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[Fantasía Épica] 'Mercenario'
#51
Este uiltimo capitulo estuvo muy bueno, rapido, dinamico, con accion, y aunque se intuia una trampa no se adivinaba cual era hasta que el barco mercante elfico choco contra el muelle.

Lo unico que chirria un poco es lo rapido que se apoderaron los salvajes del cañon magico elfico, porque primero estaban tratando de derribar la puerta de la torre en donde esta ese cañon y 10 segundos despues, o esa impresion da, lo tienen totalmente controlado.
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#52
Buenas Haradrim!

Gracias por comentar! y me alegro muchísimo de que te esté gustando!  Wink  Lo del la trampa es algo que creo que queda bien si no es demasiado evidente...

¡Por cierto muy bien visto el tema del cañón élfico! A ver qué te parece el cambio:

Cita:Al fondo del embarcadero, otro grupo de salvajes golpeaba con un ariete el portón de la famosa torre del nägoron, que parecía a punto de saltar por los aires.

Cambiado por:
Cita:Al fondo del embarcadero, los atacantes ya habían conseguido forzar el portón de la famosa torre del legendario nägoron y había gente luchando entre las almenas, en lo más alto.

Espero que sigas disfrutando de la continuación! Mf_swordfight

Un saludo, nos leemos!
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#53
Buenas de nuevo gente!

Como siempre, mucho más tarde de lo que querría, pero aquí os dejo la continuación del capítulo V. Espero que no defraude el desenlace... bueno, como siempre agradecido con todas las críticas y comentarios!

CAPÍTULO V - parte 2
De pronto una sombra apareció junto a la jaula. Se trataba de uno de los akari de la escolta de Boladesebo, aquel que había devuelto a Galed su colgante. Había surgido de la nada y estaba allí plantado, asombrosamente tranquilo en medio de todo el caos que había en torno a él. El guerrero retrocedió unos pasos y le estudió con suspicacia desde el interior de su prisión: vestía una armadura de cuero completa, que se veía cómoda y flexible, aunque adornada de forma harto peculiar; su peinado consistía en una larga coleta que nacía desde la parte superior de la cabeza y estaba anudada con varias cintas, y completaba su exótica apariencia un intrincado tatuaje de espirales y volutas que le subía desde el cuello por la parte derecha del rostro hasta la sien. El akari se acercó a los barrotes, señaló el pecho del norteño y dijo algo en élfico. Tenía una voz ronca, dura.

Galed miró a Shäl.

—Pregunta de dónde has sacado el medallón que te dio antes.

Galed se tocó el colgante por encima de la camisa.

—Es mío.

El elfo entrecerró sus rasgados ojos al escuchar las palabras de Shäl, y volvió a hablar en la seca y monótona lengua de los elfos.

—Un león con una espada de fuego —tradujo Shäl—. Dice que es el blasón de erd Olfgan de Elheim. Quiere saber por qué lo tienes tú. ¿Conoces a ese Olfgan?

El norteño asintió levemente con la cabeza.

—Formaba parte de su compañía de espadas libres. Era nuestro jefe. El propio Olfgan me lo entregó cuando me nombró su segundo al mando.

El akari escuchó atentamente la traducción de Shäl y luego se quedó mirando a Galed, como decidiendo si creer sus palabas o no. Al cabo hizo una nueva pregunta.

El medioelfo tradujo.

—¿Dónde está Olfgan?

—Muerto.

Esta vez el elfo entendió al norteño sin necesidad de traductor, porque abrió mucho los ojos y durante un instante la máscara que era su rostro se resquebrajó y un atisbo de emoción asomó a la superficie.

—¿Muerto? —repitió en daryo, con un acento pésimo.

Galed se dirigió directamente a él.

—Escoltábamos a unos mercaderes a través de las montañas, hasta Sandaar. Unos ladrones nos emboscaron. Hubo lucha, y le hirieron de gravedad. Murió entre mis brazos, sin que pudiera hacer nada. Olfgan y yo éramos mucho más que compañeros de armas —prosiguió el norteño con voz temblorosa—, me enseñó el significado del honor y mucho más. Fue como un padre para mí, y cuando más me necesitaba fui incapaz de… —tuvo que parar, un repentino nudo en la garganta le impedía continuar hablando.

