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Concurso mensual III: Fantasía Épica: Ocaso
#1
Era una soleada mañana de primavera en la región de Danaya. Los ríos descendían hacia el valle cargados de agua, el manto herboso de los prados se encontraba salpicado por una miríada de flores de varios colores, y las renovadas hojas de hayas y alerces a duras penas podían contener la luz cegadora que a través de ellas se filtraba, reflejando en el suelo un mosaico de claros y oscuros.

Diana atisbó a su hermana, Yiradriel, erguida sobre la rama de un viejo árbol. Le dijo que al este podía oirse el silbido de las marmotas, que el viento estaba cambiando y que el Águila las estaba buscando, más allá del claro de Hierba Rota.
Encaminó sus pasos hacia la parte del bosque que su pueblo llamaba Porcino, por la intensidad de hongos que brotaban en verano. Portaba una lanza que hacía las veces de bastón, una capa verde y una bolsa de piel en un costado. Tenía el pelo largo y lacio color caoba y sus ojos, almendrados, oteaban tranquilos la naturaleza que la rodeaba. Su paso era grácil, diríase vertiginoso, aunque sus pies se apoyaban livianamente sobre las hojas secas de los abedules, sin provocar ruido alguno. Encontró a su hermana al final de una inclinada pendiente, coronada por un afilado risco plagado de hierbas de manzanilla. Desde esa altura se vislumbraba el valle, con el Gran Lago de Estinfalía, desde donde podían apreciarse —desde hacía ya unos días— enormes columnas de humo.

La guerra. Los hombres de bronce.

De repente Yiradriel la empujó, sonriendo, y emprendió una fuga volteando el risco con una elegante pirueta. Diana salió en su búsqueda divertida, pues aunque ambas eran dos jóvenes mujeres con una posición de relevancia entre su pueblo, no habían dejado de competir y jugar entre ellas desde la infancia. Su hermana, de mayor edad, había sido nombrada Gavilán hacía poco más de un año y suya era la responsabilidad de llevar las nuevas que toda águila, halcón o jilguero tuviera por bien darle. Diana, por su parte, estaba predestinada a ser la Hija de la Tierra, voz de la diosa Madre entre su pueblo.

Ambas saltaban de rama en rama, trepando el tronco de los alerces, dejándose caer desde grandes alturas para luego amortiguar la caída con una simple voltereta. Se escondían entre las cepas para, a continuación, atacarse por la espalda, terminando por revolverse por el manto herboso de una ladera adyacente al bosque y dándose casi de bruces con un pequeño grupo de gamuzas que pastaba tranquilamente en el prado. Yiradriel observó a su hermana y le preguntó si acaso la Madre les estaba ofreciendo la caza para ese día. Diana negó con la cabeza. No era su momento.

No le había dicho nada, pero sentía que las estaba guiando hacia un destino diferente esa mañana. Las señales de su diosa no eran claras, no recibía ningún mensaje directo o aparición que le indicase cuales eran sus disposiciones. Eran sensaciones, una especie de flujo energético, sutil, que con los años había aprendido a interpretar. Al principio el consumo de raíces de mandrágora le había servido de ayuda; en cierto modo masticar las raíces de aquella planta o lamer la sabia de las flores de amapola la trasportaban al reino de los dioses, donde recibir el mensaje de éstos era una tarea mucho más fácil. Pero ya hacía años que ambos mundos se habían entremezclado. Vivía en el mundo de los mortales percibiendo su entorno como cualquiera de los de su pueblo hacía. El sol, el rocío, la lluvia y el fuego. Y, a su vez, era capaz de comunicar con todos los habitantes del bosque ya fuese que estos tuvieran colmillos, alas o escamas. Le bastaba posar la mano en el suelo para sentir el latido del corazón de su Madre.

