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  DE BASTONES, REVISTAS, MESAS , MENSAJEROS, DIOSES, ASESINAS, MAGOS TRANSFORMISTAS…Y N
Enviado por: Wherter - 10/04/2021 05:47 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (8)

DE BASTONES, REVISTAS, MESAS , MENSAJEROS, DIOSES, ASESINAS, MAGOS TRANSFORMISTAS…Y NIMIEDADES COMO LOS RESULTADOS DEL RETO

Seis personajes que poco o nada tenían que ver entre sí se habían ido apelotonando a la entrada de la taberna Fantasitura (muy original el nombrecito, por cierto). Fieles a su puntualidad no habían querido especular sobre la hora de llegada no  fuera que perdieran algún punto por ello. Unos y otros se preguntaban por el motivo del por qué se les había convocado ahí a través de una carta lacrada que se les hizo llegar por diferentes tipos de criaturas: cuervo, lechuza, león con cola de salientes puntiagudos, saurocórnido... vamos, los típicos bichos que suelen posarse en el día a día sobre las barandillas de nuestros balcones.

  Después de un rato de familiarizarse unos con otros, un hombre de aspecto intimidante asomó la cabeza por la puerta del local.

—Muy buenas, participantes. Soy el barman de la taberna. Sed bienvenidos a mi humilde morada. Por favor, si sois tan amables, hacedme el honor de pasar.

  Aunque con desconfianza, fueron pasando al interior del local y se sorprendieron de lo oscuro que estaba todo. Al parecer el barman gastaba menos en luces que un elfo en solotones. Cuando acostumbraron la vista a la semioscuridad descubrieron que la taberna disponía de doce mesas totalmente vacías.

—Podéis tomar asiento en una de nuestras mesas. Escoged la que queráis, esta noche está reservado para vosotros —se apresuró a comentar el barman ante la incertidumbre de todos.
—Sentémonos en la mesa número 9 —dijo el muchacho llamado Miles.
—No, mejor en la 6, ya que ese es nuestro número. Además, creo distinguir un ejemplar del «Viajero errante» en ella y me apetecería echarle una ojeada —comentó un tal Vicent Mcloud.

  El resto pareció estar de acuerdo en la idoneidad de sentarse 6 miembros en la mesa número seis no fuera ser que otra cosa trajera mal fario. Miles se entristeció mucho e intentó convencer al resto de que escogieran la 9, pero nadie le hizo caso. Ni tan siquiera enseñarles el tatuaje en relieve de dicho número sobre su brazo ablandó al nutrido grupo.

Al rato, un variopinto grupo de siete componentes se presentó en la taberna. Iban disfrazados con capas, túnicas, gorros puntiagudos y otros extraños ropajes. No parecían tener muy claro donde sentarse.

—¡Ostras! ¡No la miréis, no la miréis! —exclamó un jovenzuelo de nombre Juanma17— La de negro, con capucha negra. —Obviamente, todos dirigieron su mirada hacia la muchacha— Dicen que quien la mira puede ser víctima de su ira. La llaman Cyna y es una asesina despiadada.

  La chica, que al parecer tenía muy buen oído, se acercó a la mesa número seis con lágrimas en los ojos.

—No me gusta asesinar, hombre!!! Lo hago por obligación. Ni siquiera disfruto viendo como sale la sangre a borbotones y se mezcla con la masa encefálica cuando clavo una y otra vez mi cuchillo en las tiernas cabecitas de los indios que me salen al paso. Lo paso muy mal cuando, una vez en el suelo, pisoteo a mis adversarios con mis zapatos de aguja intentando acertarles por el orificio del oído… No disfruto nada, nada… —Y la joven salió corriendo del local con la misma mirada que Hannibal Lecter ante un plato de hígado o cerebro humano.

  Al mismo tiempo que Cyna salía de la taberna, un joven ataviado con una piel de cabra por capa y un gorro con cuernos del mismo animal sobre su cabeza hacía acto de presencia.

—Muy buenas, me llamo Cabromagno y creo que llego tarde a la reunión. —Se presentó.
—¡El Procastinador! —chillaron todos al unísono.
—¿Dónde? ¿Dónde está el saurocórnido? —preguntó una elfa de manera insistente— Dejad que Ámoreth se encargue del bicho.
—No, Ámoreth, aquí no hay saurocórnidos sino un Procastinador que es un bicho inofensivo ya que suele ser muy lento. —El barman había aparecido de la nada cargado con una bandeja de jarras de cerveza—. Señor Cabro, tome asiento, por favor.
—Espera, espera —interrumpió Kantos—. Ahora somos siete, así que propongo cambiar de mesa para no atraer a la mala suerte.
—La mesa número 9 sigue vacía —sugirió Miles, esperanzado.
—La número 7 —gritó el resto. Al muchacho le volvió a cambiar el semblante.
—Qué lechuza más bonita —dijo Cabro, entonces.
—¿Dónde? —preguntaron todos.
—Ahí arriba, sobre la viga —señaló el Procrastinador.
—Yo no veo nada y ¿tú? —preguntó Dóreas a Juanma17.
—Que va, ahí no hay nada. —Afirmación en la que todos estuvieron de acuerdo.
  Tras un rato de amena conversación apareció de nuevo el dueño del local cargado con exóticos manjares. «No son exóticos» pensó JPQueiroz.

—“Lomo de lucioperca asado con hinojo crudo acompañado de caracoles con arroz inflado y cremoso de ajo dulce” y como plato principal nos da a elegir entre “Guiso de venado con cebada” y “Empanadillas de pato con mermelada de naranja amarga”. Esto está literalmente copiado de la taberna amiga de moda Muerdealmas, que obtuvo el premio a la mejor descripción —explicó el barman—. Qué a proveche.

El tabernero se subió a la tarima y pidió un poco de atención.

—Muy buenas, damas y caballeros. En este local siempre solemos premiar con el Bastón del rey de oro al mejor protagonista. Esta temporada tenemos tres finalistas, todas ellas mujeres de gran talante: Rialey Daga por su interpretación en «Muerdealmas: Hidromiel….»; Ámoreth por «La mesa número 9» y, finalmente, Risha por «Encontrar al mensajero». Y la ganadora es…. ¡Rialey Daga! Enhorabuena.

  La joven reportera subió al estrado para recibir el premio.

—Muchas gracias a todos por haber confiado en mí. La verdad es que yo esperaba un Pulitzer, pero un bastón de oro no está nada mal. Con lo que me den por él podré pagar la multa que me puso el reino por hacer trampas al Magic… quiero decir al juego ese raro de cartas en el que si tiras una mesa…

  En ese instante, el barman le arrancó el micrófono con la escusa de que se le había acabado el tiempo. En cuanto Rialey bajó del escenario se dirigió hacia la salida intentando pasar desapercibida, aunque el enorme peso del bastón de oro conseguía justo el efecto contrario. Una vez ya en la calle miró en todas direcciones y, tras comprobar que no había nadie, se transformó en el gran mago Rhapaz.
«¡Cómo mola mi poder! A seguir suplantando identidades que me voy a forrar y cuando me aburra ya me encargaré de los jurrios».

—Oye, Juanma, y ¿esa cicatriz en la frente? —preguntó un JPQueiroz curioso.
—Me la hizo un Kawara en un viaje que hice  a Tsakiya. Al parecer me confundió con el componente de un grupo de asesinos que querían aniquilar a su líder. Pero al final todo acabó en nada. Me pidió disculpas y ahora somos muy amigos, aunque me ha dejado de recuerdo estos 8 puntos.

  En ese momento, un joven llamado Milo se acercó a la mesa de nuestros protagonistas.

—Hola, estoy buscando a Haland. ¿Lo habéis visto? —inquirió, muy nervioso.
—¿Haland con hache? ¿Cómo hada? —preguntó el procrastinador.
—¡Exacto! ¿Sabes dónde está?
—Si hubiera sido sin hache sí, pero con hache no tengo ni idea —contestó la cabra.

  Milo entró en furia y envainó la espada (¿O la desenvainó?) y se lanzó contra el pobre Cabro, pero en el último instante Kantos se interpuso y recibió un tajo de por lo menos 13 puntos. Por suerte para todos, Haland apareció en aquel instante y retiró a su hermano de allí. Al parecer, había ido tras Rialey Daga porque le sonaba que ese era el bastón que le habían robado a su rey.

  Pasados unos minutos, JPQueiroz empezó a temblar.

—¿Qué te pasa? —preguntaron los que se dieron cuenta.
—Aquel de allí es Narat. Nada bueno pasa cuando entra a una taberna. Vigilad los pilares y las sombras —explicó JP, bastante ido.
  En aquel instante una melodía empezó a sonar en el local (que se había ido llenando poco a poco):

Bajo el mirar de los dioses
los Potrillos caen en Ludask
Somos fuego, (puro fuego)
Y así lo aprendieron en Ludask.


—Demasiado tarde, ya ha empezado… —Y como si de una premonición se tratara empezaron a acuchillarse unos a otros. Volaron cabezas, brazos e incluso una balanza que parecía egipcia. Tras ella un bicho raro con aspecto de dios y al que alguien llamó Wraakgodin corría intentando que no cayera al suelo. Al final de la batalla campal, el dios se llevó la nada despreciable cifra de 19 Potrillos y JPQueiroz respiró profundamente al verlos partir.

  Aunque tenía mucho por hacer, Dóreas aguantaba la velada en la taberna porque se lo estaba pasando pipa. Incluso intimó con varios y varias comensales. Con descaro le cogió un vaso a una hermosa elfa y le dio un largo trago.

—¿Pero qué haces, tío? —gritó la mujer de puntiagudas orejas y de nombre Crihna— Que lo tenía envenenado… ¡Que esto era para Rhapaz!

  Inmediatamente Dóreas empezó a encontrarse mal y eructó hasta 29 veces. Al parecer la expulsión de gases consiguió que el efecto del veneno se quedara en nada. Eso sí, se prometió que jamás volvería a beber del vaso de una elfa… quizás las orcos no metieran veneno en sus copas.

  Cuando llegaron a los postres, Vicent Mcloud alzó su copa y propuso un brindis. Al parecer el hidromiel que había estado tomando tenía más alcohol del que debía y estaba algo achispado, tanto que empezó a ver limos por doquier: una vela, un limo; cuatro zanahorias, cuatro limos… Llegó a contar hasta 46 de ellos, lo cual era una buena suma y sabía cómo mantenerlos a raya gracias al «Viajero errante».

  Una ligera Brisa se empezó a notar en la estancia, como si alguien se hubiese dejado la puerta abierta. El bullicio cesó y la Calma se apoderó del lugar, momento que aprovechó Miles para tomar prestado el laúd de la joven Ámoreth y arrancarse con una bonita canción de 48 estrofas que hizo las delicias de los presentes.

Cabromagno se pasó buena parte de la velada vigilando a todos los tertulianos y es que tenía en mente descubrir quién le había usurpado una carta de amor que estaba seguro que llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón desde hacía muchas semanas. Y es que no había manera de encontrar un buzón desde hacía siglos. La tecnología había acabado con el romanticismo. Había localizado a 54 sospechosos y  no se decidía por cuál podría ser el ladrón. La única de la que no sospechaba en absoluto era de Ashmina. Total, la chica solo le había estado sobando media noche y era incapaz de robarle nada. Ensimismado en sus pensamientos se dio cuenta de que le había desaparecido la cartera, el móvil e incluso los pantalones.

  Después de la gran velada, agradecieron al barman el trato y la comida .Antes de despedirse todos se conjuraron a volver a repetir un evento similar. El lugar era lo de menos: Un callejón sin salida, una cárcel abandonada o en el fin del mundo.

Resumen:

Protagonista principal:  Rialey Daga (Muerdealmas: Hidromiel, asado y aventuras a precios razonables)
Personaje secundario: Desierto
Mejor escena: Desierto
Mejor lugar: Desierto
Mejor descripción: Los platos de comida (Muerdealmas: Hidromiel, asado y aventuras a precios razonables)

7º Lugar: Sindoria (Juanma17) 8 ptos
6º Lugar: El bastón del rey (Kantos) 13 ptos
5º Lugar: Bajo la mirada de los dioses (JPQueiroz) 19 ptos
4º Lugar: Mucho por hacer (Dóreas) 29 ptos

Podio:
Muerdealmas: Hidromiel, asado y aventuras a precios razonables (Vicent Mcloud) 46 ptos
La mesa número 9 (Miles) 48 ptos
Encontrar al mensajero (Cabromagno) 54 ptos.

  Excelente reto con excelentes relatos. Felicidades a todos por regalarnos estas historias.

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  Escribir en inglés
Enviado por: Duncan Idaho - 10/04/2021 12:28 PM - Foro: Taller Literario - Sin respuestas

Sí les interesa probar suerte en el mercado literario estadounidense ya sea en una editorial o autoeditado pero no pueden pagar un traductor, aquí traigo unos cursos gratuitos de redacción para estudiantes del idioma inglés

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  BASES Reto Abril 2021 - El fin del mundo
Enviado por: Cabromagno - 08/04/2021 02:17 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (17)

BASES

Mano Inocente: **SE BUSCA**

Reglas del Reto

1. La extensión mínima de los relatos será de 500 palabras y la máxima de 5.000. El relato debe ajustarse a la temática "el fin del mundo", sea como sea y donde sea.

2. Los relatos serán titulados de la siguiente forma: "Reto Abr21: Titulo del relato". Solo podrá presentarse un relato por participante.

3. Cada participante, antes de enviar los votos, debe leer y comentar todos los relatos participantes, incluido el suyo propio para mantener el anonimato. Cualquier participante que no lea y comente todos los relatos será descalificado.

4. En el plazo de votación cada participante deberá enviar sus votos a la Mano Inocente mediante un mensaje privado. En el caso de otros miembros del foro que quieran votar en el reto, pueden hacerlo siempre que antes lean y comenten todos los relatos.

5. Las votaciones se realizarán del siguiente modo: Cada concursante otorgara 12 puntos a su relato favorito, 8 al segundo, 5 al tercero, 3 al cuarto, 2 al quinto y 1 al sexto. En ningun caso podra otorgar ningun punto a su propio relato.

6. También se elegirá 'Mejor escena', 'Mejor personaje principal', 'Mejor personaje secundario', 'Mejor descripción' y 'Mejor lugar'. Para ello se elegirá una opción para cada categoría y se enviará a la Mano Inocente junto a los votos. Se pueden dejar categorías en blanco.

7. No debe desvelarse la autoría del relato salvo a la Mano Inocente mientras dure el reto y hasta que los resultados sean publicados.

8. Para subir los relatos se utilizará el usuario Joker, cuya contraseña será debidamente proporcionada el día de inicio de las subidas.

9. Cualquier participante o relato que no cumpla estas normas y/o no respete los plazos establecidos quedará inmediatamente descalificado.

10. Caso de alargamiento del plazo de subida, aquellos relatos que cumplieran con el plazo inicial serán premiados con 10 puntos adicionales.

11. La organización se reserva el derecho a modificar las presentes bases y plazos cuando crea oportuno.

Plazos

Inscripciones: Desde la publicación del presente tema hasta el 25 de abril de 2021.

Subida de los relatos: Del 12 hasta el 25 de abril de 2021.

Comentarios y votaciones: Hasta el 2 de mayo de 2021.

¿Quién es quién?: 3 de mayo de 2021.

Resultados finales: 4 de mayo de 2021.

Índice de concursantes

Juanma17
Kantos
Vicent Mcloud
Miles
Celembor
Dóreas
John Harker




Cualquier duda, preguntad en este hilo.

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  Cancelan a Pepe le Pew
Enviado por: Duncan Idaho - 05/04/2021 12:47 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (1)

¿Que opinan?

https://www.espinof.com/otros/space-jam-...lola-bunny

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  Reto Mar21: Bajo la mirada de los dioses
Enviado por: Joker - 01/04/2021 10:49 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (8)

Laggan; señor de las victorias, las celebraciones y los excesos

La cerveza caliente bajó por la garganta de Narat. ¿Cuántas llevaba ya? ¿Siete? ¿Ocho? Hace rato que había perdido la cuenta, y no era para menos, era importante festejar por la victoria, y también honrar a los compañeros caídos en la batalla, así que más bebida iba a correr por la garganta del pelirrojo.
    Era distendido el ambiente en la taberna, mientras los Potrillos de Fuego celebraban el haber derrotado a Nott de Lungaria, el despiadado duque que buscaba convocar un ejército de muertos para tomar las tierras colindantes.
    Dura fue la lucha; compañeros se sacrificaron para lograr una oportunidad de ganar, empero el trabajo conjunto de cada uno de los miembros del grupo fue vital para derrotarle, mas no tan vital como la propia maldad del duque, que lo consumió y provocó que cayera en desgracia. Narat empuñó la espada cargada de la esperanza de todos sus compañeros y con ello logró asestar el golpe que derrumbó al duque entre su ejército, criaturas que ávidas de sangre le devoraron. Al fin, tras mucho tiempo, fue liberado el reino de Ludask de la maldad de Nott y sus seguidores.
    —¡Somos fuego, puro fuego! —gritó Zilger. Habitualmente el arquero era silencioso, empero cuando su cuerpo se llenaba de alcohol su lengua se soltaba—. ¡Venga otra ronda por los Potrillos!
    Cuando la moza empezó a traer las bebidas, rápidamente el viejo Philtropodis metió su mano entre su pelo y tras sacarlo había hecho aparecer una reluciente moneda de plata.
    —¡Increíble! —exclamó la muchacha que no estaba acostumbrada a la visita de aventureros, y mucho menos unos tan grandes como estos—. ¡Es usted un mago fantástico!
    Narat, observó a la moza contemplar asombrada la moneda. Por supuesto, creía que Philtropodis había hecho magia, aunque eso era imposible, Phil no era un mago, era un artificioso y este había sido únicamente uno más de sus juegos de manos.
    Aun así era el mago del grupo, esto era gracias a su compañero. Su visión periférica alcanzó a ver al pequeño Kinni revoloteando alrededor de las bebidas. Todavía hoy, tras tantos años juntos, a Narat todavía le costaba centrar la vista para ver al hada, así que no esperaba que los desconocidos fueran siquiera capaz de verlo por el rabillo del ojo.
    Tampoco es que en la taberna pudieran quejarse, ellos mismos fingían tener el cráneo de un dragón en la pared, y Narat conocía al artesano que lo fabricó; los Potrillos de Fuego rescataron a ese anciano hace un par de años cuando estaba siendo usado para diseñar unos emblemas para crear un portal hacia un mundo distante lleno de poderosa magia. Por supuesto, los Potrillos derrotaron a esos villanos y salvaron al anciano.
    Distraído por sus pensamientos, el pelirrojo perdió de vista al hada, cuando volvió a hallarla, esta se había posado en el cuenco de vino especiado de Nirae; la música estaba distraída tocando su laúd. Más pronto que tarde empezó a cantar:

Bajo el mirar de los dioses
los Potrillos caen en Ludask
Somos fuego,
(puro fuego)
Y así lo aprendieron en Ludask.

