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  Encuesta Reto Mensual Febrero 2016
Enviado por: Geralt de Rivia - 25/01/2016 09:09 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (26)

Les pido que voten, del listado de ideas que ustedes mismos han propuesto, los dos o tres temas que prefieran para el próximo reto. La encuesta cierra el domingo que viene, y la propuesta que más votos haya recibido será la que se pondrá en marcha el mes que viene. Saludos

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  Concurso Mensual I: Vampiros de Tortuga
Enviado por: Joker - 24/01/2016 11:59 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (16)

El rebaño descansaba en el claro a orillas del río. Algunas cabezas se alzaron cuando el helicóptero pasó sobre ellas cortando el silencio de la noche con sus hélices; un cono de luz recorría los lomos peludos y peinaba los contornos de la selva. La inspección duró tres minutos durante los cuales los animales apenas prestaron atención a la máquina. Cuando esta se dirigió al este, bordeando la ladera de la montaña, los pocos que habían visto su sueño perturbado regresaron ansiosos a él.
El más alejado del grupo comenzó a tambalearse. Cayó sobre uno de sus costados revelando una abertura que iba del cuello al rabo. Esta se ensanchó cuando el joven salió de su interior, cubierto por la sangre y vísceras de la bestia de largo pelaje. Había dado con ese cadáver después de que los carroñeros se encargaran de alivianarlo. Se había refugiado en su interior con los motores del helicóptero resonando tras él, sin estar convencido de su efectividad. A decir verdad yo tampoco creí que fuera a funcionar, pero no podía hacer mucho por él pues me hallaba al límite de mis fuerzas.
Contempló el cielo cubierto por espesas nubes justo cuando las primeras gotas caían sobre su rostro. Siguieron los truenos y por último el viento que estremeció las copas de los árboles. Eso era bueno por un lado, si el clima empeoraba el helicóptero tendría que retirarse y ganaría algo de tiempo. A la vez complicaba su paso por esas tierras, en especial el ascenso a la montaña que tenía planeado. Pero no pensaba dar marcha atrás.
El aguacero se encargó de lavarlo mientras se acercaba a la montaña; lo único que llevaba era un cinturón de cuero con un cuchillo de combate. Comenzó a subir, aferrándose con fuerza a las rocas, teniendo cuidado de no resbalar y evitando las zonas conflictivas. Trabajo que lo llevaba al límite, pero ambos sabíamos que podía hacerlo pese a la tormenta. El agua caía cada vez con más tenacidad y amenazaba con inundar el claro, por lo que el rebaño se puso en movimiento para dirigirse a tierras más altas.
Usó toda la fuerza de sus brazos y piernas para ascender a una pequeña saliente. Una vez que llegó a ella buscó alguna ruta alterna a la escalada. La descubrió en un estrecho camino que corría a la izquierda. Con la espalda pegada a la piedra y la vista fija en sus pies avanzó, consciente de que el menor error podía terminar en la muerte. Treinta metros debajo de él un relámpago cayó en el claro partiendo un árbol a la mitad. El sonido de su caída fue devorado por el rugir de la tormenta que no dejaba de crecer.
Pero fue en ese momento que un nuevo sonido se hizo oír. Sorprendido, el muchacho volteó hacia su procedencia para descubrir el cono de luz del helicóptero acercándose. Todavía no lo habían descubierto, pero pronto lo harían. Se apresuró, perdiendo un poco de precaución que conservaba hasta ese momento. Un par de metros más adelante el camino se ensanchaba y en la pared podía verse la entrada a una cueva.
«Sólo un poco más. Dale, mové las piernas, mierda, no podes dejar que te agarren acá. Cuidado con el borde…Cuidado…Cuidado». Gracias a los implantes que tenía dentro, yo podía captar sus pensamientos y recuerdos inmediatos. Una emisora de radio viviente podría decirse.
Pasó por encima de una roca y se halló en el ensanche. Sin perder tiempo corrió a la cueva, la luz de la aeronave a sus espaldas, casi quemándolo. Se arrojó de cabeza al interior y rodó hasta la pared, pegándose a ella lo más que pudo. Respiró aliviado pero inquieto por el hecho de que no hubieran abandonado la persecución pese al tiempo.
Sin duda estaban desesperados por atraparlo.
Un escalofrío recorrió su espina cuando percibió el olor que reinaba en el escondite. Giró la cabeza hacia la oscuridad y los vio. Dos grandes ojos dorados lo contemplaban desde una altura de cuatro metros, acompañados por un gorgoteo primitivo.
Se incorporó de un salto y corrió de nuevo al exterior, olvidando a sus perseguidores ante esa nueva amenaza. Se vio envuelto en una gran luz que lo hizo cubrirse el rostro con el brazo. La aeronave se hallaba frente a él. Desde la silla corrediza de la cabina un francotirador le apuntaba con un rifle de dardos. Y además de él la ametralladora del vehículo.
—Daro Schminfreth —dijo la voz del parlante—, entréguese a la compañía Freymuss y le aseguramos su integridad física. De lo contrario será considerado cómplice de piratería genética.
Por unos instantes quedó paralizado. No entendía de qué lo acusaban, él que había sido la víctima junto con su familia y amigos. Pero si entendía que la criatura de la cueva emergía detrás de él en esos momentos. Ni siquiera tuvo que verla, lo notó en la forma en que la aeronave intentó alejarse de la montaña para poner a tiró a la bestia.
Pero demasiado tarde.
El slygath, nombre que había oído de boca de uno de los vampiros, saltó con sus poderosos cuartos traseros y cayó sobre el helicóptero. El metal se dobló ante la embestida del saurio rojo que destrozó el vidrio de la cabina de una patada. Sus grandes fauces se cerraron alrededor del tirador haciéndolo desaparecer en una estela de sangre y lluvia. Todo mientras la nave, perdida la estabilidad, describía un giró de trescientos sesenta grados y se estrellaba quince metros debajo de Daro.
Un hongo de fuego brotó de entre las piedras matando a los Vampiros y al slygath. Era la segunda vez en el día que uno de esos monstruos le salvaba la vida: la primera había sido esa mañana cuando un ejemplar atacó el convoy que lo trasladaba a una nueva ubicación. Desde luego que estos encuentros no fueron fortuitos y mi mano estaba detrás de ello.
Pese a que no cabía en si del asombro y la inquietud, estaba exhausto y necesitaba descansar. «Ahora la cueva es segura» pensó y se dirigió de nuevo a su interior. En el fondo halló el nido del saurio hecho de rocas, suaves hojas y también colmado del olor de la bestia. Eso no lo dejaría dormir tan tranquilo, pero el clima no le permitía buscar algo mejor. Y otro punto a favor era que allí también tenía comida, pues la criatura había matado a uno de los rumiantes del claro.
No había nada que pensar.
Unos minutos después ya se hallaba recostado frente a una pequeña fogata, con la carne asándose sobre esta. Vio la sangre todavía fresca goteando y una serie de recuerdos invadieron su mente de manera automática. La luz de las llamas teñía sus ojos con un resplandor rojizo mientras en su cabeza rememoraba el día en que los Vampiros descendieron del cielo. Su aldea era pequeña y no tenía los medios para defenderse de las grandes aeronaves que podían desintegrarlos de un disparó. Los pocos que presentaron resistencia fueron sometidos con violencia, pero no asesinados.
Los querían vivos. O mejor dicho los necesitaban.
Los sacaron de su mundo y los pusieron en una de las naves. Allí todo era experimentos y dolor. Familias separadas convertidas en conejillos de india, personas conectadas a grandes máquinas de las que brotaban cables como tentáculos. Cuando terminaban con alguien, cuando creían que habían alcanzado lo que querían, lo conectaban a la máquina y esta los secaba. La sangre se almacenaba en contenedores cilíndricos y no volvían a verla.
Así fueron muriendo uno a uno todos los que conocía. Hasta que le llegó el turno a él y algo diferente sucedió. No sabía que era, pero los Vampiros parecían felices y decidieron llevarlo a una base llamada Tortuga. Más experimentos incomprensibles en una base pequeña, oscura y fría en la que nunca supo cuanto tiempo pasó. Los únicos recuerdos diferentes a aquel ciclo de tortura inexplicable eran los que habían tenido lugar a partir de esa mañana.
Comió en silencio, atentó a cualquier sonido que pudiera llegar desde el exterior. Pese al clamor de la tormenta podía oír lo que sucedía hasta en el claro, sus reflejos estaban volviendo a la normalidad ahora que tenía algo en el estómago. Si además lograba descansar una hora, podría seguir huyendo durante la noche y ganar ventaja. La tormenta no lo estorbaría, sabía moverse en ella.
Se recostó en las mullidas hojas, satisfecho de descubrirlas tan suaves y se quedó dormido al instante. Se engañó al creer que el olor de la bestia no lo dejaría dormir. Fueron las pesadillas de siempre las que lo acosaron con brutalidad, en especial aquella en que los Vampiros se llevaban a su hermanita a rastras. Los veía conectarla a la máquina y por más que corría para alcanzarla nunca llegaba a tiempo. La recreación psíquica era tan fuerte que yo mismo me vi sumergido en ella, casi atrapado.
Algo cambió de pronto. Todo quedó sumido en tinieblas y ante él apareció la niña, sin ojos y con la carne seca pegada a los huesos. Habló con una voz de ultratumba que hizo eco en el sistema nervioso del muchacho.
—Vienen los Vampiros.
Entonces despertó, no por la luz del amanecer que se filtraba por la entrada, sino por el chillido metálico de las máquinas. Ambos nos recriminamos aquel descuido fatal, pero al menos él tenía en cansancio como excusa. Yo en cambio…
Se acercó al exterior con cautela y comprobó lo que temíamos. Una veintena de hombres emergía de la selva, escoltada por jeeps armados y más helicópteros. Las tropas se extendían por el claro como hormigas, buscándolo. «Boludo. Dormiste mucho y ahora tenés encima a los Vampiros», se reprochó mientras regresaba al nido del slygath. Si trataba de huir por la ladera de la montaña sería un blanco fácil, al menos allí tenía una oportunidad.
«No, no es verdad. Sabes que de esta no te salvas.». Sentía deseos de golpearse por lo idiota que había sido al dormir tanto. Tuvo la oportunidad perfecta para escapar y no la aprovechó.
Ya se entregaba a su destino cuando un tronido en la pared lo hizo voltear. Era hora de que yo tomara cartas en el asunto. Ante su atónita mirada una gran roca se deslizaba a un costado, dejando al descubierto un largo pasillo de metal tenuemente iluminado. Se acercó a él de manera inconsciente, por un segundo olvidó a los Vampiros y lo que querían hacerle. La cabeza le daba vueltas, o mejor dicho era como si vibrara con mayor intensidad a medida que avanzaba. Una frecuencia especial era la única forma que tenía de llamarlo
El camino le resultó efímero y de un momento a otro se halló en donde debía estar. Mi morada consistía en una sala circular con grandes monitores en las paredes y ocupada en el centro por un trono de metal en el que llevaba siglos sentado. Mi apariencia humanoide no le dio confianza pues nunca había visto un cuerpo mecánico como el mío. Pensó que estaba muerto, pero cuando se acercó a mi alce la cabeza y el rojo destelló de uno de mis ópticos iluminó su rostro.
Del agujero de mi pecho brotó un largo tentáculo de fibra que avanzó hacia él con rapidez. Intentó reaccionar, pero sus reflejos no fueron suficientes. El apéndice reptó por su espalda hasta llegar a la unión entre la cabeza y el cuello. El aguijón se clavó en su carne sin causarle dolor. Tampoco se percató de las ventosas adhiriéndose a su columna, ni de las pequeñas agujas que trataban de alcanzar la médula.
Para él todo se volvió negro como en sus sueños, pero esta vez no fue la máquina de los Vampiros lo que se manifestó. Ante sus ojos, yo parecía una esfera de luz en la que se diluían toda clase de colores. Mi voz, imponente pero carente de emoción, emergió de ella llenando la nada en la que nos hallábamos.
—Te esperaba, Daro —dije.
Sorprendido sería decir poco. No sólo porque hablaba su lengua sino porque también lo conocía. Sería tedioso describir el largo diálogo que mantuvimos y las reacciones exactas que suscitaron en él. Costó un poco hacerle comprender que era yo y donde estábamos. Le expliqué sobre la realidad virtual en la que se hallaban reunidas su consciencia y mi programación. Le dije mi nombre. Dave, Dispositivo de Almacenamiento Vital y Evolutivo. Una corteza cerebral sintética cargada de neuronas biomecánicas capaces de almacenar grandes cantidades de información y de llevar a cabo un número casi ilimitado de funciones.
Desde luego entendió poco de esto, pero mientras hablábamos el cambio en él ya estaba obrando. Necesitaba más tiempo, así que le conté más cosas. Sobre el éxodo de la Tierra, convertida en un mar de cenizas y escombros grises. Las luchas políticas que dieron origen a la Federación Galáctica y las naves colonizadoras que partieron a buscar nuevos mundos entre las estrellas. Las estrictas regulaciones impuestas a la manipulación genética y el nacimiento de la piratearía genética. Le conté del presidente de la compañía Freymuss, principal sostén económico del nuevo gobierno, infectado por una extraña bacteria de la constelación Taurus.
Al principio esto le pareció un conjunto de datos inconexos con su propia historia. Hasta que llegue a cierta colonia que se creía perdida en el olvido y que fue descubierta por accidente. Una cuyos habitantes, tras siglos de exposición a la radiación de minerales extraterrestres, desarrollaron una mutación benigna en la sangre. Sangre que podía ser sintetizada en una cura para la bacteria.
Finalmente le hablé de cómo esa gente fue secuestrada y llevada a Tortuga.
Tortuga.
Un planeta más allá de los límites de la federación y sus regulaciones. Terraformado para ser usado como base de operaciones para actividades ilegales. Bautizado en honor a una isla clave para la piratería en el siglo XVII.
Freymuss pagó a los piratas para usar el planeta y manufacturar en secreto la cura que sus líderes necesitaban. Supongo que nunca esperaron que la bacteria reapareciera algunas generaciones después, lo que los hizo abusar de la fuente cuando abundaba. Ahora el muchacho es el único que queda.
Entonces yo entre en escena.
Admito que mi intención en un principio era la de conseguir un nuevo contenedor pues mi cuerpo original pronto dejaría de funcionar. Ahora me cuesta recordar como sucedió todo, por qué estoy aquí y por qué se me ordenó llevar un registro de la información clave de Tortuga. El muchacho en cambio no puede recordar su planeta ni a otra persona que no sea su hermana.
Básicamente transferí mi programación a su cerebro, algo que hubiera resultado imposible de tratarse de un humano normal. Pero él… los experimentos que realizaron en su cuerpo lo convirtieron en un recipiente más que adecuado. Ahora, mientras recapituló lo sucedido en la última hora, el tentáculo adherido a su espalda ultima los detalles finales.
Tratamos de mantener cierta equivalencia en el procedimiento, un cincuenta cincuenta. De haberlo querido, podría haber tomado el control completo. Pero algo extraño ocurrió mientras descargaba mi base de datos. La E de mi nombre significa evolutivo, lo que implica adaptación a un nuevo medio, y también es la primera letra de la palabra empatía. Y eso fue lo que sucedió.
Como un virus, las emociones del muchacho me invadieron durante la transferencia. Contaminaron mis archivos y no me permitieron borrarlo pues llegue a sentirlo como una parte de mi mismo. Su venganza se volvía mi venganza con cada nueva pieza de información. A la vez, la naturaleza de buen salvaje fue civilizada por los datos que se alojaban en su mente. Cada vez me cuesta más diferenciarnos.
Dos ecos resonando en un mismo punto y en tal armonía que no se opacan.
Él también lo comprendió.
Comprendió lo que era cada uno por separado.
Comprendió lo que seriamos juntos.

* * * * *

La carnicería estaba alcanzando su final. Así lo percibió el comandante Renox al ver como el último slygath caía ante él. Pese a que sus piernas habían sido destrozadas por la ametralladora del helicóptero, el saurio escarlata trataba de alcanzarlo reptando sobre su vientre desgarrado. Renox alzó su arma y el láser atravesó el duro cráneo del reptil. Aún con el orificio humeando entre sus ojos, tardó algunos segundos en morir.
Sólo entonces el militar volteó hacia sus hombres. Los que quedaban. Cubiertos en sangre propia y ajena, de bestias muertas y de camaradas caídos. El olor a pólvora y fluidos flotaba en el aire como la mortaja que los envolvía a ellos, muertos vivientes lejos de alcanzar su cometido. Tantas bajas, y todavía no habían dado con el muchacho.
No sólo estaban los slygaths, sino también las armas automáticas escondidas entre las rocas de la montaña. Muchos habían caído ante ellas, o las mismas los habían distraído el tiempo suficiente para que los monstruosos saurios los tomaran por sorpresa. Sólo recuperaron la ventaja cuando los helicópteros se encargaron de reducir a las bestias mientras ellos limpiaban las trampas. No había sido un trabajo sencillo, podías estar preparándote para arrojar una granada a un nido de ametralladora en un momento, y al siguiente ser cercenado por garras de cincuenta centímetros de largo. O incluso ser aplastado por un cuerpo acorazado de diez toneladas.
Nadie estaba de humor porque aquello no había sido más que una distracción. El muchacho seguía en algún lugar y tenían que encontrarlo. Aunque Renox dudaba que de haber sobrevivido a esa horda hambrienta fuera tan incompetente como para quedarse en la montaña. Ahora tendrían que rastrearlo de nuevo, eso sería fácil. Lo difícil sería reorganizar a sus tropas dispersas y exhaustas para reemprender la cacería. Sin mencionar que no estaría tranquilo hasta asegurarse de que ninguno de los suyos quedaba atrapado en alguna zanja fangosa.
Su segundo al mando se acercaba a él con el semblante serio. Alarmado por algo que no alcanzó a comunicarle pues fue entonces que la montaña empezó a temblar. Con suavidad al principio, pero convirtiéndose gradualmente en una convulsión que causo que varias rocas se desprendieran y rodaran hacia ellos. Los hombres gritaron, intentaron huir algunos, otros buscaron la protección de los vehículos blindados. Todo en vano. El suelo se resquebrajó y las bocas de cientos de gigantes empezaron a devorarlos sin piedad. Densas nubes de polvo y tierra los envolvieron, como si la noche estuviera enseñoreándose de la montaña.
Antes de caer, Renox vio a su segundo al mando siendo aplastado por una roca semiesférica que rodó cuesta abajo dejando un rastro sangriento. Los helicópteros apenas tuvieron tiempo de registrar lo que sucedía cuando sus alarmas detectaron una concentración masiva de energía emergiendo del interior de la montaña.
Los pilotos ni siquiera llegaron a comprender lo que sucedía, cuando la montaña se convirtió en un hongo flamígero que se extendía hacia ellos. Las aeronaves estallaron, asimiladas por ese pilar de fuego del que emergían escombros calcinados.
Desde una distancia segura, Daro observaba. Permanecía sentado en la motocicleta todoterreno que había usado para escapar por los túneles subterráneos después de activar la autodestrucción de la base. Tras él, los slygaths sobrevivientes se internaban en la selva en respuesta a la orden de su amo. Ahora sentían su voz porvenir de aquel pequeño cuerpo de carne pero eso no les importaba, tenían algo que hacer. Pocos habían sobrevivido a la batalla y ahora los mandaban a separarse para no llamar la atención y así poder reproducirse tranquilos. Tenían que volverse una legión.
Daro, o lo que solía ser Daro, parecía satisfecho. «Nuestra libertad y el deseo de conservarla son consideradas piratería genética y eso les bastara para perseguirnos hasta la fosa más profunda de Tortuga.»
Dio un último vistazo al caos desencadenado y dirigió la motocicleta al interior de la selva, siguiendo el camino de pastos pisoteados por un slygath. Tendría que esperar dos años para tener un ejército considerable, pero no descansaría durante ese tiempo.
Había mucho que hacer.

