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  BASES Reto Julio 2022 - Tema Libre o Determinado por votación en los comentarios
Enviado por: Duncan Idaho - 27/06/2022 03:30 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (4)

BASES

Temática libre -  3 votos

Mano Inocente: *SE BUSCA*



Reglas del Reto


1. La extensión mínima de los relatos será de 500 palabras, no hay límite en la extensión máxima.

2. Los relatos serán titulados de la siguiente forma: "Reto Jul22: Titulo del relato". Solo podrá presentarse un relato por participante.

3. Cada participante, antes de enviar los votos, debe leer y comentar todos los relatos participantes, incluido el suyo propio para mantener el anonimato. Cualquier participante que no lea y comente todos los relatos será descalificado.


4. En el plazo de votación cada participante deberá enviar sus votos a la Mano Inocente mediante un mensaje privado. En el caso de otros miembros del foro que quieran votar en el reto, pueden hacerlo siempre que antes lean y comenten todos los relatos.


5. Las votaciones se realizarán del siguiente modo: Cada concursante otorgara 12 puntos a su relato favorito, 8 al segundo, 5 al tercero, 3 al cuarto, 2 al quinto y 1 al sexto. En ningun caso podra otorgar ningun punto a su propio relato.


6. No habrá categorías.


7. No debe desvelarse la autoría del relato salvo a la Mano Inocente mientras dure el reto y hasta que los resultados sean publicados.


8. Para subir los relatos se utilizará el usuario Joker, cuya contraseña será debidamente proporcionada el día de inicio de las subidas.  O no las arreglaremos para mantener en secreto la autoría de los relatos en los comentarios de este hilo.


9. Cualquier participante o relato que no cumpla estas normas y/o no respete los plazos establecidos quedará inmediatamente descalificado.


10. La organización se reserva el derecho a modificar las presentes bases y plazos cuando crea oportuno.



Plazos


Inscripciones: Desde la publicación del presente tema hasta el 22 de Julio de 2022.


Subida de los relatos: Del 4 hasta el 24 de julio de 2022. (Se podra subir el 25, 26 y 27 de julio, con penalizaciones por retraso de 2, 3 y 5 puntos, respectivamente). Se replantearán los plazos si hay más de dos autores que se retrasen 4 o más días y relatos muy largos


Comentarios y votaciones: Hasta el 29 de Julio de 2022.


¿Quién es quién?: 30 de julio de 2022.


Resultados finales: 31 de julio de 2022.


Índice de concursantes

Miles

Celembor

Sashka

Duncan Idaho




Cualquier duda, preguntad en este hilo.

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  Milagros y deseos en un rincón de algún mundo
Enviado por: Yandrak123 - 21/06/2022 01:44 PM - Foro: Novelas autoconclusivas y duologías - Sin respuestas

El otro día llegó a mis manos un ejemplar de este libro de fantasía llamado "Milagros y deseos en un rincón de algún mundo", y me sorprendió muy gratamente. Trata de un grupo de viajeros, los cuales se quedan atrapados durante una tormenta y empiezan a contar historias. Así, en un estilo muy de El hombre ilustrado de Ray Bradbury, esas historias se van convirtiendo en relatos. No son muy largos, ni tampoco demasiado cortos, sino que tienen la longitud perfecta para leerlos antes de dormir o en los trayectos de metro y autobús, y terminarlos sin que te sepan a poco. Además, cada uno tiene una ambientación y una atmósfera que es única y bastante distinta de los otros. Lo que consigue con esto es que te invita (o al menos a mí me invitaba) a seguir leyendo un cuentecillo tras otro, siempre con la curiosidad de cuál será el próximo lugar al que te llevarán las páginas y qué sucederá en ellas. 

La verdad es que lo recomiendo muchísimo. Si no me equivoco se puede conseguir en cualquier librería de España así como en la página web de la editorial (Editorial Cuadranta). Además, el autor es bastante guapete, así que hacerse con una copia no tiene desperdicio.

Aunque bueno, reconozco que quizás mi opinión está un poco sesgada, teniendo en cuenta que el escritor soy yo y que igual lo estoy viendo con el amor y el cariño que uno tiene por su primer libro  Tongue . Aún así reitero mi recomendación, y me haríais un favor enorme si vosotros también pudieseis recomendarlo.

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  Libro de cuentos de fantasía
Enviado por: Juno2 - 08/06/2022 02:00 PM - Foro: Taller Literario - Respuestas (1)

Hola, compañeros.

Hace mucho tiempo que no me conecto, y cuando lo hago es para un reto que luego dejo en el olvido. Por eso pido disculpas. El motivo de este mesaje es que como algunos de aquí saben desde hace años publico regularmente con distintas editoriales y actualmente llevo tres bolsilibros publicados, dos de ellos con editorial y uno por mi cuenta con supervisión de correctores. La verdad es que no me puedo quejar, y se vienen muchas cosas buenas. Entre ellas (y aquí entriss vosotros) es la elaboración de una antología de historias dentro de la ficción especulativa, para ser más explícitos, dentro del género de la fantasía, y he recurrido a este foro porque sé que lo que voy a leer de vosotros es calidad pura.

Si hace casid ein años ya escribíais bastante bien, estoy seguro de que ahora lo hacéis mejor. Por eso me gustaría pedirles a los miembros antiguos del foro si están de acuerdo en participar. En lo que a mi respecta puedo asegurarles de que el libro será publicado en formate físico y digital, y haré todo lo posible para que los autores sean remunerados. Eso no lo puedo asegurar, pero hasta ahora es lo que se plantea con el equipo de trabajo.

Por eso quisiera que se inscriban en este tema y que me manden un correo a juliocevasco@gmail.com quienes estéis interesados.  Sería genial que este proyecto se concretara y ver reunidos a todas las voces que por años me acompañaron en este foro como Celembor, Azaharys, la Cabra, Aravan, Werther, Gerald de Rivia, y todos los que estén prestos a colaborar con una historia, de preferentemente nueva.

Los requisitos se los haré leger por privado a todos los interesados, y bueno, si se consigue, mi meta sería que cada año se publique una antología para darle vida a este género del que me parece que existen buenos exponentes hispanos y que deben de mostrarse más.

Hasta pronto, compañeros.

Se despide,

el buen Juno,

PD. Estaré pasándome por aquí en estos días.

Abrazos!   Smile)

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  Resultados Reto Mayo 2022
Enviado por: JPQueirozPerez - 03/06/2022 10:43 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (4)

Resultados

1er puesto (32 puntos): La orden del Saurio (Celembor) / Mic tres palmas y el Cabrocino de Oro (Miles)
2º puesto (21 puntos): Cass el hechicero (Duncan Idaho)
3er puesto (18 puntos): La capa del mago (Selmeras)

Categorías

Mejor mago: Fowler (La Orden del Saurio)
Mejor hechizo: Cass y el relámpago que lo teletrasporta (Cass el hechicero)




Primero de todo felicidades a los ganadores, pero también a los demás participantes por mantener este apartado del foro vivo.

Ahora unos comentarios finales: con respecto a lo que ha preguntado Celembor en su mensaje sobre si iba a participar en los próximos retos, pues no, al menos hasta finales de julio sigo sin tiempo para ponerme a escribir e incluso cuando saco algo de rato no estoy con la cabeza para ponerme a escribir algún relato, así que a no ser que haga como la cabrita y suba un relato antiguo como si nadie lo fuera a descubrir, no no voy a participar hasta mediados o finales de verano.

Lo que aplica un poco también para lo que ha comentado Miles acerca de leer los relatos. Puedo intentar sacar un rato para ir leyendo los relatos, pero al menos por ahora no voy a poder ponerme a comentar; cuando tenga tiempo libre ya comentaré al menos estos (que como bien dice Miles es de una temática que propuse yo).

Y un par de temas por acabar esta breve presentación de resultados; por una parte, ¿ya tenemos suficientes relatos en los que aparece la cabrita (sin considerar los relatos de Resultados) como para hacer la categoría especial de Mejor relato sobre Cabromagno de Fantasitura? Porque me da a mí que si no tenemos suficientes, faltarán poquitos para hacer un reto extra como los dioses mandan. Big Grin

Por concluir, acerca de las categorías extra: por una parte creo que es un acierto la idea de Cabro de hacer categorías que van acorde a la temática (aunque ya que son categorías extra también se podían mantener las categorías clásicas además de estas); por la otra llevo viendo muchas veces cuando hago de Mano que alguien gana una categoría extra sin haber votado en ninguna. Creo que lo justo es que para ganar en ese apartado de los Resultados debas votar en al menos alguna de las categorías, porque igual si no comentas y votas, aunque quedes primero en las votaciones no vas a ganar, no tiene sentido que aquí sí puedas.

Así que planteo (a Cabro como organizador y a vosotros como básicamente los únicos participantes que hay ahora en los retos) eso: las categorías siguen siendo un extra y por tanto no tienes obligación de votar en ellas si no quieres, pero si quieres ganar en alguna de ellas sí debes hacerlo al menos en una, porque tal vez tu voto permita que un compañero gane en otra categoría (o empate contigo en la misma); así no afecta a quienes no les interesa esta parte, pero premia a quienes sí se toman la molestia en votar.

Y nada, esto es todo; si la participación para el próximo reto es la misma puedo volver a hacer de Mano que sacar un rato para votar y escribir los resultados no es problema.

¡Nos vamos leyendo!

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  Nacidos de la Bruma, era 2 (Sanderson)
Enviado por: aravan - 01/06/2022 05:50 PM - Foro: Colecciones, Sagas, etc. - Respuestas (1)

He buscado y no encontrado el hilo sobre Nacidos de la Bruma, aunque es posible que no exista (he encontrado el de Cosmere y otro más que ya no recuerdo). El caso es que para los Sandersonianos hay una buena noticia que servidor ha recogido de El Caballero del árbol sonriente, como otras ocasiones, y que viene a decir que el final de la era 2 de NdlB se publicará en inglés en noviembre y solo seis días más tarde se publicará en español, o al menos eso promete Nova.

Este es el enlace, donde también podréis ver la portada, (ojito con los posibles spoils)


https://caballerodelarbolsonriente.blogspot.com/
https://caballerodelarbolsonriente.blogspot.com/

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  Reto May22: Cass el hechicero
Enviado por: Joker - 30/05/2022 02:16 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

Cass el hechicero

Capítulo 1

Los tres ladrones huían a través del bosque cuando al salir a un claro fueron sorprendidos por cuatro guardias que se habían adelantado a su grupo, el choque de espadas sería inevitable pero rápido.

—¡La recompensa es por sus cabezas!, ¡ustedes dos vayan por aquel, yo iré por la chica¡—ordenó el que parecía dirigir al pequeño grupo—¡A ti te toca aquél del bastón Yako¡

Arlen, un hombretón de dos palmos y un pie de altura, se preparó para pelear contra los dos guardias que iban por él, desenvainó de su espalda un mandoble de acero rojo como la sangre. la llamaba  espada del amanecer. Arlen dejo que se acercaran lo suficiente y aprovechando su alcance, dio una zancada al mismo tiempo que soltaba un golpe de su espada, abriéndole el pecho al guardia más cercano que había subestimado el tamaño de su brazo y su hoja, el otro se detuvo por la repentina muerte de su compañero y Arlen lo aprovechó tomando su empuñadura con ambas manos y de un golpe le atravesó el yelmo y el cráneo de oreja a oreja

Teila blandía una daga en cada mano, estaba acostumbrada a que la considerarán como una presa fácil por ser mujer, pero eso solo la había ayudado a matar más fácilmente a sus contendientes.

Aquél guardia pudo esquivar el corte que iba a dirigido a su cuello pero no lo suficiente, titubeo al sentir la sangre caliente y ella lo aprovechó y con una velocidad asombrosa le asestó una estocada en el lado derecho del cuello, provocando un reguero de sangre que le sesgó la vida en instantes.

