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  Renta de familiares japoneses
Enviado por: Duncan Idaho - 08:16 PM - Foro: Fuera de tema - Sin respuestas



El negocio del alquiler de familiares y amigos en Japón: "Tengo 25 familias y soy padre de 35 hijos, pero ninguno de ellos es real"


Yuichi Ishii es un japonés mucho más alto que la media. Delgado, de apariencia apacible y rostro cansado. No es para menos. Está cerca de cumplir 38 años, pero tiene más hijos que cualquier persona de su edad.

La diferencia es que solo son suyos por cuatro horas al día, un par de veces a la semana, dependiendo de las necesidades del cliente.
Hace diez años fundó la compañía "Family Romance", que se dedica al negocio del arriendo de familia y amigos.


Cuenta con una base de 2.200 trabajadores listos para ser tus padres, madres, primos, tíos, abuelos o amantes y pese a que muchos japoneses desconocen la existencia de este negocio, la popularidad de su carismático dueño está creciendo a paso firme.

El famoso director alemán Werner Herzog se interesó en su historia y fue hasta Tokio para filmar una película llamada "Family Romance LLC", que se estrenará en el Festival de Cannes y donde Yuichi Ishii es el protagonista.

En los próximos meses lanzará su libro "Human Rental Shop" (La tienda de alquiler humano), donde relata las innumerables experiencias y sensaciones que le ha dejado ser parte de cientos de familias pero sin realmente pertenecer a ninguna de ellas.

Sobre sus vivencias, la inexorable mezcla de sentimientos y el aporte que asegura hacer a la sociedad japonesa, Yuichi Ishii le cuenta a BBC Mundo.

¿Qué es Family Romance?
En pocas palabras, es una compañía que le presta un servicio a alguien que está en problemas y que suple ciertas carencias. Soy falso, pero por unas horas realmente voy a ser tu amigo o tu familiar.

Son muchas las personas que toman este servicio, con muy diferentes propósitos. Arrendamos todo tipo de familiares y para todo tipo de situaciones.
Por ejemplo si alguien necesita padres postizos para presentar a su prometida o prometido y por alguna razón no les puede presentar a los reales, la gente usa este servicio. En ese momento buscamos a gente que luzca de manera similar. Misma altura, corte de pelo, edad, etc.


Para aquellos que tienen problemas para hacer amigos, pueden arrendar. Actuamos como verdaderos amigos y disfrutamos juntos de compras, paseando, conversando, etc.

Una pareja para asistir a una boda. Lo que sea. Hay ancianos que arriendan hijas, hijos o nietos, para recrear lo que alguna vez tuvieron o lo que nunca llegaron a tener.

Los usuarios pueden usar a nuestros personajes para estar solo con ellos o para presentárselos a otras personas.
Nuestra misión es convertirnos oficialmente en la persona que estamos representando.

La estructura familiar de nuestra compañía tiene todos los personajes, incluyendo abuelo, abuela, bebé, tíos, primos, etc.


El origen de la idea

Hace 14 años, a mis 24, tenía una amiga que era madre soltera. Ella quería enviar a su hijo a un jardín infantil privado, pero le pedían una entrevista con padre y madre del niño. No funcionó como esperábamos porque el niño y yo no pudimos actuar realmente como familia, pero pensé que en esta carencia familiar había algo interesante.

Hay muchas familias monoparentales en Japón y el número de divorciados es alrededor de 200.000 por año.
Como muchas otras, la japonesa es una sociedad donde una familia monoparental tiene una desventaja. Así que pensé que si creaba un servicio para alquilar una familia, se podría usar para completar la sociedad. Ese fue el disparador.
La llamé "Family Romance" por Freud y su ensayo "The Neurotic's Family Romance" (La novela familiar de los neuróticos).
En él se habla de la fantasía de familia ideal que los niños tienen y en nuestros comienzos pensé que esa premisa era muy similar al servicio que queríamos prestar.



Padre de familia, el rol más alquilado


El alquiler del padre es el más popular. Un padre es importante para un niño. Es una persona que debería ser un modelo de vida.
Muchas familias tratan de suplir la carencia de esa figura paterna, arrendando uno. Lo que yo tengo que hacer es preguntar las razones, por qué ellos están arrendando y luego pensar sobre ese problema en particular para enfrentar ese personaje.

Por ejemplo, si la persona está divorciada y el niño es pequeño, tú tienes que crear una historia de por qué no has ido a visitarlo hasta ahora. Algo como "lo siento, luego del divorcio me casé y no pude venir hasta este momento…" y así ir haciendo los ajustes según cada historia familiar.

No hay un mismo sistema que funcione para todos.
Si quieren un padre amable, un padre duro, un padre elegante, podemos hacer lo que se nos pida. Para un padre severo, por ejemplo, el dialecto Kansai (que suena más brusco que el japonés estándar) es bueno. Y así sucesivamente.

Entre las peticiones del cliente buscamos al personaje de nuestra compañía que mejor encaje. Es un papel importante que no puede ser reemplazado. Por lo tanto, personal similar puede ser reunido y sometido a una audición para que lo decida el propio cliente.
Hacemos nuestro mejor esfuerzo porque es una gran responsabilidad. Es muy difícil.


En este momento, soy padre de 25 familias

"Family Romance" tiene algunas reglas. Una de ellas es que solo puede haber cinco familias por persona, por actor, digamos. Sin embargo, como yo empecé hace mucho más tiempo y soy el más experimentado, de un momento a otro me vi siendo el padre de 25 familias.

Hay 35 niños que me consideran su verdadero padre. Pero en total son cerca de 69 las falsas relaciones que mantengo, entre amigos, nietos, novios, etc.
Tengo que asegurarme de verificar la información de la familia cada día, antes de llegar a la casa. Tengo una libreta de notas con cada uno de los nombres y los detalles que necesito.


A veces llego a una casa y sé los nombres, pero se me olvida algún sobrenombre, entonces lo que hago es ir al baño, sacar mi libreta y revisar. Cuando hay demasiados miembros en una familia es fácil cometer un error.
Como padre en ocasiones por la mañana tengo que ir a algún encuentro en la escuela. Por la tarde, a algún evento deportivo, luego a una cena. Es mucho trabajo.
Repitiendo eso una y otra vez, comencé a necesitar espacio solo para mí. A querer estar solo.

No tengo vacaciones, pero decidí que mi tiempo personal es entre la medianoche y las 3:00 am, sin importar cuán cansado esté. Veo películas, dibujo… Esas son mis vacaciones. Duermo alrededor de tres horas diarias.

Hay momentos en mi vida privada en los que me estoy riendo y siento que la forma en que me río es la del personaje que personifiqué el día anterior y me da un poco de miedo. ¿Quién soy yo realmente? Quizás hay algo que tengo que hacer.

Todavía estoy soltero y mis padres están vivos. A veces, cuando me encuentro con mi familia y comemos juntos, puedo volver a mí mismo por un momento.


El matrimonio, la realidad y la ficción

Hay dos razones por las que no me quiero casar de momento:
La primera es que tengo 25 familias falsas, pero son familias, entonces si me casara, pensaría en las caras de todos y cada uno de los miembros de ellas. ¿Qué sentirán ellos si me caso realmente con alguien? Me cuestionaría eso por siempre.
La segunda razón es que incluso si me casara y tuviera hijos reales, me da miedo pensar que los pueda sentir como una familia de alquiler más. Al final todo se mezclaría.


El negocio por sobre los sentimientos

Cuando estás en medio de la jornada, compartiendo con la familia, con los niños, mi comportamiento es el del amor profundo hacia a ellos. Desde el corazón. Sin embargo, el cambio de sentimientos es muy importante. Tengo que parar cuando llegue el momento.

Cuando llega la hora hay que crear algunas excusas para despedirse. "Tengo que irme a trabajar" o "tengo que irme a casa" en el contexto de padres separados.

No es fácil convencer a los niños, "¿Por qué se va a casa?", piensan. Te hace sentir muy triste cuando ves a un niño llorando. Ese momento es el más difícil.
Nuestro rol es actuar como una familia ideal, pero no puedo fingir el sentimiento de amor.

Algunos clientes confían en ello, en que mis sentimientos reales sean los que se impongan. Pero yo no puedo responder a ellos y debo tener el coraje para contárselo. Al mismo tiempo, dejar en claro que esto es un negocio y cuesta dinero. Son 20 mil yenes por cuatro horas (US$180), más transporte y comidas. No es barato para una madre soltera.

Si son dos, tres o más veces, al final es costoso. Algunas personas están endeudadas. También hay personas que te siguen cuando te vas. Eso es realmente un problema.

Cuando comencé en esto no tenía experiencia y hubo momentos en que no sabía separar mis sentimientos, pero ahora no los hay. Cuando estoy trabajando, hago mi mejor esfuerzo posible. Sin embargo, cuando llegue la hora, sin dejar de hacer mi personaje, de alguna manera me iré a tiempo.


Sin sexo

No se puede besar o tener relaciones sexuales. Todo lo que puedes hacer es tomar las manos. Hay alrededor de 30 tipos de nuestros servicios, pero todos tienen manuales, entonces ese manual se revisa diariamente para que el cliente sienta que el rol del personaje que está contratando se cumple a cabalidad.

Por supuesto que somos seres humanos, y nuestros sentimientos pueden cambiar. Alguna vez quise besar a una esposa, pero no lo hic e. Tengo suficiente autocontrol porque hay varias regulaciones y están claras desde un comienzo. Aunque el cliente insista.


Cuándo es revelada la verdad

¿Deberíamos decirles la verdad cuando se convierten en adultos o miembros de la sociedad?
Yo creo que sí. Una de mis hijas, a la que conocí cuando estaba en cuarto grado, ahora tiene 20 años y en el fondo de su corazón sigue creyendo que yo soy su padre. Lo ha pensado por 10 años.

Es difícil porque en algún momento los clientes deben decirle la verdad a sus hijos, pero yo no puedo decidir eso. Yo quiero ofrecer felicidad a cambio de mi trabajo, por eso creé esta empresa, pero si la verdad se oculta por mucho tiempo, de alguna manera me veré afectado.

Con el tiempo la historia se va haciendo más grande y luego es muy difícil detenerla.


Soledad en la sociedad japonesa

Los japoneses tienen un buen sentido de hospitalidad y es una cultura que respeta y valora al otro. Lo malo es que estamos demasiado preocupados de las sanciones morales o de lo que digan los demás. Nos cuesta ser como queremos ser o expresarnos en la manera que queremos.
Visto de esa manera, siento que el servicio de nuestra compañía es una necesidad.

La antigua familia japonesa era numerosa. Ahora, la tasa de natalidad está en declive y ha cambiado incluso la forma de comunicación. El número de conversaciones está disminuyendo.


Sin duda sería mejor que nuestra sociedad no necesitara este servicio, pero por ahora no es así.

Vivimos tiempos en que es necesario completar la sociedad actual con el alquiler.
Claro que mis raíces están en mi familia real, nadie nace solo. Sin embargo, creo que las conexiones de sangre no lo son todo. Nosotros realmente podemos jugar el rol de padre en una familia, sin una conexión de sangre real. Nuestro eslogan es "La alegría por encima de lo real".


Me siento satisfecho

Cuando alquilas a alguien, es porque de alguna manera no puedes acceder a esa relación por ti mismo.
Por supuesto que tenemos que enfrentar muchas críticas, de que es un engaño o que no decimos la verdad, etc. Sin embargo, independiente de lo que diga el resto, siempre que haya alguien que me necesite, yo continuaré haciéndolo.
Cuando las necesidades de los clientes pueden resolverse, estoy satisfecho desde el fondo de mi corazón. Creo que es bueno que existamos y creo que es bueno haber creado esta empresa.

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  Reto Mayo 19: Ágape
Enviado por: Joker - 06:08 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (3)

Los ojos se le cerraban mientras miraba la olla de presión.

Aun sin quererlo, a Esperanza se le caían los parpados y cabeceaba hasta irse de costado, reaccionando sólo al estar a punto de caerse de la silla,  o cuando la cabeza se le iba para atrás de golpe. Entonces se volvía a acomodar, se tallaba un poco los ojos, para luego, poner las manos sobre su bolso en el regazo. El susurro que emitía la olla al escapar el vapor, incluso la arrullaba sin querer.  
—Mire doña Bero, encontré este jarabe —anunció Isabel, al salir del dormitorio— y unas…  ¡Ay, Berito!
Al tenerla a la vista, la descubrió dormida con la barbilla encajada en el pecho. Tan solo habían pasado unos minutos desde que la dejó en la cocina, aunque a decir verdad, con menos habría bastado. Concentrada en hallar medicinas entre los cajones de su buró, dejó de escuchar el toser de su visita sin notarlo, acaso sin sospechar su entrega a Morfeo. Tampoco le sorprendía, Doña Esperanza Berhinqué era ese tipo de mujer que la mayoría del tiempo parecía cansada.  Isabel cerró la puerta de su habitación, cruzó en unos cuantos pasos la estancia-comedor y se paró a lado de la menuda mujer; señora de arrugas marcadas, figura encorvada, cabello desarreglado e incipientes canas a pesar de sus casi 35.  Al verla así, exhausta y cuasi marchita, Isabel le acarició la cabeza con más lástima que cariño.
El susurro se intensificó.
Al escuchar el baile de la válvula ante la creciente presión de la olla, Esperanza despertó.  Sorprendida por descubrir a Isabel a un costado, se llevó la mano a la boca con el temor de haber babeado.
—Discúlpeme, Chavelita, ni cuenta me di cuando…
—¡Ay, Berito! —interrumpió Isabel— Usted lo que necesita es irse a dormir en vez de estar aquí esperando. Si quiere váyase a su casa y al rato le llevo los frijoles, ándele.  
—No, no, es que —pronunciaba al levantarse de la silla— quiero dejarle de comer a Tavo antes de ir a ver a Doña Rita.
—¿Y qué le va ir a ver a esa pinche vieja?
—Pues a ver si quiere que le haga el quehacer.
—Otra vez la burra al trigo, Berito… —refunfuñó la vecina al tiempo que apagaba la estufa— esa loca nada más le habla cuando ya de plano su casa está hecha mierda, y usté no entiende. Son puras perdidas con esa mujer; por la limpiada le paga una miseria, le paga cuando quiere, y encima, en abonos. Pá mis pulgas.  Yo con una sola vez tuve. Ahora ya ni le contesto cuando me marca la muy cabrona vieja pioja, descarada, hija del hambre. ¿Irse a sobar el lomo para sus limosnas? Nah. Mejor me quedo aquí rascándome las verijas. Y que chingue a su madre.

Esperanza tosió en una mezcla de expectoración y risa.

