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Enviado por: Duncan Idaho - 26/07/2019 01:50 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (2)


Vlogger muere después de comer ciempiés vivos ante 15.000 seguidores


El hombre, conocido como Sun, era un vlogger en la plataforma china de streaming en vivo, DouYu. Como parte de su estrategia por conseguir más seguidores y volverse más popular, Sun había comenzado a llevar a cabo actos cada vez más temerarios.

Por ejemplo, llevaba un tiempo anunciando que tras ingerir huevos crudos, gusanos de harina, vinagre, todo tipo de bebidas destiladas e incluso un gecko, su siguiente apuesta incluiría varios ciempiés vivos en directo.
La prueba la llevó a cabo el pasado jueves ante 15.000 seguidores en Hefei, provincia de Anhui (China). El hombre fue hallado por la policía dos días después, el sábado, inconsciente y sin signos vitales, aunque con su ordenador todavía emitiendo en directo.

La secuencia de Sun comiéndose los ciempiés y posteriormente cayendo al suelo fueron eliminados rápidamente por el sitio de streaming. A esta hora se desconoce el tipo de ciempiés que comió.

Aunque la mayoría de las especies no matan ni causan ningún daño significativo, hay algunos que sí pueden ser letales. Por ejemplo, las mordeduras del ciempiés dorado que se encuentran en el este de Asia y Australia pueden causar un dolor insoportable, lo cual no es sorprendente, ya que pueden acabar con ratones hasta 15 veces su propio tamaño en solo 30 segundos.
Al parecer, su veneno altera al mismo tiempo los sistemas cardiovascular, respiratorio, muscular y nervioso, según un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences el año pasado.

Otra posibilidad puede ser que la criatura tuviera el gusano parásito [i]Angiostrongylus cantonensis[/i], también conocido como “gusano de la rata”, un parásito transmitido por los alimentos que se encuentra típicamente en los caracoles y otros moluscos y que también se ha detectado en ciempiés. La infección causada por el gusano puede acabar en daño permanente al sistema nervioso central, y en muchas ocasiones con resultados letales.

Fuente: Gizmodo

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  Cursos de programación y TIC
Enviado por: JPQueirozPerez - 25/07/2019 05:08 PM - Foro: Fuera de tema - Sin respuestas

A pedido de Duncan, creo este listado de cursos gratuitos (o en su defecto baratos), principalmente de programación, pero también añadiré otros sobre TIC.

Cuando tenga tiempo añadiré contenido y lo pondré arregladito como en mis otros listados, pero por ahora algunos canales para ir tirando:

Canales

Bluuweb ! [español]: Desarrollo web (a destacar el curso de VUE.js).
Carlos Azaustre [español]: Desarrollo web.
Engineer Man [inglés]: Diferentes lenguajes.
Fazt [español]: Desarrollo web.
Juan Andrés Núñez [español]: Desarrollo web.
Programación y más [español]: Desarrollo web y aplicaciones móviles.
Two Minutes Papers [inglés]: Papers sobre investigaciones relacionadas con la informática.

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  Reto Jul19: Tropicalia.
Enviado por: Joker - 24/07/2019 08:02 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

TROPICALIA.


  El espacio es frío. Es inmenso y misterioso, bello y aterrador, un lugar para la esperanza y también para la melancolía. Pero sobre todo es frío. Un frío que se introduce bajo la piel y llega hasta los huesos, hasta la última gota de sangre, dentro de cada víscera y cada nervio. Hasta el mismísimo corazón. Un frío que si se mezcla con la soledad puede llevarnos a un estado de locura indolente, a transformar nuestras almas en metal y nuestros sueños en vagas visiones de llanuras heladas, muertas.
  (...) Por eso nos acercamos al calor allí donde lo encontramos, aunque sepamos que esa llama puede llevarnos a la perdición. Porque hasta la perdición es mejor que el hielo estéril de una vida congelada.

(Fragmento de los diarios de la poetisa marciana Dana Koeman, publicados tras su muerte.)


 
En algunas películas y novelas, los agentes del censo eran héroes de acción que detenían a peligrosos fugitivos, desbarataban los planes de los contrabandistas o exponían siniestras conspiraciones. Después de casi dos años como agente, Siobhan nunca había usado el aturdidor que llevaba oculto en la manga del abrigo. Salvo aquella vez que se le disparó por accidente contra su propia pierna. Estuvo seis horas inconsciente y fue el hazmerreír de la oficina durante semanas.
   Al menos no tenía que pasarse el día sentada delante de una pantalla tecleando nombres y números. Después de mirarla de arriba a abajo sin ocultar una sonrisa desdeñosa, el supervisor decidió que su “constitución” era más adecuada para el esfuerzo físico, además del adiestramiento en defensa personal que sin duda habría recibido durante su instrucción en La Flota. Habilidad que le resultaría útil en caso de producirse una incidencia.
   No tardó mucho en descubrir que ser agente de campo en una estación espacial saytara era tan aburrido como cualquier otro trabajo burocrático. Su labor consistía en llamar a una puerta, poner una marca en la casilla correspondiente, caminar hasta la siguiente puerta y repetir el proceso. La única incidencia en todo ese tiempo fue localizar a un tipo que roncaba en la cama de un motel después de una borrachera de dos días. Y fue el aburrimiento, en gran parte, lo que la llevó a no ignorar la nota que encontró aquella mañana en su puerta.
   Como cada día despertó con el breve concierto de zumbidos que anunciaba el inicio del primer ciclo. En el pequeño apartamento la luz artificial del exterior siempre entraba sesgada y teñida de matices anaranjados debido a la cubierta translúcida del edificio contiguo. Aunque corriese las cortinas, rara vez podía escapar a la deprimente sensación de levantarse a mitad de un atardecer que nunca terminaba.
   Encendió la radio y se despejó con una larga ducha caliente. Era una de las pocas ventajas de vivir en una estación minera especializada en extraer y procesar el hielo de los asteroides: siempre había agua de sobra. En ropa interior y con una toalla aturbantada en la cabeza calentó una bandeja de desayuno y se sentó a la mesa plegable de la pequeña cocina. Su estómago se había acostumbrado a la albúmina sintética y al sucedáneo de bacon hecho a base de hongos procesados y aditivos, pero su paladar seguía echando de menos los alimentos orgánicos de su planeta natal. Marte podía ser un lugar duro, un inmenso ajedrez rojo y verde plagado de intrigas y conflictos, pero al menos la comida era de verdad. Gracias, en gran parte, a la buena alimentación, Siobhan era más alta y corpulenta que la mayoría de los saytara, nacidos en estaciones o en planetas donde la terraformación aún no había comenzado a dar frutos.
   Con la ayuda de un vaso de agua que sabía demasiado a metal se tragó la cápsula diaria: un suplemento de vitaminas y calcio distribuido por las autoridades entre los habitantes censados de la estación. Se vistió frente al espejo, enmarcada su imagen por algunas fotos familiares y una postal marciana descolorida, una ilustración cursi de un niño rollizo con peto de granjero sentado en el hombro de un afable robot agrícola. Cerca de la postal estaba su licencia de piloto, plastificada e impoluta.
   Una licencia de clase MS-04, expedida por la WSL (Western Space Logistics), la todopoderosa corporación que se encontraba cerca de monopolizar el transporte, la defensa y todo lo relacionado con la actividad humana en el espacio. La gente la llamaba simplemente La Flota, y gracias a uno de los convenios que La Flota mantenía con los saytara la recién licenciada piloto Siobhan Dirks había obtenido un empleo estable y bien remunerado como funcionaria. En su promoción solo se adjudicaron treinta y cuatro plazas de piloto, y ella había quedado en el puesto cuarenta y uno de la lista. No le gustaba culpar a otros, o a el sistema, de sus fracasos, pero tampoco podía evitar la sospecha de que habría obtenido un puesto más elevado si no fuese hija de un granjero marciano con un largo historial de activismo político.
   Se abotonó el largo abrigo azul antes de encasquetarse una boina del mismo color sobre el pelo suelto y todavía húmedo. Cuando estaba a punto de salir del apartamento vio la nota, atrapada entre el suelo y la puerta. Era un trozo de papel grisáceo, de mala calidad, donde alguien había escrito a mano una dirección, una fecha, una hora y un nombre que reconoció. El nombre de alguien a quien no veía desde su primera semana en la estación. Con una leve sonrisa y una sombra de suspicacia en los párpados se metió el papel en el bolsillo y cerró la puerta tras de sí. Tenía todo el día para decidir si acudiría a la cita.

