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  Reto Abril 19: Redención
Enviado por: Joker - 18/04/2019 10:12 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (29)

La multitud se agolpaba alrededor de la enorme carpa, Sinae intentó acercarse pero no pudo; una fina llovizna caía del cielo completamente nublado, los vítores eran ensordecedores y el olor era una mezcolanza entre sudor e incienso que le provocaba arcadas.

¿Podría llegar a su hijo y arreglar todos sus errores? ¡Apartad!, gritaba, entre el aullido de la multitud que se asombraba ante la cercanía de un enviado por los dioses. Pero ella sabía que eso no era cierto, estas gentes no idolatraban a un tocado por lo divino, sino maldito por su progenie.

A empellones logró acercarse lo suficiente para poder ver lo que ocurría bajo la carpa: Su hijo, vistiendo una túnica que le recordaron a las que llevaban los sacerdotes del festival de las nieves en el que estuvo siendo una niña, se hallaba sentado en un trono que parecía esculpido en plata; ante él, un hombre enjuto y con unas vestimentas similares aunque menos regias observaba a la gran multitud en silencio. Ese silencio se extendió a la multitud cuando su hijo levantó una mano.

—¡Yo, Seffré de Solhian, presto mi voz a Trinjent de Malicoitea. —Su hijo no era de Malicoitea, quien procedía de allí era ella. Sinae se preguntaba ¿qué significa esto?—, para que os cante las palabras que el viento le sopla al oído, palab…

—¡Basta! —aulló la madre, desesperada. Ante ello un sufrió golpes y empujones que la arrojaron al suelo.

—¡Parad! —ordenó el sacerdote enjuto, pero Sinae aún continuó recibiendo golpes mientras era insultada—. ¡Os he dicho que paréis. Mi palabra es la palabra de Trinjent, y su palabra es la palabra del viento; parad ya u os lo ordenará él mismo!

Esas palabras —amenazas, ella sabía que eran amenazas— hicieron efecto en quienes atacaban a la indefensa mujer; algunos incluso la ayudaron a levantarse. Cuánto temor sentían por la voz de su hijo; cuánto echaba ella de menos su dulce voz.

—¡Mujer, no promulgamos la violencia, pero tampoco las faltas de respeto; no permitiré que seas agredida en este lugar sagrado pero si no respetas tu posición deberás marcharte! —La sentencia del sacerdote fue seguida de un carraspeó del silencio joven tras él. Seffré miró a su maestro, quien señaló a su madre y le hizo un gesto para que se acercara.

Ella intentó correr pero se hallaba agotada tras tanto tiempo de peregrinación para llegar hasta aquí. Aún al trote, ese trayecto se le hacía eterno; tantos años sin ver a su hijo, tantos años creyendo que su pequeño había muerto, y al fin poder tocarle y abrazarle —pero no oírle, se dijo, pero no le importó—.

Postrada a sus pies lloró desconsolada, mientras era tocada por la mano santa de su semilla. Poco a poco se levantó hasta quedar arrodillada ante él.

—Hijo m… —fue callada por un dedo y una mirada que tras una aparente serenidad ocultaba una ira que ella comprendía bien. Sin embargo, ese gesto del joven descubrió parte de su brazo y ella pudo leer parte de las palabras divinas que habían allí grabadas—. ¡Lamentó lo que te hice, lamento hab…

—Calla. —susurró su hijo, un susurro tan suave que sólo ella pudo escuchar; y con un tono tan bajo, la brisa de viento que acompañó esa palabra llegó a revolver el cabello de Sinae.

—Lo que te hice… convertirte en un monstruo fue…

—Calla. —ordenó el santo, y aunque su tono de voz fue suave, la madre fue arrojada hacia atrás y golpeó el suelo con un golpe seco.
Notando la sangre correr y un dolor sordo en el brazo se incorporó la mujer, su hijo caminó hasta situarse ante ella y sus seguidores; se liberó de sus ropajes. Sinae llevaba años sin leer las palabras del viento inscritas en su cuerpo; observarlas le causaba una mezcla entre temor y asombro.

—¡Yo soy el viento! —gritó su hijo a los cielos y su voz apartó las nubes del cielo—. ¡Yo soy el viento —repitió—, el que aparta la tormenta, el que obra los milagros! ¡Bienventurados los que se postran ante el viento, pues ellos conocen el origen de su aliento! ¡Bienaventurados los que temen a los dioses, pues ellos conocen su lugar en el mundo! ¡Bienaventurados los que cuidan a su progenie, pues ellos protegen el futuro!

La madre desconocía el discurso que daba su hijo, no sabía si siempre clamaba las mismas cosas, pero estaba segura de que esa última alabanza era la respuesta que su hijo le daba.

Trinjent era lo que era porque ella no le cuidó, lo ofreció a los dioses como sacrificio y lo convirtió en esa abominación capaz de exterminar naciones con su voz.

Y sin embargo… ¿cuánta gente lo adoraba? ¿Cuánta gente se sentía salvada bajo el amparo de esa voz? Ella era una madre monstruosa, una madre que había vendido a su simiente a los dioses a cambio de un plato de lentejas; pero su niño había logrado convertirse en un guía para todas estas gentes. Sinae se abrazó a las piernas y besó sus pies mientras lloraba a lágrima viva.

Su hijo calló un momento, para volver a hablar al cielo como antes:

—¡Bienaventurados los que imploran el perdón, pues ellos buscan redimirse!

***

Tras ello, Sinae se unió al séquito de su hijo. Trinjent recorría un largo camino deteniéndose en cada pueblo y villa para unir a más cabezas a su rebaño; contaba ya con medio millar de seguidores, y para cuando su madre llevaba un mes junto a él, ese número aumentó hasta casi doblar ese número.

Su hijo no tenía poderes curativos, pero ella era capaz de ver como las gentes lo alababan igual, como si hubieran sido liberadas de sus males; en especial recordaría hasta su último día el encuentro con aquella muchachita ciega que vivía en una aldea de media docena de casas.

Trinjent sólo entró acompañado de una cuarentena de sus seguidores, y aún así superaban los habitantes de la localidad. No era tan extraño cuando se movían en poblaciones tan pequeñas, pero la madre notó un ambiente enrarecido, así lo hizo también Seffré, quien tuvo una conversación con su señor, apartado del resto; Sinae procuró escuchar a escondidas y lo que pudo sacar en claro es que este lugar temían a los dioses, ¿pero no era eso lo que buscaba su hijo? Bienventurados los que temen a los dioses, recitó la mujer mientras se alejaba de allí.

—¿A qué rey servís? —preguntaba un hombre cuando ella volvió junto al grupo; portaba una azada que mantenía ligeramente inclinada hacia el grupo.

—No servimos a ningún rey, sólo servimos a los dioses y a sus emisarios. —Fue la respuesta de las mujeres que se adentraron en la aldea.
—¡En estas tierras no queremos saber de dioses! Idos por donde habéis venido y no miréis atrás.

—Nadie ren-n-niega de los d-d-dioses sin rene-n-negar de su vida —tartamudeó otro de los seguidores de Trinjent; Sinae creía que que su nombre era Orem u Oren, sólo recordaba que fue el que la ayudó a levantarse tras el ataque que sufrió aquél día.

El séquito empezaba a murmurar ante esa muestra de desprecio a los dioses, mientras los hombres del pueblo se acercaban con cautela para apoyar a su compañero.

—¿Qué ocurre aquí? —inquirió un exaltado Seffré ante la tensión que se podía notar en el aire.

—Sacerdote, llévate a tu rebaño a pastar a otras tierras. Rechazamos a los dioses y a sus servidores.

—¿Pero cómo te atreves? —bramó el sacerdote, mientras Trinjent le puso una mano en el hombro para tranquilizarle.

Señaló el santo a una muchacha que estaba medio agazapada tras un par de mujeres. Ante esta seña, una de ellas abrazó a la niña y uno de los hombres se abalanzó hacia Trinjent, para a continuación arrojarle violentamente contra el suelo.

Sinae sintió una punzada en su pecho, no solo por ver esa violencia contra su hijo, sino porque supo cómo reaccionaría la muchedumbre. Como ya le ocurriera a ella, varios se dirigieron contra el hombre, pero esta vez su hijo lo impidió con una palabra:

—Suficiente. —En tono firme aunque bajo, mandó a volar a los primeros en acercarse, enviándoles contra los que les seguían.

—¡¿Qué creéis que hacéis?! —berreó Seffré al grupo que se levantaba dolorido.

—¡Marchaos de nuestro hogar, monstruos! —gritó el primer hombre mientras un par de hombres alejaban al que se había abalanzado contra Trinjent.

Su madre se acercó a su hijo, quien la miró con indiferencia.

—No puedes salvar a todos. —imploró sujetando su mano.

—Mis palabras son las palabras del viento. —respondió él sin mirarla.

Tras ello se soltó de Sinae y se levantó y caminó lentamente hacia esa niña. Los hombres se apartaban de su camino, las mujeres se escondían en sus casas, y los pocos que se atrevieron a intentar pararle, fueron ellos detenidos por el viento que acompañaba las palabras del santo.

La niña y su madre se habían escondido en su cabaña, un edificio sencillo de un aposento, sin ninguna clase de puerta; el santo entró.
Fuera el movimiento era mínimo; los devotos se habían arrodillado para rezar a los dioses, los aldeanos estaban paralizados ante el terror que estaba viviendo. ¿Qué hizo Sinae? Andó junto a su hijo.

Nunca estaba solo cuando atendía a las gentes, siempre tenía a Seffré a su lado para hablar en su nombre; Seffré ahora rezaba junto a los suyos, aunque Sinae estaba convencida que lo hacía para mantenerlos a raya, por tanto ella debía ocupar su lugar.

Trinjent había atravesado el umbral de la casa y se quedó ahí quieto, esperando. Su madre no sabía si la esperaba a ella o esperaba a que la niña se acercara por su propio pie.

Eso no pasaría; aunque quisiera moverse, su madre la mantenía aferrada contra sí, sollozando en silencio.

—No temáis. —suplicó desde fuera Sinae. La mujer se encogió aún más contra la pared—. Os pido que no temáis. Aunque pueda no haber parecido así, no traemos el dolor, os traemos la paz.

—¡Dejadnos! —gritó la mujer que no podía estar más acurrucada ya.

—Hijo mío… No puedes salvar a alguien en contra de su voluntad.

—No es la voluntad de la madre la que debo conquistar, porque no es a la madre a quien he de salvar. —respondió antes de empezar a andar hacia las dos aldeanas.

—¡Dejadnos en paz! —berreó la mujer.

Trinjent se detuvó a unos pasos de de ambas y habló a una pared:

—Acércate niña.

La niña no se movió, tampoco lo hizo su madre. Tampoco lo hizo Sinae.

—Acércate niña. —repitió el santo.

La niña dio unos pequeños bandazos, su madre la sujetó más fuerte. Sinae observó en silencio mordiéndose el labio para no suplicar.

—Acércate niña. —dijo por tercera vez.

La niña se soltó y se acercó lentamente al santo, su madre sollozando intentó agarrarla pero no se atrevió a separarse de la pared. Sinae dio un paso hacia su hijo, pero tampoco se atrevió a acercarse más.

El santo puso la mano en la frente de la muchacha que ahora estaba arrodillada ante él, escupiéndole en los ojos dijo:

—Tendrás la vista del viento. Tus ojos no van a funcionar en este plano, pero vas a ver más que cualquier mortal. —Tras ello restregó su saliva sobre esos ojos ciegos.

Ambas madres sintieron un sobrecogimiento ante lo que contemplaban: la de la muchacha, se vio superada ante lo divino, perdiendo el conocimiento; la del santo, se vio superada ante lo divino, cayendo de rodillas sintiendo que le faltaba el aliento, como si las palabras de su hijo le hubieran robado el viento.

El santo salió sin decir ni una palabra más, su madre le siguió cuando fue capaz de moverse. Fuera los seguidores de Trinjent empezaban a levantarse para abrir paso a su patrón que se dirigía a las afueras de la ciudad.

Allí habló a todos:

—Bienaventurados los que oran, pues ellos hablan con los dioses! ¡Bienaventurados los sensatos, pues ellos no cometen errores! —Sinae conocía ya las bieaventuranzas de su hijo, sabía elegir las correctas para el momento. Ahora era el momento perfecto para instar a la calma: el grupo de los cuarenta sentía la necesidad de pasar por el hierro a los pobres desdichados de esa aldeucha sin nombre.

Tras los clamores habituales ante las palabras del santo, le siguió el habitual momento de silencio en el que las buenas gentes intentaban asimilar las palabras del viento antes de empezar el murmullo en el que discutían sobre ellas hasta llegar a un consenso. Esta vez había algo extraño, Sinae, notó un sensación ofegante, como si estuviera cargando una pesada piedra a la espalda.

¿Dónde estaban las cuarenta almas que rendían total devoción a las palabras del viento? Sinae siempre los vio lo más cerca de su hijo que era posible, pero ahora no; había alguno, aquí, allá, pero por más que rebuscaba entre el gentío, no pudo hallar todos. Rezó por las perdidas almas de esa aldea, porque de alguna manera supo, que al acabar el día este lugar sería polvo.

***

El gran séquito siguió su camino a la capital del reino, cuando la villa había quedado ya fuera de la vista, una columna de humo ascendió al cielo, una columna de humo que Sinae observó con terror por ver cumplido su presagio.

—No mires atrás.

Sinae oyó a su hijo, pero la voz no fue más que una brisa; su hijo volvió a hablar, esta vez con voz más firme:

—No mires atrás.

Se había detenido ya cuando su madre le miró, pero ella no había sido la única que miraba el humo; ahora que la marcha se detuvo, muchos miraban, y un murmullo empezaba a ascender.

—¡No miréis atrás! —gritó el santo sin girarse.

El grupo cayó, se giró y esperó.

—Seffré, vuelve y ve a cada casa; entierra a los muertos, reconforta a los vivos.

—Mi señor… tal vez Etania y el resto sigan ahí.

—Bien, así volverás a encarrilarles. Tú único propósito es evitar que los seguidores del viento malogren mis enseñanzas.

El sacerdote eligió a un grupo al azar y les obligó a acompañarle, el resto acampó ahí mismo. No volverían hasta el mediodía siguiente, y en ese tiempo Trinjent se fue a meditar en un montículo alejado de todos, desnudo, con el viento rozando sus palabras; su madre no pudo evitar observarle escondida tras unas rocas, aunque sabía que su hijo conocía su paradero.

—¿Qué vienes a buscar después de lo que has hecho, Oren? —preguntó Trinjent a nadie en concreto, o eso creía su madre, pues unos momentos después subió por el montículo el nombrado Oren, que se postró ante su patrón.

—Veng-go a bu-b-buscar el perdón. —Antes de poder escuchar la frase entera, alguien la lanzó al suelo desde atrás, durante de la caída pudo escuchar el resto—:  m-m-mi señor, vengo a redim-mirme.

—¿Por qué buscarías redención cuando has traicionado mis enseñanzas y ahora permites que ataquen a mi sangre? —Sinae vio que era aquella mujer, cuyo nombre desconocía, quien le tapaba boca y nariz para ahogarla.

—S-s-soy un sierv-vo del viento, debo def-f-f-fender la palabra del viento aunque deb-ba hacerlo a base de sangre. —La madre intentó forcejear pero dos padres de manos le sujetaron los brazos.

—Lo que debes hacer es recordar mis enseñanzas antes de cruzar una frontera de la cual no podrás volver. —La mujer mientras intentaba moverse sin lograrlo y giraba los ojos hacia todos lados, vio a Seffré que miraba en silencio.

—Soy un s-sierv-v-vo del viento, deb-bo busc-c-car la red-d-den... redención. —La madre del santo se sentía morir, y se cansó de luchar; ya se había redimido ¿o no lo había hecho? No importaba ya.

—¡No! —Esa palabra inundó el alma de Sinae, su último aliento no exhalado formaría parte por siempre de las palabras del viento.
Lo último que vería antes de abandonar este mundo era la mirada impasible de Seffré; lo último que escucharía antes de abandonar este mundo era el eco del grito de su semilla. Lo último que sentiría antes de abandonar este mundo era viento.

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  La ortografía y lo demás
Enviado por: Carlos Walter - 18/04/2019 04:36 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (9)

¡¿Qué tal?!
Vengo dándome cuenta desde hace cosa de un año de algo que me trae quebraderos de cabeza.

Veréis, fue en abril del año pasado cuando autopubliqué mi novela. Desde entonces, he oído de todo sobre ella (en general para bien, ¿vale? XD), pero uno de los apuntes más recurrentes ha sido el de... «He encontrado faltas de ortografía».
La cosa es esta: las hay, obviamente. Le dediqué cinco meses de correcciones ortotipográficas y, en menor medida, estilísticas por mi cuenta, ya que un profesional podía bien salir por mil euros dado que son 167000 palabras, pero siguen encontrándose faltas. Poquísimas. No he visto más de cinco, en realidad. No soy un profesional pero, conociendo las normas y prestando atención, todo esto se puede solventar en las revisiones. Y cuando alguien me dice que las ha visto, tampoco sabe decirme más de las cinco que ya se conocen... Por lo que no es, para nada, un mal resultado.
Aun así, sigo sintiéndome mal cuando veo esas faltas ahí y estoy trabajando en una reedición de cara a cuando se agoten los ejemplares que faltan de la segunda tirada (ya son menos de 10, debería ponerme las pilas...).

