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[Fantasía] El Imperio de la Luz
#1
¡Muy buenas!

Os dejaré aquí unos capítulos de la novela que estoy escribiendo en Wattpad, a ritmo de un capítulo a la semana (publicación semanal). Obviamente, cuenta con errores ya que a todas luces ésto es un primer manuscrito, o puede que ni llegue a eso. No obstante, es legible y se puede disfrutar.

Os dejo aquí el enlace a la plataforma: https://www.wattpad.com/story/79153725-e...-de-la-luz

Trataré de no abandonar este tema, aunque para seguir al día las nuevas publicaciones les rogaría que fueran a Wattpad Smile

Sin más dilación, espero que lo disfruten:


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I.

A vista de pájaro, Lublín se asemeja a un animal orgulloso, de cuyas fauces brotan sendos colmillos de hormigón, acero y vidrio. Una criatura fuerte, audaz y triunfadora que pese a la adversidad aún se alza con el pecho henchido de satisfacción, engalanada de rojos pendones marcados con la cruz de la nación.

Allá abajo, los ciudadanos, más pequeños que hormigas, se congregan con escándalo a ambos flancos del Paseo de la Victoria —avenida que atraviesa el Distrito Central de un extremo a otro—, agitando banderas y haciendo sonar silbatos. Las bandas de música de la escuela militar marchan al son de la percusión, tocando por turnos, pero siempre con renovado júbilo, el himno patrio. Entre pausas, el clamor popular asciende en forma de murmullo mientras el paisaje brinda una hermosa panorámica: con la Torre de Hierro al fondo, a orillas del río Rena, cuyo vértice emite brazos de fulgurante electricidad que latiguean el aire sin pausa.

Una imagen idílica. O así lo cuenta el locutor de radio encargado de retransmitir el acontecimiento, informando en primicia desde el dirigible que surca el cielo de la capital en el día que se conmemora el vigésimo segundo aniversario del triunfo en las urnas del Partido Nacional de Austrasia, y por supuesto, del gran adalid del orden y guía del pueblo, el Líder Adalber Efrén.

—Así que, amigos, reitero por séptima vez, y jamás me cansaré de repetirlo: este es un día de agradecimiento —bramó el aparato—. Agradecer que vivimos gracias al sacrificio de un gran hombre que siempre, pero sobre todo hoy, es uno con el pueblo. ¡Admiren el ejercicio de humildad! Mírenlo sonreír ampliamente y regalar su saludo a todos los presentes. ¡Ese es el talante de nuestro Líder! Y como no, también tenemos elogios para su fiel Gabinete, todos alineados a su espalda con el puño sobre el pecho; todos hombres de Estado, cuya vocación de servicio público ha hecho posible que hoy sigamos haciendo historia. ¡Viva Efrén, viva Efrén, viva Efre-...

Se cortó la emisión. El discurso eufórico del locutor fue reemplazado por una incómoda estática, que a los pocos segundos simplemente dejó de existir.

—Oh, mierda. ¿Qué has hecho ahora?

—¿Me tomas el pelo? No hice nada, imbécil. —Acto seguido le propinó un puñetazo al aparato.— Es esta puta radio, que viene y va.

Las bombillas comenzaron a titilar.

—Fantástico. Nos hemos quedado sin energía otra vez —se quejó el primero—. Anda, arranca el generador. No, no me mires con esa cara: soy tu invitado y tú mi anfitrión. Así que mueve el culo.

—Maldito gilipollas venido a menos. Ahora entiendo que no te quieran ni en tu casa.

Pero la única respuesta que recibió fue ver cómo el tipo remataba una de sus botellas de vino y levantaba la copa a modo de brindis, mostrándole una sonrisa triunfal. Suspiró y negó cabizbajo; acto seguido siguió subiendo peldaños, la madera crujió bajo sus pies.

—En fin —gritó desde la trastienda, en el piso de arriba; se le oía trastear con varios cachivaches—. Los suburbios son un inmenso agujero de mierda lleno de ratas y escoria. Fíjate si les importamos poco, que ni los pilas pisan por aquí. Igual que si fuera tierra de nadie. Y así vamos, don Enric, así vamos...

