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[Fantasía épica] Baile de Sombras
#41
Compañero, te dejo por aquí el comentario que he escrito en wattpad.

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Volvemos con Armen, Varsuf y Kumar. Tenía ganas de saber más de ellos. Wink

Inquietante que Los Incondicionales quieran matar a Armen. Has creado un nuevo hilo con esto y me has dejado sufriendo un poco por el posible destino de nuestro querido amigo.

El capítulo va mostrando parte de la ciudad mientras los protagonistas se dirigen a Palacio. El pobre Varsuf todavía no se recupera… Espero que no tarde en hacerlo, que en su estado si hay que huir puede ser una presa fácil.

Destaco también el secretismo que se mantiene sobre Kumar. Ha ganado mucho el personaje y ahora está dentro de los mis preferidos de la novela.

Compañero, la historia sigue por muy buen camino, intrigando, enganchando y dejando con ganas de más. Muy buen trabajo. Smile

¡Nos leemos, un gran saludo!
Enlace a la novela: El mundo en silencio
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#42
¡Buenas compañero Monje, un pacer siempre tenerte por aquí!

Cierto en este extracto volvemos a los periplos de Varsuf y Armen, pues los dejamos en una situación un tanto traumática y sin duda comprometida.

Los Incondicionales van a estar bien presentes, al menos en los primeros altercados de la novela, aunque hay alguien detrás y quien mueve los hilos en realidad y que se irá desvelando poco a poco para ir abriendo una nueva trama.

Sí intentaba mostrar mientras estos (se escondían) de sus misteriosos perseguidores, un poco más de los Distritos y lo que sucedió varias semanas atrás, pero creo que no he llegado hacer el inciso que quería mientras narraba las desaventuras de los protagonistas. (algo a repasar)

La verdad es que Kumar es un personaje destacable, pero que no va a tener tanto protagonismo como se puede esperar (al menos al principio de la historia) Pero con el transcurso de esta, ira conociéndose mejor toda su participación real. En cualquier caso, y espero que sea así, ninguno de los personajes te cara mal, aunque tampoco especialmente bien, todos tendrán su particularidad que los diferenciaran del resto. Un tendrá un punto de locura, en otro quizás destaque su cinismo o una cobardía inusitada, intentando por todos los medios que ninguno deje indiferente al lector. (O eso espero conseguir, pues de sueños vive la gente)

Realmente no se sí esta quedando muy bien, a mí no sé, pero no me acaba de gustar del todo, supongo que eso suceda menudo, pero no sé, me deja algo loco XD

En fin compañero gracias por pasarte. Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#43
Buenas compañero pues aquí os dejo con un nuevo capitulo, no se que les pasó a las musas, pero pienso que en estas dos semanas no han dejado de pasarse por mí casa. Deduzco que se deberá al año electoral, pero a saber. Espero que os guste.


HISTORIAS


A pesar de que sin lugar a dudas era una de las hospederías más elegantes que había pisado en la vida, y que al final logró asearse a conciencia y quitarse la enorme capa de mugre que había ido acaparando durante su largo trayecto hasta allí, en una tina que bien podía valer el sueldo de un año de cualquier artesano de buen renombre, no sintió que sus músculos se relajasen en absoluto. Aquella extraña sensación que había tenido al cruzar la mirada con uno de esos críos no lo dejaba de inquietar. Era absurdo sin duda, pero su instinto decía que tenía algo que ver con su misión.

Salió de la tina con más mala cara que con la que entró.

Quizás no debería de molestarse tanto con especulaciones gratuitas, concluyó.

Alguien llamó a la puerta, se cubrió con una toalla y accedió a que pasara.

―Con permiso mi señor, el dueño me ha dicho que le diga…. ―La chica llamada Sasha se quedó sin habla mientras observaba todas las cicatrices que cubrían sus brazos, piernas y pecho, al igual que cercioraba de que prácticamente estaba completamente desnudo. Tardó unos segundos en reaccionar. ―¡Discúlpeme si he venido en mal momento! ―se excusó sonrojándose hasta las orejas mientras se giraba. ―No esperaba que me recibiera como los dioses le trajeron al mundo.

Sonrió ante la lenguaraz respuesta de la chica.

―No te preocupes, ya había terminado. ―Le respondió. ―Ahora dime, ¿Qué es lo que dice el bueno de tu jefe?

―¿Pregunta si quiere que le suban algo de cenar a la habitación o le prepara una mesa en el salón? ―Todo aquello fue dicho aún de espaldas a él.

Después de la bolsa que recibió de su parte el tal Gulag, estaba claro que si se lo pedía, el tipo sería capad de desnudarse y dar cabriolas en una de las mesas mientras hacía malabarismos a su vez. Aquel era el poder que poseía el dinero; la gran mayoría del mundo cambiaba alrededor suyo.

―Dile que cuando me ponga algo encima me reuniré abajo con él. ―dijo con un tono de chascarrillo en su voz. ―Me irá bien algo de conversación mientras alimento mi maltratado y vacio estomago.

―Ahora mismo le llevo su respuesta. ―respondió esta mientras desaparecía apresuradamente y cerraba la puerta tras de sí.

«Una muchacha encantadora»

Fue hacia el petate y sacó de él una camisa de lino sencilla, pero a su manera elegante, unos pantalones de tiro ajustado y una guerrera negra, las botas serían las mismas que con las que llegó, pues no tenía otras. Contempló durante un largo rato uno de los bultos que también portaba en el fardo. Lo sacó y lo desenrolló, comprobando que todo estaba en su sitio; dos dagas cortas con unos aros de acero al final de cada empuñadura, una cerbatana corta (con sus respectivos dardos) algunos cuchillos arrojadizos, un carrete de hilo de acero de varios palmos de longitud y dos palos cortos de la misma medida. Aquel era el equipo básico para cualquier tipo de misión. Claro que también tenía su espada corta y sus habilidades, pero eso entraba en el campo de cómo se supiese manejar cada uno.

Volvió a guardar todo en su lugar y comenzó a vestirse. Mientras lo hacía observó por la ventana de su habitación la estrellada noche. No podía decirse que la primera impresión que le causase aquella bulliciosa y arrogante ciudad fuese la más idónea, pero tenía que admitir que en la quietud nocturna, se veía totalmente esplendorosa. Desde aquel lugar tenía una perspectiva envidiable de la zona de los alrededores de la hospedería, veía el tejado de las lujosas casas, el verde de los jardines, y no muy a lo lejos de allí, el alto amurallado interior que separaba a los adinerados de los más desposeídos del lugar.

Mientras se abrochaba el último botón de la camisa, no le paso desapercibido como varios hombres, altamente sospechosos, (concretamente los tipos con los que se había topado a la entrada de la hospedería) se escabullían detrás de la posada con cuidado y estudiado esmero. Lo dejó pasar, pues los comportamientos de esa gente de ciudad escapaban totalmente a su comprensión. No sabía si acechar de aquella forma era una especie de tradición o una afición poco natural. Puede que nunca lo llegara a saber.