—P´s sí Chavelita, —comentó a la vez que se cerraba su delgado suéter, al que le faltaban los respectivos botones— ¿pero qué quiere que haga?, le tengo que chingar, y ´ora más que antes.
—¡Más?
—Sí, Chavelita, vea.
Enseguida abrió su bolso extrayendo de él dos papeles que entregó a su amiga. Uno, con la lista de útiles escolares para 4to grado.
—¿Esto es para Tavito, no? —preguntó Isabel dejando las medicinas que traía, sobre la mesa.
—Sí, me la dieron hoy en la mañana que fui a ver lo de la inscripción.
—Salió bueno para la estudiada ese chamaco…
El otro papel, se trataba de una nota con pésima escritura que rezaba “me kieren mober al gayinero”.
—…y esto es del grande —pronunció con enfado.
Le devolvió ambos escritos a Esperanza, se giró hacia la olla y la quitó de la estufa para llevarla al fregadero.
—Sí, ayer fui al penal pero ni me dejaron verlo. Me salieron con la babosada de que “trae usted muchos microbios, señora, ahorita no las estamos dejando pasar así”.
—¡Ay, que no digan pendejadas!
—Y uno de los custodios me dio esto. Es la letra de mi´jo.
—Pues si no es su letra —sugirió—, mínimo sus horrores (ortográficos) sí son.
Una vez en el fregadero, Isabel abrió la llave del grifo exponiendo la olla al chorro de agua, misma, que se evaporaba al contacto con el metal caliente.
—Dando a entender que me lo están extorsionando.
—…otra vez —completó en tono suspicaz.
Doña Berhinqué carraspeo unas cuantas veces antes de continuar.
—Pues sí, otra vez —dijo cruzando los brazos a la altura del ombligo en clara señal de angustia—, ¿pero qué hago?, ¿dejar que lo manden con los locos?, ¿con los depravados esos? ¿Que lo vuelvan a picar, eh? —y al decirlo se le quebró la voz— ¿Con esa pinche gente que hasta por un cigarro te rompen la cabeza? ¿Que lo deje allí sin hacerle caso para ver si es cierto? ¿O quiere que lo vaya a recoger medio muerto para que les crea, eh?
—Es que usted no sabe Berito si…
—¡Es mi hijo, Isabel! —explotó entre frustración y ganas de llorar— ¡Mi hijo…!
La vecina se quedó sorprendida. Con la boca abierta pero sin poder pronunciar palabra.
—¡Un chamaco todo idiota y borracho!, ¡burro pa´ la escuela!, grosero, peleonero, vago, todo lo que usted quiera… pero es mi hijo. ¡Mi muchacho!, carne de mi carne, ¡¿qué cree que no me duele?! —profirió con el carmesí de la leona y el carmín de Aurora, juntos en su mirada— ¿Que no me dolieron las patadas, los garrotazos; ver cómo le pegaban los policías cuando ya estaba en el suelo? ¡Verlo revolcándose como animal sin…
Pero antes de poder terminar esa frase, sus pulmones traicionaron a la euforia. Tosió de manera tan violenta que incluso, se dobló ante la falta de oxígeno. Isabel espabiló al ver aquello y enseguida auxilió a su congénere, dándole firmes palmadas en la espalda. Al poco, cuando el aire volvía a ella,  los tosidos pasaron a gimoteos.  
—¡Ya déjenlo! —exclamó Esperanza, con la misma desesperación viva de aquel día del arresto— ¡Me lo van a matar!
—Sosiegate, Berhinqué…
—Es inocente —sollozó.
Para Isabel era difícil comprender a cabalidad la situación de su amiga. Asimisma, ella nunca había podido tener hijos. Mucho de lo que veía en Esperanza le parecía a veces exagerado; las horas extra de trabajo, las malpasadas, las desveladas esperándolos, su manía de servirles en bandeja de plata, la tolerancia ante sus agravios, y en general,  la devoción ante hijos tan ingratos. Que además solapaba. Isabel ni comprendía ni justificaba esa forma en la que Esperanza, intentaba exonerar a sus crías cada vez que se les sorprendía (en especial al grande y al mediano), a pesar de que medía ciudad ya les conocía las mañas.  No es que estuviera ciega o tonta, a juicio de Isabel, esos eran ojos de mamá cuervo sin remedio.

Sin embargo, en momentos como ese, era incapaz de serle indiferente.

—…ven —le indicó mientras la abrazaba—, mira, ahorita no sirve de nada que te pongas así. El dinero donde quiera se consigue, pero ¿y tu?, si se te baja la presión, si se te duerme el brazo como la vez pasada, ¿qué hacemos? —el cuerpo alto y regordete de Isabel cobijándola, lograba transmitirle seguridad—No, señora, tiene que calmarse. Usted no está sola, acuérdese.
Esperanza se aferró con más fuerza a ella. Lloró. Invadida por la impotencia, las presiones y la vergüenza, se desahogó en el pecho de su igual.  
—Total, los problemas nunca se van a ir por más fuerte que pataleemos. Y puta gente que no tiene madre, siempre va a haber… como esa pendeja de Rita por ejemplo  —Isabel le apartó un poco para hablarle a la cara—, que “¡Ay sí, ay sí!, mi esposo EL ARTISTA —imitó de forma sarcástica—. El que vive de su pasión. El que gana muy bien por hora de concierto…”, inche mariachi fracasado, que se la vive más horas borracho, perdiendo cosas en el quiosco, que dando serenatas el mamón. Pierde las mancuernas, pierde los lentes, pierde el sombrero, pierde el afinador… nomás no pierde la guitarra poooorque de plano está igual de pinche fea que su vieja. Toda usada, prieta, guanga, loca, voz de pito, patas de pollo, y encima, mala-paga la desgraciada infeliz.
>>¡Ay, como la odio a la cabrona!

Esperanza, a pesar de sus mejillas humedecidas,  soltó una risa por escuchar tan cómico desprecio. Al tiempo, un pequeño sonido seco las distrajo. Se trataba del seguro en la tapa de la olla, que primero asoma por el vapor, pero cae una vez el recipiente se enfría lo suficiente como para poder abrirlo sin peligro.
—Parece que ya están los pintos —señaló Isabel—, ándale, vamos a ver si se hicieron bien.
Acto seguido le acarició una última vez ese cabello entrecano, y se volvió hacia el fregadero. Cerró la llave del grifo, luego, de un giro a la tapa, abrió la olla. Una nube de vapor con delicioso aroma salió entre tanto. Isabel aspiró profundo e hizo con una mano señal de aprobación al levantar el pulgar. A la sazón, abrió uno de los cajones de cocina ubicado justo a un costado de dicho fregadero.
—¡Ay, estas malditas cucharas…! —exclamó.
—¿Qué busca?
—Una cuchara para probar.
—¿Pues con esas, no?
—No, esas no son para eso.
Cerró el cajón y abrió el siguiente. De él extrajo una cuchara y pasó a utilizarla para probar las semillas cocidas.
—¡Huy Berito!, creo que hasta nos pasamos. Están que casi se deshacen de tiernos.
—¿Me los puede echar en una cacerola? —preguntó, limpiándose las lágrimas.    
—Allí tengo una…
En un momento, Isabel extrajo de entre su escurridor de trastes, una cacerola muy ancha, con dos grandes asas pero de poca profundidad, liviana por su composición de aluminio barato. En ella vertió el contenido de la olla, incluso empujando con la cuchara los últimos frijoles que restaron en el fondo.
—Espérame, deja te doy unos trapos para que la puedas agarrar.
—Así me la llevo —refutó Esperanza—, no esta tan caliente.
—Ahorita no, pero mmmm creo que… ¡deja allí! —ordenó ante la terquedad de la otra que ya estaba tomando la cacerola— mejor ve guardando ese jarabe que te puse en la mesa. Te va calmar esa tos de perro. Igual te saqué unas pastillas, son para la garganta. ¡Ah mira, encontré algo mejor!  
Dentro del compartimiento del horno de la estufa, metidos entre las servilletas de tela para las tortillas, halló un par de guantes de cocina. Esperanza echó en la sección principal de su bolso los medicamentos, miró unos segundos el par de guantes bien acolchados y protestó.
—¿No se le hace que están muy grandes?
—Tu póntelos y deja de rezongar.
Aquella encogió los hombros, se puso los mentados guantes (aunque sí que le quedaban enormes), con el bolso de un lado, y rodeando con un brazo la cacerola por el otro, se la apoyó en la cintura y caminó hacia la puerta.
—Gracias por echarme la mano, Chavelita —suspiró—. De veras que hay veces que todo se me junta, y ¡pfff!, ya no sé… pero vas a ver que ´ora que compre el tanque (de gas), te voy a hacer unos chilaquiles…  
—¿De los picosos?
—De esos. Veras que sí.
—Órale. A ver sí es cierto —comentó abriéndole la puerta—. Vete con cuidado y por vida de tu madre, ¡tomate la medicina!
—Sí, te juro que ahora sí me la tomo —aseguró Esperanza alejándose a paso lento.
—¡Ah, y si ves a la deforme de la Rita, dile de mi parte que se pique el agujero!
Incluso a lo lejos se escuchó la carcajada de Esperanza. Isabel se mantuvo un rato mirándola en lontananza, con todo y su andar pausado, aquella mujer nunca paraba. De alguna manera, era eso lo que admiraba de Berhinqué, nombre que a propósito, significa “Mariposa” en su mixteco originario. Su padre de ascendencia criolla, le bautizó con el nombre de Esperanza debido al juramento que hizo, de ya no beber más en honor a su hija. Uno que no cumplió a rajatabla. Su segundo nombre se lo otorgó su madre mixteca, una vez que tuvo al bebé en brazos después de nacer. Se trataba de una niña de complexión muy delgada, casi tan delicada como una ramita. A su madre le fascinaba mirar cada año la migración de la mariposa monarca, cerca de la sierra en donde vivía. Solo duraba unos minutos pero el espectáculo era tan hermoso, que la gente se reunía para verlas; aquel aleteo majestuoso, sus alegres amarillos, cafés y naranjas engalanados de sutiles motas blancas sobre un lienzo oscuro, revoloteando en el aire del mismo modo que pedacitos de papel. Cientos, miles de pedacitos, cuasi endebles, que fluían por el viento con total gracia sin retroceder ante corrientes adversas, o siquiera la lluvia. En especial, eso le causaba fascinación: tal tenacidad a pesar de su aparente fragilidad.

Así vislumbraba a su niña, incansable. Berhinqué le nombró entonces.

La vida de aquella chiquilla, sin embargo, no sería muy diferente a la de otras de su pueblo. A los doce años fue comprada por un militar, y entregada a los quince en matrimonio. A partir de entonces, su esposo se la llevaría de la sierra con rumbo a una ciudad cercana. Allí daría a luz a su primer hijo (Apolinar), a sus tiernos dieciséis, incluso antes de saber hablar castellano. Sus labores consistían en atender la casa, atender al niño y tolerar el alcoholismo de un militar venido a menos, expulsado por esa misma causa del servicio. Frustrado, el hombre jamás paró de insultarla, nunca le puso una mano encima, ni en sus peores momentos de embriaguez… pero hay cosas que hieren más que los golpes. En todo momento su esposo le dejaba muy presente que “si no acabaste de limosnera igual que todas las indias, es por mí”; “Mugrosa”, “imbécil”, “apestosa”, “inútil”, “puto adefesio”, “negra”. ”Pendeja”. Y desgraciadamente, aquella ciudad le daba pie. A la gente como ella se les consideraba —menos que personas— una propiedad, nada más que animales que uno consigue por compañía o para la servidumbre, cuando la necesidad es mucha y el dinero poco. De ninguna manera como iguales. Emparentarse con ellos, de hecho, era mal visto. Vamos, que hasta a los perros se les tenía mayores consideraciones. Bajo estas circunstancias, Esperanza creció agachando la cabeza y asintiendo a cada orden o desprecio que se le hiciera. Creyendo que, sin mayor remedio, tales eran las disposiciones naturales del mundo.

Hasta que conoció a Isabel.

Mujer capitalina esposa de un joven arqueólogo, muy entusiasta, al que se le pintó un gran futuro en una nueva excavación al sur del país. Juntos, y sin pensarlo demasiado, hicieron maletas dejándolo todo excepto algunas reliquias familiares que llevaron consigo. Nunca sospecharon que con elecciones al año siguiente de su partida, la sorpresiva victoria del partido opositor derrumbaría sus sueños. Para las nuevas administraciones tanto federal como estatal, las prioridades cambiaron, y de pronto, ni las culturas prehispánicas ni la cultura en general, mantuvieron su relevancia. De un plumazo,  se retiró el subsidio sin más, y aquel joven entusiasta se vio abandonado lejos de casa. Aunque eso no le detendría. Enamorado de aquella comunidad indígena, descubrió cosas que en los libros no se contaba. Maravillas y horrores. Decidió tomar un empleo a medio tiempo como profesor de historia en una secundaria local, e invertir el resto de su tiempo y dinero en continuar su trabajo arqueológico por cuenta propia. Cortos así de efectivo, Isabel consiguió empleo de ayudante en una peluquería. Primero como auxiliar, luego tomando a los clientes indígenas que su patrona rehusaba atender, aprendió rápido el oficio, alcanzando el puesto de segunda a cargo. A veces —muchas, cuando a la patrona se le antojaba descansar— de peluquera principal.  Allí fue donde conoció a Esperanza. Una mujer a la que por cierto, en primera instancia se negó a atender. No por el color de su piel o rasgos de nacimiento, a ella eso no le importaba, sino por la manera en que pretendía pagar.
—Acépteme estos chapulines, señito.
Le ofreció mientras mostraba una pequeña bolsa repleta de estos insectos. La cara de repulsión que puso Isabel fue inmediata. Estaba consciente de que tales bichos eran comestibles, que mucha gente los consumía, sin embargo, como mujer capitalina que era, aun les guardaba distancia. Se negó. Al día siguiente, Esperanza intentó convencerla ofreciendo un par de elotes quemados en el comal. Y fracasó. Lo intentó al siguiente con una pieza de iguana, al siguiente con tortillas de nopal; lo intentó con champurrado, con gusanos de maguey, con pulque…  hasta que lo intentó con chilaquiles. Isabel, más cansada de sus intentos que por el gusto al platillo, accedió a cortarles el cabello a los tres hijos de Esperanza esa tarde. Y a Esperanza misma, aunque ella no lo había pedido. Todo con tal de librarse de la señora al menos por un tiempo.
 Pero al mes, volvió.
En realidad cada mes lo hacía. De esta manera las pláticas se fueron tornando de formales, a tonos de mayor confianza. Isabel se acostumbró a la sazón de Esperanza al igual que su marido, a quién por cierto, le dio mucho gusto conocer a Berhinqué, en especial por todo lo que ella contaba acerca del folclor de su pueblo. Aquello para él era oro. Tal era su cercanía, que Armando, el esposo de Esperanza, sospechó del trato digno que se le estaba brindando a su mujer, y en detrimento de las ideas modernas que esto podría generar en ella, le prohibió de manera tajante, la amistad o cualquier otro contacto con la pareja. A gritos. Acusándola de adultera. Escupiéndole en la cara, insultándole allí frente a sus hijos, demasiado pequeños para comprender lo que presenciaban. Atestiguando la efectividad de la intimidación. De un modo peor que el acostumbrado. Esperanza encogió el cuerpo, agachó la cabeza y asintió. Ni siquiera se atrevió a llorar.  
  Armando le dijo que las personas como ellos jamás la considerarían una amiga, ¿en qué mente cabía tal estupidez?, si esa era gente educada y ella, un pinche asno de mierda, una india amaestrada para su diversión. Por eso la toleraban. Porque le tenían lastima, no por otra cosa… y ella asintió.
Para Isabel fue extraño dejar de ver a su amiga. Una tras otra, las semanas pasaban sin saber nada de ella. Intentó llamarla, tocar a su puerta, hablar con sus hijos e incluso ellos, le negaban la palabra. En paralelo, a Isabel le alcanzaban sus propios problemas. Poseedora de un carácter volátil, pronto se hartó de los caprichos de su patrona. Tomo sus cosas, le dijo una o dos verdades a la cara  a su ahora, ex-patrona, y se largó de allí. Luego de eso se dedicó a trabajos menores, aunque siempre desertaba por la misma razón: era incapaz de callarse. Lo que en una ciudad pequeña, a la usanza colonial, era inaceptable. En última instancia, su esposo le consiguió el trabajo de calificar exámenes para los maestros de su escuela; ellos le darían la clave de las respuestas, e Isabel pasaría días completos (a veces con sus noches) de fin de mes, calificando pilas enormes de exámenes.
Entre ellos, algunos pertenecientes a los hijos de Esperanza.
Los identificaba enseguida, bien por la letra, bien por su terrible rendimiento. O bien porque en un momento, sus exámenes dejaron de aparecer. Un mes. Dos. Tres meses… se acercaban los finales y aquello significaba que los chicos no pasarían de grado. Algo estaba pasando. Berhinqué podía ser todo lo sumisa que se quisiera, pero cuando se trataba de sus hijos, la mujer no conocía limites, podía vender la camisa  e incluso atreverse a desoír a su esposo con tal de mandar a sus críos a la escuela. Isabel lo sabía. En boca de la propia Esperanza, solo una frase era mantra: mis hijos son primero.