Emprendieron de nuevo la marcha con paso liviano y relajado, tomando el sendero que llevaba a la cima del Monte Cilene. A medida que iban tomando altura, un intenso olor a quemado se iba apoderando del ambiente; notó que éste provenía del lago, donde al parecer una cruenta batalla estaba llegando a su fin, comprobando a su vez preocupada que ésta se había acercado peligrosamente a los márgenes del bosque.
Su hermana le enseñó los dientes en lo que cualquier forastero hubiera interpretado como un gesto de rabia, feroz, pero que no era otra cosa que una señal de alerta, le estaba diciendo que debían acercarse a aquella parte del bosque, protegerlo. Diana asintió. 

Pese a ser reservada, su gente no vivía ajena a lo que sucediese más allá de los lindes de las laderas. Trataban de mantener una relación estable con los pueblos colindantes, conocían sus costumbres, la curiosa afición de éstos por vivir en casas de adobe, construir calles de adoquines y domesticar ciertos animales para su beneficio. Habían escuchado historias de artilugios sofisticados capaces de lanzar grandes rocas varios estadios de distancia. Lagos de sal inmensos y cabañas de madera capaces de surcarlos de una punta a la otra. Monedas, con las cuales ciertos lugareños habían intentado comprarles pieles y raíces.

El Monte Cilene era el pico más alto de la cordillera que atravesaba su bosque partiéndolo en dos mitades iguales. Además del gran Lago de Estinfalía, desde la cima se divisaban las inmensas praderas del valle regadas por los afluentes del río Olvios, salpicadas de poblados y tierras de cultivo. En los días de mayor nitidez, podían diferenciarse con claridad las murallas de la ciudad de Micenas, capital del pueblo de los hombres de bronce. Pese a que aquella tarde el cielo lucía totalmente descubierto, cuando Diana alargó la vista hacia la gran urbe sólo pudo distinguir una enorme nube de polvo que se alargaba hasta el horizonte.

Cruzaron un frondoso trecho de pinos y abetos, terminando por dar de bruces con un afluente del río, muy cerca ya de los confines del bosque. Fue Yiradriel la primera en percibir el fuerte olor de la sangre fresca.

En un pequeño claro de hierba y tierra húmeda, diseminados de forma concéntrica, había tres cuerpos sin vida, cuya sangre aún brotaba generosamente. 

Llevaban corazas de bronce y un extraño casco en la cabeza que a duras penas dejaban entrever los ojos. Presentaban heridas lacerantes que al parecer habían sido la causa de su muerte. Ambas hermanas se miraron con la frente fruncida, un reguero de sangre parecía partir de ese punto en dirección al afluente del río. Dirigieron sus pasos siguiendo el rastro.

Había otro cuerpo, al parecer todavía con un hilo de vida.
El hombre vestía una coraza distinta a la de los otros guerreros, más clara y con el diseño de dos leones sentados, uno en frente del otro, en el medio de ésta. Pese a su rostro macilento era fácil deducir que, en salud, se trataba de un hombre corpulento, musculoso y de bellas facciones. Tenía largos cabellos dorados y ojos verdes como las espinas de un abeto. Estaba tumbado con las espaldas al suelo y lucía una terrible herida de lanza en uno de sus costados. Abrió los ojos como platos cuando divisó a Diana.

—Artemisa... —dijo el soldado, entre temblores— ¿está tu padre satisfecho?

 La mujer apremió a su hermana para que le trayese agua, sujetando la cabeza del soldado con delicadeza. 

—Eran demasiados. Pero ha sido hermoso. Ahora... ahora vuelvo con ellas —continuó diciendo el guerrero, esbozando una sonrisa.

Diana sintió la piel erizarse y supo que el hombre estaba a punto de morir. Cerró los ojos y agarró un puñado de tierra húmeda con la mano, apretándola fuerte dentro de su puño. Sintió a su diosa y esparció la tierra sobre la herida del guerrero, cubriéndola por completo, apelmazándola, paseando las yemas sobre la herida.

Escuchó el sonido de una cascada cercana y el reclamo de un estornino, el siseo de una culebra y el viento agitar las hojas de los alerces. Pudo sentir a la Madre emitiendo un juicio, sopesando la vida que su Hija había puesto a su disposición.

Y entonces la Muerte cerró la puerta.