Se ajustó el cinturón, un agujero más de cuando salió días antes del fuerte, se percató. Para él, estaba claro que había perdido algunas libras en aquel soporífero trayecto. Maldijo, pues ya era suficiente delgado por naturaleza propia, que ahora estaba casi seguro que se asemejaba a un espantapájaros muy mal alimentado.

«Pero eso pronto lo vamos a arreglar» se dijo para animarse un poco.

Al terminar de ponerse las botas, contempló por última vez el petate que yacía encima del camastro, decidió guardarlo debajo de él y rogar por qué a ninguno de los empleados de la hospedería le diese por curiosear allí debajo. Abrió la puerta y salió de la habitación sin más preámbulo. Un agradable olor a carne a la brasa lo recibió inundando sus sentidos, oyó como su estomago emitía una llamada de socorro poco rato después. Efectivamente confirmó sin ninguna duda, que tenía un hambre de mil demonios.

Bajó por las escaleras hasta que llegó al piso en donde momentos antes había visto a los chavales, se detuvo unos instantes, pero el reservado estaba completamente vacío y ya no se encontraban por ahí. Siguió descendiendo los siguientes escalones hasta la planta baja con aquella extraña sensación de malestar aún carcomiéndole el subconsciente. Para su sorpresa, vio como los chicos recién estaban abandonando el lugar; alegres y embriagados hasta las cejas. Durante un segundo pensó en seguirlos, un instinto que duro bien poco, ya que tras ese corto instante desecho la idea. Podía más el hambre que retorcía sus tripas que la simple y llana curiosidad.

«Lo primero es lo primero» Se dijo concentrándose en la labor que debía hacer. Se dirigió a la barra con paso seguro, donde ya lo esperaba Gulag con una sonrisa más falsa que una armadura hecha de papel.

―¡Bueno, bueno caballero, veo que ya ha podido relajarse un poco de las incomodidades del camino! ―Exclamó mientras asentía con aprobación.

Miró en derredor y comprobó que en el salón tan solo quedaban ellos dos y sus empleados que empezaban a recoger. Por suerte el timorato del arpa tampoco rondaba por las cercanías, así que se respiraba algo de tranquilidad. Volvió a posar su atención en el posadero.

―Sí, se puede decir que me he quitado un gran peso de encima. ―dijo devolviéndole la sonrisa con la misma sintonía. ―Estoy seguro que tras un buen ágape seré el hombre más feliz del mundo.

―¡Claro, claro! ―respondió frotándose las manos. ―Tengo en el fuego una pata de ciervo con la que se chupará los dedos, y ahora le traigo un poco de pan y salsa de la casa hecha con tomates, cebolla y tocino para ir abriendo boca.

No le sonaron nada mal aquellos aperitivos a sus oídos, su estomago gruñó mostrando su aprobación.

―Me parece estupendo.

―¿Quiere algo de beber mientras le acabo de preparar la cena?

―Un poco de vino estaría bien.

―¡Shasha! ―Chillo justó en frente de él como un estibador haría en el puerto. ―¡Tráele una botella de vino al caballero, quieres! ―tras una torpe reverencia que desentonaba absurdamente con su porte campechano y su comportamiento de usurero real, salió disparado a terminar los quehaceres que tenía en mente.

Observó cómo se escabullía detrás de un cortinaje con una sonrisa en la expresión. Ese Gulag era todo un personaje desde su enorme cabezota, hasta sus cortos pies. Se pregunto cómo alguien de su calaña se había logrado instalar en uno de los lugares más ricos de la ciudad y abierto una hospedería que a ojos vista despedía glamur por todos sus poros. Era todo un misterio para él. Sin lugar a dudas, había muchas cosas de las ciudades que desconocía todavía y lo confundían.

«Tendré que trabajármelo a bien» acabó por concluir.

Al poco rato apareció Sasha con una botella y una copa que primorosamente dejó en la mesa, antes de intentar salir en desbandada.

―Un momento muchacha. ―le dijo, haciendo que esta se detuviera en seco antes de voltearse con el rubor aún tiñendo sus mejillas. ―Siento haberte incomodado antes arriba, no era mi intención.

―No se preocupe señor, no me ha incomodado en absoluto ―respondió mintiendo descaradamente. ―Es mi trabajo al fin y al cabo. ―Añadió para luego seguir a Gulag detrás del cortinaje, asustada como un cervatillo.

Volvió a sonreír ante la respuesta. Suponía que uno no podía ir diciéndoles a los clientes lo que pensaba, pues seguro se quedaba más solo que un leproso en una casa de citas, por lo que no le sorprendió la revelación.

Cuando le sirvieron la comida en la mesa, ya se había metido por el coleto dos o tres copas de aquel dulce vino que empezaba a calentarlo llenándolo con su vigor. Comió con fruición, con ambas manos al mismo tiempo, mientras Gulag detrás de la barra observaba la proeza con perplejidad. La rapidez con la que desapareció todo lo que trajo, era insanamente inhumana, engulló hasta que no quedó ni una miga en el mantel. Tras un hondo suspiró se masajeó el estomago satisfecho.

―Ha estado todo muy rico la verdad. ―le dijo a Gulag tras un sonoro eructo. Este aún lo observaba anonadado. ―Hacia muchos días que no comía tan bien como hoy. Para mí ha sido todo un banquete.

―Me alegra mucho que lo haya encontrado todo de su gusto ―Le contestó este mientras se secaba con una mano su sudorosa calva, sin saber muy bien cómo reaccionar aún.

Sacó una pequeña pipa junto a un pequeño paquetito de uno de uno de los bolsillos de su guerrera, lo desenvolvió y le dijo a Gulag con un tono casual.

―Te importaría acompañarme un rato sino estás demasiado ocupado. ―le pidió al posadero señalando el taburete que tenía en frente. ―La soledad es muy mala compañera para un trayecto tan largo como el que acabo de recorrer. Imagino que puedes hacerte una idea ¿verdad?

―¡Por supuesto! Uno siempre tiene algo de tiempo para complacer a sus clientes. No se preocupe. ―respondió con otra de aquellas sonrisas mientras aceptaba la oferta y se sentaba en el señalado lugar. Era curioso cuanto había mejorado su carácter después del reembolso anterior. ―Y ya que lo menciona, no puedo evitar preguntarme ¿De dónde es que viene exactamente usted?

«Ahora es cuando empieza el juego de verdad» pensó recordando detenidamente la historia que le pensaba contar a Gulag. (Y a cualquiera que le apeteciese curiosear)

―Vengo de la región de Argand, al sur de esta parte del continente, de un pequeño pueblo rural del alto campo que se llama Dasdash. ―Contestó tras dar una imperiosa calada de su pipa y llenar todo su alrededor con el dulzón olor de la Séttla (una especie de tabaco con propiedades básicamente relajantes de uso muy cotidiano en muchas regiones del circulo del mundo) Gulag abrió los ojos anonadado, pues no le cuadraba mucho que alguien de piel tan blanca como la suya viniese de una región que se encontraba tan al sur de Mansour―Te apetecen unas caladas ―le dijo mientras le tendía la pipa. Este declino amablemente su oferta. ―Bueno, como quieras.

