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Concurso Mensual II: Al otro lado de los sueños
#1
Al otro lado de los sueños

Sentada junto una de las tantas ventanas de la mansión, Victoria disfrutaba de unas pastas con té antes de tener que continuar con sus quehaceres diarios, debatiéndose sobre cuál sería su siguiente paso en la misión que se había encomendado desde hace años. No podía dejar de observar mapas con gran detenimiento, siempre con la pregunta en la cabeza de dónde estaría, de dónde podría comenzar a buscarla, y aunque en el fondo sabía que no podría encontrar una respuesta a aquel enigma, se empeñaba en hacerse creer a sí misma de que sí que la había.

Sostenía una pasta en la mano izquierda, pegándole pequeños mordiscos con suma serenidad, quizás un tanto forzada, mientras con la derecha removía el té en rápidos círculos para que el azúcar se diluyese. Su mirada celeste se perdía frente a ella, tal y como si estuviese aguardando por algo que no parecía llegar a suceder.

–Hoy te encuentro especialmente callado –señaló, rompiendo el silencio con unas palabras que denotaban una franca inquietud que no pudo contener–. ¿Acaso no tienes nada que decirme?

No hubo contestación. Continuaba mirando a aquella silla vacía que se encontraba al otro lado de la mesita circular, aguardando por una réplica, pero cualquiera que pudiese presenciar la escena diría que allí no había nadie más con quien entablar una conversación.

El rostro de Victoria mudó de un instante a otro, frunciendo el ceño y abriendo ligeramente la boca en señal de haber recibido una afrenta. Se levantó súbitamente, golpeando la superficie de la mesa con la palma de sus manos. Las dos tazas servidas temblaron sobre sus diminutos platillos, y el azucarero vaciló con volcarse.

–¿Cómo puedes decir eso? ¡Ellas fueron quienes me la arrebataron! –la voz temblorosa delató su dolor. Las palabras se le agolparon en la garganta, saliendo de ella en trémulas sílabas que se confundían las unas con las otras, y los ojos le bailaron por el suelo, sin poder creer lo que estaba escuchando–. ¿Que por qué lo sé? Las he percibido, Charles, y no solo una vez. Las he visto rondar alrededor de la mansión, esperando por una oportunidad, y... Oh, sí, ya lo creo que la encontraron, solo que tú no estuviste ahí para poder verlo.

Se giró y llevó la mano a la frente, frotándola con desespero al sentir que su esposo no podía comprenderla.

–No tuviste las agallas suficiente para protegernos, ni a mí ni a tu hija.

Meditó lo que había dicho, y se percató de que quizás había herido sus sentimientos y su orgullo, de que tal vez todo lo que él había hecho fue, en realidad, por el bien de la familia que habían formado juntos, pero que finalmente perdieron. En aquellos días tristes, las fotografías en blanco y negro que todavía reposaban enmarcadas sobre la repisa de la chimenea mostraban a un hombre feliz y entero, Charles, acompañado por una mujer que lo miraba con una sonrisa de enamorada mientras sostenía a una niña pequeña sobre su regazo, quien había heredado los cabellos rubios de su madre, cayéndole sobre los hombros en una ondulada cascada de oro; pero aquellos recuerdos ya no significaban nada. O al menos, eran recuerdos en los que tan solo ella continuaba creyendo enfermizamente.

–Lo siento, mi amor... Sé que haces lo que tienes que hacer para poder costearnos todos nuestros caprichos. Has cruzado el océano hasta más allá de las Américas en tantas ocasiones que he perdido la cuenta, te has adentrado en lo más profundo del infierno siberiano buscando quién sabe qué, y descubriste rutas comerciales en territorios de África en los que nunca nadie había puesto el pie antes... Y todo por nosotras –tuvo que reconocerlo, o más bien intentar convencerse de ello, sintiendo cómo una lágrima se le deslizaba lentamente por el rostro. Alzó el brazo y pasó la mano por el aire, simulando una caricia sobre la mejilla de alguien que, desde luego, no se encontraba allí–. Te has machado de sangre, tan solo por nosotras...

