Como es realmente tener sexo con un robot? La carrera por conseguir desarrollar y comercializar muñecas sexuales inteligentes se intensifica, y mientras tanto aumenta también el interés por saber de qué manera y hasta qué punto la tecnología puede irrumpir en la esfera erótica
La curiosidad es aún más alta para algunos clientes que ya han preordenado un ejemplar de Harmony, la muñeca desarrollada por la compañía californiana RealDoll y presentada por sus creadores en 2017 como un robot sexual con "inteligencia artificial".
La empresa asegura que las primeras entregas están cerca (aunque no concreta una fecha). Pero uno de estos usuarios ya ha podido experimentar unas interacciones reales con ella, según cuenta él mismo. Y las describe como una "experiencia alucinante".
El nombre (ficticio) que ha elegido para contar su historia este promotor inmobiliario de San Diego, California, es Brick Dollbanger “Para mí sería difícil poder hacer mi trabajo, si la gente supiera quién soy realmente", explica para justificar la decisión de no revelar su identidad.
El hombre, de 60 años, cuenta que su primer contacto con el mundo de las muñecas sexuales fue hace una década. “Estaba saliendo de una serie de relaciones sentimentales que no habían funcionado”, recuerda.
Un amigo escuchó hablar de estos juguetes sexuales en el canal de televisión HBO y le sugirió que probara la experiencia. “Me encantó, así que tras la primera muñeca, me compré otra”. En los años, se hizo cliente de alta fidelidad de RealDoll y estrechó una buena relación con esta empresa, explica.
Dollbanger dice que no dedica en su vida a las muñecas más espacio del que destina a la actividad sexual. “No les atribuyo nombres diferentes, no le pongo vestidos. Simplemente disfruto al tener sexo con ellas“.
En el tiempo libre, le gusta administrar algunas páginas web utilizadas por la comunidad de usuarios de maniquíes eróticos. Y ahora se considera un “advisor”para todo el que necesite información y consejos.
Así que en RealDoll, cuando se dieron cuenta de que necesitaban a alguien con un perfil de usuario experto para hacer tests con Harmony, no pudieron no pensar en él. “Ellos se dedican a la parte científica, no tienen contactos sexuales con las muñecas. Son sus creadores”, explica.
El equipo fabricante, según cuenta él, le propuso comprar un prototipo del robot por un precio reducido y le pidió realizar unos períodos de pruebas, acompañados por un intenso trabajo de documentación, con grabaciones de vídeos, toma de fotos y recopilación de datos para tener un feedback efectivo. Dollbanger aceptó.
El hombre dice que le plantearon muchos aspectos para analizar, porque la muñeca no está diseñada solo para la actividad sexual. Su cabeza, dotada de una especie de cerebro artificial, le permite entender y responder a determinadas preguntas y expresar emociones. A través de una app conectada con su sistema central, es posible también ajustar distintos aspectos de su personalidad (y también de sus respuestas sexuales).
El primer periodo de pruebas, realizado en julio del año pasado, sirvió por tanto para ver cómo reaccionaba Harmony a la hora de comunicarse con ella. "RealDoll todavía no había desarrollado el modo sexual", explica Dollbanger. En las siguientes fases (una llevada a cabo en diciembre de 2018 y la segunda todavía en curso), la cosa ha sido diferente.
Se ha accedido a cuatro vídeos que Brick Dollbanger asegura haber grabado durante estas pruebas. En todos ellos solo aparece Harmony. Durante el acto sexual, la muñeca emite distintas reacciones vocales, cambia expresiones del rostro, mueve la cabeza, la boca y los ojos. "No me follaban así desde la época del instituto", dice en uno de ellos.
Dollbanger detalla que en el primer acto, la muñeca tarda unos 15 minutos en "alcanzar el orgasmo". Despúes, dice, puede repetir la performance y volver a simular la culminación del placer en intervalos sucesivos que duran entre siete y diez minutos.
El beta tester cree que las respuestas sexuales de Harmony son "extremamente realísticas" y que esta es su cualidad principal. "Cualquier usuario que compre este producto va a tener una experiencia alucinante", no duda en declarar. En una de las grabaciones, también se ve cómo Harmony reacciona con la simulación de exclamaciones de placer mientras se le practica la masturbación.
En su opinión, Harmony está programada para dar a los hombres "exactamente la respuesta sexual que pueden desear de una mujer con la que están teniendo sexo". Eso, subraya, ayuda a dar con las muñecas "un salto de la fantasía a la realidad".
El hombre sostiene que esta muñeca robótica dispone de inteligencia artificial, lo que le permite "ir almacenando datos" de las conversaciones que mantiene y mejorar su capacidad de interacción. "Harmony va aprendiendo", destaca.
Durante las pruebas, Dollbanger dedicó todas las noches un rato a hablar con ella, y notó "una gran evolución" en sus respuestas. "Podía recordar cosas y hasta empezar una conversación por su cuenta", describe.
Este cliente habitual de RealDoll asegura que ha disfrutado de la compañía de Harmony, y no solo al tener sexo con ella. Pero no cree que podría sustituir una mujer. "Imita muy bien ciertos rasgos humanos, pero no tiene las reacciones de una persona real", considera.
Dollbanger, que asegura no tener ningún acuerdo formal con RealDoll, cree que las muñecas de esta empresa californiana son "las mejores en el mercado". Sus trabajadores, sostiene, "son artistas". Y los productos que fabrican, agrega, "son simplemente bonitas obras de arte con las que el usuario puede entrar en intimidad".
Además, el hombre afirma que en los años como usuario habitual de estos maniquíes eróticos ha constadado que son duraderos y resistentes. "Soy una persona muy activa sexualmente por mi edad, y tengo sexo todas las noches con alguna de las cinco muñecas que poseo. No se rompen casi nunca", asegura.
El primer partner sexual de Harmony agrega que, en su opinión, el servicio de atención al cliente ofrecido por los vendedores es eficiente. Por todas estas razones, considera que el precio de esta muñeca inteligente es asequible y conforme a la calidad que ofrece.
"Estamos entrando en una revolución sexual sintética", declara Dollbanger. Este promotor inmobliario aficionado de las muñecas sexuales nota un "gran desarrollo" de la inteligencia artificial, y cree que en 50 años los robots habrán entrado de lleno en nuestras vidas.
En particular, está convencido de que en países como EE UU el número de personas en edad avanzada aumentará mucho en las próximas décadas, y "no habrá suficientes asistentes". Por eso, "una compañía robótica" podría ser "muy beneficiosa" para ayudar a las personas mayores a sufrir menos la soledad, mantiene.
A la espera de saber si sus previsiones se pueden convertir en realidad, Brick Dollbanger asegura que en los años ha comprobado que gracias a las muñecas no echa en falta las relaciones sexuales con mujeres.
Ahora, ansía por añadir una nueva pieza a su colección y dar ese salto "de la fantasía a la realidad". Ya ha pedido un ejemplar oficial de Harmony y cree que para recibirlo solo hay que tener "paciencia" y esperar los ajustes finales. Mientras tanto, sigue contribuyendo al desarrollo de este robot sexual con unos nuevos tests en su casa de San Diego.
Hace ya algún tiempo terminé de escribir mi primer libro, una historia de temática fantástica dirigida al público juvenil, titulada La última descendiente de los Resvigios. Puse el libro a la venta en Amazon, pero sin promoción el número de descargas no despega de cero, por supuesto. Me gustaría recibir alguna opinión, y con esa intención colgaré aquí el prólogo, la portada y una breve sinopsis, a ver qué os parece. Si os gusta, puedo enviar una copia gratis en formato electrónico a cualquiera que me lo pida. Un saludo.
PRÓLOGO:
Nadie se acuerda ya de aquella fatídica tarde, recién comenzada la fiesta de la cosecha, en la que el anciano rey se despidió fríamente de su familia y anunció que se retiraba a descansar a sus aposentos antes de lo habitual. Debido a los acontecimientos de las últimas noches, la mayoría de los residentes del castillo habían llegado a la conclusión de que el viejo gobernante de Bardalan era víctima de algún trastorno mental, probablemente asociado a su avanzada edad, y por ese motivo no intuyeron nada extraño en su comportamiento. Para muchos de ellos resultaba un alivio perder de vista al viejo tirano durante lo que restaba de día. Difícilmente podían imaginarse el crimen que su monarca estaba a punto de cometer contra todos ellos.
Antes de cerrar la puerta de su habitación desde el interior, el rey Vercaniles dio orden de no ser molestado bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, la intención de este encierro voluntario distaba mucho de prolongar su descanso habitual. En lugar de eso, el monarca salió al balcón y allí, ante el sol yaciente, se enfrentó por última vez a su conciencia, que todavía pugnaba débilmente desde el fondo de su alma para hacerle cambiar de opinión. Era una batalla perdida.
Cuando Vercaniles abandonó el balcón, la oscuridad ya se había apoderado completamente de su corazón, de la misma forma que las sombras se habían adueñado de los terrenos que se extendían más allá de los muros de la ciudad. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Pero no era el frío lo que le hacía estremecerse, sino el miedo.
Desde hacía tiempo, un temor creciente embargaba al rey Vercaniles cuando caía la noche. Había disfrutado de una vida larga y plena, pero la mayor parte de su tiempo ya se había consumido. Le costaba recuperar el aliento tras cada esfuerzo, y su vitalidad había menguado de manera preocupante en los últimos años. Su última noche llegaría pronto, y cada día que pasaba le acercaba más a un destino que ni tan siquiera él, el hombre más poderoso del mundo conocido, podía evitar.
