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El siguiente texto es una escena de batalla de una novela corta que estoy acabando de escribir. Se trata del choque de un ejército de magos contra otro, mucho más numeroso, que no lo son.
No se escucharon grandes discursos. Kernyx sabía que no eran más que florituras añadidas por los bardos para ganarse el favor de sus mecenas, a los cuales les encantaban los adornos estéticos que disimularan la violencia de la batalla. En su lugar, Tyl comenzó a bromear con un nabo como si fuera el miembro de un astano, mordiéndolo furiosamente y escupiéndolo después a la hierba negra bajo la luna inexistente.
Miró muy nerviosamente al terreno donde todo trancurriría. Era un prado enorme, sin ninguna elevación destacada, aunque la inclinación jugaba ligeramente en su contra al estar los astanos en una ligera pendiente cuesta arriba, por lo que la carga de sus fieras sería algo peor para ellos. Kernyx únicamente podía ver la línea lejana de ecoos que se amontonaba, ocultando lo que fuera que se encontrara detrás. Solo esperaba que ciertamente la estrategia de ir a cortar directamente la cabeza a la serpiente funcionara.
—Será sencillo —pensó. —Abalanzarnos sobre el enemigo mientras éste se distrae matando a nuestras unidades de retaguardia. Entonces acabamos con sus príncipes —una vez consiguió resumir la idea general en la cabeza, no estaba tan seguro que fuera una buena idea.
Entonces todo comenzó, así como comienzan los grandes eventos, sin que nadie se diera cuenta de su importancia hasta estar ya en medio de la acción. Los cuernos de guerra sonaron y la caballería astana comenzó la carga, mientras que el ejército athorita y sus aliados se prepararon para resistir. Nadie dio una señal de inicio, nadie se molestó en anunciar que la batalla ya estaba en marcha hasta que, efectivamente, los soldados comenzaron a cargar.
—Ahora —anunció una voz, aunque no supo si era Thubal u otro, debido al fragor de batalla. Los Inmortales marcharon, separándose del resto del ejército y bordeando el campo de batalla. Corrieron con todas sus fuerzas, dejando a su derecha la carga de los eccos sobre sus aliados. Kernyx nunca había visto a ningún animal alcanzar tal velocidad, dejando a los caballos normales como simples tullidos en comparación. Pudo girar su cabeza mientras corría para notar en lo más profundo de su mente como aquella carga impactaba contra los Príncipes de la Tormenta, que a duras penas resistieron el envite. Cerca de ellos la guardia de Lessath, un regimiento athorita, caía sin contemplaciones.
***
— ¡Aguantad! El resurgir de nuestro reino depende de ello —gritó el Príncipe de la Tormenta, pero su arenga no quedó más que en un sueño infantil. Sus lanceros pesados, colocados de modo que pudieran contener fácilmente la carga de cabañería fueron barridos completamente por los ecoos. Había subestimado la fuerza y habilidad de aquellos jinetes, y peor aún, de sus endiablados hechizos.
— ¡Putos astanos!
Uno de sus oficiales apostado en primera línea fue arrollado sin contemplaciones, convirtiéndose su cabeza en una masa sanguinolenta cuando un hechizo impactó en ella. Notó como un grumo espeso del mismo saltó hasta su armadura, pero en aquel momento tenía mayores preocupaciones.
Las lágrimas caían de sus ojos sin poder evitarlo. Había dedicado toda su vida a mejorar aquellos lanceros de manera que pudieran contrarrestar las cargas de los ecoos. Le había jurado al rey Scopus que los aplastaría, pero había fallado. La mitad de su compañía estaba pérdida, y la otra en camino.
— ¡Debemos retirarnos! —escuchó a su lugarteniente.
Él se giró para darle una sonora bofetada en la cara.
— ¡Jamás! Aguantaremos, y si esta debe ser nuestra tumba, que así sea, pero me llevaré por delante a tantos astanos como pueda. ¡Larga vida al reino de los ríos!
Escuchó vítores a su alrededor, pero aún más gritos de dolor.
El príncipe de las tormentas no aguardó más, así que levantando su lanza intentó reagrupar a sus hombres en torno a él. Unos cuantos obedecieron, pero muchos más estaban demasiado ocupados corriendo por sus vidas.
—Muerte a los astanos —quiso gritar, pero su voz no se lo permitió. Supuso que muchos no le habían escuchado, así que alzó su brazo armado contra el enemigo, en una señal inequívoca de una carga frontal. Él mismo lideraría la última carga. Sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre el enemigo por última vez.
Su idea era llevarse consigo a tantos astanos como pudiera, pero las Tres Diosas tenían otros planes. Notó un pinchazo en el cuello. Durante un instante pensó en no darle importancia, pues apenas le dolía, pero entonces notó como las fuerzas le fallaban de repente. Posó su mano en el cuello y notó la sangre manar de la yugular como un reguero. Una flecha le había alcanzado. Intentó taponarla como pudo, incluso soltó su lanza para ello, pero era demasiado tarde.
Cuando se rindió a su destino, un ecoo le pasó por encima, acabando con su vida.
***
— ¡A la carga! —ordenó Regis Leva Sacmis, y con él, un regimiento entero de ecoos acabó con las últimas esperanzas de los Príncipes de las Tormentas, que se lanzaban en desbandada. La polvareda se confundía con la sangre. Era un olor que le encantaba, la extraña mezcla entre óxido y humedad, de sabor metálico y adictivo.
—Creían que podrían hacernos frente con unas cuantas lanzas —se dijo para sí mismo, burlándose de aquellos bárbaros. Acto seguido, invocó unas cadenas que azotaron la espalda de un athorita que huían, a un par de metros de su ecoo, y lo hizo caer al suelo.
Revisó el campo de batalla. A lo lejos, la unidad de Braia hacía huir a la Legión Ardiente. Les superaban en número, pero ni un millar de corderos era rival para una manada de lobos.
— ¿Quiénes son esos de allí? Aquella unidad de infantería pesada —señaló con el dedo al oeste de donde se encontraban.
—Una unidad mercenaria. Por su bandera diría que son la compañía de los Hijos del Hierro. Van en socorro de la Legión Ardiente.
Regis tenía en su mano que aquello no sucediera. Le habían dado el mando de aquella unidad de ecoos y pensaba sacarle partido.
—A mi señal.
***
Ethara estaba maldiciendo el momento en el que se le ocurrió ingresar en los Hijos del Hierro. Prometían buena paga y todo el botín que cupiera en tus manos ¿Cómo iba a rechazar aquella oferta una mercenaria como ella? En aquel momento lo único que pensó fue en la posibilidad de ganar en un mes tanto como en toda su vida de mercenaria libre, capitana de los Espadas Grises.
Ahora, todo lo que veía era una carga de ecoos atravesar el terreno tan rápida como un trueno surcando el cielo. Había escuchado historias sobre los caballos de los magos y su legendaria velocidad, pero Ethara lo atribuía siempre a las exageraciones típicas que rodean las hogueras, cuando las historias se mezclan con las mentiras con la esperanza de que el protagonista pueda cortejar a alguna de las putas del campamento, o al menos conseguir un descuento.
—Debí aplicarme mis propios consejos. Ethara, eres estúpida.
Y el consejo era muy sencillo. <<Sobrevive>> Llevaba toda una vida combatiendo, tanta que algunas mujeres a su edad ya eran abuelas. No había tenido descendencia, pero aun así aquella no era excusa para desperdiciar su vida por una causa perdida.
— ¡A la mierda! —sin pensarlo dos veces, abandonó su escudo para poder correr más. No fue la única en hacerlo. A su alrededor muchos otros soldados, tanto athoritas como de los pueblos libres del mar, emprendían la huida por su vida.