¡Pero! Y hay un pero... La cosa es que últimamente, como vengo diciendo al inicio del texto, he leído libros editados por las mejores editoriales españolas que, con diferencia, tienen muchísimas más faltas de ortografía que mi novela. Hablo de Minotauro, Alamut, Insólita, Alfaguara... Casi siempre son errores de puntuación, eso sí, nada grave. Sobre todo a partir de la mitad del libro. Quizás la persona encargada de corregir se cansa pronto de su labor...

Al margen de compartir esto con vosotros, lo que quiero decir, si es que quiero decir algo al final, que tampoco lo sé muy bien... Es que cuando vayáis a presentar vuestro relato o novela a un concurso o editorial, no os dejéis la vida en arreglar todas esas normas de puntuación y ortografía. ¡O sí, qué sé yo! Presentad algo respetable, pero sabes que autores ganadores del premio Minotauro, por ejemplo, cometen los mismos errores al escribir que la mayoría de nosotros (remarco lo de la ortografía, nuevamente, ¿eh? Quizás en calidad narrativa y originalidad todavía nos puedan llevar alguna ventaja, no sé).

Otra cosa es que querías autoeditar vuestros trabajos. En ese caso... ¡por Hércules! Una buena maquetación y presentación del mismo.

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  [Relato, Fantasia Oscura] Arbetein
Enviado por: FrancoMendiverry95 - 17/04/2019 05:40 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (6)

Este es un relato para un reto mensual antiguo, con limite de 2500 palabras y la norma de abajo.


Norma: "La mujer de la imagen debe ser un demonio, pero quiere dejar de serlo"


[Imagen: 697100_(1).png]


La Streshee avanzaba a pie firme por el bosque que llamaban Hueco, sin guía ni destino claro. La espada larga no era lo que le daba esa firmeza, sino un corazón vacío y un deseo de venganza.
Su vista llevaba la delantera. Clavados allá delante, su ojo celeste y su ojo blanco, aparentemente ciego, escudriñaban entre las cortezas de las hayas y los robles. No veía con ellos otra cosa que más hayas y más robles.
Continuó, sabiendo que ello no duraría para siempre.
Y no duró. Al acuclillarse frente a la huella de un ciervo solitario captó un movimiento fugaz a la izquierda. Una sombra. De inmediato torció la cabeza y miró, en vano. O no, no en vano: supo que iba por buen camino. Se levantó y frotó los guantes para limpiar la tierra adherida a ellos. Entonces tomó del ronzal a Penumbra y la impulsó a seguir.
Su tenacidad se vio asediada por una sensación común en ella, una que le decía que el peligro crecía con cada paso que daba. Más de una vez divisó esa sombra escurridiza, y una vez oyó una voz, un susurro que le dijo que se fuera. Su respiración se mantuvo en todo momento tranquila, y sus botas de caña alta siguieron turnándose para pisotear la tierra desnuda y llevarla a lo profundo del bosque.
Llegó algún tiempo después. Las ruinas de una construcción le dieron la bienvenida. Era de piedra, aunque esta ya casi no se atisbaba bajo el manto musgoso y las enredaderas que caían en cascada desde lo alto de la muralla. El arco de entrada ya no era tal, pues le faltaba la curva superior, aunque las puertas de gruesa madera que tenía debajo seguían intactas. Elevándose de todo, intentando escapar del imparable avance del bosque, una atalaya parcialmente destruida le dijo que se trataba de un viejo castillo.
La Streshee empujó las puertas y avanzó. Un caminito de piedra nacía bajo sus pies e iba hasta unos escalones que llevaban a la puerta del alcázar, treinta metros por delante. Junto al sendero el pozo del agua estaba siendo tragado por la hierba. A la izquierda, la entrada a la torre era una boca negra; en el lado contrario, una casucha de madera sin techo y carcomida por los insectos servía de apoyo a un árbol tan torcido como siniestro. Al llegar hasta el pozo y atar las riendas de la yegua al travesaño sintió un roce detrás de ella; cuando volteó con el puñal listo para defenderse oyó una puerta cerrarse. Suspiró.
Entonces sus ojos se posaron en el muro del bastión, entre el musgo y por encima de una portezuela de madera se adivinaba una enorme pintura blanca y unas letras que se superponían a ésta. Sin guardar el arma fue hasta allí, y por tener su vista clavada en la pintura tropezó con algo. Cuando se incorporó y echó un vistazo al obstáculo, no vio otra cosa que un muerto: la armadura lo delataba como un soldado, y el estado del acero y un rostro aun con algo de carne como un muerto medianamente reciente. Volteando de nuevo hacia el muro, pero esta vez mirando el trecho que la separaba de él, la Streshee vio al menos una decena de guerreros marchitos. Y entre todos ellos, una muñeca de trapo.
Se valió del puñal para descubrir el muro. Pudo entonces apreciar la pintura. ‹‹Aquí habita el Infame››.
—Tantas muertes y para nada, por servir a una Diosa que no existe —dijo en voz alta.
Los humanos deben creer en algo, aunque ese algo no exista y los lleve a la muerte —le respondió mentalmente Hildrion, el ser con quien compartía su cuerpo.
Por sobre esas pocas palabras destacaba otra, escrita con el rojo de la sangre:
VÁYANSE.
 
La Streshee se concentró en la trampilla. La madera tenía refuerzos de metal y en ella se adivinaban hendiduras y grietas hechas por golpes fuertes. Golpes desde el otro lado. A los pies, medio enterradas, dos mitades de una misma cadena de gruesos eslabones serpenteaban entre la hierba.
Asintió para sí misma, fue hasta la yegua y sacó de las alforjas una antorcha. No demoró en encender un fuego que la alimentara.  Ya frente al muro otra vez, desenvainó la espada de Hildrion, el Heraldo. Luego abrió la portezuela y entró.
Pronto se vio bajando por una escalera estrecha, poco empinada. La luz anaranjada fue marcándole escalones de piedra pulida, desgastada, en peores condiciones a medida que descendía. La oscuridad parecía huir de ella hacia abajo y al mismo tiempo perseguirla desde arriba.
Contó setenta escalones.
Halló un único pasadizo que seguir, del final llegaba una luz tenue y temblorosa; con los sentidos alertas lo recorrió de principio a fin. Entonces se abrió ante ella una estancia pequeña, de piedras desiguales, de musgo y humedad, de barrotes oxidados; una celda nimbada por el fuego de una antorcha penitente. Del otro lado de la reja una joven se hallaba sentada de espaldas a ella, encorvada por el peso de la angustia. A su lado una flor de pétalos blancos nacía de un cuadrado de tierra desnuda; la contemplaba.
—¿Hola?
Su voz áspera no causó ningún efecto. La prisionera se adelantó y devolvió al cuadrado unas motas de tierra huidizas.
La Streshee probó la verja de la celda. Cerrada.
—Muchacha, ¿acaso no quieres salir de esta celda? ¿Sabes dónde está la llave?
No obtuvo respuesta, pero no la necesitó. Un sutil brillo le llamó la atención. Era la llave, al alcance de la mano de la muchacha, pero no de la suya.
—¿A qué le temes?
Ante otra nula respuesta, la Streshee dejó la antorcha, envainó la espada y se quitó los guantes. Con las manos desnudas rodeó los barrotes, enseguida sintió un intenso calor en ellas. Vio brotar un hilo de humo de los barrotes, que enrojecían, primero los que encerraba directamente, luego los vecinos y las uniones horizontales. Entonces empujó, doblando el metal hasta que se abrió un hueco. Encorvó la espalda y pasó.
Lentamente se acercó a la joven, le apoyó una mano en el hombro y se súbito sintió un choque, una sensación que la obligó a retirar la mano. Energía maligna, lo supo, pero en el fondo encerraba una voz que pedía auxilio.
No atinó a reaccionar. La muchacha se volvió con la velocidad de una culebra, la apartó de un empellón y gritó con todas sus fuerzas. Fue un aullido largo y espantoso, y la Streshee se vio obligada a llevarse las manos a las orejas y apretarlas contra su cabeza. El grito se alargó más allá del instante que tardó la joven en perderse en la oscuridad del pasadizo.
Aturdida se lanzó corriendo tras ella, sabiendo que podría encerrarla ahí abajo. Fue en vano, no la alcanzó antes de que llegara a los escalones. Pero no la encerró.
Salió justo a tiempo de verla entrar a la torre. Soltando una maldición, encendió otra antorcha antes de ir tras ella. Ya lista, se dejó engullir por la boca negra y se sorprendió cuando vio escalones que descendían en espiral. Con la antorcha elevada sobre la cabeza y la espada por detrás del cuerpo los recorrió de principio a fin. Esta vez no los contó. Fueron muchos giros.
La escalera desembocó en una puerta de hierro. A los pies yacían huesos humanos entre piezas de armadura, ni un solo trozo de carne quedaba en ellos; la ropa que alguna vez vistieron estaba ahora pegada al suelo de piedra. La Streshee buscó y halló una llave entre los restos, consiguió que encajara en la cerradura de la puerta.
Empujó y entró.
La habitación era pequeña. En el centro, solitaria, se erigía una silla de respaldo alto, atravesada por correas de cuero y aferrada al suelo con pernos de hierro. Alrededor, contra las tres paredes, se apoyaban muebles y estantes repletos de frascos, botellas y artilugios de los más extraños.
—Tú no eres un soldado.
La voz no era la de una muchacha, sino una profunda, muy grave. Se sobresaltó, no la veía en ninguna parte.
—Lo fui —respondió.
—Tampoco un Sacerdote de la Diosa.
Era imposible que lo fuera, pues solo aceptaban hombres. Aunque bien tenía en claro que con el cabello corto confundía a cualquiera.
—Tampoco —dijo.
—Pero como ellos vienes a matarme. —La muchacha se levantó desde detrás del respaldo y la miró con sus ojos enrojecidos­­­­—. La diferencia es que tú sabes qué soy en realidad, de alguna manera pudiste verlo al tocarme. Y yo sentí en ese contacto una energía también, una muy poderosa, aunque contenida. Una energía opuesta a la que me recorre por dentro. Tú eres un Heraldo.
—Yo sólo soy una mujer que comparte su cuerpo con un ser al que no comprende, al igual que la muchacha a la que tu relegas, demonio. La diferencia es que yo lo acepté por mi propia conveniencia, y tú lo has usurpado.
—No es una diferencia considerable, a fin de cuentas. —El demonio se adelantó y tomó asiento.
La Streshee no retrocedió. Dijo:
 —Hay una gran diferencia, y es que ella lucha por liberarse. De alguna manera te ha traído aquí, a su antiguo hogar, y con ello te ha ganado terreno, ¿cierto?
—Una porción muy ínfima. Ridícula. Mi poder es demasiado para ella.
—Lo es. Pero ese poder me ha atraído a mí.
—¿Y eso debería intimidarme?
—Debería, sí.
El demonio rio.
—Pues no lo hace. He sobrepasado los cien años en este cuerpo, ya no hay nada que pueda matarme a mí, o a la muchacha. Ni tampoco separarnos.
Si es cierto lo que dice, debe ser un arbetein —dedujo Hildrion en su cabeza—. Son inmortales, pero no es necesario matarlos para vencerlos.
La Streshee envainó la espada, arrojó al suelo la antorcha, de la funda de su cinturón sacó una especie de cetro, de treinta centímetros de largo, en cuyo extremo se veía la efigie de un grifo sentado sobre una base triangular, con el pico abierto y las alas desplegadas.
—Muchos artilugios y pócimas han probado conmigo —dijo el demonio abriendo los brazos.
La vagabunda avanzó adelantando el cetro, la criatura no se inmutó. Un paso más, dos pasos, tres, se detuvo. Sus ojos se cruzaron, se anticipó una refriega. La bota izquierda de la Streshee se separó del suelo para dar el cuarto paso, la criatura se alzó de repente en un salto que alargaba un brazo armado.
Entonces los ojos del grifo se encendieron en un haz de luz que cegó y frenó a la criatura, y la Streshee  se abalanzó sobre ella y con fuerza le apoyó su mano izquierda en el rostro. La marca que tenía en el dorso comenzó a brillar, y el brillo se fue extendiendo primero por toda la mano y luego al propio rostro del demonio, que con la boca y los ojos muy abiertos no podía reaccionar.
El ojo ciego de la Streshee fulguraba.
Una corriente de imágenes la asaltó. Vio a una niña sentada en el regazo de un hombre sonriente que jugaba con su nariz. La escena cambió y la niña se halló sentada bajo un manzano, acomodando el cabello de una muñeca de trapo, el mismo hombre apareció y ella corrió hacia él con los brazos abiertos y una sonrisa. Luego vio a la niña, ya más crecida, espiando por el ojo de una cerradura, y enseguida pudo ver lo que ella observaba: a ese mismo hombre, tembloroso, de pie frente a un anciano encorvado por la edad y la profanación, y en medio de ellos, naciendo de un símbolo dibujado en sangre, una criatura incorpórea que se avivaba y se apagaba como un fuego quejumbroso. La imagen cambió repentinamente, y la niña y la Streshee no vieron ya ni al viejo ni a la criatura, sino tan solo al hombre tembloroso, en la misma habitación pero de pie frente a un espejo y aferrando un cuchillo cuya hoja a punto estaba de tocar su ojo. Entre vacilaciones, el hombre se dio por vencido y bajó el cuchillo. Y entre llantos la niña dejó de mirar.
Los sentidos de la Streshee volvieron a la habitación de la solitaria silla. Separó su mano del rostro de la muchacha, que tosía y se ahogaba, y tomándola de los cabellos la arrastró hasta sentarla. Pronto se encargó de ajustar los correajes alrededor de los brazos y las piernas.
Retrocedió dos pasos y se sentó en la fría piedra.
Entiendo por qué el demonio se adueñó de ella —dijo Hildrion—. Ese hombre era su padre, lo has visto tratando con el arbetein. Es claro que recibió algo, y es claro que no lo correspondió. Y el demonio se vengó. Ahora, para liberarse, ella debe darle por propia voluntad lo prometido por su padre: sus ojos, su vista. Para ello…
Lo sé, Heraldo. La cuestión es cómo.
La muchacha dejó de toser y la miró, sus ojos tenían el brillo de la humanidad.
—La flor —dijo. Su voz era ahora dulce—. Cerca de la flor tengo más poder sobre él. Ayúdame, tráela hasta mí y haré lo que sea para vencerlo. Ayúdame, estoy cansada. Ayúdame.
La muchacha comenzó a retorcerse, a chillar, las correas de cuero se estiraron bajo la fuerza de su cuerpo y la silla bailó sobre las planchas de hierro y los pernos que la sujetaban al suelo.
La Streshee se levantó y se fue. A su espalda, el demonio siguió luchando por soltarse.
 
Volvió a subir hasta el patio del castillo, y volvió a bajar hasta la celda. La flor tenía que ser la clave, su estado demostraba que no era mundana. Ahora ella entendía por qué la muchacha no lo atacó y optó por correr, fue a ella a quien tocó en el hombro, no al demonio.
Se acuclilló junto al cuadrado de tierra desnuda y contempló la flor de pétalos blancos. Zumbaba, y brillaba, la atraía, la llamaba.  Desenfundó el puñal y lo acercó poco a poco al tallo, pero se arrepintió. No quería hacerle daño. Bajó el arma, acuchilló la tierra, cavó. A la vista quedaron las raíces, metió el puñal debajo e hizo palanca hacia arriba, una raíz se cortó, luego otra y otra. Quedó una. A continuación rodeó el tallo con su mano izquierda, y al hacerlo una corriente de energía le recorrió el brazo. No se detuvo, cortó la última raíz y poniéndose de pie tiró hasta que separó por completo la flor del cuadrado de tierra.
Entonces miró a su alrededor. Ya no había piedras desparejas, musgo ni humedad, no había barrotes oxidados. Estaba en medio del bosque. Giró sobre sus pies, mientras sus ojos buscaban el pozo del agua, la atalaya, el alcázar. No los halló. Pero sí a la muchacha, sentada en la silla, la cabeza reclinada sobre el pecho, y a su alrededor yacían los guerreros muertos. Corrió hacia ella, se detuvo a un paso de distancia, la muchacha levantó la vista y la miró. Sus ojos no tenían el brillo de la humanidad, pero tampoco el reflejo de la maldad del demonio. Estaban blancos. Ciegos. Huecos. Y de pronto una sombra, detrás de ella, se perdió entre las hayas y los robles dejando a su paso el eco de una carcajada.

