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  Reto Inv20: ¡Feliz Navidad, Ratoncito!
Enviado por: Joker - 2 horas - Foro: Retos Mensuales - Sin respuestas

¡Feliz Navidad, Ratoncito!
El niño más triste del mundo – Primer Acto

Papá Noel temblaba. Si pretendía salvar la Navidad del niño más triste del mundo, debía partir inmediatamente. Debía hacerlo en puntitas de pie y a espaldas de los duendes. De lo contrario, intentarían detenerlo ¡Jamás aceptarían que pusiera en riesgo la Navidad! Su misión era peligrosa. Tremendamente peligrosa. Él lo sabía. Pero ¿qué podía hacer al respecto? ¿Debía, acaso, ignorar el sufrimiento de aquella pequeña víctima, otro año más?
No podía hacerlo. Desde algún rincón de la ciudad, le llegaban los villancicos desesperados que aquel infante le arrancaba a su órgano oxidado. Eran súplicas de auxilio disparadas al viento sin esperanzas de ser escuchadas. Pero, estas, viajaban por algún canal jamás descubierto para llegar a los oídos de Papá Noel y desatar un tornado de amargura, con ojo en la base de su espíritu. Un tornado que succionaba tanto su espíritu navideño, como todas sus alegrías, dejándolo perdido en un desierto vacío de amor.
Abrió la puerta de su armario, detrás de la cual se escondía un espejo. Se observó a los ojos: brillaban en ellos las llamas de la determinación. Supo entonces que no había marcha atrás. Extrajo de su bolsillo una petaca. La abrió y echó un trago. El ardiente licor descendió por su garganta y le calentó hasta las raíces del cabello. Luego, se sacó de la cabeza su gorro de terciopelo colorado y lo arrojó tan lejos como pudo. Lo odiaba. Siempre lo había hecho. Y no pensaba morir junto a él.
Alguien llamó a la puerta. Su corazón dio un salto y comenzó a trabajar a toda velocidad, martillando sus sienes.
—Sé que es un mal momento, pero… —el duende que hablaba detrás de la puerta se interrumpió al escuchar que el ícono navideño trababa la puerta con el cerrojo—. ¿Por qué cierras? ¡Abre!
El tiempo se había acabado. Revisó que los regalos estuvieran dentro de su bolsa. Los precisaba para dibujar una sonrisa en el rostro de aquel niño que nunca cesaba de llorar. Una sonrisa en la que este pudiera lucir aquellas paletas desproporcionadamente grandes que le habían valido el apodo «Ratoncito».
Castigó la ventana de su habitación con su codo hasta volverla añicos. Los duendes la habían trabado desde el exterior. Trepó por ella y saltó a la vereda, aprovechando la nieve para amortiguar su caída. Su moto lo esperaba ansiosa, anhelante de acción. Detrás suyo, múltiples voces gritaban «¡Vuelve! ¡No seas idiota! ¡No vale la pena!». Antes de pisar el acelerador, se dio vuelta y les dedicó una sonrisa triste. De despedida.
—Resiste un poco más, Ratoncito —musitó para sus adentros Papá Noel, al tiempo que pisaba el acelerador—. Ya estoy en camino.


Los líderes de la humanidad – Primer Acto

La luz del sol se filtraba entre las aromáticas ramas de un cedro, proyectando sombras veteadas sobre una mesa ladeada por cuatro sillas vacías. Los asientos pertenecían a los líderes que habían comandado, desde las sombras y durante toda la historia, a la humanidad. El jardín que albergaría aquella histórica reunión estaba custodiado por un portón de hierro forjado, cubierto de yedra y hojarasca. Recortada entre los barrotes, se distinguía la portezuela por la que ingresó Jesucristo. 
A pesar de estar flaco como una raspa de pescado y de tener los pies descalzos y cubiertos de tierra, su imagen ofrecía un deleite estético inigualable. Sus ojos verdes, punteados por pequitas marrones, eran un oasis de misericordia y resaltaban en su piel, clara como la nata. Con cada paso, su cabello castaño se agitaba al viento, barriéndole los hombros.
Jesús caminaba en círculos alrededor de la mesa, repasando mentalmente sus argumentos. Pronto llegarían sus tres compañeros para dar inicio al debate ¿Lograría impedir que la humanidad ataque a los Vollmer? ¿O lograría convencerlos que sus viejos enemigos ya no representaban una amenaza?
La portezuela se abrió, provocando un brusco quejido, a sus espaldas. Al darse vuelta, Jesús se encontró de frente con su rival histórico: Alejandro Magno. A pesar de ser bajo, su musculosa contextura y su orgulloso porte de león, le otorgaban una presencia imposible de pasar por alto. Como de costumbre, sus rasgos nobles y angulosos cargaban un semblante adusto, que funcionaba de tapadera para el incendio que eternamente ardía dentro suyo.
—Sabías que Jesús tenía piel morena y ojos castaños ¿verdad? —dijo Alejandro, que tenía una voz poderosa y ejercitada.
—Me inspiré en las estampillas —respondió Jesús y, luego de un corto silencio, ambos largaron una carcajada—. No te burles tanto, que hoy elegiste estar en la piel de un genocida.
—Conquistador, querrás decir —corrigió Alejandro.
—¿Escuchaste la versión de los Persas? —preguntó, con picardía, Jesucristo.
—No. Y no me interesa —respondió el macedonio. Su rostro se había oscurecido, develando su intensidad oculta—. No me interesa escuchar a los Persas, como tampoco a los Vollmer. Conozco una sola versión, y esa me basta. Conozco la versión de la humanidad ¡Veo a diario las terribles consecuencias que aun hoy sufre! Para mí, eso es más que suficiente.
Jesús se mordió la lengua antes de responder. Jamás convencería a Alejandro de mostrar misericordia con sus enemigos. Expresar sus argumentos antes que llegara el Comandante en Jefe era, simplemente, darle la posibilidad a su rival de preparar respuestas mejor construidas para cuando realmente hiciera falta.
La portezuela volvió a abrirse, revelando la imponente figura del Comandante en Jefe.


El niño más triste del mundo – Segundo Acto

El viento azotaba el rostro de Papá Noel, mientras conducía a máxima velocidad por aquella ciudad que el atardecer había teñido de ámbar. El aire frío le cortaba la garganta y su boca estaba seca como el polvo. Un trago lo haría sentir mejor, pero no tenía tiempo para detenerse. El Ratoncito no se merecía sufrir un minuto más de lo necesario.
Las sombras de los árboles comenzaban a alargarse en las veredas. Estaba aún a mitad de camino. Llegaría a la Torre Oscura, donde los Vollmer tenían secuestrado al Ratoncito, cerca de la medianoche. No tenía mapa, ni recordaba cómo llegar al lugar. Su única brújula eran los villancicos que aquel infante continuaba tocando, aun cuando sus dedos ya debían estar por acalambrarse.
A medida que se acercaba a la Torre Oscura, el aire se volvía más espeso, las vidrieras perdían sus decoraciones navideñas y hasta en los semblantes de los transeúntes se notaba como incrementaba su depresión. No había dudas de que aquel lugar era el centro neurálgico desde donde procedían todos los males que atormentaban a la humanidad.
Se detuvo en un semáforo. No podía arriesgarse a cruzar en rojo y que lo detuviera la policía ¿Cómo les explicaría su misión? Al igual que los duendes, no entenderían. Junto a él se detuvo un Renault 12 que, debajo de la fina capa de tierra que lo cubría, parecía ser blanco. Desde la ventana trasera se asomó un niño. Este apuntó a Papá Noel con su dedo, al tiempo que blandía una sonrisa de oreja a oreja. Era evidente que lo había confundido con un imitador que trabajaba de vestirse similar a él durante las fiestas. De repente, el conductor, seguramente su padre, se dio vuelta y comenzó a gritarle con violencia al niño. Papá Noel no logró escuchar qué dijo, pero intuyó palabras terribles, dado que evaporaron aquella inocente sonrisa de un plumazo.
Se enfureció. Veía a los niños como artistas principiantes que se encontraban ante el lienzo en blanco de su alma. Lienzo con la potencialidad de convertirse en una obra maestra. El espectro de sus posibilidades era infinito, siempre y cuando, fuesen provistos con los colores del amor, el respeto y la libertad. Pero cuando los adultos salpicaban sus obras con violencia, locura y odio, estos quedaban arruinados para siempre. No importaba cuantas veces se pintase sobre estas horrendas salpicaduras, estas, tarde o temprano, regresaban para arruinar la obra.
Había conocido infantes «salpicados», como los llamaba él y había visto en qué hombres se habían convertido. Algunos habían aprendido a incorporar estas salpicaduras a sus cuadros. Aquella era, quizás, la mejor opción. Pero, en otros, se hacía evidente que aquellos traumas se asemejaban a los producidos en la guerra ¿Cómo podían existir hombres tan crueles? 
Los párpados del niño del Renault 12 perdieron la pulseada y las lágrimas no tardaron en surcar sus mejillas. Al verlas, Papá Noel también sintió el impulso de llorar. Aquellas gotas de tristeza lo conectaban con el Ratoncito ¡Era capaz de verlo a través de su brillo! Podía escuchar sus pensamientos y navegar por sus recuerdos. Pero, lo que vio fue tan desgarrador, que solo agitó más aquel tornado de amargura que le impedía sentir cualquier clase de alegría. 


Los líderes de la humanidad – Segundo Acto

El Comandante en Jefe avanzó, tambaleándose, hasta su puesto. Antes de intentar sentarse, tuvo que detenerse a recobrar el equilibrio, apoyándose sobre el respaldo de su silla. Jesucristo y Alejandro lo observaban estupefactos.
—¡Maldición, Mozart! —vociferó Alejandro—. No puedes decidir si bombardearemos a los Vollmer, estando ebrio.
El Comandante, que a pesar de que se hacía llamar Mozart, no tenía ningún parecido físico con el músico del siglo XVIII, sonrió con picardía. Era un hombre corpulento, de hombros anchos, nariz chata y cabeza afeitada.
—¿Tú podrías tomar semejante decisión estando sobrio? —desafió Mozart a Alejandro, sin perder aquella ladina expresión.
—Por supuesto —respondió orgulloso, Alejandro.
—Pues, entonces: ¡tómala! —gritó Mozart, golpeando la mesa con ambas manos. Acto seguido, se incorporó y agregó: —Si me precisan, estaré en el bar. No pregunten cual. No están invitados.
—Mozart, por favor, siéntate —Jesús lo reprochó como lo haría con un niño—. No podemos tomar esta decisión sin ti.
Pero el Comandante ya no lo escuchaba. Había palidecido súbitamente. Su mirada estaba posada en el umbral de la puerta de entrada, desde donde el Enmascarado, el cuarto y último invitado a aquella reunión, los observaba quieto como una culebra.
El último líder era sumamente corto de estatura, llevaba una máscara que solo dejaba al descubierto un par de ojos inyectados en sangre y nunca pronunciaba palabra alguna. Pero, aun así, su mera presencia bastaba para helar la sangre de los demás miembros.

—Supongo que ha llegado el momento de discutir qué haremos con los Vollmer —dijo Jesús, una vez que todas las sillas estuvieron ocupadas—. He pasado los últimos años realizando trabajos de inteligencia. Los resultados son contundentes: nuestros antiguos enemigos se han civilizado y ya no representan una amenaza para la humanidad. Les recuerdo que el último ataque sucedió hace veinte años.
—¿Acaso se puede pisotear a la humanidad sin consecuencia alguna? —Alejandro preguntó enfadado—.¿Acaso no quedaron secuelas que aun hoy pagamos? Si no atacamos antes, es porque hubiéramos perdido la batalla. Recién ahora somos capaces de vencer. El momento de atacar ha llegado. Lo injusto no se transformará en justo por el simple paso del tiempo. Lo injusto solo será saldado cuando se aplique el castigo adecuado.
—¿Para qué? —preguntó Jesús—. Los Vollmer ya no ponen en peligro a la humanidad ¿Cuál es la necesidad de desatar una guerra que puede acabar con todo lo que conocemos?
—¡El mal nunca cambia! No podemos esperar a que nos ataquen para actuar ¡Debemos adelantarnos! Aprovechar que se sienten seguros para aniquilarlos por sorpresa. La guerra termina cuando ambas partes están de acuerdo en que eso suceda. Y, Jesús, te aseguro que nuestros deseos de venganza jamás dejaron de arder. La guerra nunca terminó. —Los ojos de Alejandro ardían y su rostro se había endurecido como un escollo rocoso—. Los Vollmer son el mal y al mal se lo destruye. No se razona con él, ni tampoco se empatiza. Se lo golpea. Se lo apuñala. Se lo incendia. Y, cuando yace moribundo en el suelo, se lo pisa. Una y otra vez hasta que no quede el más mínimo resabio de vida. Solamente en ese momento seremos capaces de asegurar que estamos a salvo.
—¡A salvo de ti tendríamos que estar! —vociferó Jesús—. La humanidad ha pasado veinte años aprendiendo a luchar, disparar y matar ¡Se ha vuelto una maldita máquina de guerra! Una máquina infeliz que solo anhela violencia. Y lo hemos hecho para prepararnos frente a un ataque que nunca va a suceder, pues los Vollmer dejaron de ser las temibles criaturas que alguna vez fueron.
—¿Y qué propones? —preguntó Alejandro— ¿Qué olvidemos nuestros años de esclavitud? ¿Qué olvidemos las múltiples humillaciones a la que nos vimos sometidos?
—Exactamente —contestó Jesús—. Propongo que los perdonemos. Olvidemos. Soltemos. Para así poder destinar todo nuestro tiempo y recursos en recomponer a la humanidad. En buscar la felicidad que, te aseguro, no vamos a encontrar en el resentimiento y la venganza.
Alejandro Magno y Jesús se sostenían la mirada con gravedad, como si la discusión pudiese ser ganada mediante aquella pulseada invisible. Aquella tensión fue luego desviada hacia Mozart, que luchaba para extraer las últimas gotas de su petaca.
—¿Qué miran? ¿Realmente creen que estuve escuchando sus monólogos? ¡Son somníferos naturales! —se quejó Mozart—. Todos sabemos que la humanidad está perdida ¿Por qué no esperar, bien borrachos, a que se extinga? Yo no pedí esta responsabilidad. Hace años que vengo evitándola. Solo quiero una maldita botella de ron.
—Y un poco de keta ¿verdad? —le reprochó Jesús.
Mozart no respondió. Tampoco hizo chistes o se burló. Había sido un golpe bajo, pero efectivo. Solo se dignó a bajar la cabeza.
—Pretenden que sea algo que no puedo ser y que tome decisiones que no puedo tomar —musitó, finalmente el Comandante—. Ambos tienen razón. La tienen desde hace veinte años. Pero ya estoy cansado de escuchar hablar sobre los Vollmer ¡Solo quería paz! ¿Pedía demasiado? —Suspiró—. Afortunadamente, todo está por terminar.


El niño más triste del mundo – Tercer Acto

Papá Noel se desprendió de su cuerpo, dejando a su alma libre para romper las barreras del tiempo y del espacio. De esta forma, consiguió entrar en la lágrima que surcaba la mejilla de aquel pequeño pasajero del Renault 12, para salir por otra que rodaba sobre el rostro del Ratoncito.
Su pequeño cuerpo temblaba en un rincón de la celda. Tenía sobre sus piernas un pequeño órgano. Su única y más valiosa pertenencia. El volumen del instrumento estaba al máximo y él tocaba una y otra vez los mismos villancicos que su madre le había enseñado. No conocía otra canción, pero, no importaba. Dejar de tocar no era una posibilidad. Si se detenía, quedaría a solas con desgarradores gritos que provenían de la habitación contigua.
Papá Noel flotaba, de forma etérea, sobre el Ratoncito. Pero estaba conectado espiritualmente con él. Sufría su desesperación en carne propia. Lo torturaba la sensación de impotencia ¡Lo sabía todo de aquel niño! Sabía que había añorado un órgano desde su más tierna infancia. Que lo había visto por primera vez en el cumpleaños de su primo y, que, desde entonces, lo había anhelado. También sabía que el pequeño había tratado de esconder estos sentimientos de su madre, pues era un lujo que ella no podía afrontar. Pero, esta, había juntado dinero para regalárselo para su sexto cumpleaños. El Ratoncito nunca olvidaría la felicidad que inundaba los ojos de ella cuando le entregó aquel regalo. Aquellos hermosos ojos verdes, punteados por pequitas marrones, en los que él siempre había encontrado seguridad. Al menos, hasta que los Vollmer los secuestrara.
Un grito desgarrador, seguido por un silencio sepulcral, hizo que el Ratoncito deje de tocar. Su madre ya no lloraba. Ya no suplicaba piedad ¿Estaría muerta? El Ratoncito temblaba. La desesperación era absoluta. De repente, se abrió la puerta de su celda. Lord Vollmer se materializó en el umbral, con los puños cubiertos de sangre. Sus ojos taimados, fuera de sí, observaban al Ratoncito blandiendo una sonrisa que enseñaba sus dientes puntiagudos.
—Apaga esa mierda, Ratoncito —dijo Lord Vollmer—. Apaga que es tarde.


