This forum uses cookies
This forum makes use of cookies to store your login information if you are registered, and your last visit if you are not. Cookies are small text documents stored on your computer; the cookies set by this forum can only be used on this website and pose no security risk. Cookies on this forum also track the specific topics you have read and when you last read them. Please confirm whether you accept or reject these cookies being set.

A cookie will be stored in your browser regardless of choice to prevent you being asked this question again. You will be able to change your cookie settings at any time using the link in the footer.

Thread Rating:
  • 2 Vote(s) - 3 Average
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
[Fantasía Épica]Los Diarios del Falso Dios
#1
Bueno, habia empezado a compartir mi historia en el anterior foro, asi que la pondre aqui tambien por si a alguien le interesa.
Si se da el extraño caso de que a alguien le guste, aqui puede leer mas: http://www.wattpad.com/story/24869901-devafonte



El mundo prosperará hasta límites inimaginables y la humanidad conquistará cada rincón de Devafonte, sometiendo a la naturaleza a su capricho. Crearán armas terribles que iluminarán los cielos como si de mil soles se tratasen, capaces de arrasar ciudades y de dejar yerma la tierra durante décadas y las usarán contra ellos mismos. Su soberbia, permitirá el retorno del Conquistador.
Los extraños volverán a intentar conquistar el mundo; la guerra regresará y todos los habitantes de Devafonte tendrán que unirse para enfrentarse al final de todo las cosas. Pero no estarán solos, pues un mestizo les guiará y cerrará la puerta a la perdición, usando la sangre del mundo en su empeño. Tras su muerte, ganará la consideración de dios a los ojos de los mortales y se alzarán templos y monumentos dedicados a su figura.
Segunda profecía de los mulianes. En torno al año 5000.

PRÓLOGO
Kashall'Faer, Narvinia, 4 de xunetu del 520 p.F.

El amanecer mostró al solitario jinete su destino.
La ciudad que tenía ante él fue considerada el centro del mundo. Quinientos años antes era una megaurbe con más de cuarenta millones de habitantes, plagada de rascacielos, bloques de apartamentos y fábricas. Pero la Guerra del Fin tan solo dejó los restos de un pasado grandioso, apreciable en su extensión.
Según se acercaba, el jinete quedó impresionado con los esqueletos de los viejos edificios, amedrentado ante la idea de adentrarse en esas calles. Los dragones ventalen lo recibieron con siniestros graznidos desde sus nidos en las alturas, mientras observaban curiosos al hombre que seguía la senda que discurría junto al gran río Nialen.

—¡Mantened el pico cerrado, malditas gaviotas reptilianas! —gritó, obteniendo más graznidos por respuesta.

No tuvo problema para reconocer el camino, muy cuidado y libre de obstáculos. Algo normal, tratándose de la principal vía de acceso a la capital del Reino de Narvinia, aunque era llamativo el escaso tráfico. Algún buhonero solitario y un par de hombres a caballo. El cauce, por el contrario, estaba más transitado. De hecho, observó sorprendido cómo una enorme fragata se libraba por unos pocos metros de golpear con el mástil un antiguo puente semiderruido, lleno de automóviles oxidados, detenidos en un atasco perpetuo.
Tras el susto siguió su camino, intentando ignorar los miles de ojos que lo vigilaban desde el bosque de cemento en el que se había convertido el lugar. «A saber qué clase de criaturas serán los nuevos inquilinos de estos bloques», pensó, espoleando ansioso a su caballo, convencido de que no le recibirían como unos amables vecinos. Mirara donde mirara, fuera de aquella carretera asfaltada, no veía más que cascotes y vegetación exuberante, en la que podía esconderse casi cualquier cosa. Salirse de la senda podía ser peligroso, tanto por las criaturas que le acechaban como por los posibles derrumbes que se podían producir.
Al fin, la carretera desembocó en una amplísima campiña rodeada por la antigua ciudad. Miles de personas, durante quinientos años, se habían afanado en limpiar aquel vasto círculo. Las granjas, de las que se alimentaban los actuales habitantes, ocupaban casi todo el terreno, alrededor de la población situada en el centro de aquella cuenca artificial.
Estaba construida en su mayor parte con materiales de deshecho, en especial la muralla, mezcla de hormigón y parches de chapa, sobre la que sobresalían los tejados de casas que no sobrepasaban los dos pisos. No obstante, esta era la sede de uno de los ejércitos más poderosos del mundo, y de su armada, a la que se podía ver atracada en el abarrotado río; no tenía rival, ni en el mar ni en el aire. «Bueno, tal vez la Armada de Mavaziri», pensó preocupado, «razón de más para cerrar este trato por lo que pueda pasar. Es preferible estar del lado de los más fuertes».
El embozado jinete comprobó que las puertas estaban abiertas, custodiadas por un par de guardias desganados que se limitaron a bostezar cuando pasó. El país llevaba dos años en paz y no esperaban que apareciese ninguna clase de amenaza en el horizonte; desde luego no antes de que los vigías de las ruinas dieran la alarma. «Espero que los vigías sean mas abnegados en el desempeño de sus funciones».
La ciudad despertaba a un nuevo día. Sus habitantes iban de aquí para allá, iniciando su jornada de trabajo, por lo que redujo el ritmo para evitar un accidente entre tanto movimiento. Tras veinte minutos dando vueltas, tuvo que detenerse angustiado. La similitud de las calles le agobiaba, haciendo que se sintiese atrapado en un laberinto de paredes de hormigón y techos de pizarra. Se alzó desesperado sobre la montura en busca de alguna referencia; le costó, pero tras un rato oteando, consiguió atisvar un sombrío torreón. Los nubarrones que se acumulaban tras él lo difuminaban, pero una bandera roja que ondeaba en lo más alto, llamó su atención. No necesitaba verla de cerca para reconocerla: campo rojo, una calavera astada negra, acompañada por el dragón verde de Narvinia en la esquina superior derecha. «Ahí estaba el Castillo Kholler», con su objetivo localizado, reemprendió la marcha más tranquilo.

—Hablan de movimiento de tropas —oyó que comentaba un hombre con aspecto de mercenario que caminaba a su lado.
—El país aún no se ha recuperado de la guerra contra el Imperio —le respondió su compañero.
—¿Has olvidado por qué venimos aquí? En Narvinia, siempre hay guerra. Y con la guerra, vendrá el dinero.

Los dejó atrás y continuó su camino hasta dar con una gran plaza, a la sombra de los negros muros del castillo. Junto a ellos, en un lateral de la explanada, se erguía el campanario de la Catedral del Renacer, sede de la religión arzonita, el credo más extendido y con más adeptos del continente de Geadia, cuya deidad principal era Arzon. Según sus creencias, velaba desde el Firmamento por todos los seres del mundo, combatiendo contra Fin y sacrificándose por ellos durante toda la eternidad.
«Mira a tu alrededor», buscaba argumentos que le reafirmasen en su determinación, «la realidad es que si cuida de alguien, solo lo hace de los más fuertes». A mitad de la explanada se vio obligado a detener la marcha. Un grupo de seres pequeños, que hubiera tomado por niños si no fuese por sus orejas puntiagudas, correteaban por la zona gritando, saltando y empujando, perseguidos por unos guardias desbordados. Cada vez que atrapaban uno lo encerraban en un carro enrejado en el que ya brincaban una docena de trasgos, que es como se conocía a estas criaturas. Su afán por divertirse les llevaba a cometer un sinfín de travesuras que, en ocasiones, desencadenaban funestos accidentes. Tenían la consideración de plaga para la mayoría de autoridades y por ello se empleaban a fondo en su control. Cuando llenasen el carro, lo abandonarían en algún descampado lo más alejado posible, totalmente cerrado, y dejarían que la naturaleza siguiese su curso. Lo curioso era la tendencia de los pequeños por volver a reaparecer por la ciudad. «Con lo fácil que sería pasarlos a cuchillo…», pensó con una mueca de asco bajo el embozo.
Pasó unos largos minutos viendo a los guardias rodar por el suelo, tropezando entre ellos y con los transeúntes y, si tenían suerte, como atrapaban a uno de los escurridizos trasgos y lo arrastraban con esfuerzo hasta el carro, siempre que no volviese a escurrirse entre sus manos. Pudo continuar su camino gracias a que la cómica persecución se desplazó hacia una calle aledaña. El Castillo Kholler le aguardaba. «Espero que la información que traigo me abra sus puertas...», una explosión, proveniente de la dirección en la que se habían ido los trasgos, interrumpió sus cávalas.
Enlace a mí primera obra completa: Los Diarios del Falso Dios
Reply
#2
1. EL FÍN DEL HASTÍO
Kashall'Faer, Narvinia, 4 de xunetu del 520 p.F.

La llegada del extraño visitante causó un gran revuelo en el Castillo Kholler. Debido a ello, aunque aún no lo sabía, un hombre avanzaba con paso decidido por los pasillos. No le hacía gracia tener que acudir ante la presencia del Rey a horas tan intempestivas. Sin embargo, el mensaje que le acababan de entregar no dejaba lugar a dudas sobre la urgencia del requerimiento.
Las noticias se habían propagado por todo el recinto, inundando cada rincón con el ruido de la actividad frenética de los sirvientes. Ello le producía una leve excitación, pues notaba que se avecinaban cambios. Esperaba recibir al fin una orden, cualquier tipo de misión, algo que le permitiera abandonar esa ciudad que le provocaba un profundo... hastío. «Esa es la palabra. Dos años de hastío compartiendo techo con un viejo demente y caprichoso». Mientras pensaba en ello, se detuvo delante de un espejo y pasó revista a su imagen. Con las prisas solo había tenido el tiempo justo para ponerse una camisa y unos pantalones. Sin la armadura y la espada se sentía desnudo. Se arregló el pelo, cortado a cepillo y salpicado por alguna cana y, tras comprobar que no quedaban mechones rebeldes, continúo su camino apresuradamente, pues el Rey no era famoso por ser hombre paciente. «Seguro que lo único que quiere es que saque a los caballeros a desfilar durante el próximo festival», reflexionó, esperanzado ante la posibilidad de volver a la acción; no descartaba que su padre le hubiese llamado para torturarle con otra tediosa lección de diplomacia y, lo que él llamaba, "ejemplos de buen gobierno". «Y total, ¿para qué? Gobernar mediante el miedo como él hace no es tan complicado».
Al acercarse a las puertas del salón del trono, los guardias que las flanqueaban se cuadraron ante la llegada del General de los Caballeros Tenues y Príncipe de Narvinia, Keinfor Kholler'ar; un nombre que solo con pronunciarse en voz alta, haría echarse a temblar incluso a monarcas. Tal era la fama del soldado más condecorado del país. Las leyendas siempre le precedían: historias de como vencía en solitario a más de mil hombres o de como hundía una flota completa con solo agitar su espada en el aire. Como él mismo solía decir, eran exageraciones, «no podía haber más de setencientos soldados».
Al acercarse a la puerta el heraldo, un joven al que no había visto en la vida, se dobló en una profunda reverencia y entró para anunciar su presencia. Tras una breve espera, salió y se hizo a un lado permitiéndole el paso.
Ya en el interior, encontró a su padre, un anciano de larga melena y barba descuidada blanca como la nieve, sentado en el trono. Atravesó con la mirada a Keinfor mientras se acercaba. Al cambiar de postura para recibirle, produjo un roce metálico. Pese a su avanzada edad y el aspecto débil, llevaba oculta bajo la túnica una armadura completa. «Es como si no se hubiese movido del sitio desde ayer», debe de dormir con ella puesta. «Diría que la edad le está volviendo un paranoico». Entonces llamó su atención un extraño personaje en el que apenas había reparado, que se dirigía a su padre postrado ante él. Ocultaba su rostro tras una capucha negra, del mismo color que sus ropajes, de lana pero gastados y ajados por el tiempo. «Los modos parecen de alta cuna, pero esas vestimentas han vivido una epoca mejor», fue la impresión de Keinfor. Empleaba un tono bajo, casi un susurro, mientras su interlocutor se limitaba a asentir ausente. No pudo entender sus palabras hasta que no estuvo a pocos pasos.