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  Concurso Mensual I: De amor también se muere.
Enviado por: Joker - 24/01/2016 11:23 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

DECISIONES.

Llovía. Siempre llovía en Nueva York durante el mes de Noviembre y una pálida bruma se extendía sobre el oleaje.
—No deberías estar aquí —me dijo uno de los agentes, mientras trazaba un cordón de seguridad. A lo lejos, más allá de la playa, se alzaban las ruinas de lo que alguna vez había sido el Bronx, iluminadas por una hilera de faroles que parecían difuminarse tras la plomiza niebla de medianoche.
Me encogí de hombros y saqué un paquete de cigarrillos.
—¿Quieres uno? —ofrecí, extendiendo la cajetilla. Él asintió, le di fuego ahuecando la mano y encendí un pitillo también yo. Le había prometido a Loreley que lo dejaría, pero ella ya no estaba y ciertas costumbres tardaban años en morir.
Fumamos en silencio, sin decir nada, contemplando apenas las gigantescas olas cenicientas que agonizaban sobre la ensenada. Una docena de linternas se agitaban en torno nuestro.
—Vaya noche —masculló entonces el agente, dándole una larga pitada al cigarrillo. Sus dedos lucían grises y marchitos, con las uñas mal cortadas y las yemas manchadas de nicotina.
—De perros —repuse yo, alzando el cuello de mi gabardina—. Parece como si las eligieran a propósito.
—¿Los suicidas? Sí, supongo que sí. —Arrojó la empapada colilla al suelo y miró el mar—. Dicen que fue una mujer joven, ve tú a saber qué pasaba por su cabeza… —luego se volvió hacia mi con expresión preocupada. Lucía triste, como si hubiese olvidado tomar su dosis de Oxitocinin—. De veras, Edward, no deberías estar aquí. Las órdenes vienen de la misma oficina del Interventor. Imagínate lo que pueden hacerte los de la Secreta si se llegan a enterar.
Sonreí con indiferencia.
—De algo hay que morir. —Unos metros más abajo, sobre la arena bañada por la espuma, los de la científica se afanaban realizando sus pericias.
Me calé bien el sombrero, escondí las manos en los bolsillos y bajé hasta la playa. El aguacero se había convertido en una débil llovizna y las sirenas de los coches patrulla asesinaban el silencio de la noche.
Hacía frío, un frío excesivo para aquel otoño agonizante, y la niebla mortecina que reptaba desde el río Hudson me penetraba hasta los huesos. En noches así me arrepentía de haberla conocido.
Caminé por las dunas, sin apenas ver por donde pisaba. Las tinieblas poblaban el litoral y los candiles de la policía parecían diminutas luciérnagas luchando una batalla perdida.
—Buenas noches —saludé al llegar al centro de la playa.
—No veo que tienen de buenas —gruñó Theodore Sanders, el forense de nuestra división. Se hallaba de espaldas y acuclillado junto a su maletín abierto, pero al oírme volvió la cabeza y pareció sorprenderse—. Lo siento, detective, no sabía que eras tú… creí que te habían licenciado.
—Lo hicieron —admití a regañadientes—. Pero estaba cerca cuando escuché las sirenas y el deber llama, ya sabes… —la excusa era pésima, pero desde que Loreley se había ido ya nada me importaba demasiado.
—Lo único que yo sé es que deberías estar en tu casa, no aquí —me reprochó él, incorporándose a medias.
Saqué un cigarrillo y se lo ofrecí, pero lo rechazó ladeando la cabeza.
—No veo que haya nada malo en salir a dar un paseo, Theo.
—¿Bajo la lluvia y en tu situación? Estás loco.
—Tal vez —admití—. No eres el primero en decírmelo.
—Ni el último, supongo.
Suspiré con cansancio y me llevé el pitillo a la boca.
—Supones bien…
Él dirigió una breve mirada de reojo a la línea difusa del mar y luego se sacudió la arena mojada de los pantalones.
—Cambié de idea con respecto a ese cigarrillo —saqué la cajetilla del interior del abrigo y se la extendí. Luego le di fuego y un gruñido de placer brotó de sus labios—. ¿Puedes creerlo? Llevaba cinco años sin fumar.
Asentí con la cabeza. Sabía mejor que nadie lo duro que podía resultar eso.
—Yo volví a empezar hace poco. A Loreley no le gustaba, decía que daba cáncer.
—¿Y qué opina ella de que hayas salido? —Su mirada parecía perdida en la inmensidad ocre del mar—. Tiene que saber que los de la Secreta no van a estar muy contentos.
Una sensación muy extraña me embargó por dentro. Ese era, justamente, el tipo de dolor que los Programas de Insensibilidad Inducida pretendían desterrar.
—Me ha dejado, Theo. Lory me ha dejado.
Él se giró hacia mí, sorprendido, y por poco no dejó caer el pitillo.
—Joder, Ed —dijo, entre toses, atragantándose con el humo del tabaco—. Lo siento.
—No pasa nada —mentí—. Pero es por eso que he vuelto.
—¿Esperas recuperar tu empleo?
—Tú lo has dicho. Ya no estoy infringiendo ninguna regla, después de todo, y los de la Secreta no pueden reprocharme nada.
—Pues me alegro, muchacho —dijo, palmeándome la espalda—. Lo de ustedes dos era, ¿cómo decirlo?... antinatural.
Exhalé una tenue bocanada de humo.
—Lo sé.
—Ya verás que es mejor así —insistió él, pretendiendo convencerme—. Hasta puede que te vuelvan a dar al mando de la división. Aunque no creo que Mike vaya a estar muy contento de tener que dejarte el cargo.
—Que se joda. Yo he perdido mucho más que él.
Y era cierto. Antes de que Loreley se apareciera en mi vida mi nombre sonaba en la terna de futuros comisionados. De allí a alcalde de Nueva York había solo un paso, y aquel era mi sueño desde que tenía uso de razón. Claro que enamorarme no entraba en los planes que tan cuidadosamente había trazado. Y ahora, encima, la había perdido a ella también.
—¿Dónde está el cadáver? —pregunté decidido a recuperarlo todo, aunque llevara dos años afuera y estuviera un poco oxidado.
—Lo tienen los chicos de la científica, le están sacando unas fotos.
—¿Está claro que fue un suicidio?
Él se encogió de hombros.
—Si no lo fue alguien la empujó desde uno de los acantilados. Tenía el cráneo partido en tres.
—Quiero verla.
Lo vi dudar un segundo, pero al final los años de amistad pudieron más.
—Supongo que no hay nada de malo en que le eches un vistazo. Eso sí, te aviso que no tiene buen aspecto. La marea arrastró al cadáver durante varios días y no es un espectáculo muy agradable.
 Hice un gesto de indiferencia.
—He visto otros cuerpos antes. ¿Nadie se ha presentado a reclamarla?
—Aún no —respondió—. De todas formas tiene el rostro irreconocible.
Suspiré con cansancio, por tercera vez en la noche.
—Supongo que nunca nos va a tocar un trabajo fácil.
Él esbozó una sonrisa desprovista de todo humor.
—Claro que no. Por algo somos la policía peor paga de Nueva York.
—Odio esta ciudad, Theo —confesé entonces—. Cuando no llueve nieva, y sino nieva la humedad se te mete dentro de la piel...
Él asintió, en un gesto de muda comprensión.
—Todos los años me prometo que lo voy a dejar todo para irme a Florida, pero resulta difícil abandonar los viejos vicios.
—Lory siempre decía lo mismo.
Theo puso su mano sobre mi hombro.
—Olvídala, Ed. Tú sabes bien que nunca debieron haber empezado aquello. Los agentes del Interventor son bastante claros al respecto.
Mis labios se torcieron en una mueca de desaliento. Hay cosas peores que estar solo, pensé, recordando los versos de un poema que había leído tiempo atrás, pero suele llevarnos toda la vida el darnos cuenta.
—Lo bueno es que ya no tengo nada por lo que preocuparme.
—Eso es verdad. Si lo piensas bien estás mucho mejor así.
—Lo sé. —Era mentira. Una burda y deprimente mentira.
Encendí un nuevo cigarrillo y fumé en silencio. En mi cabeza comenzaron a sonar los acordes de una vieja melodía de Charley Patton.
«Some of these days you ´ll be sorry», tarareé, con la vista vuelta hacia el mar. Aquella era la canción favorita de Loreley. Solía cantarla cuando se duchaba, con la puerta del baño siempre abierta para que yo pudiera verla. El vapor empañaba los cristales de los espejos y, mientras ella musitaba aquella melodía que hablaba de despedidas futuras, yo admiraba el surco pálido que trazaba el agua caliente al resbalar por su piel inundada de lunares.
He sido un idiota, pensé, un maldito idiota, y para acallar la pena saqué un nuevo cigarrillo de la maltratada cajetilla.
—Fumas demasiado, Ed —observó Theo.
—Tal vez. De algo hay que morir, después de todo. —Comenzaba a gustarme aquella frase.
Él esbozó una sonrisa torcida, como si estuviera riéndose de un chiste que sólo nosotros comprendíamos, luego se volvió de espaldas y agregó—:
—Mira, ahí traen el cuerpo.



Dos semanas antes:

ÉL

Afuera la lluvia cae despacio, besando con suspiros grises las marchitas ruinas del mundo que alguna vez fue.
—¿En qué piensas, Ed? —preguntas tú, echándome los brazos alrededor del cuello.
—En nosotros —respondo yo, y por primera vez en mucho tiempo no te estoy mintiendo.
Al principio todo era color de rosas, recuerdo entonces, incluso en un mundo como aquel, donde el amor era desalentado por el gobierno. Las pasiones, repetían siempre los agentes del Interventor, en especial tras lo ocurrido en la Gran Guerra, no podían ser reconciliadas con la felicidad de la especie humana, y el ascetismo más absoluto se imponía como el único camino posible para la salvación personal. El amor, después de todo, era sólo una extraña forma de fiebre que enloquecía a los hombres. Como el deseo, o la ambición, sin ir más lejos.
—¿Quieres un café, Ed?
Siento tus labios muy cerca de mi oreja, y sé que debo corresponder a tu caricia, pero no recuerdo cómo hacerlo. Sólo puedo asentir, con las palabras atragantadas en mi pecho.
Te veo mirarme en silencio, pensativa, como si en el fondo conocieras de memoria los demonios que me torturan por dentro. Luego te alejas en dirección a la cocina, sin decir nada, con tus caderas convertidas en una cordillera de volcanes que hacen peligrar a todas las enseñanzas del Interventor.
Es mucho a lo que he renunciado, me digo entonces, intentando justificarme. No se suponía que fuera tan duro.
El agua hierve en su vasija y yo pienso en nosotros porque no sé qué otra cosa hacer. En las promesas que nos hicimos y que ahora ambos sabemos que no podremos cumplir. En los sentimientos que alguna vez nos mantuvieron despiertos durante largas madrugadas, y que luego, poco a poco, comenzaron a evaporarse.
Las emociones, proclama el Interventor cada mañana con sus mensajes radiales, fueron las chispas salvajes que hicieron arder al viejo mundo. Las llamas voraces que engulleron el único estilo de vida que conocíamos. Las verdaderas responsables, en fin, de que la civilización hubiera estado a punto de precipitarse por el acantilado de la autodestrucción. No fue Hitler el culpable, ni Churchill, ni Stalin, sino la propia pasión humana, y para evitar que aquello volviera a ocurrir es que habían nacido los primeros Programas de Insensibilidad Inducida.
Así, las pastillas de Oxitocinin se volvieron moneda corriente, el estado subsidió a aquellos que eligieron una vida solitaria y el ascenso social pasó a estar íntimamente ligado con la observancia de la filosofía estoica. El Interventor no había llegado aún al extremo de prohibir los sentimientos, pero todo aquel que eligiera una vida en pareja, o se dejara arrastrar a un estado de enamoramiento, era rápidamente apartado de su cargo. De hecho, apenas si se les permitía a los infractores el salir de sus propias casas. Los agentes de la Secreta se ocupaban de ello y de acallar, también, a todos los que se manifestaran en contra.
Para soslayar los problemas lógicos que dicha política podía ocasionar, el gobierno había creado el Ministerio de Salubridad Reproductiva. Uno se inscribía en sus padrones y los oficiales del registro se encargaban de programar, semana a semana, sesiones esporádicas de sexo frío y mecánico. «Asepsia personal», decía el Interventor, y la única regla consistía en nunca repetir la misma pareja. Se esperaba, además, que cada uno cumpliera con su obligación de manera breve y distante, casi con desgano, y por tanto nadie consideraba la posibilidad de enamorarse del compañero que le había tocado. Nadie excepto unos pocos, claro está, y entre esos pocos nos contábamos Loreley y yo.
El aroma del café recién hecho inunda la habitación y te veo venir con un par de tazas en la mano. Aún no sé porqué seguimos juntos. Tal vez porque ya no conozco otra forma de vida posible, me digo, o quizás se deba a que en el fondo soy el peor de los cobardes.
Le doy un sorbo a la bebida, en silencio, y descubro que en el ínterin te has desnudado. Un pequeño lunar descansa en la base de tu pecho izquierdo y me siento tentado a besarlo. El deseo se columpia de una forma burlona y comprendo que me encuentro anclado a perpetuidad en ese fondo de mar que son tus manos. Podría huir, lo sé, sin embargo ni siquiera me atrevo a intentarlo. No hay peor naufragio que el que propicia la lejanía de un cuerpo que alguna vez hemos amado.
Tú pareces percatarte de eso porque dejas la taza en la mesa. En la habitación aún flota la fragancia del café recién hervido, pero la promesa de tu sonrisa ahoga a todos los perfumes, incluso aquellos que hablan de desiertos y de higueras lejanas, de un trópico que se derrite en las plantaciones sudamericanas y del mundo que alguna vez existió antes de que la Gran Guerra lo cambiara.
Vuelves a abrazarme y me susurras, en el oído, un torrente tibio de promesas que se derraman. Soy débil, lo admito, y al saberte tan cerca no puedo menos que imaginar los cientos de trampas que te tendería para ramificarme en las inmediaciones de tu vientre.
Afuera la noche sabe a lluvia, y el aroma de la tierra húmeda se entremezcla con tu perfume de jazmines de pantano. Comprendo, entonces, que la pasión siempre tiene algo de voluble, y que aunque tu cuerpo hoy me pertenece quizás mañana se enrede bajo otras sábanas, con el hastío y la indiferencia que promulgan los edictos del Ministerio de Salubridad Reproductiva.
Quizás sean tus ojos de Sherezade los que me hechizan con la gracia de un felino en celo, pienso mientras me paseo por tu boca, mecido por esos labios ajenos, y vuelve a aflorar por fin la sonrisa a mi rostro. O tal vez sean tus pestañas, que se disfrazan de bansurí y me hablan del placer que entregaba la bella Elena, de pie bajo la sombra de sicómoros ancestrales, mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor y temblaban los muros infinitos de la eterna Ilión.
—Me voy, Ed. Ya tengo listo el bolso —creo oírte decir de pronto, como en un sueño lejano, pero apenas si te hago caso. Después de todo, estamos demasiado ocupados, los dos, dejándonos el alma en un duelo sin remedio de salivas y desenfrenos.



ELLA

—Me voy, Ed —te repito, una vez saciado el deseo, y esta vez sí pareces entenderlo.
No preguntas por qué, no hace falta. Los dos sabemos que es lo que has estado deseando durante los últimos meses, aunque nunca tuviste el valor de ponerlo en palabras.
Sin embargo, parece que te he herido. Tus labios tiemblan y no puedo menos que pensar que los hombres son extraños. Pero tú no eres un hombre cualquiera: eres el mío. O lo eras, al menos, a despecho de lo que digan los agentes del Interventor.
Te das media vuelta y la luz de las farolas que se filtra por la ventana abraza a tu cuerpo desnudo. Me asalta una envidia insana que ni yo misma soy capaz de explicar y me acuesto a tu lado, ajustando mi cuerpo al tuyo, con mis pechos amoldándose a tu espalda. Tu piel acaba donde empieza la mía.
—¿Estás segura? —preguntas sin volverte.
No sé que responder. Es como si el tiempo nos hubiera jugado una mala pasada, y yo ya no tengo fuerzas para seguir peleando.
—Quizás ahora puedas conseguir esa promoción con la que tanto has soñado —te digo tan sólo.
Te remueves incómodo en la cama. No quieres admitir que tú también tienes una cuota de responsabilidad en esta llama que se apaga. Cobarde hasta el final, supongo, pero aún así no puedo dejar de amarte.
—No se trata de eso y lo sabes, Lory.
Quiero creerte, pero ya no estoy segura de cuánto hay de verdad en lo que dices. Me quedo callada, entonces, sabiendo que en el fondo no puedo culparte por querer una vida más normal. Voy a extrañarte, comprendo, y eso hace que sea todo más difícil de lo que pensaba.
—Supongo que esta es la última vez que podré besarte —te susurro, muy cerca de la oreja. En algún sitio María Callas personifica a la sacerdotisa Norma, cantando el aria de Casta Diva.
—Tú sabrás —respondes—. Eres tú la que quiere marcharse.
Advierto con tristeza que hay mucho dolor en tus palabras. Y odio, un odio infinito y aterrador, aunque no puedo decidir si es a mí o a ti mismo a quien odias.
Me obligo a no decir nada y mis labios, ajenos a tu despecho, comienzan a besar cada centímetro de tu piel. Es un juego peligroso, lo sé, pero no puedo hacer nada para detenerme.
—No tienes porque irte —te escucho decir entonces, confundido, tal vez, por ese torbellino de emociones que aúna el dolor con el placer. Besas el lunar que se asoma por mi pecho izquierdo e insistes—: Podemos superarlo, Lory…
Por un instante me siento tentada a creerte. Luego, sin embargo, recuerdo las pastillas de Oxitocinin que he encontrado escondidas en tu cajón y comprendo que ya es demasiado tarde.
Tengo que marcharme. No somos uno, nunca lo fuimos y empiezo a sospechar que los que reniegan de las emociones son mucho más sabios de lo que yo pensaba.
Afuera sigue lloviendo y la luz de las farolas baña nuestros cuerpos marchitos, derrotados. Extiendo mi mano para acariciarte una última vez y descubro que estás llorando. Las lágrimas se derraman por tus ojos, resbalan sobre las mejillas y agonizan en el confín de tu boca. Allí me despido de ellas, besándolas, amortiguando su muerte con mis labios.
—Lo teníamos todo, Ed —te digo, cogiendo la valija. En mi muñeca brilla la pulsera de plata que alguna vez me regalaste— ¿Por qué no pudimos ser felices?
Tu respuesta, vengativa, se clava en mí como una puñalada.
—Quizás sea que nunca tuvimos nada…





CONSECUENCIAS.

