Veréis, existe esta cosa, salida de la mente de Dalas y, no sé, es una copia tan burda que creo que era imprescindible darla a conocer, más estando en un foro de escritores.
Pero, vale, que el diseño sea calcado al de Wattpad puede ser casualidad... Lo que no lo es tanto es el sistema que se ha montado Dalas para sacar pasta: copiando basándose en el sistema de partners de YouTube, una vez alcanzas un mínimo de seguidores (actualmente 1000), a través de anuncios obtienen ganancias, de las cuáles luego da un porcentaje, que desconozco, aunque en ese caso estoy igual que ellos que ante la pregunta de cuánto se puede ganar en la plataforma responden: Depende de las visitas que tengas y el CPM de nuestros anunciantes, así que no te podemos decir una cifra exacta o estimada por desgracia. Ni siquiera podemos decirte con cuántas visitas por mes podrías vivir sólo de Wrixy porque depende también del país donde vivas y del coste de la vida en tu región, además de las variaciones en la monetización de los anuncios. Actualmente no tenemos anunciantes propios, sino que nos beneficiamos de otras grandes plataformas. Esperamos que en el futuro cada vez nuestra monetización mejore, al crecer como plataforma.
Curiosamente, la última vez que mire la página hará un par de meses o así, ni siquiera Dalas alcanzaba ese mínimo; ha cambiado, ahora pasa de los dos mil seguidores y echando un vistazo por encima, creo que es el único que puede ser parte del sistema, así que puede llevarse parte del dinero como director del proyecto o bien hacerlo como director y como partner si le da la gana...
Igualmente, tampoco sé hasta que punto va a funcionar: usan un bloqueador de Adblock, que va fatal, en lugar de saltar automáticamente, lo hace de forma aleatoria —es cierto que antes ya usaba un script del tipo Anti Ad-Block Killer, para evitar estas cosas, pero entiendo que si me ha seguido saltando es porque este blockadblock.com estaba protegido, pero vete a saber—. Igualmente como dice en la respuesta que he copiado antes, actualmente no tienen anunciantes sino que se benefician (¿?) de otras grandes plataformas.
No queriendo dar más publicidad de la que se merece, he de decir que no tiene desperdicio el vídeo donde habla de la plataforma y de porque ya no va a volver a publicar en físico; recordemos que es un tipo que, aunque haya comentado en el tema sobre Patreon que no tiene tantos patrones, gana lo suficiente como para que haber vivido en Irlanda y Andorra para pagar menos impuestos, sea algo que tenga sentido; si quiere puede autopublicarse —aprovecho para entre la basura dar a conocer a NEUH, colectivo de autores autoeditados— o publicar bajo demanda. La manera en la que se victimiza y convierte ser un escritor penoso en una gran conspiración y traiciones por doquier es sublime; lástima que no ponga tanto empeño en escribir como en fantasear en la vida real.
En definitiva, creo que es una buena idea alertar de esto, porque aunque ahora es un sitio prácticamente desconocido, podría viralizarse en cualquier momento, y conociendo a este señor, ya no es que lo que pinta tan bien ahora simplemente no llegue a ningún lugar (por ejemplo que al final no haya sistema de partners), sino que pueda llegar a ser, por decirlo suavemente, problemático.
Patreon ha nacido algo tarde, en mi opinión, pero arrastrando un interesante concepto de mecenazgo clásico que me encanta. Pero, ¿qué pensáis? ¿Tiene futuro? ¿Lo utilizáis? ¿Habéis publicado en ese formato? O, como afirman algunos, ¿ha nacido muerto?
Hola a todos,
Este es el relato que presenté para el reto de marzo. Como no estaba muy contento de cómo me había quedado el fina, le dediqué unas horas más. Ahora estoy más contento, aunque todo es mejorable
UN CUENTO OSCURO
Había una vez un niño y una madre que vivían felizmente en un gran castillo. Los muros eran altos, las torres acariciaban las nubes y, aun cuando llovía, parecía que lucía el sol. El castillo tenía innumerables habitaciones, todas ellas espléndidas, repletas de magníficos objetos. Todas las mañanas, el pequeño se adentraba por los laberínticos pasillos y exploraba las habitaciones infinitas, acompañando a los visitantes llegados de los rincones más ignotos del mundo. Todas las mañanas descubría increíbles tesoros, objetos extraños de orígenes desconocidos, y todas las tardes le relataba a su madre todo lo que había visto y con las extrañas gentes con las que había halado. En ocasiones, el niño acompañaba a su madre para aprender el difícil oficio del comercio y la observaba ensimismado, embobado por su voz, su delicadeza y su sonrisa. Al atardecer se asomaba a uno de los adarves que daban al sur para ver desfilar la hilera sin fin de comerciantes y visitantes que abandonaban el castillo.
Un mal día la madre cayó gravemente enferma. A medida que los médicos cercanos fueron dejando el castillo con la cabeza gacha, se pidió a todos los comerciantes y visitantes que corrieran la voz de que quien encontrase la cura tendría una gran recompensa. Pasaron los días, las semanas y los meses, y las colas habituales fueron dejando paso a las hileras de médicos. Ninguna poción, pócima o ungüento hizo efecto alguno, y la madre del niño fue empeorando cada vez más.
—Mamá, no quiero que te mueras —le decía su hijo todas las noches.
Su madre le sonreía, pero parecía la sonrisa de una calavera; había perdido todos sus encantos y parecía más un esqueleto que una madre.
—No me moriré, ya lo verás —decía ella, y aunque sus ojos querían transmitir ternura y confianza, solo conseguían infundir más temor en el chico.
Las visitas se extinguieron, tanto de comerciantes como de médicos, rendidos ante una enfermedad cuya cura que se mostraba demasiado esquiva para todos.
El castillo quedó en silencio, solo interrumpido por los suaves sonidos que producía el poco servicio que quedaba.
Una mañana, tras recibir el abrazo helado y huesudo de su madre, decidió que él no se rendiría. No pararía hasta encontrar una cura. Así que preparó un hatillo, lo llenó de provisiones de la cocina y salió del castillo con el objetivo de salvar a su madre. Solo su ingenuidad de niño le podía dar la seguridad de que él vencería donde otros habían fracasado.
Viajó durante días, atravesando pueblos y villas, preguntando si conocían a alguien que pudiese ayudarle, ya fuesen sabios o brujas, duendes o hadas. Las respuestas que obtuvo fueran miradas apenadas y suaves negativas.
Un atardecer, mientras comía un trozo de pan duro acompañado de un pedazo de queso, recibió la visita de una vieja bruja.
—He oído tu historia, jovencito, y estoy muy apenada —dijo con la voz áspera como una lija—. Toma, con esta moneda podrás conseguir aquello que buscas. Solo debes seguir el camino del oeste en cuanto lo veas.
El niño le agradeció con lágrimas en los ojos el gesto que había tenido con él.
Con fuerzas renovadas y el ánimo planeando a gran altura, continuó el camino a pesar de que empezaba a anochecer. Muchas horas después, agotado y asustado por los ocultos sonidos de la noche, llegó hasta…
… un castillo.
Los muros eran altos y negros como diablos del abismo, las torres alcanzaban la negrura del cielo como sombrías lanzas en ristre. Las puertas, oscuras como la garganta de una bestia, parecían dos palmas de madera que bien podrían haber pertenecido a un monstruo.
El niño apretó con fuerza la moneda, sintiendo el frío que desprendía, y volvió a darle un último vistazo. Su tacto era liso, pulido, y a pesar de la poca luz, los destellos indicaban que era de bronce. No había inscripción ninguna y lo único que destacaba era el pequeño agujero que la atravesaba por su centro. Decidió que lo más seguro para no perderla era guardarla en el bolsillo interior del ya desgastado chaleco amarillo maíz.
Con manos temblorosas se acercó hasta las puertas. Buscó por los alrededores un cordel de llamada o una campanilla, pero nada encontró. Con manos temblorosas y la respiración acelerada golpeó con los nudillos la hoja. El sonido apenas se percibió, ahogado por la madera, pero antes de que pasaran cinco latidos de su corazón, las dobles puertas se abrieron.
La débil luz de la luna apenas penetró la penumbra. Trató de llamar, pero las palabras quedaron pegadas a su reseca garganta. Tragó la poca saliva que su boca producía, en un vano intento de conseguir algún sonido. Carraspeó, tosió, y solo entonces consiguió que su garganta se aclarara.
—Hola. ¿Hay alguien ahí?
El sonido de su voz se perdió en el largo pasillo que se fundía en la oscuridad. El niño nunca antes había sentido tanto miedo; ni siquiera sabía que se podía sentir tanto miedo. Miró hacia atrás, hacia el camino que había recorrido, valorando la posibilidad de huir de aquel lugar, de buscar a alguien que le ayudase a entrar. Unas lágrimas le enturbiaron la vista y se deslizaron mejillas abajo cuando parpadeó. ¿Quién iba a ayudarle?¿Quién querría entrar en un lugar como aquel? Respiró profundamente, intentando tranquilizarse, evocando el recuerdo de su alegre madre con las mejillas sonrosadas que la enfermedad le había arrebatado. Debía de conseguir la cura para su madre.
Con pasos temblorosos, dubitativos, se adentró poco a poco en el corredor. Las paredes se alzaban altas, salpicadas de puertas cerradas. Cuando llevaba recorridos algunos pasos los portones de entrada se cerraron de la misma manera que se habían abierto y dejaron al niño sumido en la oscuridad. Aguantando la respiración y con los puños apretados, esperó que algún terrible monstruo lo devorara en la más completa oscuridad. Pero nada ocurrió.
Pronto se dio cuenta que tenía los ojos cerrados. Al abrirlos, una débil luz iluminaba todo el pasillo, mostrando las paredes de piedra basta, granítica, el techo abovedado del que colgaban lámparas de araña apagadas y puertas de maderas nobles y lisas como las hojas de papel en las que dibujaba.
—¿Hola? —preguntó. Su voz había sonado excepcionalmente alta—. He venido porque…
Las palabras se apagaron en su boca. Tenía frío, y con cada respiración el vaho dibujaba siluetas confusas, que se retorcían unas contra otras.
Siguió caminando con pasos cautelosos sobre el mármol helado. Al niño le pareció que era blanco, pero de un blanco apagado, lechoso, enfermizo.
Finalmente llegó a un salón enorme, como el que su madre usaba para realizar los trueques. En los cuatro lados del salón habían escaleras de subida y bajada, y desde allí podía ver el piso de arriba, salpicado de pasillos y puertas.
Un largo escalofrío recorrió su cuerpo hasta dejarle casi aturdido. Dio una vuelta sobre sí mismo, observando con detalle la distribución de las entradas y salidas, y cuando se dio cuenta, había dejado de respirar. La vaga sensación de familiaridad que había sentido mientras caminaba por el corredor le golpeó como una violenta bofetada. Aquel castillo parecía igual al suyo, solo que más sombrío y oscuro. Apenas había mobiliario, decorados o cuadros, pero era igual a su casa.
