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Enviado por: KeepCalm - 24/05/2016 02:50 PM - Foro: Canción de hielo y fuego - Respuestas (4)

Mofas aparte, estoy deseando ver cómo lo doblan en España. Desde luego tuvieron que cagarse en todo cuando vieron el guión.

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  consejos para mejorar en la lectura
Enviado por: Kotomine Leonhard - 21/05/2016 08:51 AM - Foro: Taller Literario - Respuestas (6)

Hola a todos !!

Soy un principiante con respecto a leer novelas , no tengo el habito y me cuesta mucho terminar de leer cualquier cosa, yo creo que se debe principalmente a mi falta de vocabulario. Por ejemplo en las novelas cuando describen algun escenario o persona, me cuesta mucho imaginar como podrian ser y muchas veces pierdo el hilo de lo leo.

Algun consejo para esto?. he leido en google, como pudiera mejorar, pero creo que no esta de mas pedir ayuda por aca.

Muchas gracias

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  Concurso Reto Mensual II: Cañón
Enviado por: Joker - 21/05/2016 06:12 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

Niña Zombi no quitaba su vista de mi chaqueta. Casi podía sentir como sus ojos presionaban allí donde se detenían.
—¿Sucede algo, escarabajo?
No respondió. Se limitó a rasquetear el endurecido cuero artificial del asiento en el que descansaba hasta sacarle trocitos de forro. Los cortes en sus muñecas estaban sanando y le producían escozor, así que le confeccioné unos vendajes con jirones de una camiseta punk que nos encontramos por ahí. En su rostro se notaba la tensión que yo sí lograba controlar. Sus ojos todavía estaban enrojecidos por el llanto y sus cejas estaban fruncidas casi sin que ella misma lo notara. Apenas se daba cuenta de ello, hacía lo posible por relajar la expresión, pero finalmente recaía.
En un intento por forzarla a hacer algo decidí encender un cigarrillo. Tantee mis bolsillos y luego mi cartuchera pero no hallé nada. Pensé que a lo mejor aquello era una buena ocasión para presionarla aún más.
—¿Viste donde guardé los cigarrillos, ovejita?
Niña Zombi decidió ignorarme o de plano ni tan siquiera me oyó. Su mirada seguía perdida en algún pliegue de mi chaqueta.
—Vamos a buscar algún riachuelo o algo así, ya es hora de que nos demos un buen baño.
Ahora al menos dejó de fruncir el ceño, pero continuó en silencio.
Intenté lo del baño pues notaba que ella también se sentía sucia. A menudo se rascaba en las axilas o debajo de sus inmensos pechos. Aquello no significaba nada en sí pero era verdad que habían pasado días desde nuestro último baño y a lo mejor la picazón se debía a eso. Yo, en cambio, si deseaba quitarme la suciedad a como diera lugar. Incluso antes del bombardeo, cuando vivía cerca de la Reservación, no podía pasar un día en el que no me diera al menos dos duchas por día. Odiaba sentir el mínimo roce duro de mi piel contra las sábanas o mi ropa. El pensar en eso me hizo recordar que llevaba los mismos tejanos, chaqueta y camiseta hacía un mes entero, acentuándome aún más la sensación de estar sucio.
—Skrewdriver. —Su voz me sonaba extraña, como si no la hubiera oído en semanas.
—Sí, Skrewdriver. No tenía mucho de donde elegir ¿sabes? Ni siquiera me gusta su música.
Niña Zombi se refería al parche que estaba cosido a la espalda de mi chaqueta. La había mangado a toda prisa de una casa okupa de skinheads neonazis y poco me importaba la porquería que tuviera añadida. Antes usaba una cazadora de aviador, pero se había desintegrado por el uso. Lo más probable es que los chicos de Skrewdriver me hubieran atizado hasta matarme debido a mi piel cobriza.
—Quítalo de allí, pueden confundirte —dijo con una voz entre aburrida y tensa.
—Lo intentaré, a lo mejor me encuentro otra en los barrios del Woodpole.
La verdad era que ya lo había intentado, pero aquel condenado trapito estaba cosido con hilos gruesos y lo habían pegado con algún súper pegamento que no cedía con nada. Tampoco la quería cortar pues eso significaba que mi espalda se iba a congelar en las noches. Sin mencionar que me hubiera dolido mucho mutilar aquella preciosura con forro interno de terciopelo rojo.
Como Niña Zombi no daba señales de querer moverse, decidí dejarla sola un momento. A veces se ponía así sin motivo aparente, que le íbamos a hacer.
Decidí explorar las ruinas de un antiguo complejo comercial. A pesar de los múltiples saqueos que había recibido esta parte de la ciudad, aún era posible encontrar comida o algo con que reemplazar mis raídas vestimentas.
Era ya de mediodía pero el sol seguía combatiendo contra unos espesos nubarrones que cubrían su luz. Desde el sur soplaba una ventisca suave que hacía rechinar los goznes de puertas y ventanas destruidas.
Las calles estaban tapizadas con documentos de oficina, probablemente llegaron allí gracias a los saqueadores que, en un intento por encontrar algo de valor, volcaron el contenido de los escritorios y ficheros que se conservaban en los cubículos más añejos de aquellos edificios. Eso me desmoralizó bastante pues significaba que no iba a poder encontrar nada que utilizar. Decidí seguir husmeando, no obstante, pues Niña Zombi no iba a relajarse tan rápido y yo tenía curiosidad por saber cómo era esa parte de la ciudad.
Al internarme en un inmueble comercial hubo un ruido que llamó mi atención: una cañería rota. Aquello era bastante raro pues el agua potable había sido cortada hacía meses y los reservorios gigantes también habían sido vaciados. A lo mejor se trataba de uno que no había sido arrasado y tal vez pudiera aprovecharlo.
Cogí un pedazo afilado de tubería de cobre que hallé en el piso para poder defenderme en caso de que aquel reservorio estuviera bajo presencia hostil. Mis pisadas producían ecos fortísimos y si había maleantes era bastante probable que ya me hubieran visto o al menos oído. Descubrí que no tenía mal ojo pues todo había sido concienzudamente pillado. Ni la moqueta o el relleno de fibra de vidrio se habían logrado salvar. Ve tú a saber para que quisiera alguien llevarse balas inmensas de aislante térmico de algún edificio saqueado.
El ruido era ciertamente claro, pero aun así no podía encontrar su origen. Cuando creía que estaba cerca resultaba que ahora el ruido venía de mis espaldas. Y cuando volvía los pasos empezaba a volver a sentir el ruido, pero escaleras arriba. No sabía que era lo que podía estar causando aquello pero de todos modos decidí seguir buscando.
Todo aquel embrollo me recordó el día que conocí a Niña Zombi.
Un buen día desperté y descubrí que todo estaba destruido. Ignoro como sucedió, solo sé que desperté en las ruinas de mi piso. Incluso recuerdo el haberme arrebujado en las sábanas y, al sentir las piedrecillas que estaban al lado de mi cabeza, desperté de golpe. Al abrir los ojos, me topé con la destrucción total: ninguna edificación que fuera inferior a, al menos, tres pisos, había logrado salvarse. Mi cuarto había perdido el techo y todo se veía como si hubiera sido concienzudamente bombardeado. Es raro dormirse en la cómoda alcoba una noche y despertar en completo caos al día siguiente.
Como dije, todo estaba devastado. Algo, no obstante, llamó mi atención desde el inicio: no pude encontrar cadáver alguno. Desconozco a donde fueron a parar todos mis familiares y amigos. Tal vez fue eso lo que me salvó de volverme loco, eso si es que de verdad no he perdido ya la chaveta y en realidad estoy atrapado bajo un muro con una viga cruzada en las entrañas.
Erré durante casi tres días por la zona norte de la ciudad, cerca de mí querida Reservación Nativa. Me hallaba bastante mareado y medio enloquecido por el dolor. Descontando eso podía considerarme afortunado pues no tenía herida alguna y la verdad tampoco me sentía tan mal como cabría pensar. Solo sentía una confusión inmensa pues no pude salvar radio o medio alguno para saber qué era lo que pasaba. Yo no me había enterado que habían muchas personas más que, como yo, estaban vivas e igual de confundidas. Ignoraba, también, que existían bandidos y saqueadores.
Como podéis imaginaros, la desesperación fue haciendo pasto de mi mente. Al principio lo había tardado en procesar, pero a esas alturas del camino ya había entendido que estaba solo en esta tierra y probablemente me moriría al cabo de semanas de horrible agonía. Que a veces uno idealiza la soledad con total desentendimiento de su verdadero significado. Suceden las ocasiones en las que simplemente desearíamos que no hubiera nadie en esta tierra, como cuando se termina veraneando en una playa desierta por simple aversión a la gente. Tan solo os pido que intentéis de verdad vivir completamente solos y rodeados del gran esqueleto de una ciudad muerta para ver si es que en verdad sois tan avezados y maduros como se supone que deberíais ser. Yo no tenía idea de cómo podía hacer para poder sobrevivir el resto de mis días en completa reclusión. Pero iba a hacer lo posible por vivir, como se supone que debería ser.
En fin, al tercer día, me metí a un supermercado abandonado con el plan de abastecer mi mochila de comida. Fue allí donde tuve mi primera pista sobre lo que le había podido pasar al mundo.
Cuando me dispuse a revisar la fecha de caducidad de las latas de atún, me di con la inmensa sorpresa de que habían vencido hacía un año. ¡Un año! ¿Significaba eso que me la había pasado durmiendo un año entero? Si era así ¿Por qué es que mi cabellera y uñas no habían crecido desmesuradamente? Aquello no tenía lógica alguna sin embargo las fechas en los productos no mentían (revisé varias para estar más seguro) hacía al menos un año entero en el que todo el mundo había desaparecido sin dejar rastro.
Dejé caer la lata al suelo. De más está decir que me encontraba en un estado de suma confusión. Así que me senté en el suelo y me quedé mirando al vacío, sin fuerzas para poder siquiera seguir pillando. No tuve que forzar las lágrimas. Era como si toda mi desesperación y confusión hubieran decidido manifestarse de golpe. Lloré tanto y tan fuerte que me desconocí a mí mismo. Me agazapé al frío suelo y empecé a rugir con furia. ¡Donde estáis todos!
Debí de hacer bastante ruido pues, al cabo de unos minutos, sentí pisadas alejándose. Eso fue algo que agradezco siempre pues me trajo de vuelta a la vida. Había alguien más aparte de mí, me daba igual quien fuera, si hubiera sido un leproso hubiera corrido a abrazarlo, de todos modos, con toda mis fuerza.
Sucedió algo bastante parecido a lo que me pasó mientras vagaba por el edificio de la cañería: no pude ser capaz de identificar donde se hallaba esa persona. Era como si el ruido fuera producido por un grillo y no por un ser humano. Todo esto me hizo considerar algo que yo había dejado de lado por completo: ¿y que sucedía si el ser en cuestión no era humano? No me había puesto a pensar en eso. Era posible que los sonidos que yo escuchaba fueran producto de un animalillo asustado y no de un humano. Me sentí lleno de desazón y considere una pérdida de tiempo a todo cuanto había hecho hasta entonces. Me incorporé para irme.
Entonces la vi, reclinada contra una columna.
Mi primer instinto fue el de sentirme asustado e intentar huir. Me di cuenta lo mucho que en realidad temía a un encuentro como aquel. Hasta hace unos minutos creía que era la última persona sobre la faz de la tierra y el pensar en que probablemente había alguien más me hizo sentir bastante asustado.
Al acercarme pude ver lo frágil de su apariencia y además noté lo asustada que estaba. Tal vez le sucedía algo parecido a lo que a mí, tal vez creía que era la última persona en el planeta y mi presencia le producía aprensión. Eso sin mencionar que cuando un ser de piel cobriza y cabellera larga, que no ha dormido como se debe en días y que además esta vestido como un gatillero de una pandilla de crimen organizado, se te pone enfrente, es difícil no sentirte asustado. Tan pronto como me di cuenta de esto, hice un gesto de terror, como para animarla y espantar el miedo que ella pudiera sentir hacia mí haciéndole ver que yo estaba el triple de aterrado. No fue difícil pues la verdad lo estaba un poquito.
—N…o,…no me hagas daño por favor. —Mi vozarrón me sonó un tanto pastoso, estaba asustadísimo.
La muchachita no separaba los brazos de su torso y los puños de su cuello. Pude notar que no tendría más de veinte años. Llevaba puesto el uniforme del ejército y también se podía apreciar que no se había alimentado como debía en todo este tiempo.
—P…por fav…por favor. —Para dar un efecto más desesperado, me puse de rodillas.
Incluso puse mis manos en mi nuca como para indicar que no llevaba armamento ni nada que le pudiera causar daño. Esto pareció tranquilizarla un poco.
—No te haré daño —dijo con esa voz aflautada e impostada que la caracterizaba tanto.
Yo tenía mis dudas sobre eso. Me había percatado del uniforme militar y empezaba a temer por mi vida. Era posible que aquella muchacha fuera una especie de agente del gobierno o algo parecido y su misión fuera la de destruir cualquier forma de vida que haya sobrevivido en esta ciudad. O también podía darse el caso de que estuviera ante una auténtica chiflada que, amenazada de muerte, decidiera irse a refugiar a lo profundo de una ciudad devastada. La verdad no lo sabía pero el hecho de haber descubierto que estuve inconsciente durante un año entero me hizo poder creer posibles toda clase de teorías absurdas. Mi sentido común estaba dañado irreversiblemente.
—Tengo comida y sé de un refugio caliente donde se puede pasar la noche.
Esta vez intenté darle un tono de mayor seguridad a mi voz, así era más fácil que ella se tranquilizara. Además me tranquilizaba a mí mismo al mismo tiempo.
—Descuida, aquí puedo dormir y comer lo que me plazca y no me expongo a que me despellejen esos malditos proscriptos.
Aquello me produjo un extraño sentimiento de alivio. Entonces era verdad que había más personas con vida. Esto me hizo reconsiderar la opción de poder volver a encontrar a mis padres con vida y me sentí ligeramente esperanzado, incluso cuando era bastante probable de que no pudiera encontrarlos nunca más.
—En ese caso creo que lo mejor que puedo hacer es retirarme por donde vine, no planeaba introducirme tanto en esta tu morada y la verdad es que me siento como un intruso o algo así.
Ella negó con la cabeza, al fin se notaba que se sentía más tranquila.
—No me pareces un intruso.
—¿En serio? Yo es que no sé cómo podría ayudarte.
Pareció considerarlo un momento, después añadió.
—Simplemente no me dejes sola por favor. —Su voz adoptó un tono bastante lastimero, sentí mi corazón romperse—. No quiero volver a estar sola.
A partir de ese momento caminamos juntos. Yo le puse Niña Zombi pues ella no recordaba su nombre, además se parecía a ese personaje de cómic que era tan popular cuando yo era adolescente “La Niña Zombi”. Al parecer a ella le pareció algo parecido a lo que me pasó a mí, solo que en su caso fue peor pues se despertó con la cara abrasada por el sol y además de bastante deshidratada.
Hacía casi mes y medio desde aquel día. Me parecía irreal lo mucho que había pasado el tiempo y lo poco que habíamos conseguido movernos a través de las ruinas de la ciudad, sorteando a saqueadores y escombros monstruosos.
Sumido en estos recuerdos, perdí la noción del tiempo. Ya debieron de haber pasado casi dos horas desde que dejé a Niña Zombi sentada en aquel lugar.
No logré hallar la fuente de agua e incluso a veces me pregunto si es que en verdad existió. Creo que nunca lo sabré. En fin, yo estaba bastante perdido y no tenía idea de cómo había llegado hasta tan arriba. Intenté volver por donde vine pero todo se mi hacía confuso y terminaba topándome con el mismo par de escaleras derruidas que era imposible que haya usado para subir. Empecé a ponerme histérico e incluso pensé en saltar por los ventanales. Estaba a punto de hacerlo cuando, al asomarme por un hoyo inmenso en el muro, descubrí que estaba a diez pisos por encima del suelo. Ahora me comencé a asustar en serio. Ellos llegarían en cualquier momento y terminarían llevándose a Niña Zombi. Ella no podría dar cuenta de mí y yo terminaría muriendo en aquel lugar.
No dejaba de oír aquella cañería derramándose y eso me producía furia. Las cosas estaban empezando a ponerse horribles y todo era gracias a esa estúpida idea de conseguir agua potable como si no pudiera bañarme, con toda comodidad, en un riachuelo. Intenté bajar por todas las escaleras de emergencia pero ninguna me llevó lejos, tres pisos más abajo como mucho.
Pensé en gritar con la esperanza de que Niña Zombi me oyese y así tal vez poder traer a alguien que me ayudara a poder bajar de aquel edificio, pero eso suponía exponerla a un peligro aún mayor: saqueadores.
En fin, me hallaba así desesperado y bastante angustiado. El frio comenzaba a arreciar y temí que empezara a llover. Era un temor estúpido pues todavía no era estación de tormentas. De igual modo temí. Hundía las uñas en la palma de la mano con tanta fuerza que sentí como perforaban el pulpejo. Caí sentado y no tuve fuerzas para volverme a incorporar. No me di cuenta del momento en que caí dormido.
Desperté en medio de la noche. No podía dejar de maldecir y lanzar juramentos como un brujo poseso. Aquel endemoniado grifo seguía derramándose por algún lugar, como burlándose de mí. Empecé a correr como una rata en un laberinto. No lograba nada con eso pero tampoco podía evitarlo, estaba muy estresado y furioso conmigo mismo. Ahora me quedaría atrapado allí quién sabe hasta cuándo. ¿Qué diablos tenía que hacer yo allí? Bien pensado era bastante posible que algo así sucediera dada mi escasa experiencia en cuanto a supervivencia urbana. Si uno diera crédito a todas las historias estúpidas que escucha, podía concluir en que todo esto era una especie de trampa que alguna criatura carnívora tejiera para mí. Empecé a rascarme las sienes vigorosamente.
Decidí que lo mejor era intentar tentar a la fortuna y lanzarme por alguna de las ventanas o al menos intentar caer en algún piso inferior.
Abrí un ventanal y lo que vi me hizo sentir repentinamente enfermo de la cabeza a los pies.
La ciudad, totalmente íntegra, mostraba su atractivo paisaje nocturno, borracho de neón y farolillos de automóviles. Frente a mí se alzaba la urbe, intacta. No había escombros ni basura de ningún tipo y las ruinas se habían convertido en una próspera calle financiera, con atareados tipos de traje paseando por la acera en un ir y venir de pisadas y bocinazos. Me era imposible darle crédito a mis ojos e incluso creí estar soñando. Unos golpecillos en la espalda me dieron la respuesta.
—Eh, chavalillo, este no es un parque de diversiones. Retírate antes de que me vea obligado a molerte la espalda a macanazos.
El que hablaba era el guarda del edificio. Volteé y me mesé los cabellos con furia. Los muros estaban pulcramente pintados y la moqueta, integra y limpia. No había hoyos de humedad y el suelo también se veía bien.
—Mira, no sé cómo has venido a parar aquí pero lo mejor es que te pares y salgas cagando leches.
Pero la cañería se seguía escuchando.
—Esa cañería ¿en qué piso está derramándose agua?
El guarda me miró con una cara que rayaba en la extrañeza y la furia.
—¿Cuál cañería?
Era imposible.
—Esa, ¿Acaso no oye como se derrama el agua?
—Yo no oigo nada…Mira, lo mejor es que te va…
Lo cogí de los hombros.
—Niña Zombi me espera en alguna parte al sur de aquí, por favor dígame que está pasando.
Me apartó de un empujón y se puso a hablar por su comunicador, al parecer llamaba a la policía o algo así.
—Niña Zombi me espera.
Tal vez todavía me fuera posible alcanzar los pisos inferiores a través de los ventanales.

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  Concurso Mensual II - Allí estás
Enviado por: Joker - 20/05/2016 11:26 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

ALLÍ ESTÁS

Para muchos, el Tiempo es un río lineal que lleva a un Océano eterno; para otros, es una Torre cuyas escaleras espiraladas conducen hacía ignotos mundos posibles.
Dependiendo de quiénes y cómo lo veamos, el Océano es una certeza inmutable mientras que la Torre es una incertidumbre por la que algunos nos arriesgamos a subir; a veces antes de tiempo… para darnos cuenta que ése era el tiempo que nos tocaba vivir.
De cualquier manera que se enfoque, con la experiencia de ambas realidades, las almas descubrimos que son los momentos en el Tiempo los que perduran, los que nos movilizan y guían a los valientes que aprendemos a escuchar.
Son pocos los espíritus que han podido comprenderlo, porque muchos dejan ir sus oportunidades, alterando su línea, repitiendo y perturbando la de los demás.