   La noche artificial del tercer ciclo era todo lo que se puede esperar de una noche artificial en una estación espacial habitada por 26.548 personas (según los datos del censo). En los distritos comerciales y de ocio la iluminación era intensa, colorida y caótica, mientras que las zonas residenciales dormitaban envueltas en una suave fluorescencia. Quienes no tenían prisa por irse a dormir bebían, jugaban, bailaban, flirteaban o paseaban por los jardines de geometría perfecta omnipresentes en todas las ciudades saytara, aunque flotasen a años luz de cualquier planeta habitado.
   Siobhan paseó un rato entre los árboles y las flores estériles con las manos en los bolsillos del abrigo, pues durante el tercer ciclo la temperatura descendía. Dejó atrás uno de los miradores desde los cuales era posible ver las estrellas a través de grandes claraboyas. Desde cierto punto incluso podía verse la superficie rocosa del asteroide al cual estaba acoplada la estación, como una sofisticada rémora pegada al vientre de una ballena.
   Apretó el paso hasta alejarse de las zonas más concurridas. Comenzaba a plantearse si era buena idea acudir a la cita y se sobresaltó con el claqueteo del robot que pasó junto a ella, un compactador de basura sobre cuatro patas arácnidas. La Ley de Saytar prohibía las máquinas de aspecto humanoide, por lo que los robots de limpieza, vigilancia o seguridad tenían formas diversas y a veces grotescas. Desde inquietantes insectos metálicos a drones esféricos que flotaban cerca de los tejados. A Siobhan no le entusiasmaban los robots, pero en cualquier caso prefería que tuviesen brazos, piernas y un rostro al que mirar.
   Al fin llegó al pasillo abovedado, desierto, silencioso y con una iluminación tan dramática que parecía diseñada a propósito para la ocasión. Como agente del censo tenía acceso a zonas de la estación vetadas para los ciudadanos corrientes, y le bastó acercar su tarjeta de identificación al sensor para que se encendiese una luz verde y las puertas del montacargas se abriesen. No le importaba que su paso quedase registrado por el sistema informático y las cámaras de seguridad. Al fin y al cabo no eran pocos los que bajaban a los niveles medios buscando emociones fuertes.
   Si la estación fuese una nave los niveles medios serían la cubierta de mantenimiento, y si fuese una ciudad serían sin duda los suburbios, los bajos fondos, el hogar de lo clandestino, lo turbio, lo comprometedor y lo subversivo. En resumen, el lugar más interesante de la estación. Ser una agente del censo allí donde se vivía al margen del censo era una sensación extraña y estimulante, el equivalente burocrático a un sacerdote con crisis de fe descendiendo a los infiernos por una noche.
   Después de recorrer varias pasarelas metálicas, por debajo o por encima de grandes cañerías y conductos, llegó a un laberinto de anchos corredores donde la noche artificial era perpetua. La escasa iluminación provenía de farolas improvisadas conectadas a cables que se perdían en las sombras, o de los pequeños edificios adosados a la estructura misma de la estación. Allí abajo el aire podía verse, espeso y granulado. Allí abajo no había robots de limpieza y los cubos de basura no se movían hasta que alguien decidía moverlos.
   A medida que se adentraba en el ambiente enrarecido de los niveles medios la inquietud de Siobhan aumentaba. No tenía miedo, pero también se arrepentía de no haber llevado el aturdidor. No era cierto que supiese artes marciales, como pensaba su supervisor. La licencia MS-04 era para naves de carga y La Flota no se molestaba en impartir instrucción de combate a los pilotos de carga. De todas formas odiaba ese chisme traicionero, y sabía que a veces era más peligroso llevar armas que no llevarlas.
   Recibió miradas desconfiadas, murmullos y alguna mueca despectiva. Intentó no acercarse demasiado a las paredes construidas con despojos de metal y polímeros, detrás de las cuales se agazapaban toda clase de delitos: drogas, prostitución, contrabando, falsificación, y por supuesto estancia ilegal. Personas que no deberían estar allí. Gente honrada que malvivía e intentaba ahorrar para pagarse un hueco de polizón en un carguero, y gente no tan honrada que sacaba provecho del infortunio o los vicios ajenos, apartando siempre una tajada para sobornar a quienes debían fingir que en los niveles medios no había otra cosa que tuberías y corredores vacíos. 
   Después de casi una hora siguiendo las indicaciones de la nota, Siobhan llegó a la puerta de un bar llamado Calypso. El letrero luminoso aportaba una pátina violácea al estrecho y sucio callejón. Entró en el local, más amplio de lo que aparentaba desde fuera, y se acercó a la barra, detrás de la cual le sorprendió encontrar un robot. No era un modelo aprobado por los saytara, sino un humanoide tosco y descantillado en cuya cabeza cilíndrica brillaban dos ojos redondos y amarillos. Se sentó en un taburete y le habló a la máquina.
  —Una cerveza, por favor.
   El robot no se movió. Se escuchó una breve carcajada procedente de una de las mesas, donde varias siluetas encorvadas bebían y susurraban en la penumbra. Cuando estaba a punto de repetir la orden, una camarera apareció a través de una pequeña puerta que quedaba disimulada entre un expositor de bebidas y una pila de barriles metálicos.
  —No te molestes. Lleva veinte años sin moverse.
   La mujer, de mediana edad y raza negra, abrió el amplio torso del robot como si fuese un refrigerador. Cosa que era. Sacó del neblinoso interior un botellín helado y lo abrió usando una ranura en la entrepierna del inanimado barman. La clienta pagó y echó un trago mientras observaba a la camarera. Vestía un tank top verde que permitía ver rectángulos de piel más clara en sus fuertes brazos, así como en el cuello y el inicio de la espalda. Era el peculiar mosaico que lucían en sus cuerpos algunos mineros retirados, fruto de injertos de piel realizados tras un accidente en los túneles. Las quemaduras por frío eran tan agresivas que podían considerarse afortunados si solo perdían la piel.
   Siobhan soltó el botellín, sorprendida, cuando la camarera apoyó los codos en la barra y le habló con el rostro a un palmo del suyo, mirando de reojo a la media docena de parroquianos que continuaban murmurando en las mesas.
  —Mira, normalmente no le diría esto a una clienta que paga cuando le sirven y que no huele como si se revolcase en meados y grasa de motor, pero te aconsejo que te termines la cerveza cuanto antes y te largues.
  —¿Hay algún problema? —preguntó Siobhan.Ya sospechaba el rumbo que iba a tomar la conversación.
  —Habrá problemas cuando mis clientes habituales se cansen de tener a una agente del censo husmeando por aquí. Y eso ocurrirá muy pronto.
  —No estoy de servicio. Espero a alguien.
  —¿Puedo saber a quien esperas? Tal vez lo conozca.
   La camarera se incorporó y colocó las manos en la barra, en una postura que resaltaba su musculatura, relajada y amenazante al mismo tiempo. Las figuras de las mesas habían dejado de murmurar y algunas cabezas estaban giradas hacia la barra. Estaba claro que “No es asunto tuyo” no era la respuesta adecuada en ese momento. Se dejó llevar por un presentimiento y en lugar de responder sacó la nota del bolsillo. La desconfiada tabernera la leyó entornando los ojos y acarició el papel con la yema del pulgar, como si comprobase su autenticidad. Al instante su boca se ensanchó en una sonrisa adornada por varios implantes plateados, hizo un gesto hacia las mesas y sus ocupantes volvieron a conversar en un tono de voz normal. La tensión desapareció de la atmósfera e incluso aumentó el volumen de la música.
  —La próxima vez empieza por ahí, agente.
   Tras guardarse de nuevo la nota, Siobhan bebió y esperó. Reparó en que la temperatura dentro del Calypso era mucho más alta que en el exterior y en que no se había quitado el abrigo ni la boina al entrar. Cuando daba el primer trago al tercer botellín procedente del pecho robótico la puerta del local se abrió y reconoció la silueta recortada contra la luz violeta del luminoso. Un hombre de unos treinta años, bajo y ancho de espaldas. Era moreno y lucía un espeso bigote bajo el cual asomaba una amigable sonrisa.
  —¡Vaya! Me alegra verte, Siobhan —exclamó, al tiempo que la estrujaba en un efusivo abrazo—. La verdad es que temía que no vinieses... ¡Pero aquí estás!
   La abrazó de nuevo, saludó con un gesto familiar a la camarera, quien le colocó delante una cerveza, y agitó la mano en dirección a las mesas, desde dónde varias voces respondieron.
  —Yo también me alegro de verte, Bass. ¿Dónde te habías metido?
Basilio “Bass” Laredo era un mecánico formado en La Flota (o eso decía) al que había conocido justo después de llegar a la estación, un lugar que conocía como si hubiese nacido allí, aunque no era saytara ni se parecía en nada a ellos. Siempre sabía a dónde acudir, con quien hablar o cómo conseguir cualquier cosa. Había sido de gran ayuda durante los primeros días, no solo como guía sino también como amigo. A Siobhan le agradaba su compañía, algo que no le sucedía a menudo desde que había dejado Marte. Al cabo de un par de semanas Bass desapareció sin dejar rastro, y gracias a su nuevo empleo no tardó en descubrir que no estaba censado.
  —Siento no haber contactado contigo en todo este tiempo. Cuando te nombraron agente pensé que era mejor mantener las distancias. Por el bien de ambos.
  —¿Has estado aquí abajo desde entonces?
  —Más o menos. No encontré trabajo arriba, así que decidí probar suerte en este acogedor y respetable barrio. Y no me ha ido mal del todo. —Extendió los brazos, como si le rodease un lujoso palacio en lugar de un tugurio— ¿Y que tal la vida como agente del censo? ¿Es tan aburrido como creo que es?
   Mientras la agente Dirks confirmaba sus sospechas con un breve y poco entusiasta relato sobre su trabajo, el mecánico sacó del bolsillo un diminuto frasco de cristal con una pipeta incorporada en el tapón. En el recipiente podía verse un emblema inconfundible: la imagen estilizada de una pequeña isla con una palmera recortada contra un sol anaranjado. Bass vertió un par de gotas de líquido transparente en su bebida y movió la botella con suavidad. Le ofreció el frasco a su acompañante, quien lo rechazó negando con la cabeza.
  —No, gracias. Nos hacen controles de drogas de vez en cuando.
  —No creo que te despidiesen por un poco de Tropicalia.
   Se encogió de hombros, guardó el frasco y bebió de la botella. La droga conocida como Tropicalia era una de las más populares, sobre todo en las estaciones mineras. Su origen se remontaba a los primeros años de la minería espacial, cuando se patentó y distribuyó un medicamento para atenuar la constante sensación de frío que acosaba a los mineros durante su trabajo e incluso en su tiempo libre. El fármaco, llamado Heliozem, aumentaba ligeramente la temperatura corporal y alteraba la sensación térmica, gracias a una mezcla de termorreguladores y psicoactivos. Pronto se descubrió que, tomada en dosis mayores a la recomendada, tenía efectos neurodepresores, llegando incluso a causar alucinaciones.
   Cuando se hizo público que cientos de mineros eran adictos a esta sustancia fue retirada del mercado, pero ya era tarde. Narcotraficantes aficionados a la química, así como químicos aficionados al narcotráfico, habían sintetizado una nueva droga a partir del Heliozem. Un fluido incoloro, inodoro y amargo al que llamaron Tropicalia.
  —¿Por qué has dejado de “mantener las distancias”, Bass? Sigo siendo agente y tu... En fin, tu sigues aquí —dijo Siobhan, sin molestarse en ocultar la desconfianza provocada por la situación.
  —Directa al grano, ¿eh? Me alegra ver que no has cambiado. Y me alegra saber que no te gusta tu actual trabajo. ¿Sabes que mañana hay una subasta?
   Siobhan asintió. Las subastas de decomisos eran todo un acontecimiento en la mayoría de estaciones espaciales. Las naves confiscadas a contrabandistas se ponían a la disposición del mejor postor mediante un sistema de puja silenciosa. Para participar solo era necesario entregar el documento con la oferta en la oficina de decomisos. Y una licencia de piloto.
  —¿Por eso estoy aquí? ¿Quieres comprar esa nave y necesitas mi licencia?
  —No necesito tu licencia, te necesito a ti.
  —¿Qué?
  —¿De qué me sirve una nave sin piloto? Tengo que llevarla a Rochdale, y con lo que nos pagarán por entregar la carga podrás hacer lo que te venga en gana. Comprar otra nave, volver a Marte...
   Bass aprovechó el charco que la condensación había dejado en la barra para escribir una cifra con el dedo. Una cifra tan larga que su amiga abrió los ojos como nunca los había abierto y se quitó la boina para rascarse la cabeza. La desconfianza dio paso a la incredulidad. Estaba sudando y el corazón le golpeaba el pecho bajo el abrigo. 
  —Aun en el caso de que estuviese tan loca como para llevar contrabando a una estación de otro sistema en una nave que ya ha sido confiscada una vez, no puedo dejar la oficina del censo así como así.
  —Oh, te equivocas. —Los ojos del mecánico brillaban como los de un niño a punto de terminar un complicado truco de magia—. Te contrataron a través de la WSL, por lo tanto tu contrato contiene la clausula 12. Puedes dejar tu actual empleo en cualquier momento siempre que el nuevo implique el uso de tu licencia de piloto.
   Siobhan apenas se acordaba de esa clausula. La Flota la incluía en ese tipo de contratos para que los pilotos no tuviesen la sensación de estar atrapados en un trabajo que no deseaban, pero rara vez tenían la ocasión de usarla. Respiró hondo y se bebió casi todo el botellín de un trago. El dinero y la posibilidad de comenzar de nuevo en cualquier parte eran tentadores, pero imaginar la cara de su supervisor cuando le dijese que se marchaba al día siguiente y no podía hacer nada por evitarlo era casi una fantasía erótica.
  —¿Que me dices? ¿Le decimos adiós a esta fábrica de cubitos de hielo?
  —Tengo que pensarlo. Necesito saberlo todo, o no cuentes conmigo.
  —Por supuesto. Te confieso que había planeado ocultarte algunos detalles, pero no recordaba lo bien que me caes. Soy incapaz de mentirle a alguien que me cae bien.
  —Si todo esto va de lo que yo pienso, espero que los agentes de aduanas te caigan muy mal.
   Bass soltó una carcajada, se levantó del taburete y apuró su cerveza. Si la droga diluida en la bebida le había hecho efecto no era visible. O tal vez la consumía tan a menudo que ese era su estado habitual, con una parte de su cerebro siempre bajo la palmera y el sol naranja. Siobhan prefirió no pensar demasiado en los hábitos de la única persona que le ofrecía la oportunidad de dejar una vida que amenazaba con convertirla en otro trozo de hielo pegado a un asteroide.