Azotado por un latigazo se puso en marcha. Entraría por uno de los corredores laterales y bajaría los diez escalones hasta las cocinas.
Y así fue.
Estaba jadeando en las cocinas, vacías de alimentos pero con los mismos bancos, armarios y despensas. Estaba de vuelta en casa y no se había dado cuenta.
Un murmullo atravesó el sonido de sus jadeos y se quedó paralizado de terror, sin respiración. El murmullo a su espalda subió de volumen hasta convertirse en un resuello agonizante. El niño se dio la vuelta, con los músculos agarrotados, y ahogó un grito al ver el contorno de una figura deforme a la entrada de la cocina, sobre los escalones.
—Poooor fiiinnnn… —gimió el monstruo.
El niño apenas se movió. Las piernas estaban dispuestas a correr, pero su cerebro estaba en shock, incapaz de asimilar qué podía ser aquella cosa.
Cuando el monstruo extendió el brazo hacia su dirección, el niño pudo ver con claridad unos dedos rotos, con las uñas arrancadas, una mano grisácea recubierta de cortes que se extendían por un brazo mortecino, abierto por múltiples lugares y supurantes de pus negruzca.
—Veeeennn aaaa miiiiii.
La voz de aquel engendro sonaba como si sus cuerdas vocales hubiesen sido extraídas y colocadas al revés.
El niño se dio la vuelta y corrió hacia la otra puerta de la cocina, la que subía directamente al primer piso. No le hizo falta mirar atrás para sabe que la cosa había emprendido la carrera, que le perseguía como un hambriento perro de caza persigue a una liebre.
Subía los escalones de dos en dos, pero los jadeos y gemidos de su perseguidor parecían estar cada vez más cerca. Al llegar arriba, torció hacia su derecha para ir hasta su habitación, en una larga carrera que se le antojaba eterna. Las piernas le dolían y era incapaz de pensar, con la única idea de escapar en su cabeza.
Corrió tan rápido como nunca había hecho, con el corazón desbocado golpeando su pecho, los pulmones trabajando a destajo intentando capturar el oxígeno que apenas permanecía en el cuerpo por la respiración tan acelerada que tenía.
Cuando el niño estaba llegando hasta su habitación vio que más adelante, la que debía ser la habitación de su madre, estaba entreabierta, y un chorro de luz doraba bañaba el pasillo. Sin pensar, por puro instinto, fue hasta allí y al entrar cerró de un portazo, colocando todo su débil cuerpo sobre la puerta.
—Cariño, me has dado un susto de muerte —dijo la cálida voz de su madre a sus espaldas.
El niño no pudo evitar que las lágrimas se derramaran por sus mejillas por segunda vez en poco tiempo. Se olvidó de la puerta y de la cosa que había tras ella y se dio la vuelta lentamente. La cama, de sábanas rosadas y el dosel amarillo; la alfombra, decorada con un laberinto florido y de colores desgastados; el sofá, de respaldo curvado, tapizado de un naranja suave y bordados florales color ámbar; el escritorio, de nogal oscuro y relieves en espiral. Y en el centro de la habitación, su madre, su hermosa y querida madre, tal y como la recordaba: el largo cabello rizado, castaño; las mejillas sonrosadas bajo unos ojos vivaces, tiernos y cariñosos; la sonrisa, evocadora, tranquilizadora.
El niño corrió hasta su madre y se abrazó a ella con fuerza, descargando una tormenta de lágrimas sobre su vestido. No podía hablar, ni apenas respirar. Solo llorar.
Cayó de rodillas, agotado, extenuado.
—Vamos, cariño, te llevaré a mi cama.
Y antes de que llegara a su mullido destino, se durmió.
Unas suaves caricias en la mejilla le despertaron. Cuando abrió los ojos, su madre le dedicaba una dulce sonrisa. El niño se aferró a las manos de su madre y la apretó con fuerza contra su cara. La calidez que inundó su cuerpo lo reconfortó, le dio esas fuerzas que había perdido hacía ya tanto tiempo que ni se acordaba. Pero, ¿qué era todo lo que había ocurrido?
—Has estado enfermo, hijo, y las pesadillas acudían a tus sueños una y otra vez, sin dejarte descansar —dijo su madre, como si hubiese escuchado la pregunta.
El niño cerró los ojos, aliviado, feliz de que solo hubiese sido un mal sueño, una horrible y larga pesadilla. Cuando lo abrió de nuevo, su madre tenía una extraña expresión en el rostro. Sus labios se habían juntado, como si sorbiera, mientras la mandíbula subía y bajaba en cortos movimientos. Los ojos, entonados, parecía envueltos en un éxtasis indescriptible.
Algo pareció advertir su madre, porque de nuevo volvió a su plácida expresión. Le sonrió de nuevo y le acercó una humeante taza.
—Toma, la medicina, para que te recuperes.
El niño bebió con cuidado de no quemarse. Tenía un extraño sabor a naranja amarga y anís, una combinación que no recordaba haber tomado nunca.
—Será mejor que de momento no te levantes —le dijo su madre—. Debes descansar y recuperarte antes de que puedas volver a correr por los pasillos.
Feliz, el niño tomó la mano de su madre y la besó. Ésta no pudo evitar poner de nuevo esa extraña expresión que había visto unos minutos antes, y que solo duró unos instantes.
Entonces su madre se dirigió a su escritorio, como tantas veces hacía, a escribir correspondencia mientras canturreaba. El niño suspiró y quedó de nuevo dormido.
La sensación que tenía el niño era que los días no pasaban. No había ventanas en aquella habitación, así que no podía ver si era de día o de noche. Cuando le preguntaba a su madre por esto, le respondía de forma ambigua, argumentando que todavía no se había recuperado, que debía descansar. Y cada vez que se bebía el contenido de aquella taza más que reconfortarlo parecía que le consumiera todas sus fuerzas.
—¿Qué te pasa hijo? ¿Ya no eres feliz? —le preguntó en una ocasión su madre.
—Sí, claro que lo soy. Esa pesadilla que tuve, en la que estabas enferma de muerte, está todavía muy reciente. Era tan real… Pero no es eso, es que me gustaría salir fuera.
—¿Fuera? ¿Para qué?
—Bueno —dudó el niño—, me aburro un poco aquí y me gustaría salir a jugar en el patio.
—Pero todavía no te has recuperado —dijo su madre en tono conciliador—. Acábate la medicina.
Pero el niño estaba cansado de tomar aquella medicina. Dudaba que tuviese algún efecto puesto que siempre se encontraba agotado.
Un fuerte golpe sonó en algún lugar lejano. La madre se tensó de repente, como un ciervo que escucha las pisadas del depredador. La expresión severa de su rostro se tornó cálida cuando se dirigió a su hijo:
—Cariño, acábate la medicina. Voy a ver qué ha pasado —dijo levantándose y dirigiéndose a la puerta. Cuando estaba a punto de salir se volvió para añadir—: Y no salgas de la habitación. Todavía estás muy débil.
El niño volvió a escuchar otro ruido, esta vez un golpe, como si hubiesen dejado caer un mueble contra el suelo, y la puerta se cerró. La curiosidad pudo más que la prohibición de su madre y, tras dejar la taza en la mesilla de noche, se levantó con cuidado. Al ponerse de pie casi cae bajo su propio peso. Estiró y encogió las piernas varias veces, desentumeciéndolas, y se dirigió cauteloso hasta la puerta. No sabía bien qué ocurría, pero estaba dispuesto a echar un vistazo sin que lo viesen.
Abrió con cuidado la puerta y asomó la cabeza. Se quedó helado y el cuerpo le empezó a temblar. Aquel pasillo era el de su pesadilla. ¿Acaso se había dormido y estaba soñando de nuevo? Todo eso no tenía sentido. Estaba con su madre, su madre sana, la que él recordaba, la buena. Lo anterior debía haber sido una pesadilla, en la que enfermaba y se consumía, en la que salía de su castillo para enfrentarse a la decepción de no encontrar una cura, al terror que le producía que su madre muriera y quedarse solo.
Un gran peso cayó sobre él. ¿Debía permanecer allí, en aquella habitación, donde se madre estaba sana y le dispensaba cuidados y mimos? ¿O salir fuera e investigar qué estaba ocurriendo, con el riesgo de descubrir que la realidad no era lo que estaba viviendo?
Se tomó unos instantes mientras se enjuagaba las lágrimas con la manga. Si en verdad su madre estaba moribunda no podía seguir allí, debía buscar una cura. ¿Qué estaba ocurriendo entonces en aquel castillo?
Dio un par de pasos y salió del dormitorio. Fue por los pasillos, entrando en las habitaciones. Todas tenían la misma distribución que su casa, con muebles similares, pero no había ni uno de los objetos maravillosos y extraños que abarrotaban su castillo real.
—Pooooor fiiiiinnnnn —gimió una voz a su espalda.
El corazón casi se le paralizó del susto. Se dio la vuelta y vio a la cosa en el marco de la puerta, obstruyendo la salida de aquella habitación. Ahora podía verlo con más nitidez, aunque deseó no haberlo visto nunca. La cabeza, una vez redonda, había sido moldeada a martillazos. La piel grisácea estaba cubierta moratones y hematomas, surcada por cortes largos que dejaban al descubierto carne y hueso, y por donde la sangre hacía tiempo que había dejado de manar. La mandíbula colgaba inerte, y los labios había desaparecido dejando una sonrisa siniestra, plagada de huecos donde antes hubo dientes. El cuerpo, allí donde un los restos de un chaleco sucio y hecho girones dejaban la piel al descubierto, presentaba llagas supurantes de pus negra, y los gusanos había creado allí numerosos nichos. Aquel ser no era mayor que un niño, pero daba más miedo que el más terrible de los espectros.
—No, déjame —logró articular el niño, buscando desesperado la manera de salir—. Mamá… Mamááááá— empezó a gritar.
Fue entonces cuando aquel monstruo salido de las pesadillas más profundas se abalanzó sobre el niño. Éste trató de correr, de buscar una salida de aquella trampa en la que él mismo se había metido. La cosa saltó por encima de uno de las mesas vacías y cayó sobre el niño, que se revolvía desesperado tratando de escapar, lanzando frenéticos puñetazos y patadas. El monstruo lo zarandeó y le golpeó varias veces en la cabeza hasta dejarlo aturdido.
—¿Doónde…? —logró gemir la bestia mientras rebuscaba entre las ropas del niño.
La cosa metió la mano en el bolsillo interior del chaleco del chico y sacó la moneda de cobre. Entonces se dio media vuelta y desapareció por donde había venido con suma rapidez.