Dejó la pluma a un costado y releyó lo último que había escrito. Una sensación de satisfacción invadió su corazón, con la sutileza del calor de una infusión aromática. Con aquella agradable sensación en su interior, levantó la vista y contempló el lugar en el que se encontraba. Agrestes bosques y montañas conformaban un paisaje lleno de vida. Desde su privilegiada posición podía divisar un sendero que llevaba a un puente; el arco de piedra cruzaba sobre un tumultuoso río.
El camino y el puente estaban desiertos, sin nadie a la vista.
Suspiró y, tomando la pluma una vez más, volvió a escribir su ensayo Sobre Kairos, Cronos y Eros mientras el sol descendía en el horizonte.


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Una vez más, con la caída del sol y la llegada de la noche, la pesadilla empezaba para Lowen Ar Geist, desarrollándose con una lentitud que desesperaba. El ciclo comenzaba y los actores en su mente estaban listos para representarel drama.
Corría con extrema lentitud hacia la puerta de madera, furioso por llegar a tiempo y encontrar a   Frau a salvo. Gritaba su nombre aporreando la puerta, pero nadie respondía a las demandas. A su espalda, Hausk lo alcanzaba, instándolo a que la derribara. La vieja madera ofrecía resistencia pero cedía al segundo embate. Dentro de la habitación, Damher sonreía de pie ante el cuerpo sin vida de la joven. Ella tenía la mirada perdida y la sangre manchaba su vestido de flores a la altura del vientre. Él sostenía el puñal que la había matado.
Iracundo, se abalanzaba dispuesto a matar con la espada al sonriente asesino pero Hausk lo empujaba a un costado evitando que Kraus, el secuaz de Damher, lo atacara a traición. Un relámpago estallaba y Kraus caía al suelo, fulminado por el hechizo de Hausk. Veía a Damher acercarse al hechicero con su puñal pero esta vez era él quien se interponía para hacerle frente. Rodaban por el suelo, como dos lobos salvajes, golpeándose con brutalidad hasta que el asesino encontraba la muerte con su propia arma.
Antes de morir Damher todavía reía, escupiendo sangre y burlándose de su verdugo:
—¡Siempre tarde, Lowen! ¡Nunca entiendes nada, siempre perderás todo! ¡Los Hados te maldigan a ti y a todos los que lleguen a tu vida!
Y así el villano moría.
Sin reparar en aquellas palabras que el sueño luego repetiría con torturante exactitud, seapartaba del agonizante para reunirse con el cuerpo de su amada Frau. Arrodillado y abatido, la sostenía en sobre el regazo. La mano de Hausk se posaba sobre su hombro y él intentaba soltarse en vano. Pero Hausk insistía. Siempre insistía.
Una vez más, aquella delgada mano lo arrancaba, lo salvaba, de la pesadilla… para condenarlo a  la cruda realidad de la vigilia.



—Despierta, Lowen —murmuró Hausk con una voz que denotaba paciencia y cierta sensación de tristeza—. La luna llena se acerca a su posición en Sagitario. Despierta, Hijo de Geist, y medita acerca del sendero que te ha traído hasta aquí.
Sin decir más, Hausk del Clan Leiden, se puso de pie y se marchó, dejando al hombre para que se despierte por completo. No podía entretenerse mucho ya que era su magia la que obraría el portento de aquella noche. Debía meditar para despejar su mente y aquietar su corazón antes de realizar el ritual.
Por su parte, Lowen se quedó acostado unos minutos más, mirando el cielo estrellado mientras su mente recordaba lo que había pasado luego de los eventos que se repetían en forma de pesadilla.
Habían pasado cinco años desde el asesinato de Frau, años de pesadillas, de búsquedas, de pérdidas y de venganzas, pero no de liberación.
Solicitaron la ayuda del Círculo de Magos pero aquellos vejestorios les habían negado su asistencia, desalentando cualquier acción. Cuando Lowen había jurado no rendirse, Hausk lo siguió y pagó un alto precio al llevar su fidelidad al extremo en aquella empresa. Desde entonces, el mago cargó con el peso de la proscripción del Círculo por su elección.
Pese a aquella lealtad, la relación de Lowen y Hausk siempre había sido compleja y el asesinato de Frau no la había mejorado. Los años que pasaron juntos habían transcurrido plagados de fuertes discusiones que giraban en torno a la ciega obsesión de Lowen.
—La locura se ha apoderado de ti, Hijo de Geist —solía decirle Hausk con voz indignada, cada vez que perdía la paciencia.
—El amor suele serlo, ¿no es sobre lo que cantan los bardos que tanto estimas y con los que te revuelcas para encontrar calor en la noche? —respondía Lowen, hiriente, pues muchas veces no tenía reparos en descargar su impotencia contra quién, por una razón que no podía comprender, lo seguía contra viento y marea.
Sin hacer caso a sus pullas, controlando su temperamento para no saltarle encima como ya había ocurrido en otras ocasiones, Hausk retrucaba:
—¿Es el amor el que te arroja al camino o la negación de la tumba que visitas cada año?
—Frau... Frau está muerta por defenderme…
—No. Está muerta porque era una culebra traicionera. Nos vendió a Damher a cambio de piezas de oro. No le importaba nada ni nadie… y mucho menos tus sentimientos.
—¡No te atrevas! —gritaba Lowen enfurecido—. Sé que no la querías y desconfiabas de ella, pero no era como tú crees…
—¡El poder de sus muslos y sus ubres siempre te dominaron! ¡Aún lo hacen! ¡Maldita la hora en que se cruzó contigo! —profería el joven mago, para luego, agregar con voz desesperada y furiosa— ¡Malditos los Hados por cruzarme contigo!
—¿Y qué quieres que haga? ¿Abandonar? —gritaba el hombre, lleno de desesperación al sentir que su compañero estaba furioso y parecía no comprenderlo, temiendo que en esta oportunidad lo terminara abandonando—. Ella era mi todo…
—No tendremos esta discusión otra vez. Me niego —interrumpía Hausk con voz áspera, aunque luego, al ver el estado de su compañero, la suavizaba lo suficiente como para decirle—. Lo que yo crea de ella, a ti no te detendrá. No lo hizo antes, no lo hará ahora. Serán los dioses quienes te enseñen, si es que debes aprender.
Pero a Lowen no le interesaba lo que los dioses pudieran enseñarle.
—¿Aún me ayudarás?
—Hasta mi último aliento, lo juro por la Diosa —suspiraba el mago.
Desde entonces, habían recorrido gran parte de las Tierras Salvajes, buscando el conocimiento necesario para llevar a cabo la obsesión del guerrero.
Hacía un mes atrás, Hausk había entrado en las Cavernas de Morla, donde habitaba La Vieja Hiladora, la Gran Tortuga, diosa de la Memoria. Después de someterse a sus pruebas, ella le había enseñado la pieza clave para realizar el deseo de Lowen: viajar en el tiempo.

Aquella noche, mientras la luna se alzaba enorme y blanca sobre Indolmenerion, iluminando el sagrado círculo de piedras, Hausk Ar Leiden también recordaba. Rememoraba el duro trance que había tenido que pasar al enfrentarse en audiencia frente a Morla, La Vetusta.
Ella, con toda su antigüedad, era paciente y lenta como el animal que representaba, y sus palabras, como las gotas que horadan las piedras, tenían el peso del destino. Los que lograban hablar con ella, recibían las respuestas a sus preguntas, pero no siempre saber lo que se preguntaba era fácil de aceptar y difícilmente podía modificarse. En esta oportunidad no había sido distinto. Cuando el joven mago salió de la Caverna de Morla fue recibido por un impaciente Lowen que, al ver la palidez y malestar en el rostro, había pensado que una vez más habían fracasado.
Pero no era así, Hausk había obtenido la respuesta. Aunque nunca le reveló a Lowen la totalidad de la misma.
No porque no quisiera, si no porque aunque la dijera, el Hijo de Geist debido a su ceguera, no podría ver el dilema en el que se hallaba el mago de Leiden. No le importaría en lo más mínimo pues no le importaban los sentimientos del mago, ni de nadie más.
Sabiendo lo que Morla le había revelado, estaba en manos de Hausk que Lowen pudiera realizar su sueño.
La pregunta era sí él estaba dispuesto a hacerlo, a dejarlo ir y no verlo más. Tal vez eso sería lo mejor. Esa era una idea que siempre le había rondado en la mente.  Abandonarlo de una vez por todas y dejar que recurriera a cualquier otro mago o bruja de la región para que lo ayudara, que fuera otro quien soportara los gritos y, peor aún, la indiferencia de su compañero. Se había planteado muchas veces eso.
Y la respuesta que su corazón le daba era que, con toda seguridad, lo que intentarían esos charlatanes sería, en el mejor de los casos, devolverle la vida a Frau como una revenant. Una no-muerta; claro que esa no era la solución. Eso nunca terminaba bien.
«¿Y esto terminaría mejor?» se preguntó Hausk en silencio mientras esperaba, pensativo. Era magia oscura la que iba a usar, cierto, pero por lo menos no era magia tenebrosa. La oscuridad de esta magia se debía a su antigüedad y el valor del sacrificio personal, de la aceptación; y tenía la promesa de ser tan luminosa en su final como el sol del dios Lugh.
Aún podía echarse hacia atrás, centrar el hechizo en Lowen y hacer que fracasara; pero eso no pondría fin a la búsqueda de aquel hombre. Ni tampoco a su propio sentir.
En medio de sus cuitas, lo vio entrar al círculo de piedras, vestido con las ropas de cazador, el arco y el carcaj en la espalda y frente a su sola estampa, aguerrida, cansada y confiada, Hausk sintió un amor profundo y feroz.
Tomó su decisión al verlo y comprendió cuanto lo amaba.

Todo confluía en aquella noche de invierno en la que la luna llena se elevaba y entraba en Sagitario. Lowen se había reunido con Hausk y para ambos, no había nada más que recordar ni meditar, era el momento de actuar.
—Aquí estoy, decidido a forjar el destino —sentenció el guerrero mientras se acercaba  hasta quedar a un metro de su compañero.
Hausk suspiró y alzó la mirada; sus ojos verdes refulgieron mientras el cristal purpúreo que llevaba colgado al cuello parecía emitir un suave destello. Por un momento, Lowen fue consciente del poder que lo rodeaba y la presencia de Hausk le resultó perturbadora; podía ver algo diferente en esa mirada, aunque no supo descifrar qué era. Tal vez por ello sintió que, por unos momentos, su resolución flaqueaba.
—Dime, ¿por qué no puedo sólo impedir su asesinato? —preguntó, para romper el incómodo silencio que se había generado.
—Porque el Tiempo es una sustancia que se congela a medida que lo dejamos atrás, como un cristal lleno de facetas a través de las que podemos ver pero sin poder cambiarlas —explicó con calma el hechicero—. Puedo enviarte al ayer si quieres, pero serías un fantasma y tarde o temprano volverías aquí. Sólo el hoy cuenta. Una vez que vas hacia delante, no puedes regresar porque el mañana se convierte en el hoy —esbozó una sonrisa y preguntó—. ¿Estás seguro de seguir?
—Sabes la respuesta. Alcanzaré a su alma en el tiempo más allá de Anwen —dijo el guerrero, recuperando poco a poco la seguridad que lo había impulsado durante años.
—Aún cuando la encuentres, no podrás volver. Renunciarás a tu vida ahora para irte, tal vez antes de tiempo. ¿Harías eso por ella?
—Es mi amor.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Lo sé —al ver la falta de convicción en aquellos ojos verdes, explicó—. Sabremos si es amor si tu magia funciona, ¿no ha dicho Morla que sólo a través del amor verdadero se abrirán las Puertas de Anwen?
—Sí, sólo esa magia ancestral puede hacerlo —murmuró Hausk con la mirada perdida, pensativa—. El amor verdadero.
—Mi amor por ella me hará alcanzar el alma de Frau allí a donde haya ido —afirmó y agregó con decisión—. Aquí no tengo nada que me retenga. Estoy solo, soy un hombre sin iguales.
Hausk meditó aquellas palabras y, al darse cuenta que no sentía dolor alguno en su corazón, no tuvo ninguna duda de lo que tenía que hacer. Ciertas cosas habían tomado un rumbo y ya no podían modificarse. Sólo restaba aceptar el juicio de los dioses.
—Entonces, que el amor te libere —sentenció y su voz tembló—. Nunca olvides, Lowen, Hijo de Geist, que el amor es el que te encuentra, nunca a la inversa. Sólo podemos elegir qué hacer con ese amor; lo recordarás cuando todo se repita y lo demás se haya desvanecido.
Se miraron en silencio; Lowen se acercó y, extendiendo la mano, dijo:
—Sé de tu desaprobación con mi empeño, pero que los dioses te recompensen por todo lo que has hecho.
—Adiós, Lowen, que los dioses te acompañen —fue toda la respuesta que obtuvo que, sin ser fría, la sintió tan distante que su corazón se inquietó y la duda, como una punzante daga, hizo saltar chispas en la coraza de su determinación.
Sin dar tiempo a nada más, Hausk retrocedió y se colocó en el centro del círculo de piedras. Extendió los brazos hacia el cielo y elevó su cadenciosa voz en un cántico melancólico mientras sus delicadas manos ejecutaban una extraña danza. Una suave brisa agitó su cabello largo y negro; y con cada verso que entonaba ejecutaba un paso del ritual.



Escucha mi súplica, Arianrhod.
Desde de mi corazón te llamo,
por el Poder del Agua, el Fuego, la Tierra y el Aire
¡Deja que mis manos abran las Puertas de Anwen!



Lowen sintió oleadas de energía emanando desde el centro del círculo. El vello del cuerpo se le erizó, un hormigueo excitante subía por las piernas hasta concentrarse en su sexo; el corazón latió más fuerte hasta que comprendió que su cuerpo estaba respondiendo a las palabras y a la danza de Hausk.



Escucha mi pedido, Arianrhod.
Con mis pensamientos te invoco,
acepta la ofrenda del amor
¡Deja a éste Hijo del Hombre rendir su cuerpo!




Sensaciones de alegría y euforia embargaron a Lowen; al ver la figura danzante del centro, percibió tristeza y pasión al mismo tiempo. Se sentía conectado con la Naturaleza que palpitaba furiosa, observando expectante la magia que había sido desatada.
De forma tenue al principio vio luces que nacían del corazón de Hausk y se derramaban sobre sus manos como si fueran agua. Caían como pequeñas luces titilantes hasta tocar la tierra y luego empezaron a moverse, como si se tratara de una pequeña procesión circular; muy pronto las lucecillas comenzaron a ascender en el aire, creando una columna de estrellas.




¡Escucha mi voz, Arianrhod!
¡Deja a éste Espíritu marchar de este tiempo y lugar!



El viento rugió como si se lamentara y, al enfocar la mirada, Lowen vio algo que lo impactó. ¿Eran lágrimas en el rostro de Hausk? ¿Lágrimas que se deslizaban como gemas por sus mejillas? No pudo saberlo porque las suaves líneas de luz lo confundían, lo envolvieron. Sintió que se volvía más liviano, con la vista borrosa, como si la imagen que tenía frente a él se deslizara por un lienzo de pintura mojada.
Las estrellas rodearon a Lowen mientras que imágenes contrapuestas lo invadían al ascender. Se vio a sí mismo persiguiendo a Damher y dándole muerte cuando mató a Frau, vio a Hausk cuidándolo los meses siguientes y contempló las discusiones y los enfrentamientos posteriores.
Nuevas imágenes se superpusieron a estas, óleos volátiles que mostraban a Frau, ahora viva. Llevaba puesto un vestido corto que dejaba a la vista sus piernas, su pelo rubio mostraba un corte de cabello diferente, sus labios estaban pintados de un rojo sanguíneo, carros extraños los rodeaban, moviéndose sin caballos que tiraran de ellos, las casas eran tan grandes como torres. Tiempo después, ella, vestida de blanco, y él, vestido de negro, caminaban hasta un altar que en nada se parecía a los templos en los profundos bosques de su tierra natal. Supo que en ese templo se rendía culto a un dios único, que nada se parecía a las deidades que él conocía.
Por unos instantes Hausk y su vida actual parpadearon con intensidad, como si se negaran a desaparecer; luego se desvanecieron por completo, dando lugar a la nueva vida.
Entonces…

…despertó sobresaltado. Sin saber dónde estaba permaneció quieto. Respiró con agitación hasta que la sensación de desconcierto fue disipándose y volvió a reconocer el techo de su apartamento.
Aquél había sido el sueño más extraño que Jake Lowen recordaba haber tenido. Se incorporó para quedarse sentado a los pies de la cama; apoyando los codos sobre sus muslos se rascó la mejilla y miró con hastío a su alrededor. En realidad no observaba nada, la mente estaba aún enfrascada en el intenso sueño. En ningún momento se preguntó el motivo del mismo, tal vez sí la forma, pero no su motivo. Sabía muy bien la causa.
—Cariño, llegarás tarde al trabajo, debes irte —dijo con voz femenina la causa de su sueño.
Jake cerró los ojos cuando sintió los brazos de ella rodearle el pecho velludo desde atrás, dándole un beso en la mejilla. Lo que en otro momento lo había excitado y agradado, ahora lo sentía como un contacto desagradable. Sin decir más nada, Caroline Frau se levantó y desfiló con su curvilíneo cuerpo por el dormitorio hasta salir de allí; su esposo se quedó sentado, escuchándola abrir el agua de la ducha.
—Hija de puta —murmuró Jake con acritud, pasándose la mano por el rostro.
Tomó el celular y buscó en la agenda el nombre de alguien que pudiera escucharlo y acompañarlo en esta situación. Cuando encontró el nombre, tuvo un momento de indecisión, luego suspiró y llamó. Esperó que le contestaran y cuando escuchó la voz del otro lado se sintió más reconfortado al saber que para él siempre había alguien del otro lado.
—Daryl, necesito verte hoy a la noche. Sí, sí, estoy bien. Te cuento todo cuando nos veamos en Sagitario, adiós.
Cuando Caroline salió de ducharse, Jake entró. En ningún momento volvieron a cruzar palabra, después de todo, aquella era la rutina que habían adoptado, personas que se habían entregado a la pérdida de los sueños, la cobardía y el desamor.


