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06:04 AM
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  [Fantasía/Erótica] Pasión tormentosa
Enviado por: JPQueirozPerez - 06:04 AM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

    Corría la mujer bajo la noche tormentosa, sujetando la mano de su amante; un rayo cayó a su lado, el hombre dio un respingo mas ella siguió corriendo. Debían llegar al bosque.
   Cada vez eran más los rayos que caían cerca, hasta que al fin uno de los rayos la alcanzó. Soltando la mano de su acompañante, cayó al suelo.
   El grito que dio reverberó en la noche, y al poco la tormenta se disipó hasta quedar reducida a una fina llovizna.
   —¿Hermana? —preguntó el hombre acercándose a ella, mas la mujer le hizo una seña para que se detuviera.
   —Padre está cerca. Ve al bosque, corre antes de que llegue, yo te veré allí.
   —Pero…
   —¡Ve al bosque, ya! —bramó con una furia que centelleó en sus ojos grises y en los cielos.
   Su hermano Lorjt hizo caso, temeroso de esa ira. No estaría demasiado tiempo sola tras su marcha, pronto escuchó el carro de guerra de su progenitor descender de los cielos.
   Sería imponente verlo, sin embargo, ahora que estaba ante su padre la tormenta se había apaciguado una vez más, así que lo único que era capaz de ver era la estela luminosa que dejaba tras de sí el vehículo.
   —Padre —dijo ella dando una reverencia en la oscuridad.
   —¿Crees que esos son modos? —preguntó él sin mirarla, después se dirigió a uno de sus ciervos—: Nidgell, si te place, ilumina a mi hija.
   Tras ello, el mundo se iluminó como si fuera pleno día, o al menos así era hasta donde alcanzaba la vista; más allá seguía la oscuridad de la noche sin luna.
   —Padre —repitió la mujer haciendo una reverencia—. Nidgell, Hoggert, es bueno verlos…
   El ciervo de color blanco sacudió su cabeza mientras el de color negro se dedicaba a pastar. Lo cierto es que eran majestuosos. Ella los conocía desde siempre, mas nunca los había visto tras tomar forma humana, y que una simple pata de las seis que tenían esas bestias fuera mayor que su tamaño actual la hacía sentirse una niña otra vez. Se preguntó si para un mortal sería igual de cómodo dormir en esa cornamenta como lo hacía ella cuando era pequeña.
   —Mírame —ordenó su padre, haciéndola volver al presente y recordar qué hacía allí—. ¿Qué clase de disfraz es ese? 
   —Tú te has vestido de mortal muchas veces —contestó ella mirando hacia arriba con el cuello muy torcido. No solía tener miedo, sin embargo la figura gigantesca de su padre le hacía tenerlo.
   —No para lo que tú lo haces…
   —¿Acaso no has tomado a mujeres mortales y has poblado al mundo de sangredivina?
   Su padre no contestó, simplemente la observó desde arriba en silencio; tomó su lanza y su escudo y bajó del carro. Seguía intimidando aunque estuviera en el suelo, probablemente la proximidad la intimidaba más si cabe; sin darse cuenta dio un paso para atrás.
   —No te atrevas a alejarte de mí.
   La orden causó un efecto sobrenatural en la diosa, que dio dos paso hacia adelante.
   —Soy Boreas, tu padre y señor. Todo el que habita en el norte me venera, todo lo que respira en el norte lo hace porque es mi voluntad, todo lo que existe en el norte es mi presente al mundo. ¡No vas a yacer con tu hermano y traer un engendro a mi obra!
   —Padre, no puedes impedirlo, ¿qué harás?, ¿encadenarme? Romperé cada eslabón para alcanzar el espíritu llameante de mi hermano.
   —La abominación que nazca de esta unión será un dios de la destrucción.
   —Pues que lo destruya todo.
   Antes de salir volando por los aires se había dado cuenta del error que había cometido, en realidad, se dio cuenta del error mientras respondía.
   —¡¿Así vas a honrar a tu hermano?! ¡Werr te dio su rayo como presente de nacimiento y pretendes dar a luz a una deidad como la que acabó con su vida!
   —Padre, yo…
   —¡Si entras en ese bosque dejarás de ser de mi sangre! ¡No seré el abuelo de un engendro! —clamó Boreas mientras andaba en dirección a su hija. En realidad sus palabras iban en contra de su voluntad, pero no quería tener que detener a su estimada Eirya a la fuerza.
   La diosa se levantó con cierta dificultad y empezó a caminar hacia el bosque. Supo que su padre no la detenía porque no quería, lo tenía muy fácil para alcanzarla incluso si ella hubiera corrido.
   —¡Perderás tu divinidad en cuanto ese ser empiece a formarse! —clamó Boreas mientras andaba en dirección a su hija. Estas palabras no eran su voluntad, eran el futuro que había visto a través de su ojo derecho, el ojo robado al gigante Theer.
   —¡Pues que así sea! ¡No me importa mi divinidad, me importa mi deseo!
   —¡El deseo propio de un mortal! ¡¿Cuándo uno de mis hijos se ha degradado tanto para sentir como lo hacen los que nos rinden pleitesía?!
   Eirya se detuvo y se dio la vuelta, porque esta vez era plenamente consciente del error que estaba por cometer:
   —¡Tal vez mis pasiones son propias de un mortal, empero al menos sigo viva!
   Otra vez fue arrojada por los aires, mas esta vez, un enorme rayo partió el cielo y la tierra, atravesando en su camino al Padre de los Dioses del Norte. Boreas supo, en toda su sabiduría, que ese rayo, aunque lanzado por la voluntad de Eirya, guardaba la voluntad de Werr; recordó cuando su hijo le lanzó un rayo similar por motivos similares. Supo que parte del espíritu de su hijo todavía moraba en el rayo, y ese remanente del señor del rayo le recordó que la voluntad de un padre no superaría nunca las pasiones de un hijo, también le hizo saber que conocía el destino de su hermana y que esperaba que se cumpliera para poder verla una vez más.
   —Que así sea —clamó la deidad más para sí que para el mundo—. Con este acto la voluntad de mi hija ha confirmado la visión predestinada. Esa criatura, que no tendrá nombre pues nada bueno sale de nombrar a un ente destructor, va a ser un eslabón más encadenando los destinos de muchos, constriñendo sus futuros más allá de sus voluntades. Que así sea. —Se dio la vuelta y empezó a andar en dirección a su carro; mientras una lágrima salía de su ojo, el ojo de Theer seguía viendo el final de su predilecta. Una vez más clamó—: Que así sea.
   Y así fue, pues la voluntad de Werr no alcanzó solo a su padre, sino a su hermana, que se conectó con dicha voluntad al atacar a su sangre. Y quiso volver, y quiso pedir perdón a su padre, y quiso pedirle que la cuidara, mas no lo hizo, pues el deseo era más fuerte que el destino. Era más fuerte que su voluntad.
   Al alcanzar la linde del bosque, siempre acompañada por una llovizna fina que la hacía sentir como siente un mortal, Eirya miró el muro de madera que se alzaba ante ella. Yrrervhal, el primer bosque; Yrrervhal, el último bosque. Fue el primer refugio de la mortalidad, también sería el último, sin embargo ahora era territorio prohibido, su señor Vinn no permitía la visita de criaturas pensantes, mas su hermana había llegado a un acuerdo. 
   Dar un paso en el bosque era una sensación extraña, que sería incapaz de describir a dios o mortal. Ninguno habría vivido algo similar, ni siquiera los que habían viajado a otros mundos, porque este no era simplemente otro mundo, era una entidad viviente, un árbol, el primero de los seres mortales que pobló el mundo, que se extendió hasta ser todo un gigantesco bosque. Ahora ella estaba en el interior de este ser.