—...es él. No tengáis duda. Y estará allí, os lo aseguro. —Su padre le pidió con la mano que esperase para no interrumpir.
—Será fácil de comprobar. En lo que se refiere a tu recompensa, me parece justo lo que pides. En cuanto corroboremos que lo que afirmas es cierto, me encargaré de que se atienda tu petición —respondió el anciano Vermin II, Rey de Narvinia y una de las personas más poderosas de toda Geadia.
—Muchas gracias, su majestad —contestó el jinete, entre un sinfín de reverencias, al tiempo que se retiraba, consciente de que había sido regiamente despachado. «Me he vendido», pensó una vez fuera, «espero que valga la pena».

Ya solos, el rey dirigió a Keinfor una sonrisa sardónica y habló con un tono que destilaba cinismo:

—Buenos días, hijo mío. Espero que no te hayan despertado. Para un soldado es importante estar descansado. —Vermin era consciente de que Keinfor estaba harto de la inactividad y el dardo dio en hueso.
—Llevo bastantes meses descansando —respondió molesto. La curiosidad lo corroía, pero no iba a darle a su padre el placer de descubrirlo—. Por lo que espero que tanta urgencia esté justificada. El mensajero ha despertado a tu nieta —añadió con aire casual.
—No me vengas con ñoñerías de ama de casa —espetó con desprecio. «Ya estamos otra vez. Pues me lo vas a tener que preguntar. Tiremos un poco más de ese hilo», rió Vermin para sus adentros—. Esa chiquilla algún día, cuando tú ocupes mi lugar, ocupará el tuyo. Ya va siendo hora de que empiece a comportarse como lo que es, no como si fuese una niña mimada de la edad antigua. Cuando dirija los ejércitos de Narvinia no podrá dormir hasta el mediodía, necesita disciplina. Y hablando de eso, deberías ir pensando en su ingreso en la Academia de los Caballeros, antes de que esa sirvienta que te tiene encandilado llene su cabeza de historias de princesitas y bailes.
—¿Quién era ese hombre? —dijo Keinfor, apretando los puños.

«Que rápido se ha rendido», pensó Vermin, no sin cierta decepción. Discutir con su hijo era uno de los últimos placeres que le quedaban.

—Eso carece de interés —atajó Vermin—. Lo que de verdad importa es la información que trae. Al parecer hemos localizado a esa persona...
—¿Sallen? —pronunciar ese nombre le provocó un escozor en la cicatriz que le atravesaba el vientre; una herida infligida seis años atrás. Su rivalidad había durado décadas y que en su último encuentro le perdonase la vida era una mancha en su orgullo que no conseguía dejar atras.
—El mismo —dijo poniéndose en pie con un gruñido. Keinfor se vio obligado a ofrecerle apoyo para que llegara hasta una mesa lateral en la que estaba servido el desayuno. La vitalidad que desprendía no desmentía el hecho de que su cuerpo ya no era joven. Una vez sentado, continuó—: Según parece, se encuentra en las estribaciones del este de Estoria, en una pequeña aldea llamada Norden. Labriegos, comerciantes y algún cazador de demonios de su ejército personal; nada especialmente complicado. Por eso quiero que te ocupes tú —mientras hablaba, iba llenando su plato de frutas y bollos.
—Si fuese tan sencillo no me lo ordenarías a mí —dijo Keinfor, altivo—. Esa incursión en Estoria supone una violación del Tratado de Vesteria. Nos declararán la guerra. Y entiéndeme, no es que no tenga ganas de luchar, pero ¿estamos en condiciones? ¿No intervendrá el Imperio Septentrional?
—Lo dudo. Nunca tuvieron demasiado interés en prolongar la última guerra, y la escasez de arcanita que sufren no hace pensar que tengan ganas de empezar otro conflicto. No —hablaba con la boca llena, escupiendo parte de lo que ingería en el proceso—. No se arriesgarán a otra guerra de diez años para salvar a un puñado de castrenses. —Hizo una pausa para tragar y siguió—: ¿Sabes cómo nos llaman? ¡Bárbaros! Llevan milenios hablando la lengua que les impusimos y nosotros somos unos bárbaros. Puf —bufó cada vez más encendido, subiendo poco a poco el tono—. Ve a ese pueblucho de mala muerte, encuentra a ese hombre, mátalo; a él y a su familia. Siempre que la información sea veraz y es cierto que están ahí. Recuerda que son los únicos que ponen en peligro nuestro linaje. Termina de una maldita vez lo que empezó mi tatarabuelo y yo no pude acabar.
—Padre, en quinientos años ninguno de ellos ha hecho valer su derecho al trono. Simplemente se esconden y de vez en cuando tenemos noticias de que han asesinado un demonio aquí o allá. ¿De verdad valen tanto como para iniciar otra guerra? Y si es así, ¿qué hacemos con los Estorios? Y si al final la información resulta ser falsa, ¿habremos iniciado el conflicto en vano?
—Preguntas y más preguntas. ¿No habrá un general que se limite simplemente a cumplir órdenes? —Tragó de nuevo y, tras limpiarse con una servilleta, cambió a un tono condescendiente—. Escucha, todos nuestros planes dependen de que no falles en esto. Evita que ningún ciudadano escape, mátalos si es necesario. Usaremos esa aldeucha como puente para invadir Estoria. Si no se esconden allí, atacaremos de todas formas, pero no olvides nuestras prioridades. Nuestra nación recuperará el esplendor del pasado. ¿No te das cuenta de que esta es la oportunidad que hemos estado esperando todos estos años? No podemos dejarla pasar. Pondré a la octava división bajo tu mando, y dentro de tres días llegarán a tu posición la cuarta y la sexta. Ahora puedes irte, querrás despedirte de tu hija. —Y, dando por zanjado el debate, centró toda su atención en el plato.
—A sus órdenes, Majestad —dijo Keinfor tras un corto silencio, arrastrando la última palabra. Hizo una leve reverencia y abandonó la sala.

***

Horas más tarde se desató una actividad frenética en el aeródromo de la ciudad. La instalación, construida fuera de las murallas, junto al río, era un importante punto de comercio, tanto fluvial, como aéreo, pues se trataba de un puerto en el que podían amerizar los pocos barcos voladores que aún existían. La mayoría pertenecían a algún ejército, pero existía un número cada vez más abundante de impresionantes mercantes y lujosos cruceros de pasajeros que solían recalar en la ciudad.
El río Nialen era el curso fluvial más importante del continente, recorriendo buena parte de la zona central de Geadia, y elegido como lugar de asentamiento de numerosas poblaciones a lo largo de la historia. Con un ancho de dos kilómetros y calado profundo, el río permitía la presencia de un tráfico abundante, tanto aéreo como fluvial, pues además era navegable hasta el lejano mar. En la orilla se había construido un gran dique que se extendía a lo largo de tres kilómetros del que surgían más de doscientos embarcaderos de madera. Número insuficiente, pues muchos barcos se habían visto obligados a atracar en el centro del río.
«He esperado seis años este día, no es momento de dudas», pensaba Keinfor observando el bullicio desde la cubierta del Mirmidón, el orgullo de la marina; un enorme buque de guerra volador, de madera oscura, con ochenta metros de largo, equipado con más de cien cañones y capacidad para transportar a quinientos soldados y sus enseres. Las hélices tenían dos veces la altura de un hombre, y repartidas por los laterales del barco había treinta de estas, tres en cada uno de sus diez rotores accionados por la energía de la arcanita.
«De nuevo habrá niños. Siempre hay niños, ancianos, enfermos... Y el que tiene que cargar con sus muertes en la conciencia siempre soy yo». A través de las portillas de la cubierta inferior, veía cómo subían artillería, caballos y soldados regulares. A esas fuerzas debía sumarle un grupo de cincuenta Caballeros Tenues, hombres y mujeres entrenados desde su infancia en el arte del combate Vestigial, la vanguardia del ejército. «La pregunta es, ¿cuántos pecados más puedo acumular en su nombre?»

—General... —El capitán del Mirmidón se acercó y tras saludar, esperó en un respetuoso silencio a que Keinfor le diera la orden pertinente. Éste aguardó unos minutos, mientras subían los últimos soldados y cerraban las portillas. «No puedo tener dudas. Ahora no. Solo órdenes. Venganza. Y el fin del hastío. Sobretodo eso».
—Despeguemos. Rumbo Noroeste, a Estoria. Buscamos una aldea llamada Norden.
Enlace a mí primera obra completa: Los Diarios del Falso Dios
Reply
#3
2. ÚLTIMO DIA DE INFANCIA
Norden, Estoria, 8 de Xunetu del 520 p.F.

Árzak Kholler'ar escrutó el cielo, intrigado. A sus doce años ya era un cazador experimentado, y había recorrido estos bosques infinidad de veces, pero nunca había visto nada parecido al objeto que atraía su atención.

—¿Qué es aquello? —preguntó señalando al cielo.

Llevaban toda la mañana en busca de una presa, sin suerte alguna. Casi se había dado por vencido, cuando una silueta, que se recortaba ante las nubes, llamó su atención. No se apreciaba ningún detalle dada la distancia; lo único, un objeto de forma alargada con dos grandes extensiones a los lados similares a alas.

—Desde luego no se parece a un pájaro —el que habló fué Aubert Redion'ar, su mejor amigo desde que le alcanzaba la memoria.

Eran como dos caras de la misma moneda; Árzak, digno descendiente de las tribus castrenses: de pelo y ojos castaños y un cuerpo extraordinariamente musculoso para ser un infante; Aubert, por contra, destacaba en todo el pueblo por su altura y cabello rubio; incluso las malas lenguas hacían referencia a una posible ascendencia sírdica, algo que le sacaba de quicio.

—Al menos ninguno que conozca —continuó Aubert —. ¿Un dragón tal vez?
—Parece grande para ser un ventalen, y nunca he oído nada de grandes voladores en estas tierras. —Árzak se subió a un tocón cercano y haciendo visera con la mano entrecerró los ojos para forzar la vista—. Pensarás que estoy loco, pero diría que es una persona con una especie de... alas.
—Nunca he oído hablar de personas con la habilidad de volar... —se burló Aubert en un tono petulante que era habitual en él. Pertenecía a una familia noble venida a menos y sentía un desmedido orgullo por ello—. ¿Un nerb?
—Nunca he visto un nerb, pero según he oído, ellos tienen una membrana entre los brazos y no alas. —El extraño ser desapareció al rebasar las montañas, así que Árzak se bajó del tocón y centró su atención en el claro—. Sea lo que sea, se ha ido.
—¿Qué diantres haces? —preguntó Aubert al ver a su compañero sentarse.
—¿Diantres? —dijo Árzak con tono burlón—. Au..., ya nadie habla así.
—Yo sí —respondió el otro, picado—. ¿Pero por qué te sientas? Estamos lejos de casa.
—Es un buen sitio para comer. No hemos encontrado ni un triste conejo que cazar en toda la mañana y empiezo a estar cansado. Además tengo hambre —mientras hablaba, el chico apoyó la mochila en el regazo y empezó a rebuscar en ella.
—Esto nos pasa por confiar en tus dotes de rastreador —dijo Aubert imitándole—. Je. Pan y cecina. De nuevo.
—Ten. Me lo dio la vieja Greta. —Árzak le tendió un bollo de canela mientras empezaba a comer otro.
—Como no —dijo Aubert al tiempo que cogía el dulce—. Al niño favorito del pueblo le regalan bollos.
—Desde luego no soy el favorito de todo el mundo —rió Árzak mientras le guiñaba un ojo socarrón.
—¿De qué hablas? —preguntó Aubert sin dar crédito a lo que oía. A la gente no le gustaba ese niño. El pequeño cínico le llamaban; y él lo sabía muy bien.
—Freide, me ha preguntado por ti —canturreó Árzak conteniendo la risa. Aubert se limitó a resoplar con desdén—. ¿No quieres saber qué me ha dicho? Es la chica más guapa del pueblo.
—Hay jinetes en el camino —dijo Aubert contento de ver aparecer algo que le permitiese cambiar de tema.

