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  Reto Abril 19: Adagio de diamantes
Enviado por: Joker - 10/04/2019 12:57 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (25)

ADAGIO DE DIAMANTES

En una amplia habitación en penumbra, un llanto contenido atravesaba el silencio. El resplandor de las farolas de gas de la calle entraba con desgana por los dos ventanales cerrados y cubiertos por una fina cortina italiana, que alumbraban una mesa victoriana apoyada en la pared contraria. La doble puerta se abrió de repente, con un tirón, y una cascada de luz bañó en la habitación.
Con los brazos en jarra observó a su alumna hecha un ovillo y resguardada en una esquina. Irina arrugó los labios en una clara mueca de disgusto.
—Marina Semiónova, ¡ven aquí ahora mismo!
El silencio le dio a la maestra la respuesta que esperaba.
—Si tengo que ir yo tendrás muchos más problemas de los que ya tienes.
Normalmente, cuando decía estas palabras, las alumnas agachaban la cabeza y acudían a sus pies, de forma lenta y temerosa. Pero esta vez vio un brillo desafiante en los ojos de Marina, a pesar de la distancia.
Irina entró en la habitación y se dirigió al interruptor.
—¡No enciendas la luz! —gritó Marina.
La maestra la miró con desprecio desde la sombra y, sin apartar la vista de la niña acurrucada en la esquina, elevó la clavija que encendió una elaborada lámpara de araña. Se dirigió hacia Marina avanzando antes la cadera que los pies, con los brazos ligeramente arqueados a los lados y deslizándose con gracia felina. Se plantó con los pies en cuarta posición delante del ovillo que volvía a ser Marina y la miró desde los agujeros de la nariz.
—Jovencita, esta vez has ido demasiado lejos. Nadie me trata así. Sal ahora mismo y ponte a practicar la quinta escena hasta que te salga correctamente.
—¿O si no qué? —preguntó desafiante con los ojos irradiando odio.
Irina empequeñeció los ojos y arrugó hasta el máximo su ya prieta boca.
—Te cogeré de los pelos y te obligaré hasta que te caigas muerta.
Un haz de temor apareció y desapareció en el rostro de la niña como una estrella fugaz. Esta vez estaba realmente decidida.
—Pues me cortaré los pies —dijo aguantando la mirada de la profesora.
Irina dejó pasar unos segundos mientras intentaba recordar si alguien la había tratado así alguna vez y qué había hecho. Pero su memoria no encontró ningún recuerdo al respecto.
—Yo no tengo por qué soportar a niñas mediocres como tú que nunca llegarán a nada. He estado perdiendo el tiempo contigo. Tu padre se va a enterar de todo y ya podrá suplicarme, que no volveré a darte clase. Ni yo, ni nadie que conozca.
Se dio la vuelta y salió con un portazo, que Marina aprovechó para levantarse y apagar el interruptor antes de volver a su sitio.
La niña no fue consciente del tiempo que pasó allí, recogida y apoyada contra la esquina de la habitación, abrazada a sus rodillas y con la barbilla sobre ellas. Había superado su límite. No podía soportar más humillaciones cada vez que cometía un error, los insultos que recibía al no realizar el ángulo adecuado en un Grand Jeté, repetir una y otra vez los mismos movimientos básicos, las mismas formas… ¿Cómo iba a aprender cosas nuevas si siempre hacía lo mismo? Aborrecía la primera hora en la que solo calentaban y repetían las primeras posiciones continuamente. Ya se las sabía. Las había estado practicando desde que tenía cinco años. No soportaba hacer siempre lo mismo y nunca hacerlo bien. Si Irina tenía razón, ella no valía para el ballet. Pero no tenía razón, no podía tener razón. Lo que ocurría era que la profesora era una bailarina frustrada, que no había llegado a triunfar como se esperaba de ella y se dedicaba a martirizar a todas las niñas a las que daba clase y descargar sobre ellas toda su frustración. Había visto cómo Danka abandonaba el ballet. Era una chica que cuanto mejor lo hacía, peor se portaba con ella, más la despreciaba por sus errores y menos la valoraba.
Apretó la mandíbula con rabia. Seguramente Irina estaría riendo por su nueva victoria. Había conseguido que otra alumna odiara el ballet y lo dejase. Lloró de impotencia. No deseaba darle esa victoria por nada del mundo, pero no podía seguir, era insoportable.
Pensando en todas las situaciones en las que había sido menospreciada o insultada por no hacer la técnica como la profesora quería, pasaron un par de horas. En ese tiempo, su madre entró en la habitación un par de veces. En la primera gritaba contra ella, la acusaba de haber perdido la cabeza al insultar de aquella forma a Irina y de la imagen que darían. Pero Marina apenas escuchaba. Se encontraba con la mirada perdida reviviendo todos los sufrimientos a los que la proferosa la había sometido. Recordó aquel día en que tuvo que repetir cien veces la misma escena, haciendo lo mismo durante cinco horas seguidas, sin descanso, y sin hacerlo bien ni una sola de las veces. Y recordó la voz de su madre, preocupada, diciéndole que tenía que esforzarse más para hacer las cosas bien. Aquel día empezó a odiar a su madre.
La segunda vez que entró su madre lo hizo entre lloros, casi arrastrándose por el suelo, suplicándole que volviese a practicar, que no podía dejarlo después de tantos años y que sus amigos pensarían que era una perdedora. Eso último fue lo único que creó eco en su cabeza. Ahora debería tragarse sus palabras y su orgullo delante de sus amigas del colegio, que se morían de envidia porque ella entrenaba con Irina Shenarenko y llegaría a ser una Prima Ballerina. Aunque no dijese nada, seguro que se enterarían. Debía inventar alguna cosa para no recibir tal humillación. Siempre le habían dicho que llegaría muy alto entrenando con Irina, que ella era un diamante en bruto, pero no podía aguantar más tiempo siendo un diamante en bruto. Quería brillar y relucir ya; llevaba demasiado tiempo entrenando y haciendo solo obras menores. Y era en esas obras menores donde se daba cuenta de que no lo hacía tan mal como decía la profesora. Pero le decían que era muy joven todavía. Con trece años no era joven, ya era una mujer.
Su madre se alejó finalmente entre sollozos después de zarandearla. A Marina le pareció una de esas viejas que aparecen en los cuentos, con su pelo siempre perfecto ahora enmarañado, ojos vidriosos por las lágrimas y rostro pesado y lleno de arrugas. Nunca recordaba haber visto a su madre así. Tal vez ella era así en realidad, pero se maquillaba y peinaba para parecer una mujer distinguida.
Un tiempo después, escuchó gritar desesperada a su madre. Las puertas se abrieron para que entrara su padre, todavía con la chaqueta puesta, y las cerró tras entrar en la habitación. Marina vio los puños cerrados a los lados, así que empezó a producir lágrimas tal y como había aprendido de pequeña, para ablandarle el corazón.
Su padre se plantó delante de ella y la miró desde su bigote bien arreglado y cejas espesas.
—Tu madre está muy enfadada por lo que has hecho hoy y yo también. Pensaba que no llegarías tan lejos. Has terminado con todo el esfuerzo de años de entrenamiento y todo el dinero que me he gastado en que tuvieses a la mejor profesora de todo Petrogrado. Sabes lo difícil que están ahora las cosas para todos nosotros y aún así nos causas más problemas. Tu rebeldía es fruto de estos tiempos; tenéis poco respeto por la autoridad y el orden establecido.
Hubo un pausa, como si su padre estuviese tomando aire para continuar. Pero nada más dijo, pues parecía envuelto en otros pensamientos.
—Papá, ya no podía más. Me exigía demasiado, me gritaba e insultaba. Me decía que yo no era nada, que nunca llegaría a ser nadie, que era torpe y estúpida si pensaba que podría llegar a interpretar el Lago de los Cisnes como Prima Ballerina. Siempre me lo decía cuando no estabais en casa —explotó Marina entre lágrimas. Se arrojó a los pies de su padre, rodeando sus pantorrillas con los brazos y apretando fuerte—. Por favor papá, lo siento mucho, pero ya no quiero seguir, ya no quiero bailar.
Su padre torció el gesto. Su hija llorando desconsoladamente a sus pies fue algo que no pudo soportar. La tensión que vivía día a día desde que estalló la revolución, sin saber cuando les tocaría a ellos, hizo que se derrumbase también. Pero a su manera. Levantó la cabeza y respiró pesadamente, dejando que las lágrimas que brotaban de sus ojos hiciesen piscina en sus cuencas y no recorriesen sus mejillas. Tomó el pañuelo de tela que siempre llevaba encima y se las secó.
Se agachó y tomó a su hija por los brazos, ayudándola a ponerse en pie.
—Hija mía. Sabes que te quiero —Marina solo había escuchado esas palabras en otra ocasión—, pero no debes dejarlo ahora que has llegado tan lejos. Has tenido un día muy duro y te has dejado llevar por tus sentimientos, pero debes pararte a pensar en lo que ha pasado y seguir adelante. Eres un diamante, te lo he dicho muchas veces, pero tienes que conseguir el brillo necesario para que todo el mundo te admire y ser la más grande de todas. Ese debe ser tu destino.
—Pero papá, Irina no para de decirme que soy torpe y que no llegaré nunca a nada.
—¡Irina no sabe lo que dice! —gritó con furia su padre—. Triunfarás si esta maldita revolución no lo impide.
Marina bajó la cabeza, casi escondiéndola entre los brazos. Pensó en lo que iba a decir durante unos instantes, sin ser consciente de las implicaciones que eso tendría.
—Yo no quiero entrenar más. Ya no me gusta el ballet —su voz sonó tan débil que su padre apenas pudo oírlo.
—Eso no puede ser, no vas a dejarlo ahora. He gastado mucho dinero en tu educación como para que ahora lo dejes. Los grandes objetivos solo se consiguen con grandes esfuerzos y sacrificios. Seguirás practicando —dijo tajante. Pensó unos instantes y decidió utilizar en su beneficio una faceta de su hija que tanto detestaba de su madre—. Además, no vamos a ser el tema de conversación de los pocos amigos que nos quedan. ¿Sabes cuánto se burlarían todas esas amigas que tanto te envidian? ¿Te las imaginas diciendo «¿Pero no ibas a ser la mejor bailarina?» y “he oído que la profesora ya no quiere darte clase porque dice que eres muy torpe y que nunca llegarás a nada”?
Los ojos de Marina se fueron entrecerrando y ardieron con el fuego del odio, tensando los músculos de la mandíbula e incluso dejó de respirar. Eso era algo que no podía permitir. No podía darles motivos reales a las envidiosas que rodeaban su vida, ni dejar que la estúpida de Nadia Naschenko fuera mejor que ella. Ni que las torpes de Olga y Svetlana se pusieran a su nivel. Una ola de desesperación e impotencia barrió con las pocas fuerzas que le quedaban y volvió a llorar, esta vez de forma desconsolada, arrasada por una impotencia incontrolable.
Su padre vio la reacción desde la distancia que siempre ponía entre él y cualquier otra persona. Vio cómo la fuerza del odio se diluía en un mar de desolación y desaparecía. Se arrepintió en ese instante de haber hurgado en lo que más le dolía.
—Marina, mi niña, vamos, no llores más. Ya veremos cómo lo solucionamos —dijo su padre. Era momento de tomarse en serio la posibilidad de que se preparara en el Ballet Imperial bajo la dirección de Agrippina Vagánova. Aunque eso le costaría mucho más de lo que pagaba ahora.
Pero la niña parecía no haber escuchado las palabras de consuelo de su padre, ya que seguía llorando con la misma intensidad.
Su padre apretó los labios. Le rompía el corazón ver a su hija en ese estado. ¿Cómo podía hacerle ver que solo con trabajo duro podría llegar a ser la más grande de todos los tiempos? Ella era un diamante, su diamante, y el brillo de su ballet debía deslumbrar a todos.
Se quedó unos instantes pensando. Una idea había asomado en su cabeza.
—Ahora vuelvo.
Marina levantó la cabeza sin comprender. Observó, entre hipidos y sollozo, cómo su padre salía por la puerta sin más, dejándola a solas con su desesperación. Mientras volvía a dejase caer en el suelo tomó la decisión definitiva de no volver a salir de casa.
Unos minutos más tarde su padre entró de nuevo. Llevaba algo en cada una de sus manos, pero la distancia y la penumbra de la habitación no le dejaron ver lo que era.
Cuando se acercó, se colocó en cuclillas, casi a la altura de su hija, y Marina pudo ver lo que llevaba su padre en cada una de las manos: un trapo en una y un pañuelo en otra.
Su padre dejó el trapo y el pañuelo en el suelo, justo delante de ella. Marina había dejado de llorar y su rostro se iluminó con una curiosidad infantil reflejada en sus pupilas, mientras su padre sonreía. Tal vez su idea tuviera efecto.
Abrió el trapo y mostró su contenido. Marina no pudo reconocerlo al principio. Era como una piedra, de color negro, que había coloreado de hollín la parte interior del trapo con que había estado en contacto. Carbón. Su curiosidad se transformó en contrariedad, porque sus labios se arrugaron y su ceño se frunció.
Entonces aprovechó su padre para descubrir el contenido del pañuelo. La poca luz que entraba desde el exterior se reflejó en todas direcciones al atravesar las aristas de lo que Marina reconoció enseguida como un diamante. Su rostro se iluminó ante la belleza y poder de una piedra tan pequeña y transparente. Sus cejas se arquearon y su boca se abrió en una admiración ahogada. Con un impulso irrefrenable alargó la mano para tocarlo, deteniéndose justo antes de que se produjera el contacto para mirar a su padre, buscando una señal de aprobación. Cuando vio una leve sonrisa, lo tomó con la delicadeza con que una madre primeriza toma a su bebé, y lo observó con la admiración de un niño pequeño al ver desfilar a su padre en una marcha militar lleno de orgullo.
—¿Sabes qué es esto, Marina?
—Un diamante y carbón.
—¿Cuál te gusta más?
Marina lo miró con una sonrisa. No hacía falta contestar, pero como su padre seguía esperando una respuesta, se la dio:
—El diamante, claro. El carbón es sucio y negro, y el diamante es… maravilloso. —Con un brillo propio en los ojos preguntó— ¿Es para mí?
Su padre no pudo reprimir una carcajada.
—No, Marina, no. Pero cuando seas mayor, será para ti. Te lo regalaré. —La niña dibujó una sonrisa de oreja a oreja, mostrando sus preciosos dientes blancos—. ¿Sabes cómo se hacen los diamantes?
—Salen de la tierra.
—Sí, pero, ¿sabes qué es un diamante antes de ser diamante? —Como Marina negó con la cabeza, su padre se lo explicó—. Un diamante, antes de ser diamante, es carbón.
Esperó la sorpresa y confusión de su hija para continuar.
—El diamante es carbón que ha sido sometido a fuertes presiones y altas temperaturas durante mucho tiempo. No todo el carbón se convierte en diamante, solo aquel carbón especial, aquel que está preparado para serlo. Llevas muchos años soportando la presión y he visto cómo te has enojado muchas veces: presión de la profesora, de tus amigas o compañeras del ballet, de tu madre; y cómo tu temperatura sube cuando te enojas con ellas o cuando no te salen bien las cosas. Para convertirte en diamante has de pasar por lo que estás pasando. Todos somos carbón cuando nacemos y solo unos pocos llegan a ser diamantes. Tú puedes serlo y lo serás si lo quieres realmente.
Su padre se levantó y le tendió la mano a su hija para ayudarla a levantarse también. Cogidos de la mano, la llevó hasta el gran ventanal y corrió las cortinas, desde donde se veía la fachada del Teatro Mussorgsky a lo lejos.
—Mira la calle —dijo mientras le señalaba con el dedo carros y personas—. Todos ellos son carbón, sirven para lo mismo que el carbón, que el motor de la madre Rusia no se pare. Tras un tiempo acaban siendo consumidos. El carbón es abundante, como puedes ver. Pero los diamantes son muy difíciles de encontrar, son muy valiosos, no se consumen nunca, nunca mueren.
Dejó que transcurrieran unos largos segundos para que asimilara bien lo que significaba ser carbón.
—Tienes la oportunidad y las cualidades para ser diamante, Marina. Puedes quedarte siendo carbón, como ellos, o ser diamante. Dime, hija, qué eliges, ¿seguir tu proceso para convertirte en diamante o quedarte como carbón?
Marina seguía mirando por la ventana. Veía a toda esa gente, como hormigas mareadas en busca de la línea a seguir, gente común, cuya finalidad en la vida era consumirse. Ella no quería eso, sentía desprecio por esas gentes normales que no sabían ni podían apreciar el arte verdadero, la creación de algo mágico y emocionante como solo podían hacer las grandes bailarinas.
—¿Y tú qué eres, papá?
La pregunta tomó desprevenido a su padre.
—Yo me quedé en proceso de diamante; no pude soportar la presión —dijo sombrío tras unos instantes de reflexión.
Marina lo miró. Se dio cuenta de que veía a su padre más viejo. Tal vez fuera eso lo que le pasaba al carbón, que al consumirse envejecía.
Marina volvió a mirar a la calle. Había tomado su decisión. Se convertiría en diamante y viviría para siempre.