El medioelfo tradujo, mirando de reojo a Galed, que luchaba por contener las lágrimas, y luego calló. El akari guardó silencio también, con la cabeza baja; parecía verdaderamente afectado. A su alrededor, el mercado estaba ya prácticamente vacío. Desde el muelle llegaba el ruido del combate, cada vez más cerca. Un grupo de milicianos pasó corriendo cerca de ellos hacia los muelles sin prestarles ninguna atención; tenían entre manos problemas más urgentes. Galed y Shäl se miraron, esperando impacientes el desenlace de aquella extraña conversación. Al cabo de unos instantes interminables, el guerrero akari se acercó aún más a la jaula y habló de nuevo.

—Hace muchos años, erd Olfgan hizo… algo por mí y por mi familia… algo muy importante —Shäl traducía a medida que el otro hablaba, como un eco de sus palabras—. A raíz de aquello, quedé en deuda con él a través de un juramento de honor —miró a Galed directamente a los ojos, aunque sabía que el norteño no podía entenderle—. Voy a ayudarte, pero quiero algo a cambio: según las creencias de mi pueblo, el camino de elfos y hombres se separa más allá de este mundo. Yo ya no volveré a ver a Olfgan, pero tú sí te reunirás con él. Cuando os encontréis de nuevo, dile que he cumplido con mi palabra y que mi deuda está saldada.

Cuando terminó de traducir Shäl miró al norteño con gesto excepcionalmente serio.

—El juramento de honor de un akari es algo muy importante, amigo. No es algo sobre lo que se deba prometer a la ligera.

Galed se sacó el colgante de debajo de la camisa y lo apretó con fuerza en su mano derecha.

—Lo juro por la memoria de Olfgan.

Shäl tradujo. El elfo asintió y desenvainó su espada, que salió de su funda con un suave siseo. Tenía una hoja larga y delgada, muy diferente a las que se acostumbraban a usar en el Norte, y una empuñadura bellamente labrada en forma de cabeza de dragón. El mercenario equilibró el cuerpo y alzó el arma; un solo golpe bastó para partir la cerradura de la jaula. El akari envainó de nuevo y miró por última vez al guerrero, saludó haciendo una leve reverencia al modo tradicional élfico, y sin más se dio la vuelta y se alejó corriendo. Galed le siguió con la mirada hasta que se perdió entre las sombras de un callejón.

Shäl fue el primero en bajar de la carreta.

—Fíjate —dijo el medioelfo con alegría—. Libres. ¿Crees ahora lo que te dije?

Una nueva andanada de proyectiles se estrelló contra un almacén cercano; el suelo tembló y las piedras y el polvo volaron de nuevo en todas direcciones. El edificio, que era de madera, comenzó a arder de inmediato. La plaza había quedado completamente desierta, aunque de vez en cuando se oían los gemidos ahogados de aquellos que habían sido pisoteados y aplastados por la multitud en su locura; en algún lugar se oía el llanto desconsolado, desesperado, de un recién nacido. El humo y las cenizas de varios incendios flotaban en el ambiente, haciendo difícil respirar. Desde el muelle, como un rumor creciente, llegaba el inconfundible sonido de todas las batallas: acero y muerte.

—Dejemos eso para otro momento —gruñó Galed, mirando a su alrededor. Bajó al suelo de un salto—. Aún no hemos salido de este lío.

Los dos exprisioneros corrieron agachados por entre mercancías desparramadas y mesas volcadas. Sortearon una bandada de ocas, que graznaron asustadas, y se refugiaron bajo los soportales de piedra, en uno de los laterales de la plaza.  Avanzaron con cautela, deslizándose de columna en columna, hasta llegar a la esquina que daba a los muelles y se agazaparon tras unas cajas que apestaban a pescado. Los ruidos de lucha sonaban muy cerca. Galed se asomó un instante por encima de los cajones y miró a izquierda y derecha.

—No se ve nada con tanto humo —susurró Galed, dejándose caer de nuevo al suelo, junto al medioelfo—, pero creo que están luchando justo ahí delante, en las mismas escaleras de los muelles —se apartó un mechón de pelo que le caía por la frente—. Esto no pinta nada bien, y la verdad, no pienso quedarme a ver cómo termina. ¿Sabes cómo salir de aquí?

Shäl se pellizcó el labio inferior con el índice y el pulgar, pensando.

—¿Ves esa casa con las ventanas pintadas de rojo? —señaló un edificio a través del humo a la izquierda de donde se encontraban, a unos trescientos o cuatrocientos pasos.

—Sí.

—La calle que hay justo después lleva hasta un pequeño portón de la muralla, que da directamente al exterior. Desde aquí, es el camino más rápido.

—Bien —el guerrero echó otra rápida ojeada por encima de su improvisado parapeto—. ¡Vamos!

