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  ¿Quién es quién? Reto Enero 2019
Enviado por: Geralt de Rivia - 18/02/2019 10:22 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (24)

Qué sí, @Cabromagno, que te he visto aunque te escondás detrás de esa colina llena de zombies del Sacro Imperio de Guerra Mundial Z. Lo mismo a vos @Celembor, aunque me ha parecido un poco fuerte encontrarte desnudo tonteando con esa hoja y con el fuego. Amores imposibles las pelotas, eso fue un auténtico ménage à trois entre especies; aunque claro, ¿quién soy yo para juzgar? Si de perversiones hablamos la de @Sashka se lleva todas las palmas. Mira que enamorarte de un inhumano, mujer, un brujo, un asqueroso mutante que, encima y para más Inri, sólo existe en tu imaginación y en la de cierto desbocado escritor polaco: está claro que para gustos los colores, y que cada uno tiene derecho a vivir sus propias fantasías sexuales, pero lo de 2234 me hace pensar en un hermoso chaleco blanco, de esos que se abrochan por atrás. Igualmente, para depravación la de @Krivus: Depredador -y cualquier otra clase de bicho raro, de tintes reptiliano y mandíbulas batientes- es a nuestro querido moderador lo que Geralt a la anteriormente mencionada; ¿cómo no verlo, entonces, tras las fauces salivosas de Phasmatodea. Otro que está para el Borda es el bueno de @Gothic Bear: tres años pasó el tipo quejándose de que no tenía tiempo para escribir, de que se la pasaba todo el día jugando al Dark Souls laburando a destajo, y cuando por fin se sienta frente a la computadora se manda un fanfic a la altura de Miyazaki, para qué después me digan que soy yo el que tiene erotizada la derrota y la oscuridad. Los héroes también mueren, por lo visto, incluso los más gloriosos.
En fin, podría seguir así toda la mañana, pero se supone que debería estar analizando bases de datos, o al menos haciendo como que lo hago (ya saben: hay que justificar el sueldo), y además, si me cargo todas las autorías de un plumazo los dejo a ustedes sin diversión. Que tome la posta algún otro, entonces, y si es capaz de encontarme se lleva un premio especial.

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  [Fantasía] El Último Deseo (Borrador)
Enviado por: Cross - 14/02/2019 07:08 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (12)

¡Hola amigos!
Me animo a compartir con ustedes el inicio de mi primera novela.
Seguramente tenga decenas de errores (de todo tipo y color), pero quería saber si creen que es un comienzo que los motiva a continuar, o si debería replantearme volver a hacerlo. Y si tienen un ojo más crítico, que cosas debería mejorar en mi escritura (o tener en cuenta en la correción) para que sea más amena.
Si tienen ganas de leer un poco más, les dejo anexado el archivo del capítulo uno completo.
Gracias de antemano. ¡Saludos!
 
 

1.
Liberi Fatali
 
Las gotas de lluvia chocaban frenéticamente contra una lápida cristalina, la cual resplandecía en un tono azulado por la tenue luz de luna que se filtraba entre las nubes. Cael la miraba fijamente. No quitaba su vista de allí, perdido entre las letras de la inscripción que tenía grabada. Sus mechones de cabello negro chorreaban agua a montones, deslizándose por su cara y uniéndose con las lágrimas que caían de sus ojos verdes. Alzó su mirada y contempló el paisaje. Estaba en lo alto de una verde colina. El pasto mojado cubría cada centímetro del suelo, desprendiendo olor a tierra húmeda.
Ese era el lugar favorito de su madre Sarah. La belleza de la colina era impresionante. Desde ese lugar se podía ver tanto su pueblo Dremhaven, como también el río que los separaba de las ruinas de Gardehn. Además, la colina contaba con numerosas flores de diversos colores y formas, que transmitían paz y tranquilidad a quien las mirara. Pero ese no era el caso. No esa tarde.
Las hermosas flores estaban siendo pisoteadas por un montón personas que Cael tenía a su alrededor, gente de su pueblo. Rostros que veía todos los días, pero con los que él no tenía ningún tipo de vínculo. Tanta gente a su alrededor, ¿por lo menos conocían siquiera a su madre, o solo estaban allí por cordialidad?
Su madre Sarah, a pesar de haber sido hija de una familia importante en la capital Gran Nuage, había elegido al lejano pueblo de Dremhaven como el lugar donde establecer a su familia. Rápidamente se ganó el cariño de todos allí. Amable y servicial, siempre a disposición de los demás, generosa y alegre. Cael admitió al instante que en realidad toda esa gente realmente quería y apreciaba a su madre. Tanta gente allí, pero no estaba el, su padre. Cael cerró fuertemente su puño durante un instante, y luego alivió la tensión. Tampoco le sorprendía su ausencia. Su padre se había ido y nunca más había vuelto. Ni siquiera valía la pena perder el tiempo pensando en él.
Cael volvió sus ojos al cielo y contempló durante unos segundos las difuminadas nubes que formaban un gran plano de un asfixiante y sucio gris. Bajó su cabeza y analizó la uniforme cicatriz en su mano derecha. Le ardía, pero no le importó. Su mente vagaba en recuerdos del pasado.
Pensó en el último momento en que vio a su madre con vida. La imagen de ella postrada en su cama, con el brillo de sus ojos apagándose lentamente, pero con una sonrisa. Siempre con una sonrisa.
Sarah había intentado despedirse, pero el no quiso escucharla. En aquel momento estaba negado a dejar morir a su única familia, pero a su vez se veía sumido en la impotencia por no poder salvarla. ¿Porque él pudo curarse y ella tenía que morir? Volvió a ver su cicatriz. Aunque sabía que muy pocas personas eran capaces de sobrevivir a la mortal enfermedad de anezhar, él no quería escuchar a su madre, solo quería salvarla.
Volvió a mirar el cielo, lleno de dolor por no haber podido decir una palabra tan simple: adiós. ¿Seguiría su madre allí, vigilándolo desde alguna estrella, desde algún lugar más allá del cielo? O desde donde sea el lugar al que iban las almas de la gente bondadosa. Porque tenía que existir algún lugar así, su madre no podía haber dejado de existir para siempre.
Las heladas gotas impactaban suavemente en su rostro. Pero el no sentía frío, ni siquiera sentía la lluvia en su cuerpo. No sentía nada salvo dolor. Estaba vació por dentro, y el sentimiento de tristeza al haber desperdiciado el último momento con su madre lo llenaba. Se preguntaba constantemente que hubiera cambiado si él no hubiera escapado aquella tarde. Pero la respuesta era siempre la misma: hubiera tenido la posibilidad de decir adiós.
Una mano se apoyó en su hombro y Cael giró la cabeza para ver quien lo estaba tocando. Pero allí no había nadie. De hecho se percató en que no había nadie más en todo el lugar. ¿Y la gente que hasta hace un instante estaba junto a él? Miró a los alrededores, pero no había ni una persona.
—Cael. —Una conocida y melodiosa voz sonó a sus espaldas.
Cael volvió su vista al sitio en que estaba la lápida, pero esta había desaparecido. Ahora en su lugar se encontraba de pie una mujer con un sencillo vestido de un amarillo apastelado con ribetes blancos. Era una mujer de rasgos delicados, con finos cabellos dorados e intensos ojos verdes. El mismo verde de los ojos de su hijo.
El joven quedó petrificado, pero rápidamente su rostro se transformó en una gran sonrisa.
—¡Mama! —dijo con un nudo en la garganta que le impedía hablar con claridad. Alzó sus brazos, intentando llegar a ella, pero a medio camino se detuvo horrorizado con lo que estaba viendo. Su sonrisa desapareció en un instante.
Los ojos de la mujer empezaron a soltar lágrimas. Pero no eran transparentes como las de cualquier persona, eran lágrimas de sangre. Caían en su rostro mezclándose con la lluvia y dejando un rastró carmesí allí por donde pasaban.
Sarah sonrió, y levantó un brazo hacia su hijo.
Cael, entre dudas y horror, se dejó llevar por su corazón. Con o sin lágrimas de sangre, ella era su madre. Por fin podría despedirse.
—Madre… —dijo alzando el brazo para tomar su mano—. Adi…
Antes de pueda terminar la palabra, en el instante en que sus dedos rozaron a los de su madre, un rayo impactó en el lugar donde ella estaba situada, produciendo un fuerte estruendo acompañado de una luz cegadora.
Cael despertó agitado y transpirado, con la cicatriz de su mano derecha ardiendo suavemente. De nuevo volvía a revivir aquella secuencia de su vida, otra vez con un nuevo final. ¿Cuantas veces más iba a tener que volver a vivir esa pesadilla?
Se sentó en su cama, y con una parte de la sábana secó el sudor de su rostro. Respiró profundamente tratando de despejar su cabeza de aquellas imágenes horribles, pero el ardor en su mano era cada vez más intenso. El dolor aumentaba a cada segundo, produciendo un escozor que hacía a Cael sujetarla con su otra mano fuertemente.
Cael odiaba cada vez más aquella cicatriz, el ardor que le producía, y los recuerdos que le traía. Aunque a veces recapacitaba y llegaba a la misma conclusión: simplemente era una estúpida marca como secuela del Anezhar, considerada la peor enfermedad mortal. No conocía muy bien el tipo de consecuencias que tenían otros pocos afortunados como el, pero sabía que eran muchas de ellas eran peores que una cicatriz. ¿Algún día el mundo encontraría una cura para la maldita enfermedad? No lo sabía, ni tampoco era su mayor preocupación.
El dolor disminuyó a un nivel aceptable. Desde el día que se curó nunca había desaparecido ese ardor. Tuvo que aprender a vivir con el.
Cael tomó un cuadro colocado en una mesita a un lado de su cama, y observó la imagen del mismo. La fotografía estaba tomada en la misma colina en donde había sido enterrada su madre, un campo lleno de flores coloridas y césped verde, iluminados por la anaranjada luz del atardecer. Allí estaba Sarah junto a un niño en cada lado. Uno de ellos era un pequeño Cael de ocho años, quien tenía una tímida sonrisa en sus labios. Y el otro chiquillo, de tez bronceada, cabellos dorados y chispeantes ojos violetas, era su mejor amigo Kommet, quien al contrario de Cael, tenía una sonrisa tan amplia que mostraba todos sus perlados dientes. Así era el, siempre de buen humor.
Ambos estaban abrazados a ella, ambos la querían por igual. Cael recordaba perfectamente aquel día. El viento llevando consigo el perfume de las flores, la comida hecha por su madre para ellos. No tenían mucho dinero para grandes banquetes, pero no lo necesitaban. Eran felices con poco.
—Falta poco para volver a verte madre, solo espérame… —susurró suavemente mientras dejaba el cuadro en su lugar. El día que tanto estaba esperado había llegado.



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Brick [ciencia ficcion]De la Historia y La Ficcion-El Rubicon-
Enviado por: HombreBlancoDelNorte - 14/02/2019 12:53 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (1)

[Imagen: Ces2.jpg]

La libertad..

Libertad!
  li...ber...tad... mm, creo que lo entiendo, decia para sus afueras,lentamente, como un susurro, una voz tenue ,casi un respiro lanzado hacia el manto negro de la noche cuya oscuridad hacia que  resalten aun mas las tres marias ..
  El Rio murmuraba frente a el,otra noche fria mas que se paseaba  a su lado observando las antorchas en el horizonte mientras blandia su espada de un lado a otro...y pensaba..
 
Es facil saber lo que es la libertad cuando se es un pueblo oprimido,un Gladiador en la arena anhelando la misma o un Servil Esclavo recibiendo latigazos pero...por que hago esto? realmente soy libre? .Digo,no soy un esclavo -corta una planta de un minusioso espadazo ,enfunda y sigue patrullando-Mi pueblo Tampoco esta oprimido-En todo Caso,yo seria parte del problema y...

...Tienes unos pensamientos muy peligrosos soladado,podrian afectar tu desempeño en la campaña ,precaucion sugiero, como te llamas?
Maximo ,Mi general disculpe, no esperaba...

   Tus cuestiones son totalmente validas,peligrosas si no se las atiende adecuadamente,pero validas..

   ¿Esta seguro señor de lo q tiene pensado hacer? ¿usted sabe que esto que estamos llevando a cabo y  de lo que soy complice lo pondra en contra de la Republica y podria generar una guerra civil y..?-casi gritando Maximo le pregunta en tono de reproche a su General que lo sigue a la par montado en su caballo negro-

   si quieres vete,eres libre de hacerlo si no adhieres ami causa,yo soy libre de seguirte y matarte,pero tu eres libre de intentar defenderte...como vez no puedo obligarte a que luches para mi, si no quieres mover tu mano esa espada no se blandira en mi nombre ni en el de ningun otro hombre!

   Yo me hago cargo de mis deciciones,ante el pueblo,ante el senado y ante mi propio juicio si es necesario..
Y los hombres libres que estan del otro lado,los matara sin motivo?

 Sin motivo?..quiero esas tierras-se olle relinchar al caballo-ademas..podrian,claro como "hombres libres"  deponer sus armas y no luchar, no resistirse y huir,me ahorrarian gran parte del trabajo ami y a mis hombres,es su eleccion, luchar o no.

-Si,creo que entiendo-Dice Maximo mientras se van acercando al campamento, acompañados del galopar del negro corsel..

  Un silencio se apodera del ambiente,puede sentirse el olor de las antorchas siendo lentamente consumidas por el fuego,una brisa fria nos acaricia el rostro,el sonido emitido por las placas de las armaduras  golpear entre si es cada vez mas pronunciado,el griterio se va haciendo presente ,subitamente nos encontramos rodeados de  un peloton de soldados romanos y los que faltan aun, van deponiendo sus actividades para agolparse al rededor nuestro lo mas rapido posible. Los ruidos van cesando lentamente hasta que en total silencio y calma, nos observan,como un aguila su presa,esperan algo de nosotros,cada una de sus caras muestran intriga , algunas incluso preocupacion..

En voz baja ,el general le susurra a Maximo  moviendo acotadamente la parte derecha de su boca y desde lo alto de su caballo..

"Entonces muchacho,decide tu proposito en la vida y dime si vienes o no porque como veras..."

¡¡LA SUERTE ESTA HECHADA!!
Exclama Cesar mientras levanta su mano en lo alto!

Los gritos se hacen presentes en el campamento y las caras se transforman ahora en caras  desafiantes de guerra que se deforman por gritar..

   ¡¡ A LA ORDEN  MI GENERAL! !

-exclama un soldado de alto rango con una cresta roja en su casco-
YA OYERON A CESAR, A MOVERSE ,ESTA NOCHE CRUZAREMOS EL RUBICON!

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  Reto Ene19: El Sacrificio
Enviado por: Joker - 10/02/2019 11:04 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

EL SACRIFICIO


La tarde apenas comenzaba a caer cuando Arianna llegó a Luria.
Bajó de la montura de un salto y siguió a pie mientras se adentraba en la aldea. El silencio era total, al punto que sólo se oía el sonido sordo de los cascos de su yegua sobre el suelo lodoso.
Arianna había viajado durante varios días sin rumbo fijo, buscando una nueva misión. Era lo que había hecho desde su juventud, ganarse la vida como mercenaria. Pero su vagar había sido poco fructífero durante las últimas semanas.
El pueblo al que había llegado, guiada por el destino o la casualidad, parecía un poblado fantasma. Caminó por el camino principal, una simple calle de tierra. Las casas a un lado y otro eran austeras y de aspecto antiguo. Notó que en algunas ventanas unos rostros adustos se asomaban y la observaban pasar, para esconderse enseguida tras las cortinas o cerrando los postigos si se les quedaba mirando fijamente.
Para su alivio, no era un pueblo abandonado.
Más adelante divisó algo de movimiento, unas personas paradas en la puerta de un edificio. El sonido de vociferaciones llegó enseguida. Independientemente de lo pobre que fuera un pueblo siempre había una posada. Luria no era la excepción.
Arianna apresuró el paso, mientras guiaba a la yegua hacia la entrada de la posada.  
Cuando llegó a la puerta, ató a su montura a un poste y entró al recinto.
Era la típica taberna de pueblo, poco iluminada y llena de polvo. Todos los presentes eran pueblerinos, algo que no le resultó demasiado extraño, ya que un lugar tan alejado de la civilización no era lo más atractivo para los viajeros.
Las miradas se posaron inmediatamente sobre ella. Las visitas no eran habituales, menos aún mujeres de aspecto rudo y armadas como guerreras. Arianna también llamaba la atención por su talla y porte. Era alta, de fuerte complexión. Su cabello negro ensortijado caía por encima de sus hombros y estaba cortado de forma descuidada. Unos mechones blancos caían sobre su frente. Su rostro tenía una expresión recia y su piel estaba curtida por las largas jornadas vagando por tierras y climas muchas veces inhóspitos.
En el recinto se hizo silencio. Luego, unos susurros se oyeron entre las mesas, pero se apagaron apenas la mujer posó sus ojos entre los chismosos, que bajaron la vista de inmediato para continuar en sus asuntos.  
Arianna se acercó a la barra. El posadero, un hombre regordete de aspecto nervioso, hizo una reverencia torpe y se apresuró a tomar su pedido.
—Dame lo más fuerte que tengas —dijo la mujer, con una media sonrisa burlona.
El hombre asintió y se retiró. Unos instantes después regresó y dejó la bebida frente a la mercenaria.
Arianna bebió la mitad de un sorbo. Aguardiente barata, aunque lo suficientemente buena para un lugar de mala muerte como era ese pueblo.
La mujer miró a su alrededor. Se resignó a que el alcohol de mala calidad sería lo más interesante que iba a encontrar entre esos aldeanos. Estaba decidiendo si pasaría la noche allí o seguiría algo de camino para acampar en las afueras, cuando algo llamó su atención.
Una mujer entró a los gritos a la taberna. Era joven, pálida y delgada, y estaba bañada en lágrimas.
—¡Por favor, que alguien me ayude! —la mujer suplicaba con desesperación, mirando a todos a su alrededor.
Algunos de los pueblerinos se acercaron, otros se mantuvieron a distancia, pero todos observaban la escena. Arianna también observaba desde el taburete, mientras apuraba lo que le quedaba de su trago.
—¡Se llevaron a mi niño, los demonios se llevaron a mi niño! —gritó, mientras caía de rodillas.
La mujer cargaba algo en sus brazos, una manta vacía que dejó caer al suelo.
Los pocos pueblerinos que se habían acercado a la joven dieron un paso atrás al oírla, algunos se retiraron lentamente, volviendo a sus asientos y fingiendo indiferencia, otros salieron de la posada de regreso a sus casas.
La mujer veía desesperada cómo el círculo de personas que la había rodeado la dejaba sola. Sólo una anciana permaneció a su lado, una mujer encorvada que le sujetaba la mano tratando de calmarla.
Arianna se acercó. La joven posó sus ojos sobre ella.
—¿Demonios? —preguntó la mercenaria.
Se hizo un silencio tenso y luego la joven rompió a llorar mientras se enjugaba el rostro con la manta. Finalmente la anciana que estaba a su lado habló.
—Los demonios del camposanto. Se roban a nuestros niños desde que tengo memoria.
Arianna se relamió, pensando que tal vez se le estaba presentando la oportunidad que deseaba.
—Hábleme de esos demonios, anciana —preguntó la mercenaria, notando que la joven madre estaba hecha un ovillo y sollozaba en el suelo.
—Están en el camposanto que está justo al sur, detrás de la colina que está a la entrada del pueblo. Es un lugar maldito que nadie sabe quién construyó. Allí habitan las criaturas. Son seres horrendos, de cuerpos putrefactos y huesudos. Nada los puede matar, si es que se puede decir que estén vivos. Ni siquiera le temen al fuego. Se roban a uno de nuestros niños una vez al año, nunca podemos prever cuando. Pero nunca más sabemos de ellos. Los perros aúllan a la medianoche cada vez que ocurre. Debes saber lo que eso significa. Los perros anuncian una muerte cada vez que cantan a la luna.
—Sacrificios…  —la mercenaria dijo, pensando en voz alta.
—La anciana asintió.
Arianna pensó un instante. Por la descripción no parecía tratarse de más que unos simples necrófagos. Destruirlos no sería muy problemático, se había enfrentado a ese tipo de seres más de una vez y tan sólo bastaba con desmembrarlos para volverlos inofensivos. Y donde había necrófagos había un nigromante. La clave era matar al titiritero para que los necrófagos volvieran a ser unos simples cadáveres.
—¿Qué tienes para ofrecer a cambio de que recupere a tu hijo? —dijo la mercenaria a la joven, con total frialdad.
La mujer dejó de sollozar, se arrastró a los pies de Arianna y le suplicó.
—Tendrás mi eterna gratitud. Y este pendiente de plata que perteneció a mi familia. Es lo más valioso que poseo —la mujer se desabrochó la cadena que rodeaba de su cuello y de la que pendía un símbolo plateada en forma de cruz, y se la ofreció a la mercenaria.
Arianna tomó el pendiente y lo miró a la luz de una lámpara, parecía de plata auténtica.
—No es suficiente, no me arriesgaré por tan poco —contestó mientras arrojaba el colgante de regreso a la mujer.
La mujer se abrazó a su pierna y volvió a suplicar.
—Te ofrezco todos mis ahorros, unas pocas monedas de plata, pero por favor ayúdanos —pidió la anciana, en apoyo a la afligida madre.
El silencio lentamente fue rompiéndose. Varios pueblerinos se sumaron al pedido y prometieron sus ahorros si lograba liberarlos de los demonios.
Arianna estaba logrando su cometido, exprimiría hasta la última moneda del pueblo por una tarea que no parecía demasiado complicada.
Finalmente el posadero se acercó, y abrió una bolsa ante la mercenaria. Estaba llena de monedas de oro.
—Serán tuyas, junto a todo lo que ya te han ofrecido, si logras destruir a esas bestias y traes de vuelta al hijo de esta mujer. Esos monstruos se llevaron a mi hijo el año pasado —dijo el hombre, con los ojos enrojecidos por el dolor del recuerdo.
Arianna sonrió interiormente.
—Tendré que partir de inmediato, antes del sacrificio de medianoche. Volveré con el mocoso y me llevaré todo lo que me han ofrecido, es un trato —advirtió, observando a todos los presentes.
La joven madre dejó de sollozar y se abrazó a la pierna de la mujer agradeciéndole. Ésta se sacudió para apartarla y salió de la posada.


