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Concurso Mensual II: El rey y la bestia
#1
El rey y la bestia

—Supongo que, después de conquistar la ciudad y pasar a cuchillo a sus defensores, debí ocuparla y repoblarla, no dejarla abandonada —reflexionó el rey Zagandar.

—Eso habría sido la decisión adecuada, oh gran y sabio rey, pero ni usted ni nadie podía prever las consecuencias de un error, sobre todo si tardan años en presentarse.

—Tienes razón, Tullido de oro, no vale la pena lamentarse de lo que no se hizo, sino afrontar los problemas que se presentan cada nuevo día, con el corazón alegre, una canción en los labios y un hacha en cada mano.

Zagandar hizo un movimiento raro con la boca, como si saboreara algo, como si masticara con placer.

—Minotauros… años esperando saber de esas bestias… y al fin se presentan —y soltó un leve gemido de placer.

—“Y está otra vez extasiado ante la perspectiva de la guerra, no, no extasiado, excitado, no me extrañaría que debajo del pantalón ya la tuviera dura”—pensó para sí Tullido de oro, mientras su rostro se mantenía serio e impenetrable.

Quienes así hablaban eran el rey Zagandar El Belicoso, llamado también Zagandar el sanguinario, el traicionero, el hacedor de viudas y huérfanos, el carnicero, el asesino de niños, el de las manos rojas, etc., por parte de sus enemigos, y también por buena parte de sus súbditos, aunque en voz muy baja.

Tullido de oro era su consejero principal, y ese obviamente no era su verdadero nombre. Treinta años atrás un muy joven príncipe Zagandar tuvo un ataque de ira y destrozó de un mazazo la rodilla izquierda del consejero de su padre, el rey Zugumar El Justo. El príncipe fue exiliado y el consejero del rey perdió su pierna, reemplazándola por una hecha de madera y cuero.

Durante diez años hubo escasas noticias sobre Zagandar, al parecer se empleaba como mercenario y llego a comandar una compañía de alabarderos de Keyssarann. Sin embargo apenas falleció su padre regresó rápidamente al reino para enfrentarse a sus hermanos y tíos que se disputaban el trono. Actuando con audacia y brutalidad pronto aniquiló toda competencia y se coronó rey. Y una de las primeras cosas que hizo fue llamar al viejo consejero de su padre.

—Espero que no me guardes rencor por lo ocurrido tanto tiempo atrás, porque pienso nombrarte mi consejero, y espero que me sirvas con la misma fidelidad con que serviste a mi padre —y le entregó una pierna de oro en vez de madera, y con el tiempo el nuevo rey empezó a llamarlo “tullido de oro” y simplemente terminó olvidando cual era su nombre real.

Veinte años después, el rey Zagandar se conservaba fuerte y su pelirroja barba tenía muy pocas canas, y se había ganado con justicia el apodo de El Belicoso, ya que su reino no había disfrutado de paz en mucho tiempo. Obtuvo muchas victorias, sin duda, y el reino duplicó su territorio, pero también muchas derrotas. Tres veces cruzo la frontera e invadió la tundra de Nirr para someter a los Tolfek, y tres veces fue rechazado y tuvo que retroceder prácticamente solo, mientras sus ejércitos yacían convertidos en festín de lobos, cuervos y Ghàams.

Los últimos meses habían sido de paz, un alivio para sus súbditos, en especial para las madres y esposas, pero un tiempo de infelicidad para él. Amaba la guerra, amaba las batallas, amaba planear estrategias, mover en su imaginación las tropas en un mapa, amaba los gritos, la sangre derramada, los miembros cortados y el brazo adolorido de tanto golpear con el hacha. De allí que planeara una nueva campaña militar, pese a la oposición de Tullido de oro, quien le señalaba las malas finanzas del reino, la escases de brazos para trabajar en los campos, etc. (sabia de sobra que hablarle de las viudas y los huérfanos solo causaría risas por parte de Zagandar). Fue entonces cuando les llego la noticia: años atrás una ciudad se rebeló y el la sitio, la conquisto, mató y esclavizó a sus habitantes y después la abandono. Ahora una tribu de minotauros había ocupado sus ruinas y la había fortificado, una raza rara de ver en aquellas tierras, raza a la que Zagandar nunca había enfrentado…

Esa noche, el rey durmió feliz.




Sin duda habían fantasmas en esas ruinas, pero los minotauros no temían a los espectros, y menos a espectros de humanos. Por eso ellos vagaban por la ciudad arrastrando piedras para cubrir las brechas en el muro defensivo y tapiando los agujeros dejados por las puertas derribadas.

Minotauros jóvenes con cuernos pequeños se afanaban pisoteando una mezcla de fango y paja que sirviera de argamasa para unir las piedras. Mientras los adultos iban de aquí para allá cargando rocas y vigas de madera, y las hembras se hallaban en las afueras buscando comida. Las quemadas y abandonas ruinas parecían revivir con la actividad de los hombres bestia mientras movían sus enormes corpachones por las callejuelas. Era una tribu grande, quizás unos doscientos, y su líder lo observaba todo desde la fortaleza que dominaba la ciudad en lo alto de una colina.

—Debió ser una estupenda batalla —le dijo Gurrumok Caramarcada al esqueleto que lo acompañaba, este llevaba una esplendida y muy cara armadura, aún brillante pese al tiempo pasado a la intemperie— Me habría gustado estar aquí entonces, habría peleado a tu lado, o al lado contrario… lo importante es que habría peleado, habría aplastado enemigos y me habría bañado en su sangre, todo a mayor gloria de Yo-hel El Sanguinario, dios de la guerra.

Cogió un trozo de madera carbonizada y en una pared lo suficientemente limpia empezó a dibujar, con toscos trazos creo a un ser con brazos y piernas y cuernos en la cabeza, y con cuatro alas —no se podía distinguir si eran de ave o membranosas como murciélago— que le salían de la espalda. Yo-Hel el creador de la guerra, aquel que enseño a los minotauros el camino del hacha y la maza con púas, incluso los humanos lo conocían, pero pocos le rendían culto.

Escucho unos pasos y vio surgir de una puerta a Kogog el mestizo, este tenía la cara extrañamente plana —haciéndolo grotesco tanto para hombres como para minotauros— sus cuernos eran apenas protuberancias con sin filo y era bajo y enclenque, y usaba un bastón para caminar debido a sus piernas torcidas. En él la parte humana era demasiado fuerte haciéndolo defectuoso a los ojos de la tribu, pero era tolerado por sus habilidades como curandero, de lo contrario lo habrían abandonado hace tiempo.

—Estos son estupendos para las infecciones de ojos —dijo mostrándole unos hongos color pálido— y para los parásitos en la piel, y además tienen buen sabor —y se los echo a la boca. Vestía una túnica de piel de oso y un cinturón donde llevaba un sinnúmero de bolsas con hojas, raíces o semillas. Se acerco al líder de la tribu —haciendo muy notoria su baja estatura— y observó el horizonte junto a él.