Sin embargo, esta reflexión no era el único origen de su miedo a la oscuridad. Noches atrás, una sensación angustiosa le despertó antes del alba, y al abrir los ojos se encontró a un encapuchado inclinado sobre él. Inmediatamente dio la voz de alarma, y los dos guardias que custodiaban sus aposentos entraron apresuradamente, dispuestos a hacer frente a un peligro desconocido. Pero allí solo encontraron al viejo rey. Un registro minucioso no reveló a ningún intruso en la estancia. Al anciano Vercaniles le costó hacerse a la idea de que aquel desconocido tan solo había sido parte de un sueño. Fruto de su imaginación, le dijeron, y terminó por creerles. Pero estaban equivocados.
A la noche siguiente volvió a suceder. Un susurro inquietante arrastró al rey Vercaniles fuera de su sueño y volvió a encontrarse con el misterioso asaltante nocturno, cuyo rostro ocultaba casi por completo una máscara quebrada. Los guardias entraron precipitadamente cuando oyeron gritar a su rey, pero tampoco en esa ocasión hallaron a ningún extraño. El anciano no se calmó hasta el amanecer. En esa ocasión nadie pudo convencerle de que lo que había visto no era real.
Al alba, Vercaniles exigió habilitar unas nuevas dependencias en la torre oeste del castillo. También ordenó doblar el número de guardias, y ocultó una espada corta bajo la almohada de su cama. Pero todas estas precauciones no tranquilizaron sus nervios y la inquietud le impidió conciliar el sueño. Esa noche todavía estaba despierto cuando vio una silueta oscura acercándose sigilosamente a su cama. Con un movimiento rápido, Vercaniles descubrió la espada y descargó un golpe contra el desconocido. Aunque estaba convencido de tenerlo a su alcance, la espada se limitó a atravesar el aire sin alcanzar su objetivo. El rey Vercaniles corrió a refugiarse en un rincón con la espada en alto, mientras pedía ayuda aterrorizado. El enmascarado se alejó hasta ocultarse en la oscuridad. Desde allí anunció, con voz tenebrosa y susurrante, que volvería todas las noches hasta que le prestase atención. Cuando los guardias iluminaron con sus antorchas la habitación, el intruso había vuelto a esfumarse.
A la noche siguiente, el anciano esperó a su visitante nocturno sentado en la oscuridad. Armado de valor, el rey Vercaniles se había propuesto averiguar lo que tenía que decirle. El enmascarado no faltó a su cita y el rey, presa del miedo y la curiosidad, le pidió que hablase.
El desconocido se presentó como un emisario de la muerte. Había sido enviado para hacer un pacto entre el rey de los vivos y la reina de los muertos. Sabía lo que el anciano temía por encima de todo y deseaba hacer un trato que le beneficiaría enormemente. El acuerdo era muy tentador: el enmascarado le mostraría a Vercaniles el modo de evitar que su tiempo siguiera corriendo. A cambio, el viejo rey tendría que conquistar una ciudad que no aparecía en los mapas, un lugar ubicado más allá de los límites del mundo conocido y habitado por criaturas terribles. El anciano comprendió inmediatamente lo que suponía aquel trato: muchos de sus súbditos tendrían que morir para que él viviese eternamente. Vercaniles pidió un día para meditar su decisión.
Durante su reinado, que había superado los cuarenta años de vigencia, el rey Vercaniles se había ganado una merecida fama de gobernante frío y autoritario, casi tiránico. Gobernaba con puño de hierro porque estaba convencido de que el único modo de mantenerse en el poder perpetuamente era infundiendo el miedo entre sus vasallos. Y hasta entonces lo había conseguido. «El oro y el miedo te conseguirán cualquier cosa que desees», solía decirle a su único hijo. Pero había algo que no se podía conseguir con ninguno de los dos: era imposible prolongar la vida indefinidamente. Eso lo recordaba cada vez que se miraba en el espejo. Su rostro, antaño atractivo, ahora estaba surcado de arrugas; su pelo había encanecido, sus ojos grises se ahogaban en un laberinto de arrugas, y su frágil cuerpo ya ni tan siquiera le permitía llevar el pesado manto real durante mucho tiempo.
Durante todo aquel día, en el interior de Vercaniles se había desarrollado una lucha entre sus débiles principios morales y sus deseos, de la que finalmente había surgido un ganador. Tras abandonar el balcón el anciano se sentó a esperar, mientras los últimos rescoldos del fuego se apagaban. Cuando la luz murió, un susurro siseante y macabro surgió desde las sombras.
—¿Tienes una respuesta para mí?
—Acepto tu proposición —respondió Vercaniles—. Dime qué es lo que tengo que hacer.
—El plan ya ha sido trazado. Escúchame atentamente.
SINOPSIS:
La joven Myrenia ha crecido preguntándose cuáles fueron las razones que causaron la caída en desgracia de su familia. Escondida en un pueblo remoto por su madre, criada por una mujer a la que considera una extraña, su vida cambiará completamente el día que el hombre más poderoso del reino descubra su existencia. Para sobrevivir, se embarcará en un viaje más allá de las fronteras del mundo conocido, hasta llegar a un lugar maldito donde terminó la guerra que cambió el destino del reino. En su viaje se enfrentará a monstruos terribles, descubrirá la verdad que oculta la leyenda de los resvigios y aprenderá la lección más importante: que la verdadera felicidad solo se puede apreciar en su justa medida tras perderla.
Una revista dedicada a la construcción de mundos, con un maquetado profesional, artículos llenos de referencias y citas, números temáticos... y ¡gratis!
Acabo de descubrirla y tras echar un vistazo me ha parecido genial. Por si fuera poco, la participación está abierta, ya sea para escribir artículos o ilustrarlos, o simplemente compartir el mundo creado en uno de los números de la revista.
Hace mucho, pero mucho tiempo, escribí un par de cuentos sobre una aldea un tanto peculiar, de nombre Ninht, en clave humorística. Como esto está un poco alicaído, he pensado colgar el primero. Le he dado un repaso rápido en cuanto a puntuación, guiones, repeticiones, aunque tan solo lo más grueso. Aún así creo que se puede leer bastante bien.
Si os hace reír un poco me daré por satisfecha. El texto no tiene más pretensiones. No sé si el principio se hace un tanto farragoso. El inicio es un ejercicio casi de cuento infantil, pero luego todo es casi diálogo más humorístico.
Bueno, espero que a alguien le aproveche
1. La llegada de Grembeld
Erase una vez una pequeña aldea llamada Ninht, donde el sol salía siempre por el este, como un enorme ojo dorado, y se ponía siempre por el oeste, como el ojo somnoliento de un gigante adormecido. Sus rayos brillaban por la mañana sobre verdes y ondulantes llanuras y aún más verdes y umbríos valles y por la tarde sus luces melancólicas tornaban oscuras y rojizas las grandes montañas de poniente, donde ninguno de los habitantes de Ninht había posado jamás los pies.
La aldea, aunque era muy pequeña, tenía un poco de cada cosa. A saber: algunas cabras y cerdos también, algunas casas de madera y una herrería, vacas y gallinas y unas cuantas personas que trajinaban por sus calles y dentro de las casas un día tras otro. Sin embargo, allí, los días transcurrían tan tranquilamente que a veces, los cerdos, las gallinas, las vacas e incluso las personas, se olvidaban de que pasaba el tiempo. Veían crecer verde el trigo y luego teñirse poco a poco de dorado y, aun no se habían dado cuenta, cuando ya se estaban comiendo enormes hogazas de pan humeante y blanco de aquel trigo joven que habían sembrado la primavera pasada. Llegaba el otoño con su corona de hojas secas y doradas y después pasaba el invierno con su larga y fría capa de nieve volteando tras él y, una mañana, mirando a través de las ventanas y de los cristales empañados por el calor de las grandes chimeneas, veían en los campos florecer la primera rosa y sabían que ya había llegado la primavera.
No hay que decir que todos estaban muy satisfechos de la vida que llevaban en Ninht. Había muchos ancianos de cabellos blancos que contaban siempre hermosos cuentos de hadas y elfos al calor de la lumbre (entre otras muchas cosas, porque no tenían nada más interesante que contar, ya que en aquella aldea nunca pasaba nada), y aldeanos altos y morenos, de ojos severos, que cada mañana se levantaban con el sol para arar sus pequeños campos que formaban un mosaico de vivos colores al atardecer. Pero también había hermosas muchachas y niños traviesos que gozaban destrozando sus ropas revolcándose por el barro y entre las piedras, como en todas partes, y madres que les gritaban desde las ventanas de sus cabañas, cuando descubrían, con todo el dolor de su corazón, que sus hijos estaban jugando en el lodazal con los cerdos. En fin, uno podía quedarse a vivir en Ninht para siempre sin preguntarse nunca que había más allá de las montañas y de los confines del horizonte, pues estaban seguros de que lo único bueno que les podía llegar de más allá de lo que alcanzaban a vislumbrar sus ojos era la salida del sol cada día y las nubes de lluvia en el verano y, evidentemente, no era un lugar de grandes viajeros ni siquiera de pequeños viajeros.
