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Concurso Mensual III: Fantasía Épica: El camino
#1
El camino

1

El mundo no respiraba, no se movía; parecía estar en un letargo del que no despertaría nunca. Sobre un solitario camino, dos hombres marchaban hacia la misma dirección. Uno venía desde el norte, el otro del sur, pero el objetivo de ambos era el centro de aquel sendero.
Los árboles y arbustos que se levantaban a los costados permanecían quietos, y la luna iluminaba la tierra sin ganas. Mientras tanto, los dos caminantes, lo mismo que el astro, se movían igual que una hoja arrastrada por el viento.

2

A Yolar los pasillos del castillo siempre le habían parecido como la boca de un gusano celestial: anchos y sin un final aparente. No le gustaban, de hecho, le causaban aburrimiento debido a su monotonía. No podía divertirse ahí y, por más que intentara crear nuevos juegos, siempre acababa corriendo de un lado hasta el otro, acompañado de Sigmund. Claro, aquello no se daba muy a menudo, pero aprovechaba cada oportunidad que se presentaba.
A Sigmund, hijo del rey Salomar, que a su vez era amigo del rey Raloy, le gustaba visitar a Yolar, su gran amigo. Esas visitas, no obstante, tenían largos intervalos, aunque cuando llegaba el momento las aprovechaba lo mejor que podía.  
Durante una de las carreras que mantenían, Yolar condujo a Sigmund al interior de una cámara oculta. El lugar estaba iluminado por la luz natural del día, pues esta entraba a través de una arcada que daba al lago interior del castillo. Hacía tiempo que al hijo del rey Raloy le preocupaba una cosa y no había conseguido ocultarla más tiempo, así que se dijo a sí mismo que, quizás, Sigmund le brindaría una solución.
—Sigmund, ¿no crees que este lugar es aburrido?
Su compañero, mientras miraba la superficie del agua y jugueteaba con una roca entre los dedos, contestó:
—Todos los castillos son aburridos.
Sin embargo, Yolar no quería escuchar esa respuesta, por lo que la formuló de nuevo, intentando hacerle entender lo que quería decir.
—No hablo solo del castillo. Digo, todo este lugar; el reino de mi padre, el de tu padre. ¿No es aburrido este lugar en que vivimos?
El primogénito del rey Salomar guardó silencio un instante. Luego, arrojó la piedra al agua.
—Sí, es aburrido. Aquí no hay nada divertido. Siempre escucho a mis padres hablando de que hubo una revuelta de campesinos, de que los bárbaros intentaron cruzar las fronteras. —Cuando oía las conversaciones de sus padres, le resultaba muy difícil mantenerse despierto. Tal vez a Yolar le ocurría lo mismo—. Además, todo el tiempo tienen esa cara de aburridos e, incluso cuando los invito a jugar, me dicen que no moviendo la mano.
A Yolar le pasaba lo mismo. En ese momento, se le ocurrió que debían alegrar al mundo y enseñarle a divertirse.