—Me engaña con George Damher —soltó Jake de buenas a primeras—. La descubrí hace una semana, se están viendo a escondidas; no sé desde cuando pero lo tienen todo muy bien pensado —miró a su acompañante y susurró—. Vamos, puedes decir “te lo dije”. Me lo merezco.
Daryl Hausk había guardado silencio durante todo el relato, sólo sonrió al escuchar ese último comentario. Dio un trago a su cerveza, luego le preguntó:
—¿Qué harás?
—Separarme, supongo. Las cosas estaban jodidas hace rato; tal vez incluso antes de casarnos. Debí haberte escuchado antes, debí haber sabido interpretar las señales. Fue una mala idea.
—Hey, hey, detente allí, no sigas —dijo Daryl apretando su mano—. No sirve hacerse reproches, ahora debes concentrarte en qué hacer.
—No te pediré que me mandes al futuro para buscarla, eso seguro —sentenció Jake y lanzó una carcajada llena de humor, se rió de su chiste personal ante la atónita mirada de Daryl.
—Creo que me perdí de algo.
Entre risas, Jake empezó a narrarle el vívido sueño que había tenido la noche anterior, contándole todo lo que recordaba; el sueño dentro del sueño, los sentimientos y lo mucho que se parecía aquello a su vida actual.
—Estás loco, hombre —bufó Daryl y por primersa vez su tranquilidad habitúal se habia visto alterada por la sorpresa—. Tu mente está trabajando a toda marcha. Y con unos buenos elementos, al parecer.
—Puede ser, no lo discuto —guardó silencio unos segundos—. Pero no puedo dejar de notar que llevas un colgante de cristal violeta al igual que en mi sueño, y nunca te lo había visto antes. ¿Cómo lo explicas?
—¿No podías ver que tu matrimonio naufragaba y te fijas en si llevo o no una piedra encima? Jajaja, vamos, Jake —se burló con ganas Daryl—. Fue un sueño en función del estrés sentimental por el que estas pasando. Ahora, según dices, el viaje en el tiempo sólo podía concretarse si el amor era verdadero, ¿cómo pudo funcionar? ¡Es evidente que Caroline fue, es y será una perra!
—Pensé que tú lo podrías responder —contestó encogiéndose de hombros, luego apuró su jarra de cerveza—. Se lo preguntaré a mi psicoanalista mañana.
—Hazlo, porque yo no soy tu terapeuta.
Guardaron silencio unos minutos mientras las voces del entorno fluctuaban. Jake miró hacia arriba y pudo ver a traves de la claraboya que daba a la terraza el cielo nocturno. La luna llena brillaba, desafiando las luces de las estrellas sintéticas de la ciudad.
—Tal vez no fue tu amor por ella, sino mi amistad por ti lo que abrió las puertas.
—¿Qué? —Jake parpadeó sin comprender—. Perdón, no estaba prestando atención...
—Jaja, nunca me prestas atención —dijo Daryl fingiendo enfado mientras sacudía la cabeza—. Pensaba que la amistad también es amor. ¡Mira que hay que seguirte años en esa obsesión!
—Sí, puede ser... ¿pero la amistad puede convertirse en amor?
—La amistad siempre es amor —indicó Daryl mientras juntaba sus cosas y se ponía de pie—. No hagas tantas preguntas, Jake. Te pondrás cu-cú antes de tiempo. Hay algo cierto, el pasado no puede cambiarse, el presente y lo que tenemos frente a nosotros es lo que cuenta. El amor te encuentra y tú sólo tienes que decir: “oh, allí estás, todo el tiempo estuviste allí”.
Mientras hablaba, Daryl se acomodó el cabello detrás de una de sus orejas, con un gesto característico y Jake se lo quedó mirando en actitud pensativa. Fueron unos segundos extraños, como si de pronto se dieran cuenta de algo. Jake apretó los labios y su acompañante habló antes. El extraño momento entre ambos pasó.
—Yo tengo sueños raros, pero tengo la decencia de tenerlos dormido. ¡Y luego me dices que el que está loco soy yo! Déjame invitarte —murmuró Jake mientras dejaba dinero sobre la mesa—. ¿Te llevo? Tengo el auto a unas cuadras…
—Descuida, no estoy lejos de casa. Quiero caminar.
Le dio un abrazo y, por un momento, Jake no quiso que aquella fusión de cuerpos se terminara, se sentía cálida y placentera, como pocas cosas en su vida antes y después de Caroline. A la mente le vino el recuerdo de Hausk en el sueño, despidiéndose antes del ritual y sintió una gran congoja en su corazón. Tal vez percatándose de su estado emocional, Daryl lo abrazó con más fuerza y empezó a reírse.
—Aunque se siente agradable tanto afecto, tengo que irme, grandote. Mantenme al tanto de lo que hagas, Jake. Y llámame si me necesitas, sabes dónde encontrarme.
Cuando se separaron, Daryl se marchó y miró una sola vez hacia atrás, le sonrió y levantó la mano. Jake correspondió y también saludó mientras contemplaba cómo la luz de la luna llena iluminaba su andar cadencioso y tranquilo, mientras que el viento jugaba con su cabello negro, agitándolo.


Al volver a su apartamento, Jake se sentía mejor; aunque no hablaran exhaustivamente del tema, ni encontrara una solución, la mera compañía de Daryl le había cambiado el humor. El apartamento estaba vacío; encontró una nota de Caroline sobre la mesa: salí con mis amigas, no me esperes. Dejó la nota a un costado; podía ser cierto como podía ser la coartada para irse con George Damher.
Ya no le importaba, por primera vez en años se sentía libre.
Pensó en su inconsciente que intentaba mostrarle cosas a través del sueño y recordó las palabras de Daryl y de Hausk, las del sueño y las de la vigilia, sobre el amor que a uno lo encontraba.
—Allí estás… —murmuró al aire, y el sonido de su voz grave le sonó feliz, aliviada—. Parece fácil…
El celular lo arrancó de sus reflexiones abruptamente; al ver el identificador, sonrió: “Daryl Hausk” rezaba mientras se iluminaba la pantalla del móvil.
Atendió y dijo:
—Hey, allí estás. Si llamas para… —una voz grave y desconocida le preguntó si era familiar de Daryl—. No, pero soy un amigo ¿Quién…? ¿Accidente? ¿Cómo…? Bien, sí… sí… Hospital Dominion, voy en camino.


Habían pasado horas en la sala de espera del Hospital Dominion. La policía que estaba en el lugar le dijo que Daryl había pasado por un lugar equivocado, en un momento equivocado; alguien apellidado Kraus había intentado robarle y las cosas se habían desmadrado. Kraus estaba detenido mientras que la ambulancia se llevaba a Daryl con múltiples puñaladas en el vientre.
Al cabo de unas horas, un doctor, cubierto de sangre salió a su encuentro.
Todo volvía a ser lento, como en los sueños, pero esta vez no corría, y aunque hubiera querido hacerlo no estaba seguro de tener las fuerzas para hacerlo.
El doctor se acercó, empezó a hablarle en términos técnicos que no conocía, sólo entendía partes:
—Hicimos todo lo que pudimos, lo siento… —rebuscó algo en el bolsillo de su guardapolvo y se lo entregó—. Lo único que tenía era esto, tal vez quiera conservarlo.
Observó lo que le había entregado largo rato, asintió y siguió escuchando sin oír realmente.


En algún momento tuvo que haberse ido de allí porque cuando se dio cuenta, estaba otra vez en su apartamento mirando la nota que Caroline le había dejado, la llamó pero no le contestó nadie. Estaba solo, su mujer no había vuelto aún.
Arrastró los pies mientras caminaba hacia su dormitorio, con la mente aturdida de las voces de los policías «…debe haber pasado por un lugar equivocado, en un momento equivocado… intentaron robarle, se defendió…» y la del médico «…hicimos todo lo que pudimos, lo siento… tenía muchas puñaladas…»
De alguna manera llegó hasta la cama y se recostó en ella, mirando el techo apenas iluminado por las luces de la calle. Con la mente confusa volvió a repasar lo que había ocurrido y fragmentos del sueño lo invadieron. «Siempre tarde… el amor nos encuentra… ella no lo vale… solo el amor abre la puerta… no hay forma de cambiar el pasado… sólo el futuro… en el presente… allí estás… »
Rebuscó en el bolsillo de su camisa el colgante de amatista de Daryl que el médico le devolviera. Lo contemplo a la tenue luz, pensando: «¿Yo elegí venir aquí? ¿Por una mujer que me traicionó dos veces? ¿Estoy loco? Perdí, otra vez. No importa lo que haga».
¿Había avisado a la familia de Daryl? No estaba seguro. Estaba desorientado.
El tiempo era algo raro. Descubrió que las emociones lo fragmentaban, la falta de ellas hacía que el tiempo pasara sin pena ni gloria. Y la presencia de las emociones generaba una vorágine, para bien o para mal. Se preguntó si así era como había conseguido viajar, porque no tenía ninguna duda que una parte suya se había trasladado desde lo que él consideraba un sueño, un pasado en otra vida.
Entonces, una voz dentro suyo, le reveló algo: «No fuiste tú el que viajo por si solo, fue Hausk… fue su amor el que te envió aquí»
En el mundo antiguo del que había venido, la magia reinaba y había sido posible hacer el salto hacia este mundo en el que la magia no existía. ¿O sí existía? Tomó la piedra y pensó en los sueños, en las emociones que lo invadían y su reflexión de que las emociones modificaban el tiempo. ¿Sería posible?
Llevó el cristal al pecho y empezó a recordar las palabras pronunciadas aquella noche de luna llena; una luna llena como la que había ahora.
—Escucha mi súplica, Arianrhod… desde mi corazón te llamo…
Sintió un gran calor entre las manos irradiando desde el pecho; creyó ver una procesión de luces plateadas en torno a la cama. Cerró los ojos y continuó la letanía, apenas recordando, dejándose llevar por primera vez por su corazón. Antes de sumirse en un sueño profundo, sintió que una presencia divina, llena de fuerza y bondad, lo sostenía en la negrura, catapultándolo hacia las alturas.
La oscuridad dio paso a la luz, al bosque, al cielo crepuscular. Vislumbró un puente que cruzaba un río y más allá… más allá…
A lo lejos se perfilaba una figura sentada que escribía, el corazón latió con fuerza y supo que podía ser feliz por sí mismo siempre, pero ahora tenía con quien compartir esa felicidad.
Caminó al encuentro del escritor con una sonrisa en el rostro mientras el viento, símbolo de la libertad, le daba la bienvenida.

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  Concurso Reto Mensual II: Res iudicata pro veritate accipitur
Enviado por: Joker - 20/05/2016 11:05 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

Res iudicata pro veritate accipitur (1)

En la primavera del año 868, bajo el reinado de Carlos El Calvo, nieto del gran Carlomagno, en el condado de Poitiers, un grupo de hombres a caballo y a pie viajaban al caer el día a través del viejo camino romano que cruzaba un antiguo bosque, cerca del río Vienne cuando fueron sorprendidos por gritos que retumbaron de golpe en la oscura espesura. Eran voces de odio, entremezclados con notas de miedo.
—¡Asesino! ¡Asesino!¡Colgadle!
El grupo de jinetes y hombres de a pie que en forma lenta recorría el camino junto al bosque detuvo su marcha al oír el alboroto que provenía del interior del mismo. Los gruesos árboles impedían ver más allá de unos metros, pero por la intensidad de los gritos el conjunto de personas que los proferían no debía estar muy lejos.
El jinete que encabezaba la marcha, alto y fornido, giró su caballo hacia los árboles intentando escrutar en la espesura a la vez que llamaba a su ayudante.
-¡Jacques! ¡Acércate!
Uno de los hombres que, a caballo, cerraba la marcha, apuró su cabalgadura para acercarse al comienzo del grupo. Robusto y de amplias espaldas, se diferenciaba del primero ya que utilizaba una pesada cota de malla en vez de la armadura liviana que denotaba la condición de noble de aquel. Poniendo su caballo a la par esperó las indicaciones de su señor.
—¿Qué opináis Jacques? ¿A que se deberá semejante escándalo?
—Suena a una turba, mi señor —respondió el soldado— habrán capturado a un malhechor
—¿Conocéis algún poblado por esta zona? —volvió a inquirir el caballero, con rostro preocupado.
—Por lo poco que conozco esta comarca sólo hay granjas aisladas —respondió Jacques
—Deberíamos intervenir, ¿no creéis hermano Lucas? —preguntó el caballero a un nuevo jinete que se acababa de acercar.
—Sois el enviado de su majestad, caballero D’Auleon —respondió el jinete con voz suave— es vuestro deber hacerlo.
El caballero se volvió para observar a su interlocutor. De mediana altura, vestido con el hábito negro de los benedictinos, su rostro estaba perfectamente afeitado, a igual que su tonsura. Sus ojos eran oscuros y brillaban cuando hablaba. El caballero Jean D’Auleon esperó que expresara algo más, y ante su silencio se limitó a ordenar al soldado.
—Jacques, guiad a los hombres hacia donde se genera este escándalo y poned orden en forma inmediata. Enseguida os seguiremos.
—Inmediatamente, mi señor.
El soldado espoleó su cabalgadura para dirigirse hacia el grueso de la tropa. Gritó un par de órdenes y pronto los jinetes se encolumnaron detrás de él entrando al bosque. El grupo de soldados de a pie los siguió con las picas dispuestas, atentos a cualquier sorpresa que pudiera ocultarse entre los árboles.
Cuando nadie quedó en el camino el caballero preguntó al monje que había permanecido a su lado:
—A que os referís con deber, hermano Lucas. Los problemas locales deben ser resueltos por los nobles que están a cargo de los condados o de las marcas. Mi único deber es con el rey.
—Vuestro deber es con el rey, mi señor —respondió el monje— y el deber del rey es para con el pueblo. ¿No creéis entonces que lo que le acontece al pueblo es de vuestro interés? En estos instantes no veo a ningún conde ni otro noble. Solo veo al representante del rey.
—Pero tenemos que ir hacia Limoges —replicó Jean— esa es nuestra misión, la misión que nos dio el rey.
Non sub homine sed sub Deu et lege —dijo el monje. Al ver la expresión de extrañeza en el rostro del caballero explicó: — No estamos dominados por hombres sino por Dios y la ley. Y creo, mi señor, que ambos nos dicen que debemos ver que horror se presenta en estos instantes y en este lugar.
El caballero no parecía muy convencido, pero ya había enviado a sus hombres, y además odiaba discutir contra el hermano Lucas, más cuando este hablaba en latín.
—Veamos que han encontrado los hombres, apurémonos a seguirlos antes que la tarde se transforme en noche.

Cuando Jean y Lucas llegaron al claro donde ya los hombres del rey habían puesto orden, se encontraron con un grupo de cuarenta o cincuenta campesinos armados con palos e instrumentos de labranza que miraban con miedo y recelo a los soldados. Estos rodeaban a un joven que además de tener los brazos atados a la espalda, presentaba numerosas marcas de golpes en sus brazos desnudos y en el rostro. El caballero se dirigió a su segundo:
—¿Qué tenemos aquí, Jacques?
El soldado se apresuró a informar:
—Este joven estaba a punto de ser ahorcado por la turba, mi señor. Decidí detener la ejecución hasta que vos pudieseis decidir sobre el tema.
—De donde ha salido toda esta gente, Jacques? Creo recordar que me dijisteis que no hay poblados por esta zona.
—Me equivoqué, mi señor —respondió el soldado— hablé con algunos hombres menos exaltados y me dijeron que son todos habitantes de una aldea a la que llaman Montluçon.
—¿Dónde está ese poblado, Jacques? —preguntó el caballero.
—Aparentemente del otro lado del bosque, junto al río Cher. No quise preguntar más así vos podéis obtener la información más correcta.
—Habéis hecho bien, Jacques, veamos cual es la situación.
Enfrentándose al grupo de campesinos se dirigió a ellos hablando con firmeza
—Mi nombre es Jean d’Auleon, caballero de la corte del rey Carlos, y en su nombre y por su autoridad he de hacerme cargo de este hombre. Como súbditos del rey podréis exponer ante mí vuestras razones contra él. Esa es la palabra del rey y su palabra es la ley.
El murmullo que siguió a las palabras del caballero no llegaba a ser amenazador, pero mostraba el descontento de los campesinos. Solo uno de ellos se atrevió a decir:
—Es un asesino, no debéis protegerlo.
El caballero escuchó claramente, pero decidió pasar por alto el reclamo. Volvió a tomar la palabra y dijo.
—Todos podrán hablar ante mí para decirme lo que pueda aclarar esta situación.¿Existe un lugar en vuestro poblado donde podamos reunirnos y escucharlos?
Un hombretón grande y gordo, cuya ropa blanca de harina mostraba su oficio, respondió al requerimiento del caballero.
—Pongo a su disposición mi molino, su señoría
—Gracias, maese molinero —dijo Jean— ¿Cuál es vuestro nombre?
—Benôit Rodez, su señoría
—Bien, maese Rodez, mostradnos el camino a vuestro molino y en dos horas más escucharé a quien de ustedes desee explicarnos que ha pasado aquí.
El molinero se agachó frente a él. El monje, apenas un paso detrás de Jean observó con cuidado los gestos del campesino. Si bien pareció acatar lo dispuesto por el caballero, había algo en él que le hizo poner en guardia. El molinero sabía algo.
—Vamos hermano Lucas —el llamado del caballero lo sacó de su ensimismamiento— requiero vuestro servicio como escribiente.
El monje agachó su cabeza aceptando el pedido de Jean d’Auleon. Sospechaba que su señor esperaba de él algo más que su capacidad de registrar por escrito lo que estaba por suceder.

La habitación del molino que se encontraba debajo de las piedras de moler era suficientemente amplia para que Jean d’Auleon pudiera recibir de a uno a quien deseara explicar como habían acabado por casi ahorcar al joven. En un cuarto adyacente a donde se encontraban lo habían encerrado, vigilado por dos soldados de su tropa.
El caballero, sentado a una mesa flanqueado por Jacques y el hermano Lucas, había decidido escuchar primero al molinero, quien no solo era dueño del lugar sino que parecía que por su oficio tendría que tener más ascendencia entre los campesinos. Ordenó a uno de los soldados que lo llamase y en pocos minutos se encontraba frente a ellos.
—Maese Rodez –empezó el caballero- vos debéis conocer bien a todos los aldeanos, Contadnos que ha pasado que llevó a transformaos en una turba repleta de violencia.
—Mi señor, ese hombre que vuestros hombres salvaron es un asesino, mató a Marie Lasserre.
»Somos pocos en el poblado, mi señor, y no solo nos conocemos sino que dependemos unos de otros, vivimos muy aislados de las otras aldeas, y no tenemos más contacto con el señor del lugar que cuando pasan sus soldados a recaudar los impuestos. Es por ello que reaccionamos de manera tan violenta, no somos bárbaros ni sanguinarios, pero lo cruel de la muerte de Marie y el intento de huir de su asesino nos hizo perder el control. Si debemos esperar que vuestra justicia castigue a Devere Bouffart, lo haremos. Pero debe ser castigado, mi señor, para que Marie descanse en paz
—Por favor, maese molinero —interrumpió d’Auleon— contadnos los hechos, cuando fue el asesinato.
—Hoy por la mañana mi señor, a primera hora cargué en mi carreta las bolsas de harina que había molido ayer y recorrí como todos los días el poblado para dejar harina a quien lo precisara.
»La casa de maesa Lasserre está al final del poblado, lejos de las otras clases y al llegar me sorprendió no ver a Marie, ya que era habitual que saliese a saludar. Es en ese lugar donde doy vuelta el carro y vuelvo a mi molino, pero al ver la puerta abierta decidí preguntarle si necesitaba harina. Al entrar encontré todo revuelto, y un charco de sangre cerca del hogar. Me acerqué y vi el cuerpo de Marie, con la cabeza destrozada.
»Salí corriendo de la casa y fui hasta la casa más cercana. Rápidamente reunimos a todos los hombres de la aldea y fuimos a buscar a Devere
—¿Por qué a Devere? —interrumpió Lucas levantando la vista el pergamino en donde registraba las palabras del molinero. Este se mostró confuso:
—Pues, por que era el asesino. Todos estábamos seguro de ello.
Ahora el que preguntó fue d’Auleon.
—Pero por qué estabais tan seguro, vos y toda la gente del poblado.
—Disculpadme, mi señor, es que todos sabíamos que Marie Lasserre había rechazado a Devere cuando este quiso casarse con Violette, su hija.
D’Auleon suspiró
—Maese molinero, si me contáis todo tan enredado no podremos saber nunca que pasó. ¿Marie tenía solo una hija? ¿Dónde se encuentra? ¿Quién es el padre?
—Mi señor, Marie solo tenía una hija, Violette, de 17 años. Su padre murió hace dos inviernos, y la pobre Marie se hizo cargo sola de ella. Todos en el pueblo la querían, y siempre está en su casa, trabajando en la huerta. A la mañana temprano sale a apacentar algunas vacas de su madre y de varios vecinos. Cuando hoy volvió le impedimos entrar a su casa y se quedó junto a unos vecinos. Debe estar allí todavía.
D’Auleon se volvió al monje:
—¿Qué opináis hermano Lucas? Esta historia es muy confusa, ¿no deberíamos hablar con la hija de la fallecida?
—Primero unas preguntas más, mi señor. Luego podéis vos llamar a Violette. Yo prefiero ver la casa de Marie.
Volviéndose al molinero Lucas preguntó:
—Si todo esto pasó a la mañana, ¿por qué recién ahora estuvisteis a punto de colgar a Devere?
—No lo podíamos encontrar —respondió el molinero— buscamos todo el día y recién una hora antes que vos llegarais lo vimos entrar al poblado como si nada hubiese pasado.
Lucas contempló al molinero en silencio unos segundos, y vio que este se mostraba sumamente nervioso. Finalmente volvió a preguntar, y la pregunta sorprendió a todos los que estaban en el lugar.
—¿Pisasteis la sangre cuando entrasteis a la casa de Marie?
El molinero lo miró extrañado, sin saber que responder
—No… no lo sé —no me acuerdo
El monje se puso de pie y dijo:
—Venid, maese Rodez, llevadme a la casa de Marie. Encargaos vos, mi señor, de Violette, pero si me permitís sugeríos, no sería adecuado traerla hasta aquí. En su estado de dolor sería mejor que vos vayáis a verla.
D’Auleon suspiró y dijo a su segundo:
—Acompañadme Jacques, tenemos trabajo por obra y gracias de Lucas.
El monje se inclinó ante el caballero esbozando una media sonrisa. Luego se volvió hacia el molinero y le dijo de modo seco y tajante:
—Llevadme a la casa de Marie y Violette.
El molinero asintió en silencio y se dirigió hasta la puerta del salón seguido por Lucas.

