peinó hacia atrás el pelo castaño claro que se le ondulaba hasta el cuello.

-¿Hola? -no parecía haber nadie. La calzada serpenteaba a la derecha, fuera de la finca, y al volverse se encontró con la mirada amable de su caballo. Un pequeño sendero zigzagueaba entre los arbustos y las flores hasta la puerta de la casa, pero más allá creyó ver algo brillante, como un pedazo de metal, y se acercó -¿Hola?

Era un estanque que reflejaba la luz del sol, sus aguas claras eran lo que le habían destellado. Vio que de él bebía un imponente álamo y varias plantas.

-Hola -respondió una voz. Geiron se sobresaltó y llevó la mano al mango de la espada, nervioso. Aquella voz tenía un tono dulce y meloso, pero quizás fuese una trampa, parte de la prueba, y no se dejaría embaucar.

-¿Quién habla? -preguntó, intentando localizar la fuente de la voz. Pasaron unos segundos y aguzó la mirada, entonces lo vio; un niño de no más de nueve años, de pelo corto del mismo color que el suyo y unas facciones suavizadas por la niñez. Estaba sentado con las piernas cruzadas encima de una roca, tras el estanque.

-Acércate. Supongo que tendrás muchas preguntas.

Geiron dio un par de pasos hacia el niño, pero no quitó la mano de la empuñadura de su arma. Los líderes de su hermandad no eran sólo grandes guerreros y sabios, si no también convincentes ilusionistas. Si aquello era una visión para distraerlo estaría preparado.

Soplaba una ligera brisa cálida que arrastraba un aroma a lavanda y azucena.

-Soy Geiron.

-Conozco tu nombre -sonrió el niño. Sus ojos parecían encerrar la luz de mil estrellas dentro -. Dime, ¿conoces tú el mío?

Negó con la cabeza. No tenía ni idea de que iba todo aquello. Hacía apenas diez minutos que había dejado atrás a su mentor para meterse de lleno en una prueba que desconocía y de la que dependía su futuro, y ahora aquel niño parecía divertirse a costa suya haciendo preguntas banales. Iba a replicar algo cuando se encontró con su mirada y enmudeció al momento.

-No... no sé quién eres -titubeó. ¿Que tenían aquellos ojos tan extraño y absorbente? Eran grandes y preciosos, pero en ellos dormía una sabiduría tan profunda que de pronto sintió humillación y congoja.

-Asómate y mira en el estanque. ¿Qué ves?

Geiron vaciló un momento pero obedeció al niño sin saber muy bien por qué, y se acercó a la orilla. Al principio no vio nada; el miedo y la confusión lo ofuscaban, pero luego empezó a vislumbrar su propio rostro, y vio el reflejo dorado del sol, y la pequeña nana que acunaban las ramas del árbol. Vio también las hierbas que crecían aquí y allá y las distantes y diminutas sombras de los pájaros entre las nubes.

Como si lo alimentasen, el silencio creció por un tiempo hasta que Geiron se volvió hacia el niño y se topó con su sonrisa afable.

-Está el sol, y mi rostro, y el árbol, y las plantas -paró y se volvió de nuevo hacia el estanque. Suspiró -. También... También veo rocas al fondo, y...¡un pez se revuelve entre la arena! hay... hay varias plantas y musgo. Y piedras, sí, hay piedras.

-Así conocemos a las personas -dijo el niño -. Primero vemos el reflejo de lo que les rodea, una imagen basada en nuestra propia experiencia, pero luego, al mirar más de cerca, descubrimos que hay una personalidad tras la apariencia, una esencia tras la forma -sonrió -. Soy Igien. Soy el bastardo del rey e hijo de una humilde posadera.

Geiron arqueó una ceja y se colocó un mechón de pelo tras la oreja.

-¿Y qué haces aquí? ¿Cómo sabías mi nombre? -no eran las únicas preguntas que tenía en mente pero si las que más alto rezumbaban en sus pensamientos. Lo miró fijamente y descubrió, además de sabiduría, una intensa bondad en sus ojos.

Se sentó frente a él y al darse cuenta de que aún apretaba la espada por el mango, apartó rápidamente la mano. No, aquello no era una ilusión.

