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Reto Jun19: Sin ideas - Printable Version

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Reto Jun19: Sin ideas - Joker - 11/06/2019

CITA DE LAS 08:00

La puerta del despacho se abrió y la secretaria le permitió el paso a una mujer que la doblaba en edad y en belleza. Claro está, eso último no era difícil en su caso.
El doctor Mendiverry la esperaba sentado en su sillón, debajo de una lámpara de pie que se alargaba y doblaba para alumbrar todo desde arriba. Con un gesto del brazo, el doctor la invitó a sentarse delante de él.
—Buen día, Sashka, ¿cómo ha despertado hoy?
—Mmm, de golpe y a los gritos.
—¿Una pesadilla?
—Huy, sí, la más horrible que podáis imaginar, doctor.
Hubo silencio entre los dos, Mendiverry tosió para aclararse la garganta.
—¿Está dispuesta a contarme más al respecto?
—Como gustéis. Veréis, en el sueño iba caminando por un hospital, de noche y por un corredor vacío. No recuerdo por qué coño hacía allí, y bueno, tampoco nada de lo que sucedió, más allá de un detalle. Oh, pero ese detalle es aterrador, doctor. Iba… iba…
—Dígame —dijo Mendiverry, sereno—, debe decirlo para dejarlo atrás.
—Iba… iba caminando a la par de… ¿Pero no se lo diréis a nadie, verdad? Porque si me llego a enterar… vela negra para ti y no me veis nunca más un solo pelo.
El doctor pareció considerar la idea, pero acabó descartándolo.
—A nadie, Sashka, todo esto es confidencial, lo sabe bien —afirmo—. Dígame, dígame con quién caminaba, por favor.
La mujer rumió unas palabras por lo bajo, luego exclamó:
—¡Va, que coño, que piensen con ello lo que quieran, que les den por saco! El que caminaba junto a mí era Cabromagno.
El doctor arqueó una ceja.
—Cierra la boca, que le entran moscas —dijo la mujer, con una sonrisa perversa por la reacción provocada.
Mendiverry volvió a toser.
—No veo el motivo de que llame a eso pesadilla —disimuló—. Por ello es que me ha sorprendido.
—Es que… le vi como Dios le trajo al mundo, con… ya sabéis, con sus piernas peludas, y esa cola… ¡puaj, qué horrible! Oh, doctor, pero eso no fue lo peor: el muy hijo de su madre, advirtiendo mi resquemor, arrastraba los cuernos por las paredes, haciéndolos chirriar, y sus pezuñas resonaban en el suelo enlosado, y… si habríais visto de qué manera tan… espantosa se mesaba esa chiva suya cuando pasábamos junto a una enfermera solitaria…
El doctor hizo un gesto con la mano.
—Ya no siga, he comprendido el meollo del asunto. Dígame, Sashka, ¿ha tenido algún problema con Cabromagno últimamente?
—No… bueno, sí, uno. Ya sabéis que le pedí una sección de Fanfic en el foro, ¿cierto, doctor Queiroz?
—Mendiverry es mi apellido —la corrigió él—. Pero llámeme Franco, por favor.
—Bueno, ahí tenéis otro de mis problemas con Cabromagno: desde que le puso pelo blanco al Queiroz en un relato, se me enredan los nombres unos con otros. ¡Bah! —agitó una mano con desdén—, nada grave. Lo que os decía, Francisco, es que la sección que me dio en el foro… ¿la habéis visto? El muy agarrado me dio un rinconcito que nadie ve, casi que hay poner una lupa en la pantalla pa’ncontrarlo. Fíjate que tú y Dahghda son los únicos que la ubican.
—Bueno —dijo el doctor, con una sonrisa—, he ahí la razón de su pesadilla. Dígaselo a la cara y ya no verá su horrible rostro de nuevo. —Se levantó y alargó la mano para despedirla—. Ha sido un placer.
—Pero, doctor, ese no era el problema por el que vine… solo contesté la pregunta que me habéis hecho. Hay… un problema más gordo.
El doctor miró por la puertecita del costado del despacho, desde donde se veía una pantalla encendida y un mando de playstation descansando al lado. Volvió a sentarse a regañadientes.