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  ¿Cómo preferís escribir?
Enviado por: Iramesoj - 10/04/2019 10:12 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (14)

¿Cómo preferís escribir vuestros relatos/novelas, etc? ¿Tablet, movil o PC?

Yo suelo escribirlas con el movil por comodidad, pero luego las paso al PC. ¿Qué os resulta más cómodo a vosotros?

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Tongue Reto Abril 19: Las hijas de la tarada
Enviado por: Joker - 09/04/2019 11:01 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (19)

LAS HIJAS DE LA TARADA

Erase que se era un muchacho  llamado Tirkash. Era mitad humano y mitad Shreck, o sea que era verde. El tipo andaba por las Siete Repúblicas porque le habían comentado que Brienne de Tarta era una pastelera formidable, y quería probar su culán de chocolate. Sin embargo, el camino hacia la pastelería de Brienne constaba de seis pruebas, según le había dicho Natillas el Semiorco. Y bien, como la voz narrativa a veces resulta un tostón, mejor pongamos unos diálogos.

—¡Ríndete, Rasputín Majara, mago de túnica negra! —dijo Tirkash haciendose el chulo.
—¡Jamás me rendiré, insolente frikazo con ansias gastronómicas! ¡Toma conjuro!

El mago ese, de piel amarilla y con dos iClock como ojos —qué pijo el tipo—, intentó lanzar un hechizo.

—Aserejé, ja, de je, dejebere...¡Aaaaaaah!

Al pobre mago le dió un ataque de asma y no tenía inhalador, por lo que no pudo continuar el enfrentamiento.

—¡Ganador, Tirkash! —dijo Aireada Stark, que ejercía de locutora, mientras su hermana Sebastiana, en cambio, ejercía el arbitraje.

Y de este modo, nuestro héroe superó la primera prueba.

—¡Segunda prueba, hacer algo mejor que Cabote! Ve entrando a su posada y a ver qué se te ocurre, muchachuelo.

Tirkash entró en la posada de Cabote, donde de hecho se alojaba en su estancia en las Siete Repúblicas.

—¡Hola, extraño jovenzuelo de piel color moco! ¿Que te pongo?
—Unas lentejas.
—¡Marchando!

Tirkash se comió las lentejas y se tiró una enorme ventosidad.

—¡Agggggg, qué asco! —rugió Cabote.
—Aguanto el olor pestilente mejor que este señoritingo, siguiente prueba.
—¡Señoras y señores, el simpar Tirkash pasa la segunda prueba! La tercera consiste en zamparse mas bollos que Samuel Charlie.
—¡Pero eso no es justo, me acabo de comer unas lentejas, ahora estoy lleno!
—¡Pues que Samuel se coma otras lentejas y en paz!

Y de repente apareció el orondo Samuel bailoteando.

—¡Viva, viva! Lentejas, lentejas, las tomas o las dejas —canturreó alegre.

Cabote, visiblemente afectado por la derrota, le sirvió las lentejas, y Samuel se las comió en un suspiro.

—¡Buah, que buenas! ¿Eh? ¿Qué...? —exclamó al ver como Sebastiana Stark le cosía el culo.
—No puedo concentrarme en el arbitraje si os empezais a tirar pedotes. Ahora a zampar bollos.
—¡Esto es asqueroso! ¡Humor escatológico de pedos, y chistes de mal gusto sobre dos serios problemas de salud como el asma o la obesidad! ¡Morid, malditos!

La mujer que tan ofendida se mostraba, comenzó a atacarme a mí, al narrador, mientras escribía yo estos hechos.

—¿Quien es esta tía? —preguntó Tirkash
—Es Catalina Stark, nuestra madre —aclaró Sebastiana—. Está tarada.
—¡Ah, ahora entiendo el título!

Y después me desperté en el hospital por la paliza que me había dado Catalina. No recordaba nada, pero vinieron a verme todos los personajes, y también Brienne de Tarta, que me trajo una idem de fresa.

—¿Qué ha pasado? —pregunté con dificultad debido a la mascarilla de oxígeno.
—¡Tirkash superó las pruebas! —me comentó Aireada Stark—, después de zampar más bollos que Samuel, aguantó estoicamente la pesadez y cleptomanía de Tasador Burro, de la raza de los Kindersorpresa, exterminó a Cal Pogo y su ejercito de makokis él solo y...
—¿Y cómo hizo eso? —pregunté sosprendido—.
—No pudieron aguantar cuando hizo una imitación de Henry Stephen, cantando Mi limón mi limonero con bailecito incluido. Murieron de vergüenza ajena.
—¿Y la última prueba?
—Tuve que incubar un huevo de dragón que estaba en casa de un tal Elcagon, que vivía con su tío Garrulo y su primo Norar —intervino Tirkash lleno de orgullo y satisfacción.
—¡Todo esto parecen referencias paródicas a diversas sagas de fantasía! ¡vine aquí a hacer de cronista para contar cosas interesantes! ¡Para volver a mi ciudad y que la gente alucine con lo que yo he visto! ¡Si cuento todo esto, van a pensar que no hago sino chistes de cosas ya escritas!
—Pobre chaval, qué frustrado se siente —comentó compasiva Brienne—. Vamos a dejarlo solo por respeto a su dolor.

Y de este modo, viendo mi decepción, salieron de la habitación en silencio, mostrándose considerados con mi desdichada situación. Yo, apesadumbrado, lamentaba no poder consolarme comiendome la tarta en soledad, pero la mascarilla me lo impedía ¿Para qué me la trajeron entonces, los muy espabilados?. Y aquí, señoras y señores, acaba la historia esta. Si habéis llegado hasta el final, lamento haberos hecho perder el tiempo.

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  Wrixy, el plagio de Wattpad
Enviado por: JPQueirozPerez - 09/04/2019 02:06 AM - Foro: Alrededor de la red de redes - Respuestas (3)

Veréis, existe esta cosa, salida de la mente de Dalas y, no sé, es una copia tan burda que creo que era imprescindible darla a conocer, más estando en un foro de escritores.

Pero, vale, que el diseño sea calcado al de Wattpad puede ser casualidad... Lo que no lo es tanto es el sistema que se ha montado Dalas para sacar pasta: copiando basándose en el sistema de partners de YouTube, una vez alcanzas un mínimo de seguidores (actualmente 1000), a través de anuncios obtienen ganancias, de las cuáles luego da un porcentaje, que desconozco, aunque en ese caso estoy igual que ellos que ante la pregunta de cuánto se puede ganar en la plataforma responden: Depende de las visitas que tengas y el CPM de nuestros anunciantes, así que no te podemos decir una cifra exacta o estimada por desgracia. Ni siquiera podemos decirte con cuántas visitas por mes podrías vivir sólo de Wrixy porque depende también del país donde vivas y del coste de la vida en tu región, además de las variaciones en la monetización de los anuncios. Actualmente no tenemos anunciantes propios, sino que nos beneficiamos de otras grandes plataformas. Esperamos que en el futuro cada vez nuestra monetización mejore, al crecer como plataforma.

Curiosamente, la última vez que mire la página hará un par de meses o así, ni siquiera Dalas alcanzaba ese mínimo; ha cambiado, ahora pasa de los dos mil seguidores y echando un vistazo por encima, creo que es el único que puede ser parte del sistema, así que puede llevarse parte del dinero como director del proyecto o bien hacerlo como director y como partner si le da la gana...

Igualmente, tampoco sé hasta que punto va a funcionar: usan un bloqueador de Adblock, que va fatal, en lugar de saltar automáticamente, lo hace de forma aleatoria —es cierto que antes ya usaba un script del tipo Anti Ad-Block Killer, para evitar estas cosas, pero entiendo que si me ha seguido saltando es porque este blockadblock.com estaba protegido, pero vete a saber—. Igualmente como dice en la respuesta que he copiado antes, actualmente no tienen anunciantes sino que se benefician (¿?) de otras grandes plataformas.

No queriendo dar más publicidad de la que se merece, he de decir que no tiene desperdicio el vídeo donde habla de la plataforma y de porque ya no va a volver a publicar en físico; recordemos que es un tipo que, aunque haya comentado en el tema sobre Patreon que no tiene tantos patrones, gana lo suficiente como para que haber vivido en Irlanda y Andorra para pagar menos impuestos, sea algo que tenga sentido; si quiere puede autopublicarse —aprovecho para entre la basura dar a conocer a NEUH, colectivo de autores autoeditados— o publicar bajo demanda. La manera en la que se victimiza y convierte ser un escritor penoso en una gran conspiración y traiciones por doquier es sublime; lástima que no ponga tanto empeño en escribir como en fantasear en la vida real.

En definitiva, creo que es una buena idea alertar de esto, porque aunque ahora es un sitio prácticamente desconocido, podría viralizarse en cualquier momento, y conociendo a este señor, ya no es que lo que pinta tan bien ahora simplemente no llegue a ningún lugar (por ejemplo que al final no haya sistema de partners), sino que pueda llegar a ser, por decirlo suavemente, problemático.

