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  [FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 7)- Saga Geralt de Rivia
Enviado por: Sashka - 18/03/2019 08:38 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (7)

Capítulo 7


—Geralt, despierta. Despierta, dormilón…

Ciri trataba de zarandearle como podía, con el resultado de un movimiento imperceptible del cuerpo del brujo, pero que consiguió su propósito.

—¿Mmmm?
—Ya es de día. Hace rato.

Geralt suspiró. Era la primera vez que se dormía en muchísimos años, desde aquel día en Aedd Gynvael. Le había costado tremendamente conciliar el sueño esa noche, había estado atrapado en el vórtice de la culpabilidad y la preocupación por Ciri durante horas enteras. Tenía la sensación de que acababa de dormirse, de que acababa justo de cerrar los ojos. Los abrió perezosamente y vio a la niña mirándole, de pie a su lado. El olor a verbena le envolvía agradablemente, estaba impregnado de él.

—Ciri… buenos días.
—Buenos días. ¿Te levantas ya? Es que tengo hambre.
—Ahora me visto. Ah, veo que tú ya te has vestido. Ve a despertar a Jaskier entre tanto, seguro que también se le han pegado las sábanas.
—Voy.

Ciri salió en dirección a la habitación contigua, la oyó llamar a la puerta implacable, sin dar cuartel.

Mientras se vestía su camisa y su jubón de cuero negro, pensaba con asombro en el cambio de humor de la niña. La había acostado temblorosa, asustada y muda, y ahora parecía haberlo olvidado todo. Había dormido en su cama hasta que despertó como cada noche, y Geralt la tuvo que llevar a la suya para que se calmara. Entre la preocupación que sentía por ella y la estrechez, que le hacía temer que la niña acabara cayendo al suelo si se movía, no había pegado ojo.
En seguida estuvo vestido y calzado, dormir con los pantalones tenía sus ventajas. No se los había quitado previendo que, como así había sido, Ciri acabara en su cama.

Jaskier abrió la puerta sin llamar y se asomó a la habitación, con Ciri a su lado.

—Vamos, Geralt, Ciri y yo tenemos hambre.
—Ya estoy listo.
—Vaya cara tienes… ¿acaso no has dormido?
—Poco.
—Podemos quedarnos otro día… y descansar.
—Para nada. Y ahora vamos a desayunar, quiero salir enseguida al camino.
—Qué aburrido eres, Geralt.
—¡Tengo hambre! ¿No podéis hablar mientras comemos? —exclamó Ciri, viendo que la charla se dilataba.
—Podemos. Venga, a desayunar.

Con el estómago lleno y unas cuantas compras de última hora en el equipaje, salieron de nuevo al camino; los caballos estaban frescos y trotaban alegremente, ligeros.

Jaskier dormitaba sobre la montura al sol del mediodía, al brujo no le extrañó, porque le había oído llegar muy tarde, poco antes del amanecer. Ciri de nuevo cabalgaba delante de Geralt, apoyada contra su cuerpo y con sus manos sobre el fuerte brazo que la sujetaba con suavidad. De vez en cuando levantaba la cabeza y le miraba. Lo hizo de nuevo.

—¿Qué, Ciri? ¿Estás bien?
—Sí, ¿y tú?
—También.

Ya no albergó ninguna duda de que la niña captaba su estado de ánimo con una facilidad pasmosa. Y también supo que, debido al humor sombrío que no podía evitar, fruto del cansancio y sus tormentos, ella estaba inquieta.

—Geralt…
—¿Sí?
—Tienes esa mirada que no me gusta nada.
—No es cierto.
—¡Ja, que no!
—Será que estoy cansado. No he dormido mucho.

Ciri pareció pensativa unos instantes.

—Geralt…
—Dime.
—¿Estás triste por mi culpa?
—¿Por qué dices eso, Ciri?
—Porque ahora siempre estas así. En Brokilón no lo estabas. En Brokilón estabas contento y te reías a mi… ¿cómo lo dijiste…? ¡Ah! A mi costa.
—Han pasado muchas cosas desde entonces, Ciri. Cosas malas.
—Geralt…
—¿Mmm?
—Me parece que… que no estás contento desde que estoy contigo… Me parece que sí es por mi culpa. Me cuidas porque no tengo dónde ir, pero...
—Silencio, Ciri. No digas nada más, porque… Esto hay que aclararlo.

Geralt detuvo el caballo. Bajó y ayudó a desmontar a la niña, se dirigió con ella a los árboles, cogiendo su mano. El poeta se espabiló y los miró confuso.

—Espéranos ahí, Jaskier.

Bajo la sombra, bien recibida, de los árboles del bosque, Geralt se sentó sobre la hierba y tiró de la mano de Ciri para que le imitara. Miró a la niña a los ojos, sin soltar su mano.

Sin saber si hacía bien, había decidido sincerarse con ella. No era tan pequeña como para no entender lo que tenía que decirle, y sentía que debía ahuyentar definitivamente esos errados pensamientos que la hacían desgraciada. No quería que volviera la niña insegura del principio, la niña llena de miedos y de silencios.

—Hablemos, Ciri. Hablemos de una vez y claramente, porque no me gusta ni quiero que pienses esas cosas —le dijo con voz calmada y suave—. Creí que ya había quedado claro que eres más que mi destino para mí. Yo te quiero, Ciri, igual que tú me quieres, y eso no admite discusión. Si me ves afligido es porque me afecta imaginar todo lo que has sufrido, todo lo malo que has vivido. Y me afecta más porque puede que yo tenga la culpa. Debí llevarte conmigo aquél día al salir de Brokilón y no lo hice. Si lo hubiera hecho, no hubieras pasado por todo lo que has pasado, y eso… me mata. Esa es la amargura que ves en mí. Esa es la verdad, no hay otra. ¿Lo entiendes, Ciri?
—Geralt… Tú no tienes la culpa de nada. Fueron los jinetes negros, ellos lo destruyeron todo. Tú… tú hiciste lo correcto, la abuela lo dijo, dijo que eras un brujo listo y yo una niña tonta con la cabeza llena de pájaros—el brujo sonrió ante las palabras de Calanthe, tan suyas—. Yo no te echo la culpa de nada, porque tú me encontraste y me llevaste contigo. Al final me llevaste contigo. Eso es lo que importa. Estoy contenta desde ese día, porque antes… antes siempre lloraba, ¿sabes Geralt? Todos los días, cuando me acordaba de Cintra o de ti... y cuando veo que tú no estás contento conmigo… me entra el miedo. Y me acuerdo de entonces, cuando estaba sola, que vivía todo el rato con miedo. No quiero que vuelva, Geralt. Quiero que se quede ahí atrás. Quiero verte contento conmigo…
—Estoy contento. De verdad que estoy muy contento de tenerte, Ciri. Pero se puede estar contento y preocupado.
—No se puede, Geralt. Por favor, no te preocupes por mí. Estoy bien. Porque estoy contigo.
Geralt la abrazó. Suspiró. El olor a verbena de su cabello ceniciento le cosquilleó en la nariz, ese olor fresco y un punto ácido que ya siempre asociaría a ella.
—Así será de ahora en adelante, Ciri. Porque tienes razón, no tiene sentido atormentarse por algo que ya no tiene vuelta atrás. Miraremos al futuro juntos, sin volver la cabeza. Pero quiero que sepas, siempre, que no dudes jamás, que tú eres mi niña, mi Sorpresa, mi Destino, y que te llevé conmigo porque te quiero y porque quiero que estés a salvo de todo mal —a Ciri se le escaparon unas lágrimas que corrieron rápidas por sus mejillas, como la cera líquida de una vela—. No hay obligación en ello, es mi voluntad, Ciri. Estoy muy feliz de tenerte, aunque a veces me veas preocupado. Te dije ya y te lo repito, nunca te dejaré. Y no llores, pequeña, no me gusta verte llorar. No hay motivo.
—¡Se puede estar contento y tener ganas de llorar, Geralt!
—Bueno, si es porque estás contenta… Pero preferiría que sonrieras.
—Geralt —dijo la niña limpiándose las lágrimas—, gracias por contarme todo eso. Ahora lo entiendo y no tengo miedo. Pero también yo preferiría que sonrieras…
—Lo haré por ti, Ciri—ambos se sonrieron, al principio con una sonrisa un tanto forzada, pero luego con sinceridad. Se abrazaron una vez más—. Y ahora volvamos con Jaskier.

Cogidos fuertemente de la mano, regresaron al camino y montaron de nuevo. Jaskier los miraba indiferente, pensó que a la niña, simplemente, le había dado un apretón.
Al ponerse en marcha, el ambiente había cambiado. El brujo se sentía aligerado, tranquilo por fin, su expresión era serena al no fruncir ya el ceño. Por una vez tuvo la seguridad de que había hecho lo correcto al contarle a Ciri lo que le corroía, y saber a ciencia cierta el efecto que tenía en ella su malestar le hizo comprender que debía evitarlo. Y para evitarlo debía dejar de darle vueltas al pasado. Ayudarla en el día a día, actuar lo mejor que supiera, no dejar que la angustia, que sentía a veces por ese pasado ya inamovible, le embargara.

Por eso, no les costó nada entablar una amena conversación entre los tres que ayudó aún más a relajarse y olvidar las preocupaciones. Aprovechando la marcha al paso, Jaskier sacó su laúd y cantó la canción preferida de Ciri. La niña cantó con él a coro las estrofas que se había aprendido. Hasta el brujo, algo inaudito en él, acabó cantando, aunque bajito y contenido.

—Por los dioses, Geralt —dijo Jaskier, sintiéndose entre alabado y sorprendido al acabar la pieza—, si resulta que te sabes mis canciones…
—¿Cómo no saberlas, Jaskier, si siempre tocas lo mismo?
—Calumnias. No hay nadie con un repertorio más amplio que el mío.
—No lo dudo, pero conmigo te atienes al de siempre.
—Porque sé que son las te gustan. Lo sé, no te molestes en negarlo.
—Pues entonces, no lo negaré.
—¡Ja! ¡Lo sabía!

A media tarde llegaron al Ismena, lo cruzaron y buscaron un sitio donde acampar en las proximidades del río. Geralt y Jaskier estaban cansados, por el contrario, Ciri estaba activa y despejada.

—Geralt, ¿podemos ir a bañarnos al río? Es todavía temprano, ¿podemos?
Al brujo no le apetecía nada un baño de agua fría en ese momento, y no digamos ya a Jaskier.
—Si tantas ganas tienes de bañarte, te acompaño. Pero no voy a participar, Ciri.
—Bueno, pues te quedas en la orilla, pero yo quiero nadar. Aunque… se me quitará el olor del jabón. Ay, ay…
—Si es por eso, no te preocupes —Geralt se acercó a Sardinilla y tomó la bolsa de cuero del equipaje, rebuscó el ella y sacó una pastilla de jabón nueva—. Toma, la compré para ti. Verbena, el olor que tanto te ha gustado.
—¡Oooooh, Geralt! ¡Pero qué bueno eres conmigo!

Jaskier sonreía. Ciri saltaba.

—No sé lo que te pasa con las mujeres, Geralt—le dijo Jaskier riéndose de él—. Hasta una niña hace de ti lo que quiere, brujo aguerrido.
—Dijo la sartén al cazo. Coge el lienzo para que se seque y cierra la boca, Jaskier.

En el río, a la orilla, un pescador solitario recogía su caña. Al verlos les saludó con la mano, ellos le respondieron y se acercaron.

—A las buenas tardes —dijo el hombre, levantando la caña de un tirón y dejándola a un lado en el suelo. El anzuelo estaba vacío.
—Buenas tardes, buen hombre —le respondió Jaskier. —¿Qué, ha habido suerte con la pesca?
—Pos una poca, vaya que sí —el pescador señaló con la cabeza una cesta.

En la cesta podían verse truchas, varias tencas y hasta un lucio no muy grande.

—Afortunada pesca, sí señor —dijo Jaskier.
—¿Y qué? —preguntó el hombre—. ¿A probar suerte? Yo ya terminé la jornada, esta de aquí es la mejor agua para pescar. Quedarsus aquí y ya verán vuesas mercedes. Pero antes de lo oscuro han de irse presto, pues hay peligro en estos andurriales.
—¿Peligro? —se interesó Geralt—. ¿Qué clase de peligro? Precisamente hemos acampado aquí cerca.
—Pos a mal sitio han ido a caer para una acampada. Algo andurrea por aquí a las noches. Unos dicen que unos anegados, otros que si una lamia, otros que si una estrige. Oh pero, va, qué ven mis ojos, si el caballero es un brujo. En siendo así, no he dicho nada.
—Y aunque sea un brujo —dijo Geralt—, peligro hay. No es tontería una lamia, y ya no digamos una estrige. Recogemos el campamento y seguimos, tenemos tiempo de encontrar otro lugar más adelante.
—Si acaso interesa, señor brujo, hay recompensa. Y no poca, pos a unos cuantos se ha llevado por delante el monstrum. Doscientos oren.
—¿A cuántos ha matado?  Y, ¿en qué forma se encontraron los cuerpos?
—Unos diez u once. Los cuerpos, pos devoraos, unos más y otros menos.

El brujo reflexionó unos instantes.

—En todo caso, no puedo exponeros a tal peligro —le dijo a Jaskier—. Ni hablar. Recogemos.
—Por eso problema no hay. Sitio tengo en el chozo, allí podéis pasar la noche. La paja es limpia, no hay animales. Y pescado para la cena tampoco ha de faltar.
—En ese caso… acepto el contrato.
—Gracias, señor brujo. Haga usté su faena y mañana le acompaño ande el alcalde, a cobrar el beneficio.

La cifra, en las condiciones de seguridad para Ciri y Jaskier, convenció al brujo. Aún quedaba mucho camino hasta Kaer Morhen, y su bolsa no duraría eternamente. Temía que, si venía algún imprevisto, no pudiera afrontarlo a medida que el viaje avanzara.

Con la información del pescador que obtuvo durante la cena, Geralt tenía ya una idea de qué monstruo se trataba. Y no era uno, se temía.

Dejó a Sardinilla cerca del camino, había sacado la espada de plata de su envoltura de suaves pieles y colgaba ahora en su espalda, rebuscado en su cofrecillo con cerradura el elixir que iba a necesitar y lo había tomado. Soportó la agonía de los primeros momentos tras tomarlo, pero ahora sus sentidos estaban al máximo, sus movimientos eran extremadamente rápidos y tenía un control total sobre su cuerpo. Estaba listo.

Se acercó a la orilla del río, cauteloso, silencioso, se agachó y observó. Allí estaba el grupo de anegados. Eran tres.

Se puso en pie y se acercó a la orilla, dejando que le vieran, la espada de plata brillaba a la luz de la luna menguante al moverse en unos molinetes verticales con la mano baja, silbaba la hoja, siniestra, cortando el aire. Sabía cómo iban a actuar, y así lo hicieron. Le rodearon, que era justamente lo que quería el brujo, tenía prisa por terminar.
Se puso en acción con un salto hacia el monstruo que tenía enfrente, acompañado de un tajo oblicuo que aprovechó la inercia del molinete y se llevó por delante la cabeza del primer sumergido. Supo que los otros dos estarían abalanzándose hacia él y giró, una vuelta casi completa con el filo tajando en revés que abrió el vientre del segundo, desparramándose en el suelo unos intestinos verdes con un olor nauseabundo, pero Geralt no se entretuvo a contemplarlo, estaba ya con el tercero al concluir el giro, la espada de plata silbó de nuevo y cortó su cuerpo podrido por la cintura, la hoja pasó, letalmente afilada, casi sin resistencia alguna, dividiendo en dos el cuerpo del anegado.

Geralt se detuvo. Esa había sido la parte fácil del trabajo, lo que vendría a continuación no lo sería. Esperó allí, arrodillado en medio de los cuerpos, sabía que no tardaría en acudir. Ella los mataba y los anegados los devoraban, cubriendo sus huellas. Trabajo en equipo.

La mujer iba cubierta con una capa, llevaba la capucha calada. Se acercó, pero se detuvo a unos metros.

—Has matado a mis niños…—dijo.

El brujo no dijo nada, pero se puso de pie.

Se descubrió la cabeza. Parecía una mujer joven, agraciada, todas ellas lo parecían siempre. Pero entonces, su rostro cambió, ya no era humano. Abrió la boca amenazadoramente y siseó enseñándole los colmillos.  Geralt levantó la espada.

El ataque no se hizo esperar. Rápida como el rayo, se abalanzó sobre él, pero esquivó la espada que la buscaba. Él se apartó a tiempo de evitar sus garras y recuperó la posición de ataque, fintó para engañarla y lanzó otro ataque a continuación, tampoco la alcanzó esta vez. Ella se movía con agilidad y rapidez, tanto como él; apareció ante él, la rechazó instintivamente con la Señal de Aard, entonces, sin saber cómo la tuvo detrás, y sintió sus garras clavándose en su espalda, si él no la hubiera intuido y no se hubiera girado, la herida hubiera tenido graves consecuencias. Raudo, mientras sentía las garras arañándole, sabiendo por ello dónde estaba su cuerpo, subió la espada desde abajo, por el hueco de su brazo, y le acertó en el costado. La lamia gritó al contacto con la hoja de plata y Geralt, dando la vuelta, levantó la mano y conjuró otra Señal, envolviéndola con fuego. La lamia gritó y, presurosa, salió del radio de alcance. Esperó, mirándole con odio. Él también la esperaba, con la espada sujeta con las dos manos y las piernas flexionadas, listo para matar.

La vampira dudaba. Las heridas, a buen seguro, le restaban eficacia y lo sabía. Geralt decidió atacar, no estaba dispuesto a dejarla huir. De dos saltos llegó hasta ella, lanzó un tajo y falló; la lamia intentó rodearle de nuevo, pillarlo por sorpresa, pero el brujo lo supo y dio un giro, resuelto, la espada silbó en el aire con decisión al encuentro de su cuello y tajó certeramente, salpicando sangre en la misma dirección en que seccionaba la cabeza de la lamia. La cabeza rodó por el suelo, el cuerpo se desplomó como un saco. Geralt limpió la sangre de la espada de plata con la capa del monstruo y la guardó a su espalda, luego cogió por el pelo la cabeza para llevarla como prueba y regresó por donde había venido.

Tanto Jaskier como Ciri estaban aún despiertos cuando llegó. Ambos estaban preocupados. Se quitó la capa con cuidado, los cortes de la espalda le dolían.

—¿Ha ido bien, Geralt? ¿Lo has matado? —preguntó Jaskier.
—Sí.
—Oh, Geralt, qué miedo he pasado por ti… —dijo Ciri con un hilo de voz.
—¿Qué era?
—Anegados. Y una lamia.
—Oh, joder…

Cuando el brujo se volvió de espaldas para dejar las espadas y la capa en un rincón, Ciri se fijó en las roturas de su jubón, ribeteadas por manchas rojas de sangre.

—¡Pero si estas herido! ¡Geralt!
—Sí, Ciri, pero no te preocupes, no es nada grave. Jaskier, vas a tener que curarme. Voy a por el odre de agua y unas cosas de mi equipaje.

Volvió casi al momento, se quitó el jubón y la camisa, se sentó en el suelo con su cofrecillo y una bolsita ante él. Buscó con cuidado entre los frascos de cristal separados por un acolchado de hierba seca y cogió el que buscaba. Le tendió al bardo la botellita de cristal y un trozo de lienzo limpio.

—Moja el trapo con agua y limpia los arañazos, Jaskier. Después vierte parte del contenido de este frasco encima.

El poeta no dijo nada e hizo como le había dicho. Geralt siseó cuando el líquido del frasco alcanzó las heridas, el brebaje espumeó y la espuma se volvió roja por la sangre. Jaskier estaba extremadamente pálido. Geralt contrajo los músculos de la espalda, tembló. Ciri se estremeció.

—Eeeeuuueeeeuueee…
—Ciri, no mires si te impresiona.
—Geralt, el tajo de arriba va a necesitar unos puntos.
—Tengo sutura—afirmó volviendo a rebuscar entre sus cosas.

Al poco le tendió el hilo y la aguja ganchuda. Jaskier lo cogió. Le costó enhebrarla a causa del temblor de sus manos.

—Moja la aguja y el hilo con el líquido del frasco.

Así lo hizo el poeta, luego levantó la mano y la acercó a la herida. Tragó saliva.

—Geralt, no creo que pueda…
—Tienes que hacerlo, yo no me llego.

Su temblor se acrecentó cuando atravesó la piel de la espalda. Pasó el hilo y sintió una gran debilidad adueñándose de su cuerpo.

—No puedo, Geralt… Me estoy mareando… Como siga, me desmayo…
—Joder, Jaskier…
—Yo te curo, Geralt —dijo Ciri—. Yo lo haré.
—¿Lo has hecho alguna vez?
—No, pero he visto cómo lo hacían. Lo haré bien, ¿no te lo crees?
—Adelante, Ciri. Confío en ti.

El poeta se apartó y se tumbó en el heno, al poco se levantó y salió corriendo afuera. Le oyeron vomitar escandalosamente.

Ciri sorprendió al brujo una vez más. Con todo el cuidado de que era capaz, iba cosiendo la herida procurando hacerle el menos daño posible. Geralt reprimía como podía cualquier gemido para no acobardar a la niña, sabía que se estaba haciendo la valiente por él, para ayudarle. Por eso, apretaba los dientes a cada punto y estrujaba puñados de paja con las manos, pero de su boca no salía ningún sonido. O casi.

—Ohmmmm…
—Ay, ay… p-perdonnna…
—¿Vas bien, Ciri?
—Shííí…
—¿Te mareas? ¿Te mareas, Ciri?
—Nnnnoo…
—No estoy yo tan seguro…

Jaskier entró de nuevo y volvió a tumbarse en el heno. Cerró los ojos.
Al poco, la niña terminó de coserle. Geralt le pasó el cuchillo de su bota y ella cortó el hilo. Le puso unos trapos largos, limpios, sobre las heridas a modo de vendas y, nada más acabar, se tumbó junto a Jaskier, estaba tan pálida como él. El brujo se levantó y recogió el material.

—Geralt… la próxima vez no te dejes herir, ay, ay…
—Gracias, Ciri. Has sido muy valiente, sé que lo has pasado mal.
—Y, ¿quién iba a curarte, si no? ¡Jaskier, eres un cobardica!
—A mucha honra… —farfulló el poeta con voz pastosa.
—Ciri… esta noche tendré que dormir bocabajo. Es mejor que, de momento, duerma solo. Hasta que la herida cicatrice lo suficiente. Lo entiendes, ¿verdad?
—Lo entiendo, Geralt. Pero, ¿me darás la mano?
—Claro que sí, pequeña. Cómo negarte nada después de lo que has hecho por mí. Venga, todo el mundo a dormir. Jaskier, ¿no vas a quitarte ni las botas?

A Jaskier le daba igual, ni siquiera le había oído. Dormía.