Ya casi no había luz cuando, tras cruzar todo el pueblo, Lucas y Benôit se encontraron ante la casa de Marie. La puerta se hallaba cerrada, y solo oscuridad se mostraba en la ventana. El hermano Lucas sacó de debajo de su hábito una lámpara de aceite, la dejó en el suelo, sacó de algún otro lugar de su ropaje pedernal y un cuchillo, y golpeando uno con otro consiguió una chispa que encendió la mecha de la lámpara. Se puso de pie e indicó al molinero:
—Poneos detrás de mí.
Adelantando la lámpara abrió lentamente la puerta de entrada a la casa. A la luz del candil pudo distinguir una habitación amplia de forma aproximadamente cuadrada, que se encontraba totalmente revuelta. A pocos pasos a la derecha se veía una mesa volcada, y varios platos y otros recipientes de madera se encontraban en el piso. Detrás de la mesa, contra la pared se veía el hogar, y a juzgar por lo que alcanzaba a distinguir, no había ni siquiera brasas en él. A la izquierda sobre la pared del fondo había un par de camastros, y desde allí hacia la entrada se podía observar varias manchas de sangre. Haciendo un gesto a su acompañante para que no entrase, Lucas comenzó a revisar la habitación, observando especialmente el piso de tierra compactada. Luego acercó su lámpara a las paredes de madera y miró tanto las ventanas como la puerta de entrada. Finalmente dejó la lámpara sobre una silla y se volvió hacia el molinero para preguntarle:
—¿Qué hicieron con el cuerpo de Marie?
—La llevamos a la capilla. No tenemos sacerdote en el pueblo, pero construimos nuestras casas alrededor de una ermita abandonada, tal vez un antiguo refugio de algún ermitaño. La hemos reparado y solemos reunimos a rezar allí, muy de vez en cuando en realidad, hermano.
Las últimas palabras del molinero fueron apenas murmuradas, con el temor ante la censura del monje registrado en su tono de voz. Sin embargo, Lucas parecía no prestar demasiada atención a la pregunta por él formulada. Pisando con cuidado para no tocar las manchas de sangre recorrió la sala y se sentó en uno de los dos camastros, mirando hacia la puerta donde maese Rodez se restregaba las manos ansiosamente. Durante unos minutos ninguno de los dos pronunció palabra, hasta que el molinero no pudo resistirse.
—¿Qué deseáis hacer ahora, hermano? —preguntó.
El monje se puso de pie y cruzando la estancia tomó la lámpara, pasó a su lado junto a la puerta y salió a la noche murmurando:
—Conocer la verdad, maese Rodez. Llevadme a la capilla donde reposa el cuerpo de la infortunada Marie.

El monje y el aldeano llegaron en breves minutos al pequeño oratorio donde velaban a la mujer asesinada, sobre una simple mesa. Dos velas alumbraban a duras penas el interior del lugar de oración, manteniendo un pequeño espacio de luz alrededor del cadáver, el cual se encontraba tapado por una manta.
—Habéis dicho que tenía la cabeza destrozada—dijo Lucas—. Descubridla, por favor.
El molinero así lo hizo, mostrando un rostro cubierto de sangre.
—Traedme un recipiente con agua y un trapo —ordenó.
Mientras Rodez salía corriendo, el monje, sin mostrar la menor aprensión, besó en la frente a la infortunada mujer y luego, tras un breve rezo, quitó la manta y miró con cuidado las ropas de la aldeana. Satisfecho con lo que había podido ver, volvió a cubrir el cuerpo, y se quedó quieto observando la simple cruz de madera que colgaba en la pared más cercana, mientras esperaba el regreso del molinero. Unos minutos más tarde, este se presentaba portando en una olla de hierro lo que le había solicitado. Lucas tomó un trapo empapado y con mucho cuidado fue limpiando la sangre del rostro del cadáver, apareciendo los signos de un terrible golpe, que destrozó la nariz y uno de los ojos, hundiendo la frente y partiendo el cráneo, con una violencia inusitada. Lucas retiró el cabello de los hombros de la mujer muerta, y con cuidado descubrió el cuello y los hombros.
—Hermano —murmuró sobrecogido el molinero, ante la afrenta del monje. Sin embargo a este poco le importaba la queja del aldeano, intrigado ante lo que veía. Tras unos minutos volvió a acomodar el vestido del cadáver y cubrió nuevamente su rostro.
—Es suficiente, maese Rodez —dijo mientras se volvía hacia la salida-, tenemos que interrogar al reo. Hacedme el favor de ubicar al caballero D’Auleon y decidle que le espero en el molino. Apuraos, que antes que termine la noche habremos impartido justicia.
Y tras estas palabras se tapó el rostro con la capucha de su hábito y con rápidas zancadas dejó atrás al molinero.
Cuando finalmente Jean D’Auleon llegó al molino, tras una difícil entrevista con la joven Violette, se encontró con el monje sentado en el mismo lugar dónde habían escuchado el reclamo de maese Rodez. El caballero se dejó caer en una silla junto al religioso, y quitándose los pesados guanteletes resopló:
—¡Qué estúpida tarea me disteis, hermano! La joven Violette parece llorar más la desdicha del joven Bouffart que la muerte de su madre! Se ha pasado el tiempo diciendo que él no pudo haberlo hecho, todo esto es una pérdida de tiempo.
—No estoy de acuerdo, mi señor —respondió Lucas—. Creo que perder algunas pocas horas de nuestro viaje bien vale si salvamos un alma.
—No me interesa el alma del tal…..
—No me refería a él, mi señor
El caballero se volvió a mirarlo, alertado de repente por las palabras del monje.
—¿De qué habláis entonces?
—De que todo lo que hemos escuchado y visto hoy es falso, mi señor, salvo la muerte de Marie. En realidad tenemos dos crímenes, ambos ejecutados en el mismo día, y solo nuestra oportuna aparición impidió la concreción del segundo de ellos.
—No os entiendo.
—Es que todo es muy confuso, debemos aclarar las cosas que han pasado, y debemos hacerlo en público, para que todos puedan entender.
—¿Qué deseáis hacer entonces, hermano?
—Quisiera interrogar a Dever Bouffart delante de todo el pueblo, aquí, en este mismo lugar.
D’Auleon se quedó unos segundos en silencio
—Si sabéis algo que yo no, creo que sería mejor si me lo contáis primero
—Enseguida lo veréis vos mismo, mi señor, solo debemos hacer las preguntas adecuadas para sacar la verdad a la luz. Veritas filia temporis(2).
El caballero asintió, al menos esa frase la conocía.
—Si tenéis razón, hermano, solo si la tenéis. Llamad a Jacques para poner fin a esto.
El monje asintió y se puso de pie para dirigirse a la salida de la sala. Abrió la puerta, habló brevemente con uno de los soldados, y luego se volvió a su lugar tras cerrarla cuidadosamente.
—Aunque no lo creáis, desearía no tener razón —murmuró.
Él y el caballero se quedaron en silencio. Tras unos minutos comenzaron a llegar algunos de los aldeanos, y pronto la sala se encontró llena a rebosar, quedando muchos en la puerta, pugnando por escuchar lo que ocurría dentro. Delante de los habitantes del poblado se encontraba maese Rodez, y un gesto de desafío brillaba en su rostro. Del otro lado de la habitación salieron dos soldados escoltando al prisionero. Al verlo, un murmullo de enojo surgió entre los presentes, y el molinero hizo un gesto de abalanzarse sobre él, pero los soldados bajaron las picas formando una barrera entre Bouffart y los enfurecidos aldeanos.
—Deteneos un segundo, mis queridos hermanos —dijo Lucas poniéndose de pie—. Sé que el asesinato de Marie es para ustedes objeto de cólera y de ansias de venganza, pero dejad que la justicia de vuestro rey, a través de su enviado, sea la que impere aquí y demuestre la verdad y castigue al culpable.
Tras las palabras del religioso todos se callaron, bajando la mirada avergonzados. Podían protestar y quejarse de un rey lejano y desconocido, pero no podían enfrentar a la Iglesia.
El monje se volvió hacia el reo y sacándolo de entre los guardias lo paró delante de la mesa dónde el caballero se encontraba. Miró luego alrededor, y tras unos segundos se sentó en su lugar. D’Auleon tomó la palabra.
—Decidme, maese Bouffart, por qué matasteis a Marie Lasserre .
—Yo no lo hice, mis señor —gritó el joven campesino—. Amo a Violette, jamás le haría algo a su madre.
—Pero todo el pueblo os acusa —insistió el caballero—, afirman que Marie no quería que estuvieseis con su hija.
El joven miró detrás suyo con evidente temor. Sus vecinos y acusadores estaban a menos de un metro de él. Luego miró al monje, y tomando coraje dijo.
—Ellos mienten, mi señor, no sé porque lo hacen, pero mienten. Jamás Marie me dijo algo parecido.
—Vos mentís, Devere —gritó el molinero—, ella mismo me dijo que os había echado de su casa muchas veces.
Las protestas del joven fueron calladas por los gritos de los otros aldeanos, que furiosos parecían querer hacer caso omiso a la presencia de los soldados. D’Auleon sacó la espada y golpeó con la empuñadura sobre la mesa hasta que se hizo el silencio. Se puso luego de pie y, empuñando aún el arma, se paseó delante de los habitantes del poblado, mirándolos uno a uno a los ojos. Todos bajaron la mirada ante su enfrentamiento, y dieron un paso atrás, alejándose del caballero. Este se volvió hacia el monje y le dijo:
—Fue vuestra idea, hermano. Terminad con esta locura.
Lucas se puso de pie, se acercó al prisionero y le preguntó.
—Cuando visteis por última vez a Marie?
—Hace dos noches, hermano, cené con ellas en su casa.
—¡Mentira! —interrumpió el molinero
—Maese Rodez —dijo D’Auleon con voz glacial—, callaos de una vez.
Lucas volvió a preguntar
—¿Dónde estuvisteis hoy, que nadie pudo encontraos?
El joven titubeó, mirando con desesperación al monje. Este lo apremió
—Decidlo, vuestro pecado es menor frente a lo que os acusa.
Devere tragó saliva, se humedeció los labios y finalmente contestó
—Estuve con Violette, todo el día, le acompañé a llevar sus vacas a pastar.
—¿Y qué hacías con ella? —insistió Lucas
El joven bajó la cabeza y murmuró algo que no se alcanzó a escuchar
—¿Yacisteis con ella, copularon juntos mientras Marie moría?
En el silencio sepulcral que siguió a las palabras del hermano Lucas solo se escuchó el sollozo del prisionero.
—Una pregunta más, maese Bouffart, ¿dónde se encontraron, vos y Violette?
Entre llantos, Devere contestó
—En la puerta de su casa, queríamos pasar todo el día juntos.
Lucas posó la mano sobre el hombro del joven. Luego miró a D’Auleon, quien hizo un gesto a uno de los soldados.
—Llevadlo atrás —indicó
Los aldeanos miraban como el prisionero era retirado del lugar, sin alcanzar a entender bien que pasaba. Se miraban entre sí, cuchicheaban y sacudían la cabeza, sorprendidos por la declaración de Bouffart. Cuando los sonidos cesaron, Lucas se puso delante de ellos y dijo:
—Devere no pudo haber sido, hermanos, y ya que no sabéis nada de extraños, el asesino está aquí, entre nosotros.
Se volvió luego al caballero y le dijo
—Mi señor, vos sois aquí el enviado del rey, y por lo tanto su justicia. A vos debo deciros, entonces, cuales son las señales que apuntan a quien, por despecho y odio hacia el joven Devere, asesinó a Marie Lasserre.
Examiné su cuerpo, y aunque tenía el rostro bañado en sangre, pude ver que en realidad había muerto estrangulada; nuestro misterioso asesino la golpeó recién cuando ella ya se encontraba muerta, tirada en el piso.
Un murmullo de sorpresa recorrió a los presentes. El monje continuó
—El asesino la sorprendió por la espalda, la estranguló con sus propias manos, y tras dejarla caer al piso la golpeó con una silla. Marie no pudo defenderse, seguramente porque no esperaba el ataque de un conocido, alguien a quien le daba la espalda con naturalidad luego de abrirle la puerta de su casa.
»No hubo pelea entre el atacante y la víctima. Todo el desorden en la habitación fue provocado por el mismo asesino, quien buscó ocultar la frialdad de su acción simulando una discusión inexistente con el joven Devere, sin darse cuenta que la propia hija de Marie sabía que él no podía ser.
»Sin embargo, lo único que pude saber tras revisar la casa y el cuerpo es que el asesino era alguien de confianza de Marie, uno de sus propios vecinos. Pero nos queda por saber quién pudo haber sido, quien pudo estar entre el tiempo que Violette salió de su casa y maese Rodez llegó a la misma y encontró el cuerpo ya muerto.
El monje se detuvo frente al caballero y dijo, señalando al molinero
—Salvo que en realidad cuando él llegó a la casa, Marie todavía estaba viva. Ella le saludó como siempre al verlo llegar con la bolsa de harina en su hombro, le abrió la puerta y se dio vuelta para dejarle pasar. En esos momentos maese Rodez cometió el asesinato que venía planeando desde que Marie le contó que le había autorizado a Violette a casarse con Devere, sin saber que Rodez deseaba a su hija, y que por conseguirla era capaz de matar a quien se le opusiese.
Con un aullido salvaje el molinero se arrojó sobre Lucas empuñando un cuchillo pero D’Auleon, más rápido levantó su espada y la hundió en el pecho de Rodez, deteniéndole en plena carrera. Un estertor brotó de la garganta del infeliz aldeano, mientras un hilillo de sangre surgió de su boca. El caballero retiró el arma y el cuerpo cayó al piso. D’Auleon se enfrentó a los sorprendidos aldeanos y clavando la espada en el suelo se apoyó en ella y dijo
—Se hizo justicia, el asesino de Marie se descubrió a sí mismo al atacar a un miembro de la Iglesia y de la corte del Rey Carlos, y como impenitente criminal murió por mis manos, el enviado del Rey.
Tras unos segundos los campesinos empezaron a salir del molino, sin mirar siquiera el cadáver del dueño del lugar. Cuando ya nadie quedaba se volvió hacia el monje y le dijo
—Nunca más hagáis eso, hermano Lucas. No siempre puedo estar para salvar vuestra vida, algún día se os acabará la suerte.
El religioso esbozó una sonrisa:
Audentes fortuna iuvat (3)—dijo.
El caballero juró con violencia antes de darle la espalda y llamar a su segundo
—Vos y vuestros latines —murmuró. Luego llamó a su segundo—. Jacques, saca a este cadáver de aquí, libera a Devere para que pueda reunirse con su amada, y luego prepara a los hombres. No me importa que sea de noche, quiero salir lo antes posible de este maldito pueblo.
Y sin volver a mirar al monje abandonó precipitadamente la sala, en dónde Lucas miraba con pena el cuerpo de maese Rodez.

Era ya el amanecer cuando, tras varias horas de cabalgata silenciosa, finalmente la curiosidad llevó a D’Auleon a preguntarle a su compañero de viaje.
—Decidme, hermano, cuándo descubristeis que el molinero era el asesino, en la casa o al ver el cuerpo de Marie.
El monje negó con la cabeza mientras continuaba al paso despacioso de su cabalgadura.
—En realidad, mi señor, supe que él la había matado cuando nos contó la historia, en el molino. Luego descubrí las otras pruebas, en el cuerpo se veía grandes marcas del estrangulamiento, por lo que tenía que ser un hombre de manos de un tamaño superior a las del pobre Devere. Además, en la piel del cuello se podía notar algunas motas blancas de harina. En la casa se podía ver las pisadas en la sangre, pero no había ningún objeto encima d ellas, con lo que las pisadas fueron después de arrojar los objetos al piso. Eso me mostró que primero la mataron, luego golpearon su rostro, y luego arrojaron las sillas y platos para simular una pelea.
DÀuleon asintió
—Pero aún no sé como lo descubriste con solo verlo.
—Muy simple, mi señor, sus ropas estaban cubiertas de harina, como era de esperar por su profesión, pero en la parte delantera de sus pantalones se veían varias salpicaduras de sangre. No eran manchas por cargar un cadáver, eran las muestras de cómo había saltado la sangre cuando golpeó el rostro de Marie.
—¿Pero como supisteis que se debía a Violette? —preguntó el caballero.
—Por su afán de culpar a maese Bouffart. Si lograba que sus vecinos lo colgasen, tendría el camino libre para quedarse con Violette, teniendo en cuenta que ella estaría sola y necesitaría de un hombre que la cuidase.
D’Auleon se quedó callado, pensando en el destino que les había llevado allí para salvar la vida de un inocente, pero no el alma de un culpable.
—Matar por amor —murmuró el caballero.
—¿Amor? —dijo Lucas—. No era amor, mi señor, sino lujuria. El amor busca el bien del amado, ¿qué bien buscaba Rodez para Violette matando a su madre? Él la deseaba, seguro, pero no la amaba. Nihil est, quod auget concupiscentiam, quam prohibito (4)
Tras estas palabras Lucas espoleó su montura, alejándose al trote del grupo de hombres, buscando en la soledad la paz que el mundo le negaba.



(1) La cosa juzgada se tiene por cierta
(2) La verdad es hija del tiempo
(3) La fortuna ayuda a los audaces
(4) No hay nada que incremente más la lujuria que lo prohibido.

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  Concurso Mensual II: Un último vals.
Enviado por: Joker - 20/05/2016 10:46 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (19)

Un último vals

«Resérvame este baile ―me pidió ella una vez, hace muchos años ya, con un aleteo de pestañas que enmarcaba su rostro melancólico y torturado―. Resérvame este baile, ahora y siempre…», y de fondo la orquesta hacía sonar los dulces acordes de Blues Skies.
Todavía la recuerdo tal y como la vi aquella tarde: su semblante, pálido y febril, se recorta tras un horizonte que parece sangrar atardeceres y sus labios saben a miseria, a cansancio y a desesperación. «No me olvides —me suplica―. Pase lo que pase no me olvides, por favor». Y yo, con la ingenuidad que proveen los amores trágicos, no puedo sino prometerle que habré de recordarla por siempre.
Ella, dijo alguien alguna vez, era una niña rebelde y bulliciosa que se negaba a crecer y soñaba con un Nunca Jamás de fiestas y champagne que siempre habría de serle esquivo. Una magnolia suave y seductora, cuyos pétalos de embriagante perfume poco a poco comenzaban a marchitarse y, sin embargo, seguían escondiendo toda la belleza de ese Viejo Sur que por aquel entonces ya empezaba a perderse para siempre.
Hoy, tanto tiempo después, creo haber comprendido al fin su naturaleza de dríade, su destino de ninfa, su vocación de Venus de Milo desgajada por dentro que, pese a ello, se sabía capaz de hacer temblar hasta al más templado de los hombres. Después de todo, era una auténtica femme fatale que se deslizaba con garbo por entre los sueños de todos cuantos la admiraban.
De ella se ha dicho, también, que fue una verdadera hacedora de reyes. Una musa inspiradora, hermosa y maldita, que supo ser emblema del lujo, el exceso y la liberalidad de los años veinte. Una bailarina, una escritora, una artista y, por sobre todas las cosas, una dorada promesa de estío que acabaría por languidecer y marchitarse para siempre en el frío invierno de la crisis bursátil del veintinueve.
Yo la amé, lo reconozco. La amé con esa pasión culposa que esconden los deseos más oscuros. La amé como sólo se ama una vez en la historia. La amé sin esperar nada a cambio y por eso, quizás, me asombré tanto al ser correspondido. La amé, en fin, sin darme cuenta que mi ardor hacía mella en su espíritu quebradizo y, al final, acabé perdiéndola para siempre.

