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  Concurso Mensual II: Los gremios
Enviado por: Joker - 18/05/2016 06:05 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

Unos insistentes golpes en la puerta me despertaron de mi sueño plagado de pesadillas. En cierto modo fue un alivio, aunque no lograba recordar sobre que había sido. Un nuevo golpe me sacó de mi ensimismamiento. ¿Qué narices? ¿Es que no saben que existe el timbre?
Con un gruñido, me levanté de la cama y me asomé a la mirilla de la puerta. Al otro lado se encontraba un hombre bajo y con una calva incipiente que se movía incesantemente, cambiando el peso de un pie al otro, mientras echaba ojeadas hacia atrás.
— ¿Se puede saber qué quieres tan temprano, Yisus? —dije antes de que volviese a golpear la puerta, mientras quitaba los cierres de seguridad de la puerta y la entreabría ligeramente.
— ¿Es que todavía no te has enterado? —Contestó el pequeño hombrecillo, mientras se abalanzaba hacia la puerta— ¡Ha vuelto a pasar! Déjame entrar de una vez, idiota.
Con una sorprendente fuerza para un hombre de su complexión, empujó la puerta, conmigo todavía apoyado contra ella, y la cerró a su paso echando los cerrojos con manos firmes y rápidas.
—No deberías ser tan confiado, Nick. Bien sabes lo que está pasando.
—No seas melodramático, Yisus. ¿Qué quieres, que me oculte bajo tierra? —Dije mientras ocultaba un bostezo—. Además, no sé lo que está pasando, nadie lo sabe, ahí está el problema.
—Yo te diré lo que está pasando, uno de esos malditos magos de sangre se ha vuelto loco y, o bien su gremio lo está encubriendo o es lo suficientemente poderoso para evitar que lo detecten —dijo, retorciéndose las manos, moviéndose por mi pequeño apartamento, como comprobando que no hubiese nadie más. ¿Es que acaso pensaba que el asesino se estaba ocultando en mi casa sin que yo lo supiese?
—No vayas por ahí soltando más rumores de los que ya hay, amigo mío. Los gremios están bastante nerviosos sin tu intervención.  
—Y no sabes la mitad de ello. La última víctima ha sido un mago rojo —dijo Yisus, observando mi reacción por encima de sus gafas—. El gremio ha convocado una asamblea y esperan que acudas. Y cuando digo “esperar”, es más bien “mueve el culo hasta aquí”.
Me quedé anonadado, mi mente funcionando a mil revoluciones, sopesando esta información. Los magos rojos eran expertos en magia de combate, especialmente magia de fuego. Al contrario que otras disciplinas, no necesitaban tanta preparación ni elementos externos para usar su magia. Conseguir acabar con uno de ellos, con el estado de alerta actual en la comunidad…las cosas se estaban poniendo realmente feas.
— ¿Y qué se quiere conseguir con esta asamblea?
—Y yo qué sé, quizás nos den clases de defensa personal —dijo el hombrecillo dirigiéndose a la puerta. Antes de salir, me puso las manos en los hombros y me miró directamente a los ojos—. Aunque no te guste el gremio, no puedes ignorar la situación. La asamblea es a media noche, no llegues tarde.
Con esto, cubriéndose con la gabardina y la bufanda, bajó las escaleras y se alejó del edificio a toda prisa.
La situación parecía más preocupante de lo que había supuesto, si hasta se habían tomado la molestia de enviar a Yisus para asegurarse de que acudiría a la reunión.
Intentando despejar mi mente, decidí que sería una buena idea ir a mi laboratorio y trabajar un poco. Así pues, me desplacé hasta mi tienda en el centro de la ciudad. Si bien no parecía gran cosa desde fuera, mis habilidades me habían reportado cierta fama en la ciudad y el negocio iba muy bien.
Extremando precauciones, incluso había instalado un sistema de seguridad de última generación. Aunque lo que realmente quería guardar no era la tienda que se veía desde el exterior, sino mi laboratorio que se encontraba en un sótano oculto, protegido por salvaguardas mágicas que me habían llevado años montar. Los materiales que guardaba allí eran el trabajo de una vida y algunos eran extremadamente peligrosos; incluso tenía algo de uranio empobrecido, por lo que todas las precauciones eran pocas.
Intenté enfocarme en el trabajo, pero la visita de Yisus y los recientes acontecimientos no dejaban de distraerme. Si bien los materiales y el poder eran esenciales, no se podía lograr nada sin una concentración absoluta. Así pues, decidí aprovechar mis preocupaciones y hacer unas pociones de defensa y potenciación del cuerpo, solo como precaución.
Cuando quise darme cuenta, ya se había hecho de noche. Con las pociones listas, me di una ducha rápida y me dirigí a la reunión de la asamblea, asaltado de nuevo con las lúgubres ideas que el trabajo había conseguido alejar temporalmente.
La sede del Gremio en Atlanta era un impresionante rascacielos que se elevaba sobre los edificios adyacentes como una lanza de plata. Al acercarme, era imposible no sentir admiración por el complejo, con su entrada cincelada en mármol e iluminada por docenas de luces que rodeaban el lugar y le otorgaban un aspecto misterioso y sobrecogedor.
Pero incluso aquí se notaba la incertidumbre que rodeaba a toda la comunidad mágica últimamente. Guardias armados, en grupos de dos, estaban repartidos por el lugar, y si mis suposiciones eran correctas, muchos de ellos serían además magos blancos o rojos camuflados.
Conduje mi coche al parking del edificio, donde tuve que pasar por varios controles de seguridad antes de que se me permitiese la entrada. Una vez en el interior, volvieron a pararme delante de la sala de conferencias.
—Lo sentimos, señor, pero debe identificarse —dijo uno de los dos guardias que protegían la entrada a la asamblea.
— ¿Identificarme? Pero si no he hecho otra cosa desde que he llegado. ¿Qué piensan, que de camino desde el coche hasta aquí he creado una bomba o algo por el estilo?
—Debe entender las medidas de seguridad, señor —dijo el guardia, algo fastidiado—. Ahora, si tiene la bondad —dijo mientras sacaba un pequeño cuchillo de plata— necesitamos una prueba de sangre para confirmar su identidad.
Me lo quedé mirando, estupefacto. ¿Prueba de sangre? Desde luego se habían vuelto completamente locos. Si eso fuese a caer en las manos de un mago de sangre o un mago blanco…
— ¿Acaso habéis perdido la cabeza? ¿Pensáis que soy un doppelganger o algo así? —dije esperando ver reacción en el otro guardia pero solo parecía aburrido. Di un paso atrás, instintivamente.
—Lo siento, señor, pero son órdenes del Consejo. No se preocupe, la sangre será tratada con mucho cuidado y podrá recuperarla una vez termine la reunión.
Con los nervios a flor de piel, miré alrededor. Había más guardias, mirando hacia nosotros desde el final del pasillo, alertados seguramente por mi tono de voz.
—Parece que no tengo elección, ¿verdad?
El cuchillo me hizo un pequeño corte en la mano mientras miraba al guardia, con lo que esperaba fuese un gesto amenazador, cuando se me congeló el corazón al sentir que la herida se cerraba por si sola. El maldito guardia era un mago de sangre. Fantástico. La sangre, por cuenta propia, se metió en un pequeño frasco que guardaba el mago en el cinturón.
—Gracias por su colaboración. Ya puede pasar.
— ¿No necesitas una muestra de orina también? Porque no tendría mucho problema en suministrarte una ahora mismo —dije antes de poder evitarlo. Maldita bocaza.
Antes de soltar alguna otra gracia y que el mago me hirviese la sangre de las venas por listo, pasé por la puerta. Solo había estado un par de veces en la sala de la asamblea. La primera vez, cuando mi abuela me trajo para introducirme al gremio y registrarme oficialmente como su aprendiz. La segunda, cuando fui promovido a maestro; pero seguía pareciéndome impresionante.
El anfiteatro estaba hecho de madera de roble con incrustaciones de plata y oro, rodeando una mesa central donde los miembros del consejo hablarían a los magos reunidos. La sala, por increíble que pudiese parecer, estaba casi repleta.
Más de quinientos magos del gremio de alquimistas se encontraban ya en sus puestos; estos se asignaban en relación a la antigüedad y méritos de sus miembros, es decir, cuanto más cerca de la mesa central te encontrases, mayor era tu importancia dentro del gremio.
—Vaya, las cosas realmente deben estar yéndose al infierno si hasta tú te presentas por aquí —dijo una voz de mujer detrás de mí—. ¿Te han cacheado bien a la entrada, o solo me ha pasado a mí?
Al girarme me encontré con la sonrisa pícara de una mujer joven, de pelo oscuro y piel olivácea. Vestía un conjunto sencillo de chaqueta y pantalón, con tacones altos. El corazón me martilleaba rápidamente.
—Me parece que eso solo te ha pasado a ti —dije mientras le devolvía la sonrisa—. Aunque puedo entender el motivo.
—Siempre es un placer volver a verte, Nick —soltando una risita cantarina, se acercó a darme dos besos. Joder, que bien huele. ¿Jazmin, quizás?
—Veo que han convocado a todo el mundo —dije, mientras intentaba despejar mi cabeza de la embriagadora presencia de Amanda—. ¿Sabes tú algo de lo que van a comentar en la asamblea?
—Bueno, seguro que tiene que ver con el “Vampiro”, pero aparte de eso…—en ese momento las puertas laterales se abrieron y una veintena de magos y magas entraron en la sala—. Supongo que ahora lo averiguaremos, ¿no?
Despidiéndonos, fuimos a ocupar nuestros respectivos lugares. Yo, por mi parte, tenía una posición lo más alejada posible del centro. En el pasado he discutido algunas de las políticas internas y se me considera como la “oveja negra” por haber compartido algunos de mis secretos fuera del gremio para patentar medicamentos y otros remedios. Como no pueden destituirme de mi posición como maestro tras haber demostrado mi habilidad, reducen al máximo mi influencia entre el resto de magos. Además he tenido dificultades para encontrar ciertos materiales para mis experimentos, cortesía también suya, sin duda, aunque nunca lo admitirían.
El consejo se instaló en la mesa central, rodeados de una guardia de magos con capas blancas. Varias cámaras se habían dispuesto para grabar la reunión, aisladas en las esquinas para que la energía de los allí reunidos no afectase a su funcionamiento. Ahora que me fijaba, había magos blancos rodeando la sala entera. ¿Qué demonios pasaba? ¿No deberían encontrarse en el exterior?
— ¡Atención, hermanos! —dijo El Gran Maestre, líder del consejo, mientras repicaba con su mazo. Cada golpe resonaba por toda la sala—. Os hemos convocado a esta asamblea por la agitación que ha despertado el asesinato de varios miembros de la comunidad de magos. Hay muchos rumores y el misterio, en este caso, es nuestro enemigo —se notaba que era un orador consumado. En la sala no se oía ni un solo ruido y su voz era clara y fuerte.
»La realidad hermanos es que, en poco más de tres meses, el llamado “Vampiro” ha asesinado a casi una docena de personas, que nosotros sepamos. Entre ellos se encuentran al menos seis magos. Dada la estadística, es poco probable que esto sea obra del azar —con esta afirmación se oyeron algunos murmullos del gentío. Supongo que no todos tenían a Yisus para mantenerlos informados. El mago dio unos segundos para que los cuchicheos cesasen.
»Las víctimas, como ya sabréis, mostraban una gran pérdida de sangre. Nuestros compañeros de los otros gremios, y nosotros mismos, hemos analizado los cuerpos y hemos comprobado que, además de la sangre, se les había drenado la magia del cuerpo —a esto siguió una serie de exclamaciones por parte del público y gritos. El martillo volvió a resonar en la sala y los gritos fueron remitiendo.
»Se están llevando a cabo investigaciones internas en cada gremio, incluido el nuestro, y por este motivo esperamos vuestra plena colaboración. No podemos descartar que se trate de un mago no registrado, por lo que todos vosotros debéis aumentar las medidas de precaución y evitar moveros en solitario. Los magos blancos están peinando las calles y, os puedo asegurar, que pronto daremos con el culpable.
»Aquellos de vosotros que lo solicitéis, podéis quedaros en el complejo. Se han habilitado habitaciones hasta que la situación haya sido resuelta —con un ademán, todos los miembros del consejo se levantaron—. Buenas noches a todos.
Y con estas palabras se retiraron. Los magos empezaron a discutir entre ellos y rápidamente se formó un tumulto de voces, gritos y gestos airados. La habitación parecía palpitar con las emociones y la magia. Con la cabeza dándome vueltas, me dirigí a la salida, cuando Amanda me alcanzó.
— ¿Te lo puedes creer? Nos han hecho venir a todos hasta aquí ¡solo para contarnos lo que ya sabíamos! —dijo la hermosa mujer mirándome a los ojos.
—Supongo que lo han hecho para mantener a raya los rumores y poner al gremio en guardia, pero aun así…hay algo raro en toda esta situación —dije, pensativo, hasta que noté la mano de Amanda en mi brazo.
—Tendrás cuidado, ¿verdad? Eres uno de los pocos que trabajan fuera del gremio —dijo, muy cerca de mí. ¿Debería besarla? Dios, que hermosa es.
—Ya me conoces. ¿Cuándo no tengo yo cuidado?
**
Repasaba la reunión de camino a mi apartamento cuando tuve el presentimiento de que me estaban siguiendo. No es que los viese, per se, pero con el tiempo había aprendido a confiar en mis instintos. Además, gracias a la alquimia, había conseguido aumentar ligeramente mis sentidos. Ahora, haciendo uso de ellos al máximo, pude oír unas pisadas a unos doscientos metros detrás de mí.
Con el estómago revuelto por el miedo, intenté no variar el ritmo de mis pasos para no alertar a mis perseguidores. Al girar en la siguiente esquina, corrí lo más rápido posible. Pensando furiosamente, hice inventario de todo lo que podía usar. Llevaba conmigo dos pociones, una para aumentar mi fuerza física temporalmente y otra para protegerme de la magia, pero no iba a usarlas hasta que no hubiese otra opción. Si bien las pociones eran efectivas, el precio a pagar una vez acabado su efecto me dejaría indefenso.
¿Dónde podría ir? Me encontraba ya cerca de mi piso, pero mis perseguidores podrían tratar de emboscarme allí. Además, al igual que la mayoría de magos, no disponía de teléfono móvil, dado que eran propensos a estropearse en presencia de la magia.
Resollando, decidí descansar un poco apoyándome en un edificio. ¿Los habría perdido? Cansado, me dije que si salía de esta tendría que empezar a hacer más ejercicio, cuando se oyeron pasos a la carrera al otro extremo de la calle por donde acababa de pasar.
Aunque oscuro, conseguí reconocer al tipo de la asamblea, ¡era un mago blanco! ¿Qué demonios hacia un miembro de los Guardianes detrás de mí? ¿Podría ser él el asesino? Imposible, un mago blanco no podría haber cometido esos crímenes.
Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Me tomé la primera de las pociones, que me otorgaba fuerza y agilidad adicional, y esperé a que se acercase, conteniendo el aliento y confiando en que sus sentidos no captasen mi magia.
Veinte metros. Quince metros. Diez metros. Confiando en pillarle por sorpresa me lancé contra él, confiando en mi velocidad. Con una mirada de asombro, el mago hizo el gesto de interponer la vara que llevaba entre nosotros, pero fue demasiado lento. Con un golpe en la sien, conseguí desestabilizarle y otro golpe en el estómago le dejó sin aliento. Intenté acabar el trabajo tirándole al suelo, pero con un rápido movimiento, me cogió del brazo y me lanzó con una especie de llave de judo.
Ignorando el dolor, le lancé una patada con todas mis fuerzas y le acerté en la entrepierna. Aun con su entrenamiento de combate, eso consiguió tumbarle en el suelo gimiendo de dolor. Dando las gracias porque mi asaltante fuese hombre, le inmovilicé contra el suelo y, rebuscando en los bolsillos ocultos de mi chaqueta, le introduje unas hierbas soporíferas en la boca mientras se la tapaba con la mano. Intentó luchar, pero le tenía bien cogido y poco a poco se quedó flácido.
Antes de que algún compañero suyo nos encontrase, arrastré a mi inconsciente amigo hasta el apartamento. Todavía bajo los efectos de la poción no me llevó ni cinco minutos. Mi apartamento había sido saqueado. La puerta yacía rota y mis cosas desperdigadas por todo el interior. Con miedo de encontrarme a alguien esperando en el interior, volví a bajar y pedí un taxi llamando desde el teléfono de la esquina.
Haciendo ver que ayudaba a mi “borracho” amigo a llegar a casa, le di al taxi la dirección de mi tienda con la esperanza de que todavía fuese segura.
**
Una vez comprobé que nadie estaba vigilando el lugar, entré y deposité a mi  rehén en una silla en el laboratorio. Cogiendo un frasco de uno de los estantes, se lo puse debajo de la nariz.
—Despierta, amorcito, despierta, que papa tiene algunas preguntas para ti.
— ¿Q..Qué? ¿Dónde?
—No te preocupes por eso. Solo necesito que respondas a algunas de mis preguntas.
— ¿Quién? —sus ojos acabaron de aclararse y se fijaron en mí. Un atisbo de terror pasó sobre ellos. Cerró un momento los ojos, como recomponiéndose, para abrirlos con un brillo de determinación en ellos—. ¿Sabes quién soy?
—Dios, que previsible. Mira, yo sé quién eres y tú sabes quién soy yo. Ahora, lo que quiero saber es porque coño me seguías.
—No intentes hacerte el loco —dijo lamiéndose los labrios nerviosamente—. Sabemos que estas detrás de los asesinatos del “Vampiro”. No tiene sentido que te resistas.
—Pero de qué mierda estás hablando —dije, airado.
—Tenemos pruebas. En el último asesinato te volviste descuidado y hemos podido seguir el rastro hasta tu apartamento. Hoy, en la reunión, hemos podido sentir la magia en ti —dijo, a cada palabra más seguro de sí mismo—. Sabemos que no has podido hacerlo solo. Si nos das el nombre de tu cómplice, puede que te reduzcan la sentencia.
Con el corazón acelerado, mi mente se aclaró y las piezas comenzaron a encajar. La reunión había sido una excusa para juntar a todos los magos en un mismo lugar y hacerles una lectura. Estaban pescando a un sospechoso, y de alguna manera me habían pescado a mí. ¿Cómo era posible?
Si las pruebas eran tan sólidas como parecía creer este tío, no podía simplemente entregarme y esperar que se hiciese justicia. Teniendo en cuenta mi posición en el gremio y los ánimos de la gente, puede que me encerrasen, aunque solo fuese para evitar el pánico.
Necesitaba más información, pero el mago había recuperado la calma y necesitaba respuestas rápidas. Odiando lo que tenía que hacer, me giré hacia mi rehén, y con un esfuerzo, creé una pequeña bola de fuego.
—Pero qué… —dijo el mago, intentando alejarse del pequeño sol que acababa de crear, pero sin lograrlo por las ataduras—. ¡Eso es imposible! Tú…¿eres un mago dual?
—Es mi pequeño secreto. No se lo dirás a nadie, ¿verdad? —dije con lo que esperaba fuese una sonrisa perversa—. Si no tengo nada que perder, porque no te derrito la cara, ¿eh?
—Por favor, nooo —dijo sollozando, mientras la esfera se acercaba lentamente a él. Dios, que asqueado estaba por lo que me habían obligado a hacer—. Te diré lo que quieras, ¡por favor no lo hagas!
—Dime, entonces, ¿por qué no habéis usado la sangre que me quitasteis en la asamblea para dar conmigo?
—No sé nada de ninguna sangre. Por favor, no me mates, por favor —continuó sollozando, pero mi mente ya estaba en marcha y la última pieza del rompecabezas encajó en su sitio.
Se creían muy listos ¿eh? No sabían con quién coño se habían metido. No sé qué expresión tenía en mi cara, pero el olor a orina me asaltó de repente. Mi rehén se había meado encima.  
**
El almacén parecía abandonado, pero estaba convencido que el asesino se encontraba dentro. Había conseguido realizar un hechizo de seguimiento sobre mi sangre que me había traído directamente hasta aquí.
Rodee rápidamente el lugar, buscando señales de actividad, cuando divisé un monovolumen oculto debajo de una lona en la parte de atrás del edificio.
Expandiendo mis sentidos lo máximo posible en busca de salvaguardas mágicas, me acerqué sigilosamente al vehículo y coloqué mis manos en el capó. Aún podía notar algo de calor.
Viendo que por fin había alcanzado al culpable, era hora de prepararse. Tomando la primera de las pociones que había recuperado de mi laboratorio, sentí como el cansancio y el miedo abandonaban mi cuerpo, reemplazados por una sensación de fuerza y confianza. Me tomé también la segunda y preparé una sorpresita por si la necesitaba.
El interior del almacén estaba lleno de cajas y lonas desgarradas. El polvo se acumulaba en el suelo y me pareció oír el sonido de las ratas moviéndose por el interior. La débil luz del nuevo día no conseguía abrirse paso a través de los cristales sucios de las ventanas, sembrando el lugar de sombras y oscuridad.
Poco a poco, moviéndome con el mayor cuidado posible entre los desperdicios, me fui acercando al centro del lugar. Allí habían limpiado el suelo y dibujado un circulo, con su contorno brillando débilmente con la característica luz plateada de la plata alquímica.
En su interior, se encontraba una especie de altar rodeado de velas encima del cual había una urna, que, aun tapada, despedía una intensa y horripilante luz del color de la sangre que se desparramaba sobre el círculo, pero ni un paso más allá.
Delante del altar, casi invisible, se encontraba una figura vestida con una toga roja que parecía moverse por sí sola, efecto sin duda de la luz. Estaba inclinada hacia delante, murmurando y haciendo extraños gestos; indudablemente concentrándose en alguna clase de hechizo. Inmóvil delante de él se encontraba Amanda. Me obligué a conservar la calma, apretando los dientes y clavándome las uñas en las palmas de las manos.
De repente el mago se quedó quieto y dejó de murmurar.
—Sé que estas aquí, Nicholas —dijo una voz que me resultaba conocida—. Puedo sentir tu sangre, la magia en tu interior. No debiste haber venido.
Observé como sacaba el vial con mi sangre del interior de su túnica para, acto seguido, sentir una fuerza que parecía tirar de mi interior y me aplastaba contra el suelo. Intenté resistirme, pero mis rodillas acabaron por ceder, cayéndoseme el vial que llevaba entre las cajas, y me encontré arrodillado, sintiendo como si se me fuesen a romper todos los huesos del cuerpo.
—Nunca habías experimentado la magia de sangre, ¿verdad? —dijo el siniestro mago con una risita sibilante, girándose hacia mí. Le reconocí como el mago de la asamblea que había recogido mi sangre—. Te dejaré experimentar la verdadera magia antes de morir, mago de segunda.
—Q..Que te jodan. ¿Qué verdadera magia? —dije con todo el aliento que pude reunir. Lentamente, concentrándome todo lo que pude en mi magia para contrarrestar la fuerza que me aprisionaba, metí la mano en la parte trasera de mis pantalones y saqué la pistola que llevaba conmigo. Con un gruñido de esfuerzo, levanté el arma, apunte lo mejor que pude y, ante la cara de sorpresa y terror del mago, apreté el gatillo.
No soy muy buen tirador, por lo que ni siquiera había intentado usar el arma anteriormente y, añadiendo a la mezcla el maldito hechizo de ese cabrón, fallé completamente el disparo. No obstante, fue suficiente para romper su concentración y liberarme del hechizo. Sin dejarle tiempo a reponerse apunté y disparé de nuevo.
Esta vez di en el blanco. Al recibir el disparo, la encapuchada figura dio un alarido de dolor y se dobló sobre el estómago. Sin estar seguro de que era capaz aun con esa herida, me acerqué al caído mago y le disparé de nuevo, esta vez en la pierna. Con otro alarido y un agradable lloriqueo, el mago se acabó de desplomar, sujetándose el estómago con una mano y la pierna con la otra sin dejar de gemir.
—¿T…te has traído una pistola? —dijo entre balbuceos el aturdido mago—. ¿Q...ué, qué clase de mago eres tú?
—Uno al que no le gusta que le inculpen y le jodan la vida, gilipollas —dije mientras, sin dejar de apuntarle, me agachaba y comprobaba el estado de Amanda. Parecía estar ilesa, pero drogada con alguna especie de sedante—. Ahora, sí no te resistes, y me dices donde esta…
Por la periferia de mi visión, una sombra, moviéndose con velocidad sobrehumana, se lanzó hacia mí y sentí un dolor lacerante cuando me golpeó en la base del cráneo, lanzándome al suelo. Acto seguido otros dos golpes, en rápida sucesión, me impactaron en el pecho. Aturdido y seguramente con varias costillas rotas, intenté resistirme, pero era demasiado fuerte. Con una sacudida, me inmovilizó contra el suelo.
—Bueno, bueno, ¿dónde está quién? —dijo la voz risueña de mi atacante. La conocía bien—. Nick, Nick, ya te dije que debías tener cuidado, ¿o no?
»¿Sigues vivo? —preguntó Yisus a su compañero caído, sin dejar de sujetarme.
—S..sí, ya podrías haber actuado antes. Ese cabrón me ha disparado dos veces.
—Precisamente por eso, necesitaba que lo entretuvieses.
—Trae a ese cabrón aquí, ya que él me ha hecho esto, es justo que use su sangre para curarme.
Yisus, arrastrándome por el pelo, me llevó hasta donde estaba tendido su compañero, que sostenía en su mano el mismo cuchillo que había usado en la asamblea. Con un ligero corte, colocó sus manos en la herida y empecé a sentir como me robaba lentamente la magia, y la vida.
—Es una pena que tengas que morir así, Nick. Tu energía nos hubiese venido perfecta para terminar la piedra filosofal, pero ¡qué se le va a hacer! Tampoco podemos hacerlo con mi amigo en este estado, ¿no crees?.
—J..je, ¿eso es lo que intentabais? ¿Crear la piedra filosofal? Estáis locos —dije mientras intentaba concentrarme—. Eso no es más que una leyenda.
—Eso ya lo veremos. Siento esta situación, viejo amigo, pero necesitaba un chivo expiatorio. Los magos blancos estaban casi encima de mí después del fiasco con el mago rojo. Mala suerte.
—No debiste haberme metido en esto, Yisus. Y tampoco debiste haberla metido a ella.
Con todo el poder y la concentración que pude reunir, cree una pequeña bola de fuego sobre mi cabeza. Ambos magos se apartaron inmediatamente de mí, asustados.
Durante unos largos segundos, nadie se movió en el almacén.
—Pfff. Casi me habías asustado, Nick —dijo Yisus, acercándose de nuevo a mí—. ¿Con que también puedes crear fuego? Impresionante, pero ¿me equivoco en adivinar que no has recibido formación y no sabes cómo manipularlo? —Riéndose, volvió a golpearme en las costillas—. ¿Qué pensabas hacer con esa pequeña llamita ¿quemarnos el pelo?
— ¿No te han dicho nunca —dije con el sudor empapándome la ropa por el esfuerzo— que no importa lo grande que la tengas, sino como la usas? —con un último esfuerzo, lancé la llama al rincón donde me había estado escondiendo y me protegí lo mejor que pude.
La llama tardó, o eso me apreció a mí, un millón de años en tocar las cajas, pero una vez se posó sobre ellas, un terrible fuego verde se propagó con velocidad antinatural. Yisus, reconociendo el distintivo color del fuego de mago, intentó protegerse, pero era demasiado tarde. La mezcla que había preparado como medida de precaución hizo explosión con un terrible rugido, fundiendo acero, madera y piedra como si nada y propagando el fuego por el edificio.
La onda explosiva lanzó a Yisus contra la pared opuesta del almacén. Con el sonido de huesos rotos, se desplomó como una muñeca rota, con el cuello partido. Su compañero, todavía no del todo curado de sus heridas, recibió los escombros de frente y también cayó al suelo.
Gracias a la segunda poción que me había tomado antes de entrar, evité lo peor de la explosión, pero no hizo lo mismo por mi ropa. Magullado y medio desnudo, me acerqué cojeando hacia la todavía inconsciente mujer. Por suerte, el fuego no había llegado, todavía, al centro de la habitación y, aparte de unos pequeños arañazos, parecía encontrarse bien.
Con un último esfuerzo y con la poción de fuerza todavía fluyendo por mis venas, fui capaz de arrastrarla fuera del edificio mientras el fuego se propagaba por su interior.
—Jajajaj, lo conseguí —grité al cielo, riendo como un loco—. Eso os enseñará a no…—en ese momento, las pociones que me había tomado dejaron de hacer efecto y me sumergí en un mar de dolor y tormento.
**
Me desperté en una mullida cama, envuelto en calidez.
—Por fin te despiertas —dijo una voz de mujer.
— ¿Dónde estamos? —dije, recordando poco a poco los recientes acontecimientos.
—En la casa del gremio de sangre. Ellos se han ocupado de tus heridas, dado el “malentendido” por el que te han hecho pasar —era Amanda, más hermosa que nunca, con un brazo en cabestrillo.
— ¿Tú estás bien? ¿Todo se ha aclarado? ¿Qué pasó con…—con un fuerte dolor en el pecho, solté un alarido y me desplomé.
—Shh, tranquilo. Todavía no estas curado. Tienes varias costillas rotas —dijo mientras, con manos suaves, me volvía a recostar en la cama—. Por suerte para ti, aunque no para él, el mago de sangre consiguió sobrevivir al fuego. Después de que los magos blancos nos encontrasen, le rescataron de los escombros. Al revisar sus pertenencias, encontraron el vial con tu sangre, y parece que uno de los magos blancos, creo que lo conocerás, encontró eso interesante. Tras una lectura, se dieron cuenta de que él era el culpable de los asesinatos. Puedes imaginarte el resto.
—Entonces, ¿estoy libre?
—Bueno…yo no diría tanto. Los magos rojos quieren tener unas palabras contigo sobre cierto talento que te habías guardado en secreto.
—Jajajajaj..ouch. Sí, no sea que olvidemos las cosas importantes.
—Hablando de cosas importantes…—dijo mientras se acercaba a mí y me besaba apasionadamente.