    Su cántico era acompañado por las voces de la mayoría de los Potrillos. Quien cantaba con más ánimos era Thur, que se sentaba en otra mesa; el norteño agitaba su jarra salpicando su bebida por doquier.

¿Qué dioses a nós protegen? (Todos)
¿Qué dioses no nos observan?
(Ninguno)
Siempre relatos preceden
a los Potrillos de Fuego,
traen paz a inquietos pueblos
y los ánimos sosiegan

    Paz a los pueblos… Era cierto que habían llevado la paz allí hacia donde fueron; derrotando reyes malévolos, magos oscuros e incluso hijos de dioses, aunque cada persona nueva que conoció Narat también le trajo paz a él tras la dura infancia que vivió; Philtropodis que le recogió siendo niño y le hizo de mentor, Zilger que se unió al grupo con el sueño de ser el mayor arquero de la historia y fue como un hermano mayor, Nirae que buscaba cantar ante los mismos dioses…
    Todos y cada uno de ellos le habían aportado algo y por ello pudo cumplir la profecía que fue anunciada en su nacimiento: el niño de cabellos de fuego que destruiría los Tres Pilares. Él era el niño de la profecía, empero la cumplió gracias a ellos.

Cae la noche en el fortín,
la luna brillán cual diamán.
Llega el fin del hombre ruin
con las huestes muer vivientes.
Los protegen dios durmientes,
son como un ciego guardián

    Mientras en la mesa de Narat, Phil hacía aparecer unas cartas para jugar una rápida partida, en la de Thur este brindaba una vez más con los que lo acompañaban en ella: Andrá, el sacerdote que salió de su monasterio para ver mundo, y Lonna, la hermosa Lonna, la incr…
    —¿Ya distrayéndote pensando en otras cosas? —preguntó Zilger con una sonrisita burlona—. ¿O no son precisamente cosas en las que piensas?
    —¡Cállate Zilg! —gruñó el pelirrojo, empero no pudo evitar reír junto al arquero.
    —¿Y tú, mi buen Toemm? ¿No te unirás a tus compañeros, o también estás distraído con otras cosas? —preguntó con el mismo tono jocoso al taciturno hombre que se encontraba tras ellos mirando los diferentes carteles de pregones.
    Aunque Zilger era habitualmente callado, en los ambientes distendidos era divertido y parlanchín; Toemm jamás lo era. Observando el aspecto distante de su compañero, al niño de la profecía le vino a la mente el momento en el que le conoció; entonces Toemm era uno de las Sombras que guardaba uno de los Pilares. Incluso dentro de ese grupo resultaba ser frío y distante, y seguramente por eso era el más asustador, aunque algo en su mirada hizo a Narat comprender que era alguien de fiar.

Bajo el mirar de los dioses
los Potrillos c

    El pelirrojo estaba observando al retraído guerrero y no se dio cuenta de que la música había parado de golpe. No fue hasta que una serie de gritos empezó a llenar el aire, acompaños del ruido que hizo el laúd al chocar contra el suelo, que Narat se giró a mirar la escena, y fue ese un error.
    Zilger y Thur estaban sujetando a un hombre, mientras Phil intentaba socorrer a Nirae, la cual tenía un cuchillo clavado en su garganta. Desesperada se arrancó el arma y esto solo hizo brotar una fuente de sangre que salpicó por todas partes.


Aeryn; señora de la envidia, la discordia y la venganza

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    Un zumbido empezó a llenar los oídos de Narat en cuanto vio la sangre correr por el cuerpo de Nirae empapando sus ropajes. Ella intentaba detener el flujo apretando su cuello; era un trabajo inútil. El atacante ya había sido detenido por Zilger, a la vez que Thur se enfrentaba a los compañeros de este, mientras el viejo Phil seguía intentando socorrer a la música; era un trabajo inútil.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    «¡Por qué?», preguntaba a gritos el norteño golpeando a los hombres, que si bien los superaban en número, estaba claro que no eran guerreros; «¡esa zorra no dejaba de cantar sobre vosotros como si fuerais héroes! ¡Sois monstruos! ¡Arrasáis por donde pasáis solo por llevaros la gloria!», respondía también a gritos el hombre que había sido atrapado por Zilger, mientras sus compañeros eran derrotados uno a uno por Thur.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    El diálogo le llegaba al pelirrojo como un murmullo lejano, como si ahora se encontrara en otro plano de la realidad. Intentó levantarse, intentó hablar, intentó ser; no logró nada. Era una estatua de carne que estaba viendo morir a una amiga.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    «¡Haz algo, viejo!» ordenó Toemm a Phil viendo a este incapaz de detener la hemorragia de la chica; «¡No soy sanador!» gritó a su vez desesperado el artificioso, las lágrimas caian por su rostro y Narat, que observaba la escena desde otro mundo, sabía que era por el sentimiento de inutilidad que sentía.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    «¡Pues que lo haga esa criatura de mierda que te acompaña!» bufó la antigua Sombra del Pilar mientras intentaba atrapar a Kinni. Sorprendentemente, estuvo a punto de lograrlo, empero el hada era más rápida; por este motivo, el hombre descargó su frustración con el anciano, golpeándolo.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    «¡Qué crees que haces?» preguntó Zilger que había dejado al asesino que sujetaba y que se había lanzado contra Toemm, «¡No te atrevas a volver a tocarle!» le dijo, «¿O sino qué?» recibió como respuesta.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    Fue ahí cuando ambos se levantaron y empezaron una riña. Todos se distrajeron por ello y el asesino aprovechó para armarse con una nueva hoja y lanzarse contra el viejo Phil. Narat pudo verlo empero fue incapaz de advertir a nadie, tan lejos que se hallaba.

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    Para la suerte del anciano, no así su pequeño compañero quien convocó las luces de Anh directamente dirigidas sobre el rostro del atacante; eso le robaría la vista por siempre.
    Empero también serviría para que la pelea parara por un momento, o eso creía Narat, pues lo cierto es que ahora se encontraba cegado por esa luz y las chiribitas que llenaban su campo visual le impedían ver con claridad.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    «¡Ahora sí puedes hacer cosas, eh!» gritó la voz de Toemm, «¡déjalo en paz!» respondió a su vez la voz de Phil, «¡esto es culpa tuya por no saber controlar esa criaturilla!» replicó Toemm, y tras ello ruidos, gritos de terror y la voz de Zilger que envió a Narat todavía más lejos: «¡No!».

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

    Estaba cegado en estos momentos empero supo lo que había ocurrido, y la pérdida de su mentor, más aún por alguien a quien consideraba un amigo, fue demasiado. Quería moverse y cuando más lo intentaba más le costaba. ¿Siempre había sido un cobarde? «¿Siempre he sido un cobarde?».
    «¡Narat!», le gritó la voz lejana de Andrá. «¡Benditos los dioses, Narat, debes hacer algo!», esta vez la voz del sacerdote se encontraba extrañamente cercana, casi como si estuviera a su lado… A su lado, ahí es donde lo vio Narat, lo que significaba que la luz de Anh ya no le afectaba y que podía moverse.
    Las lágrimas volvieron a quitarle la visión un instante antes de secarlas y levantarse.
    Empuñó su espada y se dirigió a enfrentarse a su, nuevamente, enemigo; este estaba enfrentándose contra Zilger y Thur a la vez, lo que aunque pudiera parecer lo contrario, no era ningún mérito; Zilg era pésimo en el combate cuerpo y Thur, aunque fuerte, era muy lento, más para enfrentarse con una Sombra.
    El arquero intentó un golpe curvo que la Sombra esquivó con su paso característico hacia atrás y con un movimiento antinatural encajó un golpe en la mandíbula que mandó a Zilger al suelo; esto fue aprovechado por Thur para sujetar entre sus fuertes brazos a Toemm, empero este conocía como luchar sucio, guardaba muchas hojas en su vestimenta y sacó una de esta que clavó profundo en el muslo del hombretón, quien no pudo evitar llorar como un niño.
    Arrancada la hoja de la carne, un golpe en la nariz derribó al norteño, y el propio movimiento fue aprovechado por Toemm para lanzar el cuchillo que acababa de recuperar contra el rostro de Zilger mientras este intentaba levantarse.
Narat llegó ahí en el momento en que la hoja atravesaba el ojo del arquero y su cuerpo caía hacia atrás, esta vez para no volver a levantarse.
    La Sombra ya esperaba al niño de la profecía, la espada corta que empuñaba ahora chocó contra la espada del pelirrojo; un segundo golpe tuvo lugar cuando ambos intentaron tomar la guardia del otro, así como un tercero… Ambos conocían bien sus habilidades y sabían por dónde iba a atacar el contrincante, empero Narat olvidó por un momento que Toemm fue una Sombra del Pilar, y una vez como Sombra, una Sombra siempre serás.
    El traidor aprovechó el descuido y le arrojó el contenido de una jarra que pudo agarrar; le atacó cuando la bebida alcanzó el rostro del pelirrojo. Narat dio un paso a un lado, como si una fuerza superior le guiara y evitó un golpe mortal, aunque la hoja de su enemigo se clavó profundo en su hombro.
    Sin embargo eso fue más problema para Toemm que para él, puesto que tuvo que soltar la hoja cuando Narat dio un paso hacia atrás y para cuando quiso alcanzar otra arma oculta, su estomago ya había sido atravesado por la espada del pelirrojo.
    Con una herida abierta se apoyó en una mesa encarando a su antiguo compañero. Ambos respiraban con dificultad; ambos lloraban, por dolor, por tristeza, por rabia; ambos sabían que al menos uno moriría aquí.
    Es por ello que cuando Andrá se interpuso entre los dos implorando(«¡Narat, no era esto a lo que me refería, no debes matar si puedes evitarlo!» rogaba el sacerdote), sus súplicas no tuvieron efecto.
Visto en la obligación de actuar, intentó detener con su cuerpo a Narat, empero lo único que logró fue ser apartado de un manotazo que le hizo caer y chocar su cabeza contra una mesa.
    La muerte de Toemm fue rápida, con el corazón atravesado con un único golpe, cerrando así el Ciclo del Pilar. Fue ahí que Narat se dio cuenta de que Andrá había muerto por su mano, y fue ahí cuando toda la culpa cayó sobre él como una montaña, porque él había llevado a esto: él escogió celebrar en este lugar, aunque sabía que no todos en estas tierras apreciaban a los Potrillos; él quiso que Toemm se uniera a su grupo, aunque sabía que este seguiría unido a los Pilares hasta su muerte; él permitió que cada uno de sus amigos que yacían muertos dejaran de perseguir sus sueños para ayudarlo en su travesía; él lo permitió; él…
    Ella… Lonna lo observaba en silencio, había estado al lado de Nirae y Phil, y Narat ni se había dado cuenta. Quiso decirle que lo sentía, quiso acercarse a ella, empero al intentarlo esta levantó su arma. No quería luchar, ninguno de los dos quería, aunque Narat entendió las palabras que transmitían su gesto y su mirada: «No te acerques, no te mataré si estás lejos, aunque ya estás muerto para mí».
    Así que respirando con dificultad, el pelirrojo se dio la vuelta y empezó a alejarse tambaleando. La vista se le nublaba… La vista…
    Si tuviera fuerzas hubiera reído por lo divertido del asunto; un cadáver le iba a asesinar.
Una vez como Sombra, una Sombra siempre serás. Armas envenenadas, un último truco que Narat no vio venir.
Tampoco creía que importara, porque no iba a ver nada más, la vista se le oscurecía más y más, estaba cansado y quería dormir, así que cerró los ojos.


Wraakgodin; juez de los muertos

    Al abrir los ojos, ante Narat se alzaba el trono de electro del juez de los muertos; a cada lado, cinco puertas, entre él y su ocupante una puerta en el suelo; sobre el asiento, su madre le devolvía la mirada. Una mirada agonizante, la última que le devolvió tras el ataque que tuvo lugar hace una veintena de años.
    No había pues expresión en ese rostro más allá del terror de la pérdida; la pérdida de la vida, la pérdida de su hijo. Narat estuvo escondido hasta que los bandidos huyeron del lugar, permitiendo al niño salir de su escondrijo y acercarse a su madre.
    —Ven, mi niño —dijo su madre entonces.
    —Ven, mi niño —dijo su madre ahora.
    —¿Quién eres? ¿Quién osa tomar la forma de mi difunta madre? —inquirió Narat desapasionado.
    —Sabes quien soy. Conoces el camino que has recorrido.
    —El juez…
    —El juez —repitió su madre antes de cambiar su forma a la de la bella Nirae con la herida en la garganta que le provocó la muerte.
    —¿Dónde está ella? ¿Dónde están los demás?
    —Ella fue juzgada ya; su alma ha hallado el consuelo del descanso en los Campos de Olos. Philtropodis fue juzgado ya; su alma ha partido junto al espíritu de Kinni al Señorío de Anh. —La voz monótona con la que la imagen de Nirae recitaba el destino de los Potrillos de Fuego contrastaba con la musicalidad habitual de su tono. No parecía que la herida hubiera afectado a su capacidad del habla—. Zilger jamás será juzgado; su alma cayó al río Meen. Thur no ha sido juzgado; todavía se halla atravesando el gran zarzal de Upuara. Andrá no ha sido juzgado; todavía se halla atravesando la estepa de Recodos. Toemm fue juzgado ya; su alma va a purgar sus pecados en las Siete Montañas de Niobe.
    —¿Y Lonna? ¿Qué ha sido de Lonna?
    —En el tiempo que ha durado tu travesía, su alma no ha pasado el umbral todavía.
    —Sí, ¿mas qué fue de su vida tras lo ocurrido en la taberna? —preguntó Narat, aunque quiso decir matanza fue incapaz.
    —Un alma que no ha sido juzgada no tiene ningún derecho a demandar por el sino de los que aun respiran —respondió esta vez la propia Lonna con el mismo aspecto de la última vez que la miró, con la mirada de total repudio que fue peor que cualquier herida o veneno—. Si quieres descubrir qué fue de ella, deberás ser juzgado, y si tienes suerte podrás saberlo, sin embargo si tu alma ha pecado jamás lo descubrirás.
    —¿Tengo elección?
    —Puedes dar la vuelta, esta es la Sala de las Doce Puertas por un motivo; todos tienen elección. Darás media vuelta y te marcharás para vagar por las Tierras Altas, junto al resto de almas demasiado temerosas de su pasado como para ser juzgados.
    —No —dijo tajante el chico—. No voy a dar la vuelta si no es para salir de aquí y encontrarla.
    —Eso es genial. Lo cierto es que eres un muchacho interesante —contestó Lonna sonriendo, y eso le dio una punzada de dolor puesto que fue la misma sonrisa y las mismas palabras que le dijo ella cuando se conocieron—. Acércate.
Entre ellos surgió de la nada una balanza de hierro y bronce, suspendida en el aire; desafiante, imponente.
    Narat dio un paso, y en la eternidad que duró pensó en los nueve días que tuvo que subir sin parar las escaleras para alcanzar el Gran Tribunal; otro paso más, donde pensó en su carne siendo rasgada por los espinos de las zarzas; otro paso más y su memoria le llevó a los páramos neblinosos donde espíritus demoníacos acechaban esperando devorar las almas que intentaban llegar a ser juzgadas; otro paso más y cada vez su mente iba más lejos, esta vez a las heladas estepas donde caía una copiosa nevada que le impedía ver y dificultaba su movimiento; otro más y estaba en las salvajes tierras de fuego donde debía caminar sobre brasas y llamas; otro… Se había distraído tanto recordando el camino que le llevó ante el trono del Juez que no se dio cuenta de que se hallaba ya ante la balanza.
    La deidad que tomara forma de Lonna usó su poder para abrirle la boca a la fuerza, tras lo cual, arrancó un humo negró que depositó en la báscula de hierro.
    —Esos son tus pecados. Sube pues a la báscula de bronce y comprueba si pensan más que el resto de tu existencia.
Narat tragó saliva y miró a sus pecados. Un eco lejano le traía murmullos de cosas que no podía recordar, empero también de cosas que conocía bien; tantas cosas… Tanto mal… ¿El resto de su vida habría tenido más valor?
    —Es tu última oportunidad para dar la vuelta y escapar.
    —No es eso… Es que… —Narat sabía que no era Lonna quien estaba ante él, empero quizá no volvería a tener una oportunidad semejante si acababa en el más oscuro rincón de la tierra de los muertos—. ¡Te amo y siento con toda mi alma todo el daño que te he hecho a ti y a los demás, no podía desaparecer sin decírtelo!
    Se sentía un poco tonto por declararse ante un reflejo de su amada que había tomado un dios, empero era una carga que ya no le oprimía, así se sintió con fuerzas para subirse a la balanza y dejar que el destino fluyera, aunque le hubiera gustado saber qué pensaba ella.
    —Lo sabe. Siempre lo supo —respondió la Lonna sentada en el trono, mientras la balanza empezaba a inclinarse mucho más para uno de los lados.

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  Reto Mar21: Encontrar al mensajero
Enviado por: Joker - 31/03/2021 11:18 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

La posada del Dragón de Grath se hallaba en la ladera del monte del mismo nombre. Era un lugar de paso obligado para todo aquel que siguiera el camino imperial que unía la Capital con las llanuras del este por el Paso del Dragón. Desde las habitaciones del piso superior, las vistas del valle de Oate eran tremendamente apreciadas por los viajeros, especialmente al atardecer de un soleado día de primavera. Desde las ventanas uno podía contemplar desde las nevadas cumbres del circo de Grath, hasta la villa de Lakerja, erigida junto al Lago de Sangre, cuyas aguas rojizas eran, según la leyenda, la misma sangre del Dragón de Grath, derrotado en sagrado combate por el emperador Zireno I, fundador del Imperio.

Torine, un aguerrido guerrero pelirrojo criado entre las tribus del norte, ocupaba una de las habitaciones del tercer piso desde hacía tres días. Apoyado sobre la barandilla del balcón, contemplaba las vistas. En la habitación de al lado, Risha, una rubia elfina oriunda del Ducado de Cabrante, parecía hacer lo mismo. Torine la miró y le guiñó un ojo la misma vez que le dirigía una sonrisa, ella se limitó a negar con la cabeza desviando la mirada a las montañas. Instantes después, y sin abandonar su sonrisa, el guerrero dio un par de golpecitos sobre la barandilla y, dándose media vuelta, se internó en la habitación.

Era una habitación pequeña con la puerta en una esquina, al entrar, la cama quedaba a la izquierda, con una pequeña mesilla entre la misma y la pared de la puerta, ocupada actualmente por una jaula para lechuzas. A los pies del camastro se encontraba un cofre para que los clientes pudieran guardar sus pertenencias, y en la pared contraria a la puerta, estaba el ventanal que daba paso al balconcillo.

Torine rodeó la cama hasta llegar a la mesilla y abrió la jaula. La pequeña lechuza marrón revoloteó hasta su hombro.

—Come bien que hoy nos toca trabajar, querida mía —le susurró mientras se dirigía al ventanal.