Los líderes de la humanidad – Tercer Acto

—¿Ya es hora? —preguntó Jesús, tragando saliva.
Mozart asintió. En su semblante danzaban el miedo, la pena, la ira y la incertidumbre. Alejandro se paró de su asiento bruscamente. Estaba molesto. Sentía que había perdido el debate.
—Te seguimos, Comandante —dijo Alejandro, sin disimular un dejo de sorna en su voz.
—Si no queda otra opción —respondió Mozart. Una vez que consiguió pararse, con un poco de ayuda de Jesús, enfiló hacia las profundidades del jardín—. Síganme, manga de lunáticos.
—¿Qué vas a hacer? —Jesucristo preguntó a Mozart, una vez que estuvieron a mitad de camino.
—No lo sé —admitió este último—. Confío en que lo sabré cuando llegue el momento.
A Jesús, aquella respuesta, no lo preocupó. Mozart no era un hombre al que le gustase planear. Si podía evitar pensar en el mañana, lo hacía. Para él, solo importaba el presente. Era lógico que aún no hubiera decidido qué hacer. Pero tenía confianza en que iba a elegir la opción correcta. Después de todo, el Comandante era una buena persona. Siempre lo había sido. Cuando viera con sus propios ojos que los Vollmer se habían civilizado, desistiría de atacar.
—Mis estimadísimos compañeros —dijo Mozart, deteniéndose ante la Torre Oscura—. Nuestro momento ha llegado.

El niño más triste del mundo, junto a los líderes del mundo – Acto Final

Papá Noel detuvo su moto frente a la Torre Oscura, que se alzaba sola, cruel y orgullosa en el corazón de la ciudad. En algunos minutos sería Nochebuena. Él debería estar surcando la noche, junto a sus duendes y renos, dejando regalos en cada hogar ¡Sus queridos duendes! Sintió una punzada de dolor al entender que, si las cosas salían mal, jamás volvería a verlos. Pero aquel no era momento para acongojarse. No era momento para la debilidad. Tenía que dejar de temblar como un niño, sacar pecho y hacer frente a las bestias que hostigaban al niño más triste del mundo.
A cada paso, el aire se volvía más espeso. Le costaba respirar. Al mismo tiempo, lo perturbaba saber que habría demonios escondidos en cada rincón de aquella maldita torre. Demonios dispuestos a despedazar al primer distraído que encuentren. Debía estar alerta.
—¿A qué piso se dirige? —le preguntó el único guardián de la Torre, sin disimular la mueca de asco que cruzó su rostro. Era grande como una montaña y su piel estaba cubierta por una lámina de grasiento sudor.
—Tengo una cita con Lord Vollmer —anunció Papá Noel.
El guardián entrecerró los ojos, pero aun así no pudo esconder la furia que en ellos se desataba. Aquel gigante salió del mostrador que lo separaba del ícono navideño y avanzó hasta que sus rostros quedaron enfrentados.
—No te lo voy a decir dos veces —amenazó el Guardián—. Vete de aquí antes de que te dé una paliza de la que tardarás años en recuperarte.
Pero Papá Noel no se dejó amedrentar y, sin previo aviso, golpeó con su rodilla el estómago del guardia. No una, sino dos veces, a fin de que el dolor doblara lo suficiente el cuerpo del gigante para dejar al descubierto su nuca. No importaba cuanta fuerza tuvieras, todas las nucas eran igual de frágiles. Una vez conseguido, clavó allí, con violencia, su codo izquierdo. El guardián cayó desplomado. Dormiría durante algunas horas, como mínimo.
El palier de aquella Torre estaba protegido por hechizos de magia negra ¡La locura contaminaba el aire! A Papá Noel le costaba avanzar sin perder la cordura. A cada paso, lo acechaba una crisis de nervios que descompensaría para siempre su consciencia. Sudaba. Tenía náuseas. Un perturbador hormigueo recorría su cuerpo. Pero, cada vez que estaba por rendirse, cerraba los ojos y se conectaba con el Ratoncito. Sufría cada golpe que Lord Vollmer le proporcionaba en la cabeza con su propio órgano y, al mismo tiempo, veía los hilos de sangre que caían desde la frente del niño. Sentía como el sector de su cerebro que albergaba aquella capacidad sobrenatural para tocar su instrumento favorito, se destruía bajo aquellos terribles golpes. Sentía, y sabía, que jamás recuperaría aquella capacidad. Sentía tanto que apenas podía caminar. Respirar. Existir. Apenas podía subir aquella escalera de piedra, tan gastada que los escalones estaban combados en el centro.
Llegó hasta el primer piso y se detuvo detrás de una puerta. La puerta detrás de la que todo había sucedido. Detrás de ella se escuchaban canciones navideñas y risas de niños siendo felices. La pateó. La volvió a patear. Y la pateó otra vez más. Ya nadie reía del otro lado.
—¡Hay niños dentro! —vociferó Jesús, que estaba parado junto al hombre disfrazado de Papá Noel—. No podemos hacerlo ¡Es momento de retirarnos y olvidar este asunto para siempre!
La puerta no resistió y se abrió de par en par, revelando al maldito Lord Vollmer, junto a su clan. Criaturas espeluznantes de pieles escamosas y dientes puntiagudos. Criaturas dignas del mayor odio.
—¿Q-qué estás haciendo aquí? —preguntó Lord Vollmer—. El dinero está en el vestidor de mi habitación. Puedo dártelo. Pero, por favor, no le hagas daño a mi familia.
—¡Está muerto de miedo! —gritó Jesús—. Ya le dimos un susto que no se olvidará jamás ¡Ya es suficiente!
—¡No es suficiente! Esto recién comienza —dijo Alejandro—. Dispárale. Un solo tiro. Un tiro redentor. Justo. En el medio de la frente ¡Hazlo, Mozart!
Mozart. Así le decían sus amigos, porque decía que alguna vez había tenido un talento sobrenatural para tocar el piano y solía amanecer tirado en las puertas de los bares. Mozart, que trabajaba en el centro comercial del barrio y todos los veinticuatro de diciembre se disfrazaba de Papá Noel. Mozart, era el que extrajo de su bolsa los regalos para el Ratoncito, que no era más que su roto niño interno. Dos pistolas metralletas con cargador suficiente para desatar una masacre, esos eran los regalos.
—¿E-eres el hijo de Josefina? —preguntó Lord Vollmer. Su voz sonaba mucho menos amenazante de lo que recordaba—. Sí… eres el Ratoncito… y estás completamente ebrio. Baja las armas.
Fue entonces cuando vio un árbol de Navidad, apenas un poco más alto de lo que era el Ratoncito, parado en una esquina del ambiente. Un árbol parecido al que él solía decorar junto a su madre, en esa misma esquina. Por un instante, se sintió tranquilo. El asfixiante aire se aligeró. La opresiva sensación de locura se evaporó. Pudo ver el mundo tal cual era. Pudo ver que no era tan amenazante. Pudo ver que delante de él había una familia que temblaba despavorida. Los hijos del matrimonio se aferraban a los brazos de su madre como si estos fueran los escudos más seguros del planeta. Como si no fuesen simples trozos de carne que serían despedazados por unos simples balazos. El padre, Norberto Vollmer, estaba parado frente a ellos con los brazos extendidos.
—Baja las armas, por favor —repitió Norberto Vollmer—. Escucha, te pido perdón por lo que le hice a tu madre y a ti aquel día. Estaba fuera de mí. Nunca imaginé que Josefina fuera a suicidarse. No pasa un día en el que no me arrepienta. Por favor, deja ir a los niños y arregla el asunto conmigo.
Bajo aquel árbol de Navidad, alguna vez, había encontrado su órgano. En los tiempos en que su madre estaba casada con Norberto. Aquel árbol estaba íntimamente entrelazado con el recuerdo de su madre. Alejandro Magno comenzaba a extinguirse. Su existencia ya no tenía razón de ser. Aquellas sorpresivas disculpas lo habían desarticulado. Jesús, en cambio, flotaba en el aire, despidiendo un aura de amor y piedad cuya radiación tranquilizaba a Mozart. Bajó las armas.
Jesús había triunfado. Había salvado a los Vollmer. Había salvado a Mozart. O, al menos, eso había creído. Pero, en tan solo un instante, su plan fue irremediablemente arruinado. Norberto Vollmer sonrió cuando vio a Mozart bajar las armas. Sonrió triunfal cuando lo vio rendirse. Sonrió como cuando lo humillaba de niño. Norberto indicaba con aquella sonrisa, que más que sonrisa fue una imperceptible mueca en el lateral izquierdo de su labio, que era superior a él y que siempre lo sería.
Fue entonces cuando el Enmascarado se quitó su máscara. Su rostro había estado veinte años escondido detrás de ella y su aspecto había cambiado radicalmente. Ofrecía una imagen concebida en el más macabro inferno. Era un engendro mitad-rata, mitad-demonio.  Era la mismísima encarnación de la furia y la venganza. Era muerte y destrucción. 
Aquel pequeño monstruo avanzó hacia Mozart, pero Jesús se interpuso entre ellos.
—¡Detente! —le gritó Jesús—. La decisión ya está tomada.
—¿Ah sí? —preguntó la rata, al tiempo que observaba los misericordiosos ojos verdes de Jesús. Aquellos ojos iguales a los de su madre—. Porque lo último que recuerdo, es que me abandonaste. Hija de puta.
La rata abrió la boca y desde ella sonó el chillido más desgarrador que oídos humanos jamás hayan escuchado. Era el sonido de la tortura. De la oscuridad más espesa del infierno. Era un sonido de desgarraba la piel de Jesús. Este último, intentó aferrarse a la realidad con todas sus fuerzas. Sabía que Mozart estaría perdido sin él. Pero, a pesar de cuanto se esforzó, no fue suficiente. Al cabo de unos instantes, se extinguió para siempre.
La rata se acercó a Mozart y, suavemente, levantó sus armas.
—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó Norberto Vollmer— ¡Puedo ayudarte!
—«Apago la mierda»—citó Mozart—. «La apago porque es tarde.»
El Ratoncito, como le llamaban sus amigos de la infancia, o Mozart, como le llamaban sus amigos de la juventud, supo cómo el odio, la furia y el dolor que había cristalizado dentro suyo durante veinte años, resurgían como lava dentro de un volcán en erupción. Disparó. Disparó disfrutando el violento sacudir de sus armas. Disparó dominado por una locura berserker que lo destruía todo a su alrededor. Disparó hasta agotar los cartuchos de ambas armas. Disparó diciéndole al Ratoncito asustado que vivía en su interior, que todo iba a estar bien, que el monstruo estaba muerto. Bien muerto. Al igual que su familia.
—Íbamos a matarlo solo a él —dijo Alejandro—. ¿No creen que nos excedimos?
—No estoy seguro —admitió Mozart, encogiéndose de hombros—. El que se encargaba de esos temas era Jesús. Siempre diciéndonos qué cosas no podíamos hacer. No lo vamos a extrañar. Cuéntame: ¿te gustaron tus regalos, Ratoncito?
—¡Me encantaron! —festejó aquella pequeña rata, que sonreía tiernamente con sus enormes paletas manchadas de sangre—. Me siento mejor que nunca.
—Supongo que eso es lo único que importa, al final del día —reflexionó Alejandro. Luego, miró a Mozart y preguntó: —¿Vamos por una cerveza antes de que llegue la policía?
—¡¿Una sola?! —protestó Mozart y todos rieron.
Escaparon por la ventana, dejando una granada a sus espaldas. Una nueva vida les esperaba.

FIN

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  RetoInv20: La búsqueda
Enviado por: Joker - 5 horas - Foro: Retos Mensuales - Sin respuestas

El aire gélido lo golpeaba en la cara. Con cada paso que daba era como si el viento que reinaba en la zona cobrara más intensidad y tratara de derribarlo por todos los medios posibles. Jack no cejó en su empeño de seguir adelante a pesar de todo; tenía que alcanzar el castillo de cualquier manera.
Apenas se divisaba nada más allá de unos cuantas varas, pero sabía que debía encontrarse allí, en alguna parte de aquel recóndito lugar perdido en el valle de Ahenx, aguardando su llegada. El guerrero, con la cabeza baja, miraba cómo sus botas se hundían en la nieve mientras recorría el ya casi invisible sendero que conducía a su destino. En su su cabeza, el sonido del viento y sus pensamientos eran sus únicos acompañantes.
Sabía que no debía rendirse. Pese a que sus músculos le pedían clemencia, él continuaba la marcha. Tarde o temprano el camino acabaría, y por fin podría cumplir su objetivo. Obligado por su fuerza de voluntad, luchó sin cesar contra el clima y el cansancio y, poco a poco, se mantuvo en pie, en marcha, con lentitud, pero sin detenerse ni un solo momento.
—Jack Van Darst, ¿por qué sigues vivo? ¿Qué es lo que te impulsa a continuar la marcha?
Las palabras de la bruja resonaron en su mente, las últimas que había oído desde que iniciara el viaje tantos años atrás. Aquella vez ya le había advertido que moriría tratando de hallar aquello que jamás iba a presentarse ante sus ojos, pero, lejos de hacerle caso, aquel hombre obstinado hundió su espada en el cuello de la mujer, decidido a encontrar lo que estaba buscando al precio que fuese. Ahora, en la nieve, era como si su voz se colase entre los murmullos de la tierra ventosa.
«No voy a morir aquí. No lo haré. He de verla una vez más...»
Su cuerpo, embotado, no dejaba de moverse, casi como tuviera voluntad propia. Jack ya no sentía sus músculos; solo avanzaba y avanzaba y seguía avanzando, con la mente casi en blanco, ocupada únicamente por el sonido de la tormenta.
Poco a poco, el viento fue amainando, y el sol comenzó a despuntar en el horizonte. La larga noche estaba teniendo fin, y con ella la fuerte ventisca que lo había acompañado la mayor parte de la travesía. El guerrero, que ya se apoyaba en su espada para no caer al suelo, contemplo los primeros rayos del astro dorado como si fuese la primera vez que lo hubiera visto; justo entonces vio cómo poco a poco su campo de visión se ampliaba y fue entonces cuando, allá, a lo lejos, lo descubrió: imponente, siniestro. El fin de su camino.
No supo a ciencia cierta cómo fue capaz de lograrlo, pero cuando quiso darse cuenta, se halló de repente a las puertas de la fortaleza. Ártica, el castillo negro, dónde el invierno nunca acababa. Su destino. La ventisca comenzó a cobrar fuerza otra vez, y Jack, sin perder tiempo, atravesó el umbral hacia el interior.
«¿Por qué has venido, guerrero? Tú no deberías estar aquí».
Sintió como si las paredes le hablasen, como si le culpasen por encontrarse entre sus dominios. Justo entonces sus fuerzas le abandonaron y cayó al suelo.



—Has llegado, amor mío…
Jack abrió los ojos. Se encontraba en un bosque, tumbado en un claro. A su lado, una mujer de cabellos rojos le sonreía con dulzura.
—Has llegado —le repitió.
—Myra… Eres tú… Eres tú…
Alzó su mano hacia el rostro de la mujer y lo acarició. Seguía siendo tan suave como la última vez que lo había tocado. Sus ojos entonces se llenaron de lágrimas.
—Volvemos a encontrarnos.
—Por fin estoy otra vez a tu lado… Pero aguarda un momento… —dijo de repente, alarmado al mirar en todas direcciones—. ¿Qué sitio es este? Recuerdo cruzar las puertas del castillo y caer al suelo…
—Estás en Eridia, mi amor, donde las almas reposan en paz para toda la eternidad.
Volvió a clavar sus ojos en ella, confuso.
—¿Entonces… he muerto?
Myra cogió sus manos con ternura.
—Tu cuerpo yace en el suelo del castillo, y ahí permanecerá hasta el fin de los días. Pero tu alma está aquí…, conmigo, y por fin podremos estar juntos para siempre. Como me prometiste.
—Pero eso significa…
—Yo también morí, amor mío, hace mucho tiempo.
—Entonces mi viaje fue en balde. Todo este tiempo… Las cosas que hice…
—Fue necesario llevarlo a cabo. Había ciertas cosas que debían de hacerse antes de reunirte conmigo.
—Pero… no lo entiendo. ¿Por qué era necesario?
—Hay hilos que han de tejerse en el entramado de los vivos, hilos que escapan de toda comprensión humana, Ni siquiera yo puedo ser capaz de explicarte el porqué con exactitud. Pero debes de saber que debía hacerse, y lo has cumplido. Ahora puedes descansar, aquí, a mi lado.
—¿Y ya está? ¿Es este el fin?
—Es el comienzo. El comienzo de una vida juntos más allá del tiempo y la muerte.
—La bruja tenía razón, entonces.
—Solo en parte. Fuiste a buscarme en el reino de los vivos, y no hallaste nada. Pero en el de los muertos nos hallamos, y aquí estamos. Juntos.
Él la abrazó, y sintió sus cabellos acariciar su rostro. Por fin su viaje había acabado. No del modo que esperaba, ni mucho menos, pero era su final y, al mismo tiempo, su comienzo.