Volví la vista hacia donde me señalaba Theo. Por la costa, más allá de la línea difusa que trazaban las olas, se acercaron dos policías cargando una suerte de camilla improvisada que depositaron a los pies del forense.
Me incliné para ver. El cuerpo desnudo de una mujer se adivinaba en su interior.
El rostro, descubrí acercándome más, estaba irreconocible, y la piel presentaba el tono verdoso de los cadáveres que han pasado demasiado tiempo en el agua.
Me agaché todavía más, y un destello pálido en su muñeca me detuvo el corazón. Trastabillé y caí al suelo, ensuciándome las rodillas con la arena empapada. Un relámpago de dolor me nubló la vista: no había forma alguna en que pudiera confundir aquella pulsera de plata, ni tampoco el oscuro lunar que se alzaba sobre la base de su pecho izquierdo.
—Lory —susurré, sintiendo que me ahogaba.
Traté de pararme, pero me tropecé con mis propios pies y volví a derrumbarme sobre la arena, junto a su cuerpo. Tan cerca de ella como no había vuelto a estarlo en las últimas dos semanas.
—¿Ed? —se preocupó Theo, estirándome su mano—. ¿Estás bien?
Me lo sacudí de encima y corrí por la oscura playa, cayéndome, levantándome y cayendo de nuevo, mientras las lágrimas amenazaban con desbordar el dique de mis párpados.
Huí así sin rumbo fijo, comprendiendo demasiado tarde lo estúpido que había sido, y mientras escapaba sin saber de qué ni hacia dónde pude entender finalmente el porqué de las prohibiciones del gobierno. El amor, pensé trayendo a la memoria un verso de Baudelaire, es un espantoso juego donde es preciso que uno de los jugadores pierda.
Por fin me detuve, sabiendo que no podía huir de mi mismo, y se derramó el llanto que había estado conteniendo. Detrás de mí, sobre la playa cenicienta, el mar siguió arrastrando sus olas contra la costa, entonando una letanía interminable que sabía a tristeza, a fracaso y a mil noches de derrotada melancolía.
En casa, recordé entonces, había dejado una botella de whisky y una docena de tabletas de Oxitocinin escondidas en el cajón del armario. Los agentes del Interventor recomendaban no mezclar las pastillas con alcohol, pero ya no me importaba.
Al fin y al cabo, pensé mientras la lluvia me cubría con su sórdido manto gris, de algo hay que morir. Incluso de amor.

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  Concurso Mensual I: La voz que vibra
Enviado por: Joker - 24/01/2016 08:49 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (17)

La voz que vibra

Cuchilla de Pétalo era la estación central de la Luna Celos 77, y las tropas rebeldes la estaban dinamitando. Vestidos con suuts de combate, unos trajes de nitrilio pegados al cuerpo, los soldados se desplazaban por los túneles de los refugios; llevaban akatreces al hombro, apuntaban, disparaban, el cañón de la escopeta escupía una flama con un destello lila y los pasillos se inundaban de peste a azufre antes de que cayeran los primeros soldados: cuerpos rastreros, como gusanos, aparecían en el monitor del refugio ante los ojos de Niggma Hàlloker, conocido entre la milicia como el doctor-abreportales.
«Que muerdan el polvo. Es lo menos que esos tragasables merecen», pensó.
Los imperiales, con sus armaduras metálicas, morían rápido, y Niggma observaba los fogones de los disparos. Desde que el científico había abierto túneles-de-gusano en los suburbios, en los refugios, en las callejuelas de cada estado de Terramòrtiss, el planeta había empezando a colapsar. En el futuro lo recordarían como un revolucionario, uno de los rebeldes que derrumbó a la Coalición de los Nueve Imperios Solares: Los Mariscales de la Estrella y de la Cruz Astada; la Cruz de las Sierpes y la Rueda Astral; los Condes de la Ciudadela de Hierro: Aktor Kaat; la Corona del Androide, los Reyes de Vèctor: el Dios Holograma; la Nueva Atómia y el Estado de Géminis: Las Hermanas. Desde que el doctor abrió los portales con la tecnología del cubo, dichos gobiernos se desplomaron como torres de naipes: genérales, capitanes, agentes encubiertos, prísteres, todos muertos, destruidos por rebeldes, traidores, apóstatas… Los Pueblos Baldíos se habían levantado en caos y en unas picas habían dejado pudrirse las cabezas de los cancilleres de la diezmada Coalición.
«Empalad a los políticos, dejadlos que se pudran hasta mosquearse. Apestarán peor que el culo de los cabrones de sus hijos. ―Con esas palabras el abreportales había mandado su último mensaje. Pero esa no fue la transmisión completa. Niggma había seguido arengando como un espectro por medio de los hologramas―: los portales se encuentran abiertos. ¡Corred! ¡Huid! ¡Encontrad las coordenadas! ¡Id armados o en grupos, y matad, matad a los imperiales! ¡Mandad vuestros años de servicio al culo, uníos al pueblo y escapad! ¡Cuando alcancéis Novaterratia no habrá desigualdades porque todas las cabezas de la hidra han sido sesgadas!»
¡Plas!
Así, con una palmada, terminaba la reproducción: una imagen del doctor en un holograma rojo que se escondía de los disparos. El temor se reflejaba en sus ojos, y la cicatriz en la frente era su único rasgo visible. Niggma cubría su rostro con un griñón escarlata y una máscara de metal. Luego la transmisión se cortaba, empero, el abreportales la reproducía en el refugio mientras aguardaba trabajando con el cubo.
―Es un dispositivo frágil ―le dijo a la mujer que se encontraba a su lado. Fleur le Pachiant, la Víbora de las Pistolas, usaba el mismo suut rojo que Niggma, aunque no se cubría la cara. La muchacha tenía el cabello largo y un lunar ocular como el que marcaba al rebelde del griñón. Niggma bajó la mirada concentrándose en su trabajo. Pero por dentro empezaba a dudar. No sabía si estaba activando las coordenadas de modo correcto.
―Estás sudando ―le dijo la mujer.
―La vida de un planeta depende de mi, y lo que hago por el momento no sirve de mucho. Además contamos con los últimos cristales. ―Pero no era por el planeta por quien temía. «La verdad es que no quiero morir. Sólo deseo que termine esta pesadilla para reencontrarme con mi familia.
»Mierda… Si hubiera sabido que las cosas terminarían de esta manera, jamás hubiese abierto ningún portal.»
Demasiado tarde.
Los había mandado a todos, parientes y amigos, por los túneles-de-gusano: a Kragen, a Milkka, a su mujer Coula y a sus hijas Cassia y Malaija, también a su cobra sin nombre.
El doctor transpiró.
«O activo los portales, o pierdo la guerra y me voy al carajo.»
―Sabes que hay una bomba en el refugio, mujer. Sabes que todo esto va explotar y que estamos jodidamente condenados.
Fleur le dio la espalda. Caminó hacia la armería mientras Niggma aspiraba el olor al silencio, oía los pasos de la Víbora y el vacío lunar.
La mujer tomó dos pistolas y comenzó a cargarlas.
―La armada de los cazamuertos vendrá pronto. Si no encuentran la bomba, alunizarán con las naves-pétalo. El refugio es un laberinto pero Gorgs está de nuestro lado: es el mejor piloto después de Sandor.
La mujer se atragantó.
Existían muchos pilotos, sobre todo rebeldes: Bràidukk Mèrvic,  Sòlo Mòugers, la Valkyria Catt, Venus Azufre y su hermana Montte de Lecc. Estrella Fría. Pero Sandor Finster, apodado Luna Roja, había sido el más diestro de toda la flota y, además, el último que había muerto. Los imperiales no lo batieron en el espacio, o en la gran marea negra, que era como los pilotos lo llamaban. Sandor murió protegiendo a Niggma de una esquirla en la garganta, y el doctor se sentía culpable en cierta manera.
«Nunca lo deseé, Fleur ―habría querido decirle a la pistolera―. Pero tuvo que ser así.» Después de todo la revolución había sido su sueño, aunque un sueño que lo hundía en un vórtice de pesadillas.
―Quería a Luna Roja como a un hermano, no sé si antes lo mencioné.
Fleur lo observó, mas se mantuvo callada. Permaneció en un rincón con el arma en sus manos y luego jugó a apuntarlo.
―Pum. Descuida, que no está cargada.
El doctor se había metido muy al fondo del meollo, y esa noche en el refugio, junto a los reactores, los cristales, y la mesa de mando, maldecía su suerte; además se encontraba con la Víbora: una fémina sombría a quien a penas conocía. Cada vez que la miraba, el cuerpo le temblaba y era como ver su reflejo en una pantalla de cristal. Los dos eran parecidos. Casi iguales. La muchacha, en un suspiro, bajó el arma.
―Intentaron matarte con una pistola de escamas. Pero estaba descompuesta. Si tú no hubieses estado ahí… Sandor seguro viviría. ―Se encogió de hombros―. Pero ya no importa. Yo me encargué de cazar al cabrón que disparó. Le quité la máscara y era como si fuese su gemelo. Ya sabes, un doppelgänger, un clon tal como dicen las mujeres holográficas.
El doctor, haciendo oídos sordos, guardó silencio y volvió a su trabajo.
«O los rebeldes desactivan la bomba o acciono los túneles-de-gusano. Lo que ocurra primero. Es sólo cuestión de tiempo, y si Fleur de pronto empieza a ser un obstáculo…, entonces estaré preparado. Mi doppelgänger
―Estás sudando ―escuchó a la pistolera acercársele por la espalda. Respiró el olor a quemado de su traje y sintió la humedad en la frente cuando se la frotó con un paño mojado―. Quizá deberías dormir.
―Gracias. Pero tengo trabajo. ―Pasó saliva. «¿Por qué temo? Cada vez que se encuentra conmigo me da escalofríos» Sus manos se congelaron. Prefirió bajar la mirada, seguir cambiando las paredes del cubo para romper las murallas del espacio. Era como un rompecabezas de vidrio. No era sencillo, ni por asomo como la primera vez. Un error de cálculo y los cuerpos estallarían al cruzar las vorágines. El rebelde miró los cristales con el rabillo del ojo, aquellos que se encontraban conectados al reactor: un dispositivo muerto, corroído, y continuó con su asunto―. El cubo se alimenta de energía. Pero cuando hayamos cruzado vamos a apagarlo. Por ahora muchos rebeldes deben de haber saltado y no queremos que nos siga la maldita Coalición .
―Es la tercera vez que abres las puertas. ¿Qué tan complejo puede ser?
―Demasiado. Ahora apártate. Tu trabajo es ver el monitor, ver si hay mensajes de Gorgs. ―No había sabido nada de su piloto desde que lo vio disparando por la pantalla.
―Seguro se encuentra bien ―susurró la mujer―. Lo conozco.
«Yo también. Pero no es imbatible, y ese hombre es uno de los pocos en quien confío. ―En ella, sin embargo, era complicado. Pensaba que a los clones debían vigilarlos, pues eran propensos a suplantar al original. Nuevamente se dijo:― Mi doppelgänger…»
―Los clones matan. No lo olvides, Niggma. ―El doctor no escuchó la voz que parecía venir del cubo.
Pero sintió que el dispositivo vibraba.
«Tranquilo, que pronto arrancará», pensó y, de pronto, al volverse a Fleur, no le pareció un clon, sino una mujer-probeta.
El doctor Frunció el ceño. Fue entonces cuando saltaron las primeras chispas. El cubo empezaba a funcionar. Un haz de luz lila, cegador, punzante, se extendió como una espada rajando el espacio. La corteza invisible se resquebrajó. Comenzó a sangrar éter tras escucharse un chillido como de las entrañas del mundo. Era el llanto de la luna, del universo y de las galaxias.
―Lo estás logrando ―susurró la mujer.
―Es el primer paso. Las chispas deben ser más grandes e intensas. Se debe sesgar la corteza-que-no-vemos. La corteza invisible del cosmos. ―Tenían que herir a ese organismo monstruoso al que los humanos llamaban naturaleza―. Cuando estemos del otro lado será más complejo. Cerrar una herida siempre toma más tiempo que abrirla.
La mujer frunció el ceño.
―Eso lo sé muy bien.
Fue apenas un susurro, pero quedó eclipsado con la segunda chispa. El corazón de Niggma se aceleró. Pensaba que pronto estaría del otro lado, en la inexplorada Novaterratia, aunque ignoraba con qué o con quiénes se encontraría. «Con mi familia. Espero.»
El doctor deslizó las paredes del cubo. Una vez arriba y despacio; luego abajo pero de la cara opuesta, palpándola con las yemas de sus dedos ásperos. Al punto, con un giro de muñeca, hizo al aparato rotar, aunque lo soltó al sentir que el material ardía. Se quemó las manos y soltó una blasfemia.
―Maldita mierda…
A la flama que bullía de los agujeros de la superficie la quedó mirando, como asustado. Las chispas lilas, en el vació del refugio, vibraban, ardían, se escuchaba el aullido gutural de un mundo que deseaba partir a Niggma en millones de átomos. Pero también se sintió otro aullido, uno más corto. Las compuertas de la sala de mando se levaron en un pispás. La voz de los militares tronó. Sus pasos se apuraban como un batallón en guerra. Eran sombras en la oscuridad con los rostros cubiertos por cascos negros, cuyos visores eran como ojos de serpiente; otros usaban griñones y máscaras de metal, todas bruñidas. La soldadesca estaba armada con akatreces y, de a pocos, se apoderó del refugio.
«Son rebeldes de Gorgs. Pero algo no marcha bien. ¿Por qué esconden sus rostros?»
―Todavía no abro los portales. ―se adelantó Niggma desde las sombras― ¿Vosotros desactivasteis la bomba? El cubo está casi listo y las chispas a punto de cortar.
Uno de los militares, vestido con un saco negro, caminó hacia adelante tras desenmascararse. Era un hombre de unos cuarenta años con el cabello largo y platinado. Llevaba un tatuaje en la membrana blanca del ojo. Gorgs no sonreía.
―Hemos tenido problemas. Demasiados.
»Abre las puertas, Niggma, y larguémonos ya. ―Su voz parecía distinta. Como artificial―. Le sacamos ventaja a la Coalición, pero no tardarán en llegar.
Niggma observó a los soldados que acompañaban a su piloto.
―Esos no son tus hombres, Gorgs. ¿Qué diablos está pasando?
El piloto, con un movimiento de manos, le ordenó a sus soldados que mostraran sus rostros. Obedecieron y los cascos rodaron por el suelo produciendo un sonido metálico. Niggma observó a los militares que se encontraban desplegados, caminando por el salón. Todos eran hombres desconocidos. Pilotos. Marines, Navegantes. Quizá hasta doctores o civiles que se habían armado para la guerra. Sujetos desgarbados con el semblante arrugado o joven, pistoleros de rostros quemados, tatuados, cortados y despellejados. Una máscara de hierro cubría la mitad del rostro de uno, como un injerto, mientras que otro tenía una cuenca en lugar de ojo.
―Hombres de la Coalición ―susurró el doctor detrás del reactor―. Nos has traicionado.
―Cubran la compuerta ―ordenó el piloto a sus soldados sin prestar atención a su ex-compañero. Un grupo se desplazó hacia los pasadizos mientras se oía un estruendo y un estallido cercano. Fuera silbaban disparos, fogones y chillidos láser. Las granadas hicieron vibrar los muros como un pequeño temblor. Gorgs, de pronto, se volvió a la mujer y al abreportales―. Coalición o no coalición, no importa. Activa los túneles-de-gusano, porque si no, estallaremos en pedazos. La bomba lamentablemente todavía funciona.
―No voy arriesgar a Novaterratia ―respondió el doctor con el ceño fruncido. Le sudaban los labios―. Tú puedes venir. Pero no los otros.
―Escucha. Los explosivos se encuentran aquí, muchos metros por debajo. Son demasiado grandes. ―El piloto hizo una pausa. Agachó la cabeza tragando saliva. Frunció el ceño como si le costara trabajo seguir hablando. Finalmente encaró a Niggma y ambas miradas se cruzaron―. Es la Luna, doc. Celos 77 es una bomba y su conteo corre. Los portales son nuestra única salida.
«Mierda… ―El doctor se quedó sin palabras. Si no escapaba por los portales no escaparía nunca, y si lo conseguía y no cerraba los túneles, la onda explosiva pasaría, probablemente afectando a Novaterratia. Pero no estaba seguro―. Una explosión lunar es tan grande que puede acabar con todo un planeta. Sobre todo si se trata de una luna del tamaño de Celos 77. Por un carajo.»
En ese momento se escuchó otra explosión. Más cerca. El piso tembló. Gorgs se volvió a las compuertas, tambaleándose. El humo se extendía como un miasma venenoso. Sus soldados corrían y disparaban. Un fogón cruzó por el medio y quemó media cabeza de uno de sus hombres. El cuerpo se desplomó de hinojos. Niggma, con los ojos abiertos como platos, corrió cubriéndose los oídos mientras las paredes empezaron a retumbar. Las piernas le flaquearon. Escuchó otro estallido y el refugio se remeció. Los oídos le sangraron al lanzarse al suelo, deslizándose como una gaviota hasta dar con el cubo. Movió las paredes de éste con las manos y la chispa naciente, a la voz de los disparos, emitió un crujido como un corte sobre la piel. La luna gritó. Fue un alarido rauco. Iracundo. Que no cesaba.
―El mundo te odia. El mundo odia a tu maldita especie, Niggma. Porque todos juntos hacéis daño.
La voz parecía venir del cubo mientras la corteza invisible sangraba éter: una sustancia celeste, radioactiva, pegajosa, con hedor a ácido sulfúrico.
El primer portal se abrió girando como un vórtice de navajas que cortaban la galaxia, y unos escupitajos de una sustancia lechosa se dispararon por el puente de mando. El vómito cayó sobre la armería reduciéndola a una mancha de acero fundido, también sobre un rebelde con una placa metálica en el rostro. Y lo derritió. Sólo quedó un charco de sangre. Luego disolvió a otro soldado, uno de cabellos largos, junto a la pierna de uno de los pistoleros dejándolo tullido, arqueado sobre unas cajas repletas de rifles-láser.
El resto de la milicia se había desplazado como cucarachas por el refugio, envueltos en humo y en hedor a azufre mientras las explosiones restallaban en los pasadizos de la base lunar. Por el umbral de la puerta, en un suspiro, brilló otra luz lila seguida de otra más pero mangenta; y una última del color de las lavandas y de las flores de nitrilio. Niggma gateó hacia la gruta del tunel-de-gusano cubriéndose la cabeza y cuando llegó se paró frente al portal, el cuál lo recibía como una boca que reclamaba almas. Sintió un viento que ardía, que removía su cabellera, pero la sangre al doctor se le congelaba.
«Nunca había ocurrido así ―pensó con la mirada desencajada y la boca abierta―. Esto es muy extraño. Las chispas cortaron la corteza, pero siento como si los portales me acuchillaran.» También sintió una presión en el pecho y sus ojos lagrimearon ante el destello violáceo.
―El cosmos te desprecia, Niggma. Vosotros no sois más que parásitos en un reguero de orina. Todos vais a morir. Al final, incluso lo que llamáis alma se consume y se vuelve barro.
No podía escucharlo.
―¡A un lado! ¡A un lado! ―gritó uno de los rebeldes con los ojos casi salidos, sin esperanzas, y que corría. Empujó a matacaballo a un soldado apresurándose hacia el portal, y se zambulló como si fuese un estanque. La galaxia espiralada se lo tragó con un sonido húmedo y se escuchó un grito monstruoso y de huesos molidos.
Un grupo de soldados se volvió a ver, como espantados.
―¡¿Qué demonios! ¿Es así como siempre ocurre?! ―gritó uno de ellos, uno que todavía disparaba hacia los vapores.
Era Gorgs.
«No lo sé… No lo sé….»
―Es así ―mintió Niggma junto a la gruta lila. El brío lo ensombrecía dándole un aspecto lúgubre. «¿Pero que carajos está ocurriendo? Pero si yo ni si quiera dije eso…»
―Eres mío…
―¡Te creo, Niggma.! ―Gorgs se levantó y corrió a grandes trancadas, metralla al hombro, disparando con la pistola hacia la nube de vahos que vomitaba fogones. Cuando estuvo junto al portal saltó y el túnel de gusano lo succionó como halado por una corriente de viento.
Niggma levantó la cabeza al escuchar el grito monstruoso del piloto, pero fue eclipsado por una explosión cerca de las compuertas. El refugio vibró. El metal de la pared se derritió formando un agujero con los bordes quemados por el que pasaban militares enmascarados, otros sin máscaras y disparando a enemigos que no veían. Era todo un revoltijo. El humo. La peste a ácido, nauseabunda, se metió por la nariz del doctor pese a que llevaba máscara, y los gritos de los rebeldes y de los hombres de la Coalición perforaban sus oídos.
Niggma ignoraba quién era quién.
―¡Vamos, larguémonos de aquí! ―gritaban los soldados.
―¡Salten! ¡Salten!
El doctor miraba a las sombras corriendo, brincando y que eran alcanzadas por el fuego. Otras, en cambio, al lanzarse al umbral gritaban como sintiendo un dolor quemante. Los túneles-de-gusano los destruían.
―O tal vez no…
«Piensa bien, Niggma». El doctor tenía miedo y quedó petrificado.
Por un momento sintió una risa vibrante.
Pero una mano le tocó el hombro y, entonces, se distrajo. Cuando volvió la mirada se encontró con el rostro de una mujer: era Fleur, la pistolera, su supuesto doble de probeta. La muchacha tenía sangre en el rostro. Estaba herida de un brazo.
―¡Vamos a entrar! ―gritó― ¡Pero iremos con cuidado! ¡No sabemos qué nos recibirá!
Con los cabellos arremolinados y una luz espectral destellando en su rostro, le entregó una pistola: una de aquellas que encontró en la armería mientras conversaban. Niggma la probó y estaba cargada.
―¡Si no son de los nuestros ―continuó la muchacha, encorvada―, vamos a necesitarlas!
El doctor asintió. La miró, y volvió a comprobar que ambos  eran iguales. Como gemelos, casi.
―Bien ―contestó. Pero antes de dar su siguiente paso se detuvo. Tragó saliva. Sintió un tirón de la muñeca y volvió la vista. Fleur lo estaba apuntando, sólo que esta vez ya no quería jugar. Niggma la miró, confuso―. ¿Qué haces? Por favor, te lo ruego, baja el arma. Quiero encontrarme con mi familia.
Perdió mucho tiempo.
Suplicando.
La mujer disparó. El fogón sopló y le rozó el abdómen. Su suut de nitrilio se derritió como sus tejidos. Cayó de rodillas dando un grito y agarrándose los intestinos que empezaban a desparramarse.
¡Ahhhh! ¡Ahhhh! ¡Ahhhhh! ―se revolcaba. La herida quemaba. Él vomitaba sangre. Vio a Fleur con el rabillo del ojo, pero de cabeza.
Doppelgänger, ¿recuerdas? ―La mujer era una sombra que soplaba su arma, de pie, como con desprecio― Esto fue por Sandor. Tú mismo lo dijiste. Hay heridas que tardan en cerrar. ¿Verdad, Niggma?
«Y otras que no cierran nunca… Maldita sea…»
Se arrastró como un perro por el piso mientras sus tripas se le escurrían. Dejó una estela de sangre bajo las nubes de humo. No recordó a su familia. No tuvo tiempo de verlos por última vez, ni siquiera a sus sombras. No vio los recuerdos de Kragen ni de Mikka, ni de su mujer Coula ni de sus dos hijas. Tampoco pensó en su cobra.
Niggma, tragado por el humo en medio del asalto, moría. El abreportales, con el rostro pegado al suelo, saboreó el piso metálico de la base lunar, dejándose caer mientras sentía que su asesina se agachaba a tomar el cubo y se dirigía al túnel. Niggma Hàlloker murió sin saber nada. Si al final había peleado por los rebeldes o por la coalición, o por ambos juntos. Tampoco si el estallido de la Luna Celos 77 causaría estragos en Novaterratia;  ni por qué sintió un pesar tan duro al cortar la corteza espacial, ni por qué el cubo y el viento vibraban, y, sobre todo, cuál era la identidad de esa mujer a la que tanto se parecía.
―Un misterio…. Como la horrible-naturaleza ―dijo la voz-que-vibra.
El doctor de la máscara exhaló su último aliento mientras lo envolvía un humo grisáceo, y, al punto, escuchó unas risas que venían de más allá de los portales. Desde el otro lado del cosmos.

