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  Reto Jul19: Una mala tarde la tiene cualquiera
Enviado por: Joker - 20/07/2019 09:50 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (20)

1


Los brujos ataron los caballos a los restos de una valla, prefiriendo remontar a pie el último tramo de la cuesta. Mientras ascendían, la mirada del joven pupilo se mantenía clavada en la alta construcción a la que se acercaban. La del maestro, en cambio, no se elevaba más allá de los sitios donde apoyaba los pies.
—Ahora sí entiendo por qué no querías aceptar este contrato —dijo Geralt—. Mala paga, y una mierda. Era por esta maldita subida: te está dando una paliza, viejo.
—No es por… eso que…
—Vesemir, jadeas como un perro enfermo. Mejor no hables, o te dará un patatús y adiós a tus estúpidas lecciones. Y qué será de mí…
—¿Y qué será de ti? Hum… chupetones, heridas estúpidas, trabajo mal pagado, chupetones, problemas con la ley, y… ¿ya dije chupetones?
Geralt miró sobre su hombro, sonrió.
—¿Eso me espera? Hum, mejor no me tientes, viejo, que aquí no hay nadie mirando.
Se detuvieron uno junto al otro frente a la enorme construcción.
—Quizá sí haya alguien —dijo Vesemir, con tono serio ahora, mirando las altas ventanas del faro—. ¿Tú también…?
—También —lo cortó su pupilo—. Desde que dejamos los caballos.
Sin decirse nada más, ambos se acercaron al edificio.
El joven pupilo abrió la puerta cogiendo la manija con mano firme, entró el primero. Vesemir le siguió y cerró detrás; si había algo ahí dentro, mejor mantenerlo encerrado. Sus pupilas se ampliaron de inmediato para amoldarse al cambio de luz, de igual manera poco había para mirar. Unas cajas por aquí, una cama roída por allá, una mesa pequeña y cubierta de polvo en medio, telarañas en los altos rincones. Y ratas, muchas ratas.
Pronto se vieron subiendo por las escaleras de caracol. Vesemir iba delante ahora, marcando el ritmo, sereno y precavido. Ya no jadeaba ni se quejaba por el esfuerzo, parecía haber rejuvenecido veinte años al cruzar la puerta. Geralt admiraba su profesionalidad.
Llegaron así al último escalón, una puerta les cortó el paso. El viejo brujo alargó una mano y cogió el picaporte, el medallón de plata se agitó en su pecho. Vesemir la retiró, miró hacia atrás.
—¿Débil? —preguntó el joven pupilo.
—Débil. Apenas un cosquilleo.
—¿Deberíamos…?
—No, Lobo. Se espantará. Solo estate alerta. ¿Listo?
—Listo.
Vesemir volvió a coger la manija y la giró con lentitud, la puerta se abrió con un chasquido. Entonces el viejo maestro fue empujándola suavemente con la bota, examinando una porción cada vez mayor de la sala al otro lado. No vio nada ni a nadie. Avanzó, y Geralt lo hizo detrás.
Aquel recinto tenía todo lo necesario para alimentar la hoguera del faro, la cual aún estaba por encima, a la intemperie; la escalera exterior que subía hasta allí se vislumbraba por una puerta abierta, a la derecha. Vesemir avanzó hasta una estantería, cogió algunos de los frascos que había allí y los examinó tras soplar el polvo. Geralt dio un paso hacia esa puerta lateral, pero de pronto una ráfaga de aire entró chillando y su medallón tiró de la cadena con fuerza, y en ese chillido ambos brujos distinguieron un nombre.
¡Brandt!
El joven pupilo puso una mano en la empuñadura a su espalda, buscó con la mirada a su maestro. Vesemir le pidió calma con un gesto, Geralt volvió a bajar el brazo poco a poco.
—¿Quién es Brandt? —preguntó el viejo brujo, alzando la voz.
Uno de los frascos del estante salió disparado hacia el pupilo, este se agachó y lo esquivó por los pelos.
—Vese… —Geralt se calló de pronto ante la mirada de su maestro, pues aquella bastó para recordárselo: jamás debes decir tu nombre delante de los espíritus.
—Estamos aquí para…
¡Brandt!
—¡Queremos ayudar! —insistió Vesemir, grave—. Ayudarte a…
¡Brandt! ¡Brandt! ¡Brandt!
La voz helaba la sangre, se percibía un profundo dolor en ella, y una ira, una ira terrible e incontrolable.
Los frascos comenzaron a ser lanzados uno detrás del otro, luego el estante entero cayó. Los troncos amontonados a un costado se desparramaron por el suelo, después fueron convertidos en proyectiles, asediando las paredes con fuerza, dejando hendiduras en ellas.
—¡Vámonos de aquí! —tronó Geralt, y, sin miramientos, corrió hacia su maestro, le cogió firme por el brazo y le arrastró hacia las escaleras de caracol.
Pero esta puerta también se cerró delante de sus narices con un golpe. Acto seguido, un tronco golpeó la espalda de Geralt, un especiero le dio en la nuca. El joven brujo atinó a desenvainar, pero su maestro le aferró la muñeca a tiempo.
—Aun no —le dijo. Su voz no se había perturbado ni un poco.
—¡Nos matará!
¡Braaaaaaandt!
El chillido fue ensordecedor, los brujos se llevaron las manos a las orejas y apretaron con fuerza para acallarlo. Y entonces, de pronto, el agudo aullido se calló, todo en la sala quedó en silencio e inmóvil.
—¿Y ahora qué? —gruñó el pupilo.
—Ahora nos vamos —dijo el maestro—. No somos bienvenidos aquí.


2

Geralt llamó a la puerta de una casa pintoresca, asentada en el sector de Winzur más apartado de la costa. Vesemir aguardaba más atrás, sentado en uno de los palos de la cerca. El joven pupilo esperó, llamó, esperó y volvió a llamar. Y entonces le abrieron. Al otro lado del umbral apareció un sujeto de edad similar a la suya, delgaducho pero de rasgos finos y acentuados.
—¿Qué queréis? —espetó, señalándoles con el mentón—. ¿Os parece buena hora pa’l incordio, par de…?
Geralt se cruzó de brazos, inclinó la cabeza con una ceja alzada.
—¿Par de…?
—Brujos —dijo el sujeto, con la voz perceptiblemente más aguda—. Sois brujos. Creí que…
—Lo somos. ¿Y tú, eres Brandt Firutrer? —El joven delgaducho tragó saliva con un chasquido, asintió con la cabeza—. Bien. Tenemos que hablar.
Geralt hizo un gesto a Vesemir y avanzó hacia la puerta con la intención de entrar, pero el dueño de casa salió fuera y cerró detrás de él.
—¿Os parece que hablemos por allí?
El joven pupilo miró hacia dónde señalaba el sujeto.
—¿A la vista de todos? Por qué no. —Se encogió de hombros—. Serás tú quien se muestre con mutantes, no nosotros.
El joven delgaducho se lo pensó de nuevo.
—Mmm, mejor entremos a la casa, que se está más fresco y hay cerveza. ¿Estáis de acuerdo?
—Y cómo —respondió Geralt y, con una sonrisa torcida, llamó a su maestro.
Se sentaron alrededor de una mesa. Los brujos se acomodaron uno a la par del otro, con sus respectivas jarras; el dueño de casa escogió la silla enfrentada a ellos. Por unos minutos, maestro y pupilo solo se dedicaron a beber y mirar fijamente a su anfitrión.
Nervioso, restregándose las manos sudorosas bajo la mesa, Brandt Firutrer por fin tomó coraje y preguntó:
—¿De qué queréis hablar?
Los brujos no respondieron.
—Vosotros sois los que vinisteis, algo debéis querer de mí…
Los brujos no respondieron.
—¿Es… acerca del faro?
Pupilo y maestro se miraron un momento, el primero se echó hacia atrás en la silla, el segundo tomó la palabra:
—Acerca del faro —convino—. Estuvimos allí esta mañana.
El dueño de casa acabó la cerveza de su jarra.
—Entonces es cierto. Es… es… —las palabras se le ahogaron en la garganta, bajó la cabeza y apoyó la frente contra la madera, pesaroso.
—¿Cuál era su nombre? —preguntó Vesemir.
Brandt Firutrer miró los ojos dorados del viejo maestro.
—Annabelle —pronunció con dificultad, como si sus labios hubieran olvidado el sonido de aquel nombre. Los brujos mantuvieron el silencio, dándole pie para que narrara su historia—. Era una joven dulce, simpática, bondadosa. Bella a su manera. Y yo… la amaba. Era mi prometida, brujos, íbamos a casarnos. Íbamos… No pudimos. Aquella noche funesta, hace ya cinco años, ella se fue a dónde no pude seguirla, aunque tuve ganas de hacerlo. ¿Qué sucedió? Se cayó a las aguas. Se ahogó, brujos. Aún hoy me pregunto qué hacía tan cerca de la costa aquella noche. —Negó con la cabeza—. Jamás lo sabré. —Sorbió los mocos, se limpió una lágrima que había aparecido en su ojo—. Eso es todo.
—No —dijo Geralt—. No lo es. Cinco años, en ese lapso de tiempo ella se mantuvo tranquila. Tiene que haber algo…
—Un casamiento —dijo el viejo brujo. Llevaba un rato observando el anillo de boda en el dedo anular del dueño de casa—. Has roto una promesa. Le prometiste que no te casarías con nadie más.
—Pero… pero… ¿cómo lo sabéis?
—Porque los enamorados hablan sin pensar —replicó Vesemir.
En ese momento, la puerta de la casa se abrió y una mujer entró cargando unas canastas repletas con variada mercancía.
—Mira, mi amor, lo que encontré en el…
Al alzar la mirada, la joven se frenó en seco, las canastas cayeron de sus manos, unas manzanas rodaron por el piso. Geralt cogió una que chocó su pie, le dio un mordisco.
—¿Quiénes son estos hombres, Brandt? —preguntó ella.
—Querida, no te asustes —dijo el dueño de casa, acercándosele, abrazándola por un lado—. Son brujos. Están aquí por lo de… tu hermana.
—¡Annabelle!
Geralt y Vesemir se miraron.
—Perra suerte —murmuraron al mismo tiempo—. Perra suerte.