Se dirigió entonces a su casa.

Hacía varios meses que no la veía. Durante el camino pensaba que quizá estaría enferma, en cama, quizá una desgracia mayor o que ya ni la encontraría… pero ni siquiera fue necesario tocar a la puerta, desde metros antes se escuchaban los objetos rompiéndose, los gritos de Armando, borracho para variar, ultrajando a Esperanza. Ninguno de los vecinos siquiera salió de su hogar, eso no se estilaba entre riñas de casados. Muchos menos a favor de una mixteca. Con la puerta entreabierta, Isabel irrumpió cuán grande era para presenciar una escena terrible; platos, vasos rotos, cubiertos, muebles en el suelo, y un Armando cinturón en mano golpeando con rabia a su mujer que tirada, le pedía perdón. Los ojos de Isabel se encendieron y al instante, tomo un cuchillo de los que habían regados a sus pies, encarando, para su sorpresa, a la furia hecha esposo. La imagen de aquella mujer con la mirada de estar lista para embestir, hizo titubear al abusador. Esperanza se rehízo con dolorosa lentitud; un ojo cerrado, hinchado por los golpes, las huellas por brazos y piernas del paso violento de la cinta, labios partidos, sangrando…
—Dejalo… Isabel… —alcanzó a pronunciar de manera tortuosa mientras se acercaba a su defensora.
La capitalina se quedó hecha piedra.
—Andale, vete con esa pendeja. Puta india de mierda —se inclinó para recoger su botella de mezcal— ya estoy hasta la madre de ti. Ya ni pa´ coger sirves. ¡Qué bueno que ya me voy de este maldito chiquero!, con una mujer de a de veras…
Dio un trago a su botella al mismo tiempo que Esperanza casi se derrumbaba en brazos de Isabel, llorando, apretándole las manos a su amiga. El tipo, todavía tambaleante,  se limpió la boca, para rematar la frase.
—…que pueda criar a mis hijos.
En su vida, Isabel jamás sintió tan inhumano apretón, a pesar de sus robustos brazos, las manos de Esperanza se volvieron una descarga eléctrica que la paralizaron de dolor. Berhinqué le arrancó el cuchillo a su otrora defensora y, lleno el rostro de rabia asesina, lleno el cuerpo de adrenalina, se giró para embestir a su esposo.
—¡Malparido hijo de perra, a mis niños no los toques!
Armando, a pesar de sus años de militar, sintió terror ante la estampa insólita de una desquiciada que antes, apenas podía ponerse en pie, que jamás se rebelaba o al menos levantaba la mirada. La misma enclenque que había sido capaz de retorcer de dolor a su gigantona homónima. De tal magnitud fue su pavor, que en un instante la borrachera se le desvaneció, corrió hacia la ventana igual que ladrón descubierto y saltó a través de ella en huida.  
—¡Te voy a denunciar!, ¡te voy a denunciar cabrón!, ¡ni te atrevas a volver porque te mato!, ¡¿oíste?!, ¡te mato!, ¡a mis hijos me los dejas, pinche maricon!
Cuando al fin lo perdió de vista, Esperanza Berhinqué dejó de gritar, se desplomó y al volver la vista, miró a sus tres hijos asustados al pie de la puerta del baño. No lo vieron todo... pero vieron suficiente.

Ese día se les quedaría grabado a fuego.

Armando en efecto, se fue de la ciudad y no se le volvió a ver. La vida en cambio de Esperanza, se volvió peor que cuando él estaba. La gente le tomó mayor rechazo, las deudas se acumularon, las oportunidades escaseaban. Nadie quería contratar a una indígena, mucho menos “a una loca”. Isabel la ayudaba en lo que podía, aunque en verdad, su dolor mayúsculo provenía de sus hijos. Los tres de piel clara,  de ningún modo le perdonaron. En sus mentes las cosas eran mejores cuando ella se mantenía callada, cuando tenían padre y la gente no los señalaba. A sus ojos, ella les había quitado a su papá… del que por desgracia, bebieron demasiadas formas de humillación.      
Esperanza las toleraba todas. Por años.  
El cabello entrecano, la calidad paupérrima de su salud, su andar cansado. Nada de eso era gratuito. Mirar alejarse a la mixteca incansable, con sus frijoles a cuestas, le hacía recordar muchas cosas injustas a Isabel. Le causaba tristeza.
No cargues el mundo sobre tus hombros… —susurró antes de cerrar la puerta.

Esperanza cruzó las calles lo más pronto que sus piernas le permitían. Como de costumbre, invadida por mil pensamientos acerca conseguir dinero, conseguir comida para el día siguiente, conseguir ropa limpia para su hijo el menor, y una carta de recomendación para Gregorio, el mediano… al que por cierto, alcanzó a distinguir unas cuadras adelante, rodeado por dos señoras y un joven. Parecían discutir de manera acalorada, sus manoteos así lo indicaban. Se apresuró. Al estar a media cuadra, la discusión se hizo gritos. Aferrado a la mochila de Gregorio, el joven intentó arrebatársela llegando entonces a los empujones, acaso al manoteo violento.
—¡…ya le hablamos a la patrulla!
Escuchó Esperanza entre el palabreo, y los ojos se le abrieron como platos.
—¡Dejen a mi hijo! —les gritó al mismo tiempo que estiró la mano para empujar al joven.
Ambas señoras le cerraron el paso echándola para atrás a la fuerza.
—¡Su hijo es un ratero! —exclamó una.
—Se acaba de robar una botella de mi tienda y allí la trae en la mochila —reclamó la otra.
—¡Cállese pinche cotorra, no me robé nada! —respondió Gregorio entre forcejeos.    
—Ahorita que venga la patrulla, cabrón, te va a llevar la chingada —amenazó el muchacho.
—Dejen a mi hijo —rogó impotente—, no les hizo nada.
—¡No se haga pendeja, india ladina, usted sabe quién es su hijo!, pero ahorita que venga la patrulla me va a dar mucho gusto que se lleven a esta lacra.
Gregorio, desesperado, miró a su madre asegurándole con la voz llena de miedo:
—Yo no me robé nada, mamá…
Al levantar la vista, Esperanza vio dar la vuelta a una patrulla a varias cuadras de distancia. Los recuerdos le flagelaron enseguida. En un segundo, volvió la cara hacia su hijo, cerró los ojos con fuerza, apretó el puño dentro del guante y golpeó de abajó a arriba la base de la cacerola con toda su energía. El contenido casi hirviendo, al igual que el recipiente, se dispersaron en el aire causando sorpresa y quemaduras a partes iguales entre los que estaba allí. Cual poseída por el demonio, Berhinqué ni siquiera reparó en el ardor de su piel abrasándose, corrió junto con su hijo que había sospechado la acción de su madre, escapando los dos del lugar. Para su fortuna, la policía se estacionó en el sitio para auxiliar a los afectados y, ante las quemaduras de cara y cuerpo, llamar a la ambulancia. Mientras tanto, la casa de la familia no quedaba muy lejos, así que tan pronto llegaron, Esperanza echó llave a la puerta todavía jadeando.
—Yo no me robe nada, mamá —aseguró bufando su hijo al uso de una sonrisa—te juro que no, esa vieja ya me tiene mala…
Esperanza le lanzó un revés tan potente, que le volteó la cara hasta casi tirarlo. Algo que nunca antes había hecho.
—¡No me quieras ver la cara de pendeja!
Gregorio se quedó estupefacto.
—¡Si todavía hueles a alcohol, cabrón! —y cuando ella levantó la mano para señalar el baño, él se encogió por un momento— ¡Vete a chingar a tu madre a bañar!¡Pero ya!
Asustado, Gregorio se fue hacia el baño temblando, evitando darle la espalda a su madre. Una vez que este estuvo allí, la mujer aspiró profundo para recuperar el aliento, contuvo la tos y se retiró el guante de la mano con que había golpeado la cacerola. Estaba deshecha. A simple vista eran notables los huesos desviados, los hematomas de las fracturas. Se mantenía en pie de puro milagro, quizá se había lastimado la cadera, tal vez eso escurriendo en sus rodillas fuera interno, las varices se sentían como cables calientes en la pantorrilla. Se apoyó en el buró junto a la pared que alojaba el aparato telefónico, ahora acompañado de botellas de mezcal, todas vacías. Descolgó de su hombro el bolso y de él sacó una llave. Abrió con ella el único cajón del mueble, para luego, levantar la bocina. Marcó el número de la policía.  
—Buenas tardes, señorita. Quiero hacer una denuncia.
Gregorio se asomó.
—Se trata de un muchacho, se llama Gregorio y… es mi hijo.
El chico dio un paso fuera del baño cuando escuchó eso.
—Es un ladrón, un borracho… un sinvergüenza capaz de lo que sea… con tal de seguir bebiendo. Ha robado, señorita. Estafa, miente, asalta…  y cuando no puede...
“Inhala cualquier porquería”, quiso decir, impedida por el nudo en la garganta.
—Ya le he dicho que pare, que eso no está bien, mas no me hace caso. Él sólo… él no se da cuenta. Hace esto porque está confundido. Cree que no lo comprendo, está sufriendo y cree que no me importa, pero no es así… él… él cree que no lo quiero —un par de lágrimas corrieron por sus mejillas—. Solo hace tonterías para olvidarse de esta miseria, es incapaz de hacer daño a nadie, créame. Él… en el fondo es bueno…
Las palabras de su madre le hicieron agachar la cabeza y volver dentro. Esperanza jaló hasta el tope el cajón para revelar su contenido ulterior; una moneda de plata, un encendedor fino, una foto de sus hijos, miniaturas de porcelana, un par de espuelas, soldaditos de plástico, recibos de pago de fianza, un afinador de guitarra… del compartimiento interno de su bolso, sacó una hermosa cuchara de plata con finos grabados en el mango, de esas que sólo se usan en ocasiones especiales y se heredan de generación en generación. La puso junto con el resto de cosas, en compañía de su perpetua disposición de hacer cualquier cosa, a fin, de que nada cambiase su mundo.
Ellos.  

—…es inocente —sollozó—. Fui yo, señorita… yo les fallé.  
Y colgó el parlante de aquel teléfono con línea muerta desde hace mucho. La patrulla que había dejado atrás, ahora estaba a la puerta de su casa.

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  ¿Que odias en la vida?
Enviado por: FrancoMendiverry95 - 17/05/2019 12:11 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (4)

Yo diré las tres cosas que más odio, o las que menos me gustan:
1. La impuntualidad
2. Sacarme fotos (lo detesto!)
3. Las aglomeraciones de gente (y con esto me refiero a partir de las quince personas jeje)

A ver que dicen ustedes

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  No comió en 382 días
Enviado por: Duncan Idaho - 16/05/2019 05:34 PM - Foro: Fuera de tema - Sin respuestas


No comió durante 382 días, perdió 125 kilos, y vivió para contarlo: la insólita dieta de Angus Barbieri


Hay dietas, luego dietas extremas, y por último está el caso de Angus Barbieri, el hombre que ostenta el actual récord mundial de ayuno, 382 días sin comer sólido, y sin morir en el intento. Antes de contar su historia, un aviso para curarnos en salud: que a nadie se le ocurra intentarlo.
Para contar la historia de un récord que posiblemente nunca sea superado hay que retroceder en el tiempo hasta el año 1965, momento en que un hombre de 27 años se registra en el hospital Maryfield de Escocia. Se trataba de Angus Barbieri, quien sufría de extrema obesidad (al llegar al centro pesaba 207 kilos).


[Imagen: 2z4x26w.jpg]


Tras una serie de análisis y exámenes, los médicos le recomiendan un período corto de ayuno. La idea era que dejara de ingerir sólidos con la esperanza de que su estómago se encogiera, reduciendo así su voraz apetito y su capacidad de comer ingentes cantidades de alimento.
Sin embargo, y pasado el tiempo de prueba, los doctores reflejaron en su estudioque Barbieri no estaba teniendo problemas para morirse de hambre, así que decidieron prolongar el ayuno de manera supervisada.

¿Cómo? A Barbieri le recetaron una nueva dieta de líquidos no calóricos, donde se incluía algunas levaduras, electrolitos y suplementos de vitaminas y minerales. En contadas ocasiones al paciente se le proporcionó algo de leche y azúcares en las bebidas. 
Lo que ocurrió a partir de entonces entró a formar parte de la literatura médica. El hombre continuó con el tratamiento cuando salió del hospital, siempre regresando al centro para realizarse periódicamente análisis de sangre y orina. Extendió su ayuno hasta el máximo recomendado por aquel entonces de 40 días, y luego siguió y siguió extendiéndolo. Aunque sus análisis mostraban algunas variaciones y carencias, los doctores no reflejaron ninguna señal alarmante.
Aunque los expertos en nutrición que le realizaban el seguimiento no tomaron muestras de heces durante este tiempo, los registros indicaron que los movimientos intestinales de Barbieri se volvieron bastante infrecuentes, con un promedio de más de un mes entre las evacuaciones.


Cuentan los doctores en el estudio de un caso que fue histórico, que cuando Barbieri sintió que había alcanzado su peso ideal, el hombre se dio un pequeño festín de su ayuno autoimpuesto con un desayuno a base de pan con mantequilla, un huevo cocido y una taza de café.

Aquel día habían pasado exactamente 382 días desde que entrara en el hospital y comenzara la dieta médica más extrema conocida hasta la fecha. Más de un año sin comer sólidos, tiempo en el que perdió hasta 125 kilos. Ese día la báscula mostró que Barbieri pesaba 82 kilos.


[Imagen: 2e1egya.jpg]

La noticia corrió como la pólvora y llegó a oídos del libro Guinness de los récords, quién acreditó a Barbieri como la persona que había pasado más tiempo sin comer alimentos sólidos, un registro que como decíamos, difícilmente podrá superarse, ya que el propio Guinness ha cambiado su política para erradicar cualquier tipo de extremos que se consideren peligrosos.
Por cierto, Barbieri se mantuvo más o menos en el peso conseguido hasta su muerte, el 7 de septiembre de 1990. 

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  Megapene en el cielo
Enviado por: Duncan Idaho - 15/05/2019 02:59 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (4)

La Marina publica las grabaciones del piloto que dibujó un pene gigante en el cielo, y no tienen desperdicio


[Imagen: 2gxqjja.png]

La gigantesca verga que adornó los cielos del condado de Okanogan en Washington, Estados Unidos, el 16 de noviembre de 2017 fue obra de varios pilotos que salieron de la Estación Naval Aérea de Whidbey Island. La Marina estadounidense se disculpó de inmediato por el falo celestial y lo describió como un acto “inaceptable” y “de cero valor de entrenamiento”, ignorando su potencial valor educativo para cualquier urólogo de la región.