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  Reto Abril 19: Matanza de Dragones
Enviado por: Joker - 08/04/2019 08:05 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (19)

–Pequeña, ¿te he comentado alguna vez que te quiero? – dijo Jim mientras creaba cientos de trajes espaciales de hielo destinados a colisionar con los dragones en las más curiosas posturas de lucha libre.
–¿Cuántas veces te he dicho que no me gusta que me digas esas cosas? – dijo Erza mientras movía las manos a la velocidad del sonido para hacer rebotar docenas de balones de fuego pixelados por todo el campo de batalla – Sobre todo lo de pequeña.
–Pelirroja, te quiero – volvió a decir Jim tentando a la suerte – Pide un deseo – dijo mientras una lluvia de estrellas fugaces de hielo traía una muerte de extrema belleza a docenas de dragones.
–Te odio profundamente, pero si pudiera pedir un deseo pediría despertar de esta pesadilla – le contestó Erza sin dejar de golpear los balones de fuego pixelados conforme volvían.
Rainbowtail era un grupo de borrachos profesionales que, en sus ratos libres, eran el gremio de magos más poderoso de todo Pixeland. Abanderados por sus líderes, James III Spaiceman y Erza Theace, no había pista de baile que se les resistiera o trofeo de beer & karaoke que no estuviera en su haber. En los campos de batalla, más de lo mismo. El famoso combo Fire & Ice dominaba con puño de hierro, desde la cima, el mundo de la espada y la magia. Al menos, lo habían hecho hasta aquella fatídica misión. El célebre dúo se encontraba por vez primera acorralado, luchando espalda contra espalda en medio de un escenario apocalíptico. Nubes rojas de tormenta cubrían el cielo, pero en vez de traer relámpagos y lluvia, traían dragones. Era la cosa más estúpida que habían visto jamás. Y eso que los estándares de estupidez de Pixeland eran ya de por sí altos. El objetivo de la misión, dos dragones grandes como catedrales, estaba cada vez a más dragones de distancia. Otros guerreros, sin tanto talento y fe, los hubiera dado ya por inalcanzables.
–Se suponía que esta iba a ser la misión más divertida de todos los tiempos – dijo Erza  rezumando frustración mientras su balones de fuego masacraban dragones por todo el campo de batalla – Maldigo Kanagawa, la ciudad más estúpidamente construida que se haya visto jamás. ¡Ya podría tener una maldita catedral!
–Es la primera Gran Aventura en años, era de esperar que su dificultad fuera asfixiante. El que hayan elegido esta ciudad de casas bajitas para soltar a esos dos dragones gigantescos me parece hasta lógico. Eso sí, lógico pero nada divertido – dijo Jim con una seriedad glacial mientras creaba unos planetas de hielo con anillos destinados a pisar y cortar cuantos dragones salieran a su paso – Y ya que hablamos de arquitectura... Aunque esta ciudad no tenga catedral, ¿me harías el favor de casarte conmigo?
Jim culminó la frase robándole el anillo a uno de sus pixelados planetas y lanzándoselo a Erza. Cuando el anillo, del diámetro de un barril de vino, amenazó con cercar a Erza, un balón de fuego lo atravesó convirtiéndolo en vapor de agua.
–¿Qué mosca te ha picado hoy? ¿Por qué te emperras en hacer estupideces y decir palabras que no quiero oír? Ya estoy suficientemente cabreada de que estos no hayan vuelto aún como para que me vayas tocando los cojones más de lo habitual – dijo una Erza que intentaba, pero no conseguía, abrir un camino hacia los dragones concentrando las trayectorias de sus balones de fuego pixelados en una zona.
–¿Y si estos no vuelven? – dijo Jim con helada seriedad mientras creaba una manada de aliens de hielo cabezones que arrasaron todo y cuanto encontraron por delante.
–¿Cómo no van a volver? – resopló Erza que había vuelto a trazar trayectorias para que los balones de fuego les proporcionasen una defensa total – Te voy a decir lo que ha pasado. Al morir y volver a aparecer en el gremio han descubierto la sorpresa. Con esa cantidad y variedad de bebidas legendarias delante de sus ojos se han vuelto locos. Bueno, aún más locos de lo que ya están. Cojamos una botella para el camino, habrá dicho Alf. Cojamos dos, habrá replicado Columbo. Hagamos una parada técnica en la batalla, habrá dicho Macgiver con resolución. Que se encarguen aquellos dos de la misión, empecemos de una vez la fiesta de la victoria, habrá dicho con alegría Punky. Seamos honorables, probemos un poquito y vayamos a ayudarles, habrá dicho la princesa de Belair. Esto tiene pinta de estar muy rico, habrá dicho Xanquete, esto me lo bebo antes de que vuelvan aquellos dos...
–Tienes mucha imaginación – la interrumpió Jim mientras hacía orbitar satélites de hielo a su alrededor para protegerlos – Pero, aunque sea como tú dices, están tardando mucho en volver...
–¿Qué quieres que te diga? Había muchísima más bebida de lo habitual – dijo Erza encogiendo los hombros con preocupada seguridad, pero sin dejar desatendida su danza de balones.
Jim respondió con un silencio glacial sospechosamente sospechoso. Erza estaba realmente asqueada. Aquel día, uno destinado a ser perfecto, había sido un desastre desde el minuto cero. Odiaba que los planes no salieran bien y Jim lo sabía a la perfección. Podría poner la mano en el fuego de que esa era la razón por la que estaba pinchándola más de lo habitual. Llevarla al límite para que ella rompiera con él era su objetivo. Una batalla de insultos de hielo y fuego, una que duraría horas, les llevaría a una inevitable reconciliación. ¡Me encanta que los planes salgan bien, el sexo de reconciliación es el mejor! Eso diría aquel idiota al final del asunto. ¡Pues se iba a quedar con un palmo de narices! Nadie le vacilaba, ni siquiera la persona que estaba obligada a querer. Su artimaña le iba costar una semana sin sexo. Así aprendería aquel listillo a no pasarse de idiota.
–Estoy pensando en que podríamos dejarnos matar y pillarlos con las manos en la masa – dijo Erza sin bajar su defensa total de balones de fuego – Me parece una soberana tontería que nuestro orgullo de nunca haber muerto nos impida disfrutar de una fiesta que hemos organizado nosotros...
–No creo que sea muy buena idea... – dijo Jim con una voz glacial mientras creaba coches lunares de hielo que atropellaban a los dragones más despistados.
–¡No seas aguafiestas! ¡Se merecen que les demos un buen susto! – dijo Erza enfadada, moviendo las manos sin parar – De todas formas esta misión no la podemos completar sin su ayuda. La lluvia de dragones cada vez es más densa. Así es imposible avanzar un solo paso y...
–¿Has oído hablar de Terminus? – dijo Jim con la voz helada pero creando unos platillos volantes que hicieron estragos entre los dragones.
–¿Te refieres al legendario modo Terminus? – dijo Erza haciendo que su preocupación se propagara a la velocidad que volaban su balones de fuego pixelados.
–¿Acaso existe otro? – dijo con fría resignación un Jim que empezó a crear una lanzadera espacial de hielo.
–¿Entonces, todas las idioteces de hoy, no eran porque querías sexo de reconciliación? – dijo Erza deseando poder dejar de golpear balones para poder morderse nerviosamente la uñas – ¿Eran porque realmente estás preocupado?
–¿Sexo de reconciliación? ¡Esa sí que ha sido buena! Pequeña, tu salvaje imaginación me sacaría una sonrisa hasta en el infierno – dijo un Jim que sonreír lo que era sonreír no sonreía, pero estaba ultimando una lanzadera espacial.
–Esto significa que todos... Webster, Alf, las chicas de oro, Punky, la princesa de Belair, Macgiver, el equipo A, Columbo, Roseanne... incluso Xanquete... Todos están... Todos están...
–Muertos – dijo con falsa frialdad Jim. La lanzadera estaba acabada.
–Pero... pero... ¡Eso es imposible! ¡Eso va en contra de una ley primal de Pixeland!  – dijo Erza ahogada en un mar de lágrimas mientras su balones se iban fusionando en balones cada vez más grandes – ¡Eso significaría que está muriendo gente inocente en el mundo real! ¿¡Cómo podrán justificar semejante atrocidad!?
–Son políticos – les insultó Jim con sincero asco, mientras creaba un gigante cohete de hielo – Su trabajo consiste en eso, en buscar excusas, en tirarle la culpa al de al lado, en encontrar palabras que corrupción y sangre sean capaces de maquillar.
–Si Terminus está realmente activado, ¿cuál es el plan? – dijo Erza dejando que las lágrimas dejarán paso a una fiera determinación en su mirada, cogiendo con las dos manos un balón del fuego pixelado alto como ella.
–¡¡Gear no fear kamikaze attack!! – dijeron los dos en lenguaje antiguo a la vez que entrechocaban sus manos con rabia.
El cuerpo de Erza se estremeció con la vibración transmitida por el choque. Quizás sus cuerpos estuvieran espalda contra espalda, pero podía sentir el fuego de su mirada. Hay momentos, pocos, en los que recuerdas porque te enamoraste. Cuando te construye un cohete de hielo para que con tu fuego podáis alcanzar las estrellas, ese debería ser uno de ellos. Esa habilidad de complementarte sin necesidad de palabras... Y de desquiciarte con ellas. Esa sensibilidad de darte sosiego sin tener que hablar... Los momentos malos, con él a tu lado, siguen siendo igual de malos... Pero, aunque tan solo sea un poquito, se hacen más fáciles de sobrellevar. Habiendo perdido a todos sus amigos y con la muerte viniendo de cara, no podía evitar sonreír y sentirse orgullosa. Orgullosa de tener a su lado un animal de presión como ella. Una de esas pocas personas en el mundo que, cuando más se tuercen las cosas, más carácter saca. Uno de esos monstruos capaces de aplazar los sentimientos para encontrar soluciones. El amor de una vida. El amor de su vida.
–¡¡Hasta el infinito y más allá!! – dijo Jim quedándose en calzoncillos y penetrando por el culo al cohete de hielo.
–¡Eres un idiota sin remedio! – dijo Erza siguiendo, en rojo biquini, sus pasos – ¡Tres, dos, uno, Fireball!
Jim se había puesto delante, era el piloto del cohete. Erza se había puesto detrás con su gran balón de fuego pixelado taponando el culo, era el motor. El fuego fue escapando del balón de menos a más. Finalmente, el cohete despegó. Al principio atravesaban las capas de dragones como si fueran mantequilla. Pero conforme se acercaban a su objetivo, la densidad de dragones empezó a hacerse insoportable. Los dragones morían a centenares estampados contra el impenetrable casco del cohete, pero les estaban haciendo perder velocidad. A ese ritmo se quedarían sin maná antes de poder llegar a su objetivo. Sin un milagro no llegarían nunca a la altura de los ojos de los gigantescos dragones...
–Las reservaba para una ocasión especial – dijo Jim sacando dos preciosas botellas y tirándole una a la cabeza – Pero supongo que el día en que aceptaste casarte con un servidor bien merece un brindis en condiciones.
–¡Serás idiota! ¿¡Cuándo he dicho yo el sí quiero!? – dijo Erza molesta mientras leía la etiqueta de la preciosa botella que había atrapado al vuelo con su mano izquierda – ¡¡No puede ser!! ¡Miracle! ¡La más legendaria de las bebidas! ¡Se supone que se había agotado, que se había dejado de producir por ser abusiva! ¿¡Se puede saber de dónde las has robado!?
–Un mago nunca revela sus secretos, ni siquiera a su futura esposa – dijo Jim permitiéndose la más pícara de las sonrisas.
Brindaron y bebieron hasta dejar huérfanas del milagroso líquido a las preciosas botellas. Miracle, el bebercio definitivo, hizo honor a su leyenda restaurando vida y mana a sus máximos. Como si de un eructo de alegría se tratara, el fuego del cohete cuadruplicó su potencia. El verde sangre seguía acumulándose en el helado casco del cohete, pero ya no conseguía alterar ni su rumbo ni su ímpetu. La ebria pareja, celebró con un grito de euforia la fuerte sacudida que les indicaba el final del verde. Habían atravesado la última capa de pequeños dragones. Ahora aquel asunto era un mano a mano con dos monstruos grandes como catedrales.
–¿Preparada para la batalla de nuestras vidas? – dijo Jim sonriendo con nerviosa seguridad.
–Siempre estoy preparada para matar dragones gigantes – dijo Erza sin dejar de insuflar magia a aquel balón pixelado que era el motor del cohete.
–Me estaba refiriendo al matrimonio que nos aguarda – dijo Jim sonriendo temerariamente.
–Te juro que si sigues diciendo esas idioteces, si no te mata tu dragón, te mataré yo – dijo Erza resoplando.
–Recuerda, a un dragón se le conquista por los ojos...
–¡¡GRYOOORR!! – resonó como la llegada de una tempestad el sonido más peligroso del reino, el rugido de fuego de un dragón gigante.
–¿¡White Fire!? – dijo Erza poniendo los ojos como platos al girarse y ver lo que se avecinaba – ¡Hijo de puta! ¡Esto ya es abusar por abusar! ¡Juro que algún día mataré al creador de este mundo!
Desde un primer momento la dificultad de aquella misión había sido absurda, pero aquello sobrepasaba el surrealismo. Erza miró con preocupación los calzoncillos de Jim y luego hizo lo propio con su biquini. Gear no fear kamikaze attack consistía en utilizar una combinación de equipo que maximizara el daño de ataque y la movilidad. ¿La contrapartida? Te quedabas sin defensa y sin protecciones elementales. Habían confiado en que el hielo arcano del que estaba hecho el cohete les sirviera de escudo hasta llegar a los ojos. Después de todo, aquel legendario hielo se suponía que era eterno. Pero en aquel estúpido mundo, si existía un legendario hielo imposible de derretir, existía un fuego legendario capaz de derretirlo todo. Hacer caso de las leyendas no era una buena forma de entender cómo funcionaba aquel absurdo mundo. La prueba y el error eran tus únicos y verdaderos maestros. Resumiendo, el White Fire eran malas noticias. Por pura experiencia, una basada en perder múltiples vestidos indestructibles preciosísimos, sabía que este era capaz de devorarlo todo.
Erza no perdió el tiempo. Se desembarazó del balón de fuego que bloqueaba la salida y con una acrobática pirueta aterrizó en lomo del cohete. No había otra opción, tendría que utilizar aquella técnica...  Su corazón se aceleró emocionado ante la peligrosidad del momento. Si erraba en el tempo sufrirían una muerte horrible... Espera, espera, espera... ¡Ahora!