— ¡Volved! Os lo ordeno —exigía un oficial, pero no parecía creerse sus palabras, pues al segundo siguiente él mismo puso también pies en polvorosa.
Únicamente unos pocos fieles quedaron junto a Los Hijos del Hierro. Cuando giró la cabeza, ya casi a un centenar de metros de la compañía, los astanos los estaban aplastando. No obstante otro ruido de galope captó su atención. Eran sonidos más rápidos debido a las patas cortas de los animales, pero también más poderosos.
—No puede ser —Ethara abrió los ojos, sabedora de que aquella visión era su final. Una carga de montañeses, los brutales aliados de los astanos, barría la retaguardia de su ejército. Lo último que vio fue a uno de aquellos salvajes acercarse al galope y golpearla en la cabeza con una maza.
***
Glort estaba contento. Aquella mañana había comido una cabra entera como a él le gustaba, cruda y especiada con hierbas
Aún notaba la sangre jugosa y dura del animal chorrear por su boca. Era la antesala de un glorioso día, pues ahora aplastaba con su maza y en la carga de su jabalí a todos aquellos cobardes que huían de la batalla. Nunca sentiría aprecio por la gente menuda.
—Allí hay otro grupo —gritó el jefe Hugur en la lengua de piedra, el idioma natal de los montañeses. Ninguno de ellos entendía la lengua de la gente menuda. A su pueblo le daba igual si se trataban de magos, de mercenarios o de piratas, la vida era mucho más simple para Glort. La mano de cualquier montañés era tan grande como la cabeza de cualquier menudo, y eso significaba que debía aplastarlas.
—Es su rey. Se retira —rio un camarada montañés, montado en un uro y con una gran rama de árbol como arma.
—Esos cobardes no aguantan nada. Caen como las hojas en otoño. Tan fáciles de pulverizar como una piedra.
— ¿A qué esperáis? ¿A qué vuestra madre los mate por vosotros? —bromeó el jefe Hugur antes de lanzarse a por otro grupo.
***
Roger siempre había sabido que la suerte no era más que una ramera caprichosa, por eso mismo jamás dejaba que aquella puta decidiera por él. Por eso mismo al capitán de la Compañía de la Mano Negra le gustaba tener todas sus opciones abiertas, fueran cuales fueran las circunstancias. No obstante, habría dado el pie sano que le quedaba por que las tornas de la batalla cambiaran.
—Los astanos están ganando. La victoria es nuestra —dijo con un deje amargo en la voz. En aquel momento, el pacto secreto con Scopus, el rey athorita, por el cual cambiarían de bando en mitad de la batalla no serviría de nada. Las últimas esperanzas de recuperar los llamados Reinos Caídos se habían extinguido.
A su lado, sus lugartenientes aguardaban las órdenes. Ya había dado largas a unos cuantos mensajeros de Braia, que le exigían cargar contra la plana mayor del ejército athorita.
— ¿A qué coño está esperando ese viejo? —lanzó la pregunta al aire, pero ninguno de sus hombres contestó. — ¡Huye, por tus muertos! Habrán otras batallas, viejo, ya lo creo que sí —sabía que Scopus era orgulloso, del tipo de hombre que le gustaba aparentar ser poseedores de la verdad absoluta — ¿¡Vete de vuelta a Athor, maldita sea!? ¿¡No ves que la batalla está perdida¡? —era consciente que no podía escucharle, al encontrarse a centenares de metros y cadáveres de distancia, pero necesitaba desahogarse.
Roger escupió al suelo mientras palmeaba a su caballo. Los astanos se negaron a prestarle un ecoo, ya que él era un humano normal y corriente.
—Capitán, los montañeses se lanzan a cargar contra el rey Scopus —le indicó su contramaestre.
— ¡Mierda! ¡Me cago en esos gigantes!
Se obligó a pensar rápido . En aquel momento era consciente de que todo su ejército le miraba, preparado para ejecutar sus órdenes tan rápido como él las diera, razón por la cual intentó dar una imagen de tranquilidad, como si sopesara los pros y los contras de una línea de acción meditada desde hacía muchas lunas mientras se mesaba la barba.
—Carguemos nosotros también, desde nuestro flanco derecho. ¡Adelante!
Hizo el gesto más ceremonioso posible, con la esperanza de que ninguno de sus tenientes cuestionara la orden.
—Mi señor, si ejecutamos la carga por donde usted nos indica, entorpeceremos el avance de los montañeses. Nuestras unidades chocaran y será posible que el rey athorita huya.
—Veo que eres un chico listo, ¿Cómo te llamas? —Roger palmeó el hombro del soldado que había tenido el valor de hablarle.
—Kiriat, mi señor. Primer oficial de la séptima división de arqueros —sonrió el joven, con el orgullo y la ambición brillando en sus ojos.
—Muy bien Kiriat, desde este momento considérate degradado —Roger no esperó la reacción del soldado, si no que fijó su atención en la bota de vino de ceniza que guardaba entre los fardos del caballo.
—Compañía de la Mano Negra. ¡En marcha!
***
— ¡Novato! ¿Qué estás haciendo?
Kernyx dejó de observar el resto de la batalla y se volvió a centrar en su objetivo. Estaban muy cerca de alcanzar el regimiento real astano. Allí se encontraban los príncipes reales. No era una suposición, sino que una gran bandera de siete estrellas bajo una gran corona lo anunciaba a los cuatro vientos. Frente a ellos, una leva de astanos salió a su encuentro, pero solamente se trataban de campesinos, no de portadores del Don que les permitía conjurar. Su única amenaza eran las lanzas torpemente fabricadas, que apenas tenían bien sostenida la punta al vástago. Thubal gritó indicando el ataque, aquello bastó para que la mitad de los enemigos saliera huyendo. No en vano se encontraban frente a frente con El Infame. El Than se había colocado un casco de un aspecto aterrador que recordaban un gran cráneo negro con colmillos y que ocultaba su verdadero rostro.
Ni uno de los Inmortales cayó bajo las armas de los campesinos. Por el contrario, Kernyx se abalanzó sobre uno de sus enemigos y de un tajo le atravesó un brazo bajo el grito de dolor de éste y el humo que indicaba el calor que desprendía al contacto con la piel. Esquivó un lanzazo y rompió el arma de un tajo después de desencajar la espada del cuerpo aullante de su primera víctima. Al segundo de ellos lo noqueó de un cabezazo. No quería matar a demasiados campesinos, pues no eran más que esclavos. Su premio eran los astanos, no sus súbditos.
Antes de poder siquiera calentar con aquellos hombres a los que no merecía llamar guerreros, éstos huyeron despavoridos. Pudo ver a Tyl agachándose sobre el cuerpo inerte y bañarse su cara en la sangre fresca. A su lado, un par de Inmortales remataban a los heridos para sentenciarlos al juicio del Gran Héroe.
— ¡Continuamos! No hay tiempo que perder—. Otra leva de campesinos se aproximaba a paso indeciso y temeroso, pero esta vez no se quedaron a pelear.
—Los ecoos están lejos, es el momento. Tenemos que atacar a los generales para obligar a su caballería retroceder, de lo contrario sus ecoos masacrarán nuestras tropas.
Un grito conjunto de la compañía fue la respuesta, pese a que Kernyx no se unió.
Volvieron a cargar, con la bandera real astana cada vez más cerca. Al estar a pocos metros de ellos pudo ver la cara de sorpresa de aquellos conjuradores, que no esperaban que aquella compañía se deshiciera tan rápido de los campesinos.
— ¡No les dejéis ni un respiro, u os conjurarán en la cara!