3

El lienzo de tiro, impotente, veía como la flecha se acercaba. Una vez que lo alcanzara, moriría, y estaba asustado. Pero esto no lo sabían Yolar y Sigmund. Los dos, que no se habían visto desde aquella conversación ocurrida una década atrás, cuando los ahora fuertes y jóvenes príncipes eran solo unos niños, habían pasado toda la mañana practicando con el arco para demostrar quién era mejor.
Cuando se sintieron demasiado cansados para continuar, dejaron el patio de armas del castillo del rey Raloy y se encaminaron hacia la cámara oculta que daba al lago. Diez años llevaban sin conversar, y casi no recordaban haber mantenido una conversación sobre lo aburrido que resultaba el mundo, pero en cuanto llegaron hasta la habitación, el tiempo pareció fusionarse; las mismas críticas que habían expuesto, regresaron.
—El mundo sigue igual de aburrido —dijo Sigmund.
Yolar tardó unos segundos antes de contestar, pues ahora, como Sigmund lo había hecho antes, jugaba con una piedra pasándola entre los dedos.
—Vi muchas cosas durante este tiempo —contestó al fin—. Si supieras, apuesto a que te reirías tanto como yo.
»En una ocasión, acompañé a mi padre para aplacar una revuelta campesina. —Yolar descubrió el significado de «revuelta campesina» tres años después de la primera conversación. Sigmund, uno—. Cuando llegamos hasta el pueblo, había fuego por todas partes y bastantes cadáveres. No olía a muerte, como yo esperaba, así que le dije a mi padre: «¿Por qué es todo este escándalo? Creo que solo deberías preocuparte cuando el olor de los muertos comience a volverse insoportable. Apuesto a que se formará una guerra civil por eso». Él se rió y le dijo a las tropas que se marcharan, no sin antes recoger los cuerpos y quemarlos. Supongo que los campesinos habrán apagado los incendios.
»Pasado un mes, donde esos mismos campesinos que habían querido reclamar por el alza de impuesto dejaron de enviar alimentos, se rindieron; vieron que el resto de ellos seguía mandándonos de comer y se dieron cuenta de lo inútil que era tratar de protestar.
Sigmund no entendía que quería decir Yolar con la historia, pues no respondió a su pregunta.
—Es fácil —dijo Yolar—. El mundo no es aburrido; el mundo es pesimista.
—¿Por qué?
—Los campesinos se dieron por vencidos al no encontrar apoyo —se encogió de hombros—. Si hubieran tenido una convicción más fuerte, habrían encontrado la manera de sublevar al resto de los trabajadores y mi padre habría tenido que escucharlos.
Sigmund asintió en silencio. Él nunca tuvo la oportunidad de presenciar una revuelta, aunque suponía que no existía gran diferencia entre eso e ir a las fronteras y combatir bárbaros. En ambos casos, la mentalidad de uno de los bandos ya venía con el pensamiento de que perdería.
—Sabes, yo creo que si el mundo es pesimista, entonces tenemos que darle razones para que de verdad lo sea —propuso después de meditarlo un rato.
—¿Llenamos de estiércol el reino de tu padre y el del mío, o qué propones?
—Esa es una buena idea, pero la mía es mejor. —Una idea terrible, sabía muy en el fondo—. Una revuelta campesina de proporciones épicas. Solo que, esta vez, el reino de tu padre serán los campesinos, y el de mi padre serán los que tratarán de aplacarla. O puede ser al contrario, como gustes.
Fue de esta manera como ambos príncipes comenzaron a planear una idea utópica, idealista, pero que, arrastrada por la convicción, contaba con una mínima posibilidad de éxito.

4

En el centro del camino estaba colocado un par de troncos. Quizás fuese el azar, pero aquellos troncos se situaban uno frente al otro, como sillas o, en este caso, como tronos. Los hombres tomaron asiento sobre ellos, y permanecieron un tiempo callados, cada uno en busca de las palabras adecuadas para comenzar la conversación. Yolar concluyó que el humor era la mejor forma.
—¿No te da vergüenza presentarte así?
Sigmund no entendía a lo que se refería, aunque no lo expresó.
—Si tú lo haces, ¿por qué yo no?
Yolar rió y le dio una palmada en el hombro.
—Mira esos pliegues que se escapan de tu chaleco —dijo, señalándole el estómago—. Ni siquiera el cuero los puede contener. Si ves que me sobra carne, bien puedes acusarme de hipócrita.
Claro. Sigmund había aumentado de peso, pues hacía tiempo que no encontraba con quién compartir la comida. Si la suerte estaba de su lado, podría comer junto a Yolar.  
—No sé si lo notaste, pero el mundo continúa igual de aburrido —reflexionó un momento y luego rectificó—: está más aburrido que hace unos años.
Yolar fumaba de una pipa que había aparecido por arte de magia.
—Apuesto a que sí —dijo, encogiéndose de hombros—. No hay mucho que hacer al respecto. Solo quejarnos como un par de ancianos a los que ya no se les para.
—Ya somos ancianos, no obstante, el mío aún se levanta —se vanaglorió de ello llevándose una mano a la entrepierna—. Pero no es secreto que el tuyo ya no lo haga; de hecho, creo que no lo hace desde hace un buen rato.
Yolar volvió a reír con la esperanza de que alguien, además de Sigmund y él mismo, lo escuchara.
—Bueno, aun así, bien que la pasaba tu hermana conmigo. —Sigmund también soltó una carcajada—. ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos desde la charla?