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  Reto Mar19: Un cuento oscuro
Enviado por: Joker - 18/03/2019 08:14 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

Había una vez un niño y una madre que vivían felizmente en un gran castillo. Los muros eran altos, las torres acariciaban las nubes y, aun cuando llovía, parecía que lucía el sol. El castillo tenía innumerables habitaciones, todas ellas espléndidas, repletas de magníficos objetos. Todas las mañanas, el pequeño se adentraba por los laberínticos pasillos y exploraba las habitaciones infinitas, acompañando a los visitantes llegados de los rincones más ignotos del mundo. Todas las mañanas descubría increíbles tesoros, objetos extraños de orígenes desconocidos, y todas las tardes le relataba a su madre todo lo que había visto y con las extrañas gentes con las que había halado. En ocasiones, el niño acompañaba a su madre para aprender el difícil oficio del trueque y la observaba ensimismado, embobado por su voz, su delicadeza y su sonrisa. Al atardecer se asomaba a uno de los adarves que daban al sur para ver desfilar la hilera sin fin de comerciantes y visitantes que abandonaban el castillo.
Un mal día la madre cayó gravemente enferma. A medida que los médicos cercanos fueron dejando el castillo con la cabeza gacha, se pidió a todos los comerciantes y visitantes que corrieran la voz de que quien encontrase la cura tendría una gran recompensa. Pasaron los días, las semanas y los meses, y las colas habituales fueron dejando paso a las hileras de médicos. Ninguna poción, pócima o ungüento hizo efecto alguno, y la madre del niño fue empeorando cada vez más.
—Mamá, no quiero que te mueras —le decía su hijo todas las noches.
Su madre le sonreía, pero parecía la sonrisa de una calavera; había perdido todos sus encantos y parecía más un esqueleto que una madre.
—No me moriré, ya lo verás —decía ella, y aunque sus ojos querían transmitir ternura y confianza, solo conseguían infundir más temor en el chico.
Las visitas se extinguieron, tanto de comerciantes como de médicos, rendidos ante una enfermedad cuya cura que se mostraba demasiado esquiva para todos.
El castillo quedó en silencio, solo interrumpido por los suaves sonidos que producía el poco servicio que quedaba.
Una mañana, tras recibir el abrazo helado y huesudo de su madre, decidió que él no se rendiría. No pararía hasta encontrar una cura. Así que preparó un hatillo, lo llenó de provisiones de la cocina y salió del castillo con el objetivo de salvar a su madre. Solo su ingenuidad de niño le podía dar la seguridad de que él vencería donde otros habían fracasado.
Viajó durante días, atravesando pueblos y villas, preguntando si conocían a alguien que pudiese ayudarle, ya fuesen sabios o brujas, duendes o hadas. Las respuestas que obtuvo fueran miradas apenadas y suaves negativas.
Un atardecer, mientras comía un trozo de pan duro acompañado de un pedazo de queso, recibió la visita de una vieja bruja.
—He oído tu historia, jovencito, y estoy muy apenada —dijo con la voz áspera como una lija—. Toma, con esta moneda podrás conseguir aquello que buscas. Solo debes seguir el camino del oeste en cuanto lo veas.
El niño le agradeció con lágrimas en los ojos el gesto que había tenido con él.
Con fuerzas renovadas y el ánimo planeando a gran altura, continuó el camino a pesar de que empezaba a anochecer. Muchas horas después, agotado y asustado por los ocultos sonidos de la noche, llegó hasta…


… un castillo.
Los muros eran altos y negros como diablos del abismo, las torres alcanzaban la negrura del cielo como sombrías lanzas en ristre. Las puertas, oscuras como la garganta de una bestia, parecían dos palmas de madera que bien podrían haber pertenecido a un monstruo.
El niño apretó con fuerza la moneda, sintiendo el frío que desprendía, y volvió a darle un último vistazo. Su tacto era liso, pulido, y a pesar de la poca luz, los destellos indicaban que era de bronce. No había inscripción ninguna y lo único que destacaba era el pequeño agujero que la atravesaba por su centro. Decidió que lo más seguro para no perderla era guardarla en el bolsillo interior del ya desgastado chaleco amarillo maíz.
Con manos temblorosas se acercó hasta las puertas. Buscó por los alrededores un cordel de llamada o una campanilla, pero nada encontró. Con manos temblorosas y la respiración acelerada golpeó con los nudillos la hoja. El sonido apenas se percibió, ahogado por la madera, pero antes de que pasaran cinco latidos de su corazón, las dobles puertas se abrieron.
La débil luz de la luna apenas penetró la penumbra. Trató de llamar, pero las palabras quedaron pegadas a su reseca garganta. Tragó la poca saliva que su boca producía, en un vano intento de conseguir algún sonido. Carraspeó, tosió, y solo entonces consiguió que su garganta se aclarara.
—Hola. ¿Hay alguien ahí?
El sonido de su voz se perdió en el largo pasillo que se fundía en la oscuridad. El niño nunca antes había sentido tanto miedo; ni siquiera sabía que se podía sentir tanto miedo. Miró hacia atrás, hacia el camino que había recorrido, valorando la posibilidad de huir de aquel lugar, de buscar a alguien que le ayudase a entrar. Unas lágrimas le enturbiaron la vista y se deslizaron mejillas abajo cuando parpadeó. ¿Quién iba a ayudarle?¿Quién querría entrar en un lugar como aquel? Respiró profundamente, intentando tranquilizarse, evocando el recuerdo de su alegre madre con las mejillas sonrosadas que la enfermedad le había arrebatado. Debía de conseguir la cura para su madre.
Con pasos temblorosos, dubitativos, se adentró poco a poco en el corredor. Las paredes se alzaban altas, salpicadas de puertas cerradas. Cuando llevaba recorridos algunos pasos los portones de entrada se cerraron de la misma manera que se habían abierto y dejaron al niño sumido en la oscuridad. Aguantando la respiración y con los puños apretados, esperó que algún terrible monstruo lo devorara en la más completa oscuridad. Pero nada ocurrió.
Pronto se dio cuenta que tenía los ojos cerrados. Al abrirlos, una débil luz iluminaba todo el pasillo, mostrando las paredes de piedra basta, granítica, el techo abovedado del que colgaban lámparas de araña apagadas y puertas de maderas nobles y lisas como las hojas de papel en las que dibujaba.
—¿Hola? —preguntó. Su voz había sonado excepcionalmente alta—. He venido porque…
Las palabras se apagaron en su boca. Tenía frío, y con cada respiración el vaho dibujaba siluetas confusas, que se retorcían unas contra otras.
Siguió caminando con pasos cautelosos sobre el mármol helado. Al niño le pareció que era blanco, pero de un blanco apagado, lechoso, enfermizo.
Finalmente llegó a un salón enorme, como el que su madre usaba para realizar los trueques. En los cuatro lados del salón habían escaleras de subida y bajada, y desde allí podía ver el piso de arriba, salpicado de pasillos y puertas.
Un largo escalofrío recorrió su cuerpo hasta dejarle casi aturdido. Dio una vuelta sobre sí mismo, observando con detalle la distribución de las entradas y salidas, y cuando se dio cuenta, había dejado de respirar. La vaga sensación de familiaridad que había sentido mientras caminaba por el corredor le golpeó como una violenta bofetada. Aquel castillo parecía igual al suyo, solo que más sombrío y oscuro. Apenas había mobiliario, decorados o cuadros, pero era igual a su casa.
Azotado por un latigazo se puso en marcha. Entraría por uno de los corredores laterales y bajaría los diez escalones hasta las cocinas.
Y así fue.
Estaba jadeando en las cocinas, vacías de alimentos pero con los mismos bancos, armarios y despensas. Estaba de vuelta en casa y no se había dado cuenta.
Un murmullo atravesó el sonido de sus jadeos y se quedó paralizado de terror, sin respiración. El murmullo a su espalda subió de volumen hasta convertirse en un resuello agonizante. El niño se dio la vuelta, con los músculos agarrotados, y ahogó un grito al ver el contorno de una figura deforme a la entrada de la cocina, sobre los escalones.
—Poooor fiiinnnn… —gimió el monstruo.
El niño apenas se movió. Las piernas estaban dispuestas a correr, pero su cerebro estaba en shock, incapaz de asimilar qué podía ser aquella cosa.
Cuando el monstruo extendió el brazo hacia su dirección, el niño pudo ver con claridad unos dedos rotos, con las uñas arrancadas, una mano grisácea recubierta de cortes que se extendían por un brazo mortecino, abierto por múltiples lugares y supurantes de pus negruzca.
—Veeeennn aaaa miiiiii.
La voz de aquel engendro sonaba como si sus cuerdas vocales hubiesen sido extraídas y colocadas al revés.
El niño se dio la vuelta y corrió hacia la otra puerta de la cocina, la que subía directamente al primer piso. No le hizo falta mirar atrás para sabe que la cosa había emprendido la carrera, que le perseguía como un hambriento perro de caza persigue a una liebre.
Subía los escalones de dos en dos, pero los jadeos y gemidos de su perseguidor parecían estar cada vez más cerca. Al llegar arriba, torció hacia su derecha para ir hasta su habitación, en una larga carrera que se le antojaba eterna. Las piernas le dolían y era incapaz de pensar, con la única idea de escapar en su cabeza.
Corrió tan rápido como nunca había hecho, con el corazón desbocado golpeando su pecho, los pulmones trabajando a destajo intentando capturar el oxígeno que apenas permanecía en el cuerpo por la respiración tan acelerada que tenía.
Cuando el niño estaba llegando hasta su habitación vio que más adelante, la que debía ser la habitación de su madre, estaba entreabierta, y un chorro de luz doraba bañaba el pasillo. Sin pensar, por puro instinto, fue hasta allí y al entrar cerró de un portazo, colocando todo su débil cuerpo sobre la puerta.
—Cariño, me has dado un susto de muerte —dijo la cálida voz de su madre a sus espaldas.
El niño no pudo evitar que las lágrimas se derramaran por sus mejillas por segunda vez en poco tiempo. Se olvidó de la puerta y de la cosa que había tras ella y se dio la vuelta lentamente. La cama, de sábanas rosadas y el dosel amarillo; la alfombra, decorada con un laberinto florido y de colores desgastados; el sofá, de respaldo curvado, tapizado de un naranja suave y bordados florales color ámbar; el escritorio, de nogal oscuro y relieves en espiral. Y en el centro de la habitación, su madre, su hermosa y querida madre, tal y como la recordaba: el largo cabello rizado, castaño; las mejillas sonrosadas bajo unos ojos vivaces, tiernos y cariñosos; la sonrisa, evocadora, tranquilizadora.
El niño corrió hasta su madre y se abrazó a ella con fuerza, descargando una tormenta de lágrimas sobre su vestido. No podía hablar, ni apenas respirar. Solo llorar.
Cayó de rodillas, agotado, extenuado.
—Vamos, cariño, te llevaré a mi cama.
Y antes de que llegara a su mullido destino, se durmió.

Unas suaves caricias en la mejilla le despertaron. Cuando abrió los ojos, su madre le dedicaba una dulce sonrisa. El niño se aferró a las manos de su madre y la apretó con fuerza contra su cara. La calidez que inundó su cuerpo lo reconfortó, le dio esas fuerzas que había perdido hacía ya tanto tiempo que ni se acordaba. Pero, ¿qué era todo lo que había ocurrido?
—Has estado enfermo, hijo, y las pesadillas acudían a tus sueños una y otra vez, sin dejarte descansar —dijo su madre, como si hubiese escuchado la pregunta.
El niño cerró los ojos, aliviado, feliz de que solo hubiese sido un mal sueño, una horrible y larga pesadilla. Cuando lo abrió de nuevo, su madre tenía una extraña expresión en el rostro. Su boca estaba ligeramente abierta, con los labios juntos como un bebé preparado para mamar, la mandíbula se movía rápidamente en cortos movimientos y la lengua entraba y salía. Los ojos, entonados, parecía envueltos en un éxtasis indescriptible.
Algo pareció advertir su madre, porque de nuevo volvió a su plácida expresión. Le sonrió de nuevo y le acercó una humeante taza.
—Toma, la medicina, para que te recuperes.
El niño bebió con cuidado de no quemarse. Tenía un extraño sabor a naranja amarga y anís, una combinación que no recordaba haber tomado nunca.
—Será mejor que de momento no te levantes —le dijo su madre—. Debes descansar y recuperarte antes de que puedas volver a correr por los pasillos.
Feliz, el niño tomó la mano de su madre y la besó. Ésta no pudo evitar poner de nuevo esa extraña expresión que había visto unos minutos antes, y que solo duró unos instantes.
Entonces su madre se dirigió a su escritorio, como tantas veces hacía, a escribir correspondencia mientras canturreaba. El niño suspiró y quedó de nuevo dormido.
La sensación que tenía el niño era que los días no pasaban. No había ventanas en aquella habitación, así que no podía ver si era de día o de noche. Cuando le preguntaba a su madre por esto, le respondía de forma ambigua, argumentando que todavía no se había recuperado, que debía descansar. Y cada vez que se bebía el contenido de aquella taza más que reconfortarlo parecía que le consumiera todas sus fuerzas.
—¿Qué te pasa hijo? ¿Ya no eres feliz? —le preguntó en una ocasión su madre.
—Sí, claro que lo soy. Esa pesadilla que tuve, en la que estabas enferma de muerte, está todavía muy reciente. Era tan real… Pero no es eso, es que me gustaría salir fuera.
—¿Fuera? ¿Para qué?
—Bueno —dudó el niño—, me aburro un poco aquí y me gustaría salir a jugar en el patio.
—Pero todavía no te has recuperado —dijo su madre en tono conciliador—. Acábate la medicina.
Pero el niño estaba cansado de tomar aquella medicina. Dudaba que tuviese algún efecto puesto que siempre se encontraba agotado.
Un fuerte golpe sonó en algún lugar lejano. La madre se tensó de repente, como un ciervo que escucha las pisadas del depredador. La expresión severa de su rostro se tornó cálida cuando se dirigió a su hijo:
—Cariño, acábate la medicina. Voy a ver qué ha pasado —dijo levantándose y dirigiéndose a la puerta. Cuando estaba a punto de salir se volvió para añadir—: Y no salgas de la habitación. Todavía estás muy débil.
El niño volvió a escuchar otro ruido, esta vez un golpe, como si hubiesen dejado caer un mueble contra el suelo, y la puerta se cerró. La curiosidad pudo más que la prohibición de su madre y, tras dejar la taza en la mesilla de noche, se levantó con cuidado. Al ponerse de pie casi cae bajo su propio peso. Estiró y encogió las piernas varias veces, desentumeciéndolas, y se dirigió cauteloso hasta la puerta. No sabía bien qué ocurría, pero estaba dispuesto a echar un vistazo sin que lo viesen.
Abrió con cuidado la puerta y asomó la cabeza. Se quedó helado y el cuerpo le empezó a temblar. Aquel pasillo era el de su pesadilla. ¿Acaso se había dormido y estaba soñando de nuevo? Todo eso no tenía sentido. Estaba con su madre, su madre sana, la que él recordaba, la buena. Lo anterior debía haber sido una pesadilla, en la que enfermaba y se consumía, en la que salía de su castillo para enfrentarse a la decepción de no encontrar una cura, al terror que le producía que su madre muriera y quedarse solo.
Un gran peso cayó sobre él. ¿Debía permanecer allí, en aquella habitación, donde se madre estaba sana y le dispensaba cuidados y mimos? ¿O salir fuera e investigar qué estaba ocurriendo, con el riesgo de descubrir que la realidad no era lo que estaba viviendo?
Se tomó unos instantes mientras se enjuagaba las lágrimas con la manga. Si en verdad su madre estaba moribunda no podía seguir allí, debía buscar una cura. ¿Qué estaba ocurriendo entonces en aquel castillo?
Dio un par de pasos y salió del dormitorio. Fue por los pasillos, entrando en las habitaciones. Todas tenían la misma distribución que su casa, con muebles similares, pero no había ni uno de los objetos maravillosos y extraños que abarrotaban su castillo real.
—Pooooor fiiiiinnnnn —gimió una voz a su espalda.
El corazón casi se le paralizó del susto. Se dio la vuelta y vio a la cosa en el marco de la puerta, obstruyendo la salida de aquella habitación. Ahora podía verlo con más nitidez, aunque deseó no haberlo visto nunca. La cabeza, una vez redonda, había sido moldeada a martillazos. La piel grisácea estaba cubierta moratones y hematomas, surcada por cortes largos que dejaban al descubierto carne y hueso, y por donde la sangre hacía tiempo que había dejado de manar. La mandíbula colgaba inerte, y los labios había desaparecido dejando una sonrisa siniestra, plagada de huecos donde antes hubo dientes. El cuerpo, allí donde un los restos de un chaleco sucio y hecho girones dejaban la piel al descubierto, presentaba llagas supurantes de pus negra, y los gusanos había creado allí numerosos nichos. Aquel ser no era mayor que un niño, pero daba más miedo que el más terrible de los espectros.
—No, déjame —logró articular el niño, buscando desesperado la manera de salir—. Mamá… Mamááááá— empezó a gritar.
Fue entonces cuando aquel monstruo salido de las pesadillas más profundas se abalanzó sobre el niño. Éste trató de correr, de buscar una salida de aquella trampa en la que él mismo se había metido. La cosa saltó por encima de uno de las mesas vacías y cayó sobre el niño, que se revolvía desesperado tratando de escapar, lanzando frenéticos puñetazos y patadas. El monstruo lo zarandeó y le golpeó varias veces en la cabeza hasta dejarlo aturdido.
—¿Doónde…? —logró gemir la bestia mientras rebuscaba entre las ropas del niño.
La cosa metió la mano en el bolsillo interior del chaleco del chico y sacó la moneda de cobre. Entonces se dio media vuelta y desapareció por donde había venido con suma rapidez.
El niño apenas podía respirar. Le dolía mucho el pecho y la cara, sobre todo donde había recibido los golpes, y notaba cómo la sangre le resbalaba por la piel. Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, todavía tembloroso, caminó lo más rápido que pudo para llegar a la habitación de su madre. Debía de haberle hecho caso. En su habitación se encontraba seguro, protegido. Había sido un estúpido por salir de allí.
Cuando llegó y abrió la puerta, una horrible figura se dio la vuelta y le dijo:
—Cariño, te dije que no salieras de la habitación, que todavía estás muy débil.
El niño ahogó un grito de terror. Aquella figura era alta y delgada, con un rostro triangular y dientes negros y deformes. Los ojos, lilas, trataban de mirar con cariño al niño, pero solo le otorgaban un tinte siniestro y malévolo. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, quien había sido su madre en aquel castillo maldito lanzó una maldición al aire y antes de que pudiera reaccionar, agarró al niño del hombro con mano férrea y lo arrastró por los pasillos. El niño se agitaba y revolvía, golpeaba la mano que lo arrastraba en un vano intento de soltarse, de librarse de la presa que lo llevaba sin piedad a algún destino horrible. Soltarse de aquella presa era como desprenderse de su propio brazo. De nada sirvieron sus gritos, sus súplicas, sus lloros. Se adentraban más y más en las profundidades del castillo.
Finalmente llegaron frente a una puerta tosca y maltratada por la humedad. Al entrar, el niño supo que aquello era el fin. El hedor a muerte y agonía que flotaba en aquella amplia habitación penetró en sus pulmones a pesar de que aguantaba la respiración. Máquinas extrañas le prometían una eternidad de torturas; cadenas con garfios colgados del techo auguraban largas sesiones de sufrimiento; mesas repletas de afilados utensilios susurraban tormentos inimaginables; estantes de frascos de infinitos colores vociferaban enfermedades incurables y pesadillas continuas.
—Si no puedo tener tu amor, tendré tu dolor —sentenció aquel espectro de carne y hueso, y lanzó al niño al interior de un sarcófago plagado de púas.
Cuando lo cerró ya solo se oían gritos de agonía. La criatura entrecerró su boca, con los labios juntos, y la mandíbula moviéndose rápidamente en cortos movimientos mientras la lengua entraba y salía. Los ojos, entornados, parecía envueltos en un éxtasis indescriptible mientras se alimentaba del dolor que destilaba aquel pobre desgraciado. No era mejor que el amor, pero al menos era alimento.
No muy lejos de allí, el ser deforme y mutilado llegaba a las puertas del castillo. Apretaba con fuerza la moneda de bronce, mientras la otra mano la llevaba pegada al pecho, allí donde el bolsillo interior de su chaleco guardaba el mayor de los tesoros.
Cuando llegó a la doble puerta, golpeó dos veces con los nudillos, y a los pocos instantes se abrieron. El ser salió al exterior tan rápido como había corrido por los pasillos, escapando por fin de aquella pesadilla horrible y recibiendo con agrado las puñaladas de luz en sus ojos. Cuando cruzó el umbral su cuerpo fue experimentando un cambio gradual hasta recuperar su aspecto original, antes de quedar atrapado en aquel maldito lugar. Se alejó corriendo descalzo por el sendero que había recorrido hacía una eternidad, cuando buscaba una cura para su moribunda madre. Se alejó de allí, dejando atrás…


…el castillo.
Cuando el niño estuvo suficientemente lejos, sacó de su chaleco amarillo un pequeño frasco. Lo observó con la alegría profunda de quien encuentra un remedio para curar a su ser más querido. Volvió a guardarlo en el chaleco, que había recuperado su color original y ya no estaba desgarrado, y volvió su atención a la moneda que brillaba en la mano con destellos broncíneos. No sabía qué hacer con ella. Si la escondía o la arrojaba a un río, alguien quedaría atrapado para siempre, alimentando al monstruo del castillo con su dolor. Pero si la dejaba para que otro la encontrara, tal vez hallase la manera de acabar con la maldición.
Mientras pensaba en ello llegó hasta el lugar donde había parado a descansar y una bruja del camino le dio la moneda. Para él lo más importante era volver a casa y salvar a su madre.
Tomó una decisión.
Dejó la moneda allí donde había estado sentado y se fue.
Con aquel frasco en su poder, su madre viviría y volverían a ser felices.