El niño apenas podía respirar. Le dolía mucho el pecho y la cara, sobre todo donde había recibido los golpes, y notaba cómo la sangre le resbalaba por la piel. Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, todavía tembloroso, caminó lo más rápido que pudo para llegar a la habitación de su madre. Debía de haberle hecho caso. En su habitación se encontraba seguro, protegido. Había sido un estúpido por salir de allí.
Cuando llegó y abrió la puerta, una horrible figura se dio la vuelta y le dijo:
—Cariño, te dije que no salieras de la habitación, que todavía estás muy débil.
El niño ahogó un grito de terror. Aquella figura era alta y delgada, con un rostro triangular y dientes negros y deformes. Los ojos, lilas, trataban de mirar con cariño al niño, pero solo le otorgaban un tinte siniestro y malévolo. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, quien había sido su madre en aquel castillo maldito lanzó una maldición al aire y antes de que pudiera reaccionar, agarró al niño del hombro con mano férrea y lo arrastró por los pasillos. El niño se agitaba y revolvía, golpeaba la mano que lo arrastraba en un vano intento de soltarse, de librarse de la presa que lo llevaba sin piedad a algún destino horrible. Soltarse de aquella presa era como desprenderse de su propio brazo. De nada sirvieron sus gritos, sus súplicas, sus lloros. Se adentraban más y más en las profundidades del castillo.
Finalmente llegaron frente a una puerta tosca y maltratada por la humedad. Al entrar, el niño supo que aquello era el fin. El hedor a muerte y agonía que flotaba en aquella amplia habitación penetró en sus pulmones a pesar de que aguantaba la respiración. Máquinas extrañas le prometían una eternidad de torturas; cadenas con garfios colgados del techo auguraban largas sesiones de sufrimiento; mesas repletas de afilados utensilios susurraban tormentos inimaginables; estantes de frascos de infinitos colores vociferaban enfermedades incurables y pesadillas continuas.
—Si no puedo tener tu amor, tendré tu dolor —sentenció aquel espectro de carne y hueso, y lanzó al niño al interior de un sarcófago plagado de púas.
Cuando lo cerró ya solo se oían gritos de agonía. La criatura juntó sus labios, como si sorbiera, mientras la mandíbula subía y bajaba en cortos movimientos. Los ojos, entornados, parecía envueltos en un éxtasis indescriptible mientras se alimentaba del dolor que destilaba aquel pobre desgraciado. No era mejor que el amor, pero al menos era alimento.
No muy lejos de allí, el ser deforme y mutilado llegaba a las puertas del castillo. Apretaba con fuerza la moneda de bronce, mientras la otra mano la llevaba pegada al pecho, allí donde el bolsillo interior de su chaleco guardaba el mayor de los tesoros.
Una vez plantado ante la doble puerta, golpeó dos veces con los nudillos, y a los pocos instantes estas se abrieron. El ser salió al exterior tan rápido como había corrido por los pasillos, escapando por fin de aquella pesadilla horrible y recibiendo con agrado las puñaladas de luz en los ojos. A medida que se alejaba del castillo, su cuerpo fue experimentando un cambio gradual hasta recuperar su aspecto original. Se alejó corriendo, descalzo, por el sendero que había recorrido hacía una eternidad, cuando buscaba una cura para su moribunda madre. Se alejó de allí, dejando atrás…
…el castillo.
A medida que avanzaba los rayos de sol iban limpiando la oscuridad de su interior como una tormenta limpia las vidrieras embarradas. Apenas podía abrir los ojos, todavía sensibles a la claridad del día, pero eso no le hizo bajar la marcha en ningún momento. La angustia, el miedo y la ira se fueron diluyendo, al igual que la sangre de un herido se diluyen en un río hasta formar parte de el, aunque no se vea a simple vista. El niño podía sentir que las tinieblas que lo había envuelto durante tanto tiempo no se iban a ir, simplemente se retirarían a las sombras de su interior, allí donde ningún sol es capaz de llegar, para emerger por las noches en forma de pesadillas.
Cuando el niño estuvo suficientemente lejos, sacó de su chaleco amarillo un pequeño frasco. Lo observó con la alegría profunda de quien encuentra un remedio a todos sus males. Durante años estuvo tomándolo, cuando el monstruo del castillo se ensañaba demasiado y la curación estaba más allá de toda posibilidad. Esa pócima era capaz de salvar a quien lo tomaba de cualquier muerte. Volvió a guardarlo en el chaleco, que ya no estaba desgarrado ni sucio, y prestó atención a la moneda que brillaba en la mano con destellos broncíneos.
Recordaba que gracias a ella había podido poder entrar al castillo, pero cuando un pequeño monstruo que apenas recordaba se la robó, quedó atrapado entre aquellos muros. Por muchas veces que escapaba de las garras y el control del monstruo, era incapaz de encontrar la salida, terminando siempre presa de las ganchudas garras del monstruo. Los recuerdos fueron aflorando, como si los estuviese sacando de un antiguo baúl, y quedó todavía más desconcertado. La magia del castillo torcía de alguna manera la línea del tiempo, pues ahora estaba seguro de que acababa de arrebatarse la moneda a sí mismo. Entonces, ¿quién estaba ahora dentro del castillo sufriendo los tormentos del engendro?
Apretó la moneda con tanta fuerza que se hizo daño. Si la escondía o la arrojaba a un río, alguien quedaría atrapado para siempre, alimentando al monstruo del castillo con su dolor. Pero si la dejaba para que otro la encontrara, tal vez liberaría a quien estuviese dentro para entonces quedar atrapado allí. O tal vez hallase la manera de acabar con la maldición.
Mientras pensaba en ello llegó hasta el lugar donde una bruja del camino le había dado la moneda, allí donde había estado sentado tiempo atrás comiendo pan duro y queso viejo. Para él lo más importante era volver a casa y salvar a su madre.
Tomó una decisión.
Dejó la moneda sobre la piedra en la que estuvo sentado y se fue.
Con aquel frasco en su poder, su madre viviría y volverían a ser felices.
¿Conocéis páginas donde se pueda compartir afición con otros aficionados a la escritura y sacar algo positivo? Por algo positivo me refiero a que haya actividad y se puedan recibir consejos y críticas constructivas. Esta página es de lo mejor que conozco, pero hasta hace poco existía foroescritores (también muy buena), y ha echado el cierre en marzo. Esto me ha dejado un poco "chof" porque allí había cierto ambientillo, y tenía contacto con foreros amables, y aprendí bastante.
Hay más páginas para escritores, pero desconfío mucho de ellas. En su día, tuve una mala experiencia con Falsaria (es un poco largo, quien quiera saber la historia que lea el spoiler):
Me registré en esa Falsaria y comenté varios textos, diciendo lo que me gustaba y lo que no. Los textos que subí (fragmentos de mis novelas) solo los comentaba una persona (omitiré su nick por no humillar) que daba la impresión de comentar sin leer, pues sus comentarios se limitaban solamente a frases que cualquiera puede decir sin leerse los textos. Tenía la certeza de que no se leía los textos porque:
1-> La primera vez que me comentó (en el primer capítulo de "Amara"), puso "una historia muy interesante. Bienvenida". Le contesté que me dijera que es lo que le gustaba del texto y que me contara qué le hizo creer que soy mujer, ya que soy un hombre. Me contestó que le gusta "mi forma de narrar" (que es como no decir nada) y que creyó que soy mujer "por mi sensibilidad al escribir" (¡TOMA TOPICAZO!). Esto era muy sospechoso de que no se lo había leido, y los comentarios en capítulos posteriores reafirmaron mis sospechas, pues solamente ponía "muy buena historia", o "una historia que engancha"
2-> Los textos en Falsaria, una vez le das a enviar, quedan pendientes de moderación. Una vez los moderadores los han leido, los cuelgan todos de vez. Pues bien, si un dia colgaban 20 textos de vez, esta persona había comentado gran parte de ellos en un minuto. ¿Alguien se cree que lea tan rápido?
Para poner en evidencia a esta persona, subí un nuevo fragmento rompiendo la cuarta pared, y Amara comentaba que "el autor de esta novela la cuelga en una web llamada Falsaria" y que "en esa web hay una persona, llamada ******, que comenta todos los capítulos pero parece no leerselos". Otro personaje (para quien haya leido "Amara", uno de los piratas) le decía "esta es una acusación muy seria". Entonces, Amara decía "si ****** realmente lee esto, comentará algo sobre lo que digo de ella. En ese caso, nuestro creador le pedirá perdón por haber pensado mal". Una vez colgado el texto, esa persona le dio "me gusta" al mismísimo texto en el que se la atacaba. Esperé dos días a ver si comentaba (siempre hay que dar el beneficio de la duda. ¿Y si lo leyó, le hizo gracia mi trampa y por eso le dio a "me gusta", y pensaba comentarme cuando tuviera más tiempo?). Pero no comentó (Y eso se conectaba a diario y comentaba otros textos). Me quedó claro que no se leía mis escritos (y viendo que casisiempre comenta de ese modo, creo que los de casinadie).
Me han contado que ese tipo de cosas son frecuentes en páginas de escritores noveles, ya que a veces comentan/dan like/añaden a favoritos textos que probablemente ni han leido, solamente para hacerse publicidad de un modo u otro (en falsaria, por ejemplo, un texto que consigue 20 favoritos va a portada, lo que fomenta que la gente de favoritos para que se los devuelvan).
Mi pregunta, ¿Conoceis páginas buenas para compartir esta afición, donde no ocurran cosas de ese tipo?¿Qué experiencias tenéis?
Hace unos días subí un fragmento del capitulo primero de mi novela. Ya he arreglado un par de cosas que me dijeron y finalizado completamente el primer capítulo. En un breve resumen se trata de una historia post-apocalíptica en la península ibérica, si, un poco apartado de los típicos USA post-nucleares de Mad Max. Más abajo os dejo el pdf en el drive y por si acaso lo añado en el post como archivo adjunto. Muchas gracias!
Hace un mes abrió una tienda de alquiler de juguetes en París un tanto particular. Aunque estaba inscrita en la misma categoría que los locales de videojuegos, ofrecía los servicios por horas de cuatro muñecas sexuales de tres dimensiones, un peso de entre 20 y 30 kilos, unos 5.000 euros de precio de venta y unos pechos que no encuentran rival ni en los catálogos de lencería. Así, el XDolldel distrito 14 se unía a la lista de locales ya conocidos en Alemania, Reino Unido, España, Países Bajos o Austria. Pero en el caso de la capital francesa la empresa se encontró con problemas distintos a sus semejantes: apenas formalizaron la apertura los concejales de izquierdas y asociaciones feministas pidieron su cierre.