Cass se había tropezado con la raíces de un árbol torciendose el tobillo y como podía se defendía del cuarto guardia, paraba sus golpes de espada con el báculo de mago que había robado, aunque parecía de madera resultó ser mucho más resistente y liviano de lo que aparentaba lo cual revelaba su verdadera naturaleza mágica, uno de tantos artefactos hechos por magos  que habrían abandonado las torres de hechicería por el servicio a la nobleza. Había dudado en hacer uso de su magia y ahora no podía recordar un hechizo que recitar lo suficiente rápido entre espadazo y espadazo de su contrincante.

—Tal vez sí...—se dijo, cuando repentinamente su rival emitió un ruido ahogado y habría caído directamente sobre él si no hubiera reaccionado rodando sobre el suelo. Tenía una daga clavada en la nuca, Cass la sacó del cuerpo, la limpió en la ropa del muerto y se la tendió a Teila que iba llegando, ella la tomó y la guardó en una de las dos fundas que tenía a cada lado de la cadera. Y acto seguido abrazó a Cass.

—¡Gracias a las diosas que no estás herido!— dijo ella mientras lo apretaba con fuerza contra su cuerpo.

Cass se dejó embriagar por el aroma de la piel de Teila y la sensación de su cuerpo contra el de ella, casi olvidaba lo que había visto, casi.

—¿Estás bien Cass?—dijo Arlen, si sintió celos de la escena no lo demostró en su pregunta.

—Estoy bien, solo fue un tropezón, en un momento estaré de pie

Arlen asintió y se alejó.

—Fasta no tempis— dijo Cass considero que Arlen estaba lo suficientemente lejos.

—¿Qué?— dijo extrañada Teila por las palabras y el extraño zumbido que las precedió.

—He conjurado un hechizo de tiempo para hablar nosotros dos, a  ojos de Arlen nos moveriamos a una velocidad asombrosa y nuestras palabras serían  para él un muy raro y  corto zumbido—dijo Cass.

—Teila, sabes muy bien lo que nos persigue

La mirada de Teila lo dijo todo, ella los había escuchado, los terribles perros—hombre del barón, abominaciones antinatura creadas para la guerra hace más de 150 años, por los hechiceros renegados de la antigua torre de magia de Palaar, en la cuarta insurrección hasahar contra el imperio de Argred.

—No tienen escapatoria—Teila notó que Cass no se incluyó pero lo dejó seguir,—Arlen es fuerte y hábil con esa espada rara que tiene, tal vez pueda dar algo de pelea y elimine a uno o a dos, tal vez, ¿pero tu?

Teila sabía a lo que se refería, sólo había una cosa que superaba la sed de sangre de aquellas bestias y era su deseo desenfrenado por las mujeres, podría sentirse afortunada si moría mientras  se saciaban con su cuerpo, pero aún quedaba la posibilidad de que fueran cuidadosos y ella sobreviviera a la violacion, entonces su destino sería ser una esclava de placer en alguna de sus madrigueras hasta que quedara preñada, entonces, cuando llegara el momento del nacimiento, moriría entre terribles dolores provocados por las crías que la devorarian desde adentro en su intento de abrirse paso por su vientre para ver la luz.

—¿Quien sabría que eran tan preciadas para el barón las joyas que robamos, que incluso sería capaz de soltar una docena de perros—hombres de su ejército para darnos caza?

El tono de Cass no pasó desapercibido  para Teila.

—Lo sabías, ¿verdad?, ¿sabías del callejón sin salida en el que nos estábamos metiendo?

—Siempre tan perspicaz, sabes, desde niño supe que tú no serías como las demás mujeres de la aldea cuyo único deseo era tener un hombre que no las golpeara y sobrevivir al nacimiento de un hijo para tener el siguiente. Tú eras diferente, siempre tan valiente, mucho más que yo he de admitir e igual que yo con ganas de mundo porque la aldea nos quedaba muy pequeña.  Pero te equivocas, no fue mi plan, te recuerdo que fuiste tu y Arlen los que me arrastraron en su idea de  escabullirse dentro de la fortaleza del baron, además, los tres somos de aquí sabemos los caminos y sabíamos que al final todo se vendría abajo.

Lo que no dijo Cass es que había dejado seguir los acontecimientos porque si tenía otro plan para Teila. El la deseaba y la había amado  desde mucho antes, cuando de niños ella lo protegía de las burlas de los demás, pero su amor por ella había muerto cuando la encontró de rodillas complaciendo a Arlen.

—Yo puedo salvarte y salvarme, pero a él no, no podría avanzar suficiente distancia con los tres y nos alcanzarían.

—No lo abandonaré, prefiero..

—Prefieres que los perros te... un puñetazo de Telia evito que Cass terminara la oración.

—Hay otra forma dijo Cass mientras se frotaba la mejilla para aliviar el dolor del golpe— mierda de verdad que es fuerte pensó— podría simplemente irme y dejar que Arlen muera viendo cómo se divierten contigo o…

—¿O qué?— preguntó Telia sorprendida por la nueva cara que veía del que había considerado su mejor amigo desde hace tantos años.

—Lo diré sin rodeos, Te deseo, te deseo con locura

—Podría pelear por ti, podría arriesgar mi vida por ti, pero no gratis,¿qué prefieres?, ¿que un grupo de animales te violen hasta morir o darme placer a mi?

Cass se preparó para otro puñetazo pero este no llegó.

—¿Estás loco?, ¡Eres como mi hermano!, desde …

—Pero no lo soy— le interrumpió— si no te importa tu propio destino, ¿qué hay de Arlen?, hace un momento dijiste que no lo abandonarías, podría llevarte conmigo a la fuerza solo para que veas cómo muere.  Podrías salvar su vida, la de ambos, si quisieras.


Cass y Teila llegaron hasta donde estaba Arlen a la orilla del pequeño precipicio en que terminaba el claro, observaba hacía  abajo, al río que dividía las regiones de Ergan y Genil.  Podían intentar bajar y cruzar el río pero de nada serviría ya, no había suficiente distancia entre ellos y sus perseguidores para poder escapar.

Arlen abrazó a Teila y le tendió una pequeña daga, sabía que ella era una guerrera pero lo que le deparaba sería demasiado, pero así podría evitar su sufrimiento. Ella la tomó pero en seguida se la devolvió.

—No, ¡No!,—dijo Teila—Cass es un hechicero tal vez, estoy segura que él puede hacer algo.

Arlen  y Teila dirigieron una mirada a Cass, esté sonrió, Teila había aceptado su propuesta y pagaría con su cuerpo por la vida de ambos.

Unos gruñidos los alertaron, ahí estaban los perros del barón cubiertos con cota de malla y cargando sus armas en el lomo,  se movían sobre las cuatro patas que terminaban en dedos con garras negras, cualquiera diría que eran cadáveres andantes, con los huesos marcados y mechones de pelaje en una piel sarnosa, ojos totalmente blancos como si fueran ciegos y su terrible hocico capaz de arrancar la cabeza de un hombre de un mordisco. Lentamente cada una de las bestias fue poniéndose de pie y con sonoros chasquidos de huesos fueron acomodando sus articulaciones para la batalla a dos patas, podían alcanzar un altura de dos varas y media, y superaban a cualquier hombre en fuerza y velocidad.

— Quédense lo más cerca de la orilla y no se muevan

Cass observó, mientras se alejaba de Teila y Arlen, que había más guardias humanos que acompañaban a las bestias, algunos con cota de malla, otros empuñando sus espadas. Se detuvo al considerar suficiente distancia y alzó la mano.

—Luxe caminis— dijo alto y fuerte y un relámpago lo fulminó dejando solo una marca negra en la roca.

Sus perseguidores soltaron una carcajada mientras que las bestias hicieron un remedo de risa, algo que sonaba a una mezcla de gruñido y ladrido. Repentinamente en medio de ellos cayó un rayo que materializó a Cass, el trueno había roto los tímpanos de los más cercanos mandándolos al suelo.

—Circue llamis— soltó con fuerza su conjuro.

Un anillo de llamas se formó alrededor de él y con un movimiento de sus manos hizo que se extendiera dejando una marca visible de su movimiento en el suelo. No tardó en oírse los primeros lamentos y a llenarse el ambiente de pelo y carne quemándose por las cotas al rojo vivo. Había lanzado un hechizo para fundir y forjar acero en el que la magia controlaba la temperatura del metal en todo el proceso, pero él lo había convertido en un arma usando el conjuro para calentar hasta el rojo vivo durante un instante cualquier metal que tocase, ya una vez caliente tomaría medio día para que cualquier metal se enfriara por sí mismo. Quedaron más de una docena de cuerpos retorciéndose, el resto escapó de vuelta al bosque, cuatro más que aún no habían sido alcanzados por el anillo de fuego se lanzaron por el precipicio prefiriendo ese destino que morir quemados.

Arlen y Teila miraban nerviosos como el anillo se iba acercando y respiraron aliviados cuando se extinguió apenas a medio palmo de ellos. Cass hecho una ojeada,  reparó en un par carcajs y flechas tiradas a varias yardas de él, nunca le pasó por la mente el que arqueros fueran parte de la patrulla que los perseguía, la sola visión de una andanada de flechas con el astil en llamas y la punta al rojo vivo atravesando su carne y quemando sus entrañas le inquieto, debía de buscar una  forma de estar protegido

—Aún podía morir como cualquier persona—pensó.

Se acercó a la orilla, había comprado suficiente tiempo,  ahora podían descender y cruzar el río tranquilamente. Primero bajo Arlen, cuando Teila se disponía a bajar, Cass no dudó en aprovechar la situación y decidió apretar una de sus nalgas. Ella volteo decidida a darle un puñetazo, aflojó la mano y cambió su semblante por un instante y siguió bajando. Esa fue la primera vez que Cass vió temor hacía él en el rostro de Telia.


Capítulo 2

Los tres ladrones habían logrado poner suficiente distancia, incluso ya habían vendido algunas joyas en las ciudades de Genil con total calma, podían estar seguros que ya nadie los molestaría pero ya no podrían poner un pie en Ergan, cosa que tampoco es que les quitara el sueño. Arlen se preocupó por Teila, tenía un par de días que estaba huraña y distante, caminando alejada de los dos.

Iban en campo abierto en el camino a Danisek donde podrían vender el resto de lo robado, cuando hicieron un alto en el camino, cerca de un bosque. Tanto Cass y Arlen se internaron en él para orinar

—Cass, ¿Sabes qué le pasa a Teila?, tiene un par de días que no habla y se porta muy tosca conmigo—dijo Arlen cuando hubieron acabado.

—En realidad sí, lo sé, lo he visto algunas ocasiones, me sorprende un poco que no reconozcas los signos, siempre pasa después de alguna batalla o escaramuza en poblados y ciudades, oh lo olvidaba, te hechice cuando estabas a punto de interrumpirnos en medio de mi cobro por salvarles la vida

Cass movió los dedos y dijo un conjuro en un susurro, el primero y único hechizo que podía conjurar de esa forma. Esperaba poder llegar a hacer magia solo pensando en ella pero eso solo lo diría el tiempo.

El contrahechizo hizo efecto y Arlen  recordó como Cass sujetaba a Taila mientras la embestía con fuerza, entre lágrimas mal contenidas de ella.

—No te preocupes, ya se le pasará, nada más fueron tres días con sus noches, aunque le he dicho que tengo ganas de repetirlo— dijo de forma burlona.

Arlen desenvaino  y dirigió un espadazo al cuello de Cass, esté se dejó caer hacia atrás esquivando el tajo pero no pudo evitar que su mano izquierda volara de su brazo.

—¡Como te atreves¡, simplemente con unas palabras mías y arderas hasta los huesos— pensó Cass, abrió la boca pero no dijo nada, se arrastró en la tierra como pudo mientras Arlen se acercaba a él, tomó vuelo para clavarle la espada en el corazón hasta  una cuarta de la empuñadura, la retorció y la sacó chorreante de sangre.

—Maldito hijo de puta—dijo mientras se volvía para volver con Teila.

Cass vió pasar toda su vida en un instante frente a sus ojos.  Vió cuando a los 7 años se le ocurrió decir a los otros niños que él quería ser aprendiz de mago, a Arlen que ya era alto a sus 10 años, se le ocurrió la broma con la que empezaría el tormento de Cass y que los demás niños no dejarían de burlarse de él en todo momento, hasta que abandonase la aldea.

