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[Fantasía épica] Baile de Sombras
#1
Una mañana cualquiera


Abrió los ojos, e inmediatamente la confusión lo asaltó, sin previo aviso y sin ninguna conmiseración. Se sentía mareado mientras una fuente de luz blanquecina y cegadora lo enfocaba deslumbrando sus sensibles retinas. Al mismo tiempo, un ilógico vértigo comenzó a recorrer cada uno de sus miembros. « ¡Que leches…!» Fue lo único que acertó a pensar mientras intentaba asimilarlo. ¿Por qué parecía que estuviese mirando a través de un calidoscopio al maldito sol del mediodía?

La realidad era que no tenia respuesta ni para esa disparatada rareza, ni para ninguno de los demás horrores que aún estaban por llegar. A aquella irracionalidad un tanto onírica y aterradora, se le añadía el desagradable y particular zumbido que no dejaba de silbar dentro de su cabeza: era como si un avispero de enormes proporciones se hubiera instalado entre sus orejas y no tuviera intención de abandonar el lugar.

Concluyó que todas aquellas sensaciones, no eran precisamente buenas para su salud.

« ¿Qué me está pasando?» Era una pregunta razonable «¿no?» La razón le hacía cuestionarse su propio estado mental. Quizás padeciese alguna enfermedad que le había pasado desapercibida hasta el momento, aunque lo dudaba. «¿Le habrían administrado algún tipo de droga mientras dormía?»¡Nada de todo aquello tenía el más puñetero sentido!

Por si la cosas no fuesen de por sí surrealistas, que lo eran y en gran medida; tenía la sensación de andar montado en unos de aquellos artilugios circenses en el que todo el mundo a alrededor no deja de dar vueltas; las nauseas hicieron su aparición apoderándose de sus tripas, los terribles retortijones dieron paso a la bilis, que por alguna razón, se deleitó durante unos breves segundos en la boca de su estomago para seguidamente reptar por la estrechez de su garganta y regarlo todo con un regusto amargo. Su corazón empezó a palpitar mucho más arrítmicamente de lo normal.

—¡Cielos! —Chilló con un gritito muy poco varonil «¿Que es lo último que hice ayer?» Intentó hacer memoria, pero nada, no podía recordarlo; sufría una enorme laguna a ese respecto. Su memoria siempre había estado repletas de ellas, desde bien pequeñito, pero aquello era distinto, era como, parecido a… En fin, seguro que era algo jodidamente grande y estúpido, para no tener ni la más remota idea de por qué se encontraba en aquel estado.

Probó de humedecerse los labios, curiosamente los noto tan secos y acartonados como dos trapos viejos. Comprobar que la quejumbrosa y chillona voz de falsete que había brotado de ellos en absoluto era la suya, no le hizo sentir mejor. Sentía la garganta reseca y maltratada, más su lengua era como una bola de algodón. Al intentar inhalar una bocanada de aire se dio cuenta de lo dificultoso que era respirar con aquel ambiente enrarecido. «Puede que haya muerto y me encuentre en uno de los siete martirios del infierno»

Su estado de indefensión era completo, y poco a poco se fue acrecentando hasta que finalmente le invadió un terror de lo más visceral e inexplicable, absurdo si se lo quiere llamar así: sintió como si algo o alguien estuviera hurgando en los recovecos más profundos de su ser. Una sensación realmente desagradable.

Reprimió las ganas que tenia de orinarse encima, a la vez que intentaba inhalar como un pez caído fuera de su pecera. « ¡Tranquilízate! ¡Tienes que tranquilizarte!» se dijo con aquella voz que no era la suya. «Esto no te puede estar pasando Armen, no es real, no es real. Esto es solo un sueño, una pesadilla. ¡Una jodida alucinación de muy mal gusto!»

No podía caer en la desesperación, no sin comprender que es lo que le estaba sucediendo. Intentó mantener esa idea clara en su mente, a la par que hacia lo posible por intentar serenare mínimamente. Una, dos, y hasta tres veces masajeó sus sienes con la yema de sus dedos, cerró fuertemente los ojos hasta el punto de que le hicieron chiribitas, reprimió las enormes ganas que tenia de ponerse a chillar como una quinceañera en el día de su nombramiento, y esperó. Fueron segundos que se le hicieron eternos, reticente a volver a abrir los ojos de nuevo. Cuando finalmente logró reunir el valor suficiente para hacerlo, esperaba que todo hubiera sido una cruel fantasía de su imaginación.

Aquel horizonte cegador y distorsionado que tanto lo confundió en un principio, comenzó a transformarse en… algo todavía aún más inquietante. Las imprecisas sombras comenzaron a modularse tomando formas recortadas en un fondo multicolor, el cual oscilaba vagamente a su alrededor. Este fue tomando un aspecto tan poco alentador, que sintió como nuevamente se le aceleraba el pulso.

No era para agradecer en absoluto recuperar el sentido de la vista, ni el del olfato, cuanto menos el del oído, estos últimos comenzaron a escuchar con suficiente nitidez, sonidos muy poco sugerentes provenientes de lugares muy cercanos al suyo. Gritos lejanos, macabros aullidos, gimoteos varios, gruñidos de rabia, de dolor y miedo, el entrechocar de metal, un sinfín de maldiciones en varias lenguas a la vez, el olor del humo, la peste a hombre sucio y también a hombre quemado, fue la gota que colmó el vaso.

Intentó tragar saliva y le supo a hiel.

Sus miembros comenzaron a temblar incontroladamente, la confusión y el ilógico miedo que le atormentaba previamente, palideció ante la pesadilla atroz de la que era testigo. Sus entrañas volvieron a sentirse sueltas.

No se lo podía creer.

Aguantó la respiración mientras todo a su alrededor comenzaba a hacerse más claro, mucho más alarmante, e irónicamente real. En ese lapso de tiempo en que sus sentidos tardaron en adaptarse al nuevo entorno, no movió ni un solo músculo de su cuerpo, no respiró, tan siquiera llegó a parpadear. ¡Hasta puso una de aquellas caras de bovino pretendiendo hacerse el inexistente! Señalar que esa no era su alcoba, y que efectivamente ¡Se había convertido en un maldito majadero!

Estaba en lo alto de una colina, debajo de él, se expandía un inmenso valle de tallos crecidos y verdes, unas onduladas explanadas se abrían a ambos lados con terrazas naturales que recorrían distintos desniveles de la ladera. Las briznas de hierba que llegaban a la altura de la espinilla, se rizaban tocadas por la brisa de la mañana mientras eran acariciadas por el tono de un rojizo amanecer. Cientos de flores la estampaban llenándola en un mar colorido; rojos, dorados, azules, amarillos e incluso purpúreos destacaban sobre la vegetación. Unos altos riscos despuntaban más allá en el horizonte.
Era casi un paisaje de ensueño. « ¡Casi!»
Contempló con ojos desorbitados, la cantidad ingente de hombres bravos y enloquecidos que morían épicamente a su alrededor. Evidentemente aquel último hecho, restaba bastante atractivo a cualquier otro detalle del paisaje.

Frente a él, una línea de infantería con guerreras rojas y negras mantenía una encarnizada batalla por defender la parte alta de un promontorio, estos, eran asediados por un enjambre de hombres pálidos y con armaduras de hierro y barbas ralas, en cuyas expresiones se podía advertir un delirio básicamente asesino. En la retaguardia de cada facción los arqueros no cesaban de disparar andanadas de flechas que volaban en ambas direcciones, estas oscurecían el cielo por un instante antes de sembrar la muerte ahí donde caían. La batalla podría decirse que se encontraba en su punto más álgido y encarnizado. Las tropas de ambos ejércitos daban coletazos recordando a dos grandes reptiles encolerizados por la única hembra en celo; « ¿O más bien como un par de borrachos aporreándose en una oscura cantina a altas horas de la madrugada?» En realidad poco importaba. Al norte de su posición, una enorme mesnada empezaba una carga en formación de cuña, los pendones y las astas de sus lanzas apuntando al cielo « ¿Pensaban rodear su guardia y atacarlos por uno de sus flancos? ¿Estaban en lo alto de un promontorio, no?» Palideció al contemplar cómo se aproximaban en su carrera levantando una enorme nube de polvo que ascendía hacia el cielo. El ruido atronador de los cascos de los caballos hacía retumbar el suelo. « ¿Voy a morir en este valle alejado de la mano de dios?»

Era paradójico que quizás ese fuese el primer pensamiento lógico que tenía desde que había abierto los puñeteros ojos.

Aquella certeza y el repentino dolor que sintió en la cabeza, lo trajo de nuevo a aquella extraña realidad. Al palpar su cuero cabelludo pudo notar como algo caliente y húmedo corría entre sus dedos, cuando contempló su mano, vio que estaba empapada en sangre. « ¿Eh...? ¿Cuándo…?» No recordaba ningún tipo de agresión. «¡Joder!» Siquiera sabía el motivo del porque había despertado en medio de toda aquella carnicería. En su otra mano empuñaba una enorme espada bastante suntuosa y probablemente poco practica para este tipo de menesteres. No pudo evitar fijarse de que guisa iba vestido. Darse cuenta que el uniforme en sí, era muy similar al de los hombres que se defendían de aquel enjambre de asesinos sanguinarios, lo hizo palidecer: una guerrea roja y negra, una coraza de acero bruñido y avambrazos del mismo material; en el pecho lucia varios galones que relucían como luceros en aquella mañana estival.

« ¿Pero qué coño hago yo vestido así?»

Un hombre de mediana edad que tenia justo al lado, acababa de recibir el impacto de un flechazo, el asta de plumas negras sobresaliendo de su pecho. El tipo miró con sorpresa la siniestra y mortal herida, sin parecer darse cuenta de lo que en realidad había ocurrido, sin percatase de que acababa de ser ensartado como un espetón de carne. Al poco rato los ojos casi se le salen de las cuencas, la realidad de su situación era cuanto menos trágica, empezó a chillar como un cochinillo en el día de la matanza. « ¡Mierda no, no me jodas… ¡Me han dado, me han dado… jodergggrr!» Soltó su último estertor y cayó fulminado al suelo.

Desvió la vista de aquella desagradable escena para darse cuenta de que todo a su alrededor era sangrante y dantesco. La caballería cada vez se aproximaba más, las tropas (enemigas) ejercían cada vez más presión a la línea de defensa, y él por el momento, solo podía quedarse allí parado, con la cara pálida como la leche y la boca abierta de par en par. La ventaja numérica de los atacantes era incuestionable (al menos de tres por cada uno de los defensores) su arrojo, valentía y violencia desmesurada eran aplastantes. Era fácil adivinar que las tropas que defendían la colina tenían las horas contadas.
Se sintió empequeñecer al tamaño de un guisante.

Los hombres luchaban por sus vidas y bramaban, las cornetas y los atabales marcaban el compás, las hojas de las espadas tajaban o daban estocadas, los alabarderos oscilaban, el cielo se oscurecía con cada andanada de los arqueros, los hombres maldecían, chillaban o lloraban según su caso o situación, la muerte campaba a sus anchas en un valle plagado de retorcidos cuerpos y él « ¡Él!» se encontraba justo en el centro de todo aquello. No sabía si ponerse a reír como un chalado, o llorar como una madre que ha perdido a un hijo.

Aquello era una maldita locura.

Contempló aquel pandemónium sin poder desprenderse de la parálisis que agarrotaba todo su cuerpo. Era ridículo, una situación tan irrisoria e inverosímil no podía ser cierta. Tenía que ser un mal sueño « ¡Sí, eso es, una maldita pesadilla!» Sabía que lo embargaban demasiadas sensaciones al mismo tiempo y se sentía impotente ante la ansiedad, eso era lo que le pasaba. Necesitaba despejar su mente «eso es, despejar la…..»

En medio de sus penosas reflexiones y atribulados sentidos, de pronto y sin previo aviso, un hombre de rasgos angulosos y ojos rasgados apareció justo en frente de él. Armen podía constatar que aquel hombre en particular tenía un aspecto de lo más siniestro. Su barbilla era tan cuadrada como el yunque de un herrero, el cuello tan ancho como el tronco de un árbol centenario y unos ojos carentes de toda emoción; sus brazos estaban regados de sangre negruzca y espesa que le llegaba a las axilas.

El susto fue tan intenso que por poco no se le para el corazón. Echó un paso atrás tambaleante mientras intentaba levantar los brazos. Estos no respondieron con prontitud. Quizás se debiese a que los tenía demasiado «muertos»

— ¡Mi General! —Le dijo el tipo mientras le hacia un saludo marcial de lo más correcto. Armen parpadeó varias veces con la boca abierta a la altura de su pecho, empero no dijo nada. «¿Qué podía decir?» — ¡Están quebrantando nuestras líneas, Mi Señor! —prosiguió el hombre como si no fuera ya de una evidencia abrumadora. El polvo le estaba irritando los ojos y secando aún más su maltrecha garganta, por otro lado, el tipo de enfrente entornaba los suyos. — ¿Pido que toquen retirada? —le preguntó acercándose un poquito más confabulador a él. —Podríamos seguir combatiendo en mejores condiciones detrás de esas colinas de ahí —dijo mientras le señalaba un punto elevado al sur de su posición. — ¿Qué dice? Seguir defendiendo la colina acabara por mermar nuestras fuerzas ¿no cree? —Armen seguía mirándolo con cara embobada y paralizado por el miedo, empero eso no le impidió pensar que el termino más correcto para definir aquella masacre de la que era testigo, era el de «aniquilar las tropas» — O a lo mejor —reflexionó el tipo sin dejarle tan siquiera tiempo para parpadear —si me lo permite sugerir, sería más precavido retirarnos para esperar que lleguen alguno de nuestros refuerzos de Manpoor. —Esa idea parecía la más apropiada — ¿Qué piensa mi general?

Se hizo un silencio un tanto incomodo (descartando el ruido de los que morían alrededor, claro estaba) Armen por poco no rompe a reír. Si no fuera porque dentro de pocos instantes iba a ser carne para los buitres, y porque el tipo de enfrente no alentaba mucho a las sonrisas, bueno, seguramente estaría desternillándose en el suelo a pecho partido.

— ¿Se encuentra bien, Señor? —le pregunta el hombre con preocupación.

Era una buena pregunta, aunque fuera de contexto. Observó a su alrededor, el panorama no se podía decir que hubiese mejorado mucho. Volvió a mirar los impasibles ojos del hombre que tenía enfrente y se estremeció.

—Sí… bueno, no. —Contestó atribulado. No sabía cómo empezar a juzgar aquello. En realidad no tenía ningún don en cuanto a nociones militares, pero si de una cosa estaba seguro, era de que no necesitaba de mucho intelecto para darse cuenta de que la única opción real, era salir de ahí pitando como gamos. Tras unos momentos de valoración y ante la expectativa mirada de aquel sanguinario hombre, un par de parpadeos, y probablemente unos cuantos hombres muertos después, quiso gritarle a la cara «¡No tengo ni la pajolera idea de porque me explicas esas historias a mí!»

En cambio musitó.

—Creo que lo mejor… en fin… yo creo

— ¿Él qué?

—Yo….

—Perdone mi señor, no entendido lo que pretende decirme. —El tipo lo miraba con una mezcla de lastima y preocupación. Seguramente su apariencia no era la de ningún héroe de balada triste. La verdad es que no se lo podía reprochar.

«¿Y qué le digo yo ahora a este?» se preguntó con las tripas cada vez más descompuestas.

Repentinamente, comenzó a invadirle otra una crisis de ansiedad, era muy proclive a ellas desde bien pequeñito. Su cuerpo se negaba a responder: ¡Seguía igual de rígido que el pan seco! Cada vez se sentía más mareado y más distante de la realidad de aquel lugar. La urgencia de la situación en la que se encontraba, era alarmante (si es que era real) pero aunque así lo fuera, no podía discernir él qué hacer aunque lo quisiera. Su ignorancia en tal contienda era completa, no entendía porque estaba en aquel valle, aún menos porque se libraba la encarnizada batalla, quienes eran los contendientes era un completo misterio para él, adivinar porque vestía de aquella guisa era una tarea imposible y… ¿Porqué empuñaba una espada que no sabía usar?

¡Dios debía de saberlo!

Su visión comenzó a desenfocarse al invadirlo nuevamente el calidoscopio de mareantes colores, el mismo con el que se había iniciado aquella traumática experiencia. El fuerte retumbar que martilleaba junto a el ruido atronador de los cascos de los caballos que se aproximaban desde el sur, en esta ocasión no lo asustó como habría cabido de esperar. Recibió con los brazos abiertos la negrura que lo empezó a envolver en el frío letargo de la inconsciencia. El hombre que tenía enfrente y que no conocía en absoluto, tendría que apañárselas por su cuenta como bien pudiera. El oficial ya empezaba gesticular frenéticamente mientras su rostro también empezaba a difuminarse junto al paisaje. Todo a su alrededor se desenfocó y se alejó de él ¿O más bien era él quien se aleja de todo aquello? Poco importaba ya.

El enemigo ya había quebrado las líneas….




—!Ya están aquí, están aquí! —Gritó con el poquito aire que le quedaba en los pulmones, a la que abría los ojos y aspaventaba los brazos con desesperación. Contempló el acanalado techo color vainilla de su alcoba y, consiguió sentirse como un imbécil. «¿Qué ha sido eso?» se preguntó mientras se incorporaba en el lecho.

Le dolía todo, se sentía machacado y tan débil como un cachorro recién nacido; era como si un par de borrachos hubiesen decidido bailar gran parte de la noche encima de su espalda vestidos con zancos de madera. « ¡Maldita sea!» Inhaló una fuerte bocanada que llenó de aire sus pulmones. Notaba como el sordo aturdimiento del despertar se mezclaba con la inquietud de todo su cuerpo, sus huesos crujieron como palos secos al estirar sus miembros: se sentía como el culo.

Las finas sábanas de algodón (ahora húmedas), estaban adheridas a él como una segunda piel, su cuerpo tiritaba empapado en un sudor frío que lo hacía estremecer hasta el tuétano, para colmar su dicha, llegaba demasiado tarde a la cita.

—¡Fantástico! —murmuró con la misma alegría que lo haría un condenado caminando hacia el tocón del verdugo. Nuevamente se había conseguido superar así mismo. « ¡Si señor, ahí va Armen, vigilad no os salpique, pues siempre anda con la mierda hasta el cuello!»

Había cultivando durante años aquella dejadez que tanto lo caracterizaba. Normalmente se congratularía de ser tan distinto de los empachosos aduladores que andaban por ahí, diferentes a los buitres con expresiones falsas que intentaban parecer francas, y de la cantidad ingente de chupatintas que pululaban por la cohorte intentando hacer buenas migas con alguien de poder. Aunque en aquel instante no le hubiese importado guardar cierto parecido con alguna de aquellas alimañas.

«Puñetera se mi estampa».

Salió del embozo de ornamentadas telas profiriendo todo tipo de maldiciones, mientras intentaba encontrar sus calzas con escasa suerte.

— ¿Dónde estáis? —preguntó a nadie en particular. Estaba seguro de que las había dejado cerca, pero « ¿Dónde?»

Su irritabilidad era creciente mientras escarbaba entre montones de mudas de diversos cortes y colores, cuanto más hundía en el montón de tela, mas sulfurado se preguntaba « ¿Y por qué diantres no tengo yo un maldito ayudante de cámara como todos los demás hijos de bien?»

Alguno de sus dioses, con un ánimo bastante jocoso y un tanto cabrón, debió de atender sus plegarias. Vio como en una esquina de sus aposentos sumida en la más completa oscuridad, una silueta lo contemplaba impasible como una estatua.

El corazón casi se le sale del pecho.

—¡Por las nueve capas del infierno Kumar! ¿Cuántas veces te he dicho que dejes de acecharme a escondidas mientras duermo?

El hombre salió de las sombras y lo miró con una expresión que mediaba entre la ofensa y la perplejidad, a pesar de todo siguió sin responder. Su predisposición a hacerse el loco lo exasperaba aún más si cabía. No era la primera vez que se preguntaba si era un mal hábito que había adquirido en su niñez o algo más espeluznante todavía. «Quizás un día se le giran las tuercas y se le ocurre degollarme mientras duermo».

— ¿No tienes nada que decir? —Insistió entornando los ojos.

Este simplemente se encogió de hombros.

Este era un hombre de mediana edad, de complexión tirando a delgada, con el pelo largo y lacio y del color negro como ala de cuervo, el cual, siempre estaba como apelmazado. Su rostro era ajado y afilado como una navaja de afeitar y su nariz, estaba quebrada producto de alguna trifulca mucho tiempo atrás; su piel tenía el moreno de las gentes del sur. Todos aquellos aspectos hacían de él, un personaje de lo más variopinto en aquellas tierras. Podría decirse que era un hombre dotado de la inteligencia de un guardia de caravanas e igual de sociable que un torturador mal pagado. La compañía ideal para ponerle la guinda a aquel prometedor día.

—Algún día tendrás que explicarme el porqué de ese extraño hábito tuyo. Ahora dime ¿Llevas mucho tiempo ahí en la penumbra? —Preguntó mientras saltaba a la pata coja intentando meterse dentro de unos calzones negros con ribetes dorados.

—Algún tiempo —respondió este con vaguedad.

—Ah. —dijo Armen mientras acababa de colocarse los calzones —Ya veo —«Y lo dice como si merodear por las noches en los aposentos de las personas decentes fuera la cosa más normal del mundo». — ¿Y por qué no me has despertado antes si se puede saber? —Preguntó, a pesar de no saber muy bien si quería conocer la respuesta.

—No me pareció apropiado despertarlo.

—Me encantaría saber cómo has llegado a una conclusión tan… —busco una manera razonable de llamar a aquel comportamiento tan poco insólito —...peculiar.

—Bueno —contestó este mientras con un palillo se hurgaba entre los dientes. —Quizás le parezca una tontería de pueblerino, pero una vecina muy vieja y sabia de mi pueblo me contó una vez, que nunca se debe molestar a un hombre que sufre pesadillas (a pesar de la muchas idioteces que este haga en ese transcurso) —Por un lapso de tiempo Armen quedó perplejo « ¿A puesto especial énfasis en esas últimas palabras?» después de reflexionarlo concluyó. ¡Eso es imposible!». Dudaba de que Kumar recurriera a algo tan sutil e ingenioso. Este no pareció advertir la sombra de duda que pasó por la expresión de Armen, así que acabo rematando su inverosímil explicación con un —Pueden acabar muriendo del susto o algo así ¿Sabe lo que quiero decir?

«No sé ni porque me molesto en preguntar»

Kumar era un siervo muy peculiar mirase desde el ángulo en el que se le mirase. Era inteligente como un niño de primaria, locuaz como una suegra, excéntrico como un perro verde, irreverente, maleducado y más exasperante que cualquiera de los borregos de la periferia de la ciudad empapado hasta las orejas en vino. No entendía por qué tenía que vivir con ello y tragarlo como una comida aborrecida que te traían una y otra vez como si esta fuera la mejor delicatesen del mundo.

—Me dejas anonadado, nunca me hubiese imaginado que te desenvolvieras también como zahorí. Me alegra saber la gran preocupación que muestras por el estado de salud de tu señor. —espetó con tal sequedad que por poco no agrieta las paredes de la estancia. «No sabes cómo me hubiese encantado que tu también hubieras asistido a tan dichoso espectáculo, aunque en las primeras filas, no me gustaría que te pierdas algún detalle de la carnicería que he tenido el gusto de disfrutar».

Como no era de extrañar, kumar lo entendió al revés.

—Ya sabe mí señor, siempre a sus pies —manifestó mientras le hacia una reverencia aparentemente complacido.

Le encantaría saber que había llevado a su padre a contratarlo como guardia personal hacia ya unos meses. « ¿En qué demonios debía de estar pensando?» preservar su integridad estaba claro de que no era una prioridad. « ¿Estaba de mal humor en aquel momento quizás? ¿Le odiaba?» No tenía ni la más remota idea de porqué aquel hombre estaba ahí, ni cuál era el papel que desempeñaba en todo el asunto. De algo estaba completamente seguro «Dios sabe que cualquier día de estos le ato una bloque de piedra a un tobillo, y lo lanzo de cabecita a uno de los muchos canales de la ciudad.

Armen bregó un rato con los últimos botones de un jubón negro con brocados también dorados con la expresión del que tiene algo entre manos. Había momentos en los que no tenía muy claro si Kumar le estaba tomando el pelo, o es que su franqueza rayaba la insubordinación.

—Solo una cosita Kumar, creo que a pesar de tus buenas intenciones quizás se te haya pasado un pequeño detalle por alto —le dijo con un amago de sonrisa antes de que su expresión mudara grotescamente y estallase soltando todo tipo de efluvios entre los dientes. — ¡Te has parado a pensar maldito zoquete que a mi padre quizás no le importe un pimiento sí sufro pesadillas o si me han amputado las dos piernas! —Sentía como su furia bullía dentro de él como una tetera olvidada en un fogón — ¿Sabes que hoy era el día de la moción? Sí, esa de la que tanto habías oído hablar durante estas dos últimas semanas. ¡Quizás se te quita el complejo de Zahorí cuando nos cuelguen de los pulgares en una de las torres más altas del castillo!

Por un breve espacio de tiempo se hizo el silencio. Aceptémoslo, Kumar seguiría siendo Kumar por mucho que gritase o se enfureciera. Había que darle tiempo para que asimilara la información. Para ser francos, era algo lento de mollera.

— ¿No cree que esta dramatizando un poco mi señor? —Musitó finalmente con cierto tono de inseguridad. —Su padre siempre anda muy atareado con sus asuntos. Ya sabe, con las recepciones, el papeleo y todo eso. No creo que tenga tiempo para ese tipo de entretenimientos. —dijo intentando convencerse él también.

Armen lo miro de arriba abajo antes de poner los ojos en blanco.

—No sabes cómo me tranquilizan tus palabras.

Kumar era un maldito ingenuo. ¿Que su padre no tenía tiempo para esos entretenimientos? ¿Su padre? ¡Ja! ¡Este era el maldito inventor de tales entretenimientos! ¡El puto Mesías! Si no acudía a tiempo a la moción que se celebraba en el salón de audiencias…
Debía de darse prisa.

Eligió una bonita chaqueta de seda con chorreras y motivos dorados (también de color negro) lucia cuchilladas de satén cerúleo aquí y allá, se puso las botas de caña alta y fino cuero, recogió su pelo en una coleta larga que le llegaba a media espalda y acabó por ponerse un cinto engarzado con piedras preciosas como ultimo complemento de su indumentaria. Suponiendo que estaba medianamente presentable fue a contemplarse en el inmenso espejo de…

¿Quién coño era el tipo lánguido y pálido que lo miraba desde el otro lado del cristal?
Tenía la cara mucho más chupada de lo que recordaba; sus pómulos estaban tan descarnados como los de un cadáver secado al sol, su barbilla despuntaba mucho más de lo normal, sus ojos normalmente de un verde suave, estaban rodeados de unas enormes y cetrinas ojeras, el pelo rubio lucia deslucido y estropeado. Su aspecto en general y a pesar de las ropas caras con las que se vestía, parecían las de un desarrapado que había asaltado a un noble de camino a casa.