—La escucho, por supuesto.
—El problema, doctor Queiroz…. Eh, Francis, Francis, es que… le he visto a… Él.
—¿A Sauron? —se inquietó Mendiverry—. ¿Aquí, en la Tierra Entera? Pero si el Anillo Único fue destruido en el…
—Si seréis idiota, doctor, a Sauron que le den por culo, el muy cabrón se lo tenía bien merecido por tocarle los que no suenan al bueno de Gandalf. —Y se inclinó hacia adelante y susurró—. Vi… al rivio.
El doctor soltó un gran suspiro de tranquilidad.
—Oh, Geralt, Geralt, Geralt. Claro, por supuesto. Antes de que me cuente más, dígame, ¿ha seguido la disposición que le encargué en las sesiones anteriores, la de escribir un capítulo del fanfic cada vez que le vea?
—Cada vez, doctor, como me lo habéis mandado. Si no me creéis, mirad el foro: está a rebosar de ellos.
—Tranquila, los he visto. Bueno, entonces, ¿dónde lo has visto a él esta vez? ¿En la ducha?
—No, que va —respondió Sashka, y por lo bajo soltó un ‹‹ojala››—. Le he visto en… el trabajo.
El doctor irguió la cabeza de repente, como si aquello fuera algo que realmente no esperaba. Sabía que su paciente trabajaba en un tanatorio, y en su cabeza se imaginó enseguida las circunstancias de ese nuevo encuentro por la preocupación pintada en el rostro de ella.
—Eso es una gran noticia, Sashka —dijo—. ¿Se da cuenta de lo que significa? Significa que todo ha funcionado, que está curada. Por fin ha conseguido darle muerte al brujo.
La mujer amagó a abalanzársele encima.
—¡Huy lo que ma dixo! ¿Muerte yo a mi brujito? ¡Jamás! —Sashka exhaló con fuerza, sacó del bolso su tablet y picó a todo el mundo en el chat del foro. Así se calmó y, envuelta en esa nueva tranquilidad, entendió lo que el doctor había imaginado—. Tenéis la vista más corta que las mangas de un chaleco, doctor Queiroz; el seso un tanto seco también, que diría. No vi al rivio en un cajón, no, le vi… hablando con una aparición.
El doctor la miró fijamente, como para asegurarse de que había escuchado bien, entonces escribió unas pocas palabras en la libreta que apoyaba sobre su regazo.
—¿Qué garabatea ahí, doctor?
En la pequeña hoja podía leerse: MÁS LOCA QUE UNA CABRA.
—Unos apuntes, nada más —contestó el doctor—, para no olvidarlos. —Volvió a tapar el bolígrafo, cerró la libreta y continuó—: tendremos que cambiar un poco la receta, puesto que no ha funcionado como esperaba. Pero descuide, que no será nada muy diferente a lo que hace ahora. Óigame bien, quiero que haga esto: cada vez que vea al brujo de Rivia, debe escribir un capítulo de su fanfic. Oh, no, no, ya no ese en el que hace de Geralt un gran padre. Quiero que lo escriba a él envuelto en una relación sentimental con alguien más, que sea feliz con otra.
La mujer se puso a la defensiva, casi escupió las palabras:
—¿Con… cualquiera?
—No, Sashka querida, no con cualquiera. Dado que usted disfruta de darle ataques al corazón a los puristas, quiero que esa relación sea entre Geralt y Ciri. Pues, si lo disfruta, lo hará con más ganas y decisión.
—¿Con Ciri? —Una sonrisa apareció en los labios de la mujer, sus ojos se encendieron de alegría al imaginar el rostro de Daghdha al leer aquello que crearía. Luego adoptó una expresión de duro pesar, tan falso como la foto de su avatar—. Sí, creo que podría hacerlo. Pero… entonces, doctor, ¿tengo que escribir cada vez que le vea?
—Cada vez que le vea, exacto.
Sashka volvió a sacar la tablet del bolso, la abrazó contra su pecho y salió corriendo del despacho.
—¡Luego le diré como me va, doctor Queiroz! —exclamó, antes de perderse tras la puerta a toda velocidad.
—Mendiverry —susurró el doctor—. MEN-DI-VE-RRY.
Miró hacia la puertita del costado y vio la pantalla. Con una sonrisa, se olvidó de aquel error en el acto.