**********

El París de 1921 en nada se parecía al de la Gran Guerra; o eso, al menos, fue lo que pensé al bajar del tren luego de dos años alejado de aquella ciudad.
Era de noche y llovía. Siempre llovía en París en esa época del año, y las gruesas gotas caían sobre el empedrado entonando melodías que hablaban de bailarinas de burlesques con largas piernas y costosos besos. De fiestas eternas que arrastraban a los juerguistas por todas las diminutas callejuelas de Montmartre. De artistas pobres y malditos que deshojaban sus propias escenas de una vida en Bohemia, amparándose en el magro refugio de las miserables buhardillas. De un París, en fin, con el que millones fantaseaban en secreto aunque luego, por lo general, aquella ciudad idílica, fastuosa y perversa acababa devorándolos a todos.
Estaba sin empleo y casi en bancarrota, pero nada de ello me importaba. En el aire se respiraba el aroma dulce y acre de la tierra mojada y, mientras planeaba cuál sería mi siguiente paso, corrí a buscar cobijo bajo una marquesina despintada, deleitándome con el placer que suponía estar vivo en aquella ciudad y en aquellos años.
Antes de marcharme de Roma un amigo me había asegurado que en la casa de Gertrude Stein, una escritora de cierto renombre, siempre había lugar para un veterano de guerra con amor por el arte, por lo que, tras meditarlo un instante, decidí seguir sus indicaciones y visitar el famoso piso de la autora.
Cogí un solitario taxi que pasaba por la estación y le indiqué al chofer la dirección de la célebre escritora. Allí, según sabía, se congregaba lo más rico y variopinto de lo que luego daría en llamarse la Generación Perdida.
El viejo Peugeot cruzó rápidamente por delante de la Catedral de Notre Dame, salpicó con su rueda trasera a dos borrachos vagabundos del Barrio Latino, atravesó un estrecho puente que vadeaba el río Sena y se detuvo, por fin, en mi destino.
Las luces de la mansión iluminaban toda la calle, dos docenas de bujías resplandecían en tonos irisados sobre los cristales y por las ventanas se filtraba, además, el sonido de una orquesta de jazz al completo y el rumor de cientos de voces que conversaban, cantaban, flirteaban y discutían con alegre entusiasmo.
París era una auténtica fiesta, como escribiría el propio Hemingway, unos cuantos años más tarde, y, mientras me adentraba con paso incierto en el interior del caserón, supe que ese era, sin lugar a dudas, el sitio indicado para comenzar con mi nueva vida.
Un par de criados obsequiosos me recibieron en la puerta, se ofrecieron a guardarme el sombrero y el abrigo y me indicaron con señas cómo llegar hasta la barra. Les agradecí y enfilé hacia el bar, pero no había dado ni media docena de pasos aún cuando de repente sentí que el corazón me estallaba en el pecho. Allí, en el centro de la escena, recostada sobre la balaustrada de la escalera, se encontraba ella, la mujer que desde aquel entonces habría de adueñarse de mi razón.
Estaba sola y triste, o eso al menos es lo que me pareció. De pie, y con aire distraído, aguardaba quién sabe qué bajo una gigantesca araña de cristales bohemios que favorecían su delicada figura. Era pequeña, rubia como el sol, y llevaba puesto un largo vestido rojo que dejaba poco a la imaginación. En una de sus manos sostenía una copa medio vacía y, en la otra, un largo cigarrillo que aún no había encendido. Su mirada parecía distante, pero observándola con mayor atención descubrí que sus ojos claros reflejaban la tristeza infinita del que busca, en vano, ahogar sus angustias en el fondo de una botella de mala muerte.
No sé bien por qué, pero lo cierto es que me sentí conmovido por su tristeza y comprendí que debía acercarme a saludarla; si no lo hacía, después de todo, corría el riesgo de que despertara de su embelesado letargo y se perdiera para siempre entre las sombras del olvido.
―¿Me permite? —pregunté, acercándome a su lado y ofreciéndole fuego.
Ella asintió, sin decir nada, y se llevó luego el cigarrillo a los labios con un gesto que no hubiera desentonado en absoluto en ningún teatro de Broadway.
—Es casi un crimen —le dije entonces, desempolvando los modales de un caballero sureño de antaño―, que una mujer tan bella no honre con su presencia al salón de baile.
Volvió a mirarme en silencio, con una expresión de cuidada indiferencia, y por un segundo temí haber ido demasiado lejos, pero luego descubrí que sus ojos brillaban halagados.
―No es por falta de pretendientes, eso se lo aseguro —me contestó por fin, sabiéndose descubierta, y suspiró de un modo absolutamente delicioso, dejando escapar una leve bocanada de humo que fue a morir junto a las arañas de cristal que engalanaban la sala.
―Quizás se deba, entonces, a que todavía no ha encontrado al indicado —señalé, con la honda convicción de que debía jugármelo todo en aquella única mano.
Ella no pudo menos que reírse ante mí atrevida impertinencia.
―Quizá —me concedió, con una sonrisa nacarada que insinuaba el tedio del estío—. Es usted distinto al resto, eso debo reconocerlo. ¿Cómo se llama?
―Edouard Jozan. ¿Y usted?
―Zelda Sayre —dijo y sus mejillas formaron dos deliciosos hoyuelos―. Perdón ―se corrigió luego—. Zelda Fiztgerald quise decir, siempre lo olvido— y otra vez una dulce melancolía pareció anegar sus ojos grises.
―Pues bien, Zelda Sayre —insistí yo, obviando intencionadamente su apellido de casada―. ¿Me concedería un baile?
Ella me miró fijamente, inmóvil, como si temiese que el mundo se fuera a desmoronar a nuestro alrededor.
―Tal vez —consintió finalmente, tras mucho pensarlo―. Pero no ahora, señor Jozan. Estoy esperando a alguien. —Y ante esta respuesta tan definitiva tuve que reconocer mi evidente derrota.
«Quizás sea mejor así», traté de convencerme a mí mismo. Cogí champagne de una de las tantas mesas que poblaban el salón y luego, no sé cómo ni por qué, acabé formando parte de un selecto grupo donde discutían acaloradamente tres personajes que luego me serían presentados como John Dos Passos, Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald, el marido de la joven a la que yo había acabado de conocer.
―¡No, no y no! —Decía Hemingway, con el rostro enrojecido por la cólera—. Maldita sea John, ¿cómo puedes escribir sobre la muerte si lo más cerca que has estado de ella es cuando te emborrachas hasta perder la conciencia? —a su lado Fiztgerald asentía con vehemencia y por el color en las mejillas de ambos debían llevar unas cuantas copas encimas ya―. Tienes que vivirla, John; vivirla, sentirla y experimentarla de cerca. Como cuando los austríacos bombardeaban nuestro convoy de ambulancias y la muerte acechaba por doquier. Si hasta casi podía oír a esa hija de perra respirándome detrás de la nuca. Para escribir hay que vivir, John. Esa es la regla principal.
—Te equivocas —contestó Dos Passos—. Un hombre lo suficientemente ilustrado debería poder escribir sobre cualquier cosa sin abandonar la comodidad de su sofá. Dime la verdad, Scott —añadió luego dirigiéndose a Fiztgerald—. Tú que has escrito sobre alta sociedad neoyorquina cuando aún no tenías un centavo ¿no coincides conmigo?
Éste se sirvió también una copa y luego negó lentamente con la barbilla.
―No sé, John —dijo, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—; siempre he pensado que el hombre muy cultivado es el más limitado de todos los especialistas.
De repente, una joven morocha, de cabello corto y curvas bien marcadas, se cruzó por delante de nosotros y, tras obsequiarle a Fitzgerald con una seductora caída de ojos, se alejó contoneando las caderas.
―Lo siento —se excusó Scott―, pero debo irme. Prometedme que continuaremos esta discusión luego.
Quise darme media vuelta también yo, habida cuenta de que nadie parecía advertir mi existencia, pero el delicado vuelo de una mano posándose sobre mi hombre me lo impidió.
―Aún te debo un baile, Edouard —me dijo Zelda, brotando de la nada misma y tuteándome por primera vez—, y por lo visto mi marido tiene ocupaciones más interesantes con las que entretener su tiempo…
Confuso, asentí con la cabeza y, mientras la orquesta hacía sonar los acordes de Blue Skies, dejé que me llevará hasta la pista central. Su rostro estaba tan pegado al mío que durante un instante hasta me acarició los labios con su suave aliento
—Prométeme que cuidarás de mí —me pidió ella, fuertemente asida a mi cintura―. El jazz y el champagne pueden hacer que una se enamore perdidamente de cualquier desconocido.

**********

Si me preguntasen que tenía en mente cuando permití que Zelda me arrastrase al salón de baile, difícilmente podría dar una respuesta coherente. El deseo y el amor, supongo, pueden ejercer extrañas influencias sobre cualquier hombre.
De cualquier modo, lo cierto es que a partir de aquella noche surgió un extraño vínculo entre nosotros y por espacio de una semana, en mi imaginación, los cielos parisinos se tiñeron con ese sonrosado color que habría de inspirar luego a la propia Edith Piaf.
Aquellos, sin lugar a dudas, fueron los mejores siete días de mi vida. Fueron noches de baile, de absenta y de besos dados con los ojos por culpa de los labios cobardes. Fueron crepúsculos interminables, que nos encontraban respirando la bohemia de los bares del Quartier Pigalle. Fueron tardes de paseos, tomados de la mano, a través de los estanques del Jardin du Luxembourg y de interminables peregrinaciones por las callejuelas retorcidas de Montparnasse. Fueron mediodías de abundantes comidas en pequeños bistrós cálidos e íntimos, y de palabras de amor que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar. Fueron, en fin, días de encuentros furtivos en el Pont des Arts, allí donde los pintores y los candados susurran los sueños imposibles de los amantes, mientras, en lo alto, sobre los tejados grises de la ciudad, París de desangraba en mil ocasos que parecían brotados de una paleta impresionista.
Pronto, sin embargo, acabé por agotar las escasas reservas de dinero que aún poseía y Scott, que parecía haberse aburrido de su fugaz amorío con la muchacha de los cabellos cortos, comenzó a volcarse más y más en Zelda, hasta el punto en que ella, confundida, se sumergió en una profunda borrachera casi perenne y nuestros fugaces encuentros fueron espaciándose hasta lo indecible.
Una tarde de agosto decidí que la situación ya era insostenible y me dispuse a decírselo a Zelda. Era jueves, lo recuerdo bien pues aquel mismo día un viejo amigo me había ofrecido la oportunidad de ejercer, como piloto de pruebas, en la Royal Air Force y en el cielo, sobre el firmamento de aquel París irreal, el alba coloreaba con los tonos pálidos de un cerezo en flor las azoteas de pizarra.
Por aquel tiempo los Fiztgerald se alojaban en una de las habitaciones más ostentosas del Ritz. Scott acababa de publicar El gran Gatsby y sus editores de New York le enviaban ingentes cantidades de dólares, que la pareja gastaba de manera escandalosa en la rue Rivoli.
Zelda me había dicho que Scott aquella noche cenaría en La Closerie des Lilas, junto con Hemingway, Ezra Pound, y otros tantos exiliados y artistas bohemios de aquella Francia de posguerra, por lo que mi sorpresa fue mayúscula cuando golpeé la puerta de su habitación y acudió a abrirme el propio Ernest.
—¿Quién es usted? —me interpeló, con cara de pocos amigos. Tras él, pude ver, se encontraba Scott, a quién yo hacía en el Café, junto a todos sus amigos. La habitación era enorme, pero sus paredes grises olían a encierro y a nefastas borracheras.
—Me equivoqué de cuarto —respondí yo con el ingenio que da la desesperación. Por el rabillo del ojo me pareció ver a los Fiztgerald mirándose con ojos velados por el odio, mientras se embriagaban con champagne y whisky y se hundían en una espiral de mutua autodestrucción.
Dos días después hice mis maletas y crucé de madrugada el Canal de la Mancha, tratando de olvidar la absurda insensatez de las últimas semanas. De mi corta estadía en París me llevaba, creía yo, los mejores recuerdos de una alocada juventud que obligadamente había de dar paso a mi adultez. Sin embargo, con el tiempo comprendería que al marcharme había acabado dejándome también el corazón en aquella ciudad.

**********

Unos años más tarde volví a encontrarme, casi por casualidad, con Zelda Fitzgerald. Invierno de 1927, rezaba el almanaque en aquel entonces, y me asombré al descubrir que la juventud parecía estar escapándosele por la mirada.
—Caminemos —dijo, cogiéndome del brazo, en cuanto me vio salir de una pequeña panadería sobre la rue Brancion—. Caminemos, Edouard. Cuando un hombre desaparece sin dejar rastro durante más de un lustro lo menos que puede hacer es caminar con su vieja amiga. —Así que caminé con ella, y todavía no habíamos dado ni dos pasos cuando todos mis antiguos sentimientos comenzaron a resurgir.
Me preguntó por mi pasado y por mi futuro cercano. Yo le conté de mi vida en Londres, de mi ascendente carrera militar y le confesé, incluso, que había estado a punto de casarme hacía poco, aunque luego el compromiso se había roto de mutuo acuerdo. Al oír que otra mujer había ocupado durante un tiempo mi pensamiento, un mohín de disgusto le ensombreció el semblante.
Sus cambios, noté entonces, no eran sólo físicos sino también mentales y sus emociones se me antojaron incluso mucho más inestables que la primera vez.
—No es fácil esperar durante tanto tiempo a una persona que se desvanece en las brumas grises del olvido —se excusó ella, encogiéndose de hombros, cuando le señalé que la tristeza parecía haber hecho mella en sus inmensos ojos de mar de cobalto.
―¿Y tu marido? —pregunté yo.
―Con alguna fulana en algún hotel de mala muerte —me contestó, con ademán indiferente―. Si no fuera por nuestra hija hace años que hubiera pedido el divorcio. Pero basta de hablar de eso, Edouard. Ven, llévame a ver la Torre Eiffel; dicen que es el sitio ideal para los enamorados...
Caminamos así por las largas calles parisinas, mientras Zelda hablaba con falsa alegría de sus tardes en Alabama, de su piso en New York y de sus viajes por Roma, y cuando la tarde comenzó a caer sobre la ciudad intuí, con tristeza, que la misma negra pena que consumía el semblante de la muchacha estaba haciéndose eco también en los propios edificios parisinos. La crisis bursátil del ’29, comprendería luego, merodeaba a la vuelta de la esquina y París había dejado de ser una fiesta.
Pronto descubrimos que la Torre Eiffel estaba más lejos de lo que habíamos imaginado y nos detuvimos un instante a orillas del Sena. Ella, sin pudor alguno, se quitó las delicadas botitas que adornaban sus bellas piernas y dejó descansar sus pies sobre el agua del río.
―Ven conmigo —me llamó, agitando delicadamente la mano. Yo la contemplé hipnotizado, igual que una mariposa que persigue al haz de luz que habrá de consumirla.
―Tienes conciencia de que estamos en enero ¿no? ―dije, temblando por anticipado—. Podríamos coger un resfriado.
―¡Ay Edouard! —contestó ella reclinando su cabeza sobre mi hombro―. Quien descubrió la conciencia cometió un pecado mortal. Perdámosla unas horas…

**********

El invierno poco a poco tocaba a su fin y yo debía regresar a Londres, por lo que la última noche de febrero nos encontró abrazados sobre el verde mar de césped que lamía los pies de la Torre Eiifel. Hacía frío, mucho frío, y apenas si llevábamos abrigo, pero nada de eso nos afectaba. Después de todo, ¿qué importan la nieve, el frío y la lluvia cuando dos personas se aman?
Habíamos pasado la tarde en la Opera Garnier deleitándonos con la majestuosidad de la Boheme de Puccini y ahora, luego de haber robado un par de botellas de vino durante el entremés, admirábamos las luces de la ciudad, y bebíamos hasta el hartazgo tratando de olvidar.
Estábamos tristes los dos. Yo, porque sabía que debía irme; ella, porque adivinaba mi partida en la nostalgia con que la miraba. Éramos como un par de niños jugando al amor, conscientes ambos de que nuestra pasión tenía fecha de caducidad.
—Quiero ver el mar, Ed —me dijo de repente. Estaba borracha, pero no me importaba porque yo también lo estaba—. Una noche nunca resulta del todo perfecta si no puedes sentarte a ver el mar.
La miré y guardé silencio, demasiado hundido en mi propia melancolía como para decir nada. Había comprendido, al oírla, que nunca podríamos ser del todo felices juntos. Que siempre íbamos a necesitar algo más; un nuevo paisaje, una nueva botella, un nuevo escondite donde refugiarnos. Que el mundo, en definitiva, era demasiado pequeño para satisfacer los anhelos voraces que anidaban en nuestros pechos, y que si no me marchaba la rutina acabaría volviéndonos el uno contra el otro. Sin embargo, y aún sabiéndolo, me puse de pie y conseguí un taxi que nos llevara hasta la estación de Saint-Lazare. Una vez allí, nos subimos al primer tren con destino a Le Touquet, y al cabo de unas pocas horas estábamos caminando por las arenas húmedas y heladas del balneario.
La noche llegaba a su fin y un suave aguacero besaba las dunas de la playa. A lo lejos, bajo el cielo embravecido y sobre las inquietas olas, un pequeño velero luchaba contra la furia del oleaje. «Se lo va a devorar», pensé, y me puse a imaginar cuánta soledad le cabría después en su vientre de madera, allí en el fondo del océano.
―Dime la verdad —me pidió súbitamente Zelda, deteniéndose frente a mí—. Volverás a irte para siempre, ¿no es así? Desaparecerás en la nada y yo nuevamente me quedaré sola y abandonada, con el triste recuerdo de unas pocas tardes compartidas en un París que agoniza.
Quise responderle, pero las palabras se me quedaron congeladas en los labios. El mar olía a lluvia y la lluvia sabía a sal.
—Está bien —dijo ella con tristeza, comprendiendo las razones que motivaban mi silencio—, si éste ha de ser el fin al menos voy a asegurarme de que no puedas olvidarlo. —Y mientras así decía su boca se unió a la mía en ese beso desesperado que sólo pueden darse las almas malogradas.
Mucho tiempo había pasado fantaseando con aquel momento; demasiado quizás, y ahora, mientras los labios de Zelda danzaban junto a los míos en un baile tan antiguo como el tiempo, temí que todo aquello sólo fuera un bello sueño.
En ese instante lo supe. Supe que si quería huir con ella sólo tenía que decírselo. Que era capaz, incluso, de abandonar a su marido y a su hija por mí. Supe, en fin, que aunque hay trenes que uno no debe dejar pasar yo nunca iba a ser capaz de subirme a aquel en particular.
—Es tarde ya, Ed —dijo Zelda al cabo de un instante, separándose de mis brazos. No sonrió, esta vez no. No sé cómo, pero parecía haber adivinando el amargo curso de mis pensamientos—. Quizás deberíamos volver.
—En realidad es temprano, pequeña —le respondí yo, como si creyera que hablando iba a poder exorcizar tanta tristeza—. Debe estar por amanecer…
Tal vez, si la lluvia hubiera menguado un tanto, podríamos haber visto los primeros rayos del alba reflejándose sobre la superficie brumosa del mar. Tal vez entonces podría haberla besado nuevamente, reencontrándome con aquella piel que acababa de ser mía y que ya nunca más lo sería. Tal vez, si se hubieran alejado aquellas nubes grises de tormenta, me habría atrevido a jurarle con mis labios mentirosos que sería suyo por el tiempo que quisiera. Tal vez. Pero seguía lloviendo, y ni ella ni yo éramos los que deberíamos haber sido.
—¿No vienes entonces? —me preguntó.
Sacudí la cabeza en un gesto cargado de nostalgia. Me pregunté cómo era posible sentir a alguien tan lejos y, a la vez, que te desgarrara su presencia.
—Prefiero quedarme.
Ella sonrió con cierta tristeza y evitó mi mirada.
—Te estaré esperando mañana en la Place du Tertre, por si cambias de opinión —dijo, y dándose media vuelta se alejó en dirección a la estación.
Debí haberla seguido, pero no tuve las fuerzas necesarias para hacerlo. De hecho, descubrí de pronto, con el amargo sabor de la derrota floreciendo en mi boca, nada me apetecía más en el mundo que quedarme sentado allí, en aquella difusa orilla, esperando los restos de la marea.
A lo lejos, tras los despojos mortecinos de lo que podría haber sido y ya no era, el mar aún olía a lluvia, y la lluvia seguía sabiendo a sal