El manto de la noche se derramaba sobre la línea rojiza del horizonte cuando Arianna llegó al camposanto. Pronto iba a anochecer. No era lo más prudente enfrentar seres malignos durante las horas de oscuridad, pero no tenía otra opción, tenía que llegar antes de la medianoche.
El camposanto era un lugar vetusto, rodeado de unas murallas bajas y derrumbadas en su circunferencia, que poco servía ya de cerco. Las puertas de rejas oxidadas estaban medio desprendidas de sus bisagras, abiertas de par en par y semienterradas en el fango.
La yegua relinchó y se encabritó cuando se acercaron. Arianna la espoleó un par de veces, pero el animal se negó a avanzar. Volvió a erguirse sobre sus patas traseras, al punto que arrojó a la mujer al suelo.  
—¡Maldita! —gritó, mientras se ponía de pie y se sacudía la tierra de la ropa.  
La montura se alejó al trote.
—¡Lárgate, compraré otra bestia mejor cuando termine con esto!
Se adentró en el camposanto. Las tumbas eran un conjunto de lápidas derruidas y amontonadas, cubiertas de líquenes y moho. Algunas eran tan viejas que apenas se leía alguna inscripción en un idioma que la mercenaria desconocía.
Siguió caminando, atenta a cualquier movimiento, con la mano en la empuñadora de la espada. Cuando estuvo cerca de un mausoleo algo la alertó. Un movimiento, una sombra que se movió furtiva entre las piedras.  
Esperó un instante y una silueta emergió. Un ser esquelético de brazos largos y huesudos. El rostro era una calavera con la piel colgante y uno ojos blancos y pútridos. Un necrófago ordinario, tal como Arianna había supuesto.
El ser abrió la boca y le mostró los dientes afilados. Lanzó un grito agudo mientras se abalanzaba sobre la mercenaria, con una velocidad inesperada para un ser de aspecto tan desgarbado.
Arianna desenfundó la espada y antes que la criatura pudiera ponerle las garras encima le arrancó la cabeza de un golpe.
La cabeza cayó a varios pasos, chillaba aún con furia y mordisqueaba en el aire. El cuerpo decapitado siguió su curso arrojándose sobre la mujer, pero ésta lo esquivó ágilmente y descargó su espada cortándolo en dos.
Las piernas quedaron temblando en el suelo y el torso se arrastró buscando ciegamente a la mercenaria. Arianna se acercó y le cortó ambos brazos, impidiéndole la movilidad.
Pero la mujer no bajó la guardia, ya que donde había un necrófago siempre había muchos más.
No se equivocaba. Varios de estos seres emergieron de entre las tumbas, rodeándola. Eran rápidos a pesar de su débil apariencia. Arianna sabía que no debía dejar que la atraparan con sus garras porque eran más fuertes de lo que parecían. Y sus mordidas eran letales.
Las criaturas la atacaron pero la espada de la mujer hendía el aire haciéndolo silbar, mientras cercenaba brazos, piernas y cabezas. A pesar del número no eran rivales para ella.
Finalmente, luego de varios embates, se encontró rodeada de miembros y vísceras, como un como un campo de batalla tras una cruenta contienda. Con la diferencia que los restos de los cadáveres no dejaban de moverse y arrastrarse como gusanos a su alrededor.
Si tenía tiempo, los prendería fuego más tarde. Primero tenía que exterminar al amo de los necrófagos para romper el hechizo que los mantenía vivos en la muerte.
Se volvió, atenta a su alrededor, presta a volver a combatir, cuando oyó el llanto lejano de un niño.
Aguzó el oído y notó que el mismo provenía de una construcción más adelante, un edificio algo más grande que no parecía un mausoleo, sino una especie de capilla de piedra negra, algo derruida pero aún en pie.
Se acercó y cuando llegó a la entrada de la capilla, la arcada sin puertas la recibió, una boca de negrura que parecía haber condensado la noche en su interior. Encendió una antorcha e iluminó el vestíbulo antes de dar los primeros pasos dentro de la construcción.
El interior era bastante amplio y tan oscuro que la luz de la antorcha apenas iluminaba el recinto. El techo apenas se veía como una sinuosa superficie gris. Dos hileras de bancos flanqueaban un pasillo ancho, que conducía adelante a más negrura, allí donde debía haber un altar en una capilla normal.
Avanzó unos pasos. El llanto del niño volvió a escucharse, esta vez con más claridad, en lo profundo del santuario.
Apresuró el paso hasta que una voz grave y cavernosa la detuvo.
—Regresa por donde viniste mujer, los que derrotaste allí afuera son apenas la antesala del aquelarre. No interrumpas el rito sagrado, es noche de sacrificios.
La mujer rió, y se detuvo, desafiante.
—Muéstrate, brujo, he venido a matarte y terminar con esto. Entrégame al niño y tu muerte será rápida. No me lo entregues y conocerás el significado de la palabra dolor.
De inmediato el recinto se iluminó mostrando sin pudor el interior del recinto. La antorcha se le apagó de súbito, obra del algún hechizo. El techo abovedado estaba enteramente pintado con escenas de tormentos infernales, mostrando innumerables seres humanos siendo torturados por demonios en las formas más atroces. Las columnas estaban adornadas con esqueletos que colgaban de ellos en posiciones retorcidas y tortuosas. Había varios altares alrededor, con unos santos deformes de aspecto siniestros. Todo el suelo alrededor estaba atestado de huesos y cráneos humanos.
Adelante, sentado en un trono de granito, un hombre aguardaba. Su rostro era pálido, los pómulos estaban hundidos. Los ojos eran negros y la mirada vacía.
Las ropas amarillas que vestía parecían un atuendo ceremonial, elegante en alguna época, ahora era un conjunto de harapos deshilachados que le daban un aspecto enfermizo. Sobre la cabeza calva llevaba una especie de mitra ceremonial cubierta de polvo y telarañas.
—Tuviste tu oportunidad, mujer, ahora recibe el abrazo de la muerte —sentenció el nigromante, mientras se ponía de pie y elevaba el brazo. De su boca comenzaba a brotar un cántico tenue y gutural.
Arianna corrió hacia él y con un salto se le plantó justo delante. La espada hizo un tajo en el pecho del hombre, que chilló de dolor mientras trastabillaba y luego cayó desparramado sobre el trono. La sangre negruzca manchó sus ropas sucias y los ojos desorbitados observaban incrédulo a la mujer que había interrumpido su maldición con una velocidad inesperada.
La mercenaria sonreía burlona y triunfante, levantó la espada y de un golpe cercenó el cuello del brujo. La cabeza rodó dejando un rastro oscuro y rojizo, yendo a parar contra una pila de huesos.
—Golpea primero y habla después, llévate esa enseñanza para tu próxima vida —comentó la mujer.
El llanto del niño volvió a sonar. La mercenaria se encaminó detrás del trono. Una arcada al otro lado daba a un pasillo oscuro y al final del mismo se veía una habitación iluminada.
Avanzó con cautela por el pasillo y llegó a un recinto circular, decorado con el mismo estilo macabro de la capilla anterior.
En el centro del mismo había un altar de piedra, lleno de inscripciones rudimentarias. Sobre el mismo una manta envolvía a la criatura que lloraba. La mujer se acercó y recogió la manta y la desenvolvió para darle aire al niño, que parecía ahogarse en su interior.
Pero de inmediato la soltó y dio un salto hacia atrás. Casi vomitó del asco al ver lo que se retorcía en el interior ensangrentado de la manta. Un antebrazo y una mano humanos que se retorcían y saltaban como un pez fuera del agua.
Arianna dio unos pasos hacia atrás, confundida, viendo el miembro convulsionado en el suelo hasta que detrás del altar una figura emergió, una mujer delgada y pálida, con las ropas andrajosas y el cabello revuelto. Era la supuesta madre del niño. Reía compulsivamente, observándola con los ojos desorbitados, mientras se arrastraba por encima del altar con los movimientos de una araña. Chillaba imitando el llanto de un niño, mientras de entre los dientes afilados le caía un hilo de babas sanguinolentas.
De las sombras del fondo emergió otra figura. Reconoció en ella a la anciana de la taberna, con un aspecto igual de decrépito que la otra mujer.
Arianna se volvió para huir, pero detrás de ella una turba de necrófagos había ingresado por el pasillo, impidiéndole la huída. Desenvainó la espada, lista para aniquilar a todos a su alrededor. Pero algo la detuvo.
En medio de los cadáveres, se abrió pasó una figura. Un ser vestido con andrajosas ropas amarillas.
—No puede ser, te he asesinado… —dijo incrédula.
— No puedes matar lo que yace eternamente... —sentenció el recién llegado.
—¡Sí que puedo, maldito brujo! —gritó ella, levantando la espada y abalanzándose otra vez sobre el nigromante.
El hombre levantó el brazo y de inmediato Arianna salió impulsada hacia atrás, golpeándose contra el altar de piedra.
—Me confundes con un simple nigromante, mujer. Pero soy mucho más que eso, soy Astareth, Señor de los Muertos.
Mientras intentaba recuperarse, Arianna notó que una garra la sostenía con firmeza contra el suelo. Era la joven de rostro desquiciado, la falsa madre que con su brazo libre acunaba el miembro cercenado y tembloroso entre la manta, como si se tratara de un verdadero niño. Del otro lado la anciana tullida la sostenía también con sus garras, impidiéndole levantarse.
—Los habitantes del Luria han cumplido nos han enviado un alma impía una vez más! ¡Comed, hijos míos, saciaos de la carne de esta infame!
Arianna, aún aturdida, observó el rostro del nigromante que se descomponía y agusanaba mientras se le acercaba.
—¡Tan sólo dejadme su negro corazón, hijos míos, un cáliz de negra sangre en honor a nuestra adorada Muerte!
Esto fue lo último que Arianna escuchó, a excepción de su propio aullido de dolor cuando un mordisco le arrancó el primer trozo de carne.

En el pueblo ya era medianoche y un perro comenzó a aullar al escuchar el grito de dolor en la lejanía. Luego se sumaron otros perros, formando una espectral sinfonía.
La música de los hijos de la noche, la señal del pacto que llevaría paz, durante un tiempo más, al pueblo de Luria y sus habitantes.

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  Reto Ene19: Sacro Imperio Zombie
Enviado por: Joker - 10/02/2019 10:59 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (13)

Era una lúgubre mañana otoñal y un mar de nubes cubría el cielo con el color de la ceniza, como si el humo de las hogueras encendidas por los soldados del ejército imperial se quedara parado sobre sus cabezas en vez de dispersarse. Era casi mediodía, pero no se había visto el sol en toda la mañana, y el frío hacia tiritar a los soldados, que se refugiaban junto al calor del fuego. El conde Otto von Hohenheim de Ortenburg descansaba sentado junto a una gran hoguera junto a unos pocos miembros de la nobleza imperial. El resto habían salido junto al emperador Luis de caza por la mañana y no regresarían hasta el anochecer, por lo que estaba previsto que el ejército acampara allí una noche más.

—Hace un mal día —comentó un miembro de la nobleza sajona, llamado Wilfredo, mientras miraba al cielo. Durante la campaña Otto y él se habían hecho muy amigos.
—Malos son los tiempos que nos han tocado vivir —comentó Otto frotándose las manos junto al fuego.
—¿Qué creen vuestras mercedes que son… esas cosas? —preguntó un hombre bajito, de aspecto rubicundo, del que Otto había oído que era un familiar del duque de Luxemburgo llamado Guillermo.
—Escuche a un obispo italiano que consiguió huir de Venecia decir que eran los mismísimos hijos de Belcebú —respondió el sajón hincándole el diente a una pata de conejo.
—Esa es una opinión muy extendida —comentó Wilfredo.
—A mí me contó un fraile que pudiera ser una enfermedad que hace revivir los cuerpos de los muertos, más para entonces su alma ya ha subido al cielo y por eso no se comportan como humanos —dijo un tercero, un hombre alto de la nobleza austriaca.

Desde el otro lado del campamento empezó a llegar un murmullo de voces cada vez mayor, algunos de los presentes levantaron la vista en aquella dirección, pero nadie le dio importancia.

—¿Una enfermedad, decís? —preguntó el sajón para retomar la conversación.
—Si —intervino Otto—, yo también he oído esas historias. Es más, juraría que alguien me dijo que en un monasterio habían conseguido inmovilizar a uno de esos no-muertos y lo habían intentado sanar.
—¿Cómo lo hicieron?
—Con sanguijuelas, su remedio para todo —respondió Otto con teatralidad—. Adivinad el resultado.

Todos se echaron a reír, pero pronto se apagaron sus risas cuando un jinete de la guardia imperial se acercó al lugar y desmontó. El hombre tenía el rostro desencajado, sus vestiduras estaban salpicadas de sangre, y tras bajar del caballo se quedó de pie, callado, sin saber muy bien que decir. Era obvio que traía malas noticias.

—Por el amor de Dios soldado, hablad —le exhortó Wilfredo.
—El emperador ha muerto. Y también el duque de Luxemburgo.

Nadie había esperado unas noticias tan malas, lo cual se reflejo inmediatamente en sus caras. Guillermo se echó las manos al rostro.

—¿Cómo diablos ha ocurrido? —preguntó Otto poniéndose en pie de un salto.
—Los demonios nos atacaron durante la cacería, en la espesura del bosque no los vimos venir, hasta que fue demasiado tarde… Ahora se dirigen hacia aquí, hay cientos o miles que vienen desde las llanuras del sur —dijo el soldado señalando en aquella dirección.

Otto desvió su mirada al suelo, le parecía inconcebible que el emperador Luis IV pudiera haber muerto. Las esperanzas de toda la cristiandad estaban puestas en aquella campaña, y la muerte del emperador daría al traste con todo… El murmullo de voces que habían escuchado un rato atrás ya se había extendido por casi todo el campamento, hasta el último de los soldados se habría enterado ya de la noticia.

Otto sabía muy bien lo que iba a ocurrir a continuación, los distintos duques y reyes del Sacro Imperio volverían a sus tierras, ya que mientras no se eligiera un nuevo emperador nadie aceptaría ponerse a las órdenes de otro señor.

En cuestión de minutos el campamento se convirtió en un hervidero de actividad cuando los distintos señores daban órdenes a sus hombres para preparar la partida de regreso a sus hogares. Pero muerto el emperador, que era además duque de Baviera, Otto estaba ahora al mando de las tropas bávaras. Estás seguían sin saber que hacer, dado que el conde seguía junto a la hoguera, ahora solo, meditando.

Los hijos pequeños de Luis IV estaban en Baviera, pero el hijo mayor, y heredero del ducado, se encontraba en tierras italianas con la avanzadilla del ejército imperial. Técnicamente, él era ahora el duque, y era el deber de Otto como leal súbdito rescatarlo, aunque probablemente estaría muerto, y la misma suerte tendría quien se internara en aquellas tierras. Tres capitanes se acercaron a la hoguera para ver si Otto tenía alguna orden que dar. Él se giró hacia ellos, respiró hondo y tomó una decisión.

—Tú —dijo señalando al más cercano—, reúne a las tropas, las quiero listas para partir en una hora. Tú —dijo señalando al siguiente—, envía a alguien a decirles al resto de señores que nosotros continuamos adelante como estaba previsto, y que si alguno de ellos pretende ocupar el trono imperial, que piense que primero debería que evitar que el imperio desaparezca. Tú —le dijo al último—, tráeme una copa de vino, y envíame a mi escudero.

Cuando este último se disponía a irse, Otto le llamó de nuevo.

—¡Espera! —Gritó— Mejor tráeme una botella.

Los tres hombres salieron raudos a cumplir las órdenes del conde, mientras este se quedó otra vez pensativo junto a la hoguera. Mientras, los cuernos resonaban por todas partes llamando a los soldados de las distintas facciones, y los primeros grupos de soldados empezaban a salir ya hacia el norte.

Al poco llegó a la carrera su escudero, portando él mismo la botella de vino. Otto se la quitó de las manos cuando este se disponía a hacer una reverencia y echo un largo trago. Hacía rato que lo necesitaba. Después se dirigió a su escudero.

—Tráeme la armadura, mis armas y mi caballo, ya ensillado. Rápido.

El escudero salió de nuevo a la carrera para cumplir las órdenes del señor. Nada más irse este, un soldado se acercó.

—Señor, me envía el capitán Müller, ningún gran señor ha accedido a quedarse… aunque algunos señores menores si han decidido hacerlo por su cuenta. Wilfredo de Dresden, y Guillermo de Goesdorf entre ellos.

Otto asintió. No esperaba menos de Wilfredo, y suponía que Guillermo tenía ganas de vengar la muerte de su duque, al que le unían lazos de sangre.

Poco después de la hora del almuerzo, las huestes bávaras, sajonas y luxemburguesas estaban listas para partir. Otto, Guillermo y Wilfredo habían decidido en una apresurada reunión marchar hacia el sur, hacia las llanuras donde habían avistado a los demonios los supervivientes de la partida de caza. Las tropas que habían reunido eran en su totalidad soldados de caballería, por lo que esperaban poder aplastar con facilidad cualquier oposición de demonios, no-muertos, enfermos, o lo que quiera que fueran, ya que estos luchaban a mordiscos y arañazos.

El cuerno sonó una vez y la columna de caballeros se puso en marcha. Al cabo de media hora salieron de la zona boscosa, y pasaron a avanzar en formación de combate. Contaban con un total de alrededor de cinco mil hombres y otros tantos caballos que dispusieron en cinco filas de mil hombres cada una. No tardaron en avistar a los primeros demonios en lo alto de una colina. Había cientos, y el ejército se detuvo a la espera de que se diera la orden de atacar.

Otto, tal vez por influencia del alcohol, ya que no tenia costumbre de hacer tales cosas, se giró entonces hacia los hombres y los arengó.

—¡Soldados de Baviera, de Sajonia y de Luxemburgo! —Gritó— ¡Que no os asusten los demonios, o lo que quiera que sean esas cosas! ¡Dios todopoderoso está con nosotros, y nuestra será la gloria de emprender una cruzada contra el mismísimo demonio! ¡Bajemos al infierno para poder ascender al reino de los cielos!

Los soldados clamaron, y cuando los tres señores dieron media vuelta y espolearon a sus caballos, sus cinco mil hombres les siguieron, dispuestos a acabar con todo no-muerto que se les pusiera por delante. Cabalgaron colina arriba lanzando toda clase de gritos de guerra, exhortándose unos a otros, y los demonios que bajaban por la colina fueron arrollados sin piedad por la caballería bávara, sajona y luxemburguesa. Pero cuando alcanzaron la cima de la colina, el horror se reflejó en sus ojos. Del otro lado, se extendía una masa demoníaca de decenas de miles de individuos, cientos de miles, incontables. Por un momento las tropas redujeron el paso, incluso pareció que iban a detenerse, más la convicción de que Dios estaba de su parte les animó a cargar de nuevo.

Bajo el ceniciento cielo otoñal de aquella tarde de mil trescientos cuarenta y siete, cinco mil hombres perdieron sus vidas heroicamente exterminando a decenas de miles de aquellos demonios. Y su gesta fue cantada en todas las plazas, palacios y castillos de la cristiandad.

Al menos, durante los pocos años que tardó la enfermedad en expandirse por toda Europa, pues toda lucha contra ella resultó inútil.

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  Reto Enero 2019: Paria
Enviado por: Joker - 10/02/2019 05:59 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (11)

La subida hacia el enclave era más empinada de lo que recordaba. Así pensaba el jinete, que se protegía de lo peor del viento invernal con una recia capa oscura salpicada de barro. Al fin, tras doblar un recodo encharcado, la mole de la Posada del Último Justo se cernió sobre él. La observó por unos momentos, antes de dirigir su montura hacia unos portones laterales.
—Cuanto tiempo sin venir por aquí, ¿eh Oriandas?
Palmeó afectuosamente el cuello del caballo, un soberbio ejemplar castaño. Realmente, hacía mucho que nadie había requerido sus servicios en aquella comarca. Y nunca por razones tan singulares como en aquella ocasión. Por suerte para su pagador, los escrúpulos no eran la principal característica de Otto Konig.


La sala principal de la posada estaba atestada, como correspondía a los inicios de una tempestuosa noche de invierno en aquellos parajes. La Marca de Lienzo del Averno no era una tierra amable con sus habitantes, extremadamente fría en invierno y tórrida en verano, barrida por vientos eternos y tormentas frecuentes. Era la frontera, en la cual la Marquesa Arabella, una beldad de admirada cabellera rojiza, similar a un torrente de hojas otoñales, ejercía con puño de hierro su autoridad, encargada de impedir cualquier incursión de los diabólicos seres que pululaban en el país vecino, una desolación sin ley que no reconocía más autoridad que la de terroríficas deidades y oscuros entes primigenios.

En opinión de todos, Lienzo del Averno, El Lienzo para abreviar, era el Infierno en la Tierra, separado del mundo de la precaria civilización por un tupido velo de magia elemental. Sólo había camino de ida, nadie podía volver sobre sus pasos una vez que dejaban la Posada del último Justo a sus espaldas.

Claro que, en ocasiones se producían muy singulares excepciones.

El viejo Bernard miraba hacia la concurrencia con nerviosa expectación. Apenas había tocado la pinta de espumosa cerveza, y eso era algo digno de mención.

—¿Qué diablos te pasa hoy? —le dijo Damián, su camarada de borracheras.

Bernard, como recordando el verdadero motivo de estar allí, tomó la jarra y dio un eterno trago. La posó de un golpe y eructó. Damián aplaudió.

—Eso es otra cosa.

Pero Bernard seguía más tenso que una vara. Se rascaba su tupida barba rubicunda como si quisiera encontrar algún tesoro. Se volvió hacia su amigo con la mirada encendida.

—Y tú, ¿cómo puedes estar tan tranquilo? — le dijo.

La barahúnda de los alrededores obligaba a alzar bastante la voz para hacerse oír y ambos amigos acostumbraban a hablar a gritos, pero ahora el tono de Bernard era bajo y obligó a Damián a acercar la oreja.

—¿Qué quieres decir?

—¿No has escuchado lo que se dice por ahí? ¿Estás tonto o que te pasa?

Damián hizo un gesto de desdén y se recostó con una sonrisa de suficiencia. Bebió a la salud de Lady Arabella.

—¡Sólo rumores, bah…!

Bernard le agarró el brazo con fuerza. Con una fuerza espantosa, de hecho.

—¡Ay, pero qué coj…!

—¡Cállate! Rumores, rumores…¿y eso de ahí qué es? ¿También rumores?

Señaló con disimulo a una zona concreta de la gran sala. Allí, en medio de varios grupos de parroquianos, unos más juerguistas y otros menos, había una zona particularmente ajena a todo. Un hombre enjuto al que le brillaban salvajemente los ojos era el epicentro. Sus vestimentas eran cuando menso curiosas, de una elegante sobriedad salpicada con símbolos de poder. Otros dos hombres, de aspecto recio y a la vista armados con pistola y maza, permanecían sentados a su alrededor con ademán protector.

—¡Que me ahorquen si ese no es un Factor de la Marca! —dijo Damián— . Hasta me suena su cara.

—Por esta vez te salvas del patíbulo. Si no me equivoco es Jonás Aldermann, un cabronazo que viene por aquí cada vez que se huele algo. No sé de qué medios se sirve, pero siempre acierta.

La actitud de Damián, antes más próxima a la de un borracho típico del lugar, se volvió más apocada. Estaba claro que bastante gente en la posada, por no decir casi toda, se había dado cuenta de aquella presencia. Aun así, las ganas de alejar tanto los malos humores como el ulular de la tormenta exterior, hacía que el populacho humilde se dejase llevar por el atracón de bebida y ruidosa compañía.

A fin de cuentas, no era al común de los mortales a quien perseguía un Factor de la Marca. Si estaba allí en aquellos instantes, acompañado de sus guardaespaldas y en actitud vigilante, sin duda era porque alguien había escapado del Lienzo y se hallaba entre las buenas gentes temerosas de Dios, probablemente en aquella misma posada y en aquellos precisos instantes, mancillándolos a todos con la podredumbre y la perfidia del Averno.

En ese momento se abrió la puerta doble que daba al vestíbulo. Un hombre alto y delgado entró en la sala principal, con una actitud que pretendía ser ordinaria, si bien su apariencia le delataba como persona de acción. Llevaba ropa de viaje y en un momento dado la capa oscura se abrió y dejó ver con claridad un jubón desgastado parcialmente cubierto por un peto de cuero tachonado que mostraba muescas de golpes de todo tipo. Una ballesta de mano le golpeaba indolente en la pierna y una espada corta presta a ser usada colgaba del cinto.

El forastero, pues por fuerza tenía que serlo, se sacó el sombrero de ala ancha y sin más preámbulos buscó acomodo en lo más profundo de la vorágine.

—¡Que me ahorq…! —empezó Damián.

—Parece que tienes ganas de soga. Pero sí, un cazarrecompensas, como que mi barba me seguirá a la tumba —terminó Bernard.

Su amigo le miró con un atisbo de piedad. La historia de Bernard y su sufrida esposa había sido peor que triste, tras la pérdida de su amado hijo, secuestrado y asesinado en los aledaños del Lienzo por a saber qué criatura, una con el poder o la perfidia suficiente como para conseguir obviar las barreras mágicas. Nunca se habían recuperado de la pérdida, tampoco del dineral que le habían pagado a uno de aquellos mercenarios para encontrar el rastro del muchacho. Al menos el hombre había cumplido su parte, y los restos destrozados del muchacho habían encontrado sepultura en la pedregosa finca de sus padres.
Desde entonces bebían juntos cada noche, cada uno para espantar sus propios demonios.

—Esto se va a resolver aquí mismo, durante esta misma velada —dijo Bernard.

Damián no lo tenía tan claro. Agarró a una moza por el brazo para pedirle más bebida. Ésta se lo sacudió de encima como si fuese una mosca rojiza de esas que abundaban por los alrededores, de las que al parecer chupaban la sangre y envenenaban el alma. Pese a todo, en el siguiente viaje les trajo otro par de jarras llenas a rebosar. Una hora pasó sin suceder nada remarcable, sin embargo nadie parecía querer retirarse a su casa. Todos presentían que algo importante iba a tener lugar, allí mismo en aquella sala atestada. Todos tenían miedo, pero la fascinación por ver la escena final de una cacería era superior al temor. Sin duda, la bestia estaba acorralada, y había escogido aquel lugar para esconderse.

—A lo mejor no está aquí —terció Damián—. La criatura o lo que sea, digo. Puede que está por los alrededores y ese Factor solo esté tomándose un descanso antes de salir a por ella.

—Te daría la razón si el tipo no estuviese en trance desde hace un buen rato. Creo que está haciendo uso de esos poderes de los que alardean, y si lo hace será porque presiente que la presa está al alcance de la mano.

—Lo que tú digas. Aunque ya me dirás por qué no nos manda salir a todos de la sala. Esos avernales son dañinos y peligrosos, como se arme una trifulca va a haber muertos y de todo…

—Nadie ha salido de aquí en toda la noche. No creo que pudiésemos aunque nos fuese la vida en ello, el jodido Factor debe de haberse encargado de ello.

—Pues el tipo de la ballestita ha entrado.

—Es salir lo que no se puede, so burro.

Damián calló un rato, molesto con la actitud ofensiva de Bernard. Vale que su amigo estaba más al tanto de los métodos de la justicia, pues cuando fuera lo de su infortunado hijo se había informado a conciencia. Pero tampoco tenía por qué tratar así al pobre viejo Damián. Iba a añadir una respuesta soez, cuando un extraño murmullo pareció venir de las alturas.

Una tenue campana de luz empezó a formarse en un rincón apartado de la sala. Todos volvieron sus miradas hacia la zona, que empezó a despejarse del gentío. Dos figuras, una adulta y otra más pequeña, permanecían en medio de aquella campana luminosa. Parecía la estampa dramática de un padre y su hijita pequeña en un cuadro del gran Di Fabrizio, maestro en el juego de luces y sombras.

Cualquiera que mirase al Factor, al otro lado de la sala, lo vería con los ojos en blanco y una sonrisa beatífica en su rostro cruel.

—He aquí al impío.

Fue el Factor el que habló, con una voz tonante que acalló el runrún de la concurrencia. Los dos guardaespaldas se levantaron con las mazas en ristre y los pistolones a punto. Se había hecho un silencio sepulcral.

La figura más grande se levantó. Parecía un hombre común aunque de elevada estatura, con el rostro tapado por un embozo. Una niña de preciosa cabellera rojiza se aferraba a su pierna.

—Deja de ocultarte a ojos profanos —dijo el Factor—. Te he encontrado y estás marcado, tú y esa aberración que te acompaña.

El hombre no se inmutó.

—Os equivocáis. No sé lo que pretendéis, ilustrísimo señor, pero yo vengo de las Landas con mi pequeña hija, a buscarme la vida como peón, obrero o lo que se tercie. Ya sabéis que las cosas están mal allá, hay hambruna…

Unos puntos destellantes de luz rojiza empezaron a marcarse en el cuerpo del hombre, como manchas de una enfermedad infecciosa. Éste se encogió como si le estuviesen punzando un millar de avispas.

—No me equivoco, avernal —, dijo el Factor, que abría y cerraba el puño compulsivamente.

La criatura más pequeña empezó a llorar. Tendría unos seis o siete años y un rostro hermoso, más aún por estar enmarcado por aquella asombrosa melena. Los puntos de luz parecían ser lacerantes, la escena era grotesca. Nadie dijo nada a medida que el lloro aumentaba de intensidad pese a los intentos del adulto de proteger a la chiquilla. Nadie se movió, ni respiró…salvo Bernard, que se adelantó amenazante hacia el trío de justicieros.

—¡Basta, por piedad! ¡Solo es una niña inocente!

Uno de los guardaespaldas le apuntó con la pistola de gran cañón. Un solo tiro y del campesino solo quedaría el recuerdo.

—Tranquilo, Millán —le contuvo el Factor—. No es más que un profano cautivado por una pantomima. Déjalo que se equivoque, que ya estamos nosotros para separar el grano de la paja.

El guardia volvió su atención de nuevo a la pareja acosada. El padre, si es que lo era, miraba ahora alrededor como un jabalí presto a embestir.
—Sí, ven a nos pues te esperamos ansiosos —siguió pinchando el Factor—. Arremete, o transfórmate, haz lo que quieras…¡mas ya sois míos!

Apretó el puño con fuerza. Los puntos candentes parecieron penetrar en las ropas y la carne de la acorralada pareja. El hombre aulló y envolvió con su cuerpo el de la pequeña. Entonces pareció temblar y encogerse a un tiempo, a deformar sus líneas, era como verlo a través de un vidrio grueso.

Hubo gritos de asombro, jadeos de horror, pasos que gente que pretendía marcharse de allí, ahora que ya nada parecía impedirlo.

—¡Vámonos, Bernard! ¡Vámonos!

—¡Déjame!

