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  Reto Abril 19: Fin de semana de pesca
Enviado por: Joker - 13/04/2019 04:27 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (18)

Frente a frente, los dos contendientes apretaban sus mandíbulas llenos de rabia. La tensión del ambiente, densa como el barro bajo la suela de sus botas, podía cortarse con un cuchillo.
Y Vicente, el armario empotrado de metro noventa y calva incipiente y mirada de loco homicida y agresividad por bandera temblaba y no era de miedo, sino de impaciencia ante la inminente lucha.
Alberto tenía por nombre su rival. Metro sesenta y cinco. Cuerpo musculado y definido. La camisa tirada ya por el suelo, técnica vieja de intimidar. El torso tatuado, recuerdos del ejército, y un semblante impasible. No temblaba. Sostenía fija la mirada, como un guerrero curtido en batallas. Ésta no era diferente.
El uno era un oso pardo.
El otro era un lobo.
Les rodeaba una veintena de personas. Dos muchachas por aquí lloraban, pedían que no lo hicieran, que acabaran antes de empezar. Dos borrachos más ebrios de violencia que de whisky les animaban y vilipendiaban su hombría por no haber comenzado ya la contienda.
Había un viejo también que sabía ya, como los viejos saben, que después de esa noche ninguno de los presentes sería el mismo al día siguiente.
El primero en perder la paciencia, no es difícil adivinarlo, fue el enorme oso. Abalanzose con fiereza sobre su adversario con grito de furia, giró el torso y arremetió con uno de sus enormes puños, que no parecían puños sino zarpas.
Mas el lobo se apartó en una finta, sacó provecho de la inercia de Vicente y, agarrando su cintura, lo tiró al suelo. Dada su experiencia no le costó más que si se hubiera tratado de un almohadón de plumas.
Visto y no visto. La primera sangre fue a favor del militar, pues cuando el gigante, que sin pasar de los dos metros ya parecía mucho más grande gracias a su envergadura, despegó su cara del suelo, dejaba escapar un hilillo cálido y carmesí de su nariz.
El golpe no fue nada para tal bestia que ya había recibido porrazos mayores incluso de niño. Pesaban más la rabia y la vergüenza de haber sido el primero en caer.
Agarró un puñado de barro entre las manos que lanzó sin pensarlo dos veces, rastrero, a los ojos del impasible rival.
Alberto, cegado y desconcertado, no vio venir los dos mazazos que españolamente le vistieron de torero. Consiguió limpiarse los ojos y recuperar la vista, aunque doble, para poder evitar un tercer golpe que ipso facto le hubiera dejado fuera de combate.
La sucia jugada le hizo al lobo replantearse el combate. Atrás quedó el honor de una batalla limpia. Si valía cegar al oponente, valían las patadas en la entrepierna, las luxaciones y las estrangulaciones.
Después de todo, si alguno de los dos brutos había pensado que con un par de puñetazos podía solucionarse todo, esa idea estaba descartada ya.
Vicente había conseguido ya la ventaja que quería. Por muy diestro en la lucha que fuera su rival, la diferencia de fuerza en ambos era más que notable. Y lo sabía porque su oponente ya no estaba en calma. No sangraba, no. Eso no lo había conseguido; pero notaba cómo le costaba mantener la templanza.
Se acercó despacio, no quería cometer el mismo error que antes. Esta vez los puños serían rápidos. Lanzar y recoger. Que no le diera tiempo a ese lobo mareado a jugársela como antes.
Pero las piernas de un hombre pequeño aún son más largas que los brazos de un gigante, y una patada rápida como un rayo se llevó tres costillas de Vicente en el acto. Por suerte, esos huesos no se saben rotos hasta pasado un tiempo, cuando regresa la calma.
Ambos cesaron sus movimientos. La pelea ni mucho menos había terminado, pero debían evaluar sus heridas y las del contrario. Replantear el combate era primordial.
Alberto, el lobo curtido en batallas debía castigar las piernas del oso pardo. Si machacaba sus rodillas, sus meniscos, el oso, caído en el suelo, no tendría opción de seguir peleando.
La estrategia de Vicente consistía en soportar los golpes con más aguante que una mula y acercarse lentamente al pequeño para estrangularlo con sus brazos, hechos de cemento.
No, ninguno pensó ni por un instante en rendirse.
Nadie apoyaba ya la pelea. A las chicas no les quedaban lágrimas. A los borrachos no les quedaba sed de sangre, estaban ahogados. Y el viejo se había marchado. Estaba mayor para soportar lo que venía ahora.
El gigante volvió a ponerse en camino. Su costado chillaba, nada serio, pensó. El pequeño le atizó otras dos patadas antes que cayera de rodillas. De rodillas frente a él. A escasos centímetros. Su pierna izquierda estaba destrozada. No podía ponerse en pie, pero ya daba igual. Lo tenía donde quería. Y los movimientos rápidos y continuos del lobo le habían hecho fatigarse. Se miraron conscientes una última vez.
Vicente agarró a Alberto, le retorció la muñeca como si fuera un estropajo de cocina y lo tumbó en el suelo. Encima de él, el oso pardo dio puñetazos furiosos a un lobo que yacía indefenso en el primer guantazo e inconsciente después del cuarto. Pero no se detuvo.
Sus manos ya vestían sangre de ambos cuerpos y no paró ni cuando notó como le agarraban por detrás para separarlo ni cuando los gritos de terror superaban al ruido de las sirenas. Sólo se detuvo cuando su vista se cegó fruto del porrazo de algún agente.
Perdió el sentido dos minutos. Cuando abrió los ojos, vio a través de la ventana del coche patrulla a dos muchachas tumbadas intentando reanimar a un cuerpo que dudosamente seguía vivo.
Fue entonces, cuando la adrenalina hubo desaparecido, que recordó que hacía tan solo dos horas eran dos amigos bebiendo cerveza en un bar y planeando ir de pesca ese fin de semana.

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  [FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 15)- Saga Geralt de Rivia
Enviado por: Sashka - 12/04/2019 05:08 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (2)

Para las escenas de espadas, nada como el "le-le-lé" (Silver for Monsters). Desde que Ciri corre en adelante.


Capítulo 15


Aunque la nieve casi se había derretido en las llanuras, las Montañas Azules seguían nevadas, parecían rosadas al sol de poniente. Su camino discurría junto a ellas, imponentes y eternas, por delante hasta el horizonte y detrás en lontananza, abarcando la vista a su derecha de norte a sur, como la columna vertebral del mundo.

El brujo sentía el corazón aligerado porque en tres o, como mucho, cuatro jornadas estaría en casa. Kaer Morhen. Lo echaba de menos. Echaba de menos al viejo Vesemir, su padre a efectos prácticos.

Su bolsa, gracias al contrato de la lamia, gozaba de buena salud, así que decidió hacer un alto en Ard Carraigh para pasar la noche. Y hacer las delicias de Ciri buscando unos baños.

La ciudad amurallada, capital del reino de Kaedwen y sede del rey Henselt y su corte, estaba construida sobre las ruinas de una ciudad élfica. Su población, aunque mayoritariamente humana, también estaba constituida por elfos y enanos.
Cruzaron la muralla al paso. Ciri lo observaba todo con grandes ojos. Las altas almenas, aunque no se parecían demasiado, le recordaron a Cintra y sintió una punzada de tristeza. Las calles de la ciudad estaban limpias, sus edificios, cuidados. Como en Cintra.

El paso de la yegua discurría entre algunos carros y jinetes, fluido y sin obstáculos.  Se detuvo ante una posada discreta, en una callejuela cerca de la calle principal.
Desmontaron y se dirigieron a las cuadras. El caballerizo tomo las riendas luego de que el brujo cogiera sus cosas de la silla.
Caminaron de la mano hasta la posada, alquilaron una habitación doble y salieron de nuevo a la calle.

Ciri estaba mohína, pero a la vista de los baños su rostro se iluminó.
Antes de que la niña desapareciera de camino a su baño, Geralt la detuvo un momento.

—Ya sabes, si terminas antes me esperas aquí. No salgas. Y un consejo: te agradaría nadar un poco en la piscina antes de meterte en la bañera. Hazlo, tus músculos agarrotados por tantas horas a caballo te lo agradecerán.
—No me gusta estar desnuda delante de nadie, Geralt.

El brujo rió por lo bajo.

—Nadie se va a fijar en ti, Ciri. Estarás con mujeres, ¿por qué iban a mirarte?
—¡Que no me gusta!
—Haz lo que quieras. Disfruta del baño, pequeña. Ve.

Desaparecieron por las puertas que separaban las secciones por sexos.
Los baños en sí eran muy parecidos a los de Carreas, incluso tenían jabón con olor a verbena, para alegría de Ciri. Pero en la sección de caballeros, a diferencia de los otros, había una puerta al fondo donde se ofrecían servicios especiales. Del tipo de hermosas señoritas ligeras de ropa con una suave esponja, dispuestas a hacer del baño todo un placer.
¿Por qué no?, se dijo el brujo.

La bañera era muy grande. Geralt estaba recostado contra el borde, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, sus pies se apoyaban fuera del agua, en la tina. Unas manos delicadas masajeaban su cabello blanco lleno de espuma, enviándole suaves estremecimientos de placer, relajándole con movimientos circulares de sus dedos sobre el cuero cabelludo. Cuando sus dedos dejaron su cabeza, Geralt gruñó en protesta.
Después de aclararle, le afeitó con mano firme, usando un cubo de agua para no estropear el baño. Finalmente, ella estiró de un vistoso alfiler en su hombro y la túnica sin mangas que vestía cayó al suelo. Cogiendo la esponja, se metió en el agua con él.

La muchacha, una linda pelirroja de complexión delgada y curvas excitantes, comenzó a frotarle el pecho con movimientos delicados, como caricias. Geralt se dejó hacer, mirando lo que el agua no ocultaba de su cuerpo.

—Oh, pero cuántas cicatrices… —dijo la muchacha pasando sensualmente un dedo por una de éstas.
—Mmhmm

Le levantó los brazos, apoyándolos contra sus clavículas. La esponja jabonosa recorrió despacio el primero, dejando un sendero de sensaciones en su piel, hizo un alto, con discreción, en su axila, atravesó su pecho como una caricia y repitió el proceso en el otro; luego bajó por el costado hasta su pierna, la recorrió recreándose, hacia arriba y hacia abajo, alcanzó su pie con la otra mano y lo levantó por encima del agua. Dejó la esponja y lo masajeó con dedos fuertes y a la vez exquisitos, sin prisa. Cuando sus pulgares presionaron la planta, subiendo hacia los dedos de su pie, al brujo se le escapó un gemido. Qué maravilla, pensó, me está matando de placer y aún ni hemos empezado. Ella sonrió con aprobación y continuó. Luego, el otro pie. Y después lavó y masajeó su espalda, pidiéndole que se diera la vuelta. Los toques de sus dedos en su nuca le hicieron estremecer, y gimió de nuevo. Cuando terminó, le empujó suavemente hacia ella, recostándole contra su cuerpo, y tomó de nuevo la esponja. La deslizó por su vientre hasta sus caderas y por el centro, después continuó con la mano. El brujo se dio la vuelta al poco y la abrazó. Mientras la besaba y acariciaba las llamativas formas de la mujer, pensó que el servicio valía con creces el dinero que había pagado.

Ciri esperaba en la puerta. Acababa de aparecer y le extrañó no encontrar al brujo aguardándola, pero obedeció y se quedó allí, tal como le pidiera él. Salieron dos hombres de la sección masculina y ella estiró el cuello, intentando ver al brujo. La miraron y uno de ellos dio un codazo al otro, se detuvieron.

— ¿Esperas a alguien, niña? —se dirigió uno de ellos a Ciri, el más alto.
—Sí.
— ¿A tu padre?
— Nnno… no es mi padre…

Ambos hombres se miraron.

—No queda ya nadie dentro y es la hora de cerrar. Seguro que se fue sin ti.
—Pero eso no puede ser. ¡Geralt no se iría sin mí!
—Si quieres, te acompañamos a casa. Ya es de noche, y podría pasarte algo malo si andurreas sola por la calle.
—Yo no me muevo de aquí. Me dijo que le esperara.
—Uff, pero qué niña más tonta. Ya te hemos dicho que no queda nadie dentro.
—Se habrá cansado de ti. Habrá encontrado a otra mejor—dijo el otro riéndose de ella.
—Lo más seguro, porque no tiene de nada la jodida niña…

Ciri se enfadó.