 
****************

 
El ejército dorio era realmente imponente.

Pese a que hacía poco más de dos días había librado una cruenta batalla, a raiz de la cual Micenas había sido rasada al suelo, esa misma mañana lucía en perfecta y armoniosa formación, con corazas y yelmos resplandecientes.

— ¿Cuántos carros habrán?

En el centro de la formación, flanqueados por la temible falange doria, se encontraban un centenar de carros que portaban arqueros y lanzadores de jabalinas, con corazas de bronce y cuyas puntas afiladas de sus mortales dardos estaban hechas de aquél metal que estaba marcando la principal diferencia en aquella desmesurada guerra: el hierro; capaz de doblegar cualquiera espada de bronce como si se tratase de una rama de olivo.

—Suficientes. Más que suficientes.

A Alcibias le bastó con echar un veloz vistazo a las tres falanges que formaban su regimiento para darse cuenta que aquella batalla iba a ser una carnicería.

El grueso del ejército aqueo había sido destruido. Micenas, Tirinto y Yolco conquistadas. La facilidad con que el pueblo dorio se había impuesto en su invasión en tierras griegas había sido tan abrumadora que muchos eran los que decían que los dioses les estaban dando la espalda, que el mismísimo Hércules se había apoderado del alma del general dorio Tucideo o que en el Monte Olimpo se estaba librando otra batalla, a mayor escala, al haberse decantado cada dios por facciones distintas.

—Lo que daría por un buen plato de cordero ahora mismo —dijo Damocles con el rostro impaciente—. Y una jarra de vino acompañándolo.

—¡Una mujer! —añadió Partos, con una carcajada nerviosa—. Un buen par de ubres es lo que quisiera tener ahora mismo delante. Y no a esos hijos de puta de piel cobriza que tanto nos están dando por culo.

Un campo de olivos —pensó Alcibias—, el fuerte viento de scirokos azuzando los cabellos de su esposa, su hija, Hypatia, agarrada a la túnica de su madre, una mano levantada, un adiós que era un hasta luego e iba a ser su último recuerdo.

El caso es que, siendo prácticos, aquél día los aqueos apenas contaban con una veintena de carros, unos mil quinientos hombres armados de los cuales ni siquiera una quinta parte eran hoplitas, siendo el resto soldados rasos de rangos inferiores y algún que otro escuadrón mercenario proveniente de las tierras del Norte. Por su parte, el ejército dorio contaba con más de cinco mil hombres bien armados, cuya mayoría era hoplitas que portaban armas con hojas de hierro, en lugar del endeble bronce de las lanzas aqueas.

Lo dicho, iba a ser una carnicería, pero eso tampoco era algo que incomodase demasiado a Alcibias, todo lo contrario. Nunca había poseído una mente brillante, ni siquiera podía decirse de él que gozaba de distinguidos modales o de un refinado sentido para con los grandes placeres de la vida. Era un guerrero, uno muy bueno. Musculoso, ágil y feroz. Hasta tal punto que muchos eran los que decían que en el frenesí de la batalla el mismísimo Ares se apoderaba de su cuerpo y rendía homenaje a la Muerte a través de su lanza.
Quizás eran exageraciones, un metafórico punto de vista para definir su instinto asesino. El caso es que él sabía que había algo de cierto en dichos rumores. Sabía cosas que los demás no sabían, cosas que no quería siquiera que los demás supieran. Las veía… y las sentía.

Así que allá estaba Alcibias, lanza y escudo en mano, endosando la panoplia de las grandes ocasiones, a sabiendas que no había posibilidad alguna que terminase viendo otro anochecer. Los conquistadores de Troya, el pueblo elegido por los dioses del Olimpo, se despedían del mundo a golpe de lanza. Y en eso él era todo un artista. 

Sonó un cuerno de guerra y entonces empezó el desenlace de la historia de su pueblo.

—Ha sido un placer teneros como compañeros todos estos años —dijo Alcibias, a sabiendas que se estaba despidiendo de sus amigos.