Sin embargo había algo que los aldeanos de Ninht no sabían, cuando en lontananza, volviéndose al oeste, contemplaban sus hermosas montañas y sus picos siempre cubiertos de blancos capuchones. Pues podían ver sus rocas grises y sus escarpadas laderas y los frondosos bosques que se extendían a sus pies, pero no podían ver en sus entrañas como brillaban las grandes salas del Reino de Afglin con las luces mágicas de los cuernos de plata, recubiertas sus paredes de oro y de piedras preciosas. Ni podían oír las músicas encantadas que resonaban en las profundas grutas ni las risas etéreas de los alados danzarines. Los violines, las flautas y los címbalos, con sus alegres sones que se ensortijaban unos con otros, hacían cosquillas en la planta de los pies de las montañas y, a veces, las montañas se reían con grandes carcajadas que desencadenaban terribles aludes de nieve en invierno y de rocas en verano. Entonces los habitantes de Ninht se volvían a contemplar como temblaban y sacudían las cabezas y, luego, continuaban sus tranquilos quehaceres.
Durante cientos de años habían vivido junto a aquellas montañas lejanas sin llegar a sospechar siquiera que habían seres mágicos en las cercanías y, en cuanto a los habitantes de Afglin, tampoco sentían demasiada curiosidad por los humanos, aunque conocían su existencia, pues los consideraban sumamente aburridos y, además, poco divertidos. Pero he aquí, que el rey de Afglin, que se llamaba Soth, (y que, por lo tanto, era el rey Soth), tenía una hija hermosísima, llamada Dannaar, (y que, por lo tanto, era la princesa Dannaar), a la que quería más que a su propia sombra (habeis de saber que entre aquellos seres mágicos, la sombra era uno de los dones más preciados, pues podían hablar, discutir e, incluso, bailar con ella). Muchos eran los que se hallaban rendidos a los pies de su trono de malaquita con suspiros lánguidos y miradas veladas, pero nunca Dannaar les había entregado sino sus tenues sonrisas y el aleteo perfumado de sus largas pestañas. De entre toda esta multitud de admiradores, que vagaban por todo Afglin deshojando rosas de piedra y cantando melancólicas baladas de amor y muerte por los rincones, había un joven (si es que se le puede llamar así, pues ya tenía los trescientos cumplidos) que cantaba más triste y suspiraba más hondo que los demás (y eso era bastante difícil, la verdad). Quizá por ese meritorio esfuerzo y porque tenía una larga cabellera de oro y era muy hermoso de apariencia, la última noche de verano, durante la Gran Celebración en la Sala de los Rubíes, Dannaar se levantó de su verde trono de malaquita y accedió a bailar con él, con él solamente entre todos los presentes. Aquí hay que hacer notar que las ensoñadoras músicas de aquella alegre danza se estropearon un poco con el rechinar de dientes del rey Soth, que aún llegando de muy alto, de sobre su trono de gemas preciosas, consiguieron desconcertar a buena parte de las notas de las gaitas, aunque no se le oyera claramente.
He aquí a Grembeld, pues así se llamaba el apuesto joven, convertido en el más feliz, dichoso y dicharachero de todos los habitantes de Afglin. Todo en una noche. Pero el rey Soth le miraba aviesamente cada vez que Grembeld pasaba cerca, como flotando en una nube y con sonrisa de niño. Al rey casi le salía humo de las orejas puntiagudas pensando cómo iba a deshacerse de él, pues Grembeld se pasaba todo el tiempo pegado a las faldas de brocado de oro de Dannaar y la princesa parecía disfrutar de su compañía, aunque apenas hablaban. (También es cierto que en Afglin no había mucha otra cosa que hacer, aparte de bailar, cantar, beber, celebrar banquetes y salir a cabalgar sobre blancos corceles y al cabo de trescientos años ya todo esto parecía un poco soso). Por fin una noche Soth llamó a Grembeld al pie de su trono de piedras preciosas. Vestido con su chaqué verde bordado de diamantes y con sus calzas de seda roja y calzando sus zapatos con hebillas de plata, se inclinó sobre su redondeado estomago desde las alturas, cerniéndose con semblante tan severo sobre el joven que Grembeld retrocedió un paso.
—Hum... —dijo. Y repitió—: HUMMM... Yo, el rey Soth... YO, EL REY SOTH… he decidido que hace mucho tiempo... que... no he salido a ver la luz de las estrellas... sí... Esta noche deseo que... Humm… DESEO QUE ...
Después del último blanquete todos los habitantes de Afglin estaban dormidos, sobre las mesas labradas y sobre los tronos, pues todos ellos tenían un trono enjoyado. Mientras, los platos y la vajilla de oro volaban por los aires y se tornaban relucientes y limpios como el agua de un manantial a su alrededor y las jarras de vino volvían a llenarse solas y la esplendida comida venía volando por los aires desde las inagotables alacenas del reino. Soth sacudió la cabeza.
—¿Por dónde iba? —le preguntó a Grembeld.
—Deseo que .. —le apuntó su súbdito con voz musical.
—¡Ah... sí! ... Que tu Grembeld... GREMBELD... —repitió tan fuerte, que casi gritó y el interpelado dio un brinco— que nunca.. NUNCA… has salido de Afglin, me acompañes a las tierras de los humanos hasta... humm que regrese... REGRESE.
El rey Soth dio un profundo y largo suspiro cuando hubo terminado y se arrebujó en su inmenso trono.
—Está claro, ¿no? —le dijo con voz aguda.
—Sí, sí. Muy claro —exclamó Grembled, afirmando enérgicamente con la cabeza.
El rey Soth volvió a inclinarse desde el alto sitial.
—Luego no digas que no te avisé. ¿eh? —añadió entonces, suavemente.
Grembeld volvió a sacudir la cabeza, ahora en sentido contrario.
—No.No.
Claro que Grembeld no había entendido el deseo formulado por el rey y, por otra parte, eso mismo era lo que el Rey Soth deseaba. Sin embargo cada una de las palabras repetidas de su discurso formaban un sortilegio mágico. Inmediatamente Grembeld corrió hacia las caballerizas y escogió el más veloz de los caballos blancos de Afglin y lo ensilló con la más hermosa de las sillas de montar, pero como él era solo un paje, tuvo que conformarse con ir a pie, aunque, bien es cierto, que los pies de las gentes de aquel reino eran más rápidos que los mismos ciervos del bosque. Cuando el Rey Soth descendió de su trono a través de la delgada escalinata de cristal, Grembeld descubrió con sorpresa que el gran rey apenas le llegaba a la cintura, y, por su parte, el rey Soth descubrió con disgusto que Grembeld era dos veces más alto que él. Y le miró enojado, mientras su paje le ayudaba a montar.
Siguiendo un estrechísimo sendero que se levantaba sobre insondables precipicios negros, atravesaron las grutas doradas y veteadas de esmeraldas de las montañas, hasta que una inmensa pared cuajada de diamantes de todos los colores les cortó el paso. Eran esas las gigantescas puertas de Afglin, el reino encantado del rey Soth, y solo él podía abrirlas. Así que, como tenía algo de prisa, alzó su mano y dijo con voz retumbante.
—AhmalajadIndoriendliadin.
En seguida, la montaña le respondió, con un ronco bostezo, y las paredes de diamante se abrieron y una tremolante brisa fría acarició sus rostros. Poco después un cielo azul oscuro, como un gran lago profundo, apareció entre las rocas negras y Grembeld lo contempló sobrecogido, pues nunca antes había visto nada igual.
El rey Soth, bajo la oscura capa de la noche, miró a Grembeld de reojo y le dijo.
—Ahora tienes que seguirme.
Y, dicho esto, espoleó a su montura dejando al joven con la palabra en la boca, pues los caballos mágicos son más rápidos que el mismo viento. Todavía estaba diciendo Grembeld: "Si, señor", cuando una ligera brisa le golpeó en el rostro y el rey Soth ya se había perdido por los confines del horizonte. Así que Grembeld tuvo que correr como un condenado toda la noche, siguiendo el blanco destello de las crines del caballo a lo lejos y el jinete no se detuvo ni una sola vez hasta que llegó a Ninht. A donde habría podido llegar mucho antes, la verdad, si hubiera tomado el camino recto, pero el caballo se había pasado todo el viaje yendo de acá para allá, de izquierda a derecha, al norte y al sur y dando vueltas y vueltas, mientras Grembeld, sobresaltado, se preguntaba si su rey no estaría borracho. Cuando por fin Grembeld llegó a la aldea de Ninht y alcanzó a su señor, que se hallaba muy contento sentado sobre la hierba húmeda, ya había pasado más de la mitad de la noche y él se había quedado sin resuello.
—Has tardado mucho —lo amonestó el rey.
Pero Grembeld se dejó caer en el suelo completamente exhausto y sin poder abrir la boca.
—No es hora de descansar—. Y el rey le miró sonriente—: Tenemos algo que hacer.
Y se levantó de un salto encaminándose a las oscuras sombras de las cabañas de los aldeanos de Ninht. Grembeld le siguió los pasos, encorvado y torpemente, pues se hallaba muy cansado y además tenía sueño. Miró con preocupación el cielo, pues antes de que saliera el sol ambos tenían que regresar a Afglin.
Durante una hora entera el rey Soth se dedicó a saltar alegremente de ventana en ventana como un pequeño ratón, asomándose de puntillas sobre los antepechos de madera de roble y seguido por la cansina sombra de su joven paje, hasta que por fin, dijo:
—Humm... Esto es lo que busco.