3

La noche los encontró cabalgando otra vez hacia el faro. El aire era cálido, la brisa les acariciaba el rostro, despeinando apenas sus cabellos por detrás. Las estrellas y la luna brillaban sin impedimento de nube alguna. Era una noche agradable. Pero eso cambiaría en cuanto pusieran un pie dentro de aquella construcción. Ellos bien lo sabían.
—Vesemir.
Por el tono de voz de su pupilo, el viejo maestro supo que diría algo a lo que le había dado muchas vueltas.
—¿Si, Lobo?
—Ya sé que debemos agotar todas las instancias antes de la… irremediable, la lección no se me ha olvidado. Pero, ¿no crees que es mala idea meternos allí sin blandir la espada?
—No, no lo creo.
—Vesemir, esa cosa estará muy molesta. Y diablos, tiene razones para estarlo. ¿Con la hermana? Su puta madre, ¿cómo reaccionará cuando se lo digamos?
—Depende de cómo lo hagamos, Lobo. Recuerda: no debemos mentir, los espíritus son capaces de percibirlo mejor que cualquiera. Pero…
—El que calla, no miente —concluyó el joven pupilo—. Lo sé.
Siguieron cabalgando un tramo en silencio.
—Vesemir.
—¿Si, Lobo?
—¿Crees que lo lograremos?
—Es nuestro deber intentarlo.
El joven pupilo soltó una pequeña risita.
—Viejo —le dijo—. Yo no soy una aparición. Puedes mentirme. De hecho, quiero ver cómo lo haces.
Vesemir le miró con gesto serio, sus miradas se encontraron.
—Lo lograremos, Lobo.
Geralt quiso reír por la desfachatez de su maestro, pero no pudo. No pudo, aunque lo deseó con fuerza. Esa noche, por alguna razón, necesitaba creer esa mentira.
Detuvieron a los caballos frente al faro, los ataron a un poste cercano a la puerta. Luego se ajustaron uno al otro los nudos de las almillas, por debajo de las axilas y por encima del hombro, dejando los medallones de brujo bien a la vista. Las espadas de acero las dejaron atrás, cogieron en cambio las que llevaban en las monturas, envueltas en piel de oveja. Las de plata.  Una vez enfundaron estas en sus tahalíes, donde pudieran alcanzarlas con un rápido movimiento de la mano, entraron a la alta construcción.
Sus colgantes comenzaron a agitarse al poner un pie sobre el primer escalón. Los ojos de los brujos se encontraron de inmediato, decían: ya no hay vuelta atrás. Subieron a un ritmo lento y constante, los lobos de plata se agitaban cada vez con más fuerza, con movimientos bruscos. Y, como esa misma mañana, se detuvieron frente a la puerta de la última habitación.
Vesemir se volvió hacia su pupilo.
—Estoy listo —dijo Geralt, anticipándose a su pregunta.
Y así entraron, uno detrás del otro.
La sala seguía envuelta en la misma quietud que cuando la abandonaran, pero la atmósfera estaba lejos de ser calma. Los medallones eran capaces de percibir esa electricidad, los brujos los sostenían con la mano para detener sus movimientos.
Maestro y pupilo se acomodaron uno junto al otro, de cara a la puerta lateral. Geralt sostenía el extremo de un collar con la mano derecha, Vesemir con la izquierda. Y esperaron.
Se levantó viento. Las ráfagas de aire entraron por la abertura, la puerta se abrió y cerró varias veces, los silbidos comenzaron a sonar. Los brujos se mantuvieron firmes. El viento arreció, los silbidos se convirtieron en aullidos, y entre estos oyeron lo que deseaban oír.
¡Braaandt!
El hálito les sopló directo en la cara, helándoles la piel, echándoles los cabellos hacia atrás, obligándoles a entrecerrar los ojos. Los brujos elevaron entonces cada uno su respectiva mano, alzando el collar.
—¡Annabelle! —dijeron con voz pastosa, al unísono, las palabras brotaron de sus labios acompañadas de vaho—. ¡Venimos en nombre de tu amado!
Las ráfagas de aire se hicieron aún más intensas, tanto que los brujos fueron arrastrados unos centímetros hacia atrás. Y de pronto, en medio de aquella correntada, la forma etérea de una mujer entró deslizándose con suavidad, flotando sobre el suelo, y se les acercó. Los brujos no retrocedieron, alzaron más alto el colgante.
El espectro se detuvo cara a cara con Geralt, el joven pupilo bajó la mirada, posándola en sus propias botas. Aun así, él fue consciente de que la aparición le observó primero por el frente, luego por un lado, después desde atrás. Lo mismo hizo con Vesemir; el maestro, siguiendo su propia enseñanza, también bajó la mirada, sabía lo mucho que enfadaba a los espectros el contacto visual.
De pronto, la correntada se detuvo.
—¿Por qué no ha venido él? —preguntó entonces la mujer, con un susurro helado en el oído del viejo brujo.
—Los hombres temen lo que no comprenden —respondió Vesemir.
—¿Se ha olvidado de mí? —silbó el espectro tras la oreja del pupilo.
—Te recuerda con amor —contestó Geralt.
—¿Amor? —chilló la mujer, aturdiéndolos por un instante—. Amor… sí, nos amábamos. Yo sigo amándolo como el primer día. —Volvió a helar el cuello del joven brujo—: ¿Él me ama como antes?
Geralt fue cuidadoso:
—Jamás dejó de amarte.
La aparición dejó sus espaldas, se detuvo delante del viejo maestro.
—¿Y porque os envía a vosotros? ¿Acaso no sois hombres como él?
—Somos brujos —dijo Vesemir.
—¡¿Brujos?! —chilló el espíritu, el viejo maestro sintió la corriente de aire en el rostro—. ¿Él quiere que me vaya, que me expulséis? ¡No! Yo quiero verle, yo quiero decirle una vez más cuánto lo amo. Yo quiero… decirle que sea feliz con alguien más.
Geralt y Vesemir se miraron.
—Él ya es feliz —dijo Vesemir—. Tiene una bella esposa. Es… tu hermana.
—¡¿Elena?!
—La eligió porque le recuerda a ti —se apresuró a agregar el joven pupilo, mirando de soslayo a su maestro, con los dientes apretados—. Él ve en ella tu sonrisa, tu mirada, siente que a su lado tiene una parte de ti.
La aparición flotó hasta quedar a solo un centímetro del rostro de Geralt.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Yo qué tengo de él? ¡Nada! Estoy sola, perdida, le necesito.
La aparición se movió hacia sus espaldas, de allí les llegó un extraño rumor. Los músculos de ambos se tensaron, irguieron la cabeza, la mano derecha de Vesemir se movió poco a poco hacia la empuñadura de la espada. Pero entonces Geralt miró apenas sobre su hombro y entendió lo que sucedía: el espectro lloraba.
—Ya nunca más te sentirás sola, Annabelle —dijo el joven pupilo, volviendo a posar la mirada en el suelo—. Brandt te ama, y no quiere eso para ti. Este collar, lo reconoces bien, ¿verdad? Es tu regalo de compromiso, tú se lo diste. Es su tesoro más preciado. Y aun así, está dispuesto a que tú lo conserves. Te ama, Annabelle, y sabe que lo necesitas más que él. Cógelo, os pertenece a vosotros, y no a un par de brujos que nada entienden de amor.
Maestro y pupilo cerraron los ojos y visualizaron mentalmente el rostro del enamorado, sonriente, feliz, invitándola a ella a ver lo mismo. El llanto se detuvo y, tras un momento, ambos brujos sintieron la electricidad de la mano del espectro muy cerca de las suyas; separando los dedos de las palmas, soltaron el collar. Este no cayó al suelo.
—Brandt, mi amor —dijo la aparición, con un tono dulce y melancólico—. Te extraño tanto… Brujos, gracias… gracias. —Se movió hasta quedar cara a cara una vez más con Geralt—. Tú, tan joven, tan hermoso, tan agradable. Me recuerdas a él. Abre la mano, bello brujo, y que seas tú quien dé esto a mi amado.
El pupilo extendió su brazo, lentamente giró la muñeca y abrió la mano, con la palma hacia arriba. Pronto sintió un objeto de metal sobre esta.
—Dile —le dijo la aparición—, dile que lo cuelgue del cuello de su esposa, mi amada hermana, y yo descansaré en paz, por fin.
Y dicho esto, Geralt sintió en los suyos el frío de los labios del espíritu en un beso suave y delicado.
—Adiós, Brandt —dijo la aparición, y poco a poco fue retrocediendo de espaldas hacia la puerta.
—Adiós, Annabelle —dijo el joven pupilo, cerrando la mano, apretando el objeto—. Que el descanso te sea placentero.
La puerta lateral volvió a cerrarse, los brujos se quedaron solos allí. Geralt sabía que los ojos de su maestro estaban puestos sobre él.
—¿Envidia, viejo? —preguntó, volviéndose hacia Vesemir.
El maestro inclinó la cabeza a un lado y al otro, examinándole con el rostro ceñudo.
—Sorpresa —replicó este, alzando las cejas.
—¿Sorpresa?
—Y te extrañas, malandrín —bufó el maestro, divertido—. Cerré los ojos un momento y… no llevas ningún chupetón en el cuello. Si eso no es motivo de sorpresa, dime qué lo es.
—¿Sabes qué, viejo verde? —Una sonrisa afloró en los labios de Geralt—. Comienzo a creer que todo esto de las lecciones es una excusa para contagiar de juventud a tu amigo de abajo. Anoche… dime, ¿está funcionando este método?
Vesemir le dio unas palmaditas en el hombro.
—Y cómo, Lobo. Y cómo.


4

Temprano en la mañana se presentaron en la vivienda de Brandt Firutrer, luego de haber pasado la noche en una de las posadas del pueblo. Vesemir llamó a la puerta, Geralt estaba a su lado.
El dueño de casa abrió tras el primer golpe.
—¡¿Lo habéis hecho?! ¡¿Lo habéis logrado?!
—Aún no —respondió el maestro—. Pero poco falta. ¿Podemos entrar?
—Está mi esposa…
—Les necesitamos a ambos.
Brandt posó sus ojos en el viejo brujo. Solo hazte a un lado, decía su mirada, y jamás nos verás de nuevo. Desvió entonces la vista hacia el joven, su expresión era bien distinta. Confía en nosotros, le decía, solo ves la superficie. Ponte en nuestro lugar. Pero la única diferencia entre un brujo y otro era solo la experiencia; el dueño de casa supo que, algún día, un día no tan lejano, la expresión de ambos sería idéntica. Y con razón.
Pero ese no era el día. Se hizo a un lado y les permitió el paso.
Los brujos entraron, se detuvieron poco más allá del umbral. Brandt Firutrer les sobrepasó y se acomodó junto a su esposa, que les había oído hablar y esperaba de pie en medio de la sala, con una mano detrás de la espalda. Él la abrazó y la besó en la mejilla.
—Os oímos, brujos. Decidnos en qué podemos ayudar.
Vesemir codeó a Geralt, el joven pupilo le miró con mala cara, luego soltó un suspiro y avanzó tres pasos. Sus anfitriones retrocedieron uno. Se detuvo, molesto, miró a su maestro por encima del hombro; este le devolvió una mirada pétrea y, con un movimiento de cabeza, le instó a continuar.
El joven pupilo soltó una ruidosa exhalación, volvió a avanzar, más despacio ahora, observando el desprecio en los ojos de la mujer, el temor en los del hombre. No me conocen, se dijo a sí mismo. No conocen mis sentimientos, no saben que los tengo. Pero soy un brujo, y es mejor así. Con estas palabras, avanzó hasta quedar a dos pasos de ellos, alargó su mano enguantada, les mostró lo que llevaba en ella.
Brandt Firutrer lo reconoció de inmediato. El collar que la aparición le había entregado tenía forma de delfín, uno muy hermoso.
—Annabelle —dijo el dueño de casa, apartándose de su esposa para adelantarse hasta él. Cuando estuvo frente a frente, estiró la mano ahuecada; el joven brujo dejó en ella el colgante—. ¿Cómo… cómo…?
—Ella me lo dio —explicó Geralt—. Su último deseo es que lo cuelgues del cuello de tu esposa, su hermana, y así ella descansará en paz sabiendo que eres feliz. Ella aún te ama.
Brandt miró a su mujer, sin saber qué decir.
—No digas nada —dijo el joven pupilo, áspero—. Solo cumple con su pedido.
El dueño de casa asintió y se dio la vuelta, con movimientos mecánicos se colocó tras su esposa.
—Elena —dijo.
La mujer se levantó los cabellos con ambas manos, desnudando su pálido cuello, sin despegar sus ojos marrones de los dorados de Geralt. Brandt pasó sus manos por encima de los hombros de su esposa, dejando que el delfín le cayera sobre el pecho, luego unió ambas mitades de la delicada cadena por debajo de la nuca de ella.
El joven pupilo soltó un suspiro y saludó con una inclinación de cabeza. Entendiendo que aquello era el fin, se dio la vuelta y caminó hacia su maestro, mirándole con satisfacción. Pero vio de pronto como los ojos de Vesemir se abrían como platos, como sus labios se separaban al cortársele la respiración. Geralt giró sobre sus pies, justo a tiempo de ver a la joven cayendo al suelo, con las manos alrededor del cuello, intentando detener el agarre de la cadena, que le apretaba cada vez más. El joven pupilo sintió el empellón de su maestro cuando este le pasó a su lado, pero él no atinó a moverse, tan solo pudo quedarse ahí parado, viendo como la vida abandonaba el rostro de su anfitriona. Ni Brandt, con sus gritos y movimientos ampulosos, ni Vesemir, con sus manos intentando tirar de la cadena, y luego con sus puñetazos al pecho de la mujer, pudieron hacer algo para detener esa partida.
El dueño de casa apartó al viejo de un empujón, se tendió junto a su esposa.
—¡Iros de aquí, mutantes! ¡Iros de aquí, monstruos! ¡Nunca nadie confiará en vosotros!
Vesemir bajó la mirada, giró y avanzó hacia su pupilo. Le apoyó una mano en el hombro, pero siguió su camino hasta la salida sin decir nada. Geralt se quedó un minuto entero ahí, todavía clavado al piso.
—¡Que os vayáis! —tronó Brandt—. ¡Ve a cobrar tu sucio dinero!
El joven pupilo se tragó una disculpa, se marchó sin decir nada más. Montó en Sardinilla, su maestro ya estaba sobre su caballo.
—Vesemir.
Silencio.
—¿Si, Lobo?
—Ellos hacen bien. No es posible confiar en nosotros.
Silencio.
—Te equivocas, Lobo. Es en los monstruos en quienes no se debe confiar. Y nosotros somos hombres, mutados, pero hombres al fin.
Miraron hacia la casa, de donde escapaban los gritos desgarradores de Brandt.
—Pero es culpa nuestra…
—¿Culpa nuestra? ¿Acaso empujamos a esa desgraciada mujer al fondo del mar hace cinco años? ¿Fuimos nosotros quienes casamos a esos dos? ¿Es culpa nuestra que existan los monstruos? Los brujos existimos por ellos, no al revés.
—Pero…
—No, Geralt, ni se te ocurra. Somos hombres, y como tales cometemos errores. Está en nuestra naturaleza, y ninguna mutación borrará eso. —El joven pupilo desvió la mirada—. Geralt, mírame. ¿Tú confías en mí? ¿Lo haces?
—Lo hago, Vesemir. Tu eres para mí un… maestro.
—Y yo confío en ti, Lobo, más incluso que en mí mismo. Y no solo porque te vea como a un hijo, como el que jamás tendré, sino porque te conozco, y te entiendo.  —Soltó un suspiro—. Ellos nos temen, Lobo. Y nosotros les tememos a ellos más que a los monstruos, porque…
—Porque los hombres temen lo que no comprenden —concluyó el joven pupilo.
Se hizo el silencio mientras asentían con la cabeza. Entonces miraron por última vez la pintoresca casa, orientaron los caballos hacia el puerto y partieron al trote. Irían a cobrar su dinero, sucio o no. A los hombres tal cosa no les importa.