Así hizo. Dio muerte a uno de los guardias antes de que pudiera levantar las manos para lanzar ninguno de sus malditos hechizos. Entonces escuchó detrás suyo centenares de pasos acercarse tímidamente. Supo que los siervos los rodeaban, pero no notó el temor por ello en las caras de sus compañeros, no eran más que carnaza para sus armas.
— ¡Adelante! Adelante compañeros. Aguantad. Conjurad rápido, vamos. Esos athoritas no pueden hacer nada contra nosotros. ¿Dónde están los montañeses? ¿Y Cerastes?
<<Braia>> Pensó al ver a aquel que alentaba las tropas. Pero no podía ser posible, era demasiado joven y aunque se notaba porte de guerrero, su armadura estaba demasiado ornamentada. Supo que era uno de los príncipes reales.
—¡Es El Infame, corred por vuestras vidas! — Anunció él en la lengua de los astanos y pueblos del mar, con la esperanza de infundir el pánico en sus enemigos al nombrar al líder de su compañía. Algunos lo escucharon y notó el temor en su cara, pero nadie retrocedió.
Así comenzó la lucha, Thubal se abalanzó directamente sobre aquel príncipe con algunos de sus mejores hombres. A él le tocó estar cerca de Tyl y Arrakis.
—Protégenos, novato. Recuérdalo.
Así, Kernyx hizo rodar la cabeza de un astano que intentaba conjurar a la espalda de Tyl con un corte limpio de su espada. Luego se giró y acabó con otro mientras sus dos compañeros se cubrían la espalda uno al otro. Entonces, un gran rayo negro impactó directamente a unos pocos metros a su lado.
— ¿Pero qué…? — Tyl cayó fulminada, con la piel completamente achicharrada.
Viró su mirada a donde aquel conjuro provenía y pudo ver a un astano preparado para conjurar de nuevo.
— ¡Kernyx! —gritó Arrakis. Él entendió completamente lo que le estaba pidiendo, pero hizo caso omiso. Entonces un rayo salió disparado de nuevo en dirección a su compañero de armas, que murió al instante mientras acometía contra el atacante. En la carrera varios siervos se interpusieron, pero acabó con ellos en un instante. Aquello dio tiempo al astano a preparar un nuevo ataque. Todo pasó en milésimas de segundo. No tenía ningún escudo en el cual protegerse, ni su armadura ligera le libraría de aquel impacto. Todo lo que pudo hacer fue alargar su brazo, agarrar a alguien por el pescuezo y empujarlo en mitad de la trayectoria del conjuro. Aun así, el impacto en aquella víctima anónima le lanzó por los aires unos metros.
Apenas se derrumbó en la hierba sobre un gran charco de sangre, al lado de una pila de cadáveres, abrió los ojos de nuevo y se incorporó mareado.
— ¿Qué cojones estás haciendo?
Al escuchar una voz que no supo reconocer de inmediato, empuñó su espada, que había permanecido a su lado después de la caída y se dio la vuelta esperando encontrarse un feroz enemigo, pero se trataba de Etamin, con una herida en la cara que sangraba en su frente,.
Entonces Etamin le preguntó algo, pero no logró escucharlo. Se encontraba desconcertado completamente debido al golpe y con la vista difuminada, como si frente a él no se alzaran personas, sino fantasmas. Simplemente se preocupó de empuñar su espada por si un enemigo aparecía. El luchador obeso le repitió la pregunta.
— ¿Dónde están Tyl y Arrakis?
—Muertos —contestó sin pararse a procesar la información, como si lo único que pudiera salir de su boca fuera la verdad.
No supo tampoco descifrar la cara de Etamin, pero tampoco le hizo falta. Su compañero le lanzó una de sus dagas directa a la cabeza, que apenas pudo esquivar y le abrió un corte en la mejilla derecha.
—Tenías que protegerlos. ¡Sacrificarte por ellos!
Otra daga estaba preparada para lanzarse, pero ésta vez y en un acto desesperado, lanzó su espada contra el Inmortal, que se clavó en la parte baja de su vientre. Durante una milésima de segundo, los ojos de su rival pasaron de rabia a estupor, y luego perdieron completamente su brillo mientras, en un acto desesperado, intentaba empuñarla por el filo para sacar el arma de su cuerpo, abrasando sus manos por el contacto con el metal hechizado. Arrakis finalmente se derrumbó mientras Kernyx se acercó para recoger su arma.
<<Ataca como sea, con lo que sea. Todo vale mientras no mueras. Sobrevive>>
Quizás volver a ver el sol era un privilegio no reservado para él, pero desde luego pensaba intentarlo. Y solamente existía una forma.
Pudo ver un gran grupo de conjuradores luchando en formación mientras anunciaban una pequeña retirada. Supo que se trataba de uno de los príncipes reales. Braia no aparecía, pero aquellos hijos del rey de Astan eran también un objetivo. Los Inmortales debían intentar acabar con él.
No perdió el tiempo con presas mediocres y esquivó las pequeñas peleas que se amontonaban a sus costados. Los Inmortales estaban ampliamente superados en número, pero no importaba, quitando a los propios astanos capaces de conjurar, el resto no eran rivales, mucho menos los siervos.
Se abalanzó como un animal furioso que buscaba alimentarse desesperadamente. Abrió en canal las tripas de un astano y notó la sangre emanar ansiosa para bañarse en su rostro. Pudo notar como algunos enemigos, dubitativos, dieron tímidos pasos atrás al grito que anunció.
— ¡Proteged a los príncipes! — se oyó una voz. De repente comprendió que los astanos no estaban preocupados por él, sino por otro grupo de Inmortales, liderados por el mismo Than Thubal.
— ¡Acabad con el Infame!
Pero para el líder de los Inmortales aquello no parecía más que un juego. Esquivaba aquellos conjuros con una facilidad pasmosa, como un león espantando las moscas con la cola. Junto a unos pocos Inmortales, apenas media decena, se abrían paso indiscutiblemente hacia el centro de la formación enemiga. Allí, por encima de cualquier otro enemigo, sobresalían tres figuras, tiernas como un melocotón en verano y envueltas en armaduras relucientes y sin atisbo de mácula que aún no se habían bañado de sangre. Eran los hijos del rey de Astan. Uno de ellos se adelantó al resto, dispuesto a plantar cara al Infame, pero antes de poder reaccionar, el mismísimo Than Thubal lanzó su espada que se clavó como cuchillo en mantequilla en su pecho sin importar el metal que lo protegía.
El grito de los otros dos príncipes fue desgarrador. El Infame, junto al resto de su pequeña formación continuó avanzando sin temor alguno a los conjuros enemigos, por más que les sumaban bajas. Thubal recuperó su espada arrancándola del cuerpo sin vida del príncipe.
***
Joare supo lo que tenía que hacer a continuación. Aquel hombre era un demonio reencarnado, la desgracia de todo Astan. Acababa de matar a su hermano mayor y heredero del reino, Nihil. Ningún otro guerrero astano podría con él. Su única esperanza consistía en la pronta llegada de Braia. Solamente él estaba a la altura del demonio que destrozó las ciudades de Fertal y Hovro.
Entonces, aquella bestia arrancó su espada del cuerpo sin vida de Nihil y tiró su cuerpo al suelo sin miramiento, como si su hermano mayor no importara más que un trozo de mierda. Bajo aquel casco fantasmal, Joare supo que debía estar riendo como un poseído.
Instintivamente se giró a su hermano menor.
—Huye, Erri.
No hubo tiempo para discusiones, si no que se fundieron en un rápido abrazo. Su hermano no era más que un adolescente, merecía que sus días no acabaran en el filo de una espada enemiga, al menos aún no.
—Hermano, ahora tú eres el heredero. Dile a padre que Nihil y yo morimos con honor.