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  Reto Mar19: God’s awakening
Enviado por: Joker - 15/03/2019 10:31 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

God’s awakening



Akira se había despertado como un millón de veces en aquel lugar. Invariablemente, lo primero que acudía a su mente era la gran pregunta: ¿Estaba en el mundo real?
Impersonales, limpios y funcionales. El problema con los almacenes de personas es que todos son iguales. Se frotó los ojos. Una vez quitado el casco de Wifi neuronal la vista volvía poco a poco. Al despertar, el tubo alimenticio se había retraído rápidamente hasta fundirse con en el techo. Al terminar sus funciones, la aspiradora orinofecal había desaparecido en la cama ergonómica. Así pues, lo único visible en aquel diminuto cubículo, aparte de la cama, era el BAT situado en una esquina. Aquel bot multitarea esférico era el que se encargaba del mantenimiento de persona y lugar. Cosas tan importantes como quitar el polvo, cortar las uñas o el pelo las hacía con perfecta eficiencia.
Miró hacia abajo, había lo de siempre. En otra época podría haber respondido a la gran pregunta midiendo su miembro viril erecto. Su longitud y circunferencia eran dos valores invariables que no estaban expuestos a la sociedad. Así pues, mientras no expusieras tus virtudes al viento, aquel era el sistema más práctico para saber si estabas en el mundo real. ¿Y no podía ser que te encontraras en un mundo creado ti? Nunca. Akira nunca clonaba su yo real. Siempre lo había tenido claro, la herramienta con la que cargaba en el mundo real era demasiado pesada. En sus mundos virtuales se equipaba con un calibre que no intimidara tanto, uno apto para todos los públicos. Desafortunadamente, con su ex de por medio todo aquello no servía de nada. Ella conocía con exactitud sus medidas. Sus enemigos podían haber creado un avatar clónico para confundirle. Akira suspiró. Una cosa más a sumar a la lista de las que le había quitado su ex.
El BAT empezó a rodar por la pared y siguió por el techo hasta encontrar el tubo alimenticio. Se acoplaron de forma mecánica pero sorprendentemente sexual. Akira suspiró. Aquello lo confirmaba, llevaba mucho tiempo sin echar un polvo. El agua fría cortó sus pensamientos, el BAT había activado el modo ducha traicionera. ¿Existía una sensación peor que encontrarte con agua fría cuando te la esperabas caliente? Difícilmente. No importaba cuánto avanzase la tecnología, lo de tener una temperatura adecuada en la ducha nunca llegaba. Evidentemente, el agua fría devino agua enjabonada al punto de ebullición. Akira maldijo en todos los idiomas que conocía. Para cuando empezó a acostumbrarse al calorcito el agua de deshielo volvió. La aspiradora orinofecal apareció para ejercer de turbo sumidero, no quedó ni una sola gota de agua.
-¿Quieres continuar con una limpieza profunda? - dijo el esférico BAT con una sensual voz de mujer.
-No – contestó un Akira temeroso de averiguar lo que una respuesta positiva podría conllevar.
-Disculpa, no te he entendido. ¿Serías tan amable de repetir tu respuesta? - dijo el esférico BAT con una sensual voz de mujer.
¡Maldición! ¡Ya estaban otra vez con aquello! Lo malo de los almacenes de personas lowcost es que para conseguir beneficios te intentan endosar los extras de las más ingeniosas maneras.
-No - contestó Akira vocalizando de la forma más clara posible, armándose de paciencia.
-¿Estás seguro de no querer una limpieza profunda? - dijo el esférico BAT con una sensual voz de mujer – Resulta en un ahorro del noventa por ciento respecto a coger las diferentes limpiezas por separado.
Te intentan endosar extras de forma ingeniosa o, simplemente, por cansinidad.
-No – volvió a repetir Akira de forma mecánica.
-¿No estás seguro de no querer una limpieza profunda? - dijo el esférico BAT con una sensual voz de mujer.
-No, no quiero una limpieza profunda – dijo Akira intentando recordar cómo salir de aquel bucle.
-Entiendo - dijo el esférico BAT con una sensual voz de mujer – Déjame proponerte algo interesante. Si decides adquirir un Earunclogging y un Toothbrushing te puedo hacer hasta un cincuenta por ciento de descuento. ¿Cómo suena eso?
-Lo siento, no estoy interesado – dijo Akira perdiendo un pedacito de su paciencia en el proceso.
-Disculpa, el precioso brillo marrón de tus ojos me ha distraído y no te he entendido. ¿Serías tan amable de cambiar tu respuesta? - dijo el esférico BAT con una sensual voz de mujer.
Akira suspiró. Aquel BAT a primera vista podía parecer estúpido… ¡Pero en realidad era estúpidamente avanzado! Akira suspiró. Si no prestaba toda su atención, si no elevaba su juego y empezaba a escoger bien sus palabras... ¡Seguro que le acabarían cobrando algún extra! Una furibunda batalla de preguntas y respuestas ocupó la siguiente media hora de aquel cubículo.
-Ya casi hemos terminado - dijo el esférico BAT con una sensual voz de mujer – Para la devolución de tu Personal Intelligent Mobile necesitarás el código de seguridad impreso o haberlo descargado en la App de Easywarehouse.
Akira suspiró. Había llegado hasta aquel punto esquivando pagar todos y cada uno de los extras, pero aquella frase era la madre de todas las trampas. El PIM, la evolución de los primigenios teléfonos móviles inteligentes, era único e intransferible. Consecuentemente, para redimir tu propio PIM necesitabas el de otra persona. Es decir, necesitabas de alguien que te viniera a despertar. Aquel no era el caso. La otra opción era imprimir el código de seguridad antes de irte a dormir, es decir, antes de entrar en el mundo virtual. Aquella opción era adecuada si ibas a estar unas horas, pero nos servía cuando tu estancia superaba el día. En el momento que rebasabas aquella barrera horaria la limpieza superficial se volvía obligatoria. Las posibilidades de proteger el papel de aquella tormentosa ducha eran inexistentes. ¿Por qué no lo guardas en un recipiente impermeable? Porque el mantenimiento del BAT respeta el código impreso, pero todo lo demás lo limpia. ¡Protocolo de contaminación cruzada lo llaman, toca cojones lo llamo yo! Akira suspiró. Había sido duro y rápido, pero finalmente había llegado a la solución de aquel rompecabezas.
-Autorizo cargar a mi Citizen Credit la impresión del código de seguridad – dijo un Akira furiosamente resignado.
-Siempre es un placer hacer negocios contigo - dijo el esférico BAT con una sensual voz de mujer – ¡Que tengas un buen día!
Un papel salió de una ranura que estaba al alcance de su mano. Akira suspiró. La solución siempre era pagar. Cuando cortas con tu novia y te vas al exilio sine die es normal que se te escapen los detalles. Akira miró aquel puto papel con rabia, le había costado el equivalente a dos cervezas. ¡Dos cervezas! Aún no sabía si estaba en el mundo real, pero una cosas sí sabía, odiaba aquel mundo. Escaneó el código en el escáner que había debajo de la ranura y un compartimiento se abrió en la pared más cercana a sus pies. Intentó un movimiento de pura vagancia, intentó coger el PIM con los pies. Evidentemente este acabó en el suelo. Akira suspiró, era lo esperado. Usó su pie izquierdo para empujar el dispositivo unipersonal hasta su mano. Sus dedos aferraron el PIM con ansia. ¡Por fin volvía a tener el control de su vida!
Apretó en la pantalla táctil el icono en forma de labios sexis que activaba los comandos de voz.
-Abrir persiana – dijo Akira con esa seguridad que te da tener el dispositivo que todo lo puede hacer.
Obedientemente, la persiana de aquel diminuto cubículo se abrió. La caída hasta el suelo era de más de cien metros. Todos los almacenes de personas lowcost habían sido construido con la misma estructura. Pasillos interminables y paredes de cubículos a ambos lados. Aquel almacén debía tener unas doscientas alturas, era de los pequeños. Utilizó su PIM para llamar a un manodrono. Así era, en un alarde de originalidad, habían fusionado una mano robótica con un dron tanto física como lingüísticamente. Una mano robótica voladora de aquellas se le acercó con actitud lowcost. Básicamente, la actitud lowcost consistía en tocar los cojones gratuitamente al cliente que no había pagado los servicios Plus++. A aquella mano gigante le costaba la misma energía recogerlo delicadamente que cogerlo como a un pollo. Evidentemente, no lo recogió formando una sillita de princesa, lo cogió por las patas de un fiero zarpazo.
La cabeza de Akira besó esa cinta transportadora que era el pasillo. ¿Para que se iba a molestar el manodrono en desacelerar suavemente si hacerlo de forma abrupta costaba lo mismo? Le soltó las piernas y su cuerpo se desplomó sobre la cinta transportadora, esta se puso en marcha. Akira se incorporó a partir de una voltereta frontal. ¡Podían tocarle los cojones, pero no conseguirían minar su estado de ánimo! El hecho de estar solo en el pasillo transportador lo había animado. ¡Haría el checkout de aquel almacén lowcost en un microsegundo!
-¿¡Te has despertado sediento!? - escupió la holopantalla que servía a su vez de salida - ¡Deja que el alcohol barato vuelva a tu aliento!
¡Perfecto, ya empezaba el bombardeo de “ofertas”! Los almacenes lowcost tenían política de complementar agresivamente sus servicios con todo tipo de productos. ¡Si barato necesitas transportarte, el combustible va aparte! ¿¡Te has levantado tocado por una estrella!? ¡Compra nuestros rasca rasca y gana una deliciosa paella! ¡Si te sientes sin cafeína, prueba nuestras famosas inyecciones de drogaína! En la holopantalla se sucedían a velocidad legendaria aquellos anuncios de ofertas caras. Akira aceleró el paso. ¡Odiaba aquel ambiente de tómbola de feria!
Atravesar holopantallas siempre le provocaba un ligero cosquilleo. Lo que vio al atravesarla, invariablemente, le provocaba un disgusto titánico. ¡Había una cola kilométrica para hacer el checkout! Sin lugar a la duda, aquel cuello de botella era política de empresa. Enlentecían un proceso ya de por sí burocrático para que la gente desesperara y comprara el checkout++. ¡Había personas que tenían cara de llevar allí días! Akira tomó una decisión vital. ¡No compartiría su destino!
Akira sintió el fuego removerse en sus entrañas. Ese fuego revolucionario que solo hace acto de presencia ante las grandes injusticias. Aquello era algo mucho más grande que pagar o no pagar un servicio Plus++. Aquello había devenido una batalla de cojones. Los suyos contra los de aquella lamentable sociedad. ¡Demostraría que su tozudez era más que suficiente para quitarse esa piel de borrego con la que lo pretendían encorsetar!
Akira respiró profundamente y valoró sus opciones. Podía colarse o colarse. La primera implicaba hacerlo por una cola prioritaria que, casualmente, estaba vacía. La segunda era más peliaguda, consistía en utilizar el ángulo muerto de la cola no prioritaria. Empezó por lo fácil, avanzó con decisión hacia la primera opción. No había nada como vestir un aura de seguridad y una mirada al frente para colarse en cualquier sitio…
-¡ZAKT!
Nada más poner un pie en la cola prioritaria una descarga eléctrica le hizo caer de culo. La técnica elegida era buena para colarse en cualquier sitio vigilado por personas humanas. Pero, al parecer, su mirada decidida no funcionaba con los bots. ¡La automatización de la seguridad era algo totalmente injusto, tratar a todo el mundo igual le quitaba toda la gracia al arte de colarse! Akira suspiró. Decidido, iría con su segunda opción.
Se sentía como un comando avanzando de aquella guisa. Sinceramente, lo estaban bombardeando como si de una guerra se tratase. La sociedad del mundo real no miraba a una persona desnuda por debajo del cuello. Al menos no en un lugar público. Era considerado de mala educación, lo enseñaban desde la escuela. Así pues, había decidido arrastrarse entre las piernas que poblaban la larguísima cola no prioritaria. De momento nadie había mirado hacía abajo, pero los pedos nadie se los aguantaba. Mantener los principios de uno siempre suponía pasar los test más difíciles. Difíciles y, en esta ocasión, apestosos. Se detuvo cuando su cabeza atravesó el último par de piernas. Podía sentir todo el odio que se había generado en las alturas. La gente de su sociedad era formal, pero no eran idiotas. No lo habían expresado con palabra o patada alguna, pero sabían que había alguien colándose entre sus piernas. Los siete metros que separaban la línea de espera del arco de checkout serían peligrosísimos.
Tan solo llevaba diez segundos analizando cómo ejecutar aquella última maniobra, pero para su impaciencia habían pasado días. Habría utilizado ese clásico que era salir a la carrera, pero el electroshock de la cola prioritaria había conseguido que se lo pensase dos veces. Una vez se levantara tenía que pasar el checkout antes de que el odio generado en las alturas de la cola lo atrapara. Quedar paralizado podía resultar en algo terrible... ¡Podía acabar en el final de la cola! ¡Eso le obligaría a oler el viacrucis de pedos otra vez!
Akira suspiró. Ya lo tenía claro, aquella situación era un problema clásico, era el dilema del cinco. Colgando de una cinta que acordonaba el arco había un cartel que contenía el archifamoso mensaje: vuelvo en 5 minutos. Había dos aproximaciones al dilema. Esperaré, cinco minutos no son nada, eso pensaba la mayoría de las sociedad. Haré vía, cinco minutos es un convencionalismo que se utiliza para expresar una cantidad indeterminada de tiempo. Por experiencia, Akira entendía que es periodo de tiempo podía oscilar entre treinta minutos y varios días. ¡Les iba a esperar a que volvieran su puta madre!
Respiró profundamente y tensó su cuerpo cual leona a punto de saltar a por su presa. Estaba seguro, no había electroshock. Lo sabía porque habían utilizado una seguridad mucho más poderosa: el cartel de vuelvo en cinco minutos. Habían apelado a la conciencia social, nadie que se autoconsiderase un buen ciudadan@ ignoraría un cartel semioficial. ¡Pobre trabajador, seguro que había tenido un apretón! Akira salió volando de entre las piernas del primer espécimen de la cola. Pasó el arco saltando la cinta del cartel y un sonido de su PIM le certificó que acababa de hacer el checkout. Su cabeza hubiera ido directa al reclamo de pertenencias, pero sus pies se pararon en seco. Podía sentir el silencioso odio a sus espaldas, pero hasta la gente odiosamente formal merecía de su compasión. Sus pies le hicieron girar con violencia y de un fuerte tirón arrancó la cinta del infame cartel.

-¡CLING, CLING, CLING, CLING! - el sonido que había reproducido el PIM de Akira al pasar por el arco de checkout sonaba sin parar en la lejanía.
Afortunadamente, Akira les llevaba una buena ventaja. Aquella cola de odio, seguramente, no sería precisamente agradecida con él. Mientras corría había improvisado con el cartel y la cinta un taparrabos. Aquella ocurrencia sería crucial en un futuro cercano. Al llegar a la cinta transportadora que era el reclamo de pertenencias a su PIM llegó el fatídico mensaje: ¡Sus pertenencias saldrán en cinco minutos, compre YourStuff++ para agilizar el proceso! Akira observó aquel volcán cuya ladera era una cinta transportadora rotativa y su cráter era el encargado de escupir las pertenencias. ¡Lo odiaba, era el monstruo final de aquel almacén lowcost! Aunque realmente fueran cinco minutos, tampoco los tenía. La cola del odio había devenido en una marabunta de linchamiento que se acercaba rápidamente. ¡Tenía que tomar una decisión inmediatamente!
Como iba diciendo antes, el taparrabos resultó crucial. En aquella sociedad no podías ir desnudo por la calle. Los ciudadanos no dudarían en fotografiar su desnudo espartano para redimir CC. Su foto y localización serían accesibles por todo el mundo. No quería poner las cosas tan fáciles a sus enemigos. ¡Si lo querían localizar que se lo curraran! Con el taparrabos improvisado estaba legalmente vestido. Sin recompensa económica de por medio nadie se molestaría en fotografiarle. Sería un vagabundo invisible más. Dio un último vistazo a la muchedumbre que se acercaba y encaró el camino hacía la salida.
Culos flácidos, culos gordos, de dios hercúleo, culos biónicos, culos azules, los de con amor de madre tatuado... No había ningún tipo de culo que no pudiera existir en el mundo real. Conclusión, no había encontrado nada en el almacén que le ayudara a responder esa gran pregunta que tanto le acuciaba...
-¿Estoy en el mundo real? - dijo una sedosa y seductora voz de mujer – Eso te estarás preguntando. Pero primero lo primero, toma.
Un armario empotrado con voz de ángel le alargó ropa de su talla. Akira la miró de arriba a abajo. Era la trampa más evidente que había visto en su vida...
-No, no soy una trampa – dijo aquella voz seductora que salía de una cabeza con facciones de jabalí y trenzas pelirrojas a ambos lados – Eso es exactamente lo que diría alguien que te está tendiendo una trampa. Estás pensando eso, ¿no?
Akira guardó silencio. Miró con ojos curiosos a aquella chica de exuberante corpulencia. ¿Acaso no habían sido extinguidos los abrigos hasta los tobillos? Espera, su fea y gris vestimenta no era lo más relevante. ¿Acaso se pensaba que podía ganarle a su deporte preferido? Akira amaba ganar conversaciones. Como si de una partida de ajedrez se tratara siempre intentaba estar varias frases por delante. ¡Cada movimiento verbal era importante para decantar la conversación a tu favor!
-Ahora me dirás que eres la enviada del Partido Verde – dijo Akira con aparente tranquilidad – Que has esperado durante años y años mi vuelta…
-Claro – la interrumpió aquella voz sedosa con aparente tranquilidad – Y no solo eso… ¡Soy la presidenta de tu club de fans! ¡He vivido todos estos años en esa tienda de campaña que hay en el parquecito de enfrente! ¡La espera ha sido larga y llena de incomodidades, pero totalmente ha valido la pena! ¡Por cierto, me llamo Gilda Newbemwelt! ¡Gilda a secas para los amigos!
¿¡Gilda!? ¿¡En serio!? El fenómeno fan finalmente se había ido de madre, aquello rozaba lo macabro. Su nombre real, evidentemente, no era aquel. Se había puesto aquel nombre para copiar el de su hermana fallecida... No había lugar a la duda, aquel armario con trenzas pelirrojas era malas noticias. En el mejor de los casos se trataba de una trampa de sus enemigos. En el peor, era una chalada que le volvería loco a cada paso del camino. A la primera de cambio le daría esquinazo…
-Toma – dijo la Gilda falsa volviéndole a ofrecer la ropa – Imaginé que tu famosa tozudez te impediría seguir el proceso regular de un almacén lowcost. Así que compré la ropa que más me gusta para ti.
-Espera – dijo un Akira que, desde el momento que la había visto, tenía una idea que no paraba de rondar por su cabeza.
La enfocó con su PIM y lo puso en modo YourEyes. La pantalla pasó a mostrar una cuadrícula con las imágenes de las ochos cámaras, más su correspondiente realidad aumentada. Clicó en la que mostraba a la falsa Gilda de cara y buscó la aplicación AncientFunStuff. Con dos rapidísimos movimientos de dedo le puso un casco galo y un frondoso bigote pelirrojo. Lo había intuido bien, era su viva imagen. Con aquellos retoques, la apariencia de la presidenta de su club de fans era clavada a la de un personaje que se estudiaba en arqueología del cómic. Akira suspiró. Aquel descubrimiento era verdaderamente emocionante, pero tampoco resolvía la pregunta que le acuciaba desde su despertar.
-¿Estamos en el mundo real? - preguntó Akira, finalmente, la gran pregunta que realmente quería preguntar.
-¡CHOF! - recibió como respuesta.
Una enorme caca caída del cielo acababa de impactar en su hombro desnudo. Era del tipo 6, es decir, de las blanditas…
-¡GUAU, GUAU! - ladró el perrodáctil dedicándole el regalo.
La sombra del perrodáctil que les acababa de sobrevolar se alejaba velozmente. Akira tocó con el dedo la caca de su hombro izquierdo. Era una caca bastante asquerosa, pero al menos aquello respondía la pregunta. No había perrodáctiles en el mundo real. ¡Maldición, estaban en Dinooland! Había salido de un mundo virtual en donde era Dios para caer en uno en el que apenas tenía un puñado de privilegios. ¡Aquel debía ser el peor despertar de su historia!
-Que te caiga caca de perrodáctil en el hombro izquierdo da suerte, pero eso no le quita que huela como un demonio - dijo la Gilda falsa - ¿Quieres una duchita caliente?
Akira suspiró. Confirmado, aquel era el peor despertar de su historia.

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  [Cuento humorístico] Ninht, la aldea encantada - I
Enviado por: Momo - 15/03/2019 06:19 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (5)

Buenas a todos,

Hace mucho, pero mucho tiempo, escribí un par de cuentos sobre una aldea un tanto peculiar, de nombre Ninht, en clave humorística. Como esto está un poco alicaído, he pensado colgar el primero. Le he dado un repaso rápido en cuanto a puntuación, guiones, repeticiones, aunque tan solo lo más grueso. Aún así creo que se puede leer bastante bien.
Si os hace reír un poco me daré por satisfecha. El texto no tiene más pretensiones. No sé si el principio se hace un tanto farragoso. El inicio es un ejercicio casi de cuento infantil, pero luego todo es casi diálogo más humorístico.
Bueno, espero que a alguien le aproveche  Big Grin