—¡No me lo creo! ¡Él no me dejaría sola!
—Míralo tú misma, tontorrona.

El hombre abrió la puerta de par en par y Ciri se asomó. En la piscina no había nadie, y en los cuartos, abiertos al estar vacíos, tampoco. La mujer que la había conducido a su baño revisaba las instalaciones, comprobando que no quedara ningún rezagado.
No entendía nada. No se lo explicaba. ¿Dónde estaba Geralt?

La mujer encargada de las instalaciones les instó a marcharse amablemente, espero a que se retiraran y cerró la puerta de la sección masculina con llave, luego se dirigió a la femenina.  Ellos salieron a la calle.

—¿Lo ves? Están cerrando y aquí no queda ya nadie. Ven con nosotros, no seas tonta. Igual, hasta sales ganando con el cambio —dijo acercándose demasiado a ella.

*Silver for Monsters

Ciri tuvo miedo. No le gustaban esos hombres, su instinto le decía que corriera. Y corrió.
No recordaba el camino por el que había venido, habiendo caído la noche no le sonaba nada. En realidad, tampoco le importaba demasiado en esos momentos, sólo quería alejarse de aquellos hombres. Oía los pasos de ellos detrás y sólo pensó en correr lo más rápido posible. Dobló la primera esquina… y se encontró en un callejón sin salida.
Se detuvo al final del callejón y se dio la vuelta. El corazón golpeaba su pecho con fuerza, oía su sangre circulando en sus oídos. Los zarcillos del miedo recorrían su cuerpo y le costaba respirar a pesar de la carrera, sintió mareo. Reculó unos pasos a medida que los dos hombres se acercaban, se reían de ella. Ya ni siquiera disimulaban sus malas intenciones, porque la tenían como la querían tener. Sola, a su merced.
Ciri gritó.
Se abalanzaron hacia ella. Uno de ellos, el más bajo, la golpeó en la cara para hacerla callar. Ciri aún gritó más fuerte.

Ninguno vio la puerta que daba al callejón, que se abrió detrás de ellos y de la cual salió corriendo un hombre vestido en cuero negro con una espada a la espalda.  En una fracción de segundo, la espada estuvo en su mano.

—Quitadle las manos de encima a la niña.

Ellos se dieron la vuelta, sorprendidos por la profunda voz que sonó a sus espaldas. La voz, aunque tranquila, encerraba peligro. Lo percibieron.

—¡Geralt! —sollozó Ciri con una voz muy aguda, fruto del pánico.
—¿La niña es tuya? —preguntó el más alto al brujo.
—Fuera —siseó Geralt, que no estaba dispuesto a dar explicaciones.
—¡Te la compramos! Pensábamos que estaba sola, no pretendíamos robártela —dijo el otro.
—Silencio. Ni una palabra más o acabaréis con mi paciencia. Fuera, he dicho.

Geralt vio el movimiento disimulado de la mano del más alto hacia el puñal que guardaba a su espalda. El hombre no sabía que se enfrentaba a un brujo. Y el brujo supo lo que pensaba, ellos eran dos contra uno. Casi se alegró de esa decisión.

—Ciri, date la vuelta, no mires. ¡Ya, Ciri!

La niña obedeció sin rechistar mientras se producía el ataque que él esperaba. El brujo saltó hacia atrás y giró de medio cuerpo con la espada barriendo ante sí. El alto recibió un tajo en el costado y reculó, sin creerse la velocidad y agilidad de su adversario. No sabía que se enfrentaba a un brujo. El segundo ya atacaba con su puñal, aprovechando que el desplazamiento de la espada dejaba indefenso el flanco de Geralt, pero el brujo ya no estaba allí, con una pirueta había salido de su alcance y ahora contraatacaba. El hombre saltó esquivando la hoja… o eso creyó. No sabía que se enfrentaba a un brujo. Se detuvo un momento al notar algo cálido mojando su vientre, y la espada del brujo le volvió a encontrar. Cayó al suelo y ya no se levantó. El alto se desangraba a su lado entre gemidos. Pasó a su lado sin hacerle caso, sabía lo poco que le quedaba por gemir.

Geralt guardó la espada mientras se dirigía hacia la niña. La llamó suavemente, ella se volvió hacia él y se arrojó a sus brazos. La tomó en ellos y la alzó, procurando que no viera las siluetas tendidas en el oscuro callejón y la sacó de allí.

En sus brazos, la niña se sintió a salvo. Para ella ese era el sitio más seguro del mundo. Pero aún temblaba.

—Ya pasó todo, Ciri.
—¿Por qué tardaste tanto, Geralt? Yo te esperé, te obedecí, pero tú no venías…

El brujo se sintió culpable y maldijo para sí.

—Me entretuve demasiado, Ciri. Lo siento mucho.
—Esos hombres me dijeron que te habías ido… Y no había nadie allí, me lo enseñaron… ¿Dónde estabas?
—Estaba allí, Ciri, solo que en una sección especial.
—Cerraron los baños…
—Lo sé. Por eso salí por la puerta de atrás.
—Geralt… esos hombres…
—Ya no los volveremos a ver, Ciri.
—Sé lo que querían hacerme, Geralt… —gimió —. Lo sé porque…

Al brujo el corazón le dio un vuelco. Se detuvo, su rostro palideció y se quedó sin aliento. Se tambaleó lleno de angustia.

—No me lo digas, Ciri… —la interrumpió con un jadeo—. No lo digas. No sé si podría soportarlo…

No lo dijo. Enterró su rostro en el cabello del brujo y no dijo nada más.


Pidió un vaso de agua muy caliente y lo llevó a la habitación. Le hizo la infusión de hierbas y Ciri se la tomó dócilmente. No habían cenado, a los dos se les había cerrado el estómago y se dirigieron directamente a la habitación de la posada. La acostó sola en su cama, él se tendió en la suya maldiciéndose y maldiciendo el mundo y su maldad. Sintiéndose culpable. Irresponsable. Pensando en lo que su licencia podía haber costado. Pensando en lo que Ciri había callado, en lo que no quería saber porque nunca estaría preparado. Le hacía hervir la sangre.

Había perdido la noción del tiempo en aquel cuarto, en la bañera, entre los brazos de aquella muchacha pelirroja, un error que podía haber costado muy caro. Dejó a la niña sola. Si algo le hubiera ocurrido a resultas de satisfacer sus instintos… en su interior creció la rabia. Contra sí mismo.
Nunca más. Si tener consigo a Ciri implicaba sacrificios, se sacrificaría. Ella era lo primero.

No durmió en toda la noche, no tuvo piedad consigo mismo.  
El alba le encontró aún divagando, incapaz de perdonarse.

Ciri se despertó, se incorporó, empujó la ropa de la cama hacia abajo. Le miró, avergonzada, e hizo un puchero.

—Ciri, ¿qué ocurre?
—Me he hecho pis en la cama…
—No importa. Ven.

Él abrió las sábanas de la suya, invitándola. Ella se levantó despacio, con asco, temblando de frío.
El brujo cambió la cara, relajó el semblante para no preocuparla. A ella no le gustaba verle atormentado.

—No mires—gimió.

Geralt volvió la cabeza y ella se quitó las braguitas mojadas. Desnuda, corrió a su cama y se tapó hasta el cuello.

—No pasa nada, Ciri. Ha sido un accidente. ¿Estás bien?
—He echado a perder el baño de ayer… ¡Ahora oleré a pis! —exclamó contrariada.
—Luego te lavas con el lienzo y el agua de la jofaina. Tienes tu jabón aquí, en el equipaje. Yo… pfffff… yo lavaré… eso —dijo señalando con la cabeza las braguitas tiradas descuidadamente en el suelo.
—No. Lo lavaré yo. Sé hacerlo.
—Bien. Cuando entres en calor.
—Geralt, ¿podemos dormir más?
—Podemos.
—¿Me abrazas?
—¿Tanto frío tienes?
—Tanto.

Él la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí. El tenerla cerca le relajó, le reconfortó. No quiso pensar en el motivo del accidente nocturno de Ciri. Sólo pensó en procurarle el bienestar y la tranquilidad que su cercanía y su contacto le producían. Y no sólo a ella, recapacitó mientras sentía la tensión desapareciendo en él. De pronto se sintió somnoliento. Cerró los ojos.

—Ciri…
—¿Qué?
—Apestas a pis —dijo riendo bajito.

Ella gruñó.

—Pues te aguantas.

Se durmieron con una sonrisa atrapada en los labios.

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  Reto Abril 19: El Cuerpo del Engaño
Enviado por: Joker - 11/04/2019 05:54 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (16)

El Cuerpo del Engaño




Era de noche y el monstruo se movía por la ciudad de sombra en sombra, con el lomo encorvado y la cabeza gacha, cuidando que sus pezuñas no rasparan la piedra de la calle. El monstruo sabía dónde ir, y lo había hecho antes, pero eso no lo hacía más sencillo; sentía tanto miedo a ser descubierto por las patrullas como la primera vez.
Se detuvo cuando avistó el muro. Medía sus buenas siete varas, una enormidad para la barrera de un cementerio, pero seguro los constructores desearon haberlo hecho todavía más alto. Y debieron hacerlo. La piedra que lo conformaba era lisa y resbaladiza como pocas, la pesadilla de todo escalador. Al monstruo, sin embargo, el muro era lo que menos le preocupaba. Los Tumularios, esos entes que la Guardia había despertado para vigilar las tumbas, ellos eran otro cantar.  
El monstruo esperó hasta que la calle estuvo desierta, luego tomó velocidad en una corrida, dio un salto sobre un carro destartalado y se impulsó más alto, hasta que con sus manos logró asirse al balcón de un edificio. Se subió a este, se paró en la barandilla y desde allí saltó hacia la viga que sobresalía del edificio contiguo, la capilla, donde colgaba el cuerpo de un hombre. Enseguida se paró sobre esa viga, y, haciendo equilibrio, se trepó al tejado. Lejos de conformarse, no dejó de escalar hasta haber llegado a lo alto del campanario.
Desde allí ojeó el cementerio, a unos setenta metros adelante. Entonces se paró en el antepecho, esperó una buena brisa y abriendo los brazos se lanzó al vacío.
Casi de inmediato las membranas planeadoras a los lados del cuerpo se extendieron como alas, y el monstruo guio su vuelo valiéndose de su cola, que era peluda y ancha en el extremo. Pareció deslizarse en el aire, manejando de manera instintiva los pequeños músculos en esos pliegues de piel para modificar sus rasgos aerodinámicos. Una vez pasó por encima del muro del cementerio, colocó su cuerpo en posición vertical y aterrizó con suavidad sobre una tumba.
Comenzó a moverse entre las lápidas, con las orejas paradas y sus grandes ojos bien abiertos. De pronto oyó el sonido de unas cadenas y se escabulló a la sombra de un mausoleo. Allí se quedó muy quieto, haciendo fuerza para callar a su maldito corazón, que parecía estar de fiesta. Tras un momento, el monstruo asomó la mitad del rostro por la esquina y de inmediato volvió a esconderse; ese instante le bastó para ver las cicatrices en el torso del Tumulario, y la espada de hoja azul y el farol de luz verdosa que sostenía.
Lo oyó olisquear y la luz se aproximó a él. El monstruo se movió en silencio hasta girar en la otra esquina del mausoleo y allí esperó; si corría el Tumulario lo oiría y su alarma atraería a los demás. El Tumulario llegó hasta donde él se había ocultado, olisqueó el aire con más fuerza, soltó un ligero siseo. La luz se acercó, se acercó y se acercó, hasta que de pronto se oyó un gran chillido a la distancia y el Tumulario pasó a su lado a toda velocidad.
El monstruo dio gracias a los saqueadores de tumbas por ser tan poco cuidadosos.
Pudo llegar al túmulo sin más problemas, donde se lanzó al hoyo que había cavado noche tras noche. Esa, esperaba, era la última. Se puso al trabajo, removiendo la tierra con sus zarpas, alzando la cabeza cada tanto. Y así pasó largas horas, hasta que por fin desenterró lo que buscaba. La sujetó entre los dientes y volvió a perderse en la oscuridad. Era hora de regresar a casa.

