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[Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I. La llamada del-que-susurra(Prólogo Cap 1 y 2) - Versión para impresión

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[Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I. La llamada del-que-susurra(Prólogo Cap 1 y 2) - Maserez - 02/02/2015

PRÓLOGO

Parte I
Los pocos hombres que quedaban sintieron unas pisadas fuertes subiendo las escaleras del porche cuando la puerta de la posada se abrió casi sin hacer ruido y entró el candor. Algunos, los que repararon en su presencia, se sorprendieron, pues nunca antes habían visto una criatura semejante, pero el posadero no se inmutó lo más mínimo y lo saludó cordialmente; eran viejos conocidos.
Aquella criatura, semejante a un sátiro, era cliente habitual y el tiempo lo había hecho a su curiosa forma, y mientras todos se sorprendían y reprimían murmullos ahogados y miradas indiscretas, Alton siguió sirviendo cervezas.
   — ¿Un vino ruiseñor? —preguntó el posadero alzando la ceja gruesa. Rodas se limitó a asentir y se sentó a una de las mesas que miraban hacia el campo. Fuera hacía frío, lo sabía demasiado bien: llevaba algunas semanas de aquí para allá sin un rumbo fijo, y como era costumbre en los suyos, lucía un fuerte torso desnudo.
Aquí tienes –volvió el posadero al cabo de un rato –. ¿Quieres comer algo? Me queda un poco de guiso del mediodía.
   —No, yo te agradezco –dijo con un acento muy marcado. El posadero sonrió con condescendencia y volvió a la barra. Mientras, los hombres de la mesa del fondo se incorporaron y desaparecieron escaleras arriba, hacia sus habitaciones, donde quizás continuarían la juerga. Y aunque el posadero tenía sueño,  tendría que seguir trabajando incluso después de que se les pasaran los efectos del alcohol y se rindieran finalmente al sueño.
Rodas dio un trago y se acicaló las patas blancas de cabra. Era la cuarta o quinta vez que se pasaba por allí aquel año y aún no se había acostumbrado a las incómodas sillas y al extraño sabor de la bebida. Además, por alguna curiosa razón, cuando la terminaba se sentía mareado, y si seguía aceptando uno de esos vinos, era por cortesía. Al cabo de casi una hora, la lóbrega sala ya se había vaciado de personas y solo quedaron el candor y el posadero; era hora.
  —Yo traje un par de dos conejos y leña de horno. ¿Tú tienes algo para yo?
Alton miró fijamente el cuerno plateado y curvado de unicornio que le nacía en mitad de la frente y asintió largamente.
   —Veamos… Desde la última vez que nos vimos, allá por verano, he oído muchas cosas. Hace mes y medio un grupo de hombres del norte hablaba de los salvajes, de cómo cada vez se acercaban más y profundizaban en la frontera, arrasando granjas y aldeas. Tiempo después un mercader me comentó que Mirabel estaba saturada de refugiados “pueblerinos”, como él mismo dijo con desprecio, que escapaban de algo. Ya sabes como son los mercaderes, gente ambiciosa y sin escrúpulos la mayoría. Piensan que los de campo somos…
Rodas clavó en el hombre sus ojos almendrados.
   —¿Y los magos? – interrumpió - ¿Qué dicen?
   —Ni idea. La torre más cercana está a cuatro días de aquí, y se comenta que ya nadie vive en ella. Eso no lo sé. Aunque siguiera viviendo ahí algún barbudo, dudo que hiciera algo al respecto. Y los llaman sabios… que mundo de locos…
Rodas se dio por satisfecho y le estrechó la mano a Alton, que mientras hablaba frotaba con un paño húmedo los platos más sucios (los otros los volvía a guardar como estaban). Entonces, el candor extrajo de la mochila que llevaba a la espalda los conejos de los que había hablado.
  —¡Estupendo! ¿Pero te vas ya? Aún me quedan un par de habitaciones libres –dijo con un tono sugerente mientras reparaba en la cicatriz que recorría el abdominal derecho de la criatura.
  —Sí, tengo prisa. La leña en el porche. Yo te agradezco todo.
Y así se despidió Rodas, que esta vez desapareció por la puerta de la posada casi sin hacer ruido. Y Alton aún se aproximó a la ventana para ver como la andrógina y hechizante figura del candor, de aquel hombre-unicornio, se desvanecía lentamente en el horizonte oscuro.