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  Reto Inv20 - Sacrificios
Enviado por: Joker - 9 horas - Foro: Retos Mensuales - Sin respuestas

SACRIFICIOS


El viento frío soplaba y empujaba las nubes. Ellas, como si les pesara tener que avanzar por el firmamento nocturno, se veían arrastradas ante la mirada indiferente de la luna del Castor. Al mirar cómo las grandes masas se desplazaban allá en lo alto, pensó que él se sentía igual.
Verse arrastrado por otra fuerza que no fuera su voluntad nunca fue de su agrado. Jamás se había inclinado ante otro ser, humano o no humano. Pero allí estaba, caminando en contra de sus deseos por aquel tortuoso terreno nevado. A las nubes las obligaba el viento pero a Hank Leblel, ¿qué podía condicionarlo?
—No te distraigas, Hank —la voz de ella, con una impaciencia que apenas podía ocultar la aflicción, le dio la respuesta.
El amor por Sienna Alduin lo había traído hasta este lugar otrora boscoso. El amor y la pérdida del mismo. Ella se le había adelantado y ahora no se detuvo a esperarlo, caminaba con paso firme por el bosque que hacía ya varias lunas atrás había dejado de ser verde y próspero. Parecía que la luna del Castor nunca más daría paso a las siguientes lunaciones. El invierno era el más extenso y antinatural que recordaba.
Cosas malas estaban pasando en el mundo, algo muy malo. Lo sabía. “El mundo tendrá que encontrar la manera de arreglárselas solo” pensó Hank sin dejar de mirar la espalda de su mujer. Ella avanzaba con la seguridad nacida de la determinación de alcanzar su meta. Lo haría sola de ser necesario, se lo había dejado muy en claro cuando salieron del pueblo horas atrás.




—¡Lo haré! ¡No puedes detenerme! —La furia de Sienna revelaba un gran dolor—. ¡Iré a ver a Vieja Nignag porque ella sabrá!
—¿Qué es lo que sabrá? —había preguntado Hank en voz baja, queda, nacida de la impotencia.
Ella se mordió el labio, reprimiéndose. Él no supo si eran insultos o lágrimas lo que trataba de contener. Sienna tampoco lo sabía y se dio media vuelta, mientras cargaba en su morral lo necesario para afrontar el camino.
No volvieron a cruzar palabra durante las largas horas que les llevó transitar el sendero hasta la entrada del bosque Tabir. Él estaba acostumbrado a las dificultades del camino, sus años recorriendo los montes lo mantenían en forma. Ella no tenía ese entrenamiento, porque su vida había sido la de costurera, pero apenas si se detuvo a beber un poco de agua y, sin mirar atrás, había mantenido un paso constante. Ni siquiera el extraño invierno la detendría.
Hank iba tras ella, porque sabía que no podía dejarla sola. Era amor, sin dudas, la acompañaba por amor. Pero también había algo más allí, una emoción más inevitable: miedo. ¿De qué? No lo sabía. Quizás del saber de Vieja Nignag.




—Estamos cerca —la voz de Sienna interrumpió sus pensamientos, atrayendo la atención a lo que la mujer señalaba—. Allí vive.
Dos túmulos hechos con huesos y calaveras se erigían a unos cuantos metros por delante, flanqueando el camino ascendente que conducía a una destartalada cabaña. La precaria construcción era negra y parecía apoyarse en algunos árboles circundantes, como si necesitara de ellos para seguir de pie. El techo cónico y agujereado, recordaba a un viejo panal. Todo indicaba que el lugar estaba abandonado a no ser que las alimañas, las mariposas nocturnas, grillos y la hiedra contaran como habitantes. A Hank esto le llamó la atención, era como si aquella zona mantuviese el frío del invierno a raya, un último refugio para el recuerdo de la primavera. De hecho hasta el aire era un poco más cálido.
Sienna se detuvo, quizás impactada por el cambio de clima, quizá intimidada por los huesos y calaveras o tal vez simplemente necesitaba recuperar aire. Hank a su lado la sentía respirar con fuerza, imaginaba que un tanto por el esfuerzo del viaje, otro tanto por los nervios. No podía saber lo que pensaba pero estaba seguro que estaba dudando. Por primera vez dudaba. Tal vez lo que le generaba incertidumbre no era nada de lo anterior y era la niebla que se arrastraba por el suelo. Una neblina se fugaba desde el interior de la desvencijada casucha, traída por vaya a saber qué aire rancio y apestoso.
Extendió la mano buscando la de su compañera y la encontró, fría y tensa. Agarrotada. Sienna lo miró con sus ojos grandes y negros. Ojos de ciervo, inocentes y llenos de la tristeza de la pérdida. Hank le sostuvo la mirada, paciente y firme.
—No es necesario que estemos aquí... —empezó a decir él.
—Sí, lo es. ¿Acaso no has venido tú también? —Ella le apretó la mano y, al ver que Hank abría los ojos, lo tomó con la otra—. Has venido porque sabes que ella puede resolver esto. En el fondo de tu corazón lo deseas tanto como yo.
—Sienna, no es eso. No puede salir nada bueno de esto. —Tragó saliva, costándole articular los pensamientos. Quizá no estaba acertada en su apreciación pero tampoco había errado por completo.
—Cobarde... —susurró ella con los ojos encendidos—. ¿Acaso no lo amabas?
Esta vez fue Hank quien se mordió los labios y bajó la cabeza, desviando la mirada, incómodo y sin saber qué hacer o decir. Las palabras de ella habían sido como la mordida de una serpiente, rápida y venenosa. Y, como una repentina fiebre, volvió a sentir lo mismo que aquella vez en que los curanderos y herboristas le habían dado la terrible noticia.
—Los hombres no saben amar, querida niña. —Una voz cascada se hizo escuchar proveniente del interior de la cabaña—. Aunque puede haber excepciones. ¿Es decepción o excepción el que te acompaña?
Hank desenvainó la espada con presteza, adelantándose para proteger a Sienna. Ella ahogó un grito y se llevó la mano al pecho, mientras que la otra la apoyaba sobre el hombro de Hank.
Frente a ellos la casa cobró vida. Una tenue luz, como si se hubiera encendido un fuego en el interior, iluminó las rendijas, dotando a la niebla de un tono naranja y dorado. Un humillo perezoso empezó a escaparse de la retorcida chimenea. La vieja estructura se estremeció, como si despertara de un largo sueño. La puerta chirrió y se abrió, simulando una lengua torcida que relamiera una boca sin dientes.
Hank y Sienna retrocedieron unos pasos al ver una figura encorvada y pesada que salía de la casucha.
—¡Susto, susto, susto! —exclamó la dueña de aquella voz aguda—. ¡Todos se asustan de Vieja Nignag!¡Pero todos la terminan buscando, como las polillas a la luz, ij-ij-ij!
A la luz de la luna del Castor, la vieja no se diferenciaba de uno de los tantos pedruzcos cubiertos de musgo que rodeaban la choza. Encorvada como estaba, más parecía una gárgola que una persona. Quizá no era humana y tal vez los rumores del pueblo eran ciertos al aseverar que ella ya había estado allí antes de su fundación, cientos de años atrás. Su rostro se perdía entre la mata de cabello gris y las sombras de una raída y mugrienta capucha. Tan solo podía verse el brillo de unos ojillos astutos y calculadores. Un largo bastón de madera nudosa y enroscada la ayudaba a no desplomarse.
—Es la falta mortal la que los arroja a mi puerta, ij-ij-ij —dijo la anciana mujer—. Vengan y cuenten a Vieja Nignag vuestras penas, y quizás pueda vaciar esa nada que les llena el corazón, que es más fría que el invierno actual.
Sienna se adelantó a pesar de que Hank intentó detenerla. Ella se soltó y, sin perder de vista a la anciana que aguardaba en la entrada, caminó hacia la cabaña.
Hank resopló y la siguió, con el corazón estremecido al ver sonreír a la bruja.


En el interior de la cabaña había luz, proporcionada por velas que se apoyaban en cualquier resquicio que la casa permitiera. Mientras la pareja aguardaba de pie en la sala, Vieja Nignag se movía como un caracol monstruoso, arrastrando su jorobado cuerpo de un lado al otro de la estancia.
—Has perdido algo querido, mi niña —susurró la anciana.
Sienna exhaló un suspiro, pero no pudo decir nada. Hank frunció el ceño, mirando con desconfianza a la criatura que tenían frente así.
—Sí, perdí a alguien querido para mí —tragó saliva, porque no quería llorar—. En el pueblo hablan de ti, la gran Vieja Nignag, la que domina el clima y las bestias, a la que incluso los dioses piden consejo y a la que las otras brujas temen.
La anciana ladeó la cabeza, como si se tratara de un pájaro, escuchando lo que Sienna decía. Un gesto burlón se insinuó en sus labios, dejando a la vista unos dientes mellados y amarillos, mientras escuchaba enumerar sus multiples títulos.
—Aduladores, temerosos y agradecidos de mi ayuda. —se acercó a ambos con un movimiento bamboleante—. ¿Qué quieren y qué darán? Porque no hay tomar sin primero ofrendar.
—¿Cuál es tu precio? —preguntó Sienna sin dudar.
—Varía con cada quién —la respuesta fue pronunciada de forma severa, firme. La vieja se estiró, dando la sensación de crecer, ocupando más espacio—. Y con la medida de quien pide. ¿Qué es lo que quieren? Dilo con claridad.
—Que este dolor se termine —suspiró Sienna, desarmándose y expulsado en aquel aliento el peso de su pena—. Que mi hijo vuelva a vivir.
Hank tembló y cerró los ojos. Sabía por qué Sienna había querido venir hasta aquí, pero aún sabiéndolo no quería escucharlo. No quería. Fue consciente que hasta ese momento se había negado a pensar en su pequeño muerto. Los recuerdos volvieron, atormentándolo. ¿Cómo se podía luchar contra una enfermedad? ¿Qué más podría haber hecho para salvarlo? Era culpa de aquel invierno. Si hubiese sido en verano o incluso en otoño. Si tan sólo hubiesen podido llevarlo a quien pudiese ayudarlo.
—Esto está mal, Sienna, deja que nuestro niño descanse en paz —pidió Hank con voz grave—. Los dioses han querido que se marchara, ten fe en que su alma...
—¿Los dioses? —interrumpió ella, con la voz estrangulada—. Los hemos servido con fervor y no escucharon nuestra plegaria cuando los necesitábamos. ¿De qué me ha servido la fe? —La pregunta retumbó en la pequeña habitación y frente al silencio de él, ella continuó—: ¡No tenía que morir así! ¡Lo quiero devuelta! ¡Quiero el amor y la paz que teníamos! ¡No puedo vivir con esta angustia!¡No más!
—No puede volver —musitó Hank, afectado por los recuerdos y la herida abierta que no cerraba ni podía cicatrizar—. No debe volver. ¡No así, Sienna, por favor!
—¡Nunca lo quisiste! ¡Ni siquiera has llorado un solo día desde su muerte!
Hank se tambaleó, quedándose sin aire, como si ella le hubiera golpeado con una maza.
—Yo lo traeré, si tú quieres, para que encuentres la paz que anhelas —murmuró Vieja Nignag, sonriendo—. Por la paz de ambos.
—Sí, sí, por favor... —Sienna miró a la anciana, suplicante.
Hank la observó con el ceño fruncido, negando la cabeza.
—No, me opongo a esto.
—¡Hank!
—No entiendes, Sienna. ¡No puedo hacerlo, no podemos cambiar el destino, está mal! —miró a la anciana con furia y desprecio—. Además, no creo en ella. Filtros de amor para los solitarios y adivinaciones para los juerguistas, no es más que eso lo que puede ofrecer.  No te daré nada, no aceptaré esto.
—Pero ya lo haces, querido niño ij-ij-ij —susurró Vieja Nignag con una media sonrisa—. Das amor y por eso te quedas, como excepción. Vamos, vete ahora si no quieres participar... y conviértete en decepción si no encuentras otra forma de resolverlo.
—Yo creo en ti —dijo Sienna, desentendiéndose del hombre y mirando con desespero a la anciana.
—Mi niña, soy más vieja que los dioses y no necesito tu fe, ij-ij-ij. —Se movió por la habitación, con paso bamboleante y gestos rápidos de su cabeza—. Sólo vuestros respectivos sacrificios se precisan. Cuando una vida es llamada de atrás hacia adelante, una vida debe ocupar su lugar de adelante hacia atrás, ¿lo entiendes?
—Sí… —balbuceó Sienna—. ¿Y él será el mismo?
—Nunca se sabe con las almas que vuelven.
—Hazlo. Este dolor tiene que parar. —La angustia en el corazón de la joven mujer era tan grande que ignoró la mirada espantada y suplicante de su esposo.



Vieja Nignag había encendido el caldero. La lentitud que había mostrado antes había quedado atrás, pues la anciana parecía haber entrado en un frenético trance al que la pareja asistía en un estado de fascinado horror. Sienna estaba allí, mirando con los ojos desorbitados y ansiosos, mientras que Hank, un poco más retirado, se hallaba cabizbajo y vencido. La bruja arrojaba cosas a su caldero mientras revolvía con su bastón y entonaba con voz cascada.


¡Vierte!
Sangre y cabello para la materia
que al alma debe cobijar.

¡Convierte!
Presencia y amor para el corazón
que al cuerpo quieres otorgar.

¡Revierte!
Tierra de sepulcro para la mente
que a la muerte desea engañar.

¡Vierte, convierte, revierte!
Arcilla de vida tienes,
en tus manos
la decisión final deviene.



Cuando terminó de revolver su mezcla infernal, los ojos de Nignag brillaban como dos ascuas.
—¡Hunde tus manos en el caldero y toma la arcilla! —exclamó con voz imperiosa—. ¡Moldea la figura de tu hijo y como tu vientre lo formó, tus manos lo harán esta vez!
Sin dudarlo, Sienna metió las manos en el caldero para sacar la mezcla pastosa. Sintió más sorpresa que dolor, pues el menjunje no estaba hirviendo como aparentaba. Cuando se arrodilló para trabajar mejor, la mezcla estaba entibiándose y se percató que perdía calor a gran velocidad.
—Es el frío de la muerte, mi niña. Y del invierno que nos atormenta. —indicó Vieja Nignag—. Debes apresurarte . ¡Es con el calor de tu vida que debes vencerla!
—Sienna... —Hank se llevó las manos a la cabeza mientras jadeaba impotente ante la enajenada escena. La arcilla de color rojo parecía sangre, dando un aspecto espeluznante a su mujer.
A su alrededor la cabaña  se estremecía, crujiendo y gimiendo como si estuviera a punto de venirse abajo mientras en el exterior el viento agitaba las ramas de los árboles. Pero nada de esto distrajo a Sienna. La mujer se aplicó a ello, trabajando en darle forma a la masa de arcilla que ya no estaba tan fría.
—¡Llámalo, ij-ij-ij! —Nignag agitó el bastón contra el piso, instándola a que se apresurara— ¡Y él vendrá!
—Ven a mi... Illyan... vuelve... por favor —murmuró ella una y otra vez. La mirada enloquecida por la determinación de hacer desaparecer esa nada que había anidado en su corazón. Sienna se inclinó y susurró el pedido a la figura de arcilla en forma de bebé: —Regresa a mí, por favor.
Sostuvo entre sus brazos al bebé de arcilla, sintiendo como la efigie se estremecía, percibiendo ecos de movimientos. Afuera el viento se había calmado sumiendo el lugar en silencio, incluso la casa había dejado de crujir.
—Aquí vienen, el alma perdida arrastrando el cuerpo viejo —murmuró Nignag—. Déjalos pasar, dejalos entrar, vienen a reclamar su oportunidad. Míralo antes de ocupar su lugar.
Sienna, con la respiración agitada, levantó la mirada al sentir una mano apoyándose en su hombro. Al levantar la mirada se encontró con los ojos asustados de Hank.
—El dolor tiene que parar, él tiene que vivir… —dijo ella, suplicando que la comprendiese..
—Sienna, no... ¿qué has hecho? —preguntó su esposo con un hilo de voz y los hombros hundidos.
—Tienes que entender Hank... es...
Y entonces se escucharon pasos.
Suaves al principio, en algún lugar del exterior algo se movía, arrastrando los pies. Sienna se mantuvo quieta, alerta, tratando de escuchar. Estaba del otro lado de la puerta. Sus pasos, su risa, su voz, llamándola. Podía sentirlo.
—Mamá...
Sienna cerró los ojos y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Hank  estaba estupefacto al escuchar la voz de su hijo, miró a su mujer y luego a Vieja Nignag que los observaba, con sus ojillos brillantes en la oscuridad de su rostro.
—Ya está aquí, sólo espera que la puerta se abra.
—Mamá... ¿donde estás...? —Se escuchaba del otro lado, fuera de la cabaña, cercana y lejana a la vez.
Sienna hundió el rostro en el pecho y suspiró. Sintió que la arcilla entre sus manos adquiría más calor y pulsaba como si estuviera adquiriendo vida. Esta vez la sintió moverse de verdad. Tenía que levantarse y caminar para abrir esa puerta, para recibir a su hijo. Antes de que pudiera reaccionar, algo la empujó hacia el piso, impidiéndole incorporarse.
—¡Illyan! —gritó Hank mientras caminaba en dirección a la puerta.
—¿Papá...? Ayúdame, por favor...
—¡Hank, no! —gritó Sienna sin dar crédito al comprender lo que pretendía su esposo—. ¡No lo hagas!
—¡Ya voy, hijo!
—¡Este no era el trato, Nignag! ¡Yo tenía que ser! —Sienna miró a la anciana, pidiendo ayuda en medio de su estupor.
Vieja Nignag permaneció impávida, mirando con ojillos brillantes.
Dos pasos más y Hank abriría la puerta, un respiro más y el bebé de arcilla adquiriría la nueva vida para su hijo. Otra pérdida más. Nada se gana de nuevo si no se entrega algo de lo viejo. ¿Y qué si lo perdía todo? No importaba.
Hank posó la mano en el picaporte y lo giró, tirando de él. A su espalda un grito desgarrado de mujer y de niño se adueñó del silencio, rompiéndolo. Delante suyo la noche lo recibió mientras que la niebla se deshacía en jirones, iluminada por la luna del Castor. Junto a la niebla deshilachada el llanto de un niño se disipaba como si nunca hubiese existido.
—¿Illyan? —miró hacia todos lados, aferrándose a los bordes del marco de la puerta—. ¡Illyan!
Sólo retazos de niebla y un llanto que se apagaba.
Al girarse para mirar a sus espaldas vio a Sienna, arrodillada donde la había dejado. Las  manos de ella habían desgarrado el muñeco de arcilla, hundiéndolo otra vez en la tierra.
Volvió con ella. Se miraron y ambos rompieron a llorar, abrazados, como no habían llorado juntos desde la muerte de su pequeño.
—Lo siento, lo siento, lo siento —lloró Sienna mientras besaba el rostro de su esposo, tratando de que sus miradas se unieran.
Hank no pudo articular palabra, sólo abandonarse al llanto desconsolado, buscando aliviar y ser aliviado.
—Sacrificios —murmuró Vieja Nignag—. Es todo lo que el amor verdadero requiere y la paz volverá, con el tiempo.
En medio de la noche, en aquel bosque olvidado pero protegido del extraño invierno perpetuo, para Hank y Sienna sólo eso les quedaba: tiempo.

