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  [Fantasía épica] Infierno de dioses- Borrador caps. I-II-III
Posted by: Momo - 16/09/2016 03:26 PM - Forum: Tus historias - Replies (92)

Abro un nuevo hilo para no mezclarlo todo. Si alguien a quien le sobre tiempo quiere echarle un vistazo a este primer capítulo se lo agradeceré. Le he dado un repaso rápido al prólogo porque nunca lo había corregido. Sigue pendiente de revisión, pero he quitado palabras y acciones repetidas y tantas comas como he podido.
Lo cuelgo en dos mitades, porque es muy largo. Tengo dudas de que alguien llegue a leerlo todo, pero por si hay algún kamikaze ahí va completito.
Sobre todo me interesan dos puntos. Si se sigue la lógica de lo que ocurre y si genera interés como primer capítulo.
No está corregido del todo, pero se acerca bastante a la versión definitiva.

Nos leemos.

1 . La reina desvalida


El prisionero estaba de rodillas en medio del salón, circundado de mesas, encadenado al suelo. La reina pubescente en cuyo honor se celebraba el banquete, ensordecida por las voces y las risas, no apartaba la mirada de él. Aquel hombre rubio llevaba un singular bocado en la boca que le impedía hablar y tampoco apartaba los ojos de ella. Aquella mirada la estaba poniendo nerviosa. No había probado el jabalí de su plato ni el vino. Al notarlo, el temible anfitrión de su marido hizo un gesto y uno de los guardias abofeteó al prisionero. Lo golpeó varias veces hasta que éste bajó el rostro. Ya no volvió a alzarlo. Briseyd no comprendía por qué aquel hombre joven le prestaba tanta atención, no comprendía por qué estaba allí encadenado ni por qué lo golpeaban. Un llave enlazada en una cadena de oro colgaba a la espalda de la reina, en el muro principal, diminuta, de una de las enormes lanzas cruzadas que adornaban el salón. Briseyd supo que pertenecía al cautivo. Entonces su esposo la hizo levantarse, cogiéndole una mano y alzándosela por encima de la cabeza. La hizo girar como si fuera una dorada peonza, envuelta en brocado y perlas, jaleada por las cadenciosas voces de los comensales. Orgulloso de su belleza. La soltó en medio del salón y ella danzó envuelta de brisa. Con cada giro veía al prisionero que casi sin levantar la cabeza también la contemplaba. Y en su expresión descubrió algo que no comprendió, pero que la hizo llorar mientras seguía bailando como un torbellino.
Su canoso esposo la atajó en medio del salón. La cogió por la cintura y la hizo inclinarse como a una flor. Hundió el rostro en su escote. Pero cuando se irguió, no la contemplaba a ella, sino al prisionero. El joven había intentado levantarse, pero sus cadenas no se lo permitieron y los golpes que recibió lo derribaron de nuevo. Briseyd en brazos de su rey, presenciaba la escena con sus ojos de niña muy abiertos. En apenas dos días se había convertido en esposa, reina y amante, pero solo tenía trece años. Y no entendía nada. El mundo era grande y extraño. Los hombres que manejaban sus entresijos eran tan poderosos como crueles y durante su viaje de nupcias no había encontrado bondad en ningún lugar ni en ningún rostro. En realidad hubiera querido que se la tragara la tierra, pero siguió dócilmente a su marido hasta la cabecera de la mesa. Y ya no volvió a mirar al cautivo.
Sin embargo aquella noche, después de satisfacer a su esposo y dejarlo dormido en el lecho, Briseyd regresó al salón. El joven rubio se incorporó al oírla entrar. Alumbrada por el pobre resplandor de su vela la reina se acercó al muro y tomó la llave que pendía de la lanza. Luego se dirigió al centro del salón para abrirle los grilletes con ella, pero aquella llave tan pequeña no era para las cadenas. El prisionero hizo un gesto negativo y le señaló el bocado. Briseyd se lo quitó.
—¿Por qué has venido? —le preguntó el cautivo en voz baja y presurosa.
Pero Briseyd estaba absorta contemplándole.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó como si no le hubiera oído.
—Férenwir. ¿Y tú?
—Briseyd.
—Briseyd es un nombre extraño para ti —dijo él—. Es un disfraz. Dioses, lo he sabido en cuanto te he visto.
—¿El qué?
—Quién eres. Eres como yo. Ellos no me lo han dicho, pero sabían que yo lo presentiría —Férenwir hizo un gesto de rabia—. Lo han hecho solo para hacer daño. Como todo lo que hacen.
La delicada reina no le comprendía. Permanecía silenciosa, como hechizada por su sola presencia. Férenwir le devolvió la mirada, pensativo. Parecía dudoso entre hablar o callarse.
—Eres tan joven... —murmuró él—. ¿Cómo ha podido Caens caer tan bajo?
—Sólo se ha casado conmigo —murmuró Briseyd con melancolía, intentando asimilar ella misma lo que aquello significaba.
—No ha hecho solo eso. No debes confiar nunca en él ni debes perdonarle —. Aquellas palabras sonaron bajas y roncas, llenas de amargura. — A partir de ahora debes ser muy cuidadosa, Briseyd.
—¿Por qué?
Aunque quizá ya no volviera a tener la oportunidad de hablar con ella, Férenwir había decidido no revelárselo todo. Eran aún demasiado joven. El mohín decidido que se adivinaba en sus labios casi infantiles revelaba una carácter demasiado ardiente y temía lo que pudiera ocurrirle.
—Porque eres una celestial. Como yo lo soy.
La reina había oído cuentos sobre ellos. Seres mitad humanos, mitad dioses, barridos de aquellas tierras por una guerra pavorosa. Meneó apenas la cabeza, incrédula. Y sin embargo sabía que era cierto. Deseaba acurrucarse entre los brazos de Férenwir y dormirse allí. Olvidarse de todo. Presentía lo que los unía y no podía explicar.
Los pasos de la guardia de noche se acercaban.
—¡Debes irte! —siseó Férenwir—. ¡De ninguna manera deben encontrarte aquí! No deben saber que te he dicho quien eres en realidad. Ponme el bocado. Todo tiene que estar igual que cuando llegaste.
Los pasos habían alcanzado la puerta y Briseyd apagó su vela. Le pareció que los ojos de Férenwir brillaban en la oscuridad como dos luciérnagas azules. Entre sombras se acercó para colocarle el bocado de oro y cuero. Al inclinarse para cerrar el candado en su nuca sintió su respiración como un soplo de brisa en el cuello. Se estremeció. Era como si aquel leve roce borrara de golpe todas y cada una de las asquerosas caricias de su rey. No se contuvo. Se volvió y lo besó un tanto precipitadamente en la comisura de la boca. Le ajustó el bocado de inmediato sin volverse hacia él, temerosa de su reacción. Férenwir había alzado las cejas y la miraba. Sonrió apenas, con tristeza, pero Briseyd no pudo verlo, porque aquella suave sonrisa quedó atrapada bajo el bocado que le acababa de poner.
Sonrojada y con los ojos bajos la muchacha aún mantenía sus manos sobre los hombros de Férenwir. Él comprendía muy bien cómo se sentía. Intentó hablar, pero ya llevaba aquella dichosa mordaza. Apoyó la frente en el hombro de Briseyd. Ella hundió el rostro en aquellos cabellos tan rubios. Y sus quedos sollozos rompieron la pesada quietud del salón. Férenwir no sabía cómo consolarla y la abrazó con fuerza a pesar de las cadenas. Los apagados pasos de los centinelas se alejaban por los corredores. Haciendo un esfuerzo, Briseyd se levantó. Volvió a colgar la pequeña llave de la lanza y se marchó con una última y rápida mirada. Aun tenía las mejillas húmedas.