   —¡Creí que no vendrías! —gritó Lorjt, quien con su forma mortal parecía indefenso en este lugar. Se acercó a ella y la abrazó, la besó.
   Había una extraña calidez en esos labios helados por la lluvia. La sensación de liberación tras enfrentarse a su padre y señor, la certeza de conocer su sino; el calor era poder, el calor era conocimiento, el calor era necesidad. Su lengua luchó con la del dios como si eso fuera lo que los mantuviera con vida.
   Un ruido los hizo separarse. En una rama justo por encima suyo se encontraba el señor de este lugar, quien dejándose caer gracilmente llegó a su lado. Su tamaño seguía siendo mucho mayor que el de los hombres, sin embargo nunca había tomado una grandeza como la de su padre o de las demás deidades, creía que era innecesario y que hacerlo era un insulto a su bosque.
   —Hermano… —dijo ella haciendo una ligera reverencia.
   Él se la devolvió y luego se encaró con el otro. Estarían así unos momentos, en silencio, observandose. Madera y fuego nunca se habían llevado bien, pero ambos amaban a su pequeña hermana, por ello no se enfrentaban.
   —Hermana, tu visita es adorable, sin embargo habíamos llegado a un acuerdo. Has conseguido mi beneplácito para entrar en Yrrervhal, ahora es tu turno, ¿me has traído la perla? —preguntó tras dejar de mirar al otro dios.
   —Por supuesto que la he traído —respondió ella antes de expulsar la pieza de nácar que guardaba en su interior.
   La perla resultaba grande incluso para el estándar divino, sacarla de su interior había sido más complicado de lo que creía. Entregó la madreperla a Vinn, que la observó un instante antes de tragarla.
   —¿Para qué piensas usarla?
   —Tengo una deuda que pagar. Igual que no preguntaré detalles de qué buscas hacer en mi hogar, aunque es más que evidente, no debes preguntar tú por mis asuntos. —El señor de Yrrervhal observó a su alrededor—. Este lugar es seguro, nadie, ni siquiera padre, puede entrar aquí si esa no es mi voluntad. Estaréis a salvo para vuestro encuentro. Si quemas algo del lugar —comentó a Lorjt—, te castraré y buscaré a cada una de tus semillas para matarlas y convertirlas en abono.
   Ninguno dijo nada mientras Vinn daba un beso en la frente de su hermana, para luego apoyarse en un tronco y hundirse poco a poco en el mismo.
   —Nuestro hermano es más encantador en cada encuentro —dijo Lorjt mientras la abrazaba por detrás.
   —Solo cuida este lugar… —dijo ella mientras recibía besos en el cuello—. Si te conociera como lo hago, no temería.
   —¿Por qué no habría de temerme? —preguntó él indignado separándose de Eirya.
   —Vamos hermano —dijo ella dándose la vuelta, y tras empujarle contra un árbol prosiguió—: Tal vez tu ira sea terrible, empero tu calma es de lo más inofensiva.
   —Podría enfurecerme ahora mismo y arrasar este lugar —aseguró orgullo Lorjt.
   La respuesta que recibió fue una carcajada por parte de Eirya.
   —Podrías enfurecerte, empero no lo harás —reiteró ella mientras agarraba con firmeza la virilidad de su hermano—. No hay nada ahora que deba hacerte enfurecer, eres un viejo volcán durmiente y la única erupción que causarás hoy será cuando me llenes con tu semilla.
   Lorjt se lanzó a besarla, mientras Eirya seguía acariciándole. Al cabo de un rato ella se separó y empezó a desvestirse; el clima en este lugar era cálido, por tanto sus pezones no se habían endurecido por el frío. Tras desnudarse se sintió conectada con Yrrervhal, la energía del bosque fluía a través de ella y podría haber dejado por siempre a Lorjt por este éxtasis que le provocaba temblores cada vez más fuertes. Empezaba a humedecerse y sus piernas ya no conseguían sostenerla.
   —¡Basta! —imploró ella tumbada en el suelo, mientras se acariciaba para acabar con el placer que sentía; el bosque no se detuvo y hasta llegar al clímax no se quedó tranquila.
   Su hermano la observaba absorto, con su miembro completamente erecto. No le habló hasta que la respiración de Eirya se calmó:
   —¡Solo hay verdad en tus palabras, este bosque te ha tomado antes que yo y no he sido capaz de arrasarlo!
   —Había que pagar también al bosque —respondió ella acariciándose el vientre—. Ahora que ha sembrado en mí su simiente, puedes tú sementarme también.
   Eirya se levantó y esperó un momento para asegurarse que el bosque no volvería a tomarla, cuando vio que Yrrervhal se había tranquilizado, volvió junto a su hermano, a quien besó con ansias mientras ambos cuerpos estrujaban entre sí ese miembro palpitante.
   Lorjt fue abriéndose paso con su lengua a través de un camino por el cuerpo de su hermana, hasta alcanzar ese cáliz vúlvico donde saciaría su sed carnal. Su hermana sujetaba su cabeza mientras la lengua del dios saboreaba el regusto a clorofila que había impregnado el bosque en ella.
   La diosa alcanzó un nuevo clímax, y tras ello separó a su hermano de su cuerpo, no sin dificultades pues este la agarraba con fuerza no queriendo dejar de devorar ese manjar divino que tenía ante sí. Le hizo tumbarse en el suelo y se subió encima; se dejó caer empalándose de una sentada.
   El falo de Lorjt todavía albergaba el calor propio del volcán, un calor impropio de los cuerpos mortales, un calor que abrasaría a cualquier mortal, sin embargo lo que sentía ella eran las brasas que alimentaban el fuego de la pasión que sentía; comenzó a moverse en un vainvén. Su hermano agarró uno de sus pechos y se dispuso a juguetear con uno de los pezones, y aunque ella disfrutaba de ese contacto, agarró su mano y la separó de su cuerpo; sujetó ambos brazos mientras brincaba cada vez con más afán. El señor de los volcanes intentaba moverse para besar a su hermana pero la fuerza de esta le superaba de largo. La señora de las tormentas no paró de moverse hasta recibir su gracia. 
   Al fin, la esperada erupción y, mientras era inundada, un rayo los alcanzó; tamaño había sido el arrebatamiento. Empero, el calor esta vez era demasiado incluso para ella y tuvo que separarse de él; nada cambió, su vientre seguía ardiendo y en tanto lo hacía, ese calor le permitió observar el futuro. Su parto daría lugar a dos vidas, su parto daría lugar a su muerte, su parto constreñiría las vidas de muchos.
   Ahora lloraba, por el dolor y por el saber y, una vez el calor se fue escampando, empezó a sentir frío.
   —Hermana mía, ¿estás bien? —inquirió el ardiente dios al ver las lágrimas correr por el rostro de la señora de las tormentas.
   —Sí, es simplemente que no esperaba tal éxtasis —respondió ella haciendo una mueca que intentaba imitar a una sonrisa.
   —¿Crees poder engañarme? —abrazándola—. ¿Acaso te arrepientes del acto que hemos llevado a cabo?
   —No hay tal engaño, amado hermano, y no hay tal arrepentimiento —respondió Eirya hundiendo su rostro en el cuerpo de él. Estas palabras no eran su voluntad, era la réplica que debía darle; ella buscó este destino, y ella debía cargar con este sometimiento a su sino.
   Y con el frío, ese frío que le calaba hasta los huesos ahora mismo; se preguntó si en realidad este lugar siempre había sido así de frío y la venda del deseo no había permitido que se percatara. Al fin comprendió cuán equivocada estaba; el calor era debilidad, el calor era ignorancia, el calor era hartura.