1. La llegada de Grembeld


Erase una vez una pequeña aldea llamada Ninht, donde el sol salía siempre por el este, como un enorme ojo dorado, y se ponía siempre por el oeste, como el ojo somnoliento de un gigante adormecido. Sus rayos brillaban por la mañana sobre verdes y ondulantes llanuras y aún más verdes y umbríos valles y por la tarde sus luces melancólicas tornaban oscuras y rojizas las grandes montañas de poniente, donde ninguno de los habitantes de Ninht había posado jamás los pies.
La aldea, aunque era muy pequeña, tenía un poco de cada cosa. A saber: algunas cabras y cerdos también, algunas casas de madera y una herrería, vacas y gallinas y unas cuantas personas que trajinaban por sus calles y dentro de las casas un día tras otro. Sin embargo, allí, los días transcurrían tan tranquilamente que a veces, los cerdos, las gallinas, las vacas e incluso las personas, se olvidaban de que pasaba el tiempo. Veían crecer verde el trigo y luego teñirse poco a poco de dorado y, aun no se habían dado cuenta, cuando ya se estaban comiendo enormes hogazas de pan humeante y blanco de aquel trigo joven que habían sembrado la primavera pasada. Llegaba el otoño con su corona de hojas secas y doradas y después pasaba el invierno con su larga y fría capa de nieve volteando tras él y, una mañana, mirando a través de las ventanas y de los cristales empañados por el calor de las grandes chimeneas, veían en los campos florecer la primera rosa y sabían que ya había llegado la primavera.
No hay que decir que todos estaban muy satisfechos de la vida que llevaban en Ninht. Había muchos ancianos de cabellos blancos que contaban siempre hermosos cuentos de hadas y elfos al calor de la lumbre (entre otras muchas cosas, porque no tenían nada más interesante que contar, ya que en aquella aldea nunca pasaba nada), y aldeanos altos y morenos, de ojos severos, que cada mañana se levantaban con el sol para arar sus pequeños campos que formaban un mosaico de vivos colores al atardecer. Pero también había hermosas muchachas y niños traviesos que gozaban destrozando sus ropas revolcándose por el barro y entre las piedras, como en todas partes, y madres que les gritaban desde las ventanas de sus cabañas, cuando descubrían, con todo el dolor de su corazón, que sus hijos estaban jugando en el lodazal con los cerdos. En fin, uno podía quedarse a vivir en Ninht para siempre sin preguntarse nunca que había más allá de las montañas y de los confines del horizonte, pues estaban seguros de que lo único bueno que les podía llegar de más allá de lo que alcanzaban a vislumbrar sus ojos era la salida del sol cada día y las nubes de lluvia en el verano y, evidentemente, no era un lugar de grandes viajeros ni siquiera de pequeños viajeros.
Sin embargo había algo que los aldeanos de Ninht no sabían, cuando en lontananza, volviéndose al oeste, contemplaban sus hermosas montañas y sus picos siempre cubiertos de blancos capuchones. Pues podían ver sus rocas grises y sus escarpadas laderas y los frondosos bosques que se extendían a sus pies, pero no podían ver en sus entrañas como brillaban las grandes salas del Reino de Afglin con las luces mágicas de los cuernos de plata, recubiertas sus paredes de oro y de piedras preciosas. Ni podían oír las músicas encantadas que resonaban en las profundas grutas ni las risas etéreas de los alados danzarines. Los violines, las flautas y los címbalos, con sus alegres sones que se ensortijaban unos con otros, hacían cosquillas en la planta de los pies de las montañas y, a veces, las montañas se reían con grandes carcajadas que desencadenaban terribles aludes de nieve en invierno y de rocas en verano. Entonces los habitantes de Ninht se volvían a contemplar como temblaban y sacudían las cabezas y, luego, continuaban sus tranquilos quehaceres.
Durante cientos de años habían vivido junto a aquellas montañas lejanas sin llegar a sospechar siquiera que habían seres mágicos en las cercanías y, en cuanto a los habitantes de Afglin, tampoco sentían demasiada curiosidad por los humanos, aunque conocían su existencia, pues los consideraban sumamente aburridos y, además, poco divertidos. Pero he aquí, que el rey de Afglin, que se llamaba Soth, (y que, por lo tanto, era el rey Soth), tenía una hija hermosísima, llamada Dannaar, (y que, por lo tanto, era la princesa Dannaar), a la que quería más que a su propia sombra (habeis de saber que entre aquellos seres mágicos, la sombra era uno de los dones más preciados, pues podían hablar, discutir e, incluso, bailar con ella). Muchos eran los que se hallaban rendidos a los pies de su trono de malaquita con suspiros lánguidos y miradas veladas, pero nunca Dannaar les había entregado sino sus tenues sonrisas y el aleteo perfumado de sus largas pestañas. De entre toda esta multitud de admiradores, que vagaban por todo Afglin deshojando rosas de piedra y cantando melancólicas baladas de amor y muerte por los rincones, había un joven (si es que se le puede llamar así, pues ya tenía los trescientos cumplidos) que cantaba más triste y suspiraba más hondo que los demás (y eso era bastante difícil, la verdad). Quizá por ese meritorio esfuerzo y porque tenía una larga cabellera de oro y era muy hermoso de apariencia, la última noche de verano, durante la Gran Celebración en la Sala de los Rubíes, Dannaar se levantó de su verde trono de malaquita y accedió a bailar con él, con él solamente entre todos los presentes. Aquí hay que hacer notar que las ensoñadoras músicas de aquella alegre danza se estropearon un poco con el rechinar de dientes del rey Soth, que aún llegando de muy alto, de sobre su trono de gemas preciosas, consiguieron desconcertar a buena parte de las notas de las gaitas, aunque no se le oyera claramente.
He aquí a Grembeld, pues así se llamaba el apuesto joven, convertido en el más feliz, dichoso y dicharachero de todos los habitantes de Afglin. Todo en una noche. Pero el rey Soth le miraba aviesamente cada vez que Grembeld pasaba cerca, como flotando en una nube y con sonrisa de niño. Al rey casi le salía humo de las orejas puntiagudas pensando cómo iba a deshacerse de él, pues Grembeld se pasaba todo el tiempo pegado a las faldas de brocado de oro de Dannaar y la princesa parecía disfrutar de su compañía, aunque apenas hablaban. (También es cierto que en Afglin no había mucha otra cosa que hacer, aparte de bailar, cantar, beber, celebrar banquetes y salir a cabalgar sobre blancos corceles y al cabo de trescientos años ya todo esto parecía un poco soso). Por fin una noche Soth llamó a Grembeld al pie de su trono de piedras preciosas. Vestido con su chaqué verde bordado de diamantes y con sus calzas de seda roja y calzando sus zapatos con hebillas de plata, se inclinó sobre su redondeado estomago desde las alturas, cerniéndose con semblante tan severo sobre el joven que Grembeld retrocedió un paso.
—Hum... —dijo. Y repitió—: HUMMM... Yo, el rey Soth... YO, EL REY SOTH… he decidido que hace mucho tiempo... que... no he salido a ver la luz de las estrellas... sí... Esta noche deseo que... Humm… DESEO QUE ...
Después del último blanquete todos los habitantes de Afglin estaban dormidos, sobre las mesas labradas y sobre los tronos, pues todos ellos tenían un trono enjoyado. Mientras, los platos y la vajilla de oro volaban por los aires y se tornaban relucientes y limpios como el agua de un manantial a su alrededor y las jarras de vino volvían a llenarse solas y la esplendida comida venía volando por los aires desde las inagotables alacenas del reino. Soth sacudió la cabeza.
—¿Por dónde iba? —le preguntó a Grembeld.
—Deseo que .. —le apuntó su súbdito con voz musical.
—¡Ah... sí! ... Que tu Grembeld... GREMBELD... —repitió tan fuerte, que casi gritó y el interpelado dio un brinco— que nunca.. NUNCA… has salido de Afglin, me acompañes a las tierras de los humanos hasta... humm que regrese... REGRESE.
El rey Soth dio un profundo y largo suspiro cuando hubo terminado y se arrebujó en su inmenso trono.
—Está claro, ¿no? —le dijo con voz aguda.
—Sí, sí. Muy claro —exclamó Grembled, afirmando enérgicamente con la cabeza.
El rey Soth volvió a inclinarse desde el alto sitial.
—Luego no digas que no te avisé. ¿eh? —añadió entonces, suavemente.
Grembeld volvió a sacudir la cabeza, ahora en sentido contrario.
—No.No.
Claro que Grembeld no había entendido el deseo formulado por el rey y, por otra parte, eso mismo era lo que el Rey Soth deseaba. Sin embargo cada una de las palabras repetidas de su discurso formaban un sortilegio mágico. Inmediatamente Grembeld corrió hacia las caballerizas y escogió el más veloz de los caballos blancos de Afglin y lo ensilló con la más hermosa de las sillas de montar, pero como él era solo un paje, tuvo que conformarse con ir a pie, aunque, bien es cierto, que los pies de las gentes de aquel reino eran más rápidos que los mismos ciervos del bosque. Cuando el Rey Soth descendió de su trono a través de la delgada escalinata de cristal, Grembeld descubrió con sorpresa que el gran rey apenas le llegaba a la cintura, y, por su parte, el rey Soth descubrió con disgusto que Grembeld era dos veces más alto que él. Y le miró enojado, mientras su paje le ayudaba a montar.
Siguiendo un estrechísimo sendero que se levantaba sobre insondables precipicios negros, atravesaron las grutas doradas y veteadas de esmeraldas de las montañas, hasta que una inmensa pared cuajada de diamantes de todos los colores les cortó el paso. Eran esas las gigantescas puertas de Afglin, el reino encantado del rey Soth, y solo él podía abrirlas. Así que, como tenía algo de prisa, alzó su mano y dijo con voz retumbante.
—AhmalajadIndoriendliadin.
En seguida, la montaña le respondió, con un ronco bostezo, y las paredes de diamante se abrieron y una tremolante brisa fría acarició sus rostros. Poco después un cielo azul oscuro, como un gran lago profundo, apareció entre las rocas negras y Grembeld lo contempló sobrecogido, pues nunca antes había visto nada igual.
El rey Soth, bajo la oscura capa de la noche, miró a Grembeld de reojo y le dijo.
—Ahora tienes que seguirme.
Y, dicho esto, espoleó a su montura dejando al joven con la palabra en la boca, pues los caballos mágicos son más rápidos que el mismo viento. Todavía estaba diciendo Grembeld: "Si, señor", cuando una ligera brisa le golpeó en el rostro y el rey Soth ya se había perdido por los confines del horizonte. Así que Grembeld tuvo que correr como un condenado toda la noche, siguiendo el blanco destello de las crines del caballo a lo lejos y el jinete no se detuvo ni una sola vez hasta que llegó a Ninht. A donde habría podido llegar mucho antes, la verdad, si hubiera tomado el camino recto, pero el caballo se había pasado todo el viaje yendo de acá para allá, de izquierda a derecha, al norte y al sur y dando vueltas y vueltas, mientras Grembeld, sobresaltado, se preguntaba si su rey no estaría borracho. Cuando por fin Grembeld llegó a la aldea de Ninht y alcanzó a su señor, que se hallaba muy contento sentado sobre la hierba húmeda, ya había pasado más de la mitad de la noche y él se había quedado sin resuello.
—Has tardado mucho —lo amonestó el rey.
Pero Grembeld se dejó caer en el suelo completamente exhausto y sin poder abrir la boca.
—No es hora de descansar—. Y el rey le miró sonriente—: Tenemos algo que hacer.
Y se levantó de un salto encaminándose a las oscuras sombras de las cabañas de los aldeanos de Ninht. Grembeld le siguió los pasos, encorvado y torpemente, pues se hallaba muy cansado y además tenía sueño. Miró con preocupación el cielo, pues antes de que saliera el sol ambos tenían que regresar a Afglin.
Durante una hora entera el rey Soth se dedicó a saltar alegremente de ventana en ventana como un pequeño ratón, asomándose de puntillas sobre los antepechos de madera de roble y seguido por la cansina sombra de su joven paje, hasta que por fin, dijo:
—Humm... Esto es lo que busco.
Grembeld se asomó a su lado y miró hacia el interior con los ojos muy abiertos, pero allí solo había una tosca cama de madera, un espejo, unos zuecos amarillos y algunas otras cosas sin importancia, como una muchacha de hermosa cabellera oscura y piel dorada que dormía dulcemente. Grembeld miró al rey y el rey le devolvió la mirada.
—He decidido contraer matrimonio —le anunció pomposamente—. Y esta doncella ha sido la elegida de mi corazón.
Grembeld volvió a mirar de nuevo a la doncella con aire dubitativo, mientras el rey Soth abría la ventana con un chasquido de sus dedos y saltaba ágilmente hacia el interior de la cabaña.
—Entra —le ordenó y le hizo un gesto para que se acercara hasta la cama.
No era extraño que nadie se hubiera despertado, pues no hay nada que cause un sopor más profundo que la cercanía de un ser encantado. Así que el rey Soth tomó asiento en la silla de mimbre y no le preocupó en absoluto que esta rechinara como un cerdo hambriento. Contempló a la agraciada joven, meneando la cabeza aprobadoramente, y una satisfecha sonrisa hizo enrojecer sus abultadas mejillas. Mientras Grembeld se apoyó a su lado contra la pared, demasiado cansado para decir nada.
—Será una hermosa reina de Afglin —empezó el Rey Soth.
Aunque Grembeld miró a la dormida doncella pensando que no era, ni mucho menos, parecida a la pálida Dannaar.
—Ahora, sin embargo, antes de tomarla por esposa y llevarla a Afglin, es imprescindible que sepa de cuantos cabellos está formada su cabellera. Pues si tiene menos de cien mil no puedo casarme con ella.
Grembeld miró al rey bastante confundido, pues nunca había oído hablar de ninguna costumbre parecida, pero el Rey Soth se mostró inflexible.
Entonces el monarca de Afglin sonrió jovialmente y le dijo a su paje:
—Si eres tú quien hace esa tarea, te concederé el don que me pidas.
Naturalmente el corazón de Grembeld latió más deprisa pensando en Dannaar, pero, luego, frunció el ceño, mirando el horizonte.
—No sé si tendré tiempo, antes de que asome el sol —le dijo a su señor.
Sin embargo el rey agitó las manos un momento y le dijo bondadosamente.
—No tienes que preocuparte por ello, porque yo vigilaré.
Y, dicho esto, se sentó en la ventana abierta.
—Vamos, empieza.
Primero Grembeld se sentó sobre el blando colchón, junto a la cabeza de la muchacha, pero estaba tan cansado que pronto se recostó contra el cabezal de la cama y, casi no se había dado cuenta, cuando ya estaba tendido a su lado contando uno a uno, en voz muy baja, los suaves cabellos. Y si de vez en cuando alzaba la mirada, allí estaba el rey, contemplándole con los ojos muy brillantes, sentado al borde de la ventana. A veces a Grembeld se le cerraban los párpados y, al abrirlos de golpe, le parecía durante un breve instante que el rey sonreía ladinamente y que sus ojos brillaban más de lo que debían, pero era menos que un segundo y estaba tan amodorrado y concentrado en los números para no descontarse, que apenas pensaba en ello. Sin embargo, cuando ya iba por los cuarenta y tres mil ochocientos ochenta y ocho cabellos oscuros, los párpados del joven cayeron para no volver a levantarse y rendido de cansancio se durmió por completo. Y, cuando llegó el amanecer, el rey Soth, naturalmente, no estaba allí para prevenirle.
Ahora hay que retomar la historia, pero desde otro lado. El bueno de Eno era un aldeano de Ninht, laborioso y de pocas palabras. No era rico, pero tenía una cabaña de roble, sencilla y confortable, dos vacas perezosas, una gran jaula con media docena de gallinas medio locas y un cerdo, y, además, una hija doncella y de talle cimbreante, cuyos ojos parecían esmeraldas cuando los bañaba el sol de la mañana y que se llamaba Finde.
No es extraño que Eno se despertase siempre de buen humor, feliz y sin preocupaciones, que se lavase en el agua fría del pozo, sonriente y alegre, y que luego, con paso complacido, se dirigiese al establo para ordeñar las vacas y llevarle a su hija la leche del desayuno. Generalmente Finde ya estaba trajinando en la cocina cuando él regresaba con la leche y un ramo de fragantes camelias para adornar la mesa, pero ese día,  al regresar del  establo, Eno se sorprendió al encontrar la cocina vacía, el fuego apagado y el desayuno sin preparar. El aldeano era de natural dulce y agradable y aquello no le importó demasiado. Encendió el fuego, puso a hervir la leche en el perol de cobre y, silbando una divertida cancioncilla, llamó a su adorada hija. Al cabo de unos momentos, cuando la leche ya empezaba a hervir, levantó las espesas cejas y se atusó el bigote y, meneando la cabeza con desaprobación, pues Finde nunca se había mostrado tan perezosa, se dirigió a la pequeña habitación y abrió la puerta.
La ventana de la habitación de Finde estaba abierta de par en par y la brisa entraba agradablemente a través de ella. El aldeano contempló con arrobamiento como la joven permanecía profundamente dormida en el blanco lecho. Hasta que descubrió que, esa mañana, su oscura cabeza descansaba tiernamente sobre el pecho de un joven de rubia cabellera que yacía a su lado, en lugar de hacerlo sobre la blanda almohada. Eno abrió la boca con el ceño fruncido, pero de repente se quedó mudo del todo, porque justo entonces sus ojos vislumbraron a medias una puntiaguda oreja, asomándose traviesamente entre aquellos rubios y extraños bucles. Y Eno lanzó por fin tal grito que todos los aldeanos interrumpieron sus frugales desayunos y se asomaron a las ventanas con extrañeza y Grembeld se puso en pie de un salto dejando, muy poco cortésmente, que la cabeza de Finde se golpeara contra el borde de la cama. La joven abrió los ojos con un somnoliento gemido, a tiempo de ver como a su lado Grembeld chasqueaba los dedos intentando desaparecer. Sin embargo fue inútil, pues. con la luz del sol, sus poderes se habían desvanecido.
—¡Maldito elfo! ¡Que le has hecho a mi hija, demonio! —gritó Eno.
—¿Qué ocurre? —preguntó Finde bostezando, pues aún no se había despertado del todo.
Grembeld miró la ventana como si de ella dependiera su vida, (y verdaderamente se puede decir que así era) e intentó correr hacia allí. Pero como tenía los pies enredados en las blancas sábanas, se cayó de bruces con un grito. Finde gritó también, despertando por fin, y saliendo de un salto de la cama le lanzó encima las mantas, la almohada e incluso el colchón, empujándolo con los pies frenéticamente. Cuando por fin Grembeld consiguió salir de debajo de aquel montón de ropa, Eno estaba frente a él enarbolando el rastrillo de amontonar paja con cara de pocos amigos. Su bigote se movía de un lado a otro, mientras el rastrillo se iba acercando al pecho del intruso y éste iba retrocediendo paso a paso hacia la pared.
—Si has puesto un solo dedo encima de mi hija, lo lamentaras en lo poco que te queda de vida.
—Yo no he hecho nada —gimió Grembeld, por fin, cuando su espalda se topó con la pared—. Sólo le contaba los cabellos.
Finde se asomó un momento tras su padre, al escuchar aquella melodiosa voz. Pero Eno apretó más el rastrillo contra el pecho de Grembeld y el joven soltó un quejido.
—Con que contarle los cabellos, ¿eh? ¿Es que te crees que soy idiota? Vamos — dijo pinchándolo de nuevo—. ¡A la cocina!
Bajo la atenta mirada del campesino, Grembeld atravesó la puerta de la habitación y salió a la cocina, sin perder de vista el rastrillo.
—¿Por qué no me dejas marchar? Te juro que soy inocente.
—Finde —le dijo Eno a su hija sin ni siquiera responderle—, abre la jaula de las gallinas.
Finde corrió inmediatamente junto al fuego, donde había una gran gavia de hierro posada sobre el suelo y abrió la puerta.
—Entra ahí —le ordenó Eno al joven.
Pero Grembeld no parecía muy convencido, pues las gallinas no tenían un aspecto muy amistoso. Y como él sabía muy bien lo que pensaban los animales, decidió que, definitivamente, le estaban mirando con una sonrisa que daba espanto.
—Creo que prefiero no entrar —dijo, arrugando la nariz.
—Entra ya, antes de que pierda la paciencia y te ensarte con el rastrillo —casi chilló Eno.
Y, claro, Grembeld ya no hizo más objeciones y se metió obedientemente en la jaula, aunque, cuando introdujo el primer pie, las gallinas protestaron airadamente. Grembeld tuvo que doblarse como buenamente pudo, entre una nube de plumas y de aleteos, y se golpeó la cabeza contra el techo de la jaula en un montón de ocasiones. Entonces, mientras las gallinas arremetían contra Grembeld con bastante enojo, Eno cerró la puerta con llave y luego izó la gavia del techo, de modo que quedara a la altura de su cabeza.
—¡Hum! —dijo entonces Eno, golpeando los barrotes—. Y ahora iré a buscar a los ancianos y decidiremos que hacer contigo.
Grembeld, mientras apartaba de su nariz las plumitas blancas que le hacían estornudar, tuvo un mal presentimiento. "Ay, — penso para sí—. El rey Soth me ha engañado y he perdido a Dannaar para siempre. Y no quiero ni imaginar lo que estos salvajes van a hacer conmigo."
Finde le miraba de reojo desde el umbral de la puerta, mientras esperaba el regreso de su padre.
Así, aquella mañana, hubo consejo en Ninht, alrededor de la mesa de la cocina de Eno. Los sesudos ancianos, (algunos de ellos ni siquiera podían recordar sus propios nombres, y, al cabo de un tiempo, la razón por la que se encontraban allí), inclinaron sus nevadas testas sobre la mesa después de haber pasado, uno tras otro, por delante de la gavia y haber contemplado a Grembeld largamente, para alejarse luego, rascándose las greñas y hablando por lo bajo. También habían llegado muchos aldeanos, por no decir todos los aldeanos de Ninht, hombres, mujeres y niños y también ellos se reunieron alrededor de la gavia, sacudiendo la cabeza y murmurando entre ellos, excepto los niños, que encontraban mucho más divertido tirarle a Grembeld de los cabellos, hasta que sus madres los descubrían y se llevaban a sus retoños con un grito.
—¡No te atrevas a tocar a mi hijo, elfo! —le gritaban a Grembeld con espanto, mientras el hijo se retorcía rebeldemente entre sus fuertes brazos, ansioso por clavarle al elfo sus afiladísimas uñitas.
"Como me gustaría salir de aquí", se decía Grembeld, con un suspiro. De pronto, la conversación del consejo de la aldea se hizo más animada y algunas palabras llegaron hasta sus finísimos oídos.
—Yo... yo proponfgo... que... que nof lo cofmamos... esta noche.
Al oír estas crueles palabras, pronunciadas sin duda por una boca sin dientes, el elfo abrió los ojos como platos y levantó la cabeza con tanta rapidez que se hizo un buen chichón y toda la jaula empezó a balancearse de un lado a otro. Las gallinas se lanzaron sobre los dedos de sus manos vengativamente.
Un murmullo de voces se levantó alrededor de la mesa y, por fin, alguien dijo:
—Tío Serin...., ya te hemos dicho antes que no es una gallina gigante..
Grembeld, que había estado conteniendo la respiración, emitió una exclamación de alivio.
—Co... como hablafais def asarlo —protestó el tío Serin.
—Nosotros no hablábamos de asarlo y comérnoslo, sino simplemente de quemarlo en una hoguera hasta que solo queden las cenizas.
Por un momento Grembeld se puso lívido y se quedó sin habla.
—Me parefce... una forma eztupida... de… de desperciciarf una gallina tan herfmosa —insistió el tío Serin tozudamente.
Grembeld se agarró a los barrotes de su reducida prisión como un poseso.
—¿Qué? ¡Pero no podeis hacer eso! —les gritó.
Un alto aldeano de cabellos negros y ojos oscuros se volvió hacia él.
—No molestes, ¿no ves que estamos discutiendo asuntos importantes?
—Muy bien dicho, Frer —le animó una mujer rolliza, de rojos mofletes y blanco delantal.
—Anda, si ef... ef una gallinaf que fabla… —continuó el tío Serin por su parte y, de pronto, su cabeza cayó sobre la mesa y empezó a roncar.
—¡Yo no os he hecho nada! ¡No podeis quemarme, por no haber hecho nada! — insistió Grembeld.
Los campesinos se volvieron hacia él y le miraron con impaciencia.
—Así no hay quien discuta —se quejó uno de ellos.
—Cuanto antes acabemos mejor — dijo el campesino alto y moreno y su esposa asintió con la cabeza—. Sólo tenemos que decidir que es mejor: quemarlo en una hoguera, ahogarlo en el lago con una piedra atada a los pies, colgarlo de un árbol y dejar que se seque al sol...  y ¿qué más había?
—Bueno —intervino un joven con voz vacilante—, el tío Serin ha insistido mucho en que sea el plato principal del festejo de la cosecha.
Frer permaneció meditabundo un instante, un largo instante para ser sinceros. Pero luego sacudió la cabeza y dijo:
—No, creo que eso no sirve.
Grembeld casi se sintió mareado, y apenas pudo murmurar "Ah..."
—También se ha propuesto tirarlo por el precipicio —recordó alguien de pronto.
Un orondo campesino, que parecía sostener con sus grandes manazas su abultado estomago, frunció el ceño:
—No es un medio muy seguro, me parece. Una vez uno de mis cerdos favoritos se cayó por ese barranco y tardó más de una semana en exhalar el último suspiro. Si, más de una semana, eso me parece.
Grembeld sacudió la jaula, furioso.
—¿Qué clase de gente sois vosotros? —gritó—. ¡Yo no soy un cerdo!
—No, es una gallina, la más grande que he visto jamás —murmuró el tío Serin, entre sueños.
—Ya que está tan empecinado en intervenir podríamos preguntarle a él que es lo que prefiere— propuso Eno—. Después de todo, es parte interesada.
En medio de un silencio sepulcral todos los presentes se volvieron hacia la jaula y le miraron sonrientes.
—Quiero irme a mi casa! —vociferó el elfo—. ¡Dejadme salir!
—¡Se está poniendo muy pesado, me parece! —dijo el campesino orondo, volviéndose de nuevo hacia la mesa—. ¿Por qué no lo quemamos de una vez o lo ahogamos o lo que tenga que hacerse?
—Es que hay que hacerlo bien —le contestó Frer —. Si no, su influjo maligno nos puede estropear las cosechas durante cien años y dejar estériles a los animales durante otros tantos.
—No. no. Yo no haría eso, os lo juro de corazón —afirmó Grembeld desde la jaula, sonriendo dulcemente.
Pero el consejo no parecía hacerle mucho caso.
—Entonces es mejor no ahogarlo en el lago. Nos puede estropear el agua. ¿No creeis? —dijo Eno.
Todos asintieron, mientras se rascaban la cabeza. "Si... Desde luego... Tienes razón".
—Os he dicho que no tengo ningún poder maligno — exclamó el elfo perdiendo la paciencia—. Y os encuentro encantadores. De verdad.
Aunque Grembeld en realidad estaba imaginando en su fuero interno lo que le haría a cada uno de aquellos salvajes si los tuviera en sus manos. Pero, en ese momento, incluso aquellas gallinas siniestras lo tenían a su merced, y le estaban destrozando completamente sus fastuosos ropajes, además de llenarlo de plumas.
—Pues si es así, también es preferible no tener que enterrarlo, para que no emponzoñe nuestros campos— dijo Frer—. Por lo tanto nada de tirarlo por el barranco ni de dejarlo secar al sol.
—Muy bien dicho —corroboró su mujer.
—¡No! —masculló Grembeld con la vista nublada— ¡Me habeis confundido con alguna otra criatura, seguro! ¡Soy inofensivo!
—Me está dando dolor de cabeza —dijo el campesino orondo—. Vamos a quemarlo ya. ¿Qué os parece?
Un murmulló de aprobación se extendió por la cabaña.
—Y si no me dejais salir ahora mismo secaré vuestras vacas, agostaré vuestros campos y jugaré con vuestras cabezas cortadas... — terminó el elfo casi sin darse cuenta.
En seguida un silencio sepulcral se extendió entre los presentes e incluso los niños se quedaron mudos como una piedra. Grembeld los miró, igual que si acabase de caerse desde un árbol, y los aldeanos miraron a Grembeld. De repente todos se levantaron corriendo de la mesa y salieron apresuradamente de la cabaña para preparar la hoguera, cuanto antes mejor.
—No lo decía en serio –intentó disculparse el elfo.
Pero sólo el tío Serin permanecía en el lugar, con la cabeza sobre la mesa y moviendo los labios como si estuviese masticando algún suculento manjar.
Grembeld miró el cielo a través de la puerta abierta de par en par, con la postrera esperanza de que una súbita tormenta, como más intensa y larga mejor, humedeciese la madera. Sin embargo la mañana era despejada y hermosa y en el cielo azul no se veía una sola nube.
—Si salgo de esta —murmuró—, sé de alguien que lo va a lamentar por el resto de sus días.
Después de la tormenta, pensó en una súbita inundación y estaba tan desesperado que incluso le pasó por la mente la posibilidad de un eclipse de sol que le permitiese recuperar su poderes por un instante.
Sin embargo la pila de leña seguía creciendo poco a poco ante sus mismos ojos, sin que nada de ello sucediera, y los aldeanos iban y venían como laboriosas hormigas a las que Grembeld les hubiese deseado un repentino ataque de pereza. En realidad estaban tan eufóricos como si fuesen a celebrar el solsticio de verano. En ese momento Finde entró en la cocina y, andando como un soplo de brisa de acá para allá, empezó a recoger la mesa y después a lavar la tosca loza blanca en la cubeta de madera.
—Doncella —la llamó Grembeld con su acento más dulce—, déjame contemplar tus ojos una vez más, ya que son la causa de mi desgracia.
Finde se volvió sonriendo.
—¿Cómo dices que mis ojos son la causa de tu desgracia? —le preguntó, mirándole profundamente.
Grembeld estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de evitar la hoguera y, aunque no había dicho una sola mentira en toda su larga vida, era sorprendente descubrir lo fácil que resultaba, cuando era lo que le convenía a uno para salvar el cuello.
—Porque desde que te vi una mañana... de…  de Mayo, me ha estado quemando las entrañas tu esmeraldina mirada. Y, tal es el fuego que tus bellos ojos despertaron en mi interior, que no he tenido paz hasta verlos de nuevo.
Finde se rió y su risa era clara como el murmullo de un manantial.
—Si me abres la puerta, los días que nos esperan serán más dulces que la miel. — continuó el elfo con acento embriagador. Aunque el efecto quedaba un poco estropeado a causa de las estúpidas gallinas que revoloteaban a su alrededor y que le habían ensuciado todos sus ropajes.
—Hablas muy bien —. Finde se acercó a la jaula y le sonrió con embeleso—, pero, ¿quieres que te diga una cosa?, creo que si tu amor es tan ardiente como dices... no notaras la diferencia cuando ardas en la hoguera! —terminó burlonamente.
—Tienes el corazón de piedra —se quejó Grembeld—. Al menos, por compasión, podrías liberarme.
Finde le miró, mientras arreglaba las cortinas de alegres flores amarillas.
—Los viejos dicen que los elfos salvajes traen la desgracia a las aldeas si no se purifica en seguida la tierra que han pisado.
"De donde habrán sacado semejante tontería", pensó Grembeld.
—Y a vosotros, ¿quién os ha dicho que yo soy un elfo salvaje?
—¿Es que no lo eres, acaso? —continuó la muchacha, aunque parecía más ocupada en barrer el interior de la penumbrosa cabaña que en lo que estaba diciendo—. Mi padre te ha visto esta mañana una de las orejas puntiagudas. Si no eres un elfo, a lo mejor eres un zorro—. Y se rió.
—¡Ah! Las orejas puntiagudas… —murmuró Grembeld, contemplando a la hacendosa joven con su delantal de puntillas, mientras arreglaba ahora las camelias nacaradas que estaban sobre la mesa—. Las orejas puntiagudas— repitió otra vez, entrecerrando los ojos.
Miró hacia el soleado exterior, donde la pila de leños crecía ya más alta que un hombre.
—Tu padre se ha confundido. Yo no tengo orejas puntiagudas, Finde — dijo de repente el elfo con una amplia sonrisa—. La débil luz del amanecer le ha hecho ver lo que no era.
La joven dejó las camelias y se giró hacia él mirándole con desconfianza. Apoyó ambas manos en la cintura y frunció el ceño.
—¿Es que me tomas por tonta?
—Te digo la verdad, mujer. Si no me crees, solo tienes que verlo tú misma.  
Pero la joven, parecía reacia a acercarse.
—Te pido bien poca cosa —insistió Grembeld y se recogió los largos cabellos en la nuca, descubriendo sus orejas.
Con una exclamación, de sorpresa la muchacha se acercó hasta los mismos barrotes y descubrió que Grembeld tenía las orejas más graciosas, pequeñas y redondeadas que había visto jamás e, indiscutiblemente, humanas.
—Pe… pero, ¿cómo es posible? —exclamó Finde—. ¿Y tus extrañas ropas?¿Y tus largos cabellos?
Grembeld bajó la cabeza con expresión abatida.
—Es una historia muy triste, Finde. Has de saber que, cuando yo era pequeño, las hadas me robaron de la cuna de mis padres, unos pobres campesinos, para los cuales ya nunca más volvió a brillar la luz después de ese aciago día.
—¡Oh! —musitó Finde, mirándolo con sus grandes ojos verdes muy abiertos.
—Es cierto que he vivido con los elfos durante mucho tiempo, por eso llevo estos ropajes y los largos cabellos, pero siempre deseé, en el fondo de mi corazón, regresar a la pequeña cabaña de mis ancianos padres… —Grembeld alzó los ojos grises y contempló el horizonte con gesto melancólico— para aliviar la terrible soledad y tristeza de sus últimos años con mi anhelada presencia. Así que. en cuanto tuve oportunidad, escapé de Afglin y...
—¿Afglin? —le interrumpió Finde con extrañeza.
—El reino de los elfos. —le explicó Grembeld, haciéndole al tiempo un gesto impaciente con la mano para que se callase y no le hiciera perder el hilo—. Como decía, escapé de Afglin, enfrentando terribles peligros y grandes necesidades, y caminé mucho tiempo vagando por los yermos, con el corazón destrozado por el dolor, pues no recordaba el sendero que había de llevarme a mi cálido hogar, donde dos venerables ancianos estaban aguardando, sin duda, el regreso de su querido hijo — y con estas palabras Grembeld se llevó una mano al corazón, casi enternecido ante la imagen que se presentaba ante sus ojos— temblando de frío junto a una chimenea de fuego casi apagado durante el duro invierno —remató.
—¡Oh! ¡Qué pena! —exclamó Finde.
—Ahora dime, hermosa doncella, ¿se puede ser, acaso, más humano?
—Supongo que no —. Y la muchacha lo miró de arriba a abajo.
—¿Vas a permitir que aquellos adorables ancianos mueran sin volver a ver a su hijo?
—Claro, pobrecitos ancianos... —repitió la joven con acento lastimero, aunque Grembeld no sabía si se estaba burlando de él.
—Entonces — insistió Grembeld, sonriendo—, me abrirás la puerta, ¿verdad?
La joven lo contempló, con un extraño brillo en los ojos y luego se acarició la nariz como si hubiera tenido alguna repentina idea.
—Hum...Voy a buscar a mi padre..
Y, volviéndose de pronto, salió corriendo por la puerta con la falda azul hinchada igual que un capullo de pensamiento. Y, en cuanto Finde hubo desaparecido de la cabaña, Grembeld ahogó un quejido y, asombrosamente, sus orejas crecieron y se volvieron tan puntiagudas, aunque deliciosas, como lo habían sido desde el día de su nacimiento. Después empezó a frotárselas con frenesí. Era lo único que había conseguido cambiar sin magia.
—¿Cómo pueden ser los humanos tan perspicaces y tan estúpidos al mismo tiempo? —se dijo.
Pero enseguida, empezaron a llegar los aldeanos de Ninht. Primero los ancianos y luego los campesinos, seguidos de sus mujeres, de sus hijos y por último de sus perros, Todos rodearon la gavia con gran expectación, y los niños se arrastraban por debajo de las piernas de sus padres y de las faldas de sus madres para ver mejor e, incluso los perros, se hicieron con un sitio debajo de la jaula. Eno, refunfuñando, se puso el primero y se encaró con su cautivo.
—¿Qué es eso que dice mi hija de que no eres un elfo? Yo estoy seguro de haberte visto la punta de las orejas.
Y metiendo decididamente su peluda manaza de labrador por entre los barrotes, cogió a Grembeld de los pelos y con muy poca delicadeza le descubrió las orejas. Un murmullo de sorpresa se alzó entre los presentes, pues ante sus ojos no aparecía lo que estaban deseando ver y se miraron unos a otros, embargados de decepción.
Eno soltó un gruñido y, como no estaba aún convencido del todo, le agarró una oreja al elfo y casi se la arranca de la cabeza.
—¡Ay! —chilló Grembeld.
Al mismo tiempo Eno murmuró:
—Es increíble. Pues yo juraría que esta mañana tenían punta.
Los hombres se miraron unos a otros, y de repente alguien dijo:
—Reunámonos en Consejo.
—Sí, sí. Vamos a deliberar.
Y todos asintieron, "Hay que empezar desde el principio". "Hum... Esto cambia un poco las cosas.". "Desde luego. Desde luego.".
—¿Adónde vais? —exclamó el elfo—. ¡Tampoco es tan difícil decidir si unas orejas son o no son puntiagudas!
Y, mientras los hombres y los ancianos se sentaban alrededor de la mesa de Eno, alguien dijo:
—No será un elfo, pero es un incordio.
—Sí, desde luego eso no se lo quita nadie.
Grembeld se pasó una mano por la frente. Por fin, había llegado a la sabia conclusión de que los humanos estaban locos.
— Bien. Bien. Así, ¿que tenemos ahora? — dijo Frer.
— Para empezar que es un hombre y no un elfo. —le respondió Eno.
"Esto va bien", se dijo Grembeld con una sonrisa exultante y la mirada resplandeciente.
—Una vez establecido esto, hemos de pasar a considerar la cuestión desde otro punto de vista.
Y, dentro de la jaula de las gallinas, Grembeld sacudió la cabeza afirmativamente, como dándoles la razón.
Durante un instante los hombres permanecieron silenciosos alrededor de la mesa, mirándose unos a otros.
—Me parece que te toca decidir a ti, Eno —empezó el campesino orondo por el que Grembeld, a decir verdad, empezaba a experimentar una singular y terrible antipatía.
—Su cuerpo ya no envenenaría las aguas del lago —le hizo notar Frer.
—Ni su cuerpo sepultado nos estropeará las cosechas —apuntó alguien más.
Grembeld abrió la boca. "Pero, ¿de qué demonios están hablando?"
—Necesitaría el Libro de las antiguas costumbres —meditó Eno rascándose la barbilla.
Y enseguida Frer mandó a uno de sus hijos a su cabaña para buscarlo. Cuando el libro grande y pesado estuvo sobre la mesa, Frer pasó las páginas de pergamino amarillento reflexivamente y por fin exclamó:
—Ah... ¡Aquí está! "Sobre Doncellas" —. Y leyó con alguna dificultad—: El padre de la doncella ultrajada tiene el derecho de ensartar él mismo al culpable con el rastrillo de amontonar paja. Si declina este honor, la aldea puede optar por apedrear al hombre, atándolo a un árbol a fin de que no escape... En el caso de carencia de rastrillo, de piedras o de árboles, se puede aplicar cualquiera de los medios detallados en el capítulo "Elfos Salvajes y La Purificación De La Aldea"
—Bueno, bueno... Ahora tenemos muchas más posibilidades que antes, me parece... —ronroneó satisfecho el campesino orondo, acariciándose el abultado estomago.
En cuanto a Grembeld, después de oír esto se había quedado más blanco que una bola de nieve y ya ni siquiera le importaba que las gallinas se ensañasen con sus cabellos. Se tendió resignadamente sobre la paja de la gavia y cruzó las manos sobre el pecho, esperando, al menos, una muerte rápida y compasiva. "Ya me da lo mismo —pensó mientras escuchaba discutir sobre las ventajas de ahogarlo en el lago o de apedrearlo atado a un árbol—. Es inútil luchar contra el destino. En esta aldea la gente tiene el cerebro vuelto del revés".
Como Eno no se decidía a ejercer su derecho a ensartar al ofensor, lo cual satisfacía mucho al resto de los aldeanos, que deseaban participar al máximo de aquel acontecimiento, la discusión crecía más y más y las voces se alzaban ardorosamente ensalzando tal o cual manera de acabar con Grembeld. Pero justo entonces Finde entró en la cabaña y, después de mirar un momento al pobre elfo, se plantó delante de los sesudos ancianos y de los campesinos y carraspeó para llamar su atención.
—¿Qué quieres hija? —le preguntó amablemente su padre.
La muchacha se inclinó grácilmente junto a su oído y le susurró unas palabras. A Eno se le puso una cara muy rara y después se volvió a mirar a Grembeld con la nariz arrugada.
—Pero, ¿estás segura, Finde?
La muchacha le respondió con un enérgico movimiento de cabeza.
—Bueno, así sea —musitó Eno, con un chasquido de la lengua.
—Pero, ¿qué ocurre? —le preguntaron los demás.
Eno se inclinó sobre la mesa y todos juntos empezaron a cuchichear con las cabezas muy juntas.
Grembeld se volvió a mirarlos. "¿Y ahora que estarán tramando ?", se preguntó con el corazón encogido, aunque ya no se le ocurría que pudiera sucederle nada peor,
Por fin, con aspecto cariacontecido, los aldeanos se levantaron de la mesa renegando y frunciendo el ceño. "Si no hay más remedio", decían, mientras formaban un corro alrededor de la jaula. Entonces Eno se adelanto de entre ellos y se plantó delante de Grembeld. Se aclaró la garganta y le dijo:
—Según el Libro, si la doncella acepta al joven por esposo, la falta queda olvidada—. Y suspiró hondamente—. Y Finde ha decidido darte esa oportunidad, extranjero.
—¡Pero Finde..! —exclamó quejicosamente Frer—. Si ni siquiera lo conoces.
— ¡Es verdad! No me parece una persona de fiar... —corroboró el campesino orondo.
"Mira quién fue a hablar", masculló Grembeld para sus adentros clavándole una mirada rencorosa. Después los miró, uno por uno, con aire vacilante.
—¿Y tengo que casarme? —preguntó el elfo con un hilo de voz.
Eno se apartó y le señaló la hoguera ya dispuesta que se recortaba en el atardecer, más allá de la puerta abierta.
—Hombre, si lo prefieres podemos quemarte... —dijo el campesino encogiéndose de hombros.
Grembeld emitió un leve quejido de desesperación y, como no se decidía, los hombres empezaron a contemplarle aviesamente, arrugando el ceño, y alguno de ellos incluso empezó a avivar el fuego de su pipa.
—Está bien —accedió por fin Grembeld.
—Así sea. Mañana tendremos boda —exclamó Eno, llevándose las manos a la cabeza —. ¡Esta sí que es buena!
Entonces se volvió a su hija y le entregó la llave de la gavia de las gallinas, que llevaba colgada del cuello.
—Ahí lo tienes...
—¿Y no podemos quemarlo antes? — preguntó ansiosamente uno de los niños. Y muchas voces infantiles se hicieron eco de sus palabras.
Pero sus madres sacudieron tristemente las cabezas, mientras iban saliendo por la puerta hacia el crepúsculo.
— ¡Ay! No hijo. No creo que Finde aceptase casarse con un montoncito de cenizas.
Grembeld las contempló marcharse con el corazón en vilo, pues, después de todo lo que había visto en aquella aldea, le extrañaba que aún no hubiesen dado con la manera de quemarlo primero y casarlo después.
Finde se quedó sola en la penumbrosa cabaña y encendió una vela y luego se volvió a la jaula, haciendo bailar la llave delante de los ojos de Grembeld con una sonrisa pícara. El elfo alargó con rapidez la mano, pero la muchacha se alejó riendo.
—¡Ábreme! —le exigió Grembeld.
—Antes tienes que darme tu anillo —le dijo Finde casi cantando.
Inmediatamente Grembeld ocultó sus manos en la espalda.
—¿Anillo? ¿Qué anillo? —le preguntó el elfo con sonrisa inocente—. No tengo ninguno.
Y es que los anillos de los elfos eran mágicas joyas, muy hermosas y poderosas, y si una de estas criaturas le entregaba a alguien su anillo como prenda, inmediatamente quedaba a su merced y, estuviese donde estuviese, tenía que acudir siempre cuando le llamase el poseedor del anillo. Y Grembeld, que esperaba la noche con impaciencia, para desaparecer de Ninht por arte de encantamiento, no tenía la intención de darle su anillo a Finde por nada del mundo.
—Sí que lo tienes —le dijo la joven, mirándole con aspecto ceñudo y tierno a la vez—. Así que eres un pequeño mentiroso...
Sacudió la cabeza, con un suspiro y se volvió hacia la puerta.
—¡Padre! Enciende la hoguera....
—¡¡Espera!! —le gritó Grembeld, mirando el cielo con una mueca y pidiéndole a los dioses que el sol cayera como una piedra en el horizonte.
—No —le respondió Finde con un mohín decidido—. Me lo has de entregar ahora mismo. Ahora o serás un montoncito de cenizas antes de que se oculte el sol.
Grembeld la miró con la boca abierta y, casi al mismo tiempo, vio como Eno se acercaba a la cabaña y como, tras él, las llamas empezaban a lamer la hoguera y a formar una negra humareda. Apretó los dientes, dando vueltas en su dedo al hermoso anillo élfico.
—¡Oh! Que mala suerte tengo —gimió. Y, quitándose el anillo dorado de su largo dedo con un gesto rápido, se lo entregó a Finde suspirando— ¡Ahora sí que estoy perdido!
La joven lo tomó en la palma de su mano con una ladina sonrisa y lo deslizó en su dedo índice, con expresión de arrobamiento.
—Ahora ya está —susurró para sí misma.
En ese mismo momento Eno entró por la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Entonces, ¿has cambiado de opinión? ¿Podemos quemarlo ya? —preguntó alegremente.
Sin embargo Finde sacudió su hermosa cabellera castaña, riéndose.
—No. Lo que ocurre es que quiero casarme esta misma tarde.