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  Concurso Mensual II: El sonido de las cosas nimias
Enviado por: Joker - 18/05/2016 05:46 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (16)

EL SONIDO DE LAS COSAS NIMIAS

SABADO
Hoy te vi paseando con un mapa de la ciudad. Llevabas el pelo recogido y una visera como las que suelen usar las tenistas, transparente. Eras pelirroja, con la cara salpicada de preciosas pecas y tenías los ojos azules, un poco tristes, aunque sonreías. Hacia sol y andabas perdida. Me preguntaste donde quedaba la plaza.
Luego te fuiste, andabas como si pisaras una colchoneta, hundiendo los hombros a cada zancada. Tenías un hermoso culo y unas botas horribles.
Me pasé la tarde en casa de Pablo. Hicimos una gran lista de la compra para la cena, fuimos al supermercado y cocinamos. Lomo con ciruelas pasas. Los demás trajeron buen vino y cerveza. Estuvimos de sobremesa hasta pasadas las dos. Discutimos sobre café y terminamos añorando tiempos mejores. Gabriel nos habló de la costa Esmeralda, soñamos con ir en verano, disfrutamos de algunos silencios. Por la noche me masturbé pensando en la novia de un conocido que siempre que me ve me mira cohibida. Tiene las caderas muy anchas.


DOMINGO
Me levanté con resaca, como siempre. Es una constante en mi vida. Me gusta vivir solo. No sé si sabría hacerlo contigo, pues me he acostumbrado a mis silencios. Tengo un reloj blanco en la pared. Es muy útil, o eso me parece, porque me entretengo todo el día mirando sus agujas. El segundero tiene un sonido metálico que me ayuda a ser consciente del paso del tiempo, tan relativo en mi desidia. Cocino pasta, sin nada. Por la tarde mejoro y salgo a correr por la orilla del río. Me llama Marta, salimos a tomar café. Tiene los ojos grandes y siempre viste muy bien, es una chica muy correcta, de las que suelen gustar a los padres. A veces te veo en ella. Casi nunca te veo en ella. Hoy no estabas.

MARTES
Ayer no tenía ganas de hablarte. Hoy me fuerzo a hacerlo. Tengo un trabajo gris, pero termino a las cinco y me queda tiempo libre por las tardes. Creo que la gente cuando me mira solo ve una cara bonita, poco interesante. Creo que la gente tiene muy buena vista. Voy a cambiar el discurso de este diario. Me leo y solo veo frases cortas terminadas en punto, decadentes. Voy a empezar a meter reflexiones. Igual hasta se me escapa algún punto y coma, quien sabe, a veces soy así de espontáneo. Tengo los bordes de la camisa ennegrecidos. Nunca me había fijado en algo así. Es como si de repente me hubiera dado cuenta de lo importante que es llevar los bordes de una camisa limpios. Me afeito, tengo unos ojos extraños, son verdes y grandes, deberían ser unos ojos bonitos, pero no dicen nada. Son unos ojos mudos.

MIERCOLES
Llueve y me levanto de buen humor. Madrugo mucho, pero así cojo el tren y no tengo que conducir. Siempre me han encantado los trenes, sobretodo de noche, pero hace poco cambiamos la hora y a las seis ya casi es de día. De camino al trabajo veo infinidad de viñedos, casas de piedra y bicis rotas. Empecé con Camus, el Extranjero, igual por eso me ha dado por ser tan escueto en mi prosa. Suelo ser camaleónico en cuanto a escribir refiere. Puede que sea camaleónico en muchos sentidos, quizás sea falta de carácter, yo lo achaco a la necesidad de pasar desapercibido. Solo cuando bebo saco mi genio. No suelo beber entre semana, entre semana solo espero.
Me gusta la lluvia, casi nunca uso paraguas, me gusta mojarme el cabello y que me caigan gotas por la frente, me hace sentir vivo, es una de mis tantas gilipolleces.
Llama Pablo, van a tomarse algo al bar de Esteban. Me acerco y hablamos de mujeres. Estamos Pablo, Gabriel y yo. Gabriel tiene pareja, pero le encanta hablar de mujeres. Pablo y yo solemos salir juntos, supongo que algún día dejaremos de hacerlo. Un día él conocerá a alguien, o bien lo haré yo, y buscaremos mil excusas para no vernos. Me deprime Pablo y eso que tiene mucho sentido del humor. Me deprime que un hombre con tantas cosas buenas no haya encontrado a nadie, aunque lo esté pidiendo a gritos, no me parece justo. Cuando llego a casa no tengo hambre, me doy una buena ducha y me fumo un canuto en la terraza. Hoy valía la pena. Hoy no te necesito. Tengo a Pablo y a Gabriel, tengo una terraza desde la que se ve el casco urbano, huelo a limpio. Duermo solo de nuevo, ahí ya te echo de menos, te debo tantas caricias que no sé cómo haré cuando te vea para devolvértelas. Duermo.

JUEVES
Por la tarde me llama Marta, quiere ir al cine. Yo le pregunto por la película y ella me responde que no lo sabe. Ella solo quiere ir al cine conmigo, no le importa la película. Yo sólo voy al cine si me interesa lo que voy a ver. Son dos conceptos distintos que nos definen. Prefiero matar el tiempo mirando las agujas de mi reloj de pared. Le contesto que no me apetece y ella opta por venir a mi casa y se ofrece a cocinarme una "cena que vas a flipar". No sé qué pueda significar eso, Marta no tiene un vocabulario muy extenso y dos de cada tres cosas que dice son "flipantes". Me quiere, no me lo ha dicho, pero no puede esconderlo. No sé qué ve en mí; una vez me dijeron que las mujeres escogen a quien quieren y ya no se vuelven a preguntar por qué nunca más, a mí me parece una generalización equivocada, pero me sirve para Marta. Nunca le he regalado nada, nos hemos acostado un par de veces, pero ella sigue tenaz en nuestros encuentros. Simplemente me ha elegido, le da igual que ronque por las noches, le da igual que yo nunca le llame, creo que le daría igual cualquier cosa que pudiera pasarme, es un amor incondicional. Me conmueve e incómoda. Yo nunca he sabido querer así. Siempre he querido así, pero tú no existes, solo a veces te veo en los ojos de una mujer, pasajera, incluso en Marta, cuando me enternece. Pero nunca conseguí verte en una sola persona, permanentemente, como hace Marta conmigo. Nunca me ha preguntado si le quiero, creo que ya sabe que contestaría que no. Me pregunto porque sigo viéndola, me respondo que me gusta verla sonreír. Cuando uno se siente tan vacío es bonito ver que llenas a alguien. Marta cocina unas truchas con jamón y verduras salteadas. “Flipo”.

VIERNES
Los sábados salgo con Pablo y Fran en bicicleta, así que los viernes me quedo en casa y me fumo un paquete de tabaco casi entero. No salgo para hacer vida sana y la empaño con humo la noche anterior. Marta no me llama, sabe que me agobio si lo hace tan seguido. Echan una película sobre un niño que ve a los muertos y éstos le piden que haga cosas por ellos. También tienen cojones los muertos, podrían asearse un poco antes de ir a asustar al niño. El chaval tiene una vida difícil, no lleva muy bien lo de ver muertos, tiene problemas para relacionarse con los vivos; en eso ya somos dos; yo no veo muertos, no sabría qué decirles si los viera. Puede que no los vea por eso mismo, para evitar situaciones incómodas.
Hoy te imagino, yo soy un fornido yo. Llevo muchos años viajando y ahora vivo en un pueblo de pescadores perdido en una isla del Caribe. Tú eres una turista inocente. Te enamoras de mí, pero soy un hombre duro y sabio y te ninguneo. Me seduce tu fascinación y tu cara bonita.
Nunca tuve mucha imaginación. Cuando te imagino nunca follamos. No puedo entender que siendo tan cerdo nunca me imaginé follándote. Me imagino mirándote, me imagino el nudo en el estómago, me imagino los celos y las discusiones, pero nunca en la cama. Supongo que en mi cama serías carne. Yo te quiero etérea.

SABADO
Ha sido un día extraño. Salimos temprano con la bici y le dimos buen ritmo hasta la hora del almuerzo. Dejamos las bicicletas fuera de un bar de carretera, en medio de nada. Cuando salimos la de Fran había desaparecido. Pablo le dijo que eso le pasaba por comprarse bicicletas caras, yo lo que le dije es que no era para mosquearse mucho dado que tampoco era muy bonita. Nos reímos, los tres. Volvimos a pie, el sol pegaba bastante fuerte, pero no sudamos mucho. Nos parábamos por cualquier tontería. Fran recogió unos cuantos dientes de león y empezó a hacer el idiota fingiendo que las flores nos hablaban con la voz de Pablo, que es pausada y le sale de muy adentro. Luego nos metimos campo a través, con las bicicletas al hombro y nos comimos unas cuantas naranjas en una acequia, sentados, mientras hablábamos de una noche que pasamos los tres juntos en Granada hace ya un par de años. Nos reímos de esa forma entrecortada que se ríe uno cuando rememora tiempos pasados.
Cociné paella para los tres, también vinieron Gabriel y Teresa a comer. Se nos pasó la tarde entre discusiones sobre quién era el asesino de Laura Palmer (que parece ser era el padre, aunque yo recordaba a un tío muy mal peinado con el pelo blanco) y una reorganización de mi mobiliario según las indicaciones de Teresa, que reclamaba para sí el derecho a así hacerlo, no por ser mujer, sino por ser la única con un mínimo de sentido del buen gusto; nadie se atrevió a contrariarla.
Por la noche salimos. Fuimos a un garito donde la música es aceptable y no muy alta. Me paso la noche mirándoles el culo a todas las mujeres del local. Creo que hay tres tipos de hombres, está claro que todos acabamos por fijarnos en todo el cuerpo de una mujer, pero si nos centramos en qué es lo primero que nos seduce de una mujer para querer llevárnosla a la cama diría que los hombres nos diferenciamos entre los que se fijan en la cara de éstas (supongo que son de los que les gusta mirar a los ojos mientras lo hacen, que no es mi caso, dado que en el placer soy una persona muy individualista, que no egoísta), luego están los que se fijan principalmente en las ubres para definir sus preferencias sexuales (éstos son los más numerosos, el pecho de la mujer es para el hombre lo que los granitos en la espalda de su pareja para la mujer, una obsesión). Por último quedamos los que focalizamos nuestros deseos sexuales en el culo de una mujer. Creo que somos los más viciosos, porque objetivamente un culo sirve para apoyarse y para cagar. Si analizo un poco el porqué de mi atracción diría que se basa en el hecho que soy un percusionista reprimido, amante de la palmada en el culo y la palabra soez, en fin, un cerdo.
Me releo y observo que hoy estoy de buen humor. Duermo bien. Hoy la cama no se me ha hecho tan grande como de costumbre.

DOMINGO
Me encantan los domingos. Es como una larga espera, un letargo caduco, un día de transito melancólico. Llueve, no hay nada mejor que un domingo lluvioso. Hoy soñé contigo, eras Marta pero te llamabas Compasión. Yo me sentía sucio, pero estaba desnudo y no tenía pene, como un ángel. Tú te agarrabas a mi pierna y no la soltabas, yo la movía suavemente para desprenderme de ti, pero sin hacerte daño, pero cuando más la movía más fuerte sentía la presión. Tenías las manos sucias de barro. Me preguntabas porque no tenía pene. La gente nos miraba curiosa. La rubia turista pasaba con su mapa y cuando nos veía me miraba con reproche y lloraba, me decía que ya no podía quererla, que así no podía quererla, yo quería que me dejases, no entiendo porque eras tú. Tú no eres Marta, pero en el sueño lo eras y yo no te quería.