Frunció los labios componiendo una mueca. «Esto es lo que hay»

Salió de sus aposentos como perseguido por el diablo, cruzó el largo pasillo de suelo ajedrezado mientras contemplaba las paredes repletas de cuadros de personajes que miraban con el ceño fruncido, indiferentes al tiempo o a la hora. Kumar lo seguía a tan solo dos pasos por detrás de él, como una extensión más de su sombra. Mientras caminaba se preguntaba con un ánimo turbio por que había nacido noble « ¿Quien puede adorar las cortes y los banquetes, las celebraciones matutinas, las vespertinas cenas, los lujosos bailes, las logias de estado y porque no decirlo, los litigios estériles como el que se va a celebrar hoy?»

Nuevamente nadie le contestó.

Al Llegar a una gran cámara con el techo alto y abovedado se detuvo para recuperar un poquito el aliento. En la cúpula de la estancia un mosaico reflejaba la crudeza de las guerras disputadas muchos años atrás: el dramatismo de las cruzadas, el honor que deparaba la muerte, la gloria, el credo y la imaginación de un pintor con unas cuantas copas de más, del cual si no creía recordar mal, lo habían ahorcado por no sé qué tipo de herejías. Bajó por las escaleras que daban a la gran cámara rozando con la punta de sus dedos el pasamanos color caoba con expresión del todo avinagrada, mientras dos guardias apostados al pie de las escaleras se irguieron cuan largos eran y golpearon su pecho acorazado con su puño.

— ¡Mi Señor!

Armen les devolvió el saludo a pesar de su humor sombrío (había que mantener la apariencias) Kumar simplemente los miró sonriendo mientras sacudía la cabeza.

Llegó la antesala con el techo más bajo de todo el palacete, el más sobrio, El salón familiar. Un salón que intentaba evitar cruzar siempre que podía. Las paredes rojas escarlata de la estancia dañaban la vista de los amantes del buen gusto. Estas estaban repletas de retratos de lejanos antepasados erguidos en poses heroicas y con miradas solemnes y pétreas. La mampostería y el sobretecho eran de tallados de tan intrincadas formas, que marearían a cualquiera que intentara comprenderlas, más algunas estatuas de regio bronce daban un toque más desagradable al lugar.

Personalmente aquellos retratos de sus antepasados le ponían la piel de gallina. Era como si tuviera la certeza de que todos ellos le observaban midiendo cada paso que daba, juzgando cada acción suya, burlándose de su continua ineptitud y de su inagotable y dilatado libertinaje. «Este trayecto siempre se me hace eterno»» Una moqueta aterciopelada de color rojo cruzaba la estancia y acababa por traspasar el umbral de un portón que se cernía dorado al fondo.

¡La puerta estaba cerrada!

Trago saliva y miro por uno de los ventanucos de la estancia que daban a un sinuoso jardín, en frente se podía apreciar la torre del homenaje. En aquel momento deseó que esa gran mole de piedra se derrumbara sobre su cabeza y acabara con todo de una vez por todas.

«¿Es demasiado pedir?»
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#2
                           LA JUSTICIA ES IGUAL PARA TODOS



Entró en la sala, era inmensa y semicircular, con su techo alto y abovedado despuntando a una treintena de pies del suelo. Los rosetones dejaban entrar la luz del día con una amplia faceta de colores vivos que caían oblicuamente sobre el gentío. Las gradas formaban una media luna que rodeaba una tribuna central, la cual, era verdaderamente atrayente a la vista; una enorme pieza de alabastro jaspeado en el que se apreciaban angulosos pictogramas de eras ya olvidadas; tan fascinante, como inquietante era su origen. Los Archivos mencionaban que era uno de los pocos legados que aún quedaban de sus antiguos ancestros de Mansour. Justamente detrás de tal tribuna, en unos sendos sillones de respaldo alto, guarnecidos de oro y revestidos de felpa roja, estaban sentados los representantes de la Shákta (Consejo Interino de La Ciudad-Estado). La sala contaba con un piso superior en él que unas enormes balconadas a quince pies del suelo, se afianzaban en columnas de un mármol pulido hasta la saciedad. Desde las alturas, los asistentes (gente de alta alcurnia se entiende) podían disfrutar de todo el «espectáculo» sin que nadie les importunara con alguna vulgar trivialidad. A sus pies, un colorido mosaico representaba el símbolo heráldico de su pueblo; un hermoso halcón batía las alas junto a un fulgurante sol bajo un fondo morado. A diez pies de la tribuna y, estratégicamente en el centro de la susodicha cámara, esperaba un raquítica banqueta de madera desconchada, la cual, contrastaba profusamente con toda la opulencia que despuntaba a su alrededor.

Era fácil conjeturar quienes la iban a ocupar.

Al irrumpir él en la sala, advirtió que el murmullo cesaba paulatinamente. Por las expresiones con las que lo contemplaron sus semejantes, se hizo evidente que no era la persona que se esperaban ver entrar por aquella puerta; aunque en realidad tampoco parecían muy sorprendidos de lo que veían. Gran parte de sus «Ilustrísimas» lo ojearon de la punta de sus pies hasta el último pelo de su cabeza, con muecas muy variadas, aunque ninguna especialmente afectuosa.

No era el hijo prodigo precisamente.

Era consciente de que a aquellas alturas tendría que haberse acostumbrado a ser el centro de atención de la perniciosa aristocracia y sus dejes de sensiblería protocolar. Contaba con veinte inviernos e incontables desventuras a sus pies; no era muy popular en consecuencia. Los que no le conocían lo suficiente (podría decirse que la inmensa mayoría en la corte) lo tachaban de escandaloso, distante, rebelde y poco ortodoxo en las formas, libertino, algo campechano, y al parecer, carente de toda falta de civismo. Descripción que aunque no del todo fiel, era suficientemente representativa.

«Uno tiene que ser realista», se dijo al observar aquel panorama. Esas peculiares cualidades no le habían granjeado muchas amistades entre las grandes elites del estado. «A nadie le gusta que le salpiquen las ignominias ajenas ¿verdad?» Lo curioso de todo aquel asunto, era que muchos de aquellos personajes novelescos creían ser la misma esencia del decoro, la materia prima del ser bondadoso que procuraban aparentar a los ojos de los demás, pero en realidad, a quien pretendían engañar.«¡Todos el mundo sabe que los muy intrigantes, romperían el molde de cualquier hombrecillo temeroso a los ojos de sus dioses!» La nobleza por norma o por tradición, nunca dejaba entrever sus emociones al resto de sus semejantes; se camuflaban detrás de mascaras beatas y componían sonrisas falsas, mientras urdían maquiavélicos planes que pensaban llevar a cabo con la misma facilidad que uno dedicaría a respirar. Practicaban un peligroso juego de corte donde se apostaba nada más y nada menos que la propia integridad personal.

Contempló con cierta fascinación, lo repleta que estaba la sala aquel día. Las primeras filas eran ocupadas por las familias más antiguas y poderosas de Mansour, precedidas por familias de menor rango o relevancia. En la tribuna, presenciándolo todo a su vez, los miembros de la Shákta, impertérritos como de costumbre; lo observaban sin faltar ninguno. Captar toda la atención de Los Nueve, lo hizo estremecer hasta la última fibra de su ser.
Muy mal asunto ese.

A la izquierda de la tribuna el gordo de Mashema lo miraba con aquella expresión artificial e indescifrable que siempre lograba componer. Este era el Tesorero de la Moneda y, por supuesto, un ratero consumado a rapiñar al vulgo. El hombre se encargaba de Gestionar las finanzas de la Ciudad Estado con tal «esmero», que hasta los peores usureros de Pocilga (las barriadas construidas a extramuros de la ciudad) parecerían párvulos granujillas en comparativa. Era un tipo hermético, con ojos de pez muerto y labios de besugo, en el que destacaban sus tres papadas que acababan en una casi inexistente barbilla; estas hacían de su cabeza y cuerpo una sola pieza.

«No me sorprendería si algún día estalla y deja la zona repleta de pedacitos suyos»

Justo al lado de Mashema, se sentaba la tácita Nora (Suprema sacerdotisa de Las Preces de Amerantú) Aquella mujer siempre iba embozada en un velo negro que tan solo dejaba entrever sus facciones; un halo enigmático y perturbador siempre rielaba entorno a ella. Su particular Culto siempre le había dado algo de animadversión. Convivían con la aflicción, la enfermedad y el sufrimiento, la desesperación la acogían con mudo aplomo, trataban con la peste con el aprecio que uno dedicaría a un hijo; eran fieles siervas de Amerantú; dios de la Penalidad y de la Punición.

Los gemelos Pashur también estaban ahí presentes, observándolo como siempre, sin disimulo alguno. Aquel par se sentaba a la derecha de la tribuna, sus expresiones mediaban entre neutras y divertidas. Aquellos curiosos hombrecillos, de cuerpos rechonchos y bajitos como duendes, engalanados hasta las pestañas y bien parecidos a niños sentados en unos sillones para adultos, en realidad, eran sus ministros de exteriores; diplomáticos encargados de administrar los tratados con ciudades o países vecinos.

Chask Sicillan, lector del Templo de la Luz, benefactor de los hombres, icono de las almas puras, y Electo portador de la palabra de Sansemar (El Padre Sol), se sentaba justo al lado de los gemelos. Este bizqueaba mientras intentaba mantenerse en equilibrio sobre su adornado sillón al ir embriagado hasta las patillas en coñac; lo era una costumbre muy habitual en él.

«Hoy no parece que vaya a ser el día en que vaya a cambiar de habito» razonó

La nauseabunda Masaidé (la reina Cortesana por excelencia) le guiño un ojo con evidente regocijo desde su encumbrada posición. La segunda mujer miembro de la Shákta, desentonaba profusamente con su enigmática compañera de Consejo. La mujer iba maquillada como una meretriz y vestía con algo menos de ropa que cualquiera de ellas; lo que dejaba muy poco margen para la imaginación. La describiría como una mujer extremadamente peligrosa; cotilla, entrometida y chismosa como la peor vecina, intrigante, provocadora y en esencia letal. Podía llegar a ser tan mortal como una cobra de los desiertos de Pashala si se lo proponía, aunque más fría y retorcida si aún cabría de esperar.

El afilado Ser Madrag (leal consejero y amigo de su padre desde la niñez) se sentaba junto a ella. Este apretaba los puños rojo como un tomate mientras que su ojo izquierdo parpadeaba con un tic nervioso muy característico en él. Probablemente eran las secuelas del estrés ocasionado al desempeñar las labores de Primer Ministro de Mansour, o quizás no. Dudaba que aquella mueca avinagrada con la que lo miraba fuera por causa suya, por lo que recordaba, nunca lo había visto otra expresión más que esa.

Cazaire (su odiado primo político) también era uno de los miembros del Consejo, muy a pesar de que solo había cumplido la treinta. Era considerado un componente importante dentro del entramado secular. Desempeñaba labores varias dentro de la administración, aunque si se lo preguntaban, no sabría concretar cuáles eran aunque su vida dependiera de ello. Nunca dejaba pasar la oportunidad de recordarle la posición que ostentaba, con aquellos aires de grandeza tan característicos en él; siempre sonriéndole como una una zorra a las puertas de un corral repleto de gallinas cluecas.


Para finiquitarlo todo, advirtió la colérica expresión de el último miembro del Consejo, aunque no por ello el menos importante de ellos; el cual era su Gobernante (sentado en el mismo centro de la tribuna) Este tampoco por casualidad lo observaba con severa intensidad. Aquello hizo que obviara cualquier otro detalle antes descrito en el salón. Mudó de color de piel al palidecer como la leche, su orgullo al igual que sus testículos desaparecieron como por arte de magia; quedó petrificado como una estatua de mármol regio.

«Me va a caer la de dios» sentenció

En la sala había mucha más gente entre el graderío, como era de esperare en ese tipo de procesos, estaba abarrotada de cotillas venidos de todos los lugares de la región. Barones, Duques, Condes, Lores, Damas, Caballeros, oficiales, castellanos, terratenientes, banqueros, mercaderes de relevante importancia, y hasta algún que otro pelotero de variada índole. Todos se fundían en un estallido multicolor que mareaba a la vista. Ninguno de los Grandes Nombres había dejado pasar la ocasión de disfrutar de una refinada mañana de sentencias en palacio. «¿Que habré hecho yo, para que todos me miren como si fuera un bicho raro que correteara suelto entre sus calzones?»

— ¡OH, oh! —musitó Kumar desde detrás. Su lacayo incomprensiblemente había captado que la tensión del ambiente podía cortarse en lonchas. —No es que pretenda ponerlo nervioso ni nada más lejos de mi intención, señor, pero diría que hemos pasado a ser el espectáculo principal del día —los cuchicheos en la sala iban en crescendo a cada instante que pasaba. —Quizás sea mejor que no llamemos más la atención. —añadió antes de terminar —, veo a su padre algo molesto y eso. ¿No sé si me entiende?

Armen le lanzó una mirada cargada de puro veneno.

Era cierto que a su padre (El Lord Gobernante) se había visto con mejor cara en otras ocasiones. Su rezago claramente no le hacía ninguna gracia. Lo ensartó con una de aquellas miradas suyas que pretendían decir «Ahora siéntate y quédate calladito Armen, que ya hablaremos. ¡Hablaremos largo y tendido maldito cretino!» Concluyó que lo de contar una historia verosímil, difícilmente le fuera a funcionar en aquella ocasión.

Tragó saliva y se dirigió al ala derecha del graderío, donde un pequeño escaño lo aguardaba. Comprobó que iba a estar encajonado entre algunos nobles de la casa Seiches y otros tantos miembros de la casa Mandaou, lo que resultaba una expectativa muy poco grata. Esas eran una de las dos Casas más prosperas y adineradas del Estado, y paradójicamente se odiaban hasta límites insospechados desde hacía ya varios siglos atrás. La razón de tanto encono resultaba un misterio que en realidad, nadie se había molestado en aclarar. Fácilmente se podía conjeturar que debía de tratarse de alguna insignificante y pueril ofensa que se había emponzoñado con los años; al igual que un tumor malsano.



—Buenos días Caballeros —dijo mientras dedicaba una correcta reverencia a los personajes que iban a acompañarlo durante aquel cargante día. —Vaya mañanita esta ¿he?

Su actitud cordial fue correspondida con mudo desdén. Unas pocas miradas frías como témpanos se posaron en su persona. Las muecas displicentes que brotaron de aquellos rostros maquillados y acicalados como muñecas, fueron excesivamente inexpresivas. «Yo también me alegro mucho de veros»

—No parecen muy encantados —murmuró kumar.

—Nunca lo estan.

Aparcó sus divagaciones y se apresuró a acomodarse en su respectivo sitio, intentando mimetizarse con las muchas personas que asistían al lugar. Observó que la mayoría mostraban expresiones regias y severas; así que intentó tomar ejemplo. El aire estaba viciado y hacia suficiente calor para cocer a un pollo, enigmáticamente le empezaron a sudar la palma de las manos por la creciente inquietud. «¿Porqué estoy tan nervioso?» se preguntó. No era la primera vez que llamaba la atención de sus congéneres, presuponía que tampoco iba a ser la última. No obstante, al sentir a su espalda la sensación punzante de que la mayoría seguía observándolo con desinteresado interés, no pudo el evitar pensar «¿No se me estará juzgando a mí y yo aquí sin saberlo?»

Transcurrieron instantes de palpable tensión antes de que el Magíster retomase la palabra. Al alzar su aguda vocecilla por encima del barullo general, se hizo con la atención de todo el gentío. Los murmullos en la sala mitigaron, al poco, los siseos desaparecieron por completo; la inquietud general pasó a un segundo plano. Aunque Armen no tenía motivos para sentirse más tranquilo, porque a fin de cuentas no los tenía en absoluto, pensó queque era un alivio dejar de ser el centro de todas las miradas.

—Como les comentaba antes de esta inoportuna interrupción —dijo el Magíster lanzándole una mirada críptica desde una tarima predispuesta para los que tomaban la palabra. —, el litigio que se debe tratar hoy es de especial trascendencia para nuestra ciudad. Los hechos acaecidos en ella ¡Son un ultraje para nuestro credo! —Exclamó alzando la voz mientras hacia un barrido con la mirada de punta a punta de la sala. —Las propuestas que en el Concilio se estipularon dos semanas atrás se han estudiado concienzudamente, con gran detenimiento, puedo confirmar. A pesar de que siempre hemos sido partidarios de ceñirnos estrictamente a las bases de nuestra legislación, este caso transgrede y con mucho casos anteriores de índole similar. Será necesaria de toda vuestra cooperación para poder esclarecer las pérfidas intenciones que tenían los integrantes de esta aberración, y sacar alguna idea concluyente.

Las palabras del Magíster reverberaron en la abovedada sala con su habitual tono estridente. Los asistentes asintieron con solemnidad. Eriast (su padre y Gobernante) también asintió, aunque vagamente. Era evidente que escuchaba al susodicho como al molesto zumbido de una mosca mojonera. El Lord parecía más enfurruñado de lo normal. Armen sabía muy bien que no era persona que se solazara con los grandes sermones, no le hacían gracia los discursos muy largos, ni le entusiasmaban los grandilocuentes personajes como el Magíster. Tras una breve apreciación dedujo sin miedo a equivocarse, que el bueno de este, llevaba más de un buen rato cacareando.

Solasous Deprava era un tipo más bien alto, de unos cuarenta y tantos años, con el rostro tan apiñado como el hueso de una aceituna. Su pelo era largo y lacio, con atisbos de vetas plateadas aquí y allá, el cual caía libremente sobre unos huesudos hombros en forma de ángulos rectos. Sus ojos eran de un verde intenso, tan saltones como dos grandes melocotones; su febril brillo podría tildarse de hasta algo enfermizo. El tono de su voz (un rasgo muy particular de él sin lugar a dudas) tenía la suficiente estridencia como para hacerte rechinar los dientes.

«Me cuesta creer que un hombre así sea el brazo jurídico del Estado» pensó tras escuchar tanta verborrea.

Durante una de las pocas pausas que se tomó el Magíster en su discurso, supuso que para tomar una bocanada de aire, su padre aprovechó la coyuntura para interrumpirlo. Le agradeció por sus enormes esfuerzos, por su gran minuciosidad, por su buena gestión y enorme diligencia... Podría haber seguido adulándolo durante el resto de la mañana y el significado hubiese sido el mismo «¡Piensas dejarte ya de tanto rollo maldito ególatra!»

El Magíster captó la no muy sutil indirecta.

—Sí, sí, mi Excelencia, desde luego que tiene razón. Discúlpeme si me he dilatado excesivamente con la exposición de los hechos —dijo el Magíster igual de obsequioso que un vendedor de navajas —, pero todos deben darse cuenta que el tema es de mayor importancia.

—Entiendo. —Respondió Eriast, aunque su expresión no mudó un ápice. —Aún y así, creo que los hechos son lo suficientemente patentes para todos los aquí presentes. —Señaló

—Sí, por supuesto excelencia, con su venia, podemos empezar si así lo desea.

Su padre asintió.

Armen aún no era muy consciente de lo que en realidad había pasado semanas atrás en la gran metrópolis, pero el recuerdo aún lo aguardaba en los lugares más recónditos de sus memoria. Prefería mantenerlos allí aislados, pues sin lugar a dudas, eran demasiado espeluznantes para ser ciertos.

La Nación por poco no se desmorona por las luchas intestinas que se originaron a la muerte del antiguo Amir de Adassaya. La codicia de algunos pretendientes al Báculo (otro antiguo legado de eras ya remotas), provocó una lucha que se extendió como una plaga que hizo estragos en la ciudad, en la región, y en gran parte del resto del Estado. Había varios favoritos para ocupar tal puesto y la Shákta, debía de reunirse para ungir al portador de dicha reliquia. Pero nada de eso llegó a suceder en realidad. Por alguna extraña razón, muchos Electos (candidatos a ocupar tal puesto) aprovecharon la reciente vacante y llegaron de los territorios más inhóspitos del Estado, creyendo tener derecho a asumir el mando del Culto; ya sea por potestad divina, por línea sanguínea, o porque simplemente les salía de los mismísimos testículos.

La ciudad fue asediada durante semanas por el crudo transito de una guerra que nadie podía ganar, una guerra en la proliferaban los vencidos. El mundo que conocía se convirtió durante varias semanas en fuego, caos y muerte. Fue el producto de muchas pesadillas compartidas que en realidad, anidaron muy profundamente en la mente de todos. La contienda se disputó entre todo tipo de facciones; hermanos y vecinos guerreaban entre sí, camaradas o rivales que se sacaban las tripas con regocijo, conocidos o desconocidos unidos por el ansia común de asesinar. No importaba el origen o la procedencia de los implicados, ya que la guerra civil nunca tuvo bandos claros.

Qué aquel pandemónium fuera contenido por fuerzas gubernamentales, fue lo menos relevante del asunto. Para conseguir tal merito, se pago un alto precio en sangre. Miles de cuerpos yacían tirados en las calles como muñecas rotas por algún cruel niño, amontonados uno encima de otro, creando espeluznantes colinas de cetrinos y abotagados miembros.

Esa imagen se repetía en muchas zonas de la región.

Los llantos de los pequeños se oían en cada esquina, el bandidaje se intensificó, el aire transportaba la miseria y la desolación con tales imágenes, que transgredían la propia imaginación. Las casas incendiadas hasta sus cimientos se podían ver desde la lejanía, las manchas de sangre en las calles eran imposibles de borrar: las turbas hambrientas, el caos, el fuego, el miedo, la desgracia y el hambre, junto toda la destrucción que surgió después, eran un recuerdo demasiado reciente para que los vapuleaos nativos del lugar no lo tuvieran muy bien presente.

Los rivales incendiaron la indignación del pueblo llano e incitaron al caos y al odio más visceral. Durante varias semanas imperó el terror más absoluto. El Culto (base de sus creencias religiosas y pilar de todo su pueblo) se resquebrajaba como las ruinas de una ciudad perdida. Era como si los propios dioses se mofaran de la fe de los mortales, de sus sueños e ideales, de su piedad, acicateando su vanidad y su locura al mismo tiempo.

Recordaba como los campesinos y ganaderos salieron a las calles del Distrito Lanero con un cabreo monumental. Los que carecían trabajo y por lo consiguiente de una vida cómoda, eran de los más indignados. Hombres tullidos, enfermos, o simplemente vagos que dependían de las migajas que los ciudadanos ‹‹honrados›› les tiraban con desdén, se dejaron ver desde el Distrito Penitente. También las mujeres que trabajaban en las calles del Distrito Rojo desde la más tierna infancia pusieron su granito de arena, según ellas, peor no les podía ir. La gran mayoría del populacho reivindicaba un cambio, a pesar de que la mayoría no tenía muy claro cuál debía de ser. Sabían que su fe había sido quebrada y se aferraban a un clavo ardiendo. Gente de lo más variopinta abarrotó las calles enardecidas, sedientas de sangre y enloquecidas, desde abuelos a simples mocosos recién destetados; artesanos, meretrices, pordioseros, más algunos tunantes muy avispados que no dejaron pasar la oportunidad de ganarse un suculento sobresueldo a base de desplumar al ajeno. Todos se unieron en un esfuerzo común. A muchos les vino una vena pirómana empujándolos a quemar todo cuanto encontraron a su paso.

Evidentemente, él no había vivido ninguno de aquellos sucesos en sus propias carnes. Al ser el hijo del Gobernador, y por consiguiente de noble cuna, estaba bien parapetado y a buen resguardo en una de las atalayas del amurallado interior de la ciudadela. Probablemente ninguno de los presentes había contemplado en primera persona aquella carnicería. Al parecer e irónicamente, no iba a ser un hecho que se fuera a tenerse muy en cuenta en aquellos instantes, pues ese día, y en aquel momento, se iban a juzgar a los pocos instigadores que aún quedaban vivos.

— ¡Hagan pasar a los acusados! —ordenó Eriast.

El pesado cerrojo de una puerta lateral se descorrió con un sonido chirriante. La sala se llenó con el rumor de los Lores y los apoderados, de los excitados líderes de las grandes casas, de los cortesanos, de las recatadas Damas que hacían bambolearse sus exagerados tocados hacia uno y otro lado, de los consejeros y escribanos, de la multitud en general para ser francos. Algunos llegaron hasta levantarse y subirse a sus escaños para poder apreciar con más claridad aquella mascarada.

Era como tirar un trozo de carne cruda a una jauría de perros hambrientos.

— ¡Empieza el espectáculo! —Exclamó Kumar como quien va una función de un circo de gitanos. En realidad, no tenía muy claro si el hombre lo decía irónicamente o es que era realmente tan entupido como parecía en realidad.
—Quizás sí que tengas razón —claudicó Armen con sequedad. —Solo faltan las fanfarrias y los saltimbanquis.

Dos soldados uniformados y armados con contundentes porras erizadas de púas, dieron paso a los desdichados que iban a ser juzgados por el Consejo. Venían en fila de uno, cubiertos de cadenas, arrastrando sus pies descalzos por el pasillo central; como espectros en procesión hacia el panteón donde iban a ser sepultados. Quizás no fuera una analogía del todo correcta, pero no se alejaba mucho de la realidad que le esperaba a aquellos pobres desdichados.

Los presentes clavaron miradas asesinas hacia los condenados, las Damas se llevaron las manos a la nariz mientras exclamaban diversas quejas, algunos nobles (cosa muy poco común entre miembros de la respetable) llegaron a abuchearlos y todo. A pesar de todo aquel run run, podía haber sido muchísimo peor. Si tal juicio se hubiese celebrado a puertas abiertas, con todo el populacho presente, bueno, no descartaba la posibilidad de que también habrían llovido boñigas, hortalizas, y más de una piedra de tamaño considerable.

«Es lo único de agradecer en esta maldita mañana»
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#3
                          Después de un viaje agotador



Un cielo pálido y azul enmarcaba el horizonte mientras avanzaba hacia occidente, ese día amanecía carente de nubes y la brisa que soplaba era tan suave, que parecía más bien una broma de mal gusto. En conjunto hacia un día bochornoso que muy poco tenia de encantador. Las escarpadas sierras daban paso a unas llanuras áridas y secas en las que la vida estaba ausente, raquíticos arbustos y tierra pardo rojiza; ningún ser vivo a destacar.

Sarosh observó con desagrado aquel paisaje que se abría imperturbable en frente de él. Con el dorso de la mano se secó el sudor que empapaba su frente mientras murmuraba para sí. ¡Jodido día!

En el transcurso de su viaje por aquellas planicies yermas e inhabitadas, intentó no pensar que iba a encontrarse al final del camino ¿Qué aventuras emprendería? ¿Cómo concluirían? ¿Qué deparaba su próximo destino? Tantos misterios y ninguna respuesta clara para ellos. De cualquier manera y dados sus muchos antecedentes, era demasiado fácil especular al respecto, un final bastante trágico. Miró hacia ambos lados con un recelo creciente, su rostro se crispó por la contrariedad. Era difícil no sentirse algo desgraciado al fin y al cabo.

Atravesó altozanos, grietas, subió grandes pendientes y cruzó enormes surcos del camino que parecían trincheras cavadas por gigantes enloquecidos hacia ya mucho tiempo atrás. Transitó por caminos que culebreaban en los altos escarpados, entre achaparradas colinas que parecían pechos de mujer, cruzó valles de silvestre vegetación, y salvó varios contratiempos que lo dejaron más exhausto que nunca. Después de muchos giros y desvíos (ya fuese por senderos cerrados por algún desprendimiento de tierras o simplemente derroteros que dejaron de ser transitables hacía mucho tiempo atrás) lo obligaron a desandar más de una vez el camino que tanto le había costado recorrer.