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Exclamation ¿Cuál es cuál?
Enviado por: JPQueirozPerez - 20/10/2020 03:35 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (5)

Aquí podréis probar suerte intentando adivinar a qué poder corresponde cada relato. Un aviso antes que nada: los poderes son complejos, incluso los más evidentes no son la versión más básica del poder sino que tienen un giro; tened este detalle en cuenta para el momento de votar si el poder que corresponde a cada relato es el que se os ha dado a entender por lo escrito.

Recomiendo que probéis suerte con todos los relatos (os ayudará ver si esa suposición era una impresión vuestra o todos han tenido una idea similar); evidentemente, para vuestro relato no digáis qué poder corresponde.

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  La Taberna de Fantasitura
Enviado por: Cabromagno - 18/10/2020 06:12 PM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

¡Bienvenido, lector errante! Si estas cansado tras el largo día, entra en nuestra taberna, agarra una buena jarra de hidromiel, acomódate junto a la chimenea y deléitate con las historias de los mejores bardos de Fantasitura.

* * *

Relatos de JPQueirozPerez
-Conjunto de "relatos cortos" de terror. 'La chica de ojos azules', 'La pelota', 'El genio de los deseos', 'Sueños de libertad' y 'Slasher'.
-La chica del parque. Microrrelato sobre un enamoramiento casi obsesivo.
-Crónicas de Bocanegra. Tres microrrelatos sobre el mercenario Bocanegra y su banda.
-Nghulhu. Cuento sobre una última batalla entre un guerrero y una monstruosa entidad.

Relatos de Cabromagno
-Crónicas de la Goatlance. Breve parodia de Dragonlance.

* * *

En esta lista solo apareceran relatos de usuarios activos del foro. Esto es, gente se conecte y participe de forma habitual en el foro.

La idea es que, aquellos que quieran leer y comentar, tengan aqui lecturas que luego puedan comentar sin que sus comentarios caigan en saco roto por estar el autor desaparecido del foro. Dicho de otra manera, leyendo y comentando los relatos de esta lista tendran asegurado que sus comentarios seran aprovechados por los autores.

Los usuarios activos del foro que lo deseen, podran enviarme un mensaje privado con los enlaces de sus relatos en los que deseen comentarios para publicitarlos aqui (seran necesarios enlace de los relatos, titulo y breve explicacion para que el lector sepa que va a encontrar (ni que sea simplemente el genero del relato)).

No hace falta decir, que si algun usuario activo dejara de serlo, desaparecera de la lista.

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  Reto Oct2020: Mierda de miércoles
Enviado por: Joker - 18/10/2020 10:56 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

Mierda de miércoles
 
Cuando aquella mañana abrí los ojos no hizo falta que mirase el reloj. Eran las once y cuarenta y tres.

Las once y cuarenta y tres de otro jodido miércoles 4 de noviembre del 2020. Y aquí quisiera subrayar ese “otro” de la frase anterior. Porque, seamos francos, este es mi puñetero relato y si bien inicialmente había pensado descolocar durante unos cuantos párrafos al lector incentivar el esfuerzo por atar cabos, ir juntando piezas hasta fuese dándose cuenta de en qué asfixiante pesadilla estaba ambientada esta historia, nunca fui uno que se anda con rodeos.
Estábamos en otro miércoles 4 de noviembre del 2020 y con éste ya llevábamos mil ochocientos setenta y cuatro.
Agudicé el oído y no escuché ningún ruido extraño proveniente de las demás habitaciones de mi casa. Me calcé unas deportivas, me puse el abrigo por encima del pijama y, después de coger un zumo de arándonos de la nevera, salí a la calle. Once y cuarenta y siete.
Supongo que ahora mismo os estaréis preguntando en qué clase de mundo se encuentra uno cuando lleva casi cinco años encerrado en un miércoles del mes más triste del año (con permiso de febrero). ¿Un mundo caótico, lleno de caos, violaciones y asesinatos? Bueno, lo fue en su tiempo. ¿Quizás un mundo volcado al hedonismo, lleno de orgías, drogas y suculentos banquetes? Oh sí, también hubo un glorioso período para aquello. Como los hubo para la religión, la cual se esparció por el mundo como única férrea respuesta a lo acontecido. Tiempos donde el suicidio era un recurso al que se recurría demasiado a menudo. Por último, el orden empezó de nuevo a gobernar, la excepción se convirtió en monotonía. Teníamos un nuevo mundo. Vivamos en él: démosle un sentido. De repente el mundo se atiborró de artistas, filósofos de boca a boca, sociedades secretas, incluso hubo quién regresó a su viejo trabajo si por caso pensase que podía ser de ayuda. Miles de científicos se unieron en pos de una respuesta, de la verdad. Y la única que encontraron fue que debía haber algo, alguien, capaz de mutar el tiempo. Alguien detrás de este sinfín de miércoles de otoño de anochecer prematuro.
Saqué el móvil del bolsillo del abrigo y respondí a la llamada justo en el momento en que se encendía la pantalla.