—Casiano quiere ser brujo

—Pero Casiano no llega ni a culo

Y todos los niños estallaron en risas y así fue durante casi cuatro años que lo llamaron con el mote de aprendiz de culo, pero ojalá solo hubiera sido eso.

Vió cuando abandonó la aldea a los once años de la mano de un reclutador de magos, aunque la realidad es que sus padres lo habían vendido como esclavo a alguien que resultó ser un reclutador.

Dos años después había podido reunirse con Teila, ella se había unido al culto de las sacerdotisas guerreras de las tres Diosas en el santuario de Aerilon,  pero nunca tomó los hábitos, se había quedado con su fe y sus enseñanzas de pelea. En los últimos 6 años sus trabajos habían sido desde ser ladrona a guardaespaldas de niñas y mujeres de la nobleza.

Luego vió cuando visitó la vieja posada unos días atrás en su aldea natal, quería vengarse de todos los que se habían burlado de él, los haría arder hasta los huesos, hasta que vió a Teila caminar del brazo de un tipo enorme, a pesar de los diez años que habían pasado desde que abandonó la aldea, reconoció su cara y se temió lo peor. Era Arlen, que no solo le había pedido una disculpa a Teila, ¡sino a él también!, por simple consideración a ella se la había aceptado y había dejado su venganza para después, pero lo peor fue la manera en que ambos se miraban, supo que simplemente Teila no sería para él.

—Son cucarachas—las palabras lo sacaron de sus pensamientos.

—¿Cuánto tiempo se tarda uno morir?—se preguntó mientras se miraba el muñón de la mano izquierda y se palpaba con la mano derecha el agujero que le había dejado Arlen en el pecho.

  Se incorporó mientras reflexionaba sobre lo que le estaba pasando, no supo muy bien porque, tal vez un tipo de instinto mágico, pero supo que estaba vivo no por ningún hechizo sino por la misma magia que él poseía, pero no sería para siempre, sabía o mejor dicho sentía que era limitado el tiempo que podría estar en esas circunstancias y que finalmente acabaría sucumbiendo a las heridas mortales que tenía. Pensó en que hacer, tenía que pensar muy bien sus movimientos para sobrevivir.

—¡El maestro Adelsa!—se dijo,— es mi única opción.

Recordó la plática en la torre de alta hechicería de Aerilon, sobre Cazmar, el que había sido el más poderoso hechicero que había existido y ascendido hace cuatrocientos ochenta y ocho años.  Descubierto a los cuatro años y apenas dos meses después de su llegada a la torre ya lanzaba bolas de fuego, a los nueve ya había obtenido los veinte grados de la gran logia de Karnek, que tomaba como mínimo diecisiete años, a los doce escribió su primer libro de hechicería, de los cuarenta que escribió y que transformaron totalmente la magia que se manejaba en ese momento. Y finalmente después de tres años en el cargo de archimago de la torre Doriath cerca del desierto de Ekaia, con diecinueve años, dejó todo lo que estaba haciendo y se fue, apenas le dijo a  unos cuantos y ni siquiera hubo tiempo de una ceremonia, caminó a una legua de la torre y ahí alzó las manos, un enorme remolino de nubes se formó y dió paso a una columna de luz y fuego en la que él, en el centro, se fue ascendiendo, nunca antes ni después se avistó una columna de ascensión así.

En ese momento su opinión es que él si tuviera ese poder se dedicaría a conquistar reinos e imperios.

—¿Quién quiere ser rey de las cucarachas?—había dicho su maestro Adelsa, al escucharlos al pasar.

—No son cucarachas para mí—había contestado Cass por lo bajo.

—Lo serán...Lo serán—había replicado Adelsa.

—¿Lo serán?—pensó por un momento Cass.

Intentó volver por sus cosas pero repentinamente tuvo en cuenta todo lo que había hecho, había querido dañar a Arlen pero había dañado a la mujer que más había amado, y ella tal vez no lo amara pero lo quería, lo quería mucho de verdad.

Soltó una lágrima y se dirigió a la dirección contraria, no sabía qué significaba esa lágrima, porque a pesar de lo que le había hecho a Teila, sabía dentro de sí que no solo no se arrepentía sino que lo volvería a hacer.

Levantó un dedo y se iría en un relámpago hacia la torre de alta hechicería de Aerilon, esperaba que ahí Adelsa lo ayudará a sobrevivir.

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  Reto Mayo22: La capa del mago
Enviado por: Joker - 25/05/2022 01:13 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (4)

El padre, al verlo jugar animadamente, le preguntó:
-¿Qué sos, un caballero?
-No –respondió el niño. –Soy un mago.
Lo dijo con tanto convencimiento que hasta el día de hoy su padre aún lo recuerda. Luego, no fue sorpresa escuchar al niño decir cosas como:
“Un mago no come papa fritas”
“Los magos nunca revelan sus secretos”
Un día su padre llegó con una sorpresa. Al otro día irían a visitar la tienda de un auténtico mago.
Marco no se hizo muchas ilusiones. Ya la vida lo había defraudado muchas veces en sus 7 años. De todas formas, esa noche se acostó con la cabeza llena de fantasías y una pregunta que lo mantuvo mirando el techo por largo rato: ¿Y si fuera cierto?
La tienda estaba en una parte muy elegante de la ciudad, de edificios antiguos con portales resguardados por techitos de tejas anaranjadas y frondosas enredaderas. Su padre iba mirando la numeración.
-71, 73… ¡77! Acá es.
La puerta ante la que se hallaban no era muy diferente al resto de las puertas del vecindario, salvo por una cosa: había un cartel colgando junto a ella.
-La Tienda del Mago Sabín -leyó el niño.
Su padre se acercó y tanteó la puerta, estaba abierta, entonces le dedicó una sonrisa de entusiasmo y entró.
Para su gusto, pensó Marco, su padre estaba demasiado optimista, lo cual era extraño porque por lo general siempre había sido al revés. Cada vez que Marco había pedido que lo llevaran a tal o cual lado, o para comprar tal o cual libro, su padre había accedido pero con un escepticismo que siempre pesaba sobre el niño y lo peor de todo, que siempre terminaba por confirmarse. Ahora que por primera vez su padre mostraba el entusiasmo que Marco siempre había deseado, se sentía muy fastidiado porque ahora era Marco el escéptico. Sin embargo, le agradó que el cartel fuera de madera, con las letras talladas diestramente, colgando de gruesas cadenas. Al menos se habían esforzado un poquito.
Entró.

¿Qué era esto? ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era esta sensación tan extraña que sentía? Marco no lo sabía, pero siguió avanzando, adentrándose en aquel extraño lugar.
Hacia un lado, una inmensa estantería ocupaba toda la pared desde el suelo hasta el alto techo. Una escalera corrediza como en las películas, aguardaba en uno de los extremos. Lo extraño era que la estantería estaba completamente vacía. Nada absolutamente en ninguno de sus muchos estantes.
Hacia el otro, una serie de probadores, como en las tiendas de ropa, con cortinas de todos los colores del arcoíris. Las contó. Eran siete en total.
Su padre sonreía entre divertido y asombrado, pero Marco se hallaba más cerca del desconcierto. ¿Sería posible que aquel fuera el lugar que había estado buscando toda su vida? Un lugar donde la magia no fuera solo un título bonito o una serie de cajas con espejos. Un lugar donde la fantasía dejara de ser solo imaginación.
No. Marco se dijo que no. Ese lugar no existía. Seguro que en cualquier momento aparecería una vendedora joven y simpática o alguna señora agradable con las palabras de siempre: “¿Les puedo ayudar en algo?”. Porque si el cartel decía que era la tienda del Mago Sabín, Marco esperaba encontrar cualquier cosa en esa tienda, menos al Mago Sabín. Así que cerró los ojos para tratar de guardar aquella sensación en su interior antes de que…
-Sean bienvenidos -dijo una voz masculina de pronto-. Yo soy Sabín.
Marco abrió de golpe los ojos. Un hombre se hallaba de pie ante ellos.
-Carlos -dijo su padre, acercándose a estrechar la mano del hombre -, encantado. Mi hijo, Marco.
-Hola Marco -dijo el hombre calmadamente.
El hombre estaba tan quieto que parecía una estatua, como esos artistas que se ponen en las plazas, salvo que no tenía la cara pintada, sino una piel muy bronceada y una mirada penetrante, sobre la que asechaban dos cejas tan oscuras y pobladas, que parecían las alas de un cuervo. Sus ropas eran azules, completamente azules, y eso era todo lo que podía decir al respecto porque Marco nunca había visto ropas como aquellas.

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  Reto May22: Mic Tres Palmas y el Cabrocino de Oro
Enviado por: Joker - 21/05/2022 06:46 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (4)

Mic Tres Palmas
y
el
Cabrocino
de
Oro




Mi nombre es Mic Tres Palmas y soy Tamborilero. Sí, el nombre de mi profesión puede dar lugar a engaños, pero en la región de Faralia se conoce por ese nombre a una amplia gama de profesionales del entretenimiento: cuentacuentos, cronistas, bardos, y hasta bufones y malabaristas. Cierto, podrían incluir alcaldes y predicadores, pero estos ya compiten por el sobrenombre de sanguijuelas. 
De entre todas las acepciones, la de cuentacuentos es la que más se ajustaba a lo que yo hacía. Desde pequeño empecé a contar historias sirviéndome de chasquidos, palmas y otros sonidos para encandilar a mi público y someterlos al hechizo del entretenimiento. No hay como una intriga jugosa, un personaje dulce y una historia ácida para cautivar a la audiencia más exigente. 
Mi vida era perfecta; visitaba regularmente los pueblos campestres de Faralia, las montañas quebradizas del borde septentrional, las costas tranquilas del Gran Lago y de cuando en cuando no faltaba la visita de rigor a su capital, Níbeda. En todos esos lugares era recibido con comida, alojamiento y con un hogar ardiente a mi disposición. Por supuesto, los agradecimientos por mi trabajo rellenaban de vino mi bota y de calor mi viejo espíritu.
Esa época es difusa pese a que solo han pasado unos meses… ¡Ah, los buenos tiempos! ¡Cómo los añoro! Y es que mi amada reputación ha sido envilecida por el sujeto más embustero, embaucador, emb… ¡Embolia que está a punto de darme con su solo recuerdo!
 