Salieron corriendo casi a ciegas, envueltos en el humo y las cenizas de los incendios. Todo parecía ir bien, pero todavía estaban a mitad de camino cuando se toparon de frente con varios soldados que huían a toda prisa desde los muelles, perseguidos por un grupo de skândrin.

—¡Putos dioses! —exclamó el guerrero, mientras intentaba sin éxito hacerse a un lado. En un instante se vio rodeado por un barullo de gritos, golpes y gruñidos procedentes de todas partes. Se giró, buscando al medioelfo entre el caos, pero no estaba por ninguna parte. Un miliciano chocó de pronto contra él; se lo quitó de encima de un empellón y se encontró con la hoja de una espada skândrin descendiendo directamente a su pecho.

Alzó su arma en un movimiento reflejo y consiguió desviar el ataque en el último momento. Los aceros quedaron trabados, y ambos empujaron con fuerza para derribar al otro; entonces el skândrin le estampó contra la cara el escudo de madera que llevaba en la otra mano. Galed cayó de espaldas, con la nariz chorreando sangre, pero en cuanto tocó el suelo el instinto le hizo rodar a un lado justo a tiempo de evitar la hoja de su enemigo, que se estrelló contra el pavimento de piedra a menos de un palmo de su cabeza.

Se levantó de un salto, parpadeando a causa del humo y con la cara llena de sangre. Sin darle respiro, el skândrin se abalanzó inmediatamente sobre él, acosándole con una avalancha de brutales embestidas que Galed rechazó a duras penas mientras retrocedía a ciegas, rezando para no tropezar con nada y para que la hoja de su espada aguantara sin quebrarse. Al cabo de varios golpes comenzó a notar el brazo cada vez más pesado, como si el acero de su arma se hubiera convertido en plomo de repente; no podría aguantar mucho más.

Por fortuna, el skândrin cometió por fin un pequeño error: lanzó un golpe demasiado profundo, buscando directamente el pecho del norteño, pero el guerrero lo vio venir y fintó a un lado en vez de intentar detenerlo. El costado del salvaje quedó desprotegido tan sólo un instante, pero Galed no necesitó más; su espada silbó en el aire y cortó cuero y carne. El salvaje rugió de dolor y se lanzó nuevamente contra el guerrero, pero ahora sus intentos eran más precipitados, ansiosos, y Galed los contrarrestó con facilidad; ahora era él quien llevaba la iniciativa. Amagó con un par de estocadas hacia arriba, y luego lanzó un golpe de revés con ambas manos. El skândrin lo bloqueó con facilidad, pero entonces Galed giró sobre sí mismo hasta colocarse a su espalda y le clavó la hoja hasta la empuñadura. El salvaje se desplomó de golpe, muerto antes de tocar el suelo.

Galed se recostó contra una columna cercana y se concedió un pequeño respiro para recuperar el aliento y evaluar la situación. A su alrededor había varios cuerpos, elfos de la milicia en su mayoría. No se oía a nadie en las inmediaciones; lo más probable es que la Guardia de la Ciudad hubiera dado por perdidos los muelles y se hubieran replegado al interior de la muralla.

No tenía tiempo que perder. Recordó las explicaciones del medioelfo y enseguida localizó la casa de las ventanas rojas entre el humo. Echó a correr, agachado y alerta por si alguien más aparecía de improviso, pero llegó a su destino sin incidentes y dobló por fin la esquina. Se adentró en la solitaria calle a la carrera, y el eco le devolvió el repiqueteo de sus pisadas sobre el pavimento mientras dejaba atrás edificios silenciosos y portales vacíos. Al fondo se veía la muralla exterior, tal y como había dicho Shäl.

Shäl.

El norteño sacudió la cabeza y se detuvo, de pie en medio de la calle, con la respiración entrecortada. Miró hacia atrás, hacia la plaza que acababa de abandonar. Luego se volvió hacia adelante, hacia el final de la calle. Se giró de nuevo hacia la plaza y soltó un bufido.

—Putos dioses —masculló mientras volvía sobre sus pasos a toda prisa.

La plaza seguía tan desierta como cuando la había dejado. Entró pegado a la pared y con todos los sentidos alerta. Hasta donde podía ver, estaba solo. Volvió al punto donde se habían tropezado con los skândrin, el último lugar donde había visto al medioelfo. Después de buscar un rato, lo encontró tirado boca abajo detrás de una carreta.