El mago Radamaz escuchó cómo arañaban la puerta de su solitaria torre. No fue casualidad que estuviera en la planta baja; él esperaba que tal cosa sucediera. Cerró el libro en el que escribía unas palabras abigarradas, lo escondió en su lugar secreto y fue hasta la puerta.
Abrió sin temor alguno, al otro lado del umbral la criatura a la que esperaba dejó caer una forma redonda que apretaba con las mandíbulas. Los ojos de Radamaz se abrieron como platos al mirar la cabeza cercenada, cuya mitad izquierda estaba arrugada por las quemaduras.
—¡Lo conseguiste, muchacho! —exclamó, y como recompensa rascó bajo el hocico al monstruo. Luego miró por encima de él—. ¿Alguien te siguió?
El monstruo negó con la cabeza, hizo algunos gestos con las manos.
—Bien, muy bien. —El mago miró a la cabeza, se dio cuenta de que no traía guantes para sostenerla—. Tráela, tenemos que llevarla hasta lo alto.
Mientras subían los escalones, alumbrados por la luz que flotaba sobre sus cabezas, Radamaz iba repitiéndose en voz baja lo que tenía por hacer. El monstruo iba detrás, en silencio.
Llegaron hasta la sala superior de la torre tras haber dejado atrás los mil escalones. Allí arriba había una puertecita que el mago abrió tras haber puesto una llave distinta en cada una de las cinco cerraduras. La cámara a la que accedieron era redonda y ocupaba toda la circunferencia de la torre. Había en ella gran cantidad de polvo acumulado, y sólo entraba una débil luz a través de una tronera, un minúsculo haz pálido que iba a parar sobre un libro de cuero negro que descansaba sobre un atril.
—Déjala allí por ahora —dijo Radamaz, señalando una mesa en la que se apreciaban las formas extrañas de instrumentos de cristal y barro.
El monstruo obedeció, luego se hizo a un lado y se echó junto al alambique, dejando toda la porción central libre.
Allí, sobre las piedras del suelo, el mago tenía ya casi todo listo para el ritual. Ya había dibujado el pentagrama en el interior de un círculo de sal, y acomodado velas de mecha doble en cada vórtice, y en el interior de cada triángulo a había puesto una serie de objetos siguiendo las directrices del grimorio. Tan solo faltaba poner en el lugar indicado la cabeza desenterrada. Cogiéndola por las sienes, Radamaz hizo esto mismo.
Una vez todo estuvo en su lugar el mago revisó el libro, asintió en silencio, cogió una tiza y escribió una serie de runas alrededor del círculo. Cuando acabó, se paró junto al atril y dijo al monstruo:
—No sueltes gruñido alguno, pues hasta eso puede desbaratar el conjuro. Solo observa, y por ninguna razón te atrevas a tocarme.
Dicho esto, el mago recitó con voz poderosa las palabras prohibidas escritas en el grimorio. Cuando hubo acabado de pronunciar el primer conjuro, un frío invernal entró por la única ventana y se adueñó del aire de aquella cámara, tanto así que al recitar el segundo las palabras salieron de la boca de Radamaz acompañadas de vaho. A medida que continuó leyendo los ojos del mago fueron tornándose azules, y la respiración se le aceleró como si estuviera realizando un gran esfuerzo. Al deslizar la hoja del libro con una mano helada la torre comenzó a temblar sobre sus cimientos, y Radamaz se esforzó por mantenerse firme apoyando ambas manos en el atril. Siguió recitando, con una gran voluntad, y al concluir el tercer conjuro la piedra dejó de moverse y la cámara se llenó de un silencio sepulcral. En ese momento se apartó del atril, y sin dejar de murmurar se arrodilló delante del círculo de sal. Las llamas de las velas se volvieron rojas, se quemaron deprisa, y la cera líquida se arrastró por la piedra como pequeños ríos hasta unirse toda en el centro del pentagrama, bajo la cabeza cercenada. Entonces Radamaz alzó la mirada y pronunció las palabras CUOR FOLPOVIR ALCHARLUNIA, y la cabeza comenzó a agitarse. El mago vaciló, volvió a pronunciar con voz terrible la palabra ALCHARLUNIA.
Entonces, rápida y siniestra, la cabeza abrió su único ojo y alargó los labios en una sonrisa malévola.
Radamaz preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
La cabeza se esforzó para responder, mas su lengua llevaba tanto tiempo quieta que no logró articular palabra.
—Oh—exclamó el mago.
Entonces la sujetó, la apoyó en el pedestal que había preparado para la ocasión y le abrió la boca y le dio agua. La cabeza hizo gárgaros y escupió lodo. Repitieron este procedimiento hasta que escupió solo agua.
—Entonces, ¿recuerdas quién eres? —insistió Radamaz.
—Lo recuerdo. Mi nombre es mío, de nadie más. —La cabeza sonrió—. Aunque solían llamarme el Dominador.
Radamaz soltó una carcajada. ¡Lo había hecho bien! ¡Lo había hecho a la perfección! Dejó de reír cuando reparó en que debía mostrarse poderoso frente a la cabeza renacida. Entonces alzó la voz y dijo:
—Yo soy Radamaz, y por las runas escritas por mi mano y los conjuros recitados con mi voz, tú eres mi esclavo. ¡Rebájate a servirme, Regil Boor Gaarradam, pues he pronunciado tu nombre verdadero! De lo contrario te grabaré el nombre en la frente y te devolveré a la tierra, y tu espíritu quedará a merced de los Tumularios, para que sea confinado a la oscuridad de la muerte eterna.
La cabeza permaneció imperturbable un momento, luego comenzó a reír y a reír cada vez más alto, hasta que su carcajada reverberó en las paredes.
Radamaz frunció el ceño, se rascó la cabeza preguntándose qué había hecho mal.
—Ay, ay —exclamó la cabeza—, he sido despertado por un mequetrefe de poca monta. ¿Yo tu esclavo? ¿Yo rebajarme a servirte? Mucho más antiguo que ese es mi nombre, y nadie si no yo lo ha sabido nunca.
Rabioso por la burla de la cabeza, el mago alargó las manos, la sujetó y la llevó hasta la tronera para sostenerla sobre el vacío.
—Puede que el dolor de la caída no te parezca demasiado la primera vez —dijo Radamaz—, pero tengo la paciencia para hacerlo mil veces. Y si eso no basta, te echaré al fuego hasta que ambos lados de tu cara sean simétricos. Seré un mequetrefe de poca monta, pero yo con mi lengua tengo suficiente para soltar mis hechizos, mientras que tú necesitas de las manos que no tienes. ¿Entiendes ahora quién lleva las de ganar aquí?
El Dominador se tragó su orgullo y soltó un escueto ‹‹sí››.
Radamaz volvió a dejar la cabeza en el pedestal soltando un suspiro. ¿De verdad le había hablado así al hechicero que dominó el Imperio durante medio siglo? Sintió un escalofrío cuando reparó en ello. Pero era tarde para echarse para atrás. Tenía que acudir al plan B.
—Bien —dijo—. Es hora de que escuches mi propuesta y lleguemos a un acuerdo.

Se alejaron de la civilización caminando día tras día, hasta que dejaron atrás todo árbol, todo verdor, y se internaron en el desierto del este.
El monstro llevaba siempre la delantera, olisqueando el aire, examinando el camino, atento a cualquier indicio de peligro. Radamaz caminaba más atrás, llevando al camello por las riendas, pues este iba cargado hasta arriba con provisiones y mudas de ropa. Amarrada al cinturón de la chilaba llevaba la cabeza del Dominador. Rara vez hablaban.
Al vigésimo día de marcha por el desierto se detuvieron como las veces anteriores, cuando el sol llegó a su cénit. Esta vez habían tenido algo suerte, pues hallaron un arbusto mediano y espinoso que arrojaba una pequeña sombra sobre la arena.
—Nos turnaremos —dijo Radamaz y se echó allí y pronto cayó dormido.
Al monstruo no le gustó un ápice tener que quedarse otra vez junto a la cabeza. En esos lapsos de tiempo en que el mago dormía era cuando el Dominador sacaba a la luz sus cartas.
—Sí que este es un viaje agotador —dijo la cabeza—. Y si lo es para mí, que no tengo piernas, me compadezco de ti que tienes cuatro.
El monstruo no contestó, nunca hablaba; con el mago se hacía entender mediante los gestos que le había enseñado. Pero el Dominador tenía un as bajo la manga, y es que a pesar de que no tenía manos para sus hechizos más poderosos, aún podía hacer uso del arma que solo él conocía: si se concentraba podía ver los recuerdos de los demás. No, no los de cualquiera. Los magos y los locos no servían, sus barreras mentales eran muy poderosas. Y aunque con la criatura lo creyó difícil también, se llevó una sorpresa: tenía el cerebro de un hombre.
Durante todo el viaje el Dominador había hurgado en los recuerdos de la criatura, y poco a poco los había ido arrastrando hacia la luz para confundirla. Le mostró una infancia junto con su madre, luego el momento en que una joven mujer aparecía en su vida, y después el día que sostuvo entre sus brazos a un bebé. Todos estos recuerdos hacían mella en la criatura, él lo veía.
—¿Siempre has sido así de feo? —preguntó, mordaz—. Bueno, es que los Dioses han desbordado su imaginación con nosotros, los humanos, y a las otras criaturas las ha hecho con apuros. Dime, ¿no te hubiese gustado ser un hombre?
Dejó esa pregunta flotando en el aire seco del desierto y cerró el ojo.
El turno de la siesta cambió, fue el monstruo quien se tendió ahora en la escasa sombra del arbusto. El mago se cubrió la cabeza con un turbante y bebió algo de agua. Luego cogió la cabeza y le dio unas suaves bofetadas hasta que esta despertó.
—¿Qué tan cerca estamos de la Tumba de Zal Rasha? —preguntó, preocupado—. El agua se acaba.
—Hay un oasis frente a la tumba —contestó el Dominador.
—¿Y cuánto…?
—Nuestra marcha es lenta. Demasiado.



Continuaron, continuaron y continuaron. Siete días más anduvieron sin ver nada más que arena, acostumbrándose a andar con la vista puesta en sus sombras para asegurarse de que no se les escapaban. Radamaz ya no malgastaba fuerzas en el habla, y de ser necesario dudaba que pudiera hacerlo, pues la lengua se le había convertido en una masa pastosa que se pegaba al paladar.
Nada presagiaba que ese día les cambiaría la suerte, pero entre la borrosidad que flotaba sobre la arena al monstruo le pareció distinguir un color que creía olvidado. Sin decir nada se lanzó en corrida, remontando una duna. Cuando la coronó hizo sombra para sus ojos y distinguió la claridad de un lago rodeado por palmeras.
Entonces volvió donde su amo, le dijo con señas lo que había visto y echó a correr hacia allí. Radamaz se montó en el camello, al que habían ido despojando de la carga, y fue detrás cuán rápido pudo. Llegó al atardecer y se dejó caer de la silla sobre las aguas del oasis, que estaba tibia. Y allí retozó y chapoteó hasta bien entrada la noche.
Por primera vez en mucho tiempo el viejo mago durmió a pierna suelta.
A la mañana siguiente el monstruo lo despertó con un zarandeo. Juntos, con la cabeza del Dominador bamboleándose en la cintura del mago, caminaron treinta pasos hasta llegar a un desfiladero. Desde allí el monstruo señaló unas construcciones de terracota, en el valle, a unos doscientos metros por debajo. Eran cinco las construcciones, una igual a la otra, y estaban asentadas sobre la cara de otro acantilado, asomándose entre las piedras rojizas. Una de ellas era la Tumba de Zal Rasha.
Radamaz desató la cabeza y la alzó para que pudiera mirar con mayor facilidad.
—¿Cuál de esas es la entrada correcta? —preguntó.
—A esta distancia no podría decírtelo.
—¿Por qué no? Deberías saber su posición respecto a las otras.
—Esas tumbas son mágicas —dijo el Dominador—, y cambian de lugar cada tantos años. Lo sabré cuando vea el símbolo sobre la puerta. Antes de descender, sabes que ha de hacerse con el camello.
Radamaz lo sabía. Y lo hizo.