El niño rió.

-Quizás me conozcas por otros nombres. Veamos... Maserez, Ai'uda, Lande, Prios, Xereth...

El rostro de Gerion reflejó una gran sorpresa y abrió mucho los ojos, incrédulo. No podía ser. Era imposible que los cuentos fuesen ciertos, siempre había pensado que aquello era simple folclore de la hermandad. Le empezaron a temblar las piernas y la piel de las mejillas enrojeció muy rápidamente y se extendió por los brazos y la espalda. Los dedos le vibraron como varillas al viento, y aunque intentó disimular el tembleque, apenas pudo ocultar la vergüenza de su expresión.

-Ruego me perdones -se apresuró a arrodillarse y enterró el rostro entre sus manos. Aquello explicaba muchas cosas, como que Dharil, su mentor, se hubiese referido a él como el maestro de todos, como que sus ojos brillasen con tanta luz y luciesen miles de años de sabiduría a sus espaldas. Cuanto más encajaban las cosas en su mente más rápido bombeaba sangre su corazón, cohibido por la emoción que lo embargaba.

El niño se incorporó y le tendió la mano.

-No debes arrodillarte, amigo -su piel era cálida y un extraño escalofrío recorrió su espalda a medida que se ayudaba de ella para incorporarse -. No soy ni un dios, ni un ángel ni un rey; sólo un viejo encerrado en el cuerpo de un niño de tu raza.

-No eran leyendas... -murmuró Geiron, abstraído en cavilaciones profundas mientras se regocijaba en la visión de aquellos dos grandes ojos -. Luärha, Idril, Hir, Huriel, tú... Todo el conocimiento sobre la Lluvia de Fuego es auténtico, todos los héroes y los relatos sobre los orígenes de nuestra orden son ciertos.

-Así es -el niño sonrió y llevó la mano al cabello castaño casi rubio y se rascó la nuca. De cerca, las pupilas de los ojos parecían difuminarse en un insondable azul astral, como si hubiese un universo encerrado en cada globo -. Ahora dime, ¿matarías inocentes por mí?

Geiron lo miró unos segundos que se hicieron eternos sin saber que decir. Aún intentaba asimilar la información y ya le había hecho otra pregunta. Tragó saliva. Parecía haber una respuesta obvia; sí, pero en verdad no se sentía capaz de matar a ningún inocente, ni siquiera por él. Igiel pareció adivinar el duelo interno y sus ojos resplandecieron todavía más, envueltos en un halo de misterio.

-Soy un filósofo, no un asesino -dijo al fin el chico, externalizando su inseguridad con un rápido chasquido del ojo derecho. El niño tampoco contestó de inmediato, y Geiron pensó que si se demoraba un segundo más le estallaría el corazón.

-Has pasado la prueba -sonrió levemente -. Ya eres un Hijo de Huriel, y nuestras sendas ya están ligadas para siempre -el niño se acercó a él y le dio un tímido abrazo. Le daba por el pecho. Por un segundo le pareció un niño normal, igual de inocente que cualquiera.

Quedó un segundo con los brazos colgando, sin saber qué hacer, pero pronto le correspondió al abrazo y se le aceleró el pulso por los nervios. Tres segundos después, Igiel volvía a estar en frente suya, a dos o tres pasos y con una sonrisa entusiasta decorando su rostro de niño.

Geiron sonrió también, contagiado por aquella felicidad inocente. Pensó en Dharil y en la gran alegría que se llevaría al recibir la noticia y descubrió a Flecha no muy lejos de la finca, piafando junto al camino de grava. Ahora sabía que el Vigilante existía y el mundo había adquirido un nuevo matiz de color para él, lo que le llenó de esperanzas.

"Ven" -le dijo mentalmente, y Flecha se allegó.


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Un hombre encapuchado le abrió la puerta con gran ceremonia. En sus facciones ensombrecidas pudo distinguir una expresión severa. Vestía cuero negro y llevaba un juego de dagas. No dijo nada y él tampoco, así que entró. Mano de Plata le aguardaba al fondo. Estaba inmóvil mirando hacia él como si llevase mucho tiempo esperando su visita, algo que le heló la sangre. Dio un paso adelante.

