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[Fantasía] El Imperio de la Luz
#11
¡Capítulo 1!


UNO


Era una fría noche de finales de otoño.
El reloj marcaba la medianoche cuando dos hombres se detuvieron a contemplar el horizonte urbano. Ambos se habían sentado sobre el capó de una destartalada camioneta. El más alto exhaló una copiosa vaharada sobre sus manos enconadas; el otro fumaba un cigarrillo con las piernas suspendidas en el aire.
Los dos miraban la ciudad de Leblín desde una loma próxima al río Rena, exenta de edificios u otras construcciones. Habían aparcado el vehículo en el arcén de una estrecha carretera vacía de vegetación, donde la tierra se antojaba grisácea y olía a podredumbre. Desde allí oían el rumor de las aguas residuales fluyendo a través del desagüe, antes de que fueran vertidas al cauce del río.
Sin embargo, ninguno de aquellos detalles tenía la más mínima importancia, pues la belleza de dicha urbe los había cautivado.
No podían dejar de admirar sus magníficos contornos adornados con una miríada de luces, donde predominaban los edificios grises, anchos y robustos, en compañía de los altos hornos industriales y del vetusto monumento de hierro, con forma cónica, que las autoridades ordenaron convertir décadas después de su construcción en una torre de transmisión inalámbrica de energía. Esa misma que, en un alarde de soberbia, el Partido Nacional de Austracia rebautizó como «la Brújula del Mundo» por tratarse de la infraestructura más revolucionaria jamás erigida.
También reconocieron el espléndido Arco del Triunfo de Leblín, edificado en el centro de una intersección perfectamente iluminada donde convergían las calles y avenidas más importantes de la capital austracia. Y más allá de la misma, la central energética que abastecía el suministro de toda la ciudad, brillando como un faro en la distancia; con sus potentes focos prendidos y la maquinaria industrial funcionando a pleno rendimiento. Tan sólo echaron en falta los suburbios de Leblín, con sus viviendas deficientes y el incesante titilar propio de una pobre infraestructura eléctrica.
El hombre que había tratado de calentarse las manos a vaharadas se arrebujó en su desgastada cazadora de aviador, frotándose las manos con fuerza. Luego elevó la mirada y contempló con inusitado interés aquel extraño fenómeno que afectaba al cielo leblinense: consistía en un denso manto de líneas luminiscentes de color aguamarina, ondeantes y persistentes. Una anomalía que muchos forasteros solían confundir con la aurora boreal.
Fue entonces cuando se dirigió a su compañero, hablándole con cierto deje extranjero.
―No entiendo cómo puedes estar tan tranquilo en un momento como este.
―Yo tampoco ―respondió con naturalidad―. Pero sí me sorprende que tú no hayas dicho una palabra desde que salimos de ese agujero repleto de mierda. ―Lo miró mientras propinaba una calada al cigarrillo―. ¿Qué te preocupa, Guilén?
―No lo sé. ―Se encogió de hombros mirando al suelo―. Es una sensación difícil de explicar...
»Digamos que existe una vocecita dentro de mí, gritándome porque considera que debería sentir algo en un momento como este. Cualquier cosa, ¿entiendes? Como un ápice de culpa o arrepentimiento... Pero, en cambio, no siento absolutamente nada; y eso me preocupa. ―Guilén emitió un amargo bufido a modo de resignación, poniendo de nuevo la cabeza en alto―. ¡Bah! ¿Qué más dará lo que sienta o deje de sentir? Joder, a estas alturas de la película, la nuestra dista mucho de ser una vida normal.
Su compañero soltó una carcajada, expulsando una bocanada de humo sin proponérselo.
―Bien. ―Exhaló el resto del humo que retenía en los pulmones―. Me alegra saber que estamos juntos en esto.
Volvió a hacerse el silencio entre ellos. Ambos devolvieron la mirada al enigmático cielo irradiado.
―Dime algo, Pascal. ¿Qué haremos de ahora en adelante, una vez atemos todos los cabos sueltos?
Pascal se encogió de hombros.
―Supongo que disfrutar del tiempo mientras podamos. ―Apagó el cigarrillo sobre el capó del vehículo―. Nos merecemos unos días de descanso después de tanto ajetreo, ¿no crees?
Guilén enarcó una ceja, divertido.
―¿Acaso olvidaste cuánto nos urge encontrar aliados? Habrás logrado convencer a unos críos de la calle, pero necesitamos más recursos.
―Todo a su debido momento, Guilén ―dijo sonriente―. Aunque tienes razón. Puede que no haya mejor momento que este para contactar con ciertas personas, recordarles el propósito de la Rebelión y sondear cuáles son sus verdaderas intenciones, así como sus lealtades... Siempre que continúen vivos, claro está; como habrás podido imaginar, hace algún tiempo que no recibo noticias de nadie.
―Por un lado, me apena oírte reducir los últimos años de nuestra mísera existencia a la expresión «algún tiempo»... Pero por el otro, me conformo con que los viejos amigos de los que tanto hablas sean más amigables que esos cíngaros a los que, nunca está de más recordar, debemos un buen dinero.
Pascal rió entre dientes.
―No te mentiré, Guilén. Hay toda clase de gente sobreviviendo en ese gueto repleto de ratas y ruina que son los suburbios de Leblín ―confesó Pascal―. Pero nadie más hubiese financiado nuestro pequeño escarceo sin hacer preguntas. Por lo que esos cíngaros, como tú bien señalas, eran nuestra única opción.
Guilén explotó con una carcajada irónica.
―¡Pues vaya una opción! Déjame decirte algo, estúpido: eso que tú llamas financiación fue en realidad un préstamo. Y no uno cualquiera, no. Este incluye una tasa de interés desorbitada, y un montón de clausulas abusivas cuyo incumplimiento ponen en riesgo la buena salud de uno.
―¿Qué más da si fue una financiación o un préstamo? Según mi experiencia, ambos términos vienen a decir exactamente lo mismo. ―Sonrió de lado―. Míralo de esta forma: conseguimos el dinero que tanto necesitábamos, ¿no? Pues ya está.
Guilén puso los ojos en blanco.
―Ya, lo que tú digas. ―Tamborileó con los dedos sobre la carrocería, dando la conversación por concluida―. En fin... No sé tú, pero yo empiezo a tener frío, hambre y sueño a partes iguales.
Pascal asintió con la cabeza.
―Sí, yo también. ―Se bajó del capó de la camioneta de un salto―. Larguémonos de aquí.