El claro en el que se encontraban estaba en una pequeña colina que emergía sobre la arboleda. Desde su posición podía ver la senda a unos doscientos metros, y por ella avanzaba con calma varios hombres.

—Es posible que sean tu padre y los cazadores —continuó Aubert tras dar cuenta del bollo.
—¡Vamos! —dijo Árzak, recogiendo sus cosas rápidamente, antes de lanzarse a la carrera hacia ellos seguido por su compañero.

Atravesaron el bosque y justo cuando se adentraban en la carretera , vieron aparecer al padre de Árzak al frente de unos pocos cazadores. Habían salido dos días atrás, en busca de un enorme cuélebre que atacó a unos viajeros, y regresaban visiblemente cansados.

—¿Qué hacéis aquí? —le dijo su padre cuando estuvo suficientemente cerca.

Sallen Kholler'ar era un hombre de mediana edad, que había pasado su vida viajando por el mundo, cazando demonios. Árzak solo lo veía durante pequeños periodos de tiempo en los que se dejaba caer por el pueblo, según él, para descansar y disfrutar de la familia. Sin embargo, cuando le pidieron ayuda para capturar un dragón, no pudo evitar coger sus cosas y partir a la caza del monstruo ese mismo día. Para variar, esta vez no viajó solo, pues le acompañaban los dos mejores cazadores del pueblo: Prien y Leth Llaren'ar.
Ambos se encargaban de proveer al pueblo de carne cuando no estaba Sallen, algo que ocurría muy a menudo, y eran famosos en toda la comarca por cobrarse las piezas más peligrosas y grandes de los bosques de Estoria.
Junto a ellos iba la mano derecha de Sallen, Mientel Nent'ar: un antiguo oficial sajano. Durante años cumplió las órdenes del dictador que regía Sajania sin cuestionarse nada, hasta que un día se negó, alegando motivos de conciencia. Fue declarado traidor por un tribunal militar y condenado a muerte. Sallen se encontraba por casualidad en la ciudad tras la pista de un demonio. Sin tan siquiera saber de qué se le acusaba, no pudo evitar salvar al reo interrumpiendo su ejecución pública. Pelearon hombro con hombro y se abrieron paso a traves de la ciudad, hasta lograr escapar. Aquello les unió, y desde ese día se convirtieron en grandes amigos.

—Árzak —dijo Sallen deteniendo el caballo frente a su hijo—, te he dicho mil veces que no salgas del valle. Sabes que nos buscan.
—Sí, padre. Y también sé que no tengo que decir a nadie que me apellido Kholler —respondió el chico con una sonrisa inocente en la cara.
—Pues acabas de decirlo, mocoso —dijo Prien con frialdad mientras pasaba a su lado y seguía camino.

Prien debía rondar los cuarenta años y vestía a la manera castrense: las pieles de distintos animales conformaban una túnica multicolor. Combinada con una poblada barba gris atada en una trenza y su larga melena blanca suelta al viento, tenía el aspecto de un hombre de las cavernas. Eso y su hosquedad le convertían en el objeto de muchas pesadillas del muchacho.

—Deja al crío en paz —dijo Leth siguiendo a su hermano, no sin dedicar una sonrisa conciliadora a Árzak.

Más joven que Prien y de carácter jovial, Leth era uno de sus adultos favoritos. Vestía a la moda de la época, con ropa de cuero oscuro. Ataba su oscuro cabello en una larga coleta de la que se sentía muy orgulloso y debía ser de los pocos castrenses que había descubierto la existencia de las cuchillas de afeitar.

—¿Has leído Nociones básicas sobre el Vestigio como te pedí? —el que preguntaba era Mientel, que se había detenido con Sallen junto a los muchachos.

El sajano asumió el papel de tutor de Árzak desde que éste naciera. Siempre se preocupó por la educación del chico y demostró ser un estupendo estudiante. Continuamente se veía sorprendido por sus acertadas conclusiones a cualquier problema que le planteaba. El niño adoraba la lectura, y muy pronto empezó a manejar volúmenes avanzados para su edad. Además también le instruyó en las artes marciales, consciente de que siendo hijo de quien era, no tardaría en llegar el día en que las necesitase para defenderse.

—Sí, Mientel —dijo Árzak tras lanzar un hondo suspiro de tedio—. Desde luego no ha sido el mejor libro que he leído en mi vida, pero lo terminé anoche.
—Perfecto —asintió Mientel satisfecho—. Necesitas conocer los conceptos básicos si queremos desarrollar totalmente tus habilidades.
—Lo hemos intentado mil veces —protestó Árzak molesto como cada vez que le sacaban ese tema—, yo no sé usar técnicas vestigiales y leer un aburrido libro sobre el tema no creo que ayude.
—Está bien, no te preocupes, hablaremos de ello durante la cena —interrumpió Sallen con tono amable.

La aparición en un recodo del camino del carro que transportaba los restos del cuélebre le permitió cambiar de tema.

—Hoy comeremos lagarto —dijo Sallen viendo la expectación que causó en los críos—. Y probablemente mañana y pasado también.

El hombre rompió a reír, contagiando a los niños, que se lanzaron a curiosear en el interior del carro.

—Guau. Es gigante, papá —dijo Árzak muy impresionado.

Era la primera vez que veía un cuélebre de una pieza. Más grande que un caballo, se asemejaba a una enorme lagartija verde, si no fuera por la ristra de cuernos que decoraban su testa.

—¿Os costó mucho cazarlo? —preguntó Aubert fascinado.

Sallen antes de contestar ofreció la mano a su hijo para ayudarle a montar a su espalda y Mientel hizo otro tanto con Aubert.

—A decir verdad lo difícil fue encontrarlo —se rió Sallen una vez que estaban en marcha—. ¿No es así, Mientel?
—Árzak debería saberlo —dijo Mientel sin querer dejar pasar la oportunidad de dar una lección a su alumno—. Ya hemos hablado de ello. ¿Qué recuerdas de los cuélebres?
—Déjame pensar... —musitó Árzak tratando de hacer memoria. Mientel intentaba enseñarle todo lo necesario para sobrevivir en el mundo. Lo que incluía el conocimiento de las costumbres de todas las criaturas peligrosas que habitaban Geadia y los otros continentes—. ¿Eran esos inteligentes pero que no sabían hablar?
—Muy bien —dijo Mientel ignorando la mirada de orgullo paterno de Sallen—. A diferencia de otros dragones, los cuélebres no tienen el don del habla. No obstante, su inteligencia les hace muy peligrosos. ¿Por qué?
—Eeeee..., no..., no consigo recordarlo...
—Crean estrategias. —Ahora el que sentía un orgullo desmedido era Aubert, al ver que sabía algo que su amigo, el inteligente del dúo, no.
—Muy bien joven Redion´ar —dijo Mientel—. Se ve que todas esas asistencias de oyente a mis clases te han servido de algo. Hay otra cosa que tener en cuenta de los cuélebres... y de todo los dragones en general.
—Usan técnicas vestigiales de forma natural —se apresuró a responder Árzak, dedicándole una sonrisa de autosuficiencia a su amigo, a la que éste respondió con una mueca, antes de que ambos estallasen en carcajadas.
—Está bien, chicos —dijo Sallen deteniendo la montura al ver los límites del pueblo.

Norden era una pequeña aldea emplazada en el centro de un valle rodeado de imponentes montañas, que servían de frontera natural con la vecina Narvinia. La zona estaba cubierta por un denso manto de bosque caducifolio, que a esas alturas del verano resplandecía exuberante. Un riachuelo atravesaba la ciudad siguiendo el valle, haciendo girar a su paso la rueda del molino que recibía a los visitantes que llegaban por el camino del este.
Cruzaron un pequeño puente sin parapetos, en fila india. Al otro lado las casas de piedra se sucedían, ubicadas de forma aleatoria sin un patrón fijo, dependiendo de la cantidad de terreno para trabajar que necesitase su propietario. Destacando por encima de todas las edificaciones se veían dos enormes mansiones, cada una a un lado del pueblo; la del sur tenía un aspecto más descuidado, aunque en otros tiempos debió ser impresionante. Se trataba de la casa de los Redion, la familia de Aubert. Nobles narvinios que habían perdido todo, y llegaron a la región varias generaciones atrás. La familia Kholler, propietaria de la otra mansión, les aceptó sin dudarlo en estas tierras, solo con la única condición impuesta a todos los habitantes de preservar el anonimato de su apellido.

—Árzak, ¿te importa ir donde Gruluz y comprar un poco de arcanita? —preguntó Sallen ayudando a su hijo a desmontar.
—Sin problema...
—¡Sallen! —interrumpió Mientel al chico, señalando un punto concreto del cielo—. Rastreador.
—Es el mismo ser que vimos hace un rato —dijo Aubert desmontando.
—¿Lo vísteis antes? —preguntó Sallen—. ¿Iba solo?
—Sí —dijo Árzak—. Sobrevoló un rato el este del valle y luego cruzó las montañas. Pero, ¿qué es?
—Espero que nada importante —afirmo Sallen tras lanzar una mirada extraña a Mientel, a lo que el otro se limitó a asentir. Árzak los vio y miró a su padre preocupado—. No es la primera vez que sobrevuelan el valle. Árzak, por favor, haz lo que te he pedido, pero no te entretengas. Y tú, Aubert, será mejor que vuelvas a casa.

Dicho esto, espolearon sus caballos y se fueron hacia la mansión.
Otra vez solos, los chicos decidieron ir juntos hasta la tienda de Gruluz.
El propietario era un grez, una especie antropomorfa, cuya piel y órganos estaban hechos de roca. Tenía un tamaño muy variable: algunos eran grandes como casas y otros pequeños como ratones. Esta cualidad, así como el número y forma de sus apéndices o las habilidades de las que disponían, dependían de la tarea que nacían para realizar en la colonia.
Gruluz en concreto, pertenecía a un subgrupo conocido como los errantes. De corta estatura, en torno al metro cincuenta, destacaban entre todos los grezs por ser los únicos que utilizaban herramientas, gracias a que tenían dos manos con pulgares oponibles y un aparato fonador similar al del resto de razas inteligentes. Esto era una peculiaridad destacada, pues los grezs de otras castas solo usaban su propia lengua. Cuando empezaron a comerciar con otros pueblos, los errantes surgieron como una evolución necesaria para facilitar las transacciones comerciales.
Dado que los grezs solían vivir bajo tierra, la tienda estaba excavada en la roca de un pequeño farallón que atravesaba parte del pueblo. Un cobertizo hacía las veces de entrada y establecimiento. Árzak se despidió de Aubert al llegar y entró.

—Buenas tardes, Gruluz —dijo Árzak con familiaridad.

La habitación era pequeña y había poco mobiliario: un mostrador plegable y unas pocas estanterías llenas de lingotes de distintos minerales. Al fondo, una trampilla daba acceso a la gruta en la que vivía el tendero.