Aquel paraje sazonado bajo un sol abrasador que no daba tregua, era deprimente hasta la médula, las altas temperaturas hacían oscilar el monótono paisaje ante sus ojos. En realidad aquella climatología no se diferenciaba en demasía al que podía encontrar en su país de origen en aquella época del año, estaba habituado a tales contingencias y preparado para sobrellevarlas lo mejor posible, aunque el descontento y la soledad eran malos compañeros de viaje.

¿Cuántas leguas habré recorrido ya?

Perdió la noción del tiempo ahondando en sus miserias reflexiones. Al remontar uno de tantas otras muchas colinas que precedieron su camino, alzó la vista y se sorprendió del todo; su corazón comenzó a latir mucho más acelerado de lo habitual. Su boca se abrió de cuajo y parpadeó varias un veces con incredulidad; una mueca de desconcierto se pintó en su expresión. Acabó tirando precipitadamente de las riendas de Mordisco hasta que este se detuvo en seco parándose a dos patas.

No puede ser…

En un acto reflejo pasó su rasposa lengua por encima de sus labios, los cuales, los notó como dos pedazos de carne reseca y cuarteada, sintió como en cada uno de sus miembros se conjugaba la debilidad; sus sentidos estaban tan aletargados que la sensación era de estar soñando ¡Su cuerpo deshidratado pedía un respiro a gritos! Todo aquel cúmulo de sensaciones se mezclaba en una enorme marmita de suplicios que no lo dejaban pensar con claridad. Seguro que hasta mis malditos ojos me engañan con fabulas inmisericordes para atormentarme, se dijo mientras detenía el impulso de cabalgar apasionadamente hacia el lugar.

Después de un largo reconocimiento, bajo el punzante sol y la brisa caliente que le golpeaba en la espalda, pudo cerciorarse de que sus embotados sentidos no le engañaban en aquella ocasión. Podía apreciar a lo lejos la borrosa silueta de la gran ciudad. No cabía duda. Le entraron ganas saltar, de aullar de regocijo, quería bailar como un demente que ha perdido el juicio, de dar piruetas como un saltimbanquis en una corte de tiranos, de gritarle al sol y a las piedras; al camino ¡Lo he conseguido! Aunque se abstuvo de tanta euforia, pues dudaba de que en su maltratado cuerpo quedasen fuerzas ni para hacer el indio.

Bajó por el camino que serpenteaba hasta donde se perdía la vista, con un paso más ligero del que cabria esperar, contemplando esa mota oscilante en el horizonte que lo seducía como la llama a la polilla. La Ciudad-Estado de Mansour. Paradójicamente ahora que estaba cerca de culminar su agotador viaje, de pronto y sin que se lo esperase, intensos sentimientos empezaron a embargarlo en su interior; las dudas, el temor, la absurda congoja.

Su infancia siempre había estado caracterizada por su dureza, llena de desgracia y  fatalidad, de distanciamiento, poblado de marginalidad, juzgado siempre por la perseverante desconfianza de sus pares. Había crecido bajo el odio y el rencor que  destilaba aquel mundo pútrido. La miseria y el desprecio, junto al maltrato al que se vio abocado a vivir, hizo que hostilidad creciese inmutable dentro de su alma hasta anegarlo todo. Era un niño marcado, muy distinto a los otros del lugar; su piel a diferencia de la mayoría era blanca como la harina de costal, su pelo en lugar del negro típico, era pajizo, sus ojos de un verde claro destacaban entre los oscuros como ala de cuervo de los demás. « ¿Quién era en realidad? ¿Porqué estaba tan fuera de lugar?» Era algo que siempre se había preguntado, carcomiéndolo durante años sin conseguir ninguna respuesta a cambio, tan solo más incógnitas y quebraderos de cabeza. Muchas de las pesadillas que lo acompañaban por las noches desde aquel entonces, eran inducidas por lo que había vivido tanto físicamente, como psicológicamente durante aquellos años de aflicción.
Su Maestro Pakour (tutor y prácticamente un padre para él) le había explicado que sus pesadillas pretendían contarle algo, que guardaban un propósito que revelaría muchas más verdades que sufrimiento padeció una vez.

Frunció el ceño y espoleó a Mordisco, pensando si eso podía ser posible. ¿Qué sentido tenía aquella afirmación? No creía que lograra sacar algo en claro de tan malas experiencias.

Mientras descendía por el promontorio hasta coger el camino que lo llevaría a su destino, comprendió que en realidad poco importaba la razón. No sabía si era otro de los desvaríos de su tutor, o por el contario era una lección que nunca había acabado de comprender. Muchas veces no sabía que pensar. De todas maneras, ahora quedaba poco del niño enclenque, patético y asustadizo que creció en las duras calles de Kabur. Quería creer que era alguien diferente, otra persona muy dispar del que hace años sufrió tantas privaciones en su vida, le gustaba repetírselo con asiduidad; día sí y día también. Los años habían pasado y aquel niño había dejado de existir.

Tampoco es que tuviera sentido pasarse el resto del camino meditando sobre sucesos acontecidos hacia ya tantos años atrás, no podía hacer nada para cambiarlos, tan solo lograría hundirse más en un estado apático. Su situación actual era más acuciante que las sombrías lucubraciones que poblaban su mente desde que tenía memoria. Llevaba gran parte del camino intentando encontrar el sentido a tarea que se le había encomendado, averiguar la manera de afrontar lo que se le avecinaba sin ser víctima de los acontecimientos, salir airoso de la empresa por así decirlo.

No tuvo mucho éxito en ese conciso.

Ahora eres un Hermano Juramentado se dijo apretando sus mandíbulas mientras acudía a su mente el voto que hizo al ingresar en la Hermandad. Recordaba la esfinge de Arakan y él arrodillado delante suya, con todos sus hermanos y acólitos murmurando plegarias a su alrededor.

Soy un hijo de la noche, protector en la sombra,
en la oscuridad sin estrella, todo el infame teme.
Soy un hijo de la noche, sentencia de la ira de dios,
la neutra justicia de mi daga, castigará en este mundo y no en el otro.
Soy un hijo de la noche, y estoy aquí para equilibrar,
la balanza de mi honra, no se suele equivocar.
Soy un hijo de la noche, sin rumbo, marcado y sin estrella,
solo existo en esta tierra, para servir a mí hermandad.
Amor, odio, guerra o paz, nuestra vigilia es eterna.
Muerte, vida o un glorioso final, no nos importa lo que suceda.
Soy un hijo de la noche, protector en la sombra.
Soy un hijo de la noche, hasta que la última gota
de mí sangre mane.

Debía confesar que no se sintió mejor.

Chasqueó la lengua antes de escupir un gargajo seco que por poco no le cae encima. El animal también parecía compartir un estado de ánimo turbio; sacudió su testa negra mientras pateaba el suelo y pifiaba con bastante mala leche. ¿Era normal que sintiera como una bola de argamasa dentro de su pecho? La sensación ganaba impulso a medida que se aproximaba a la ciudad; en su estomago las mariposas revoloteaban alegremente mientras el pegajoso sudor corría en regueros por su cansada espalda, sus manos adquirieron el temblor característico de la ansiedad.

Antes de salir del Fuerte de Argand, había tenido una inquietante entrevista con el Señor de la Torre (cabeza insigne de la hermandad) Recordaba como un paje le había despertado a intempestivas horas de la noche para comunicarle que debía acudir presuroso al despacho de su Patriarca.

Evocaba la situación como si hubiese sido ayer…

>> Estaba sentado en una raquítica silla de madera, en un despacho privado situado en lo más alto de una de las torres. Movía con nerviosismo sus pies y sentía como las gotas de sudor que le perlaban la frente, descendían lentamente por la curvatura de sus mejillas. En la sala reinaba una tenue penumbra gracias unas pocas velas de cebo y unas brasas casi exiguas que titilaban en el hogar. Su cita tenía un cariz de lo más lúgubre. Su Señor Kakzka lo observaba con una expresión indescifrable detrás de una copa de coñac. Pensó que quizás no iba a salir de ese despacho caminando por sus propios pies. No conocía a nadie capaz de sentarse en presencia de su Señor, y que no sintiera la intensa necesidad de salir huyendo con el rabo entre las piernas.

El semblante hierático de su máscara era perturbador. Recordaba a una gárgola asomándose desde el farallón de un castillo viejo preparado para saltar sobre su próxima e incauta víctima. ¿Y quizás así sea en realidad?, pensó aterrado en aquel momento. Se sentía diminuto ante su imponente presencia, insignificante; más pueril que una cucaracha panza arriba.

Kakzka Subooruene, Patriarca de Los Hijos de la Noche, era un hombre enjuto y viejo, con la espalda encorvada por el peso de la edad. Se envolvía con un manto oscuro con un capucha, del cual, tan solo dejaba percibir trazos de la máscara de bronce que siempre llevaba puesta. Sus inteligentes ojos refulgían detrás de ella con un brillo amedrentador.

Sarosh había ingresado como novicio en la Hermandad varios años atrás, gracias al patrocinio de su actual tutor Pakour. Después de haber sobrellevando una infancia llena de abusos y vejaciones en los suburbios de la ciudad de Kabur, abrazó los hábitos de la Orden con la ilusión de un mocoso al que le regalan una espada de madera. Con el tiempo, su tutor pudo comprobar que tenía aptitudes para el oficio, destrezas muy poco comunes en esos tiempos de necesidad, tanta sagacidad y entereza en algunos aspectos de las disciplinas que practicaba, que le presagió un futuro propicio en la Hermandad.

Dejando a un lado los miedos, las dudas, junto a la inquietante razón de aquella perturbadora entrevista, prestó especial interés en lo que su Señor Kakzka tenía que decir.

Era la hora y así le fue informado. Había llegado el momento de pasar por La Prueba de Templanza. A él le sudaban las palmas de las manos y le temblaban las rodillas como si estuviesen echas de gelatina. No creía estar aún preparado para superarlas.

El Patriarca de su orden no pareció (o no quiso) advertir su creciente incomodidad. Le previno que en aquel cometido se iban a poner a prueba todos sus sentidos, su valía, su ingenio y todo lo que había aprendido bajo la mano protectora de la Hermandad, sí tenía suerte, no sería necesario poner a prueba su integridad. Antes de concluir con la reunión también dejó entrever, aunque algo críptico en ese aspecto, que probablemente encontraría respuestas a muchos de los misterios que habían poblado su vida. <<

Ahora en el camino se preguntó ¿Cómo diablos sabia el Patriarca Kakzka cuáles eran sus inquietudes? Siempre había sido bastante hermético en aquel aspecto, no se prodigaba en parlotear con los demás hermanos sobre sus intimidades.; eran una orden muy poco habladora en cualquier caso. Estaba harto de dar vueltas en círculo como pez que se muerde la cola, desquiciado por las muchas cosas que nunca llegaría a comprender. En realidad no necesitaba más misterios en su vida, aunque tanto trecho recorrido, tanto tedio, junto a la abundante soledad, dejaban mucho tiempo libre para pensar.

La Ciudad-Estado de Mansour era un hexágono amurallado escarbado en la base de una gran vertiente, conocida como La Ladera de los Peñones, en la parte oriental del continente, muy al sur del Fuerte de Argand. Era una de las Ciudades-Estado más importantes de la región, y como tal ¡Era monumental! Su tutor le había hablado mucho al respecto de ella antes de partír.

Al parecer era una ciudad prospera, buena para el comercio, plagada de boyantes mercaderes y avispados comerciantes muy duchos en su oficio. Había un dicho con del que siempre alardeaban «¡No hay nada que no se puedas encontrar Mansour!». Era uno de los centros neurálgicos de las rutas mercantes de esta parte del mundo, un punto clave en el itinerario de todo tratante que se preciase llamarse como tal. Su comercio latía con viveza, pues este era la base financiera en la que se sostenía un estado con un voraz apetito.

Sarosh descendió por el zigzagueante y apelmazado camino de la gran garganta, surcado de roderas y marcado por el paso de incalculables caballos, carros, borricos o transeúntes que buscaban cobijo detrás de sus altas y gruesas murallas. De ahí empezó a distinguir con más nitidez las grandes estructuras que se distinguían en la distancia, recortadas en el horizonte. Contempló embobado aquellas imponentes murallas durante largo rato. Eran tan altas que le quitaban el aliento a uno; estaban hechas con bloques de piedra blanca encajados con tal precisión, que no se apreciaban las junturas. Dentro, las coloridas cúpulas e inacabables chapiteles que arañaban el despejado cielo, sobresalían muy por encima de su barrera. Sus recias almenas, los inalcanzables adarves, las pequeñas aspilleras de lo alto de las murallas, los coloridos gallardetes que hondeaban orgullosos encima de las altas torres de vigilancia… se sintió insignificante.

Mansour la Sagrada, la Inviolable, la Inexpugnable. Por muchos nombre era conocida aquella magnifica Ciudad-Estado, tanto en la región, como en el resto de territorios del circulo del mundo. Ahora entiendo el porqué de tan rimbombantes epítetos, se dijo tragando saliva.

Traspasó varios puestos de vigilancia donde soldados con petos dorados, capas rojas y cascos cónicos adornados con largos penachos de plumas blancas, lo examinaron con la expresión impertérrita común de los militares.

—Buenos días caballeros —Les saludó este al pasar por su lado. Ellos lo miraron entornando los ojos mientras contestaban con un largo y áspero gruñido que destilaba desdén.

Al rato estaba congregado con la multitud delante de las puertas de la ciudad. En realidad no sabría decir con precisión como acabó así. No sabía si el tumulto decidió adherirse a él, o por el contrario él acabo adhiriéndose a la masa aullante. Para ser sinceros no importaba en demasía, más quedó compactado a los demás como un bloque de aglomerado humano. No encontraba una palabra mejor para definir aquella situación tan asfixiante.

Gran multitud de carros traqueteaban frente al enorme arco de las puertas de entrada, los animales tiraban de ellos y relinchaban medio muertos por tener que cargar tanto peso encima de sus huesos. Los iracundos transportistas vociferaban con desagrado maldiciendo, tanto a los animales como a las personas que se congregaban alrededor de ellos mientras levantaban sus puños en alto. Los pocos guardias que había frente a los portones (igual de irritados que la inmensa mayoría del personal) graznaban ordenes a voz en cuello en un intento fútil de mantener el orden. ¡Su alrededor se resumía en una gran polvareda de ansiedades y expresiones desencajadas!

Observó con cierto pasmo la pericia de la que hacían gala aquellas gentes de ciudad. La gran mayoría urdía tejemanejes de lo más imaginativos para colarse delante de sus conciudadanos. Algunos se empujaban con los codos, otros soltaban una coz de vez en cuando, los había que se intentaban sacar los ojos con apreciable habilidad ¡Hasta en un momento dado un tipo intentó morder a otro con unos dientes tan grandes como los de un caballo! Todas esas personas no dejaban de maldecir en mil idiomas distintos y con improperios de lo más variados.

Se preguntó si eso era lo que se conocía como gente civilizada.

Ya dentro de sus murallas lo asaltó el gatuperio general, junto a las mil y una fragancias distintas y muy características en grandes urbes como aquella. Sus sentidos quedaron aturdidos durante un breve espacio de tiempo. Todo lo que veía le fascinó.

Los colonos corrían acelerados atendiendo sus quehaceres diarios abarrotando lo que parecía ser, la arteria principal de la ciudad; una inmensa avenida de casas abombadas y de letreros sonrientes que lo acogieron rodeándolo con sus largos tentáculos. Apreció que las mujeres de aquel lugar, vestían con mayor o menor simplicidad que las de su país natal. No parecían muy diferentes después de todo si no te fijabas en el color de su piel; eran blancas como la leche y color de su pelo variaba entre tonos claros y bermejos. Los hombres por otro lado, eran más bien grandes y de facciones duras (probablemente debido a su ascendiente Pàniko) lucían enormes mostachos y barbas ralas, en muchos casos llenas de trenzas y abalorios. Algunos vestían con sayos de colores claros, otros con chalecos pardos y bombachos de lino arremangados hasta las rodillas, también los había que iban prácticamente desnudos con la salvedad de unos ridículos taparrabos que cubrían sus vergüenzas. Había gentes de todas las etnias y culturas del círculo del mundo congregadas allí también. Tanto hombres libres como esclavos. Gentes de piel olivácea venidos de la lejana Rota, comerciantes de Atzzar con los carros llenos de todo tipo de exóticos productos, mercenarios de Campoor curtidos en mil batallas que miraban por encima del hombro con pedantería, extrañas gentes del desierto del Sahín e incluso ¡Juraría haber visto uno de esos inmensos bárbaros de Las Montañas Homeya que no se aventuraban a salir nunca fuera de los límites de su monte sagrado!

Todo un espectáculo digno de ver. Era curioso ver como todas las etnias del continente se mezclaban en sus amplias calles con desparpajo y relativa paz, cada cual dedicado a sus menesteres, atendiendo sus quehaceres cotidianos; ignorándose con sofisticada habilidad.

Pasó un rato ahí parado, embobado por cuanto le rodeaba, pero siendo consciente de que no todo en la ciudad era paz, amor y buen ambiente. Como todo buen hijo de vecino, sabía que también escondían múltiples peligros y gentes traicioneras buscando su oportunidad. Se preguntó cuántos rateros se frotaban las manos en aquellos angostos callejones esperando a que los ingenuos cayeran en sus manos y desvalijarlos hasta dejarlos secos. Nunca faltaban los pardillos. Siempre había algún bohemio pajarillo que no hacía demasiado caso a los índices de criminalidad y se tiraba a la aventura. Y eso que el atraco con navaja en la boca de callejón, era un oficio que se llevaba siglos practicando con mayor o menor sutilidad.

Eso le hizo recordar una de las muchas advertencias que le hizo su tutor Pakour antes de salir del Fuerte de Argand. «Recuerda bien esta lección muchacho, la gente de estos tiempos se cree muy cultivada, civilizada, se regodean de su gran saber e intelecto. Que no te engañen, en realidad se olvidan que hace relativamente bien poco que se limpiaban sus noblezas con dos piedras. Estoy seguro de que no te meterás en ningún problema»

Miró a su alrededor. Eso es muy fácil de decir cuando no se está en territorio hostil, pensó mientras reemprendía la marcha.

Giró por una calle a unos cien metros más adelante, dejando atrás el bullicio general. Anduvo por esa estrecha pendiente ascendente llevando a Mordisco del ronzal. Cuando la coronó, pudo ver un plano más extendido de la ciudad y se sorprendió; ciertas partes estaban parcialmente derruidas. Los daños parecían relativamente recientes, era evidente que habían sido originados por el fuego. Parte de los suburbios y algunas áreas circundantes que aún quedaban en pie, eran más bien esqueletos deformados por las llamas, cáscaras ennegrecidas por el hollín que a duras penas, lograban sostenerse en vertical; las maderas y las vigas rotas despuntaban de los cascajos que una vez fueron sus casas y comercios.

¿Qué diablos ha pasado aquí? se preguntó.

No parecía que fuera un incendio fortuito aquel, al menos no por lo que pudo constatar ¿Si no porqué habría distintas partes de la parte baja de la ciudad, que aunque alejadas entre sí varios cientos de metros, también habían recibido las caricias del fuego? Intuía que a la gente de la zona no le daba por quemar su patrimonio así porqué sí.

¿A que se deberá? ¿Tendrá esto relación con los motivos por los que estoy aquí? ¿De qué manera influirían con el cometido que me han encomendado? ¿Sabrá el viejo Kakzka lo que está pasando en Mansour? ¿Le importará en todo caso?

Bajó por otra calle que lo llevó a una a una amplia plaza repleta de puestos de mercadillo y tenderetes de vivos colores que lo sacaron de sus cavilaciones. Esta, como toda la ciudad, estaba repleta de gente vocinglera. Los zalameros comerciantes intentaban engatusar a los viandantes pregonando a voz en cuello lo magnificas, únicas y económicas que eran todas las mercancías con las que comerciaban. Había tenderetes de fruta, puestos de carne sin identificar, en ellos, moscardas tan grandes como puños no dejaban de zumbar cerca del producto; puestos de pescado, de especies, carros de verdura y hortalizas, tenderetes de abalorios, cerámica, y menaje. Infinidad de productos únicos y remedios milagrosos abundaban en el lugar. También pudo comprobar, que los pilluelos y cortabolsas rondaban por la zona.

Cruzó y dejó atrás la plaza del mercado, dando a una vía meridional, en esta un poste de madera en su bocacalle anunciaba «Distrito Artesano»

Paso por delante de un local en el que el colorido cartel encima de la puerta lucían pintadas unas tijeras y un telar; en el pórtico de la fachada que daba a la avenida, vio a una mujer de pelo rizado y revuelto cortando un trozo de tela de colores, mientras otra señora se mordía el labio y fruncía el ceño intentando atinar con el hilo en el agujero de la aguja. En otro local junto al de las modistas (en que el dibujo del cartel más bien parecía el garabato de un niño) creyó apreciar un cuchillo y una rueda de molar. El cuchillero concluyó. De pronto, un hombre con la mayor parte de su rostro abrasado por el fuego, se asomó por una de los ventanucos del comercio; Sarosh se apartó de la puerta del local con cierta animadversión. Había un orfebre y un noquero, un alfarero, un armero, un soplador de vidrio, un joyero, dos herboristerías y, hasta alguna que otra barbería.

Recorrió aquella paralela de punta a punta hasta acabar harto de tanto oficio. Le dolían los juanetes y sentía el peso del largo viaje en cada uno de los miembros de su cuerpo. Solo deseaba descansar. Pero lo primero era lo primero, debía verse con su contacto en la ciudad, él le daría más detalles de la misión que debía de llevar a cabo. En realidad no sabía de quien podría tratarse en realidad, aunque por la información que tenia, este sería quien lo encontraría a él en todo caso.

Así que lo elemental era encontrar una caballeriza donde poder dejar a Mordisco, no le convenía recorrer perdido por aquellas laberínticas calles con el animal pifiando molesto en su oído. Tampoco le vendría mal una buena posada donde dejar reposar su maltratado cuerpo durante toda una semana, quizás también pegarse un buen atracón y quitarse toda la mugre que se le había adherido durante el camino. En cualquier caso, lo mejor sería pedir unas cuantas indicaciones para orientarse, pues no tenía ni la más remota idea de donde poder realizar ninguna de aquellas acciones sin perderse en tanto angosto callejon; estaba totalmente perdido en las calles de Mansour.

Misteriosamente después de bajar dos calles distintas, girar en varios cruces y virar en algún callejón que no tenia salida, no encontró ni a una sola alma que le inspirase la confianza suficiente ni para preguntarle por la hora. Pasó algún tiempo hasta que decidió que lo mejor sería no ser tan selectivo. Cuando al final dio con un hombre de chaleco pardo y camisa de mangas holgadas repantigado en la puerta  de una de las casas, su reacción lo sorprendió. El hombre lo contempló mientras se le acercaba, su gesto era un tanto desabrido, como si su sola presencia lo contrariase; arrugaba la nariz de una forma bastante curiosa en todo caso. Era un tipo más bien bajito, con unas lentes enormes que le sobresalían por ambos lados, levantó su puntiaguda barbilla con ostentación.

—Disculpe buen señor. —Le dijo haciendo una desmañada floritura con su sombrero — ¿Le importaría indicarme dónde puedo encontrar una caballeriza decente donde poder dejar a mi montura? Soy nuevo por aquí y he de admitir que ando un poquito desorientado con tanta calle.

—No me cabe ninguna duda. —Retrucó el tipo con sequedad. Durante un rato lo inspeccionó de arriba a abajo con la intensidad de un interrogador, examinándolo con exhaustividad, gruño algo inteligible y escupió en el suelo muy cerca suyo, para luego levantarse y se meterse dentro de la casa sin más, hecho que lo dejó sin palabras.
¿Qué diantres ha sido eso? Su sonrisa cayó al suelo y se hizo añicos.

El hombrecillo lo había dejado pasmado. No se esperaba ni por asomo, que por el simple hecho de pedir unas indicaciones estas reportaran una actitud tan poco civilizada. Estuvo tentado de ir en pos del desgraciado y darle una clase práctica de cómo partirle el espinazo a un cretino. Pese a ello desistió, no tenía muy claro cuantos más imbéciles se iba a cruzar aquella pintoresca mañana. Algo le decía que iban a ser muchos.

Siguió por aquella calle sin un rumbo aparente, hasta que sin darse cuenta poco a poco se adentró en un distrito donde las casas eran más sencillas, mucho más austeras. Las viviendas eran muy pequeñas, sus fachadas estaban mugrientas como el resto de la calle, frente a los hogares, niños de pantalones raídos y más bien constitución famélica lo observaron con ojos temerosos y llenos de resignación.
¡Perfecto! se dijo cada vez más exasperado Si es que esto a cada rato se me pone mejor.

Pasó por delante de los niños que lo miraron sorprendidos, sus madres de tanto en cuanto salían de sus casas para regañarlos por no meterse al resguardo de sus chabolas. Algunos hombres de aspecto peligroso; con caras picadas por la viruela o llenas de cicatrices que pululaban por ahí, también lo miraron con detenimiento. Se preguntó que pintas debía de tener para que a la mitad de rateros de aquella ciudad les pareciera una presa tan suculenta. Vio en sus ojos como calculaban sus posibilidades de descabalgarlo de su montura. Sarosh dejó entrever la empuñadura de su espada corta; eso acabó de convencerlos del todo. Sería mejor buscasen alguien menos afilado para su seguridad. Durante el trayecto, vio algunos perros de aspecto lamentable también rondando por el lugar, estos hurgaban entre los restos de basura algo con que poder llenar sus abotagados estómagos; los pobres chuchos se agazapaban con la cola entre las piernas y gruñían a todo el que pasaba por delante de ellos.

Tan solo llevaba unas pocas horas en la ciudad y ya empezaba a perder gran parte de su atractivo. Las grandes estructuras, los coloridos carteles o pasquines de las paredes, los muchos comercios y la cantidad exorbitante de gente, la vigorosidad que se respiraba en las calles principales, no hacían desaparecer la gran brecha que separaba a unas personas de otras. Unos acumulaban riquezas, lujo y despreocupación, mientras que otros eran pagados con miseria, penalidad y una frágil subsistencia. Después de todo no había tanta diferencia entre Mansour y su ciudad natal como había creído en un principio.

Tardó casi mediodía en conseguir encontrar una caballeriza donde poder dejar descansar a su montura, durante ese intervalo de tiempo aprovechó la oportunidad de hacerse una idea de la distribución que tenia la gran ciudad de Mansour. Esta estaba dividida en varios distritos, distribuidos en grandes cuadras que rodeaban un amurallado central, el cual, quedaba dividido a su vez por un gran canal artificial. La ciudad se repartía con bastante simplicidad a pesar de lo grandiosa que resultaba ser; La ciudadela y Los Distritos.

Llamó al que se ocupaba del lugar. Se le apareció un mozo con la cara redondeada y llena de pecas, sin apenas cejas y con dos enormes tajos de carne por orejas.

—Buenos días muchacho. ¿Con quién debo de hablar para poder dejar mí montura aquí?

—Debes de hablar con Jamis. —Contestó este algo reticente. Al parecer no las tenía todas consigo de que dejara a Mordisco allí. — ¡Jamis, preguntan aquí por ti!

Mientras el chico llamaba al propietario, no dejó de echarles miradas nerviosas al animal y a él respectivamente. El recelo era moneda de cambio en aquella ciudad al parecer, llevado a un extremo exasperante. El propietario, un tipo seboso y medio calvo, con un mono más mugriento que las calles que acababa de dejar atrás, parecía aún más desconfiado que su empleado.