Demoraron todo un día en descender, pues además de ser anciano el mago le temía a las alturas. Pero a fin de cuentas pudieron pasar la noche en el valle, y allí el viento nocturno resultó más amable.
Al día siguiente despertaron temprano y caminaron hasta las entradas de terracota. Pasaron delante de las dos primeras y la cabeza estuvo segura de que no eran esos el símbolo que buscaban. Pasó la tercera y el Dominador pidió detenerse, y largo rato miró el símbolo grabado sobre las enormes puertas; la arenilla y el viento habían borrado una parte del símbolo. Siguieron su camino hasta la siguiente tumba, luego hasta la última. El símbolo de esta era muy similar al de la tercera, encontrándose en condición similar, tanto que a esa distancia el mago no vio diferencias.
—¿Y bien?
El Dominador pidió acercarse más.
Radamaz se volvió hacia el monstruo:
—¿Crees que puedes trepar hasta allí?
El monstruo echó un vistazo, luego asintió. Entonces cerró sus dientes en los cabellos del Dominador y se dispuso a trepar por la pared. No le costó mucho llegar hasta arriba. Allí se sostuvo de una sola mano mientras que con la otra limpiaba el símbolo. El Dominador chasqueó la lengua.
—No es esta —dijo.
Así pues, regresaron hasta la tercera entrada y sin más preámbulos empujaron las pesadas puertas y entraron.
Radamaz se apresuró a invocar una luz compañera. Con ella flotando sobre sus cabezas recorrieron de principio a fin un largo corredor cubierto de arena que desembocó en una sala espaciosa. Había allí dos aberturas por las cuales seguir avanzando, izquierda y derecha; la decisión cayó sobre el Dominador.
—Espero que el camino interior no haya cambiado —dijo—. Es por la izquierda.
A partir de allí recorrieron un sinnúmero de pasillos, habitaciones, arcadas y muchas escaleras que bajaban y bajaban. Más de una vez la cabeza dudó acerca del camino que tenían que tomar, y al dar su decisión siempre repetía ‹‹espero que el camino no haya cambiado››. Muchas jornadas de caminata pasaron allí dentro, días y días, y el mago tuvo el temor de estar penetrando demasiado profundo en las entrañas de la tierra, donde se creía vivían los dioses; Ellos eran famosos por su irritabilidad.
Cada vez más continuos fueron los descansos, y el agua volvió a escasear; la comida no tanto: había insectos y ratas a montones.
Durante esos descansos el Dominador seguía con su juego de los recuerdos y las sugestiones, hasta que una vez fue más conciso y dijo al monstruo:
—Nos acercamos. Lamentablemente para ti. ¿Sabes cuál será tu labor en este viaje? ¿No lo imaginas? Claro que sí. Has visto que el que dice ser tu amo fue quien te despojó tu antigua vida, quien te convirtió en… esto. —En los recuerdos de la criatura el Dominador había hallado el día de su muerte, cuando fue atacado por la espalda. El rostro que vio antes de morir se parecía mucho al del mago—. Déjame decirlo: tu labor es la de servir como sacrificio. Se necesita sangre para que yo pueda recibir mi cuerpo, pero también una vida que se extinga. ¿Y crees que me traicionará a mí, que podría aplastarlo ahora mismo como a un insecto, o a ti, que obedeces sus órdenes sin rechistar? Deberías temer, mi amigo. Tenlo en cuanta cuando lleguemos a la cámara final.
Y al siguiente descanso continuó:
—Lo has pensado, ¿cierto? Claro que sí. A pesar de tu fealdad tienes el cerebro de alguien inteligente. El cerebro de un hombre. Te asaltan los recuerdos, ¿verdad? Ves tu vieja vida, tu felicidad perdida, que no hace sino magnificar lo desgraciado que te debes sentir al despertar y ver esas pezuñas, cada vez que te rascas y sientes esas greñas duras, cada vez que orinas y debes levantar una pata como un maldito perro. Sí, haces bien en no confiar en el mago. Yo tampoco lo haría. Me caes bien, Rofus. Sí, ese era tu nombre, lo he oído en tu pensamiento. Como también he oído lo que piensa tu amo, y ay, me apena que eso tiene pensado para ti.
Por primera vez desde que le hablara el monstruo contestó con gestos, y el Dominador, que había aprendido a leerlos, supo qué decía:
—¿Tu eres mi amigo?
—El único que tienes aquí dentro —respondió la cabeza—. Y por ello te ofrezco mi ayuda.
El monstruo se mostró reacio, luego dijo:
—No mataré a mi amo.
—Jamás te pediría tal cosa —dijo el Dominador—. Escucha. Soy capaz de usar el artefacto sin la necesidad de un sacrificio, pero el mago no confía en mí, y no dejará que lo haga a mi manera. No te pido que le mates, sino que le duermas como duerme ahora.

Tras dos jornadas más de caminata llegaron a la última sala. Era ésta más grande que las demás. Las paredes eran de una piedra negruzca y basta, repleta de nichos donde descansaban sarcófagos, urnas funerarias y cofres abiertos y vacíos. Había también grandes mesas que sostenían un millar de frascos, vasijas, retortas, balanzas, relojes de arena, crisoles, y un alambique de cinco cuellos suspendido sobre un baño de María.
Toda su atención, sin embargo, la atrajo el artefacto. Constaba de un gran recipiente de piedra, de unos cuatro metros de diámetro y unos tres de altura. Este recipiente tenía tallado un mapa de runas que lo cubría por completo. A los lados del gran tazón había dos escaleras, también de piedra, que llegaban por encima del borde. Sobre el tazón y del techo colgaba un gancho de tres garras de metal.
—Helo aquí —dijo el Dominador, mirando de soslayo con su único ojo.
Radamaz avanzó, echó un vistazo al grimorio de anillas de hierro que había sobre un pedestal. De pronto dijo:
—No estoy aquí por esto.
Y recorrió la sala hasta que halló un vano sin puerta.  
Ahí, en una habitación pequeña y cuadrada, estaban los libros, pergaminos y grimorios que anhelaba leer. Cogió uno, otro, y otro, mientras soltaba exclamaciones de asombro, risas de alegría y otras más siniestras. Y ahí pensó quedarse, sin prestar más atención al artefacto.
—Hicimos un trato —le recordó el Dominador—. Te he traído hasta aquí, cruzando medio desierto y esquivando las trampas de esta tumba, ahora debes cumplir tu palabra.
—La cumpliré cuando esté saciado —respondió Radamaz, absorto en las lecturas e ilustraciones.
Pasó horas allí dentro, ora sentado en el suelo, ora recorriendo los estantes buscando su siguiente lectura. Y así llegó el punto en que sus ojos no fueron capaces de distinguir una letra de la otra, y sin darse cuenta cayó dormido.
El Dominador abrió su ojo y lo clavó en los del monstruo, que estaba recostado sobre su lomo.
—Acércate —dijo—. En silencio, ven y coge el libro que tu amo sostiene entre las manos. Verás que no mentía.
Picado en la curiosidad el monstruo se irguió, y pisando con cuidado hizo caso a lo que la cabeza decía. Cogió el libro y se lo llevó de nuevo a su rincón. No sabía leer, pero era un libro con ilustraciones muy claras y concisas; un temblor le recorrió el cuerpo de punta a punta.
—¿Lo ves? —dijo el Dominador—. No pueden quedarte dudas. Pero ten paciencia. Tu amo aún tiene un papel que cumplir antes de llegar al final del ritual, a tu final.
Al despertarse, Radamaz escuchó las exigencias del Dominador y pasó todo el día moliendo hierbas y toda clase de sustancias con la maja y el mortero, y destilando en el monstruoso alambique las pociones mencionadas en el gran grimorio. Luego fue sacando del bolso las vasijas con la sangre del camello, y una a una fue vertiéndolas a través del recipiente asentado en lo alto de una de las escaleras, el cual tenía un cuello de vidrio que iba a parar al tazón de las runas. Así, este fue llenándose casi hasta el tope. A continuación Radamaz encendió con magia el fuego bajo el tazón, de manera que la sangre dentro fue calentándose lentamente, y mientras tanto vertió también las pócimas destiladas.
—Le llevará largo tiempo alcanzar la temperatura adecuada —dijo, y como si esto le diese la excusa que buscaba, regresó a la biblioteca.
De nuevo con el correr de las horas el mago se rindió al sueño.
El monstruo apareció enseguida.
—Desátame —dijo el Dominador—. Bien. Ahora átalo a él. No le harás daño, solo nos aseguramos de que no interrumpa. Hazlo, he dicho. —El monstruo, asustado por el cambio de la voz en el que se decía su amigo, obedeció enseguida—. Perfecto. Coge la gema de alma que guarda en su bolsillo. Bien. Ahora sí, llévame al pedestal.
El monstruo sujetó la cabeza como las veces anteriores y regresó a la sala, y allí se dirigió hacia el pedestal.
—Debes girar esas manivelas —dijo el Dominador—. Has visto manejarlas a tu amo.
El monstruo lo había hecho, y memorizado cada cosa. Hizo girar la manivela correcta para que el gancho se moviera paralelo al techo, del tazón al pedestal. Entonces bajó la palanca y el gancho descendió con las tres garras abiertas, y cuando hubo llegado abajo estas se cerraron y se clavaron en la carne de la cabeza.
El Dominador soltó un gruñido y dijo:
—¿Tienes la gema de alma? —El monstruo se la enseñó. Radamaz se había asegurado de encerrar en ella un alma muy poderosa, necesaria para dar potencia al mecanismo—. Ve, échala al caldero desde esas escaleras, no es necesario ningún conjuro. —La sangre comenzó a borbotear en cuanto la piedra de alma se sumergió en ella—. ¡Perfecto! Ahora, haz que esta maldita cosa me lleve hasta el tazón.
El monstruo volvió a subir la palanca, el gancho se elevó cargando la cabeza cercenada. Entonces giró la manivela en la otra dirección hasta que el Dominador quedó por encima del tazón.
En ese momento Radamaz apareció dando pequeños saltos, todavía atado, con los ojos desencajados.
—¡Baja la palanca! —chilló la cabeza.
La mordaza ahogó el grito del mago. El monstruo asió la palanca hacia abajo con un tirón.
El Dominador echó a reír mientras descendía.
—¡Vas a ver quién lleva las de ganar ahora! —exclamó, y antes de sumergirse, cerró su único ojo.
La sangre empezó a agitarse como un mar embravecido, golpeando los bordes del tazón, derramándose sobre el fuego mágico que ardía debajo. Luego se oyeron unos chirridos, como el arrastrar de una espada sobre piedra, y de pronto se formó una gran burbuja que fue creciendo y creciendo hasta que estalló, salpicando todo alrededor.
Entonces las garras de metal emergieron de la sangre y enseguida vieron aparecer los cabellos del Dominador, y de inmediato su frente, sus ojos, su nariz, todo quemado y derretido, y después emergió su boca y oyeron su terrible bramido de dolor. El monstruo se arrojó al suelo, cubriéndose las orejas, Radamaz se mantuvo expectante, con el corazón en la mano, esperando ver qué aparecería bajo la boca abierta. Entonces emergió el mentón, luego el cuello, y luego… nada más.
—¡Mi cuerpo! —chilló el Dominador, esforzándose por mirar abajo—. ¡¿Dónde está mi cuerpo?! ¡Sigo siendo una maldita cabeza cercenada! —Desde lo alto miró al mago—. ¡Tú, tú eres el culpable! ¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué has hecho?!
Radamaz escupió la mordaza con total facilidad, susurró un conjuro, sus ataduras se deshicieron en polvo.
—Tú lo has hecho —respondió, serio—. Tú le ordenaste a esta pobre criatura que arrojara al tazón esa gema de alma, que tenía dentro el alma de un devorador. Tú te entregaste a él por propia voluntad. ¿Sabes lo que eso significa?
—¡Imposible! —exclamó el Dominador—. ¡Mientes! El devorador solo se alimentaría de aquel del que conoce su nombre verdadero. ¡Tú no lo conoces!
Radamaz sonrió.
—¿No lo conozco, Emgryl Valiz Turediul?
El Dominador soltó un grito espantoso, insultó, escupió y juró vengarse, pero nada de ello preocupó al mago. Radamaz se acercó al monstruo, que acurrucado en un rincón se ocultaba de la vista de la cabeza. Le ató las manos con un simple encantamiento y arrastrándolo por una pierna lo llevó hasta la escalera. El monstruo se retorcía y chillaba, pero su amo no prestó atención. Lo subió hasta el último escalón y allí, empujándolo con el pie, lo lanzó por el borde.
El monstruo se hundió como tragado por la sangre, el tazón comenzó a agitarse sobre el fuego. El mago, arrodillado sobre el borde, miraba la superficie roja con desesperación, con los ojos desorbitados y las manos blancas por la fuerza con la que se sostenía, no por miedo de caer, sino por miedo de querer soltarse.
De pronto, tras un minuto entero de chirridos, crujidos y siseos, dos manos emergieron de la sangre, se agarraron del borde del tazón y lo usaron como apoyo para sacar el resto del cuerpo y lanzarse hacia abajo. Era el cuerpo vigoroso y marcado de un hombre joven.
Radamaz descendió los escalones a toda prisa, corrió hasta el cuerpo, del que manaba un vapor caliente, y se arrojó de rodillas junto a él. Sin importarle la quemadura, le apoyó una mano en el hombro y lo empujó hasta lograr que quedara tendido boca arriba. Al ver que no reaccionaba le alzó la cabeza y le dio unas suaves bofetadas que lograron que dos ojos celestes, idénticos a los suyos, se abrieran poco a poco. Luego el hombre surgido de la sangre abrió la boca y dijo:
—Padre. Te recuerdo ahora. Perdóname, él… me hizo creer que fuiste tú quien me arrebató la vida, que tú me ibas a…
Y el mago lo abrazó, con los ojos llorosos.
—Lo sé, hijo, lo sé. No es tu culpa, fui yo quien te usó, quien te expuso a sus artimañas. Tú debes perdonarme, por eso, y por…ese cuerpo horrendo al que te confiné tanto tiempo por mi inexperiencia, por mi falta de habilidad. ¿Me perdonas, hijo mío?
—Mi familia… —dijo el hombre desnudo—. Mi esposa, mi hijo, ¿viven aún?
El mago lo miró a los ojos y dijo:
—Vivirán, hijo, si tienes paciencia. Vivirán.