Sin dejar que Erri contestara, Joare espetó su caballo. No quería darle la oportunidad de replicar. Acto seguido se giró hacia el Infame, que había despachado a media decena de sus guardias.
Joare desenvainó su espada por última vez, mientras preparaba un conjuro con su mano libre.
En el momento en el que escribimos este artículo hay más de 250 personas escuchando death metal generado por una inteligencia artificial. Recibe el nombre de Dadabots, y es el resultado de un algoritmo capaz de mezclar instrumentos, voces y ritmos para generar, de forma ininterrumpida, música de este género.
Sin pausas, con un ritmo excesivo incluso para el género en el que se enmarca esta música, y con el objetivo de ser la antesala de un proyecto aún más grande. Así es esta inteligencia artificial, que ha sido capaz de crear álbumes subidos a Bandcamp, así como de lograr que más de 7.000 personas se suscriban a un canal de YouTube que emite su música en directo.
24h de death metal inhumano (literalmente)
Christopher James Carr y Zack Zukowski son dos expertos en aprendizaje automático, encargados de llevar a cabo este proyecto que lleva en marcha desde el año 2017. ¿El método? Hacer que su IA escuchase un total de 29 veces, a lo largo de varios días, Psyopus’ Ideas of Reference, un álbum de música real que combina rock duro, experimental, hardcore y heavy metal entre otros. Posterior a las escuchas, la IA trata de generar una versión similar a lo que ya ha escuchado. Por el camino de la recreación perfecta, los autores toparon con este tipo de música autogenerativa, y decidieron explotarla.
En el artículo que publicaron desde Dadabots, explican el arduo trabajo tras su IA, que ha tenido que analizar miles y miles de fragmentos musicales para aleatorizarlos, pasar posteriormente por periodos de prueba, y finalmente validarse. Para ello, se dividía cada composición en 3.200 fragmentos de ocho segundos. Tras escuchar cada fragmento, la IA debía adivinar cómo sonaría su continuación. Para esta tarea se utilizó una red neuronal SampleRNN modificada, uno de los métodos más actuales para generar audio neuronal de extremo a extremo.
Actualmente, Dadabots cuenta con 10 álbumes subidos a la red, un canal de YouTube en el que emiten en directo death metal, y la promesa de que su IA pronto será capaz de generar otros géneros, como el jazz.
28 de junio de 2003 en un chat de Internet. Dos personas mantienen una conversación hasta que uno de ellos pregunta: “¿Quieres que lo lleve al centro y lo mate delante de todos? ¿Eso es lo que quieres?”. La respuesta no se hizo esperar: “Sí”.
Menos de 24 horas después de aquel enigmático mensaje, un niño de 14 años estaba gravemente herido en un hospital de Manchester con heridas de arma blanca. Una en el tórax, más o menos leve, y otra en el abdomen, esta segunda de varios centímetros de profundidad, tanto, que le había perforado el riñón y el hígado y requirió la extracción de la vesícula biliar.
De hecho, el joven John estuvo muy cerca de morir en la mesa de operaciones del Hospital Wythenshawe, hasta en dos ocasiones. La sangre se acumuló dentro de la cavidad corporal del pequeño, restringiendo el movimiento de su diafragma, lo que detuvo el funcionamiento de los pulmones. Durante días se recostó sobre un respirador, tratado con analgésicos y antibióticos, y apenas sin poder hablar.
Una semana después, de las primeras cosas que John pidió cuando se recuperó fue ver a un psiquiatra. Mientras, la policía se encontraba en un extraño rompecabezas. Lo que en un principio parecía un intento de robo violento, carecía de sentido viendo las imágenes de seguridad del centro comercial donde se cometió el ataque.
Aquella tarde John había acudido al centro con su amigo Mark (de 16 años), de hecho, fue Mark quien quién llamó a una ambulancia después de que su amigo fuera aparentemente atacado por un tipo que vestía una chaqueta negra con capucha y vaqueros oscuros en un callejón del recinto. Sin embargo, cuando los investigadores examinaron las imágenes de seguridad, se dieron cuenta de que la historia era inverosímil.
Lo que veían: a Mark y John que desaparecían ellos dos solos por el callejón sin salida, pero en el plano no entraba nadie más, ni rastro del hombre con capucha. Poco después encontraron la prueba del puzzle que les faltaba: una cámara de circuito cerrado en la base del callejón que había registrado todo el tráfico peatonal. Cuando los chicos desaparecieron, la cámara giró y los siguió.
Tras analizar las imágenes la policía lo tenía claro: arrestó a Mark por intento de asesinato.
Horas después acudieron al hospital y presionaron a John para que contase la verdad. El chico finalmente admitiría, de mala gana y solo después de cambiar su historia varias veces, que efectivamente fue su mejor amigo, Mark, quien lo había apuñalado, aunque John dijo que no tenía idea de por qué lo había hecho.
Ni Mark ni John son los nombres reales de esta historia verídica. Las autoridades británicas quisieron salvaguardar el futuro de los menores con ambos pseudónimos. Un juicio histórico, en un caso que no había hecho más que comenzar.
Unas semanas después, la analista de la policía de Greater Manchester, Sally Hogg, parece haber encontrado algo en una sala de chats para adolescentes en MSN. Al parecer, una chica llamada Rachel había iniciado una sesión y terminaba pidiendo un asesinato a otro usuario.
Cuando los detectives examinaron los ordenadores de ambos chicos tuvieron que modificar por completo el “quién es quién” de esta historia. Tras investigar más de 58.000 líneas de texto, tan solo una fracción del total, el caso había cambiado por completo.
Meses antes del ataque, John había entrado por primera vez al chat de MSN, aunque no lo hizo bajo su propio nombre, sino como una joven adolescente de 16 años llamada Rachel W. A través de este personaje, al que le añadió una imagen falsa de una joven atractiva, se presentó a Mark, quien rápidamente pareció enamorarse de la chica, y la chica (John en realidad), se estaba enamorando de Mark.
Poco después, John emergió repentinamente en la sala de chat como él mismo (diciendo que era el hermano de Rachel), y a estos dos les siguieron otros alter egos como Lyndse, Rachel, Kevin, Dave o Janet. Estos personajes creados por John tenían sus propios problemas: una chica en apuros, un chantajista homosexual, una espía británica muy importante o un violador y asesino, y todos se registraron regularmente y charlaban con Mark, que se encontraba por aquel entonces cautivado y horrorizado por el mundo que estaba conociendo.
Estos personajes tenían deseos que se expresaban de manera franca, ardiente o amenazadora, según lo justificara la ocasión. El mundo de Mark, hasta entonces de lo más normal y marcado principalmente por la pasión al fútbol que le inculcó su padre, de repente estaba volcado en exclusividad por aquello que pasaba dentro del chat, por saber más sobre esos nuevos “amigos” de vidas tan dispares con los que hablaba a través de la pantalla.
Mark era hijo único de padres de clase trabajadora, y el joven siempre había sido educado y respetuoso. John diría más tarde a los psicólogos que Mark le había declarado que era “como un hermano”, aunque resultó que era mucho más que eso. Detrás de la pantalla del ordenador, John era la propia deidad personal de Mark.
Para el mes de abril de 2003, Mark se había enamorado tanto del personaje de Rachel, a quien John había equipado con su propia dirección de correo electrónico, que su creador se puso nervioso. Mark estaba, tal y como le dijo a John, enamorándose de la chica, tratando incesantemente de concertar una cita con ella. Había que hacer algo para prevenir el momento de la verdad, pensó John.
Como Mark descubriría poco después en el chat, Rachel, junto con su “hermano” John, se encontraban en un estado de peligro constante, amenazada con el secuestro y la violación por parte de un autoproclamado acosador homosexual llamado Kevin, el cuarto personaje de John.