— ¿Qué desea? —Preguntó con el mismo tono apático que el del muchacho.

—La verdad es que esperaba que me alquilara unos días una cuadra para mi animal.

El tipejo hecho una mirada Mordisco y respondió.

—No parece un caballo muy tratable.

—Tan solo son las primeras apariencias —le contestó con una sonrisa picara —Unos pocos cuidados y una buena comida, y seguro que hacen buenas migas.

—Ya, me lo imagino. El precio son dos peniques por día. Por adelantado.

—Le pagaré una semana por adelantado si lo desea. En el caso que decida que mi estancia se vaya a alargar más, vendré para notificárselo y hacer el correspondiente reembolso para prorrogar su estancia. ¿Le parece?

Jamis pareció sospesar la oferta durante unos pocos segundos, probablemente para jugar un tanto al despiste, pues no le pasó desapercibido como se le habían iluminado los ojos al escuchar la propuesta.

—Me parece justo.

Pagó el precio acordado, más un pequeño incentivo tanto para el dueño como para el chaval con orejas de soplido, no quería que a Mordisco le faltase nada en su ausencia. Tras una promesa de Luego habrá más, la relación mejoró ostensiblemente.

—Antes de irme ¿Podrían aconsejarme alguna posada dónde hospedarme?

—Eso depende de que es lo que busca.

—Me conformo con cualquier sitio donde no tenga que pasarme la noche batallando con las chinches.

—Entonces no lo encontraras en Los Distritos. —contestó de inmediato. —Tendrás que dirigirte a La Ciudadela, ahí es donde se encuentran las mejores posadas de la ciudad.

—Gracias por su amabilidad.

Salvado ese punto tan sólo quedaba entrar en La Ciudadela. Miró en dirección al gran amurallado interior, se permitió un hondo y largo suspiro; estaba muerto de  cansancio. Esperaba fervientemente que su contacto diese pronto con él. No sabía cuánto tiempo iba a resistir en aquella enorme urbe sin matar a alguien para desquitarse. Se dirigió con paso vivo y determinación a cumplir con la tarea de encontrarse una maldita posada.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#4
                        Cruce de caminos (Parte uno)


Una hora más tarde sus gastadas botas golpeaban decididas por el mejor pavimentado suelo de La Ciudadela. Había tenido que perderse en un par de ocasiones, maldecir unas cuantas veces más y bregar con la guardia del amurallado interior, los cuales le habían aligerado dolorosamente de parte del contenido de su bolsa, para encontrarse donde estaba ahora.

Seguía sin localizar un hostal donde dejar descansar sus huesos.

Un carruaje lacado con intrincadas taraceas y tirado por unos brillosos caballos de pura raza pasó tan cerca de él que por poco no lo arroya. Sarosh levantó su puño maldiciendo al conductor en todas las lenguas que conocía.

— ¡Ojala se te parta una rueda y te rompas el cuello desgraciado! —Le gritó a pleno pulmón. Si el tipo lo escuchó no dio muestra alguna, simplemente continuó con su recorrido sin prestarle más atención que un matojo que uno encuentra en el medio de su camino. Observó con pasmo como el carro tomaba una curva para perderse de vista.

¡Vaya con la gente civilizada! Refunfuñó malhumorado.

Dentro de La Ciudadela todo era más lujoso, las calles eran más anchas y estaban adoquinadas, las estructuras eran más ostentosas ¡Mucho más fastuosas que en Los Distritos! Levantó la vista al cielo, contemplando con admiración los puentes colgantes que conectaban con otras torres colindantes a muchos metros del suelo. Merodeó cerca de los inmensos caserones señoriales distribuidos meticulosamente en una espaciosa zona residencial; estos gozaban de dos, tres y hasta cuatro plantas de altura. Sus fachadas ornamentadas contaban con unas balconadas que casi emulaban avenidas. Reparó en los enormes espacios verdes que destacaban entre las construcciones, regados de flores de vivos colores que despedían una fragancia de dulce almizcle. Los árboles también crecían altos y frondosos en aquel lugar; llenos de vida.

Resultaba curioso ver lo desértica que era la región y los frondosos espacios verdes que disfrutaban dentro de aquel complejo amurallado.

Transitó por una enorme plaza con un enlosado ajedrezado, en ella, los enamorados disfrutaban de un genuino atardecer mientras paseaban cogidos de la mano. Los niños de carrillos rosados correteaban de un lugar a otro con la alegría pintada en la expresión y sin más preocupaciones que su propia diversión. Había abundantes palomas en la ciudad: ¡Miles! Estas pernoctaban día y noche entre las columnatas, encima de sus arcos, en los alfeizares y tejados de las grandes casas, en lo alto de sus torres, en los hombros y brazos de las regias estatuas que abarrotaban la avenida; gorgoreando y regando todo el entorno con sus heces. Dos estructuras que se imponían en la distancia fueron las que más llamaron su atención. El edificio alto y rectangular, de aspecto vulgar y bastante lúgubre, dedujo que se trataba del Magisterio. Un lugar donde se gestionaban las labores administrativas de la Ciudad; papeleos, concesiones, tratados, denuncias o cualquier tipo de trámite legal, tenía que pasar por alguna de sus oficinas. Más arriba despuntaba en contraste Palacio. Las cúpulas doradas de la inmensa construcción eran visibles desde una considerable lejanía, sobreponiéndose sobre las otras estructuras de la zona y acaparando el cielo para sí solas. Infinidad de torres emergían como espinos alrededor de ellas, con trazos tan sutiles y delicados que parecían moldeados por seres de otro mundo. Las embellecidas fachadas resplandecían con el blanco más puro, y en sus grandes ventanales rematados en arco, los coloridos mosaicos atesoraban la luz de aquel rojizo atardecer.

¿Cuántos años se habrá tardado en construirlas? Se preguntó al contemplarlas fascinado; eran inmensas. Construcciones tan colosales que hacían palidecer toda obra que hubiese visto con anterioridad. Destilaban un aire solemne, antiguo, severo e intransigente a su vez. Probablemente le hayan dedicado décadas acabó por conjeturar.

Emitió un largo suspiro antes de ponerse nuevamente en marcha. A pesar de lo cautivadoras y llamativas que pudiesen parecerle aquellas insólitas maravillas, tener la certeza de porqué estaba ahí, le quitaba mucho atractivo a cuanto veía. Además, seguía sin dar con una maldita posada.

Bajó hacia una vía muy concurrida, en el poste de su bocacalle ponía La Travesía. Las gentes de La Ciudadela gozaban de un mejor nivel social que sus conciudadanos de Los Distritos, eso saltaba a la vista. Observó a todos aquellos nobles dedicándose a sus labores recreativas. Las mujeres paseaban con unos enormes tocados de distintos talles y colores, cada cual más extravagante que el anterior, charlando y riendo con estridencia, señalando prendas expuestas en los escaparates de las tiendas: decidiendo en que se iban a dilapidar la fortuna familiar. Los hombres por su parte, charlaban tranquilamente entre ellos, los había que paseaban enhiestos como palos e hinchando pecho mientras lucían su gallardía, algunos fumaban de sus pipas de pino, envueltos en una nube de humo espeso. También había lacayos y criados, mensajeros, guardias, comerciantes más bien adinerados, artistas, joyeros, profesores, médicos. Ninguno parecía especialmente preocupado por los claros indicios de descontento que había observado en Los Distritos de la Ciudad.

No sé porqué no me sorprende.

Mientras cruzaba Travesía, no le pasaron inadvertidas las miradas desdeñosas que le lanzaron algunos de aquellos nobles. Seguramente destacaba entre tantas personalidades, como una cucaracha en el plato de un rey. Sus ropas aunque de buen corte, estaban manchadas por la mugre del camino, sus botas de cuero negro estaban tan gastadas que habían perdido parte de su tintura, la espada corta que asomaba debajo de su capa deslucida, era un reclamo para la vista, su barba de varios días o la expresión apática con la que les devolvió la mirada a todos ellos, bastó para que se les pasara la curiosidad en situ.

Al final de la calle dio con el edificio que buscaba, este acaparó toda su atención. Paró delante para contemplarlo con más detalle. La posada era realmente grande, de varios pisos de altura. Desde afuera parecía muy lujosa y reconfortante, sumamente acogedora; la panacea a todas las quejas que pudiese haber tenido durante aquel fastidioso viaje. Quizás hubiese valido la pena haberse perdido para acabar en un lugar tan cándido. En el tablón de la entrada podía leerse; La Dama Sobria.

Curioso nombre para una posada.


                      ***************************************

«…¡Eres el hijo más insubordinado de toda la aristocracia! ¡La deshonra de nuestra familia! ¡La mácula de toda la maldita historia de nuestro Estado! ¡Un fracaso Armen! ¡Un inútil! ¡Un parasito que no sirve para nada más que para gastarte todas las monedas que tanto nos ha costado reunir! ¡Al igual que una maldita sanguijuela que no se detiene hasta acabar por chupar toda la sangre de su huésped! ¿Tanto te cuesta ser un hijo medianamente ético y normal? ¿Es demasiado pedir que no seas el hazmerreír de toda la corte?!Lo es! Pensar que he puesto todo mi empeño en hacer un hombre de ti, qué fueras uno más del entramado de la compleja vida política ¡Que consiguieses asimilar de una vez por todas tú puñetero Estatus social! Pero es evidente que he fracasado. Mira sí no en qué te has convertido. ¡Sí solo de mirarte me pongo enfermo…»

—Y más o menos así se resume mi última reunión familiar. —Concluyó Armen con una parca sonrisa en la expresión —Diría que han sido más dos horas de tortura. ¿Te lo puedes imaginar? Hacía tiempo que no sufría tal rapapolvo por parte de mi progenitor. Con toda probabilidad se me haya pasado alguna sofisticada referencia hacia mis amplias limitaciones mentales, o alguna insignificante reseña sobre lo inmaduro, ocioso o estúpido que soy. En todo caso creo que he destacado las frases más relevantes de todo un amplio repertorio de adjetivos.

Varsuf lo miró circunspecto.

Estaban sentados en el reservado de uno de los salones más elegantes y concurridos de la Ciudad, en una de sus mejores posadas; La Dama Sobria, frente a una mesa color caoba repleta de jarras vacías de cerveza y otras aún a medio acabar. Armen no dejaba de pensar en las injusticias que había sufrido a manos de sus iguales durante aquella mañana repleta de sorpresas.

—Me he sentido un tanto vilipendiado ¿Sabes?

Su amigo dirigió la vista a la jarra de cerveza que descansaba en la superficie de la mesa, la contempló de la misma forma que instantes antes había hecho con él, la recogió pegó un pequeño sorbito y volvió a depositarla en el mismo lugar, divagó un rato para finalmente contestar.

—No sé qué decir Armen.

—No sé porqué no me extraña. —Replicó este.

—Que quieres que te diga. ¿Realmente deseas que te sea franco?

—Pues no estaría mal para variar.

—¡Entonces perfecto! Tú sabes lo poco que me implico en los enredos de Palacio Armen ¡Dios me libre de tales contubernios! —Exclamó su amigo cruzando sus dedos con un exagerado fervor. —Pero sé que eres tan consciente como yo que nunca has sido el hijo prodigo que el Gobernador esperaba hacer de ti ¿Verdad?

—Y yo no te lo niego. Pero seguro que nadie se ha parado a pensar que quizás mi padre siempre esperó más de lo que yo podía aportarle. —Arguyó Armen con desdén.

—Bueno, pues ahí tienes tu respuesta. —Contestó como si esa fuese una explicación que lo hiciese sentir mejor.

Varsuf era un chico alto y desgarbado, tenía una cara larga y fina; un tanto ascética. Encima de unos casi inexistentes labios, lucía un ridículo mostacho que tenía el aspecto de una oruga muy fuera de lugar. Su atuendo no tenia desperdicio. En su cabeza descansaba un sombrero de fieltro de ala ancha con tres plumas enganchadas a un alfiler de plata, vestía un justillo añil, una casaca adornada con puntadas de oro y ribetes plateados que emulaban rayos, unos bombachos de lino negros con remates amarfilados, y un faja de repujado cuero que envolvía gran parte de su abdomen. En su cinto (repleto de tachones plateados) colgaban dos enjoyadas dagas de hoja curva.

—La verdad es que no me dices nada nuevo.

—Nunca dije que fuera a serlo.

Su colega era un tipo bastante singular para tratarse de un miembro de casta noble. No se implicaba en las venencias o desavenencias de Palacio, no participaba en las ceremonias ni en los bailes nocturnos, tampoco en las logias de Estado, no manifestaba un lado oscuro y ambiciosos como el que arrastraban los demás aristócratas del lugar; era un tipo sin grandes pretensiones. A pesar de ser poco convencional al uso, tampoco era una hermanita de la caridad después de todo, tenía sus particulares vicios como todo hombre de bien. Entre ellos; plagiar las incoherentes tendencias que se llevaban en las cortes de medio mundo, e intentar fornicar con cualquier miembro del sexo opuesto que tuviese bien a mano.

Todo un modelo a seguir.

Para colofón a su creciente malestar, un músico (arpista en ese caso) tocaba una balada de lo más triste en una tarima central dispuesta para los grandes eventos. El tipo desengranaba con maestría su melancólica melodía, mientras a su vez, cantaba y se contoneaba al ritmo.

La Giga contaba el drama de un Lord locamente enamorado de una mujer tan hermosa como encantadora. Esta tenía el pelo largo y negro, igual de rizado que las olas del mar, más sus ojos eran almendrados y tenían un tono del color de la miel; su cuerpo era la envidia de cualquier mujer. Muchos de los asistentes quedaron rendidos ante el talento que poseía el artista, embelesados por la poesía que desprendían cada uno de sus versos, cautivados por la historia que les cantaba. Mientras estos meneaban manos y pies al compás de su armonía, este subía la cadencia de sus notas en progresión. De pronto, la tonada dio un brusco cambio que no dejó indiferente a nadie; un punteado agudo y desgarrado tensó el habiente hasta llegar a un álgido crescendo. Trágicos acontecimientos se sucedieron a continuación, mentiras, censura, idilios prohibidos, adulterio, tragedia y un sangriento final.

—Dejando a un lado mis rencillas familiares y lo pernicioso que resulto ser para la sociedad en general ¿Cómo has conseguido escaquearte en una fecha tan señalada como la de hoy?

Varsuf hizo un ademán desechando tal proeza con la mano.

—¿Conoces lo quisquillosos que son los miembros de mi familia con lo de su honor, la reputación y esas tipo de paparruchadas pasadas ya de moda? —Armen asintió, pues conocía de primera mano cómo eran los líderes de las primeras casas con sus antiguas y en algunos casos, chabacanas tradiciones. —Bien. Pues mi padre siempre anda con la misma cantinela día sí y día también «No eres más que un ignorante incapaz de entender las complejidades y los entresijos de la política aunque te dieran en los morros con ellas. ¡Estudia y hazte un hombre de una puñetera vez!» Después me ordenó que me quedara en casa cultivando mi intelecto.

— ¿Y le hiciste caso? — Preguntó escéptico Armen.

—Más o menos. —Confesó este con cierta complicidad. Armen enarcó una ceja —Le hice caso en cuanto a quedarme en casa, pues ser prescindible esta mañana no me pareció un mal plan después de todo. Ahora que en lo concerniente a estudiar, bueno, ya sabes que me salen sarpullidos solo de pensar en dicha palabra. No abriría ni uno de esos libros de aritmética aunque me apuntaran con una ballesta en plena cara, te lo puedo asegurar. —Armen sacudió la cabeza antes de poner los ojos en blanco — ¿Te puedes creer que piensa que si estudio mucho algún día lograré ser un hombre de provecho como él?

—Tu padre tiene un gran sentido del humor.

Los dos compartieron una mirada antes de reírse de tan absurda idea. Después de un día tan absorbente e insidioso como aquel, no venia mal pasar un buen rato con un amigo de verdad «En realidad uno de muy pocos». Con unos cuantos litros ingeridos y mucha distracción después, empezaban a desvanecerse todos los despropósitos del día.

Había pasado horas intentando descifrar que era lo que tanto le preocupaba para producirle una desazón tan poco común. Qué diablos lo inquietaba tanto. La verdad es que no sabía muy bien el porqué de tan insanos sentimientos. Era un tipo objetivo y sin grandes preocupaciones, las trivialidades en las que se solían matar el tiempo el resto de aristócratas de La Ciudadela, le traían sin cuidado, así qué ¿de dónde venía tal desasosiego? Descartó que tuviese que ver con la moción que se había visto forzado a asistir; no era la primera y dudaba que fuera la última. Así que ¿Por qué? Había muchas probabilidades de que las aterradora e inverosímiles pesadillas que lo asolaban esas últimas noches, jugasen un gran papel en el asunto, aunque a pesar de todo ello, no estaba muy seguro de qué esa fuese la única razón. Era recalcitrante divagar sobre misterios sin sentido imposibles de comprender; igual que intentar completar un rompecabezas del cual no se está seguro de tener todas las piezas.

Al pasar cerca de su mesa unos tipos los saludaron con cierta tibieza, Armen salió de su ensimismamiento para devolverles el saludo más que nada por cortesía. No le había pasado desapercibido el interés que parecían tener aquellos dos Caballeros en su persona. No habían dejado de lanzarle miradas solapadas desde el lugar donde  estuvieron sentados gran parte de la tarde. Se abstuvo de hacer comentario alguno, pues pensó. Debo coexistir con todo tipo de calaña mientras pongo cara de imbécil ¿Verdad? ¡Soy el hijo del jodido Gobernador después de todo!

Mientras se alejaban aquellos engreídos, no dejaron de observarlo por encima del hombro con la barbilla apuntando al cielo y un brillo despreciable en sus miradas. Supongo que algún día acabaré por acostumbrarme a esto.


                   ****************************************

Sarosh después de una exhaustiva observación, decidió que lo mejor era entrar para comprobar las comodidades de las instalaciones, a fin de cuentas no había llegado hasta lugar para quedarse admirando su fachada. Cuando se disponía a subir los tres peldaños que lo separaban del portón de doble batiente, dos hombres salieron del local enfrascados en una acalorada conversación, la cual no alcanzó a oír muy bien. Cuando advirtieron su presencia súbitamente mudaron de expresión, lo examinaron de la cabeza a los pies con gesto de hastío: como si su sola presencia les ofendiera.

¿Porque será .que caigo mal a todos los personajillos que deambulan por esta maldita urbe? Se preguntó mientras a su vez los contemplaba también con el ceño fruncido.

Comenzaba a sentirse un tanto denigrado la verdad. Ya se había topado con una cantidad desproporcionada de tipos descarados, pretenciosos y arrogantes como reyes pululando por la ciudad durante aquel día. Lo lógico era rodearlos y pasar de meterse en líos, como una sombra más; silenciosa y fría. En cambio en esta ocasión su reacción no invitaba a ser la misma. Comprobar las muecas avinagradas con que lo contemplaban aquellos dos, ver el desprecio en sus miradas, los evidentes signos de descontento en su expresión; era un hecho que lo sublevaba. Probablemente era bastante común e intrascendente en Mansour eso de ser unos completos descarados, pero francamente, para alguien con un carácter tan volátil como el suyo, comenzaba a parecerle una situación insostenible. Habían conseguido acabar con la poca paciencia que le quedaba. Después de morderse la lengua en más de una ocasión durante aquel molesto día, decidió que ya no pensaba aguantarlo más.

— ¡Se puede saber qué es lo que estáis mirando! —Se dirigió a aquel par.

Los tipos parpadearon sorprendidos antes de compartir una sonrisa aviesa.

— ¡Vaya, vaya! Pero mira que tenemos aquí, un campesino que aún no sabe el lugar que le per toca. —dijo el más alto de los dos mientras daba un paso al frente y mostraba una sonrisa reluciente. Luego se giró para preguntarle a su compañero. — ¿A ti que te parece Misto?

Su amigo, un tipo más bien bajo y orondo como un barril contestó.

—Yo diría que has dado en el clavo.

—Si verdad, solo hay que ver las pintas que me lleva. Me pregunto cómo ha conseguido entrar un pueblerino como éste en La Ciudadela.

La expresión de Sarosh no varió un ápice, no mostró indicio alguno de que las alusiones de aquellos tipejos le afectaran en lo más mínimo, tampoco parpadeó por la actitud chulesca que habían adoptado los muy cretinos; simplemente los fulminó con la mirada antes de contestar.

— ¿Vosotros conocéis a muchos pueblerinos que sepan usar esto? —les dijo mientras apartaba la capa y dejaba entrever la espada corta que llevaba colgada al cinto. A los tipos se les atragantaron las chulescas respuestas en sus gargantas mientras lo contemplaban con otros ojos. —Ya veo que no es el caso. Pues bien, si no os apetece que el asunto se ponga feo de verdad, y se pondrá —señaló —os aconsejo que sigáis vuestro camino y dejéis las baladronadas para cuando estéis a solas con vuestras concubinas.

El hombre que había dado un paso al frente volvió a recular a su posición inicial, perplejo. Los dos tipos se miraron nuevamente, aunque en esta ocasión sin diversión alguna; no imaginaban que el ratón tuviese uñas también. A pesar de que por sus poses querían parecer más viriles, menos acongojados y capaces, no vio ningún reflejo de osadía en sus miradas, nada que señalara que tuviesen la intención de avanzar, más bien todo lo contrario, parecían estar decidiendo si valía la pena acabar con veinte pulgadas de buen acero clavados en las entrañas. Advirtió que ellos también estaban armados con sendos sables, aunque no los sacaron. Dedujo por sus rostros, que probablemente no sabían ni con cuál de los dos lados era con el que se pinchaba. ¿Dos lechuguinos con aires de camorristas? Era lo más probable concluyó. Aunque aquellos dos payasos no iban a ser ninguna amenaza para su persona, se maldijo por tener tan mal carácter y tan poco seso para resolver la situación de manera diferente. Siempre se metía en problemas por no saber tener bien sujeta su lengua. Cuando daba rienda suelta a esta, normalmente se formaba una trifulca de tres pares de cojones. ¡Maldita sea mi estampa! No le convenía en absoluto montar una escenita y que la Guardia de la Ciudad viniera presta a apresarlo. Eso sería un problema difícil de solventar. El dilema radicaba en que los tipos parecían ser de noble linaje. Normalmente una afrenta como esa en las altas sociedades, solía saldarse con sangre.
¿Qué es lo que vais a hacer?

Aguardó conteniendo el aire y rogando que no sucediese lo peor. Rogaba por que las cosas no se torcieran hasta tal punto de no poder manejarlo con un poco de inteligencia y sin dejar un reguero de sangre a su alrededor, aunque andaba algo corto de la primero, no le apetecía dejar dos cadáveres en su primer día en la Ciudad. No era la mejor tarjeta de visita.

—Tienes suerte de que no podamos perder el tiempo con un zarrapastrosos como tú, si no te tragabas las palabras. —arguyó finalmente el de la sonrisita de caballo, para acto seguido escupir hacia un lado y luego proseguir con su camino erguido como un palo.

—No sabes la suerte que tienes. —Añadió el que tenía pinta de barril antes de salir en pos de su socio.

Sarosh contempló cómo se alejaban hasta que a estos se los tragó la noche, soltó el aire de los pulmones mientras pensaba en la extraña habilidad que tenían esas gentes para escupir a las primeras de cambio.
Finalmente murmuró.

—Ni os podéis hacer una idea.

Entró en la posada, esta estaba abarrotada de gente ociosa. El edificio efectivamente constaba de varios pisos y como comprobó, era tan lujoso como aparentaba en su exterior. Los tonos rojos de las paredes eran sugerentes, las arañas doradas que pendían del techo eran de intrincadas formas y generaban una luz tan tenue que formaba muchos claroscuros en el salón, el opulento mobiliario destilaba magnanimidad; todo el diseño era elaborado hasta el más mínimo detalle. En la primera planta, una enorme barra color caoba ocupaba la derecha del recinto, detrás, en las vitrinas, una cantidad ingente de botellas lucían todos los colores del arco iris. Varias mesas de buena manufactura se repartían a su alrededor, con muchos clientes disfrutando de su bebidas inhibidos de las preocupaciones mundanas del día; ahogando sus existencia en alcohol. La sala también contaba con una pequeña tarima en la que un arpista vestido con sus mejores galas; unas calzas llenas de lentejuelas, una chaquetilla a juego y un ridículo sombrero adornado con varias plumas de ganso, rasgaba las cuerdas de su instrumento para deleite de todos los parroquianos del local. Las camareras eran muy hermosas comprobó, y llevaban su tarea con una pasmosa habilidad; mientras recorrían el salón con bandejas llenas de bebidas, fintaban las manos de los clientes más osados y les sonreían con picardía, todo sin que se les derramara ni una sola gota de sus jarras. Justo al lado de la chimenea, unas escaleras ascendían hacia un piso superior del que aún no visualizaba nada.

Durante el breve instante que dedicaron los asiduos en examinarlo, se hizo el silencio en el salón, cuando ya temía que aquel iba a ser el peor día que recordase en años, todo el mundo siguió a lo suyo y de nuevo continuó el trajín.

Sarosh se dirigió a la barra con paso decidido, intentando no cruzar su mirada con nadie más que pudiese causarle problemas. Un hombre de barriga prominente, con evidentes signos de alopecia y el gesto escamado típico de las gentes de aquel lugar, lo esperaba desencantado detrás de ella. Dedujo que se trataba del dueño de la posada.

—Buenas noches Caballero. ¿En qué puedo ayudarle? —Preguntó con un tono que no invitaba a la hospitalidad.

—Me gustaría arrendar una de sus habitaciones.

El tipo no parecía tenerlas todas consigo cuando escuchó la demanda, su expresión de recelo se hizo aún más que evidente. Con toda seguridad la cantidad de mugre que portaba encima y que se veía a leguas que era forastero, no facilitaba el asunto en absoluto.

—En Los Distritos seguramente encuentre lo que busca. —Le sugirió, sin disimular en absoluto que era una clara invitación a que se marchara.

—Acabo de venir de ellos —respondió Sarosh mirándolo fijamente a los ojos —, y si quiere mí franca opinión, creo que ya he encontrado lo que buscaba. —dijo señalando su local con una amplia sonrisa.

El posadero enarcó una ceja ante aquel comentario.

—Creo que no me ha entendido, este es un local respetable, no ningún antro cualquiera debo advertirle. La dama Sobria es considerada la mejor posada de esta Ciudad, y es uno de los edificios más prospero y antiguos que…

—Eso salta a la vista. —lo interrumpió Sarosh. Comenzaba a estar asqueado de todo aquel asunto de lidiar con las gentes de ciudad. No tenía ni el ánimo, ni las ganas de mantener un debate moral en aquellos momentos con aquel abigarrado sujeto. —Discúlpeme si no me he presentado como era debido —le dijo a la par que depositaba una bolsa encima de la barra que sonó con un tintineo metálico. El saquito era del tamaño de un melón pequeño.

El posadero abrió los ojos de par en par. Sarosh temió que saltasen de las cuencas y salieran rodando por encima de la barra como dos huevos cocidos, en cambio el gesto del hombre se suavizó y preguntó mucho más obsequioso que de inicio.

—¿Que más necesitará el Caballero?

Intentó que nos se le escapara una sonrisa por aquel repentino cambio de opinión, eso podría arruinarlo todo.

—Para empezar una habitación que tenga una ventana que dé a la calle, me gusta que haya ventilación donde duermo. También me complacería una buena tina caliente donde poder quitarme toda la porquería de encima, y algo de comida caliente y un buen vino para bajarla no estaría de más.