–¡¡Total Eclipse Firewall!! – gritó Erza alzando los brazos para formar un bloqueo perfecto, utilizando así un movimiento de su deporte favorito.
Dos enormes manos de fuego negro, aparecidas de la nada, se interpusieron al avance del rugido de fuego blanco. Como si de una pelota se tratara el chorro de White Fire rebotó, formando un ángulo de sesenta y nueve grados exactos, hacia el cuerpo de su propietario.
–¡Toma gorro, jódete! – gritó con rabia Erza justo antes de desplomarse exhausta sobre sus rodillas, justo después de que la última llama de White Fire hubiera cambiado de dirección.
El Cohete, sin su motor, caía en picado. Erza se sentía vacía, más vacía de lo que se hubiera sentido nunca. Intentaba con todas sus fuerzas restantes aferrarse al cohete, pero usar durante tanto tiempo su técnica secreta le había pasado una cara factura. Si aquel iba a ser su épico final, era bastante bueno...
–¡Stairway to Earth! – rugió imperial una voz proveniente del interior del cohete.
Antes de que su cansado cerebro pudiera procesar el significado de aquellas palabras se encontró en los brazos de Jim. Bajaban a velocidad de leyenda unas interminables escaleras de caracol. Paso a paso se alejaban del cohete de la esperanza y se acercaban a la incertidumbre que suponía pelear contra dragones gigantes desde el suelo.
–Lo he cazado, ¿no? – dijo Erza con un hilo de voz – Porque ha sido el gorro de mi vida. Ni siquiera siendo profesional llegué a poner tanta intención en un bloqueo.
–Ha sido precioso – contestó Jim con una pálida sonrisa.
–No me has contestado – dijo Erza suspirando – Sigue vivo, ¿no?
–Pequeña, lo has hecho genial, nos has comprado el tiempo suficiente para llegar al suelo – dijo Jim con su más fría seriedad – Ahora descansa. Cierra los ojos y espérame. Ya has hecho suficiente, a partir de aquí me encargo yo.
–No – dijo Erza con seriedad.
–Pequeña, no seas cabezota, no puedes ni moverte – empezó a decir Jim.
–No puedo casarme contigo – dijo Erza con seriedad.
–¿Y eso? – dijo Jim mirándola fijamente a los ojos, como si en aquel momento hubiera desaparecido el resto del mundo.
–Te he sido infiel – dijo Erza ahondando en la seriedad.
–¿Infiel? – dijo Jim perplejo pero sin bajar la intensidad de su mirada, ignorando el mundo de peligros que le rodeaba – ¿Cómo? ¿Con quién?
–Todo empezó muy inocente – empezó a relatar Erza con un profundo arrepentimiento arraigado en su mirada – Un baile por aquí, un baile por allá, un susurro travieso a la oreja... Una cosa llevó a la otra y antes de darnos cuenta lo estábamos haciendo.
–¡Dime quién fue! – dijo Jim haciendo que el vínculo entre sus miradas estallara en puro fuego – ¡Dime quién te obligó a hacerlo!
–No me obligó nadie – dijo Erza aportando desafío a su mirada – De hecho lo disfruté muchísimo.
–¡Xanquete! – exclamó Jim como quien ha encontrado repentinamente la solución – ¡Fue él! ¡Maldito viejo bastardo! ¡Fue con él que te bebías a escondidas mi colección de cervezas legendarias!
–No tengo palabras para decir lo mucho que lo siento – dijo Erza con sincero falso arrepentimiento.
–Solo dime una cosa más – dijo Jim bajando un escalafón el tono de su enfado – La botella de Imperial Dragon Stout que apareció rota...
–Nos la bebimos y rompimos la botella para que pareciera un accidente – dijo Erza girando la cabeza para no tener que seguir mirándole a los ojos.
–¡Uoooooohhh! – aulló Jim como solo se aúlla cuando te rompen el corazón – No me puedo creer que os bebierais la botella que tenía guardada para el día de nuestra boda.
–Éramos jóvenes y no sabíamos lo que hacíamos – dijo Erza débilmente aún con la cabeza girada – Espero que encuentres bondad suficiente en tu corazón para poder perdonarnos.
–¿Jóvenes? – dijo Jim indignado – ¡Si eso pasó la semana pasada! Además, ¿cuántos años tiene Xanquete? ¿Dos cientos? Lo peor no es que lo hicierais, sino que luego me mintieras a la cara.
–¿¡Mentirte!? – dijo Erza girando de golpe la cabeza confrontando el agravio con el fuego de todos los infiernos en su mirada – ¿¡Mentirte como me estás mintiendo tú ahora!? ¿¡Te crees que soy tonta!? ¿¡Te crees que no me he dado cuenta de que los dragones son siameses!? ¿¡Te crees que no sé que, con Terminus activado, es posible utilizar Los Siete Pecados Capitales!? ¿¡Acaso me crees tan estúpida como para no atar cabos y deducir lo que te propones!?
–Es la única opción… Los números nunca mienten...  – dijo Jim girando la cabeza avergonzado, intentando ocultar su tristeza.
–¡Yo lo único que sé es que me hiciste una promesa! – dijo Erza acumulando en su mirada toda la rabia que su cuerpo exhausto no podía – ¡Me prometiste que nunca me dejarías sola!
–Lo siento – dijo Jim con la cabeza aún girada – Tengo que romper esa promesa. A donde voy mi corazón no te quiere llevar.
–No me vengas con eso de lo siento...
Antes de que pudiera continuar quejándose Jim la dejó abruptamente en el suelo, le dio la espalda y se dirigió lenta pero inexorablemente hacia los monstruosos dragones siameses. Los Siete Pecados Capitales, las magias más poderosas de Pixeland también tenían el precio más alto. Las compuertas del pasado se abrieron de par en par en el corazón de Erza. Recordó el autobús y el fuego, el estar herida y exhausta en el suelo, el estar al filo de perderlo todo, el sentir miedo. Recordó haber sido cobarde. Recordó prometerse que en su próxima vida lucharía. No la volverían a dejar sola, si era necesario, esta vez llamaría a las puertas del cielo.
–Eres un idiota – dijo Erza cogiendo el tobillo de Jim con una mano completamente ensangrentada – Eres un idiota si piensas que te voy a dar permiso para que me abandones.
–¡Erza! – dijo Jim sorprendido de que en su estado se hubiera arrastrado tantos metros.
–Juro que no moriremos en este pueblo de mala muerte – dijo Erza sin fuerza en su cuerpo pero con determinación en la mirada – El cupo de gente que me ha abandonado hoy... No... El cupo de gente que me ha abandonado en mis dos vidas está completo.
–Pequeña, estás siendo más cabezona de lo habitual – dijo Jim con visible tristeza – Tienes que dejarme ir.
–¡No! – dijo Erza con lágrimas en los ojos.
–Pequeña, prométeme que me echarás de menos, que vivirás por los dos – dijo Jim replicando las lágrimas de ella en sus propios ojos.
–No quiero echarte de menos. No quiero que lo hagas. No te permitiré que lo hagas... – dijo Erza intentando abrazarle las piernas.
Pero abrazó el aire. Jim se había desembarazado de su débil agarre y la había abandonado para siempre. La azul y pixelada esfera que flotaba entre sus dos manos creció y creció. Cuando ya no pudo abarcarla separando más las manos esta pasó a flotar encima de su palma derecha. La esfera mágica siguió creciendo hasta que, de repente, reculó instantáneamente todo su crecimiento y se hizo pequeña como un pulgar. En un rápido movimiento Jim la aplastó contra su pecho, hundiéndola en su corazón. Sus arterias empezaron a colorearse de hielo muerte. Erza giró su cuerpo para pedirle cuentas al cielo y lloró de rabia e impotencia una vez más.
–¡Eternal Slothball! – gritó Jim con la mano derecha aún en el pecho y la izquierda tocando el dedo de uno de los monstruosos dragones siameses.
Eternal Slothball, uno de los siete pecados capitales. Una magia que transformaba a su usuario en una prisión esférica de hielo eterno. Pero de hielo eterno del de verdad, del que no se derrite nunca jamás. Erza vio a través de unos ojos borrosos por las lágrimas como el amor de su vida se convertía en una pequeña esfera de hielo. La esfera iría creciendo desde aquel dedo hasta aprisionar a los dragones siameses por toda la eternidad. Aquel sacrificio significaría completar la misión, debería significar victoria... Aquel sacrificio sería el germen de todas las lágrimas, suspiros y pesadillas que acompañarían por siempre a Erza en cada despertar.
La pixelada esfera de hielo, lentamente, empezó a crecer. Los dragones siameses se retorcían furibundos intentando deshacerse de aquella pequeña molestia. No tuvieron éxito, el hielo anclaba una de sus patas firmemente al suelo. La frustración del dragón izquierdo le llevó a dar un poderoso zarpazo a la esfera. No sirvió de nada, de hecho, empeoró las cosas ya que su brazo quedó pegado al hielo eterno. El dragón derecho probó la vía del White Fire. No funcionó, el hielo ni sudó ante las todopoderosas llamas. Inmutable a los esfuerzos de los dragones la prisión de hielo siguió creciendo de forma lenta pero inexorable. Ya está, pensó Erza. Es el fin de todo… De mi corazón, de mi alegría, de esta pesadilla de misión... Pero ante los atónitos ojos de Erza, algo sorprendente y obsceno aconteció. El dragón siamés derecho, el que aún no estaba atrapado por el hielo, devoró la pata trasera que compartía con su hermano. Abandonando a su otra mitad escapó de su otrora inevitable destino. El glacial sacrificio de la persona que más quería en el mundo, había sido en vano. De nada servía congelar a un dragón si su siamés escapaba cojo y cabreado. Sinceramente, aquel estúpido reino de Pixeland no entendía de justicia.
–¡¡GRYOOORR!! – el rugido de Erza resonó furioso por todo el campo de batalla,  miles de dragones alzaron el vuelo asustados.
Aquel estúpido dragón paticojo se encaró hacia ella. Sus miradas se cruzaron. Estaba al límite de sus fuerzas. Estaba rota por dentro. Se había quedado sin sus amigos, sin el amor de su vida. El destino, amablemente, le había vuelto a regalar la eterna soledad. Apretó los dientes contra su labio inferior y reconoció ese sabor que tiene la ira cuando se condimenta con tristeza. Era el peor día de su vida y para rematarlo, un dragón saltando a la pata coja se le venía encima.
Cuando la sombra de la pata del dragón la cubrió, debería haber tenido ganas de llorar y compadecerse. Debería haber tenido ganas de acurrucarse en un rincón y tirar la toalla. Debería haberse rendido... ¡Pero ellos no le dejaron! Cuando la vida te quita tantas cosas que resultan ser demasiadas, tus demonios te exigen eso que en lenguaje antiguo se llama Payback. Los oyó cantar, habían despertado de su largo letargo y alzaban con orgullo sus estandartes de guerra una vez más. Los podía sentir marchar por sus venas, erizándole la piel al pasar. Los podía sentir en el odio que su mirada no paraba de acumular. Sus demonios miraron a la muerte, al dragón, con desprecio. Al contrario que aquel idiota, ellos no la habían abandonado. ¡Ellos sí que cumplían sus promesas! ¡Viviría para vengar a todos sus seres queridos! La pata del dragón la aplastó.
Erza abrió sus ojos en la más completa oscuridad. En su precario estado debería haber muerto, pero tan solo sentía el dolor de no sentir dolor. Incluso después de muerto, aquel idiota, seguía encontrando formas de tocarle el orgullo. A pesar de no haber contribuido en nada, había subido de nivel. La muerte del otro dragón siamés había provocado el consiguiente reparto de puntos de experiencia entre los integrantes del team. No lo merecía, pero había subido de nivel. Golpeó con rabia la oscuridad y el dragón paticojo se tambaleó hasta caer.
Es bien sabido que subir de nivel implica que tu mana y vida se recuperen instantáneamente. Eso explicaba su reseteo, pero no el que hubiera tumbado al dragón de un golpe… Y bien pensado... Tampoco explicaba que no hubiera muerto aplastada. Cuando obtienes mágicamente fuerza y resistencia sobrehumana, sospecha, algo malo está pasando. Intentó atacar los ojos del dragón caído con balones de fuego pixelados, no funcionó. El único fuego que vio aparecer fue el que salía de su piel. ¡Genial, estaba envuelta en un incendio unipersonal! Su preciado y caro bikini ardió en un instante. ¡Bienvenidos a Pixeland! Aquella era la tónica habitual de aquel estúpido mundo, siempre quedaba alguna grotesca sorpresa esperando a la vuelta de la esquina.
Cogió un mechón de su ardiente y fogoso cabello, no quemaba. Miró su blanca piel, las llamas improvisaban alegres bailes sin dejar marcas de sus pisadas. Indagó en lo más profundo de su corazón, sus demonios estaban bailando. El enorme fuego del que solían alimentarse se había transformado en una inagotable fuente de energía nuclear. En su otra vida, había pasado todos sus larguísimos viajes en autobús devorando libros de fantasía. En esta, nada más entrar a Pixeland, había devorado todos los de magia. Por desgracia, tenía una idea bastante clara de lo que le estaba pasando. Para asegurarse, decidió hacer una pequeña comprobación. Intentó emular al cohete de hielo concentrando el fuego en sus pies. Resultado, salió volando sin control y acabó estrellándose irremediablemente contra el duro suelo.
Su boca mordía polvo, pero su cuerpo desnudo no tenía el más mínimo rasguño. Golpeó con dos puños de fuego el suelo y la explosión la levantó por los aires. Dragonheart, pensó Erza mientras aterrizaba poderosamente sobre sus dos pies. Dragonheart, una magia tan legendaria y orgullosa que no permitía que su poseedor pudiera utilizar otras. Yo soy todo lo que necesitas, decía el libro que la describía. La relación de amor odio entre Erza y su magia se convertiría en la historia más bella del reino, pero nadie se atrevería a escribirla…
–¡¡GRYOOORR!! – el rugido del dragón devolvió a Erza a la realidad.
Al parecer, en aquella pesadilla, aún había ganas para un baile más. Un paticojo y cabreado dragón se incorporó encarando a Erza a una velocidad endiablada. Con su tres patas, cargó hacia delante con sus fauces abiertas. El odio llevó a Erza a hacer algo estúpido, cargar también hacia delante. En realidad no era tan estúpido, había un plan. En el último momento utilizaría su técnica de mujer cohete para esquivar las fauces y atacar los ojos. No resultó bien. La bravura, la valentía y la pasión nunca han sido buenos instrumentos de vuelo. Una inexperta Erza fue incapaz de maniobrar, su propulsor de fuego la impulsó directa a las fauces del dragón. ¡No podía haber salido peor! Entonces, para contradecirla, el hálito de White Fire hizo acto de presencia. Genial, fuego y babas, lo que más le apetecía en aquellos momentos de desesperación. No había más remedio, plan B, dejó que sus demonios tomaran el control. Sus ojos refulgieron con el odio acumulado durante dos vidas y el fuego de sus pies se hizo eterno.

