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Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - Versión para impresión

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Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - Sashka - 10/02/2019

NI FRÍO NI CALOR
Basado en las saga de Geralt de Rivia  de Andrej Sapkowski.
CAPÍTULO 1
El día que vino al mundo, las campanas de palacio no repicaron alegremente como cuando nació su hermano mayor. En lugar de eso, lúgubres tañidos anunciaron la muerte de la reina. Quizá si su madre hubiera sobrevivido al parto, todo hubiera sido diferente. O quizá no.
La llamaron Deila. Su nombre significaba flor delicada en idioma antiguo, pero nada más lejos de la realidad. Desde su más tierna infancia, dio muestras de un carácter fuerte y obstinado.
El rey, su padre, nunca se preocupó demasiado de ella, lo cual aprovechaba para escabullirse de las clases en favor de sus deseos personales. Ya desde que tuvo uso de razón, aparecía con frecuencia en las dependencias del boticario, y pasaba horas enteras observándole mientras preparaba remedios de todo tipo, mientras clasificaba hierbas, mientras trataba heridas de distinta consideración. El boticario, hombre viejo y sabio, le explicaba, divertido, los procesos y los nombres de las hierbas, así como el cometido para el cual se utilizaban. Pronto pasó a ayudarle en sus quehaceres, con una predisposición e interés impropio de su edad. Tenía un don, una facilidad innata para elaborar todo tipo de productos, así como buen ojo para los diagnósticos y los remedios a aplicar según estos.
Empezó a escapar de palacio, a escondidas, para aprender a buscar las hierbas por sí misma. Sabía que si su padre se enteraba le caería una buena, pero su obsesión era mayor que su miedo. Ignoraba los peligros que moraban los bosques y lo que habitaba allí: solo le importaba ser capaz de encontrar y reconocer las hierbas de su lista.
Las primeras veces tuvo suerte. No se encontró con nada y nadie reparo en su prolongada ausencia, o en su vestido sucio de broza y lleno de enganchones. Decidió hacerse con unas polainas y una camisa, dada la dificultad de moverse entre la vegetación con sus delicados vestidos de princesa.
Pero, lógicamente, su suerte no duró siempre.
Un día se encontró con un jabalí que la persiguió, y tuvo que subir ágilmente a un árbol en el cual pasó horas, hasta que el animal se dio por vencido, dejando su morral tirado descuidadamente durante la huida. Pero otro día se encontró con algo peor, muchísimo peor: un leshy. Hubiera muerto por su mano si no hubiera habido un brujo cerca, casualmente, acechando a la criatura por un contrato.
El brujo, llamado Eskel, áspero al trato y sin ninguna empatía, la escoltó de vuelta a palacio, simplemente para cobrarse honorarios. A Deila le asustaba el brujo casi tanto como el leshy: sus extraños ojos, su figura vestida en cuero negro, sus espadas afiladas, amenazantes y su actitud hosca y brusca.
Su padre montó en cólera. Deila fue castigada, confinada en sus aposentos durante un mes entero, con un guardia ineludible permanentemente en su puerta. El encierro hubiera supuesto para ella el peor de los castigos, pero, estoicamente, decidió aprovecharlo para formarse con la espada. Si quería seguir saliendo, cosa innegable, debía saber defenderse mínimamente.
Así que, cuando su único hermano fue a visitarla, no dudó en pedirle que le enseñara a usarla. Niedamir, que adoraba a su hermanita, no pudo negarse. El joven se divertía en esas clases, viendo a la niña mover una espada casi más grande que ella, pero pronto quedó gratamente sorprendido por su determinación y progresos.
Desde entonces, Deila alternaba sus clases con los preceptores con las visitas al boticario y las clases con su hermano. No salió de palacio en una temporada, puesto que la vigilancia sobre ella era implacable. Pero cuando su padre murió, el año siguiente, todo cambió.
Niedamir fue coronado rey, y la feroz vigilancia sobre ella se terminó.
La primera vez que vio a un elfo se quedó fascinada. Deila observó sus movimientos llenos de gracia, su largo cabello castaño y sus hermosas facciones mientras se acercaba directamente a ella, con un arco en la mano, un carcaj lleno de flechas a la espalda y una hermosa y gran espada en su cadera. Acababa de llegar al bosque y supuso que él había estado esperándola.
—Princesa Deila —le dijo, para su sorpresa—, me llamo Eniel y vivo en este bosque. Seré vuestra escolta siempre que vengáis por aquí. Este es un bosque muy peligroso, majestad, no estáis segura deambulando sola.
—No me llames majestad. No me gusta.
—Pero sois una princesa.
—Como si no lo fuera. Aquí quiero ser solo Deila. Si me haces ese favor, no pondré objeciones a tu presencia en mis excursiones.
El elfo se lo pensó.
—Sea, pues, Deila —resolvió.
Con el tiempo, Eniel y Deila llegaron a ser muy buenos amigos. Durante aquellas asiduas salidas, las conversaciones eran algo habitual, y ella desnudaba su alma a su único amigo como una válvula de escape que aliviaba la presión a la que estaba sometida. El elfo comprendió que la niña necesitaba esos paseos para respirar, como un paréntesis en la vida rigurosa y cada vez más exigente que llevaba en palacio, pues en el bosque podía ser ella misma. No se adaptaba a las normas de palacio. No soportaba fingir ser una delicada damisela. No iba con su carácter ser lo que se esperaba de ella.
Eniel, incluso, la llevaba a veces a su poblado y la invitaba al delicioso té propio de los elfos. Se hizo amiga de otros elfos y elfas, e incluso un día, una elfa muy vieja y venerada como adivina, la miró de un modo especial y le vaticinó algunos detalles de su porvenir, en líneas generales y muy poco precisa, evitando a las claras algunas respuestas, cosa que extrañó a la princesa.
Conforme creció y se hizo mujer, la cosa fue a peor. Pero el día que su hermano le habló de su intención de prometerla a un príncipe vecino, todo estalló.
Fue una disputa sin precedentes. Como su hermano no cedió ante su rechazo y argumentos, Deila acabó arrojando su dorada corona a sus pies y renegó de su condición de princesa.
—Me voy, hermano, abandono palacio y esta asfixiante vida. No voy a someterme ni un día más.
—Obstinada cabezota—gruñó el rey. — ¡No harás tal cosa! ¿A dónde ibas a ir tú sola? Eres aún una niña. Y eres la princesa de Caingorn. No lo permitiré.
—Si me retienes, me arrojaré de la ventana de mi cuarto a la menor ocasión. O cortaré mis muñecas con lo que sea que encuentre, o quizá me halles balanceándome colgada de una soga. Mi muerte pesará sobre tu conciencia, Niedamir.
Así pues, cogió lo imprescindible y se fue de palacio sin que Niedamir pudiera evitarlo. Su hermano no se atrevió a levantar un dedo, pues la veía de sobra capaz de cumplir sus amenazas, y la dejó marchar pensando que volvería, arrepentida y sumisa, cuando viviera en propia piel la vida fuera de los protectores muros de palacio. No sabía cuán equivocado estaba.
Sin embargo, hizo llamar a Eniel y volvió a encomendarle una tarea.
—Sólo tú puedes ayudarme, Eniel. Eres su único amigo, ella confía en ti. Por favor, te ruego que te quedes cerca de ella, que veles por su seguridad y me mantengas informado de todo —le dijo al elfo. — Toma esta bolsa de dinero y dáselo, pues la muy ilusa ni siquiera lleva un oren encima. No dudes es traerla si tiene problemas, tanto si quiere como si no.
—Lo haré, majestad.
Así, Deila dejó el reino y se estableció en Kovir, en una pequeña cabaña muy cerca de la frontera, donde el poder de su hermano no pudiera alcanzarla. Y transcurrieron tres maravillosos años durante los cuales las punzadas de añoranza, la decepción que Niedamir le causara y su desconocimiento sobre cuidarse sola quedaron atrás. Tres maravillosos años durante los cuales se afianzó como sanadora entre las gentes del pueblo más próximo, Gynvael y se ganó su confianza y amistad.