5

Los cuervos sabían adónde debían dirigirse. El olor de la sangre, de la carne descomponiéndose, se los decía todo, por lo que volaban hacia el campo de batalla.
Yolar caminaba entre muertos. En cualquier dirección que mirara, el valle que antes se había usado para realizar celebraciones de alianza y amistad, estaba plagado de cadáveres. Sentía el fluido rojo de cada cuerpo debajo de los pies, pues aquel lugar no era más que una hecatombe.
Por alguna razón, él no estaba afligido, no escuchaba a la voz interior diciéndole que acababa de cometer un error, que a partir de ese entonces sería un asesino, un genocida, un monstruo. No, no tenía por qué escucharla. Esos hombres podrían haber dicho no, si no de qué les serviría pensar, aunque claro, ellos no pensaban; otro realizaba esa tarea en su lugar.
A través de las dunas de muerte, Yolar distinguió uno de los generales del ejército que comandaba. Lo vio patético, débil, asqueroso. Apenas respiraba, y una lanza, acompañada de una espada, le atravesaban el pecho. El hombre fue capaz de reconocerlo, lo que pareció concederle un último esfuerzo.
—Mi señor —dijo. Cada palabra lo obligaba a llorar—. Cumplí, mi señor. Sí, he cumplido. Nadie, ningún soldado, retrocedió. Ni siquiera yo. Heme aquí, moribundo, a tus pies. No tendré nunca una mejor visión, ningún otro muerto habría tenido mi suerte.
Le inspiró compasión e ira. Lo correcto sería que el infeliz lo odiara, lo maldijera. Yolar lo condenó, ¿por qué eso lo alegraba?
—Todavía te falta un pequeño paso para que cumplas con tu deber —sentenció.
Tomó el pomo de la espada que el general tenía enterrada, y la revolvió dentro de su corazón mientras escuchaba los lamentos de la víctima.
—Yo le cierro los ojos. —Sigmund apareció frente a Yolar. Acababa de presenciar el asesinato—. Esto… no lo esperaba. Conté cada alma aquí, y está hasta el último de los hombres que envié.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —La confesión de Sigmund lo asombraba y lo avergonzaba. Al menos debería haber hecho lo que su amigo, solo por honor.
—Qué importa —se sentó encima de la ciénaga de sangre—. ¿Quieres continuar con esto?
Aunque no quisiera hacerlo, no contaba con ninguna otra alternativa; era imposible dar marcha atrás.

6

Cuando Yolar terminó de fumar, rellenó la pipa y se la ofreció a Sigmund, quien la aceptó pese a que no le gustaba el tabaco.
Cada uno de ellos se sumergía dentro de imágenes del pasado, pensando en esa primera batalla y, por supuesto, en las que siguieron. Sin embargo, esa en especial había tenido un impacto, un golpe que los había dejado aturdidos. Los hería, cortaba profundo.
—Me sorprendió que después de que se enteraran, las personas siguieran iguales, sin cambiar —confesó Sigmund.
—¿Acaso por qué tenían que hacerlo? —Yolar había visto que la sociedad no iba a alterarse; él lo esperaba—. La gente sabía que los conflictos traen muerte consigo. Bah —dijo, dejando claro con ayuda de su mano que le era indiferente—, a la gente le habría sorprendido más que yo, como rey, adoptara de mascota real una rata. Aunque en eso tú te me adelantaste, ¿no?
Sigmund sonrió y dio una calada. Liberó el humo poco a poco, disfrutándolo. Con el paso del tiempo, hasta podría gustarle.
—Se me olvidaba que tú te casaste con una maldita elfa del bosque, infeliz —respondió al tiempo que inhalaba tabaco—. De hecho, si no hubiera sido por tu título de rey, ninguna mujer se habría metido contigo. Al menos la mía la tenía desde antes de que todo eso pasara.
Yolar le quitó la pipa de los dedos y la arrojó al suelo. Luego, miró hacia el cielo, hacia la luna y nubes aburridas que la acompañaban.