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  La flanderización de Homer Simpson
Enviado por: JPQueirozPerez - 19/07/2019 03:26 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (14)

Para quien no sepa lo que es el término flanderización, se refiere a convertir un personaje en una caricatura plana de sí mismo a base de coger una única característica y convertirla en lo que es el personaje. De hecho el nombre viene por Ned Flanders, y cómo pasó de ser un padre y vecino amable a un fanático religioso.

La cuestión es que hace un par de años, Iris Chin de la universidad de Connecticut hizo un estudio para averiguar en qué momento se flanderizó Homer, o sea, cuando pasó de ser un padre torpe a un completo retrasado.

Resumiendo lo que hizo, fue usar los guiones de los capítulos para analizar diferentes aspectos lingüísticos (por ejemplo, promedio de sílabas por palabra o de longitud de palabras) de Homer y compararlo con el resto de miembros de la familia. Lo cierto es que los resultados no parecen destacables, aunque ella afirma no creer que ello implique que tal fenómeno no se haya dado en este personaje.

Podéis leer la entrada de su blog donde habla de ello aquí y acceder a GitHub para ver el código y los datos extraídos.

Más allá de la curiosidad que resulta un análisis científico a este nivel para saber si un personaje, en definitiva, es plano o no, cre que sirve para plantearnos cosas como escritores: los resultados parecen dar a entender que no hay tal flanderización ya que, al menos en el habla, Homer no es más atrasado que el resto de su familia, sin embargo la propia autora admite que eso no implica que no exista; por tanto hace que debamos considerar no sólo un aspecto (ya sea en la construcción de personajes o de la propia historia) que haya que arreglar, sino el conjunto.

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  Reto Jul19: ¿Y si...?
Enviado por: Joker - 18/07/2019 05:47 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

Llevo ya un rato sentada, con las manos reposando en el teclado, mirando el infinito parpadeo del cursor en la hoja en blanco. He perdido la cuenta de todas las veces que, una vez sentada, no he escrito una sola palabra. ¿Por qué sigo intentándolo? Quiero escribir pero no puedo. ¿Por qué? ¿Qué me ha pasado? Esta vez no acuden miles de respuestas a esa pregunta. Hoy solo tengo el desconcertante silencio. El mismo silencio que dejaste en casa cuando te despediste de un portazo. El mismo silencio que envuelve mi corazón y estrangula mi garganta.

Dije que no volvería a soltar una lágrima por ti y voy a cumplirlo.

Antes solía sentarme a escribir y siempre me faltaba tiempo. Ahora, sin embargo, me sobra. Recuerdo cómo las historias se amontonaban en mi cabeza, una tras otra, y la libreta azul siempre estaba llena de apuntes con ideas. Cerraba los ojos y las palabras fluían, como el agua buscando su camino, desde la cabeza hasta los dedos. Escribía de todo: fantasía, terror, humor, ciencia ficción, steampunk… no había género que se me resistiese. Ahora ese torrente se ha secado, solo quedan los cantos rodados, las rocas demasiado pesadas que no se pudo llevar la corriente. No quedan plantas ni algas, ni peces ni insectos. Está yermo, falto de vida.

Como mi interior. ¿Por qué me dejaste definitivamente? ¿Por qué no hiciste como siempre hacías, dejarme y volver conmigo a los pocos días? Tus respuestas no tenían sentido, como nada en ti, y eso era una de las cosas que más me gustaban cuando nos conocimos. Reíamos sin parar, follábamos cuando parábamos. ¿Por qué la cosas se tienen que torcer? ¿Por qué no se puede seguir siempre como al principio?

Todavía recuerdo la noche en que nos conocimos. Viniste acompañando a Roberto. Si hubieseis venido antes el alcohol no hubiese movido mis labios. «Será hija de puta», pude leer en los tuyos cuando solté «¿el día que repartían los dientes los cazaste al vuelo?». No sé por qué lo dije, pero fue un inicio muy potente. Tras una larga noche soltándonos pullas acabamos follando en tu casa.

La risa y el llanto se mezclan en un extraño baile que dura ya demasiados meses. Me he acostumbrado a tener pañuelos encima de la mesa, por mucho que me haya prometido no volver a llorar. Nunca lo cumplo.

Cierro los ojos y rebusco en mi interior algo que contar. Al abrirlos de nuevo mis dedos siguen parados, la hoja en blanco. La música, pienso. La música épica que ponía para escribir, a bajo volumen, me ayudaba a meterme en la historia. Buena música, sinfónica, instrumental, de videojuegos y películas, inspiradora.
La hoja sigue en blanco, como mi lista de respuestas. Preguntas que me hacía cuando te llamaba al ver que no volvías. Preguntas que quedaron sin respuesta como mis llamadas.

No lo tengo claro, por eso no fluye. Si no sé lo que quiero contar, ¿cómo iba a escribir? Dedicaba horas enteras a pensar qué historias contar, cómo contarlas, qué transmitir. Los pensamientos se entrelazaban unos con otros, como las ramitas trepadoras del jazmín. Pero ni una sola flor. Sin flores, las abejas no acuden. Y sin abejas las flores no dan fruto. Si yo era tu flor y tú mi abeja, ¿por qué no salió fruto? Tal vez sí saló el fruto, pero cayó al suelo y se pudrió.

Abro el cajón de la mesilla buscando el tabaco. No está. Claro que no está, lo dejé forzada por él. «Es como besar un cenicero», me decía. No fue más que otra palada en el entierro de nuestra relación. Tal vez eso fue lo que ocurrió, que intentamos cambiarnos el uno al otro para hacer encajar una ficha del puzzle que no encajaba. Y ahí se fue todo a la mierda. Tal vez sea ese el secreto de las relaciones duraderas, ir limándose el uno al otro hasta que no queda apenas nada de ellos mismos para así poder vivir en pareja. Pero si eso es así, ¿quién está dispuesto a renunciar a sí mismo a cambio de una pareja estable?

No, no lo haré, nunca, aunque acabe como una vieja solitaria rodeada de gatos.

Agotada, abro el navegador y tecleo unas palabras en Google. “Síndrome de la página en blanco”, se llama. Muy descriptivo, sin duda. Sigo los pasos, los consejos, las recomendaciones. Muy bonita la teoría, para variar. Y muy disociada de la práctica, para variar. Si fuese tan fácil ni siquiera estaría documentado. ¿Cómo conseguía antes escribir cada vez que tenía oportunidad? ¿Qué ha cambiado? La respuesta a la segunda pregunta es fácil: un año sin escribir ni trabajar, sumida en la penumbra, desde que te fuiste. Cuando busco respuesta a la primera pregunta solo me vienen nuevas preguntas: ¿He perdido la ilusión? ¿Ya no me llena? ¿Me estoy obligando a seguir una pasión que lo fue en su día y ya no lo es? Son preguntas de difícil respuesta, que me obligan a adentrarme en mí misma, en los pasillos oscuros, lúgubres y terroríficos de los miedos y las desilusiones, de las justificaciones y los culpables. No, no quiero, no es el momento. Yo solo quiero escribir. ¿Sí? ¿Solo quiero escribir? Me estoy haciendo la zancadilla a mí misma.

Mario, Mario. Contigo a mi lado las historias se derramaban sobre la mesa, en servilletas o posits. Contigo a mi lado gané varios concursos de relatos, publiqué mi primera novela y empecé dos más. Contigo a mi lado, mientras yo escribía tu leías, relajado por los martilleos irregulares del teclado. ¿Eras tú mi musa? 
Con la imagen de Mario en la retina, las letras van formando palabras, las palabras frases y las frases párrafos. Por fin escribo, y cuando leo el resultado, siento un regusto a cenizas que ahora detesto. Es tan malo, tan pobre y tan propio de un novel que me avergüenzo de haberlo escrito. Lo borro antes de que pueda infectar el resto de palabras que pueda escribir.

Tengo ideas apuntadas para nuevos relatos, dos novelas a medias. Quiero escribir. ¿Por qué no puedo? ¿Por qué tantos peros? ¿Por qué tantas preguntas? Por un lado hay algo que me impide seguir, pero por otro no estoy muy segura de querer descubrir qué es, no sea que una verdad tan evidente y absoluta me haga abandonar la escritura definitivamente. ¿Y si solo pude alcanzar la cima con Mario a mi lado? Al final esa pregunta siempre acaba por llegar. Es la pregunta definitiva. Si la respuesta es no, ¿por qué no puedo escribir? Si la respuesta es sí, ¿qué hago aquí sentada, perdiendo el tiempo y llenando la papelera de pañuelos?

Me enfadé mucho con él cuando me dijo, hace tiempo, que uno no se puede sentir escritor hasta que no ha finalizado su primera novela. ¿Qué tontería es esa? Tal vez solo me lo dijo para picarme. Puedes escribir relatos cortos, largos, cuentos, y sentir que eres escritor. No creo que lo que uno sienta esté directamente relacionado con finalizar una novela. Pero cada uno siente como le da la gana, y a veces ni eso. Yo me sentía escritora y, ahora, un año después de dejarlo, me siento igual que cuando empecé: una pringá. La diferencia entre antes y ahora es que no tengo la ilusión de recorrer un camino nuevo, sino la pesadez en las piernas de tener que reandar el mismo camino, de volver a estar en la casilla de salida. ¿No dicen que la verdadera experiencia no está en alcanzar el objetivo sino en lo que aprendes por el camino? ¿No debería ser ese mi acicate para continuar, para seguir, para sentarme en cuanto pudiese, para escribir mierda, basura, bazofia y porquería, hasta conseguir de nuevo soltura y que mis textos volviesen a tener cierta calidad, tanto de ideas como de prosa y estructura? Pues sí que debería.

Debo volver a encontrar mi estilo propio, mi voz, volver a contar historias bonitas como «La rosa del desierto», graciosas como «Los ingenios del Sr. Wilson», incómodos como «Barriendo el país» o «Una cena de idiotas», sobrecogedoras como «Los acólitos». Volver a transmitir emociones y que el texto tenga vida propia una vez escrito. Estructurar bien, muy bien, de manera que todo encaje con naturalidad. Crear personajes completos, auténticos, aunque solo sea para relatos de tres mil palabras.

Algo de claridad se va colando entre las espesas nubes negras que nublan mi mente, una idea que se abre paso como el tallo de una planta saliendo de la semilla. Tengo que correr una maratón y mis piernas cansadas. A partir de ahora es cuando entra en juego la fortaleza mental, esa fortaleza que nunca tuve, y si la tuve, se quedó por el camino. Es momento de empezar a entrenar la cabeza, empezando por no hacer más preguntas. Es la fortaleza mental lo que permite al corredor acabar el maratón, lo que convierte a un buen tenista en un Rafa Nadal.

Como decía mi padre, simplemente es practicar, practicar, practicar.

Pero por dónde empezar, siempre el escollo en el que tropiezo. Y si… ¿Y si escribiese sobre lo que me está pasando?