-Sarn, ¿qué me traes esta vez? -preguntó Mano de plata. Tenía una voz grave pero suave y unos ojos verdes muy cálidos. Mas no había compasión ni bondad tras aquel rostro tan viril y atractivo, de corta barba castaña y pelo cuidadosamente peinado hacia atrás. Lo único que encerraba aquella quimera era una personalidad codiciosa y calculadora, y no menos déspota.

Se acercó casi con miedo.

-Una carta, señor.

-Dame, rápido -extendió la mano y casi le arrancó el sobre de entre los dedos. Cuando vio el emblema de los Darne en el sello supo inmediatamente que Lady Agria volvía a recurrir de sus servicios y bufó -. Puta vieja... -murmuró para sí abriéndola. Sarn esperaba que la runa resplandeciese al llegar a manos de sus destinatario, pero no sucedió nada extraordinario y se preguntó si acaso Lady Agria le había engañado con aquello de la magia de espíritu -. Puedes irte.

Sarn iba a replicar algo pero calló. No sería el primero en morir por llevarle la contraria. Antes de volverse y salir por donde había entrado para esperar a que Mano de Plata hubiese acabado y recoger así su pago -aquel medallón familiar- , descubrió que el hombre ya la tenía entre sus manos y la leía con un matiz de ansiedad.

"Saludos, Guante de Plata.

Antes de nada, permíteme reiterar mis felicitaciones por el impecable envenenamiento de los reyes. Había oído hablar mucho de ti, pero...¿envenenar a la casa real? No me esperaba que ningún hombre vivo pudiese cumplir mis ambiciones. Y sin embargo, no se han cumplido. Parece ser que hay un bastardo de Ardo suelto por ahí, con sangre real por sus venas. El primer pago va aquí mismo, en el sobre. Es un medallón familiar, una vez lo veas reconocerás su excesiva valía. El pobre diablo que te ha entregado la carta piensa que es para él, ¡ja! Casi puedo visualizar ese rostro mugriento sonriendo con amargura cuando...cuando lo mates. El chico sabe demasiado y cuantas menos personas sepan de nuestros negocios mayor será nuestro éxito. Supongo que podrás buscarte otro recadero. Además de este medallón se te pagará cuantiosamente en función a tus avances. Y asegúrate que si de verdad existe ese bastardo, pronto deje de hacerlo.

Lady Agria Darne, señora de Alia."

Mano de Plata alzó la cabeza y extrajo el medallón del sobre. Había un cisne inscrito en el oro brillante y cinco gemas centrales que crepitaban a la luz de los candelabros. Las observó un momento y se lo guardó en un bolsillo abotonado de la almilla. No había duda de que eran auténticos. Y muy valiosos.

-Esto... Sarn, ven un momento. La carta dice que el medallón es tu pago, toma.

Sarn Tres-dedos ya estaba a punto de abandonar la sala cuando se detuvo en seco al escuchar las palabras de su jefe. Aunque Mano de Plata no pudo verlo, no le costó imaginarse como en su rostro se dibujaba una amplia sonrisa.

-Cierto -dijo el muchacho desandando sus propios pasos hasta Mano de Plata. Éste se incorporó lentamente y sonrió con cinismo. Sarn ya estaba justo enfrente a él.

-Toma -Mano de Plata hizo un rápido movimiento con la mano como si sacase algo de debajo de la almilla pero en vez de un medallón blandía una daga. Sarn había entendido la situación demasiado tarde y antes de que se pudiese apartar, el arma describió un arco horizontal que le hizo un profundo tajo en el cuello.

Lo miró a los ojos.

-Yo...-su voz sonó hueca y antes de que pudiera llevar las manos a la herida para intentar detener la hemorragia, su cuerpo se tambaleó y precipitó contra el duro suelo de piedra. Sólo unos segundos había durado aquella desesperación por aferrarse a la vida, aquella ciega resignación del que sabe que ha llegado su hora.

Mano de Plata lo miró casi con... ¿pena? No. Le dio una patada al cadáver para tenderlo boca arriba y silbó. Al momento entró uno de sus hombres, uno de los asesinos de su gremio.