La lechuza ululó suavemente en respuesta y salió volando, perdiéndose unos instantes después entre los árboles. Torine se dio la vuelta justo mientras una puerta de plata, que desentonaba con la frugalidad del resto de la habitación, se materializaba frente al cofre, en la pared que lindaba con la habitación de la elfa. El guerrero abrió la puerta un poco.

—Voy para abajo —anunció, y cerró la puerta de nuevo sin esperar una respuesta.

Salió de su habitación y encaró el estrecho pasillo que terminaba en las escaleras de un pequeño balcón sobre el gran salón, una estancia decorada con maderas nobles de la zona y presidida por la cabeza del Dragón de Grath, que mil años después, aún causaba temor a quien la contemplaba. En las altas paredes, también había diversas armas, escudos y algún estandarte, todo lejos de las poco cuidadosas manos de los borrachuzos que cada noche se juntaban en las mesas que salpicaban el lugar, iluminadas por ruedas de velas que pendían de las vigas que cruzaban la parte superior de la instancia.

Torine se acercó a la barra y saludó a Godel, el tabernero. Sin más palabras, este le sirvió una cerveza.

—Me encanta que me conozcan en los sitios —rió mientras se acercaba la cerveza a los labios.

El tabernero rió.

—Algunos os dejáis conocer, otros en cambio… —dijo mirando de reojo la mesa que ocupaba la esquina.

Allí sentado, un joven soldado, vestido con armadura y encapuchado con una capa de viaje, examinaba varios papeles. Junto a él, tenía apoyada en la pared una enorme ballesta. Continuamente levantaba la mirada, examinando los alrededores. En una de esas ocasiones, su mirada se cruzó con la de Torine. De pie junto a la barra, este le sonrió, alzando su vaso a modo de saludo. El otro se limitó a entornar sus ojos y acercar hacia si los papeles que ocupaban la mesa. No había duda de que no quería que nadie le molestara.

Mientras apuraba las últimas gotas de cerveza apoyado en la barra e intentaba refrenar su deseo de pedir otra, un hada entró revoloteando por la ventana. El pequeño ser mágico, de cuádruples alas azules y aura blanca, se poso sobre el borde de su vaso y le miró fijamente.

—¿Tengo monos en la cara, renacuaja? —preguntó Torine con una sonrisa burlona.

El hada entornó los ojos, y al instante Torine empezó a levitar en el aire, separándose poco a poco del suelo. «Esto se pone interesante…», pensó el guerrero.
Instantes después, la puerta de la posada se abrió de par en par. La figura de un mago de larga y espesa barba blanca, con una larga túnica y coronado con un clásico sombrero de punta, apareció bajo el vano.

—¡Basta, Ada!

El hada miró al recién llegado y, con un suspiró, echó a volar hacia él. Torine cayó al suelo inmediatamente, causando un estruendo al chocar su armadura con las baldosas. El mago se acercó y le ayudó a levantarse.

—Le ruego acepte mis disculpas, Ada tiene un poco de mal genio a veces.
—Ay… ¿De verdad ha llamado Ada a un hada?
—Bueno… es Ada, sin hache.
—¿Y le extraña su mal genio? —inquirió el guerrero sacudiéndose la armadura.

El mago rió.

—No creo que a ella le importe mucho. ¿Puedo invitarle a una copa?
—¿Cerveza gratis? Ha encontrado usted mi punto débil, ¿señor…?
—Me llamo Kelan, Kelan de Yard —se presentó el mago.
—Torine, para servirle —correspondió el guerrero haciendo media reverencia.
—Oh, no es necesario tanto formalismo, soy solo un humilde mago itinerante —aseveró Kelan con un ademán.

Los magos itinerantes dedicaban sus vidas a viajar de pueblo en pueblo y de villa en villa, especialmente a pequeñas poblaciones perdidas en los lugares más remotos del imperio, dónde habitualmente faltaban servicios básicos como herrerías, ayudando a los ciudadanos en todo lo que pudieran necesitar.

«Humilde, mis cojones…», pensó Torine recordando los emolumentos de dicha profesión. Los itinerantes no solo percibían un sueldo del Imperio, sino que además cobraban a los ciudadanos por cada trabajo realizado.

—¿Vos a qué os dedicáis? —preguntó el mago.
—Soy cazador de tesoros. He venido a explorar las montañas de Grath.
—¿En busca del tesoro del dragón? —preguntó el mago señalando con el pulgar hacia la cabeza que colgaba de la pared.

Torine asintió con la cabeza.

—¿Qué le hace pensar que tendrá éxito allá donde muchos otros han fallado durante los últimos mil años? —inquirió el mago enarcando una ceja.
—El terremoto. Cuando la tierra se mueve, a veces abre caminos que antes estaban cerrados… y allí donde otros han fallado durante mil años, uno podría tener éxito ahora —el guerrero le guiñó un ojo.
—Oh, que interesante… —comentó el mago pensativo—, y muy inteligente, ciertamente. Sin duda podría ser su golpe de suerte, maese cazador de tesoros. Brindo por ello —dijo levantando su vaso.

En ese momento, un joven entró en la posada. Vestía una larga capa verde, guantes y un sombrero emplumado. Portaba un arco en una mano, un carcaj a la espalda y tres conejos en la otra mano.

Se acercó a la barra y tiró los cuerpos sin vida sobre la misma, provocando que la sangre aun fresca de los animales salpicara en todas direcciones. El mago se apartó de un salto, asqueado, y Torine pudo oír un leve tintineo bajo su capa, a la altura del cinturón.

—Ya está la cena, Godel —anunció el recién llegado en dirección a la puerta de la cocina. Después se giró hacia los hombres que estaban en la barra—. Buenas tardes —saludó.
—Hola —gruñó el mago, limpiándose la manga de la túnica mediante magia.
—Oh, disculpe —dijo el joven.

El guerrero sonrió.

—Este torpe jovenzuelo es el guardabosque de la villa, Daras —lo presentó—. Y mi guía estos días, mientras he estado explorando las entradas de las cuevas y las viejas minas de la zona.
—Un placer —dijo el mago—, yo soy Kelan de Yard.
—Igualmente —contestó el joven arquero haciendo media reverencia.
—Oh, no es necesario…

Torine desconectó de la conversación mientras apuraba otra cerveza.

La noche cayó sobre el valle y Risha, que llevaba toda la tarde fingiendo contemplar el paisaje mientras vigilaba el camino imperial, entró por fin en su habitación. Esta era exactamente igual a la del guerrero, y con toda probabilidad, igual a cualquier otra habitación de la posada. La elfina abrió el cofre y extrajo de él su laúd. Después, se encaminó al balconcillo sobre el gran salón, se apoyó sobre la barandilla y observó a los allí reunidos.

Godel, el posadero, se afanaba en servir una nueva ronda de cervezas a Torine, el guerrero; Daras, el guardabosque; y un mago al que había visto llegar hacía varias horas por el camino imperial. Los tres estaban sentados en una mesa, jugando a las cartas. Un ballestero, sin duda perteneciente al ejército imperial, se sentaba a solas en la mesa de la esquina. Otras mesas estaban ocupadas por parroquianos que carecían de interés para ella. Podía oír más voces, pero debían provenir de la mesa bajo el balconcillo.

Decidió bajar a hacer su papel. Se acercó a la barra y llamó la atención de Godel.

—¿Necesitas ayuda en la cocina hoy?
—No, muchas gracias, Risha —respondió el tabernero con una sonrisa de agradecimiento—. Ha venido mi hija de visita, y con ella tengo ayuda suficiente. Pero pasa y te la presento —añadió.

La elfina siguió al tabernero a la cocina. Allí, una joven muchacha pelirroja con un típico vestido de criada, estaba despellejando un conejo. Al verlos, se limpió las manos en un trapo y se acercó a ellos.

—Esta es mi hija, Ashmina —la presentó Godel—, le han dado un par de días libres en palacio y ha venido a visitarme —explicó.

«Llamar palacio a eso…», pensó la elfa, que había visto la casa del alcalde de Lakeja esa misma mañana, y le había parecido poco más que una casucha algo más grande que las demás. La joven le dio medio abrazo y un beso, como era costumbre en la Capital.

—Encantada de conocerte, Ashmina, yo soy Risha —dijo con cortesía.
—Oh, llámame Ash —contestó la joven pelirroja con una sonrisa encantadora—. ¿Tocas el laúd? —preguntó señalando el instrumento que la elfina traía en una mano.
—Así es.
—Lo toca como los ángeles —aseveró Godel—. Anoche tuvimos el honor de que nos amenizara la velada. ¿Volverás a deleitarnos con tu música hoy? —preguntó con fingida inocencia.
—Dalo por hecho —dijo Risha dedicándole una sonrisa.

La música amansaba las fieras, y nada podía gustarle más a un posadero que un músico itinerante se quedara unos días en sus habitaciones, amenizando las veladas y relajando el ambiente para que los parroquianos habituales se olvidaran de sus habituales peleas.

La elfa regresó al gran salón, cruzó una mirada con el guerrero y, a continuación, se dirigió al pasillo que llevaba a las letrinas. Se apoyó en la pared y se quedó vigilando el gran salón desde la penumbra. Unos minutos después Torine se levantó de la mesa y se dirigió hacia ella.

—Cuéntame —pidió Risha cuando el guerrero llegó a su lado.
—Tenemos un par de sospechosos entre manos. Un huraño ballestero del ejército, cargado de papeles, demasiado obvio para ser nuestro hombre —hizo un ademán para restarle importancia—; y un supuesto mago itinerante, que a juzgar por el sospechoso tintineo bajo su túnica, lleva más orbes de los que yo he visto jamás.
—¿Y qué opinas?
—El ballestero canta como una almeja. Seguramente solo lleve algunos papeles menores del ejército y sea su primera misión en solitario. El mago en cambio, si no es un itinerante y pertenece a la Academia Imperial como sospecho… bueno, seguramente pronto pueda sacarle algo de información si sigue bebiendo al mismo ritmo —dijo sonriente—. Y hace unos minutos ha llegado una sacerdotisa con una escolta, aún no he tenido tiempo de acercarme a ellas.
—Por estúpido que parezca ese ballestero, debemos comprobarlo. Manda a tu lechuza a que visite su habitación esta noche, y que ponga sus ojazos sobre esos papeles. En cuanto al mago, ¿has olvidado que no nos afecta el alcohol?
—Mierda, sabía que se me olvidaba algo... —Golpeó el puño contra la mano.
—Puedo notar su poder desde aquí —dijo la elfina cerrando los ojos para concentrarse mejor—. No me cabe duda de que pertenece a la Academia Imperial.
—¿Él puede detectarte? —susurró Torine.
—Mientras no use la magia, soy invisible para él.
—¿Cuan poderoso es?
—Demasiado para mi gusto. Lo raro es que no sea capaz de ocultarlo. Está gastando mucha energía en ocultar su auténtica forma, lo que significa que ha participado en muchos rituales para aumentar su poder —Desvió la vista hacia el gran salón y, más para sí misma que para Torine, añadió—: Pero lo que realmente me preocupa es su hada.
—Olvídala, mientras estemos jugando a las cartas, no puede separarse de él. Le hemos impuesto esa norma para evitar tramposidades —comentó con una sonrisa de oreja a oreja.

Risha inclinó la cabeza para poder mirar hacia las vigas y confirmar sus sospechas. Sobre la mesa en la que se encontraban el mago y el guardabosque, quieta sobre una viga, una lechuza contemplaba la escena desde la oscuridad de las alturas.

—Eres un auténtico hipócrita —rió ella.
—Nunca viene mal un poco de dinero extra —se encogió de hombros y acercó su boca al oído de ella—, así podré comprarte algo bonito cuando terminemos este trabajito —añadió en un susurro.

Ella se giró y le dio un beso fugaz.

—Céntrate si quieres terminar este trabajo.
—¿Crees que el hada puede detectarnos a alguno de los dos? —inquirió él volviendo a centrarse en la misión.
—Tal vez, si llegara a tocarme… a ti en cambio, sería imposible. Tu conexión con tu lechuza es una magia arcana y natural, ni siquiera eres mago. No tienes de que preocuparte.
—Bien. ¿Te encargas tú entonces de las recién llegadas? —inquirió Torine.

Risha asintió con la cabeza.

—Vuelve con el mago y tu amigo emplumado, y a ver si puedes averiguar algo más sobre él —ordenó la elfina—. Dudo que él lleve la carta aunque sea lo que sospechamos, ningún estirado de la Academia se rebajaría a ser un mero mensajero, pero… escoltar al auténtico correo, seguro que lo consideran más honorable.
—Se me ha ocurrido una idea, que con un poco de suerte podría arrojar algo de luz… —dijo él, escabulléndose escaleras arriba.

Risha se acercó a la mesa de la sacerdotisa y la guerrera, para ofrecerles una canción y un poco de compañía a cambio de unas monedas, tal como haría un músico errante. A ellas se había unido Quahray, el semiorco que regentaba la herrería de Lakerja, y habitual de las noches de la posada.

—Buenas noches —saludó la elfina.
—¡Risha! —exclamó el herrero, que sin duda la recordaba de la noche anterior—. Siéntate con nosotros, por favor —pidió con una sonrisa.

Quahray se encargó de presentarle a la hermana Skeldar, fiel servidora de la Diosa, y a su protectora, una guerrera de Kuni que respondía al nombre de Nala. La sacerdotisa viajaba con una bolsa repleta de joyas y monedas de oro, ofrendas de los fieles capitolinos para el santuario de la Diosa en Toragami, que despreocupadamente tenía semiabierta sobre la mesa, a la vista de todos.

—¿No le preocupa que le roben? —inquirió la elfina.
—La Diosa nos protege —respondió la religiosa con una sonrisa.

«Más os vale, porque como dependa de esta…», pensó Risha observando la escasez de músculo y el maltrecho mandoble de la joven morena de Kuni.
En aquel momento, Torine reapareció en el gran salón portando su espada.

Mientras tocaba, la elfina observó detenidamente a las dos mujeres. La guerrera solo bebía y se divertía escuchando las historias que Quahray les contaba, sin prestar la más mínima atención a lo que acontecía en derredor. Su música se compenetraba perfectamente con la historia que este narraba, incrementando los momentos de tensión y sirviendo de apoyo a los cómicos. Tal vez, en otra vida, podrían haber formado un formidable dúo: el cuentacuentos y la laudista. La sacerdotisa, en cambio, pasaba el rato removiendo el contenido de la bolsa y lanzando miradas nerviosas a su alrededor.

Siete canciones y un par de jarras de hidromiel más tarde, Risha decidió cambiar de mesa. Se sentó junto al mago y, tras la presentación de rigor, empezó a tocar para los tres jugadores.

—Apuesto diez monedas —dijo el mago.
—Paso —continuo el guardabosque arrojando sus cartas sobre la mesa.

El guerrero cerró los ojos un momento, fingiendo pensar. A través de los ojos de su lechuza, vio que el mago se estaba marcando un farol más grande que su barba.

—He venido a jugar y yo juego fuerte —dijo mirando al mago—. Las veo.
—Te odio —rió el mago enseñando sus cartas.
—Como sigas desplumándole así, lo mismo mañana tu sangre se unirá a la del dragón en el lago… —comentó Daras.
—Supercherías, ¿sabíais que el color del lago se debe al cobre que abundaba en esta zona? —preguntó Kelan.
—Resulta irónico, un mago quitándole la magia a este lugar —señaló Torine.

Los cuatro se echaron a reír.

—Verás cómo me ponga a hablar de esa cabeza… —dijo el mago señalando las fauces de dragón que decoraban el gran salón.

Tras un par de manos más, Torine reclamó la atención de Risha con una larga mirada, tras lo cual se dirigió al mago.

—Mi querido Kelan, las cartas no son lo tuyo —sonrió el guerrero dando dos golpecitos junto al montón de monedas que se acumulaban en su lado de la mesa—. ¿Crees que se te daría mejor arreglar las mellas de mi espada?
—Dalo por hecho —respondió el mago con amabilidad.
—¿Cuánto me cobras por ello? —dijo tendiéndole la espada.

El mago lo meditó largamente, mientras sostenía la espada con una mano y con la otra recorría el filo, devolviéndole mediante magia todo su cortante esplendor.

—¿Qué te parecen cien monedas? Creo que es lo que he perdido contra ti hasta ahora —dijo el mago.
—Me parece perfecto —respondió Torine empujando casi todas las monedas hacia el lado del mago y dirigiendo una inquisitiva y breve mirada a Risha.

La elfina lo captó al vuelo y sonrió. Ningún mago itinerante movía un dedo por menos de quinientas monedas.

Terminada la velada, Risha y Torine se encontraron en el pasillo del segundo piso. Con la presencia del mago en el edificio, la elfa no podía invocar una puerta para unir sus habitaciones, así que no les quedó más remedio que arriesgarse a entrar juntos por la puerta natural del dormitorio. Tampoco tenía ya gran importancia, siendo la última noche que pasaría allí.

Una vez dentro, el guerrero habló primero.

—¿Qué impresión tienes?
—Demasiados rostros nuevos por aquí un mismo día —dijo Risha con la mirada perdida.
—¿Crees que están todos compinchados?
—No me cabe ninguna duda —dijo mirándole a los ojos—. El mago debe ser el escolta. La sacerdotisa y su protectora no son más que una distracción para maleantes, casi están pidiendo a gritos que les roben... Lo único que no tengo claro, es quien es el mensajero. Si no es uno de esos tres, solo queda ese manojo de nervios con ballesta.
—Lo único que yo tengo claro, es que nosotros nos preparamos mejor las farsas —sonrió—. Y lo mejor, es que hasta he encontrado un tesoro —dijo él rodeándola con los brazos.
—Debes ser el cazador de tesoros más estúpido del mundo, si has venido al culo del Imperio a buscar un tesoro que ya conocías —susurró ella, empujándolo hacia la cama.

A la mañana siguiente, ambos bajaron temprano a desayunar. El guerrero se asomó por la cocina a pedir el desayuno e intercambiar unas palabras con el tabernero, mientras la elfa se apropiaba de una mesa para ambos. Poco después, ya sentados ambos, Godel les sirvió unas deliciosas gachas con miel acompañadas de una jarra de hidromiel.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Torine.
—No sabemos en qué caballo va la carta, pero hemos encontrado la caravana —meditó la elfina—. Habrá que seguirla.

Torine suspiró.

—El mago partió hace una hora, hacia el norte —informó el guerrero, que había estado vigilando desde el balcón al amanecer—. Y Godel me ha dicho que la sacerdotisa y su protectora han marchado hacia el este.

La información cayó como una losa sobre Risha.

—Mierda.
—Si la sacerdotisa era un señuelo, deberíamos seguir al mago. Lleve o no la carta, lo seguro es que estará cerca de él —Torine se rascó la cabeza.

La elfina asintió lentamente varias veces, y finalmente suspiró.

—Tampoco tenemos otra, habrá que fiarse de lo que averiguamos anoche —dijo con una débil sonrisa.

Terminadas las gachas, Godel se acercó a retirarles los cuencos.