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  Reto Inv20: El filántropo
Enviado por: Joker - 10 horas - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (1)

El filántropo

Perdido en pensamientos melancólicos,
contemplo las estrellas titilantes.
El viento frío azota nuestro valle,
me duele el cuerpo, impide mi reposo.

Estoy cansado; afuera fiesta y baile,
comida y villancicos que calientan,
hipócritas, detesto aquella cena.
Quiero dormir... –No soy como el de antes.

¡Un ruido! ¡Alguien roba en noche buena!
Maldigo un delincuente imaginario,
y bajo hasta el zaguán, bastón en mano.

Por un instante alcanzo a ver la escena,
las tres figuras, ojos como astros,
de oro y joyas, ríen..., y un regalo.

***
–Señor, ¿usted qué hace madrugando?
–Le traigo a estos niños un encargo.

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  Reto Inv20: Actos y cicatrices
Enviado por: Joker - 10:33 AM - Foro: Retos Mensuales - Sin respuestas

Úrsula señaló hacia el arco de piedra que acababan de cruzar, sobre él colgaban unas ramas con hojas tan secas que parecían crepitar al sol.

—¿Lo reconoces Sune? —. Preguntó dubitativa a su acompañante, un minotauro cuya estatura rozaba los dos metros. Sune alzó una pezuña para secarse el sudor que le chorreaba por la cara, deslizándose hasta sus colmillos, mientras observaba la estructura de piedra.
—Me es familiar —. Respondió con voz ronca, acto seguido resopló y sacudió su enorme cuerpo para intentar librarse del calor. Las placas de la armadura tintineaban sobre las escamas y el pelo cobrizo que le cubría la piel.
—Es la entrada del pueblo de La Krem —. Aseguró Úrsula mientras se descolgaba un macuto del hombro, dejándolo en el suelo, para buscar un mapa que guardaba en su interior. —O eso creo, por estas fechas suele estar cubierto de una densa capa de nieve.

Sune miró extrañado a su alrededor. —Puede que tengas razón… —. Dudó unos segundos antes de ponerse a olfatear a su alrededor, con respiraciones cortas y rápidas.

Úrsula desplegó un ajado mapa sobre el ardiente suelo de tierra: Uno de sus bordes estaba quemado, le faltaba un buen trozo de papel en la parte superior izquierda y la zona inferior derecha parecía haber sido rota en pedazos solo para ser reconstruida posteriormente de una forma un tanto chapucera. En definitiva, aquel mapa había tenido mejores momentos.

Úrsula deslizó sus dedos sobre él, acariciándolo, tratando con cariño su maltrecha superficie. El mapa los había acompañado en innumerables aventuras y, aunque había tenido más de una ocasión para agenciarse uno nuevo, en cierto modo aquellas roturas eran sus cicatrices. Su deterioro también era un indicador de vida, de que había sido usado, aunque esto hacía que cada vez fuera más difícil encontrar en él lo que estabas buscando.

—Si hemos bajado por las montañas de hueso, eso nos deja... A ver… Creo que es aquí —. Úrsula dio varios golpecitos con el dedo sobre la zona donde se podía leer con letras desgastadas “La Krem”. —Estuvimos aquí el año pasado, pero todo esto estaba hasta arriba de nieve.

Sune dejó de olfatear y respondió. —Lo recuerdo bien, llegue con el pelaje empapado a la posada y te reíste de mí cuando me senté junto a la chimenea. No paraba de salirme humo de debajo del casco y ¿Qué me dijiste? Ah si, que nunca me habías visto “pensar” tanto.

Úrsula dejó escapar una risa, divertida por su antigua ocurrencia.

Sune continuó hablando, aún pendiente de todo cuanto les rodeaba.
—Si, si, muy graciosa. Pero, ¿Qué habrá pasado? La tierra está seca y resquebrajada, toda la vegetación está muerta, como si llevase años sin llover siquiera.

Úrsula guardó el mapa con cuidado, se colgó de nuevo el macuto al hombro apartando un poco su capa de viaje y comenzando a andar dijo: —Solo hay una manera de descubrirlo, preguntemos en el pueblo. Ellos sabrán que ha pasado. Además, hace un año —. Hizo una pequeña pausa para pensar y preguntó —¿No les ayudamos ya con algo?

Sune, que la seguía aún vigilante al entorno, contestó — Si, derrumbamos un templo milenario, habían desaparecido aldeanos y al final tú y tu corazón de oro nos volvieron a involucrar en algo en lo que no deberíamos haber participado. No sacamos de aquello más que una cena.
—¡Pero si fue una cena preciosa! Celebraban aquella cosa, una tradición del solsticio de invierno y nos dieron regalos. Creo que a ti te tocó un juego de té —. Protestó Úrsula mientras caminaban, acababan de pasar bajo un pequeño risco y por unos instantes disfrutaron de la sombra que les ofrecía.
Sune lanzó un largo suspiro y mientras se ajustaba el cinto donde colgaba su martillo de guerra dijo: —Algo de lo más útil en batalla.

Siguieron caminando unos pocos minutos por el sendero que llevaba a Le Krem. Úrsula, menuda y vestida con ropa cómoda de piel curtida, daba pequeños brincos haciendo que su melena rojiza y ondulada se moviese arriba y abajo mientras Sune la seguía con paso constante. Al principio conversaron animadamente pero ,según avanzaban, el camino se les hizo tan lento y pesado bajo el sol abrasador que perdieron rápidamente el ánimo. Incluso llegaron a echar de menos tener los pies enterrados en la nieve y caminar por ese mismo sendero calados de frío hasta los huesos, como les había pasado hacía un año.

Al llegar a los límites del pueblo comenzaron a ver los primeros adornos: Guirnaldas de colores maravillosos, bolas metálicas que colgaban de todas partes, luces decorativas y espumillones resplandecientes. Todo aquello que los había impresionado hacía un año bajo el gris cielo invernal ahora les parecía fuera de lugar con aquel calor.

No eran más de veinte casas alrededor de una plaza con varios comercios, una taberna donde el viajero podía encontrar descanso y un edificio cuyo propósito principal había sido el de ayuntamiento, pero que al final terminó utilizándose como establo cubierto anexo a la posada.

Cruzaron la plaza bajo la atenta mirada de algunos vecinos que cuchicheaban. —¿Crees que nos habrán reconocido? —. Preguntó Úrsula mientras se encaminaba hacia la posada, el jaleo de su interior se iba haciendo más audible según se acercaban.
—Bueno, no es que seamos precisamente discretos, ¿Qué estará pasando aquí dentro? —. Comentó Sune mientras inclinaba su enorme cuerpo para pasar a través de la puerta, las hombreras de su armadura hicieron un pequeño surco en el dintel.

En el interior había un gran grupo de personas discutiendo, estaba reunido casi todo el pueblo y el calor allí dentro resultaba mucho más insoportable que en el exterior.

—¡No se puede representar este año! ¿Es que acaso tenemos algo que agradecer a los dioses? —. Gritaba un hombre de mediana edad con grandes entradas en la frente.
—Pero es una tradición. Poco importa su significado original mientras nos traiga esperanza y nos haga creer que todo puede volver a la normalidad —. Dijo una mujer desde una mesa.
—¿Esperanza, normalidad? —. Replicó otra vecina con tono sarcástico. —Precisamente si seguimos actuando como si no pasará nada no vamos a lograr avanzar. Si nuestra tierra es ahora seca y yerma. ¡Nos tendremos que adaptar! Y para eso no hacen falta rituales ni esperanza, si no mano dura y disciplina —. La mujer terminó de hablar pegando un golpe tan fuerte en la mesa que varios vasos se volcaron derramando líquido por todas partes.

Justo en ese instante Úrsula se colocó en el centro de la sala y destapó uno de los viales que llevaba colgado en su cinturón, hizo un gestó con la mano y gastó parte del pigmento de glaciar que contenía la botellita para hacer bajar la temperatura de la habitación un buen puñado de grados. El líquido derramado de los vasos se convirtió en hielo al instante, formando estalactitas en la mesa, y todos sintieron un hormigueo profundo mientras el cuerpo se les adaptaba a la temperatura.

—No os preocupéis, ocurra lo que ocurra aquí estamos, dispuestos a ayudar de nuevo —. Anunció Úrsula con una gran sonrisa, las manos extendidas y el pie izquierdo levantado hacia atrás de forma teatral. Sune se dejó caer en una silla, aliviado.
— No podías evitar hacer una entrada triunfal ¿Eh?, ¿Te queda pigmento de glaciar como para malgastarlo de esta manera? —. Susurró desde su asiento.

Los habitantes de La Krem, aún aturdidos por el repentino cambio de temperatura, rodearon a los extranjeros con curiosidad. Úrsula mantenía la sonrisa pero empezaba a sentirse incómoda, forzando la mueca aún más dijo: —¿Bueno, es que nadie va a darnos la bienvenida?—

—¡Son ellos! —. Gritó un vecino. —¡Los culpables! —. Vociferó otro. —¡LOS CULPABLES! —. Terminaron todos.

—¡¿Qué?! —. A Úrsula se le había desencajado la mandíbula momentáneamente de la impresión. —¡Pero si hace un año os ayudamos!
—¿Si?, pues menuda ayuda —. Le contestó la mujer sarcástica.
—Desde que pasasteis por aquí todo ha ido a peor, seguro que es culpa vuestra. ¿Qué robasteis de nuestro templo? Miserables ladrones —. Ladró el hombre de mediana edad.
—¡ESO, ESO!— gritaron algunos vecinos que también sentían la necesidad de intervenir aun sin tener nada que decir.
—Nosotros no somos ladrones, ¡Somos aventureros! ¡Exploradores! ¡No os robamos nada del templo! ¡Mide tus palabras viejo! —. Replicó Úrsula airada, sus mejillas estaban rojas como un tomate.
—¿A quién llamas viejo, niñata? —. Replicó otro vecino de mediana edad que pareció darse por aludido y se abalanzó hacia Úrsula.

Sune se puso de pie y no fue necesario que hiciera nada más que acariciar el mango de su martillo de guerra. Todos quedaron enmudecidos y el vecino aludido tragó saliva mientras volvía a su sitio.
— Bien —. Dijo Sune con su característica voz grave y con tono calmado. —Ahora que nos hemos tranquilizado, nos queda claro que no deseáis nuestra ayuda, así que volveremos por donde…

No pudo terminar la frase: Una mujer mayor, con la ropa manchada de sangre, entró en la taberna a la carrera. Derribando varias mesas hasta desplomarse en el suelo.

—¿Y ahora qué? —. Se quejó Sune con un resoplido mientras Úrsula se lanzaba a socorrer a la mujer herida. Entre varios consiguieron sentarla en una silla, abanicarla y espabilarla un poco.

Le trajeron un vaso de agua fría de la cocina y, con los ojos de Sune clavados en el líquido, tras beberlo de un largo trago comenzó a hablar entrecortadamente:

— Mi… Mi hijo… Sigue bajo… mi hijo… bajo la carreta…

Tras lo cual se le cerraron los ojos y su cabeza cayó como un peso muerto hacia un lado. La mujer no acabó en el suelo gracias a los excelentes reflejos de Sune, que consiguió sostenerla a tiempo.

—¿Sabéis de donde viene? ¿Dónde puede estar su carreta o su hijo? —. Preguntó Úrsula a los inquietos aldeanos. Pero todos se miraban entre ellos, demasiados sorprendidos y asustados para responder.

Impaciente, Úrsula decidió utilizar otro de sus hechizos. Uno con el que poder seguir el rastro que había dejado la mujer. Así que rebuscó en sus bolsillos y sacó un pedazo de hueso guía del que partió un pequeño trozo. El polvo de hueso formó una fina hebra plateada que mostraba claramente la dirección a seguir.

—Con lo fresquito que se estaba ahora aquí —. Refunfuño Sune mientras dejaba a la mujer desmayada en manos de los aldeanos, antes de salir al exterior.

Úrsula, al salir de la taberna, se arrepintió de haber gastado tan pronto parte de un artefacto tan útil. El árido suelo estaba cubierto por las manchas de sangre que la mujer había dejado a su paso. Aun así siguió la hebra flotante a toda velocidad, cruzó la plaza corriendo, subió por las escaleras de madera de una de las colinas y atajó por unos matorrales resecos hasta dar con el camino del templo.

Al llegar a su destino pisó un bollo de crema y estuvo a punto de resbalar cuando el relleno salió disparado. La carreta estaba volcada sobre el camino y los panes y pasteles que transportaba se habían desperdigado como minas dulces.

Sune se acercó trotando por el camino, maldiciendo con la respiración agitada y un calor de mil demonios. Úrsula observaba atentamente la escena, era difícil distinguir entre la sangre y el relleno de frambuesas o frutas del bosque de los pastelitos.

Cuando Sune recuperó el aliento, justo antes de reprender a Úrsula por haberlo dejado atrás, ambos escucharon gritos que provenían de la parte alta del camino. Sonaban a miedo y desesperación.

Encontraron rápidamente la fuente de los gritos, un muchacho encaramado a un pino raquítico lanzaba torpes patadas a sus atacantes. —¿Qué son esas cosas? —. Preguntó Úrsula sorprendida. Las criaturas parecían arañas, pero sus patas con pinzas y pequeñas bocas en las articulaciones resultaban desconcertantes. Además allí donde deberían haberse encontrado los ojos, al menos en un insecto, tenían un reluciente caparazón con pinchos que aparecían y desaparecían variando de tamaño. Creciendo y menguando como aguijones que intentaban acertar a su presa.

—No estoy seguro, pero parece que tienen hambre —. Dijo Sune mientras se descolgaba el martillo de guerra. Se lanzó con dos rápidas zancadas hacia los insectoides y con un fuerte barrido trituró a dos de ellos, el tercero atacó con uno de sus aguijones. Ni siquiera tuvo que moverse, los aguijones tenían la capacidad de surgir en cualquier dirección desde el caparazón circular. Sune pudo esquivarlo por poco con una finta improvisada que le hizo perder brevemente el equilibrio.

Por suerte el muchacho lanzó en ese momento una rama, que había conseguido arrancar del árbol, sobre su atacante. Úrsula aprovechó la ocasión para lanzar un hechizo de celeridad sobre unos guijarros del camino, que salieron disparados atravesando el caparazón.

El insectoide, que aún seguía en pie, se batió en retirada. — ¡No dejes que escape! —. Le gritó Úrsula a Sune. —¡Ahora te alcanzo!
Sin vacilar, Sune desapareció mientras perseguía a la criatura herida.

—Vienen del viejo templo —. Dijo el muchacho mientras bajaba torpemente del árbol, tenía un profundo corte en el brazo izquierdo que sangraba sin parar. Úrsula le aplicó un ungüento de hierbas que sacó del macuto.
—Aquí también tienes vendas ¿Crees que podrás hacerlo sin ayuda? —. Preguntó Úrsula inquieta, no quería dejar solo a Sune demasiado tiempo. El muchacho asintió poco convencido. —Bien, si puedes, sigue hasta el pueblo. Tu madre está en la taberna, ¿Puedes guardarme esto? —. Úrsula le dio un pequeño saquito. —Será mejor que no lo abras. Es un potente repelente de insectos, pero su olor puede tumbar incluso a mi compañero —. El muchacho sostuvo con fuerza el saquito sobre su pecho y Úrsula salió disparada en busca de Sune.

En realidad el saco contenía azufre y algunos metales, no servía como repelente, pero así se aseguraba de que aquel muchacho tuviera la valentía suficiente para llegar hasta el poblado.

No tardó demasiado en dar con Sune, que estaba agazapado tras unas rocas y le hizo gestos para que se acercarse sin hacer ruido. —Mira con cuidado —. Le dijo susurrando.