   Después de abandonar el bar caminaron durante media hora por el laberinto de los niveles medios. Bass le contó que era el propietario del Calypso, cosa que ya sospechaba, y que pensaba venderlo antes de marcharse. Era evidente que allí se regían por otra ley, una que permitía comprar y vender propiedades o negocios que no existían según las leyes de los niveles superiores.
   Bajaron una escalera metálica en una zona deshabitada donde la oscuridad era casi absoluta, atravesaron varios pasillos y puertas hasta llegar a un conjunto de polvorientas habitaciones, la mayoría vacías, algunas con literas y muebles sencillos. En otro tiempo, puede que durante la construcción de la estación, ese lugar debía servir como alojamiento para trabajadores. Ahora estaba abandonado, salvo un par de estancias iluminadas con lámparas portátiles donde se escuchaban voces y el murmullo de una radio.
   Entraron en lo que, a juzgar por el mobiliario, fue un comedor. Unas veinte personas giraron la cabeza y los miraron, especialmente a Siobhan. La mayoría eran adultos jóvenes o de mediana edad, vestidos de forma sencilla, con el tedio y la desconfianza grabados en el rostro. Cinco niños jugaban en una de las mesas. Un hombre con canas en la barba soltó el libro amarillento que sostenía en sus manos grandes y curtidas y se plantó delante de los recién llegados. Con el ceño fruncido miró a Bass, a quien sacaba más de una cabeza.
  —¿Alguna novedad?
  —La tienes delante.
   El hombretón miró a Siobhan como si la viese por primera vez, cosa que era posible. Estaba claro que era minero, y los veteranos de las minas solían tener problemas de visión.
  —Esta robusta y rubicunda hija de Marte podría ser nuestra piloto —dijo Bass, en un tono que contrastaba demasiado con la seriedad de su interlocutor.
  —¿Podría ser? ¿Qué significa eso? —gruñó el minero.
   La hija de Marte suspiró. El mecánico la había arrastrado a una especie de encerrona y ahora veinte pares de ojos la taladraban esperando a que hablase. Sospechaba quien era esa gente, pero necesitaba ganar tiempo.
  —¿Quienes sois? ¿Qué hacéis aquí? —preguntó.
  El hombre barbudo se giró hacia Bass, rojo de rabia y con sus grandes puños apretados.
  —¿Que quienes somos? ¿Te burlas de nosotros, Laredo? ¿Quien es esta mujer y por qué va vestida como los agentes del censo? ¡Habla!
  —No se altere, señor. No estoy de servic...
  —¡Señor! ¡Y ahora me llama señor!
   Un hombre más joven se acercó y colocó una mano en el hombro del agitado gigante. Se parecían lo suficiente para ser padre e hijo y vestían de forma casi idéntica, con prendas gruesas, pardas y descoloridas. Los niños habían dejado de prestar atención a las fichas desparramadas de un polvoriento juego de mesa y contemplaban la escena. El más pequeño, de unos cuatro años, estaba medio escondido y miraba a Siobhan como si fuese el equivalente espacial de una bruja aficionada a devorar niños.
  —¿De verdad eres piloto? —preguntó el joven con aspecto de minero.
  —¡Claro que lo es! ¿Crees que traería aquí a...?
  —Cállate Laredo. Se lo preguntaba a ella.
  —Sí, tengo licencia. Se me ha hablado de llevar un cargamento a la estación Rochdale. —Miró de reojo a Bass—. Y supongo que ese cargamento sois vosotros.
  —¿Cargamento? Somos personas, maldita sea. Un cargamento... —rezongaba el veterano. Se había apartado para volver a sentarse en el banco.
  —Supones bien. Llegamos aquí hace más de un mes, después de que los saytara anunciasen la apertura de un nuevo túnel. —El joven hablaba de forma pausada, escogiendo con cuidado cada palabra, como si no se expresase en su lengua materna—. Cuando ya estábamos aquí, dispuestos a trabajar, decidieron posponer la apertura por motivos de seguridad. Dos años, quizá más. No podemos esperar tanto.
  —¿Y queréis ir hasta Rochdale?
  —Están abriendo nuevos túneles. Y aunque no fuese así, allí cuidan de la gente como nosotros. No tendríamos que escondernos en una madriguera como esta.
   Siobhan asintió. Rochdale era una estación minera independiente, autogobernada por un sistema cooperativista en el que, en teoría, todos los habitantes de la estación eran sus dueños. La ideología de los cooper, como los llamaban sus detractores, se había extendido en las últimas décadas y los conflictos con La Flota eran frecuentes. Ella conocía bien dichos enfrentamientos, pues su padre formaba parte de la ruidosa minoría que pretendía importar a Marte lo que algunos consideraban una solución al caos colonialista y otros una amenaza capaz de llevar dicho caos al nivel de catástrofe planetaria.
   El silencio se prolongó en el comedor abandonado hasta volverse incómodo. Los niños volvieron a su juego y algunos adultos comenzaron a hablar en voz baja. Fiel a su costumbre de no estar callado durante demasiado tiempo, fue Bass el primero en hablar.
  —Si nos disculpáis, la piloto y el jefe de máquinas tienen que aclarar algunos detalles. Os informaremos lo antes posible.
   Dicho esto, salió de la habitación y Siobhan lo siguió, apenas sorprendida de que se hubiese adjudicado el puesto de jefe de máquinas. Mientras se alejaban por el sombrío corredor, escucharon con claridad la voz del minero veterano.
  —¡Laredo! ¡Más te vale volver pronto! ¡Si intentas estafarnos te partiré en dos con mis propias manos!
  —Será mejor que nos demos prisa. Te aseguro que ese tipo puede cumplir lo que dice —dijo el mecánico, menos preocupado de lo que debería.

   Dos días después, Siobhan Dirks llevaba la misma boina azul sobre su despeinada cabellera, pero donde antes estaba el emblema de la Oficina del Censo ahora había un hueco, un círculo más claro en el azul oscuro de la tela. Acarició el cuero desgastado del sillón situado frente al panel de mandos, en el que destacaban tres pantallas que lanzaban contra su piel pálida el tenue resplandor verde del fósforo. Pasó también los dedos por el timón elíptico, dividido en cuatro partes, todas recubiertas de resina, tan cálida y agradable al tacto como madera pulida.
   No le había resultado fácil tomar la decisión, sobre todo después de saber que los mineros no eran más que una distracción. Los agentes de aduanas estaban comprados para ignorar a los polizontes, pero la verdadera carga, la que nadie buscaría, estaba escondida en el fuselaje de la nave. Y no era otra que el último cargamento de Heliozem que existía en toda la galaxia, un tesoro convertido en leyenda cuyo paradero se consideraba la información más valiosa posible para cualquier líder del crimen organizado. La piloto prefería no saber, al menos de momento, cómo había conseguido Bass encontrar el tesoro y, sobre todo, llegar a un acuerdo con uno de los indeseables más peligrosos de la galaxia sin que lo matasen.
   El trato era simple: comprar en una subasta amañada la nave que escondía el medicamento y llevarla a Rochdale, cuyas autoridades también estaban en el ajo, usando pasajeros ilegales como tapadera. Pues no hay nada como un delito para ocultar otro más grave. Para colmo, los saytara no autorizaban saltos hiperespaciales al sistema donde se encontraba la estación cooper. Realizarían un salto ilegal y serían fugitivos hasta que llegasen a su destino, donde ni los saytara ni La Flota tenían jurisdicción.
   Por supuesto, una vez terminado el viaje devolverían a los mineros lo que habían pagado por su pasaje. Y por supuesto, no debían enterarse de su papel en la operación, por su propia seguridad y por la integridad física del jefe de máquinas, quien había puesto a punto los motores de la nave con una eficiencia sorprendente en un adicto a la Tropicalia. Ya solo quedaba que la piloto diese la talla en su primer vuelo.
   Transporte ilegal de seres humanos, contrabando, narcotráfico y una huida a través del hiperespacio. No estaba mal para ser su primera vez. Como le habían enseñado en la academia, se concentró en las cifras y los mandos. Introdujo con sumo cuidado las coordenadas en la computadora de salto y agarró con ambas manos el timón. Si las pantallas se hubiesen apagado el cristal negro habría reflejado una leve sonrisa entre las mejillas encendidas como el sol en los largos amaneceres marcianos. El grueso abrigo azul yacía en el apartamento abandonado, colgado en una percha. El corazón le latía deprisa y no tenía frío.
   La computadora confirmó el destino. La luz ámbar que anunciaba la inminencia del salto iluminó el puente y diez segundos después la nave desapareció con un breve destello.

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  Aprender A Dibujar Con El Lado Derecho Del Cerebro
Enviado por: Duncan Idaho - 24/07/2019 04:23 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (1)

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Este libro le puede enseñar a dibujar aunque usted crea que no tiene talento y piense que no puede aprender. 

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APRENDER A DIBUJAR CON EL LADO DERECHO DEL CEREBRO puede enseñar a cualquiera a dibujar bien. 

Sobre el autor: Betty Edwards es profesora de dibujo en la Universidad del estado de California en Long Beach. Da numerosas conferencias y continua su investigación sobre la relación entre el dibujo y los procesos de los hemisferios cerebrales.


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  Curso de programación gratuito
Enviado por: Duncan Idaho - 24/07/2019 12:50 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (2)

¡Y en español!

Para el que le interese por simple curiosidad, ganas de aprender o porque quiere dedicarse a eso, hay un curso totalmente gratuito de python para principiantes.



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  "Reggaeton Noruego"
Enviado por: Duncan Idaho - 24/07/2019 03:42 AM - Foro: Fuera de tema - Sin respuestas

Evidentemente es en broma pero no suena mal.

Profanar la tumba al ritmo de la rumba

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  Reto Jul19: El tesoro de los genoveses
Enviado por: Joker - 23/07/2019 05:23 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (7)

El tesoro de los genoveses
 
Permitidme que me presente: Yo soy el Mar Mediterráneo, aunque muchos han sido mis nombres a lo largo de la historia.
Los romanos me conocieron como Mare Nostrum, dado que su imperio llegó a abarcar mi superficie de punta a punta. Los antiguos egipcios, a su vez, gustaban llamarme el Gran Verde, pues en los días de cierta resaca suelo presentarme del color del jade.
Por mis aguas surcaron todo tipo de naves: ya fueran fenicias, griegas, persas o macedonias. Con algunas de ellas decidí ser clemente y facilitar su travesía mostrándome manso; mientras con otras, en cambio, me manifesté enardecido, aplastando sus cascos contra los escollos que emergen de mi semblante.
Como por ejemplo con aquella goleta que —apenas terminada la guerra civil española, allá por el 1940 y en una noche de fuerte tormenta— osó atravesar mis aguas por las costas del Levante.        
 
Era una noche de viento correoso. El verano estaba en ciernes y el fresco de alta mar todavía era capaz de agrietar las pieles menos curtidas. Las olas alcanzaban grandes alturas, azuzándose entre sí, rugiendo de forma violenta. Cada vez que la nave hacía frente a una de mis acometidas parecía estuviese a punto de volcar, más —muy a mi pesar— el capitán de tan diminuta embarcación conocía muy bien su oficio.
Le llamaban Lince. Quizás por el modo en que movía sus largas extremidades —siempre tan tieso y ágil, como un felino en continua alerta—, quizás por el color de su barba y cabello, de color pardo, encrespado, en claro contraste con una tez oscura fruto de una vida pasada en la intemperie. Su semblante —de frente pronunciada y puente de la nariz hundido— era por momentos simiesco, salvaje y peligroso. Y sus ojos, ambarinos y perspicaces, hacían entender que era un hombre que de la vida había aprendido su parte.
Sin tripulación alguna —aun transportando a un par de pasajeros escondidos en el camarote— el marinero combatía la tormenta con mano templada. Pareciera incluso que sonriese cada vez que una de mis sacudidas zarandeaba el casco de la nave, una goleta de velacho de dos mástiles.
Lince aferraba el timón con la mano izquierda mientras con la derecha amarraba una cuerda que —a través de una polea— tiraba de la vela de mesana. Tenía las piernas extendidas, firmes en el suelo y gritaba. Me gritaba.