Se acarició el vientre y sonrió a su amado con ternura, aunque tan pronto lo hizo sintió una textura extraña entrando en contacto con sus dedos, húmeda y espesa... Como la de una herida ensangrentada.

Victoria bajó la mirada y retrocedió, horrorizada, al percatarse de que había vuelto a suceder. De un momento a otro comenzó a sentirse débil, mareada, de la misma forma que si la hubieran seccionado y removido por dentro, y notó cómo la vitalidad se le desvanecía poco a poco como si cada aliento fuera a ser el último. Estaba segura de que esta vez no tendría tanta suerte como en la anterior, pues la vida tan solo le podía brindar segundas oportunidades, nunca una tercera, y nadie podía evadir la muerte dos veces.

Un corte le atravesaba la piel y se adentraba en su carne profundamente, de un lado a otro de la cintura, empapándole la ropa en sangre.

–¿Lo has visto? ¿Has visto lo que me han hecho, verdad? ¡Me la han arrancado de mis propias entrañas, Charles! –le espetó aunando las pocas fuerzas que le restaban, para que al menos pudiese creerla antes de morir. Apretó los puños, teñidos de carmesí, y cayó de su silla–. Ellas lo han hecho. ¡Me han arrebatado a mi bebé!

Entonces, antes de que perdiera el conocimiento, cabeceó ligeramente, y se dio cuenta de que donde antes había un corte y un charco de sangre, ahora ya no había nada. Aliviada pero al mismo tiempo confusa, se preguntó si todo había formado parte de una ilusión, de una pesadilla que acabaría tan pronto abriese los ojos, o quizás de alguna droga que su marido podía haber vertido en su té, pero aquello último no tenía lógica ninguna. ¿Qué ganaría Charles con eso?

Victoria se hundió en un mar de lágrimas, más frágil que nunca y con el pánico recorriéndole todo el cuerpo, y salió corriendo de la habitación escaleras arriba.


* * * * *


En el cuarto piso de la mansión, al final de las incontables escaleras de suelo enmoquetado, se encontraba el Espejo, una de las posesiones más preciadas que Victoria había heredado de la tía abuela Margaret; eso sin mencionar los hermosos jardines que rodeaban al que había sido el hogar de los Smith durante los últimos siglos, así como las cuberterías de plata o las reliquias traídas por Charles desde los rincones más apartados de la civilización, que, si bien no eran parte del legado familiar, para ella tenían un valor incalculable.

Aún así, habría sacrificado toda aquella fortuna si con ello pudiese haber salvado a su hija en cuanto tuvo la ocasión. No había dinero suficiente en el mundo que pudiese comprar el amor que sentía por ella.

Cuando la tía abuela Margaret murió postrada en la cama debido a la tuberculosis, rodeada de sudor y esputos de la sangre que había encharcado sus pulmones, le hizo prometer a Victoria que cuidaría al Espejo por encima de todo lo demás que le iba a brindar como parte de su herencia. Había sido insistente con su petición, sin darle a Victoria la posibilidad de cuestionar aquella última voluntad.

–Tienes que hacerte cargo de él y protegerlo, Victoria, como todos hemos hecho desde hace generaciones... Incluida tu madre. Es muy, muy importante –Margaret besó el rosario que reposaba sobre su pecho mientras le temblaban las muñecas. A Victoria nunca se le olvidarían las palabras que pronunció en su lecho de muerte–. El Espejo es la razón por la que estamos aquí.

A Charles el Espejo siempre le había fascinado de una manera un tanto particular. Podía pasarse horas enteras detenido ante él, escrutando el reflejo que le devolvía con total fascinación, como si pudiera traspasarlo con la mirada y ver algo que lo hacía sonreír tan estúpidamente, absorto en sus pensamientos. A veces incluso rozaba el cristal con la yema de los dedos, acariciándolo hasta que su mujer lo interrumpía con alguna pregunta.

Por el contrario, a Victoria le agradaba ponerse el vestido con el que su esposo la había agasajado en su primer aniversario de bodas, y lucirlo frente a un público invisible que a ella le gustaba imaginar que se encontraba al otro lado del Espejo, aplaudiéndola y vitoreándola por su belleza. Otras damas de su época preferían fantasear con el atuendo que llevarían puesto durante las nupcias, pendientes de los bordados, el corte y, las más atrevidas, del escote; pero a ese tipo de mujeres lo único que les interesaba era afianzar sus relaciones con otras familias de alta alcurnia, siempre en busca de una mayor riqueza.

