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Los Pergaminos del Cielo
#11
Nah, no te asustes, yo soy así; de vez en cuando tengo sequías. Me alegra que te haya gustado Haradrim, eso me anima a seguir (me da la sensación de que eres el único que está siguiendo este hilo, pero bueno, eso no me tira para atrás tampoco, tengo la sensación de que esta historia puede quedar genial).

Nunca se me ha dado bien poner nombres, se admiten sugerencias! Revisaré también esa frase correspondiente a Matt. Ya estoy preparando el siguiente. Por cierto, veo que sigues con la actualización del blog, bien hecho, yo siempre voy a allí a buscar referencias.
"El pasado nunca deja de perseguirnos."
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#12
Capítulo 5:

La fiesta había dado comienzo en cuanto el sol había alcanzado su cenit sobre ciudad Férrica. Los invitados, la flor y nata del Imperio, desde famosos alquimistas hasta héroes de guerra, se dirigían al Palacio Imperial para acudir al gran banquete ofrecido por el Arconte. Los Fergud no eran una excepción, por lo que Tanem acudiría a la fiesta como representante de la familia debido a que era el único que se encontraba en la capital, ya que sus padres y abuelos vivían en la alejada aldea de Totjheim y Ricot (el cual de todos modos no habría sido invitado debido a su condición) se había unido a la Cacería.

Aquella misma mañana Tanem se había vuelto a despertar a primera hora para trasladar los fuegos artificiales, ya finalizados, al palacio, donde los artificieros que les habían hecho el pedido se encargarían de colocarlos en baterías para sincronizar su lanzamiento y así crear un bello y harmonioso espectáculo de luces y colores. Una vez finalizada la entrega, Tanem regresó a sus aposentos y se arregló para la fiesta. Una vez se hubo acicalado, dejó de lado su túnica de aprendiz del gremio y se vistió con su túnica de gala, una magnífica prenda de seda que combinaba los tonos verde oliva de las mangas con las filigranas doradas en forma de oleaje bordadas sobre el pecho y los hombros. Sus padres se la habían regalado para la ocasión. Había sido fabricada en Eseria, la lejana ciudad libre de Levante en la que se encontraba uno de los puertos comerciales más importantes de Ibhn. Tanem, al igual que la mayoría de los habitantes del Imperio, nunca había visto el mar con sus propios ojos. Aquella túnica sería considerada por el resto de invitados como exótica, una muestra del poderío económico y los contactos e influencias de la familia Fergud, y al mismo tiempo una provocación del propio Tanem ante una sociedad tan cerrada e inmovilista como lo era el Imperio. El problema residía en que los Fergud nunca habían tenido ningún tipo de reserva a la hora de exportar sus piezas arcanas a otras regiones más allá de las fronteras del Imperio y venderlas por un abultado precio en los mercados extranjeros donde no abundaban aquellos bienes. Sin embargo, otros alquimistas y herreros, como su maestro Montag, consideraban que compartir sus creaciones y conocimientos con los extranjeros era un pecado y que todo lo que se fabricaba en el Imperio debía ser por y para las gentes del Imperio. A causa de ello, la familia Fergud seguía siendo respetada por sus compatriotas debido a las maravillosas creaciones mágicas que fabricaban, pero habían generado envidias y rivalidades entre otras familias poderosas de su sociedad.

Una vez se hubo vestido, Tanem abandonó la Fábrica y fue andando hasta Palacio. Por mucho que otras culturas considerarán que alguien perteneciente a una clase social alta debía acudir a ese tipo de citas montando a caballo o en carruaje, nadie en el Imperio utilizaba demasiado a menudo esos medios de transporte. Cualquier ferviente patriota habría dicho a un extranjero que esa costumbre se debía a que los lugareños eran gente dura y hecha a sí misma, que preferían ejercitar las piernas en lugar de ir montados cómodamente y dejar que otra criatura cargara con ellos. Pero la realidad era, tal y como Tanem bien sabía, que en el Imperio no abundaban los caballos ni ningún otro tipo de bestia de tiro. Esto era debido a que los aledaños a la cordillera de Artús eran tierras rocosas y metálicas, sin pizca de hierba y poco aptas para el cultivo, sobre las que el ganado no podía pastar y por las que cualquier caballo podría romperse una pata con facilidad. Al llegar a Palacio, Tanem entregó formalmente la piedra que hacía las veces de invitación, y un sirviente le acompañó hasta el salón principal donde iba a celebrarse el banquete.