CAPITULO 2

Deila caminaba mirando atentamente al suelo, buscando las extrañas hierbas medicinales que sólo se daban en aquella montaña. Portaba un zurrón atravesado en el pecho, colgando ante sus caderas, y una pequeña navaja en la mano derecha. Un siseo burbujeante hizo que levantara rápidamente la vista y mirara alrededor, inmóvil, adoptando una postura defensiva, pero no vio nada. Escuchó; volvió a oír el sonido y trató de discernir de dónde venía. Su origen parecía ubicarse en un grupo de árboles, entre el espeso follaje.
Sacó la espada de su funda sin hacer ruido y avanzó con cautela, pasos cortos y silenciosos, pues era aquél un bosque peligroso donde los hubiera. Quit pro quo: hierbas que ayudaban a preservar la vida y monstruos que la arrebataban.
Alcanzó unas matas espinosas y miró estirando el cuello: entonces los vio, ambos malheridos, ambos yaciendo en el suelo.
La muchacha saltó con agilidad el arbusto, y se dirigió en primer lugar a la kikimora. El monstruo, parecido a una araña de proporciones grotescas, agonizaba entre estertores; su respiración, ahogada en su propia sangre, producía el sonido que había despertado su cautelosa curiosidad. Levantó la espada por encima de su cabeza y la clavó profundamente en el cuerpo del monstruo, y luego la arrancó. El sonido cesó de inmediato.
Limpió la hoja de la sangre negra en el suelo y la guardó en la funda en su cadera, mientras se acercaba al hombre que yacía inconsciente. Su mano flácida aún agarraba la empuñadura de una espada de plata, y del cuello de su camisa sobresalía un colgante tallado en forma de cabeza de lobo con las fauces abiertas.
Un brujo. A Deila no le gustaban los brujos desde su encuentro con Eskel.
Se arrodilló junto a él y tocó su yugular. Tal como supuso, estaba vivo. Las mutaciones a las que sometían a los brujos les hacía excepcionalmente fuertes, pues su labor consistía en combatir todo tipo de monstruos; Deila también sabía que se curaría más rápido que cualquier humano. El boticario le había explicado todo lo que sabía sobre ellos cuando le sometió a un bombardeo sin tregua de preguntas al respecto, tras ser salvada por Eskel.
Le examinó buscando heridas, y encontró dos: un fuerte golpe en la cabeza y una mordedura en el muslo. El veneno de la kikimora no sería un problema para el metabolismo alterado del hombre, y Deila pensó, además, que tal vez antes del enfrentamiento el brujo habría tomado algún elixir. Quedaba descartado, por ello, el administrarle cualquier antídoto sin saber la naturaleza del bebedizo que, por supuesto, no iba a conocer, aunque estuviera despierto. Por lo visto, también eran muy celosos de sus fórmulas secretas.
Tomó su barbilla e hizo girar la cabeza del hombre hacia el otro lado para estudiar la herida. La sangre manchaba los cabellos prematuramente blancos del brujo, y seguía manando del corte en la zona parietal, aunque poco ya. También salía un hilillo de sangre del oído del mismo lado, y eso no era buena señal. A fin de cuentas, la cabeza del brujo no había resultado tan dura como debiera. La kikimora, de un fuerte golpe o a resultas de estrellarlo contra un tronco, había fisurado su cráneo.
Un relincho llamó su atención, e imaginó que sería el caballo del brujo. Eso ponía las cosas más fáciles. Se levantó y buscó dos ramas largas y suficientemente gruesas, algo que en un bosque no tardó en encontrar, se sacó la capa y la dispuso entre las dos ramas, usó cuerda y pronto tuvo una camilla improvisada. Luego fue en busca del caballo, fijó la camilla y montó en dirección a su cabaña, vigilando al herido.