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  Geralt de Rivia y Ciri
Enviado por: Sashka - 11/04/2019 04:02 AM - Foro: Colecciones, Sagas, etc. - Respuestas (11)

He abierto este hilo a ver qué opináis los demás. El tema surgió entre Daghdha y yo, y creo que es, con respecto a la saga, interesante. A saber, hay ciertas cosas entre la relación de Ciri y Geralt que me parece que en un principio apuntaba hacia una dirección completamente distinta de lo que al final hizo Sapkowski, creo que apuntaba a que ambos fueran pareja. Cierto que el brujo la ve como a una hija, pero esto hubiera podido cambiar. Sin embargo, Ciri tiene cosas que me extrañan. ¿Mis razones? A continuación:

1. Ciri nunca ha llamado papá a Geralt, así como llama mamá a Yennefer.
2. ¿Qué significa que Ciri es el destino de Geralt? Si en definitiva acaban separados. Entiendo que ser el destino de alguien es otra cosa, la verdad.
3. Ciri siempre se siente celosa de las mujeres que muestran interés especial por Geralt (Triss, Frigilla), con excepción de Yennefer y porque no les ve en actitud cariñosa.
4. Ciri no duda en desobedecer a Yennefer por ir a ver a Geralt antes de ingresar supuestamente en la escuela de hechicería.
5. ¿A qué se refiere Tres Grajos cuando les dice a Geralt y a Yennefer "Estáis hechos el uno para el otro, tú y el brujo. Pero no saldrá nada de todo ello. Nada. Lo siento."? ¿Que no tendrán hijos o que su relación no prosperará?
6. La forma en que recrimina a Yennefer sus lágrimas por Geralt y la inutilidad de su magia en La Dama del Lago. Me pareció algo muy cruel en esa circunstancia, a no ser que, ante la inminente muerte del brujo y su desesperación, no pudiera evitar dejar salir a quién de los dos prefería.

¿Qué opináis?

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  Terraplanistas demuestran que la Tierra es redonda
Enviado por: Duncan Idaho - 11/04/2019 02:08 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (4)

Se llama Behind the Curve, documental que emite Netflix sobre la “búsqueda” incansable de los terraplanistas por demostrar que la tierra es plana. Los dos minutos finales definen perfectamente el surrealismo de la función. Un experimento con una linterna debía darles la razón.

La ciencia está teniendo problemas para combatir lo que hacemos”, dice el youtuber y tierraplanista Mark Sargent al principio de Behind the Curve, citando el hecho de que puede ver los rascacielos de Seattle desde la casa de su madre en Whidbey Island, cuando “deberían estar escondidos detrás de la curvatura de la Tierra”.


Sargent es uno de los iluminados del movimiento, probablemente de los más activos. “La razón por la que estamos ganando contra la ciencia es porque ellos nos lanza las matemáticas como única fuente”, dice el youtuber en otro momento. Sargent y otros defensores de una Tierra Plana creen que nuestro planeta está cubierto por una gigantesca cúpula, con el sol y la luna girando en círculos sobre nuestras cabezas.

La Antártida no es un continente unificado, sino un gigantesco muro de hielo, como dice Juego de Tronos”, explica Sargent, “que rodea los continentes de la Tierra”. En el documental también se dejan ver teorías que hablan del continuo descubrimiento continentes adicionales, “más allá del muro”.


Sea como fuere, Behind the Curve se adentra en esa mentalidad que propaga proposiciones dogmáticas y no científicas como la Tierra Plana, incluido lo que sucede cuando sus conclusiones preconcebidas son cuestionadas por su propia evidencia experimental.

Por ejemplo, uno de los momentos más destacables se produce cuando Bob Knodel, uno de los anfitriones de un canal de YouTube muy popular sobre el movimiento, guía a los espectadores a través de un experimento que involucra un giroscopio láser.

A medida que la Tierra gira, el giroscopio parece inclinarse fuera del eje, manteniéndose en su posición original a medida que la curvatura de la Tierra cambia en relación. “Lo que encontramos es que, cuando encendimos el giroscopio, descubrimos que estábamos captando una deriva. Una deriva de 15 grados por hora”, dice Knodel, reconociendo que el comportamiento del giroscopio confirmó exactamente lo que esperarías de un giroscopio en un globo giratorio.

Y luego continúa, “obviamente nos sorprendió. Wow, eso es un problema. Obviamente, no estábamos dispuestos a aceptar eso, así que comenzamos a buscar formas de refutarlo, en realidad estaba registrando el movimiento de la Tierra”.

El giroscopio láser luego se descubre que es un dispositivo de 20.000 dólares que lograron embaucando a varias personas. A pesar de intentarlo con otros experimentos, el giroscopio se comporta de manera consistente, como si la Tierra “fuera” redonda.

Pero si hay un momento cumbre en este documental se produce justo al final de la producción, en la escena donde tiene lugar el denominado como “experimento de la luz” con el coanfitrión de Knodel, Jeran Campanella.

Su primer intento se hace imposible porque estaba a demasiada distancia, así que Campanella cambia a un experimento similar, aunque algo más “casero”. Con una linterna en vez de un láser.

Si la luz necesita elevarse a una altura diferente de los agujeros, esto indicaría una curvatura, invalidando que la Tierra es plana.

Campanella observa cuando la luz se activa a la misma altura que los orificios, pero la luz no se puede ver en la pantalla de la cámara. “Levanta tu luz, muy por encima de tu cabeza”, le dice Campanella a su compañero. Entonces sí, la luz aparece inmediatamente en la cámara.


Oh, interesante”, dice Campanella. “Eso es interesante”, momento en que el documental termina. 


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  Reto Abril 19: Adagio de diamantes
Enviado por: Joker - 10/04/2019 12:57 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (21)