CITA DE LAS 10:00

La secretaria golpeó la puerta, abrió y dio paso a una joven que empujaba una silla de ruedas. El doctor les vio venir sentado en su sillón, les sonrió falsamente mientras se acomodaban frente a él.
—Buenos días, doctor —dijo la mujer.
—Buenos días, señora Cabra. —Le señaló el otro sillón—. Acomódese allí si le parece.
El doctor se concentró entonces en el hombre de la silla de ruedas. No superaba los treinta, y a simple vista se veía normal, más allá de esa horrible barba de chivo y de una expresión en el rostro que decía ‹‹me fumé hasta el orégano del especiero, y lo volveré a hacer mañana››.
—Buenos días, señor Cabro —dijo el doctor.
—Apuntaditos quedáis —le respondió el de la silla de ruedas.
—¿Y qué tal lleva su nueva vida?
—Apuntaditos quedáis.
—Bueno, eso no está nada mal. Casi diría que está bien. Bueno, ¿y que le ha hecho venir hoy? —preguntó el doctor, ahora mirando a la esposa.
—Mi marido insistió en venir. O eso es lo que me pareció, dado que…
—La comprendo. —El doctor volvió a clavar la mirada en el hombre—. ¿Qué le parece si me cuenta qué le sucede?
—Emoticón risa pícara —contestó el de la silla.
El doctor miró a la mujer.
—¿Eso es nuevo?
—Eso y lo otro es todo lo que puede decir desde el derrame —replicó esta—. Se habrá dado cuenta, doctor, si leyó las Bases del Reto Mensual.
—Ya veo.
El doctor miró al hombre, le pareció que hacía unos gestos con las cejas, entonces frunció el ceño y observó con disimulo a la joven. Esta lo advirtió y se extrañó por su reacción, temiendo que algo estuviera mal con su marido. Pero el señor Cabro mantenía la mueca de ‹‹¿Seguro que tú no quieres un poco? Anda, anímate, te gustará››.
—Ejem, ejem —tosió el doctor, levantándose del sofá. La joven hizo lo propio, extrañada por el asunto—. Acompáñeme fuera, señorita, tengo algo que decirle.
Con suavidad pero con insistencia, el doctor la arrastró hasta la puerta, mas no salió con ella fuera. Una vez la joven estuvo del otro lado, el doctor cerró con llave y caminó hasta la habitación lateral, perdiéndose en ella. Al regresar, traía consigo un objeto de cristal y cuello largo.
El hombre de la silla de ruedas se mantuvo imperturbable, pero solo hasta que Mendiverry se posicionó a sus espaldas y destapó la botella con un sonoro ¡plac! Entonces, el supuesto inválido irguió la cabeza y se levantó de un salto.
—¡Por los Dioses del Foro! —exclamó el hombre—. Creí que no aguantaría hasta hoy. —Le arrancó la botella de las manos y dio un largo, largo trago—. Es esa maldita mujer, Franco. Espera, no os equivoquéis, es dulce, y oh, qué bien se siente cuando me ducha, pero es que sin esto… —dio otro trago—, la vida es una tortura.
El doctor volvió a sentarse.
—¿No crees que ya es suficiente con esto, Cabro? Digo, ¿cuánto dinero piensas estafarle a la aseguradora de tu trabajo?
—El mismo que el trabajo me estafó a mí. Es lo justo, ¿no te parece? De algún modo me las tengo que rebuscar para no hacer nada.
—¿No podrías decirle al menos a ella? Se la ve cada vez más preocupada.
—Me lo pensaré. Pero ya sabes cómo es de lenta la burrocracia cuando me conviene —concluyó, con una de sus sonrisas de dos dientes.
Se oyeron golpes en la puerta. El señor Cabro saltó sobre la silla de ruedas y se acomodó enseguida en esa extraña posición que acostumbraba a adoptar. Su esposa entró pronta.
—¡Doctor! ¡¿Se encuentra bien mi esposo?! No sé por qué, cada vez que vengo a acompañarle, se le ocurre sacarme así a los empujones pero es que…
—Hay mejoría —dijo el doctor para acallar las palabras de la joven—. Lenta, pero la hay. Una luz al final de un largo túnel.
—¿De verdad, doctor? ¿No me está…?
—Siempre soy sincero respecto a mis pacientes.
—¡Oh, gracias, doctor! ¡Muchas, muchas gracias!
El doctor avistó la botella sobre el sofá, se sentó para esconderla deprisa.
—No es nada, querida. Ahora vaya en paz y solicite a la secretaria una cita para dentro de siete días. —El señor Cabro soltó un pedo de los ruidosos—. Que sean cuatro días, mejor —sonrió el doctor con falsedad—. Suerte.