Cuando llegaba con la parihuela, Eniel estaba esperándola. Él elfo se acercó intrigado y observó al herido mientras Deila desmontaba.
—Ayúdame, Eniel. Hay que meterle en la cama y pesa muchísimo.
—Pero, ¿qué demonios ha pasado?
—Le encontré en el bosque. Tiene un golpetazo en la cabeza.
Eniel la ayudó, cogiendo al hombre por las axilas mientras ella lo hacía por las piernas. Durante el traslado, el elfo reparó en su medallón y frunció el ceño.
Le dejaron en la cama y Deila empezó a quitarle las botas.
— ¿Te has dado cuenta de lo que es este hombre, muchacha? —dijo el elfo, alarmado.
—Un brujo medio muerto, eso es lo que es, Eniel.
—Los brujos son peligrosos, antisociales y lujuriosos. Has hecho mal en traerle a tu casa.
—Mírale, elfo: ¿te parece acaso peligroso? Está muy mal y no omitiré mi ayuda a nadie que la necesite. Cuando se recupere se irá, no voy a quedármelo como mascota. Y ahora ayúdame a quitarle la ropa, anda. Este cuero se pega a su piel como una sanguijuela, y tengo los brazos que ni me los siento ya del esfuerzo.
El elfo maldijo en su idioma, pero obedeció a la curandera. Cuando estuvo desnudo, Eniel parecía aún más disgustado.
—¿Has visto su cuerpo? —dijo ella asombrada—. Parece el muñeco en el que practicaba sutura…Nunca he visto a nadie con tantas cicatrices…
—No me parece correcto, mi señora, esto no está bien. Un hombre desnudo en tu cama…
—En eso te doy la razón. Es bastante embarazoso. Pero se me ocurre algo… Le pondré un saco de grano, ya verás.
Deila salió de la casa y al momento volvió con un saco de arpillera. Cogió del costurero unas tijeras bien afiladas y cortó, en la parte frontal del saco, una línea de arriba abajo. Luego cortó tres medias lunas: una en la parte superior y dos a partir de las esquinas. Con la ayuda de Eniel, se lo vistió al brujo.
—Seguirá teniendo el culo al aire, con tu invento—bufó el elfo.
—Vamos, hombre, no seas pesado. Ya no está desnudo, y eso es lo que importa. Además, voy a taparle con la manta. —le regañó ella mientras vertía agua de un cubo a una palangana.
—No me gusta la idea de que se quede aquí contigo. A parte del peligro, también tienes una reputación que cuidar.
—Nadie ha de verlo, descuida —dijo ella mientras seleccionaba unos frascos, cogía paños limpios y material de sutura.
—Tengo que ausentarme todo el día, pero podría posponerlo. ¿Quieres que me quede?
—¿Qué? —comenzó a reír ella, sentándose en la cama, junto al cuerpo del brujo—, ¿temes que me salte encima, acaso? No te preocupes, estaré bien.
—Bueno. Antes de irme, guardaré el caballo.
—No, déjale suelto que coma hierba, porque no tengo nada que darle. No creo que se escape. Más tarde lo llevaré yo misma al establo.
—Hasta mañana, Deila —dijo el elfo acercándose y depositando un cariñoso beso en la mejilla de la chica.
—Duerme tranquilo, querido: no creo que se despierte en muchas horas —le tranquilizó ella besando la cara del elfo, a su vez.
Eniel se fue y ella comenzó al limpiar la herida de la cabeza. Ya apenas sangraba. Arrastró los restos de sangre hasta que estuvo completamente limpia y entonces cambió de paño. Vertió directamente en el corte un líquido ocre, casi negro, y con el paño limpió el exceso para que no se extendiera más allá de la herida. Entonces enhebró la aguja de sutura.
—Espero que no te despiertes. Así dolerá menos —le dijo al hombre inconsciente.
Y comenzó a coser. El brujo no se despertó. Cuando terminó, le vendó la cabeza, desinfectó el mordisco del muslo y recogió el material de encima de la cama.
Cuando entró en la cabaña acarreando en sus brazos unos troncos para mantener el fuego del hogar esa noche, vio que el brujo tenía los ojos abiertos. Soltó su carga junto a la chimenea y se limpió las manos de broza contra el delantal que cubría su vestido.
— Vaya, has despertado… No esperaba que pudieras aún—dijo, acercándose a lecho donde estaba acostado el hombre. El hizo amago de incorporarse—. No te muevas. Tienes una fisura en la cabeza, me temo.
El brujo no dijo nada, pero renuncio a su intento. La miraba desorientado.
— Soy Deila, curandera, y te encontré herido en el bosque. Junto a una kikimora moribunda.
El hombre la miraba intensamente, estudiando la situación. Ella se sintió un poco azorada por el escrutinio.
— ¿No eres demasiado joven, mi señora, para ser curandera?
—Uh, hablas como mi hermano, empezamos bien…
— ¿Dónde estoy?
— En mi casa… Ah, te refieres a… Estás en Kovir, en las montañas Dragón. ¿Acaso no recuerdas?
— No, no recuerdo nada.
— ¿Me dices quién eres o tampoco lo recuerdas?
— Tampoco, mi señora.
— Vaya. Menudo golpe te llevaste, amigo. Bueno, pórtate bien y las cosas vendrán solas. Intenta descansar y, sobre todo, no te muevas. Si tienes náuseas avísame, te acercaré el cubo. ¿Cómo te encuentras?
—Mareado.
—Ya.
La mano del brujo se elevó y palpó el vendaje con cuidado.
—No te toques. Te he dado unos puntos más para tu colección. Estás más zurcido que unos calcetines viejos, brujo.
El brujo sonrió. Tenía una agradable sonrisa. Burlona y poco definida, eran sus ojos más que su boca lo que parecía sonreír, se formaban unas pequeñas arrugas bajo las sienes, al final del ojo.
Deila se sentó frente a la mesa y vació el morral sobre ésta. Comenzó a separar las diferentes hierbas que había recogido esa tarde en montoncitos y, cuando terminó, las metió en frascos de cristal que tapó con tapaderas de tela.
El brujo la miraba hacer, no dormía. Empezó a evaluarla. Advirtió sus manos cuidadas, sus movimientos elegantes, su ropa sencilla, pero de calidad, y la seguridad en sí misma que irradiaba. Se sintió intrigado.
Era menuda y delgada, pero, observó el brujo, con buenas curvas; su cabello ondulado y muy abundante caía por su espalda como una brillante catarata de oro. Sin embargo, era su rostro lo más atractivo en ella. Sus ojos eran de un verde imposible, ribeteados por largas pestañas oscuras, su nariz, deliciosa; sus labios regordetes, jugosos y remarcados, y sus cejas, bien delineadas, eran la guinda del pastel. Una chica muy atractiva, sin duda. Pero extremadamente joven, casi una niña.
Deila colocó unos troncos en la chimenea y colgó en un gancho una olla para calentar su contenido.
— Por aquí el verano sólo se nota de día. Las noches son frías, brujo. ¿Tienes hambre?
— Tengo, mi señora.
— Enseguida se calentará el cocido. Espera, no trates de levantarte solo, yo te ayudo.
La curandera ofreció sus hombros al brazo de Geralt para que se sirviera de su apoyo y lo condujo hasta la mesa, donde se sentó en una silla. Luego se afanó en traer platos, cucharas, vasos, servilletas y media hogaza de pan. Y una jarra de agua.
El brujo reparó entonces en el saco que vestía.
—¿Qué demonios es esto? —dijo cogiendo la tela.
—Bueno, digamos que es por pudor.
El brujo levantó una ceja y ella se encogió de hombros.
—Qué quieres que te diga, no tengo ropa de hombre.
Sirvió dos platos de estofado, uno para cada uno, pero él advirtió que el suyo contenía poca comida, y llenó los vasos.
—Come despacio. No estoy segura de que sea buena idea que comas, pero, si tienes hambre, podemos probar a ver qué pasa.
El brujo tenía hambre. No obstante, obedeció a la muchacha y comió despacio, masticando cada bocado repetidamente. Luego se bebió el vaso de agua entero. Y, a continuación, lo vomitó todo al suelo.
— Lo siento, mi señora…— dijo el brujo, avergonzado.
— No importa, ahora lo recojo… Era lo que me temía. Vamos, antes te acuesto de nuevo, no estás bien.
La mujer le acostó con cuidado, y luego salió a la noche. Regresó con un cubo de agua y una bayeta, y comenzó a recoger el desaguisado. Geralt se sentía aún más abochornado viéndola hacer, arrodillada; sólo la mutación de sus capilares evitaba que su rostro estuviera rojo como la grana. Pero enseguida se durmió.
Se despertó varias veces, esa noche. La primera, vio a la muchacha sentada frente a la mesa, con un candil encendido y un libro sobre ésta. Leía algo atentamente, tanto que ni siquiera se percató de que él estaba despierto. La segunda, ella removía con una larga cuchara de madera el interior del caldero, que desprendía un olor acre. La tercera, le despertó ella para hacerle beber algo que sabía a rayos. Pero no se resistió y se lo bebió todo, obediente, pues entendió que gran parte de la noche se la había pasado elaborando esa medicina para él.
— Mi señora, tengo ganas de... Bueno, mi vejiga va a estallar si no la alivio. Debo salir.
— De eso nada, ahora traigo el cubo. No intentes incorporarte solo, brujo, por lo que más quieras. Solo faltaría que te cayeras y se abrieran los puntos.
Deila salió y entró casi inmediatamente a la cabaña, ayudó a hombre a ponerse de pie y aguantó el cubo para él ante sus caderas. El brujo la miró, indeciso.
— ¿Qué? — dijo ella— No voy a mirarte, si es por lo que vacilas. Oh, por todos los demonios, ya me pongo de cara a la pared. No tenéis precisamente fama de mojigatos, los brujos. —dijo riéndose de la incomodidad del hombre.
—¿Mojigato? —se molestó él—. No serías la primera mujer que me ve desnudo, pero sí la primera niña. Una niña con ínfulas de mujer.
—¿Niña? —se enojó ella. — ¡Ja! Pues si ya te he visto, mi señor, cuando te desnudé. Fue inevitable. Y no me he desmayado, ni siquiera un aspaviento. No soy una niña.
—En realidad, sólo trataba de ser considerado, mi señora.
—Agradezco tu consideración, pero a mí lo que me preocupa es que te dé un mareo, acabes en el suelo y empeores tu situación.  Sin embargo, me daré la vuelta, para ahorrarnos esta estúpida conversación, ¿estás seguro de que no te caerás?
El brujo gruñó, desconcertado por la naturalidad de la muchacha.
—Tomaré eso como un sí.
La muchacha cambió de mano el cubo y se volvió hacia la pared, del lado contrario al que encaraba Geralt. Al poco oyó el sonido de un chorro golpeando el fondo del recipiente.
— Ya está, gracias, mi señora— dijo el brujo cuando hubo terminado.
Ella dejó el cubo en el suelo y le ayudó a acostarse una vez más. Luego salió fuera, seguramente para aliviar su propia vejiga, y entró de nuevo con el cubo, ahora vacío, que dejó en un rincón. Sacó dos mantas de un arcón e hizo una cama en el suelo. El brujo se sintió turbado al ver su sacrificio.
—Ahora es tu momento de mirar a la pared, mi señor. Me voy a desvestir y a ponerme el camisón.
—Deila, debo ser yo quien duerma en el suelo —dijo, haciendo amago de levantarse.
—¡No te muevas! —le regañó ella—. Así está bien, no importa. Estás herido y yo estoy lo bastante sana como para dormir aquí. Y deja ya de tratarme como si fuera a romperme, brujo, es irritante.
Ella se acercó a las mantas y comenzó a desvestirse. Él volvió la cabeza hacia la pared. El silencio cayó mientras se vestía el camisón.
—¿Quieres algo antes de que me acueste? ¿Un vaso de agua, tal vez?
El brujo asintió y ella llenó un vaso, se lo acercó y le ayudó a incorporarse. Bebió unos sorbos y se dejó caer de nuevo. Antes de que ella se diera la vuelta, él tomó su mano y la besó.  Ella se estremeció al sentir el calor de sus labios en la piel.
—Lo siento, mi señora… —dijo—. Me refiero al modo en que te he hablado antes. Eres muy amable conmigo, soy un brujo, y no mucha gente haría por mí lo que estás haciendo. Gracias, mi señora.
—No importa —susurró azorada, retirando su mano de las del hombre—. Eres mi paciente, yo te traje aquí porque me necesitabas, y yo no escojo entre quien me necesita. No me das miedo, ni creo en la leyenda que os cuelgan a los brujos. No suelo dar crédito a las habladurías de gentes crédulas, ignorantes y que gustan del vilipendio para entretener sus días. Y ahora duerme, brujo.
La miró con admiración. Y se dio cuenta de que, tal vez, no era una niña.