DOS


Aquel hombre contemplaba el cielo a través de un amplio ventanal, en el interior de una habitación a oscuras. O, más bien, lo habría estado de no ser por el insólito refulgir de la noche irradiada, que lo impregnaba todo con su brillante luz aguamarina.
A su espalda se apreciaba una elaborada mesa de despacho acompañada por un cómodo sillón, además de varios estantes repletos de libros. También se distinguían al menos dos cuadros colgados en la pared, aunque las imágenes exhibidas fuesen todo un misterio.
Envuelto en un aire distante, el hombre se apoyó en el quicio del ventanal. Usaba un corte de cabello clásico, peinado hacia un lado, y vestía un imponente pero elegante traje militar de color oscuro.
Sus ojos abstraídos reflectaban el fulgor aguamarina.
Fue entonces cuando el timbre de una llamada lo sacó de su ensimismamiento. Procedía de un novedoso dispositivo electrónico desarrollado por el Ministerio de Ciencia. De grandes dimensiones y peso más que considerable, parecido al auricular de un teléfono convencional; pero al contrario que estos, dicho aparato permitía establecer comunicaciones de voz sin necesidad de conexión a la red telefónica. Sus precursores lo llamaban «teléfono celular», y afirmaban que se trataba de la tecnología del futuro hecha realidad en el presente.
El hombre alcanzó el aparato durante el silencio posterior al segundo tono, y oprimió el botón parpadeante mientras el altavoz profería el tercero. Luego levantó el teléfono y respondió.
―¿Alguna novedad?
―Nada aún ―respondió una voz enronquecida al otro lado del aparato―. Pero la Brigada está más activa que nunca en todas las ciudades de Austracia. Especialmente en Leblín, donde tenemos hasta al último de nuestros espías en movimiento. Todos recibieron órdenes de prestar atención a cualquier detalle, por más ridículo que les parezca.
»También solicité la activación inmediata del protocolo de escuchas telefónicas. ―Suspiró―. Sin embargo, aún no se denunciaron posibles comportamientos sospechosos ni se detecto información susceptible de ser malinterpretada.
―¿Y qué me dice de los suburbios?
―Poca cosa ―confesó―. Mis subordinados contactaron con los principales informadores de la zona. Todos confirman que la presencia de las Juventudes alborota a la prole y dificulta la tarea de obtener información para el Partido Único. También aseguran que la Policía del Orden estuvo practicando redadas e interrogatorios en el extrarradio sin éxito alguno.
La línea quedó en silencio durante un instante.
―Continúen la búsqueda ―dijo masajeándose las sienes―. No sé qué diablos estará ocurriendo ahí fuera, pero tengo un mal presentimiento.
―Con el debido respeto, señor. ¿No se estará obsesionando demasiado con este tema? ―Quiso sonar reconfortante―. Sé muy bien cuáles son las preocupaciones que tanto le aquejan. Créame cuando le digo que las comprendo e incluso las comparto.
»Maldita sea... Tan sólo faltan unas horas para que el Líder Efrén, sus cinco ministros y toda la cúpula del Partido Único se expongan ante una masa de ciudadanos eufóricos. No vamos desencaminados al considerar que, durante el desfile conmemorativo, la integridad de cualquiera de ellos podría verse seriamente vulnerada en el momento menos indicado.
»Así que téngame en cuenta cuando le digo que el cansancio es traicionero. Puede que hayamos comenzado a ver enemigos donde, simple y llanamente, no los hay.
Hubo otro silencio.
―Es probable ―terció al fin.
―¿Podría darle un consejo? No como compañero de profesión, sino como amigo. ―Acto seguido, dedicó unos preciados segundos a reflexionar cuáles serían sus próximas palabras―. Márchese a casa, Aldo. Tiene una familia que le espera.
―Sí, tiene razón. ―Suspiró―. Puede que le haga caso. Cuídese, Comisario Orleán.
―Usted también... ―Carraspeó―. Hasta pronto, Director Esquer.
Se cortó la comunicación.
Sin embargo, Aldo se quedó allí mismo con el teléfono celular en la mano, apoyado en el quicio del ventanal con aire dubitativo y apesadumbrado. Hasta que una sensación familiar se impuso sobre la amalgama de voces discordantes: decidió dar prioridad a su instinto y a su intuición, tal y como había hecho incontables veces en el pasado.
Ambas le aconsejaban prudencia.