—Que hermosa tierra… tanto verde, tantos bosques, ¿piensas convertir esto en nuestro hogar?

—Quizás.

—Makuko y sus exploradores ya han regresado —Gurrumok lo miró sorprendido— Encontró una aldea y antes de matar a todos los campesinos los interrogó, y los rumores son ciertos: el viejo rey Zugumar ha muerto y ahora gobierna su hijo Zagandar, lo llaman el belicoso, porque ama la guerra.

—Excelente… yo hare que deje de amarla, y le enseñare el miedo.

—¿Piensas vengarte del padre matando a su hijo?

—Hubiera preferido al padre, pero es mejor así —Gurrumok apretó en su gigantesca mano una piedra hasta reducirla a guijarros— Han pasado cincuenta años desde que Zugumar mato a mi padre y uso su piel como alfombra, ahora yo despellejare a su hijo, y así el circulo estará completo.




—¡La paz es lo que anhela el corazón humano!¡La paz es lo que hace prosperar a los pueblos!¡La guerra es una mentira dicha por una lengua falsa, el deseo de un corazón podrido!

Quien así hablaba era un hombre barbudo vestido con una túnica harapienta, aunque limpia, quien apuntaba con un dedo huesudo a Zagandar El Belicoso, quien parecía encontrar a sus gritos hilarantes.

—Siempre son divertidos, no importa cuántas veces escuches sus locuras —suspiró— Pero no tengo tiempo para dedicarle, que lo encierren.

Y a un gesto suyo los guardias se lo llevaron a una mazmorra, para “más tarde”.

Los Hermanos Pacíficos eran seguidores de Macabel El Puro, vagaban por el mundo predicando el amor, la no violencia y las bondades del vegetarianismo. Para este rey, amante de la guerra y la carne bien cocida, tales enseñanzas eran casi blasfemas. Al principio solo los encerraba, pero luego halló cosas más divertidas que hacer con ellos.

Empezó a someterlos a prueba, para ver que tan fuerte era su fe. Les ofrecía riquezas, tierras, mueres, hombres, lo único que tenían que hacer era matar a un cachorrito, o a un polluelo, pero ellos se negaban. Más tarde los amenazaba con torturas indecibles si no rompían sus votos, pero ellos se negaban. Ponía a tres o cuatro en una celda y los amenazaba con tortura a menos que pelearan entre ellos, el vencedor saldría libre y los perdedores morirían, pero ellos se negaban.

Los encerraba durante una semana sin comer y luego los llevaba a una celda donde habían dos calderos, uno con agua ya hirviendo y el otro con un pez vivo nadando inocentemente, pero ellos se negaban a matar y comer animales. Sus juegos se volvieron más refinados y crueles, alarmando a sus consejeros y al resto de la corte. Zagandar era brutal en combate pero con el indefenso no se ensañaba , en cambio estos predicadores del amor universal despertaban en él una desconocida vena sádica.

Pero ahora tenía algo más importante que hacer, y ese algo solo podía ser la guerra. Se sentía más vivo cuando revisaba los informes de los exploradores sobre los minotauros, sobre un mapa movía tropas, trazaba líneas de abastecimiento, plantaba campamentos. Pero su labor se vio interrumpida por una agradable noticia.

—Mi señor —le dijo un criado— Han traído su nueva armadura.

Era un trabajo magnifico, de acero negro con un basilisco blanco en la parte central del peto, justo sobre el corazón, y múltiples y extraños símbolos blancos en los bordes del peto, el yelmo, los guardabrazos, etc. Le quedaba magníficamente y Zagandar apenas sentía su peso, la espada era también un esplendido trabajo, era de electrum, mezcla de oro y plata, pero forjado de tal manera con secretos hechizos, que era más dura y resistente que el acero. La hoja era de un blanco resplandeciente pero la recorría la figura en negro de una serpiente alada y tenía otros extraños símbolos en el borde del filo.

—¿Qué son estos símbolos y que significan? —preguntó el rey mientras comprobaba su peso y equilibrio.

El fabricante de la armadura, un hombre silencioso y calvo que mantenía los ojos en el suelo por respeto, respondió:

—Son símbolos sagrados, invocaciones de bendición de nuestro… dios sobre nuestras obras, para que temple y endurezca el metal y que no permita que el filo de la hoja se embote ni melle.

—¿Como se llama vuestro dios?

—Miguel El Herrero —respondió, llevaba un medallón en el cuello con un martillo y un yunque grabados en el.

—¿Qué os parece mi nueva armadura? —le preguntó a Tullido de oro, quien parecía profundamente aburrido.

—Magnificas herramientas, mi señor —dijo con indiferencia, luego, dirigiéndose al fabricante— No soy un hombre religioso, pero nunca antes oí hablar de vuestro dios.

—El nos dio el secreto del metal, forjamos cosas para mayor gloria de El… sus seguidores somos pocos pero fieles.

—Y vuestro dios ¿No tiene hermanos o algo así?

—… Los seguidores del Herrero somos hermanos unos de otros, y nos ayudamos mutuamente —respondió, mientras el rey pedía a gritos un voluntario entre sus guardias reales, con el cual cruzar espadas y probar sus nuevos juguetes.



Una semana después.


El campamento bullía de actividad, los soldados levantaban tiendas, encendían fogatas, daban de comer a los animales o ponían a asar en el fuego truchas o liebres que habían capturado. La tarde oscurecía rápidamente y luego de ocultarse el sol los bosques que los rodeaban se convirtieron en una masa penumbrosa y siniestra, poblada de susurros, crujidos, gritos de pájaros invisibles y ojos brillantes de animales sigilosos.

A cierta distancia, escuchando los ruidos del campamento, algo amortiguados por los arboles, Gurrumok Caramarcada aguardaba rodeado de todos los machos de su tribu. Eran siete y siete veces diez, esperando en silencio, con el vaho escapando de sus narices, los poderosos músculos en tensión bajo la hirsuta pelambre. Había de todas las edades, cachorros cuyos cuernos aun no terminaban de crecer, viejos con medio siglo a sus espaldas y mechones blancos en medio del pelaje negro y las cicatrices. El propio Gurrumok ya era más viejo que joven, y sabia que no faltaba mucho antes de que algún miembro joven y fuerte lo desafiara para arrebatarle el liderazgo de la tribu, y eso estaba bien, pero antes el obtendría su venganza.

Alzó su maza hacia los cielos, un esplendido pedazo de hierro rematado por una gruesa esfera cubierta de pinchos, y luego la bajo violentamente, como aplastando el cráneo de un enemigo. Esa era la señal, y lanzando roncos aullidos como demonios escapados del infierno, cargaron haciendo temblar el suelo bajo sus pezuñas.




Los primeros informes fueron vagos y confusos, al parecer hubo una gran batalla, y las tropas del rey fueron derrotadas. A medida que iban llegando más soldados a la capital, en grupos pequeños y desorganizados, Tullido de oro obtuvo una idea más clara de lo ocurrido. El campamento del rey fue atacado durante la noche, caos, confusión, gritos, la mayor parte del ejercito huye pero la guardia real permanece firme y logra hacer huir a los minotauros, matando a la mayor parte, o al menos a una parte, era difícil decidir si el resultado final era una victoria o no.