Parte II
Los ocho se sentaban alrededor de una larga mesa rectangular que ocupaba casi toda la estancia, iluminada por unas pocas velas que arrojaban su luz parpadeante y luchaban por prevalecer en medio de aquella honda negrura. Había mucha humedad, y ninguno de los grandes señores se sentía a gusto en aquella angosta bodega.
  -Me remito a mis anteriores palabras. Nuestra mejor baza es Melle II. Es inocente, estúpido, jamás sospecharía de…
  -Larga ha crecido vuestra confianza –intervino otro –. Nuestras guerras nunca son abiertas, ni externas. Si queremos destruir el Imperio de una vez por todas, debemos reabrir nuestras guaridas allí, sembrar el caos desde dentro. Solo así tenemos posibilidades de victoria.
Uno de los ocho dejó escapar un suspiro.
  -Sabéis, mi señora, tan bien como yo, que lo que propones es inviable. La mayoría de estos “refugios” fueron descubiertos, saqueados y destruidos, y no tenemos la mano de obra necesaria para construir más guaridas. Ni tan siquiera una sola.
  -¿Y qué hacemos? –replicó notablemente irritada.
  -Como decía Vinne, el rey Melle II es nuestra mejor carta. Su gobierno ya es medio nuestro, sólo tenemos que darle una razón para entrar en guerra con el Imperio.
  -Si fuera así de sencillo, quizás…
Surgió, entonces, en una de las esquinas, una sombra poderosa que se revolvía como un torbellino ansioso, y unas llamas verdes y azules surgieron a su alrededor mientras la oscuridad se condensaba y tomaba forma. Los ocho se irguieron, envueltos como estaban en unas togas rojas como la sangre de cordero, y desenvainaron las ocho dagas de la aflicción, que destellaban con un brillo mortal de advertencia.
  -¿Quién osa irrumpir en la Casa Roja? –inquirió el que parecía más anciano y tenía el porte más severo. La sombra se enderezó hasta alcanzar una gran estatura y un silencio de muerte cayó alrededor.
  -No debéis dirigiros a mi así –se escuchó una voz profunda que sonaba en todas partes –, pues en nombre de Isilbis vengo, y para él habéis de cumplir su voluntad.
Los ocho parecieron sorprendidos y avergonzados, y envainaron casi al unísono las dagas de la aflicción, todos menos uno: Vinne Elgaunt.
  -¿Y como sabemos, ser, que vienes en nombre de quien dices venir?
La sombra no respondió, pero de su espalda surgieron ocho brazos negros como patas de araña que extendió hasta rozar las paredes de ambos lados. Vinne guardó inmediatamente la daga y murmuró algo, azorado.
  -Dinos, mensajero. –volvió a intervenir el más anciano. Ahora su tono de voz era de admiración y respeto, y la sombra replegó de nuevo los cuatro pares de patas.
  -Sabed que Isilbis requiere de vuestros servicios. Un advenedizo grupo de hombres, comandados por la maga Élinae, están en una misión de gran importancia en las Estepas Salvajes, al Norte. Es la voluntad de la araña que la muerte les sobrevenga antes de regresar a la Punta. Jamás debió de salir de su Imperio…
La sombra se desvaneció lentamente, pero las llamas que la rodeaban se alargaron y una ráfaga de aire fresco sopló desde la esquina ahora vacía. Tan rápidamente como había llegado, el Maggari se había ido sin dar tiempo a que nadie replicara.
Los ocho seguían desconcertados. Todos se sentaron de nuevo.
  -Nunca antes nuestro dios nos ha enviado un mensajero… –reflexionó el mayor. Tenía una corta barba blanca y su nariz aguileña, sumada a unos pequeños ojos azules, le confería una expresión siniestra.
Pero Brudd, conde de Llalo, parecía convencido.
  -¡Señores! ¿Qué nos cuestionamos? ¿Quién más, sino Isilbis el-araña, sabe de nuestros ritos y tradiciones, quién si no podría saber de este cónclave secreto? Deberíamos celebrar este día, en el que nuestro dios se ha pronunciado y nos ha dado instrucciones claras y estrictas. ¡Por la caída de los hombres! ¡Ya sabemos que hacer!
Parecía que el entusiasmo de Brudd podía contagiar a los demás miembros, pero unos cuantos seguían recelosos e inseguros.
  -Quizás sea conveniente recordar que nosotros también somos hombres –intervino Vinne con su voz de serpiente. Aquel hombre, en cierta forma, acababa de restarle autoridad a las órdenes de su mismo dios, pero tenía razón. Y nadie reparó  en la verdad que había en sus palabras, si bien no era la sabiduría, sino la ambición, quien las había motivado…


Parte III
El grupo llevaba horas caminando. Eran tres hombres y una mujer. Ella vestía una larga túnica color carmesí que le cubría hasta casi las botas, de cuero oscuro, y llevaba la melena rubia recogida en una cola de caballo que caía sobre su hombro, justo por encima de una única hombrera metálica. Ellos eran soldados, con armadura y cota de malla por debajo. Dos de ellos portaban un yelmo rematado en dos plumas doradas, el tercero llevaba la cabeza al descubierto, luciendo barba de una semana y un cabello largo y oscuro.
Del cinturón negro de la túnica colgaba una bolsa de tela algo descosida, por cuya boca asomaba un fajo de hierbas y flores de muchos colores. Ella era Élinae, hija de Álara, archiamaga y duquesa del Ducado del Zorro, al otro lado del Mar Ceniciento. Élinae también era maga, y soñaba con convertirse en una hechicera poderosa como su madre y ocupar su puesto algún día. Por eso estaba allí, en las Estepas Salvajes, al norte de Punta Mordaz, expuesta al peligro que continuamente acechaba en aquellos parajes. Había ido como exploradora, emisaria del Sacro Imperio por petición del gobernador de la Punta, para investigar la creciente actividad de los Salvajes y corroborar los rumores de los lugareños.
  -Mi señora –advirtió el hombre sin yelmo –, algo se ha movido por allá.
Élinae escudriñó las distantes rocas con sus penetrantes ojos azules e hizo una seña a los soldados, que desenvainaron las espadas en silencio. En sus expresiones se dibujó la incertidumbre y el temor a lo desconocido, y avanzaban con paso inseguro y muy despacio, con los escudos por delante. El tercero, no obstante, parecía muy seguro de sí mismo. Aunque cauteloso, avanzaba rápido y con determinación, y a cada rato echaba una mirada de reojo hacia la maga para cerciorarse de que ésta observaba cuán atrevido y valiente era.
Élinae hizo otro gesto para que flanqueara la roca por la izquierda mientras sus hombres avanzaban desde la derecha. La maga observaba desde lejos como una frívola y calculadora estratega, guiando la batalla pero sin entrar en ella.
Guber dobló la esquina de la roca y enfundó su arma.
  -Aquí no hay nada –vociferó llevándose ambas manos a la cabeza, con expresión despreocupada. Los otros dos hombres enfundaron también sus armas y suspiraron aliviados. No habría combate.
  -Bien, volved –llamó ella –, iremos hacia el este, a ver si tenemos más suerte.