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  ¿Hispanos no apoyan en Patreon?
Enviado por: Duncan Idaho - 18/07/2019 01:53 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (8)

Hay creadores en Internet que creen en vivir de sus mecenas y no de la publicidad: así le va al español en Patreon

Patreon es la plataforma de micromecenazgo más conocida y utilizada. Al igual que la mayoría de plataformas de este tipo, fue fundada en Estados Unidos (San Francisco) y la mayoría de iniciativas provienen de este país.

Desde hace años, algunos creadores de contenido en español utilizan Patreon para conseguir impulsar sus proyectos. Hemos podido hablar con algunos de ellos, conociendo de primera mano los beneficios y obstáculos que se han encontrado en este tiempo.

No ha sido fácil escribir este artículo. Encontrar proyectos de Patreon creados por españoles no es una tarea sencilla. Patreon nació en 2013, pero en estos cuatro años no han potenciado de ninguna manera el contenido en nuestro idioma:

No puedes buscar proyectos por países
No puedes buscar proyectos por idiomas
No te muestra proyectos relacionados
No existen cuentas españolas de Patreon en las redes sociales, ni una campaña específica

Esto, sumado a que muchas personas desconocen el modelo por el que apuesta la plataforma, hace que la persona que caiga en un perfil de Patreon pueda no saber muy bien lo que está viendo (y, recordemos, con todo en inglés).

El principal diferenciador de esta web es que los micropagos son recurrentes. De esta manera, los creadores reciben mensualmente un apoyo por parte de las personas que quieren ver realizado dicho proyecto.


(Micro)desilusiones

Pedro Berruezo, más conocido como John Tones, es uno de los creadores de Canino, una web de información y crítica cultural que lleva utilizando Patreon desde casi sus inicios (acaban de cumplir su segundo aniversario).

"Todavía no hemos conseguido llegar a nuestro objetivo: ser autosuficientes".
En el caso de Canino, con 73 patrones - mecenas, consiguen unos 400 euros "limpios" cada mes. Una de las quejas que más se repite tiene que ver con que la plataforma obliga a los creadores a cobrar en dólares y por PayPal.
Eso significa que, del cambio dólar-euro, todavía hay que descontar los impuestos que se lleva PayPal y el 5% que hay que pagar a la plataforma. Así lo explican dentro de las condiciones que vienen detalladas en su página web.

Ellos casi no utilizan la web de Patreon para distribuir el contenido premium. De hecho, la última entrada publicada en Patreon es de septiembre del año pasado. En su lugar, han optado por distribuir una newsletter exclusiva y hacer sorteos con sus patrones.

De todos modos, eso podría llevar a engaño a una persona que entrara en su perfil en la página. Al ver que no hay contenido desde hace un año y comprobar que hay una barra de "meta" (que no funciona al igual que en Kickstarter), uno podría llegar a pensar que el proyecto ya está muerto.

Podemos concluir que lo que más les atrae de Patreon es la opción de recibir apoyo todos los meses. Con un "estamos en Patreon porque no hay otra", Pedro deja claro que si aparece una alternativa mejor estarían encantados de probarla.

Cita:"El éxito de Patreon es que te aseguran que recibirás todos los meses algo de dinero. Recibimos más cantidad poco a poco que pidiendo una única gran donación".


Proyectos que apuestan fuerte

Eduardo Suarez, uno de los creadores de Politibot, tiene muchas esperanzas despositadas en Patreon. Este bot de contenido político para Telegram y Facebook Messenger lleva sólo tres meses en la plataforma, y actualmente ya tienen más de 140 mecenas.

En sus primeros tres meses, no han buscado hacer mucho ruido en Patreon. Planean lanzar la campaña muy pronto, pero de todos modos ya han conseguido generar una comunidad a tener en cuenta:

Cita:"Hasta el 5 de septiembre, Politibot había reunido 128 mecenas y unos ingresos de 423 dólares al mes. De esa cifra hay que descontar comisiones e impuestos y se queda en unos 354 euros al mes".

Al igual que en el caso de Canino, no descartan probar otras opciones en el futuro. De hecho, ven a Patreon como un complemento, no como el camino único y definitivo: "estamos abiertos ante posibles patrocinios".

"El pago mensual es fundamental para nosotros, tener un ingreso recurrente".
En cambio, Eduardo no pone muchas pegas a la hora de que Patreon esté en inglés ni ponga mucha energía en potenciar el contenido en español. Han optado por este medio porque ofrecen "confianza, es una empresa estable".


Javier Pastor: "El problema es que en España sigue triunfando el 'todo gratis'"

Javier Pastor desde mayo de 2015 busca apoyo en Patreon para dar salida a un proyecto personal: Incognitosis. Se pone del lado del usuario de esta plataforma, y declara que no es cómodo que te estén pidiendo dinero cada dos por tres:
"Es muy pesado que te estén pidiendo dinero constantemente".

Javier cree que, además de la escasa apuesta que la plataforma hace por el contenido en español, parte del problema tiene que ver con el consumo de contenido de pago por parte de nuestra sociedad: "en Estados Unidos es otra cosa".

Al igual que en los casos anteriores, la mayoría de los mecenas llegaron de golpe, al inicio de la campaña. Luego no ha habido demasiados movimientos, y las cosas parecen haberse estancado (para bien o para mal).

Parte de ese estancamiento, nos contaba Javier, se debe a que dejó de recordarle a la gente que tenía campaña en Patreon. 'Al principio fui quizás demasiado insistente con el tema de que la gente podía aportar a través de Patreon, y me acabó dando la sensación de que le estaba dando el coñazo a la gente. Por eso dejé de utilizar tantos recordatorios, y fui distanciando los temas en los que recordaba que tenía una campaña activa en Patreon'"

Cuando ya tienes un producto, por ejemplo un blog sobre tecnología, es complicado pedirle dinero a la gente por algo que ya les estabas ofreciendo.

Cita:La idea era no ofrecer más. Lo complicado es pedir aportaciones por lo que ya estás ofreciendo.

Cree que la clave para triunfar en Patreon es ofrecer algo muy diferente, que no sea fácil encontrar en otros lugares. Además, es muy importante cuidar a la comunidad, y de eso saben mucho la gente de AnaitGames.

AnaitGames: un unicornio patrio en Patreon

Pep Sànchez, nos cuenta que AnaitGames ya llevaba casi 10 años funcionando cuando decidieron abrir su perfil en Patreon (hace dos años y medio): "fue un cambio por pura necesidad". Los ingresos publicitarios habían descendido y llegó un punto en el que la web dejó de ser sostenible.

Cita:"Ya teníamos en mente cerrar el chiringuito y a alguno de nosotros se nos ocurrió probar una medida desesperada".

Actualmente superan los 400 mecenas, algo que les proporciona más de 4.000 dólares al mes. Pep cree que la base de su éxito es que mucha gente ya les conocía y tenían una comunidad muy familiarizada con el trabajo que venían realizando.

Como vemos, en su caso el punto fuerte es que ya tenían una gran comunidad detrás mostrándoles su apoyo. También ayuda que son el equipo que lleva la cuenta española de Eurogamer, un canal con más de un millón de suscriptores en YouTube. En su poder estaba que este proyecto siguiera con vida o muriese para siempre:

Cita:"Es muy difícil ganarse la confianza de la gente antes incluso de arrancar con el proyecto. Patreon nos ha permitido mantener Anait, pero no tengo claro si habría servido para crear Anait".

Nuevamente, Pep también cree que "ya va siendo hora" de que Patreon apueste por el contenido en otros idiomas. De todos modos, también afirma que es el servicio más conocido de este tipo, algo que ofrece confianza al público.

"La responsabilidad es mayor cuando tu sueldo sale del bolsillo de tus usuarios".
Que los fans de un proyecto sean quienes lo sustentan es algo que "da mucho respeto", declara. Esto ejerce mucha presión sobre ellos, aunque al mismo tiempo "resulta especialmente gratificante".

Reconoce que "se vinieron muy arriba con las recompensas", y les ha costado cumplir con todo lo prometido. Utilizan Patreon para anunciar o comentar propuestas con antelación, aunque el principal canal de comunicación sigue siendo AnaitGames.

Cita:"Nos parece peligroso el mensaje de que se le pone una etiqueta con el precio al contenido adicional. El dinero lo necesitamos para generar todo el contenido".

Deja claro que siguen apostando por el contenido gratuito: "nadie, pague o no pague, sienta que se está perdiendo algo importante". De momento, piensan seguir utilizando Patreon como principal vía de financiación, aunque no descartan utilizar nuevas fuentes de ingreso en un futuro próximo.
Como vemos, Patreon es la principal opción actual para conseguir micropagos recurrentes, algo que es ideal si estás ofreciendo un producto que se mantiene en el tiempo. El principal problema es que los creadores que ofrecen contenido en otros idiomas están siendo la punta de flecha que va abriendo el camino.

Sólo hay que darse un breve paseo por esta web y ver la gran diferencia que existe con los creadores estadounidenses. Amanda Palmer consigue más de 30.000 dólares al mes y el podcast Chapo Trap House supera los 84.000.
Todos los casos descritos anteriormente parecen coincidir en que esperan que la compañía haga cambios para apoyar más el contenido en nuestro idioma. Si eso no ocurre, esperan que aparezcan otras vías para seguir financiando sus proyectos creativos.

Fuente: Xataka

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  Reto Jul19: Nil Admirari
Enviado por: Joker - 16/07/2019 05:08 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (24)