—Deja de llamarme don Enric, moreno —devolvió el otro—. Y si tanto te molesta lidiar con los analfabetos de los suburbios, cómprate un ático en el Distrito Comercial.

—¿Y tener que enseñar la identificación a un idiota con uniforme hasta para mear? ¡Ni hablar! —terció—. Yo me quedo aquí, y si los pilas no ponen un pie, pues mejor. Más tranquilos todos. Y ya si sacan de los suburbios a esa banda de pimpollos que se pasea por aquí con el brazalete del Partido en el brazo, como si se creyeran importantes, los muy subnormales, me ahorrarían más de un lío con los peces gordos...

Su voz se convirtió en un murmullo inaudible, aunque seguía con la verborrea. Enric dejó oxigenar el vino de su copa, consciente de que su compañero se encontraba en el patio alimentando el generador. Pasó casi un minuto hasta que regresara a la trastienda y, por lo tanto, volviera a oír todo lo que decía. Mientras eso ocurría, las bombillas destellaron varias veces hasta brillar en su plenitud.

—¡Y siempre diré que lo mejor del Partido son los dibujos del Ciudadano! Sí, ya sé que son propaganda, pero no puedo evitarlo. ¿Viste el del león en el pajar...?

—Gus —lo cortó—, ¿te conté alguna vez que yo escribí el personaje del Ciudadano?

—¿Que tú inventaste al Ciudadano? ¿Ese dibujito del rubiales con el mono del Partido? —Enric asintió, solemne. Pero Gus le devolvió una sonora carcajada.— ¡Tú qué vas a inventar, fantasma!

Enric, que estaba bebiendo de su copa, se atragantó de tal forma que hasta sus narices se convirtieron en una fuente de tinto espumoso. Tosió apartando la copa a un lado, y aunque lo intentó, nada pudo hacer para evitar mancharse el raído chalequillo que vestía sobre la camisa blanca.

—¡Serás imbécil! —dijo entre toses.

Gus se retorció entre carcajadas. Su cuerpo era un muñeco sin fuerzas apoyado sobre la barandilla de la escalera, y cuando conseguía reunir un atisbo de fortaleza, lo malgastaba en respirar hondo, limpiarse la lagrimilla y señalar al humillado Enric, que trataba de limpiar la prenda con la mayor dignidad posible. Luego volvía a arrancar a reír. Repitieron ese ciclo hasta que fueron interrumpidos.

—Seréis brutos. Se os oye desde la esquina.

—¡Marga! —exclamó Gus.

A pesar de que Gus se encontrara tres escalones por debajo de la recién llegada, ambos podían mirarse a la cara de frente. Marga le tendió la mano con una sonrisa, Gus la estrechó con ambas y ésta se hizo ridículamente pequeña entre sus manos negras. Luego intercambiaron un par de elogios y comentaron con desenfado lo mucho que había crecido y lo guapa que estaba Amelia, la hija de Gus, quien la recibió y le dio la bienvenida.

—Y tú, ¿no es demasiado temprano para que estés así? —Marga señaló las manchas de vino en el chalequillo de Enric.

—Sabes que siempre me esfuerzo al máximo —movió las manos en un alarde de notoriedad, el vino agitándose de un lado a otro en el interior de la copa—. Me alegra volver a verte, Marga.

—A mí también, intelectual de pacotilla. —Fingió duda y corrigió—: Quiero decir, don Enric.

Enric negó cabizbajo, hundiendo la cara en la mano derecha.

—Estáis todos en mi contra —dijo al fin.

—Bueno, Marga. —Gus bajó del último escalón al suelo, levantando una pequeña nube de polvo.— Bienvenida a mi humilde bodega. Sé que no es muy grande, pero sin duda es acogedora. Ahora siéntate y sírvete cuanto desees.

—¿Ha llegado alguien más? —preguntó Marga.

—No. Fuiste la primera si asumimos que este jodido crápula vive aquí. —Gus señaló a Enric con el mentón.