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  [FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 6)- Saga Geralt de Rivia
Enviado por: Sashka - 15/03/2019 09:19 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (2)

Capítulo 6


Había soñado con ella. Otra vez. Pero este había sido un sueño extraño, vívido, en el que tan sólo hubo una corta conversación. No recordaba casi nada, sólo una pregunta de ella. ¿Dónde la esconderás?, le había dicho, en Kaer Morhen, respondió él. Se preguntó, conociendo a la hechicera, si realmente había sido un sueño.

Y, como siempre que soñaba con ella, despertó vacío y abatido.

Nadie lo entendía, había dicho Jaskier. Ni siquiera ellos dos lo entendían, ni se entendían. Hechos el uno para el otro, pero no eran capaces de comprenderse ni de adaptarse. Demasiados años en soledad, tomando cada uno sus decisiones, demasiado tiempo amando la propia libertad.

No quería echarle la culpa a ella y su carácter dominante, ella era así y él la aceptaba. Le gustaba su carácter independiente y fuerte. Pero que en la pareja fuera él, un brujo, quien paradójicamente ocupaba la parte más sentimental de la relación muchas veces le frustraba. La necesitaba, y no le importaba demostrárselo. Él intentaba adaptarse a ella, callaba, consentía… pero también poseía un carácter fuerte, y llegaba a un punto en que no podía más. Y todo estallaba. Así ocurrió en Vengerberg, el año que vivió con ella. Varias veces se habían tirado los trastos a la cabeza, pero luego acababan, sin saber cómo, en la cama. Hasta que, tras una bronca monumental, él le dejó una carta de despedida, escueta y precisa, y se marchó.

Pero luego, cuando volvieron a reunirse en Holopole, él se fue con ella a Aedd Gynvael de buen grado. La había echado muchísimo de menos, la necesitaba. Pero le molestó, le enervó enterarse de la doble relación de Yennefer, con él y con el hechicero Istredd. Ambos querían la exclusividad y acabaron retándose a duelo. Y el resultado fue que ella los dejó a los dos.

Demasiados años acostumbrados a no dar cuentas a nadie por sus actos.

Aunque él la quería, de esa relación tan sólo obtuvo dolor. Y aún lo sentía, porque, en realidad, lo suyo nunca acabó, a pesar de que hacía más de un año que no la veía.
Abrió los ojos. Ciri, a su lado, respiraba con normalidad. Estaba vuelta de espaldas, con su cuerpo pegado, como siempre, al de Geralt, buscando su calor. Hacía más frío esa mañana.

Sardinilla le saludó con un relincho suave cuando se levantó, Pegaso levantó las orejas. Se acercó a la yegua y palmeó su flanco, necesitaba un buen cepillado, pero habría de esperar hasta que llegaran a Ellander. Echó mano a la bolsa de grano y la abrió debajo de su morro. Mientras el animal comía, volvió a pensar en la hechicera.
Cuando ambas monturas hubieron comido lo suficiente, Geralt guardó el grano y cogió la bolsa de cuero de las vituallas. Aún quedaba bastante comida, al menos para dos días. Cortó rebanadas de la hogaza de pan y del queso mientras despertaba a los otros dos, llamándoles y apremiándoles a levantarse.

A la niña le costó despertar. No le extrañó al brujo, pues con lo acontecido el día anterior y la hora tardía en que se acostó estaba más cansada de lo habitual. Habría de llevarla delante de él al montar, por si se dormía en el camino. Al brujo no le molestaba la idea, más bien al contrario, porque el pensar en Yennefer le dejaba abatido y necesitado de afecto.
El bardo tomó de encima del lienzo su desayuno y se sentó pensativo. El brujo y la niña le imitaron. Ciri miraba al brujo, no le quitaba los ojos de encima. Él acabó sintiéndose extrañado bajo el aparente y constante escrutinio de la niña.

—¿Te encuentras bien, Ciri?
—Sí, gracias.
—Geralt, por la tarde pasaremos cerca de Carreas —dijo Jaskier. — Podríamos pasar la noche allí.
—No quiero entrar en ninguna ciudad o pueblo a no ser que sea indispensable. No es seguro para Ciri.
—Oh, en un pueblo tal vez. Pero en una ciudad atestada de gente es más fácil pasar desapercibido.
—Yo nunca paso desapercibido, Jaskier. Y un brujo con una niña llama aún más la atención. ¿Qué crees que puede pasar si Ciri se despierta gritando en plena noche en una posada?
—Nada, y lo sabes. Como mucho, algunas miradas de censura. Y otras de envidia. Porque, desgraciadamente, estas cosas son hoy día más comunes que nunca, en el mal sentido. Nada como la amenaza de guerra para soltar los instintos más viles en las personas, Geralt, y no sólo eso, si no que los demás lo aceptan y nadie mueve un dedo.
—No me gusta la idea.
—Pues no nos vendría mal una cena caliente y una cama.
—A ti una cama vacía te importa un pimiento, Jaskier.
—Bueno, quién sabe lo que puede deparar el futuro. Pero, en todo caso, descansaríamos bien y hasta podríamos darnos un baño con agua caliente y jabón de verdad.
—¡Oh, qué bien! —exclamó Ciri con la cara iluminada—. ¿Podemos ir, Geralt? ¿Podemos? ¡Di que sí!

El brujo bufó. Frunció el ceño y maldijo en voz baja, pero lo cierto era que Jaskier había logrado interesarle a él también.

—Eres un liante, Jaskier. Está bien, iremos, pero a la menor sospecha de complicaciones me daré la vuelta y saldré como alma que lleva el diablo con Ciri. Y no miraré atrás.
—Aj, Geralt, eres el pesimismo en persona. Todo saldrá bien.

El poeta, habiendo terminado de comer, se disculpó y se perdió por el bosque. Ciri le clavó entonces una mirada intensa al brujo y abrió la boca. Pareció dudar y luego resolver hablar.

—Geralt, ¿estás triste por ella? —le dijo la niña nada más desaparecer Jaskier.
—¿Triste? ¿Por qué dices que estoy triste, Ciri? Y, ¿por quién?
—Ya sabes… por esa señora tan guapa que es tu madre…

El brujo casi se atraganta. Carraspeó tratando de ocultar el asombro que sentía.