Pero que fue cosa de la Marina es todo lo que sabíamos sobre el evento hasta ahora, cuando se han publicado los hallazgos de una investigación militar sobre el enorme pene que apareció en el cielo. En resumidas cuentas, lo que pasó fue que la tripulación de un EA-18G Growler notó que iba dejando estelas en un vuelo de entrenamiento de 90 minutos y aprovechó la oportunidad que tenían ante ellos. Según el Navy Times:

Cita:El [compañero de cabina del piloto] sacó el tema primero, según la investigación.
“Mi reacción inicial fue: no, malo”, escribió el piloto en una declaración después del incidente. “Pero por alguna razón aún desconocida para mí, finalmente decidí hacerlo”.
El plan de ataque del pene en el cielo fue capturado en el sistema de grabación de vídeo en cabina, una transcripción de la cual se incluye en la investigación.
“Dibuja un pene gigante”, dijo [el compañero]. “Sería increíble.”
“¿Qué hicisteis en el vuelo?”, bromeó el piloto. “Oh, convertimos unos dinosaurios en penes celestiales”.


El piloto evidentemente no estaba del todo convencido del propósito superior de este vuelo en este punto, pero pronto se daría cuenta:
Cita:“En serio, deberías intentar dibujar un pene”, aconsejó [el compañero].
“Estoy seguro de que podría dibujar uno, sería fácil”, se jactó el piloto. “Básicamente, podría hacer un ocho y dar la vuelta y volver. Voy a bajar, tomar un poco de velocidad y, con suerte, salir de la estela para que no estén conectadas entre sí”.
Los pilotos teorizaron sobre los detalles de su incipiente dibujo en el cielo.
“Tío, eso es muy divertido”, dijo el piloto. “Un avión de pasajeros que regresa a Seattle y ve un pene gigante. Casi podríamos dibujar una vena en medio de también”.


No se indica por qué la tripulación abandonó la idea de la vena, pero la transcripción del vuelo es grandiosa, e incluye actualizaciones de estado como “las pelotas van a estar un poco torcidas” y “oh, la cabeza de este pene va a ser gruesa”. Te invito a que leas el informe completo en Navy Times.

Pco después de que completaran su obra maestra, los pilotos aparentemente empezaron a preocuparse del tiempo que el pene permanecería visible en el cielo, e incluso intentaron “tacharlo” con más estelas. Efectivamente, una vez en tierra fueron arrestados por los altos mandos, e inmediatamente confesaron sus acciones. Cualquier disciplina que hayan recibido se ha mantenido en secreto, aunque el oficial de investigación recomendó “cartas de instrucción no punitivas".

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  Reto Mayo 19: La fotografía
Enviado por: Joker - 14/05/2019 02:40 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (13)

La Fotografía



John llevaba una hora tendido sobre la cama, mirando el techo de madera del refugio con las manos en la nuca. Unos pocos metros más allá su hermano Charly gritaba y se sacudía en sueños. Una vez más.
John se sacó de encima el edredón y se sentó al borde de la cama para mirar el reloj con recelo. Soltó un suspiró, se rascó la barba y restregó el rostro, luego caminó hasta su hermano.
—Charly —dijo en voz baja, apoyándole una mano firme en el hombro. Su hermano se agitó un momento bajo su tacto, después abrió de súbito los ojos—. Charly, ya es hora.
John se apartó y se echó encima la chaqueta larga mientras su hermano menor gruñía y maldecía por lo bajo.
—¿De nuevo…? —preguntó Charly, sin mirarlo.
—De nuevo.
—Lo siento, yo…
—Vamos, hay trabajo que hacer.
Le tendió la escopeta, Charly la cogió y la dejó sobre la cama, de mal humor. Entonces John acomodó la escalera bajo la trampilla, se cargó al hombro el rifle, revisó la canana de su revólver y lo esperó apoyándose en un peldaño.
Subieron y revisaron palmo a palmo cada rincón de la casa para asegurarse de que ninguno de Ellos se había colado dentro. No hallaron nada.
—Es tu turno —dijo John.
Charly asintió, se ató a la cintura la cuerda con los bidones y se detuvo frente al umbral de la puerta.
—¡¿Listo?! —gritó.
—¡Ve! —le contestó John desde el ático.
El menor de los hermanos salió por la puerta trasera con el doble cañón de la escopeta por delante. Apuntó a un lado, al otro, luego salió de espaldas y apuntó al propio tejado de la casa. Nada. Siguió caminando de espaldas, confiando en John y su rifle para cubrirle de lo que pudiera aparecer en su camino.
Llegó al pozo del agua, se desató la cuerda y acomodó los bidones de manera que quedaran en posición vertical. Entonces echó al pozo la cubeta, esperó a que tocara fondo y luego movió la manivela para recuperarla, maldiciendo el chillido del mecanismo y mirando en todo momento hacia la casa.
Consiguió llenar tres de los diez bidones. Luego por alguna razón la cubeta regresó de las profundidades con muy poca agua.
—¿Qué demonios? —gruñó Charly por lo bajo, asomándose por el brocal.
Lo intentó de nuevo y de nuevo, y de nuevo, nada cambió. Le dio una patada a la cubeta y regresó a la casa evitando la mirada acusadora de su hermano en la ventana. Pero este le esperaba al otro lado de la puerta.
—¿Qué rayos es esto, Charly? —preguntó John, señalando con la mano abierta los bidones vacíos—. ¿Tres bidones nada más? Los necesitamos…
—Se acabó —le interrumpió Charly, sosteniéndole la mirada como rara vez era capaz—. Se acabó, hermano.
—¿De qué hablas? —siseó el otro con el ceño arrugado.
—Ya no hay agua, John. El pozo se vació.

El día pasó sin que se hablaran el uno al otro. John se sentó en el viejo sofá y allí permaneció durante largas horas, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza sostenida por las manos, hasta que Charly lo llamó a la mesa para cenar. La mesa, de todas maneras, era un acto simbólico, así como lo eran los platos dispuestos en esta, pues desde hacía seis meses se alimentaban nada más con comida enlatada.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Charly por fin, elevando apenas la voz por encima de las intermitencias de la radio. Nunca habían oído nada, no desde aquello, pero el menor de los hermanos jamás había perdido la esperanza de oír la voz de alguien más.
John negó con la cabeza, dejó la lata sobre la mesa.
—Esto no está bien —dijo, dándose masajes en la frente—. No, nada bien.
Charly calló por un minuto entero, luego pronunció:
—Podríamos ir hasta la Granja de los Wilkins.
John levantó de pronto la mirada y la clavó en los ojos de su hermano.
—No, Charly, no iremos allí. Sabes lo que les ocurrió, en lo que se convirtieron por su debilidad.
—Su hijo necesitaba…
—¡No me importa! —exclamó John, dándole un puñetazo a la mesa. Soltó un suspiro—. No me importa porqué. Tiene que haber otra opción, tiene que haber otra…
Las intermitencias de la radio cambiaron de volumen, de forma, ambos hermanos miraron el artefacto con el corazón en la mano. De pronto esos ruidos ininteligibles se convirtieron en algo difícil de identificar, pero en algo distinto a lo de antes. Charly se levantó de un salto, cogió la radio y la acercó a su oído, trasteó con las ruedas del volumen y la señal y esos sonidos se hicieron comprensibles.
—Al habla Frank Sturge, en las coordenadas 34° 34’ 13’’ Norte, 59°6’18’’ Oeste. Si hay alguien oyendo esto, sepa que aquí tengo comida, agua y munición de sobra. Y tengo un vehículo que funciona. Repito, tengo comida, agua y munición de sobra. Partiré a la Zona Segura dentro de cuatro días, esperaré a todo aquel que sepa portar un arma y desee acompañarme. Repito, cuatro días. Eso es todo… —Luego, más bajo—: Maldita sea, cómo se apaga esta cosa… oh, aquí…
Y ese fue el final del mensaje.

Antes de que cayera el sol bajaron la escalera hasta el sótano, echando la alfombra encima de la trampilla. John la aseguró con los tres candados, luego descendió e hizo a un lado la escalinata.
Charly enseguida cogió el cuchillo y continuó con el tallado en madera de las noches anteriores. Estaba haciendo un caballo. John lo observó y sus miradas se encontraron un momento, luego el mayor de los hermanos se tendió en la cama, se cubrió con el edredón y se acomodó de cara a la pared. Charly siguió con lo suyo, hasta que la sola presencia de esa espalda ancha, que parecía señalarlo acusadoramente, se le antojó tan molesta que no fue capaz de continuar. Entonces apagó la última lámpara y se acostó, sin desvestirse ni quitarse las botas. Nunca lo hacían, no luego de aquello.
Pero el silencio del sótano fue demasiado para Charly, que hasta ese momento no se había percatado de lo incómodo que era. Él necesitaba otra cosa.
—Hay que ir —dijo de pronto. Su hermano no se movió, pero él sabía que le oía—. Esas coordenadas, las busqué en el mapa esta tarde. Es la granja de los Stone, John. No es lejos, y no hemos oído de peligro allí.
John se dio la vuelta hasta quedar tendido sobre la espalda, con la vista puesta en el mismo punto que por las mañanas. Se mantuvo en silencio.
—Tú escuchaste lo mismo que yo, hermano —continuó Charly—. Tiene agua y comida de sobra. Agua, John. Nosotros no la tendremos dentro de poco tiempo. Hay que usar la que nos queda para viajar al sur.
Por fin John se volvió para mirarlo.
—¿Qué habrá allí, Charly? ¿Tú lo sabes? —Sus ojos acompañaban el recelo de sus palabras—. No confío en ese tipo, no le conozco. ¿Y si es uno de Ellos? Pueden controlar a la gente, Charly, a través del Ilex. Eso sí lo sabes.
El silencio volvió a reinar en el sótano. De repente Charly habló:
—Iré, hermano. Con o sin ti. —John cerró los ojos, como si viera cumplido su peor temor—.  Iré, no me pasaré la vida entera escondido dentro de una casa. La zona segura, John, llegaré hasta allí tarde o temprano.
Y dicho esto, Charly se dio la vuelta y cerró los ojos. Pasaron diez minutos en que cada uno podía oír la respiración del otro, en el que las palabras se ahogaban al llegar a las gargantas.
—¿Duermes? —preguntó John.
—No, hermano.
Un suspiro.
—Iré contigo, vayas donde vayas.

Partieron a media mañana. Cargaban en los hombros las mochilas, la escopeta, el rifle. En los bolsos llevaban un bidón lleno cada uno, y entre ambos suficientes latas de comida para dos semanas si las racionaban bien. Iban además bien abrigados, pues el viento del final del otoño soplaba con fuerza. John llevaba su chaqueta verde desvaída, que tenía parches de una decena de prendas diferentes, e iba con la capucha puesta. La chaqueta de Charly era negra y de cuero, y como no tenía capucha la acompañaba con un gorro de lana gris, mientras que en las manos llevaba guantes del mismo material con los dedos arrancados.
Escogieron caminar a través de los campos secos y áridos, evitando la mirada de cualquiera que transitara por la ruta que pasaba frente a la granja. Se movieron en un principio a paso vivo, pero en cuanto atravesaron la cerca de su propiedad, a un par de kilómetros de la casa, le añadieron cautela a su marcha y por lo tanto le restaron velocidad.
De este modo viajaron de sol a sol durante dos días, siempre al sur, hallando refugio para la peligrosa noche una vez dentro del hueco de un árbol inmenso, otra en el interior de un cobertizo destartalado. Así, en la mañana del tercer día coronaron una pequeña colina y a sus pies avistaron tres construcciones, unidas por cables y postes de luz donde estaban posados una gran cantidad de pájaros negros. La más grande era enteramente de madera, con  el esqueleto del tejado al descubierto, y tanto las ventanas como las puertas estaban cerradas a cal y canto. La mediana estaba mejor cuidada y la pintura del techo todavía conservaba buena parte del color, a todas luces era más reciente. La última, la pequeña, era de cemento y teja gris azulada. Entre las tres discurría un camino de tierra; junto a este un buzón tenía escrito “Flía. Stone”.
Charly miró a John, ambos se habían puesto de cuclillas.
—¿Qué crees? —preguntó el hermano menor.
—No me gusta.
—¿Y a ti hay algo que te guste?
John le devolvió una mirada gélida que le borró la sonrisa, luego se tendió y miró a través de la mirilla del rifle. La pasó por cada una de las ventanas, buscando algún movimiento. Al cabo de un minuto volvió a ponerse de cuclillas, apoyando la culata en el muslo.
—¿Nada? —preguntó Charly.
—Nada.
—Esos pájaros…
—Ajam. Cuervos.
—Tal vez haya algún perro muerto, o una vaca —dijo Charly sin convencimiento, volviendo a ponerse en pie—. Ven, bajemos.
John no dijo nada al respecto.
Bajaron la colina y luego continuaron por el caminito de tierra, el viento sopló con más fuerza echándoles polvo en los ojos, los postes de luz se agitaban y los cuervos se hamacaban en los cables. Ambos iban ahora aferrando las armas largas con ambas manos, arrastrando la mirada como un radar, de un lado al otro, buscando cualquier indicio de peligro. No fue con la vista sin embargo que percibieron algo que los alertó, sino con la nariz: a medida que se acercaban un olor pestilente iba inundando su olfato, un olor a podredumbre, a sangre y bilis, a muerte.
John se frenó en seco frente a dos de los edificios.
—No —dijo—. No, no debimos venir.
Charly, que iba unos pasos adelante, se volvió hacia él.
—Ya estamos aquí, hermano. Y no pienso regresar sin agua. —Miró al frente, pasó su mirada de la construcción grande a la mediana y viceversa—. ¡Hola! ¡¿Hay alguien ahí?! —No se detuvo ante los gestos de su hermano mayor—. ¡¿Frank Sturge?! ¡Holaaa! ¡Oímos tu llamada por la…!
De pronto un chillido interrumpió las palabras de Charly y les taladró los oídos, ambos hermanos soltaron las armas y se llevaron las manos a las orejas cerrando los ojos, como si aquello fuera capaz de silenciar tan agudo sonido. John fue el primero en volver a abrir los ojos, y en cuanto lo hizo alzó la cabeza al captar un movimiento. Allí, en el tejado de la casa mediana, una criatura se movía sobre sus cuatro patas. Era azul como una noche clara, y sus ojos dos círculos amarillos que brillaban como pequeñas hogueras. Su boca era un agujero negro encerrado por cuatro tentáculos de un codo de largo, por la que chorreaba una gran cantidad de baba.
De pronto la criatura saltó sobre ellos, John se arrojó sobre su hermano, que aún seguía aturdido, y ambos rodaron por el suelo más allá. La criatura aterrizó clavando sus largas pezuñas en la tierra, en el punto exacto donde habían quedado impresas las huellas de las botas. John giró en suelo, sacando al mismo tiempo el revólver del cinturón, lo amartilló, apuntó y haló el gatillo tres veces.
¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!
Dos de ellos dieron en el blanco, la criatura sintió cada impacto echándose atrás por el dolor, pero en lugar de caer se lanzó en carrera y se perdió rauda detrás del edificio.
John se arrastró hasta el rifle, lo cogió antes de levantarse y luego corrió de nuevo hasta su hermano, sujetándolo por la chaqueta lo impelió a ponerse en pie.
—¡La escopeta! ¡Charly, la escopeta!
El menor de los hermanos por fin reaccionó, apoyaron una espalda contra la otra y giraron sobre sus pies en busca de la criatura. Esta apareció en el tejado de la casa grande, haciendo equilibrio entre las vigas.
¡PUMM!
El estallido del rifle cortó la respiración de ambos por un instante, solo John pudo ver al momento que había fallado.
—¡Corre! —gritó.
Echaron a correr en dirección a la casa mediana. Charly aporreó la puerta, llamó a gritos, golpeó el cerrojo con la culata. John, a su espalda, buscaba y buscaba, pues la criatura había vuelto a desaparecer.
—¡No puedo! ¡La maldita no se abre! ¡No —golpe— se —golpe— abre!