LUNES
En el trabajo siempre como solo. Antes solía salir con unas compañeras, puesto que no llevo mucho tiempo y ellas querían ser corteses conmigo. Pero no nos gustamos. Yo dejé de escucharlas y ellas de hacerme preguntas, así que me busqué una excusa para no volver a comer con ellas. Ahora en la pausa, si hace sol, salgo a darme una vuelta. Como, pero muy rápido, y aprovecho para pasarme unos cuarenta minutos dando vueltas por el polígono en el que está ubicada mi empresa. Es un recorrido bastante feo, pero paso por unas viejas vías del tren, medio escondidas por la hierba, que siempre me gustan ver. Es la parte de mi recorrido que más lento ando, además en ese trecho no pasan coches y suelo estar bastante alejado de todo. A veces me siento en la hierba y me fumo un cigarro dejando que el sol pique en mi cara. Al principio las vueltas no fueron más que una excusa para no comer con mis compañeras, pero ahora se han convertido en el mejor momento del día. Me paso la mañana esperando el momento de salir a pasearme por las viejas vías. Casi siempre pienso en ti cuando zigzagueo por ellas, aunque a veces pienso en viajes y en que me gano la vida con algo que me gusta. Otras veces en cambio le doy vueltas a las grandes cuestiones de la vida e imagino que llego a conclusiones importantes, pero son las menos. Hoy, por ejemplo, me dio por pensar que me gusta demasiado estar conmigo mismo. Siempre tengo algo divertido o curioso que contarme.

MARTES
En casa nunca escucho música; bueno no es del todo cierto, nunca escucho música cuando estoy solo. Me gusta el silencio, aunque realmente lo que me gusta no es el silencio en sí, me gusta el sonido de las cosas nimias. El sonido del cuchillo al cortar una patata, unas suelas que chirrían en un suelo pulido, una uña que se pasea por la rugosa superficie de un sofá. Me extraña mucho la gente que enciende el televisor solo para hacerle compañía, como si necesitaran un murmullo constante de fondo, como si el silencio no fuese algo natural.
Paso la tarde sentado en una incómoda silla, paseando la mano por el mantel de plástico de la mesa de mi salón. Intento escuchar el sonido del mantel, pero no puedo, apenas escucho mis dedos tropezar con algunas migajas de pan. Sin el silencio no escucharía el sonido metálico del segundero de mi reloj, perdería la constancia del tiempo.
Llama Marta, viene a verme. Hoy no me apetece besarla, no quiero dedicarle este día. Quiero pasarme el día sintiendo la suave superficie del mantel de plástico. Cuando llega llama al timbre, no le abro. Se hace de noche y me acuesto. No he conseguido escuchar al maldito mantel, en mi cabeza imagino su sonido como el crujido efervescente de las olas del mar.

JUEVES
Hay ciertas cosas que, por pudor o por educación, no solemos tratar con los demás, pero en las que solemos recrearnos abundantemente cuando estamos solos. Hablo de la aerofagia, la masturbación, sacarse mocos y cantar con voz de falsete. Cada uno, entre semejante elenco, se explaya en mayor medida en la que cree estar mejor dotado. No es que sea una persona cargada de gases, de hecho diría que tengo menos de los que en mi tiempo libre desearía tener. Soy un onanista que poco tiene que envidiar a los más profesionales y cuando canto, y estoy a solas, siempre pongo voz de falsete y formo rimas vulgares y de escaso gusto.
¿Me querrás igualmente cuando descubras todo esto? Yo creo que no.
¿Acaso al ser más como soy estoy perdiendo atractivo? Indudablemente.

VIERNES
Hoy es viernes, pero termino saliendo a ver una obra de teatro de una amiga, ella es una de las actrices principales. Tienen un grupo de teatro muy alternativo e interpretan una obra de Samuel Becket que, a mi entender, se pasa de pedante. Cuando termina me pregunta si me ha gustado y le digo que no, que era una mierda de obra, pero que ella lo había hecho increíblemente bien, no le miento. Ella fuiste tú durante muchos años, casi toda mi adolescencia. Es una mujer fascinante, no hay duda, tiene ese artificio en la manera de expresarse que tantos años de teatro le han transmitido. Me quiere como a pocos hombres ha querido, pero nunca como yo quise que me quisiera. Salimos a tomar una cerveza y me habla de su pareja. Ella no lo sabe pero es muy feliz con él. Tiene el mismo problema que me temo tendré yo toda la vida, tenemos idealizado al amor, lo vemos como un objetivo inalcanzable, de hecho ansiamos no alcanzarlo nunca. Se inventa mil excusas para explicarme lo mal que le van las cosas con Néstor, su pareja. Yo le escucho. Forma parte de nuestro juego. Luego hablamos de sexo, siempre hablamos de sexo.

SABADO
Esta vez la vuelta en bici transcurre sin incidencias, hace un día nubloso, pero aun así disfrutamos de la vuelta como pocas veces. Comemos en un mesón donde preparan una carne a la brasa soberbia. Fran nos cuenta que está saliendo con un chico que es menor de edad, pero que le tiene loco. Fran tiene treinta y dos años. Hará casi un año Héctor, su anterior pareja, se mató en un accidente de coche. Nosotros no ponemos ninguna pega a la diferencia de edad, nos lo cuenta todo con ojos emocionados, a mí me basta con verlo así, es una persona muy atenta y siempre se acuerda del cumpleaños de todos nosotros.
Les comento el diario que estoy escribiendo, les hablo de ti aunque me de vergüenza. Pablo comenta que está pensando en volver con Clara, que no aguanta dormir solo. Yo le digo que si vuelve con ella volverá a terminar como antes, él dice que no, que no estaba preparado, que es cuestión de resignarse, que no quiere terminar como yo.
Me dicen que Fátima ha vuelto a la ciudad. Me alegran el día. Tengo curiosidad por verla. Fátima es lo más parecido a ti.

DOMINGO
Visité a mis padres. Debería hacerlo más a menudo. Están jubilados y, sorprendentemente, desde entonces se llevan mucho mejor. Siempre se dice que cuando dos personas llevan trabajando toda la vida y viviendo juntos, cuando se jubilan se dan cuenta de que no se soportan. Mi padre es pintor amateur, de escaso talento para mi gusto. Mi madre se pasa horas y horas leyendo libros y siempre encuentra algo que estudiar, aun jubilada. Creo que gran parte de mi problema con las mujeres es debido a mis padres. Nunca discuten. Son amigos y amantes. Se les ve realizados. No sé si podría estar con una persona con la que no tenga nada de lo que discutir. Mi madre me dice por enésima vez que estoy muy delgado. Comemos paella, pero de las hechas por una madre, que saben distinto. Me preguntan si tengo novia, lo niego, me miran con cara de reproche, aunque creo que se culpan a ellos mismos, como si me hubieran hecho mal, no les culpo, muy bien tampoco me han hecho. En fin, visité a mis padres y fue como esperaba.

LUNES
Hoy estabas repartiendo periódicos al lado de la parada del tren. No tendrías más de veinte años, sonreías a toda persona que pasara pese a ser las siete de la mañana, parecías feliz. Llevabas el pelo recogido en una gorra con publicidad del cotidiano que distribuías. Tenías unos ojos enormes y expresivos que miraban al mundo como si acabaras de nacer.
Marta vino a casa y me dijo que no podía soportar más mis incoherencias, yo la entiendo. Le digo que no puedo hacer nada, que yo no puedo hacerla feliz. Llora y se marcha, parece que hemos terminado, aunque no sabría decir cuando habíamos empezado. Inexplicablemente siento su ausencia apenas sale de mi casa. Ya no tengo a nadie que me mire con cariño, ya solo quedo yo y mi reloj de pared. Llamo a Pablo y salimos a tomarnos una cerveza, le cuento lo de Marta, él dice que lo veía venir, que yo no sé querer a nadie, que tengo al amor mitificado y acaba diciendo que nunca voy a encontrar una mujer que no cague y le huela el aliento. Le pregunto si no estaremos demasiado acostumbrados a vivir solos. Me contesta que no. Dice que nadie puede vivir solo toda la vida. Pablo tiene los ojos tristes incluso cuando sonríe. Suele jugar a ser feliz, pero a mí no me miente. No puede hacerlo. Nos emborrachamos y dejamos que el silencio nos diga todo lo que no tenemos cojones a contarnos. Es bonito encontrar alguien con quien compartir el silencio sin sentirse incómodo. Pablo y yo compartimos mesa, codo con codo, pero pasamos la tarde a kilómetros de distancia, cada uno en su mundo, donde no hace falta beber, donde los pies no pesan al andar, donde cada día, al salir de casa, nos acercamos a la cama y te damos un beso antes de irnos.

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  Concurso Mensual II: El rey y la bestia
Enviado por: Joker - 18/05/2016 02:25 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (16)

El rey y la bestia

—Supongo que, después de conquistar la ciudad y pasar a cuchillo a sus defensores, debí ocuparla y repoblarla, no dejarla abandonada —reflexionó el rey Zagandar.

—Eso habría sido la decisión adecuada, oh gran y sabio rey, pero ni usted ni nadie podía prever las consecuencias de un error, sobre todo si tardan años en presentarse.

—Tienes razón, Tullido de oro, no vale la pena lamentarse de lo que no se hizo, sino afrontar los problemas que se presentan cada nuevo día, con el corazón alegre, una canción en los labios y un hacha en cada mano.

Zagandar hizo un movimiento raro con la boca, como si saboreara algo, como si masticara con placer.

—Minotauros… años esperando saber de esas bestias… y al fin se presentan —y soltó un leve gemido de placer.

—“Y está otra vez extasiado ante la perspectiva de la guerra, no, no extasiado, excitado, no me extrañaría que debajo del pantalón ya la tuviera dura”—pensó para sí Tullido de oro, mientras su rostro se mantenía serio e impenetrable.

Quienes así hablaban eran el rey Zagandar El Belicoso, llamado también Zagandar el sanguinario, el traicionero, el hacedor de viudas y huérfanos, el carnicero, el asesino de niños, el de las manos rojas, etc., por parte de sus enemigos, y también por buena parte de sus súbditos, aunque en voz muy baja.

Tullido de oro era su consejero principal, y ese obviamente no era su verdadero nombre. Treinta años atrás un muy joven príncipe Zagandar tuvo un ataque de ira y destrozó de un mazazo la rodilla izquierda del consejero de su padre, el rey Zugumar El Justo. El príncipe fue exiliado y el consejero del rey perdió su pierna, reemplazándola por una hecha de madera y cuero.

Durante diez años hubo escasas noticias sobre Zagandar, al parecer se empleaba como mercenario y llego a comandar una compañía de alabarderos de Keyssarann. Sin embargo apenas falleció su padre regresó rápidamente al reino para enfrentarse a sus hermanos y tíos que se disputaban el trono. Actuando con audacia y brutalidad pronto aniquiló toda competencia y se coronó rey. Y una de las primeras cosas que hizo fue llamar al viejo consejero de su padre.

—Espero que no me guardes rencor por lo ocurrido tanto tiempo atrás, porque pienso nombrarte mi consejero, y espero que me sirvas con la misma fidelidad con que serviste a mi padre —y le entregó una pierna de oro en vez de madera, y con el tiempo el nuevo rey empezó a llamarlo “tullido de oro” y simplemente terminó olvidando cual era su nombre real.

Veinte años después, el rey Zagandar se conservaba fuerte y su pelirroja barba tenía muy pocas canas, y se había ganado con justicia el apodo de El Belicoso, ya que su reino no había disfrutado de paz en mucho tiempo. Obtuvo muchas victorias, sin duda, y el reino duplicó su territorio, pero también muchas derrotas. Tres veces cruzo la frontera e invadió la tundra de Nirr para someter a los Tolfek, y tres veces fue rechazado y tuvo que retroceder prácticamente solo, mientras sus ejércitos yacían convertidos en festín de lobos, cuervos y Ghàams.

Los últimos meses habían sido de paz, un alivio para sus súbditos, en especial para las madres y esposas, pero un tiempo de infelicidad para él. Amaba la guerra, amaba las batallas, amaba planear estrategias, mover en su imaginación las tropas en un mapa, amaba los gritos, la sangre derramada, los miembros cortados y el brazo adolorido de tanto golpear con el hacha. De allí que planeara una nueva campaña militar, pese a la oposición de Tullido de oro, quien le señalaba las malas finanzas del reino, la escases de brazos para trabajar en los campos, etc. (sabia de sobra que hablarle de las viudas y los huérfanos solo causaría risas por parte de Zagandar). Fue entonces cuando les llego la noticia: años atrás una ciudad se rebeló y el la sitio, la conquisto, mató y esclavizó a sus habitantes y después la abandono. Ahora una tribu de minotauros había ocupado sus ruinas y la había fortificado, una raza rara de ver en aquellas tierras, raza a la que Zagandar nunca había enfrentado…

Esa noche, el rey durmió feliz.




Sin duda habían fantasmas en esas ruinas, pero los minotauros no temían a los espectros, y menos a espectros de humanos. Por eso ellos vagaban por la ciudad arrastrando piedras para cubrir las brechas en el muro defensivo y tapiando los agujeros dejados por las puertas derribadas.

Minotauros jóvenes con cuernos pequeños se afanaban pisoteando una mezcla de fango y paja que sirviera de argamasa para unir las piedras. Mientras los adultos iban de aquí para allá cargando rocas y vigas de madera, y las hembras se hallaban en las afueras buscando comida. Las quemadas y abandonas ruinas parecían revivir con la actividad de los hombres bestia mientras movían sus enormes corpachones por las callejuelas. Era una tribu grande, quizás unos doscientos, y su líder lo observaba todo desde la fortaleza que dominaba la ciudad en lo alto de una colina.

—Debió ser una estupenda batalla —le dijo Gurrumok Caramarcada al esqueleto que lo acompañaba, este llevaba una esplendida y muy cara armadura, aún brillante pese al tiempo pasado a la intemperie— Me habría gustado estar aquí entonces, habría peleado a tu lado, o al lado contrario… lo importante es que habría peleado, habría aplastado enemigos y me habría bañado en su sangre, todo a mayor gloria de Yo-hel El Sanguinario, dios de la guerra.

Cogió un trozo de madera carbonizada y en una pared lo suficientemente limpia empezó a dibujar, con toscos trazos creo a un ser con brazos y piernas y cuernos en la cabeza, y con cuatro alas —no se podía distinguir si eran de ave o membranosas como murciélago— que le salían de la espalda. Yo-Hel el creador de la guerra, aquel que enseño a los minotauros el camino del hacha y la maza con púas, incluso los humanos lo conocían, pero pocos le rendían culto.