— ¡Pregúntale al viento! ¡A la ola! ¡Pregúntale a la estrella o al pájaro qué hora es!

Recitaba los versos de Baudelaire como si de un borracho solitario de taberna se tratase. Con sorna, descaro y, lo más importante, a sabiendas que nadie lo estaba observando. Pues no era hombre de grandes efusiones en público, si acaso media sonrisa torcida como toda muestra de empatía. Mas en ese momento, con el mar salado abordando su cubierta y el agua dulce de los cúmulos nimbos chapoteando sobre las tablas de madera donde tenía, firmemente, posados los pies… era cuando el marinero, solo ante su tierra que era mojada, daba lo mejor de sí mismo y se dejaba llevar, sin perder timón, y cantaba, recitaba y elucubraba en voz alta, mientras conseguía mantener la nave a flote, acercándola paulatinamente a tierra firme, adentrándose en una amplia cueva de la Isla de Tabarca, donde mis aguas andaban serenas y era seguro echar el ancla.
 
Una vez a resguardo, apremió a los pasajeros a que salieran del camarote, alargándole a uno de ellos una cuerda como todo saludo.

—Sujete este cabo. No lo suelte hasta que yo se lo diga.

Arrió las velas con premura, atravesando la nave de popa a proa para arribar el timón y dejar la goleta a resguardo del viento; echó el ancla —cerciorándose que ésta hubiese encallado de manera adecuada— dio un último y concienzudo vistazo a la cubierta y sólo entonces relajó por fin los músculos y se lio un cigarro de tabaco picado que terminó encendiendo.

—Ya puede soltar el cabo, profesor. Será mejor que usted y su mujer bajen de la nave, pasaremos la noche en esta cueva.

—Madre del amor hermoso, creí que no salíamos de ésta. ¿De verdad dormiremos aquí en el suelo? —preguntó el rechoncho pasajero. Tenía parte de las manos en carne viva debido al roce de las cuerdas del bajel y se veía a leguas que no estaba acostumbrado al trabajo físico.

—Pueden dormir en el camarote del barco si así lo desean —respondió Lince—. Pero esta noche cenaremos caliente. Podemos hacer una hoguera sin temor a ser vistos.

El marinero recogió un poco de leña y algún aparejo de la cubierta. Amontonó los troncos en el suelo y con la ayuda de una yesca encendió un fuego alrededor del cual la pareja tomó asiento. De una de las cajeras de abordo sacó un par de lubinas en salazón que ensartó sirviéndose de un arpón lleno de herrumbre.
Notaba los ojos de la pareja mirándole con recelo mal disimulado; temían que les tendiese una trampa, que les entregase a las autoridades. A duras penas se conocían y podría incluso decirse que la vida de la pareja estaba en manos del marinero. El profesor y su mujer habían pagado doce pesetas para que les llevase de Cartagena al puerto de Denia, donde unos amigos se harían cargo de ellos y los embarcarían en una gran nave mercante con destino a Marsella. El ansiado —a la par que humillante— exilio de la madre patria.

—¿Algunos de ustedes ha oído hablar de esta isla? —preguntó Lince, rompiendo el hielo.

—Si no me equivoco deberíamos estar en la isla de Tabarca, los griegos la llamaban Planesia—respondió el profesor, mientras enjugaba unas lentes diminutas y redondas. Se llamaba Joaquín y al parecer había sido un famoso intelectual de la izquierda revolucionaria.

El marinero esbozó una sonrisa de grata sorpresa.

Collons, profesor. Veo que su fama no es infundada —atizó la leña incandescente con una navaja y tomó asiento frente a sus pasajeros de tal manera que el reflejo de las llamas jugase a crear sombras por su rostro—Aunque quizás lo que más pueda interesarles ahora mismo es que la isla, estando habitada, carece de autoridades de cualquier tipo. Apenas viven medio centenar de pescadores en una pequeña península al oeste y raras son las veces que faenan por estas partes. El resto de la isla está despoblada. Aunque quisiera… no podría traicionarles.

—Ni yo, ni mi marido, hemos sugerido nada semejante —espetó la mujer que hasta entonces había guardado silencio. Era una espigada joven de raza gitana, con una prominente nariz angulosa, llamada Magdalena. En los días de la República había sido gozado de cierto renombre como bailaora de flamenco.

—Será mejor que dejemos las cosas claras antes de que se creen más malentendidos: lo que ustedes insinúen o dejen de insinuar me importa un pepino —apostilló Lince—. Si mañana quieren darse una vuelta por la isla no se dirijan hacia el oeste, es todo lo que les pido. Por lo demás disfruten de ella como más les plazca pues mucho me temo que deberemos permanecer aquí durante un par de días hasta que las aguas se vuelvan menos peligrosas.
El comentario cortante hizo que la mujer frunciese el ceño.

El profesor se esmeró a levantar la mano intentando quitar hierro al asunto.

—No te preocupes cariño, es tan sólo un contrabandista —dijo con un tono que no buscaba la ofensa—. Confío en que por lo menos sea usted un hombre de palabra y cumpla con lo prometido.

—Mírenlo de este modo: No es bueno para mi oficio ganarme fama de traicionero, perdería clientes — respondió Lince reprimiendo a duras penas una carcajada. Si aquella pareja se había hecho una imagen de él tan aborrecible no iba a ser su intención hacerles cambiar de idea. No esa noche.
Las lubinas acabaron dorándose y la cena trascurrió en un monocorde silencio fruto del hambre y del cansancio. Una vez terminada, el marinero sacó de uno de los bolsillos de su abrigo una harmónica y —sin pedir permiso ni premisa alguna— empezó a sacar de sus metálicas lengüetas una melodía hiriente que nada tenía que ver con lo que la folclórica pareja hubiese escuchado hasta entonces. Una melodía que hablaba de otras vidas y otras tragedias, de plantaciones de algodón y noches solitarias en una celda, de otro color de piel y otro firmamento.

—Lo llaman blues —fue todo lo que dijo una vez hubo terminado.

—Me recuerda al fado portugués, puede que sea incluso más triste —observó la mujer gitana.

El profesor Joaquín asintió y se puso en pie no sin dificultades.

—Triste, pero hermoso. Muchas gracias capitán. Ahora si no le importa creo que aceptaremos su oferta de dormir en el camarote.

Lince asintió y despidió a sus pasajeros mientras se liaba otro cigarrillo.
Pasó la noche en la gruta. Con su petaca de aguardiente y la vista fija en la oscuridad, oyendo el chapoteo de las olas al arrimarse a las rocas, con el reflejo de la luna adentrándose en la cueva.
 
A la mañana siguiente—cuando Magdalena bajó de la nave— no había rastro del marinero.
Su marido seguía en la cama —exhausto por el día anterior— por lo que decidió que no era mala idea salir en su busca, no fuese que les hubiese mentido y decidiese venderles al mejor postor.
Lo que de noche le había parecido una isla peligrosa e inclemente, con los rayos del sol resultaba un hermoso ejemplo de maquia mediterránea. Se extendía de forma inusitadamente plana, con escasas colinas. Numerosas plantas de romero, mirto y cantueso coloraban la superficie como si se tratase de un lienzo de vivos colores. Estuvo andando en círculos alrededor de la gruta sin dar con rastro alguno del marinero. Dirigió sus pasos justo hacia donde el marinero les había desaconsejado ir: a oeste.
No encontró sendero alguno, así que muchas fueron las veces que tuvo que desandar sus pasos para poder avanzar evitando las aliagas. El calor era sofocante, las cigarras trinaban con insistencia y la isla —pese a ser pequeña— parecía no tener fin. Tras media hora andando observó que la tierra se estrechaba creando un istmo que terminaba con una pequeña península amurallada. El poblado. Si Lince había decido venderles debería encontrarse allí adentro.
Se acercó intentando pasar desapercibida. Una vez en la muralla, se encaramó a ella sirviéndose de una roca adyacente a ésta. Desde arriba disfrutaba de una vista privilegiada. La aldea no era más que medio centenar de casas de piedra blanca con tejados rojos que se mimetizaban con el resto de la isla de una forma casi natural. Era evidente que había vivido periodos mejores pero aun así conservaba intacta cierta hermosura espartana.
Vio un grupo de mujeres dirigiéndose al lavadero con palanganas de ropa en sus brazos. Algunos ancianos sentados en sillas de cáñamo a la sombra de una parra. El poblado daba a la costa a través una estrecha playa de arena clara, sobre la cual yacían varadas media docena de barcas de vivos colores que ya habían vuelto de faenar.
Ni rastro de policía, como bien había dicho el marinero.
Se sorprendió a si misma ensimismada apreciando el poblado. No le era difícil imaginarse viviendo en él, en una de aquellas casas de piedra blanca, llevando una vida dura pero honrada cerca del mar.
Luego alargó la vista más allá de la isla, distinguiendo —a escasos seis kilómetros de distancia— otra tierra mucho más grande: España. Se le encogió el corazón al pensar en todo lo que habían abandonado, en lo que deberían afrontar aquellos que permanecían aún en ella. No habría sitio en aquella isla para ellos, no estando tan cerca de sus enemigos.
Se le ocurrió que probablemente su marido ya se habría despertado y quizás estaría preocupado al no encontrarla a su lado, resolviendo volver a la cueva esta vez bordeando la costa.

No llevaba siquiera mitad del camino recorrido cuando un sonoro chapoteo, proveniente de más allá del acantilado que deslindaba la isla, le hizo sobresaltarse.
Escondida entre peñascos, había una playa de escasos veinte metros. Y en la orilla de ésta, con los pies metidos en el agua y los brazos arqueados, se encontraba Lince. Vestía una especie de escafandra, algo ajada, ajustada a un traje de inmersiones no menos deteriorado. Había dejado sus aparejos al resguardo del sol en un extremo de la cala, justo al lado de lo que parecía ser una hermosa puerta tallada en la roca caliza, parte de una edificación arcaica con extraños símbolos adornando el dintel y sus pilares.
Pese a no ser ducha en historia tenía la suerte de tener por marido quizás al más ducho de toda España. De hecho ese era el principal motivo y el gran secreto de ese amor tan incomprensible a simple vista: ella era la pasión y él era temple, ella resoluta y él temeroso. La siempre manida historia de los polos opuestos. Reconoció en la construcción lo que debía ser un templo. Un lugar de culto. Muy antiguo, aunque aparentemente en buen estado pese a estar tan cerca del mar.
Su atención se dirigió de nuevo al marinero. Lince agitaba los brazos intentando con ello acomodarse el traje lo mejor posible. Una vez satisfecho del resultado, se zambulló en el agua. No volvió a emerger de ella hasta pasados varios minutos, justo en la otra esquina de la cala donde, a cierta altura del peñasco distinguió un relieve parecido al que había visto tallado en el dintel: dos caballitos de mar, uno de frente al otro.
De repente la rodilla de Magdalena, que estaba agazapada, le jugó una mala pasada y flaqueó. La mujer se repuso a tiempo, pero la maniobra hizo que un canto de piedra terminase por desprenderse. Se volteó rápidamente antes de que el sonido de la piedra alertase al marinero y encaminó de nuevo sus pasos hacia la nave.
Al llegar a la boca de entrada a la gruta encontró a Joaquín sentado debajo de un pino, mirando el mar con una sonrisa amarga.

—De todas las cosas que hemos dejado atrás en nuestra huida creo que ésta es la que más echaré de menos.