El banquete con que la agasajaban ahora le recordaba a aquel otro, casi borrado por el paso de cuatro años. Cuando había visto a Férenwir por primera y última vez. Nunca lo había olvidado.
Briseyd paseó distraídamente su mirada por la abarrotada mesa buscando alguna señal de sus parientes, aunque sin demasiadas esperanzas de encontrarlos allí. No era un secreto que el rey Nérdegar tenía a dos celestiales en sus tierras, pero tampoco era muy probable que los hubieran invitado a un banquete real. Todo el mundo hablaba de ellos, pero nadie les había visto las caras ni se sabía quiénes eran en realidad. Se sintió desalentada. El resto de su estancia en Ofräem la pasaría en compañía de Naradein y sus apocadas damas de compañía, lo que significaba aún menos probabilidades de cruzarse con ellos. A su alrededor los hombres gritaban pidiendo toneles de cerveza y los criados cargaban con pesadas bandejas de guisos humeantes. El ambiente era pegajoso, cargado de olor a carne de cerdo y a cera quemada y los gruñidos apagados de los perros se escuchaban bajo las largas mesas, mientras se disputaban los huesos que les arrojaban los comensales. Briseyd sentía de vez en cuando las miradas lascivas de los capitanes deslizándose de su rostro hasta el nacimiento de sus pechos. Aquellas miradas siempre habían provocado una insana satisfacción en su marido. Quizá por eso la había llevado con él aquella noche al banquete. No había ninguna otra mujer en el salón. A ella le molestaban sobremanera y se concentró en su plato de estofado, mientras a su lado Caens y Nérdegar trataban asuntos del gobierno de sus tierras. Recordó otra vez a Férenwir y sintió que perdía el apetito por completo. Su cuchara se deslizó por el borde del plato, hasta desaparecer en el guiso. Ni siquiera lo advirtió. Se esforzó por reconstruir aquella mirada que la había reconfortado tanto y el fugaz roce de sus labios. Sólo con recordar el tacto de su piel sintió que un estremecimiento ardiente le subía por las entrañas y le erizaba el vello. Pero apenas nada más. El tiempo transcurrido hacía que aquel breve encuentro le pareciera vago y lejano, como si sólo lo hubiera soñado y él nunca hubiera existido en realidad. Lo único que le quedaba ahora era la hiriente certeza de que muy lejos de ella, en el sur, Férenwir seguía siendo desangrado cada día. Ensimismada, levantó su copa y tomó un poco de vino, aunque tenía el estómago revuelto. Tropezó con unos ojos cristalinos que la observaban desde el fondo del salón. El joven que se hallaba sentado sobre el suelo cubierto de paja, en un rincón de la estancia, apartó la mirada al verse descubierto. Briseyd dejó la copa sobre la mesa y le contempló con interés. Iba ataviado con ropajes hermosos, pero sucios y desgarrados y que, era evidente, no le habían pertenecido antes de alcanzar aquel estado depauperado. Se abrazaba las largas piernas y descansaba la cabeza sobre las rodillas dobladas, con la cara vuelta ahora hacia la pared, como si pudiera olvidarse de donde se encontraba sólo por el hecho de no mirar el bullicioso salón. Briseyd sintió al instante una incontenible curiosidad. Aquel joven parecía completamente fuera de lugar en aquel banquete.
—Veo que habeis descubierto a mi bufón —le dijo Nérdegar, interrumpiendo su conversación con Caens.
Al escucharle, su esposo se volvió hacia ella. La tensión reprimida que adivinó en aquel gesto puso en guardia a Briseyd.
—¿Tenéis bufón? —se asombró la joven. No era una costumbre muy extendida.
Nérdegar le sonrió sardónicamente.
—Digamos que al menos lo intento —desvió los ojos hacia el joven y Briseyd advirtió un brillo acerado en sus pupilas frías y veladas como la niebla gris.
—Nunca he conocido a ninguno. ¿Me permitís que hable con él?
Los dos reyes intercambiaron una rápida mirada.
—A mí no me importa —le respondió Nérdegar con gentileza—, pero es a vuestro esposo a quien debéis pedirle permiso.
Briseyd tenía apenas diecisiete años. Cuando se lo proponía podía parecer aún muy niña. Le dedicó una sonrisa a su esposo y tomó su mano.
—Por favor... —suplicó con voz melosa.
Pero la mano de su esposo permanecía inerte en la suya y supo que Caens se hubiera negado de forma tajante de no ser por la presencia de Nérdegar.
—¿Por qué te interesa tanto hablar con él, dama mía? —le preguntó con una dureza que contradecía aquel apelativo.
—Me aburro —suspiró la muchacha sin faltar demasiado a la verdad.
Oyó la risa de Nérdegar, a espaldas de su esposo.
—Lo siento. No quería ser descortés ni menospreciar vuestra hospitalidad —dijo Briseyd enrojeciendo de pronto.
—No os disculpéis, señora. Es cierto que éste es un festín de hombres. Me temo que no he sido demasiado considerado con vos. Por favor, Caens, permite a tu deliciosa esposa levantarse de la mesa y acercarse al bufón. Así repararé en parte mi falta de previsión para proporcionarle diversiones.
A pesar del tono irónico de Nérdegar, Briseyd presintió algo más en sus palabras. Su esposo le había dicho una vez que el rey de Ofräem nunca hacía nada sin una intención más profunda.
—Está bien. Ve —accedió su esposo, pero era evidente que se lo concedía de malagana.
El joven había levantado la cabeza otra vez. No alcanzaba a oírles debido a la algarabía que reinaba en la estancia, pero había advertido sus miradas y presentía que hablaban sobre él. Les contemplaba con rostro tenso. Al advertir que la joven reina se dirigía al lugar donde se encontraba se quedó rígido, desagradablemente sorprendido. Briseyd comprendió que lo que más deseaba en este mundo era pasar desapercibido tanto tiempo como le fuera posible. Parecía de su misma edad, quizá uno o dos años mayor. Mostraba un aspecto cansado y sin embargo, debajo de los restos de pinturas de colores y los moratones, tenía un rostro muy hermoso. Briseyd nunca había visto a nadie tan rubio y de ojos tan azules.
Se acuclilló junto a él y le sonrió, intentando tranquilizarle.
—¿Cómo te llamas?
El joven la miraba directamente a los ojos, pero no le respondió.
—¿Es que no tienes lengua, estúpido? —le gritó uno de los capitanes que estaban más cerca—. ¿Voy a tener que levantarme para sacarte las palabras a golpes?
—No lo sé —le respondió el joven a Briseyd de inmediato.
—¿Cómo que no lo sabes? —les llegó la voz cortante de Nérdegar desde la mesa—. Di la verdad, muchacho.
Varios soldados celebraron por adelantado la respuesta con broncas risas.
—Mi nombre es bufón —respondió el joven, como si la palabra le supiera amarga.
—Pero bufón no es un nombre —le replicó la reina intentando mantener la calma, a pesar de que empezaba a sentir una extraña opresión en el pecho.
El joven se encogió de hombros, con desgana. Apartó la mirada con la esperanza de que aquello diera la conversación por concluida. Briseyd ignoró aquel gesto.
—¿Cuántos años tienes?
—No lo sé —le respondió él, remarcando cada sílaba.
—¿Cómo se llamaban tus padres? ¿Quiénes eran?
—No lo sé —repitió el bufón aún con más énfasis y sin mirarla. Intentaba contenerse, pero era evidente que de no ser por la situación en que se hallaba y el temor a los golpes, se hubiera mostrado mucho más impaciente. Se mordió los labios. Briseyd intuyó que en aquel momento el joven debía odiarla, pero ella necesitaba saber  más.
—¿Tampoco tienes hermanos? —le preguntó más esperanzada. Pensó que quizá eso sí lo recordaría.
El joven se tragó la apagada maldición que brotaba de sus labios. No le respondió. Sólo sacudió la cabeza negativamente. Briseyd hizo un mohín resignado y se quedó sin saber que más decir. Sus ojos castaños recorrieron los miembros largos y flexibles del bufón. Aún sentado, Briseyd se dio cuenta de que era muy alto.
—¿No eres demasiado grande para ser un bufón? —preguntó un tanto irreflexivamente.
El joven se volvió en un impulso.
—¿Y vos no sois demasiado joven para ser reina? —le replicó con aspereza.
Aquellas palabras la hirieron, por todo lo que representaban de su propia historia. Caens le había pegado durante toda su niñez y a los trece años la había desposado y la había hecho suya. Al recordarlo sintió nacer en ella un inquietante sentimiento de afinidad con el joven.
Tras ellos, Nérdegar hizo un gesto y uno de los soldados se acercó al bufón. Lo abofeteó con extremada rudeza.
—¿Es qué  no te he enseñado como se le debe hablar a una dama? —le dijo el rey suavemente.
El joven había encajado los dos bofetones sin moverse apenas. Daba la impresión de estar acostumbrado.
—Os pido disculpas si os he ofendido, mi señora —murmuró casi entre dientes y con los ojos clavados en el suelo.
—No me has ofendido —respondió Briseyd después de tragar saliva para poder hablar. Se resistía a irse. A pesar de saber que empeoraba la situación del bufón con cada momento que permanecía junto a él. Recordó la manzana que llevaba en la mano. Estaba mordida, pero había advertido que el joven la había mirado un par de veces. Se la alargó—. Toma. Para ti.
El bufón levantó la cabeza en un gesto de incredulidad. Las marcas rojas de la mano del guardia le resaltaban en ambas mejillas. Si estuviera un poco aseado, sería realmente majestuoso, pensó Briseyd. Le recordaba a Férenwir y le sonrió de nuevo. El joven parecía indeciso. Recorrió pensativamente la abarrotada estancia con los ojos, pero finalmente el hambre pudo más que la prudencia y tomó la manzana. Se abrió el jubón y la guardó entre sus ropajes.
—No soy digno de tanta atención, señora —le dijo con inquietud, mirando más allá de Briseyd donde se sentaban los dos reyes. Sus ojos volvieron a fijarse en ella, en un gesto que intentaba hacerle comprender que después iba a pagar muy cara aquella gentileza.
La joven contempló gravemente el cuerpo esbelto y delgado del bufón, cubierto por completo de heridas, cardenales y cicatrices. Si sus golpes se curaban con tanta rapidez como los que ella había recibido de pequeña no podían tener más de dos días. Y contó decenas. Decenas en apenas dos días. Comprendió que aquel joven no podía hacer absolutamente nada sin recibir a cada momento un duro castigo. El rostro del bufón la contemplaba con una reserva no exenta de extrañeza. El peso de la manzana le había abierto la pechera del jubón. Un largo rasguño le subía hasta la clavícula. De repente Briseyd descubrió que el joven llevaba alrededor del cuello una tira de cuero, como ella. Desde que tenía memoria recordaba llevarla puesta. También la había visto en la garganta de Férenwir. Eran exactamente iguales. La del joven llevaba un enlace de oro. Un adorno excesivamente ostentoso para un bufón, por muchas habilidades que éste pudiera llegar a poseer, y precisamente aquel joven no parecía poseer ninguna en absoluto para el ejercicio de su cometido. Su respiración se aceleró. Como había intuido era el más joven de los dos celestiales que Nérdegar tenía en su reino. Lo miró con fijeza y se acarició con el índice el lugar donde suponía que el cuero rodeaba su cuello. En realidad no podía tocarlo. Aunque podía verlo, era como si no existiera para ella. Después de un momento, el bufón se dio cuenta de que aquel dogal era igual que el suyo. Pero su expresión apenas cambió. En lugar de eso le señaló el salón con un gesto mudo y apremiante. Sin volverse, la reina advirtió que ya nadie hablaba.
—Ya tienes nombre —le susurró al bufón apenas en un suspiro, mientras se inclinaba sobre él al incorporarse—. Te llamas Arjesen.
El joven frunció el ceño, sin comprender lo que le decía.
Briseyd se volvió hacia la mesa de honor del salón. Un vago nerviosismo vibraba en el aire y tanto Caens como Nérdegar la observaban en silencio.
—Deberíamos tener un bufón en Nydgaal —exclamó con la mayor inocencia que pudo aparentar, dirigiéndose a su rey—. Pero debería ser mejor que éste. Por los golpes que lleva encima no me parece que sea muy ingenioso.
Aquella observación hizo reír a Nérdegar una vez más, pero Briseyd empezaba a darse cuenta de que tras sus carcajadas sus ojos mantenían siempre la misma expresión fría y vigilante. Mientras tanto el rey Caens no había cambiado su expresión adusta.
—En efecto es un desastre. ¿Os gustaría verle actuar, mi señora?  —le ofreció Nérdegar.
Al instante Briseyd se arrepintió de lo que había dicho. No quería hacer nada más que pusiera en un aprieto al joven bufón. Le dedicó una encantadora sonrisa al rey de Ofräem.
—Si es tan aburrido como su conversación, no es una propuesta que me resulte muy tentadora, señor. No sabe nada, no recuerda nada. Parece un recién nacido.
Un coro de risas escandalosas acompañó sus palabras.
Nérdegar le dedicó una gentil inclinación, aunque la obsequió con otra de aquellas miradas que parecían atravesarla y que tanto la inquietaban. Sin embargo parecía dispuesto a olvidar aquel tema, hasta que su señor esposo intervino en la conversación.
—Sin embargo yo sí quiero ver que trucos le has enseñado, Nérdegar —dijo lentamente sin dejar de mirar a Briseyd.
La joven sintió que el corazón le subía hasta la garganta.
—Tampoco creas que he conseguido gran cosa de él —le respondió Nérdegar con un suspiro.
Esperaron hasta que ella hubo tomado asiento.
—Señora, creo que no habéis tomado postre —se interesó el rey de Ofräem solícito.
Por un momento la joven tuvo la esperanza de que el tema del bufón hubiera quedado olvidado.
—He cogido una manzana.
—Sí, pero en realidad se la habéis dado al bufón. ¿No es cierto?
Briseyd empezó a temer lo que iba a resultar de aquella conversación. Hizo un gesto de asentimiento.
—Pues me temo que tendrá que corresponder a vuestra amabilidad. No voy a permitir que os levantéis de esta mesa sin postre.
Los soldados estallaron en risas y empezaron a golpear la mesa con las jarras al escucharle.
Con aquel estallido de gritos la expresión del bufón se ensombreció definitivamente. El rey hizo un gesto y los pajes salieron corriendo. Regresaron al punto con un montón de palos de madera oscura que fueron dejando junto a cada uno de los comensales.
— Bufón —exclamó Nérdegar.
Cuando el rey lo llamó, el joven se puso en pie como si lo hubiera estado esperando. Briseyd observó que se movía con extrema facilidad. Al mismo tiempo un arquero entró en la estancia con un arco corto de tejo y un carcaj repleto de extrañas flechas. Las puertas fueron cerradas tras él. Al ver al arquero Briseyd se temió lo peor y palideció. El bufón se detuvo al pie del estrado que sostenía la mesa, frente al rey.
—El rey Caens quiere ver lo que sabes hacer, aunque me temo que no es mucho. Quizá lo que mejor se te da es el juego del postre. ¿No crees? – Sin esperar respuesta, Nérdegar se volvió a sus invitados de honor. – Se lo llama así porque se juega sobre la mesa del banquete, cuando la comida ya ha finalizado. Y el postre que servimos, evidentemente, es el bufón. La finalidad del juego es que el bufón se suba a la mesa y la recorra empezando desde un extremo y terminando en el opuesto.
—¿Cómo se juega? —preguntó Caens, mientras tomaba intrigado la larga porra de madera que habían dejado junto a el .
—Qué el bufón os explique las reglas. Estoy seguro que él las recuerda mejor que nadie —dijo Nérdegar, girándose hacia el joven con una sonrisa irónica.
De todos los crueles juegos que Nérdegar había inventado en su honor aquél había sido el primero y era también el que el bufón más detestaba. Le habían obligado a probarlo, cuando aún no era consciente de lo mucho que había cambiado su situación en el castillo. Entonces era casi un niño y había pensado que se trataba de una broma absurda. Sin embargo varias flechas de espina clavadas en hombros y piernas, un brazo partido, varias brechas en la cabeza, los pies destrozados y la nariz rota le habían abierto brutalmente los ojos a la realidad. Aquel día había tenido que arrastrarse como un gusano para poder terminar, aferrándose a la mesa con todas las fuerzas que le quedaban y dejando a su paso un rastro de sangre. Fue la última vez que sollozó como un niño. De eso hacía ya cinco años. Había mejorado mucho, pero nunca le había perdido del todo el miedo al juego después de aquella paliza. Sin embargo no iba a proporcionarle al rey la satisfacción de verle amedrentado. Le dedicó una leve reverencia al rey Caens.
—La porra que tenéis en la mano es para golpearme mientras recorro la mesa —le explicó sin vacilar, siguiendo obedientemente la orden de Nérdegar y con una sangre fría que a Briseyd se le antojaba increíble. Aunque quizá la extrema palidez de su rostro contradecía en parte esto último—. Sólo podéis hacerlo dos veces cuando estoy avanzando, pero si me detengo, retrocedo o caigo sobre la mesa podéis golpearme cuantas veces os guste. Pero no podéis tocarme ni intentar agarrarme con las manos en ningún caso. Tampoco podéis subiros a la mesa. Yo por mi parte no puedo devolver ningún golpe en ningún caso. Ocurra lo que ocurra —parecía repetir una lección bien aprendida y miró al rey, pero enseguida se volvió de nuevo hacia Caens. A Briseyd no la había mirado ni una vez—. Tampoco puedo correr. Ni abandonar la mesa hasta llegar al final. Si lo hago —la voz le tembló apenas—, el arquero me dispara hasta que consigo encaramarme de nuevo. Aunque podéis intentar impedírmelo, si os place.
—¿Es que pensáis ofrecerme un bufón muerto como postre? —se escandalizó Briseyd.
—Mi señora, os aseguro que el arquero nunca dispara a matar—. Nérdegar tomó una de las flechas del carcaj y la observó atentamente—. Además para el bufón utilizamos flechas de espina. Difícilmente mortales, pero las más dolorosas que conozco. No es posible sacarlas por donde han entrado y dejan unas heridas horrorosas. Sin embargo eso le da mayor interés al juego, ¿no os parece? – Entonces se volvió al bufón—. ¿No queda algo por decir todavía? Resulta increíble que olvides tan a la ligera las reglas de un juego creado con tanto cariño y dedicación expresamente para ti.
Por un momento el bufón no pudo dominarse y le dirigió una mirada venenosa al rey. Briseyd se pregunto que impulsaba a Nérdegar a humillarle de aquella manera.
—¿Quizá qué sería de agradecer por mi parte romper los menos platos y copas posibles cuando avanzo sobre la mesa, mi señor? —le preguntó con sarcasmo.
El rey se rió.
—No, no es eso. Aunque podríamos incluirlo la próxima vez. La vajilla es excelente—. Se volvió a Caens—. El bufón ha olvidado señalar que las zancadillas con el bastón también están permitidas. Tantas como os apetezcan.
—Un error imperdonable por mi parte —dijo el bufón dirigiéndole una inclinación de disculpa a Caens.
El bufón ya no parecía el mismo joven que había hablado con Briseyd. Ahora tenía un aire altanero y desdeñoso, como si no le importara nada de lo que iba a ocurrir a continuación. Briseyd entendió por fin porque había tanta gente aquella noche en el banquete. La larguísima mesa en forma de u estaba repleta de soldados, capitanes y cortesanos. En algunos sitios se daban codo con codo. Se dio cuenta de repente de que aquel juego había estado previsto desde el principio.
—No pienso quedarme para ser testigo de esta barbaridad —casi jadeó y se levantó.
Su marido la cogió de la mano. Se la estrujó con tanta fuerza que la joven sintió que se le saltaban las lágrimas. Las falanges le crujieron y la piel empezó a ponerse blanca bajo la presión de los dedos de Caens.
—No podemos desairar de esta forma a nuestros anfitriones, mi preciosa niña.
Al bufón no se le escapó el férreo apretón. Levantó la cabeza hacia Briseyd.
—Tranquilizaos, señora. No es la primera vez que juego. Ni será la última —le dijo mirándola por fin.
Briseyd se sentó
—De acuerdo —le concedió con la voz  ahogada por el dolor.
—Empieza ya  —le ordenó Nérdegar al joven con brusquedad.
El bufón se dirigió hacia el extremo izquierdo de la mesa. Desde el principio había temido que lo llamarían para jugar al postre. Demasiada gente en el salón y las mesas juntas, como siempre que iban a obligarlo a recorrerlas. Sin embargo al ver a la reina de Nydgaal presidiendo el banquete se había sentido aliviado. Creía que no se atreverían a practicar una diversión tan brutal con una mujer tan joven y de alta alcurnia presente. Aún ahora ese hecho le sorprendía.
Se detuvo frente al inicio de la mesa. Los comensales se habían puesto ya en pie a lo largo de ella. Por un  momento sintió náuseas. Odiaba aquel juego con toda su alma. Nérdegar lo sabía y por eso lo había elegido. Los dos golpes permitidos se convertían en cuatro o cinco o seis. Las zancadillas sin límite se transformaban en bastonazos encubiertos a sus piernas. Más de una vez lo hacían caer agarrándolo con las manos por los tobillos para poder zurrarle a placer cuando estaba tendido. Las reglas eran muy elásticas, pero sólo en un sentido. Él había aprendido en sus propias carnes que no podía saltarse ni una sola de las suyas. Intento no fijarse en el largo pasillo de rostros ansiosos que le aguardaba y concentrarse tan solo en los bastones de madera. Se sobrepuso y subió a la mesa de un ágil salto.