7

El odio se movía igual que una flecha. No, se desplazaba más rápido y hería el doble. Aquella lección la aprendió Sigmund de la peor manera.
Había observado cómo Yolar caía víctima del frenesí asesino y codicioso de la guerra y se compadeció de ello, pero no había visto que él mismo también sucumbía ante la orgía de la muerte. En ese momento, lo aceptaba y se resignaba: no existía una forma de escapar.
El camino donde estaban reunidos se parecía al que camino en el que se reunirían años más tarde. La diferencia era que todavía existía esperanza, una esperanza ambigua, aunque esperanza, al fin y al cabo.
—Quién lo diría —comenzó Yolar. Las batallas lo volvían irreconocible para Sigmund. Probablemente él también se encontraba irreconocible—, el gran rey Sigmund, Portador de Paz y Heredero de la Justicia, viene ante mí para pedir misericordia. ¡Pues no, inmundicia, no habrá misericordia! ¡Tenemos que acabar lo que empezamos, cobarde!
—Termínalo tú solo. —Intentaba contener la ira—. Yo lo he perdido todo. No tengo nada por qué pelear.
—Nada, excepto esa maldita idea tuya —lo recriminó su viejo amigo, desenfundando la espada—. No tienes madre, ni hermanos, solo te queda esa asquerosa mujer a la que amas. A mí también me queda una asquerosa mujer a la que amar. —Yolar empezó a acercarse, apuntándolo con la hoja—. Pero no, no lucharemos por ese par de escorias sin valor, no. ¡Vamos a luchar por un mundo pesimista, un mundo tan pesimista como su gente! ¡Recuérdalo, recuérdalo hasta el último respiro!
Y lo recordaría. Vaya si lo recordaría…

8

—Esa guerra no iba a tener final —reconoció Sigmund. Lo tendría que haber hecho mucho antes—. No entiendo por qué no me mataste allí. Yo estaba desarmado.
Yolar lo miró y le colocó una mano sobre el hombro.
—Aunque hubieras tenido todo un ejército contigo, no habrías podido contra mí. —Retiró la mano y rió. Esa noche la risa que había permanecido extinta durante todo ese periodo, regresaba. Eso alegraba a Sigmund—. La razón por la que no te maté, fue porque todavía no acabábamos.
Sí, tenía sentido. Aún faltaba, puesto que seguían sin culminar la idea. Era cierto que el mundo había cambiado, deprimiéndose. El terror rondaba por todos los lugares, pero no por todas las personas. Eso era lo que faltaba. De eso se trataba el final.

9

El miedo había dado paso a la ira.
La última fortaleza que le restaba emanaba rabia, botaba espuma, fuego, maldiciones. Yolar lo sabía. Los hombres también, y no dudaba de que los guerreros de Sigmund imitaban a los suyos.
Las antorchas iluminaban la sala donde discutía con el último general que le quedaba. Todo el día repitiendo lo mismo una y otra vez. ¿Acaso no pensaba en ninguna otra cosa? Sacrificar una parte de los soldados para distraer al enemigo, mientras el resto, incluyéndolos, escapaba mediante un túnel.
Al final se cansó y lo abofeteó.
—Eso es una cobardía —escupió cuando el miserable todavía intentaba entender lo sucedido—. ¿Acaso ha olvidado el voto que hizo al momento en que esto inició?
—No, mi señor.
Entonces por qué insistía, por qué juraba que el ridículo plan auspiciado por su mente podía ser una buena idea.
—¡Repítelo! ¡Repite el voto!
—No dar un paso atrás. Jamás.
No obstante, Yolar le asestó una nueva bofetada. Lo exasperaba, le causaba repulsión. Era inevitable que recordara al general de la primera batalla, e inevitable también apreciar la diferencia que se alzaba entre ambos. Uno un verdadero combatiente, otro, un miserable cobarde. Lo único que encontraba común en los dos, no podía ser otra cosa que la muerte.
—Mañana al amanecer, todos embestiremos al enemigo —declaró, clavando la espada encima de la única mesa de la estancia—. Mañana será la victoria o la derrota, pero algo es seguro: mañana, esto se termina.
Lo terminaría. Sí, lo acabaría por fin. Por fin, cumpliría con la idea surgida de unos niños.