Para evitar semejante tragedia, le dijeron a Mark que tenía que masturbarse frente a la cámara web, hecho que, aunque carecía de sentido en la vida de cualquier adulto, no así en la de Mark, quién acabó complaciendo al acosador.
Cuando el joven pasó por la humillante tarea de masturbarse frente a la cámara web, “Kevin” secuestró a su novia, la violó y finalmente la asesinó. Por supuesto, nada de esto estaba ocurriendo realmente, pero Mark, el chico de 16 años, ya estaba traumatizado. De hecho, John admitiría más tarde que sabía exactamente cuánto había traumatizado a Mark al diseñar la muerte de Rachel y permitir que el asesino aparentemente describiera sus últimos momentos al joven. Así fue como, devorados ambos por un mundo ficticio, apareció un nuevo personaje en el chat creado por John: Janet Dobinson, una llamativa agente del servicio secreto. Las conversaciones analizadas en la investigación ofrecían un perfil “alto” para la señora Dobinson.
Al igual que otros personajes que aparecieron en aquellos meses por el chat, Dobinson también se interesó por la actividad sexual de John a través de la cámara web.
Por aquellas fechas, tanto John como Mark comenzaron a verse físicamente, convirtiéndose en los mejores amigos. Sin embargo, en muy poco tiempo John sintió que Mark tenía muchas más habilidades sociales que él en el mundo real.
A menudo se le acercaban chicas, mientras que la destreza que John había mostrado en la red, fuera no le servía de nada. De esta forma, la mente del joven comenzó a idear un final para todo, un final donde terminaría con su propia vida. La conversación crucial en la sala de chat tendría lugar el 28 de junio de 2003 entre Mark y la “espía” Dobinson:
Dobinson: Llévalo hasta el centro y mátalo delante de todos
Mark: ¿Qué muera así, en medio de todo?
Dobinson: Sí, por favor!
Mark: pero eso es lo que pasaría..-
Dobinson: ¿Te lo preguntaría si no fuera importante?
Mark: entiendo
Dobinson: en trafford center o manchester
Mark: ¿Quieres que lo lleve al centro y lo mate delante de todos? ¿Eso es lo que quieres?.
Dobinson: si
Mark: y simplemente dejarlo morir en el centro de trafford?
Dobinson: no te quedes con él.
Mark: ¿Qué hago entonces? ¿Consigo ayuda?
Dobinson: conseguiré ayuda para ti
Dobinson: ¿Podrías apuñalar a alguien?
Mark: realmente no lo he pensado
Dobinson: bueno, piensa por favor
Mark: ok, ehmmm, bueno, he visto muchas películas
Dobinson: vuelvo en 10 minutos. Piénsalo mientras tanto
Mark: Sí, puedo. Ahí está mi respuesta
Dobinson: cambio de planes, alguien usó un cuchillo para apuñalarlo con un guante y dices que se lo sacaste
Mark: ok, pero solo tendrán un juego de huellas dactilares?
Dobinson: el otro llevaba guantes
Mark: ok
Dobinson: 6969 será el código para abortar la misión, de acuerdo?
Mark: ok Dobinson: debes parar todo con el 6969
¿Qué demonios estaba ocurriendo? Al parecer, John, haciéndose pasar por la espía Dobinson, informó a Mark que su amigo estaba deprimido y pasándolo muy mal porque tenía un tumor cerebral terminal que crecía lentamente. Aunque trágico para John, la condición del chico también tenía consecuencias devastadoras para el servicio secreto británico, que necesitaba que John muriera, explicó Dobinson. ¿Por qué y de forma tan rápida? “Ahora no estoy en una posición de decirte por qué”, le contestó Dobinson. en cambio, sí le dijo que John valía exactamente 568 billones de libras. También le explicó a Mark que en el fondo del Océano Atlántico había una “enorme caja fuerte” que contenía “las joyas más ricas del mundo”. El acceso a dicho cofre estaba disponible solo a través de John. ¿Y la combinación? La tenía en su cabeza.
Mark le preguntó a Dovinson si aquello no sería un asesinato, a lo que la “espía” le respondió que en este caso no lo era porque estaba justificado por el gobierno. Además, Dobinson le prometía recompensas extraordinarias por su servicio a la Corona: 80 millones de libras, algunos favores sexuales, y una carrera en el servicio de inteligencia cimentada con un gran contrato.
A Mark le dio el número 47600 y le ordenó “terminar” con la vida de su amigo. Unas horas más tarde, John escribía bajo su propio nombre a Mark confirmándole su condición supuestamente fatal:
Recibí una carta hoy, de mi doctor... cuando entré hace unas semanas porque estaba deprimido y me cago ... tengo un tumor cerebral, es grande.
En octubre de 2003, tres meses después del arresto y la detención de Mark, las autoridades descubrirían que alguien con el nombre de Dobinson se conectó al portátil de John con una contraseña en un momento en que solo John estaba en casa.
Sally Hogg fue directamente al fiscal con la noticia. Él, a su vez, acudió al juez Maddison. No había un solo adolescente a quien acusar en el intento de asesinato de John, había dos. El segundo era el mismo John.
Ese mes, el niño fue arrestado por la policía minutos antes de ir a la escuela. La joven “víctima” se convertía así en la primera persona en el Reino Unido en ser condenada por incitar a su propio asesinato.
Las ficciones creadas por John, entonces de 14 años, convencieron a Mark de que estaba asesinando a alguien que tenía un tumor cerebral terminal. Le dijeron que su recompensa sería dinero, un trabajo como agente del servicio secreto británico y el sexo con la espía, quien creía que era una mujer de mediana edad.
Mark se declaró culpable de intento de asesinato, recibió una orden de supervisión de dos años y se le prohibió cualquier contacto con John. John, por su parte, se declaró culpable de pervertir el curso de la justicia e incitación a su propio asesinato. Le dieron una orden de supervisión de tres años, le prohibieron cualquier contacto con Mark y le dijeron que solo debía acceder a Internet bajo la supervisión de un adulto. Por supuesto, tenía prohibido entrar a las salas de chat. Como expresó el juez Maddison del caso:
Los escritores expertos de ficción lucharán por conjurar una trama como la que surge aquí. Es asombroso tratar un caso que surge de la invención de personalidades falsas de un niño de 14 años, con relaciones imaginadas y eventos arreglados para su propio asesinato.
Luego se dirigió a Mark:
Fueron tan convincentes los personajes que te presentaron que realmente creíste que el Servicio Secreto te había reclutado para matar a tu coacusado y enfrentar las consecuencias si no lo hicieras.
Y a John:
El resultado final es que usted debe ser condenado por la ofensa extraordinaria de incitar a otra persona para asesinarlo y una ofensa adicional de pervertir el curso de la justicia.
Maddison agregó que, en circunstancias normales, los delitos cometidos habrían resultado en penas de prisión extremadamente largas. “Pero estas no podrían describirse como circunstancias normales, jamás. Cada uno de los chicos fue víctima del otro”, dijo el juez.
El caso no solo supuso una histórica interpretación de las acusaciones en el país, también fue la primera piedra para que las autoridades comenzaran una serie de acciones de monitoreo estrictas en los chats del país. Aquel 2004 en Reino Unido tuvieron constancia de algo que se ha ido repitiendo con el paso de los años: la doble cara de las redes sociales para los más pequeños y el foco que hay que poner cuando aún están en ciertas edades.
Según un estudio de Cornell, frente a la empatía virtual con los “nuevos” amigos online, las herramientas de socialización que aprenden, la diversidad o incluso la mejora de la autoestima, surgen otros desafío con los que un crío quizás no debería lidiar. La adicción, distracción o engendrar el narcisismo a tan temprana edad puede acabar en cóctel explosivo como el caso de Manchester.