ADAGIO DE DIAMANTES

En una amplia habitación en penumbra, un llanto contenido atravesaba el silencio. El resplandor de las farolas de gas de la calle entraba con desgana por los dos ventanales cerrados y cubiertos por una fina cortina italiana, que alumbraban una mesa victoriana apoyada en la pared contraria. La doble puerta se abrió de repente, con un tirón, y una cascada de luz bañó en la habitación.
Con los brazos en jarra observó a su alumna hecha un ovillo y resguardada en una esquina. Irina arrugó los labios en una clara mueca de disgusto.
—Marina Semiónova, ¡ven aquí ahora mismo!
El silencio le dio a la maestra la respuesta que esperaba.
—Si tengo que ir yo tendrás muchos más problemas de los que ya tienes.
Normalmente, cuando decía estas palabras, las alumnas agachaban la cabeza y acudían a sus pies, de forma lenta y temerosa. Pero esta vez vio un brillo desafiante en los ojos de Marina, a pesar de la distancia.
Irina entró en la habitación y se dirigió al interruptor.
—¡No enciendas la luz! —gritó Marina.
La maestra la miró con desprecio desde la sombra y, sin apartar la vista de la niña acurrucada en la esquina, elevó la clavija que encendió una elaborada lámpara de araña. Se dirigió hacia Marina avanzando antes la cadera que los pies, con los brazos ligeramente arqueados a los lados y deslizándose con gracia felina. Se plantó con los pies en cuarta posición delante del ovillo que volvía a ser Marina y la miró desde los agujeros de la nariz.
—Jovencita, esta vez has ido demasiado lejos. Nadie me trata así. Sal ahora mismo y ponte a practicar la quinta escena hasta que te salga correctamente.
—¿O si no qué? —preguntó desafiante con los ojos irradiando odio.
Irina empequeñeció los ojos y arrugó hasta el máximo su ya prieta boca.
—Te cogeré de los pelos y te obligaré hasta que te caigas muerta.
Un haz de temor apareció y desapareció en el rostro de la niña como una estrella fugaz. Esta vez estaba realmente decidida.
—Pues me cortaré los pies —dijo aguantando la mirada de la profesora.
Irina dejó pasar unos segundos mientras intentaba recordar si alguien la había tratado así alguna vez y qué había hecho. Pero su memoria no encontró ningún recuerdo al respecto.
—Yo no tengo por qué soportar a niñas mediocres como tú que nunca llegarán a nada. He estado perdiendo el tiempo contigo. Tu padre se va a enterar de todo y ya podrá suplicarme, que no volveré a darte clase. Ni yo, ni nadie que conozca.
Se dio la vuelta y salió con un portazo, que Marina aprovechó para levantarse y apagar el interruptor antes de volver a su sitio.
La niña no fue consciente del tiempo que pasó allí, recogida y apoyada contra la esquina de la habitación, abrazada a sus rodillas y con la barbilla sobre ellas. Había superado su límite. No podía soportar más humillaciones cada vez que cometía un error, los insultos que recibía al no realizar el ángulo adecuado en un Grand Jeté, repetir una y otra vez los mismos movimientos básicos, las mismas formas… ¿Cómo iba a aprender cosas nuevas si siempre hacía lo mismo? Aborrecía la primera hora en la que solo calentaban y repetían las primeras posiciones continuamente. Ya se las sabía. Las había estado practicando desde que tenía cinco años. No soportaba hacer siempre lo mismo y nunca hacerlo bien. Si Irina tenía razón, ella no valía para el ballet. Pero no tenía razón, no podía tener razón. Lo que ocurría era que la profesora era una bailarina frustrada, que no había llegado a triunfar como se esperaba de ella y se dedicaba a martirizar a todas las niñas a las que daba clase y descargar sobre ellas toda su frustración. Había visto cómo Danka abandonaba el ballet. Era una chica que cuanto mejor lo hacía, peor se portaba con ella, más la despreciaba por sus errores y menos la valoraba.
Apretó la mandíbula con rabia. Seguramente Irina estaría riendo por su nueva victoria. Había conseguido que otra alumna odiara el ballet y lo dejase. Lloró de impotencia. No deseaba darle esa victoria por nada del mundo, pero no podía seguir, era insoportable.
Pensando en todas las situaciones en las que había sido menospreciada o insultada por no hacer la técnica como la profesora quería, pasaron un par de horas. En ese tiempo, su madre entró en la habitación un par de veces. En la primera gritaba contra ella, la acusaba de haber perdido la cabeza al insultar de aquella forma a Irina y de la imagen que darían. Pero Marina apenas escuchaba. Se encontraba con la mirada perdida reviviendo todos los sufrimientos a los que la proferosa la había sometido. Recordó aquel día en que tuvo que repetir cien veces la misma escena, haciendo lo mismo durante cinco horas seguidas, sin descanso, y sin hacerlo bien ni una sola de las veces. Y recordó la voz de su madre, preocupada, diciéndole que tenía que esforzarse más para hacer las cosas bien. Aquel día empezó a odiar a su madre.
La segunda vez que entró su madre lo hizo entre lloros, casi arrastrándose por el suelo, suplicándole que volviese a practicar, que no podía dejarlo después de tantos años y que sus amigos pensarían que era una perdedora. Eso último fue lo único que creó eco en su cabeza. Ahora debería tragarse sus palabras y su orgullo delante de sus amigas del colegio, que se morían de envidia porque ella entrenaba con Irina Shenarenko y llegaría a ser una Prima Ballerina. Aunque no dijese nada, seguro que se enterarían. Debía inventar alguna cosa para no recibir tal humillación. Siempre le habían dicho que llegaría muy alto entrenando con Irina, que ella era un diamante en bruto, pero no podía aguantar más tiempo siendo un diamante en bruto. Quería brillar y relucir ya; llevaba demasiado tiempo entrenando y haciendo solo obras menores. Y era en esas obras menores donde se daba cuenta de que no lo hacía tan mal como decía la profesora. Pero le decían que era muy joven todavía. Con trece años no era joven, ya era una mujer.
Su madre se alejó finalmente entre sollozos después de zarandearla. A Marina le pareció una de esas viejas que aparecen en los cuentos, con su pelo siempre perfecto ahora enmarañado, ojos vidriosos por las lágrimas y rostro pesado y lleno de arrugas. Nunca recordaba haber visto a su madre así. Tal vez ella era así en realidad, pero se maquillaba y peinaba para parecer una mujer distinguida.
Un tiempo después, escuchó gritar desesperada a su madre. Las puertas se abrieron para que entrara su padre, todavía con la chaqueta puesta, y las cerró tras entrar en la habitación. Marina vio los puños cerrados a los lados, así que empezó a producir lágrimas tal y como había aprendido de pequeña, para ablandarle el corazón.
Su padre se plantó delante de ella y la miró desde su bigote bien arreglado y cejas espesas.
—Tu madre está muy enfadada por lo que has hecho hoy y yo también. Pensaba que no llegarías tan lejos. Has terminado con todo el esfuerzo de años de entrenamiento y todo el dinero que me he gastado en que tuvieses a la mejor profesora de todo Petrogrado. Sabes lo difícil que están ahora las cosas para todos nosotros y aún así nos causas más problemas. Tu rebeldía es fruto de estos tiempos; tenéis poco respeto por la autoridad y el orden establecido.
Hubo un pausa, como si su padre estuviese tomando aire para continuar. Pero nada más dijo, pues parecía envuelto en otros pensamientos.
—Papá, ya no podía más. Me exigía demasiado, me gritaba e insultaba. Me decía que yo no era nada, que nunca llegaría a ser nadie, que era torpe y estúpida si pensaba que podría llegar a interpretar el Lago de los Cisnes como Prima Ballerina. Siempre me lo decía cuando no estabais en casa —explotó Marina entre lágrimas. Se arrojó a los pies de su padre, rodeando sus pantorrillas con los brazos y apretando fuerte—. Por favor papá, lo siento mucho, pero ya no quiero seguir, ya no quiero bailar.
Su padre torció el gesto. Su hija llorando desconsoladamente a sus pies fue algo que no pudo soportar. La tensión que vivía día a día desde que estalló la revolución, sin saber cuando les tocaría a ellos, hizo que se derrumbase también. Pero a su manera. Levantó la cabeza y respiró pesadamente, dejando que las lágrimas que brotaban de sus ojos hiciesen piscina en sus cuencas y no recorriesen sus mejillas. Tomó el pañuelo de tela que siempre llevaba encima y se las secó.
Se agachó y tomó a su hija por los brazos, ayudándola a ponerse en pie.
—Hija mía. Sabes que te quiero —Marina solo había escuchado esas palabras en otra ocasión—, pero no debes dejarlo ahora que has llegado tan lejos. Has tenido un día muy duro y te has dejado llevar por tus sentimientos, pero debes pararte a pensar en lo que ha pasado y seguir adelante. Eres un diamante, te lo he dicho muchas veces, pero tienes que conseguir el brillo necesario para que todo el mundo te admire y ser la más grande de todas. Ese debe ser tu destino.
—Pero papá, Irina no para de decirme que soy torpe y que no llegaré nunca a nada.
—¡Irina no sabe lo que dice! —gritó con furia su padre—. Triunfarás si esta maldita revolución no lo impide.
Marina bajó la cabeza, casi escondiéndola entre los brazos. Pensó en lo que iba a decir durante unos instantes, sin ser consciente de las implicaciones que eso tendría.
—Yo no quiero entrenar más. Ya no me gusta el ballet —su voz sonó tan débil que su padre apenas pudo oírlo.
—Eso no puede ser, no vas a dejarlo ahora. He gastado mucho dinero en tu educación como para que ahora lo dejes. Los grandes objetivos solo se consiguen con grandes esfuerzos y sacrificios. Seguirás practicando —dijo tajante. Pensó unos instantes y decidió utilizar en su beneficio una faceta de su hija que tanto detestaba de su madre—. Además, no vamos a ser el tema de conversación de los pocos amigos que nos quedan. ¿Sabes cuánto se burlarían todas esas amigas que tanto te envidian? ¿Te las imaginas diciendo «¿Pero no ibas a ser la mejor bailarina?» y “he oído que la profesora ya no quiere darte clase porque dice que eres muy torpe y que nunca llegarás a nada”?
Los ojos de Marina se fueron entrecerrando y ardieron con el fuego del odio, tensando los músculos de la mandíbula e incluso dejó de respirar. Eso era algo que no podía permitir. No podía darles motivos reales a las envidiosas que rodeaban su vida, ni dejar que la estúpida de Nadia Naschenko fuera mejor que ella. Ni que las torpes de Olga y Svetlana se pusieran a su nivel. Una ola de desesperación e impotencia barrió con las pocas fuerzas que le quedaban y volvió a llorar, esta vez de forma desconsolada, arrasada por una impotencia incontrolable.
Su padre vio la reacción desde la distancia que siempre ponía entre él y cualquier otra persona. Vio cómo la fuerza del odio se diluía en un mar de desolación y desaparecía. Se arrepintió en ese instante de haber hurgado en lo que más le dolía.
—Marina, mi niña, vamos, no llores más. Ya veremos cómo lo solucionamos —dijo su padre. Era momento de tomarse en serio la posibilidad de que se preparara en el Ballet Imperial bajo la dirección de Agrippina Vagánova. Aunque eso le costaría mucho más de lo que pagaba ahora.
Pero la niña parecía no haber escuchado las palabras de consuelo de su padre, ya que seguía llorando con la misma intensidad.
Su padre apretó los labios. Le rompía el corazón ver a su hija en ese estado. ¿Cómo podía hacerle ver que solo con trabajo duro podría llegar a ser la más grande de todos los tiempos? Ella era un diamante, su diamante, y el brillo de su ballet debía deslumbrar a todos.
Se quedó unos instantes pensando. Una idea había asomado en su cabeza.
—Ahora vuelvo.
Marina levantó la cabeza sin comprender. Observó, entre hipidos y sollozo, cómo su padre salía por la puerta sin más, dejándola a solas con su desesperación. Mientras volvía a dejase caer en el suelo tomó la decisión definitiva de no volver a salir de casa.
Unos minutos más tarde su padre entró de nuevo. Llevaba algo en cada una de sus manos, pero la distancia y la penumbra de la habitación no le dejaron ver lo que era.
Cuando se acercó, se colocó en cuclillas, casi a la altura de su hija, y Marina pudo ver lo que llevaba su padre en cada una de las manos: un trapo en una y un pañuelo en otra.
Su padre dejó el trapo y el pañuelo en el suelo, justo delante de ella. Marina había dejado de llorar y su rostro se iluminó con una curiosidad infantil reflejada en sus pupilas, mientras su padre sonreía. Tal vez su idea tuviera efecto.
Abrió el trapo y mostró su contenido. Marina no pudo reconocerlo al principio. Era como una piedra, de color negro, que había coloreado de hollín la parte interior del trapo con que había estado en contacto. Carbón. Su curiosidad se transformó en contrariedad, porque sus labios se arrugaron y su ceño se frunció.
Entonces aprovechó su padre para descubrir el contenido del pañuelo. La poca luz que entraba desde el exterior se reflejó en todas direcciones al atravesar las aristas de lo que Marina reconoció enseguida como un diamante. Su rostro se iluminó ante la belleza y poder de una piedra tan pequeña y transparente. Sus cejas se arquearon y su boca se abrió en una admiración ahogada. Con un impulso irrefrenable alargó la mano para tocarlo, deteniéndose justo antes de que se produjera el contacto para mirar a su padre, buscando una señal de aprobación. Cuando vio una leve sonrisa, lo tomó con la delicadeza con que una madre primeriza toma a su bebé, y lo observó con la admiración de un niño pequeño al ver desfilar a su padre en una marcha militar lleno de orgullo.
—¿Sabes qué es esto, Marina?
—Un diamante y carbón.
—¿Cuál te gusta más?
Marina lo miró con una sonrisa. No hacía falta contestar, pero como su padre seguía esperando una respuesta, se la dio:
—El diamante, claro. El carbón es sucio y negro, y el diamante es… maravilloso. —Con un brillo propio en los ojos preguntó— ¿Es para mí?
Su padre no pudo reprimir una carcajada.
—No, Marina, no. Pero cuando seas mayor, será para ti. Te lo regalaré. —La niña dibujó una sonrisa de oreja a oreja, mostrando sus preciosos dientes blancos—. ¿Sabes cómo se hacen los diamantes?
—Salen de la tierra.
—Sí, pero, ¿sabes qué es un diamante antes de ser diamante? —Como Marina negó con la cabeza, su padre se lo explicó—. Un diamante, antes de ser diamante, es carbón.
Esperó la sorpresa y confusión de su hija para continuar.
—El diamante es carbón que ha sido sometido a fuertes presiones y altas temperaturas durante mucho tiempo. No todo el carbón se convierte en diamante, solo aquel carbón especial, aquel que está preparado para serlo. Llevas muchos años soportando la presión y he visto cómo te has enojado muchas veces: presión de la profesora, de tus amigas o compañeras del ballet, de tu madre; y cómo tu temperatura sube cuando te enojas con ellas o cuando no te salen bien las cosas. Para convertirte en diamante has de pasar por lo que estás pasando. Todos somos carbón cuando nacemos y solo unos pocos llegan a ser diamantes. Tú puedes serlo y lo serás si lo quieres realmente.
Su padre se levantó y le tendió la mano a su hija para ayudarla a levantarse también. Cogidos de la mano, la llevó hasta el gran ventanal y corrió las cortinas, desde donde se veía la fachada del Teatro Mussorgsky a lo lejos.
—Mira la calle —dijo mientras le señalaba con el dedo carros y personas—. Todos ellos son carbón, sirven para lo mismo que el carbón, que el motor de la madre Rusia no se pare. Tras un tiempo acaban siendo consumidos. El carbón es abundante, como puedes ver. Pero los diamantes son muy difíciles de encontrar, son muy valiosos, no se consumen nunca, nunca mueren.
Dejó que transcurrieran unos largos segundos para que asimilara bien lo que significaba ser carbón.
—Tienes la oportunidad y las cualidades para ser diamante, Marina. Puedes quedarte siendo carbón, como ellos, o ser diamante. Dime, hija, qué eliges, ¿seguir tu proceso para convertirte en diamante o quedarte como carbón?
Marina seguía mirando por la ventana. Veía a toda esa gente, como hormigas mareadas en busca de la línea a seguir, gente común, cuya finalidad en la vida era consumirse. Ella no quería eso, sentía desprecio por esas gentes normales que no sabían ni podían apreciar el arte verdadero, la creación de algo mágico y emocionante como solo podían hacer las grandes bailarinas.
—¿Y tú qué eres, papá?
La pregunta tomó desprevenido a su padre.
—Yo me quedé en proceso de diamante; no pude soportar la presión —dijo sombrío tras unos instantes de reflexión.
Marina lo miró. Se dio cuenta de que veía a su padre más viejo. Tal vez fuera eso lo que le pasaba al carbón, que al consumirse envejecía.
Marina volvió a mirar a la calle. Había tomado su decisión. Se convertiría en diamante y viviría para siempre.