Partos y Damocles hicieron amago de responder a las palabras del guerrero, terminando por no encontrar palabras mejores que un silencioso asentir con la cabeza y una mirada cómplice y afectuosa.
Sorprendidos al acudir tardíamente en rescate de la rendida ciudad de Micenas, las tres divisiones aqueas habían sido acorraladas entre los márgenes del lago y el monte Cilene, a campo abierto y sin posibilidad de repliegue. El ejército dorio empezó la batalla lanzando las tropas de xenoi (auxiliares) contra los flancos del ejército aqueo. Con ello intentaban concentrar las tropas enemigas en un reducido espacio, dificultando así la maniobra de éstas y haciendo que las falanges hoplitas apenas pudieran mostrarse sólidas y compactas.

Alcibias y sus hombres pudieron soportar el primer embiste de buena manera, habían sido colocados en la parte derecha de la formación al ser su escuadrón el más veterano del regimiento, pues bien era sabido que toda falange, en posición defensiva, tendía a desplazarse hacia la izquierda irremediablemente al tratar de defender al compañero de al lado siendo el lado derecho de la formación el más desprotegido, por lo que muchas eran las veces que los generales decidían fortalecer dicho flanco con sus mejores hombres.

Puede que para cualquier oficial de ambos ejércitos la batalla se estuviese desarrollando con una cierta armonía, siguiendo un orden estratégico digno de ser narrado en un futuro glorioso. El caso es que, para el segundo regimiento de la ciudad de Micenas donde habían tenido la suerte de combatir Alcibias y sus amigos, la batalla no consistió en otra cosa que un continuo y extenuante ejercicio de resistencia ante las acometidas enemigas. El suelo estaba enfangado y muchos eran los que tropezaban al forcejear con el enemigo. Una caída, un muerto. Alcibias endosaba un yelmo ajustado, aunque abierto en el rostro, pues a su modo de entender era preferible tener mejor visión que protegerse de un plausible aguijonazo. Lanzaba su lanza con precisión, protegiéndose del hierro enemigo, intentando desviar cada estocada con el cada vez más maltrecho escudo.

—¡Estos hijos de puta nos están follando vivos! —espetó Damocles, a mitad de contienda.

—Me cago en tu padre Alcibias, ¿a qué estás esperando para volverte majara? —le inquirió Paros, protegiendo con el escudo a su compañero.

A lo que su buen amigo se refería, a lo que todo su escuadrón andaba esperando, era al hecho que el soldado entrase en trance, o al menos ese era el modo en que ellos preferían interpretarlo. Pero bien sabía Alcibias que la cosa era muy distinta. No podían entenderlo, no quería que lo hicieran. ¿Acaso era prudente decirles que, en ese mismo momento, donde cualquiera de sus compañeros hubiera jurado que se estaba llevando a cabo una carnicería, él estaba viendo algo totalmente distinto? ¿Era quizás acertado decirles que al frente de las tropas enemigas, donde todos podían distinguir al general Tucideo blandiendo su espada con ambas manos, lanzando tajadas en medio de la batalla como si de un soldado más se tratase, él veía a un enorme gigante con las fauces de un león abiertas a modo de yelmo? ¿Qué jaleando a los soldados dorios, sentado en su carro de fuego y rodeado de luces, se encontraba el dios Apolo? ¿Estaba majara? Perdido, y desde bien pequeño.