Según denunciaban estos representantes, el comercio debería ser ilegal. En Francia y desde 1946 están prohibidos los prostíbulos en el país, y aquellos a los que se encuentre solicitando estos servicios se les condenará con una sanción de miles de euros. Pero como indicó la policía, allí no trabajaba ninguna mujer real.
La prostitución, según el Artículo L.225-5 del Código Penal francés, se refiere a seres humanos y no a objetos. No importa cuánto protestasen las asociaciones, que denunciaban que se estaba alentando la apología de la violación. No hay base legal para perseguir estos novísimos locales de alquiler de muñecas sexuales. Como indicó la policía francesa, estarán atentos a posibles cambios futuros, pero de momento XDoll tendría la misma consideración que un local de pinball.
Es cierto, las muñecas sexuales no son más que un trozo de plástico caro. Pero sabemos que no podemos equipararlas con una tostadora o incluso con un dildo. El único interés y el estilo de diseño que se persigue con estas muñecas es el de la suplantación de una versión idealizada y exuberante de la mujer. Una muñeca es mejor cuantos más detalles hiperrealistas y mayor verosimilitud con respecto al cuerpo humano femenino. Buscan que sea una réplica perfecta de una mujer, salvo por una condición: ella nunca te dirá que no. O que si.
Como señalaba la sexóloga María Esclapez, tener relaciones sexuales con una sex doll permite saltarse lo que se conoce como la “fase de acoplamiento sexual”, ese período que puede durar meses o incluso años para algunas parejas y que permiten crear vínculos de empatía. Con las muñecas se está permitiendo a los hombres (ellos son mayoritariamente sus consumidores) que den rienda suelta a sus fantasías sexuales con una pareja sin reciprocidad ninguna. Se están creando muñecas con aspecto de niñas, que gimen simulando resistencia. Hay réplicas a las que tienen que retirar de los prostíbulos y de las feriasporque los clientes las golpean hasta malformarlas. Antes de cerrar, en Barcelona vetaban a los clientes que pedían explícitamente recrear violaciones con ellas.
La otra vertiente de la discusión dice que, al permitir que los usuarios se desfoguen con estos objetos, se evitará un mayor nivel de violencia contra las mujeres reales. Por otra parte, los estudiosos de la realidad virtual están llegando a interesantes descubrimientos, como que cuantos más sentidos de un sujeto haya envueltos en una acción (especialmente la vista y el tacto) más verosimilitud y credibilidad le da nuestro cerebro. Más real nos parece y más importancia mental le damos. Están también los que nos recuerdan que Japón, una de las culturas más misóginas y donde más extendido está el uso de muñecas, tiene unos inmensos índices de aislamiento social.
Pero sigue siendo todo un terreno desconocido, un nuevo producto al que aún no nos hemos acostumbrado ni hemos visto sus consecuencias a largo plazo.
Acabo de retomar un viejo proyecto que tenia en mente hace tiempo. Me gustaría compartir aquí un fragmento y me digáis que os parece. Creo que tengo mucha imaginación para escribir, pero fallo en la ejecución. La idea es una vez termine repasar cada capitulo para darle la forma correcta, pero primero escribir en sucio para que no se me olvide nada.
Sin mas dilación, os dejo el enlace al pdf
Hacía un calor agobiante. Los árboles eran demasiado densos y no se podía ver casi el cielo, debían de medir más de diez metros cada uno de altura pero eran anchos. Sus mochilas pesaban más de lo que debían y sus piernas ya no daban para más pero ninguno decía nada. Después de los quince kilómetros no habían vuelto a decir palabra y, a Kira le quedaba poco para darse de bruces contra el suelo. Nunca había caminado tanto de seguido ni con tanto calor, era una joven enclenque que vestía unos pantalones holgados marrones y una camiseta blanca, impoluta. Caminaba elegantemente agarrada a los tirantes de su mochila. Tenía las uñas muy largas, como garras y unas orejas puntiagudas amarillas a juego con su pelo. La acompañaba un joven que parecía más fuerte que ella, su pelo marrón se camuflaba con los troncos de algunos árboles al igual que sus ojos. También tenía las uñas largas, pero no tanto como la joven. Llevaba unos pantalones con un estampado parecido al de camuflaje verde y una camiseta de color verde militar. Fueron las únicas prendas, junto a otra muda que llevaban en sus mochilas, que pudieron coger antes de dejar Batania. Ya no podrían volver más y a ambos les dolía haber dejado sus pertenencias y los pocos amigos que tenían. No les había resultado fácil huir, pero no les quedaba más remedio. A pesar de no ser grandes amigos, a la fuerza tuvieron que adentrarse en el bosque juntos en busca de un refugio ya que no eran bien recibidos en su ciudad de origen, no a partir de ese día. Cuando dejaron su aldea ambos se prometieron mentalmente no volver a repetir lo que habían hecho, no podían volver a cometer ese error.
Se oía el agua que bajaba por un río al lado suyo, tranquila y calmada. De vez en cuando saltaba algún pez o se veía alguna tímida libélula sobrevolar el caudal. Había una serie de pájaros que parecían vivir en ese bosque y se dejaban oír varias horas del día. Se encontraban en el bosque que rodeaba las montañas donde vivían, llegaba hasta donde alcanzaba la mirada y seguía por el horizonte. Parecía como si fuese interminable, pero todos sabían que muy lejos de dónde se encontraba Batania empezaba el enorme océano que rodeaba los dos únicos continentes que existían en la Tierra. Los océanos hacía varios siglos que habían superado el nivel de agua que tuvieron en el pasado debido al derretimiento de uno de los polos. Cruzando el océano nadie sabía que había. Nunca nadie había vuelto para contarlo, y si lo habían hecho no había llegado hasta Batania.
La única manera de llegar a la aldea donde querían ir era cruzando el río que se encontraba a su izquierda y solo podían ir a pie ya que si se arriesgaban a bajar en barco por el río podrían ser descubiertos por los guardas que bajaban cada mañana por la corriente para comprobar si todo seguía en su lugar. También era arriesgado bañarse en esas aguas por los seres que podrían vivir allí. Nadie conocía todas las especies que habitaban el río. Este bosque no era un sitio al que la gente fuese y si alguien lo recorría tenía la posibilidad de no volver a vérsele jamás. Kira y Nerón no conocían a nadie que se hubiese introducido en el bosque y hubiese vuelto con vida, la mayoría de la gente debía de morir de hambre en algún remoto lugar después de haber dado vueltas por la zona durante días, y con el calor que estaba haciendo últimamente, ni en la frescura del bosque se le podía dar tregua.
Kira está concentrada en sus pensamientos. Tiene demasiadas cosas que meditar si quiere mantener la cordura y la mente despejada. En Batania nunca tuvo privilegios pero no por eso era menos que los demás. Sabía esforzarse trabajar duro, algo que muchos no sabían lo que era. Por otro lado Nerón era el hijo del jefe de la aldea. Así se conocieron. Kira se levantaba cuando salía el sol para limpiar la casa grande mientras que Nerón seguía durmiendo porque no tenía ninguna obligación que cumplir. Nerón paso toda su vida viviendo bien, pero aún así nunca estuvo contento y a su padre no le agradaba. Nada de eso importa ya, ahora mismo están en igualdad de condiciones.
Nerón rompe el silencio imperante y obliga a Kira a prometer que nunca hablarán sobre lo que había pasado ni sobre lo que los había hecho irse de su ciudad. No podían dejar que nadie lo supiese, si se llegaba a descubrir alguno de los dos o los dos podrían acabar mal parados o peor. Ella acepta sin dudarlo. Ninguno de los dos puede creer nada de lo que les ha hecho irse pero no pueden deshacer lo hecho.
Siguen caminando a la vera del río cuando escuchan un ruido fuerte, como si algo pesado se hubiese caído al suelo, hace que Kira se alarme, debido a su condición tiene un oído muy desarrollado. Nerón también pero estaba distraído con sus pensamientos por lo que no escucha nada y se fía de su compañera. Se para en seco y le hace un gesto a Nerón para que esté en silencio. Lenta y sigilosamente caminan los dos en busca del lugar de donde procedía el ruido. Cuando llegan se esconden detrás de unos arbustos y ven como una joven de pelo morado y un pantera están contando lo que parece una bolsa con dinero. El joven la llama dos veces por un nombre que Kira y Nerón no acaban de entender del todo, por lo que deciden acercarse un poco más. Cuando se encuentran lo suficientemente cerca pueden oír un fragmento de su conversación.
–No me puedo creer que solo hayamos conseguido esto en esa aldea. Pensaba que en ese poblado de ricos podríamos sacarles algo más. No me jodas, si todos llevaban collares de oro y ¿Nosotros? ¿Qué tenemos? Tres monedas mal contadas y dos collares. ¡Y encima sin comida nueva! ¡Estoy cansada de comer frutas!
–No nos dio tiempo a más, avisaron a la guardia demasiado pronto, relájate. En la siguiente aldea seguro que tenemos más suerte, aunque nos va a ser más difícil conseguir entrar.
Kira y Nerón se dan cuenta al instante de que si esos dos chicos los ven acabarían sin nada de lo que transportaban y deciden irse por donde llegaron intentando hacer el menor ruido posible. Cuando consiguen salir de los arbustos piensan que han salido airosos y se dedican una mirada de alivio. Siguen andando al lado del río, siempre a una distancia prudencial para que si alguien se encuentra recorriéndolo no se percate de su presencia. Nadie que vague por este bosque es de fiar, nunca estás seguro.
Caminan sigilosamente varios entre los árboles hasta que creen estar lo suficientemente lejos para que no se les pueda oír y deciden parar. Ambos se secan el sudor de sus frentes y Kira se rehace la coleta que llevaba puesta.
–Menos mal que no nos han escuchado – dice Nerón suspirando aliviado – Si nos llegan a oír nos quedamos sin lo que hemos conseguido.
Kira asiente. Están ambos demasiado cansados y faltan pocas horas para que anochezca, así que deciden acampar en esa zona, que según parece es segura. Se cercioran de que nadie puede verlos desde el río y se suben a una de las ramas de un árbol bastante grande que está por allí cerca. Una vez arriba montan su campamento improvisado y Kira saca de su mochila algo de fruta para que cenen. El océano no es lo único que había cambiado en todos estos siglos, la comida ya no era la misma. Mucha gente no se podía permitir la carne ni algunas frutas porque nadie quería adentrarse en el bosque. Las personas que comían carne eran las que en los pueblos tenían ganado o conocían de alguien que la pasase de contrabando por algún túnel secreto. Muchos alimentos habían desaparecido y muchos otros habían evolucionado. Todo dependía de la zona donde se encontrasen.
Un vez que han acabado de cenar la noche cae sobre ellos y se disponen a dormir, no necesitan mantas ya que de noche la temperatura solo disminuye diez grados, y acostumbrados a los cuarenta que lleva haciendo todo el camino les parece un descanso e incluso un clima fresco.