A Tullido de oro no le sorprendió, la mayor parte eran reclutas aun verdes, sin experiencia, en cambio la guardia real se había curtido en numerosas batallas. Pero no habían noticias sobre Zagandar ¿Habría muerto? ¿Estaría herido?, ser emboscado de esa manera era realmente humillante para un guerrero con tanta experiencia como él.

Finalmente llego el rey, mas muerto que vivo. Los médicos lo rodeaban día y noche, pero abrigaban pocas esperanzas. Había recibido una sola herida, un golpe feroz en el pecho que le había hundido el esternón y roto varias costillas. Aun estaba vivo pero su corazón se debilitaba cada día más y más.

—Eran unas bestias enormes —le explicaba Barthus Cristalescudo, uno de los guardias reales— Cavamos un foso y levantamos un terraplén como fortificación, pero ellos simplemente saltaron por encima, eran seres horribles, aullaban como endemoniados y a cada golpe uno de los nuestros salía volando. Quizás perdimos unos trescientos hombres, pero el resto se acobardó y huyo, pero Zagandar no, el nunca huiría. Monto su caballo y cargo contra esas bestias sin esperar a que el resto de nosotros lo siguiéramos, imprudente pero con gran valor.

—Nuestro rey siempre ha sido valeroso —agregó Tullido— “El único merito que estoy dispuesto a reconocerle” —pensó para sus adentros.

—Y el se enfrento a esa monstruosidad, una cosa enorme de ojos llameantes, descargó su espada sobre la cabeza de la bestia y le rompió un cuerno, pero recibió en cambio un mazazo en el pecho que lo derribó. Yo me interpuse y clave mi lanza en el pecho de la bestia, el intentó matarme pero solo logro destrozar la cabeza de mi corcel. Caí a tierra, encontré al rey y lo arrastré a un lugar seguro. La última vez que vi al minotauro estaba peleando con nuestra gente y tenía cuatro o cinco lanzas clavadas encima.

Guardó silencio un momento, la boca rígida en un gesto de ira mal contenida.

—El golpe que recibió no habría sido tan grave de no ser por esto —le mostró la armadura del rey, aquella nueva con símbolos grabados en toda su superficie. Estaba entera salvo el peto, justo sobre el corazón, y donde tenía grabada la figura de un basilisco había un gran agujero de bordes rotos e irregulares.

—La he examinado cuidadosamente —continuó Barthus— y esta armadura es un chiste, en esta parte, justo sobre el pecho, el acero es mucho más delgado y no solo eso, el metal es muy frágil y quebradizo, posiblemente porque le agregaron azufre…

Esa noche Tullido de oro escribió dos cartas, una seria enviada en la mañana al jefe de la policía secreta del reino, avisando sobre la defectuosa armadura del rey. La otra sería entregada esa misma noche por uno de los propios agentes de Tullido, advirtiendo al herrero fabricante para que huyera lo más pronto posible. El exilio siempre era mejor que la tortura y la muerte.

Ya no había esperanza para Zagandar, su corazón no resistiría mucho tiempo, pero si había esperanza para el reino. Esa esperanza era el hijo del rey, el único, su madre había muerto al dar a luz y su padre apenas le había prestado atención alguna vez. Era un niño de ocho años, de carácter tímido, dulce y amable, que sería conocido como Zagandar II pero quien en verdad gobernaría seria Tullido de oro, como regente hasta que el príncipe cumpliera la mayoría de edad. Él lo educaría e intentaría influenciarlo para que terminara más parecido a su abuelo El Justo que a su brutal padre.

Tullido temía y odiaba a Zagandar en partes iguales, pero jamás se habría atrevido a conspirar para asesinarlo, y a la vez sabia que el llevaría el reino a su ruina. Las continuas guerras, incluso las ganadas, habían desangrado al pueblo y creado una generación de viudas y huérfanos. Habían conquistado grandes territorios pero no había suficiente gente para repoblarlos y no había suficientes hombres para establecer guarniciones y controlar a la población nativa. Y en las fronteras los reinos vecinos eran pequeños y temerosos, pero más temprano que tarde ese mismo miedo los llevaría a aliarse contra Zagandar, y contra toda su gente.

Otra persona pensaría que era el destino quien había salvado el reino, pero Tullido tenía claro que no era el destino, sino una serie de hechos encadenados por causas y efectos perfectamente claros. Había estudiado la religión de los hermanos pacíficos y había descubierto que detrás de sus creencias existía una compleja cosmogonía.  Adoraban a entidades de magia pura y carácter casi divino llamados ángeles, uno de los cuales era Macabel El Puro, y el otro era Miguel El Herrero, cuyos seguidores trabajaban el metal para agradarlo. Unas pocas preguntas le permitieron entender que el encargado de la nueva armadura del rey era un seguidor de ese ángel en particular, y que probablemente no estaría contento con la persecución a sus hermanos en la fe.

Tullido pudo haber dicho algo, pudo exponer sus sospechas al rey, pero no lo hizo, porque Zagandar se veía tan contento y entusiasmado con su nueva armadura…

Y no se sorprendió cuando supo que la armadura tenía un defecto torpe y extrañamente especifico. El no se atribuía el merito de salvar al reino, el solo había sido una hebra en una trama mucho mayor.

Ahora, debía pensar en organizar un funeral, y debía ser grandioso, fastuoso. Y pasados los veintiún días de tristeza obligatoria debía organizar una coronación, la cual también debía ser grandiosa. ¿De dónde sacaría tanto oro? Tendría que pedir un préstamo, o quizás si vendía…




Morir no era tan terrible, morir a causa de las heridas recibidas en combate era la muerte ideal. Lo terrible era la fiebre, y el dolor, por mucho que Kogog le diera de comer hierbas que lo calmaban. Dolía al respirar y a la vez no podía llenar de aire sus pulmones, como si una pared se hubiera derrumbado sobre él y lo oprimiera.

—¿Qué es ese ruido? —le pareció escuchar sonidos de batalla, por un momento temió que los humanos los hubieran seguido para exterminar al resto de su gente.

Kogog vaciló un momento.

—Están disputándose el mando de la tribu —confesó al fin.

A Gurrumok no le importó, la tribu necesitaba alguien fuerte como líder, ahora que él ya no estaría más, y no le dolió que ni siquiera esperaran a que el muriera. Era lo más natural.

—¿Quién está ganado…?

—Muluk Manopesada, ya ha tumbado a tres pretendientes.

—Muy bien, es fuerte, es listo, sabe cazar con trampas… —se le hacía difícil hablar— Dime… ¿Qué… que ocurrió con el rey… con el hijo del asesino?

Kogog no tenía idea, en el caos de la batalla los demás solo buscaban aplastar cráneos, no se fijaron si los muertos eran de la realeza o no.