“Más suerte” repitió mentalmente Áevin, el más joven de todos los soldados. “Si fuera ella la que peleara, cambiaría de idea.” Áevin apenas contaba veinte inviernos, pero era vigoroso y hábil en el manejo de la espada. Su padre lo educó desde pequeño en el arte marcial de la guerra, y el joven hijo del capitán creció entre armas y códigos de honor. Ahora era el escolta de una refinada hechicera con la que caminaban en círculos sin sacar nada en claro.
Y ya llevaban seis días en aquel yermo. Las Estepas Salvajes era un conjunto de llanuras secas y grises, salpicadas por alguna que otra pequeña montaña granítica y profundas y repentinas depresiones. Buscaban huellas, animales muertos, rocas desprendidas, cuevas… todo aquello que sugiriera que los salvajes habían abandonado sus hogares y se estaban reuniendo era bienvenido y meticulosamente analizado por Élinae, que lideraba la expedición.
Se detuvo.
Alguien gruñó en la lejanía, tras una suave ondulación que les impedía ver a la criatura.
  -¿Es un salvaje? –quiso saber Guber desenvainando su espada con cuidado. La hoja brillaba a la luz del asfixiante Sol. Era plateada y tenía unas inscripciones que brillaban con tonalidades azules y cían; runas.
  -Sí –asintió Élinae tragando saliva y aferrando el báculo con su pálida mano de porcelana. –. Sin duda alguna.
Áevin y Sadro desenvainaron también las espadas y buscaron nuevamente el amparo de sus rodelas de madera y metal.
Oyeron unos pasos pesados ascendiendo por la ladera opuesta.
Élinae agarró con todavía más fuerza el báculo, como si le diera seguridad, y tragó saliva por segunda vez.
Oyeron otro rugido, y otro. Y otro más, y por la cima de la colina asomaron tres seres como hombres encorvados, casi bípedos y de tres metros, piel roja como la sangre y mirada fiera. Unos colmillos asomaban entre los labios negros en su  rostro bestial, y sus ojos sin párpado se clavaban en los humanos.
Otro rugido y emprendieron la frenética persecución. El primero se abalanzó contra Áevin, que vanamente interpuso el escudo. El joven salió despedido varios metros hasta golpearse la cabeza con una afilada roca, que se tiñó de un sugerente rojo brillante. El segundo golpeó a Sadro con la zarpa abierta, rompiéndole las costillas y dejándolo malherido y jadeando. Respiraba entrecortadamente y por entre los incisivos se filtraba una hilera de sangre.
Agonizó durante veinte segundos hasta que Fered decidió llevárselo.
Pero Guber echó a correr. Ya no le importaban ni el honor ni Élinae, que se alzaba enhiesta como un tronco seco antes del huracán. La maga musitó unas palabras y de su mano brotó una columna helada que congeló al tercer salvaje justo antes de que la alcanzara. El asesino de Áevin echó a correr hacia ella, con la amenazante boca de dientes como agujas profiriendo ensordecedores rugidos, pero ésta lo esquivó con un grácil movimiento y ayudada del báculo proyectó un mortal rayo que atravesó su oscuro corazón, bañado en tinta negra. Cuando cayó abatido, Élinae se giró para fulminar al restante con un último hechizo, pero el salvaje se adelantó, hendiendo su garra en el pecho de la maga, que apenas pudo escupir la sangre que se amontonaba en su garganta antes de caer y expirar.
Su cuerpo quedó tendido sobre la hierba gris y seca, ahora regada con una sangre todavía tibia. Estaba boca abajo pero tenía la cabeza girada y en su rostro se podía advertir una expresión hueca de horror.
El salvaje echó a correr una vez más en persecución de Guber. No tenía emociones ni sentimientos; era un depredador, una bestia sanguinaria sin remordimiento alguno. El salvaje siguió corriendo hasta que Guber desapareció tras unas rocas, en la distancia. Entonces, volvió y se deleitó devorando los cuerpos de los caídos. Solo la hechicera, por alguna extraña superstición, se salvó de sus afilados dientes y su cuerpo quedó abandonado en las estepas como si de una muñeca rota se tratase.
Élinae, hija de Álara, archimaga y Duquesa del Ducado del Zorro al otro lado del Mar Ceniciento había muerto.


Parte IV
La luz roja del ocaso trajo melancolía y soledad. Como cada día, el Sol desaparecía rápido por el horizonte y sus últimos rayos iluminaban la mesa del escritorio de Selam, abarrotada de papiros, libros y extraños artefactos que brillaban con luz propia.
Aquel era una de los muchos dormitorios de la academia Zelca, la primera y más grande de las escuelas de Magia del Sacro Imperio, uno de los últimos templos del saber en aquella era incierta.
Largo tiempo había pasado Selam encerrado entre aquellos muros, más que ninguno otro. Pues mientras que la mayoría de estudiantes no superaban los treinta años de edad, él ya recordaba contar cuarenta, cuarenta y cinco y hasta cincuenta inviernos. Y es que sus únicos amigos, los más sinceros, habían sido desde siempre los libros de estudio, y en su interior había una sed de conocimientos que jamás sería saciada.
Y ahora abandonaba su hogar, su cómoda cama y sus amados grimorios. Un mundo nuevo se abría ante él, una grave urgencia. No sabría decir si aquella llamada era auténtica o simples desvaríos de una mente demasiado vieja, pero sentía la necesidad de acudir y de responder, y aquello ya no venía de su mente, sino de lo profundo de su alma.
Se llevó las manos huesudas a la cabeza y recogió la larga melena negra en una cola de caballo bastante alta. Estaba delgado y tenía el rostro chupado, pero su expresión era seria y sus ojos encerraban un misterio insondable que nadie podía desvelar.
“Keseth” se dijo para sí. “El norte se corrompe en tanto que los herederos de tu legado observan el mundo con ojos ajenos. ¿He de hacer yo su trabajo? ¿He de purgar en tu nombre las lejanas Estepas?”
Abrió los ojos, pero nadie le contestó. ¿O quizás sí? Tuvo de pronto la convicción de que algo se corrompía en las Estepas Salvajes, y un murmullo ahogado, como un eco desesperado, sonó en su oreja derecha.
“… mi voluntad es la tuya”
Una sombra magnífica recorrió la pared del fondo mientras el horizonte devoraba los últimos rayos de luz.



Parte V
  -Hermanos… El plan está en marcha. Cada uno ha jugado su papel y ahora es el turno de los mortales. ¡Ig´garón volverá en toda su gloria, y el mundo se retorcerá de tormento mientras se libera!
El lugar de la reunión era una gran plaza negra de adoquines levantados. Había un cielo tormentoso que esporádicamente iluminaba la ciudad en ruinas de la cual habían hecho su guarida: Gargol...la antigua capital de Imperio del Norte estaba ahora abandonada y maldita, y la paz de la muerte se había depositado en cada roca, cada calavera y cada árbol seco casi sin ser advertida.
Otras tres columnas de humo negro se revolvían a cada lado de la plaza alrededor del descomunal colmillo negro de Zephirom, el dios-dragón que sacrificó su esencia hacía miles de años para librar al mundo de la locura del-que-susurra.
Y ahora, se alzaría una vez más.
  -Los hijos de Isilbis han sido ya advertidos –informó uno de los cuatro Maggari con su profunda voz de tinieblas –. Los ocho y sus muchos agentes se asegurarán de que la maga no regrese jamás a su tierra y la amenaza pillará de improviso a los hombres mortales.
  -¿Y los orrdrim?
  -Todavía hay odio en sus corazones. La emperatriz tiene muchos enemigos. Solo es cuestión de tiempo que la guerra estalle y que orrdrim, hombres y candor sean el festín de almas que libere al maestro. Aunque para eso…
El mismo Maggari que preguntó por los orrdrim se adelantó a hablar ahora, y su voz parecía ceniza al viento:
  -Los salvajes se mueven… No tardaré en reunir un ejército digno del-que-susurra, un ejército capaz de aplastar las defensas de los hombres mortales y allanar el camino a los orrdrim. Pero aún queda mucho por hacer…
  -Y luego está el mago.
Todos se volvieron hacia el Maggari que acababa de hablar.
  -¿El mago? –repitieron al unísono con sus voces profundas.
El Maggari habló entonces de Selam y de sus planes, y en sus palabras había temor, pues el hechicero contaba con la bendición de Keseth, el único y primer mago de todos, y había sentido su alma inmortal envenenando la mente de aquel hombre, manipulándolo en su único beneficio oscuro.
Los demás Maggari también parecían inquietos. Pero daba igual. Ig´garón se alzaría gracias a la guerra, una guerra que estallaría antes o después, pero que lo haría.
  -Pero hay amenazas mayores, tal vez. El tiempo lo dirá. Nos hemos olvidado de ella, pero ella siempre está atenta y alerta. Ya sabéis de quien hablo.
Y lo sabían, vaya. Pero nadie dijo su nombre.