—Sigue así y me iré a entregar mi escaso capital a otro desaprensivo tabernero. —Enric lo apuntó con el índice, mirándolo con ojos entornados.

Gus y Marga aprobaron su comentario con una sonrisa.

Toc, toc. La puerta se abrió dando paso a un hombre de gran envergadura, extremadamente risueño en apariencia. Aguardó unos segundos allí, quieto y con los brazos cruzados sobre su amplia barriga, esperando reacciones. Cuando lo descubrieron, todos vitorearon su presencia. Respondió abriendo los brazos y asintiendo con cara de circunstancia.

—¡Antuán! Pasa y siéntate, hombre —lo recibió Gus.

—¿Qué hay? —saludó escuetamente, centrando su atención en bajar aquellas condenadas escaleras.

—Ya ve usted, fidelizando costumbres y vicios insanos —respondió Enric, devolviéndole la sonrisa al recién llegado.

—¡Me alegra verte, maldito canalla! —Antuán aplastó el hombro de Enric en un efusivo saludo.— No supe nada de ti en los últimos nueve meses, ¿por qué no respondiste a mis cartas? Te hacía muerto, devorado por esa rata tuya a la que llamas mascota.

Enric arrugó el gesto tras el golpe. Gus y Marga sonrieron levemente.

—¿Te refieres a Calcetín Tercero? Desapareció hace tiempo, ahora me acompaña Calcetín Quinto; el número cuatro nunca me cayó en gracia. —Marga giró la cabeza, ensombrecida la mirada.— Oh, no. Calcetín Quinto no está aquí, Marga, al menos no literalmente…

—Si se me acerca —comenzó en voz queda, enfatizando todas y cada una de las palabras—, la mataré. Aún no tengo ni idea cómo, pero lo haré.

—¡Vamos, si es un amor!

Enric y Marga debatieron intensamente sobre los puntos a favor y en contra de poseer una rata como mascota. Enric alegaba a la inteligencia y la lealtad de los pequeños animalitos. Marga, en cambio, esgrimía argumentos basados en malas experiencias de la infancia. El diálogo perdió ante la intransigencia, y a nadie le extrañó un ápice.

—Cuenta, Antuán. ¿Dónde está el canalla de Albert? —preguntó Gus, apoyando los brazos en el respaldo de la silla.

—Murió hace tres meses. Tuberculosis. —Antuán negó, solemne.— Cada vez somos menos. Por cierto, ¿qué sabéis de Anne?

—No vendrá —sentenció Marga—. Ahora es funcionaria del Partido, aunque vete tú a saber a qué Ministerio fue asignada. Por mucho que desee estar aquí presente, sería una total y absoluta locura asistir a una reunión de maleantes y disidentes en los suburbios de Lublín.

Se hizo un silencio incómodo. En ese instante fueron plenamente conscientes de lo que hacían allí, en el sótano de un bar a las afueras de la capital, y lo que conmemoraban año tras año: la muerte de la Libertad, veintidós años atrás; añadido al deseo —fantasía, más bien— de que el Estado controlado minuciosamente por el Partido Nacional de Austrasia se derrumbase sin dejar rastro en los anales de la historia. Todos sintieron un profundo temor a las represalias, que por suerte no duró mucho.

Porque la puerta se abrió violentamente.

Un hombre cruzó el umbral, su cabello ondulado se agitó y sus gafitas de lentes circulares cayeron presa del ajetreo sobre la punta de la nariz. Se apoyó en la barandilla, atusándose unos mechones rebeldes. Y aunque su respiración fuera nerviosa, se esforzó por dirigirse al grupo con voz queda.

—Encended la radio.

Todos intercambiaron miradas, atónitos.

—¿Qué ha pasado, André? —preguntó Gus.

—Encended la radio —insistió.

Gus tragó saliva y obedeció.

—...El atentado durante el desfile en el Día del Orgullo Patrio se ha registrado a las once cuarenta y cinco aproximadamente. Se cuenta al menos una decena de heridos; el Líder Adalber Efrén, objetivo aparente del atentado, se encuentra ileso. Nadie reivindicó la autoría del ataque, pero en el Ministerio de Seguridad atribuye el golpe a una célula terrorista de origen desconocido. Se ruega a todos los ciudadanos que regresen inmediatamente a su hogar, se establece el toque de queda. Esta agresión no quedará impune, ¡gloria a Austrasia!

