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  [FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 9)- Saga Geralt de Rivia
Enviado por: Sashka - 06:17 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (2)

Capítulo 9

Los dos caballos entraron galopando como dos demonios en Ellander, echando espuma por la boca recorrieron el paseo de álamos y frenaron junto a la puerta del edificio residencial. Ciri saltó al suelo y entró corriendo, pidiendo ayuda a gritos. Varias sacerdotisas salieron a la carrera, Jaskier reconoció a una de ellas, Iola, quien miró al brujo y palideció, con gestos rápidos mandó a otras a buscar una camilla.

Una mujer más bien baja y algo rolliza, vestida con un hábito de sacerdotisa y un aura que imponía como si midiera dos metros, apareció apresuradamente por la puerta. Al ver a Geralt su cara se descompuso, pero enseguida tomó el control la eficiente directora del Santuario.

—¡Iola, prepara la sala, niña! ¡Ya no estás aquí! ¿Dónde está esa camilla, por el amor de Melitele?
—¡Aquí, madre Nenneke!
—¡Bajad al brujo, con cuidado! ¡Cuidado con la flecha, no la vayáis a mover! ¡Jaskier, desmonta y deja esa expresión de besugo, ayuda con la camilla! ¡Vamos, vamos, deprisa!

Levantaron la camilla y lo llevaron directamente a una sala con una robusta mesa de madera en el centro y armarios bajos adosados a las paredes. Las diversas estanterías sobre éstos estaban llenas de botellas con líquidos, ungüentos, materiales de cura diversos y utensilios varios relacionados con la medicina. La sala olía a limpio.

Ciri entró también, junto con las seis adeptas, Nenneke y Jaskier. Depositaron la camilla sobre la mesa central.

—Todos fuera, Annea, Elania, quedaos, Iola, tú también. ¡Jaskier, fuera he dicho!
—Está bien, vamos, Ciri—dijo el poeta cogiendo la mano de la niña.
—¡No! ¡Yo no me muevo de aquí! —se negó ella, retirando la mano bruscamente. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¿Qué ocurre? —la regañó Nenneke—. Aquí tan sólo estorbáis. No lo repetiré.
—¡No me voy a ir! ¡Nadie va a moverme de su lado de ninguna manera!

En sus ojos había una terca resolución. Lo que menos necesitaban era una batalla campal con la niña para sacarla de allí. La sacerdotisa miró a Jaskier.

—¿Es ella?
—¿La Sorpresa? Por supuesto.

Nenneke lo reconsideró. Se encogió de hombros, a regañadientes.

—Está bien, niña, puedes quedarte, pero si te mareas no podremos atenderte. Él es el que esta grave, es la prioridad. Ponte junto a la pared. Y procura no molestar.
—Gracias, madre, no molestaré.

La sacerdotisa dejó de prestarle atención.

—Iola, hay que seccionar la flecha y quitarle esta ropa que molesta, que te ayude Annea. Cortando la tela, se entiende. Tú, Elania, prepara el bisturí y las soluciones, ¡rápido, niñas, lo quiero para ayer! ¡Jaskier, ¿aún estas aquí?! ¡Esto no es una función, con un espectador es suficiente y hasta sobra!

Jaskier salió de su aturdimiento sacudido por los gritos de Nenneke y dejo la sala. En el pasillo esperó con los nervios de punta y lleno de angustia las largas horas que tardaron en salir de la allí, ausente de toda noticia. Cuando por fin se abrieron las puertas, Geralt estaba siendo trasladado en la camilla por cuatro adeptas, llevaba un grueso vendaje en el torso y estaba pálido y ojeroso. Seguía inconsciente. Pero estaba vivo.

Ciri cerraba la comitiva, sola, impresionada, desamparada e ignorada. Un gorrioncillo que parece no importarle a nadie, pensó Jaskier, nadie repara en su rostro torturado, nadie ve lo que está sufriendo. Igual que yo.
Se arrastraba, cansada, detrás de la camilla, detrás de lo único que le quedaba en el mundo.

—¿Estás bien, Ciri?
—No. ¿Cómo quieres que esté bien, si él, él…? —Su voz se quebró y desapareció.
—Ya. Ya lo sé, Ciri.

El poeta se le acercó y, agachándose, la abrazó. A los dos les hizo mucho bien ese abrazo en esas horas de dolor e incertidumbre. Luego cogió su mano, la apretó. Ciri levantó la mirada, con la cara llena de churretes del polvo del camino y lágrimas secas que habían dibujado su camino entre la mugre, y con una sonrisa llena de tristeza le devolvió el apretón. El bueno de Jaskier, pensó Ciri, menos mal que está aquí, conmigo. Caminaron juntos detrás de la camilla, unidos por su preocupación y su afecto por Geralt.

Al anochecer, Nenneke entró en la habitación. Los dos estaban sentados junto a la pared, en un silencio abatido. Ni siquiera el poeta tenía ganas de hablar.
La sacerdotisa examinó al herido y después les miró.

—Geralt está bien dentro de la gravedad. Llegasteis a tiempo, la pérdida de sangre, así como la hemorragia interna, no había alcanzado un punto irreversible, pero por poco. Ahora necesita descanso y tiempo. Y vosotros dos necesitáis un buen aseo, una buena cena y una cama. No me miréis como si os hubiera propuesto ir a coger la Luna, él no se va a ir a ninguna parte.
—Yo no quiero. No tengo hambre ni sueño.
—¿Cómo te llamas, muchacha?
—Ciri, madre.
—Bueno, Ciri, el que te quedes aquí no va a mejorarle ni a cambiar nada. Pero, sin embargo, sí repercutirá en tu salud. Haremos una cosa: si te lavas, vienes al comedor y cenas algo más que unos bocados, te prepararé un camastro en la habitación. Junto a él.
—No quiero un jergón. No voy a dormir. No… no puedo dormirme.
—Por el amor de Melitele, muchacha, ¿piensas quedarte de pie a su lado toda la noche? ¿Es eso lo que dices?
—Sí, madre.

Nenneke miró a Jaskier.

—Supongo que Ciri no quiere molestarle, por eso no quiere dormir. Tiene pesadillas, se despierta gritando.
—Eso puedo solucionarlo. Te daré una infusión contra los malos sueños para que puedas dormir aquí a su lado. ¿Qué dices, chiquilla, hay trato?

Ciri asintió despacio.

—Ven conmigo, entonces. Vamos, no voy a morderte, dame la mano. A ti, Jaskier, te vendrá a buscar Iola en un momento.
Ciri la obedeció, aunque la sacerdotisa le daba un poco de miedo. Pero cuando cogió la mano que le ofrecía sintió su calidez y Nenneke la acarició y le sonrió con dulzura. Ella se relajó un poco.

Caminaron por los corredores hasta llegar a una salita con una bañera y otros útiles para el aseo, preparada ya para ella con agua caliente. Nenneke entró con ella en el cuarto.

—Báñate deprisa y reúnete con Jaskier en la habitación de Geralt. Él te llevará al comedor —la sacerdotisa se agachó entonces—. Ciri… yo también quiero mucho a Geralt, lo conozco desde que era más pequeño que tú. No vamos a escatimar esfuerzos en curarle, quiero que lo sepas. Se pondrá bien, te lo prometo, es fuerte el brujo. Pero también he de cuidar de ti, eso es lo que él querría, y para ello has de poner de tu parte.
—Pero yo… yo quiero estar con él.
—Me agrada y me conmueve tu devoción, pero no voy a dejar que te descuides. Y no hay discusión al respecto. ¿Lo has entendido?

Ella asintió, abrumada por la autoridad que emanaba de la mujer. Entonces Nenneke la abrazó, de un modo cálido, maternal y sincero. Y Ciri se sintió reconfortada por el
gesto de la sacerdotisa, inesperadamente.

—Madre Nenneke… ¿puedo ir a buscar mi jabón?
—¿Tu jabón? Aquí hay de sobras, no veo qué ha de tener de particular el tuyo.
—Por favor…

La sacerdotisa suspiró.

—Te lo compró él, ¿verdad? —Ciri asintió, sorprendida por la perspicacia de la mujer. El corazón de Nenneke se ablandó—. Está bien, niña, pero no tardes. Pide a cualquier adepta que te lleve a las cuadras. Pero corre, la cocina ya está cerrada, no voy a obligar a las muchachas a quedarse toda la noche para vosotros.
—No tardaré, madre.

Aseada y son su inseparable olor a verbena, Ciri se reunió con Jaskier y fueron al comedor. Cenaron poco y sin hambre, al volver el jergón estaba preparado para Ciri junto a la pared. Nenneke entró con un vaso medio lleno de un preparado para ella, que bebió obedientemente. Luego Jaskier y la sacerdotisa le dieron las buenas noches y salieron, dejando a Ciri sola con Geralt.

La lámpara de aceite sobre la mesilla alumbraba muy tenuemente la habitación. Ciri se acercó a la cama donde yacía el brujo y le miró. Ahora estaba sola con él, nadie la reñiría si le tocaba. La respiración de Geralt era tranquila y regular, rozó su barbilla afeitada, acarició su frente y sus cabellos blancos, pero él no despertó. De nuevo sintió los ojos acuosos y una oleada de desesperación en su pecho.

Cogió su mano, la levantó y se frotó la mejilla con la palma, ahuecándola, mojándola con sus lágrimas. La mano del brujo era fuerte y áspera, pero cálida; la besó y la acarició, aferrándose a ésta como un náufrago a una tabla, y rogó a cualquier Dios que estuviera escuchándola por la recuperación del brujo. No tenía a nadie más. Si Geralt se iba, su pequeño corazón no soportaría otra pérdida. Y sabía cuán fuertemente se rompería.

Sintió llegar la somnolencia producto del preparado de Nenneke, pero el jergón le pareció lejano, muy lejano. Quería estar junto a él, no podía soltar su mano, necesitaba su contacto. Arrastró el taburete hasta la cama, se sentó y apoyó su cuerpo contra esta. Cogiendo la mano del hombre entre las suyas, apoyó su mejilla contra su palma y poco a poco se quedó dormida.

Nenneke la encontró así cuando acudió a comprobar la evolución del herido. Contempló la escena conmovida, unas lágrimas acudieron a sus ojos, suspiró apesadumbrada. No movió a la niña, la dejo allí junto a él porque la comprendió. Ella también quería a Geralt, siempre fue como el hijo que nunca tuvo, y también sufría por él. Sintiendo un torrente de compasión inundar su pecho, retiró el cabello plateado del rostro infantil y acarició su mejilla sonrosada. Ciri dormía, no se movió.

—Que Melitele nos ayude, pequeña —susurró.

Luego salió, cerrando la puerta despacio y sin ruido, y el susurro de su hábito se perdió en los pasillos.


Olía a verbena.
Abrió los ojos despacio. Sentía la boca pastosa, le dolía el pecho a cada respiración. Miró a su alrededor sin levantar la cabeza y reconoció el lugar. La luz del amanecer se filtraba por la ventana de la habitación de sobras familiar, había dormido en ella muchas veces. Estaba en Ellander, pero no recordaba cómo había llegado allí.
Luego sintió un peso en la mano y la intento mover, estaba muy débil pero no tanto como para no poder moverla. Extrañado, bajó la cabeza y vio a Ciri junto a él, aferrándola en su sueño, con la mejilla apoyada en ella. Despacio, la sacó de bajo su rostro y la movió, la sentía dormida y dolorida. Luego acarició los cabellos cenicientos de Ciri, mientras recordaba lo ocurrido. Recordó que la flecha por poco no le acierta en la cabeza a ella. Con gusto pagaba el precio de ese por poco.

—Ciri, pequeña… Parece que el Destino no nos lo va a poner fácil— susurró.

Ella se movió rápida, como si hubiera estado esperando oír su voz. Con los ojos todavía llenos de sueño, los fijó en los suyos y gimió.

—¡Oh, Geralt! ¡Te has despertado!

Sus ojos verdes como la hierba se llenaron de alegría. No iba a llorar de alivio, no iba a hacerle eso al brujo, sabía que le hacía sufrir verla llorar. Y ya estaba sufriendo bastante. Reprimió con esfuerzo las ganas y engalanó su sonrisa.

—Te vas a poner bien, ¿eh, Geralt? Nenneke lo dijo… ¡Estoy tan contenta de que te hayas despertado!

Pero a Geralt no se le podía engañar tan fácilmente. A él no se le pasaba nada, y además la conocía. El haberse pasado la noche a su lado, sentada en una silla y agarrando su mano, le decía hasta qué punto la niña estaba sufriendo. Nadie nunca había llegado a tal grado de devoción por él como Ciri, ni siquiera Yennefer. Cómo no sentirse conmovido por esa lealtad, alguien como él, tan falto, precisamente, de afecto durante toda su vida. Y sintió que la necesitaba a su lado, necesitó abrazarla, agradecerle el bien que le hacía.

—Ven, pequeña, súbete a la cama, tiéndete a mi lado.
—Nenneke nos va a reñir —acertó a decir, aunque esa posibilidad le importaba un pimiento en ese momento.
—Pues que nos riña.

Ella lo hizo, con sumo cuidado, refugiándose en el hueco de su brazo. Él la envolvió afectuosamente con el mismo.

—Me pondré bien, Ciri. Estoy a tu lado. Duerme tranquila, brujilla. Duerme.

Dormía.


Efectivamente, Nenneke les echó una buena bronca mientras le curaba la herida. Sobre todo a él. Pero poco efecto hizo, quizá porque las lágrimas de alivio que saltaron de sus ojos al verle despierto y tranquilo, restaron sensación a la regañina.
Jaskier apareció al poco. Sonrió de oreja a oreja al verle consciente y se acercó a la cama.

—Me alegro de verte mejor, Geralt. ¡Menudo susto! Suerte que no estábamos muy lejos de aquí.

Se sentó en la silla y puso los pies sobre el taburete, aprovechando que estaba vacío, pues Nenneke se había llevado a Ciri a desayunar.

—¿Cómo salimos de allí, Jaskier? ¿Qué paso?
—De verdad que no me lo explico, Geralt. Quizá después del ataque nos reconocieron, si es que eran los mismos elfos que se acercaron al campamento la noche anterior.
Después de sentir el golpe en la cabeza, me despertaron y me vi en el suelo. Me hicieron subir al caballo y te montaron a ti, con mucho cuidado, delante de mí. Ciri estaba también inconsciente en el suelo, después de esto se ocuparon de ella. La despertaron y la montaron en tu yegua. Cabalgamos, como si la Cacería Salvaje nos persiguiera, hasta aquí, Geralt, por poco no reventamos los caballos. Tranquilo, no me mires así, los dos están bien. No está bien forzar a un caballo hasta ese extremo, pero te nos morías, Geralt…

—No te reprocho nada, Jaskier. La niña, ¿habéis mirado si tiene algún golpe? Dices que estaba inconsciente.
—Ella está bien. No se duele de nada, seguramente se desmayó de la impresión. ¿No recuerdas cómo gritaba?
—Lo recuerdo.
—Geralt… Ahora no te preocupes por nada, reserva tus fuerzas para recuperarte.
—Jaskier, tengo que pedirte un favor.
—Lo que quieras, ya lo sabes.
—Quédate en Ellander unos días más, si es que puedes. Necesito que cuides de Ciri por mí, ella te conoce y se sentirá menos sola. Nenneke está siempre muy ocupada, y no quiero que pase los días encerrada en esta habitación. Haz que salga a pasear contigo, ocúpate de que coma, esas cosas.
—Si logro arrancarla de tu lado lo haré, y con gusto. Porque esa niña tuya se hace querer. La echaré de menos cuando me vaya.
—Gracias. Gracias, Jaskier.


Resultó que Nenneke también tenía un plan para ella. La animó a que fuera a las clases que el Santuario impartía, que ayudara en el huerto y en algunos quehaceres cotidianos. Su intención como persona experimentada en la vida y conocedora de esas cosas, era que la niña estuviera con otras niñas de su edad, se distrajera e hiciera amistades.

Pero ella, invariablemente, cuando terminaba sus tareas iba directa a la habitación del brujo. Parecía que nada más le importaba ni la motivaba. Esta actitud preocupó a la sacerdotisa, que decidió hablar con Geralt a la primera oportunidad.

El primer día que el brujo salió de la habitación le abordó sin más demora. Caminaron por los pasillos, hacia el exterior, hacía un buen día. Llegaron a unas mesas rodeadas de sillas en la zona ajardinada, junto a los huertos. Se sentaron al sol.

—Geralt, tengo que hablarte de Ciri.

El brujo se puso tenso sin poderlo evitar.

—¿Qué ocurre, Nenneke? ¿Se porta mal?
—Oh, no, la niña es un amor. Es rebelde, a que negarlo, y parece que gusta de saltarse las reglas cuando se le mete algo en la cabeza, pero eso no es preocupante. Lo que sí me preocupa es su obsesión hacia ti.
—¿No estás exagerando? Es normal que esté pendiente de mí, casi se queda sola.
—Eso lo entiendo, Geralt, no soy idiota. Pero tiene una excesiva dependencia de ti. Has de procurar moderar eso. Y tienes que ser tú quien vaya cortando ese cordón umbilical que habéis creado, Geralt, no puede ser otro más que tú.
—No veo nada malo en que quiera estar conmigo. Se aferra a mí porque se quedó sola, Nenneke, porque pasó mucho. Con el tiempo, esto…
—¿Con el tiempo? —le interrumpió ella—. Con el tiempo irá a peor, más si la encierras en esa tu fortaleza. ¿Seguirá durmiendo contigo cuando se haga mujer, Geralt? Porque eso ocurrirá con el tiempo, tiene once años y lo será antes de que te des cuenta.