RE: Alan: Estrella Roja I - Haskoz - 03/02/2015

Muy buenas Maserez!!!

Por ahora solo me he leído el prólogo, pero ya puedo decirte que tu narrativa es buena, sugerente y se lee sin complicaciones. En el prólogo ya dejas ver un mundo muy ambicioso, con razas, magos y varios lugares. También decirte que me moló el hombre-unicornio. Aunque no lo conozco de mucho ya me cae bien jajaj
También te recomendaría repasar la gramática en lo que al guionado se refiere. Creo que ya subieron un post al respecto en el taller literario Wink

Sigue dándole cañaaaa!!

Nos leeemoooos!!!


RE: Alan: Estrella Roja I - Geralt de Rivia - 03/02/2015

Por favor gente, recuerden especificar en el título del relato el género al que pertenece el mismo. Es por una cuestión de orden y comodidad.


RE: [Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I - Maserez - 04/02/2015

Hola y muchas gracias por contestar y dejarme tu opinón, Haskoz. Y Geralt, perdón por el despiste, no volverá a pasar, ¡prometido! y gracias también por avisar.
Ahora mismo subiré el capítulo 1, si me dejáis un momentito.....
Respecto al guionado, lo sé y lo siento. Cuando lo... "reedite" todo, se corregirá debidamente. Un saludo!


RE: [Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I - Maserez - 04/02/2015

Bien, aquí está:





CAPÍTULO I: CELLYA
Jueves 3 – Sábado 5 de Octubre. Otoño del 1059. La frontera.