Gus apagó la radio al finalizar el comunicado. Durante las horas siguientes, la cadena sólo emitió el Himno Nacional de Austrasia en bucle.
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#2
¡Os dejo por aquí el segundo capítulo!


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El extraño afiló la mirada y estudió la situación en el exterior a través de una rendija en la persiana. Un cigarrillo pendía de sus labios, su boca emanaba humo. La luz del atardecer aturdió sus ojos cansados y reveló siluetas sinuosas en el aire viciado de la habitación. Allí abajo, los agentes de la Policía del Orden —siempre uniformados de verde— seguían montando guardia. El extraño se apartó de la persiana y caminó de un extremo a otro, consultando su reloj de pulsera.

—Son más de las cinco... —miró a su compañero, un joven escuálido de piel nívea, sentado en una silla con los pies en alto.

—Relájate, Pascal. Podemos pasar aquí la noche...

—No, Guillem. —Lo cortó de inmediato.— No podemos, es demasiado peligroso. Saldremos al anochecer y rezaremos para que la puta que nos parió nos dé vía libre.

—Entonces sólo quedan treinta minutos. Aunque —dudó Guillem— quizás deberíamos tomar el mismo camino que usamos para llegar.

—¿Tú estás loco? —Le reprendió exaltado, tratando de no levantar la voz.— ¿Has perdido la cabeza?

Y efectivamente, debía estar como una regadera para sugerir semejante locura. Pascal habría firmado con sangre, de ser necesario, que la red de alcantarillado bajo el Distrito Central, era en este momento el lugar más inseguro de toda la ciudad. Sobre todo después de que un par de cuerdos desequilibrados dinamitaran el conducto bajo el glorioso Arco del Triunfo, construido una década atrás para conmemorar la victoria militar de Austrasia sobre sus países vecinos, causando la demolición del monumento histórico y, al mismo tiempo, del emblema del Partido.

Además, que dos desaprensivos abandonaran sesenta kilos de pólvora prensada —repartida en tres cargas de veinte kilos cada una— junto al reloj de bolsillo que la haría detonar a las doce menos cuarto del mediodía, bajo los pies del mismísimo Adalber Efrén en el Día del Orgullo Patrio, seguro que los tenía muy cabreados.

No obstante, y a pesar de todo, se sentían pletóricos.

La euforia alojada en sus corazones, esa que iba y venía con el transcurso del tiempo, clamaba gloria y reconocimiento a la vez que la cabeza les aconsejaba prudencia. El plan urdido se resolvió con éxito absoluto. La identidad del Partido fue socavada; y la tentativa de asesinato, al menos en opinión de los ejecutores, quedó satisfecha.

Y aunque era pronto para afirmarlo y gritarlo a los cuatro vientos, cabía la posibilidad de que fueran recordados por todos como los tipos que mataron a Adalber Efrén.

—Igual sigue vivo —soltó Guillem—. Había mucho polvo, me escocían los ojos y no paraba de toser. Si pasó algo, yo no vi nada.

La euforia volvió a abrir la puerta al miedo, y lo invitó a ponerse cómodo.

—Mira, no sé qué está pasando ahí fuera. —Pascal apagó el cigarrillo de un pisotón.— Ahora sólo quiero salir de aquí. Volver a casa. Tomar un trago. Echar un polvo. Y mañana ya veremos.

—Recapitulemos —insistió Guillem—: Efrén estaba bajo el arco cuando ocurrió la explosión. Se tambaleó y cayó de rodillas, cagado de miedo. Lo vi mirar arriba, tratando de protegerse con los brazos en alto. Y la estructura se derrumbó...

—Entonces debe estar muerto —sentenció Pascal—. Y ahí tenemos el celuloide para demostrarlo.

El celuloide.