Se arrodilló junto a él, y la imagen de otro cuerpo, otra emboscada, le vino a la mente. Sacudió la cabeza para alejar los recuerdos; debía concentrarse en lo que tenía entre manos. Volteó al medioelfo y comprobó que todavía respiraba. Aunque le sorprendió, una sensación de alivio le inundó por dentro; esta vez no había llegado demasiado tarde. Sujetó al medioelfo por los hombros y lo zarandeó con fuerza.

—¡Eh! ¡Shäl! —susurró mientras no dejaba de vigilar por si aparecía alguien—. ¡Despierta!

El medioelfo tosió y parpadeó.

—Tenemos que irnos. ¿Cómo te encuentras?

El medioelfo se palpó diferentes partes del cuerpo con cierta incredulidad, mientras intentaba incorporarse.

—Bueno, teniendo en cuenta que sigo vivo… creo bastante bien, amigo.

Galed no pudo reprimir una media sonrisa.

—Estupendo, vámonos de una vez.

Tiró de él hacia arriba y ambos echaron a correr sin perder un instante.

—Por cierto, mi nombre es Galed —dijo el norteño mientras se perdían entre el humo—. Deja de llamarme amigo.
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#54
Buenas, Aljamar,

Pues qué decir, me ha gustado el capítulo y el final queda bordado cuando se acuerda de milagro de Shäl ^^ También me pareció conseguida la manera en que te desenvolviste con la conversación traducida, no es fácil contar algo así sin que parezca pesado.

Sólo he visto una errata: «palabas» en vez de «palabras» en «creer sus palabas o no».

Me ha llamado la atención lo de la lengua de los elfos «seca y monótona», jeje, normalmente justamente es cantarina, me ha hecho gracia el detalle.

Otra cosa, cuando se cuenta la batalla contra el skândrin, me había olvidado de que Galed tenía una espada y he tenido que ir a mirar el capítulo anterior, claro que igual si me lo hubiera leído de seguido me habría acordado, no sé.

Lo único raro que me ha chocado ha sido cuando describes toda la plaza del mercado, que no mencionas en ningún momento que haya más jaulas con esclavos. ¿Normalmente no debería haber?

En general, como digo, la impresión por el momento es muy buena y espero que el próximo capítulo venga pronto Big Grin

Saludos!
Responder
#55
Buenas Kaoseto!

Encantado de leerte una vez más! Me alegro de que te esté gustando la historia, los comentarios siempre animan mucho!

Cita:Me ha llamado la atención lo de la lengua de los elfos «seca y monótona», jeje, normalmente justamente es cantarina, me ha hecho gracia el detalle.
Era justo eso lo que pretendía, quiero huir del estereotipo de elfo alto y rubio... No sé si debería decirlo, porque no quiero influenciar mucho, pero el modelo de elfo de la novela está "inspirado" en la sociedad medieval japonesa... el tipo de espada, la reverencia, la hermandad de los akari... y otros detalles que no creo ni siquiera que salgan en el texto. Sólo es una inspiración, si alguien no se lo imagina así, no pasa nada, en realidad no es relevante para la trama ni nada.

Cita:Lo único raro que me ha chocado ha sido cuando describes toda la plaza del mercado, que no mencionas en ningún momento que haya más jaulas con esclavos
Buen detalle! Lo repasaré y además me has dado una idea para reforzar el momento culminante del capítulo:
Cita:el final queda bordado cuando se acuerda de milagro de Shäl
¿Te gustó¿ Es como que piensa: "Después de lo que me ha ayudado, no voy a ser tan cabrón de dejarlo ahí tirado"  Big Grin  Big Grin  Big Grin

Cita:espero que el próximo capítulo venga pronto
Angel Soy una tortuga escribiendo... Puedo adelantar que en el próximo capítulo dejaremos descansar a Galed y Shäl durante un tiempo...

Un saludo, nos leemos!
Responder
#56
Big Grin 
La historia empieza bien, una trama por ahora interesante que pide a gritos ser continuada. Aún no he tenido tiempo de leerla completa, pero es fácil de leer, aunque confieso que a mi me gustan las historias con buenas descripciones, pero cada autor tiene su estilo y eso no significa que una historia buena deba tenerlas. Te animo a que sigas y ¡a ver con que nos sorprendes! Smile
Responder
#57
Buenas, Aljamar.