Tú tienes un don, Alcibias, haz que nadie lo sepa, le decía siempre su mujer, la única a la que había tenido el coraje de hacerle partícipe de sus desvaríos. Desde que tuvo el uso de la razón siempre había visto el mundo a otro ritmo, quizás más lento, emborronado, diríase hasta resplandeciente. La primera vez vio a Atenea y ésta se dirigió a él estuvo una semana encerrado en su alcoba, mientras su madre creía que sufría de fiebres. No tienes nada que temer, estamos contigo, le dijo la diosa guerrera, lanza en mano. El caso es que él no quería estar con ellos, así que intentó por todos los medios mantenerse al margen de la religión, emprender carrera como soldado y olvidar, a ritmo de lanza y jabalina, que a un sinfín de ninfas, pléyades, semidioses y dioses enteros, les había dado por aparecerse durante sus muchas desventuras.
Así que, durante todos los años de soldado, Alcibias pasó por ser un hoplita como los otros, de familia modesta pero capaz de ofrecerle una digna panoplia, aficionado al vino, de risa fácil y buena compañía. Solo con el tiempo, entre los periodos de paz, otrora abundantes, había sucumbido al amor a manos de la que fuera su mujer, su alma gemela, su media mitad hasta que la invasión doria tuviese por bien acercarse a su hacienda e incendiarla con su familia dentro.
Fue entonces cuando empezó a sacar su furia, a aprovechar el don del que siempre había renegado. ¿Podía ver a los dioses? ¿Podía vivir en un mundo ausente, donde el sonido llegaba a sus oídos como si proviniese del fondo de una caracola, donde los movimientos de sus allegados eran lentos y previsibles, donde por momentos podía pararse a apreciar una lanza aproximarse a su cara, distinguir las meyas en el filo de ésta y tomarse el tiempo de separarse, escuchando el silbido por encima del griterío de una batalla? Pues entonces iba a hacer buen uso de ello. Iba a vengar a su familia a golpe de lanza.

Hizo un paso adelante, alejándose de la formación, tomó aire, totalmente expuesto y empezó a dar su particular espectáculo.

Estocada, paso atrás, escudo, una mano cercenada, alguien se le viene encima, lo aparta, un dorio con barba levanta su espada desprotegiendo su torso, sangre, que no es la suya, otra estocada, grita, grita fuerte, se abalanza sobre un soldado que le está dando la espalda, corre hacia él y ve como éste se gira, asustado, lo ve caer con el hilo de su lanza incrustado en su cuello. Disfruta, se lo está pasando en grande, a su alrededor la batalla es un caos, hay dos hombres, un dorio y un aqueo, que se mantienen en pie uno apoyado al otro, extenuados, sin siquiera fuerza para levantar sus lanzas. 
En la cima del Monte Cilene distingue a Zeus, en su trono, observando la batalla con el rostro compungido, imagina, o percibe, o entiende, que éste le está observando, los está observando a todos. Y así sigue sin darse tregua, durante minutos, horas, lanzando golpes, tajos, perdiendo la cuenta de cuantos soldados pasan por el filo de su lanza y pasando por encima de cientos de cuerpos sin vida, encontrando cada vez menos espacio para maniobrar. Hasta que, por fin, decide darse la vuelta.

No había ni rastro de su regimiento. Todos los soldados aqueos que logró distinguir yacían en el suelo, moribundos. Su ira, su trance, le había llevado a las puertas del bosque. Se dio cuenta que estaba herido en un costado, parecía grave, aunque no sientese ningún dolor.

Observó algunos soldados aqueos adentrarse en la floresta, despavoridos, seguidos de muchos más guerreros dorios dispuestos a darles la caza. Se sentía débil, pero capaz. Aún podía cobrarse más vidas antes de darse por vencido.
Dentro del bosque, el rumor de la batalla apenas era perceptible. Escuchó el canto de algunos pájaros agitados, el ruido de pasos a los lejos, un choque de espadas y el lamento de un soldado al ser abatido. Siguió el rastro de tres soldados dorios que al parecer habían seguido el sendero hacía un afluente del río. La herida en el costado se mostraba cada segundo mucho más presente, intensa, lacerante.

Sorprendió al primer soldado con un golpe lateral de lanza a la altura del sobaco que lo hizo caer fulminado. Los otros dos soldados reaccionaron veloces rodeándolo, hacía ya varios minutos que había perdido el escudo, ni siquiera recordaba dónde ni por qué. Esquivó un par de acometidas e intentó acertar con su lanza en el cuello de uno de los soldados errando por bastante, la vista se le estaba nublando. El otro soldado intentó atacarle por la espalda, pero pudo reaccionar a tiempo, arrebatándole la espada y hendiéndola con fuerza en el cogote de éste. Apenas podía mantenerse en pie y el otro soldado parecía fresco, con apenas un par de arañazos en el brazo izquierdo.