La mortecina luz de las lunas brillaba sobre el prado con especial fuerza aquella noche. Tenía las botas embarradas y la capa oscura también estaba algo manchada, pero la capucha y el resto de prendas permanecían casi intactas. Caminaba agazapada entre la hierba alta frente a la sombra de Piedra Luna, una antigua muralla que los hombres del pasado acertaron a levantar como defensa frente a los salvajes. Y al territorio de los salvajes iba ahora, una tierra que durante mucho tiempo había alimentado las leyendas y mitos de la zona.
Se detuvo un instante y oteó a su alrededor como cazador buscando a la presa. Nada. Lo único que se veía era la esbelta muralla caída en ruina y una pequeña granja quemada que se alzaba junto a un árbol seco. Allí, entre las paredes derruidas y calcinadas, sin un techo o una lumbre que los calentara en aquella fría noche, le aguardaban Anne, Bern y Caelo, tres iniciados de la hermandad que ahora estaban a su cargo.
Tras asegurarse de estar completamente sola, echó una rápida carrera hacia el imponente muro y se propulsó para alcanzar un gran bloque que sobresalía. Dio un salto y las manos envueltas en guantes de cuero negro se aferraron a la superficie porosa y desgastada. Con algo de esfuerzo se impulsó en el aire para colocarse sobre ella y continuar la trepa hasta el otro lado, hacia las Estepas.
Tampoco se veía a nadie desde lo alto de la muralla, salvo alguna que otra roca engañosa que salpicaba los cada vez más grises campos. Entonces, se descubrió la cara y la trémula y tímida luz del cielo estrellado le dio la bienvenida a un rostro blanco, de facciones suaves, como porcelana, que agradecía la brisa fresca de aquella noche de otoño. Pero no tuvo mucho tiempo para regocijarse en aquellas sensaciones, pues el tiempo corría, al igual que el sol, y debía terminar su misión para estar de vuelta en la vieja granja antes del alba.
Dio un salto y cayó con gracilidad sobre otro bloque de considerable tamaño que se había quebrado a la mitad, y de éste al suelo húmedo y blando, sobre los matojos salvajes de hierba que crecían sin medida. Pero una nueva brisa soplaba del otro lado de la muralla, y traía voces y ecos que se perdían en la bruma, susurros que se le erizaban en la nuca. Se volvió a cubrir el rostro con la capucha y se agazapó junto a los arbustos espinosos y los ladrillos desprendidos, y allí decidió esperar por sus presas, un grupo de soldados que escoltaban a una maga.
Cogió el arco y aguzó la vista. Las Estepas salvajes era un conjunto de praderas grises, casi deshabitadas y yermas que se extendían miles de kilómetros hacia el norte, salpicadas por repentinas depresiones excavadas en el suelo granítico, pequeñas colinas y ondulaciones, y algún margen de un río que dejó de fluir hace mucho.
Se le aceleró la respiración, pero el pulso siguió firme. Dejó transcurrir los segundos, paciente, pero nada asomó tras la suave ladera y entonces sintió inquietud y congoja. Aquellas voces… las seguía escuchando, cerca y lejos, a sus espaldas y justo a su lado, entre las distantes estrellas, saliendo de las hendiduras de cada bloque de Piedra Luna… Cerró los ojos e intentó concentrarse en el momento, en el barro que pisaba y las hojas secas tras las que se ocultaba, y entonces, casi sin querer, descubrió su figura descendiendo la falda con dificultad. Sacó una flecha del carcaj, tensó y apuntó con el arco. Las instrucciones hablaban de varios soldados y una maga, pero solo veía una silueta temblorosa. Entonces, se volvió con ansiedad hacia todos lados con la intención de descubrir a los demás y asesinarlos, pero solo encontró un cuervo asustadizo que emprendió rápidamente el vuelo.
El mismo cuervo que Guber interpretó como un mal augurio.
El soldado desenvainó la espada jadeante y clavó la mirada en los escombros que tenía frente a él, como si pudiera ver a través de ellos. Una extraña sensación le recorrió la nuca y se volvió rápidamente, esperando descubrir un salvaje a sus espaldas que estuviera a punto de matarlo. Pero solo había hierba y niebla.
Escuchaba su respiración aunque su silueta apenas era un borrón visible en medio de la niebla. Volvió a tensar el arco, apuntó, y entonces el soldado se dio la vuelta súbitamente y quedó totalmente expuesto a sus virotes.
No esperó más. Soltó y la flecha silbó un par de segundos por el aire antes de atravesarle el muslo derecho. No lo quería muerto, no todavía. Sus compañeros podrían andar no demasiado lejos y necesitaba información para encontrarlos, matarlos y completar la misión.
Guber cayó al suelo y gimió mientras se arrastraba entre la hierba alta para recuperar la espada perdida y, con suerte, desaparecer a ojos del tirador. Pero a su paso dejaba un rastro de sangre, brillante y tibia, que lo delataría rápidamente. Tras varios segundos en tenso y estresante silencio recibió un fuerte pistón en mitad de la espalda y unas manos lo agarraron y tendieron boca arriba.
-¿Y los demás? –preguntó Cellya susurrándole en la oreja. El soldado había perdido tanta sangre que no era del todo consciente, y el dolor le nublaba la visión. La mujer había hincado la rodilla en el pecho del hombre, que también respiraba con dificultad.
-Salvajes… yo, combatimos –jadeó. Lo único que entreveía era la clara luz de ambas lunas sobre el rostro oscuro de la mujer, que lo tenía agarrado de la media melena castaña, sucia y empapada. Cellya lo miró bajo las finas cejas fruncidas y desenvainó la daga que llevaba al cinto.
-Te he hecho una pregunta muy simple. ¡Contéstame!
-Nos atacaron, murieron… -gritó desesperado con la poca voz que le quedaba –Ahora siguen mi rastro. Por favor, mi señora, piedad…
“Rastro” repitió mentalmente Cellya y empalideció. Durante un par de segundos dejó de agarrar con tanta consistencia al soldado y aguzó la vista. No veía nada, pero la niebla era densa y podrían estar acercándose, podrían haberla olido, oído, incluso visto. Cogió de nuevo el arco y estuvo atenta.
-Por favor, liberadme… –gimió Guber entre el llanto y la locura. Otro cuervo, tal vez el mismo, alzó el vuelo en la distancia y Cellya, harta de las constantes súplicas de aquel desdichado, le dio la vuelta a la daga y la hundió en el estómago del soldado, que liberó un líquido rojo y templado que pronto le empapó las prendas. Después de unos segundos, expiró con suavidad y sus ojos se entornaron mirando hacia el infinito.
Retiró la daga y la limpió con la punta de la lengua antes de envainarla de nuevo. Pero no se movió, y durante largos minutos permaneció sobre el cadáver del hombre, atenta, agazapada. Solo cuando creyó estar ya fuera de peligro se atrevió a volverse, aún con sigilo, y emprender el camino de regreso a la vieja granja.
Escaló otra vez la ruinosa muralla para llegar al otro lado y cuando hubo dado unos cuantos pasos se detuvo para admirar el cielo nocturno, que ya empezaba a desvanecerse con las primeras luces del sol. Era un frío jueves de otoño del año 1.059 y ya echaba de menos las comodidades de su hogar, si así podía denominarse al lugar donde residían ella y los demás discípulos. Lo llamaban La telaraña y era una de las muchas bases que tenía la secta en la Punta.
Continuó la caminata hasta la vieja granja, que se alzaba como un cadáver calcinado en medio del prado. El árbol estaba plagado de cuervos que a su llegada emprendieron el vuelo.