Ésta vez, al despertar, ya era de día. La pequeña cabaña estaba bañada por la luz del sol que entraba a raudales por las ventanas, motitas de polvo flotaban visibles a través de los rayos. El fuego del hogar estaba casi apagado, y no había ni rastro de la curandera ni de las mantas en las que había dormido. La mesa estaba recogida y el caldero limpio.
El brujo se percató de que el dolor de cabeza era más soportable, y se levantó con cuidado. Al no sentir mareo ni debilidad ninguna, se calzó las botas y salió de la cabaña en busca de las letrinas. Oyó a Deila discutir con un hombre, se alivió con prisa y encaminó sus pasos hacia ellos.
— ¡Dile a tu señor que me deje en paz! — gritaba la curandera enfadada. — ¡No pienso acceder a sus deseos!
El hombre vio a Geralt y frunció el ceño. Apoyó su mano enguantada en el pomo de su espada. Al brujo, eso no le gustó.
— ¿Qué ocurre, mi señora?
La muchacha se giró, sorprendida.
— Nada… — enfrentó su mirada de nuevo al desconocido, un esbirro con buenas vestiduras, jactancioso como un pavo—. Eso es todo lo que tengo que decir. Buenos días.
El hombre seguía mirando al brujo como si intentara recordar de qué le conocía. Dio dos pasos hacia atrás antes de darse la vuelta y montar en su caballo. Lo espoleó y partió al galope, camino abajo.
— ¿Por qué demonios te has levantado? ¿Es que acaso no te dejé claro que no debías hacerlo? — regañó al brujo sin contemplaciones.
— Me encuentro mucho mejor. ¿Por qué discutías con ese hombre? — insistió él.
— Ay, brujo— suspiró ella—, todo el mundo cree que puede aprovecharse de una mujer que vive sola. Pero conmigo han pinchado hueso. Anda, volvamos a la cabaña. He de cambiarte el vendaje. Una vez en la cabaña, ella le sentó en el lecho y le ayudó a quitarse las botas.
—Mi señora, ¿dónde están mis efectos?
—Dejé todo aquí, lo entré cuando saqué la silla a tu caballo. Tus espadas, tu ropa, lo que llevabas encima, está bajo la cama.
El brujo se puso de rodillas y sacó sus cosas, las extendió sobre el suelo. Deila se echó a reír.
—¿Qué ocurre, mi señora?
—Tendré que hacerte algo de ropa. Esa abertura trasera del saco es algo perturbadora…
El brujo se agarró la abertura lo mejor que pudo, respetuoso, tratando de mantener los dos lados unidos.
La muchacha le trajo todo lo que recuperó de la silla de su caballo y también lo puso allí. El hombre tocaba y observaba los objetos como si fuera la primera vez que los veía.
—Sigues sin recordar…
—Sí, mi señora.
—Bueno, pues recojamos y te prepararé una infusión contra las inflamaciones en cuanto te cambie el vendaje. Dale tiempo a tu cabeza a curarse, no desesperes. Y vuelve a la cama. Es importante que guardes reposo.
Mientras ella preparaba la infusión, Eniel apareció por la puerta, aún abierta. Pareció sorprendido al ver al brujo despierto.
—Buenos días. ¿Todo bien por aquí, Deila?
—Hola, Eniel. Sí, mi paciente ha despertado, pero no recuerda ni quién es.
El elfo levantó las cejas, sorprendido. El brujo y él se miraron, evaluándose. Luego carraspeó.
—¿Puedes venir un momento? —Le dijo a la muchacha.
Ella puso cara de fastidio, pero acudió.
—No estoy tranquilo. No, Deila—dijo cuando ella abrió la boca para protestar, silenciándola. — Es un extraño. Un hombre adulto. Y para colmo un brujo. No estoy tranquilo.
—Puedes estarlo—dijo el brujo desde la cama, que le había oído perfectamente a pesar de la distancia y la voz baja del otro—. Quiero decir que no voy a hacerle daño. En ningún sentido. Tienes mi palabra.
—Y yo me aseguraré de ello, descuida —le respondió Eniel, aún desconfiado. —Te he traído grano para el caballo, está en el establo. ¿Quieres que me quede?
—Haz como gustes, pero estoy bien a salvo. El brujo, además de ser educado, está débil como un gatito. No es una amenaza, Eniel, deja de exagerar.
—Está bien.
Luego le dio un ligero beso en la mejilla a Deila y se marchó.
—Es muy considerado contigo ese elfo, mi señora —observó el brujo.
—Es como un hermano para mí. No sé qué haría sin él. Y ahora, vamos a cambiar la venda.
Deila observó la herida con detenimiento. Estaba mejor. No se había infectado y no supuraba, los puntos sujetaban bien el corte en vías de cicatrización. Se curaba rápido. Volvió a ponerle el líquido ambarino por encima y vendó de nuevo su cabeza.
—Ahora bébete esto y luego duerme un rato.
Y él la obedeció sin rechistar.
Deila le despertó cuando empezaba a atardecer. La mesa estaba dispuesta, asado con patatas en los dos platos, media hogaza de pan recién hecho y la inevitable jarra de agua.
—Vamos, brujo. Tienes que comer —le dijo disponiéndose a levantarlo. —¿Necesitas ayuda o puedes tú solo?
—Creo que puedo.
A pesar de los pasos vacilantes, llegó a la mesa sin novedad. Deila ocupó su silla y comenzaron a comer en silencio.
—Sois muy reservados los brujos. No os gusta mucho hablar.
Él levantó la vista y la miró, dejando el tenedor a medio camino del plato a su boca.
—¿Acaso conoces a algún otro, mi señora?
—Hace mucho tiempo, uno de tus compañeros me salvó de un leshy.
El brujo levantó las cejas.
—¿Un leshy? Un milagro que vivieras para contarlo, a pesar de haber un brujo allí.
—Será cosa del destino.
—¿Quién era el brujo, mi señora? —dijo llevando el tenedor a su boca al fin.
—Un tal Eskel.
—Ahá.
—Le conoces, supongo.
—Todos nos conocemos.
—Parecía muy ágil y diestro, muy profesional. Aunque…
Ahora el hombre frunció el ceño.
—Aunque, ¿qué?
—Me asustaba tanto como el monstruo. No fue nada amable conmigo.
—Estaría enfadado por tu imprudencia, mi señora —dijo con un amago de sonrisa.
Cuando acabaron de comer, recoger y lavar los utensilios, Deila sacó un gran retal de tela oscura y la dispuso sobre la mesa. También un costurero. Extendió la tela y puso una tiza encima. Luego cogió un cordón y se acercó con él al brujo.
—Voy a hacerte unos pantalones cómodos, sencillos. Estás ridículo con ese saco deambulando por aquí, cumplió su función, pero ya no es suficiente. Ponte de pie, te tomaré medidas.
—¿No eres demasiado joven para ser modista, mi señora?
—Otra vez hablas como mi hermano, brujo. Creo que nunca os presentaré.
El brujo sonrió.
—¿Dónde está él?
—Lejos. En Caingorn —dijo mientras envolvía la cintura del hombre con el cordón. Con un dedo sujetó el punto donde el extremo se encontró con el resto del cordel.
—Ah. ¿Y tus padres?
—Murieron, mi señor.
Deila extendió el trozo en la tela y marcó una línea con la tiza.
—Lo siento.
Ella se encogió de hombros mientras volvía hacia él. Puso el cordón en su cintura.
—Sujétalo fuerte —le pidió.
Él lo hizo y ella extendió el resto hacia el suelo, agachándose. Sujeto la medida y volvió al retal. Marcó otra línea. Luego tomó medidas del tiro, el ancho de pierna, de rodilla y de caderas. Una vez hechos los patrones del delantero y trasero del futuro pantalón, cortó la tela a un dedo de las marcas. Luego fijó con alfileres las dos partes y enhebró la aguja.
—¿Dónde está mi caballo?
—Está en mi establo, no te preocupes. Todo el establo para él, lleno de heno limpio y fresco y con un montón grano que me ha traído Eniel, pues yo no tenía.
—¿No tienes caballo?
—Tuve uno, pero hace unos meses murió. No he vuelto a comprar otro.
La aguja entraba y salía de la tela velozmente, dejando a su paso unas puntadas regulares y fuertes.
La tarde fue discurriendo lentamente mientras Delia cosía y charlaba con su paciente.
Finalmente, los pantalones estuvieron terminados.
—Póntelos, brujo.
El hombre así lo hizo. Se dio la vuelta y ajustó los cordones de su bragueta, atándolos en la cintura y se quitó el saco.
—Muy profesional —dijo, admirando el trabajo de la muchacha.
—¿Qué creías? —rió ella—. Si te dejas llevar por las apariencias, es que eres un brujo tonto de capirote.
—A veces tiendo a ser un brujo tonto de capirote, mi señora. Gracias.
—De nada. Voy a hacer la cena y luego a dormir, estoy cansada—dijo bostezando.