Como siempre he disfrutado leyéndote. Contigo no hay lugar para el aburrimiento y si eso lo acompañas con una narración ágil que no descuida el trasfondo de la historia, un mundo variopinto que se va abriendo poco a poco y personajes bien construidos (me gustó mucho la escena de la reunión de los mandamases), todas las pegas que se puedan poner a tu relato son puntuales.  
Pero como hay confianza  poop (si ya sé que cuando una frase empieza así vamos mal  Mf_w00t1) se me han "aparecido" una serie de reflexiones un tanto raras. No sabía si escribírtelas, porque creo que son un poco off topic, pero bueno voy a tirarme a la piscina y si no te ayudan en nada, solo ignóralas. Lo digo porque son puntos de vista bastante (muy) personales.

Tenía muchas ganas de saber si salías airoso del punto más complejo que habías planteado en tu relato según mis paranoias personales. Yo soy casi maníaca en cuanto al tema de engranar las partes del relato para que todo discurra como si los acontecimientos previos desembocaran inevitablemente en lo que se cuenta, aunque sea solo visible en el último momento. Que no se vea nada forzado por la mano del autor, guiando los sucesos y a los personajes hacia donde a él le conviene y no a donde se inclinan de forma natural. (Ojo que estoy diciendo que es un obsesión personal mía, no que yo sea ningún tipo de maestro en ese tema).
Así que para mí era muy importante ver como resolvías el reto de la inminente y aparentemente insoluble liberación de los prisioneros, tras la revelación de que Shäl tenía una de sus premoniciones. Pensé: "¿que c*** se va a sacar de la manga? Se acaba de echar encima un pedrusco descomunal". No había tampoco demasiada historia previa para haber preparado el camino en ese sentido y a mí me parecía muy difícil no caer en esa situación en el típico deus ex machina. Bueno, la sensación que me ha dejado  a mí es agridulce. La deuda del antiguo patrón de Galed con el akari encaja perfectamente, justifica los sucesos con total lógica y no perjudica en nada al relato. Pero tampoco añade, porque es como un champiñón salido de la nada. Es pura casualidad que se hayan cruzado sus caminos.
Es curioso. Cuando leo tus comentarios de que quieres sorprender engordando a un elfo o haciendo su voz ronca, en contraposición al típico elfo de la literatura fantástica (de hecho Tolkeniano 100 %, porque si no recuerdo mal los elfos de la tradición celta original son como diminutos duendecillos), me pregunto (si, hoy estoy inaguantablemente preguntona  Tongue ): "si quiere hacer un elfo tan diferente de un elfo, dejando casi solo el nombre, ¿por qué se empeña en meter un elfo? ¿Por que no crear otra criatura completamente distinta?" Después de todo parece que es eso lo que tienes realmente en mente al inspirarte en los samurais japoneses en cuanto al akari, por ejemplo.
Ya te comenté una vez que a mi me parecía que te empeñabas en sorprender en lo anecdótico, pero el relato en bloque se dirige hacia donde todos ya sabemos que va a ir. Por ejemplo cuando Galed vuelve a buscar a Shäl. Es lo que todos estamos esperando que haga. Lo que nos gustaría que hiciera el héroe, porque nos gustan/necesitamos a los héroes. Y Galed lo hace. ¿Satisfactorio? Muchísimo. ¿Sorprendente? Humm ... No.
Son solo reflexiones que se me han ocurrido, porque parece una pequeña contradicción. Por una parte pareces desear sorprender y por otra construyes un relato de aventuras arquetipo. No es una crítica, porque siempre he pensado que tanto tú como yo escribimos lo que nos gusta leer. Y como ya te dije en una ocasión tu relato es aventura pura y esa es tan buena opción como cualquier otra. Y soy muy consciente de que escribir un buen relato de aventuras no es nada fácil.

A parte de todo esto, estoy deseando leer más. ¿Qué más se le puede pedir a un lector? Y te aseguro que seré sincera. Si me aburro te enterarás.
Responder
#58
Buenas Ana.Rilo

Encantado de que hayas pasado por aquí y hayas dejado tu comentario! Sobre las descripciones, sobre gustos colores, pero es cierto que podría describir mucho más... supongo que me da miedo ir retrasando el desarrollo de la historia (que ya pienso que es lento). Confused

Espero que te animes a leer todos los capítulos y ya me dirás qué tal te van pareciendo! Smile Smile

Saludos y nos leemos!
Responder
#59
Buenas Momo,

Como siempre un placer tenerte por aquí y leer tus comentarios. Tus reflexiones son bienvenidas, como las de todos, así que no te cortes y dame todo lo duro que quieras Big Grin Bash

Sobre la liberación de la jaula, estás totalmente en lo cierto: es un Deux ex Machina de manual Big Grin Big Grin En mi defensa, diré que soltar un Deux ex Machina no siempre está mal, no? Angel Y no es un punto realmente importante de la historia... Lo que buscaba en este capítulo, basicamente, era una situación que creara un vínculo entre Galed y Shal, para justificar que sigan juntos el resto de la historia. De hecho tenía un par de ideas alternativas, pero me parecían peores. Al final se me ocurrió esta, que encaja bastante bien como dices, y después de todo, llega un momento en que tiro hacia adelante con lo que tengo porque si no, nunca acabaría los capítulos...