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  Reto Abril19: Metal Affliction
Enviado por: Joker - 17/04/2019 11:42 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (19)

La pareja aguardaba en la cola. El hombre era de mediana edad y corta estatura, discreto, un individuo irrelevante que parecía disfrutar con la espera. La muchacha le sacaba media cabeza, vestía de gótica y estaba triste, su melena negra caía lacia sobre su rostro resignado y apenas levantaba la vista del suelo. Alrededor de ellos una multitud murmuraba, reía y disfrutaba de los prolegómenos de una velada que prometía ser grandiosa.

—¿Qué es Bandua ? —preguntó él.

No lo dijo en voz alta, fue un susurro imperceptible, nadie más que ella podría oírlo. La taumaturgia de él los había conectado a ambos, un vínculo invisible de sonidos y sensaciones que los unía, para desolación de ella.

—Amaranth, responde, ¿qué es Bandua? —insistió el hombre, que frunció el ceño sin perder la sonrisa.

La muchacha señaló hacia lo alto. En frente a ellos se alzaba el enorme cartel iluminado que rezaba: «Siervos de Bandua, Monstruos del Metal». El rostro pintado de cada uno de los miembros del grupo de folk-metal aparecía enmarcado por filigranas inciertas, con temática ocultista de fondo.

—Sabes a lo que me refiero, déjate de bromas. —la miró al fin—. No me obligues a sonsacarte.

—Has leído el informe.

—Claro, pero no es suficiente, necesito escucharlo de ti en persona. El informe no refleja matices, tú rebosas de ellos.

Julián era un agente de alto rango, un «magister». Tenía poder del de verdad, no simples trucos de artificio o sugestiones para asustar a los de mente débil. Gozaba de gran influencia en la Cábala, y eso significaba tener acceso a muchos de sus sortilegios y claves de poder. Amaranth lo sabía, tenía miedo de él, le aterraban sus capacidades pues lo había visto en acción. Aun así se resistía.

—No sé lo que es, no con seguridad. Bandua es el grupo, es su música, es lo que anida en la mente de él.

—¿Una clave de poder?

—Algo así. Bandua es lo que le hace retrotraerse, ser solo él y mostrar su visión de la realidad.

Una clave de poder es un activador, Bandua es el suyo, aunque más complejo. Él es…
Se encogió de hombros mientras avanzaban en la cola. Ya estaban a las puertas, como dos simples miembros del público, un maduro marchoso vestido de época y una beldad gótica. Como pareja llamarían la atención en cualquier otro lugar. Los porteros se limitaron a comprobar sus entradas, no les echaron un segundo vistazo.

—Por «él» te refieres a Teo.

No era una pregunta. Amaranth asintió, miraba al lejano estrado, en donde tendría lugar el drama de esa noche maldita. Los instrumentos estaban dispuestos, el anfiteatro bullía de actividad, miles de personas ansiosas por ver a sus ídolos, escucharles tocar.

—Entonces el resto no cuenta para esto, tal y como nos advertiste —La ojeó brevemente—. Dices la verdad, pero maldita sea, estamos improvisando, no nos has dejado tiempo para tomar medidas más elaboradas —dijo él, su expresión relajada no dejaba traslucir la tensión que sentía—. ¿Has dejado de ser leal a nuestra causa? ¿O hay algo más?

Claro que había algo más, un magister tenía que saberlo, ¿por qué era tan cínico? Julián podía ser un perfecto capullo, uno bien jodido. ¿Cómo no iba a haber algo?, ¿por qué la habían enviado a ella, tan sensible, tan vulnerable? Pero aunque todos lo supieran, jamás lo confesaría abiertamente. Era algo escrito en su interior, como haría un dedo en el vaho de un visillo, un pequeño reducto entre ella y Teo, por mucho que hubiese sido un viaje sin premio ni consuelo. Se suponía que el condicionamiento al que sometían a los agentes les dejaba inmunes a cierto tipo de debilidades mundanas. Pero Teo era un ente creador de realidades y Amaranth una agente inexperta, mundana, débil.

—Esa invocación de la que nos has informado va a ocurrir esta noche, durante el concierto —prosiguió él sin esperar respuesta—. Los sintonizadores de la Cábala arden por la taumaturgia oscura que satura el éter. Meses llevamos husmeando el rastro que dejan esa panda de lunáticos, te escogimos a ti para infiltrarte y mantenernos informados. Has cumplido con creces, no nos falles ahora.

Tras mucho esquivar a la marea ondulante de gente, al fin llegaron a sus asientos, en el límite del foso reservado a los más desenfrenados o leales, a treinta metros escenario. Los ornamentos oscurantistas y la temática de floresta primigenia formaban un aquelarre incierto alrededor de los puestos de los músicos. Una guitarra negra y otra roja, un bajo con motivos barrocos, una batería que parecía un vehículo alienígena, un sencillo piano y al lado el micro del «frontman», Teo Yáñez, el vocalista más apabullante del panorama actual del rock, el metal o lo que se pusiera por delante.

—Es una lástima, pues esto podría ser maravilloso. Nadie toca como Siervos de Bandua, nadie canta como Teo —dijo la muchacha.

Julián la miró de reojo. La chispa de la duda empezó a llamear en sus pupilas, también la ira. Hizo un esfuerzo de autocontrol, había mucho en juego.

—Tendremos que intervenir, juntos ¿lo entiendes? Tú Amaranth, me nutrirás de conocimiento, recuerdos y sensaciones relacionados con Bandua, mientras yo busco la manera de agrietar su entramado. Lo haremos y seremos implacables si ese loco pretende ir más allá, como bien nos has advertido. —dejó escapar un suspiro contenido, sudaba—. Me cuesta leer los entresijos, todo aquí parece desenfocado. Te lo repito, ¿es sólo él, o debemos tener en cuenta a los demás miembros del grupo?

Amaranth dejó estremecer su lánguida belleza, una pantalla que camuflaba su fuerza interior. Había sido reclutada como agente por su sensibilidad hacia lo oculto y su capacidad de entrever y comprender los vaivenes de la Irrealidad. Sin embargo, el condicionamiento había sido un problema, una mancha en su historial. No se había completado sin sacrificios.

—Ellos son meros potenciadores, imprescindibles en ciertos momentos del proceso —dijo ella—. No sé hasta qué punto son conscientes de su situación. Teo los domina, se aprovecha de ellos para dar ir dando forma a su apocalipsis personal.

—¿También a ti te ha dominado, muchacha? —el tono de Julián se volvió cáustico—. ¿Sigues siendo agente de la Cábala o la has dejado de lado para convertirte en libertina de él?

Amaranth sonrió. ¡Libertina! Que término tan arcaico, propio de un agente veterano como Julián, miembro ilustre de una organización de cimientos que se apoyaban en lo antiguo. Se volvió hacia él, no podía evitar el extraño acceso de humor pícaro. Si acontecía lo que ella había percibido como probable y fracasaban, quién sabe lo que ocurriría, a ellos y a todos aquellos miles de fans que se revolvían en aquella trampa. Tal vez la muerte fuese un destino deseable, mejor que pasar a formar parte eternamente del infierno personal de Teo.

Un estallido brutal interrumpió el silencioso intercambio entre ellos. El espectáculo iba a comenzar, precedido por un coro mayestático invisible, una invitación al delirio.
Salieron los músicos. Jared, el guitarrista, que parecía un berserker semidesnudo salido de las leyendas. Ramón, silencioso en su kilt verde y enamorado de su bajo de mástil interminable. Cleo, la guitarrista sexy que enardecía a las primeras filas y llenaba las pantallas con sus contoneos. Tomás, fibra y músculos, baterista indomable que sacaba la lengua con sorna. Teo, el dios del escenario, elegante y frágil, invocador supremo de los Siervos de Bandua.

¡BANDUA! ¡BANDUA! ¡BANDUA!

El clamor era abrumador, un éxtasis colectivo de treinta mil gargantas. Amaranth se unió a él, elevó su hermosa voz de soprano sobre todas las demás. La férrea mano de Julián le apretó el antebrazo, la contuvo. Redujo a la ensalzada amante a un simple adepto sin rostro.

—¿Estás loca? ¡No te delates, no antes de tiempo!

La voz de ella comenzó a apagarse. La amante entregada, apartada del lado de Teo, él que rezumaba una grandeza como ella jamás había percibido antes. Ella que se había visto obligada a sacrificar por la causa sus propios deseos, traicionar a su alma gemela. Renunció a la nada que ansiaba para poder cumplir las premisas de la Cábala, por proteger a los inocentes a los que despreciaba. Hubo un amago de rebelión, siguió elevando el tono, la amante quería recuperar lo perdido…

En medio de la vorágine, pocos apreciaron como se les erizaban las cabelleras, y si lo hicieron, no le dieron importancia pues jugaban fuerzas que ignoraban a los mediocres. En cien metros a la redonda, la poderosa taumaturgia de Julián devolvió a la desbocada agente díscola al redil. Apretó los dientes de frustración, pues pese a la naturaleza oculta de sus habilidades, temía haber sido descubierto y comprometido su ventaja, algo fundamental contra tales fuerzas. Nada ocurrió.

Las guitarras comenzaron, poderosas, estruendosas, ajenas al drama de las gradas. El bajo retumbó como un alma en pena. La batería atacó inmisericorde, agresiva, salvaje. Teo saludó, rompió a cantar, todos enloquecieron al iniciarse la épica de «Lobos de Eternia».

El repertorio era variado, desde canciones agresivas con guitarras que elevaban la electricidad a la máxima potencia, dominante de los solos la una y fiel compañera la otra, hasta complejas composiciones llenas de significados ocultos. La voz de Teo era hipnótica, indómita, conductora de sensaciones. El tiempo se consumía sin hacerse notar. Sobrepasada buena parte de la velada, el piano yacía a un lado, olvidado.

—Ese es el conductor material —dijo Amaranth, que todavía pugnaba por recuperarse—. Teo se valdrá del piano para dar rienda suelta a su oda de invocación. Con él llamará a su realidad y desgarrará la nuestra.

Lo sabía, ella había aprendido a conocerle a él, a Teo Yáñez, a lo largo de los últimos meses mágicos en que habían compartido sus almas, los dos amantes. El resquicio de la auténtica Amaranth, que el condicionamiento de agente había mantenido inviolado, le había permitido concluir con su misión. Le había desenmascarado, a él el trovador de las posibilidades infinitas. Teo no era un simple mortal, era un destructor del tejido, creador de anhelos imposibles que se retroalimentaban y lo aniquilaban todo. Lo amaba, pero había llegado a comprender que los sabios de la Cábala tenían razón. Teo tenía que caer en el olvido, solo él y nadie más.
Una semana antes lo había abandonado, para acudir a presentar su informe a la Cábala. El paso más difícil de su vida, un imposible hecho realidad. Como lo que Teo iba a hacer esa noche.

—Lo intentará, pero ya estoy preparado —dijo Julián.

Los primeros acordes melódicos de «Batallón de ángeles» se dejaban sentir. Julián trataba de aparentar una seguridad que no sentía. No había tenido tiempo de tejer una red de asedio arcano sobre el escenario, tan solo contaba con un número limitado de disparadores taumatúrgicos, potentes aunque carentes de la sutileza recomendable para un adversario de aquellas características, tendrían que bastar. Runas invisibles cubrían toda su anatomía. Se sentía invencible aunque en el fondo temía no serlo. Tanteó con la mente el perímetro del escenario. Algo se estaba fraguando desde el principio de la actuación, una amalgama alimentada por cada canción, cada nota, una aleación de posibilidades reforzada por las interpretaciones de los cuatro músicos secundarios y guiada y magnificada por el supremo siervo de Bandua.

Con su visión arcana entrenada, reforzada por el poder prestado por cien agentes de la Cábala, Julián había podido ver la transformación que tenía lugar. Pronto el estadio sería un vacío, el foco de un alma atormentada.

Terminaba otra canción, una llamada «Te amaré siempre bajo las estrellas», letra herida, voz rasgada y doliente. Amaranth no había levantado la vista hasta el final.

Te amaré siempre,
Alza la mirada, amor
Las estrellas te contemplan
asesina de mis sueños
belleza de labios quebrados
hasta el fin del dolor.

Teo Yáñez cantaba apoyado en el pie del micrófono, susurró las últimas palabras. Levantó el rostro y la miró, a ella directamente, como si no hubiese nadie más en todo el estadio. Pese a la distancia, a la multitud y la oscuridad, el humo y las luces cruzadas, nada se cruzaba entre ellos. Amaranth temblaba, un reguero de lágrimas resbalaba por sus mejillas pálidas.

—Lo sabe. No, no puedo seguir, no…

Una vez más, Julián sintió que perdía el dominio sobre ella, más ahora que había sido descubierta. El vínculo se agrietaba, aquel cabrón sobre el escenario parecía ser demasiado fuerte, si la atraía de nuevo hacia sí, la operación se vendría abajo. Apretó los dientes, sintió dolor, la sangre resbaló desde la comisura de sus labios decolorados, un diente se partió. Sintió la nada gélida de la realidad de Teo tratando de horadar los límites de su mente, protegida por una pantalla psíquica que se agitaba por la tensión.

«Sabe quién soy y no le importa. Solo la quiere a ella»

Teo dejó de mirar y se acercó al piano. Saludó al público con la indolencia de una estrella malparida. Cleo le besó al pasar, hubo gritos obscenos, los demás siervos permanecieron atentos a las evoluciones de su líder, ya sentado frente al teclado. No iban a acompañarle en ese viaje, su misión ya estaba cumplida. Entonces el súper ego fue desencadenado, las primeras notas de «Viajero solitario» empezaron a sobrevolar el piano. Era una melodía sencilla, hermosa, triste como la última despedida. Pero no iba dirigida a nadie, solo a sí mismo, al autor, no importaba nadie más que él y su miseria.

—Ya viene —dijo Amaranth con un hilo de voz cascada.

Aunque detestaba la odiosa tarea, trataba de darle pistas a su compañero, algo que le permitiese atravesar el halo invisible de la realidad de Teo, ya presente en ciernes. Dejaba fluir hacia Julián su conocimiento y sentimientos acerca de Teo y los demás siervos, de aquel tiempo compartido. Un magister de la Cábala debería de poder sacar tajada, comprender los entresijos y rasgar aquello que se estaba fraguando. De lo contrario sería el fin.

Teo cantaba, Amaranth pudo contemplar apenas como los rostros de la gente de las cercanías empezaban a desvanecerse, a imbuirse de la canción, se dejaban acunar por la nana siniestra que los consumiría. También a ella, pero ya no le importaba. El magister gruñía por el esfuerzo.

—¡Hijo de perra! ¡Es muy…fuerte!

Julián parecía a punto de estallar. Brillaban las runas a través de la ropa, eran incluso visibles para todos ahora, pese a que ya a nadie le importaba. El magister pronunciaba rápidos versículos, los ojos en blanco buscaban senderos invisibles, la vida se le iba con cada jadeo de sufrimiento. Amaranth hizo un último intento por ayudarle, le rozó con los dedos.

En la mente de Julián se agolparon imágenes. Las cicatrices supurantes en el ama de Teo, los siervos dóciles a su alrededor, protegiéndolo, dos amantes entrelazados en el lecho, susurros bajo la lluvia, viajes hacia el atardecer, amaneceres negros como la noche. Dolor, compasión, vida corrompida, el nihilismo que todo lo consumía. La silueta de Amaranth en todo su esplendor, su amor la sostenía y la convertía en energía vital.

—Te lo he dado todo, he cumplido —dijo ella, su expresión era suplicante—, pero me lo prometiste. ¡Atrápalo, aprisiónalo, pero no lo dañes! Tenéis que curarle, protegerle de sí mismo.

El magister la miró, sintió remordimientos por primera vez en toda su existencia. La canción estaba en su recta final, no había tiempo, la gente se desplomaba y se dejaba ir hacia la no existencia. Estaba agotado, todo el poder de la Cábala no bastaba para someter a aquella intrusión de una realidad autodestructiva. Lo sabía desde un principio, no podía cumplir su promesa, hecha en el momento de crear el vínculo arcano para atar la lealtad de ella. Amaranth se dio cuenta y gritó.

—¡Me lo prometiste! ¡No le hagas daño!

La apartó con la mano, sin esfuerzo, a la muchacha ya no le quedaban energías para resistirse. Él murmuró de nuevo, pero esta vez no a ella. Alguien aguardaba en una posición resguardada del recinto, ajeno al drama, un profesional, un arma definitiva y profana, insultantemente material.

—Ktántas, después de mucho tiempo vuelves a ser necesario. Ésto me supera con creces —apenas podía respirar, sucumbía con rapidez pese a las runas protectoras—, apenas he conseguido debilitar las barreras, pero he logrado crear un conducto libre que puedes utilizar —la melancolía lo dominaba, era abrumador—. ¡Jesucristo, no puedo! ¿Puedes verlo? Si fallas tú, se acabó todo.