—¿Se ha despertado tu hija? Me gustaría despedirme de ella —dijo Risha por educación.
—Oh, lo siento, se marchó esta mañana temprano.
—Ah, la habrá reclamado el alcalde, claro —pensó la elfa en voz alta.
—¿El alcalde? —inquirió el tabernero frunciendo el ceño.
—¿No dijiste que trabajaba en palacio? —preguntó ella cogiendo la jarra.
—Claro, en el Palacio Imperial.

La hidromiel se detuvo en sus labios, sin llegar a entrar. Un recuerdo fugaz cruzó su mente, el saludo con medio abrazo de una joven pelirroja, al estilo capitolino. Torine la miraba fijamente, con la boca abierta. Risha se recompuso y bebió un trago.

—¿En la capital? —preguntó la elfa.
—Claro, trabaja en las dependencias del mismísimo Emperador —dijo Godel lleno de orgullo.

Risha y Torine intercambiaron una mirada inquisitiva.

—¿No le parece peligroso que una joven viaje sola en esta época del año? —preguntó él.

El tabernero se encogió de hombros.

—Se marchó con la sacerdotisa y su escolta, está protegido por la Diosa y por la espada —sonrió antes de marcharse a la cocina con los cuencos sucios.

La mirada que intercambiaron ahora elfina y guerrero fue de extrañeza.

—¿Qué diantres…? —empezó Torine.

Risha se dio un manotazo en la cabeza y una enorme sonrisa se dibujó en su cara.

—¡No eran tan idiotas como pensábamos! —exclamó—. Interpretaron muy bien sus papeles. El mago era la verdadera distracción, y la sacerdotisa… tanto remover la bolsa llena de monedas… —sacudió la cabeza—, ¿no lo ves?

Torine frunció el ceño, sin hablar.

—¡Era una maga de la Academia! —explicó la elfa—. El tintineo de las monedas encubría el de los orbes de su cinturón.

Torine asintió, y una sonrisa se dibujó también en su cara. Ella se acercó y le beso.

—No solo tenemos la caravana, ya sabemos también en que caballo esta la carta.

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  Reto Mar21: El bastón del rey
Enviado por: Joker - 31/03/2021 07:56 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

El bastón del rey

—¿Cuál es el plan entonces? —preguntó Odo mientras arrojaba una carta sobre la mesa.
—¿Ya te lo has olvidado? ¡Lo hemos repasado tres veces! —Milo, quien estaba sentado a su lado, le proporcionó un leve golpe detrás de la oreja—. ¿Cómo puedes ser tan distraído? Es un milagro que aún recuerdes tu nombre. —Luego, arrojó su propia carta al centro. Los demás se rieron por el comentario.
—Lo siento —respondió Odo con la cabeza gacha y un atisbo de vergüenza en sus ojos.
Odo era el más pequeño de todos ellos, aunque contaba con la edad suficiente para considerarlo un hombre adulto. Con su gorro de color verde, su aljaba siempre repletas de flechas y sus manos enguantadas, avanzaba por la vida a los trompicones, como un niño que aún no ha aprendido a caminar. Milo, por su parte, era un hombre orgulloso, tal vez más de lo que le correspondía, de cabellera rubia, de porte altiva, revestido con su armadura reforzada. Su espada, fabricada a base del acero más resistente, lo acompañaba en cada aventura.
Judith, quién solía sentarle mal las reiteradas burlas hacia el muchacho, decidió responder a su duda.
—Mira, te explicaré el plan nuevamente, pero debes prestar atención. —Odo la miró con timidez y asintió levemente—. Eso es —continuó ella— el plan es sencillo. Sabemos que Haland ha ido al norte a recuperar el bastón que le robaron al rey. Desde que partió, nadie más ha oído sobre él. Allí es donde debemos ir a buscarlo. Pero no iremos en línea recta, eso sería demasiado peligroso, tomaremos un atajo por las montañas nevadas. Una vez que atravesemos la cordillera, decidiremos cómo continuar. ¿Ves? No es tan complicado.
Judith era la única mujer del grupo. Como esposa de Haland, había sido la que más había sufrido su desaparición. Sin embargo, intentaba mantener oculta su tristeza. No siempre lo lograba. Sus compañeros percibían su mirada triste y su andar melancólico. Desde la partida de su enamorado, las melodías de su guitarra, antes alegres, se habían convertido en notas apagadas. La música siempre había sido el fiel reflejo del estado de ánimo de su alma. Entonces, ¿cómo podría componer melodías joviales si su alma se encontraba tan vacía?
Odo, quien se había detenido a escuchar cada palabra de ella con detenimiento, como si le costara entender lo que ella decía, volvió a hablar.
—Lo extraño —dijo con voz apagada—. Era el único que me trataba bien.
Esas palabras provocaron un silencio sepulcral en la mesa del grupo. La verdad era que todos lo extrañaban. Haland era el espíritu del grupo, era su guía, era el primero que sacaba su espada cuando se asomaba un peligro, el que siempre parecía saber qué dirección había que tomar.
Milos apartó su mirada del juego un momento y recorrió la taberna. Allí nada había cambiado, el mundo seguía girando sin prisa aunque también sin pausa. La bandera roja y negra con la pareja de leones dorados en su centro, el barman sirviendo cerveza a los recién llegados, las bellas mujeres bailando al ritmo de una música alegre, la lámpara que alumbraba el sitio con su luz candente y aquel jarrón, apoyado en una de las barandillas del techo. Ese recipiente, el cual contenía los últimos restos de su padre, le provocaba un orgullo y una valentía inusitada cada vez que lo contemplaba. Era una reliquia antigua que parecía ejercer un poder desconocido sobre él.
—Lo haré por ti, padre —dijo en un susurro.
—¿Qué has dicho Milo? —preguntó ella.
Él, sin dejar de mirar aquel objeto, continuó hablando, ahora en un tono más alto.
—Debo hacerlo por mi padre, por nuestro padre. Sé que él nos mira desde el cielo. Haland ha estado para mí en los peores momentos, siempre ha cumplido su rol como hermano mayor. Me ha defendido contra todos los males, me ha servido de hombro en las noches más oscuras. No puedo abandonarlo ahora, no puedo decepcionar a nuestra familia.
Randall, quien aún no había pronunciado una sola palabra en toda la mañana, se levantó de su silla y apoyó sus manos en los hombros del chico. No dijo nada, solo se limitó a mirarlo fijamente. Milo entorno su mirada hacia el frente, observando a aquel anciano, a sus ojos repletos de experiencia, a su barba larga y canosa y a su gorro puntiagudo. Luego de unos segundos, él lo soltó y se volvió a sentar.
—Maestro, hoy estás más callado de lo normal. ¿Te encuentras bien? —inquirió Judith.
—Ustedes ya lo han dicho todo, no solo con sus palabras, sino también sus gestos. Decir algo cuando no hay nada para decir es pecar de ingenuo. Arruinaría el momento. Un hombre no es sabio por saber mucho, muchacha, sino por saber lo imprescindible. Mis años de experiencia me han enseñado que existen momentos en donde las palabras sobran y este es uno de ellos.
—¿Pero no lo extrañas? —respondió Milo.
—Claro que sí, joven guerrero, lo extraño tanto como ustedes. Solo nos queda ir en su búsqueda y rezar que todo salga bien.
Milo arrojó sus cartas a la mesa con cierto ademán de desprecio. Los demás saltaron del susto, excepto por el viejo que se mantuvo apacible.
—¿No juegas más, hijo? —le consultó.
—Estamos perdiendo el tiempo jugando a este estúpido juego mientras mi hermano está sufriendo allí afuera. Conrad, trae el mapa, ¡es hora de que partamos!
Un hombre encapuchado se acercó a la mesa y le tendió un papel enrollado. Milo no tuvo que darse vuelta para saber qué se trataba de su fiel guardián. Siempre se hallaba cerca. Más que un hombre, aquel sujeto parecía una sombra al acecho, continuamente dispuesto a cumplir sus órdenes. Silencioso como una gacela, serio como un verdugo, pero fiel como un perro receloso.
Él tomó el mapa y lo extendió sobre la mesa. Allí se extendía toda la ciudad, con sus comunas, sus lagos, sus desiertos y sus montañas. Miró inquisitivamente a todos los demás en busca de algún atisbo de duda o de temor
—¿¡Están listos!?
—¡Sí, estamos listos! —dijeron todos al unísono.

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El camino de tierra era algo empinado, repleto de pedruscos pequeños, arbustos secos y malezas aplastadas. El sol golpeaba sus cabezas haciendo que el andar resultara aún más dificultoso. Durante el primer trecho del viaje no se habían topado con ninguna amenaza, pero era irrisorio esperar que aquella paz durará demasiado tiempo.
De repente, Conrad, quién se había adelantado unos metros para inspeccionar la zona, apareció ante ellos con una herida en el brazo.
—¿¡Qué te ha pasado!? —preguntó Judith asustada.
—Preparen sus armas, se acerca el peligro.
—¿Qué tan grande son? —preguntó Randall.
—Grandes —respondió el guardián con su voz fría y su mirada penetrante.
Los cuatro miembros de la banda prepararon sus armas para enfrentarse a lo que se avecinaba. Odo tensó su arco y lo cargó con varias flechas. Milo envainó su espada con su mano menos diestra y dejó la otra libre para utilizarla en caso de que fuese necesario. Conrad, que no llevaba armas consigo, cerró los ojos y respiró profundamente. Al cabo de unos segundos, su cuerpo empezó a agrandarse hasta alcanzar la altura de unos tres metros. Sus brazos, sus piernas, su torso, todo se volvió un amasijo de músculos firmes y venas hinchadas. Randall, por su parte, dio un leve golpe al piso con su bastón y este se encendió emitiendo un destello de luminiscencia verdoso. Luego de esto, el anciano miró a Judith y observó que se encontraba algo nerviosa.
—Vamos Judith, no dudes. Haz lo tuyo, sé que puedes.
La muchacha dudó unos instantes, pero terminó por hacer caso a esas palabras. Buscó la roca más cercana para sentarse. Una vez se hubo acomodado, tomó su guitarra y empezó a tocar aquella melodía que había entonado tantas veces en batalla. Por un momento, creyó haberse olvidado los acordes. Sin embargo, sus dedos viajaron por las cuerdas como impulsadas por un instinto propio una vez los apoyó sobre ellas. Primero la cuarta, después la segunda, la tercera, luego la primera, la quinta, la cuarta nuevamente y así sucesivamente. La melodía, envuelta en un aura un poco más melancólica que otras veces, emergió del instrumento como una brisa reconfortante. Para acompañar la música, Judith empezó a entonar la canción de la invocación. Su voz era dulce y pausada, como si cada palabra esperara con paciencia a la siguiente antes de salir.

Alta en el cielo, alza su vuelo, como ella no habrá ninguna
Con su majestuoso andar, cubre el suelo con su largo velo de plumas
Fría como el hielo, va de norte a sur buscando consuelo en el reflejo de la luna
Su anhelo es de libertad y de justicia,
dichoso sea aquel que encuentre en ella el verdadero significado de la fortuna.

A lo lejos, un chillido alto y agudo, proveniente de las montañas nevadas, llegó para elevar su autoestima y para reforzar la esperanza de todos.
Desde algún punto perdido en el horizonte, como si se tratase de un eclipse diurno, un águila de pico dorado y de alas tan enormes capaces de tapar la luz del sol, apareció y aterrizó ante ella. Al guardar sus extremidades, su figura ya no se vio tan imponente. Refregó su cabeza en el hombro de la chica y ella le acarició el pelaje para devolverle el saludo.
—¿Cómo te encuentras chiquilla? Hace tiempo que no nos vemos, ¿eh? Lamento tener que traerte a estos sitios, pero necesitamos tu ayuda.
—¡Ahí vienen! —los interrumpió Conrad con un sonido que pareció más un rugido que un grito. Hasta su voz cambiaba cuando se encontraba en medio de su transformación.
Allí adelante, cinco bestias aparecieron para taparles el camino. Eran similares a leones, aunque más grandes y más fornidas. Lo peor no eran sus piernas robustas, ni sus garras afiladas o su mordida mortal, sino su cola. Ese largo látigo dotado de una punta reforzada, repleta de salientes puntiagudos, era capaz de perforar hasta la armadura más reforzada.
—¡Uno con cada una! —gritó Milos, quien fue el primero en arremeter contra una de ellas.
Con su espada paró el primer latigazo del animal y con su mano libre impulso a la bestia hacia atrás con el poder de sus ondas de movimiento. Aprovechando el aturdimiento que había provocado, se montó al lomo del animal y rebanó su cuello en un movimiento que fue de izquierda a derecha. A medida que su espada atravesaba el duro cuello, la melena de la bestia se iba cubriendo de una sustancia negruzca y espesa. Cuando finalizó, ella cayó abatida al suelo.
Conrad no fue tan sutil como su compañero. Se encaramó contra la bestia de frente sin medir las consecuencias. La criatura abrió la boca para clavar sus dientes en él, sin embargo, el guardia detuvo la mordida con sus dos manos y, utilizando su fuerza, empezó a abrir su mandíbula hasta partirla en dos. El crujido de los huesos y el rugido de dolor retumbó como un eco potente. El enemigo se derrumbó en el suelo para no levantarse más.
Mientras toda la acción sucedía, Odo, desde una distancia prudente, ajustaba su mira y se preparaba para atacar. Tensó su arco y de él salieron disparadas varias flechas en direcciones dispares. A mitad de camino, sus puntas se encendieron con un chasquido de su dedo y las obligó a torcer su rumbo hacia el enemigo que había fijado. Cada flecha tenía un destino preciso para intentar causar el mayor daño posible. Una se clavó en el ojo, otra en la columna, varias en el estómago y otras tantas le atravesaron su cuello. La bestia no resistió tanto daño y cayó pesadamente.
Judith, sin querer quedarse atrás, se montó sobre el águila y se sumó a sus amigos. En el camino, le ordenó a su compañera que atacara a una de las dos criaturas que aún quedaban vivas. El águila la envolvió con sus garras, alzó su vuelo en dirección al cielo y, antes de dejarla caer, la estrujó hasta hacerla chillar. Cuando el cuerpo tocó el suelo, el golpe sonó seco y la muerte fue instantánea.
Quedaba una sola viva y todos sabían a quién le correspondía matarla, sin embargo, Randall permaneció inmóvil. El animal corrió directo hacia él dejando un rastro de polvo por el camino. El anciano esperó la arremetida sin inmutarse, con su bastón luminoso apoyado en el suelo. Cuando quedaban solo unos centímetros de distancia y el embiste parecía inminente, Randall movió suavemente su arma de madera y con eso le bastó para que el enemigo no cumpliera su objetivo. Su cuerpo implosionó hasta volverse un revoltijo de sangre negra, huesos y músculos, para luego estallar en millones de partículas debido a la presión ejercida.
Todos los presentes saltaron y vitorearon por la victoria conseguida. Todos menos Randall.
—¡Lo logramos! —dijo Milo.
—¡Como en los viejos tiempos! —agregó Judith con la misma emoción.
—Oye, esperen, miren eso. —Odo los interrumpió y señaló hacia donde estaba su maestro—. ¿Qué es lo que sucede?
Randall estaba agachado sobre el cadáver de una de las bestias. Con un dedo había recogido la sustancia negruzca y la olía con el olfato de un sabueso.
—Mmm, sangre negra, esto no es nada bueno.
—Te refieres a que él… ¿Volvió? —Odo lo miró con cara de asustado.
—Me temo que sí, muchacho. Es más, sospecho que él tiene algo que ver con la desaparición de Haland.
Las sonrisas se borraron, los gritos se apagaron y los rostros se ensombrecieron a pesar de la luminiscencia del sol.

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La fogata encendida los calentaba y los protegía de las bajas temperaturas que reinaban en las montañas. Habían hecho un rondo alrededor de las llamas y estaban a punto de cenar.
—Oye maestro, ¿es cierto lo que dicen sobre él? ¿Sobre su poder? ¿Alguna vez te has enfrentado a él? —preguntó Milo mientras se llevaba una cucharada de sopa a la boca.
—Más de lo que te imaginas, joven guerrero. Pero tenemos una ventaja y es que lo conozco. Solíamos ser compañeros de batalla, en una época de la cual ya no recuerdo demasiado. Y si… Peleamos una vez, pero nos teníamos demasiado respeto para hacernos daños el uno contra el otro. Fue justo antes de que cada uno tomara su propio camino. Apuesto a que ahora es una persona totalmente distinta.
—¿Y como se supone que vamos a vencerlo? —Judith hablaba con voz temblorosa.
—Tengo un plan, pero primero debemos llegar hasta él y asegurarnos que Haland está vivo. Una vez lo hayamos rescatado, yo me encargaré de él.
—No tendrás pensado hacer alguna locura, ¿cierto? —Milo dejó de comer un instante, expectante por la respuesta del anciano.
—Las locuras son las que nos mantienen vivos. —Luego de decir esto, dejó su plato vacío a un costado—. Bueno, es hora de descansar, todavía nos queda un pequeño tramo por recorrer.
Todos se apuraron en terminar sus platos para poder retirarse a descansar, excepto Milo, quien se quedó allí sentado contemplando fijamente los troncos carbonizados. Al ver que habían quedado solo ellos dos, el anciano decidió increpar al joven.
—¿A qué le tienes miedo? No temes a la lucha que se avecina, es otra cosa distinta lo que te preocupa, lo veo en tus ojos.
El muchacho miró al anciano con rostro extrañado. Luego, se rindió ante su mirada.
—¿Cómo sabes esas cosas? ¿Tan transparente soy?
—Un viejo como yo, conoce todos los trucos. —Randall esbozó una leve sonrisa—. Vamos, puedes confiar en mí. No quieres que vuelva al grupo, es eso, ¿cierto?
—No es exactamente eso. —Milo enderezó su espalda y miró hacia un costado asegurándose que solo se encontraban ellos dos—. Es mi hermano, por supuesto que quiero que vuelva. Pero ya sabes… Déjalo, es difícil de explicar.
—Crees que si él vuelve, también volverán tus inseguridades.
Milo asintió avergonzado. —Siempre he estado a la sombra de él. Desde que no está aquí me siento más seguro, más tranquilo. Sin embargo, lo amo. Daría mi vida por él. ¿Acaso tiene sentido lo que digo?
—Todo el sentido del mundo. Eso no quita el hecho de que estés equivocado. —Randall se paró para sentarse a su lado—. El problema es que ves reflejadas en la figura de tu hermano las inseguridades que tiene tu propia alma. Que él desaparezca no va a hacer que tus fantasmas desaparezcan también. Tarde o temprano vendrá otro que te hará sentir inferior. Eres tú el que debe cambiar, no el resto.
Milo reflexionó, en silencio. Cuando estaba a punto de responder, fueron interrumpidos por unos gritos cercanos. Eran los de Odo, de Judith y de Conrad. Al acercarse, notaron que habían desaparecido.
—¡Se los han llevado! —El joven no podía creer lo que veía—. ¿Cómo han hecho? ¿Cómo puede ser que no los hemos escuchado? —Sentía que estaba a punto de entrar en un ataque de pánico.
Randall se acercó para calmarlo. —Tendremos que adelantar nuestra incursión. Iremos a por ellos. Tranquilo, no dejaré que nada les pase.