¡¿Qué tal?!
Vengo dándome cuenta desde hace cosa de un año de algo que me trae quebraderos de cabeza.
Veréis, fue en abril del año pasado cuando autopubliqué mi novela. Desde entonces, he oído de todo sobre ella (en general para bien, ¿vale? XD), pero uno de los apuntes más recurrentes ha sido el de... «He encontrado faltas de ortografía».
La cosa es esta: las hay, obviamente. Le dediqué cinco meses de correcciones ortotipográficas y, en menor medida, estilísticas por mi cuenta, ya que un profesional podía bien salir por mil euros dado que son 167000 palabras, pero siguen encontrándose faltas. Poquísimas. No he visto más de cinco, en realidad. No soy un profesional pero, conociendo las normas y prestando atención, todo esto se puede solventar en las revisiones. Y cuando alguien me dice que las ha visto, tampoco sabe decirme más de las cinco que ya se conocen... Por lo que no es, para nada, un mal resultado.
Aun así, sigo sintiéndome mal cuando veo esas faltas ahí y estoy trabajando en una reedición de cara a cuando se agoten los ejemplares que faltan de la segunda tirada (ya son menos de 10, debería ponerme las pilas...).
¡Pero! Y hay un pero... La cosa es que últimamente, como vengo diciendo al inicio del texto, he leído libros editados por las mejores editoriales españolas que, con diferencia, tienen muchísimas más faltas de ortografía que mi novela. Hablo de Minotauro, Alamut, Insólita, Alfaguara... Casi siempre son errores de puntuación, eso sí, nada grave. Sobre todo a partir de la mitad del libro. Quizás la persona encargada de corregir se cansa pronto de su labor...
Al margen de compartir esto con vosotros, lo que quiero decir, si es que quiero decir algo al final, que tampoco lo sé muy bien... Es que cuando vayáis a presentar vuestro relato o novela a un concurso o editorial, no os dejéis la vida en arreglar todas esas normas de puntuación y ortografía. ¡O sí, qué sé yo! Presentad algo respetable, pero sabes que autores ganadores del premio Minotauro, por ejemplo, cometen los mismos errores al escribir que la mayoría de nosotros (remarco lo de la ortografía, nuevamente, ¿eh? Quizás en calidad narrativa y originalidad todavía nos puedan llevar alguna ventaja, no sé).
Otra cosa es que querías autoeditar vuestros trabajos. En ese caso... ¡por Hércules! Una buena maquetación y presentación del mismo.
Este es un relato para un reto mensual antiguo, con limite de 2500 palabras y la norma de abajo.
Norma: "La mujer de la imagen debe ser un demonio, pero quiere dejar de serlo"
La Streshee avanzaba a pie firme por el bosque que llamaban Hueco, sin guía ni destino claro. La espada larga no era lo que le daba esa firmeza, sino un corazón vacío y un deseo de venganza.
Su vista llevaba la delantera. Clavados allá delante, su ojo celeste y su ojo blanco, aparentemente ciego, escudriñaban entre las cortezas de las hayas y los robles. No veía con ellos otra cosa que más hayas y más robles.
Continuó, sabiendo que ello no duraría para siempre.
Y no duró. Al acuclillarse frente a la huella de un ciervo solitario captó un movimiento fugaz a la izquierda. Una sombra. De inmediato torció la cabeza y miró, en vano. O no, no en vano: supo que iba por buen camino. Se levantó y frotó los guantes para limpiar la tierra adherida a ellos. Entonces tomó del ronzal a Penumbra y la impulsó a seguir.
Su tenacidad se vio asediada por una sensación común en ella, una que le decía que el peligro crecía con cada paso que daba. Más de una vez divisó esa sombra escurridiza, y una vez oyó una voz, un susurro que le dijo que se fuera. Su respiración se mantuvo en todo momento tranquila, y sus botas de caña alta siguieron turnándose para pisotear la tierra desnuda y llevarla a lo profundo del bosque.
Llegó algún tiempo después. Las ruinas de una construcción le dieron la bienvenida. Era de piedra, aunque esta ya casi no se atisbaba bajo el manto musgoso y las enredaderas que caían en cascada desde lo alto de la muralla. El arco de entrada ya no era tal, pues le faltaba la curva superior, aunque las puertas de gruesa madera que tenía debajo seguían intactas. Elevándose de todo, intentando escapar del imparable avance del bosque, una atalaya parcialmente destruida le dijo que se trataba de un viejo castillo.
La Streshee empujó las puertas y avanzó. Un caminito de piedra nacía bajo sus pies e iba hasta unos escalones que llevaban a la puerta del alcázar, treinta metros por delante. Junto al sendero el pozo del agua estaba siendo tragado por la hierba. A la izquierda, la entrada a la torre era una boca negra; en el lado contrario, una casucha de madera sin techo y carcomida por los insectos servía de apoyo a un árbol tan torcido como siniestro. Al llegar hasta el pozo y atar las riendas de la yegua al travesaño sintió un roce detrás de ella; cuando volteó con el puñal listo para defenderse oyó una puerta cerrarse. Suspiró.
Entonces sus ojos se posaron en el muro del bastión, entre el musgo y por encima de una portezuela de madera se adivinaba una enorme pintura blanca y unas letras que se superponían a ésta. Sin guardar el arma fue hasta allí, y por tener su vista clavada en la pintura tropezó con algo. Cuando se incorporó y echó un vistazo al obstáculo, no vio otra cosa que un muerto: la armadura lo delataba como un soldado, y el estado del acero y un rostro aun con algo de carne como un muerto medianamente reciente. Volteando de nuevo hacia el muro, pero esta vez mirando el trecho que la separaba de él, la Streshee vio al menos una decena de guerreros marchitos. Y entre todos ellos, una muñeca de trapo.
Se valió del puñal para descubrir el muro. Pudo entonces apreciar la pintura. ‹‹Aquí habita el Infame››.
—Tantas muertes y para nada, por servir a una Diosa que no existe —dijo en voz alta.
—Los humanos deben creer en algo, aunque ese algo no exista y los lleve a la muerte —le respondió mentalmente Hildrion, el ser con quien compartía su cuerpo.
Por sobre esas pocas palabras destacaba otra, escrita con el rojo de la sangre:
VÁYANSE.
La Streshee se concentró en la trampilla. La madera tenía refuerzos de metal y en ella se adivinaban hendiduras y grietas hechas por golpes fuertes. Golpes desde el otro lado. A los pies, medio enterradas, dos mitades de una misma cadena de gruesos eslabones serpenteaban entre la hierba.
Asintió para sí misma, fue hasta la yegua y sacó de las alforjas una antorcha. No demoró en encender un fuego que la alimentara. Ya frente al muro otra vez, desenvainó la espada de Hildrion, el Heraldo. Luego abrió la portezuela y entró.
Pronto se vio bajando por una escalera estrecha, poco empinada. La luz anaranjada fue marcándole escalones de piedra pulida, desgastada, en peores condiciones a medida que descendía. La oscuridad parecía huir de ella hacia abajo y al mismo tiempo perseguirla desde arriba.
Contó setenta escalones.
Halló un único pasadizo que seguir, del final llegaba una luz tenue y temblorosa; con los sentidos alertas lo recorrió de principio a fin. Entonces se abrió ante ella una estancia pequeña, de piedras desiguales, de musgo y humedad, de barrotes oxidados; una celda nimbada por el fuego de una antorcha penitente. Del otro lado de la reja una joven se hallaba sentada de espaldas a ella, encorvada por el peso de la angustia. A su lado una flor de pétalos blancos nacía de un cuadrado de tierra desnuda; la contemplaba.