Esta noche no se ve la Luna, hace años cuando la Tierra se desplazó de su órbita la mayoría de las noches son sin Luna, que dan al ambiente un aire terrorífico y misterioso, aprovechado por pocos y temido por muchos.
Ambos se quedan en silencio mirando al cielo. A pesar de no haber nada que ilumine el cielo, la noche está despejada, rara vez se ven nubes. No llueve por meses y luego cae torrencialmente en dos o tres días seguidos. Siempre ha sido un misterio como puede alimentarse el bosque tanto tiempo sin agua, muchos especulan que hay agua subterránea pero nadie nunca lo ha comprobado.
Finalmente, caen los dos rendidos y se duermen rápidamente. Tienen un sueño profundo, llevan más de once horas seguidas caminando y sus cuerpos no resisten más despiertos.
. . .
Los dos chicos caminan tranquilamente en la oscuridad de la noche mientras hablan a un volumen bajo para no ser descubiertos.
–¿Te diste cuenta de que había un gato y un perro en los arbustos?
–Sí, debían de pensar que eran ninjas o algo – se burla la joven – Seguro que se han escapado de algún lugar y no saben a dónde ir, pobres de ellos, van a perderse por aquí si no conocen nada.
–A no ser que sigan el río.
–Es muy difícil esquivar la cascada si vas siguiendo el río, ya viste lo que nos pasó la última vez que fuimos por allí.
–Ya, es verdad- dice el alto chico mientras se rasca la cabeza – Creo que esta vez podíamos usar un atajo para entrar, me lo enseñó Marco la última vez que estuvimos.
–¿¡Sabías una entrada mejor y no me dijiste nada?! Te voy a matar.
El joven la mira con cara de arrepentimiento. Siguen hablando hasta que se dan cuenta de que necesitan comida y probablemente dinero.
–Hablando del perro y la gata otra vez…
–¿Vamos a hacerles una visita? No pueden estar muy lejos.
Los dos jóvenes corren a oscuras como si conociesen el bosque de memoria. Saben lo que buscan y saben que no pueden andar muy lejos. La joven, pese a ser humana se mueve con bastante agilidad gracias a todos los entrenamientos que había hecho con el chico, se conocen desde hace bastante y saben que pueden confiar el uno en el otro. El moreno, aunque parezca cálido, le cuesta confiar en la gente, algo que ella ha conseguido que haga desde que se conocieron. Tienen un vínculo especial y se entienden solo con mirarse. De repente la chica de pelo morado frena en seco, lo que hace que su compañero frene también. Gira su cabeza hacia arriba y señala a una de las ramas de un gran árbol. Se puede ver como hay una especie de tienda de campaña improvisada y unas mochilas no muy bien escondidas, así que resulta bastante sencillo para los dos chicos coger todo lo que necesitaban de ellos. El joven pantera se sube ágilmente de un salto a la rama y la joven de la capa y pelo morado suelta unos polvos verdes que hacen que se eleve del suelo hasta la altura del chico.
Se miran el uno al otro iluminados por los polvos y los ojos grises de la joven le lanzan una mirada que decía <<Hazlo ya, rápido>> Más veloz que la luz, el chico consigue abrir las mochilas sin causar el mínimo de ruido y entre los dos logran meter todo el dinero y las joyas que los otros cargaban en sus respectivas bolsas repartiéndose el peso equitativamente. La joven mira en la segunda mochila y ve una cantidad impresionante de comida, así que decide cogerles bastante pero dejándoles algo para sobrevivir varios días en el bosque.
Cuando hubieron acabado el joven salta elegantemente de la rama y la joven disipa los polvos que la dejan suavemente en el suelo.
Se cargan las bolsas a la espalda y empiezan a andar de la mano en dirección a Eglibridge, el pueblo más cercano del sitio del sitio donde se encontraban, una aldea a tan solo varias decenas de kilómetros situada dentro de una cascada protegida por unos fuertes rápidos y grandes y afiladas rocas que solo podía ser penetrada bajo el agua, pero parecía que los chicos conocían otra entrada por donde podían pasar desapercibidos. La última vez que la visitaron casi los llevan presos y no es algo que alguno de los dos quiera repetir, pero esa vez tienen un plan y nada puede salir mal.
Deben apresurarse para salir rápido de esa zona del bosque, les quedan no más de 2 horas de oscuridad y no pueden ser vistos por los vigilantes de los ríos que pasaban al amanecer para vigilar que todo estuviese en orden. Es demasiado desagradable estar presente en uno de sus chequeos si se encuentran con alguna criatura no autorizada a estar recorriendo estos caminos.
. . .
Nerón siente un leve movimiento antes de abrir los ojos, está tan cansado que piensa que puede estar soñando y no tiene fuerzas para abrir los ojos. Los movimientos no cesan en los siguientes segundos así que temeroso abre los ojos y se encuentra cara a cara con unos ojos azules mirándole profundamente. La joven parecía estar histérica y estaba gritando bastante alto << ¡Nos han robado! ¡Mierda! >>. Le cuesta unos segundos darse cuenta de lo que está pasando. Se sienta rápidamente buscando su mochila, cuando la encuentra y la abre descubre que está vacía. Solo contiene una muda que habían guardado al principio del viaje. Entra en pánico y va corriendo a mirar en la mochila de Kira, cuando la abre descubre que solo les han dejado un poco de fruta.
Nerón intenta tranquilizar a la chica, pero esta está demasiado asustada.
–¡Seguro que han sido esos dos que vimos en el río!- grita ella levantando los brazos.
–Bueno ahora no podemos hacer nada, así que relájate y seguimos caminando hacia Eglibridge, allí ya vemos qué hacemos y si podemos conseguir algunas cosas.
–Sí claro, porque lo que nos faltaba era añadir más delitos a nuestro historial.
Cuando se recomponen del susto, deciden continuar caminando hacia la aldea de la cascada, no les quedan muchas horas para llegar y parece que hace poco que había salido el sol, así que por lo menos tendrían 13 horas de luz todavía.
Cogen sus mochilas y las cargan. Esperan varios minutos a bajar del árbol por si acaso hubiese alguien bajando por el río o caminando debajo de ellos. En el momento en el que están seguros de que no se oye a nadie bajan como pueden del árbol y emprenden la marcha. No están muy convencidos de que puedan llegar a la aldea antes de que se haga de noche otra vez y tienen miedo de volver a acampar, así que deciden no hacer demasiadas paradas para poder avanzar bastante terreno y dormir en el bosque las menos noches posibles.
–¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos a Eglibridge?
–No lo sé, entrar.
–Ya, pero, cómo. ¿Y si nos ven? ¿Y si saben quiénes somos? ¿O lo que hicimos? – pregunta Kira asustada.
–No creo que nadie sepa nada, además, no tienen ninguna forma de saber nuestra apariencia. Solo nos conoce la gente de Batania y nadie habrá salido de allí, a todos les da demasiado miedo este bosque.
–Y ya sé por qué. ¿No te da miedo que nos pase algo hoy por la noche?
–Lo de ayer fue algo raro, no creo que haya más gente en kilómetros a la rotonda, además esta noche podemos idear algo para despertarnos si alguien se nos acerca. También podemos trepar más alto, la verdad es que estábamos bastante bajos.
–¿Tú crees que conseguiremos algo de comida? Tengo hambre y no quiero acabar con todas las provisiones que nos quedan.
–Pero si tenemos comida para un par de días.
–Yo como mucho, no sé como lo ves, pero eso a mí no me dura dos días.
–Pues aprendes a racionalizar.
Kira cruza los brazos resignada.
Nunca se habría imaginado estar hablando con Nerón como lo hacen, y mucho menos en estar los dos solos sin nadie cerca. Siempre se habían evitado y ninguno sabe por qué, simplemente no se gustaban el uno al otro y decidían ignorarse.
Se ponen en marcha otra vez no muy seguros sobre la seguridad que puedan tener allí. Están en medio de la nada y si algo les pasase no podían ser capaces de pedir ayuda ni de sobrellevar la situación. Nerón no reacciona bien en ambientes bajo presión y prefiere evitar los conflictos, en cambio Kira siempre está en el medio de todos los dilemas.
Caminan rápido saltando sobre ramas, raíces y rocas. De vez en cuando se pueden ver algunas flores que solo crecen en ambientes húmedos. Son flores más bien pequeñas de distintos colores, con 4 grandes pétalos que las tapan por completo. Cada vez que las ven Kira piensa que son preciosas, en Batania solo tenían unas flores parecidas a lo que eran las margaritas y alguna que otra roja pasión con pequeños péalos recogidos uno encima del otro. También han pasado algunos árboles bastante peculiares. Los árboles en estos bosques no se mueren, se regeneran. Cuando se empiezan a secar y volverse más oscuros, una nueva raíz empieza a crecer alrededor de estos sepultándolos por completo y volviéndoles a la vida en el interior de esa especie de bolsa que se forma. Esta es la razón por la cual la mayoría de los árboles aquí tienen miles de años. Crecen nuevos, pero solo cuando uno de estos es arrancado o quemado, en la base del árbol aparecen unas pequeñas ramas con hojas que brillan en la oscuridad como si fuesen luciérnagas que crecen a velocidades increíbles para volver a generar el árbol.
No pueden evitar parar a rellenar su cantimplora. Siempre tienen que estar atentos porque los peces que viven en el río podrían acabar con su vida. Allí habita una especie de peces de gran tamaño que no se ven desde fuera del agua, por lo que les resulta bastante fácil cazar a presas que se paran a beber de las aguas del río o incluso pájaros que pasen volando por encima. También corre el rumor de que hay unos hombres con branquias y colas que son lo suficientemente grandes y fuertes para abalanzarse sobre los seres del bosque y engullirlos.
Dejan las mochilas apoyadas en las raíces de un árbol cercano y sacan todos los botellines que llevan consigo. Nerón coge dos y Kira otros dos y se acercan despacio hacia la orilla del río, temerosos. Introducen los recipientes en el agua unos segundos hasta que se rellenan por completo. Los dos se miran aliviados y sorprendidos de aún conservar todos sus miembros. Se alejan rápidamente del río y vuelven a colocarse las mochilas a su espalda para continuar con su camino.
Después de varias horas parece que la noche va a volver a caer, así que se apresuran para andar un tramo más antes de acampar. Cuando se está empezando a hacer completamente de noche, buscan un árbol cuyas amas no estuviesen tan cerca del suelo y, cuando lo encuentran se suben a una bastante alta. Repiten su rutina de noche y levantan el campamento. Kira saca comida de su mochila y se la ofrece a Nerón que la engulle sin pestañear. Llevan más horas caminadas que el día anterior y todavía no se han acostumbrado. Kira come tranquilamente saboreando su pieza y cuando acaba se deja caer ligeramente en la almohada que transportan. Parece que Nerón está absorto en sus pensamientos, así que Kira decide no molestarle.