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  ¿Cómo preferís escribir?
Enviado por: Iramesoj - 10/04/2019 10:12 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (13)

¿Cómo preferís escribir vuestros relatos/novelas, etc? ¿Tablet, movil o PC?

Yo suelo escribirlas con el movil por comodidad, pero luego las paso al PC. ¿Qué os resulta más cómodo a vosotros?

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Video [FANFIC] Kaer Morhen (capítulo 14)- Saga Geralt de Rivia
Enviado por: Sashka - 09/04/2019 06:31 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (4)

Siguiendo con la magnífica banda sonora del juego, qué mejor tema para este capítulo que "Wake Up, Ciri"


Capítulo 14


Todo siguió igual por la mañana. Desayunaron, recogieron y montaron en silencio. Geralt no sabía ya qué pensar, si la actitud de la niña era orgullo herido o miedo de que él la rechazara. Pero no podía hacer nada, no debía mostrarse débil ante ella, menos a esas alturas. Se había portado terriblemente mal, debía entenderlo y disculparse. Pero la disculpa no llegaba y él se sentía rabioso por haber aceptado su pulso en lugar de hablar con ella.

La nieve se había fundido un tanto y el camino estaba embarrado y resbaladizo, por ello la yegua iba al paso. También ese día lucía el sol en un ambiente frío, tan frío como el trato entre ellos.

El orgullo de Ciri se había consumido durante la noche. Ahora sólo quedaba en ella vergüenza y miedo. La actitud del brujo, su frialdad y su silencio, su rostro como tallado en piedra, hacían que sintiera frío en las entrañas. Por su culpa él y Zinnéa se habían enfadado. No es que eso le importara un pito, pero sabía que a él sí. Había hecho que Geralt perdiera los nervios, como en Brokilón.

Se había portado muy, muy mal. Lo sabía.  

Y ahora estaba aterrada. Aterrada porque se preguntaba si Geralt había dejado de quererla. Lo parecía. Quizá hasta se lo merecía, pero…. Ojalá pudiera volver atrás, pensó.

A pesar del miedo, decidió intentar un acercamiento. Si Geralt la rechazaba, si verdaderamente ya no la quería, no sabía lo que iba a hacer. Frío, un horrible frío en las entrañas sólo de pensarlo.

Lentamente, dejó caer el cuerpo contra su pecho. Geralt frunció el entrecejo mirando la manta que cubría su cabeza.  ¿Venía a él o sólo estaba cansada de la posición? No dijo ni hizo nada, esperó.
Después, sintió su mano deslizarse por el guantelete, sobre el brazo que sujetaba su cintura, hasta llegar a sus dedos. El brujo la miró y un atisbo de sonrisa se dibujó en sus labios. Con timidez e insegura, acariciando el dorso de la mano de Geralt, entrelazó sus deditos con los de él, y el brujo lo permitió y los apretó. La aceptó sin dudarlo. Se sintió contento a la par que una grata calidez se extendió por su cuerpo. Ciri se acurrucó contra él y le miró. En sus ojos verdes nadaba el arrepentimiento y el temor.

—Lo siento… Sé que me porté terribilemente mal.  Pero…es que…—tituveó—. Geralt, ¿ya no me quieres?

Al brujo le partió el corazón verla tan vulnerable, tan indefensa. Tan pequeña. No habré de permitir que algo así se repita, se dijo, no dejaré que una riña llegue tan lejos.

—Nunca dejaré de quererte, Ciri —le dijo, suavizando su expresión.

La niña pasó una pierna sobre la silla, montando a la amazona, para abrazarle. Geralt la apretó contra él y ella se quedó así, con la cabeza apoyada en su pecho, dentro de su capa negra, con su brazo rodeándola. El corazón de la niña latía rápido, el brujo podía sentirlo a través de la ropa.

—No lo haré más, Geralt. ¡Te lo prometo! ¿Me perdonas?
—Te perdono, Ciri.
—Geralt…
—¿Mmmm?
—Yo tampoco podría dejar de quererte.

Él besó su frente y descansó su mejilla contra su cabeza. Olía a gorrión mojado, como en Brokilón, ya no a verbena.
Pensaba en ese momento, sobrecogido, en cómo era posible querer tanto a una niña que, en realidad, conocía apenas. En cómo se había adueñado de su vida. Y en que, hoy por hoy, no le importaba nadie más por encima de ella.

Y volvió a sentir esa paz, agradable y reparadora, porque de nuevo todo estaba bien entre ellos. Pero esa paz se vería perturbada muy pronto.

A pesar de la lentitud de su avance a causa de la nieve, se encontraban ya junto al río Lixela. Habrían de seguir paralelos a su cauce durante unos tres días, si la marcha seguía al mismo paso.
Ciri pidió a Geralt que detuviera a la yegua porque tenía necesidades que atender. El brujo lo hizo y la dejó bajar.

—No te alejes, Ciri.
—Sólo un poco.
—Pero sólo un poco.

Desapareció entre los árboles nevados, dejando sus huellas impresas en el manto blanco.
Ciri podía sentir la humedad del río en su piel. Podía oír el murmullo del agua cerca. Le gustaba ese sonido.

Cuando consideró que estaba lo suficientemente a cubierto, se puso manos a la obra. Estando agachada, su mirada extraviada en el entorno se detuvo en una extraña y
diminuta forma en la nieve, bajo un abeto. Parecía emitir una débil luz azulada, visible gracias a la sombra de la rama. Cuando terminó de orinar, se dirigió derecha hacia ésta.
Se puso en cuclillas y apartó la rama con cuidado. Sus ojos se abrieron de par en par y lanzó una exclamación.
Parecía una muñequita. Tenía una larga melena azulada y un cuerpo esbelto, vestía una flor, una campanilla. Tenía alas en la espalda, como las de una libélula, que brillaban en tornasol a la luz del día. No sabía qué era ese pequeño ser que apenas podía moverse, que temblaba de frío y parecía estar enfermo.  Lo observó durante un rato y llegó a la conclusión de que no era peligroso. Poco a poco, acercó la mano a lo que fuera aquello y lo tomó. El ser no se asustó, permaneció tumbado en la palma mirando a Ciri, lánguido.

—¿Qué eres? ¿Estás enferma? —dijo, sin esperar respuesta. Oyó al brujo llamarla y tomo una decisión—. Yo cuidaré de ti, Muñequita.

La metió con cuidado dentro de su capucha, en su cuello, bajo un mechón ceniciento y regresó junto al brujo.
Geralt no notó nada extraño. Su medallón, por supuesto, se movía, pero siempre lo hacía cuando Ciri estaba muy cerca, así que no sospechó y continuaron su camino. La niña no le dijo nada, lo ocultó sin saber muy bien por qué.

Pasado el mediodía, se detuvieron a comer algo. Ciri bostezaba con frecuencia, pero el brujo no le dio importancia.
Cuando volvieron al camino Ciri no tardó en dormirse, parecía muy cansada. Geralt tuvo que despertarla tres horas después. Si dormía tanto de día, por la noche no tendría sueño, pensó. El brujo, creyendo que era producto del aburrimiento, intentó estimularla entablando una conversación. Con escaso éxito.
No podía evitar recostarse contra él y acurrucarse, se le cerraban los ojos agradablemente sin apenas darse cuenta. Arropada por la manta, sintiéndose calentita y acunada por el paso de la yegua, el sueño se apoderaba de ella. Pero Geralt la sacudía y no la dejaba.

—Ciri, ¿te vuelves a dormir? No puedes tener sueño.
—¿Mmhmm?
— ¿Te encuentras mal?¡Abre los ojos, te estoy hablando, mocosa!
—Estoy bien, déjame…
—Despierta, despierta Ciri.
—Ayyyyyyyyyyy, ¿por qué no me dejas dormir?

Geralt tocó su frente, no tenía fiebre. Finalmente dejó que se durmiera. Era agotador tratar de evitarlo.
Despertó de nuevo al notar que la yegua se había detenido. Le costó abrir los ojos.
Geralt la ayudó a bajar y entre los dos montaron el campamento, esta vez al aire libre, pues no había ninguna ruina cerca. El brujo la observaba arrastrar los pies, moverse desmañadamente y bostezar cada poco. Empezó a preocuparse.

Ciri temblaba, a pesar de estar abrigada y junto al fuego. Sus manos se agitaban mientras llevaba el pan a su boca, aún más cuando simplemente lo sostenía. Él alargó la mano y tocó de nuevo su frente. No estaba caliente.

—Acércate a mí, Ciri, si tienes tanto frío. ¿Qué te ocurre, pequeña?
—Estoy muy cansada.

Geralt buscaba una explicación. Quizá mantuvo una excesiva tensión nerviosa durante el tiempo que estuvieron enfadados y ahora, al relajarse, se encontraba fatigada. Se conformó con esa explicación y dejó de darle vueltas al asunto.
En cuanto terminó de cenar se acostó. Geralt hubiera jurado que ya estaba dormida antes de apoyar la cabeza en el suelo.

La despertó poco después del alba. Pensó que se levantaría fresca y descansada, pero no fue así. Su mirada parecía perdida y somnolienta, bajo sus ojos empezaban a perfilarse unas ojeras oscuras. La preocupación volvió.

Ciri se disculpó y buscó un sitio donde hacer sus necesidades a resguardo y, después de aliviar su cuerpo, metió la mano en su capucha y encontró el cuerpecillo, cálido ahora, de Muñequita. El ser parecía haber recuperado parte de su vitalidad y le sonrió desde la palma de su mano. El brillo azulado que emitía ya no era débil. Ciri la miraba extasiada, la belleza del ser le quitaba el aliento.

— Veo que estás mejor. Me alegro. Te dejaré aquí, ya que pareces recuperada.

En el fondo le dolía dejarla, pero comprendía que el ser pertenecía a la naturaleza y necesitaba su libertad. La depositó en el suelo, lejos de la nieve medio derretida, y se levantó. Pero Muñequita no estuvo de acuerdo, sus alas se movieron rápidas hasta ser unas formas borrosas y voló hasta ella. Se coló de vuelta a su cuello y se refugió en la caverna del hueco de su capucha. Ciri rió, contenta. Muñequita le hacía cosquillas al meterse bajo el pelo de su nuca, luego se quedó quieta allí, como un charco cálido que la reconfortaba.

En el camino, se repitió lo de la tarde anterior. Ciri durmió todo el día. Le costaba despertarla y cuando lo hacía, estaba apática y descoordinada. Geralt estaba muy preocupado.

Por la noche, apenas cenó. Se le cerraban los ojos mientras comía, cada vez más agotada, sus ojeras eran ahora dos semicírculos negros bajo sus ojos, pero el brujo no sabía qué hacer.

—Ciri, ¿has comido alguna baya cuando has estado sola?
—Nnno...
—¿Ha ocurrido algo, cualquier cosa extraña?
—…Nnno…

Su mente daba vueltas al asunto, inquieto. No encontraba explicación.
Decidió que al día siguiente buscaría un médico o una curandera. No había otra solución.

Pero por la mañana, Ciri ya no despertó. Todos los intentos por parte del brujo fracasaron, Ciri dormía y nada de lo que hizo consiguió despertarla. No era un sueño normal, pero ignoraba su causa.
El medallón del brujo vibraba, se agitaba. Cuanto más agotada estaba la niña, observó, más se movía este. Magia, se movía porque detectaba magia. ¿De la propia Ciri?
Montó con esfuerzo llevándola en sus brazos y espoleó a Sardinilla. Necesitaba una hechicera, y pronto. El medallón saltaba en su pecho.

El viento del galope peinaba su melena blanca mientras pensaba una y otra vez en lo que ocurría. Parecía enferma, pero no lo estaba. Era como si hubiera tomado algún tipo de veneno. ¿Las hierbas de Nenneke? No llevaba tanto tiempo tomándolas según la advertencia de la sacerdotisa. Algo estaba pasando por alto. Algo estaba obviando, pues si no estaba enferma, la respuesta tenía que estar ahí, ante sus narices.

Geralt pensó el movimiento de su medallón. Eso era. Estaba ignorando lo que su amuleto mágico le estaba indicando.  Estaba dando por hecho que la fuente del movimiento era la propia Ciri. Y el estado de Ciri era como si algo le estuviera absorbiendo su fuerza vital.  

Estiró súbitamente de las riendas, obligando a la yegua a parar en seco. La yegua relinchó en protesta, pero se detuvo.

La niña no necesitaba una hechicera, sino a un brujo.