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Cuando atravesaron las montañas nevadas, se toparon con una inmensa catedral construida en medio de un desierto de hielo. Su estructura era colosal, construida con muros tan oscuros que parecían carbonizados por fuera. Estaba repleta de torres altas y empinadas, puentes colgantes que derivaban a decenas de entradas distintas. A pesar del aspecto casi laberíntico, lograron detectar con rapidez cuál era la entrada principal.
—Toma mi mano Milo, debemos entrar sin ser vistos.
El muchacho le hizo caso y en el instante que ambas palmas se tocaron, los dos se volvieron invisibles.
—Ahora ya me puedes soltar, el efecto durará un par de horas. Iremos directo hacia la entrada principal. Procura de no hacer ningún ruido o ambos seremos hombres muertos.
Avanzaron a través de uno de los puentes y atravesaron el arco que señalaba la entrada al palacio. Al llegar al centro de la catedral, se toparon con un auténtico ejército a cada uno de sus costados. Cientos de autómatas parados como estatuas, a la espera de las órdenes de su amo. Algunos aguiluchos de aspecto terrorífico, manejados por estos mismos seres, entraban y salían del lugar trayendo consigo prisioneros provenientes de distintas partes de la ciudad. Los depositaban en enormes jaulas, mientras las víctimas se desgarraban en gritos de desesperación.
Sin detenerse un segundo, se adelantaron hasta ingresar a lo que parecía ser la sala principal. El lugar era angosto aunque elevado. Su techo estaba cubierto por una estructura abovedada fabricada a base de cristal, a través de la cual era posible divisar el cielo oscuro. En el centro, un hombre de porte robusto los miraba sentado desde un trono de hierro. Su cara estaba pálida, su mandíbula tensa y sus ojos, rojos de furia, parecían escupir lava.
—¡Es Haland! ¡Hermano querido, estás vivo!
Pero cuando Milo quiso ir en su búsqueda, Randall le puso la mano en el pecho para detenerlo.
—Detente, es una trampa.
En ese instante, una risa profunda provino desde el fondo de la sala, haciendo que retumbara el suelo.
—Vaya vaya, ¿pero qué tenemos aquí? Randall, ¡pero si eres tú! ¿Hace cuanto tiempo que no veo a mi viejo amigo?
—¿Nos puede ver? —preguntó Milo en un susurro.
—Si, además sabía que veníamos, es por eso que nadie nos detuvo.
La figura que había hablado apareció detrás de Haland. Era alto, como de casi de dos metros de estatura y estaba cubierto por una larga túnica negra que le cubría tanto cuerpo como rostro. A la altura de los ojos, dos pupilas rojas parecían flotar en el aire como dos pequeños soles.
—Constantino… Sabía que tú estabas detrás de todo esto. Entréganos a Haland y nos iremos sin generar disturbios. Puedes quedarte con el bastón si quieres.
El sujeto se volvió a reír.
—Siempre creíste que te tenía miedo y veo que aún sigues pensando lo mismo. ¿Algún día dejarás de ser tan engreído? Lo quiero todo y más. Me llevaré el alma de ustedes dos si es necesario.
Al decir esto, aquel ser ordenó a Haland que atacara a Milo y este obedeció sin miramientos.
—¡Saca a tu hermano de aquí, Milo! ¡Rescata a los demás! Yo me ocuparé de él.
El muchacho quiso reprochar la decisión de su maestro, sin embargo, supo enseguida que este hablaba en serio. Asintió decidido, tal vez imaginando lo que iba a suceder, y salió corriendo de la sala con Haland persiguiéndolo.
Una vez que se quedaron solos, Randall miró a su rival de manera desafiante.
—Terminemos con aquello que dejamos pendiente.
—Sabes que no saldrás vivo de esto, ¿cierto?
—Esa nunca fue mi idea.
El anciano arremetió contra el encapuchado. Cuando ambos bastones hicieron contacto, destellos de luces de color verde y de color rojo salieron disparados en todas direcciones, seguidos de temblores y estruendos.
Mientras tanto, Milo seguía corriendo en busca de sus amigos perdidos. A medio camino se dio cuenta de que Haland no lo estaba siguiendo. Retrocedió unos metros y lo encontró desmayado en el suelo. Al levantarle el rostro, notó que sus ojos ya no eran de color rojo.
Supo que no podía dejarlo allí tirado. Se lo cargó a un hombro y siguió avanzando a pesar de lo mucho que le pesaba.
Tenía que apurarse, la catedral se estaba despedazando detrás de él. Los temblores hacía que se tropezara seguido, pero se propuso llegar hasta su objetivo.
Lamentablemente, su lentitud hizo que un gran grupo de autómatas lo alcanzara. Al ver que pronto se vería rodeado, decidió depositar el cuerpo inconsciente en el suelo y desenvainar su espada. Siempre con la mano menos diestra, para dejar la otra libre. A los primeros autómatas los pudo repeler con facilidad con sus ondas de movimiento. Pero luego se sumaron más. Y más aún. Eran auténticas máquinas de destrucción, criaturas hechas de acero capaces de triturar a un ser humano con sus propias manos.
No se rendiría, debía pelear, incluso si aquello significaba la muerte. Estaba harto de correr y esconderse.
Pudo detener los siguientes golpes, aunque otros tantos le provocaron algunos tajos en la piel. Y los tajos no tardaron en convertirse en profundas heridas. Pronto se vio sin fuerza, arrodillado, rodeado por kilos y kilos de frío metal.
Uno de ellos lo tomó por el cuello y empezó a apretarlo. Miró a su hermano en busca de algo de ayuda, pero no obtuvo respuesta alguna. Quiso escaparse pero esa fuerza que lo apretaba era superior a la suya. El aire se le fue escapando, la mente se le fue nublando y los ojos se le fueron cerrando.
Cuando ya estaba dispuesto a despedirse del mundo, con la tranquilidad de haberlo intentado todo, el autómata que lo estaba asfixiando salió volando por los aires, al igual que otros que estaban a su alrededor. Otros tantos fueron abatidos por varias flechas que fueron a caer justo en el único punto débil que tenían. Su grupo estaba allí para salvarlo.
—¡Qué alegría verlos! ¿Cómo demonios lograron escapar? —Tuvo que toser para aclarar su garganta.
—La pared simplemente se derrumbó. Y por lo que veo, parece que todo el palacio se está derrumbando.
Odo y Conrad lo ayudaron a levantarse.
—¿¡Has rescatado a Haland!? —gritó de repente Judith al ver el cuerpo que estaba allí tirado—. ¿Se encuentra bien? —Se agachó para intentar despertarlo.
—No creo que despierte por un largo rato, pero tú tranquila, va a estar bien. Sin embargo, no debes agradecerme a mí, sino a Randall. Él se ha sacrificado por todos nosotros.
—¿¡Randall ha muerto!? —preguntó el guardián, sorprendido. Era la primera vez que veía una expresión así en la cara de aquel hombre.
—Aún no, pero creo que no planea volver.
—¡Miren, allí está! —gritó nuevamente Judith.
Constantino y Randall aparecieron desde la esquina de un pasillo. Aún seguían ensartados en combate. Los bastones chocaban, se separaban y volvían a chocar, emitiendo destellos y sonidos aturdidores.
—¡Tenemos que salvarlo! —dijo Milo.
Corrieron para acercarse a él, sin embargo, fueron detenidos por una pared invisible que flotaba en el medio del camino. Randall, al verlos, les gritó del otro lado.
—¡Huyan! ¡Salven a Haland! ¡Hagan lo que les digo, de lo contrario, nadie saldrá vivo!
Los cuatro compañeros se miraron. Era una decisión que nadie estaba dispuesto a tomar individualmente, sin embargo, desde pequeño habían aprendido a hacer caso a las palabras de su maestro, sin importar que dijese. Con lágrimas en los ojos, se retiraron para escapar de aquel infierno en ruina.
Mientras corrían, una vez fuera de la zona de peligro, lograron ver cómo la estructura colapsaba completamente, hundiéndose en el hielo hasta desaparecer. Nadie más, excepto ellos, había salido con vida.
Haland, en medio del escándalo, se despertó emitiendo una bocanada de ahogado.
—¿¡Pero qué demonios ha sucedido!? ¿¡Y porque estoy en medio de un desierto!? —Se detuvo un segundo mientras sujetaba su cabeza. Hizo gestos de estar intentando recordar algo que le parecía importante—. ¡Han robado el bastón del rey! Preparen sus cosas, debemos ir a recuperarlo. ¡Esto no puede quedar impune!

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  Reto Mar21: Sindoria
Enviado por: Joker - 31/03/2021 07:33 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

Sindoria

Aventureros ingresaban por montones a la taberna del gremio en busca de algún trabajo bien remunerado o para ingresar como miembros oficiales de una de las hermandades más famosas de la capital. Ninguna mesa en la taberna se encontraba libre. Era mediodía y todos se refugiaban de los penetrantes rayos del sol.

Bardos en diferentes mesas afinaban y tocaban sus instrumentos sin que las melodías chocaran en un estridente ruido. Pequeños meseros levantaban sus bandejas mientras ágilmente esquivaban a los aventureros. La bandeja apenas llegaba a la altura de la mesa, pero ya eran diestros para servir cantidades exorbitantes de cerveza a todo aquel que deseara tomar un trago en la taberna del Gremio Sindoria. Los arrogantes magos mostraban algunos trucos de magia para impresionar a todo aquel que los observaba.

Una mujer de baja estatura ingresó a la taberna. Vestida totalmente de negro y con una capucha cubriendo su cabellera. Los aventureros no se atrevían a mirarla a los ojos pues sabían que era la protegida de Droma. Se acercó al tabernero y le entregó un Dulbo de oro, moneda que no tenía valor alguno en el mercado pero que al interior de la hermandad era muy significativa. El hombre detrás de la barra tomó la moneda y asintió. Se dirigió a una puerta cercana a la barra. La chica lo siguió. La capucha no dejaba ver muy bien la expresión en sus ojos.

El tabernero le abrió la puerta, limpió sus manos con un trapo sucio que siempre cargaba en su hombro y se retiró nuevamente a atender a sus clientes.

—Hola mi niña —expresó Droma observando un mapa pegado en la pared—. Regresaste muy pronto.

La misteriosa chica se quitó la capucha que escondía una larga cabellera negra. Corrió hacia Droma abrazándolo fuertemente por la espalda. El líder del gremio giró su torso y la miró con compasión. Sabía que para ella cada misión era muy difícil. Aunque era una asesina experta le dolía matar sin importar que clase de persona fuese. Pero nunca demostraba sus sentimientos hasta que llegaba a los aposentos de Droma; ahí se sentía libre de expresarse sin ser juzgada por los demás miembros del gremio.

—Ya ya mi pequeña Cyna. No llores más.

El líder la apartó y se agachó quedando a la altura de sus ojos. Le agarró los antebrazos observando sus ojos tan negros como el carbón. La miró compasivo dándole a entender que todo estaría bien.

—No hay tiempo para lágrimas ¬—dijo Droma interrumpiendo los sollozos.

Se levantó y se dirigió hacia el mapa que anteriormente estaba mirando. Señaló las montañas de Mutata al norte de la capital.

—En unos dos días se reunirán allí la tribu de los Kawara. Siempre en esta época del año se reúnen en este lugar para realizar algunos rituales —dijo él cambiando totalmente su expresión—. El rey tiene una ligera sospecha de que las desapariciones de esta época eran a causa de esta tribu.

Droma sonrió sádicamente pues la idea de matar le fascinaba.

—Si son ciertas las teorías del rey quiere que acabes con el líder Kawara. Ellos lo consideran un Dios y acabar con él hará que toda su tribu se desintegre.

Cyna se limpió las lágrimas con el codo. Ya era hora de acabar con los Kawara, con cada uno de sus miembros. Salió de la habitación. Posteriormente a la salida de la taberna. Afuera de la taberna la esperaba su equipo. Una chica y dos chicos vistiendo las mismas prendas que ella. Una capucha, las manos vendadas con tiras negras y una ropa totalmente hecha de cuero negro. Aunque no era muy resistente a los ataques les daba una movilidad sorprendente, perfecta para un grupo de asesinos.

—Cyna —expresó una chica rubia que cepillaba el pelaje de su caballo.

—Nos vamos hacía Mutata —dijo Cyna mientras se subía a su caballo.

La pequeña líder se dispuso a cabalgar hacía la puerta norte y los miembros de su equipo quedaron en una sola pieza pues no les habían ordenado nada. Iridiel, la chica rubia hizo una seña con su cabeza señalando a Cyna. Sus ojos se iluminaron pues era una elfa que expresba sus emociones mediante el color que tomaran sus ojos.  Los dos hombres entendieron la señal. Montaron sus caballos y todos la siguieron a donde sea que fuese. Los cuatro juntos cabalgando a la par no querían dirigirle palabras a su líder. Pero Yug que era un entrometido elfo no dudó en hablarle a su líder.

—¿Para qué vamos hacía Mutata jefa?

Cyna lo miró de reojo. Su corazón latía a mil por segundo. Jaló hacia atrás las riendas de su caballo frenando bruscamente. Los demás imitaron su acción frenando cerca a la puerta norte de la capital.

—La tribu de los Kawara se reunirá en tres días. Debemos acabar con ellos antes de que dejen más víctimas.

Los Kawara habían marcado un antes y un después en su vida. Aunque el rey sospechaba que las desapariciones de estos días se debían a esta tribu; ella estaba totalmente segura de que eran ellos los causantes de estas desapariciones. «Mi hermana al fin será vengada», pensó Cyna.

Salieron de la ciudad y se encaminaron hacia su destino. Era una noche en la que las lunas alumbraban con su máxima luminosidad. El camino sería fácil hasta el estrecho de Biumuta. Desde ese punto se alzaba un bosque frondoso por el cual no podrían pasar sus caballos.

Después de unas horas de viaje llegaron al estrecho. Cada uno desmontó su caballo y bajaron algunos objetos de las monturas que les servirían para adentrarse en el bosque. Liberaron sus corceles a una pradera en donde aguardarían mientras sus dueños regresaban.

Los árboles medían unos cien metros. Sus troncos y ramas eran gruesas y firmes. Caminaron al menos una hora hasta que pararon a buscar un buen lugar para dormir. Lo más obvio sería que durmieran en algún claro y prendieran una fogata, pero sus años de experiencia les decía que no era un buen lugar para pasar la noche; menos en un bosque el cual no conocían pero que los Karawa seguro conocían como la palma de su mano. Aunque no era el lugar donde habitaba la tribu si que conocían los caminos gracias a su reunión anual. Escalaron los enormes árboles hasta llegar a alguna rama que sobresaliera para establecerse y pasar la noche.

Sacaron algo de comida de sus mochilas. Cyna jugaba con su daga clavándola y sacándola repetidas veces de la rama del árbol en donde estaban subidos.

—Yug serás el primero en hacer guardia. Inicia de una vez —dijo Iridiel al ver a su líder perdida en sus pensamientos.
Yug imitó un saludo militar colocando la palma de su mano extendida a la altura de su frente. Indicándole que seguiría sus órdenes.

Vandi era el mas misterioso de la banda pues tenía una venda en los ojos. Nadie conocía sus ojos a pesar de que llevaban trabajando juntos casi diez años.

—Emmm… tú Vandi, sigue haciendo lo que sea que estés haciendo —musitó la elfa cerca a su compañero.
El misterioso asesino no respondió a su mensaje, simplemente pasó de ella. Los ojos de Iridiel se tornaron rojos. Se acercó a Yug para buscar con quien hablar un rato antes de ir a dormir.

—Este… Yug. Está muy fría la noche ¿No crees? —dijo la elfa tratando de encontrar un tema de conversación.

—Si si. Hay lunas llenas. Casi siempre hace mucho frío —respondió el elfo sarcásticamente mientras seguía vigilando los alrededores—. ¿Sabes que tiene la jefa?

—Por supuesto —blanqueo los ojos—. Siempre había esperado esta misión contra los Kawara. Ellos secuestraron a su hermana mayor cuando era solo una niña.

—Oh. Entiendo. Pues bueno tenemos mucho que hacer entonces. Si esta misión es importante para la jefa también lo será para nosotros.

El primer día transcurrió tranquilo. Haciendo únicamente dos paradas al día para comer algo y continuar avanzando hasta Tsakiya. Por todas las tabernas de la capital se hablaba de que Tsakiya significaba el centro. Pues para ellos esa ciudad en medio de las montañas era el origen de toda la creación. Aunque tenían un asentamiento allí ninguno de la tribu vivía en ese lugar, solo asistían a su ritual.

Era bien conocido que los Kawara preferían usar arcos del tamaño de su s cuerpos. Unos ciento sesenta y cinco centímetros. Las flechas eran también bastante largas, pero no tanto como el arco. Tenían una gran fuerza para poder lanzar flechas de esos tamaños. Otros guerreros preferían cargar una gran lanza con un escudo alargado tallado en madera que podían reposar fácilmente en el suelo por su gran tamaño.

En el segundo día de viaje se encontraba cada uno dispuesto a dormir en una de las ramas, pero escucharon pasos que se acercaban a un claro cercano. Divisaron a lo lejos varios guerreros Kawara. Alcanzaron a identificar a dos de ellos. Hombres armados únicamente con una lanza y un gran escudo de madera. Pintados totalmente de negro y con una máscara alargada hacía arriba. Era hora de empezar a reducir sus números.

Los cuatro asesinos se alistaron para dar un ataque sorpresa, pero en unos instantes y sin poder reaccionar Iridiel fue atravesada por una flecha que se abría paso en la oscuridad dejándola clavada contra el tronco del árbol. Cyna advirtió que su compañera había muerto en el instante. Inspiró profundamente analizando la situación. Los habían descubierto y estaban en territorio enemigo. Aunque eran amos de las sombras el bosque era como un patio de juegos para los Kawara.

Yug preparó su ballesta, cargó en ella cinco flechas e inició una ráfaga de disparos hacía los indios que se encontraban abajo. Ninguna flecha fue capaz de atravesarlos gracias a sus efectivos escudos. Vandi por el contrario que prefería pelear cuerpo a cuerpo agudizó su escucha y logró detectar algunos movimientos inusuales de las hojas de los árboles. Los encontró. Se lanzó como un rayo hacía la ubicación de los que habían disparado a Iridiel. Desenvainó sus dos dagas. En el aire identificó que eran dos enemigos y que estaban separados a unos cuantos metros. Uno de ellos cargaba un arco mientras que el otro portaba una larga lanza y un escudo tallado en madera. Agarró fuertemente la daga de su mano derecha y fuertemente lanzó su otra daga apuntando a la yugular del arquero dando en el blanco. Aterrizó en la rama donde estaba el otro, pero no sería fácil para un asesino matar un contendiente que peleaba a distancia. Tenía que acortar los pocos metros que los separaban para lograr hacerle daño.