Grembeld se asomó a su lado y miró hacia el interior con los ojos muy abiertos, pero allí solo había una tosca cama de madera, un espejo, unos zuecos amarillos y algunas otras cosas sin importancia, como una muchacha de hermosa cabellera oscura y piel dorada que dormía dulcemente. Grembeld miró al rey y el rey le devolvió la mirada.
—He decidido contraer matrimonio —le anunció pomposamente—. Y esta doncella ha sido la elegida de mi corazón.
Grembeld volvió a mirar de nuevo a la doncella con aire dubitativo, mientras el rey Soth abría la ventana con un chasquido de sus dedos y saltaba ágilmente hacia el interior de la cabaña.
—Entra —le ordenó y le hizo un gesto para que se acercara hasta la cama.
No era extraño que nadie se hubiera despertado, pues no hay nada que cause un sopor más profundo que la cercanía de un ser encantado. Así que el rey Soth tomó asiento en la silla de mimbre y no le preocupó en absoluto que esta rechinara como un cerdo hambriento. Contempló a la agraciada joven, meneando la cabeza aprobadoramente, y una satisfecha sonrisa hizo enrojecer sus abultadas mejillas. Mientras Grembeld se apoyó a su lado contra la pared, demasiado cansado para decir nada.
—Será una hermosa reina de Afglin —empezó el Rey Soth.
Aunque Grembeld miró a la dormida doncella pensando que no era, ni mucho menos, parecida a la pálida Dannaar.
—Ahora, sin embargo, antes de tomarla por esposa y llevarla a Afglin, es imprescindible que sepa de cuantos cabellos está formada su cabellera. Pues si tiene menos de cien mil no puedo casarme con ella.
Grembeld miró al rey bastante confundido, pues nunca había oído hablar de ninguna costumbre parecida, pero el Rey Soth se mostró inflexible.
Entonces el monarca de Afglin sonrió jovialmente y le dijo a su paje:
—Si eres tú quien hace esa tarea, te concederé el don que me pidas.
Naturalmente el corazón de Grembeld latió más deprisa pensando en Dannaar, pero, luego, frunció el ceño, mirando el horizonte.
—No sé si tendré tiempo, antes de que asome el sol —le dijo a su señor.
Sin embargo el rey agitó las manos un momento y le dijo bondadosamente.
—No tienes que preocuparte por ello, porque yo vigilaré.
Y, dicho esto, se sentó en la ventana abierta.
—Vamos, empieza.
Primero Grembeld se sentó sobre el blando colchón, junto a la cabeza de la muchacha, pero estaba tan cansado que pronto se recostó contra el cabezal de la cama y, casi no se había dado cuenta, cuando ya estaba tendido a su lado contando uno a uno, en voz muy baja, los suaves cabellos. Y si de vez en cuando alzaba la mirada, allí estaba el rey, contemplándole con los ojos muy brillantes, sentado al borde de la ventana. A veces a Grembeld se le cerraban los párpados y, al abrirlos de golpe, le parecía durante un breve instante que el rey sonreía ladinamente y que sus ojos brillaban más de lo que debían, pero era menos que un segundo y estaba tan amodorrado y concentrado en los números para no descontarse, que apenas pensaba en ello. Sin embargo, cuando ya iba por los cuarenta y tres mil ochocientos ochenta y ocho cabellos oscuros, los párpados del joven cayeron para no volver a levantarse y rendido de cansancio se durmió por completo. Y, cuando llegó el amanecer, el rey Soth, naturalmente, no estaba allí para prevenirle.
Ahora hay que retomar la historia, pero desde otro lado. El bueno de Eno era un aldeano de Ninht, laborioso y de pocas palabras. No era rico, pero tenía una cabaña de roble, sencilla y confortable, dos vacas perezosas, una gran jaula con media docena de gallinas medio locas y un cerdo, y, además, una hija doncella y de talle cimbreante, cuyos ojos parecían esmeraldas cuando los bañaba el sol de la mañana y que se llamaba Finde.
No es extraño que Eno se despertase siempre de buen humor, feliz y sin preocupaciones, que se lavase en el agua fría del pozo, sonriente y alegre, y que luego, con paso complacido, se dirigiese al establo para ordeñar las vacas y llevarle a su hija la leche del desayuno. Generalmente Finde ya estaba trajinando en la cocina cuando él regresaba con la leche y un ramo de fragantes camelias para adornar la mesa, pero ese día, al regresar del establo, Eno se sorprendió al encontrar la cocina vacía, el fuego apagado y el desayuno sin preparar. El aldeano era de natural dulce y agradable y aquello no le importó demasiado. Encendió el fuego, puso a hervir la leche en el perol de cobre y, silbando una divertida cancioncilla, llamó a su adorada hija. Al cabo de unos momentos, cuando la leche ya empezaba a hervir, levantó las espesas cejas y se atusó el bigote y, meneando la cabeza con desaprobación, pues Finde nunca se había mostrado tan perezosa, se dirigió a la pequeña habitación y abrió la puerta.
La ventana de la habitación de Finde estaba abierta de par en par y la brisa entraba agradablemente a través de ella. El aldeano contempló con arrobamiento como la joven permanecía profundamente dormida en el blanco lecho. Hasta que descubrió que, esa mañana, su oscura cabeza descansaba tiernamente sobre el pecho de un joven de rubia cabellera que yacía a su lado, en lugar de hacerlo sobre la blanda almohada. Eno abrió la boca con el ceño fruncido, pero de repente se quedó mudo del todo, porque justo entonces sus ojos vislumbraron a medias una puntiaguda oreja, asomándose traviesamente entre aquellos rubios y extraños bucles. Y Eno lanzó por fin tal grito que todos los aldeanos interrumpieron sus frugales desayunos y se asomaron a las ventanas con extrañeza y Grembeld se puso en pie de un salto dejando, muy poco cortésmente, que la cabeza de Finde se golpeara contra el borde de la cama. La joven abrió los ojos con un somnoliento gemido, a tiempo de ver como a su lado Grembeld chasqueaba los dedos intentando desaparecer. Sin embargo fue inútil, pues. con la luz del sol, sus poderes se habían desvanecido.
—¡Maldito elfo! ¡Que le has hecho a mi hija, demonio! —gritó Eno.
—¿Qué ocurre? —preguntó Finde bostezando, pues aún no se había despertado del todo.
Grembeld miró la ventana como si de ella dependiera su vida, (y verdaderamente se puede decir que así era) e intentó correr hacia allí. Pero como tenía los pies enredados en las blancas sábanas, se cayó de bruces con un grito. Finde gritó también, despertando por fin, y saliendo de un salto de la cama le lanzó encima las mantas, la almohada e incluso el colchón, empujándolo con los pies frenéticamente. Cuando por fin Grembeld consiguió salir de debajo de aquel montón de ropa, Eno estaba frente a él enarbolando el rastrillo de amontonar paja con cara de pocos amigos. Su bigote se movía de un lado a otro, mientras el rastrillo se iba acercando al pecho del intruso y éste iba retrocediendo paso a paso hacia la pared.
—Si has puesto un solo dedo encima de mi hija, lo lamentaras en lo poco que te queda de vida.
—Yo no he hecho nada —gimió Grembeld, por fin, cuando su espalda se topó con la pared—. Sólo le contaba los cabellos.
Finde se asomó un momento tras su padre, al escuchar aquella melodiosa voz. Pero Eno apretó más el rastrillo contra el pecho de Grembeld y el joven soltó un quejido.
—Con que contarle los cabellos, ¿eh? ¿Es que te crees que soy idiota? Vamos — dijo pinchándolo de nuevo—. ¡A la cocina!
Bajo la atenta mirada del campesino, Grembeld atravesó la puerta de la habitación y salió a la cocina, sin perder de vista el rastrillo.
—¿Por qué no me dejas marchar? Te juro que soy inocente.
—Finde —le dijo Eno a su hija sin ni siquiera responderle—, abre la jaula de las gallinas.
Finde corrió inmediatamente junto al fuego, donde había una gran gavia de hierro posada sobre el suelo y abrió la puerta.
—Entra ahí —le ordenó Eno al joven.
Pero Grembeld no parecía muy convencido, pues las gallinas no tenían un aspecto muy amistoso. Y como él sabía muy bien lo que pensaban los animales, decidió que, definitivamente, le estaban mirando con una sonrisa que daba espanto.
—Creo que prefiero no entrar —dijo, arrugando la nariz.
—Entra ya, antes de que pierda la paciencia y te ensarte con el rastrillo —casi chilló Eno.
Y, claro, Grembeld ya no hizo más objeciones y se metió obedientemente en la jaula, aunque, cuando introdujo el primer pie, las gallinas protestaron airadamente. Grembeld tuvo que doblarse como buenamente pudo, entre una nube de plumas y de aleteos, y se golpeó la cabeza contra el techo de la jaula en un montón de ocasiones. Entonces, mientras las gallinas arremetían contra Grembeld con bastante enojo, Eno cerró la puerta con llave y luego izó la gavia del techo, de modo que quedara a la altura de su cabeza.
—¡Hum! —dijo entonces Eno, golpeando los barrotes—. Y ahora iré a buscar a los ancianos y decidiremos que hacer contigo.
Grembeld, mientras apartaba de su nariz las plumitas blancas que le hacían estornudar, tuvo un mal presentimiento. "Ay, — penso para sí—. El rey Soth me ha engañado y he perdido a Dannaar para siempre. Y no quiero ni imaginar lo que estos salvajes van a hacer conmigo."