Una voz sibilante respondió desde la lejanía. El agente Ktántas disfrutaba con su posición de asesino supremo, último baluarte antes de la aniquilación. No se sabía si era hombre o mujer, a nadie le importaba.

—Lo veo. Está hecho, magister.

Durante dos latidos, la existencia se paralizó. El disparo fue silencioso, un fogonazo desde las alturas. Ktántas jamás había fallado, no tenía remordimientos, no se dejaba afectar por lo que allí estaba ocurriendo. Admitía la capacidad del magister pese a su fracaso, aunque sabía que en otro tiempo le habría despreciado. Sabía también era lamentable el sacrificio de aquella niña estúpida, el señuelo para hacer salir a la caza mayor. Su intelecto admiraba el poder de Teo Yáñez, pero le deseaba una muerte inmediata. El condicionamiento de Ktántas era extremo, desnaturalizado, le había convertido en un ente ajeno a la raza humana. Solo él podía resistir la llegada de Bandua sin sucumbir, seguía perteneciendo al mundo real en aquel estadio, casi inundado por la realidad de Teo Yáñez. Ya no había música, solo un tenue lamento.

El proyectil rúnico, bañado en poder, atravesó la frente de Teo. Durante unos instantes el joven permaneció en precario equilibrio, hasta que cayó de bruces sobre las teclas del piano. El tañido final ejerció de clave, la rendija ansiada de una puerta que vuelve a abrirse tras una eternidad en un sótano oscuro.

Muchos creyeron volver de un sueño pesado, uno en el que no eran nada ni nadie, jamás volverían a ser los mismos. Otros sentían tal dolor de espíritu que preferían morir, algunos no volvieron a salir del estadio. Un puñado, los más fuertes, lloraban y aceptaban su destino. Los siervos abandonados contemplaban alelados el cadáver de su líder, ignorantes todavía de la desaparición de Bandua.

Amaranth lloraba amargamente, desconsolada. Pese a todo, había sido una buena agente, sin ella no lo hubieran logrado. Julián le cubrió con delicadeza los temblorosos hombros con su chaqueta de cuero y la sacó a trompicones de aquel lugar. Se dijo a sí mismo que debía de protegerla, lo menos que le debía tras incumplir una promesa imposible. La Cábala encontraría la manera de aprovechar la valía de la muchacha, no dejarían extinguirse un recurso de semejante potencial, dejarían de lado sus carencias.

Arrastraba los pies hacia la salida, los porteros estaban en el suelo, confusos o inconscientes. Se sentía un poco más seguro de sí mismo ahora que se alejaba del núcleo de todo. Él se encargaría de hacerles ver lo positivo, que aquel apocalipsis evitado en el último minuto, merced a la brutal justicia de un asesino, había sido un toque de atención, un aviso de lo peligroso del exceso de confianza.

Atrajo hacia sí a la joven, una náyade sin su manantial. Podía percibir su dolor como algo físico, se preocupó por ella. Mientras salían por las puertas desiertas, Julián se dio cuenta que sus creencias se tambaleaban. Quizá, pese a todo su poder y conocimiento, no volvería a ser el mismo. Tampoco ella, la tierna Amaranth. Y Bandua aguardaba ahí fuera, en algún lugar.

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  Reto Abril19: Dúplex
Enviado por: Joker - 16/04/2019 12:44 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (21)

La enfermera había salido de la casa de la vieja hacia diez minutos, con el pelo revuelto, el labio cortado y jurando nunca regresar. Ramiro intentó alcanzarla para ayudarla y tal vez con suerte convencerla de que se quedara. El hijo de doña Filomena tardaría otros tres días en regresar de su viaje de negocios y lo mejor era que él se encargara de lo tocante a la salud de la mujer. Sin embargo fue inútil. La vieja se había vuelto tan agresiva como la enfermedad que cada día le mataba más y más neuronas. El mismo Ramiro solo hablaba con ella por el teléfono de su oficina, comunicado con cada una de las casas. La enfermera era quien podía entrar a los dominios de Filomena sin que le tiraran algo por la cabeza.
Ahora quedaba Ramiro como único contacto de aquella mujer con el resto del mundo. Vivía con su hijo en un dúplex; él ocupaba el piso de arriba, cerrado desde su partida. Con suerte volvería pronto y según la enfermera había suficiente comida para que Filomena aguantara. La casa contaba con un sistema de aire acondicionado automático que permitía pasar los calores del verano sin problemas. No era de extrañar, todas las viviendas de la calle eran modernas y hasta el despacho de Ramiro se consideraba un lujo para un guardia.
Regreso a este para sentarse frente al escritorio y tomar el teléfono. Marcó el número con pesadez, queriendo retrasar la distorsionada conversación. Sonó dos veces.
—¿Hola? —dijo una voz de campana.
—Hola, Mena —le gustaba que la llamaran así—. Soy Ramiro ¿Está todo bien? Recién la vi a la enfermera.
—Sí, sí. La nena es terrible, le cuesta seguir pasos. No sé de dónde la sacó mi hijo.
—No sé si va a volver, pero Lucas ya debe estar en camino. Igual sí necesitas algo decime.
—No querido, mi nene ya vuelve y lo resuelve todo. Estos inoperantes no me van a desanimar. Tenemos unos días hermosos últimamente ¿Para qué me voy a hacer mala sangre?
Ramiro se sintió satisfecho con esto y dio por terminada la llamada. Había hecho lo mejor que podía y nadie podía recriminarle nada. Lucas volvería pronto.
*
Un cuerpo se arrastraba veloz sobre el metal y sus garras lo hacían rechinar. Siseos de ultratumba llegaban hasta ella con un aire metálico y en la oscuridad del cuarto creyó ver el brillo de pequeños ojos. Se cubrió el cuello con las sábanas y contuvo sus temblores. Solo otro sueño, las mismas pesadillas vivientes que la visitaban cada noche. No tardarían en desaparecer. Cada vez le costaba más separar la realidad de la fantasía.
Se concentró en la pantalla llena de estática. Apenas podía oír al presentador del programa y eso la hacía enojar. Intentó subir el volumen, pero apenas levantó el control remoto la tapita se abrió y las pilas se salieron. Una aterrizó sobre la cama, pero la otra rodó hasta perderse entre las sombras tejidas alrededor del suelo. Hizo un vano esfuerzo por distinguir la figura cilíndrica.
Extendió un brazo tembloroso y empezó a palpar la alfombra con pálidos dedos de uñas rotas. Hacía calor y sudaba gordas gotas por todo el cuerpo. Era como si en su mundo solo existiera un negro mar sobre el que flotaba la cama, y el televisor blanco y negro como un viejo faro moribundo.
Había truenos en el cielo. No, no era cierto. Eran las pisadas de su hijo que buscaba algo entre los papeles. Tal vez uno de sus pasaportes. Era bueno que vivieran en la misma casa, le facilitaba las cosas a la anciana.
Tocó algo frío. Pensó que era la pila. Se equivocó. Ese se escabullo con rapidez ante el contacto. Contuvo un grito y retiró la mano de nuevo a la seguridad de las sábanas.
Los siseos se intensificaron. Se ramificaban a su alrededor ocupando todo el espacio disponible. Ya ni la estática del televisor podía ser oída. Las paredes retumbaban ante la infinitud de voces inhumanas que le pedían respuestas ¿Dónde estaba Lucas? ¿Cuándo volvería? Eran como niños asustados y en parte se compadeció de ellos.
O así era hasta que uno de los pequeños empezó a trepar por uno de los pies de la cama. Su cuerpo viscoso brillaba al reflejar la luz del televisor. Ella lo pateó con todas sus fuerzas y lo vio perderse entre las sombras. Ocultó el rostro bajo las sábanas y cerró los ojos, esperando que el día irrumpiera por las ventanas en cualquier momento. Al menos lo suficiente como para ver el teléfono y hablar con Ramiro, eso siempre la calmaba.
Él era su ancla a la realidad.
*
Ramiro leía una revista cuando sonó la alarma de su reloj digital. Mediodía, hora de llamar a Filomena para ver que todo estuviera bien. Tomó el auricular y marcó. Sonó una vez.
—Hola, Mena.
—Hola querido. Qué bueno que llamaste ¿Sabes cuándo vuelve Lucas? No me llamó anoche.
—No, Mena. Pero quédese tranquila que ya debe estar por volver. Debe ser una noche más a lo mucho ¿Necesita algo?
—No, no. Gracias por preguntar. Con lo que tengo me las arreglo un poquito más. Total ya estoy acostumbrada.
—Mire, si quiere puedo ir a verla un ratito. Pero tiene que quedarse tranquila.
—¡No! Ni se te ocurra. No quiero ser una carga. Además el nene ya debe estar por volver. Imagínate lo que pueden decir los vecinos… Que soy una rompequinotos.
Dejo escapar una risita que llenó de alivió a Ramiro. No tenía deseos de entrar al dúplex. Desde que la enfermera se fuera ya nadie hacía la limpieza y el edificio empezaba a oler mal. Era desagradable por fuera, y por dentro solo podía estar peor. Además tenía muchas cosas de las que ocuparse, la seguridad de la calle era una de ellas.
No estaba ahí para cuidar de la vieja.
*
Otra noche. Los siseos ya no eran como antes. Ahora eran furias encarnadas. Ya no querían respuestas, sino retribución por todo lo que habían pasado. Su hijo ya tendría que haber regresado, había dicho que era un negocio sencillo. Una simple transacción de rutina.
Pero el chico era un poco lento. Tal vez se hubiera equivocado en algo. Uso el pasaporte de Gastón, o de Dimitri. Ella no quería un pasaporte a nombre de Dimitri, pero él decía que sus rasgos iban con el nombre. Era guapo, con el cabello rubio y los ojos celestes, no azules.
Los cuerpos resbalaron por la ventilación. Los escuchaba golpear el metal y quejarse. Eran tantos y tan fríos que se chupaban el calor de la casa. Y el calor los hacía crecer. Y mientras más crecían más hambre tenían. Un ciclo sin fin, una serpiente que se enroscaba hasta llegar a morderse la cola.
¿Dónde estaba Lucas?
¿O Gastón?
¿Dimitri?
Las pequeñas garras destrozaban la alfombra a medida que hacían su camino hasta la cama. Todo por culpa de la inútil de la enfermera. Tenía que venir, ajustar la temperatura, hacer la comida, tomar su dinero e irse. Así hasta que Lucas regresara. Pero se acobardo, e igual quería el dinero prometido. Trato de detenerla, pero no pudo hacerlo. Ya estaba vieja.
Vieja y cansada.
Cerró los ojos y dejo que los siseos tropicales la envolvieran.
*
Ramiro condujo a los policías hasta la puerta del dúplex. Se tapó la nariz para no inhalar los efluvios que provenían de la casa. Ya eran parte de ella y todos los vecinos odiaban lo que eso le hacía a la calle, arruinaba sus mañanas, tardes y noches. Esperaban que él hiciera algo, pero le tenía miedo al hijo de la vieja. Había sido muy específico en que nadie la molestara. Y todo la molestaba ahora, incluso el teléfono.
Pero ya no importaba. No cuando Lucas había sido arrestado y deportado. Un olor vomitivo lo golpeó de lleno al abrir la puerta. Uno de los policías empezó a toser y el otro hizo arcadas. No había luz, varios focos se quemaron durante los días de abandono.
Entraron con cuidado, guiados por la linterna de uno de los policías. Partículas de polvo flotaban alrededor del haz de luz. Caminaron hasta alcanzar la puerta del dormitorio, el estómago revuelto y los ojos llenos de lágrimas. Las bisagras chirriaron como ratones y la cama apareció ante ellos. Filomena cubierta con las sábanas hasta la cabeza se movía con parsimonia.
—Mena —susurró Ramiro—. Mena, soy yo Ramiro. Vine con la policía. La vamos a ayudar.
La vieja no respondió. Pero volvió a moverse.
Hubo un siseo. Algo pasó sobre el pie de Ramiro sobresaltándolo. Por reflejo el policía de la linterna apuntó al suelo. Los tres hombres quedaron paralizados ante una alfombra llena de bultos que se movían. Alrededor de estos yacían bolitas de materia fecal.
Uno de los policías presionó el interruptor de la luz. La oscuridad se desvaneció y la alfombra se convirtió en un mar de reptiles. Lagartijas y serpientes, flacas y gordas, retorciéndose y viéndolos con ojos lechosos y fríos. Fríos como sus pieles escamosas.
La sábana cayó al suelo, empujada por una iguana blanca que se lanzó al suelo. Paralizados, dejaron que el reptil se escabullera por la puerta dando horribles siseos.
Las moscas nunca tuvieron el valor de acercarse a la horda de seres que habían sido incubados en el segundo piso del dúplex. Traídas de algún lugar olvidado de la selva con la intención de venderlas en el mercado negro. Lucas se encargaba de la transacción cuando lo arrestaron y temiendo lo peor su cómplice había huido dejando sola a la vieja. Cuando sintieron la punzada del hambre en sus vientres, los reptiles hicieron su camino hacia la fuente de comida más cercana.
Sobre la cama descansaba Filomena, convertida en jirones de carne podrida de la que asomaban huesos amarillentos. La caja torácica convertida en el nido de cuatro huevos grisáceos.
En el suelo, los reptiles seguían retorciéndose.

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  Reto Abril 19: El Castillo
Enviado por: Joker - 15/04/2019 10:23 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (18)

EL CASTILLO
*
Bégimo comenzaba a gemir más o menos a la misma hora todos los días. A Liz le gustaba mirar por la ventana del salón cuando eso ocurría, siempre y cuando la señorita Ypirétis no estuviera ahí para regañarla.

Lamentablemente aquél era uno de esos días.

Miraba ansiosa las tazas de té mientras todo temblaba en el acomodo de la enorme bestia que era el castillo. Ypirétis, que mantenía su estirada pose de institutriz, sostenía su taza en la mano mientras el contenido le chorreaba por los bordes.

— ¿Por qué no tomamos el té más tarde si siempre ocurre esto?

Ypirétis levantó su mirada negra sin iris y mostró una sonrisa ensayada.

—La hora del té es a las seis en punto, señorita Elizabeth. El mundo ha de adecuarse a las buenas maneras.

—No me llamo Elizabeth. —se quejó Liz —. Y, además, parece que a Bégimo le duele algo.

—Su madre quería ponerle ese nombre, y es mi deber hacer real ese deseo. Por lo demás, Bégimo se ha estado quejando por generaciones. No debe usted preocuparse de esos asuntos. Concéntrese en su té.

Liz se sopló un mechón de pelo que le caía en la cara y esperó a que el castillo dejara de temblar. Pasaron cinco largos minutos en el que la gigantesca estructura vibró con distintas frecuencias.

— ¿Por qué?

Ypirétis apuntó sus largas pestañas a la niña otra vez.

— ¿Por qué, qué, señorita Elizabeth?

— ¿Por qué Bégimo se queja tanto?

La institutriz dio un pequeño sorbo a la taza de té, desdobló un pañuelo y se limpió los labios en un movimiento que destilaba gracia y fineza.

—Es un animal viejo. —respondió, esquiva—. No me corresponde a mí hablar de otros sirvientes. No es de buena educación.

— ¿Sirvientes? —Liz se permitió sonreír con esperanza—. Pensé que Bégimo era un robot.
Ypirétis escondió una pequeña sonrisa tras el pañuelo. No había nada de natural en ella.

—Su imaginación se ha mancillado con la televisión, señorita. Bégimo ha sido el hogar de vuestra familia por cientos de…

— ¡Ya lo sé! —estalló Liz, poniéndose en pie y casi derramando el contenido de su taza. Ypirétis dejó el pañuelo en la mesa, alisó el faldón de su vestido y juntó lentamente sus manos en el regazo.

Luego levantó la mirada por tercera vez.

—Señorita Elizabeth. —comenzó. Su expresión era hielo puro —. Es de mala educación interrumpir a alguien cuando está hablando. Sobre todo si es alguien mayor que usted, y aún más si la información que está transmitiendo fue requerida en primer lugar por usted misma.

Liz volvió a sentarse. Se sintió mareada de súbito; Ypirétis estaba usando ese tono de voz que le hacía a sus tripas revolverse de una manera espantosa, como si bajo una orden su organismo completo tuviera que doblarse a la voluntad de la mujer. No era de extrañar que su padre respetara a la institutriz incluso más que muchos de sus demonios.

—Lo lamento, señorita Y. Cuidaré más mis maneras.

La mujer sopesó a Liz unos instantes, el tiempo suficiente para que la niña se fijara en detalles a los que antes no había dado importancia: Ypirétis tenía la piel tan blanca como el mármol, hecho que hacía resaltar sus labios rojos y sus ojos negros. Mirar esos ojos era como mirar en el corazón de la noche misma, una experiencia aterradora, en el mejor de los casos. Su simple presencia hacía que uno quisiera arreglarse el nudo de la corbata, masticara con la boca cerrada y estirara la espalda.

Y también estaba lo de su sombra.