Los Kawara que estaban abajo, aunque se notaban distraídos eran simplemente una carnada. Estaban preparados para atacar. La líder de los asesinos saltó desde la rama en que se encontraba. Disparó un arpón en un árbol cercano para reducir la caída y se acomodó arriba de sus dos objetivos para dar un ataque contundente. Los dos indios estaban listos para un ataque desde cualquier lugar y levantaron sus escudos. Cyna aprovechó esto. Pateó el escudo dando un giro hacía atrás. Ella era mucho más rápida que sus enemigos. Corrió hacia ellos. Accionó el mecanismo de sus botas sacando dos pequeñas cuchillas. Apuñaló a uno de ellos en el estomago sin causarle mucho daño, pero logrando inyectar un poderoso veneno del cual estaban impregnadas sus cuchillas. Retrocedió nuevamente evitando un ataque con lanza de los dos tipos.

Arriba la pelea continuaba. Vandi buscaba un punto débil por el cual atravesar las defensas de su rival. En un descuido del Kawara fue atravesado por una flecha en la cabeza proveniente de su espalda. Yug se había posicionado detrás de su oponente sin ser percibido.

El indio que había sido envenenado murió en unos cuantos segundos. Su compañero se asustó pensando que la pequeña mujer le había lanzado algún tipo de hechizo. En ese instante de distracción con una velocidad casi inhumana apareció Cyna en su espalda enterrando una daga en su cuello y cercenando todo su cuello logró asesinarlo. Cuatro enemigos habían muerto, pero ya no estaban seguros acampanando en ningún lugar. Se encontraban muy adentro de su territorio.
Se acercaron al cadáver de Iridiel. Tomaron un dije que cargaba en un pequeño bolso. La marca de los asesinos de Sindoria. Que portaba el nombre de su portador por el reverso de este. Sin poder darle una despedida adecuada por los peligros que representaba quedarse en ese lugar, los tres asesinos restantes avanzaron deprisa a pesar de que estaban muy fatigados por la lucha que acababan de librar.

Avanzaron toda la noche. El sol salía en el horizonte iluminando el frondoso bosque y las montañas que se vislumbraban a varios kilómetros. La gran Tsakiya se podía ver en el pico mas alto de las montañas Mutata. Era una ciudad amurallada que se iluminaba más que el sol. Sus casas y edificios hechos de oro puro eran su mayor atractivo. Lo más sorprendente de esta ciudad era una gran estatua de una serpiente alada que influía miedo en cualquiera que lograra llegar al menos a verla a lo lejos. Debajo de las murallas salían por unos agujeros varias cascadas naturales.

Los asesinos se acercaban ya a paso reducido hacía su destino. Escucharon el melodioso silbido de una flauta y sus cuerpos se comenzaban a sentir pesados, débiles. Yug y Vandi cayeron al suelo en un profundo letargo. Cyna se tambaleaba, pero antes de que la consumiera el raro canto de la flatua. Tomó una daga y se apuñaló en el muslo derecho. De inmediato salió del control de la flauta. Tomó unas cuantas vendas cubriéndose la herida que se acababa de hacer. Corrió rápidamente hacía unos arbustos. Se lanzó al suelo teniendo visión de sus dos compañeros desmayados. Al cabo de unos minutos llegaron varios guerreros Kawara. Amarraron manos y pies de los dos asesinos. Después los colgaron en unos finos troncos y los entraron a la ciudad de Tsakiya.

La líder ahora sola. Debía completar la misión que le habían encomendado. Observó los agujeros debajo de las murallas. Gracias a su baja estatura pudo entrar fácilmente por los agujeros. El agua que salía era bastante agresiva haciéndola retroceder algunos centímetros. Gracias a los dos arpones que tenía en los mecanismos de sus muñecas podía sostenerse sin que el agua la arrastrara del todo.

Atravesó todo el agujero llegando a una fuente en una zona rodeada de lo que al parecer eran sus hogares. Al ser una ciudad de culto todas sus edificaciones solo eran ocupadas en la época del año donde realizaban sus rituales. Ya era casi el mediodía. La ciudad estaba bastante concurrida. Todos sus habitantes se movían rápidamente para dejar todo listo para su ceremonia. La pintura negra en la piel de los indios hacía contraste con el dorado de sus edificaciones. Por ningún motivo se quitaban sus máscaras. Absolutamente todos desde niños hasta los mas viejos portaban sus máscaras de madera.

Más tarde la ciudad se iluminaba con antorchas. Todos se dirigían hacia la plaza donde se realizaría la ceremonia. Los guardias postrados en la muralla también se dirigían a la plaza. Nadie se atrevería a atacar la ciudad gracias a las leyendas que se habían transmitido a través de los tiempos. Ahí estaba Cyna escondida en un tejado esperando el momento perfecto para atacar.

En la plaza debajo de la gran serpiente alada estaba el templo del Kawurama (como llamaban a su líder los indios Kawara). La pelinegra tenía la vista fija en el templo esperando que saliera el líder. Para su sorpresa salieron varias chicas jóvenes vestidas con túnicas rojas y con sus ojos vendados. Calculaba que tenían entre diez y quince años. Fueron ubicadas en un gran altar en el centro de la plaza. Los indios arrodillados que hacían reverencia constante no levantaban la mirada en ningún momento. Después de un instante salió del templo su líder. Cyna palideció al ver el familiar rostro de su líder. Se trataba de su hermana desaparecida hacía muchos años. Sin la distinguida pintura negra en su piel. Tenía una túnica blanca y cargaba un cetro tallado en madera, pero en la parte de arriba tenía dos ojos de serpiente dorados.
Deriana dio tres golpes con su cetro en el suelo. Los Kawara se levantaron de su embelesamiento. Un indio más grande que los demás apareció subiendo las escaleras del altar con un hacha en la mano. Agarró del brazo a una de las chicas. La niña se resistía a la gruesa mano de su asesino mientras daba gritos de ayuda. La arrodilló y posicionó su cabeza en un gran cubo dorado. El verdugo observó a su líder. Ella asintió. El hacha fue dirigida a su cuello decapitándola en el instante. Cuando la cabeza cayó al suelo una esencia emanó de ella. Flotó unos segundos sobre el altar para después dirigirse al cetro de Deriana. Los ojos del cetro se iluminaron y la esencia desapareció.

Cyna no pudo salvar a la chica. Estaba rodeada de enemigos. Notó que sus compañeros no estaban por ninguna parte. Quizás si los encontraba podría acabar de una vez por todas con la tribu. Se bajó del tejado para el lado que no daba con la plaza. Buscó desesperada por todo Tsakiya. Vio a lo lejos una edificación diferente a las demás. Sus paredes no eran de oro sino de piedra. Se acercó sigilosamente a la fortaleza. No habían vigías cerca. Al entrar vio colgado de las manos con unas cadenas a Yug derramando sangre por todo su cuerpo.

—Luchó hasta el final…—se escuchó una voz cerca y muy familiar.

La chica buscó la proveniencia de la voz. Observó a su derecha y estaba Vandi tirado en el suelo atado con unos nudos muy extraños. No tenía ningún rasguño.

—¿Qué pasó con Yug? —Cyna no podía creer lo que estaba viendo, dos de sus amigos habían muerto. Todo por no ser una buena líder y estar cegada por su venganza—. Como es que estás bien y Yug está muerto.

—Lo torturaron para sacarle información. Querían saber quién nos había mandado. Yug no dijo ni una palabra —dijo Vandi— A mí no me torturaron porque se tenían que ir para su ceremonia.

—Por azares del destino estás bien —respondió Cyna acercándose a su compañero y cortando sus ataduras—. Nos vamos. Levántate y coge tus armas.

Vandi siguió las órdenes. Tomó sus armas. Apretó la venda de sus ojos y siguió a su líder.

La reina Kawara bajaba los escalones del templo mientras su tribu cantaba alabanzas a su dios serpiente. Se paró en el centro del altar rodeada de cabezas decapitadas y en una especie de éxtasis que denotaba su rostro. Cerró sus ojos y al cabo de unos segundos los abrió, pero ahora sus ojos eran los de una serpiente. En su pelo desaparecieron varias canas. Las arrugas de su rostro se esfumaron. Vandi no aguantó más la espera. Saltó del tejado lanzando varias dagas en dirección a la reina y cayó en una casa cercana a la que él se encontraba.

Los indios no esperaban tal ataque hacía su líder. Antes de que las dagas impactaran en su protectora varios guerreros se posicionaron en frente de su reina recibiendo el impacto de las dagas pues no portaban escudos en su ceremonia sagrada. Deriana ni se inmutó ante tal ataque. Que podría hacer un asesino vendado contra su ejército.

—No pueden lastimarme —dijo Deriana. Su voz sonó con un eco aturdidor en toda la ciudad—. Cada persona se sacrificaría por mi antes de que pudieran hacerme algo.

—Quizás yo solo no pueda, pero ellos sí —respondió Vandi con una sonrisa en su rostro.

Varias sombras aparecieron a sus espaldas. Aparentemente Sindoria había mandado refuerzos para extinguir a su raza. La reina se asustó. Si morían sus esbirros ella también caería. Entonces corrió hacía el templo subiendo las escaleras lo más rápido que sus pies le permitían.

Llegó a una habitación muy escondida del templo. Se sentó en su trono para respirar un poco. La puerta se cerró súbitamente. Apareció Cyna en una esquina mirando a su hermana compasivamente.

—Sabía que algún día me encontrarías —confesó Deriana con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo de la silla.

—Co.…cómo es que estás viva Deriana. Yo vi cuando esos indios te llevaron arrastrada hacia el bosque.
Deriana suspiró.

—Cuando llegué a esta ciudad, el líder en ese momento se enamoró perdidamente de mí. Descubrí que su bastón era un regalo de los dioses con el que podía controlar la mente de toda su tribu, pero no lo usaba con tal propósito. Solo lo usaba como un símbolo de poder. Vi la oportunidad de escapar de aquí entonces maté a su líder envenenándolo. Tomé su arma para dominarlos a todos y aunque mi propósito era escapar de aquí fui cegada con el poder. El bastón se alimentaba del aura de chicas vírgenes entonces debía recargarlo cada año.

—¿Sabes que tendré que matarte, hermana?

—Sería lo mejor. No me gustaría acabar en manos de otra persona que me mataría con odio —dijo Deriana abriendo los ojos y mirando fijamente a su hermana.

La asesina sacó un frasco de su bolso. El frasco contenía una sustancia morada. Se lo entregó a su hermana. Deriana abrió el frasco con suma tranquilidad. Una lágrima le bajaba por la mejilla mientras daba un sorbo a el frasco. La sustancia morada le escurría por su mandíbula. Cerró los ojos y jamás los volvió a abrir. El cetro que sostenía fuertemente cayó al suelo. Se resquebrajó totalmente. Todos los Kawara que se encontraban afuera se quitaron sus máscaras y no tenían ni idea de que hacían en Tsakiya. Sus mentes fueron liberadas del hechizo del dios serpiente.

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  Reto Mar21: Mucho por hacer
Enviado por: Joker - 28/03/2021 11:44 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

Olía a carne, cerveza y sudor. Los tres aromas se entrelazaban formando uno solo, desagradable y al mismo tiempo hermoso.
La taberna estaba atestada de gente. En las mesas que había repartidas por la espaciosa estancia, de pie frente a la barra o apoyados en la barandilla del piso superior, dejando derramarse sus bebidas sobre los insensatos clientes de abajo. Individuos de toda raza y condición ingerían litros y litros de alcohol mientras les relataban a sus camaradas sus muchas peripecias y demás bravatas. La madera del suelo crujía, las lámparas del techo parecían estar a punto de caerse y el pendón de la región de Tarkha era tan minúsculo que apenas podía distinguirse entre el resto de los adornos. Clérigos, soldados, campesinos, rufianes. Aquel antro no diferenciaba entre unos y otros, los más ilustres personajes se codeaban con los peores delincuentes sin preocuparse lo más mínimo por lo que otros pudieran pensar.
Rhapaz se colocó el sombrero, se echó hacia atrás su inmaculada túnica y tomó asiento en una de las mesas. "Qué hermosa es la humanidad", se dijo, mientras observaba de reojo los goterones de saliva que iban resbalando por la crecida barba de un coloso que se encontraba a su espalda.
-Juego -anunció, echando un ojo a la baraja de estilo fardio que reposaba en el centro de la mesa.
El individuo que tenía enfrente, un tipo cubierto con una capa verde que llevaba un carcaj a la espalda, se encogió de hombros y le repartió tres naipes.
Aparte de él, había dos personas más ahí sentadas: una mercenaria que le miraba con gesto ceñudo y una muchacha de rasgos élficos que acariciaba las cuerdas de un viejo laúd sin producir sonido alguno.
Levantó una mano para llamar la atención del camarero, pero estaba demasiado ocupado como para reparar en él. Una pena. Se encogió de hombros y observó sus cartas con el ceño fruncido. "No está mal", pensó. "Nada mal".
-Yo a ti te conozco -dijo entonces la guerrera-. Eres Rhapaz, el consejero del rey Adaris.
-Ah, ¿sí? -Respondió él con desinterés, y echó una carta al montón.
-Sí, estoy segura -La mujer hablaba con una frialdad escalofriante.
Rhapaz se quedó quieto unos instantes, luego agarró el vaso de la joven que tenía al lado y tomó un sorbo. Entonces alzó la cabeza y miró a la guerrera con el mismo desprecio con el que ella le había estado observando desde que entró en el local.
-¿Y qué si ese es mi nombre?
-Tu rey llevó a la muerte a mi gente -continuó ella, aún con la mirada encendida-. Tu rey, movido por los consejos que tú le diste, arrasó las tierras de mi pueblo. Tu rey seguramente hizo daño a todos los presentes en esta maldita taberna.
-Adaris lleva muerto muchos años -replicó él- y yo todos los pecados que pudiera haber cometido los he pagado ya. Créeme, el día en que seas hecha prisionera de los jurrios sabrás por qué digo esto. Esos desgraciados encontraron el modo de torturar a un mago, y todo mi poder y mi gloria se volvieron inútiles en sus prisiones. He permanecido encerrado allí durante mucho, mucho tiempo, y te puedo asegurar que todo lo que puedas haber sufrido por mi culpa también lo he sufrido yo por la suya -Se giró hacia la elfa y le dio un codazo-. Niña, toca algo de una puta vez o deja ya ese instrumento. Acabarás por ponerme nervioso.
Y, contra todo pronóstico, ella obedeció. Sus dedos cayeron sobre las finas cuerdas con una precisión pasmosa y fueron pasando de la una a la otra a una velocidad extraordinaria. Ella no cantaba, ni siquiera había hecho el más mínimo ruido desde que Rhapaz se sentó. Era otra mujer la que entonaba la letra, una aldeana rolliza que se situaba a una respetable distancia de su mesa y había sido rodeada por una decena de borrachos.
Mientras Rhapaz iba echando las cartas, fue analizando disimuladamente a cuantos le rodeaban. Un montaraz armado con una ballesta, un grupo de trasgos que bebían cerveza a su espalda... Rhapaz había tomado muchas decisiones complicadas antes de la caída del rey, decisiones que afectaban a un importante número de personas. Las tierras y condados de los alrededores habían sufrido la cólera de Adaris, lo cual complicaba bastante su situación. Todos los presentes podían tener razones para querer matarle, y todos podrían llegar a intentarlo.
Alguien se le acercó por detrás, y Rhapaz ya no lo dudó. Extendió la mano hacia el desgraciado y pronunció unas palabras en el lenguaje antiguo, y de inmediato el hombrecillo empezó a retorcerse en el suelo. Se sacudió durante unos largos minutos, y luego se quedó quieto para no volver a levantarse.
Toda la posada le observaba fijamente, pero a él no le preocupó. Lanzó otro naipe al montón y se quitó el sombrero.
-He ganado -dijo, y enseñó sus cartas. Cuatro ases. Rhapaz tomó otro sorbo del vaso de la elfa, y el hombre del traje verde soltó un escupitajo que fue a caer en su propio vaso.
Rhapaz llevaba demasiado tiempo entre las sombras, y eso debía terminar. La guerra contra Juria le había despojado de su cargo, de su honor, pero no iba a seguir siendo un don nadie durante más tiempo aún. Se haría un nombre, aunque fuera entre aquella jauría de bandoleros, y recuperaría el honor que le fue arrebatado.
Los trasgos fueron tras él segundos después. Rhapaz se levantó de su asiento, agarró su cayado y lo arrojó contra la cabeza de uno de los tres. Luego cruzó los dedos, susurró un maleficio y los otros dos cayeron de rodillas al suelo. Alzó la rodilla, reunió fuerzas y de una sola patada sus troncos se doblaron y los muy desgraciados cayeron desmadejados al suelo.
Una flecha le fue arrojada desde una distancia muy corta, pero el proyectil se quedó paralizado en el aire y luego se precipitó sobre las carcomidas tablas de la mesa. Rhapaz se levantó los pliegues de la túnica, mostrando su extensa colección de cuchillos, y sacó uno. Después lo lanzó directamente hacia el pecho del encapuchado. Su objetivo soltó un sordo gruñido, el licor carmesí empapó su vestimenta y su cuerpo fue a precipitarse sobre los de los dos trasgos que habían sido eliminados.
El montaraz fue el siguiente en caer. Antes siquiera de que pudiera terminar de cargar su ballesta, Rhapaz ya agitaba los brazos en el aire y le mandaba directo al abismo. Sus piernas se doblaron adoptando una posición completamente innatural, su cabeza giró ciento ochenta grados, se partió y se quedó colgando deslavazada sobre su espalda.
Rhapaz aferró su puñal más mortífero y alzó en vilo a la elfa, luego le rodeó el cuello con su hoja y se pegó a ella. Así notó su respiración acelerada, su pulso desbocado, sus músculos en tensión.
-¡Quietos todos o la rajo! -Rugió, consciente de lo absurdo que debía de haber parecido ese movimiento. A ninguno de aquellos mamones le iba a afectar en lo más mínimo que matase a esa niñata.
Su rehén se retorció, por supuesto, mientras sus adversarios seguían avanzando. Rhapaz apretó los labios, se reclinó un poco y soltó una tos seca. Suavizó un poco su abrazo, dejando más libertad a la elfa, que seguía retorciéndose como una lagartija. Se inclinó aún más, entrecerró los ojos como si un intenso dolor le recorriera por dentro y trastabilló.
Entonces Rhapaz se agachó, tirando a la muchacha sobre las baldosas. Ambos se quedaron quietos unos instantes, debatiéndose en el suelo. Se escucharon una serie de golpes, gritos e imprecaciones, y finalmente todos pudieron ver cómo la elfa se alzaba con una sonrisa pintada en los labios.
Mientras tanto, el mago se retorcía en el suelo, pugnando desesperadamente por sobrevivir. Su túnica se había quedado hecha jirones, de su boca no paraban de brotar espumarajos y su gesto se había contraído en un gesto de inmenso dolor.
-¿Cómo...? -Balbucía-. ¿Cómo...?
-La bebida -respondió ella, aun carcajeándose-. Bebiste de mi vaso, necio, sin saber lo que llevaba. Ahora pagarás por tus pecados -La elfa se puso en cuclillas, agarró uno de los cuchillos de Rhapaz y murmuró-. Nunca menosprecies a un elfo.
Y ya no vaciló más; inyectó su arma hasta cuatro veces en el costado del mago, hasta que este estuvo bien muerto. Luego hundió las manos en la herida, se las llenó de sangre y se las restregó por la cara.
Echó una mirada alrededor. Todos los presentes la miraban con admiración, algunos tenían la cabeza gacha y la mayoría parecían hasta asustados. La elfa observó con recelo el cadáver machacado que yacía a sus pies y recogió el laúd, que había quedado abandonado sobre la mesa. Una fina raja se había formado en su mástil.
-Mi pueblo al fin ha sido vengado -dijo mientras se alisaba el pelo y se dirigía a las escaleras, con el respeto de varias decenas de hombres a su espalda.