Para obtenerlo, siguieron el segundo paso del estricto plan ideado por Pascal: después de colocar las cargas explosivas, invirtieron las cuatro próximas horas en acicalarse y vestirse para la ocasión. Estudiaron su papel, ensayaron la farsa y prepararon los bártulos. De aquí en adelante, durante las próximas horas de la mañana, serían funcionarios del Ministerio para la Ilustración Pública y Propagandística. Serían periodistas.

Reunieron toda la frialdad que sus conciencias les permitía y se echaron a la calle, siempre bajo la constante presión del minutero. Guillem cargaba un cinematógrafo. Pascal se encargó de dar explicaciones. Cruzaron con éxito los dos controles de seguridad que los separaban del Paseo de la Victoria, y una vez se integraron en la celebración se supieron invencibles. Caminaron a paso raudo, se afincaron en una zona de privilegio a más de cincuenta metros del Arco del Triunfo y prepararon la máquina.

El celuloide registró todo el suceso desde las once y cuarenta. Las bandas de música se abrían hacia el parque, justo en el flanco izquierdo. Los civiles se congregaron al otro lado de la avenida, a unos cien metros. Incluso los vehículos del Partido quedaron registrados al estacionar. De éstos bajaron las personas más influyentes de Austrasia: Germán Frisc, ministro de Seguridad; Ansel Lombard, ministro de Economía y Finanzas; Fredo Guevel, ministro para la Ilustración Pública y Propagandística, entre otros; y cómo no, el Líder Adalber Efrén. Todos posaron bajo el Arco del Triunfo para las fotografías, estrecharon manos afectuosamente y conversaron con aparente cordialidad...

Hasta que todo estalló.

Luego el suelo tembló. El cinematógrafo vibró sobre sus piernas de metal. Y cundió el pánico.

Los civiles corrieron hacia el lado opuesto, temiendo que sucedieran nuevas explosiones. La estructura dañada del Arco del Triunfo, que sobresalía sobre la nube de polvo, comenzó a tambalearse, hasta que irremediablemente se derrumbó ante miles de ojos atónitos. Los cascotes rodaron como en una avalancha. Pronto sólo quedaron gritos en el aire.

Pascal advirtió a su compañero tocándole el hombro, y le indicó con un breve movimiento de cabeza que era hora de largarse. Guillem abrió la puertecita del cinematógrafo y extrajo el celuloide de la bobina. Lo introdujo en una bolsa de lona, a buen recaudo. Luego se alejaron a paso ligero del instrumento, pues debían alcanzar el refugio antes de que la Policía del Orden se organizara, acordonara la zona y comenzase a hacer preguntas incómodas.

Y eso los arrojó de bruces al presente, al cuartucho de pensión que habían reservado días atrás. Desconfiaban del dueño y recepcionista, por supuesto; pero la certeza de que ya no estarían allí cuando el tipo —supuestamente— decidiera delatarlos a las autoridades, los tranquilizaba. De cualquier forma, todos los cabos fueron atados. No había causa para dudar, sólo miedo.

—No quiero acabar en la Casa de la Verdad, Pascal... — dijo Guillem, sonriendo con amargura.

—Yo tampoco, amigo mío —lo consoló Pascal—. Yo tampoco.

Guillem suspiró.

—Casi ha llegado la hora.

Pascal señaló el rincón. Había un hatillo sobre la cómoda, en su interior guardaba dos chaquetas de color negro, con la insignia del Partido —una cruz aspada dentro de un círculo— bordado a un lado de la pechera, y el escudo de la Policía Criminal en el otro. Estaban acompañados de dos identificaciones falsas. Echaron en falta las efigies sagradas y los símbolos religiosos, ya que, además del valor, precisarían de un milagro para salir de allí con vida.
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#3
Pues si no te importa, lo leo directamente desde wattpad. Mi nombre es @Maserez, ¡Nos vemos!
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#4
¡Siguiente capítulo!