Finde le miraba de reojo desde el umbral de la puerta, mientras esperaba el regreso de su padre.
Así, aquella mañana, hubo consejo en Ninht, alrededor de la mesa de la cocina de Eno. Los sesudos ancianos, (algunos de ellos ni siquiera podían recordar sus propios nombres, y, al cabo de un tiempo, la razón por la que se encontraban allí), inclinaron sus nevadas testas sobre la mesa después de haber pasado, uno tras otro, por delante de la gavia y haber contemplado a Grembeld largamente, para alejarse luego, rascándose las greñas y hablando por lo bajo. También habían llegado muchos aldeanos, por no decir todos los aldeanos de Ninht, hombres, mujeres y niños y también ellos se reunieron alrededor de la gavia, sacudiendo la cabeza y murmurando entre ellos, excepto los niños, que encontraban mucho más divertido tirarle a Grembeld de los cabellos, hasta que sus madres los descubrían y se llevaban a sus retoños con un grito.
—¡No te atrevas a tocar a mi hijo, elfo! —le gritaban a Grembeld con espanto, mientras el hijo se retorcía rebeldemente entre sus fuertes brazos, ansioso por clavarle al elfo sus afiladísimas uñitas.
"Como me gustaría salir de aquí", se decía Grembeld, con un suspiro. De pronto, la conversación del consejo de la aldea se hizo más animada y algunas palabras llegaron hasta sus finísimos oídos.
—Yo... yo proponfgo... que... que nof lo cofmamos... esta noche.
Al oír estas crueles palabras, pronunciadas sin duda por una boca sin dientes, el elfo abrió los ojos como platos y levantó la cabeza con tanta rapidez que se hizo un buen chichón y toda la jaula empezó a balancearse de un lado a otro. Las gallinas se lanzaron sobre los dedos de sus manos vengativamente.
Un murmullo de voces se levantó alrededor de la mesa y, por fin, alguien dijo:
—Tío Serin...., ya te hemos dicho antes que no es una gallina gigante..
Grembeld, que había estado conteniendo la respiración, emitió una exclamación de alivio.
—Co... como hablafais def asarlo —protestó el tío Serin.
—Nosotros no hablábamos de asarlo y comérnoslo, sino simplemente de quemarlo en una hoguera hasta que solo queden las cenizas.
Por un momento Grembeld se puso lívido y se quedó sin habla.
—Me parefce... una forma eztupida... de… de desperciciarf una gallina tan herfmosa —insistió el tío Serin tozudamente.
Grembeld se agarró a los barrotes de su reducida prisión como un poseso.
—¿Qué? ¡Pero no podeis hacer eso! —les gritó.
Un alto aldeano de cabellos negros y ojos oscuros se volvió hacia él.
—No molestes, ¿no ves que estamos discutiendo asuntos importantes?
—Muy bien dicho, Frer —le animó una mujer rolliza, de rojos mofletes y blanco delantal.
—Anda, si ef... ef una gallinaf que fabla… —continuó el tío Serin por su parte y, de pronto, su cabeza cayó sobre la mesa y empezó a roncar.
—¡Yo no os he hecho nada! ¡No podeis quemarme, por no haber hecho nada! — insistió Grembeld.
Los campesinos se volvieron hacia él y le miraron con impaciencia.
—Así no hay quien discuta —se quejó uno de ellos.
—Cuanto antes acabemos mejor — dijo el campesino alto y moreno y su esposa asintió con la cabeza—. Sólo tenemos que decidir que es mejor: quemarlo en una hoguera, ahogarlo en el lago con una piedra atada a los pies, colgarlo de un árbol y dejar que se seque al sol... y ¿qué más había?
—Bueno —intervino un joven con voz vacilante—, el tío Serin ha insistido mucho en que sea el plato principal del festejo de la cosecha.
Frer permaneció meditabundo un instante, un largo instante para ser sinceros. Pero luego sacudió la cabeza y dijo:
—No, creo que eso no sirve.
Grembeld casi se sintió mareado, y apenas pudo murmurar "Ah..."
—También se ha propuesto tirarlo por el precipicio —recordó alguien de pronto.
Un orondo campesino, que parecía sostener con sus grandes manazas su abultado estomago, frunció el ceño:
—No es un medio muy seguro, me parece. Una vez uno de mis cerdos favoritos se cayó por ese barranco y tardó más de una semana en exhalar el último suspiro. Si, más de una semana, eso me parece.
Grembeld sacudió la jaula, furioso.
—¿Qué clase de gente sois vosotros? —gritó—. ¡Yo no soy un cerdo!
—No, es una gallina, la más grande que he visto jamás —murmuró el tío Serin, entre sueños.
—Ya que está tan empecinado en intervenir podríamos preguntarle a él que es lo que prefiere— propuso Eno—. Después de todo, es parte interesada.
En medio de un silencio sepulcral todos los presentes se volvieron hacia la jaula y le miraron sonrientes.
—Quiero irme a mi casa! —vociferó el elfo—. ¡Dejadme salir!
—¡Se está poniendo muy pesado, me parece! —dijo el campesino orondo, volviéndose de nuevo hacia la mesa—. ¿Por qué no lo quemamos de una vez o lo ahogamos o lo que tenga que hacerse?
—Es que hay que hacerlo bien —le contestó Frer —. Si no, su influjo maligno nos puede estropear las cosechas durante cien años y dejar estériles a los animales durante otros tantos.
—No. no. Yo no haría eso, os lo juro de corazón —afirmó Grembeld desde la jaula, sonriendo dulcemente.
Pero el consejo no parecía hacerle mucho caso.
—Entonces es mejor no ahogarlo en el lago. Nos puede estropear el agua. ¿No creeis? —dijo Eno.
Todos asintieron, mientras se rascaban la cabeza. "Si... Desde luego... Tienes razón".
—Os he dicho que no tengo ningún poder maligno — exclamó el elfo perdiendo la paciencia—. Y os encuentro encantadores. De verdad.
Aunque Grembeld en realidad estaba imaginando en su fuero interno lo que le haría a cada uno de aquellos salvajes si los tuviera en sus manos. Pero, en ese momento, incluso aquellas gallinas siniestras lo tenían a su merced, y le estaban destrozando completamente sus fastuosos ropajes, además de llenarlo de plumas.
—Pues si es así, también es preferible no tener que enterrarlo, para que no emponzoñe nuestros campos— dijo Frer—. Por lo tanto nada de tirarlo por el barranco ni de dejarlo secar al sol.
—Muy bien dicho —corroboró su mujer.
—¡No! —masculló Grembeld con la vista nublada— ¡Me habeis confundido con alguna otra criatura, seguro! ¡Soy inofensivo!
—Me está dando dolor de cabeza —dijo el campesino orondo—. Vamos a quemarlo ya. ¿Qué os parece?
Un murmulló de aprobación se extendió por la cabaña.
—Y si no me dejais salir ahora mismo secaré vuestras vacas, agostaré vuestros campos y jugaré con vuestras cabezas cortadas... — terminó el elfo casi sin darse cuenta.
En seguida un silencio sepulcral se extendió entre los presentes e incluso los niños se quedaron mudos como una piedra. Grembeld los miró, igual que si acabase de caerse desde un árbol, y los aldeanos miraron a Grembeld. De repente todos se levantaron corriendo de la mesa y salieron apresuradamente de la cabaña para preparar la hoguera, cuanto antes mejor.
—No lo decía en serio –intentó disculparse el elfo.
Pero sólo el tío Serin permanecía en el lugar, con la cabeza sobre la mesa y moviendo los labios como si estuviese masticando algún suculento manjar.
Grembeld miró el cielo a través de la puerta abierta de par en par, con la postrera esperanza de que una súbita tormenta, como más intensa y larga mejor, humedeciese la madera. Sin embargo la mañana era despejada y hermosa y en el cielo azul no se veía una sola nube.
—Si salgo de esta —murmuró—, sé de alguien que lo va a lamentar por el resto de sus días.
Después de la tormenta, pensó en una súbita inundación y estaba tan desesperado que incluso le pasó por la mente la posibilidad de un eclipse de sol que le permitiese recuperar su poderes por un instante.
Sin embargo la pila de leña seguía creciendo poco a poco ante sus mismos ojos, sin que nada de ello sucediera, y los aldeanos iban y venían como laboriosas hormigas a las que Grembeld les hubiese deseado un repentino ataque de pereza. En realidad estaban tan eufóricos como si fuesen a celebrar el solsticio de verano. En ese momento Finde entró en la cocina y, andando como un soplo de brisa de acá para allá, empezó a recoger la mesa y después a lavar la tosca loza blanca en la cubeta de madera.
—Doncella —la llamó Grembeld con su acento más dulce—, déjame contemplar tus ojos una vez más, ya que son la causa de mi desgracia.
Finde se volvió sonriendo.
—¿Cómo dices que mis ojos son la causa de tu desgracia? —le preguntó, mirándole profundamente.
Grembeld estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de evitar la hoguera y, aunque no había dicho una sola mentira en toda su larga vida, era sorprendente descubrir lo fácil que resultaba, cuando era lo que le convenía a uno para salvar el cuello.
—Porque desde que te vi una mañana... de… de Mayo, me ha estado quemando las entrañas tu esmeraldina mirada. Y, tal es el fuego que tus bellos ojos despertaron en mi interior, que no he tenido paz hasta verlos de nuevo.