10

La esposa de Yolar lo repugnaba. Una mujer hermosa, eso no lo negaba, pero tampoco negaba que se trataba de una puta oportunista. En esos tiempos de dificultad, lo culpaba, lo insultaba. Le recriminaba haber perdido toda su familia, todas las personas que conoció o a las que pudo conocer, pero no le agradecía por mantenerla viva. Sin él, ella estaría desmembrada en alguna arrasada ciudad.
—Te asesinaré esta noche —prometió ella—. Sí, apenas cierres los ojos, te cortaré la cabeza y se la mostraré a Sigmund, así me dejará ir. ¡Viviré tranquila, sí!
Veía la forma en que la mujer perdía la cordura, y esto lo divertía. Un demente disfrutaría de los desechos del mundo, le hallaría un sentido y un camino para ser feliz.
—Bien; no dormiré —le aseguró.
—Eres un maldito —dijo su esposa. Apretaba los dientes. ¿Acaso le daba miedo estallar frente a él? —. Un maldito, eso es lo que eres.
—Si tú lo dices. —La dejaría marchar. Iba a permitir que se fuera, si es que conseguía salir de la fortaleza—. Lárgate. Tienes el camino libre, al menos de mi parte —dijo, encogiéndose de hombros—. Lo que pase apenas salgas de aquí, no depende de mí.
Esa noche, cuando la esposa de Yolar el Invencible llegó hasta las puertas del castillo y dictó la orden de que las abrieran, los centinelas se rieron y la llenaron de flechas. Después, fue colgada sobre los muros, con la palabra “traidor” inscrita, a punta de cuchillo, en el pecho desnudo.

11

Una vez que Yolar le hubo terminado de contar el relato, a Sigmund le resultó imposible contener la risa. No le importaba lo cruel que sonaba, seguía siendo gracioso. Le dijo a Yolar que algo similar había ocurrido con su esposa.
—Sí, no dejaba de llorar —narraba, bastante entusiasmado—. De verdad ya no la aguantaba, y si te soy sincero, ni siquiera cuando follábamos se mojaba tanto.
—Y contigo quién lo haría.
Sigmund deseaba que todavía restara alguna mujer, solo para demostrarle a Yolar que él causaba maremotos dentro de ellas.
—Un día la eché de mi tienda, y una semana después la encontré desnuda y muerta.
Yolar recordaba la tienda del comandante. La veía desde las murallas de la última fortaleza que le quedaba en ese entonces. La miraba al alba, al anochecer y en ocasiones durante las madrugadas, con los huesos calados y todo él tiritando.
—¿Cuánto duramos con esa estupidez?
Sigmund levantó dos dedos.
—Dos años, donde cuando yo intentaba entrar, tus hombres acababan con los míos. —Perdió a muchos, pero eso ya no importaba—. Me sorprendía el hecho de que ninguno de los tuyos intentara escapar, aunque me sorprendía más que de mis tropas nadie lo hiciera.
—Supongo que ya no quedaba adónde ir —dijo Yolar.
Sigmund creyó notar melancolía, y no lo culpaba. Igual que su amigo, su último y único amigo, entendía que en la actualidad tampoco quedaba ningún lugar, ningún sitio más que aquel camino donde veía reflejada la sociedad que detestaba. El pesimismo los había alcanzado, y aún los mantenía atrapados. Después de todo, a eso querían llegar, ¿no?