CAPITULO 3

El brujo se despertó por el ruido del agua. Abrió los ojos y la vio derramando un cubo en una bañera de madera, mientras los vapores se elevaban a su alrededor. Deila comprobó la temperatura con el dorso de la mano y pareció satisfecha. Entonces le miró y sonrió.
—Bienvenido al mundo de nuevo, brujo. Este baño es para ti. He decidido que no estoy dispuesta a soportar por más tiempo ese extraño olor que desprendes, así que a adentro. Vamos, no voy a mirarte.
El brujo se incorporó y se dejó ayudar por la curandera. Junto a la bañera, se quitó impúdicamente los pantalones y luego introdujo un pie primero y después el otro y se sentó. Deila le retiro el vendaje de la cabeza y estudió la herida.
—Te lavaré la cabeza, primero, y luego continuas tú. La herida se mojará inevitablemente, pero ya la secaré bien después. Inclínate hacia delante y cierra los ojos, por favor.
Con un cuenco, empezó a tirar agua sobre la cabeza del brujo. Cuando estuvo empapada, frotó el jabón sobre su cabello hasta que apareció suficiente espuma, entonces lo dejó en el suelo y comenzó a frotar suavemente. Notó cómo el hombre se relajaba bajo sus dedos. Le masajeó durante un rato, satisfecha. Cuando le pareció suficiente, volvió a llenar el cuenco y aclaró el jabón abundantemente, luego empujó con cuidado su cabeza hacia atrás y peinó con los dedos el blanco cabello, para apartarlo de su rostro.
—Ya está. Ahora continúa tú. Cuando termines, ahí tienes la toalla —le dijo.
—Gracias, mi señora. ¿Me pasas el jabón? No puedo cogerlo.
—Cierto, brujo, lo dejé en el suelo —admitió ella recogiéndolo y tendiéndoselo.
——Geralt… Me llamo Geralt. Geralt de Rivia…
Deila le miró a los ojos, sorprendida, la pastilla de jabón aguardaba en su mano tendida a ser recogida por el no menos asombrado brujo.
—Bonito nombre. Vaya, Geralt de Rivia, parece que realmente mejoras. Me alegro.  
El brujo cogió por fin el jabón de su mano. Ella recogió la ropa de cuero del brujo y salió sin decir nada más.
Cuando Geralt se hubo aseado, salió de la bañera y tomó la toalla para secarse. Miró con curiosidad los rizos de algodón de la ropa, maravillado ante su tacto suave. Era un artículo de lujo, solamente poseían toallas las gentes muy pudientes. Volvió a sentirse extrañado.
Desnudo, pero con la toalla rodeando sus caderas, se acercó a la cama y se agachó junto a esta, sacó un cofrecillo y rebuscó hasta encontrar una redoma con un sello verde. La tomó uno y miró el líquido que contenía. Deila apareció entonces por la puerta, llevando la ropa de cuero negro del brujo, ahora limpia, en su brazo.
—¿Qué estás haciendo, Geralt?
—Tengo que tomarme este elixir. Me acuerdo de que lo tomaba cuando estaba herido.
—¿Por qué, qué es lo que hace?
—Supongo que me ayudará a curarme, mi señora.
Ella levantó una ceja, incrédula, mientras el brujo destapaba el frasquito y lo llevaba a su boca, vaciando su contenido. Guardó el frasco vacío donde lo encontró y esperó sin moverse, de rodillas, sobre el suelo de madera. El brujo se equivocaba.
Cayó de lado sobre el suelo, inconsciente, y comenzó a revolverse. Deila se arrodilló a su lado, asustada.
—¿Té te pasa, brujo? ¡Geralt!
No podía levantarlo, no sabía qué le pasaba, ni qué hacer. Luego él comenzó a hablar incoherentemente, cosas sin sentido, durante mucho rato. Deila estaba asustadísima. Blasfemó como un elfo, como un elfo sumamente grosero, del mismo pánico.
Y, justo en ese momento, llegó Eniel. Abrió la puerta de golpe, alarmado al haber oído las blasfemias de la curandera a medida que se acercaba a su puerta.
—¿Qué ocurre, Deila?
—Ha tomado algo, un elixir de brujos, no sé qué hacer… ¡Mírale!
—Vamos a subirlo a la cama.
Entre los dos lo izaron. Estaba frío al tacto, ella lo arropó con la manta. El brujo gritaba, se quejaba, hablaba incoherencias… y luego calló de golpe. Su respiración se hizo lenta, sus latidos se ralentizaron.
Deila estaba blanca como una sábana y aún más asustada.
—Se me muere, Eniel. ¡Se me muere! ¿Qué demonios ha tomado, veneno? ¡Si no recuerda nada, cómo demonios se le ocurrió beber eso! Voy a ponerle otra manta, está frío como la tumba… ¡Maldita sea!
—Deila —el elfo la cogió por los hombros—. Tranquilízate. Es un brujo y ha tomado un elixir de brujo. No creo que le mate.
—Pero si apenas respira… ¿acaso no lo ves? Su corazón apenas late… —dijo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Eniel la abrazó y acarició su cabeza. La muchacha sollozó.
—Tuve que haberlo impedido, pero me quedé ahí quieta como una idiota, y ahora se muere…
Eniel besó su frente, su mano seguía acariciando su cabeza, en un intento de calmarla.
—Tranquila, pequeña. Respira, respira hondo. Tú no tienes la culpa. Cálmate. Respira… Así, muy bien. ¿Estás mejor?
Ella asintió contra su hombro. Dejó de sollozar. Eniel aflojó su abrazo y ella se sentó en la cama, junto al brujo. Puso sus dedos en su yugular, los retiró y miró a Eniel, resignada.
—Su pulso es muy débil. No puedo hacer nada, no me atrevo a darle nada, no sé si empeoraría las cosas. Sólo queda esperar… y rezar.
Era ya de noche cuando el brujo se movió un poco. Eniel se había marchado no hacía mucho, quiso quedarse, pero ella lo impidió. Deila se inclinó hacia él y puso sus dedos sobre su yugular, pero, al momento, la mano del brujo emergió como un rayo entre las mantas y aprisionó su muñeca. Ella se asustó, el movimiento había sido muy rápido, instintivo.
—Geralt, soy yo, Deila. Suéltame, me haces daño.
Él abrió los ojos y la miró. La liberó y dejó caer el brazo.
—Perdona, yo… Tengo sed…
—Voy a darte agua, aunque desearía darte de palos, en vez de agua. ¿Sabes el susto que me has dado? Creí que te morías. De verdad creí que te morías, brujo inconsciente.
El brujo, inesperadamente, rió bajito. Ella se enfadó más.
—Me recuerdas a… Nenneke —ciertamente, recordó a la sanadora y su talante. Y le pareció gracioso oírla a través de los labios de la muchacha.
—Pues buen criterio tendrá esa Nenneke y bien conocerá tu poco seso, si te la recuerdo.
—Es sacerdotisa del santuario de Melitele, en Ellander. Una gran sanadora.
Deila sintió una punzada de celos. Se levantó y fue a por el agua. Regresó y se lo ofreció, él bebió con avidez.
—He escondido tu maldito cofre. No vas a tomar nada más hasta que tu memoria esté restablecida, tendrás que confiar en mi habilidad como curandera. No voy a pasar por lo que he pasado hoy de nuevo, te lo aseguro.
El brujo cogió su mano y la obligó a sentarse en la cama. Se incorporó, mirándola a los ojos. Sus manos envolvieron la de la muchacha, la acariciaron con suavidad.
—Siento haberte preocupado tanto. Lo siento, Deila.
La muchacha asintió, turbada. Desvió la mirada y retiró su mano de entre las suyas y se levantó. Sentía aún el cosquilleo en su piel, echaba de menos el calor de sus manos en la suya mientras hacía la cena. Maldijo la debilidad que empezaba a sentir por él.
Cenaron en silencio. El fuego crepitaba, lamiendo los troncos que ardían alegremente en el hogar. Ella, inconscientemente, se sorprendía de cuando en cuando mirándole fijamente y retiraba deprisa la mirada. Él también se dio cuenta, pero lo disimuló.