Recordó a su mujer recogiendo la siembra a principios de otoño con el vientre hinchado y la frente resplandeciente, va a ser una niña —le dijo—, guapa como su madre y con el corazón bondadoso de su padre.

Hizo una finta y propinó una patada en la entrepierna del soldado, haciéndolo caer al suelo, se abalanzó sobre él y empezó a golpearle la cabeza con las manos descubiertas, con rabia, desesperado y llorando, hasta que solo quedó de su rostro un amasijo de carne y sangre.

Estaba muriendo, no encontraba las fuerzas para ponerse de pie. Se arrastró hacia el riachuelo con los codos, con las piernas totalmente inmóviles. Se dio la vuelta y quedó de cara al cielo, azul, luminoso.

Y fue entonces cuando Artemisa, acompañada por una de sus pléyades, se le apareció, premurosa.

—Artemisa... —alcanzó a decirle, entre temblores— ¿está tu padre satisfecho?

La diosa ordenó a la pléyade que le trajera agua, sin siquiera pronunciar palabra ni mover labio alguno.

—Eran demasiados. Pero ha sido hermoso. Ahora... ahora vuelvo con ellas —terminó diciendo, esperanzado.

Notó como la diosa esparcía tierra sobre su herida, notó una corriente de frío recorrer su cuerpo, de punta a punta, interrogándolo.

Y entonces vio una luz, en el cielo, ensancharse, abrirse hasta abarcar la inmensidad de su mirada hacia el firmamento.

No había dioses tras aquella luz, en cambio le pareció ver la silueta de dos figuras femeninas, cogidas de la mano, una más pequeña que la otra, sacudiendo los brazos a modo de saludo.

Y entonces la Muerte le abrió la puerta.
«Mueres siendo un héroe... o vives lo suficiente para convertirte en villano»
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#2
¡Una magnífica narración de batalla! Me ha recordado a la lectura de algunos pasajes de Sinuhé el egipcio.
Buena narración, prosa genial con algún que otro detalle ortográfico que tampoco creo necesario destacar, pues parecen obedecer más al descuido casual que al error arraigado.

En cuanto a la estructura:

-Las futuras líderes de un pueblo estrechamente ligado a los ritmos naturales, encuentran su contrapunto en la violencia "civilizada" de los Hombres de Bronce que aparecen muertos en el bosque.
-Los Hombres de Bronce, en un cambio de perspectiva, luchan una gran batalla en la que se destaca un hombre que puede ver a sus dioses, los dioses griegos.
-Las dos líneas se conectan cuando el moribundo encontrado por Gavilán e Hija de la Tierra resulta ser el "vidente", que confunde a la segunda con Artemisa.

Puedo interpretar muchas cosas: quizás se trata de un alegato de que la divinidad vive en nosotros, o en los momentos puntuales, o que trasciende los credos; quizás que resulta posible adaptar nuestras creencias para entender a otras culturas. Tal vez la mitología griega derivó en algún momento de la forma de vida de las gentes de Gavilán. A lo que voy: todo esto, tengo que adivinarlo; no me queda claro. No entiendo qué significa el encuentro de las mujeres y los moribundos, más allá del contraste entre la paz de la armonía natural y la violencia de la que es capaz la civilización; si este es el alegato, podría ganar en fuerza. Veo, en fin, dos contextos potentes, pero no una línea argumental, un desarrollo con una culminación clara. Un magnífica narración que me quiere contar... ¿qué? Ese es mi dilema con este relato.
Angel "Angels can fly because they take themselves lightly." blowfish
"To be educated means to be able to play gracefully with ideas."  
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#3
Una muy buena historia de mitologia griega, se lee bien y es muy entretenida. Se nota que conoces a fondo la cultura griega Smile