—¿Cómo sabes…? ¿Te lo dijo ella?
—No sé… Yo… Lo sabía…
—¿Cómo, Ciri? Ni siquiera nos parecemos…
—No sé… no sé cómo, Geralt. Me quedé dormida y… cuando desperté estaba llorando. Lloró mucho rato. Estaba diciendo que no sabía por qué te dejó allí. Que conocía a tu maestro brujo, que algo le dijo que allí estarías bien. Y no sé por qué me contó todo eso así, nada más despertarme.
Geralt callaba. Sentía un sabor amargo en la boca.

Nada sabían de las palabras que salieron de la niña con voz metálica e inhumana, maligna y fría, dirigidas a la hechicera cuando estuvieron solas. “¿Por qué le entregaste a los brujos, Visenna? A los brujos…Siete de cada diez niños mueren, y tú lo sabías. Esperabas que ellos hicieran lo que tú no fuiste capaz… pero el Destino se ha reído de ti, hechicera. Sobrevivió, y le ha puesto ante tus ojos…Morirás devorada por los remordimientos que ya sientes, condenada a la soledad que tú misma elegiste.”

—Geralt, yo me alegro de que lo hiciera. Y se lo dije. Porque si no, no te habría conocido. Yo no habría sido tu destino. ¿Soy mala por alegrarme, Geralt? ¿Lo soy?

El brujo suspiró. Sería fácil culpar al Destino, pensó. Pero no podía, a pesar de todo lo ocurrido con Ciri, a pesar de que por fin había aceptado la existencia del Destino, la culpaba sólo a ella por esa decisión. No podía evitar sentir resentimiento hacia Visenna, pero, a la vez, un extraño anhelo que no aceptaba y le irritaba, porque por más que trataba de ahogarlo, estaba ahí, en su interior.

—No, Ciri. Porque yo también me alegro.

Y, paradójicamente, era verdad.

—Pues entonces no estés triste. No me gusta verte triste. Hace que me sienta rara por dentro.
—No estoy triste por mi madre, Ciri. Es una extraña para mí. Es sólo que a veces me pregunto cómo hubiera sido mi vida si…
—¿Sin ser un brujo? Yo no te imagino sin ser un brujo. ¡Qué aburrido! ¿y qué, te pasarías el día plantando coles? —dijo la niña arrugando su naricilla.
—Tal vez…
—Campesinos hay a patadas. Y ser brujo es… especial. Eres especial, Geralt, ¿no te lo crees?

La niña había conseguido arrancarle una sonrisa. Ella realmente lo creía así, no sabía nada acerca de la parte desagradable de su profesión, que a decir verdad era casi todo. Pero también era cierta su afirmación.
Ella sí que es especial, pensó el brujo. Ciri hacía fluir en él las emociones, le conmovía, hacía que se sintiera bien consigo mismo, le sorprendía a diario con sus cosas… Ciri era la alegría, el cariño desinteresado… Ella era lo mejor que le había pasado en su vida.

—Pues si me lo dices tú, me lo creo. Porque eres una niña muy lista, Ciri. Me lo creo a pies juntillas. Y ahora termina el desayuno, tenemos que irnos.

Carreas no tenía murallas, pero sí soldados que vigilaban sus accesos. El camino que conducía a la ciudad estaba concurrido, pero fluía, señal de que la soldadesca no pedía identificación para entrar. Eso animó un poco al brujo.

La tarde era temprana todavía, tendrían tiempo de escoger sin prisas posada, de comprar si les hacía falta e incluso de pasear si les apetecía.
Avanzaron por los arrabales en dirección al centro, por calles anchas y ajetreadas, entre carros y otros jinetes en sus quehaceres que ni siquiera reparaban en ellos.
Escogieron una posada por su cercanía con unos baños. Dejaron los caballos en el establo, al cuidado de un caballerizo, y reservaron dos habitaciones contiguas. Tras dejar el escaso equipaje en los aposentos, salieron a la calle.

Los baños constaban de dos zonas, para damas y para caballeros, cada una con una piscina rectangular de agua templada. Para el aseo en profundidad, con jabón, cada zona proveía de unas habitaciones individuales con una bañera de madera de buenas proporciones. Geralt pagó por los tres baños con jabón y dos afeitados, quiso contratar ayuda para Ciri pero la niña se lo tomó como un insulto. Se consideraba lo suficientemente mayor como para hacerlo sola.

—Está bien, pero no tengas prisa. Disfruta del baño. Danos tiempo a Jaskier y a mí, recuerda que tenemos que afeitarnos. Espero que acabemos antes que tú, pero si no es así, nos aguardas aquí. No salgas fuera sola, ¿has entendido, Ciri?
—Sí, Geralt.
—Bien. Hasta luego.

Ciri se fue con la empleada que había de llevarla a su baño privado y ellos entraron en la sección de caballeros.

Cuando Ciri se quedó sola, se desnudó rápidamente y se metió en la bañera, feliz y contenta. El agua estaba caliente, hacía tanto tiempo que no disfrutaba de un lujo semejante que le entraron ganas de llorar de emoción. Hasta que no llegó a la granja de Yuga no pudo lavarse de cuerpo entero, pero ellos no tenían bañera y sus baños consistían en echarse cubos de agua fría por encima.

Cogió el jabón que la esperaba en una mesita cuadrada de madera, adjunta a la bañera, lo olió, aspirando profundamente el agradable aroma a verbena que cosquilleaba su nariz, y sonrió. Sin más demora, empezó a restregarlo por sus brazos.
Lavarse la cabeza le costó un poco más, pero como Geralt le había dicho que no tuviera prisa, se entretuvo enjabonando cada mechón y luego frotando vigorosamente la pastilla contra su cuero cabelludo hasta que el jabón se convirtió en una fina lámina espumosa. Le entró un poco en los ojos y maldijo a la manera de Geralt, tal como le había oído maldecir a él. Y la travesura la deleitó tanto como el baño.
Quitarse toda esa espuma del pelo le costó un buen rato. El agua ya se estaba enfriando, pero estaba tan a gusto allí metida que remoloneó aún un tiempo. Cuando se decidió a salir, tenía las manos y los pies arrugados como una uva pasa. Se secó con la toalla todo lo que pudo, se vistió y salió, dejando a su paso una estela de olor a verbena.

Con el pelo húmedo y una sonrisa de felicidad en la cara, Ciri se encontró con los dos hombres en la entrada, que charlaban con aspecto de haber estado esperando un buen rato. El cabello blanco de Geralt brillaba y su aspecto era más pulido sin el rastrojo de su barba de varios días. El bigote y la perilla de Jaskier estaban perfilados, dándole un porte aristocrático.

—¡Por fin, muchacha! ¡Se ve que había mucho que lavar, pareces otra! —exclamó Jaskier.

La sonrisa de Ciri se hizo más ancha.

—¿Has disfrutado del baño, parece? —preguntó Geralt.
—Oh, Geralt, ¿te gusta cómo huelo? ¿Te gusta? ¡Acércate, hombre!
—No hace falta, Ciri, te olía diez pasos antes de que aparecieras. Hueles muy bien. Vamos, dame la mano.
—Ahora, hermosa niña, no sólo pareces una flor, sino que hueles como una flor —la agasajó Jaskier.

Los tres salieron de la casa de baños relajados y de buen humor, Ciri parecía caminar sobre nubes.

Anochecía en Carreas. Los faroleros encendían con pértigas los faroles de las calles principales, la gente regresaba a sus casas y para otros comenzaba otra jornada licenciosa y relajada. Se detuvieron a cenar en una taberna de, según Jaskier, buenos guisos y mejor vino. La experiencia resultó no encajar demasiado con la recomendación del poeta.

De regreso a la posada, tomaron una oscura calleja por la que habían pasado antes, de día. Unos gatos que peleaban maullando a grito pelado miraron al brujo y bufaron, escaparon deprisa olvidando su disputa.

—¿Por qué no les gustas a los gatos, Geralt? —preguntó Ciri.
—No tengo idea. Habrá que preguntarles a ellos.

Ciri se rió a carcajadas ante esa respuesta. Quizá por todo eso al brujo se le pasó la pareja que se estaba entregando a los placeres de la carne tras unas cajas de madera, junto a la puerta cerrada de un almacén. A pesar de las tinieblas, al acercarse, sus figuras se recortaron contra la claridad de la calle iluminada hacia la que ellos se dirigían.
Geralt se sintió indeciso por un instante, pero Ciri se detuvo en seco, su risa se convirtió en un grito ahogado. El brujo, gracias a la mutación de sus ojos, vio la expresión del rostro de la niña y reaccionó en seguida. Ciri parecía horrorizada.
Dio la vuelta en redondo, cogiendo la mano de Ciri, que parecía ausente, arrastrándola de allí.
Jaskier, que no se había dado cuenta de nada de esto, pareció confundido al ver el cambio súbito de dirección del brujo.

—¿Qué pasa, Geralt? —dijo algo alterado, temiendo que el brujo hubiera advertido algún tipo de amenaza, por otro lado, nada raro en cualquier calleja oscura de una ciudad.
—¿Acaso no la ves? Ciri, camina, levanta los pies o te caerás… Joder, tendré que llevarla en brazos…

La alzó, la amoldó contra su cuerpo y siguieron caminando buscando una ruta alternativa. Ciri temblaba, su respiración siseaba con las sacudidas. El brujo maldecía. Maldecía por la sospecha que, con lo acontecido, crecía en su interior, junto con una sensación de rabia, asco y desespero. A ella no… Oh, joder, no a la niña…

La acostó en su cama al llegar a la posada, se quedaron allí hasta que se durmió. Luego bajaron, Geralt necesitaba un trago de algo fuerte. Se sentaron en una mesa alejada del mostrador, con aire abatido.

—¿Qué puedo hacer, Jaskier? ¿Hablar con ella? ¿Explicarle qué? Tú no viste su cara, cómo temblaba… A esta niña le ha pasado algo, estoy seguro. Pero no sé si fue testigo o le ocurrió a ella… ¡Joder, Jaskier, me pongo enfermo de rabia sólo de pensar que alguien la haya tocado!

Había un deje de impotencia en la voz del brujo. De miedo, incluso.

—No te puedo ayudar, Geralt. Yo no sé qué es mejor, pero, en todo caso, no ahora. Aún no. Podrías asustarla más, no lo entendería, es una niña todavía.
— Ojalá me equivoque, Jaskier, pero… si la han forzado, si no lo supera con el tiempo ella… ella nunca podrá tener una relación sana… Joder, si hubiera escuchado lo que todo el mundo me decía, si me la hubiera llevado cuando la encontré en Brokilón, nada de esto…
—Geralt —le cortó el poeta—, déjalo. No tiene sentido que te tortures con eso. Y, ¿qué ibas a saber tú, de lo que iba a pasar en Cintra?
—Myszowor me lo advirtió. “No juegues, Geralt. Aprovéchate de la oportunidad que se te ofrece. Haz de lo que te ata a Ciri un lazo normal, sano, entre una niña y su protector. Porque si no… Entonces este lazo puede crearse de otro modo. Terrible. En forma destructiva, negativa.” Y yo me reí de él, del destino y de su puta madre.
—¿Por qué no te la llevaste? ¿Te daba miedo porque era una niña?
—¿Qué iba a hacer? ¿Llevar a una princesa a Kaer Morhen? ¿Hacer de ella un brujo?
—Eso es lo que vas a hacer ahora, ¿no, Geralt?
Geralt calló unos instantes.
—Sí, Jaskier, eso mismo voy a hacer. Por supuesto, no habrá mutaciones para ella, pero voy a entrenarla. No se lo digas a nadie. A nadie. Nunca.
—¿A nadie? ¿Ni siquiera a…
—Ni siquiera, Jaskier.
—Será como tú digas.

Hubo un silencio prolongado. Jaskier sabía que Geralt seguía dándole vueltas al asunto, sabía que era propenso a sentirse culpable. Quiso decirle algo para romper el círculo vicioso en que se hallaba sumergido, pero no le dio tiempo.

—Tuve una visión, en Brokilón. Pudo haber sido producto de los narcóticos, pero… Jaskier, Calanthe me acusó, me dijo que la Muerte me persigue pero que son los demás los que mueren por mi causa. Y, ¿cómo podía llevármela cuando su abuela me culpó de eso? La vi, un año antes de su muerte, tal y como murió… No quería hacerle daño a la niña, no podía llevármela porque…Pero ahora, al ver a Ciri así yo…
—Déjalo, Geralt. Déjalo de una vez. La niña lo que necesita es sentirse segura, y tú lo consigues. Ella busca tu contacto, tus brazos, ¿no crees que si hubiera sido… ya me entiendes, no soportaría ni que la tocaras?
—No lo sé, Jaskier. Quizá sólo fue testigo de algo, pero, en todo caso, no voy a preguntarle abiertamente. No me atrevo, no sé si siquiera si estoy preparado para saberlo… Ojalá tengas razón, porque dentro de lo malo… no sería lo peor. Vamos, termina el licor y subamos a dormir. No quiero que se vea sola si se despierta.
—Yo… iré a ver a una vieja amiga, si no te importa.
—Bien. Procura no meterte en líos.
—Para nada, ya me conoces.
—Sí, por eso te lo digo.

Ambos se levantaron. El poeta atusó la pluma de ganso de su gorrillo antes de salir por la puerta. Geralt subió a buen paso las escaleras, con negros nubarrones en el pensamiento.

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  Reto Mar 19: Ana
Enviado por: Joker - 13/03/2019 08:45 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

ANA


Rutina. Así podía describir su trabajo.
Llegaba a las ocho y media de la tarde y hacía la ronda. Luego se sentaba en su puesto tras el enorme mostrador y controlaba las cámaras. A las nueve menos cinco pasaba por las salas y recordaba amablemente a las familias que el tanatorio y el parking cerraban a las nueve. Después de las nueve comprobaba que no quedara nadie y cerraba todos los accesos. Y ya, hasta las dos y las cinco, horas de nueva ronda, podía hacer lo que le diera la gana.

Estaba solo, solo en medio de la montaña, en aquel edificio. Bueno, estaban los muertos, pero no solían dar guerra. Se aburría bastante, pero le pagaban bien por no hacer apenas nada. Y ya estaba acostumbrado tras meses de la misma rutina.
A las dos de la madrugada, como cada día, se colgó las llaves en el cinturón y cogió la linterna. Subió las escaleras hasta el segundo piso, comprobó la puerta de acceso al edificio por los ascensores exteriores, iluminó la cafetería a través de la puerta de cristal. Todo correcto. Bajó a la primera planta. Caminó silbando hasta la puerta de la pasarela, que estaba satisfactoriamente cerrada, y continuó por el pasillo, junto a las salas.
— ¿Hola?
Paró en seco. El corazón comenzó a bombear adrenalina, deprisa. Una voz de mujer, de mujer joven. Tras el susto, intentó echar mano de la lógica. Alguien se ha quedado. Alguien se me ha pasado.
— ¿Si? ¿Dónde está usted, señorita? No puedo verla. Salga, por favor, no pasa nada.
El haz de luz de la linterna se movía rápido, iluminando cada rincón del pasillo.
— ¿Dónde está usted, por favor?
—Aquí.
La voz sonaba muy cerca, pero él no veía a nadie.
—Estoy aquí, a su lado.
Willy Salgado dio un respingo. La voz, efectivamente, había sonado junto a él… pero allí no había nadie. Sintió la garra del miedo aprisionando sus pulmones, sus piernas se negaron a responder, sólo el haz de luz de la linterna se agitaba con el mismo temblor que su mano.
—Si esto… es una broma, no tiene gracia—logró articular con un hilo de voz, pues su garganta estaba rígida.
—Yo he pensado lo mismo—dijo la voz.
Su cuerpo respondió involuntariamente, sus instintos y el pánico tomaron el control de su cerebro y, sin siquiera darse cuenta, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Directamente bajó a recepción, saltando las escaleras de dos en dos o de tres en tres, ni lo sabía, pulsó el interruptor que desbloqueaba las puertas automáticas y salió a la noche. Paró, sin resuello, al llegar a la solitaria rotonda, a cincuenta metros del edificio. Se inclinó, apoyando las manos en los muslos, respirando agitadamente y con un flato en el costado. Intentó pensar.
¿Qué coño, qué leches había sido eso? Él no creía en cosas raras, aunque en su país había muchas supersticiones al respecto. Pero él hacía mucho que se había ido de allí, desde que era un niño. Él no creía, pero no se atrevía a volver.
Conforme pasaban los minutos, el pánico se fue disipando. No sabía qué hacer. Le daba miedo volver al allí, pero… ¿Y si no era lo que parecía? ¿Y si era un ardid para alejarle y robar? En la caja fuerte solía haber dinero. Mucho.
Con esfuerzo, se sobrepuso. Caminó despacio hacia el tanatorio, le sobresaltó la puerta automática cuando se abrió a su paso. En el suelo, detrás del mostrador, la linterna encendida iluminaba las baldosas oscuras en un cono que no servía para nada, el interior estaba como boca de lobo. Entró, con la mano sobre la pistola en su cadera, soltó el seguro de la funda y avanzó hacia el panel de iluminación. Pulsó todos los interruptores y el edificio cobró vida.
Algo más tranquilo al haber expulsado las tinieblas, subió a hurtadillas las escaleras, despacio, sin levantar ecos, sujetando las llaves para que no hicieran ruido. Cuando llegó a la primera planta, se pegó a la pared, junto a la esquina. Con el arma en las manos apuntando hacia el frente, giró de repente encarando el pasillo. Vacío. Retrocedió.
Volvió a bajar las escaleras y se dirigió al despacho de dirección. Antes de doblar la esquina, repitió el movimiento, innecesariamente, pues no había nadie. La puerta del despacho estaba cerrada. También, según comprobó, con llave. Cuidadosamente, desenganchó el manojo y buscó la llave. La introdujo y abrió. Vacío, todo correcto, la caja fuerte seguía en su sitio, intacta. Con alivio, regresó a recepción y revisó las cámaras. En todo en edifico no había un alma. ¿No había un alma…? Joder, eso era mucho presuponer, pensó.
—No te asustes, por favor. No vuelvas a salir corriendo…
Los pelos de todo su cuerpo se le pusieron de punta, como si estuviera lleno de estática.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, sintiendo el pánico crecer de nuevo. —¿Qué es esto? ¿Por qué no te veo?
—No me veo ni yo. Y no sé qué pasa… Bueno, algo sí sé. Mi cuerpo está arriba, pero yo… estoy aquí y no sé por qué. Oye, no te asustes tanto, no voy a hacerte nada. Sólo quiero hablar.
Pero qué cojones, se dijo, esto no me puede estar pasando. Se precipitó sobre la hoja de trabajo que las recepcionistas dejaban en la parte interna del mostrador. Allí constaban los difuntos y sus datos, junto con la sala que ocupaban. Repasó la lista, buscó las mujeres y miró las edades. Había dos, una de ochenta y siete años y otra de veintidós.
—¿Cómo te llamas… o te llamabas?
—Ana.
Allí estaba. Ana Gómez Nofrerías, veintidós años, accidente. Mierda. ¿Era real todo lo que le estaba pasando?
—¿Qué quieres de mí?
—Ya te lo he dicho… hablar. Tú estás asustado, lo entiendo, pero yo… también. No sé qué hago aquí. No sé por qué sólo tú me puedes oír. Estoy perdida, confundida. No sé a dónde se supone que debo ir.
Willy Salgado notó cómo su cuerpo aflojaba la tensión. El miedo cedía… un poco.
—Yo no te puedo ayudar.
—Lo sé. Pero, por lo menos, puedo hablar contigo. Eso me consuela un tanto. Así no me siento tan sola. No te puedes imaginar lo que es encontrarte con este marrón sin saber ni cómo. Comprender… que ya no… ya no… pero estoy aquí. ¿Por qué?
Había un punto de desesperación en su voz. Él sintió, sorprendentemente, una pizca de compasión.
—¿Y qué quieres, que busque un médium? ¿A las tres de la madrugada?
Frío. A su alrededor se extendió un extraño frío, sus labios exhalaron vaho a cada respiración.
—¿Te estás riendo de mí? La única persona que me puede oír y es un gilipollas.
Su voz sonó enfadada. Él no volvió a abrir la boca, el frío se disipó. Y el resto de la jornada no tuvo nada de particular.
A las seis de la mañana, el empleado de limpieza le despertó. Se había quedado dormido, falta grave y punible, pero por suerte el otro no le había visto. Sólo le gritó desde las escaleras “eh, soy yo, ya estoy aquí, no vayas a pegarme un tiro”.
¿Lo había soñado todo? Estuvo seguro de que no. Sintió un impulso irreprimible y subió a la primera planta, por el pasillo de servicio. Buscó la sala dieciocho, apoyó la mano en el pomo y quitó el pestillo. Abrió.
El túmulo refrigerado quedaba al lado de la puerta. Dentro había un ataúd cerrado, pero sobre el cristal superior, junto a los centros de flores depositados allí, había una fotografía en un marco plateado. La cogió y observó a la muchacha que sonreía y le miraba desde la foto, una chica normal y corriente, morena, ojos marrones, rellenita…
—No era ninguna belleza… yo siempre odié mi cuerpo— Willy Salgado dio tal respingo que casi se le cae el marco—. Fíjate, y lo que daría ahora por recuperarlo. Bien está el dicho de que no se valora lo que se tiene hasta que se pierde…
—Pensé que te habías ido…
—Pues no. Sigo aquí. Perdona por haberte insultado antes. Es que estoy muy nerviosa.
—Yo… termino ya el servicio. Adiós, Ana.
—Adiós.

Al día siguiente, Willy Salgado repitió su rutina. Se quedó solo en el edificio a las nueve y diez, hizo el recorrido sin novedad y sin sobresaltos. A las dos de la madrugada hizo la ronda, y al pasar por el pasillo junto a la sala dieciocho oyó sollozos. La sala no estaba ocupada, así que echó mano al manojo de llaves y abrió la puerta.
—¿Ana?
Más sollozos.
—Esta tarde han incinerado mi cuerpo. Ya no tengo cuerpo al que volver, aunque no creo que hubiera podido volver. Pero sin cuerpo es seguro que me quedo donde estoy… y no sé dónde estoy…
Él no sabía qué decirle.
—Lo siento mucho, Ana.
—Vete, por favor. Quiero estar sola.
Él cerró la puerta despacio y se alejó.

El teléfono móvil estaba horizontal sobre la parte interior del mostrador, conectado por wifi a la red. Willy Salgado estaba viendo una película para hacer tiempo. Tenía un vaso de papel en la mano que contenía un café de la Nexpresso de personal, removía el contenido con un palo de plástico para enfriarlo y también para diluir el azúcar. Dio un sorbo y lo saboreó con placer.
—Uff, lo que daría yo por un café…
—Ana… ¿estás bien? Bueno, me refiero a…
—Sí, gracias. Hay lo que hay y no se puede hacer nada, así que… más vale que me acostumbre. ¿Estás viendo una peli?
—Ahá. ¿Te apetece verla conmigo?
—No tengo otra cosa que hacer. ¿Es una comedia?
—Sí.
—Ah. Me vendrá bien.


Desde ese momento, el trabajo rutinario de Willy Salgado dejó de serlo. Esperaba a que el reloj diera las dos de la madrugada, hora misteriosa en que ella, o su voz, aparecía, y las horas volaban conversando, comentando noticias, viendo series, películas, paseando, curioseando las redes sociales de Ana con ayuda de su contraseña, viendo fotos o explicándose sus historias. Las noches ya no eran aburridas y lentas, volaban y amanecía demasiado pronto, demasiado rápido llegaba la hora en que terminaba su jornada laboral.
—¿Por qué no puedes irte, Ana? No es que lo quiera, ya lo sabes, pero ¿qué te retiene aquí?
—Nada. No te creas las chorradas de las películas, Willy, no tengo nada por concluir. Joder, si ni siquiera tuve tiempo de empezar algo…
—Y, ¿qué ves? ¿Qué te impide ir a donde quieras, por qué aquí?
—La niebla. La niebla que envuelve este edificio no me deja salir. Más allá de la niebla… no hay nada. Una gran Nada. Y no quiero diluirme en la Nada.
—Y, ¿no hay nadie más? ¿No ves a nadie más, Ana? ¿Otros que han dejado este mundo?
—Sólo te veo a ti, Willy. Y tú, ¿oyes a otros? ¿has hablado antes con otros… como yo?
—No, Ana. Sólo te he oído a ti.
—Raro.
—Y que lo digas…
—¿Por qué será?
—Ni idea…
—¿Crees que quizá… quizá…?
—¿Qué, Ana?
—¿…Tú y yo… hubiéramos tenido que conocernos? ¿Qué por eso yo te veo y tú me oyes?
—Quién sabe…
—Willy…
—Dime.
—Ojalá te hubiera conocido antes de morir.
—Ojalá, Ana.