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  inspiración en sueños
Posted by: Enigmaticos - 11/09/2016 07:58 PM - Forum: Fuera de tema - No Replies

Chicos algo raro me esta sucediendo ; ultimamente tengo sueños muy extraños y raros , dentro de ellos escribo y tengo tramas de relatos , leyendas no se como explicarles es como si tuviera el síndrome de giussepe tartini pero en esta ocasión no recuerdo mucho de lo que logre captar de esos sueños. Dodgy  Dodgy  Dodgy  Dodgy  Dodgy  Dodgy  ¿alguien sabe a que se debe eso ? , les explicare lo que soñe

el dia de hoy según recuerdo trato sobre los planetas , creo haber visto un eclipse  mientras una niña que supuestamente hablaba conmigo me mostraba un mapa un pedazo de tierra dividida en 7 regiones  Elba , Argentus, Cardinelan, shunkturu , Satella , Aldamth y murenius . La verdad no se si sean pedazo de tierras o nombres de que sea pero solo ercuerdo esto y en ese pedazo de mapa que estaba encima de una mesa o lo que sea, mi contexto era como si estuviera en una boda el centro en los costados escaleras que llevaban a los balcones , todo decorado de rosas rojas y un camino , no se a que se devió todo eso solo recuerdo lo importante, y según prestaba atención a ese mapa , en el cielo ocurría un eclipse un sol negro con nuestro sol y ahi me desperte . Se que fue algo ilógico compartirlo pero todavia recuerdo ese mapa lo voy a ilustrar y se los voy a pasar. Supuestamente el del medio es el equilíbrio de esas entidades o nombres o como se llame pero por ahora esto recuerdo. no se por que el amarillo estaba separado pero en total en el sueño no esta como la imágen , el mapa era de color marfíl , y parecía tener leyenda y características . una lastima que no recuerde mucho Sad



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  Niña boxeadora asesina despiadadamente a arbol inocente
Posted by: Haradrim - 11/09/2016 05:52 PM - Forum: Fuera de tema - Replies (2)

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  Los mitos de Cthulhu
Posted by: Haradrim - 09/09/2016 06:03 PM - Forum: Colecciones, Sagas, etc. - Replies (9)

Quote:Los Mitos de Cthulhu constituyen un ciclo literario de horror cósmico -y un universo compartido- consolidado entre 1921 y 1935 por el escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft y acrecentado por otros escritores pertenecientes al Círculo de Lovecraft. Aunque muy vinculado a la ciencia ficción, el género onírico y la fantasía pura, en rigor los Mitos de Cthulhu pertenecen a la tradición del cuento de terror anglosajón.

En él se renueva el desgastado horror gótico de fantasmas y seres inmateriales en un terror realista, de seres monstruosos y desconocidos que se esconden en los parajes más oscuros de la Tierra, el tiempo y el espacio. Influido por Arthur Machen y Lord Dunsany, los Mitos exploran a ciegas la perspectiva de que bajo el mundo cotidiano y conocido se esconde una realidad prodigiosa y aterradora que acecha a la humanidad desde las tinieblas y sume en el pánico o la locura a quien osa atisbar los abismos de aquella inaprensible dimensión.

Pese a las diferencias en los relatos, su principio fundamental fue establecido por el propio Lovecraft:

Antaño nuestro mundo fue poblado por otras razas que, por practicar la magia negra, perdieron sus conquistas y fueron expulsadas; pero viven aún en el Exterior, dispuestas en todo momento a volver a apoderarse de la Tierra.