El espectáculo la horrorizaba y fascinaba a partes iguales: la tiniebla que nacía de ella tenía vida propia, titilaba y se estiraba hacia ángulos extraños, pero si la miraba con suficiente dedicación, se normalizaba.

Había escuchado historias de la sombra de Ypirétis desde pequeña, después de todo, la mujer ya moraba en el castillo cuando Lord Colin, su padre, era un bebé.

—Bégimo ha sido el hogar de la familia Billinghurst por cientos de años. —repitió—. Desde entonces que ha servido a la casa. No necesita usted saber más que eso.

Liz asintió, sumisa. La sensación de control aun no abandonaba sus entrañas, y aunque su cuerpo le ordenaba quedarse sentada y terminar su earl gray, su mente le gritaba que saliera corriendo de ahí. Una vez había oído a Daga contar que Ypirétis había sido comprada a una ultrasecreta hermandad de monjas, en algún extraño mundo de algún recóndito plano. Liz habría insistido, pero Daga no era un tipo muy valiente como para quedarse hablando a escondidas de la señorita Y.

—Señorita Elizabeth, puede usted retirarse. Si no me equivoco, debe ir al jardín con Mandrágora. Hoy toca, hum, — revisó la libreta que llevaba en el delantal, aunque Liz sabía que la señorita Y recordaba todas las listas de memoria. —cultivo de hortalizas para el correcto funcionamiento del organismo en seres basados en la cadena de carbono.

— ¿Comida saludable?

—Es una forma poco precisa de decirlo.

Liz hizo una mueca, pero no se levantó. Ypirétis arqueó una de sus finas cejas.

— ¿Y bien?

— ¿Por qué nos enseñan así? ¿Por qué hay una forma correcta de comportarse? ¿Cuál es la idea de…controlarnos, de controlarme para que sea correcta?

Ypirétis contuvo un pestañeo involuntario y luego guardó lentamente la libreta en su delantal. Tomó aire antes de empezar a hablar.

—Las señoritas como usted, Elizabeth, rara vez tienen una noción verdadera de lo que el poder representa. Rara vez ven con claridad la realidad tal y como la ven sus propios sirvientes. Usted, que lo ha tenido todo, nunca se ha visto en la necesidad de rebajarse ante nadie, porque no hay nadie por sobre usted.
» La gente que nace inmersa en el poder y la riqueza, se ciega con mucha más rapidez que aquellos que surgieron desde abajo y lograron tocar la cima. Señorita Elizabeth, usted está destinada a tomar el control de la casa. Usted será Lady Billinghurst algún día, y cuando eso suceda, estará en la cúspide del poder. Una vez ahí arriba, se dará cuenta que ninguna pirámide puede mantenerse sin el apoyo de sus cimientos.

—Aunque los cimientos sean esclavos sin voluntad—murmuró Liz, mareada por la explicación. Ypirétis le lanzó una feroz mirada que casi la empuja del asiento.

—Sobre todo si los cimientos son esclavos sin voluntad, señorita Elizabeth. Eso puede significar la diferencia entre una muerte rápida o una eternidad de tormentos—la mirada de Ypirétis brillaba con un triunfo—. Hablando de esclavos sin voluntad; no se meta en problemas, señorita: Olvido no está aquí para protegerla con su letanía.

Liz tragó saliva, se puso en pie, hizo una reverencia y caminó hacia el jardín para encontrarse con Mandrágora. Casi echaba de menos la presencia de su demonio guardián.

Casi.

**
A Liz le gustaba el jardín.

Le gustaba que el aire fuera húmedo y dulce, o seco y amargo en otras secciones. Le gustaba que la luz se difuminara a través de los inmensos vitrales que representaban escenas de quizá qué cosas en quizá qué tiempos. Disfrutaba caminando por los senderos marcados con rocas, o por los elevados puentes que mantenían a raya a las plantas más peligrosas.

Pero por sobre todo, le gustaba Mandrágora.

Una sombra se asomó tras un pilar y casi de inmediato, desapareció. Liz corrió hacia allá con una enorme sonrisa en el rostro solo para pillarse de frente con un árbol nudoso que agitaba las ramas, como si un viento reciente lo hubiese mecido.

—No te escaparás—murmuró, corriendo hacia el siguiente movimiento.

Era como ir persiguiendo a un pequeño torbellino que mecía todo a su paso. Cada planta y cada flor, cada uno de los apretados y extraños árboles que poblaban el jardín, cada bulbo carnoso de apariencia amenazante y cada hongo luminoso vibraban segundos antes de que Liz pasara por ahí.

— ¡Te pillé!

El movimiento se detuvo cuando Liz estuvo frente a una enorme corteza que ocultaba parcialmente los ventanales que daban hacia el cielo. La niña sonrió y esperó a que ocurriera la magia.

—Está bien, —dijo una voz cavernosa, distante —te la dejé fácil esta vez.

La corteza comenzó a burbujear, como si de pronto hubiese entrado en ebullición. Ya casi llegaba la mejor parte: un rostro empezó a definirse a través de la madera, primero la nariz, luego los pómulos. Una frente amplia, el contorno de un pecho femenino.

Mandrágora apareció con una gran sonrisa en su rostro de madera, que para Liz, era una de las pocas cosas capaces de recomponerle el alma luego de un encontrón con la señorita Y. La criatura dio un grácil paso fuera de la corteza y de pronto sus colores comenzaron a asemejarse a los que se esperaban de un ser humano. Lo que en un principio habían sido bordes rugosos, ahora se convirtieron en un vestido ajado, pero no por ello menos fabuloso.

—Hm, veo un poco de sombra en tu cara. —dijo Mandrágora. Su voz ahora era dulce, de una fragancia comparable a las exóticas flores que abundaban por el jardín. —Parece que estuviste cerca de la señorita oscura.

Liz se mordió el labio, ya casi se había olvidado de la institutriz.

—Nada que me quede para siempre.

—Más te valdría. No dudará en recordártelo otra vez. Y entonces te regañará de nuevo.

Mandrágora se acercó a la niña y le puso una mano en el hombro. Liz miró hacia arriba y, como siempre, la visión la sobrecogió: Mandrágora era una criatura hermosa, casi una aparición onírica en medio de toda esa pesadilla constante.

—Lo dices como si ella tuviera razón.

Mandrágora sonrió, y sus dientes ya no eran madera, sino de un blanco perfecto.

—Pequeña Lizzy, ella suele tener razón. Si alguien dice lo contrario es porque no ha pasado tiempo suficiente arriba de Bégimo.

Liz hizo una mueca.

—Suenas casi como si te agradara. —se quejó.

La risa de Mandrágora fue tragada por la frondosidad del jardín.

—No Lizzy, no confundas las cosas. Ella está lejos de agradarme. Pero si tiene razón, la tiene. —se volteó y caminó hacia una de las escotillas que daban hacia el Balcón —. Ven, vamos a lo nuestro. Hay algo que debes aprender y que debo enseñarte.

Mandrágora abrió la escotilla y al instante la humedad se escapó hacia el vacío. Liz se recogió el cabello para lograr apreciar la vista. No siempre tenía la oportunidad de mirar hacia afuera, ya que solo su padre y sus sirvientes de mayor rango sabían el rumbo de Bégimo. No pudo ver nada más que manchas difusas en un cielo de aspecto extraño, los barrotes ocultaban en gran parte las ventanas, dejando pasar solo la luz del día.

—Vamos, la huerta está recibiendo el sol en este momento. Debemos aprovechar antes de que Bégimo se mueva hacia otro lado.

Liz siguió a Mandrágora a través de los estrechos pasillos metálicos del Balcón, que no era otra cosa más que un montón de andamios y escalinatas en la coraza de hierro de Bégimo. Los pensamientos de Liz volvieron a enfocarse en el gigantesco castillo.

— ¿Qué es Bégimo? —preguntó de pronto.

Mandrágora se volteó un instante sin dejar de caminar y luego siguió mirando hacia el frente.

—Esa es una pregunta complicada.

—Creo que la pregunta no es complicada. Los complicados son ustedes.

—Parece que alguien estuvo estudiando retórica—se burló la mujer. Liz hizo una mueca.

Subieron la escalinata final y llegaron a un estrecho salón con un tragaluz que subía en varios grados la temperatura.

—Ahora estás sonando como Olvido ¿Es que acaso nadie me ve como un ser humano en vez de como una tabla en blanco sobre la que escribir?

La risa de Mandrágora voló junto con el viento que se colaba entre las rejas.

—El concepto de humanidad es un poco complicado. Cierra esa puerta, no vaya a ser que salgamos volando aquí arriba.

—Estás ignorando mi pregunta otra vez.

—Has hecho muchas preguntas Lizzy. A veces, los adultos tenemos que tomarnos nuestro tiempo para responderte. Con el tiempo entendemos las cosas de una manera, solo gracias a la experiencia que tenemos, pero, si te las repetimos tal y como las entendemos ahora, no siempre van a tener el mismo impacto en ti, que eres más pequeña.

—Me estás tratando como una tabla en blanco otra vez. Además, ni siquiera eres un adulto. Eres una criatura a medias entre una planta y un ser consciente. Quizá no eres la persona más indicada para responder sobre humanidad.

Mandrágora que en ese momento había tomado una raíz de aspecto asqueroso, se detuvo en seco. Una mueca cruzó los rasgos de su rostro. Liz sintió que los colores le subían a la cara y quiso retractarse de sus palabras.

—Yo… lo siento, no quise decir…

—Sí quisiste. —murmuró Mandrágora —. Y está bien. No soy un ser humano. Estoy lejos de serlo. Y la verdad no tiene por qué dañarnos si aprendemos a lidiar con ella. Agradezco el hecho de que me hayas tratado de persona al menos.

—Perdóname, Mandrágora.

Mandrágora se sentó en una banqueta e invitó a Liz a que hiciera lo mismo.

—No hay nada que perdonar. —La mujer miró a través de los ventanales, aunque Liz no estuvo segura de si veía algo realmente. — ¿Sabes por qué los sirvientes de tu padre son tan parcos al hablar de sus orígenes?

—No les gusta que pellizquen su pasado. Supongo que se sienten ofendidos.

—En parte es eso, y en parte no. Muchas de las criaturas que están bajo el poder de tu casa no están de manera voluntaria, son esclavos en su mayoría. Muchos de ellos están obligados a tratarte bien, bajo poderosos hechizos y voluntades de hierro que los atan a ti y a tu padre.

Liz tragó saliva, la última frase de Ypirétis resonó en su cabeza. Eso puede significar la diferencia entre una muerte rápida o una eternidad de tormentos.

—Sigo sin entenderlo bien. —murmuró.

—En el origen, en sus pasados, reposan sus nombres reales. La única cosa que podría hacerlos libres de sus cadenas. Tu padre conoce el nombre real de todos los sirvientes que habitan en Bégimo, y así es como consigue que ellos le sirvan.

—Por eso la letanía de Olvido…

—Sí, Olvido tiene el nombre bien puesto. Hasta la fecha, ha sido uno de los únicos que ha intentado revelarse y buscar su nombre real.

— ¿¡Qué!? ¡Pero si es el más fiel sirviente! No creo que mi padre haya puesto al más inestable a…

—Sí, lo hizo. Supongo que de alguna manera es parte de tu aprendizaje. —Mandrágora suspiró y por un instante sus ojos se transportaron hacia otro tiempo —. Nunca entendí realmente a Lord Colin.

— ¿Y tú? ¿Tienes un nombre verdadero?

Mandrágora rio suavemente.

—Claro que lo tengo. Pero a diferencia de muchos de los de aquí, yo soy voluntaria. Ningún hechizo me ata a este castillo. Por lo tanto, yo conozco mi nombre real, y no es ningún secreto.

Liz no pudo disimular su sorpresa.

— ¡No puede ser!

—Es la misma reacción que tuvo Ypirétis cuando…me uní a la tripulación.

—Oye, eso fue casi ofensivo.

—Entonces, estamos a mano, Lizzy.

—Pero…no entiendo ¿qué tiene que ver esto con lo que te pregunté hace un rato? ¿Por qué nadie quiere decirme nada sobre Bégimo?

—Bégimo es otro de los sirvientes que han logrado una lealtad a la casa sin necesidad de ningún truco mágico. A Bégimo lo premiaron con la entrega de su nombre hace muchos años, y él decidió quedarse y servir a la casa. Supongo que la verdadera lealtad no nace de la obligación.

—Entonces… ¿Bégimo es un ser consciente también? —Liz miraba a Mandrágora boquiabierta— ¿Y por qué estás voluntaria aquí? ¿Acaso estás loca?

Mandrágora sonrió y pasó una mano por el cabello de Liz. La niña se sintió sobrecogida por ese gesto repentino, replanteándose sus dichos sobre la humanidad de Mandrágora. Curiosamente, la criatura mitad árbol mitad ser consciente había sido una de las pocas en demostrar algo de cariño, notoriamente más que Lord Colin, su padre.

—Claro que es un ser consciente—siguió Mandrágora. —De otra manera, no podríamos andar libremente en los Interludios. Bégimo conoce los lugares más seguros para deambular de un lado a otro.

—Siempre pensé que había una sala de mando o algo así—comentó Liz—Quizá por eso nunca la pillé.

—Hay muchas cosas que no has pillado, pequeña Lizzy—rio Mandrágora. —Estás a años luz de pillarlas. Muchas se te revelarán mientras pasen los años, otras las descubrirás por accidente. Nosotros te enseñaremos las más importantes, y algunas, — hizo una pausa y clavó su intensa mirada en Liz—niña, simplemente no las verás nunca.

Mandrágora se puso en pie y su actitud cambió de golpe. Liz reaccionó de inmediato y se cuadró, esperando las órdenes.

—Ponte el equipo, hoy trataremos sobre cómo sobrevivir en ambientes cáusticos poco amigables con los seres creados a partir de la cadena de carbono.

***
— ¿Qué es Bégimo?

Daga ladeó la cabeza sin dejar de mirar a Liz. Ignorando su pregunta, lanzó un estoque hacia el frente que le dio de lleno en la mano de la espada a la niña. El hueso cloqueó con el disloque y Liz se vio obligada a soltar el arma con un gemido.

—Mala idea esa, la de hablar mientras peleas.

Liz maldijo entre dientes mientras se sujetaba la muñeca. Lentamente el hueso se reacomodó a una posición más natural, pero no por ello el dolor fue menos intenso.

—Mala idea la tuya, de no contestar mis preguntas— masculló Liz.

Daga se encogió de hombros y se rascó la poblada barba que casi le llegaba al estómago. Luego mostró una sonrisa filosa. Con el tiempo, Liz había aprendido a apreciar esa sonrisa llena de amarillos y ocres.

—Bégimo es la razón de por qué no estás muerta ya —informó Daga.

Liz probó su mano derecha, abriendo y cerrando el puño. Cogió la espada y se puso en posición de nuevo. Quiso preguntar, pero notó que Daga no le daría tiempo, debía lograr al menos un punto para dar por finalizada la lección de hoy. Desde que empezara, llevaba más de tres horas sin conseguirlo.

Daga saltó hacia el frente, reduciendo la distancia con la niña en menos de una milésima de segundo. Fintó hacia un lado dejando que el espadachín se encontrara con la pared y aprovechando el hueco en su defensa para ensartarlo con la espada a la altura de las costillas.

El arma se hundió con un crujido húmedo en Daga al tiempo que Liz sintió que el mundo se iba a negro.

—Bien hecho—dijo Daga, con la empuñadura de Liz asomándose bajo su axila —. Pero tú también estás muerta.

Los puntos negros asaltaron su visión mientras una horrible sensación de vacío se apoderaba de su estómago. Liz logró ver en el suelo el charco de sangre sobre el que estaba parada, su propia sangre. Sus tripas resbalosas humeaban desde la herida abierta. Sintió verdadero pavor. Siempre era así.

El mundo desapareció.

—Despierta, niña.

Liz volvió a abrir los ojos para ver cómo las tripas volvían a meterse en su cavidad abdominal. La sangre en forma de pequeñas gotitas ascendía por sus piernas en un rebaño de glóbulos rojos.

—Odio cuando haces eso—se quejó Liz, con el dolor palpitándole en el bajo vientre —. Debería mandar a colgarte.

—Solo me dejarías sin hablar, —rio Daga. — y no por tanto.

Liz se sentó a horcajadas en el suelo para recuperarse de la conmoción, la idea de morir no le gustaba. No le había gustado desde la primera vez que había muerto en la arena de combate. Una falsa muerte, en todo caso, pero no por ello menos espantosa.

— ¿Por qué Bégimo?

— Nunca habías preguntado. ¿Creías que era yo quien te revivía? No soy ningún tipo de nigromante, niña. Esos tipos no son de mi agrado, prefiero que lo muerto siga muerto, aunque hoy es mucho pedir.

—Aun así, me matas.

—No es una muerte real; Bégimo se encarga de que no mueras realmente. Imagínate el problema que sería para el Señor Colin el que tu alma quede expuesta a las Puertas del Fin. No. Muerte falsa.