Al paso de las semanas, de los meses, Willy Salgado se había acostumbrado tanto a su presencia que esta era ya algo tan normal en su jornada como él mismo. No recordaba apenas el tiempo previo a su aparición, parecía que siempre hubiera estado allí con él. Sin embargo, poco a poco, empezó a ser consciente de que esa extraña amistad, esa camaradería que día a día alimentaban, estaba derivando a algo más. Pensaba constantemente en ella fuera del trabajo, contaba las horas para volver allí, su tiempo libre se estaba convirtiendo en una tortura… y se asustó. Eso no podía ser. Eso sería una locura y una estupidez. Frena. Piensa. ¿Qué coño estás haciendo?
Construyó una barrera. Un muro, a su alrededor.
Y Ana no podía saltarlo.
—¿Qué te pasa, Willy?
—Nada.
—Algo te pasa. Estás muy raro. ¿Estás molesto conmigo? ¿He dicho o he hecho algo que no te ha gustado?
—Qué va.
—¿Entonces?
—Entonces, ¿qué?
—Déjalo. Déjalo, Willy.


No podía saltarlo. Pero podía romperlo. Hacerlo caer en pedazos como al tirar un pedrusco contra un cristal. Tiempo tenía para pensar cómo. En sí, tenía toda la eternidad.
—¡Oooooh! ¡Madre mía!
—¿Qué pasa, Ana? ¿A qué viene eso?
—¡Una luz! ¡Una luz muy fuerte!
—¿…Qué?
—Me llama… me llama, Willy…
A Willy Salgado se le secó la boca.
—Tengo que irme. Me llama. Tengo que irme, Willy…
Hielo en las entrañas. Parálisis. Estupor. Y dolor.
—No… no te vayas, Ana…
—¿Qué?
—Que no te vayas…
—¿Cómo puedes pedirme eso? ¿Por qué me pides eso?
—Yo…
—¿Por qué?
—Ana…
—¿Qué hay aquí que pueda retenerme?
—Mi amor…
—¿Qué?
—Mi amor Ana…
—…
—¿Estás ahí?
—Sí Willy.
—¿No dices nada? ¿Te quedas? ¿Te quedas conmigo?
—Nunca hubo luz. Me quedo contigo.
—¿Qué? ¿Me has engañado?
—Sólo te he forzado… a abrir los ojos.
—¿Qué estabas estudiando cuando moriste? ¿Psicología?
—Último año de Bellas Artes. No das ni una, chico.
—Arte has tenido para engañarme, desde luego…
—¿Estás enfadado?
—No, Ana.
—Willy…
—¿Qué?
—Que yo también te quiero.
—Lástima que no nos podamos dar un beso.
—Sí, lástima…


Durmió, por vez primera en muchos días, como suele decirse, a pierna suelta. Profundamente, sin sueños. Se despertó relajado y descansado.
Se duchó, se afeitó, se vistió. Esperó a que llegara la hora. Y se fue a trabajar.
Estaba contento. Era una locura, lo sabía, pero había dejado de importarle. Sentía lo que sentía y tenía que aceptarlo. Ya lo había aceptado.
La ronda de las dos de la madrugada. Por fin.
—¡Ana!
La luz de la linterna iluminaba el pasillo. Él esperaba su voz risueña.
—¿Ana? Estoy aquí.
Esperaba.
—¡Ana! ¡Ana, ¿dónde estás?!

No estaba. La buscó durante horas. Y al día siguiente. Y al otro. Ana ya no estaba. No volvió. Tal vez se fue, o tuvo que irse…
O quizá… quizá nunca estuvo.

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  Reto Mar19: Pantomima.
Enviado por: Joker - 11/03/2019 01:09 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

PANTOMIMA

El montacargas se detuvo frente al túnel de piedra, y el emisario no dudó en internarse en este. Las luces instaladas allí no desterraban por completo las sombras, pero eso no detenía sus pasos. Tenía un trabajo que cumplir y pensaba hacerlo. Sus superiores querían establecer las bases del NBE, Nuevo Bloque Económico, lo más pronto posible. Una red de comercio que dejara en vergüenza a cualquier otra, así se referían al proyecto. Su particularidad era que los intercambios no serían entre pueblos o naciones, ni siquiera continentes. No, las transacciones serian entre realidades alternas.
Todo había comenzado con el descubrimiento del Nexo, la distorsión entre espacio y tiempo. A quinientos metros bajo tierra se encontraba la red de túneles y cámaras que conducían a otros mundos. El enviado se reuniría con el equipo que había formado a lo largo de los años con personas de uno de los otros mundos. Este en particular se hallaba dividido en dos facciones, el Archipiélago y el Continente.  Sus superiores querían instalar a un líder en el primero, uno que favoreciera un intercambio justo. Alguien respetado por los isleños, y que al mismo tiempo contara con cierta posición dentro del gobierno del continente. Con una paz estable entre estos dos será más fácil que la organización llevara a cabo las negociaciones.
Por desgracia esa persona no existía.
Era necesario prepararla.

Si la niña hubiera tenido uno o dos años más, el miedo a desobedecer las leyes la hubiera detenido. En ese caso no habría entrado al jardín de la Señora de las Válvulas. Pero al ser tan pequeña, la curiosidad pudo más y fue así como terminó debajo del árbol en el que su señora pasaba las tardes. De un momento a otro, estaba muerta.
Elliot vio el cadáver antes de que fuera entregado a sus padres. Reconoció las manchas en el cuello. Algo había caído sobre ella y una ponzoña traspasó la piel para entrar en la sangre. Orugas rayadas. No eran de la región, solo se las encontraba en los pantanos del norte. Una búsqueda minuciosa dio con los seres que reposaban entre las ramas del árbol. Alguien las había traído para acabar con la vida de la Señora de las Válvulas, y la investigación conducía a una embarcación lista para partir.
Esa era la razón de que Elliot se hallara en la cubierta del barco rojo y amarillo, con su borda repleta de pequeños faroles de aceite y sus marinos de torsos desnudos. Si algo lo diferenciaba dentro del grupo de investigación, era la máscara de gas con la que cubría la mitad de su rostro. Originario de los pantanos más profundos del archipiélago, necesitaba del filtro especial cargado de bacterias que hacían del aire común algo respirable para él. Esto solo fomentaba las leyendas que se contaban de su pueblo, cuyos cuerpos se habían amoldado al mundo traído por la Guerra de las Emanaciones.
—Como le decía inspector, en este barco solo viajan comerciantes honestos.
El capitán seguía a Elliot mientras examinaba los camarotes principales. No dejaba de chillar que aquella intromisión con el comercio interisleño era un insulto para los representantes de las tribus. A él no le importaba, su misión era velar por el bien de la Señora de las Válvulas y su familia, la misma que desde generaciones se ocupaba de las bombas que evitaban que la Capital desapareciera bajo las aguas.  
Entró a otro camarote. Unos guardias lo confrontaron listos para batirse en duelo, pero una orden de su amo los contuvo. El joven que se hallaba en el centro fumaba una larga pipa de marfil cuyos efluvios se acumulaban en el techo. Las cuatro paredes eran un rejunte de finas sedas y cojines de exquisito bordado. Era un miembro de la realeza y como tal se expresaba.
—Ah, el fiel sirviente de nuestra señora. Me honra con su presencia.
—Principe Reyull. Lamento estas medidas, pero la situación lo requiere. Tengo que revisar su camarote.
Incluso tras la máscara la voz de Elliot sonaba clara y autoritaria.
—¿Qué situación? —preguntó con interés el príncipe antes de dar una nueva bocanada.
—Un atentado contra la señora de las válvulas.
La pipa cayó al suelo y el semblante del príncipe se volvió tan pálido como esta. Abordó a Elliot con toda clase de preguntas que respondió a medias. También protestó cuando los cuchillos de los oficiales destriparon sus cojines, pero eso no detuvo el procedimiento. Aquella inspección sería considerada un insulto para sus socios comerciales, mas él solo pensaba en la seguridad de la familia real. Era su deber protegerla. La facilidad con que los rebeldes habían llegado al jardín evidenciaba una extensa red enemiga. Contaba con pocos hombres de confianza.
—Es terrible —murmuró el príncipe—. Un intento de asesinato justo después de un parto tan trágico.
Las noticias de la muerte de la futura heredera corrían como el fuego durante las sequías. La situación brindaba muchas oportunidades a quien supiera aprovecharlas, en especial a DEINOS.
Elliot  reparó en el gran incensario del rincón. Acercándose a este removió la tapa y se encontró con varias hojas chamuscadas que reconoció de inmediato.
—Maguza.
—Me gusta el aroma. Las quemó con frecuencia.
—Es el alimento de la oruga rayada.
La espada de Elliot dejó su funda y se plantó a centímetros del cuello del príncipe. Tras él, los guardaespaldas reales llevaron sus manos a las pistolas, pero se detuvieron al sentir otros cañones contra sus nucas. Elliot sonrió para sus adentro por la eficacia de sus hombres.
—Pongan bajo custodia al príncipe —ordenó.
—¡Espere un momento! No hice nada. Mi criado le compró esas hojas a un comerciante.
—¿A quién?
—Uno que venía en este barco. Holland.
—Lo vi en la cubierta. Junto a los botes salvavidas —Agregó uno de los agentes.
—Tú, asegúrate de que el príncipe ni sus guardias dejen el camarote —le ordenó Elliot al otro antes de señalar al que había hablado—. Llévame.
En el camino se toparon con más agentes: algunos fueron enviados para asegurar al príncipe mientras que otros se sumaron a la búsqueda de Holland. Al llegar a los botes vieron al comerciante en uno de ellos, alejándose sobre las aguas con rumbo a una de las islas vecinas.

Sus hombres permanecieron en el barco. Solo él se encargaría de perseguir a Holland. Aquellos pantanos no eran para cualquiera. En el mejor de los casos serian una carga, en el peor una baja. No podía permitirse ninguna de las dos. Pese a que salió detrás del sospechoso, las constantes curvas del río, la espesa niebla y la exuberante vegetación evitaban que viera más allá de los treinta metros. Sin embargo oía el ronroneo del motor y con eso bastaba de momento.
Para Elliot ese era su entorno natural, el lugar del que había venido y cuyas leyendas se hallaban inscriptas en su sangre. Mientras más lejos de la civilización, más cerca del corazón indómito del archipiélago. Hasta donde sabía, el mundo consistía de aquel puñado de islas salvajes y el continente. No conocía el segundo, pero oía mucho de DEINOS: El conglomerado reunía a las empresas sobrevivientes a la Guerra de las Emanaciones y se encargaba de controlar la vida en el continente. Estos dos mundos mantenían relaciones amistosas, pero como la Señora de las Válvulas sospechaba, DEINOS quería control del archipiélago. Eso no sucedería bajo su gobierno y de ahí que un grupo rebelde recibiera su patrocinio de un “misterioso” benefactor.
—La Capital sobrevivirá —se repetía Elliot cada vez que recordaba el panorama.
Tal vez no fuera su patria, pero era el lugar que lo había acogido después de que su hermano muriera. Lo había enterrado bajo las raíces de El Primer Árbol. Las historias de su pueblo contaban que aquel era el primer habitante del archipiélago y que sus raíces unían las islas. Ellos habían descubierto que era una leyenda con partes de verdad. Sus raíces solo corrían por una isla, pero todo en esta estaba conectado: las plantas intercambiaban información, al igual que los insectos y aves que se posaban en ellas.


El río  se ensanchaba y de un momento a otro el bote se encontró en el Lago de las Islas. No era un nombre elaborado, pero decía lo necesario del lugar. Pequeñas islas brotaban aquí y allá, colmadas de helechos, cipreses y palmeras de diversos tamaños. Aves de voces extrañas cantaban desde las ramas, y los ojos helados de los reptiles observaban desde las espesas aguas. No había ni rastro de Holland.
Condujo el bote con cuidado de no chocar contra alguna roca. La espesura devoraba el sonido del motor y al cabo de unos minutos comprendió que no encontraría al fugitivo así. Se acercó a la isla más cercana y saltó a la tierra húmeda llevando a la espalda un pesado rifle de caza mayor. Buscó un punto estable entre las ramas de un árbol y al hallarlo empezó a trepar sin dificultad.  
Los gemidos de los cocodrilos y los gritos de las aves eran una de las muchas nanas a las que estaba acostumbrado. Por eso se sorprendió al notar su ausencia. El silencio reinaba entre las islas, y mientras que cualquier otro hubiera pasado esto por alto, el cerebro de Elliot tensó cada musculo como un resorte. Cuando la gigantesca cabeza salió despedida hacia él, alcanzó a saltar antes de que las mortales fauces se cerraran alrededor de las ramas. Los helechos amortiguaron su caída y sin detenerse se lanzó a la carrera. Escuchó el pesado cuerpo cayendo a tierra, aplastando el bote bajo una mole de carne y escamas. Su intrusión había enfurecido al Rey del lago.
Miró sobre el hombro para descubrir la reptiliana cabeza que apartaba la vegetación con violencia. Superaba los dos metros, cubierta de escamas de un verde oscuro. Desde ella observaban los fríos ojos amarillos. En tierra el kapro se volvía torpe y lento, sin embargo la isla era pequeña, no había espacio suficiente para eludir al Rey por mucho tiempo.
La situación era extraña. En todos sus años de vida, el viejo Rey nunca había atacado al hombre sin provocación: Prefería cazar a los grandes saurios que se acercaban a beber en los límites de su reino. Una persecución en tierra no era habitual ni conveniente.
Elliot giró sobre sus talones a la vez que sacaba el rifle y apuntaba a la gran cabeza que se hallaba a cinco metros. Si la paz había sido quebrantada entre ellos ya no habría forma de repararla, esa era la ley en el pantano. Estaba tranquilo, respiraba con normalidad esperando el momento preciso. Jaló el gatillo y el estallido retumbo en cada isla cercana.
La bala abandonó el cañón del rifle y describió una trayectoria directa hacia las fauces abiertas del kapro. Pero justo cuando debía alcanzar su objetivo, la bestia bajo la cabeza a una velocidad inesperada. El proyectil golpeó las duras escamas, y rebotó para perderse en algún rincón de la isla. El caimán no detuvo su avance y la pesada cabeza lo golpeó como un ariete. El rifle escapó de sus manos y el suelo bajo sus pies desapareció hasta que volvió a sentirlo contra su espalda.
Aunque aturdido logró girar a un lado antes de que los grandes dientes se cerraran sobre su cuerpo. Justo cuando la bestia embestía de nuevo alcanzó la rama más cercana de un salto, pero esta se quebró al recibirlo. Cayó a cuatro patas sobre la cabeza del Rey.
Respirar se volvía difícil. Allí donde el kapro lo había golpeado podía asegurar que algo se había roto. La cabeza le daba vueltas y sabía que estaba alcanzando el límite. Se movía por instinto, pero sin la menor idea de cómo salir de tal predicamento. El caimán se sacudía tratando de quitárselo de encima, y él apenas podía resistir. Lo oía aplastando cuanto se cruzaba en su camino.
Nuevamente salió disparado por los aires. Intentó levantarse, pero se derrumbó al dar un paso y su rostro se hundió en el barro. No podía verlas, pero las aguas acariciaban sus cabellos. La fría humedad lo hacía estremecer. El tronido de la madera convirtiéndose en astillas entre los filosos colmillos, y los siseos de la bestia que se acercaba.
Intentó girarse, pero era inútil. Apenas logró voltear el rostro para respirar. El Rey era muy astuto, fuerte y salvaje. Una máquina de matar perfeccionada en el duro entorno del pantano. Se acercaba, y convencido de que la persecución había terminado se tomaba su tiempo.
Se detuvo. Elliot no entendió porque, pero el animal se frenó en seco y profiriendo un horrible ronquido comenzó a revolcarse entre la vegetación. La pesada cola se estrelló contra un árbol partiéndolo en dos y las fauces se abrieron y cerraron en un fuerte “clack”. El hombre sintió algo pasar a gran velocidad sobre su cabeza y un estallido delató que ese algo alcanzó al kapro. Este detuvo sus movimientos y el olor a carne quemada llegó hasta la nariz de Elliot. En aquella vorágine de sensaciones su cabeza empezó a distanciarse de la realidad. El ronroneo de un bote fue lo último que escuchó antes de quedar inconsciente.

Acercó el bote a la orilla y comprobó la caja de metal para asegurarse de que no dejaría de funcionar. «Un inventó impresionante», pensó con asombro. El repelente sónico no solo mantenía lejos a las fieras, sino que con la frecuencia correcta también permitía controlar a un ser como el Rey del Lago. Por desgracia tenía batería limitada, y con un largo viaje por delante era mejor reducir el consumo de energía.
Se lanzó a tierra de un salto. Elliot seguía inconsciente y el cadáver ya atraía a los pequeños carroñeros que chillaban entre los helechos. Antes de que alguno pudiera acercarse, colocó sobre el cuerpo del monstruo un dispositivo redondo y de un grosor de seis centímetros. Lo presionó y una espuma amarilla brotó del aparato para expandirse por el cuerpo del kapro. Espesa y burbujeante, quemó la gruesa piel del animal, los músculos y huesos. El proceso duró unos cinco minutos. Al terminar solo quedó un charco maloliente que sería absorbido por la tierra.
Holland contempló cada segundo del procedimiento, orgulloso de ver como el ácido que había ayudado a desarrollar podía destruir incluso a semejante bestia. Para él ese era el camino que los habitantes del archipiélago debían tomar si quería alcanzar el verdadero progreso. Ahora que había atrapado a Elliot, tal vez podría hacer que su voz se escuchara con más fuerza entre los rebeldes. Mejor aún, podía servirse del fallido atentado contra la Señora de las Válvulas para desprestigiar a otros que estuvieran por encima de él.
Su futuro era prometedor.
Volteó hacia el bote y vio a Elliot de pie en este, con un manojo de cables entre sus dedos. Pudo sentir como si se anudaban alrededor de su cuello. Acababan de destripar el repelente sónico. El color dejó sus mejillas y los temblores se extendieron por todo su cuerpo. De las aguas empezaron a emerger las cabezas de grandes cocodrilos que se dirigían a la isla. Con paso lento ocupaban cada rincón de tierra. Y no solo por delante. A su espalda también escuchó los siseos de más fieras.
Pero lo más temible de todo era ver a Elliot de pie y en silencio, con la mirada baja y sin inmutarse ante la horda de reptiles que pasaban a su lado. Las historias acerca del hijo del pantano brotaron en su cabeza como una marea que lo arrastraba al más profundo de los abismos. Holland dejó caer el lanzagranadas y su cuerpo lo siguió. Paralizado por el miedo vio a los monstruos acercándose con las fauces abiertas. En un último instante de libertad recobró el control de su cuerpo.
Y entonces grito.

El enviado se acercó a las llamas de la chimenea para dejar que el calor lo reconfortara. Afuera la tormenta crecía con fuerza, azotando el denso bosque en donde se ubicaba la cabaña. Pronto tendría que regresar a su propio mundo y lo haría sabiendo que su misión había sido exitosa. Vio a la mujer subiendo las escaleras con la bebe en brazos mientras Emile Credence se acercaba a él con la carpeta de archivos. El hombre trabajaba para DEINOS y era uno de sus infiltrados. Sin embargo, su mayor contribución se debía a que años atrás había viajado al archipiélago para regresar casado con una isleña. Un arrebato de amor que había causado muchos inconvenientes en su momento, y con todo, gracias a eso tenía el éxito asegurado. Sería fácil hacer pasar a la hija de la Señora de las Válvulas como el retoño de su unión.
Los rebeldes ahora creían que la hija de lo soberana estaba muerta. Esta se fortalecería en el continente al alcanzar un rango alto dentro de DEINOS. Emile se encargaría de eso último, y cuando su “hija” estuviera lista podría ocupar su lugar como soberana del archipiélago. El enviado había investigado a los rebeldes y sabía cómo sería su gobierno, después de algunas décadas el pueblo estaría suplicando de rodillas por un líder mejor.
A veces los métodos que usaba le resultaban desagradables, lo hacían sentirse sucio. Pero tenía que hacerse si quería que la humanidad sobreviviera a su predisposición por la extinción. Era increíble como en distintas realidades se repetía el mismo sendero de autodestrucción sin importar la variedad de factores que intervinieran. La Señora de las Válvulas lo había entendido y también Elliot, por eso permitieron que el plan tuviera lugar. Además era la única forma de salvar a la recién nacida de la ira de los usurpadores.
El enviado tomó la carpeta y poniéndose de pie se acomodó el impermeable. Dejó la cabaña sin decir nada, sabiendo que su plan necesitaba tiempo para madurar. Aun así, en esos momentos solo podía pensar en Elliot y en todo lo que había sacrificado para proteger a la hija de su señora. Sabían que había un plan para capturarlo con vida, pero no conocían los detalles. Eso no lo detuvo de correr el riesgo y cumplir con su papel. Esperaba volver a verlo.

La parte racional de su cabeza se había apagado y su cuerpo seguía el mismo rumbo. Ocultarse fue el último pensamiento que tuvo antes de entregarse al instinto que ahora gobernaba su cuerpo. Los moradores salvajes del pantano se hicieron a un lado mientras él avanzaba hasta su lugar de reposo en el corazón del archipiélago. Pocas veces pies humanos llegaban hasta esa región y cuando así era siempre pertenecían a los de su estirpe.
Fueron varios días de caminata, con las antorchas de los rebeldes siempre a su espalda. Las costas custodiadas por lanchas armadas con ametralladoras capaces de partir árboles a la mitad. Solo cuando traspasó el gran muro de efluvios se sintió a salvo, pero todavía no era tiempo de detenerse. En la espesura se movían formas gigantescas que lo observaban con ojos de fuegos fatuos, pero no les temía.
Al final, lo vio elevándose como un monolito rodeado por la niebla y la vegetación espesa. El tronco de Él Primer Árbol se hallaba abierto como una vaina que lo aguardaba. Apenas se introdujo en él, la viscosa madera se cerró con lentitud. Las hojas cayeron ocultando la delgada apertura junto con todo rastro de Elliot.
Sus planes también tenían que madurar.

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  [Relato] Esencia etérea
Enviado por: Desmaret - 10/03/2019 01:31 AM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

Esencia etérea
Ella nunca había sentido tanta falta de aire como aquella vez. Podía sentir su vida a través del frío que congelaba sus pulmones, consolados solo por la tibiez del mate, que estaba siendo rodeado por sus helados dedos y su gélida palma. Lo sujetaban con vigor, como si fuera la última esperanza, lo único que tenía.

Sentada sola en una silleta, era consciente de que su cuerpo actuaba como un recipiente encargado de llevar el dolor de tener un alma con el prestigio de poder sentir y expresar. Sin embargo, ella no tenía a quien confesar que el suplicio dentro de su espíritu desgarraba a su corazón, sintiendo que no pertenecía a la vida, que no la merecía, y así se abrumaba en el abismo de su soledad.