Horas después, la elfa descansaba en su habitación, disfrutando de una merecida siesta tras su grandiosa victoria, cuando alguien aporreó su puerta con entusiasmo. Abrió un ojo, luego el otro y finalmente se incorporó y fue a dejar paso a su misterioso visitante.
La mercenaria que se había sentado en la mesa poco antes de la llegada del mago entró en el cuarto con el ceño fruncido. Drasta, le habían dicho que se llamaba. Una mujer con un aspecto extremadamente desagradable.
-¿Qué quieres? -Preguntó, y ella se cruzó de brazos.
-¿Cómo lo supiste?
-¿El qué?
-Que bebería de tu vaso. El veneno, o lo que sea que vertiste en la cerveza, ya lo habías echado antes de que él llegara. Lo sé, lo vi. Ni siquiera te moviste mientras Rhapaz parloteaba, no pudiste haberlo metido después de que bebiera la primera vez. Así que ¿cómo supiste que haría eso, que entraría en el local, se sentaría en nuestra mesa y tomaría un sorbo de tu vaso?
La elfa se encogió de hombros, acarició distraídamente las cuerdas del laúd y sonrió.
-Tengo mucha intuición -respondió al fin-. Y tenía muchas ganas de matarle… al igual que tú, según tengo entendido.
-Sí -Drasta apoyó la mano en la empuñadura de su espada-. Y que todos nosotros, en realidad. Has hecho un gran favor al mundo, esto…
-Crihna -respondió-. Crihna de Azgárapis.
Drasta asintió pesadamente y, sin que se lo hubiese indicado, tomó asiento sobre un taburete frente a la cama.
-Pero aún podrías hacer más, Crihna -prosiguió-. El mundo necesita a gente como tú y como yo, gente que esté dispuesta a enfrentarse a los criminales más poderosos. Imagínate lo que lograríamos si trabajásemos juntas.
Pasaron unos largos minutos en silencio, y finalmente la elfa soltó una sonora carcajada. Su interlocutora le miró con el ceño fruncido, incapaz de comprender qué le hacía tanta gracia.
Se explicó, pues.
-¿Juntas? ¿Tú y yo, al mismo nivel? ¿Con quién demonios te crees que estás hablando?
Ella parecía pasmada.
-Pero…
-Yo he matado a Rhapaz, maldita sea. Yo, y ninguna otra, he acabado con él. Juntas no, insensata. Trabajarás a mi servicio.
Y sin más dilación la invitó a abandonar la habitación, empujando su cuerpo con las manos y su mente con el poder que desde tiempos inmemoriales le había sido otorgado por los dioses. Drasta caminó con la cabeza gacha, sumisa, acomplejada ante sus mandatos. Ya está, ya había conseguido un primer súbdito para su causa. Teniendo el cuenta el miedo que ahora Drasta debía de tenerle, si se quedaba no dudaría en obedecerla y hacer cuanto le dijera. Existía la opción, claro, de que se marchase antes de la taberna, pero Crihna pronto solucionaría ese pequeño problema.
Una vez se hubo ido, cerró la puerta y se acercó al lavabo, y entonces el sabio mago Rhapaz se miró al espejo y sonrió. Sonrió al ver su nuevo rostro reflejado en el espejo, sus facciones suaves y rubicundas, su gesto redondeado, sus orejas puntiagudas y su larga cabellera. Sonrió porque todo había salido a la perfección. Para el mundo Rhapaz había muerto, una heroína de insospechada fiereza le había eliminado. Una heroína a la que todos temerían y respetarían a partes iguales, una heroína que no había tardado en hacerse un nombre en aquella arcaica región. Una heroína que ya había empezado a reunir un grupo de guerrilleros que la ayudarían a fortalecer esa reputación.
Aunque la verdad era un poco distinta a eso. Rhapaz ensanchó su sonrisa. El rey Adaris tenía razón, pues, cuando aseguraba que la mejor de las mentiras era más peligrosa que todas las espadas del mundo.
Entonces se colocó un poco el pelo y salió al exterior. Se asomó al balcón, captando la atención de todos los parroquianos y analizó las decenas de rostros que permanecían atentos a cada uno de sus movimientos. Sus cejas alzadas, sus rostros serios, demudados por la impresión de ver allí ante ellos a la asesina del hombre más poderoso de los últimos tiempos. Muchos no habían visto lo sucedido, sino que habrían llegado después a la taberna y, por lo que Rhapaz pudo aventurar en sus gestos, habrían oído el relato de la caída del consejero de Adaris. El rumor, pues, se extendía rápido. Bien, eso era bueno. Fabuloso. Formidable.
Con unas piernas que parecían las de Crihna Azgárapis, pero que desde luego no eran las suyas, Rhapaz descendió las escaleras y llegó hasta la barra. Entonces miró al camarero y sonrió.
-Dame una cerveza -dijo.
Él hombre asintió, cogió un vaso y lo rellenó. Luego se incorporó de nuevo y lo dejó en la tabla, sin ni siquiera atreverse a mirarle a los ojos.
Rhapaz tomó un sorbo, se acicaló el pelo y miró a su alrededor. Entonces alzó en alto su bebida y gritó:
-¡Brindemos por el insigne mago Rhapaz, el mayor hijo de puta que estas tierras han visto!
Y su público prorrumpió en sonoras carcajadas, y los bribones chocaron sus vasos y bebieron con gusto.
Pero Rhapaz, o Crihna, aún no había terminado. Se apeó a una mesa vacía, escrutó los rostros de quienes les rodeaban y gritó:
-¡No os contentéis solo con su muerte, amigos míos, pues aún queda mucho por hacer! El rey Adaris era un déspota, una bestia que todos celebremos que esté ya durmiendo con los gusanos, pero quienes llegaron después de él no fueron ni mucho menos mejores. ¡Nuestro reino está infestado de jurrios, maldita sea! ¡Esos bastardos campan a sus anchas por nuestros dominios, y eso no podemos permitirlo! -Se llevó la jarra a los labios, tomó un largo trago y la arrojó a una mugrienta pared. Luego esbozó su mejor sonrisa y se inclinó levemente-. Rhapaz está muerto, pero aún queda mucho por hacer.
Ya no dijo nada más, no fue necesario; entre los vítores de innumerables hombres y mujeres, Crihna descendió de su improvisado estrado y avanzó entre aplausos hacia la puerta. La gente coreaba su nombre, o mejor dicho su nuevo nombre; batían palmas, gritaban, silbaban. La ovación la acompañó hasta que llegó ante la puerta del establecimiento y giró el pomo.
Ilusos.
La entrada quedó entreabierta, Rhapaz se volvió hacia su público y murmuró:
-Preparaos, pronto tendréis noticias mías.
Y sin más dilación abandonó la taberna. Un esplendoroso sol le recibió, una brisa primaveral y un pequeño bosquecillo de tonos verdes y anaranjados. Rhapaz respiró aquel aire tan puro y sintió cómo una agradable sensación de euforia le recorría por dentro.
Había triunfado. Recuperaría su honor, su poder, y podría además vengarse de los malditos jurrios. Nada más útil que el poder que poseía para engañar al gentío. Nada mejor que una mentira bien llevada para que tus víctimas te aplaudan, te agasajen, se postren ante ti como si fueras un dios. Nada peor que un manipulador para el bien de las masas y el triunfo de la justicia.
Pero debía ponerse manos a la obra. Muchas cosas había dicho en su discurso, pero solo una de ellas era indiscutiblemente verdad: aún quedaba mucho por hacer.

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  Reto Mar21: Muerdealmas: Hidromiel, asado y aventuras a precios razonables
Enviado por: Joker - 28/03/2021 10:27 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

Nº42 Viajero Errante - La revista para el aventurero con estilo.                 Precio: 2 Kunis
En este número:

5 cosas que no sabías sobre los goblins.

El arte de la caza con doxy.

¡Chupate esa! Consejos para mantener a los limos a raya.

Batalla por los símbolos: séptima entrega, ¿están nuestras queridas hechiceras Ferko y Lumis a la altura del desafío de la encrucijada milenaria? ¡Descubrelo aquí en el gran desenlace de nuestra historia mensual! 

Review: la tienda del principio ¡especializada en artículos de madera!

Artículo central: acompaña a Rialey Daga en su visita al Muerdealmas, la taberna de moda.

Suplemento: runas volumen XV - Consejos de un necrofago para una piel eternamente joven.





Cuervos al director - por Kaeldiel Gwinthane.
Editor jefe del Viajero Errante

No son pocas las misivas que llegan a mis manos de lectores preocupados por el estado en el que se encuentran los caminos de nuestro, antaño, glorioso reino. Donde no es difícil encontrar ¡bandidos agresivos, ratas grandes como focas y limos babosos que lo dejan todo perdido! Por si fuera poco se multiplican las plagas, y la peste que asola las tierras profundas parece lejos de erradicarse. ¿Y qué hace el reino para protegernos? Por vuestros escritos todos parecéis estar de acuerdo en la respuesta de esta pregunta: ¡más impuestos, controles estrictos para caminar por las ciudades y en algunos casos la imposición de un toque de queda!
Parece que con todas las dificultades que asolan al ciudadano corriente, cualquier acto cotidiano tenga que transformarse en una valerosa gesta.
Aun así quiero pediros que no os preocupeis demasiado queridos lectores, con esta revista estaréis mejor preparados para enfrentarnos a cualquier desafío. ¡Por algo se empieza! La fuerza y la destreza puede que sean importantes, pero el intelecto es el mejor aliado.

Kaeldiel Gwinthane





Muerdealmas: Hidromiel, asado y aventuras a precios razonables - por Rialey Daga.
Redactora y reputada aventurera.