TRES


El sol resplandecía radiante desde el inicio de la jornada.
Un escuadrón de aviones de guerra surcó el cielo nada más amanecer, y el rugido de sus potentes motores puso en pie a los ciudadanos leblinenses. Por el contrario, los más madrugadores ―y devotos del Partido Único― contemplaron con asombro una fantástica exhibición de maniobras aéreas a manos de los mejores pilotos de la Nación.
Una hora más tarde aparecieron los primeros helicópteros. Algunos batían sus hélices al servicio del Ministerio de Propaganda; los demás atendían otros intereses del Partido Único. Algún tiempo después presenciaron la llegada de un dirigible sobrevolando la inmensidad del cielo azul, pues durante el día era imposible distinguir los estragos de la irraciadión de las nubes ordinarias.
Por otro lado, aunque los canales de televisión y radio llevasen desde la madrugada conmemorando celebraciones previas o emitiendo tertulias dedicadas, no se estableció ninguna comunicación en directo hasta que el reloj tocó las ocho en punto de la mañana.
Llegado ese momento, el especial radiofónico tuvo un arranque frío. Pero el de televisión abrió conexión mostrando una asombrosa paronámica de Leblín, la capital de Austracia.
Una ciudad terriblemente artificial, comparable a una gigantesca rueda de carro. Pues debido a ciertos intereses económicos y energéticos, había sido dividida en ocho porciones equivalentes, comúnmente denominados octantes; y a su vez, estos convertían en un único distrito central conocido como «el Eje», descrito por todos como el centro neurálgico de la Nación. No en vano, era allí donde el Partido Nacional de Austracia decidía los asuntos que concernían al resto de países del continente; otras veces, al mundo entero.
Este era el lugar donde se concentraba el principal interés de las cámaras.
Tuvo que pasar algún tiempo antes de que los ciudadanos se congregasen a ambos flancos del engalanado Paseo de la Victoria ―la más grande de todas sus avenidas y la única que atravesaba Leblín de un extremo a otro―, agitando banderas y haciendo sonar silbatos. La calzada había sido tomada por la banda de música de la escuela militar, que marchaba al son de la percusión, tocando por turnos pero siempre con renovado júbilo. El replique de los tambores mantenía el ánimo en alto mientras las trompetas descansaban.
La ciudadanía estalló en euforia cuando apareció la primera compañía de infantería, abriendo la marcha a paso regular. Los soldados que iban a la cabeza del desfile enarbolaban la bandera de la Nación: una cruz aspada de color rojo estampada sobre un campo negro. En muchas otras también lucía la figura del ilustre cóndor imperial, junto a las correspondientes siglas del Partido Nacional de Austracia; como en los brazaletes rojinegros que aquellas personas vestían con orgullo.
Lo que vino después fue una interminable ristra de soldados uniformados de gris, con las camisas remangadas, el bajo del patalón remetido dentro de las botas y las boinas ladeadas sobre sus cabezas. Todos ellos caminando con garbo, a un ritmo idéntico y perfectamente alineados con sus pares, mientras ejecutaban difíciles movimientos de fusil.
Fue entonces cuando las cámaras de televisión registraron la llegada de una comitiva de automóviles descapotados, todos ellos de brillante color negro. Además, cada vehículo contaba con su propia escolta: una escuadra de soldados desfilando a buen ritmo, con la cabeza erguida y el arma al hombro.
Más pronto que tarde, la ciudadanía advirtiría que algunas de las personas más influyentes de Austracia viajaban a bordo de aquellos coches. Hubo vitores para todos ellos.
Para René Colasqui, el ministro de Industria, que sonreía tímidamente al saludar. Para Miria Escarlata, la ministra de Ciencia, que despreciaba al populacho mirándolo con soberbia. Para el ministro de Economía, Ánsel Lombardo, que agitaba sus carnosos brazos con auténtico entusiasmo. Para Fredo Guevel, el ministro de Propaganda, tan escuálido que al sonreír le nacían dos hoyuelos en las mejillas. Para Germán Vildoza, el ministro del Orden, con su sempiterno ceño fruncido. Y por supuesto, para el gran adalid de la justicia y guía del pueblo, el sacrosanto Líder Adalber Efrén.
El público celebró especialmente el débil saludo de este último. El de un hombre enfermo, cuyo rostro siempre permanecía oculto tras una sobria pero impenetrable máscara de hierro.