El campesino no podía dejar de mirar para la extraña pareja. Una especie de burbuja se había formado alrededor de ellos, una esfera a través de la cual se intuían formas y sombras que no eran de éste mundo. Era como un globo relleno de materia ajena a la realidad, y en medio se hallaban el hombre y la niña. Ya no se quejaban, los puntos rojos se habían disipado y la campana luminosa desapareció, engullida por aquella nueva aparición.

El Factor se adelantó y se puso justo detrás de sus sicarios.

—¡Ah, por fin muestras tus artes, oscura criatura! Puesto que el don divino es contenido, que hable el plomo. Es el momento…¡disparad!

La multitud salió en estampida. Atronaron las pistolas de los guardias. Dos disparos certeros que alcanzaron la esfera y parecieron perderse en ella. El hombre se tambaleó, pero se recuperó y les miró con ojos enrojecidos y expresión triunfante. Protegía a la niña con su brazo, visiblemente ensangrentado igual que costado. Apartó a un lado con ternura a la temblorosa chiquilla, cuyas mejillas estaban anegadas de lágrimas.

—¡Alerta ahora! —gritó Aldermann.

El hombre saltó hacia adelante. Pero ya no era un hombre, sino una bestia demoníaca cuya forma física se retorcía y se maleaba mientras corría como una posesa hacia sus torturadores. Gritaba también, y los pocos que permanecían en la posada salieron por piernas con el corazón desbocado.

Las pistolas de un solo tiro de los guardaespaldas ya no eran útiles, pero estaban aquellos hombres duramente adiestrados para aquel tipo de situaciones. Como uno sólo se libraron de las armas de fuego y acompañaron sus mazas negras con estilizados cuchillos de hoja larga, cubierta ésta por runas místicas que crepitaron ante la proximidad del atacante.

—¡Es un avernal mayor! —advirtió el Factor, exultante pese al peligro —¡Y mayor será la gloria de su caída!

La enfrentamiento fue feroz, un intercambio de rápidos movimientos y terribles golpes mortíferos. Los dos guardias respondían con destreza a la ferocidad indómita del avernal, al que hirieron en varias ocasiones con las hojas arcanas o con las mazas negras, que dejaban una estela ominosa a su paso. Sin embargo la criatura no cejaba, el mobiliario saltaba en pedazos y la lucha se hizo más enconada.

Al fin, el avernal logró lanzar por encima de una mesa a un guardia y aferrar al otro por los brazos con una fuerza aterradora. Crujieron huesos, y antes de que el Factor tuviese tiempo de intervenir, la boca de crueles colmillos se abrió desmesuradamente y se cerró en la tráquea del desventurado guardaespaldas, Millán para más señas. El hombre murió sin producir ni un sonido. La criatura se giró hacia el Factor con la sangre en los labios desmesurados.

—Tenías que intervenir, estropearlo todo —su voz ya no tenía nada de humana—. Ella dijo que podía ocurrir, te conoce y me advirtió en tu contra, Jonás Aldermann.

El Factor, que contemplaba impávido el último estertor de su sicario, apenas mostró sorpresa ante aquellas palabras, tan solo una mueca imperceptible de los labios crueles. No era habitual que un habitante del Lienzo tuviese aliados fuera de los límites, eso era algo a investigar con el máximo rigor.

—Me intriga quién ha podido ser tan impío y traidor a la causa humana como para mezclarse con engendros como tú. Lo averiguaré una vez que termine con éste desagradable asunto.

—Tú no lo sabrás —gruñó el monstruo—, pues vas a morir en este lugar. Soy Mordal, y te prometo una muerte atroz.

Jonás sonrió. Los acontecimientos se precipitaron entonces. Mordal saltó hacia adelante y golpeó, pero solo alcanzó aire. El Factor se había movido a una velocidad sobrehumana, superior incluso a la del avernal. Los símbolos arcanos de su vestimenta ardían como estrellas lejanas.

Una daga curva apareció en su mano y con ella apuñaló con fuerza atroz la desprotegida espalda de Mordal, justo en el centro de la columna vertebral. La criatura gimió como si le estuviesen succionando el alma, se tambaleó y por fin cayó a plomo.

La niña soltó un chillido de angustia. Jonás apenas la miró un momento, para asegurarse de que no escaparía.

—Basta ya de despropósitos. Owen, levántate de una vez y apodérate de la mocita. La llevaremos al Maestre de la Orden, para que la interrogue y así averigüemos cualquier conexión con gente de la Marca. Algo me dice que esto es el comienzo de una larga campaña de condenas y ejecuciones.

Por el rabillo del ojo vio como el maltrecho guardaespaldas se levantaba y se dirigía hacia la niña, que guardaba silencio. El Factor sintió una sombría satisfacción al darle una desdeñosa patadita a la figura inmóvil de Mordal. Se agachó para recuperar la daga, que parecía reacia a abandonar el cuerpo. Tanto que la hoja parecía alargarse más y más. Jonás pronunció una palabra y la daga abandonó a su víctima. Mostró una sonrisa de dientes perfectos y la limpió de sangre negra con un trapo vulgar que guardaba para esos casos.

—Hambrienta como una víbora.

Un tumulto al otro lado de la sala le hizo volverse. La escena no podía ser más patética: el despreciable aldeano de antes trataba de impedir que Owen se acercase a la niña.

—¡Déjala, a ella no la toques! —gritó Bernard —. Ya tenéis lo que queríais, el monstruo está muerto.

El guardia se detuvo, a la espera de órdenes.

—¿De dónde has salido tú? —dijo Jonás, exasperado—. Más valiente y escurridizo que el resto, ya veo, pero no abuses de nuestra piedad, campesino. Antes te perdoné tu intromisión y si te retiras haré como que tampoco ahora ha pasado nada, pero si persistes, sobre ti caerá la pena.

Bernard se mantuvo firme, agresivo frente al sicario, que esgrimía la maza a punto de descargar el golpe.

—Es una pobre niña —dijo Bernard, la voz le fallaba de la emoción—, secuestrada y devuelta a su mundo por gracia de…no sé por qué gracia. Mi hijo no tuvo esa suerte, pero ella sí. Ya no necesita de vosotros, dejadla ir.

Jonás lo miró con desprecio y caminó hacia él.

—No sabes lo que dices. Owen, acaba…

Se paró en seco en medio de la sala. Una punta sobresalía de su frente, su cuerpo osciló un interminable instante antes de caer de bruces.

Nadie dijo nada, pero Owen tenía los ojos muy abiertos y Bernard parecía a punto de caer de rodillas. La niña le tocó con la mano y el rudo campesino apenas la miró y se la aferró con temerosa ternura. Unos pasos misteriosos resonaban desde el vestíbulo.

La puerta doble, que estaba entreabierta, se abrió del todo y dejó pasar una vez más a Otto Konig. Alzaba la ballesta con la mano diestra. Su sombrero de ala ancha le daba un toque de aventurero audaz e insolente. Acababa de atravesar con un virote la cabeza de un Factor de la Marca, y no parecía afectarle tal hazaña.

—Owen— dijo con tono desenfadado—. Deja las armas, todo ha acabado.

—Lo has matado, no puede ser —dijo al fin el sicario, tenía una voz áspera—. ¡A traición!

El cazarrecompensas pasó al lado del cadáver de Jonás, se agachó con presteza y extendió la mano, tiró con fuerza y se oyó un desagradable crujido. Se levantó con el virote a la vista, como prueba de consumación de su delito. Bajó la descargada ballesta y mientras caminaba le guiñó el ojo a la niña.

—Claro, ¿qué esperabas? —ya casi había llegado junto a ellos—. Éste era un cabrón demasiado duro de pelar como para enfrentarlo de cara.

Owen retrocedió con cautela, con las armas prestas. Daba por hecho que él era el próximo objetivo, pero no era de los que se dejaba amilanar. Dio un rodeo por la sala mientras se acercaba hacia la puerta doble. El cazarrecompensas hizo un gesto vago con la mano, como invitándole a marchar.

—¡Vete, hombre! Ya se ha derramado demasiada sangre en éste lugar.

El sicario salió por la puerta. En seguida oyeron el rugido del viento del exterior.

—Bueeeno, en realidad en los caminos la sangre salpica menos y todo es como más dramático, lo prefiero —dijo el recién llegado—. No pueden quedar testigos de mi intervención en éste desaguisado, ¿sabéis? Y además me gusta salir de caza.

Se escuchó un caballo a la carrera. De nuevo le guiñó el ojo a la niña, que curiosamente le devolvió el guiño. Miró entonces a Bernard. Pareció evaluarlo durante un rato que se hizo eterno.

—¿Qué tendrá esta muchachita? Tanto encanto será de familia, supongo, aunque no funciona con los agentes de la Orden, me temo. En fin, señor, ¿tiene usted idea de quién está a su espalda, estrujándole esa mano callosa que dios le ha dado?

—¿Cómo? No le entiendo…¡ha matado usted a Jonás Aldemann!

Tras un breve silencio llegó una breve carcajada.

—Se lo merecía, se lo aseguro. Pero abreviemos, que no quiero dejarle demasiada ventaja al bueno de Owen. Oriandas tendrá que galopar duro, no le hará gracia en una noche como ésta.

—¿Entonces también lo matará?

Otto Konig lo ignoró y se acercó a la pequeña. Para sorpresa de Bernard, ella se adelantó tímidamente y el cazarrecompensas la observó con atención.

—Se parece mucho a su madre, más de lo que le conviene. Es de ambos mundos y algo me dice que se ha quedado con lo mejor de cada uno. ¿No te recuerda a nadie su hermoso rostro, campesino? ¡Fíjate bien!

Bernard miró a la niña, sus rasgos casi perfectos y de una belleza acentuada aún más por las emociones sufridas. Y esa cabellera…

—A alguien me recuerda, así es. Pero no sé a quién…

—Arabelle. Ella es su madre…¿Qué por qué te lo digo? Pues no sé, en todo caso ella vendrá algún día vendrá a recordártelo. Quizá en persona, todo un honor…

—¿A mí, por qué?...¡Arabelle!

El cazarrecompensas dedicó unos instantes a desordenar la melena de la pequeña. Parecía reacio a lo que iba a decir, pero se aclaró la garganta.

—Me ha contratado para encontrarla y apartarla del peligro, al menos todo lo que pueda. He cumplido, pero no puedo llevársela a ella, no ahora que sé que la Orden ha metido su sucio hocico de sabueso. Ni siquiera Arabelle está por encima de la Orden en ciertos asuntos.

—Mi papá está muerto.

La inesperada intervención de la niña les sobresaltó a ambos. Su voz dulce era la de una cría normal. Bernard sintió una pena tan indescriptible como inesperada. ¡Pena por un avernal muerto! Pero incluso el cazador parecía conmovido.

—Sí, pequeña. Lo siento de veras, pero el trato era liberarte y ponerte a salvo, a ti y a nadie más. Demasiadas piezas de caza mayor en esta posada para un pobre hombre corriente como yo.

Bernard pensó que aquel tipo de ordinario tenía muy poco. Como si le leyera los pensamientos, éste le miró de nuevo y se puso inesperadamente en marcha.

—Tengo que terminar la caza y borrar mis huellas. Por suerte, creo que nadie se ha quedado a ver lo que pasaba, la tormenta y el miedo lo han arreglado todo razonablemente bien, eso espero. Pero en fin, dadas las circunstancias, oh mi valeroso campesino anónimo, quedas oficialmente nombrado tutor de la niña, cuyo nombre desconozco y de naturaleza incierta que apenas intuyo. En todo caso, espérate cualquier cosa, dado de dónde proviene.

—Pero…

—Lo bueno es que a ella le parece bien, ¿no lo ves? Se sonríe y todo, y eso que acaba de quedar huérfana de padre… (no sé yo si esto es buena señal).

—Es que…

—Tendrás noticias de la madre, no lo dudes. Lo que no sé es cuándo ni cómo, pero al menos ella es como nosotros, por mucho rango que ostente. No tiene colmillos ni sangre negra, ni que yo sepa otras afecciones. Es una mujer de verdad, la niña ya es otro cantar.

—¡Por Dios, esto es una locura, cazarrecompensas del demonio!

El interpelado se paró en seco, ya casi en la puerta. No parecía enfadado, sólo absorto y divertido a un tiempo.

—Sí que lo es. Y todo por culpa de la lujuria de un avernal especialmente apuesto y una marquesa que está para mojar pan, ahí toda soberbia en su trono. ¡Que te sea leve, campesino! ¡Márchate cuanto antes, e ingéniatelas para que tus vecinos no vean a la moza muy a menudo!

Se quedó pensando un largo minuto, miraba de reojo a la moza y al campesino. Sacudió la cabeza y pareció tomar una decisión.

—Mejor aún, abandona la comarca, creo que llevo encima algo de calderilla. Bastará para que gente humilde como vosotros rehagáis vuestra vida en otro lugar. Lo incluiré en mi provisión de gastos, con un plus por las molestias.

Le lanzó a Bernard una bolsa tintineante, que calló en el suelo a sus pies. Se marchó, atravesó la puerta y desapareció como una sombra. Pronto escucharon el trote de un caballo en medio de la tormenta.

—¿Tú serás mi nuevo papá?

Bernard se sentía a medio camino entre bendecido son una segunda oportunidad y maldecido por el destino. Recordaba a su hijo, muerto y enterrado. La niña había venido a ayudarle a superar aquello, a él y a su esposa. ¿Cómo se lo tomaría ella?

—Sí, lo seré si tú quieres. Dime ahora…¿cómo te llamas?

La niña miró hacia el cuerpo tendido de su antiguo protector, al que había llamado padre.

—Nedani, eso era yo para él. Significa «Paria» en el idioma vuestro, que él me enseñó.

El campesino no se sintió sorprendido, ni aliviado ni nada de nada. Solo quería compartir con su esposa todo lo que había sucedido allí aquella noche. Y rezar para que llegase el nuevo día. Cogió la bolsa con el dinero, una pequeña fortuna para alguien como él.

Tomó a la niña de la mano, se pertrecharon para afrontar la noche tormentosa y se dirigieron a la salida.

—Al menos Nedani suena bien —dijo en el umbral.

La niña le aferró la mano con más fuerza. Salieron a la noche.

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  Reto Enero 2019: Ni siquiera París.
Enviado por: Joker - 10/02/2019 02:59 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (12)

Ni siquiera París
 
No volvamos nunca.
Eso había dicho ella. No volvamos nunca, y afuera París se nos difuminaba bajo el aguacero. No volvamos nunca, Nicolás, que ya nada va a ser como era.
Ahora también llueve. Llueve sobre las vías de la estación Saint-Lazare, por encima de los paraguas desplegados, en los rostros descubiertos de los románticos que aún sueñan con la ciudad de la fiesta hemingwaiana. Llueve, y es una borrasca triste, melancólica, de gotas nostálgicas que se suicidan contra el tinglado de cristal. Llueve, como en toda despedida, como en todo final, y la tormenta que empapa las vías trae consigo el recuerdo de las últimas palabras de Laura. Esas que pronunció hace tantos años ya, cuando el mundo era otro y algunos todavía creían que bajo los adoquines se escondía la playa. El cruel adiós con el que nos obsequiamos en este mismo andén, bajo un cielo tan gris como el que ahora devora los tejados.
—¿No vas a decir nada? —dice ella entonces. En el hoy y el ahora. En este presente lluvioso y gris que se nos antojaba tan imposible allá por el ochenta y pico, cuando éramos jóvenes y nos sabíamos inmortales.
La miro en silencio. No sé cómo poner en palabras el derrotismo que me ahoga. Cómo explicarle que no esperaba, que no deseaba, que ni siquiera me ilusionaba con volver a verla. Que este encuentro, inesperado e incómodo, casi casual, jamás se me había cruzado por la mente. Que somos dos desconocidos, en fin, que han estado jugando a no encontrarse durante demasiado tiempo.
Ella sonríe, o al menos lo intenta; su cara, envejecida, se ilumina con el bello surco de sus labios, y las piernas más hermosas del mundo huyen de mi deseo, refugiadas en un par de botas Christian Louboutin. Supe amarla una vez, recuerdo, supe tenerla desnuda, exhausta y satisfecha. Ahora, sin embargo, hablamos sin hablar, como quienes le temen a la memoria, al ayer y al paso de tiempo. Frente a frente, abrigados y sonrientes. Dos extraños, al fin y al cabo.
—No hay nada que decir —admito por fin, mientras el tren de las 21:47 anuncia su llegada.
Laura asiente, fingiendo que en verdad me cree.
—Igual que entonces.
Sus palabras me saben a reproche. A reproche y a resignación, y no logro decidir qué es lo que me duele más.

***

El París de 1981 en nada se parecía al que yo había soñado leyendo a Guy de Maupassant. Tampoco era aquella ciudad malhadada a la que Rimbaud le había dedicado las rimas de su Orgía Parisina, ni guardaba ninguna semejanza con la de Por el camino de Swann. En realidad, lo único que tenía de literario era el diluvio que se derramaba por encima de nuestras cabezas.
Era de noche, llovía y las gruesas gotas caían sobre el empedrado entonando melodías que hablaban de bailarinas de burlesques con largas piernas y besos costosos, pero igual de largos. De fiestas eternas que arrastraban a los juerguistas por todas las diminutas callejuelas de Montmartre. De artistas, pobres y malditos, que deshojaban sus propias escenas de una vida en Bohemia.
—Pensé que no ibas a venir, Nicolás —me confesó Laura, al verme entrar a la estación.
Yo me encogí de hombros y no dije nada. Llevábamos tanto tiempo juntos que ya sabía cuándo sobraban las palabras.
Nos habíamos conocido tres años atrás, en un seminario sobre Literatura Latinoamericana en la Sorbonne. Por suerte, creía entonces. Por desgracia, supe después.
Laura era uruguaya, y se había escapado de un Madrid y de un padre, embajador plenipotenciario, que no podían ni querían entenderla. Yo, en cambio, me había rajado de un país que festejaba los goles de su selección nacional —con bocinas, pasión de bodegones y lluvia de papelitos picados—, mientras una generación entera de estudiantes iba a parar a la ESMA. Éramos, en síntesis, una pareja de exiliados condenados a encontrarse. Como la Maga y Oliveira de ese Rayuela que ella nunca quiso leer.
Los primeros meses habían sido, sin lugar a dudas, los mejores de toda mi vida. Noches de bailes, de absenta y de besos dados con los ojos por culpa de los labios cobardes. Crepúsculos interminables, que nos encontraban respirando la bohemia de los bares del Quartier Pigalle. Mañanas de peregrinaje, tomados de la mano, a través de los estanques del Jardin du Luxembourg y por las callejuelas retorcidas de Montparnasse. Tardes, en fin, de bebida, locura y encuentros furtivos por los rincones de un París que parecía desangrarse en mil ocasos nacidos de una paleta impresionista.
 Lo otro había venido después. El desconcierto y la desazón. El ya no saber reconocernos en la mirada ajena. La duda que crecía entre nosotros como una hiedra venenosa.
—¿Qué hacemos acá, Lau? —le pregunté por fin.
Ella esbozó una breve sonrisa no desprovista de cierto desconsuelo. De esa tristeza infinita de quien sabe que el final acecha a la vuelta de la esquina.
—Quiero ver el mar.
Ahora fue mi turno de sonreír con nostalgia. No sé por qué, pero al oírla creí comprender que nunca podríamos ser del todo felices juntos. Que quizás la decisión que Laura había tomado, la misma que acababa de comunicarme por teléfono un par de horas antes, era la correcta. Que, de no hacerlo así, tarde o temprano acabaríamos volviéndonos el uno contra el otro. Sin embargo, y aun sabiéndolo, compré dos pasajes con destino a Le Touquet.
Ninguno de los dos dijo nada durante el viaje. Estábamos demasiado absortos en el peso de nuestros propios pensamientos, en esos reproches que no nos atrevíamos a expresar, y creo que ambos sentimos un secreto alivio cuando el tren se detuvo en aquel balneario de arenas húmedas y heladas.
Para ese entonces, la noche poco a poco comenzaba a llegar a su fin y un suave aguacero besaba las dunas de la playa. A lo lejos, bajo el cielo huraño y sobre las inquietas olas, un pequeño velero luchaba contra la furia del oleaje. Se lo va a devorar, pensé caminando en silencio, y me puse a imaginar cuánta soledad le cabría después en su vientre de madera, allí, en el fondo del océano.
—Seguís pensando que no está bien, ¿verdad? —me preguntó Laura, deteniéndose frente a mí—. Que hay otras opciones. Otras formas. Otros medios…
Quise responderle, pero las palabras se quedaron congeladas en mis labios. El mar olía a lluvia y la lluvia sabía a sal.
—Bueno —insistió ella con tristeza—. Lo entiendo.
Pero no, no entendía nada. Fue entonces que lo supe. Supe que si quería podría hacerla cambiar de opinión. Que ella estaba dispuesta todavía a hacer un último sacrificio por mí. Supe, en fin, que hay trenes que pasan solo una vez, pero dudé un instante y aquella duda me condenó para siempre. El expreso salió y yo no fui capaz de abordarlo.
—Decí algo, Nicolás, la puta madre —me puteó Laura—. Decí algo, por favor.
Me encogí de hombros, odiándola y odiándome a mí mismo. Sabiéndome cómplice de todo aquello. La cobardía debería estar tipificada en el código penal.
—No hay nada que decir, Lau.
Tal vez, si la lluvia hubiera menguado, podríamos haber visto los primeros rayos del alba reflejándose sobre la superficie brumosa del mar. Tal vez, podría haberla besado entonces, retornando a esa piel que una vez me había pertenecido y ya nunca más lo haría. Tal vez, si se hubieran alejado aquellas nubes grises de tormenta, me habría atrevido a jurarle con mis labios mentirosos que sería suyo por el tiempo que quisiera. Tal vez. Pero seguía lloviendo, y ni ella ni yo éramos los que deberíamos haber sido.
—Volvamos —dije finalmente—. Fue al pedo esto; vos ya estás decidida y no vas a cambiar de opinión.
—No —respondió Laura. No sé si lloró, no quise mirarla a los ojos—. Ni voy a cambiar de opinión, ni deberíamos volver… —Y, dándose media vuelta, se alejó por el sendero que abandonaba la playa.
Debí haberla seguido, pero no lo hice. De hecho, descubrí viéndola desdibujarse bajo el aguacero, nada me apetecía más en el mundo que quedarme sentado allí, en aquella difusa orilla, esperando los restos de la marea.
A lo lejos, tras los despojos mortecinos de lo que podría haber sido y ya no era, el mar aún olía a lluvia, y la lluvia seguía teniendo sabor a sal.

***

Volvimos a vernos, a mediados de los noventa, en la decimoquinta edición del Salon du Livre. París aún era París, yo me había convertido en el escritor que siempre había soñado ser, y Laura, por su parte, trabajaba de reportera para TV5Monde.
Poco quedaba en ella de la uruguaya a la que había amado, comprobé dando una entrevista para su canal. Ahora era una auténtica parisina, de esa que se visten de exceso y de Yves Saint Laurent, dejando a su paso una estela de Chanel nº 5. Una francesa hecha y derecha, moviéndose con garbo, como si el mundo le perteneciera.
—Caminemos —propuso Laura, luego de entrevistarme para su canal—. Caminemos, Nicolás. Cuando un hombre desaparece por casi quince años lo menos que puede hacer es caminar con su vieja amiga.
La puta madre, puteé para mis adentros, comprendiendo que el destino tenía un sentido del humor de lo más amargo. La putisima madre que me remil parió.
Pero no dije nada, cobarde como siempre, y tras despedirnos de su equipo abandonamos el Place de la Porte de Versailles, bajo un paraguas gris que nos protegía de la llovizna que caía. En silencio, siempre en silencio, incapaces de encontrar las palabras adecuadas ahora que las cámaras ya no nos filmaban; sin apenas darnos cuenta de que nuestros pasos nos habían hecho atravesar todo el decimoquinto distrito, por la rue de Vaugirard, hasta llegar por fin al Metro de Notre-Dame.
Corría el año 1995 y los primeros albores de la primavera se deshojaban en el calendario. Sin embargo, la lluvia era fría, de gotas que flotaban en el aire en lugar de caer, y yo ya estaba cansado de tanto vagar sin rumbo, así que le sugerí que nos tomáramos un café. Tal vez por cortesía. O, quizá, porque me sabía incapaz de tolerar ni un segundo más ese silencio de reproches no formulados que nos estaba hundiendo.
—Tengo una idea mejor —respondió Laura, y me condujo de la mano hasta un pequeño cine en la rue de Rennes.
L’Alerquin, rezaba un cartel en letras rojas sobre la marquesina, y abajo, en una de las grandes puertas vidriadas, un afiche en blanco y negro anunciaba la proyección de la semana: Sátántangó.
Las casualidades no existen, o eso dicen, así que supongo que su invitación escondía una oscura motivación. Tal vez, conocía la duración exageradamente larga de aquel film, y buscaba de alargar la inevitable despedida. O, quizás, tan sólo necesitaba sentirme cerca, pero le temía a las preguntas que el silencio siempre suscita, y comprendía, con ese sexto sentido tan propio de su género, que no existía en todo París ningún escondite que fuera a la vez tan íntimo y tan público como la sala de ese cine.
Honestamente, no recuerdo qué fue lo que me decidió a aceptar su invitación, a dejarme convencer por el doloroso anhelo que se adivinaba en su voz; pero lo hice, y así terminamos los dos: sentados en una sala medio vacía, aguardando a que comenzara la proyección. Nuevamente callados. Habiendo agotado el suministro de palabras disponibles, incluso cuando eran tantas las que nos quedaban pendientes todavía.
Demasiadas cosas habían cambiado, observé entonces, buscándome en el espejo de su mirada. Yo tenía menos pelo, más ojeras, y a Laura una fina red de arrugas le había tomado por asalto las esquinas de sus párpados. Los años no perdonaban a nadie, ni siquiera a los recuerdos. Y, aunque era todavía tan guapa que hasta dolía, algo dentro de ella se había perdido para siempre.
Algo muy dentro de los dos, pensé sin dejar de mirarla. Todavía éramos culpables, ella y yo, y esa certeza me hizo entender que el tiempo transcurre de un modo irregular: por más lejos que intentemos huir, siempre acabamos regresando al mismo sitio. Al mismo punto de partida.
La película empezó y el cine se pobló con las imágenes de una lluvia en blanco y negro, de un diluvio interminable, de una eterna sucesión de derrotas que sepultaban a la Hungría comunista.
—Lo hiciste, ¿verdad? —me atreví a preguntarle, entre susurros, al cabo de una hora; o dos, o seis.
—¿En serio importa?
En la pantalla, una niña caminaba bajo la llovizna con el cadáver de un gato entre las manos. Igual que nosotros, pensé. Exactamente igual que nosotros.
—Importa, Laura.
Una mueca amarga, de fracaso y resignación, se dibujó en su semblante
—Tal vez para vos, pero a mí hace rato ya que dejó de importarme.
La miré en silencio, conteniendo un enojo que amenazaba con desbordar el dique de mi garganta.
—Perdón, Nicolás —agregó ella después, poniéndose de pie—. Pensé que estaba preparada para esto; pero no, no lo estoy y se alejó por los pasillos apenas iluminados, perdiéndose bajo las penumbras que poblaban la sala. Malograda, irrecuperable. Igual de inasequible que la maleta extraviada por Hadley Richardson.
No va a volver, me dije viéndola desvanecerse. En Sátántangó, la lluvia y el viento arrastraban un millar de papeles por una calle oscura, nostálgica; una calle en blanco y negro, tan sombría como la respuesta que ella no se había animado a darme.
Ni en pedo vuelve, repetí, y sobre la pantalla unas gruesas letras grises anunciaron que no había salida.
Nunca la hay.