—Maestro Serrano con Pintor Salvador Abril —me dijo la voz a la otra parte del hilo.

—¿Probabilidad?

—Uno coma tres por ciento.

—No jodas, ¿tanto?

—Tiene que ser la fuente. Temístocles, a decir verdad, le queda más cerca a Gilgamesh.

—Yo lo hago —respondí cortante.

Noté que Churchill se aclaraba la garganta. Intentaba elegir bien las siguientes palabras.

—No tienes por qué hacerlo siempre tú.

—Yo lo hago. Avísame si cambia de posición.

Colgué. Cada vez tenía más claro que Churchill en realidad debía ser una mujer. Quizás, si todo seguía yendo tan mal, dedicase un día a intentar llegar hacia ella. En uno de aquellos aviones que de vez en cuando lograban partir. Me costaría unas tres semanas atar todos los cabos, pero estaba seguro que aquél maldito hacker de tres al cuarto tenía un buen par de tetas, lo cual en sí no tenía ninguna relevancia. Pero cuando a uno le sobran los miércoles cualquier nimiedad se convierte en un objetivo.
Atravesé las calles con paso seguro, casi agresivo, pues bien había aprendido que la decisión, la agresividad al andar, eran el primer seguro de vida en aquel infierno en el que vivíamos. Había mucho tráfico. Cientos y cientos de coches decididos a salir cuanto antes de la ciudad para pasar el día en las afueras. Todo aquél con el que me cruzaba andaba deprisa, derecho, con un cometido, un objetivo entre ceja y ceja y un reloj de arena sobre la cabeza de trece horas escasas que le apremiaba por darse prisa. Llegué la calle de Pizarro y me dirigí al número trece. Allá estaba Paco esperándome con la escopeta plegada y recogida sobre su sobaco. Era el único de nosotros que no había escogido un nombre histórico por el que hacerse llamar. Él era Paco, guardia civil jubilado, cazador y tenía una escopeta, yo pasaba a recogerla.

—Buenas griego, ¿cómo fue lo de ayer?

—Un desastre —le respondí—, se me atascó el cartucho y la jodida escopeta estalló en pedazos. Me pasé el día entero sin una mano y lleno de perdigones por toda la cara.

—Mierda de miércoles.

—Mierda de miércoles —le respondí, saludándole con la cabeza.

Aceleré el paso mientras atravesaba la calle del Maestro Gozalbo. Al llevar la escopeta en mano noté que los demás viandantes modificaban la trayectoria al cruzarse conmigo, volviéndola más circular.
Revisé la recámara y el cañón, todo perfecto. Coloqué de nuevo los cartuchos sobre el arma justo al girar a derecha por Pintor Abril. Ya estaba cerca.
Me detuve a apenas cien metros del cruce que Churchill había dado como lugar de localización de la fuente. Había un gordo que se estaba sirviendo un helado de siete u ocho bolas de diferentes sabores en la heladería de la esquina. Admiraba semejante manjar con una mirada ida, de extrema lujuria. Ojalá fuese él. Luego había un grupo de chavales sentados sobre el rellano de la entrada de un edificio, fumando y bebiendo tan de buena mañana. Tampoco me hubiese importado que fuese uno de ellos. Por último, vio a una pareja joven, feliz, con una preciosa niña cogida de la mano de ambos. Sonó el teléfono de nuevo, Churchill.

—Dime que es el gordo —casi le imploré.

—Tendrá como mucho cinco años.

La familia se dirigía hacia mí, totalmente ignara de lo que se les venía encima. Cuando por fin la madre se dio cuenta de mi presencia y de la de mi escopeta, era ya demasiado tarde.

—Mierda de miércoles.
 
Cuando aquella mañana abrí los ojos tuve que esperar varios minutos antes de encontrar el valor suficiente para mirar el reloj. Eran las (límite de palabras alcanzado).

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  Reto Oct20: El caballero demonio
Enviado por: Joker - 18/10/2020 08:43 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

Nuestras espadas entrechocaron con un ruido metálico. Cuando la visera del yelmo que cubría su rostro desapareció, me enfrenté por primera a la mirada inmortal del caballero demonio.

No pude dejar de pensar en las historias que afirmaban que cuando uno veía sus ojos la muerte le llegaría en segundos.
Eso me desconcertó e hizo que perdiera la ventaja.

Con asombro presencié cómo invocó un puñal ashen, el cual, en un instante, apareció en una de sus manos; sabía que aquella arma era letal, que apenas rozara mi piel el veneno en su hoja paralizaría mis músculos en segundos.
Me aparté de un salto y respiré profundamente. Al percibir mi miedo el caballero rio tras el yelmo que otra vez cubría su rostro.

Aunque sabía que era imposible vencerle, debía intentarlo.

Así mi espada con fuerza y ataqué. Con asombro presencié cómo la suya se transformaba en algo más. Algo vivo que se bifurcó en dos mitades, enroscándose alrededor de mi espada como dos letales serpientes. Sentí que el momento de mi muerte se acercaba, y nuevamente puede ver el rostro del caballero demonio. Su sonrisa despiadada me heló la sangre.

Intenté deshacerme de aquel abrazo mortal, pero fue inútil. Sus tentáculos de acero habían alcanzado mis guanteletes. No pude evitar un gruñido cuando el metal hizo presión sobre mis manos.

Entonces me atrajo hacia él, y lentamente acercó el puñal a mi rostro. En ese momento logré liberar mi mano izquierda, la cual había quedado parcialmente atrapada por su magia. No obstante, varios de mis dedos estaban completamente destrozados. Aun así logré desenvainar mi propia daga.

Tras un movimiento fluido hundí la hoja filosa en su cuello. Sin embargo,  él me sorprendió otra vez con su perversa carcajada. Retiré el puñal de su carne, lentamente. El acero, otrora filoso y letal, era ahora algo blando e inofensivo.