Veréis, todo comenzó un día cuarenta del mes de la Cosecha. Llegué con mi fiel mula Roberta al muy olvidado pueblo de Balaústres. Como su nombre indica había sido construido por necios. Eso debió de darme la primera advertencia. Era un conjunto asimétrico de casas que escalaban una portentosa ladera sin ajustarse a lo que debería ser una verticalidad normativa. No, las casas se inclinaban peligrosamente. De seguro, en más de una construcción el camastro apoyaba más en la pared que el suelo. Todo el insultante y vertiginoso conjunto sobrevivía gracias a la protección de columnas, pilares y sobre todo gigantescos puntales diagonales que se enterraban hasta perderse en el abismo. Un sinsentido para un arquitecto. Pero claro, aquel pueblo venido a más había sido construido por cabreros, ¿qué podemos esperar de gentes acostumbradas a perseguir al ganado de risco en risco? No solo eso, orgullosos de su oficio y en su persistente alienación habían tallado una estatua al Cabromagno, un ser mitad pastor mitad cabra, con lo peor de los dos mundos si me preguntan a mí. El chivo del demonio tenía una portentosa cornamenta, rostro caprino y musculoso cuerpo de varón humano en posición presuntuosa… Viéndolo en retrospectiva, era un grito de alerta sobre lo que me aguardaba. Ignorante, no lo vi venir.
Entré en la única posada de Balaústres, que demostró ser menos de lo que merecía un tamborilero de mi talla y renombre. El horrible antro se llamaba El Juanete de la Aurora y desconozco como tenía el pie la pobre Aurora antes de que la mentaran así en su honor, pero la posada estaba hecha un asco. La planta baja servía de taberna, a los lados se apoyaban las mesas y los bancos, y desde allí hacia el centro de la estancia las tablas del suelo se combaban formando un río de un líquido que por su oscuridad parecía tan antiguo como el pueblo. No tardé en comprobar que los posos de los cuencos de vino iban a parar allí… al igual que los escupitajos. 
Las sensaciones eran malas. Aun así, dejé caer mi culo cerca de la primera mesa que encontré vacía. Se acercó una señora «de las que producen eclipses» (esta expresión solo la conocen en la capital, me refiero a que era gorda como una res preñada) y que respondía al nombre de Alondra. Le enseñé el lazo con el sello violeta de Faralia que me acredita como Tamborilero de oficio y obtuve un ceño fruncido, y un escupitajo que engordó la charca adyacente como respuesta. Idiota de mí, creí que era algo cultural y escupí de la misma manera… Caí en mi error cuando su rostro se encendió como una antorcha. Rebusqué indignado por unos cobres con los que comprar una cena y un cuenco de vino. Ya rogaría con el estómago lleno a un corazón bondadoso por un pajar donde pernoctar.
Apenas llevaba un par de mordiscos de mi medio faisán guisado cuando alguien atravesó la puerta principal con un estruendo. La visión, enturbiada por las débiles velas de la posada, fue extraña. Era un hombre ordinariamente extraordinario. Lo sé, vaya una contradicción, pero como explicarlo… ¡No era un simple cabrero!. Llevaba un sombrero de mago de dimensiones absurdas, su cornucopia se doblaba por su peso y el gran tamaño de su ala oscilaba con sus dubitativos pasos ocultando su rostro. Su ropa era una media túnica gris azariana. Para los que no conozcan a los azarianos, son esos que imponen su destino al azar; sus ropas llevan dibujos brillantes de constelaciones y escritos de mantras absurdos. El resto de su vestimenta era dispar: por el corte de la media túnica asomaban unos pantalones a rayas negras y blancas (similares al estilo burgués) y sus botas, con la punta en espiral, eran completamente ridículas. El hombre giró a su alrededor observando a la multitud, dejó caer el sombrero sobre su espalda (sujeto por un cordel) dejando a la vista una mata de pelo amarilla y una sonrisa ennegrecida.
Sé hizo el silencio y múltiples cuellos se irguieron para fisgar. ¡Cómo lamentó ahora haberme dejado llevar por mi curiosidad! El caso es que el extraño individuo sacó una cuarteada bota de su cintura y pegó un tragó que me pareció eterno. Luego se inclinó en reverencia hacia los presentes e inexplicablemente se desplomó inconsciente sobre el maloliente charco de la taberna. Para mi sorpresa, cada uno volvió a lo suyo, como si el altruismo estuviera fuera del limitado vocabulario de los cabreros. Creo que viene a cuento uno de esos absurdos mantras azarianos: 
¡La cabra al pasto, lo demás un asco!

En cambio, yo maldigo ahora mi dignidad urbanita. Me levanté, saqué la cabeza del individuo de la asquerosa poza y lo arrastré hasta mi mesa.
No habían pasado unos minutos cuando el desgraciado recuperó la conciencia. Es más, el sinvergüenza no tardó un suspiro en arrancar el ala del faisán de mi plato. La carne chorreaba grasa sobre sus nudillos tatuados. Masticaba con la boca abierta en una medio sonrisa. Mi sentido de alerta se activó cuando se bebió el vino de mi cuenco y lo escupió con restos de faisán sobre la poza. Parece que no era de su agrado. Aun así, el bastardo hizo el sacrificio de seguir bebiendo.
Me considero una persona de educación excelsa, aunque pueda parecer un contraste con mi presencia en aquel lugar. Yo estaba allí por la fiesta del Cabromagno. Entre los tamborileros los festejos son una buena oportunidad de trabajo. Cierto es que algunos acaban no siendo lo que esperamos, pero no recuerdo una bienvenida con semejante nivel de indiferencia. Si a eso le sumas a ese borracho mendicante… En fin, fue la gota que colmó el barreño. Aun así, henchido de valor, traté de interactuar con mi fortuito acompañante.
—Ejem —carraspeé. El hombre decidió no darse por aludido—. ¿A quién tengo el placer…?
—Mío… placer…—dijo escupiendo trozos de faisán sobre mi jubón.
—¿Su nombre…? —dije apretando los dientes.
El individuo, rondando la cuarentena y probablemente apuesto según los estándares femeninos, me mostró una sonrisa encantadora (pese a los dientes ennegrecidos), perfilada por un bigote rubio y una pequeña chiva. Se limpió la grasa de la cara con la manga, se levantó e hizo un nuevo saludo, dejándome un aliento apestosamente reconocible. Una mezcla de tabaco, vino y especias.
—Soy Ray Magpie, condecorado por la preeestigiosa Universidaaad de Conjuradores de Níbeda —dijo con voz melosa y alargando las vocales teatralmente—. Aaa su servicio.
Levantó la vista y me miró con unos ojos profundos y oscuros, sin duda acentuados por maquillaje negro en sus párpados. Al momento sospeché que el tal Magpie era menos de lo que aparentaba… y aparentaba poco, creedme. Pero su curriculum me impresionó. Ahora, en cambio, sé que cuando quería decir «condecorado» por la Universidad de Conjuradores de Níbeda, en realidad quería decir expulsado, apestado y renegado. Ya que nunca consiguió someter al espíritu ancestral al que se vinculó.
Veréis, debido al carácter urbanita del que ya os he hablado, conozco bien la Universidad de Conjuradores. Una institución prestigiosa donde las haya, que certifica a todos y cada uno de los conjuradores que pueblan la bella tierra de Faralia. Quiero dejar esto claro: la profesionalidad de la Universidad no será puesta en duda durante este relato. Es más, creo que debería aclarar el buen juicio de la institución y explicaros que clase de alumno había sido Ray Magpie. Para comprenderlo, os diré en primer lugar que al provenir toda magia de los espíritus ancestrales, el conjurador es solo un vehículo que se encarga de dirigir la magia a placer, nunca producirla. Cuando un joven con aptitudes entra en la Universidad, lo primero que hace es tratar de vincularse a un espíritu afín. Esto es importante puesto que sus capacidades el día de mañana dependerán tanto de su habilidad como del poder del espíritu vinculado. Por tanto, el primer paso es vincular a un espíritu de calidad, no un cualquiera. Por ejemplo, la Universidad de Níbeda se cuida de no formar a ningún Brujo (conjuradores que se vinculan a un espíritu maligno). Algo parecido pasa con los que llaman Nobs, aquellos que se vinculan a espíritus traviesos e impredecibles. Suelen acabar siendo magos del montón, de esos que hacen trucos de cartas en las tabernas. La Universidad forma sobre todo a conjuradores que vinculan espíritus benévolos. Esos se reconocen como verdaderos Magos… pero hay algo más. Todos estos alumnos que concurren a la Universidad, deben pasar una última prueba que decidirá su éxito como futuros Magos: El Sometimiento.
Cuando un conjurador consigue someter a su espíritu, la voluntad de este desaparece y el mago resultante es capaz de usar sus capacidades bajo su absoluto albedrío.
Adivinad que clase de conjurador era Magpie… Tardé en enterarme, no es algo que uno vaya pregonando por ahí, pero el caradura resultó ser un Nob de los que viste y calza. Un conjurador que se vinculó a un espíritu travieso… y no uno cualquiera, las malas lenguas cuentan que era una monstruosidad de espíritu ancestral, una verdadera deidad de los pícaros. Ahí no acabó su insensatez e incompetencia. La piadosa Universidad decidió darle una oportunidad al bueno de Magpie llegado El Sometimiento… No os lo creeréis. Este se negó, excusándose en que había entablado amistad con el espíritu…
Lo que oís, ¿qué clase de Mago es incapaz de realizar magia a voluntad? Ray Magpie era un desgraciado y un pusilánime, desterrado y humillado por la Universidad, que vagaba molestando y aprovechándose de benévolos e incautos… Lástima no haberlo descubierto con anterioridad.
 