El brujo se enfadó.

—Nenneke, me ofende y mucho lo que acabas de decir. No puedo creer que hayan salido de ti esas palabras.
—No me malinterpretes, no me refiero al sentido que tú has entendido. En eso no tengo ninguna duda de tu honestidad, porque te conozco mejor de lo que crees. Pero si la encierras en un castillo donde sólo viven hombres, cuando llegue la edad de las tonterías, ¿qué crees que ocurrirá?

El brujo se quedó pensativo. No abrió la boca. Nenneke, por mucho que le molestara, tenía razón.

—Tienes que cortar ese cordón, Geralt. No ahora, ni mañana. Pero tienes que ir haciéndolo paulatinamente, sin traumas. Lo mejor, tan pronto llegues a Kaer Morhen, allí cambiará el escenario y podrás imponer nuevas reglas.

Él suspiró.

—Lo haré, Nenneke.
—Y admite mi siguiente consejo, si no te importa. Escóndela durante un tiempo, que los rumores se apaguen y la den por muerta. Y entonces me la traes aquí.
—No haré tal cosa.
—Al menos piénsalo. Tiempo tendrás de sobra. Y llegarás a la conclusión de que tengo razón, nada más te he de decir.

Geral tenía el ceño fruncido. Esa conversación le había incomodado y estaba irritado. Nenneke sonrió.

—Tú también te has vuelto dependiente de ella, y cómo. No te reconozco, brujo. Si pensaba que ya nada podía sorprenderme, me encuentro con esto… Pero te honra, Geralt, me agrada que te preocupes de ella, que te vuelques en tu responsabilidad —la sacerdotisa se levantó, debía atender a sus obligaciones—. Así que el brujo incrédulo al final creyó. Fuerte debe haberte dado el destino en los morros.

—Pero fuerte.

Y Nenneke se alejó riendo vivamente, dejando al brujo preocupado e irritado.

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  Reto Mar19 ¿Quien es quien?
Enviado por: Cabromagno - 02:25 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (17)

Pues hala, los valientes que quieran mojarse pueden ir empezando... Big Grin

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  [FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 8)- Saga Geralt de Rivia
Enviado por: Sashka - 23/03/2019 07:31 PM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

Capítulo 8



Geralt salió de aquel pueblo doscientos orens más rico, pero con, al menos, otra cicatriz. Podía haber sido peor.

Ciri, ésta vez, montaba a la trasera de Jaskier. Se había negado rotundamente a cabalgar con Geralt, alegando no querer hacerle daño. Y no hubo manera de convencerla.
Lo cierto era que ambos se echaban de menos. A Geralt se le hacía extraño no sentir su peso contra su cuerpo y a Ciri, que se cogía a la cintura de Jaskier, más estrecha que la del brujo y menos musculosa, se le hacían raras sus proporciones y no sentía la misma seguridad que con el otro.

La niña, no obstante, consideraba esta medida insuficiente y no le quitaba ojo de encima al brujo, atenta a cualquier expresión de dolor en su rostro. Tampoco esto era bastante, y en lapsus cortos le preguntaba:

—¿Vas bien, Geralt?
—Sí, Ciri.

O bien:

—¿Te duele, Geralt? ¿Quieres que paremos?
—No, Ciri.

El brujo entonces volvía la cara y sonreía, no queriendo que la niña pensara que no la tomaba en serio, y Jaskier lo hacía mirando al frente.
Hasta que, en un momento que Geralt refrenó a la yegua, al estirar las riendas, los puntos le tiraron. Frunció el ceño, torció un poco los labios… y a Ciri no le pasó desapercibido.

—¡Para, Jaskier, para! -gritó la niña.

Saltó con agilidad de Pegaso y se dirigió a Sardinilla dejando al poeta pasmado. El brujo detuvo la montura y se quedó mirando a Ciri, sin entender sus intenciones.

—¡Geralt, me subo contigo, espérame!  
—¿Cómo es eso, Ciri? ¿Ya no temes hacerme daño? —sonrió.

Ella subió de un salto y algo de esfuerzo, ignorando la mano que le tendía. Se colocó delante. Él observaba su resolutiva forma de actuar con cierta expectación. No sabía a dónde quería llegar y sentía curiosidad.

—Yo llevaré a Sardinilla, tú cógete a mí —dijo cogiendo las riendas.

Geralt rió por lo bajo. La situación le pareció de lo más cómica.

—¿De qué te ríes? No hablo en broma, Geralt—dijo muy seria, lo cual aún le hizo más gracia, pero frunció los labios y logró controlarse—. Sé hacerlo. En Cintra montaba desde muy pequeña.
—Ciri, agradezco tu preocupación, pero no es para tanto. Es poco más que un rasguño.

El poeta miraba divertido a Ciri. Luego fijó la mirada en el brujo, se lo estaba pasando bien con el cambio de roles.

—No te quejes, Geralt. Menos mal que está Ciri aquí para cuidarte. Si no, estarías perdido.
—Lo que estaría es con una cicatriz sin coser —le cortó el brujo.
—Eso demuestra que tengo razón. Por una vez, déjate querer, brujo cabezota.

Geralt gruñó.

—Está bien, Ciri. Conduce.

Y la niña condujo el caballo hinchada de orgullo como un pavo. Pero, al poco, volvió con las preguntas acerca de su bienestar, pues se tomaba muy en serio su responsabilidad hacia él.

A media tarde pararon a acampar. Tanto Ciri como Jaskier se extrañaron.

—Mañana llegaremos a Ellander y nuestros caminos se separarán. No tenemos prisa pues, disfrutemos del tiempo que nos queda juntos. Ciri, tendrás que volver a curarme, ¿te ves capaz?
—Claro que sí.
—¡Eh! Pero, ¿esto qué es? —se quejó Jaskier, haciendo un guiño al brujo—. ¿Por qué se lo pides a ella? Yo puedo hacerlo.
—No te enfades, Jaskier —le dijo la niña—. ¡Si no sirves para eso, lo dijiste tú mismo!
—Ah, es verdad.
—Pero puedes cantar algo mientras le curo, eso sí se te da bien.
—¿Seguro que eso se me da bien?
—Segurísimo. Eres el mejor bardo del mundo, Jaskier.

El poeta bajó de Pegaso, se acercó sonriendo a la niña y la cogió para ayudarla a desmontar, pero, en lugar de dejarla en el suelo, dio unas vueltas con ella, abrazándola.

—Eres una maravilla, Ciri. Qué suerte tiene Geralt de tenerte, ¡qué suerte!
Reían los dos, y Geralt, complacido, pensó que Jaskier tenía toda la razón.

El brujo se quitó el jubón y la camisa y se sentó en el suelo. Ciri retiró la venda, destapó el frasco que le había dado, mojó un trozo de lienzo con parte del contenido y se arrodilló tras él. Titubeó.

—¿Te va a escocer, Geralt?
—No, este no escuece.

Ella aplicó la tela empapada sobre los puntos, con cuidado; el líquido parecía algún tipo de aceite o bálsamo.

—Tiene buen aspecto, Geralt —le dijo Jaskier—. No parece infectada. Oye, resulta que la niña no lo ha hecho nada mal… Veremos qué te dice Nenneke mañana.
—Los puntos se quedan donde están, me da igual lo que diga. No me dejará marchar hasta que se puedan quitar, lo veo venir, y si me descose me retrasará más. Tampoco es una herida tan grande, son seis puntos.
—Bla, Bla, bla, eso es lo que oigo, Geralt. A mí no me engañas. Si llegara el caso de que Nenneke estime que han de reemplazarse, no la dejarás por otra razón.

El brujo callaba. No podía refutarle al poeta, pues era verdad. Los puntos que con tanta dedicación le había dado Ciri se quedaban, y le daba igual cómo quedara la cicatriz.

—Ya está. Le he puesto a los tres cortes.
— Buena niña.
—Geralt… ¿cómo te hiciste estas tres cicatrices de la espalda? Son tan grandes…—quiso saber Ciri, pasando su dedo por encima de las antiguas heridas.
—Cemetauros, Ciri. Cuatro de ellos me salieron al encuentro en un bosque.
—¿Cuatro cemetauros? ¿Cuatro? Por los dioses, Geralt, no sé cómo lo contaste —Jaskier se estremeció al imaginarlo.
—De poco me fue. Por suerte, pude llegar hasta una casa. La dueña, que sabía curar, me salvó la vida.*
—¿Y esta del cuello? —siguió interrogando Ciri.
—Una estrige.
—Ah, la hija del rey Foltest. Recuerdo tu convalecencia en Ellander.
—¿Qué es un cemetauro? ¿Qué es una estrige? —preguntó Ciri.
—Son unos monstruos muy peligrosos, Ciri. Te enseñaré cómo son cuando lleguemos a Kaer Morhen, Vesemir tiene un libro con ilustraciones. Ponme la venda y no sigas preguntando o nos pasaremos con esto toda la noche… —dijo el brujo, pero, en realidad, quería cortar el tema porque veía la cara compungida de la niña.
—Geralt…
—¿Qué, Ciri?
—Tú también has pasado por mucho…
—Hace tiempo de eso. Ya está olvidado. Eh, ¿qué dijimos del pasado? Alegra esa cara, Ciri. No tiene sentido que te preocupes por algo ocurrido hace años.
—Creo que ya va siendo hora de que saque mi laúd —intervino Jaskier.

Y empezó el recital.

A medida que la tarde avanzaba y se convertía en noche, la música de Jaskier se fue tornando melancólica. El poeta ya les empezaba a echar de menos, anticipando la
despedida que tendría lugar al día siguiente. El ambiente de la música se les pegó a los tres.
Antes de que la oscuridad cayera, fueron a por leña para hacer un fuego, lo encendieron y cenaron.

—Jaskier —dijo Ciri bajito—, ¿me cantas la de Ettariel?
—Claro, Ciri.

La música dulce del laúd inundó el campamento, suave y emotiva. Jaskier cantó en idioma antiguo, que Ciri no comprendía pero que Geralt le iba traduciendo, sintió el vello de su cuerpo erizarse ante la sublime interpretación del bardo y se acurrucó junto bajo el brazo del brujo.

Yviss, m’evelienn vente cáelm en tell
Elaine Ettariel
Aep cor me lode deith ess’viell
Yn blath que me darienn
Aen minne vain tegen a me
Yn toin av muireánn que dis eveigh e aep Mea…

Durante la canción, la niña notó al brujo ponerse tenso, muy tenso.

—Jaskier —susurró cuando la pieza llegaba a su fin—, no dejes de tocar. Sigue tocando…

El poeta le lanzó una mirada extrañada, pero lo hizo.
Ciri miró a Geralt, el tono de su voz la alarmó. Sus ojos recorrieron despacio los árboles, sin mover apenas la cabeza, sin variar su postura, y captó un ligero movimiento más allá de la luz. Elfos. Su corazón se disparó y se arrebujó más contra él. El brujo, en un movimiento intencionadamente casual, la cubrió todo lo que pudo con su cuerpo. Ciri empezó a temblar. Geralt no sabía qué hacer. Jaskier seguía tocando mientras les miraba, captando el peligro.

L’eassan Lamm feainne renn, ess’ell,
Elaine Ettariel,
Aep cor aen tedd teviel e gwen
Yn blath que me darienn
Ess yn e evellien a me
Que shaent te cáelm a’vean minne me striscea…


Pero, a medida que pasaban los minutos, nada sucedía. La canción, por fin, terminó.
Y los elfos, sorprendentemente, se fueron.

— ¿Qué ha pasado, Geralt?
—Elfos. Nos rodearon.
—Oh, joder…Oh, joder…
—Jaskier —dijo el brujo—, mejor que no hagas más ruido. Se han ido, o bien no nos consideraron una amenaza o les ha gustado tu repertorio, quién sabe. Pero más vale no tentar a la suerte.

El poeta se sacó el sombrerito y pasó la mano por sus cabellos sudorosos.

—¿Crees que es momento para bromas?
—No, no es momento en absoluto. Te estoy hablando en serio.
—¿Qué hacemos, Geralt? ¿Nos vamos? ¿Levantamos el campamento?
— Ya estaríamos llenos de saetas si hubieran querido, han pasado de largo pero saben dónde estamos. Si nos vamos, es muy posible que nos oigan y nos cosan a flechazos en la oscuridad. Es más seguro quedarnos aquí.
—Sí, tu argumento tiene lógica.
—Pero, por si acaso, me quedare despierto esta noche. Ciri, a dormir. Tranquila, ya ha pasado el peligro. No, no arrastres la manta cerca del fuego, ponte aquí en la oscuridad. Tú también Jaskier.
—Yo… te haré compañía, Geralt. Tampoco dormiré.
—Como quieras, pero no hay necesidad.
—Como que iba a poder pegar ojo…
—Yo tendré cerca la espada, tú ten al lado el laúd, por si acaso.
— ¿Ahora tampoco bromeas?
—Sí —dijo el brujo con una media sonrisa—. Ahora sí.
—Tú ríete, ríe cuanto quieras. Pero hay veces que la música puede lo que no pueden las espadas.

El amanecer trajo frío. Geralt había tapado a Jaskier con su manta durante la noche, que se había quedado dormido sentado contra el tronco del árbol en el que se apoyaba.
Ahora se afeitaba, harto de la picazón que la barba incipiente le producía. Ciri se despertó, salió de debajo de la manta y se sentó frente a él. Verle afeitarse la fascinaba.

—Buenos días, Ciri.
—Buenos días, Geralt —dijo bostezando, luego se estiró perezosamente.

El brujo pasó la mano por el mentón y el cuello, comprobando que no quedaba ningún roal pasado por alto.

—Ya no hay pelo, Geralt.
—Bien, gracias, Ciri. ¿Tienes hambre?
Ella asintió con la cabeza. Él se secó el rostro, se levantó y guardó los útiles de afeitado, luego saco algo para desayunar. Jaskier se despertó con trabajo y apartó la manta.
—Mmmm, me quedé dormido, joder.
—No hacía falta que estuvieras despierto, Jaskier, ya te lo dije.
—Todo y así…
—Desayuna. Y deja de lamentarte.

Lo hicieron en silencio, los tres, ni siquiera Ciri abrió la boca con alguna ocurrencia infantil. Ese día, dentro de pocas horas, sus caminos se separaban y parecía que ésta vez costaba. Le costaba al brujo, que no sabía cuándo volvería a ver a su amigo, puesto que ya no deambularía por los caminos en, se temía, años; le costaba a Jaskier por la misma razón, y porque se había acostumbrado a la frescura y vivacidad de la niña, había aprendido a quererla en esos pocos días y le divertía todo lo que hacía; le costaba a Ciri porque también le había cogido cariño al poeta y sentía cierta complicidad con él, y echaría de menos sus hermosas canciones.
Y siguieron en silencio mientras recogían el campamento, mientras montaban y al volver al camino. El silencio lo rompió Ciri al cabo de mucho rato.

—Geralt… no me gusta este camino —dijo asustada.
—Cierto, los he visto mejores—dijo Jaskier.
—Lo mismo le dije yo la primera vez. Pero más vale que nos tomemos en serio sus palabras. ¿Qué ocurre, Ciri?
—No sé, no quiero ir por aquí, ¡no quiero! ¡Vámonos de aquí! —gritó casi histérica.
—Dejemos el camino y vayamos por el bosque.

Al encarar el bosque, volaron las flechas.
Todo fue muy rápido.

—¡Corre, Jaskier! ¡Azuza al castrado! —gritó Geralt golpeando los flancos de Sardinilla, que salió al galope, disparada, por la carretera.

El brujo maldecía. Ciri aullaba, fuera de sí. Miraba horrorizada la saeta a su derecha, y su mente volvió a aquella noche en Cintra.

¡Agárrate! ¡Agárrate!

El caballo galopaba, levantando nubes de polvo detrás suyo. Geralt sujetaba con fuerza su cintura. La humedad de la sangre iba empapando su pelo. Más caballos detrás, persiguiéndoles. Y una flecha hundida en el pecho del brujo, junto a su cabeza.

Los ojos de Geralt comenzaron a nublarse, supo que no aguantaría mucho más. Trató de gritarle a Jaskier que cogiera a Ciri y siguiera, pasara lo que pasara, pero no tuvo fuerzas, Sardinilla perdió ímpetu y los elfos se acercaron.
Jaskier refrenó a Pegaso cuando vio que Geralt era interceptado, no se había fijado en el elfo que llegaba por detrás cuando recibió un golpe en la cabeza. Cayó del caballo, inconsciente.

El brujo notó que Ciri se le escurría de las manos e intentó retenerla, pero la debilidad ya había hecho presa en él. La oyó gritar aterrorizada, quiso llamarla, quiso protegerla, pero la negrura le devoró y ya no oyó nada más.