CITA DE LAS 12:00

Entraron al despacho dos hombres adultos y caminaron hasta las sillas, rígidos como piedras.
—Buenos días, Iramesoj. Queiroz. —Ninguno respondió—. ¿Qué les ha hecho pedir una cita hoy? Si han venido juntos no puede ser tan malo.
Queiroz mantuvo firme la mirada en el doctor, Iramesoj bajó la vista y confesó:
—Nos encontramos en la puerta. Nuestra relación no está nada bien.
El doctor intentó poner paños fríos al asunto:
—Bueno, ni siquiera los hermanos se llevan bien todo el tiempo. —Mendiverry prefirió hablar con Iramesoj, dado que no deseaba empezar con Queiroz una discusión interminable; ese hombre era un especialista en eso, aun cuando le dabas la razón nada más comenzar—. A ver, dime, ¿qué es lo que acabó por romper la relación de manera tan drástica?
—El Foro, doctor, ¿qué sino? Veréis, la situación empeoró cuando comencé a participar del Dragón Lector. Yo subí allí el primer capítulo de mi novela, Dayana… ¿os la habéis leído?
—Un centenar de veces, a lo menos —respondió el doctor—, si la ha repartido por todo el foro. Tan solo le falta subirla al chat.
—Bueno, entonces ya sabéis de lo que hablo. La cuestión es que… —Iramesoj miró de soslayo a Queiroz, arrastró la silla un poco más lejos—, la cuestión es que este… el Señor RAE, como tú le llamas por lo bajo, se ha excedido una y otra vez con sus correcciones, y su tono… a veces es tan pedante que desquicia a cualquiera. Incluso a Vikken, diría, que se le parece más de lo que a ambos les gustaría admitir.
El doctor asintió con la cabeza, como si entendiera muy bien de qué hablaba. Miró al otro hombre.
—¿JP, entiendes la importancia, el significado que tienen estas palabras que él acaba de pronunciar?
Queiroz contestó:
—“Pedante: dicho de una persona engreída, que hace alarde de erudición, téngala o no”. “Desquiciar: quitar a una persona la paciencia, alterar, exasperar”.
El doctor soltó un suspiro de fastidio.
—Me refiero al significado simbólico de las palabras —se explicó—. La importancia que tiene que pueda decirlo estando cara a cara contigo.
Queiroz se mantuvo imperturbable.
—Si —fue toda su respuesta entonces.
—Bueno, he ahí que comenzó —dijo Mendiverry, pensativo—. ¿Pero cuál ha sido la gota que rebalsó el vaso? El problema más reciente, eso es lo que me interesa.
—Esto… es que perdí el desafío que le hice a esa… a esa… bueno, no soy ingenioso con las zascas, ni con los apodos. —Se encogió de hombros—. Sashka, a ella me refiero. La conocéis, ¿verdad doctor?
—Por suerte solo de nombre.
—Bueno, resulta que perdí y ahora debo pagar mi deuda —continuó Iramesoj—. E imaginaos, leer todos esos capítulos… esa… esa… Sashka se aprovechó de mí. Y ahora paso toda la semana leyéndolos, que un día Geralt le compra zapatos nuevos a Ciri, que otro le da a ella su manta cuando hace frío, brrr, esas cosas que no son capaces de mover un pelo a un hombre como yo. Y es todo esto lo que rompió mi relación con él.
—¿Está celoso? —preguntó el doctor, mirando a Queiroz.
Este se abstuvo de contestar. Iramesoj le aclaró el asunto:
—No, doctor, no. El caso es este: ya no tengo tiempo para escribir. Y si yo no escribo, ¿a quién le va echar él en cara su condenada RAE? ¿A Cabromagno? Si no se ha visto un relato de él en meses, solo dice que participa en los retos para atraer a los ilusos. ¿A Sashka? No, comenzar una discusión con ella es peligroso, esa mujer tiene la lengua más afilada que… que… es peligroso. Y discutir con Celembor te vuelve loco al instante porque no tienes por donde refutar, si a duras penas él mismo entiende todas esas paradojas que salen de su cabeza.
—Entiendo —dijo el doctor—. Es un asunto delicado. —En su libreta anotó: YA NO DARLES CITA—. Pero han venido al lugar correcto. Escuchen, tengo una pregunta para ambos: ¿Por qué no intercambian papeles? Sé tú, Queiroz, el que escribe, y tú Iramesoj, el que corrija.
—Bueno, yo… no sé si tengo tempo para leer de vacas sagradas y tal… —suspiró Iramesoj.
—Dejad que le pregunte algo yo a usted, doctor —replicó Queiroz—. ¿Ha visto la manera en que él corrige los textos? Anda, si le pone al asunto menos ganas que usted a la hora de leer relatos de humor. Hay tres palabras mal escritas, dice, y tendréis suerte si te dice cuáles, porque jamás te señala en qué parte del texto están, y tenéis que matarte buscándola en todo el puto relato; cuesta creer que no sea algo hecho ex profeso. —Negó con la cabeza—. Y sino va y suelta: ‹‹cuando sepa quién eres, te haré unas preguntas››, como para fingir que en verdad lo leyó. Eso es un casus belli más claro que el agua, y si no preguntadle a Sashka. —El doctor asintió, también comprendía a Queiroz—. No, no acepto ese trato, doctor. Antes preferiría que sea Vikken el que corrija mi texto, y diga que es flojo por haberlo escrito en sandalias o sin camisa.
Mendiverry caviló durante un minuto entero.
—Bueno, les propondré una opción más drástica —dijo—. Escuchen: escriban juntos el primer capítulo de Dayana 30.0, a ver si esta vez consiguen estar de acuerdo ambos con el resultado. Yo mismo acabo de escribir un relato en conjunto, y la experiencia me ha unido aún más a la otra parte. ¿Les parece adecuada esta resolución, señores?
Ambos hombres se miraron con recelo, suspiraron con desagrado.
—Estoy de acuerdo —dijo Iramesoj—, pero…
—Sin peros —le cortó el doctor—. O lo aceptas o no.
—Lo acepto.
—Yo también —dijo Queiroz—, pero…
—¿Usted no entiende, verdad? Sin peros. Ni uno. Háganlo. Oh, y Queiroz, si acaso funciona… convenza a Vikken de hacer lo propio. Es menos costoso que un hotel.
El doctor se levantó para señalar que era el fin de la cita. Estaba deseoso de volver a la Segunda Guerra Mundial, ya le temblaba el dedo del gatillo al pensar en ello. Le estrechó la mano a cada uno y por fin los dos hombres se encaminaron hacia la puerta.
—Oh, ¿puede uno hacerme el favor de decirle a mi secretaria que venga un momento? Gracias.

La secretaria se presentó enseguida.
—Querida —dijo el doctor—, haz el favor de llamar a Duncan Idaho.
—Pero, doctor, él no participa en el reto…
—Ah, lo sé, pero lo encanta meter la gamba cada vez que puede, así que le atenderé a él también.
—Doctor, ¿cuándo dice gamba se refiere a…?
—¿Te has estado juntando con él, eh? Cuando digo gamba digo pierna, de las que tiene dos, querida. ¿Y no te he dicho que te ibas a llevar una desilusión con el señor Idaho? Óyeme bien, tanta habladuría es la forma de esconder sus vergüenzas, el astuto arte de esconderlas a simple vista. Ya lo sabes, él mismo lo dijo alguna vez: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