Úrsula asomó la cabeza lentamente y con cautela. Al otro lado descubrió un gran cráter con el templo milenario en su centro. Daba la impresión de que la tierra había intentado succionar el edificio, consiguiendo enterrar gran parte y derruir el resto. Aunque no era precisamente un lugar muerto, sobre las cúpulas destruidas y las torres derribadas había movimiento. Provenía de cientos de criaturas como las que habían visto en la carretera, que se movían unas sobre otras formando montañas repletas de patas, bocas y aguijones. El movimiento recordaba al ir y venir de las olas, formando un inquietante mar de locura.

—Están cazando —. Explicó Sune, que observaba a su lado. —De las grietas del cráter surgen unas pequeñas larvas luminosas, ya las habíamos visto antes.
—¡Los entes de escarcha! —. Dijo Úrsula recordándolo. —Estaban por todas partes en el templo.
—Su hábitat natural —. Contestó Sune con pesar. —Creo que destruimos su Hogar Úrsula, los habitantes de Le Krem tenían razón. Todo esto es culpa nuestra.
—No… No puede ser, nosotros solo queríamos ayudar. ¡Aún podemos hacerlo!

Sune se levantó enfadado. —¿¡No lo ves!? Esto lo provocamos nosotros al derribar el templo. Con nuestros "valerosos" actos liberamos a estas criaturas y alteramos el orden natural. ¿Y ahora quieres volver a hacerlo? ¡Quienes somos nosotros para cambiar las cosas! No deberíamos haber hecho nada para empezar.

—¿Y qué pasará cuando no tengan más entes de escarcha que cazar? —. Contestó Úrsula airada. —Ya has visto lo que ha pasado en el camino. Están empezando a explorar, a buscar nuevos territorios para alimentarse. ¡Los aldeanos nos necesitan!

—Los aldeanos podrían irse a vivir a cualquier otra parte —. Sune fue elevando el volumen de su voz —¡¿Por qué tienen ellos más derechos que estas criaturas?¡

Úrsula comprendió lo que ocurría y se acercó a Sune, tratando de calmarlo intentó darle un abrazo. —Te entiendo, sé que lo que le pasó a tu pueblo fue parecido y que solo puedo disculparme por como os trató mi raza. Pero no puedes seguir comparando a todos los humanos, no después de todo lo que has visto estos últimos años. Ya has comprobado cómo se las gastan estos bichos y esta gente no hace daño a … —. No pudo acabar la frase.

Sune la apartó de un manotazo, tirándola al suelo. Un aguijón cruzó justo por donde había estado Úrsula hacía unos segundos y ensartó el pecho de Sune, atravesando el duro metal de la armadura como si fuera mantequilla derretida.

Enfrascados en la discusión, no habían visto cómo se acercaba sigilosamente un numeroso grupo de criaturas. Ahora se encontraban completamente rodeados y la que había atacado solo era la más cercana. Úrsula notó el corazón en la garganta, si no hacía nada rápido pronto correría la misma suerte que su compañero.

La hechicera, al ver como se retraía el aguijón y Sune caía de rodillas a su lado, tomó una decisión impulsiva. Se llevó la mano al cinturón y lanzó a la criatura lo primero que agarró.

El frágil frasco de pigmento de glaciar estalló sobre el duro caparazón del insectoide, congelándolo al instante. Una densa nube de frío se extendió a su alrededor y Úrsula se preparó para recibir el siguiente golpe, pero este nunca llegó. Las criaturas huían, cuando las alcanzaba la nube helada se movían torpemente hasta acabar derribadas y petrificadas. Las patas se les retorcían y caían al suelo formando ovillos monstruosos.

El minotauro se puso en pie, apoyado en su martillo de guerra. —¡Sune!—. Gritó Úrsula mientras se levantaba, desatándose uno de los saquitos del cinto. —Toma ponte esto.

Sune cogió el saquito y se lo llevó a la herida abierta, al instante comenzó a escucharse un sonido silbante y su rostro se transformó en una mueca de dolor. —No lo separes, te vendrá bien, cerrará la herida —. Comentó nerviosa la hechicera mientras agarraba con las manos la pezuña del minotauro contra el saquito.

—¿Te siguen cayendo bien estos bichos? —. Dijo Úrsula mientras se apartaba para rebuscar en su macuto. Sune, que observaba cómo se desvanecía la nube de escarcha a su alrededor, contestó. —Podría decirte que solo siguen sus instintos, pero la verdad es que me están empezando a molestar las muy mmmmm ¿Cómo sueles decir tú?
—LAS MUY CABRONAS —. Gritó Úrsula esquivando hacia atrás y apartándose del macuto. Algunas criaturas valientes se lanzaban sobre ellos intentando sortear la nube de frío, pero todas corrían la misma suerte y terminaban cayendo al suelo formando ovillos congelados.
—¿Qué estás buscando? —. Preguntó Sune sin quitar el ojo de las criaturas que empezaban a amontonarse alrededor.

—¿Recuerdas lo que pasa cuando una gota de agua cae sobre un ente de escarcha? —. Preguntó Úrsula mientras rebuscaba de nuevo. Sune pensó unos instantes e inmediatamente zarandeo con la mano libre a Úrsula para mirarla a los ojos: —¡Una nevada! —. Contestó con la voz cargada de esperanza y añadió señalando con la cabeza al macuto —Dime que tienes agua aquí dentro.

—Ni una sola gota —. Contestó Úrsula con una sonrisa.
Sune la soltó con desgana para volver a centrar su atención en las criaturas que se encontraban cada vez más cerca. Tiró el saquito al suelo y alzó su martillo de guerra. —Supongo que tienes un plan.

Úrsula se colgó el collar que había sacado del macuto, tenía un círculo dorado en el centro y bordes de granito. —Tengo un plan, aunque no te va a gustar. ¡Aguanta!

Sin dejar tiempo a Sune para contestar saltó sobre la cobertura y lanzó un hechizo de celeridad, la piedra se deformó tras ella. Las rocas crujieron y se formó un círculo, como si la bala invisible de un cañón enorme hubiera impactado en el lugar.

Úrsula salió lanzada a toda velocidad hacia su objetivo, volando atravesó el cráter hasta llegar a las grietas cercanas a los restos del templo por las que reptaban los entes de escarcha.

Tuvo que deshacer el hechizo de celeridad y notó una sacudida en el estómago al parar su cuerpo en seco, justo en la orilla del mar de bocas e insectos. Estuvo a punto de vomitar su última comida pero, sin tiempo a recomponerse, tuvo que esquivar varios aguijones que se habían lanzado a por ella.

Conteniendo una arcada, se agachó para recoger con las manos todos los entes de escarcha que pudo. Las larvas reptaban por sus dedos provocando quemaduras a causa del frío que desprendían sus cuerpos. ¿Cómo demonios podían comerlos los insectos cuando les afectaba tanto la temperatura? Tuvo que esquivar otro aguijón y se dio un golpe en la cabeza sobre una columna derribada. Céntrate, se dijo a sí misma y comenzó a escalar la columna para huir de los insectoides que empezaban a arremolinarse a su alrededor. Tenía la impresión de estar corriendo ante una jauría de perros con un jugoso filete en las manos. Un filete helado.

Entonces, justo antes de saltar hacia un ruinoso techo, notó como algo caliente discurría por su pierna. El aguijón de una criatura la había atravesado.

Úrsula cerró los ojos mientras los insectoides se abalanzaban sobre ella, notó cómo se desgarraban los tendones del gemelo al retirarse el aguijón e ignorando el dolor tomó una decisión.

Llevó una de sus manos al colgante y lo apretó con fuerza mientras canalizaba la energía de la reliquia. El colgante le permitía extraer y transformar cualquier molécula de un organismo vivo, pero controlar este poder era agotador y suponía un desgaste permanente en cualquiera experimentado con esta práctica y ella era básicamente una novata.

Se concentró para extraer toda el agua que le fuera posible de su propia pierna, la carne se encogió al instante y notó como la piel tiraba sobre el hueso. Desvinculó mente y cuerpo. Apartando todo rastro de dolor físico dió una orden y ,cuando tuvo la cantidad deseada, las moléculas de H2O llegaron hasta los entes de escarcha en sus manos.

Todo se tornó en una blancura perfecta y Úrsula perdió la consciencia.




Olía a canela, abrió un ojo y descubrió un techo de madera. Se incorporó en la cama e inmediatamente fue aplastada por el fornido cuerpo de Sune, que la atrapó en un abrazó mientras gritaba: —¡Está despierta! ¡Está despierta! Lo ha conseguido.

Cuando por fin pudo zafarse del abrazo descubrió que se encontraba en una de las habitaciones de la posada. Se abrió la puerta y entraron algunos de los aldeanos de Le Krem, con ellos llegó el sonido proveniente del piso inferior, se escuchaban risas y canciones. Sune descorrió las cortinas con una sonrisa de oreja a oreja: —¡Mira! Provocaste una nevada instantánea.

Tras la ventana la nieve caía delicadamente, la plaza estaba iluminada con luces de colores que se reflejaban sobre el manto blanco que lo cubría todo.

Sune le explicó que cuando ella saltó la cobertura, él había conseguido mantener a raya a las criaturas que lo rodeaban. Pero que la nieve le pilló desprevenido y acabó sepultado. Finalmente fueron los propios aldeanos, liderados por el hijo de la mujer herida, los que los habían rescatado de los restos nevados del viejo templo.

Úrsula intentó incorporarse para ponerse en pie y entonces vio cómo desaparecía la sonrisa de Sune. No le hizo falta mirar hacia abajo para darse cuenta de lo que estaba pasando. —Parece que la nevada instantánea tuvo un alto precio —. Dijo mientras apartaba las mantas, había perdido buena parte de la pierna izquierda.

—Pudimos salvar hasta la rodilla —. Dijo un hombre con el pelo cano. Sune se acercó para consolarla pero Úrsula sonrío y dijo — Nunca más podré decir que me he levantado con el pie izquierdo.

Sune le dio otro abrazo, apretándole con fuerza. —Bueno, quizás puedas seguir usando esa frase después de todo— Le dijo al separarse. Un par de muchachos habían entrado en la habitación cargando con una caja ornamentada.

—¡Feliz navidad! Aunque sea un poco tarde, aquí tienes tu regalo— Le comunicaron torpemente mientras soltaban la caja sobre la cama, a su lado.
—¿Feliz qué? Esa palabra me suena de algo —. Contestó Úrsula aturdida.
—La navidad es la fiesta que celebra este pueblo en el solsticio de invierno, la tradición consiste en intercambiar presentes ese día y celebrar un banquete. Cómo llevas algunas semanas en cama te perdiste la cena pero te han estado guardando tu regalo —. Le explicó Sune. — ¡Venga ábrelo!

Úrsula retiró la tapa y descubrió una prótesis de madera. Estaba finamente tallada con relieves de copos de nieve.
—Está fabricada a medida, con madera de abeto. Es flexible y resistente—. Le explicó una mujer que acariciaba el pelo de los muchachos que habían cargado con la caja.

—Es alucinante— Dijo Úrsula conteniendo las lágrimas.
—También les he pedido que dejaran un pequeño hueco del tamaño de una gema en su interior —. Le comentó Sune.
—¿Y eso? —. Preguntó Úrsula.
—Así podremos estrenar mi regalo —. Contestó Sune mientras desplegaba un enorme mapa nuevecito.

—Apenas pude salvar nada de tu macuto, la nevada se lo llevó por delante, pero pude recuperar algunos fragmentos de nuestro viejo compañero—. Sune había pegado sobre el nuevo mapa algunos trozos dispersos de hojas arrugadas que correspondían al antiguo mapa. Estas hojas estaban llenas de anotaciones y garabatos —Entre tus notas encontré una mención a una gema muy interesante.

Úrsula terminó de calzarse la prótesis y se bajó de la cama de un salto mientras exclamaba con emoción —¡La gema de vinculación de Lorsh Ann! Hace tiempo encontré una pista sobre su paradero.

Sune guardó el mapa y colgándose al cinto el martillo de guerra que reposaba junto a la ventana dijo: —Llevo semanas estudiando la mejor ruta hacia Lorsh Ann y algo me dice que no tienes intención de guardar cama mucho más.

Úrsula lanzó una carcajada y tras despedirse de los aldeanos y agradecerles los cuidados echó a correr torpemente a través de la plaza, tropezando, esquivando muñecos de nieve y poniendo a prueba la resistencia de su nueva pierna.

Sune, se ajustó la capa de viaje y la siguió con su característico paso constante, a los pocos minutos ya estaba quejándose del maldito frío y la estúpida nieve.

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  Reto Inv20: Calidez Invernal
Enviado por: Joker - 08:39 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (1)

En las lindes de la Noche del Espíritu, la pequeña congregación de chamanes del Refugio Ardiente pasaba por momentos difíciles. Una tempestad invernal como nunca había sido conocida en tales latitudes se había cernido sobre ellos y cubierto todo su territorio con un manto blanco y gris de furia siempre creciente. En su vigilia jurada contra los malos espíritus, el fuego había sido el arma de su elección; ahora, dicha preferencia se había revelado inerme a raíz del frío omnipresente. El acopio de víveres, en un principio considerado extremadamente previsor, se había demostrado insuficiente ante una catástrofe helada que no parecía amainar, pasaran los días que pasaran. Resguardados en su hogar, poco podían hacer por montar guardia. Y hacían menos aún. En lo alto de la torre de vigilancia, Runo despejaba a paladas la nieve acumulada en la plataforma de despegue y se preguntaba dónde y cuándo se habían desviado de la Senda Ardiente, al punto de atraer una tribulación que revelaba de manera tan patente los errores de su clan. En el mundo espiritual, no existían las casualidades, ni tampoco el encuentro de energías dispares. La llegada de un invierno semejante solo podía indicar que habían descuidado la existencia en su territorio de una fuente de frío extremo. Estaba deseando un instante de calma meteorológica para salir a buscarla y purificarla con fuego… pero, para ser sincero consigo mismo, no había muchas posibilidades de que él llegase nunca a encontrarla, por más manifiesta que fuera. Ya no. Mal Vigilante era él, pues ni aunque pudiera remontar el vuelo en medio de la vorágine nevada podría alcanzar a ningún espíritu fugitivo… ya que su vista, antaño capaz, potenciada por las llamas, de hendir el mismo horizonte, apenas alcanzaba ahora, teñida de una blancura que parecía reflejar la del paisaje circundante, los límites almenados de la estrecha plataforma de despegue. Los chamanes de fuego sabían montar el viento con alas de fuego, y aquel era el lugar desde el que los vigilantes se aprestaban a atajar a los enemigos… una vez divisados. Sin esa visión de águila que se les presuponía por la naturaleza de su magia, poco importaba que alzaran el vuelo. Él, último líder de la congregación, con la llama más intensa, era ahora poco más que un ciego, con un rango carente de autoridad. Aun así, había sido el único que se había prestado a mantener un remedo de sus funciones. Los demás, con sus cualidades físicas intactas, se habían negado a enfrentarse a un frío que no podían vencer con sus llamas. “Necios.” Musitó para sí. “No merecen llamarse Vigilantes.”
Por fin, exhausto y ante una tregua de la nevada, dejó la pala al otro lado de la puerta de la torre y comenzó el descenso. Empapado, temblando de frío y cansancio, goteando agua recién derretida, se tambaleó hasta el cuarto de guardia, donde un gesto de sus manos convocó una hoguera, con él como su centro. Los restos de agua, nieve y hielo se evaporaron al instante, dejando intactas las ropas ignífugas, negras y gruesas, que cubrían todo su cuerpo. Runo dejó escapar un suspiro y se desplomó sobre un sofá cercano donde, casi al instante, quedó dormido.

***

Despertó con un sobresalto. ¿Cuánto tiempo había pasado? Con un estremecimiento, se incorporó y corrió escaleras arriba, de vuelta a la plataforma. Cuando llegó hasta la puerta e intentó abrirla, descubrió que no cedía. Aplicando ambas manos al metal, empezó a emitir calor, a combatir el frío. Las tripas le rugieron en protesta; estaba agotado, hambriento. Instantes después, empezó a gotear agua por los resquicios de la puerta. Probó de nuevo la manija, que giró, y abrió de golpe la puerta, con lo que un aluvión de nieve se precipitó al interior de la torre, casi alcanzándolo. Runo retrocedió de un salto, y el horror se pintó en su rostro al ver que la nieve acumulada superaba el medio metro de altura. Con un juramento, desató todo su fuego contra el muro blanco y lo hizo ceder, retroceder más allá de la puerta y de su umbral exterior, pero cuando sus llamas se abrieron paso al espacio abierto, el viento las hizo zozobrar, y el hielo empezó a agotarlas. El Vigilante hizo una pausa para tomar aliento y vio que no había remedio. Demasiada nieve. Daba igual, había que seguir. Si el peso crecía demasiado, la plataforma… De su mano derecha, extendida hacia el exterior, volvió a brotar un aluvión de llamas, mientras su mano izquierda conjuraba un pequeño pájaro ardiente que echó a volar escaleras abajo en busca de ayuda. Tendría que aguantar solo hasta que alguien llegara. Un pensamiento estremecedor se abrió camino: si habían cerrado las compuertas para combatir el frío, incluso aquellas que no debían cerrarse salvo como último recurso… No, no podían ser tan descuidados. Aunque, ¿cómo lo habían dejado allí dormido, tanto tiempo sin relevo? Habían debido transcurrir horas para que tanta nieve se acumulase. Pero ya bastaba. No había tiempo ni energía disponibles para pensar. Urgía despejar la plataforma, nada más. Con todos los músculos en tensión, Runo quemó y quemó el agua congelada, ganándole centímetro tras centímetro, y permitiéndose una sonrisa fiera de desafío. ¡Aún podían lograrlo! Si los refuerzos no tardaban… Un quejido seco, profundo, lo bastante potente para abrirse paso por encima del temporal, detuvo de golpe su entusiasmo. El tiempo pareció detenerse, un instante congelado de tensión estremecedora, una quietud solo rota por el siguiente crujido, poderoso, confirmatorio de los peores temores. Runo contempló como en un sueño como el muro blanco con el que estaba combatiendo se desvanecía de pronto, arrastrado hacia el suelo en una caída libre de roca y nieve. La plataforma, el símbolo de mayor orgullo de su clan, yacía ahora en el suelo níveo doscientos metros por debajo de su lugar destinado. Runo sofocó un sollozo. Cerró la puerta de golpe y se recostó contra el muro. Algunos minutos después volvió a erguirse, con un aura de fuego alrededor y una nueva determinación ardiente dibujada en su expresión: era hora de hacer algunas preguntas.