***

Y acá estamos ahora, tanto tiempo después, en pleno nuevo milenio. Iguales y distintos. Dos extraños que se torturan con la añoranza de lo que perdieron. Dos, siempre dos, sabiendo que algo en esa cifra nos condena. Como si el ser dos, y no tres, fuera un recordatorio constante de nuestra renuncia.
Ya ni siquiera recuerdo por qué acepté su invitación. Debí haberme negado a regresar a esta ciudad, más allá de lo que dijeran los de la editorial. Debí haberme subido al primer vuelo con destino a Argentina en cuanto Laura descubrió dónde me alojaba. Debí haberle dicho que no, que no quería tomarme ni siquiera un café, que ya tenía suficiente con su último plantón, y que no iba a cambiar de opinión por más que se pasara toda la tarde telefoneando al Continental.
Sin embargo, dije que sí, y es por eso que estoy acá, todavía en Saint-Lazare. Comprendiendo que ella sigue empecinada en disfrazarse de Zelda Fitzgerald y que yo, por mucho que intente evitarlo, estoy atado a un destino derrotista que nada tiene que envidiarle al del propio Scott.
Mientras, sigue lloviendo. Una garúa fina que agoniza sobre las luces de los faroles. Como en un tango. O un blues. Como en esas canciones, esos libros, esas películas que nunca volverán a pertenecernos.
—Esto es un error —dice ella entonces.
La miro y las palabras mueren en mi garganta. De pronto me siento dentro de Seda: asistiendo a mi propia vida; sabiendo que es demasiado tarde ya como para experimentar cualquier ambición de vivirla; observando mi destino del mismo modo en que Hervé Joncour contemplaba el lago de su jardín.
—Uno más —respondo finalmente, con el deseo consciente de herirla.
La tristeza del mundo entero agoniza en su sonrisa.
—Treinta años, Nicolás, treinta años y seguís siendo el mismo hijo de puta de siempre.
Me detengo en esa sonrisa, ahora tan lejana, tan prohibida, y rememoro todo aquello que no hicimos. Recuerdo sus labios con mis besos, sus caricias con mi cuerpo y aquella elección que tomamos por cobardes.
El amor es como un sueño, creo comprender. O como un viaje. Te arrastra a lugares misteriosos, a sitios insospechados. Enamorarse siempre conlleva riesgos: el riesgo de lo desconocido, de lo azaroso, de lo improbable. El peligro de no saber hasta dónde te llevará el camino y si algún día acabarás por despertarte.
—¿Para qué me llamaste?
—Para hablar.
Afuera la noche se nos deshace en lluvia. Igualito que en Sátántangó.
—No tenemos nada de qué hablar, Laura.
Hacete cargo, quiero decirle. Hacete cargo, la puta madre. Pero las palabras no nacen, no brotan, no viajan. Se aferran a mi mente, agonizantes. Como el último tren de una estación en ruinas.
—Podemos empezar pidiéndonos perdón… —dice ella.
La risa que brota de mi garganta es irónica y amarga. Tanto, que hasta yo mismo retrocedo asustado.
—La Laura de hace treinta años no hubiera pedido perdón —contesto finalmente, sabiéndome un perfecto imbécil—. Parecía muy orgullosa de lo que hacía.
Ahora sí llora. Llora y lo peor de todo es que no me siento ni un poco culpable.
—Ya no soy esa Laura, Nicolás —consigue responder—. Cambié. Todo cambia en esta ciudad de mierda. Todo. Como el mar en el cuento de Hemingway…
A lo lejos, como en esas películas que uno mira sin mirar, ella sigue hablando, pero yo ya no la escucho. Acabo de descubrir que aún no soy capaz de perdonarla. De perdonarla y perdonarme. De pasar página. Sigo anclado al pasado, a nuestros errores, a las frases que el miedo aprisionó en mi interior, y es por eso, tal vez, que ahora la observo sin decir nada. En silencio, derrotado. Pensando en otros verbos, en otros finales, en otra historia del propio Ernest. Sabiendo que ya no nos queda nada, ni siquiera París. Viendo colinas blancas como elefantes agonizar tras los tejados que se insinúan bajo la lluvia.
 

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  Ni frío ni calor 2ªparte (Saga Geralt de Rivia 1ª historia)
Enviado por: Sashka - 10/02/2019 05:30 AM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

CAPITULO 4

Llegaron a la cabaña sin contratiempo. Deila encendió una lámpara de aceite, echó leña al fuego agonizante y llenó una jofaina de agua. Cogió un trapo, lo sumergió y lo escurrió; luego empezó a lavarse los brazos despacio, el cuello, el rostro, el inicio de sus senos… El brujo la miraba mientras se quitaba las botas.
—Geralt —dijo ella—, Eniel me ha dicho que eres el Carnicero de Blaviken. ¿Es eso cierto?
—Sí, lo es, mi señora.
—¿Qué ocurrió en Blaviken? Tu versión.
Geralt recordó al momento. Córvida. El ultimátum tridamo. Su salida de Blaviken entre piedras que se estrellaban contra el escudo de la Señal que conjuró, lanzadas precisamente por aquéllos idiotas a quienes había salvado de una masacre. Miró a Deila a los ojos, dolido, harto de que su injusta leyenda le precediera allá donde iba.
— Elegí el mal menor. Por lo visto, fue una mala decisión. No debí haberme inmiscuido, al fin y al cabo, no era mi pellejo el que estaba amenazado. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Es que ahora te doy miedo, Deila?
— Qué tontería… No, no me das miedo en absoluto. Ya sé cómo es la gente. Sé cómo tergiversan las historias. Pudiera ser que las cosas no fueran como las cuentan, que no seas culpable de lo que te acusan. ¿Eres culpable acaso, Geralt?
El brujo seguía mirándola ceñudo. Ella dejó el trapo en la jofaina, cogió una toalla y se empezó a secar mientras se sentaba en una silla frente a él.
— ¿Qué crees tú?
Ella le miró, turbada y empezando a enrojecer sin aparente motivo. De improviso, como si acabara de tomar una resolución, se impulsó hacia delante y besó torpemente al brujo en los labios. Él, pillado por sorpresa, tardó unos segundos en devolverle el beso.
— Ahora ya sabes lo que creo— dijo ella al separarse, aún más turbada, sus mejillas ardiendo.
El brujo no dijo nada, la miraba sin saber muy bien cómo actuar a continuación. Ella era muy hermosa en todos los sentidos, y le gustaba; la deseaba, pero su conciencia se impuso: era demasiado joven. Aún no era una mujer. No debía.
Ella le miraba a los ojos, esperando una reacción que no llegaba. Entonces intentó repetir la acción, pero el brujo, levantando los brazos y tomando sus hombros, la retuvo.
—No, Deila.
—Sé lo que piensas. Lo veo claro como si tu frente fuera de cristal. Crees que soy una niña. Crees que no sería ético, menos tras tu promesa a Eniel.
—Y así es, mi señora.
—No, Geralt. No es así. Soy joven, pero hace mucho que no soy una niña. Y le prometiste a Eniel que no me harías daño, que no harías nada contra mi voluntad. Pero resulta que yo quiero. Porque, no me vergüenza decirlo, te quiero. Siento algo muy fuerte por ti, y creo que es amor, Geralt… Nunca había sentido nada parecido…
El brujo pareció azorado y molesto.
—No sigas hablando. Mañana te despertarás y te odiarás por haberme dicho eso.
—Nunca me odiaría por decir la verdad.
—Solo hace unos pocos días que me conoces, no puedes amarme. Es tu edad, esa edad que se deja fascinar por lo desconocido, por lo diferente, lo que te impulsa a creer que me amas.
—Deja de buscar argumentos para convencerte a ti mismo, Geralt. Yo sé muy bien lo que siento. Y sé que tú sientes algo por mí, lo he visto. Lo he visto en tus ojos, y lo veo ahora.
—Lo que ves es a un hombre que no es de piedra. Sabes que pienso que eres muy hermosa, porque lo eres. Cualquier hombre se sentiría atraído por ti, Delia. Pero todavía no eres una mujer.
—Pues hazme mujer. Hazme mujer, Geralt…
Ella volvió a aproximarse al brujo. Él dudó.
“Yo y solo yo tengo la culpa de esto. La he alentado yo. ¿Buscaba una respuesta? Pues ahí la tengo. Y ahora este brujo anticuado y obsoleto se debate entre lo que quisiera y lo que se debe”, se dijo.
Cuando estaba ya muy cerca de su boca, volvió a rechazarla.
—No.
Fue como si le hubiera dado una bofetada. Deila pestañeó y se retiró, mientras el rubor volvía a cubrir sus mejillas. Sus ojos revelaban su desazón.
— Perdona, sin duda… sin duda me he pasado de la raya… Me había olvidado de lo mojigato que eres.
En ese momento la vio vulnerable, como un gorrión bajo la lluvia, como cuando la acariciaba acurrucada en su regazo. Su seguridad se había hecho añicos. El deseo de abrazarla regresó a él como un ciclón.
“Ahora no te pongas a llorar, por todos los Dioses”. Pensó el brujo.
Casi al momento, oyó un sollozo. Y  sintió cómo su determinación se rompía en pedazos.
Deila se puso en pie, desencajada y con aspecto de no saber dónde meterse, dio dos pasos hacia la alacena. Pero el brujo también se levantó, la cogió de la muñeca y la atrajo hacia sí de un tirón. La curandera se encontró en sus brazos, pegada a su cuerpo, y al levantar la cabeza halló unos labios buscando los suyos.  La besó con fuerza, y Deila sintió que la boca del brujo se abría y que su lengua le acariciaba los dientes cerrados y el interior de sus labios, y sus ojos se abrieron de par en par, con asombro. Era su primer beso de verdad, el brujo lo supo, pero no se detuvo. A la vez, los dedos de Geralt recorrían su espalda suavemente, enviando escalofríos a todo su ser. Entonces, una mano viajó hasta su pecho y se ahuecó en él, amasando su tierna carne. Deila jadeo y cerró los ojos, dejando que, por fin, su lengua entrara en su boca.
El brujo se sintió entonces embargado por un deseo feroz.
“Ella es demasiado joven, ¿qué me está pasando? No debo… Es demasiado joven…” Pero ya era demasiado tarde, porque había dejado de verla como a una niña.
En la cabaña, sólo el crepitar de las llamas y el suave roce de las caricias rompía el silencio; y luego unos pasos, arrastrados, hasta la cama de la esquina. Se podía oír el sonido de los besos, de la ropa cayendo descuidadamente al suelo, del roce de las sábanas contra dos cuerpos.
Ella se dejó llevar por la experiencia del brujo, que la sumergió en un mundo de sensaciones totalmente nuevo. Recorría su cuerpo con manos hábiles y tiernas, la besaba haciendo que su piel se estremeciera, respondía a sus caricias con nuevas caricias que elevaban todavía más el grado de su excitación. Encontró rincones que la hacían gemir de placer, y ella supo que conocía muy bien a las mujeres. Y él se dio a ella sin pensar en sí mismo, porque era su primera vez; se condujo siempre suave, tierno, cuidadoso. Luego, cuando se puso sobre ella se detuvo, dudando en el momento decisivo, pero ella movió las caderas en protesta, animándole.  Cuando por fin entró en ella, Deila sintió una punzada de dolor y se revolvió, tensa, y el brujo se inmovilizó de nuevo. Lamió su cuello, lo besó y ella se estremeció, entonces volvió a moverse lentamente, mientras su lengua recorría suavemente la curva de su oreja, mientras mordisqueaba su lóbulo, hasta que ya no hubo resistencia ni dolor.
El silencio quedó roto definitivamente por susurros entrecortados, suspiros y jadeos, ella se aferraba a él y él a ella mientras el ritmo de las envestidas aumentaba, juntos, unidos en ese momento tan íntimo con las miradas entrelazadas, las manos entrelazadas y las almas entrelazadas. Y ambos estallaron en un éxtasis enloquecedoramente delicioso, mientras él se derrumbaba sobre ella y ella sentía el arrebato de su semilla en su vientre.
Luego regresó la calma.
El brujo se tendió a su lado, aún jadeante, y ella le miró sabiendo que era él, que siempre sería él, que nunca habría nadie más.
“He cometido un error”, se torturó el brujo. “Debí contenerme. Todavía no es una mujer”.
Deila rompió el silencio.
—¿Qué piensas, Geralt? ¿Ya te estás arrepintiendo? —dijo mientras acariciaba las cicatrices del brujo con un dedo, acurrucada en su abrazo.
“Maldita muchacha… ¿Puede realmente leer mi mente?” pensó él.
—Me estaba preguntando por tus problemas, esos a los que esta tarde hacían alusión los elfos, esos dos hombres que te atacaron, lo que te dijeron tus amigas en el mercado… todo es parte de lo mismo, ¿no es así? —mintió él. — ¿Qué está pasando, Deila?
Ella se incorporó un poco y puso su brazo en ángulo recto sobre la almohada, apoyando en él la cabeza.
— Yo toco unicornios, Geralt. Los unicornios se acercan a mí, e incluso dejan que les arranque algún pelo, si lo necesito para una cura. Hablo con ellos y ellos me escuchan. El señor de Rakverelin, el terrateniente que manda aquí en representación del rey, se enteró. Es un gran cazador, si es que el matar animales a sangre fría puede hacerle a uno grande… Y colecciona sus cabezas, que exhibe colgadas en el gran salón de su alcázar.
— ¿Quieres decir que intenta obligarte a ayudarle a cazar un unicornio? — le preguntó el brujo, asombrado.
— Sí, eso pretendía. Por supuesto, siempre me he negado. Nunca me he tomado demasiado en serio sus amenazas. Pero parece que se está impacientando…Tú estás aquí y él lo sabe.  Estallará de ira cuando se entere de que ya no le sirvo, de que actuó tarde. Ahora, el problema ya no es tal.
— No te entiendo…
— Qué tonto eres a veces, brujo… ¿Sabes al menos la relación entre los unicornios y las muchachas… hum… vírgenes?
El brujo asintió con la cabeza.
— Geralt, ¿te has dado cuenta de… bueno, que yo…?
— Si, Deila, me he dado cuenta —dijo estrechándola con sentimientos encontrados ante ese detalle.
— ¡Pues eso, brujo, que ya no volveré a ver unicornios! Ahora, aunque quisiera, no puedo ayudarle. Tendrá que meterse sus amenazas por donde le quepan.
— Un momento… ¿Acaso me has utilizado? ¿Era esto la ligera idea que tenías para librarte de todo eso, tal como le dijiste al elfo? — se enojó el brujo.
— No, no te he utilizado. Sí, Geralt, esto era la idea. Pero no para librarme de la amenaza, aunque es un beneficio colateral. Si mi propósito hubiera sido ése en exclusiva, me hubiera servido cualquiera. Y eso precisamente, brujo, era lo que no estaba dispuesta a sacrificar por el capricho de un señoritango. Es mi privilegio. Ese era mi privilegio, al que no quería renunciar. El de todas las mujeres, Geralt, ofrecerlo en el momento en que queramos y a quien queramos. Hoy, y no antes, he elegido; porque hoy, y no antes, he encontrado a alguien… por quien siento … y que es digno.
El brujo fue a decir algo, pero ella le acalló depositando dos dedos sobre sus labios.
— No digas nada, no ahora. No lo estropees.
Después, retiró los dedos y acercó sus labios a la boca del brujo, y le besó.
Geralt se reafirmó en su interior. Era casi una niña, pero no hablaba como una niña, ni pensaba como una niña… ni sentía como una niña. Definitivamente, empezó a verla como una mujer. Su beso inocente se intensificó.
Unos golpes en la puerta les sobresaltaron, y Deila se levantó como un resorte y se puso el vestido a una velocidad vertiginosa.
— ¡Voy! — gritó mientras se terminaba de vestir.
Abrió la puerta y se encontró cara a cara con una muchacha que se envolvía en una gruesa capa.
— Buenas noches, Deila— saludó, algo cohibida al ver al brujo en la cama de Deila, con el torso desnudo y las mantas alrededor de su cintura.
— Buenas noches, Nel. ¿Qué ocurre?
— ¡Ay, que mi hermana se ha puesto de parto! Mi madre me ha enviado a por ti…
— Deja que termine de arreglarme. Espera aquí.
La curandera cerró la puerta y corrió a ordenar mínimamente su cabello rizado, cogió el morral que siempre tenía preparado y se puso una capa. Luego se acercó al brujo, que yacía en la cama observándola.
— ¿Puedes dejarme a Sardinilla?
—Claro, cógela. ¿Quieres que te acompañe? —se ofreció.
— No, no. Seguro que va para largo. No se te ocurra esperarme despierto… Pero, por lo que más quieras, cambia esa sábana llena de sangre…
Luego salió deprisa y cerró la puerta.

El bebé berreaba enfadado, llenando de alegría la concurrida casa. Amanecía.
Después de cortar el cordón umbilical, la curandera limpió al recién nacido con una toalla, lo envolvió con un arrullo y lo entregó a Nel mientras volvía con la madre.
— Has sido una estupenda enfermera, Nel— le dijo a la atribulada joven, que salía ya por la puerta para enseñar al nuevo miembro al resto de la familia.
— Bueno, esto ya está. Guarda cama hoy, y no te duermas. Vigila que no sangres mucho, si es así, que me busquen inmediatamente.
Deila se acercó a la palangana y comenzó a lavarse los brazos. Fuera, en el comedor, se oyó un extraño tumulto, y la puerta del dormitorio se abrió bruscamente. Dos soldados irrumpieron, haciendo caso omiso a los gritos de protesta y empujones de la familia.
— Acompáñanos, curandera. Órdenes de Don Robert de Rakverelin.
— ¿Y si me niego? — les preguntó, altiva.
El soldado levantó el brazo y le asestó una fuerte bofetada con el revés de su mano enguantada. Ella sintió el calor de la sangre deslizándose por su nariz, se la limpió con los dedos y la miró con ira. Luego miró al soldado.
— Tienes suerte de que ésta no es mi casa, hijo de perra. No vuelvas a tocarme.
— ¡Ésta vez no hay cuartel, que lo entiendas! — le gritó con malos modos el soldado.
A empujones, la sacaron de la habitación. Al pasar junto a Nel, que apretaba al bebé contra su cuerpo, Deila la miró con ojos suplicantes.
— Devuelve el caballo…
— ¡Calla y camina, mujer!
Pero Nel había entendido.

Geralt oyó relinchar a Sardinilla y estiró el cuello para mirar por la ventana frente a la que estaba sentado, desayunando. Una figura encapuchada saltó del caballo y corrió hacia la puerta. No le hizo falta llamar, pues el brujo la abrió antes de que levantara siquiera el puño.
— Mi señor…— dijo Nel, alterada—. Se la han llevado, los soldados del alcázar, y le pegaron, mi señor…Me mandó a avisarle…
— ¿Se han llevado a Deila? ¿A dónde?
— Seguro que al alcázar de Rakverelin…
Geralt corrió a por su espada de acero, se escondió un puñal en la caña de la bota y salió afuera mientras sujetaba la hebilla. Montó de un salto en Sardinilla y tomó las riendas. La muchacha se acercó y las aferró, impidiendo su partida.
— ¡Mi señor! ¡No vaya usted solo! Debe avisar a los elfos… Los elfos, ellos saben… Por el camino del bosque, unas cuatro millas, veréis a los vigías… Preguntad por Eniel.
— ¿Los elfos? Bastantes problemas tienen ya con la autoridad como para meterse en más, y en el alcázar…
— ¡Hacedme caso, por los dioses! Ellos pueden ayudar mucho más de lo que creéis.
El brujo la miró a los ojos mientras reflexionaba en sus palabras. Decidió hacerle caso, y asintió con la cabeza. La muchacha soltó las riendas y se apartó del caballo, que salió disparado hacia el camino del bosque.

Los elfos le vieron a él antes. Geralt detuvo el caballo ante la amenaza de las flechas que le apuntaban directamente al pecho.
— Busco a Eniel —les dijo—. Decidle que el señor de Rakverelin se ha llevado a la curandera al alcázar.
Los elfos bajaron los arcos y uno de ellos corrió hacia la espesura. No tardó en volver, acompañado de Eniel y las dos elfas que el brujo había visto con él la tarde anterior. Cuando estuvieron cerca, Geralt bajó del caballo.
— Bienhallado, brujo— le saludó Eniel.
— Saludos. Vengo a por ayuda para Deila.
El elfo se crispó.
—¿Qué ha ocurrido?
—Se la han llevado a la fuerza, al alcázar.
— Al final ha ocurrido. Se lo advertimos, pero es tan terca…— dijo Wiel, la elfa de cabellos blancos.
— No hay que esperar más —añadió Inia, moviendo sus negros cabellos en una negación—. Avisémosle. Niedamir debe saberlo, sólo él puede pararle los pies a don Robert…
— Estoy de acuerdo. Aunque, probablemente, cuando ella sepa que le hemos avisado, nos correrá a patadas por todo el bosque— sentenció Eniel.
— ¿Avisar a quién? ¿De qué diablos hablas? — explotó el brujo.
— De su hermano, rey de Caingorn. Deila es, en realidad, una princesa. Rebelde de la leche, pero princesa. Niedamir de Caingorn y ella discutieron, y ella dejó el reino.
A Geralt casi se le cayó la quijada de la sorpresa. Una princesa. Ahora lo entendía todo… Así que había desflorado a una joven princesa casadera. A él sí que iban a correrle por el bosque, pero con espadas. La punzada de arrepentimiento se intensificó, sin duda la había perjudicado con su falta de control.
— ¿Y estáis seguros de que acudirá, si ni siquiera se hablan? — desconfió el brujo.
— Pues claro. Es su única hermana, y la adora. Y con gusto le dará de patadas en el culo a don Robert; por lo que sé, le cae fatal— se rió Wiel.
— Vamos, escribidle unas líneas y mandar un pájaro— les apremió el hermoso elfo.
— No llegará a tiempo— afirmó Geralt.
— Su castillo está muy cerca. Ya no vive en la capital, se mudó con su corte para estar más cerca de ella, para que las noticias fueran frescas. Como estamos en la misma frontera, el rey Niedamir sabrá lo que ocurre en diez minutos, si enviamos al halcón. El rey puede alcanzar el alcázar en un tiempo sorprendentemente rápido— apuntó Wiel.
El brujo volvió a montar en Sardinilla, estiró de las riendas y el caballo giró hasta encarar el camino en dirección contraria.
— Sea como fuere, no le esperaré. Me adelanto, por lo que pueda estar pasando en el alcázar.
— Espera, brujo, te acompaño— dijo el elfo saltando a la trasera.

CAPÍTULO 5

Los guardias la metieron en un cuartucho y cerraron la puerta con llave. Deila se sentó en el suelo, contra la pared, y esperó.
Una hora más tarde, otros guardias vinieron a por ella. La condujeron, agarrándola de los brazos, por pasillos iluminados con antorchas hasta un gran salón. Al fondo, frente a una gran mesa de pulida madera de fresno, una solitaria figura bebía de una copa dorada con incrustaciones de piedras preciosas. Sobre la mesa, un copioso desayuno se extendía ante él con viandas selectas.
La llevaron frente al hombre. Don Robert de Rakverelin levantó la vista y la miró con altivez, se limpió la boca y las manos con una servilleta y se puso en pie. Era un hombre alto, moreno, con un espeso bigote y barba de color azul de tan negra. Sus ojos eran crueles miradores por donde se asomaba su oscura alma.
— Bienvenida a mi humilde morada— dijo con recochineo—. Vosotros, fuera de aquí.
Los guardias hicieron un escueto saludo militar y giraron sobre sus talones, rumbo a la puerta por la que habían entrado.
— Ven conmigo, curandera— dijo don Robert—. Quiero enseñarte mis trofeos.
Deila no dijo nada.
Alineados en las paredes, las cabezas disecadas de unos cien animales de distintas esspecies colgaban de los altos muros. Sus ojos de cristal reflejaban lóbregamente la luz de las lámparas de aceite, en actitudes fieras los más peligrosos, con serena belleza los inofensivos. El hombre la empujó suavemente por la espalda, obligándola a moverse. Comenzaron un recorrido siguiendo la forma del salón, paralelos a sus paredes, y, de vez en cuando, don Robert se detenía a explicarle la dificultad de la caza de los especímenes más raros.
La última base estaba vacía. En el rótulo de la base rezaba una palabra: unicornio.
— Vas a ayudarme por fin, curandera. Lo harás. Porque si no lo haces, te atendrás a las consecuencias —la amenazó.
Deila comenzó a reír. Las carcajadas retumbaron en el salón, multiplicando la burla.
— Ya no puedo ayudarte. Ya no puedo. ¿Comprendes lo que quiero decir, o te lo cuento con pelos y señales? — se mofó ella.
El hombre palideció visiblemente. Sus facciones se contrajeron de pura ira.
— Comprendo. Qué se le va a hacer, una pena —dijo con una calma que puso los pelos de punta a Deila— Vamos, quiero enseñarte algo más.
Don Robert se la llevó hasta una pared, donde había escondida con gran pericia una puerta, imposible de ver si no se sabía su localización de antemano. El hombre la abrió y la empujó dentro.
Siete cabezas de mujeres, apoyadas sobre siete pedestales de piedra, miraban al vacío desde la pared izquierda de la pequeña habitación. Olía a polvo y taxidermia, a química y a muerte. Deila se percató de repente de lo que eran: auténticas cabezas de mujeres, disecadas igual que las de los animales.
— Ésta es mi mejor colección— dijo don Robert con orgullo, acompañando sus palabras con un gesto que abarcaba los siete atriles—. Las siete mujeres más bellas, curandera, las siete esposas que he tenido. La última casi se me escapa, adivinó lo que les ocurrió a sus antecesoras e intentó huir. La más inteligente. Bellísima, dulce y suave como ninguna. Barba Azul, me llamaba…
Deila le miraba horrorizada. Comprendió que no saldría viva de esa habitación, por eso el señor de Rakverelin le enseñaba aquello, jactancioso. Disfrutaba de su terror, de su venganza.
— ¿Por qué me enseñas esto? — dijo ella, intentando aparentar una serenidad que no sentía.
— Porque voy a tener mi trofeo, a fin de cuentas. En puesto del unicornio, me quedaré con tu hermosa cabeza. ¿Acaso creías que ibas a reírte de mí? ¿Acaso creías que iba a permitírtelo? ¿Qué dejaría que una curandera de mierda me humillara?
—¡No soy una curandera de mierda, soy la princesa de Caingorn!
—Oh, sí, por supuesto que lo eres —se rió.
Don Robert comenzó a desenvainar lentamente la espada que colgaba de su cadera. Deila sintió un nudo atenazando su garganta, reculó unos pasos y se lanzó a la carrera hacia la puerta cerrada. La abrió justo cuando el hombre se abalanzaba, espada en alto, hacia ella. La tiró al suelo, Deila quedó tendida con medio cuerpo fuera de la habitación, se dio la vuelta y contempló la espada, implacable, bajando en busca de su carne. Aguantó la respiración, esperando el golpe fatal, pero otra espada interceptó el acero de don Robert, deteniendo la estocada.
— ¡Geralt! — suspiró la curandera con alivio cuando vio al brujo casi sobre ella, sujetando con su filo el hierro del otro.
— ¡Sal, escapa! — le gritó éste.
Ella se puso en cuclillas, pero Barba Azul la agarró del vestido en un movimiento muy rápido y tiró hacia sí. La mujer quedó en sus manos por un momento, pero el brujo, aún bloqueando su espada, tiró del brazo de Deila y se la arrancó. Don Robert ardió de ira al ver frustradas sus intenciones.
— ¿Acaso sea éste el haragán que se te ha beneficiado, zorra? — le espetó a la curandera escupiendo cada una de las ofensivas sílabas. Ella se quedó detrás de Geralt, mirándole con miedo y asco, conteniendo las lágrimas.
—¡Deila, vete de aquí! ¡Ya! — le gritó de nuevo el brujo.
Ella se sobresaltó, saliendo de su estupor, y echó a correr hacia la puerta de salida de aquél salón de los horrores, donde la muerte colgaba de las paredes. Al abrir la puerta, otra batalla se libraba tras ésta. Eniel se batía con tres guardias, en el suelo yacían dos más, muertos. Sin pensarlo, Deila recogió una espada y se puso al lado del elfo.
— ¿Estás bien? — le preguntó Eniel entre mandoble y mandoble.
— Vaya mierda de suerte la mía— se quejó ella, el elfo casi suelta una carcajada por su inusual taco si no hubiera estado tan ocupado. — Salir de la sartén para caer en las brasas…
— No desesperes, tu hermano está en camino…
— ¿Qué? — bramó ella—. Luego ajustaremos cuentas tú y yo, elfo…
Su modo de lucha cambió a una ofensiva iracunda, contundente, pues ahora estaba enfadada, muy enfadada. El elfo esbozó una sonrisa malévola.