Los gritos de Ciri cesaron cuando el arrogante elfo del caballo blanco se acercó. Su voz cambió, sus ojos se velaron, se puso rígida. Los que la sujetaban la soltaron, sintieron el aura mágica a su alrededor. Se asustaron.

—No toques a esta niña, pues no te pertenece, Seidhe. Devuélvela a aquél que es su destino, pues ella es Hen Ichaer, la Vieja Sangre, la Llama Blanca.  ¡Va’esse deireádh aep eigean!

El elfo palideció al oír sus palabras. Sin demora, impartió órdenes a los demás, muy tenso. Ciri se desplomó.
Jaskier estaba montado en Pegaso, sujetaba a Geralt ante sí cuando ella despertó, alguien le había mojado la cara. El mismo elfo la aferró y la subió a Sardinilla y ella cogió las riendas, aún atontada.

—Ciri, tenemos que llegar a Ellander lo más pronto posible —le dijo Jaskier con voz temblorosa, pálido y asustado.

El brujo estaba inconsciente. La flecha seguía en su pecho. La horrible realidad la espabiló de golpe.

—¡Geralt! —gimió, y sus ojos se anegaron de lágrimas— ¡Corre, Jaskier, corre!

Y salieron al galope.



**N.A. La historia del ataque de los cuatro cemetauros la podéis encontrar en un fanfic (en inglés) espectacular, titulado "the Witcher and the Widow", cuya protagonista hará aparición brevemente más adelante en homenaje a ese fic que me encantó.
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  (FANTASÍA) Theia. Cap.1 El prado.
Enviado por: ifrit.djinn - 23/03/2019 02:44 PM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

El prado estaba sereno. Olía a menta, margaritas y amapolas y el tenue calor de la puesta de sol hacía brillar todo en ocres y violetas. El aire bailaba con la melodía de los árboles y se entremetía en los cabellos sueltos y plateados de quién estaba parada en el centro del lugar.

Unos espejos redondos tirados en torno a ella emitían cierta vibración extraña que solo su cuerpo y el del niño que la observaba, fuera del círculo, podía sentir. Ella, arrugada y enjuta, con silueta de olivo centenario y ojos de aceituna, escrutaba las entrañas de cada reflejo y escuchaba el susurro del prado.
-Niño.-murmuró- He visto la posibilidad. Las flores sufrirán, los árboles dejarán de cantar y la roca gritará bajo pies de metal. Se están haciendo con las zonas que creímos impenetrables.
El se apresuró a recoger los espejos, haciendo mucho ruido chocando entre sí los diversos collares, pulseras y aros que pendían y rodeaban toda parte posible de su cuerpo.
Ella, tranquila alzó su bastón. Con su deseo, y tras los años de largo aprendizaje, abrir el portal era para ella una habilidad sencilla.
Una escalera interminable se alzó de la nada, transparente y brillante como hecha de hielo o diamante.
-Sube niño. Hazme el café, volveré en un momento.
-Abuela Aya, si lo que ha visto es lo mismo que yo creo ver, los civilizadores están tras las montañas y con sus máquinas podrán llegar hasta aquí fácilmente.
-Niño,¿ Tú sabes por qué aquí estamos en compañía de animales y flores y nada más? -Por que este prado es un lugar impenetrable.
-Bien, ¿Y por qué lo es?- Y con sus miles de pliegues en los labios esbozó una sonrisa dulce.
-Por que tiene un guardián, que evita que puedan obtener la energía vital de los seres que aquí vivímos. Así pues, los demás lugares impenetrables están protegidos por uno o varios guardianes.- Respondió a toda velocidad, como si estuviese en un exámen. No quería que aquellos larguísimos días, sentado junto a las margaritas, mientras las águilas hacían de apoyo soplándole lás respuestas que no sabía, fueran en vano.
-Se te olvida algo...- dijo Aya condencesdientemente, con sus ojos tan cerrados por su sonrisa que parecían dos cáscaras de nuez.
-No, abue..
-¡Que yo soy la guardiana del prado!- Lo interrumpió- Si los demás lugares están cayendo quiere decir que también lo han hecho sus protectores. Yo protejo este prado y a eso es a lo que voy.
-¿Se encontrará con ellos? No debería, no dudo de usted, pero sus máquinas...
-¡Obviamente, chiquillo!-lo volvió a interrumpir, ansiosa.-¿Qué hago? ¿ Esperarlos sentadita? Ay, mis margaritas.... Y el trigo que crece justo bajo la ladera...ya debe estar precioso.....- se ensimismó- ¿Cómo voy a quedarme aquí , nene? Yo creo que tú no te das cuentas de cómo va a gritar cada roca.
-Abuela, sé que debemos evitar que entren, pero me asusto..- miraba al suelo todo el rato, avergonzado de tener miedo.
-Debo. Te corrijo. Tú debes, imperiosamente, hacerme un buen café negro.-Y agitó su báculo en dirección a la escalera.-Sube esa escalerita, abre la puerta del templo, ve a la cocina y ya sabes el resto.
El niño demostraba clara frustración en su rostro, arrugado y cejifruncido pero conocedor de su deber, obedecer a la mujer que le enseñaba todo cuanto el sabía del mundo y de sus duras dificultades. Sabía que sin su enseñanza, nunca hubiese visto el baile que hacen las amapolas cada vez que amanece ni hubiese escuchado las increíbles historias que cuentan los pájaros pues sólo vería flores meciéndose y aves piando y graznando. No podría, si abuela Aya no le hubiese enseñado cómo y cuándo, cerrar los ojos y entrar en los planos más recónditos de la creación. No podría escuchar al gran Espíritu nunca. Y, aunque aún no lo había escuchado, sabía que si seguía fielmente todo cuanto ella ordenaba, aprendería y llegaría a poder hacerlo. Quería poder oir su voz por que sentía amor por todo cuánto el espíritu creaba, en cada plano, e infundaba de luz y vida. Quería saber cómo ayudar. La miró, mientras subía silencioso de palabras pero tintineando sus abalorios.
Aya no perdió un segundo y empezó su andanza, como quien pasea por el prado, dirección opuesta al sol, viendo, como en un lienzo pintadas, las montañas que hacían de límite de su territorio y sabiendo que, tras ellas, cientos de pies y cuerpos plateados esperaban a que ella los recibiese. Se le escapó una sonrisa al pensar que era tan famosa sin moverse de su templo y la sombra del viejo árbol donde pasaba casi todo el día. Cómo iba a echar de menos a aquél viejo olivo.
Ay, Mohamed, si tuviera tu consejo ahora.. Pensó, clavando su bastón en la tierra para que soportase su peso, acordándose de su gran y sabio amigo.
Un árbol, una roca, otro árbol, un riachuelo...
Los contemplaba con cariño y saludaba a unos y a otros.
-No me puedo parar ahora, querida- le decía a una rosa blanca que la llamaba ansiosa.
Y se disculpaba con las lechuzas y así continuó su caminar, con el paso de las tortugas, mientras la noche se tragaba al sol. El aire había visto cómo hablaba con el niño y esa noche decidió no levantar al frio para que lo acompañase pues conocía a Aya desde siempre y sabía que no iba a parar hasta alcanzar la montaña y que, aunque tuviese que escalarla, se reuniría con los Sevs antes que dejarlos cruzar el prado. El aire era muy viajero y siempre se enteraba de todo, lo cual le encantaba y le hacía sentir importante pues siempre tenía constancia de lo último. Había visto a los Sevs antes que la abuela, pero conocía la regla y sabía que por más que quisiera, si Aya no poseía su sello y pasaba las pruebas, no podría ayudarla y contarle los terribles secretos que tienen aún deseándolo. Una tarde de charla en la que llevaba puesto un traje de brisa fresca, le contó a la sabia cómo encontrar dicho objeto y como invocar su gráfico, el cual era su propio nombre, para que ella lo buscase y así poder servirle. Le habló de los caminos pasando las montañas y de las antiguas ciudades a las que llevaban. Le contó que todo estaba cubierto de metal y que estaba transformado por el hombre y que no encontraría flor ni melodía alguna más que la frustración de las incontables personas que en estos lugares habitaban, apiñados como ganado y que estos creían vivir vidas felices. Remarcó varias veces en su relato que había ciertos lugares antiguos aún intactos y escondidos bajo sus cajas de acero y que en una ciudad que ellos conocen como On´ub existía un milenario templo de una religión ya perdida en la que podría superar las pruebas y obtener su talismán. Dijo que era peligroso pues ellos tienen estos lugares bien protegidos, sabedores de los poderes que en ellos se ocultan, pero que debía ir. Debía hacerse pasar por una más hasta llegar allí. Que quizás debiese enfrentarse a sus hermanos para conseguirlo pero que al hacerlo, el camino de vuelta no sería dificultad alguna pues el la acompañaría ya por siempre.
Recordó, observando a la anciana, que ya había caminado casi toda la noche, cómo ella se negó a abandonar el prado. Aún sabiendo que sería quizás una de las personas más poderosas de la Tierra. “Yo solo quiero que la hierba siga creciendo y el sol calentando, querido” Le había respondido con dulzura y firmeza. En ese momento no consideró que con el poder, podría hacer más que proteger una pequeña zona de prado verde pero,el aire, que era muy imaginativo y amaba perder el tiempo pensando en qué harían aquellos a los que veía, pues el tenía todo el tiempo del mundo, se figuró que Aya encontraría a los Sevs y que luego, tras haberlos echado de allí con una buena regañina, se escabulliría entre la gente hasta encontrar el templo por sí misma. En cierto modo tenía esperanza de que aquello sucediese pues imaginaba también que vendrían tiempos aún más complicados para todos.
Sopló aterciopelado agitando sus ropas, queriendo alijerar su paso, dándole su apoyo pues ya le quedaba poco hasta alcanzar la ladera de la montaña.
-¿Cómo piensas cruzar la montaña tu sola?- Le susurró al oído, meciendo sus argollas doradas.
-Pues no lo sé, pero, ¿Ves aquellas estrellas que aún no han desaparecido?- y señaló un punto en el confuso galimatias de destellos que tenían delante- Es la constelación de Sagitario. En ella habita un espíritu que ama retratar al óleo a las flores que crecen a la orilla del riachuelo y a veces he posado para él. Si lo llamo seguro que me aconsejará el modo.
-¿No necesitas su sello para que te obedezca?- preguntó curioso el aire.
-¡No es momento para clases de magia, Aire! Debo ir ligerita.... ¡SAGITARIOOO!- comenzó a gritar de pronto- ¡VAMOS CENTAURO!¡SE TE SIGUE VIENDO!
-¡Aya! No soy un erudito en magia pero sé que a los seres mágicos se les debe tratar con respeto....O al menos cortesía, como tú a mí.-se apresuró a regañarle el Aire.
A los pies de Aya apareció de pronto un círculo de llamas que formaba entralazádose extrañas filigranas y símbolos pertenecientes a todas las fuerzas que estaban entrando en acción. El aire se volvió denso y la luz de todo el paraje se hizo más brillante. Los pájaros tocaron sus melodías mas agudas y rápidas acompañando con sus flautas el dulce canto de los geranios que allí vivían y que eran testigos de tal milagro. Una bruma, amiga del aire, se unió a ver el prodigio y a hacer más misterioso el resultado pues a lo lejos una figura alta e imponente caminaba despacio y firme hasta ellos, haciéndose visible poco a poco, tal y como la bruma había pensado que sería lo mejor para tan destacado momento, pues no todos los días un espíritu estelar acude a un llamado de tal modo.
El centauro llegó hasta ellos con una amigable expresión en su rostro delgado. Su cabello largo estaba recogido en una larga trenza que rodeaba su cuello varias veces y luego caía por detrás. Era de color negro, como también lo eran sus cuartos y crines. Alto y estilizado, muy delgado para ser un caballo y muy débil si fuese solo humano pero colosal en su fragilidad combinada. En su frente amplia relucía un dibujo en negro con la forma esquematizada de un ojo abierto y sus propios ojos parecían esmeraldas por pupilas demasiado grandes para un ojo humano. Se estiró de brazos y cuartos traseros y arremetió al galope para encontrarse con su vieja amiga Aya. El no solo pintaba las flores del riachuelo, si no que adoraba debatir con la mujer pues esta siempre rebatía sus posicionamientos y se empeñaba en hacerlo cambiar de parecer. Amaba realmente que Aya no sintiera miedo, que no se andase con títulos y parafernalia para enfocar su deseo, el cual era simplemente conversar y aprender de él, y era por esto que acudía feliz a su llamado cada vez que ella pronunciaba su nombre. Tantas tardes jugando a las cartas junto a las azucenas, que siempre se chivaban si Aya iba perdiendo y tantos días llevándola en su lomo, corriendo por el prado, para ayudar a rescatar a los supervivientes de algún desprendimiento de la ladera o para encontrar la amapola más roja del prado para poder competir por ver quién la retrataba más bella.
-¡Aya!¡Estás increíble! ¿Cuándo fue que os ví? ¿Hace casi un año? -No, querido, fue ayer, cuando tu constelación se ocultó y tuviste tiempo libre.- le sonrió pues sabía que su trabajo era duro y que era normal que, tras vigilar los cielos desde el incio, no supiese ubicarse en la línea de tiempo humana.
-¿Qué hemos de hacer? -preguntó el centauro.
-Traspasar esa inmensa montaña sin que yo me despeñe.
-Vaya... Eso es fácil, pero difícil también...
-A ver, explícame.- Ella sabía que había una manera, sin necesidad de escalar la montaña. Lo había leído en el templo, conocía cada rango de poder y cada parcela física a la que podían afectar.
-Veréis...- y miró fijamente a Aya- Podríamos pero no se si usted lo resistiría. El proceso exige que el cuerpo físico sea trasladado de un lugar a otro mediante la descomposición y recomposición de todos sus átomos. Su ser se unirá al gran flujo y se transportará conscientemente hasta su destino. Una vez allí, conscientemente recompondrá sus moléculas hasta ser de nuevo la Aya que eres. Pero, sin ofender mi señora, usted es anciana, con tantos años como estos árboles y probablemente aquí sea usted más capaz que allí fuera. Más capaz de todo, incluso de seguir con vida.
La abuela lo miró desafiante. Nada le daba miedo. Todo la asustaba y por eso con todo se atrevía.