—Hola chico —la voz del grez era muy profunda y resultaba difícil interpretar su estado de ánimo en esa cara de roca carente de músculos faciales. Sin embargo, se trataban de criaturas muy afables, terribles al enfadarse, aunque era complicado llegar a verles en ese estado—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Otro experimento con magnetita? Hace un par de días me llegó un poco.
—No... Aquello fue divertido, pero hoy me manda mi padre a por arcanita.
—Los humanos dependéis demasiado del oro verde. —Mientras hablaba rebuscaba entre los estantes, hasta que dio con un pequeño lingote del tamaño de su puño—. Cada vez es más escaso y al precio con el que sale esto de Grezlandia, el día en que el dinero de todos los bancos de Jagúa esté bajo tierra en nuestras ciudades está cada vez más cerca.
—Yo solo te puedo dar 50 drekegs —dijo Árzak con una mueca sardónica en la cara mientras ponía el dinero en el mostrador—. Aunque mi madre suele decir que pretendes ser el habitante más rico del pueblo.
—Aquí seré el más rico, pero si volviese a mi tierra con este dinero no tendría ni para sobrevivir un par de meses. Brsggggzzdel —el grez dijo esto último en su idioma. Cada vez que Árzak intentaba describirlo, solo le venía a la cabeza una ocasión, un par de años antes, en la que llegó al pueblo un viejo buscador de oro. El chico dedicó muchas horas a acompañar al extranjero en su periplo por el río. El sonido de las piedras rebotando y chocando entre sí en el fondo de la batea de aquel hombre, era lo más parecido al ruido que salía de la garganta del grez—. O como decís vosotros, “el dinero tiene el valor de lo que puedas comprar con él”.
—Lo siento Gruluz, pero mi padre me espera. —El chico cogió el lingote, encantado de poder escapar de allí, y se dirigió a la salida—. ¡Hasta otra!
— ¡Hasta otra chaval! —gritó Gruluz a la puerta.

Árzak puso rumbo a casa pero se detuvo en seco al reparar en algo extraño. En el cielo del este flotaba un objeto oscuro. Al fijarse más detenidamente, comprobó que se acercaba. En pocos minutos pudo distinguir, al igual que un cada vez mayor número de curiosos, la forma de un enorme buque de guerra. El extraño hombre pájaro, al que Mientel había llamado rastreador, volaba en dirección al barco. La situación no le gustaba, casi todos los vecinos habían detenido sus quehaceres y lo miraban con preocupación, formando corrillos e incluso alguno se fue corriendo a su casa. Árzak recordando la actitud de su padre antes de irse, echó a correr frenéticamente hacia la mansión. Por el camino empujó a varias personas que le gritaron algo, pero no les prestó atención.
El barco estaba ya lo bastante cerca como para oír el ruido que producían sus motores cuando enfiló la calle que llevaba a la propiedad de los Kholler. Esprintó para salvar los últimos metros, no sin lanzar una ojeada al destructor volador que ya cubría buena parte del horizonte, arrojando una oscura sombra sobre Norden.
Cuando unas pocas zancadas le separaban de la verja, un fogonazo surgió de un lateral del buque, acompañado de un estruendo que hizo vibrar el suelo. Árzak se quedó paralizado. Oía un zumbido cada vez más intenso, que terminó con una explosión a pocos metros delante de él. La onda expansiva le lanzó por los aires y aterrizó con un terrible golpe en un huerto cercano. Confuso y aturdido no podía ver lo que pasaba al otro lado del murete que acababa de sobrevolar. Solo oía gritos y más explosiones, hasta que finalmente, tras intentar incorporarse sin exito un par de veces, se desvaneció.

***

Al recuperar la consciencia su vista estaba borrosa, pero aún así diferenció una cara barbilampiña que le resultó familiar.

—Ya se ha despertado, Mientel —dijo alguien que sólo podía ser Leth, aunque el tono abatido dificultó al chico reconocerlo.

Árzak parpadeó hasta ver con claridad. El cazador estaba cubierto de sangre, llevaba su arco en la mano y en el carcaj no le quedaban más que un par de flechas. Tras él, de pie y vigilando la situación a su alrededor, estaba Mientel con las espadas desenvainadas y cubiertas de sangre. Lo que más llamó la atención de Árzak, fue un extraño objeto alargado, envuelto en telas, que colgaba de la espalda de su mentor. Algo que sabía muy bien lo que era y que solo podía significar una cosa...

—¿Eres capaz de andar, chico? —preguntó Leth.

Árzak asintió incorporándose con cuidado, pues todavía estaba algo mareado.

—Tenemos que salir de aquí —Mientel rompía así su silencio. Parecía querer evitar con la mirada a Árzak de forma deliberada.
—Yo no voy a ningún sitio —dijo Leth fuera de sí. Daba la impresión de que en cualquier momento se iba a lanzar corriendo con las manos desnudas contra el primer enemigo que divisase—. Esos bastardos han matado a Prien y los demás aún siguen luchando. No voy a abandonarlos.
—Tenemos órdenes. Ellos están luchando para que nosotros tengamos la oportunidad de huir con el chaval —Mientel hablaba mirando al cielo.

Al imitarlo, Árzak vio el enorme barco flotando sobre la mansión de su familia. El zumbido de los motores era ensordecedor. Los cañones ya no rugían, pero un gran número de soldados se deslizaba por varias sogas. El pueblo estaba en llamas, cubriendo todo con un macabro resplandor rojizo. El humo impedía ver en todas direcciones y los gritos y ruidos de la batalla se acrecentaban en algún lugar cercano a la casa.

—Han entrado desde el norte —continuó el sajano —, deberíamos ser capaces de escapar por el sur sin que nos vean. No hay tiempo para despedidas; nos vamos.

Mientel dio media vuelta y empezó a avanzar, usando todas las coberturas que encontraba. Leth gruñó, señaló el camino a Árzak y lo siguió con desgana.
Al pasar cerca de la tienda de Gruluz, vieron su cobertizo destruido y en llamas. Esparcidos por el suelo, los fragmentos del cuerpo del grez aún eran reconocibles. Árzak ahogó un grito e intentó salir corriendo en esa dirección, pero Leth consiguió agarrarlo en el último momento y cogiéndolo en brazos se alejó de ese lugar, mientras el niño lloraba, gritaba y se revolvía.
Al llegar al límite de la ciudad, Árzak estaba más tranquilo. Se limpió las lágrimas de la cara y observó donde se encontraba. La zona estaba oscura y en silencio, pero tras un rato se acostumbró a la ausencia de luz y pudo respirar tranquilo al localizar lo que buscaba. La mansión de la familia de su amigo Aubert estaba intacta. Ningún cañonazo había caído en los alrededores y todo parecía en su sitio. La luz de un candelabro se intuía a través de una de las ventanas del piso superior.

—Los muy cobardes ni siquiera tienen intención de salir a apagar los incendios. —Al ver la luz e imaginárselos escondidos a oscuras en la casa, Leth sintió la tentación de entrar a sacarlos de los pelos.
—Tienen hijos de los que preocuparse —dijo Mientel, que retrocedió al adivinar las intenciones del cazador—. Y no nos corresponde a nosotros juzgarles. La zona está despejada, pero tendremos que mantenernos en la espesura para evitar que nos vean sus rastreadores.
—Deberíamos ir a pedir ayuda a Vesteria —dijo Leth—. Esto es una invasión en toda regla.
—Ya se ha enviado un mensaje, pero para cuando puedan llegar los refuerzos será muy tarde. Lo mejor es ir hacia el sur y mantenernos lejos de las poblaciones. En Gallendia podremos descansar y trazar un plan.
—¿Pretendes cruzar la frontera? —Leth posó al chico en el suelo para poder gesticular mejor mientras discutía—. Propones recorrer más de cien kilómetros, por terreno muy complicado, con medio ejército de Narvinia tras los talones. ¿Estás loco?
—Este es nuestro territorio. Creo que seremos capaces de recorrer esa distancia sin ser vistos por nadie. Además, nuestros enemigos no tienen por qué saber de la existencia del crío. Cuanto antes salgamos, antes se enfriará nuestro rastro. —Y dando por zanjada toda discusión, inició la marcha sin comprobar si le seguían.
—Yo no voy a ningún lado —dijo Árzak plantándose con los puños apretados ante los adultos—. No me iré sin mis padres.

Mientel se detuvo, pero no se giró. Tras unos segundos de silencio, hizo un gesto a Leth y continuó. El cazador se echó el chico al hombro, pese a la resistencia de éste y siguió el camino del Sajano.

***

Avanzaron pues hacia el sur, en dirección a la vecina República de Gallendia. Al poco rato Leth posó a Árzak para que caminase por su cuenta, pues el territorio era escarpado y tuvieron que cruzar varias cañadas que requirieron de toda la habilidad del chico, por lo complicado de escalar las rocas resbaladizas en medio de la oscuridad. Las nubes tapaban la luz de las lunas, lo que cubría sus movimientos, así que decidieron seguir viajando toda la noche, en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos.
Con las primeras luces del día acamparon en una cueva oculta, en un oscuro robledal que Leth conocía de sus viajes por la zona. No tenían hambre, así que se echaron e intentaron descansar. Leth y Mientel acordaron turnos de guardias, pero ninguno fue capaz de pegar ojo. Árzak, por su parte, se encontraba en estado de shock, sin asumir aún que se había quedado huérfano. Sentado con la cabeza apoyada en las rodillas y con la vista perdida en el infinito, rememoraba una y otra vez todo lo que había ocurrido. Al poco tiempo, los ojos se le cerraron y cayó dormido, atenazado por horribles pesadillas, en las que una y otra vez la cabeza del grez aparecía ante él, con aquella cara carente de expresión que nunca volvería a ver.
Enlace a mí primera obra completa: Los Diarios del Falso Dios
Reply
#4
Buenas compañero!

Acabo de leerme el prólogo y los dos capítulos que nos has puestos. No me los he leído de un tirón porque no he tenido más remedio que interrumpir la lectura por algunos quehaceres, pero sin duda lo habría hecho si no hubiera sido por esas molestias.
La verdad es que me ha gustado bastante el comienzo, dejando muchas preguntas en el aire y con ganas de saber más. La escritura en sí también me ha parecido muy correcta y los detalles del mundo, como las criaturas y las razas, son muy interesantes.

[spoiler!!!]

Lo único que me ha dejado un poco pensativo, quizás más adelante lo aclares, el el final del prólogo. Termina con una explosión que luego no vuelve a mencionarse y la impresión que me causó es que era un hecho importante. Posteriormente en el primer capítulo se me antoja que este viajero es precisamente el que está hablando con el rey a la entrada del príncipe; así que me he quedado con la duda. Veremos si más adelante se explica.

Por otra parte he visto algunos fallitos (o creo yo que son fallitos), poca cosa, te los dejo a continuación:
Quote:Prólogo:
y con los transeúntes y, si tenían suerte, cómo atrapaban a uno de los escurridizos trasgos y lo arrastraban con esfuerzo hasta el carro

c1:
historias de como vencía en solitario a más de mil hombres o de cómo hundía una flota completa con solo agitar su espada en el aire

c2:
Se limpió las lágrimas de la cara y observó dónde se encontraba

Y bueno, me quedaré a la espera de que nos publiques algún capítulo más por aquí; y sino cuando tenga tiempo me iré a seguir la lectura en wattpad, porque me he quedado con ganas de más Tongue

Iep!!
Reply
#5
Buenas compañero Dumban, estuve leyendo lo que has colgado hasta ahora, me gustó bastante. Quizás si mi memoria no me falla (que suele hacerlo y muy a menudo) creo que ya había leído estos tres fragmentos con anterioridad en el foro de Fantasiaepica. En todo caso es una idea interesante, con un vocabulario rico y ameno. Del argumento aún no puedo valorar mucho, pero por tu forma de narrar, parece que va a estar lleno de intrigas palaciegas. A ver que tal sigue la cosa. Un saludo y nos leemos.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Seas infiel, idólatra o pagano, ven
ESTE no es un lugar de desesperación
Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven!

(Yalal Ad-Din Muhammad Rumi)
Reply
#6
Buenas.