¿Los conocen? ¿Los han leido? Lovecraft es uno de mis escritores favoritos, y para quienes no conozcan estas historias a continuacion les dejo una lista de los imprescindibles.

Leer, de ser posible, en orden:


-La llamada de Cthulhu

-La ciudad sin nombre

-Dagon

-El color que cayo del cielo

-El horror de Dunwich

-El que susurra en la oscuridad

-La cosa en el umbral

-La sombra sobre Innsmouth

-En las montañas de la locura

-Los sueños en la casa de la bruja

-En la noche de los tiempos

-El modelo de Pickman

Y relatos que son de otros autores, amigos de Lovecraft y que formaban parte de su circulo:

-Los perros de Tindalos

-La piedra negra de Robert E. Howard

-Hay un monton mas, ya se los dare a conocer, todos los mencionados estan facilmente disponibles en internet y gratis.

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  [Ciencia-Ficción] Esbozando lo Prohibido (03/34)
Posted by: SoniadeArnau - 08/09/2016 03:41 PM - Forum: Tus historias - Replies (5)

Ficha de la historia:
Título Original: Esbozando lo Prohibido
Género(s): Ciencia-ficción, Aventura y Acción
Autor: Sonia de Arnau
Inicio de publicación: 23 de septiembre 2013 a 14 de Mayo 2015
Capítulos: 34 + epílogo
Versión: Dos*
*EloP es una historia que escribí hace vario tiempo, la que estaré publicando aquí será la versión dos (mejorada). Añadiré cosas y quitaré otras.
Estoy abierta a críticas constructivas y a ideas para mejorar.

Parte 1

Ciudad Del Comienzo

Capítulo 1
La iniciación

Transcurría el año 2172. Los problemas económicos no eran tan comunes. Los vehículos electrónicos voladores ya existían para cualquier persona que tuviera licencia de manejo. Los «Electri-Combu» eran los lugares que sustituyeron las gasolineras para ahora llenar las baterías de los carros. Esta es la ciudad Del Comienzo en donde los edificios eran altos, grandes y donde las vías al nivel del suelo eran exclusivas para peatones y bicicletas flotantes; nombradas «Calles Peatonales». Entre los edificios se encontraban las calles llamadas «calles del cielo» en donde se pueden visualizar detalladamente los trenes electrónicos, los que nunca dejaron de funcionar, recorriendo la ciudad de un extremo a otro mediante una delgada vía y los autos voladores.

Los automóviles iban y venían deteniéndose en los semáforos que estaban suspendidos en el aire, y algunos de ellos tenían la forma de una pelota u otros eran triangulares. La gente caminaba entre las calles de abajo despreocupadas u otras paseaban en sus bicicletas flotantes con forma aerodinámica, siendo levantadas e impulsadas por un pequeño motor; éstas a diferencia de las anteriores, no necesitaban llantas ya que solo tenían una rueda en forma ovalada que se extendía de un extremo al otro, era tan delgada que a simple vista no se puede distinguir, pero tan resistente como para cargar a una persona de peso completo.

En esa ciudad, como en muchas otras, cada persona poseía una IV (Identificación de vida) que es una tarjeta delgada de diez cm por cinco cm que contiene toda información del usuario, la que al colocarse en una máquina e introducir un código que solo el dueño se sabía; toda la información de esa persona podía encontrarse con facilidad. En la IV se encontraba la edad, el sexo, los estudios, la licencia de conducir, el currículum de trabajo, y también podía usarse como cuenta de banco, al igual que funcionaba como llave tanto del automóvil como de la casa, así pues, para todo se usaba esta tarjeta. Por consiguiente, toda persona debía obtenerla desde el momento de nacer.

Por las calles de la ciudad iba caminando una joven de diecinueve años de edad con destino a sus estudios. Ella tenía el cabello largo y en ese momento lo llevaba suelto, luciendo sedoso en su caída sobre la espalda, resaltando su color castaño. Sus ojos eran de un tono azul gris. Llevaba puesta una diadema roja que sostenía su flequillo. Su vestimenta consistía en una falda negra y unas mallas que combinaban con esta, una camisa de mangas largas color blanco y un gafete que portaba el nombre: Evarista Mohs. Se encontraba transitando por la segunda calle más famosa y recorrida Del Comienzo y la gente se podía ver usando sus teléfonos inalámbricos, hologramas o paseando a sus mascotas reales o virtuales.

Evarista se detuvo al quedar frente a un edificio en donde la enorme entrada en la parte superior tenía unas enormes letras que rezaban el nombre de Universidad ESER, la universidad más prestigiosa y famosa Del Comienzo. Eva se quedó viendo por unos momentos la entrada, pues comenzó a pensar en lo que haría cuando terminara sus estudios y esto era conseguir un trabajo decente. Por el momento ella vivía sola, desde hacía cuatro meses que dejo la casa de sus padres.

La ley en la ciudad era que una vez que se cumple los dieciséis años de edad, se puede crear una cuenta de banco mediante la IV y recibir M 1,000 (3,000 dólares) cada quincena y continuar recibiéndolo hasta que se consiga un trabajo, lo que era mejor ya que se puede ganar lo triple. Los pensamientos de Evarista fueron interrumpidos al escuchar la voz de alguien familiar.

—Hola, Eva, ¿lista para empezar? —un joven de su edad se acercó a ella llevando puesto un gorro de invierno de color crema que le cubría hasta las orejas, era extraño que alguien llevara uno de esos en tiempo de calor, además llevaba unas grandes gafas oscuras. Su gafete declaraba el nombre: Ruber Corindo.

—Oh, solo eres tú, Ruber —mencionó ella en tono de poco interés.

—Qué mala eres, ¿no te da gusto verme? —preguntó divertido, adivinando su respuesta pues no era la primera vez que se lo decía.

—Como todos los días te veo, la verdad no.

—Eres cruel —comunicó el joven con tono triste.

—Vamos, Ruber, no hagas pucheros, ya eres mayorcito como para eso.

—Sabes, odio este edificio —informó Ruber con un tono serio—, no necesitas trabajar cuando el gobierno te paga por no hacer nada.

—¿De qué hablas? —ella se molestó al escucharlo—. Aunque el gobierno te pague, no es lo suficiente para hacer nada. Por ejemplo, no puedes viajar.

Así era, cada vez que hablaba de ese tema, los ojos de ella brillaban de la emoción. El poder viajar y conocer otros paisajes, lugares, personas y cultura siempre fue el sueño de su vida. Era tanto su deseo de desplazarse que conocía la ciudad Del Comienzo mejor que la palma de su mano. No había rincón que no conociera de la enorme ciudad.

—Pero ese es tu sueño y meta de la vida, no el mio —le comunicó el joven despertándola de sus fantasías.

—¿Y tú no tienes uno? —indagó ella, ahora que lo meditaba, a pesar de conocer a Corindo por poco más de un año, no sabía mucho de él.

Por el otro lado, el joven pareció meditar a la pregunta de su compañera para al final responder con un corto y desinteresado «No». Ante la insatisfecha respuesta, el rostro de la castaña se tornó en uno sorprendido y al ver esto, Ruber no tardó en agregar, levantando los hombros.

—No soy codicioso.

—¿Me estas llamando codiciosa? —ella lo empujó en son de juego—. Debes tener uno, por mínimo que sea.

—Mmm... Tal vez. Quizá, no lo sé.

—¿Se puede saber cuál es? Se que tienes uno —para ese punto, a Eva ya le había entrado la curiosidad.

—Si te lo digo te reirás.

—Por supuesto que no —respondió inmediatamente, un tanto ofendida al tener el descaro de decirle que se burlaría. ¿Aun no le tenía confianza? ¿Es qué acaso mordía? Tal vez hubo ocasiones en la que se molestó y llegó a reprenderlo pero eso era normal por lo que no tardó en chantajearlo al decirle—. Pensé que me considerabas tu amiga. ¿Es que no lo soy?

—¿De qué hablas? ¡Claro que eres mi amiga! Bueno... te lo diré. Mi sueño es... —dudó por un instante, mas Eva lo miró atenta esperando ansiosa su respuesta, así que no tuvo remedio que continuar—. Mi sueño es tener una familia.

Eva no pudo evitar sonreír, divertida.

—¿Ves? Te lo dije, te burlarias y lo hiciste —Ruber apuntó su rostro. Ella negó con las manos para explicarle porqué de su reacción.

—No es por lo que piensas. Es que no puedo creer que creyeras que me iba a burlar de ti por eso. Cualquiera ha soñado con eso. Es natural, está en nuestro ADN.

—¿Tú también lo has pensado?

—Por supuesto, pero una vez que haya realizado mi sueño.

La sonrisa de Eva siempre calmaba a Ruber y llegaba a perderse en ella, a él le gustaba verla sonreír, verla feliz y hubiera seguido admirandola si no fuera porque ella le preguntó algo un tanto incomodo.

—¿Has pensado en alguien? Me refiero, ¿te gusta alguien en específico?

Ruber desvió rápidamente el rostro y negando le hizo saber:

—No... aún no. ¿Y tú?

A pesar de esperar esa pregunta, Eva movió sus labios como quien queriendo pensar en algo antes de responder y cuando estaba por hacerlo, recibió una llamada a su Pantalla, la campana la había salvado. Las Pantallas servían como teléfonos celulares y computadoras holográficas, sin embargo, éstas eran mucho más eficientes porque eran tan pequeños como una microSD, la activó para ver a una joven de cabellera corta y negra como la misma noche vía holográfica.

—Hola Blanca...

—Holissss, Eva, ¿ya estás en el colegio?

—Así es. Estoy aquí afuera. ¿Por qué?

—¿Puedes venir? Quiero pedirte un favor. Estoy en el salón. ¿Te molesto? —preguntó lo último al ver al reconocer a Corindo.

—Claro que no —contestó ella—, estaba a punto de ir para allá.

—Okay, te espero.

Las dos colgaron y entonces Eva miró por última vez a Ruber quien se llevaba la mano al gorro y se lo quitaba; la buena presentación era uno de los requisitos para poder entrar a las instalaciones de la universidad ESER. Evarista pudo ver el cabello tan característico de Ruber, su cabello era de dos colores diferente; un lado de castaño oscuro y el otro castaño claro casi en tonalidad rubio. Algo similar sucedió cuando se retiró las gafas y dejo ver sus ojos; uno de ellos era color azul y el otro verde. La fisonomía de Ruber era así de nacimiento, y aunque él constantemente decía lo mal que se veía porque ese era mayoritariamente uno de los motivo por la que recibía burlas constantes de algunos de sus compañeros. Y a pesar de que existan métodos para cambiárselo de un solo color, él decidió no cambiarse porque a Mosh le gustaba ese aspecto. Ella le decía que lo hacía verse único y diferente. Posteriormente, ambos se retiraron y cada quien se fue a su respectivo piso en donde se encontraba sus clases.