-Limpia esto y deshazte del cadáver, aunque dudo que además de las moscas y los gusanos alguien más vaya a interesarse por recuperarlo.

-Sí, mi señor -hizo un gesto con el brazo en señal de respeto y arrastró el cadáver pesadamente hacia fuera de aquel salón, dejando un rastro rojo a su paso como la espuma de un barco.

-Agria, Agria… -rió para si Mano de Plata -. Jamás había conocido a nadie tan frío como yo hasta que me escribiste por primera vez. ¿De verdad le tienes tan poco aprecio a la vida para dispensar muerte tan a la ligera? -palpó el medallón por fuera del bolsillo y no pudo evitar que aflorara una sonrisa lasciva en su rostro -. Y bien, ahora todo se hace más sencillo y al mismo tiempo todo se complica. Un bastardo, ¿hm? Y decían que era el primer rey ejemplar en mucho tiempo -miró fascinado las manchas de sangre de la daga que aún blandía con su mano derecha -. Pena que tenga que matarlo antes de que pueda ensuciar la reputación de su familia.

Al rato entraron otros dos hombres y vertieron un cubo de agua sobre el charco de sangre. El líquido se escurrió hacia uno de los extremos de la sala y desapareció por unas rejas que comunicaban con las cloacas de la ciudad. Suspiró y se apoyó contra el escritorio.

-Con esta mujer me voy a hacer de oro.
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#17
Buenas de nuevo, Maserez!

Aquí tenemos un nuevo capítulo! Aparecen nuevos personajes, la trama se amplía...

Bueno, la parte primera, con el chico y la prueba, me ha gustado. Describes muy bien los sentimientos del chaval y el diálogo me parece acertado.

Ahora viene la crítica: la escena de Guante/Mano de Plata (revisa el nombre) es bastante típica pero no me parece mal, excepto por la carta, me ha parecido un lenguaje poco apropiado, el tono... no sé. Además demasiado directo y comprometido para una conspiración de ese calibre, no?

En resumen, de los mejores capítulos, para mi humilde opinión.

Saludos, nos leemos!
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#18
1-Aljamar, realmente no te respondo a todos los comentarios que me pones porque siempre te estoy dando las gracias, pero bueno, lo reitero ahora. "Muchas muchas gracias por toda esta molestia que te estás tomando en ayudarme y opinar cada cosa que subo.
2-Voy a subir, para variar un poco, una serie de microrrelatos ambientados algunos siglos antes de los acontecimientos de la novela, recopilados en el libro "Relatos inconclusos", un compendio de narraciones histórica-míticas acerca del contacto de los humanos con una de las otras razas de Prisma; los quelmana.
Espero que disfrutéis este paréntesis Big Grin
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#19
RELATOS INCONCLUSOS... CRÓNCIAS DE I-NASKAR, POR THARUZ EL VIEJO.


“Los vimos entonces, figuras entre la niebla del bosque, agazapadas como predadores pacientes tras la maleza, acurrucados en esquinas imposibles o haciendo filigranas entre las ramas. Al principio pensamos que eran demonios, o animales con formas humanas, pero su mirada nos despejó toda duda. Nunca habíamos unos ojos tan humanos y una mirada tan bondadosa. Casi parecía que llevaban grabada en aquellos pozos unas profundas pena y nostalgia.

Luego sonaron unos cantos tímidos, aunque dulces y hechizantes. Bajamos las armas, ¿cómo íbamos a atacar a criaturas de tanta belleza?

Aquel fue nuestro error. Aprovecharon nuestro vacile y sobre nosotros se cernió una lluvia de flechas. Tal es el poder y la gracia de los Quelmana”