Cuando sentí el ardor en mi mejilla fue demasiado tarde. La espada del caballero demonio volvió a su estado natural, y yo me desplomé ahí mismo, incapaz de comprender lo que había pasado.

Mi vista se nubló y mi corazón comenzó a latir más rápido. Curiosamente, mi pensamiento final fue para esa daga que no había logrado penetrar la carne, y sonreí al pensar en mi esposa.

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  [Microrrelatos] Historias de seis palabras
Enviado por: JPQueirozPerez - 17/10/2020 01:34 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (1)

Para quien no conozca este género empezado por Hemingway puede leer un poco más de ello aquí. La idea de este tema es que quien se anime escriba sus propias historias de seis palabras.

Unos ejemplos que yo mismo he escrito:

1) De los puertos partieron; jamás regresaron.

2) Cada mañana cazaba. ¿Al anochecer? Cazado.

3) Debes marcharte, el cementerio te espera.

4) De mis puños vinieron mis pecados.

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  [Cuento] Nosotros y Ellos.
Enviado por: Tholdeneir - 16/10/2020 07:31 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (2)

Se vio una gran nave espacial aterrizar en los parajes antiguos, al centro de un valle rodeado de montañas, cavernas y chozas.

Los nativos, curiosos e inofensivos,  rodearon a las criaturas alienígenas al instante. Algo invadía su hogar, después de todo.

Las extrañas criaturas de la nave parecían ser un solo organismo, mitad androide y mitad viviente, que accionaba en modo de múltiples individuos con rasgos fieros y salvajes, sus rostros parecían tener la forma de los tiburones martillo. Éstos seres sacaron a relucir sus mejores armas venidas de estrategias pensadas en un espacio-tiempo planificado hace mucho tiempo atrás, en el futuro por el “supremo”.

Entonces el cabecilla Diver alienígena gritó:

—¡A exterminar estos malditos zombies!

Dispararon unos balines nano-cuánticos a la multitud de nativos. Los balines ingresaban al cuerpo y se engarzaban a ellos. Esto no asustó a los sujetos, más bien los enfureció, y de manera organizada decidieron abalanzarse sobre los invasores.  

Los alienígenas se vieron sobrepasados y se mantuvieron aferrados a su estrategia. Cuando distinguieron una distancia prudente entre los “zombies” y ellos, comenzaron con el plan.

—¡Presionad los nano-activadores ahora! —balbuceó el cabecilla Diver.

Y entonces sucedió que mientras activaban los balines, éstos comenzaban una transformación en el individuo al que estaban incrustados. Mientras los primitivos corrían enfurecidos hacia los violentos entes, rápidamente muchos heridos por los balines se fueron convirtiendo en piedra. Caían y caían petrificados. Sus hermanos ilesos no se rindieron, y con más fuerza se arriesgaron a acercarse a los fanáticos evolucionados.

—¡Seguid disparando!

Se iba disminuyendo la distancia entre unos y otros y la tensión aumentaba.

Fue entonces cuando de entre la multitud enfurecida apareció un águila. Misteriosa y veloz, impulsada por ese pueblo como si de una honda se tratara, atravesó el espacio de manera espectacular dirigiéndose justamente al Diver.

Y a unos metros de él, cambió su forma y figura volviéndose lo que era, un humano nativo. Sacó, ágilmente, una cuchilla rustica con aquel  brazo que había sido baleado, y decidido lo enterró con ira en el torso del Diver Tiburón Martillo. Éste, sorprendido y abatido, sólo atinó a presionar el nano-activador del balín. Pero ocurrió que el brazo del joven águila, enterrado en el cuerpo del Diver, se fue convirtiendo en piedra y la transformación fue alcanzando y petrificando al cabecilla alienígena.

De manera casi planificada y organizada, como si de un solo organismo se tratara, cada alienígena fue alcanzado por la petrificación. Y en un instante todos estaban convertidos en verdaderas estatuas espacio-temporales, que miraban obsesivamente el infinito, ¿se podría decir que con ambición?

El joven quedó en postura de eterna lucha, agrediendo eternamente a aquel  invasor vencido.

Fin   




Cuento inspirado en el estallido social chileno, 18 de Octubre.

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  El Portador de la Luz
Enviado por: Alhazred - 16/10/2020 05:48 PM - Foro: Colecciones, Sagas, etc. - Sin respuestas

Hola a todos. Esta es una saga del autor de la trilogía del Angel de la Noche (esa de asesinos), Brent Weeks. No soy un gran fan de los libros esos de asesinos, muy trillados, pero parece ser que Weeks creció como autor, ya que esta saga, El Portador de la Luz, está bastante mejor. La encontré tratando de buscar una saga de fantasía que tuviera un buen sistema de magia, y aunque este no es exactamente lo que buscaba, está bien. Es bastante complejo y elaborado. Se basa en transformar los colores en materia. Os lo recomiendo si os gusta leer fantasía por sus sistemas de magia. Estos son los libros en la saga, en orden:

1. El Prisma Negro
2. La Daga de la Ceguera
3. El Ojo Fragmentado
4. El Espejo de Sangre
5. El Blanco Ardiente.

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  Reto Oct2020: Plumas de Fénix
Enviado por: Joker - 16/10/2020 05:45 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