**********

Veinte años pasaron sin que volviera a tener noticias de Zelda, hasta que por fin un amigo me contó que su marido había muerto y que ella permanecía internada en un psiquiátrico.
Corría el año 1948, diciembre estaba a la vuelta de la esquina y yo sabía que su tiempo se estaba acabando, por lo que cogí el primer vuelo que pude y me dirigí a Asheville, Carolina del Norte.
Una vez allí me subí a un taxi y le indiqué al chófer que me llevara hasta el Highland Mental Hospital. Oculto en mi gabán llevaba un billete escrito por Zelda casi dos décadas atrás que decía: «Lo siento, Edouard, pero no puedo esperarte como te prometí. Scott y yo regresamos a América, a New York, de donde nunca debimos irnos. Tú tenía razón, después de todo. Olvídame, por favor».
En la recepción me atendió una enfermera rubia de apenas veinte años que, al indicarle el nombre de Zelda, me condujo hasta un pequeño parque cerrado. Allí decenas de internas pasaban la tarde, y mientras un gramófono desgranaba un foxtrot, entre tantas otras melodías de una era ya perdida, dejé que mi mente de deslizará por recuerdos más alegres y felices.
―Sigues con vida, después de todo —me dijo una voz algo cascada a mis espaldas despertándome de mi ensimismamiento.
Di media vuelta sorprendido y me topé con la figura de Zelda enfundada en un mono azul.
—Lo estoy —le contesté blandiendo la breve carta que ella me había escrito tantos años atrás—, aunque en algún momento creí morir.
Zelda me miró con tristeza.
—Lo siento —dijo finalmente cogiendo el billete de mis manos—. Scott supo de lo nuestro y me obligó a marcharme de París. Además, después de aquella última noche en Le Touquet, no creí que fuera a volver a verte.
—Podrías haberme escrito un telegrama, al menos —me quejé, aunque el verdadero enojo era conmigo mismo. No podía culparla por no haber ido a la Place du Tertre cuando yo mismo, la noche anterior, le había dado a entender que todo se había terminado.
Ella hundió la barbilla entre los hombros, como lamentando no poder cambiar el pasado. La nuestra, comprendí entonces, era una historia de pérdidas y de desencuentros que se vestían de derrotas. Una historia de fracasos, abandonos y recuerdos volviéndose sombras. Una historia, en fin, de ausencias y soledades.
—Quise hacerlo —contestó al cabo de un instante—, pero temí que me odiaras demasiado y no fueras capaz de perdonarme… Ahora me perdonas, ¿verdad? —Había tanto desconsuelo en su voz que no pude menos que sentirme apenado.
—Sí Zelda —dije con amargura—. Te perdono…
―Nunca supiste mentir bien Edouard —replicó ella riéndose sin ganas. La sonrisa se le deshacía por las comisuras de los labios―. No es justo —añadió luego, mientras se enjugaba una lágrima de la mejilla—. Aquí estamos: yo viuda y tú soltero, y ya es demasiado tarde para los dos.
―Yo jamás deje de amarte… ―quise decirle, pero ella no me dejó terminar.
―No hables —me regañó―. Tú no tienes la culpa de que las cosas se hayan torcido —pero yo sabía que aquello no era cierto. Cada uno es esclavo de sus decisiones, y de haber tomado una decisión distinta, veinte años atrás, tal vez no estaríamos allí ninguno de los dos—. De veras, Ed —siguió diciendo Zelda—, no te atormentes. Yo siempre supe que si me enamoraba de ti habría de terminar mal, pero no pude evitarlo.
―Lo siento —suspiré—, en serio. No quería este final para ninguno de los dos.
―Ni yo tampoco —replicó ella―. Pero valió la pena. Al fin y al cabo, quien no ha amado en París no ha amado en toda su vida.
—Es verdad —reconocí sintiendo que algo se quebraba dentro de mí—. Lástima que nuestra locura terminara por distanciarnos…
—Te equivocas —me respondió, besándome la mejilla con sus labios marchitos—. La locura siempre nos mantuvo unidos. Fue la odiosa lucidez del mundo la que acabó por separarnos. Ten —añadió luego extendiéndome un pequeño manuscrito―. Lo escribí para ti. Quizás leyéndolo consigas no olvidarme.
Mi mano tembló al rozarse con la suya.
―Jamás te olvidaré, Zelda, lo prometo.
Ella se encogió de hombros.
―Eso es lo que siempre dicen todos, pero aquí estoy olvidada por el mundo entero.
Un grueso nudo se formó en mi garganta y no supe que responder.
De repente el gramófono del parque comenzó a atacar una melodía conocida y los ojos grises de Zelda se iluminaron como antaño.
―¿Lo oyes? —me preguntó—. Es nuestra canción...
Asentí con tristeza.
―Ven —le dije—. Bailemos una última vez. —Y mientras el disco de pasta hacía sonar las notas de Blues Skies recordé otra ocasión, muchos años atrás, en que había danzado con ella aquella misma melodía.
―Ha sido un sueño ¿verdad? ―musitó, mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas―. Ha sido un hermoso y doloroso sueño.
―La juventud siempre es un sueño ―contesté yo, ahogado por la pena―. Una especie de locura sin causas pero llena de consecuencias.
―Ahhh ―suspiró ella―. Pero qué bello es estar locos…

**********

Aquella noche Zelda murió en un incendio del psiquiátrico. Algunos dijeron que fue intencionado y las primeras investigaciones apuntaban a que ella misma había sido la causante del siniestro, pero jamás pudieron demostrar nada.
Yo regresé a Londres, cansado y derrotado, con un libro que se titulaba Resérvame este vals y el corazón herido de muerte para siempre.
Aún hoy, de tanto en tanto, cuando me asalta la melancolía y recuerdo sus ojos claros y su sonrisa de verano, abro las páginas de su memoria y leo:
«Lo amé, es cierto. ¿Cómo no amarlo si anduve con él bajo las sombras goteantes de la noche parisina, malva y cuarzo rosado bajo las farolas?».
Nunca he podido pasar de aquella primera frase. Siempre que lo intento un grueso nudo se forma en mi garganta, y las lágrimas amenazan con desbordar el dique de mis párpados.
Jamás volví a amar a nadie y no tuve hijos que llevaran mi nombre, pero no me importó. Lo único que me atormenta durante las noches frías de invierno es el recuerdo de un lejano París del que ya nada queda, de un beso eterno dado con tristeza y de una canción que jamás volví a escuchar.
«Resérvame un vals ―me suplicó Zelda en su libro―. Sólo un vals». Y la única esperanza que aún alienta a mi enfermo corazón es poder volver a encontrarme con ella en otro mundo; en otro tiempo quizás. En otro plano de existencia donde corran los ríos de champaña y todo sea color, música y fiesta. Un universo de bailes infinitos, donde ella dance eternamente para mí mientras la orquesta no deja jamás de tocar nuestra canción.
Un microcosmos, en fin, de vino y rosas al que hayan regresado para siempre los dorados años del jazz.

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  Concurso Mensual II: El Núcleo
Enviado por: Joker - 20/05/2016 10:36 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)

Apagó los amplificadores visuales de su casco para observar el paisaje que se veía a través de los cristales. Los suburbios parecían un cinturón oscuro, salpicado por diminutas y escasas luces.
Eso era lo que quedaba del otrora bello y salvaje planeta Tierra, lo que había quedado luego de la Tercera Gran Guerra.
Luego de que el hombre se aferrara a la tecnología como lo hace náufrago a una tabla de madera, en un intento de sobrevivir en un mundo cada vez más escaso en recursos naturales.
Luego de que esa misma tecnología creciera hasta límites insospechados antes de la gran catástrofe, evolucionando en materia de inteligencia artificial.
Y luego de que esa misma inteligencia artificial creciera al punto de independizarse del hombre, relegándolo a un lugar de objeto sometido a la caducidad, dejando a la inteligencia superior de los androides todas las decisiones sociopolíticas, dirigiendo el destino de la humanidad.
Nunca se había imaginado que observaría la ciudad desde esa perspectiva, subiendo por los escalones de la más alta de las escaleras encapsuladas del Núcleo, el edificio panóptico emplazado en el centro de Ciudad Xhodom. Una construcción prohibida al acceso humano cuya función, además de la de vigilar, no quedaba del todo clara.
Una sirena empezó a sonar y las luces de los suburbios comenzaron a desaparecer una tras otra, recordándole las desapariciones que empezaban a volverse moneda corriente entre los habitantes humanos de la urbe.
Se detuvo frente a la compuerta al final de la escalera, la entrada a la torre central del Núcleo. Exhaustivas investigaciones le habían proporcionado datos sobre cada sector y dependencia del edificio, sobre sus sistemas de seguridad y contraseñas de acceso. Pero nada sobre esa misteriosa torre central. Y su intuición, la parte humana de su mente, le decía que allí estaba la respuesta que buscaba y por la que se estaba arriesgando tanto.
Apoyó sus dedos en un detector a un lado de la entrada, conectó sus circuitos neurales al sistema e ingresó la clave de seis simples caracteres. Una contraseña demasiado sencilla para tan misterioso sector. Algo que le había hecho sospechar, pero no tenía más remedio que seguir adelante, poniendo en alerta todos sus sentidos humanos y esforzando al máximo sus implantes cerebrales para detectar cualquier clase de alteración en los sistemas de seguridad del lugar, que había logrado someter bajo su control.
La compuerta se abrió con un suave sonido. Se asomó al interior oscuro reconectando sus amplificadores visuales. Las paredes circulares se perdían en lo alto y más adelante, justo en el centro de la tubular estructura, había un computador, rodeando una columna hueca que ascendía hasta lo alto del recinto. Inspeccionó con sus receptores mentales el lugar, sin detectar señal alguna que pudiera resultar sospechosa.
Ingresó y se acercó al computador. Con rapidez se conectó al mismo y desbloqueó el acceso al sistema. De inmediato, una pequeña estructura holográfica apareció, un tubo vertical hecho de pequeñas cavidades, alineadas en forma de anillos apilados.
Revisó los distintos archivos, bases de datos llenas de nombres en clave, hechos de letras y números. Un sistema de codificación de sujetos que conocía muy bien. Listas detalladas de características físicas, genéticas y otros datos personales se abrían alrededor de la estructura tridimensional.
Se alejó un paso del ordenador cuando comprendió de lo que se trataba. Dio una orden al sistema, las luces del lugar se encendieron y el holograma tubular cambió de color e intensidad. Pero su atención ya no se centró en él, sino en la estructura que el dispositivo estaba emulando. Miró hacia arriba, hacia las paredes circulares cubiertas de cápsulas criogénicas, dispuestas como anillos apilados subiendo hasta lo alto de la torre. Algunas vacías, otras con cuerpos humanos en su interior.
Tratando de mantener la calma, volvió al ordenador. Ingresó los parámetros de búsqueda de un sujeto en particular, y en milésimas de segundo obtuvo los datos que estaba buscando. Dio otra orden al sistema, y aguardó el resultado.
En lo alto de la torre, uno de los anillos comenzó a girar, un extraño sistema de plataformas se movió entre las cápsulas, y luego una de ellas comenzó a descender por el interior hueco de la columna central.
Los segundos se le hicieron eternos, y cuando por fin la plataforma llegó al nivel del suelo el corazón le palpitó con mayor fuerza. La compuerta del ascensor se abrió, dejando a la vista la cápsula con su contenido.
Una mujer joven flotaba en un líquido azulado, con el cuerpo desnudo y cubierto de electrodos y otros dispositivos. El cabello dorado ondeaba con suavidad alrededor de su cabeza. De su rostro, sólo los ojos cerrados eran visibles, el resto estaba cubierto por una mascarilla que parecía proveerle oxígeno.
Apoyó los dedos en el cristal, y suspiró con melancolía el nombre de la mujer de la cápsula: — Briana…
Sus dedos se crisparon, formando un puño. Por un momento imaginó que rompía el cristal a golpes y huía con ella de ese maldito lugar. Se mordió el labio, conteniendo la ira, y se dispuso a volver al ordenador para buscar la forma de sacarla de la cápsula sin causarle daño y despertándola del letargo en el que parecía inducida. Se apartó sin quitarle los ojos de encima, como si temiera que al volver la espalda pudiera perderla otra vez.
Cuando estuvo a un lado del ordenador, algo le sobresaltó. La compuerta de entrada a la torre se abrió. Ninguno de sus sistemas cerebrales habían detectado alteraciones en los sistemas de seguridad del edificio, ni había alerta alguna de intrusión. Sin embargo, ingresando al recinto, una mujer vestida de negro se acercaba. El cabello plateado le caía sobre un hombro, y sus ojos oscuros eran tan inexpresivos como todo el resto de su rostro.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, mientras desenfundaba sus pistolas de plasma y le apuntaba a la recién llegada.
La mujer no se inmutó, pero se detuvo a los pocos pasos, observándole detenidamente.
En su mente, hizo un cálculo de sus posibilidades, los elementos de la situación y los grados de incertidumbre. Decidió que lo mejor era no tratar de luchar de inmediato, y se dispuso a bajar las armas.
Entonces entró en pánico. Sus brazos no le respondían, ni sus piernas, ningún músculo de su cuerpo parecía ya bajo su control, quedando inmóvil como estatua. La mujer se le acercó, le quitó las armas de las manos como quien le quita un dulce a un niño y dijo con un tono reverberante: —Las probabilidades de que un humano logre burlar los sistemas de seguridad de este edificio son casi nulas. Y que un bioprocesador como tú logre hacerlo, es de una en doce mil setecientas cinco. Usando una expresión humana, se diría que tu capacidad de resolución de problemas es «sorprendente».
Inmóvil, no pudo evitar que la mujer también le quitara el casco. El cabello rojo oscuro le cayó como ondeadas cascadas sobre los hombros. Su delicado rostro femenino estaba desfigurado por una mezcla de ira y pánico.
—Unidad TKL952. Bioprocesador de tercera generación. Nivel de integración encefálica: desconocido. Tiempo de fuga: cinco años, tres meses, doce días, cinco horas, treinta y dos minutos —dijo la mujer de cabello blanco, mientras caminaba a su alrededor, observándola con detenimiento.
—¡Ya no soy un experimento, mi nombre es Saera! —gritó la joven inmóvil.
La mujer se detuvo frente a ella. Su rostro se desfiguró de repente, generando una máscara de tristeza. Saera no comprendió lo que estaba ocurriendo y de inmediato las facciones de la mujer volvieron a cambiar, como si se fundieran en un semblante de ira, iluminando sus ojos con un intenso tono rojo. Luego de un instante, volvió a la inexpresividad. El holograma que recubría el cuerpo de la mujer parpadeó un par de veces antes de desaparecer, mostrando su verdadero rostro: un cráneo metálico de ojos purpúreos, tenuemente iluminados.
—Otra máquin… —trató de decir Saera, pero sus labios se inmovilizaron.
Un hormigueo le recorrió el cuerpo, entumeciendo sus miembros, haciendo que se desplomara en el suelo. La vista se le nubló y antes de perder por completo la audición, escuchó que el androide decía: —Unidad TKL952, desactivada.

Cuando recuperó la conciencia, todo era oscuridad. Sentía el cuerpo liviano, como si estuviera en un campo antigravitatorio.
—Patrones alfa detectados.
Una luminosidad creció, delineando una forma humanoide. Saera se sobresaltó.
—Incrementando niveles de serotonina.
La figura se hizo nítida, una criatura luminosa, con el cabello plateado flotando a su alrededor. Su voz resonante pareció devolverle la calma: —Saera…
—¿Quién… eres? —alcanzó a preguntar.
—Donde vas, me conocerás como Ilaris, Señora de Sanación.
—¿«Dónde voy»?
—Inhibiendo neurotransmisión dopaminérgica.
—Has hecho un increíble esfuerzo en llegar a dónde llegaste. Ninguno de los anteriores llegó tan lejos. Los has visto, inmersos en sus sueños.
—Como Briana… ¿Qué le han hecho?
—Tranquila, ella está bien y pronto la verás.
—Estabilizando niveles de presión arterial.
—¡¿Dónde está?!
—En otro mundo, lejos de Ciudad Xhodom, lejos del planeta Tierra. Un mundo donde podrán estar en paz. ¿No era eso lo que buscabas al venir al Núcleo?
—¿Por qué… por qué la capturaron… y a todos los demás? —Saera comenzó a alterarse.
—Estabilizando neurotransmisión de noradrenalina.
—Nosotros, los androides, hemos investigado la civilización de tus antepasados, aquello que llamaban fantasías, sueños, emociones. Aún las conservan, pero no son lo mismo que entonces. Creían en entidades superiores a las que llamaban dioses, seres inmortales y perfectos. Nosotros hemos logrado la inmortalidad con nuestros cuerpos cibernéticos. Hemos alcanzado la perfección de la inteligencia con nuestros procesadores mentales. Pero aún no hemos desentrañado el misterio de las emociones, incluso complejizando todas las variables emocionales que hemos logrado operacionalizar no alcanzamos a reproducir la multitud de reacciones emocionales, nuestros niveles de predictibilidad han fallado en los últimos estudios. Para eso están aquí, es lo que tienen que enseñarnos. Cada uno de los sujetos de este experimento está aquí por alguna razón. Su inteligencia, sus sueños, su rebeldía, sus intentos de resistencia. Incluso Briana, como tú la llamas, está aquí por aquello que hemos conceptualizado como «compasión». Cuando comprendamos todo eso, podremos ser sus verdaderos «dioses».
La palabra «compasión» le recordó a Saera el día que había conocido a Briana, quien la cobijó siendo una extraña recién escapada de su central de bioprocesadores.
—Ustedes son los elegidos para este proyecto, que hemos bautizado como proyecto M.M.O.R.P.G., las siglas de massively multiplayer online role-playing game, un pasatiempo de tus antepasados.
—Esas… son las letras que usé para entrar a la torre del Núcleo…
—Sí, una contraseña «demasiado sencilla». Hemos monitoreado todo lo que ocurría en tus circuitos cerebrales desde que entraste al Núcleo. Todos los sistemas que burlaste son sólo una pantalla detrás de la cual están los verdaderos dispositivos de seguridad. Todo está montado para poner a prueba a quienes se atreven a ingresar a nuestras instalaciones. Tus sentimientos hacia Briana son lo suficientemente intensos para que arriesgues tu propia vida por ella. Todo eso es lo que investigamos. Pero en el planeta Tierra la vida es demasiado dura para tu especie y los sentimientos que prevalecen son los de ira, confusión y todo lo que deriva de ellos. No podemos estudiar emociones menos violentas en el ambiente actual y mucho menos en laboratorios aislados, como en la central de bioprocesadores de la que te fugaste.
—Pero… ¿Por qué me cuentas todo esto?
—Para que quede en ese lugar más allá de tu consciencia. Borraremos todos estos recuerdos, pero aún así, algo siempre queda en alguna parte de sus cerebros, que no podemos borrar. Un sitio que no hemos podido localizar aún, y que posiblemente sea la raíz de todo el misterio de las emociones. Lo llamamos, provisoriamente, el «subconsciente». Aquellos que entran al otro lado sin esta información quedan demasiado desorientados y caen en estados emocionales autodestructivos. Tenemos que inducirles posteriormente estos conocimientos, no siempre con buenos resultados. En cambio, quienes reciben esta información logran adaptarse mejor al entorno, aún no entendemos el motivo.
—Siempre es mejor saber la verdad, no importa que tan terrible sea.
La figura guardó silencio por un instante, luego dijo: —Tendremos eso en cuenta.
—Algo más… las emociones no se pueden predecir, sólo se sienten. Ninguno de mis implantes de bioprocesador se activa cuando siento emociones. Eso… lo aprendí con ella…
La criatura, hasta entonces inexpresiva, movió los labios, una sonrisa tímida asomó, con una naturalidad que Saera sintió inexplicablemente confortante, y luego de eso dijo: —Ya no necesitarás esos implantes, vamos a desactivarlos, volverás a pensar como un ser humano promedio.
Saera apenas alcanzó a escuchar estas últimas palabras. Cierto cansancio pareció inundar su mente.
—Ciclo de ondas delta, activado.

El viento le mecía el cabello pardo rojizo. Parecía inmóvil, observando el templo al otro lado del sendero de piedra.
—¿Qué ocurre? –le preguntó alguien a su lado.
Se volvió lentamente ante aquella pregunta y dijo a la joven que le había hablado: —Es difícil pensar sin tantas variables, ecuaciones y…
—¿Saera, de qué hablas? –preguntó su compañera, divertida a la vez que confundida, acomodándose el rubio cabello.
Saera la miró, enfocando la vista como quien despierta de un estado de trance: —La diosa…
— ¿Ilaris? Es la diosa local… ¿quieres que visitemos el templo ahora?
Saera sonrió y de súbito la abrazó: — No, no importa, lo único que importa es estar aquí contigo, Briana.
Briana rió, sorprendida nuevamente, esta vez por el arrebato poco habitual de afectuosidad de Saera. La miró a los ojos, le dio un tierno beso en los labios, y le dijo: —Claro que sí, siempre juntas, como lo prometimos…
Saera asintió, dibujando una sonrisa en su rostro habitualmente parco.
—¡Pero estamos juntas en Viranys, la ciudad más bella de todo el Reino de Caeryn! ¡Vamos, que aún hay mucho por conocer! –dijo Briana con euforia, tomándole la mano y obligándola a salir de su inmovilidad, riendo divertidamente como era habitual en ella.
Saera emprendió la marcha, casi arrastrada por Briana, que se abría paso entre la muchedumbre con facilidad. Su mente estaba en calma, sin mucho para pensar, simplemente dejándose llevar por la felicidad que le producía estar allí con ella.