12

Como en el campo de batalla donde comprendieron que retractarse no era una opción, Yolar y Sigmund estaban uno frente al otro, acorralados por cadáveres, oprimidos por la desesperación. Sin embargo, se sentían cansados y aburridos, y tan solo deseaban correr de nuevo por los pasillos de los castillos, esos corredores que Yolar le parecían bocas de gusanos celestiales.
Él deseaba regresar allí, regresar a la cámara junto al lago, conversar con Sigmund otra vez, pero sobre todo deseaba nunca haber mencionado que vivían en un lugar que no conocía la diversión, ni la alegría. Todo podría haber sido distinto, no mejor, aunque no tan malo como lo era ahora.
Sigmund recordaba esa charla, y pensaba lo mismo que Yolar. También recordaba la otra charla, en la que los dos acordaron traer el apocalipsis, con el único fin de darle una lección a la sociedad. ¿Fue una estupidez? No estaba seguro.
Los dos se miraron, y vieron que al fin se había terminado. Vieron que ya no quedaba nada, nada aparte de ellos y nada aparte del silencio. Un silencio que llegaría a ser eterno, nada más por los dos reyes tiempo después.
Así que abatidos, ambos dieron media vuelta y cada uno tomó su propio rumbo, igual que lo harían la última ocasión en la que se verían y en las que el mundo los observaría.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
¡Agggg! No sé qué pensar de este relato.
Por un lado, he de decir que me he aburrido un poco. Bien pensado, es precisamente lo que sentían los personajes así que el efecto empático se ha logrado con éxito.
Por otro lado, he de decir que ha terminado por desesperarme. De nuevo, no era otro el objetivo de los protagonistas, de modo que nos encontramos ante un triunfo más.
Finalmente, la moraleja final es potente: la potencia y los efectos de la "rotundidad" a la hora de elegir uno de los aspectos (y en este caso el más negativo) de la realidad, y los riesgos que traen consigo las "lecciones" incontestables.

En última instancia, concluyo que se trata de un relato que me ha sorprendido y, quizás, hasta me haya enseñado cosas valiosas acerca de la narrativa. Le daré un par de vueltas más, quizás hasta edite este comentario; de lo que no hay duda a estas alturas es de que se ha ganado un hueco entre mis reflexiones.
¡Gracias!
Angel "Angels can fly because they take themselves lightly." blowfish
"To be educated means to be able to play gracefully with ideas."  
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#3
El relato se lee bien, pero me parece muy simplista. Con lo complejo que es el mundo lo que se hace aqui es una reduccion al absurdo. Al final queda la sensacion de estar ante dos locos peligrosos. Y a todo esto, ¿¿donde quedo la fantasia??

Eso si, el apartado técnico me parecio impecable Wink
[Imagen: Banner.jpg]
Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#4
Me agrado el carácter episódico del relato,  en donde la amistad de los dos protagonistas (Pese a la violencia e incluso crueldad presente en sus vidas) resulta de todas maneras entrañable.
Aunque el elemento fantástico es bastante reducido, ciertamente transmite una sensación de una historia épica al "viejo estilo" en donde el peso de un ideal o una visión del mundo prima por encima de lo que podría dictar el sentido común.
¿Cuánto darías por controlar un espacio de tiempo inexistente? Millones de moléculas creando formas de vida de la nada...
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#5
Veamos qué tenemos aquì...
Hay algunos errores en los tiempos verbales, en la construcciòn de los mismos. Alguna faltita (nada hiriente) y una prosa que consigue dotar al relato de cierto pesimismo (buscado), de un derrotismo acentuado, pero a la que quizàs le ha faltado un poco màs de
Desde mi punto de vista ambos personajes son demasiado duales, hasta tal punto que el caràcter de uno se solapa con el del otro e, cinsluso, muchas de las frases no cambiarìan de sentido si se les cambiase el nombre del interlocutor. Esto quiere decir que los protagonistas son meros recipientes de una moraleja vestida de relato.
La idea es ingeniosa, no me ha agradado tanto el modo de desarrollarla, con unas conversaciones desiguales, en las que a vees los interlocutores se lanzan puyas y otras filosofan, sin conseguir mantener una coherencia que de forma a sus personalidades.
De todos modos, repito, la idea es buena, se lee fàcil y el mensaje es claro.
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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#6
Buenas, séptimo relato. Y es uno episódico. Veamos...