Escucho unos pasos y vio surgir de una puerta a Kogog el mestizo, este tenía la cara extrañamente plana —haciéndolo grotesco tanto para hombres como para minotauros— sus cuernos eran apenas protuberancias con sin filo y era bajo y enclenque, y usaba un bastón para caminar debido a sus piernas torcidas. En él la parte humana era demasiado fuerte haciéndolo defectuoso a los ojos de la tribu, pero era tolerado por sus habilidades como curandero, de lo contrario lo habrían abandonado hace tiempo.

—Estos son estupendos para las infecciones de ojos —dijo mostrándole unos hongos color pálido— y para los parásitos en la piel, y además tienen buen sabor —y se los echo a la boca. Vestía una túnica de piel de oso y un cinturón donde llevaba un sinnúmero de bolsas con hojas, raíces o semillas. Se acerco al líder de la tribu —haciendo muy notoria su baja estatura— y observó el horizonte junto a él.

—Que hermosa tierra… tanto verde, tantos bosques, ¿piensas convertir esto en nuestro hogar?

—Quizás.

—Makuko y sus exploradores ya han regresado —Gurrumok lo miró sorprendido— Encontró una aldea y antes de matar a todos los campesinos los interrogó, y los rumores son ciertos: el viejo rey Zugumar ha muerto y ahora gobierna su hijo Zagandar, lo llaman el belicoso, porque ama la guerra.

—Excelente… yo hare que deje de amarla, y le enseñare el miedo.

—¿Piensas vengarte del padre matando a su hijo?

—Hubiera preferido al padre, pero es mejor así —Gurrumok apretó en su gigantesca mano una piedra hasta reducirla a guijarros— Han pasado cincuenta años desde que Zugumar mato a mi padre y uso su piel como alfombra, ahora yo despellejare a su hijo, y así el circulo estará completo.




—¡La paz es lo que anhela el corazón humano!¡La paz es lo que hace prosperar a los pueblos!¡La guerra es una mentira dicha por una lengua falsa, el deseo de un corazón podrido!

Quien así hablaba era un hombre barbudo vestido con una túnica harapienta, aunque limpia, quien apuntaba con un dedo huesudo a Zagandar El Belicoso, quien parecía encontrar a sus gritos hilarantes.

—Siempre son divertidos, no importa cuántas veces escuches sus locuras —suspiró— Pero no tengo tiempo para dedicarle, que lo encierren.

Y a un gesto suyo los guardias se lo llevaron a una mazmorra, para “más tarde”.

Los Hermanos Pacíficos eran seguidores de Macabel El Puro, vagaban por el mundo predicando el amor, la no violencia y las bondades del vegetarianismo. Para este rey, amante de la guerra y la carne bien cocida, tales enseñanzas eran casi blasfemas. Al principio solo los encerraba, pero luego halló cosas más divertidas que hacer con ellos.

Empezó a someterlos a prueba, para ver que tan fuerte era su fe. Les ofrecía riquezas, tierras, mueres, hombres, lo único que tenían que hacer era matar a un cachorrito, o a un polluelo, pero ellos se negaban. Más tarde los amenazaba con torturas indecibles si no rompían sus votos, pero ellos se negaban. Ponía a tres o cuatro en una celda y los amenazaba con tortura a menos que pelearan entre ellos, el vencedor saldría libre y los perdedores morirían, pero ellos se negaban.

Los encerraba durante una semana sin comer y luego los llevaba a una celda donde habían dos calderos, uno con agua ya hirviendo y el otro con un pez vivo nadando inocentemente, pero ellos se negaban a matar y comer animales. Sus juegos se volvieron más refinados y crueles, alarmando a sus consejeros y al resto de la corte. Zagandar era brutal en combate pero con el indefenso no se ensañaba , en cambio estos predicadores del amor universal despertaban en él una desconocida vena sádica.

Pero ahora tenía algo más importante que hacer, y ese algo solo podía ser la guerra. Se sentía más vivo cuando revisaba los informes de los exploradores sobre los minotauros, sobre un mapa movía tropas, trazaba líneas de abastecimiento, plantaba campamentos. Pero su labor se vio interrumpida por una agradable noticia.

—Mi señor —le dijo un criado— Han traído su nueva armadura.

Era un trabajo magnifico, de acero negro con un basilisco blanco en la parte central del peto, justo sobre el corazón, y múltiples y extraños símbolos blancos en los bordes del peto, el yelmo, los guardabrazos, etc. Le quedaba magníficamente y Zagandar apenas sentía su peso, la espada era también un esplendido trabajo, era de electrum, mezcla de oro y plata, pero forjado de tal manera con secretos hechizos, que era más dura y resistente que el acero. La hoja era de un blanco resplandeciente pero la recorría la figura en negro de una serpiente alada y tenía otros extraños símbolos en el borde del filo.

—¿Qué son estos símbolos y que significan? —preguntó el rey mientras comprobaba su peso y equilibrio.

El fabricante de la armadura, un hombre silencioso y calvo que mantenía los ojos en el suelo por respeto, respondió:

—Son símbolos sagrados, invocaciones de bendición de nuestro… dios sobre nuestras obras, para que temple y endurezca el metal y que no permita que el filo de la hoja se embote ni melle.

—¿Como se llama vuestro dios?

—Miguel El Herrero —respondió, llevaba un medallón en el cuello con un martillo y un yunque grabados en el.

—¿Qué os parece mi nueva armadura? —le preguntó a Tullido de oro, quien parecía profundamente aburrido.

—Magnificas herramientas, mi señor —dijo con indiferencia, luego, dirigiéndose al fabricante— No soy un hombre religioso, pero nunca antes oí hablar de vuestro dios.

—El nos dio el secreto del metal, forjamos cosas para mayor gloria de El… sus seguidores somos pocos pero fieles.

—Y vuestro dios ¿No tiene hermanos o algo así?

—… Los seguidores del Herrero somos hermanos unos de otros, y nos ayudamos mutuamente —respondió, mientras el rey pedía a gritos un voluntario entre sus guardias reales, con el cual cruzar espadas y probar sus nuevos juguetes.



Una semana después.


El campamento bullía de actividad, los soldados levantaban tiendas, encendían fogatas, daban de comer a los animales o ponían a asar en el fuego truchas o liebres que habían capturado. La tarde oscurecía rápidamente y luego de ocultarse el sol los bosques que los rodeaban se convirtieron en una masa penumbrosa y siniestra, poblada de susurros, crujidos, gritos de pájaros invisibles y ojos brillantes de animales sigilosos.

A cierta distancia, escuchando los ruidos del campamento, algo amortiguados por los arboles, Gurrumok Caramarcada aguardaba rodeado de todos los machos de su tribu. Eran siete y siete veces diez, esperando en silencio, con el vaho escapando de sus narices, los poderosos músculos en tensión bajo la hirsuta pelambre. Había de todas las edades, cachorros cuyos cuernos aun no terminaban de crecer, viejos con medio siglo a sus espaldas y mechones blancos en medio del pelaje negro y las cicatrices. El propio Gurrumok ya era más viejo que joven, y sabia que no faltaba mucho antes de que algún miembro joven y fuerte lo desafiara para arrebatarle el liderazgo de la tribu, y eso estaba bien, pero antes el obtendría su venganza.

Alzó su maza hacia los cielos, un esplendido pedazo de hierro rematado por una gruesa esfera cubierta de pinchos, y luego la bajo violentamente, como aplastando el cráneo de un enemigo. Esa era la señal, y lanzando roncos aullidos como demonios escapados del infierno, cargaron haciendo temblar el suelo bajo sus pezuñas.




Los primeros informes fueron vagos y confusos, al parecer hubo una gran batalla, y las tropas del rey fueron derrotadas. A medida que iban llegando más soldados a la capital, en grupos pequeños y desorganizados, Tullido de oro obtuvo una idea más clara de lo ocurrido. El campamento del rey fue atacado durante la noche, caos, confusión, gritos, la mayor parte del ejercito huye pero la guardia real permanece firme y logra hacer huir a los minotauros, matando a la mayor parte, o al menos a una parte, era difícil decidir si el resultado final era una victoria o no.

A Tullido de oro no le sorprendió, la mayor parte eran reclutas aun verdes, sin experiencia, en cambio la guardia real se había curtido en numerosas batallas. Pero no habían noticias sobre Zagandar ¿Habría muerto? ¿Estaría herido?, ser emboscado de esa manera era realmente humillante para un guerrero con tanta experiencia como él.

Finalmente llego el rey, mas muerto que vivo. Los médicos lo rodeaban día y noche, pero abrigaban pocas esperanzas. Había recibido una sola herida, un golpe feroz en el pecho que le había hundido el esternón y roto varias costillas. Aun estaba vivo pero su corazón se debilitaba cada día más y más.

—Eran unas bestias enormes —le explicaba Barthus Cristalescudo, uno de los guardias reales— Cavamos un foso y levantamos un terraplén como fortificación, pero ellos simplemente saltaron por encima, eran seres horribles, aullaban como endemoniados y a cada golpe uno de los nuestros salía volando. Quizás perdimos unos trescientos hombres, pero el resto se acobardó y huyo, pero Zagandar no, el nunca huiría. Monto su caballo y cargo contra esas bestias sin esperar a que el resto de nosotros lo siguiéramos, imprudente pero con gran valor.

—Nuestro rey siempre ha sido valeroso —agregó Tullido— “El único merito que estoy dispuesto a reconocerle” —pensó para sus adentros.

—Y el se enfrento a esa monstruosidad, una cosa enorme de ojos llameantes, descargó su espada sobre la cabeza de la bestia y le rompió un cuerno, pero recibió en cambio un mazazo en el pecho que lo derribó. Yo me interpuse y clave mi lanza en el pecho de la bestia, el intentó matarme pero solo logro destrozar la cabeza de mi corcel. Caí a tierra, encontré al rey y lo arrastré a un lugar seguro. La última vez que vi al minotauro estaba peleando con nuestra gente y tenía cuatro o cinco lanzas clavadas encima.

Guardó silencio un momento, la boca rígida en un gesto de ira mal contenida.

—El golpe que recibió no habría sido tan grave de no ser por esto —le mostró la armadura del rey, aquella nueva con símbolos grabados en toda su superficie. Estaba entera salvo el peto, justo sobre el corazón, y donde tenía grabada la figura de un basilisco había un gran agujero de bordes rotos e irregulares.

—La he examinado cuidadosamente —continuó Barthus— y esta armadura es un chiste, en esta parte, justo sobre el pecho, el acero es mucho más delgado y no solo eso, el metal es muy frágil y quebradizo, posiblemente porque le agregaron azufre…

Esa noche Tullido de oro escribió dos cartas, una seria enviada en la mañana al jefe de la policía secreta del reino, avisando sobre la defectuosa armadura del rey. La otra sería entregada esa misma noche por uno de los propios agentes de Tullido, advirtiendo al herrero fabricante para que huyera lo más pronto posible. El exilio siempre era mejor que la tortura y la muerte.

Ya no había esperanza para Zagandar, su corazón no resistiría mucho tiempo, pero si había esperanza para el reino. Esa esperanza era el hijo del rey, el único, su madre había muerto al dar a luz y su padre apenas le había prestado atención alguna vez. Era un niño de ocho años, de carácter tímido, dulce y amable, que sería conocido como Zagandar II pero quien en verdad gobernaría seria Tullido de oro, como regente hasta que el príncipe cumpliera la mayoría de edad. Él lo educaría e intentaría influenciarlo para que terminara más parecido a su abuelo El Justo que a su brutal padre.

Tullido temía y odiaba a Zagandar en partes iguales, pero jamás se habría atrevido a conspirar para asesinarlo, y a la vez sabia que el llevaría el reino a su ruina. Las continuas guerras, incluso las ganadas, habían desangrado al pueblo y creado una generación de viudas y huérfanos. Habían conquistado grandes territorios pero no había suficiente gente para repoblarlos y no había suficientes hombres para establecer guarniciones y controlar a la población nativa. Y en las fronteras los reinos vecinos eran pequeños y temerosos, pero más temprano que tarde ese mismo miedo los llevaría a aliarse contra Zagandar, y contra toda su gente.

Otra persona pensaría que era el destino quien había salvado el reino, pero Tullido tenía claro que no era el destino, sino una serie de hechos encadenados por causas y efectos perfectamente claros. Había estudiado la religión de los hermanos pacíficos y había descubierto que detrás de sus creencias existía una compleja cosmogonía.  Adoraban a entidades de magia pura y carácter casi divino llamados ángeles, uno de los cuales era Macabel El Puro, y el otro era Miguel El Herrero, cuyos seguidores trabajaban el metal para agradarlo. Unas pocas preguntas le permitieron entender que el encargado de la nueva armadura del rey era un seguidor de ese ángel en particular, y que probablemente no estaría contento con la persecución a sus hermanos en la fe.

Tullido pudo haber dicho algo, pudo exponer sus sospechas al rey, pero no lo hizo, porque Zagandar se veía tan contento y entusiasmado con su nueva armadura…

Y no se sorprendió cuando supo que la armadura tenía un defecto torpe y extrañamente especifico. El no se atribuía el merito de salvar al reino, el solo había sido una hebra en una trama mucho mayor.

Ahora, debía pensar en organizar un funeral, y debía ser grandioso, fastuoso. Y pasados los veintiún días de tristeza obligatoria debía organizar una coronación, la cual también debía ser grandiosa. ¿De dónde sacaría tanto oro? Tendría que pedir un préstamo, o quizás si vendía…




Morir no era tan terrible, morir a causa de las heridas recibidas en combate era la muerte ideal. Lo terrible era la fiebre, y el dolor, por mucho que Kogog le diera de comer hierbas que lo calmaban. Dolía al respirar y a la vez no podía llenar de aire sus pulmones, como si una pared se hubiera derrumbado sobre él y lo oprimiera.

—¿Qué es ese ruido? —le pareció escuchar sonidos de batalla, por un momento temió que los humanos los hubieran seguido para exterminar al resto de su gente.

Kogog vaciló un momento.

—Están disputándose el mando de la tribu —confesó al fin.