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  Patreón. ¿Ha nacido muerto?
Enviado por: McMurphy - 08/04/2019 03:27 AM - Foro: Alrededor de la red de redes - Respuestas (7)

Buenos días, chicos.

Patreon ha nacido algo tarde, en mi opinión, pero arrastrando un interesante concepto de mecenazgo clásico que me encanta. Pero, ¿qué pensáis? ¿Tiene futuro? ¿Lo utilizáis? ¿Habéis publicado en ese formato? O, como afirman algunos, ¿ha nacido muerto?

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  Reto Abril 19: Crónicas de Aurelio el Grande
Enviado por: Joker - 07/04/2019 03:08 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (18)

CRÓNICAS DE AURELIO EL GRANDE

24/5/2018. Me han metido aquí pero yo no estoy loco. Y nadie me cree. Bueno, sí, los únicos que me creen son los locos de verdad, pero esos no me sirven porque están como cabras, y también dicen lo mismo que yo. O sea, que en este manicomio nadie está loco, o eso se creen, pero, no obstante, yo soy el único cuerdo de verdad. Todo ha sido maquinado por mi mezquina esposa, mediocre mujer que no soporta mi superior intelecto ni vivir a la sombra del brillo que emito. Pero, por una vez, ha tenido éxito y yo he fracasado. La subestimé y aquí me veo. Guarra. Puta. Reputa.

Lo único bueno es que te dejan fumar, la zona de fumadores está cerca de la entrada, justo donde se ubica el mostrador de las enfermeras. Ellas son las que encienden los cigarrillos, pues no podemos tener mecheros y menos mal, porque no estamos faltos de pirómanos. Es curioso que ninguno de ellos es fumador, pero se quedan en el pasillo extasiados mirando el humo y emiten grititos de placer cada vez que surge la llama del mechero. Mientras fumo, miro alrededor y recopilo datos, procurando poner la misma cara de zombi que los demás chiflados, que van hasta el culo de tranquilizantes, moviéndome como tal para acercarme, como aquel que no quiere la cosa, a observar los detalles del puesto de control que me interesan.

Tengo que escapar de aquí, pero, a pesar de mi gran inteligencia, yo solo no puedo. Aprovechando que con los recortes presupuestarios en sanidad hay menos personal, peor pagado y por tanto menos competente, y habiendo observado (ya que poco más hay que hacer aquí) los hábitos del equipo médico y celadores, los errores y deficiencias del centro y memorizando la distribución del edificio y alrededores, no sería tan difícil. Pero necesito ayuda.
He de seleccionar un grupo de cuatro personas lo más cuerdas posible, cosa nada fácil si descarto al cuadro médico, y aún con este tengo mis dudas. Eliminaré a aquellos que obviamente no me sirvan (depresivos, que nos convencerán de que todo va a ir mal y anoréxicas, que no podrían levantar ni las llaves de las puertas) y sondearé a los que menos señales de locura presentan, a ver si hay suerte, y, finalmente, reclutaré a los cuatro más aptos.

29/5/2018. Es tarea ardua, más de lo que me pensaba, pues arriesgo mi integridad física y no contaba con ello. Me explico, no sin exagerado rubor y vergüenza. Quise sondear a Tres Piernas, preguntándome el porqué de ese peculiar apodo, abordándole en su habitación. No sabía, tampoco, la naturaleza de su dolencia, todos hacían un extraño mutis al respecto. Salí de allí bien enterado y, por poco, con el culo como un bebedero de patos. El asqueroso violador en serie, al verme dentro cerró la puerta y masculló desvergonzadamente “a falta de un chochito bueno es un culo”. De poco me fue que me borrara el cero, pues es mozo de importante envergadura y mucha fuerza y, desgraciadamente, la bata con la enorme raja detrás también iba a facilitarle las cosas. Precisamente la envergadura—valga la redundancia— de su Azote de Coños (sus palabras, que no las mías), me dio fuerzas para estamparle la lamparilla en la cabeza y salir corriendo ante la visión de un miembro como una cachiporra traspasando la zona segura de mi burbuja personal, pero logré salir de allí conservando mi virginidad anal.

30/5/2018. Ya los tengo. Y los cuatro tienen tantos deseos de escapar como yo.
Primero recluté a Venancio, un esquizofrénico que, entre otras cosas, asegura ser víctima de una conspiración contra su persona y se teme que intentan matarle en el centro. Bueno, en realidad allá donde va, pero ahora está aquí. Por eso lía la de Dios es Cristo en el comedor, negándose a comer y decorando las paredes con el contenido de su bandeja. Gracias a él el comedor da asco, parece haber sido estucado a base de vomitadas. La hora de la medicación es otro de los momentos memorables del día; ya no intentan que se tome las pastillitas, eso es misión imposible, sino que se la inyectan o eso pretenden. Pero Venancio, flagelo de enfermeras y celadores, tiene muchos huevos y pocas ganas de morir, así que no siempre tienen éxito, y más de una jeringa ha vaciado su contenido en la nalga equivocada.
El segundo fue César, que padece TOC , y su obsesión por escapar viene dada porque afirma que se olvidó de apagar la luz del comedor de su casa cuando lo trajeron. Eso lo mortifica hasta el punto de liarse a cabezazos contra las paredes, no sé si en un intento de tirarlas abajo para escapar. Sin embargo, cuando hablas con él en los momentos en que no está hasta arriba de diazepam es hasta ecuánime.
El tercero, Julián, es un suicida en potencia. Quiere escapar del centro porque allí es imposible suicidarse como es debido, siempre lo consigue a medias y dice estar hasta los huevos de que esas putas (palabras textuales suyas, no mías, en referencia a las enfermeras) le impidan atravesar el precioso túnel de luz que ve cada vez que está a punto de conseguirlo.
El cuarto miembro de mi equipo es un pirómano. Es el más listo de todos aunque es un poquito cabrón, pero ya se sabe, nadie es perfecto. Se llama Perico y encima es del Español. Eso suele crear mofa y, por supuesto, a Perico no le hace gracia. De hecho, le hace tan poca gracia que cualquier día prende fuego al edificio en una combustión espontánea. Nada le haría más feliz.
Ahora sólo queda perfilar el plan, algo que nadie salvo yo, que cuento con una excepcional inteligencia y astucia, puedo llevar a cabo. Voy a pensar.

31/5/2018. Ya está. Mañana en el patio se lo explicaré a esos cuatro lerdos. Espero que lo entiendan y memoricen, cosa más ardua que el ejecutar el plan en sí.

1/6/2018. Madre mía... Podría tener mis dudas acerca de su cordura, pero de lo que tengo absoluta certeza es de que son subnormales, en especial Venancio. Mi plan es sutil pero sencillo y no entendían más allá de “nos fumamos un cigarro hasta que el guardia de seguridad vaya a por su café”, a partir de ahí no daban pie con bola. Claro que la hora del patio es poco después de la medicación, y quizá el que los deje mustios como acelgas tiene algo que ver. Yo no tomo nada, tengo una habilidad innata para simular que ingiero la medicación en pastillas, pero luego la regurgito sin problema y enterita.

25/6/2018.Tras veinticinco días de ardua instrucción, parece que han entendido y memorizado lo que espero de ellos. Perico ya ha aprendido mi técnica de engaño a las enfermeras y ahora es capaz de seguir mis explicaciones. Sin embargo, los otros tres no acaban de depurar la técnica y sólo han logrado atragantarse para acabar engullendo, de todos modos, las pastillas.
Aún quedan unos días para poder poner la fuga en práctica. Puesto que todos los depresivos fumetas y los drogatas metadónicos están idos perdidos, las enfermeras suelen darle a la lengua mientras encienden cigarrillos. Por eso me he enterado de que Encarna, el doctor Poveda y uno de los celadores empiezan las vacaciones en julio y no contratarán suplentes por no soltar una perra, pero ellos lo llaman “optimización de recursos”. Algo positivo debía tener esta crisis de mierda y mira lo que es… menos personal del que preocuparse del ya raquítico cuadro.

30/6/2018. Mañana será el gran día. Hemos repasado con éxito los detalles de la fuga, y parece que cada cual sabe su papel. Lo haremos por la mañana, cuando más caos hay, en el momento en que unos están distribuyendo las medicaciones y otros tocándose las pelotas a dos manos escaqueados en el cuartucho de las escobas. He hecho hincapié en que no se tomen la medicación, puesto que necesito el par de neuronas de cada uno despiertas y en pleno estado operacional, de nada me sirven cuatro guiñapos babeantes moviéndose a la velocidad de un caracol. Por cierto, ya todos dominan la técnica de regurgitación, pero con esos nunca se sabe.

1/7/2018. Llegó el momento, no hay vuelta atrás. Todo está listo. Si alguien encuentra este papel escondido, sepa que tuve éxito (como siempre).