John vio a la criatura cruzar de lado a lado el camino, surgiendo del edificio grande para perderse tras la esquina del mediano. Apuntó hacia allí, con la respiración contenida, mientras Charly seguía intentando derribar la puerta.
De repente oyeron una voz dentro:
—¡Mátenla! ¡Mátenla, con un demonio!
John se volvió hacia la puerta, por un instante su mirada se encontró con la de su hermano, ambos tenían los ojos y la boca bien abiertos. Pero entonces la mueca de Charly cambió, alargó una mano hacia John, soltó un grito que de alguna manera este no pudo oír, y cuando el mayor de los hermanos giró sobre sus pies la criatura le propinó un poderoso golpe con ambos brazos, arrojándolo contra la pared con tal violencia que rebotó y quedó en el suelo tendido.
Medio sordo, con un pitido en la cabeza, tosiendo y escupiendo, John se arrastró un momento, luego consiguió ponerse de rodillas y elevar el torso. Cuando volvió la cabeza y miró a un lado vio a la criatura sobre Charly, dando terribles zarpazos, y su hermano solo podía defenderse con los brazos pues la escopeta yacía poco más allá. Con movimientos ortopédicos, John volvió a sacar el revólver, apuntó cerrando un ojo, disparó una vez, falló, disparó una segunda y tercera y también falló. Entonces se percató de que el rifle yacía a un brazo de distancia, lo cogió, colocó la mirilla sobre la criatura y haló el gatillo.
La cabeza del extraño ser se agitó con violencia, para un lado y luego para el otro, después cayó pesadamente sobre su perfil y ya no se movió.
Tras el estallido John volvió a percibir los sonidos, como si le hubieran destapado las orejas, y escuchó el gorgoteo de Charly. Se puso en pie y corrió hacia él, medio trastabillando, cuando llegó a su lado cayó de rodillas y lo contempló con el corazón galopando en su pecho.
—¡Charly!
Este tosió sin levantar la espalda del suelo, luego le agarró con fuerza el brazo, tironeándole la chaqueta.
—¡Me muero, hermano, me muero! —Y rompió a llorar.
—No, no, hermanito, ¡resiste, resiste!
John puso sus manos en el vientre de Charly, por donde la sangre manaba por un gran agujero; por él podían verse los órganos.
—¡Déjalo, hermano! Déjalo. —John negó con la cabeza, Charly lo apartó de un manotazo—. ¡Que lo dejes, maldición! Óyeme, hermano. Esto no fue tu culpa, no fue tu culpa. —Metió una mano en el bolsillo de su pantalón, luego le ofreció lo que acababa de sacar.
—No, no, Charly, esa foto es tuya.
—Son tus padres también, maldita sea. Es nuestra familia…, todos juntos, como antes. Consérvala, John. Prométeme… prométeme que la conservaras.
—Charly…
—¡Promételo!
—La conservaré, prometo que la conservaré.
Charly consiguió esbozar una sonrisa, le acarició el rostro.
—Sigue en la lucha, busca la Zona Segura. Vive, John. No deseo reencontrarnos pronto. Adiós, hermano.
—Adiós, hermanito.
Y dicho esto, Charly dejó de respirar.
John echó atrás la cabeza y soltó al cielo un grito de rabia, los pocos cuervos que aún quedaban echaron a volar. De pronto oyó una pisada a su espalda, se incorporó y volteó deprisa: allí, de pie, había un hombre y una mujer. El primero tenía una edad similar a la de él, con una silueta robusta y varios kilógramos de más; en una de sus manos tenía un revólver. La mujer tendría la mitad de sus años, era delgada y frágil, y mientras el otro mantenía un semblante duro y sereno, ella lloraba ante lo que acababa de ver.
Sin mediar palabras, John se lanzó sobre el gordo, lo derribó y cayó encima, comenzó a darle puñetazos. El sujeto, sorprendido, no reaccionó hasta el sexto golpe, cuando golpeó la sien de John con el revólver y así logró sacárselo de encima. El único de los hermanos perdió el conocimiento, el gordo lo escupió en el suelo, luego le espetó a la mujer que le ayudara a arrastrarlo hasta la casa.

                                     * * *

John despertó entre resoplidos y gruñidos. El dolor estaba ahí, intacto, y todo a su alrededor subía, bajaba y se movía a los lados.
—Maldita sea —gruñó por lo bajo.
Cuando consiguió visualizar mejor su entorno, vio que se hallaba en el suelo de una sala. Delante de él, el gordo y la muchacha comían sentados ante una mesa, uno en cada extremo; ella miraba en su dirección, sin probar bocado, el gordo la miraba a ella masticando con la boca abierta.
John consiguió ponerse en pie apoyándose en la pared, luego caminó hasta ellos sin saber bien para qué. Al llegar a la mesa las piernas le flaquearon y tuvo que asirse a esta para no caer.
—Siéntate —le dijo el gordo. John lo hizo—. Me llamo Frank, Frank Sturge. Imagino que viniste por lo de la radio.
—Vine acompañando a mi hermano —espetó él—. Mi hermano… murió por tu culpa.
—Yo no le saqué las tripas —respondió Frank, insensible—. Fue esa cosa.
John lo miró con dureza.
—Cobarde. Nos usaste para matarla. —Se masajeó la frente—. ¿Por qué? Si tú también tienes armas. —Señaló el rifle de asalto apoyado sobre la mesa.
—Las municiones, estaban en el cobertizo. —El gordo se encogió de hombros—. Una idiotez de mi parte. No importa, lo pasado pisado. Lamento la muerte de tu hermano, pero solo porque nos hubieran venido bien otras manos armadas.
John miró a la mujer, ella rehuyó su mirada.
—Basta de palabrería —gruñó Frank—. Escucha. Nos marcharemos mañana. ¿Seguirás comportándote como un marica o vendrás con nosotros?
—¿A la Zona Segura? —siseó John, casi escupiendo las palabras—. ¿Crees que llegaras tan lejos con Ellos vigilando los caminos?
—Hay otra Zona Segura —dijo el gordo—. A dos días de viaje en coche. Estuve allí, pertenezco allí. Somos más de cincuenta, y hay electricidad, agua y comida suficiente para cien durante muchos meses.
—¿Y por qué te fuiste?
—Para buscar a malditos a como tú. A inocentes como ella. Bill y yo partimos, pero él… el maldito ya no está. Que le den. —Arrojó un hueso de pollo al piso—. Repetiré la pregunta: ¿vendrás o no con nosotros?

Partieron los tres al día siguiente. John iba tras el volante de la 4x4, la muchacha iba a su diestra, Frank iba sentado detrás de ella, en el asiento trasero. El gordo había estado mirando los mapas durante la noche, pero en ningún momento les reveló la ubicación del lugar que era su destino. Tal vez pensaba que ese era su salvavidas, el hecho de que solo él la conociera.
Así pues recorrieron la carretera durante una hora, siempre al sur, luego tomaron una vía secundaria sin asfaltar que torcía hacia el este. Al llegar el mediodía intercambiaron lugares John y la muchacha, y luego a media tarde hicieron lo mismo. Al caer la noche encontraron un solitario árbol y estacionaron el vehículo bajo su sombra. Allí comieron frugalmente y bebieron bastante, y establecieron guardias para dormir. Frank Sturge hizo la primera y no durmió durante las otras a pesar de tener los ojos cerrados. Nadie habló en ningún momento.
Repitieron este mismo procedimiento el día siguiente y así llegó la tercera noche de viaje. En esta si hablaron, John y la muchacha, pues el primero había ido advirtiendo como ella se intranquilizaba con el correr de las millas. Pero cuando llegó el punto en que John pensaba que lograría sonsacarle a la muchacha algo acerca de su temor, ambos se vieron sorprendidos de pronto por una luz que se encendió sobre la camioneta.
—¡Al suelo! ¡Al suelo! —exclamó John.
La muchacha y él se echaron tras los asientos delanteros, haciéndose lo más pequeños posible, Frank sacó de su lugar el respaldo de los asientos traseros y se escabulló a la cajuela. La luz de fuera se apagó, luego, tras un momento de silencio, llegó a sus oídos un zumbido como el de unas hélices que giran velozmente. La luz volvió a encenderse, pero esta vez enfocó una de las ventanillas laterales de la 4X4, justo a la espalda de John.
La muchacha comenzó a gimotear, ahogando sus sollozos contra los muslos. Ambos hombres mantenían la respiración, con el corazón en un puño. De pronto el cristal de la ventanilla se quebró por un golpe poderoso, varios fragmentos cayeron sobre los hombros y la capucha de John. Ahora se oía un leve pitido acompañado por el zumbido de una lente que gira.
Entonces el respaldo de los asientos traseros volvió a bajar poco a poco, hasta que la boca del cañón de la escopeta de Frank apareció y rugió y acalló todo sonido. La luz del dron se apagó de súbito y no volvió a brillar.
—Al volante, John —dijo Frank—. Vendrán más, y pronto. Esta noche no habrá descanso.

El cuarto día amaneció con lluvia, toda una rareza en los últimos seis meses. Para mitad de mañana el camino se había vuelto lodoso, pero gracias a la 4x4 avanzaban casi con la misma firmeza que antes. El paisaje a su alrededor era ahora decididamente boscoso, la camioneta se abría paso entre los árboles como una bestia indomable.
Luego de la intranquilidad de la noche, en la que habían temido en todo momento la aparición de otro artefacto vigía, la claridad del día a pesar de la lluvia se les antojó un bálsamo para los nervios. Sus exhalaciones dejaron de estar acompañadas por temblores, la muchacha dejó de gimotear por fin, y enterraron en lo profundo de sus pensamientos la idea de que Ellos los encontrarían pronto. Sin embargo aquello duró muy poco: en el momento en que se permitían unas pocas palabras, tres sujetos emergieron en el camino a cincuenta metros por delante. John pisó el freno.
—Daré la vuelta —dijo—. Están armados.
—No… —pronunció Frank, y entornó los ojos para mirar a los sujetos.
—¿No ves las escopetas?
—… No daremos la vuelta, ¡con un demonio, déjame terminar! —espetó el gordo—. ¡Al infierno esas malditas escopetas! No detendrán tan fácil esta cosa. Muchacha, coge tú el volante. Tú, mi amigo, usa el condenado revólver.
Los sujetos, a todo esto, permanecían quietos, a la espera.
Frank bajó la ventanilla.
—Ahora, chica, acelera hasta cuanto dé esta maldita. ¡Ja ja, a ver si no se harán a un lado!
La 4x4 aceleró de repente, tirando sus cuerpos hacia atrás. Los sujetos, viendo cuál era su intención, comenzaron a disparar, una bala dio en el espejo del conductor, otras rebotaron contra la parrilla del automóvil.
—¡Ahora! ¡Dispara! —gritó Frank.
John sacó la mano por la ventanilla y disparó su revólver, pero por el movimiento del vehículo no acertó un solo disparo. Maldiciendo entre dientes, el gordo se asomó por la abertura de su puerta y comenzó a disparar su fusil de asalto. Uno de los sujetos cayó rápidamente al piso en medio del camino, los otros siguieron disparando un momento, luego al ver que la camioneta no frenaba y los bramidos del fusil no cesaban, se hicieron a un lado y se perdieron entre los árboles. La muchacha aceleró todavía más, la 4x4 se agitó al pasar por encima del sujeto tendido.
—¡Ja ja ja! ¡Vuelvan aquí, malditos perros! —gritó Frank, y disparó una ráfaga al aire antes de volver a meterse en el vehículo.
John y la muchacha no reían.

El volante volvió a cambiar de manos, la calma retornó al camino. Esta vez no se relajaron, John llevaba la camioneta al límite, harto de todo aquello, decidido a llegar cuanto antes a la Zona Segura. Pasaron así a través de un asentamiento de viejas cabañas, no se detuvieron. Pero antes de lograr dejarlas atrás, y sin que nada lo anunciase, un vehículo todoterreno emergió desde un edificio y se acomodó detrás de ellos; en la parte trasera iban de pie tres sujetos armados. John metió el cambio, pisó el acelerador y les sacó ventaja, volvió a internarse en otra zona boscosa. Pero entonces un segundo vehículo apareció de entre los árboles y se posicionó delante. Pintados en las puertas ambos todoterrenos tenían una calavera roja.
La 4x4 rugió con más fuerza y embistió, desequilibrando a los hombres que iban delante y les apuntaban con ametralladoras.
De pronto John oyó un clic junto a la oreja.
—Baja la velocidad —dijo Frank. Le apuntaba con su revólver—. Levanta el pie del acelerador, con un demonio, y síguelos. —Se volvió hacia la muchacha, que ahora sollozaba con más fuerza—. Tú no tienes nada que temer, pimpollo —le dijo, burlón—. Tú incluso la pasarás bien.
No fue largo el trayecto que hicieron escoltados por esos dos vehículos, se detuvieron al llegar a una empalizada de automóviles aplastados unos sobre otros, una chatarrería. Incluso había hombres allí arriba, como centinelas en el adarve de una muralla.
Los hombres de los todoterreno descendieron con un salto y se aproximaron apuntando con sus fusiles y ametralladoras, unos por el lado del conductor, los otros por el del acompañante.
—Será mejor que no se muevan —dijo Frank, y con tranquilidad haló la manija y abrió su puerta para luego descender con las manos en alto—. ¡Soy Frank, no disparen, soy Frank!
Los sujetos armados abrieron la puerta de John y le obligaron a salir.
—¡De espaldas a mí! —le ordenó uno de los que le apuntaba—. ¡Pon las manos encima del vehículo!
John permaneció quieto, con las manos a los lados del cuerpo, reacio a colaborar. Entonces el otro le golpeó en el vientre con la culata del fusil, y cuando se dobló por el dolor le obligó a darse la vuelta.
—¿Qué nos has traído, Frank? —preguntó quién acababa de salir de la fortaleza de metal, con claros aires de líder.
—Una jovencita, Stalk —contestó el gordo, señalando con la cabeza la ventanilla delantera de la 4x4—. Como las que a ti te gustan, malnacido.
—Ja ja, sí que se ve buena. ¿Pero y este? ¿Quién es, Frank, y qué esperas que hagamos con él?
—Es un cualquiera. Mátalo, no queremos que se convierta en un grano en el culo, ¿cierto?
—Cierto que no.
Los guardias impelieron a John a ponerse de rodillas en el lodo, de cara al líder del grupo. Este le sonrió, levantó el revólver que sostenía con la mano izquierda y lo apoyó en su frente.
—¿Tienes algo que decir en tu defensa?
John escupió los pies del sujeto.
—Hum —sonrió este—. Sí que sería un grano de los grandes.
Y haló el gatillo, y John cayó muerto al lodo.
—¡Traigan a la mocosa, no deseo esperar! —rugió el hombre—. Oh, y arrastren a este maldito hasta la pira. ¡Andando!
Aún muerto y siendo arrastrado por el barro, John siguió aferrando con su mano la fotografía. Era un hombre de palabra, y como tal cumplió la promesa hecha a su hermano hasta que la propia foto se desintegró junto a él en el fuego de la pira.