CITA DE LAS 14:00

—Buen día, señor Idaho, por favor siéntese por aquí —dijo Mendiverry
—Yo no me siento sobre nada, doctor. Eso se lo dejo a las putas —respondió Duncan.
—Bueno, hazlo de pie entonces.
—Oh, sí, doctor, de pie me encanta…
—Como guste. Verá, señor Idaho, le mandé a llamar porque quiero hablar con usted. Hablando de una manera que me entienda: para que sueltes la lengua…
—Oh, no, yo a ti no te suelto la lengua para nada. Con su novia sería otra cosa, pero…
El doctor soltó un suspiro.
—Quiero que me hable de esos temas que sube al foro, señor Idaho. Del Megapene en el cielo, de las muñecas sexuales y la extraña fantasía que comparte con Mithrandir, también de los objetos en el ano 2018. ¿Por qué escribe estas cosas, Duncan?
—Es que el porno atrae a las personas, doctor. El sexo es amor, el sexo es vida.
Mendiverry le observó en silencio un momento.
—Está mintiendo, me doy cuenta —dijo al cabo—. Sea sincero, señor Idaho, ¿cuál es el verdadero motivo que le impulsa a ello?
Duncan le sostuvo la mirada, pero de pronto bajó la vista.
—Es que Sashka tiene una sección para ella y sus fanfics —dijo con un hilo de voz—, esos en los que Geralt le hace probar su espada a Ciri, y cuando digo espada sabe que me refiero a…
—Por supuesto que lo sé.
—Bueno, y si ella tiene su sección en el Foro, yo quiero la mía también. Es lo justo.
—¿Y cómo la llamarías a esa sección?
—“La soledad con manoella” me parece un gran título —dijo Duncan, con una luz de ilusión en los ojos.
—Hum, eso no lo discuto —convino Mendiverry—. Pero, señor Idaho, soy sincero con usted y le digo que no le comprendo. Si lo que quiere es una sección para usted mismo, ¿por qué no se lo pide a Cabromagno y le ahorra al resto sus… guarradas? Estoy seguro que él la anunciará con bombos y platillos, incluso te doy la certeza de que tendrás una multitud de fans, a diferencia de Sashka y yo.
—¿Guarradas, doctor? —Duncan se cruzó de brazos—. Si yo jamás he dicho una sola palabrota en todo el foro. Son ustedes los que les dan ese significado a mis dichos, y es así porque piensan en ello tooooodo el día.
—Es decir, que la culpa es nuestra. Entiendo. —El doctor hizo una serie de dibujitos en su libreta—. ¿Ha oído de la Proyección Psicológica, señor Idaho? ¿No? Deje que se lo explique de manera sencilla: es el mecanismo de defensa por el que un sujeto atribuye a otras personas sus virtudes y defectos, y en especial sus carencias. Dicho con otras palabras: ‹‹el ladrón juzga por su condición››. —Mendiverry hizo una pausa para que su paciente asimilara las palabras, dado que por lo general tardaba lo suyo en entenderlas—. He ahí su problema Duncan: ve a los demás como si mirara un espejo. Es usted el que piensa en sexo una y otra y otra vez, el que se esfuerza por meter tales pensamientos en los demás para no sentirse solo, para no sentirse un marginado. E iré más allá, Duncan, porque de esto se trata esta charla, de ser lo más sinceros posible. ¿Sabe por qué creo que sube todos esos hilos, que inunda el chat con su Gran Tema? Para no admitir su error, señor Idaho. Admítalo: usted se registró en Fantasitura porque creyó que era un foro para leer acerca de las fantasías sexuales de los demás, y para contar las suyas propias. Entonces, para no esconder su equivocación, quiere convertir el Foro precisamente en eso. —El doctor hizo una serie de anotaciones en su libreta: PROBLEMA CONFIDENCIAL: SU DISFUNCIÓN ERECTIL. PROBLEMA OBVIO: SU ADICCIÓN A LA MASTURBACIÓN—. Descuide, ha venido al lugar correcto, y creo haber hallado la solución a su problema. A Sashka no le ha funcionado en demasía, pero usted es mejor que Sashka, ¿cierto? Usted es joven y ella vieja, es lo que se empeña en repetirle una y otra vez. Bien, quiero que haga esto, Duncan: cada vez que su querida Manuela no le deje satisfecho, quiero que escriba una canción en español en el chat del foro. Y cada vez que no se le pare, ni siquiera con sus queridas hermanas Ortega, quiero que haga lo mismo, pero con una canción en inglés.
—No… no sé, no sé de donde ha sacado todo eso, si yo la tengo más grande que un gorila, y con lo joven que soy…
—No me mienta a mí, señor Idaho. Recuerde: sinceridad. Y le advierto, antes de que se le ocurra hacerlo: no use conmigo mi propia psicología, no use mis frases contra mí. Y eso va para Cabromagno también, dígaselo si quiere, pues soy capaz de imaginar lo que va comentar de esto si llega a enterarse.
Mendiverry se levantó, el joven paciente hizo lo propio y le tendió la mano para estrecharla en un saludo. El doctor se desentendió al momento, arrancando una hoja de su libreta y dándosela.
—Ahí tiene anotado lo que le dije —le explicó—. Y no se olvide, señor Idaho. Las canciones. Que tenga buenos días.