Además, a riesgo de hacer un pequeño spoiler, diré que aparecerá otro akari más adelante que tiene un papel de cierta relevancia, así que esta escena me sirve para introducirlos y que parezca más natural después.
Por otro lado cuando dices "es pura casualidad que se hayan cruzado" piensa que Shäl había predicho que no serían vendidos. Así que es una casualidad "forzada" por el destino... o quizá por los Dioses, que tienen planes para Galed... quién sabe... no quiero adelantar más.

Luego sobre "mis" elfos... No es que me "empeñe" en sorprender en lo anecdótico... Simplemente me gustó la idea de escribir sobre elfos gordos y con voces roncas, elfos mercenarios... salir un poco del estereotipo del elfo tolkeniano, que por otra también lo han hecho en muchos otros libros. No sé si conoces los libros de la Puerta de la Muerte, por ejemplo. Llámalo un pequeño capricho personal... Y de todas formas no me parecen tan diferentes al elfo "estandar" como para que el lector monte en cólera y cierre el libro de golpe: "No puedo más! Estos elfos no son
elfos en realidad!"

Aparte de toda esta polémica Rolleyes , lamento decirte que vas a encontrar pocas sorpresas de las que te gustan, desde luego no una por capítulo. Hay ciertos momentos en que confío que el desenlace sea inesperado para el lector, pero ya me cuesta bastante hilar todo el berenjenal que tengo entre manos como para empezar a reventar hilos argumentales, jeje. Eso sí, espero que nunca llegues a cansarte!!

Por último, sobre la actitud de Galed (esto va también para Kaoseto, que también lo comentó) creo que no he transmitido bien lo que quería. Creo que parece que se había olvidado de Shal y de repente se acuerda y vuelve, como diciendo "joder, qué fallo, como se me olvida mi amigo?" cuando en realidad tenía pensado dejarle tirado y finalmente se arrepiente en el último momento. Creo que tendré que reescribir esa parte...

Pues nada más, q ya es bastante, no?

Un saludo, nos leemos!
Responder
#60
Nuevo capítulo! Volvemos con nuestra querida Irne que estaba algo abandonada. Esta vez el capítulo está completo, no tiene diferentes escenas en las que pueda cortar, así que espero que no se haga demasiado largo...

Espero vuestras opiniones, como siempre mil gracias!

CAPÍTULO VI

El viento hacía ondear los cabellos de Irne mientras su caballo, veloz como una flecha, volaba sobre el camino levantando una nube de polvo y hojas secas a su paso.

Un poco más atrás, un grupo de cuatro o cinco jinetes espoleaban con insistencia a sus monturas en medio de un estrépito de cascos y entrechocar de piezas metálicas, persiguiéndola. Se encontraban a media milla de distancia, quizá algo más, pero la ventaja de la fugitiva se reducía lentamente.

Le estaban dando alcance.

La terinia miró con nerviosismo hacia atrás y luego a su caballo, que sudaba y echaba espuma por la boca; el animal estaba al límite de su resistencia, no podría mantener el ritmo por mucho más tiempo.

—Vamos, vamos, un poco más —susurró, dirigiéndose a su montura—. Ya casi estamos.

Atravesaban una zona boscosa húmeda y sombría, la vegetación era tan tupida que las copas de los árboles a ambos lados del camino se entrelazaban sobre las cabezas de los jinetes, formando una bóveda natural por la que apenas se filtraba un rayo de luz de vez en cuando. Irne se giró de nuevo. Estaban cada vez más cerca.

Fustigó al caballo mientras intentaba controlar el pánico creciente que se iba extendiendo por su interior. Ya casi estaban.

Conocía bien la ruta: su padre y ella la habían recorrido varias veces cuando, en vez de regresar directamente a Ardarya a través de los pasos montañosos de Teringya, se desviaban hacia Puerto de Fares siguiendo el río hasta su desembocadura para luego embarcar en alguna de las naves que zarpaban a diario rumbo al Norte, bordeando la costa. El viaje era considerablemente más largo, pero su padre tenía conocidos en la colonia élfica y a menudo tenía asuntos que tratar allí.
Había decidido tomar esa ruta porque seguramente a nadie se le ocurriría que pudiera huir en esa dirección, y apenas estaría vigilada. Su apuesta le había salido bien y había llegado a la frontera misma del Imperio sin ningún percance.