Sangre. Sangre escurría entre las grietas del piso. Un hombre de aspecto descuidado yacía abatido sobre el suelo. Unas balas perforaron su cuerpo. El plomo aún estaba caliente. Un par de hombres lo acribillaron. Cada uno portaba un arma de fuego rápido, fuese una ametralladora o un semi-automático. Se reían.
—Esto no hubiera pasado si nos hubiera dado su dinero—comentó el líder de la banda.
— ¡Se lo merecía por pendejo! —Exclamó uno de ellos— ¡Vámonos de aquí!
Y así fue como ellos se fueron del almacén, dejando el cadáver del caballero a descomponerse… O eso era lo que ellos pensaron. Justo cuando esos hombres salieron del edificio, los agujeros del cuerpo de ese hombre se cerraron y se levantó del suelo, como si nada hubiese pasado.
Se sentó sobre el suelo y sollozó.
“¿Por cuánto tiempo más?”, pensó. “¿Por cuánto tiempo más estaré atrapado en este ciclo? ¿Qué acaso no ha sido suficiente mi suplicio? ¿Qué acaso disfrutas de mi miseria?”
Una figura de luz se posó en frente del caballero. Vestía con una parca roja. Solo un par de ojos azules se veía entre esa cortina negra.
— ¿Por cuánto tiempo más? —Respondió. — ¿No fuiste tú quien acudió a mí por vida eterna? ¿No fuiste tú quien deseo vivir más que cualquier otra cosa en el mundo, Fénix? ¿Y ahora vienes a quejarte de mí bendición?
Fénix no respondió. Se mantuvo callado por un momento.
—De haber sabido que esto pasaría, jamás lo hubiese pedido.
Fénix se dio la media vuelta.
—Siempre te he tenido miedo, ¿sabes? Desde que mis padres se fueron contigo, solo quise vivir más que nadie. Me prometí a mí mismo que jamás dejaría que me llevases. Ese día que mi aldea fue inundada por el chubasco, ese día donde perdí a mi amada Cecilia, tú estabas ahí. Te rogué porque no me llevaras. Yo… no sabía a lo que me atenía… Es horrible… es horrible el ver a tus seres amados desvanecerse en frente de tus ojos, Es horrible ese dolor que se siente cada vez que mi cuerpo se reconstruye. Aún siento la primera vez que me cortaron el vientre, aquella vez que me fui a pelear a la guerra.
—Esto era lo que tú querías, ¿o me equivoco?
Fénix guardó silencio de nueva cuenta.
—Pensé que sí. Pero…
— ¿Pero qué?
—Sonará estúpido, pero lamento tanto haber tomado esa decisión. Solo pensé en lo que me beneficiaría a corto plazo. Capaz de que ni sabía que quería, en ese momento donde me encontré contigo, por primera vez.
El encapuchado mantuvo silencio por un rato.
—No te culpo, siendo honesto. Solo seguías tu instinto básico de supervivencia, después de todo. Pero debes atenerte a algo…
Fénix volteó a mirar a la parca.
—En uno de mis viajes, me encontré con un proverbio que me dijo un anciano, antes de morir. “La semilla de un árbol marchito no le dará vida nueva, pero sí un nuevo retoño.” Hay que aceptar que, como los momentos de paz y de conflicto, la vida no es eterna por una razón. Lo más que podemos hacer es cultivar aquellos frutos que nuestras acciones generan. La vida será efímera, pero nuestras acciones son las que son inmortales. Esa era la lección que quería que aprendieras, cuando fui a recoger a tus padres.
Fénix se secó las lágrimas de los ojos, después de escuchar estas palabras.
—Estoy listo para marcharme a la otra vida.
El encapuchado asintió.
—Toma mi mano, de ser así. Tus seres amados te esperan.
Y ahí fue cuando Fénix tomó la mano de la Muerte. Para su sorpresa, era tan cálida y suave como una almohada. En ese momento, los dos cuerpos empezaron a desvanecerse. Solo quedaron los huesos de Fénix dentro de aquella bodega.
Al día siguiente, los encabezados de las noticias notificaron sobre el descubrimiento de restos humanos dentro de un almacén de muebles. Nadie supo de quienes eran esos restos. Jamás se encontraron las razones de esa muerte. Pero a Fénix ya no le importaba. Después de más de tres milenios en vida, finalmente, descansaría en paz.

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  [Fantasía/Drama litúrgico] Redención
Enviado por: JPQueirozPerez - 16/10/2020 04:57 PM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