Al día siguiente, cuando despertó, la cama estaba vacía. Se incorporó rápidamente, buscándole. Se tranquilizó cuando vio su ropa de brujo sobre la silla en que ella la dejara el día antes, pues por un momento había creído que se había marchado. Luego reparó en el sonido del hacha y se levantó como un resorte.
—Geralt, pero ¿qué demonios haces partiendo leña? ¿Te has vuelto loco?
—Me encuentro muy bien, Deila. Estoy bien.
—Tienes una fisura en el cráneo, te recuerdo.
—Mi fisura está curada, te lo garantizo.
—¡Y un cuerno! Entra y deja eso. Ayer no te vendé la herida con todo el revuelo que formaste.
Geralt dejó el hacha y la acompañó, obediente. Una vez dentro, se sentó en una silla.
Deila le rodeó y abrió su cabello para ver la herida. No pudo creer lo que vio.
La herida estaba cerrada, una cicatriz ribeteada por los puntos. El mordisco del muslo también estaba curado, según él. El asombro casi no le dejaba articular palabra.
—No… no puedo… creerlo. ¿Cómo es posible?
—Recetas de brujos, mi señora.
—Ya veo… Bueno, ahora habrá que quitar esos ridículos puntos que sujetan una cicatriz cerrada por completo. Necesito mis pinzas y las tijeras.
El brujo aguantó estoicamente los tirones de la muchacha al quitarle las suturas, luego ella recogió el material y lo guardó.
—Voy a ponerle grano a tu caballo. Ahí tienes tu ropa de brujo, limpia y seca, por si prefieres vestirla.
—Gracias, mi señora. De momento, prefiero la camisa y los pantalones nuevos que visto.
Ella sonrió, complacida.
Deila entró en el establo, el caballo relinchó bajito. Se encaminó al saco que descansaba en un rincón y cogió el balde para llenar de grano el comedero.
En ese momento, dos hombres entraron. Deila los miró sorprendida. Parecían dos rufianes de poca monta, sonreían enseñando sus mellas.
—Bueno, bueno, bueno —dijo uno de ellos, el que peor aspecto tenía. — Qué tenemos aquí, la belleza de Gynvael, ni más ni menos… Y sola.
—¿Qué queréis? —les pregunto ella con voz dura, helada.
—Vamos a llevarte a la ciudadela, pero antes… Podemos divertirnos un ratito.
—Don Robert nos advirtió que no la tocáramos —dijo el otro.
—Ya, pero no es necesario desflorarla teniendo ese precioso culito, ¿verdad?
El hombre se abalanzó sobre ella, derribándola. Deila gritó y empezó a patalear, a pegarle, a arañarle.
—¡Sujétala, idiota, antes de que me saque un ojo!
El otro hombre inmovilizó los brazos de la muchacha, mientras el primero sacaba un cuchillo de su flanco y cortaba los cordones de su corsé. Rasgó su vestido, desnudando sus senos llenos y redondos, mientras frotaba su entrepierna en los muslos de la curandera. Entonces empezó a recorrer su cuerpo con una mano torpe, la otra bajaba sus enaguas de forma brusca. El hombre que la sujetaba reía tontamente, excitado.
De nada servían los pataleos de la muchacha, pues el peso del rufián inmovilizaba en gran medida sus intentos de zafarse. Se desesperó. Estaba indefensa, a su merced. Le apretó los pechos dolorosamente y ella sintió crecer un pánico primigenio en su interior, comenzó a llorar, a gritar, a aullar de impotencia y de dolor.
—Ven aquí, zorrita. Ya es hora de que sepas lo que es un hombre…
El rufián sintió el frío filo de una espada contra su cuello.
—Sacadle las manos de encima a la señorita. Ya.
Los dos hombres la soltaron en el acto. Deila se arrastró a un rincón, donde se acurrucó intentando recomponer con las manos la pechera rasgada de su vestido.
—Fuera —siseó el brujo.
Sin decir ni una palabra, los dos hombres salieron del establo como alma que lleva el diablo. Geralt los vio desaparecer por el bosque, pero permaneció unos momentos allí de pie, vigilante. Luego se acercó a la muchacha, que temblaba violentamente y sollozaba, guardó su espada a su espalda y la levantó en brazos.
Entró con ella a la cabaña y se sentó en una silla, con la muchacha en su regazo, frente a las brasas del hogar. Deila lloraba quedamente ahora, turbada, avergonzada, acurrucada contra su pecho y rodeada por sus brazos protectores. Geralt comenzó a acariciar su pelo, quitando la paja prendida en este con delicadeza, calmándola, hasta dejarlo limpio. Acarició suavemente su nuca y su espalda, y la curandera, poco a poco, se fue tranquilizando y su llanto cesó. Se quedó adormilada contra su pecho, relajada ahora, sintiéndose a salvo entre sus brazos. Podía oler el aroma del jabón de baño en su piel, en su cabello, el peso de su cabeza apoyada contra la suya. Sintió el deseo de alzar los brazos y enredar sus dedos en el blanco cabello de su nuca.
—Geralt... No le digas…no le digas a Eniel lo que ha pasado, por favor.
—¿Conocías a esos hombres?
—No.
De nuevo silencio. La mano del brujo subía y bajaba por su espalda.
—Geralt…
—Mmm?
—Gracias.
—No hay de qué.
La mano del hombre cambió de rumbo y volvió a la catarata dorada, acariciándola desde la cabeza hasta la punta.
—Geralt…
—¿Si?
—Me gusta que me acaricies.
Deila alzó la cabeza y le miró a los ojos. Luego su mirada resbaló a sus labios. Estaban muy cerca. Sólo con adelantarse un poco hubiera podido besarle. Por un momento, pareció que el brujo iba a hacerlo, pero la besó en la frente y se levantó con ella en brazos. La llevó a la cama, le quitó las botas con delicadeza y la arropó.
—Duerme, Deila. Duerme un rato.
Ella durmió hasta el atardecer.
Cuando se despertó preparó la bañera para ella. Necesitaba lavarse, quitar de su piel la humillante huella de aquél rufián. El brujo no estaba.
Se introdujo en el agua caliente y apoyó la cabeza contra la bañera, intentando relajarse. Cerró los ojos agradablemente, el agua actuaba como un bálsamo en sus alterados nervios. Pensó en él. Agradeció su presencia, su protección. Una sensación cálida la envolvió al evocar la imagen de estar entre sus brazos, de sus caricias reconfortantes, de su beso en la frente. Una oleada de un sentimiento desconocido la inundo, fuerte, contundente. Se sintió bien, el recuerdo de la agresión se diluyó ante esa nueva sensación que la embargaba. Ni siquiera intentó luchar contra esta, se dejó llevar dócilmente.
Se desperezó y se lavó por fin, pues el bienestar se esfumaba a medida que el agua se iba enfriando. Terminó y se puso de pie, chorreando agua. Sacó un pie de la bañera, y la puerta se abrió. El brujo estaba allí, mirándola. Ella se quedó inmóvil por un momento, mirándole también. Ambos parecían congelados. Poco a poco, ella tomó la toalla y se envolvió en esta, sin apartar la mirada del brujo, quien pareció salir de pronto de su estado hipnótico y volvió a salir, cerrando la puerta tras de sí.
Una parte de ella aulló en negación cuando se fue.
La mañana siguiente se despertó muy temprano y contempló al brujo durmiendo en el suelo, en las mantas que ella usara los días previos. No había ya razón para permitir que ella durmiera en el suelo, y no lo permitió. Estaba boca arriba, sus cabellos blancos descansaban en abanico alrededor de su cabeza, la manta rodeaba su cintura dejando su torso al descubierto. Sintió el impulso de tenderse junto a él, de abrazarle y hundir sus dedos en su blanco cabello. Pero no se atrevió. Se levantó e hizo el desayuno. Más tarde, cuando él despertó, hablaron muy poco.
Por la tarde, Deila quiso bajar a la ciudad, Gynvael, a por varios artículos que andaban escasos. Geralt se ofreció a llevarla en Sardinilla, su caballo. Ella aceptó.
El mercado de Gynvael era famoso por esos lares. Comerciantes de todo Kovir se daban cita los jueves en la Plaza de Greyden, donde se congregaba un laberinto de puestos ambulantes con productos de todos los Reinos de Norte.
Deila, montada a la trasera de Geralt, indicó al brujo un establo donde conducir a Sardinilla, pues no faltaban en tales aglomeraciones pícaros aficionados a quedarse con lo ajeno, incluidos los caballos dejados en cualquier poste.
— ¡Alabados sean los dioses, señorita curandera! — dijo el caballerizo, un hombre al que le faltaban la mitad de los dientes, mientras ambos desmontaban.
— Alabados sean, Zuan. Me preguntaba si nos guardarías el caballo mientras voy a unos recados…
— Ya lo creo, y ni un real he de cobraile a vuesa merced. Pos no me se ha de olvidar que cura a mi hijo le disteis, señorita curandera. Vaya, vaya tranquila a esos mandaos, que yo le guardo el caballo y hasta grano le daré.
— Muchísimas gracias, Zuan. Vamos, Geralt.
El mercado era un mar de cuerpos moviéndose como tortugas, tenderetes de telas de vivos colores y bullicio, gritos de los vendedores y de algunas mujeres peleándose por las tandas, los géneros o simples ganas de bulla. El brujo dudó un momento si sumergirse en aquella locura o no; Deila tomó su mano, riéndose de sus reservas, y lo arrastró con ella por los pasillos atestados.
Compró un montón de cosas, desde comestibles a gruesa tela de paño de varios colores, soportando empujones, vigilando la bolsa del dinero, sudando al sol que caía en la plaza. Geralt cargaba con las mercancías, agobiado y con unas enormes ganas de acabar de una vez. No sabía por qué, pero esa ciudad le ponía de mal humor.
Deila se detuvo ante dos muchachas con poca pero vistosa ropa que terminaban un número circense con antorchas encendidas. Unas pocas monedas tintinearon al caer dentro de una redoma de metal ya muy maltrecha.
— Hola, Deila— la saludaron, mientras apagaban los fuegos en el suelo.
Luego dejaron caer las antorchas y se acercaron a ellos, el corro de gente comenzó a desfilar a paso de tortuga.
— Azuan, Illea, os presento a Geralt.
El brujo se inclinó un poco a modo de saludo, intentando disimular el fastidio que sentía por aquella parada cuando estaba deseando salir de aquel maldito mercado. Ellas se acercaron al brujo y le plantaron un beso en cada mejilla, dejándole pasmado. Luego centraron su atención en la curandera.
— Ándate con cuidado, Deila. No te quieren bien por aquí, y no me refiero a los aldeanos… Ya me entiendes. Hay rumores, protégete. Quédate en el bosque con ese elfo tuyo. —dijo Azuan.
— Gracias, precisamente, a los aldeanos, que tienen en gran estima los servicios que les prestas, no han tomado mayores medidas contra ti anteriormente— añadió Illea—. Si lo hicieran, la turba hubiera sido capaz de quemar el castillo con su señor dentro, y lo sabía. Pero están lanzando rumores acerca de ti…y el brujo. Intenta rebajarte a los ojos de la gente. Ten cuidado, Deila.
—Gracias por el aviso, amigas. Debemos irnos ya. Hasta la vista— se despidió la curandera.
— Adiós, Deila, adiós, Geralt— respondieron ellas. Geralt soportó otro par de besos de las muchachas.
Se mezclaron de nuevo en la marea humana, lenta, desquiciante, pestilente.
— ¿Qué es lo que ocurre, Deila? — preguntó el brujo acercándose a su oreja, para hacerse oír por encima de los gritos de los mercaderes. — ¿Quién te quiere mal?
— Te lo explicaré, brujo, pero no aquí. Vamos, la salida de la plaza está cerca. Y, si eres capaz de cambiar inmediatamente esa expresión de fastidio, te invitaré a una cerveza fresca en la taberna.
Geralt cambió inmediatamente la expresión de fastidio, deseando trasegar cualquier cosa que refrescara su reseca garganta.