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El oficial se enjugó la frente perlada de sudor con un pañuelo. Sus hombros se mecían al ritmo del traqueteo del vehículo, que rodaba en dirección a la archiconocida Avenida del Terror, nombrada así incluso por el más recto ciudadano de Austrasia. Debía su apodo a la gran cantidad de cuarteles generales subordinados al Ministerio de Seguridad allí presentes. Y, cómo no, a la Casa de la Verdad, considerada por muchos el auténtico infierno austrasio, y sede de la Brigada de Investigación Social —también conocida como Brigada Político-Social—. O simplemente, la Brigada.

Y allí es a dónde se dirigían.

El vehículo se aproximó a un puente de piedra, y el crepúsculo les obligó a estrechar los ojos. Ambos flancos de la construcción habían sido decorados con multitud de farolas, las cuales siempre estaban prendidas. Brillando con intensidad incluso a plena luz del día. El oficial se recompuso y las contempló con la frialdad objetiva de quien cree con total firmeza que esas luces jamás se apagarán.

Entonces pensó en Lublín, la capital atípica. Una ciudad viva, que respira y se alimenta de la energía emitida por la Torre de Hierro, el complejo transmisor de ondas electromagnéticas diseñado y construido —supuestamente— por el Partido Nacional de Austrasia. Gracias a éste, los ciudadanos gozaban de suministro eléctrico gratuito, que no requiere de cables ni de costosas infraestructuras, y mucho menos de un plan de distribución energética que detendría el progreso de la nación años más tarde.

El puente quedó atrás, y junto a él todas sus cavilaciones. Nubes de tormenta volvieron a poblar la imaginación del oficial, convirtiendo la Casa de la Verdad en una inexpugnable fortaleza de altos y retorcidos torreones. Los sudores fríos regresaron. El botón del cuello de la camisa volvió a oprimir su garganta. Y sintió un incómodo hormigueo en los pies.

El vehículo frenó y estacionó a un lado de la calzada.

—Director Lando Esquer —dijo el conductor con marcado formalismo—, hemos llegado.

El joven uniformado sentado en el asiento del copiloto salió raudo del coche y procedió a abrir la puertecilla trasera. Lando sintió un repentino ataque de agorafobia, que por suerte no duró demasiado.

Salió del vehículo. Se topó con el joven, que permanecía con el semblante serio y la cabeza erguida. Luego extendió la diestra, en dirección al portón del edificio.

—Sígame, por favor.

Lando alisó su uniforme y ladeó la cabeza cuando ajustó la condecoración —una cruz de hierro bañada en plata— que usaba de alzacuellos. Acto seguido, vistió su cabeza con una gorra de plato tratando de no despeinarse y se ciñó el cinturón, de donde colgaba un arma enfundada. Miró al oficial subalterno, que mantenía el brazo en alto con cara de circunstancia, y comenzó a caminar. El otro lo siguió, y ambos subieron la escalinata de mármol, aproximándose a la fachada de la que colgaban sendos pendones rojos marcados con la insignia del Partido, la denominada cruz de la nación: una cruz aspada sobre un círculo. La misma que ambos hombres lucían en sus brazaletes.

A través del umbral vislumbraron una ristra de símbolos pertenecientes al partido: cruces, águilas y esculturas dominaban el escenario. Una vez en el interior, atravesaron el recibidor sin detenerse frente a la recepcionista de cabello rubio que repiqueteaba una máquina de escribir. La pared izquierda había sido revestida con más pendones, y entre ellos se encontraba un busto tallado en piedra del mismísimo Adalber Efrén.

Luego recorrieron pasillos y subieron escaleras durante al menos cinco minutos. Hasta que el oficial que lo acompañaba se detuvo. La placa junto a la puerta rezaba «Director de Investigación Lando Esquer; Brigada de Investigación Social».

—Es aquí, director Esquer. —El subalterno suspiró, tratando de permanecer impasible.— Entre.

Luego se cuadró, el pecho henchido y el puño sobre el corazón, y exclamó un «gloria a Austrasia». Lando Esquer asintió y el muchacho rompió filas.

Tragó saliva y reunió el suficiente valor para llamar a la puerta de su propio despacho. Una vez lo hizo, alguien en el interior le indicó que pasara.

Entreabrió la puerta y accedió a través de la rendija, tratando de no llamar la atención. Luego la cerró tras sí.