Relatos inconclusos. El camino hacia el Mar del Pilar Central.
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“Llegamos al puente y una bruma creció a nuestro alrededor desde los saltos del río de más abajo. Nuestras respiraciones, incluso la carraspera de Brok, quedaron ahogadas por el rumor de las aguas.
-¡Esto es magia Quelmana, sin duda! –gruñó Veren –. Cuando lleguemos a su asquerosa aldea pienso quemar su bonito bosque con mis propias manos.
Pero la irrupción de una fémina al otro lado del puente silenció la cólera del viejo cascarrabias y nos arrancó a todos del profundo trance de las aguas.
-Si no podéis dejar a un lado vuestras superfluas ambiciones jamás se os permitirá entrar a esta arboleda –amenazó la quelmana, y su voz era ya en sí misma un encantamiento.
Nuestro capitán se revolvió, furioso, y extrajo una flecha del carcaj.
-¡A qué esperáis, abatidla!
-Vea i muna vea fiana iadura ulna varina –lo interrumpió la quelamana. Cada sílaba, cada nota, era más terrible y profunda que la anterior. Pareciera que el cielo se había oscurecido y que el viento aullaba como horrorizado. Todos nos encogimos de pavor –. Volved por donde habéis venido, mortales, y alejad vuestra codicia de estos bosques.
La voz de la mujer aún sonaba grave y despiadada, y penetró en nuestras mentes como rocío en el campo.
-¡Volved! –gritó nuestro capitán, huyendo lejos de aquella hechicería. Ella aún nos desafiaba con los brazos en alto y la oscuridad enconándose a sus espaldas.
Jamás nos volvimos a adentrar en aquel bosque.”
Relatos inconclusos. La dama de Albasthe.
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Una única de aquellas criaturas emergió de entre la maleza que flanqueaba el arroyo con la premisa de hablar con nuestro líder. A su paso por el campamento la gente se despertaba y salía de sus tiendas, arrastrada por la gracia y solemnidad que acompañaban su presencia. Iba descalzo y apenas se cubría con una falda que le cosquilleaba en los tobillos. .
-Abandonaréis nuestros bosques –dijo simplemente –. No queremos derramar sangre sobre Albasthe, pero teñiríamos cada palmo de este Menne de rojo por preservar la madera de un único árbol.
El viento susurraba en sus picudas orejas , que colgaban hacia ambos lados de la cabeza, y sacudía una melena roja como las brasas
-¡Ja! ¿Y por qué habríamos de sentirnos intimidados? –rió nuestro general –. Tengo dos mil hombres a mis espaldas.
El quelmana no contestó, pero clavó sus profundos ojos ámbar en la sardónica mirada de nuestro general y vimos como éste vacilaba y era poseído por un miedo atávico que resquebrajó su arrogancia.
-Levantaréis el campamento al amanecer –ordenó el quelmana al aire.
-Levantaremos el campamento al amanecer –repitió nuestro general.
Relatos inconclusos. El paso de Danfos.
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Me adentré un día en la arboleda con dos de mis hombres y nos encontramos con un quelmana de nombre Alaliel. Con una simple mirada desnudó mi alma, averiguó mis orígenes, mi nombre, el de mi amada, el de mis hijos, el de mi pequeño señorío… Con una mirada supo más de mí, que yo mismo.
-No venís a luchar, queréis hablar con nuestro señor –leyó mi pensamiento. No pude hacer sino asentir.
-No tenemos tal cosa como un rey o un señor –continuó Alaliel –.Pero yo soy un elfo. Puedes transmitirme a mí tus preocupaciones.
-¿Un elfo?
-Sí, así nos hacemos llamar quienes de entre los quelmanas estamos versados en el druidismo y el sacerdocio de Shia. Compartiré contigo la carga que llevas, pues en estas tierras no hay más mal que aquel que duerme en tu interior. ¿Hablaremos como amigos?
Nuestras razas estaban enfrentadas en una cruenta guerra, pero no pude evitar rendirme a la bondad y misericordia de aquel pequeño “dios”.
-Aspiro a la paz entre nuestros pueblos –dije.
-Entre las virtudes de mi pueblo no se halla el pronto perdón. Habéis prendido fuego a nuestras arboledas sagradas y mancillado los vírgenes claros de Albasthe. La venganza de los quelmana será tal que vuestros dioses tendrán que apartar la mirada mientras humillamos a sus creaciones.
Caí de rodillas, abatido y sin aliento. Mi señorío no estaba lejos de aquel maldito bosque y sería de los primeros en experimentar su cólera.
Relatos inconclusos. Elfos.
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#20
Ese ultimo capitulo estubo interesante, muchos misterios y mas personajes, por cierto que mano de plata va a terminar haciendo el trabajo gratis, ahora que lady Agria ha muerto.
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