La multitud se agolpaba alrededor de la enorme carpa. Sinae intentó acercarse pero no pudo; una fina llovizna caía del cielo completamente nublado, los vítores eran ensordecedores y el olor era una mezcolanza entre sudor e incienso que le provocaba arcadas.
    ¿Podría llegar a su hijo y arreglar todos sus errores? ¡Apartad!, gritaba, entre el aullido de la multitud que se asombraba ante la cercanía de un enviado por los dioses. Pero ella sabía que eso no era cierto, estas gentes no idolatraban a un tocado por lo divino, sino maldito por su progenie.
   A empellones logró acercarse lo suficiente. Bajo la carpa, su hijo, vistiendo una túnica que le recordaron a las que llevaban los sacerdotes del festival de las nieves en el que estuvo siendo una niña, se hallaba sentado en un trono que parecía esculpido en plata; ante él, un hombre enjuto y con unas vestimentas similares aunque menos regias observaba a la gran multitud en silencio. Ese silencio se extendió a la multitud cuando su hijo levantó una mano.
   —¡Yo, Seffré de Solhian, presto mi voz a Trinjent de Malicoitea. —Su hijo no era de Malicoitea, quien procedía de allí era ella. Sinae se preguntaba: ¿qué significa esto?—, para que os cante las palabras que el viento le sopla al oído, palab…
   —¡Basta! —aulló la madre, desesperada. Ante ello sufrió golpes y empujones que la arrojaron al suelo.
   —¡Parad! —ordenó el sacerdote enjuto, pero Sinae aún continuó recibiendo golpes mientras era insultada—. ¡Os he dicho que paréis! ¡Mi palabra es la palabra de Trinjent, y su palabra es la palabra del viento; parad ya u os lo ordenará él mismo!
   Esas palabras —amenazas, ella sabía que eran amenazas— hicieron efecto en quienes atacaban a la indefensa mujer; algunos incluso la ayudaron a levantarse. Cuánto temor sentían por la voz de su hijo; cuánto echaba ella de menos su dulce voz.
   —¡Mujer, no promulgamos la violencia, pero tampoco las faltas de respeto; no permitiré que seas agredida en este lugar sagrado pero si no respetas tu posición deberás marcharte! —La sentencia del sacerdote fue seguida de un carraspeo del silencioso joven tras él. Seffré miró a su maestro, quien señaló a su madre y le hizo un gesto para que se acercara.
   Ella intentó correr, pero se hallaba agotada tras tanto tiempo de peregrinación para llegar hasta aquí. Aún al trote, ese trayecto se le hacía eterno; tantos años sin ver a su hijo, tantos años creyendo que su pequeño había muerto, y al fin poder tocarle y abrazarle —pero no oírle, se dijo, pero no le importó—.
   Postrada a sus pies lloró desconsolada, mientras era tocada por la mano santa de su semilla. Poco a poco se levantó hasta quedar arrodillada ante él.
   —Hijo m… —fue callada por un dedo y una mirada que tras una aparente serenidad ocultaba una ira que ella comprendía bien. Sin embargo, ese gesto del joven descubrió parte de su brazo y ella pudo leer parte de las palabras divinas que habían allí grabadas—. ¡Lamentó lo que te hice, lamento hab…!
   —Calla —susurró su hijo, un susurro tan suave que sólo ella pudo escuchar e, incluso con un tono tan bajo, la brisa de viento que acompañó esa palabra llegó a revolver el cabello de Sinae.
   —Lo que te hice… convertirte en un monstruo fue… 
   —Calla —ordenó el santo, y aunque su tono de voz fue suave, la madre fue arrojada hacia atrás y golpeó el suelo con un golpe seco.
   Notando la sangre correr y un dolor sordo en el brazo se incorporó la mujer, su hijo caminó hasta situarse ante ella y sus seguidores; se liberó de sus ropajes. Sinae llevaba años sin leer las palabras del viento inscritas en su cuerpo; observarlas le causaba una mezcla entre temor y asombro.
   —¡Yo soy el viento! —gritó su hijo a los cielos y su voz apartó las nubes del cielo—. ¡Yo soy el viento —repitió—, el que aparta la tormenta, el que obra los milagros! ¡Bienventurados los que se postran ante el viento, pues ellos conocen el origen de su aliento! ¡Bienaventurados los que temen a los dioses, pues ellos conocen su lugar en el mundo! ¡Bienaventurados los que cuidan a su progenie, pues ellos protegen el futuro!
   La madre desconocía el discurso que daba su hijo, no sabía si siempre clamaba las mismas cosas, pero estaba segura de que esa última alabanza era la respuesta que su hijo le daba.
Trinjent era lo que era porque ella no le cuidó, lo ofreció a los dioses como sacrificio y lo convirtió en esa abominación capaz de exterminar naciones con su voz.
   Y sin embargo… ¿cuánta gente lo adoraba? ¿Cuánta gente se sentía salvada bajo el amparo de esa voz? Ella era una madre monstruosa, una madre que había vendido a su simiente a los dioses a cambio de un plato de lentejas; pero su niño había logrado convertirse en un guía para todas estas gentes. Sinae se abrazó a las piernas y besó sus pies mientras lloraba a lágrima viva.
   Su hijo calló un momento, para volver a hablar al cielo como antes:
   —¡Bienaventurados los que imploran el perdón, pues ellos buscan redimirse!
   Tras ello, Sinae se unió al séquito de su hijo. Trinjent recorría un largo camino deteniéndose en cada pueblo y villa para unir a más cabezas a su rebaño; contaba ya con medio millar de seguidores, y para cuando su madre llevaba un mes junto a él, ese número casi se había doblado.
   Su hijo no tenía poderes curativos, pero ella era capaz de ver como las gentes lo alababan igual, como si hubieran sido liberadas de sus males; en especial recordaría el encuentro con cierta muchachita ciega que vivía en una aldea de media docena de casas.
    Trinjent sólo entró acompañado de una cuarentena de sus seguidores, y aún así superaban de largo a los habitantes de la localidad. No era tan extraño, cuando se movían en poblaciones tan pequeñas, pero la madre notó un ambiente enrarecido, así lo hizo también Seffré, quien tuvo una conversación con su señor, apartado del resto; Sinae procuró escuchar a escondidas y lo que pudo sacar en claro es que este lugar temían a los dioses, ¿pero no era eso lo que buscaba su hijo? Bienventurados los que temen a los dioses, recitó la mujer mientras se alejaba de allí.
   —¿A qué rey servís? —preguntaba un hombre cuando ella volvió junto al grupo; portaba una azada que mantenía ligeramente inclinada hacia el grupo.
   —No servimos a ningún rey, sólo servimos a los dioses y a sus emisarios. —Fue la respuesta de las mujeres que se adentraron en la aldea.
   —¡En estas tierras no queremos saber de dioses! Idos por donde habéis venido y no miréis atrás.
   —Nadie ren-n-niega de los d-d-dioses sin rene-n-negar de su vida —tartamudeó otro de los seguidores de Trinjent; Sinae creía que que su nombre era Orem u Oren, sólo recordaba que fue el que la ayudó a levantarse tras el ataque que sufrió aquél día.
   El séquito empezaba a murmurar ante esa muestra de desprecio a los dioses, mientras los hombres del pueblo se acercaban con cautela para apoyar a su compañero.
   —¿Qué ocurre aquí? —inquirió un exaltado Seffré ante la tensión que se podía notar en el aire.
   —Sacerdote, llévate a tu rebaño a pastar a otras tierras. Rechazamos a los dioses y a sus servidores.
   —¿Pero cómo te atreves? —bramó el sacerdote, mientras Trinjent le puso una mano en el hombro para tranquilizarle.
   Señaló el santo a una muchacha que estaba medio agazapada tras un par de mujeres. Ante esta seña, una de ellas abrazó a la niña y uno de los hombres se abalanzó hacia Trinjent, para a continuación arrojarle violentamente contra el suelo.
   Sinae sintió una punzada en su pecho, no solo por ver esa violencia contra su hijo, sino porque supo cómo reaccionaría la muchedumbre. Como ya le ocurriera a ella, varios se dirigieron contra el hombre, pero esta vez su hijo lo impidió con una palabra:
   —Suficiente. —En tono firme aunque bajo, mandó a volar a los primeros en acercarse, enviándoles contra los que les seguían.