—También hay mar allá donde vamos —respondió Magdalena posando los labios en la mejilla de su esposo—. De hecho es el mismo.
El profesor esbozo acentuó la sonrisa triste y aferró la mano de su esposa.

—Sí, llevas razón, aunque quizás lo que echaré de menos sea el lugar desde donde lo observo. ¿Fuiste a buscar al capitán?
Magdalena asintió frunciendo el ceño.

—Que quieres que te diga, no me fio de ese bruto. Cuando me desperté no había ni rastro de él, así que terminé poniéndome nerviosa. Visité el poblado. La verdad es que es tal y como nos dijo, cuatro casas de pescadores y ni rastro alguno de guardia civil. Lo extraño es que luego lo encontré haciendo inmersiones en una playa escondida, con un templo que estoy seguro te gustaría ver. Parecía que estuviese buscando algo.

Su marido asintió, como si la cosa no le pareciese extraña del todo.

—El tesoro de los genoveses.

La mujer hizo una mueca de desconcierto.

mercenario sino también un romántico aventurero —adujo el profesor, tomando aire para explicarse mejor—. Verás cariño, esta isla estuvo desierta hasta poco más de mitad del siglo dieciocho. Por aquel entonces era conocida como la Isla de San Pablo. En Túnez, en cambio, sí que existía y existe otra isla llamada Tabarka.

—¿Una isla con el mismo nombre?

—Así es, aunque entonces era la única llamada de ese modo. Estaba poblada por los ligures, un pueblo originario de Génova, pescadores en su mayoría. Comerciaban con el coral que extraían de la costa cercana a la isla. Hasta que un buen día, el recién ascendido bey de Túnez se hartó de sus concesiones y decidió esclavizar a los habitantes de la isla.
››No se sabe muy bien cómo, pero estos ligures fueron salvados por el rey de España, Carlos III, que envió a parte de ellos a esta isla, renombrada Nueva Tabarca, y recibiendo cada familia una casa y una embarcación a su llegada.

—Pero, ¿por qué iba un rey a molestarse en salvar a cuatro desgraciados y les iba a dar alojamiento en su país a cambio de nada?  —inquirió Magdalena desconcertada.

—Ah, querida, el día que un rey haga algo a cambio de nada dejaremos de ser republicanos —respondió su marido—. Es aquí donde empieza la leyenda. Una que hizo que muchos, entre ellos nuestro capitán Lince, anden buscando sus tesoros.

—Los genoveses los trajeron consigo.

—No, para nada. Los genoveses por aquel entonces ya no eran más que pobres pescadores… pero hábiles buceadores, pues fue justo por aquel entonces cuando las inmersiones empezaron a realizarse. Así que Carlos III les ofreció alojamiento y naves... a cambio de tesoros. Los que estaban sumergidos debajo de esta isla.

—¿Hay tesoros debajo de esta isla? —Magdalena seguía entusiasmada ante la explicación de su marido.

—Pues eso parece mi niña, el mismísimo Estrabón escribió que muchas fueron las naves romanas y griegas que terminaron sumergidas en estas aguas, víctimas de la accidentada orografía de la costa.

Escucharon unos pasos a sus espaldas y al voltearse vieron llegar a Lince.

—¿De verdad cree usted, profesor, que un rey como Carlos III se iba a preocupar por las cuatro baratijas que se encuentran bajo esta isla?

—No le oí llegar —dijo el profesor, azorado.

—¡Nos estaba espiando! —protestó Magdalena.

Lince dejó los aparejos que había usado para hacer las inmersiones en el suelo, se encendió un cigarrillo y permaneció erguido con la mirada dirigida al horizonte.

—Simplemente regresaba a mi nave, bonica. Aunque ahora que lo dices me pareció entrever a alguien que me observaba desde lo alto del acantilado no hace ni media hora —adujo, satisfecho al distinguir como la mujer se sonrojaba—. Como les iba diciendo, a Carlos III no le importaban un pimiento las cuatro baratijas que yacen alrededor de esta isla.

—¿Y entonces qué andaba usted buscando en aquella playa escondida?

—Señales. Usted mencionaba hace poco a Estrabón, que llamó a esta isla Planesia. Pues bien, en su tratado de geografía señalaba que había otra isla al lado, Plumbaria, llena de minas de plomo, plata y oro. Una isla que Carlos III quería encontrar costase lo que costase.

—Pero… es evidente que aquí no hay ninguna otra isla —contravino el profesor, desconcertado.

—Como tampoco hay ningún genovés. Todos los actuales habitantes de la isla son de origen alicantino, ningún italiano. Y esto es así porque a finales del s. XVIII los genoveses de Tabarca simplemente desaparecieron, de un día para otro, dejando a Carlos III sin tesoro alguno.

—Encontraron Plumbaria —sentenció Magdalena.

—Eso es lo que los amantes de las leyendas como yo queremos creer.

De repente Joaquín soltó una sonora carcajada y apuntó con su rechoncho dedo al marinero.

—וֹEstaba seguro que no era usted el rufián que intenta aparentar! וֹUn romántico, Lince, es usted un romántico!

El marinero se mantuvo impasible con la vista fija en el horizonte y los brazos arqueados sobre la cintura. Al cabo, ladeo unos labios fruncidos, a modo de sonrisa y se volvió hacia sus pasajeros.

—Partiremos en un par de días. ¿Les apetece, mientras tanto, darme una mano en mi fútil búsqueda del tesoro de los genoveses?
La pareja se buscó con la mirada y terminaron sonriendo, volviendo la cabeza hacia el marinero asintiendo al unísono.

—Bien, entonces será mejor que vaya al camarote a por una buena botella de blanco.
 
Pasaron el día siguiente consultando los apuntes de Lince, los cuales consistían en una transcripción del diario de uno de los genoveses que había habitado en la isla y algunos apuntes históricos dispersos esbozados de la mano del marinero. El diario —escrito en un italiano arcaico no demasiado difícil de descifrar— apenas contenía información inherente a lo que a ellos les interesaba. Había pertenecido al médico del poblado, poco amante del mar, y casi todas las entradas hablaban de las enfermedades y patologías de los habitantes. En un par de ocasiones hacía alusión a la desaparición de dos embarcaciones en la parte oriental de la costa. Aunque el mismo doctor discernía que lo más probable fuera que ambas naves desaparecieran al haber sido hundidas, más que por misterio alguno.
Recorrieron la parte oriental de la isla en busca de cualquier indicio, bromeando sobre lo absurdo de su búsqueda, intentando esconder la infantil esperanza de obtener resultados. Cualquier roca de forma geométrica que encontraban despertaba su curiosidad y encendía falsas alarmas. La pareja de fugitivos acompañó al marinero inicialmente disimulando su sorna, sorprendidos que semejante pasión juvenil pudiera haber hecho mella en un marinero tan curtido como él; más a medida que iba pasando el día se sorprendieron a sí mismos sumergidos en la búsqueda con mayor pasión si cabe que la que mostraba Lince.

—Mucho me temo que toda esta historia no es más que una leyenda —adujo en un momento de desánimo Magdalena.

—Perfecto. Si hay algo en lo que yo quiero creer es en las leyendas —fue toda la respuesta que le dio el capitán.

Al final se dieron por rendidos, decidiendo pasar el resto de la tarde pescando doradas, mientras observaban la puesta de sol sobre un pequeño saliente de roca que daba al mar, con los pies colgando y el ánimo templado.
Fue al tercer día —justo cuando el mar empezaba a mostrarse más clemente y tanto Lince como la pareja empezaban a hacerse a la idea de que había llegado el momento de seguir con la travesía— cuando las cosas se torcieron irremediablemente.
Estaban volviendo de unas inmersiones en la parte más oriental de la isla cuando advirtieron que había un pequeño buque patrullero de la Guardia Civil anclado junto a la goleta.

—Maldita sea —dijo el profesor—. ¿Cómo han podido encontrarnos?

—Eso es lo de menos ahora —susurró Lince, cuya cabeza elucubraba a velocidad de crucero—. Escúchenme con atención, vuelvan con cuidado a la cala de antes, si no recuerdo mal hay una cueva lo bastante grande para que puedan esconderse.

—¿Y usted qué va a hacer? —preguntó Joaquín, sinceramente preocupado.

—Yo sólo soy un contrabandista que ha echado el ancla en la isla, sin cargamento alguno.

—De acuerdo, capitán. Confío en usted —adujo el profesor mirándole a los ojos con seriedad.

Se separaron sin despedida alguna. El matrimonio volvió a la cala, como convenido, encontrando la cueva que el marinero había mencionado. Esperaron abrazados durante horas, hablando lo mínimo necesario. No escucharon disparo alguno y ello les tranquilizó e impacientó por partes iguales. Escucharon unas voces cercanas alejarse y más tarde unas lejanas aproximarse.

Bien entrado el atardecer, cuando ya tenían las articulaciones entumecidas e incluso un cierto sopor les estaba atenuando, se encontraron rodeados por una pequeña tropa de seis soldados, fusil en mano.

—Aquí termina la fiesta, profesor —espetó uno de ellos, con una sonrisa aviesa.
 
Fueron llevados de nuevo a la cueva, donde otra media docena de soldados entraba y salía de la goleta, revolviendo todos los cajones, cestas y camarotes. Joaquín pudo observar como todos los documentos que había traído consigo estaban apilados ordenadamente en la borda del patrullero. Años y años de estudios, de futuras publicaciones, amontonadas en riguroso orden en una nave de la Guardia Civil.  Y a su lado, erguido, con un bigote delgado y uniforme verde con tricornio, les observaba el capitán del patrullero. Un hombre enjuto, de mirada franca.

—Profesor —les dijo, una vez les tuvo delante—. Soy el Capitán Esteban Escudero. Lamento tener que encontrarle en estas circunstancias. Mi padre siempre fue un amante de la historia y en especial de su obra, pasión que terminó transmitiéndome.

Joaquín prefirió ignorar al capitán, apenas emitiendo un gruñido.

—Y usted debe ser su mujer. Magdalena de Inés, la fama sobre su belleza le precede y al parecer le hace justicia.

—Ahórrese tanta palabrería —profirió furiosa— ¿Cómo han hecho para encontrarnos?

El capitán esbozó una sonrisa.

—Al parecer la culpa es suya. Unos pescadores del pueblo nos señalaron que habían visto a una mujer que no era del pueblo encaramarse a las murallas. Luego todo fue fácil, simplemente bordeamos la costa, encontramos la goleta y a su capitán, que nos informó, previa promesa de recompensa, dónde podría encontrarles.

En aquél momento apareció Lince, a las espaldas del capitán, con cara de estar divirtiéndose.

—¡Hijo de perra! —gritó Magdalena, que escupió en la cara del marinero—. ¡Confiábamos en usted!

—Por lo visto cometieron un grave error —fue todo lo que dijo Lince, antes de darles la espalda.

El capitán impartió algunas órdenes y consultó con uno de sus oficiales la conveniencia o menos de partir a tan altas horas. Al cabo se acercó de nuevo a la pareja de fugitivos.

—Pasaremos la noche aquí. Ustedes dos dormirán en uno de los camarotes del patrullero, aunque éste estará custodiado, como entenderán. Mañana partiremos para Alicante, donde serán puestos a disposición judicial —añadió el Capitán Esteban, dando por terminada la conversación.
 