Victoria era más sencilla que todas ellas. Se desentendía de aquellas complicaciones y procuraba dejar de lado todos los compromisos relacionados con la aristocracia, valorando el sentimiento escondido en aquel vestido violeta sobre la formalidad de un acto que había sido concertado prácticamente desde que era una niña. Simbolizado en aquel traje de novia que todavía cogía polvo en el guardarropa de su habitación, Victoria odió el día de su boda durante mucho tiempo, pero al menos había amado al hombre con el que la obligaron a contraer matrimonio, Charles, hasta el momento en el que desapareció como un fantasma y sus caminos se separaron.

–Ha pasado tanto tiempo desde entonces... Han sucedido muchas cosas que siempre atesoraré en mi memoria –mencionó, dejando escapar después un pequeño suspiro–, y sin embargo todavía no he podido olvidar la única que detesto tener que recordar.

Muchos creían que Charles la había abandonado debido a su cada vez más acusada locura, mientras que otros simplemente deducían que se había vuelto a embarcar en uno de sus peligrosos viajes a tierras lejanas, mucho más allá del continente. Como era evidente a ojos de las pocas visitas que aún acudían ocasionalmente a la mansión, Victoria todavía continuaba creyendo que él se encontraba allí, entre aquellas lujosas paredes, acompañándola en su soledad.

Sonrió, todavía fascinada por los pliegues de su vestido, palpándolos como si quisiera conservar grabado cada detalle de la prenda. Todo parecía tranquilo en la mansión de los Smith. Tan solo se la podía escuchar susurrar a ella frente al Espejo, y todo lo demás permanecía en absoluto silencio, tal vez incluso demasiado sospechoso, inquietante, como aquel que se propaga antes de que comience a estallar la tormenta.

Victoria pudo percibirlo, sintiendo cómo un escalofrío de temor le recorría el cuerpo por toda la espalda. Giró el cuello lentamente, procurando no hacer ruido, sintiendo algún tipo de presencia que la observaba con atención arrinconada en la oscuridad, pero allí no había nadie más que ella misma.

Comenzaba a anochecer, y el viento del crepúsculo mecía lentamente las cortinas del cuarto, evidenciando que no había nada oculto tras sus telas. Clavó la mirada en cada una de las esquinas donde confluían las paredes, pues tal y como su niñera le había contado más de una vez, los demonios se escondían allí donde nadie pudiese atraparlos, pero tampoco había ninguna criatura del inframundo esperando allí sostenida.

Pasó la mirada fugazmente por toda la habitación: la cama, la mesita de noche, el escritorio donde Charles preparaba cada una de sus expediciones, y por último, el armario. No vio  en aquellos muebles nada fuera de lo corriente, y sin embargo aún podía sentir el aliento de aquella extraña presencia viciando la atmósfera, podrido y corrupto como si hubiera acudido desde el más profundo de los infiernos.

–Por favor... Aléjate de mí y de mi hija –pidió al aire haciendo acopio de todo el valor que pudo, segura de que quien fuera que estuviese allí, la podía escuchar a la perfección–. ¡Aléjate de nosotras y no vuelvas!

Por un instante, sintió que el ente la abandonaba. Titubeó, todavía asustada y con todos los sentidos en alerta como un cuchillo afilado a punto de asestar una puñalada, y dejo de observar cada elemento del mobiliario para centrar de nuevo su atención en el Espejo.

Lo que vio al otro lado la hizo retroceder, dejándola sin habla. El único reflejo que le devolvía el cristal era el de un Charles con la mirada perdida y el gesto imperturbable, quien la observaba fijamente, con la figura erguida y sendos hilillos de sangre cayendo desde cada uno de sus globos oculares, cuyo iris era totalmente negro, confundiéndose con la pupila. La silueta alzó el brazo y posó la palma de la mano en la superficie pulida, como si pudiera tocarla desde su interior.