   —¡¿Qué creéis que hacéis?! —berreó Seffré al grupo que se levantaba dolorido.
   —¡Marchaos de nuestro hogar, monstruos! —gritó el primer hombre mientras un par de hombres alejaban al que se había abalanzado contra Trinjent.
   La madre se acercó a su hijo, quien la miró con indiferencia.
   —No puedes salvar a todos —imploró sujetando su mano.
   —Mis palabras son las palabras del viento —respondió él sin mirarla.
   Tras ello se soltó de Sinae y se levantó y caminó lentamente hacia esa niña. Los hombres se apartaban de su camino, las mujeres se escondían en sus casas, y los pocos que se atrevieron a intentar pararle, fueron ellos detenidos por el viento que acompañaba las palabras del santo.
   La niña y su madre se habían escondido en su cabaña, un edificio sencillo de un aposento, sin ninguna clase de puerta; el santo entró.
   Fuera el movimiento era mínimo; los devotos se habían arrodillado para rezar a los dioses, los aldeanos estaban paralizados ante el terror que estaban viviendo. ¿Qué hizo Sinae? Anduvo junto a su hijo.
   Nunca estaba solo cuando atendía a las gentes, siempre tenía a Seffré a su lado para hablar en su nombre; Seffré ahora rezaba junto a los suyos, aunque Sinae estaba convencida que lo hacía para mantenerlos a raya, por tanto ella debía ocupar su lugar.
   Trinjent había atravesado el umbral de la casa y se quedó ahí quieto, esperando. Su madre no sabía si la esperaba a ella o esperaba a que la niña se acercara por su propio pie.
   Eso no pasaría; aunque quisiera moverse, su madre la mantenía aferrada contra sí, sollozando en silencio.
   —No temáis —suplicó desde fuera Sinae. La mujer se encogió aún más contra la pared—. Os pido que no temáis. Aunque pueda no haber parecido así, no traemos el dolor, os traemos la paz.
   —¡Dejadnos! —gritó la mujer que no podía estar más acurrucada ya.
   —Hijo mío… No puedes salvar a alguien en contra de su voluntad.
   —No es la voluntad de la madre la que debo conquistar, pues no es a la madre a quien he de salvar —respondió antes de empezar a andar hacia las dos aldeanas.
   —¡Dejadnos en paz! —berreó la mujer.
Trinjent se detuvo a unos pasos de ambas y habló a una pared:
   —Acércate niña.
   La niña no se movió, tampoco lo hizo su madre. Tampoco lo hizo Sinae.
   —Acércate niña —repitió el santo.
   La niña dio unos pequeños bandazos, su madre la sujetó más fuerte. Sinae observó en silencio mordiéndose el labio para no suplicar.
   —Acércate niña —dijo por tercera vez.
   La niña se soltó y se acercó lentamente al santo, su madre sollozando intentó agarrarla pero no se atrevió a separarse de la pared. Sinae dio un paso hacia su hijo, pero tampoco se atrevió a acercarse más.
   El santo puso la mano en la frente de la muchacha que ahora estaba arrodillada ante él, y escupiéndole en los ojos dijo:
   —Tendrás la vista del viento. Tus ojos no van a funcionar en este mundo, pero vas a ver más que cualquier mortal. —Tras ello restregó su saliva sobre esos ojos ciegos.
   Ambas madres sintieron un sobrecogimiento ante lo que contemplaban: la de la muchacha, se vio superada ante lo divino, perdiendo el conocimiento; la del santo, se vio superada ante lo divino, cayendo de rodillas, sintiendo que le faltaba el aliento, como si las palabras de su hijo le hubieran robado el aire.
   El santo salió sin decir ni una palabra más, su madre le siguió cuando fue capaz de moverse. Fuera, los seguidores de Trinjent empezaban a levantarse para abrir paso a su patrón, que se dirigía a las afueras de la ciudad.
   Allí habló a todos:
   —¡Bienaventurados los que oran, pues ellos hablan con los dioses! ¡Bienaventurados los sensatos, pues ellos no cometen errores! —Sinae conocía ya las bienaventuranzas de su hijo, sabía elegir las correctas para el momento. Ahora era el momento perfecto para instar a la calma: el grupo de los cuarenta sentía la necesidad de pasar por el hierro a los pobres desdichados de esa aldeucha sin nombre.
   Tras los clamores habituales ante las palabras del santo, le siguió el habitual momento de silencio en el que las buenas gentes intentaban asimilar las palabras del viento antes de empezar el murmullo en el que discutían sobre ellas hasta llegar a un consenso. Esta vez había algo extraño, Sinae, notó un sensación ofegante, como si estuviera cargando una pesada piedra a la espalda.
   ¿Dónde estaban las cuarenta almas que rendían total devoción a las palabras del viento? Sinae siempre los vio lo más cerca de su hijo que era posible, pero ahora no; había alguno, aquí, allá, pero por más que rebuscaba entre el gentío, no pudo hallar todos. Rezó por las perdidas almas de esa aldea, porque de alguna manera supo, que al acabar el día este lugar sería polvo.
   El gran séquito siguió su camino a la capital del reino. Cuando la villa había quedado ya fuera de la vista, una columna de humo ascendió al cielo, una columna de humo que Sinae observó con terror por ver cumplido su presagio.
   —No mires atrás.
  Sinae oyó a su hijo, pero la voz no fue más que una brisa; su hijo volvió a hablar, esta vez con voz más firme:
  —No mires atrás.
  Se había detenido ya cuando su madre le miró, pero ella no había sido la única que miraba el humo; ahora que la marcha se detuvo, muchos miraban, y un murmullo empezaba a ascender.
  —¡No miréis atrás! —gritó el santo sin girarse.
  El grupo calló, se giró y esperó.
  —Seffré, vuelve y ve a cada casa; entierra a los muertos, reconforta a los vivos.
  —Mi señor… tal vez Etania y el resto sigan ahí.
  —Bien, así volverás a encarrilarles. Tú único propósito es evitar que los seguidores del viento malogren mis enseñanzas.
  El sacerdote eligió a un grupo al azar y les obligó a acompañarle, el resto acampó ahí mismo. No volverían hasta el mediodía siguiente, y en ese tiempo Trinjent se fue a meditar en un montículo alejado de todos, desnudo, con el viento rozando sus palabras; su madre no pudo evitar observarle escondida tras unas rocas, aunque sabía que su hijo conocía su paradero.
  —¿Qué vienes a buscar después de lo que has hecho, Oren? —preguntó Trinjent a nadie en concreto, o eso creía su madre, pues unos momentos después subió por el montículo el nombrado Oren, que se postró ante su patrón.
  —Veng-go a bu-b-buscar el perdón. —Antes de poder escuchar la frase entera, alguien la lanzó al suelo desde atrás, durante de la caída pudo escuchar el resto—:  m-m-mi señor, vengo a redim-mirme.
  —¿Por qué buscarías redención cuando has traicionado mis enseñanzas y ahora permites que ataquen a mi sangre? —Sinae vio que era aquella mujer cuyo nombre desconocía, una de las almas más fieles de su hijo, quien le tapaba boca y nariz para ahogarla.
  —S-s-soy un sierv-vo del viento, debo def-f-f-fender la palabra del viento aunque deb-ba hacerlo a base de sangre. —La madre intentó forcejear pero dos pares de manos le sujetaron los brazos.
  —Lo que debes hacer es recordar mis enseñanzas antes de cruzar una frontera de la cual no podrás volver. —La mujer mientras intentaba moverse sin lograrlo y giraba los ojos hacia todos lados, vio a Seffré que miraba en silencio.
  —Soy un s-sierv-v-vo del viento, deb-bo busc-c-car la red-d-den... redención. —La madre del santo se sentía morir, y se cansó de luchar; ya se había redimido, ¿o no lo había hecho? No importaba ya.
  —¡No! —Esa palabra inundó el alma de Sinae, su último aliento no exhalado formaría parte por siempre de las palabras del viento.
  Lo último que vería antes de abandonar este mundo, era la mirada impasible de Seffré; la última persona en quien pensaría, era en aquella muchachita ciega; lo último que escucharía antes de abandonar este mundo, era el eco del grito de su semilla. Lo último que sentiría; viento.

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