Sus ojos desesperados siempre seguían ansiosos a sombras que solían cruzar por delante, indiferentes a su presencia. Ella buscaba a alguien con quien comunicar su tristeza y desolación, para poder confirmarse a sí misma que al menos existía y no era invisible. Aun así, nadie se dignaba a ver a aquella enorme masa de dolor que gritaba por unos ojos que la percibieran, unos diferentes a los suyos, que eran tan vacíos como su alma, cuya lengua muda es la única tan profunda que toca límite y lo expresa a través de un semblante desamparado. Lo único que había eran los árboles deshojados de afuera, que se movían por una brisa fría, y las voces de su pensamiento que la machacaban como musas malvadas. Ella rogaba al aire por unas palabras que no fueran las de su propia mente.

El dolor ajeno suele ser más liviano, pudiendo haber ayudado a cargar con un poco, pero nadie quería llevar una parte del suyo. Vivir se convirtió en un peso para ella, haciéndole flexionar las piernas. Sus rodillas ya rozaban el suelo. Sentía que no había nada que se pudiera hacer. Se sentía imperceptible. Sin embargo, la muerte parece hablar más que la vida misma, porque todos la vieron y todos la recuerdan desde que apareció colgada de una soga atada a la viga del techo, con una nota intitulada: “Esencia etérea”.

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  [FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 5)- Saga Geralt de Rivia
Enviado por: Sashka - 09/03/2019 08:27 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (4)

Capítulo 5



Geralt se despertó entumecido. Le dolían los brazos y la espalda, seguramente por haber estado casi toda la noche en la misma posición. Sintió el peso de la cabeza de Ciri sobre su pecho y levantó ligeramente la suya. La miró.

Su cabello plateado reposaba como un abanico sobre su torso y su hombro, sus pequeñas manos se aferraban aún a su camisa, crispadas, y notó una de sus piernas enroscada en las suyas. Le tenía atrapado.

Trató de apartarla, pero entonces sus manos se agarraron con más fuerza a la tela y su respiración se agitó por un momento. Pensó que quizá estaba despierta, pero una rápida mirada le convenció de que no era así. Suspiró y dejó caer la cabeza hacia atrás. La posición le estaba matando, quería moverse.

—Ciri, despierta. Vamos, Ciri, suelta mi camisa.

Ella levantó la cabeza despacio, aún adormilada, con la mirada confusa y el ceño fruncido. Soltó su presa, abrió y cerró las manos y se las frotó, como si las tuviera dormidas. Él, libre ya de su agarre, se levantó deprisa y flexionó la espalda hacia delante y hacia atrás, luego levantó los brazos, los bajó y los dobló varias veces en un intento de desentumecerse.

Jaskier roncaba, tapado hasta arriba con su manta, ajeno a todo.

La mañana era fresca, el aire caliente del sur había cesado. Pero el cielo estaba despejado, a mediodía haría calor.
Esta vez no había un río en el que lavarse, el Ina había quedado atrás, así que omitieron el aseo y pasaron al desayuno. Geralt cortó varias rebanadas de pan, de queso y de carne seca.

—Jaskier, despierta. Hay que ver, que das conciertos hasta dormido.

El poeta abrió los ojos y se frotó la nariz. Se incorporó con esfuerzo y pasó los dedos por sus ojos.

—Buenos días —dijo, abriendo la manta hacia un lado.
—Buenos días, Jaskier, ¿has dormido bien?
—Vaya vaya —intervino el brujo, mirando a la niña con el ceño fruncido, lanzando un guiño al poeta—. A mí nunca me preguntas eso.

Ella se sonrojó. Se sintió culpable.

—Huy. Buenos días, Geralt, ¿qué tal has dormido?
—Poco y mal, pero no me quejo.
—Vaya tontería de respuesta —protestó ella—. Pues si ya te has quejado. ¿Y por qué, si puede saberse, has dormido poco y mal?
—Seguro que había una piedra debajo de la manta —saltó Jaskier.
—Más bien encima. Un pedrusco enorme. Y, además, algún puto leñador se ha pasado la noche serrando troncos—dijo mirando significativamente al bardo, sin omitir el taco que tan a gusto soltó.
—Pero qué va, lo habrás soñado, Geralt —resolvió la niña—. ¿Cómo va a haber de noche un leñador serrando troncos en el bosque?
—Ciri tiene razón, Geralt. Lo habrás soñado.
—Pues eso será. Vamos a desayunar, tenemos que salir pronto. Ayer el viaje no nos cundió mucho, y no creo que hoy vaya mejor.

Los tres se sentaron en círculo después de coger su ración y empezaron a comer.

—¡Ay! —gritó la niña, escupiendo el trozo de carne que acababa de arrancar y llevando su mano a la mejilla— ¡Ay, ay, ay!
—¿Qué pasa, Ciri?
—¡La fuela! —farfulló con la mandíbula rígida—¡Ay, qué dañooooo!
—Déjame ver —dijo el brujo acercándose a ella—. Abre la boca.
—¡No!
—Si no me dejas que mire, no sabré lo que te pasa.
—La fengo fedio arrancada, eso es lo que fe fasa.

Un hilillo de saliva mezclada con sangre asomó por una comisura de sus labios, no se atrevía a mover la mandíbula ni para tragar.

—Bueno, razón de más para que abras la boca. Un tirón y listo.
—¡Ni haflar, de eso nada!
—Escupe. Escupe, Ciri. Ya eres mayorcita para babear.

Con dificultad, escupió hacia un lado moviendo la boca lo menos que pudo. La visión de la sangre no ayudó en nada.

—Vamos, será un momento. Ni siquiera te vas a enterar.

Cuando Geralt trató de acercar su mano a la boca de la niña, esta saltó, rápida como un rayo, y se alejó corriendo unos metros.

—¡Ja, que no!
—Esa muela va a ir fuera. Deja de hacer la tonta.
—¡Nadie va a tocarfe la fuela! ¡Ay! ¿fes lo que pasa si fe haces haflar?
—Ya está bien de tonterías…

Geralt se puso en pie y la niña, suponiendo sus intenciones, puso pies en polvorosa. Pero el brujo era más rápido y sus zancadas más largas, así que pronto lo sintió pegado a su espalda. Ella giró bruscamente en dirección contraria ayudándose con el tronco de un árbol junto al que pasaba, ganó unos segundos de ventaja con su estratagema que de poco le sirvieron. Geralt la atrapó por la capucha de su zamarra, mientras ella se revolvía como una anguila. La aprisionó rodeando su cuerpo y sus brazos y la llevó en volandas de vuelta al campamento.

—Jaskier, ven aquí.

El poeta se acercó a ellos con expresión divertida al contemplar el cuadro: la niña luchando por liberarse y el brujo tratando de esquivar sus patadas.

—¿No confías en mí? ¿Prefieres que lo haga Jaskier?

El poeta alzó las cejas con los ojos como platos.

—¡Le forderé si fe acerca la fano!

De la boca de la niña volvía a manar saliva mezclada con sangre y al poeta se le borró la sonrisa de golpe.

—¿Yo? Ah, no. Yo no sirvo para esas cosas, Geralt. ¡No me mires así! ¡Si ya lo sabes! ¿Y si le haces la Señal, esa tan convincente…?
—No funcionó con ella el agua de Brokilón, aún menos lo haría mi señal. No puedo obligarla con magia, ni quiero. Ciri, escúchame. Voy a soltarte, ¡deja de revolverte! ¡Puta madre, qué patada me ha dado! ¡Para, Ciri! No voy a obligarte a nada que no quieras hacer.
—¿Fe lo frometes? —preguntó dejando al fin de forcejear.
—Prometido.

Él la soltó y se frotó el muslo, justo donde ella le había golpeado.

—Voy a explicarte —habló pacientemente Geralt— cómo vamos a hacerlo. Porque no puedes estar así, Ciri, no puedes comer, te duele cuando se mueve, y hablas como un troll. Cogeré la muela con cuidado. Sin hacerte daño. Y, cuando estés preparada, cuando tú me digas, tiraré.
—¡Fero Geralt, fe va a doler fucho!
—Un poco. Un momento. Pero habrás solucionado el problema y podrás seguir con normalidad. Así hacemos las cosas los brujos.

Lo pensó, pero no le llevó mucho tiempo. Ella quería ser una bruja, así que tenía que echarle valor, como los brujos. Como Geralt. Había visto sus cicatrices, tuvieron que dolerle lo suyo, ¿qué era una insignificante muela a comparación? Ante ese pensamiento, encontró la determinación y valentía que necesitaba.

Abrió la boca y Geralt vio enseguida el molar de la discordia. Se hallaba en la mandíbula superior izquierda y se aguantaba precariamente, por un lado. Lo cogió con cuidado, sin tirar, procurando no moverlo para no hacerle daño. Jaskier farfulló una excusa para perderse por ahí, porque la visión de la sangre le imponía y ya no digamos la perspectiva de presenciar todo eso. Estaba pálido.

—Cuando estés lista, Ciri.
—¡Ya!

El brujo retorció ligeramente la pieza y esta salió con facilidad. Se la mostró a Ciri.

—¡Oooooh, tenías razón, Geralt! ¡Casi no ha dolido! ¿He sido valiente, Geralt?¡Dilo!
—Sí, Ciri, has sido valiente.

El brujo cogió el odre de agua y se lo tendió.

—Enjuágate la boca un par de veces y luego acaba de desayunar. No tengo ni que decirte que mastiques por el otro lado.

Jaskier se acercó entonces al brujo, que miraba la pieza en su mano.


—Tira esa guarrería, Geralt, ¿o piensas hacerte un colgante? —levantó las cejas al ver la sonrisa siniestra del brujo. —No me digas que te lo estás pensando… ¿Serías capaz? Joder, Geralt…

El brujo tiró lejos la muela, con la sonrisa aún en sus labios.
Al momento, Ciri comía como si nada hubiera pasado.

Llevaban varias horas de camino. Al principio, la charla era fluida entre los tres, luego entre los dos hombres, después se convirtió en un monólogo de Jaskier, y finalmente se extinguió.

Ciri estaba muy callada desde hacía rato. El brujo notaba su peso apoyado en su espalda, sus manos colgaban del cinturón de Geralt, flácidas.

—Jaskier, mira si Ciri se ha dormido, no quiero que se caiga del caballo —pidió deteniendo su montura.

El poeta le rodeó, porque la niña tenía la cabeza vuelta en dirección contraria, contra la espalda del brujo.

—¡Ay la leche!
—¿Qué pasa?
—Tiene la cara hinchada. Y sí, está dormida.
—Desmonta, Jaskier, desmota y cógela. Yo no puedo moverme sin que caiga.

El poeta obedeció y la tomó por la cintura. Se sorprendió de lo liviana que era. Ella se abrazó a su cuello sin despertarse apenas.

—Está ardiendo, Geralt.
—A ver, deja que la toque.

El brujo puso su mano sobre la cara, el cuello y la nuca de la niña.

—Joder, perra suerte. Tiene mucha fiebre, hay que apartarla de este sol. Ve con ella a los árboles, Jaskier, yo me ocupo de los caballos.

El poeta entró en el bosque, a la sombra fresca de los abedules que no se movían ni una pizca bajo el sol del mediodía. Geralt le siguió con los caballos, pasó las riendas por una rama baja y sacó el odre de la silla de Sardinilla.

—Ciri, despierta. Bebe un poco. Tienes que beber.

La niña abrió los ojos febriles y separó la cabeza del hombro de Jaskier. Bebió con avidez.


—Geralt, no me siento bien…
—Lo sé. Lo sé, pequeña.
—¿Qué vamos a hacer, Geralt? —preguntó Jaskier, con un punto de miedo en la voz.

Ambos eran ajenos a este tipo de situaciones. No tenían experiencia ninguna con niños, no sabían qué hacer. En vista de eso, sólo había un modo de actuar.

—Tenemos que buscar una curandera o una hechicera —dijo el brujo mojando con agua su mano y refrescando con esta el rostro de Ciri, que protestó activamente—. Hay que acercarse al primer pueblo y preguntar.
—Pues no perdamos tiempo, Geralt.

El poeta estaba aterrado. Y el brujo, aunque callaba, también.

La casa estaba apartada del pueblo. Parecía algo descuidada, a la manera de alguien que se ausenta durante temporadas de una vivienda. El patio delantero estaba comido de malas hierbas que llegaban hasta la rodilla, el tejado necesitaba de algunas reparaciones menores y la cuerda de tender la colada estaba rota.

Se acercaron a la puerta, el brujo llevaba a la niña en brazos, que respiraba pesadamente. Jaskier estaba pálido. Llamó a la puerta.
El brujo oyó unos pasos ligeros acercándose, enseguida la puerta se abrió. Y se quedó helado.
La mujer pelirroja que había abierto también parecía haberse congelado de pronto.

—Visenna…
—Geralt…
Jaskier los miró a los dos y ató cabos a su manera, esta vez con total desacierto. Carraspeó.

Ella apartó con esfuerzo sus ojos de los del brujo y reparó en la niña. Pareció sorprenderse más, si cabe.

—¿Qué le ha ocurrido?
—No sabemos —dijo Jaskier, ya que al parecer a Geralt le había comido la lengua el gato—. Tiene mucha fiebre.
—Pasad. Ponla en la cama, Geralt —ordenó ella.

El brujo hizo como ella le dijo y se apartó. Jaskier le miraba. Geralt parecía incómodo y turbado, de un modo nada normal en él. Le vinieron un montón de preguntas a la cabeza, pero se las calló. De momento.

—Esta mañana se le cayó una muela. Bueno, la ayudamos un poco —explicó el poeta.
—¿Una muela de leche?
—No sé…
—¿Qué edad tiene la niña?
—Once años —dijo Geralt tras un momento de silencio.

Ella le miró con mil preguntas en los ojos.

—Entonces era de leche. Es extraño que se haya producido tal infección. ¿Acaso no os lavasteis las manos antes de “ayudarla”?

El silencio dio a entender claramente a la hechicera que no. Giró el rostro de Ciri y contempló la hinchazón de su mejilla. La niña la miraba con desconfianza.

—Abre la boca, pequeña. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Elen.
—Ciri.

Habían hablado los dos a la vez. La hechicera frunció el ceño.


—¿En qué quedamos?
—Se llama Ciri.
—Pero Geralt —dijo la niña, enfadada—, me dijiste que no dirías mi nombre de verdad delante de extraños, y ella es, ella es…
—…Como de la familia, Ciri —dijo él con voz gélida.

Visenna se puso rígida.

—Será mejor que esperéis fuera los dos. No puedo concentrarme con vosotros aquí, si me hacéis el favor.

No tuvo que decirlo dos veces. De buena gana Geralt cogió la puerta, seguido por Jaskier. Una vez fuera, el poeta se soltó el pelo.

— ¿Se puede saber qué mosca te ha picado? ¿Es que has acabado a la greña con todas tus amantes hechiceras, Geralt?
—Cierra el pico, Jaskier. Ahora no, joder.
—Pero, ¿qué demonios te pasa?
—Tenía que ser ella, perra suerte, ¿por qué tenía que ser ella?

Al brujo le temblaban las manos. Jaskier no salía de su asombro. Guardó un respetuoso silencio, entendió que aquello iba más allá de sus especulaciones porque pocas veces había visto al brujo así.

Geralt llevó los caballos al abrevadero, luego les dejó pastar a su antojo. Callaba, sumido en sus pensamientos, y se le notaba nervioso, no podía estar quieto. Jaskier le miraba haciendo mutis, pero sin salir de su estupor.

Pasó mucho, mucho rato hasta que la hechicera salió. El sol ya estaba bajo, soplaba una brisa suave que mecía la hierba del patio y la cuerda rota del tendedero. Los dos hombres se acercaron.

—La niña está bien. La infección está curada y no tiene fiebre, pregunta por ti. De hecho, no ha parado de pedir por ti.

Geralt no dijo nada. La hechicera miró a Jaskier.

—Ve con ella. Dile que él enseguida irá. Tranquilízala.

Mientras el poeta entraba en la casa, los dos se miraron a los ojos, en los ojos de ambos había miedo. Y también dolor.

—Curioso es el destino, Geralt. Caprichoso. Después de todo, vas a poder hacerme tu pregunta. Nos estamos mirando a la luz del sol. Hazla ya.
Geralt callaba.
—¿A qué esperas? ¿Es que renuncias a tu alegría perversa? ¿O te has dado cuenta de que no servirá de nada? ¿De que no recuperaremos nada?
—Sí, renuncio. Renuncio porque también yo lo hice y más de una vez. Con ella —dijo señalando hacia la casa con la cabeza. — No puedo acusarte de algo que yo mismo he hecho. Huí de ella. Sentí el mismo miedo que tú, seguramente, sentiste.
—Pero está contigo. ¿Quién es esa niña, Geralt?
—Fue el destino. Ella es mi destino. Y algo más. ¿No es irónico, Visenna? Tú, que puedes concebir, me alejaste de tu lado, yo, que no puedo, acepto de buen grado esa responsabilidad. Quien sea que maneja los hilos del destino debe ser un hijo de puta muy retorcido.
—Entonces, ¿tú y yo no estábamos destinados?
—No lo sé. Quizá. Pero nunca sabrás a lo que renunciaste, tú y sólo tú. Y ahora, gracias a Ciri, yo lo sé. Y, ¿sabes qué?
—¿Qué?
—Que me das pena. ¡Oh, sí, Visenna! No tienes ni idea a lo que renunciaste…

Lo dijo con naturalidad, con tranquilidad, sin odio ni enfado. Lo dijo como lo sentía.

Geralt caminó hacia la casa, dejando a la hechicera allí, aturdida. Le siguió tras unos instantes, entró en el momento en que la niña saltaba hacia él, que la esperaba agachado, y le rodeaba el cuello con sus brazos. Le vio estrecharla con cariño, vio amor en sus miradas, complicidad, lealtad, necesidad el uno del otro… y supo lo que no había sabido hasta entonces. Supo que Geralt tenía razón.

Antes de que saliera de la casa, le cogió el brazo y lo detuvo.

—¿Me odias, Geralt?
—No, Visenna —le dijo tras unos instantes—. Pero verte me causa dolor. Ahora más que nunca.

Ella no dijo nada. Negó con la cabeza cuando él sacó unas monedas, pero él las dejó igualmente sobre la mesa.

Ciri dormía. Su respiración era regular, estaba fresca y su rostro se había deshinchado. Jaskier la había agasajado con unas cuantas canciones y Geralt la dejó trasnochar un poco más que de costumbre.
Los dos hombres estaban sentados ahora junto al fuego, bebiendo el aguardiente de hierbas de María. El rostro de Geralt estaba sereno. Jaskier le lanzaba miradas de soslayo. Suspiró.

—Suéltalo, Jaskier.
—Oj, por fin. ¿Quién era, Geralt? La hechicera pelirroja.

Guardó silencio unos instantes.

—Mi madre.
—No te enfades, hombre… si no quieres decírmelo… Joder, cómo eres. Por cierto, hablando de hechiceras… ¿y Yennefer? ¿La has visto últimamente?
—La vi por Belleteyn, el año pasado. No he vuelto a verla.
—No entiendo lo vuestro, Geralt. Bueno, creo que nadie lo entiende. Pero, en fin, allá tú —dijo, dando un trago de la botella.
—Ya no hay nada que entender. Ya no.— El brujo se levantó y se sacudió el trasero—. Me acuesto ya. Buenas noches, Jaskier.
— ¿Crees que se despertará la moza dando alaridos?
—Probablemente.
—Qué se le va a hacer. Pobrecita. Buenas noches, Geralt.

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  ¿Crees saber que es real?
Enviado por: Duncan Idaho - 08/03/2019 02:02 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (1)

Hace poco más de un año los deepfakes no existían, y hoy en día nos han convencido a todos de que, para bien o para mal, han llegado para quedarse. Primero fueron los vídeos porno con famosas, después los vídeos de presentadores hablando en varios idiomas, y ahora la nueva moda son los generadores de fotografías inexistentes.

Vamos a hablar de ThisPersonDoesNotExist.com, una página web que muestra la foto de una persona distinta cada vez que entramos en ella. Esas personas pueden ser hombres, mujeres, niños, adultos o ancianos, de cualquier raza; sólo tienen algo en común: jamás han existido, sino que han sido generadas por una IA.

La web utiliza una tecnología conocida como GAN (siglas en inglés de 'redes generativas antagónicas') y consisten en dos algoritmos confrontados: un generador y un juez. El primero intenta crear imágenes (por ejemplo, en este caso, de rostros) basándose en su entrenamiento previo con un dataset de fotos reales, y el segundo debe decidir si la imagen es lo bastante realista como para darla por buena. En caso de que no sea así, el generador intenta 'afinar' la imagen en cuestión. Hasta que 'cuela'.

Y son esas imágenes capaces de convencer al algoritmo-juez las que podemos ver cuando entramos en ThisPersonDoesNotExist.com. En este caso, la web utiliza una variedad de GAN llamada StyleGAN, desarrollada por Nvidia y disponible públicamente en GitHub.

Y precisamente por estar a alcance de cualquiera están empezando a surgir toda clase de webs 'DoesNotExist' ('NoExiste'), esto es, que copian la estructura del nombre y la función de la original, pero alterando su temática.

https://thiscatdoesnotexist.com/ y http://thesecatsdonotexist.com/

El creador de la web original (que, por cierto, ha sido visitada ya más de 4 millones de veces) se llama Philip Wang, y es un ingeniero de software de 33 años que, ante el éxito de su primera iniciativa, y a causa de las sugerencias recibidas en Reddit, decidió lanzar una web hermana, basada también en StyleGAN, pero alimentada en este caso con un dataset formado íntegramente por fotos de gatitos.

"Lo hice porque algunos niños en Reddit querían pagarme por ella, pero les dije que lo haría gratis. "El generador no es realmente bueno , pero con una red mayor y mejores datos de entrenamiento, también podríamos tener perros y gatos infinitos".

Pero el desarrollador australiano Nathan Glover decidió que un único gato por visita le sabía a poco, y sólo unos días después de conocer StyleGAN decidió crear TheseCatsDoNotExist.com, que muestra nada menos que 56 gatos al mismo tiempo, repartidos en varias filas y columnas.

www.thiswaifudoesnotexist.net

Gwern Branwen, redactor de tecnología freelance, decidió probar suerte también con StyleGAN, cambiando en esta ocasión de temática: de las fotos de personas y gatos reales pasamos a las waifus (término utilizado por personajes femeninos de manga/anime por los que un humano se siente platónicamente atraído).

El dataset que alimenta a la IA de esta web se denomina Danbooru2018, y fue creado por el propio Branwen.

En este caso, las imágenes se actualizan solas cada 10 segundos. Y sí, también hay una versión que muestra simultáneamente docenas de waifus https://www.obormot.net/demos/these-waifus-do-not-exist

ThisAirbnbDoesNotExist.com

Pero de entre todas las webs inspiradas en ThisPersonDoesNotExist.com, quizá la más sorprendente sea ThisAirbnbDoesNotExist.com. Cada vez que actualizamos esta web, se nos muestran cinco imágenes de un apartamento supuestamente disponible en Airbnb, una descripción relativamente coherente del mismo, y la foto y el nombre de su "host o anfitrión. 

Pero, como explica el ingeniero de software de Google Christopher Schmidt, autor de la web, "ni las imágenes, ni el texto vienen del mundo real".
"La descripción, la imagen del anfitrión, e incluso las imágenes de las habitaciones son todas sueños febriles de una computadora"; todo resultado de millones de datos extraídos de la propia Airbnb.

Schmidt también recurrió a StyleGAN, claro. "En parte lo hice porque quería ver si funcionaría. ¿Era posible que alguien, sin experiencia real con redes neuronales y sin acceso a recursos informáticos sofisticados, genere un apartamento imaginario pero de apariencia pausible? [...] Esto significa que casi cualquier persona con un par de horas libres podría crear algo igual de convincente".
"Esto es con lo que la gente debería quedarse sobre el nivel de desarrollo de las redes neuronales y la inteligencia artificial: ya están lo bastante avanzadas como para engañar a la gente, especialmente si no miramos poniendo atención. [...] Puede que a partir de ahora todos tengamos que pensar un poco más antes de decidir si algo es real".

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