Muchas gracias por los comentarios, Landahor y Fardis2. He tardado en responder porque he estado sin ordenador, pero ahora ya estoy otra vez a tope y colgare los siguientes capitulos.

Por cierto Landahor, la explosion no era relevante, una locura de los trasgos sin mas, y si el jinete es el mismo que habla con el rey Smile. Voy con el siguiente.


3. LA ÚLTIMA MISIÓN, 1ª PARTE
Cordillera del Firmamento, Estoria, 9 de xunetu del 520 p.F.

Dejaron dormir a Árzak durante todo el día. La noche anterior había sido muy larga, y el trauma por el que acababa de pasar le marcaría para siempre.
Hablaba en sueños; incluso en una ocasión dio un grito desgarrador que asustó a sus compañeros, preocupados por ser descubiertos. Leth pudo tranquilizar al muchacho, que al poco se durmió de nuevo.
El cazador también sufría terriblemente. Él no era un guerrero. Sabía pelear por supuesto, pero nunca había vivido una auténtica batalla; no estaba preparado para asumir todo lo ocurrido. La muerte de su hermano le atormentaba y aunque era consciente que de haberse quedado a estas horas también estaría muerto, se sentía culpable por escapar de esa manera.
Mientel, por su parte, seguía taciturno. Solo hablaba para dar indicaciones, y evitaba todo contacto visual con el chiquillo. Lamentaba haberle fallado a todo el mundo: había sido incapaz de proteger el pueblo y a su amigo Prien y, por si fuera poco sacó a rastras a Leth de la batalla. Le salvó la vida, sí, pero esa mancha en el honor del cazador era difícil de sobrellevar para los que no eran soldados; los que no estaban acostumbrados a tener que abandonar a compañeros en el campo de batalla o a ver morir compañeros ante sus ojos. Y eso sin olvidar a Árzak. El muchacho había perdido a su familia y él no tenía agallas ni siquiera para mirarle a los ojos o simplemente consolarlo.
Pensando en ello, cayó en la cuenta de que aún quedaba una persona a la que no había fallado. Revivió lo ocurrido unos días atrás, cuando Sallen le pidió a él y a los hermanos que le acompañasen a cazar un cuélebre que al parecer había atacado una caravana y acabado con todos sus miembros.

***

El buhonero que dio la alarma dijo haberse encontrado a la bestia de frente al entrar en un claro, mientras se daba un festín. Mientel creía que era una broma, desde luego no conocía a nadie más capaz de matar un dragón en solitario que a su amigo. Durante el viaje se comportó de forma muy misteriosa, negándose a revelar ningún detalle. En diez horas llegaron al campamento atacado para encontrarse ante una masacre.
Decenas de cuerpos abatidos esparcidos alrededor de varias fogatas ya extinguidas. Algunos incluso estaban a medio devorar, como si algun carroñero enorme se hubiese dedicado a picotear aqui y allá, buscando solo las partes más jugosas. Los carros que rodeaban la acampada estaban intactos y sus caballos seguían atados a un lado, visiblemente nerviosos. Rápidamente desmontaron e investigaron la zona.

—Menuda peste...— Mientel se tapó la nariz conteniendo una arcada.
—Aquí hay huellas —dijo Prien, inclinándose junto a un cuerpo mutilado—. Un cuélebre comió aquí.
—Falta un caballo —grito Leth desde el otro lado del campamento, alzando un trozo de cuerda aún atada a un árbol—. Seguramente se lo llevó el lagarto.
—No sé —dijo Sallen, inclinado junto a un par de cadáveres—. Aquí hay algo que no encaja. Éstos han sido cortados.
—Y éste también —apuntó Mientel, tras comprobar otro cuerpo.
—Además, un cuélebre no atacaría nunca a un grupo tan numeroso.
—Numeroso y bien pertrechado. —El sajano recogió el rifle de uno de los cuerpos y lo examinó—. No ha sido disparado. Les pillaron por sorpresa.
—¿Por sorpresa? —preguntó Leth, confuso, y señaló los carros—. ¿Quién atacaría a un grupo de mercaderes y dejaría la mercancía intacta? Y estas huellas son claramente de cuélebre.
—Sin duda aquí ha comido uno —dijo Sallen, señalando a los cadáveres—, pero creo que simplemente era un oportunista.
—Tú ya sabías esto —dijo Prien, con rotundidad—. Por eso insististe para que te acompañásemos.
—No estaba seguro, la descripción del buhonero despertó mis dudas. Temía que algo así pudiera pasar. —Sallen miró fijamente a Mientel—. Y ha pasado...
—Vermin te ha encontrado —asintió Mientel con gesto preocupado.
—¡Vale! Tengo que interrumpir —dijo Leth—. Si no ha sido el cuélebre significa que no hacemos falta. ¿Entonces nos vamos? ¿Le decimos a Gregor que ya no necesitamos su carro? Además, ¿quién se supone que es Vermin? ¿Y por qué te busca...? —Prien le interrumpió con un capón.
—Eso no era necesario —dijo Sallen—. Es lógico que tenga preguntas. Os he hecho venir a todos por un motivo. Esta es la forma de actuar del ejército Narvinio. Pequeños batallones avanzan por tierra adelantándose a su armada, eliminando a todo aquel con el que se cruzan para que no de la voz de alarma.

Sallen suspiró y se sentó en el suelo invitando a los demás a imitarlo.

—A partir de ahora el tiempo será un factor importante, por lo que intentaré ir al grano. Por favor, no me interrumpáis. —Todos asintieron en silencio—. No tenemos ninguna certeza sobre el origen de los atacantes, pero es muy posible que los Narvinios hayan localizado Norden. Un ataque preciso —Sallen señalaba a su alrededor mientras hablaba—, sin dar ninguna opción de defenderse a un grupo numeroso y bien armado. Por si fuera poco ignoran el botín. Esta gente era profesional...

Se detuvo un segundo, para acallar una pregunta de Leth con la mirada:

—Que no limpiasen la zona me hace pensar que tenían prisa. Si la suerte está de nuestra parte, podemos interpretar que creen que podrán golpear antes de que lo descubramos y si no la tenemos significa que el ataque es inminente. —Observó a su alrededor detenidamente y empezó a murmurar—. No han pasado más de cuarenta y ocho horas... Avanzando por la espesura... dejando un margen para imprevistos... —Se rascó el mentón en silencio, con la mirada perdida durante unos segundos y volvió a hablar en voz alta—: Tenemos dos o tres días a lo sumo así que hay que empezar a moverse. Prien, Leth, necesito que cacéis un cuélebre. No conviene que lleguemos con las manos vacías y sembremos el pánico.
—Espera un momento —dijo Leth, tras confirmar que Sallen había terminado—. Pensaba que nos ibas a explicar que está pasando. Prien, ¿tú...? ¿Pero a dónde vas? —Prien se había levantado y empezaba a recoger sus pertrechos.
—Tenemos trabajo —se limitó a contestar su hermano con gesto serio—. Piensa en ello mientras cazamos a ese bicho —y, dirigiéndose a Sallen, añadió—. Tranquilo, antes de que caiga la noche estaremos de vuelta con la presa.
—Esto es increíble —protestó Leth. Sin embargo cogió el arco y le siguió hacia la espesura refunfuñando.

Cuando Sallen se cercioró de que se habían ido, se relajó. Con Mientel tenía suficiente confianza para no necesitar usar esa máscara de seguridad.

—Hace mucho que somos amigos, ¿verdad?
—No —dijo Mientel—. Yo diría más bien hermanos. Desde el día que me salvaste.
—Tienes razón —rió Sallen dedicándole una triste mirada, que empezó a preocupar a su amigo—. Hablando de eso, me debes una.
—Sallen, déjate de rodeos. ¿Qué es lo que quieres?
—Es tarde para huir.
—No digas tonterías. Cabalgando sin descanso solo tardaríamos medio día en llegar.
—Ellos ya están aquí. Usarán radio de onda corta para comunicarse con algún buque que estará esperando en las montañas. Antes de que lleguemos a Norden, veremos a sus rastreadores sobrevolando el valle.
—No puedes estar seguro de nada de eso —negó Mientel con la mandíbula apretada.

Pero en el fondo sabía que su amigo tenía razón. No solía equivocarse con estas cosas. Tras un largo minuto de reflexión, Mientel suspiró y habló más calmado.

—Y si es así, ¿qué opciones nos quedan?
—Rezar para que no sepan que tengo un hijo y sacarlo con vida del país. Aparentaremos que todo es normal. No quiero que el enemigo esté en alerta. A partir de ahora, todo, incluido el cuélebre que han ido a cazar, forma parte de una escenificación...
—¡Maldita sea, Sallen! —interrumpió Mientel levantándose fuera de sí—. Nunca te has rendido ante nada y ahora, ¿aceptas la derrota así sin más? Podemos ganar esta batalla.
—Es posible —asintió Sallen con calma—, pero no me arriesgaré a que descubran a Árzak. Además, no se trata solo de su ejército. Alguien en el pueblo nos ha delatado. Tarde o temprano tenía que pasar. Si llegamos alterados, movilizando tropas y dando gritos, los Narvinios atacarían inmediatamente. Y si llegamos sin el dragón, los pueblerinos se alarmarán ante la existencia de un monstruo que nosotros, sus salvadores y protectores, no hemos sido capaces de cazar.
—Pues organicémoslo con discreción —dijo Mientel aún obstinado, antes de volver a sentarse junto a su amigo—. Montemos una fiesta falsa en la mansión y aprovechemos para fortificarla.
—Eso también es parte del plan. Pero el problema es que no sé en quien confiar. Por eso te he traído aquí. Así podremos hablar lejos de oídos indiscretos. —De pronto su tono cambió, volviéndose firme y mirando fijamente a los ojos de Mientel dijo con mucha calma—: Tengo que encomendarte una misión importante. Y no puedes negarte.
—Siendo así... —La cara de Mientel mostraba su disconformidad con las últimas palabras de su amigo—. También soy un soldado a tus órdenes. Haré lo que pidas sin discutir.
—Tendrás que dejarme morir.
—¡¿Qué demonio dices?! —Mientel hubiera esperado cualquier cosa salvo esa. Miró largamente a su amigo con la esperanza de que estuviese bromeando, pero éste se mantuvo serio—. ¿Por qué tienes que morir? Todos nuestros guerreros utilizan técnicas vestigiales, el ejército Narvinio no. ¿Qué es lo peor que puede venir? ¿Un par de docenas de Caballeros Tenues? Podemos con ello.
—Tal vez tengas razón. Incluso es posible que no venga Keinfor en persona para vengarse de mí. —De pronto Sallen lanzó una risotada que confundió aún más a Mientel—. Jamás me perdonará por no matarle cuando tuve ocasión. Dejémoslo así. —Sallen recuperó su tono sombrío para continuar—: Tal vez lo consigamos. Pero eso a ti te va a dar igual. No estoy seguro de lo que el traidor puede haber contado, pero si existe la posibilidad de que aún no sepan que tengo un hijo, hemos de hacer todo lo posible para que siga siendo así.
—Sabes de sobra quien es el traidor, ¿verdad? —dijo Mientel con la mirada perdida en los cadáveres que les rodeaban.
—Sí —asintió Sallen imitándole—, y por eso sé que tenga lo que tenga contra mí, nunca pondría en peligro a Árzak. Él también lo vio crecer, y sé que a su manera le aprecia. Es nuestra única baza. Los vientos de la guerra se agitan en este continente. Le va a tocar vivir una época muy dura —añadió para sí mirando al cielo.

De pronto se puso de pie y fue hacia su caballo. Tras rebuscar un rato entre los bultos, sacó un fardo alargado cubierto de telas y regresó junto al sajano. Con el objeto en su regazo volvió a hablar.