—El… murió, está muerto, los humanos huyeron en masa y dejaron su cadáver tirado por ahí. No se veía como un rey entonces, ni siquiera tenía corona, o tal vez se la robaron sus propios soldados.

—Eso… bien… todo está bien ahora… —y Gurrumok dejo de luchar.

La mayoría de los minotauros no se habrían molestado en mentir para dar paz a alguien que moriría de todos modos, un acto de compasión así seria visto como una debilidad, algo impropio de un verdadero minotauro. Pero Kogog el mestizo era mitad humano, podía permitirse ser débil.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
Veamos le siguiente participante en el reto: hay algo que destacaría en general, falto alguna corrección para dar mayor fluidez a la lectura; usas mucho las "y" en vez de algún; o otro recurso. Te pongo un ejemplo:
"Estos son estupendos para las infecciones de ojos —dijo mostrándole unos hongos color pálido— y para los parásitos en la piel, y además tienen buen sabor —y se los echo a la boca. Vestía una túnica de piel de oso y un cinturón donde llevaba un sinnúmero de bolsas con hojas, raíces o semillas. Se acerco al líder de la tribu —haciendo muy notoria su baja estatura— y observó el horizonte junto a él.

Fijate en todos los "y", yo lo habría cambiado por lago más fluido:

Estos son estupendos para las infecciones de ojos —dijo mostrándole unos hongos de color pálido— y para los parásitos en la piel, pero es que además tienen un buen sabor —se los echó a la boca—. Vestía una túnica de piel de oso y un cinturón donde llevaba un sinnúmero de bolsas con hojas, raíces o semillas. Se acercó al líder de la tribu, haciendo muy notoria su baja estatura; junto a él no dejaba de observar el horizonte. Es solo un ejemplo y que ojo no soy el mejor en gramática, muy seguro que hay mejores en el foro que pueden hacer que se vea mucho mejor.
Algo que tampoco esta bien y que me quedo grabado a fuego en el dragón lector—John, es el culpable... Para bien—, es la separación de espacios en cada párrafo y en los cambios también; en los primeros no se separa. En los segundo en donde si que cierras y cambias a otro contexto(historia) allí si, pero solo como máximo dos espacios. Me costo entrar del todo en la historia y es una pena porque a un servidor le encantan las historias de minotauros.
Algo que me gustó mucho y creo que tiene mucho potencial es el Tullido de oro, tanto su peculiar pasado como la relación con su rey, y eso me gustó bastante. La historia no pinta mal, pero creo que intentas mostrar demasiada. Aun todo si lo amplias estaría encantado de leerlo. Me quedo con una nota de 6 pero con lástima por fallos que muy seguro subiría nota. Suerte en el reto!!
Los Reinos Perdidos, mi libro, en fase de terminación; un sueño de un soñador Wink
https://joom.ag/Rx3W
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#3
Hola, amigo escritor.

Un relato que ha quedado corto para el límite de palabras. Es complicado escribir una historia con guerras, conspiraciones, dos bandos que debes explicar, especialmente con tan pocas palabras. Lo mismo va con los diálogos. Probablemente yo me hubiese tirado tres capítulos, cada uno de tres mil o cuatro mil para entrar más en profundidad con cada uno de los bandos (y sus dos personajes principales), y otro para desarrollar el conflicto de la historia. Queda muy corta, lamentablemente. Sin embargo debes seguir escribiendo.

Una cosa:

Esos "etc." Por favor elimínalos.

Un abrazo.
Responder
#4
Bueno mi segundo relato del reto. Veamos que se nos presenta.

Apartado técnico:

Cita:—“Y está otra vez extasiado ante la perspectiva de la guerra, no, no extasiado, excitado, no me extrañaría que debajo del pantalón ya la tuviera dura”—pensó para sí Tullido de oro, mientras su rostro se mantenía serio e impenetrable.

Si es un pensamiento, no hacen falta los guiones de dialogo. E imagino que querías decir "Ya esta...".

Acto seguido empiezas con los nombres que le dan al rey. Córtalo. Con que le digas el Sanguinario ya esta bien, y como han dicho arriba, el etc sobra. Si realmente le llaman todo eso...bueno se tiran el día poniéndole nombres, que imagino que no.

En general, a muchas de las frases, les tendrías que dar un pensamiento. Por ejemplo:

Cita:Tullido de oro era su consejero principal, y ese obviamente no era su verdadero nombre.

No queda bien. La coma esta mal puesta. Lo podrías reescribir como: "Tullido de Oro era su consejero principal aunque, obviamente, ese no era su verdadero nombre."

Hay comas que faltan:

Cita:Sin embargo apenas falleció su padre regresó rápidamente
--> "Sin embargo, apenas falleció su padre, regresó rápidamente..."

Muchas tildes que faltan:

Cita:años atrás una ciudad se rebeló y el la sitio, la conquisto, mató y esclavizó a sus habitantes y después la abandono
--> "él, sitió, abandonó" (y de todas maneras le daría un pensamiento a esta frase porque queda mal).

Bueno no seguiré con la revisión porque en verdad le falta un buen repaso. Los errores que te he comentado arriba se repiten durante todo el relato.

La historia:

Ha quedado todo muy descafeinado. Es decir, has intentado explicar muchas cosas en pocas palabras y al final, al menos en mi caso, la historia no ha conseguido atraparme. Los personajes no me han transmitido ninguna emoción, simplemente estaban ahí. No he sentido el odio del minotauro ni las ganas de batalla del rey.
Yo esperaba una batalla , inteligentemente planeada o el ataque a la ciudad que los minotauros habían ocupado. Pero al final ha sido una línea "Nos emboscaron y han muerto". Bastante decepcionante para un rey que ha estado batallando toda su vida. Además, indicas que el minotauro odiaba al padre de este rey, cuando el anterior era El Justo. Simplemente sin sentido, ¿Por qué no has hecho que odie a este? Tendría más sentido ya que era el Belicoso y además ya llevaba años gobernando, ¿Por qué ir a por él ahora?
Por último te has sacado un heredero del rey ahí al final, un poco de la manga en mi opinión, y el último trozo con el minotauro agonizante, ¿para qué? No tiene consecuencia.

Para acabar, como resumen, el relato esta bien pero yo le daría un buen repaso y hay que buscarle un final más impactante, más elaborado, con alguna sorpresa o algo.

Suerte en el reto!
May the force be with you!
Responder
#5
Bien, este es un relato entrañable. Reyes pendencieros, minotauros pendencieros; asesores "reducidos" que aportan visos de lucidez.
Se me ha hecho muy ameno y entretenido, sí señor, me ha regalado un buen rato de lectura.
Hecho de menos:
-Una explicación más en profundidad y conectada con acontecimientos futuros, con presagios aunque sea, de esa "trama mayor"; es cruel cortar así sin más algo tan prometedor.
-Lo mismo en el caso de los minotauros: más proyección hacia su futuro (esperanzas, miedos...).