CUATRO


―Qué hijo de puta ―dijo indignado―. ¡Pero míralo, joder! El cabrón ni siquiera se sostiene en pie.
La pantalla del televisor mostraba al enmascarado Líder Adalber Efrén después de haberse erguido con gran dificultad para saludar a las masas. Estas, a cambio, le devolvían vitores.
―Encima le aclaman, Enric. ―Gruñó antes de gritar furioso―. ¡Me cago en Efrén, en el Partido Único y en la puta que los parió a todos!
―Por la Gloria de los Siete, Gustavo ―respondió otro, aún con la voz somnolienta―. No son ni las nueve de la mañana y ya estás gimoteando de nuevo. Cállate, maldita sea, y déjanos dormir un poco más...
―¿Qué mascullas, condenado beodo? ¡Si son más de las once y media! Los demás se marcharon hace horas ―dijo mientras continuaba mirando el televisor―. Solo quedas tú... y esa botella de vino casi vacía que usas ridículamente como almohada.
―¿Las once y media, dices? ―Enric se acomodó sobre la mesa―. No en mi reloj.
―¡Vamos, juntaletras! Levántate de una vez ―gritó―. ¿O es que acaso no quieres ver cómo posa tu magnífico Líder con su grandioso Arco del Triunfo a la espalda?
―Conozco métodos más entretenidos de provocarme una úlcera.
Gustavo profirió una sonora carcajada.
―Me consta que hace unos años no hubieses dicho lo mismo ―dijo entre risas―. Y no sé si beber hasta perder el conocimiento es más divertido, pero es cierto que se te da muchísimo mejor.
Gustavo rió a mandíbula batiente apenas terminó de pronunciar la frase. Aderezó la humillación asestando tres palmetazos sobre la desvencijada mesa de madera.
―Déjame decirte algo, moreno ―respondió airado―: tus estúpidas bromas de persona graciosa no gustan a nadie.
―Oh, discúlpeme si no le trato con el decoro que usted merece, señorito Enric.
Gustavo hizo una ridícula reverencia tratando de contener la risa.
―Sigue así e iré a entregar mi escaso capital a otro desaprensivo tabernero. ―Enric le apuntó con el dedo índice y lo miró con los ojos entornados―. En fin, has conseguido desvelarme. ¿Qué ponen en el televisor?
―Efrén, Efrén y más Efrén. ¿Qué prefieres?
―Dormir, pero no se contempla como opción ―dijo frotándose la cara―. ¿Hay más vino?
―Déjalo, Enric ―dijo una mujer desde lo más alto de aquella endiablada escalinata―. Por más que creas lo contrario, seguir bebiendo no te aliviará de esa resaca.
Ambos giraron la cabeza y exclamaron al unísono:
―¡Marga!
La recién llegada descendió los peldaños que conducían al sótano del Ouranos ―la modesta taberna que regentaba Gustavo―, y estos apenas crujieron bajo el peso de su cuerpo menudo.
―Descorcha la mejor botella que tengas a mano, Gustavo ―dijo Enric―. Estamos presenciando la aparición de una criatura mitológica.
―Muy gracioso, Enric. Ahora, hablemos de ti... ―Marga señaló su ajado chalequito de lino con manchas de vino tinto―. ¿No es demasiado pronto para tener ese aspecto?
―Mmm... ¿Es probable? ―Chascó la lengua―. Diablos, ¿a quién pretendo engañar? Sí que lo es. Pero ya me conocéis: cuando me esfuerzo, siempre lo hago al máximo. ―Enric guiñó un ojo―. De cualquier modo, es un placer volver a verte, Marga.
―Gracias ―dijo mostrando una amplia sonrisa―. A mí también me alegra veros.
Marga tendió la mano a modo de saludo; el grandullón la estrecharía enérgicamente entre las suyas, haciéndola ver diminuta en comparación. Después intercambiaron algunos elogios y comentaron con desenfado lo mucho que había crecido Amelia ―la ahijada de Gustavo―, que se encontraba fuera, en el porche, entrenándose frente a un saco de boxeo improvisado.
―Bueno, Marga. ―Gustavo se dirigió al aparador en busca de una copa―. Bienvenida a mi humilde bodega. Quizás no sea el lugar más amplio del mundo, pero es acogedor y dispongo de vino en abundancia. Así que siéntate y sírvete cuanto desees.
―¿Todavía no han llegado los demás?
Gustavo negó.
―De hecho, habrías sido la primera en llegar si asumiésemos de una vez que este jodido crápula pasa más tiempo aquí abajo que en ningún otro sitio ―dijo con retintín, señalando a Enric.
Marga rió.
―Estáis todos en mi contra ―gimoteó Enric.
Ambos aprobaron su comentario con una sonrisa cómplice.
Mientras tanto, en el televisor, el renqueante Adalber Efrén caminaba junto a sus cinco ministros hacia la Plaza de la Liberación, un espacio abierto y ajardinado, ubicado a unos trescientos metros del lugar donde se alzaba aquella majestuosa construcción decorada con multitud de relieves; en su fachada había un busto del mismísimo Líder encumbrado por siete estatuas de apariencia anacrónica, pero igualmente magmánima: se trataba, cómo no, del Arco del Triunfo de Leblín, erigido ocho años atrás para conmemorar ―entre muchas otras cosas― la victoria militar de Austracia sobre sus países vecinos, así como su consolidación como Estado hegemónico.
Los máximos representantes de la Nación se dispusieron de espaldas al monumento, tal y como indica el protocolo de celebración. Posaron ante las cámaras, estrecharon manos afectuosamente con otros miembros ilustres del Partido Único e intercambiaron palabras con aparente cordialidad...
O al menos, así ocurrió hasta que la pantalla del televisor de apagó.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó Marga.
Gustavo pronunció un exabrupto y le propinó dos manotazos al aparato en un innecesario achaque de vulgaridad. Aunque no por ello tuvo mejor resultado, pues ningún problema lo aquejaba realmente.
―Esa maldita torre de transmisión inalámbrica de energía... ―dijo al fin―. Otra vez estamos sin suministro eléctrico.
Enric se desperezó antes de hablar.
―Un día más en los suburbios de Leblín.