Hasta que se había dado de bruces con aquellos jinetes.

La calzada comenzó a describir una amplia curva a la izquierda, y después la espesura se abrió de súbito para dar paso a una gran área despejada iluminada por el sol. Los ojos de la fugitiva brillaron con alegría. Allí, al final de una suave pendiente, se divisaba el río Fares, que discurría en todo ese tramo encajonado por un gran cañón. Sobre él, un viejo puente de madera conectaba ambas riberas. Por fin. Desde allí, Puerto de Fares quedaba a menos de un día de camino. En teoría, la orilla norte quedaba fuera de la jurisdicción del Imperio, pero Irne dudaba de que aquello fuera a detener a sus perseguidores. Confiaba más en el puesto de control que tenía la milicia de la colonia élfica cerca del río.

Estaba ya muy cerca cuando un movimiento en uno de los laterales del puente atrajo su atención. Un soldado, un infante que portaba una pica, se acababa de incorporar, seguramente alertado por el ruido de su caballo, y la miraba con una expresión a medio camino entre la curiosidad y el asombro, que cambió de inmediato al ver el grupo de jinetes que la perseguía. Asió con fuerza la lanza y gritó algo; enseguida surgieron de entre las sombras del bosque tres piqueros más que se colocaron en formación junto a él, bloqueando la entrada del puente.

Irne palideció y tiró de las riendas con brusquedad. El caballo resopló y se encabritó, sorprendido por la súbita parada, pero la joven se mantuvo sobre la silla con pericia. Su mirada se dirigió hacia la otra orilla; una torre achaparrada se erguía sobre un pequeño otero a cierta distancia del río. Era el puesto fronterizo de la milicia. Su función principal consistía en cobrar el tributo de pontazgo, pero eran hombres de armas, al fin y al cabo, si conseguía llegar hasta allí estaría a salvo; aún conservaba la documentación que le había entregado su padre y la guarnición élfica la protegería.

Pero primero debía cruzar el puente.

La joven miró adelante y atrás con desesperación al tiempo que se esforzaba por contener la oleada de pánico amenazaba con inundarla por dentro. Sus perseguidores estaban ya muy cerca, podía sentir el temblor de la tierra bajo los cascos de sus caballos como el eco de un trueno lejano. Por el otro lado, los infantes también habían comenzado a acercarse a ella lentamente. Su mirada buscó la otra orilla una vez más, y unas lágrimas, mezcla de frustración y rabia, asomaron a sus ojos. No había salida, estaba atrapada.

Bajó la vista y de repente se percató de una pequeña senda, apenas una trocha de cazadores, que surgía del camino junto a ella y se perdía serpenteando en el interior del bosque. Una chispa de esperanza prendió en su interior. Podría intentar huir por allí, pero habría de abandonar al caballo, el sendero era demasiado estrecho y estaba lleno de maleza; imposible que el animal pudiera pasar por allí. Respiró hondo, intentando pensar con claridad pese al miedo que la atenazaba. Comenzó a sudar. Quizá el sendero no llevara a ningún sitio. Quizá ni siquiera era un camino, y se terminaba unos pasos más allá. Miró una vez más a los jinetes, y luego de nuevo al sendero. Se trataba de una idea desesperada, pero la situación también lo era. Sin pensárselo dos veces, descabalgó de un salto y se adentró en la espesura a la carrera.

En cuanto atravesó la línea de árboles la penumbra del bosque la envolvió como un pesado manto y una avalancha de sonidos y olores inundó sus sentidos. El invierno se acercaba y la tierra olía a frío y humedad. Se adentró en el bosque, corriendo lo más deprisa posible, pero el sendero era muy estrecho y a cada paso la vegetación se hacía más y más densa, hasta el punto de taparlo por completo en algunos puntos. Multitud de arbustos y raíces la golpeaban; la ropa se le desagarró en varios sitios y una rama le arañó en la cara. Oyó ruidos y voces a su espalda, gritos. Se giró y vio que los jinetes también habían desmontado y la seguían hacia el interior del bosque; estaba claro que no pensaban abandonar tan fácilmente.