Un muy buen rato, sí señor, la sensación positiva se acentúa mientras escribo esto Big Grin
Angel "Angels can fly because they take themselves lightly." blowfish
"To be educated means to be able to play gracefully with ideas."  
Responder
#6
L Buenas autor/a:

Lo que más me ha llamado la atención es ese "Etc" que ya te han señalado... Jamás lo pongas en un relato, es totalmente incorrecto. Acaba las enumeraciones con palabras o con ",..."
Aparte he visto que estás reñido/a con las tildes, faltan decenas sobre todo en verbos en pasado acabados en vocal.

En cuanto a la historia, me parece bastante original el que metas criaturas en el relato porque a los amantes de la fantasía nos cautiva aunque no sean criaturas inventadas. Pero lo que es la trama en sí la he visto demasiado sencilla, sin riesgos, un más a más de lo que ya existe. A mí me gusta que la gente se arriesgue, me sorprenda. Normalmente puntúo mejor un relato porque la historia me cautive y sorprenda que no por lo bien escrito que esté. Escribir de manera excelsa está al alcance de pocos, pero conseguir sorprender lo podemos conseguir con imaginación.

Los personajes no me han llamado excesivamente la atención, creo que no has ahondado demasiado en ellos y tampoco hemos conseguido intimar en sus convicciones (uno belicoso y otro vengativo), ha faltado algo más para que sintiera odio por el Rey. Ha muerto y no me he sentido ni alegre, ni triste, ni aliviado... Y esos sentimientos son los que hacen arrancar puntos.

Y, por último, te diría que me parece inverosímil que el Tullido llevara una pierna de oro. El oro es uno de los metales más pesados, el pobre no podría ni levantarla Tongue

A tu favor el ritmo del relato y lo ameno de la lectura. Un saludo
Responder
#7
Veamos qué tenemos por aquì...

Hay muchos errores de acentuaciòn, un abusco excesvio de la conjunciòn “Y” y una puntuaciòn algo extraña, con puntos y aparte que cortan un poco el ritmo de lo leìdo. De todos modos en el Spoiler de màs abajo te señalo algunas de las cosas que pude ver mientras leìa. Creo que un buen repaso hubiese evitado la mayorìa de los errores, sin importancia, que pueblan el texto.   
     
Hay muchas digresiones, momentos en los cuales el relato se desvìa y se nos explica, en profundidad, un hecho poco relacionado con la trama, como cuando se nos cuenta el orgine del tullido o cuando se nos narra la relaciòn del rey con los veganos. Esto està bien, enriquece la lectura y el mundo en el que occure, pero ten en cuenta que normalmente en los relatos uno dispone de pocas palabras y no conviene abusar de este recurso. Aunque en este caso ha jugado màs a tu favor que a tu contra. Ha sido algo positivo.

Por lo demàs... una historia sobre una gran batalla... sin batalla. Quizàs es lo que màs eché de menos. Siempre me han gustado los minotauros como animal mitològico y agradezco que alguien en este reto los haya sacado a la luz. Hay algunos aspectos ingeniosos como el enfrentamiento del rey con los vegetarianos, la armadura débil o la historia de tullido.

Siendo sincero no es de mis relatos favoritos, con un buen repaso hubiese quedado mucho mejor.

Saludos!



—Supongo que, después de conquistar la ciudad y pasar a cuchillo a sus defensores, debí ocuparla y repoblarla, no dejarla abandonada —reflexionó el rey Zagandar.

—Eso habría sido la decisión adecuada, oh gran y sabio rey, pero ni usted ni nadie podía prever las consecuencias de un error, sobre todo si tardan años en presentarse.

—Tienes razón, Tullido de oro, no vale la pena lamentarse de lo que no se hizo, sino afrontar los problemas que se presentan cada nuevo día, con el corazón alegre, una canción en los labios y un hacha en cada mano.

Zagandar hizo un movimiento raro con la boca, como si saboreara algo, como si masticara con placer.

—Minotauros… años esperando saber de esas bestias… y al fin se presentan —y (ese "y" me sobra) soltó un leve gemido de placer.

—“Y(a) está otra vez extasiado ante la perspectiva de la guerra,(.) no, no extasiado, excitado, no me extrañaría que debajo del pantalón ya la tuviera dura”—pensó para sí Tullido de oro, mientras su rostro se mantenía serio e impenetrable. (La verdad es que no sé si una reflexiòn se puede presentar a modo de diàlogo entrecomillado. Es la primera vez que lo veo. Yo hubiese usado las comilas y punto, sin guiòn alguno).

Quienes así hablaban eran el rey Zagandar El Belicoso, llamado también Zagandar el sanguinario, el traicionero, el hacedor de viudas y huérfanos, el carnicero, el asesino de niños, el de las manos rojas, etc., por parte de sus enemigos, y también por buena parte de sus súbditos, aunque en voz muy baja. (aquì no va un punto y aparte)

Tullido de oro era su consejero principal, y ese obviamente no era su verdadero nombre. Treinta años atrás un muy joven príncipe Zagandar tuvo un ataque de ira y destrozó de un mazazo la rodilla izquierda del consejero de su padre, el rey Zugumar El Justo. El príncipe fue exiliado y el consejero del rey perdió su pierna, reemplazándola por una hecha de madera y cuero. (Tampoco pongas aquì un punto y aparte, estàs continuando a narrar lo sucedido hace tiempo).

Durante diez años hubo escasas noticias sobre Zagandar, al parecer se empleaba como mercenario y llego a comandar una compañía de alabarderos de Keyssarann. Sin embargo apenas falleció su padre regresó rápidamente al reino para enfrentarse a sus hermanos y tíos que se disputaban el trono. Actuando con audacia y brutalidad(,) pronto aniquiló toda competencia y se coronó rey. Y una de las primeras cosas que hizo fue llamar al viejo consejero de su padre.

—Espero que no me guardes rencor por lo ocurrido tanto tiempo atrás, porque pienso nombrarte mi consejero, y espero que me sirvas con la misma fidelidad con que serviste a mi padre —y le entregó una pierna de oro en vez de madera, y con el tiempo el nuevo rey empezó a llamarlo “tullido de oro” y simplemente terminó olvidando cual era su nombre real.

Veinte años después, el rey Zagandar se conservaba fuerte y su pelirroja barba tenía muy pocas canas, y se había ganado con justicia el apodo de El Belicoso, ya que su reino no había disfrutado de paz en mucho tiempo. Obtuvo muchas victorias, sin duda, y el reino duplicó su territorio, pero también muchas derrotas. Tres veces cruzo la frontera e invadió la tundra de Nirr para someter a los Tolfek, y tres veces fue rechazado y tuvo que retroceder prácticamente solo, mientras sus ejércitos yacían convertidos en festín de lobos, cuervos y Ghàams.