***

Cuando llegó a la gran sala común, pudo ver que al menos Tura estaba presente, por lo inconfundible de su figura oronda en perpetuo movimiento. También Ulcía, por los reflejos inconfundibles de su inacabable vestuario de lentejuelas. Todo lo demás en la amplia estancia era un borrón bastante indefinible a sus ojos. Caminó con cuidado, acompañando las paredes y los muebles con la mano hasta acercarse a Tura, quien le saludó.
─¡Runo, querido! ¿Has vuelto ya de vigilar ese infierno helado?
─¿Estáis todos aquí?
─¿Cómo…? Oh, claro. Sí, sí, toda la familia reunida. Excepto los más pequeños. Miral y Juz están en sus habitaciones.
─Bien…
Runo prosiguió hasta el Sitial del Liderazgo, se sentó, y gritó.
─¡Escuchad!
Las llamas de toda la estancia ardieron con un dorado casi blanco por un instante, en el que todo quedó en silencio. Luego, poco a poco, una pequeña multitud de borrones indistintos se abrió camino hasta el centro del salón, frente a Runo.
─Escuchadme bien… quiero explicaciones y las quiero ya. He pasado catorce horas solo en la Torre. Sin relevo. Y vuelvo para ver que estáis todos aquí, relajándoos ante el fuego. ¿Qué cojones os pasa?
El silencio general se prolongó unos instantes más, para ser roto por un carraspeo de Tura.
─Mi buen Runo, ya lo hablamos. No hay nada que podamos hacer en estas condiciones, por lo que votamos suspender toda actividad…
─¡Pero no las guardias! ¡No el mantenimiento en la torre! ¡No los trabajos para mantener a raya a la nieve!
─Tú te ofreciste para eso, ¿no? ─intervino Naze, uno de los más antiguos miembros de Refugio Ardiente.
─Para el primer turno, Naze… ¿Tengo que recordarte cada cuánto son los relevos?
─No tienes que recordarme nada, líder de clan. Pero convendrás en que las condiciones actuales no son las más habituales. Hemos interrumpido todas las rotaciones normales…
─Si querías un relevo, haber mandado aviso. ─interrumpió Ulcía, con su habitual desprecio condescendiente, mientras jugaba con algo alargado que sostenía con las dos manos.
Runo quedó mirando lo poco que distinguía de ella con rabia. Luego dijo entre dientes:
─Las compuertas interiores estaban todas cerradas.
Había esperado muchas reacciones a esa declaración: excusas, disculpas, evasiones… Lo que no habría imaginado nunca fue lo que vino a continuación.
─¡Hace frío con las compuertas abiertas!
El líder de Refugio Ardiente sintió que un peso enorme caía sobre sus hombros. Esperó durante un minuto a que llegase una protesta, una expresión de disgusto y desacuerdo ante la situación, de parte de alguno de los que se hacían llamar su familia, de los que se hacían llamar Vigilantes. Esperó a que alguien le aliviara de parte de la carga inmensa que se había cernido sobre él, sobre la única persona que veía lo profundamente erróneo de aquella situación. No la hubo. Mejor era, pues, terminar cuanto antes.
─La plataforma de despegue se ha hundido.
Más silencio. Prosiguió.
─A partir de este instante, declaro la indefensión de Refugio Ardiente. Pediremos ayuda a los demás clanes. Entraré en Espíritu profundo.
Tuvo que hacer un esfuerzo para contener la nausea que los murmullos de alegría y alivio en respuesta a una declaración tan ignominiosa le producían, para levantarse sin más del sitial y dirigirse hacia la salida del salón. En su camino, pasó junto a Ulcía y pudo ver por fin con claridad lo que sostenía. No podía creerlo.
─¿Es esa mi lanza?
─Sí.
─Dámela. ─ordenó, con rabia apenas contenida.
─Cógela si puedes. ─le espetó la joven, para acto seguido echar a correr fuera del salón.
El calor de la estancia se volvió opresivo de golpe, y no pasaron ni dos segundos antes de que todos los allí reunidos rompieran a sudar, a excepción de Runo, de cuya piel la humedad se evaporaba al instante. Contempló prender fuego al lugar, con todos sus integrantes… antes de que la pura desesperación hiciera presa de él y le llevase a sacudir la cabeza y descender a las profundidades, sin mirar atrás.

***

En la Caverna Inferior, cerró los ojos. Su fuego llamó a las energías afines. En la oscuridad circundante surgieron en seguida luces en movimiento; auroras boreales de todos los colores, de todas las texturas, fluían por el inmenso espacio vacío. Había gente conectada en otros lugares lejanos, haciendo su guardia, fluyendo con las energías primigenias, escuchando, mirando en la distancia y en el tiempo. Reconoció a muchas de aquellas mentes, compañeros chamanes con los que había contactado tiempo atrás, pero ninguno era lo que andaba buscando. Más allá, mucho más allá, estaba el Refugio del Norte, el auxilio lógico… al que no quería recurrir por nada del mundo. Los Ardientes despreciaban a los norteños, adoradores del Hielo, tanto por la naturaleza antagónica de su devoción como por estar en las antípodas en lo que al sentido del decoro y la educación se refería. Para Runo, aquellos hermanos distantes eran poco más que salvajes. Se debatió durante largo rato consigo mismo. Dar el paso necesario para tener alguna garantía de salvar su Refugio y cumplir con su misión implicaba hacer de tripas corazón con todo lo que despreciaba, rendir el orgullo de su clan… Sacudiendo la cabeza, hizo a un lado tales pensamientos. El orgullo de Refugio Ardiente ya había sido rendido por sus propios defensores. Se decidió. Hacia el Norte proyectó sus llamas, se proyectó el mismo, un fénix dorado, y entonces llegó; los viajes eran breves en Espíritu Profundo. Un lienzo de azul profundo y plata, con estrellas danzantes con reflejos helados, como cristales congelados resplandecientes de luz interior… y en el centro de todo ello, una joven a la que no conocía, que alzó la vista, maravillada, para verlo llegar.
─¡Vaya!─exclamó. ─¡Mira por donde! ¡Es precioso!
Runo se posó frente a ella y retomó su forma humana, desplegando sus llamas en una vorágine que pasó más allá de ella y los envolvió, tiñendo los cristales de hielo de luz dorada. Ahora podía ver que ella estaba casi desnuda, apenas cubierta su piel morena con algo que parecía un bikini de color blanco plateado. Suspiró. Los norteños no habían cambiado desde que tuvo contacto con ellos tanto tiempo atrás. Se retorció internamente ante la idea de lo que había ido a pedir.
─Saludos, Vigilante. Soy Runo, líder del Refugio Ardiente.
─¡Oh, hola! Yo soy Denara, princesa del Norte.
─¿Princesa? ¿Tenéis una realeza? ─casi escupió Runo.
─Por supuesto. ─respondió ella sin inmutarse. ─Es lo que la gente prefiere hoy en día.
Runo la miró, estupefacto. Tardó unos segundos en recomponerse y proseguir.
─Entiendo. Bien. Hemos venido a pedir ayuda.
─Alteza.
─¿Cómo?
─”Hemos venido a pedir ayuda, alteza.” Te he dicho que soy una princesa. ¿Dónde están tus modales?
─Qué… yo… ─Runo casi se atragantó al escuchar eso. Aún así, tenía un deber que cumplir, y lo cumpliría. ─Muy bien. Alteza. Mi clan necesita ayuda. Urgente. Una tempestad de hielo y viento nos tiene asediados. Apenas quedan víveres y no hay nadie apto para la lucha entre nosotros. Los espíritus campan a sus anchas.
─¿Cómo es eso posible? ¿Acaso he soñado el fénix que te ha traído hasta aquí? ¿Así son los inútiles en tu clan?
─Yo… ─Runo tragó saliva y guardó silencio durante un momento. ─Yo no puedo ver ya nada, fuera de este lugar, del Espíritu Profundo. Mi propio fuego me ha quemado los ojos, alteza; la nieve también los ha cubierto. Estoy ciego.
Al oír esto, una expresión de ternura saltó a los rasgos de Denara con tanta agilidad que el corazón de Runo dio un respingo. Con la misma premura, la princesa se incorporó de un salto.
─Vuelve a tu hogar, Runo. Estaremos con vosotros para la próxima luna llena, dentro de tres días. Aguantad. Ayudaremos.
Con la garganta estrangulada por la gratitud y la admiración ante tanta premura, marcial y generosa a un tiempo, Runo solo alcanzó a musitar un quedo “gracias” antes de que la chica se desvaneciese con apenas un gesto de despedida.

***

─¿Tres días? ¡Eso es imposible! El Refugio del Norte está tan lejos que apenas ha habido nunca contacto entre nuestros clanes. No llegarán.
─Ella lo dijo. Llegarán.
─¿Ella? ¿Y quién era ella, si puede saberse?
─Su princesa.
Al oír esto, un silencio estupefacto se apoderó del salón, solo para venir seguido de un coro de suspiros de indignación.
─Monarquía. En estos tiempos. Salvajes…
Runo no dijo nada. Sin saber muy bien por qué, todas sus ideas preconcebidas acerca de los norteños topaban ahora con un muro en forma de sonrisa amable, cargada de ternura… y con los tintes firmes de la determinación.

***

Tres días después, la tempestad solo empeoraba. Los vientos gélidos aullaban con furia siempre creciente, plagados de espíritus oscuros. La posibilidad de que alguien llegase en dichas condiciones parecía nula. La probabilidad de que nadie pudiera hacer nada para aliviar la situación, escasa. Runo permanecía junto a la ventana, sin la esperanza de ver nada, simplemente protegiendo la única que aún no habían tapiado para protegerse del frío, a la que aún no habían renunciado… solo en virtud de la férrea defensa que de ella había hecho el aún líder del Refugio. Su guardia había quedado reducida a una sola ventana, pero tenía consigo el recuerdo de una sonrisa, y la promesa de la existencia de un calor allá afuera que Runo deseaba llegar a ver. Solo eso ya le daba sentido, el único que el quedaba. Ya no hablaba con el resto de su clan. La decepción con todos ellos había calado demasiado hondo. Despojado de sus deberes, se sentía pequeño y aislado, apagado. A decir verdad, aquella ventana hacía tanto por él como él por ella, pues era lo único que mantenía vivas las fuerzas de su motivación lo suficiente como para encender algún fuego. De modo que allí estaba Runo, la vista ciega vuelta hacia el exterior tormentoso, cuando un cambio perceptible incluso para él tuvo lugar. El viento nevado amainó primero y después cesó, y la luz del sol se abrió camino por entre el techo de nubes, hendiendo el cielo para revelar una visión imposible y hermosa. Unas aves descomunales, de un blanco resplandeciente teñido de oro de sol descendían hacia el refugio. Runo sintió que su corazón empezaba a acelerarse. Contó once de aquellos pájaros milagrosos que se posaron sobre la nieve, ahora ya radiante por la luz del día, y adoptaron forma humana, en ordenada formación. La líder indiscutible de aquella tropa genial saludó con desenfado desde allá lejos, y Runo, ciego al gesto pero aun así riendo entusiasmado, abrió de par en par la ventana y saltó fuera a recibirlos sin que le importase el frío, ni la nieve en que se hundía. Su fuego renació en él y abrió un camino mojado a lo largo de cien metros hasta que una risa alegre lo detuvo en seco al fin.
─¡Basta, basta, fuego fiero! ¡No querrás quemar el mundo!
Runo alzó entonces la vista a lo alto del muro de nieve de casi dos metros que aún se alzaba ante él, para ver allí a Denara, en su atuendo minimalista, erguida sobre la nieve sin hundirse lo más mínimo, y con la piel y el pelo oscuros teñidos de diminutos cristales de escarcha que la hacían resplandecer con diseños de maravilla. Sonrió.
─Princesa. Te estaba esperando, con todo mi corazón.
─Así me gusta. Líder ardiente. Condúcenos a tu hogar, ¿sí? Muéstranos, y ayudaremos. ¡Te presento a los mejores chamanes del Clan del Norte!
Aquellas figuras sonrientes y semidesnudas, con cuerpos de todas las edades, todos en una forma física que anunciaba una disciplina fuera de toda medida, estremecieron en lo profundo el corazón de Runo. Un solo atisbo bastaba para poder confiar… y él sentía vergüenza de guiarlos a su hogar, de presentarles a su gente. Los saludó con una mano en la sien, al estilo del Fuego; ellos le respondieron con una mano en el corazón, como enseñaba el Hielo, y algo aún indefinible se removió en su interior.

***

El encuentro entre las dos comunidades fue tan bien y tan mal como podía esperarse. Los norteños rebosaron simpatía y desparpajo, inmunes a los pequeños desprecios de sus obligados anfitriones. “Un frío recibimiento,” susurró Runo para sí, perdido en sus pensamientos, de nuevo junto a la ventana. Los demás debían de estar ya acostados, pero él no podía dormir. Sentía que la primavera se había abierto paso en el mundo y un su interior. El clima se había calmado con la llegada de los chamanes del Hielo y todavía permanecía tranquilo conservando apenas la nieve acumulada como un recuerdo del terror que había golpeado al Refugio. Un remedo de calor que no dependía solo de las hogueras de Fuego había vuelto a instalarse, en la casa y en el corazón de Runo, y mientras así lo reflexionaba, suspirando con tonos de cansancio y expectación por el nuevo día, sus ojos ganaron un destello de luz que hendió la ventisca… solo para ver a Ulcía jugando con su lanza ritual, allá fuera, en la nieve, esgrimiéndola de cualquier manera. Sintió un brote de rabia ardiente que se esforzó por reprimir. No era el momento de armar un escándalo, y en verdad sería incapaz de hacer nada al respecto en el momento en que esta nueva claridad dejase sus ojos. Ojos que se abrieron de par en par cuando la princesa del Norte salió de ninguna parte, dio a Ulcía un susto de muerte, le quitó la lanza y echó a correr, riendo. Ulcía la perseguía, dudosa, enfadada y temerosa a la vez, y Denara la eludía entre carcajadas. Así pasó un largo rato hasta que Ulcía, frustrada, renunció y volvió a meterse en la casa, cerrando la puerta de un espetón. Entonces, Denara bailó sola, feliz, con la lanza, y Runo sintió en su interior una calidez profunda, entrañable, tierna, poderosa, exultante, feliz… y pensó: “un fuego así es el que merece la pena.” Lástima que no sirviese para su trabajo, para despejar el frío, para él y para los demás, ayudando a otros con su calor, y ver lejos cómo sus llamas ardían. Entonces se asomó a la ventana, abriéndola, y Denara lo miró de reojo antes de seguir el baile con una sonrisa íntima, profunda y feliz. El baile cogió una nueva cualidad, más solemne, más calmada, más profunda, el color de una verdad sentida en la propia entraña. Runo no sabría decir cuánto tiempo duró esa magia; tan solo que se rompió cuando ella por fin paró y se acercó a él, entregándole la lanza.
─Es tuya, ¿cierto? Lo noto. No vuelvas a permitir que te la quiten, gran líder. ─y mientras decía esto un gesto de la princesa encontró el rostro de Runo y lo acarició al pasar, con una mano tan fría que el suave contacto ardió… y encendió algo en su mente.
─Soy incapaz cuidarla, mejor protégela tú. Nunca ha sido tan bella como lo ha sido en tus manos, allá afuera, en ese baile.
Ella sonrió al oírlo y asió la lanza a dos manos, firme y delicadamente.
─¡Eso es que has podido verme! ¡Tus ojos ya están sanando!
Tan atrapado en la escena, no había prestado apenas atención a aquel milagro. Estremecido, volvió a mirar a lo lejos, pero ya el paisaje se estaba emborronando de nuevo.
─Parece que ha sido algo… temporal. Vuelve a nevar.
La chica se lo quedó mirando atentamente, con un brillo en la expresión. Señaló en un ademán el aire en torno a los dos y dijo con seriedad:
─Esa nieve de tus ojos tiene remedio también.
Un corte de lo más eficaz para la tristeza naciente, tales palabras. Runo tragó saliva.
─Enséñame.
Pero Denara sacudió la cabeza.
─Ya sabes lo que hay que hacer. Encuentra el centro del frío, aquel que trajo la nieve a tus ojos y a tu hogar. Busca donde no lo esperas, donde no lo quieres ver. Sigue todas las señales que de a poco has puesto en marcha y encontrarás otras nuevas, vistas de tierras lejanas, de risas y de belleza ─guiñó un ojo, pícara. Luego le acarició el brazo, con esa mano que ardía con el extremo del frío.
─Cuidaré de tu lanza.
─Sé que lo harás. ─sonrió él.
─Algo me dice, no obstante, que pronto serás capaz de protegerla, gran líder. Confía en ello y descansa.
─Tú también, princesa helada.
─¡Jugaremos más mañana! ─se despidió ya a lo lejos, en dirección al campamento improvisado de iglús que los norteños habían montado, asegurando sentirse más cómodos allí que entre las piedras caldeadas del Refugio Ardiente.
Y Runo rió, feliz. Menuda princesa aquella.