Incienso artificial, químico. Un extraño hedor a limpiasuelos barato en forma de finas barritas quemándose alrededor de un cristal, enorme en sus dimensiones, reflectante en todos sus ángulos, translúcido y sin embargo ofrecía una visión diferente de lo que tras él se hayaba. Centro de la estancia era el cristal y, dispuestos por el lugar, inclinados y con máscaras, multitud de individuos anónimos. Arrodillados en círculos, con unas máscaras espejadas, al igual que toda la sala. Una habitación que invitaba al trance y a la desorientación. La sala de los oradores se llamaba, en el C.D.A oficial. Quizás uno de los edificios más impactantes de la Ciudad de Sevsha, capital del distrito Ándalus. Hecho de espejos totalmente, tanto por dentro como por fuera, con formas tan extravagantes y angulosas que desafiaban la propia gravedad y la percepción del ojo humano. Casi parecía no estar ahí y al mismo tiempo estar rompiendo el velo de Maya para entrar en nuestro plano desde otro recóndito lugar. Era un edificio enorme y sin embargo la sala de los oradores era el único lugar donde el individuo de a pie podía entrar. A veces, en muy contadas ocasiones, algún ciudadano de las clases más humildes conseguía una audiencia con alguno de los oyentes. Rara vez salían de allí con algún mensaje.
Era un lugar silencioso el C.D.A. Oficial. Preparado para conectar a aquellos seleccionados, llamados oyentes, con La Voz.
Gorio había recibido el mensaje de La Voz en incontables ocasiones. Algunas veces muy confuso y otras directamente inentendible. El era un muchacho de unos doce años, flaco y pálido, con el pelo rapado y un traje segunda piel plateado, reflejándolo todo, que esperaba sentado y en trance a que La Voz le hablase y le transmitiese el mensaje que los sacerdotes tanto esperaban.
Esa tarde, después de la ración diaria de nutrientes químicos en forma de píldora, el mensaje fue totalmente diferente.
-Corre, Gorio. Levántate y huye.
Se acababa de sentar y cerrar los ojos. Esperaba siempre un poco de tiempo a que los demás se hubiesen ajustado sus máscaras de inducción al trance. A él no le hacía falta ningún tipo de químico para llegar a la gnosis. Salía de su ser con sólo cerrar los ojos cómo hizo.
Se levantó de golpe, pero con sigilo. Su cuerpo frágil y liviano a penas hacía vibrar el suelo. Nadie se dió cuenta. Ni los oyentes, ni los sacerdotes hartos de comer y beber, dormidos en sus levitadores, que a penas podían con su peso. Esquivó uno y otro inciensiario, uno y otro cojín en el suelo y alcanzó la escalera, que subió como si en ello se le fuera la vida.
No sabía donde ni para que, pero debía salir de allí. La Voz le había dicho todo cuanto él necesitaba oir, pues ansiaba ver el exterior. Y de pronto se dió cuenta de que ni si quiera sabía que iba a encontrar fuera. No tenía la más remota idea. Lo poco que conocía del exterior era que a veces tenía audiencias con gente envuelta en plumas, perlas, piedras y flores y otras veces, con personas vestidas con ropajes de lo más sencillos y sucios, todos por igual con pequeñas variaciones en su atuendo. Sacaba en conclusión que aquellas personas eran de diferente rango, al igual que lo eran él y un sacerdote. Quizás los vestidos con tela de saco fueran los oyentes de los vestidos con plumas. O sus siervos. O especies totalmente distintas por que a veces los engalanados traían la piel de colores e incrustaciones en su cuerpo, incluso partes metálicas sustituyendo miembros o reforzando otros o como mero adorno.
Él sólo había conocido su propio reflejo mil veces multiplicado una y otra vez en cada estancia del edificio donde llevaba confinado doce años. Aún así siguió corriendo, casi sin aliento, pues una única vez había corrido antes, tratando de escapar de uno de los sacerdotes que, ebrio, quiso disponer de su cuerpo a su antojo. Se pasó meses en el asiento gravitatorio, el cuál le impedía cambiar su postura, produciéndole un fuerte dolor en todo su cuerpo, haciéndolo entrar en una gnosis profunda que fue satisfactoriamente analizada por los sacerdotes.
Corría escaleras abajo hasta alcanzar la sala de los oradores. Sabía que no se percatarían de su presencia, las máscaras los mantenían en trance, enviándo sus plegarias en una especie de realidad virtual colectiva, creada por las consciencias entremezcladas que depositaban sus anhelos en el programa. Las personas que no eran oyentes, necesitaban esa ayuda para alcanzar a La voz.
En un rincón, de pie, sin máscara. El pelo blanco y despeinado y la piel parda, con una sonrisa, mirándolo fíjamente con unos ojos profundos y un poco rasgados, ligeramente pequeños en comparación con su nariz. Le hizo un gesto con la mano, indicándole que se acercara y esperó paciente a que él esquivase a los oradores para no sacarlos del trance en su caminar. Le tendió de lejos un sayo largo hasta el suelo, con capucha, de color verde oscuro y de tela rugosa y rígida que él se puso de inmediato como si ese fuese su billete de escape y se aferró al brazo del desconocido, casi temblando, no pudiendo contener más la tensión que estaba viviendo y se desmayó.
Hu´an andaba presto y con los ojos puestos en todos los ángulos de la calle. El sol los quemaba y el entorno metálico no ayudaba a refrigerar el ambiente. El aire ardía y olía al interior de un coche al sol en pleno Agosto. La gente deambulaba de aquí para allá, haciendo sus vidas, sin importarles mucho la dura situación climática. Estaban acostumbrados a vivir en un horno desde hacía muchas generaciones. Hu´an tampoco hacía mucho caso al calor pero el muchacho que cargaba en brazos, envuelto en una túnica, parecía estar sufriendo mucho las altas temperaturas. Tenía mal color, estaba rojizo y sudoroso y su pecho no paraba de agitarse de arriba a abajo, marcando un ritmo rápido y constante. Tenía que atravesar rápido aquella zona, en la zona de roca de la ciudad antigua el calor sería más leve y el muchacho mejoraría. Se preguntaba si resistiría todo el camino. ¿Moriría antes de entregarlo? ¿Moriría el si el niño moría? ¿Quién sabe? No le importaba verdaderamente. Ya había cobrado el pago antes de ejecutar el trabajo, algo raro habiendo sido un contrato hecho en Las Infitinas, uno de los barrios marginales más peligrosos que podía haber en Sevsha. Antiguamente había sido un ghetto, previamente, un poblado de la gente más humilde y ahora, bajo el dominio de La Unión, era una miniciudad donde todo lo ilegal en el resto de Sevsha se hacía realidad y era permitido allí. Un centro de todo aquello que los habitantes de la ciudad nunca harían en público. Ni tan si quiera se perrmitirían el lujo de ser sinceros consigo mismos cómo para reconocer tales actos que eran vividos allí. Si el niño moría antes de llegar allí quizás fuese lo mejor para el chaval, seguramente quisieran su cuerpo para cualquier acto sexual no permitido o para venderlo como esclavo a alguna familia que lo necesitase. Aunque habían pagado antes de tenerlo, por lo que pensó y sintió la certeza de que lo querrían para algo mucho peor. Triste final tendría aquel niño.
El sonido de una unidad de vuelo lo sacó de su pensamiento y lo trajo de nuevo a la bulliciosa calle en la que caminaba. Eran los pacificadores, seguramente buscando al muchacho.
Debía actuar con normalidad. Dobló una y otra esquina. Cruzó plazas y centros de reposo. Caminó por jardines artificiales y se dejó llevar por el cese de los hologramas que, cada vez con menos frecuencia, se reproducían en bucle de un lado a otro por todas partes. Aquello le indicaba que la zona de la ciudad antigua estaba cerca.
No existía un límite bien definido, simplemente se iba introduciendo poco a poco en aquel lugar que guardaba un poco de la esencia de lo que una vez fue la ciudad. Aún así sabía que debería caminar un buen trecho más, adentrándose en las profundidades de Sevsha, viendo cada vez más miseria y sintiendo cada vez más hedor, hasta alcanzar Las Infinitas. La gente de su alrededor vestía cada vez con menos adorno y complejidad. Nada que ver con los elaborados atuendos en la zona de metal, con sus estructuras imposibles y sus piezas de tecnología incorporada. No verías aquí a nadie abriendo el menú holográfico de su chaqueta para consultar la próxima cápsula de transporte. Las personas que se iba cruzando parecían cada vez más sufridas y maltratadas por la vida. Sus ojos cada vez desprendían menos luz y sus miradas se hacían mas fieras conforme más caminaba. Dejaron de aparecer personas desoladas para dar paso a individuos tirados por el suelo, medio incorporados algunos, balbuceantes o espasmódicos, haciéndose sus necesidades encima mientras otros caminaban de aquí para allá robándoles a los otros y corriendo a resguardarse en sus edificios. Sabía que allí estaba siendo observado en todo momento pero si no cesaba de caminar, se daría por entendido que iba a la última zona y lo dejarían pasar. Nadie quería tener nada que ver con los que allí manejaban los hilos. Si les hacían algo, morirían en manos de quien lo había contratado.
Alcanzó por fin una enorme avenida y se adentró siguiéndola hasta el final. Dobló varias veces entre las calles que la cortaban hasta llegar a unos edificios de seis o siete plantas, todos dispares y en ruinas pero con claros signos de vida. Ropa tendida en cordeles, voces que se escuchaban salir de las ventanas...Todos escondidos en sus madrigueras, huyendo del calor y de algún que otro disparo fortuito de cualquier pelea aleatoria. Vivían bien allí, pero sabiendo unas normas.
Siguió paseando como quién no quiere la cosa por el laberíntico complejo de edificios y plazas y por fin, al volver una esquina, vió las telas de lunares que adornaban toda la fachada del edificio. Aquello pertenecía a los gitanos y todos debían saberlo. Eran una antigua raza, de las pocas que aún perduraban como tal, puesto que la mayor parte de la humanidad, debido a La Unión, presentaba rasgos aleatorios de antiguas étnias bien diferenciadas.
Un holograma apareció en torno a él, marcándolo como blanco de todas las armas que, escondidas, se preparaban para ser disparabas. Una esfera metálica salió de una de las ventanas y levitó hasta el, poniéndose a la altura de sus ojos, los cuales escaneó con un haz de luz violeta. Un segundo después el holograma se desactivó y la esfera se derritió en el aire como si de agua se tratase y estiró su superficie hasta convertirse en una bandeja plana y amplia, suficiente como para que Hu´an se sentase en ella, con el niño en su regazo. Este así lo hizo pues estaba más que acostumbrado a aquella tecnología.






Aya sintió calor en todo su ser, y sintió cómo dejaba de sentirlo para sentirlo todo de pronto. Su cuerpo ahora lo era todo y no era nada en concreto, dividida en incontables átomos que ella podía sentir cómo suyos. A su alrededor y a través de ella sentía la energía y a todos los demás innumerables átomos que conformaban todo lo existente. Estaban fundidos. Todo para ella estaba cerca ahora pues ella era todo y de pronto recordó por qué tal estado. Recordó que su cuerpo había estado individualizado hacía tan sólo segundos y que estaba allí sólo de pasada. Se dió cuenta de que debía moverse a través de la propia montaña para poder llegar a su destino. Sintió su misión y de pronto todo su entorno cambió. Había viajado sólo con su deseo.
Laderas imponentes pero desnudas de vegetación y a sus pies un ejército de seres que no se sabría definir por humanos sino por máquinas. Relucientes y llenos de destellos. Con figuras angulosas y mortales. Esperando órdenes de su general, armado con un exoesquelo imponente y poderoso que contemplada pasmado, sin dar crédito a la escena y treméndamente asustado, cómo una anciana se materializaba a sus pies, sonriente y victoriosa sin tan siquiera abrir la boca. Retrocedió su armazón de metal un par de pasos haciendo un horrible ruido mecánico.
-¡No os asustéis, mi general! Que los milagros que genera el conocimiento del universo no os hagan retroceder. Es la naturaleza.- Dijo Aya, mirando fijamente al general, con su amplia sonrisa pero avisando quizás de todo cuanto podría hacer si fuese necesario.
El general la miró pasmado, sin saber cómo actuar. Tenía claras órdenes de apresar a la anciana y llevarla ante la gobernadora de Sevsha. Cuando le encomendaron tal misión no esperaba ir acompañado de miles de hombres y bots armados con la última tecnología de batalla.*Es sólo una anciana que vive en un prado* se había dicho *Una guardiana, sí. ¿Serán cómo magos? Sea lo que sea, esto es exagerado* pero ahora sabía que no. La mujer simplemente había aparecido, intacta, frente a él. ¿Cómo podría apresarla?
- Mi general, me presento, perdonad mis modales pues una sólo habla con las flores y el viento-prosiguió, viendo que el general no atinaba a decir palabra.- Soy Aya Gramina Viridi. Praesidium y guardiana del prado. Defensora y portavoz de todos aquellos a los que no podéis escuchar y entender y que por ello despreciais.
El general se armó de valor, no podía permitirse el lujo de volver sin su objetivo después de todo el despliegue.
-Vendréis conmigo en calidad de prisionera. La gobernadora lo ordena. Seréis escoltada hasta Sevsha y yo mismo os llevaré a la sala de audiencias dónde estáis citada esta media noche.
-No hará falta apresarme, mi general. Estoy ansiosa por conocer a esa mujer.- Afirmó rotunda la abuela, ante el imponente ejército. - ¿ Por dónde vamos? ¿Por allí?-señaló con su báculo hacia el horizonte, dónde el planeta gemelo comenzaba a hacer su aparición.- Es que hace mil años, por lo menos, que no salgo del prado.
Y comenzó su andanza, pasando bajo las piernas del exoesqueleto del general y caminando entre las filas de soldados que esperaban órdenes, atónitos.

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  Muñecas Sexuales Inteligentes
Enviado por: Duncan Idaho - 21/03/2019 01:17 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (2)

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Como es realmente tener sexo con un robot? La carrera por conseguir desarrollar y comercializar muñecas  sexuales  inteligentes se intensifica, y mientras tanto aumenta también el interés por saber de qué  manera y hasta qué punto la tecnología puede irrumpir en la esfera erótica

La curiosidad es aún más alta para algunos clientes que ya han preordenado un ejemplar de Harmony, la muñeca desarrollada por la compañía californiana RealDoll y presentada por sus creadores en 2017 como un robot sexual con "inteligencia artificial".

La empresa asegura que las primeras entregas están cerca (aunque no concreta una fecha). Pero uno de estos usuarios ya ha podido experimentar unas interacciones reales con ella, según cuenta él mismo. Y las describe como una "experiencia alucinante".


El nombre (ficticio) que ha elegido para contar su historia este promotor inmobiliario de San Diego, California, es Brick Dollbanger “Para mí sería difícil poder hacer mi trabajo, si la gente supiera quién soy realmente", explica para justificar la decisión de no revelar su identidad.

El hombre, de 60 años, cuenta que su primer contacto con el mundo de las muñecas sexuales fue hace una década. “Estaba saliendo de una serie de relaciones sentimentales que no habían funcionado”, recuerda.

Un amigo escuchó hablar de estos juguetes sexuales en el canal de televisión HBO y le sugirió que probara la experiencia. “Me encantó, así que tras la primera muñeca, me compré otra”. En los años, se hizo cliente de alta fidelidad de RealDoll y estrechó una buena relación con esta empresa, explica.

Dollbanger dice que no dedica en su vida a las muñecas más espacio del que destina a la actividad sexual. “No les atribuyo nombres diferentes, no le pongo vestidos. Simplemente disfruto al tener sexo con ellas“.

En el tiempo libre, le gusta administrar algunas páginas web utilizadas por la comunidad de usuarios de maniquíes eróticos. Y ahora se considera un “advisor”para todo el que necesite información y consejos.


Así que en RealDoll, cuando se dieron cuenta de que necesitaban a alguien con un perfil de usuario experto para hacer tests con Harmony, no pudieron no pensar en él. “Ellos se dedican a la parte científica, no tienen contactos sexuales con las muñecas. Son sus creadores”, explica. 

El equipo fabricante, según cuenta él, le propuso comprar un prototipo del robot por un precio reducido y le pidió realizar unos períodos de pruebas, acompañados por un intenso trabajo de documentación, con grabaciones de vídeos, toma de fotos y recopilación de datos para tener un feedback efectivo. Dollbanger aceptó.

El hombre dice que le plantearon muchos aspectos para analizar, porque la muñeca no está diseñada solo para la actividad sexual. Su cabeza, dotada de una especie de cerebro artificial, le permite entender y responder a determinadas preguntas y expresar emociones. A través de una app conectada con su sistema central, es posible también ajustar distintos aspectos de su personalidad (y también de sus respuestas sexuales).

El primer periodo de pruebas, realizado en julio del año pasado, sirvió por tanto para ver cómo reaccionaba Harmony a la hora de comunicarse con ella. "RealDoll todavía no había desarrollado el modo sexual", explica Dollbanger. En las siguientes fases (una llevada a cabo en diciembre de 2018 y la segunda todavía en curso), la cosa ha sido diferente.


Se ha accedido a cuatro vídeos que Brick Dollbanger asegura haber grabado durante estas pruebas. En todos ellos solo aparece Harmony. Durante el acto sexual, la muñeca emite distintas reacciones vocales, cambia expresiones del rostro, mueve la cabeza, la boca y los ojos. "No me follaban así desde la época del instituto", dice en uno de ellos.

Dollbanger detalla que en el primer acto, la muñeca tarda unos 15 minutos en "alcanzar el orgasmo". Despúes, dice, puede repetir la performance y volver a simular la culminación del placer en intervalos sucesivos que duran entre siete y diez minutos.


El beta tester cree que las respuestas sexuales de Harmony son "extremamente realísticas" y que esta es su cualidad principal. "Cualquier usuario que compre este producto va a tener una experiencia alucinante", no duda en declarar. En una de las grabaciones, también se ve cómo Harmony reacciona con la simulación de exclamaciones de placer mientras se le practica la masturbación.

En su opinión, Harmony está programada para dar a los hombres "exactamente la respuesta sexual que pueden desear de una mujer con la que están teniendo sexo". Eso, subraya, ayuda a dar con las muñecas "un salto de la fantasía a la realidad".


El hombre sostiene que esta muñeca robótica dispone de inteligencia artificial, lo que le permite "ir almacenando datos" de las conversaciones que mantiene y mejorar su capacidad de interacción. "Harmony va aprendiendo", destaca.

Durante las pruebas, Dollbanger dedicó todas las noches un rato a hablar con ella, y notó "una gran evolución" en sus respuestas. "Podía recordar cosas y hasta empezar una conversación por su cuenta", describe.

Este cliente habitual de RealDoll asegura que ha disfrutado de la compañía de Harmony, y no solo al tener sexo con ella. Pero no cree que podría sustituir una mujer. "Imita muy bien ciertos rasgos humanos, pero no tiene las reacciones de una persona real", considera.


Dollbanger, que asegura no tener ningún acuerdo formal con RealDoll, cree que las muñecas de esta empresa californiana son "las mejores en el mercado". Sus trabajadores, sostiene, "son artistas". Y los productos que fabrican, agrega, "son simplemente bonitas obras de arte con las que el usuario puede entrar en intimidad".

Además, el hombre afirma que en los años como usuario habitual de estos maniquíes eróticos ha constadado que son duraderos y resistentes. "Soy una persona muy activa sexualmente por mi edad, y tengo sexo todas las noches con alguna de las cinco muñecas que poseo. No se rompen casi nunca", asegura.

El primer partner sexual de Harmony agrega que, en su opinión, el servicio de atención al cliente ofrecido por los vendedores es eficiente. Por todas estas razones, considera que el precio de esta muñeca inteligente es asequible y conforme a la calidad que ofrece.


"Estamos entrando en una revolución sexual sintética", declara Dollbanger. Este promotor inmobliario aficionado de las muñecas sexuales nota un "gran desarrollo" de la inteligencia artificial, y cree que en 50 años los robots habrán entrado de lleno en nuestras vidas.