—Por eso quiero que te prepares. En cuanto lancen su ataque, cogerás a mi hijo y te lo llevarás. Mientras, los cazadores, cubriremos vuestra huida y encomendaremos nuestras vidas a los verdaderos dioses. Si es que alguna vez han existido. Prien y Leth te acompañarán.
—No parece que te vaya a convencer. —Mientel le echó una mirada ominosa al fardo antes de seguir—, pero, ¿qué me dices de tu mujer? ¿A ella no la vas a salvar?
—Es una guerrera talema. Jamás huiría de la batalla y menos aún si quedarse significa salvar a su hijo. No obstante, ya hablé con ella de esto. Pese a que sólo tenía una sospecha, le planteé la posibilidad de este escenario y está de acuerdo conmigo. Ten —dijo ofreciéndole el bulto—, cuando estéis lo suficientemente lejos, dale esto a mi hijo. El entenderá.

Mientel lo miró de reojo y tras un rato de espera lo cogió con un suspiro de resignación. Lo que ocultaban esas telas era algo más que un simple bien material; era una sentencia para Sallen y una carta de despedida para Árzak. Sopesándolo en sus manos, comprendió que se había convertido en un portador de malas noticias.

—¿Y a dónde quieres que lo lleve? —preguntó concentrado aún en los cadáveres, negándose a mirar a Sallen para no contraponer las dos imágenes.
—Hay una persona... —Nada más decir esto sacudió la cabeza poco convencido—. No sé si llamarlo persona. Volveré a empezar. Hay un demonio que...
—¡¿Demonio?! —interrumpió Mientel, que alarmado por lo que oía, volvió su mirada , esperando de nuevo que se tratara de una broma.
—Tranquilo —dijo Sallen alzando las manos—. Es de fiar. Dentro de lo que cabe. Y sin duda es el más indicado para enseñar a Árzak a usar el Vestigio. Él me enseñó a mí... —La mueca de disgusto que puso no ayudó a tranquilizar al sajano—. Bueno, yo no acabé tan mal. No te preocupes.
—Eso es difícil. He pasado muchos años de mi vida cazando demonios. No me siento cómodo de ir a pedir ayuda a uno. Pero ya he puesto suficientes pegas y parece que no podre convencerte diga lo que diga. ¿Cómo lo encontraré?
—Viaja hacia el sur, a Gallendia. Una vez allí, ve al oeste, siguiendo la falda sur del macizo meridional de la Cordillera del Firmamento, y busca las ruinas de una antigua ciudad a unos tres días de Hulkend. No conozco el nombre, pero la reconocerás por una estatua gigantesca que representa a un soldado en posición de firme. Créeme, no será difícil.

Los hermanos solo tardaron un par de horas en volver con el cuélebre. El carro ya estaba esperando por ellos, así que pusieron rumbo a Norden de inmediato, al ritmo de los bueyes que tiraban de él. Sallen insistió en que actuaran con normalidad, así que, muy forzados, intercambiaban anécdotas. Poco a poco, se fueron animando y no tardaron en disfrutar del viaje, riendo y cantando animados por su líder, que cantaba y gritaba más que ninguno. Solo Mientel se mantuvo taciturno todo el trayecto. Hasta que se encontraron a Árzak y Aubert en el camino.
Tras dejar a los niños a la entrada del pueblo se reunieron en la mansión, donde Eiden, la mujer de Sallen, les esperaba preparando a los hombres para la batalla. Cuando entraron vieron a la pequeña amazona con su melena negra atada en un larga trenza que enrollaba alrededor de su cuello, como siempre que entraba en combate. Experta guerrera gritaba órdenes, disponiendo todo para la defensa. Al verles fue hacia ellos.

—Sólo he conseguido reunir unos cien hombres —fue el único saludo que recibió un Sallen con la cabeza inclinada, los ojos cerrados y los labios ofrecidos— Déjate de besos. ¿Has visto a nuestro hijo? No lo encuentro por ningún lado.
—Le mandé a comprar arcanita —dijo Sallen decepcionado.
—¡Brillante como siempre, el gran Sallen Kholler'ar! —bufó ella exasperada, empujándolos en su camino hacia la puerta—. Dime una cosa, marido. ¿Cuántos antepasados ilustres hacen falta para no dejar a un niño solo en vísperas de una batalla?
—¿Hablamos de auténticos héroes castrenses fuertes e invencibles o de domadores de caballos famosos por darse un paseo largo? —respondió Sallen sonriente—. ¡El héroe debería ser el caballo, esposa!
—¡Prueba a galopar cinco días sin descanso, don fuerte e invencible!
—No creo que sea el momento...
—¡Calla tú también, mentor bueno para nada! —gritó Eiden justo antes de desaparecer por la puerta.
—Ejem —carraspeó uno de los cazadores, un tipo delgado y con aspecto débil que se apoyaba en un enorme arpón y que se había detenido junto a ellos a observar la puerta cerrada—. Vosotros seguís siendo los jefes, ¿no?

Sallen iba a responder pero un alboroto en el exterior le hizo temer lo peor. Ambos salieron disparados y ,una vez fuera solo encontraron a Eiden mirando hacia el bosque que lindaba con la propiedad.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Mientel.
—Esos siameses estúpidos —dijo Eiden clavando los ojos con furia en la espesura—. Un grupo de Narvinios se ha acercado demasiado. Prien los vió y salió disparado tras ellos, con Leth y un par de novatos tras él.
—Hay cosas peores... —dijo Sallen señalando al cielo, donde el buque ya era visible— Mientel. Ve a por los hermanos y saca a Árzak de aquí. Esto ya ha empezado.
—Pero...
—Más te vale que por tus dudas mi hijo no muera —dijo Eiden centrando toda su ira en él.
—Bien... —Mientel trago saliva, les dedicó una mirada de despedida, y tras asentir se dispuso a irse—. Buena suerte.

Antes de que diera un par de pasos, sintió la mano de su amigo en el hombro, y enseguida Eiden hizo lo mismo. Con ese simple contacto, se despidió de dos de las personas más importantes de su vida; pero tenía una misión que cumplir y no había tiempo que perder, ni siquiera en despedidas.
Encontró a los hermanos enzarzados en una batalla muy desigual. Tres Caballeros Tenues acompañaban a los soldados Narvinios, convirtiendo la situación en peligrosa. Incluso con la ayuda de Mientel no pudieron zanjar la disputa sin la pérdida de Prien, cuya cabeza fue sesgada y pisoteada por el último de sus enemigos. El villano no tuvo tiempo para disfrutar de ello, antes de que Leth lo cosiese a flechazos y después enajenado se enzarzase a cuchilladas con su cadáver.
***

Pasó la tarde y Mientel no consiguió pegar ojo. Solo podía pensar una y otra vez en todo esto. A partir de ahí las imágenes eran confusas. Recordaba haberse llevado a Leth a rastras con ayuda de los otros cazadores y enviarlos después a reforzar la defensa de la mansión.
Durante minutos recorrieron el pueblo entre cañonazos, fuegos, humo, gente corriendo desesperada y algún que otro encontronazo con Narvinios hasta que dieron con Árzak por casualidad, tirado inconsciente en un huerto cercano a la mansión de los Kholler.
Sin darse cuenta empezó a apretar con fuerza el paquete que le diera Sallen, hasta que el dolor le hizo volver al presente. Un presente en el que ya empezaba a oscurecer. Pidió a Leth que despertase a Árzak y empezó a recoger sus cosas.
Comieron frugalmente, sin ganas, y se lavaron en un arroyo cercano. Para cuando partieron, Kenda, la gran luna gris que sólo era visible en los meses de verano, ocupaba gran parte del cielo.
Avanzaron durante toda la noche a buen ritmo, pues atravesaban una zona relativamente llana en dirección a la Cordillera del Firmamento, las cumbres que delimitaban todas las fronteras terrestres de Estoria. Demasiado abatidos aún como para querer hablar de nada, se limitaron a caminar en silencio.
Al alba se encontraban en las faldas de las primeras estribaciones, y se detuvieron a trazar un plan.

—A partir de aquí la vegetación será más escasa —dijo Leth, sentándose en una roca junto a un acebo.
—Debemos superar un desnivel de mil quinientos metros, hasta el paso de Trajak —dijo Mientel—. Es demasiada distancia muy expuestos. En un par de horas amanecerá. Lo mejor es que acampemos aquí, lejos de la mirada de los rastreadores, hasta que vuelva a anochecer.

No muy lejos de allí, encontraron un pequeño río que les podía servir. En una de sus orillas, unas gigantescas raíces habían formado una pequeña caverna vegetal. Comprobaron que podían sentarse sin golpear con la cabeza en ningún sitio, y sacaron las mantas. Cuando terminaron, Leth se fue a colocar trampas por los alrededores, por si conseguía cazar un conejo. Tenían comida, que mayormente consistía en pan y carne en salazón pero el cazador albergaba la esperanza de que un ágape algo más tierno, consiguiese animarlos un poco y si no, al menos se distraía un rato.

—Árzak —cuando se quedaron solos, Mientel se decidió al fin a hablar con su alumno. Le seguía costando mirarle a los ojos, por lo que continuamente desviaba la cara. El chico por su parte, acurrucado contra una raíz, se limitó solamente a girar la cabeza hacia él—. Siento todo lo que ha pasado. No soy el más indicado para ello ahora mismo, pero si quieres preguntarme algo, puedes hacerlo abiertamente. Sé que lo que pasó fue una locura.

Árzak intentó contenerse todo lo que pudo. Mil preguntas le venían a la mente, pero era incapaz de articular sus pensamientos. No pudo reprimir un puchero y finalmente rompió a llorar desconsoladamente. Mientel se acercó y posó la mano sobre su hombro con ternura. Durante un segundo se vio una lágrima resbalar por la mejilla del Sajano, pero rápidamente la limpió con la mano y volvió a donde estaba. Rebuscó entre los pliegues de la manta y finalmente sacó el fardo envuelto en telas. No tenía sentido esperar. «O termino de hundirlo, o le doy fuerzas para seguir adelante» pensó, sopesándolo de nuevo en sus manos.
Cuando volvió al lado de Árzak, éste se estaba enjugando las lágrimas. Dedicó una mirada de soslayo al objeto que le estaban ofreciendo. Muy despacio, lo recogió. Se volvió hacia Mientel, con los ojos más rojos y tristes que éste hubiese visto en su vida, y tras asentir levemente con la cabeza se dio la vuelta, abrazado al objeto y sin dejar de sollozar. Ver al niño así le rompía el alma, pero consideró que lo mejor era dejar que se tomase su tiempo. «Lo mejor es que todos nos tomemos nuestro tiempo...», se corrigió.
Enlace a mí primera obra completa: Los Diarios del Falso Dios
Reply
#7
4. LA ÚLTIMA MISIÓN: 2ª PARTE
Cordillera del Firmamento, Estoria, 10 de xunetu del 520 p.F.

El Vestigio; la energía mística presente a lo largo y ancho del planeta y que alimenta las capacidades sobrehumanas de muchos pobladores de Devafonte. Según se cree, fueron las deidades de antaño quienes la crearon. Otras fuentes sostienen que los propios dioses eran esa energía. Aunque al fin y al cabo estas opiniones resultaban poco relevantes, pues no era necesario saber su origen para utilizarla. Los que podían sentirla eran capaces de manipularla para ejecutar lo que se conocía como técnicas vestigiales. Magos, druidas, sacerdotes, guerreros...; todos ellos hacían uso de esta fuerza de la naturaleza.
A pesar de ser hijo de uno de los más poderosos guerreros vestigiales del mundo, Árzak no había sido capaz aún de despertar sus habilidades. El chico desde luego era genéticamente compatible, pero ni Mientel ni Sallen lograron instruirlo en su uso, pese a intentarlo con denuedo.
Lo que preocupaba al sajano era la conveniencia de que ese despertar se produjese a una edad temprana. Los niños, cuyas mentes aún estaban en desarrollo, tenían más facilidad para reestructurar las conexiones sinápticas del cerebro añadiendo nuevas redes de información que les permitiese controlar esa fuerza. Algunos lo explicarían como el equivalente a injertar un tercer brazo a alguien. El cerebro humano no dispone de instrucciones para controlar el nuevo órgano, así que debería reconfigurarse, buscar un lugar en el que ubicar los nuevos datos; una mente en plena formación, lo tendrá más fácil. Los casos en los que dicha habilidad despierta en la edad adulta suelen tener consecuencias imprevisibles y en ocasiones terribles.
Mientel le daba vueltas a esto cuando le planteó a su compañero el destino del viaje que acababan de emprender.