Nil Admirari



En el salón hablaban las espadas.
Sólo el sonido del acero entrechocando, los leves gemidos y gruñidos de ambos contendientes y las pisadas en las cargas y los repliegues, rompían el silencio del recinto, repleto de nobles que no se atrevían a mover ni un dedo. Las damas, horrorizadas, lloraban con sus pañuelos de encajes contra la boca, sin emitir sonido alguno. Uno de los contendientes acarició levemente el brazo del otro, trazando una línea roja. Las damas se exclamaron ante la visión de la sangre, y alguna se desmayó en los brazos solícitos de su galán de turno.
Aquello no era sólo una reyerta entre dos mozalbetes exaltados, aquello era el principio de una guerra, puesto que los dos duelistas eran ni más ni menos que los príncipes herederos del país donde se encontraban y del país vecino respectivamente.
—Eres una nenaza… —se burló el príncipe Ralp, futuro rey de Sagran, al ver la expresión de dolor que se dibujó en el rostro del príncipe Hess, futuro rey de Dumor.
—¡Tu puta madre, cabrón!
—¡A mi madre ni la mientes! —se ofendió el príncipe Ralp mientras lanzaba un furioso tajo.
De pronto, la puerta secreta que conducía a la torre más alta se abrió con tal fuerza que, al golpear la pared, sonó como un cañonazo. Una figura con túnica y capirote avanzó hacia la luz, con una mano en su cayado y la otra aún en la puerta. Detrás de él, otra figura más menuda, también tocada con capirote, se mantenía en la penumbra del pasadizo.
—Majestades —saludó el mago, mirando a ambos mozalbetes con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados—. Creo que ya habéis jugado lo suficiente.
A un gesto del anciano, ambas espadas saltaron de las manos de los príncipes y se elevaron en el aire, para aterrizar suavemente en los brazos del discípulo del primero. Ni uno ni otro osaron contrariar al mago, pues era de todos conocido los malos humores que gastaba y su poca paciencia; sin embargo, sí miraron al aprendiz con una mirada que venía a decir: “¡ya te pillaré, bocazas!”.
—Y ahora —prosiguió el mago, con la misma expresión hosca en el semblante—, ruego a ambos príncipes que me sigan.
—¿Y…? —intentó hablar el príncipe Ralp, quedando su boca sellada con una simple mirada del mago. Su conato de rebeldía al querer preguntar “¿y si me niego?”, quedó así sofocado. Y no sólo eso, sino que sus piernas, como si tuvieran voluntad propia, caminaron en la dirección que el hechicero señalaba.
Cuando ambos muchachos hubieron entrado en el corredor, Syrius gruñó a los nobles que le miraban boquiabiertos:
—Seguid con vuestros asuntos.
Y cerró la puerta tras de sí.
Mientras subían las escaleras que llevaban a la más alta torre, Hess intentó dar un buen pescozón en la nuca al aprendiz de Syrius, pero éste se había protegido prudentemente con un hechizo de armadura, con lo cual el príncipe no pudo llegar a tocarle. Aloysius rió por lo bajo al haber frustrado las intenciones de aquél niño consentido.
Por fin llegaron a los dominios del mago, y ambas majestades se dieron la vuelta para enfrentar a Syrius, que cerraba la marcha. El mago hizo un gesto casual, que permitió a los príncipes poseer de nuevo el control de sus piernas.
—¿Cómo has osado, hechicero? ¡Cuando se entere mi padre…!
—Precisamente es idea de tu padre, muchacho —le interrumpió Syrius, con una tranquilidad absoluta.
—¿Te atreves a llamarme muchacho? ¿Es que esta corona no significa nada? —rabió el príncipe Ralp.
Syrius se acercó a él en dos zancadas, cogió la fina corona de oro y la hizo desaparecer entre sus manos.
—¿Qué corona? —preguntó, burlón.
Ralp enrojeció de rabia.
— ¿Para qué nos has traído aquí? —preguntó Hess con altanería.
— ¿Para qué? —repitió el anciano, riendo a continuación con una risa in crescendo, cada vez más tétrica—. Vuestros padres se han hartado de vosotros.
Ambos jóvenes palidecieron.
—¿Qué?
—No sois más que un par de petimetres pagados de sí mismos, sin una pizca de cerebro bajo las coronas; dos niños mimados, consentidos y caprichosos, incapaces de pensar en nada más allá que en sí mismos. No habéis madurado en absoluto, a pesar de haber alcanzado ya la mayoría de edad.
—¡Contén tu lengua, anciano! ¡Algún día seré rey, y entonces…! —gritó Ralp hecho una furia.
—¡Nunca os sentaréis en un trono, ni tú, ni tú! —Les señaló el mago con su dedo huesudo—. ¡No, mientras no demostréis que vuestras reales testas contienen algo de sentido común! Arrastraríais a ambos países a continuas guerras, mandaríais a la muerte a las mejores legiones, condenaríais al pueblo al hambre y las privaciones, y todo en nombre de vuestros sobrealimentados egos. Noooooooo, par de cretinos, no haréis tal cosa.
Los príncipes abrieron mucho los ojos ante aquel augurio, incrédulos y asustados por primera vez en su vida, pues se abría a sus pies un abismo.
—Por favor, Syrius, danos una oportunidad… —suplicó Hess, más blanco que el papel.
El mago les miró largamente, primero a uno y luego al otro.
—Hum… No, haré algo mejor que eso. ¡Os daré una lección que no olvidaréis jamás!
Recitó entonces unas letanías mágicas, cuya consecuencia fue la desaparición inmediata de ambos jóvenes. Tras ello, el mago miró a Aloysius, su pupilo, que había estado mirando la escena, boquiabierto.
—Eres mi sucesor como mago de la corte, y mi muerte está ya próxima. Estás preparado y lo sabes. Por ello te envío con ellos, para que les protejas sin que te vean y sólo en casos extremos. Estos dos deben aprender lo que es el respeto, la mesura, y a refrenar sus impulsos, pero no a costa de sus pellejos: eso le prometí a sus padres. Tú serás mis ojos, tú decidirás cuándo lo han conseguido. Sólo entonces el hechizo os traerá de vuelta aquí, a ti incluido, pues hasta que no lo consigan tú correrás su suerte. Así que procura hacerlo bien.
—Sí, maestro —acató Aloysius.
Y el mago le envió con los príncipes.

El abuelo rellenó con movimientos pausados la cazoleta de la pipa, mientras sus dos nietos se llenaban de impaciencia. Aun así, aguardaron a que el viejo prendiera el tabaco en silencio, y cuando las bocanadas de humo indicaron que la pipa tiraba, empezaron las preguntas.
—¿A dónde les mandó el mago, abuelo? —dijo el más pequeño.
—¡Pero qué tonto que eres! —se las dio el mayor—. Seguro que al peor sitio que existe.
—¡Eh, nada de descalificaciones! —se enfadó el viejo—. ¿Por qué demonios creéis que os estoy contando esta historia? ¡Para que aprendáis que no debéis pelearos, ni insultaros!
El mayor de los dos niños pareció avergonzado por unos momentos.
—Perdón… —dijo, con la cabeza gacha, intentando escapar de la severa mirada de su abuelo.
El hombre carraspeó y prosiguió su historia ante los ojos atentos y la expresión ávida de sus dos nietos.
—Pedro tiene razón: el mago les mandó al peor lugar en la tierra. Les mandó a las Tierras Yermas.
Ambos niños exclamaron horrorizados: las Tierras Yermas era el lugar más terrible del mundo, donde nunca lucía el sol…

Los dos príncipes se encontraron de repente en un paraje de lo más extraño. Ante ellos, en todas direcciones, se extendía una tierra cuarteada y pedregosa, colinas pobladas por matorrales espinosos y un cielo eternamente plomizo que apenas dejaba pasar la luz del sol. Despojados de la seguridad que la jerarquía les otorgaba en sus reinos, los príncipes orgullosos se transformaron en dos muchachos inseguros y asustados.
—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? ¿Cómo sabremos hacia dónde ir? —preguntó angustiado Ralp.
—Da lo mismo. Sin el sol no podemos guiarnos para tomar una dirección… Pero aquí no podemos quedarnos —respondió Hess.
—Qué tierra tan extraña… Nunca había visto tanta desolación. Maldito mago…
—Ya llegará el momento de pasar cuentas con él… ¡Camina! —ordenó, iniciando la marcha.
—No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer… —gruñó Ralp sin moverse del sitio, con un odio infinito impreso en la voz. El otro se detuvo un instante y le miró—. ¡No estás delante de tu jodido escudero!
Hess masculló un “idiota” y reanudó su camino, mientras Ralp empezó a caminar en dirección contraria. Aloysius, escondido tras unas rocas, comprendió que debía evitar que ambos príncipes se separaran. Su mente trabajó buscando una solución, y cuando la tuvo movió la mano y pronunció una palabra arcana en dirección al príncipe Hess. Al momento, los pies del muchacho empezaron a hundirse en la tierra.
—¡Mierda! ¡Arenas movedizas! —exclamó mientras intentaba salir del fango.
Sin embargo, cuanto más se movía, más rápido se hundía en ellas. Siguió intentándolo, reprimiendo orgulloso el deseo de llamar al otro muchacho en su ayuda. Cuando el barro llegó a la altura de sus axilas, desistió, para alivio de Aloysius, que maldecía al príncipe por su terquedad.
—¡Ralp! ¡Raaaaaaaaalf, ayúdame! —gritó, ahora asustado.
El otro se volvió, y al verle, no se le ocurrió otra cosa que echarse a reír. Desanduvo el camino y se aproximó a Hess con altanería.
—¿Quién es el idiota ahora? Mira a dónde te ha llevado tu presunción.
—¡Cállate y busca algo con lo que sacarme de aquí! —le chilló, enfadado y asustado a partes iguales—. ¡Y cuida de no caer presa de las arenas también!
Ralp miró en derredor y como no viera nada que pudiera usar, se centró en su persona. Desabrochó raudo la hebilla del cinturón que portaba la funda vacía de su espada y lanzó el extremo a Hess, que lo agarró con desesperación. Mucho esfuerzo le costó sacar al otro del barro, tanto que, cuando lo consiguió, se dejó caer resollando, exhausto. El príncipe de Dumor, levantándose del suelo, separó los brazos y miró su cuerpo.
—¡Mira mis ropas! ¡Estoy rebozado en barro! —se quejó.
—Mejor rebozado que relleno…
Hess miró de hito en hito a Ralp y luego estalló en carcajadas.
—Sí, definitivamente, es mejor.
—Bueno, pongámonos en marcha —dijo Ralp—. No sabemos cuántas horas de luz quedan, y no tenemos agua ni comida.
—No sé cómo vamos a salir de ésta… ¡Maldito mago!
—Sí, maldito mago…
Caminaron durante dos horas, se dieron cuenta de que lo habían hecho en círculos. Desesperados, pues la sed había aparecido ya, se detuvieron.
—Tenemos que averiguar dónde demonios está el norte.
—¿Cómo, a ver? No se ve el sol. No hay árboles, no hay nada.
—Por poca luz que haya —reflexionó Hess—, tiene que haber sombra. Algo de sombra. No te muevas.
Rodeó a su compañero a la fuerza mirando atentamente el suelo. Casi imperceptible, observó en el terreno tras Ralp un atisbo de sombra que, para su alivio, se proyectaba.
—El sol está allí, su trayectoria será hacia allá —indicó señalando el cielo—. Por lo tanto, si nos movemos hacia el lado contrario, iremos hacia el norte.
—No sabemos qué hora es. Probablemente, no será el norte puro, noreste o noroeste.
—Pero norte, a fin de cuentas.
—Si vamos al noreste —replicó Ralp—, sabes a dónde podemos ir a parar…
—¡Si no nos movemos será una muerte segura! En cuanto a Sinaga… ya veremos en su momento —razonó Hess.
—Bueno, supongo que tienes razón. Cada día sobrevivido será una victoria. Adelante.
Aloysius suspiró de alivio. Al fin esos zoquetes habían usado la cabeza para algo más que lucir las ahora ausentes coronas.
Detrás de unas colinas, que les costó cuatro horas alcanzar, encontraron un manantial que saltaba por las rocas. Se lanzaron a la carrera, a pesar del cansancio, hacia la cortinilla de agua y llenaron ávidos, sus manos de ella. El agua estaba caliente y desprendía mal olor desde el pequeño remanso que el manantial formaba en el pie rocoso.
—¡Deténte! —exclamó Ralp golpeando el pecho del otro al levantar el brazo—. ¡El agua apesta! ¿Y si es dañina?
Hess se quedó mirando el agua del hueco de sus manos, que se escurría deprisa.
—¡Tengo mucha sed! ¡Me da igual! —gritó, apartando al otro de sí con el hombro.
Ralp se quedó quieto a unos pasos de Hess.
—Adelante, bebe. Yo miraré lo que pasa. Si no te retuerces dentro de unos minutos, beberé también —le dijo con una sonrisa cínica.
Hess le observó y dejó caer el agua de sus manos sin haber bebido. Frunció el ceño.
—Eres un hijo de…
—Eso está mejor. Antes de beber, hemos de asegurarnos. No te confundas, no me importa si la palmas, no somos amigos… pero siendo dos tenemos más posibilidades de salir de aquí que sólo uno.
—Estoy de acuerdo. Pero no veo el modo de saber si el agua se puede beber o no.
—Estamos en un desierto, no hay mucha agua por aquí. De modo que, tarde o temprano, si es potable, aparecerá algún animal a abrevar. Si bebe, entonces lo haremos nosotros. Vamos a escondernos.
Hess gruñó, pero le hizo caso y ambos se ocultaron tras una roca. Ciertamente no pasó demasiado rato cuando una pequeña manada de coyotes apareció y bebieron hasta saciarse. Cuando se fueron, lo hicieron ellos. Después refrescarse, se sentaron en una roca.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Ralp—. Deberíamos cazar algo. Para comer.
—¿Cómo? No tenemos ni un simple cuchillo. Aunque nos agazapemos a esperar a que venga alguna gacela sedienta, no podríamos cazarla.
—Habrá que pensar la manera.
—Tampoco tenemos nada para hacer un fuego.
—Pues tendremos que comer la carne cruda.
—¿Hablas en serio?
—Eres un niñato, Ralp. Si no comemos, no tendremos fuerzas para seguir. Y no sabemos si habrá pronto otra ocasión así para cazar.
—No se me ocurre nada más que intentar cazar a una cría. Tirándonos encima, reteniéndola. ¿Se te ocurre otra cosa a ti?
—No. Escondámonos y esperemos.
Tuvieron que esperar hasta poco antes del anochecer, entonces se acercó un rebaño pequeño de gacelas. Le echaron el ojo a una cría, se entendieron con gestos y se lanzaron a por ella, pero ésta, escurridiza y veloz, escapó junto con la manada. Ese día no comerían. Anocheció.
No se veían ni la punta de sus narices. La oscuridad, bajo el eterno manto de nubes, era total. Y empezó a hacer frío, mucho frío.
Los dos muchachos temblaban, no tenían nada con lo que cubrirse, ni siquiera una capa. Sentados contra una roca, encogidos, sus dientes castañeteaban audiblemente en el silencio de la noche.
—Hess —le llamó Ralp, casi mordiéndose la lengua—, deberíamos acercarnos más el uno al otro…
—¡Ni se te ocurra!
—Deberíamos… Para darnos calor… Nos vamos a congelar, si no… Aparta de tu mente los prejuicios, se trata de supervivencia…
Hess, que temblaba violentamente, se lo pensó mejor.
—Está bien, tienes razón. Pero no le digas esto a nadie, nunca.
—Ni tú tampoco.
Ambos muchachos se acercaron y se arrebujaron. El frío se hizo más soportable al cabo de un rato, pero apenas durmieron esa noche. Al frío se sumaban los aullidos de los coyotes y de alguna otra criatura más que, en un momento de la noche, sonaron demasiado cerca.
Aloysius cenó tranquilamente y bebió con moderación de los suministros que llevaba consigo. Pero tampoco durmió, intranquilo, por si los príncipes tenían problemas con la fauna nocturna.
No se movieron de allí durante unos días. Al menos tenían agua y los animales volvían a beber, aunque cada vez menos confiados por sus torpes intentos de caza. Eso les dijo que no debería haber más agua en muchas leguas.
Al final, cuando el hambre se agudizó tanto que casi ya les nublaba la razón, cazaron una cría de gacela. Ralp ni siquiera pensó que estaba comiendo carne cruda mientras la devoraba.