RE: Reto Jun19: Sin ideas - JPQueirozPerez - 11/06/2019

Al autor, que me haya puesto de pareja de Ira en lugar de ponerme con Vikken es ir contra el canon del foro...


RE: Reto Jun19: Sin ideas - Telcar - 11/06/2019

Madre mía... Undecided Big Grin


RE: Reto Jun19: Sin ideas - Duncan Idaho - 11/06/2019

Ibas bien hasta mi parte, ahí cambiaste el tono vikken.


RE: Reto Jun19: Sin ideas - FrancoMendiverry95 - 11/06/2019

Lindo pase de factura, Vikken, pero me parece que te pasaste de la raya... en especial con el pobre Duncan, algo quedó picante ahí. Y que no te pongas en pareja con JP... eso es no saber reírse de uno mismo. Del papel que me diste a mi no me quejo Big Grin


RE: Reto Jun19: Sin ideas - Zarono - 11/06/2019

Buen relato, pero tiene una pega fundamental, un defecto monumental, un error tan radical, que hace que no sea el mejor relato presentado hasta ahora....¡¡¡¿por qué no salgo yo?!!! anguished


RE: Reto Jun19: Sin ideas - Sashka - 11/06/2019

HUY LO QUE MA DIXO!!!!!!


RE: Reto Jun19: Sin ideas - Cabromagno - 11/06/2019

(11/06/2019 01:58 PM)FrancoMendiverry95 Wrote: Y que no te pongas en pareja con JP... eso es no saber reírse de uno mismo.

+10 Big Grin

Concuerdo tambien con Zarono, este tipo de relatos tienen "mas gracia" si usan a todos los participantes del reto.

Estais poniendo muy facil el Quien es quien... Rolleyes aunque seguro que alguno metera la gamba... Big Grin (por cierto, "autor anonimo", "meter la gamba" es sinonimo de "meter la pata", no de "meter las narizes" Tongue )


RE: Reto Jun19: Sin ideas - Celembor - 12/06/2019

Jeje, ha sido entretenido. Para estar sin ideas, autor, has podido hilar bien el relato, con hilo conductor al psicólogo Franco. También es cierto que lo tenías fácil para armar a los personajes, sin profundidad, pero creo que con acierto en algunos de ellos a la hora de mostrarnos lo que conocemos de cada uno.
Suerte!


RE: Reto Jun19: Sin ideas - Amaika - 12/06/2019

Mi parte favorita: 
Quote:muy hijo de su madre, advirtiendo mi resquemor, arrastraba los cuernos por las paredes, haciéndolos chirriar, y sus pezuñas resonaban en el suelo enlosado, y… 
Qué loco fue eso no podía dejar de reír. También me hizo gracia la disfunción de Duncan, pero eso ya se venía venir con sus megapenes celestes.
No tengo nada que reprocharle a este relato y si hay algo pues no me he enterado.