Esa noche ninguno de los dos pudo pegar ojo. Pese a que no estaban amordazados y dormían en el lecho de la goleta, eran conscientes de su desgracia. Magdalena hizo un amago de escapar del camarote terminando por encontrándose con un guardia apostado en su puerta. Había más hombres de pie a lo largo de la borda. Escapar de la nave no era más que una quimera.
De repente escucharon un disparo.
Un grito y otra serie de disparos. Movimiento, pasos acelerados sobre la cubierta y el inconfundible martilleo de una metralleta. La mujer se abalanzó sobre la puerta, pero descubrió que el guardia la había trabado antes de abandonar su puesto.
Los disparos se sucedían y desde la claraboya del camarote apenas pudieron ver el movimiento de varias sombras de lado a lado, así como algunos fogonazos de fusiles.
Escucharon unos pasos acercarse, Magdalena asió la única silla que encontró en la habitación y se apostó detrás de la puerta.
Ésta se resquebrajó al ser golpeada con fuerza desde afuera y un hombre de poblada barba vestido de campesino se plantó ante ellos

—¡¡Rápido salgan, dense prisa!!

La pareja obedeció sin hacer preguntas, saliendo a la superficie de la nave donde pudieron observar como otros hombres con aspecto desaliñado se enfrentaban a la tropa del buque, arma en mano.

—¡¡Diríjanse a la goleta, corran!! —les ordenó el guerrillero mientras les cubría las espaldas a fuerza de disparos.

Entre la confusión, observaron que la guerrilla se había apostado en la nave de Lince, y que éste último combatía junto con ellos, disparando con un rifle a los soldados del régimen.

—Será mejor que cojan uno de éstos —les dijo cuando les vio llegar, alargándoles un fusil, como todo saludo.

Magdalena obedeció premurosa y pronto empezó a amartillar el percutor con destreza, mientras su marido se quedaba a cubierto.

—Maldito Lince, es usted una caja de sorpresas —espetó la mujer sin desviar la mirada del objetivo—. ¿Quién es toda esta gente que lucha por nosotros?

—No luchan por ustedes sino contra ellos. Son maquis, guerrilleros que decidieron apostarse en la isla una vez terminada la guerra. Podríamos decir que son... piratas, y amigos.
»Antes de visitar a nuestro capitán Esteban fui a encontrarles. Acordé con ellos que nos visitaran por la noche, por si algo salía mal. A decir verdad no contaba con que el capitán tuviese certeza de vuestra presencia y además encontraron algunos papeles del profesor en la goleta. Jugué las cartas como mejor pude.

—Sabía que usted no era un traidor —dijo Joaquín sonriente.

—Soy un contrabandista, un vividor y quizás un poco pendenciero —dijo el marinero mientras acertaba con un disparo a uno de los soldados—. Pero antes que nada soy un hombre de palabra.

El tiroteo se intensificó y pronto mudó de escenario, hacia la otra parte del barco.

—Ahora será mejor que tratemos de hacer que esta nave zarpe de nuevo a la mar —dijo el marinero.
Mientras los guerrilleros descendieron de la nave —manteniendo al pelotón a raya desde tierra firme—, Lince levantó el ancla e izó las velas de la goleta, que empezó a moverse paulatinamente.

—¿Y ellos, les dejamos aquí tirados? —preguntó Magdalena en alusión a los maquis que tanto les habían ayudado.

—Ellos, querida, ahora mismo están más vivos que nunca. El exilio nunca será una opción para cierto tipo de gente —respondió Lince, que había conseguido hacer zarpar la nave, alejándose del fuego cruzado y adentrándose en mar abierto.
 
En la cueva el enfrentamiento era encarnizado, sin vistas de decantarse por ninguna de las facciones. El capitán Esteban observó la goleta alejarse, liberándose de su presa. Divisó al marinero —al cual había infravalorado— situar la nave en ceñida, favoreciendo que ganase mayor velocidad. Levantó su fusil y apuntó con calma. Un disparo. Lince cayó abatido, mientras la nave se perdía, perdiéndose en la oscuridad sin rumbo alguno.
 
Y así fue como de nuevo aquella goleta se adentró en mis aguas. Con un marinero moribundo y una pareja que a duras penas conseguía mantenerla a flote. Pero esta vez me dio por ser clemente. Esta vez... les abrí las puertas a uno de mis mayores secretos.
 
La primera vez que Lince despertó pensó que estaba en el cielo. Se encontraba en una habitación llena de frescos, con unos ventanales que abarcaban todo un muro a través de los cuales se distinguía el mar y entraba una luz cegadora. Había un niño al lado de la cama. Cuando vio que estaba despierto se levantó agitado.

—¡¡Mamma, mamma, si è svegliato!!
 
La segunda vez que se despertó, encontró a Magdalena y Joaquín vestidos de manera un poco un tanto arcaica, sonriéndole de forma enigmática.

—Bienvenido a Plumbaria, Lince.

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  Trabajos inútiles
Enviado por: Alhazred - 22/07/2019 03:36 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (6)



Me topé con este video hace poco y me cambió un poco la perspectiva sobre ciertas cosas. Recientemente voy a empezar mi primer trabajo de oficina como traductor y bueno, no lo voy a negar, estoy un poco nervioso. No sé qué esperarme. Así que me puse a buscar en youtube ejemplos del día a día en un trabajo de cubículo y me terminé encontrando con este video. Por lo visto el hombre mandó un cuestionario por sus redes sociales preguntando si consideraban su trabajo inútil y un 37% respondió que sí. En base a esto David Graeber formó su teoría de que hay una serie de trabajos que, o bien no haces nada todo el día, o lo que haces no es productivo para la empresa en ninguna manera (de hecho, puede hasta ser lo opuesto, una lacra). Habla de gente que en los años 30 predijo que en el siglo XXI trabajaríamos 15 horas semanales en vez de 40, y dice que para un cierto porcentaje de la población esto ya se cumplió, pero que siguen pretendiendo que trabajan 40 horas porque es lo que está socialmente bien aceptado. ¿Qué opináis vosotros? ¿Tenéis algún trabajo inútil? ¿Me podéis conseguir uno? Big Grin

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  Tu porno te rastrea
Enviado por: Duncan Idaho - 20/07/2019 03:33 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (2)


Google, Facebook y Oracle rastrean el porno que vemos, incluso en modo incógnito, según NYT

De acuerdo a un nuevo estudio realizado por investigadores de Microsoft, Carnegie Mellon y la Universidad de Pensilvania, y que recoge el New York Times, los sitios web porno están plagados de trackers que envían la información de sus usuarios a terceros, entre los que se encuentran compañías como Google, Facebook y Oracle.

Lo preocupante es, de acuerdo a la investigación, que estos
 trackers  están recopilando información incluso cuando el usuario visita estos sitios bajo el modo incógnito de su navegador, lo que hace que se recojan datos de sus hábitos de consumo en cuanto a pornografía, lo que podría revelar sus preferencias sexuales.

El 93% de los sitios web porno envían datos de sus usuarios a terceros
El estudio basa su investigación en el análisis de 22.484 sitios web porno, de los cuales el 93% recopilan información de sus usuarios y la envían a terceros, incluso si se hace a través del modo incógnito. Esta recolección de datos se hace sin el consentimiento de los usuarios y no se especifica el uso que se le da.
De hecho, sólo el 17% de los sitios analizados tienen políticas de privacidad, pero bajo un lenguaje sumamente complicado de entender, según explican los responsables del estudio.

La investigación afirma que el 74% de los sitios contaban con trackers pertenecientes a Google, 24% a Oracle y 10% a Facebook, y en ninguno de estos casos se sabe cuánta información recopilan, con qué nivel de detalle y con qué fin. También se encontró que el 17% de los sitios no poseen ningún tipo de cifrado, lo que además pone en riesgo toda la información que se recoge y los hábitos de sus usuarios.

Según los responsables del estudio, esta práctica representa "un gran riesgo para las poblaciones vulnerables cuyo uso de pornografía podría ser clasificado como no normativo o contrario a su vida pública". Aquí se incluyen casos como países donde la homosexualidad es ilegal, o donde la sexualidad de una figura pública está en riesgo de ser de conocimiento público.

Elena Maris, una de las investigadoras, mencionó:


Cita:"El hecho de que el mecanismo de rastreo de sitios para adultos sea tan similar a, digamos, la venta en línea debería ser una gran señal de alarma. Esto es mucho más específico y profundamente personal."


Ante esto, Google y Facebook declararon que "no utilizan la información recopilada de las visitas a sitios pornográficos para crear perfiles publicitarios o de marketing".

Un portavoz de Google declaró al New York Times:


Cita:"No permitimos los anuncios de Google en sitios web con contenido para adultos y prohibimos la publicidad personalizada y los perfiles publicitarios basados en los intereses sexuales de los usuarios o en actividades relacionadas en línea. Además, los tags de nuestros servicios publicitarios no están habilitados para transmitir información personal identificable."
Por su parte, Facebook mencionó algo similar:


Cita:"Nuestra compañía prohibe que los sitios web de sexo utilicen las herramientas de seguimiento de Facebook para fines comerciales, como la publicidad".
En cuanto a Oracle, hasta el momento no ha hecho declaraciones.
Fuente: Xataka

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  Reto Jul19: Una mala tarde la tiene cualquiera
Enviado por: Joker - 20/07/2019 09:50 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (20)

1


Los brujos ataron los caballos a los restos de una valla, prefiriendo remontar a pie el último tramo de la cuesta. Mientras ascendían, la mirada del joven pupilo se mantenía clavada en la alta construcción a la que se acercaban. La del maestro, en cambio, no se elevaba más allá de los sitios donde apoyaba los pies.
—Ahora sí entiendo por qué no querías aceptar este contrato —dijo Geralt—. Mala paga, y una mierda. Era por esta maldita subida: te está dando una paliza, viejo.
—No es por… eso que…
—Vesemir, jadeas como un perro enfermo. Mejor no hables, o te dará un patatús y adiós a tus estúpidas lecciones. Y qué será de mí…
—¿Y qué será de ti? Hum… chupetones, heridas estúpidas, trabajo mal pagado, chupetones, problemas con la ley, y… ¿ya dije chupetones?
Geralt miró sobre su hombro, sonrió.
—¿Eso me espera? Hum, mejor no me tientes, viejo, que aquí no hay nadie mirando.
Se detuvieron uno junto al otro frente a la enorme construcción.
—Quizá sí haya alguien —dijo Vesemir, con tono serio ahora, mirando las altas ventanas del faro—. ¿Tú también…?
—También —lo cortó su pupilo—. Desde que dejamos los caballos.
Sin decirse nada más, ambos se acercaron al edificio.
El joven pupilo abrió la puerta cogiendo la manija con mano firme, entró el primero. Vesemir le siguió y cerró detrás; si había algo ahí dentro, mejor mantenerlo encerrado. Sus pupilas se ampliaron de inmediato para amoldarse al cambio de luz, de igual manera poco había para mirar. Unas cajas por aquí, una cama roída por allá, una mesa pequeña y cubierta de polvo en medio, telarañas en los altos rincones. Y ratas, muchas ratas.
Pronto se vieron subiendo por las escaleras de caracol. Vesemir iba delante ahora, marcando el ritmo, sereno y precavido. Ya no jadeaba ni se quejaba por el esfuerzo, parecía haber rejuvenecido veinte años al cruzar la puerta. Geralt admiraba su profesionalidad.
Llegaron así al último escalón, una puerta les cortó el paso. El viejo brujo alargó una mano y cogió el picaporte, el medallón de plata se agitó en su pecho. Vesemir la retiró, miró hacia atrás.
—¿Débil? —preguntó el joven pupilo.
—Débil. Apenas un cosquilleo.
—¿Deberíamos…?
—No, Lobo. Se espantará. Solo estate alerta. ¿Listo?
—Listo.
Vesemir volvió a coger la manija y la giró con lentitud, la puerta se abrió con un chasquido. Entonces el viejo maestro fue empujándola suavemente con la bota, examinando una porción cada vez mayor de la sala al otro lado. No vio nada ni a nadie. Avanzó, y Geralt lo hizo detrás.
Aquel recinto tenía todo lo necesario para alimentar la hoguera del faro, la cual aún estaba por encima, a la intemperie; la escalera exterior que subía hasta allí se vislumbraba por una puerta abierta, a la derecha. Vesemir avanzó hasta una estantería, cogió algunos de los frascos que había allí y los examinó tras soplar el polvo. Geralt dio un paso hacia esa puerta lateral, pero de pronto una ráfaga de aire entró chillando y su medallón tiró de la cadena con fuerza, y en ese chillido ambos brujos distinguieron un nombre.
¡Brandt!
El joven pupilo puso una mano en la empuñadura a su espalda, buscó con la mirada a su maestro. Vesemir le pidió calma con un gesto, Geralt volvió a bajar el brazo poco a poco.
—¿Quién es Brandt? —preguntó el viejo brujo, alzando la voz.
Uno de los frascos del estante salió disparado hacia el pupilo, este se agachó y lo esquivó por los pelos.
—Vese… —Geralt se calló de pronto ante la mirada de su maestro, pues aquella bastó para recordárselo: jamás debes decir tu nombre delante de los espíritus.
—Estamos aquí para…
¡Brandt!
—¡Queremos ayudar! —insistió Vesemir, grave—. Ayudarte a…
¡Brandt! ¡Brandt! ¡Brandt!
La voz helaba la sangre, se percibía un profundo dolor en ella, y una ira, una ira terrible e incontrolable.
Los frascos comenzaron a ser lanzados uno detrás del otro, luego el estante entero cayó. Los troncos amontonados a un costado se desparramaron por el suelo, después fueron convertidos en proyectiles, asediando las paredes con fuerza, dejando hendiduras en ellas.
—¡Vámonos de aquí! —tronó Geralt, y, sin miramientos, corrió hacia su maestro, le cogió firme por el brazo y le arrastró hacia las escaleras de caracol.
Pero esta puerta también se cerró delante de sus narices con un golpe. Acto seguido, un tronco golpeó la espalda de Geralt, un especiero le dio en la nuca. El joven brujo atinó a desenvainar, pero su maestro le aferró la muñeca a tiempo.
—Aun no —le dijo. Su voz no se había perturbado ni un poco.
—¡Nos matará!
¡Braaaaaaandt!
El chillido fue ensordecedor, los brujos se llevaron las manos a las orejas y apretaron con fuerza para acallarlo. Y entonces, de pronto, el agudo aullido se calló, todo en la sala quedó en silencio e inmóvil.
—¿Y ahora qué? —gruñó el pupilo.
—Ahora nos vamos —dijo el maestro—. No somos bienvenidos aquí.