El sol no se veía, el desierto, perennemente cubierto de nubes estériles, seguía extendiéndose ante ellos implacable. Quería matarles.
Por fin habían decidido proseguir tras un largo debate. No podían quedarse junto al manantial para siempre. Cazaron otro antílope y eso les decidió. La carne que no se comieron la secaron sobre las rocas; con las vejigas de este y el anterior, hicieron dos odres más bien pequeños, después reanudaron la marcha.
Al mes eran ya unos auténticos supervivientes. Aprendían de sus errores, aprendían de los animales, aprendían de la naturaleza más extrema. Y, lo más importante, aprendieron a colaborar. Allí no había nadie más, y las vicisitudes por las que estaban pasando les hizo empezar a confiar el uno en el otro, dialogar, contarse cosas de sus vidas, conocerse, reír juntos. Y respetarse.
Pero Aloysius estaba convencido de que, en cuanto volvieran a sus vidas regaladas, lo olvidarían todo. Aún no, se decía. Aún no están preparados.

Corrigieron el rumbo algunas veces con el fin de evitar llegar a Sinaga, el país que colindaba con ambos reinos, enemigo de ambas naciones. Si se ponían sin querer en manos de su rey, le darían tal ventaja que la alianza de sus padres no serviría ya de disuasión a un conflicto. Así que ponían especial cuidado en evitarlo.

Pasó otro mes durante el cual se hicieron realmente amigos. Ya no veían al otro meramente como un instrumento de supervivencia, veían a una persona. Una persona que se había convertido en alguien muy importante. Alguien querido.

Avistaron, por fin, el inicio de vegetación, el final del interminable, peligroso y cansino desierto. Sus pasos se dirigieron hacia este, seguros y firmes, deseosos de alcanzarlo. Tras un día más, llegaron a la hierba, primero raquítica pero luego exuberante, que suponía el comienzo del bosque de Weblodd. Estaban en Dumon, el reino del príncipe Hess.
Se detuvieron junto a un río, en un remanso que formaba una alta catarata, se desnudaron sin pensarlo y se lanzaron al agua, entre risas de puro gozo ante la vista del agua. Disfrutaron de esta, de su frescor; se desprendieron del polvo rojo del desierto, bebieron hasta saciarse, limpiaron la sangre de sus presas que aún manchaba sus manos. Después se tendieron al sol para secarse, ese sol que habían echado de menos tras dos meses bajo un cielo completamente nublado.
—Casi estamos en casa. Cuando lleguemos al primer pueblo, nos haremos con caballos y todo será fácil —dijo Hess.
—Por fin. Lo logramos.
Ambos permanecieron en silencio pensando en su aventura.
—Hess… ¿sabes? En el fondo me alegro de la decisión de Syrius. Es sabio, ese mago.
—Sí, lo es. Ha conseguido que tú y yo… ya no seamos enemigos.
—Ciertamente, ya no lo somos.
—Es más… yo te considero ya un amigo. Un buen amigo —declaró Hess.
—Yo también a ti —confirmó Ralp.

El abuelo suspiró.
—Así pues, niños, hay que encontrar puntos en común, ayudarse y conocerse. Pelear no es productivo, ¿habéis entendido la lección?
—Sí, abuelo —afirmaron obedientes los dos niños.
—Está bien, se acabó el cuento. A la cama, ahora mismo y sin rechistar.
Y los niños, por una vez, se marcharon sin protestar hablando entre ellos sobre la historia.
El hombre se arrellanó en el asiento y volvió a suspirar. Ese no era el final, pero el verdadero final no iba a contárselo a sus nietos. Nunca.

Ralp se dio media vuelta en la roca donde estaban tumbados tomando el sol y se apoyó sobre los antebrazos. Miró a Hess a los ojos que mantenía cerrados, dudando.
—Hess, estoy pensando que… te echaré de menos cuando todo esto acabe.
El príncipe abrió los ojos y puso su mano de visera, cubriéndolos del sol.
—Sí… yo también te echaré de menos. Mierda, no había pensado en que nos separaremos cuando lleguemos a la capital…
—Hess, yo…—susurró Ralp.
—¿Mmmm?
Se quedaron mirando por un momento, cálidamente, y luego, despacio, Ralp bajó su rostro hacia el de Hess y depositó un suave beso en sus labios. Se separó, asombrado de su propia acción, mirando los ojos del otro. Hess, entonces, le agarró del cuello y tiró de él hacia sí, uniendo de nuevo sus labios a los de su amigo de un modo más brusco, más ávido, y Ralp le correspondió.

Aloysius estaba comiendo, distraído, pero cuando se volvió para observar a los príncipes se atragantó. Había supuesto que se habían quedado dormidos sobre la roca, y cuando les vio se quedó helado. Quieto, como una estatua, sin poder apartar la mirada y sin capacidad para reaccionar, sólo podía pensar en cómo era posible que se hubiera producido aquello. Los gemidos de los príncipes le sacaron de su estupor.
Syrius iba a cortarle el cuello por no haberlo visto venir y evitarlo. Y, si Syrius no lo hacía, entonces los reyes lo harían.
Importándole ya un comino que le vieran, salió de la espesura blasfemando como un carretero.
—¡Dejadlo ya, par de aberraciones! ¡Hay que ver, dos príncipes, de esta guisa! ¡Eh, que os hablo a vosotros!
Los príncipes, sorprendidos, se separaron. Avergonzados, intentaban esconder de la vista del hechicero sus erecciones.
—¿De dónde has salido tú, mago? ¿Y tenía que ser precisamente ahora que aparecieras? —le ladró Ralp.
—¡Sí —respondió el otro, soliviantado—, precisamente ahora, par de asnos! ¡Habéis pasado del odio al amor como una tonta quinceañera! ¿No os da vergüenza?
—Si tuviera aquí mi espada, mago… —dijo Hess con los dientes apretados.
—¡Vestíos! ¡Vestíos he dicho, nos vamos! ¡Se acabó la aventura, ahora mismo os llevaré de vuelta a Tronter, y ni una palabra de esto!
—¡Ni se te ocurra, mago! —le gritó Ralp—. ¡Volveremos cuando queramos y como queramos!
—¿Ah, sí? —chirrió el hechicero—. Pues desnudos, a mí me da lo mismo.
Y recitó una letanía que les llevó de vuelta al castillo, pero a las dependencias de Syrius.

Aparecieron los tres sobre la alfombra que cubría buena parte de la sala, junto a la chimenea que el mago mantenía encendida todo el año. Su extrema vejez, argumentaba, ocasionaba que sus huesos siempre anhelaran el calor. Syrius estaba, precisamente, sentado en una butaca, disfrutando del cálido fuego de la chimenea.
No dijo nada, ni siquiera al apreciar que los dos príncipes estaban desnudos, pero sí miró a Aloysius entrecerrando los ojos.
—Ya regresamos —fue lo único que se le ocurrió decir.
El maestro se removió un poco en el asiento, recorrió de nuevo a los muchachos con la mirada y regresó a los ojos de su ayudante.
—¿Han conseguido limar sus asperezas? —preguntó—. ¿Han dejado por fin de pelear como dos gatos en celo? ¿Quizá pueda atreverme a imaginar que han llegado a ser incluso amigos?
—Has alcanzado lo que querías alcanzar, maestro. Y puede que más de lo que querías.
El anciano mago levantó las cejas blancas y puso la boca en forma de o. La cómica expresión de su cara indicaba sorpresa. Tras unos minutos de silencio, mandó a Aloysius a por ropa para los tortolitos, que permanecían juntos y cogidos de la mano.
Tan pronto su ayudante hubo desaparecido por la puerta, miró a los dos muchachos.
—Lo que pasa en el desierto se queda en el desierto —les dijo, serio como un juez—. Lo que sea que haya ocurrido, nunca ocurrió. Pero no olvidéis la lección aprendida, jamás.
Los muchachos se miraron, fijamente, con intensidad. Sus dedos se entrelazaron. Desafiantes, miraron a Syrius.
—Y si no, ¿qué? —dijo Hess adelantando el mentón.
El anciano no se movió, permaneció sentado mirando los ojos resueltos del joven príncipe. Luego tomó una bola de cristal y le dio una orden.
—Trae a Zisca.
No dijo nada más tras dejar la bola en su pedestal. Ninguno lo hizo.
Tras unos minutos, Aloysius entró junto con una mujer ataviada con una túnica blanca que dejaba entrever sus excitantes curvas. Sonrió al anciano descubriendo su perfecta dentadura blanca.
—¿Y bien, Syrius?
—Una prueba, Zisca. Dos adolescentes confundidos, ya sabes lo que has de hacer.
Ella miró a los muchachos sin mudar la sonrisa. Mientras se quitaba el alfiler que sujetaba la túnica en su hombro, los dos magos salieron de la estancia.
—Deja la ropa dentro, mentecato —amonestó a su ayudante el viejo, fingiendo enfado ante el interés del joven por el exuberante cuerpo de la concubina.
Aloysius le obedeció sin darse prisa, observando fascinado cómo la mujer tomaba una mano de cada muchacho y las conducía a lo más llamativo de su cuerpo, animándoles a que la acariciaran.
Muchos gemidos después, Zisca salió acabando de colocar el broche que sujetaba la túnica en su hombro. El anciano dio un paso hacia ella.
—¿Y bien?
—Bueno… se distraen mucho el uno con el otro, pero…
—Dime algo que no sepa, Zisca. No es eso lo que me interesa. Quiero saber si… si…
—Si serán capaces de guardar las apariencias. De casarse con una princesa y hacerle hijos. ¿Es eso lo que quieres saber?
—Eso es, y no otra cosa.
—Sí, Syrius. Parece que sí.
—Bien. Gracias, muchacha. Toma, por tus servicios —dijo el mago haciendo un gesto, tras lo cual en su mano apareció un rubí de buen tamaño que ofreció a la concubina.
Ella lo tomó con una sonrisa mientras el mago daba disimuladamente una patada a su ayudante, con la intención de que cerrara la boca antes de que empezara a babear mirando los marcados pezones en la tela.
—Un placer, como siempre, hacer negocios contigo, Syrius.
Se dio la vuelta y caminó hacia la escalera de caracol bajo la mirada del viejo, clavada en la curva de su hermoso trasero.
—Maldita vejez… —masculló.
Los muchachos ya estaban vestidos cuando los dos magos entraron de nuevo. Syrius les lanzó una mirada severa.
—Bajad al salón del trono. Aloysius traerá a vuestros padres y veremos si os consideran merecedores de portar de nuevo las coronas de príncipes.
Sin decir nada, los dos príncipes desfilaron y se perdieron por la puerta de las estancias del anciano mago, el cual exhaló un profundo suspiro en cuanto cerraron la puerta.
—¿Vas a contarles lo ocurrido a sus majestades? —preguntó Aloysius.
—No es menester —declaró el anciano —, bien lo saben.
—¿Cómo pueden saberlo? —se inquietó el joven mago, llevándose la mano a su amenazado cuello.
—No es una historia nueva. De hecho, los príncipes repitieron la de sus padres. Oh, sí, Aloysius, no pongas esa cara. De ahí las estupendas relaciones entre los dos reinos. Toma nota pues, deberás hacer lo mismo dentro de unos años, con la próxima generación de gallitos repletos de hormonas y de soberbia.
Aloysius no dijo nada, estaba demasiado ocupado pensando si todo era una manipulación malsana o, simplemente, forzaban que la herencia se revelara bajo las adecuadas condiciones. A su parecer, jugaban con fuego. No le pareció nada bien.
—Hay que vigilar a ese par de idiotas: seguramente intentarán huir juntos. Tampoco esto es nuevo. Mejor ocúpate de ellos; yo traeré a sus padres.
Los príncipes se detuvieron antes de llegar al salón del trono. Se escondieron tras la puerta de un despacho vacío, y allí cayeron uno en brazos del otro, se besaron con pasión.
—Nos separarán, eso van a hacer. No dejarán que volvamos a vernos durante mucho tiempo, y cuando nos veamos, será ante mucha gente, vigilando que no coincidamos a solas. No podré soportarlo, Ralp. No puedo evitar sentir por ti lo que siento.
—Fuguémonos —propuso Ralp, abriendo mucho los ojos. Volvamos al desierto, donde no podrán encontrarnos. No necesitamos más que un par de puñales y odres.
—¡Oh, sí! No perdamos más tiempo.
Volvieron a besarse, esperanzados, ignorando que todo estaba previsto y no tenían escapatoria. Les buscaban, por todo el castillo. Ellos se escondían, cogidos de la mano, con mayor dificultad cada vez, las patrullas eran numerosas y no daban tregua. Su huida les condujo hasta la torre sur, perseguidos por los soldados con órdenes de capturarlos. Llevados hasta lo alto de la almena, ambos recularon hasta el muro dentado, aún cogidos de la mano, acorralados por fin.
—Tenemos órdenes de conducíos ante vuestros padres, majestades. Es tontería oponer resistencia.
—No. Dejadnos marchar —dijo Hess.
—Quietos ahí. ¡Quietos! —gritó el soldado viendo como miraban al vacío tras ellos.
—¡Si no nos dejáis ir, nos tiraremos! —amenazó Ralp subiéndose al hueco.
Hess le miró con aprobación mientras se colocaba junto a él.
—Majestades, esperad, no lo hagáis… ¡id a buscar al mago! —ordenó.