—Entiendo. —Asintió el posadero —¡Sasha ven aquí, que tienes trabajo!

Una chica de casi su edad apareció de la nada.

—Dime Gulag.

—Acompaña a este caballero y enséñale cual es su habitación. —Le dijo dándole unas llaves con un pequeño llavero donde había grabado un numero en dorado —Después dile a Silas que prepare varios barreños de agua caliente y que proporcione todo lo necesario para el baño del señor.

—Como mandes. — Asintió la chica antes de pedirle que la siguiera.

Sarosh acompañó a la muchacha dejando al posadero en la barra bastante pensativo, claro indicativo de que andaba calculando los beneficios que podría sacarse con su persona. Recorrieron el salón hasta llegar a las escaleras y subieron al piso superior. En este había varios reservados dedicados a salvaguardar la intimidad de algunos de los clientes del local. Muchas de las bambalinas de tono morado, con borlas doradas y tela gruesa, estaban echadas, pero a pesar de eso, los ecos de algunas voces podían escucharse desde allí; las inconfundibles risas del genero opuesto, el ruido de la cristalería al chocar entre sí, alguna discusión acalorada entre machos viriles, hasta ruidos de lo más extraños que no logró identificar.
A saber qué es lo que se cuece allí detrás.

Advirtió que había un par de muchachos conversando en uno de dichos elegantes cubiles, eran dos chicos muy dispares, tan solo un poco más jóvenes que él, y de sangre noble como cabria de esperar en un lugar con tanto glamur. Uno de ellos vestía con bastante sobriedad y parecía algo sombrío, el otro era lo opuesto, extravagante hasta la medula; a ninguno de los dos parecía importarles en absoluto que alguien violase su intimidad. Contempló durante un rato aquel par de chavales, sin saber muy bien por qué no podía apartar su vista de ellos. Algo lo atraía, como la melaza a las moscas. Descifrar a que se debía, era un misterio que dudaba pudiese resolver. Como tantos otros muchos de su vida.


             
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#5
                 Cruce de caminos Parte dos

Ese día pecaba de histriónico le pareció a él. Al poco rato de que los dos sospechosos personajes abandonaran aquel piso, bajaran a planta y salieran por la puerta de salida, otro tipo aún más sospechoso entró en escena.

Era un hombre alto, de complexión atlética, con una cara afilada y de pelo pajizo, largo hasta su cintura. Vestía como uno de aquellos aventureros típicos de novelas caballerescas. Tenía su capa, su chaleco negro de cuero, el cinto con su espada, más unas botas de montar ya muy gastadas; en la mano sostenía un sombrero de ala ancha de color negro. El tipo estaba recubierto de polvo de la cabeza a los pies, pues probablemente acababa de llegar de viaje. Se preguntó porqué no dejaba de mirarlos con tanta intensidad.

No parecía cliente usual de La Dama Sobria.

Llegó un punto en que lo irritó sobremanera su descaro, no entendía por qué motivo no dejaba de observarlos aquel individuo como si fueran terneros en un mercado de ganadería. Lo miró directamente a la cara, quizás así se daba por aludido el tipo. La reacción de este lo sorprendió aún más que todo lo anterior mencionado. Al cruzar sus miradas, el desconocido pareció abochornarse al ser pillado merodeándolos, negó con la cabeza y desapareció escaleras arriba, sin mirar ni una sola vez atrás.

— ¿Has visto eso? —le pregunto a Varsuf.

—¿El qué? —contestó este concentrado en el poso de su vaso.

—Mejor déjalo estar.

No era el primer episodio curioso que sufría durante el día, supuso debía sobrellevarlos lo mejor posible dadas las circunstancias; las pesadillas, el insensato y malsano sentimiento que arrastraba desde que abrió los ojos y que le roía las entrañas, los desconocidos nobles que no habían dejado de mirarlo con malas pulgas y abierta aversión y, ahora, el extraño aventurero con aquella mirada de halcón.
¡Qué más puedo pedir!

Tras un rato de incomodo silencio a Varsuf le dio por preguntar.

— ¿Y cómo ha ido la mentada moción? Después de todo es delo que estábamos hablando creo.

Armen abrió la boca varias veces sin emitir sonido alguno, estaba perplejo, dejó su bebida encima de la mesa y entrecerró los ojos posándolos en los de su compañero. Le parecía increíble que aún tuviese las narices de preguntarle tal cosa. Pensar que llevaban al menos un par de horas reviviendo lo horrorosa mañana que había tenido lugar, para que ahora Varsuf le viniera con esas; era para darle con la jarra en la cabezota.

— ¿Lo preguntas en serio?

Este asintió con la inocencia de un retoño.

—¡Con quién diablos llevo hablando toda la tarde!

—No hace falta que te pongas dramático hombre. Tendrás que coincidir conmigo que solo hemos hablando de tus desventuras y no del juicio propiamente dicho. —Arguyó. Tras un breve silencio añadió —Además ¿Te importaría dejar de intentar desintegrarme con la mirada?

Armen se dio cuenta que tenía el rostro congestionado.

—Es que no sé porqué ahora tienes tanto interés.

—Digamos que me pica la curiosidad.

Varsuf era la completa antítesis de arquetipo de aristócrata que normalmente definían los libros de educación clásicos. Era el tercer hijo varón de una familia noble, por lo tanto, el tercero en heredar parte del patrimonio familiar; un concepto muy arraigado en la nobleza el de remarcar la jerarquía que le tocaba a cada cual. Se le podía definir como un muchacho alegre y de carácter abstraído que siempre había mantenido las distancias en las peleas interinas por recibir un trocito del pastel. Las tramas y los entresijos políticos le traían sin igual. Sinceramente, nadie debería estar preparado para tragar tanto veneno.

—Bueno, pues por una vez que muestras interés por alguien más que por ti mismo, no voy a ser yo quien te lleve por el mal camino. A ver, cómo te pongo en antecedentes. Si se tiene en cuenta que estaba en juego nuestro credo, su institución, la credibilidad del Código y la integridad de toda la gente de este puñetero Estado, diría que ha ido como de costumbre. Ya sabes, unos cuantos sollozos por aquí, unos cuantos berrinches por allá, la gran inmensa mayoría sonreía feliz por la solución encontrada a sus problemas.

—Vaya, pues si que parece lo habitual. —Señaló Varsuf —Lo que aún sigo sin comprender es, ¿Por qué sigues con cara de alma en pena? ¡Cualquiera diría que has asistido a un funeral!
Como imaginaba, no había estado escuchado nada.

—Ni te puedes imaginar el gran parecido que guardaba con alguno de los que he tenido el placer de presenciar —confesó sombrío Armen. —En lo único que he encontrado una nimia diferencia es, que en este caso los muertos aún seguían respirando.

— ¿No crees que estás exagerando un poquito?

—Tendrías que haber estado. —Fue su escueta respuesta.

—En fin, entonces deduzco que la pena ha sido capital.

—Sí Varsuf, deduces bien, como ya has apuntado, la pena ha sido la máxima. No todos los días se intenta dar un golpe de Estado, ¿sabes?

—La verdad es que no lo sé muy bien, no me involucro mucho en temas de política. En cualquier caso, ¿Qué día de nuestro lustroso calendario ha sido el elegido para que rueden las cabezas? —Curioseó con la misma tranquilidad que uno preguntaría a cuanto anda el kilo de patatas.

Armen enarco las cejas.

Costaba de creer lo insensible que podía llegaba a ser Varsuf. Aún no concebía como alguien podía mantener la serenidad cuando se hablaba de separar la cabeza del tronco de un sujeto. Quizás la cuestión le parecía tan banal como pelar un plátano o como una charla intrascendental para averiguar en qué recipiente se cocinaban mejor las habichuelas, pero en cambio para él, la perspectiva resultaba ser muy diferente.

—La sentencia se ejecutara en un par de semanas, como dicta el Código. La nueva… —y en esta ocasión puso énfasis en la noticia esperando una reacción más humana por parte de su amigo. —….es qué serán ajusticiados en la Plaza del Condenado.

— ¡No fastidies! —exclamó este.

—Sí que te fastidio. —respondió Armen. —Presumo que ya conoces los últimos precedentes sobre este tema en particular ¿Verdad?

—Quien no oído alguna que otra vez a nuestros padres rememorando aquellos trágicos acontecimientos. —confesó con la misma indiferencia que antes.

Hacia al menos tres décadas que no se condenaba a nadie a ser ajusticiado en la Plaza del Condenado. Se recordaba con cierto respeto el tumulto que se origino la última vez. Decenas de heridos y los reos despedazados por la muchedumbre en un frenesí de sangre, fue demasiado para el Consejo de aquellos tiempos, el cual por unanimidad, había decidido que a partir de aquel entonces las ejecuciones se realizaran de puertas a dentro del castillo.

—Pues puedes imagínate mi alegría. — arguyó Armen —Aún no entiendo porque debo de ser testigo de tal escabechina ¿Me haré más hombre si veo como descuartizan a esos pobres infelices? ¿Crecerá más pelo en mi pecho? Francamente, no creo que sea el mejor ejemplo de impertérrito aristócrata si empiezo a regurgitar todo el desayuno de la mañana a la primera decapitación.

—Te entiendo Armen, no todo el mundo tiene estomago para las mutilaciones e ilustrativas vejaciones que tanto entusiasman a nuestro pueblo. No creo que tengas nada de lo qué avergonzarte.

—Lo que menos me preocupa es mí pudor amigo mío, pero ¿No crees hemos tenido suficiente sangre y descuartizamientos durante estas últimas semanas para llenar ese vacío?

—La gente nunca se cansa de ver sufrir al ajeno, ya deberías saberlo bien.

En eso llevaba toda la razón.

—Tú sí que sabes cómo hacerme sentir mejor. —Replico sátiro.

—Para eso estamos.

Cenaron pollo con guarnición de manzanas tiernas, pescados de «Alto río» en un lecho de endivias y judías pardas regadas en vino añejo, cochinillo con salsa de melocotón, perdices con ciruelas y almendras tostadas bañadas en salsa de miel, tarta de cerezas con chocolate, buñuelos rellenos con licor de whisky, fresas con nata, frutas exóticas y otras muchas viandas que engulleron con ingentes cantidades de licor fuerte. Llegó un punto en el que se sentía tan empachado que probablemente, podría rodar por la campiña como una bola de heno tirada por las manos de un chiquillo travieso.

Salieron a altas horas de La Dama sobria, dando tumbos como peonzas, tan borrachos que parecía que habían pasado la noche sumergidos en alcohol. En la calzada les esperaba un carro lacado y tirado por unos brillosos percherones que relincharon con majestuosidad. Al pie de este, un sirviente vestido pulcramente con una librea con el bordado de la casa Khajul y un birrete rojo, les hizo una reverencia, abrió la puerta de su transporte y les invitó a entrar. Ellos se quedaron un rato parados en frente del vehículo, agarrados uno al otro con precariedad, babeando como idiotas y con los ojos inyectados en sangre. La escena debía de ser tan dantesca que el sirviente quedó allí plantado como una mazorca de maíz, su cara pasó de la solemnidad al espanto de quien ve a toda su progenie correteando por el descansillo de la casa en cueros.

—¡Sabes… —exclamó Armen mientras contemplaba al lacayo e intentaba mantenerse en equilibrio con escasos resultados —creo que ando un poco más achispado de la cuenta… —para constatar su afirmación, se dobló por la mitad y vació el contenido de su estomago a un lado de la cuneta. Después de limpiarse los restos con la bocamanga de su chaqueta añadió quejumbroso —… ¡¿Porqué la maldita calle no deja de dar vueltas a mi alrededor?!

Varsuf meneó la cabeza con condescendencia, a la vez que intentaba poner una pose estática y declaraba con la voz pastosa típica de la embriaguez.

—No tienes nada de aguante hombre. Sólo nos hemos tomado unas pocas copillas de nada y mírate, acabas de echar la cena de un rey por el coleto. Jajaja… —como si se le acabara de ocurrir la mejor idea del mundo agregó entusiasta — ¿Qué te parece si nos vamos a tomar la ultima?

Armen intentó humedecerse los labios con su lengua de trapo, a la par que intentaba con bastante tesón recuperar la motricidad de todos los miembros de su cuerpo. Las imágenes daban vueltas a su alrededor, la calle oscilaba como la llama de una vela, la luz de los faroles producían tanta brillantez que le irritaba las pupilas. Un rápido vistazo le señaló que estaba más desaliñado que un verdulero después de una jornada de trabajo: con la camisa desabrochada y su blanco pecho al viento. Su amigo no presentaba mucho mejor aspecto que un borracho empedernido
¿Unas cuantas copillas? ¡Ya!

—No creo que sea buena idea. —Confesó al señalarse como el mejor de los ejemplos. Sabiéndose que su aspecto desmañado no difería mucho, al de un hombre que ha conseguido salir vivo de un huracán por los pelos.

— ¡Pues yo creo que es una idea estupenda! —protestó Varsuf igual que un niño malcriado.

Ya empezamos.

Varsuf era un chaval muy terco, proclive a amotinarse a las primeras de cambio si uno no hacia lo que él quería. A pesar de que era más que evidente que era una locura su propuesta, comprendió que debía haber algún argumento convincente que hiciese a su amigo entrar en razón; al menos debía de intentarlo.

—A ver socio si logro explicarme con más claridad. Piénsalo bien antes de responder. ¿Donde encontraremos a estas horas un lugar decente donde poder seguir la fiesta en paz? —dijo señalando a su alrededor. La mayoría de las casas de la avenida estaban completamente a oscuras, igual que el resto de los locales que había en ella. —Es demasiado tarde y estamos más borrachos que dos parroquianos adictos al aguardiente, por si aún no te diste cuenta. Además —puntualizó —, El Mesón Dorado estará cerrado a cal y canto. El Raiad ni si quiera sé si está abierto hoy. En La Doncella Alegre andan de reformas hasta la próxima semana, y en La Cortesana, bueno, dudo que vean con buenos ojos que unos clientes de aspecto tan deteriorado como el nuestro aparezcan frente a sus puertas pidiendo guerra. Así que dime Varsuf ¿Dónde pretendes que vayamos?

Armen esperaba haber sido lo suficientemente elocuente para que su amigo recobrara el juicio, y rogaba que lo hiciera bien pronto; no era muy inteligente revolotear todo pedo por allí a esas horas de la noche.

Varsuf pareció meditar sobre toda la información que acababa de recibir de sopetón, se tomó su tiempo en procesarla, y a pesar de que no era la persona más inteligente del Estado, quizás sí que era la más embaucadora a fin de cuentas. Después de varios segundos de reflexión contestó conspirador.

—Y que te parece si te digo que conozco un par de sitios que no están nada mal, y en los que nadie pregunta por la hora, cuanto menos discrepan por lo embriagado que vaya uno si tienen con qué pagar sus servicios. ¿Te quedarías más tranquilo?

—Francamente, lo dudo. En todo caso sigo pensando que ya has bebido más que suficiente Varsuf.

—¡Pues yo Insisto en qué estoy más sobrio que un chambelán! —replicó mientras hacia el payaso llevándose un pulgar a la nariz y saltaba a la pata coja. —Ves, tengo el equilibrio de un trapecista.

Armen pensó que era una demostración muy poco convincente para persuadirlo de que aún conservaba sus plenas facultades mentales. La verdad es que prácticamente lo deja mudo de asombro, pues jamás había visto con anterioridad tamaña estupidez.

¿Por qué se dedicará a hacer tales aspavientos con los brazos?

—No sé qué decirte amigo —respondió finalmente. Apelando a la verdad, no le hacía ni pizca de gracia hacia donde estaban comenzando a encaminarse los derroteros de Varsuf. —, pero espero que no estés insinuando de meternos en los Distritos a estas horas.

—No sé qué tiene de malo. —replicó.

— ¡Fantástico! ¿A sí que ahora quieres que nos metamos en uno de esos burdeles baratos? Lo tuyo es digno de estudio.

El lacayo del carro cada vez estaba más azorado, su color cambió del rojo grosella al morado frambuesa en menos de lo que tarda un corazón en bombear dos veces. Rebulló inquieto pero no dijo nada. ¿Qué podía decir? Seguramente quería que la tierra se lo tragase sin más.

—¿Me dirás que te disgusta la idea de acabar la fiesta entre las piernas de una buena moza? —Contestó este poniendo un gesto sicalíptico muy representativo. Armen lo miró sin contestar, empezaba a negar con la cabeza antes de que Varsuf prosiguiera con su cantinela. — ¡Vamos Armen, no me seas tan remilgado, anímate un poco hombre! Pasamos por el Distrito Rojo, nos relajamos un poco mientras nos tomamos unas copas en buena compañía, y antes de la hora del Búho estamos en nuestras casas durmiendo la mona sin que nadie se haya dado cuenta de nuestra ausencia.

Era peor que el innombrable.

—Después te preguntaras porqué la gente te compara con uno de esos libertinos piratas que asolan las costas de Chasker —expresó con exasperación.


—Ya sabes que mi reputación me precede. Entonces, ¿Vamos?

Su amigo siempre acababa por enredarlo en sus contubernios, siempre; ya resultaba casi un hábito. La idea de acabar la noche con una mujer en su regazo, bueno, era un argumento difícil de rebatir en aquel estado de fogosa embriaguez. Tenía mucho estrés y tensión acumulada después de lo que había acontecido durante la jornada. Pensó que quizás y después de todo, le venía bien un poquito de distracción ¿No le hacía daño a nadie, verdad? Era normal que cediera a sus más bajos instintos carnales ¿no? A pesar de que la pequeña parte de su mente que aún habitaba algo de coherencia le advertía, de que era un borrego sin solución, finalmente accedió a los caprichos de Varsuf.

—Espero no arrepentirme. —Claudicó.

Subieron al carro y le dieron las instrucciones necesarias al perplejo lacayo que asintió sin mediar palabra. Este seguramente deseaba deshacerse de su patrón cuan pronto fuera; muy a pesar de quisiera cometer tamaña estupidez. Los caballos se pusieron al trote y la carroza comenzó a traquetear rítmicamente por el empedrado. Pasaron un rato ensimismados en sus ensoñaciones. ¡Perdidos en el magro mundo del alcohol!

Mientras el vehículo avanzaba, Armen no dejó de darle vueltas inconsciente acto que estaban a punto de acometer, era evidente que la embriaguez había limitado su raciocinio al equivalente del de un mono de feria. Sabía que no era buena idea acercarse a Los Distritos durante la noche, estaba seguro de que se iban a meterse en algún problema; definitivamente no era el mejor día para tentar a la suerte. Paradójicamente ahí estaban, alegres como dos críos con destino a una obra de titiriteros.

Las casas de citas a las que estaba acostumbrado a frecuentar, eran muy distintas a las cuales se dirigían en aquellos precisos instantes. ¡Pero qué muy distintas! En La Ciudadela, normalmente solían tratarse de mansiones de dos y tres plantas, con cortinas de seda rosada y brocados de lo más elegantes, los lacayos con librea que te recibían con una amplia sonrisa en la expresión eran increíblemente obsequiosos, las copas de champán que te servían unas mujeres despampanantes y llenas de recato rozaban el excelso, el lujo y el glamur que se respiraba en aquel ambiente mientras deseosas mozas arengaban a tu alrededor medio desnudas y con mucha familiaridad, eran un espectáculo de deleite para los ojos.

En cambio se dirigían a los Distritos, una zona mucho menos acogedora y complaciente de la ciudad, mucho menos sugerente; iban de cabecita al Distrito Rojo. ¡Que los dioses nos protejan! pensó, a pesar de saber que últimamente se sentía algo desatendido en ese aspecto.

En El Distrito Rojo, aguardaban casas que parecían más bien agujeros oscuros cavados en medio de una tortuosa caverna. El sitio acostumbraba a estar mugriento y apestaba a olor rancio, a vomito, a hacinamiento, o de otros muchos aromas que serían muy difíciles de identificar para cualquier olfato humano. Normalmente el salón se sumía en el más completo caos. Solía ser frecuentado por gentes de expresiones pendencieras, con las marcas de la viruela o con cientos de cicatrices que destacaban a ojos vista. Porteadores, mercenarios, obreros, soldados, contrabandistas y ladronzuelos mezclados sin ton ni son. La alegría de la huerta no eran precisamente las camareras, pues normalmente tendían a ser tan fibrosas y peludas que no desentonarían en un circo de abominaciones. La bebida difícilmente podía considerarse como tal, y más difícil aún era tragarla. Los gorilas como puertas que solían apalear con oficio a todo el que se pasase de temerario, era uno de tantos muchos peligros que acechaban en lugares como aquel. Tampoco hacía falta mencionar que los dueños de dichos tugurios solían a ser unos mezquinos brutos, con cara de asesino contumaz. Los precios oscilan entre caros y muy caros dependiendo de si tus ropas valían más que cualquier cosa que vieras a tu alcance (lo que normalmente sucedía) Uno siempre tenía que andarse con ojo de que no le rompieran los dientes en una esporádica trifulca (también muy típicas en aquellos antros) o que no te asalte uno de los muchos ladronzuelos que pululaban por el lugar. En el peor de los casos, siempre podías acabar tirado y medio muerto en un oscuro callejón, con los calzones bajados hasta las rodillas y sin un penique en la cartera.

Un comprensible desasosiego empezó a inundar cada capa de su mente, cada fibra de su ser. Nunca había pernoctado en aquella parte de la ciudad, menos aún en aquellas condiciones, sin una guardia al menos simbólica. Empezaba a calibrar la estupidez que estaban cometiendo y empezó a maldecirse por ser un descerebrado que se dejaba llevar, por un descerebrado aún más grande. ¡Maldita mi estampa!  Trascurrieron los minutos antes de que el carro parase en seco.
Un nudo comenzó a formársele en la boca del estomago.

— ¿Ya estamos? —Preguntó con un hilillo de voz mientras procuraba asomarse por uno de los ventanucos del transporte.

—Supongo que sí —contestó Varsuf con toda indiferencia.


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El hombre observó como el recién llegado se encaraba con los dos lechuguinos que acababan de salir de la posada, los tipos quedaron muy sorprendidos por la actitud amenazante del forastero, o más bien acongojados seria la palabra adecuada para describir su reacción al contemplar que el chaval iba bien armado con una espada corta.

Tras unos segundos de tensas miradas, uno de los dos tipos se pronunció, aunque no consiguió descifrar las palabras que salieron de sus labios, ya que era  bastante la distancia que los separaba. Después de unas pocas frases (con toda probabilidad alguna bravata de poca consistencia) los tipos siguieron su camino y el recién llegado entró en la posada.

Era curioso el curso que tomaban los acontecimientos aquel día, pensó.

Ya por la mañana, cuando aún el sol no había asomado ni la punta de su cabeza por detrás de la cordillera, uno de los muchos contactos de la red de espías que había en la ciudad, llamó a la puerta de su cámara; este traía una misiva de La Fortaleza.
Tras despedirse del contacto cerró la puerta y abrió el sello con el corazón palpitándole acelerado: realmente se esperaba otra cosa muy distinta a la que se encontró. ¡La carta estaba sellada y firmada por el puño del mismísimo señor Kazkza! En ella se le informaba que uno de los acólitos de la Hermandad se dirigía hacia donde se encontraba, teniendo la responsabilidad que llevase a buen puerto su Prueba de Templanza, lo cual se resumía, en que iba a tener mucho más trabajo del habitual.

Recordaba que en aquel momento  se preguntó: ¿Y cómo diablos piensan que voy a reconocerlo entre tanta gente? Con aquella somera descripción podía ser cualquier desgraciado que pululara por aquella enorme ciudad de sanguijuelas.

Genuina fue su sorpresa al percatarse de que el recién llegado, era precisamente el novato al que debía de esperar. En parte le alegró de no tener que buscarlo. Después de haberlo meditado concluyó, que a fin de cuentas no le vendría mal alguien en quien poder delegar algunas de las muchas funciones que debía de ejercer en Mansour.

Pasaron varias horas hasta que el par de muchachos salieron del local. En ese tiempo no le paso desapercibido que alguien más también los esperaba, vigilante, la maldad que emanaba del lugar se intuía en el ambiente, empero permaneció en su lugar, sereno; escondido entre las sombras de la noche. Ya sabía que tarde o temprano Los Indignos tendrían que actuar, ese era su modus operandi, no debía de perder en ningún momento a la victima de vista, y pronto estarían a su alcance. Así que esperó contemplando las complejas idioteces de la inmadurez.

Los dos chicos estaban embriagados hasta la saciedad, andando en zigzag, totalmente desaliñados y pálidos como fantasmas. No le fue difícil predecir que se habían metido por el coleto más de la mitad del brandy que el posadero guardaba en la bodega. Un carro los esperaba en la calzada para llevarlos a sus casas; el lacayo se removía inquieto al comprobar las pintas con las que regresaba su señor.

Era hora de cambiar de posición.

Murmuró un par de frases e hizo varios sellos con sus manos, de pronto su cuerpo se fue diluyendo, tragado por la sombra que se cernía sobre él, tornándose uno con ella. Avanzó pegado a la pared de uno de los locales, siempre en regazo de la oscuridad, invisible para cualquier ojo mortal. Cuando finalmente alcanzó un lugar donde poder escuchar mejor a los muchachos, le bastó unos pocos minutos para comprender donde pensaban ir los muy infelices, aunque después de ver lo alcoholizados que estaban, tampoco es que fuera toda una sorpresa.

¡El Jodido Distrito Rojo!

La verdad sea dicha, algunos buenos momentos había pasado en aquella parte de la ciudad él también, pero eso no quitaba de que le estaban haciendo trabajar mucho más de lo necesario. En algunos momentos desearía haber escogido otro oficio diferente. Nuevamente volvió a murmurar y a realizar intrincados sellos con las manos, y nuevamente su cuerpo se convirtió en sombra. Trepó por el canalón hasta el tejado de la casa y de allí comenzó a corretear por los tejados junto al carro que traqueteaba justo por debajo suyo.

La malévola presencia los siguió, como ya había esperado que sucediera.


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La zona, un montón de tierra apelmazada y llena de surcos de roderas, se abría ante ellos como un solar. No había muchos faroles que alumbraran el entresijo de calles y callejuelas de sus alrededores; un fanal suelto aquí, otro colgando dos cuadras más abajo, puestos sin ningún orden o regla que se pudiera apreciar. Aquella tenue luz, creaba tenebrosas sombras dando al lugar un aspecto más tétrico si aún cabía. La gran mayoría de las casas (si es que se las podía llamar como tal) eran poco menos que chabolas medio derruidas: muchas parecían más bien trasteros y tan solo unas pocas podían alardear de estar techadas con pizarra. No transitaba mucha gente a aquellas horas por la zona. Al parecer no todo el mundo es tan imbécil como nosotros conjeturó. Estuvo tentado de mandar al cochero que diera media vuelta y al infierno con las apariencias, pero en cambio dijo.

—Pues sí, ya hemos llegado. —Su timbre jovial y animoso, dos notas más agudo de lo normal, era una máscara en todos los aspectos.

Evidentemente no se sentía en absoluto dichoso en aquellos instantes, más bien todo lo contrario, pero no podía darle el placer a Varsuf de verlo amilanado como un corderillo recién parido. Sabía que sería mucho peor soportar los inevitables e insidiosos chascarrillos de este sobre el asunto, que andar vagabundeando por Los Distritos con un traje de estampados y zapatos de charol.