Volvió a calar mientras se repantingaba en la silla.

―Así que vienes de la región de Argand, ya veo ¿Y cómo es que un muchacho como tú ha emprendido un viaje tan largo como este? ―preguntó de pronto con un brillo inteligente en la mirada.

En realidad Gulag se preguntaba muchas más cosas, aunque no las manifestó en voz alta, pero su expresión suspicaz lo delataba. Seguramente se preguntaba cómo era posible que un chaval venido del alto campo y a la vez blanco como la leche, cargara con una bolsa tan abultada de dinero y portara una espada tan cara y elaborada como la suya. Al menos sería lo que se hubiera preguntado él. En cualquier caso, para tales contingencias, también tenía preparada una respuesta.

―La verdad es que es una larga y no muy agradable historia ―contestó como si quisiera evadir el tema en cuestión. ―Estoy seguro de que te acabaría aburriendo con mis miserias.

―¡Ho, no señor, nada más lejos de la verdad! Comprobara que este servidor es un hombre difícil de aburrir. ―Alegó con otra sonrisa falsa en la expresión. ―Recuerde que soy el posadero de una hospedería después de todo.

Gulag era un tipo bastante curioso, como cualquier buen chismoso al fin y al cabo. Aunque de eso se trataba el juego después de todo, pensó; dar y recibir a cambio. Así que se dispuso a dar lo mejor de sí mismo.

―Bien, como quieras, ―accedió mientras ponía la expresión de alguien que esta recapitulando en el tiempo. ―, pero luego no digas de que no te avise de que esta no era anécdota cotidiana al uso. Gulag izo un gesto para que siguiera. ―Como te comenté, vengo de un pequeño pueblo llamado Dashdash ceca de la región de Argand. En ella vivíamos mi hermana y yo en una pequeña casa de campo que heredamos cuando mi madre murió de fiebres hacía un año atrás. Tuvimos que hacernos cargo de que el campo fuese cultivado, asegurarnos de que la cosecha nos diese para sobrevivir otro año más. ―Allí hizo una pausa comprobando como se recibía aquel cuento el posadero. Gulag lo miraba absorto tras el humo de la Séttla, atento a cada palabra que salía por su boca. ―¿Alguna vez has trabajado el campo?

Aquella pregunta lo pilló desprevenido.

―No, nunca he tenido ese privilegio. ―respondió mientras negaba con la cabeza.

―Pues no te lo aconsejo en absoluto. ―replicó con una mueca. ―Fue un año duro y muy difícil, y la cosecha no nos salió precisamente como nos esperábamos. ―dijo con una amarga mueca en la expresión. ―La recogida fue exigua, casi ridícula para tan siquiera existir. Más tarde comenzaron a llegar los deudores, llegaron todos ellos a la vez, reclamando los pagos que había contraído nuestra madre años atrás cuando mi padre murió en la guerra que hubo aquí en el norte. A pesar de que nosotros no teníamos conocimiento alguno de aquellos préstamos, nos hicieron responsables para que nos hiciéramos cargo de ellos. Entonces las cosas se torcieron aún más para nosotros.

Gulag acomodó su gordo culo mejor en el taburete mientras se inclinaba absorto en la pantomima que le estaba contando. Sonrió para sus adentros, pues externalizarlos estropearía todo el clímax.

≥≥ Un día llegaron una banda de tipos al pueblo, venían de parte de uno de dichos deudores, resueltos a reclamar un dispendio que para nosotros que era del todo imposible de realizar. Sus exigencias fueron subiendo de tono. ―Dijo frunciendo el ceño, como si recordara la escena en aquel mismo instante vívidamente en sus carnes. ―Nos quemaron la casa delante de nuestras propias narices, y a mí, me dieron tal paliza que pensaron que me dejaron muerto. Cuando desperté muchas horas después, medio roto y adolorido, descubrí que se habían llevado a mi hermana con ellos. Nadie del pueblo se atrevió a hacerles frente y yo tan siquiera pude hacer nada para protegerla de aquellos mal nacidos. ―dijo apretando sus puños con resignación. ―Con el tiempo y la ayuda de la gente de los alrededores, logré reunir algo de dinero, cogí la espada de mi padre y me decidí a darles caza. ―Miró a los ojos de Gulag para añadir. ―Y supongo que eso es todo.

El posadero tardó un rato en reaccionar. La historia era como sacada de una epopeya de drama, virtud y valor. Esperaba que su actuación hubiese dado fruto para ganarse la confianza de su anfitrión.

―Vaya, sí que es cierto que era una historia larga y desagradable, pero en ningún caso me ha dejado indiferente. ―Dijo finalmente este. ― ¿No sabía que la gente del sur tratara tan mal a sus propios conciudadanos? La verdad es que me han parecido unos seres bastante despreciables los que has descrito.

―¡Y lo son! ―exclamó con vehemencia, como si la sola idea de que se los pudiese considerar como unas personas normales fuera una abominación. Aquel arranque izo que el posadero por poco no cayese del culo al suelo, lo que casi le saca otra sonrisa. Al final prosiguió algo más calmado ―El problema es que no se trataban de gente de aquellas tierras en absoluto, sino que más bien venían de aquí, del norte.

Aquella declaración dejo aún más boquiabierto al posadero.

―Discúlpeme si me excedí con mis suposiciones.

―No te preocupes, es solo que cuando pienso en ello me hierve la sangre en las venas.

―Le entiendo. ―Respondió, pero su cara por otro lado denotaba todo lo contrario. ―¿Y entonces dice que los tipos eran de por aquí?

―No exactamente, de por aquí no creo que fueran. ―Dijo sonriendo y así relajando un poco la tensión reinante. ―En absoluto me refería a que fuesen habitantes de Mansour, sí eso es a lo que te refieres. Discúlpame si no me he sabido expresar con exactitud. Allí en el campo somos un tanto incultos y todo lo que queda en esta dirección después de Dashdash, es considerado el norte. De allí la confusión.

―Ah, ya veo.

«Lo dudo»

―Llevo meses siguiéndoles la pista a dichos malhechores ―continuó ―, pero esta se desvanece cerca de las inmediaciones de la ciudad, por lo que pensé, que si encontraba a alguien que los hubiera visto por las cercanías, quizás, me pudiese proporcionar alguna información al respecto que me ayudara para seguir con mi búsqueda.

Y ahí acababa de lanzar su anzuelo, ahora a ser paciente y esperar que picara en él.