Los dos magos llegaron a la cumbre de la almena con bastante rapidez. Se acercaron a los asustados muchachos hasta el momento en que ambos dieron un paso atrás, justo al borde de la piedra.
—¡Quietos, insensatos! —les gritó Syrius —. Bajad de ahí y asumid vuestro destino.
—No queremos separarnos. No queremos ese destino, mago.
—Resignaos. Usad esos sentimientos en bien de todos. En vuestra mano está conseguir la paz, no sólo en vuestros reinos, sino en este caótico mundo. Vosotros, jóvenes príncipes, podéis incluso salvarlo.
Los príncipes se miraron a los ojos, una lágrima rodó por la mejilla de Ralp mientras se dejaban caer de espaldas hacia el vacío.
—Si tiene que salvarse de ese modo —dijo Aloysius conjurando con rapidez—, mejor que desaparezca este mundo. Créeme, Syrius, es mejor que desaparezca.

Y los príncipes nunca llegaron a tocar el suelo, se evaporaron junto con el joven mago. Ni siquiera Syrius supo a dónde fueron a para. Nunca les encontraron por más que, durante años, les buscaron.

A miles de leguas, Aloysius se despedía de los dos jóvenes. Los ojos de los muchachos brillaban de felicidad, de agradecimiento.
—Espero —dijo el mago—, no haber tirado mi carrera por nada. Quisiera que tampoco hayáis errado con vuestra decisión. Que lo que sentís no sea algo efímero, un mero capricho de dos cabezas de chorlito. Porque os estaré vigilando, príncipes de nada, y vendré a saldar cuentas si resulta que es así.
—No puedo ver el futuro, mago, ciertamente. Pero sepas que lo que siento es real y no un capricho. Tanto como para dar la vida por ello— afirmó Hess.
—También por mi parte —dijo Ralp.
—A más ver, muchachos.
Se despidió así, y el reflejo de una sonrisa de complicidad afloró en sus labios mientras se desvanecía ante la mirada de los jóvenes enamorados.

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  Pajeros ¿idiotas?
Enviado por: Duncan Idaho - 13/07/2019 05:27 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (2)

Una influencer vende el agua de su bañera empacada y ¡se agota en días!

Por solo $30, sus fanáticos pueden disfrutar de un bote lleno de el agua de la chica. ¿Insólito?
 
Una estrella de las redes sociales encontró una manera peculiar para generar ingresos; ¡vendiendo agua de su bañera!



 Belle Delphine también conocida como ‘Weird Elf Kitty Girl’, una gamer y cosplayer publicó un video en sus redes sociales mostrando cómo empacaba el agua en contenedores de plástico.


Belle, de 19 años, que es una popular modelo de Instagram con 3.9 millones de seguidores incitó a su fanaticada a comprar su nuevo producto. “Ahora estoy vendiendo mi agua de baño para todos ustedes, treinta y tantos jugadores”, subtituló una imagen de ella sosteniendo el frasco lleno de líquido.


El agua se está vendiendo por $30. La descripción del producto en su sitio web dice: “Embotellada mientras jugaba en el baño. Esto realmente es agua de baño … Descargo de responsabilidad: esta agua no es para beber y solo debe usarse con fines sentimentales”.

Si bien la mayoría de los internautas piensan que es algo “raro”, la chica ha vendido más de 500 frascos en solo dos días y ahora todo se ha agotad


He recibido un montón de peticiones extrañas, algunas me han pedido que escupa en el agua, orine en ella y pidió que el agua saliera de mi cuerpo y goteara en la botella. Honestamente con el tipo de los mensajes que recibo diariamente estas solicitudes ya no me extrañan”, dijo a Metro News.

¿Ustedes que piensan?

Tenían que ser pajeros otakus y gamers.
Yo con 30 dolares voy a que me hagan un pete y directo a  sob

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  Fragmentos
Enviado por: Iramesoj - 12/07/2019 06:33 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (13)

Aquí podíamos poner fragmentos de nuestras obras escritas sobre los que tengamos inseguridades, o de los que queramos opinión. Algo así como "he escrito esto pero creo que me ha quedado mal. ¿Cómo puedo mejorarlo?" O "en este fragmento pretendía transmitir esto pero creo que no lo consigo, ¿qué opináis?" Lo que sea. Así nos podemos ayudar de una forma rápida.

Eso sí, cuanto más largos sean los fragmentos, más dificil será que una mano generosa nos ayude, así que recomiendo no pasar de 1000 palabras. No es una norma, sino una sugerencia. Por mí, como si quereis subir 9000 páginas de word, pero seamos realistas Wink

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  PAID STORIES: Wattpad incluye soporte para pagarle a los autores
Enviado por: Nikto - 11/07/2019 11:50 PM - Foro: Wattpad - Respuestas (7)

https://www.wattpad.com/paidstories/

Interesante agregado que le hicieron a la plataforma, podría generar un gran cambio.

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  [Fantasía- Ciencia Ficción] Versus. Cap 2
Enviado por: sento89 - 11/07/2019 09:32 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (4)

Dejo el segundo capítulo de Versus. El primero está en ésta misma sección.
primer cap
¿Es mejor si los subo todos en el mismo tema o creo uno para cada capítulo? He visto ambas formas en el foro.
Muchas gracias adelantadas a quien quiera leerme Smile
 