Maldijo por dejarse enredar como a un idiota.

—Discúlpame Armen si soy algo escéptico, pero —declaró este mientras oteaba hacia la oscuridad de la zona con perplejidad. Parpadeó varias veces desconcertado antes de añadir. —¿Qué diablos hemos venido a hacer en medio de este descampado?
—Estamos solo a un par de cuadras del Distrito Rojo, no tienes de que preocuparte   —lo tranquilizó Armen con tono quedo. Aún y sabiendo que habían muchos más aspectos de que preocuparse, y que la distancia que debían recorrer para llegar al pretendido local era algo más amplia.

—Hummm…. Entiendo. —Era evidente que su compañero no tenía ni la más remota idea de por qué había parado allí concretamente; en medio de ninguna parte.
Dudaba de que Varsuf en las condiciones en que se encontraba, entendiera el sutil concepto de pasar lo más desapercibidos posible. Supuesto que no lograrían de presentarse en las puertas del tugurio con un carro lacado, sus trajes caros y toda la pompa que ello suscitaría para las buenas gentes del lugar.

—Será mejor que te pongas esto —dijo Armen tirándole un bulto que golpeo en el pecho de su amigo y le hizo tambalearse hacia atrás. Este contenía ropas de un corte algo más chabacano.

—¿De donde has sacado estos trapos? preguntó Varsuf divertido mientras examinaba el contenido del saco.

—Tu solo ponte la ropa.

Siempre tenía un par de mudas de ese tipo escondidas en su carruaje, pues no era la primera vez que se veía arrastrado a alguna demencia de esas. Uno nunca sabía en qué situación podía ponerle el destino. Según su experiencia propia, era mejor no correr riesgos y andar siempre preparado para ese tipo de posibilidades. Después de alguna mención sátira de Varsuf hacia sus gustos a la hora de elegir la indumentaria (Una paradoja al venir de él precisamente), se pusieron los atuendos con poca gracia, pero al menos, así no llamaban la atención como dos arlequines de palacio. Luego con cierta discreción, dieron las instrucciones pertinentes al cochero para que los recogiera más tarde en aquel mismo tramo. El hombre se alegro de deshacerse de los dos nobles muchachos; el contento se hizo visible en su expresión a despecho de que este intentaba mantenerlo bajo una máscara neutra y servil.

Al poco el carro comenzó a alejarse mientras ellos dos se quedaban allí parados, en medio de la calle, como dos almas que no sabían determinar el rumbo, pues a fin de cuentas, no era una analogía del todo desacertada. Cada vez estaba más seguro de que el alcohol les había jugado una mala pasada, pero ya no había marcha atrás.

—El local queda en aquella dirección. —Dijo señalando un punto inconcreto de aquella penumbra con la pizca de determinación que aún le quedaba.

Varsuf lo siguió sin rechistar.

Caminaron tambaleantes por aquella estrecha calle, llena de surcos y baches por igual, anadón por el centro, siempre evitando internare en las zonas más oscuras. Armen escudriñaba cada esquina, cada cruce de calles; intentaba escuchar cualquier ruido que delatase más presencias que las suyas. Un asaltante, algún desarrapado, buscones, asesinos, alguna despiadada bruja o un demonio sacado de de sus más oscuras pesadillas ¡Lo que fuse que le sacase esa sensación de agobio en el pecho! Al no dar con ninguna de aquellas fantasías, se intranquilizó aún más de lo que estaba.

—Sigo pensando que esta no es la idea más sensata que hemos tenido Varsuf.  —dijo Armen finalmente rompiendo el incomodo sonido ambiente de la callejuela; grillos, el correteo de las alimañas, alguna gata en celo... —¿Seguro que quieres seguir con tal estupidez?

A cada paso que daba, cuanto más se adentraba en los Distritos, más se arrepentía de la precipitación de sus acciones. Deseaba fervientemente que su amigo  compartiera el sentimiento de auto conservación.

—¿Qué estupidez? —Preguntó como quien no sabe de qué va la cosa.  —¿Buscarnos un poco de diversión? Yo creo que hemos hecho cosas mucho peores que esta.

—Peores quizás, pero tan inconscientes…

Siguieron caminando durante un rato más, en tanto Armen seguía intranquilo, con los nervios a flor de piel, muy perceptivo de lo que sucediese a su alrededor, totalmente acojonado. Nunca había sido un tipo muy valiente, tampoco es que le encontrara mucha utilidad a aquella cualidad, bien sabia que tipos como esos normalmente eran los primeros en diñarla. Aún y así, pasó el rato sin que sucediera nada fuera delo normal y poco a poco se fue relajando. Cuando empezaba a creer que su venturoso viaje iba a tener un final feliz, a su derecha, muy cerca de donde estaban, pudo escuchar claramente un ruido de pasos que le hizo estremecer hasta el tuétano. Inmediatamente enfocó su poco resuelta visión hacia aquella zona del callejón. Sus temores se hicieron realidad, o cuanto menos es lo primero que pensó; la embriaguez desapareció por completo.

¿Alguien los acechaba desde las sombras de aquel callejón? ¡Estaba seguro de haber visto algo por el rabilo del ojo!! Le pareció percibir dos siluetas que trataban escabullirse entre las sombras, aunque tampoco podía estar seguro del todo.

—¿Has oído eso? —Susurró en tono quedo.

Varsuf lo contempló como si estuviera mal del coco, finalmente se pronunció.

—Me empiezas a preucupar Armen, te lo digo de verdad.

—No seas imbécil. —Le chistó mientras escrutaba las brumas de aquella callejuela. De nuevo pudo oír el arrastrar de pies en alguna zona inconcreta de la negrura. El sudor frío corría por su espalda. —Estoy seguro de que hay alguien ahí merodeando. —Le dijo a Varsuf señalando hacia el lugar.

Este al ver la expresión de Armen, entornó los ojos tomándoselo por una vez en serio,  a la par que intentaba percibir algo en aquella tenebrosa oscuridad; no sucedió nada fuera de lo normal.

—¿No crees que hoy estas un tanto negativo?

—No hablo en broma Varsuf, te digo que he escuchado algo por ahí. —Insistió mientras casi deseaba volver a oír ruidos que delatasen la presencia de algún acechador.

La quietud nocturna fue lo único que prevaleció.

¿Ha sido fruto de mi imaginación? Se preguntó poco convencido. Inverosímilmente, se sentía como un ratoncillo atrapado en una esquina por un gato enormemente cruel.
No entendía porque se sentía tan inquieto, ni cómo es que percibía aquella sensación de vulnerabilidad. La cuestión es que ahí estaba presente. Su razón le había jugando malas pasadas en muchas otras ocasiones, pero esta parecía especialmente diferente, curiosamente real. Era como si percibiese el peligro aún sin vislumbrarlo. Varsuf con toda probabilidad debía de estar pensando que se le había perdido la razón por completo; quizás no estuviese del todo equivocado. Sus  miembros estaban más dispuestos para la huida que para la lucha, aun y sabiendo de antemano que si algo llegara a suceder en realidad, los dos se quedarían allí parados como estacas, viendo la muerte llegar.

La noche se hizo más oscura y la calle más tétrica mientras se mantenía la tensión, el miedo era palpable y se olfateaba en el aire. Un sentimiento inquietante empezaba a apoderarse de él. Espero con incertidumbre a que esos temores se manifestaran, que se hiciesen substanciales, pero no ocurrió nada que lo pusiese sobre aviso. Un silencio sepulcral se adueñó de la zona, un cuervo graznó en lo alto de un tendido, el sonido de la tenue brisa sopló… Pero nada, ni un solo ruido delatador, ningún movimiento entre las sombras; nada que pudiese amenazarlos. Sus músculos ardían por tanta contención, sentía la boca seca y con un ligero regusto a cáscara de limón. ¿Por qué quería chillar histérico como un mocoso imberbe aun a sabiendas de que nadie los auxiliaría?

Varsuf después de una inquieta y larga espera preguntó.

—¿Nos podemos ir ya?

Armen asintió casi a regañadientes.

—Supongo que eso será lo mejor.

Cuando se disponían a retomar su camino, un escabroso aullido que les heló la sangre a los dos, brotó de la negrura del lugar que previamente había señalado, dieron un respingo antes de girar ciento ochenta grados con los ojos abiertos como platos. Un famélico chucho salió corriendo hacia ellos, llevaba la cola entre las patas y las orejas echadas hacia atrás; sus ojos estaban completamente desorbitados por el miedo.

—Pensaba que serias más perceptivo —declaró de pronto una voz de las profundidades del callejón. —Dado quien se supone que eres, ha sido una enorme decepción ver lo mediocres que son tus sentidos. Me esperaba alguien más… capaz.

Tanto Armen como Varsuf se miraron sorprendidos, mientras el chucho pasaba como una centella entre ellos; n le prestaron la menor atención. De pronto un chico de su edad, más bien alto y de buen porte, salió a la luz; mostraba una reluciente sonrisa en su expresión.

Armen lo recordó, era uno de los dos tipos de la posada que  tanto interés habían mostrado en él durante aquella tarde.

—¿Se puede saber quién eres? —Le preguntó inquisitivo Varsuf al tipo.

Este siguió contemplando a Armen sin prestarle ni una pizca de atención.

—No estaban hablando contigo petimetre —surgió otra voz de detrás suyo.
Al girarse comprobó que era el compañero de este, un tipo bajo y orondo, con una nariz tan grande como la de un moñato, su sonrisa mellada era cuanto menos desagradable.

—¿Que es lo que queréis? —Intervino Armen dirigiéndose al primero que había hablado, pues este parecía ser el que llevaba la voz cantante.

—Supongamos que te digo que a ti.

Armen lo miró a los ojos, no vio atisbo de sorna alguna en ellos.

—¿Habláis en serio? —Les preguntó. Costaba de creer que en un solo día le sucediesen tantas situaciones comprometidas, pero esta se llevaba la palma.

—No solemos hacerlo de otra manera. —Respondió el orondo divertido.

No sabía que es lo que estaba pasando, pero estaba claro que aquellos dos no tenían ninguna buena intención para con ellos.

—¿Sabéis con quien estáis hablando? —Inquirió Varsuf altivo.

—¡Claro que lo sabemos! Ese de ahí —dijo el de la sonrisita señalándolo. —, es el hijo del Gobernante Eriast, y tú, un daño colateral supongo.

Armen estaba estupefacto por el ultimo inciso de esa frase ¿Daño colateral? Es dejaba más que claras sus intenciones ¡Eso no le podía estar pasando!

—¿Porque hacéis esto? —Les preguntó con un hilillo de voz.

—Porque así está escrito. Debes morir —Fueron sus escuetas palabras.

—¿Como…

El tipo comenzó a avanzar lentamente mientras iba sacando una espada de su funda. Armen se giró en la dirección opuesta buscando una salida, pero el tipo orondo también avanzaba con un arma en las manos, anulando cualquier posibilidad de escape.

—¿Qué es lo que sucede Armen? —Preguntó Varsuf mientras él también retrocedía. En esa ocasión su tono de voz era de percibidle preocupación.

—No tengo ni la más remota idea.

Los dos fueron reculando hasta la pared de una de las casas laterales, sus atacantes los fueron cercando hasta tenerlos de frente, a escasos cinco metros de ellos. No tenían escapatoria alguna. Armen en un acto reflejo o suicida dada la situación en la que se encontraban, cogió una de las enjoyadas dagas que portaba Varsuf en el cinturón. La agarro fuertemente con ambas manos y los nudillos blancos por la presión, apuntando hacia enfrente; tembloroso como una hoja en pleno otoño.

—Vaya, pero si  saca los dientes y todo. —Dijo el de la nariz de moñato mientras compartía una pérfida mirada con su compañero. —Lástima que con ese adorno de feria no consigas más que matarnos de la risa.

Armen no se había fijado en que el tipo tenía toda la razón,  el puñal en sí, era igual de romo que un cuchillo para untar la mantequilla. Maldito seas tú y tus juguetitos Varsuf. Se dijo mientras tiraba el inútil adorno al suelo.

—Es hora de dejarse de tonterías.

—Al amo no le gustará nuestro rezago. —Constató el más alto de los dos.

—No tenéis por que hacer esto. —Les urgió.

Los dos tipos avanzaron apuntándolos con las espadas mientras sonreían, pero su sonrisa no era de dicha, más sí de muerte y de dolor. Armen vio pasar su vida mientras se aproximaban inexorablemente, con Varsuf íntimamente pegado a él. Iban a morir en aquel oscuro y mugriento callejón, no cabía duda. El tipo alto levantó su espada para dar un tajo perpendicular con ella, y así sesgarle la cabeza. Su compañero emprendía la misma acción con Varsuf ¡Iban a diñarla! Cerró los ojos y se agarró fuertemente a su amigo esperando la muerte llegar.

De pronto notó una ráfaga de aire pasar por delante de él, un líquido viscoso le empapó la cara, y dos sonidos sordos sonaron contra el empedrado; el tintineo metálico de las espadas.

Todo sucedió en decimas de segundo. Cuando abrió los ojos, no se podía creer lo que tenía frente suyo; los dos tipos aún estaban parados delante de él, pero en esta ocasión no tenían cabeza ninguno de los dos; la sangre manó a borbotones de sus cuellos empapando sus ropas hasta que cayeron desmadejados al suelo. Sus cabezas yacían detrás, con un gesto de horror en sus miradas. En el suelo acuclillado y con una espada corta en cada mano, se encontraba Kumar, murmurando en un idioma que no comprendía estridentes sílabas. De pronto de los dos cadáveres comenzó a emerger un humo negro que fue siendo absorbido por las hojas de sus espadas. Cuando termino con el proceso se irguió y murmuró con toda tranquilidad.

—¿Una noche movidita, he señor?
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#6
                                 Junta Extraordinaria (Parte uno)


Estaban en una sala circular de tamaño más bien pequeño, sentados frente a una amplia mesa de madera de nogal, con un tallado tan elaborado que parecía cobrar vida propia. En esta se representaba a un halcón parado encima de un obelisco de un enorme bastión, bajo su ala izquierda lucia un radiante sol y bajo la de la derecha posaba una luna en cuarto creciente; dualidades que servían a un mismo propósito desde el principio de las eras. El cernícalo parecía estar examinándolos a todos a su vez.

Y no le extrañaba en absoluto.
 
Contempló bajo la rutilante luz de las velas a los reunidos en torno a la mesa, percibió que no destacaba ni la paciencia ni él sosiego en ninguno de ellos, pero sí un lúgubre mutismo que espesaba el aire y le hacía erizar la piel. La inquietud era más que patente, la turbación se intensificaba con cada exhalación, mientras la solemnidad era relegada a un segundo plano. Concluyó que de poco le iban servir unas cuantas palabras tranquilizadoras para rebajar la tensión reinante, conseguirlo iba a ser todo un reto para él. La aflicción, la duda y la conmoción general, era francamente manifiestas.

La Suma Sacerdotisa Nora removía con inquietud las manos sobre la superficie de la mesa, a la par que murmuraba oraciones que solo eran inteligibles para sí. Los gemelos Pashur no parecían especialmente agitados, bisbiseaban mientras miraban hacia ambos lados con circunspección. Maisade estaba completamente absorta manipulando una larga pipa con manos temblonas, pronto un espeso humo blanco ascendió de ella impregnando el aire con el característico aroma de los opiáceos. Su sobrino Cazaire estaba rígido como un palo, pálido como la leche, y no había ni asomo de su habitual aire altanero del que tanto hacia gala en público. Una mueca desapacible le ensombrecía la expresión mientras sudaba a mares; muy a pesar de que no era una noche precisamente calurosa aquella. El Tesorero Mashema se repantingaba en su sitial con las manos apoyadas en su prominente barriga, sus bulbosas papadas se sacudían con cada giro de su adiposa testa, mientras lanzaba miradas vacuas con ojos de pez muerto hacia ambos lados de la mesa. El Consejero Madrag (fiel amigo de su niñez) apretaba los dientes hasta hacerlos rechinar, su parpado izquierdo sufría los espasmos de un tic nervioso al ver aquel panorama. A su vez, el Magister Depraba, igual de cadavérico que de costumbre, posaba meditabundo y sumido en un sorprendente letargo.

Un aire muy esperanzador, pensó con acritud.

―Camaradas ―dijo reclamando la atención de sus cofrades con un tono aparentemente casual, aunque no exento de autoridad mientras se ponía cansadamente en pie. ―, me gustaría que me presten atención por unos instantes. ―Estos sacados del ensimismamiento asintieron, no obstante cada cual lo hizo a su particular manera. ―No podemos esperar más. A pesar de que me gustaría que nos hallásemos todos presentes antes de dar comienzo con la sesión, los acontecimientos reclaman una urgente presteza por nuestra parte. Sugiero que comencemos sin más dilación. Ya ponderemos en antecedentes a nuestro querido hermano El…

De pronto un fuerte chasquido se escuchó en un lateral de la cámara, interrumpiendo su oratoria en seco. Lo siguió una leve sacudida en el suelo que hizo vibrar el entarimado bajo sus pies. Eriast contempló como la sala comenzaba a girar alrededor suyo, junto a los cuadros, mosaicos y tapices que adornaban las paredes del lugar. Una puerta oculta apareció detrás de un baldaquín de color morado. La puerta se abrió con un agudo quejido y por ella entró el Electo Cahsk; con el sempiterno aspecto desaseado y su inconfundible discordancia al andar. El sahumerio a coñac lo precedía. Lo cual no debería  sorprenderle ya.

―¡Que la Luz de Sansemar nos ilumine en estos días! ―Soltó tal cual. Como si estuviera  en una de esas veraniegas jornadas de alocución en la sacristía y no en un consejo cerrado reunido de urgencia porqué su Ciudad-Estado había sufrido un golpe sin precedentes. Los miró con una de esas caras que querían decir ≤≤ Soy un mentiroso patológico sin igual ≥≥  para luego proseguir sin más. ―Les pido que me excusen por la demora, pero apremiantes razones me han retenido más de lo debido.

Aquel trasunto representativo de demagogia barata, le granjeó variadas reacciones por parte de los restantes miembros de consejo, que conocían a la perfección que ≤razones≥ le habían retenido en realidad. Expresiones duras como guijarros se posaron sobre él, siguieron gruñidos, maldiciones y algún que otro suspiro ocasional. Vamos, lo que era de esperar.
 
Eriast dio dos fuertes palmadas con las manos para recuperar la atención de la sala antes de continuar.

―Bien ―declaró, a la par que contemplaba al zigzagueante Electo intentando precariamente incorporarse en su sitial ―, a la vista que ya estamos todos, doy por iniciado este cenáculo de urgencia. ―Su voz grave resonó reverberando en la abovedada cámara. Lo que para él debería haber sido un sentencioso acto ceremonial que se llevaba practicando durante varias eras, fue reemplazado por el complejo estado anímico de su compañía; lo que dejaba mucho que desear. Así que sin más distinción les inquirió. ―Y ahora díganme Caballeros, ¿Quién de ustedes puede decirme qué ha ocurrido realmente en estas últimas semanas? Y espero que no me salten con que ya ha quedado todo aclarado con la moción de esta mañana. ―puntualizó.

―Pues yo pensé que si que había sido así ―retrucó su sobrino Cazaire, al parecer habiendo recuperado un poco de sangre en el rostro, como también su habitual estupidez. ―Si no, ¿Por qué montar un acto público como el de hoy?

Eriast lo contempló durante unos breves segundos. En realidad siempre se había preguntado si su sobrino pretendía tomarle el pelo actuando así, o por el contrario era simplemente tan imbécil como aparentaba. Hacía tiempo que se decantó por la segundo.

―Es evidente que aún hay muchas lagunas en tu aprendizaje, Cazaire. ―Le dijo con un tono casi fraternal. ―Como bien sabrás, es necesario para la ciudad demostrar que el Estado está trabajando para volver a poner las cosas en el sitio que les corresponde, de allí, la moción de esta mañana y sus parcos resultados. Se necesitaba a alguien a quien culpar ≤Un cabeza de turco≥ ¿Entiendes?

―Por supuesto que sí que lo entiendo ―se apresuró a contestar, como si en realidad tuviese la remota idea de por dónde iba la cosa ―, pero yo pensé…

≥≥Este consejo se creó con el fin de buscar más allá de lo que para el resto resulta evidente ―prosiguió como si este no hubiera abierto la boca en ningún momento ―, más allá de lo que para la gente común sería suficiente, más que nada para conocer la simple y llana verdad. ―Termino con un tono cáustico y terminante. Entonces dirigiéndose al resto nuevamente, volvió a inquirir ―Y bien, ¿Nadie puede decir nada que no sepamos hasta ahora?
       
Transcurrieron algunos segundos sin que nadie se pronunciara.

―Puede que yo disponga de cierta información de especial trascendencia. ―Dijo el Magíster levantándose lentamente de su sitial; su expresión resultaba ser mucho más agorera de lo habitual, lo que no implicaban muy buenos augurios.

Depraba era el noveno miembro del Consejo, a pesar de que nunca se lo había nombrado públicamente en el cargo como tal; detrás de bambalinas era uno más de sus componentes. Recordaba la primera impresión que le causó, no fue precisamente buena. La verdad, decir que su singular catadura no invitaba demasiado a la confidencialidad, seria quedarse corto. Sus rasgos secos, la expresión mortuoria, sus saltones  ojos de lechuza que lo observan todo con fruición, aquel insufrible tono de voz que esgrima como un estilete, hacían que uno se sintiese poco empatía hacia él. A pesar de todas sus  extravagancias, con el transcurso de tiempo, se vio forzado a cambiar de parecer. ¡Aquel hombre llegaba a aportarle más información que todos los súbditos de su ciudad juntos! Inverosímilmente atesoraba conocimientos de todo tipo, fecha y lugar. Conocía desde los más íntimos secretos de algunos de los más altos miembros de La Ciudadela, hasta los más baladíes chismorreos de mercadillo que rondaban por Los Distritos con regularidad, sin olvidar que también aportaba informes semanales de otras muchas partes del círculo del mundo. En muchos aspectos podría considerársele sus oídos en los Países o Estados vecinos (tanto en los aliados, como en los que pudieran tener intenciones veleidosas para con su ciudad), como sus ojos en los tratados o asuntos comerciales que se llevaban a cabo a miles de leguas de ahí. La intrincada red de contactos, los eficientes torturadores, la ingente cantidad de agentes y asesinos que trabajaban para el Magisterio (y por consiguiente para su ciudad), eran un instrumento útil, versátil y, sin lugar a dudas, eficaz.

―Si logra arrojar algo más de luz sobre el maldito asunto Magíster, no se corte, pues sería toda una proeza en este concreto por su parte.―Le dijo con un deje un tanto irónico en la voz.

No es que fuese su intención zaherir a Depraba, al menos no del todo, pero estaba de un pésimo humor aquel día. Hasta el momento, toda la información de la que disponían (incluida la aportada por Depraba) había resultado ser imprecisa, vaga y sin lugar a dudas poco fehaciente. ¡Necesitaban respuestas y las necesitaban ya! Deseaba fervientemente que el hombre tuviese algún conocimiento nuevo que compartir con ellos.

―A ver, díganos, ¿de qué se trata? Espero ―puntualizó ―, que no sea otra de esas detalladas confesiones conseguidas por las atenciones de alguno de sus prácticos del Magisterio, pues ya sabe que sería una rotunda pérdida de tiempo.

Su protuberante nuez descargó el contenido laringe abajo antes de responder.

―No exactamente mi señor, pero aun y así, no sé ni por donde comenzar.
Aquella franca respuesta hizo que Eriast arqueara las cejas, estaba realmente sorprendido. En toda una década que conocía a aquel hombre, ni una sola vez lo había visto reacio a delectarse en su propia retórica si se le daba la ocasión de hacerlo; era un hecho insólito de ver que no encontrase ≤las palabras≥. Intentó que su regodeo no se le reflejara en su expresión.

―¿Qué tal si empieza por él principio? ―sugirió condescendiente.

―No sé si ese es el problema mi señor. Como ya le he comentado, la información que os traigo es de especial interés, pero no sé como exponerla. Es más que seguro de que transgrede y con mucho a vuestra imaginación y la del resto de la sala. ―Ante la inquisitiva contemplación de todos, el Magister acabó encogiéndose de hombros para luego murmurar.―Espero que después, no me tachéis de majadero.
 
Madrag resopló con befa.

―Un poquito tarde para eso pienso yo ―retrucó con un tono patente de desdén.
En la sala primó la tensión y el aire se espesó, la crispación iba en aumento mientras ambos probaban con denuedo desintegrarse mutuamente con las miradas, si eso fuera posible claro está.

El silencio se prorrogó durante un espacio de tiempo considerable, haciéndose tan incómodo como unas calzas hechas de lija. No le dejaba de sorprender por muy habitual que fuera, la ojeriza que existía entre aquellos dos.
 
Por todos era conocido que el Consejero Madrag tenía cierta intolerancia hacia el Magister Depraba, como a alguien que no le sienta bien la leche, le revolvía el estomago. Desde el día que coincidieron muchos años atrás en un mismo salón, que se despreciaban. Por alguna razón que desconocían, Madrag abrigaba aprensión hacia los informadores, recelaba de los de los espías y del Magister Deprava en especial; les guardaba tanto afecto como uno puede tenerle a un forúnculo en el culo. Según sus propias palabras en un momento de privacidad muchos años atrás.  ≤≤¿Que pensáis hacer con un chismoso como ese en un circulo con tantas compromisos como el nuestro señor, contarle nuestros más íntimos secretos? ¿De verdad creéis que es muy sensato por vuestra parte? ¡Pero sí salta a la vista que se los venderá al mejor postor a la menor oportunidad que tenga! ≥≥

―Haiga paz hermanos ―intervino de pronto Lhaksim, (el primerizo de los gemelos Pashur) con un tono acariciante como el terciopelo. Era Evidente que había captado el derrotero donde los dirigía aquella conversación y, sabía tan bien como él, que no les beneficiaba en absoluto escuchar las soflamas de aquel par si no querían que esa noche fuese inacabable. ―Mejor enfoquémonos en buscar soluciones para el problema que nos atañe ¿les parece?

―Pienso igual compañeros. ―lo secundó inmediatamente su hermano Ramï, con el mismo sereno tono de voz y una cándida expresión en el rostro. ―Tenemos mucho trabajo, no lo olvidemos. En todo caso ¿Por qué no escuchamos lo que tiene que contarnos el Magister? ―dijo lanzándole una mirada incisiva a este ―Puede que no sea tan rocambolesco como usted piensa.

El tic de Madrag se intensificó, aun que se contuvo de responder.

Eriast contempló la escena sin intervenir. La habilidad dialéctica de su par de diminutos colaboradores no tenía parangón, aunque tampoco es que lo sorprendiera en demasía; ambos tenían una dilatada experiencia en el campo diplomático sobre sus espaldas. En cualquier caso, no era sencillo aplacar la compleja repulsa que se guardaban aquellos dos viejos desabridos.

―Supongo que alguna razón tendréis después de todo. ―Coincidió finalmente con un asentimiento. Madrag estuvo a punto de protestar, aunque una sola mirada  suya bastó para hacerlo desistir. No tenían mucho más tiempo que perder. La ciudad no se lo podía permitir. ― Le escuchamos Magister, cuéntenos las nuevas que nos trae.

Depraba le lanzó una última mirada cargada de desprecio al Consejero Madrag, el cual se la devolvió con la misma sintonía. Luego el Magister desvió la vista mientras se atusaba las ropas, a la par que se humedecía los labios. Probablemente estaba poniendo en orden sus ideas antes de comenzar.