Barba Azul se zafó del bloqueo de Geralt y lanzó un ataque muy rápido, pero el brujo lo esperaba y levantó la espada; la hoja resbaló por el filo con un sonido chirriante, enervarte. Realizó entonces una rápida media vuelta y pasó al ataque, pero don Robert era buen espadachín y previó la estocada, deteniéndola con pericia. Se sucedieron entonces una serie de golpes rápidos, ora de uno, ora del otro; pero el brujo atacaba con más frecuencia y avanzaba en tanto que el otro reculaba, quedando, como resultado, emplazados dentro del tétrico cuartucho. El caballero dio un amplio mandoble que el brujo esquivó con una pirueta, cruzaron los hierros de nuevo, y, al segundo embate, Geralt levantó la pierna, alcanzó el abdomen de don Robert y lo lanzó contra la pared. En la caída, el maquiavélico señor derribó dos de los atriles, y sus cabezas rodaron macabramente por el suelo. Geralt le puso la punta de la espada en el cuello. Barba Azul soltó su hierro y lanzó una terrible blasfemia, al ver las dos cabezas estropeadas a causa de la caída.
Eniel y Deila seguían midiéndose furiosamente con los dos soldados que quedaban. De pronto, en el vestíbulo aparecieron unos caballeros con armaduras plateadas y rojas capas a la espalda, portando en su pecho el escudo de armas de Caingorn.
— ¡Alto en nombre del rey Niedamir! — gritó uno de los caballeros, extendiendo su gran espada ante sí.
Los soldados del alcázar pararon en seco. Deila ni se detuvo a saludar a los recién llegados; agarró a Eniel de la manga y lo arrastró literalmente de nuevo al salón de las cabezas colgantes. Geralt salía ya del cuartucho, apuntando con su espada a los riñones de don Robert de Rakverelin.
Detrás de ellos también entraron los cuatro caballeros de las armaduras plateadas, más un quinto; el último portaba una fina corona dorada sobre los cabellos castaños. A grandes zancadas, se situó junto a la curandera.
— ¿Estás bien, querida mía? — preguntó el rey Niedamir acariciando el rostro de Deila.
Ella le miró a los ojos y soltó la espada. El sonido del acero contra la piedra retumbó en el silencio que cayó en la estancia tras aquella sencilla pregunta. Sir Jacob, sir Nevail, sir Sansbury y sir Durrell aguantaron la respiración sin apenas darse cuenta, expectantes a la reacción de su princesa, deseosos de que aquél conflicto familiar que duraba tanto ya, terminara. Y entonces, Deila se echó a los brazos de su hermano y sollozó contra su hombro, conmovida y aliviada. Los cuatro caballeros se relajaron visiblemente; dos de ellos bajaron discretamente sus viseras, emocionados.

Con motivo de la reconciliación de la princesa Deila y su hermano el rey Niedamir, y en honor al brujo que salvó su vida, en el castillo de Creyden se celebró una gran fiesta. Todo aquél que quiso acudir, fue bienvenido. No faltaron bardos, comida ni bebida, no faltaron tampoco ganas de festejar por parte de los invitados.
El brujo paseaba arriba y abajo en el vestíbulo de palacio, frente a la escalinata. Cuando Deila y él se separaron tres horas antes para arreglarse, ella le citó allí. Geralt vestía su propia ropa, pues había rechazado las lujosas vestiduras que se le ofrecieron.
Por fin sonaron unos pasos en lo alto de la escalinata. El brujo alzó la vista y encontró… a una princesa. La curandera portaba un bonito y largo vestido de seda verde. Sobre sus rizos, recogidos en cascada hacia atrás, descansaba una fina corona de oro con tres esmeraldas incrustadas, a juego con su vestido y sus increíbles ojos´.
Bajó las escaleras con elegancia, hasta llegar junto al brujo. Geralt la miraba atónito, pues no se parecía en nada a la curandera que conoció.
— Vaya…— articuló el brujo—, ahora sí pareces una auténtica princesa. Estas muy hermosa con ese vestido, Deila.
Los ojos de la joven princesa refulgían, reflejando la luz de las antorchas. Ella se sonrió, contenta por la admiración de Geralt, y se cogió a su brazo.
— No te dejes engañar, brujo. A mí, todo esto, ni frío ni calor. Vamos, tengo una sed espantosa.
Salieron al patio del castillo, buscando las mesas donde aguardaba la cerveza fresca y el vino de buena añada. La música sonaba y la gente se divertía, unos bailando, otros comiendo y bebiendo.
—Prométeme que volverás a bailar conmigo, brujo.
Él la miró con reproche.
—Vamos, prométemelo. No pienso dejar de atosigarte hasta que lo hagas…
Los ojos del brujo sonrieron.
—No puedo negarte nada hoy. Casi te perdemos, Deila. Si llego a demorarme un segundo más…
— ¡Geralt! ¡Geralt! — gritó alguien avanzando a codazos hacia ellos.
— Jaskier…— musitó él cuando le vio. Su memoria estaba ya casi completamente restablecida.
— ¡Que el diablo me lleve si te hacía tan al norte, brujo! — dijo alegre y sorprendido, palmeando el hombro del otro—. ¿Qué haces aquí, en esta fiesta?
— ¿Es amigo tuyo, Geralt? — preguntó sonriente Deila, que seguía cogida del brazo del brujo.
— Lo es.
— Entonces, eres bienvenido… Come y bebe cuanto gustes, diviértete en homenaje a tu amigo, pues hoy salvo mi vida —dijo orgullosa de él, con una evidente mirada de amor que al bardo no le pasó desapercibida.
Jaskier miró al brujo con picardía, y le guiñó el ojo.
— Vaya, vaya. O me lo parece a mí o al fin alguien ha conjurado el tercer deseo del djinn…
— ¿Qué es lo que dices, Jaskier?
— Me refiero a Yennefer…
Al salir ese nombre de la boca del bardo, Deila vio claramente un sutil cambio en el semblante del brujo. Notó también tensión en el brazo al que se asía.
Porque el brujo la recordó. A su mente acudieron los recuerdos del olor a lilas y grosellas; del torbellino de rizos negros sobre su bello rostro, de aquellos ojos violetas que, para él, se convirtieron en todo. Yennefer.
—Yen… —musitó.
— Me alegro de que por fin te desvincules de esa hechicera descarada y egoísta. No me caía nada bien. ¡Brindemos por ello! —celebró Jaskier, contento, desfilando hacia la mesa donde aguardaba la bebida—. Ven princesa, y te contaré la terrible lucha contra el d´jinn y lo tonto que fue Geralt.
El bardo se lo contó, añadiendo divertidos apuntes al relato, pero Deila no encontró la historia nada graciosa. Comprendió lo que significaba. Lo supo, y sintió una repentina debilidad extendiéndose por su cuerpo. Pues entendió que el brujo había recordado y, con ello, volvía a estar prisionero de ese último deseo.
—Entonces, ¿todavía la amas, Geralt? —Le susurró al oído.
Geralt miró a Deila a los ojos, muy serio. Ella le miró a él con esos ojos, de un verde imposible, rezumando esperanza, la esperanza y optimismo propio de la juventud extrema. Pero la mirada del brujo resbaló poco a poco por el rostro de la mujer y cayó al suelo, incapaz de mantenerla.
Ella no necesitó más. Soltó su brazo y se reculó unos pasos, aun mirándole intensamente, en sus ojos escrita la decepción y el dolor más profundos; y luego se dio la vuelta y se alejó, pasando entre la gente, con pasos firmes y serenos, sin mirar atrás. El brujo la vio marchar con tristes remordimientos, pero no se movió. No pudo hacerlo.
— ¿A dónde va la princesa, Geralt? No he terminado de contar tus historias…
— Sí lo has hecho. Y también has terminado nuestra historia, bocazas.

La tarde dio paso a la noche, una noche en vela para ambos. El castillo estaba silencioso ahora, las risas se habían extinguido, la música se había terminado. Y, aunque cada uno de ellos pensaba en el otro, ninguno salió de su habitación. Él, porque cualquier cosa que dijera sólo conseguiría hacerle más daño; ella, porque esperaba que él diera el paso. Y la noche dio paso a la mañana, una mañana de ojeras y resacas, de oscuras nubes en el pensamiento, de remordimientos y de dolor.
Deila lo vio desde su ventana, le vio ensillar su caballo, cargar su escaso equipaje. Y corrió escaleras abajo, desbocada. Siguió corriendo en el patio, hasta llegar junto a él. Se detuvo, extendió el brazo, y tocó la espalda del brujo. Suavemente, como sin atreverse.
Geralt se volvió hacia ella, taciturno, abatido.
— Así que te vas…— susurró ella.
El brujo no dijo nada.
— Geralt… escucha. Escúchame un momento, no te robaré demasiado tiempo.
El brujo escuchó.
— Geralt, tu vida… tu vida puede cambiar. Conmigo. Deja de exponerte por unas monedas. Deja de pasar penalidades. Al final de tu vida, cuando la muerte te encuentre, ¿podrás decir que has sido feliz? ¿Podrás decir que todo por lo que has pasado ha merecido la pena? ¿Que sirvió de algo? Y, a fin de cuentas, ¿para qué? Quédate conmigo. Te ofrezco una vida nueva, a mi lado…  Sé que no soy esa Yennefer, pero estoy segura de que sabría hacerte feliz…
El brujo cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna, turbado y nervioso.
— No puedo, princesa. Soy un brujo, sólo eso. Un brujo a la sombra del destino.
—Ya veo. Tú eres un brujo, yo una princesa. No es posible. Qué triste excusa. Sigo siendo la curandera que conociste, la misma que te cuidó, brujo. No soy, ni seré, la princesa de Caingorn. Te dije que todo esto no me importa.
—Sabías que tarde o temprano me iría. Sabías que era un brujo, te advirtieron.
—No quiero que te vayas… No quiero ser otro corazón roto que dejas atrás.
—No sabes nada de mí. No todo es tan fácil, princesa.
—No me llames princesa.
—Eres demasiado joven. Crees que estás enamorada, pero un día…
—No te atrevas a decirlo —dijo ella con voz profunda y quebrada, conteniendo las lágrimas. — No te atrevas a pretender saber sobre mi futuro o lo que encontraré en mi camino. Nunca amaré a otro. Lo sé. La vieja elfa vidente me dijo: solo un hombre en tu vida, hasta que ésta termine… Y ese eres tú, Geralt.
—Siento todo esto. Siento mi comportamiento. Ojalá me hubieras hecho caso cuando te dije que no siguieras.
—Me lo dijiste, sí. Pero si te hubiera hecho caso, no hubiera estado en tus brazos. A pesar de lo que pueda suceder hoy, yo no me arrepiento.
—No quiero hacerte daño, Deila.  Pero no puedo quedarme. Aunque no me creas, es por tu propio bien.
Ella no insitió. De hecho, no dijo nada más.
Geralt montó en Sardinilla y sacudió las riendas. Ella le miraba estática, clavada en el suelo. Él no pudo mirarla. Le vio salir por la puerta de la muralla, y siguió allí quieta, respirando agitadamente. El rey Niedamir apareció a su lado y siguió la mirada de su hermana, vio al brujo cabalgando en la lejanía. Luego la miró a ella. A Deila le tembló el labio.
— Es un brujo. ¿Qué esperabas? — le dijo con suavidad.
Una sola lágrima cruzó el rostro de la princesa, y se rompió contra el suelo dejando una minúscula estrella en el polvo. Niedamir la tomó por la cintura y la acercó a él. En el silencio que mantenían los dos hermanos, mirando la figura ya borrosa del brujo, Deila terminó suspirando, lánguida.
— Me marcho, Niedamir. No puedo soportar este castillo, y menos ahora.
— Pero… pero yo pensaba que ibas a quedarte… Eres una princesa, hermana.
— Lo soy por el simple hecho de llevar sangre real en mis venas. Pero nunca harás de mí una princesa. ¿Lo entiendes?
— Lo entiendo, lo entiendo…— dijo él apesadumbrado.
Su hermana depositó un suave beso en su real mejilla, y luego, cogidos fuertemente de la mano, caminaron hacia la puerta de palacio.  
Eniel vio lo ocurrido desde la ventana de sus aposentos, y sintió la tristeza de Deila como si fuera suya. Más tarde le brindó su hombro, y ella lloró sobre este mientras le contaba su efímera historia de amor y el tercer deseo del djinn. Pero él, para su desesperación, poco más podía hacer por ella.

El hierofante esperaba en medio del claro, frente al gran roble. Tenía los ojos cerrados, como si meditase, pero en realidad no lo hacía: la esperaba.
Deila avanzó hacia él haciendo todo el ruido posible. Arrastraba los pies haciendo crujir las hojas caídas, golpeaba con sus botas el suelo a cada paso. Quería que el druida abriera los ojos. Le molestaba esa serenidad que irradiaba, porque ella estaba muy nerviosa. Y muy triste.
Por fin, llegó hasta él. Sólo entonces abrió el hombre los ojos, mirándola directamente.
— He venido a hacerte una pregunta, una sola pregunta— le dijo, sin más preámbulos.
— Hacedla, majestad.
— Déjate de majestades, Sethedor, no me molestes con esas tonterías.
— Te escucho— dijo el druida con ojos risueños. Le encantaba pinchar a la voluble princesa con su odiado rango.
Ella bajó los ojos y se mordió el labio antes de hablar, como si temiera hacer la pregunta por la que había recorrido varias millas a pie por la peligrosa montaña.
— ¿Volverá a mí?
— Difícil de ver es, muy difícil.
— Un sí o un no es suficiente— se impacientó Deila.
— Podemos ayudar al destino— dijo el hierofante, sacando de su túnica una botellita azul. Con mucho teatro, se la tendió a la mujer.
— ¿Qué diablos es esto? — preguntó mirando el sello, que contenía unas runas, del tapón del frasco.
— Una botella.
— No te hagas el gracioso, druida. Eso puedo verlo yo sola.
— Esto es la solución a tu problema.
Ella meditó un momento sus palabras.
— ¿Qué contiene? — continuó interrogándole.
— Un d´jinn.
— ¿Un qué?
— Un genio. Te concederá un deseo. Sólo uno.
Deila frunció el ceño y miró con dolor al druida.
— Un d´jinn… ¿Para qué, Sethedor? ¿Para atar mi destino al suyo, como hizo él con la hechicera?
El hierofante la miró con gravedad ahora, severo.
—Pero piensa bien lo que haces. No actúes a la ligera, pues la vida de otra persona estará en tus manos. Y también la tuya, Deila. ¿Podrás soportar saber que tu fortuna es sólo producto de algo impuesto?
Ella miró al druida con intensidad, y luego miró la botella. La metió en su zurrón y fijó sus ojos de nuevo en el hierofante.
— Gracias, Sethedor.
El hombre la miró alejarse, sonriendo bonachonamente, sumido en sus pensamientos. Luego suspiró.
— Apuesto a que hará lo correcto, ¿verdad, Eniel? — dijo, dirigiéndose a un grupo de arbustos que de pronto se movieron en respuesta al druida.  Un elfo, que había estado agazapado tras ellos, se puso en pie y bufó con fastidio al haber sido descubierto.
— Por supuesto— respondió sacudiéndose la hojarasca de su casaca—. Ella siempre hace lo correcto.


Estaba sentada en el suelo, a la luz del hogar, contra la pared con las piernas flexionadas y un brazo alrededor de ellas. En la otra mano sujetaba la botellita del d´jinn. La miraba y la hacía girar en su mano, indecisa. Pensaba, pero no se decidía. Qué fácil sería. Y qué difícil vivir luego con la duda. Ella quería que él estuviera realmente enamorado, no por un deseo impuesto, pero la herida en su alma dolía demasiado, tanto que no podía soportarlo. Le extrañaba horriblemente.
Por fin se levantó, salió de la cabaña y se acercó al bosque. De pronto, levantó el brazo que sujetaba botella y la lanzó lejos, a la oscuridad que se extendía más allá de la escasa luz que salía por la puerta de su cabaña. Observó, con el corazón lleno de angustia, cómo desaparecía en una parábola, un brillo azul que se extinguió rápido. Luego se dio la vuelta y entró de nuevo, como un alma en pena, como una ilusa que acababa de tirar a las letrinas su propia felicidad.
No demasiado lejos de allí y no mucho después, un elfo de cabellos castaños se encaminaba a su hogar soplando el interior vacío de una botellita azul, que producía un sonido grave. El elfo parecía taciturno. Nunca le habría de contar a Deila que usó al d´jinn, que ató su destino al del brujo, pues no soportaba ver a su amada tan triste y deprimida. El brujo es un buen hombre, se dijo, juntos serán felices.

Apagó el candil de un suave soplido y se metió en la cama. Llevaba dos días sumida en su depresión, sin salir de la cabaña, sin salir de su cama. Sus hermosos ojos estaban hinchados de tanto llorar, no comía, se sentía enferma de melancolía. Ni siquiera Eniel y su paternal ternura la reconfortaban. Después de mucho rato dando vueltas, cayó en una especie de duermevela en la que pensamientos encontrados se sucedían. Debiste usar al d´jinn, se decía. Hiciste bien en no usarlo, se decía después.
Quería olvidarle, pero no podía. Y dolía. Oh, cómo dolía.
Le pareció oír unos cascos, un suave relincho. Unos golpes quedos en la puerta. Se levantó con esfuerzo, una urgencia, pensó. No tengo el cuerpo para urgencias, se dijo, y ánimos, menos. Abrió la puerta con parsimonia, bostezando cansada, muy cansada. Y allí, ante ella, estaba él.
Se miraron a la luz de la luna, sin poder articular palabra.
Ella esperaba a que él se decidiera a hablar, y él no sabía por dónde empezar. Pero no le hicieron falta palabras, cuando su abrazo se lo dijo todo. La apretó contra sí fuerte, y ella le echó los brazos al cuello, enredó sus dedos en los cabellos blancos como la nieve, sin podérselo creer.
— Sigo sin ser Yennefer…— le susurró Deila, con algo de miedo, al oído.
— Yennefer… Ya no me da ni frío ni calor. Sólo puedo pensar en ti. Perdóname, perdona a este brujo tonto de capirote— dijo separándose un poco y mirando sus hermosos ojos de un verde imposible, ahora hinchados.
—No me dejes nunca, Geralt, no vuelvas a dejarme…
—Jamás te dejare, Deila.
Ella no pudo evitar una sonrisa, sintiendo un júbilo como nunca había sentido. El brujo la besó de esa manera que la volvía loca, acariciando con su lengua la boca de la muchacha, derramando en ella su sabor y percibiendo el suyo. No cesaron el beso mientras entraban en la cabaña, mientras cerraban la puerta, mientras buscaban a tientas la cama. Y se amaron sobre aquéllas sábanas que olían aún a melancolía y a lágrimas, lágrimas que se secaron al calor de su amor.

* * *
(Sugerencia del autor: recomiendo leer el siguiente párrafo mientras suena el corte nº 24 "silver sword" de la banda sonora del juego The witcher 1. Creo que queda espectacular)

Aquellos fueron los mejores tres años de la vida del brujo. Junto a ella, conoció la estabilidad, el amor correspondido y pleno, la felicidad que hasta entonces le había sido esquiva. Siempre juntos, inseparables, consumidos por una pasión el uno por el otro que emocionaba al mismísimo rey Niedamir.
Pero él era verdaderamente un brujo a la sombra del destino. Y el destino es ineludible, no se le puede contener, ni engañar.
Deila contrajo las fiebres tifoideas que azotaron Kovir, y murió en la cabañita junto al bosque, cogida de la mano de Geralt. Fue enterrada en el castillo de Creyden, en el panteón real. Sólo tenía dieciocho años.
Ese mismo día, el brujo dejó Caingorn rumbo a Cintra con la promesa del rey Niedamir de que siempre sería bienvenido en su reino. Pero Geralt de Rivia nunca regresó allí. Jamás. Tampoco volvió a hablar de ella, porque dolía demasiado.
Se llevó con él los tiernos recuerdos de aquel amor y se los guardó para sí, para que le reconfortaran en las duras noches de invierno, cuando acampara en soledad en cualquier bosque siniestro.

Extrañamente, al poco, volvió a pensar en Yennefer como antaño lo hiciera, el tercer deseo volvió a imponerse. Pero nunca olvidó su amor por Deila, pues llegó a ser real. Y, a pesar del dolor, supo que valió la pena.