2

Geralt llamó a la puerta de una casa pintoresca, asentada en el sector de Winzur más apartado de la costa. Vesemir aguardaba más atrás, sentado en uno de los palos de la cerca. El joven pupilo esperó, llamó, esperó y volvió a llamar. Y entonces le abrieron. Al otro lado del umbral apareció un sujeto de edad similar a la suya, delgaducho pero de rasgos finos y acentuados.
—¿Qué queréis? —espetó, señalándoles con el mentón—. ¿Os parece buena hora pa’l incordio, par de…?
Geralt se cruzó de brazos, inclinó la cabeza con una ceja alzada.
—¿Par de…?
—Brujos —dijo el sujeto, con la voz perceptiblemente más aguda—. Sois brujos. Creí que…
—Lo somos. ¿Y tú, eres Brandt Firutrer? —El joven delgaducho tragó saliva con un chasquido, asintió con la cabeza—. Bien. Tenemos que hablar.
Geralt hizo un gesto a Vesemir y avanzó hacia la puerta con la intención de entrar, pero el dueño de casa salió fuera y cerró detrás de él.
—¿Os parece que hablemos por allí?
El joven pupilo miró hacia dónde señalaba el sujeto.
—¿A la vista de todos? Por qué no. —Se encogió de hombros—. Serás tú quien se muestre con mutantes, no nosotros.
El joven delgaducho se lo pensó de nuevo.
—Mmm, mejor entremos a la casa, que se está más fresco y hay cerveza. ¿Estáis de acuerdo?
—Y cómo —respondió Geralt y, con una sonrisa torcida, llamó a su maestro.
Se sentaron alrededor de una mesa. Los brujos se acomodaron uno a la par del otro, con sus respectivas jarras; el dueño de casa escogió la silla enfrentada a ellos. Por unos minutos, maestro y pupilo solo se dedicaron a beber y mirar fijamente a su anfitrión.
Nervioso, restregándose las manos sudorosas bajo la mesa, Brandt Firutrer por fin tomó coraje y preguntó:
—¿De qué queréis hablar?
Los brujos no respondieron.
—Vosotros sois los que vinisteis, algo debéis querer de mí…
Los brujos no respondieron.
—¿Es… acerca del faro?
Pupilo y maestro se miraron un momento, el primero se echó hacia atrás en la silla, el segundo tomó la palabra:
—Acerca del faro —convino—. Estuvimos allí esta mañana.
El dueño de casa acabó la cerveza de su jarra.
—Entonces es cierto. Es… es… —las palabras se le ahogaron en la garganta, bajó la cabeza y apoyó la frente contra la madera, pesaroso.
—¿Cuál era su nombre? —preguntó Vesemir.
Brandt Firutrer miró los ojos dorados del viejo maestro.
—Annabelle —pronunció con dificultad, como si sus labios hubieran olvidado el sonido de aquel nombre. Los brujos mantuvieron el silencio, dándole pie para que narrara su historia—. Era una joven dulce, simpática, bondadosa. Bella a su manera. Y yo… la amaba. Era mi prometida, brujos, íbamos a casarnos. Íbamos… No pudimos. Aquella noche funesta, hace ya cinco años, ella se fue a dónde no pude seguirla, aunque tuve ganas de hacerlo. ¿Qué sucedió? Se cayó a las aguas. Se ahogó, brujos. Aún hoy me pregunto qué hacía tan cerca de la costa aquella noche. —Negó con la cabeza—. Jamás lo sabré. —Sorbió los mocos, se limpió una lágrima que había aparecido en su ojo—. Eso es todo.
—No —dijo Geralt—. No lo es. Cinco años, en ese lapso de tiempo ella se mantuvo tranquila. Tiene que haber algo…
—Un casamiento —dijo el viejo brujo. Llevaba un rato observando el anillo de boda en el dedo anular del dueño de casa—. Has roto una promesa. Le prometiste que no te casarías con nadie más.
—Pero… pero… ¿cómo lo sabéis?
—Porque los enamorados hablan sin pensar —replicó Vesemir.
En ese momento, la puerta de la casa se abrió y una mujer entró cargando unas canastas repletas con variada mercancía.
—Mira, mi amor, lo que encontré en el…
Al alzar la mirada, la joven se frenó en seco, las canastas cayeron de sus manos, unas manzanas rodaron por el piso. Geralt cogió una que chocó su pie, le dio un mordisco.
—¿Quiénes son estos hombres, Brandt? —preguntó ella.
—Querida, no te asustes —dijo el dueño de casa, acercándosele, abrazándola por un lado—. Son brujos. Están aquí por lo de… tu hermana.
—¡Annabelle!
Geralt y Vesemir se miraron.
—Perra suerte —murmuraron al mismo tiempo—. Perra suerte.