Finde se rió y su risa era clara como el murmullo de un manantial.
—Si me abres la puerta, los días que nos esperan serán más dulces que la miel. — continuó el elfo con acento embriagador. Aunque el efecto quedaba un poco estropeado a causa de las estúpidas gallinas que revoloteaban a su alrededor y que le habían ensuciado todos sus ropajes.
—Hablas muy bien —. Finde se acercó a la jaula y le sonrió con embeleso—, pero, ¿quieres que te diga una cosa?, creo que si tu amor es tan ardiente como dices... no notaras la diferencia cuando ardas en la hoguera! —terminó burlonamente.
—Tienes el corazón de piedra —se quejó Grembeld—. Al menos, por compasión, podrías liberarme.
Finde le miró, mientras arreglaba las cortinas de alegres flores amarillas.
—Los viejos dicen que los elfos salvajes traen la desgracia a las aldeas si no se purifica en seguida la tierra que han pisado.
"De donde habrán sacado semejante tontería", pensó Grembeld.
—Y a vosotros, ¿quién os ha dicho que yo soy un elfo salvaje?
—¿Es que no lo eres, acaso? —continuó la muchacha, aunque parecía más ocupada en barrer el interior de la penumbrosa cabaña que en lo que estaba diciendo—. Mi padre te ha visto esta mañana una de las orejas puntiagudas. Si no eres un elfo, a lo mejor eres un zorro—. Y se rió.
—¡Ah! Las orejas puntiagudas… —murmuró Grembeld, contemplando a la hacendosa joven con su delantal de puntillas, mientras arreglaba ahora las camelias nacaradas que estaban sobre la mesa—. Las orejas puntiagudas— repitió otra vez, entrecerrando los ojos.
Miró hacia el soleado exterior, donde la pila de leños crecía ya más alta que un hombre.
—Tu padre se ha confundido. Yo no tengo orejas puntiagudas, Finde — dijo de repente el elfo con una amplia sonrisa—. La débil luz del amanecer le ha hecho ver lo que no era.
La joven dejó las camelias y se giró hacia él mirándole con desconfianza. Apoyó ambas manos en la cintura y frunció el ceño.
—¿Es que me tomas por tonta?
—Te digo la verdad, mujer. Si no me crees, solo tienes que verlo tú misma.
Pero la joven, parecía reacia a acercarse.
—Te pido bien poca cosa —insistió Grembeld y se recogió los largos cabellos en la nuca, descubriendo sus orejas.
Con una exclamación, de sorpresa la muchacha se acercó hasta los mismos barrotes y descubrió que Grembeld tenía las orejas más graciosas, pequeñas y redondeadas que había visto jamás e, indiscutiblemente, humanas.
—Pe… pero, ¿cómo es posible? —exclamó Finde—. ¿Y tus extrañas ropas?¿Y tus largos cabellos?
Grembeld bajó la cabeza con expresión abatida.
—Es una historia muy triste, Finde. Has de saber que, cuando yo era pequeño, las hadas me robaron de la cuna de mis padres, unos pobres campesinos, para los cuales ya nunca más volvió a brillar la luz después de ese aciago día.
—¡Oh! —musitó Finde, mirándolo con sus grandes ojos verdes muy abiertos.
—Es cierto que he vivido con los elfos durante mucho tiempo, por eso llevo estos ropajes y los largos cabellos, pero siempre deseé, en el fondo de mi corazón, regresar a la pequeña cabaña de mis ancianos padres… —Grembeld alzó los ojos grises y contempló el horizonte con gesto melancólico— para aliviar la terrible soledad y tristeza de sus últimos años con mi anhelada presencia. Así que. en cuanto tuve oportunidad, escapé de Afglin y...
—¿Afglin? —le interrumpió Finde con extrañeza.
—El reino de los elfos. —le explicó Grembeld, haciéndole al tiempo un gesto impaciente con la mano para que se callase y no le hiciera perder el hilo—. Como decía, escapé de Afglin, enfrentando terribles peligros y grandes necesidades, y caminé mucho tiempo vagando por los yermos, con el corazón destrozado por el dolor, pues no recordaba el sendero que había de llevarme a mi cálido hogar, donde dos venerables ancianos estaban aguardando, sin duda, el regreso de su querido hijo — y con estas palabras Grembeld se llevó una mano al corazón, casi enternecido ante la imagen que se presentaba ante sus ojos— temblando de frío junto a una chimenea de fuego casi apagado durante el duro invierno —remató.
—¡Oh! ¡Qué pena! —exclamó Finde.
—Ahora dime, hermosa doncella, ¿se puede ser, acaso, más humano?
—Supongo que no —. Y la muchacha lo miró de arriba a abajo.
—¿Vas a permitir que aquellos adorables ancianos mueran sin volver a ver a su hijo?
—Claro, pobrecitos ancianos... —repitió la joven con acento lastimero, aunque Grembeld no sabía si se estaba burlando de él.
—Entonces — insistió Grembeld, sonriendo—, me abrirás la puerta, ¿verdad?
La joven lo contempló, con un extraño brillo en los ojos y luego se acarició la nariz como si hubiera tenido alguna repentina idea.
—Hum...Voy a buscar a mi padre..
Y, volviéndose de pronto, salió corriendo por la puerta con la falda azul hinchada igual que un capullo de pensamiento. Y, en cuanto Finde hubo desaparecido de la cabaña, Grembeld ahogó un quejido y, asombrosamente, sus orejas crecieron y se volvieron tan puntiagudas, aunque deliciosas, como lo habían sido desde el día de su nacimiento. Después empezó a frotárselas con frenesí. Era lo único que había conseguido cambiar sin magia.
—¿Cómo pueden ser los humanos tan perspicaces y tan estúpidos al mismo tiempo? —se dijo.
Pero enseguida, empezaron a llegar los aldeanos de Ninht. Primero los ancianos y luego los campesinos, seguidos de sus mujeres, de sus hijos y por último de sus perros, Todos rodearon la gavia con gran expectación, y los niños se arrastraban por debajo de las piernas de sus padres y de las faldas de sus madres para ver mejor e, incluso los perros, se hicieron con un sitio debajo de la jaula. Eno, refunfuñando, se puso el primero y se encaró con su cautivo.
—¿Qué es eso que dice mi hija de que no eres un elfo? Yo estoy seguro de haberte visto la punta de las orejas.
Y metiendo decididamente su peluda manaza de labrador por entre los barrotes, cogió a Grembeld de los pelos y con muy poca delicadeza le descubrió las orejas. Un murmullo de sorpresa se alzó entre los presentes, pues ante sus ojos no aparecía lo que estaban deseando ver y se miraron unos a otros, embargados de decepción.
Eno soltó un gruñido y, como no estaba aún convencido del todo, le agarró una oreja al elfo y casi se la arranca de la cabeza.
—¡Ay! —chilló Grembeld.
Al mismo tiempo Eno murmuró:
—Es increíble. Pues yo juraría que esta mañana tenían punta.
Los hombres se miraron unos a otros, y de repente alguien dijo:
—Reunámonos en Consejo.
—Sí, sí. Vamos a deliberar.
Y todos asintieron, "Hay que empezar desde el principio". "Hum... Esto cambia un poco las cosas.". "Desde luego. Desde luego.".
—¿Adónde vais? —exclamó el elfo—. ¡Tampoco es tan difícil decidir si unas orejas son o no son puntiagudas!
Y, mientras los hombres y los ancianos se sentaban alrededor de la mesa de Eno, alguien dijo:
—No será un elfo, pero es un incordio.
—Sí, desde luego eso no se lo quita nadie.
Grembeld se pasó una mano por la frente. Por fin, había llegado a la sabia conclusión de que los humanos estaban locos.
— Bien. Bien. Así, ¿que tenemos ahora? — dijo Frer.
— Para empezar que es un hombre y no un elfo. —le respondió Eno.
"Esto va bien", se dijo Grembeld con una sonrisa exultante y la mirada resplandeciente.
—Una vez establecido esto, hemos de pasar a considerar la cuestión desde otro punto de vista.
Y, dentro de la jaula de las gallinas, Grembeld sacudió la cabeza afirmativamente, como dándoles la razón.
Durante un instante los hombres permanecieron silenciosos alrededor de la mesa, mirándose unos a otros.
—Me parece que te toca decidir a ti, Eno —empezó el campesino orondo por el que Grembeld, a decir verdad, empezaba a experimentar una singular y terrible antipatía.
—Su cuerpo ya no envenenaría las aguas del lago —le hizo notar Frer.
—Ni su cuerpo sepultado nos estropeará las cosechas —apuntó alguien más.
Grembeld abrió la boca. "Pero, ¿de qué demonios están hablando?"
—Necesitaría el Libro de las antiguas costumbres —meditó Eno rascándose la barbilla.
Y enseguida Frer mandó a uno de sus hijos a su cabaña para buscarlo. Cuando el libro grande y pesado estuvo sobre la mesa, Frer pasó las páginas de pergamino amarillento reflexivamente y por fin exclamó:
—Ah... ¡Aquí está! "Sobre Doncellas" —. Y leyó con alguna dificultad—: El padre de la doncella ultrajada tiene el derecho de ensartar él mismo al culpable con el rastrillo de amontonar paja. Si declina este honor, la aldea puede optar por apedrear al hombre, atándolo a un árbol a fin de que no escape... En el caso de carencia de rastrillo, de piedras o de árboles, se puede aplicar cualquiera de los medios detallados en el capítulo "Elfos Salvajes y La Purificación De La Aldea"
—Bueno, bueno... Ahora tenemos muchas más posibilidades que antes, me parece... —ronroneó satisfecho el campesino orondo, acariciándose el abultado estomago.