—¿Tergnómidon? —Leth escupía las palabras—. No me gustan los demonios.
—Son las ordenes de Sallen —dijo Mientel—. La última misión que nos encomendó. No hubo mucho tiempo para explicaciones.

Ambos habían dejado solo a Árzak en la hondonada con la excusa de recoger agua y, tras llenar las cantimploras, se sentaron a discutir el rumbo.

—¿Y no podrías enseñarle tú? —Leth se resistía a entregar al muchacho a un demonio.
—No he sido capaz de hacerlo... —dijo Mientel, jugueteando distraído con el odre—. Míralo así: Sallen no enviaría a su único hijo a un demonio si no creyese que sería positivo.
—Sallen ya no está y...
—Déjalo, Leth —le interrumpió Mientel, poniéndose de pie. Antes de regresar con el muchacho, añadió—: No tiene sentido discutir esto ahora. Cuando crucemos la frontera, decidiremos qué hacer.

El cazador se quedó sentado un rato, pensando. No solía poner quejas; estaba habituado a seguir a quien quisiese erigirse en líder, ya fuese a su hermano o a Sallen y Mientel, a cualquier lugar sin preocuparse tan siquiera del destino. «Y hasta ahora no me ha ido mal,... Al menos sigo vivo». Sacudió la cabeza para deshacerse de estos pensamientos, y fue a comprobar si sus trampas habían funcionado.
***

—Por última vez, Leth —decía Mientel visiblemente molesto, pero preocupándose de no alzar la voz—. No vas a prender una hoguera para cocinar ese conejo. Ya lo cocinarás cuando crucemos la frontera.

Pese al bufido de disgusto, el cazador guardó las presas y dirigió su mirada hacia las cumbres que sobresalían por encima de las copas de los árboles. Y más arriba, sobre los picos grises, ya era visible Kenda en un cielo totalmente despejado.

—Tendremos mucha luz durante el ascenso —dijo Mientel, como si pudiese seguir el hilo de sus pensamientos—. Al menos veremos donde ponemos los pies.
—Nos vendrá bien cuando nos vean y toque echar a correr —murmuró Leth, masticando con desgana, con el gesto fruncido por el sabor salado de la carne.

Fueron las últimas palabras que intercambiaron antes de emprender la marcha; incluso entonces un escueto “vamos”, fue lo único que dijo el líder para reiniciarla. Leth puso una mano sobre el brazo de un abatido Árzak, que le siguió con el regalo de Sallen firmemente agarrado contra el pecho.
No tardaron en transitar por terreno muy expuesto, pero ningún perseguidor les importunó. «Es posible que lo hayamos conseguido» pensaba Mientel mientras guiaba al grupo, «hemos escapado sin que descubran a Árzak. Por eso nadie nos persigue». Aun así, sabía que no se sentiría a salvo hasta haber llegado a Gallendia. Ésto le animó para apretar el ritmo, solo con un par de descansos cuando parecía que el chico no podía más. Durante horas ascendieron entre pedreros, terraplenes y paredes de roca, manteniéndose lejos de cualquier camino y con un ojo siempre pendiente del cielo, en busca de los rastreadores Narvinios.
Un par de horas después de la media noche, tras coronar una pequeña morrena, los tres se detuvieron impresionados ante la imagen que tenían ante sí. Una carretera asfaltada de la Segunda Era llena de grietas, baches y socavones, ascendía hasta una imponente pared de roca. El acantilado, de más de cincuenta metros de alto, tenía a su izquierda un enorme pico de forma rectangular y aspecto inaccesible, que asemejaba al conjunto, a la muralla de una fortaleza gigante con una torre de vigilancia incluida. Hacia el sur la fortificación natural se extendía varios kilómetros antes de morir contra otra cumbre.
Pero la carretera, lejos de llevar a un callejón sin salida, atravesaba una enorme grieta en la pared, tan recta y lisa que parecía hecha con un gigantesco cuchillo.

—El paso de Trajak —El que rompió el silencio era Mientel, poniéndose de nuevo en marcha—. Una vez que lo atravesemos, abandonaremos Estoria.
—Esas paredes no parecen muy naturales —dijo Leth, que avanzaba tras el líder aún fascinado por lo que veía—. La tecnología de la anterior era debía de ser increíble.
—Lo era —Mientel empezaba a sentirse cómodo hablando, y tras lanzar una nueva mirada de soslayo a los ojos enrojecidos del niño, decidió seguir con esa conversación intrascendental:« Al fin y al cabo, no está de más quitar algo de tensión al ambiente». —Pero esta grieta no la hicieron ellos, es mucho más antigua: data de la Primera Era.
—¿La era de las tribus? —preguntó Árzak, con un hilillo de voz, provocando con ello una leve sonrisa en el sajano; sabía que la historia apasionaba al niño.
—Así es —contestó Mientel, sin volverse para que no viesen su nueva expresión y la malinterpretaran—. Un Gran Dun, de la tribu de los Gallendios, llamado Trajak...
—De ahí el nombre, ¿no? —dijo Leth, intentando no demostrar que la conversación empezaba a escapar de su campo de conocimiento.
—Trajak —continuó Mientel ignorando la interrupción—, codiciaba los tesoros de sus vecinos del norte, los Estorios; principalmente hierro y piedras preciosas, abundantes en estos valles. No eran extrañas las guerras entre las tribus castrenses. No eran guerras de conquista, sino más bien saqueos.

De pronto se detuvo en seco, rebuscó con el pie en el suelo, se agachó para coger algo y continuó, ignorando las miradas de curiosidad que sentía en su nuca.

—La leyenda cuenta que Trajak planeó un ataque sorpresa por aquí, el paso montañoso más accesible de toda la cordillera. El problema era la gran pared de roca que impedía su avance. Pero Trajak, usando sus poderes, cortó literalmente la pared creando la grieta que tenéis ante vosotros.
—¿Y qué pasó después? —preguntó Leth, que había estado escuchando la historia hipnotizado como un niño.
—No se recuerda el nombre del Gran Dun Estorio que le derrotó. Se supone que debía ser, por lo menos, igual de poderoso que Trajak. O simplemente más listo. Según la historia, se anticipó al ataque, y masacró al ejército Gallendio atrapado en el interior del paso.
—Al principio dijiste leyenda —apuntó Árzak—. ¿Acaso no es cierto?

En lugar de responder, Mientel le lanzó el objeto que había recogido. Árzak tuvo problemas para atraparlo a causa del fardo que llevaba; trataba de no quejarse, aunque era una carga incómoda y pesada, y no fue hasta ese momento que no se dio cuenta de lo cansado que estaba; él y sus compañeros fueron conscientes de ello. Pese a todo, consiguió atraparlo al vuelo, y lo observó en la palma de su mano.
Era frío al tacto, marrón y de bordes irregulares, pero la forma triangular no dejaba ninguna duda. Árzak extendió el brazo para que Leth también pudiese verlo.

—¿Algún tipo de moneda antigua? —preguntó, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros.
—¿De verdad, gran cazador? ¿No reconoces una flecha por muy antigua que sea?—dijo Mientel en vista de que Árzak guardaba silencio.

Árzak guardó la punta en un bolsillo y corrió hasta ponerse junto al sajano. Así, codo con codo, llegaron al paso. Ahora que estaban cerca, pudieron apreciar lo lisas que eran las paredes del pasillo, solo redondeadas por la erosión en la parte superior. La carretera que lo atravesaba era suficientemente ancha como para que circulasen dos vehículos.
El paso en la actualidad era una importante ruta de comercio entre ambos países. Sin embargo, en plena noche el lugar estaba completamente desierto. Árzak se dio la vuelta para contemplar los valles de Estoria iluminados por la gran luna. Nunca en su corta vida había estado tan lejos de casa. Pese a su juventud, empezaba a entender que en aquellas tierras ya no encontraría un hogar al que regresar. No sabía que iba a ser de su vida de aquí en adelante, ni tenía fuerzas para pensar en ello; sólo se estaba dejando llevar. Desde el momento en el que Mientel le entregó el fardo, Árzak no lo había soltado ni un sólo minuto. Ese objeto que apretaba contra su pecho era lo último que quedaba de su pasado y en cierta manera le reconfortaba tenerlo cerca.
No se esperaban que tras una noche despejada, una nube ocultase la luz y con ella a Estoria, como si los mismos astros quisiesen apartarles de aquel lugar. Árzak se dio la vuelta y se reunió con sus compañeros, que le esperaban ya dentro de la grieta.
El paseo resultó muy corto, no más de un par de docenas de metros. Al otro lado el paisaje que les recibió, era similar al que acababan de dejar atrás; árido y expuesto. La carretera zigzagueaba por las cumbres escarpadas, desapareciendo aquí y allá bajo montones de rocas.
Pese a haber abandonado Estoria, seguían sintiéndose en peligro, así que apretaron el paso para descender a zonas con más coberturas antes de que saliese el sol.
Con las primeras luces del alba estaban adentrándose en un denso pinar, a escasos cien metros de la calzada. Caminaron entre los árboles media hora antes de encontrar un arroyo y un claro, que a falta de un lugar mejor, serviría para descansar. Para cuando estaban totalmente acomodados ya era de día y se atrevieron a prender un fuego para asar los conejos que había cazado Leth.
Habían dejado atrás todo el dolor acumulado, y sintiéndose más animados conversaron un poco, sobre todo acerca de sus planes de viaje. Sin la oposición de Leth, Mientel organizó las próximas jornadas: descansar ahí hasta el día siguiente, y empezar a viajar aprovechando la luz. No sólo porque estaba convencido de que no les perseguían, sino porque se adentraban en un terreno que no les era tan familiar. Era el primer viaje al sur del cazador y el niño, y Mientel había visitado poco la zona.
Aprovecharon entonces para aprovisionarse. Leth cazó otro par de liebres y buscó la forma de reponer el carcaj aunque tuvo que conformarse con recuperar sus dos únicas flechas intactas. Árzak buscó algo de leña que pudiesen transportar, por si más adelante la necesitaban, pero realmente lo que quería era mantenerse ocupado y demostrar que era útil. Mientel entre tanto exploró los alrededores del campamento, alejándose un par de kilómetros, para comprobar si podían seguir camino campo a través. Tuvo que descartar el plan al encontrarse con un enorme acantilado que cortaba la ruta. Desde el borde pudo ver cómo la carretera descendía entre las montañas apareciendo y desapareciendo entre las rocas, dirigiéndose hacia una población que se dibujaba en el horizonte. El tráfico inexistente le preocupó, pues ésta era una ruta muy utilizada; había algo, una sensación que recorría su nuca, que no le gustaba. «Demasiado silencio tal vez», aunque rápidamente descartó ese pensamiento, achacándolo a que sus movimientos desde que llegaron al bosque habían espantado a las criaturas que lo poblaban, pero ¿y los viajeros? ¿Por qué no se veía un alma en el camino?
Cuando regresaba con los otros, cerca del claro, algo extraño en el suelo llamó su atención. Parecía que un pequeño grupo había pasado por allí arrastrando algo, pero el rastreo no era su especialidad.
Árzak vio volver a Mientel, que se dirigió directo al lugar en el que Leth limpiaba las presas. Se arrodilló junto a él, y tras susurrarle algo, ambos se fueron por donde acababa de volver el Sajano tras decirle que esperase allí.
No tardaron en regresar con expresión preocupada, pero ignoraron las preguntas del muchacho. El ambiente en el grupo volvió a enrarecerse y las conversaciones desaparecieron. A Árzak no se le escapó la tensión que atenazaba a los adultos, que se alarmaban y saltaban sobre sus asientos ante el más mínimo ruido. En cuanto el sol se puso, y Kenda asomó parte de su cara sobre las montañas, Mientel insistió en que apagaran la hoguera y les recomendó descansar.
Árzak estaba intranquilo por tanto misterio pero llevaba más de veinticuatro horas despierto; la mera perspectiva de descanso hizo que el agotamiento se apoderara de él, así que no insistió; la confianza que tenía en sus guardianes le permitió relajarse, aunque mantuvo por si acaso un pequeño cuchillo a mano. Situó su camastro bajo un árbol, y cayó rendido en cuestión de segundos. Mientras, Mientel y Leth se acomodaron a ambos lados del chico, turnándose para cerrar los ojos unos minutos de vez en cuando.
***