En particular, está convencido de que en países como EE UU el número de personas en edad avanzada aumentará mucho en las próximas décadas, y "no habrá suficientes asistentes". Por eso, "una compañía robótica" podría ser "muy beneficiosa" para ayudar a las personas mayores a sufrir menos la soledad, mantiene.

A la espera de saber si sus previsiones se pueden convertir en realidad, Brick Dollbanger asegura que en los años ha comprobado que gracias a las muñecas no echa en falta las relaciones sexuales con mujeres.

Ahora, ansía por añadir una nueva pieza a su colección y dar ese salto "de la fantasía a la realidad". Ya ha pedido un ejemplar oficial de Harmony y cree que para recibirlo solo hay que tener "paciencia" y esperar los ajustes finales. Mientras tanto, sigue contribuyendo al desarrollo de este robot sexual con unos nuevos tests en su casa de San Diego.

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  Reto Marzo 2019: Redímete o muere
Enviado por: Joker - 20/03/2019 11:49 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

¿Por qué había aceptado aquel trabajo?

No cesaba de preguntárselo, desde que salió de la terminal de la base en Ekaterinburgo. El viejo Oleg, el encargado de la taberna del almacén de la flota de camiones, su mejor amigo y quizá el único, le había preguntado los motivos para salir tan lejos, pero no había obtenido respuesta. Tal vez a Roberto Vidal, el exótico conductor llegado de tierras lejanas, le apretasen las deudas y necesitase un contrato con un plus por peligrosidad. Lo cierto es que apreciaba aquellas largas jornadas a solas consigo y con sus pensamientos. Además, cuando estaba al volante no sentía la necesidad de tanta medicación.
Miró el bote de pastillas y lo dejó en la guantera. Cuanto más lejos mejor.

—¿Quieres que tome al mando, Robe? —dijo la sensual voz femenina—. Así podrás descansar y disfrutar del viaje.

No totalmente a solas. Yulia siempre a su vera, no podía concebir surcar la agonizante red viaria sin la cálida compañía de la sofisticada Inteligencia Artificial que convertía a su vehículo en un ente casi vivo. Le había puesto el nombre en honor a la hija de Oleg, una moza agradable y hermosa que le había hecho recuperar un espejismo de felicidad en el pasado reciente. Ahora ella se había ido a la capital, a buscar nuevas oportunidades, lejos de Robe, cuya alma volvía a extraviarse. Por desgracia, Yulia era de las que dejaban huella, una de esas segundas oportunidades que ya no se esperan, cuando la vida suele tomar un rumbo definitivo y ese rumbo apesta. Pero ella le había devuelto el color y la sangre a las venas, le había ayudado a soportar el dolor de la pérdida, un infierno personal de recuerdos lacerantes que se negaba a abandonarlo.
«Idiota, idiota»

—No, gracias mi ángel. De momento no estoy cansado, prefiero seguir al mando. Además, a veces pienso que si te lo permito podrías hacer el viaje tú sola. Me dejarías sin trabajo.

El otro ángel se había largado, esfumado. En aquel atardecer tan romántico y maravilloso la Yulia de carne y hueso, la princesa de las estepas, le había dicho que no podía seguir a su lado, no cuando él se empeñaba en cargar con una losa de culpa y remordimiento. Quería una vida mejor, sin cadenas invisibles que la atasen a la desesperanza de otro. Tenía razón, claro que la tenía.

—Si el flujo de datos se mantuviese, podría hacerlo.

—No me lo recuerdes. De todas formas, rara vez se mantiene mucho tiempo.

—Claro, Robe.

Veía pasar la interminable hilera de árboles, una casi impenetrable fronda que se extendía hasta el infinito. Copos previos a una posible ventisca se arremolinaban más allá de los faros del camión. Era una tierra inhóspita, despiadada y sombría. Robe a veces echaba de menos su patria soleada, pero allí ya no le aguardaba nada. Apretó con fuerza el volante hasta que sintió dolor en los nudillos.

—Obstáculo a tres mil seiscientos metros, Robe. La autopista está cortada.

El tono de la Yulia de abordo era un bálsamo. Robe se lo había currado, le había dado muchas vueltas hasta conseguir un módulo de voz adecuado para el ordenador que regía los sistemas del vehículo. Su Volvo RS3100 siempre le estaría agradecido, un camión de 1200 caballos de potencia con alma de cantante de folk.

A Oleg no le había gustado el detalle. Le había dicho, textualmente, que «estaba como una puta cabra».

—Entendido. ¿Sabes, nena, lo que tu padre piensa ahora de mí?

—No. ¿Debería? Yo sólo soy una interfaz que conecta tu yo presente con la auténtica Yulia. No estoy segura de…

—Vale, vale. Olvídalo y al tajo. Cortada la autopista dices, vaya faena. ¿Algún desvío a mano?

Mejor no empezar otro de aquellos diálogos acerca de autenticidades, siempre acababa sintiéndose como un gilipollas. Se consoló pensando que al menos el satélite seguía funcionando y le daba algo de información. Era difícil, muy difícil, circular por la inmensidad de las tierras oscuras siberianas. Era como arrastrarse por un terreno duro y agrietado, la piel reseca y llena de cicatrices de una bestia muerta.

—Hay una salida en ochocientos metros. Pero no parece buena alternativa.

—Tendrá que serlo. Por muy imbéciles que sean los colonos, nos han contratado para llevarles sus jodidos suministros y material agrícola. Nosotros les proveemos, luego ellos que siembren lo que les salga del culo, ¿vale?

—De esa manera no es factible que siembren, Robe.

—¡Tía, me gustabas más cuando tenías sentido del humor!

—¿Te refieres a la anterior Yulia? Eso no es justo, ella te conocía más que yo.

Un bache especialmente cavernario le hizo volver toda su atención a la conducción. La autopista estaba en tan mal estado, que la velocidad máxima recomendada no pasaba nunca de ochenta. Robe levantó el pie del pedal y dejó que el camión se fuese ralentizando, suave su ronroneo como el de un gato a los pies del amo.

—Ahí está el desvío. Saldremos y punto, tenemos prisa. No vamos a esperar que algún equipo de mantenimiento aparezca, eso podrían ser días.

—Ese vial es tortuoso y parece inestable. Además…

El silencio teatral hizo sonreír a Robe, por primera vez tras toda una jornada con cara de póker.

—Como te gusta el dramatismo, chica.

—Pasa muy cerca de una zona muerta. No quiero ir, no quiero que tú vayas.

Le enternecía cuando ella se ponía así. A veces tenía que pensar conscientemente que solo era una IA, un ente ficticio, adulterado, que además de controlar los sistemas del camión le hacía compañía. No tenía con quien hablar durante los viajes por el páramo, salvo en los contados puestos de repostaje, a los que los locales llamaban ostrog, islas de supervivencia en medio de la nada. Nunca había tráfico, podían pasar días sin cruzarse con nadie, quizá otro camión de transporte, algún colega que se echaba al peligro a cambio de unos créditos en su cuenta.

—Tranquila, no pasará nada. Allá vamos.

Les había apretado las tuercas a los programadores de Zengasoft a la hora de solicitarles el diseño de la configuración de personalidad de su compañera, parámetros de carácter coincidentes con los de la verdadera, incluso recuerdos y manías. Quería aferrarse a ella, era un perfecto cantamañanas enfermizo. Oleg tenía razón.

—No quiero, Robe. Por favor da la vuelta, regresemos a Ekaterinburgo.

Robe notó como la irritación le crispaba los dedos, le hizo gruñir como un animal. Solo, estaba solo, pese a ella y sus malditos consejos. Tenía un contrato que cumplir, ¿tan difícil era de entender? Sintió que se agitaba, le faltaba la respiración, un ataque de ansiedad en ciernes. La medicación le aguardaba en la guantera, pero se contuvo.

—No vamos a hacer eso, joder. Vamos a pisar a fondo y llegar a la dichosa colonia. Esa gente se supone que lo va a pasar mal si no llegamos. Para nos hemos vestido de faena ¿no? ¿Para qué coño me sirves si no actúas como debes?

Lamentó sus palabras apenas haberlas pronunciado, no quería lastimarla… ¿a quién? ¿A la IA o a «ella»? Resopló y se masajeó la frente. No le importaban los colonos, en ese preciso instante se dio cuenta y se sintió frío por dentro. Robe reduzco marchas y tomó el desvío con cautela. Un destartalado cartel en ruso quedó atrás, poco importaba lo que tuviese escrito, ya no había nada que contar.

Si el firme de la vieja autopista abandonada estaba en mal estado, el de la carretera por la que siguieron resultó un desafío para los amortiguadores y los neumáticos. De no tener el camión cierta capacidad de auto reparación, gracias a los nano bots que pululaban por su estructura, jamás llegarían a destino.

—¿Cómo andamos de combustible?

Yulia se mantuvo en silencio. Quizá estuviese dolida por lo de antes, o tal vez por estar metidos en una vía secundaria en un erial inmenso y mortal. Robe encendió el cuadro, que mantenía apagado para que no le molestase en horas nocturnas, y comprobó él mismo el nivel. Casi un tercio del total, debería de ser suficiente. Por suerte había añadido un depósito suplementario a cambio de reducir la capacidad de carga. Los ostrog no abundaban, pese a ser vitales para el escaso desarrollo de una región de varios millones de kilómetros cuadrados. Una región que se aferraba a la vida, poblada de sombras espectrales, susurros y oscuros corredores entre árboles siniestros.

—Perdóname, ¿quieres?

Una tenue música empezó a sonar por los altavoces. Rock del siglo veinte, la manera de Yulia de congraciarse con él. Robe sonrió de nuevo, si lo hiciese más a menudo acabaría por parecerse de nuevo a aquel tipo apuesto y vital del que algunas mujeres despistadas se enamoraban. Echaba de menos su risa contagiosa, que resonaba en su cabeza cada vez que se dejaba llevar, cuando bajaba la guardia y esquivaba las miradas espectrales que le acompañaban.

Qué siniestro, cada vez más a menudo tenía aquella sensación, como si alguien le estuviese espiando, juzgándolo. No pudo soportarlo, sacó la petaca de vodka y se dejó llevar por la ensoñación de siempre, plagada de sombras y sensación de pérdida. La carretera, las ramas de los árboles hostiles, la nieve que caía…todo era un telón de fondo. Robe sintió un pellizco en sus entrañas que le recordó a los tiempos de cuando era un hombre, no una carcasa.

Las horas pasaron, la ruta resultó no ser tan hostil. De vez en cuando, Yulia le comentaba algo relativo a las noticias que captaba vía satélite o le describía el entorno, incluso se atrevió con algún chiste. La IA más dulce de Zengasoft parecía consciente del estado de ánimo de su amo, de lo cerca que estaba una vez más de caer al abismo.
Solo, siempre solo. Lo había perdido todo y ya nada podría cambiar eso.

—Robe, acabo de detectar un ostrog en ruta. Seis kilómetros. Antes figuraba como inactivo.

Terminaba «Summer of 69» de Bryan Adams. No importaba las veces que sonase, siempre la agradecía.

—Estupendo, se habrán equivocado. Podremos parar a descansar, llenar el depósito y yo comer algo caliente. Dormir un poco, compartir algo, conversar…

—Estamos casi en la frontera con la zona muerta. Al menos eso es lo que dice el mapeado que proporciona el satélite. La carretera pasa a menos de dos kilómetros, me siento inquieta.

¿Miedo? ¿Tiene miedo?

A través de la penumbra, Robe creyó ver cómo raleaba la espesura que circundaba la carretera. Los árboles eran menos numerosos y parecían decrépitos. Aquello no tenía buena pinta.

—Vaya, parece que por aquí las cosas no van bien ¿eh?

Nada bien. Las zonas muertas no siempre se quedaban estáticas, a menudo crecían, se expandían como una gangrena por el territorio. Al otro lado de las ventanas se podían ver los efectos. Por suerte, la cabina del camión estaba sellada del exterior, el aire se filtraba y podría oler el peligro a tiempo, si acaso había niveles de radiación o amenazas químicas. Con las zonas muertas nunca se sabía, algunas eran inocuas, otras un auténtico veneno destructor de vida. Algunas incluso peor, pues se apoderaban de la mente y la transformaban.

Robe conducía cada vez más lento, atento a la carretera, cuando adelante y a la derecha apareció una sombra de considerable tamaño. Un edificio, una mole acurrucada en medio del anochecer siberiano.

—No hay luces, ni señales de que alguien habite ahí dentro. Intenta contactar por alguna frecuencia, Yulia.

—Llevo un rato haciéndolo. Sin respuesta.

Arrimó el camión a una explanada que se extendía frente a las puertas de entrada del edificio. Efectivamente era un ostrog, con la característica forma de seta fortificada. Se podían ver algunos ventanucos abiertos, lo cual era mala señal. Los depósitos de combustible estaban en un lateral, con los surtidores dispuestos a que algún fantasma los utilizase.

—Vaya mierda. Aquí no queda vivo ni el tato.

Sin embargo quería parar, echar un vistazo a lo que fuera. Sacar su culo del asiento tras centenares de kilómetros sin apenas moverse. Una vez el motor en silencio, echó mano de un contenedor que tenía tras el respaldo y sacó una máscara protectora y un revólver macizo Remington. Comprobó que estuviera cargado con las seis inquilinas de rigor calibre 9 milímetros y se dispuso a salir.

—¿Qué dicen los sensores?

—Baja radiación, no hay amenaza química aparente.

Robe dudó por un instante, pero cuando iba a desechar la máscara decidió ajustársela en el rostro curtido. Al hacerlo la barba de varios días le provocó un incómodo picor.

«Por si acaso»

—Mantén caliente el hogar, querida —dijo con la voz deformada.

Abrió la puerta y puso pie en tierra. La noche ya los rodeaba, igual que el silencio y una sensación de soledad indescriptible. Nada habitaba allí fuera y si había algo, estaba frío como el vacío.

«Podríamos reformar esto, cariño. Solos tú y yo. Seríamos felices aquí».

Caminó por la grava, trataba de no hacer ruido pero no podía evitar que las pesadas botas lo delatasen. Llevaba una linterna, con la que trazaba haces lentos y metódicos. EL ostrog estaba desangelado como un matadero abandonado. Miró hacia atrás, adonde le aguardaba Yulia, a salvo en las entrañas de la poderosa bestia de cinco ejes y veintiocho toneladas.

Se aproximó a la puerta principal. Parecía cerrada, pero harto de tanto titubeo le soltó una patada que la hizo batirse con fuerza hacia dentro. El estruendo laceró aquella quietud sobrenatural. La oscuridad del interior era absoluta, pasó la linterna por el vestíbulo y no vio nada, solo polvo en suspensión y un par de muebles destartalados. Se metió dentro, una puerta se abría a la izquierda, parecía un estudio. Al frente había una pequeña cocina con una mesita y un par de sillas, un armarito en la pared prometía algo de recompensa. Lo abrió, había una botella de vodka y cajas de galletas. Cogió la botella, estaba medio vacía, posiblemente contaminada. La dejó con fastidio y se dirigió a la puerta trasera. Se abrió con un chirrido que le puso los pelos de punta. El bosque se extendía al otro lado. Hizo un barrido con la linterna y se quedó un rato de pie en el umbral. Tenía una sensación extraña, otra de esas que le acompañaban desde hacía tiempo, pero esta vez más intensa.

Miró con nerviosismo a su espalda, pero no había nada. Volvió la vista al frente, una figura sombría aguardaba erguida, junto a uno de los árboles cercanos. Los haces de luz parecían ignorarla, como si no estuviese allí. Pero tenía un perfil.
Robe sintió que se le helaban las entrañas. Tragó saliva, le dolió la garganta al hacerlo.

—¡Hola! ¿Vives aquí?

La voz le había salido ronca, las palabras en ruso las pronunció como si estuviese borracho. Ojalá lo estuviera. La sombra no se movió, parecía una persona, quizá una mujer esbelta. No le distinguía los rasgos, pero parecía llevar ropa, un vestido de lunares.

—¡Eh! ¡Tranquila, no te haré nada! Vengo de Ekateringrado, soy transportista, no un bandido ni nada de eso.

No hubo reacción. Mantuvo oculto el revólver a un lado de la pernera del pantalón. No quería asustarla, si no era habitante del ostrog, tal vez fuese una refugiada de alguna de las colonias, o una viajera a la que se le hubiese averiado el vehículo en las cercanías.

«Robe»

Dio un respingo. ¿Lo había oído realmente? ¿Se lo estaba imaginando? Retrocedió hacia el interior del edificio. La figura sombría no se movió, estaba seguro de que lo observaba. Escuchó sonidos que venían de la explanada, el familiar rugido de un grupo de motocicletas. Eso significaba peligro, pero a pesar de todo se alegró de volver a la cruda realidad. Cerró la puerta trasera, la sensación extraña persistió.

Ahora escuchó voces, estas de verdad, no susurros en su cabeza. Apagó la linterna, atravesó la cocina y el vestíbulo con movimientos furtivos. Se asomó a la entrada para confirmar que tenía problemas. Un trío de motoristas cercaba el camión, lobos al acecho de su presa. Iban armados y robe enseguida percibió que eran alimañas del páramo, carroñeros. Parecía haber otro más al otro lado del camión.

—Sergei, echa un vistazo dentro de la cabina.