Los últimos meses habían sido de paz, un alivio para sus súbditos, en especial para las madres y esposas, pero un tiempo de infelicidad para él. Amaba la guerra, amaba las batallas, amaba planear estrategias, mover en su imaginación las tropas en un mapa, amaba los gritos, la sangre derramada, los miembros cortados y el brazo adolorido de tanto golpear con el hacha. De allí que planeara una nueva campaña militar, pese a la oposición de Tullido de oro, quien le señalaba las malas finanzas del reino, la escases(z) de brazos para trabajar en los campos, etc. (sabia de sobra que hablarle de las viudas y los huérfanos solo causaría risas por parte de Zagandar). Fue entonces cuando les llego la noticia: años atrás una ciudad se rebeló y e(é)l la sitio, la conquisto, mató y esclavizó a sus habitantes y después la abandono. Ahora una tribu de minotauros había ocupado sus ruinas y la había fortificado, una raza rara de ver en aquellas tierras, raza a la que Zagandar nunca (se) había enfrentado…

Esa noche, el rey durmió feliz.




Sin duda habían fantasmas en esas ruinas, pero los minotauros no temían a los espectros, y menos a espectros de humanos. Por eso ellos vagaban por la ciudad arrastrando piedras para cubrir las brechas en el muro defensivo y tapiando los agujeros dejados por las puertas derribadas.

Minotauros jóvenes con cuernos pequeños se afanaban pisoteando una mezcla de fango y paja que sirviera de argamasa para unir las piedras. Mientras los adultos iban de aquí para allá cargando rocas y vigas de madera, y las hembras se hallaban en las afueras buscando comida. Las quemadas y abandonas ruinas parecían revivir con la actividad de los hombres bestia mientras movían sus enormes corpachones por las callejuelas. Era una tribu grande, quizás unos doscientos, y su líder lo observaba todo desde la fortaleza que dominaba la ciudad en lo alto de una colina.

—Debió ser una estupenda batalla —le dijo Gurrumok Caramarcada al esqueleto que lo acompañaba, e(é)ste llevaba una esplendida y muy cara armadura, aún brillante pese al tiempo pasado a la intemperie— Me habría gustado estar aquí entonces, habría peleado a tu lado, o al lado contrario… lo importante es que habría peleado, habría aplastado enemigos y me habría bañado en su sangre, todo a mayor gloria de Yo-hel El Sanguinario, dios de la guerra.

Cogió un trozo de madera carbonizada y en una pared lo suficientemente limpia empezó a dibujar,(.) con toscos trazos creo a un ser con brazos y piernas y cuernos en la cabeza, y con cuatro alas —no se podía distinguir si eran de ave o membranosas como murciélago— que le salían de la espalda. Yo-Hel el creador de la guerra, aquel que enseño a los minotauros el camino del hacha y la maza con púas, incluso los humanos lo conocían, pero pocos le rendían culto.

Escucho unos pasos y vio surgir de una puerta a Kogog el mestizo, este tenía la cara extrañamente plana —haciéndolo grotesco tanto para hombres como para minotauros— sus cuernos eran apenas protuberancias con sin filo y era bajo y enclenque, y usaba un bastón para caminar debido a sus piernas torcidas. En él la parte humana era demasiado fuerte haciéndolo defectuoso a los ojos de la tribu, pero era tolerado por sus habilidades como curandero, de lo contrario lo habrían abandonado hace tiempo.

—Estos son estupendos para las infecciones de ojos —dijo mostrándole unos hongos color pálido— y para los parásitos en la piel, y además tienen buen sabor —y se los echo a la boca. Vestía una túnica de piel de oso y un cinturón donde llevaba un sinnúmero de bolsas con hojas, raíces o semillas. Se acerco al líder de la tribu —haciendo muy notoria su baja estatura— y observó el horizonte junto a él.

—Que hermosa tierra… tanto verde, tantos bosques, ¿piensas convertir esto en nuestro hogar?

—Quizás.

—Makuko y sus exploradores ya han regresado —Gurrumok lo miró sorprendido— Encontró una aldea y antes de matar a todos los campesinos los interrogó, y los rumores son ciertos: el viejo rey Zugumar ha muerto y ahora gobierna su hijo Zagandar, lo llaman el belicoso, porque ama la guerra.

—Excelente… yo hare que deje de amarla, y le enseñare el miedo.

—¿Piensas vengarte del padre matando a su hijo?

—Hubiera preferido al padre, pero es mejor así —Gurrumok apretó en su gigantesca mano una piedra hasta reducirla a guijarros— Han pasado cincuenta años desde que Zugumar mato a mi padre y uso su piel como alfombra, ahora yo despellejare a su hijo, y así el circulo estará completo.




—¡La paz es lo que anhela el corazón humano!¡La paz es lo que hace prosperar a los pueblos!¡La guerra es una mentira dicha por una lengua falsa, el deseo de un corazón podrido!

Quien así hablaba era un hombre barbudo vestido con una túnica harapienta, aunque limpia, quien apuntaba con un dedo huesudo a Zagandar El Belicoso, quien parecía encontrar a sus gritos hilarantes.

—Siempre son divertidos, no importa cuántas veces escuches sus locuras —suspiró— Pero no tengo tiempo para dedicarle, que lo encierren.

Y a un gesto suyo los guardias se lo llevaron a una mazmorra, para “más tarde”.

Los Hermanos Pacíficos eran seguidores de Macabel El Puro, vagaban por el mundo predicando el amor, la no violencia y las bondades del vegetarianismo. Para este rey, amante de la guerra y la carne bien cocida, tales enseñanzas eran casi blasfemas. Al principio solo los encerraba, pero luego halló cosas más divertidas que hacer con ellos. (No va un punto y aparte)

Empezó a someterlos a prueba, para ver que tan fuerte era su fe. Les ofrecía riquezas, tierras, mu(j)eres, hombres, lo único que tenían que hacer era matar a un cachorrito, o a un polluelo, pero ellos se negaban. Más tarde los amenazaba con torturas indecibles si no rompían sus votos, pero ellos se negaban. Ponía a tres o cuatro en una celda y los amenazaba con tortura a menos que pelearan entre ellos, el vencedor saldría libre y los perdedores morirían, pero ellos se negaban. (Tampoco)

Los encerraba durante una semana sin comer y luego los llevaba a una celda donde habían dos calderos, uno con agua ya hirviendo y el otro con un pez vivo nadando inocentemente, pero ellos se negaban a matar y comer animales. Sus juegos se volvieron más refinados y crueles, alarmando a sus consejeros y al resto de la corte. Zagandar era brutal en combate pero con el indefenso no se ensañaba , en cambio estos predicadores del amor universal despertaban en él una desconocida vena sádica.

Pero ahora tenía algo más importante que hacer, y ese algo solo podía ser la guerra. Se sentía más vivo cuando revisaba los informes de los exploradores sobre los minotauros, sobre un mapa movía tropas, trazaba líneas de abastecimiento, plantaba campamentos. Pero su labor se vio interrumpida por una agradable noticia.

—Mi señor —le dijo un criado— Han traído su nueva armadura.

Era un trabajo magnifico, de acero negro con un basilisco blanco en la parte central del peto, justo sobre el corazón, y múltiples y extraños símbolos blancos en los bordes del peto, el yelmo, los guardabrazos, etc. Le quedaba magníficamente y Zagandar apenas sentía su peso, la espada era también un esplendido trabajo, era de electrum, mezcla de oro y plata, pero forjado de tal manera con secretos hechizos, que era más dura y resistente que el acero. La hoja era de un blanco resplandeciente pero la recorría la figura en negro de una serpiente alada y tenía otros extraños símbolos en el borde del filo.