(***)

En las calles Del Comienzo andaban muchos robots fabricados por la empresa Fucus, algunos tenían la función de policía, otros estaban encargados de rondar por las calles del cielo para vigilar que los automóviles respetaran la velocidad asignada y si eran violadas —que rara vez sucedía eso —multaban a los conductores. Unos más estaban confiados para la protección de las calles y a pesar de que la ciudad era muy pacifica, nunca faltaba algún loco que se saliera de las normas o que molestara a los civiles y los robots les advertían sobre su conducta y si los transgresores no obedecían, los robots llamaban al cuartel de la policía para que fueran a arrestarlos. Siempre había gente que le gustaba fastidiar e irrumpir la paz.

En la calle Apagador se encontraba ubicada la sede de las empresas Fucus, la que se encargaba de la distribución de la tecnología ya fueran robots, máquinas, carros o demás. A su cargo estaba Belirio Fucus, un adulto joven de treinta y cinco años, sus cabellos eran rubios y sus ojos azules tal como una gema. Siendo hijo del señor Fucus, era sucesor y dueño de todas las fábricas y empresas que portaran ese apellido. Dos semanas después de que murió su padre, decidió tomar su cargo y relevarlo en el negocio.

La fábrica principal de la empresa Fucus se encontraba en las afueras Del Comienzo debido al enorme espacio que necesitaba, por ello era imposible que estuviera en la ciudad, además de que se pensó en la seguridad de los citadinos, pues se solía experimentar o crear cosas que tendían a salirse de control como el mal manejo de algún gas letal, o el mal funcionamiento de alguna máquina.

Belirio se encontraba frente la enorme ventana que se alzaba casi por toda la oficina, observando la belleza de la ciudad. Sonreía mientras visualizaba los carros y demás cosas fabricadas por la empresa. El anterior señor Fucus sí que había hecho un gran trabajo al proporcionarles a las personas tecnología y eso no solo en Del Comienzo, sino en varias ciudades alrededor del mundo, adquiriéndola considerablemente y por ello reinaban en tranquilidad, seguridad y habían desarrollado el mejor sistema para evitar contaminación innecesaria en el ambiente, así que no solo los seres humanos eran beneficiados, sino también evitaban la contaminación atmosférica.

El hombre dio media vuelta y se dirigió a su escritorio al escuchar el ruido del teléfono de la oficina de que su secretaria llamaba. Apretó un botón.

—Señor Fucus —se escuchó la voz de la joven secretaria por toda la habitación—. El señor Coleman lo está esperando junto con los demás administrativos. En un veinte minutos la junta dará apertura.

Juntas, se la vivía en juntas todos los días desde que comenzó a trabajar allí porque debían tener recuento de cada trabajo, sin contar que la empresa suministraba a las otras ciudades o países de la nueva tecnología. Era un trabajo agotador y se requería muchas horas de discusiones y reuniones.

—Ahora voy —el dueño soltó casi en modo de suspiro—. Solo dame un par de minutos más.

—Se lo comunicaré al señor Coleman.

Belirio se tuvo que acostumbrar a toda esa vida de empresario. Para que todo pudiera funcionar debía hacer su trabajo correctamente a pesar de lo tedioso que resultara ser. Se alejó del escritorio y caminó a un estante que quedaba no muy lejos de allí. En una máquina colocó un código y con eso las puertas se abrieron, dejando ver colgados algunos sacos, corbatas y abajo alineados, como diez pares de zapatos de diferente marca y colores para cualquier ocasión que se pudiera presentar.

Observó los sacos uno por uno hasta que descolgó el que le llenó la pupila, hizo lo mismo con las corbatas y mientras la estaba anudando, escuchó otra vez el teléfono, no obstante, esta vez no se trataba de una llamada de su secretaria o de algún jefe de sección, la llamada era directa de la fábrica; lo supo al reconocer el tono especial que le había puesto a ese contacto. Rápidamente se acercó al escritorio, desconectó las bocinas, tomó asiento en su sillón y se colocó los audífonos para tener más privacidad y respondió con voz seria, sin esperar a que el sujeto del otro lado hablara:

—Debe tratarse de algo muy importante porque sabes que está enteramente prohibido llamar aquí, ¿qué situación hay?

—Tenemos código Troya —respondió inmediatamente el del otro lado de la línea.

—Es imposible... —las palabras de Bel quedaron suspendidas—. Las redes de la fábrica tienen un ciento veinte por ciento de inmunidad. ¡Nadie puede ingresar a ellas! Dame un resumen de lo sucedido.

—La sabandija escurridiza de Neón nos ha traicionado —contestó el lacayo por nombre Norez—, es evidente que husmeó los archivos secretos  de la computadora principal y se enteró del proyecto. Está intentando robarlos...

A pesar de que escuchar aquello le era un problema, Bel no perdió la paciencia, se mantuvo serio, sin embargo, no evitó llevarse los dedos de la mano a los ojos para masajearlos. La verdad es que no le importaba lo que ese muchacho hiciera con su vida, si deseaba largarse de la fábrica podía hacerlo, pero lo que sí le importaba y le preocupaba, era lo que podía llevarse; la evidencia de los planes que delataban sus verdaderas intenciones. Si la policial se hacia con estas, se vería en un aprieto muy grande.

—¿Y qué planeas hacer? —cuestionó Fucus a su interlocutor.

A la persona del otro lado de la línea le resultó desconcertante tal pregunta por lo que trató de responder, pues sabía que si no lo hacía Belirio se enojaría, así que respondió:

—Por ahora he enviado... —la llamada se cortó secamente, dejando en su lugar un infernal ruido obligando a Bel apartarse el comunicador de sus oídos. Eso solo le indico que el desertor desconecto las señal de comunicación.

Debia de admitir que el muchacho era muy astuto, Bel se recargó en el respaldo de la silla. No se preocuparía, esperaba que Norez estuviera preparado para lo que venía. Aunque estaba consciente que Neón no se iba a dejar vencer tan fácilmente pues conocía su determinación. Sonrió por ese hecho. No obstante, le resultó una verdadera lástima que Neón acortara su vida pues daba por sentado que éste no lograría pisar fuera de la fábrica. Por ahora no debía sentirse turbado, había solución y debía mantener la serenidad, una serenidad que desapareció al recordar que tenía una reunión con los del grupo de Consejo y eso sí que lo sacaba de quicio. Belirio se levantó, alistó su traje y caminó hacia la sala de junta.

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  Los caballeros bastardos
Posted by: Juno Natsugane - 08/09/2016 03:28 PM - Forum: Colecciones, Sagas, etc. - No Replies

Eso es, compañeros. Alguien se ha leído los dos primeros libros? El tercer será publicado en español pronto. Lamentablemente no puedo encontrar el link.

Yo lo empecé hace mucho pero lo dejé porque me parecía muy largo. Al inicio la historia no estaba mal. Llegué hasta el capítulo seis. Pero desde hace unos días lo he retomado y me encuentro en el capítulo diez. La verdad es que Las mentiras de locke Lamora por lo menos a mi se me ha convertido en un ladrillo infumable. Está escrito de manera muy débil. Sin embargo tengo esperanzas de que remite porque acaban de aparecer dos muertes de personajes de los que pensaba que permanecerían como intocables. Eso me ha gustado. También me gusta de a ratos Jean Tannen. Pero Locke no es memorable. Pero lo menos no para mi aunque tiene cierto carisma.

Qué piensan?

La han leído?

Eso sí. Falta mucho sobre la construcción del mundo. Creo que hay muy poco sobre él para tantas páginas.

Saludos!

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Lightbulb ¿Qué otros retos les gustaría?
Posted by: Nikto - 07/09/2016 09:33 PM - Forum: Retos Mensuales - Replies (37)

Se abre el telón para recibir propuestas de retos hasta fin de año. Nos tomamos septiembre para decidir, por lo que quedarían 3 retos posibles: Octubre, Noviembre y Diciembre.

¿Ideas?

IMPORTANTE: Se requieren al menos diez votos positivos para que la idea se convierta en reto oficial.


Aclaraciones de las propuestas:

*El relato debe estar construido sobre una canción, elegida por el propio concursante, de cualquier género (OST, popular, clásica...). No es necesario explicitarla en la propia narración, aunque sí incluir un enlace a la misma hacia el final del relato. Cómo se relacione el relato con la canción corre a cuenta del autor, pero la relación debe ser lo suficientemente fuerte como para ocupar un aspecto central del relato.
**Soliloquio: Discurso que mantiene una persona consigo misma, como si pensase en voz alta. Ej: "En "Cinco horas con Mario", la protagonista dirige al marido muerto un largo y laberíntico soliloquio"
***Para más info del Mundo Ihbn, visitar http://www.fantasitura.com/forum-49.html

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  Del asesinato justificable - Resultados del concurso de fantasía épica
Posted by: Juno Natsugane - 07/09/2016 05:44 AM - Forum: Retos Mensuales - Replies (12)

Queridos compañeros ―suenan las trompetas en las casas de los muertos― esta vez al estilo que se viene acostumbrando ―aunque también muy a mi estilo― voy a presentar los resultados a manera de un relato breve que a penas sobrepasa  las tres mil palabras. Lo empecé ayer mientras esperaba las votaciones. Lo revisé algunas veces. Borré lo que creí necesario. Hoy mismo lo he vuelto a revisar, a releer unas cuantas veces más, y ahora lo posteo tal como ha quedado ―pese a que se puede mejorar―, pues ya estamos a destiempo y es mi deber como mano dar los resultados en el momento pactado de modo que no queden esperando como nunca han esperado.  Por otro lado también quiero ver sus reacciones cuando se encuentren identificados en esta historia, la cuál, de por sí se parece a muchas de mis historias.

Quiero que sepan que he tratado de personificar a cada uno de vosotros ya sea por medio de una descripción o de acontecimientos ―la mayoría lamentablemente desafortunados― que se dan a lo largo del relato, y si por lo menos me he acercado un poco o cuanto menos un poquito, pues enhorabuena me daré por bien servido. Si es que no me he acercado en nada de nada, lo siento mucho de corazón. He dado mi mejor esfuerzo para cerrar este concurso de historias épicas con una historia de corte parecido, aunque como dije antes, muy a mi estilo.

Que la sangre sea derramada y bienvenida.

Alzad vuestros griales, brindad por los caídos que navegan rumbo a Valhala y bebed a nombre del merecido ganador.

Me despido hasta la próxima con un honorable saludo a vuesas mercedes, agradeciendo la participación de todos los que postearon sus historias y comentaron a tiempo, del que posteó y no alcanzó a enviar sus votos, del que se inscribió pero no posteó por la confusión de horarios y de los que fueron engullidos por los abismos de la perdición, esos dos que hasta ahora continúan con paradero desconocido pero que a la larga esperamos que vuelvan pronto.