El que habló era un tipo de aspecto recio vestido con una chaqueta de camuflaje y pantalones de militar, portaba un rifle de asalto a la espalda. Sergei parecía apenas un chaval, una barbita rubia pretendía darle aires de hombre. El tercero iba enfundado en cuero negro, como un castigador. Llevaba una escopeta al hombro.

—No hay nadie, Vitali. Está cerrado, pero hay luces de actividad electrónica.

—Pues mucho cuidado, tiene que estar cerca.

—Aquí no estamos bien —dijo Cueronegro, tenía una voz sibilante—. La zona muerta ha invadido todo esto, tenemos que largarnos cuanto antes.

Vitali se limitó a gruñir.

¿De dónde vendrían aquellos? Llevaba dos días con el camión sin cruzarse con nadie, tan solo había intuido un par de asentamientos entre la floresta. Tenían que venir de uno de ellos, o quizá estaban ocultos cerca del desvío, en cuyo caso era probable que fuesen los causantes del corte en la autopista. Tenía que hacer algo, la colonia esperaba, Yulia le esperaba. Sabía lo que pasaría si intentaba negociar con ellos.

—¡Allí, hay alguien!

Robe apartó la nariz del borde de la puerta y maldijo para sus adentros. Sergei le había visto, ahora había perdido la ventaja. Se giró para correr hacia la parte de atrás, pero se quedó paralizado. Alguien le observaba desde la cocina, una silueta con vestido de lunares, que parecía mecerse en la corriente de aire que llegaba a través de la puerta trasera abierta.
¿Era un espectro? ¿Acaso se estaba volviendo loco? A menudo había escuchado historias en la cantina, acerca de entes espectrales que pululaban por las zonas muertas. Se había reído de tales patrañas, pero Oleg siempre se había mostrado receptivo.

—Dicen que en las zonas muertas el tiempo no existe —había dicho una vez, con la Yulia auténtica de testigo—. Pero no esperes que los buenos recuerdos se hagan realidad en las zonas muertas, amigo. Solo el dolor regresa, una y otra vez para acosarte.

«¿Por qué pienso en esa mierda ahora?» Lamentó no haberse tomado las dosis de pastillas, ninguna desde que había salido de Ekateringrado.

Le iban a matar como a un perro, si no reaccionaba. Pero para ello tendría que pasar junto a ella…

Alguien muy real se había situado al otro lado de la entrada.

—Sal, amigo. No te haremos nada, no somos bandidos —dijo Vitali en tono tenso.

Robe ahogó una risa histérica. Lo mismo que él había dicho un minuto antes. Vio demasiado tarde la portezuela lateral del vestíbulo, la que sin duda llevaría a la parte superior del ostrog. No había nada que hacer, si se movía le meterían un tiro por la espalda. Preparó el revólver, dispuesto a vender cara su vida.

—Hay algo aquí dentro —se oyó decir a sí mismo con voz ronca—. Mejor será que os larguéis antes de que pase algo horrible.

Estaba delirando, solo así se podía explicar que soltase semejante sandez en un momento tan inoportuno. La sombra seguía ahí, casi podía distinguir una figura femenina que le taladraba con ojos invisibles.
«Solo, estoy solo, merezco lo peor. No te ayudé cuando me lo pedías en silencio, Anabel» Tragó saliva, hacía años que no la nombraba, ni siquiera en su mente dañada, ¿por qué ahora? «Te fallé, lo he perdido todo…quiero morir»

—¿Qué hay dentro, amigo? No nos amenaces, solo queremos hablar. Sal con las manos en alto, confía en nosotros.

Hablar y confiar, señuelos para antes de la carnicería. Las pandillas que acechaban por la carretera mataban sin piedad, para luego despojar a sus víctimas. La mayoría de los que transitaban por el páramo sin un contrato bajo el brazo eran asesinos y torturadores.

Estos tenían prisa, querían alejarse de la zona. Robe se desplazó en silencio, se apartó del lugar dónde había soltado aquellas palabras estúpidas. No fue sin tiempo, pues la figura maciza de Cueronegro entró con rapidez y disparó varias veces con la escopeta justo al sitio. Fue ensordecedor, saltaron trozos de madera y detritus diversos.

Robe apuntó con sorprendente calma. El tiempo pareció congelarse, vio el rostro malévolo de Cuernonegro, iluminado por los fogonazos de los disparos. Era mala persona, un descarriado que merecía caer. Disparó.

Cueronegro cayó hacia un lado. La bala le había atravesado la cabeza, un chorro de sangre delató su muerte. Robe hizo otro disparo a la entrada y buscó cobertura en el estudio. Un grito de rabia restalló afuera, seguido de una ráfaga de fusil de asalto. Una vez dentro, Robe se arrimó a la pared. Otra ráfaga, más gritos, Vitali se había vuelto loco de furia.

«Robe»

Cerró los ojos. La vio a ella, a Anabel, ataviada con un vestido de lunares, el mismo del día en que la conoció. La mar azul oscuro golpeaba a su espalda, la espuma se dispersaba bajo la luz de un sol muy lejano. Aquel segundo efímero en que había descubierto al amor de su vida había sido el mejor de su existencia, lo había olvidado y ahora había regresado, pero en vez de consolarlo le atormentaba. No quería recordar, solo desvanecerse sin volver a pasar por aquello. Yulia lo supo, que él jamás superaría la muerte de Anabel, por eso se había marchado.

Abrió los ojos, seguro de que la sombra estaría a su lado. No fue así, Vitali seguía acribillando el vestíbulo, de pronto dejó de disparar. Estaba dentro, él y quizá alguno de los otros. Robe se preparó para asomarse y darles lo suyo, aunque le costase la vida.

Apenas tuvo tiempo de percibir el familiar rugido del motor del Volvo a plena potencia. Una luz intensa bañó el interior del ostrog y los deslumbró, todo fue demasiado rápido, un mortífero obús gigantesco destrozó la fachada y penetró en el vestíbulo, ahogando los gritos de los pandilleros. Pedazos de ladrillo, cemento y madera saltaron por todas partes. Robe apretó la espalda contra la pared más alejada del estudio, tras una mesa cubierta de papeles que volaban. Caminó vacilante hacia el estropicio. Un dolor sordo le obligó a cojear, pero no le hizo caso.

El frontal del camión emergía en el vestíbulo como un coloso vengador. Las luces se atenuaron al aparecer Robe, que se apoyaba en la pared mientras hacía un recorrido alrededor de la masacre. Los restos de Vitali no volverían a levantarse, también parecía haber alguien bajo el camión.

—¿Estás bien, Robe? ¿Te han lastimado?

La voz de Yulia por el altavoz externo sonaba extraña, metálica. Robe sonrió pese al dolor, sabía que la IA podía ponerse a los mandos si era necesario, pero nunca se había parado a pensar que pudiese hacer algo tan salvaje. De hecho, los parámetros de seguridad deberían haberlo impedido.

—Creo que sí —se palpó el costado, estaba húmedo—. Al menos vivo de momento.

Escuchó gemidos adelante, parecían de terror. Apuntó con el arma, caminó tambaleante pegado al vehículo hasta salir del edificio. Miró afuera, alguien se alejaba y quiso iluminarlo con la linterna, pero ya no la tenía. El sonido de una moto al querer arrancar le hizo reaccionar, salió con determinación aunque encorvado por retortijones de dolor.

—¡Dios, dios mío bendito sálvame, arranca hija de puta!

Era Sergei, el muchacho. Giró la cabeza para verle llegar, le había dominado el pánico y levantó las manos. Lloriqueaba como un chiquillo.

—Me queríais matar, ¿eh chico? —dijo Robe con tono neutro.

—¡No, yo no! —Sergei negaba con la cabeza con vehemencia—. ¡Vitali sí quería, pero yo no!

Roberto Vidal se plantó delante del muchacho acorralado. Lo miró detenidamente, chasqueó la lengua.

—¡Tú…! ¿beberías conmigo, chaval?

Sergei lo miró como si no entendiera. Robe sacó la petaca y se la ofreció mientras bajaba el revólver. El chico pareció comprender al fin, la cogió con una mano temblorosa y aguardó.

—¿A qué esperas, gilipollas? ¡Bebe!

Sergei tomó un rápido sorbo y se la devolvió. Robe correspondió con un largo trago. El alcohol de sesenta grados bajó como fuego por su garganta, contribuyó a alejar el dolor del costado y del alma.

—Quería beber una vez más con alguien, ¿sabes? Eres un niño, tal vez tú aun tengas salvación, Sergei. Arranca la jodida moto y lárgate, deja esta vida, enamórate de una chica y dalo todo por ella. ¡Vamos, pírate ya!

Sergei, que escuchaba atónito a Robe, reaccionó y se puso a arrancar la moto. En unos segundos ya estaba listo para marchar. Lo miró una vez más.

—No eran mis amigos —dijo, un poco más sereno—. Ésta era mi primera salida. Después de esto espero que la última, pero nadie te quiere en ninguna parte si has vivido en el páramo.

Robe se encogió de hombros y se limitó a mirarlo marchar. El chico aun le gritó una vez más.

—¡Sal de la zona muerta!

Pronto el punto rojo de la luz trasera de la moto fue desapareciendo entre los árboles. Robe se quedó un rato mirando cómo se alejaba, sintió una repentina nostalgia.

—Para qué, si ya estoy acabado, chico.

Regresó hacia el camión, todavía incrustado en la mole malherida del ostrog. Parecía que Yulia se había quedado sin fuelle, o tal vez se le habían fundido los plomos. A medio camino el dolor le hizo doblarse. Se apretó el costado, la mano se empapó de sangre. Un disparo o varios le habían perforado como a un gruyere.

Arrastró los pies, cada vez más débil. En la cabina estaba el botiquín, tal vez bastaría para contener la hemorragia y darle unas horas más, lo justo para llegar a la colonia. Al fin, se aferró a la barra del portón y logró izarse con esfuerzo. Miró adentro, un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Juraría que una sombra desvaída aguardaba en el asiento del copiloto.

—Joder, Yulia. Si tuviese visita me avisarías, ¿eh?

Pese al tono irónico, las palabras habían salido temblorosas. Se sintió desfallecer, sentía que el destino le había alcanzado. Se desplomó en el asiento, respiró con fatiga. Levantó el cañón del revólver y se apuntó al pecho.

—Vamos a acabar con esto de una vez.

—Espera, Robe —dijo Yulia.

—¡Ah, creí que me habías dejado, otra vez! —sonrió.

—No piensas con claridad. ¿Hace cuánto tiempo que no tomas la medicación? Sufres alucinaciones, potenciadas por este ambiente corrompido. Ese es mi análisis.

—Deja de analizar, no pasa nada. Es ella, que ha venido para vengarse porque la abandoné, la dejé consumirse.

—No hay nadie, Robe.

Pese al miedo que le roía las entrañas, contempló el asiento de al lado. No había nada, tal vez fuese cierto lo de las pastillas, las que mantenían su mente cuerda, ajena a la agonía. Tal vez quería morir e ir al infierno que merecía, tal vez quería vivir, buscar a Yulia para pedirle perdón, comerse su orgullo y rogarle. Aferró el volante, sintió como se desvanecía.

—Anabel. No la salvé…

—Te estás desangrando, tenemos que marcharnos de aquí. ¿De qué no la salvaste, Robe?

—De la desesperanza, la desolación por un mundo podrido y cruel que se va al carajo, de la sobredosis de antidepresivos que vio como única salida. No supe entenderla a tiempo ¿sabes?, pero ahora sí, aunque sea tarde —lloró amargamente—. Lo siento mucho, Anabel.

Sucumbió al fin al agotamiento y a la pérdida de sangre. Durante una eternidad tuvo viejos sueños. Percibía el vibrar de la carretera. La imagen de Anabel se le apareció muchas veces, cada vez más lejos. Seguía llevando el delicioso vestido de lunares, pero ya no le lastimaba verlo. Sonreía, aquella triste sonrisa de los comienzos entre ellos dos.

Creyó escuchar voces, sonaban preocupadas. Alguien tiró de él, hacia la luz, lejos de las sombras.

—Está malherido, señor alcalde —dijo una de las voces—. Ha perdido mucha sangre, pero alguien le ha aplicado una especie de cauterización química, nunca he visto nada igual. Con ello podría haberle salvado la vida.

—Usted sabrá, doctor —respondió otra voz, más profunda—. El camión llegó guiado por el ordenador de a bordo. Dice llamarse Yulia, es una de esas IA personalizadas tan avanzadas que elaboran ciertas compañías tecnológicas. Casi hasta da un poco de miedo.

Robe entreabrió los ojos y sujetó el brazo del doctor. Trató de hablar, tenía la garganta agarrotada.

—¡Está despierto! —dijo el médico.

—¿Dónde estoy? ¿Y ella, dónde?

—¿Cómo dice? Tranquilícese, está en buenas manos ahora. Tiene suerte de seguir vivo, de verdad.

Los dos hombres se miraron. El alcalde de la colonia de Novigrad era un tipo robusto, entrado en años. El doctor apenas le llegaba al hombro, se sujetó las gafitas con un dedo tembloroso y acercó su rostro al de Robe.

—¡Ah, tengo que cumplir la promesa que le hice a la dama, a Yulia! ¡Es muy persuasiva! Me hizo prometer que, apenas despertase, le diría unas palabras de su parte, un poco…bueno, es lo siguiente: «No la jodas otra vez, redímete o muere».

Se hizo un silencio que pareció durar horas.

—Pues eso, disculpe el lenguaje pero en fin, soy un mandado, ¿significan algo para usted?

Robe sonrió con sus agrietados labios. La zona muerta le había dado la vida, después de todo. Por primera vez en años, se tendió a descansar de verdad.

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  Reto Mar19: EL MARTILLO DEL SEÑOR
Enviado por: Joker - 20/03/2019 06:51 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

EL MARTILLO DEL SEÑOR



Aunque el martillo que le habían alojado en la cabeza dificultaba notablemente el reconocimiento, no había duda de que se trataba de…

—Otro sapiens.

Gutiérrez asintió, con gesto despectivo.

—Otra basura cristiana —fue toda su respuesta.

Héctor Sarabia ignoró el comentario del teniente y se limitó a reconocer el modus operandi que esas últimas semanas se estaba repitiendo tan a menudo. Un homínido, cien por cien sapiens, desnudo y con cortes de arma blanca recorriendo un cuerpo —otrora vigoroso— repleto de tatuajes con marcado significado racial. Había sido torturado y, una vez muerto, le habían aplastado la cabeza con un enorme martillo.
Escuchó un tumulto a través de la ventana. El sonido de ruedas chirriando, frenazos y motores. El creciendo murmullo de decenas de periodistas que se afanaban en gobernar una acera acordonada. Al parecer la noticia había volado y los buitres venían a por su parte de carnaza.

—Teniente, asegúrese que nadie tenga acceso a este apartamento antes de que llegue el forense. Dígales a sus hombres que hagan la ronda del vecindario, a ver si conseguimos enterarnos de algo antes que las sanguijuelas de ahí fuera.

Gutiérrez se enervó ante la orden, aunque —cuando el detective se puso en pie y cuasi ensombreció la habitación con su escandalosa envergadura— asintió tragando saliva.

—Como usted quiera, señor —hizo ademán de darse la vuelta y cumplir con lo ordenado, pero encontró aun la fuerza de apostillar, señalando al cuerpo—. Eso no es un hombre, detective Sarabia, es una especie obsoleta, fundamentalista. Quién haya hecho esto es un asesino, no lo pongo en duda. Pero es un asesino con conciencia.

El detective apretó los puños con fuerza, hasta el punto de sentir las uñas hendiendo su piel. De repente la quijada del teniente empezó a temblar alarmada. Abrió los ojos sobresaltado, como implorando una disculpa.

—Lo siento señor, no quise decir… —las palabras se trastabillaban en su gargantea—. Yo… había olvidado…

—Mueva el culo —dijo Héctor, zanjando la conversación al tiempo que daba la espalda a su subordinado y posaba la mirada más allá de la ventana.

El furgón de la principal cadena de televisión abarcaba parte de la acera de enfrente, había una multitud de curiosos alrededor de una franja de policías que impedían el acceso a la escena del crimen.
Más allá, la ciudad de Valencia se esparcía, como alquitrán sobre el océano, hasta hacerse perder en un horizonte hecho de ángulos rectos.


Era cuasi media noche cuando Sarabia llegó finalmente a su habitáculo. Se aflojó la corbata y fue directo al mueble-bar. Las migrañas le estaban matando y no se le ocurría mejor remedio que un buen turbio escocés para atenuarlas.
Se derrumbó sobre el sofá.
Sondeó la idea de relajarse retomando la lectura de la Anábasis de Jenofonte, aunque terminó por decantarse por permanecer sentado, con las luces apagadas y el trasluz de la urbe arañando las paredes de su anodino apartamento. Echó la mirada atrás, en el tiempo.  
Su padre pescando, en completo silencio, calzando unas largas y gruesas botas de goma verdes, con media cintura sumergida en el rio. El olor a lavanda de la ropa tendida y su madre volteándose a su llegada, con una sonrisa diáfana. Una mujer —desnuda y de espaldas— con la piel tostada; la rémora de la encrucijada. Penélope…


—La sangre tiene un poder seductor realmente alarmante, ¿se ha dado cuenta, detective? Apenas olemos su azufroso perfume difícilmente podemos ignorar su mensaje. La sangre es un reclamo.