―Bueno, como bien sabéis, la ciudad ha sufrido lo indecible durante estas últimas semanas. Los inesperados acontecimientos que han sacudido tanto a la población como al resto de nosotros, tienen un solo punto de origen ―miró dubitativo a cada uno de ellos, como si fuera reticente a continuar, aunque después de apretar fuerte su cenceña quijada y apretar los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos, arrancó con determinación.―Se me eriza la piel al deciros que es posible que haya reaparecido un mal antiguo, oscuro y olvidado hace muchas eras atrás. Un horror que nuestros antepasados dejaron morir en sus memorias por temor a recordar. Este arcaico y perverso mal, cuyo dogma es la sangre y el sufrimiento, ha regresado para sumir el mundo que conocemos en el más completo y absoluto caos.

Todos se lo quedaron mirando, cada cual más sorprendido que el anterior.

¿De qué diablos estaba hablando el Magister? Se suponía que de lo que trataba aquella sesión era de determinar cuáles habían sido las causas de que todos aquellos Electos (portadores de la palabra de Sansemar), hubiesen decidido agitar a la plebe para montar en cólera e incitarlos a destruir su propia ciudad. Todos eran conscientes de que el aludir ese comportamiento a la ambición de proclamarse Amir de Adassaya y poseer el Báculo, era tan solo una breva para calmar los ánimos de sus conciudadanos. La realidad es que no sabían que había causado esa reacción en los Electos, ni porque habían tenido tanta influencia con la plebe para organizar aquella pequeña revolución, mucho menos sabían como lo habían logrado sin que ellos se hubiesen percatado hasta que ya fue demasiado tarde.

Miró seriamente a los ojos del Magister, este le aguantó resueltamente la mirada. No parecía estar bromeando en absoluto. La verdad es que no sabía cómo contestar a aquello. Simplemente dijo.

―Creo que no le sigo Magister.

―Yo tampoco creo haberle entendido muy bien. ―Coincidió el orondo Mashema con su habitual átono tono de voz ―Discúlpeme si soy algo escéptico señor Solasous, y espero que no se ofenda, pero lo que nos acaba de exponer, bien podría haberlo predicho alguno de los muchos lunáticos que se suben a los atriles de La Plaza del Monumento visionando apocalípticos acontecimientos que están por suceder. ¿Quizás si matizase un poco más?

Depraba entornó los ojos fulminando al tesorero Mashema, evidentemente ofendido. Este en todo caso no se amedrentó, y siguió contemplándolo con sus ojos de pez muerto.

―Por supuesto que puedo ser más explicito. Estoy tratando de decir que adalides del Sin Rostro caminan de nuevo entre nosotros.―replicó el Magister torciendo el gesto en una mueca mordaz. ―¿Le parece lo suficientemente explicito señor Masehema?

La sala quedó en el más completo, tenso y ominoso de los silencios. La camarilla se quedó helada, mirando unos a otros boquiabiertos sin poder emitir sonido alguno. Paradójicamente fue la tácita Nora quien rompió aquel estado de confusión.

―¿Te refieres a los apóstoles del Condenado? ―Preguntó algo alterada y con la voz trémula. A pesar del Hijab que cubría sus facciones, claramente se insinuaba  en su expresión una mueca del más visceral terror; sus ojos estaban abiertos como platos.

―Efectivamente.―Asintió con el gesto serio Depraba. ― El Sin Rostro, El Innombrable, El Condenado o El Traidor, se lo conoce por muchos nombres en distintos lugares o culturas del círculo del mundo. Aunque lo más importante es lo que representa el advenimiento de sus doce apóstoles.

―La muerte ―murmuró tajante la sacerdotisa Nora, aunque sin salir de su estado de estupor. El eco de aquella única palabra quedó suspendida en el nuevo silencio que siguió.

―¿De dónde ha sacado tal fábula Magister? ―intervino divertido su sobrino Cazaire, el cual, probablemente, intentaba quitarle hierro al asunto. ―Todo el mundo sabe que El Innombrable, El Sin Rostro o como os guste de llamarlo, no es más que un invento que los mayores usan para asustar a los mocosos que se portan mal.

Eriast había escuchado relatos cuando aún era un jovenzuelo de tiempos oscuros acontecidos muchos siglos atrás. Sabía que su sobrino se equivocaba de cabo a rabo, aunque no creyó que sacarlo de su error a aquellas alturas sirviese de mucho. Cuando tuvo edad y el cargo así lo permitió, tuvo acceso a los tomos que se guardaban en secreto en El Archivo Cerrado de Palacio. Estos describían años de horror y de matanzas que ocurrían a plena luz del día, de infinidad de atrocidades cometidas por impíos demonios surgidos de las más ponzoñosas capas del averno. Muchas fueron las aldeas arrasadas, y muchos los Estados derrocados que precedieron a aquel horror. Siguieron largos períodos de hambruna, miedo, enfermedad y dolor. La sangre de los inocentes fue derramada en nombre del Innombrable durante aquella era, el Traidor caminó entre los vivos.

¡Que Sansemar nos coja protegidos!

―¿De dónde ha conseguido tal información Magister? ―Preguntó de pronto Maisadé con interés, al parecer, el efecto de los opiáceos le habían devuelto su resuelta serenidad.―No es un tema de coloquio muy habitual, coincidirá conmigo.

―Sin duda que no lo es. ―afirmo vehemente. ―De allí mi poca inclinación a tratar el tema abiertamente. Supongo que entienden mis reticencias En cuanto donde he conseguido la información, digamos que a uno de nuestros reos se le ha soltado la lengua en las últimas horas.

―¿Y este es? ―insistió impaciente Eriast.

―El Electo Sercussak, mi señor.

En la sala nuevamente destacó el silencio. ¿El Electo Sercussak? Todos los allí presentes quedaron sorprendidos ante aquella declaración. Hasta hacia bien poco, el Electo Sercussak había sido una de las figuras más beatificas de la nación. Si ya era chocante de por sí saber, que uno de los mayores instigadores de las revueltas había sido aquel hombre, más sorprendente era aún conocer que también se refocilaba adorando dioses oscuros contrarios al culto del que él formaba parte importante.

―Yo alucino. ¿De verdad os creéis un testimonio con tan poco fundamento? ―Insistió de nuevo Cazaire, interpelando tanto al Magister como al resto de la cámara incrédulo. Miró en torno suyo y contempló las expresiones meditabundas de los demás.―¡Por el amor de los dioses! Pero si ese hombre hasta  diría que el mismísimo Sansemar se le apareció en persona para pedirle que incitara a la plebe a incendiar nuestra ciudad.

―Mira muchacho, quiero creer que eres demasiado joven e… inconsciente para saber de lo que estoy hablando y las implicaciones que tiene lo que os acabo de  contar, pero estoy seguro que muchos de los de aquí presentes saben de a qué me refiero. ―Retrucó mientras se apoyaba firmemente en la mesa de nogal encarándose a su sobrino con un gesto agrio como la hiel. ―Ahora que una cosa sí que te puedo garantizar, cuando me propongo obtener información de alguien en concreto, no me conformo con lo primero que me cuentan, te lo puedo asegurar. Por tanto afirmo que el Electo Serkussak no miente.

Madrag resopló ante aquel último comentario.

Puede que en muchos aspectos Depraba lo irritaba como un sarpullido en la piel que no dejaba de picar en una zona de muy difícil acceso, pero sabía a ciencia cierta que cuando aquel hombre de rasgos secos y rostro apiñado afirmaba algo con tanta vehemencia, es que debía de ser cierto. Lo que le dio bastante en lo que pensar.
Si las pesquisas del Magister no estaban erradas, realmente tenían un grave problema que no iba a ser sencillo de solucionar. Los doce Apóstoles… solo de pensarlo se le erizaba el vello de las axilas.

―Cuéntanos lo que ha descubierto Magister.―Inquirió Eriast cada vez más inclinado en su asiento, cada vez más inquieto. No era precisamente el asunto que pensaba que se iba a discutir aquel día, pero dadas las terribles nuevas, debía  conocer más detalles sin demora.

―Un pequeño ejército de herejes amantes de dicha deidad se ha estado reuniendo cerca de los campos Meliséos del Karkuc. Por lo que le he podido sacarle a Sercussak, uno de los Apóstoles ha aparecido para guiar a sus fieles esbirros a la conquista de estas tierras para el retorno de su dios.―a medida que se iba desgranando el informe de Madrag, los ojos de la compañía se fueron dilatando hasta casi estallar.―Aún no son una gran compañía, pero por lo que se me ha dado a entender, a cada día que pasa sus filas van engrosando más y más.

―¡Por el Sol y La Luna! ¿Y cómo es que no nos ha contado nada de esto hasta ahora? ―Prorrumpió con tono  acusador Madrag.

―Simplemente porque hasta misma mañana desconocía todo lo que os acabo de contar.―Contestó inmutable Depraba. ―Siempre hemos sabido de la existencia de tales adoradores del Innombrable, pero siempre han estado escondidos y esparcidos en pequeños grupos por todo el territorio Estatal, pasando desapercibidos para cualquier mirada ajena… Hasta ahora.

Eriast recibió la noticia como si le hubieran dado una puñalada en plenas tripas. Era mucho más terrible de lo que imaginaba. A pesar de que todo lo que tuviese que ver con ese Ser o con sus adoradores ya fuese de por sí suficiente inquietante, el añadido de un pequeño ejército…

―Sigue quedando una cuestión que no me ha quedado clara.―dijo al rato Mashema sacándolo de sus magras reflexiones.―Acaba de decir que uno de sus adalides ha aparecido para guiar a esos descerebrados barbaros a la conquista de nuestras tierras ¿Tenemos alguna información sobre quién de ellos puede ser? Y más importante aún, ¿Cómo diablos ha conseguido que esa chusma salga de sus escondrijos y se organice precisamente ahora?

Lo mismo se estaba preguntando él.

―He de admitir que no he podido sacarle mucho más. ―repuso mientras se encogía de hombros.

―¿Y cómo puede estar tan seguro de que la información sea cierta? ―preguntó Maisade.―A fin de cuentas suena todo muy surrealista. Casi empiezo a coincidir aquí con nuestro joven Cazaire. ―dijo señalando a su sobrino.―El Electo Sercussak podría inventarse cualquier historia con tal de salvar su pescuezo.

―Esa teoría me parece más realista Magister. ―Indicó Lahkssim con un gesto de disculpa en la expresión.―Un hombre acorralado es capaz de todo.

―Y más un hombre con la posición que ostentaba él. ―Puntualizó Rumï.

Depraba los fue mirando consecutivamente mientras todo su cuerpo, era agitado por una incontrolable rabia. Su lacio pelo se encrespó, sus nudillos lucían blancos al apretar sus puños a sus costados.

―¡Os digo que Sercussak no miente! ―chilló con tal estridencia, que si la cámara hubiese contado con vidrieras, a esas alturas estarían hechas añicos.―Será mejor que me acompañéis al Magisterio y lo veáis con vuestros propios ojos. Estoy seguro que entonces no habrá dudas.

Se levantó y salió de la cámara echando humo por los ollares mientras el resto lo contemplaban patidifusos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#7
Junta Extraordinaria (parte dos)


Entraron en la inmensa galería, ya la conocía de etapas anteriores, no era ningún sitio agradable para estar. ¿Pero de eso se trata no? Pensó mientras caminaba por el largo túnel de acceso al Magisterio. De allí que los traigamos aquí, concluyó. Las paredes horadadas en la dura roca rezumaban por la densa humedad del lugar, varias antorchas colocadas en los apliques formaban tenebrosas sombras que bailaban sinuosas ante sus ojos. De las oscuras celdas brotaban todo tipo de rumores incómodos; murmullos, llantos, desesperación, huesudos brazos que se agitaban intentando llegar hacia ellos; él inconfundible chillido de las ratas asiduas al lugar.

Los ocho siguieron al Magister hasta una sala octogonal al final del pasillo. Abrieron una puerta y entraron en la tétrica habitación, en el centro de la cual, una mesa de metal con gran de variedad de instrumentos de tortura los esperaba. Había un potro de madera muy poco sugerente, cadenas, grilletes, cuchillos de todos los tamaños y medidas, pequeños serruchos, peras de hierro erizadas de púas, cizallas, mazos, hierros curvos, rectos y un brasero. También se fijo que había una especie de pequeña guitona con un diminuto agujero que solo los dioses sabían para que pudiera servir; esta observaba ajena desde un rincón sumido en la más completa penumbra. ¡Inclusive tenían una Dama de Hierro en la estancia, prácticamente nuevecita! Este era un extraño artilugio importado de Vareda, una ciudad costera situada al otro lado del mismísimo océano del Zhaâr. En el suelo aún quedaban restos de sangre coagulada del último infeliz que había pasado por ahí; más algún que otro pedazo de carne que no logró, ni quiso lograr identificar.

―Disculpen por el desorden, pero como podrán imaginar hemos estado algo ocupados durante estas últimas semanas. ―Dijo Depraba indiferente al rocambolesco circo de atrocidades que los rodeaba.

Eriast aparto uno de dichos pedazos de carne con la bota.

―Me puedo hacer una idea. ―Repuso mientras carraspeaba. El nauseabundo olor que se respiraba en la estancia era sumamente desagradable. Este contenía una mezcolanza de sangre, heces y orina que penetró en sus sentidos hasta casi hacerlo lagrimear. Finalmente le preguntó. ―Y bien, ¿Por qué nos ha traído hasta aquí Magister?

―Los traje porque me era imposible explicar con palabras lo que podrían esclarecer vuestros propios ojos. ―Contestó mientras se encogía de hombros. ―Es la única manera de que me crean.

Echó otra mirada en derredor.

―Cripticas palabras las suyas ―confesó Eriast ―, pero en fin, mejor será que nos lo muestre y así salgamos de dudas.

―No sé lo que tiene en mente, pero esto me parece una completa estupidez. ―Masculló de pronto Cazaire mientras contemplaba a su alrededor frunciendo el ceño con desagrado. ―Me pongo enfermo solo con estar aquí.

Eriast lo contempló meditabundo.

Resultaba más evidente que a Cazaire no le apetecía estar allí en absoluto, y quien podía culparlo por ello. Él mismo se preguntaba como se había podido dejado convencer. Aunque esa no parecía ser esa la única razón de la repentina aversión de su sobrino. Llevaba desde el principio de aquella reunión comportándose de una forma bastante poco ortodoxa tratándose de él; mucho antes de que descubriera las extrañas nuevas que les había traído el Magister.

Se pregunto a que podría deberse.

Depraba lo miró sombrío y apiñando la expresión por aquella aseveración de su sobrino, siempre dispuesto a replicar, pero antes de que pudiese hacerlo uno de los gemelos se le adelantó.

―Los apóstoles, El Sin Rostro, el ejercito de herejes…. Será mejor que no nos desviemos del tema señores. ―Les recordó Lhaksim pragmático. ―Después de todo, es por eso que estamos reunido aquí les recuerdo.

―En cualquier caso, no creo que el Magister pretenda hacernos perder el tiempo, ¿verdad? Seguro tendrá sus buenos motivos para habernos traído hasta tan particular lugar. ―Contempló Ramï.

Madrag volvió a resoplar como un jamelgo con un agudo dolor de tripas mientras su tic, que ya de por sí estaba en uno de sus puntos más álgidos, se acentuaba todavía más. Cazaire se puso de morros como un chiquillo que le niegan una golosina en una fiesta de primavera. Ninguno de los dos se pronunció al respecto.

―¿Y bien Magister? ―Inquirió Maisade mientras con una expresión de repugnancia volvía a dejar sobre la mesa las tenazas ensangrentadas que había sostenido previamente en sus manos. ―Ya puede ver que ha captado por completo nuestra atención. Asumo que nos ha traído para que podamos admirar su mesa de trabajo.

―Sí, Ejem… digo no, digo… En fin, ahora mismo os lo enseño. ¡Jedash, trae a nuestro invitado! ―Ordenó Depraba a alguien a quién no podían ver.

―Si mi señor ―contestó una voz fragosa desde detrás de un macizo portón de hierro al fondo de la estancia. ―, ya lo te..te…tenía pre..pre..parado.

―La muerte nos acecha. ―Susurró la Suma Sacerdotisa Nora sin venir a cuento para nada.

Eriast se giró para estudiarla con detenimiento, había escuchado perfectamente sus cripticas palabras; ¡La tenía justo al lado! Sumadas a las de hacia un rato… Probablemente nadie más de su camarilla se había percatado de la nueva mención que hacia la sacerdotisa a la muerte, pero viendo su estado pensó, que tampoco importaba demasiado, parece estar delirando en más de un aspecto. Aun y así estuvo tentado de preguntarle, qué quería decir. El chasquido del cerrojo al abrirse le hizo desechar la idea.

Prestó atención a quien entraba.

Por la recia puerta entró un tipo enorme, de proporciones épicas, con una máscara absurda que cubría solo parte de sus facciones; tenía un andar muy pintoresco al caminar. El mastodonte arrastraba a un hombre encadenado de pies y manos por la pechera, lo llevaba como si de un muñeco se tratase, sin mostrar ningún signo de esfuerzo en acarrear dicha acción. Lo depositó con más bien poca sutileza sobre un sillón de madera firmemente anclado al suelo de la sala. El sillón constaba de varias abrazaderas para sujetar todas las extremidades del individuo; brazos y muñecas, pantorrillas y tobillos.

―¿Está bi..bie…bien as…así, señor? ―Le preguntó el grandullón al Magister cuando tuvo al tipo bien sujeto.

―¡Pues claro que sí zoquete! ―Exclamó Depraba. ―Tampoco es que te haya pedido que construyas una frase completa si tartamudear como un idiota ¿Verdad? Ahora márchate y échale una ojeada a ver como se encuentran nuestros demás huéspedes. Yo me haré cargo aquí de nuestro querido Electo Sercussak.

El grandullón parpadeó un par de veces confuso.

―Pero yo pensaba que… que…

―¡No pienses y haz lo que te ordeno! ―Estalló Depraba escamado.

Desde aquella perspectiva parecía paradójico ver como un hombre delgaducho como una rama de sauce, amedrentaba a un gigantón de un tamaño tan considerable como aquel. Era como ver a un conejo corriendo a patadas de su madriguera a un gato enorme, pero curiosamente idiota. El tal Jedash salió de la sala con lentitud, con su pintoresco andar y probablemente con cara de muy pocos amigos. A pesar de no verle el rostro, a Eriast le recordó a un niño que acaba de recibir la regañina de un padre especialmente cruel.

El magister chasqueó la lengua cundo la puerta se hubo cerrado detrás de él.

―Muchas veces me pregunto porque diantres no estrangulé a ese muchacho cuando aún no era más grande que un cochinillo. ―Gruñó con desdén mientras observaba por donde había desaparecido su lacayo. ―Supongo que la familia es la familia después de todo. Más allá de que es un poco descerebrado, Jedash es el único hijo de mi difunta hermana Mélia.

―Ahhhhh…. ―Gimió el tipo que estaba amarrado en la silla. ―Ahhhhh…
Aquello hizo que todos posaran la atención sobre el origen del gimoteo.

―No parece que el Electo Serkussak se encuentre en muy buenas condiciones Magister. ―Arguyó Lhaksim tras un largo rato de reflexión.

―No ―confirmó su hermano Ramï. ―, no lo parece en absoluto.

―No os dejéis engañar por su apariencia caballeros, pues es un ser sumamente peligroso y cruel ―les advirtió el Magister Deprava a sus cófrades mientras contemplaba ceñudo al cautivo a su vez. ―, probablemente el más sibilino con el que me he topado hasta la fecha.

Eriast escuchó la advertencia mientras le echaba una ojeada al Electo Sercussak, sentado ahí en frente suyo. Era un hombre de mediana edad, de pelo oscuro y laxo, su cuerpo era más bien de complexión delgada. Comprobó que sangraba por innumerables tajos abiertos en su piel, lleno de contusiones y quemaduras por todo el cuerpo, su mirada estaba completamente ida, y para inri, un reguero de espesa baba le corría por la comisura de sus labios con toda libertad.

¡Su aspecto era más que lamentable!

―Creo haberle advertido que no me serviría una confesión obtenida por tortura Magister, pues ya le dije que era perder el tiempo. ―Le reprochó Eriast irascible.

―Le aseguro señor que no es lo que parece.

―¿A no? ―Dijo arqueando una ceja. Echó nuevamente una mirada al hombre que había en la silla, y acabó apostillando. ―Pues a mí me lo sigue pareciendo. De todas formas, no luce como alguien especialmente amenazador.

―Aaahhhhhh… ―volvió a gemir el Electo Sercussak como para confirmar sus últimas palabras. ―…Aaaaahhhhh…

―¡Esto una broma de muy mal gusto Magister! ―Imprecó Madrag hecho un basilisco. ―¿Qué es lo que nos puede contar este pobre diablo que no me haga pensar que es usted un completo demente? ―Dijo mientras señalaba al deteriorado Electo.

―Ruego que sean pacientes caballeros y no se precipiten. ―Respondió levantando sus flacuchos brazos pidiendo serenidad. ―No tardaran en darse cuenta del motivo de porque se encuentran aquí.

Depraba se acercó a un armario que quedaba a la derecha de aquella extraña sala, abrió la puerta y de él sacó un mandil con recientes manchas de sangre. Se lo puso ante la atenta mirada de todos con total naturalidad. Luego se dirigió a la mesa del centro (la mesa con el instrumental) y se quedó pensativo justo enfrente; contemplando el retorcido material que había expuesto en ella. Finalmente se decidió por unos fórceps que agarró firmemente con sus nudosas manos. Se dio la vuelta y sonrió con la más macabra de las sonrisas; con una mirada cruda y desprovista de cualquier tipo de emoción.

―A ver Electo Sercussak ¿Por qué no se deja de jueguecitos? ―Le dijo con un tono susurrante mientras se acercaba lentamente a él. ―He traído a varios de mis colegas para que puedan verlo en persona. Confió en que no me haga un feo y les explique lo mismo que me ha contado esta mañana a mí.

―Aaaahhhh…. Aaaahhhh……

―¿No tiene intención de cooperar tan siquiera ni un poquito? ―Inquirió a escasos centímetros de su cara.

―Aaaahhhh…. Aaaahhhh……

TOC, TOC, TOC

Dio tres golpecitos con las tenazas en el respaldo del la silla, luego empezó a dar círculos alrededor de Serkussak: como un gato que juega con el ratoncillo antes de pegarse un festín con él.

―¡Oh, vamos Electo! ¿No me diga que piensa seguir con esto? ―Inquirió mientras seguía rodeándolo y sonriendo con aquella mueca que nunca llegaba a reflejarse en sus ojos. ―Ya sabe cuánto me desagrada tener que hacer esto por las malas. No me apetece en lo más mínimo en estos instantes tener que mancharme las manos con usted. ¿No sería más sensato por su parte si nos saltásemos los preliminares?

―Aaaahhh… Aaahhh…

Depraba chasqueó la lengua.

―Ya veo que no.

―Magister. ―Lo interrumpió de pronto Mashema. Este se dio la vuelta parpadeando con confusión.

―¿Si?

―Creo que el hombre no se encuentra en sus plenas facultades para responder a ninguno de sus requerimientos. ―Arguyó mientras contemplaba al interpelado con la misma expresión de siempre. ―¿De verdad cree poder sacarle algo?

―Sin duda alguna. ―Rretrucó este ofendido. ―Sí no con toda certeza, no los hubiese traído hasta aquí para hacer que perdiesen su tiempo. En cualquier caso, no esperaba que me contestase de la manera en que se imagina usted, ni ninguno del resto de los presentes. ―Puntualizó Depraba mientras contemplaba meditabundo a Sercussak y se golpeaba intermitentemente en la palma de la su mano con las tenazas. ―Al menos la última vez fue así.

―Aaaahhhh…. Aaaahhhh……

―¡Por el ardiente sol y la luna ciega, esto es un despropósito! Ya os dije yo que era un completo majadero. ―Exclamó Madrag llevándose las manos a la cabeza. ―¿Qué tipo de reacción era la que esperaba de su parte Magister? ―Preguntó mordaz al encararse frente a él. ―¿Que admitiera que es un adorador del Innombrable? ¿Que confesara que hay un ejército de herejes conspirando para asolar nuestras tierras? ¿Que nos confirmase que es un seguidor del Sin Rostro y que toda la quimera que nos ha contado es cierta? Siento disentir si esa era su idea, pues frente a mí tan solo veo a un hombre roto de la cabeza a los pies; tanto física como mentalmente.

La verdad era que no se alejaba demasiado de lo que se le estaba pasando a él mismo por la cabeza. Comprendía el abierto escepticismo de Madrag. ¿Que esperaba el Magister trayéndolos a contemplar aquel trillado espectáculo?

De pronto.

―Preparaos, pues ya está aquí. ―Dijo reclamando toda la atención la Sacerdotisa Nora ―Ha despertado y ya no hay marcha atrás, no hay marcha atrás. ―Terminó balbuceando mientras contemplaba al Electo completamente horrorizada.

En esta ocasión todos pudieron oírla claramente, todos intercambiaron miradas suspicaces, pasando de la Sacerdotisa al Electo simultáneamente; confusos hasta la médula.

―Parece algo aturdida, traedle una silla para que pueda sentarse. ―Demandó Maisade a nadie en particular. Parecía realmente preocupada por su compañera de Consejo, hasta que al final añadió. ―Quizás cuando se recupere pueda explicarnos que ha pretendido decir con todo eso.

Eriast intentó mantener la calma, muy a pesar de que comenzaba a estar de lo más inquieto. No era la primera palabra suscriptica que decía la Hermana en lo que llevaban de sesión. Nunca había visto aquella mujer perder el temple de aquella manera. Todo estaba sucediendo demasiado deprisa. Era tan confuso y retorcido que francamente parecía irreal.

―Creo que he visto mucho más de lo que un hombre pio puede llegar soportar.
―Confesó de pronto el Electo Chask; estaba extrañamente sobrio, pero blanco como la calva de un seglar. ―Toda esta locura ―dijo señalando a su alrededor―, os aseguro que me supera.

Se giró para contemplarlo, pues casi que se había olvidado por completo de su obnubilado compañero. No había participado excesivamente en la discusión que dijéramos, manteniéndose en segundo plano; como normalmente solía suceder. Si no fuera por esa repentina y extraña reacción suya, probablemente no se hubiese percatado tan siquiera de su ausencia. Tras observarlo con más detenimiento se preguntó, qué es lo que había visto el Electo para querer salir de aquella sala con pies en polvorosa. Era obvio que contemplar a un antiguo Hermano en tal brete no era plato de buen gusto, pero bien sabia que tampoco era ajeno a aquel tipo de conocimientos. ¿Que podía haberlo cohibido tanto?

―Supongo que la situación nos supera a todos Electo ―concedió finalmente Eriast tras ese momento de reflexión. Le sonrió con pesar y añadió. ―, aunque le pido unos minutos más de su tiempo hasta que podamos aclarar este asunto debidamente. Es lo menos que podemos hacer.