EPILOGO

El ataque de lo scoia´tael podía haber sido su final, pero un elfo le reconoció y ordenó no rematar a aquellos dos. Tanto el brujo como Jaskier estaban heridos, al igual que el elfo.
Se despertó en una choza que hacía las veces de enfermería. Miró a su alrededor y vio al elfo en la cama de al lado. Le estaba mirando.
—Geralt…
—Eniel…
Al verle regresó. El fantasma del recuerdo. Ese que no quería afrontar, ese que aún estaba demasiado cerca y mordía, y hería y mataba como un enemigo más que se le enfrentaba, uno que era inmune a sus espadas.
El recuerdo de aquel tiempo, aquel tiempo que trataba de enterrar en lo más profundo de su mente, que guardaba entre paréntesis, que intentaba mantener a distancia, volvió. Ese recuerdo de ojos de un verde imposible, que dolía, que rasgaba por dentro, que daba ganas de gritar con un grito furioso, desesperado, rabioso. Ese mismo, que le llenaba también de ternura, de calidez, de añoranza atroz. Ese recuerdo, salió impune de su celda como si los barrotes fueran humo, y corrió directo a su corazón, vengativo y cruel. Pero su rostro no dejó traslucir esas emociones, tal vez sus labios tensos las delataban.
— ¿Qué haces en Temeria? ¿Qué haces con los scoia´tael? ¿Precisamente tú, con los scoia´tael?
—Me fui de Caingorn al día siguiente de hacerlo tú. Llevo dos años aquí, y me uní a la causa. Esto no son las Montañas Dragón. Aquí persiguen a mis hermanos, lo sabes.
—Lo sé.
—No pensé volver a verte, brujo.
—Yo tampoco. Ni quería.
En la choza anidó el silencio. Ambos estaban allí físicamente, pero sus mentes se habían ido de viaje, estaban en una cabaña junto al bosque, lejos en el tiempo. Eniel fue el primero en regresar.
—Yo no lo he conseguido, Geralt.
—¿El qué?
—Olvidar. Ahogar ese dolor. Seguir como si nada. Te envidio.
El brujo calló.
—La veo constantemente, brujo. La veo recoger celidonia cuando voy por el bosque, la veo bailar cuando oigo música, siento su mano en mi rostro cuando estoy triste.
Silencio.
—Yo la amaba. Yo la amaba, pero te la entregué dócilmente. La puse en tus manos porque la amaba. Porque ella te amaba a ti. A veces me arrepiento. A veces me pregunto, me pregunto si…
—Quizá. Tal vez. Porque la espada del destino tiene dos filos. Uno soy yo, y el otro es la muerte. Y yo lo sé, elfo, sé que la muerte me persigue. Creí ingenuamente que había dejado de seguirme. Y la muerte se burla de mí, porque yo no muero, mueren los que tengo a mi lado. Por eso la dejé, rompiéndole el corazón, por eso me fui de Caingorn aquél día. Por eso no quise mirarla a los ojos, o no hubiera podido.
Eniel suspiró, sonó como un gemido.
—Voy a contarte algo, brujo. Algo que no he confesado a nadie hasta hoy.
El brujo giró la cabeza y le miró, pero Eniel rehuyó su mirada y la posó en el techo.
—El hierofante le dio un d´jinn a Deila. Un solo deseo, le dijo. Ella sufría por tu culpa, cómo sufría, y el d´jinn era la solución.
Geralt se incorporó, su herida le mordió, pero ignoró el dolor. Sintió un extraño frío extenderse por su pecho, el frío de la traición. El frío del rechazo a una acción que manchaba la pureza del recuerdo de ojos de un verde imposible.
—Ella hizo… ¿lo hizo?
El elfo negó con la cabeza.
—No, brujo. Ella tiró la botella, lejos de sí, la lanzó al bosque. Pero yo estaba allí, siempre vigilante, temiendo que en algún momento cometiera una estupidez. Ya amenazó a su hermano una vez con quitarse la vida, Geralt, y la veía capaz. Su hermano también. Yo recogí la botella, brujo. Yo usé al d´jinn. Yo te traje de vuelta a sus brazos. Y, por lo que dices, entonces yo la puse al alcance de tu espada del destino.
El brujo volvió a recostarse en la almohada, se dejó caer, vacío de la tensión que le había impulsado a incorporarse, aliviado por un lado de que su recuerdo siguiera intachable, pero por otro, más oscuro y egoísta, decepcionado. Porque, tal vez, el aborrecimiento a su acción haría que doliera menos. Quizás. ¿Quizás?
No dijo nada.
—Callas. ¿Por qué callas, brujo? Tu silencio es peor que un reproche. Tu silencio es vacío. Un vacío como la tumba, como la muerte.
El brujo cerró los ojos. Las palabras del elfo lo llevaron, sin quererlo, a aquél aciago día. A aquellos días que quería olvidar a toda costa porque no quería revivir el terrible dolor que sintió, la pérdida que dejó su alma despojada, la incredulidad que le asfixió, que le oprimió, queriendo negar la realidad. La volvió a ver en sus recuerdos, los ojos de un verde imposible cerrados para siempre, preciosa hasta en la muerte, cuando era introducida en su última morada de piedra fría y gris, mientras reprimía un grito de horror que atenazaba su garganta, porque no podía ser posible, ella no, ella era tan joven…
Y su bloqueo se desgajó, dejándolo libre por fin, dejando de reprimir sus sentimientos.
—Mi silencio es dolor, Eniel. Porque yo también la amé. Porque me acostumbré a su presencia y la adoraba, y me fue arrebatada. Porque adoraba sus caricias, adoraba sus sonrisas, su olor, su risa, sus besos y su pasión y me fueron arrebatados. Porque no me acostumbro a su ausencia. Porque, de repente, fui expulsado del paraíso. Porque no puedo volver, no puedo hacer nada más que echarla de menos. Por eso callo.
El elfo sintió un nudo en la garganta. Unas lágrimas irreprimibles inundaron sus ojos y cayeron, rápidas, hacia los lados. El brujo no podía. No había lágrimas para él, pero sí sentimientos. Se dejó apalear por esos sentimientos, dejó que le alcanzaran de nuevo, con consciencia de ello. Pensó en ella una vez más. Revivió los buenos tiempos, se dio permiso para revivirlos. Sonrió con melancolía.
—¿Te arrepientes, Geralt? De haberla conocido.
—Nunca, Eniel. Eso no. Eso nunca.
—Yo tampoco. Yo tampoco, brujo.
¿Es mejor vivir siempre bajo un cielo nublado, o echar de menos el sol cuando se esconde? ¿Es mejor no saber nunca lo que es una puesta de sol frente al mar? ¿No haber conocido los colores antes de quedarte ciego? ¿No haber oído las más sublimes melodías antes de quedarte sordo? No, no se arrepentía, a pesar del peso de su ausencia.
Se sintió aligerado. Si no la hubiera conocido, su vida hubiera seguido siendo monocolor, sin un paréntesis de colores vivos. Y se dio cuenta de que, a pesar de todo, era afortunado. Y el dolor menguó, se hizo más soportable.
—Gracias, Eniel. Gracias por haber renunciado a todos esos momentos. Por habérmelos regalado a mí. Porque sé lo difícil que debió resultarte no caer en la tentación.
—De nada, brujo. La hiciste muy feliz, y eso me reconforta.
Volvió a caer el silencio en la enfermería. Cada uno cavilaba, lamiendo sus propias heridas. Pero ambos supieron que les había hecho mucho bien hablar de ella. Hablar por fin sin tapujos de lo que sentían, de lo que reprimían. Porque solo ellos dos podían entender ese dolor. Porque ambos la habían amado.
Jaskier, de espaldas a ellos, parecía dormir, pero en realidad hacía mucho que estaba despierto. Agradeció estar de espaldas a la conversación mantenida por los dos hombres. Porque ni toda la poesía del mundo podía haberle conmovido tanto como lo hicieron las palabras del brujo.

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  Ni frío ni calor 1ª parte (Saga Geralt de Rivia, 1ª historia)
Enviado por: Sashka - 10/02/2019 05:26 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (7)

NI FRÍO NI CALOR
Basado en las saga de Geralt de Rivia  de Andrej Sapkowski.
CAPÍTULO 1
El día que vino al mundo, las campanas de palacio no repicaron alegremente como cuando nació su hermano mayor. En lugar de eso, lúgubres tañidos anunciaron la muerte de la reina. Quizá si su madre hubiera sobrevivido al parto, todo hubiera sido diferente. O quizá no.
La llamaron Deila. Su nombre significaba flor delicada en idioma antiguo, pero nada más lejos de la realidad. Desde su más tierna infancia, dio muestras de un carácter fuerte y obstinado.
El rey, su padre, nunca se preocupó demasiado de ella, lo cual aprovechaba para escabullirse de las clases en favor de sus deseos personales. Ya desde que tuvo uso de razón, aparecía con frecuencia en las dependencias del boticario, y pasaba horas enteras observándole mientras preparaba remedios de todo tipo, mientras clasificaba hierbas, mientras trataba heridas de distinta consideración. El boticario, hombre viejo y sabio, le explicaba, divertido, los procesos y los nombres de las hierbas, así como el cometido para el cual se utilizaban. Pronto pasó a ayudarle en sus quehaceres, con una predisposición e interés impropio de su edad. Tenía un don, una facilidad innata para elaborar todo tipo de productos, así como buen ojo para los diagnósticos y los remedios a aplicar según estos.
Empezó a escapar de palacio, a escondidas, para aprender a buscar las hierbas por sí misma. Sabía que si su padre se enteraba le caería una buena, pero su obsesión era mayor que su miedo. Ignoraba los peligros que moraban los bosques y lo que habitaba allí: solo le importaba ser capaz de encontrar y reconocer las hierbas de su lista.
Las primeras veces tuvo suerte. No se encontró con nada y nadie reparo en su prolongada ausencia, o en su vestido sucio de broza y lleno de enganchones. Decidió hacerse con unas polainas y una camisa, dada la dificultad de moverse entre la vegetación con sus delicados vestidos de princesa.
Pero, lógicamente, su suerte no duró siempre.
Un día se encontró con un jabalí que la persiguió, y tuvo que subir ágilmente a un árbol en el cual pasó horas, hasta que el animal se dio por vencido, dejando su morral tirado descuidadamente durante la huida. Pero otro día se encontró con algo peor, muchísimo peor: un leshy. Hubiera muerto por su mano si no hubiera habido un brujo cerca, casualmente, acechando a la criatura por un contrato.
El brujo, llamado Eskel, áspero al trato y sin ninguna empatía, la escoltó de vuelta a palacio, simplemente para cobrarse honorarios. A Deila le asustaba el brujo casi tanto como el leshy: sus extraños ojos, su figura vestida en cuero negro, sus espadas afiladas, amenazantes y su actitud hosca y brusca.
Su padre montó en cólera. Deila fue castigada, confinada en sus aposentos durante un mes entero, con un guardia ineludible permanentemente en su puerta. El encierro hubiera supuesto para ella el peor de los castigos, pero, estoicamente, decidió aprovecharlo para formarse con la espada. Si quería seguir saliendo, cosa innegable, debía saber defenderse mínimamente.
Así que, cuando su único hermano fue a visitarla, no dudó en pedirle que le enseñara a usarla. Niedamir, que adoraba a su hermanita, no pudo negarse. El joven se divertía en esas clases, viendo a la niña mover una espada casi más grande que ella, pero pronto quedó gratamente sorprendido por su determinación y progresos.
Desde entonces, Deila alternaba sus clases con los preceptores con las visitas al boticario y las clases con su hermano. No salió de palacio en una temporada, puesto que la vigilancia sobre ella era implacable. Pero cuando su padre murió, el año siguiente, todo cambió.
Niedamir fue coronado rey, y la feroz vigilancia sobre ella se terminó.
La primera vez que vio a un elfo se quedó fascinada. Deila observó sus movimientos llenos de gracia, su largo cabello castaño y sus hermosas facciones mientras se acercaba directamente a ella, con un arco en la mano, un carcaj lleno de flechas a la espalda y una hermosa y gran espada en su cadera. Acababa de llegar al bosque y supuso que él había estado esperándola.
—Princesa Deila —le dijo, para su sorpresa—, me llamo Eniel y vivo en este bosque. Seré vuestra escolta siempre que vengáis por aquí. Este es un bosque muy peligroso, majestad, no estáis segura deambulando sola.
—No me llames majestad. No me gusta.
—Pero sois una princesa.
—Como si no lo fuera. Aquí quiero ser solo Deila. Si me haces ese favor, no pondré objeciones a tu presencia en mis excursiones.
El elfo se lo pensó.
—Sea, pues, Deila —resolvió.
Con el tiempo, Eniel y Deila llegaron a ser muy buenos amigos. Durante aquellas asiduas salidas, las conversaciones eran algo habitual, y ella desnudaba su alma a su único amigo como una válvula de escape que aliviaba la presión a la que estaba sometida. El elfo comprendió que la niña necesitaba esos paseos para respirar, como un paréntesis en la vida rigurosa y cada vez más exigente que llevaba en palacio, pues en el bosque podía ser ella misma. No se adaptaba a las normas de palacio. No soportaba fingir ser una delicada damisela. No iba con su carácter ser lo que se esperaba de ella.
Eniel, incluso, la llevaba a veces a su poblado y la invitaba al delicioso té propio de los elfos. Se hizo amiga de otros elfos y elfas, e incluso un día, una elfa muy vieja y venerada como adivina, la miró de un modo especial y le vaticinó algunos detalles de su porvenir, en líneas generales y muy poco precisa, evitando a las claras algunas respuestas, cosa que extrañó a la princesa.
Conforme creció y se hizo mujer, la cosa fue a peor. Pero el día que su hermano le habló de su intención de prometerla a un príncipe vecino, todo estalló.
Fue una disputa sin precedentes. Como su hermano no cedió ante su rechazo y argumentos, Deila acabó arrojando su dorada corona a sus pies y renegó de su condición de princesa.
—Me voy, hermano, abandono palacio y esta asfixiante vida. No voy a someterme ni un día más.
—Obstinada cabezota—gruñó el rey. — ¡No harás tal cosa! ¿A dónde ibas a ir tú sola? Eres aún una niña. Y eres la princesa de Caingorn. No lo permitiré.
—Si me retienes, me arrojaré de la ventana de mi cuarto a la menor ocasión. O cortaré mis muñecas con lo que sea que encuentre, o quizá me halles balanceándome colgada de una soga. Mi muerte pesará sobre tu conciencia, Niedamir.
Así pues, cogió lo imprescindible y se fue de palacio sin que Niedamir pudiera evitarlo. Su hermano no se atrevió a levantar un dedo, pues la veía de sobra capaz de cumplir sus amenazas, y la dejó marchar pensando que volvería, arrepentida y sumisa, cuando viviera en propia piel la vida fuera de los protectores muros de palacio. No sabía cuán equivocado estaba.
Sin embargo, hizo llamar a Eniel y volvió a encomendarle una tarea.
—Sólo tú puedes ayudarme, Eniel. Eres su único amigo, ella confía en ti. Por favor, te ruego que te quedes cerca de ella, que veles por su seguridad y me mantengas informado de todo —le dijo al elfo. — Toma esta bolsa de dinero y dáselo, pues la muy ilusa ni siquiera lleva un oren encima. No dudes es traerla si tiene problemas, tanto si quiere como si no.
—Lo haré, majestad.
Así, Deila dejó el reino y se estableció en Kovir, en una pequeña cabaña muy cerca de la frontera, donde el poder de su hermano no pudiera alcanzarla. Y transcurrieron tres maravillosos años durante los cuales las punzadas de añoranza, la decepción que Niedamir le causara y su desconocimiento sobre cuidarse sola quedaron atrás. Tres maravillosos años durante los cuales se afianzó como sanadora entre las gentes del pueblo más próximo, Gynvael y se ganó su confianza y amistad.

CAPITULO 2

Deila caminaba mirando atentamente al suelo, buscando las extrañas hierbas medicinales que sólo se daban en aquella montaña. Portaba un zurrón atravesado en el pecho, colgando ante sus caderas, y una pequeña navaja en la mano derecha. Un siseo burbujeante hizo que levantara rápidamente la vista y mirara alrededor, inmóvil, adoptando una postura defensiva, pero no vio nada. Escuchó; volvió a oír el sonido y trató de discernir de dónde venía. Su origen parecía ubicarse en un grupo de árboles, entre el espeso follaje.
Sacó la espada de su funda sin hacer ruido y avanzó con cautela, pasos cortos y silenciosos, pues era aquél un bosque peligroso donde los hubiera. Quit pro quo: hierbas que ayudaban a preservar la vida y monstruos que la arrebataban.
Alcanzó unas matas espinosas y miró estirando el cuello: entonces los vio, ambos malheridos, ambos yaciendo en el suelo.
La muchacha saltó con agilidad el arbusto, y se dirigió en primer lugar a la kikimora. El monstruo, parecido a una araña de proporciones grotescas, agonizaba entre estertores; su respiración, ahogada en su propia sangre, producía el sonido que había despertado su cautelosa curiosidad. Levantó la espada por encima de su cabeza y la clavó profundamente en el cuerpo del monstruo, y luego la arrancó. El sonido cesó de inmediato.
Limpió la hoja de la sangre negra en el suelo y la guardó en la funda en su cadera, mientras se acercaba al hombre que yacía inconsciente. Su mano flácida aún agarraba la empuñadura de una espada de plata, y del cuello de su camisa sobresalía un colgante tallado en forma de cabeza de lobo con las fauces abiertas.
Un brujo. A Deila no le gustaban los brujos desde su encuentro con Eskel.
Se arrodilló junto a él y tocó su yugular. Tal como supuso, estaba vivo. Las mutaciones a las que sometían a los brujos les hacía excepcionalmente fuertes, pues su labor consistía en combatir todo tipo de monstruos; Deila también sabía que se curaría más rápido que cualquier humano. El boticario le había explicado todo lo que sabía sobre ellos cuando le sometió a un bombardeo sin tregua de preguntas al respecto, tras ser salvada por Eskel.
Le examinó buscando heridas, y encontró dos: un fuerte golpe en la cabeza y una mordedura en el muslo. El veneno de la kikimora no sería un problema para el metabolismo alterado del hombre, y Deila pensó, además, que tal vez antes del enfrentamiento el brujo habría tomado algún elixir. Quedaba descartado, por ello, el administrarle cualquier antídoto sin saber la naturaleza del bebedizo que, por supuesto, no iba a conocer, aunque estuviera despierto. Por lo visto, también eran muy celosos de sus fórmulas secretas.
Tomó su barbilla e hizo girar la cabeza del hombre hacia el otro lado para estudiar la herida. La sangre manchaba los cabellos prematuramente blancos del brujo, y seguía manando del corte en la zona parietal, aunque poco ya. También salía un hilillo de sangre del oído del mismo lado, y eso no era buena señal. A fin de cuentas, la cabeza del brujo no había resultado tan dura como debiera. La kikimora, de un fuerte golpe o a resultas de estrellarlo contra un tronco, había fisurado su cráneo.
Un relincho llamó su atención, e imaginó que sería el caballo del brujo. Eso ponía las cosas más fáciles. Se levantó y buscó dos ramas largas y suficientemente gruesas, algo que en un bosque no tardó en encontrar, se sacó la capa y la dispuso entre las dos ramas, usó cuerda y pronto tuvo una camilla improvisada. Luego fue en busca del caballo, fijó la camilla y montó en dirección a su cabaña, vigilando al herido.

Cuando llegaba con la parihuela, Eniel estaba esperándola. Él elfo se acercó intrigado y observó al herido mientras Deila desmontaba.
—Ayúdame, Eniel. Hay que meterle en la cama y pesa muchísimo.
—Pero, ¿qué demonios ha pasado?
—Le encontré en el bosque. Tiene un golpetazo en la cabeza.
Eniel la ayudó, cogiendo al hombre por las axilas mientras ella lo hacía por las piernas. Durante el traslado, el elfo reparó en su medallón y frunció el ceño.
Le dejaron en la cama y Deila empezó a quitarle las botas.
— ¿Te has dado cuenta de lo que es este hombre, muchacha? —dijo el elfo, alarmado.
—Un brujo medio muerto, eso es lo que es, Eniel.
—Los brujos son peligrosos, antisociales y lujuriosos. Has hecho mal en traerle a tu casa.
—Mírale, elfo: ¿te parece acaso peligroso? Está muy mal y no omitiré mi ayuda a nadie que la necesite. Cuando se recupere se irá, no voy a quedármelo como mascota. Y ahora ayúdame a quitarle la ropa, anda. Este cuero se pega a su piel como una sanguijuela, y tengo los brazos que ni me los siento ya del esfuerzo.
El elfo maldijo en su idioma, pero obedeció a la curandera. Cuando estuvo desnudo, Eniel parecía aún más disgustado.
—¿Has visto su cuerpo? —dijo ella asombrada—. Parece el muñeco en el que practicaba sutura…Nunca he visto a nadie con tantas cicatrices…
—No me parece correcto, mi señora, esto no está bien. Un hombre desnudo en tu cama…
—En eso te doy la razón. Es bastante embarazoso. Pero se me ocurre algo… Le pondré un saco de grano, ya verás.
Deila salió de la casa y al momento volvió con un saco de arpillera. Cogió del costurero unas tijeras bien afiladas y cortó, en la parte frontal del saco, una línea de arriba abajo. Luego cortó tres medias lunas: una en la parte superior y dos a partir de las esquinas. Con la ayuda de Eniel, se lo vistió al brujo.
—Seguirá teniendo el culo al aire, con tu invento—bufó el elfo.
—Vamos, hombre, no seas pesado. Ya no está desnudo, y eso es lo que importa. Además, voy a taparle con la manta. —le regañó ella mientras vertía agua de un cubo a una palangana.
—No me gusta la idea de que se quede aquí contigo. A parte del peligro, también tienes una reputación que cuidar.
—Nadie ha de verlo, descuida —dijo ella mientras seleccionaba unos frascos, cogía paños limpios y material de sutura.
—Tengo que ausentarme todo el día, pero podría posponerlo. ¿Quieres que me quede?
—¿Qué? —comenzó a reír ella, sentándose en la cama, junto al cuerpo del brujo—, ¿temes que me salte encima, acaso? No te preocupes, estaré bien.
—Bueno. Antes de irme, guardaré el caballo.
—No, déjale suelto que coma hierba, porque no tengo nada que darle. No creo que se escape. Más tarde lo llevaré yo misma al establo.
—Hasta mañana, Deila —dijo el elfo acercándose y depositando un cariñoso beso en la mejilla de la chica.
—Duerme tranquilo, querido: no creo que se despierte en muchas horas —le tranquilizó ella besando la cara del elfo, a su vez.
Eniel se fue y ella comenzó al limpiar la herida de la cabeza. Ya apenas sangraba. Arrastró los restos de sangre hasta que estuvo completamente limpia y entonces cambió de paño. Vertió directamente en el corte un líquido ocre, casi negro, y con el paño limpió el exceso para que no se extendiera más allá de la herida. Entonces enhebró la aguja de sutura.
—Espero que no te despiertes. Así dolerá menos —le dijo al hombre inconsciente.
Y comenzó a coser. El brujo no se despertó. Cuando terminó, le vendó la cabeza, desinfectó el mordisco del muslo y recogió el material de encima de la cama.
Cuando entró en la cabaña acarreando en sus brazos unos troncos para mantener el fuego del hogar esa noche, vio que el brujo tenía los ojos abiertos. Soltó su carga junto a la chimenea y se limpió las manos de broza contra el delantal que cubría su vestido.
— Vaya, has despertado… No esperaba que pudieras aún—dijo, acercándose a lecho donde estaba acostado el hombre. El hizo amago de incorporarse—. No te muevas. Tienes una fisura en la cabeza, me temo.
El brujo no dijo nada, pero renuncio a su intento. La miraba desorientado.
— Soy Deila, curandera, y te encontré herido en el bosque. Junto a una kikimora moribunda.
El hombre la miraba intensamente, estudiando la situación. Ella se sintió un poco azorada por el escrutinio.
— ¿No eres demasiado joven, mi señora, para ser curandera?
—Uh, hablas como mi hermano, empezamos bien…
— ¿Dónde estoy?
— En mi casa… Ah, te refieres a… Estás en Kovir, en las montañas Dragón. ¿Acaso no recuerdas?
— No, no recuerdo nada.
— ¿Me dices quién eres o tampoco lo recuerdas?
— Tampoco, mi señora.
— Vaya. Menudo golpe te llevaste, amigo. Bueno, pórtate bien y las cosas vendrán solas. Intenta descansar y, sobre todo, no te muevas. Si tienes náuseas avísame, te acercaré el cubo. ¿Cómo te encuentras?
—Mareado.
—Ya.
La mano del brujo se elevó y palpó el vendaje con cuidado.
—No te toques. Te he dado unos puntos más para tu colección. Estás más zurcido que unos calcetines viejos, brujo.
El brujo sonrió. Tenía una agradable sonrisa. Burlona y poco definida, eran sus ojos más que su boca lo que parecía sonreír, se formaban unas pequeñas arrugas bajo las sienes, al final del ojo.
Deila se sentó frente a la mesa y vació el morral sobre ésta. Comenzó a separar las diferentes hierbas que había recogido esa tarde en montoncitos y, cuando terminó, las metió en frascos de cristal que tapó con tapaderas de tela.
El brujo la miraba hacer, no dormía. Empezó a evaluarla. Advirtió sus manos cuidadas, sus movimientos elegantes, su ropa sencilla, pero de calidad, y la seguridad en sí misma que irradiaba. Se sintió intrigado.
Era menuda y delgada, pero, observó el brujo, con buenas curvas; su cabello ondulado y muy abundante caía por su espalda como una brillante catarata de oro. Sin embargo, era su rostro lo más atractivo en ella. Sus ojos eran de un verde imposible, ribeteados por largas pestañas oscuras, su nariz, deliciosa; sus labios regordetes, jugosos y remarcados, y sus cejas, bien delineadas, eran la guinda del pastel. Una chica muy atractiva, sin duda. Pero extremadamente joven, casi una niña.
Deila colocó unos troncos en la chimenea y colgó en un gancho una olla para calentar su contenido.
— Por aquí el verano sólo se nota de día. Las noches son frías, brujo. ¿Tienes hambre?
— Tengo, mi señora.
— Enseguida se calentará el cocido. Espera, no trates de levantarte solo, yo te ayudo.
La curandera ofreció sus hombros al brazo de Geralt para que se sirviera de su apoyo y lo condujo hasta la mesa, donde se sentó en una silla. Luego se afanó en traer platos, cucharas, vasos, servilletas y media hogaza de pan. Y una jarra de agua.
El brujo reparó entonces en el saco que vestía.
—¿Qué demonios es esto? —dijo cogiendo la tela.
—Bueno, digamos que es por pudor.
El brujo levantó una ceja y ella se encogió de hombros.
—Qué quieres que te diga, no tengo ropa de hombre.
Sirvió dos platos de estofado, uno para cada uno, pero él advirtió que el suyo contenía poca comida, y llenó los vasos.
—Come despacio. No estoy segura de que sea buena idea que comas, pero, si tienes hambre, podemos probar a ver qué pasa.
El brujo tenía hambre. No obstante, obedeció a la muchacha y comió despacio, masticando cada bocado repetidamente. Luego se bebió el vaso de agua entero. Y, a continuación, lo vomitó todo al suelo.
— Lo siento, mi señora…— dijo el brujo, avergonzado.
— No importa, ahora lo recojo… Era lo que me temía. Vamos, antes te acuesto de nuevo, no estás bien.
La mujer le acostó con cuidado, y luego salió a la noche. Regresó con un cubo de agua y una bayeta, y comenzó a recoger el desaguisado. Geralt se sentía aún más abochornado viéndola hacer, arrodillada; sólo la mutación de sus capilares evitaba que su rostro estuviera rojo como la grana. Pero enseguida se durmió.
Se despertó varias veces, esa noche. La primera, vio a la muchacha sentada frente a la mesa, con un candil encendido y un libro sobre ésta. Leía algo atentamente, tanto que ni siquiera se percató de que él estaba despierto. La segunda, ella removía con una larga cuchara de madera el interior del caldero, que desprendía un olor acre. La tercera, le despertó ella para hacerle beber algo que sabía a rayos. Pero no se resistió y se lo bebió todo, obediente, pues entendió que gran parte de la noche se la había pasado elaborando esa medicina para él.
— Mi señora, tengo ganas de... Bueno, mi vejiga va a estallar si no la alivio. Debo salir.
— De eso nada, ahora traigo el cubo. No intentes incorporarte solo, brujo, por lo que más quieras. Solo faltaría que te cayeras y se abrieran los puntos.
Deila salió y entró casi inmediatamente a la cabaña, ayudó a hombre a ponerse de pie y aguantó el cubo para él ante sus caderas. El brujo la miró, indeciso.
— ¿Qué? — dijo ella— No voy a mirarte, si es por lo que vacilas. Oh, por todos los demonios, ya me pongo de cara a la pared. No tenéis precisamente fama de mojigatos, los brujos. —dijo riéndose de la incomodidad del hombre.
—¿Mojigato? —se molestó él—. No serías la primera mujer que me ve desnudo, pero sí la primera niña. Una niña con ínfulas de mujer.
—¿Niña? —se enojó ella. — ¡Ja! Pues si ya te he visto, mi señor, cuando te desnudé. Fue inevitable. Y no me he desmayado, ni siquiera un aspaviento. No soy una niña.
—En realidad, sólo trataba de ser considerado, mi señora.
—Agradezco tu consideración, pero a mí lo que me preocupa es que te dé un mareo, acabes en el suelo y empeores tu situación.  Sin embargo, me daré la vuelta, para ahorrarnos esta estúpida conversación, ¿estás seguro de que no te caerás?
El brujo gruñó, desconcertado por la naturalidad de la muchacha.
—Tomaré eso como un sí.
La muchacha cambió de mano el cubo y se volvió hacia la pared, del lado contrario al que encaraba Geralt. Al poco oyó el sonido de un chorro golpeando el fondo del recipiente.
— Ya está, gracias, mi señora— dijo el brujo cuando hubo terminado.
Ella dejó el cubo en el suelo y le ayudó a acostarse una vez más. Luego salió fuera, seguramente para aliviar su propia vejiga, y entró de nuevo con el cubo, ahora vacío, que dejó en un rincón. Sacó dos mantas de un arcón e hizo una cama en el suelo. El brujo se sintió turbado al ver su sacrificio.
—Ahora es tu momento de mirar a la pared, mi señor. Me voy a desvestir y a ponerme el camisón.
—Deila, debo ser yo quien duerma en el suelo —dijo, haciendo amago de levantarse.
—¡No te muevas! —le regañó ella—. Así está bien, no importa. Estás herido y yo estoy lo bastante sana como para dormir aquí. Y deja ya de tratarme como si fuera a romperme, brujo, es irritante.
Ella se acercó a las mantas y comenzó a desvestirse. Él volvió la cabeza hacia la pared. El silencio cayó mientras se vestía el camisón.
—¿Quieres algo antes de que me acueste? ¿Un vaso de agua, tal vez?
El brujo asintió y ella llenó un vaso, se lo acercó y le ayudó a incorporarse. Bebió unos sorbos y se dejó caer de nuevo. Antes de que ella se diera la vuelta, él tomó su mano y la besó.  Ella se estremeció al sentir el calor de sus labios en la piel.
—Lo siento, mi señora… —dijo—. Me refiero al modo en que te he hablado antes. Eres muy amable conmigo, soy un brujo, y no mucha gente haría por mí lo que estás haciendo. Gracias, mi señora.
—No importa —susurró azorada, retirando su mano de las del hombre—. Eres mi paciente, yo te traje aquí porque me necesitabas, y yo no escojo entre quien me necesita. No me das miedo, ni creo en la leyenda que os cuelgan a los brujos. No suelo dar crédito a las habladurías de gentes crédulas, ignorantes y que gustan del vilipendio para entretener sus días. Y ahora duerme, brujo.
La miró con admiración. Y se dio cuenta de que, tal vez, no era una niña.