En cuanto a Grembeld, después de oír esto se había quedado más blanco que una bola de nieve y ya ni siquiera le importaba que las gallinas se ensañasen con sus cabellos. Se tendió resignadamente sobre la paja de la gavia y cruzó las manos sobre el pecho, esperando, al menos, una muerte rápida y compasiva. "Ya me da lo mismo —pensó mientras escuchaba discutir sobre las ventajas de ahogarlo en el lago o de apedrearlo atado a un árbol—. Es inútil luchar contra el destino. En esta aldea la gente tiene el cerebro vuelto del revés".
Como Eno no se decidía a ejercer su derecho a ensartar al ofensor, lo cual satisfacía mucho al resto de los aldeanos, que deseaban participar al máximo de aquel acontecimiento, la discusión crecía más y más y las voces se alzaban ardorosamente ensalzando tal o cual manera de acabar con Grembeld. Pero justo entonces Finde entró en la cabaña y, después de mirar un momento al pobre elfo, se plantó delante de los sesudos ancianos y de los campesinos y carraspeó para llamar su atención.
—¿Qué quieres hija? —le preguntó amablemente su padre.
La muchacha se inclinó grácilmente junto a su oído y le susurró unas palabras. A Eno se le puso una cara muy rara y después se volvió a mirar a Grembeld con la nariz arrugada.
—Pero, ¿estás segura, Finde?
La muchacha le respondió con un enérgico movimiento de cabeza.
—Bueno, así sea —musitó Eno, con un chasquido de la lengua.
—Pero, ¿qué ocurre? —le preguntaron los demás.
Eno se inclinó sobre la mesa y todos juntos empezaron a cuchichear con las cabezas muy juntas.
Grembeld se volvió a mirarlos. "¿Y ahora que estarán tramando ?", se preguntó con el corazón encogido, aunque ya no se le ocurría que pudiera sucederle nada peor,
Por fin, con aspecto cariacontecido, los aldeanos se levantaron de la mesa renegando y frunciendo el ceño. "Si no hay más remedio", decían, mientras formaban un corro alrededor de la jaula. Entonces Eno se adelanto de entre ellos y se plantó delante de Grembeld. Se aclaró la garganta y le dijo:
—Según el Libro, si la doncella acepta al joven por esposo, la falta queda olvidada—. Y suspiró hondamente—. Y Finde ha decidido darte esa oportunidad, extranjero.
—¡Pero Finde..! —exclamó quejicosamente Frer—. Si ni siquiera lo conoces.
— ¡Es verdad! No me parece una persona de fiar... —corroboró el campesino orondo.
"Mira quién fue a hablar", masculló Grembeld para sus adentros clavándole una mirada rencorosa. Después los miró, uno por uno, con aire vacilante.
—¿Y tengo que casarme? —preguntó el elfo con un hilo de voz.
Eno se apartó y le señaló la hoguera ya dispuesta que se recortaba en el atardecer, más allá de la puerta abierta.
—Hombre, si lo prefieres podemos quemarte... —dijo el campesino encogiéndose de hombros.
Grembeld emitió un leve quejido de desesperación y, como no se decidía, los hombres empezaron a contemplarle aviesamente, arrugando el ceño, y alguno de ellos incluso empezó a avivar el fuego de su pipa.
—Está bien —accedió por fin Grembeld.
—Así sea. Mañana tendremos boda —exclamó Eno, llevándose las manos a la cabeza —. ¡Esta sí que es buena!
Entonces se volvió a su hija y le entregó la llave de la gavia de las gallinas, que llevaba colgada del cuello.
—Ahí lo tienes...
—¿Y no podemos quemarlo antes? — preguntó ansiosamente uno de los niños. Y muchas voces infantiles se hicieron eco de sus palabras.
Pero sus madres sacudieron tristemente las cabezas, mientras iban saliendo por la puerta hacia el crepúsculo.
— ¡Ay! No hijo. No creo que Finde aceptase casarse con un montoncito de cenizas.
Grembeld las contempló marcharse con el corazón en vilo, pues, después de todo lo que había visto en aquella aldea, le extrañaba que aún no hubiesen dado con la manera de quemarlo primero y casarlo después.
Finde se quedó sola en la penumbrosa cabaña y encendió una vela y luego se volvió a la jaula, haciendo bailar la llave delante de los ojos de Grembeld con una sonrisa pícara. El elfo alargó con rapidez la mano, pero la muchacha se alejó riendo.
—¡Ábreme! —le exigió Grembeld.
—Antes tienes que darme tu anillo —le dijo Finde casi cantando.
Inmediatamente Grembeld ocultó sus manos en la espalda.
—¿Anillo? ¿Qué anillo? —le preguntó el elfo con sonrisa inocente—. No tengo ninguno.
Y es que los anillos de los elfos eran mágicas joyas, muy hermosas y poderosas, y si una de estas criaturas le entregaba a alguien su anillo como prenda, inmediatamente quedaba a su merced y, estuviese donde estuviese, tenía que acudir siempre cuando le llamase el poseedor del anillo. Y Grembeld, que esperaba la noche con impaciencia, para desaparecer de Ninht por arte de encantamiento, no tenía la intención de darle su anillo a Finde por nada del mundo.
—Sí que lo tienes —le dijo la joven, mirándole con aspecto ceñudo y tierno a la vez—. Así que eres un pequeño mentiroso...
Sacudió la cabeza, con un suspiro y se volvió hacia la puerta.
—¡Padre! Enciende la hoguera....
—¡¡Espera!! —le gritó Grembeld, mirando el cielo con una mueca y pidiéndole a los dioses que el sol cayera como una piedra en el horizonte.
—No —le respondió Finde con un mohín decidido—. Me lo has de entregar ahora mismo. Ahora o serás un montoncito de cenizas antes de que se oculte el sol.
Grembeld la miró con la boca abierta y, casi al mismo tiempo, vio como Eno se acercaba a la cabaña y como, tras él, las llamas empezaban a lamer la hoguera y a formar una negra humareda. Apretó los dientes, dando vueltas en su dedo al hermoso anillo élfico.
—¡Oh! Que mala suerte tengo —gimió. Y, quitándose el anillo dorado de su largo dedo con un gesto rápido, se lo entregó a Finde suspirando— ¡Ahora sí que estoy perdido!
La joven lo tomó en la palma de su mano con una ladina sonrisa y lo deslizó en su dedo índice, con expresión de arrobamiento.
—Ahora ya está —susurró para sí misma.
En ese mismo momento Eno entró por la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Entonces, ¿has cambiado de opinión? ¿Podemos quemarlo ya? —preguntó alegremente.
Sin embargo Finde sacudió su hermosa cabellera castaña, riéndose.
—No. Lo que ocurre es que quiero casarme esta misma tarde.
Ella nunca había sentido tanta falta de aire como aquella vez. Podía sentir su vida a través del frío que congelaba sus pulmones, consolados solo por la tibiez del mate, que estaba siendo rodeado por sus helados dedos y su gélida palma. Lo sujetaban con vigor, como si fuera la última esperanza, lo único que tenía.
Sentada sola en una silleta, era consciente de que su cuerpo actuaba como un recipiente encargado de llevar el dolor de tener un alma con el prestigio de poder sentir y expresar. Sin embargo, ella no tenía a quien confesar que el suplicio dentro de su espíritu desgarraba a su corazón, sintiendo que no pertenecía a la vida, que no la merecía, y así se abrumaba en el abismo de su soledad.
Sus ojos desesperados siempre seguían ansiosos a sombras que solían cruzar por delante, indiferentes a su presencia. Ella buscaba a alguien con quien comunicar su tristeza y desolación, para poder confirmarse a sí misma que al menos existía y no era invisible. Aun así, nadie se dignaba a ver a aquella enorme masa de dolor que gritaba por unos ojos que la percibieran, unos diferentes a los suyos, que eran tan vacíos como su alma, cuya lengua muda es la única tan profunda que toca límite y lo expresa a través de un semblante desamparado. Lo único que había eran los árboles deshojados de afuera, que se movían por una brisa fría, y las voces de su pensamiento que la machacaban como musas malvadas. Ella rogaba al aire por unas palabras que no fueran las de su propia mente.
El dolor ajeno suele ser más liviano, pudiendo haber ayudado a cargar con un poco, pero nadie quería llevar una parte del suyo. Vivir se convirtió en un peso para ella, haciéndole flexionar las piernas. Sus rodillas ya rozaban el suelo. Sentía que no había nada que se pudiera hacer. Se sentía imperceptible. Sin embargo, la muerte parece hablar más que la vida misma, porque todos la vieron y todos la recuerdan desde que apareció colgada de una soga atada a la viga del techo, con una nota intitulada: “Esencia etérea”.
Hace poco más de un año los deepfakes no existían, y hoy en día nos han convencido a todos de que, para bien o para mal, han llegado para quedarse. Primero fueron los vídeos porno con famosas, después los vídeos de presentadores hablando en varios idiomas, y ahora la nueva moda son los generadores de fotografías inexistentes.