-Cellya –llamó no demasiado alto Anne, su discípula más adelantada. Cellya se descubrió el rostro y clavó sus fríos ojos azules en los de Anne, que no soportó la mirada durante mucho tiempo. – ¿Todo bien?
Se limitó a asentir y apoyó el arco contra el tronco marchito. Adentro se movían otras dos sombras; eran Bern y Caelo.
-Pasa, pasa. Oh, y dame esa capa empapada. Hemos preparado algo de comer y tenemos mantas secas.
-¿Dónde las habéis conseguido? –preguntó casi inexpresiva. Anne señaló una trampilla medio chamuscada del suelo que parecía anegada por una densa oscuridad.
-En el sótano tenían vinos y algún baúl repleto de ropas y mantas. Hay mucha humedad y está oscuro, pero no hace tanto frío como aquí arriba. ¡Bern, Caelo! –llamó –. Ha llegado Cellya, preparad los sacos.
Los dos jóvenes aparecieron por la izquierda, saltando los escombros de lo que una vez fuera la pared que separaba el salón de las habitaciones. Bern era un muchacho alto, de pelo castaño enmarañado, fornido y de porte burlesco, mientras que Caelo era mucho más delgado y tímido, aunque calculador y de mirada inteligente. De hecho, no se toleraban, y si no se habían clavado un puñal todavía era por la omnipresencia de Cellya cada vez que tenían una disputa.
Bern se inclinó con gracia mientras que Caelo permaneció en silencio. Ambos traían unas bolsas colgadas a la espalda en la que llevaban los víveres y alguna pequeña manta, además de sus propias armas que llevaban al cinto. Anne terminó de guardar sus cosas en el saco y se incorporó vivaz.
-Bien, esto ya está. ¿Y las cosas de Cellya? –quiso saber –. Y traedle otra capa, la tiene embarrada.
-Las dejamos al lado de la chimenea –señaló Bern. La chimenea a la que se refería apenas era un amasijo de ladrillos desordenados entre los que sobresalía la leña mohosa y húmeda que una vez calentara esa misma estancia. Cellya se encaminó a su bolsa y la recogió sin apenas esfuerzo, cargándosela a la espalda.
-Nos vamos –ordenó. El cielo cada vez era más azul a medida que el Sol emergía por el horizonte, radiante, lleno de gloria. Mas el frío de la noche no se había esfumado como las estrellas, y allí, encima de la colina, entre las paredes derruidas de madera negra enmohecida, soplaba una brisa helada que calaba hasta los huesos.
Una vez se hubieron puesto en marcha, con Cellya a la cabeza y los demás varios metros por detrás, Anne se adelantó al resto y se allegó a Cellya con una sonrisa desenfadada. Ésta caminaba con el gesto torcido, envuelta en sus pensamientos. Pero por mi ausente que pareciera, Anne sabía que ya había reparado en su presencia así que se apresuró a hablar.
-¿Qué sucedió al otro lado de las murallas? ¿Viste algún salvaje?
-No –respondió casi sin inmutarse. Se le estaba empezando a atragantar Anne con sus insistentes y constantes preguntas sobre esto o tal cosa, y a pesar de sus malas contestaciones, la muchacha seguía igual de impertinente.
-¿Te resultó difícil matarlos?
Esta vez Cellya no contestó ni hizo el más mínimo gesto. Caminaban alejados del sendero, ocultos entre maleza y la hojarasca. Se acercaba el mediodía y ya hacía algo más de calor, pero unas nubes negras se acercaban a gran velocidad desde el este, del Mar Ceniciento, amenazando con llover. Y tenían que andar a paso ligero si no querían pasar la noche a la intemperie, pues no demasiado lejos habían descubierto una mina abandonada que ya nadie transitaba, perfecta para refugiarse del capricho de los elementos.
Siguieron caminando durante casi dos horas más e hicieron una pausa para comer. La noche anterior, durante la ausencia de Cellya, Anne había aprovechado para salir de caza y había traído un par de conejos. Siempre había sido buena arquera, quizás incluso mejor que Cellya.
Extrajo el único conejo que quedaba y lo recibieron de no muy buena gana. Bern había salido a coger leña para hacer un fuego con el que cocinarlo, y ahora estaban Caelo y Cellya sentados sobre una roca musgosa, cada uno más misterioso que el otro, más abstraído en sus cavilaciones. Pero había algo que los distinguía perfectamente: si bien el misterio que envolvía a Caelo era atractivo y mágico, el que rodeaba a Cellya era un misterio espeluznante e inquietante, que sobrecogía inexplicablemente.
A la media hora regresó Bern, algo sudoroso, con una sonrisa de oreja a oreja. Caelo torció el gesto, Cellya ni se molestó en mirarlo. Traía un buen montón de madera entre sus brazos fuertes y caminaba triunfal hacia Anne, que tampoco tenía mucha paciencia. Los dejó caer desde la altitud y se sentó junto a ésta, que ya comenzaba a hacer un fuego.
-Por la ruta que tomaremos son otros dos días de jornada hasta la Telaraña –indicó Cellya mientras la leña prendía con vivaces y saltarinas chispas. Las miraba fijamente como si pudiera atraparlas con la mirada, como si pudiera apagarlas –. Por eso tendremos que madrugar mañana, y caminar a mejor ritmo.
-¡Mejor ritmo! –bufó Bern. -Tengo los pies llenos de callos y para nada, para que lo hagas tú todo. Hubiéramos estado mejor y más cómodos entrenando en la telaraña y no haciendo de bandidos de poca monta. Y creo que todos pensamos lo mismo.
Anne iba a decir algo pero calló al encontrarse con la oscura mirada de Cellya clavada sobre ella. Algo había en aquellos ojos que la estremeció por dentro; un destello helado de muerte que jamás había sentido con tanta intensidad. Observó entonces como Cellya desenvainaba la daga, curvada y todavía con pegotes de sangre reseca, y alzaba el brazo. Su respiración palpitante se entremezclaba con el murmullo del viento en las hojas dando lugar a una siniestra sinfonía que inquietó incluso a Caelo. Pero el único que no era consciente de lo que estaba a punto de suceder era Bern, que hincaba los incisivos en su ración chamuscada de conejo, hambriento.
Anne sintió pasar una eternidad, pero todo fue cuestión de unos segundos. Y fue rápido. En un solo revés Cellya hundió la daga en la garganta de Bern, que se tambaleó durante unos instantes antes de precipitarse contra el suelo embarrado.
-Pobre Bern –dijo Cellya sombría –, inocente, pero muy estúpido ¿Alguien tiene algo más que objetar? La disciplina es lo primero en una hermandad, luego ya vienen la habilidad y destreza de cada uno. No quiero escuchar ni un murmullo ni una queja, o semejante destino os aguardará a vosotros también. ¿Entendido?
Ninguno de los dos contestó, seguían conmocionados y observaban con asco y temor como la sangre emanaba del corte profundo en la garganta. Incluso creyeron ver como Bern intentaba respirar y revolverse lo poco que podía, ahogándose en una negrura que ahora veían en los ojos de Cellya, cayendo en la desesperación y angustia del que ve como la vida se le escapa de entre los dedos.
-¡¿Entendido?!
Asintieron y tragaron saliva. Ninguno de los dos se encontraba cómodo frente al cadáver, que yacía sobre un charco de un sugerente rojo brillante. Durante largo rato Anne no comió ni dijo nada, pero Caelo tragó saliva y quiso anteponerse a la congoja que lo inundaba por dentro, e hizo como si nada. Pronto, todos terminaron sus raciones de conejo, mayores de lo previsto en un principio, y aguardaron por la última palabra de Cellya antes de emprender de nuevo el camino.
-Desnudadlo y quitadle sus pertenencias, los que lo encuentren pensarán que fue un robo.