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  Concurso Mensual I: Un nuevo comienzo
Enviado por: Joker - 24/01/2016 07:59 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (14)

Un humo negro se elevaba sobre la desolada planicie cubierta de restos de armas y armaduras, banderas y sangre, testigo de la guerra que había asolado este mundo. El sol se ocultaba lentamente en el horizonte y calculé que me quedarían unas tres horas de luz. Debía apresurarme.
Todavía era de día cuando llegué al origen del humo. Pegando mi cabeza al suelo, me asome con cuidado al borde del humeante cráter. En el centro, brillando débilmente con una luz blanquiazul, se encontraba un enorme aparato metálico que emitía un leve pero continuo zumbido.
Siempre pegado al suelo, recorrí el lugar en busca de huellas que pudiesen indicar que no era el primero en llegar al lugar. Efectivamente, aunque habían intentado eliminarlas todavía se podía apreciar unas débiles marcas en el borde del cráter. Con más cuidado todavía que antes, me alejé del agujero hasta un grupo de arbustos raquíticos y me dispuse a esperar.
Cuando el sol prácticamente se había ocultado y la oscuridad se cernía sobre la zona aparecieron dos figuras que se movían rápidamente hacía la zona del impacto. Al fin. Me ajusté la mascara que cubría mi cara y observé como la pareja se introducía rápidamente en el cráter, sin ni siquiera reconocer el terreno. Aficionados. No había transcurrido ni un minuto cuando se escuchó un grito escalofriante desde el interior. Poco después los vi salir: uno de ellos arrastraba al otro mientras este gritaba y se retorcía en el suelo.
Llegaron moviéndose rápidamente y en silencio, prácticamente indistinguibles en el crepúsculo. Algo alertó al hombre que atendía la herida de su compañero, pues se levantó e intentó defenderse, pero nada pudo hacer. Moviéndose completamente al unísono, los dos cazadores atacaron. Uno de ellos le golpeó las piernas, tumbándolo en el suelo, mientras su compañero le propinó dos rápidos golpes en la cabeza. El hombre se desplomó sobre la arena. Una vez asegurados de que no le daría más problemas, golpearon también al hombre herido, dejándolo igualmente inconsciente.
Las dos figuras, hombres de mediana edad, con brazos fuertes y cicatrices por todo su cuerpo, se quedaron esperando con los cuerpos derrumbados a sus pies hasta que una rudimentaria jaula con ruedas, tirada por dos enjutos esclavos y construida con despojos, apareció por el norte.
Sin miramiento alguno, los dos cazadores agarraron a sus víctimas y las arrastraron hasta donde aguardaba el carromato. Despojaron de todos sus bienes a las dos víctimas, incluso de sus ropas, y los arrojaron sin miramientos al interior de la jaula. Una vez finalizado su truculento trabajo dieron media vuelta y se alejaron por donde habían venido, la jaula chirriando mientras los encorvados esclavos tiraban penosamente de ella.
Cuando ya no pude ver su silueta en el horizonte, salí de mi escondite y me introduje en el agujero. Tenía que ir con cuidado por si había más trampas, pero necesitaba encontrar algo de valor si quería sobrevivir otra semana.
El artefacto ya no emitía luz ni ruido alguno, pero todavía estaba caliente al tacto. Por suerte, aunque desconocía el propósito exacto de la máquina, la mayoría de los satélites seguían un mismo patrón de diseño. Saque mis herramientas y me puse a trabajar.
Una vez conseguido mi botín (unidades de almacenamiento de datos, transmisores, placas solares…) me até el saco a la espalda y, pisando sobre mis huellas para estar seguro de no caer en más trampas, me alejé rápidamente de aquel lugar.
***
Llegué a Rinstow al amanecer. La ciudad había sido un enclave logístico durante la guerra y la ciudad había crecido y prosperado. Pero ahora, al igual que todo el planeta, estaba en decadencia. Se adivinaba en la dejadez de las calles, en los múltiples mendigos situados en sus esquinas y en la erosión de sus edificios. Pero donde más se notaba era en la mirada de la gente; una mirada fría, dura, despiadada. Sin esperanza.
No era el recuerdo que tenía del lugar pero tampoco me sorprendía. En los últimos años el número de bandidos, déspotas y esclavistas había aumentado exponencialmente. Todos esperaban que la guerra mejorase las cosas, pero ahora estaban peor que nunca; el comercio con las otras colonias se había detenido, las armas empleadas durante la guerra habían dejado medio mundo sin energía y al otro medio en ruinas.
Oculté parte del botín en una roca hueca que había usado en el pasado a las afueras de la ciudad. Ir con un saco lleno en medio de la ciudad sería una invitación para que me asaltasen en la primera esquina que girase.
Entré en la urbe intentando llamar la atención lo menos posible y me dirigí al bazar, una zona de la ciudad donde se podía comerciar con cualquier cosa; desde esclavos a comida. Mientras avanzaba entre los diferentes puestos me di cuenta que poca gente compraba nada y que aquellos que vendían ponían más empeño en evitar que les robasen nada que en pregonar sus mercancías. Parecía que las cosas estaban peor de lo que pensaba.
Localicé el lugar que buscaba; se trataba de un pequeño establecimiento de piedra blanca rodeada por un amasijo de aparatos metálicos, ninguno de los cuales parecía funcionar correctamente. El interior no había cambiado, atestado de traqueteantes máquinas y olor a cable quemado.
—Vaya, vaya, lo que ven mis cansados ojos —dijo la voz cascada de un hombre, desde algún lugar en el fondo de la tienda— pero si es Mapache. ¿No habrás venido a robarme de nuevo?
—Esta vez no, viejo amigo —dije, mientras reía de buena gana— aprendí bien la lección. De hecho, el motivo de mi visita es exactamente el opuesto.
Saqué del fardo mi botín; dos unidades de control, un transmisor de largo alcance, dos bobinas transformadoras y algunas partes más que había conseguido el día anterior.
—Vaya, alguien ha estado saqueando satélites caídos ¿eh? —Contestó el anciano mientras examinaba las piezas—. Debes tener cuidado. Las cosas se han puesto peor últimamente y los esclavos se venden mejor que la maquinaria —el recuerdo de los dos hombres alejándose en la jaula hizo que un escalofrío recorriera mi espalda—. Puedo ofrecerte 150 kruls por todo.
Era menos de la mitad de lo que esperaba por ello, pero sabía que mi antiguo jefe no intentaría estafarme.
— ¿Tan mal están las cosas? —le contesté mientras recogía el dinero.
—Deberías estar más atento al mundo, Alvin. Con la actual escasez de energía y el cese del comercio interplanetario todo se está yendo al traste. Lo único que parece florecer son los tiranos y el clero, si es que puedes distinguir a unos de otros —contestó mientras meneaba la cabeza.

Salí al bazar decepcionado y preocupado. Al pasar junto a un tenderete que ofrecía carne de primera calidad, aunque parecía sospechosamente de rata, me recordó el hambre atroz que sentía. Me dirigí rápidamente hacia una pequeña posada, la única que parecía que habían limpiado en el último mes.
La mayoría de las mesas estaban ocupadas por obreros de clase baja; albañiles y porteadores que hablaban quedamente entre ellos. Ninguno levantó la mirada de sus copas mientras me dirigía a una mesa libre cercana y pedía algo de comer.
Aunque la comida no era gran cosa, al menos estaba caliente y me hizo recuperar fuerzas. Estaba rebañando el plato con un trozo de pan cuando me di cuenta que el local se estaba vaciando por momentos.
— ¿A qué se debe todo esto? —pregunté a uno de los parroquianos que se disponía a salir de la taberna.
—Parece que los sacerdotes están castigando a alguien en frente a la iglesia —contestó con tono molesto el hombre desgreñado—. Los sacerdotes nos animan a acudir.
Le solté y salió de la taberna con paso apresurado. Por lo nervioso que parecía, supuse que no presentarse podría traer complicaciones, así que me uní al grupo cada vez mayor de gente que acudía a ver el espectáculo.  
La multitud se congregaba en una plaza delante de un espléndido edificio de piedra blanca. En el centro del lugar se encontraba un sacerdote, vestido con una amplia túnica blanca y sosteniendo un gran báculo, gritando a pleno pulmón.
—Estos dos hombres han cometido el grave pecado de robarle a la Iglesia —decía el sacerdote mientras señalaba a dos retorcidas figuras sujetas a potros de tortura a su espalda—. Que el sufrimiento os acerque a Azrael y el fuego de las llamas limpie vuestras almas.
Con estas palabras, un hombre enmascarado empezó a girar la rueda que operaba el mecanismo haciendo que, poco a poco, se fueran estirando las extremidades de los dos hombres. En toda la plaza solo se oían los terribles gritos de los dos condenados y el canturreo del sacerdote, pero yo ni siquiera lo escuchaba. Reconocía a aquellos hombres; eran los tratantes de esclavos que me había encontrado el día anterior.
¿Cuáles eran las posibilidades? No me gustan las coincidencias y menos cuando están acompañadas de sacerdotes e instrumentos de tortura, así que discretamente me alejé del tumulto y me dirigí a la tienda de mi viejo amigo.