Gulag quedó meditabundo mientras asimilaba toda la información que acababa de recibir, por su parte hizo como si esperase que hubiese escuchado algo al respecto, lo que desde luego no iba a suceder. Sabía que era una de aquellas historias que hacían que el oyente sintiese empatía con su protagonista, el cual en este caso era él. Contempló su expresión tras la capa de humo de Séttla que los separaba. El posadero probablemente se estaba preguntando si podía sacarse algo a costa de su miseria, concluyó, olvidado ya todo su recelo inicial. «Parece que ha picado después de todo» Se dijo al rato. Era una de las muchas habilidades que desarrolló en sus largos años de instrucción. Como no se cansaba de repetirle a menudo su tutor Pakour, «Nunca lo olvides Sarosh, muchas veces tendrás que hacerte pasar por quien no eres en tu trabajo, y debes saber actuar debidamente en cualquier tipo de circunstancia o insalvable situación, pues grábalo a fuego en tu mente muchacho, te va la vida en ello» No le hizo mucho bien recordar aquella última reflexión, aunque por como lo observaba su anfitrión y su forma de sospesarlo diría, que no lo había hecho tan mal del todo.

―Pienso que le será difícil dar con esos sujetos en una ciudad tan grande y bulliciosa como es Mansour ― Expresó al rato mientras se frotaba la barbilla en gesto de concentración. ―Eso dado de que se encuentren aquí, claro está.

―Es una de las pocas esperanzas que me quedan.

―¿Ya habrá advertido a los guardias de las puertas de su situación, verdad? ―Le preguntó con interés. Él asintió, pero con una mueca de resignación en la mirada. ―¿Y supongo que la guardia de la ciudad no saben nada al respecto, no es cierto?

―¡Así es! ―dijo mostrando su sorpresa. ―Pero ¿Cómo has sabido eso?

―Ya se lo dije, esta es una ciudad muy grande. ―dijo, dando así crédito a su argumento anterior. ―Aunque no se preocupe, pues ha acudido a la persona indicada. Dígame ¿Cómo eran precisamente esas gentes de las que habla, quizás pueda hacer algunas averiguaciones al respecto? ―se ofreció del todo servil. ―Como verá, este es uno de los hostales más glamurosos y concurridos de la ciudad, y por él pasa mucha gente al día. El alcohol, la camaradería y esas cosas, suelen soltarles la lengua a la gente ¿sabe? Puede que incluso con un poquito de suerte los hombres de los que habla aparezcan en alguna conversación que por error haya acabado en mis ignorantes oídos.

«Hay truhán, truhán»

Como imaginó Gulag, no escatimaría en recursos por intentar darle otro buen pellizco a la bolsa de sus caudales. Pero eso era precisamente lo que pretendía de él, que mostrase un gran interés en tenerlo bien contento. Ahora además de tener una coartada firme para su estancia en la ciudad, un lugar franco donde realizar sus planes, tenía un par de oídos extra que le proporcionarían toda la información que necesitase.

―Sí eso fuera posible sería de gran ayuda para mí ―declaró agradecido.

Advirtió otro destello avaricioso en sus ojos.

―Por supuesto, por supuesto ―dijo mientras se frotaba las manos en el delantal. ―Será todo un place para mí serle de ayuda. ¿Ahora dígame, como era exactamente ese grupo de gente? ―preguntó nuevamente interesado. Él lo miró como si no acabase de comprender la pregunta (a fin de cuentas tenía que parecer del campo). ―Ya sabe ―prosiguió este ―¿Cuántos eran los atacantes, que aspecto tenían, o si advirtió algún tipo de distintivo que le llamase la atención y que pudiera resultar útil para identificarlos? Cualquiera de esas informaciones sería de gran ayuda para hacer algo por usted.

Bueno estaba claro que había conseguido llamar la atención de Gulag, no cabía duda. «Un punto a mí favor» Se congratuló. Ahora tenía que interpretar un final bien ensayado, y la actuación habría sido todo un éxito que en cualquier anfiteatro que se preciase, aplaudiría el gentío con regocijo.

Compuso un gesto distraído, como si en realidad se hubiese trasladado al lugar donde habían comenzado sus (presuntos) problemas, y tras un par de muecas después.

―Bueno no sabría por dónde empezar. ―dijo algo compungido.

―¿Qué tal si empieza describiéndome lo primero que recuerde?

Volvió a componer un gesto distraído.

―A ver, eran un grupo de cinco hombres y una mujer bien guapa que también los acompañaba. Uno de los hombres tenía una cicatriz que le cruzaba desde el ojo derecho hasta la comisura de su boca, el cual creo, era el que llevaba la voz cantante.

―¿Una mujer? ―Lo interrumpió de pronto el posadero.

―Sí, eso mismo he dicho, una mujer. Y a pesar de que era preciosa la jodida, no dudó en patearme junto a los demás mientras agonizaba en el suelo a punto de caer en la inconsciencia. A los otros no los recuerdo muy bien. ―Dijo con el entrecejo fruncido. ―Eran rubios y altos, de constitución fornida y vestían… de forma similar a los dos chavales que hace tan solo unos instantes acaban de abandonar vuestro local.

Una burlona sonrisa comenzó a pintársele en la expresión de Gulag.

―¿Se refiere al hijo del Gobernador Eriast? Porque precisamente uno de los chicos que acaban de abandonar la hospedería se trata de su primogénito. ¿Se asemejaban a esos dos miembros de la alta nobleza de Mansour a los monstruos que antes me mentaba? ―Volvió a inquirir incrédulo.

«Eso sí que no me lo esperaba» ¿Así que resultaba que uno de esos chavales era hijo de uno de los gobernantes de la ciudad, ni más ni menos? No podía tener que ver demasiado con lo que lo había traído allí, concluyó, a pesar de que aún no tenía muy cuáles eran esas razones concretamente. Lo que desde luego para él fue irrefutable, que algo en aquel chaval no marchaba bien. En realidad no sabría describir que le causaba esa sensación, llámalo intuición o un sexto sentido, pero algo no marchaba bien con aquel muchacho. Apartó de sí tales lucubraciones y se concentró en el ahora, pues comprobó que Gulag seguía esperado una respuesta.

―No exactamente. ―Respondió ―Simplemente trataba de hacer alusión a que vestían de una forma similar al menos extravagante de los dos muchachos. ― vació el contenido de la cazoleta de su pipa en uno de los laterales de la mesa mientras hablaba. ―Pero en realidad los tipos a los que me refiero son de proporciones mucho más grandes y sin lugar a dudas, de aspecto mucho más amenazador.

―Concuerdo con usted en que esos dos muchachos no serían capaces ni de matar el tiempo ―dijo para luego reírse de su propio chascarrillo.

Por su parte se unió a las risas para seguirle el juego, aunque interiormente se estaba cansando de tanta sonrisa pedante, temía que en cualquier instante alguno de los dos se le fracturara la mandíbula por tanta falsedad contenida. Cuando poco después Gulag recuperó el aliento prosiguió más serio.