–Ven conmigo, Victoria –la voz de Charles retumbaba por toda la habitación, en un eco insoportable que parecía incluso hacer temblar las paredes–. Ven conmigo y hagamos que nuestro amor perdure por toda la eternidad.

Victoria vaciló.

–Tan solo dame la mano –insistió Charles, o al menos aquel quien adoptaba su figura.

–¡No iré contigo a ninguna parte! –le plantó al Espejo, en clara señal de enojo una vez lo pudo ver todo con claridad. Tomó una pequeña estatuilla del escritorio y amenazó con lanzarla contra él–. ¡Vuelve al abismo del que procedes!

Charles, todavía impasible, comenzó a esbozar una sonrisa de burla, la cual pronto se transformó en una risa siniestra y maquiavélica que volvió a esparcirse por todo el cuarto como una plaga. Algo en él cambió, y la figura comenzó a desvanecerse en una suerte de humo negro que se deslizó hacia donde se encontraba Victoria, paralizada ante la escena que estaba contemplando. Como había hecho la tía Margaret antes de morir, Victoria besó el rosario que colgaba de su pecho, encomendándose a él con desespero.

Las sombras comenzaron a envolverla mientras se llevaba las manos a las oídos y cerraba los ojos para intentar escapar de todo aquello, aunque sabía que sus esfuerzos eran totalmente en vano, pues todavía podía escucharlo burlarse de ella. Aún con las carcajadas llenas de locura retumbando por toda la estancia, sintió cómo un aura de oscuridad y tinieblas la llenaba completamente por dentro, tratando de alejarla del mundo terrenal para llevarla a otro mucho más decadente.

Entonces, la risa cesó, desvaneciéndose de la misma manera en la que comenzó a sonar, y, una vez el silencio volvió a apropiarse de la habitación, Victoria abrió los párpados de nuevo.

Ya no había nada más allí, pues las sombras habían desaparecido. El Espejo volvía a devolverle su imagen, no la de un hombre que muchos creían desaparecido, y el corazón le latía con más vigor que nunca, todavía viva pero sintiendo como si le hubiesen arrancado la poca felicidad que le quedaba en él.

Enfurecida, arrojó la estatuilla con todas sus fuerzas a la vez que lanzó un grito de impotencia, y el Espejo terminó estallando en decenas de pedazos tras el impacto.


* * * * *


No era momento para pastas con té. Victoria sujetaba entre sus manos un vaso repleto de licor, el cual desprendía un olor a whisky cuya calidad y buen hacer podría ser reconocido por cualquier borracho a la distancia. El aroma a alcohol comenzaba a impregnar el ambiente de la habitación, y aunque realmente no era una mujer muy dada a la bebida, algo que sí había aprendido de su padrastro era que a veces la única escapatoria a aquellos problemas a los cuales no se podía hacer frente, no era más que una buena botella.

O, visto desde una perspectiva más correcta, la única escapatoria a los problemas para los cuales no había coraje suficiente con el que afrontarlos. Pero, ¿quién podía tener el valor necesario para enfrentarse a unas sombras como las que habían rodeado a Victoria?

El pulso le temblaba, nerviosa por lo que había presenciado apenas unas horas atrás, sin poder parar de darle vueltas como si estuviera atrapada en un bucle mental que la torturaba lentamente, a fuego lento. Ella no estaba loca, de eso estaba completamente segura, pese a que personas que le debían mostrar respeto y lealtad la hubiesen llamado demente e incluso bruja en más de una ocasión. Por encima de todo, sabía que lo que había visto era real, que sus ojos no la habían engañado, y caminaba de un lado a otro de la habitación intentando convencerse de aquello, mordiéndose las uñas hasta casi llegar a la carne.

No podía permitirse dudar de ella misma. Estaba completamente cuerda, por mucho que ahora el Espejo se volviese a mostrar ante ella completamente intacto, como si no lo hubiese roto al haberle arrojado una pequeña escultura de mármol, algo de lo que estaba segura que había hecho.

Entonces escuchó que alguien le murmuraba desde el otro lado del cristal, interrumpiéndola en sus reflexiones:

–Mamá.