Bastante avanzados ya en el trayecto hacia la cabaña, Deila vio humo por encima de los árboles. Una sensación de desasosiego la embargó.
— Geralt, veo humo… ¿Pudieras, tal vez, azuzar a Sardinilla?
El brujo miró al cielo y no le gustó lo que vio.
— Puedo— dijo escuetamente mientras golpeaba los flancos del caballo con sus talones.
Al acercarse a la cabaña, ésta ardía por una esquina, mientras tres elfos del bosque luchaban contra las llamas con cubos de agua y ramas. El brujo saltó del caballo y se acercó a la casa. Las llamas aún no habían alcanzado un tamaño preocupante.
— Apartaos de aquí —les dijo a los elfos.
Geralt trazó con su mano derecha la Señal de Aard, y al momento un viento fortísimo asfixió las llamas. Los restos fueron apagados con agua por los elfos del bosque.
— Gracias, Eniel —dijo estampando un beso en la mejilla del elfo.
Luego se volvió hacia dos elfas, una de cabellos negros y otra de cabellos tan blancos como los del brujo.
— Y gracias a vosotras, Wiel, Inia… ¿Qué ha ocurrido?
— Un sabotaje, sin duda— dijo el elfo—. Ha sido el destino que justo nos pasáramos en busca de tus conocimientos. Un solo jinete vimos salir a la desbandada, sospechosamente. Y luego, el humo…
— Sabían que no estabas en la cabaña, mi señora— dijo el brujo—. Luego te vigilan.
— Eso ya lo sé— dijo Deila—. Pero nunca antes se habían atrevido a actuar más allá de las amenazas…
— Se impacienta. Sabe que el brujo está aquí, por eso se ha vuelto osado. Teme… teme lo que tú ya sabes. Tendrás que someterte al señor, Deila— dijo Wiel, la elfa del pelo blanco— O pedir ayuda. No tienes porqué pasar por ello, si tú quisieras…
— Pero no quiero, Wiel. No quiero y punto. Ni lo uno ni lo otro. Ya veremos lo que pasa.
— La verdad, no te entendemos— insistió Eniel—. Wiel tiene razón, si tu hermano se enterase…
— Os he dicho que no. Mi hermano y yo nos peleamos, no correré ahora a humillarme pidiendo ayuda. He de solucionar esto yo sola.
— ¿Estás loca? ¿Cómo vas a hacerlo? — se exclamó Inia, la elfa de negros cabellos.
Deila suspiró y miró a sus pies, abatida. Luego levantó la mirada hacia el brujo, que la observaba, escuchaba y no decía nada.
— Creo que empiezo a tener una ligera idea. Y ahora, entrad. Habéis venido en busca de mi saber, no a enmarañar mis pensamientos.
Y entró en la cabaña con pasos firmes y malhumorados.
—Ese maldito genio…—susurró Eniel mientras caminaba hacia la puerta.
Dentro de la cabaña, las elfas le explicaron los síntomas de un compañero. Ella les hizo preguntas al respecto que ellos no supieron responder.
—Tendré que ir a verle, no puedo diagnosticar sin reunir toda la información posible. Me llevaré algunos remedios, pero necesito hablar con él para saber concretamente el que mejor se ajusta a su dolencia.
—Bien. Esta noche hay una fiesta en el campamento, Deila. Puedes aprovechar para divertirte un rato.
—¡Me encantaría! —dijo poniéndose en pie y comenzando a preparar las cosas. —¿Te vienes, brujo?
—Si no hay objeciones sí, mi señora.
Eniel lo meditó un momento.
—Está bien, puedes venir.