*****

Los cinco se unieron al grupo de fumadores como cada día. Dejaron que Agnes, la enfermera, prendiera sus cigarrillos como cada día. Esperaron a que el guardia abandonara el puesto a por café como cada día. Y entonces la rutina cambió.
Perico se acercó a la enfermera y le arreó con el puño en la cabeza, y la pobre se desplomó como un saco de patatas. Cogió el mechero y un manojo de llaves, que le arrojó a César. Miraba el mechero con los ojos haciéndole chiribitas.
—¡Abre la puerta! —le ordenó Aurelio a César mientras vertía el agua de la botellita de Agnes en los monitores de vigilancia del mostrador, que chisporrotearon como bengalas haciendo las delicias de algunos zombis.
—¡Voy! Uno, dos, tres, cuatro…
—¿Qué coño haces? ¡Abre de una vez!
—No abrirá hasta que le dé siete veces a la llave —dijo uno de los colgados con voz pastosa, veterano del centro.
—¡¡Que abras, joder!!¡El guardia estará aquí en unos segundos! —gritó Julián.
—… Y siete. ¡Ya está! —anunció César —, ¡vamos!
Atravesaron a la carrera y continuaron por el pasillo. A lo lejos se oyó un aullido seguido de una cacofonía de voces.
—¿Dónde coño está Perico? —preguntó Aurelio al darse cuenta de su ausencia.
—Se ha pirado con el mechero. Seguro que ha ido a prenderle fuego al pelo de alguien, le encanta —explicó Venancio. — Ya lo hizo una vez.
—¿Que quema pelos? ¿No podría quemar bosques como todos los pirómanos?
—Es que era peluquero.
—Joder, joder, cómo está el patio… Venga, ¡seguid!

El grupo llegó a una segunda puerta, evidentemente cerrada. Aurelio le arrebató con malos modos el manojo de llaves a César y se dispuso a abrir él mismo para ahorrar tiempo. No le costó más de un par de segundos conseguirlo y todos pasaron.
—¡No no no no no!! —gimió César, todavía en el mismo sitio—. ¡Tienes que voltearlo siete veces! ¡No puedo pasar si no lo haces!
Aurelio empezaba a estar hasta los huevos. La paciencia no era su fuerte.
—¡Si quieres apagar la puta luz de tu comedor pasarás a la de ya! —le gritó.
César pareció debatir consigo mismo un segundo, y con expresión torturada traspasó el umbral, no muy convencido. Una vez allí, los cinco se agazaparon y aguzaron el oído: se acercaban a otro puesto de control. Aurelio asomó un ojo por la esquina y retrocedió hasta los demás.
—Solo hay un guardia jugando con el móvil al Gwent. Está tan concentrado que si irrumpimos los cuatro le reduciremos sin problemas… —el hombre puso cara de sorpresa de pronto—. ¿Dónde está César?
—¡Uno, dos, tres, cuatro… ¡—oyeron contar a César a su espalda, eufórico, justo a la vez que Aurelio reparaba en que ya no poseía las llaves. Había vuelto atrás a realizar el ritual de las siete vueltas.
—Hijo de puta, ¡le va a oír! Vamos a por el guardia antes de que…
—¿¿Quién anda ahí??—oyeron gritar al mentado. El diablo no estaba de su parte ese día.
—¡Yooooooooo! —dijo César, que estaba de vuelta—. ¡Apaga el móvil, que se gasta la batería!
—¡¡¡La madre que lo parió!!! ¡¡¡Yo lo mato!!!—estalló Aurelio saltándole al cuello.
—¡No, no! ¡Mátame a mí, a mí!—imploró Julián, que ya dudaba que el plan diera sus frutos y no perdía oportunidad.
Ante tal escandalera, no tardó en presentarse el guardia, porra en mano, ante ellos. Menudo espectáculo. Dos rodaban por el suelo, enzarzados, otro gritaba junto a ellos incoherencias y el cuarto… el cuarto cayó sobre él como un rayo, le desarmó y arreó acto seguido un porrazo que lo envió derecho al suelo. El diablo se lo había pensado mejor.
—Las voces me dicen que dejéis de hacer el gilipollas de una vez, no les gustan los gilipollas—les dijo Venancio señalando con la porra confiscada a los tres atónitos compinches, con una cara de loco que acojonaba.
Luego le arreó una patada al guardia, que al parecer no quería permanecer en el suelo quietecito, y lo envió directamente a los brazos de Morfeo.

Se levantaron como un resorte y prosiguieron, no sin antes arrebatar al guardia inconsciente un segundo manojo de llaves.
—Mmmmm… ¿huele a humo?
—Sí, a humo. Y a pelo quemado, qué asco…
—Puto pirómano de los cojones, si al final me joderá el plan…
Y allí estaba, la puerta de salida del edificio. Y más allá, la calle.
Pero por el pasillo venía corriendo el primer guardia con la taser en la mano. Y de la calle, a lo lejos, provenía el alboroto de unas sirenas.
—¡Rápido, hay que abrir!
Venancio abrió la puerta, y los tres pasaron. César se quedó.
—Hacedme un favor: apagad esa luz por mí, compañeros. Calle del desencanto, dos, tercero cuarta. ¡Suerte!
El esquizofrénico le lanzó las llaves y reanudaron la carrera mientras oían el inevitable “uno, dos, tres, cuatro… ¡¡Ayyyyy!!”
—¡¡Venir pacá, cabrones!! —les gritó el guardia barrigudo, casi sin resuello, asfixiado por la carrera y su obesidad, mientras pasaba sobre el cuerpo electrocutado de César.
—¡Que te lo has creído, jajajajajajaja! —se descojonaba Venancio.
—¡Los cojones! ¡Píllanos si puedes, gordo de mierda!

Traspasaron, por fin, la puerta principal. Estaban en la calle. Se abrazaron eufóricos los tres, entre risas y felicitaciones por el éxito obtenido.
Pero el frenazo de dos coches de la policía les quitó las ganas de cachondeo. También llegó un coche de bomberos, que raudos empezaron a trajinar con las mangueras.
Pusieron pies en polvorosa sin más dilación, dejando tres nubes de polvo allí donde habían estado.
—¡¡Altooooooooo!! ¡¡¡Vosotros tres, quietos os digo!!! —chilló uno de los policías mientras salía del coche dejando la puerta abierta con las prisas.
Ellos siguieron corriendo calle abajo, al parecer sin muchas ganas de hacerles caso.
—¡Nos persiguen! —gritó Venancio. — ¿Cómo cojones saben que somos nosotros los fugados?
—Hombre, estas batas blancas deben tener algo que ver —dedujo sabiamente Aurelio.
—Coño, pos fuera bata —resolvió Venancio quitándosela mientras corría y quedándose en pelota picada.
El suicida empezó a reírse como un poseso. No podía apartar la vista del miembro viril del otro, que saltaba y hacía piruetas al ritmo de la carrera de Venancio.
—Eh, Venan, yo que tú me la cortaba. Total, ni se va a notar…
—Como te la meta por el culo verás si la notas, capullo—contestó Venancio, al parecer ofendido por la observación.
—Esto es surrealista…—flipaba Aurelio.

Los policías ganaban terreno. Eran jóvenes y estaban entrenados. Aún no se notaba en sus cuerpos la adicción a los donuts azucarados. Se acercaban tanto que casi podían contarles los pelos del culo que sus batas hospitalarias no ocultaban.
—¡¡Alto o disparo!! ¡¡Dispararé a matar, os lo advierto, es mi último aviso!!
Esas palabras activaron las dos neuronas del cerebro de Julián, que se detuvo en seco.
—Seguid, amigos, yo los entretengo. ¡Buena suerte!
Entonces se dio la vuelta para enfrentarse al primero de los policías.
—¡¡Dispara si tienes huevos, puto madero!! —le vaciló en actitud agresiva. Luego, enajenado, se lanzó hacia ellos—. ¡¡Te voy a arrancar la cabezaaaaaaaaaaa!!
Se oyó un disparo, y, mientras corrían, vieron a Julián desplomarse en la acera.
—Lo consiguió —se alegró Aurelio por su colega—. Ya estará en el túnel de luz.
—¡¡Ayyyyyyyy, hijo de puta, ¿por qué me has disparado a la pierna? ¡Será cabrón! ¡Al corazón se dispara, gilipollas! ¡Ay, ayyyyyyyyyyy!
—Nch, qué mala suerte…—lamentó Venancio.
De pronto, otro coche de policía se detuvo ante ellos, cortándoles el paso. Dos agentes salieron y les apuntaron, con las armas y con su cara de mala leche, y ellos frenaron en seco.
—Amigo, lo siento por ti —le dijo Venancio a Aurelio—. Te han pillado, no tienes escapatoria.
—¿A mí? Querrás decir a los dos.
—No, querido amigo. Las voces me están hablando. Voy a ser abducido por mis amigos extraterrestres, ellos van a salvarme. ¡Estoy listo, cuando queráis! —dijo extendiendo sus brazos al cielo. Y su pepino. Tres pares de ojos lo miraban alucinando… eso mismo, pero en plural.
—Joooder, Venancio, cómo engañas relajado… Nos rendimos, no disparen… pero tapen, tapen eso, ¡que aprensión! —se resignó Aurelio con un estremecimiento.

Antes de ponerle las esposas le vistieron la bata que otro poli rescató de donde quedara tirada. La medida no logró del todo su cometido, pues las caderas de Venancio parecían una tienda de campaña horizontal, para risa y chirigota de los abundantes curiosos que se habían congregado a su alrededor. Venancio, que no tenía mucho aguante ante tales chanzas, inesperadamente se subió la bata, se agarró la minga y les meó encima a aquellos que estaban a tiro de su chorro, que, por cierto, hubiera hecho poner verde de envidia a la mejor manguera. El que parte de los orines mojaran los zapatos de algún policía pareció influir en el trato que recibieron de ahí en adelante. Los metieron en el coche de una patada en el culo.

***********

2/7/2018. Bueno, diario, otra vez estoy aquí. Menudo fracaso. El suicida en el hospital, el esquizofrénico con un brote del copón, y el TOC más obsesionado que nunca con la puta luz… el más listo resultó el desgraciado del pirómano, que se largó aprovechando el follón después de dejar calvos a Dios y a su madre. No fue culpa mía. O quizá sí, por haberme rodeado de un atajo de retrasados mentales. Y mi mujer, me cago en sus muertos, cuando la llamaron para informarla de lo sucedido, de vacaciones en La Toscana. Guarra. Puta. Reputa.
Todo salió mal, la vida es un asco, odio este sitio. ¿Cómo podía pensar que me iba a salir bien? Sólo quiero estar en la cama y dormir… bueno, me tomaré esa mierda de litio que me trajo la enfermera, total, ¿qué más da?

20/4/2019. Analizando los hechos, los errores cometidos que se deben evitar y habiendo pulido un segundo plan de acción, esta vez lo lograré. Ha entrado una remesa nueva de zumbados, veremos si alguno es apto para el plan de fuga… Aurelio el Grande ha vuelto. ¡Temblad, celadores!

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  [Fantasia] Un cuento oscuro
Enviado por: Celembor - 06/04/2019 10:19 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (6)

Hola a todos,
Este es el relato que presenté para el reto de marzo. Como no estaba muy contento de cómo me había quedado el fina, le dediqué unas horas más. Ahora estoy más contento, aunque todo es mejorable Wink

UN CUENTO OSCURO

Había una vez un niño y una madre que vivían felizmente en un gran castillo. Los muros eran altos, las torres acariciaban las nubes y, aun cuando llovía, parecía que lucía el sol. El castillo tenía innumerables habitaciones, todas ellas espléndidas, repletas de magníficos objetos. Todas las mañanas, el pequeño se adentraba por los laberínticos pasillos y exploraba las habitaciones infinitas, acompañando a los visitantes llegados de los rincones más ignotos del mundo. Todas las mañanas descubría increíbles tesoros, objetos extraños de orígenes desconocidos, y todas las tardes le relataba a su madre todo lo que había visto y con las extrañas gentes con las que había halado. En ocasiones, el niño acompañaba a su madre para aprender el difícil oficio del comercio y la observaba ensimismado, embobado por su voz, su delicadeza y su sonrisa. Al atardecer se asomaba a uno de los adarves que daban al sur para ver desfilar la hilera sin fin de comerciantes y visitantes que abandonaban el castillo.
Un mal día la madre cayó gravemente enferma. A medida que los médicos cercanos fueron dejando el castillo con la cabeza gacha, se pidió a todos los comerciantes y visitantes que corrieran la voz de que quien encontrase la cura tendría una gran recompensa. Pasaron los días, las semanas y los meses, y las colas habituales fueron dejando paso a las hileras de médicos. Ninguna poción, pócima o ungüento hizo efecto alguno, y la madre del niño fue empeorando cada vez más.
—Mamá, no quiero que te mueras —le decía su hijo todas las noches.
Su madre le sonreía, pero parecía la sonrisa de una calavera; había perdido todos sus encantos y parecía más un esqueleto que una madre.
—No me moriré, ya lo verás —decía ella, y aunque sus ojos querían transmitir ternura y confianza, solo conseguían infundir más temor en el chico.
Las visitas se extinguieron, tanto de comerciantes como de médicos, rendidos ante una enfermedad cuya cura que se mostraba demasiado esquiva para todos.
El castillo quedó en silencio, solo interrumpido por los suaves sonidos que producía el poco servicio que quedaba.
Una mañana, tras recibir el abrazo helado y huesudo de su madre, decidió que él no se rendiría. No pararía hasta encontrar una cura. Así que preparó un hatillo, lo llenó de provisiones de la cocina y salió del castillo con el objetivo de salvar a su madre. Solo su ingenuidad de niño le podía dar la seguridad de que él vencería donde otros habían fracasado.
Viajó durante días, atravesando pueblos y villas, preguntando si conocían a alguien que pudiese ayudarle, ya fuesen sabios o brujas, duendes o hadas. Las respuestas que obtuvo fueran miradas apenadas y suaves negativas.
Un atardecer, mientras comía un trozo de pan duro acompañado de un pedazo de queso, recibió la visita de una vieja bruja.
—He oído tu historia, jovencito, y estoy muy apenada —dijo con la voz áspera como una lija—. Toma, con esta moneda podrás conseguir aquello que buscas. Solo debes seguir el camino del oeste en cuanto lo veas.
El niño le agradeció con lágrimas en los ojos el gesto que había tenido con él.
Con fuerzas renovadas y el ánimo planeando a gran altura, continuó el camino a pesar de que empezaba a anochecer. Muchas horas después, agotado y asustado por los ocultos sonidos de la noche, llegó hasta…


… un castillo.