¿Por dónde iba…? Sí, estábamos en el Juanete de la Aurora, mi vieja mula Roberta esperaba atada a un poste en el exterior o eso creía… Yo seguía soportando al excéntrico personaje que me robaba la comida a puñados y me ponía caras desagradables cada vez que bebía mi avinagrado tinto a tragos.
Cuando remató la comida se llevó las manos a la panza y me sonrió con los ojos entrecerrados. Pensé que iba a dormirse en cualquier momento, pero entonces se acercó y me susurró con voz sensual y una media sonrisa: «Soy Ray Magpie» y me guiñó un ojo con prepotencia. Me quedé patidifuso, no entendía nada, ¿habría olvidado su presentación anterior?
—Ray Magpie —repitió con cierta indignación—. ¿No has oído hablar de mí? El mayor mago de mi generación, el hombre que sometió a los Irámias solo con su labia ¿Tampoco? Tal vez me reconozcas por haber caminado sobre las mortales aguas del Gran Lago… ¡desnudo! ¿No? Venga, Ray Magpie, líder de la Orden de los Heréticos del Amanecer…
—Esto… de esos últimos sí escuché algo —ciertamente me sonaban—. ¿Son esos que defienden los caminos de los Sectarios del Amanecer?
Magpie se turbó.
—No, creo que no, nosotros… esto… umm…  no sé muy bien que hacemos —murmuró—. Lo cierto es que me expulsaron hace mucho.
—¿Pero no eras el líder?
—Sí, así es, lo fui por un tiempo. Un par de horas. Intensas.
Concreto con información descubierta a posteriori: hacerse pasar por el líder, era para Magpie equivalente a serlo de facto. En cualquier caso, sin esta valiosa información, comencé a dejarme llevar. Incluso llegué a pensar que los proverbios azarianos y plateados de su túnica tal vez sí escondían verdadera sabiduría:
¡Si el bicho canta, no es tarántula!
Quiero decir que el personaje hablaba por las orejas, así que me confié, poco peligro puede provenir de un charlatán. Reconozco también que me dejé llevar en sobremanera por todos sus citados logros. Un buen cuentacuentos sabe donde hay una historia, comencé a ver aquella comida perdida como una inversión en material para mis tramas. Un error de los gordos. Que sí, que bajé la guardia. Cuando llegó su propuesta zalamera, mis ojos chispearon, casi podía oír el tintineo de los cobres. Cuando uno lleva tanto como yo en la profesión, tiene una reputación que mantener y sabe que el material fresco es tan importante como para el gourmet un buen solomillo. 
Aun así, traté de venderme bien.
—Yo también soy conocido —dije. Sí, aun lamentó mi ego inflado—. Soy Mícolas de Cornuzales, tamborilero profesional, especialmente reconocido en la corte de Faralia. Todo el mundo me conoce como Mic Tres Palmas. Los amigos me dicen, simplemente, Tres Palmas —dije alargando la mano. Me ignoró.
—Bien, Mic —su puta madre—. Veráaas, estaba buscando a dos personas: alguien que escriba las crónicas de mi aventura y alguien que comparta las vicisitudes del viaje. Tal veeez… tú pudieras ser ambas.
—¿Qué clase de aventura? —me aventuré.
—¡Una bien sugerente! —sugirió—. ¿Qué opinas? El primer tamborilero que protagoniza su propia historia.
—¡Oh no! No soy tan valiente, señor Magpie. Me conformo con mirar de lejos y tomar notas con mi pluma.
—Aaah, ya veo. Difícilmeeente podría compartir ciertooo… tesoro.
—¿Qué tesoro?
—El Cabrocino de Oro, por supuesto. Una espesa piel de peaje áureo que cubre la espalda del mitológico Cabromagno. ¿Cómo un tamborilero de tu calado no ha oído hablar de semejante leyenda?
Liante.
—¿Qué propones? —dije rendido por la codicia.
—No sé, una bufanda y unos guantes para empezar.
—¿Qué?
—Lo que haría con mi parte de tan exclusiva lana. 
 Ya me vislumbraba acariciando el suave y aterciopelado oro.
—De acuerdo —dije. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Qué consiguiera una buena anécdota?— ¿Qué necesitamos?
—Bien bien, necesitamos una ballesta para ti, mi querido Mic. También víveres, un poco de pedernal, un compás y tres botellas de Brandy. El resto es cosa mía. Sé donde encontrar a esa bestia.
—¿Tres botellas de Brandy?
—Tieeenes razón Mic, ¿en qué estaría pensando? ¡Mejor cuatro!
Os juro que en ese momento, inocente de mí, creí que el brandy estaba de verdad relacionado con la misión… Pagué cada cobre de lo requerido por mi nuevo compañero, incluso una ballesta llena de telarañas que adornaba una pared tras la barra. Con todos los requerimientos en el macuto, salimos al exterior. 
Y mi mula Roberta no estaba.
Me alerté, claro está, pero tampoco mucho. Roberta es superdotada en eso de buscar pasto fresco, pero siempre regresaba con puntualidad. Ante mi inminente partida decidí dejar constancia, a Alondra, sobre la propiedad incuestionable de la mula que aparecería en su posada, sin duda, en cuestión de horas.
Así que sí. No sin cierta frustración, yo hice de mula cargando con todo el equipaje. Ray Magpie caminaba a mi lado con su enorme sombrero picudo con un aire bohemio. Tenía un paso extraño, difícil de definir, como un malabarista sobre una cuerda floja, o quizás un borracho en precario equilibrio. No le di importancia, ya había empezado a asumir su excentricidad. Además, de vez en cuando apartaba la túnica a un lado como un espadachín, levantaba el ala del sombrero y me sonreía con afable camaradería. Cosa que reconozco que me gustaba. Llegué a pensar que el sacrificio de mi cansada espalda por cargar el macuto merecía la pena por tan estimulante empresa.
Todo cambió cuando abandonamos el pueblo al atardecer, subimos por una ladera empinada y llegamos a una amplia meseta llena de cabras… y una única cabrera. Ah, veréis, era joven, pero no era precisamente una preciosidad: iba de mierda hasta las rodillas, era de cuerpo recio y alborotado cabello pelirrojo. Con más pecas que estrellas tiene el cielo y menos dientes que dedos en una mano. Pero a Ray Magpie le gustó. ¡Vaya qué si le gustó! Nada melindroso se acercó a la muchacha dejando el sombrero a la espalda. Hinchó el pecho como un pavo relleno y dijo:
—¿Qué hace tan beeella dama por estos pedregosos lares?
Os juro que me puse a buscar a la bella dama por toda la llanura, hasta entre las cabras, pero tras un barrido deduje que se refería a la joven. No me juzguéis ¡Qué diablos! Ella misma, dubitativa, se señaló el pecho con un índice.
—¿Ez a mí? —preguntó la paleta. Magpie asintió con los ojos entrecerrados—. ¡Oh! ¡Galán!
Bribón diría yo.
Saltaré el resto del cortejo para ahorraros la vergüenza ajena. El caso es que la muchacha  pastoreaba las cabras y solía pasar la noche en una cabaña de pequeñas dimensiones. Cuando nuestro audaz amante le propuso cochinadas, la recatada dama, aseguró que tenía que cuidar del rebaño hasta el último haz de luz. 
Así asistí al primer acto de magia. Veréis, Ray Magpie se alejó tan solo unos pasos y le oí discutir consigo mismo en voz baja:
—Venga, Brisa, esta vez necesito que te comportes.
Levantó tres dedos al cielo, realizó un semicírculo y esté comenzó a cubrirse de nubes hasta oscurecer toda la meseta.
—Increíble —dije. 
Realmente estaba asombrado, había visto con mis propios ojos como un mago había encantado el cielo solo para fornicar con una paleta. ¿Qué sería capaz de hacer para conseguir el Cabrocino de Oro? Ray Magpie me sonrió con autosuficiencia, como si leyera mis pensamientos.
—Su única condición era atenuar el ambiente… y soy un romántico —la imagen de sus cejas levantadas todavía me da grima.
Ah, pero Ray no era un mago cualquiera. Como dije, ni siquiera era un mago estrictamente hablando, al menos según los estándares de la Universidad. Era un Nob, y aun encima uno que no sometió a su espíritu ancestral. Es por ello que el pequeño hechizo de Ray terminó por convertirse en un salvaje aguacero con guarnición de tormenta infernal. El propio Magpie recitó un mantra azariano al respecto para justificarse:
¡Deseas verano, toma invierno por el ano!
Sí, este viaje cambió mi parecer sobre varios temas, entre ellos los mantras azarianos. Ahora estimo algo más su encriptada sabiduría. 
En cualquier caso, ese día, mi calvario fue indescriptible. La cabaña disponible se convirtió el nidito de amor del Nob y la paleta. Yo, en cambio, pase la noche en un pequeño redil haciendo compañía a las cabras. Fue una noche horrenda, helado y calado, puesto que el aguacero se colaba entre las mal ajustadas tablas de la techumbre.
Al día siguiente la cosa no mejoró. Ray se levantó desaliñado, con la túnica abierta y el pecho al aire. Así advertí que llevaba al cuello una veintena de collares. Todos estúpidas protecciones contra supersticiones y mal de ojo. Comencé a sospechar que estaba frente a un mago poco usual; esas baratijas las venden en los mercados estafadores de tres al cuarto. Sí yo lo sabía, él debía saberlo. El tema se aclaró cuando el buen amante vendió un valioso collar mágico que había pertenecido a su abuela a la recién desflorada muchacha… Ah sí, mucho me reí de la inocente criatura. Ciego de mí, no supe, o quise ver, que yo era una víctima de mayor alcance y envergadura. 
El caso es que no intercambió el amuleto por dinero, sino por unas misteriosas hierbas, y me pudo la curiosidad.
—¿Qué es eso?
—Romero, por supuesto, una hierba protectora frente al Cabromagno.
—Me das un poco —supliqué.
Ray Magpie titubeó.
—Bueno, yo tengo mi magia… supongo que tú lo necesitas más, podría hacerte un descuento.
Diez malditos cobres pagué. 
Las cosas no mejoraron a lo largo de ese día. Las cinchas del macuto maltrataban mis hombros y Ray Magpie me escuchó quejarme y como buen compañero comenzó a hacer lo posible para aliviar mi carga… empezando por el brandy que pronto aligeró la mochila. Y fue el brandy la explicación más plausible que encontré para sus andares y oratoria. Y aunque era una buena pista también para explicar sus monólogos solitarios, llegué a descubrir que era otra la razón detrás de ese comportamiento. Esa noche, tras intentar infructuosamente hacer una hoguera haciendo uso del pedernal, Ray Magpie, se puso a hablar con una tal Brisa.
—Vamos Brisa, no querrás que muera congel… do —hipó por borrachera— Por favor Brisa, solo te quieeero a ti, pero estoy sometido a muchas tentaciones terrenales.
—¿Con quién hablas? —pregunté desconcertado.
—Con mi espíritu ancestral, tenemos una relación complicada —se sinceró.
No dije nada, todavía desconocía la amplitud que alcanzaba el adjetivo «complicado» en labios de Ray. El caso es que el Nob hizo un círculo completo con tres dedos en el aire y después introdujo el puño en el círculo y lo retiró en llamas. Luego arrojó la bola de fuego contra la madera. Sí, yo seguía sorprendido, creía que tenía ante mí a un mago excepcional, desde luego no muchos magos tienen capacidades tan diversas como manipular el clima o convertir el propio aire en llamas. Pero lejos de poder calentarnos, la madera se había convertido en cenizas en segundos.
—Señor Magpie, se ha consumido demasiado rápido, si no hace nada pasaremos frío.
Ray se sentó.
—Al menos tenemos esto para calentarnos —me entregó una botella de Brandy medio acabada y él se agenció la última, todavía sin empezar— ¿Su magia no funciona?
—Nimiedades.
—Vamos, le he visto hablar solo. ¿Quién es Brisa?
—Es mi espíritu ancestral, juntos somos capaces de grandes cosas.
—Pues parece tener gusto por incordiarle. Me hace temer el momento de enfrentarnos al Cabromagno.
—Oh eso, ya… A Brisa le guuusta la bufonada, pero a la hora de la verdad responderá… espero… no sé… está bastante enfadada —puso la palma en vertical y me susurró—. Es algo celosa, no le ha hecho gracia lo de la cabrera, pero estoy tranquilo contigo a mi lado —me puso la mano en el hombro y me miró con esos ojos sombreados suyos—. Ha sido valiente y una gran idea por tu parte traer esa ballesta.
—¡Cómo dices! 
 
Desde esa noche no volví a conciliar el sueño. No importaba cuan cómodas fueran las circunstancias, la idea de que la responsabilidad de lidiar con una leyenda recayera sobre mis hombros, era más de lo que era capaz de asimilar. La cosa empeoró cuando se acabó el brandy. Ray Magpie pasó de caminar meciéndose de manera extraña a hacerlo arrastrando sus feas botas. A veces suplicaba a Brisa que creara una nube y lo arrastrará flotando tras de mí. El espíritu fue inclemente.
—¿Podría verla? —pregunté al cuarto día de caminata—. A Brisa, digo.
—Oh sí, por supuesto. Si fuera visible, claro. Pero no lo es. Así que no. Imposible.
Sí, mi paciencia en esa época toleraba límites disparatados.
—Hablas más con ella que conmigo. Dime como es al menos y si puede oírme.
—Es una urraca plateada y preciosa, de la altura de un hombre a veces. Otras es del tamaño de un caracol. Según le apetezca… Y por supuesto que puede oírte.
—No temes que se enfade contigo y te ataque…
—Claro que no, me ama. Además, su magia no puede alcanzar este plano sin mí. Y sin ella, yo solo soy un mendrugo más. Tenemos lo que se dice una relación simbólica.
—Simbiótica —corregí.
—Dices cosas muy raras, Mic.
Lo ignoré.
—Pensaba que los magos sometíais a vuestros espíritus…
Ray me tapó la boca.
—¡Shhh! —se acercó y susurró—. Es un tema delicado ese. Cuando un espíritu es sometido es como si dejara de existir. Solo recupera su conciencia cuando el mago muere. Yo nunca le haría eso a Brisa. Su anterior conjurador vivió más de trescientos años. Te imaginas morir solo por trescientos años. Tiene que ser traumático. ¡Puff, piensas que estás muerto y de repente vuelves! ¡Vaya un coñazo!
 
Al sexto día de caminata las cosas cambiaron. Los primeros días había visto a Ray hacer un uso esporádico de un mapa amarillento, pero ese día sus vistazos fueron constantes.
—¿Qué es ese mapa? —pregunté.
—Ah, esto indica el lugar donde podemos hallar al Cabromagno. Estamos cerca, lo huelo. 
—¿De dónde lo quitaste?
—¡Ja! —se jactó orgulloso—. Me pedían ooocho cobres por tan arrugado papel, pero soy buen negociante y lo cambié por una mula que encontré en la posada.
Me quedé petrificado.
—Una mula… has cambiado a Roberta por un papel ¡Mi mula valía casi doscientos cobres!
Oh sí, ahí mi corazón dio un vuelco y mis manos nervudas buscaron con naturalidad el cuello de Ray al grito de: ¡malnacido! 
¡Respeta al arcano, mendrugo marrano! 
Graznó él como si un absurdo mantra pudiera salvarlo. El caso es que rodamos ladera abajo. La hierba y los guijarros saltaban y mis manos seguían aferradas a su gaznate embustero.
Cuando llegamos al suelo firme seguimos forcejeando hasta que los ojos de Ray se iluminaron como luciérnagas y con un giro de muñeca me encerró en una enorme burbuja flotante. Ray se levantó y sacudió las ropas y se ajustó el sombrero. Estábamos entre dos riscos y en frente a nosotros se elevaba una amplia cueva. 
A su sombra estaba el ser mitad cabra, mitad cabrero.
Cabeza caprina con cuernos majestuosos forrados con hilos dorados y una chiva cuidada y trenzada. Del cuello hacia abajo tenía un físico humano digno de un gladiador. Y para embelesarnos… sobre sus hombros descansaba irradiando luz y cubriendo su espada el Cabrocino de Oro.
Magpie sonrió.
—Gracias, Brisa, siempre que estoy en peligro puedo contar contigo. Mira, Mic, compañero, he aaaquí el Graaan Cabrón.
—¡CABRÓN TÚ, HIJO…!— es mejor obviar el resto de improperios que lancé mientras flotaba en la burbuja.
—Ilustrísimo Cabromagno, Señor de las Montesas —entonó Ray a viva voz. Luego con un gesto me liberó del hechizo—, mi compañero está aquí para desafiarte en duelo singular —mudo me quedé. Ray se acercó al monstruo dándose aspavientos y señalándome—. Sí lo deseeea podría sujetarle su abrigo para su maaayor comodidad durante el lance…
—Beeeee —baló en tono grave Cabromagno aceptando el desafío y posó el Cabrocino en manos de Ray.
—¿Qué… ha... dicho? —titubeé. 
—¿Cómo quieres que lo sepa? Tiene cabeza de cabra, es sumamente estúpido.
¡Ah! Todo se complica a partir de aquí. La bestia bufó ante la ligereza del comentario, cogió a Ray por el pescuezo y lo arrojó por el precipicio. El grito del mago bocazas fue desgarrador. Esa fue la última vez que lo vi. ¿Qué queréis que os diga? Bien merecido. 
El monstruo me enfrentó. Pese a los tembleques, disparé la única saeta que poseía y alcancé su pecho. Salió despedida sin siquiera arañarlo. Ahí deduje que la ballesta solo era para provocarlo. 
El Cabromagno llegó a un palmo de mí. Iba a estrujarme. Maldije a Magpie. Me cogió con sus musculosos brazos y… os juro que comenzó a lamer mi rostro con cariño. Su ira homicida se esfumó inexplicablemente. Me arrastró a su cueva con delicadeza, entre balidos.
 