A Gurrumok no le importó, la tribu necesitaba alguien fuerte como líder, ahora que él ya no estaría más, y no le dolió que ni siquiera esperaran a que el muriera. Era lo más natural.

—¿Quién está ganado…?

—Muluk Manopesada, ya ha tumbado a tres pretendientes.

—Muy bien, es fuerte, es listo, sabe cazar con trampas… —se le hacía difícil hablar— Dime… ¿Qué… que ocurrió con el rey… con el hijo del asesino?

Kogog no tenía idea, en el caos de la batalla los demás solo buscaban aplastar cráneos, no se fijaron si los muertos eran de la realeza o no.

—El… murió, está muerto, los humanos huyeron en masa y dejaron su cadáver tirado por ahí. No se veía como un rey entonces, ni siquiera tenía corona, o tal vez se la robaron sus propios soldados.

—Eso… bien… todo está bien ahora… —y Gurrumok dejo de luchar.

La mayoría de los minotauros no se habrían molestado en mentir para dar paz a alguien que moriría de todos modos, un acto de compasión así seria visto como una debilidad, algo impropio de un verdadero minotauro. Pero Kogog el mestizo era mitad humano, podía permitirse ser débil.

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  Concurso Mensual II: El mago Sacalam
Enviado por: Joker - 16/05/2016 06:42 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

El mago Sacalam

El sol salió con fuerza y el calor empezaba a notarse; era el típico de las tardías primaveras que parecen días de verano en la sombra. El camino abrupto comenzó a agrandarse, dejando atrás esa sensación de asfixia. Los lagartos salían de sus escondrijos y se disponían a abrazar los primeros rayos de luz en el sendero pedregoso. Hacia un rato que la frondosa vegetación había cambiado: de los pinos y plataneros de gran altura, ahora daban paso a las especies más tropicales: tabachines exóticos y los siempre impresionantes jacarandas —árboles altos de muchas ramas, y que cuando florecían las copas se vestían de un velo de rosa púrpura—, pero que todos ellos tenían algo en común; la imponente altura y frondosidad de sus hojas.    

—Estamos muy cerca del camino de las gárgolas, ¿lo conocéis, mago?
—Hace varios años que no paso por el sendero.
—Está igual, salvo que la vegetación es dueña del lugar. Aun todo es un lugar mágico —dijo Rufer finalizando el último escalón. Fue entonces, cuando toparon con el paso de las gárgolas: un enorme cráter que parecía obra de los dioses, ya que ese agujero no podía ser obra de la naturaleza. Según varios libros del dios del mal, allí en ese lugar, se encontraba la prisión del inframundo, aunque muchos discrepaban que fuera cierto y trasladaban la cárcel en las montañas malditas.
—La naturaleza es impecable ante la inacción del hombre —respiró el aroma embriagador de múltiples plantas; la flora era abrumadora y las enredaderas colgaban de las gigantescas estatuas. La visión de las figuras impactaba: criaturas salidas de las peores pesadillas, pues allí descansaban e intentaban aterrar al caminante miedoso.
—Siempre recuerdo la primera vez que vi el lugar; esa sensación de que los dioses a uno le miran al pasar rodeado por elenco de monstruos —notó como su anterior herida le dolía con mayor virulencia y sus piernas empezaban a fallarle—. Rufer, necesito otro descanso.
—Dormiremos antes la atenta mirada de las viles criaturas —dijo irónicamente, y preparó una lumbre. Cogió varios leños, y con gran habilidad encendió la hoguera.—Prepararé otro brebaje para mitigar vuestra herida.
—No sé cómo daros las gracias —No llegó a terminar la frase que sin darse cuenta, se dejó llevar en un sueño profundo. Rufer tapó al conjurador; el calor del día contrastaba de las noches gélidas.  

Era muy tarde y la noche empezaba a oscurecer cada rincón con su fino manto de estrellas infinitas. Rufer, hacía rato que estaba despierto, y de mientras preparó un guiso de conejo que previamente había cazado. Buscó cuatro hierbas aromáticas para darle mejor sabor, pues él siempre decía que toda la carne sabe a pollo y que sin herbajes no valía la pena tanto esfuerzo. El agradable aroma atraía a las pesadas moscas, y como no, acabó de despertar al mago.
—Buenos días, Sacalam. ¿Os apetece un almuerzo reconfortante? —le llenó un bol de madera.
—Buenos días, Rufer —agarró el cuenco—, si sabe de la misma forma que huele es imposible negaros el ofrecimiento... —Dio varios sorbos. Los dos amigos comieron y estaban listos para el tramo final hacia su destino: la ciudad de Icengthor
—Estoy tan lleno que no puedo ni andar —se tocó la barriga, el mago Sacalam.
—Detrás de esa colina se encuentra la ciudad —señalo—. Allí os podrán salvar la vida  
Sin apenas darse cuenta los dos intrépidos héroes llegaron hasta el montículo. Unas sinuosas escaleras que estaban entalladas en la misma roca en un alarde de verdadera artesanía. Sacalam, con cada escalón que subía más cerca estaba de desfallecer; su agotamiento se notaba en su rostro y sus ojos cansados. Con más lentitud de la que de costumbre, los dos por fin alcanzaron la cima. El aire parecía ser un residente más. Rufer miró a lo lejos, y divisó las montañas altas en toda su belleza. De repente, un fuerte crujido se escuchó; era como si partieran centenares de troncos a la vez. El agua caía a gran altura y se estrellaba contra la dura roca, pues delante tenían la catarata del mar negro, donde nacía el río lento.

—Salacam, os prometí llevar sano y salvo a vuestro destino.
—Estoy eternamente en deuda con vos —le abrazó—, espero volver a vernos, pero si nos volvemos a ver, será en las comodidades de mis aposentos.
—Un gusto, mago —se alejó entre la densa vegetación.
«Salacam, ahora estamos solos. Lo más difícil está hecho» se dijo a sí mismo para levantar la moral, aunque entrar en la metrópolis tampoco sería nada fácil. Dio unos pasos y llegó hasta un puente de roca caliza que conducía a la puerta de la urbe: quince pies de alto separaban del agua, justo al mismo borde del precipicio de la catarata; la sensación de vértigo y de ser engullido por la bravura se notaba en sus andares. Pasos lentos y sin levantar demasiado el pie. A medida que avanzaba, el puente descendía de forma peligrosa, y podía ver una parte que acariciaba el mar. Desde su privilegiada situación, la luz se reflejaba en las gotas que quedaban suspendidas en el aire y formaban un bonito arco iris. Siguió observando el nacimiento del río lento, viendo como el agua era aprisionada por los sedimentos y diferentes desniveles. Calculaba que el salto de agua al menos medía cien varas, y de ancho, su vista no llegaba alcanzar el final. Había momentos que el sol cerraba los ojos cansados del mago, pues el reflejo de la luz le molestaba. El calor comenzaba a envolver al conjurador como si fuera una manta de oveja. Sacalam dejó de admirar tal maravilla y puso rumba a la puerta. Se encontraba a la mitad del recorrido del puente, y desde allí pudo divisar a dos guardias que custodiaban la entrada. Mientras se aproximaba a los vigilantes, no dejaba de pensar en las justas palabras si quería salir vivo, y poder entrar para que le sanasen la herida. El mago se paró; empezó a buscar por debajo de su túnica y pareció angustiado de no encontrar lo que buscaba, hasta que lo encontró. Volvió a remirar y cambió varios zurrones por otros, en intento de resguardar sus objetos más preciados en mejor recaudo o eso pensaba él. Cuando por fin lo tuvo todo bajo control, a su forma de ver, se acercó a los guardias, esperando que sus palabras fueran suficientemente convincentes.
«Veamos de qué manera los puedo embaucar…»  
Mientras daba unos pasos, el mago se fijó en la terrorífica  indumentaria: huesos humanos de diferentes tamaños formaban una especie de coraza; parecía un cadáver andante en vida.

—¡Quieto! —ordenó el soldado y levantó su martillo de guerra en señal de amenaza. Entonces Sacalam pudo observar en primera persona —aunque no era la mejor forma— el tan codiciado Cristol: una invención de los “pensadores” de la ciudad; de apariencia vidriosa, su mejor ventaja era su ligereza, aunque tenía una desventaja frente el acero; el corte era menos profundo.— ¡Mostraros, si no comprobaréis como os aplastó el cráneo! —Las venas se le marcaban en grueso cuello y sus ojos intentaban salirse de sus concas.
—Ya habéis escuchado a mi compañero —dijo una mujer de arrugas profundas, mientras se tocaba las partes íntimas—, si sois un joven apuesto todavía estaréis de suerte.
—Siempre igual… Siempre pensado en que te llenen los agujeros, no tienes remedio, Nadhia.
—Cállate o ya sabes las consecuencias  —le miró desafiante—. Los dioses me han otorgado un coño que usaré con jóvenes pollas —La guerrera doblada de tamaño al compañero.
«Estos dos parecen necios, aprovechare esa carencia a mi favor». Sacalam  se quitó la capucha para mostrar su rostro.
—Pero si es un viejo —hizo un reflejo de asco—, los prefiero más jóvenes, son incasables en la copula.    
—¿Vuestro nombre? Lo digo porque no me gusta matar sin conocer a quién decapito.
—Sacalam.
—¿Sacalam? Menudo nombre más raro…—se rascó el culo—. Anciano, no sé si es porque ya perdéis la razón pero, ¿¡acaso no sabéis que la ciudad esta anegada y que no recibimos visitantes hasta que no esté arreglado!? ¡Marcharos por donde habéis venido! —El guardia chasqueó el martillo contra el suelo.  
—No quiero molestar ni poner a nadie en compromiso, solo soy un pobre viejo que ha tenido un percance en el viaje —apartó la túnica y mostró la herida.  
—No podemos hacer nada, las órdenes son las órdenes —frunció las cejas el guardia hombre—,  y para que no tenga remordimiento de mataros, ya que nunca me ha gustado matar ancianos y mujeres; iros o llamaré a las águilas y os comerán vuestras podridas entrañas —amenazó, el guerrero.
En ese instante,Sacalam, observó que la mujer era más fácil de palabras a diferencia del hombre que era muy estricto.
—Puedo ofrecerles, si no se ofenden, que no es mi intención, una buena suma de dinero para los dos.
—Cerrad el pico o probareis como el martillo hace pedazos vuestro  cráneo, para dar de comer a los cerdos —espetó el guardia
—¡Estúpido! Quieres callarte de una vez o te advierto que te sodomizaré otra vez, pero esta vez no seré tan dócil, ¿de acuerdo? —Le miró y el guardia agachó la cabeza—. Dejémosle hablar, veamos que nos ofrece; siempre estamos a tiempo de lanzar su arrugada polla a los tiburones.  
—Me pareció escuchar Nadhia de nombre, mi señora —dijo Sacalam—, es un nombre muy bonito, digno de toda una reina.
—¿Ha si? Pues ahora que lo decís siempre he pensado que sería una reina… —La mujer guerrera se sonrojo; no estaba acostumbrada a los halagos.
—Si claro —interrumpió el soldado—, todos queremos ser reyes… Amiga mía deja de soñar y vuelve a la realidad. El guardia no dejaba de mirar a su compañera, pero aunque la conocía bastante bien,  le extrañaba de ver como el forastero la tenía embaucada.
—Si fuera princesa la de jóvenes de alta cuna que tendría a mi absoluto disfrute —expresó sin escuchar a su compañero, y se dejó llevar por ese pensamiento. Sacalam contempló que la clave era ella.
—Nadhia,  ¿podéis aceros sola? —preguntó, midiendo sus palabras y agregó—: Es para hablar de la cuantía del dinero.
—¡¿Por qué sólo ella?! ¡No me gusta que me la jueguen, maldito anciano! —se acercó a pies del mago y le agarró por la túnica—. Vigila tus palabras o tu cabeza rodará hasta el agua.  
—¡Tranquilo! —dijo Nadhia y de un manotazo apartó a los dos—. Tu tranquilo que si intenta algo, yo misma pondré la cabeza en la plaza del dolor. Ese acto de parte de ella alivió al mago, pues estaba a merced del guerrero.
—Sacalam, decidme lo que tengáis que decir —miró de reojo a su compañero y con la mano le marcó que se fuera más lejos, al que este aceptó, pero a regañadientes.  
—Mi petición es una oferta muy tentadora para todos —sacó un zurrón—, treinta monedas de platas. Diez para vuestro compañero y veinte para ti. «Se lo está pensando… Su punto débil es el deseo carnal».
—Podría mataros aquí mismo y quedarme todo el dinero —le interrumpió Nadhia, ¿no crees?
—Es un plan acorde con vuestra belleza —alabó—, pero a mi favor si gritó que me habéis intentado pasar, seguro que vuestro rey ante la confusión de si es cierto o no, os ejecutara sin compasión. Miradlo de otra perspectiva —sus palabras intentaba confundirla pues conocía bastante bien a los guerreros, y todos son igual; carentes de razón y domados por impulsos.—Es una buena suma dinero fácil y sin lamentar consecuencias para nadie, y que muy seguro sabréis usar; algún que otro joven de alta cuna habéis deseado acostaros, y que con este dinero seguro que se abrirán las puertas o mejor dicho los lechos... —Sacalam, terminó la frase y contempló el rostro de ella; sabía que sus palabras habían dado en el clavo.
—De acuerdo.
—Lo haremos a mí manera —objetó Scalam—. Toma —le dio las diez monedas, sin que el guardia se diera cuenta.—Nadhia coméntale lo que hemos hablado y unas vez de acuerdo, cuando pase la puerta, entonces, y solo entonces os daré el resto del pago.
—No será problema, mi compañero siempre me hace caso. ¡Rolofor, ven! —gritó la mujer.
Entre los guardias hablaron, y aunque la voz era baja, Sacalam podía escucharlo perfectamente, y tal como escuchó, para su suerte, todo fue muy bien. Mientras terminaban los flecos entre ellos dos, Sacalam no pudo dejar de contemplar la extraña puerta de la entrada, bueno, la segunda puerta de la metrópolis, ya que esta conducía al verdadero portón de urbe: su enorme altura contrastaba con su estrechez —aunque era obvio; el paso del puente no dejaba demasiadas florituras—, y que destacaban los detallados grabados con gran artesanía y un tridente; el símbolo de la ciudad.
—Aceptamos vuestro dinero pero con una condición, no deben pillaros cerca de la entrada  y en todo caso habéis entrado por el puerto, ¿entendido? —insistió Nadhia. El mago asintió y cubrió su rostro con la holgada capucha. El portón se abrió y un estridente chillido la acompaño; nada más pasar, Sacalam, les dio las monedas a cada uno y cerraron la puerta. Para desahogo de él, por fin se encontraba dentro de la ciudad. Respiro aliviado pero volvió agudizar sus sentidos, pues al menos diez guerreros le miraban con cara de pocos amigos. De repente, un chillido se escuchó y heló el corazón del conjurador; el chillido provenía de arriba. Levantó la mirada y asustado, observó a dos águilas de aspecto amenazador: batían sus alas y mostraban desafiantes sus picos afilados, mientras eran sujetados por unas cadenas irrisorias que parecía que pudieran escaparse en cualquier momento. Siguió avanzado, dejando atrás a esos pájaros sedientos de sangre, y delante tenía para su suerte la puerta de la metrópolis.
Cuando pasó el portón con escasa vigilancia, lo primero que percibió fue el bullicio; un fuerte ajetreo que iba en armonía con la catarata.