Vuelve a ser una noche sin Luna, solo se pueden ver vagamente puntos en el cielo. Kira tiene demasiados pensamientos en la cabeza así que decide hablarle a Nerón.
–¿Y si nos encontramos a los ladrones en Eglibridge?
Parece que ha hecho que Nerón vuelva al mundo real, que la mira un poco confuso.
–No sabemos quién nos robó.-Dice y vuelve a mirar hacia el cielo.
–Estoy segura de que fueron esos dos. ¿Quién más podría haber sabido que estábamos por aquí?
–No hicimos ruido, ellos tampoco habrían tenido porque saber que estábamos.
–Seguro que nos habían oído ¿Los viste? Un pantera y una hechicera, porque estoy segura de que era una hechicera.
–¿También estás segura de eso?
–Cállate. Seguro que nos robaron ellos y ahora están vete tú a saber dónde con todas nuestras cosas.
–Técnicamente no eran nuestras.
–He dicho que te calles.
Nerón no dice nada más. Se le dibuja una sonrisa en la cara por las ocurrencias de la joven. Él cree que hay más respuestas a su robo además de que los chicos en el bosque se lo hubiesen quitado.
Logran dormirse casi simultáneamente.
Amanece cinco horas después. La temperatura ha aumentado significativamente y sus respiraciones se vuelven más pesadas. Están desayunando cuando escuchan como un grupo de pasos se acerca a gran velocidad. Se quedan quietos en silencio intentando que no se les vea.
Después de unos minutos un puñado de humanos se acercan corriendo al río y se lanzan a él gritando << ¡Agua! ¡Es agua! ¡Al fin la hemos encontrado! >> Parece como si llevasen bastantes días perdidos dando vueltas sin rumbo. Tienen heridas en varias partes de su cuerpo y Kira y Nerón se preguntan si simplemente se las hicieron con las ramas o si algo les atacó. Sus ropas están rajadas por varios sitios también. Algunos no llevan zapatos y los que los llevan tienen la suela muy desgastada o incluso rota.
Kira y Nerón analizan la situación y sienten ganas de advertir a los hombres que es peligroso bañarse en esas aguas, pero tienen miedo de que piensen que tienen algo para ofrecer y les hagan algo. Se quedan callados. Algo va mal, los dos lo sienten. De repente uno de los hombres empieza a gritar y a mover rápidamente los brazos contra el agua, parece como si algo le estuviese arrastrando al fondo del río que resulta ser más profundo de lo que creían. El hombre desaparece bajo el agua y en su lugar se queda un rastro de sangre. El resto de personas que estaban junto a él parecen aterrorizadas, paralizadas, en shook. Ninguna hace un movimiento, temiéndose lo peor y que lo que haya matado a su amigo vuelva a por ellos. De repente un hombre bajito grita << ¡No quiero morir aquí como él! >> Y rápido otro le responde << ¡No te muevas, condenado! ¡Vas a hacer que nos maten a todos! >>
Sin tiempo ni para pestañear todos desaparecen bajo el agua, sin hacer ruido. Al unísono. Como si estuviesen siendo tacados por algo que ya había planeado esto.
Kira y Nerón están boquiabiertos viéndolo todo desde su rama. Ninguno se atreve a moverse y mucho menos a decir nada. Unos minutos más tarde una cola larga se deja ver sobre la superficie. Era de color azulada con escamas grandes y gruesas. La cola debía de medir un metro y medio cómo mínimo, no se pueden imaginar qué clase de monstruo habita el río, pero no quieren comprobarlo. Ambos piensan que no quieren volver a acercarse a esa agua.
El río se vuelve de un color rojizo y parecen flotar lo que pueden ser vísceras, pero rápidamente son llevadas por la corriente río abajo.
Se quedan petrificados en la rama, no pueden moverse. Van pasando los minutos y ninguno dice ni una palabra. Kira extiende su mano hasta alcanzar la de Nerón, que la sostiene fuertemente, con miedo.
Ambos están reflexionando sobre lo que pasará en los días consecutivos, cuando lleguen a la cascada pensando en cómo podrían entrar en Eglibridge sin que uno de esos bichos o cualquier otra cosa que estuviese viviendo en el agua les hiciese algo. No sabían la manera de atravesar la cascada sin ponerse en contacto con el agua. Se acomodaron en la rama, aún de la mano y se recostaron contra el tronco del árbol uno al lado del otro, ninguno tenía intención de moverse en las horas siguientes, así que simplemente se sentaron callados.
El río seguía sonando pero ya no lo asociaban con un sonido reconfortante. Se podían escuchar algunos pájaros cantar desacompasadamente.
Lentamente el sol se va poniendo y sienten que han perdido un día de camino y que probablemente al día siguiente tengan que esforzarse mucho más.
Se incorporan y preparan su campamento desganados. Se tumban y miran hacia el cielo, ya es casi de noche y empiezan a verse las estrellas. Kira gira su cabeza y mira a Nerón, este le devuelve la mirada, están cansados y necesitan dormir pero recordar el día de hoy se lo impide.
La Luna empieza a brillar en medio del cielo, se les ilumina la cara. Una noche con Luna era lo que necesitaban. Significaba que las temperaturas les iban a dar tregua y que iban a bajar unos cuantos grados. También había una parte mala, y es que probablemente dentro de unos pocos días comenzaría la época pesada, las lluvias inundarán toda la zona donde se encuentran, se desbordará el río y eso acarreará problemas graves.
. . .
Si quieres seguir leyendo búscame en wattpad: @bataniaa o en inkspired: @batania
El prado estaba sereno. Olía a menta, margaritas y amapolas y el tenue calor de la puesta de sol hacía brillar todo en ocres y violetas. El aire bailaba con la melodía de los árboles y se entremetía en los cabellos sueltos y plateados de quién estaba parada en el centro del lugar.
Unos espejos redondos tirados en torno a ella emitían cierta vibración extraña que solo su cuerpo y el del niño que la observaba, fuera del círculo, podía sentir. Ella, arrugada y enjuta, con silueta de olivo centenario y ojos de aceituna, escrutaba las entrañas de cada reflejo y escuchaba el susurro del prado.
-Niño.-murmuró- He visto la posibilidad. Las flores sufrirán, los árboles dejarán de cantar y la roca gritará bajo pies de metal. Se están haciendo con las zonas que creímos impenetrables.
El se apresuró a recoger los espejos, haciendo mucho ruido chocando entre sí los diversos collares, pulseras y aros que pendían y rodeaban toda parte posible de su cuerpo.
Ella, tranquila alzó su bastón. Con su deseo, y tras los años de largo aprendizaje, abrir el portal era para ella una habilidad sencilla.
Una escalera interminable se alzó de la nada, transparente y brillante como hecha de hielo o diamante.
-Sube niño. Hazme el café, volveré en un momento.
-Abuela Aya, si lo que ha visto es lo mismo que yo creo ver, los civilizadores están tras las montañas y con sus máquinas podrán llegar hasta aquí fácilmente.
-Niño,¿ Tú sabes por qué aquí estamos en compañía de animales y flores y nada más? -Por que este prado es un lugar impenetrable.
-Bien, ¿Y por qué lo es?- Y con sus miles de pliegues en los labios esbozó una sonrisa dulce.
-Por que tiene un guardián, que evita que puedan obtener la energía vital de los seres que aquí vivímos. Así pues, los demás lugares impenetrables están protegidos por uno o varios guardianes.- Respondió a toda velocidad, como si estuviese en un exámen. No quería que aquellos larguísimos días, sentado junto a las margaritas, mientras las águilas hacían de apoyo soplándole lás respuestas que no sabía, fueran en vano.
-Se te olvida algo...- dijo Aya condencesdientemente, con sus ojos tan cerrados por su sonrisa que parecían dos cáscaras de nuez.
-No, abue..
-¡Que yo soy la guardiana del prado!- Lo interrumpió- Si los demás lugares están cayendo quiere decir que también lo han hecho sus protectores. Yo protejo este prado y a eso es a lo que voy.
-¿Se encontrará con ellos? No debería, no dudo de usted, pero sus máquinas...
-¡Obviamente, chiquillo!-lo volvió a interrumpir, ansiosa.-¿Qué hago? ¿ Esperarlos sentadita? Ay, mis margaritas.... Y el trigo que crece justo bajo la ladera...ya debe estar precioso.....- se ensimismó- ¿Cómo voy a quedarme aquí , nene? Yo creo que tú no te das cuentas de cómo va a gritar cada roca.
-Abuela, sé que debemos evitar que entren, pero me asusto..- miraba al suelo todo el rato, avergonzado de tener miedo.
-Debo. Te corrijo. Tú debes, imperiosamente, hacerme un buen café negro.-Y agitó su báculo en dirección a la escalera.-Sube esa escalerita, abre la puerta del templo, ve a la cocina y ya sabes el resto.
El niño demostraba clara frustración en su rostro, arrugado y cejifruncido pero conocedor de su deber, obedecer a la mujer que le enseñaba todo cuanto el sabía del mundo y de sus duras dificultades. Sabía que sin su enseñanza, nunca hubiese visto el baile que hacen las amapolas cada vez que amanece ni hubiese escuchado las increíbles historias que cuentan los pájaros pues sólo vería flores meciéndose y aves piando y graznando. No podría, si abuela Aya no le hubiese enseñado cómo y cuándo, cerrar los ojos y entrar en los planos más recónditos de la creación. No podría escuchar al gran Espíritu nunca. Y, aunque aún no lo había escuchado, sabía que si seguía fielmente todo cuanto ella ordenaba, aprendería y llegaría a poder hacerlo. Quería poder oir su voz por que sentía amor por todo cuánto el espíritu creaba, en cada plano, e infundaba de luz y vida. Quería saber cómo ayudar. La miró, mientras subía silencioso de palabras pero tintineando sus abalorios.
Aya no perdió un segundo y empezó su andanza, como quien pasea por el prado, dirección opuesta al sol, viendo, como en un lienzo pintadas, las montañas que hacían de límite de su territorio y sabiendo que, tras ellas, cientos de pies y cuerpos plateados esperaban a que ella los recibiese. Se le escapó una sonrisa al pensar que era tan famosa sin moverse de su templo y la sombra del viejo árbol donde pasaba casi todo el día. Cómo iba a echar de menos a aquél viejo olivo.
Ay, Mohamed, si tuviera tu consejo ahora.. Pensó, clavando su bastón en la tierra para que soportase su peso, acordándose de su gran y sabio amigo.
Un árbol, una roca, otro árbol, un riachuelo...
Los contemplaba con cariño y saludaba a unos y a otros.