Con más de un cuarto de siglo de historia a sus espaldas, la taberna Muerdealmas sigue siendo moderna, libre y única sobre todo por su atmósfera. ¡Y ojo lector! No confundamos atmósfera con ambientación, pues son muchos los que han intentado emular los elementos característicos de este icónico lugar a lo largo de los años. Pero por más que se empeñan en imitar sus mesas, vigas de madera y rincones extrañamente pegajosos. Son incapaces de conseguir ese algo, quizás mágico, que dota de singularidad este lugar tan querido por tantos aventureros.
Muerdealmas no es un lugar de fácil acceso. No por su exclusividad, ya que está abierta a todo aquel que sea capaz de llegar a cruzar su puerta. Más bien por su localización: situada en el borde de un camino de poco tránsito que discurre a través de un frondoso bosque que desemboca en unas ruinas malditas y al que solo es posible acceder tras atravesar un pantano emponzoñado. Pero os puedo asegurar que el viaje merece la pena, si es que lográis sobrevivir a él.
Al entrar, agotada por la travesía, lo primero que me llamó la atención fue descubrir que dentro del local parece no existir del todo el tiempo.
—Aquí la gente viene a descansar pero también a divertirse —nos comenta Grana, la dueña del local —. Y las enemistades o rivalidades se dejan fuera. Por eso no es extraño ver a un grupo de orcos seguidores de Fhuer brindar sus jarras con paladines sagrados de Fhuir, elfos y enanos jugando pacíficamente a las cartas o una tórrida escena subida de tono en las mesas del fondo entre un draconiano y una elder novicia —acaba de contarnos Grana entre risas mientras nos sirve, a mi fiel ilustrador Laschard y a mí, nuestra primera ronda de bebidas. Antes de que se retire a seguir atendiendo mesas, me apoyo en la barra y aprovecho para hacerle unas preguntas:
¿Por qué Muerdealmas?
Grana señala con sus amplias manos un yelmo colgado sobre los barriles que adornan la gran pared a su espalda, aparta de su cara un mechón de ondulado pelo rojizo y sonríe.
—Ese es Muerdealmas, un yelmo maldito que provoca que todo aquel que lo porta piense y reaccione como un animal salvaje. Qué es exactamente el mismo efecto que produce nuestra hidromiel casera, la cual dejamos envejecer un mínimo de dos años en estas barricas de roble. Hay quien dice que nuestras bebidas son tan buenas porque una parte del hechizo que envuelve a Muerdealmas se filtra en las barricas —Grana se encoge de hombros —. Pero yo creo que lo que la hace especial son los ingredientes que usamos. Todos de primera calidad ¿Sabéis? Hacemos nuestra propia mezcla de miel, lúpulo, agua y polen. Su sabor es... pero que os digo, ¡probadla y juzgad vosotros mismos!
De color ambar y servida en una jarra de barro fría, noto las gotas formadas por la condesación deslizarse por mi barbilla mientras disfruto del sabor dulce y afrutado de la bebida. Sabiendo que se trata de una variedad alta en lúpulo, es increible como han reducido el efecto gaseoso que esto produce. Consiguiendo una hidromiel equilibrada y digna de los paladares más exquisitos.
¿Cuales son los origenes de Muerdealmas?
—El que está tras la barra es Virtus, mi marido —explica Grana refiriéndose a un hombre con un poblado mostacho que seca cubiertos con un trapo. Viste un chalequillo de trabajo rojo, a juego con el delantal de su esposa, camisa blanca y pajarita —. Solíamos hacer expediciones juntos, explorando las tierras profundas, antes de que las asolara la peste eran muchos los que hacían trabajos por allí. Era fácil encontrar buenas recompensas si sabías dónde buscarlas y nosotros tuvimos suerte. Así que en menos de dos años, el tiempo que tardamos en enamorarnos perdidamente el uno del otro, juntamos la cantidad suficiente como para poder retirarnos a cumplir la fantasia de dos inconscientes que no tenían ninguna experiencia en hostelería ¡abrir una taberna diferente! —recuerda —. Un lugar libre, abierto a todo el mundo, sin horarios, donde se comiera bien, pero sin petulancia ni protocolos. Estábamos hartos de las oscuras posadas de los caminos, queríamos probar con nuestro concepto. Dejándonos llevar por un torbellino de renovación dimos comienzo nuestra aventura en esta jugosa disciplina y funcionó. Casi 30 años después sigue alimentando nuestras vidas y aún con los tiempos que corren, la cosa va mejor que nunca.
¿Qué nos recomiendas tomar?
El afán de innovación con el que Grana y Virtus abrieron el Muerdealmas también queda plasmado en su cocina actual, cuyo objetivo es “recuperar sabores clásicos y potenciarlos con una pizca de modernidad”. Que nació del empeño que puso Grana en crear una cocina con un equipo de gente joven, sin experiencia, pero que estaban llenos de entusiasmo y ganas de experimentar y crear.
De entrante nos recomienda tomar “Lomo de lucioperca asado con hinojo crudo acompañado de caracoles con arroz inflado y cremoso de ajo dulce” y como plato principal nos da a elegir entre “Guiso de venado con cebada” y “Empanadillas de pato con mermelada de naranja amarga”. Tanto a Laschard como a mi se nos hace la boca agua con solo oír los nombres de los exóticos manjares que sirven en Muerdealmas. Incapaces de decidir, pedimos los tres platos. ¡No queríamos dejarnos ninguna delicia por descubrir!
Nos dirigimos hacia una de las mesas colocadas al fondo, donde Laschard sacó sus útiles de dibujo y ocupó buena parte del espacio. Como ya sabéis por anteriores artículos, es capaz de ocupar tres cuartos de la mesa solo con sus pinturas y pinceles ¡y eso me saca de quicio! Mientras mi compañero se “expande”, aprovecho para disfrutar del ajetreo que reina en la taberna. El tipo de gente que acude a Muerdealmas resulta pintoresco y heterogéneo, en gran parte relacionados con el mundo de la aventura, las gestas heroicas y las grandes hazañas. Justo el lugar donde nuestro editor jefe Kaeldiel Gwinthane desea que encajen los lectores de Viajero Errante. En la mesa central un hombre pelirrojo con armadura jugaba a las cartas con una arquera, que no paraba de maldecir cada vez que recibía una nueva mano, acompañados por un anciano de largas barbas con túnica y sombrero puntiagudo (en el cual se posaba un doxy, el cual estoy bastante segura que utilizaba para hacer trampas). Sentada con ellos, había también una joven elfa que hacía vibrar las cuerdas de un Laúd con delicadeza. Un hombre se apartó de la barra y recogió su ballesta, caminaba con un papel arrugado en las manos y, según pude averiguar más tarde, acababa de cerrar un trato con un duque local para encargarse de la cacería de un temible golem que aterrorizaba a las buenas gentes de su ducado. Al otro lado de la sala los ocupantes de una mesa estallaron en vítores mientras brindaban, celebraban haber sobrevivido a los horrores de la terrible cripta carmesí. Donde, por lo visto, habían perdido la vida tres compañeros. Así que según sus costumbres orcas, celebraban, fumaban, bebían, comían, bailaban (y otras cosas que mi querido editor no me deja incluir aquí pero que ya os podéis imaginar) durante días. Todo esto en nombre de los difuntos camaradas.
La comida no tardó en llegar, acompañada de otra ronda de bebidas, una jarra de exquisito vino, panes y quesos. Los platos obligaron a Laschard a retirar sus útiles de trabajo, pero tras el primer bocado de empanadilla de pato empezó a importarle poco que algún pincel se le pudiera quedar seco. Y no es de extrañar, pues la cocina de Muerdealmas consigue atraparte como el hechizo del yelmo maldito, no puedes negarte a otro bocado más, a otro delicioso pedazo de perfección y equilibrio de sabores. Las porciones son generosas y su sabor suculento resulta deslumbrante. Sin duda la cocina de la taberna Muerdealmas ha conseguido encantar a esta curtida degustadora que os puede asegurar que se merece una calificación de cinco estrellas en nuestra guía de viajes y quien quiera discutirlo conmigo que lo haga ante unas copas del exquisito vino dulce Gormurano que sirven junto al postre.
Pero la comida es solo una de las joyas que ofrece el Muerdealmas a sus visitantes, junto a sus deliciosas bebidas. Sin duda uno de los puntos fuertes que distingue a esta encantadora taberna es el de servir de lugar de reunión y de encuentro entre diferentes culturas, clanes e incluso dinastías. Es un lugar en el que urdir planes, forjar alianzas, debatir posibles movimientos, aceptar toda clase de encargos y donde olvidar todas las desgracias, peligros, enfrentamientos y rencillas; Este aspecto es en parte el que hizo famoso el lugar, cuyos desgastados tablones han pisado grandes como Herjhuen “el inmortal”, Kolimmer “ojo de fuego” y Caótico “el neutral”. Sobre una de sus mesas se firmó el famoso tratado Briggiano que acabó con la esclavitud de los poblados de minotauros en las islas borrascosas, en los baños se negoció la paz entre los pueblos del agua y los banshee y sobre el escenario situado en la zona superior han desfilado toda clase de grupos de musica y dramaturgia. Se han impartido clases de alquimia para principiantes entre sus paredes y se han debatido grandes problemas acompañados de deliciosos manjares como lubricante social con el que limar asperezas. La taberna Muerdealmas desprende historia por cada viga suelta del techo, cada tablón chirriante del suelo y cada mesa reparada tras una improvisada trifulca amistosa. Eso sí, tengo que advertirles queridos lectores, que esta taberna no cuenta con la aprobación de nuestro “queridísimo” reino. Algo que Laschard y yo pudimos comprobar de primera mano cuando un escuadrón completo de al menos veinte caballeros inquisidores entraron a tropel por la puerta, con sus lanzas y escudos al ristre, derribando a su paso taburetes, mesas y comensales.
Tras ellos entró el portavoz y comandante Urgo Knief (o como a mi me gusta llamarle, ese retaco insoportable con voz de pito). Mis lectores habituales estáis al tanto de nuestros recientes encontronazos, para los que os habéis saltado alguno de mis artículos anteriores o seáis nuevos por aquí os hago un resumen: Urgo es un cabeza hueca con demasiado poder. Que esgrime la ley en su beneficio y no tiene reparos en reprimir y exprimir a todo aquel que se le ponga por delante. En cuanto vi su fea cara de “niño bueno” entrar por la puerta me dieron ganas de tirarle el vaso que sostenía en las manos. Laschard me miró preocupado, me pareció leer un “no lo hagas, otra vez no” en su mirada. Así que dejé mi bebida sobre la mesa y me apreté todo lo que pude contra el fondo del asiento, intentando mantener un perfil bajo para no llamar la atención. Urgo no había reparado en mi presencia y dio unos pasos con sus andares pomposos hacia el centro del salón principal, sin tan siquiera mirar a su alrededor desplegó una gran hoja de papel con filigranas de oro en sus bordes y comenzó a leer.
—Por orden directa del departamento de buenas costumbres y civismo de nuestro glorioso reino, esta taberna queda clau-su-ra-da —anunció con su vocecilla insoportable. Por todo el local se escucharon quejas y silbidos pero Urgo continuó como si nada —. El establecimiento debe cerrar sus puertas de inmediato por no cumplir con las debidas normas de salubridad al exponer productos a efectos mágicos desconocidos, así como por servir bebidas a criaturas subhumanas y otros seres de baja calaña y fomentar las abominables relaciones entre especies —terminó entre abucheos.
—¿A quién llamas subhumano? —vociferaban los orcos —. ¡Que alguien le acerque un espejo al soldadito!
La taberna estalló en carcajadas y fueron muchos los que se sumaron a los insultos. Me encantaría poder reflejar algunas perlas del lenguaje que los clientes y parroquianos de Muerdealmas tan hábilmente lanzaron sobre Urgo en ese momento. Pero mi editor me lo ha prohibido expresamente porque podrían provocar graves úlceras a nuestros lectores más sensibles. Puedo decir que llamarlo caramierda fue solo la punta del iceberg, que fuera yo quien se lo llamase es algo que no puedo desmentir ni afirmar. Urgo chasqueó los dedos y seis inquisidores cargaron contra los orcos de la mesa. El movimiento rápido e inesperado pilló desprevenido al grupo que se mofaba de Urgo hacía unos segundos. Una de las lanzas atravesó el costado del orco más cercano y menos afortunado, derramando una buena cantidad de sangre púrpura sobre los tablones del suelo. Un aullido de dolor y rabia surgió a través de la garganta del herido mientras sus compañeros tiraban la mesa contra los inquisidores, derribando a tres de ellos contra el suelo. Mientras la taberna se preparaba para enfrentarse al escuadrón de inquisidores Laschard derribó nuestra mesa para esconderse tras ella ¿Y quién puede culparle? Sus habilidades con el pincel son excelentes, pero es nefasto en el manejo de armas (He visto focas blandir una espada con más gracia que mi colega). Por suerte la inminente batalla campal se pudo evitar gracias a la rápida intervención de Grana y Virtus. Que con una espectacular voltereta conjunta se colocaron entre el escuadrón de inquisidores y el grupo de Orcos. Grana blandía dos dagas curvas que centelleaban con chispas naranjas surgidas de sus afiladas hojas y Virtus portaba un gran escudo que desprendía un aura celeste y tranquilizadora. Los inquisidores lanzaron una nueva carga, pero fueron repelidos por el escudo de Virtus mientras Grana se deslizaba grácilmente por el suelo hasta colocar una de sus dagas en cierta zona del cuerpo de Urgo.
—Le agradeceríamos que dejara de molestar a mis clientes —comunicó Grana —. Por lo menos si le apetece seguir con las pelotas pegadas al cuerpo.
Urgo tragó saliva, levantó un puño y con un gesto ordenó al grupo de inquisidores que adoptaran actitud defensiva. Grana bajó la daga para sorpresa de todos los presentes y mientras estrechaba la mano de un atónito Urgo dijo:
—Solucionemos esto al estilo de Muerdealmas. ¿Qué le parece si nos lo jugamos a las cartas? Una partida de limo explosivo. Gana el equipo que reúna tres tesoros. ¿Qué me dice?
Grana le dedicó una de sus cálidas sonrisas mientras Urgo sopesaba la situación. La taberna quedó en silencio, expectantes a las palabras del hombrecillo. En ese momento pensé que probablemente Urgo fuera más corto de mente que de estatura, por qué tardó un buen rato en comprender que su escuadrón de inquisidores poco tenían que hacer contra héroes, viajeros y aventureros tan experimentados como los que se habían juntado en aquella velada en Muerdealmas. Eso sí, el tiempo que le llevó comprender esto le quedó genial para generar suspense. Desde aquí Urgo, te insto a que dejes tu estúpida carrera como perrito faldero de su majestad y te dediques a las artes escénicas. El teatro se beneficiará de tus interminables pausas dramáticas.
—¿Cuáles serían los términos? —contestó al fin mientras se dirigía hacia la mesa redonda en el centro de la sala. Sus ocupantes ,el guerrero, la arquera, la elfa del Laud y el mago del sombrero puntiagudo, se levantaron preocupados.
—Fácil —dijo Grana —. Si ganamos, tus inquisidores y tú os marchais por donde habéis venido. Si perdemos, cumpliremos la orden sin oponer resistencia y cerraremos el local.
Urgo enseñó los dientes mientras fruncía el ceño.
—¿Y qué ganamos nosotros? No tengo ningún reparo en ordenar a mis hombres que estampen vuestros sesos contra este suelo mugriento y ellos no temen a morir sirviendo al glorioso reino.
En ese momento los inquisidores, en formación, alzaron sus escudos e hicieron restallar varias veces las lanzas contra ellos. El sonido metálico resultante era tan aterrador y espeluznante como gratuito y ridículo. Disculpadme, pero aquí a una servidora siempre le han parecido absurdas estas muestras de fé ciega hacia una causa o, peor aún, a una bandera. Nada me resulta más triste y vacío de sentido que un patriota que entrega su vida sin cuestionar los actos que está realizando.
La hoja de una de las dagas silbó al cortar el aire junto a la nariz de Urgo, que dió un paso atrás sorprendido, Grana señalaba con ella hacia la pared de barriles bajo el yelmo encantado.
—Muy bien, si ganais vosotros os entregaremos toda nuestra producción de hidromiel —explicó Grana —. Pero si perdéis, además de dejarnos en paz, tendréis que pagar los desperfectos ocasionados y haceros cargo de todas las cuentas abiertas por nuestros clientes.
Urgo sopesó unos instantes las condiciones. Puedo suponer que sus oxidados resortes mentales intentaban componer la majestuosa imagen de las alabanzas que podría recibir de su queridísimo rey, y el de todos claro clarísimo que si, cuando le hiciera entrega de aquella gloriosa bebida solo digna, bueno, de reyes. O quizás pensaba quedarse aquel tesoro para sí mismo, seguramente eso último debían pensar los integrantes del escuadrón de inquisidores. Pues alguno ya se relamía pensando en el néctar dorado que su comandante, sin ninguna duda, iba a compartir con el escuadrón. Sea como fuera, Urgo fue el que estrechó la mano de Grana en esta ocasión y tomando asiento dijo:
—¡Hay trato! Pero voy con las doradas.
—De acuerdo —aceptó Grana —. Nosotros seremos los capitanes y los equipos se formarán por sorteo —girándose hacia el mago, añadió —. Lorsch Ann, ¿Le importaría hacer los honores?
—Será un placer querida Grana —contestó el hombre mientras se quitaba el sombrero y lo colocaba mirando hacia el suelo, metió una de sus manos en el interior y comenzó a rebuscar. Cuando ya había metido el brazo hasta el codo pareció encontrar lo que buscaba y una onda plateada se expandió a través de la taberna. Sentí como me hormigueaba la punta de la nariz y por las expresiones que pude ver a mi alrededor parecía que no era la única a la que le ocurría esto.
—He vinculado los nombres de todos los aquí presentes en el interior de este sombrero, que se encargará de comparar vuestras destrezas para garantizar un duelo equilibrado entre ambas partes, procedere a sacar el primero para el equipo de Grana —anunció Lorsch Ann y en cuanto dijo esto me temí lo peor. Aunque el primer nombre que quedó suspendido en el aire con letras plateadas fue el de Goju Firter, que resultó ser el cazador que había aceptado el contrato del duque. Mis temores se cumplieron pronto y el segundo nombre en flotar ante el incrédulo rostro de Urgo fue el mío.
—¡Rialey Daga! —gritó con furia al leerlo —. ¿Dónde te escondes juntaletras?
Laschard se echó las manos a la cabeza y farfullando se levantó para acompañarme hasta la mesa central.
—Vaya, aquí estas —dijo Urgo con una expresión idiota que mezclaba ira y sorpresa —. Y acompañada de su fiel pintamonas. Cuando esto acabe no os vayáis muy lejos, vosotros y vuestra impía revista seréis los siguientes en recibir vuestro justo castigo.
—Disculpa Urgo, no he oído eso último. Desde ahí abajo no se te escucha demasiado bien —repliqué mientras tomaba asiento.
Urgo me dedicó una mirada cargada de rabia.
—¿Cómo dices? —farfulló
—Digo que te saques el culo del rey de la boca antes de hablarme —contesté, y no me arrepiento de ello. Aunque Urgo estuvo a punto de tumbar la mesa, que era justo lo que yo estaba intentando conseguir. Veréis, para los que no hayáis jugado nunca a Limo explosivo: Si un jugador tumba la mesa en cualquier momento de la partida una vez que se han sentado los dos capitanes, su equipo pierde inmediatamente. No es una regla extraña dado los lugares donde se suele jugar y la clase de gente que lo juega. Por desgracia, Urgo se contuvo y el mago continuó con el reparto de nombres hasta que los ocho jugadores estuvimos sentados a la mesa. Tres inquisidores junto a Urgo y por otro lado el cazador, uno de los orcos y una servidora junto a Grana. Las dos barajas, dorada y esmeralda, se colocaron en el centro de la mesa y cada jugador cogió cinco cartas.
Las primeras rondas fueron rápidas y brutales, las cartas doradas mueven en primer lugar y Urgo construyó una buena posición de defensa en su terreno que nos hacía imposible hacernos con su tesoro. Malgastamos algunas buenas cartas intentando derribar su defensa sin éxito y cuando quisimos darnos cuenta habíamos perdido a todos los limos que teníamos colocados en nuestro flanco derecho, lo que desbarataba nuestra estrategia a corto plazo y nos dejaba en manos del azar. Perdimos el primer tesoro y volvimos a comenzar la segunda ronda con mal pie cuando nuestros campos de recursos cayeron ante una carta legendaria que tuvo la suerte de sacar uno de los inquisidores. Con esfuerzo conseguimos resistir las terribles oleadas de limos dorados que Urgo no paraba de lanzarnos, tan ocupado lo tuvimos que no fue capaz de percatarse de uno de nuestros movimientos: El orco ,cuyo nombre era Frujh CabezaGris, consiguió enviar con éxito a un limo reptante tras sus líneas y se hizo con nuestro primer tesoro. Pero era pronto para celebrar, la tercera ronda fue despiadada y sucumbimos sin oportunidad ninguna ante las cartas de Urgo y sus inquisidores. En la cuarta ronda cambiaron las tornas y nos sonrió la fortuna, gracias a una curiosa combinación de cartas conseguimos un limo con armadura impenetrable contra el que no existía jugada alguna capaz de detenerle. Nos hicimos con el tesoro, dos a dos. Empatados para la ronda decisiva.
La taberna observaba la partida con el corazón en un puño, pero Virtus no había perdido la oportunidad para seguir sirviendo bebidas e incluso unos pocos inquisidores aceptaron dar algún que otro trago. Laschard me contó más tarde que se hacían apuestas clandestinas por debajo de prácticamente todas las mesas.
Comenzó la última ronda y miré mi mano algo desesperada ¡Todo eran limos de entrenamiento! Levanté la mirada y Laschard debió de notar mi preocupación porque comenzó a morderse las uñas y a mirar a su alrededor, supongo que buscando la salida más cercana para cuando todo terminase de torcerse. De nuevo, no podía culparlo.
Urgo sonreía con arrogancia y mediante gestos comenzó a indicarle a su equipo la estrategia a seguir. Grana se giró hacia nosotros e hicimos un pequeño corro a su alrededor.
—¿Qué tenemos?—preguntó visiblemente preocupada.
—Yo puedo montar una defensa alta, pero la posición de las montañas no es ventajosa —comunicó el cazador.
—Somos fiambres —dijo Frujh CabezaGris —. Solo tengo cartas de recursos.
—Dime que tienes algo bueno Riley, dame una alegría —deseó Grana.
—Malas noticias, solo tengo limos de entrenamiento.
Grana se mordió el labio.
—Eso no es posible, la cantidad de limos de entrenamiento de ambos mazos… No se como pero ¡están haciendo trampas! —Grana levantó la cabeza para mirar a Urgo, que seguía sonriendo como un verdadero imbécil en miniatura —. Bueno, resistiremos todo lo que podamos y tendremos que esperar a que se produzca un milagro —dijo poco convencida.
Veréis, las trampas en Limo explosivo están permitidas siempre y cuando tu rival no pueda explicar porqué sabe que estás haciendo trampas. Una falsa acusación puede conllevar la pérdida de uno de los tesoros y en el punto de la partida en el que nos encontrábamos, sería arriesgarse demasiado.
—Pero se nos van a echar encima, eso nos lo podríamos permitir jugando doradas pero no es el caso —comentó el cazador —. Tengo una propuesta, solo necesitamos sacar dos cartas bosque más, entonces…
No pude escuchar el resto, una voz se había colado en mi cabeza.
—No te asustes —dijo la voz en mi interior, podía sentir como cada sílaba se arrastraba a través de mi cerebro —. Laschard comentó algo así como que quizás nunca antes hayas experimentado un enlace telepático y las primeras veces puede resultar desconcertante. Por cierto, estoy en tu manga.
Al instante comprendí lo que estaba ocurriendo, el doxy que antes había ayudado al mago estaba haciendo uso de sus habilidades y se había colado entre mi ropa sin que nadie se percatara de ello ¡ni siquiera yo misma lo había notado!
—Coge esto con cuidado, la tinta aún está fresca —dijo el doxy telepáticamente mientras empujaba a través de mi manga una carta —. Laschard la ha dibujado a toda prisa, hay que reconocer que para ser solo un humano tiene talento. Ahora pásame una de las tuyas sin que se note.
Observé la carta con cuidado de no estropear el dibujo con mis dedos, se trataba de una representación fiel de la temida “ira explosiva”. Una carta capaz de darle la vuelta al terreno de juego si se usaba con sabiduría. No pude evitar levantar la mirada y dedicarle una sonrisa a Laschard que, aunque hizo aspavientos nerviosos con las manos para que parase, estoy segura que agradeció el gesto. El resto del equipo seguía discutiendo sobre cuál era la mejor estrategía, los interrumpí mostrándoles la carta:
—Se ha producido el milagro —dije mientras todos miraban mi mano sorprendidos. Grana asintió satisfecha y trazamos nuestro plan de ataque, estábamos preparados para la última ronda.
Aunque dudé unos instantes antes de usar la carta y temí que pudieran descubrir nuestra falsificación, el trabajo que había hecho Laschard era tan fino que nadie noto nada extraño cuando planté nuestra “ira explosiva” ante las narices de Urgo. ¡Oh! Su cara, nunca voy a olvidarla. Uno de los mejores recuerdos que me llevo de mi visita a Muerdealmas, sin lugar a dudas, junto al excelente equilibrio de sus bebidas, el impresionante sabor de sus platos y la autenticidad de su ambiente. Por toda la taberna se escucharon gritos de victoria, aplausos y alabanzas. Urgo no tuvo más remedio que aceptar la derrota y cumplir con los términos pactados. Por supuesto no lo hizo de buena gana, pero pagó los gastos de los destrozos y gracias a su “generosidad” pudimos disfrutar tras su marcha de una agradable tarde de celebración y una cena con barra libre. El ambiente festivo se extendió hasta altas horas de la madrugada y tanto Laschard como una servidora pudimos notar los efectos parecidos al del casco que dá nombre a la taberna a través de las numerosas jarras de hidromiel de las que dimos cuenta.
¿No te preocupa lo que pueda hacer Urgo cuando lea en mi artículo que hicimos trampas?
No quería causarle problemas a Grana y Virtus al publicar en el Viajero Errante la verdadera razón de nuestra victoria. Pero la curtida tabernera me contestó:
—No nos preocupan los inquisidores, ni Urgo ni el mismísimo rey. Lo que hacemos aquí, lo que hemos creado, es un lugar de unión entre los pueblos. Y no hay ninguna ley que pueda con todos nosotros cuando de verdad estamos unidos. Si Urgo quiere volver, que vuelva, no hay mes en el que algún problema no amenace con hacernos cerrar. Pero ya sea una plaga de Forblos o un edicto real, siempre nos las hemos ingeniado para seguir abiertos y eso vamos a hacer.
Así que querido lector, no puedo asegurar que vayas a vivir una experiencia inolvidable como la nuestra en tu visita a Muerdealamas. Pero es sin duda el lugar adecuado para intentar encontrar este tipo de momentos y mientras llega la hora de tu próxima aventura siempre podrás disfrutar de la excelente gastronomía a precios insuperables que ofrece el lugar.
¡El próximo número visitaremos el Lobo cantor, no os lo perdáis! Se despide con los mejores deseos vuestra querida redactora Railey Daga.
¡Nos vemos en el camino viajeros errantes!




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