Un abrazo,

los quiere

Juno la Mano

Del asesinato justificable

Bardos, rapsodas, poetas y trovadores envueltos en telas de araña colgaban de los árboles como larvas. Habían narrado una historia en el corazón del bosque, habían bebido, danzado, cantado bajo la influencia de los dioses del vino, la cerveza y la rakia, habían libado embebidos por el alcohol. Pero la naturaleza, al final, se había ahogado en la repugnancia. No le gustaba el sudor ni la peste a sangre, ni mucho menos a sangre de mortales; ni siquiera las risas ni los besos, ni las caricias, pero no fue por eso que empezó a cazarlos. Una noche más tarde, tras la niebla de las ciénagas, los rapsodas continuaban ahí en ese mismo bosque meciéndose bajo copas de robles malsanos. Los diez prisioneros, embarrados de vómitos, bilis y diarreas, se encontraban de cabeza. Todos intentaban soltarse pero la tela de araña no cedía. Mientras tanto un carnicero sin nombre vestido con una loriga negra los observaba bebiendo sangre de un cráneo.
―Era de Haradrim ―susurró luego de arrojar los huesos a las ciénagas. La calavera se hundió con un ruido húmedo, pegajoso, y les hizo compañía a los restos de otros poetas que habían faltado al pacto: un asesino llamado Istaariano, el brujo Geralt de Rivia y el mago Nidaros. El carnicero, casi por instinto, se pasó la lengua por los labios para beber lo que quedaba de sangre. Luego se volvió a la mujer-caballero que se encontraba a su lado. Tenía la piel endrina como la suya―. ¿Que puntaje tenía el tal Haradrim? Creo que era uno de los más altos.
―Había quedado en cuarto lugar ―susurró la fémina consultando un pergamino manchado de barro―. Pero empezando por abajo. Cuarenta y cinco por encima de tres tíos. Encima de él se encontraba el borracho con rostro de cabra. Pensé que ibas a soltarlo. Pensé que la historia había gustado.
―Yo no soy ningún juez ―respondió el carnicero sopesando su cuchilla larga. Los ojos cetrinos de pronto le brillaron―. Yo mato. Para que la vida en el mundo siga, el hombre tiene que morir, y luego nacer, y morir y renacer y morir de nuevo. La vida es cíclica. Nosotros los asesinos hacemos nuestro trabajo. Pero la sociedad nos ve con malos ojos. La gente no entiende. Nunca comprenderá.
Luego, en la oscuridad, le dijo que los carniceros como él eran similares a terremotos, a accidentes, plagas o incendios de bosque pues sembraban aniquilación; aunque eran también parecidos a la vejez, ya que generalmente asesinaban a uno por uno, mas no en colectivos.
―Cortamos o disparamos ―continuó―, o dejamos que se ahoguen en sus propios fluidos.
En ese momento se escuchó un chapuzón en el pantano. Uno de los capullos se había desprendido. El guerrero de la loriga se acercó despacio a la orilla con una sonrisa partida y los ojos hirviendo en curiosidad. Cuando las puntas de sus botas se mojaron permaneció inmóvil como una estatua. No reconoció a la muchacha que pugnaba por mantenerse con vida. De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, se volvió a la mujer.
―¿Y esta quién es? ―le preguntó al tiempo que escuchaba los aleteos de unos grajos.
La mujer-caballero, quien era llamada Jivete, buscó el nombre de la rapsoda en el pergamino. Pero antes de encontrarlo uno de los cautivos gritó. Tres cuervos le picaban los ojos. Al punto su capullo se desprendió junto a otro, de modo que el carnicero los vio caer juntos, las figuras lejanas, embarradas de fango.
―Eyeless… ―susurró―. Veintisiete puntos.
En efecto, era el tal Eyeless el que murió desojado. Pero al otro, aquel que daba gritos de auxilio, aquel al que los demonios del pantano lo devoraban, no alcanzó a reconocerlo. El carnicero tomó una bocanada de aire mientras una película de niebla cubría los cenagales; casi al mismo tiempo los gritos del trovador hicieron que se asomaran las arañas desde los árboles y que el pantano, tiñéndose de rojo y plagado de carne arrancada, temblase .
―Amalòck1 ―susurró el carnicero esbozando una sonrisa. El número uno junto al nombre siempre le pareció un error de escribano―. Lástima. Penúltimo con veintiocho.
Y veintiocho mordidas recibió antes de que los demonios se lo tragaran.
―La vida muchas veces puede ser una cagada.
Después de esperar un momento el guerrero sin nombre se volvió a la muchacha cuyo capullo había caído antes. Estaba pálida, tenía la piel azulada y parecía haberse ahogado en el agua pantanosa. Su rostro era joven. Era como si nunca hubiese tenido oportunidad de iniciar ―a vivir de verdad, cuanto menos―, empero, al carnicero poco o nada le importaba.
―Andymegumi, cuarenta y dos puntos ―susurró la mujer-caballero. El asesino la observó con un rostro pétreo, rasgado con una media sonrisa al tiempo que la joven se volvía al grupo de rapsodas, juglares, poetas y bardos que continuaban colgados. Entonces comenzó a contarlos―. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… ¿seis…?
El sexto capullo entonces se desprendió.
El pantano vomitó burbujas. Las aguas tomaron un color grisáceo a la par que el prisionero emergía con una película de telarañas pegada al cuerpo. Tenía el rostro barbudo, el agua se le escurría por la corva y por las rodillas, de su frente nacían unos cuernos cabrunos. La sonrisa con la que los reyes lo reconocían se le había borrado.
―Tengo frío ―dijo―. Tengo frío, no me matéis, por favor. No me matéis.
Fueron a penas susurros. Casi parecía envalentonado, pero no se atrevió a mirar al carnicero ni a su acompañante.
La mujer caballero, de pronto, desvainó su espada. Entonces se escuchó que el viento soplaba y que arrastraba consigo a otras dos larvas de seda. Fue casi como un vendaval de unos seis o siete segundos.
Luego de que los prisioneros cayeron en las ciénagas el agua salpicó, y tras un instante colmado por grajeos de cornejas emergieron dos sombras tiritando. La primera de ellas, la que se arrastraba, era de un mercader de cabellos largos. El otro era un muchacho con el rostro rajado, como si fuese una abominación.
―Maldita sea ―susurró el mercader, los cabellos pegados al cuello, la cabeza todavía gacha―. ¿Pero qué demonios nos ocurrió? Esas telarañas… Es que casi no recuerdo…
―C-c-c-calla. N-n-no f-f-f-fueron las a-a-arañas. E-e-era un m-m-m-monstruo. T-t-t-tenía los ojos a-a-amarillos. Ll-ll-llevaba una c-c-c-cuchilla larga. ―La voz de Rostrorajado destilaba pavor. Era como si augurase su propio futuro―. Llevaba… a-a-demás…
El poeta no terminó con su parlamento.
La bruma brotó en eso desde el pantano como una estantigua con forma de maxilar. Envolvió a su presa y lo único que se oyó fueron gritos, alaridos y una cadena de suplicios seguidos de crujidos de huesos y carne que se rasgaba. El ruido húmedo de un reguero cantó. Entonces, cuando la niebla se retiró a las ciénagas, el carnicero miró el rostro petrificado del mercader quien aún vivía.
―Lo ha partido en dos… ―susurró, la boca echa un anillo. El hombre, patidifuso, quedó mirando unas piernas unidas a un tronco roto. La medula espinal sobresalía como un tallo con espinas―. Al Rostrorajado… lo ha quebrado la bruma. Mierda…
―Nikto ―susurró Jivete trazando un círculo con su espada. El carnicero la quedó mirando en la oscuridad―. Se llamaba Nikto y alcanzó los sesenta puntos. Bastante alto. El que le sigue, Mercader, consiguió sesenta y dos. Luego hubo un empate. Ambos con sesenta y nueve unidades.
«Sesenta y nueve ―pensó el carnicero―. Sesenta y nueve. Uno de los números perversos».
Se pasó la lengua por los labios provocando un sonido acuoso. En eso dos capullos más cayeron al pantano y a los pocos segundos un par de rapsodas surgieron de las aguas arrastrándose: uno era un muchacho con el rostro maquillado de negro, el cabello largo, empapado; el otro también parecía hombre, pero al verlo el asesino no estuvo seguro de si era una especie andrógina o de sexo femenino. De pronto los imaginó a ambos desnudos, lamiéndose los sexos.
―Sesenta y nueve puntos. Lástima. Cuando se acuesten no tendrán nada que lamer.
Eso fue todo.
Casi no se dieron cuenta cuando el carnicero se abalanzó. Tras estirar los brazos ―que parecían lianas― provocó un ruido de ramas y látigos restallando. El rapsoda del rostro maquillado se cubrió los ojos y no vio al monstruo de la loriga arrancarle la lengua a su confrater. Luego, casi al segundo, el guerrero se volvió a él. Lo tomó del cuello. Lo estranguló presionándolo contra un tocón hasta que su lengua se escapó entre sus labios tal como ocurre con los muertos por estrangulamiento. Entonces, cuando dejó de oponer resistencia, se la arrancó y la arrojó al pantano.
―Ahí es donde pertenece ―dijo bajo la sombra de unos robles plagados―, ahí, en las ciénagas, junto a los otros monstruos.
Luego vio que el otro poeta, aquel al que también había deslenguado, se arrastraba hasta un árbol. En cuanto levantó la cabeza se desprendió una manzana. Le cayó en la coronilla como una piedra y ahí quedó. Yerto. De su boca nacía un reguero rojo que abrazó a la fruta desprendida.
―Al primero lo llamaban el oso gótico ―dijo Jivete, aún jugando con su espada―. Al otro… o a la otra… *
Pero no terminó. No sabía…
La mujer se detuvo con un suspiro. Se volvió al carnicero que escuchó unos pasos acercarse sobre las brozas. Entonces con el rabillo del ojo distinguió a Mercader quien había caminado hasta ellos con los ojos restallando furia.
―¿Por qué lo hacéis? ¿Quiénes sois? ―les preguntó con miedo, mas la mujer-caballero permaneció en silencio, la cabeza gacha como avergonzada. Mientras tanto su compañero le mostró una sonrisa al recién llegado.
―Tú espera ― le dijo―. Después de que veas como termina el conteo tendrás una pila de historias frescas. De hombres que crearon, narraron y murieron no porque yo quise, sino porque tenían morir. Los bardos te escucharán con gusto. ―Soltó una carcajada a la par que se desprendían las dos últimas larvas. Todo pasaba muy rápido.
En eso sintió que el viento carcajeaba, que el pantano arrastraba a los rapsodas caídos hacia la orilla. De lejos los vio levantarse con esfuerzo y pasar junto al poeta ―el del rostro de cabra― aovillado sobre las ramas. Uno de los rapsodas tenía las botas destruidas como si hubiese caminado incontables palmos. Mientras que el otro, el más delgado, llevaba los cabellos largos del color de la pez. Decían que era un brujo de las palabras, una especie de duque tribal con rasgos sureños.
―Theraxian ―susurró la mujer tras echarle una mirada―. El otro es Pafman. Él es el ganador. Ochenta puntos clavados. Tres veces diez. Dos veces nueve. La puntuación más baja fue seis y se repitió no más que en cuatro oportunidades. La diferencia con el segundo fue de casi diez números, pues el sureño consiguió sólo setenta y uno.
―¿Qué carajos? ¿Es esto acaso una especie de juego? ―susurró al instante el triunfador de las rapsodias. Pero el carnicero se le acercó con una negación de cabeza.
―No es un juego ―susurró―. Es aquí donde el camino termina.
―Los va a matar… ―musitó Cabeza de cabra desde las brozas, aovillado―. Los va a matar a ambos. Por un carajo…
―Mejor corréis ―añadió Mercader con las botas enraizadas al lodo―. Mejor corréis los dos, o mejor todos corramos.
Pero no pudo ni moverse…
El hombre temía. Los músculos se le tensaron y cayó de rodillas sobre el barro.
El carnicero no le prestó atención. En ese momento sopesó su cuchilla, dio una trancada como una gacela, al frente, ligera casi, pero al ver que el rapsoda de los zapatos rotos lo floreaba con una daga, el guerrero frenó, se arqueó a un costado y reculó sin pensarlo. También sin pensarlo golpeó con el culo al poeta que andaba detrás.
―¡Acaba con él! ―escuchó decir al rapsoda a voz en grito, pero el poeta, Theraxian, estaba petrificado.
«Nadie puede acabar conmigo ―pensó el carnicero―. Nadie. Esa es mi carga».
Luego se agazapó en la oscuridad. Al punto cambió de mano a su cuchilla, blandió, cortó la brisa del bosque, se quebró como una flor marchita. Brincó e hizo una añagaza, rompió la niebla y de nuevo blandió, y blandió y blandió. ¡Chás chás chás! ¡Chás chás chás! Una cabriola. Una finta. Un molinete y un corte final. Entonces se  oyó un ruido de huesos quebrados, partidos, al tiempo que su rostro se salpicaba de rojo. Los sesos desparramados volaban junto a cabellos y astillas de cráneo.
―¡Mierda, Pafman! ―gritó el sureño, la boca abierta como una caverna al tiempo que el carnicero se le volvía  soltando su acero.
El metal vibro al primer contacto con el barro.
«Te tengo…»
Entonces el guerrero de la loriga se acercó sonriente, despacio, sosteniendo en alto los sesos del triunfador. El cadáver de Pafman, a su espalda, se desplomaba sin vida, la cabeza partida a la altura del cerquillo. El bosque sopló de pronto al tiempo que el carnicero, con un movimiento felino, tomaba a Theraxian de la mandíbula abriéndole la boca más de lo que estaba. La presión de sus dedos le torció los dientes, y en un pispás se oyó un crujir de huesos. Un alarido. Un llanto. Una voz que se quebraba casi como de niña.
―¡Traga! ―le dijo al sureño antes de embutirle el cerebro― ¡Cómete las ideas del muerto, pues puede que así le ganes en la otra vida!
En ese instante la bruma del pantano volvió a salir, envolviéndolos a ambos. La sombra de la loriga siguió empujando los sesos hasta dejarlos atorados en el esófago del sureño, avasallándolo, doblándole las rodillas como  a un espantapájaros sin quitar la vista de unos ojos que lagrimeaban, unos ojos que morían; y no fue hasta cuando ya estuvo frío que finalmente lo soltó. Al punto escuchó a su cadáver caer sobre el barro poco antes de volverse a Mercader quien, mordiéndose las uñas, seguía patidifuso, mirando.
―Largo de aquí ―le dijo―. Huye. Ve y cuéntales a todos sobre mi. Di que el bosque está enfadado, que tu especie le repugna, que con vuestras cantinelas, cantatas, juergas y bacanales, la naturaleza os repudia. Ve. Huye y no vuelvas. Porque si vuelves te obligaré a beber agua de pantano hasta que tu vejiga reviente y dejaré a tu cadáver pudriéndose en la orilla.
El mercader de historias no respondió. Puso pies en polvorosa y desapareció como una liebre. Mientras tanto el rapsoda Cabeza de cabra continuaba aovillado sobre los ramajes. Jivete no lo había dicho, pero consiguió cincuenta y siete preciosos puntos.
«¿Por qué no me habéis matado?», parecía querer preguntarle a los dos guerreros, pero se mantuvo en silencio hasta que, casi temblando, se levantó y se desvaneció en la oscuridad del bosque como si fuese humo.
Luego finalmente reinó el silencio. Casi no se oía la risa de los árboles ni del firmamento, ni las carcajadas ventosas con hedor a pantano. La mujer caballero, al punto, se volvió al monstruo que cometió los asesinatos.
―¿Por qué no lo mataste? ―le preguntó con la mirada fría― ¿Por qué no le quitaste la vida como siempre haces? A veces no sé que pensar de ti, pues casi nunca te comprendo.
―Nunca lo entenderás ―respondió el carnicero―. Pero intentaré explicártelo una ultima vez, así que escucha con atención, mujer:
»Si no acabé con el cabrío fue porque su raza está casi extinta ―dijo―. Si yo lo destruyo se perdería el balance.
Jivete frunció el ceño. No comprendía. La mujer-caballero había pasado meses enteros con aquella criatura, había sido su sierva, su sombra casi, lo había visto asesinar niños, arrancar cabezas a recién nacidos de un mordisco, mear sobre fetos a penas abortados, pero hasta esa noche no comprendía el motivo de tantos asesinatos.
―Matas a todos pero nunca dices por qué ―susurró―, sin embargo repites que el asesinato es justificable.
―Si ―respondió el carnicero―. El asesinato es justificable. Ya te lo dije. Nosotros los asesinos somos como un terremoto, como un incendio, como un huracán. Matamos lo que encontramos al paso, pero la gran diferencia es que asesinamos de a pocos. Uno por uno. ¿Entiendes? No en masa. Porque de lo contrario el balance se perdería.
»Piensa en nuestra progenie como una extensión de la naturaleza. Para que exista vida muchos nacen pero también muchos mueren a diario. La naturaleza suele matar en bloques. ¿Me sigues? Cada cierto tiempo se vale de vendavales y maremotos, de tormentas, sequías, guerras y pestes. También mata por medio del hambre o plagas como la tuberculosis. Caen ciudades por la locura de hombres que no toleran credos diferentes. Pero cuando hay que matar, cuando hay que matar sólo a uno, o cuando hay que quitarle la vida a unos cuantos más y en cierto orden, entonces estamos nosotros, pues los asesinos somos como herramientas.
»La muerte limpia el mundo, el cuál no es tan grande como crees. Sólo así quedará espacio para albergar más vida. De lo contrario si no matamos, tendríamos una tierra deshabitada, desnivelada gracias a los desastres, a las pandemias y a la muerte natural. Es por eso que estamos aquí. Para poner cierto equilibrio a la balanza del universo, un equilibro que hasta el final por lo menos deberá de respetarse.
La mujer-caballero frunció el ceño comprendiendo a medias y miró los ojos ambarinos del carnicero, quien en ese momento se dio la vuelta.
―Escucho la voz de la naturaleza, Jivete, la voz del mundo ―dijo el monstruo de pronto sin titubear. Sus largos cabellos negros hondeaban como niebla. Su tez endrina era reseca como piel de muerto―. En efecto, es la voz de la naturaleza. Muerte es lo que clama pero también vida. Esa es mi maldición y estoy condenado a cargarla sobre la espalda.
El bosque en ese momento resolló y, por un segundo, pareció que reía.