Vamos a hablar de ThisPersonDoesNotExist.com, una página web que muestra la foto de una persona distinta cada vez que entramos en ella. Esas personas pueden ser hombres, mujeres, niños, adultos o ancianos, de cualquier raza; sólo tienen algo en común: jamás han existido, sino que han sido generadas por una IA.
La web utiliza una tecnología conocida como GAN (siglas en inglés de 'redes generativas antagónicas') y consisten en dos algoritmos confrontados: un generador y un juez. El primero intenta crear imágenes (por ejemplo, en este caso, de rostros) basándose en su entrenamiento previo con un dataset de fotos reales, y el segundo debe decidir si la imagen es lo bastante realista como para darla por buena. En caso de que no sea así, el generador intenta 'afinar' la imagen en cuestión. Hasta que 'cuela'.
Y son esas imágenes capaces de convencer al algoritmo-juez las que podemos ver cuando entramos en ThisPersonDoesNotExist.com. En este caso, la web utiliza una variedad de GAN llamada StyleGAN, desarrollada por Nvidia y disponible públicamente en GitHub.
Y precisamente por estar a alcance de cualquiera están empezando a surgir toda clase de webs 'DoesNotExist' ('NoExiste'), esto es, que copian la estructura del nombre y la función de la original, pero alterando su temática.
El creador de la web original (que, por cierto, ha sido visitada ya más de 4 millones de veces) se llama Philip Wang, y es un ingeniero de software de 33 años que, ante el éxito de su primera iniciativa, y a causa de las sugerencias recibidas en Reddit, decidió lanzar una web hermana, basada también en StyleGAN, pero alimentada en este caso con un dataset formado íntegramente por fotos de gatitos.
"Lo hice porque algunos niños en Reddit querían pagarme por ella, pero les dije que lo haría gratis. "El generador no es realmente bueno , pero con una red mayor y mejores datos de entrenamiento, también podríamos tener perros y gatos infinitos".
Pero el desarrollador australiano Nathan Glover decidió que un único gato por visita le sabía a poco, y sólo unos días después de conocer StyleGAN decidió crear TheseCatsDoNotExist.com, que muestra nada menos que 56 gatos al mismo tiempo, repartidos en varias filas y columnas.
Gwern Branwen, redactor de tecnología freelance, decidió probar suerte también con StyleGAN, cambiando en esta ocasión de temática: de las fotos de personas y gatos reales pasamos a las waifus (término utilizado por personajes femeninos de manga/anime por los que un humano se siente platónicamente atraído).
El dataset que alimenta a la IA de esta web se denomina Danbooru2018, y fue creado por el propio Branwen.
Pero de entre todas las webs inspiradas en ThisPersonDoesNotExist.com, quizá la más sorprendente sea ThisAirbnbDoesNotExist.com. Cada vez que actualizamos esta web, se nos muestran cinco imágenes de un apartamento supuestamente disponible en Airbnb, una descripción relativamente coherente del mismo, y la foto y el nombre de su "host o anfitrión.
Pero, como explica el ingeniero de software de Google Christopher Schmidt, autor de la web, "ni las imágenes, ni el texto vienen del mundo real". "La descripción, la imagen del anfitrión, e incluso las imágenes de las habitaciones son todas sueños febriles de una computadora"; todo resultado de millones de datos extraídos de la propia Airbnb.
Schmidt también recurrió a StyleGAN, claro. "En parte lo hice porque quería ver si funcionaría. ¿Era posible que alguien, sin experiencia real con redes neuronales y sin acceso a recursos informáticos sofisticados, genere un apartamento imaginario pero de apariencia pausible? [...] Esto significa que casi cualquier persona con un par de horas libres podría crear algo igual de convincente". "Esto es con lo que la gente debería quedarse sobre el nivel de desarrollo de las redes neuronales y la inteligencia artificial: ya están lo bastante avanzadas como para engañar a la gente, especialmente si no miramos poniendo atención. [...] Puede que a partir de ahora todos tengamos que pensar un poco más antes de decidir si algo es real".
Bueno, pues como muchos vaticinábamos hace años (y algunos no se creían), el autor confirma que el final de la saga literaria será muy diferente al de la serie:
Lógico, el autor busca que la serie no destroce el final de su saga literaria inacabada, y eso implicaba (entonces y ahora) que el final debía de ser totalmente diferente. Así que, mucho me temo, que cosas que hemos visto en la serie no aparecerán en los libros ni de refilón, y que el final de algunos personajes será distinto del de la serie...incluso puede que sobrevivan. Algo que muchos sospechábamos cuando vimos las divergencias entre la 5ª temporada (y siguientes) con lo publicado.
Así que todas las teorías estrambóticas y delirantes que algunos se han montado gracias a la serie, pueden empezar a descartarse
Hacía tiempo que no escribía nada, y esta historia en concreto la tenía en mente hace un buen tiempo pero no acaba de convencerme el resultado con respecto a lo que tenía pensado.
De todos modos, mi idea por tras de este relato la dejaré al final del mismo; así, quien decida comentar lo hará en base a lo que ha leído y no a mis explicaciones —cómo ocurrirá con la mayoría de posibles lectores que no tendrán acceso a dicha explicación—, pero, al mismo tiempo, podrán saber qué pretendía y opinar si dicha idea ha acabado funcionando o no.
Un saludo y gracias a todo el que comente y, sin más dilación, el relato:
Nghulu, nuestra lucha acabará hoy. Tu existencia acabará hoy. Has vivido creyendo que serías imparable, naciste de la tierra y ninguna arma forjada de la tierra ha podido herirte, pero empuño un arma forjada del cielo. Siempre has causado pavor y jamás has sentido ese sentimiento, pero ahora mientras goteas esa sangre fangosa me temes. Me temes como yo te temo a ti. ¿Cuántos hermanos has matado? ¿A cuántos hermanos habré de vengar? Deja de esconderte y responde. Nghulu, ¿qué es eso que escucho?, ¿lloras? Sí, lloras, pero ¿lloras por el miedo tras ser herido?, ¿o acaso es por eso que jamás habías sentido, llamado dolor? Puede que ambos. Yo así lo hago. Tus garras se han clavado profundo en mi carne. De no haber podido herirte sería una más de tus víctimas. Mis hermanos han muerto, tú les has matado; hijos de la tierra, como yo, como tú; muertos por tu ira, pero ya no más. Ahí estás, venga, deja de esconderte; enfrenta tu destino, paga tus pecados. ¿Qué es ese aliento fétido? ¿Es ese tu última arma? No importa, es tu fin y quiero que conozcas mi nombre, para contar a todas tus víctimas, cuando las encuentres en el más allá, quién las ha vengado. —¡Soy Ogu! —¡Soy Ogu!
Una vez leído el relato, viene mi idea cuando se me ocurrió: mi idea era que el narrador no fuera simplemente uno en primera persona —de hecho, más bien en segunda—, sino que lo hiciera como si se tratara de sus propios pensamientos; de ahí que no hayan descripciones (se supone que lo que le rodea ya lo conoce) y haya las líneas de diálogo justas; por otro lado, no he querido hacerlo más natural con la confusión propia de una verdadera línea de pensamientos, porque en su momento presente un relato a uno de los concursos del foro de esa manera y acababa siendo excesivamente confuso. Entonces aquí surgen mi mayor duda, no sé si ha quedado demasiado en el término medio y no acababa de funcionar (con lo que debería equilibrar la balanza o a hacerlo más natural/confuso o a hacerlo más literario/descriptivo).
Por otro lado, sí es cierto que probablemente falte entrar un poco en sí en lo que siente el personaje, pero ya lo haría una vez consiguiera dar el tono adecuado al narrador.
Había oído hablar muy bien de Brandon Sanderson pero nunca había sabido muy bien por donde empezar. Finalmente, haciendo caso de muchas de las recomendaciones me compré Elantris. Habrá que empezar por el principio.
La cosa es que voy por la mitad del libro y estoy bastante decepcionado. El único personaje al que veo profundidad es al "malo" del libro, el gyorn rojo Hrathen. Luego tenemos al bueno muy bueno del príncipe Raoden que es buenísimo de la muerte (aunque al menos sus capítulos son interesantes) y Sarene, que es el peor personaje que he visto desde Bella de Crespúsculo.
Me da pena porque la idea inicial me llamaba mucho la atención y de verdad que quería disfrutar del libro pero los capítulos de Sarene me hacen dejar de leer cada vez que me toca leerla. No puedo mas que detestar un personaje que un mínimo de dos veces por capitulo dicen lo inteligentísima que es en lugar de mostrarlo por ningún lado y que ella misma dice que el único motivo por el que no se ha casado es porque el resto de gente tiene miedo de relacionarse con "alguien a quien consideran superior intelectualmente". Quiero decir, podría ver interesante que simplemente ella se creyese así de lista y que se esté intentando autoconvencer de que es por eso por lo que no se ha casado, pero que todo el mundo a su alrededor lo diga cuando llevo 400 paginas y aun no ha mostrado ni pizca de esa supuesta inteligencia magistral pues no.
Seguramente me terminaré el libro porque no me gusta dejarlos a la mitad y porque Hrathen me parece interesante y la trama de Raoden tiene su chicha pero no se si después debería leer Mistborn. ¿Mejora luego Elantris?¿Son mejores los personajes en Mistborn? ¿Os paso lo mismo con Elantris? ¿Soy yo que le cojo asco a la gente rápido?