—¡Tirdad! ¡No debe escaparse! —ordenó un pescador de rostros cansado— ¡Vamos que ya es nuestro! —El marinero y dos jóvenes más tiraban de unos hilos gruesos. Sacalam, se acercó para contemplar mejor lo que ocurría. «¿Cómo han podido hacer un agujero de tales dimensiones en la roca?» se preguntó. Justo en el centro del islote un lago cubría todo el centro un lago que era usado para la pesca: rodeado de una maraña de hilos gruesos, que usaban para colgarse en esa agua infestada de tiburones, aunque las posibilidades de caerse eran muy altas. Las poleas tenían un mecanismo muy complejo —nunca había visto tanta complexión de componentes—, y decía mucho de la tecnología de la ciudad; posiblemente estaba entre las urbes de mayor desarrollo. Siguió bordeando la charca en búsqueda de una curandera, cuando vio algo que le impactó: un pescador tiró de una de las poleas, pero el contrapeso del enorme pez espada le hizo tirar al agua, como si fuera lanzado por un gigante. Los demás faeneros intentaron ayudarle para salvarle la vida, pero todo ocurrió muy rápido, demasiado rápido; los tiburones ya estaban devorando la carne y el agua se tiñó de rojo. Aunque había escuchado leyendas sobre la dura vida de los marineros, le sorprendió la facilidad de ver morir a uno de los suyos, y al instante seguir sus labores, como si uno asumiera la muerte con tanta facilidad. Dejó esa escena triste y avanzó por las calles empedradas, un deleite para los transeúntes que no todas las ciudades podían alardear.
Hacía años que no pisaba la ciudad, pero de momento no recordaba nada. Solo recordaba que los edificios más importantes se ubicaban en la parte del norte, y sin pensarlo, fue en esa dirección. Las imponentes casas asombraban al mago, pues la más pequeña era de tres alturas, algo que en su ciudad significaba tener poder; las casas de mayor estatus. Algunas moradas alcanzaban siete pisos y parecían intentar acariciar las nubes. Pero no fue esa magnitud lo que dejo sin palabras a nuestro héroe, sino, la forma en que algunas de las casas flotaban en el agua: el entramado de tablones y maderas en la parte baja, junto a unos sacos de algún tipo de planta conseguían, de alguna manera aguantar todo el peso de la edificación y que flotará. A simple vista, y aunque las maderas estaban enterradas en agua, la similitud e inspiración en los nidos de pájaros de agua se notaba en las formas.  Y era verdad que en su última visita a la ciudad, ya había visto esa peculiar forma de construir y ganar terreno al mar; aunque ahora la ganancia de espacio doblaba o triplicaba el suelo edificable.
Dio varios pasos pero el dolor de la herida volvió aparecer, y paró de golpe sus andares; con cada paso más dolor sentía, y era cuestión de segundos de que si no encontraba ayuda de alguna sanadora inmediatamente, todo el esfuerzo de entrar en la metrópolis habría sido para nada. Daba gracias que portaba el bastón y lo usaba de apoyo. Recordaba, mientras transitaba por esas maderas flotantes —no sin tener esa sensación de que las tablas podían ceder en cualquier momento—, le venían recuerdos de sus queridos discípulos de la magia; para él eran como hijos propios. En su estado y debilitado por sus heridas del anterior lucha con ese mago del averno, sus peores miedos empezaba a cobrar vida; no podía defenderse pues en el anterior combate agotó toda la mente, y necesitaba descansar y dormir para ejecutar algún mero hechizo. Y esa sensación de indefensión, le empezaba a nublar la imaginación de pensamientos negativos. Al poco rato, volvió del estado en que se encontraba y en un intento de sacar fuerzas donde no había, y buscó ayuda.
—Perdonadme, señora, ¿podría decirme dónde puedo hallar a una sanadora?
—Reyla, le podrá curar —le contestó, mientras escrudiñaba los ropajes, hasta que puso la mirada en la sangre—. Todo recto y giré a la derecha —La mujer se alejó de Sacalam, como si tuviera alguna enfermedad contagiosa.
«¿Me habrá reconocido?» se preguntó. «Preguntaré a esos niños, ellos nunca desprecian a nadie por su aspecto».
En varios pasos el mago se acercó a ellos.
—Niños y niñas —les intentó llamar la atención, pero duró unos instantes; volvieron a jugar y a chapotear en el agua. Saco de uno de sus zurrones un dragón de madera que había tallado en sus ratos de paz; para él las manualidades le relajaban de la vida tan ajetreada de su metrópolis.—¿Alguno de vosotros sabría decirme dónde puede encontrar a la sanadora, Reyla? —levantó la figura, y esta vez atrajo todas las miradas.
—¡Yo, yo! —gritaron los chiquillos, armando un griterío.
—Tranquilos —miró disimuladamente a su alrededor; el altercado atraía demasiado las miradas, algo que él no quería: llamar la atención y agregó—: Si me decís dónde encontrarlo sin hacer ruido, todos, podréis jugar con este divertido muñeco.
—Al final del todo —intervino un chico, que parecía el más mayor de todos—, hay una torre muy alta, giráis a la derecha y pasado la parte de las maderas llegarás a la parte de tierra. Una vez allí un poco más adelante encontrareis la plaza del dolor, y entre las casas de los comerciantes, debéis de buscar una puerta con una almendra grabada.
—Gracias. ¿Cómo te llamas chico?
—Ican —contestó, no sin dejar de apartar la mirada sobre el juguete de madera.
—Tomad el muñeco —le dio el muñeco—. ¿No teméis a los tiburones?
—Nuestra reina nos protege con sus conjuros —dijo, al mismo tiempo saltaba al agua de un salto.
« ¿Una reina con magia? En cuanto recupere mi físico investigaré para saber a qué nos enfrentamos» se preguntó y aunque no podía confirmarlo, rumores de que una bruja reinaba en la ciudad.  
Volvió a poner rumbo en busca de su salvación nuestro héroe, a la espera de no fallecer antes. Sin apenas darse cuenta, y pasar por edificios de gran envergadura, topó con el edifico más alto de la ciudad; la atalaya del oeste-norte: su alzada de doce pisos era impresionante, y que con esa cúpula de roca reflectaría que rivalizaba con el mismo sol. Una peligrosa escalera caracoleaba la construcción como una serpiente abraza a su presa. Dos guardias vigilaban desde las alturas, con sus arcos de larga distancia. Justo cuando se alejaba para entrar en la tierra firme —la ciudad estaba construida al mismo borde de la catarata y en medio de un islote; y que tanto los laterales como el norte habían sido terreno ganado al mar—, vio una jaula de pájaros pues antes había divisado en muchas de las moradas; según los residentes les daba suerte y les avisaba de posibles tsunamis.

El viento soplaba a media altura y levantaba un fino manto de gotas, que mojaban los labios de Sacalam, pudiendo notar la gran salinidad el mar negro. El sol estaba en sus tres cuartos de recorrido, el calor anterior dejaba paso a unas  temperaturas más acordes a la primavera. El mago dejó la parte oeste y entró la parte de tierra firme. Lo primero que percibió fue el aumento de gentío, a diferencia de la parte oeste, más fría. A su lado paso una niña « ¿Cómo puede estar embarazada si tan si quiera debe haber tenido dos menstruaciones?». El asombró del conjurador era notable en su rostro; no podía entenderlo, no entraba en su razón. Había oído que Icengthor era una de las ciudades de mayor libertinaje sexual, que todo se podía comprar con dinero, pero no pensaba que llegaran tan lejos. No extrañaba a nadie si entre padres e hijo o entre hermanos se practicará el sexo de mutuo acuerdo —claro está que siempre hubiera dinero de por medio—. De repente, varias trompetas sonaron muy cerca de él. La gente se apelotonaban mientras la exaltación crecía por momentos; todos corrían en busca de una buena posición.
—¡Dejado paso al rey y la reina! —dijo una bella mujer, cuyo rostro era tapado por una máscara dorada, y de nariz alargada y puntiaguda; al igual que los demás que transitaban por el improvisado pasillo, todos estaban desnudos y solo portaban una capa rojiza, y los anillos con los símbolos de cara monarca: el rey era representado por la flor de la muerte (una orquídea que desprende un fuerte hedor), el mar negro (tres franjas negras) y el emblema de la ciudad, el tridente. Por parte de la reina sus símbolos eran el báculo con una luna menguante y la diosa de la ciudad, Nethra (un ser mitad pez)
»¡Apartaros! —apartó algún aldeano del medio—. ¡La venerada festividad de la Seta, ha concluido! Pero queridos aldeanos solo significa una cosa, quedará todo un año para volver a disfrutar del sorteo del emparejamiento sexual con todos los habitantes de nuestra ciudad —finalizó, y la multitud exaltó el nombre de la fechar tan señalada.
—Paso a sus majestades —dijo, un hombre fornido y que llevaba el mismo atuendo que los guardias con una única diferencia; su casco aterrador. Era Mirwon, la mano derecha del rey y capitán de la guardia de la ciudad; sus ojos opacos asomaban en ese alarde de artesanía y obra horripilante: el acero del yelmo tenía la amenazante forma de una araña, con sus ocho patas abiertas de par en par, y sus colmillos envenenados. Fue entonces, cuando el carro pasó, mientras una femenina  mano se deslizó entre las cortinas y saludó a la multitud. Sacalam dedujo que sería la reina quién saludaba, y que por mala suerte deseaba ver si era una bruja.
Los ostentosos transportes de la realeza pasaron, y el repentino folclore dejó paso a la normalidad de la gente. Sacalam, sin perder más tiempo volvió a seguir su camino. Sin apenas darse cuenta entró en la abarrotada plaza del dolor.
—¡Oferta, oferta! —Se escuchaba por todas partes; los comerciantes en sus improvisadas tiendas no paraban de atraer al comprador indeciso. Aunque la plaza tenía unas grandes dimensiones, entre tanto tendal y multitud hacia que, Sacalam en su estado tuviera verdaderos problemas para avanzar. Aún todo el sufrimiento, las ganas de vivir del mago fueron lo que, con mucho esfuerzo, llegó hasta el final de la plaza. Allí varias estaban las casas de los comerciantes, todas con sus insignias identificativas de cada profesión. Y por fin, delante suyo tenía la almendra graba en el portón. Entonces se desmayó, chocando bruscamente contra la puerta, y nuestro pobre héroe a sin se encontraba; al borde de la muerte en una metrópolis donde los magos eran buscados.

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  Temporada 1ª; el más cabroncete
Enviado por: Minotauro - 15/05/2016 02:45 PM - Foro: Canción de hielo y fuego - Sin respuestas

Y ahora la encuesta del más cabroncete, desgraciado, tontorrón, infumable, inaguantable, malo, malote.

Para mí con claridad la reina Cersei y el bobalicón Joffrey, aunque Sansa no se escapa de tontorrona.

¿Quién es el malo para ti?

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  Temporada 1ª Juego de Tronos
Enviado por: Minotauro - 15/05/2016 02:31 PM - Foro: Canción de hielo y fuego - Respuestas (11)

Tras tres días en los que me he metido entre pecho y espalda los 10 capítulos de Juego de Tronos, personalmente Ned Stark y toda su familia me resultan de lo más positivo de la misma. Son los mejores para mi opinión: nobleza, lealtad, transparencia, etc... Y la reina Cersei junto con Jofrey los más repugnantes. Para ellos el fin merece todos los medios aunque sean la mentira, la violencia, o lo que sea. De los Lannister todos repugnantes un escalón por debajo, aunque con la excepción del enano, Tyrion, que me resulta cínico pero sincero en sus planteamientos.

Daenerys me resulta un enigma, mujer fuerte y valiente.

¿Quién es tu mejor personaje de la primera temporada?