Maldijo por su estupidez, por su falta de reflejos. Vesemir se hubiera sentido avergonzado de él.
Sabía de sobras lo que daba esos síntomas, sabía de sobras lo que Ciri debía haber encontrado. Sabía por qué se lo había ocultado.
Él era un brujo y sabía de esas cosas. Se suponía.

Bajó con ella en brazos, caminó hacia el río y la depositó en el suelo, bajo las ramas de un abeto después de agitarlo para que la poca nieve que quedaba no cayera sobre ellos. La despojó de la manta y de la zamarra, comenzó la búsqueda. Ciri seguía dormida.

Registró el cuerpo de la niña, sus manos recorrieron sus brazos, sus axilas, su torso, su vientre y sus piernas. La volvió de espaldas y repitió el recorrido en sentido ascendente. Al llegar a su nuca, algo se movió.

El brujo conjuró a su alrededor la señal de Yrden. Una luz azul emanó de entre el cabello de Ciri, algo emitió un agudo gritito, y Geralt lo capturó con su mano enguantada.
Al separarlo de la niña, ésta poco a poco despertó. Aún adormilada, fijó sus ojos en la mano del brujo y se agitó.

—Geralt… No le hagas daño a Muñequita…
—¿Muñequita? —se sorprendió él levantando una ceja—.  ¿Hasta le has puesto nombre?
—Ahá.
—Pues tu Muñequita casi acaba contigo, Ciri.
—Geralt, qué… ¿Qué es?
—Es una libélula. Una especie de ninfa.

Ciri la miraba sin poderse creer que algo tan pequeño hubiera podido matarla. La ninfa permanecía inmovilizada por la Señal sobre el guante de Geralt.

—Va, ¿cómo iba a matarme algo tan pequeño y adorable?
—Alimentándose de ti, de tu fuerza.
—Geralt, ¿qué vas a hacer? —preguntó con miedo en la voz—. Por favor, por favor, no la mates… Estoy segura de que ella no quería…
—No, Ciri —la interrumpió—. Yo no mato seres indefensos. Lo que ha ocurrido no es fruto de su voluntad, si no de la incompatibilidad. Las libélulas producen ese efecto cuando toman contacto con las personas. Pero es extremadamente raro que se dejen ver, y ya no digamos coger.
—Estaba enferma. Me dio pena, por eso la cogí.
—La cogiste porque fue su voluntad. La ocultaste porque también fue su voluntad, Ciri.
—Y, ¿por qué lo hizo? ¿Le gusté?

Geralt se lo pensó.

—Le gustaste. Como a todo el mundo, Ciri…

Menos a Zynnéa, pensó maliciosamente la niña.
El brujo interrumpió la Señal y una luz azul salió disparada de su mano, perdiéndose en el bosque.

—¡Oh! Se fue…
—En buena hora. Vamos, Ciri. Ponte la zamarra y regresemos con Sardinilla.

El brujo cogió la manta y se volvieron hacia el camino. La niña caminaba algo desmañada y arrastraba los pies.

— ¿Estás muy cansada?
—Muy cansada, Geralt.
—Ven, te llevaré en brazos.
—Uf, ¡qué bien!

Y el brujo anduvo con ella de vuelta a la carretera, pisando sus anteriores huellas en la ya escasa nieve.

—Ciri…
—¿Qué, Geralt?
—Cuando estemos en Kaer Morhen… no le cuentes esto a nadie.

Ella le miró extrañada, pero esbozó una sonrisa siniestra que imitaba a la perfección la que había visto alguna vez en los labios del brujo.

—Si te portas bien, me callaré.
—Ciri.
—¿Sí?
—Siempre llevo el cinto puesto. También en Kaer Morhen. Y es muy fácil sacarlo, ni te imaginas.
—Bueno, vale, te lo prometo. Pero olvídate ya del cinto.
—Buena chica.

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Tongue Reto Abril 19: Las hijas de la tarada
Enviado por: Joker - 09/04/2019 11:01 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

LAS HIJAS DE LA TARADA

Erase que se era un muchacho  llamado Tirkash. Era mitad humano y mitad Shreck, o sea que era verde. El tipo andaba por las Siete Repúblicas porque le habían comentado que Brienne de Tarta era una pastelera formidable, y quería probar su culán de chocolate. Sin embargo, el camino hacia la pastelería de Brienne constaba de seis pruebas, según le había dicho Natillas el Semiorco. Y bien, como la voz narrativa a veces resulta un tostón, mejor pongamos unos diálogos.

—¡Ríndete, Rasputín Majara, mago de túnica negra! —dijo Tirkash haciendose el chulo.
—¡Jamás me rendiré, insolente frikazo con ansias gastronómicas! ¡Toma conjuro!

El mago ese, de piel amarilla y con dos iClock como ojos —qué pijo el tipo—, intentó lanzar un hechizo.

—Aserejé, ja, de je, dejebere...¡Aaaaaaah!

Al pobre mago le dió un ataque de asma y no tenía inhalador, por lo que no pudo continuar el enfrentamiento.

—¡Ganador, Tirkash! —dijo Aireada Stark, que ejercía de locutora, mientras su hermana Sebastiana, en cambio, ejercía el arbitraje.

Y de este modo, nuestro héroe superó la primera prueba.

—¡Segunda prueba, hacer algo mejor que Cabote! Ve entrando a su posada y a ver qué se te ocurre, muchachuelo.

Tirkash entró en la posada de Cabote, donde de hecho se alojaba en su estancia en las Siete Repúblicas.

—¡Hola, extraño jovenzuelo de piel color moco! ¿Que te pongo?
—Unas lentejas.
—¡Marchando!

Tirkash se comió las lentejas y se tiró una enorme ventosidad.

—¡Agggggg, qué asco! —rugió Cabote.
—Aguanto el olor pestilente mejor que este señoritingo, siguiente prueba.
—¡Señoras y señores, el simpar Tirkash pasa la segunda prueba! La tercera consiste en zamparse mas bollos que Samuel Charlie.
—¡Pero eso no es justo, me acabo de comer unas lentejas, ahora estoy lleno!
—¡Pues que Samuel se coma otras lentejas y en paz!

Y de repente apareció el orondo Samuel bailoteando.

—¡Viva, viva! Lentejas, lentejas, las tomas o las dejas —canturreó alegre.

Cabote, visiblemente afectado por la derrota, le sirvió las lentejas, y Samuel se las comió en un suspiro.

—¡Buah, que buenas! ¿Eh? ¿Qué...? —exclamó al ver como Sebastiana Stark le cosía el culo.
—No puedo concentrarme en el arbitraje si os empezais a tirar pedotes. Ahora a zampar bollos.
—¡Esto es asqueroso! ¡Humor escatológico de pedos, y chistes de mal gusto sobre dos serios problemas de salud como el asma o la obesidad! ¡Morid, malditos!

La mujer que tan ofendida se mostraba, comenzó a atacarme a mí, al narrador, mientras escribía yo estos hechos.

—¿Quien es esta tía? —preguntó Tirkash
—Es Catalina Stark, nuestra madre —aclaró Sebastiana—. Está tarada.
—¡Ah, ahora entiendo el título!

Y después me desperté en el hospital por la paliza que me había dado Catalina. No recordaba nada, pero vinieron a verme todos los personajes, y también Brienne de Tarta, que me trajo una idem de fresa.

—¿Qué ha pasado? —pregunté con dificultad debido a la mascarilla de oxígeno.
—¡Tirkash superó las pruebas! —me comentó Aireada Stark—, después de zampar más bollos que Samuel, aguantó estoicamente la pesadez y cleptomanía de Tasador Burro, de la raza de los Kindersorpresa, exterminó a Cal Pogo y su ejercito de makokis él solo y...
—¿Y cómo hizo eso? —pregunté sosprendido—.
—No pudieron aguantar cuando hizo una imitación de Henry Stephen, cantando Mi limón mi limonero con bailecito incluido. Murieron de vergüenza ajena.
—¿Y la última prueba?
—Tuve que incubar un huevo de dragón que estaba en casa de un tal Elcagon, que vivía con su tío Garrulo y su primo Norar —intervino Tirkash lleno de orgullo y satisfacción.
—¡Todo esto parecen referencias paródicas a diversas sagas de fantasía! ¡vine aquí a hacer de cronista para contar cosas interesantes! ¡Para volver a mi ciudad y que la gente alucine con lo que yo he visto! ¡Si cuento todo esto, van a pensar que no hago sino chistes de cosas ya escritas!
—Pobre chaval, qué frustrado se siente —comentó compasiva Brienne—. Vamos a dejarlo solo por respeto a su dolor.

Y de este modo, viendo mi decepción, salieron de la habitación en silencio, mostrándose considerados con mi desdichada situación. Yo, apesadumbrado, lamentaba no poder consolarme comiendome la tarta en soledad, pero la mascarilla me lo impedía ¿Para qué me la trajeron entonces, los muy espabilados?. Y aquí, señoras y señores, acaba la historia esta. Si habéis llegado hasta el final, lamento haberos hecho perder el tiempo.

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  Wrixy, el plagio de Wattpad
Enviado por: JPQueirozPerez - 09/04/2019 02:06 AM - Foro: Alrededor de la red de redes - Respuestas (1)

Veréis, existe esta cosa, salida de la mente de Dalas y, no sé, es una copia tan burda que creo que era imprescindible darla a conocer, más estando en un foro de escritores.

Pero, vale, que el diseño sea calcado al de Wattpad puede ser casualidad... Lo que no lo es tanto es el sistema que se ha montado Dalas para sacar pasta: copiando basándose en el sistema de partners de YouTube, una vez alcanzas un mínimo de seguidores (actualmente 1000), a través de anuncios obtienen ganancias, de las cuáles luego da un porcentaje, que desconozco, aunque en ese caso estoy igual que ellos que ante la pregunta de cuánto se puede ganar en la plataforma responden: Depende de las visitas que tengas y el CPM de nuestros anunciantes, así que no te podemos decir una cifra exacta o estimada por desgracia. Ni siquiera podemos decirte con cuántas visitas por mes podrías vivir sólo de Wrixy porque depende también del país donde vivas y del coste de la vida en tu región, además de las variaciones en la monetización de los anuncios. Actualmente no tenemos anunciantes propios, sino que nos beneficiamos de otras grandes plataformas. Esperamos que en el futuro cada vez nuestra monetización mejore, al crecer como plataforma.

Curiosamente, la última vez que mire la página hará un par de meses o así, ni siquiera Dalas alcanzaba ese mínimo; ha cambiado, ahora pasa de los dos mil seguidores y echando un vistazo por encima, creo que es el único que puede ser parte del sistema, así que puede llevarse parte del dinero como director del proyecto o bien hacerlo como director y como partner si le da la gana...

Igualmente, tampoco sé hasta que punto va a funcionar: usan un bloqueador de Adblock, que va fatal, en lugar de saltar automáticamente, lo hace de forma aleatoria —es cierto que antes ya usaba un script del tipo Anti Ad-Block Killer, para evitar estas cosas, pero entiendo que si me ha seguido saltando es porque este blockadblock.com estaba protegido, pero vete a saber—. Igualmente como dice en la respuesta que he copiado antes, actualmente no tienen anunciantes sino que se benefician (¿?) de otras grandes plataformas.

No queriendo dar más publicidad de la que se merece, he de decir que no tiene desperdicio el vídeo donde habla de la plataforma y de porque ya no va a volver a publicar en físico; recordemos que es un tipo que, aunque haya comentado en el tema sobre Patreon que no tiene tantos patrones, gana lo suficiente como para que haber vivido en Irlanda y Andorra para pagar menos impuestos, sea algo que tenga sentido; si quiere puede autopublicarse —aprovecho para entre la basura dar a conocer a NEUH, colectivo de autores autoeditados— o publicar bajo demanda. La manera en la que se victimiza y convierte ser un escritor penoso en una gran conspiración y traiciones por doquier es sublime; lástima que no ponga tanto empeño en escribir como en fantasear en la vida real.

En definitiva, creo que es una buena idea alertar de esto, porque aunque ahora es un sitio prácticamente desconocido, podría viralizarse en cualquier momento, y conociendo a este señor, ya no es que lo que pinta tan bien ahora simplemente no llegue a ningún lugar (por ejemplo que al final no haya sistema de partners), sino que pueda llegar a ser, por decirlo suavemente, problemático.

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