2. Novato
 

            Nada más abrir la puerta del local ya supo que iba a ser un día duro. El barullo de los clientes era la única banda sonora de la hamburguesería. Tiempo atrás, la encargada había intentado incorporar un fondo musical con temas de los setenta. Según ella, la música de Queen, ABBA o Donna Summer eran el acompañamiento ideal para devorar unas patatas fritas recién hechas, sin olvidar cuando mencionó que Imagine, de Jonh Lennon, era una canción pensada para escucharla mientras comías una hamburguesa con beicon.  No obstante, la realidad había acabado imponiéndose a los deseos de la jefa. La clientela, en su mayoría familia con hijos pequeños o adolescentes ansiosos por su ración de grasas saturadas, no sucumbieron ante los encantos setenteros y prefirieron alzar la voz por encima del hilo musical, considerándolo una molestia para sus conversaciones y convirtiendo la hamburguesería en un corral donde cada gallo intentaba hacer aún más ruido que el de la mesa contigua. Al final, la encargada admitió su derrota y acabó quitando la música, para volver a la realidad de los videos reggetoneros de youtube en el móvil sonando permanentemente mientras se contaban el último porro que se habían fumado.
            Héctor los odiaba, siempre lo había hecho. Eran esa clase de gente que le habían insultado en sus años de instituto, con su risa idiota y sus motos toscamente modificadas con una lata de refresco rozando la rueda trasera para provocar aún más ruido, como si necesitaran reafirmarse a sí mismos siendo conductores de un modelo particularmente ruidoso de una moto roñosa de baja potencia con pegatinas cutres. Lo que él llamaba una moto de mierda.
            —¡Aquí estás! —una figura de más o menos su edad se le acercó. Era Andrés, un chico de rizos castaños que trabajaba con él. —Menuda viciada te pegarías anoche, ¿verdad? ¡Cuéntame que tal Versus! Yo me lo compraré nada más salga del trabajo y pienso pasarme toda la noche jugando. Mañana y pasado libro, así que raro será si no se me caen los ojos por jugar 48 horas seguidas —rió Andrés. Héctor sonrió por compromiso.
            Ambos atravesaron juntos la puerta que daba a las cocinas para poder fichar mientras se colocaba la gorra con el símbolo corporativo en su grasiento pelo. Se arregló la camisa para pasársela por debajo de la cintura. Cada vez los botones de la camisa le apretaban más. Era difícil llevar una vida sana trabajando en aquel lugar.
            —¿Ya habéis entrado? ¡Genial! ¡Héctor, te necesito en plancha! Tienen que salir tres menús Onyon a la de ya. Andrés, debo cinco hamburguesas con queso, ponte a ello.
            Héctor suspiró, intentando hacer caso omiso a los gritos provenientes de la impaciente clientela. Aquel iba a ser un día duro.
            —A sus órdenes, capitana —replicó Andrés. —Que te jodan —es lo que a Héctor le habría encantado contestar.
            La carga de trabajo descendió un poco después de la hora de comer. El olor a aceite, grasa y sal ya se había impregnado en sus ropas, aunque a decir verdad Héctor ya dudaba de que no fuera su propio olor corporal permanente. Se había acostumbrado a él, igual que a los diminutos granos de su mentón que no acabaron de desaparecer al pasar la edad del pavo, aunque intentaba camuflarlos con una barba rala. Era consciente que su aspecto era la principal razón por la cual no contaban con él para atender a los clientes en la barra. Al contrario, él era como los Oompa Loompas, aquellos monstruitos de la Fábrica de Chocolate que hacían todo el trabajo para Charlie mientras éste se llevaba todo el mérito.
            —No te creas que te vas a librar de hablarme de Versus. ¡Joder, estoy impaciente por salir de aquí, pasar por la tienda, ir a mi casa y jugar! ¡Ya solo quedan dos horas para largarnos de aquí! —le preguntó su amigo mientras servía una ración de patatas al frente.
            —¿Todavía quedan dos horas? —se lamentó él mirando el reloj, cosa que había intentado evitar hacer durante toda su jornada laboral.
            —¡No me cambies de tema! Dime qué tal. ¿Es mejor que La Liga de las Maravillas? No sé ni para qué te pregunto, este es el único juego donde estás dentro de tu personaje y no te hacen falta controles, todo lo manejas con la mente. ¡Cuéntame todo lo que puedas! ¿Llegaste a Magnas? He escuchado que es una ciudad espectacular.
            —¡Dos Onyon con extra de cebolla! —les ordenaron desde el frente. Se pusieron manos a la obra de inmediato. Héctor se alegró incluso de tener una excusa para no contestar, pero su amigo no parecía dispuesto a dejarlo ir.
            —Oído— replicaron los dos al unísono.
            —Creo que me voy a especializar en lanzas. Están diciendo que están rotas gracias a su alcance, siempre y cuando sepas controlar el rango de ataque—. Héctor asintió sin más, enfocándose en su pedido. —¿Y tú? Seguro que ya te has podido comprar alguna espada bastante buena, ¿cierto?
            —Yo…. —interrumpió su frase para pasar a sus compañeros del frente la orden. —Lo cierto es que me mataron.
            —¿En serio? Debía ser una misión bastante difícil. Los streamers están diciendo que algunas mazmorras son muy jodidas si no vas lo suficientemente preparado. ¿Dónde fue? Para intentar evitarlo.
            Suspiró de nuevo. ¿De verdad debía confesarlo? No le quedaba más remedio. Al fin y al cabo se acabarían encontrando dentro del juego otra vez. —Fue en el tutorial contra el jefe, la pirata Malasangre.
            Entonces, Andrés rio de forma tan estúpida que a Héctor le entraron muchas ganas de romperle todos los dientes. Ya vería todo lo que se reiría cuando ese boss le matara a él también.
            — ¿En el tutorial? ¿En serio? Si todos los noobs se lo pasan. ¡Tiene que ser muy fácil!
            Héctor prefirió no contestar.
            —Bueno, no es tan malo, si lo piensas.
            —¿Qué no? No soy capaz ni de pasarme la misión más fácil del juego —replicó él mientras sacaba unas patatas de la freidora.
            —Vale, te propongo una cosa, Héctor. Cuando salgamos  nos pillamos la cena de aquí, de la cocina de la hamburguesería, para no perder tiempo, y yo voy a la tienda y me compro Versus. Esta noche conéctate conmigo y jugamos juntos, intentamos pasarnos el tutorial a la vez y exploramos un poco. ¿Qué te parece?
            Héctor meditó un segundo mientras bañaba en sal las patatas recién retiradas del aceite hirviendo, para acto seguido compartimentarlas en sus respectivas cajas. Pensándolo bien, no era tan mala idea. Al fin y al cabo, el juego le había costado sus buenos cuartos, no estaría mal sacarle un poco más de provecho.
            —De acuerdo. Esta noche a las once, así tienes tiempo para personalizarte el personaje antes de comenzar. Cuando lo crees, dime tu nick y te agrego.
            —A las once de la noche, entonces —afirmó Andrés.
            — ¡Dios mío! Mira que realista es. Es mucho mejor de lo que me imaginaba. Hasta puedo sentir el sol en mi piel. ¿Por qué no me habías dicho que era tan genial, Héctor?
            Él apretaba fuerte la espada en su mano, a la espera de que la figura de Malasangre apareciera de una vez por el mascarón de proa. —Oryon, mi nombre es Oryon.
            — ¡Oh, sí! Tienes razón, perdona. Oryon, casi como la hamburguesa, ¿verdad? —replicó Kuro, pues era el nombre que había elegido para el personaje. Acto seguido se puso a luchar contra uno de los piratas que amenazaban el barco. Oryon, por su parte, se quedó atrás. No quería malgastar vida con aquellos enemigos débiles. Quería el premio gordo.
            —Ostia p…—musitó alguno de los novatos. Al fin aparecía Malasangre, riéndose igual que la otra vez, mostrando sus dientes amarillos y rasgando el aire con la cuchilla de su voz. Ese mismo novato se abalanzó sin dudarlo hacia ella.
—Maldita sabandija. ¡Me comeré tus tripas! —amenazó la capitana pirata al novato, que esquivaba como buenamente podía. Por suerte para él, otro jugador acudió en su auxilio asestando un golpe por la espalda. La vida del boss se resintió y ésta respondió con un tajo circular que casi lo mata. El mismo tipo de golpe que había acabado con él la vez anterior.
—¡Es la pirata Malasangre! ¡Tened cuidado, malandrines, su espada ha matado más marineros que el escorbuto! —advirtió el capitán. Oryon no les escuchaba, era la misma cadena de acontecimientos que la vez anterior. En apenas unos segundos, el mástil principal de la Doncella de Marfil volvería a caer.
Esta vez, los novatos acabaron rápido con los piratas comunes. Ahora Malasangre parecía rodeada por una decena de ellos, Kuro incluido. Aquello no era bueno en absoluto. Si quería la espada debía tomar riesgos en aquel preciso instante. No tenía más remedio que incorporarse a la pelea.
Saltó con todas sus fuerzas, descargando un golpe ascendente que buscaba cortar el pecho a la pirata. Su enemigo era enorme, superando fácilmente los dos metros y medio. Aún con todo, sus movimientos eran gráciles y naturales, aunque rabiosos, como un perro hambriento. Cualquier jugador apenas le llegaba a la altura del pecho, él incluido, así que debía hacer uso del ingenio. Pese a todo, Malasangre le esquivó fácilmente, y antes de poder tocar tierra para defenderse o esquivar, la rival le acertó un golpe por la espalda. Notó su vida disminuir a menos de la mitad.
— ¡Joder! —fue lo que quiso decir, pero en lugar de eso un pitido salió de su boca. Era imposible maldecir o insultar directamente dentro de Versus. Oryon pensó que aquello habría sido hilarante de no ser porque estaba a punto de morir de nuevo.
—¡Cuidado! —le advirtió Kuro. Él se giró a tiempo para ver como Malasangre se enfocaba en él otra vez. Esquivó por los pelos, aunque se dio cuenta que de no ser por que otro de los novatos había desviado el golpe, éste le habría alcanzado de lleno.
—¿Estás bien? —Preguntó éste. Él simplemente afirmó.
—Es un enemigo muy agresivo. Será mejor que a quien targetee, es decir, aquel al cual se enfoque en atacar, simplemente esquive mientras el resto de nosotros se dedican a bajarle la vida —sugirió Kuro. A su lado, muchos de los otros novatos simplemente asintieron. No parecían querer perder un tiempo precioso en hablar cuando delante tenían un enemigo, aunque se tratara del tutorial.
Oryon no asintió. A decir verdad no hizo ningún gesto que pudiera interpretarse como afirmativo, pero no parecía que nadie se fijara en él. Mejor. Quería la espada de Malasangre. Debía ser suya. La habían creado para que él la empleara. Ya imaginaba las posibilidades. Tenía la forma de un tiburón en la empuñadura, y el filo era de un plata brillante que deslumbraba al sol. Eso por no hablar de su rango, que estaba seguro que se trataba del doble o más que el de su actual espada.
Malasangre comenzó a atacar a otro de los novatos, que parecía alejarse de la pirata para incitar a que ésta se moviera, perdiendo un tiempo precioso que el resto aprovechaban para restarle puntos de salud. Oryon rasgó sus pantorrillas a toda la velocidad que pudo, aunque comprobó que por cada golpe que él daba, algunos novatos conseguían enlazar dos o incluso tres, Kuro entre ellos.
Malasangre se giró de nuevo. Pudo ver como los ojos de ella se cruzaban con los suyos. Sabía lo que iba a pasar, él sería el siguiente objetivo de nuevo.
—¿Aún seguís vivos? Seréis pasto de los tiburones —rió. —Maldita sabandija. ¡Me comeré tus tripas!—. Su sable cruzó el aire en sentido descendente. A Malasangre le quedaba muy poca vida. Estaba a punto de caer. Si esquivaba no le daría tiempo a hacerse con el botín, pues sería de algún otro. En cambio, si conseguía atacar…
— ¿Qué haces, Oryon? No seas gili…—la frase de Kuro acabó en un pitido.
Tenía que hacerlo. Él daría el golpe final, suya sería la gloria. Cargó su brazo para lanzar el golpe con la mayor fuerza posible. Solo entonces se dio cuenta de que no lo conseguiría. Malasangre era muy rápida. Demasiado. Apenas levantaba él su arma y ya estaba a punto de recibir un golpe definitivo.
Pero el golpe no llegó. Frente a él se interpuso otro novato, uno de cabello rubio, no demasiado alto y de hombros anchos cubiertos por un gran tatuaje de una serpiente. Era Kuro. Interpuso su espada para cubrir el golpe, aunque no fue suficiente para bloquearlo por completo, si lo amortiguó. La vida de su amigo bajó a mínimos.
Mientras tanto, el resto de novatos atacaron por la espalda a la pirata. Uno de ellos saltó para clavar su punta en el cuello. Aquello pareció ser suficiente. Malasangre caía.
—¡Mis compañeros piratas me vengarán! Mi sangre será la tinta de vuestra sentencia de muerte.
De una forma un poco tétrica, el cuerpo de la boss se encontraba entonces frente a ella. Pese a todos los tajos y golpes lanzados, ninguno de los piratas caídos o de los novatos presentaba ni gota de sangre. Aún con todo, el panorama encima de la Doncella de Marfil era desolador. Decenas de cadáveres, la inmensa mayoría de los asaltantes, aparecían diseminados por cubierta.
—¡Me ha tocado! ¡No me lo puedo creer! —frente a él, Kuro sostenía la espada de Malasangre.
—¿Qué? Pero si tú no has dado el golpe final. ¿Cómo es posible que te lleves la recompensa? —replicó él. No podía apartar los ojos de la nueva espada de su amigo. Era grandiosa. Y debía pertenecerle a él.
Al lado de ellos dos, un novato rió. —¿Acaso no lo sabes? Las recompensas se reparten al azar entre todos aquellos que queden en pie en la batalla cuando el enemigo cae. Sería muy injusto de otra forma.
Oryon cerró la boca. No quería saber nada más de aquella batalla ni del estúpido tutorial. Estaba seguro que habrían muchas más armas que podría conseguir. Al menos, pensó, había acumulado experiencia y subido un poco sus habilidades.
A unos pocos metros, otro novato se sorprendió al recibir como recompensa la capa de la pirata. Aunque inmediatamente se la equipó. Para sus adentros, reconoció que también la quería.
—Reclutas de agua dulce, habéis matado a Malasangre. ¡Así se hace! —exclamó el capitán mientras todos los marineros levantaban el brazo en señal de aprobación. —Pongamos rumbo a Magnas, la ciudad sin fin. No tardaremos en llegar.
Echó un vistazo furtivo a la espada en el cinto de Kuro. Esperaba que las cosas fueran mejor en el futuro. Es lo que se merecía.

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  Mujeres: Traguen no escupan
Enviado por: Duncan Idaho - 07/07/2019 04:41 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (3)


Tragar semen podría proteger a la mujer de un aborto espontáneo


Un estudio develó que las mujeres que le dan con frecuencia sexo oral a su pareja e ingieren el semen pueden tener menos posibilidades de llegar a sufrir un aborto espontáneo.
Los investigadores creen que tragar semen fortalece el sistema inmunológico de una mujer embarazada de manera que aumenta la probabilidad de que los fetos crezcan de manera saludable.
Esto podría ser, dicen, porque contiene hormonas y proteínas del cuerpo del hombre, a las que podría ser útil para que la madre desarrolle una tolerancia.
La exposición vaginal al semen también puede desempeñar un papel importante en una pareja que trata de concebir, pero el semen puede absorberse mejor en el intestino.
Investigadores del Centro Médico de la Universidad de Leiden en los Países Bajos probaron su teoría comparando la historia del embarazo y los hábitos sexuales orales de 234 mujeres.
Reconocieron que el estudio era pequeño y no proporcionaron pruebas de que tragar espermatozoides estaba conduciendo a una menor tasa de aborto involuntario.
Pero creen que sus resultados son lo suficientemente fuertes como para sugerir un vínculo entre los dos y justificar más investigación.
Alrededor de 97 de las mujeres habían sufrido un aborto espontáneo recurrente, una condición en la cual una mujer tiene tres o más abortos involuntarios seguidos.
Se cree que la afección afecta a aproximadamente una de cada 100 mujeres en el Reino Unido y puede ser provocada por problemas genéticos u hormonales, o por infección. Muchos casos son inexplicables.
En su estudio, los científicos descubrieron que las mujeres que tenían abortos espontáneos regularmente les estaban dando a sus parejas significativamente menos felación.
Mientras que el 73 por ciento de las mujeres en el grupo sin aborto espontáneo practicaban el sexo oral, solo el 57 por ciento de las mujeres en el grupo con aborto involuntario lo hicieron.
“La exposición oral al líquido seminal parece … influir de manera positiva en el resultado del embarazo”, escribieron los investigadores.
Agregaron: “Nuestros resultados sugieren una asociación entre menos sexo oral y la ocurrencia de abortos espontáneos recurrentes“.
Al aumentar la tolerancia de la madre a las sustancias del cuerpo del hombre, los padres podrían dar a un feto, hecho a medias por el ADN del padre, una mejor oportunidad de prosperar.
Esto podría, explica la teoría, hacer que el sistema inmunológico de la madre tenga menos probabilidades de rechazar al bebé y llevar a su muerte.
Las investigaciones anteriores pueden haberse centrado demasiado en la propia biología de la madre, sugirieron los científicos, en lugar del impacto de los fluidos corporales del padre.

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