Epílogo

En un universo paralelo un carnicero de cabellos largos, negros, ojos amarillentos como el color de la pus y la piel endrina caminaba abriéndose brecha entre los muertos que se mecían colgados de las ramas de los árboles. Los proscritos del bosque decían que venía de los abismos, lo llamaban Oscuro y sus motivos para el asesinato eran diferentes a los de su homónimo en el universo de los rapsodas, poetas, juglares, bardos y trovadores asesinados. El carnicero tenía pues, como ya se dijo, otros motivos para matar, podía sentir por lo menos algo más que el susurro de la hierba, las brozas y los ramajes. Comprendía más que el lenguaje de la floresta y no solamente entendía la palabra asesinato. El carnicero tenía una historia a parte, una que está siendo narrada en algún lugar sombrío por un condenado que teclea sin pausa. Un condenado que sangra.

* Lo siento, Licorcín. Es que no se si eres hombre o mujer. Pero ya me dirás luego.

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  ¿Quién es quién del "mensual III"?
Posted by: Licordemanzana - 05/09/2016 03:51 AM - Forum: Retos Mensuales - Replies (16)

¡Abro la puja!

De momento tengo un candidato fuerte para Ocaso: ¿Haradrim?

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  [Ciencia Ficción] Nieve Escarlata
Posted by: xKarinchi - 04/09/2016 12:36 PM - Forum: Tus historias - Replies (2)

[Image: 6d2d1cd698d4b84c9b787314c5ed40f6-dagg0ex.png]

[Image: star_full.gif] Historia // Sinopsis:



Quote:Adara es una niña de nueve años que vive una pacífica vida en un lejano pueblo perdido en las montañas. Su día a día es como el de cualquier otra pequeña, tiene a sus padres y a su adorable hermana pequeña. Va a la escuela, saca buenas notas, tiene amigos y sobre todas las cosas le encanta el invierno.

Todo marchaba bien, hasta la llegada de una trágica noche que lo cambiará todo.