―Volviendo al tema principal que nos atañe. Por la descripción que me ha proporcionado, podría ser cualquiera de esta misma ciudad o de cualquiera de las otras que se encuentran en el territorio. ―declaró ―pero está claro que proceden de la región y de un estatus alto como poco. El chaval menos extravagante de los dos, Armen, el hijo del Gobernante Eriast, siempre suele vestir a la manera tradicional de la región, muy al contrario que su inseparable compañero como habrá podido comprobar. Así que sí que es muy probable que no sean de muy lejos de aquí los hombres a los que busca. ―Concluyó. «Sería una buena deducción si lo que te hubiese contado no fuera una total y completa ficción» Pensó mientras contemplaba divertido como el posadero hacia sus cábalas. ―Deduzco sin miedo a equivocarme, que si pudiera alargar su estancia en Mansour un poco más de tiempo, lograría obtener alguna información de utilidad.

«Y la idea es que me quede en tu hospedería ¿verdad?» El gordito tenía recursos para intentar sacarle hasta el último penique si podía, concluyó. Le encantaba cuando la gente resultaba ser así de altruista. «La deferencia de las grandes ciudades no me deja de sorprender. ¿Qué sucedería si no tuviese ni donde caerme muerto?» Se preguntó a pesar de saber ya la respuesta de antemano.

―Parece una buena idea, pero ―Hizo como si estuviese sospesando los pros y los contras. ―, no sé si me alcanzara para mucho tiempo con lo que llevo encima.

En aquel punto el brillo del los ojos de Gulag denotaban que creía que se había llevado la partida. Era una pena que nadie le hubiese explicado las reglas del juego antes de que empezara a apostar.

―¡Oh, no se preocupe por eso! Seguro que ya se nos ocurrirá alguna solución antes de que eso llegue a suceder. ―declaró mientras se ponía en pie y se llevaba las manos a los riñones como si hubiese estado cargando piedras. Luego añadió del todo resuelto ―Ya verá como al final logra dar con su querida hermana.

«No lo dudo ni por un segundo»

Ahora que ya había logrado instalarse en la gran urbe y proporcionado un pretexto para encontrarse allí, tan solo quedaba esperar que su contacto diera con él y le proporcionase la información que necesitaba para iniciar Su Prueba de Templanza. Contempló a Gulag como se perdía nuevamente detrás del cortinaje de su cocina y pensó «Quizás debería ir a tomar el aire y conocer un poco mejor Mansour» antes de incorporarse y dirigirse hacia la puerta de salida un tanto empachado.
«Pero algo me dice que este no va a ser un viaje de placer.»


FIN....

Ya me diréis que os pareció el capitulo. Y siento ir saltando de personaje en personaje así, pero tengo varias tramas en marcha. Un saludo y nos leemos. Tongue
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Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
Responder
#44
Buenas, fardis!

Pues sigue la historia entretenida y se siguen creando incógnitas. Ya me preguntaba qué había pasado con Sarosh! Su conversación con el posadero intriga. A pesar de no gustarle el teatro, Sarosh consigue lo que quiere, ¿pero cuál será realmente su objetivo? Y vaya, después de haber engullido tres vasos de vino, que salga a la calle es temerario, y qué decir si se encuentra con los Incondicionales! En todo caso, Sarosh parece ser una persona con principios, mesurado (salvo para la comida Big Grin) y, así y todo, me da a mí que pronto van a rodar cabezas a su paso…

Buen capítulo!

Saludos,


- capad de desnudarse -> capaz
- alrededor suyo -> «alrededor del él» o «a su alrededor» (creo)
- no le paso desapercibido -> pasó
- Chillo justó en frente -> Chilló justo
- paquetito de uno de uno -> «de uno» repetido
- Gulag izo un gesto -> hizo
- ceca de la región -> cerca
- Aquel arranque izo -> hizo
- aún no tenía muy cuáles -> muy claro cuáles
Responder
#45
¡Muy buenas compañera Kaosteo!
La verdad es que Sarosh no sabe tampoco la que se le viene encima. Lo han mandado a una ciudad al quinto pino y no sabe quien va a ser su contacto (aunque supongo que se deja ver quien debe ser) Gulag es el típico pillo de ciudad que intenta sacarte hasta el ultimo céntimo que guardas en el calcetín con sonrisas y buenas maneras. El objetivo de Sarosh no esta muy claro, pero algo en Armen le llama la atención, pero mientras espera ordenes, quien puede saber lo que sucederá XD Cierto que Sarosh parece una persona comedida y con un buen sentido de la lógica, sin contar su buena oratoria, pero no olvidemos que ha tenido una infancia traumática (como casi todos los personajes que actúan en la novela) Verás que este personaje también se las trae.
Un placer tenerte por aquí, y como siempre impagables tus correcciones.
Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
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ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
Responder
#46
Noooo!!! Ahora vas y cambias de trama y nos dejas en la estacada sin saber qué pasa con Armen, Kumar, Medar, Ashur... ¿cómo se te ocurre hacer algo así? ¿cómo puedes dejar una trama en el punto álgido para cambiar a otra?
Eso sólo lo hago YO!
jajaja

Pues volvemos con Sarosh, al que teníamos ahí perdido en la posada desde hace algún tiempo. Ya me extrañaba a mí que este extraño "viajero" no tuviese algo que ver en todo lo que estaba pasando... seguro que al final acaba metido hasta el cuello igual que los demás...
Pero por lo pronto ha empezado por flirtear un poco con la muchacha y por hacer lo que le ha dado la gana con el gandúl y aprovechado del posadero... merecido se lo tiene, seguro Tongue

Aún no sabemos qué lo ha traído a la ciudad, de hecho parece que ni él mismo lo sabe; pero seguro que acaba implicado en más de un asunto turbio, sobre todo viendo que ya está intuyendo quién va a meterse en problemas...

Pronto lo veremos...
Iep!!
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#47
¡Buenas Camarada Landanohr!

La verdad es que no tenía intención de cambiar de trama después de todo, ya que en cierta parte de la novela ya se han juntado la trama de Armen, Sarosh, y Kumar, y pronto probablemente haya un cuarto cruce dentro de no mucho en el que se vean implicados Ashur y Medar. XD

Necesariamente tenía que volver a Sarosh, sí o sí, ya que lo había dejado bastante abandonado al muchacho. Y como bien comentas seguro que tendrá bastante que decir en los acontecimientos que se prevee a no muy tardar. El pobre no sabe la que se le viene encima.

A ver como logramos atar todos los cabos para que la historia siga avanzando, ya que con tanto personaje (y los que faltan) me estoy haciendo la pich.... un lío. Pero bueno, espero que como dije, el mejunje me salga digno.

Un saludo y nos leemos compañero.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#48
Bueno queridos compañeros, pues ya estoy aquí con otro nuevo capitulo. Como alguno de los anteriores, no destaca por su corta extensión, así que me he decidido a partirlo en varios trozos como ya he echo con otros. A lo que voy, espero que os guste.