—Responde mi pregunta, maldita sea ¿Por qué Bégimo?

Daga ladeó la cabeza, sin comprender. Luego abrió mucho los ojos y asintió.

—Ah, Bégimo está imbuido de un aura de reparación. Es simple, pero poderoso. Nada aquí puede morir, pero tampoco estará mejor que cuando ya entró.

— ¿Una especie de estasis?

Daga la miró con los ojos clavados muy abiertos.

—Es un hechizo. Los que son como Bégimo lo usan en pequeñas cantidades para mantener vivos sus propios parásitos. Él es una cosa especial, eso sí.

— ¿Los que son como Bégimo? ¿Él? —Liz se puso en pie, alisó su traje de combate y apretó los puños — ¿Alguna vez me van a decir qué o quién carajos es Bégimo?

Daga se quedó quieto, como escuchando algo que Liz no logró captar. Luego dio un paso hacia una de las ventanas.

—No puede repararse a sí mismo. No sé por qué. No todos sabemos todo.

Liz bufó y volvió a sentarse.

—Cuéntame lo que sabes de él. ¿Es un ser vivo? ¿Alguna vez fue otra cosa? ¿Por qué ahora parece una máquina gigante?

Daga sopesó las preguntas un rato y luego se sentó con Liz, frente a frente. El olor que desprendía el hombre era picante. Liz sabía que Daga era adicto a un montón de hierbas, ungüentos y drogas mágicas, todas para lidiar con la terrible infección que acarreaba desde hace muchos años.

—Abel Billinghurst, el tatarabuelo de Colin era un domador de bestias. El behemont es una bestia peligrosa, cruza mundos y los devora, un depredador. No puedes atraparlo porque te lleva a otro plano en el que no puedes sobrevivir. — Daga hizo chasquear los dedos para hacer énfasis—. El behemont se aparea y cuando lo hace, mata a otro behemont. Bégimo era uno de los perdedores. No consiguió a la chica.

Daga se rio entre dientes y dio una palmada al suelo. Liz enarcó una ceja.

—Abel lo encontró moribundo y lo rescató. Lo hizo esclavo de su voluntad, lo usó para escapar hacia otro lugar. No sé cuál. Los tuyos suelen meterse en muchos problemas niña, y no todas las historias llegan a saberse siempre.

—Te estás yendo por las ramas, Daga.

—Como Mandrágora— Daga volvió a reír —. Ramas, je. ¿Lo pillas?

—Más ingenioso mientras más viejo.

—Bégimo se resistió, no le gustaba ser esclavo. A nadie le gusta ser esclavo. —Daga hizo una mueca de disgusto —. Pero Abel lo trató bien y cuando Abel casi muere, por algo que no sé. Otros problemas, seguro. Bégimo lo quería, así que lo reparó como él reparaba a los parásitos que lo habitaban y parece que se esforzó tanto que él no pudo volver a repararse nunca.

Liz se quedó pensativa un rato, digiriendo las palabras de su instructor de combate.

—Pensé que sería una historia más emocionante —comentó luego de un rato.

—No tenía por qué serlo. Bégimo no es de muchas palabras, no sabe contar historias.
Liz frunció el ceño.

—Tú me contaste la historia, idiota. Tú no sabes contarlas.

—Sé contarlas cuando son mías, niña—Daga bufó y se puso en pie —. Si hubieras dicho eso fuera de Bégimo ya estarías muerta, pero de verdad. Yo sé contar historias.

—No podrías matarme de todas maneras— se burló Liz —. Mi padre te liquidaría.

—El problema de la señorita es que habla demasiado. Se queja mucho y pelea poco. Ponte en pie, que voy a matarte otra vez.

— ¡Pero si ya hice el punto!

—Yo no morí y tú sí. Bégimo no estará siempre para protegerte. Tú no estarás arriba del behemont toda tu vida. ¡En guardia!

****

Entre los pasillos metálicos, el sinfín de cables y los tubos, era difícil encontrar un pedazo de carne de la bestia. Liz sabía que debía haber al menos uno en alguna parte. Era imposible que solo se moviera por la pura voluntad de su corazón. Es más, el corazón debía estar en alguna parte.

Naturalmente Bégimo era del tamaño de una pequeña ciudad y recorrerlo de cabo a rabo requería una cantidad considerable de tiempo. Incluso, considerando lo limitado que tenía Liz su paseo bajo las reglas estrictas de Colin en su ausencia, debía haber alguna manera de pillar aunque sea un poco de carne palpitante.

Liz bajó y subió escaleras, abrió puertas, se acuclilló bajo los paneles de mando, abrió ventanas que más tarde se arrepintió de haber abierto y tras mucho recorrer, logró encontrar lo que estaba buscando;

— ¡Puertas del Fin!—exclamó. Un pequeño cuadrado de rugosa piel grisácea aparecía bajo un entramado de cables oxidados. A unos cincuenta centímetros del suelo el pequeño cuadrado parecía una pintura de mal gusto sobre un papel mural aún más horripilante.

Liz despejó como pudo los cables e introdujo una mano para tocar la piel. Estaba fría al tacto, era áspera pero de alguna manera despedía un leve hálito de vida natural.
Cerró los ojos y concentró su propia energía vital, como le había enseñado Mandrágora para expandir su consciencia hacia otro ser. Visualizó un pequeño haz de luz avanzando a través del entramado muscular, colándose en las células, inmiscuyéndose a través del canal de la vida.

Lizeth sintió que abandonaba su cuerpo para adentrarse en algo más grande, un tapiz complejo de enrevesado entramado. Al principio notó dicha al expandir su mente, pero pronto notó que la fuente de dónde provenía todo estaba mancillada por algo aún más grande que la voluntad que la mantenía en pie.

Miedo, horror.

Una voluntad de hierro navegando a oscuras por una noche eterna de sufrimiento. Un pozo inmenso de dolor reverberante que ocupaba todos y cada uno de los espacios disponibles de la existencia. Un grito mudo ante… algo. Supo que esa voluntad de hierro era Bégimo.
Liz vio innumerables mundos pasando ante sus ojos, todos manchados por la presencia de esa cosa, de esa otra voluntad mayor, indiscutible, absoluta. Lenta, pero inexorable. Su simple existencia era una orden, un mandato que moldeaba todo lo que puede y no puede ser moldeado.

Quiso llorar, desaparecer, dejar de contemplar el tétrico espectáculo de la vagancia en el vacío, pero no pudo. El grito mudo resonó en su alma a medida que la voluntad avanzaba, sin ceder un ápice ante nada.

El miedo, el horror. Estaba más cerca. Ella lo supo, Bégimo ya lo sabía.

— ¡Elizabeth!

La voz la arrancó de ese lugar, de ese tiempo.

Abrió los ojos y se alejó de la pared, arrastrándose por el pasillo. Su corazón latía en el pecho y la boca le sabía a flema, a vómito amargo. Un calor húmedo le empapaba las piernas, y el olor…

—Elizabeth, —repitió la voz, había decepción en su voz. —le dije que no era buena idea inmiscuirse en el pasado de los sirvientes de su padre.

Ypirétis estaba de pie a contraluz de los faroles que iluminaban el pasillo. Su sombra bailoteaba hacia Liz, quien al darse cuenta retrocedió un par de pasos, dejando una estela de humedad a su paso.

—He visto. —murmuró, con las lágrimas anegándole la garganta—. He visto.

Ypirétis se acercó un poco y se inclinó lentamente. Cada uno de sus movimientos era de una gracia infinita. Liz sintió deseos de abrazarla, lo que le hizo pensar en que su actual estado era tremendamente vulnerable.

—Sí, Elizabeth. Ha visto. Y probablemente la ha visto a usted.

— ¿Qué es? ¡¿Qué es?!

—Bégimo lidia con eso todos los días. Desde que decidió servir a Lord Abel Billinghurst, desde que se alejó de su primitiva vida animal y sirvió a la casa de vuestro tatarabuelo.

—…dime lo que es. Necesito…

—Es lo que Bégimo evita a toda costa. Por eso nos guía por los Interludios de manera segura: para saber dónde no está, primero debe saber dónde sí está. Y ahí radica el verdadero horror.

Liz sintió ganas de estallar en sollozos, pero el congelamiento de su corazón le impedía siquiera quitar la mirada de Ypirétis.

—Eso que vio ahí afuera es la Oscuridad Insondable, señorita Elizabeth. Procure alejarse lo más que pueda de ahí. No es algo que quiera conocer tan joven, no con su inexperiencia. Menos aun con sus caprichos infantiles.

La voz de la mujer rebotó en los recovecos de su cráneo. Era imposible dejar de oír el silencioso quejido que le hizo temblar el alma.

— ¿Cómo….cómo lo sabes?

La boca de Ypirétis mutó en una sonrisa, que por un instante, un breve instante que pareció una eternidad, le hizo a Liz recordar lo que había vivido ahí fuera.

—Yo nací ahí, Elizabeth. Por eso lo sé. Quizá ahora aprenda a no indagar más de lo necesario cuando uno de nosotros se lo advierta. Quizá debería simplemente aceptar que Bégimo es nuestro castillo y que nosotros somos sus moradores.

Liz cerró los ojos con fuerza, quiso olvidar todo lo que había vivido, alejarse lo más posible de esa sensación de absoluto, pero no pudo dejar de oír el grito mudo de la bestia.

No dejaría de oír el desgarrador grito del castillo hasta el último de los días de su vida.

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  Reto Abril 19: Fin de semana de pesca
Enviado por: Joker - 13/04/2019 04:27 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (28)

Frente a frente, los dos contendientes apretaban sus mandíbulas llenos de rabia. La tensión del ambiente, densa como el barro bajo la suela de sus botas, podía cortarse con un cuchillo.
Y Vicente, el armario empotrado de metro noventa y calva incipiente y mirada de loco homicida y agresividad por bandera temblaba y no era de miedo, sino de impaciencia ante la inminente lucha.
Alberto tenía por nombre su rival. Metro sesenta y cinco. Cuerpo musculado y definido. La camisa tirada ya por el suelo, técnica vieja de intimidar. El torso tatuado, recuerdos del ejército, y un semblante impasible. No temblaba. Sostenía fija la mirada, como un guerrero curtido en batallas. Ésta no era diferente.
El uno era un oso pardo.
El otro era un lobo.
Les rodeaba una veintena de personas. Dos muchachas por aquí lloraban, pedían que no lo hicieran, que acabaran antes de empezar. Dos borrachos más ebrios de violencia que de whisky les animaban y vilipendiaban su hombría por no haber comenzado ya la contienda.
Había un viejo también que sabía ya, como los viejos saben, que después de esa noche ninguno de los presentes sería el mismo al día siguiente.
El primero en perder la paciencia, no es difícil adivinarlo, fue el enorme oso. Abalanzose con fiereza sobre su adversario con grito de furia, giró el torso y arremetió con uno de sus enormes puños, que no parecían puños sino zarpas.
Mas el lobo se apartó en una finta, sacó provecho de la inercia de Vicente y, agarrando su cintura, lo tiró al suelo. Dada su experiencia no le costó más que si se hubiera tratado de un almohadón de plumas.
Visto y no visto. La primera sangre fue a favor del militar, pues cuando el gigante, que sin pasar de los dos metros ya parecía mucho más grande gracias a su envergadura, despegó su cara del suelo, dejaba escapar un hilillo cálido y carmesí de su nariz.
El golpe no fue nada para tal bestia que ya había recibido porrazos mayores incluso de niño. Pesaban más la rabia y la vergüenza de haber sido el primero en caer.
Agarró un puñado de barro entre las manos que lanzó sin pensarlo dos veces, rastrero, a los ojos del impasible rival.
Alberto, cegado y desconcertado, no vio venir los dos mazazos que españolamente le vistieron de torero. Consiguió limpiarse los ojos y recuperar la vista, aunque doble, para poder evitar un tercer golpe que ipso facto le hubiera dejado fuera de combate.
La sucia jugada le hizo al lobo replantearse el combate. Atrás quedó el honor de una batalla limpia. Si valía cegar al oponente, valían las patadas en la entrepierna, las luxaciones y las estrangulaciones.
Después de todo, si alguno de los dos brutos había pensado que con un par de puñetazos podía solucionarse todo, esa idea estaba descartada ya.
Vicente había conseguido ya la ventaja que quería. Por muy diestro en la lucha que fuera su rival, la diferencia de fuerza en ambos era más que notable. Y lo sabía porque su oponente ya no estaba en calma. No sangraba, no. Eso no lo había conseguido; pero notaba cómo le costaba mantener la templanza.
Se acercó despacio, no quería cometer el mismo error que antes. Esta vez los puños serían rápidos. Lanzar y recoger. Que no le diera tiempo a ese lobo mareado a jugársela como antes.
Pero las piernas de un hombre pequeño aún son más largas que los brazos de un gigante, y una patada rápida como un rayo se llevó tres costillas de Vicente en el acto. Por suerte, esos huesos no se saben rotos hasta pasado un tiempo, cuando regresa la calma.
Ambos cesaron sus movimientos. La pelea ni mucho menos había terminado, pero debían evaluar sus heridas y las del contrario. Replantear el combate era primordial.
Alberto, el lobo curtido en batallas debía castigar las piernas del oso pardo. Si machacaba sus rodillas, sus meniscos, el oso, caído en el suelo, no tendría opción de seguir peleando.
La estrategia de Vicente consistía en soportar los golpes con más aguante que una mula y acercarse lentamente al pequeño para estrangularlo con sus brazos, hechos de cemento.
No, ninguno pensó ni por un instante en rendirse.
Nadie apoyaba ya la pelea. A las chicas no les quedaban lágrimas. A los borrachos no les quedaba sed de sangre, estaban ahogados. Y el viejo se había marchado. Estaba mayor para soportar lo que venía ahora.
El gigante volvió a ponerse en camino. Su costado chillaba, nada serio, pensó. El pequeño le atizó otras dos patadas antes que cayera de rodillas. De rodillas frente a él. A escasos centímetros. Su pierna izquierda estaba destrozada. No podía ponerse en pie, pero ya daba igual. Lo tenía donde quería. Y los movimientos rápidos y continuos del lobo le habían hecho fatigarse. Se miraron conscientes una última vez.
Vicente agarró a Alberto, le retorció la muñeca como si fuera un estropajo de cocina y lo tumbó en el suelo. Encima de él, el oso pardo dio puñetazos furiosos a un lobo que yacía indefenso en el primer guantazo e inconsciente después del cuarto. Pero no se detuvo.
Sus manos ya vestían sangre de ambos cuerpos y no paró ni cuando notó como le agarraban por detrás para separarlo ni cuando los gritos de terror superaban al ruido de las sirenas. Sólo se detuvo cuando su vista se cegó fruto del porrazo de algún agente.
Perdió el sentido dos minutos. Cuando abrió los ojos, vio a través de la ventana del coche patrulla a dos muchachas tumbadas intentando reanimar a un cuerpo que dudosamente seguía vivo.
Fue entonces, cuando la adrenalina hubo desaparecido, que recordó que hacía tan solo dos horas eran dos amigos bebiendo cerveza en un bar y planeando ir de pesca ese fin de semana.