CINCO


Para sorpresa de nadie, Aldo Esquer también estuvo presente en el desfile conmemorativo por el Día del Orgullo Patrio. El célebre Director de la Brigada de Investigación Social ocupaba uno de los lujosos vehículos que el Partido Único había dispuesto para tal ocasión, en compañía de su esposa e hijos.
Lejos de mostrarse satisfecho o entusiasmado con el desarrollo de los acontecimientos, se mostraba completamente ajeno a todo cuanto ocurría a su alrededor.
Su esposa, por el contrario, debió lidiar con el menor de los dos niños: un pillastre revoltoso de pelo rubio y ojos claros, en esta ocasión determinado a desabrocharse el cuello de la camisa a pesar de las reprimendas. En cuanto a la niña, esta permaneció sentada con educación y se entretuvo asediando al silencioso chófer con su habitual batería de preguntas; pero al cabo de un rato, su mamá le pidió que no molestase más al señor conductor... No le quedó más remedio que ceder a su petición, no sin antes amohinarse.
Aldo agarró la mano de su hija, y la reconfortó con una sonrisa cómplice. Ella le devolvió otra, amplia y radiante.
Sin embargo, aquella alegre estampa familiar no se alargaría demasiado, ya que tan solo unos segundos después su papá estaría tan ausente como lo estuvo antes de que la reprendieran. Mirando al exterior sin ver otra cosa que su rostro decaído reflejándose en el vidrio de la ventana trasera...
Aunque su esposa hubiera hecho el mejor de los trabajos disimulándole los signos de agotamiento, como las ojeras o las bolsas oculares, esto no lo hacía sentir menos cansado. Sin contar, además, lo mucho que aborrecía últimamente hacer apariciones públicas en tales eventos; sobre todo cuando se festejaban con el único propósito de hacer recordar al mundo qué desagradable destino les depara a los enemigos de la Nación.
Sin embargo, su destacada posición dentro del Partido Único requería el cumplimiento de muchos deberes. Dejarse ver durante la celebración del Día del Orgullo Patrio era uno de ellos.
Aún permanecía inmerso en sus cavilaciones cuando el chófer se estacionó junto a una hilera de vehículos dispuestos en batería. Una vez se detuvieron, un amable mozo los recibió con toda la educación que ellos ―la gente bien conectada con el Partido Único― merecían.
Aldo respiró profundamente antes de salir del vehículo. Lo seguiría su hija, bajándose sin la ayuda de nadie. Por la puerta contraria, su esposa junto al menor de los niños; ambos saludaron al asistente en señal de agradecimiento.
Fue entonces cuando se les acercó una mujer esbelta, de unos cuarenta años ―si no los tenía, los aparentaba―, vestida con un impresionante traje de color beige. Se acomodó el cabello a la altura de la nuca, pues era corto y grisáceo, y se los quedó mirando con aquellos ojos tan grandes, tranquilos y cariñosos que tenía. Mientras tanto, en sus labios había una sonrisa afable.
―Vaya, vaya... ¿A quién tenemos aquí? ―La recién llegada se acuclilló ante el menor de los Esquer, haciéndole cosquillitas en el cuerpo―. ¡Anda, pero si es el pequeño Isaías! Cuánto has crecido desde la última vez. ¡Arcontes, estás hecho todo un hombrecito!
El niño se retorció de la risa.
―¡Tía Virgina! ―gritó la niña arrojándose a sus brazos.
―Con calma, Priscila; con calma. No querrás ensuciar el traje de la tía Virgina, ¿verdad? ―La mujer se incorporó y le dio un abrazo afectuoso a la cónyuge de Aldo Esquer―. Madre mía, Lucrecia... Mírate, ¡estás divina! ¿De dónde has sacado ese nuevo conjunto? Arcontes, es hermosísimo; tanto que hasta me da un poco de envidia no tener uno igual.
―Serás perversa... Hablas como si a ti no te vistiera el mismísimo «Augusto Abril» en persona ―bromeó Lucrecia―. Es por eso que, mientras tú acaparas al modista más codiciado de la Nación, las demás debemos conformarnos con las talentosas manos de sus hijos.
―En ese caso, nunca me digas cuál de los tres confeccionó tu conjunto... A menos que queráis echarlo en falta también ―respondió Virgina, riendo con naturalidad.
Aldo se acomodó la gorra de plato mientras su esposa conversaba con Virgina Efrén, consorte del Líder Adalber Efrén, también conocida como «la Comedianta». Un apodo que habría arrastrado con orgullo durante las dos últimas décadas, dese que renunciase a su exitosa carrera en el mundo de la farándula para contraer matrimonio con el hombre más poderoso de Austracia.
En líneas generales Virgina siempre fue una mujer alegre y jovial, sincera en el trato con los demás y muy apreciada por la opinión pública, tanto dentro como fuera del Partido Único. Entre líneas, derrochaba carisma a raudales y sabía cómo encajar en cualquier reunión, siendo estas unas habilidades muy útiles dados los círculos que debía frecuentar.
―No sabéis cuánto me alegra veros a todos juntos. ―Virgina abrazó a Aldo con recato antes de girarse hacia los niños, mostrándoles una sonrisa radiante―. Es más, ¿por qué no os venís conmigo al reservado que prepararon para la ocasión? Así podríamos disfrutar de la celebración, comeríamos dulces y cantaríamos todos juntos el Himno Patrio. ¿Qué me decís?
―¡Siií! ―gritaron los niños al unísono―. ¡Vamos, mamá! ¡Vamos con la tía Virgina!
―Está bien, está bien ―dijo Lucrecia―. ¡Pero antes tenéis que despediros de papá!
Cuando Aldo se acuclilló, Priscila corrió a sus brazos. Isaías, en cambio, se acercó con lentitud.
―¿Por qué no vienes con nosotros, papá?
Por un instante no supo cómo responder. Por suerte, Priscila lo hizo en su lugar.
―¡Porque tiene que cuidar al Líder Efrén de los hombres malos! ¿A que sí, papá?
Aldo sonrió.
―Sí, así es. Pero, ¿sabéis qué? ―preguntó tocando la nariz respingona de su hijo con el dedo índice―. Os prometo que cuando termine la ceremonia iré adonde quiera que estéis y pasaremos el resto del día juntos, ¿vale?
Ambos asintieron sonrientes.
―Así me gusta ―dijo Aldo, incorporándose de nuevo―. Ahora id con mamá y la tía Virgina.
Antes de marchar, los niños se cuadraron y practicaron el saludo militar tal y como les había enseñado su abuelo: el cuerpo erguido, el mentón en alto y la diestra cerrada en un puño a la altura del corazón, antes de expandirla hasta formar un ángulo obtuso con el resto del cuerpo. Luego corrieron hacia su madre y se agarraron de sus manos.
Aldo los observó marchar mientras su sonrisa se extinguía lenta pero inevitablemente.