Conversaciones y juegos de guerras entre dos chicos que nunca crecieron, que, aunque adultos, nunca pudieron superar una idea simplista que surgió de una cámara secreta y misteriosa que... ¡un momento! ¿Y la cámara? ¿Qué pasó? Por un momento creí que había una mano negra detrás de las ideas y el accionar de los reyes, ¿y resulta que fue sólo mero capricho por parte de estos? No sé, no me termina de cuadrar. La idea se entiende, pero es demasiado directa para que tome vuelo propio y no se pierda en la mundanidad de lo absurdo. Creo que ahí —con la cámara mencionada en los primeros episodios— tenías la clave para sacarle más jugo a la cosa.

Éxitos!
"El que desea sacar la espada es un principiante. El que puede sacar la espada es un experto. El que es la espada misma es un maestro." —Risuke Otake.
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#7
Interesante cuento con un tono bastante nihilista, hay algunos errores ortograficos, algunas frases de dudosa cosntruccion -"»Pasado un mes, donde esos mismos campesinos que habían querido reclamar por el alza de impuesto dejaron de enviar alimentos, se rindieron; vieron que el resto de ellos seguía mandándonos de comer y se dieron cuenta de lo inútil que era tratar de protestar. "- pero es un relato con un tono oscuro y melancolico bastante interesante, con dos personajes que parecen aburridos al principio y despues se revelan como sociopaticos, me quedo la duda sobre el final, o lo que ocurre antes del final, que fue lo que paso con el asedio al castillo, como termino, eso es lo ultimo que pasa antes de la reunion de los protagonistas en su vejez, y no queda claro que sucedio. (Nota: lo relei y ya me quedo mas clara la historia)
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#8
Qué aberrante. Lo has conseguido autor, has creado un mundo insulso y horrible, tal como imagino que era tu intención. Bien hecho.

Respecto a los personajes, no llego a entender a Yolar y Sigmund. Tal vez un poco cuando aún eran niños y podía decir que sus divagaciones eran mero capricho. Era interesante ver cómo persistían en perseguir ese capricho más adelante, cómo a veces estaban a punto de darse por vencidos pero por un  motivo u otro no tenían más remedio que continuar. Incluso, al principio me compadecía más de ellos que de las personas que sufrían por su culpa a su alrededor. Después, todo es tan confuso... sólo queda la oscuridad, la melancolía. Sin ningún género de dudas, logras crear la sensación que te propusiste transmitir, aunque no acierto a entenderlo por completo, ¡espero saber más!

En el apartado técnico, algunos fallos, ni demasiados como para enturbiar la narración ni tan pocos como para ser ignorados.

En fin, enhorabuena por el relato. Maldita sea, has evocado en mí una sensación bastante pesada, nauseabunda, y ni siquiera entiendo el por qué  Undecided

Edito: tras leer el resto de comentarios, tengo que diferir por completo de la opinión de Nikto respecto a la inclusión del elemento "cámara-manipuladora". Creo que el relato perdería mucha más fuerza filosófica y originalidad si tratase de racionalizar las acciones de los protagonistas mediante la inclusión de una fuerza fantástica encarnada en el lugar de reunión. Es una sensación subjetiva, nada más, pero demasiado fuerte como para no expresarla.
Ob-la-di Ob-la-da
Responder
#9
Saludos anónimo

El relato es bastante oscuro, con un tono derrotista, y me parece ver también algo de absurdismo. En cuanto a la historia, es sencilla, lineal, pero lo que a mi parecer consigue atrapar al lector es ese contexto tan deprimente. Sin embargo, tengo algunos cuantos peros que poner. Hay algunas partes donde el ritmo de la narración se apresura, lo que me ha sacado de la lectura, así como los personajes, que al igual que Pafman, me parecen un copy&paste.

Poco más tengo que decir, suerte!
«Quizá no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba.»

El Extranjero, Albert Camus.
Responder
#10
El argumento y la idea son interesantes, con un buen trasfondo filosófico. Dos vidas surcadas por una idea a lo largo del tiempo con sus consecuencias.
La narración es bastante concreta, creo que podría tener un poco más de contexto, de "escenario". Todo se centra en el diálogo, sin casi descripciones. Esto desbalancea el escrito y por momentos no logré entender en qué momento se centraba la historia, ni el espacio donde estaba ocurriendo.
Me gustó el cierre, con la vuelta que se le da al "pesimismo" y lo "aburrido" que domina al argumento.
Responder


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