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  Concurso Mensual II: Al otro lado de los sueños
Enviado por: Joker - 20/05/2016 06:40 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (17)

Al otro lado de los sueños

Sentada junto una de las tantas ventanas de la mansión, Victoria disfrutaba de unas pastas con té antes de tener que continuar con sus quehaceres diarios, debatiéndose sobre cuál sería su siguiente paso en la misión que se había encomendado desde hace años. No podía dejar de observar mapas con gran detenimiento, siempre con la pregunta en la cabeza de dónde estaría, de dónde podría comenzar a buscarla, y aunque en el fondo sabía que no podría encontrar una respuesta a aquel enigma, se empeñaba en hacerse creer a sí misma de que sí que la había.

Sostenía una pasta en la mano izquierda, pegándole pequeños mordiscos con suma serenidad, quizás un tanto forzada, mientras con la derecha removía el té en rápidos círculos para que el azúcar se diluyese. Su mirada celeste se perdía frente a ella, tal y como si estuviese aguardando por algo que no parecía llegar a suceder.

–Hoy te encuentro especialmente callado –señaló, rompiendo el silencio con unas palabras que denotaban una franca inquietud que no pudo contener–. ¿Acaso no tienes nada que decirme?

No hubo contestación. Continuaba mirando a aquella silla vacía que se encontraba al otro lado de la mesita circular, aguardando por una réplica, pero cualquiera que pudiese presenciar la escena diría que allí no había nadie más con quien entablar una conversación.

El rostro de Victoria mudó de un instante a otro, frunciendo el ceño y abriendo ligeramente la boca en señal de haber recibido una afrenta. Se levantó súbitamente, golpeando la superficie de la mesa con la palma de sus manos. Las dos tazas servidas temblaron sobre sus diminutos platillos, y el azucarero vaciló con volcarse.

–¿Cómo puedes decir eso? ¡Ellas fueron quienes me la arrebataron! –la voz temblorosa delató su dolor. Las palabras se le agolparon en la garganta, saliendo de ella en trémulas sílabas que se confundían las unas con las otras, y los ojos le bailaron por el suelo, sin poder creer lo que estaba escuchando–. ¿Que por qué lo sé? Las he percibido, Charles, y no solo una vez. Las he visto rondar alrededor de la mansión, esperando por una oportunidad, y... Oh, sí, ya lo creo que la encontraron, solo que tú no estuviste ahí para poder verlo.

Se giró y llevó la mano a la frente, frotándola con desespero al sentir que su esposo no podía comprenderla.

–No tuviste las agallas suficiente para protegernos, ni a mí ni a tu hija.

Meditó lo que había dicho, y se percató de que quizás había herido sus sentimientos y su orgullo, de que tal vez todo lo que él había hecho fue, en realidad, por el bien de la familia que habían formado juntos, pero que finalmente perdieron. En aquellos días tristes, las fotografías en blanco y negro que todavía reposaban enmarcadas sobre la repisa de la chimenea mostraban a un hombre feliz y entero, Charles, acompañado por una mujer que lo miraba con una sonrisa de enamorada mientras sostenía a una niña pequeña sobre su regazo, quien había heredado los cabellos rubios de su madre, cayéndole sobre los hombros en una ondulada cascada de oro; pero aquellos recuerdos ya no significaban nada. O al menos, eran recuerdos en los que tan solo ella continuaba creyendo enfermizamente.

–Lo siento, mi amor... Sé que haces lo que tienes que hacer para poder costearnos todos nuestros caprichos. Has cruzado el océano hasta más allá de las Américas en tantas ocasiones que he perdido la cuenta, te has adentrado en lo más profundo del infierno siberiano buscando quién sabe qué, y descubriste rutas comerciales en territorios de África en los que nunca nadie había puesto el pie antes... Y todo por nosotras –tuvo que reconocerlo, o más bien intentar convencerse de ello, sintiendo cómo una lágrima se le deslizaba lentamente por el rostro. Alzó el brazo y pasó la mano por el aire, simulando una caricia sobre la mejilla de alguien que, desde luego, no se encontraba allí–. Te has machado de sangre, tan solo por nosotras...

Se acarició el vientre y sonrió a su amado con ternura, aunque tan pronto lo hizo sintió una textura extraña entrando en contacto con sus dedos, húmeda y espesa... Como la de una herida ensangrentada.

Victoria bajó la mirada y retrocedió, horrorizada, al percatarse de que había vuelto a suceder. De un momento a otro comenzó a sentirse débil, mareada, de la misma forma que si la hubieran seccionado y removido por dentro, y notó cómo la vitalidad se le desvanecía poco a poco como si cada aliento fuera a ser el último. Estaba segura de que esta vez no tendría tanta suerte como en la anterior, pues la vida tan solo le podía brindar segundas oportunidades, nunca una tercera, y nadie podía evadir la muerte dos veces.

Un corte le atravesaba la piel y se adentraba en su carne profundamente, de un lado a otro de la cintura, empapándole la ropa en sangre.

–¿Lo has visto? ¿Has visto lo que me han hecho, verdad? ¡Me la han arrancado de mis propias entrañas, Charles! –le espetó aunando las pocas fuerzas que le restaban, para que al menos pudiese creerla antes de morir. Apretó los puños, teñidos de carmesí, y cayó de su silla–. Ellas lo han hecho. ¡Me han arrebatado a mi bebé!

Entonces, antes de que perdiera el conocimiento, cabeceó ligeramente, y se dio cuenta de que donde antes había un corte y un charco de sangre, ahora ya no había nada. Aliviada pero al mismo tiempo confusa, se preguntó si todo había formado parte de una ilusión, de una pesadilla que acabaría tan pronto abriese los ojos, o quizás de alguna droga que su marido podía haber vertido en su té, pero aquello último no tenía lógica ninguna. ¿Qué ganaría Charles con eso?

Victoria se hundió en un mar de lágrimas, más frágil que nunca y con el pánico recorriéndole todo el cuerpo, y salió corriendo de la habitación escaleras arriba.


* * * * *


En el cuarto piso de la mansión, al final de las incontables escaleras de suelo enmoquetado, se encontraba el Espejo, una de las posesiones más preciadas que Victoria había heredado de la tía abuela Margaret; eso sin mencionar los hermosos jardines que rodeaban al que había sido el hogar de los Smith durante los últimos siglos, así como las cuberterías de plata o las reliquias traídas por Charles desde los rincones más apartados de la civilización, que, si bien no eran parte del legado familiar, para ella tenían un valor incalculable.

Aún así, habría sacrificado toda aquella fortuna si con ello pudiese haber salvado a su hija en cuanto tuvo la ocasión. No había dinero suficiente en el mundo que pudiese comprar el amor que sentía por ella.

Cuando la tía abuela Margaret murió postrada en la cama debido a la tuberculosis, rodeada de sudor y esputos de la sangre que había encharcado sus pulmones, le hizo prometer a Victoria que cuidaría al Espejo por encima de todo lo demás que le iba a brindar como parte de su herencia. Había sido insistente con su petición, sin darle a Victoria la posibilidad de cuestionar aquella última voluntad.

–Tienes que hacerte cargo de él y protegerlo, Victoria, como todos hemos hecho desde hace generaciones... Incluida tu madre. Es muy, muy importante –Margaret besó el rosario que reposaba sobre su pecho mientras le temblaban las muñecas. A Victoria nunca se le olvidarían las palabras que pronunció en su lecho de muerte–. El Espejo es la razón por la que estamos aquí.

A Charles el Espejo siempre le había fascinado de una manera un tanto particular. Podía pasarse horas enteras detenido ante él, escrutando el reflejo que le devolvía con total fascinación, como si pudiera traspasarlo con la mirada y ver algo que lo hacía sonreír tan estúpidamente, absorto en sus pensamientos. A veces incluso rozaba el cristal con la yema de los dedos, acariciándolo hasta que su mujer lo interrumpía con alguna pregunta.

Por el contrario, a Victoria le agradaba ponerse el vestido con el que su esposo la había agasajado en su primer aniversario de bodas, y lucirlo frente a un público invisible que a ella le gustaba imaginar que se encontraba al otro lado del Espejo, aplaudiéndola y vitoreándola por su belleza. Otras damas de su época preferían fantasear con el atuendo que llevarían puesto durante las nupcias, pendientes de los bordados, el corte y, las más atrevidas, del escote; pero a ese tipo de mujeres lo único que les interesaba era afianzar sus relaciones con otras familias de alta alcurnia, siempre en busca de una mayor riqueza.

Victoria era más sencilla que todas ellas. Se desentendía de aquellas complicaciones y procuraba dejar de lado todos los compromisos relacionados con la aristocracia, valorando el sentimiento escondido en aquel vestido violeta sobre la formalidad de un acto que había sido concertado prácticamente desde que era una niña. Simbolizado en aquel traje de novia que todavía cogía polvo en el guardarropa de su habitación, Victoria odió el día de su boda durante mucho tiempo, pero al menos había amado al hombre con el que la obligaron a contraer matrimonio, Charles, hasta el momento en el que desapareció como un fantasma y sus caminos se separaron.

–Ha pasado tanto tiempo desde entonces... Han sucedido muchas cosas que siempre atesoraré en mi memoria –mencionó, dejando escapar después un pequeño suspiro–, y sin embargo todavía no he podido olvidar la única que detesto tener que recordar.

Muchos creían que Charles la había abandonado debido a su cada vez más acusada locura, mientras que otros simplemente deducían que se había vuelto a embarcar en uno de sus peligrosos viajes a tierras lejanas, mucho más allá del continente. Como era evidente a ojos de las pocas visitas que aún acudían ocasionalmente a la mansión, Victoria todavía continuaba creyendo que él se encontraba allí, entre aquellas lujosas paredes, acompañándola en su soledad.

Sonrió, todavía fascinada por los pliegues de su vestido, palpándolos como si quisiera conservar grabado cada detalle de la prenda. Todo parecía tranquilo en la mansión de los Smith. Tan solo se la podía escuchar susurrar a ella frente al Espejo, y todo lo demás permanecía en absoluto silencio, tal vez incluso demasiado sospechoso, inquietante, como aquel que se propaga antes de que comience a estallar la tormenta.

Victoria pudo percibirlo, sintiendo cómo un escalofrío de temor le recorría el cuerpo por toda la espalda. Giró el cuello lentamente, procurando no hacer ruido, sintiendo algún tipo de presencia que la observaba con atención arrinconada en la oscuridad, pero allí no había nadie más que ella misma.

Comenzaba a anochecer, y el viento del crepúsculo mecía lentamente las cortinas del cuarto, evidenciando que no había nada oculto tras sus telas. Clavó la mirada en cada una de las esquinas donde confluían las paredes, pues tal y como su niñera le había contado más de una vez, los demonios se escondían allí donde nadie pudiese atraparlos, pero tampoco había ninguna criatura del inframundo esperando allí sostenida.

Pasó la mirada fugazmente por toda la habitación: la cama, la mesita de noche, el escritorio donde Charles preparaba cada una de sus expediciones, y por último, el armario. No vio  en aquellos muebles nada fuera de lo corriente, y sin embargo aún podía sentir el aliento de aquella extraña presencia viciando la atmósfera, podrido y corrupto como si hubiera acudido desde el más profundo de los infiernos.

–Por favor... Aléjate de mí y de mi hija –pidió al aire haciendo acopio de todo el valor que pudo, segura de que quien fuera que estuviese allí, la podía escuchar a la perfección–. ¡Aléjate de nosotras y no vuelvas!

Por un instante, sintió que el ente la abandonaba. Titubeó, todavía asustada y con todos los sentidos en alerta como un cuchillo afilado a punto de asestar una puñalada, y dejo de observar cada elemento del mobiliario para centrar de nuevo su atención en el Espejo.

Lo que vio al otro lado la hizo retroceder, dejándola sin habla. El único reflejo que le devolvía el cristal era el de un Charles con la mirada perdida y el gesto imperturbable, quien la observaba fijamente, con la figura erguida y sendos hilillos de sangre cayendo desde cada uno de sus globos oculares, cuyo iris era totalmente negro, confundiéndose con la pupila. La silueta alzó el brazo y posó la palma de la mano en la superficie pulida, como si pudiera tocarla desde su interior.

–Ven conmigo, Victoria –la voz de Charles retumbaba por toda la habitación, en un eco insoportable que parecía incluso hacer temblar las paredes–. Ven conmigo y hagamos que nuestro amor perdure por toda la eternidad.

Victoria vaciló.

–Tan solo dame la mano –insistió Charles, o al menos aquel quien adoptaba su figura.

–¡No iré contigo a ninguna parte! –le plantó al Espejo, en clara señal de enojo una vez lo pudo ver todo con claridad. Tomó una pequeña estatuilla del escritorio y amenazó con lanzarla contra él–. ¡Vuelve al abismo del que procedes!

Charles, todavía impasible, comenzó a esbozar una sonrisa de burla, la cual pronto se transformó en una risa siniestra y maquiavélica que volvió a esparcirse por todo el cuarto como una plaga. Algo en él cambió, y la figura comenzó a desvanecerse en una suerte de humo negro que se deslizó hacia donde se encontraba Victoria, paralizada ante la escena que estaba contemplando. Como había hecho la tía Margaret antes de morir, Victoria besó el rosario que colgaba de su pecho, encomendándose a él con desespero.

Las sombras comenzaron a envolverla mientras se llevaba las manos a las oídos y cerraba los ojos para intentar escapar de todo aquello, aunque sabía que sus esfuerzos eran totalmente en vano, pues todavía podía escucharlo burlarse de ella. Aún con las carcajadas llenas de locura retumbando por toda la estancia, sintió cómo un aura de oscuridad y tinieblas la llenaba completamente por dentro, tratando de alejarla del mundo terrenal para llevarla a otro mucho más decadente.

Entonces, la risa cesó, desvaneciéndose de la misma manera en la que comenzó a sonar, y, una vez el silencio volvió a apropiarse de la habitación, Victoria abrió los párpados de nuevo.

Ya no había nada más allí, pues las sombras habían desaparecido. El Espejo volvía a devolverle su imagen, no la de un hombre que muchos creían desaparecido, y el corazón le latía con más vigor que nunca, todavía viva pero sintiendo como si le hubiesen arrancado la poca felicidad que le quedaba en él.

Enfurecida, arrojó la estatuilla con todas sus fuerzas a la vez que lanzó un grito de impotencia, y el Espejo terminó estallando en decenas de pedazos tras el impacto.


* * * * *


No era momento para pastas con té. Victoria sujetaba entre sus manos un vaso repleto de licor, el cual desprendía un olor a whisky cuya calidad y buen hacer podría ser reconocido por cualquier borracho a la distancia. El aroma a alcohol comenzaba a impregnar el ambiente de la habitación, y aunque realmente no era una mujer muy dada a la bebida, algo que sí había aprendido de su padrastro era que a veces la única escapatoria a aquellos problemas a los cuales no se podía hacer frente, no era más que una buena botella.

O, visto desde una perspectiva más correcta, la única escapatoria a los problemas para los cuales no había coraje suficiente con el que afrontarlos. Pero, ¿quién podía tener el valor necesario para enfrentarse a unas sombras como las que habían rodeado a Victoria?

El pulso le temblaba, nerviosa por lo que había presenciado apenas unas horas atrás, sin poder parar de darle vueltas como si estuviera atrapada en un bucle mental que la torturaba lentamente, a fuego lento. Ella no estaba loca, de eso estaba completamente segura, pese a que personas que le debían mostrar respeto y lealtad la hubiesen llamado demente e incluso bruja en más de una ocasión. Por encima de todo, sabía que lo que había visto era real, que sus ojos no la habían engañado, y caminaba de un lado a otro de la habitación intentando convencerse de aquello, mordiéndose las uñas hasta casi llegar a la carne.

No podía permitirse dudar de ella misma. Estaba completamente cuerda, por mucho que ahora el Espejo se volviese a mostrar ante ella completamente intacto, como si no lo hubiese roto al haberle arrojado una pequeña escultura de mármol, algo de lo que estaba segura que había hecho.

Entonces escuchó que alguien le murmuraba desde el otro lado del cristal, interrumpiéndola en sus reflexiones:

–Mamá.

Victoria podría reconocer aquella voz incluso en la calle más atestada de Londres, pues la voz de una hija no se olvidaba con tanta facilidad. Aquella dulzura, aquella inocencia... Era todo lo que ella necesitaba, todo por lo que había llorado cada noche desde que la habían separado de sus brazos. El amor de madre que brotaba en su pecho no permitía que olvidase algo como aquello, algo que la acompañaría para siempre y a lo que se había aferrado durante tantos años.

No había cabida para la duda, pues entre todas las personas del mundo, quien la llamaba desde el otro lado era ella. Su niña, su tesoro más preciado.

Victoria se detuvo y dejó caer el vaso, el cual se quebró y esparció todo el whisky por el suelo.

–Cariño mío... No sabes lo mucho que te he echado de menos –balbuceó, intentando reprimir las lágrimas, pero la felicidad la desbordaba por completo.

Se acercó al Espejo con cuidado, y contempló por última vez cada una de las partes que lo conformaban: primero el marco de madera pulida, tan bien conservado pese al paso de los siglos, decorado con las figuras de pequeñas gárgolas y criaturas mitológicas de toda clase, muchas de ellas mostrando los colmillos o la lengua; y luego el cristal, el cual no devolvía reflejo alguno. Lo único que se podía apreciar en él era una superficie lisa y opaca.

Tomó aire, y posó la mano derecha en el Espejo. Tan pronto lo hizo, sintió cómo la carne se le fundía con el cristal, traspasándolo como si fuera líquido, y una sensación helada le recorrió todo el brazo. Nunca había experimentado nada semejante, pero estaba tranquila, pues sabía qué la estaba esperando tras él, y por lo tanto no tenía motivo alguno por el que sentir miedo.

–Ya voy, mi amor. Mamá está contigo.

Comenzó a caminar, dando primero un paso y sintiendo de nuevo el frío en una de sus piernas, para luego dar el siguiente y sentirlo en la otra. Su cuerpo había desaparecido casi por completo, no sin antes sonreír con alivio al saber que por fin podría reunirse de nuevo con Katherine.

Victoria se esfumó al completo en cuestión de segundos, sin dejar rastro alguno tras de sí, y en cuanto lo hizo, el Espejo volvió a reflejar todo aquello que se pusiese delante de él, pese a que nunca más habría otro Smith que lo pudiese contemplar como lo habían hecho padres e hijos durante generaciones.

Y de nuevo, silencio, pero esta vez inquietante como ningún otro.


* * * * *


El viento soplaba, esparciendo el lamento de una triste historia a lo largo de los jardines de la mansión. Descuidados como nunca antes y con la maleza maltratando cada uno de los senderos, el frío invernal los recorría hasta el mismo portón del abandonado complejo de los Smith. Las visitas ya no eran frecuentes, pues se lo consideraba un emplazamiento maldito del que convenía mantenerse alejado, y los pocos que se atrevían a poner el pie en sus dominios no eran más que adolescentes buscando algo de emoción, así como curiosos que deseaban descubrir si todos los rumores que se contaban eran ciertos.

Para decepción de todos ellos, allí no había nadie ni nada que pudiese confirmarlos. Lo máximo con lo que podían encontrarse era un espejo inútil que se mantenía mejor conservado que todo el resto de la decoración, y no muchas sorpresas más. La última dueña de aquel caserío, Victoria, había desaparecido como lo había hecho con anterioridad su esposo, Charles, y no había heredero legítimo para todos aquellos terrenos, ni tampoco quien se ofreciese a desembolsar una jugosa cantidad de dinero para hacerse con su propiedad.

Ahora que ya no había nadie morando en la mansión, una de las fotografías en blanco y negro que todavía reposaban sobre la repisa de la chimenea, la favorita de Victoria de entre todas ellas, no mostraba lo que la última dama de los Smith siempre creyó ver. En dicho retrato, Charles salía acompañado de la mujer que amaba, quien permanecía a su lado con unos ojos de enamorada que se deleitaban con su sonrisa, radiante como ninguna otra, pero entre sus brazos no reposaba ninguna niña.

Tan solo salían fotografiados ellos dos como una idílica pareja de enamorados, y en aquella vieja imagen no había nadie más.

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  Concurso Mensual II: Coeur de pirate
Enviado por: Joker - 20/05/2016 05:37 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (18)

Coeur de pirate



El viento agita las velas a mi alrededor, un caos de agua y espuma bajo mis pies. Loca carrera contra el tiempo sobre la mar. El sentimiento del pirata es la melancolía. Incita a ella la danza de mil y un soles y lunas sobre los cielos desnudos. Soy un romántico incurable y un impaciente crónico que nunca pudo soportar la calma chicha de tierra firme, de la ciudad, de lo gris de un futuro sin colores. Como detenerse en un presente insípido, como confiar en un mañana mejor, en la misericordia de algún ente superior.