Tanem había entrado en el Palacio múltiples veces desde que había ingresado como aprendiz a trabajar en la Fábrica debido a que el Palacio era el centro neurálgico del Imperio, y tanto el Arconte como el resto de altos cargos políticos y militares solían solicitar los servicios de los alquimistas frecuentemente. Se trataba de un edificio construido en su totalidad con minerales de silicato, lo que hacía que para el ojo inexperto el palacio pareciese un gran cristal de tonalidad grisácea. No contaba con torres, si no que en su lugar la infraestructura crecía hacia el interior de la montaña en forma de caverna. A pesar de ello, no era un lugar lúgubre ni húmedo debido a que contaba con lámparas daonicas a cada decena de pasos cuya luz se reflejaba en los minerales que componían las paredes. La decoración era austera y los suelos no contaban con alfombras ni las paredes con tapices o cuadros, y todos y cada uno de los muebles estaban hechos de acero, la mejor de las aleaciones del hierro que los herreros eran capaces de forjar. La primera vez que Tanem había estado allí había sido con sus padres, en una ocasión en que habían viajado hasta ciudad Férrica para entregar al Arconte un reloj de cobre mágico como el que él mismo tenía, pero diez veces más grande. Recordaba como Baláceas había dicho que deseaba tener aquel artilugio en la sala del trono para poder controlar el tiempo en todo momento y para que las futuras generaciones fueran testigos de que su mandato duraría mil años.

Al acceder al salón donde se iba a celebrar el banquete, el sirviente le mostró el asiento que tenía asignado en la gran mesa rectangular que ocupaba la mayoría del espacio, y luego le deseo que se divirtiera y le abandonó. Al ver que la mayoría de invitados ya se habían sentado, Tanem también tomó asiento y charló con los alquimistas que estaban cerca de él a la espera de que el anfitrión apareciera y diera comienzo el festín.

[…]

Se formó un respetuoso silencio en todo el salón en cuanto el Arconte y los miembros de su familia entraron en el salón precedidos del estridente sonido de las famosas carcabas, también denominadas castañuelas metálicas, que anunciaban su presencia cada vez que Baláceas aparecía en un salón de Palacio. Todos ellos tomaron asiento en la cabecera de la mesa y Baláceas dirigió unas palabras de bienvenida a sus invitados; pero Tanem no le escuchaba en absoluto. Solo tenía ojos y oídos para la bella dama sentada a la derecha del Arconte. Se trataba de Melinda, la mismísima sobrina de Baláceas. El Arconte no estaba casado, y el padre de Melinda había muerto hacía años en el campo de batalla, por lo que Baláceas trataba a la hija de su hermana como si fuese su propia hija. Por lo tanto, Melinda no ostentaba de un modo protocolario el título de princesa, pero todo el mundo la trataba como tal. Era una mujer joven y bajita, un pelín regordeta y con unos senos que no pasaban desapercibidos (y que no trataba de ocultar, pues llevaba un abultado escote). Se decía que su madre y Baláceas no eran suficientemente duros con ella y que le consentían cualquier capricho, y a causa de ello Melinda era altanera, irrespetuosa con los demás e irresponsable; cualidades que el propio Arconte habría condenado en cualquier otro ciudadano.

Baláceas terminó de hablar y Tanem salió de su ensimismamiento cuando los sirvientes comenzaron traer las viandas. El alboroto volvió de inmediato al salón y los comensales se lanzaron sin pudor a atacar los platos de lacón con grelos, la empanada de sardinas, los milhojas de pimientos y los muslos de Jing-make con jugo de semillas de asupandula y ajo; todo ello manjares venidos de más allá de las fronteras del Imperio. Los platos se sucedieron y la bebida fluyó abundantemente. Mientras, un grupo de actores venidos desde las cálidas tierras de Quirim cantaban pícaras baladas para entretener a los invitados (poniendo especial interés en alabar y sonrojar a las damas solteras). Tanem disfrutaba de todo ello, pero al mismo tiempo iba lanzando discretas miradas hacia el cabezal de la gran mesa para saber en todo momento qué hacía Melinda.


[...] Capítulo aun en construcción. Estoy intentando hacer un capítulo bastante más largo que los anteriores, con la intención de que tenga una longitud cercana a un capítulo de una novela, pero me está costando bastante. Cuando lo termine editaré este comentario y otro mensaje avisaré de que ya está acabado.
"El pasado nunca deja de perseguirnos."
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