Victoria podría reconocer aquella voz incluso en la calle más atestada de Londres, pues la voz de una hija no se olvidaba con tanta facilidad. Aquella dulzura, aquella inocencia... Era todo lo que ella necesitaba, todo por lo que había llorado cada noche desde que la habían separado de sus brazos. El amor de madre que brotaba en su pecho no permitía que olvidase algo como aquello, algo que la acompañaría para siempre y a lo que se había aferrado durante tantos años.

No había cabida para la duda, pues entre todas las personas del mundo, quien la llamaba desde el otro lado era ella. Su niña, su tesoro más preciado.

Victoria se detuvo y dejó caer el vaso, el cual se quebró y esparció todo el whisky por el suelo.

–Cariño mío... No sabes lo mucho que te he echado de menos –balbuceó, intentando reprimir las lágrimas, pero la felicidad la desbordaba por completo.

Se acercó al Espejo con cuidado, y contempló por última vez cada una de las partes que lo conformaban: primero el marco de madera pulida, tan bien conservado pese al paso de los siglos, decorado con las figuras de pequeñas gárgolas y criaturas mitológicas de toda clase, muchas de ellas mostrando los colmillos o la lengua; y luego el cristal, el cual no devolvía reflejo alguno. Lo único que se podía apreciar en él era una superficie lisa y opaca.

Tomó aire, y posó la mano derecha en el Espejo. Tan pronto lo hizo, sintió cómo la carne se le fundía con el cristal, traspasándolo como si fuera líquido, y una sensación helada le recorrió todo el brazo. Nunca había experimentado nada semejante, pero estaba tranquila, pues sabía qué la estaba esperando tras él, y por lo tanto no tenía motivo alguno por el que sentir miedo.

–Ya voy, mi amor. Mamá está contigo.

Comenzó a caminar, dando primero un paso y sintiendo de nuevo el frío en una de sus piernas, para luego dar el siguiente y sentirlo en la otra. Su cuerpo había desaparecido casi por completo, no sin antes sonreír con alivio al saber que por fin podría reunirse de nuevo con Katherine.

Victoria se esfumó al completo en cuestión de segundos, sin dejar rastro alguno tras de sí, y en cuanto lo hizo, el Espejo volvió a reflejar todo aquello que se pusiese delante de él, pese a que nunca más habría otro Smith que lo pudiese contemplar como lo habían hecho padres e hijos durante generaciones.

Y de nuevo, silencio, pero esta vez inquietante como ningún otro.


* * * * *


El viento soplaba, esparciendo el lamento de una triste historia a lo largo de los jardines de la mansión. Descuidados como nunca antes y con la maleza maltratando cada uno de los senderos, el frío invernal los recorría hasta el mismo portón del abandonado complejo de los Smith. Las visitas ya no eran frecuentes, pues se lo consideraba un emplazamiento maldito del que convenía mantenerse alejado, y los pocos que se atrevían a poner el pie en sus dominios no eran más que adolescentes buscando algo de emoción, así como curiosos que deseaban descubrir si todos los rumores que se contaban eran ciertos.

Para decepción de todos ellos, allí no había nadie ni nada que pudiese confirmarlos. Lo máximo con lo que podían encontrarse era un espejo inútil que se mantenía mejor conservado que todo el resto de la decoración, y no muchas sorpresas más. La última dueña de aquel caserío, Victoria, había desaparecido como lo había hecho con anterioridad su esposo, Charles, y no había heredero legítimo para todos aquellos terrenos, ni tampoco quien se ofreciese a desembolsar una jugosa cantidad de dinero para hacerse con su propiedad.

Ahora que ya no había nadie morando en la mansión, una de las fotografías en blanco y negro que todavía reposaban sobre la repisa de la chimenea, la favorita de Victoria de entre todas ellas, no mostraba lo que la última dama de los Smith siempre creyó ver. En dicho retrato, Charles salía acompañado de la mujer que amaba, quien permanecía a su lado con unos ojos de enamorada que se deleitaban con su sonrisa, radiante como ninguna otra, pero entre sus brazos no reposaba ninguna niña.

Tan solo salían fotografiados ellos dos como una idílica pareja de enamorados, y en aquella vieja imagen no había nadie más.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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Concurso Mensual II: Al otro lado de los sueños - por Joker - 20/05/2016 06:40 PM

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