RE: [Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I - landanohr - 18/02/2015

Ops!!

Pasaba por aquí para darle un vistazo a la historia y zasca! el primer post se ha ido al garete. Creo que a algún otro compañero también le ha pasado, y sospecho que no te has dado cuenta, sino lo habrías corregido.

Así que nada, me quedo esperando a que el prólogo "reaparezca"

Iep!


RE: [Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I - Maserez - 25/02/2015

Vaya... que asco. Ahora lo subo y gracias por avisar!!


RE: [Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I. La llamada del-que-susurra(Prólogo Cap 1 y 2) - Haskoz - 25/02/2015

Muy buenas Maserez!! Hace dos horas, aproximadamente, terminé de leer la parte II del prólogo. La verdad es que el mundo que has creado va ganando cada vez más. Los 8 hombres eses son muy intrigantes y el mensajero del dios-araña también. Sueltas la información a cuentagotas y eso hace que uno quiera seguir leyendo más.
En cuanto pueda seguiré con tu novela Wink

Nos leeemooos!!!


RE: [Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I. La llamada del-que-susurra(Prólogo Cap 1 y 2) - Maserez - 25/02/2015

Muchas gracias, espero que sigas disfrutando de las siguientes partes. Este prólogo está pensado como un rompecabezas. En un principio, cada parte parece aislada de las demás e independiente, como si no guardara relación alguna con los demás fragmentos, pero a medida que avance la novela se irán aprendiendo muchas cosas, y entendiendo otras tanta que ahora permanecen veladas. Y como reza uno de los personajes de la novela: "Ningún capítulo está completamente aislado; todo forma parte de un único y gran libro". Esta afirmación, a su vez, ya fue pronunciada por otra persona mucho tiempo atrás en la línea histórica de la novela, pero digamos que encaja bien en el contexto de este prólogo y así veis que lo que mola la frase.

Un saludo, compañero. Nos leeemooos!!


RE: [Fantasía Épica] Alan: Estrella Roja I. La llamada del-que-susurra(Prólogo Cap 1 y 2) - Maserez - 28/02/2015

CAPÍTULO II: VIENDEL
Viernes 4 de Octubre. Otoño del 1059. Cañón del Pálido.



