[Image: star_full.gif] Géneros: Ciencia Ficción, demonios, brujas, drama, gore.
[Image: star_full.gif] Clasificación: +16
[Image: star_full.gif] Capítulos: 1 publicados
[Image: star_full.gif] Estado: Activa
[Image: star_full.gif] Plataforma en Wattpad: https://www.wattpad.com/story/62084399-nieve-escarlata

Pesadilla I - El despertar

Era un día como cualquier otro, seguí la rutina de siempre, como cada mañana, me levante de la cama para desperezarme antes de bajar a desayunar. Corrí las cortinas para que entrara un poco de luz. Tanto los coches como casas y las calles estaban cubiertas por una fina capa de nieve. Estaba claro que el invierno ya había llegado al pueblo, aun cuando los grandes ventanales estaban cerrados, podías notar como una pequeña corriente de aire invadía hasta el último rincón del cuarto. Poca gente se podía ver por las blancas calles, preferían resguardarse en sus casas y los que podías observar caminando lentamente por las frías calles, eran aquellos que no les quedaba más remedio que ir a trabajar o a estudiar. Yo adoraba el invierno, adoraba la nieve, tan blanca y pura, era como si purificara las oscuras calles de este pueblo. Era de las pocas cosas que adoraba de este pequeño y aburrido lugar, las duraderas nevadas. Las yemas de los dedos se me habían helado de estar apoyada sobre el marco de la ventana, ya era época de abrigarse con varias capas para no congelarse. Suspire, sabía que iba a ser un día como los de siempre, nada cambiaba en la aburrida rutina que llevaba desde que nos mudamos aquí, desearía que algo cambiase, aunque fuese un pequeño detalle sin importancia. Cualquier cosa, el nombre de alguna calle, el profesor de clase de lengua, que cayese una hoja más del árbol del jardín. Solo pude reír ante tal absurdo pensamiento, sabía perfectamente que nada iba a cambiar, sabía que mi monótona vida seguiría así para siempre. Alejé estos pensamientos y fui a lavarme la cara con un poco de agua caliente, cepille la pequeña melena plateada que ya cubría mi espalda y bajé a desayunar. Mi padre leía el periódico que el cartero dejaba siempre en la puerta, mi hermana pequeña por otra parte aún se estaba desperezando. Ya estaban sentados en la mesa desayunando en silencio. Mi madre me dio un beso en la mejilla y el ya esperado "Buenos días". Me senté en una de las sillas a devorar lo que había sobre la mesa, un vaso de zumo de naranja y un bol de cereales. Una vez terminado el desayuno, mi hermana y yo fuimos a la habitación a cambiarnos, en nuestro colegio por suerte, no teníamos uniforme, por lo que podíamos elegir nuestra ropa. Ese día opté por una camiseta blanca, un jersey azul, unos tejanos negros y mis bambas preferidas, unas bambas blancas que a los lados llevaban unas pequeñas y blancas alas de ángel. Desde que leí sobre ellos en un libro, me ha emocionado la idea de que en algún lugar o incluso en algún planeta, existan ángeles, seres capaces de volar libremente allá donde les plazca, sin restricciones, sin tener que pagar peaje en un autobús. No podía faltar el típico abrigo que te hace parecer una pelota, no tenía otro así que no tenía más remedio que ponérmelo si no quería congelarme por el camino. Busqué la mochila y metí los libros necesarios para hoy, estamos a Martes y toca matemáticas, mitología griega, lengua inglesa, ciencias y música. Definitivamente el peor día de la semana, odiaba con todo mí ser esas asignaturas. Mitología griega era lo único interesante hoy. Se me paso por la cabeza fingir dolor de estómago, no sería la primera vez y más un martes, pero me apetecía salir, respirar aire fresco y caminar sobre la nieve. Mi hermana pequeña no tardó en quejarse —Date prisa o llegaremos tarde— El reloj sobre mi escritorio marcaba las 8:45, aún faltaba un largo cuarto de hora para que las puertas del colegio abriesen, pero a mi hermana le gustaba llegar un poco antes de la hora, sea cual sea el sitio.

Al salir se notaba mucho el cambio de temperatura. Cada paso que daba se hundía en la nieve, esa sensación me gustaba mucho, era como estar pisando nubes. Pero esa sensación desapareció enseguida en cuanto oí que me llamaban desde la otra calle, eran compañeros de clase. Tenía un par de amigos de confianza, no era popular pero tampoco la marginada de la clase. Mis notas no eran de matrícula de honor, de vez en cuando sacaba algún excelente, quizás un suficiente en matemáticas pero nada del otro mundo. No sobresalía en ninguna materia, pero no me importaba mucho. Prefería no ser el centro de atención o peor todavía, que me pidan ayuda para estudiar.

El camino a la escuela era corto, a paso normal tardábamos unos 10 minutos, íbamos bien de tiempo, en otros pueblos no nevaba mucho pero en este resulta muy abundante, hubo un verano en el que cayeron copos de nieve, fue el verano más fresco de todos los tiempos.

Antes de llegar al recinto se podían divisar las grandes puertas metálicas que ya estaban abiertas, todos iban entrando en silencio a excepción de los ya conocidos como grupo "Vip", siempre tan ruidosos. La escuela estaba dividida en dos secciones, la primera a la derecha para los niños de tres a seis años. La segunda a la izquierda para los de siete a doce años. Compartíamos patio, gimnasio y comedor. No era muy espacioso pero la decoración hacia que se asemejase a un cuartel militar, impresionaba bastante.

A primera hora teníamos "Mitología Griega", clase que adoraba, la profesora siempre ha sido muy simpática y alegre. Nunca ha perdido los nervios, aún recuerdo la clase en la que no paraban de volar aviones de papel y la profesora se unió a la competición, el que ganaba se llevaba un positivo en la asignatura. Se me pasó la hora volando y para cuando me di cuenta ya estaba el profesor de matemáticas apuntando fórmulas en el pizarrón, sin duda iba a ser un día muy largo.

Nada interesante a lo largo del día, muchos deberes, muchos sermones. Me despedí de mis amigos, sin darle tiempo a Sara de que se burlara de mí, me fui corriendo a la salida.

De vuelta a casa paré en la tienda de golosinas a comprar unos caramelos para después de cenar. Los de frambuesa eran mis favoritos, compré algunos de más para mi hermana pequeña. Hacía más frío que en la mañana, claro genio si estamos en pleno invierno y ya es prácticamente de noche, la temperatura ha bajado considerablemente.

El camino a casa es muy tranquilo, no había mucha gente, como en la mañana. Desde la acera vi las luces encendidas del comedor y la cocina, mis padres ya habían vuelto de trabajar y seguramente ya estarían preparando la cena. Abrí la puerta y me llegó un olor agradable, creo que hoy toca pizza para cenar. Espero que sea de 4 quesos, era mi favorita.

Durante la cena siempre hablábamos de cómo nos había ido el día, mi hermana había sacado un excelente en ciencias y un notable en educación física. Al compañero de trabajo mi padre le había tirado una grapadora a la cabeza, normal en su trabajo. Ellos dos se dedicaban a hacer informes psicológicos a la gente de la planta doce, la compañía para la que trabajan es bastante conocida, pequeña pero famosa. Y a veces a los trabajadores no les gustaba su informe, podían llegar a despedirlos dependiendo del resultado. Por otro lado mi madre dependienta de una tienda de antigüedades, durante invierno no tiene muchas ventas, es en verano cuando vienen muchos turistas y las ventas se disparan.

Al acabar, recogimos la mesa y pusimos una película. Nos acurrucamos en el sofá con unas mantas y los caramelos. A la mitad de la película, mi hermana se quedó dormida apoyada sobre mi hombro, iba a llevarla a la cama cuando oí unos golpes muy fuertes provenientes de la puerta. Sería el viento, quizá, no me moví del sofá. Se volvieron a escuchar golpes, esta vez como si quisieran echar la puerta abajo. Mis padres bajaron rápidamente por las escaleras, mi padre sostenía un bate de béisbol, pero de poco sirvió. Antes de llegar a la puerta, se vino abajo, golpeando a mi padre que quedó inconsciente en el suelo. El hombre que entró llevaba un pasamontañas y sostenía un cuchillo en su mano izquierda. Dio señales de que no gritáramos, Alicia refunfuñó y se levantó sin saber que estaba ocurriendo. Le tapé la boca para que no gritara.

Nos arrinconó en la cocina, mi padre aún no despertaba. Inutilizó la corriente eléctrica y los móviles. Si gritábamos para pedir ayuda sería peor... Acercó un portátil a mi madre
—Tu cuenta del banco, ahora— su voz era aterradoramente grave.
No dudó ni un segundo, tecleo a gran velocidad lo que creo que era una cifra de dinero. Una vez terminado, el hombre cerró el portátil y lo guardó en su mochila. Se acabó, fue lo que pensé, ingenua de mí. Se acercó y me agarró por el cuello del jersey, levantándome del suelo, acercó su cara, podía notar su aliento.
—¡No!— gritó desesperada mi madre, recibió una bofetada en la mejilla tan fuerte que acabó en el suelo. Mi hermana empezó a llorar, mi madre seguía gritando desde el suelo. Mi cuerpo temblaba, no podía deshacerme del agarre, intenté darle patadas pero de nada servía. Todo paso tan rápido, lo siguiente que note fue el metal frío en mi cuello, tiró mi cuerpo al suelo recibiendo un golpe en la cabeza. Notaba algo caliente salir de mi garganta, tarde en darme cuenta que era sangre. Salía a cantidades, todo se volvía borroso, sonó podía escuchar los desgarradores gritos de mi madre y en fuerte llanto de mi hermana. Su figura se volvía oscura, dolía respirar, sentía cada vez más frío. No podía moverme, las lágrimas caían por mis mejillas y un gran charco carmesí se formaba a mí alrededor. Mi madre intentaba parar la hemorragia, pero era inútil... ¿Todo iba a acabar así? Aún quería hacer muchas cosas, quizá pueda ir ahora a la tierra de los ángeles, ingenua de mi...

Desperté en un hospital, la luz me cegaba, sentía todo mi cuerpo entumecido, me dolía absolutamente todo del cuerpo, incluidas las pestañas. Intenté incorporarme un poco, estaba conectada a varias máquinas y tenía agujas metidas por los brazos. Paredes blancas, maquinas con cables, camillas, sin duda estaba en un hospital. Poco a poco fui recordando, llevé mi mano al cuello, vendado. Eso quiere decir que ¿Sobreviví? Perdí mucha sangre, ¿cómo han podido salvarme? Espera, ¿y mi madre? ¿Mi hermana? ¿Mi padre? No había nadie más en aquella sala, como pude me puse de pie, quité aquellas agujas que dolían como mil demonios. Caí al suelo, me mareé al salir de la camilla, seguramente sea por la pérdida de sangre.
Entraron varias personas vestidas de blanco, no alcance a escuchar lo que decían, estaban hablando entre ellos, volvieron a subirme a aquella fastidiosa camilla. Intenté quejarme pero me era imposible decir nada, mi garganta dolía horrores. Me colocaron de nuevo las agujas para poder seguir con lo que creo que era la transfusión de sangre.

—Has perdido mucha sangre, es mejor que descanses y no intentes levantarte— dijo una voz masculina.
Intenté hablar, pero era inútil, una de las enfermeras se percató —No podrás hablar hasta dentro de un par de semanas, tus cuerdas vocales fueron dañadas. Si necesitas algo solo pulsa este botón y una enfermera vendrá— Genial. ¿Y ahora como les pregunto dónde está mi familia?
Uno de ellos apuntaba algo en unas hojas y acto seguido se marcharon, desde la habitación podía oir murmurar a los enfermeros en el pasillo. —Ya se ha despertado, aun no puede hablar pero parece que está estable— era la voz de la enfermera de hace un momento.
—¿Aún no le habéis dicho sobre su familia?— esta vez una voz masculina, supongo la del chico que estaba apuntando en las hojas.
—Es mejor que esperemos un poco más, no sabemos lo que recuerda— ¿Esperar? ¿Esperar a qué?
—Tarde o temprano se enterara que sus padres y su hermana están muertos, si no le decimos ya se puede hacer ideas equivocadas.— ¿Qué? No, no puede ser... Debe ser una broma, estaban vivos, ¿los mató aquel hombre? No puede ser verdad...

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No es la mejor ortografía del mundo, he intentado corregir lo que he podido. Es la primera novela más o menos larga que escribo, tengo otras historias pero son mucho más cortas. Los comentarios se agradecen y los consejos aún más ^^

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