—¿Hola?
Su voz áspera no causó ningún efecto. La prisionera se adelantó y devolvió al cuadrado unas motas de tierra huidizas.
La Streshee probó la verja de la celda. Cerrada.
—Muchacha, ¿acaso no quieres salir de esta celda? ¿Sabes dónde está la llave?
No obtuvo respuesta, pero no la necesitó. Un sutil brillo le llamó la atención. Era la llave, al alcance de la mano de la muchacha, pero no de la suya.
—¿A qué le temes?
Ante otra nula respuesta, la Streshee dejó la antorcha, envainó la espada y se quitó los guantes. Con las manos desnudas rodeó los barrotes, enseguida sintió un intenso calor en ellas. Vio brotar un hilo de humo de los barrotes, que enrojecían, primero los que encerraba directamente, luego los vecinos y las uniones horizontales. Entonces empujó, doblando el metal hasta que se abrió un hueco. Encorvó la espalda y pasó.
Lentamente se acercó a la joven, le apoyó una mano en el hombro y se súbito sintió un choque, una sensación que la obligó a retirar la mano. Energía maligna, lo supo, pero en el fondo encerraba una voz que pedía auxilio.
No atinó a reaccionar. La muchacha se volvió con la velocidad de una culebra, la apartó de un empellón y gritó con todas sus fuerzas. Fue un aullido largo y espantoso, y la Streshee se vio obligada a llevarse las manos a las orejas y apretarlas contra su cabeza. El grito se alargó más allá del instante que tardó la joven en perderse en la oscuridad del pasadizo.
Aturdida se lanzó corriendo tras ella, sabiendo que podría encerrarla ahí abajo. Fue en vano, no la alcanzó antes de que llegara a los escalones. Pero no la encerró.
Salió justo a tiempo de verla entrar a la torre. Soltando una maldición, encendió otra antorcha antes de ir tras ella. Ya lista, se dejó engullir por la boca negra y se sorprendió cuando vio escalones que descendían en espiral. Con la antorcha elevada sobre la cabeza y la espada por detrás del cuerpo los recorrió de principio a fin. Esta vez no los contó. Fueron muchos giros.
La escalera desembocó en una puerta de hierro. A los pies yacían huesos humanos entre piezas de armadura, ni un solo trozo de carne quedaba en ellos; la ropa que alguna vez vistieron estaba ahora pegada al suelo de piedra. La Streshee buscó y halló una llave entre los restos, consiguió que encajara en la cerradura de la puerta.
Empujó y entró.
La habitación era pequeña. En el centro, solitaria, se erigía una silla de respaldo alto, atravesada por correas de cuero y aferrada al suelo con pernos de hierro. Alrededor, contra las tres paredes, se apoyaban muebles y estantes repletos de frascos, botellas y artilugios de los más extraños.
—Tú no eres un soldado.
La voz no era la de una muchacha, sino una profunda, muy grave. Se sobresaltó, no la veía en ninguna parte.
—Lo fui —respondió.
—Tampoco un Sacerdote de la Diosa.
Era imposible que lo fuera, pues solo aceptaban hombres. Aunque bien tenía en claro que con el cabello corto confundía a cualquiera.
—Tampoco —dijo.
—Pero como ellos vienes a matarme. —La muchacha se levantó desde detrás del respaldo y la miró con sus ojos enrojecidos—. La diferencia es que tú sabes qué soy en realidad, de alguna manera pudiste verlo al tocarme. Y yo sentí en ese contacto una energía también, una muy poderosa, aunque contenida. Una energía opuesta a la que me recorre por dentro. Tú eres un Heraldo.
—Yo sólo soy una mujer que comparte su cuerpo con un ser al que no comprende, al igual que la muchacha a la que tu relegas, demonio. La diferencia es que yo lo acepté por mi propia conveniencia, y tú lo has usurpado.
—No es una diferencia considerable, a fin de cuentas. —El demonio se adelantó y tomó asiento.
La Streshee no retrocedió. Dijo:
—Hay una gran diferencia, y es que ella lucha por liberarse. De alguna manera te ha traído aquí, a su antiguo hogar, y con ello te ha ganado terreno, ¿cierto?
—Una porción muy ínfima. Ridícula. Mi poder es demasiado para ella.
—Lo es. Pero ese poder me ha atraído a mí.
—¿Y eso debería intimidarme?
—Debería, sí.
El demonio rio.
—Pues no lo hace. He sobrepasado los cien años en este cuerpo, ya no hay nada que pueda matarme a mí, o a la muchacha. Ni tampoco separarnos.
—Si es cierto lo que dice, debe ser un arbetein —dedujo Hildrion en su cabeza—. Son inmortales, pero no es necesario matarlos para vencerlos.
La Streshee envainó la espada, arrojó al suelo la antorcha, de la funda de su cinturón sacó una especie de cetro, de treinta centímetros de largo, en cuyo extremo se veía la efigie de un grifo sentado sobre una base triangular, con el pico abierto y las alas desplegadas.
—Muchos artilugios y pócimas han probado conmigo —dijo el demonio abriendo los brazos.
La vagabunda avanzó adelantando el cetro, la criatura no se inmutó. Un paso más, dos pasos, tres, se detuvo. Sus ojos se cruzaron, se anticipó una refriega. La bota izquierda de la Streshee se separó del suelo para dar el cuarto paso, la criatura se alzó de repente en un salto que alargaba un brazo armado.
Entonces los ojos del grifo se encendieron en un haz de luz que cegó y frenó a la criatura, y la Streshee se abalanzó sobre ella y con fuerza le apoyó su mano izquierda en el rostro. La marca que tenía en el dorso comenzó a brillar, y el brillo se fue extendiendo primero por toda la mano y luego al propio rostro del demonio, que con la boca y los ojos muy abiertos no podía reaccionar.
El ojo ciego de la Streshee fulguraba.
Una corriente de imágenes la asaltó. Vio a una niña sentada en el regazo de un hombre sonriente que jugaba con su nariz. La escena cambió y la niña se halló sentada bajo un manzano, acomodando el cabello de una muñeca de trapo, el mismo hombre apareció y ella corrió hacia él con los brazos abiertos y una sonrisa. Luego vio a la niña, ya más crecida, espiando por el ojo de una cerradura, y enseguida pudo ver lo que ella observaba: a ese mismo hombre, tembloroso, de pie frente a un anciano encorvado por la edad y la profanación, y en medio de ellos, naciendo de un símbolo dibujado en sangre, una criatura incorpórea que se avivaba y se apagaba como un fuego quejumbroso. La imagen cambió repentinamente, y la niña y la Streshee no vieron ya ni al viejo ni a la criatura, sino tan solo al hombre tembloroso, en la misma habitación pero de pie frente a un espejo y aferrando un cuchillo cuya hoja a punto estaba de tocar su ojo. Entre vacilaciones, el hombre se dio por vencido y bajó el cuchillo. Y entre llantos la niña dejó de mirar.
Los sentidos de la Streshee volvieron a la habitación de la solitaria silla. Separó su mano del rostro de la muchacha, que tosía y se ahogaba, y tomándola de los cabellos la arrastró hasta sentarla. Pronto se encargó de ajustar los correajes alrededor de los brazos y las piernas.
Retrocedió dos pasos y se sentó en la fría piedra.
—Entiendo por qué el demonio se adueñó de ella —dijo Hildrion—. Ese hombre era su padre, lo has visto tratando con el arbetein. Es claro que recibió algo, y es claro que no lo correspondió. Y el demonio se vengó. Ahora, para liberarse, ella debe darle por propia voluntad lo prometidopor su padre: sus ojos, su vista.Para ello…
—Lo sé, Heraldo. La cuestión es cómo.