Ésta vez, al despertar, ya era de día. La pequeña cabaña estaba bañada por la luz del sol que entraba a raudales por las ventanas, motitas de polvo flotaban visibles a través de los rayos. El fuego del hogar estaba casi apagado, y no había ni rastro de la curandera ni de las mantas en las que había dormido. La mesa estaba recogida y el caldero limpio.
El brujo se percató de que el dolor de cabeza era más soportable, y se levantó con cuidado. Al no sentir mareo ni debilidad ninguna, se calzó las botas y salió de la cabaña en busca de las letrinas. Oyó a Deila discutir con un hombre, se alivió con prisa y encaminó sus pasos hacia ellos.
— ¡Dile a tu señor que me deje en paz! — gritaba la curandera enfadada. — ¡No pienso acceder a sus deseos!
El hombre vio a Geralt y frunció el ceño. Apoyó su mano enguantada en el pomo de su espada. Al brujo, eso no le gustó.
— ¿Qué ocurre, mi señora?
La muchacha se giró, sorprendida.
— Nada… — enfrentó su mirada de nuevo al desconocido, un esbirro con buenas vestiduras, jactancioso como un pavo—. Eso es todo lo que tengo que decir. Buenos días.
El hombre seguía mirando al brujo como si intentara recordar de qué le conocía. Dio dos pasos hacia atrás antes de darse la vuelta y montar en su caballo. Lo espoleó y partió al galope, camino abajo.
— ¿Por qué demonios te has levantado? ¿Es que acaso no te dejé claro que no debías hacerlo? — regañó al brujo sin contemplaciones.
— Me encuentro mucho mejor. ¿Por qué discutías con ese hombre? — insistió él.
— Ay, brujo— suspiró ella—, todo el mundo cree que puede aprovecharse de una mujer que vive sola. Pero conmigo han pinchado hueso. Anda, volvamos a la cabaña. He de cambiarte el vendaje. Una vez en la cabaña, ella le sentó en el lecho y le ayudó a quitarse las botas.
—Mi señora, ¿dónde están mis efectos?
—Dejé todo aquí, lo entré cuando saqué la silla a tu caballo. Tus espadas, tu ropa, lo que llevabas encima, está bajo la cama.
El brujo se puso de rodillas y sacó sus cosas, las extendió sobre el suelo. Deila se echó a reír.
—¿Qué ocurre, mi señora?
—Tendré que hacerte algo de ropa. Esa abertura trasera del saco es algo perturbadora…
El brujo se agarró la abertura lo mejor que pudo, respetuoso, tratando de mantener los dos lados unidos.
La muchacha le trajo todo lo que recuperó de la silla de su caballo y también lo puso allí. El hombre tocaba y observaba los objetos como si fuera la primera vez que los veía.
—Sigues sin recordar…
—Sí, mi señora.
—Bueno, pues recojamos y te prepararé una infusión contra las inflamaciones en cuanto te cambie el vendaje. Dale tiempo a tu cabeza a curarse, no desesperes. Y vuelve a la cama. Es importante que guardes reposo.
Mientras ella preparaba la infusión, Eniel apareció por la puerta, aún abierta. Pareció sorprendido al ver al brujo despierto.
—Buenos días. ¿Todo bien por aquí, Deila?
—Hola, Eniel. Sí, mi paciente ha despertado, pero no recuerda ni quién es.
El elfo levantó las cejas, sorprendido. El brujo y él se miraron, evaluándose. Luego carraspeó.
—¿Puedes venir un momento? —Le dijo a la muchacha.
Ella puso cara de fastidio, pero acudió.
—No estoy tranquilo. No, Deila—dijo cuando ella abrió la boca para protestar, silenciándola. — Es un extraño. Un hombre adulto. Y para colmo un brujo. No estoy tranquilo.
—Puedes estarlo—dijo el brujo desde la cama, que le había oído perfectamente a pesar de la distancia y la voz baja del otro—. Quiero decir que no voy a hacerle daño. En ningún sentido. Tienes mi palabra.
—Y yo me aseguraré de ello, descuida —le respondió Eniel, aún desconfiado. —Te he traído grano para el caballo, está en el establo. ¿Quieres que me quede?
—Haz como gustes, pero estoy bien a salvo. El brujo, además de ser educado, está débil como un gatito. No es una amenaza, Eniel, deja de exagerar.
—Está bien.
Luego le dio un ligero beso en la mejilla a Deila y se marchó.
—Es muy considerado contigo ese elfo, mi señora —observó el brujo.
—Es como un hermano para mí. No sé qué haría sin él. Y ahora, vamos a cambiar la venda.
Deila observó la herida con detenimiento. Estaba mejor. No se había infectado y no supuraba, los puntos sujetaban bien el corte en vías de cicatrización. Se curaba rápido. Volvió a ponerle el líquido ambarino por encima y vendó de nuevo su cabeza.
—Ahora bébete esto y luego duerme un rato.
Y él la obedeció sin rechistar.
Deila le despertó cuando empezaba a atardecer. La mesa estaba dispuesta, asado con patatas en los dos platos, media hogaza de pan recién hecho y la inevitable jarra de agua.
—Vamos, brujo. Tienes que comer —le dijo disponiéndose a levantarlo. —¿Necesitas ayuda o puedes tú solo?
—Creo que puedo.
A pesar de los pasos vacilantes, llegó a la mesa sin novedad. Deila ocupó su silla y comenzaron a comer en silencio.
—Sois muy reservados los brujos. No os gusta mucho hablar.
Él levantó la vista y la miró, dejando el tenedor a medio camino del plato a su boca.
—¿Acaso conoces a algún otro, mi señora?
—Hace mucho tiempo, uno de tus compañeros me salvó de un leshy.
El brujo levantó las cejas.
—¿Un leshy? Un milagro que vivieras para contarlo, a pesar de haber un brujo allí.
—Será cosa del destino.
—¿Quién era el brujo, mi señora? —dijo llevando el tenedor a su boca al fin.
—Un tal Eskel.
—Ahá.
—Le conoces, supongo.
—Todos nos conocemos.
—Parecía muy ágil y diestro, muy profesional. Aunque…
Ahora el hombre frunció el ceño.
—Aunque, ¿qué?
—Me asustaba tanto como el monstruo. No fue nada amable conmigo.
—Estaría enfadado por tu imprudencia, mi señora —dijo con un amago de sonrisa.
Cuando acabaron de comer, recoger y lavar los utensilios, Deila sacó un gran retal de tela oscura y la dispuso sobre la mesa. También un costurero. Extendió la tela y puso una tiza encima. Luego cogió un cordón y se acercó con él al brujo.
—Voy a hacerte unos pantalones cómodos, sencillos. Estás ridículo con ese saco deambulando por aquí, cumplió su función, pero ya no es suficiente. Ponte de pie, te tomaré medidas.
—¿No eres demasiado joven para ser modista, mi señora?
—Otra vez hablas como mi hermano, brujo. Creo que nunca os presentaré.
El brujo sonrió.
—¿Dónde está él?
—Lejos. En Caingorn —dijo mientras envolvía la cintura del hombre con el cordón. Con un dedo sujetó el punto donde el extremo se encontró con el resto del cordel.
—Ah. ¿Y tus padres?
—Murieron, mi señor.
Deila extendió el trozo en la tela y marcó una línea con la tiza.
—Lo siento.
Ella se encogió de hombros mientras volvía hacia él. Puso el cordón en su cintura.
—Sujétalo fuerte —le pidió.
Él lo hizo y ella extendió el resto hacia el suelo, agachándose. Sujeto la medida y volvió al retal. Marcó otra línea. Luego tomó medidas del tiro, el ancho de pierna, de rodilla y de caderas. Una vez hechos los patrones del delantero y trasero del futuro pantalón, cortó la tela a un dedo de las marcas. Luego fijó con alfileres las dos partes y enhebró la aguja.
—¿Dónde está mi caballo?
—Está en mi establo, no te preocupes. Todo el establo para él, lleno de heno limpio y fresco y con un montón grano que me ha traído Eniel, pues yo no tenía.
—¿No tienes caballo?
—Tuve uno, pero hace unos meses murió. No he vuelto a comprar otro.
La aguja entraba y salía de la tela velozmente, dejando a su paso unas puntadas regulares y fuertes.
La tarde fue discurriendo lentamente mientras Delia cosía y charlaba con su paciente.
Finalmente, los pantalones estuvieron terminados.
—Póntelos, brujo.
El hombre así lo hizo. Se dio la vuelta y ajustó los cordones de su bragueta, atándolos en la cintura y se quitó el saco.
—Muy profesional —dijo, admirando el trabajo de la muchacha.
—¿Qué creías? —rió ella—. Si te dejas llevar por las apariencias, es que eres un brujo tonto de capirote.
—A veces tiendo a ser un brujo tonto de capirote, mi señora. Gracias.
—De nada. Voy a hacer la cena y luego a dormir, estoy cansada—dijo bostezando.

CAPITULO 3

El brujo se despertó por el ruido del agua. Abrió los ojos y la vio derramando un cubo en una bañera de madera, mientras los vapores se elevaban a su alrededor. Deila comprobó la temperatura con el dorso de la mano y pareció satisfecha. Entonces le miró y sonrió.
—Bienvenido al mundo de nuevo, brujo. Este baño es para ti. He decidido que no estoy dispuesta a soportar por más tiempo ese extraño olor que desprendes, así que a adentro. Vamos, no voy a mirarte.
El brujo se incorporó y se dejó ayudar por la curandera. Junto a la bañera, se quitó impúdicamente los pantalones y luego introdujo un pie primero y después el otro y se sentó. Deila le retiro el vendaje de la cabeza y estudió la herida.
—Te lavaré la cabeza, primero, y luego continuas tú. La herida se mojará inevitablemente, pero ya la secaré bien después. Inclínate hacia delante y cierra los ojos, por favor.
Con un cuenco, empezó a tirar agua sobre la cabeza del brujo. Cuando estuvo empapada, frotó el jabón sobre su cabello hasta que apareció suficiente espuma, entonces lo dejó en el suelo y comenzó a frotar suavemente. Notó cómo el hombre se relajaba bajo sus dedos. Le masajeó durante un rato, satisfecha. Cuando le pareció suficiente, volvió a llenar el cuenco y aclaró el jabón abundantemente, luego empujó con cuidado su cabeza hacia atrás y peinó con los dedos el blanco cabello, para apartarlo de su rostro.
—Ya está. Ahora continúa tú. Cuando termines, ahí tienes la toalla —le dijo.
—Gracias, mi señora. ¿Me pasas el jabón? No puedo cogerlo.
—Cierto, brujo, lo dejé en el suelo —admitió ella recogiéndolo y tendiéndoselo.
——Geralt… Me llamo Geralt. Geralt de Rivia…
Deila le miró a los ojos, sorprendida, la pastilla de jabón aguardaba en su mano tendida a ser recogida por el no menos asombrado brujo.
—Bonito nombre. Vaya, Geralt de Rivia, parece que realmente mejoras. Me alegro.  
El brujo cogió por fin el jabón de su mano. Ella recogió la ropa de cuero del brujo y salió sin decir nada más.
Cuando Geralt se hubo aseado, salió de la bañera y tomó la toalla para secarse. Miró con curiosidad los rizos de algodón de la ropa, maravillado ante su tacto suave. Era un artículo de lujo, solamente poseían toallas las gentes muy pudientes. Volvió a sentirse extrañado.
Desnudo, pero con la toalla rodeando sus caderas, se acercó a la cama y se agachó junto a esta, sacó un cofrecillo y rebuscó hasta encontrar una redoma con un sello verde. La tomó uno y miró el líquido que contenía. Deila apareció entonces por la puerta, llevando la ropa de cuero negro del brujo, ahora limpia, en su brazo.
—¿Qué estás haciendo, Geralt?
—Tengo que tomarme este elixir. Me acuerdo de que lo tomaba cuando estaba herido.
—¿Por qué, qué es lo que hace?
—Supongo que me ayudará a curarme, mi señora.
Ella levantó una ceja, incrédula, mientras el brujo destapaba el frasquito y lo llevaba a su boca, vaciando su contenido. Guardó el frasco vacío donde lo encontró y esperó sin moverse, de rodillas, sobre el suelo de madera. El brujo se equivocaba.
Cayó de lado sobre el suelo, inconsciente, y comenzó a revolverse. Deila se arrodilló a su lado, asustada.
—¿Té te pasa, brujo? ¡Geralt!
No podía levantarlo, no sabía qué le pasaba, ni qué hacer. Luego él comenzó a hablar incoherentemente, cosas sin sentido, durante mucho rato. Deila estaba asustadísima. Blasfemó como un elfo, como un elfo sumamente grosero, del mismo pánico.
Y, justo en ese momento, llegó Eniel. Abrió la puerta de golpe, alarmado al haber oído las blasfemias de la curandera a medida que se acercaba a su puerta.
—¿Qué ocurre, Deila?
—Ha tomado algo, un elixir de brujos, no sé qué hacer… ¡Mírale!
—Vamos a subirlo a la cama.
Entre los dos lo izaron. Estaba frío al tacto, ella lo arropó con la manta. El brujo gritaba, se quejaba, hablaba incoherencias… y luego calló de golpe. Su respiración se hizo lenta, sus latidos se ralentizaron.
Deila estaba blanca como una sábana y aún más asustada.
—Se me muere, Eniel. ¡Se me muere! ¿Qué demonios ha tomado, veneno? ¡Si no recuerda nada, cómo demonios se le ocurrió beber eso! Voy a ponerle otra manta, está frío como la tumba… ¡Maldita sea!
—Deila —el elfo la cogió por los hombros—. Tranquilízate. Es un brujo y ha tomado un elixir de brujo. No creo que le mate.
—Pero si apenas respira… ¿acaso no lo ves? Su corazón apenas late… —dijo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Eniel la abrazó y acarició su cabeza. La muchacha sollozó.
—Tuve que haberlo impedido, pero me quedé ahí quieta como una idiota, y ahora se muere…
Eniel besó su frente, su mano seguía acariciando su cabeza, en un intento de calmarla.
—Tranquila, pequeña. Respira, respira hondo. Tú no tienes la culpa. Cálmate. Respira… Así, muy bien. ¿Estás mejor?
Ella asintió contra su hombro. Dejó de sollozar. Eniel aflojó su abrazo y ella se sentó en la cama, junto al brujo. Puso sus dedos en su yugular, los retiró y miró a Eniel, resignada.
—Su pulso es muy débil. No puedo hacer nada, no me atrevo a darle nada, no sé si empeoraría las cosas. Sólo queda esperar… y rezar.
Era ya de noche cuando el brujo se movió un poco. Eniel se había marchado no hacía mucho, quiso quedarse, pero ella lo impidió. Deila se inclinó hacia él y puso sus dedos sobre su yugular, pero, al momento, la mano del brujo emergió como un rayo entre las mantas y aprisionó su muñeca. Ella se asustó, el movimiento había sido muy rápido, instintivo.
—Geralt, soy yo, Deila. Suéltame, me haces daño.
Él abrió los ojos y la miró. La liberó y dejó caer el brazo.
—Perdona, yo… Tengo sed…
—Voy a darte agua, aunque desearía darte de palos, en vez de agua. ¿Sabes el susto que me has dado? Creí que te morías. De verdad creí que te morías, brujo inconsciente.
El brujo, inesperadamente, rió bajito. Ella se enfadó más.
—Me recuerdas a… Nenneke —ciertamente, recordó a la sanadora y su talante. Y le pareció gracioso oírla a través de los labios de la muchacha.
—Pues buen criterio tendrá esa Nenneke y bien conocerá tu poco seso, si te la recuerdo.
—Es sacerdotisa del santuario de Melitele, en Ellander. Una gran sanadora.
Deila sintió una punzada de celos. Se levantó y fue a por el agua. Regresó y se lo ofreció, él bebió con avidez.
—He escondido tu maldito cofre. No vas a tomar nada más hasta que tu memoria esté restablecida, tendrás que confiar en mi habilidad como curandera. No voy a pasar por lo que he pasado hoy de nuevo, te lo aseguro.
El brujo cogió su mano y la obligó a sentarse en la cama. Se incorporó, mirándola a los ojos. Sus manos envolvieron la de la muchacha, la acariciaron con suavidad.
—Siento haberte preocupado tanto. Lo siento, Deila.
La muchacha asintió, turbada. Desvió la mirada y retiró su mano de entre las suyas y se levantó. Sentía aún el cosquilleo en su piel, echaba de menos el calor de sus manos en la suya mientras hacía la cena. Maldijo la debilidad que empezaba a sentir por él.
Cenaron en silencio. El fuego crepitaba, lamiendo los troncos que ardían alegremente en el hogar. Ella, inconscientemente, se sorprendía de cuando en cuando mirándole fijamente y retiraba deprisa la mirada. Él también se dio cuenta, pero lo disimuló.

Al día siguiente, cuando despertó, la cama estaba vacía. Se incorporó rápidamente, buscándole. Se tranquilizó cuando vio su ropa de brujo sobre la silla en que ella la dejara el día antes, pues por un momento había creído que se había marchado. Luego reparó en el sonido del hacha y se levantó como un resorte.
—Geralt, pero ¿qué demonios haces partiendo leña? ¿Te has vuelto loco?
—Me encuentro muy bien, Deila. Estoy bien.
—Tienes una fisura en el cráneo, te recuerdo.
—Mi fisura está curada, te lo garantizo.
—¡Y un cuerno! Entra y deja eso. Ayer no te vendé la herida con todo el revuelo que formaste.
Geralt dejó el hacha y la acompañó, obediente. Una vez dentro, se sentó en una silla.
Deila le rodeó y abrió su cabello para ver la herida. No pudo creer lo que vio.
La herida estaba cerrada, una cicatriz ribeteada por los puntos. El mordisco del muslo también estaba curado, según él. El asombro casi no le dejaba articular palabra.
—No… no puedo… creerlo. ¿Cómo es posible?
—Recetas de brujos, mi señora.
—Ya veo… Bueno, ahora habrá que quitar esos ridículos puntos que sujetan una cicatriz cerrada por completo. Necesito mis pinzas y las tijeras.
El brujo aguantó estoicamente los tirones de la muchacha al quitarle las suturas, luego ella recogió el material y lo guardó.
—Voy a ponerle grano a tu caballo. Ahí tienes tu ropa de brujo, limpia y seca, por si prefieres vestirla.
—Gracias, mi señora. De momento, prefiero la camisa y los pantalones nuevos que visto.
Ella sonrió, complacida.
Deila entró en el establo, el caballo relinchó bajito. Se encaminó al saco que descansaba en un rincón y cogió el balde para llenar de grano el comedero.
En ese momento, dos hombres entraron. Deila los miró sorprendida. Parecían dos rufianes de poca monta, sonreían enseñando sus mellas.
—Bueno, bueno, bueno —dijo uno de ellos, el que peor aspecto tenía. — Qué tenemos aquí, la belleza de Gynvael, ni más ni menos… Y sola.
—¿Qué queréis? —les pregunto ella con voz dura, helada.
—Vamos a llevarte a la ciudadela, pero antes… Podemos divertirnos un ratito.
—Don Robert nos advirtió que no la tocáramos —dijo el otro.
—Ya, pero no es necesario desflorarla teniendo ese precioso culito, ¿verdad?
El hombre se abalanzó sobre ella, derribándola. Deila gritó y empezó a patalear, a pegarle, a arañarle.
—¡Sujétala, idiota, antes de que me saque un ojo!
El otro hombre inmovilizó los brazos de la muchacha, mientras el primero sacaba un cuchillo de su flanco y cortaba los cordones de su corsé. Rasgó su vestido, desnudando sus senos llenos y redondos, mientras frotaba su entrepierna en los muslos de la curandera. Entonces empezó a recorrer su cuerpo con una mano torpe, la otra bajaba sus enaguas de forma brusca. El hombre que la sujetaba reía tontamente, excitado.
De nada servían los pataleos de la muchacha, pues el peso del rufián inmovilizaba en gran medida sus intentos de zafarse. Se desesperó. Estaba indefensa, a su merced. Le apretó los pechos dolorosamente y ella sintió crecer un pánico primigenio en su interior, comenzó a llorar, a gritar, a aullar de impotencia y de dolor.
—Ven aquí, zorrita. Ya es hora de que sepas lo que es un hombre…
El rufián sintió el frío filo de una espada contra su cuello.
—Sacadle las manos de encima a la señorita. Ya.
Los dos hombres la soltaron en el acto. Deila se arrastró a un rincón, donde se acurrucó intentando recomponer con las manos la pechera rasgada de su vestido.
—Fuera —siseó el brujo.
Sin decir ni una palabra, los dos hombres salieron del establo como alma que lleva el diablo. Geralt los vio desaparecer por el bosque, pero permaneció unos momentos allí de pie, vigilante. Luego se acercó a la muchacha, que temblaba violentamente y sollozaba, guardó su espada a su espalda y la levantó en brazos.
Entró con ella a la cabaña y se sentó en una silla, con la muchacha en su regazo, frente a las brasas del hogar. Deila lloraba quedamente ahora, turbada, avergonzada, acurrucada contra su pecho y rodeada por sus brazos protectores. Geralt comenzó a acariciar su pelo, quitando la paja prendida en este con delicadeza, calmándola, hasta dejarlo limpio. Acarició suavemente su nuca y su espalda, y la curandera, poco a poco, se fue tranquilizando y su llanto cesó. Se quedó adormilada contra su pecho, relajada ahora, sintiéndose a salvo entre sus brazos. Podía oler el aroma del jabón de baño en su piel, en su cabello, el peso de su cabeza apoyada contra la suya. Sintió el deseo de alzar los brazos y enredar sus dedos en el blanco cabello de su nuca.
—Geralt... No le digas…no le digas a Eniel lo que ha pasado, por favor.
—¿Conocías a esos hombres?
—No.
De nuevo silencio. La mano del brujo subía y bajaba por su espalda.
—Geralt…
—Mmm?
—Gracias.
—No hay de qué.
La mano del hombre cambió de rumbo y volvió a la catarata dorada, acariciándola desde la cabeza hasta la punta.
—Geralt…
—¿Si?
—Me gusta que me acaricies.
Deila alzó la cabeza y le miró a los ojos. Luego su mirada resbaló a sus labios. Estaban muy cerca. Sólo con adelantarse un poco hubiera podido besarle. Por un momento, pareció que el brujo iba a hacerlo, pero la besó en la frente y se levantó con ella en brazos. La llevó a la cama, le quitó las botas con delicadeza y la arropó.
—Duerme, Deila. Duerme un rato.
Ella durmió hasta el atardecer.
Cuando se despertó preparó la bañera para ella. Necesitaba lavarse, quitar de su piel la humillante huella de aquél rufián. El brujo no estaba.
Se introdujo en el agua caliente y apoyó la cabeza contra la bañera, intentando relajarse. Cerró los ojos agradablemente, el agua actuaba como un bálsamo en sus alterados nervios. Pensó en él. Agradeció su presencia, su protección. Una sensación cálida la envolvió al evocar la imagen de estar entre sus brazos, de sus caricias reconfortantes, de su beso en la frente. Una oleada de un sentimiento desconocido la inundo, fuerte, contundente. Se sintió bien, el recuerdo de la agresión se diluyó ante esa nueva sensación que la embargaba. Ni siquiera intentó luchar contra esta, se dejó llevar dócilmente.
Se desperezó y se lavó por fin, pues el bienestar se esfumaba a medida que el agua se iba enfriando. Terminó y se puso de pie, chorreando agua. Sacó un pie de la bañera, y la puerta se abrió. El brujo estaba allí, mirándola. Ella se quedó inmóvil por un momento, mirándole también. Ambos parecían congelados. Poco a poco, ella tomó la toalla y se envolvió en esta, sin apartar la mirada del brujo, quien pareció salir de pronto de su estado hipnótico y volvió a salir, cerrando la puerta tras de sí.
Una parte de ella aulló en negación cuando se fue.
La mañana siguiente se despertó muy temprano y contempló al brujo durmiendo en el suelo, en las mantas que ella usara los días previos. No había ya razón para permitir que ella durmiera en el suelo, y no lo permitió. Estaba boca arriba, sus cabellos blancos descansaban en abanico alrededor de su cabeza, la manta rodeaba su cintura dejando su torso al descubierto. Sintió el impulso de tenderse junto a él, de abrazarle y hundir sus dedos en su blanco cabello. Pero no se atrevió. Se levantó e hizo el desayuno. Más tarde, cuando él despertó, hablaron muy poco.
Por la tarde, Deila quiso bajar a la ciudad, Gynvael, a por varios artículos que andaban escasos. Geralt se ofreció a llevarla en Sardinilla, su caballo. Ella aceptó.
El mercado de Gynvael era famoso por esos lares. Comerciantes de todo Kovir se daban cita los jueves en la Plaza de Greyden, donde se congregaba un laberinto de puestos ambulantes con productos de todos los Reinos de Norte.
Deila, montada a la trasera de Geralt, indicó al brujo un establo donde conducir a Sardinilla, pues no faltaban en tales aglomeraciones pícaros aficionados a quedarse con lo ajeno, incluidos los caballos dejados en cualquier poste.
— ¡Alabados sean los dioses, señorita curandera! — dijo el caballerizo, un hombre al que le faltaban la mitad de los dientes, mientras ambos desmontaban.
— Alabados sean, Zuan. Me preguntaba si nos guardarías el caballo mientras voy a unos recados…
— Ya lo creo, y ni un real he de cobraile a vuesa merced. Pos no me se ha de olvidar que cura a mi hijo le disteis, señorita curandera. Vaya, vaya tranquila a esos mandaos, que yo le guardo el caballo y hasta grano le daré.
— Muchísimas gracias, Zuan. Vamos, Geralt.
El mercado era un mar de cuerpos moviéndose como tortugas, tenderetes de telas de vivos colores y bullicio, gritos de los vendedores y de algunas mujeres peleándose por las tandas, los géneros o simples ganas de bulla. El brujo dudó un momento si sumergirse en aquella locura o no; Deila tomó su mano, riéndose de sus reservas, y lo arrastró con ella por los pasillos atestados.
Compró un montón de cosas, desde comestibles a gruesa tela de paño de varios colores, soportando empujones, vigilando la bolsa del dinero, sudando al sol que caía en la plaza. Geralt cargaba con las mercancías, agobiado y con unas enormes ganas de acabar de una vez. No sabía por qué, pero esa ciudad le ponía de mal humor.
Deila se detuvo ante dos muchachas con poca pero vistosa ropa que terminaban un número circense con antorchas encendidas. Unas pocas monedas tintinearon al caer dentro de una redoma de metal ya muy maltrecha.
— Hola, Deila— la saludaron, mientras apagaban los fuegos en el suelo.
Luego dejaron caer las antorchas y se acercaron a ellos, el corro de gente comenzó a desfilar a paso de tortuga.
— Azuan, Illea, os presento a Geralt.
El brujo se inclinó un poco a modo de saludo, intentando disimular el fastidio que sentía por aquella parada cuando estaba deseando salir de aquel maldito mercado. Ellas se acercaron al brujo y le plantaron un beso en cada mejilla, dejándole pasmado. Luego centraron su atención en la curandera.
— Ándate con cuidado, Deila. No te quieren bien por aquí, y no me refiero a los aldeanos… Ya me entiendes. Hay rumores, protégete. Quédate en el bosque con ese elfo tuyo. —dijo Azuan.
— Gracias, precisamente, a los aldeanos, que tienen en gran estima los servicios que les prestas, no han tomado mayores medidas contra ti anteriormente— añadió Illea—. Si lo hicieran, la turba hubiera sido capaz de quemar el castillo con su señor dentro, y lo sabía. Pero están lanzando rumores acerca de ti…y el brujo. Intenta rebajarte a los ojos de la gente. Ten cuidado, Deila.
—Gracias por el aviso, amigas. Debemos irnos ya. Hasta la vista— se despidió la curandera.
— Adiós, Deila, adiós, Geralt— respondieron ellas. Geralt soportó otro par de besos de las muchachas.
Se mezclaron de nuevo en la marea humana, lenta, desquiciante, pestilente.
— ¿Qué es lo que ocurre, Deila? — preguntó el brujo acercándose a su oreja, para hacerse oír por encima de los gritos de los mercaderes. — ¿Quién te quiere mal?
— Te lo explicaré, brujo, pero no aquí. Vamos, la salida de la plaza está cerca. Y, si eres capaz de cambiar inmediatamente esa expresión de fastidio, te invitaré a una cerveza fresca en la taberna.
Geralt cambió inmediatamente la expresión de fastidio, deseando trasegar cualquier cosa que refrescara su reseca garganta.