Edición. Hubo un cambio de titulo, pues en reglas generales, el que había no calzaba mucho con lo que sucedía en el capitulo. Un saludo.


NOCHE DE MIEDO


El Capitán Ashrans y su pelotón corrieron por la galería todo lo rápido que daban sus piernas, el sonido de las estentóreas y enajenadas risas que salían de los lúgubres nichos iban quedando atrás. Los chillidos que se habían escuchado de aquella zona minutos antes ya se habían acallado, pero semejantes gritos se alcanzaron a oír hasta en su puesto de retén en una de las puertas más alejadas del Magisterio en las que estaba haciendo guardia. Al llegar al final del pasillo y empujar la maciza puerta que se cernía al fondo, él y todos los de la patrulla que lo acompañaban, se quedaron  mudos ante la truculenta escena que encontraron detrás de ella. Miró hacia todas direcciones con su mano aferrada fuertemente a la empuñadura de su espada, pálido por la impresión, sus nudillos blancos por la presión, hasta que finalmente comprobó que se encontraban subjetivamente solos en la habitación (Si es que aquello podía considerarse así). En la pequeña y octogonal sala, había un montón de cadáveres tirados y ensangrentados, esparcidos por el lugar, producto de una barbarie sin parangón. Los cuerpos, o lo que quedaba aún de reconocible en ellos, mostraban multitud de cuchilladas y desgajaos, golpes y humillación, amputaciones;  algunos miembros arrancados de los mismos estaban esparcidos por la estancia como muñecos rotos dejados por un niño demasiado cruel. La sangre lo anegaba todo a su paso, el enlosado, las rocosas paredes que ahora empapadas lloraban sangre, los extraños artilugios que colgaban de ellas, la mesa volcada que estaba en el centro de la estancia ¡TODO LO DEMÁS!

Sus subordinados se miraban unos a otros perplejos, sin lograr emitir ningún sonido medianamente inteligible, la escena superaría hasta el hombre más estoico de Mansour. Dio varios pasos vacilantes,  mientras tragaba saliva con la impotencia del que llega demasiado tarde, cerciorándose de que aquel horror fuese real. ¡Y bien real que era!

―¡Avisar al Comandante de inmediato! ―Ordenó sin poder apartar los ojos del macabro mosaico que había expuesto allí. ―Debe ser informado de lo que acabamos de encontrar sin demora y en la más completa confidencialidad.

Escuchó como el Teniente Mashba daba las órdenes pertinentes a uno de los guardias que lo acompañaban, el cual salió corriendo con premura a relatar las terribles nuevas al Comandante de la Guardia de la ciudad. (Más conocido por el título del Argbaht)

Mientras tanto inspeccionó la sala adentrándose un poco más en ella, seguía sin acabar de creerse lo que estaban presenciando sus ojos.

En el centro de esta yacía tirado como un pedazo de carne más, el enorme corpachón del Tesorero Mashema, gran cantidad de sangre había escapado de un profundo corte que sesgaba su yugular, mientras la rica y elaborada túnica de de color verde-morado con la que iba engalanado, se abría en abanico cubriendo parte de su cuerpo inerte. Cerca de allí, al costado de una mesa de la que habían caído una cantidad desproporcionada de trastos de tortura, dos diminutos cuerpos cosidos a puñaladas también reposaban muertos, se trataban de los hermanos Pashur, y para su mudo horror, comprobó, que estaban partidos en dos mitades. Al seguir recorriendo la escena con la mirada, distinguió que tanto la Suma sacerdotisa Nora como Maísade, la casquivana más notoria de la corte, no habían corrido mucha mejor suerte que sus colegas de cámara, pues estaban degolladas las dos. A la primera a ojos vista habían abusado sexualmente de su cuerpo, pues yacía tumbada bocabajo, con la túnica subida a la altura de la cintura y sus piernas abiertas de par en par, no era difícil concluir que es lo que había sucedido ahí. La segunda, paradójicamente, sufrió un final mucho menos lascivo a su parecer. Le habían arrancado tanto la lengua como sus pechos, dejándolos para macabro deleite justo enfrente de ella, como si se tratase de un pérfido tributo hacia su dudosa posición social. Tanto el joven Consejero Cazaire como él Electo Chasck, tendidos boca arriba y con la vista perdida en el lejanía, con muecas desencajadas por el estupor y luciendo vestimentas completamente ensangrentadas, muy a pesar de no presentasen ninguna herida que fuera visible para él, también permanecían mortalmente quietos.

«¿Quién puede haber hecho semejante carnicería?» Se preguntó sin salir de su estupefacción.

―¡Mire Capitán! ―La alterada voz de su Teniente Mashba, lo sacó de aquella horrenda pesadilla. ―Creo que se trata del Magíster Depraba. ―dijo señalando al hombre que reposaba en un curioso sillón de madera con abrazaderas.

Probablemente aquel fuera el salvajismo más desagradable que había podido ver en la sala. El cuerpo del Magister Depraba, sentado como un rey en su sitial, encabezaba una bizarra audiencia con expresión de pesar e inhiesto como un palo. El sillón en cuestión estaba empapado en su propia sangre, y un ingente charco se estaba formando a sus pies, lo habían desollado vivo. Las abrazaderas con las que se debería retener al reo, estaban retorcidas de una forma extraña e imposible, así que sujetaron al Magister clavando cada una de sus extremidades con largos punzones en los reposabrazos y patas del sillón. La cosa no quedaba solamente ahí, en absoluto, también le habían arrancado ambos ojos dejando en su lugar dos pozas que lo observaban sin parpadear. De su boca, de la que claramente faltaban numerables dientes, segregaba un esputo sanguinolento que corría en un reguero por su barbilla hasta bajar por su cuello y llegar al resto de su cuerpo, el cual estaba desnudo de cintura para arriba. En su torso descubierto, inscritas unas palabras en su propia carne hendida, se podía leer. «Los primeros siempre serán los últimos en caer»

La verdad es que aquella imagen logró impresionarlo a pesar de que era soldado desde hacía ya muchos años. Había vivido muchas batallas e innumerables y encarnizadas escaramuzas para contarlas con los dedos de ambas manos, había visto a muchos de sus compañeros morir de mil y un maneras diferentes, pero eso era un acto demencial, nada que hubiese visto con anterioridad podía asemejarse ni por asomo. «¿Qué diablos ha podido suceder aquí?» Se preguntó cada vez más aturdido.

Prácticamente la plana de su Estado se encontraba desangrándose en aquella habitación del miedo, advirtió, era demasiado espeluznante y visceral para poder asimilarlo así de pronto. El Consejo casi al completo había tenido una muerte terrible y violenta a manos de los dioses sabían qué.

―¡Aquí Capitán, venga, corra, corra ―Chilló de pronto uno de los soldados que se había internado por la puerta que daba a la habitación colindante a la suya. ―, es el Gobernante Eriast!