La muchacha dejó de toser y la miró, sus ojos tenían el brillo de la humanidad.
—La flor —dijo. Su voz era ahora dulce—. Cerca de la flor tengo más poder sobre él. Ayúdame, tráela hasta mí y haré lo que sea para vencerlo. Ayúdame, estoy cansada. Ayúdame.
La muchacha comenzó a retorcerse, a chillar, las correas de cuero se estiraron bajo la fuerza de su cuerpo y la silla bailó sobre las planchas de hierro y los pernos que la sujetaban al suelo.
La Streshee se levantó y se fue. A su espalda, el demonio siguió luchando por soltarse.
Volvió a subir hasta el patio del castillo, y volvió a bajar hasta la celda. La flor tenía que ser la clave, su estado demostraba que no era mundana. Ahora ella entendía por qué la muchacha no lo atacó y optó por correr, fue a ella a quien tocó en el hombro, no al demonio.
Se acuclilló junto al cuadrado de tierra desnuda y contempló la flor de pétalos blancos. Zumbaba, y brillaba, la atraía, la llamaba. Desenfundó el puñal y lo acercó poco a poco al tallo, pero se arrepintió. No quería hacerle daño. Bajó el arma, acuchilló la tierra, cavó. A la vista quedaron las raíces, metió el puñal debajo e hizo palanca hacia arriba, una raíz se cortó, luego otra y otra. Quedó una. A continuación rodeó el tallo con su mano izquierda, y al hacerlo una corriente de energía le recorrió el brazo. No se detuvo, cortó la última raíz y poniéndose de pie tiró hasta que separó por completo la flor del cuadrado de tierra.
Entonces miró a su alrededor. Ya no había piedras desparejas, musgo ni humedad, no había barrotes oxidados. Estaba en medio del bosque. Giró sobre sus pies, mientras sus ojos buscaban el pozo del agua, la atalaya, el alcázar. No los halló. Pero sí a la muchacha, sentada en la silla, la cabeza reclinada sobre el pecho, y a su alrededor yacían los guerreros muertos. Corrió hacia ella, se detuvo a un paso de distancia, la muchacha levantó la vista y la miró. Sus ojos no tenían el brillo de la humanidad, pero tampoco el reflejo de la maldad del demonio. Estaban blancos. Ciegos. Huecos. Y de pronto una sombra, detrás de ella, se perdió entre las hayas y los robles dejando a su paso el eco de una carcajada.
He abierto este hilo a ver qué opináis los demás. El tema surgió entre Daghdha y yo, y creo que es, con respecto a la saga, interesante. A saber, hay ciertas cosas entre la relación de Ciri y Geralt que me parece que en un principio apuntaba hacia una dirección completamente distinta de lo que al final hizo Sapkowski, creo que apuntaba a que ambos fueran pareja. Cierto que el brujo la ve como a una hija, pero esto hubiera podido cambiar. Sin embargo, Ciri tiene cosas que me extrañan. ¿Mis razones? A continuación:
1. Ciri nunca ha llamado papá a Geralt, así como llama mamá a Yennefer.
2. ¿Qué significa que Ciri es el destino de Geralt? Si en definitiva acaban separados. Entiendo que ser el destino de alguien es otra cosa, la verdad.
3. Ciri siempre se siente celosa de las mujeres que muestran interés especial por Geralt (Triss, Frigilla), con excepción de Yennefer y porque no les ve en actitud cariñosa.
4. Ciri no duda en desobedecer a Yennefer por ir a ver a Geralt antes de ingresar supuestamente en la escuela de hechicería.
5. ¿A qué se refiere Tres Grajos cuando les dice a Geralt y a Yennefer "Estáis hechos el uno para el otro, tú y el brujo. Pero no saldrá nada de todo ello. Nada. Lo siento."? ¿Que no tendrán hijos o que su relación no prosperará?
6. La forma en que recrimina a Yennefer sus lágrimas por Geralt y la inutilidad de su magia en La Dama del Lago. Me pareció algo muy cruel en esa circunstancia, a no ser que, ante la inminente muerte del brujo y su desesperación, no pudiera evitar dejar salir a quién de los dos prefería.
Se llama Behind the Curve, documental que emite Netflix sobre la “búsqueda” incansable de los terraplanistas por demostrar que la tierra es plana. Los dos minutos finales definen perfectamente el surrealismo de la función. Un experimento con una linterna debía darles la razón.
“La ciencia está teniendo problemas para combatir lo que hacemos”, dice el youtuber y tierraplanista Mark Sargent al principio de Behind the Curve, citando el hecho de que puede ver los rascacielos de Seattle desde la casa de su madre en Whidbey Island, cuando “deberían estar escondidos detrás de la curvatura de la Tierra”.
Sargent es uno de los iluminados del movimiento, probablemente de los más activos. “La razón por la que estamos ganando contra la ciencia es porque ellos nos lanza las matemáticas como única fuente”, dice el youtuber en otro momento. Sargent y otros defensores de una Tierra Plana creen que nuestro planeta está cubierto por una gigantesca cúpula, con el sol y la luna girando en círculos sobre nuestras cabezas.
“La Antártida no es un continente unificado, sino un gigantesco muro de hielo, como dice Juego de Tronos”, explica Sargent, “que rodea los continentes de la Tierra”. En el documental también se dejan ver teorías que hablan del continuo descubrimiento continentes adicionales, “más allá del muro”.
Sea como fuere, Behind the Curve se adentra en esa mentalidad que propaga proposiciones dogmáticas y no científicas como la Tierra Plana, incluido lo que sucede cuando sus conclusiones preconcebidas son cuestionadas por su propia evidencia experimental.
Por ejemplo, uno de los momentos más destacables se produce cuando Bob Knodel, uno de los anfitriones de un canal de YouTube muy popular sobre el movimiento, guía a los espectadores a través de un experimento que involucra un giroscopio láser.
A medida que la Tierra gira, el giroscopio parece inclinarse fuera del eje, manteniéndose en su posición original a medida que la curvatura de la Tierra cambia en relación. “Lo que encontramos es que, cuando encendimos el giroscopio, descubrimos que estábamos captando una deriva. Una deriva de 15 grados por hora”, dice Knodel, reconociendo que el comportamiento del giroscopio confirmó exactamente lo que esperarías de un giroscopio en un globo giratorio.
Y luego continúa, “obviamente nos sorprendió. Wow, eso es un problema. Obviamente, no estábamos dispuestos a aceptar eso, así que comenzamos a buscar formas de refutarlo, en realidad estaba registrando el movimiento de la Tierra”.
El giroscopio láser luego se descubre que es un dispositivo de 20.000 dólares que lograron embaucando a varias personas. A pesar de intentarlo con otros experimentos, el giroscopio se comporta de manera consistente, como si la Tierra “fuera” redonda.
Pero si hay un momento cumbre en este documental se produce justo al final de la producción, en la escena donde tiene lugar el denominado como “experimento de la luz” con el coanfitrión de Knodel, Jeran Campanella.
Su primer intento se hace imposible porque estaba a demasiada distancia, así que Campanella cambia a un experimento similar, aunque algo más “casero”. Con una linterna en vez de un láser.
Si la luz necesita elevarse a una altura diferente de los agujeros, esto indicaría una curvatura, invalidando que la Tierra es plana.
Campanella observa cuando la luz se activa a la misma altura que los orificios, pero la luz no se puede ver en la pantalla de la cámara. “Levanta tu luz, muy por encima de tu cabeza”, le dice Campanella a su compañero. Entonces sí, la luz aparece inmediatamente en la cámara.
“Oh, interesante”, dice Campanella. “Eso es interesante”, momento en que el documental termina.