Cuando llegué, la tienda era un hervidero de mercenarios que sacaban a rastras al dueño y saqueaban el lugar. Le soltaron delante de un sacerdote regordete que le soltó un puntapié y se puso a gesticular hacia un niño. Después de hablar con el pequeño, el sacerdote se acercó a mi viejo amigo y pareció susurrarle algo; éste solo negó con la cabeza. Con la cara roja de ira, el sacerdote se subió a una litera que remontó las calles hacía el interior de la ciudadela, seguido del resto de los guardias que cargaban con el anciano y los objetos de la tienda en un carromato.
La única razón para esto es que los sacerdotes querían algo de lo que sustraje del satélite, algo importante para ellos. No estoy seguro de cómo habían llegado hasta la tienda, pero de lo que si estaba seguro es que tarde o temprano irían tras de mí.
Lo sentía por mi viejo maestro, pero no había nada que yo pudiese hacer para salvarle. Aunque intentase un intercambio con los sacerdotes por el resto de los objetos, lo más seguro es que ambos acabásemos muertos.
A regañadientes, di media vuelta y me dirigí a las afueras de la ciudad. Debía recuperar esos objetos y descubrir que ocultaban.
Había, no obstante, un pequeño problema con ese plan. Todas las puertas de la ciudad estaban cerradas y custodiadas por hombres armados. Lo único positivo es que no parecían hacer distinciones entre la gente. A todos se les denegaba el acceso, así pues no debían conocer mi rostro.
Por suerte, había pasado parte de mi adolescencia en esta ciudad y conocía muy bien sus calles. A no ser que la hubiesen reparado, la muralla solía tener varios agujeros por donde los contrabandistas solían pasar sus mercancías. Aunque claro, eso era diez años atrás, cuando todavía existían leyes que violar.
Me dirigí a la más cercana que recordaba, un túnel subterráneo que partía de un callejón oscuro en el lado suroeste de la ciudad. Me alejaba un poco de mi destino, pero no tenía elección. Me costó más trabajo del esperado encontrarlo ya que las calles habían cambiado; algunos edificios habían sido derruidos y se habían construido chabolas para albergar a las personas que acudían en busca de seguridad, pero conseguí salir de la ciudad sin ser visto.
Estaba seguro de haberme salvado cuando un escalofrío recorrió mi espalda. Alguien me estaba observando. Seguí caminando como si nada, pero de reojo buscaba a mi perseguidor. No conseguí ver ni oír a nadie, pero no había sobrevivido todo este tiempo haciendo caso omiso a mi instinto.
No era buena idea llevar a mis perseguidores a su objetivo, así que cambié de rumbo y me dirigí hacia una colina cercana, donde se podían apreciar unas enormes rocas que formaban un círculo en la cima.
Al llegar hasta allí me dirigí a una pequeña hendidura en la roca que era la entrada de la base de operaciones de una banda de ladrones de la que había formado parte. La banda se había disuelto con el tiempo, pero yo todavía usaba el lugar de vez en cuando. Oculté la entrada con ramas y hojas secas y me introduje en la gruta.
Tal y como esperaba, pasados unos minutos escuché pasos fuera. Aunque se movía con cuidado, pude oír el momento exacto en el que se introdujo por la entrada y como avanzaba paso a paso hacia el interior de la cueva. Cuando estaba en la salida del túnel que conectaba con la caverna interior se paró.
—Sé que estás ahí, oigo tu respiración y los rápidos latidos de tu corazón —dijo una voz de mujer, fría y desapasionada—. Sé que me has preparado una trampa. Puedo sentir el zumbido del arma que sujetas, pero eso no me detendrá. Si te rindes ahora y me entregas los objetos que busco, te daré una muerte rápida.
Mierda. Las mujeres eran muy valoradas y nadie en su sano juicio usaría a una como cazarrecompensas. A no ser que se tratase de una EVO, un humano genéticamente alterado para mejorar sus sentidos y percepciones a cambio de perder parte de su humanidad. Eran más fuertes y rápidos que los humanos, con reflejos increíbles y una gran resistencia al dolor, pero, a cambio, veían su vida reducida y eran recondicionados mentalmente para seguir órdenes. Negociar con ella sería como hablar con una pared. Y yo me había encerrado allí con ella. Fantástico.
Necesitaba otro plan. El aturdidor puede que la molestase, pero no la pararía. El combate cuerpo a cuerpo estaba descartado. Tenía que ganar tiempo.
—Mala suerte para ti, estúpida. Los objetos que has venido a buscar no están aquí. Si me matas nunca los encontrarás —dije, con la esperanza de que dudase un poco a la hora de atacar.
No se molestó en contestar. Salió del túnel con una velocidad escalofriante, se giró y me miró directamente a los ojos. Sus ojos eran como dos piedras oscuras, escalofriantes. Con un sudor frío recorriendo mi frente disparé mi arma y la alcancé en el pecho. Gruñó, encogiéndose ante el disparo, pero siguió avanzando hacia mí. Seguí disparándole mientras retrocedía hacia la pared más alejada de la caverna, pero al final el arma se apagó con un chisporroteo.
—Es inútil. Estás atrapado y tu arma se ha quedado sin energía —dijo con voz monótona y distante— Ríndete.
—Teniendo en cuenta que eso significa tortura y muerte, creo que no —le contesté, mientras con mi cuchillo cortaba una cuerda que activaba la última trampa.
Con una sacudida, la cueva empezó a desmoronarse. Tierra y rocas se precipitaron hacía abajo. Era la última medida defensiva que habíamos desarrollado por si algún día nos perseguían hasta aquí. La asesina, al verse atrapada, dio un enorme salto para intentar agarrarme. Por suerte, una roca cayó y le golpeó en la cabeza en mitad del salto. Zorra. Menudo susto me había pegado. Me introduje en el pasadizo secreto que servía como ruta de escape tras activar la trampa y me alejé de aquel lugar lo más rápido que pude.
Cubierto de polvo y exhausto, recogí el resto del botín. Durante todo este tiempo había estado pensando que era lo que podían estar buscando y lo único que se me ocurría era que la unidad de almacenamiento contuviese información muy valiosa. Así pues, con mi carga al hombro, decidí buscar un lugar donde poder acceder a la información.
***
Fue algo difícil hacerse con un ordenador que pudiera leer la información contenida en la unidad de almacenamiento, sobretodo porque la mitad de la iglesia y todos los cazarrecompensas del mundo parecían ir tras de mí, pero lo conseguí.
Aunque no pude extraer toda la información, sí que pude recuperar una serie de coordenadas que apuntaban a una zona inhóspita en el norte. Tras estudiar la zona marcada en el mapa durante tres días, al final di con la entrada y por suerte la información que recuperé también contenía los códigos de seguridad.
En el interior encontré una nave espacial, cargada y lista para partir. No parecía haber sufrido ningún desperfecto, aunque una capa de polvo parecía recubrir todo el lugar. Entré en la nave para ver que contenía y me llevé un susto de muerte cuando esta se encendió por sí misma.
Inspeccioné el cargamento que contenía: armas, municiones, medicinas y raciones de combate. Parece que era una nave de suministros para la guerra. En otra sala encontré a un grupo de personas en cámaras de estasis; las etiquetas iban en orden e indicaban que los del interior eran EVOs. Parece que suministros no era lo único que transportaba.
Guiándome por un mapa de la nave que encontré, llegué a  la sala de mando. Al entrar todas las luces se encendieron y pareció que la nave se cargaba de energía.
—Gracias por traerme hasta aquí. Ahora mi misión está completa y puedo ocuparme de ti —dijo la voz de la EVO que creí muerta tiempo atrás. Me giré y vi que no había salido bien parada de nuestro encuentro; un brazo le colgaba inerte y tenía la cuenca de un ojo vacía. Sostenía la misma arma que yo había usado contra ella—. Adiós.
Hubo un flash de luz roja y un grito.
—Se ha eliminado a la EVO rebelde —dijo una voz metálica que resonaba por la nave—. Iniciando secuencia de despegue. Colóquese en su asiento y sujétese.
Me quedé anonadado unos segundos mientras la luz se desvanecía de mis retinas. La nave me había salvado. Debía recoger lo que pudiese y salir de aquí antes de que llegase nadie más…espera un segundo, ¿despegue?
—Espera, nada de despegue —dije con pánico, pero la nave ya se había puesto en marcha.
— ¿Puedes al menos decirme nuestro destino?
—La decimotercera colonia, la Tierra.

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  Concurso Mensual I: Una chispa que prende
Enviado por: Joker - 24/01/2016 05:48 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

Se llamaba Larn y era el líder de los guerreros de la gen ithyari. Desatar su ira primordial era aquello para lo que había nacido.
Su esencia de energía roja y emociones extremas palpitaba como lava candente en el interior de su armadura de trilium, mientras se desplazaba a gran velocidad por la débil y traslúcida atmósfera de Senda, el último planeta libre de las Colonias Exteriores.
Un pueblo tenaz, el humano. Se habían debatido como bravos, a pesar de su evidente impotencia ante el poder y dominio de Genoa, el Mundo del Amanecer y del Ocaso. Incontables civilizaciones habían sido subyugadas a la largo de los eones por la grandeza de los genoianos, tan superiores en cada faceta de la existencia, que la mera posibilidad de la confrontación era un insulto.
Y sin embargo, donde anteriormente centenares de razas beligerantes habían fracasado, los humanos habían triunfado: por primera vez en mucho tiempo los miembros de la gen ithyari habían recuperado el placer de la lucha y el desafío.
Por supuesto, solo era un espejismo. Todas y cada una de las flotas humanas habían sido sistemáticamente aniquiladas y sus mundos sometidos, pese a sus ingeniosas tácticas y el fanatismo de los hombres y mujeres que combatían por cada pedazo de territorio en el vasto universo. La encomiable resistencia de aquel meritorio adversario llegaba a su fin.
—Larn, la nave insignia enemiga se encara hacia nosotros —dijo su lugarteniente.
La voz resonó en el receptáculo físico en el que residía la entidad viviente compuesta de energía y emociones predefinidas, un módulo salvaguardado en el interior del armazón de guerrero. Cada palabra era como el crepitar de la materia ardiente en un prisma multicolor. Larn respondió de igual manera.
—Su valor me conmueve. Azureo tenía razón, merecen ser preservados para su estudio.
Azureo era el Administrador Regente, el líder en funciones de Mundo Genoa. Siempre se había mostrado partidario de la moderación en el trato hacia aquella raza nueva. Decía que, pese a su primitivismo, los humanos mostraban ciertas similitudes evolutivas con respecto a los genoianos. Larn no solía prestar oídos a tales cavilaciones, era un guerrero devorado por su propia naturaleza. Combatía por la gloria perdida de Genoa, atormentado por su decadencia y alejamiento de la búsqueda de la perfección.
Con una orden mental derivó a su escuadrón hacia la desafiante fuerza de combate. Sus cuerpos con forma de halcón celeste se movían con gracilidad demoníaca. Una veintena de estelas sanguinolentas se abalanzaron sobre la última esperanza de Senda.
La nave enemiga era un crucero de dos kilómetros de longitud, flanqueado por una miríada de naves inferiores de escolta. Su potencia de fuego era encomiable, habían abatido previamente a varios escuadrones de guerreros menores, sin el potencial del ala de élite liderada por Larn. Unas pocas docenas de genoianos a cambio de varios centenares de miles de humanos, una victoria costosa sin embargo para aquellos que apenas sufrían bajas en sus batallas.
El enfrentamiento fue breve pero de gran intensidad. Los guerreros zumbaban como moscas sangrientas, se desplazaban a demasiada velocidad para los anquilosados sistemas de armamento humanos. A pesar de todo, el muro defensivo logró algunas bajas y se dejaron oír moribundas voces ithyari que se perdían en el vacío, conciencias rabiosas por la humillante muerte. Eran individuos a los que Larn conocía desde hacía milenios. Se alegró de su muerte, pues al fin habían escapado a la odiosa existencia que acompañaba a todo genoiano.
Finalmente, tras una serie de oleadas de barridos de energía ardiente, destrozaron a la escolta y causaron daños irreparables en el casco de titanio y acero de aquel monstruo de ingeniería primitiva. Como telón de fondo, a medida que la aurora avanzaba, la superficie blanco azulado del planeta aparecía salpicada por temerosos islotes de luz de la civilización condenada.
De pronto algo se agitó en la perceptiva conciencia que anidaba en el módulo vital que era Larn. Sintió algo en las entrañas de aquella nave, un matiz emocional singular que atrajo su interés. Un alma torturada como la suya, ahíta de odio hacia la existencia.
—Dejadme a mí la nave insignia. Retiraos ya.
Percibió la dolorida sorpresa de sus guerreros. Querían dar rienda suelta a su furia incontenible a costa de aquel leviatán moribundo, en algunos incluso percibió un conato de rebeldía. Era de esperar, pero Larn tenía un plan que llevaba largo tiempo maquinando y por primera vez vio una remota oportunidad de llevarlo a cabo.
Se lanzó con decisión hacia la nave. Ignoró los escudos de energía, tan débiles comparados con la propia fuerza vital que animaba su cuerpo diseñado para la guerra. Consumió sin esfuerzo aquella penosa barrera que intentaba frenarlo y penetró como una saeta en el armazón exterior de la nave, destrozando con las garras de trilium la superestructura. El crucero comenzaba a colapsar, pero Larn solo necesitaba unos minutos. Con rapidez pero mayor cautela se aproximó al lugar en dónde estaba aquello que lo había perturbado.
No era en el puente, en el que anidaba el temor entremezclado con una desesperada determinación. Su percepción lo condujo hacia la enfermería.
Allí todavía funcionaba el soporte vital. Redujo al máximo el volumen de su armadura, que alteró la composición molecular de trilium para poder moverse por los angostos corredores abandonados. Sus garras raspaban ominosamente la superficie del suelo y las paredes. Su caminar era como el de un torpe depredador que se afanaba por alcanzar a su presa a través de una madriguera.
A veces algo impactaba en su armadura. Lastimosos proyectiles a los que no prestaba atención. Su objetivo estaba cerca.
La zona médica estaba repleta de heridos y personal médico. Múltiples figuras trataron de buscar cobertura apenas vieron aparecer aquella pesadilla metálica por cuyas junturas brillaba una luz carmesí. Proyectó un haz continuo de energía abrasadora, lo hizo de manera minuciosa pues no quería dañar a su presa.
En segundos, cientos de orgánicos fueron incinerados. Ya solo quedaba una persona con vida en aquella tumba lúgubre. Una hembra humana, que aguardaba su destino sentada en un camastro, con una mirada intensa pero vacía a un tiempo. ¿Era posible aquella contradicción?
Larn moduló su voz para adaptarla al patrón humano. Se agotaba el tiempo.
—Mujer, ven conmigo.
Ella no reaccionó.
—Tú quieres lo mismo que yo—le dijo él apremiante—. Te daré la oportunidad de conseguirlo.
—Vine a esta nave a morir, demonio —dijo la mujer con voz áspera—. Así que mátame de una vez. Lo he perdido todo, ya nada me importa.
Larn hubiera sonreído de haber tenido boca. En vez de eso, su núcleo se atemperó y por una vez irradió una calidez confortable. Tanteó a la mujer con ansia, deseoso de confirmar que era un alma moribunda pero lúcida lo que tenía ante sí: traición, desamparo, un profundo dolor imposible de aplacar…desprecio hacia su gente, odio hacia el alien. Era perfecto.
—Nada te importa, excepto una cosa. Déjate llevar por mí y te haré el más valioso de los regalos.
Por primera vez apareció vida en el rostro de la mujer.
—Tu especie de asesinos ha aniquilado lo que yo amaba —había incluso un prometedor atisbo de pasión— ¿Qué puedes ofrecerme tú?
—¿Cuál es tu nombre, mujer?
Ella vaciló, sorprendida.
—Yo, yo era Marcia Rivas.
Tanía que salvarla, la estructura se debilitaba peligrosamente. Desprendió de su armadura un pequeño módulo, preparado específicamente para el improbable caso de toma de prisioneros. Era una esfera desplegable que enseguida absorbió una porción del entorno vital que los rodeaba, el suficiente para un breve lapso de tiempo. No necesitaría más.
—Marcia Rivas, yo Larn de los ithyari te ofrezco la oportunidad de la venganza.
Con un leve movimiento de su cabeza ganchuda señaló hacia la pequeña entrada de la esfera. A la par, la mente de él entró en la de ella por unos breves instantes, la cautivó y le dio esperanza de un final digno.
Marcia Rivas entró en la cápsula y se abandonó a su destino.