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  Reto Abril 19: El Cuerpo del Engaño
Enviado por: Joker - 11/04/2019 05:54 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (22)

El Cuerpo del Engaño




Era de noche y el monstruo se movía por la ciudad de sombra en sombra, con el lomo encorvado y la cabeza gacha, cuidando que sus pezuñas no rasparan la piedra de la calle. El monstruo sabía dónde ir, y lo había hecho antes, pero eso no lo hacía más sencillo; sentía tanto miedo a ser descubierto por las patrullas como la primera vez.
Se detuvo cuando avistó el muro. Medía sus buenas siete varas, una enormidad para la barrera de un cementerio, pero seguro los constructores desearon haberlo hecho todavía más alto. Y debieron hacerlo. La piedra que lo conformaba era lisa y resbaladiza como pocas, la pesadilla de todo escalador. Al monstruo, sin embargo, el muro era lo que menos le preocupaba. Los Tumularios, esos entes que la Guardia había despertado para vigilar las tumbas, ellos eran otro cantar.  
El monstruo esperó hasta que la calle estuvo desierta, luego tomó velocidad en una corrida, dio un salto sobre un carro destartalado y se impulsó más alto, hasta que con sus manos logró asirse al balcón de un edificio. Se subió a este, se paró en la barandilla y desde allí saltó hacia la viga que sobresalía del edificio contiguo, la capilla, donde colgaba el cuerpo de un hombre. Enseguida se paró sobre esa viga, y, haciendo equilibrio, se trepó al tejado. Lejos de conformarse, no dejó de escalar hasta haber llegado a lo alto del campanario.
Desde allí ojeó el cementerio, a unos setenta metros adelante. Entonces se paró en el antepecho, esperó una buena brisa y abriendo los brazos se lanzó al vacío.
Casi de inmediato las membranas planeadoras a los lados del cuerpo se extendieron como alas, y el monstruo guio su vuelo valiéndose de su cola, que era peluda y ancha en el extremo. Pareció deslizarse en el aire, manejando de manera instintiva los pequeños músculos en esos pliegues de piel para modificar sus rasgos aerodinámicos. Una vez pasó por encima del muro del cementerio, colocó su cuerpo en posición vertical y aterrizó con suavidad sobre una tumba.
Comenzó a moverse entre las lápidas, con las orejas paradas y sus grandes ojos bien abiertos. De pronto oyó el sonido de unas cadenas y se escabulló a la sombra de un mausoleo. Allí se quedó muy quieto, haciendo fuerza para callar a su maldito corazón, que parecía estar de fiesta. Tras un momento, el monstruo asomó la mitad del rostro por la esquina y de inmediato volvió a esconderse; ese instante le bastó para ver las cicatrices en el torso del Tumulario, y la espada de hoja azul y el farol de luz verdosa que sostenía.
Lo oyó olisquear y la luz se aproximó a él. El monstruo se movió en silencio hasta girar en la otra esquina del mausoleo y allí esperó; si corría el Tumulario lo oiría y su alarma atraería a los demás. El Tumulario llegó hasta donde él se había ocultado, olisqueó el aire con más fuerza, soltó un ligero siseo. La luz se acercó, se acercó y se acercó, hasta que de pronto se oyó un gran chillido a la distancia y el Tumulario pasó a su lado a toda velocidad.
El monstruo dio gracias a los saqueadores de tumbas por ser tan poco cuidadosos.
Pudo llegar al túmulo sin más problemas, donde se lanzó al hoyo que había cavado noche tras noche. Esa, esperaba, era la última. Se puso al trabajo, removiendo la tierra con sus zarpas, alzando la cabeza cada tanto. Y así pasó largas horas, hasta que por fin desenterró lo que buscaba. La sujetó entre los dientes y volvió a perderse en la oscuridad. Era hora de regresar a casa.

El mago Radamaz escuchó cómo arañaban la puerta de su solitaria torre. No fue casualidad que estuviera en la planta baja; él esperaba que tal cosa sucediera. Cerró el libro en el que escribía unas palabras abigarradas, lo escondió en su lugar secreto y fue hasta la puerta.
Abrió sin temor alguno, al otro lado del umbral la criatura a la que esperaba dejó caer una forma redonda que apretaba con las mandíbulas. Los ojos de Radamaz se abrieron como platos al mirar la cabeza cercenada, cuya mitad izquierda estaba arrugada por las quemaduras.
—¡Lo conseguiste, muchacho! —exclamó, y como recompensa rascó bajo el hocico al monstruo. Luego miró por encima de él—. ¿Alguien te siguió?
El monstruo negó con la cabeza, hizo algunos gestos con las manos.
—Bien, muy bien. —El mago miró a la cabeza, se dio cuenta de que no traía guantes para sostenerla—. Tráela, tenemos que llevarla hasta lo alto.
Mientras subían los escalones, alumbrados por la luz que flotaba sobre sus cabezas, Radamaz iba repitiéndose en voz baja lo que tenía por hacer. El monstruo iba detrás, en silencio.
Llegaron hasta la sala superior de la torre tras haber dejado atrás los mil escalones. Allí arriba había una puertecita que el mago abrió tras haber puesto una llave distinta en cada una de las cinco cerraduras. La cámara a la que accedieron era redonda y ocupaba toda la circunferencia de la torre. Había en ella gran cantidad de polvo acumulado, y sólo entraba una débil luz a través de una tronera, un minúsculo haz pálido que iba a parar sobre un libro de cuero negro que descansaba sobre un atril.
—Déjala allí por ahora —dijo Radamaz, señalando una mesa en la que se apreciaban las formas extrañas de instrumentos de cristal y barro.
El monstruo obedeció, luego se hizo a un lado y se echó junto al alambique, dejando toda la porción central libre.
Allí, sobre las piedras del suelo, el mago tenía ya casi todo listo para el ritual. Ya había dibujado el pentagrama en el interior de un círculo de sal, y acomodado velas de mecha doble en cada vórtice, y en el interior de cada triángulo a había puesto una serie de objetos siguiendo las directrices del grimorio. Tan solo faltaba poner en el lugar indicado la cabeza desenterrada. Cogiéndola por las sienes, Radamaz hizo esto mismo.
Una vez todo estuvo en su lugar el mago revisó el libro, asintió en silencio, cogió una tiza y escribió una serie de runas alrededor del círculo. Cuando acabó, se paró junto al atril y dijo al monstruo:
—No sueltes gruñido alguno, pues hasta eso puede desbaratar el conjuro. Solo observa, y por ninguna razón te atrevas a tocarme.
Dicho esto, el mago recitó con voz poderosa las palabras prohibidas escritas en el grimorio. Cuando hubo acabado de pronunciar el primer conjuro, un frío invernal entró por la única ventana y se adueñó del aire de aquella cámara, tanto así que al recitar el segundo las palabras salieron de la boca de Radamaz acompañadas de vaho. A medida que continuó leyendo los ojos del mago fueron tornándose azules, y la respiración se le aceleró como si estuviera realizando un gran esfuerzo. Al deslizar la hoja del libro con una mano helada la torre comenzó a temblar sobre sus cimientos, y Radamaz se esforzó por mantenerse firme apoyando ambas manos en el atril. Siguió recitando, con una gran voluntad, y al concluir el tercer conjuro la piedra dejó de moverse y la cámara se llenó de un silencio sepulcral. En ese momento se apartó del atril, y sin dejar de murmurar se arrodilló delante del círculo de sal. Las llamas de las velas se volvieron rojas, se quemaron deprisa, y la cera líquida se arrastró por la piedra como pequeños ríos hasta unirse toda en el centro del pentagrama, bajo la cabeza cercenada. Entonces Radamaz alzó la mirada y pronunció las palabras CUOR FOLPOVIR ALCHARLUNIA, y la cabeza comenzó a agitarse. El mago vaciló, volvió a pronunciar con voz terrible la palabra ALCHARLUNIA.
Entonces, rápida y siniestra, la cabeza abrió su único ojo y alargó los labios en una sonrisa malévola.
Radamaz preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
La cabeza se esforzó para responder, mas su lengua llevaba tanto tiempo quieta que no logró articular palabra.
—Oh—exclamó el mago.
Entonces la sujetó, la apoyó en el pedestal que había preparado para la ocasión y le abrió la boca y le dio agua. La cabeza hizo gárgaros y escupió lodo. Repitieron este procedimiento hasta que escupió solo agua.
—Entonces, ¿recuerdas quién eres? —insistió Radamaz.
—Lo recuerdo. Mi nombre es mío, de nadie más. —La cabeza sonrió—. Aunque solían llamarme el Dominador.
Radamaz soltó una carcajada. ¡Lo había hecho bien! ¡Lo había hecho a la perfección! Dejó de reír cuando reparó en que debía mostrarse poderoso frente a la cabeza renacida. Entonces alzó la voz y dijo:
—Yo soy Radamaz, y por las runas escritas por mi mano y los conjuros recitados con mi voz, tú eres mi esclavo. ¡Rebájate a servirme, Regil Boor Gaarradam, pues he pronunciado tu nombre verdadero! De lo contrario te grabaré el nombre en la frente y te devolveré a la tierra, y tu espíritu quedará a merced de los Tumularios, para que sea confinado a la oscuridad de la muerte eterna.
La cabeza permaneció imperturbable un momento, luego comenzó a reír y a reír cada vez más alto, hasta que su carcajada reverberó en las paredes.
Radamaz frunció el ceño, se rascó la cabeza preguntándose qué había hecho mal.
—Ay, ay —exclamó la cabeza—, he sido despertado por un mequetrefe de poca monta. ¿Yo tu esclavo? ¿Yo rebajarme a servirte? Mucho más antiguo que ese es mi nombre, y nadie si no yo lo ha sabido nunca.
Rabioso por la burla de la cabeza, el mago alargó las manos, la sujetó y la llevó hasta la tronera para sostenerla sobre el vacío.
—Puede que el dolor de la caída no te parezca demasiado la primera vez —dijo Radamaz—, pero tengo la paciencia para hacerlo mil veces. Y si eso no basta, te echaré al fuego hasta que ambos lados de tu cara sean simétricos. Seré un mequetrefe de poca monta, pero yo con mi lengua tengo suficiente para soltar mis hechizos, mientras que tú necesitas de las manos que no tienes. ¿Entiendes ahora quién lleva las de ganar aquí?
El Dominador se tragó su orgullo y soltó un escueto ‹‹sí››.
Radamaz volvió a dejar la cabeza en el pedestal soltando un suspiro. ¿De verdad le había hablado así al hechicero que dominó el Imperio durante medio siglo? Sintió un escalofrío cuando reparó en ello. Pero era tarde para echarse para atrás. Tenía que acudir al plan B.
—Bien —dijo—. Es hora de que escuches mi propuesta y lleguemos a un acuerdo.

Se alejaron de la civilización caminando día tras día, hasta que dejaron atrás todo árbol, todo verdor, y se internaron en el desierto del este.
El monstro llevaba siempre la delantera, olisqueando el aire, examinando el camino, atento a cualquier indicio de peligro. Radamaz caminaba más atrás, llevando al camello por las riendas, pues este iba cargado hasta arriba con provisiones y mudas de ropa. Amarrada al cinturón de la chilaba llevaba la cabeza del Dominador. Rara vez hablaban.
Al vigésimo día de marcha por el desierto se detuvieron como las veces anteriores, cuando el sol llegó a su cénit. Esta vez habían tenido algo suerte, pues hallaron un arbusto mediano y espinoso que arrojaba una pequeña sombra sobre la arena.
—Nos turnaremos —dijo Radamaz y se echó allí y pronto cayó dormido.
Al monstruo no le gustó un ápice tener que quedarse otra vez junto a la cabeza. En esos lapsos de tiempo en que el mago dormía era cuando el Dominador sacaba a la luz sus cartas.
—Sí que este es un viaje agotador —dijo la cabeza—. Y si lo es para mí, que no tengo piernas, me compadezco de ti que tienes cuatro.
El monstruo no contestó, nunca hablaba; con el mago se hacía entender mediante los gestos que le había enseñado. Pero el Dominador tenía un as bajo la manga, y es que a pesar de que no tenía manos para sus hechizos más poderosos, aún podía hacer uso del arma que solo él conocía: si se concentraba podía ver los recuerdos de los demás. No, no los de cualquiera. Los magos y los locos no servían, sus barreras mentales eran muy poderosas. Y aunque con la criatura lo creyó difícil también, se llevó una sorpresa: tenía el cerebro de un hombre.
Durante todo el viaje el Dominador había hurgado en los recuerdos de la criatura, y poco a poco los había ido arrastrando hacia la luz para confundirla. Le mostró una infancia junto con su madre, luego el momento en que una joven mujer aparecía en su vida, y después el día que sostuvo entre sus brazos a un bebé. Todos estos recuerdos hacían mella en la criatura, él lo veía.
—¿Siempre has sido así de feo? —preguntó, mordaz—. Bueno, es que los Dioses han desbordado su imaginación con nosotros, los humanos, y a las otras criaturas las ha hecho con apuros. Dime, ¿no te hubiese gustado ser un hombre?
Dejó esa pregunta flotando en el aire seco del desierto y cerró el ojo.
El turno de la siesta cambió, fue el monstruo quien se tendió ahora en la escasa sombra del arbusto. El mago se cubrió la cabeza con un turbante y bebió algo de agua. Luego cogió la cabeza y le dio unas suaves bofetadas hasta que esta despertó.
—¿Qué tan cerca estamos de la Tumba de Zal Rasha? —preguntó, preocupado—. El agua se acaba.
—Hay un oasis frente a la tumba —contestó el Dominador.
—¿Y cuánto…?
—Nuestra marcha es lenta. Demasiado.



Continuaron, continuaron y continuaron. Siete días más anduvieron sin ver nada más que arena, acostumbrándose a andar con la vista puesta en sus sombras para asegurarse de que no se les escapaban. Radamaz ya no malgastaba fuerzas en el habla, y de ser necesario dudaba que pudiera hacerlo, pues la lengua se le había convertido en una masa pastosa que se pegaba al paladar.
Nada presagiaba que ese día les cambiaría la suerte, pero entre la borrosidad que flotaba sobre la arena al monstruo le pareció distinguir un color que creía olvidado. Sin decir nada se lanzó en corrida, remontando una duna. Cuando la coronó hizo sombra para sus ojos y distinguió la claridad de un lago rodeado por palmeras.
Entonces volvió donde su amo, le dijo con señas lo que había visto y echó a correr hacia allí. Radamaz se montó en el camello, al que habían ido despojando de la carga, y fue detrás cuán rápido pudo. Llegó al atardecer y se dejó caer de la silla sobre las aguas del oasis, que estaba tibia. Y allí retozó y chapoteó hasta bien entrada la noche.
Por primera vez en mucho tiempo el viejo mago durmió a pierna suelta.
A la mañana siguiente el monstruo lo despertó con un zarandeo. Juntos, con la cabeza del Dominador bamboleándose en la cintura del mago, caminaron treinta pasos hasta llegar a un desfiladero. Desde allí el monstruo señaló unas construcciones de terracota, en el valle, a unos doscientos metros por debajo. Eran cinco las construcciones, una igual a la otra, y estaban asentadas sobre la cara de otro acantilado, asomándose entre las piedras rojizas. Una de ellas era la Tumba de Zal Rasha.
Radamaz desató la cabeza y la alzó para que pudiera mirar con mayor facilidad.
—¿Cuál de esas es la entrada correcta? —preguntó.
—A esta distancia no podría decírtelo.
—¿Por qué no? Deberías saber su posición respecto a las otras.
—Esas tumbas son mágicas —dijo el Dominador—, y cambian de lugar cada tantos años. Lo sabré cuando vea el símbolo sobre la puerta. Antes de descender, sabes que ha de hacerse con el camello.
Radamaz lo sabía. Y lo hizo.

Demoraron todo un día en descender, pues además de ser anciano el mago le temía a las alturas. Pero a fin de cuentas pudieron pasar la noche en el valle, y allí el viento nocturno resultó más amable.
Al día siguiente despertaron temprano y caminaron hasta las entradas de terracota. Pasaron delante de las dos primeras y la cabeza estuvo segura de que no eran esos el símbolo que buscaban. Pasó la tercera y el Dominador pidió detenerse, y largo rato miró el símbolo grabado sobre las enormes puertas; la arenilla y el viento habían borrado una parte del símbolo. Siguieron su camino hasta la siguiente tumba, luego hasta la última. El símbolo de esta era muy similar al de la tercera, encontrándose en condición similar, tanto que a esa distancia el mago no vio diferencias.
—¿Y bien?
El Dominador pidió acercarse más.
Radamaz se volvió hacia el monstruo:
—¿Crees que puedes trepar hasta allí?
El monstruo echó un vistazo, luego asintió. Entonces cerró sus dientes en los cabellos del Dominador y se dispuso a trepar por la pared. No le costó mucho llegar hasta arriba. Allí se sostuvo de una sola mano mientras que con la otra limpiaba el símbolo. El Dominador chasqueó la lengua.
—No es esta —dijo.
Así pues, regresaron hasta la tercera entrada y sin más preámbulos empujaron las pesadas puertas y entraron.
Radamaz se apresuró a invocar una luz compañera. Con ella flotando sobre sus cabezas recorrieron de principio a fin un largo corredor cubierto de arena que desembocó en una sala espaciosa. Había allí dos aberturas por las cuales seguir avanzando, izquierda y derecha; la decisión cayó sobre el Dominador.
—Espero que el camino interior no haya cambiado —dijo—. Es por la izquierda.
A partir de allí recorrieron un sinnúmero de pasillos, habitaciones, arcadas y muchas escaleras que bajaban y bajaban. Más de una vez la cabeza dudó acerca del camino que tenían que tomar, y al dar su decisión siempre repetía ‹‹espero que el camino no haya cambiado››. Muchas jornadas de caminata pasaron allí dentro, días y días, y el mago tuvo el temor de estar penetrando demasiado profundo en las entrañas de la tierra, donde se creía vivían los dioses; Ellos eran famosos por su irritabilidad.
Cada vez más continuos fueron los descansos, y el agua volvió a escasear; la comida no tanto: había insectos y ratas a montones.
Durante esos descansos el Dominador seguía con su juego de los recuerdos y las sugestiones, hasta que una vez fue más conciso y dijo al monstruo:
—Nos acercamos. Lamentablemente para ti. ¿Sabes cuál será tu labor en este viaje? ¿No lo imaginas? Claro que sí. Has visto que el que dice ser tu amo fue quien te despojó tu antigua vida, quien te convirtió en… esto. —En los recuerdos de la criatura el Dominador había hallado el día de su muerte, cuando fue atacado por la espalda. El rostro que vio antes de morir se parecía mucho al del mago—. Déjame decirlo: tu labor es la de servir como sacrificio. Se necesita sangre para que yo pueda recibir mi cuerpo, pero también una vida que se extinga. ¿Y crees que me traicionará a mí, que podría aplastarlo ahora mismo como a un insecto, o a ti, que obedeces sus órdenes sin rechistar? Deberías temer, mi amigo. Tenlo en cuanta cuando lleguemos a la cámara final.
Y al siguiente descanso continuó:
—Lo has pensado, ¿cierto? Claro que sí. A pesar de tu fealdad tienes el cerebro de alguien inteligente. El cerebro de un hombre. Te asaltan los recuerdos, ¿verdad? Ves tu vieja vida, tu felicidad perdida, que no hace sino magnificar lo desgraciado que te debes sentir al despertar y ver esas pezuñas, cada vez que te rascas y sientes esas greñas duras, cada vez que orinas y debes levantar una pata como un maldito perro. Sí, haces bien en no confiar en el mago. Yo tampoco lo haría. Me caes bien, Rofus. Sí, ese era tu nombre, lo he oído en tu pensamiento. Como también he oído lo que piensa tu amo, y ay, me apena que eso tiene pensado para ti.
Por primera vez desde que le hablara el monstruo contestó con gestos, y el Dominador, que había aprendido a leerlos, supo qué decía:
—¿Tu eres mi amigo?
—El único que tienes aquí dentro —respondió la cabeza—. Y por ello te ofrezco mi ayuda.
El monstruo se mostró reacio, luego dijo:
—No mataré a mi amo.
—Jamás te pediría tal cosa —dijo el Dominador—. Escucha. Soy capaz de usar el artefacto sin la necesidad de un sacrificio, pero el mago no confía en mí, y no dejará que lo haga a mi manera. No te pido que le mates, sino que le duermas como duerme ahora.