A medianoche el silencio era absoluto y ellos seguían alerta. Continuaban sin hacer acto de presencia las bestias del bosque; ni tan siquiera un triste ulular. De pronto, el chasquido de una rama hizo que los dos hombres intercambiasen una mirada rápida. Esperaban visita, y tenían un plan, arriesgado y que no terminaba de convencerles, pero al fin y al cabo era un plan: convertir a los emboscadores en emboscados.
Árzak se despertó por dos silbidos acompañados de sendas ráfagas de viento, como si un objeto hubiese pasado a su lado a gran velocidad. Al mirar a su alrededor comprobó aterrado que estaba solo. El único rastro de Mientel y Leth eran sus cosas. Y eso no era lo peor, pues al incorporarse se dio cuenta de que algo se movía furtivamente entre los árboles, a unos pocos metros. El miedo le paralizó, no recordó la daga, ni siquiera fue capaz de gritar y apenas fue consciente de la mano que se deslizó por su cuello desde atrás. Cuando se quiso dar cuenta, el atacante lo aproximó contra su cuerpo de un tirón mientras que un objeto metálico se apretó contra su garganta. Fue entonces cuando intentó gritar, pero al primer sonido, una mano que parecería humana si no fuese por las largas garras que surgían de los dedos, le tapó la boca.
En ese momento, de entre los árboles emergieron una serie de figuras que caminaban ligeramente encorvadas. Podrían parecer hombres, pero de rostros horribles, como si hubiesen sido mutilados y cercenados. El pelo ralo y largo y la piel llena de pústulas les asemejaba a leprosos. Además de las terribles garras y de unos enormes dientes afilados, de sus espaldas y codos surgían unas protuberancias, similares a huesos tan largos como sus antebrazos y terminados en punta. Árzak nunca había visto nada semejante en persona, pero sabía por las historias que había oído que se encontraba ante faesters; una raza de criaturas crueles que abundaban en esos tiempos en los caminos. Acechaban a los viajeros, robaban cualquier objeto de valor y nunca dejaban testigos.
Eran doce, y se comunicaban en un extraño lenguaje gutural. Su olor mareaba a Árzak, que muerto de miedo no paraba de preguntarse qué habría sido de Leth y Mientel. Notaba que estaban intranquilos y no paraban de mirar nerviosos alrededor. Uno de ellos señaló a Árzak y dijo algo en su horrible lenguaje, a lo que respondió el que le mantenía agarrado en un tono amenazante. Parecía que no se ponían de acuerdo sobre si matar al muchacho o no. El que mantenía el cuchillo apretado contra su cuello parecía el líder, pues tras decir algo, el resto se colocó de espaldas a ellos, formando un semicírculo alrededor con las armas preparadas, mientras el chico rompía a llorar añorando más que nunca a sus padres, temiendo que pronto se reuniría con ellos.

***

En cuanto oyó el ruido, Leth, al igual que Mientel, utilizó el Vestigio para subir a los árboles en un movimiento casi imperceptible a la vista. Una vez allí, avanzó de rama en rama hasta ganar algo de distancia y buscó una buena posición desde la que controlar el claro. No tardó más que unos segundos en ver aparecer al primer faester acercarse por la espalda al niño y agarrarlo, así como salir a los demás de entre los árboles. Tal y como había intuido, tras comprobar el extraño rastro que encontró Mientel por la tarde, un grupo de bandidos faesters operaba en la zona.
Agarró una flecha con los dientes para acto seguido tensar su arco con la segunda. Apuntó con mucho cuidado y se concentró. Notaba la energía vestigial a su alrededor; la absorbió y la enfocó hacia la punta, acumulándola en ella hasta que empezó a resplandecer con un ligero tono azulado. Soltó la cuerda y antes de que el proyectil hubiese realizado la mitad de su recorrido, una segunda, menos brillante que la primera, la siguió.
Con una precisión absoluta, atravesó limpiamente la cabeza de la criatura que agarraba a Árzak, proyectando una pequeña nube de tierra y piedras al clavarse en el suelo. La segunda golpeó en el pecho a otro de los seres, empujándolo con fuerza contra uno de sus compañeros. Ambos rodaron por el suelo ensartados por la misma asta.
Árzak entonces reaccionó, recogiendo el cuchillo de su enemigo y colocándose en guardia contra el árbol, mientras los faesters gritaban y daban vueltas con las armas en ristre buscando al atacante. Aún quedaban diez en pie. Uno de ellos se abalanzó contra el niño emitiendo un gruñido más propio de un animal que de un ser racional. Árzak solo podía esgrimir el cuchillo en el aire intentando disuadirlo sin éxito.
Cuando la criatura estaba a un par de metros, una sombra cayó del árbol interponiéndose entre ambos. Sin que se apreciase nada más que un reflejo metálico, la cabeza del monstruo golpeó el suelo con un ruido sordo. Mientel, de pie, con expresión estoica y una espada en cada mano, se alzaba entre los monstruos y el niño. Leth también bajó de entre las ramas de un salto, colocándose junto al Sajano esgrimiendo un largo cuchillo curvo.

—Seguro que con nosotros no sois tan valientes —dijo el cazador, con el odio reflejado en su rostro.

No hubo más palabras; reservaron todas sus fuerzas para el combate. Durante un par de minutos que al chico le parecieron eternos, intercambiaron estocadas por todo el claro, usando los árboles como barreras para dispersar a las criaturas y evitar que se agrupasen. Los faesters, sin un líder que los dirigiera atacaban sin ningún orden lanzándose de frente contra los humanos sin precaución, y así fueron aniquilados uno a uno, hasta que sólo quedaron cuatro en pie.
Los cadáveres malolientes les volvieron prudentes. Se abrieron en abanico para intentar rodear a los dos guerreros y mantuvieron las distancias esperando una brecha para atacar, o para huir. En ese impás, Árzak vio preocupado que Mientel y Leth sangraban por multitud de heridas, algunas producidas por las garras emponzoñadas de los faesters. Aunque el veneno aún no era suficiente para matarlos, sí que se sentían ligeramente mareados. Ambos bandos evitaban dar el primer paso, observándose detenidamente y esperando el error del contrincante.
Todo se precipitó cuando uno de los seres se adelantó ligeramente, amagando una estocada. Leth no pudo contener su sangre caliente y se impulsó contra él utilizando una técnica de desplazamiento rápido, clavándo su daga hasta la empuñadura debido al ímpetu del ataque.
Las dos criaturas que le flanqueaban no desaprovecharon la ocasión y se lanzaron contra él. Leth intentaba desesperadamente recuperar su arma, pero estaba demasiado incrustada así que Mientel se vio obligado a intervenir. Concentró todas sus fuerzas en las espadas que empezaron a resplandecer y las lanzó contra los que atacaban al cazador.
Leth veía cómo se alzaban las armas de sus enemigos contra él y justo antes de descender salieron volando arrollados por los proyectiles improvisados de su compañero.
Ese fue el momento que aprovechó el último faester, que al ver al Sajano desarmado y de espaldas saltó sobre él con las garras extendidas. Mientel sólo pudo darse la vuelta para agarrar las muñecas de la criatura, no sin evitar que incrustase los dedos en su pecho.

—¡Mienteeeeel! —gritó Árzak, corriendo hacia su tutor.

Leth entendió lo que significaba el grito, una rápida mirada de soslayo le sirvió para confirmar que la situación era crítica. En un estado de serenidad que le sorprendería cuando pensase en ello en el futuro, soltó la daga aún clavada en el pecho del monstruo, descolgó el arco de la espalda al mismo tiempo que recogía una flecha del carcaj de su enemigo, antes incluso de que éste tocase el suelo, se giró y disparó con una puntería endiablada. Atravesó la espalda de Mientel, con la intención de no tocar ningún órgano vital y golpeó con tal fuerza al faester, que lo envió despedido varios metros hacia atrás.
Libre de la presa, Mientel se derrumbó. El veneno de las garras de los faesters era fatal en grandes cantidades y ya apenas era capaz de distinguir nada de lo que le rodeaba. Para cuando Árzak llegó junto a él, convulsionaba en el suelo.

—¡Mientel! —El niño lloraba mientras intentaba tapar fútilmente las heridas de su pecho con las manos desnudas—. No te mueras. ¡Tú también no! ¡Por favor!

El sajano, sonriente, hizo un enorme esfuerzo para alzar el brazo y retirar una lagrima de la mejilla de Árzak.

—Lo siento mucho —dijo entre jadeos y esputos sanguinolentos. La flecha de Leth le atravesó limpiamente sin tocar ningún órgano vital y esa herida apenas sangraba, sin embargo, el veneno faester se extendía rápidamente por su cuerpo—. Siento...todo lo que...ha pasado,..., y no poder seguir guiándote,...pero... se... que tú... te con...ver...ti...rás...

Nunca terminó la frase.
Enlace a mí primera obra completa: Los Diarios del Falso Dios
Reply
#8
Muy buenas, @Dumban !!

Pues ya me he leído el prólogo y me ha encantado. Sobre la historia todavía no sé nada más allá de esa información que guarda el protagonista, pero la ambientación me ha parecido cojonuda. En cuanto pueda continuaré con ella para ver qué rumbo toma la historia Wink

Nos leemoooos!!!
Reply
#9
Terminado el prologo y el capitulo 1, y me ha gustado bastante la ambientación del mundo. La historia es amena y rápida de leer, y atrapa mucho. Espero adelantarme pronto hasta donde llevas.
Great power can come from anger, but you may lose yourself in the process. Therefore, your mind must remain calm, and your spirit must be still.

[Image: firmabahamut.jpg]
Reply
#10
Buenas!!

Pues nada, capítulos 3 y 4 al contador.

La verdad es que me está gustando bastante la historia en lo que llevo hasta ahora. La trama es bastante interesante, dinámica; y la lectura fácil.

En estos dos capítulos además hemos conocido algunos porqués y hemos visto de primera mano cómo unos y otros hacen lo posible para salvar a Árzak, sin duda su papel será importante.

Sigo diciendo que otra cosa que tiene buena pinta es la riqueza en las criaturas que forman el mundo, y ahora a esto se le suma la curiosa combinación entre tecnología y energías místicas.

Te dejo un par de anotaciones que he tomado:
Quote:No sabía qué iba a ser de su vida de aquí en adelante, ni tenía fuerzas para pensar en ello; sólo se estaba dejando llevar

Agarró una flecha con los dientes para acto seguido tensar su arco con la segunda. (Creo que, supongo que debido a alguna que otra revisión, te ha quedado algo inconsistente)

Y nada, continuaremos con la lectura porque la cosa promete.
Iep!
Reply


Forum Jump:


Users browsing this thread: 1 Guest(s)