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  Martin ya tiene los libros escritos
Enviado por: Duncan Idaho - 13/05/2019 05:59 PM - Foro: Canción de hielo y fuego - Respuestas (1)

Ser Barristan Selmy está muerto en Juego de Tronos, pero el tiempo que pasó con Daenerys tiene cierta influencia en lo que la Reina de Dragones ha hecho en Desembarco del Rey. “El rey loco dio a sus enemigos la justicia que creyó que merecían”, le dijo en una ocasión, y esa frase ha resonado en la cabeza de Dany durante el previously del episodio 8x05. Curiosamente, no es lo más interesante que ha pasado con Barristan Selmy estos días.
Ian McElhinney, el actor que interpretó a Selmy, estuvo en la Epic Con de San Petersburgo y soltó una bomba informativa que ha pasado más o menos desapercibida hasta hoy. En el minuto 31 de este vídeo, una chica del público le pregunta si espera ansioso el regreso de su personaje en Canción de hielo y fuego, la saga de libros de George R. R. Martin en la que se basó Juego de Tronos. McElhinney responde algo completamente inesperado:






Cita:No sé si sabes más que yo sobre esto, pero lo que me han dicho es que George ya ha escrito los libros 6 y 7. Y en lo que a él respecta, solo hay siete libros. Pero George acordó con David [Benioff] y Dan [Weiss], los creadores de la serie, que no publicaría los dos últimos libros hasta que la serie hubiera terminado. Así que, si todo va bien, en uno o dos meses podríamos tener aquí los libros 6 y 7. Y estoy intrigado por saber qué termina pasando con Barristan, por ejemplo, en esos dos últimos libros. George me dijo durante la primera temporada que Barristan iba a tener un viaje muy interesante, pero lamentablemente no tuve la oportunidad de interpretarlo todo.


Un bombazo, como decía. Pero cuesta creer que sea cierto. Llevamos años esperando los libros. Llevamos años especulando sobre la divergencia de la serie y los libros. Y sobre todo: llevamos años quejándonos de lo lento que escribe George R. R. Martin (hay un cómic que se llama George R. R. Martin, eres muy lento escribiendo). Y el pobre Martin siempre ha contestado, con paciencia y resignación, que está en ello. Una vez incluso llegó a preguntarle a Stephen Kingcómo diablos hacía para escribir tan rápido.
Así que veo tres posibles explicaciones de lo que está pasando:


  1. Lo que dice McElhinney es cierto. George R. R. Martin terminó los libros, pero no lo hizo público por un acuerdo con los creadores de la serie. Vientos de invierno y Sueño de primavera se publicarán en un futuro próximo con el final televisivo aún caliente. Previsiblemente, venderán millones de copias gracias a la euforia generada por la serie y la intriga por conocer la versión de los hechos de Martin, sobre todo ahora que los fans están divididos por el camino que tómo Juego de Tronos.
  2. Lo que dice McElhinney es mentira. Está resentido porque su personaje murió exiliado en Essos sin completar el camino del héroe que él deseaba interpretar, ese “viaje interesante” que le había prometido George R. R. Martin en persona. Así que se inventa un rumor porque quiere vengarse o porque piensa que no va a tener repercusiones.
  3. Alguien ha engañado a McElhinney. Le contaron un rumor sin fundamento o leyó sobre el acuerdo en un foro de Internet y ha pasado la voz, bien porque la ha dado por válida, bien porque no piensa en las consecuencias de contar algo así o bien porque le da igual lo que pase. En cualquier caso, George R. R. Martin no tiene escritos los libros ni los tendrá a corto plazo, tal y como esperábamos hasta ayer.



Desde luego, alguien con el honor de Ser Barristan Selmy no sería
capaz de mentir de esta forma a los fans, pero que Martin tenga los dos libros terminados es un sueño demasiado dulce como para hacerse realidad. Un giro aún más inesperado que los de Canción de hielo y fuego.

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  Reto Mayo19: La vida de Ku
Enviado por: Joker - 13/05/2019 03:21 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

Esta es la historia de Ku, un pastor pacífico pero de paciencia limitada, que pasaba sus días cuidando de su preciado rebaño de ovejas. A pesar de parecer más un bloque de granito que un hombre dedicado al pastoreo, Ku era uno de los más diligentes y vocacionales pastores de todo el este de las Montañas del Carnero, y conocía a todas y cada una de sus ovejas. Ninguna tenía nombre, pero todas poseían identidad.
Ku era conocido en el pueblo de Atomarviento y los alrededores por ser el ganador de todos y cada uno de los concursos de lanzamientos de rocas, partición de piedras con la cabeza y derribado de árboles ancestrales que se sucedían verano tras verano por toda la zona. Y es que su apariencia engañaba. No era especialmente alto ni poseía la musculatura de Fragis el Héroe, pero era recio como un tronco de Palo-hierro. Cara ancha, nariz grande y gruesos labios. Tenía unas cejas negras y espesas, que habían crecido acercándose la una a la otra hasta formar una sola unidad. Durante su juventud gozó de una abundante mata de pelo negro ingobernable, pero a sus treinta y pocos años, gran parte de ese pelo se había ido retirando a otras zonas de su cuerpo.
Esta historia comienza en una de esas frescas y soleadas mañanas de primavera. Se levantó como cada mañana, pero con una extraña sensación en el cuerpo. Se miró los bajos, por si había tenido algún tipo de desliz nocturno, pero lo encontró todo igual que antes de acostarse. ¿Se le habría olvidado algo importante? Tras unos segundos más tirados a la basura pensando qué podía ser, se levantó y empezó su rutina diaria. Se vistió, afeitó, desayunó leche de oveja y pan con longanizas secas, huevos y un chupito de anís. Fue al establo, y al abrir la puerta, se quedó plantado, rascándose la barbilla. Eso era lo que iba mal. No había ni una sola de sus ovejas. Hizo un repaso mental de lo que hizo el día anterior, poniendo especial hincapié en la parte en que recogía a sus ovejas y entraban todas en el establo. Pero esa parte de los recuerdos no correspondían con lo que ahora encontró. Entró dentro, captando los olores mezclados de cada una de ellas, difuminados en el ambiente. Olores demasiado suaves como para que por alguna razón desconocida se hubiesen vuelto invisibles.
No estaban.
Ku gruñó, arrugó la frente y frunció los labios. ¿Alguien le había robado las ovejas? Aunque cabían más explicaciones, y más en un mundo como Mundo Disco, aquella le pareció la más plausible. Sin mudar ni un ápice su rostro, fue a por su zurrón y su bastón y emprendió el viaje hacia la villa de Atomarviento. Tal vez allí supieran algo del inconsciente o inconscientes que se habían aventurado a tan suicida proeza.


A buen paso Ku llegó hasta la villa en un santiamén. Estaban todos nerviosos y agitados, y hablaban unos con otros haciendo aspavientos y llevándose las manos a la cabeza. Ku fue directo a la herrería tras saludar con la cabeza a todo aquel con el que se cruzaba y cuando llegó, vio que Eme, el herrero, daba unas explicaciones a Te, la mujer del molinero.
—… los huesos, uno por uno, hasta hacerlos pulpa; después tomaré las partes blandas y les aplicaré un hierro al rojo, para que cojan color; y finalmente se lo daré de comer a los cerdos, que aunque no tienen culpa alguna, siempre agradecen algo de carne.
—¿Qué ha ocurrido, Eme? —preguntó Ku, todavía con el rostro preocupado.
—¿Que qué ha ocurrido? ¡Yo te diré qué ha ocurrido! Ese Conde de Vizconde mandó a sus soldados a nuestro pueblo para llevarse todo lo que se antojara. Que están en guerra, dicen. Que necesitan todo, dicen. Y que como súbditos suyos que dice que somos, debemos entregarle lo que le plazca. Como agarre al hijo de noble ese…
Te asentía a todo, con la cara compungida y las manos retorciendo el vestido. En un alarde de valentía, añadió:
—No hay derecho.
Ku gruñó. Sus ovejas eran suyas, sin ser de su propiedad. Cada oveja estaba a su cargo, y si alguna decidía marcharse, era libre de hacerlo. Pero aquel no había sido el caso.
—¿A ti te han robado algo, Ku? —preguntó el herrero
El pastor lo miró fijamente a los ojos.
—Han secuestrado a mis ovejas —sentenció.
Eme dio un paso atrás. Conocía esa mirada. La había visto antes en los concursos veraniegos de pulverizar rocas con los puños.
Y, con un movimiento de cabeza, Ku se despidió de Eme y Te, y enfiló el camino que llevaba hasta el castillo del Conde de Vizconde.
Si alguno se pregunta por los nombres de los habitantes de la villa de Atomarviento, le diré que fue debido, como suele ocurrir en estos casos, a una disputa entre familias. Hace unas cuantas generaciones, hubo dos familias enfrentadas. Ambas querían ponerle a su hija Segismunda, un nombre de alta alcurnia, aún sabiendo que estaba prohibido repetir un nombre. Imagínense qué confusión que dos personas se llamen igual. El caso es que para resolver la disputa el alguacil dirimió que a partir de aquel entonces, a cada nuevo nacimiento se le asignaría una letra del alfabeto. Todos estuvieron de acuerdo con aquella salomónica decisión, y además, se mataban dos pájaros de un tiro: por un lado se eliminaban las disputas por los nombres, y por otro te quitabas un peso de encima al no tener que elegir un nombre, sino que te venía ya asignado. Y todos sabemos que a las personas les encanta que se les exima de responsabilidad alguna. Pero llegó el vigesimoctavo nacimiento y se encontraron con un problema que no habían previsto: cuando tocó de nuevo la A, todavía estaba vivo el A anterior, así que tras muchas discusiones, se aceptó añadir como aclaración «hijo de», «marido o mujer de» o la profesión que desempeñara. Y todos quedaron contentos.


No había transcurrido todavía media hora cuando Ku se encontró con un grupo de soldados echando unas risas a costa de un tipo extraño. El hombre, vestido con una túnica celeste y repleta de estrellas y lunas, intentaba defenderse sin mucho éxito de las chanzas y empellones a los que era sometido.
Cuando se percataron de la llegada del pastor, dejaron de lado al individuo y rodearon a Ku.
—Vaya, vaya. ¿Qué hace un pastor tan lejos de sus pastos? —preguntó el que parecía el líder, un tipo de sedosos cabellos rubios, ojos grises y barbilla con hoyuelo.
—Busco a mis ovejas. ¿Las habéis visto?
Todos los soldados estallaron en carcajadas. Todos menos uno.
—En estas tierras no hay nada tuyo. Todo es del Conde. Así que puedes volver a tu casa, pastor.
Ku lanzó un gruñido. El único soldado que no se había reído tragó saliva.
—Estoooo, sargento. Disculpe mi intromisión, pero… ¿sabe quién es?
El líder miró de soslayo al soldado y luego a Ku, esbozó una mueca simplona y se colocó el dedo índice entre las cejas, simulando el entrecejo de Ku.
—¿Habéis visto a mis ov…?
El puñetazo en los morros que recibió fue tal que le dejó los dientes como si hubiesen jugado al juego de las sillas. En cuanto el resto de soldados (todos menos uno) desenvainó las armas, el reparto de hostias a mano abierta había empezado. En un periquete, donde antes había un grupo de soldados, quedó un grupo de lisiados. Solo uno se salvó, pues había puesto pies en polvorosa en cuanto el sargento decidió cambiarse la cara por meterse con quien no debía.
Ku se sacudió las manos como el que acaba un trabajo bien hecho y se puso a caminar de nuevo, cuando una voz chillona y molesta le habló desde su espalda.
—¡Oiga! Usted, buen hombre. ¿Se dirige al castillo del Conde?
Ku se dio la vuelta y asintió.
—¿A recuperar a sus ovejas?
Volvió a asentir.
—¿Y podría acompañarle?
El pastor se encogió de hombros y dio media vuelta.
—Le acompañaré yo, si no le importa. Mi nombre es Qualinux, aunque tú puedes llamarme Linux. Cualquier viajero agradece siempre la compañía de un mago —el hechicero bajó la vista y arrugó la frente—, aunque ahora ya no pueda ejercer mi profesión.
El pastor lo miró con algo de curiosidad.
—¿Te han quitado la licencia o algo así?
—Oh, no. Mucho peor. Me han robado mi gorro de mago.
Ku volvió la mirada al camino.
—¿Y por qué no utilizas tu magia para recuperarlo?
—¡Porque no puedo! No te das cuenta, un mago necesita su sombrero para poder hacer magia, si no, no es un mago. ¿Dónde se ha visto un mago sin sombrero? No tiene sentido. Hasta que no lo recupere no podré lanzar mi hechizo —terminó por decir apesadumbrado.
—No lo entiendo. Si sabes magia, sabes magia, ¿no?
—¡No! —gritó frustrado—. Un mago sin sombrero no es mago. ¿Acaso un pastor sin ovejas sigue siendo un pastor?
Ku fue a responder, pero se dio cuenta de la profundidad de aquella pregunta. Ahora que no tenía ovejas, ¿seguía siendo un pastor?