El embajador Schmidt era ideal para aquel puesto, un superviviente pragmático y carente de moral. Vivía desde hacía poco en Mundo Genoa, e intentaba no sentirse subyugado ante la grandeza de aquel pueblo. Se sentía abrumado por la inmensa e intrincada red de refinadas obras de ingeniería que parecían adecuadas para seres divinos, ciudades cupulares iridiscentes que se extendían hacia el horizonte.
Los omnipotentes amos lo tenían por un espécimen muy particular de ser humano, uno capaz de mantener a distancia sus emociones, pese a que bullían en su interior. La complejidad espiritual humana era para ellos una base de datos cambiante digna de estudio. Los genoianos, capaces de alcanzar colectivamente metas inconmensurables en la mayoría de las facetas, carecían sin embargo de habilidad a la hora de procesar individualmente las derivas de su psique. El «ser» de un genoiano seguía patrones predefinidos por el nacimiento y macerados por el desarrollo en su encorsetada sociedad, no existía la incertidumbre en el comportamiento del individuo: se organizaban en castas según su base emocional dominante, y en función de ella servían al bien común, el cual era dictado por los preceptos generados en la Matriz de Genoa, lugar de nacimiento de cada individuo.
Y pese a toda su grandeza, aquel mundo agonizaba.
—¿Se encuentra bien, señor Schmidt?
Era Azureo el que preguntaba, siempre cortés.
—Me temo que no, la inquietud es contagiosa —respondió el embajador.
Con un ademán señaló a sus acompañantes, genoianos de la gen astari, la casta administrativa. Más que inquietos, parecían temblar en sus armazones, pese a su reputación de imperturbables.
Se hallaban a bordo de una plataforma móvil, aislada del entorno hostil por una pantalla de fuerza. La comitiva estaba liderada por el mismísimo Azureo, Administrador Regente de Genoa. Era el único de los presentes que mantenía la serenidad. Como deferencia hacia el embajador, su conciencia vestía un cuerpo que imitaba la apariencia de un humano traslúcido de color azulado, tono indicativo de la gen a la que pertenecía. Los demás eran meros ayudantes que se desplazaban en armazones esféricos volátiles.
Los genoianos hacía eones que habían dejado de poseer un cuerpo ordinario, para convertirse en masas informes de pura energía y una conciencia que ejercía de timón. Por ello habían desarrollado, antes de perder la capacidad para ello, armazones que pudiesen contener su nuevo ser en la última fase de la evolución. Necesitaban aquel tipo de presencia física, pues jamás renunciaron a su imperio de expansión y dominio.
En función de la tendencia anímica pertenecían a diversas castas, las cuales disponían de sus propios modelos variables de cuerpo artificial. Entre ellos se contaban obreros, científicos, burócratas e incluso artistas, y luego estaban los ithyari, por supuesto: némesis de tantas civilizaciones, verdugos y terror de la galaxia.
La gen ithyari estaba compuesta por elementos de pura furia, supervisados por los astari. Sus agresivas siluetas siempre imitaban a depredadores de cualquier mundo conocido. Tenían un terrible temperamento, auténticos poderes destructivos a los que ninguna armada o ejército había podido frenar a lo largo de la historia.
Al embajador le preocupaba que todo un escuadrón de aquellos psicópatas demoníacos estuviese revoloteando alrededor de la comitiva.
—¿Es realmente necesaria su presencia? —dijo con mesura.
Azureo le sonrió, una sonrisa aterradora en realidad, pues aquel cuerpo artificial no estaba diseñado para mostrar afabilidad sincera. Aun así era un tipo realmente encantador si se lo proponía, un alma sosegada que tomaba decisiones apocalípticas con distante cordialidad.
—Quizá no, pero ellos han insistido.
Schmidt miró hacia los guerreros. Aquellos en concreto tenían la forma de una especie de halcones hiperdimensionados alienígenas, elegantes figuras que ostentaban garras brillantes y un pico ganchudo que emitía rojos destellos. Sin duda había una preferencia estética más allá de la eficacia para el combate, parecían seres góticos de pesadilla. Varios pares de ojos infernales le escrutaron a él como si fuese una vulgar musaraña, mientras volaban con facilidad merced a los impulsores alimentados por la propia esencia vital del guerrero. Schmidt sintió un nudo en las tripas al recordar las masacres que había visto perpetrar a aquellos brutales asesinos.
Cierto que, tras la resistencia final en Mundo Senda, los ithyari habían honrado la valía de los combatientes humanos. Como si sirviese de algo. Schmidt había contemplado por holovisión la agonía final del «Implacable», la nave insignia de la flota colonial. En la Tierra los arrogantes y caducos miembros del Consejo Planetario deberían de estar cagados de miedo desde entonces.
Recordaba el momento de su nombramiento. Los propios genoianos lo escogieron, él quería suponer que por su experiencia, no por ser el mayor hijo de puta del cuerpo diplomático de Mundo Senda, un hábil y ladino negociador de infame reputación, que como colofón a su historial, había abandonado en el planeta a mujer e hijos para salvar el culo. Aun resonaban en su mente las palabras acusadoras de su esposa, con la que había sido feliz. Ya daba igual, a estas alturas estaban todos muertos. Lo importante es que él vivía y podría sacar tajada y gozar de una relativa inmunidad, en un momento en el que pertenecer a la humanidad era un lamentable error.
Schmidt estaba en el Universo para progresar, a cualquier coste.
—No tiene nada que temer de ellos —dijo Azureo, interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Sabe de quién fue la idea de nombrarlo a usted?
—Me tiene en ascuas, eminencia.
Sobrevolaban los suburbios inmensos de Asla la Resplandeciente, la capital de Genoa. Ahora era una zona tétrica, sin vida, aunque no había indicios de destrucción ni deterioro en las fabulosas estructuras. Simplemente la cubría una pavorosa sensación de vacío que lo abarcaba todo, la inminencia de un final. Cada cierto tiempo se veían columnas de energía dispersa de color ceniza, lo que daba al entorno la apariencia de un desmesurado bosque torturado. Era como si algo estuviese succionando la esencia de aquel lugar.
—De nuestro respetado líder guerrero, que nunca antes había intervenido en tales asuntos —dijo Azureo— Él solicitó su nombramiento, y su presencia aquí también es por su insistencia.
Aquella respuesta era de todo menos tranquilizadora.
—Larn ha debido de ver algo en usted.
Schmidt se sobresaltó y se fijó en un halcón más impresionante aun que los demás. Consciente del escrutinio, el guerrero se ladeó con gracilidad y posó sobre él su mirada. El embajador tragó saliva y se centró en el Administrador.
—No tengo el gusto de conocerle personalmente —atinó a decir.
—Tal vez crea que puede hacer algo respecto al mal que nos consume.
—No veo como…
—Basta que sepa que se ha cometido un acto difícil de juzgar por nosotros, los genoianos.
—¿Ah sí?
—La Matriz ha sido corrompida, potenciada hasta el punto de comenzar una fase reactiva que llevará a Mundo Genoa a un estado impredecible —hablaba con una tranquilidad que contrastaba con la gravedad de lo expuesto—. En mi opinión, si todo sigue como hasta ahora, nuestra aniquilación tendrá lugar en unos pocos ciclos temporales.
Eso no podía ser, ¡no con él atapado en aquel jodido mundo de mierda!
—¡Pero eminencia, eso que dice no tiene sentido! ¿Cómo ha podido ocurrir?
—¡Oh, pregúntele a nuestro admirado Larn! Él es el causante principal.
Schmidt, sumido en un mar de confusión, miró de nuevo al guerrero que los sobrevolaba. Pudo más la desesperación que el miedo cuando habló.
—¿Ha cometido traición y está ahí, libre sobre nuestras cabezas?
Azureo negó con la cabeza, como aleccionando a un alumno lento de entendederas.
—Larn tan solo ha seguido los dictados de su naturaleza, la búsqueda de saciar sus ansias apocalípticas, por tanto no hay delito —alzó los brazos teatralmente—. Aunque no niego que esta vez ha ido un poco lejos.
—Creía que un genoiano era incapaz de dañar a otro.
—Así es. No podemos causarnos daño entre nosotros directamente, la Matriz siempre ha tenido en cuenta esa premisa a la hora de generar al individuo. Nuestro líder guerrero se ha limitado a introducir una variable emocional inestable ajena en la Matriz, la cual la ha procesado, se ha creado una reacción en cadena, y por tanto estamos en esta situación tan incómoda.
Schmidt trató de digerir aquello. No comprendía aquella lógica ni tanta aceptación ante la inminencia del desastre. Todo alrededor parecía confirmar que se dirigían hacia el fin de los tiempos, el entorno parecía disolverse, las columnas de color ceniza se hacían más frecuentes y alcanzaban ya la estratosfera.
Por el horizonte apareció una especie de montaña envuelta en espesa niebla e inquietante oscuridad.
—Nuestro destino —constató Azureo—. Caminamos sobre el filo de una navaja, como ustedes los humanos dicen.
El Administrador sonrió de nuevo. En unos minutos llegaron a la base de aquella montaña, en realidad una masa informe gigantesca compuesta por cúmulos de materia de naturaleza incierta. En su epicentro brillaba tenue una especie de faro entre tinieblas, y hacía allí se dirigió la plataforma con su escolta.
Fueron momentos terribles. Schmidt esperaba a cada momento encontrarse de narices con un monstruo apocalíptico salido del interior de aquella cosa. El sofisticado vehículo descendió con cuidado y de pronto se quedó estático, levitando con un leve cimbreo.
Oscuros jirones de densa niebla se dispersaron a su alrededor. El escuadrón de escolta adoptó una formación abierta y el líder se adelantó. Habló, y su voz fue como escuchar un jodido trueno.
—Aquí está, como te prometí —dijo sin más.
Schmidt miró al Administrador, que se encogió de hombros. Algo comenzó a materializarse delante de ellos, un pilar irregular de un centenar de metros de diámetro y cuya altura se perdía en la techumbre de ceniza. Centelleaba débilmente, su superficie era pulida y de un material iridiscente. Irradiaba poder.
—La Matriz de Genoa —aclaró sin necesidad el Administrador—. El lugar dónde nacemos y desde el cual parte la esencia pura que fluye libremente por canales invisibles para alimentar nuestros núcleos vitales individuales. Esto que ve solo es el Áspide, principal elemento conductor. El resto se haya inserto en el interior del planeta.
—Oh…
—Es usted el segundo extranjero que tiene el honor de ver este lugar.
—¿Segundo?
Había perdido la capacidad de pronunciar dos palabras seguidas. El Administrador se dirigió al líder ithyari.
—Larn, veamos si la prueba a la que nos sometes merece la pena. Cumple tu voluntad ahora.
El guerrero se adelantó con agresividad. Se dirigió hacia un punto cercano en el pilar, una mancha que afeaba la superficie inmaculada. Le siguieron de cerca y pronto pudieron ver lo que era aquella mancha: un desgarrón oscuro que absorbía la luz y expulsaba ondas de energía oscura, una herida abierta en medio de la luminosidad del pilar.
Schmidt sintió un pavor indescriptible. El líder ithyari habló.
—Marcia Rivas, he aquí tu oportunidad de liberación. Cunple tu deseo y déjame alcanzar la meta última de mi existencia.
Schmidt sintió como el corazón le dejaba de latir. No hubo palabras, efectos de luz o manifestaciones esotéricas. Simplemente supo que allí, incrustada en la Matriz, estaba la esencia de Marcia, su esposa. Percibió una abrumadora sensación de fatiga, más que de odio u otra emoción negativa.
—Si hay locura en ese espíritu cautivo, te exijo que refrenes el proceso —dijo Azureo en tono severo.
—No hay locura —respondió Larn—. Simplemente desea el fin, es consciente de las implicaciones de su anhelo y solo le falta el último estímulo. De ahí la presencia de Schmidt.
Marcia, que tanto había sufrido, solo quería morir y llevárselo todo consigo.
—¡No lo permitan! —gritó el embajador.
Una conciencia se centró en su persona, podía percibirla como algo casi físico generado a partir de las cualidades de la Matriz. Le tanteó detenidamente y le despreció, luego le abandonó. La Matriz absorbió totalmente aquel fragmento de emociones extremas y las acopló a su propósito último.
Una mota comenzó a tomar forma, a partir de la pequeña porción de esencia que era Marcia Rivas. Ya no había vuelta atrás, el proceso definitivo había despertado.
—¡La perfección, fin y renovación! —rugió con alegría el líder ithyari. Sus guerreros le jalearon con salvaje vehemencia.
El embajador se tapó los oídos y sintió como su cuerpo empezaba a perder integridad. No sentía dolor, solo vacío.
—¡Haga algo, joder! —le gritó al Administrador.
Éste asistía impasible a la función, ajeno a la desesperación de sus congéneres astari.
—Lo que haga la Matriz estará bien, Schmidt. Parece que todo nos conduce a cerrar el ciclo.
—¡De que puto ciclo me está hablando!
—El de la vida, la muerte y el renacer.
No dijo más. Ya no había sonidos, solo una vibración que Schmidt percibía en su interior. Era el fin, y no comprendía como todo se iba al diablo con tan sorprendente facilidad.
Pensó en pedirle perdón a Marcia, pero ya era tarde. Tuvo que contentarse con, simplemente, desaparecer.

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  Concurso Mensual I: Eloise
Enviado por: Joker - 24/01/2016 03:50 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (24)

—…más a la derecha ¿Es que no sabes hacer nada bien? Los jóvenes de hoy en día sois todos unos inútiles. —Larry Grey, arrebató el control de la nave a Nick y con los ganchos exteriores recolectó el último núcleo de chatarra espacial.

Nick reaccionó con un suspiro y se reclinó hacia atrás en la silla.

—Y los viejos de hoy en día sois todos unos cascarrabias —susurró para sí mismo el joven.

—¿Cómo dices?

—Digo que por fin podremos volver a casa, ¿lo echas de menos, Larry?

—Volver a casa… —El anciano dejó escapar una débil risa mientras miraba con melancolía la infinidad más allá del espacio—. Hijo, cuando llevas en esto tanto como yo, el espacio se convierte en tu hogar.

Nick Whiteman dedicó unos segundos a contemplar el rostro de su compañero, un rostro alargado, marcado por la edad y con una mueca de enfado permanente que ahora se mostraba sereno, contemplando la inmensa oscuridad del exterior.
Ambos disfrutaron de la quietud que reinó en la nave.

—Voy a descansar —dijo finalmente Nick mientras se ponía en pie y marchaba hacia su dormitorio—, tardaremos semanas en llegar a La Colonia.

Larry asintió con la cabeza sin apartar la mirada de la belleza negra del espacio, salpicado con diminutas luces lejanas, como copos de nieve en una noche oscura.

Un pitido intermitente acompañado de una luz roja interrumpió las reflexiones del anciano así como los deseos de descanso de Nick, quien se dio la vuelta y se dirigió a la consola de la nave a prisa.

—Es un mensaje de socorro —informó— su nave está a sólo un par de horas de nuestra posición.

—El botón para silenciarlo está en la esquina derecha, hasta tu podrás encontrarlo.

—¿Silenciarlo? Alguien puede necesitar nuestra ayuda.

—Pues claro que la necesitan, en eso consiste el mensaje de socorro —Jerry suspiró mientras negaba con la cabeza—. Hijo, somos basureros espaciales no soldados; podrían estar siendo atacados por piratas espaciales, una plaga alienígena o Dios sabe qué cosa. Ir allí solo conseguirá ponernos en peligro.

—O puede ser sólo una avería en el sistema de oxigenación, podemos echar un vistazo desde una posición segura por si acaso.

—Retrasará tu llegada a casa.

—Pilla de camino —contraatacó Nick con una sonrisa.

—Haz lo que quieras, yo me voy a dormir —dijo Jerry mientras se levantaba de su asiento y se dirigía a su dormitorio— pero cuando esos piratas estén poniéndole el precio a tus órganos recuerda que te avisé. Buenas noches. —La puerta se cerró tras él.


***


“Fin de trayecto programado” —anunció la robótica voz femenina de la nave.

Nick, reclinado en la silla, se despertó sobresaltado a punto de caer. La oscuridad envolvía la sala de mandos.

—Vale, vale, veamos qué es lo que está pasando aquí —se dijo mientras encendía las luces.

Miró hacia el exterior, en busca de alguna señal luminosa que indicara el lugar necesitado de ayuda. A lo lejos se veía una nave de mediano tamaño a la deriva, sin dar muestras de vida. Tanto las luces como los propulsores estaban apagados por completo.

—Es un modelo antiguo —dijo Jerry, quien acababa de llegar, probablemente despertado por la voz de la nave—, muy antiguo, cuando yo nací ya llevaba décadas fuera del mercado. Es un milagro que haya podido seguir funcionando hasta ahora.

—Parece que no hay nadie más en los alrededores —Nick contemplaba el radar de la nave—. Deberíamos acercarnos e intentar establecer comunicación con ellos.

Jerry aceptó, no muy convencido, y comenzaron a avanzar. Nick cogió el micrófono y se lo acercó a la boca.

—Aquí la nave de recolección 3612 “El expurgador” ¿Me reciben?

Le respondió el silencio.

—Repito, aquí “El expurgador” intentando establecer conexión con…—Nick forzó la vista para ver el nombre de la nave— ¿‟Princesa Felinchya”?

—No van a responder —gruñó Jerry mientras se ponía el traje de expedición para el exterior—, ya que estamos aquí acabemos el trabajo.—Lanzó una escafandra a Nick, quien la cogió al vuelo y con una sonrisa se vistió.

“El expurgador” anunció el acople al misterioso transporte muerto que habían encontrado.

Aunque intentaba no aparentarlo, Nick se encontraba nervioso. Un mal presentimiento le pesaba en el cuerpo, pero no podía echarse atrás ahora, no delante de Larry y volver a escuchar sus quejas sobre la juventud de hoy en día y como se hacían las cosas en sus tiempos.

Con un sonido mecánico, el acoplamiento finalizó y las compuertas de enlace se abrieron. Nadie había activado la seguridad en la silenciosa nave.

Cada uno de ellos cogió una linterna, la única defensa con la que contarían en caso de encontrar alguna amenaza en la nave, y cruzaron la entrada con andares lentos y cuidadosos, sorprendidos de que la gravedad estuviese activada. Al otro lado se hallaba una oscuridad sólo perturbada por las débiles luces que proyectaban.

—Cuidado con dónde pisas —aconsejó el anciano por el comunicador incorporado en su traje.

Tal y como había dicho Larry, la nave era un modelo antiguo, y daba muestras de ello en cada rincón. Las compuertas correderas que daban a otras salas eran manuales y presentaban un diseño recargado de adornos grabados en el metal. Cada paso formaba un eco en la distancia que rompía el silencio en el que se había sumergido aquella nave. A medida que se adentraban en ella, el frío iba calando más en su cuerpo.

El ambiente cargado de polvo indicaba que hacía tiempo que nadie se preocupaba por el estado de la embarcación. Nick comenzó a cuestionarse que allí hubiese alguien en peligro o que hubiese alguien en absoluto ante el paisaje desértico ante el que se encontraba. Pero ¿y si realmente había allí una persona necesitando ayuda? Absorto en sus pensamientos, tropezó con un pequeño levantamiento y cayó por el suelo.

—¡Mierda! —exclamó el joven para sus adentros.

—Mira que te lo he dicho —se quejó Larry mientras le ayudaba a levantarse—. ¿Te has hecho daño?

—Nah, estoy bien —Nick cojeó levemente hasta su linterna, que había rodado a unos pocos metros de él— ¿Qué coño? —Junto a ella, el joven encontró una solitaria pluma, tan negra como la noche eterna del espacio.

—¿Has encontrado algo?

—N…no, nada, sigamos.

Los compañeros continuaron avanzando, adentrándose en uno de los corredores principales de la nave, al final del cual, en una sala lucía un parpadeante punto rojo.

—Parece que allí hay algo, probablemente será el lugar desde el que se ha emitido la señal de socorro.

—Soy viejo, no ciego; puedo ver la única luz que hay en esta maldita nave.

Al entrar en la sala, el intermitente rojizo se apagó y sus linternas comenzaron a parpadear.

—No te apagues ahora, joder —maldijo Nick mientras golpeaba la única fuente de visión que tenían. Como respuesta, la luz volvió a manar del aparato.

Frente a ellos, en una destartalada silla, yacía el cuerpo de una joven de apariencia inerte. Su rostro pálido contrastaba con la cabellera azabache que lo enmarcaba.

Nick corrió a tomarle el pulso. Cuando estaba a punto de tocarla, la joven abrió los ojos y movió ligeramente los labios, intentando comunicarse con ellos.

—Los niveles de oxígeno son bajísimos —anunció Jerry mientras lo comprobaba en un dispositivo del antebrazo del traje.

—Alúmbrame, yo la llevaré. —Nick entregó la linterna a su compañero y se echó al hombro a la joven. Un fuerte dolor le recorrió la pierna, al parecer la caída le pasaba factura. Con una mueca de dolor y esperando que su compañero no se percatase de su herida, se dirigió hacia la salida.

La nave iba muriendo a medida que se acercaban a las compuertas de enlace, y cuando las cruzaron, la oscuridad, el frio y el silencio conquistaron finalmente, los restos de la embarcación.


***

La mujer abrió los ojos, tan negros como su cabello. Lo primero que vieron fue a un joven de mirada vivaz contemplándola alegremente.

—Eh, Jerry, la chica ha despertado.

—¿Le has hecho las pruebas para ver si está sana? —iba diciendo el anciano mientras se dirigía a la sala médica en la que se encontraban.

—Lo he intentado, pero creo que estos cacharros están rotos —Nick toqueteaba unos aparatos médicos en busca de alguna muestra física de por qué no funcionaban— ni si quiera he podido tomarle el pulso.

—Pues que no salga de aquí hasta que no completes chequeo protocolario, por lo que sabemos podría tener hasta la peste espacial.

—Oh, venga ya, eso es una leyenda de taberna —protestó Nick.

—Te sorprenderías de la cantidad de leyendas de taberna que resultan ser reales.—dijo Jerry mientras se alejaba de la enfermería.

Nick se quedó mirando a la joven. Era preciosa, de facciones finas y delicadas y un cuerpo esbelto y bello que destacaba sus moderados atributos femeninos.

—Da igual, estaré bien aquí —dijo la chica dedicándole una sonrisa. Una sonrisa tan deslumbrante que se abrió camino hasta el corazón de Nick.

—De acuerdo, te traeré unas mantas. Cualquier cosa me puedes llamar, mi cuarto es el de al lado, es una nave muy pequeña.—Se dirigió hacia la puerta lleno de una alegría que se manifestaba en la expresión de su rostro—. Por cierto, me llamo Nick.

—Eloise —la blanca media luna que orbitaba su boca no desaparecía.

Aquella noche, el joven apenas pensó en otra cosa que no fuese en la chica que había rescatado. Sus ojos, su pelo, su voz, todo en ella le encantaba.

El día siguiente lo pasó con ella, riendo y contándole alguna de las miles de historias que $aquellos basureros espaciales escuchaban en las tabernas en las que paraban a descansar. Donde los viajeros del espacio daban rienda suelta a su imaginación con el propósito de asustar al resto.

El corazón del joven palpitaba al ritmo de la risa de Eloise, y su mente navegaba por aquellos ojos, hechizada por ellos.

—Nick, ven un momento, tengo que hablar contigo —le llamó con seriedad Larry, en quien un mal presentimiento había crecido, pesándole en el cuerpo como un traje de plomo.