3

La noche los encontró cabalgando otra vez hacia el faro. El aire era cálido, la brisa les acariciaba el rostro, despeinando apenas sus cabellos por detrás. Las estrellas y la luna brillaban sin impedimento de nube alguna. Era una noche agradable. Pero eso cambiaría en cuanto pusieran un pie dentro de aquella construcción. Ellos bien lo sabían.
—Vesemir.
Por el tono de voz de su pupilo, el viejo maestro supo que diría algo a lo que le había dado muchas vueltas.
—¿Si, Lobo?
—Ya sé que debemos agotar todas las instancias antes de la… irremediable, la lección no se me ha olvidado. Pero, ¿no crees que es mala idea meternos allí sin blandir la espada?
—No, no lo creo.
—Vesemir, esa cosa estará muy molesta. Y diablos, tiene razones para estarlo. ¿Con la hermana? Su puta madre, ¿cómo reaccionará cuando se lo digamos?
—Depende de cómo lo hagamos, Lobo. Recuerda: no debemos mentir, los espíritus son capaces de percibirlo mejor que cualquiera. Pero…
—El que calla, no miente —concluyó el joven pupilo—. Lo sé.
Siguieron cabalgando un tramo en silencio.
—Vesemir.
—¿Si, Lobo?
—¿Crees que lo lograremos?
—Es nuestro deber intentarlo.
El joven pupilo soltó una pequeña risita.
—Viejo —le dijo—. Yo no soy una aparición. Puedes mentirme. De hecho, quiero ver cómo lo haces.
Vesemir le miró con gesto serio, sus miradas se encontraron.
—Lo lograremos, Lobo.
Geralt quiso reír por la desfachatez de su maestro, pero no pudo. No pudo, aunque lo deseó con fuerza. Esa noche, por alguna razón, necesitaba creer esa mentira.
Detuvieron a los caballos frente al faro, los ataron a un poste cercano a la puerta. Luego se ajustaron uno al otro los nudos de las almillas, por debajo de las axilas y por encima del hombro, dejando los medallones de brujo bien a la vista. Las espadas de acero las dejaron atrás, cogieron en cambio las que llevaban en las monturas, envueltas en piel de oveja. Las de plata.  Una vez enfundaron estas en sus tahalíes, donde pudieran alcanzarlas con un rápido movimiento de la mano, entraron a la alta construcción.
Sus colgantes comenzaron a agitarse al poner un pie sobre el primer escalón. Los ojos de los brujos se encontraron de inmediato, decían: ya no hay vuelta atrás. Subieron a un ritmo lento y constante, los lobos de plata se agitaban cada vez con más fuerza, con movimientos bruscos. Y, como esa misma mañana, se detuvieron frente a la puerta de la última habitación.
Vesemir se volvió hacia su pupilo.
—Estoy listo —dijo Geralt, anticipándose a su pregunta.
Y así entraron, uno detrás del otro.
La sala seguía envuelta en la misma quietud que cuando la abandonaran, pero la atmósfera estaba lejos de ser calma. Los medallones eran capaces de percibir esa electricidad, los brujos los sostenían con la mano para detener sus movimientos.
Maestro y pupilo se acomodaron uno junto al otro, de cara a la puerta lateral. Geralt sostenía el extremo de un collar con la mano derecha, Vesemir con la izquierda. Y esperaron.
Se levantó viento. Las ráfagas de aire entraron por la abertura, la puerta se abrió y cerró varias veces, los silbidos comenzaron a sonar. Los brujos se mantuvieron firmes. El viento arreció, los silbidos se convirtieron en aullidos, y entre estos oyeron lo que deseaban oír.
¡Braaandt!
El hálito les sopló directo en la cara, helándoles la piel, echándoles los cabellos hacia atrás, obligándoles a entrecerrar los ojos. Los brujos elevaron entonces cada uno su respectiva mano, alzando el collar.
—¡Annabelle! —dijeron con voz pastosa, al unísono, las palabras brotaron de sus labios acompañadas de vaho—. ¡Venimos en nombre de tu amado!
Las ráfagas de aire se hicieron aún más intensas, tanto que los brujos fueron arrastrados unos centímetros hacia atrás. Y de pronto, en medio de aquella correntada, la forma etérea de una mujer entró deslizándose con suavidad, flotando sobre el suelo, y se les acercó. Los brujos no retrocedieron, alzaron más alto el colgante.
El espectro se detuvo cara a cara con Geralt, el joven pupilo bajó la mirada, posándola en sus propias botas. Aun así, él fue consciente de que la aparición le observó primero por el frente, luego por un lado, después desde atrás. Lo mismo hizo con Vesemir; el maestro, siguiendo su propia enseñanza, también bajó la mirada, sabía lo mucho que enfadaba a los espectros el contacto visual.
De pronto, la correntada se detuvo.
—¿Por qué no ha venido él? —preguntó entonces la mujer, con un susurro helado en el oído del viejo brujo.
—Los hombres temen lo que no comprenden —respondió Vesemir.
—¿Se ha olvidado de mí? —silbó el espectro tras la oreja del pupilo.
—Te recuerda con amor —contestó Geralt.
—¿Amor? —chilló la mujer, aturdiéndolos por un instante—. Amor… sí, nos amábamos. Yo sigo amándolo como el primer día. —Volvió a helar el cuello del joven brujo—: ¿Él me ama como antes?
Geralt fue cuidadoso:
—Jamás dejó de amarte.
La aparición dejó sus espaldas, se detuvo delante del viejo maestro.
—¿Y porque os envía a vosotros? ¿Acaso no sois hombres como él?
—Somos brujos —dijo Vesemir.
—¡¿Brujos?! —chilló el espíritu, el viejo maestro sintió la corriente de aire en el rostro—. ¿Él quiere que me vaya, que me expulséis? ¡No! Yo quiero verle, yo quiero decirle una vez más cuánto lo amo. Yo quiero… decirle que sea feliz con alguien más.
Geralt y Vesemir se miraron.
—Él ya es feliz —dijo Vesemir—. Tiene una bella esposa. Es… tu hermana.
—¡¿Elena?!
—La eligió porque le recuerda a ti —se apresuró a agregar el joven pupilo, mirando de soslayo a su maestro, con los dientes apretados—. Él ve en ella tu sonrisa, tu mirada, siente que a su lado tiene una parte de ti.
La aparición flotó hasta quedar a solo un centímetro del rostro de Geralt.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Yo qué tengo de él? ¡Nada! Estoy sola, perdida, le necesito.
La aparición se movió hacia sus espaldas, de allí les llegó un extraño rumor. Los músculos de ambos se tensaron, irguieron la cabeza, la mano derecha de Vesemir se movió poco a poco hacia la empuñadura de la espada. Pero entonces Geralt miró apenas sobre su hombro y entendió lo que sucedía: el espectro lloraba.
—Ya nunca más te sentirás sola, Annabelle —dijo el joven pupilo, volviendo a posar la mirada en el suelo—. Brandt te ama, y no quiere eso para ti. Este collar, lo reconoces bien, ¿verdad? Es tu regalo de compromiso, tú se lo diste. Es su tesoro más preciado. Y aun así, está dispuesto a que tú lo conserves. Te ama, Annabelle, y sabe que lo necesitas más que él. Cógelo, os pertenece a vosotros, y no a un par de brujos que nada entienden de amor.
Maestro y pupilo cerraron los ojos y visualizaron mentalmente el rostro del enamorado, sonriente, feliz, invitándola a ella a ver lo mismo. El llanto se detuvo y, tras un momento, ambos brujos sintieron la electricidad de la mano del espectro muy cerca de las suyas; separando los dedos de las palmas, soltaron el collar. Este no cayó al suelo.
—Brandt, mi amor —dijo la aparición, con un tono dulce y melancólico—. Te extraño tanto… Brujos, gracias… gracias. —Se movió hasta quedar cara a cara una vez más con Geralt—. Tú, tan joven, tan hermoso, tan agradable. Me recuerdas a él. Abre la mano, bello brujo, y que seas tú quien dé esto a mi amado.
El pupilo extendió su brazo, lentamente giró la muñeca y abrió la mano, con la palma hacia arriba. Pronto sintió un objeto de metal sobre esta.
—Dile —le dijo la aparición—, dile que lo cuelgue del cuello de su esposa, mi amada hermana, y yo descansaré en paz, por fin.
Y dicho esto, Geralt sintió en los suyos el frío de los labios del espíritu en un beso suave y delicado.
—Adiós, Brandt —dijo la aparición, y poco a poco fue retrocediendo de espaldas hacia la puerta.
—Adiós, Annabelle —dijo el joven pupilo, cerrando la mano, apretando el objeto—. Que el descanso te sea placentero.
La puerta lateral volvió a cerrarse, los brujos se quedaron solos allí. Geralt sabía que los ojos de su maestro estaban puestos sobre él.
—¿Envidia, viejo? —preguntó, volviéndose hacia Vesemir.
El maestro inclinó la cabeza a un lado y al otro, examinándole con el rostro ceñudo.
—Sorpresa —replicó este, alzando las cejas.
—¿Sorpresa?
—Y te extrañas, malandrín —bufó el maestro, divertido—. Cerré los ojos un momento y… no llevas ningún chupetón en el cuello. Si eso no es motivo de sorpresa, dime qué lo es.
—¿Sabes qué, viejo verde? —Una sonrisa afloró en los labios de Geralt—. Comienzo a creer que todo esto de las lecciones es una excusa para contagiar de juventud a tu amigo de abajo. Anoche… dime, ¿está funcionando este método?
Vesemir le dio unas palmaditas en el hombro.
—Y cómo, Lobo. Y cómo.


4

Temprano en la mañana se presentaron en la vivienda de Brandt Firutrer, luego de haber pasado la noche en una de las posadas del pueblo. Vesemir llamó a la puerta, Geralt estaba a su lado.
El dueño de casa abrió tras el primer golpe.
—¡¿Lo habéis hecho?! ¡¿Lo habéis logrado?!
—Aún no —respondió el maestro—. Pero poco falta. ¿Podemos entrar?
—Está mi esposa…
—Les necesitamos a ambos.
Brandt posó sus ojos en el viejo brujo. Solo hazte a un lado, decía su mirada, y jamás nos verás de nuevo. Desvió entonces la vista hacia el joven, su expresión era bien distinta. Confía en nosotros, le decía, solo ves la superficie. Ponte en nuestro lugar. Pero la única diferencia entre un brujo y otro era solo la experiencia; el dueño de casa supo que, algún día, un día no tan lejano, la expresión de ambos sería idéntica. Y con razón.
Pero ese no era el día. Se hizo a un lado y les permitió el paso.
Los brujos entraron, se detuvieron poco más allá del umbral. Brandt Firutrer les sobrepasó y se acomodó junto a su esposa, que les había oído hablar y esperaba de pie en medio de la sala, con una mano detrás de la espalda. Él la abrazó y la besó en la mejilla.
—Os oímos, brujos. Decidnos en qué podemos ayudar.
Vesemir codeó a Geralt, el joven pupilo le miró con mala cara, luego soltó un suspiro y avanzó tres pasos. Sus anfitriones retrocedieron uno. Se detuvo, molesto, miró a su maestro por encima del hombro; este le devolvió una mirada pétrea y, con un movimiento de cabeza, le instó a continuar.
El joven pupilo soltó una ruidosa exhalación, volvió a avanzar, más despacio ahora, observando el desprecio en los ojos de la mujer, el temor en los del hombre. No me conocen, se dijo a sí mismo. No conocen mis sentimientos, no saben que los tengo. Pero soy un brujo, y es mejor así. Con estas palabras, avanzó hasta quedar a dos pasos de ellos, alargó su mano enguantada, les mostró lo que llevaba en ella.
Brandt Firutrer lo reconoció de inmediato. El collar que la aparición le había entregado tenía forma de delfín, uno muy hermoso.
—Annabelle —dijo el dueño de casa, apartándose de su esposa para adelantarse hasta él. Cuando estuvo frente a frente, estiró la mano ahuecada; el joven brujo dejó en ella el colgante—. ¿Cómo… cómo…?
—Ella me lo dio —explicó Geralt—. Su último deseo es que lo cuelgues del cuello de tu esposa, su hermana, y así ella descansará en paz sabiendo que eres feliz. Ella aún te ama.
Brandt miró a su mujer, sin saber qué decir.
—No digas nada —dijo el joven pupilo, áspero—. Solo cumple con su pedido.
El dueño de casa asintió y se dio la vuelta, con movimientos mecánicos se colocó tras su esposa.
—Elena —dijo.
La mujer se levantó los cabellos con ambas manos, desnudando su pálido cuello, sin despegar sus ojos marrones de los dorados de Geralt. Brandt pasó sus manos por encima de los hombros de su esposa, dejando que el delfín le cayera sobre el pecho, luego unió ambas mitades de la delicada cadena por debajo de la nuca de ella.
El joven pupilo soltó un suspiro y saludó con una inclinación de cabeza. Entendiendo que aquello era el fin, se dio la vuelta y caminó hacia su maestro, mirándole con satisfacción. Pero vio de pronto como los ojos de Vesemir se abrían como platos, como sus labios se separaban al cortársele la respiración. Geralt giró sobre sus pies, justo a tiempo de ver a la joven cayendo al suelo, con las manos alrededor del cuello, intentando detener el agarre de la cadena, que le apretaba cada vez más. El joven pupilo sintió el empellón de su maestro cuando este le pasó a su lado, pero él no atinó a moverse, tan solo pudo quedarse ahí parado, viendo como la vida abandonaba el rostro de su anfitriona. Ni Brandt, con sus gritos y movimientos ampulosos, ni Vesemir, con sus manos intentando tirar de la cadena, y luego con sus puñetazos al pecho de la mujer, pudieron hacer algo para detener esa partida.
El dueño de casa apartó al viejo de un empujón, se tendió junto a su esposa.
—¡Iros de aquí, mutantes! ¡Iros de aquí, monstruos! ¡Nunca nadie confiará en vosotros!
Vesemir bajó la mirada, giró y avanzó hacia su pupilo. Le apoyó una mano en el hombro, pero siguió su camino hasta la salida sin decir nada. Geralt se quedó un minuto entero ahí, todavía clavado al piso.
—¡Que os vayáis! —tronó Brandt—. ¡Ve a cobrar tu sucio dinero!
El joven pupilo se tragó una disculpa, se marchó sin decir nada más. Montó en Sardinilla, su maestro ya estaba sobre su caballo.
—Vesemir.
Silencio.
—¿Si, Lobo?
—Ellos hacen bien. No es posible confiar en nosotros.
Silencio.
—Te equivocas, Lobo. Es en los monstruos en quienes no se debe confiar. Y nosotros somos hombres, mutados, pero hombres al fin.
Miraron hacia la casa, de donde escapaban los gritos desgarradores de Brandt.
—Pero es culpa nuestra…
—¿Culpa nuestra? ¿Acaso empujamos a esa desgraciada mujer al fondo del mar hace cinco años? ¿Fuimos nosotros quienes casamos a esos dos? ¿Es culpa nuestra que existan los monstruos? Los brujos existimos por ellos, no al revés.
—Pero…
—No, Geralt, ni se te ocurra. Somos hombres, y como tales cometemos errores. Está en nuestra naturaleza, y ninguna mutación borrará eso. —El joven pupilo desvió la mirada—. Geralt, mírame. ¿Tú confías en mí? ¿Lo haces?
—Lo hago, Vesemir. Tu eres para mí un… maestro.
—Y yo confío en ti, Lobo, más incluso que en mí mismo. Y no solo porque te vea como a un hijo, como el que jamás tendré, sino porque te conozco, y te entiendo.  —Soltó un suspiro—. Ellos nos temen, Lobo. Y nosotros les tememos a ellos más que a los monstruos, porque…
—Porque los hombres temen lo que no comprenden —concluyó el joven pupilo.
Se hizo el silencio mientras asentían con la cabeza. Entonces miraron por última vez la pintoresca casa, orientaron los caballos hacia el puerto y partieron al trote. Irían a cobrar su dinero, sucio o no. A los hombres tal cosa no les importa.

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