Sin mayores contratiempos, a mitad tarde llegaron al castillo. En la barbacana, delante del rastrillo, un par de guardias desfaenados parecían enzarzados en una discusión.
—Cacho, ¿qué decís? Sos un tarambana. Se pone fideo fino, ¿entendés?
—¡Qué dius, nen! Los norteños no sabéis del que parlais. Nunca a la vida se ha puesto fideu fi. No tenéis seny.
—A la final te voy a tener que convencer a zopapos.
—¿Tú y cuántos más, cabut?
—Mirá, pibe... de toda la vida, acá y en Ank-Morpork, la fideuá se hizo con fideo fino. Ponerle macarrones doblados es de salames rompe recetas. Y todavía se creen los inventores de la pasta.
—No me hagas partirme, payaso. El fideo fino es para caldo, aquí y en Ank-Morpork. Se lo puedes preguntar a cualquiera.
—Disculpen —interrumpió Linux—. Nos gustaría una audiencia con el Conde.
—¿No ves que estamos ocupados? Esperá tu turno, ¡mandrake!
Ku lanzó un pequeño gruñido. A pesar de que Qualinux no había estado mucho tiempo a su lado, su intuición de superviviente nato le indicó que era un mal presagio. Así que tomó a su nuevo amigo del hombro y, rodeando a los guardias, pasó por debajo del rastrillo y entraron a un patio de armas bullicioso de actividad.
Soldados que se preparaban para la guerra iban y venían como hormigas mareadas de un lado para otro. Parecía como si ninguno supiese bien qué tenía que hacer, solo que tenían que hacer algo.
Tras varios intentos por parte del mago de captar la atención de alguno de aquellos hombres, Ku lanzó un pequeño gruñido y extendió el brazo cuando uno de ellos pasaba por delante. Lo atrapó de la coraza igual que un malabarista atrapa un de sus palitroques.
—¿Dónde está el Conde?
El soldado, que no estaba muy seguro de lo que ocurría, decidió contestar con la verdad, por si las moscas.
—En la torre del homenaje. Podéis entrar por aquellas puertas —dijo señalando con el dedo.
—Gracias —respondió Ku—. Por cierto, ¿has visto mis ovejas?
El soldado negó con la cabeza y se fue de allí sin saber muy bien cómo se había podido arrugar su coraza de acero bruñido.
Ku y el mago (que ya no lo era) atravesaron la desprotegida doble puerta que daba acceso a la estructura. Su interior, oscuro y fresco, estaba decorado con gran ostentación de alfombras, tapices y cortinas. No pudieron recorrer mucho camino, ya que un cuarteto de guardias con alabardas les dio el alto.
—¿Dónde os creéis que vais, palurdos?
Ku lanzó un pequeño gruñido. Mal empezaban estos.
—Un grupo de soldados del Conde se llevó mis ovejas. He venido a que me las devuelva.
Los cuatro rieron con ganas. Era sin duda lo más divertido que habían oído en todo el día. Uno de ellos le dio un ligero golpe con el codo a otro y le guiñó el ojo.
—Oh, claro, cómo no. Seguro que se ha tratado de una confusión.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Ku. Por fin recuperaría sus ovejas y volvería a ser un pastor.
—Seguramente se las hayan llevado a los establos —dijo uno.
—Oh, no, espera —dijo otro—, a mí me pareció verlas en la taberna. ¿Tenían lana y hacían «beeeee»?
—Sí, yo también las vi —dijo un tercero—, pero acabaron borrachas y se subieron al carromato de las once pensando que las llevarían a casa.
Los cuatro estallaron en carcajadas, mientras que Ku esbozaba una risa inversamente proporcional a la del grupo.
—Estoy empezando a cansarme de esto. O me decís dónde está el Conde o dónde están mis ovejas.
—O si no, ¿qué? —dijo el primero de ellos todavía con la sonrisilla en la cara.
—O si no habrá tormenta.
Los cuatro se miraron sin entender. Linux, con su sexto sentido dándole collejas, dio unos pasos atrás y buscó algún refugio con la mirada, pero no le dio tiempo. La tormenta se había desatado.
Ku le metió una hostia al primero que parecieron tres, y al segundo una galleta a mano abierta que no hubo músico capaz de tocar lo que se puso a bailar. Al tercero, con puño cerrado, le descargó otra en el cráneo que le puso la cabeza una altura en la que podía olerse los huevos. Y al cuarto, que dudaba entre correr o defenderse, recibió tal sopapo que se puso a dar más vueltas que un manco en una barca.
Siempre ha sido un error confundir simple con idiota.
—Veo que tienes un don para dejar inconsciente a tus semejantes. ¿No has pensado en sacarle partido? —preguntó Qualinux.
—No me gusta la violencia —respondió escuetamente. Y dicho aquello, se fijó en los cinco pasillos que se abrían ante él.
—¿Y ahora cuál tomamos?
Ku arrugó la frente de forma que su rostro adquirió una concentración pocas veces vista. Era una pregunta para la que no encontró respuesta. Pero unos quejidos a su espalda le dieron la solución.
Con paso firme se dirigió hacia el único soldado que no había quedado inconsciente y lo tomó de la coraza.
—¿Por dónde encontraré al Conde?
Sin apenas fuerzas, indicó con el dedo uno de los pasillos. Y como hombre precavido vale por dos, decidió llevarse consigo al señalizador del camino. Se lo echó al hombro como un fardo y caminó hacia el pasillo en cuestión.
Tras un sinfín de escaleras, llegaron a un rellano donde más soldados hacían guardia. Al ver a su compañero hecho un guiñapo sobre el hombro de aquel tipo, dedujeron lo más obvio.
—¡Nos ataaaaacan!
Y tomando sus lanzas y espadas, se lanzaron sobre Ku sin mediar palabra. Con gran dificultad debido a su inexperiencia como guerrero pero con un talento natural que lo suplía con creces, se fue defendiendo del acero mientras repartía con mano abierta y puño cerrado, con la diestra y la siniestra, desde arriba y desde abajo. Total, que después de la somanta palos que recibieron, se hicieron aficionados al puré. Pero la alarma ya estaba dada y se oían campanas por todas partes.
—Hemos de darnos prisa o se echarán encima de nosotros.
Ku asintió. El soldado que había dejado en el suelo estaba huyendo a cuatro patas, silencioso, cual oruga con calcetines. Lo tomó por el pescuezo y le preguntó por la nueva dirección. Tras la indicación, aligeraron el paso, subiendo de nuevo incontables escalones. Qué manía con construir torres y escalones, pensó Ku.
Llegaron entonces a una amplia sala. A unos pasos de distancia estaba había cuatro soldados tirados en el suelo como muñecos de trapo, y al otro lado, cinco más esperaban temerosos.
—No tendréis pensado pasar antes de que se seque, ¿verdad? —preguntó una mujer mayor, de cara redonda y sonrisa invertida, que esperaba junto a un cubo y movía su mocho en actitud amenazadora.
Ku miró las losas de la estancia, brillantes y relucientes, luego a los soldados desmadejados del suelo y posteriormente a la mujer.
—No, desde luego.
—¡Y no quiero veros jugar a las guerras por aquí! Si eso os vais fuera. ¡Y no olvidéis sacudir los zapatos antes de entrar!
—¿Hay alguna forma de rodear esto?
El soldado meneó la cabeza y Ku hundió los hombros. En cambio, Linux olfateó el aire.
—Aquí huele a mentira.
—¡Está bien! Está bien. Se puede rodear por arriba —rectificó el soldado. Con ojos de oriental Ku escrutó el rostro del mentiroso—. Lo juro por todos los huesos de mi cuerpo.
Ku asintió y siguieron el nuevo camino.


—¡Espera! —gritó Linux—. Yo conozco esta puerta. Es aquí donde tienen mi sombrero.
Ku observó la puerta repleta de cuadrados, círculos, triángulos y otros extraños símbolos que no entendió. Sí, aquello tenía toda la pinta de una puerta mágica.
—Bien, recupera tu sombrero. Me alegra haberte sido de ayuda.
—Muchas gracias a ti, amigo. En cuanto lo tenga iré a echarte una mano.
Los dos se despidieron y Ku siguió su camino. Ligero como iba, a pesar de llevar cual saco de boñigas al pobre soldado, se plantó ante la sala del trono. Allí, cinco guardias de élite custodiaban al Conde, que se apretujaba en su sillón suponiendo que su archienemigo, el Conde de Trizconde, le estaba atacando. Cuando vio la «amenaza» apenas pudo contener la risa.
—¿Eres tú el Conde? —preguntó Ku.
—Por supuesto. ¿Acaso ves a algún otro con el porte de la nobleza en esta sala?
Ku tomó eso por un sí.
—Quiero que me devuelvas mis ovejas.
—¿Qué?¿De qué está hablando este paleto? —preguntó al aire—. ¿Acaso no sabes que todo me pertenece?
—No eres dueño de nada más que los excrementos que cagas. Devuélveme mis ovejas…
—¿O si no qué?
Ku sacudió la cabeza.
—Definitivamente, has ganado el sorteo.
—¿Uh?
Ku se dirigió con paso decidido y puños apretados hacia el trono. La guardia de élite se abalanzó sobre él con sus aceros en alto y el combate comenzó. La primera ostia fue tal que al soldado se le salieron los recuerdos por las orejas, con lo que días después tuvo que pedir ayuda para recogerlos. Al segundo, con un mamporro recibió dos golpes, uno de la mano abierta y otro de la pared donde se estrelló. Pero entonces recibió varios cortes tanto en brazos como el torso y su furia se redobló. Al tercero consiguió endosarle un derechazo tal que le chocó la nuca con los talones.
Un nuevo corte y la sangre empezó a manar con viveza de la herida.
Al cuarto le encajó un gancho tan brutal que atravesó cada uno de los planos elementales antes de volver al real y estamparse contra la pared, dejando tal marca que hubo que tirarla abajo y construirla de nuevo. Y el quinto, que vio el panorama, decidió convertirse en pescador y corrió sin parar hasta encontrar el mar.
Jadeante, Ku marchó hacia un arrugado Conde.
—Está bien, está bien. Te daré tus ovejas. Pero tienes que jurarme que te irás y no volverás.
El pastor relajó los hombros y abrió las manos.
—De acuerdo.
El Conde dejó escapar todo el aire de sus pulmones en un alivio sin precedentes.
—Bien, es por aquí —dijo, mientras una malévola sonrisa conquistaba su rostro—. Te sigo.
Y cuando Ku se dirigió al lugar donde le indicaba, notó un fuerte dolor en el estómago. Al mirar, vio la punta de un puñal sobresaliendo de él. ¿Cómo demonios llegó aquello allí?
El Conde lo había atravesado por la espalda, de forma vil y ruin, poco sutil y sibilina, abyecta y subrepticia. Vamos, lo normal en un noble.
Ku, mareado y sin fuerzas en las piernas, cayó de rodillas y luego de bruces. La oscuridad se cernió sobre él.


Ku se levantó del suelo. Todo el dolor se le había ido. Vio como Qualinux, con un extravagante sombrero picudo, aparecía por la puerta y lanzaba su magia. El Conde, creyendo que sería capaz de anular el conjuro con la palma de su mano, la extendió en dirección al mago. Cuando se vio convertido en un sapo comprendió que no había detenido el hechizo.
Ku empezó a sentirse extrañamente liviano. Vio cómo el mago se acercaba a su cuerpo tendido y soltaba unas lágrimas. No entendía nada. ¿Cómo podía estar en dos lugares a la vez?
—BUENAS —dijo alguien a su espalda.
Ku se giró dispuesto a usar sus puños.
—Solo lo preguntaré una vez. ¿Dónde están mis ovejas?
—OH, NO TE PREOCUPES, YO SE DONDE ESTÁN —dijo la muerte.
—Más te vale no engañarme, porque con el día que llevo puedo darte de hostias hasta borrarte esa sonrisa.
—JEJE, TIENE GRACIA. PERO NO, NO TE ENGAÑO. TE LLEVARÉ JUNTO A TUS OVEJAS, AUNQUE MUCHAS DE ELLAS HACE TIEMPO QUE NO LAS VES. CREO QUE ESTARÁN CONTENTAS DE VERTE.
—¿Sí? Pues me alegro, porque empezaba a cansarme tanta violencia.
—TE ENTIENDO. AUNQUE ALGUNOS VIVIMOS TAMBIÉN DE ESO —le puso la mano sobre el hombro y, a pesar de la siniestra apariencia de aquella figura de túnica negra y manos huesudas, Ku sintió mucha paz—. ACOMPÁÑAME. IREMOS A ESE PRADO TUYO PARA QUE TE REÚNAS CON ELLAS.
Ku miró las cuencas vacías de su acompañante y dijo:
—Gracias.
Y, mientras se desvanecía, Ku se reunió con las ovejas que habían dejado el mundo de los vivos en uno u otro momento.

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  Reto Mayo19: Bajo el Puente
Enviado por: Joker - 12/05/2019 04:30 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

BAJO EL PUENTE



Bajo el puente, en aquella especie de túnel angosto que atravesaba la carretera, que daba paso a una torrentera casi siempre seca, allí era donde él se refugiaba desde niño cuando quería paz, cuando quería alejarse de los gritos de su padre, de los maltratos de los demás niños o del ruido ensordecedor del mundo.

A medida que pasaron los años y crecieron los problemas o, mejor dicho, fue consciente de otros problemas, necesitó ese paréntesis con más asiduidad.
Casi cada tarde, al salir del instituto, sus pasos le llevaban a su rincón inexorablemente.
Se dejó caer con descuido contra el sucio muro, rompiendo las telas de araña que los abnegados bichos habían vuelto a tejer desde el día anterior, sacó una hoja de papel y un lápiz y se dispuso a dibujar con la carpeta sobre las rodillas. No llevaba mucho rato allí cuando la Rumi apareció en la entrada del túnel, como de costumbre.
—Hola, Fran —dijo ella sin dejar de mascar un chicle, siempre llevaba un chicle en la boca, cosa que le había valido su apodo: Rumi, de rumiante.
—Hola —respondió él sin levantar la vista.
— ¿Qué estás dibujando?
—Un hada.
—¡Guau! —exclamó la muchacha sentándose junto a él—. ¡Estoy deseando verla volar! La estás haciendo para mí, ¿verdad? ¡Gracias! Ya sabes cuánto me gustan.
—No sé si volará. ¿Has traído polvos de esos?
—Qué va, no tengo dinero, y el Juanfra ya no me fía.
—Vaya mierda… Pues sin los polvos no creo que vuele. No estoy de humor.
—Ya… Ayer noche se oyeron los gritos en toda la calle…—confesó ella, incumpliendo el mandato sagrado del barrio: nunca nadie oía nada. La muchacha acarició con cuidado un morado en la mandíbula de Fran—. Te ha pegado… tu padre, digo… Menudo hijo de puta.
—Ayer me enfrenté a él, Rumi, no pude quedarme quieto mientras pegaba a mi madre…
—Dios…  
—Qué mierda de vida…—dijo él pellizcándose el puente de la nariz sin soltar el lápiz—. Un día me iré, no lo soportaré más y me iré…
— ¡No digas eso! —se enfadó ella—. Sin tus dibujos, sin tu magia, mi vida sería una completa basura, Fran. Si te fueras, mi mundo se tambalearía hasta los cimientos… Nadie más que tú me traga, y yo paso también de esos imbéciles del instituto.
— ¿De qué color la quieres hoy? —cambió de tema el muchacho, intentando mitigar el sentimiento de culpa que le invadió tras las palabras de la Rumi. Porque sabía que un día se marcharía sin mirar atrás.
—Mmmmm… Rosa.
Fran sacó tres rotuladores de distintos tonos rosas y destapó uno de ellos. La Rumi no perdía detalle, le encantaba ver cómo el trabajo del chico cobraba forma.
— ¿Por qué nunca le has hablado a nadie de tu don, Fran?
—Me da un poco de miedo lo que pueda pasar si lo digo.
Poco antes de acabar, Fran levantó el rotulador.
—Cierra los ojos —le dijo.
Ella obedeció con una sonrisa; después escuchó el roce de la punta del instrumento contra el papel hasta que terminó.
Notó contra su rostro algo liviano y suave acariciándola intermitentemente, como si alguien la fustigase con una brizna de hierba, le hacía cosquillas: sabía lo que era y abrió unos ojos llenos de ilusión buscando a su hada.
Y, en efecto, allí estaba, volando próxima a su nariz, tocando su piel con las alas en su vuelo: un hada rosa hermosísima que reía sin ruido, jugando con ella. La visión nubló sus ojos de lágrimas, pues contemplar algo así era todo un privilegio: era su hada, la más hermosa de todas, un regalo de la persona a quien ella más quería en este mundo.
Como las otras veces, el hada se cansó pronto y se marchó hacia el bosque. La Rumi adoptó una expresión triste al verla alejarse, siempre sentía un repentino vacío cuando sus hadas se iban.
A Fran, sin embargo, le daba igual.
—Creo que esta era la más bonita que has hecho hasta ahora, Fran.
—Siempre me dices lo mismo.
—Será que cada día que pasa te superas. Oye, ¿a dónde se van tus hadas? —quiso saber, mirando la silueta vacía en la hoja de papel.
Fran se encogió de hombros.  
—Mis hadas son libres.