SEIS


―Pero qué familia tan entrañable tiene usted, Director Esquer ―dijo alguien a su espalda.
Aldo identificó aquella desagradable voz al instante, conforme su rostro adquiría una mueca amarga. Sin embargo, debió obligarse a guardar la compostura para así mostrar una reacción acorde a su estatus, por más que sintiera el pulso sanguíneo latiendo en las sienes. No dudó en girarse, dispuesto a enfrentar al indeseable que había pronunciado tales palabras.
Ante él se erguía un hombre alto y robusto, de facciones cuadriculadas y hombros anchos; por lo demás, carecía del más mínimo atractivo, pues tenía el cabello ralo y unas enormes ojeras extendiéndose hacia los pómulos. Pero eso no le impedía actuar con la grandilocuencia de un megalómano, mientras tendía la mano en su dirección mostrando una sonrisa engreída.
Aldo la estrechó con firmeza, mirándolo a los ojos. Ambos impostaron cordialidad y apretaron el exceso.
―Le agradezco el cumplido, Néstor ―dijo Aldo desprendiéndose de su saludo―. Ojalá pudiera decir lo mismo de usted.
―No tiene porqué lamentarse, Aldo, pues yo también tengo una familia. Puede que la mía no sea tan convencional como la suya, pero le aseguro que los vínculos que nos unen son igual de sólidos y gratificantes. ―Néstor se carcajeó, asintiendo profusamente con la cabeza―. En cambio, nunca se me ocurriría decir lo mismo de quienes admiran su trabajo...
»Dicho esto, permítame compartir con usted un pequeño secreto a voces: corre el rumor de que el célebre mandatario de la Brigada de Investigación Social no atraviesa su mejor momento. No son pocas las fuentes que señalan que «El Hombre Que Siempre Ríe» ya apenas sonríe. Y eso es trágico, Aldo; muy trágico.
»Pero no tema, mi estimado camarada... Una vez todos olviden su sonrisa, siempre le quedará el tétrico sobrenombre con el que la prole suele referirse a usted. ¿Me equivoco?
Aldo tensó la mandíbula.
―¿Sabe qué ocurre, Director Esquer? ―continuó Néstor―. Que no me sorprende lo más mínimo que alguien de su condición, tan obsesionado por controlar hasta el más minúsculo detalle, tenga dificultad para conciliar el sueño todas las noches; pues no son pocas las voces críticas que, día a día, se pronuncian contra la Brigada de Investigación Social, cuestionando tanto sus métodos obsoletos como su rendimiento paupérrimo.
»Sobre todo después de cotejar los últimos resultados obtenidos por las Juventunes Nacionalistas de Austracia. ―Se permitió bufar con dramatismo―. Y es que todos saben que mi organización es más eficaz; que la información recabada por mis chiquillos es más fiable; y, por supuesto, que el coste de nuestra actividad es más asequible.
»Por lo que tan solo es cuestión de tiempo que los mandamases del Partido Único le exijan una explicación formal. Y esto no lo digo yo, mi estimado amigo, sino que lo indican todos los documentos expedidos durante el último trimeste.
Aldo guardó silencio.
Porque sabía que aunque las Juventudes Nacionalistas de Austracia eran eficaces, fiables y asequibles, también constituían un peligroso calvo de cultivo. Uno que contribuía a incentivar el enaltecimiento de órganos y siglas, a diseminar la paranoia social y a incremental la tasa de falsos positivos mediante su disparatado método de espionaje intrafamiliar. Pero, ¿cómo se les permitió poner en práctica semejante atropello contra la Unidad Nacional? Fácil... Habiendo conquistado previamente la voluntad del segmento más vulnerable de la población: la de los menores de edad.
Niños y adolescentes politizados en extremo, presionados a integrarse en el grupo y a adoptar un comportamiento específico; niños y adolescentes que desdeñan la autoridad de sus progenitores para confiar ciegamente en el Partido Único ―o en la visión que las Juventudes Nacionalistas de Austracia tienen de él―; niños y adolescentes que desde su más tierna infancia fueron adoctrinados por un instrumento del Estado, una icónica caricatura conocida como «El Ciudadano». Y no debía de ser de otro modo, pues de lo contrario flaquearían a la hora de acusar a sus allegados del más mínimo desliz.
Aldo se disponía a replicar cuando un espontáneo acudió a su rescate. Era un hombre de corta estatura y barrigudo, víctima de la pérdida de cabello. Lucía un ridículo bigotito sobre el labio; y contaba con los ojos ávidos de un hurón, siempre dispuestos a discernir cualquier detalle a través de los brillantes cristales redondos de sus gafas. Se trataba de Genaro Vigarey, Coordinador General del Bloque de Seguridad Nacional y ―según se rumoreaba― pieza clave durante la fundación del Partido Único.
―Tranquilícense, caballeros ―dijo en tono político, poniendo las manos sobre los hombros de ambos―. Aparquemos nuestras diferencias por un mísero día... Si no podemos hacerlo por voluntad propia, entonces hagámoslo por el Líder Efrén.
Néstor frunció los labios con aparente frustración, deshaciéndose de aquella mano conciliadora. Aunque no tardaría en doblegar los nervios, mostrando una sonrisa desagradable.
―Tiene mucha razón, Genaro ―dijo airado. Luego dirigió una mirada despreciable a Aldo―. De nada sirve discutir lo que el tiempo pondrá en su lugar. Ahora, si me disculpan...
Y así fue como Néstor Usberne, fundador de las Juventudes Nacionalistas de Austracia, puso rumbo hacia la Plaza de la Liberación. Recortándose en el horizonte, el Arco del Triunfo de Leblín: una imponente construcción de cincuenta metros de altura donde siete estatuas de apariencia anacrónica, dispuestas a lo largo de su fachada, exaltaban el impresionante busto del sacrosanto Líder Adalber Efrén, irguiendo sendas espadas con aire triunfal.
―No te imaginas cuánto aborrezco a ese energúmeno.
―Aldo, Aldo, Aldo... ―canturreó Genaro dándole unas palmadas afectuosas en el hombro―. Harías bien en no dar tanta importancia a lo que Néstor diga o deje de decir, pues nuestro amigo siempre fue una persona detestable. Como bien sabes, sus enemistades se cuentan por decenas; y quienes aún corren el riesgo de tolerar su presencia, lo quieren tan lejos como sea posible.
»Además, siempre es difícil tratar con quien ansía para sí todos los logros que uno acumuló durante los últimos años.
»Acéptalo, Aldo ―dijo sombrío―. Néstor nunca dejará de odiarte, porque tú le arrebataste aquello que más deseaba en el mundo. Por eso continuará reclamando el mando de la Brigada de Investigación Social aún cuando eso implique renegar de ella. De lo contrario, ¿por qué diablos crees que fundó las Juventudes Nacionalistas de Austracia?
―Se me ocurren algunos ejemplos...
Genaro sonrió con malicia.
―Espero que no estés refiriéndote veladamente a su caprichoso interés por los muchachos jóvenes y atractivos ―dijo con desdén―. Puede que el suyo sea un apetito sórdido, impropio de un hombre de Estado intachable, como lo somos tú o yo... Sin embargo, este no es el momento ni el lugar adecuado para conversar sobre tales desviaciones.
»El Líder Efrén nos espera.