***

Roces helados que queman, calidez de gentes frías, frialdad de los del Fuego. Los sueños en los que se hallaba sumido Runo sacudían su subconsciente. La calidez de la chica, su gesto, había despertado un fuego similar en su interior. El frío de su poder helado había quemado como el suyo. ¡Y había logrado ver! Soñó con aves de fuego blanco, recortándose contra el sol. Con discusiones en la sala común, discusiones en las que todos movían los labios sin emitir sonido, y sobre las que una voz ignota decía: “mira con los oídos, antes que con los ojos. Sigue el camino que te marcan las palabras, sigue el cauce de tu historia.” Soñó con Denara; ella caminaba hacia él en medio de una ventisca, acercándose tanto que incluso su vista malherida podía observar la diminuta escarcha que se formaba en sus labios. Cuando habló, su voz fue un susurro cristalino:
─Soy Denara, ¿quién eres tú, dulce viento del verano?
Y Runo se descubrió sin palabras, desarmado por su dulzura. Entonces, de improviso, ella lo abrazó, y el delicioso frescor de su piel lo acarició hasta otro sueño, todavía más profundo. En él, Denara seguía presente, pero esta vez estaban en la sala común del Refugio, y ella tiritaba.
─Tu hogar es muy frío ─musitaba, temblorosa.
─Creía que vosotros no sentíais frío. Podrías abrigarte un poco. El fuego está encendido, después de todo.
─No es de ese frío del que hablo ─espetó, dejando perplejo a Runo. ─¿Qué te enseña nuestro aspecto?
Al ver que no respondía, Denara continuó.
─El calor se lleva por dentro.


***

La mañana despertó a un Runo perplejo pero lleno de energía. Aún estaba pletórico cuando llegó al salón, donde encontró una escena algo tensa. Toda la congregación estaba allí, sentada en sus sitios de costumbre, mirando con tensión extrema a las dos únicas personas que permanecían fuera de lugar: Ulcía, de pie, en medio de la sala, destelleante en su vestuario, como de costumbre, miraba furibunda a Denara, la única norteña presente, despatarrada en el Sitial del Liderazgo y con la lanza de Runo descuidadamente sostenida con su mano derecha. El contraste que la joven princesa representaba en la escena era apabullante: azul y blanco contra los tonos cálidos de la habitación… en la escasa ropa que cubría su piel pardoscura repleta de escarcha resplandeciente. Gracias a ese juego de brillos, Runo pudo hacerse una idea de lo que sucedía.
─Ese no es tu sitio. ─casi chilló Ulcía.
─Solo lo estoy cuidando. ─se sonrió Denara. Guiñó un ojo a Runo, cariñosa, invitadora y retadora a un tiempo.
─Y mi misión ha terminado. ─añadió.
Se levantó de un salto y se acercó a Runo, tomándolo del brazo, conduciéndolo al Sitial y ayudándolo a sentarse, para después acomodarse en el reposabrazos del mismo, aún sosteniendo la lanza.
Apenas conteniendo la risa, Runo habló:
─Me alegro de que estemos todos, tenemos que hablar varios asuntos.
─¡Así es! ─exclamó Lucía. ─¡Como el de esa zorra ártica que tienes sentada al lado! ¡No tiene educación alguna! Tiene que volver a su tribu.
Runo frunció el ceño.
─¿Sí? ¿Y quién defenderá el Refugio si los norteños se van? ¿Vosotros? Creía que estábais… impedidos ante el temporal. Por lo que nos han explicado nuestros aliados, su diálogo con los espíritus debe ser incesante, a fin de mantener contenida su furia.
─¡No son todos los norteños los que tienen que marcharse, solo ella! Sus insultos hacia nuestra Casa son demasiados. ¡Hasta un ciego debería ver que su lugar está en el Norte!
La rabia ante el desprecio a Denara y a los norteños que se estaba proponiendo, desde un egoísmo brutal y desconsiderado para con quienes habían acudido en su auxilio amenazó con embargarle. La frialdad de la propuesta… Abrió mucho los ojos velados. El frío. ¿Dónde estaba el frío? Miro a su alrededor, asombrado, aterrado, iluminado. Y mientras deslizaba la mirada de figura en figura, la vista se le aclaraba, volvía a ver. Podía ver con claridad a los de su clan, porque ahora se permitía ver en ellos lo que antes había querido tapar a sí mismo. Ellos habían traído el hielo, desde la escarcha de sus corazones. De pronto, todo estaba claro. Pero había algo más. Recordó la voz del sueño, y entonces comprendió su camino y tomó su decisión.
─El lugar de un ciego está en el Norte… ─musitó.
─¿Qué? ¿Qué has dicho? ─se extrañó Ulcía.
─Tenéis razón. Denara tiene que irse. No encaja bien aquí. Tampoco yo encajo ya, viendo como veo, así que la acompañaré al Norte. Quedas a cargo de todo aquí, Ulcía, ya que has hablado por todos.
Eso generó una oleada de murmullos mientras Ulcía se henchía de orgullo ante la perspectiva de hacer lo que se le antojase con el refugio. Runo sabía que pronto todos estarían peleando por el liderazgo, y que tendrían poco tiempo disponible para echar en falta lo que su fuego hacía por todos allí. Se avecinaban tiempos fríos para el Refugio Ardiente pero, tal y como estaban las cosas, había llegado a entender que era algo inevitable. Miró a Denara, que le sonrió, radiante, y ambos se pusieron en pie para, acto seguido, salir de la sala común cogidos del brazo.

***

Runo y Denara emprendieron el camino esa misma tarde, despedidos calurosamente por los norteños, e ignorados totalmente por los ardientes, sumidos en sus intrigas internas. Ambos alzaron el vuelo, convertidos en dos aves fénix de fuego y hielo que se remontaban hacia el atardecer, envueltos en un torbellino de silenciosa alegría.
Cuando todo fue oscuridad en derredor, tomaron tierra para descansar y se detuvieron a pasar la noche, compartiendo una callada tensión que bailaba con sus entrañas al ritmo de una tonada exultante. El paisaje, la libertad… eran un escenario perfecto. Ella estaba perfectamente a sus anchas en la tundra helada, pero Runo encendió, con un gesto, una hoguera en la que calentarse. Con el baile de las llamas la noche adquirió un cariz distinto en el que cazador y presa jugaban un juego del quién es quién. Fue ella quien habló primero con voz enronquecida.
─Hasta aquí me has traído, fuego fiero. Al centro de ninguna parte. ¿Ha sido sólo para seguirle el juego a tu congregación? ¿O para huir de ellos? ¿Soy solo la excusa conveniente?
─Eres mucho más que eso ─musitó Runo, acercándose a la joven. ─Eres un milagro imposible, un hielo ardiente, una maestra silenciosa. Y quiero que me expliques, si está dispuesta, cómo has logrado, toda cubierta de escarcha, fundirte en mi corazón.
─Llevará tiempo… pero creo que, al final, conseguiré que lo entiendas. Esgrime tu lanza, fuego fiero.
Y paso a paso, la llama se avivó y derritió el hielo y ambos se mojaron en ese deseo satisfecho.
─Te contaré un secreto ─anunció ella, entre jadeos. ─No somos una monarquía. Es solo un juego con el que nos divertimos.
─¿Qué maldita gracia tiene eso?
─La cara que ponen… ¡idiotas como tú!

***

Al amanecer, desde lo alto de una montaña, contemplaron en la lejanía el Refugio Ardiente.
─¿Qué solución les queda, Denara?
─Aprenderán… o abandonarán el Mundo del Espíritu. Es la única alternativa que les queda de alejarse, siquiera durante un rato, del frío que traen consigo y que no soportan fuera. Mientras… los míos disfrutarán su invierno.

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  Reto Inv20: Los niños del bosque
Enviado por: Joker - 15/01/2021 05:26 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (1)

PERSONAJES

THUR: Niño de unos doce años que acaba de ser secuestrado por el Rey Invierno por no respetar a sus padres, se encuentra perdido y asustado ante su nueva situación.

DARRAK: Lleva una década como un niño de diez años en el bosque y es quien guía a THUR en su nueva vida. Fue castigado por orinar en un símbolo divino.

TYER: Un niño que aparenta unos nueve años, obsesionado con la leña. Parece llevar más tiempo que ninguno allí; fue traído por el Rey Invierno quien lo tomó bajo su protección cuando los dioses querían castigarle con la muerte como a su padre, por ayudar a este último a talar un árbol sagrado.

SINTHA: Niña que se dedica a jugar con los otros y vive sin preocupaciones. Se unió al séquito del Rey Invierno por voluntad propia.

HERALDO: Se dedica a avisar de la llegada del Rey Invierno. Nunca aparece en el escenario, solamente se escucha su voz desde uno de los lados (si no se acota lo contrario, desde la derecha).

NIÑOS DEL BOSQUE: Grupo de niños que no suelen hablar o lo hacen como un coro. Su entrada y salida del escenario no implica un cambio de escena.

(Lugar. Un viejo bosque nevado. Izquierda y derecha, las del público.)

(La acción transcurre en un claro de ese bosque donde los personajes se reúnen alrededor de una hoguera para hablar, hay algunos troncos tumbados y algunos tocones donde se sientan los niños.)


* * *


ACTO I

ESCENA 1

(Un bosque nevado. Hay algunos niños que parecen estar haciendo faenas o simplemente jugando; algunos van entrando o saliendo del escenario. THUR y DARRAK están sentados ligeramente hacia la derecha del centro del escenario junto a una hoguera.)

THUR: ¿No tienes miedo? ¿Por qué ninguno parece tener miedo? Llevo dos días separado de mis padres y temo mucho. ¡Ah, mis buenos padres!, qué arrepentido estoy de no haberles respetado como se merecen. ¿Por qué no pude ser un buen niño?

DARRAK: ¿Buen niño? Fuiste un buen niño. Eres un buen niño. Así como todos los que aquí moramos. ¿Qué derecho tiene el Señor de lo Nevado de tomarnos de nuestro hogar y llevarnos con él?

THUR: ¿Qué afrenta hiciste para ser castigado? ¿También contestaste a tus padres?

DARRAK: ¿Yo? Mi afrenta fue orinar. ¿Qué culpa tengo yo de tener esa necesidad? Si los dioses no quieren que lo hagamos que no den esa necesidad. ¿Qué culpa tengo yo de necesitarlo?

THUR: ¿Solo orinar? ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?

DARRAK: Llevo… ¿Oh, cuánto llevaré? ¿Se habrán cumplido diez años ya? Sí, creo que tengo diez años desde hace diez años… Y bien, no fue solo por orinar; oriné en un símbolo del Padre de Todos, sin embargo, ¿qué culpa tuve de no ver una reliquia medio enterrada? ¿No debía ser castigado quien dejó aquel símbolo en ese estado y no un pobre niño con ganas de orinar? ¿Qué culpa tengo yo de tener esa necesidad?

ESCENA 2

(Entra TYER cargando algunos palos entre sus brazos.)

DARRAK: ¡Tyer! ¡Mi buen Tyer, ven aquí!

TYER: ¿Qué quieres, Darrak? Debo darme prisa en conseguir maderos. El Rey necesita fabricar utensilios y juguetes para agasajar a los niños.

DARRAK ¡Mi buen Tyer! Tienes todo un año por delante para trabajar, no vas a ser castigado por tomarte un momento para descansar. Menos si es para dar la bienvenida a un recién llegado.

TYER: (Observa un momento a THUR.) ¿Eres tú el nuevo niño de este bosque?

DARRAK: ¿Tantos años aquí y no sabes diferenciar a un recién llegado de un compañero de siempre?

THUR: Soy Thur, y fui raptado hace dos días.

TYER: ¡Salvado!

THUR: ¿Qué?

TYER: ¡Fuiste salvado hace dos días! El Poderoso Rey Invierno te rescató y te permitió servirle como parte de su séquito.

THUR: (Empieza a llorar.) ¡Pero me separó de mis padres y les echo de menos!

TYER: ¡Los padres no son buenos para los niños! ¡Les hacen cometer maldades y luego no les protegen de los castigos! ¡El Rey Invierno es bueno, protege a los niños y les enseña a ser hombres de provecho!

DARRAK: (Burlonamente.) Soy un hombre de provecho en el cuerpo de un niño de diez años.

(TYER le fulmina con la mirada.)

HERALDO: ¡Ya llega el invierno, ya llega el invierno!

(TYER y varios de los NIÑOS DEL BOSQUE miran horrorizados en dirección a la voz antes de salir corriendo del escenario por el otro lado.)

ESCENA 3

(THUR se levanta espantado.)

THUR: (A DARRAK.) ¿Qué ocurre? ¿Llega el rey?

DARRAK: Siéntate mi nuevo amigo, no hay nada que temer. El rey tardará en llegar. ¿Notas el frío? (DARRAK espera un momento antes de proseguir.) Por supuesto que no, porque todavía está lejos el rey, cuando sientas el frío calando en tus huesos será momento de empezar a temer.

(THUR duda un momento antes de volver a sentarse.)

THUR: ¿Cómo no temes al Señor de lo Nevado? ¿No es una deidad? ¿No es la voluntad del invierno? ¿No es quien arrasa con su ira helada por allá donde pasa?

DARRAK: ¿Qué hará? ¿Castigarme? Ya es un castigo estar separado de los míos toda la eternidad. ¿Torturarme? Ya es una tortura ser por siempre un niño y no probar las mieles de la adultez. ¿Matarme? La muerte sería un premio para mí y cuando los segadores vinieran a por mí los recibiría con los brazos abiertos.

THUR: (Pensativo.) Creo que…

(Antes de que pueda seguir se empieza a escuchar unos cánticos desde la izquierda que se van haciendo más altos.)

ESCENA 4

(Entran al escenario SINTHA acompañada de un par o tres de NIÑOS DEL BOSQUE.)

SINTHA: ¿Dónde está? ¿Dónde anda? ¿Por qué mis ojos no contemplan al Señor de lo Nevado?

(THUR observa a los recién llegados confuso.)

DARRAK: (Tras ver su cara de confusión y en un tono bajo.) Esa es Sintha, la llamamos sacerdotisa, porque es una ferviente seguidora del Rey Invierno.

SINTHA: (Acercándose a uno de los NIÑOS DEL BOSQUE que todavía estaban en escena de antes.) ¡Dime pecador! ¿Dónde se halla nuestro señor? ¿Dónde está el buen invierno? ¡Exijo saberlo!

(El NIÑO DEL BOSQUE se esconde tras un tronco.)

SINTHA: (Tras acercarse a THUR y DARRAK.) ¡Decidme pecadores! ¿Dónde se halla nuestro señor? ¿Dónde está el buen invierno? ¡Exijo saberlo!

DARRAK: (Levantándose para encararla.) ¿Tenemos acaso un señor en común? Yo soy un prisionero, tú eres una fanática. Lo único que nos une es este bosque, ¿sirves pues al Niño Verde? ¿O sirves pues al Señor de los Bosques? ¡Dime a quién sirves! ¡Exijo saberlo!

SINTHA: (Empujando a DARRAK con un dedo.) Debes dar las gracias al Rey Invierno, si no fuera por su voluntad y por su benevolencia, el Padre del Norte te habría castigado como te mereces.

DARRAK: Que lo haga. (Mira al cielo.) ¡Vamos Boreas, invoco tu voluntad para que me castigues como consideres!

(Todos los personajes se han quedado callados observando a DARRAK clamar.)

DARRAK: (Encarando otra vez a SINTHA.) ¿Y bien? ¿Crees que al Padre de Todos le intereso lo más mínimo? (Empuja a SINTHA con un dedo como ella hizo con anterioridad.) ¡Vuelve a tus quehaceres, sacerdotisa!

SINTHA: ¿Qué sabrás tú de la voluntad de los dioses? Tú que te has buscado tu destino ofendiendo a nuestros creadores.

HERALDO: (Interrumpiendo a SINTHA.) ¡Ya llega el invierno, ya llega el invierno!

(SINTHA y los NIÑOS DEL BOSQUE que la acompañan salen corriendo por la derecha.)

ESCENA 5

(DARRAK se vuelve a sentar junto a THUR.)

THUR: ¿Qué pecado cometió ella para estar aquí?

DARRAK: (Encogiéndose de hombros.) ¿Pecado? La locura, supongo. Sintha no está aquí por castigo, se unió al séquito invernal por voluntad propia. Abandonó a los suyos para venir aquí. (Hace un gesto abarcando el claro del bosque.) Disfruta acompañando el invierno allá donde va, y eso al Rey le gusta, por eso le permite corretear en lugar de trabajar.

THUR: ¿No debe hacer un trabajo como los demás? ¿Eso no les molesta? ¿Eso no te molesta?