Tardé tres meses en descubrir que el romero de mi bolsillo era la causa del embelesamiento de la criatura. Tras un plan diestro conseguí distraerlo y huir, pero mi carrera de tamborilero ya estaba truncada. La gente de Balaustres había oído hablar de un forastero que convivió con el Cabromagno y comenzó a dirigirse a mí como el Adalid Caprino. Sin embargo la noticia se extendió a otros pueblos… y pasé de ser Mic Tres Palmas a Mic Fornicabras. Dañó mi imagen irreparablemente, pero soy un emprendedor y hallé en la comedia el modo de perdurar en el oficio.
 
Mic Tres Palmas saludó a los espectadores de la plaza de Melindrosa que reían por la divertida, a su juicio, ficción a la que acababan de asistir. El tamborilero puso las pesadas ganancias dentro del macuto. El negocio era más rentable que nunca, tenía que admitirlo, pronto tendría el dinero para sustituir a su amada mula. 
Entonces vio unos ojos brillantes que miraban agazapados a la sombra de unas columnas. Cuando todo el mundo se alejó, el desconocido, que vestía un sombrero desproporcionado, se acercó. 
—Tú…
El bigote de Ray Magpie asomó enmarcando una sonrisa.
—¡Me abandonaste con esa cabra loca…!
—Cieeerto, pero… ¿tres meses? Fue menos de una semana según mis fuentes… ¿Qué diría un azariano? ¡El mejor cuento! ¡Aquel que me invento!  
—Ejem —carraspeó Mic—. ¿Cómo sobreviviste?
—A merced del viento. Digaaamos que la diligencia de Brisa es directamente proporcional al riesgo que esté sufriendo mi vida. 
—¿Y por qué estás aquí si ya tienes el Cabrocino?
—Lo tenía, el viento me llevó lejos, así que lo cambié por un caballo espectacular. Luego, cuando llegué a Balaústres lo intercambié por algo más práctico.
Por la entrada izquierda de la plaza apareció una mula parda. 
—¡Roberta! —gritó Mic de emoción. Su expresión mutó al instante —¿Qué quieres a cambio?
—¿No habrás oído hablar de los legendarios Anteojos del Guardián Ciego?
A Mic lo recorrió un escalofrío ante lo familiar de la situación…
—¿Son muy valiosos?
—No me creerías…
—Tú… —bufó, Mic, rendido—. Tan solo dime algo: ¿sabías que el romero me salvaría, verdad?
—¿Qué romero?

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  Reto Abr21: La Orden del Saurio
Enviado por: Joker - 17/05/2022 09:13 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

La Orden del Saurio


El inspector Martínez terminó de orinar y se tomó su tiempo en impregnar adecuadamente los dedos con la última gota. El comisario le había llamado al despacho y Sánchez, con su habitual sorna, soltó un chistecillo sobre los nuevos agentes que se habían incorporado. Así que, como nada es casual en la comisaría, sospechaba que le iban a asignar, de nuevo, un compañero. Por más que demostrara que se apañaba mejor trabajando solo, insistían en colocarle siempre algún lastre, tratando de entorpecer su trabajo. Sonrió mientras recordaba cómo los tres últimos habían tirado la toalla, incapaces de seguirle el ritmo.
Se subió con cuidado la bragueta y abrió la puerta con la mano izquierda. Fue directo hacia el despacho del comisario, no sin sentir la tentación de darle un par de palmaditas en la mejilla al capullo de Ordóñez, que estaba riendo junto a la agente Ocaña.
Cuando llegó al despacho, el comisario hablaba con una mujer que daba la espalda a la entrada.
—Martínez, le presento a la inspectora Maravilla. Ha venido desde Valencia.
Mierda, pensó, solo me faltaba que fuese una mujer. El inspector Martínez no había tenido suerte con las mujeres, algo que achacaba a que la mayoría de ellas estaban desequilibradas. Dos divorcios sin hijos a las espaldas eran solo una pequeña muestra de ello.
Cuando la mujer se dio la vuelta para saludarle, quedó paralizado unos instantes. Le vino a la cabeza que apellidarse Maravilla era una broma del destino, que si existía debía ser un cachondo. La inspectora tenia un rostro alargado, equino, con unos dientes grandes que apenas podían cubrir los labios. Los ojos, demasiado juntos entre sí, eran de un marrón insulso, común, que junto con unas cejas finas y apartadas entre sí, le conferían un rostro de lo más cómico. Librarse de esa compañera le iba a costar menos de lo que pensaba. Con unos comentarios hirientes en los momentos apropiados sería suficiente para que pidiese el traslado.
Con una sonrisa burlona disfrazada de cordialidad le estrechó la mano. Una sonrisa que le ayudó a disimular las ganas de reírse por la cara de ella, y también por la mano.
Tras unas presentaciones tan insulsas como el vestido de ella, el comisario le entregó una carpeta con un nuevo caso. Dos muertes, en dos semanas, en apariencia inconexas. Pero la inspectora insistió en que tenían relación.
—A parte de que los dos sacaban conejos de la chistera, ¿dónde está la relación?
Antes de que pudiese responder, alguien entró en el despacho.
—Ah, ya está aquí —dijo el comisario—. Martínez, le presento al agente Fowler. Adrián Fowler.
El inspector se giró tieso como una bisagra. El agente Fowler era casi un chaval, no llegaría a los treinta años. Vestía con un traje gris, elegante pero sin destacar, y unos zapatos negros. Tenía el pelo corto, de un castaño claro propio de las islas británicas y algunas pecas anaranjadas en las mejillas. Sus ojos eran claros, divertidos, y los acompañaba con una sonrisa que casi enseñaba los dientes. Y eso último fue lo que más incomodó a Martínez, la sonrisa, de simpatía y complicidad, como si fuesen viejos amigos.
Tras darle un nuevo repaso de arriba a bajo, le preguntó:
—¿Sabes español, chaval? Porque yo de guiri solo sé ‘hello’ y adiós.
Fowler amplió la sonrisa y asintió.
—Bueno, comisario —dijo volviéndose hacia su superior—, yo creo que no es necesario todo esto. Ya sabe que trabajo mejor solo. Voy a mi ritmo y si tengo que echar veinticuatro horas seguidas, las echo. Los últimos solo consiguieron retrasarme.
La inspectora Maravilla le interrumpió, algo molesta.
—El agente Fowler es un enviado especial de la Interpol, que estará con nosotros un tiempo. Ya ha leído el expediente del caso y le será de gran ayuda. Un tercer cuerpo ha sido hallado esta mañana, hace apenas una hora. Tenemos la sospecha de que se trata de un asesino en serie.
—¿En serio? ¿En serie? ¿Como en las películas? —El inspector fue el único que se rio de su chiste—. Bueno, en cualquier caso, iré para allá enseguida. Si me disculpan…
Martínez salió del despacho sin mirar atrás. Si aquel yogurín quería ser su compañero, tendría que espabilar y estar atento. Atravesó el bullicio de gritos, risas y teléfonos, y llegó a su mesa para recoger la americana. Vio acercarse por el rabillo del ojo a Fowler.
—Oye, ¿por qué no sacas un par de cafés de la máquina? Ya nos los tomamos por el camino. La máquina de ahí en frente hace un café horrible, así que mejor sube al de la planta de arriba. Recojo unas cosas y nos vamos.
El agente amplió de nuevo su sonrisa y asintió levemente, dando media vuelta y dirigiéndose a las escaleras. En cuanto Martínez lo perdió de vista, cogió su libreta de notas y las llaves del coche y se fue.
Si el novato quería ser su compañero, tendría que espabilar.