-¿Y como sabemos que se trata de los cuatro, y no de cualquier otro imitador? –inquirió Volden con su irritante tono de serpiente. El candor estaba tan alterado que se había levantado y ahora hacía aspavientos para expresar su profundo desacuerdo. Tonterías, sandeces… él era uno de los más sabios y no toleraría que nadie le tomara la lección.
Irrumpió en ese mismo instante Rodas, que llevaba varios días de caminata por la falda de los Picos del Agua hasta encontrar la mítica cueva que conducía al Cañón del Pálido. Aquel era su hogar, y el de tantos otros. Un refugio regentado por Viendel al que acudían aquellos que buscaban crecer en sabiduría y comprensión, y también vivir de forma pacífica.
Volden se interrumpió tan pronto vio llegar al candor jadeante y soltó un bufido.
-¡Rodas! –se alegró Viendel, y quizás aquellas fueran las primeras palabras alegres en aquella tarde lluviosa –. Llegas en el momento más oportuno, pues esta vez no solo nos traes nuevas tú, si no nosotros.
Y era cierto. Llevaban reunidos en El salón de la Miel durante varias horas, debatiendo y tratando un asunto de grave urgencia. Pero Rodas también traía noticias oscuras.
-Siéntate –dijo Viendel con su dulce voz. A diferencia de los candor, ella era una anatar, como las mujeres humanas, pero más alta y terriblemente hermosa. Solía llevar el pelo recogido en una larga trenza rubia, pero ahora el viento zarandeaba la melena suelta y la cola del traje azul, y le daba un aire aún más misterioso.
Rodas se allegó y apoyó su espada y la bolsa contra la pared gris. Aquella sala estaba repleta de ventanas sin cristales, balcones, y puertas al campo, y aunque solía hacer buen tiempo en aquel rincón del mundo, la lluvia y el frío suponían ahora una seria molestia.
Tras unos segundos, Rodas se adelantó:
-He venido tan rápido como me han permitido las pezuñas –dijo, y Viendel sonrió –. Suelo frecuentar una taberna humana, al norte. El dueño es un buen hombre y tenemos un acuerdo. Yo le traigo lo que puedo y él me “vende” información.
Todos parecían expectantes, y Volden temía tener que tragarse sus anteriores palabras.
-¿Y qué te dijo? –preguntó la madre de Rodas, que también estaba presente.
-Los dawein asolan aldeas y granjas al norte del Imperio. Cada vez se adentran más. Parece ser que la población está abandonado el campo y refugiándose en las ciudades.
-¡Por las ramas desnudas, eso no significa nada! –saltó Voldern antes que ninguno con el ceño fruncido. –. Los salvajes son una raza estúpida. No creeréis de verdad que tiene algo que ver…
Viendel se volvió hacia Volden y lo calló con su penetrante mirada.
-¿Algo que ver…? – alzó la voz Rodas, que no comprendía nada – ¿Algo que ver con qué?
-Con los Cuatro Peregrinos, con los Maggari. Mucho hemos discutido esta tarde en tu ausencia, tanto como hemos sabido y podido, pero ahora ya no me cabe duda alguna, ya no queda pregunta sin respuesta. Los cuatro han vuelto.
Se escuchó un viento helado soplando desde el norte, y las nubes trajeron voces malignas y ecos tentadores. “Los cuatro han vuelto”, resonaba en la cabeza de Rodas, y aunque no había conocido su maldad y tiranía, los Maggari estaban en cada cuento y llanto de los candor, y todos conocían al menos sus nombres de polvo y ceniza.
-Los Cuatro murieron, y muertos están. –repitió Volden, sentándose. Aunque seguía reacio a creer en las palabras de Viendel, en lo profundo de su ser sabía que tenía razón.
Un rayo iluminó el cielo oscuro, en el que ya no se advertía ni el Sol del ocaso.
-Mi señora –intervino Eldan –. Sí son en verdad los Cuatro, debemos actuar antes de que sea demasiado tarde. Hay que cercarlos y aplastarlos ahora que aún son débiles.
-Sí… -murmuró, ensimismada con el cielo parpadeante. Aquella tormenta le pareció terrible y hermosa, violenta como la guerra e imprevisible como el mar…
-¿Viendel?
-¡Por Memphis, perseguís quimeras! Los Maggari se hundieron en las aguas del Irdau, hace mucho, mucho tiempo. Quizás ninguno de vosotros haya vivido lo suficiente, pero yo sí –sentenció Volden –, y no pienso mover un dedo por la superstición barata de una vieja.
Pero Viendel se volvió, y antes de que nadie le reprendiera por su falta de respeto, la mujer anatar brilló como la misma Aníon, la Luna de Plata, y en sus ojos había cólera, pero también compasión.
-¡Los Maggari no viven ni mueren! –exclamó, mientras los demás candor la miraban entre maravillados y aterrados –. La tormenta trae sus nombres, sus murmullos lleva el viento. Los Cuatro han vuelto.
La luz se extinguió y Volden se sintió avergonzado como un niño estúpido que acababa de ser castigado, pero no agachó la cabeza ni se tragó su orgullo, y sin que nadie pudiera decirle nada, abandonó el Salón de la Miel y desapareció por el sendero oscuro de grava mientras refunfuñaba algo incomprensible.
Eldan caminó hasta el umbral del portón y lo llamó, pero el candor ya estaba muy lejos y lo ignoraba.
-Debemos detenerlos –dijo volviendo a su asiento, convencido de sus palabras. Y aunque pocos se pronunciaron, todos estaban de acuerdo en intervenir y acabar con el mal desde la raíz antes de que germinara.
-Calma…
-¿Calma? Los Maggari casi consiguen matar a todos nuestros antepasados, quienes aún claman venganza. Mi padre Gellion, mi abuelo Erion... Mucho sufrimos a sus manos, y no me sentaré de brazos cruzados a esperar a que ataquen primero.
-Lo sé…
-¿Entonces? ¿Esperamos a que amaine esta tormenta? Puede que deje de llover y las nubes desaparezcan, pero vendrán más, y su sombra se extenderá por cada rincón de Anrar como en el pasado. Antes de que nos demos cuenta, recuperarán su poder perdido y nos pondrán en jaque a todos.
-Ellos aún no han movido su primera pieza, Eldan, primogénito del rey. No podemos aventurarnos a dar un primer paso en falso o entonces no solo clamarán venganza los espíritus de tus muertos, si no el tuyo propio. La prudencia y la mesura son atributos que escasean últimamente en este mundo gris consumido por la desconfianza. Y siempre os habéis dejado guiar por mi consejo, por lo que os imploro, lo hagáis esta última vez. Abandonad vuestra desazón y olvidad vuestra propia ira si en verdad sois quienes de acabar con los Cuatro.
>>Rodas, sé que es mucho pedir, pero debes regresar al territorio de los humanos e indagar más sobre los salvajes. Empieza por el norte, parte el lunes. Los demás, descansad y disfrutad de los frutos de esta buena tierra hasta que llegue Rodas con nueva información, aunque intuyo, que de nuevo ambos tendremos mucho que contar.
-Si, Viendel. –asintió Rodas desde el sillón junto a la chimenea. Los demás parecían desilusionados, pero nadie juzgaba el criterio de Viendel.
-Y tú, Eldan, tú irás a Caladón y advertirás a tu tío, el rey, del peligro que se cierne sobre vuestra raza, y le hablarás con sabiduría y en mi nombre.
Eldan asintió con solemnidad y se inclinó en una profunda reverencia.
-Mi dama –intervino entonces una tímida voz de mujer –. Yo no soy nadie para cuestionar su sabiduría, pero… ¿qué pueden estar buscando los Cuatro si en verdad han regresado?
Viendel se volvió y descubrió la pequeña figura de una candor a sus espaldas. Se llamaba Aleila, y era nueva en el Pálido. Viendel le sonrió, aunque su sonrisa pronto se ensombreció por el peso de las preocupaciones.
-Los Maggari fueron responsables de la Primera Gran Guerra, y también los artífices de la Guerra del Cuerno Quebrado, cuando finalmente fueron muertos. Sus intereses, me temo, no son otros que iniciar una nueva y última guerra en la que los salvajes, los dawein, sean su arma personal. Eso explica que los salvajes se adentren cada vez más en el Imperio de los hombres, y que al mismo tiempo esta tormenta cargada de mala voluntad traiga sus voces.
—Mi señora, mucho habéis vivido y muy bien conocéis al enemigo, pero la mayoría de nosotros solo sabe de ellos por cuentos y tradiciones cantadas, y poco a ciencia cierta –dijo otra candor, desde su respectivo asiento de caoba –. Este enemigo… ¿qué es realmente? ¿Cómo podrían beneficiarse de una guerra que no les incumbe? Son muchas las incógnitas, aunque no espero que se me respondan todas.
—Se te contestará a todo, pues por eso os he llamado a todos sin excepción. Tu curiosidad es sana –sonrió Viendel –, no temas en mostrarla abiertamente. Dicho lo cual, hablemos del enemigo… Muchos hablan de ellos, pero muy pocos saben quienes son. Los Maggari fueron en su día cuatro anatar, como yo. En verdad, conocí a dos de ellos antes de su caída en las sombras, y de ellos, uno fue en su momento mi bisnieto. Al igual que yo, vinieron a Anrar en las primeras naves que desembarcaron, y durante algunos siglos vivieron en las costas norte de esta tierra, donde por algún tiempo prosperó la colonia que gobernaban. Luego llegaron la ruina y la muerte; todo aquello que nuestros artesanos y orfebres habían erigido y creado perdió valor y cayó en el olvido, y un aura de locura irrefrenable se cernió sobre los más débiles de alma; un caos sucio e inmundo que nos obligó a retirarnos de nuevo al norte. Pero no todos huyeron, algunos intentaron enfrentar la desolación, reconstruir las casas sobre los cimientos demolidos, y luchar por aquellas nuevas tierras que ahora consideraban como suyas. Estos fueron los cuatro, y durante algunas décadas resistieron a las voces del-que-susurra y se guardaron de la muerte, pero fue una victoria ins`pyulsa, pues el corazón de los anatar que permanecieron junto a ellos ya se había empezado a corromper, y ellos mismos estaban más cerca del otro mundo que del mortal. Veinticinco años después, todos los anatar que habían permanecido en Anrar involucionaron en lo que hoy los hombres llaman salvajes, en tanto que sus cuatro líderes sucumbieron finalmente a la locura y el-que-susurra les otorgó grandes dones y los convirtió en sus vasallos.
>> En relación a tu segunda pregunta, como siervos y capataces del-que-susurra, los cuatro Maggari se alimentan de la guerra, la desesperación, la violencia y la muerte. Durante la última gran guerra entre Candor y Orrdrim pasaron de ser un susurro malicioso a un huracán devastador. De llegar a estallar otra guerra, que podría también involucrar a los humanos, el poder que adquirirían superaría al mío propio, y hoy por hoy solo yo me interpongo entre ellos y sus oscuras metas.
El chaparrón se convirtió en una lluvia fina y el cielo dejó de brillar con los inclementes rayos. Los candor Del Pálido admiraban y reverenciaban grandemente a Viendel, pero jamás hubieran podido imaginar que tenía tantísimos años. Durante unos segundos ninguno habló y todos bebieron de la sabiduría que acompañaba a cada palabra. Pero entonces, Eldan volvió a intervenir.
—Muchos años tienes, Viendel. Pareces tan vieja como la misma tierra. ¿Cuántos?
Viendel rió, y entonces, la tormenta cesó por completo y en el grueso manto de nubes asomó Aníon, que brillaba con pureza por encima de toda aquella oscuridad, mas la pregunta quedó sin respuesta y Eldan agachó la cabeza.
-¿Algo más? –preguntó aún sonriendo.
Ninguno se pronunció, y no es que no tuvieran más preguntas o preocupaciones, si no que la noche les había sorprendido y ya estaban cansados tras varias horas de debate. Así, Viendel disolvió la reunión y a los pocos minutos ya casi todos se habían ido.
-Rodas –le llamó ella antes de que el candor desapareciera por la puerta del fondo. Éste se volvió y descubrió a Viendel apenas a sus espaldas.
-Dime.
Viendel extrajo en ese momento una especie de orbe negro con brillos rojizos. Sobre su palma blanca parecía la joya digna del más alto rey, y, al mismo tiempo, una vulgar piedra en comparación a la hermosura de su portadora.
-Este es Ojo de Oso, piedra lunar de Rodas, la luna de Sangre. Tu madre te bautizó con su mismo nombre cuando vio esta gema. Me fue dada hace mucho tiempo, y ahora que tu tarea se complica y nuestra misión pende de un hilo, a ti te la entrego, que te sirva bien.
Viendel extendió el brazo y se la entregó al joven, que la recibía con el pulso tembloroso y con mirada de admiración.
-¿Qué hace? Es ligera –apreció, mientras la guardaba.
Viendel lo miró con clemencia y arrepentimiento, pero debía ser.