―Mirad si encontráis alguna pista que pueda aclararnos lo que ha sucedido aquí. ―le ordenó a sus subalternos mientras empezaba a emprender la carrera.

Corrió como jamás lo había hecho en su vida, con el corazón en un puño, mientras se apresuraba a reunirse con el soldado que había reclamado su presencia. Lo encontró en la sala contigua a la de la carnicería, acunando el cuerpo del gobernador entre sus brazos, el cual, aún respiraba con dificultad.

«Gracias a los dioses que está a salvo»

Soltó el aire que había estado reteniendo en sus pulmones. ¡Era sin duda el Gobernador Eriast! En cierta medida podían estar algo más calmados, al menos la debacle no había terminado en un total y funesto desastre.

―¡Llama al médico ―Le ordenó al soldado mientras él ocupaba su posición. ―, rápido!

Contempló sus alrededores y se percató de que tampoco estaban solos en el lugar, un tipo de enormes proporciones y con un capuchón negro que cubría su cabeza, permanecía tendido y apoyado en uno de los laterales de la pared mientras intentaba inútilmente sujetar las entrañas que se salían a borbotones del tajo en su prominente vientre, la pálida muerte ya se había cebado en él. Junto a este reposaba el cuerpo del Electo Serkussak, condenado esa misma mañana por ser uno de los incitadores de las revueltas que habían causado tantos muertos en la ciudad. Su expresión estaba retorcida en una mueca de terror, la espada que supuestamente había herido mortalmente al grandullón, paraba junto a él para su total perplejidad. Advirtió que como el resto, también este contaba con múltiples heridas cubriéndole gran parte del cuerpo, su ojo hendido por algún instrumento punzante le había provocado una herida que aún supuraba un icor amarillo que izo que se le revolviese el estomago de nuevo.

―¿Es usted capitán Ashran? ―Preguntó el Gobernador Eriast con voz entrecortada.

―Sí mi señor, aquí mismo estoy. ―respondió saliendo de su ensimismamiento.
 
―¿Están todos muertos capitán? ―Preguntó con tono entrecortado antes de toser y escupir una flema de sangre en el proceso. ―¿Lo están?

―Me temo que sí señor. ―le respondió con pesar ―Todos los miembros del consejo que estaban en la sala se hallan muertos, incluidos el Electo Sercussak y un tipo enorme al que le han abierto el vientre.

Su gobernador Eriast  no escuchaba en absoluto lo que le decía, la lucidez de sus ojos iba y venía por instantes, no creía que fuese capaz de poder mantener la conciencia por mucho tiempo más. En un momento dado, en el que supuso que había recuperado algo de lucidez, volvió a mirarlo fijamente y declaró.

―Tienes… tienes que avisar al Argbaht de inmediato, debes decirle que prepare a toda la guardia de la ciudad, haced sonar las campanas, están cerca de aquí… ―Volvió a interrumpirse a media frase para toser con sequedad mientras escupía otra vez sangre por la boca. La situación era urgente, se le estaba escapando la vida por momentos a su gobernador y él, no podía hacer nada para aliviar su dolor.

―No se esfuerce, ya he mandado avisar al Argbaht y pronto estará aquí con el médico para atenderlo. Intente guardar sus fuerzas. ―dijo a pesar de saber, tras un breve reconocimiento por alguna de sus heridas, que no iban a llegar a tiempo.

Su señor hacia un gran esfuerzo por no desfallecer y caer en la inconsciencia, arrugaba su entrecejo a la par que intentaba mantenerse despierto con tenacidad, la palidez de su piel y los febriles sudores revelaban que no le quedaba demasiado tiempo de vida, el temblor de sus miembros lo confirmaban.

―Escucha y no me interrumpas Ashrans ―le reprendió haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, pues su voz sonaba tan débil que apenas llegó a murmurar aquellas palabras. Asintió con la cabeza con obediencia, las palabras de su gobernante eran la ley, se había consagrado a ellas, como fiel servidor que era. Así que acerco su oído a sus labios para poder escuchar con más claridad sus últimos deseos de su señor. ―Tienes que avisarle al Argbaht… tienes que decirle que... qué… ―la sangre iba descendido por la comisura de sus labios a medida de que este hablaba, hasta que en un momento dado su voz se moduló para volverse mucho más siniestra y gutural. ―¡Estoy seguro que vais a servirme igual de bien que el resto!―le dedicó una sonrisa impúdica antes de atenazar su brazo con una fuerza sobrehumana.

«¡¿Pero….» Fue lo único que alcanzó a pensar.

Antes de que pudiese reaccionar de alguna manera, sintió como una especie de presencia extraña e insubstancial penetraba en su carne hacía el interior de su ser, dejándolo de repente en un estado de shock total. Sentía como el tacto helado del gobernador estaba corrompiendo su piel, pero algo le impedía gritar pese al espantoso dolor que le infligía, sufriendo y agonizando en silencio mientras era hipnotizado por los gélidos ojos de aquel horripilante ser. Era como si una fuerza extraña estuviese intentando arrebatarle su cuerpo palmo a palmo, miembro a miembro, hasta lograr hacerse con él. El dolor era casi indescriptible, insoportable para cualquier persona, sintiéndolo hurgar en cada poro de su cuerpo y en cada fibra de su ser. No obstante, no podía externalizar sus miedos aunque lo quisiera, pues aquella malévola fuerza le había privado incluso de aquello. Tras una corta lucha por su cuerpo en la que salió perdedor, notó como su conciencia se diluía como un puñado de polvo tirado al aire en una tarde tormentosa.


                                                                                                  ****

No era exactamente lo que tenía planeado, aunque siempre se podía improvisar. Se solazó pensando en las repercusiones con las que iban a tener que lidiar el desorganizado ganado cuando los planes de su señor, que ya estaban puestos en marcha, diesen sus frutos. Observó el laxo cuerpo del gobernador ahí tendido, hueco como un baúl vacio, perdida su alma en el velo se oscuridad, mientras a su vez, comprobaba la movilidad de su nuevo recipiente; acostumbrándose a sus nuevos recuerdos y a su distinta motricidad. «No es el cuerpo perfecto, pero a fin de cuentas me servirá» Se dijo.

Por otro lado, había dejado de percibir los hilos de los títeres que envió para que encargasen de dar muerte al muchacho, como también había dejado de sentir a los mequetrefes que tenían que traerle al traidor con vida. Los hilos conectores que los unían a su propia esencia, habían sido cortados de raiz por una fuerza similar a la suya. En el caso del traidor presupuso que no iba a ser fácil, por lo que entraba dentro de sus planes. Siempre había sido un tipo astuto y escurridizo, y contaba con múltiples y variados recursos para la evasión, como ya hubo demostrado años atrás en las Cidades-Estado de Mayremm. Pero el asunto del muchacho era bien diferente y lo tenía intrigado, ya que no sabía lo que pensar. «¿Cómo es que se ha podido zafarse de ellos con esa facilidad?»