Cuando llegó al teatro Nuevo Apolo ya estaba precintado y con acceso restringido. El inspector no gozaba de buena reputación en el cuerpo, así que pocos se prestaron a dedicarle una inclinación de cabeza a modo de saludo. Un agente lo condujo hasta los camerinos, donde la ayudante del mago lo había encontrado.
Al entrar barrió con la mirada la habitación. Las paredes gritaban por una mano de pintura y el suelo, de parqué desgastado, suplicaba por un pulido y barnizado. Las luces que iluminaban los espejos languidecían, como si alumbraran sin ganas y flotaba en el ambiente un suave olor dulzón y pegajoso que el inspector no supo identificar. El resto de la habitación estaba repleto de cajas, cajones, baúles, pañuelos y telas, y de todos los accesorios que un mago podía utilizar.
—Es aquí —escuchó a alguien decir a su espalda. Cuando se giró vio aparecer por el dintel a Fowler, que además de su ya irritante atisbo de sonrisa, estaba entrecerrando los ojos mientras barría con la mirada todo el camerino. El inspector estaba tan desconcertado que tardó unos segundos en reaccionar—. ¿Cómo has llegado tan rápido?
Con un gesto ausente el agente Fowler le entregó un vaso de cartón con café.
—Se ha enfriado —dijo en un marcado acento inglés.
Martínez tomó el vaso y miró su contenido. ¿Qué coño ha pasado? Fue lo único que acudió a su cabeza. Apartó todas las preguntas que le taladraban la cabeza en aquellos momentos y le entregó el vaso al agente que custodiaba la entrada.
Se centró entonces en única silla que había en la habitación y en el cadáver del mago. Estaba recostado sobre la silla, con los brazos caídos a los lados y la cabeza hacia detrás, casi colgando del respaldo. De su boca asomaba media paloma y la otra media, introducida todavía en la cavidad, era en primera instancia la causa principal de la muerte por asfixia. Cuando se acercó pudo apreciar la palidez de la piel y cómo los ojos, medio cerrados, miraban hacia arriba, dejando los iris ocultos bajo los párpados. Inspeccionó todo el cuerpo, sin llegar a tocarlo, mientras martilleaba la lengua contra el paladar. No parecía haber signos de forcejeo y, aunque la habitación estaba desordenada, sugería ser más bien el estado natural y no consecuencia de algún tipo de lucha.
—Parece que la paloma en vez de salir de la chistera intentó salir por la boca y se atascó —bromeó. Era habitual que nadie le riese los chistes a pesar de ser divertidos—. Recapitulemos. Tenemos un mago muerto atravesado por uno de sus cuchillos de pega que utilizaba sus trucos. Otro hallado partido en dos dentro de una de sus cajas mágicas, que parece que no funcionó. Y este tercero con un palomo que confundió la boca con una chistera. Los tres han ocurrido en lunes con una semana de diferencia cada uno. En ninguno de los dos anteriores se han encontrado pruebas concluyentes, ni amenazas ni pistas. ¿Tienes algo que aportar aparte de mirar la pared?
Fowler observaba con detenimiento una de las paredes. Aparte de necesitar un mano de pintura, no había nada de especial.
—Esta sombra de la pared es extraña. Creo que debemos ir a los otros lugares a mirar.
El inspector arqueó las cejas.
—¿Quieres que vayamos a mirar si hay sombras en las paredes? Anda, chaval, vuelve a la academia a ver si aprendes algo. Yo voy a entrevistar a la ayudante que encontró al desafortunado mago.
En uno de los asientos del patio de butacas había una joven, de pelo castaño recogido en un moño, que trataba de aguantar las lágrimas. Se enjuagaba los ojos de forma continua con un pañuelo granate, del mismo color que la decoración predominante de la sala. La acompañaba la agente Mendoza, una cuarentona que nunca debería de haber sido policía.
—Queremos hacerle unas preguntas, si no te importa —le dijo.
La agente se levantó de mala gana y se fue a una distancia suficiente para no escuchar el interrogatorio pero sí estar al tanto de acudir si la joven necesitaba parar.
—Bueno, chica, dime, ¿cuál es tu relación con el hombre del camerino?
La joven, entre sollozos, empezó a hablar. Al parecer ya le habían preguntado porque contestó a todo antes de que el inspector le preguntase. Era la ayudante de Enrique «Máximo Mago» Revilla desde hacía ocho meses. Actuaban en salas pequeñas y medianas de toda la Comunidad y tenían ya acordados varios contratos para actuar en los hoteles de la Costa Blanca este verano. No entendía qué había pasado. No vio nada raro ni Enrique le comentó nada que le hiciese sospechar. Estaba animado porque empezaban a se conocidos y recibían muchas llamadas preguntando por su espectáculo. No vio a nadie entrar o salir, pero no estuvo todo el tiempo con él. Ella salió a comprar unas cosas que hacían falta para un número sobre las diez y media de la mañana y al volver, tres cuartos de hora más tarde, lo encontró así. El teatro tiene la puerta principal cerrada pero la de servicio suele estar abierta, algo que corroboraría personal del teatro posteriormente.
—¿Se ha suicidado? —preguntó en un hilo de voz.
El inspector aspiró profundamente y se levantó un poco los pantalones estirando del cinturón.
—Es pronto para saberlo. Falta la autopsia y continuar con la investigación. Pero es una posibilidad.
Cuando la joven empezaba de nuevo a llorar, Fowler intervino.
—No se ha suicidado, de eso puedes estar segura. Vamos a averiguar quién ha hecho esto y por qué, para que Enrique descanse en paz.
Martínez torció el gesto, tanto por la interrupción como por la forma en que el inglés pronunciaba «Enrique». La joven se tranquilizó y lanzó a Fowler una marcada mirada cargada de esperanza.
—Antes de terminar —continuó el inspector—, ¿te llamó la atención alguna carta que recibiera o tal vez un objeto o detalle que no fuese habitual?
La joven negó con la cabeza. Los agentes se despidieron y cuando estaban dando la vuelta soltó de repente:
—Bueno sí, pero no sé si sirve —. Rebuscó en su bolso sacó una especie de alfiler con un símbolo de cabezal—. Enrique me dio ayer este broche, por si yo lo quería. Me dijo que se lo había dado alguien del púbico al que le había gustado mucho el espectáculo. ¿Lo quieren?
El broche tenía la forma de un alfiler grueso, más parecido a una aguja de ganchillo, pero de menor tamaño. En su cabezal había un símbolo de un lagarto sobre una balanza, de metal plateado. El inspector no recordaba que se mencionase nada parecido en los informes de las anteriores muertes, pero lo aceptó y guardó en el bolsillo.
Antes de irse, el agente pidió echar un último vistazo al camerino.
—Date prisa, que ya sabes que no espero a nadie —contestó Martínez.
Cuando se disponía a salir por la puerta del salón se paró en seco. ¿Por qué querría el inglés volver al camerino? Volvió sobre sus pasos y se acercó a los pasillos de los camerinos. El guardia que había estado custodiando la puerta ya no estaba y al inspector le pareció ver que salían unos destellos de habitación. Segundos después salía Fowler guardándose algo en el bolsillo interior de su gabardina.
—Me contenta que me esperes —dijo.
—No sabes cómo me arrepiento —le contestó.
Para tratar de ser simpático y sacarle algo más de información, el inspector accedió a ir a inspeccionar los otros lugares de las muertes. Él tampoco había estado, pues tenía asuntos pendientes en otro caso, y siempre es mejor estudiar el lugar del crimen antes que leerlo en un informe que puede haber escrito cualquier miope de la comisaría.
—Qué raro lo del broche —dijo mientras ponía el intermitente—. No me suena haber visto nada parecido nunca. —Dejó pasar unos segundos y cuando paró en un semáforo, se giró para mirarle a la cara y preguntó—: ¿A ti te suena de algo?
Fowler volvió la cabeza para devolverle la mirada y menear la cabeza. Esta vez el inspector observó cómo sus labios, en esa sonrisa permanente, se apretaban ligeramente. Así que sí sabes pero no puedes hablar, pensó.
Veinte minutos más tarde llegaron teatro Marquina, que tenía la taquilla abierta para la venta anticipada de entradas. Faemino y Cansado, un dúo que estaba estaba de moda después de salir en televisión tenían actuaciones esa semana.
—El día que te rías con estos dos se podrá decir que tienes algo de español —le dijo a Fowler guiándole el ojo. El agente miró el cartel, como si tomara nota de verdad.
Tras una breve explicación y mostrar sus credenciales, les acompañaron hasta el camerino donde se había producido la muerte. No lo habían vuelto a utilizar, por recomendación de la policía y también por superstición. También les condujeron a los almacenes donde todavía guardaban los materiales del mago.
—¿Hasta cuándo tenemos que tener esto aquí? —preguntó la señora.
—Hasta que un juez decida qué hacer con ello —fue la seca respuesta del inspector.
Inspeccionaron los materiales, vaciando baúles y abriendo cajas. Al parecer este mago tenía varios trucos de faquir y en uno de ellos, el cuchillo que utilizó entró de lleno en la carne. Un trabajador lo había encontrado tirado en el suelo del camerino en un gran charco de sangre. Sin encontrar nada de interés, fueron hasta el lugar donde las marcas de cinta en el suelo todavía estaban visibles. Tal vez todavía tenía pegado ese olor dulzón, porque al entrar en la habitación le pareció notarlo. O tal vez fuese una imaginación, porque se esfumó tan pronto como vino.
El lugar era mucho más pequeño que el camerino del anterior teatro. Apenas contaba con una pequeña mesa y cargada mesa, un espejo oscuro y cuadrado rodeado de bombillas redondas, un par de armarios demacrados y varios percheros que estarían deseando salir de aquel lugar. Sobre la mesita que acompañaba al espejo había todo un surtido de cepillos, peines, maquillaje y varias brochas, y botecitos de alfileres e imperdibles. El inspector se preguntaba por qué hacían los camerinos tan tétricos.
Registraron la habitación como ya habían hecho otros anteriormente llegando a la misma conclusión: nada de interés. Antes de salir, el agente Fowler se detuvo con el ceño fruncido y la sonrisa prácticamente desvanecida. Estaba mirando al suelo, donde cuatro puntos redondos clareaban el luego de parqué. Luego desvió la mirada y a pocos centímetros estaba uno de los percheros. Lo levantó y colocó de forma que las marcas coincidían con las patas. Y entonces pudo ver que la pared tenía marcada una suave sombra, muy similar a la encontrada en el teatro Nuevo Apolo.
El inspector que en un primer momento se había tomado la sombra como algo anecdótico miró con seriedad. Si algo le había enseñado su profesión es que las casualidades no existen y por tanto, debía encontrar algo más que confirmara la unión entre los dos sucesos. Recordó el extraño broche y rebuscó por la mesa. Al tumbar uno de los botecitos, entre los alfileres encontró un prendedor similar al que tenía en el bolsillo. Lo sacó y los comparó. Eran iguales.
—Así que hay un pirado que se está cargando a los magos. Metódico, profesional y escurridizo como una sombra de mi barrio. No tenemos nada y tenemos mucho. Crees que volverá a actuar, ¿verdad? —le preguntó a Fowler.
Este asintió. La determinación en sus ojos era tan palpable como las paredes de la habitación.
—Bien, vayamos a la oficina a repasar los informes y poner sobre la mesa todo lo que tenemos.
Fowler volvió a asentir, pero no siguió al inspector. Cuando casi estaba llegando a la puerta de salida, éste se dio cuenta de que caminaba solo. Volvió sobre sus pasos casi, corriendo y logró ver un destello que salía del camerino. Un instante después, Fowler salía de la habitación. Se sorprendió al ver llegar corriendo al inspector.
—Vale, ahora me vas a decir qué coño estabas haciendo —amenazó con el dedo en alto.
El agente volvió a sonreír y extrajo una cámara de fotos, que volvió a guardar cuando el rostro del inspector pasó de la exigencia al enojo. Esta vez el novato se la había jugado a él.

Tras un par de horas en una sala de interrogatorios que habían llenado de papeles, informes y fotografías, y donde el agente Fowler dejaba que el inspector colmara la sala con sus pensamientos y deducciones en voz alta, llegaron a la conclusión de que el asesino volvería a actuar en al siguiente lunes. Tenían unos días por delante para tratar de anticiparse y esperar a que tratara de actuar. En cuanto a las motivaciones que podían llevar a aquella fijación, ya lo averiguarían cuando le colocasen los grilletes y lo encerrasen unas cuantas horas en la sala que ocupaban ahora.
Se dividieron para buscar en periódicos y anuncios, carteleras y teatros, espectáculos de magia que pudiesen encajar con el perfil que buscaban. Primero en la capital y después ampliaron el perímetro a las poblaciones colindantes. Luego cayeron en la cuenta de que también había espectáculos en salas de fiesta o bares de copas. Fueron unos días frenéticos de llamadas y desplazamientos, que tomaron con febril pasión. Para el inspector Martínez era su forma de trabajar; para el agente Fowler, algo personal.
El sábado por la noche, mientras cenaban un sándwich, con las ojeras del tamaño de de sartenes, redujeron las posibilidades a veinticinco nombres. Se quedaban sin tiempo.
—¿Sabes qué te digo, guiri? Que me voy a casa. Ya no pienso con claridad. Y tú deberías hacer lo mismo. Estás más demacrado que los restos de Isabel I.
El agente ya no sonreía. El cansancio había abierto una brecha en su ánimo.
—Me iré enseguida —llegó a contestar.
—Muy bien, nos vemos mañana a primera hora aquí. Y ven desayunado.
Fowler asintió. Esperó unos minutos a antes de salir de la sala de interrogatorios y se aseguró de que no quedaba nadie en la planta. Se le había ocurrido algo que tal vez pudiese funcionar. Ninguno de los nombres de la lista había recibido el emblema de la Orden del Saurio, el alfiler con el símbolo de un lagarto sobre superpuesto a una balanza. Era un deber capturar al traidor que se había unido a los mortífagos y sembraba el desconcierto entre los muggles asesinando a aquellos que trataban de imitar la magia a través de trucos prestidigitadores. Daría con él y lo llevaría a Azkaban para que pasara el resto de su miserable vida.
Fowler sacó su insignia de la Orden del Saurio de un bolsillo interior y la varita de la gabardina que había dejado en el perchero. Sonrió antes de hacer el conjuro. La Superior Maravilla le había aconsejado llevar siempre consigo una cámara de fotos sencilla, por si en algún momento necesitaba justificar los brillos de la magia. Si no hubiese seguido su consejo tal vez no se le hubiese ocurrido cómo esquivar las preguntas del inspector.
Se concentró agitó la varita mientras pronunciaba las palabras mágicas. Combinó un conjuro de rastreo con otro limitado de adivinación por cada uno de los nombres buscando el emblema que podría haber recibido la siguiente víctima. No hizo falta llegar al final de la lista. El decimocuarto dio resultado.