Chask asintió, aunque algo reticente por la expresión. Se le veía algo rígido y destemplado, dubitativo como un primerizo a las puertas de un lupanar. ¿Qué diablos es lo que estaba pasando allí? La comezón que empezó a sentir en la parte posterior de la cabeza lo intranquilizó aún más; un dolor sordo que empezaba en su nuca y terminaba punzándole en las sienes, consiguió hacer que crispara el entrecejo como un perro viejo en una de sus últimas guardias. Ni por asomo en ese instante lo relacionó con algo premonitorio, sino más bien lo achacó a que después de presenciar tanto disparate en tan poco espacio de tiempo, le estaba repercutiendo en su salud. A pesar de todo creía… no, sabía que en el fondo de toda aquella rocambolesca historia había algo subyacente, turbio y real; simplemente no sabía por dónde empezar a indagar para poder conoce las respuestas. Era demasiado exasperante para un solo día tantas vicisitudes sin explicación.

¡Tengo que poner fin a esto inmediatamente!

―Señor Depraba. Al parecer hoy no vamos a lograr ver, ni tampoco escuchar nada de lo que pretendía enseñarnos al reunirnos aquí. ―Declaró con un tono profundo de voz y algo alterado por los resultados de aquella visita.

El Magister no se manifestó, miraba intensamente al Electo Sercussak como si este le hubiera jugado una mala pasada. Aprovechó aquella coyuntura y simplemente prosiguió.

≥≥Comprenderá que aunque estoy convencido de que sus buenas intenciones tenia al traernos aquí (lo cual era una rotunda mentira), no parece que vayamos a conseguir ningún avance con este hombre hoy. Al menos ninguno que pueda esclarecer algo para la causa por la que nos ha hecho venir hasta aquí. Tenemos una crisis de Estado Magister, sin la necesidad de implicar a deidades de tiempos remotos o paganos que aún se encuentran a cientos de leguas de la región, nuestra Ciudad-Estado se desmorona frente a nosotros. Este hombre ―dijo señalando al Electo Sercussak. ―, ha sido juzgado y sentenciado a muerte, despojado de su estatus y de su honor, sus bienes han sido confiscados. ―Lo miro enarcando una ceja antes de agregar.

―Sugiero que le dejemos tiempo reflexionar si realmente desea que al final se lo recuerde como al gusano en que se ha convertido o por el contrario, en el ser bondadoso y respetable que muchos crecieron reconocer una vez en él. Quizás eso aún se lo podamos conceder.

En realidad dudaba de que aquel pobre diablo sobreviviera a esa noche, pero de alguna manera tenía que ponerle punto y final a aquel infructífero desplazamiento.

Nadie se pronunció.

Le sorprendió el efecto que había tenido en sus cofrades aquella diatriba. El electo Sercussac no parecía haber oído ni una sola de sus palabras, lo cual no lo sorprendió en absoluto. Los gemelos lo miraban aquiescentes y con gesto de respeto. Madrag estaba encantado ver como a Depraba, perplejo, se le desmoronaba el escenario bajo sus pies. Maisade intentó incorporar a Nora, aunque con escasos resultados, pues aún continuaba en estado de shock. Mashema seguía igual de hermético que al principio y casualmente, el Electo Chask al igual que su sobrino Cazaire, ya se dirigían presurosamente hacia la salida.

Estos dos se han estado comportando muy misteriosamente, se dijo mientras los observaba alejarse. En realidad, ¡Todos se estaban comportando como unos completos enajenados! La sola idea que los había llevado a llegar hasta aquella sala de tortura y sufrimiento, ya era de por sí una locura.

Miró al Magister Depraba, el cual ahora contemplaba al Electo Sercussak con total y abierta inquina. No sé que le había llevado a pensar que conseguiría que aquel pobre desgraciado lograra articular una sola palabra coherente en aquel estado; que corroborara su estrambótica historia le parecía aun más inverosímil. Los Apóstoles, El Sin Rostro, un ejército preparándose para conquistar sus tierras… ¡Ya tenía suficientes problemas para gobernar su ciudad en esos tiempos de penurias como para tener que enfrentarse a terroríficos mitos de su historia! Y aún así, por muy extraño que pareciera, por un instante, se lo había creído por completo.

Un largo día sin lugar a dudas.

Le echó una última ojeada al Electo Sercussak, su agónico delirio, el estado lamentable que exhibía… Negó con la cabeza antes de suspirar cansado. Al parecer, habían perdido gran parte de la noche intentando cazar fantasmas. Era para tirarse de las patillas. Cuando ya se disponía a seguir a sus cofrades, en realidad más molesto que desencantado, captó por el rabillo del ojo como Depraba avanzaba hacia el Electo Sercussak amenazador. Se giró solo para comprobar que había cambiado el fórceps por un largo escalpelo que agarraba firmemente en su mano.

―Pero, ¿Se puede saber qué está haciendo Magist…

Depraba sin prestarle la menor atención siguió avanzado hasta que se detuvo justo en frente del Electo.

―¡No dejaré que esta alimaña se salga con la suya, os pienso demostrar que todo lo que os he contado es cierto! Graznó con el tono más tétrico que el de un sepulturero. Sin más preámbulo, alzó la mano y le clavó el escalpelo en la cuenca ocular de Sercussak, con tal virulencia, que la punta de este asomó por la parte de atrás de su cabeza con el desagradable sonido de la carne hendida.

Contempló la escena horrorizado, sin poder mover ni un solo musculo del cuerpo, ni una sola partícula de su ser; sin emitir sonido alguno. La camarilla se detuvo en seco al igual que él, totalmente estupefacta. ¿Acababa de matar al Electo justo enfrente de ellos? ¿Por qué había cometido tan horrible acto el Magister? No se lo acababa de creer y aun así, era terriblemente cierto.

El inhumano grito que broto de los labios del Electo les heló la sangre a todos, pues los sacó de su equivocación.

―¡Maldito hijo de una fulana! ―Chilló Sercussak mientras se agitaba violentamente en la silla de madera; las abrazaderas chirriaron por la presión que este ejerció en ellas, se pudo oír claramente como algún que otro hueso se astilló, aunque apenas pareció importarle. Tras su infructuoso forcejeo se detuvo, más sereno al levantar su cabeza. Miró a Depraba con el único ojo que le quedaba, con un brillo que irradiaba un odio primordial. ―Te reservaré para lo último Magister, supongo que lo sabes, ¿verdad?. Haré que sufras lo indecible durante días, desollando cada jornada un poquito de tu piel. Demandaras que te conceda la muerte con plañideras suplicas, pero no te daré esa satisfacción, no al menos con prontitud. Quizás hasta te deje que disfrutes del día del advenimiento de mi señor. Quizás sí, quizás al final sí que te deje.

El Magister rebulló intranquilo tras la abierta amenaza, Sercussak se lamió los labios con delectación, luego soltó una risa estentórea e inhumana. El resto petrificado no osó ni respirar.

Ni en sus más grotescas pesadillas hubiese concebido una situación tan hilarante. Parecía casi un hecho onírico que sucedía muy lejos de él; a pesar de saber muy ciertamente que sus ojos no le engañaban en absoluto. El Electo les sonreía a todos con un desprecio visceral, mientras un icor negro y espeso que emanaba de la truculenta herida, caía por su mejilla y rodeaba la comisura de sus labios para correr libremente hasta su barbilla.

―No puedo creerlo. ―Murmuró Madrag a su lado boquiabierto.

―¿Pero… qué…? ―Maisade no conseguía articular palabra mientras su rostro perdía todo rastro de color. La pipa se le había caído de las manos al piso.

―¡Muerte y destrucción, es lo que es, muerte y destrucción! ―Se unió al pandemónium la sacerdotisa Nora. Esta, con los ojos puestos en blanco y señalando hacia el frente con un tembloroso brazo, comenzó a desternillarse con demencia al igual que Sercussak.

―Esto no puede ser normal para nada. ―Repuso Lahkssim sorprendido.

―Para nada. ―Concedió Rumï.

Cada uno cual tenía su particular percepción de los hechos, aunque todos al igual que él, no encontraban palabras para describir tal anomalía. Tanto su sobrino Cazaire, como el Electo Chask, se habían quedado parados cerca de la puerta con las mandíbulas desencajadas y las rodillas sueltas. Eriast volvió a poner la atención en el Magister, que ufano, los miraba henchido de vanidad.

―¡Lo veis, os lo dije! Mirad bien a este engendro y decidme que es humano. ―Los retó mientras señalaba a Sercussak acusadoramente. Nadie pudo rebatirle aquello. ―Sabía que de alguna u otra manera te acabarías delatando frente a mis colegas. ―Dijo Depraba parando un poquito más cerca del Electo. ―Que si te enfurecía lo suficiente como para hacerte perder la razón, dejarías tu disfraz de carne y hueso para desvelar así tu auténtica esencia malvada.

El Electo lo miró con su único ojo sin que desapareciera en ningún momento la sonrisa aviesa de su expresión. Lo que era una visión espelúznate en todos sus aspectos.

―Es cierto que eres un personajillo bastante más inteligente que la media, pero no tanto como te crees ―siseó con mordacidad ―, desde luego mucho menos de lo que tú piensas. ―Echó la cabeza hacia atrás y arrojó un esputo sanguinolento sobre la cara del Magister.

Depraba recibió la ofensa con serenidad. Sacó un pañuelo de uno de sus bolsillos, con el que se limpió la mixtura de baba y sangre que goteaba de su cara, sin apartar ni un solo instante la mirada del Electo Sercussak. Cuando acabó de asearse medianamente con una pasividad exacerbarte, guardó con lentitud nuevamente el pañuelo en su bolsillo. De pronto, con una velocidad sorprendente para alguien de su edad, golpeó con una fuerza tremenda con el dorso de su mano en los morros de Sercussak. Este se ladeó hacia un lado por la inercia del impacto, luego lentamente recuperó la posición. Seguía sonriendo cuando volvió a posar los ojos (o más bien su único ojo) en el Magister. La sangre (o el icor) manchaba sus dientes y sus prendas; corría entre sus labios partidos.

―¿A eso lo llamas tu golpear? ―Preguntó con sorna antes de volver a reír con malignidad. ―He recibido caricias de meretrices más ásperas que esa.

El Magister ahora temblaba de furia ante el impúdico comportamiento del Electo Sercussak. Los demás, aún estaban intentando asimilar lo que sus ojos presenciaban.

≥≥¿Quieres respuestas gusanillo? ¿Las queréis todos, verdad? ―Prosiguió el Electo atravesándolos con su único ojo. ―¿Queréis saber porque vuestros elegidos para predicar con la palabra de vuestro odioso Sansemar se han vuelto todos contra vosotros? ¿Porque estamos aquí y porque vamos a arrasar vuestras insignificantes tierras? ¡Simplemente porque podemos! ―Escupió vehementemente. ―Vosotros, tan triviales y pueriles, tan perecederos como la carne al sol, no tenéis derecho ni a respirar. Para nosotros solo sois estúpidos recipientes vacios, ganado con el que coexistimos por nuestro propio beneficio. Cuando llegue el momento, vuestros necios sentimientos, vuestras ilusas creencias y vuestra aborrecible cultura, serán borradas del la faz de la tierra para dar comienzo a una nueva era de esplendor. El tiempo del advenimiento ha comenzado. El vuestro y el de vuestros ídolos han tocado a su fin.

Aquella última y fatídica revelación aun resonaba en sus oídos cuando la comprensión de la verdad que escondían las palabras del Electo golpeó su razón. ¿Por qué había afirmado aquel monstruo que todos los Electos se habían vuelto contra ellos? Bien que el Electo Chask estaba ahí reunido junto a los demás, ¿Verdad?

Se giró y para su estupor comprobó que la expresión de este se había tornado indescifrable y sombría, mudada en una masacra errática. Miraba al suelo, sumido en sus propias lucubraciones, mientras apretaba fuertemente los puños a ambos lados con resignación.

A pesar de su reticencia a tratar con aquel horrible ser, supo que era la única alternativa que tenia para recibir respuestas claras. Presionarlo ahora que se le había soltado la lengua era la mejor opción que les quedaba.

―¿Por qué los Electos? ―Preguntó tanteándolo.

―¿Y por qué no? ―Retrucó este divertido ―Ellos son los gallardos seguidores de vuestro inútil Dios Sol, ¿no es así? Hombres devotos que han consagrado sus vidas a difundir las mentiras de Sansemar por todos los rincones de este mundo. Qué paradoja que sean precisamente ellos los que hayan provocado los tumultos incendiarios en vuestras calles. ―Terminó mirándolo fijamente con aquel único ojo que destilaba maldad. ―Resulta irónico lo que se consigue con un poquito de persuasión.

Se estremeció. Por alguna razón sintió como si desde aquel pozo negro pudiera ver en los lugares más recónditos de su corazón, retirando capa a capa del caparazón que lo recubría, hurgando en las oquedades más intimas de su alma. Se sentía como un muñeco en las manos de un famoso titiritero. Sin lugar a dudas no era humano, pero ¿Entonces que era?

Tenía que insistir, debía saber más.

―¿Qué eres?― Le pregunto a bocajarro.

A Sercussak pareció divertirle aquella cuestión, le sonrió enseñándole los dientes.

―¡No te andas con rodeos Gobernador, directo al meollo! Me gusta. Respondiendo a tu pregunta te diré, que tan solo soy un sirviente menor de mis señores. Una parte de la avanzadilla si lo quieres pensar así.

¿Ese maligno ser solo era un lacayo de fuerzas aún mayores? ¡Que la luz de Sansemar los protegiera! ¿Cómo iban a defenderse de una amenaza como aquella? No estaban preparados para afrontar tan inmenso reto. A su mente acudieron los apoteósicos textos que había leído en el Archivo; sus piernas lograron sostenerlo a duras penas mientras lograba preguntar.

―¿Entonces es cierto que los Apóstoles están reuniendo sus ejércitos en los campos Meliséos del Karkuc?

Intentó que el pánico que le constreñía la garganta no se percibiera en sus palabras, aunque no fue fácil de disimular.

―Creo que la información que posee esta algo desfasada Gobernador. Los ejércitos de los que me habla no se encuentran en los campos Meliséos del Karkuc, sino mucho más cerca, y ninguno de mis señores los lidera aún.

Aquella información quemó como la pez.

―¡Rata inmunda! ¿Cómo qué vuestros ejércitos están más cerca? ―Inquirió Depraba frunciendo el ceño. ―Esta misma mañana me informaste de su ubicación exacta.

―Simplemente mentí. ―Retrucó impertérrito Sercussak. ―Necesitaba que alguien llevara esas preocupantes nuevas al Consejo. Sabía que tu debilidad por el egocentrismo atraería a tus otros compañeros hasta mí. Has sido el instrumento perfecto para llevar a cabo mis planes. Una gran ayuda, Magister.

De pronto todo sucedió muy deprisa.

Depraba hecho una furia, cogió un gancho curvo y se lanzó contra el Electo con la claras intenciónes; perdida toda la cordura. Sercussak le sonrió mientras contemplaba cómo se abalanzaban sobre él. Cuando casi ya lo tenía encima, cuando la trayectoria del gancho que mantenía una parábola ascendente dirigida a su barbilla estuvo a punto de hendir su piel, Sercussak se soltó de las abrazaderas que lo retenían para agarrar fuertemente la muñeca de Depraba. El magister quedó parado frente a él, sorprendido, forcejeando por intentar soltarse de la garra que lo apresaba. Con los ojos desmedidamente abiertos por el terror que inspiraba aquel horrible ser. Sercussak observó los impotentes intentos del Magister por zafarse con una mueca de desdén, lo apartó hacia un lado sin aparente esfuerzo, y de un revés, lo mando en volandas hasta que impactó con la pared y quedó silenciosamente quieto.

―Insecto. ―masculló mientras que con sorprendente facilidad se soltaba de las abrazaderas de su otro brazo. Seguido se arrancó de la cuenca el largo escápelo que la atravesaba; el sonido que produjo fue muy desagradable. ―¡Ya te dije que tú serias el último en caer, no pienses que te libraras tan fácilmente de tu castigo! ―Exclamó dirigiéndose al bulto desmadejado del otro lado de la sala. Se zafó de las abrazaderas que retenían sus pies con la misma facilidad. Erguido e imponente se giró para encararse con el resto de los presentes. ―Caballeros, es hora de liberaros también de sus obligaciones. ―Pronunció dos silabas ardieron en su mente varios segundos después. ―Au-Nor.

A su espalda alguien chilló descarnadamente, se giró para ver como el Electo Chask cargaba contra Mashema provisto de un machete. El Tesorero abrió mucho los ojos cuando lo vio dirigirse hacia él, levanto sus carnosos brazos para protegerse, pero no le sirvió de nada, la afilada hoja entró sin resistencia alguna hasta la empuñadura; acertando a sesgarle la yugular. Mashema gruñó, tosió, se le doblaron las rodillas y cayó al suelo sin vida. Todos seguían petrificados, pero Chask no se detuvo ahí. Como si estuviese poseído siseó mientras se hacía con otra afilada hoja. Sus ojos tenían un brillo fanático, cimbreantes sombras recorrían su persona; su sonrisa era salvaje y retorcida. Inmediatamente volvió a cargar gruñendo de gozo como un lobo en un corral repleto de gallinas. En esta ocasión contra los gemelos Pashur, que recobrados de la confusión inicial, rápidamente se pusieron a cubierto detrás la mesa del instrumental.

≤≤¡Que alguien avise a la guardia, a prisa!≥≥ Exclamaron ambos al unísono.

Mientras el Electo Chask rodeaba la mesa buscando un resquicio por donde poder acometer a alguno de los gemelos, el Electo Sercussak empezó a avanzar directamente hacia él. Lo miraba fijamente. Mientras caminaba, el truculento agujero donde debía tener el ojo comenzó a palpitar, para su sorpresa, se regeneró justo en frente suyo. Como si realmente en ningún momento hubiese sufrido daño alguno. Le enseñó los dientes al comprobar su estupefacción.

Un alarido lo sacó del trance para encontrarse con otro horror.

Su sobrino Cazaire también había enloquecido, atacado a Maisade y cercenando su garganta desde atrás. Vio como está aún agitaba espasmódicamente sus miembros desde el suelo, mientras un charco color magenta se formaba debajo de ella. Luego se dedicó a apuñalar repetidas veces en el pecho a la Sacerdotisa Nora, la cual también pronto cayó en el suelo desmadejada; con la vista perdida en el mugriento techo de la sala.

En pocos segundos la estancia se había transformado en un matadero. El infierno de extrañezas que visionaba a su alrededor era horripilante, aterrador. No podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Los gritos de alarma, las muecas de pavor, las risas descarnadas y la sangre, eran el anatema de aquella patibularia escena. ¡Era cierto, macabramente cierto! Aquel era el principio del fin.

Pronto tan solo quedaron él y el Consejero Madrag en pie. Los demás habían caído sesgados como el trigo. El frenesí de sangre del Electo Chaslk y su sobrino Cazaire había acabado con todos. Allí estaban contemplándolos, manchados de sangre de la cabeza a los pies, por su expresión; habían disfrutado mutilando a cada uno de sus compañeros.

―Esto pinta mal ―masculló Madrag entre dientes.

―¿Qué le pasa Gobernador, se ha quedado sin habla? ―Preguntó Sercussak colocándose en el centro de aquellos dos. ―Parece sorprendido.

No pudo responder, pues realmente estaba estupefacto. Pocos segundos antes estaban discutiendo sobre mitos y leyendas… Ahora estaban todos muertos.

―Imagino que necesita tiempo para asimilar cuanto ha visto, pero lamentablemente ese es un recurso del que carece. ―Prosiguió al volver avanzar. A su vez, los otros dos lo siguieron como perras en celo. ―En todo caso puedo desvelar alguno de los misterios que pueblan su mente si así lo quiere. Para empezar, se estará preguntando porque ellos están conmigo ―dijo señalando a Chask y a su sobrino. ―, y eso tiene fácil explicación. Como ya le dije, soy un tipo muy persuasivo y estos dos, no son precisamente Contenedores difíciles de alienar.

―¡Malditos traidores! ―Escupió Madrag.

―Yo diría que no lo oyen Consejero.

Los aludidos no parecieron hacer caso a los comentarios, los contemplaban con el rostro contorsionado por una inconcebible rabia, ajenos a su mortalidad, cascaras secas y vacías de cualquier sentimiento racional.

―Se han transformado ―prosiguió Sercussak al percatarse de que los observaba con incredulidad. ―, y ahora disfrutan del privilegio de servir a nuestro señor; como pronto haréis vosotros. En cuanto a tu hijo, tenemos algo mucho más especial reservado para él. Esta acción se repetirá con todas las ciudades y naciones que participaron en el Destierro. Cuando la sed de venganza haya sido saciada, el advenimiento se hará inminente.

La mención de su hijo le hizo recobrar la poca resolución que le quedaba para preguntar.

―¿Que tiene que ver mi hijo en todo esto?

―Tu hijo tiene mucho más que ver de lo que piensas. El es la llave que le abrirá el camino ―Fue su criptica respuesta. ―¡Pero basta ya de tanta historia! Acabad con ellos de una vez.

Chask y Cazaire (aunque ya no eran ellos) acataron con deleite la orden, acorralándolos cada vez más con la pared del final de la estancia.

―Estamos jodidos Eriast. ―Le dijo Madrag apoyando una mano en su hombro mientras le sonreía con ternura. Aquello le recordó a los tiempos de su niñez, cuando aún no estaban atados con las vacuas obligaciones protocolarias.―Ha sido un placer ser tu Consejero, y un honor el servir bajo tu mando.

Sin más palabras se lanzó hacia Chask y Cazaire con los puños hacia el frente, en una acción del todo suicida. Lo despedazaron con alevosía justo en frente de él. El (supuesto) Electo Sercussak rió cavernosamente durante todo el proceso. Eriast no pudo hacer nada por evitarlo, nadie podía. Pronto acabaron con Madrag y se dirigieron hacia él para acabar con su vida.

Lo último que vio fue como el Magister Depraba se sacudía a escasos metros de él. Lo último que sintió fue el cuchillo de ambos mordiendo su carne. Lo último que escuchó fue la estentórea risa de Sercussak. Su único y último pensamiento estaba dirigido hacia su hijo.

¡Que Sansemar te proteja de todo mal!
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#8
Bueenas!!

(ojito que hay spoiler!!)

Pues nada, ya me he puesto al día, que la última vez me había quedado a medias con la reunión de los electos. Y no veas cómo ha terminado la cosa...

Bueno, antes de nada unas cuantas correcciones que me he apuntado:
Cita:Se pregunto a qué podría deberse

mi señor ―contestó una voz fragosa desde detrás de un macizo portón

que tampoco importaba demasiado, parecía estar delirando en más de un aspecto

llegar hacia ellos; el inconfundible chillido de las ratas asiduas al lugar.

También se fijo que había una especie de pequeña guillotina con un diminuto agujero

Eriast apartó uno de dichos pedazos de carne con la bota.

Él mismo se preguntaba cómo se había podido dejado convencer

―Tampoco es que te haya pedido que construyas una frase completa si tartamudear como un idiota ¿Verdad? Ahora márchate y échale una ojeada a ver cómo se encuentran nuestros demás huéspedes.

Desde aquella perspectiva parecía paradójico ver cómo un hombre delgaducho

―Muchas veces me pregunto por qué diantres no estrangulé a ese muchacho cuando aún no era más grande que un cochinillo.

―Ruego que sean pacientes caballeros y no se precipiten. ―Respondió levantando sus flacuchos brazos pidiendo serenidad. ―No tardarán en darse cuenta del motivo de porqué se encuentran aquí.

―Sin duda alguna. ―Retrucó este ofendido. ―Si no con toda certeza, no los hubiese traído hasta aquí para hacer que perdiesen su tiempo.

No era la primera palabra suscriptica ¿? que decía la Hermana en lo que llevaban de sesión.

―Creo que he visto mucho más de lo que un hombre pío puede llegar soportar.

pero bien sabía que tampoco era ajeno a aquel tipo de conocimientos.

―Lo miró enarcando una ceja antes de agregar.

Madrag estaba encantado ver cómo a Depraba, perplejo, se le desmoronaba el escenario bajo sus pies.

Contempló la escena horrorizado, sin poder mover ni un solo músculo del cuerpo,

El inhumano grito que brotó de los labios del Electo les heló la sangre a todos, pues los sacó de su equivocación.

se pudo oír claramente cómo algún que otro hueso se astilló,

Cada cual tenía su particular percepción de los hechos

―¿A eso lo llamas golpear? ―Preguntó con sorna antes de volver a reír con malignidad.

―¿Queréis saber por qué vuestros elegidos para predicar con la palabra de vuestro odioso Sansemar se han vuelto todos contra vosotros? ¿Por qué estamos aquí y porque vamos a arrasar vuestras insignificantes tierras? ¡Simplemente porque podemos! ―Escupió vehementemente. ―Vosotros, tan triviales y pueriles, tan perecederos como la carne al sol, no tenéis derecho ni a respirar. Para nosotros solo sois estúpidos recipientes vacíos, ganado con el que coexistimos por nuestro propio beneficio.

Sin lugar a dudas no era humano, pero ¿Entonces qué era?

―¿Qué eres?― Le preguntó a bocajarro.

―Pronunció dos sílabas que ardieron en su mente varios segundos después. ―Au-Nor.

Vio cómo está aún agitaba espasmódicamente sus miembros desde el suelo

Lo último que vio fue cómo el Magister Depraba se sacudía a escasos metros de él.

Pues lo dicho, bonito final para la reunión, se acabó tanta discusión y tanta tontería entre unos y otros. Ahora sí que parece que la cosa se pone fea...

Buen cambio de escenario desde la última parte, ahora en los "dominios" del Magister Depraba (si es que el nombre le viene al pelo...) mostrándonos lo encantador que puede llegar a ser. Me he liado un poco con tanto personaje interviniendo en la conversación, cada uno con su particular punto de vista y cada vez más fuera de sus casillas. Pero vamos, encaja perfectamente con la situación y refleja la tensión del momento; así que perfecto.

Lo que me pregunto es... ¿qué pasará ahora?... Tenemos muchos frentes abiertos y pocas respuestas... Aunque sospecho que estas empezarán a llegar pronto...
Así que nada, a seguir con la lectura.

Iep!
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#9
(CUIDADO; POSIBLE SPOILER.

Buenas querido Landanohr, ya sabes que siempre es un placer tenerte por estos lares. De primeras, gracias por ese ojo biónico tuyo, no veas si se me habían pasado por alto fallos, quedan apuntados para poder arreglarlos en breve. La verdad es que quizás dependo demasiado del corrector del Word; tengo que ponerme las pilas. En realidad, la parte de la reunión la escribí sobre la marcha y no tenía muy claro de cuales iban a ser las consecuencias, ni que es lo que realmente iba a suceder. Al final me decidí por la escabechina (siempre he sido algo retorcido, debo de reconocer.) Si que es cierto que al principio cuesta un poco asimilar tantas (voces) en un mismo dialogo, pero tenía que convencer al lector de que en esa sala habían nueve personajes (once si contamos al reo y a Jedash) cada cual con su particular carácter; lo que me costó horrores. Espero poder dejar la primera parte cerrada en el siguiente capítulo, si no en el otro. Francamente, no sé si podre plasmar en letras las escenas que están discurriendo por mi mente, pues me será muy difícil adentrar al lector en ellas a la par que doy la información necesaria para empezar a asimilar por donde irán los tiros. Vamos que tengo un poco lo que se dice (un cacao mental) Espero poder salir bien de ellos y poder ir uniendo hilos argumentales de una vez. En todo caso, gracias por pasarte por aquí nuevamente. Ya sabéis que sin vuestra ayuda, dudo que hubiese podido continuar con la historia. Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
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#10
Un gusto verte por aquí, amigo Fardis un saludo!!
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