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  Concurso Mensual II: Reencuentro
Enviado por: Joker - 13/05/2016 02:49 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

Reencuentro

Lord Vàsher observaba a la mujer pálida de pie junto a la ventana. Palpó el vidrio con los dedos. Era frío, y la bífora alta que lo protegía tenía los cristales empapados por la lluvia que golpeaba el bosque. Los árboles sin hojas se extendían bifurcándose en caminos sombríos, ramificándose hasta perderse en la oscuridad. Los lobisones enterraban el hocico en los cuerpos de los ritualistas de la Torre de Baccanàl, mordían la carne de los despojos entre la basura; las cruces de plata, partidas, eran muestra de que el Cristo no existía. Lord Vàsher siempre intuyó la debilidad del no-dios. Pero antes de entablar el primer encuentro con los cabríos dudó de sus creencias. Por algún tiempo tuvo dudas, sentía una presión en el pecho, una especie de miedo a equivocarse. Después de todo él mismo veía a los sacerdotes torturar a los posesos, a los torsos y a los progerios. El agua bendita quemaba sus cuerpos mientras los balanceaban desnudos, encadenados sobre el potro.
«El demonio sabe», pensaba.
―Él sabe ―repitió en su habitación, aún observando a la mujer que lo esperaba en el bosque.
Se dio la vuelta.
Caminó por la Sala del Rito. Sólo había sacrificado a siete niños cuyos cuerpos se pudrían sobre las mesas de ladrillo. Las moscas zumbaban sobre los cadáveres junto a los cálices de madera con los signos tallados en el idioma de los grimorios: la luna, el colmillo, el zodiaco, el trisquel. Lord Vàsher todavía tenía hilos rojizos en las comisuras de los labios, mas se los limpió con la manga de su hábito.
¿Desde cuándo no había visto a la mujer, y desde cuándo no se sentía tan libre en el interior de su torreón? Como Lord de la dinastía Vàsher lo tenía todo, pero a la vez, nada. La opresión de los clérigos por sus costumbres paganas, los murmullos de la servidumbre por sus esposas muertas y sus hijos desaparecidos, el odio sembrado por sus vasallos, el desprecio hasta de sus perros y de las sombras de sus perros. Todo lo que rodeaba a esas tierras, y toda alma que las habitaba, así fuese la de un miserable labriego, le asqueaba. El hedor natural del hombre y de la mujer; la peste a sudor, a excremento, a orines y a sexo no se quitaba ni con los bálsamos de madera que vendían los alquimistas; y era precisamente esa pestilencia la que por fin empezaba a desaparecer. Un hedor casi tan nauseabundo como el de la vida extendía su estela en los caminos del bosque al interior de la bruma.
«Los bálsamos mortuorios, los hedores que despiden esos sacos de hueso y carne al pudrirse son los vestigios que he dejado a lo largo de mi existencia», pensó al abrir la puerta del aposento.
Se oyó un chirrido.
Bajó las escaleras recordando los sacrificios que había cometido a la sombra de los sacerdotes. En ese entonces, cuando se alejaba para ofrecer sangre a los dioses cabríos, los bosques en los que construía su santuario eran todavía verdosos. Pero desde que cometió el último sacrificio quedaron cercados por una bruma que no dejaba escapar a nadie. Las almas que lo intentaban eran cazadas por lobisones o era la misma niebla quien los devoraba. No había escapatoria porque había convocado al único dios, al único forjador de monstruos.
«Los monstruos que envejecen, que al morir se transforman en sacos hinchados de carne y pus.»
―Todo lo que hice, lo hice por ti ―susurró mientras bajaba los últimos peldaños. La mujer pálida, la única mujer a la que había amado fue también la única que lo abandonó. Pero en cuanto sus dudas se disiparon se decidió por recuperarla―. «Ocho meses en el interior de tu vientre, otros ocho amamantándome como un ternero, pero después de catorce años era yo quien te amamantaba a ti y tú la que te bebías toda la leche. ¿Por qué me abandonaste, madre? No era perfecto. Ninguno de los dos lo éramos, pero te fuiste por tanto tiempo y ¿para qué? Es ahora cuando me gustaría saberlo.»
Empujó la puerta de la torre con su mano huesuda. Salió hacia la oscuridad del bosque, bañado por la luz sangrienta de la luna. Su madre, su amante y su único amor se encontraba ante él, rodeada de un anillo de niebla y resguardada por lobisones de pelaje espinoso. Los hocicos manchados de baba cetrina espantaban al viento, pues silbaba atemorizado.
Pero Lord Vàsher, a diferencia de él, no tenía por qué temer; pues era el conjurador que había ofrecido el mayor sacrificio al príncipe del Infierno. De cuatrocientas almas constaba su reino y cuatrocientas había sacrificado. La Torre de Bacanal junto a las miles de miles de hectáreas que conformaban las tierras de su linaje se habían transmutado en un pedazo de averno. Desde su posición, bajo el torreón en ruinas, no se arrepentía de la sangre ni de que fuese castigado, porque sabía que después de la muerte sólo quedaba la oscuridad, porque su raza era una raza creada por el diablo, creada sólo para saciar sus placeres, sus ansias, mendigar amor y otorgarlo a espíritus idealizados.
Lord Vàsher caminó hacia su madre, quien lo esperaba al final del camino. Los lobisones lo observaban, atentos, guardianes de la reina del bosque y de la penumbra.
―Abrí la puerta del infierno y ahora te encuentras aquí― le dijo―. Quiero que sepas que sólo lo hice para buscarte. ―La voz del Lord era rasposa, como un ronquido―. Ahora podremos volver a estar juntos. En esta tierra no queda nada para nosotros, así que huiremos. Podemos descender a los abismos, perdernos, acostarnos sobre el barro como las bestias que somos. Quisiera de nuevo oler tu cuerpo y que vuelvas a oler el mío, olisquear tu cabello, tu olor a pelo de ciervo y a venado.
La mujer agachó la cabeza. Detrás de ella surgía una sombra alta, espigada, que se formaba de la niebla pero también de la hojarasca que tapizaba el bosque. Los lobisones se abrían paso para dejarla pasar.
Cuando Lord Vàsher la vio, dejó que su boca se abriera sutilmente. No quitó los ojos de la figura cornuda que posaba su mano sobre el hombro de su amante.
Pese a las sombras vio que el monstruo tenía la piel desollada, que sangraba pero no sentía dolor, sino placer. Los cuernos de cabra se encorvaban con orgullo, su rostro femenino y masculino a la vez tenía la perfección de un dios. Era el príncipe del averno  y se encontraba ante él, allí sobre a las brozas, con su cabello largo, rojizo, casi encrespado; un seno pequeño le colgaba del pecho y, bajo el vientre, tenía un miembro grueso, curvo y alargado. Padecía de priapismo: la marca de todo cabrío.
Lord Vàsher frunció el ceño al verlo a los ojos. Sus cabellos respingaron tanto como su túnica. Por un momento sintió una presión en el pecho como si estuviera celoso.
―Te entregué un reino, cuatrocientas almas ―lo arrostró algo agitado. Las rodillas le temblaron pero no cedió―, sólo para cruzar las puertas de los abismos y buscar a la mujer que te acompaña. Dámela, que ella es mía y yo le pertenezco.
El cabrío esbozó una sonrisa.
―Nací para ser su compañero ―insistió Vàsher―, beber la leche de sus senos y la sangre de su cuello. Siempre nos hemos amado.
―Cállate ―le ordenó su madre.
El rostro del diablo parecía burlarse. Miraba al Lord como si fuera una hormiga. De haber querido lo hubiese convertido en una mancha de carne.
La mujer se aferró al demonio. Sus manos pálidas abrazaron su cintura sin piel. La cola larga, como de rata, danzó bajo la noche.
―El amor es un sentimiento hermoso, hijo. ―La mujer hizo una pausa para tomar aire―. Así como el deseo y también la pasión. Pero ninguno se disfruta a su plenitud si no se acepta nuestra naturaleza primigenia. ¿Sabes? Ahora que te miro a los ojos me decepcionas. De pronto me doy cuenta de que olvidaste todo lo que te enseñé.
―Tonterías.
―Cada vez que nos acostábamos, que olisqueabas mis cabellos, que tras tenerte dentro de mi me murmurabas al oído que no te sentías cansado, que la sangre del diablo corría por tus venas, siempre te creí. Pero ahora te comportas como un llorica. ―La mujer agachó la cabeza. Sus rizos danzaron como flores de oscuridad―. Los cabríos no te dejarán venir si no aceptas lo que eres; si no abres los ojos, nos miras, y de una vez admites que eres un animal y una dualidad como en la que me he convertido y como el príncipe que se encuentra a mi lado.
No hubo respuesta. Sólo soplidos de viento y un ceño fruncido sobre la piel reseca.
―Míralo bien ―continuó su madre―. Él es el Padre Eterno. El Único. El Señor de todos los mortales.
La mujer apresó el pene de la criatura mientras ésta la tomaba del mentón con la otra mano. Lord Vàsher vio cómo se miraban cada uno los rostros; contempló, sumido en las sombras, que ambos empezaban a besarse, a fundirse en un beso de fuego antes en enredarse en caricias, suspiros y abrazos. Los lobisones que los rodeaban comenzaron a acercársele, hambrientos. Detrás de los árboles desnudos aparecieron dos más, y cuando se volvió a la torre, que parecía lejana, sombría, casi inalcanzable, surgieron tres bestias peludas que lo quedaron mirando. Le mostraron los colmillos, mientras que del hocico les bullía una peste a infierno.
Lord Vàsher tembló.
Todo había sido para nada. Todo por gusto. Las cuatrocientas almas, su reino, el ritual, la sangre que había bebido. El demonio lo había engañado como siempre solía ocurrir en los tratos.
En ese momento Vàsher escuchó de pronto un gruñido, el ruido de unas pezuñas arrastrarse sobre las brozas, aullidos bajo la luna de sangre, ecos salivales, húmedos, miradas fantasmas que surgían del bosque, de la corteza de los árboles y, por último, la mirada de su madre al volverse a él mientras se le soltaban los rizos. De pronto, pareció decirle que era su última oportunidad.
«¿En serio? No te creo…»
La criatura lo observó. Era como si lo hipnotizara con sus ojos leoninos, con sus enroscados y robustos cuernos y su cabellera salvaje. El rostro andrógino. La mirada astuta, poderosa, como la mirada del diablo.
«Ven, únete ―imaginó Vàsher que le decía―. Sé uno más de nosotros. Te tenemos reservado un lugar especial.»
El Lord no pensó.
Solamente caminó.
Se acercó a la pareja sin prestar atención a las sombras de los lobisones, y cuando estuvo con ella, madre y padre, se fundieron los tres en unas llamas de sudor. Los rostros se acercaron. Fue un beso triple, ardiente y mojado, embebidos todos por una peste a pelambrera, a carne despellejada, a sangre y a bestia: en el bosque se respiraba un aroma húmedo. Los ojos de los tres estaban demasiado cerca. Las melenas se enredaban, rebeldes, monstruosas, y Lord Vàsher se fundía para siempre en aquella trinidad. La única de todas. La de la sangre cabría. La de los amantes. Todos eran parte del infierno, del placer. La neblina los envolvía con sus anillos humosos y sus guardianes, los lobisones, esperaban inclinados, obedientes, bajo la luna llena del color de la sangre.

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  Miau.
Enviado por: El hombre que ríe - 11/05/2016 05:04 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (6)

Bueno, como algunos me han pedido que escriba algo, ya que no soy de escribir mucho pero sí de imaginar (véase el nombre del título), aquí os traigo un cachito de mi mente. No seáis muy duros conmigo, ya que no me puedo comparar con vosotros, oh, famosos escritores.

Tampoco se me dan bien los títulos, así que acepto propuestas. Esto lo cogí de mi blog, del año 2010.

Las lanzas, caídas, rotas, bañadas de sangre reposan sobre mi dicha.
El aire, pesado y gris inunda mis pulmones.
El cielo, negro y desolador, dibujada sola por la Luna Roja.
Tumbado, entre los escombros de esta triste guerra, respiro pesadamente.
El aire apesta.
Apesta a muerte.
A muerte y destrucción.
Toso violentamente, la sensación de volverse cada vez más débil es abrumadora.
Girando la cabeza, miro mis manos, caídas en cruz cuan largo era.
Muevo los dedos, manchadas de tinta roja.
Puedo moverlos.
Miro al cielo.
Cómo la sombra de Dios se expande ante mí, y este desolador paisaje.
Cierro los ojos.
Recuerdo...
¿Cuántas almas maté aquella noche?
¿Cuantas vidas quité en mi existencia?
¿Cuanto tiempo ha pasado desde que empezó todo?
Nunca pude responder a esas preguntas.
Ni las respondería aunque lo supiera.
Exhalo el gas que llenó mi cuerpo poco a poco.
Gota.
Abro los ojos, sorprendido.
Gota.
El cielo.
¿Qué le pasa?
Gota.
Un miedo inunda mi alma.
¿Que es eso?
Gota.
Agarro la cara con las manos, aún llenas de esa maldita tinta roja.
Gota.
Miro el cielo.
"Lluvia."
Creo que ése era el nombre correcto de eso.
Lluvia.
De pronto...
Siento paz.
Cierro los ojos, dejo caer mis pesados brazos y respiro.
Huele a pureza.
Jamás había sentido una cosa así.

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  Holy Chronicles - El ascenso de un nuevo rey (Muestra)
Enviado por: lean - 11/05/2016 02:43 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (1)

Como lo dice el titulo, esta es una muestra mi trabajo oficial que sera parte de una gran saga con diversas trilogias, entregas y cada una de ellas contando historias entre si, otras diferentes, con diferentes personajes que tendran conexion entre ellas. Basados en relatos biblicos, ambientados en el cielo y el infierno, con personajes nombrados por diccionarios angelicales y demoniacos creando conflictos entre si que hacen de esta saga toda una ventura con un largo recorrido. Les dejo parte del primer capitulo (aun no finalice esta primer entrega) y como es algo que tiene mucho empeño por mi parte y lo trato con seriedad, por cuestiones de seguridad solo comparto un pequeño avance para que se introduscan en ella, conoscan y vean si es de su interes, quizas, mas adelante pueda mostrar mas que un simple avance Wink
Y como siempre pido, si podes y queres dejarme tu opiniono, critica, comentario, review ya sea en la pagina o como comentario en el foro te lo agradeceria Smile
Otra cosa tambien es que estoy dejando un enlace para que sea lea en la pagina de wattpad, nose si estoy haciendo bien o deberia copiar y pegar mi texto aqui mismo. En caso de que sea un error me lo comentan asi modifico el post Smile
abajo les dejo el link y disculpen que no le haya dado mas onda al post, es que no se manejar todavia bien los codigos para que se visualizen con imagenes y eso ajjaja

https://www.wattpad.com/214896374-holy-c...ey-muestra

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  [Ciencia Ficción] La fortaleza de los Hombres de Piedra
Enviado por: Laundrich - 06/05/2016 07:33 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (3)

Hola gente. Cómo les va? Hace unos días terminé un cuento y tenía ganas de postearlo para que fuera leído. No es ni mucho menos un cuento perfecto, soy el primero en decirlo, pero me gustaría dejarlo por acá y si les provoca comentarlo que lo hagan, o no. De cualquier manera les agradezco su tiempo. Suerte, chic@s.

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