Cuando el inspector llegó pasadas las diez de la mañana con un café en la mano, Fowler le esperaba sentado en su escritorio. Martínez lo vio, con las manos sobre el pecho y los pies encima de su mesa. Debía haber descansado porque traía de nuevo su irritante sonrisa ya pintarrajeada en la cara.
—¿Se puede saber qué cojones haces en mi sitio?
Fowler amplió el arco del gesto y se levantó pacientemente.
—Como sigas chuleándome te daré un par de hostias. No serían las primeras que doy en esta oficina.
El inspector apuró el café y se dirigió a la sala que habían utilizado de cuartel general. Todos los archivos estaban ordenados, así como las fotografías y las notas que habían tomado.
—Joder, ¿ahora cómo voy a encontrar yo nada? Cuando quieras te pasas por mi casa, que necesita un poco de esto que has hecho aquí.
En el centro de la mesa había un papel doblado por la mitad con un nombre escrito. El inspector lo miró y soltó una carcajada.
—Ni de coña. ¿Juan Tamariz? Este tío es famoso. Al resto no los conocían ni sus familiares.
—Creo que es él. ¿Se te ocurre otro? —preguntó Fowler.
Martínez soltó un bufido y dejó caer la nota de nuevo sobre la mesa.
—Puede ser cualquiera.
—Entonces hazme caso.
El inspector decidió que había que volver a repasar todos los expedientes y anotaciones por si, con la mente más clara, eran capaces de ver algo que se les pasara por alto el día anterior. Pero ya avanzada la tarde Fowler seguía insistiendo y el inspector tampoco tenía nada concluyente. Seguía enrocado, sin querer ceder ante las demandas. Era más plausible que el asesino siguiese queriendo mantener un perfil bajo. O más bien era el inspector el que deseaba que eso fuese así. Que Juan Tamariz apareciese muerto le daría muchos problemas a todos, con la prensa husmeando y preguntando a todas horas.
Martínez se frotó la frente y los ojos con fuerza. Una idea se la había pasado por la cabeza.
—Está bien. Pero si sale mal, ten por seguro que le diré al comisario que fue idea tuya, que yo solo, por una vez, decidí dejarte hacer con tu corazonada.
Y si sale bien, seré yo el inspector que atrapó al asesino, pensó satisfecho.

El teatro se encontraba lejos de permanecer en silencio. Al parecer Juan Tamariz no era de los que llegan puntuales a las actuaciones. El inspector, oculto en una sombra entre bultos, tenia una visión directa con el camerino que el mago tenía asignado. El agente Fowler había decidido esconderse dentro, asegurando que no lo encontrarían. Previamente el inspector lo había registrado a fondo, sin encontrar nada sospechoso, ni tampoco un lugar lo suficientemente bueno para esconderse. El director del teatro había puesto pegas, pero tan solo con la amenaza de que sería el responsable de si le pasaba algo a Tamariz, hizo se que plegara como un papelito.
Dentro del camerino Fowler había lanzado un hechizo de camuflaje y estaba preparado para cualquier cosa. La sombra que había encontrado en las paredes anteriormente le hizo sospechar que accedería a la habitación a través de una teletransportación. Por tanto, lo primero que tendría que hacer es anular cualquier intento de escape.
Juan Tamariz entró en el camerino acompañado de una mujer, con la que intercambió unas palabras y despidió con un « hasta ahora ». Cerró la puerta y se preparó para cambiarse de ropa.
Justo entonces, de una de las paredes se empezó a formar una sombra, cada vez más oscura, y salió Paul Roaster. Estaba muy cambiado, completamente calvo y la la piel grisácea. Agitó la varita y paralizó al prestidigitador. Entonces, tan rápido como pudo, Fowler lanzó su conjuro, sellando la estancia, y se produjo la rotura de su hechizo de camuflaje. El desconcierto y la sorpresa de Roaster fueron determinantes para que el agente ganara tiempo y tratara de lanzar su propio conjuro, pero el mortífago  logró anularlo antes de que hiciese efecto.
—Maldito seas —logró articular Roaster con una voz ronca y desgarrada. Lanzó al paralizado Juan contra Fowler y salió corriendo por la puerta.
Martínez dio un respingo al ver salir a aquel tipo raro del camerino.  ¿Cuándo había entrado?
—Eh, alto ahí, policía —gritó mientras trataba de sacar la placa.
Pero aquel fantoche no parecía dispuesto a cumplir sus órdenes. Levantó la mano, en la que tenía algún tipo de palo, y disparó un proyectil rojo que le hubiese dado en el pecho si no se llega a lanzar a un lado.
—¿Me acaba de disparar con una una bengala? —se preguntó en voz alta, tan sorprendido como indignado—. Se va a enterar el Yul Brynner este.
Pero el fugitivo ya no estaba en el umbral y corría hacia el interior, en dirección a los almacenes. Fowler salió enseguida y se puso a perseguirlo, palo en mano.
Martínez no estaba muy en forma, así que esperaba que no se prolongase mucho la carrera. Podía ver a Fowler recorriendo los pasillos a gran velocidad, esquivando al personal del teatro que les gritaba, molesto.
Cuando Martínez llegó al almacén, Fowler le apremió a que se resguardara. Pistola en mano, se arrimó a un grupo de cajas y asomó la cabeza para otear el lugar. Todo parecía tranquilo, así que era probable que el tipo de la pistola de bengalas se hubiese escondido. Se levantó y se plantó.
—Escucha, entrégate sin resistencia y todo irá mejor para ti. Ya no tienes escapatoria. Te llevaremos a comisaría y …
No pudo terminar la frase: un gran cajón salió despedido de su sitio y le golpeó de forma lateral, dejándolo sin aliento.
Después, todo fue muy confuso. Una sucesión de luces y explosiones lo dejaron aturdido. Trató de levantarse y dirigirse a la puerta para refugiarse de lo que fuese que estaba ocurriendo, pero la entrada estaba bloqueada por una decena de cajas y cajones, desparramando por el suelo su contenido de ropa de época y adornos. Cuando recobró el aliento, tragó saliva y apretó fuertemente la pistola. Hacia mucho tiempo que no la utilizaba. Exactamente ocho años, tres meses y diez días, desde aquel trágico accidente.
Asomó la cabeza por el lateral de un armario gótico que le servía de protección y vio de donde venía el repentino crepitar.
Los dos hombres estaban uno enfrente del otro, con sus brazos levantados, sosteniendo unas varitas de las que salía un flujo eléctrico. El de Fowler era azulado, el del otro rojo. Rojo como el proyectil que le había lanzado a él. No entendía nada. ¿Acaso estaba perdiendo la cabeza?
El inspector sabía que si salía con el arma estaría obligado a utilizarla. Y no quería. No quería volver a matar.
Ocurrió una explosión a la que siguió un grito. Martínez suspiró profundamente y salió de su escondite apuntando con el arma. Fowler se encontraba derrotado, despatarrado contra un armario al que había roto las puertas. Sus ropas estaban quemadas por el torso y la carne había adquirido y color negruzco. El desconocido señalaba con su varita, dispuesto a rematarlo. Los ojos se le empañaron, muestra de la lucha que se estaba produciendo en su interior. Con un quejido de dolor, apretó el gatillo tres veces, apuntando a la figura. Los disparos, certeros, iban a dar de lleno en el hombre, pero a varios centímetros se detuvieron en seco.
Aquello debía ser una pesadilla. No tenía ningún sentido lo que estaba ocurriendo.
El hombre se volvió hacia él, jadeante, con una mueca de desprecio.
—Sucio muggle. ¿Cómo te atreves a utilizar tus primitivas armas contra mí? —dijo mientras dirigía ahora la varita hacia él—. Para ti tengo un final extraordinario. Controlus totalis. Y ahora, mátalo.
El inspector volvió el arma hacia su compañero y empezó a caminar. No podía controlar su cuerpo. No podía matarlo. No podía.
—Será entretenido leer en la prensa cómo, el desequilibrado inspector que ya asesinó a un chaval de diecisiete años acabó matando a su compañero y después suicidándose. Todo tan fantásticamente trágico.
Algo pareció notar el verdadero mago, alguna resistencia tenaz que le hacía perder el control.
—¡Vamos! —gritó, impaciente—. ¡Mátalo!
Martínez estaba sudando. No podía resistirse. No quería matar a Fowler. No quería matar a nadie nunca más.
Y sin saber cómo, abrió la mano y la pistola cayó.
—¡Maldito seas tú también! Serás el siguiente.
Fowler tenía de nuevo la varita en su mano y con un rápido movimiento y una palabra, desarmó al atacante. Desconcertado, trató de correr hacia su varita despedida, pero Fowler volvió a formular un conjuro y los ropajes y cortinas, desparramados, tomaron vida y lo envolvieron, inmovilizándolo. Tan solo se distinguía entre la colorida prisión una nariz. Era necesario para respirar.
Martínez recuperó el control de su cuerpo. Fue hacia su compañero y le ayudó a levantarse.
—Escucha —dijo Fowler—. Es importante. Mira la punta de mi varita.
—¿Qué?
—¡Do it!
El inspector, todavía aturdido, hizo caso. Escuchó unas palabras extrañas y un pequeño brillo apareció en la punta, que fue ganando en intensidad, hasta que todo se volvió negro.

—Martínez, despierte.
El horrible acento de Fowler le irritó. Poco a poco fue abriendo los ojos y se encontró en un almacén destrozado. Apenas recordó haber entrado cuando algo le golpeó. Le dolía el costado y la cabeza como hacía años que no ocurría.
—Ha habido una explosión de material pirotécnico. Por suerte no ha habido heridos.
El inspector se incorporó para poder observar mejor.
—Pues entonces solo tendrán que ponerte una tirita en el pecho.

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  BASES Reto Mayo 2022 - Magos
Enviado por: Cabromagno - 07/05/2022 08:07 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (50)

BASES

Mano Inocente: *SE BUSCCA*

Reglas del Reto

1. La extensión mínima de los relatos será de 500 palabras y la máxima de 5.000.

2. Los relatos serán titulados de la siguiente forma: "Reto May22: Titulo del relato". Solo podrá presentarse un relato por participante.

3. Cada participante, antes de enviar los votos, debe leer y comentar todos los relatos participantes, incluido el suyo propio para mantener el anonimato. Cualquier participante que no lea y comente todos los relatos será descalificado.

4. En el plazo de votación cada participante deberá enviar sus votos a la Mano Inocente mediante un mensaje privado. En el caso de otros miembros del foro que quieran votar en el reto, pueden hacerlo siempre que antes lean y comenten todos los relatos.

5. Las votaciones se realizarán del siguiente modo: Cada concursante otorgara 12 puntos a su relato favorito, 8 al segundo, 5 al tercero, 3 al cuarto, 2 al quinto y 1 al sexto. En ningun caso podra otorgar ningun punto a su propio relato.

6. También se elegirá 'Mejor mago', 'Mejor hechizo' y 'Mejor sistema de magia'. Para ello se elegirá una opción para cada categoría y se enviará a la Mano Inocente junto a los votos. Se pueden dejar categorías en blanco.

7. No debe desvelarse la autoría del relato salvo a la Mano Inocente mientras dure el reto y hasta que los resultados sean publicados.

8. Para subir los relatos se utilizará el usuario Joker, cuya contraseña será debidamente proporcionada el día de inicio de las subidas.

9. Cualquier participante o relato que no cumpla estas normas y/o no respete los plazos establecidos quedará inmediatamente descalificado.

10. La organización se reserva el derecho a modificar las presentes bases y plazos cuando crea oportuno.

Plazos

Inscripciones: Desde la publicación del presente tema hasta el 22 de mayo de 2022.

Subida de los relatos: Del 9 hasta el 22 de mayo de 2022. (Se podra subir el 23, 24y 25 de mayo, con penalizaciones por retraso de 2, 5 y 10 puntos, respectivamente).

Comentarios y votaciones: Hasta el 29 de mayo de 2022.

¿Quién es quién?: 30 de mayo de 2022.

Resultados finales: 31 de mayo de 2022.

Índice de concursantes

Cabromagno
Duncan Idaho
Celembor
Selmeras
Miles


Cualquier duda, preguntad en este hilo.

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