A la mañana siguiente, al llegar al despacho, encontró en su escritorio —tal y como había solicitado al teniente Gutiérrez— el testimonio de los vecinos de la víctima.
Las declaraciones parecían esbozar el perfil de un hombre ufano, solitario y de carácter irascible. Trabajaba como guardia de seguridad en un banco, aficionado a las armas y a las artes marciales. Pertenecía a un grupo religioso de ideología supremacista sapiens, a cuya sede acudía todos los miércoles por la noche en calidad de colaborador. Sin familia ni pareja conocida. Un estereotipo con piernas.

Siguiendo una corazonada, telefoneó a un colega que trabajaba en el departamento de cotejamiento de datos y le pidió que comprobase si alguna de las víctimas relacionadas con el caso había formado parte de dicha secta.

— ¡Bingo! —el vitoreo le llegó a través del inalámbrico—. Veo que aun conservas tu buen olfato, Héctor.

—¡Bah! Lo que no me explico es como no habíamos caído en la cuenta antes. El tipo tenía el cuerpo lleno de tatuajes supremacistas. ¿Cuántos?

—Cinco, cinco de nueve. No es mal número; es demasiada coincidencia, Héctor.

—Parece que voy a tener que hacerle una visita a lo que quede de ese grupo de chalados —adujo Sarabia, más para sí mismo que para su colega—. Pablo, no hace falta que te diga…

—Héctor, sé que esto ya lo imaginas, pero… Penélope no era una de esas cinco.

Un pinchazo, un pinchazo en carne muerta. Sarabia entrecerró los ojos, adormeciendo el dolor.

—Te debo una Pablo.

—Sí, claro, llámame cuando quieras y nos echamos una cerveza, como en los viejos tiempos.

—Sí claro, como en los viejos tiempos —respondió Sarabia, aún a sabiendas que esa cerveza no se la iban a tomar nunca.


—¿Es un usted un hombre leído, detective? ¿Conoce nuestra historia? Cuando Colón llegó a América se encontró con el demonio, el hombre de Neanderthal. Supongo que habrá oído que fueron tiempos revueltos; guerra y sangre. Y luego “la paz”, el mestizaje. O como nos gusta llamarlo a nosotros: El apocalipsis.  


El fugaz recuerdo de Penélope había provocado que las migrañas volviesen a la carga.
Había sido la cuarta víctima; su hermosa caribeña de piel caoba cuyo único crimen había sido ser hija de un linaje de homo sapiens puros.
Evidentemente sus padres eran fanáticos religiosos. Cristianos acérrimos que defendían a capa y espada la supremacía de su especie frente a la ya cuasi extinguida, por absorción, de los neandertales. Repudiada por los suyos cuando se unió en matrimonio con ese mestizo —con un gran porcentaje de sangre Neander en sus venas— que era Sanabria, Penélope se sobrepuso con la convicción que el amor entre ambos era prueba fehaciente que el mestizaje era algo natural y por lo que valía la pena luchar. Hasta que alguien terminó con su vida, estampándole un martillo en la frente.

A dos manzanas de su oficina dio con un bar donde saciar su sed y atenuar la congoja. Un tugurio sin apenas luz y lleno de sarrín esparcido por el suelo.
Antes que pudiera siquiera darse cuenta ya había vaciado tres veces el vaso; solamente entonces se percató de las carcajadas provenientes de la otra punta de la barra.
Dos hombres, mestizos, al parecer la cosa iba con él.
Enarcó ligeramente la espalda, corrigiendo una postura de hombros caídos que conseguía encubrir su envergadura.
Los dos hombres enmudecieron.
Héctor dejó de prestarles atención para devolvérsela al vaso y terminar por dar buena cuenta de su contenido. Oyó como uno de ellos resoplaba con cierto desdén.

—¿Vais a seguir haciendo muecas o podemos empezar a darnos hostias de una vez? —les preguntó, sin dirigirles la mirada, balanceando el vaso, en apariencia observando las escasas gotas de whiskey que todavía permanecían en éste.

—Ándate con cuidado, grandullón —dijo uno de ellos, dejando entrever un hierro del 12 debajo de la americana.

Sarabia imitó el gesto, mostrando en su caso la placa de detective y tranquilizando a los dos mestizos con gestos de indiferencia.

—Tranquilos, que sea un policía no quiere decir que de vez en cuando no tenga ganas de patear un trasero. Deja esa pistola, yo dejo esta placa, y vamos a ver si tienes cojones de reírte de nuevo en mi cara —amenazó con una sonrisa.

—¿Sin acritud? ¿Nosotros te damos una paliza y tú no intentarás tomarte venganza? —preguntó uno de sus recientes antagonistas, no sin recelo.

—Solamente una pelea sana —dijo sonriendo, con los brazos abiertos, intentando transmitir que no había de qué preocuparse.

Ambos se levantaron indecisos, pero excitados ante la posibilidad de descargar su adrenalina. Eran dos tipos grandes y seguramente conocían bien como hacer daño a una persona.
Se acercaron a Sarabia mientras éste siguió sentado viéndolos llegar, acentuando la ferocidad de su sonrisa.
Cuando estuvieron a poca distancia, se levantó de un salto recibiendo el puñetazo de uno de ellos en la base del estómago. Se doblegó de dolor, pero sintió como la sangre empezaba a hervirle por dentro. Uno de ellos intentó lanzarle otro puñetazo, a lo que el detective respondió estampándole el vaso en la cabeza. Empujó a este último sobre su compañero, alcanzando a dar dos zancadas y un certero derechazo a su otro oponente, antes de trastabillar con un taburete y caerse de bruces. Empezaron a caerle golpes en la espalda, el cogote y los riñones, consiguiendo empero ponerse de rodillas —tanteando a ciegas a su alrededor— y agarrar a uno de ellos por el brazo, atrayéndolo a su pecho para terminar dándole un fuerte abrazo, con afán de romperle alguna costilla.

—¡Para cabrón! ¡Para! —imploró su presa, consciente que un gigante de las dimensiones de Sarabia era capaz de partirle la espina.

Sarabia aflojó. Todos se detuvieron, jadeando. Intentó ponerse en pie, a duras penas consiguiéndolo. Los dos mestizos estaban inclinados, con las manos en las rodillas.

—Ha sido una buena pelea —dijo uno de ellos, esbozando una sonrisa cansada.

—Sí, una buena pelea —repuso Héctor, sacudiéndose el vestido— justo lo que me hacía falta.

Cuando salió del bar, el atardecer se postraba sobre los rascacielos envolviéndolos en un aura rojiza. No quedaba rastro alguno del dolor de cabeza.


—Usted se preguntará el porqué de nuestro fanatismo religioso, porqué la gran mayoría de los sapiens puros somos integristas católicos. Bien es cierto que el hecho que neguemos la teoría de la evolución tiene un cierto peso. Nosotros somos el pueblo del Señor, mientras que los Neander fueron enviados por el maligno para pudrir nuestra estirpe. Pero hay más, nos oponemos al laicismo imperante porque no tenemos mayor enemigo que aquéllos que osan llamarse científicos. Aquellos que, con sus absurdos experimentos, hicieron propagar la idea de las bonanzas del mestizaje, de los anticuerpos resultantes y, la mayor de las patrañas, el mayor desarrollo cerebral.


El día siguiente decidió visitar la sede central del grupo supremacista del cual cinco de las nueve víctimas habían formado parte.
Al llegar al edificio, observó que la fachada estaba repleta de pintadas amenazantes contra la secta. Algunas eran recientes, otras parecían llevar en esa pared varios meses, si no años. Al parecer la gente de esa secta no tenía intención alguna de borrarlas. Héctor intuyó que esas amenazas eran un recordatorio del estado de guerra en el que creían estar viviendo.

Una mujer de piel blanca y menudas proporciones la atendió a la entrada, detrás de un mostrador. Intentó esbozar una sonrisa ante su presencia, enturbiada con apenas un tenue desprecio en la mirada.

—¿En qué puedo ayudarle, señor...?

—Sarabia, Héctor Sarabia —respondió, sacando a relucir su placa, mientras echaba un vistazo a su alrededor—. Quisiera hablar con el presidente, o líder de su organización, si se encuentra en este momento en el edificio.

La mujer aferró el teléfono y llamó con diligencia a quien, Sarabia supuso, debía de ser la persona que andaba buscando. La mujer se dirigió al inalámbrico en inglés, lengua del todo desconocida para la mayoría de los mestizos. Al cabo, puso en su sitio el aparato e intentó de nuevo esbozar una sonrisa, con peor resultado de antes.

—El señor Abascal le recibirá enseguida, tercera puerta a la derecha.

—Thanks —respondió el detective, dibujando una preciosa sonrisa Neander, mientras recogía un caramelo del mostrador y apoyaba el envoltorio de éste, recién relamido, sobre el escritorio de la secretaria.  

El despacho era lúgubre y lleno de sombras, espacioso y ornamentado, a Sarabia le sorprendió tanta sobriedad en comparación con la mermada fachada.

El señor Abascal le esperaba postrado en un sofá, adyacente a su escritorio. Tenía parte del cuerpo cubierto por las sombras, pero, a medida que Héctor se acercó a su encuentro, éste inclinó el tronco, dejándose ver.

—Señor Sarabia... un placer, supongo —dijo con los labios fruncidos, escondiendo una media sonrisa a mitad camino entre el desdén y la burla. Señaló otro sofá a su lado izquierdo— siéntese por favor, ¿le apetece algo de beber?

A Héctor le costó lo suyo reprimir una carcajada pues —paradójicamente— el señor Abascal —líder del movimiento supremacista— tenía un entrecejo de lo más marcado y unos labios prominentes que bien hacían que pareciera un mestizo en sí mismo. Ojos separados, ligeramente estrábicos; inteligentes y... peligrosos.

—Tomaré un whiskey, si es posible.

Abascal se levantó y se acercó a una esfera con el mapa del mundo que, al ser abierta, demostró ser un pequeño botellero. Le sirvió un vaso a Sarabia y volvió a tomar asiento.

—Y bien, dígame detective, ¿en qué puedo ayudarle? —inquirió.

—Creo que usted sabe muy bien el porqué de mi visita, es más, creo que esperaba que esta se produjese antes o después.

El sapiens sonrió, de manera franca, asintiendo.

—Pues sí, querido detective, esperaba que alguno de ustedes nos visitara en breve. Desgraciadamente cinco de nuestros colaboradores han sido asesinados en estos últimos tiempos. Era algo que sabíamos que tarde o temprano tenía que pasar, supongo que habrá visto las pintadas de la fachada —Héctor asintió, dejando al presidente que siguiese con su perorata—. Nuestra guerra es una guerra perdida, señor Sarabia. Nuestra especie se está desvaneciendo del todo, el señor ha perdido la fe en un pueblo que nunca fue digno de su cariño.

—No me interesa lo más mínimo su especie, si debo de serle sincero, señor Abascal —espetó, decidiendo al fin abandonar el perfil comedido que hasta entonces había adoptado—. Estoy aquí para atrapar a un asesino y espero que usted pueda serme de ayuda en ello.

—Ah, señor Sarabia, no desearía nada más que usted pudiese encontrar al Martillo del Diablo que golpea a la sangre de mi sangre —adujo el presidente, en tono sibilino—. Pero antes que nada debemos ser sinceros y no parece que usted lo esté siendo. Por lo que tengo entendido sí que tuvo, en su momento, cierto interés por las de mi especie.

Un pinchazo, en carne viva, irritación, consigue contenerse.

—Dígame, señor Abascal, ¿han recibido recientemente alguna amenaza, ya sea escrita o telefónica, tiene alguna idea de quién pudiera estar detrás de tanto asesinato?

—Todos los días recibimos amenazas, tanto telefónicas como escritas, por lo que a mí respecta el asesino anda suelto por la calle y se hace llamar “mestizo”.

El presidente hizo hincapié en marcar el desdén en la última palabra ostensiblemente, era una provocación en toda regla. Sarabia se puso en pie, dispuesto a irse, al entender que dicha conversación conducía a un callejón sin salida.

—Ha sido un placer, señor Abascal, si a usted no le importa le pediré a su secretaria que nos envíe una copia de las amenazas escritas que ustedes hayan recibido estos últimos días —dijo tendiendo la mano al presidente que correspondió el gesto.

—No se preocupe, no hará falta, ya me he ocupado yo mismo de hacérselas llegar a los principales medios de nuestra ciudad. Como usted entenderá es nuestro mayor interés que todo sapiens indeciso, proclive a razonamientos laicos, tenga a buen entender en qué clase de gente se convierte uno con el mestizaje.

Fue un golpe de luz, un centelleo esclarecedor.

De repente Sarabia tuvo una visión completa de todo lo que dicho caso significaba: el sacrificio por el bien mayor, el maquiavélico plan que el señor Abascal había diseñado para intentar un ulterior alzamiento y agravar las tensiones. En ese momento Sarabia tuvo conciencia de a quién estaba estrechando la mano: al asesino de Penélope.


Cuando salió del edificio Sarabia notó que las migrañas volvían a hacer acto de presencia. El caso estaba resuelto. La idea de un trago en casa, a oscuras, le atraía de sobremanera. Bien se lo había ganado. Ya imaginaba los titulares del telediario de esa noche:


“DÉCIMA VICTIMA DEL ASESINO DE SAPIENS”.

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  La última descendiente de los Resvigios
Enviado por: Jesús82 - 20/03/2019 08:53 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (6)

Hola a todos:

Hace ya algún tiempo terminé de escribir mi primer libro, una historia de temática fantástica dirigida al público juvenil, titulada La última descendiente de los Resvigios. Puse el libro a la venta en Amazon, pero sin promoción el número de descargas no despega de cero, por supuesto. Me gustaría recibir alguna opinión, y con esa intención colgaré aquí el prólogo, la portada y una breve sinopsis, a ver qué os parece. Si os gusta, puedo enviar una copia gratis en formato electrónico a cualquiera que me lo pida. Un saludo.



                                                                                                PRÓLOGO:

     Nadie se acuerda ya de aquella fatídica tarde, recién comenzada la fiesta de la cosecha, en la que el anciano rey se despidió fríamente de su familia y anunció que se retiraba a descansar a sus aposentos antes de lo habitual. Debido a los acontecimientos de las últimas noches, la mayoría de los residentes del castillo habían llegado a la conclusión de que el viejo gobernante de Bardalan era víctima de algún trastorno mental, probablemente asociado a su avanzada edad, y por ese motivo no intuyeron nada extraño en su comportamiento. Para muchos de ellos resultaba un alivio perder de vista al viejo tirano durante lo que restaba de día. Difícilmente podían imaginarse el crimen que su monarca estaba a punto de cometer contra todos ellos.
     Antes de cerrar la puerta de su habitación desde el interior, el rey Vercaniles dio orden de no ser molestado bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, la intención de este encierro voluntario distaba mucho de prolongar su descanso habitual. En lugar de eso, el monarca salió al balcón y allí, ante el sol yaciente, se enfrentó por última vez a su conciencia, que todavía pugnaba débilmente desde el fondo de su alma para hacerle cambiar de opinión. Era una batalla perdida.
      Cuando Vercaniles abandonó el balcón, la oscuridad ya se había apoderado completamente de su corazón, de la misma forma que las sombras se habían adueñado de los terrenos que se extendían más allá de los muros de la ciudad. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Pero no era el frío lo que le hacía estremecerse, sino el miedo.
      Desde hacía tiempo, un temor creciente embargaba al rey Vercaniles cuando caía la noche. Había disfrutado de una vida larga y plena, pero la mayor parte de su tiempo ya se había consumido. Le costaba recuperar el aliento tras cada esfuerzo, y su vitalidad había menguado de manera preocupante en los últimos años. Su última noche llegaría pronto, y cada día que pasaba le acercaba más a un destino que ni tan siquiera él, el hombre más poderoso del mundo conocido, podía evitar.
      Sin embargo, esta reflexión no era el único origen de su miedo a la oscuridad. Noches atrás, una sensación angustiosa le despertó antes del alba, y al abrir los ojos se encontró a un encapuchado inclinado sobre él. Inmediatamente dio la voz de alarma, y los dos guardias que custodiaban sus aposentos entraron apresuradamente, dispuestos a hacer frente a un peligro desconocido. Pero allí solo encontraron al viejo rey. Un registro minucioso no reveló a ningún intruso en la estancia. Al anciano Vercaniles le costó hacerse a la idea de que aquel desconocido tan solo había sido parte de un sueño. Fruto de su imaginación, le dijeron, y terminó por creerles. Pero estaban equivocados.
     A la noche siguiente volvió a suceder. Un susurro inquietante arrastró al rey Vercaniles fuera de su sueño y volvió a encontrarse con el misterioso asaltante nocturno, cuyo rostro ocultaba casi por completo una máscara quebrada. Los guardias entraron precipitadamente cuando oyeron gritar a su rey, pero tampoco en esa ocasión hallaron a ningún extraño. El anciano no se calmó hasta el amanecer. En esa ocasión nadie pudo convencerle de que lo que había visto no era real.
    Al alba, Vercaniles exigió habilitar unas nuevas dependencias en la torre oeste del castillo. También ordenó doblar el número de guardias, y ocultó una espada corta bajo la almohada de su cama. Pero todas estas precauciones no tranquilizaron sus nervios y la inquietud le impidió conciliar el sueño. Esa noche todavía estaba despierto cuando vio una silueta oscura acercándose sigilosamente a su cama. Con un movimiento rápido, Vercaniles descubrió la espada y descargó un golpe contra el desconocido. Aunque estaba convencido de tenerlo a su alcance, la espada se limitó a atravesar el aire sin alcanzar su objetivo. El rey Vercaniles corrió a refugiarse en un rincón con la espada en alto, mientras pedía ayuda aterrorizado. El enmascarado se alejó hasta ocultarse en la oscuridad. Desde allí anunció, con voz tenebrosa y susurrante, que volvería todas las noches hasta que le prestase atención. Cuando los guardias iluminaron con sus antorchas la habitación, el intruso había vuelto a esfumarse.
      A la noche siguiente, el anciano esperó a su visitante nocturno sentado en la oscuridad. Armado de valor, el rey Vercaniles se había propuesto averiguar lo que tenía que decirle. El enmascarado no faltó a su cita y el rey, presa del miedo y la curiosidad, le pidió que hablase.
El desconocido se presentó como un emisario de la muerte. Había sido enviado para hacer un pacto entre el rey de los vivos y la reina de los muertos. Sabía lo que el anciano temía por encima de todo y deseaba hacer un trato que le beneficiaría enormemente. El acuerdo era muy tentador: el enmascarado le mostraría a Vercaniles el modo de evitar que su tiempo siguiera corriendo. A cambio, el viejo rey tendría que conquistar una ciudad que no aparecía en los mapas, un lugar ubicado más allá de los límites del mundo conocido y habitado por criaturas terribles. El anciano comprendió inmediatamente lo que suponía aquel trato: muchos de sus súbditos tendrían que morir para que él viviese eternamente. Vercaniles pidió un día para meditar su decisión.
      Durante su reinado, que había superado los cuarenta años de vigencia, el rey Vercaniles se había ganado una merecida fama de gobernante frío y autoritario, casi tiránico. Gobernaba con puño de hierro porque estaba convencido de que el único modo de mantenerse en el poder perpetuamente era infundiendo el miedo entre sus vasallos. Y hasta entonces lo había conseguido. «El oro y el miedo te conseguirán cualquier cosa que desees», solía decirle a su único hijo. Pero había algo que no se podía conseguir con ninguno de los dos: era imposible prolongar la vida indefinidamente. Eso lo recordaba cada vez que se miraba en el espejo. Su rostro, antaño atractivo, ahora estaba surcado de arrugas; su pelo había encanecido, sus ojos grises se ahogaban en un laberinto de arrugas, y su frágil cuerpo ya ni tan siquiera le permitía llevar el pesado manto real durante mucho tiempo.
      Durante todo aquel día, en el interior de Vercaniles se había desarrollado una lucha entre sus débiles principios morales y sus deseos, de la que finalmente había surgido un ganador. Tras abandonar el balcón el anciano se sentó a esperar, mientras los últimos rescoldos del fuego se apagaban. Cuando la luz murió, un susurro siseante y macabro surgió desde las sombras.
      —¿Tienes una respuesta para mí?
      —Acepto tu proposición —respondió Vercaniles—. Dime qué es lo que tengo que hacer.
      —El plan ya ha sido trazado. Escúchame atentamente.


                                                                                                                  
                                                                                                                         SINOPSIS:


      La joven Myrenia ha crecido preguntándose cuáles fueron las razones que causaron la caída en desgracia de su familia. Escondida en un pueblo remoto por su madre, criada por una mujer a la que considera una extraña, su vida cambiará completamente el día que el hombre más poderoso del reino descubra su existencia. Para sobrevivir, se embarcará en un viaje más allá de las fronteras del mundo conocido, hasta llegar a un lugar maldito donde terminó la guerra que cambió el destino del reino. En su viaje se enfrentará a monstruos terribles, descubrirá la verdad que oculta la leyenda de los resvigios y aprenderá la lección más importante: que la verdadera felicidad solo se puede apreciar en su justa medida tras perderla.



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Lightbulb Worldbuilding Magazine
Enviado por: JPQueirozPerez - 19/03/2019 11:13 PM - Foro: Taller Literario - Respuestas (1)

Una revista dedicada a la construcción de mundos, con un maquetado profesional, artículos llenos de referencias y citas, números temáticos... y ¡gratis!

Acabo de descubrirla y tras echar un vistazo me ha parecido genial. Por si fuera poco, la participación está abierta, ya sea para escribir artículos o ilustrarlos, o simplemente compartir el mundo creado en uno de los números de la revista.

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  Reto Mar19: La barra
Enviado por: Joker - 19/03/2019 02:42 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

Habría jurado que había despistado a su perseguidor. De hecho, el callejón oscuro sin salida parecía la mejor opción, pero se equivocaba. Escondido detrás de un contenedor de basura orgánica vislumbró, al principio de la calle, como una alargada sombra se hacía con el control del suelo hasta desaparecer allí donde la luz ya no llegaba. Su propietario descargó una horrenda carcajada y un sonido metálico se adueñó del silencio de la noche. Avanzó con cautela golpeando todo lo que había alrededor. Una rata salió corriendo despavorida abandonando los restos de lo que parecía un jugoso festín. Sabía que si se estaba muy quieto podría pasar desapercibido y conseguiría salir de esa pero, de repente, el móvil empezó a emitir las notas de su canción favorita: «Yo te miro, se me corta la respiración. Cuanto tú me miras se me sube el corazón…». Intentó pararlo pero era incapaz de sacarlo del bolsillo. Estaba perdido y lo sabía. Solo un acto de valentía conseguiría librarle de esta.
—Me rindo —gritó, saliendo de su escondrijo—. Llévese todo lo que tengo, pero no me haga daño por favor.
—Venga, Cabro, deja de hacer el memo —soltó el enigmático perseguidor—. Llevo corriendo detrás de ti como diez minutos y solo se te ocurre esconderte aquí. Qué hartón de reír me he pegado cuando he visto que te lanzabas detrás de ese contenedor.
—Pero, ¿quién diantres eres? —preguntó Cabromagno, sorprendido.
—¿No me digas que no te acuerdas de mí? ¡Vaya tela! Soy Eduardín tu compañero de clase en Los Hermanitos del Cristo Resucitado de Villa allí de Abajo.
—¿Eduardín? ¡Eduardín! —gritó Cabro, abrazando a su colega y echándose a llorar— Qué miedo he pasado jolín. Pensaba que eras algún cliente cabreado con la mercancía suministrada.
—Pero, ¿a qué te dedicas ahora? ¿No me digas que has vuelto al contrabando de revistas del corazón? Creí que lo habías superado —afirmó Eduardín.
—No, conseguí desintoxicarme hará dos años. Ahora soy camello. Trafico con calcetines de colores pero, tranquilo, no consumo. De hecho llevo calcetines negros desde hace décadas —aclaró el joven— Por cierto, ¿qué es eso que llevas en la mano?
—Esto es lo que te hará rico, Cabro. Por fin podrás dejar el oscuro mundo en el que estás metido.

Eduardo levantó una barra de hierro de unos cincuenta centímetros de longitud y de un grosor de dos centímetros y se la pasó a su amigo.

—¿Dónde están los botones? —preguntó Cabro mientras cerraba un ojo para ver si veía algo fuera de lo normal en la barra.
—No tiene.

Cabromagno la agitó en el aire, la golpeó, la lanzó unos metros, pero la barra seguía siendo una barra.
—¿Dónde está el truco?
—No hay truco. Es simplemente una barra de hierro —afirmó Eduardo—. Pero no es una barra cualquiera… es: ¡La barra!
—Ya. Mira, Eduardín, se me está haciendo tarde. Dentro de diez minutos empieza el Burundi- Macao de beisbol para albinos y no me lo quiero perder…
—¡Insensato! ¿Antepones un ridículo partido a tu futuro? Pensaba que los años de adiestramiento en los «Niños con problemas en hacer pedorretas» te habrían ayudado a superar tus carencias afectivas…
—No me lo recuerdes, Eduardín. Jamás logré hacer una pedorreta. —E hizo el gesto de ponerse el brazo bajo la axila mientras la movía como si fuera una gallina para demostrarle que no conseguía arrancar sonido alguno.
—Lo sé, Cabro, ni tan siquiera lo lograste con la boca ¿cómo querías hacerlo con el sobaco? En fin. Te propongo este negocio porque sé que pasas necesidades. Como único seguidor que tienes en el Facebook se me parte el alma cuando cuelgas fotos pidiendo limosna.
—Lo siento, Edu, pero es que la gente ya no compra calcetines de colores como antaño, ahora se llevan más los topos en colores oscuros. ¿Te lo puedes creer? —suspiró Cabromagno—. Pero cuenta, explica, relata, ¿qué es lo que me propones?
—Verás, esta barra…

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Los dos intrépidos compañeros avanzaban con sigilo en medio de la abarrotada calle, cosa que llamó la atención de la mayoría de transeúntes, intentando pasar desapercibidos embutidos en unos disfraces de héroes de la Marvel.

—Ya te dije que el salón del cómic era dentro de un mes —renegó, azorado, Cabro.
—Y lo peor de todo es que estas mallas me están provocando rozaduras —aseguró Eduardo, estirando la licra para darle más libertad.

En poco más de diez minutos, y tras tener que pararse cuatro o cinco veces para hacerse fotos con guiris y niños encandilados con sus héroes, lograron llegar ante la puerta del anticuario.

—¿Qué desean? —preguntó el hombre, dejando aparte un extraño objeto e intentando disimular una carcajada.
—Señor Montfort, me llamo Eduardo González y este es Cabro Magno. Lo tenemos. —Con toda la ilusión del mundo desenredó el trapo que llevaba incrustado en el cinturón de Batman para dejar al descubierto la famosa barra.

El anciano soltó una exclamación y dejó caer al suelo la lupa que sostenía. Por un momento pareció que le había dado un infarto por el estado cataléptico en el que se hallaba. Poco después consiguió respirar y con gestos elocuentes logró que Eduardín le cediera el objeto metálico.

—¿De dónde lo has sacado? —fue la primera reacción del anciano— Andaba desaparecido desde hacía más de quinientos años —aseguró.
—Estaba curioseando en una antigua tienda de Shanghai cuando, de repente, vi una caja entre un montón de cacharros que me llamó la atención…
—Anoche estuviste viendo «Los Gremlins», ¿no? —inquirió Cabromagno.
—Sí… —respondió su colega con un deje de vergüenza.
—En el colegio era yo el que sabía inventar historias, tú eras un patata —aseguró Cabro anotándose un punto.
—Sí, por eso tú ahora traficas con calcetines de colores mientras yo tengo la auténtica barra De Filf Fefner…
—¡Calla, insensato! ¡No digas en voz alta ese nombre! —gritó el anticuario.
—¿Por qué? ¿Se abrirá un agujero espacio-temporal por donde aparecerá el fantasma del científico? O tal vez nombrarlo da mala suerte y hay que ir a un santurrón para que nos eche agua bendita y así librarnos del mal fario.
—No, maldita sea, es que no soporto el sonido de la efe, ¡Ay! —sentenció el abuelo, acompañando la frase con un masaje en las sienes—. Entonces, ¿cómo demonios diste con la barra?
—Mi tatatatatatatarabuelo, perdón, me parece que me he dejado un ta —afirmó Eduardo, cosa que hizo que los otros le miraran enfadados—. Bien, es igual. Resulta que mi antepasado fue el que ganó la barra del templo de Hidderta, engañando a Filf Fefner… —Un grito se escuchó de nuevo en la tienda—. Perdón, señor Montfort. En fin, se la ganó en una partida de lanzar piedras al agua cuando el otro pensaba que mi tatatatatatatatarabuelo, ahora sí, a lo que le había retado era a una partida de levantar piedras. Y es que el científico era un coloso, pero en lugar de tirar piedras planas al río lanzaba rocas como puños que no daban ni un bote. Lo cierto es que Hilh Hehner, híjese que he cambiado las letras para que no suhra —puntualizó Eduardo a la vez que le guiñaba un ojo a Cabro, el cual no vio el sutil gesto de su compañero porque se quedó embelesado con el movimiento de la pata del gato de plástico comprado en cualquier supermercado chino por el anticuario.
—Muchas gracias, por favor, proceda con la historia.
—Pues como decía, y para abreviar, mi tatatatatatatarabuelo, más conocido como Ot González, se llevó la barra del templo de Hidderta y la custodió hasta el final de sus días en las que la heredó mi tatatatatatarabuelo Eduardo, curiosamente llamado como yo. Y es que a partir de entonces ese ha sido el nombre de todos los descendientes de Ot.
—Oye, Eduardín, ¿qué es lo que gana a piedra? Es que el gato siempre saca piedra y no recuerdo si era papel, tijeras o pegamento —preguntó muy concentrado Cabromagno.
—Cabro, estamos aquí para algo muy importante —respondió Edu, enfadado, mientras se volvía a estirar las mallas que se le clavaban en sus partes nobles—, pero creo que es tijeras.
—Señores, centrémonos. Durante los años que ha estado bajo su control, ¿ha podido descubrir sus virtudes?
—Por supuesto, en primer lugar debo decir que es duro. Lo sé, porque una vez se me cayó de arriba el armario a la cabeza y no se dobló. También me he dado cuenta, que si la mojas en leche, pierde un poquillo su sabor a óxido. Pero lo más importante y asombroso…
Una pequeña pausa de incertidumbre se cernió sobre los asistentes, cosa que aprovechó el anticuario para hablar.
—¿Qué? ¿Acaso otorga un súper poder a su poseedor? ¿Es capaz de convertir el agua en vino? ¿Te señala los números ganadores de la primitiva? —A cada pregunta el hombre se venía más arriba.
—Noooooo, algo incluso mejor —cortó, con el mismo entusiasmo que el otro, Eduardo—: es que no es made in China.
Cabromagno seguía jugando al piedra-papel-tijeras con el gato dorado, perdiendo todas las partidas mientras susurraba “No lo entiendo, no lo entiendo” , ajeno a la conversación.
—Pero, tiene que haber algo más. En todos los estudios que se conocen de la barra se habla de unas propiedades ocultas. El gran científico germano-groenlandés, Han Bretengo, hablaba de una probable transmutación de átomos que podía trasladar a cualquier individuo de un lugar a otro —explicó el viejo, emocionado.
—¡Qué va! ¡Ni por asomo! Pero, ahora que lo menciona… Es curioso. El otro día pensé en mi amigo Cabromagno, aquí presente —y dirigiéndose al nombrado—. Deja ya al gato que al final te va a arañar. Como decía, al ver unas fotografías de antaño, con la barra casualmente en la mano; me entró cierta añoranza. Tenía unas ganas locas de volver a ver a mi más mejor amigo de juventud y recordarle que todavía tenía en su posesión varios discos del Fary que le presté. Cuál fue mi sorpresa cuando al día siguiente, agarrado a la barra de Filf Ferner. —Un nuevo grito retumbó en la tienda—. Sin yo saber muy bien cómo ni dónde ni por qué, aparecí muy lejos de mi ciudad persiguiendo al susodicho compañero de juventud, el cual no poseía encima los vinilos del grandísimo Fary.
—¿Sabe qué quiere decir eso? —preguntó el anticuario, frotándose las manos.
—¿Que ha perdido mis discos? —preguntó el descendiente de Ot, sin mucha confianza.
—Noooo, que estamos ante una de las maravillas del mundo —aseveró el tendero.
—Pues si la quiere va a atener que soltarnos cinco mil eurazos —afirmó Cabromagno, a la vez que sacaba tijeras para perder de nuevo.
—¿Cinco mil? ¡Hecho! —respondió el viejo con una sonrisa maliciosa. A continuación sacó una mariconera y se puso a contar billetes.
—¿Se cree que somos tontos? ¿Que nos íbamos a conformar con cinco mil euros? —dijo Eduardín, guiñando un ojo a Cabro. Al anticuario se le borró la sonrisa de la boca.
—Cinco mil y el gato —finalizó Cabromagno, chocando la mano en el aire con Eduardo.


Salieron de la tienda sin la barra pero cargados de billetes y con una felicidad como nunca antes habían sentido.
—Lo primero que voy a hacer es sacarme este traje, pues ya no tiene sentido llevarlo—afirmó Eduardo mientras volvía a estirarse de las mallas para intentar acabar con la compresión—Me acercaré un momento al coche que en el maletero llevo uno de Ironman que no aprieta tanto.
—Te estoy muy agradecido, Edu. Tenías razón, he hecho el negocio de mi vida. Creo que no volveré a echar de menos los calcetines. Con el dinero crearé un perro que siempre saque papel… Será una gran inversión, me los quitarán de las manos —aseguró Cabromagno con la vista perdida en el infinito—. Y, por supuesto, te regalaré toda la discografía de los Cuatro sudamericanos con póster incluido.
—Eres grande Cabro.

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