Los muros eran altos y negros como diablos del abismo, las torres alcanzaban la negrura del cielo como sombrías lanzas en ristre. Las puertas, oscuras como la garganta de una bestia, parecían dos palmas de madera que bien podrían haber pertenecido a un monstruo.
El niño apretó con fuerza la moneda, sintiendo el frío que desprendía, y volvió a darle un último vistazo. Su tacto era liso, pulido, y a pesar de la poca luz, los destellos indicaban que era de bronce. No había inscripción ninguna y lo único que destacaba era el pequeño agujero que la atravesaba por su centro. Decidió que lo más seguro para no perderla era guardarla en el bolsillo interior del ya desgastado chaleco amarillo maíz.
Con manos temblorosas se acercó hasta las puertas. Buscó por los alrededores un cordel de llamada o una campanilla, pero nada encontró. Con manos temblorosas y la respiración acelerada golpeó con los nudillos la hoja. El sonido apenas se percibió, ahogado por la madera, pero antes de que pasaran cinco latidos de su corazón, las dobles puertas se abrieron.
La débil luz de la luna apenas penetró la penumbra. Trató de llamar, pero las palabras quedaron pegadas a su reseca garganta. Tragó la poca saliva que su boca producía, en un vano intento de conseguir algún sonido. Carraspeó, tosió, y solo entonces consiguió que su garganta se aclarara.
—Hola. ¿Hay alguien ahí?
El sonido de su voz se perdió en el largo pasillo que se fundía en la oscuridad. El niño nunca antes había sentido tanto miedo; ni siquiera sabía que se podía sentir tanto miedo. Miró hacia atrás, hacia el camino que había recorrido, valorando la posibilidad de huir de aquel lugar, de buscar a alguien que le ayudase a entrar. Unas lágrimas le enturbiaron la vista y se deslizaron mejillas abajo cuando parpadeó. ¿Quién iba a ayudarle?¿Quién querría entrar en un lugar como aquel? Respiró profundamente, intentando tranquilizarse, evocando el recuerdo de su alegre madre con las mejillas sonrosadas que la enfermedad le había arrebatado. Debía de conseguir la cura para su madre.
Con pasos temblorosos, dubitativos, se adentró poco a poco en el corredor. Las paredes se alzaban altas, salpicadas de puertas cerradas. Cuando llevaba recorridos algunos pasos los portones de entrada se cerraron de la misma manera que se habían abierto y dejaron al niño sumido en la oscuridad. Aguantando la respiración y con los puños apretados, esperó que algún terrible monstruo lo devorara en la más completa oscuridad. Pero nada ocurrió.
Pronto se dio cuenta que tenía los ojos cerrados. Al abrirlos, una débil luz iluminaba todo el pasillo, mostrando las paredes de piedra basta, granítica, el techo abovedado del que colgaban lámparas de araña apagadas y puertas de maderas nobles y lisas como las hojas de papel en las que dibujaba.
—¿Hola? —preguntó. Su voz había sonado excepcionalmente alta—. He venido porque…
Las palabras se apagaron en su boca. Tenía frío, y con cada respiración el vaho dibujaba siluetas confusas, que se retorcían unas contra otras.
Siguió caminando con pasos cautelosos sobre el mármol helado. Al niño le pareció que era blanco, pero de un blanco apagado, lechoso, enfermizo.
Finalmente llegó a un salón enorme, como el que su madre usaba para realizar los trueques. En los cuatro lados del salón habían escaleras de subida y bajada, y desde allí podía ver el piso de arriba, salpicado de pasillos y puertas.
Un largo escalofrío recorrió su cuerpo hasta dejarle casi aturdido. Dio una vuelta sobre sí mismo, observando con detalle la distribución de las entradas y salidas, y cuando se dio cuenta, había dejado de respirar. La vaga sensación de familiaridad que había sentido mientras caminaba por el corredor le golpeó como una violenta bofetada. Aquel castillo parecía igual al suyo, solo que más sombrío y oscuro. Apenas había mobiliario, decorados o cuadros, pero era igual a su casa.
Azotado por un latigazo se puso en marcha. Entraría por uno de los corredores laterales y bajaría los diez escalones hasta las cocinas.
Y así fue.
Estaba jadeando en las cocinas, vacías de alimentos pero con los mismos bancos, armarios y despensas. Estaba de vuelta en casa y no se había dado cuenta.
Un murmullo atravesó el sonido de sus jadeos y se quedó paralizado de terror, sin respiración. El murmullo a su espalda subió de volumen hasta convertirse en un resuello agonizante. El niño se dio la vuelta, con los músculos agarrotados, y ahogó un grito al ver el contorno de una figura deforme a la entrada de la cocina, sobre los escalones.
—Poooor fiiinnnn… —gimió el monstruo.
El niño apenas se movió. Las piernas estaban dispuestas a correr, pero su cerebro estaba en shock, incapaz de asimilar qué podía ser aquella cosa.
Cuando el monstruo extendió el brazo hacia su dirección, el niño pudo ver con claridad unos dedos rotos, con las uñas arrancadas, una mano grisácea recubierta de cortes que se extendían por un brazo mortecino, abierto por múltiples lugares y supurantes de pus negruzca.
—Veeeennn aaaa miiiiii.
La voz de aquel engendro sonaba como si sus cuerdas vocales hubiesen sido extraídas y colocadas al revés.
El niño se dio la vuelta y corrió hacia la otra puerta de la cocina, la que subía directamente al primer piso. No le hizo falta mirar atrás para sabe que la cosa había emprendido la carrera, que le perseguía como un hambriento perro de caza persigue a una liebre.
Subía los escalones de dos en dos, pero los jadeos y gemidos de su perseguidor parecían estar cada vez más cerca. Al llegar arriba, torció hacia su derecha para ir hasta su habitación, en una larga carrera que se le antojaba eterna. Las piernas le dolían y era incapaz de pensar, con la única idea de escapar en su cabeza.
Corrió tan rápido como nunca había hecho, con el corazón desbocado golpeando su pecho, los pulmones trabajando a destajo intentando capturar el oxígeno que apenas permanecía en el cuerpo por la respiración tan acelerada que tenía.
Cuando el niño estaba llegando hasta su habitación vio que más adelante, la que debía ser la habitación de su madre, estaba entreabierta, y un chorro de luz doraba bañaba el pasillo. Sin pensar, por puro instinto, fue hasta allí y al entrar cerró de un portazo, colocando todo su débil cuerpo sobre la puerta.
—Cariño, me has dado un susto de muerte —dijo la cálida voz de su madre a sus espaldas.
El niño no pudo evitar que las lágrimas se derramaran por sus mejillas por segunda vez en poco tiempo. Se olvidó de la puerta y de la cosa que había tras ella y se dio la vuelta lentamente. La cama, de sábanas rosadas y el dosel amarillo; la alfombra, decorada con un laberinto florido y de colores desgastados; el sofá, de respaldo curvado, tapizado de un naranja suave y bordados florales color ámbar; el escritorio, de nogal oscuro y relieves en espiral. Y en el centro de la habitación, su madre, su hermosa y querida madre, tal y como la recordaba: el largo cabello rizado, castaño; las mejillas sonrosadas bajo unos ojos vivaces, tiernos y cariñosos; la sonrisa, evocadora, tranquilizadora.
El niño corrió hasta su madre y se abrazó a ella con fuerza, descargando una tormenta de lágrimas sobre su vestido. No podía hablar, ni apenas respirar. Solo llorar.
Cayó de rodillas, agotado, extenuado.
—Vamos, cariño, te llevaré a mi cama.
Y antes de que llegara a su mullido destino, se durmió.