Se dirigieron a la sala de mando, estaba a tan sólo unos metros de la enfermería, pero en la pequeña nave no había posibilidad de alejarse mucho más.

—Me voy a desviar de la ruta de vuelta. En unas horas llegaremos a Farlan, dejaremos a Elisa…

—Eloise —interrumpió Nick.

—Me cago en la mar, los jóvenes de hoy en día no sabéis ni respetar cuando alguien está hablando.—El anciano hizo una pausa—¿Qué…qué estaba diciendo?

—Larry, Eloise necesita descansar, no podemos abandonarla así en un planeta que ni si quiera conoce, y menos en Farlan, en menos de una hora ya habrán tirado su cadáver mutilado en algún callejón.—Nick se cruzó de brazos y se aferró a la idea de que tenía que seguir con aquella chica durante el mayor tiempo que le fuese posible.

—Hijo, tengo un mal presentimiento sobre esa mujer —susurró Larry, la preocupación se palpaba en su voz— creo que no es lo que aparenta, hay historias...

—No podemos dejarla tirada sólo porque te preocupen unos cuentos.

—Tal vez no en Farlan, pero Gamsein es una ciudad totalmente respetable, allí le acogerán y le darán un sitio donde dormir durante un tiempo.

—Perdón si interrumpo, pero necesito darme una ducha y el baño de la enfermería me pide identificación —La voz dulce y melódica de Eloise acalló a los dos hombres.

La chica se encontraba en el marco de la puerta de la sala médica, aparentando timidez pero con una mirada fuerte que contemplaba el interior de las personas.

—Eh, si voy —se apresuró a decir Nick mientras se dirigía hacia ella. Cuando llegó, se giró hacia Larry para concluir la conversación—. Lo hablaremos cuando lleguemos a las proximidades de Gamsein.

La pareja desapareció tras la puerta con risas y jóvenes flirteos. Larry se desplomó en la silla de la sala de mandos. Abatido por la preocupación lanzó un suspiro y decidió que tal vez la almohada le ayudaría a encontrar la respuesta a aquel malestar que le inundaba.

Tras unas horas, el deseo de descansar también sedujo a Nick, quién con gran esfuerzo logró despedirse de Eloise y retirarse a su pequeño dormitorio.

Cuando el joven finalmente logró sumergirse en el mundo de los sueños, la voz de la chica comenzó a llamarle. Moviéndose con dificultad por los rincones de aquella ilusión, siguió el rastro que le llevaba hasta ella.

A medida que se acercaba, el tono de Eloise se volvía más apremiante y su alrededor oscurecía. Miró a su alrededor y se vio en “El Expurgador”. Sentía que algo había cambiado, la nave parecía muerta, el silencio y el frio se habían apoderado de ella, y a la oscuridad sólo le ofrecían resistencia las tenues luces de emergencia; no le costó mucho asociar aquel ambiente a su experiencia en la nave del rescate.

Preocupado por la joven, Nick comenzó a correr hacia la fuente de la voz, cuando una mala pisada le hizo precipitarse contra el suelo. Sintió un fuerte dolor en la rodilla, y como la fuerza de su pierna se extinguía durante un momento, sorprendido vio ante él una pluma negra, idéntica a la que encontró en el “Princesa Felinchya”.

Se puso en pie con gran esfuerzo, dejando escapar un quejido entre sus dientes y se apresuró a encontrar a Eloise en aquel mundo de pesadilla.

Llegó a la puerta de la enfermería y descubrió horrorizado que estaba bloqueada. Eloise gritaba desesperadamente el nombre de Nick desde el otro lado mientras el joven intentaba, por la fuerza, abrir la gran placa de metal que se interponía entre ellos.

El agobio de Nick crecía por segundos, sintiéndose impotente y débil, no podía hacer más que volcar todos sus esfuerzos en conseguir llegar al otro lado.

Finalmente, compuerta cedió con un fuerte chirrido, abriendo una pequeña rendija que permitió pasar al exhausto joven. Frente a él, en la oscuridad de la sala, pudo ver un creciente charco de sangre que nacía en el pálido rostro de Eloise. La joven continuaba repitiendo el nombre de Nick una y otra vez. Sobre ella se halaba Jerry, quien convertido en una bestia dominada por la ira, no cesaba de golpear a la chica.

Sin pensárselo dos veces Nick se abalanzó sobre el anciano, derribándolo, y comenzó a propinarle puñetazos hasta que el movimiento abandonó por completo el cuerpo de su compañero.

—Nick…—le llamó agonizante Eloise una vez más.

El joven se arrodilló hacia ella, envolvió sus manos de porcelana con las suyas y besó su magullada frente.

—Ese viejo sólo intenta separarnos —balbuceó la chica.

—Pues no lo conseguirá.

—¿Me prometes que estarás conmigo para siempre? —preguntó Eloise.

—Lo prometo.

Con estas palabras, todo su entorno comenzó a dar vueltas ya desaparecer en la oscuridad.

Se despertó sobresaltado en su cuarto, bañado en un sudor, aun pensando en aquella horrible pesadilla que no abandonaba su mente.


***

El reloj dio por comenzado el día, y Nick decidió abandonar sus fallidos intentos por volver a dormir.

Se levantó y vistió, mientras la idea de ver a Eloise le marcaba en el rosto una expresión de alegría que contrarrestaba las ojeras. Caminó hacia la enfermería y quedó sorprendido al no ver a su amada en la cama. Pronto la sorpresa se fue transformando en preocupación.

—¿Eloise? —le llamó.

No hubo respuesta.

Tras agudizar el oído, el joven comenzó a percibir un débil sollozo que provenía del baño de la enfermería. Allí encontró a la chica acurrucada en un rincón, con la ropa rasgada, el rostro magullad y los ojos convertidos en pequeñas fuentes de las que manaban saladas lágrimas. Nick se arrodilló junto a ella, dispuesto a consolarla.

—Ha sido ese viejo —consiguió decir entre el llanto—n…no, yo no…—la joven abandonó toda intención de hablar y se echó las manos a la cara dejando que las gotas que manaban de esta, ahogasen el dolor.

Sin dudar un segundo, Nick se puso en pie y emprendió la búsqueda de su compañero.

—¡Larry! —gritaba con ira— ¿Dónde coño te has metido?

Le encontró en el almacén, rodeado de las montañas de chatarra que habían ido recolectando. El anciano estaba en cuclillas sobre una pequeña agrupación de trastos, cuando veía alguno tan inútil que ni de la fundición se sacaría beneficio, lo metía en la capsula de eyección.

—¡Larry! —Nick lo tomó por el cuello de la camiseta y le arrojó contra la pared.—¿Qué le has hecho?

—¿De que estas hablando?

—De Eloise —vociferó, aumentando la fuerza con la que le agarraba.

—No se nada de esa mujer, llevo todo el día aquí. Ahora suéltame —ordenó con voz serena.

Poco a poco las manos de Nick fueron aflojándose.

—¿Y cómo explicas los golpes que tiene en la cara? Alguien le ha dado una paliza, y en esta nave sólo estamos tú y yo.
El rostro de Larry cambió por completo, se tornó pálido y se llenó de miedo.

—Está jugando con tu mente, hijo…

Los compañeros escucharon como unos débiles pasos se acercaban lentamente a su posición. Aprovechando el momento de despiste de Nick, el anciano se zafó de él y le empujó contra la cápsula. La espalda del joven dio contra un gran cubo metálico que el viejo había arrojado allí, provocándole un horrible dolor.

—Maldito cabrón —El muchacho se fue a abalanzar contra Larry, pero este pulsó el botón de eyección y Nick se dio de bruces contra el cristal de la cápsula.

“Eyección programada en cinco segundos”—anunció la nave. El tiempo comenzó a transcurrir de forma más lenta, cada instante se convirtió en una eternidad a los ojos del chico.

El joven comenzó a golpear el cristal mientras maldecía a gritos a su compañero.

“Cuatro segundos”


Los pasos se escuchaban ya con más fuerza y claridad.

“Tres”.

Larry recogió una palanca metálica de entre una montaña de escombros

“Dos”

El anciano se dirigió con paso lento y decidido a la puerta del almacen.

“Uno”

Lo último que Nick vio antes de hallarse rodeado de la inmensidad del espacio fue una bella mujer de piel de porcelana desplegar unas alas pobladas con plumas azabache y a un heroico anciano empuñando una palanca contra aquel ser.
Y entonces comprendió, que su compañero le había salvado la vida.


***

—¿Y qué pasó con Larry? —preguntó el joven chatarrero.

Junto a él, un viejo Nick marcado por la edad contemplaba el exterior de la nave con la mirada perdida.

—Nunca nadie volvió a saber nada de él ni de “El Expurgador”, simplemente desaparecieron.

—Pff ¿Se supone que me tengo que creer esa historia?

—Pues claro que tienes que hacerlo —Nick se veía irritado— ¿Me estás llamando mentiroso?

—No, es sólo que...

—Desde luego, los jóvenes de hoy en día no sabéis lo que es el respeto.

—Esque los viejos de hoy en día sois unos cuentistas —dijo el joven para si mismo mientras se reclinaba en la silla despreocupadamente.

—¿Cómo dices?

—Eh, digo que tengo ganas de volver a casa ¿Tú no lo echas de menos Nick?

El anciano dejó escapar una débil risa— Hijo, cuando llevas en esto tanto como yo, el espacio se convierte en tu hogar.

«¿No es así Larry?» Pensó, con la mirada fija en aquel infinito mar de vacío que se extendía ante él.

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  Vida sobrenatural
Enviado por: EsteNoEsUdyr - 24/01/2016 02:09 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (5)

Esta es una historia que creo con mi compañero en clases asi que espero que les guste
Ah,y otra cosa, como se me perdio los primeros capitulos y les dare un resumen de estos(perdonen las molestias)

Resumen-1

Esta historia trata de 5 chicos,esos 5 chicos son encargados de ir a diferentes biomas ya que estaba sucediendo algo extraño en ellos,primero tenemos a EDWARD,un joven entusiasta y con ganas de hacer su trabajo,Luego tenemos a FELIX un joven fuerte con mucho carácter,Luego tenemos a STEVEN un joven inteligente y con ganas de aprender mas dia a dia,luego tenemos a Juan..... este y su amigo ricardo son nuestros amigos desde la infancia son buenos amigos y llenos de coraje....

Bueno a lo que estaba... fuimos a los diferentes biomas... al ir Edward a su bioma seleccionado (bioma de bosques) al encontrarse un templo fue a investigar y se encontró una piedra... una piedra verde brillante. El joven no lo pensó dos veces y la tomo bueno,sigamos a esto...


Mientras tanto en el bioma nevado....

Steven va con ganas de aprender algo sobre ese tipo de bioma y ve un castillo de nieve a lo lejos
el pensando''En ese lugar debe de haber muchos conocimientos que la humanidad no conozca deberia ir a verlo'' steven entro al castillo y no habia nada ni nadie...Luego de que vio una sala en la que estaba un trono hecho totalmente de hielo el con una enorme duda se acerco lentamente,pero lo unico que encontro es una piedra azul celeste que brillaba tanto que tubo que taparse los ojos


Mientras tanto en el bioma seco y caliente

Felix va sin importarle nada a este sitio pensando'' que tesoro podre obtener de este estupido bioma''
Felix al estar como un vagabundo sin hacer nada fue y se sento en una roca,la roca estaba cerca de un precipicio pequeño y como pueden adivinar la roca se balanceo y cayeron al felix estar muy adolorido vio algo que estaba brillando a lo lejos,tomo la cosa brillante y vio que era una roca roja como el color del sol.. el sintio una sensación extraña pero la tomo y la guardo en su bolsillo



ºeste suceso a continuacion les pasara a los tresº

Espiritu- Tomen sus piedras y aprientenlas

estos sin pensarlo dos veces la apretaron y salieron disparados hacia el cielo

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  (fantasia)La hoja Negra
Enviado por: EsteNoEsUdyr - 23/01/2016 10:13 PM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

Capitulo 1: La legion de la hoja negra

La historia empieza en una especie de mazmorra con un grupo de personas que se hacia llamar la organización de la espada, ellos atemorizaban a mis compañeros de caza y a mi aldea con sus sucios saqueos.Luego fui a donde estaba el líder de la organización para desafiarlo a un duelo a muerte,para ver si podia liberar a mi aldea de su ''compañía''

Ros: Osas desafiar al lider de la organizacion de la espada?

Juan: No me interesa quien seas tu,yo solo te derrotare

º juan simplemente saca sus dagas con sus dos manos º

Ros: Que así sea

º Ros saca una espada larga de su espalda º

Juan- huaaaa

Yo con velocidad me lanze al cuerpo de ros sin pensarlo dos veces,con una velocidad fui capaz de darle un corte en su pecho,El solo me dio con el mango de su espada en la cabeza con total fuerza y caí de espaldas

Ros: ya voy a terminar contigo y con tu aldea pequeño bastar-

una especie de zumbidos se escuchan en la puerta de la mazmorra,mientras que todos se preguntan que es
al final la puerta explota y sale un chico misterioso

?- hola que tal

Guerrero de la org- y tu quien e-

El sujeto con una sonrisa de psicopata le arranca la cabeza con su daga

?- Je,Je............Je

El sujeto en un parpadeo estaba en la cabeza de un arquero de la org

juan- que rayos es eso.....

Ros- GRR

El sujeto le corta el cuello de un movimiento fugaz de sus manos al arquero

Ros- BUENO YA ME CANSE

Ros va con su espada larga hacia el sujeto pero el sujeto le taclea

?- ya te diste cuenta?

Ros- cuenta de----

La cabeza de ros salia volando,cayendo en mis pies

juan- aah..... no me mates

?- pero si es a por ti que vengo

Juan- ....?

los dos nos marchamos corriendo sin antes el sujeto lanzarle una de sus cuchillas a un mago que estaba en la mazmorra

Nota: La legion de la hoja negra estubo en esta espectacular masacre Big Grin



Capitulo 2 ESTA ES LA HOJA NEGRA


yo y el sujeto llegamos a una especie de utopía subterránea,era muy linda y todo

?- ahh se me olvido decirte

?- Me dicen 2 ,subjefe de la legion de la hoja negra

Juan- hoja negra? ¿ese grupo de asesinos ''dotados'' en asesinar?

2- sep,ven te enseño a nuestr----

3- 2 BASTARDO

2- que pasa cariño?

3- dijiste que teníamos una cita,no vengas a decir que estuviste ocupado,noto la sangre en tu camiseta

2- pues... veras....

Noto como 3 es una chica de mediana estatura de unos 16 años,cabello pelirojo,con algunos rizos

Juan- ehm.....

3- eh? y tu quien eres

2- es un chico al que acabo de rescatar de una organización mediocre

3- mucho gusto

4- oigan ustedes 3, 1 nos esta llamando

veo como los dos se marchan hacia una habitacion oscura y yo al no saber que hacer les sigo

al llegar,la puerta se cerro de un manotazo a parte de el ''lider''

1- ....

El sujeto se nos queda viendo con cara de enojado y de malhumorado

1- asi que ahora llegan >:c

1- QUE BIEN Big Grin

juan- oookey?

1- tu debes ser juan,yo soy edward

Edward- lider de la legion de la hoja negra

4- no deberias decir tu nombre a extra;os

edward- 4,soy el lider y hago lo que se me de la gana amorsh

2- jaja

Edward- juan, saca tus dagas que no tendre piedad

juan- pieda de--

Edward de un parpadeo aparece detras de mi sin yo poderme dar vuelta,Edward me pega una patada que me manda a volar hacia la otra pared

juan- auch....

Edward- ahora me vez

`Edward para el ojo de el se hace invisible`

Edward- ahora no me ves

Edward empieza a dar patadas una detras de otra mientras juan cae agotado al suelo

Juan- auch...

Edward- eres debil,pero en esta legion te haremos mucho mas fuerte chico

Juan- que?

2- el te esta diciendo que eres una mierda,pero que aca te haras menos mierda

juan- aah

Edward- entonces te uniras?