-No me puedo parar ahora, querida- le decía a una rosa blanca que la llamaba ansiosa.
Y se disculpaba con las lechuzas y así continuó su caminar, con el paso de las tortugas, mientras la noche se tragaba al sol. El aire había visto cómo hablaba con el niño y esa noche decidió no levantar al frio para que lo acompañase pues conocía a Aya desde siempre y sabía que no iba a parar hasta alcanzar la montaña y que, aunque tuviese que escalarla, se reuniría con los Sevs antes que dejarlos cruzar el prado. El aire era muy viajero y siempre se enteraba de todo, lo cual le encantaba y le hacía sentir importante pues siempre tenía constancia de lo último. Había visto a los Sevs antes que la abuela, pero conocía la regla y sabía que por más que quisiera, si Aya no poseía su sello y pasaba las pruebas, no podría ayudarla y contarle los terribles secretos que tienen aún deseándolo. Una tarde de charla en la que llevaba puesto un traje de brisa fresca, le contó a la sabia cómo encontrar dicho objeto y como invocar su gráfico, el cual era su propio nombre, para que ella lo buscase y así poder servirle. Le habló de los caminos pasando las montañas y de las antiguas ciudades a las que llevaban. Le contó que todo estaba cubierto de metal y que estaba transformado por el hombre y que no encontraría flor ni melodía alguna más que la frustración de las incontables personas que en estos lugares habitaban, apiñados como ganado y que estos creían vivir vidas felices. Remarcó varias veces en su relato que había ciertos lugares antiguos aún intactos y escondidos bajo sus cajas de acero y que en una ciudad que ellos conocen como On´ub existía un milenario templo de una religión ya perdida en la que podría superar las pruebas y obtener su talismán. Dijo que era peligroso pues ellos tienen estos lugares bien protegidos, sabedores de los poderes que en ellos se ocultan, pero que debía ir. Debía hacerse pasar por una más hasta llegar allí. Que quizás debiese enfrentarse a sus hermanos para conseguirlo pero que al hacerlo, el camino de vuelta no sería dificultad alguna pues el la acompañaría ya por siempre.
Recordó, observando a la anciana, que ya había caminado casi toda la noche, cómo ella se negó a abandonar el prado. Aún sabiendo que sería quizás una de las personas más poderosas de la Tierra. “Yo solo quiero que la hierba siga creciendo y el sol calentando, querido” Le había respondido con dulzura y firmeza. En ese momento no consideró que con el poder, podría hacer más que proteger una pequeña zona de prado verde pero,el aire, que era muy imaginativo y amaba perder el tiempo pensando en qué harían aquellos a los que veía, pues el tenía todo el tiempo del mundo, se figuró que Aya encontraría a los Sevs y que luego, tras haberlos echado de allí con una buena regañina, se escabulliría entre la gente hasta encontrar el templo por sí misma. En cierto modo tenía esperanza de que aquello sucediese pues imaginaba también que vendrían tiempos aún más complicados para todos.
Sopló aterciopelado agitando sus ropas, queriendo alijerar su paso, dándole su apoyo pues ya le quedaba poco hasta alcanzar la ladera de la montaña.
-¿Cómo piensas cruzar la montaña tu sola?- Le susurró al oído, meciendo sus argollas doradas.
-Pues no lo sé, pero, ¿Ves aquellas estrellas que aún no han desaparecido?- y señaló un punto en el confuso galimatias de destellos que tenían delante- Es la constelación de Sagitario. En ella habita un espíritu que ama retratar al óleo a las flores que crecen a la orilla del riachuelo y a veces he posado para él. Si lo llamo seguro que me aconsejará el modo.
-¿No necesitas su sello para que te obedezca?- preguntó curioso el aire.
-¡No es momento para clases de magia, Aire! Debo ir ligerita.... ¡SAGITARIOOO!- comenzó a gritar de pronto- ¡VAMOS CENTAURO!¡SE TE SIGUE VIENDO!
-¡Aya! No soy un erudito en magia pero sé que a los seres mágicos se les debe tratar con respeto....O al menos cortesía, como tú a mí.-se apresuró a regañarle el Aire.
A los pies de Aya apareció de pronto un círculo de llamas que formaba entralazádose extrañas filigranas y símbolos pertenecientes a todas las fuerzas que estaban entrando en acción. El aire se volvió denso y la luz de todo el paraje se hizo más brillante. Los pájaros tocaron sus melodías mas agudas y rápidas acompañando con sus flautas el dulce canto de los geranios que allí vivían y que eran testigos de tal milagro. Una bruma, amiga del aire, se unió a ver el prodigio y a hacer más misterioso el resultado pues a lo lejos una figura alta e imponente caminaba despacio y firme hasta ellos, haciéndose visible poco a poco, tal y como la bruma había pensado que sería lo mejor para tan destacado momento, pues no todos los días un espíritu estelar acude a un llamado de tal modo.
El centauro llegó hasta ellos con una amigable expresión en su rostro delgado. Su cabello largo estaba recogido en una larga trenza que rodeaba su cuello varias veces y luego caía por detrás. Era de color negro, como también lo eran sus cuartos y crines. Alto y estilizado, muy delgado para ser un caballo y muy débil si fuese solo humano pero colosal en su fragilidad combinada. En su frente amplia relucía un dibujo en negro con la forma esquematizada de un ojo abierto y sus propios ojos parecían esmeraldas por pupilas demasiado grandes para un ojo humano. Se estiró de brazos y cuartos traseros y arremetió al galope para encontrarse con su vieja amiga Aya. El no solo pintaba las flores del riachuelo, si no que adoraba debatir con la mujer pues esta siempre rebatía sus posicionamientos y se empeñaba en hacerlo cambiar de parecer. Amaba realmente que Aya no sintiera miedo, que no se andase con títulos y parafernalia para enfocar su deseo, el cual era simplemente conversar y aprender de él, y era por esto que acudía feliz a su llamado cada vez que ella pronunciaba su nombre. Tantas tardes jugando a las cartas junto a las azucenas, que siempre se chivaban si Aya iba perdiendo y tantos días llevándola en su lomo, corriendo por el prado, para ayudar a rescatar a los supervivientes de algún desprendimiento de la ladera o para encontrar la amapola más roja del prado para poder competir por ver quién la retrataba más bella.
-¡Aya!¡Estás increíble! ¿Cuándo fue que os ví? ¿Hace casi un año? -No, querido, fue ayer, cuando tu constelación se ocultó y tuviste tiempo libre.- le sonrió pues sabía que su trabajo era duro y que era normal que, tras vigilar los cielos desde el incio, no supiese ubicarse en la línea de tiempo humana.
-¿Qué hemos de hacer? -preguntó el centauro.
-Traspasar esa inmensa montaña sin que yo me despeñe.
-Vaya... Eso es fácil, pero difícil también...
-A ver, explícame.- Ella sabía que había una manera, sin necesidad de escalar la montaña. Lo había leído en el templo, conocía cada rango de poder y cada parcela física a la que podían afectar.
-Veréis...- y miró fijamente a Aya- Podríamos pero no se si usted lo resistiría. El proceso exige que el cuerpo físico sea trasladado de un lugar a otro mediante la descomposición y recomposición de todos sus átomos. Su ser se unirá al gran flujo y se transportará conscientemente hasta su destino. Una vez allí, conscientemente recompondrá sus moléculas hasta ser de nuevo la Aya que eres. Pero, sin ofender mi señora, usted es anciana, con tantos años como estos árboles y probablemente aquí sea usted más capaz que allí fuera. Más capaz de todo, incluso de seguir con vida.
La abuela lo miró desafiante. Nada le daba miedo. Todo la asustaba y por eso con todo se atrevía.
Incienso artificial, químico. Un extraño hedor a limpiasuelos barato en forma de finas barritas quemándose alrededor de un cristal, enorme en sus dimensiones, reflectante en todos sus ángulos, translúcido y sin embargo ofrecía una visión diferente de lo que tras él se hayaba. Centro de la estancia era el cristal y, dispuestos por el lugar, inclinados y con máscaras, multitud de individuos anónimos. Arrodillados en círculos, con unas máscaras espejadas, al igual que toda la sala. Una habitación que invitaba al trance y a la desorientación. La sala de los oradores se llamaba, en el C.D.A oficial. Quizás uno de los edificios más impactantes de la Ciudad de Sevsha, capital del distrito Ándalus. Hecho de espejos totalmente, tanto por dentro como por fuera, con formas tan extravagantes y angulosas que desafiaban la propia gravedad y la percepción del ojo humano. Casi parecía no estar ahí y al mismo tiempo estar rompiendo el velo de Maya para entrar en nuestro plano desde otro recóndito lugar. Era un edificio enorme y sin embargo la sala de los oradores era el único lugar donde el individuo de a pie podía entrar. A veces, en muy contadas ocasiones, algún ciudadano de las clases más humildes conseguía una audiencia con alguno de los oyentes. Rara vez salían de allí con algún mensaje.
Era un lugar silencioso el C.D.A. Oficial. Preparado para conectar a aquellos seleccionados, llamados oyentes, con La Voz.
Gorio había recibido el mensaje de La Voz en incontables ocasiones. Algunas veces muy confuso y otras directamente inentendible. El era un muchacho de unos doce años, flaco y pálido, con el pelo rapado y un traje segunda piel plateado, reflejándolo todo, que esperaba sentado y en trance a que La Voz le hablase y le transmitiese el mensaje que los sacerdotes tanto esperaban.
Esa tarde, después de la ración diaria de nutrientes químicos en forma de píldora, el mensaje fue totalmente diferente.
-Corre, Gorio. Levántate y huye.
Se acababa de sentar y cerrar los ojos. Esperaba siempre un poco de tiempo a que los demás se hubiesen ajustado sus máscaras de inducción al trance. A él no le hacía falta ningún tipo de químico para llegar a la gnosis. Salía de su ser con sólo cerrar los ojos cómo hizo.
Se levantó de golpe, pero con sigilo. Su cuerpo frágil y liviano a penas hacía vibrar el suelo. Nadie se dió cuenta. Ni los oyentes, ni los sacerdotes hartos de comer y beber, dormidos en sus levitadores, que a penas podían con su peso. Esquivó uno y otro inciensiario, uno y otro cojín en el suelo y alcanzó la escalera, que subió como si en ello se le fuera la vida.
No sabía donde ni para que, pero debía salir de allí. La Voz le había dicho todo cuanto él necesitaba oir, pues ansiaba ver el exterior. Y de pronto se dió cuenta de que ni si quiera sabía que iba a encontrar fuera. No tenía la más remota idea. Lo poco que conocía del exterior era que a veces tenía audiencias con gente envuelta en plumas, perlas, piedras y flores y otras veces, con personas vestidas con ropajes de lo más sencillos y sucios, todos por igual con pequeñas variaciones en su atuendo. Sacaba en conclusión que aquellas personas eran de diferente rango, al igual que lo eran él y un sacerdote. Quizás los vestidos con tela de saco fueran los oyentes de los vestidos con plumas. O sus siervos. O especies totalmente distintas por que a veces los engalanados traían la piel de colores e incrustaciones en su cuerpo, incluso partes metálicas sustituyendo miembros o reforzando otros o como mero adorno.