Esa noche la Rumi oyó más gritos provenientes de la casa de Fran, y al día siguiente la cara del muchacho mostraba nuevas señales de violencia. Él no delató a su padre ante la profesora, ni ante el director del instituto, ni siquiera ante la asistente social a quien el colegio hizo acudir. Pero ella, aunque se sentía orgullosa de la integridad del chico, ardía de rabia ante la injusticia que sufría.
Tras las clases, volvieron a encontrarse bajo el puente.
— ¡Fran! —le llamó ella entrando en el túnel. Corrió a reunirse con él, aterrizó a su lado y le aferró el brazo—. No vuelvas a enfrentarte a él… ¡Te matará!
—Déjame en paz, Rumi, y no me digas lo que tengo que hacer.
—Quiero ayudarte…
—No me puedes ayudar.
Ella se arrodilló frente al muchacho y cogió su rostro con ambas manos. Observó el labio partido, el pómulo abierto y el morado del día anterior.
— ¡Dios, qué cara te ha puesto, ese pedazo de bruto!
Y entonces, con un sentimiento mitad compasión, mitad amor, la Rumi depositó un suave beso en los labios de Fran, con cuidado, no queriendo hacerle daño en la herida. Por fin se había atrevido a hacerlo y ella, que parecía y tenía fama de lanzada, tembló como una hoja.
Él se dejó besar y luego, cuando la chica iba a retirarse, la retuvo abrazándola con fuerza, prolongando e intensificando aquel beso.
—Rumi…
—No me llames por mi apodo, no ahora…
—Maribel…
Los besos encendieron la llama del deseo y ambos dejaron que aquel fuego les devorara. Retozaron allí, sobre la tierra, e hicieron el amor por primera vez de un modo torpe pero lleno de ilusión. Ambos intentaron darse completamente al otro, por instinto, sin experiencia; lo consiguieron gracias al sincero amor que sentían el uno por el otro.
Y luego se miraron durante mucho rato, sin hablar.
Después, las palabras vinieron a estropear el momento.
—No vayas a tu casa esta noche… Quédate en la mía…
—No puedo dejar sola a mi madre, ¿es que acaso no lo entiendes? —se enfadó él.
—No quiero que te pase nada malo, Fran…
—Pues reza para que se muera mi padre. Así terminarían todos mis problemas…
Fran se levantó, se vistió y sacudió su ropa con las manos para desprender de ésta las briznas de hierba, con prisas, como si la noche que caía supusiera una frontera a su libertad.
La Rumi no dijo nada. Se vistió despacio, pensativa; le miró marchar con impotencia. Podía hacer algo más que rezar, como Fran había sugerido. Sabía lo que tenía que hacer. Solo La Bruja podía ayudarla en este asunto. Se estremeció con aprensión.

A pesar de la hora, se presentó en casa de la extraña mujer –a quien todo el mundo evitaba en el barrio-, y llamó, decidida, a la puerta.
— ¿Quién es? —preguntó alguien desde el otro lado.
—Necesito hablar con usted…—dijo la muchacha con voz compungida.
La puerta se abrió con un chirrido y una mujer madura quedó frente a ella, mirándola con intensidad.
—Pasa. Sabía que vendrías.
Sintió un nudo en el estómago, pero obedeció. La Bruja la condujo hasta una estancia de paredes pintadas de negro que olía a incienso, tétrica, intimidante. Cientos de velas de diversas formas y colores iluminaban la sala.
—Siéntate —le ordenó la mujer—. Sé lo que quieres de mí, me lo han dicho los Espíritus. Lo que quieres te costará caro. Provocar la muerte de alguien siempre implica perder el alma. ¿Estás dispuesta a eso?
—No me importa —respondió, tratando de disimular la aprensión que le causó que la otra conociera sus intenciones de antemano.
La Bruja la miró un instante más. Como vio una absoluta determinación en sus ojos, prosiguió.
—Solo hay un modo de hacerlo —dijo sacando una hoja de papel doblada del bolsillo de su holgado delantal—. La víctima debe leer la frase que está aquí escrita; la forma de conseguirlo es problema tuyo.
—Y, ¿morirá?
—La primera persona que lo lea caerá fulminada al momento.
Ella tomó el papel sin desplegarlo y lo guardó en la cartera, entre las hojas del libro de latín.
— ¿Cuánto le debo?
—Tu alma, chiquilla, que no es poco…

La Bruja escuchó la noticia dos días después, aunque ella ya lo sabía. Lo había sabido aún antes de que aquella infeliz se presentara ante la puerta de su casa. Los Espíritus siempre buscaban presas fáciles, y las jovencitas enamoradas solían ser las más confiadas y las más desesperadas.
La habían encontrado ahorcada bajo el puente, prendida de una cuerda atada al quitamiedos de la carretera. Suicidio, dijeron.
Aquellos que acudieron a descolgar el cuerpo, certificar su muerte, los policías y los curiosos, quedaron impresionados por la escena: bajo sus pies, diseminadas por el suelo, decenas de pequeñas hadas de papel coloreado movían sus alas muertas al son de la brisa, creando un extraño y triste efecto.
Todos dieron por sentado que se había suicidado por amor, porque no soportó la muerte del muchacho, Fran, acaecida la noche anterior; pero nadie más que La Bruja supo que también la culpa la arrastró a ello.
Porque Fran murió mientras le leía a su padre una carta dirigida a este, la carta que Maribel misma depositó en su buzón… pues Maribel ignoraba que el hombre era analfabeto.

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  Reto Mayo 19: Ciudad inmunda
Enviado por: Joker - 12/05/2019 04:13 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (6)

CIUDAD INMUNDA

Caída la noche, y envuelta la ciudad en el oscuro manto del firmamento, Amalia comenzaba a vestirse con su ropa de ratera, un traje negro y ceñido que facilitaba tanto la capacidad de movimiento como el no ser detectada. Tras recogerse el pelo en una cola de caballo, se cubrió la cabeza con un pasamontañas, cuya parte trasera tenía un agujero para su coleta. La noche era suya, debía conseguir un buen botín. La víctima estaba seleccionada: robaría en casa del señor Rolad, un adinerado mercader. Con tan solo seleccionar los utensilios necesarios para ese trabajo, estaba todo hecho. Su marido había muerto hace poco de una disentería —en realidad no, pero eso es lo que había dicho ella, y lo que sus conocidos creían—, por lo que podía prepararse para robar sin tener que ocultarlo, lo que le libraba de la molestia que supone hacer las cosas a escondidas. Cada vez que Amalia pensaba en las ventajas que le otorgaba la viudedad, esbozaba una leve sonrisa.

Al cabo de poco rato, Amalia se encontraba en los tejados de los edificios más altos. Nadie la había visto subir. «Algún día podré comprar a los soldados y harán la vista gorda si me ven», pensó. Pero ese día aún no había llegado. Caminando por los tejados con el máximo sigilo llegó al opulento caserón del señor Rolad, custodiado por dos mercenarios, ya que las autoridades eran fácilmente compradas por los miembros más ricos del hampa. Dos matones que podrían noquear a Amalia de un puñetazo, pero la astucia siempre vence a la fuerza, y a los pocos segundos de ser vistos por la ratera, cayeron bajo el veneno de su cerbatana.

Con la máxima rapidez posible, bajó al suelo de un salto, y abrió la puerta de la mansión con su ganzúa, introduciendo los cadáveres en el interior para que no fueran vistos —esta era la parte más odiosa de sus robos, ¿Por qué los muertos tenían que pesar tanto?—. Ahora tan solo era cuestión de llevarse los objetos de más valor y evitar problemas. Caminando con sigilo, fue abriendo los cajones, pero no encontraba nada de valor, sino libros viejos, la mayoría de ellos de cuentas. Abriendo las puertas, acabó llegando a una habitación con una cama de matrimonio, en la que el señor Rolad dormía con su señora. En cuestión de segundos, el matrimonio se encontraba atado de pies y manos. El sueño y el miedo les habían impedido reaccionar cuando ella los atacó.

—¡Por favor, no les hagas nada a los niños! —suplicó la mujer.
—No lo haré si me decís dónde puedo llevarme objetos de valor.
—Claro, desátame los pies al menos, y te guiaré. Pero todo en silencio, no quiero asustar a los niños.
—Tranquila, los niños dormirán toda la noche. Para asegurarme de ello amordazaré a tu marido. De paso, me quedaré más tranquila.
—No, por favor —pidió aquel hombre—. No diré nada, lo prommmmmf...¡Mmmmmf!
—Lo siento, no me fió —comentó Amalia riendo mientras terminaba de anudarle la mordaza—. Vamos, mujerzuela, a ver esas riquezas —ordenó mientras desataba los pies a la esposa.

La señora guió a Amalia a una habitación con un mueble lleno de cajones. Abrió uno donde había numerosas joyas, que la ratera fue metiendo en el saco. Después, continuó robando dinero en metálico. Cuando tenía el saco lleno, decidió que ya era suficiente.

—Gracias, mujerzuela. Ahora a seguir durmiendo —dijo antes de golpearla en la sien, y dejar su cuerpo inconsciente en el suelo, con sumo cuidado para que no hiciera ruido al caer.

Miró por el ojo de la cerradura, y una vez estuvo segura de que no la verían al salir, abandonó la casa y volvió a subir a los tejados, desde donde llegó a su hogar. Una vez dentró, abrió el saco del botín y lo depositó sobre la mesa: collares de perlas, pendientes, pulseras y anillos de oro, una enorme cantidad de billetes...había sido una jugada redonda.

—Algún día seré muy rica, y podré hacerme con el poder de esta ciudad. Soy joven, astuta y estoy buena...tengo todo para triunfar.

***

Pocos años después, Amalia había logrado aquel objetivo que comenzó como una ambición juvenil. Con las ganancias de sus hurtos, sus habilidades sociales y sus dotes de seducción, logró hacer su imperio dentro de una ciudad sin ley. Aquella mañana, como cualquier otra, se despertaba en su lujosa mansión. Nada más levantarse, abrió su armario, lleno de los vestidos más elegantes y caros que puedan existir.

—Hummm...¿Cual me pongo hoy? Por variar un poco, me pondré el verde esmeralda.

Tras elegirlo, seleccionó unos zapatos de tacón de aguja que hacían juego con el vestido, se colocó un collar de plata fina y unos pendientes de oro, y, tras peinar su cuidada melena, bajó las escaleras para ir al comedor.

—Señorita, ya tiene listo el desayuno —le informó la criada.
—Llama a Iano y a Marc —dijo, sin nisiquiera darle las gracias.
—Lo que usted mande, señorita.

La criada salió lo más rápido que pudo, y a los pocos minutos, aquellos dos hombres se hallaban ante ella. Ella pagaba a numerosos sicarios para que la protegieran, tanto a ella como a su casa y jardín, pero esos dos eran sus favoritos. Corpulentos como armarios y de pocas palabras, eran como dos perros guardianes.

—Hoy me toca «trabajar», así que os necesito a mi lado. Mientras tanto, podéis sentaros y desayunar.

***

Al cabo de un rato, Amalia se encontraba paseando flanqueada por sus dos escoltas. Los transehuntes la miraban con odio, miedo y admiración. Ella era consciente de despertar esas emociones y le provocaba una sensación de superioridad que resultaba adictiva y embriagadora. Sonreía y apartaba con estilo la melena de su rostro. Al cabo de un rato, llegaron a una tienda de cerámicas, artículos de hierro y algunos utensilios de otro tipo. Al tendero, al ver a Amalia con los dos guardaespaldas, le cambió la cara por completo.

—Hola, honrado comerciante. ¿Has decidido ya pagarme para que mis hombres te protejan? Sería una pena que alguien te destrozara el negocio, pues hay cada salvaje…
—No me dejaré extorsionar, Amalia. Todo el mundo te paga, pero yo tengo dignidad, y no me arrodillo ante nadie.
—Ya veo —contestó ella con una risa suave, tapando su boca con las yemas de sus dedos—. Vamonos chicos, es evidente que este hombre sufrirá un desafortunado accidente, si no cambia de parecer.

Amalia salió de aquel establecimiento con una idea en la cabeza: tenía que mandar a sus hombres destrozar aquella tienda. Sin embargo, antes debía volver para ver si algún jarrón podía decorar su salón. Pero ya lo miraría en otro momento, ahora había que pasar por varias tiendas y puestos de mercados para recaudar el dinero de la «protección». Decidió ir a pedirle la cuota al señor Rolad, del que siempre se reía porque tenía muy buen recuerdo del robo que había cometido en su casa hacía algunos años. Ahora, él pagaba religiosamente por la «protección» de los hombres de Amalia, por miedo a que su familia sufriera las consecuencias. De camino, un viejo profeta, vestido con restos de sacos andrajosos y caracterizado por una barba descuidada, la interpeló ante todos los presentes.

—¡Amalia! ¡Ay de ti, ladrona! ¡Ay de tí, que abusas de quien se encuentra en desventaja! ¡Ay de ti, fornicadora, que usas tu cuerpo como moneda de cambio para ganarte los favores de hombres corruptos!

Iano hizo un gesto de ir a golpearle, pero Amalia lo contuvo. Aquel hombre era inofensivo, y era divertido verle hacer el ridículo. El profeta continuó hablando.

—¡Amalia, eres mujer de gran belleza exterior, pero por dentro no eres más que podredumbre e inmundicia! ¡En los excrementos que salen de mi cuerpo hay más belleza que en tu alma!

Iano miraba dubitativo a Amalia, que no daba en ningún momento la orden de atacar al viejo que no paraba de gritar.

—¡Tu poder caerá, Amalia! ¡Alardeas de que aquí no nace un mosquito sin que te enteres, pero un día entrará aquí tu antítesis! ¡En verdad te digo, que a esta ciudad llegará una heroína noble y virtuosa! ¡Gracias a ella caerá tu repugnante imperio, construido en base a la inmoralidad!

En ese momento, Amalia comenzó a reirse a carcajadas.

—¡Tu sueñas, viejo chocho! ¿Cómo voy a perder lo que tengo por culpa de una sola persona?
—¡Es tan cierto lo que digo como que al cabo de un rato, provocarás que el ejército se quede sin arqueros. ¡Y será a causa de tu debilidad!

Aquel hombre estaba loco. Lo que acababa de decir era un auténtico disparate. ¿Cómo la debilidad hace que se pueda acabar con parte de un ejército? Solo con lo contrario, es decir, con la fuerza, se puede lograr algo así. Ya se había cansado de tonterías.

—¡Toma, vagabundo! —dijo tirándole una moneda—. ¡Gracias por el espectáculo!

Continuó caminando junto a sus escoltas para seguir recaudando dinero, aunque empezó a agobiarse por un repentino aumento de la temperatura, pero decidió hacer caso omiso. En uno de los puestos del mercado encontró a un artesano que hacía juguetes para niños, tan bien tallados que llamaban la atención. Sobre su mesa, se podían ver lanceros, ballesteros, arqueros, caballeros, espadachines, catapultas... todo muy fina y cuidadosamente elaborado. Un trabajo digno de admiración. Amalia estaba acostumbrada a ver lo que hacía ese comerciante, pero nunca dejaba de sorprenderle su talento y siempre se quedaba embobada mirando su trabajo. De repente, el calor provocado por el sol, unido al tumulto de personas en el mercado, le jugaron una mala pasada. El mareo hizo que perdiera el equilibrio, cercana a sufrir un desmayo. Cuando las piernas dejaron de sostenerla, cayó de bruces contra la mesa del artesano, y al final, su espalda se estampó contra el suelo, notando como algunas de las figuras que habían caído se clavaban sobre su espalda, crujiendo ante el peso de ella.

—¡No, los arqueros! ¡Con lo que cuesta tallarlos, y me los acaba de romper todos!

Amalia cayó en la cuenta: los arqueros se rompieron por causa de su debilidad, tal como el profeta predijo. Pese a todo, estuvo segura de que era una casualidad. Era imposible que ese loco acertara.

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