Tras dos jornadas más de caminata llegaron a la última sala. Era ésta más grande que las demás. Las paredes eran de una piedra negruzca y basta, repleta de nichos donde descansaban sarcófagos, urnas funerarias y cofres abiertos y vacíos. Había también grandes mesas que sostenían un millar de frascos, vasijas, retortas, balanzas, relojes de arena, crisoles, y un alambique de cinco cuellos suspendido sobre un baño de María.
Toda su atención, sin embargo, la atrajo el artefacto. Constaba de un gran recipiente de piedra, de unos cuatro metros de diámetro y unos tres de altura. Este recipiente tenía tallado un mapa de runas que lo cubría por completo. A los lados del gran tazón había dos escaleras, también de piedra, que llegaban por encima del borde. Sobre el tazón y del techo colgaba un gancho de tres garras de metal.
—Helo aquí —dijo el Dominador, mirando de soslayo con su único ojo.
Radamaz avanzó, echó un vistazo al grimorio de anillas de hierro que había sobre un pedestal. De pronto dijo:
—No estoy aquí por esto.
Y recorrió la sala hasta que halló un vano sin puerta.  
Ahí, en una habitación pequeña y cuadrada, estaban los libros, pergaminos y grimorios que anhelaba leer. Cogió uno, otro, y otro, mientras soltaba exclamaciones de asombro, risas de alegría y otras más siniestras. Y ahí pensó quedarse, sin prestar más atención al artefacto.
—Hicimos un trato —le recordó el Dominador—. Te he traído hasta aquí, cruzando medio desierto y esquivando las trampas de esta tumba, ahora debes cumplir tu palabra.
—La cumpliré cuando esté saciado —respondió Radamaz, absorto en las lecturas e ilustraciones.
Pasó horas allí dentro, ora sentado en el suelo, ora recorriendo los estantes buscando su siguiente lectura. Y así llegó el punto en que sus ojos no fueron capaces de distinguir una letra de la otra, y sin darse cuenta cayó dormido.
El Dominador abrió su ojo y lo clavó en los del monstruo, que estaba recostado sobre su lomo.
—Acércate —dijo—. En silencio, ven y coge el libro que tu amo sostiene entre las manos. Verás que no mentía.
Picado en la curiosidad el monstruo se irguió, y pisando con cuidado hizo caso a lo que la cabeza decía. Cogió el libro y se lo llevó de nuevo a su rincón. No sabía leer, pero era un libro con ilustraciones muy claras y concisas; un temblor le recorrió el cuerpo de punta a punta.
—¿Lo ves? —dijo el Dominador—. No pueden quedarte dudas. Pero ten paciencia. Tu amo aún tiene un papel que cumplir antes de llegar al final del ritual, a tu final.
Al despertarse, Radamaz escuchó las exigencias del Dominador y pasó todo el día moliendo hierbas y toda clase de sustancias con la maja y el mortero, y destilando en el monstruoso alambique las pociones mencionadas en el gran grimorio. Luego fue sacando del bolso las vasijas con la sangre del camello, y una a una fue vertiéndolas a través del recipiente asentado en lo alto de una de las escaleras, el cual tenía un cuello de vidrio que iba a parar al tazón de las runas. Así, este fue llenándose casi hasta el tope. A continuación Radamaz encendió con magia el fuego bajo el tazón, de manera que la sangre dentro fue calentándose lentamente, y mientras tanto vertió también las pócimas destiladas.
—Le llevará largo tiempo alcanzar la temperatura adecuada —dijo, y como si esto le diese la excusa que buscaba, regresó a la biblioteca.
De nuevo con el correr de las horas el mago se rindió al sueño.
El monstruo apareció enseguida.
—Desátame —dijo el Dominador—. Bien. Ahora átalo a él. No le harás daño, solo nos aseguramos de que no interrumpa. Hazlo, he dicho. —El monstruo, asustado por el cambio de la voz en el que se decía su amigo, obedeció enseguida—. Perfecto. Coge la gema de alma que guarda en su bolsillo. Bien. Ahora sí, llévame al pedestal.
El monstruo sujetó la cabeza como las veces anteriores y regresó a la sala, y allí se dirigió hacia el pedestal.
—Debes girar esas manivelas —dijo el Dominador—. Has visto manejarlas a tu amo.
El monstruo lo había hecho, y memorizado cada cosa. Hizo girar la manivela correcta para que el gancho se moviera paralelo al techo, del tazón al pedestal. Entonces bajó la palanca y el gancho descendió con las tres garras abiertas, y cuando hubo llegado abajo estas se cerraron y se clavaron en la carne de la cabeza.
El Dominador soltó un gruñido y dijo:
—¿Tienes la gema de alma? —El monstruo se la enseñó. Radamaz se había asegurado de encerrar en ella un alma muy poderosa, necesaria para dar potencia al mecanismo—. Ve, échala al caldero desde esas escaleras, no es necesario ningún conjuro. —La sangre comenzó a borbotear en cuanto la piedra de alma se sumergió en ella—. ¡Perfecto! Ahora, haz que esta maldita cosa me lleve hasta el tazón.
El monstruo volvió a subir la palanca, el gancho se elevó cargando la cabeza cercenada. Entonces giró la manivela en la otra dirección hasta que el Dominador quedó por encima del tazón.
En ese momento Radamaz apareció dando pequeños saltos, todavía atado, con los ojos desencajados.
—¡Baja la palanca! —chilló la cabeza.
La mordaza ahogó el grito del mago. El monstruo asió la palanca hacia abajo con un tirón.
El Dominador echó a reír mientras descendía.
—¡Vas a ver quién lleva las de ganar ahora! —exclamó, y antes de sumergirse, cerró su único ojo.
La sangre empezó a agitarse como un mar embravecido, golpeando los bordes del tazón, derramándose sobre el fuego mágico que ardía debajo. Luego se oyeron unos chirridos, como el arrastrar de una espada sobre piedra, y de pronto se formó una gran burbuja que fue creciendo y creciendo hasta que estalló, salpicando todo alrededor.
Entonces las garras de metal emergieron de la sangre y enseguida vieron aparecer los cabellos del Dominador, y de inmediato su frente, sus ojos, su nariz, todo quemado y derretido, y después emergió su boca y oyeron su terrible bramido de dolor. El monstruo se arrojó al suelo, cubriéndose las orejas, Radamaz se mantuvo expectante, con el corazón en la mano, esperando ver qué aparecería bajo la boca abierta. Entonces emergió el mentón, luego el cuello, y luego… nada más.
—¡Mi cuerpo! —chilló el Dominador, esforzándose por mirar abajo—. ¡¿Dónde está mi cuerpo?! ¡Sigo siendo una maldita cabeza cercenada! —Desde lo alto miró al mago—. ¡Tú, tú eres el culpable! ¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué has hecho?!
Radamaz escupió la mordaza con total facilidad, susurró un conjuro, sus ataduras se deshicieron en polvo.
—Tú lo has hecho —respondió, serio—. Tú le ordenaste a esta pobre criatura que arrojara al tazón esa gema de alma, que tenía dentro el alma de un devorador. Tú te entregaste a él por propia voluntad. ¿Sabes lo que eso significa?
—¡Imposible! —exclamó el Dominador—. ¡Mientes! El devorador solo se alimentaría de aquel del que conoce su nombre verdadero. ¡Tú no lo conoces!
Radamaz sonrió.
—¿No lo conozco, Emgryl Valiz Turediul?
El Dominador soltó un grito espantoso, insultó, escupió y juró vengarse, pero nada de ello preocupó al mago. Radamaz se acercó al monstruo, que acurrucado en un rincón se ocultaba de la vista de la cabeza. Le ató las manos con un simple encantamiento y arrastrándolo por una pierna lo llevó hasta la escalera. El monstruo se retorcía y chillaba, pero su amo no prestó atención. Lo subió hasta el último escalón y allí, empujándolo con el pie, lo lanzó por el borde.
El monstruo se hundió como tragado por la sangre, el tazón comenzó a agitarse sobre el fuego. El mago, arrodillado sobre el borde, miraba la superficie roja con desesperación, con los ojos desorbitados y las manos blancas por la fuerza con la que se sostenía, no por miedo de caer, sino por miedo de querer soltarse.
De pronto, tras un minuto entero de chirridos, crujidos y siseos, dos manos emergieron de la sangre, se agarraron del borde del tazón y lo usaron como apoyo para sacar el resto del cuerpo y lanzarse hacia abajo. Era el cuerpo vigoroso y marcado de un hombre joven.
Radamaz descendió los escalones a toda prisa, corrió hasta el cuerpo, del que manaba un vapor caliente, y se arrojó de rodillas junto a él. Sin importarle la quemadura, le apoyó una mano en el hombro y lo empujó hasta lograr que quedara tendido boca arriba. Al ver que no reaccionaba le alzó la cabeza y le dio unas suaves bofetadas que lograron que dos ojos celestes, idénticos a los suyos, se abrieran poco a poco. Luego el hombre surgido de la sangre abrió la boca y dijo:
—Padre. Te recuerdo ahora. Perdóname, él… me hizo creer que fuiste tú quien me arrebató la vida, que tú me ibas a…
Y el mago lo abrazó, con los ojos llorosos.
—Lo sé, hijo, lo sé. No es tu culpa, fui yo quien te usó, quien te expuso a sus artimañas. Tú debes perdonarme, por eso, y por…ese cuerpo horrendo al que te confiné tanto tiempo por mi inexperiencia, por mi falta de habilidad. ¿Me perdonas, hijo mío?
—Mi familia… —dijo el hombre desnudo—. Mi esposa, mi hijo, ¿viven aún?
El mago lo miró a los ojos y dijo:
—Vivirán, hijo, si tienes paciencia. Vivirán.

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  Geralt de Rivia y Ciri
Enviado por: Sashka - 11/04/2019 04:02 AM - Foro: Colecciones, Sagas, etc. - Respuestas (11)

He abierto este hilo a ver qué opináis los demás. El tema surgió entre Daghdha y yo, y creo que es, con respecto a la saga, interesante. A saber, hay ciertas cosas entre la relación de Ciri y Geralt que me parece que en un principio apuntaba hacia una dirección completamente distinta de lo que al final hizo Sapkowski, creo que apuntaba a que ambos fueran pareja. Cierto que el brujo la ve como a una hija, pero esto hubiera podido cambiar. Sin embargo, Ciri tiene cosas que me extrañan. ¿Mis razones? A continuación:

1. Ciri nunca ha llamado papá a Geralt, así como llama mamá a Yennefer.
2. ¿Qué significa que Ciri es el destino de Geralt? Si en definitiva acaban separados. Entiendo que ser el destino de alguien es otra cosa, la verdad.
3. Ciri siempre se siente celosa de las mujeres que muestran interés especial por Geralt (Triss, Frigilla), con excepción de Yennefer y porque no les ve en actitud cariñosa.
4. Ciri no duda en desobedecer a Yennefer por ir a ver a Geralt antes de ingresar supuestamente en la escuela de hechicería.
5. ¿A qué se refiere Tres Grajos cuando les dice a Geralt y a Yennefer "Estáis hechos el uno para el otro, tú y el brujo. Pero no saldrá nada de todo ello. Nada. Lo siento."? ¿Que no tendrán hijos o que su relación no prosperará?
6. La forma en que recrimina a Yennefer sus lágrimas por Geralt y la inutilidad de su magia en La Dama del Lago. Me pareció algo muy cruel en esa circunstancia, a no ser que, ante la inminente muerte del brujo y su desesperación, no pudiera evitar dejar salir a quién de los dos prefería.

¿Qué opináis?

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  Terraplanistas demuestran que la Tierra es redonda
Enviado por: Duncan Idaho - 11/04/2019 02:08 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (4)

Se llama Behind the Curve, documental que emite Netflix sobre la “búsqueda” incansable de los terraplanistas por demostrar que la tierra es plana. Los dos minutos finales definen perfectamente el surrealismo de la función. Un experimento con una linterna debía darles la razón.

La ciencia está teniendo problemas para combatir lo que hacemos”, dice el youtuber y tierraplanista Mark Sargent al principio de Behind the Curve, citando el hecho de que puede ver los rascacielos de Seattle desde la casa de su madre en Whidbey Island, cuando “deberían estar escondidos detrás de la curvatura de la Tierra”.


Sargent es uno de los iluminados del movimiento, probablemente de los más activos. “La razón por la que estamos ganando contra la ciencia es porque ellos nos lanza las matemáticas como única fuente”, dice el youtuber en otro momento. Sargent y otros defensores de una Tierra Plana creen que nuestro planeta está cubierto por una gigantesca cúpula, con el sol y la luna girando en círculos sobre nuestras cabezas.

La Antártida no es un continente unificado, sino un gigantesco muro de hielo, como dice Juego de Tronos”, explica Sargent, “que rodea los continentes de la Tierra”. En el documental también se dejan ver teorías que hablan del continuo descubrimiento continentes adicionales, “más allá del muro”.


Sea como fuere, Behind the Curve se adentra en esa mentalidad que propaga proposiciones dogmáticas y no científicas como la Tierra Plana, incluido lo que sucede cuando sus conclusiones preconcebidas son cuestionadas por su propia evidencia experimental.

Por ejemplo, uno de los momentos más destacables se produce cuando Bob Knodel, uno de los anfitriones de un canal de YouTube muy popular sobre el movimiento, guía a los espectadores a través de un experimento que involucra un giroscopio láser.

A medida que la Tierra gira, el giroscopio parece inclinarse fuera del eje, manteniéndose en su posición original a medida que la curvatura de la Tierra cambia en relación. “Lo que encontramos es que, cuando encendimos el giroscopio, descubrimos que estábamos captando una deriva. Una deriva de 15 grados por hora”, dice Knodel, reconociendo que el comportamiento del giroscopio confirmó exactamente lo que esperarías de un giroscopio en un globo giratorio.

Y luego continúa, “obviamente nos sorprendió. Wow, eso es un problema. Obviamente, no estábamos dispuestos a aceptar eso, así que comenzamos a buscar formas de refutarlo, en realidad estaba registrando el movimiento de la Tierra”.

El giroscopio láser luego se descubre que es un dispositivo de 20.000 dólares que lograron embaucando a varias personas. A pesar de intentarlo con otros experimentos, el giroscopio se comporta de manera consistente, como si la Tierra “fuera” redonda.

Pero si hay un momento cumbre en este documental se produce justo al final de la producción, en la escena donde tiene lugar el denominado como “experimento de la luz” con el coanfitrión de Knodel, Jeran Campanella.

Su primer intento se hace imposible porque estaba a demasiada distancia, así que Campanella cambia a un experimento similar, aunque algo más “casero”. Con una linterna en vez de un láser.

Si la luz necesita elevarse a una altura diferente de los agujeros, esto indicaría una curvatura, invalidando que la Tierra es plana.

Campanella observa cuando la luz se activa a la misma altura que los orificios, pero la luz no se puede ver en la pantalla de la cámara. “Levanta tu luz, muy por encima de tu cabeza”, le dice Campanella a su compañero. Entonces sí, la luz aparece inmediatamente en la cámara.


Oh, interesante”, dice Campanella. “Eso es interesante”, momento en que el documental termina. 


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