Unas suaves caricias en la mejilla le despertaron. Cuando abrió los ojos, su madre le dedicaba una dulce sonrisa. El niño se aferró a las manos de su madre y la apretó con fuerza contra su cara. La calidez que inundó su cuerpo lo reconfortó, le dio esas fuerzas que había perdido hacía ya tanto tiempo que ni se acordaba. Pero, ¿qué era todo lo que había ocurrido?
—Has estado enfermo, hijo, y las pesadillas acudían a tus sueños una y otra vez, sin dejarte descansar —dijo su madre, como si hubiese escuchado la pregunta.
El niño cerró los ojos, aliviado, feliz de que solo hubiese sido un mal sueño, una horrible y larga pesadilla. Cuando lo abrió de nuevo, su madre tenía una extraña expresión en el rostro. Sus labios se habían juntado, como si sorbiera, mientras la mandíbula subía y bajaba en cortos movimientos. Los ojos, entonados, parecía envueltos en un éxtasis indescriptible.
Algo pareció advertir su madre, porque de nuevo volvió a su plácida expresión. Le sonrió de nuevo y le acercó una humeante taza.
—Toma, la medicina, para que te recuperes.
El niño bebió con cuidado de no quemarse. Tenía un extraño sabor a naranja amarga y anís, una combinación que no recordaba haber tomado nunca.
—Será mejor que de momento no te levantes —le dijo su madre—. Debes descansar y recuperarte antes de que puedas volver a correr por los pasillos.
Feliz, el niño tomó la mano de su madre y la besó. Ésta no pudo evitar poner de nuevo esa extraña expresión que había visto unos minutos antes, y que solo duró unos instantes.
Entonces su madre se dirigió a su escritorio, como tantas veces hacía, a escribir correspondencia mientras canturreaba. El niño suspiró y quedó de nuevo dormido.
La sensación que tenía el niño era que los días no pasaban. No había ventanas en aquella habitación, así que no podía ver si era de día o de noche. Cuando le preguntaba a su madre por esto, le respondía de forma ambigua, argumentando que todavía no se había recuperado, que debía descansar. Y cada vez que se bebía el contenido de aquella taza más que reconfortarlo parecía que le consumiera todas sus fuerzas.
—¿Qué te pasa hijo? ¿Ya no eres feliz? —le preguntó en una ocasión su madre.
—Sí, claro que lo soy. Esa pesadilla que tuve, en la que estabas enferma de muerte, está todavía muy reciente. Era tan real… Pero no es eso, es que me gustaría salir fuera.
—¿Fuera? ¿Para qué?
—Bueno —dudó el niño—, me aburro un poco aquí y me gustaría salir a jugar en el patio.
—Pero todavía no te has recuperado —dijo su madre en tono conciliador—. Acábate la medicina.
Pero el niño estaba cansado de tomar aquella medicina. Dudaba que tuviese algún efecto puesto que siempre se encontraba agotado.
Un fuerte golpe sonó en algún lugar lejano. La madre se tensó de repente, como un ciervo que escucha las pisadas del depredador. La expresión severa de su rostro se tornó cálida cuando se dirigió a su hijo:
—Cariño, acábate la medicina. Voy a ver qué ha pasado —dijo levantándose y dirigiéndose a la puerta. Cuando estaba a punto de salir se volvió para añadir—: Y no salgas de la habitación. Todavía estás muy débil.
El niño volvió a escuchar otro ruido, esta vez un golpe, como si hubiesen dejado caer un mueble contra el suelo, y la puerta se cerró. La curiosidad pudo más que la prohibición de su madre y, tras dejar la taza en la mesilla de noche, se levantó con cuidado. Al ponerse de pie casi cae bajo su propio peso. Estiró y encogió las piernas varias veces, desentumeciéndolas, y se dirigió cauteloso hasta la puerta. No sabía bien qué ocurría, pero estaba dispuesto a echar un vistazo sin que lo viesen.
Abrió con cuidado la puerta y asomó la cabeza. Se quedó helado y el cuerpo le empezó a temblar. Aquel pasillo era el de su pesadilla. ¿Acaso se había dormido y estaba soñando de nuevo? Todo eso no tenía sentido. Estaba con su madre, su madre sana, la que él recordaba, la buena. Lo anterior debía haber sido una pesadilla, en la que enfermaba y se consumía, en la que salía de su castillo para enfrentarse a la decepción de no encontrar una cura, al terror que le producía que su madre muriera y quedarse solo.
Un gran peso cayó sobre él. ¿Debía permanecer allí, en aquella habitación, donde se madre estaba sana y le dispensaba cuidados y mimos? ¿O salir fuera e investigar qué estaba ocurriendo, con el riesgo de descubrir que la realidad no era lo que estaba viviendo?
Se tomó unos instantes mientras se enjuagaba las lágrimas con la manga. Si en verdad su madre estaba moribunda no podía seguir allí, debía buscar una cura. ¿Qué estaba ocurriendo entonces en aquel castillo?
Dio un par de pasos y salió del dormitorio. Fue por los pasillos, entrando en las habitaciones. Todas tenían la misma distribución que su casa, con muebles similares, pero no había ni uno de los objetos maravillosos y extraños que abarrotaban su castillo real.
—Pooooor fiiiiinnnnn —gimió una voz a su espalda.
El corazón casi se le paralizó del susto. Se dio la vuelta y vio a la cosa en el marco de la puerta, obstruyendo la salida de aquella habitación. Ahora podía verlo con más nitidez, aunque deseó no haberlo visto nunca. La cabeza, una vez redonda, había sido moldeada a martillazos. La piel grisácea estaba cubierta moratones y hematomas, surcada por cortes largos que dejaban al descubierto carne y hueso, y por donde la sangre hacía tiempo que había dejado de manar. La mandíbula colgaba inerte, y los labios había desaparecido dejando una sonrisa siniestra, plagada de huecos donde antes hubo dientes. El cuerpo, allí donde un los restos de un chaleco sucio y hecho girones dejaban la piel al descubierto, presentaba llagas supurantes de pus negra, y los gusanos había creado allí numerosos nichos. Aquel ser no era mayor que un niño, pero daba más miedo que el más terrible de los espectros.
—No, déjame —logró articular el niño, buscando desesperado la manera de salir—. Mamá… Mamááááá— empezó a gritar.
Fue entonces cuando aquel monstruo salido de las pesadillas más profundas se abalanzó sobre el niño. Éste trató de correr, de buscar una salida de aquella trampa en la que él mismo se había metido. La cosa saltó por encima de uno de las mesas vacías y cayó sobre el niño, que se revolvía desesperado tratando de escapar, lanzando frenéticos puñetazos y patadas. El monstruo lo zarandeó y le golpeó varias veces en la cabeza hasta dejarlo aturdido.
—¿Doónde…? —logró gemir la bestia mientras rebuscaba entre las ropas del niño.
La cosa metió la mano en el bolsillo interior del chaleco del chico y sacó la moneda de cobre. Entonces se dio media vuelta y desapareció por donde había venido con suma rapidez.
El niño apenas podía respirar. Le dolía mucho el pecho y la cara, sobre todo donde había recibido los golpes, y notaba cómo la sangre le resbalaba por la piel. Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, todavía tembloroso, caminó lo más rápido que pudo para llegar a la habitación de su madre. Debía de haberle hecho caso. En su habitación se encontraba seguro, protegido. Había sido un estúpido por salir de allí.
Cuando llegó y abrió la puerta, una horrible figura se dio la vuelta y le dijo:
—Cariño, te dije que no salieras de la habitación, que todavía estás muy débil.
El niño ahogó un grito de terror. Aquella figura era alta y delgada, con un rostro triangular y dientes negros y deformes. Los ojos, lilas, trataban de mirar con cariño al niño, pero solo le otorgaban un tinte siniestro y malévolo. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, quien había sido su madre en aquel castillo maldito lanzó una maldición al aire y antes de que pudiera reaccionar, agarró al niño del hombro con mano férrea y lo arrastró por los pasillos. El niño se agitaba y revolvía, golpeaba la mano que lo arrastraba en un vano intento de soltarse, de librarse de la presa que lo llevaba sin piedad a algún destino horrible. Soltarse de aquella presa era como desprenderse de su propio brazo. De nada sirvieron sus gritos, sus súplicas, sus lloros. Se adentraban más y más en las profundidades del castillo.
Finalmente llegaron frente a una puerta tosca y maltratada por la humedad. Al entrar, el niño supo que aquello era el fin. El hedor a muerte y agonía que flotaba en aquella amplia habitación penetró en sus pulmones a pesar de que aguantaba la respiración. Máquinas extrañas le prometían una eternidad de torturas; cadenas con garfios colgados del techo auguraban largas sesiones de sufrimiento; mesas repletas de afilados utensilios susurraban tormentos inimaginables; estantes de frascos de infinitos colores vociferaban enfermedades incurables y pesadillas continuas.
—Si no puedo tener tu amor, tendré tu dolor —sentenció aquel espectro de carne y hueso, y lanzó al niño al interior de un sarcófago plagado de púas.
Cuando lo cerró ya solo se oían gritos de agonía. La criatura juntó sus labios, como si sorbiera, mientras la mandíbula subía y bajaba en cortos movimientos. Los ojos, entornados, parecía envueltos en un éxtasis indescriptible mientras se alimentaba del dolor que destilaba aquel pobre desgraciado. No era mejor que el amor, pero al menos era alimento.

No muy lejos de allí, el ser deforme y mutilado llegaba a las puertas del castillo. Apretaba con fuerza la moneda de bronce, mientras la otra mano la llevaba pegada al pecho, allí donde el bolsillo interior de su chaleco guardaba el mayor de los tesoros.
Una vez plantado ante la doble puerta, golpeó dos veces con los nudillos, y a los pocos instantes estas se abrieron. El ser salió al exterior tan rápido como había corrido por los pasillos, escapando por fin de aquella pesadilla horrible y recibiendo con agrado las puñaladas de luz en los ojos. A medida que se alejaba del castillo, su cuerpo fue experimentando un cambio gradual hasta recuperar su aspecto original. Se alejó corriendo, descalzo, por el sendero que había recorrido hacía una eternidad, cuando buscaba una cura para su moribunda madre. Se alejó de allí, dejando atrás…

…el castillo.


A medida que avanzaba los rayos de sol iban limpiando la oscuridad de su interior como una tormenta limpia las vidrieras embarradas. Apenas podía abrir los ojos, todavía sensibles a la claridad del día, pero eso no le hizo bajar la marcha en ningún momento. La angustia, el miedo y la ira se fueron diluyendo, al igual que la sangre de un herido se diluyen en un río hasta formar parte de el, aunque no se vea a simple vista. El niño podía sentir que las tinieblas que lo había envuelto durante tanto tiempo no se iban a ir, simplemente se retirarían a las sombras de su interior, allí donde ningún sol es capaz de llegar, para emerger por las noches en forma de pesadillas.
Cuando el niño estuvo suficientemente lejos, sacó de su chaleco amarillo un pequeño frasco. Lo observó con la alegría profunda de quien encuentra un remedio a todos sus males. Durante años estuvo tomándolo, cuando el monstruo del castillo se ensañaba demasiado y la curación estaba más allá de toda posibilidad. Esa pócima era capaz de salvar a quien lo tomaba de cualquier muerte. Volvió a guardarlo en el chaleco, que ya no estaba desgarrado ni sucio, y prestó atención a la moneda que brillaba en la mano con destellos broncíneos.
Recordaba que gracias a ella había podido poder entrar al castillo, pero cuando un pequeño monstruo que apenas recordaba se la robó, quedó atrapado entre aquellos muros. Por muchas veces que escapaba de las garras y el control del monstruo, era incapaz de encontrar la salida, terminando siempre presa de las ganchudas garras del monstruo. Los recuerdos fueron aflorando, como si los estuviese sacando de un antiguo baúl, y quedó todavía más desconcertado. La magia del castillo torcía de alguna manera la línea del tiempo, pues ahora estaba seguro de que acababa de arrebatarse la moneda a sí mismo. Entonces, ¿quién estaba ahora dentro del castillo sufriendo los tormentos del engendro?
Apretó la moneda con tanta fuerza que se hizo daño. Si la escondía o la arrojaba a un río, alguien quedaría atrapado para siempre, alimentando al monstruo del castillo con su dolor. Pero si la dejaba para que otro la encontrara, tal vez liberaría a quien estuviese dentro para entonces quedar atrapado allí. O tal vez hallase la manera de acabar con la maldición.
Mientras pensaba en ello llegó hasta el lugar donde una bruja del camino le había dado la moneda, allí donde había estado sentado tiempo atrás comiendo pan duro y queso viejo. Para él lo más importante era volver a casa y salvar a su madre.
Tomó una decisión.
Dejó la moneda sobre la piedra en la que estuvo sentado y se fue.
Con aquel frasco en su poder, su madre viviría y volverían a ser felices.

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  Páginas para compartir afición con escritores
Enviado por: Iramesoj - 05/04/2019 07:15 PM - Foro: Alrededor de la red de redes - Respuestas (2)

¿Conocéis páginas donde se pueda compartir afición con otros aficionados a la escritura y sacar algo positivo? Por algo positivo me refiero a que haya actividad y se puedan recibir consejos y críticas constructivas. Esta página es de lo mejor que conozco, pero hasta hace poco existía foroescritores (también muy buena), y ha echado el cierre en marzo. Esto me ha dejado un poco "chof" porque allí había cierto ambientillo, y tenía contacto con foreros amables, y aprendí bastante.

Hay más páginas para escritores, pero desconfío mucho de ellas. En su día, tuve una mala experiencia con Falsaria (es un poco largo, quien quiera saber la historia que lea el spoiler):

Me registré en esa Falsaria y comenté varios textos, diciendo lo que me gustaba y lo que no. Los textos que subí (fragmentos de mis novelas) solo los comentaba una persona (omitiré su nick por no humillar) que daba la impresión de comentar sin leer, pues sus comentarios se limitaban solamente a frases que cualquiera puede decir sin leerse los textos. Tenía la certeza de que no se leía los textos porque:

1-> La primera vez que me comentó (en el primer capítulo de "Amara"), puso "una historia muy interesante. Bienvenida". Le contesté que me dijera que es lo que le gustaba del texto y que me contara qué le hizo creer que soy mujer, ya que soy un hombre. Me contestó que le gusta "mi forma de narrar" (que es como no decir nada) y que creyó que soy mujer "por mi sensibilidad al escribir" (¡TOMA TOPICAZO!). Esto era muy sospechoso de que no se lo había leido, y los comentarios en capítulos posteriores reafirmaron mis sospechas, pues solamente ponía "muy buena historia", o "una historia que engancha"
2-> Los textos en Falsaria, una vez le das a enviar, quedan pendientes de moderación. Una vez los moderadores los han leido, los cuelgan todos de vez. Pues bien, si un dia colgaban 20 textos de vez, esta persona había comentado gran parte de ellos en un minuto. ¿Alguien se cree que lea tan rápido?

Para poner en evidencia a esta persona, subí un nuevo fragmento rompiendo la cuarta pared, y Amara comentaba que "el autor de esta novela la cuelga en una web llamada Falsaria" y que "en esa web hay una persona, llamada ******, que comenta todos los capítulos pero parece no leerselos". Otro personaje (para quien haya leido "Amara", uno de los piratas) le decía "esta es una acusación muy seria". Entonces, Amara decía "si ****** realmente lee esto, comentará algo sobre lo que digo de ella. En ese caso, nuestro creador le pedirá perdón por haber pensado mal". Una vez colgado el texto, esa persona le dio "me gusta" al mismísimo texto en el que se la atacaba. Esperé dos días a ver si comentaba (siempre hay que dar el beneficio de la duda. ¿Y si lo leyó, le hizo gracia mi trampa y por eso le dio a "me gusta", y pensaba comentarme cuando tuviera más tiempo?). Pero no comentó (Y eso se conectaba a diario y comentaba otros textos). Me quedó claro que no se leía mis escritos (y viendo que casisiempre comenta de ese modo, creo que los de casinadie).

Me han contado que ese tipo de cosas son frecuentes en páginas de escritores noveles, ya que a veces comentan/dan like/añaden a favoritos textos que probablemente ni han leido, solamente para hacerse publicidad de un modo u otro (en falsaria, por ejemplo, un texto que consigue 20 favoritos va a portada, lo que fomenta que la gente de favoritos para que se los devuelvan).

Mi pregunta, ¿Conoceis páginas buenas para compartir esta afición, donde no ocurran cosas de ese tipo?¿Qué experiencias tenéis?

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Information [Ciencia Ficción]Historias del Páramo -Prólogo + Capítulo 1 Completos
Enviado por: ly23 - 05/04/2019 06:51 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (1)

Hace unos días subí un fragmento del capitulo primero de mi novela. Ya he arreglado un par de cosas que me dijeron y finalizado completamente el primer capítulo. En un breve resumen se trata de una historia post-apocalíptica en la península ibérica, si, un poco apartado de los típicos USA post-nucleares de Mad Max. Más abajo os dejo el pdf en el drive y por si acaso lo añado en el post como archivo adjunto. Muchas gracias!


https://drive.google.com/open?id=1hEIPfd...saubPptOQc

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