Corrió todavía más deprisa, esquivando ramas y matorrales. La senda cambiaba continuamente de dirección sin motivo aparente, y acabó desorientada. Empezó a fatigarse, le costaba respirar y le ardía el pecho, pero aun así no conseguía dejar atrás a sus perseguidores; más bien al contrario, parecían estar cada vez más cerca. De pronto tropezó con una piedra, perdió el equilibrio y cayó al suelo de bruces. Se incorporó con esfuerzo, jadeando y escupiendo tierra. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Tenía que continuar.

Un grito detrás de ella hizo que la sangre se le helara en las venas. La habían visto. Resistió el impulso de girarse y siguió adelante. El trazado era ahora más recto y podía avanzar más rápidamente; incluso algo más adelante parecía que la vegetación se abría. En efecto, al poco el camino desembocó bruscamente en un claro. Irne salió corriendo de la espesura y de pronto se frenó en seco, paralizada. No podía ser cierto. Cayó de rodillas y miró al cielo. Habría gritado de rabia, de frustración, de impotencia, pero no le quedaba aliento.

Ante ella se extendía una pequeña explanada de roca desnuda, completamente plana, como un balcón natural, que sobresalía de lo alto de la pared del cañón. Desde abajo llegaba el estruendo de las impetuosas aguas del Fares en su camino al mar. A su alrededor, flotando en el aire, minúsculas gotitas de espuma relucían como brillantes al sol. No había dónde ir, ni dónde esconderse. Había llegado a un callejón sin salida.

La terinia se volvió de nuevo hacia el bosque pero antes de dar un paso se encontró cara a cara con uno de sus perseguidores. Para su sorpresa, era un elfo. Portaba una sencilla armadura de cuero de diseño bastante peculiar, gastada pero bien conservada, además de protecciones en brazos y piernas; una espada le colgaba del costado y varios cuchillos asomaban por distintas partes de su cuerpo. Aparte de su vestimenta, destacaba por encima de todo su cabeza: tenía el cráneo completamente rapado excepto una franja en el centro, formando una cresta, y a ambos lados de ésta, sobre el cuero cabelludo y descendiendo hacia el cuello, tenía tatuados unos extraños dibujos de espirales. El elfo, que aún no había pronunciado palabra, dio un paso adelante, con sus ojos rasgados fijos en ella.

Irne tragó saliva con dificultad. De repente se le había secado la boca. Aquel elfo desprendía una sensación de peligro tan evidente que un escalofrío le recorrió la espalda de arriba a abajo. Retrocedió poco a poco mientras miraba desesperadamente en todas direcciones intentando encontrar una salida que no existía. El corazón le latía desbocado en el pecho. Con un gesto rápido desenvainó un pequeño cuchillo que llevaba al cinto. Sólo era uno, quizás…

En ese momento otro elfo apareció por el sendero. Luego otro, y otro más. Todos llevaban una armadura similar, un peinado igual de extravagante y los mismos curiosos tatuajes. La joven retrocedió todavía más hasta el mismo borde del precipicio. Miró hacia atrás; ya no podía ir más lejos. Uno de los hombres desenvainó su espada; una hoja larga y finísima que brilló reluciente al sol, pero el que había llegado primero se adelantó y le detuvo con un ademán autoritario, dejando claro que quería ocuparse personalmente de la situación. Lentamente, avanzó hacia Irne solo, sin quitarle los ojos de encima, hasta que quedaron frente a frente. Nadie se movía, nadie hablaba. Se hizo un silencio expectante. En las canciones de los bardos, era en momentos como aquél cuando sucedía algo inesperado que permitía al héroe escapar de sus enemigos; pero no parecía que estuvieran ante una de esas situaciones. El elfo tendió su mano izquierda hacia la chica y pronunció una sola palabra con voz clara, firme. Una voz acostumbrada a ser obedecida.

—Ven.

Irne observó fijamente el brazo del elfo sin decir nada. Sentía colgando de su cuello el cilindro con los documentos que le habían robado al Emperador. Desde que su padre se lo había entregado en los subterráneos del Palacio, aquella noche que parecía tan lejana, no se lo había quitado en ningún momento. Miró hacia abajo. Las aguas del Fares rugían furiosas, estrellándose contra las pulidas paredes de la garganta. Desde donde se encontraba, la caída era de varias veces la altura de un hombre. Era una locura. Si chocaba contra el fondo, moriría; si el agua la golpeaba contra las rocas, moriría; si perdía el sentido y se ahogaba, moriría. La mano seguía extendida frente a ella. No tenía otra opción.

Cerró los ojos y saltó al vacío.
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