—¿Qué son estos símbolos y que significan? —preguntó el rey mientras comprobaba su peso y equilibrio.

El fabricante de la armadura, un hombre silencioso y calvo que mantenía los ojos en el suelo por respeto, respondió:

—Son símbolos sagrados, invocaciones de bendición de nuestro… dios sobre nuestras obras, para que temple y endurezca el metal y que no permita que el filo de la hoja se embote ni melle.

—¿Como se llama vuestro dios?

—Miguel El Herrero —respondió, llevaba un medallón en el cuello con un martillo y un yunque grabados en el.

—¿Qué os parece mi nueva armadura? —le preguntó a Tullido de oro, quien parecía profundamente aburrido.

—Magnificas herramientas, mi señor —dijo con indiferencia, luego, dirigiéndose al fabricante— No soy un hombre religioso, pero nunca antes oí hablar de vuestro dios.

—El nos dio el secreto del metal, forjamos cosas para mayor gloria de El… sus seguidores somos pocos pero fieles.

—Y vuestro dios ¿No tiene hermanos o algo así?

—… Los seguidores del Herrero somos hermanos unos de otros, y nos ayudamos mutuamente —respondió, mientras el rey pedía a gritos un voluntario entre sus guardias reales, con el cual cruzar espadas y probar sus nuevos juguetes.



Una semana después.

El campamento bullía de actividad, los soldados levantaban tiendas, encendían fogatas, daban de comer a los animales o ponían a asar en el fuego truchas o liebres que habían capturado. La tarde oscurecía rápidamente y luego de ocultarse el sol los bosques que los rodeaban se convirtieron en una masa penumbrosa y siniestra, poblada de susurros, crujidos, gritos de pájaros invisibles y ojos brillantes de animales sigilosos.

A cierta distancia, escuchando los ruidos del campamento, algo amortiguados por los arboles, Gurrumok Caramarcada aguardaba rodeado de todos los machos de su tribu. Eran siete y siete veces diez, esperando en silencio, con el vaho escapando de sus narices, los poderosos músculos en tensión bajo la hirsuta pelambre. Había de todas las edades, cachorros cuyos cuernos aun no terminaban de crecer, viejos con medio siglo a sus espaldas y mechones blancos en medio del pelaje negro y las cicatrices. El propio Gurrumok ya era más viejo que joven, y sabia que no faltaba mucho antes de que algún miembro joven y fuerte lo desafiara para arrebatarle el liderazgo de la tribu, y eso estaba bien, pero antes e(é)l obtendría su venganza.

Alzó su maza hacia los cielos, un esplendido pedazo de hierro rematado por una gruesa esfera cubierta de pinchos, y luego la bajo violentamente, como aplastando el cráneo de un enemigo. Esa era la señal, y lanzando roncos aullidos como demonios escapados del infierno, cargaron haciendo temblar el suelo bajo sus pezuñas.




Los primeros informes fueron vagos y confusos, al parecer hubo una gran batalla, y las tropas del rey fueron derrotadas. A medida que iban llegando más soldados a la capital, en grupos pequeños y desorganizados, Tullido de oro obtuvo una idea más clara de lo ocurrido. El campamento del rey fue atacado durante la noche, caos, confusión, gritos, la mayor parte del ejercito huye pero la guardia real permanece (porque has cambiado de tiempo verbal?) firme y logra hacer huir a los minotauros, matando a la mayor parte, o al menos a una parte, era difícil decidir si el resultado final era una victoria o no.

A Tullido de oro no le sorprendió, la mayor parte eran reclutas aun verdes, sin experiencia, en cambio la guardia real se había curtido en numerosas batallas. Pero no habían noticias sobre Zagandar ¿Habría muerto? ¿Estaría herido?, ser emboscado de esa manera era realmente humillante para un guerrero con tanta experiencia como él.

Finalmente llego el rey, mas muerto que vivo. Los médicos lo rodeaban día y noche, pero abrigaban pocas esperanzas. Había recibido una sola herida, un golpe feroz en el pecho que le había hundido el esternón y roto varias costillas. Aun estaba vivo pero su corazón se debilitaba cada día más y más.

—Eran unas bestias enormes —le explicaba Barthus Cristalescudo, uno de los guardias reales— Cavamos un foso y levantamos un terraplén como fortificación, pero ellos simplemente saltaron por encima, eran seres horribles, aullaban como endemoniados y a cada golpe uno de los nuestros salía volando. Quizás perdimos unos trescientos hombres, pero el resto se acobardó y huyo, pero Zagandar no, el nunca huiría. Monto su caballo y cargo contra esas bestias sin esperar a que el resto de nosotros lo siguiéramos, imprudente pero con gran valor.

—Nuestro rey siempre ha sido valeroso —agregó Tullido— “El único merito que estoy dispuesto a reconocerle” —pensó para sus adentros.

—Y el se enfrento a esa monstruosidad, una cosa enorme de ojos llameantes, descargó su espada sobre la cabeza de la bestia y le rompió un cuerno, pero recibió en cambio un mazazo en el pecho que lo derribó. Yo me interpuse y clave mi lanza en el pecho de la bestia, el intentó matarme pero solo logro destrozar la cabeza de mi corcel. Caí a tierra, encontré al rey y lo arrastré a un lugar seguro. La última vez que vi al minotauro estaba peleando con nuestra gente y tenía cuatro o cinco lanzas clavadas encima.

Guardó silencio un momento, la boca rígida en un gesto de ira mal contenida.

—El golpe que recibió no habría sido tan grave de no ser por esto —le mostró la armadura del rey, aquella nueva con símbolos grabados en toda su superficie. Estaba entera salvo el peto, justo sobre el corazón, y donde tenía grabada la figura de un basilisco había un gran agujero de bordes rotos e irregulares.

—La he examinado cuidadosamente —continuó Barthus— y esta armadura es un chiste, en esta parte, justo sobre el pecho, el acero es mucho más delgado y no solo eso, el metal es muy frágil y quebradizo, posiblemente porque le agregaron azufre…

Esa noche Tullido de oro escribió dos cartas, una seria enviada en la mañana al jefe de la policía secreta del reino, avisando sobre la defectuosa armadura del rey. La otra sería entregada esa misma noche por uno de los propios agentes de Tullido, advirtiendo al herrero fabricante para que huyera lo más pronto posible. El exilio siempre era mejor que la tortura y la muerte.

Ya no había esperanza para Zagandar, su corazón no resistiría mucho tiempo, pero si había esperanza para el reino. Esa esperanza era el hijo del rey, el único, su madre había muerto al dar a luz y su padre apenas le había prestado atención alguna vez. Era un niño de ocho años, de carácter tímido, dulce y amable, que sería conocido como Zagandar II pero quien en verdad gobernaría seria Tullido de oro, como regente hasta que el príncipe cumpliera la mayoría de edad. Él lo educaría e intentaría influenciarlo para que terminara más parecido a su abuelo El Justo que a su brutal padre.