La unica pega es que te falto una ultima revision para evitar algunos errores. Un par bastante cantosos fueron la redundancia de "su media mitad" y cambiar el verbo 'dar' por 'hacer' en "Hizo un paso adelante". Supongo que se te echó el tiempo encima... no sabes como te entiendo, querido compañero de la procrastinación Big Grin
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Emperador de las Montesas, Gran Kan de los Markhor, Duce de los Ibices y Lord Protector de Ovejas, Corderos y Otros Sucedáneos de Cabra
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#4
Primer relato leído, que me deja con un magnífico sabor de boca ^ ^

Como ya te han señalado por ahí, hay algunos deslices en la manera de escribir, alguna repetición (a golpe de lanza)... nada importante, a mi parecer, y realmente fácil de solucionar con una pequeña revisión.

Me gusta mucho el ritmo de la narración. Descripciones del trayecto de las dos hermanas al principio entremezcladas con breves explicaciones de su identidad personal y cultural. Y posteriormente, un breve preludio con los tres personajes aqueos antes de la vorágine de la batalla. Todo ello con sus respectivas referencias mitológicas, bravo.

Para mí, el punto fuerte del relato es la confluencia de las creencias de las diferentes religiones, algo así como: todos somos hijos de los mismos dioses. Muy bien expresado en el encuentro entre Alcibias y las dos hermanas, y encarnado por la mismísima Diana/Artemisa. La idea me ha gustado mucho, sí señor ^ ^

He de decir que tengo algunas dudas, unas más relevantes y... otras no tanto xD.

¿Por qué llamaban Porcino a la región donde abundaban los hongos?
La puerta de la Muerte tras el juicio de Alcibias... Entiendo que él la ve abrirse y tan sólo Diana observa cómo posteriormente se cierra (es decir, pasa el juicio y sobrevive). ¿O acaso son dos líneas temporales diferentes? En definitiva, nuestro protagonista masculino ¿se salva, no se salva, libre interpretación?

Por último, quizás esperaba una conclusión del relato más cerrada, o quizás un final abierto más direccional, pero claro, para gustos los colores.

En definitiva, un relato con una prosa muy acertada, una pizca de transculturalidad mitológica y unas descripciones bastante cuidadas ^ ^ Buen relato para comenzar la lectura, felicidades al autor/a Big Grin
Ob-la-di Ob-la-da
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#5
La crítica de Mercader es magnífica, como de costumbre, y me hace mirar con más detenimiento el juego de las puertas de la muerte. Aventuraré mi interpretación a la espera de un confirmación por parte del autor: la Madre decide salvarlo pero él decide morir para encontrarse con su familia; ¿una última rebeldía frente a ese mundo de dioses al que tenía acceso pero que eligió ignorar en aras de vivir una vida normal, con familia y demás? En cualquier caso me gusta Big Grin Pero esta reflexión me lleva a nuevas dudas: ¿Se busca, pues, un contraste entre la dependencia de los dioses, que puede funcionarle a algunas personas, y la independencia respecto de los mismos que es potestad de otras? Al margen de que el mero hecho de sugerir posibilidades tenga un incontestable valor... ¡quiero respuestas!
Angel "Angels can fly because they take themselves lightly." blowfish
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#6
¿Que final! Ese desenlace ha sido muy bello y conmovedor. Quizá un poco "predecible" desde cierta perspectiva, pero no por ello menos impresionante.
Por lo demás, el cuento está excelentemente escrito, con un espléndido uso del lenguaje y una sobria narración. La atmósfera está también muy bien conseguida, logrando evocar un pasado en donde la realidad y los mitos coexisten de una manera plenamente convincente.

De todos los relatos que he leído hasta ahora, este uno de mis favoritos, Big Grin
¿Cuánto darías por controlar un espacio de tiempo inexistente? Millones de moléculas creando formas de vida de la nada...
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#7
Buenas, octavo relato, y con lo que me gusta la mitología griega!