Él sólo había conocido su propio reflejo mil veces multiplicado una y otra vez en cada estancia del edificio donde llevaba confinado doce años. Aún así siguió corriendo, casi sin aliento, pues una única vez había corrido antes, tratando de escapar de uno de los sacerdotes que, ebrio, quiso disponer de su cuerpo a su antojo. Se pasó meses en el asiento gravitatorio, el cuál le impedía cambiar su postura, produciéndole un fuerte dolor en todo su cuerpo, haciéndolo entrar en una gnosis profunda que fue satisfactoriamente analizada por los sacerdotes.
Corría escaleras abajo hasta alcanzar la sala de los oradores. Sabía que no se percatarían de su presencia, las máscaras los mantenían en trance, enviándo sus plegarias en una especie de realidad virtual colectiva, creada por las consciencias entremezcladas que depositaban sus anhelos en el programa. Las personas que no eran oyentes, necesitaban esa ayuda para alcanzar a La voz.
En un rincón, de pie, sin máscara. El pelo blanco y despeinado y la piel parda, con una sonrisa, mirándolo fíjamente con unos ojos profundos y un poco rasgados, ligeramente pequeños en comparación con su nariz. Le hizo un gesto con la mano, indicándole que se acercara y esperó paciente a que él esquivase a los oradores para no sacarlos del trance en su caminar. Le tendió de lejos un sayo largo hasta el suelo, con capucha, de color verde oscuro y de tela rugosa y rígida que él se puso de inmediato como si ese fuese su billete de escape y se aferró al brazo del desconocido, casi temblando, no pudiendo contener más la tensión que estaba viviendo y se desmayó.
Hu´an andaba presto y con los ojos puestos en todos los ángulos de la calle. El sol los quemaba y el entorno metálico no ayudaba a refrigerar el ambiente. El aire ardía y olía al interior de un coche al sol en pleno Agosto. La gente deambulaba de aquí para allá, haciendo sus vidas, sin importarles mucho la dura situación climática. Estaban acostumbrados a vivir en un horno desde hacía muchas generaciones. Hu´an tampoco hacía mucho caso al calor pero el muchacho que cargaba en brazos, envuelto en una túnica, parecía estar sufriendo mucho las altas temperaturas. Tenía mal color, estaba rojizo y sudoroso y su pecho no paraba de agitarse de arriba a abajo, marcando un ritmo rápido y constante. Tenía que atravesar rápido aquella zona, en la zona de roca de la ciudad antigua el calor sería más leve y el muchacho mejoraría. Se preguntaba si resistiría todo el camino. ¿Moriría antes de entregarlo? ¿Moriría el si el niño moría? ¿Quién sabe? No le importaba verdaderamente. Ya había cobrado el pago antes de ejecutar el trabajo, algo raro habiendo sido un contrato hecho en Las Infitinas, uno de los barrios marginales más peligrosos que podía haber en Sevsha. Antiguamente había sido un ghetto, previamente, un poblado de la gente más humilde y ahora, bajo el dominio de La Unión, era una miniciudad donde todo lo ilegal en el resto de Sevsha se hacía realidad y era permitido allí. Un centro de todo aquello que los habitantes de la ciudad nunca harían en público. Ni tan si quiera se perrmitirían el lujo de ser sinceros consigo mismos cómo para reconocer tales actos que eran vividos allí. Si el niño moría antes de llegar allí quizás fuese lo mejor para el chaval, seguramente quisieran su cuerpo para cualquier acto sexual no permitido o para venderlo como esclavo a alguna familia que lo necesitase. Aunque habían pagado antes de tenerlo, por lo que pensó y sintió la certeza de que lo querrían para algo mucho peor. Triste final tendría aquel niño.
El sonido de una unidad de vuelo lo sacó de su pensamiento y lo trajo de nuevo a la bulliciosa calle en la que caminaba. Eran los pacificadores, seguramente buscando al muchacho.
Debía actuar con normalidad. Dobló una y otra esquina. Cruzó plazas y centros de reposo. Caminó por jardines artificiales y se dejó llevar por el cese de los hologramas que, cada vez con menos frecuencia, se reproducían en bucle de un lado a otro por todas partes. Aquello le indicaba que la zona de la ciudad antigua estaba cerca.
No existía un límite bien definido, simplemente se iba introduciendo poco a poco en aquel lugar que guardaba un poco de la esencia de lo que una vez fue la ciudad. Aún así sabía que debería caminar un buen trecho más, adentrándose en las profundidades de Sevsha, viendo cada vez más miseria y sintiendo cada vez más hedor, hasta alcanzar Las Infinitas. La gente de su alrededor vestía cada vez con menos adorno y complejidad. Nada que ver con los elaborados atuendos en la zona de metal, con sus estructuras imposibles y sus piezas de tecnología incorporada. No verías aquí a nadie abriendo el menú holográfico de su chaqueta para consultar la próxima cápsula de transporte. Las personas que se iba cruzando parecían cada vez más sufridas y maltratadas por la vida. Sus ojos cada vez desprendían menos luz y sus miradas se hacían mas fieras conforme más caminaba. Dejaron de aparecer personas desoladas para dar paso a individuos tirados por el suelo, medio incorporados algunos, balbuceantes o espasmódicos, haciéndose sus necesidades encima mientras otros caminaban de aquí para allá robándoles a los otros y corriendo a resguardarse en sus edificios. Sabía que allí estaba siendo observado en todo momento pero si no cesaba de caminar, se daría por entendido que iba a la última zona y lo dejarían pasar. Nadie quería tener nada que ver con los que allí manejaban los hilos. Si les hacían algo, morirían en manos de quien lo había contratado.
Alcanzó por fin una enorme avenida y se adentró siguiéndola hasta el final. Dobló varias veces entre las calles que la cortaban hasta llegar a unos edificios de seis o siete plantas, todos dispares y en ruinas pero con claros signos de vida. Ropa tendida en cordeles, voces que se escuchaban salir de las ventanas...Todos escondidos en sus madrigueras, huyendo del calor y de algún que otro disparo fortuito de cualquier pelea aleatoria. Vivían bien allí, pero sabiendo unas normas.
Siguió paseando como quién no quiere la cosa por el laberíntico complejo de edificios y plazas y por fin, al volver una esquina, vió las telas de lunares que adornaban toda la fachada del edificio. Aquello pertenecía a los gitanos y todos debían saberlo. Eran una antigua raza, de las pocas que aún perduraban como tal, puesto que la mayor parte de la humanidad, debido a La Unión, presentaba rasgos aleatorios de antiguas étnias bien diferenciadas.
Un holograma apareció en torno a él, marcándolo como blanco de todas las armas que, escondidas, se preparaban para ser disparabas. Una esfera metálica salió de una de las ventanas y levitó hasta el, poniéndose a la altura de sus ojos, los cuales escaneó con un haz de luz violeta. Un segundo después el holograma se desactivó y la esfera se derritió en el aire como si de agua se tratase y estiró su superficie hasta convertirse en una bandeja plana y amplia, suficiente como para que Hu´an se sentase en ella, con el niño en su regazo. Este así lo hizo pues estaba más que acostumbrado a aquella tecnología.
Aya sintió calor en todo su ser, y sintió cómo dejaba de sentirlo para sentirlo todo de pronto. Su cuerpo ahora lo era todo y no era nada en concreto, dividida en incontables átomos que ella podía sentir cómo suyos. A su alrededor y a través de ella sentía la energía y a todos los demás innumerables átomos que conformaban todo lo existente. Estaban fundidos. Todo para ella estaba cerca ahora pues ella era todo y de pronto recordó por qué tal estado. Recordó que su cuerpo había estado individualizado hacía tan sólo segundos y que estaba allí sólo de pasada. Se dió cuenta de que debía moverse a través de la propia montaña para poder llegar a su destino. Sintió su misión y de pronto todo su entorno cambió. Había viajado sólo con su deseo.
Laderas imponentes pero desnudas de vegetación y a sus pies un ejército de seres que no se sabría definir por humanos sino por máquinas. Relucientes y llenos de destellos. Con figuras angulosas y mortales. Esperando órdenes de su general, armado con un exoesquelo imponente y poderoso que contemplada pasmado, sin dar crédito a la escena y treméndamente asustado, cómo una anciana se materializaba a sus pies, sonriente y victoriosa sin tan siquiera abrir la boca. Retrocedió su armazón de metal un par de pasos haciendo un horrible ruido mecánico.
-¡No os asustéis, mi general! Que los milagros que genera el conocimiento del universo no os hagan retroceder. Es la naturaleza.- Dijo Aya, mirando fijamente al general, con su amplia sonrisa pero avisando quizás de todo cuanto podría hacer si fuese necesario.
El general la miró pasmado, sin saber cómo actuar. Tenía claras órdenes de apresar a la anciana y llevarla ante la gobernadora de Sevsha. Cuando le encomendaron tal misión no esperaba ir acompañado de miles de hombres y bots armados con la última tecnología de batalla.*Es sólo una anciana que vive en un prado* se había dicho *Una guardiana, sí. ¿Serán cómo magos? Sea lo que sea, esto es exagerado* pero ahora sabía que no. La mujer simplemente había aparecido, intacta, frente a él. ¿Cómo podría apresarla?
- Mi general, me presento, perdonad mis modales pues una sólo habla con las flores y el viento-prosiguió, viendo que el general no atinaba a decir palabra.- Soy Aya Gramina Viridi. Praesidium y guardiana del prado. Defensora y portavoz de todos aquellos a los que no podéis escuchar y entender y que por ello despreciais.
El general se armó de valor, no podía permitirse el lujo de volver sin su objetivo después de todo el despliegue.
-Vendréis conmigo en calidad de prisionera. La gobernadora lo ordena. Seréis escoltada hasta Sevsha y yo mismo os llevaré a la sala de audiencias dónde estáis citada esta media noche.
-No hará falta apresarme, mi general. Estoy ansiosa por conocer a esa mujer.- Afirmó rotunda la abuela, ante el imponente ejército. - ¿ Por dónde vamos? ¿Por allí?-señaló con su báculo hacia el horizonte, dónde el planeta gemelo comenzaba a hacer su aparición.- Es que hace mil años, por lo menos, que no salgo del prado.
Y comenzó su andanza, pasando bajo las piernas del exoesqueleto del general y caminando entre las filas de soldados que esperaban órdenes, atónitos.