Bastante avanzados ya en el trayecto hacia la cabaña, Deila vio humo por encima de los árboles. Una sensación de desasosiego la embargó.
— Geralt, veo humo… ¿Pudieras, tal vez, azuzar a Sardinilla?
El brujo miró al cielo y no le gustó lo que vio.
— Puedo— dijo escuetamente mientras golpeaba los flancos del caballo con sus talones.
Al acercarse a la cabaña, ésta ardía por una esquina, mientras tres elfos del bosque luchaban contra las llamas con cubos de agua y ramas. El brujo saltó del caballo y se acercó a la casa. Las llamas aún no habían alcanzado un tamaño preocupante.
— Apartaos de aquí —les dijo a los elfos.
Geralt trazó con su mano derecha la Señal de Aard, y al momento un viento fortísimo asfixió las llamas. Los restos fueron apagados con agua por los elfos del bosque.
— Gracias, Eniel —dijo estampando un beso en la mejilla del elfo.
Luego se volvió hacia dos elfas, una de cabellos negros y otra de cabellos tan blancos como los del brujo.
— Y gracias a vosotras, Wiel, Inia… ¿Qué ha ocurrido?
— Un sabotaje, sin duda— dijo el elfo—. Ha sido el destino que justo nos pasáramos en busca de tus conocimientos. Un solo jinete vimos salir a la desbandada, sospechosamente. Y luego, el humo…
— Sabían que no estabas en la cabaña, mi señora— dijo el brujo—. Luego te vigilan.
— Eso ya lo sé— dijo Deila—. Pero nunca antes se habían atrevido a actuar más allá de las amenazas…
— Se impacienta. Sabe que el brujo está aquí, por eso se ha vuelto osado. Teme… teme lo que tú ya sabes. Tendrás que someterte al señor, Deila— dijo Wiel, la elfa del pelo blanco— O pedir ayuda. No tienes porqué pasar por ello, si tú quisieras…
— Pero no quiero, Wiel. No quiero y punto. Ni lo uno ni lo otro. Ya veremos lo que pasa.
— La verdad, no te entendemos— insistió Eniel—. Wiel tiene razón, si tu hermano se enterase…
— Os he dicho que no. Mi hermano y yo nos peleamos, no correré ahora a humillarme pidiendo ayuda. He de solucionar esto yo sola.
— ¿Estás loca? ¿Cómo vas a hacerlo? — se exclamó Inia, la elfa de negros cabellos.
Deila suspiró y miró a sus pies, abatida. Luego levantó la mirada hacia el brujo, que la observaba, escuchaba y no decía nada.
— Creo que empiezo a tener una ligera idea. Y ahora, entrad. Habéis venido en busca de mi saber, no a enmarañar mis pensamientos.
Y entró en la cabaña con pasos firmes y malhumorados.
—Ese maldito genio…—susurró Eniel mientras caminaba hacia la puerta.
Dentro de la cabaña, las elfas le explicaron los síntomas de un compañero. Ella les hizo preguntas al respecto que ellos no supieron responder.
—Tendré que ir a verle, no puedo diagnosticar sin reunir toda la información posible. Me llevaré algunos remedios, pero necesito hablar con él para saber concretamente el que mejor se ajusta a su dolencia.
—Bien. Esta noche hay una fiesta en el campamento, Deila. Puedes aprovechar para divertirte un rato.
—¡Me encantaría! —dijo poniéndose en pie y comenzando a preparar las cosas. —¿Te vienes, brujo?
—Si no hay objeciones sí, mi señora.
Eniel lo meditó un momento.
—Está bien, puedes venir.

Sólo los elfos sabían construir así, aunque fueran simples casas de madera y ramas. El poblado élfico parecía de cuento de hadas. Cuando llegaron, unos niños abordaron a la muchacha, saltando y riendo, y atropellándose unos a otros tratando de explicarle que habría una fiesta. Deila, para satisfacción de los pequeños, se hizo la sorprendida y lanzó exclamaciones de júbilo.
Sin embargo, el brujo recibió miradas hostiles.
Wiel señaló la cabaña del enfermo a Deila, mientras ellos dos se sentaban sobre un tronco seco de considerables proporciones.
—Ahora vuelvo, Geralt.
Eniel alzó las cejas, alarmado, al oír el nombre con el cual la muchacha se había dirigido al brujo.
— ¿Geralt? ¿Geralt de Rivia? ¿El Lobo Blanco?
El brujo suspiró.
—Sí.
Eniel se levantó, maldiciendo en élfico, y corrió en pos de Deila, que ya había entrado en la cabaña con Wiel.
— ¡Como se entere tu hermano, es capaz de presentarse aquí con un ejército! ¡A mí me cortará la cabeza, pero a ti te encerrará en la torre más alta y tirará la llave! —le gritó, aún en su idioma, tan alterado estaba.
— ¿De qué hablas, Eniel? ¿Qué te pasa?
— ¿Sabes quién es ese hombre, Deila? ¿Sabes a quién has metido en tu casa? ¡Es el Carnicero de Blaviken!
— ¿Tenía una carnicería en Blaviken? Qué bien – se mofó ella. — Cálmate, Eniel. Ya me gustaría a mí saber qué fue lo que pasó realmente allí, porque no se comporta como un hombre peligroso en absoluto. Y ya conoces a la gente. Vamos, déjame trabajar y no me hables más del tema.
—Pero…
—Tema zanjado he dicho, Eniel.
El elfo salió de la cabaña muy enfadado y no volvió junto a Geralt. Se perdió por el poblado.
Mientras Delia atendía a su paciente, las mujeres elfas pusieron sobre las largas mesas, que habían montado los hombres, platos llenos de viandas y vasos junto a un tonel de cerveza. Los músicos se prepararon y pronto comenzaron a tocar.
Cuando la curandera salió, los niños la asaltaron para ponerle una bonita corona de flores, igual a las que llevaban en su cabeza las elfas jóvenes.
Se acercó al brujo.
—Ven, Geralt, vamos a comer algo.
Los elfos comían y bebían, algunos bailaban. Deila saludaba aquí y allá, pero no se movió del lado del brujo. Ambos se sirvieron y dieron cuenta con rapidez de la comida, y bebieron la cerveza amarga de los elfos. Luego, los niños se llevaron a la curandera a bailar. Había caído ya la noche, y el poblado se iluminó con decenas de farolillos de colores, festivos y alegres, que hacían las delicias de pequeños y adultos. La música de los elfos era deliciosa en la noche de verano, y Deila bailaba, pasando de mano en mano, mientras Eniel, que por fin había aparecido, la miraba desde la pared en la que se apoyaba con los brazos cruzados.
Geralt vio que la muchacha se acercó bailando a Eniel.
—Baila conmigo—le dijo.
El elfo ni se inmutó, la miraba enfadado.
—Vamos, Eniel, baila. No te enfades conmigo, sabes que no puedo soportarlo.
Deila le dio un rápido beso en la mejilla, agarró su mano y lo arrastró al claro. El elfo se dio por vencido y bailó, pero no sonrió ni una vez.
Geralt la miraba saltar, girar, moverse al ritmo de la música, reír divertida; admiró su gracia innata desde el tronco en el que estaba sentado. La muchacha rebosaba vida por todos sus poros. Poseía una pasión por todo lo que hacía que contagiaba, porque disfrutaba hasta de lo más nimio. Envidió esa pasión. “Es por su extrema juventud”, se dijo. Dio un largo trago a su cerveza.
Deila apareció de repente frente a él.
—Baila.
Sonó como una orden.
—Yo no bailo, mi señora —se negó él.
— ¿No? ¿Vas a negarme la única cosa que te he pedido?
El brujo la miró y bufó.
— ¿Estás chantajeándome, mi señora?
—Un poco, creo.
Geralt soltó una carcajada ante el descaro de la muchacha.
—Está bien, Deila, bailaré contigo.
Ella lo tomó de la mano y lo arrastró al claro. Comenzaron a moverse en sincronía. Hacía años que el brujo no bailaba, pero sabía hacerlo, para sorpresa de Deila.
El cabello de la muchacha flotaba a su alrededor a cada salto, sus pechos firmes subían y bajaban sensualmente, la falda de su vestido se ahuecaba. Sus ojos no se separaban de los del brujo, sonriéndole casi provocativamente. Geralt se sentía atraído, sin poderlo evitar, por el magnetismo que irradiaba la curandera. Sí, le atraía como una polilla a la luz, y eso le turbaba. Porque era casi una niña.
Finalmente, la pieza terminó. Ella sudaba y bufaba, cansada. Se sentaron en el tronco.
—Bailas muy bien, brujo.
—Gracias, mi señora. Tú también.
La gente empezaba a estar fatigada y todo el mundo comenzó a buscar asiento al callar la música. Entonces, los elfos empezaron a dar palmas, nombrando a Delia y a Eniel. El pueblo entero se sumó al reclamo. Los niños la vinieron a buscar y se la llevaron, tirando de ella, repitiendo en élfico una palabra: cantar.
Luego fueron a buscar a Eniel. Los elfos comenzaron a aplaudir y vitorear cuando estuvieron los dos reunidos junto a los músicos, y estos se prepararon para tocar.
El dulce sonido de una flauta se elevó en el aire, rasgando la noche con una melodía melancólica. Pronto la acompañaron los demás instrumentos, y, finalmente, Eniel y Deila cantaron. La canción era tranquila y lenta, las voces de la pareja se entrelazaban en diferentes tonos complementándose, creando una unión hermosa que hacía estremecer. Sus voces eran potentes y claras, dulces y sensuales, hipnóticas. Era una canción de desamor, de letra desgarradora en élfico. La pareja no sólo cantaba, sus expresiones y sus gestos hacían que interpretaran la canción como si en realidad fueran la pareja protagonista. La gente les miraba embelesada, sin pestañear. Geralt se encontró preso también, de su magia.
Durante la canción, los ojos de Deila buscaron los del brujo en más de una ocasión, y sus miradas se encontraron. Le inundó una sensación cálida, Delia estaba bellísima a la luz de los farolillos. Sintió ganas de estrecharla contra su pecho. Entonces desvió la mirada y sacudió la cabeza, saliendo del trance.
Cuando terminó la canción, la noche quedó en silencio por unos momentos, y Geralt vio que Deila se limpiaba una lágrima. Luego estallaron los aplausos, atronadores. El brujo también aplaudió, cada vez más preocupado.
Era ya muy tarde. Deila se despidió de los elfos y se acercó a Eniel.
—Es hora de que me vaya, Eniel. No hace falta que me acompañes, el brujo será suficiente escolta. Y no te enfades conmigo, mi precioso elfo: confía en mí.
—Yo sólo quiero protegerte, Delia. Todo esto me tiene muy preocupado.
—Lo sé, Eniel. Pero no tienes por qué, te lo aseguro. Tengo buen criterio para la gente, y el brujo es buena persona.
—Está bien, pequeña. Buenas noches.
—Buenas noches—dijo ella besando su mejilla.
Geralt esperaba a unos pasos de la pareja.
—Buenas noches, brujo. Cuida de ella.
—Siempre, elfo. Buenas noches.


CONTINÚA EN PARTE 2

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  Reto Ene19: Primeros pasos
Enviado por: Joker - 09/02/2019 01:08 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.


Tato

Con un breve revoloteo, la criaturita se posó sobre el alféizar de la ventana. Al escuchar el sordo aleteo, Tato, que se encontraba degustando un sándwich de nocilla en la cocina, dejó su manjar a un lado, junto al vaso de leche, y se acercó a toda mecha a ver qué pasaba. Aquel ave tenía el cuerpo de un gorrión, acaso sería un poco más pequeño. Desde el alféizar, ladeó su cabeza con dos rápidas sacudidas y miró fijamente al niño humano que llegaba corriendo. Tato exclamó al ver su reluciente color blanco, que contrastaba con un gracioso penacho gris pálido. Una marabunta de manchitas espolvoreaba el dorado mate que adornaba el níveo plumaje del animalito.

—¡Ala! —acertó a decir.

En respuesta, el pajarillo trinó hermosamente cuatro notas perfectamente diferenciadas. Tato rio, era una melodía juguetona. Empezaba y terminaba en la misma nota pasando por un pequeño trino entre medias. Tato alargó su mano en un intento de alcanzar al cantarín de plata. Éste se quedó muy quieto y de repente sacudió las alas, amenazando con salir volando. Tato se llevó un susto de muerte y frenó en seco. Sin descartar volver a intentarlo más tarde, pensó que no quería espantar al pajarito, así que retiró lentamente el brazo. Otra vez brotó el cautivador trinar de los pulmones del animal.

—Na, la-la, na —repitió Tato.

Y en un abrir y cerrar de ojos, un pilar de llamas azul celeste brotó de la nada envolviendo por completo al pajarillo. Tato no se movió, ni siquiera le dio tiempo. Observó paralizado el fuego turquesa, que se apagó tan rápido como había surgido, y apenas dejó tras de sí una mancha de tizne en el alféizar de la ventana. Tato sintió un hormigueo extraño por todo su cuerpo. No entendía lo que había pasado, y pronto rompió a llorar al no hallar rastro de su reciente amigo cantarín.

***

Renato

Los tres se habían reunido en un pequeño café de comida rápida antes de partir hacia la misión. Apenas se habían conocido hacía una semana, cuando los profesores habían formado los escuadrones de principiantes, y ahora se preparaban para su primera misión. Renato era el perfecto novato, habiendo establecido su primer contacto con el Colegio el pasado mes. Carlos había sido asignado como su supervisor, y llevaba metido en el ajo cerca de medio año. Renato se consideraba muy afortunado de contar con él, y lo consideraba un amigo más que un mentor. Por último, Silvia era la líder del grupo. Tenía una mente brillante y parecía ser una persona muy fuerte. Si bien se preocupaba por sus compañeros, era más difícil escucharla manifestando sus preocupaciones y a menudo Renato la observaba abstraída, mirando con aire pensativo. No sabía demasiado de ella, pero transmitía confianza y eso era todo lo que hacía falta en un líder, ¿no?

—Muy raro, tío, como los fogones de la cocina, pero de color más claro y así, hacia arriba —juntó las manos y las elevó en un gesto.

Carlos asintió vigorosamente. Le gustaba escuchar a los demás y lo hacía con pasión. Tanto era así que al zambullirse en la historia de Renato había incluso paladeado un regustillo a chocolate y avellana al pasarse la lengua por los labios.

—¡Qué pasada! Jamás había oído de un Despertar tan… así —sacó una moneda de su bolsillo y se giró hacia Silvia, que apuraba pensativa los últimos sorbos de su refresco con una pajita—. ¿Tú qué dices, Sil?

Si Renato se había animado a contar la historia de su Despertar, era sólo porque Carlos había hecho lo propio días atrás. Una mendiga pedía en la calle, sentada contra un muro. Cuando Carlos pasó por delante, se levantó y se dirigió hacia él, que aterrorizado, se había quedado de piedra. La mujer le cogió la mano y depositó en ella una moneda extraña, que jamás había visto. Le susurró que su poder sería: "el verdadero valor de las cosas."

Silvia pasó los ojos de uno a otro de sus amigos, sin levantar la cabeza. Suspiró.

—No sé. Me ralla que no andes por ahí lanzando bolas de fuego azul —les sonrió brevemente y miró al interior del vaso, guiando su pajita por los bordes para terminar de aspirar los últimos restos de refresco.

—Ya… —Renato exhaló un suspiro.

No, los poderes de Renato no tenían nada que ver con el fuego. Era de dominio público saber que aquello que aconteciese durante el Despertar, el momento clave en que el talento mágico de ciertos seres humanos eclosionaba, definía la naturaleza de sus nuevas habilidades. Sin duda, un hecho tan significativo como una explosión de llamas azules debería ser un determinante de la magia del Neófito, y uno muy deseable, por cierto.

—Eh, no está mal eso que haces cuando cantas —le dijo Carlos palmeando su espalda—. La magia se practica. Se practica y se moldea, no cobra forma de golpe.

Dicho esto, Carlos lanzó una moneda al aire con su pulgar y la recogió sobre el dorso de su mano izquierda.

—Aunque la suerte también sea un factor importante, poco se puede hacer por ese lado…

Silvia asintió.

—Además —añadió levantándose con el vaso desechable en la mano— la fuerza bruta ya está cubierta en este grupo. Tú estás aquí porque puedes aportar algo diferente.

Las palabras de sus compañeros eran ciertamente reconfortantes. ¿Serían genuinas o habrían sido calculadas para tranquilizarlo?

Algo diferente, ¿eh?

Sin decir una palabra, Carlos se levantó y Renato hizo lo mismo. Comprendió que era el momento de emprender su tarea.

***

Carlos

Llevaban caminando un buen trecho por el bosque de coníferas. Abandonar la seguridad del sendero e internarse en la espesura del bosque… a Carlos no le había gustado ni un pelo, pero tras pararse a escuchar el piar de los pájaros, el novato les había asegurado que aquel era el camino a seguir. Silvia había sacudido la cabeza y le había pedido que liderase la marcha sin separarse mucho de ellos. En respuesta, Renato le había dedicado una sonrisa más brillante que el sol, y ahora les guiaba con decisión por entre la foresta. El muchacho era honesto y bienintencionado, pensaba Carlos, cualidades extraordinarias para un compañero. Por desgracia, no había mostrado aptitud alguna para el combate.

Si las cosas se ponían feas, todo queda en mis manos y las de Silvia... Renato será una carga que proteger.

¿Qué haría en una situación peligrosa? ¿Podría desatender su instinto de supervivencia y encargarse de proteger equitativamente a los tres?

Pero no tenía por qué ser así. Después de todo, su tarea para el Colegio era una misión de recolección en un área clasificada como ‘no hostil’. Ahora bien, no era una tarea baladí. En cierto modo, era curioso que hubiesen puesto tanta responsabilidad sobre sus hombros tan pronto. Por lo que Carlos sabía, su propio tutor había insistido en darles aquel cometido, reconociendo el talento de los tres.

En resumidas cuentas, debían encontrar el Síbido, un árbol de naturaleza caprichosa imposible de encontrar a menos que fuese su voluntad ser descubierto. El Síbido abriría su corteza y permitiría extraer su savia a aquellos que fuesen de su agrado. Quizá por ello los profesores habían confiado en las cualidades de Renato para realizar la extracción.

Nosotros somos meros acompañantes.

—¿Para qué se usa la savia del Síbido? —preguntó Renato.

—Fines medicinales, principalmente —le respondió.

—Mezclándola con otros ingredientes comunes, unas manos hábiles pueden crear un remedio muy potente —explicó Silvia—. El ungüento resultante es un bálsamo cuasi-legendario, altamente codiciado. Por suerte, sólo el Colegio sabe de su existencia, así que no habrá intrusiones.

—¡Guau!

Sí, ¡guau!. A Carlos jamás se le había pasado por la cabeza que su misión pudiera ser tan importante.

—No tenía ni idea.

Silvia se encogió de hombros.

—No me contaron los detalles hasta esta misma mañana, antes de partir. Pero no importa. Haremos nuestro trabajo y volveremos al Colegio. Después —hizo una breve pausa— podemos juntarnos para celebrarlo.

***

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos


Silvia

Por fin dieron con un amplio claro en mitad del bosque.

—Es aquí —dijo Renato, confirmando sus sospechas.

—¡Buen trabajo!

Le dio un cariñoso puñetazo en el hombro, después de todo, la misión de hoy parecía depender enteramente de él.

Avanzaron unos cuantos pasos hacia el centro de aquel espacio. En el suelo, un círculo de maravillosas flores helicoidales adornaba el lugar con vivos colores. Se arremolinaban en torno a un árbol tanto o más fantástico: su tronco crecía en espiral, apenas sobrepasando la altura de una persona; desde allí, sus ramas salían despedidas en línea recta en todas direcciones, y parecían explotar en formas geométricas, dando lugar a flores de todas las formas, que relucían con todas las tonalidades del arcoíris. Se asemejaban a fuegos artificiales, los más hermosos que jamás hubiera visto.

—Increíble —exhaló Carlos.

Los tres estaban en shock. Silvia fue la primera en recobrar la compostura. Aún tenían un trabajo que hacer. Se dirigió a Renato:

—Bueno, ¡todo tuyo! ¡Buena suerte! —le sonrió y le pasó el frasco que había cargado consigo hasta entonces.

Para ser su primera misión, el muchacho lo estaba haciendo muy bien. Quizás no tendría talento como luchador, pero rastrear aquel lugar tampoco era tarea fácil.

¡Un rastreador de primera! Sin duda es ideal para esta misión, pero...

Renato tomó el recipiente de cristal y asintió con seriedad. Estaba temblando.

—Eh —soltó Carlos de pronto—. Contamos contigo. No te preocupes, todo va a ir bien, ¡lo estás haciendo de diez!

—¡Gracias!

Renato se giró e hizo lo único que sabía hacer. Empezó a tararear.

—Na, la-la, na.

Las flores empezaron a deslizarse hacia derecha e izquierda dentro del círculo, abriendo un pequeño camino para el muchacho. Silvia le vio caminar de espaldas mientras entonaba aquellas cuatro notas que tanto la llenaban de paz. Ojalá nunca parase de cantar…

Le hacía olvidarse de todo. De su Despertar, de aquella dichosa calavera que le había maldecido con aquellos poderes que no quería, apartándola de su familia, sumergiéndola en una realidad de la que no quería saber nada… Todo aquello se difuminaba, y sólo quedaba una sensación de satisfacción merecida, del viento entre los árboles y la calidez del sol en la piel, de hacer lo correcto.

Abrió los ojos repentinamente, pero sin sobresaltarse. Un disimulado cruce de miradas con Carlos, que ya lanzaba su moneda al aire, le dio a entender que él también lo había notado. Alguien acechaba desde la maleza. Miró hacia el Síbido. Ya se habían hecho con la savia, que ocupaba la mitad del frasco. Una jugosa recompensa, sin duda, al alcance de quien estuviera al tanto de aquella misión. Renato sostenía el denso líquido y avanzaba hacia sus compañeros entre las flores, sin ser consciente de lo que ocurría.

***

Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados
.”

Dos jóvenes estudiantes se arrastraban a duras penas rodeando los muros del Colegio. Tras tocar en el portón de madera, la entrada fue abierta y el Guardián de la Puerta se acercó corriendo hacia ellos. Ambos estaban llenos de heridas graves, y reparó con horror en que la chica había perdido un brazo. Se apresuró a aplicar su magia curativa sobre la muchacha.

—¡Santo dios! ¡¿Qué os ha pasado?! ¿Dónde está vuestro otro compañero?

Sin esperar respuesta, alzó su mano y lanzó una señal luminiscente al aire, pidiendo ayuda. A Silvia solo le quedaron fuerzas para negar con la cabeza. Al desmayarse, cayó al suelo con Renato, que no podía sostenerlos a los dos.

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