Sólo los elfos sabían construir así, aunque fueran simples casas de madera y ramas. El poblado élfico parecía de cuento de hadas. Cuando llegaron, unos niños abordaron a la muchacha, saltando y riendo, y atropellándose unos a otros tratando de explicarle que habría una fiesta. Deila, para satisfacción de los pequeños, se hizo la sorprendida y lanzó exclamaciones de júbilo.
Sin embargo, el brujo recibió miradas hostiles.
Wiel señaló la cabaña del enfermo a Deila, mientras ellos dos se sentaban sobre un tronco seco de considerables proporciones.
—Ahora vuelvo, Geralt.
Eniel alzó las cejas, alarmado, al oír el nombre con el cual la muchacha se había dirigido al brujo.
— ¿Geralt? ¿Geralt de Rivia? ¿El Lobo Blanco?
El brujo suspiró.
—Sí.
Eniel se levantó, maldiciendo en élfico, y corrió en pos de Deila, que ya había entrado en la cabaña con Wiel.
— ¡Como se entere tu hermano, es capaz de presentarse aquí con un ejército! ¡A mí me cortará la cabeza, pero a ti te encerrará en la torre más alta y tirará la llave! —le gritó, aún en su idioma, tan alterado estaba.
— ¿De qué hablas, Eniel? ¿Qué te pasa?
— ¿Sabes quién es ese hombre, Deila? ¿Sabes a quién has metido en tu casa? ¡Es el Carnicero de Blaviken!
— ¿Tenía una carnicería en Blaviken? Qué bien – se mofó ella. — Cálmate, Eniel. Ya me gustaría a mí saber qué fue lo que pasó realmente allí, porque no se comporta como un hombre peligroso en absoluto. Y ya conoces a la gente. Vamos, déjame trabajar y no me hables más del tema.
—Pero…
—Tema zanjado he dicho, Eniel.
El elfo salió de la cabaña muy enfadado y no volvió junto a Geralt. Se perdió por el poblado.
Mientras Delia atendía a su paciente, las mujeres elfas pusieron sobre las largas mesas, que habían montado los hombres, platos llenos de viandas y vasos junto a un tonel de cerveza. Los músicos se prepararon y pronto comenzaron a tocar.
Cuando la curandera salió, los niños la asaltaron para ponerle una bonita corona de flores, igual a las que llevaban en su cabeza las elfas jóvenes.
Se acercó al brujo.
—Ven, Geralt, vamos a comer algo.
Los elfos comían y bebían, algunos bailaban. Deila saludaba aquí y allá, pero no se movió del lado del brujo. Ambos se sirvieron y dieron cuenta con rapidez de la comida, y bebieron la cerveza amarga de los elfos. Luego, los niños se llevaron a la curandera a bailar. Había caído ya la noche, y el poblado se iluminó con decenas de farolillos de colores, festivos y alegres, que hacían las delicias de pequeños y adultos. La música de los elfos era deliciosa en la noche de verano, y Deila bailaba, pasando de mano en mano, mientras Eniel, que por fin había aparecido, la miraba desde la pared en la que se apoyaba con los brazos cruzados.
Geralt vio que la muchacha se acercó bailando a Eniel.
—Baila conmigo—le dijo.
El elfo ni se inmutó, la miraba enfadado.
—Vamos, Eniel, baila. No te enfades conmigo, sabes que no puedo soportarlo.
Deila le dio un rápido beso en la mejilla, agarró su mano y lo arrastró al claro. El elfo se dio por vencido y bailó, pero no sonrió ni una vez.
Geralt la miraba saltar, girar, moverse al ritmo de la música, reír divertida; admiró su gracia innata desde el tronco en el que estaba sentado. La muchacha rebosaba vida por todos sus poros. Poseía una pasión por todo lo que hacía que contagiaba, porque disfrutaba hasta de lo más nimio. Envidió esa pasión. “Es por su extrema juventud”, se dijo. Dio un largo trago a su cerveza.
Deila apareció de repente frente a él.
—Baila.
Sonó como una orden.
—Yo no bailo, mi señora —se negó él.
— ¿No? ¿Vas a negarme la única cosa que te he pedido?
El brujo la miró y bufó.
— ¿Estás chantajeándome, mi señora?
—Un poco, creo.
Geralt soltó una carcajada ante el descaro de la muchacha.
—Está bien, Deila, bailaré contigo.
Ella lo tomó de la mano y lo arrastró al claro. Comenzaron a moverse en sincronía. Hacía años que el brujo no bailaba, pero sabía hacerlo, para sorpresa de Deila.
El cabello de la muchacha flotaba a su alrededor a cada salto, sus pechos firmes subían y bajaban sensualmente, la falda de su vestido se ahuecaba. Sus ojos no se separaban de los del brujo, sonriéndole casi provocativamente. Geralt se sentía atraído, sin poderlo evitar, por el magnetismo que irradiaba la curandera. Sí, le atraía como una polilla a la luz, y eso le turbaba. Porque era casi una niña.
Finalmente, la pieza terminó. Ella sudaba y bufaba, cansada. Se sentaron en el tronco.
—Bailas muy bien, brujo.
—Gracias, mi señora. Tú también.
La gente empezaba a estar fatigada y todo el mundo comenzó a buscar asiento al callar la música. Entonces, los elfos empezaron a dar palmas, nombrando a Delia y a Eniel. El pueblo entero se sumó al reclamo. Los niños la vinieron a buscar y se la llevaron, tirando de ella, repitiendo en élfico una palabra: cantar.
Luego fueron a buscar a Eniel. Los elfos comenzaron a aplaudir y vitorear cuando estuvieron los dos reunidos junto a los músicos, y estos se prepararon para tocar.
El dulce sonido de una flauta se elevó en el aire, rasgando la noche con una melodía melancólica. Pronto la acompañaron los demás instrumentos, y, finalmente, Eniel y Deila cantaron. La canción era tranquila y lenta, las voces de la pareja se entrelazaban en diferentes tonos complementándose, creando una unión hermosa que hacía estremecer. Sus voces eran potentes y claras, dulces y sensuales, hipnóticas. Era una canción de desamor, de letra desgarradora en élfico. La pareja no sólo cantaba, sus expresiones y sus gestos hacían que interpretaran la canción como si en realidad fueran la pareja protagonista. La gente les miraba embelesada, sin pestañear. Geralt se encontró preso también, de su magia.
Durante la canción, los ojos de Deila buscaron los del brujo en más de una ocasión, y sus miradas se encontraron. Le inundó una sensación cálida, Delia estaba bellísima a la luz de los farolillos. Sintió ganas de estrecharla contra su pecho. Entonces desvió la mirada y sacudió la cabeza, saliendo del trance.
Cuando terminó la canción, la noche quedó en silencio por unos momentos, y Geralt vio que Deila se limpiaba una lágrima. Luego estallaron los aplausos, atronadores. El brujo también aplaudió, cada vez más preocupado.
Era ya muy tarde. Deila se despidió de los elfos y se acercó a Eniel.
—Es hora de que me vaya, Eniel. No hace falta que me acompañes, el brujo será suficiente escolta. Y no te enfades conmigo, mi precioso elfo: confía en mí.
—Yo sólo quiero protegerte, Delia. Todo esto me tiene muy preocupado.
—Lo sé, Eniel. Pero no tienes por qué, te lo aseguro. Tengo buen criterio para la gente, y el brujo es buena persona.
—Está bien, pequeña. Buenas noches.
—Buenas noches—dijo ella besando su mejilla.
Geralt esperaba a unos pasos de la pareja.
—Buenas noches, brujo. Cuida de ella.
—Siempre, elfo. Buenas noches.


CONTINÚA EN PARTE 2



RE: Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - Artifavs - 10/02/2019

Enhorabuena, no quiero inundar el hilo del foro pero es... simplemente impresionante. Tu prosa es estupenda y presentas muy bien la voz de los personajes. Esto es pura Fan Fiction de calidad. Muchas gracias por compartirla. Me encantaría seguir leyendo la historia. Un saludo y gracias.


RE: Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - Sashka - 11/02/2019

Gracias, Artifavs. Esta historia hace más de diez años que la guardaba olvidada en mi disco duro, pero la releí y decidí alargarla y darle más sentimientos; es una historia que sigue conmoviéndome tanto como cuando la escribí, con la simple intención de darle al brujo un tiempo de felicidad. Una historia con un dilema moral que tortura al brujo pero que también saca lo mejor de él. Pero ya sabemos que los finales felices no encajan en la saga del brujo, y esta historia intenta encajar en un tiempo perdido del segundo libro de la saga, antes del viaje del brujo a Cintra para la entrevista con Calanthe que describe la última historia del mismo libro. Es un fanfic muy especial para mí, por eso te agradezco tus palabras. Gracias.


RE: Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - Artifavs - 11/02/2019

Tu historia está genial. No me va el botón de dar Reputación, quizá es porque aún llevo poco en el foro. No sé muy bien como funcionan muchas cosas todavía.

Personalmente, la etapa más interesante de Geralt para mí se presenta en los tres primeros libros. En el cuarto pierde un poco protagonismo debido a la trama élfica y demás.
Aunque yo no me hubiera cansado nunca de leer historias, como en la tuya, cuando vagaba solo buscando clientes (cada cual más pintoresco que el anterior) y se encontraba de vez en cuando a ese trobador incorregible o a su hechicera del alma. Eran historias siempre imprevisibles y de diversión garantizada, al menos en mi opinión. Aún me queda por leer los otros dos libros, pero supongo que la trama bélica que se intuye al final del cuarto quitará protagonismo al Brujo en lo dos siguientes. En cualquier caso, supongo que ya no será como fue en el comienzo de la Saga. Los mejores para mí fueron los tres primeros libros. (A ver si tengo tiempo y acabo la saga en estos meses.)

Bueno, Sashka, que me enrollo, recibe un cordial saludo y mis felicitaciones.


RE: Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - Sashka - 11/02/2019

El quinto libro es genial, mi favorito. Me divertí muchísimo ya verás como tú también te diviertes. Y en el sexto, ocurre en un momento algo que me hizo reírme a mandíbula batiente. Sigue leyendo, te falta lo mejor!


RE: Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - Artifavs - 11/02/2019

Venga, pues te tomo la palabra y cuando termine el de "Madres y Otros Monstruos" de Maureen McHugh (que me tiene enganchado y en dos semanas creo que lo tendré traducido) empezaré a leer "Bautismo de Fuego" del genial Andrzej Sapkowski. Ya te contaré qué tal me parece.


RE: Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - kaoseto - 20/02/2019

Hola, Sashka!

Muy bueno este fanfic, al principio iba muy rápido a mi gusto (efectos de haberlo escrito originalmente hace años, supongo), pero luego me he encontrado con escenas bien escritas y muy amenas, me lo he pasado bien leyendo!

Sólo me leí los tres primeros libros de Geralt, pero me has dado ganas de
seguir con la saga Smile


RE: Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia) - Sashka - 20/02/2019

Gracias, guapo! Ay, es que dejais de leer en lo mejor de la saga... Sigue, que ya verás!
Y con mi fanfic, lo mismo, me gusta mas la segunda parte.