SIETE


La camioneta circulaba por una carretera maltrecha y sinuosa.
Pascal conducía sin rebasar el límite de treinta kilómetros por hora. Guilén, en cambio, dormitaba en el asiento del copiloto con las piernas estiradas sobre el salpicadero, mascullando a ratos sobre lo mucho que habían cambiado los aviones de guerra austracios en los últimos años. Mientras tanto, la radio emitía un discurso litúrgico.
―Así pues, amigos míos, reitero y jamás me cansaré de repetirlo ―bramó una voz petulante―: en un día tan jubiloso como este, el pueblo austracio tiene la obligación de expresar su admiración. Pues debemos agradecer a su magnificiencia, el Líder Adalber Efrén, que hoy vivamos la época más próspera que este gran país jamás haya conocido.
―Cómo no ―intervino otro comentarista―, también nos sobran elogios para sus cinco ministros. Todos ellos fieles representantes del Partido Único, cuya profesionalidad e incansable vocación de servicio público nos permite continuar haciendo historia.
―¡Viva Efrén! ¡Viva Efrén! ¡Viva Efrén! ―gritó la voz petulante hasta la extenuación.
―Estas fueron las palabras de nuestros contertulios ―prosiguió el locutor principal―. Dicho esto, que continúe el especial radiofónico con motivo del vigésimo segundo aniversario del Día del Orgullo Patrio. Fecha en la que, como todos ustedes ya saben, se conmemora el alzamiento nacional dirigido por nuestro magnánimo defensor, el sacrosanto Líder Adalber Efrén.
»Celebración que, además, tiene a bien ocurrir durante una jornada tan espléndida como la de hoy. Aprovechamos este breve inciso para enviar un enorme saludo a nuestros oyentes, pues sabemos que ustedes nos escuchan desde todos los rincones del continente.
»Les recordamos también que esta retransmisión ocurre minuto a minuto, en riguroso directo. Y déjenme añadir también que nuestro equipo goza de unas vistas inigualables de la gran capital austracia, mientras surcamos los cielos a bordo del dirigible que el Partido Único nos proporcionó para la cobertura de este día tan señalado.
Pascal redujo la marcha del vehículo y giró hacia la derecha. Dejó atrás la carretera para adentrarse en una pradera de color pajizo, desde donde se divisaban algunas chabolas dispersas. Una vez se hubieron detenido, apagó el motor.
―Sin más dilación, les informamos que se acerca el momento que tanto hemos esperado. ―El locutor radiofónico seguía difundiendo su ferviente verborrea―. Así pues, mientras las últimas escuadras de soldados se posicionan a lo largo de la Plaza de la Liberación, los músicos de la escuela militar se preparan para interpretar el Himno Patrio.
»Les rogamos encarecidamente que lo disfruten. Nosotros les esperaremos aquí, en la emisora «Radio Nacional».
Pascal ladeó la cabeza con aparente desinterés. Guilén, por el contrario, consultó la antigualla que tenía por reloj de pulsera: las agujas marcaban las once y cincuenta y nueve minutos. Con aire maquinal, propinó unos toquecitos nerviosos a la esfera con el dedo índice.
―Paciencia, Guilén ―dijo Pascal, como distraído―. Todo va a salir bien.
Escucharon el Himno Patrio en silencio.