Lando se aproximó a la mesa de despacho fabricada en madera de caoba y aguardó erguido. Junto al ventanal abierto, de espaldas a la habitación, había un hombre alto y fornido. Hubo silencio hasta que éste le indicó que se guardara de formalismos y se pusiera cómodo. Fue entonces, y no antes, cuando Lando se quitó la gorra de plato y se sentó.

—He leído su historial, Lando Esquer —empezó el fornido—. Afiliado número quinientos cincuenta y seis mil ciento dos del Partido, veintiocho años, casado. Aquí dice que ingresó en el ejército con dieciocho, pero no hay detalles.

—La unidad a la que prestaba servicio fue disuelta por orden del Partido cinco años después.

—Comprendo —consintió—. Aquí llega lo interesante: también sirvió como comisario de la Brigada en Olma. Los impuros encarcelados en los campos de concentración bajo sus órdenes se cuentan por millares. Sus compañeros lo llaman el carnicero de Olma, ¿sabe?

Lando Esquer respiró fuertemente, pero no dijo nada que pudiera desacreditar el informe.

Finalmente, el extraño se giró. No lo conocía, no al menos en persona; pero recordaba haber visto fotos suyas en el pasado, en el periódico La Voz de la Nación. A menudo esa cara de facciones cuadradas y gesto autoritario había llenado primeras planas, y su nombre titulares rimbombantes: se llamaba Bruno Filadel, y era uno de los Escuadras.

Su pechera repleta de condecoraciones e insignias tintineó a su paso, pues caminó hasta el cómodo asiento al otro lado de la mesa, allí desde donde Lando miraba al mundo directamente a los ojos con frecuencia. Se sentó, quitándose la gorra de plato; acto seguido la arrojó sobre la mesa con desgana.

—Me dijeron que era usted un hombre risueño, señor Esquer. Que siempre reía. Y no veo ni una triste sonrisa en su cara.

—Hay detalles que está de más creer —se excusó sin maldad.

—Lo que me cuesta creer, Lando Esquer, es que un hombre con semejante habilidad para la intriga y la planificación como usted, no tuviera ni idea de que se tramaba un ataque contra el Estado y, por consiguiente, contra el Partido.

Lando sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta.

—Y no lo sabía —se defendió al instante.

—Por culpa de su ineptitud, uno de los monumentos del Partido ha sido destruido. Sin contar que su derrumbamiento podría haber herido al Líder Adalber Efrén.

—Pff —Lando se permitió bufar—. Sí. Al Líder Adalber Efrén.

Bruno se alzó sin contemplación alguna, su semblante convertido en una mueca deformada. Golpeó la mesa con sus grandes manos y éstas vibraron. Surgió un chisporroteo contra la madera, un ruido seco y sostenido. Lando Esquer sostuvo la mirada aterrorizada en los ojos de su superior, y el olor a quemado pronto penetró en sus fosas nasales. Minutos más tarde descubriría que Bruno Filadel había dejado la marca de sus manos calcinadas en la madera, para siempre.

Y comprendió que no sólo la atípica capital se nutría de la Torre de Hierro, sino que muchos de sus legisladores también lo hacían.

—El Líder Adalber Efrén —enfatizó lentamente.

Mientras fijaba la mirada en su superior, Lando fue momentánea y plenamente consciente de que Bruno era artificial. Su cara era una fantasía, al igual que su pelo y sus cejas. Llegó a la conclusión de que el único rasgo real eran sus ojos, de mirada severa y despótica.

—El Líder Adalber Efrén —repitió lentamente Lando Esquer.

Bruno asintió, pero permaneció en pie, juzgando despectivamente a Lando.

—Le mataría ahora mismo, director Esquer —le confesó—, pero otros tienen planes para usted. Así que va a hacer todo lo posible para traer con vida al causante o los causantes del ataque, o me aseguraré de que sea usted quien cargue con la culpa, y de que todo el peso del Estado caiga sobre sus débiles hombros.

Dicho esto, Bruno Filadel volvió a vestir su cabeza con la gorra de plato y abandonó el despacho sin volver a mediar palabra.
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