Juan- ... es... todo un honor,unirme a su legion

EDWARD- PUES bienvenidos c:







Continuara
Si quieren aportar un personaje,dejenlo en los comentarios
con su arma,su actitud y su fisico para ver si lo pongo de aliado o enemigo

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  Concurso Mensual I: La seguridad de la distancia
Enviado por: Joker - 23/01/2016 07:59 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (14)

                                                La seguridad de la distancia

    —Guardar y cerrar.
    Me levanté, satisfecho y sonriente, mientras la computadora obedecía mis órdenes con su habitual eficiencia silenciosa. Al fin podía dar por concluido el borrador de mi novela. Una novela que, a lo largo del último año, me había dado bastantes quebraderos de cabeza, aunque ahora ya sólo tenía que enviársela a un buen corrector para que se ocupara de revisarla a fondo. En cualquier caso, supondrían noches de insomnio para otra persona, no para mí.      
    Justo en ese momento fui consciente de cuánto podían cambiar las cosas en pocos meses. Un año atrás, cuando retomé de nuevo este proyecto, si alguien me hubiera dicho que hoy pondría punto y final a una novela cuya historia hacía casi un lustro que llevaba arrastrando como un peso muerto, con ideas que entraban y salían de mi cabeza pero a las que nunca terminaba de dar forma, no lo habría creído. Lo más probable es que me hubiera reído en su cara. La ruptura con Dayira me había afectado mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer, a mí mismo o ante los demás. Pasada esa autocomplaciente etapa de ceguera emocional, llegué a convencerme de que no levantaría cabeza, que ese fracaso amoroso emponzoñaría mi vida sin remedio. Y por esa herida, que creí incurable, se me escapaba mi ser sin que nada ni nadie lograra anclarme a este mundo. Ni hablar  de volver a escribir. ¡Qué ingenuo fui!  Ahora estoy convencido de que los escritores, simplemente, cargamos con un punto extra del egocentrismo característico de nuestra especie. Encerrado en mi dolor, no acertaba a ver que ni siquiera  era original, y  tal vez por eso ocurrió lo contrario de lo que esperaba. Ante el fracaso de nuestra relación, Dayira y yo terminamos haciendo lo que, a lo largo de los siglos, eligieron muchos otros amantes enfrentados a un revés amoroso: buscar refugio en el trabajo. De algún modo encuentro no poco consuelo al saber que hubo tantos hombres y mujeres que se internaron antes por el mismo camino. Y me reafirmo en la creencia de que era esta la mejor opción de cuantas acerté a ver en aquella solitaria encrucijada. Lo que aún me falta por saber es si, al final, hallaré alguna recompensa, que suele reservarse para quienes supieron perseverar.
    —Yo al periódico y tú… a la Luna.
     A pesar de —o quizá sería más apropiado “a causa de”— mi indeseada soledad, necesitaba exteriorizar con palabras mis pensamientos o, al revés de lo que afirmaba el saber popular —equivocado en esto y en otras tantas cosas—, me volvería loco. En lo más profundo de mi ser reconocía que la decisión de Dayira de aceptar aquella oferta de trabajo del CMI (Consejo Mundial de Investigación) había facilitado mucho las cosas. La distancia, a modo de etéreo e intangible colchón, proporcionaba una agradable sensación de seguridad. No obstante, en ocasiones todavía me despertaba por la noche empapado en sudor, como si regresara de una batalla encarnizada.
    Negué con un movimiento de cabeza como si, con aquel gesto infantil, pudiera deshacerme de los malos pensamientos; lo que no conseguí fue dejar de preguntarme cómo le iría a Dayira en su nueva vida.  De manera tácita, ambos habíamos acordado no llamarnos ni escribirnos. No saber el uno del otro ayudaba, casi tanto como interponer una distancia prudencial. Quería, no, necesitaba creer que todo ello formaba parte del tratamiento de supervivencia emocional al que nos habíamos encomendado. Pero a veces —más de lo que nos suele convenir— los humanos hacemos cosas absurdas.    
    Las instalaciones científicas que, desde hacía varias décadas, funcionaban en la cara oculta de nuestro satélite, habían sido construidas por el gobierno de la Tierra, aunque desde su inauguración venían siendo gestionadas de manera autónoma por el CMI. El motivo principal esgrimido por nuestros gobernantes, lo que de verdad les había convencido para ubicar allí el mayor y más importante complejo de investigación científica existente, no era otro, curiosamente, que el de la seguridad. En este caso, sin embargo, se trataba de la seguridad de todos los habitantes de la Tierra, que así permaneceríamos protegidos de cualesquiera efectos perniciosos provocados por eventuales catástrofes que llegaran a producirse. Eran numerosas y de muy diferente naturaleza las investigaciones que, al parecer, se llevaban a cabo en el complejo lunar. Investigaciones que, en su mayor parte, no eran —la mayoría de ellas nunca lo serían— de dominio público. Buen ejemplo del secretismo que rodeaba todo lo relacionado con esas instalaciones lo constituía el hecho de que a ningún periodista se le permitía viajar a la Luna. Y cada vez que se planteaba aquel asunto, el responsable de turno esgrimía la consabida fórmula: cuestiones de seguridad. Sic.
    Me dirigí a la cocina para prepararme un café bien cargado, pero en ese momento empezó a sonar la familiar —para mí— melodía del Calling America de la E.L.O. —todo un clásico del siglo XX—,  que tenía asignado para las llamadas entrantes. El ordenador desplegó al instante una pantalla holográfica por si quería incluir video, al tiempo que me informaba de la identidad de mi futuro interlocutor:
    —Llamada de Dan Huygard —entonó la aterciopelada y casi sensual —o así me lo parecía en ocasiones, sobre todo cuando la soledad hacía estragos en mi ánimo— voz de la computadora.
    —Añade imagen —respondí mientras, preguntándome qué podría querer de mí el redactor jefe del periódico en el que trabajaba, me volvía hacia el translúcido panel luminoso.
    —Nilem, ¿te has enterado ya de la noticia?
    —Pues sí, hasta ahora había oído rumores, pero acabo de confirmar que mi jefe no deja descansar a sus empleados ni en sus días libres.
    —Déjate de ironías, esto es serio —el hombre, de mediana edad, corpulento y con la cabeza rapada, fruncía el ceño en un gesto característico suyo. A juzgar por su imagen habitual, cualquiera pensaría que siempre había algo de lo que preocuparse.
    —¿Qué ha ocurrido?
    —Se ha producido una filtración en el gobierno… ¡Y menuda filtración! En las altas esferas están como locos.
    —Te escucho.
    —Se han interrumpido todas las comunicaciones con la Luna.
    —¿Cómo es posible? ¿Así, sin más, de repente?
    Me sorprendí tanto como cualquiera al que le hubieran soltado ese bombazo. Aunque la culpa de eso, en gran parte, se debía a la propaganda gubernamental, que siempre había rodeado aquel carísimo proyecto con una aureola de eficiencia que ahora no casaba con una “noticia” como esa. «Una de dos», pensé, «o se trata de un error, o alguien muy cabrón está mintiendo como un bellaco». Hasta donde sabía, Dan era de fiar. Y jamás le había visto gastarle una broma de esa clase a nadie.
    —Pues sí, eso parece. Por desgracia, desconocemos cualquier detalle que nos ayude a saber qué ha podido pasar. Pero nuestra fuente afirma que en el gobierno se temen lo peor.
    —Si el rumor es cierto, y las preocupaciones de los dirigentes son sinceras, eso señala a la Luna como origen del problema.
    —Está claro, y si esto no se solventa pronto, el gobierno enviará un equipo ahí arriba a investigar. Y yo quiero que estés lo más cerca que puedas de ese lanzamiento. Necesito cualquier cosa que pueda publicar, fotos, vídeos, y creo que hasta podría aguantar una emotiva entrevista al piloto de esa nave.
    —No, si por pedir... —hice una mueca de disgusto ante la ironía de Dan. Él sabía mejor que nadie que no me dejarían acercarme a menos de dos millas de la plataforma de despegue—. Muy bien, estaré listo para cuando me avises. Adiós. Nilem fuera.
    Con mi última frase la computadora dio por terminada la conversación e hizo desaparecer la pantalla como si nunca hubiera estado ahí.  Esta vez sí conseguí llegar a la cocina; necesitaba más que nunca un café bien cargado.

  ***                                              

    La sabiduría popular no se equivoca cuando asevera que los problemas nunca vienen solos. Aún no se había resuelto el problema de comunicación con los científicos de la Luna, cuando el gobierno se vio obligado a enfrentarse a una amenaza más directa. Los programas de noticias de todos los rincones del planeta empezaron a denunciar  extrañas desapariciones de ciudadanos, así como a entrevistar a los responsables locales en busca de respuestas, pero estos últimos, aparte de ofrecer especulaciones a cual más absurda y hacer los típicos llamamientos a la calma, carecían de información relevante. Incluso las mayores instancias del gobierno se mostraban desbordadas, y no parecían capaces de dar una solución efectiva a la grave crisis que acababa de desatarse. Adoptaron medidas que resultaron tan restrictivas como inoperantes. Se declaró el toque de queda con la prohibición de salir de casa por la noche, y el ejército salió a patrullar por las calles, pero no sirvió de nada. La gente continuó desapareciendo.

    La redacción del periódico era un hervidero cuando se abrieron las puertas  del turboascensor  y me dirigí hacia el despacho de Dan.
    —¡Ey, Nilem! ¡Cuánto tiempo!  —gritó un hombre de rostro amplio y risueño desde su zona de trabajo. Me miraba a través de la pantalla holográfica y agitó una mano a modo de saludo—. Empezaba a pensar que tú también te habías convertido en un fantasma…
    —Más quisieras, Hensen. Aún no te he desplumado lo suficiente en el billar de Gus —respondí sin pararme. Tras varios intercambios dialécticos de estilo similar con otros tantos compañeros, me encontré en el despacho de un preocupado jefe de redacción.
    —¿A qué se debe tanta urgencia? Estaba a punto de salir hacia la base de lanzamientos.
    Por toda respuesta, Dan accedió al control ambiental del despacho y, un par de segundos más tarde, los límpidos y transparentes ventanales que le permitían escudriñar cualquier lugar de la redacción se oscurecieron.
    —Échale un vistazo a esto —me dijo Dan por todo saludo mientras seleccionaba un artículo en su pantalla de trabajo y lo presentaba para que pudiera leerlo desde mi posición. Así lo hice y, a medida que devoraba las líneas del artículo, mi ceño se iba asemejando más al del siempre preocupado Huygard.
    —¿Quién ha escrito esto? —pregunté al fin, cuando hube terminado la lectura.
    —¿Acaso importa?
    Negué con la cabeza. Dan llevaba razón, lo importante no era a quién se le había ocurrido  relacionar las misteriosas desapariciones en la Tierra con el ominoso silencio de la instalación lunar, sino el hecho en sí y las graves consecuencias que ambos fenómenos, de obedecer a una misma causa, podrían tener.
    —¿Cuándo vas a publicarlo?
    —Aún no sé si quiero hacerlo —Dan se echó hacia delante con los brazos cruzados y los apoyó sobre el borde de la mesa—. ¿Eres consciente de lo que semejante especulación  podría provocar? La gente se pondrá histérica pensando que, como mínimo, estamos en medio de una invasión alienígena…
    —Es posible, pero… ¿desde cuándo eso es un criterio válido para decidir qué se publica y qué no? Además, no pasará mucho antes de que otros aten ese cabo y se lo ofrezcan en bandeja a sus lectores.
    —¡Touché! —admitió el veterano periodista—. Pero no es una noticia contrastada, así que irá en una columna de opinión—. Luego, tras una pequeña pausa, preguntó—: ¿Y tú cómo estás?
    Me pilló desprevenido, no me esperaba que Dan —ni nadie, en realidad— se interesara por mis sentimientos. Pero él era de los pocos que sabían que Dayira trabajaba en la Luna.
    —Trato de no pensar en ello —reconocí. Pero no me atreví a confesar  el alto índice de fracasos que tenía en mis intentos.
    —Puedo enviar a otro… —me tanteó con tanta delicadeza como falta de fe en sus posibilidades.
    —Ni hablar, estoy bien, y si no lo estoy necesito ocuparme en algo. No vas a…
    —Está bien, está bien —alzó las manos con las palmas hacia mí en señal de rendición—. Tú ganas. Ve y consigue ese reportaje. Estoy deseando leer tu entrevista al piloto…
    —Eres un cabronazo por muy temprano que te levantes —sonreí a mi pesar mientras negaba con la cabeza y me dirigía hacia la puerta. Antes de cerrarla por fuera aún pude oír su sonora y burlona carcajada.

                                                      ***  

    El ejército había aislado la Base de lanzamientos desde la que despegaría la nave de reconocimiento y rescate, así que ahí estábamos en la puerta principal, una veintena de periodistas y fotógrafos de los más variados medios informativos, aburridos, dejando pasar el tiempo, o intercambiando opiniones sobre las posibles catástrofes que podrían haber  provocado el apagón radiofónico. Soporté con heroico estoicismo desde la propuesta del impacto de un pequeño asteroide hasta el hipotético escape de un gas mortífero  experimental, pasando por toda clase de invasiones alienígenas y —no podía faltar—, la aparición de un virus con alta capacidad de infección que convertía a sus víctimas en zombis sedientos de sangre. Llegados a este punto, casi podía escuchar ya en mi cabeza la banda sonora de la película que algún avispado productor cinematográfico estaría pergeñando justo en ese momento.  
    Encuadrado por convicción propia, como en mí era habitual, en el pequeño y selecto grupo de los misántropos silenciosos, intenté hacer oídos sordos de las tonterías que se decían a mi alrededor mientras me entretenía oteando las instalaciones de la base, armado de un potente teleobjetivo. Rodeado de buitres, mantenía la loca esperanza de ser el primero en observar algún movimiento relevante e informar a la redacción del periódico. Cualquier cosa servía con tal de no pensar.
    Apenas quince minutos después de la hora prevista para el lanzamiento, un vehículo llegó desde el interior de la base hasta la bien protegida entrada ante la que hacíamos guardia, donde se detuvo. De él se bajaron un general y una mujer que vestía ropas civiles, y que todos identificamos al instante como Karen Hill, la actual portavoz del gobierno. Enseguida se organizó una improvisada rueda de prensa donde la mujer eludió con habilidad las preguntas más comprometedoras. Al final del breve acto lo único que nos quedó claro era que el lanzamiento se había suspendido por “problemas técnicos”, y que la misión se llevaría a cabo “en cuanto fuera posible”, aunque se cuidó muy bien de no precisar una fecha concreta.

    Al día siguiente los diarios recogían las declaraciones que hizo ante nosotros la portavoz del gobierno, así como algunas de las explicaciones técnicas aportadas por el general que la acompañaba. Pero hubo algo más. Se habían filtrado rumores de que los “problemas técnicos” no eran más que una cortina de humo para ocultar un severo revés, a saber: que la tripulación de la nave de rescate había desaparecido.
                               
                                                      ***

    No sentí frío, calor, dolor, miedo o sorpresa. Tampoco llegué a tener conciencia de lo que me estaba ocurriendo, más que nada porque no hubo tiempo. Simplemente desaparecí. Sólo recuerdo que estaba a punto de salir hacia la redacción, y luego nada. Fundido a negro, como si alguien hubiera apagado un foco. O, en este caso, mi cerebro. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una estancia amplia y muy luminosa, sin ventanas al exterior, pero con paredes acolchadas y varias camas individuales pegadas a la pared. Todas ellas vacías en ese momento.
    La puerta emitió un suave murmullo al abrirse con un desplazamiento lateral que la ocultó dentro de la pared, y dos hombres vestidos con batas blancas irrumpieron en la habitación.
    —Eh… ¡hola! ¿Dónde estoy?
    Ignoraron mi saludo. Uno de ellos empezó a tomarme lecturas con un escáner de mano realizando barridos a pocos centímetros de mi cuerpo, mientras el otro prestaba atención a una especie de tableta de datos. Tras estudiar por unos momentos los resultados obtenidos debió quedar satisfecho, pues hizo un mudo asentimiento a su compañero y ambos se marcharon sin decirme una sola palabra. «Si esto es un hospital», pensé, «me van a oír los de “Atención al paciente”».
    Me sentía bien, sólo un poco débil. Tras incorporarme, me senté en el borde de la cama y esperé. Supuse que no debía llevar mucho tiempo  allí, pues aún vestía mi ropa y no esos horribles pijamas de hospital, lo cual agradecí. Justo antes de que adoptara el modo explorador y empezara a husmear por la habitación para tratar de averiguar dónde me encontraba, el acceso se abrió de nuevo y una mujer sola, enfundada también en una bata blanca, entró y se detuvo junto a la puerta, como si no se atreviera a acercarse.
    —¡Dayira!  —pegué un brinco y en dos zancadas me planté ante ella, la así de los hombros y la atraje hacia mí para abrazarla—. No puedo creer que seas tú.
    —Hola, Nilem, me alegro mucho de verte —me saludó en aquel tono aséptico suyo que tantas veces me había sacado de quicio cuando vivíamos juntos.
    Me separé un poco y contemplé sus rasgos. Había soñado tantas veces con aquel encuentro, pese a no creerlo posible...
    —¿Qué está pasando, Day? No entiendo nada.
    —Lo sé, y por eso estoy aquí. Pero primero pongámonos cómodos —ante la falta de mobiliario destinado a tal efecto, me invitó a sentarme con ella en la cama.
    —Para empezar, dime cuándo has vuelto. ¿Por qué no me llamaste?
    Ella esbozó una sonrisa resignada, sin rastro alguno de malicia, como quien conoce respuestas a preguntas que le hubiera gustado no tener que contestar.
    —Es que no he vuelto, Nilem.
    —¿De qué hablas? Estás aquí, ¿no? Estás… —de repente mi cerebro se apiadó de mí y me ofreció la revelación de lo que me había negado a creer—. ¡No! ¡No puede ser! Dime que no es cierto.
    —Me temo que sí —confirmó ella. Luego, como para acallar cualquier atisbo de duda, lo expresó con voz serena—. Nos encontramos en la enfermería de las instalaciones científicas gestionadas por la CMI, en la cara oculta de la Luna. Sé que estás confuso, así que déjame que te explique lo que ha ocurrido en este último año.
    Ella estaba en lo cierto, no entendía nada, por lo que me limité a asentir en silencio y esperé, con la esperanza de que sus palabras dotaran de sentido mi nueva realidad.
    «Todo esto empezó hace unos dos años y medio, antes de mi llegada a la base —comenzó Dayira, que, de repente, me pareció mucho más segura de sí misma—. El gobierno, obsesionado por el desmesurado aumento de la población mundial y la consiguiente amenaza de hambrunas, desórdenes y revueltas, ordenó investigar algún método de aceleración selectiva del proceso de muerte natural en humanos. Antes se había pensado en un riguroso y extenso programa de esterilización, pero, según los expertos gubernamentales, ya era tarde para adoptar esa medida. Sin embargo, los investigadores de la Luna se rebelaron contra ese plan por atentar contra los derechos humanos.»

    »El gobierno respondió arrestando a las familias o, en su caso, amistades íntimas de los científicos destinados en la Base, y los presionó para que obedecieran. Según me han contado, hubo fuertes debates y hasta alguna reyerta. Al final optaron ceder… o al menos eso le dijeron al gobierno. Yo llegué aquí por entonces, y en esos primeros meses no se fiaban mucho de mí. Con agotadores turnos de trabajo, la investigación avanzaba a buen ritmo, lo cual satisfacía a los inspectores gubernamentales, que en ningún momento llegaron a sospechar de la existencia de una línea secreta de investigación dirigida, precisamente, a desbaratar los planes del gobierno.

    »Hace apenas unas semanas logramos culminar esta otra investigación, centrada en la teleportación de materia viva, y tras unos exitosos ensayos, nos dedicamos a rescatar a los rehenes. El gobierno reaccionó bloqueando nuestras comunicaciones, pero logramos descubrir que pretendían enviar una nave para bombardearnos desde el espacio. Secuestramos a la tripulación, y luego a varios familiares de miembros destacados del gobierno. Fue entonces cuando solicité que te trajeran.»

    —¿Y qué va a pasar ahora? —acerté a preguntar mientras asimilaba aquella increíble historia.
    —Pues, de momento, hemos obligado al gobierno a que se siente a negociar. No les arrebataremos sus cargos, pero tampoco permitiremos que pongan en peligro vidas humanas. De alguna manera, nos hemos convertido en garantes de los derechos de los habitantes de la Tierra.
    —Un gran poder…
    —…conlleva una gran responsabilidad —terminó la frase guiñándome un ojo. Ella conocía muy bien mi afición por los cómics clásicos.
    Tras una pausa en la que intenté aclarar mis pensamientos, me asaltó una duda.
    —Hay algo que aún no termino de comprender.
    —¿El qué?
    —¿Por qué razón me has traído? No estamos juntos, y el gobierno tampoco me secuestró… Yo no estaba en peligro.
    Dayira alargó los brazos y tomó mis manos entre las suyas, para luego dedicarme una mirada de las que ya me costaba recordar. Cuando quise darme cuenta, nuestros labios se habían fundido en uno solo, y un sudor frío empezó a recorrer mi espalda. No era más que el reconocimiento por parte de mi cuerpo físico de una certeza que se había enseñoreado de mi mente: la Tierra y sus habitantes aún podían disfrutar de ella, pero yo acababa de perder la seguridad de la distancia.

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