DARRAK: ¿Debe molestarme la locura ajena? Lo único que me molesta es venga a mí a culparme de que los dioses sean caprichosos. Cree que por mi aspecto sigo siendo un niño temeroso de los dioses, cuando ahora conozco su naturaleza.

THUR: ¿Pero no son los dioses quienes nos dieron la vida?

DARRAK: También lo hicieron tus padres.

THUR: Estoy aquí por no respetarles.

DARRAK: Estás aquí porque los dioses creen que no les has respetado. ¿Han preguntado a tus padres si creen que mereces ser llevado de su lado? ¿Acaso tus padres siquiera conocen tu destino?

(THUR observa confundido a DARRAK sin contestar.)

DARRAK: No respetaste a tus padres, luego desapareciste. Para ellos no habrás sido raptado, sino que habrás decidido irte a vivir por tu cuenta. Ni siquiera van a llorarte porque creerán que no te lo mereces.

(Al escuchar esto THUR vuelve a llorar.)

THUR: (Gimoteando.) No quiero que mis padres me odien. Quiero volver a su lado.

DARRAK: ¿Quieres salir de aquí?

THUR: ¡Por supuesto!

DARRAK: Bien, porque yo tengo…

(El diálogo de DARRAK es cortado por un ruido desde la izquierda)

ESCENA 6

(Vuelve a aparecer en escena TYER portando un grueso tronco entre brazos, a su lado van uno o dos de los NIÑOS DEL BOSQUE.)

DARRAK: (Da un suspiro.) ¡Tyer! ¡Mi buen Tyer, ¿ya no estás asustado por la próxima llegada del invierno?!

(TYER se acerca a la hoguera y deja el tronco en el suelo.)

TYER: Estoy listo para su llegada. He encontrado esta buena pieza de madera que servirá para el Rey para preparar buenas herramientas.

DARRAK: Nunca vas a estar listo para su llegada porque los dioses son caprichosos. Olvida los troncos y siéntate con nosotros junto al fuego.

TYER: (Tras observar a DARRAK niega con la cabeza antes de levantar el tronco del suelo.) ¿Pretendes que caiga en desgracia como tú? ¿Pretendes que no pueda purgar mis pecados? ¿Pretendes que mi existencia pierda su sentido?

DARRAK: ¿Yo he caído en desgracia? Sí, seguramente lo he hecho, sin embargo, ¿qué hace que tu situación sea mejor que la mía? ¿Qué sentido tiene tu existencia cuando lo único que haces es intentar contentar a una deidad a la que no le importas?

TYER: (TYER responde de manera furibunda.) ¡¿Por qué creo que mi situación es mejor?! ¡Yo pequé por las decisiones de mi padre! ¡Tú pecaste por tu propia voluntad!

THUR: (Levantándose.) ¡Basta! ¡Basta!

(DARRAK y TYER le observan asombrados.)

THUR: (Empieza a llorar una vez más.) ¿Por qué peleamos? ¿No somos todos niños que han pecado y a quien el Rey Invierno ha secuestrado para castigar?

TYER: (Con un evidente furia.) ¡Salvados! ¡Hemos sido salvados!

(THUR empuja a TYER haciéndole caer al suelo. Los NIÑOS DEL BOSQUE en escena se giran para mirar; alguno se acerca a los personajes discutiendo.)

THUR: ¡Tanto da que creas que nos salvan! ¡Nos han llevado de nuestro mundo al suyo en contra de nuestra voluntad! ¡Somos mortales! ¡Somos niños! ¡Somos juguetes! ¡Tanto da!

(DARRAK pone una mano en el hombro de THUR para que se tranquilice.)

DARRAK: Aunque me alegre mucho que entiendas la situación en la que nos vemos abocados por la voluntad de los dioses, hay dos cosas que no debes olvidar: El buen Tyer, por mucho que parezca menor que tú, lleva aquí desde antes que el padre del padre de tu padre naciera, no va a cambiar, y si tuviera que hacerlo no sería a base de violencia; sin embargo, lo más importante que no debes olvidar es que esa ira debes dirigirla a los dioses que se alzan sobre ti, no sobre tus hermanos que se arrastran a tu lado.

(Una vez más, se vuelve a escuchar un cántico, esta vez desde la derecha, que va haciéndose cada vez más alto.)

ESCENA 7

(SINTHA vuelve a aparecer en escena junto a los mismos acompañantes de antes.)

SINTHA: ¡Sabed, pecadores, que el invierno todavía no ha llegado! ¡Llorad pues por este largo verano de soledad!

(DARRAK ayuda a TYER a levantarse sin hacer caso a SINTHA. THUR se aleja de la chica para ponerse tras TYER.)

DARRAK: ¿Por qué, sacerdotisa, habría yo de llorar por el verano? ¿Qué es el calor sino el único presente que nos han cedido los dioses sin demandarnos pleitesía a cambio?

(SINTHA se acerca al grupo para encararse a DARRAK.)

SINTHA: (Poniendo un dedo en el pecho de DARRAK.) El calor es debilidad, el calor es ignorancia, el calor es hartura.

(DARRAK se encoje de hombros.)

DARRAK: Hermosas palabras, si has de morir. Sin embargo no me siento moribundo; así que abrazo el calor porque me da poder, abrazo el calor porque me da conocimiento, abrazo el calor porque lo necesito.

SINTHA: Eres un pecador y cuando el mundo acabe serás parte de los Eternos Caídos.

DARRAK: Eres una pecadora y cuando el mundo acabe caerás a mi lado.

SINTHA: ¡No me pongas a tu nivel! ¡No me pongas a vuestro nivel! ¡Sois pecadores de la peor calaña!

THUR: (Tímidamente desde detrás de TYER.) Pero… ¿acaso no escapaste de tu casa para unirte a la corte invernal sin que lo supieran tus padres?

SINTHA: Sí, ¿y?

THUR: Que has cometido el mismo pecado que yo… Has faltado a tus padres al no pedirles el permiso para escapar.

(SINTHA se enfurece e intenta lanzarse contra THUR pero DARRAK y TYER se lo impiden.)

TYER: (Con un tono muy tranquilo.) ¿Por qué atacas al chico? Puede que todavía necesite aprender a rendir la pleitesía que los dioses se merecen, empero no hay en sus palabras mentiras… ¿Por qué crees que se te ha permitido unirte a los Niños del Bosque? ¿Qué crees que es este bosque? Es un hogar para pecadores… ¿Cómo puedes llevar tanto tiempo sin saberlo?

SINTHA: (Todavía furiosa.) ¡¿Qué sabrás tú?! ¡Solo eres un cobarde que teme a los dioses!

TYER: ¡Y así es cómo debemos servirles! ¡Los dioses están hechos para ser temidos por los mortales, como los animales nos temen a nosotros!

SINTHA: ¡Los dioses están hechos para ser amados!

(Ambos empiezan a discutir intentando imponer su idea gritando más que el otro.)

DARRAK: (Gritando más que ambos.) ¡Basta ya!

(Ambos se han callado, y los NIÑOS DEL BOSQUE en escena les rodean ahora.)

DARRAK: Menuda discusión sin sentido, solo sois la misma criatura patética observando su reflejo en un arroyo. Temor a los dioses, amor a los dioses… ¿Hay alguna diferencia?

TYER: ¿Qué es lo que haces tú si no es temer?

DARRAK: ¿Qué es lo que has dicho?

TYER: Vives fingiendo que no te preocupan los designios divinos, pero en realidad vives atemorizado porque sabes que tu castigo es la indiferencia divina, hasta no ser para ellos más que un guijarro en el camino que patearán sin darse cuenta. Temes que tu existencia no sea mejor que la de ese tocón donde te acostumbras a sentar; por eso les provocas, esperando ser castigado, esperando existir.

(TYER y DARRAK empiezan a discutir a gritos y se les une SINTHA.)

THUR: (Intenta alzar su voz por encima de los otros sin lograrlo.) ¡Parad!

(La discusión sigue escalando con algunos NIÑOS DEL BOSQUE repitiendo consignas de alguno de los bandos, mientras THUR se va desesperando por no ser capaz de imponerse.)

THUR: (Cierra los ojos y respira hondo antes de gritar.) ¡El invierno llegó!

(Todos callan de inmediato y miran a THUR.)

THUR: ¡Dejad de discutir! ¡Os creéis mejores que los otros cuando sois lo mismo! Darrak tiene razón, Tyer y Sintha son la misma criatura observando su reflejo, pero asimismo lo es él. Temer a los dioses, amar a los dioses, retar a los dioses… Todo son formas de hacer que vuestras existencias tengan sentido; no sois mejores que los otros, ni siquiera diferentes. Vuestro aspecto no es el de niños sin razón, es porque seguís siendo niños. Unos niños malcriados más preocupados en satisfacer sus voluntades que en preocuparse por el prójimo.

DARRAK: ¿Acaso no me he acercado a ti para preguntar cómo te encuentras? ¿Acaso no he escuchado tu historia y te he dicho palabras de aliento?

THUR: (Quien no puede evitar llorar.) ¡Por tu interés! ¡Para poder contar lo malos que son los dioses y lo mucho que hay que despreciarlos! A ninguno le ha interesado cómo me siento, me usáis para alimentar vuestras creencias: Tú usas mi tristeza para alimentar tu odio, Tyer usa mi tristeza para alimentar su temor, Sintha usa mi tristeza para alimentar su amor. A ninguno le importa mi tristeza, porque a cada uno de vosotros solo le importa lo que siente él mismo. Sois pecadores, pero no por los pecados que os trajeron aquí sino por el que habéis ido alimentando día tras día. Ese es el motivo por el que caeréis en el fin de los tiempos.

HERALDO: ¡El invierno ha llegado!

(Los personajes se levantan si estuvieran sentados. Luego todos se miran entre sí sin decir nada.)

(Telón.)

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  ¡200 millones en una usb!
Enviado por: Duncan Idaho - 12/01/2021 07:03 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (1)

Tiene más de 200 millones de dólares en bitcoins, pero perdió el papel con la contraseña y no puede acceder a ellos

Una contraseña perdida separa a Stefan Thomas, un programador alemán que reside en San Francisco, de una fortuna de más de 200 millones de dólares en bitcoins. Una cifra que llegó a cerca de 300 millones con el reciente récord.

Para acceder a ellos necesita el código con la que desbloquear la memoria IronKey que contiene las claves privadas de su cartera digital con nada menos que 7.002 bitcoins. Su principal problema, explica el reportaje del The New York Times que ha dado a conocer la historia, es que perdió el papel en el que anotó la contraseña.

El segundo problema del alemán es la seguridad que brindan las memorias que utilizó para guardar las claves de la cartera, unidades flash USB cifradas que cuenta con certificado FIPS 140-2 de nivel 3 e incluye un cifrado basado en hardware AES de 256 bits en modo XTS. Son aparentemente inexpugnables y, además, solo permiten diez equivocaciones a la hora de introducir su clave.

De esa decena de oportunidades, a Thomas solo le quedan dos. Intentó probar con ocho contraseñas que resultaron ser incorrectas y, por ahora, no parece que vaya a volverlo a intentar ante el peligro de volver a fracasar y que las claves sean cifradas quizás para siempre.

La historia de este ingeniero es la de muchas otras personas que han perdido acceso a las carteras en las que guardaban más o menos bitcoins. Según la compañía Chainalysis, 18,5 millones de bitcoins existentes, alrededor del 20 % parecen estar en carteras perdidas o abandonadas. Esos bitcoins son, actualmente, unos 140.000 millones de dólares estadounidenses.

Al hilo de la historia, ampliamente compartida en redes sociales, el exjefe de Seguridad de Facebook ha sugerido dejarse de adivinanzas, comprar una veintena de memorias como la suya y encargar a profesionales que se pasen seis meses tratando de encontrar una forma de romper la seguridad. "I'll make it happen for 10%. Call me", ha escrito Alex Stamos.


Fuente: Genbeta

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  Alternativas a Scrivener
Enviado por: Duncan Idaho - 11/01/2021 05:46 PM - Foro: Taller Literario - Sin respuestas

Algunas alternativas a Scrivener, unas son gratuitas y disponibles en más plataformas que Scrivener.

Manuskript

Manuskript  es software libre y está disponible para Linux, Windows y MacOS, algo que permitirá que aquellos que no quieran pagar por Scrivener puedan tener los mismos beneficios que esta herramienta.

YWriter

Ywriter es una de las alternativas a Scrivener más conocidas, que te permite la elaboración de una novela creando capítulos y escenas, la creación de ficha de personajes, lugares u objetos. Además, te permitirá crear estadísticas con todo tipo de datos para comprobar cómo evoluciona tu obra. Te dará información sobre el número de palabras o cumplimiento de tus objetivos. Está disponible para ios, Android, macos y Windows.

Bibisco

Bibisco posee dos versiones, bibisco «Community Edition» (En español, «Edición de la comunidad») que es gratuita, y la segunda, bibisco «Supporters Edition» (En español, «Edición de Soporte») de pago, ambas distribuidas mediante GNU GPL. La primera, al ser gratuita, tan solo posee las características básicas, incluyendo las opciones de exportar archivos, mientras que la de pago posee muchas más características, especialmente visuales. Está disponible para Windows, macos y linux.

Atomic Scribbler renombrado a SmartEdit Writer

Este programa para escritores no tiene nada que envidiar a Scrivener, ya que parece haber calcado de él la gran mayoría de sus funciones, incluso tiene un aspecto similar. En lo que destaca enormemente es en su implantación para Windows, por lo que se convierte en la mejor de las alternativas a Scrivener para Windows que puedas encontrar, si quieres un programa lo más parecido a Scrivener y totalmente gratuito.

WaveMaker

Al igual que todas las alternativas a Scrivener anteriores, WaveMaker te permite dividir la planificación de tu novela en diversos capítulos. Pero la seña de identidad de este programa es la creación de llamativas notas, con forma de tarjetas, en las que podrás tomar todo tipo de anotaciones sobre localizaciones de tu novela, características de tus personajes y toda la información sobre las tramas de tu historia que necesites recordar.

Está disponible para usuarios de Windows, Mac y Linux, el mayor inconveniente de esta alternativa a Scrivener es que aún no ofrece un producto final acabado, por lo que puede presentar algún problema casual.

Aunque no está disponible en español, si tienes conocimiento de inglés, podrás usarlo sin problema alguno. Además, debes tener en cuenta que ofrece un novedoso método de escritura de mucho éxito para aconsejarte en tu devenir de creación literaria. Si buscas una aplicación para escribir libros, sin duda, es una de las mejores.

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  Método copo de nieve
Enviado por: Duncan Idaho - 08/01/2021 06:10 PM - Foro: Taller Literario - Respuestas (2)

QUÉ ES LA TÉCNICA DEL COPO DE NIEVE

La técnica del copo de nieve o Snowflakes es un método de escritura elaborado por el físico y escritor de ficción Randy Ingermanson. Esta técnica está diseñada para afrontar el bloqueo creativo o para empezar una novela desde cero.

La técnica de Snowflake propone un proceso de escritura alejado del tradicional; en este caso, estimulando un proceso iterativo de escritura no-lineal. Su base se fundamenta en partir desde lo más sencillo y simple hasta lo más complejo y estructurado.

Pasos de la técnica del copo de nieve

1. Define un objetivo

Antes de empezar con todo el proceso, es imprescindible que te pongas una meta; es decir, ¿qué quieres conseguir con la técnica? ¿Escribir un capítulo? ¿Escribir el libro entero? Esto te orientará durante el desarrollo y además te ayudará a detectar cuándo has terminado.

2. Plantea tu idea principal

Esta idea configurará el triángulo inicial del copo de nieve, del cual después partirán los demás hasta llegar a formar triángulos diminutos. En este caso, intenta resumir en una sola oración de qué va tu novela.

3. Crea una sinopsis o resumen corto

En este paso, expláyate un poco más en la idea. Para ello, haz un resumen o sinopsis de no más de diez oraciones -y si pueden ser menos, ¡mejor- teniendo en cuenta el paso 2. Toma este resumen como un plano general de la novela, en el cual todavía es imposible discernir los detalles, pero sí la su estructura -personajes, contexto...-.

4. Sigue desarrollando la idea y reconstruyendo

Una vez tengas este pequeño resumen, toma cada una de las oraciones y profundiza en ellas. Este paso es la esencia de esta técnica: partiendo de algo básico, sigue creando y profundizando. Lo normal en este proceso es que te surjan preguntas e incógnitas, así que no te asustes si tienes que reconstruir alguna de las ideas que tenías en mente antes.
Poco a poco irás construyendo una base sólida y pulida de tu historia que aparecerá en tu mente con mucha claridad. Una vez llegue ese momento, solo tendrás que distribuir las ideas en los diferentes capítulos y... ¡ponerte a escribir! ;D

Ventajas y desventajas de esta técnica

Esta claro que es una técnica que todos los escritores deberían tener en cuenta, ya que puede ayudarles en un momento concreto de bloqueo creativo. No obstante, ¿qué ventajas y desventajas puede aportar?

Empezando por las ventajas -¡hombre, cómo no! ;P- esta técnica permite detectar con antelación incoherencias y vacíos sin sentido en el argumento. Además, es un método flexible, ya que permite revisar y reescribir las ideas tantas veces como se necesiten. Y por si eso no fuera suficiente, ¡hace pensar y reflexionar acerca de la historia!

Sin embargo, como punto negativo puede que impida profundizar en los personajes, ¡así que si estás pensando en usarla acuérdate de trabajarlos por separado!

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