Tullido temía y odiaba a Zagandar en partes iguales, pero jamás se habría atrevido a conspirar para asesinarlo, y a la vez sabia que el llevaría el reino a su ruina. Las continuas guerras, incluso las ganadas, habían desangrado al pueblo y creado una generación de viudas y huérfanos. Habían conquistado grandes territorios pero no había suficiente gente para repoblarlos y no había suficientes hombres para establecer guarniciones y controlar a la población nativa. Y en las fronteras los reinos vecinos eran pequeños y temerosos, pero más temprano que tarde ese mismo miedo los llevaría a aliarse contra Zagandar, y contra toda su gente.

Otra persona pensaría que era el destino quien había salvado el reino, pero Tullido tenía claro que no era el destino, sino una serie de hechos encadenados por causas y efectos perfectamente claros. Había estudiado la religión de los hermanos pacíficos y había descubierto que detrás de sus creencias existía una compleja cosmogonía.  Adoraban a entidades de magia pura y carácter casi divino llamados ángeles, uno de los cuales era Macabel El Puro, y el otro era Miguel El Herrero, cuyos seguidores trabajaban el metal para agradarlo. Unas pocas preguntas le permitieron entender que el encargado de la nueva armadura del rey era un seguidor de ese ángel en particular, y que probablemente no estaría contento con la persecución a sus hermanos en la fe.

Tullido pudo haber dicho algo, pudo exponer sus sospechas al rey, pero no lo hizo, porque Zagandar se veía tan contento y entusiasmado con su nueva armadura…

Y no se sorprendió cuando supo que la armadura tenía un defecto torpe y extrañamente especifico. El no se atribuía el merito de salvar al reino, el solo había sido una hebra en una trama mucho mayor.

Ahora, debía pensar en organizar un funeral, y debía ser grandioso, fastuoso. Y pasados los veintiún días de tristeza obligatoria debía organizar una coronación, la cual también debía ser grandiosa. ¿De dónde sacaría tanto oro? Tendría que pedir un préstamo, o quizás si vendía…




Morir no era tan terrible, morir a causa de las heridas recibidas en combate era la muerte ideal. Lo terrible era la fiebre, y el dolor, por mucho que Kogog le diera de comer hierbas que lo calmaban. Dolía al respirar y a la vez no podía llenar de aire sus pulmones, como si una pared se hubiera derrumbado sobre él y lo oprimiera.

—¿Qué es ese ruido? —le pareció escuchar sonidos de batalla, por un momento temió que los humanos los hubieran seguido para exterminar al resto de su gente.

Kogog vaciló un momento.

—Están disputándose el mando de la tribu —confesó al fin.

A Gurrumok no le importó, la tribu necesitaba alguien fuerte como líder, ahora que él ya no estaría más, y no le dolió que ni siquiera esperaran a que el muriera. Era lo más natural.

—¿Quién está ganado…?

—Muluk Manopesada, ya ha tumbado a tres pretendientes.

—Muy bien, es fuerte, es listo, sabe cazar con trampas… —se le hacía difícil hablar— Dime… ¿Qué… que ocurrió con el rey… con el hijo del asesino?

Kogog no tenía idea, en el caos de la batalla los demás solo buscaban aplastar cráneos, no se fijaron si los muertos eran de la realeza o no.

—El… murió, está muerto, los humanos huyeron en masa y dejaron su cadáver tirado por ahí. No se veía como un rey entonces, ni siquiera tenía corona, o tal vez se la robaron sus propios soldados.

—Eso… bien… todo está bien ahora… —y Gurrumok dejo de luchar.

La mayoría de los minotauros no se habrían molestado en mentir para dar paz a alguien que moriría de todos modos, un acto de compasión así seria visto como una debilidad, algo impropio de un verdadero minotauro. Pero Kogog el mestizo era mitad humano, podía permitirse ser débil.

"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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#8
Buenas, autor.

Tercer relato, y el segundo que forma parte de algo más grande? Es posible, o imaginación mía? En fin, reitero lo dicho con el anterior, no me parece justo para los demás que se tomaron el trabajo de hacer un relato independiente. Si este no es el caso, entonces... algo más le falta.

Como fragmento independiente, peca de algunas faltas de puntuación que deben ser subsanadas para que la lectura fluya. La trama fue bien llevada, aunque pareciera como si una gran parte fue cortada así, sin más: cuando inician el ataque los minotauros. Ahí necesitás algo que funcione como bisagra con lo que sigue, sino quedan como fragmentos separadas y con ese vacío entre ellos que nunca es bueno.

El personaje de tullido y el rey me gustaron, así como el jefe minotauro y su consejero mestizo. Esa contraposición de líder con su consejero, tan dispares y a la vez semejantes, me resultó bien lograda. Creo que es lo mejor del fragmento.

Éxitos!
"El que desea sacar la espada es un principiante. El que puede sacar la espada es un experto. El que es la espada misma es un maestro." —Risuke Otake.
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#9
Entretenido cuento, con algunos errores ortograficos menores y un par de frases que quedarian mejor redactadas, y en una ocasion utilizas demasiadas veces y muy seguido "y". La historia es entretenida, los personajes estan bien definidos en pocas lineas, asi como sus motivaciones, quizas debio ampliar aun mas el cuento, y al final le flata dramtismo, pero en general esta muy bien.
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#10
Muy buenas, autor.

Un relato muy satisfactorio del que lo más importante a destacar serían dos comentarios que ya te han dicho por ahí:

-No soy un fan de las batallas entre ejércitos, así que no eché de menos una narración de la misma, pero es cierto que ese salto temporal deja con ganas de saber más, quizás le hace falta una articulación, como bien señala Nikto por ahí, para que no sea tan brusco.

-Tal y como fue para Nikto, lo mejor de "El rey y la bestia" también fue para mí el paralelismo entre el rey y la bestia (¡y sus consejeros!). Mi momento favorito es el final del relato. A pesar de lo trillados que están los personajes mestizos y su dualidad cultural, no consiguió empañar el buen sabor de boca que me dejó ^ ^

Y ahora... otras cosas menos importantes a reseñar.
Tal como apunta Gaoth, el hecho de que los minotauros ataquen por sorpresa por la noche, burlando a los posibles vigilantes apostados por el belicoso rey es extraño (como que se hace difícil imaginarlos siendo sigilosos), pero bueno, imagino una carga rápida e inexorable por su parte.
También me quedé esperando que se nos contase algo más sobre la venganza del minotauro, que pudiésemos sentir un poco más de su odio.
La historia de Tullido de oro nos deja entrever cierto arrepentimiento o sentido de justicia en el monarca, lo cual no parece muy congruente con su personaje.

En conclusión, un buen relato cuyo punto cumbre descansa en el final. Enhorabuena ^ ^
Ob-la-di Ob-la-da
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