En redacción no tengo mucha pega, lo cierto es que está muy bien; más allá de algunos detalles como mencionaron los compañeros de fácil resolución.
Ahora bien, la historia, en tanto histórica como mitológica, nos presenta una versión alternativa de algo que sucedió, con una realidad distinta de aquel mundo mitológico. La noción de aquellos que pueden ver a los dioses como los que no me ha gustado. Los dos puntos, el divino y el humano, nos llevaron al mismo desenlace pero vistos desde ambos lados y resulta mayor la fuerza así del final. Aunque debo decir que la primera parte, al principio sobre todo, creí que estabas hablando de una especie de pájaros humanoides o algo por el estilo. Está medio difuso, la verdad, y un tanto efectista. Buscaría darle otra vuelta de rosta.

Éxitos!
"El que desea sacar la espada es un principiante. El que puede sacar la espada es un experto. El que es la espada misma es un maestro." —Risuke Otake.
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#8
Bien, me ha gustado, aunque lo he notado un poco forzado como final, y por momentos desorientado como relato, pero al final ha terminado con bastante buen empaque.

He visto algunas repeticiones y demàs, como ya te han señalado los demàs compañeros, nada hiriente, una prosa fluida y poco pretenciosa, caaz de mantener un buen ritmo, quizàs demasiado distintinta entre un pasaje y otro (siendo en su primera parte mucho màs objetivo y descriptivo que en la vertiginosa segunda parte).

Desde mi punto de vista el relato intenta jugar con los confines entre locura y capacidades divinas, lo digo por el hecho que él cree ver a una diosa cuando està viendo a una simple indìgena, aunque, dicho sea de paso, Diana es el nombre romano para la diosa Artemisa. Supongo que esto el escritor bien lo sabìa y algo nos quiso decir con ello... esperaremos que se pronuncie.

Hay algunas impresiciones històricas, poco importantes (las catapultas no existieron hasta varios siglos adelante, no existe evidencia de un enfrentamiento bélico entre los dorios y los aqueos, màs bien fue una invasiòn por silenciosa, o por poner otro ejemplo, no està muy claro que por aquellos tiempos se adorasen exactamente a los dioses del Olimpo que hoy en dìa conocemos).

Pooc màs que decir, un buen relato, de fàcil lectura.
"Brillaba pálida como un hueso, mientras yo estaba solo, y pensaba para mí cómo la Luna, esa noche, arrojaba su luz sobre el verdadero placer de mi corazón y el arrecife donde su cuerpo estaba esparcido". - Manny Calavera.
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#9
Pues, pese a que no he leído la Iliada, puedo decir que me ha recordado a las magnificas batallas de Troya, la película con Brad Pitt. Describiste el encuentro de tal manera que me sentí absorbido por la lectura, bien logrado. Además el hecho de que esté situado en la Antigua Grecia le suma puntos.

He disfrutado el relato, anónimo, y si tengo que ponerle algún pero, me inclinaría por el lado del título, aunque es algo totalmente subjetivo: me parece que con lo maravilloso del relato, "Ocaso" es demasiado trillado. Es todo lo que tengo que decir, suerte!
«Quizá no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba.»

El Extranjero, Albert Camus.
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#10
Octavo relato, a escena...

Pues debo decir que no tengo cosas relevantes como para marcarte, el apartado técnico es sumamente correcto amen de algunos detalles corregibles. Por un momento pensé que se trataría de una narrativa a dos tiempos, pero no, solo fue la presentación de un punto de vista y luego el relato de cómo se llegó hasta allí desde otro lugar y personaje.
El trabajo narrativo y estructural es sólido y bien llevado. Ese arco que inicia con Diana y termina con ella como Artemisa para revelar la visión del guerrero y su encuentro con su familia me parece genial, haciendo así uno de los relatos mejor cerrados y acabados del reto hasta el momento. Me has gustado.
Los personajes son creíbles y se los nota vivos, así como un ambiente griego logrado y concreto.

Estas entre mis favoritos, sin dudarlo y te aplaudo por un relato sencillo y bien realizado.
«Hay momentos que marcan en tu vida el camino que elegirás. A veces hay momentos sutiles, pequeños, a veces no los hay.
Soy el Cuentacuentos. Y les mostraré a qué me refiero».

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