OCHO


El televisor seguía apagado cuando Gustavo regresó a la bodega. Entre sus manos traía una tabla con hasta cinco variedades de queso, todos ellos de diversos orígenes. Por su parte, Marga había empapado una tosta de pan en aceite de oliva, con la intención de rociar una generosa cucharada de azúcar por encima.
―Aquí viene el tentempié. ―Gustavo depositó la tabla sobre la mesa y regresó a su asiento―. Os sugiero probar el queso vianés. Es el mejor de todos los que traigo con diferencia.
―Maldita sea, aún no sé si estoy preparado para regresar al cuadrilátero. ―Enric había comenzado a ingerir agua por recomendación de Marga―. Pero si tanto insistes...
Ambos probaron el queso.
Marga fue la primera en reaccionar, saboreando sonoramente el bocado conforme mantenía los ojos cerrados.
―Estoy gratamente sorprendido, Gustavo ―dijo Enric degustando el queso―. No sabes cuánto me satisface ver que nos agasajas con los mejores productos de tu despensa.
Gustavo rió a carcajada limpia.
―¡Eso no te lo crees ni tú! ―replicó―. ¿A costa de qué iba a desperdiciar algo tan bueno dándoselo a un granuja como tú?
―No digas más... ―añadió Marga con impaciencia―. Es un regalo de André, ¿verdad?
Gustavo sonrió con aire nostálgico antes de responder.
―Un muchacho delgaducho lo trajo hace unos días. Además del queso, dentro del paquete había una breve carta escrita de su puño y letra. ―Gustavo se sirvió un trago de vino―. En resumen, dice que «lamenta su ausencia un año más» y que «espera enmendar tamaña descortesía brindándonos, a cambio, este exquisito obsequio que él eligió personalmente». ―Gustavo apartó la mirada y suspiró con resignación―. Maldito estúpido...
―Así que este año tampoco asistirá... ―musitó Marga.
Gustavo negó con la cabeza. Justo se disponía a responder cuando Enric le interrumpió.
―¡Arcontes! ¿Es que no se da cuenta de que han pasado cinco años? ―Enric buscó el apoyo de sus compañeros, pero ninguno lo respaldó. Ambos escucharon cabizbajos―. Cinco años es muchísimo tiempo... Incluso para alguien como André. Haría bien en tomarse la vida con más calma.
―Cada uno afronta la pérdida a su manera, Enric ―sentenció Marga―. El método de André es tan válido como cualquier otro.
―Además, vosotros lo conocéis tan bien como yo; puede que hasta mejor... ―dijo Gustavo, mirando a Marga sin remilgos―. André aún se cree responsable de lo ocurrido.
Los tres guardaron silencio. Hasta que Gustavo se atrevió a romperlo, poniéndose en pie con actitud solemne. Inmediatamente, agarró la botella de vino y derramó una parte de su contenido sobre el desgastado suelo de madera. Terminó su ritual pronunciando el siguiente brindis:
―No bebamos más por los años de libertad perdidos, ni por los que vendrán... Hagámoslo por nuestros hermanos caídos en la Rebelión. Pero, sobre todo, bebamos por Anne: nuestra más querida amiga, que se convirtió en un símbolo de esperanza para el pueblo que tanto protegió, y también en un modelo de conducta... Pues nunca jamás habrá mujer tan valiente como ella en los jodidos suburbios de Leblín.
Enric asintió con la cabeza gacha. Marga, en cambio, se puso en pie.
―Por Anne.
Los tres brindaron y bebieron a la memoria de su difunta amiga momentos antes de que un hombre próximo a la senectud, con la manga izquierda de su abrigo parcialmente recogida en un pliegue, irrumpiera en la bodega con violencia, con la respiración desbocada. En su cuello pendía un rosario provisto de siete grandes cuentas de distintos colores, símbolo que lo identificaba como predicador del dogma Arcontiano.
El hombre se apoyó en la barandilla tan dignamente como pudo, esforzándose por transmitir su importante mensaje con la mayor brevedad.
―¿Os habéis enterado? ―dijo jadeante―. ¿Sabéis lo que acaba de pasar allá, en el Eje?
Todos intercambiaron miradas atónitas.
―¿Qué ha pasado, Ferenc?
―No tenéis ni la más remota idea, ¿verdad? ―Ferenc sonrió irónicamente y resumió todo cuanto sabía―. Hubo un atentado durante el desfile.


NUEVE


Una turba de llamadas colapsó la centralita minutos después de que el reloj anunciase el mediodía. Sin embargo, el Partido Nacional de Austracia disponía de una línea telefónica de uso privado con el fin de garantizar la comunicación entre autoridades en caso de emergencia: el famoso «teléfono rojo» del Partido Único.
Esta fue la vía empleada para divulgar la trágica noticia de que la Nación había sido víctima de un atentado fatal, perpetrado con total certeza por una célula terrorista afiliada al «Estado Secreto».
Por fortuna, el Líder Adalber Efrén ―a quien la prensa se empeñó en señalar como el presunto objetivo del ataque, pese a las múltiples incoherencias― había resultado ileso. Al igual que sus ministros u otros célebres mandatarios del Partido Único.
No corrieron la misma suerte los cuarenta y tres afectados ―la mayoría de ellos funcionarios del Ministerio del Orden― que sufrieron heridas de diversa consideración durante el tumulto que precedió a la detonación. Tampoco lo habría hecho el Arco del Triunfo de Leblín, hasta entonces uno de los mayores símbolos de la Nación.
El monumento se hundió peligrosamente en las galerías inferiores tras la sacudida, envuelta en sendas nubes de polvo; y de no haber sido porque su rígida estructura resistió el derrumbamiento, esta se habría deshecho en escombros sin remisión.
Sin embargo, este inesperado resultado ―uno que los más fervorosos efrenistas no dudarían en tildar de milagro, por la gracia de quien creían «el Heraldo de los Arcontes»― permitiría reaccionar a las autoridades con presteza, pudiendo así desalojar el área afectada y las inmediaciones donde estaban desarrollándose la ceremonia por el Día del Orgullo Patrio.
Por otro lado, los profesionales del equipo de artificieros revelarían más tarde que numerosas cargas de explosivo plástico ―de dudosa efectividad― habrían sido colocadas a traición en el subsuelo, bajo el monumento. Medios de comunicación de todo el continente elucubrarían sobre cómo pudieron los terroristas acceder a los cimientos de la construcción, y no fueron pocos los que apuntaron a las ignotas catacumbas de la ciudad.
Tras este durísimo revés a la imagen pública del Partido Único, la prioridad consistía en descubrir a los autores de la tragedia lo antes posible.
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