Decidió que ya habría tiempo para resolver aquel detalle más tarde. En cualquier caso recordar cómo habían suplicado aquellos patéticos seres antes de devorar sus almas, le hizo sentir mejor. ¡Habían resultado ser un banquete excelso! Las expresiones de temor que habían compuesto al ver de lo que era capaz, sus lastimeros llantos de suplica, el infructuoso e heroico intento del gobernador al querer plantarle cara. «¡Oh, eso sí que había sido un hecho sumamente interesante!» Incluso la absurda tentativa del encapuchado con mente de crío que había querido atacarle por la espalda. Hacía ya mucho tiempo que no sentía el pulso de la vida apagándose en sus manos, era gozoso hasta tal punto, que evitó eyaculase encima por la excitación que le producía atormentar a los humanos. «Esta va a ser una noche muy entretenida para todos.»

Advirtió como Mashba lo contemplaba con el gesto compuesto por una mueca de interrogación ¿Desde cuándo es que estaba allí? No lo había percibido entrar en la sala. Se preguntó si no habría sido testigo de su escenificación. Dejó el regodeo para un lugar y momento mejor, controló sus espasmos, lo primero era finalizar con la tarea que ya había comenzado, se reprendió. Ya tendría tiempo de sobra para satisfacer su propio deleite personal.

―¿Qué es lo que ha sucedido capitán Ashrans? ―Preguntó su teniente claramente confuso. ―Merél hace tan solo un rato que ido corriendo a avisar al médico de que el gobernador había sobrevivido.

―No he podido hacer nada por salvarle la vida. ―dijo con la vista perdida.

―¿Pero qué es lo que ha sucedido?

―Una locura Mashba, eso es lo que ha sucedido, un desastre sin precedentes. ―Mientras seguía acunando al gobernador entre sus brazos, moduló el tono de su voz para aparentar que estaba completamente abatido.

Según los recuerdos que había podido recuperar del alma del capitán Ashrans antes de que volatilizase en la nada, era uno de los súbditos más devotos con los que contaba el estado entre sus filas. Había alcanzado el grado de capitán por méritos propios, nacido en una familia humilde y criado en los dogmas de su falsa fe, siempre había sido muy obstando con sus obligaciones y con el deber.

Mashba observó el cuerpo del gobernador Eriast, con la laxitud propia de la muerte, abrió la boca más solo pudo murmurar.

―Entonces están todos muertos.

Le divertía ver la reacción del ganado ante su frágil mortalidad, ver el miedo en sus ojos, sentir en la piel el temor que les inspiraba perder sus tristes y cortas vidas. El paradójico tabú del que eran aquejados y que siempre estaría rondando sus sencillas mentes. La desesperación siempre había sido una placida visión para él.

―Sí, y aún es mucho peor de lo que imaginas. ―Tendió a su gobernador con el cariño que una madre tendría con un recién nacido, depositándolo en el suelo como si fuera frágil como la porcelana, antes de incorporarse y mirar fijamente a los ojos de su teniente.

―¿No comprendo mi capitán?

Prácticamente ya estaba el pelotón completo de lo habían acudido allí, reunidos en torno al cuerpo del gobernador, mirándose unos a otros expectantes y completamente abatidos, nadie se atrevía ni a respirar.

―Lo que estoy diciendo teniente Mashba es, que ya sé quién ha sido el que ha hecho esto. Nuestro señor antes de morir me ha podido revelar quienes eran sus agresores. ―contempló al difunto y negó con la cabeza como si así pudiese despejar las dudas. ―Simplemente me cuesta de asimilarlo.

―¡¿Se puede saber qué demonios a sucedido aquí?! ―Exclamó de pronto el Argbath Malakhias entrando como un basilisco en la sala. ―¡¿Cómo ha podido suceder algo así!? ―chillo escupiendo saliva hacia todos lados. ―¡Quiero una aclaración de inmediato!

«Será delicioso acabar con ellos cuando llegue el momento» Pensó adelantándose un paso para ser el objeto de la ira del Argbath. «Aunque lo primero es lo primero»


                                                                  ****


CONTINUARÁ......
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#49
Buenas, fardis!

Qué final para el pobre capitán Ashrans, no ha durado mucho! Buen principio de capítulo, aunque eso sí, las descripciones son del todo macabras y sangrientas Tongue  A ver a quién acusa ahora ese demonio… Me da a mí que va a conseguir que se maten entre ellos con venganzas mal atinadas, o tal vez no! Pues, toma, ya saben que se han quedado sin Consejo, je, a ver quién toma las riendas ahora. Y bueno, todo esto se está poniendo cada vez más difícil para Armen. Además, veo que el demonio es capaz de notar si sus súbditos han muerto o no. Uf, cómo digo, la ciudad-estado va camino de la hecatombe Big Grin

Saludos!


- aún supuraba un icor amarillo que hizo que se le revolviese el estómago de
- Su señor hacía un gran esfuerzo por no desfallecer y caer en la inconsciencia,
- quedaba demasiado tiempo de vida, el temblor de sus miembros lo confirmaban. -> confirmaba
- que era. Así que acerco su oído a sus labios para poder escuchar con más -> acercó
- claridad sus últimos deseos de su señor. ―Tienes que avisarle al Argbaht… -> los últimos
- tienes que decirle que... qué… ―la sangre iba descendido por la comisura de sus -> descendiendo
- labios a medida de que este hablaba, hasta que en un momento dado su voz se -> a medida que?
- perdedor, notó como su conciencia se diluía como un puñado de polvo tirado al -> notó cómo
- llantos de suplica -> súplica
- placida visión -> plácida
- chillo escupiendo -> chilló
Responder
#50
¡Buenas compañera Kaosteo!
Cierto, el pobre del capitán Ashrans tan solo era un personaje de transición, de allí que no profundizara demasiado en él y me lo ventilase así de rápido. Más bien me ha servido para hacernos una idea de como se mueve el Marakai.
La verdad es que sí que las descripciones y la narración en sí, esta algo más enfocada a la fantasía oscura, o como a mi me gusta llamarlo (fantasía cruda). Ya que en tiempos donde cristo perdió el sombrero, no se destacaban por su sutilidad (Eran unos carniceros en todos los sentidos XD)
El Marakai es un ser bastante cruel e insensible, (por supuesto) un magnifico conspirador; en definitiva como bien has predicho, un liante en toda regla. Ahora con el consejo muerto, y con los habitantes de la ciudad en Jaque, Armen se las va ha ver y tener para salir con vida de la telaraña que se está urdiendo en torno a él. La hecatombe esta próxima XD
Gracias por tus opiniones y por las correcciones, pues son de gran ayuda, a pesar de que parece que siempre cometo los mismos fallos, las tengo en cuenta, solo que soy un caso a parte como Armen.
Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
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(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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