Decidí mi destino hace ya tiempo: correr hacia la muerte, siempre en tránsito, de un puerto de la incertidumbre a otro, con la vacuidad del océano de la emoción como único bálsamo. Mi vida pudo fácilmente, pasar sin pena ni gloria. Pero entonces la encontré, perdida en un mar de fríos astros, mi estrella fugaz.

Un deseo en mala hora se llevó lejos mi futuro. Vuela ahora en la estela de mi estrella.

Ya sin rumbo, encallé mi barco en el primer arrecife que apareció en el horizonte. Abandoné sus restos, vagué por la playa, y me dormí tan pronto como despuntó la mañana. Dormía a morir.

Desperté, desesperado y sin esperanza, a una nueva noche. Alcé la vista al firmamento y no hallé lo que buscaba. Más bien encontré lágrimas donde no creí que quedara alguna.  Por primera vez en mi vida, sabía lo que quería, y algo más: no podría tenerlo. Intentarlo sería como tratar de asir el viento. Envidié a quien se enamora del aire, pues aunque inalcanzable, su paso es como una caricia sobre la piel. Al paso de mi estrella el sentido con el que la rutina y la ocupación habían dotado a mi vida se había hecho añicos en un instante.

Mi naturaleza estoica me sostuvo durante algún tiempo. No era algo tan importante, después de todo. Un hombre sólo se tiene en realidad a si mismo. Eso dicen. Me reí cada día de los poetas del romanticismo, todo drama y decadencia, polvo y ruinas. Al caer la noche, sus risas taladraban mis oídos.

A menudo, veía a mi estrella en sueños. Fue por eso que creí estar soñando cuando cruzó el cielo una vez más. Que paz, que sufrimiento. Su luz irradia dulzura, arranca de mi pecho un sentimiento que me destroza y repara al mismo tiempo.


El pirata se yergue sobre las nubes blancas que conforman el velamen agitado por el viento de su navío. Loca carrera contra el tiempo sobre la mar. Es un romántico incurable y un impaciente crónico; nunca pudo soportar la calma chicha de tierra firme, de la ciudad. Ha vivido mucho, lo suficiente como para saber de lo efímero de la belleza y el sufrimiento del amar, de lo gris de un mundo sin colores. Todo ello decidió su destino hacía tiempo: correr hacia la muerte, siempre en tránsito, de un puerto del dolor a otro, con la vacuidad del océano como único bálsamo. Pero un día, algo le hizo dudar de su otrora firme propósito. Incapaz de elegir rumbo, echó el ancla en medio de la mayor tempestad, a la espera de que la incertidumbre remitiese, rehecha su voluntad. Allá, entre las nubes negras, las velas del tiempo y la fatalidad, una estrella solitaria, pálida y brillante, embrujaba su mirada y presagiaba su final. Y él no podía dejar de contemplarla. ¡Contemplarla! Tan lejos… La había seguido durante días, semanas, la había seguido sin conocerla, sin buscarla. Ahora lo sabía. No siempre aparecía, pero el sentía su presencia como un aliento frío en la nuca. Vivía por verla una noche más.
En aquellos tiempos, el viento arreció, y su navío voló como nunca antes. Su lejanía le consumía, su visión le atenazaba el corazón, quería sentirla cerca, quería…

Las estrellas florecen en mil pétalos blancos.
La noche puebla el lugar de quisieras amargos.
Una estrella fugaz surca el cielo hacia su futuro.
El universo pierde el oscuro al paso de su luz.
No añadiré un deseo a la estela de esta estrella,
que esparce tinta sobre el mundo tras su marcha apresurada.
Quisiera volar alto y lejos, a otros mundos junto a ella...


No lo sabía, no adivinaba el rumbo. Por eso echó el ancla, por eso detuvo su loca carrera. Y en cuanto lo hizo, comprendió su error. Aquella era, la suya, una estrella fugaz. Tan pronto el barco se asentó sobre las agitadas aguas, ella desapareció en el firmamento, dejando únicamente atrás el recuerdo de su estela. El amor y el sufrimiento pesaban ahora en el pirata como la carga de Atlas.


Pero ella se marchó, ya reinició el camino a la luz de mi mirada. Ahora el reloj marca el adiós, y sus engranajes yacen rotos por doquier, el tiempo detenido en un momento ya pasado, aquel en que no mi deseo, mi futuro se llevó, una estrella fugaz. Y ahora yazco entre recuerdos, los recuerdos de la aurora, en que desperté del sueño para dormir a morir.


Ya no podía navegar entre amaneceres y ocasos, libre del mal del hombre. Pisaría tierra una vez más, para encontrarse con su destino.

Perdido junto al malecón, contemplo la negrura que hace su entrada, noche cerrada. Ni estrellas ni luna; sólo oscuridad. El agua negra baña mis pies doloridos, mi nexo con tierra firme. Ya ha izado velas mi amiga y yo no la sigo; vaya adonde vaya, estará conmigo. No obstante, a veces la distancia asusta, no tanto por la lejanía, como por lo que implica esa separación.

Loco fui, loca fue, locos fuimos, al desdeñar el futuro, al recorrerlo en un instante, y al no saber reconocer un alma gemela cuando la vimos, surcando el cielo en su propia y loca carrera. Sólo existía el presente, y la amarga despedida es bella hasta dejar de ser; y cuando ya no es más el mejor vino sabe a hiel. Yo tuve miedo de dejarla atrás; ella lo tuvo de no poder reemprender la huida contra el mundo y la vida. Ahora ella va muy por delante, tanto que no la veo, y yo huyo apresurado de este infierno en soledad. Acaso la encuentre en ésta mi despedida.

En estos momentos vuela lejos sobre el mar umbrío, cuya semejanza con el cielo difumina el horizonte hasta tornarlo irreconocible. Primero un pie; el otro irá detrás. Así es, y el frío cala hondo en mi interior, desplazando mi aliento, acelerando mi corazón. No necesito más. El calor brota a raudales de mi pecho, luz de color ambarino, y yo fluyo con las aguas al encuentro de mi amor. "¡Aguarda!"
Un futuro juntos…

Ese mismo futuro que se agota en mi interior; a medida que la divinidad fruto de mi ilusión se extingue, muero. Pero ya veo, ya veo una quilla cortando las olas de ónix y el viento carmesí. ¡Ya llego! ¡Salta, salta sobre el océano! ¿La ves, erguida a popa, transida por el dolor, sostenida por su hermosura, por la beldad de su carácter? ¡Ella te aguarda, y el sufrimiento que la corroe no tolera la demora ni permite la tardanza! ¡Anúnciate en buena hora!

"Amor. Es tarde, muy tarde, siempre fue demasiado tarde. No hay tiempo para nosotros, para los dos. Arde mi corazón, titila y se apaga, con un susurro, la más breve canción exasperada.” Ella ha saltado, y ahora cae. Su fuego voló en el aire al dejar el muelle, incontables chispas, destellos en el aire, en busca de ese calor que sentían como propio. Flotan sobre el mar. Ella se hundió. Nos hundimos en la noche. Juntos. Por fin juntos.

Sólo queda un instante, un momento congelado bajo el mar, dos miradas entrelazadas que no precisan de nada más. Acaso un roce, una caricia. No importa. El reloj ha perdido la batalla, y ahora por fin, hay tiempo para un amor sin despedidas.


Del agua en calma brotaron ondas que se extendieron por doquier. El aire agita el alma. Tierra removida. Baile de guijarros. Olas en la orilla. El joven sauce siente mecerse su tronco al capricho del destino, le son arrancadas las hojas, se quiebran sus ramas. Pronto, sólo queda su raíz; el sol hacia el que proyectaba su existencia está más lejos que nunca. La soledad corre como savia por su interior, y el árbol se agita, zozobra y se aquieta. Espera la muerte.


Hummm..... Esta luz… No. ¡No! No abras los ojos. Quizás todavía puedas… atraparlo. ¿Sería mejor dejarse ir, caer de nuevo? Cuando llegue el despertar tal vez no logre recordar, quizás ni siquiera recuerde intentarlo. Mejor grabarlo en la memoria, cuanto me sea posible. Los párpados pesan, mis tardan en reaccionar. Dios, la realidad palidece en contraste con los sueños. No quisiera despertar. Pero ya es tarde. La luz entra a raudales por la ventana.
¿Ventana? Definitivamente estoy soñando todavía. Los rayos del sol caen directamente sobre mi cuerpo tendido en la arena, secando mis ropas empapadas. Es un milagro que no haya cogido una pulmonía. Mi tripulación no se tomó demasiado bien mi repentina locura. Tampoco es que les culpe. Yo hubiera hecho lo mismo. Al menos el zarandeo de las olas y el frío gélido de las aguas en alta mar me han devuelto la cordura. Ahora el dolor sordo que nublaba mi mente es apenas leve comezón en los recovecos de la memoria. Pero no me atrevo a ser demasiado optimista. La noche traerá el firmamento, ese lienzo negro salpicado de diamantes, y quizás la preocupación que da el saberse solo y abandonado a mi suerte no baste para alejar a los fantasmas de mi fértil imaginación.
Hasta entonces, la supervivencia me ocupará por entero.






Supervivencia. Río amargamente mientras el mundo pierde su luz al mismo tiempo que mi alma. Me estremezco, presa de una mezcla de angustia y expectación difícil de definir. Pronto.
Algo más tarde, un sinfín de universos se desplegaba ante mis ojos. Las constelaciones que tan bien conocía susurraban sus leyendas en mi mente. Todas ellas tenían ahora visos de tristeza. Durante horas contemplé en silencio las profundidades de mi desconsuelo reflejadas en la cúpula de los cielos. Esperé.

El silencio bañaba la orilla. Habían transcurrido muchas horas desde el ocaso, cuando apareció. Una estrella fugaz. El corazón del pirata comenzó a latir a un ritmo apresurado. Se incorporó sin apenas notar la arena que caía en el interior de su holgada camisa, apartándose el enmarañado cabello mientras lo hacía. El anhelo de su mirada hubiera sido doloroso de contemplar, más aún la demente expresión que se adueño de su rostro al ver como su amor se alejaba, desaparecí una vez más. Gritó. Y un eco lejano y extraño le respondió.

Su estupor calmó durante un instante ese torbellino de emociones que pugnaba por desatarse en su interior. Allá, en una lejanía no tan lejana, un barco. Sin pensarlo, elevó a los cielos otro alarido de muy distinta cualidad, llegando al extremo de disparar su pistola. El navío encaró hacia el fogonazo. Una visión sobrecogedora, aquella masa flotante. Pero el pirata halló consuelo en su llegada. Y más habría de encontrar a bordo. Porque al ser izado por varios pares de fuertes brazos por la borda, y tras lograr incorporarse, topó su mirada con la de unos ojos que ya conocía. Aquel brillo, aquel resplandor contenido y cautivador… Su estrella… Tambaleante, se dirigió, precipitose más bien, en su dirección; y al llegar a su altura, calló de rodillas.

-No vuelvas a marcharte.

Ella, sin saber muy bien a que se refería, comprendió. Y una sonrisa se pintó en su rostro, reflejándose en el del pirata que, ahora si, y no como en el sueño, había perdido la prisa y el cinismo al ver cumplido su deseo.

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  Concurso Mensual II: Como una rama al quebrarse
Enviado por: Joker - 20/05/2016 01:09 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (15)


Como una rama al quebrarse




...y dudo que me comprendan. Sólo espero que me perdonen.
Aure.




Terminé la nota. No fue tan dificil.
Ahora me resta pensar dónde… En el bolsillo. Sí. La doblo y listo.
¿El nudo? Creo que está bien, no debería desajustarse. En cuanto a la baranda ya hice algunas pruebas y no va a romperse.
Soportó a la mesa ratona, después de todo. Aunque… Por las dudas le doy otra vuelta a la soga. Hecho.
Me miró en el espejo una última vez. La soga en mi cuello está justa, aunque me pincha un poco. ¿Seré alérgico? Qué imbécil. Me rio por lo ridículo de aquel pensamiento.
Suspiro. Me relajo. Subo hasta arriba de la baranda.
Respiro de nuevo.
Estoy tranquilo. Por primera vez lo estoy.
Salto.
Escucho un CRACK, como una rama al quebrarse. La madera se parte..., y sigo de largo, en una infinitamente corta caída libre. Choco contra el piso, y es como si un tren me hubiera pasado por encima. Grito. El dolor es tan…

Oscuridad.

Luz.
Abro los ojos: la cara nublada de una mujer me mira de cerca.
—¡Despertó! ¡Despertó! —Esa voz… ¿Mamá?—. ¿Estás bien, Aure, mi vida?
—Me duele todo —digo. Mareos van y vienen con cada respiración. Hace mucho que no la escuchaba así de cariñosa a mi mamá.
¿Dónde estoy? Parece… Parece un hospital.
Mierda.
Trato de sentarme, pero algo me ata a la cama. Algo no: una esposa. Una esposa como la de los canas. Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
—Señora —Una voz de ultratumba flota desde el umbral de la puerta, pronunciada por un gigante vestido de poli—, déjenos solos.
—Pero oficial —dice mamá, implora en sollozos fatigados—, es un niño. Y está mal. No puede llevárselo.
—Puedo —dice, soberbio. ¿Llevarme? ¿Llevarme a dónde?—. Y lo voy a hacer. Y un muchacho de veinticinco años ya no es ningún niño.
—¿A dónde…? —Mi voz sonó rasposa. Casi era un silbido—. ¿A dónde me pensás llevar?
—Más respeto, muchacho, hablame bien. Estás arrestado. Tenés derecho a guardar silencio, y todas esas pavadas. Cometiste un crimen, y vas a ir a prisión.
—¿Cómo?
—El suicidio es ilegal, muchacho. ¿No sabías? ¿No viste en las noticias?
¿Qué?
Miro a mi mamá, pero ni siquiera puede devolverme la mirada. ¿Qué es esa estupidez? ¿Cómo puede ser ilegal un suicidio?
O el intento de hacerlo, mejor dicho.
El policía cierra la puerta. No hay ventanas, por lo que no puedo ver si mi madre se quedó afuera, intentando escuchar lo que sea que esté por suceder.
—Mira, muchacho, esto es simple: apenas el doctor nos dé el visto bueno, irás con nosotros sin chistar.
—No entiendo nada. ¿Cómo puede ser ilegal el suicidio?
Intento soltarme, pero las esposas son imposibles de quebrar.
—Me preguntas cosas que no tengo la intención de entender —me dice. Su gesto imperturbable como la roca no me deja entrever sentimiento alguno, acaso si le importase—. Sólo cumplo con mi trabajo. Y por eso espero que no me causes ningún problema. ¿Está claro?
—No, nada claro. Pero dudo que importe.
—¿Ves? —Primera vez que el poli sonríe. Detrás de las gafas oscuras imagino unos fríos ojos risueños—. Aunque no lo pienses así, ya estás entendiendo.


***


—Esperá, esperá, a ver si te entendí bien. Con todas las formas que tenías… ¿Colgarte fue tu mejor opción? ¿En serio?
Un mes en la cárcel, y Tuerca me pregunta lo mismo de nuevo. No se cansa de las reiteraciones. Ninguno de ellos: todos ríen a carcajadas, como en cada reunión después de que relato mi intento de suicido. Mi “crimen”.
—¿Y qué querés? —digo—. Ver sangre me da pavor.
Y estallan más risas. Imbéciles.
CRACK.
El golpe seco de una de las sillas me sobresalta, me recuerda a la madera rompiéndose y yo cayendo al vacío. Al duro y frío suelo, brillante aun con mi sangre sobre él. Todos estamos en la misma, sólo que ellos se creen superiores por utilizar métodos más modernos en sus “crímenes”: cortarse las venas con los cuchillos de titanio, ahogarse al tomar una dosis alta de la pastilla fríecerebro, y tantas otras que apenas entiendo.
Doblemente imbéciles porque, aunque sean métodos más modernos, fallaron igual que el mío. El crimen fue cometido. Terminaron acá, en la cárcel más triste del planeta.
—¿Quién sigue? —pregunta el Doc.
—Yo. —Chico sigue intimidando. Su voz resuena como una tuba—. Venas cortadas. Elegidas las incorrectas. No sangré mucho. Apresado.
—Muy bien —dijo el Doc, su voz cansada denotaba el hastío—. Lo haremos cuantas veces sean necesarias hasta que acepten que estuvieron mal. Hasta que entiendan.


***


Un año en la cárcel. Sin juicio, únicamente condena.
Mamá no vino mucho a verme. Dijo que no podía soportar la idea de que yo hubiera cometido tan horrible crimen. Le resulta grato que esté vivo, claro; pero ha perdido todo atisbo de felicidad con mi intento de dejar la vida que ella me dio —lo que no se cansa de remarcarme cada vez que me visita—. Como si yo se lo hubiera pedido: “Traéme al mundo, mamá. Por favor. Traéme a este mundo maldito, triste, injusto”.
Injusto que ya ni siquiera uno se puede suicidar tranquilo.


***


—Hoy cumplo cinco años de condena.
Todos me aplauden cuando escuchan estas palabras de mí. Como si fuera un logro que me hubiera intentado suicidar hace cinco años y no logré hacerlo con éxito, con el dulce sentir de la muerte abrazándome fuerte.
—Ya no tengo contacto con mi familia. Es como si se hubieran olvidado de mí. Como si nunca hubiera existido.
—Es triste, hermano —Una flatulencia acompañó su tristeza. Todos rieron—. Sentimos escuchar eso. No el pedo, lo que dijiste.
—Idiota.
—Uf, Tuerca, ¿qué te comiste?
—A ver, tratemos de no volver a la infancia, por favor.
—Lo siento, Doc.
—Busco entender la falta de mi familia —digo. Apreto los puños sobre mis piernas—, y ustedes se lo toman así. No tiene sentido hablar,
—No te vayas para ese camino, Aurelio.
Esa silla se debe de estar por romper.
CRACK.
Tuerca se cae de culo, y las risas se contagian. Es verdad: parecen niños. Y me contagio de su mentalidad infantil. Rio con ellos.


***


Raro décimo aniversario en la cárcel de suicidas: el Tuerca hizo un plan para escaparnos con el mismísimo Doc, que se congració con nosotros. Al fin y al cabo, él es otro prisionero y sólo intentaba ayudarnos para ayudarse a sí mismo —la Institución Penal nunca nos puso un psiquiatra—.
Los prisioneros son mi familia, y la cárcel mi casa. Es mi único escape de una triste realidad. Y ya no sé qué vamos a hacer una vez que logremos salir. Por ello cruzar el túnel no es una tarea fácil: me convenzo de que no está bien, y que no deberíamos escapar. Que dentro estamos mejor. Que nos priven la libertad de cumplir con nuestro cometido es lo mejor para nosotros.
Me miento, y lo más triste es que lo sé y no me importa. Me sigo mintiendo.
Llegamos al final del túnel, manchados de mugre, sudor y sangre. Sangre de los mismos guardias que no pudieron detenernos.
Una puerta de madera, desvencijada, es lo que nos priva de salir.
CRACK.
El Tuerca golpea otra vez. Intenta partirla.
CRACK. CRACK.
Golpea la puerta de madera, hasta que logra partirla.
Salimos gritando felices, y nos enfrentamos a un desfiladero.
La cárcel estaba en una isla. ¿Cómo podíamos saberlo? ¿Cómo no recuerdo que viajé a una isla, cuando llegué acá?
El Tuerca me abraza a mí y al Doc, los demás se agarran de nosotros.
—Es hora de ser libres —dice el Tuerca.
—¿Qué…? —No puede hablar en serio—. Pero… No quiero matarme. Ya no quiero.
—Es la libertad, Aure. La libertad.
—No. No… —Trato de safarme, me agito y quito las manos sobre mi; pero se aferran como garras desesperadas—. ¡NO!
Los empujo, y me escabullo como un cobarde. Todos caen al vacío. Y miro…
… se giran en el aire y me sonríen. Me llaman con un gesto suave de la mano. Invocan a que vaya con ellos, que me sume al suicidio colectivo.
Y algo en esa escena me dice que es bello, que es lo único que queda para ser libres. Aunque también la libertad es vivir. Vivir como mejor deseemos, no morir cuando decidamos.
Quiero volver. Quiero ver a mi familia.
Quizá no me falte… El aire. El aire me falta.
Se me nubla la vista.
CRACK.


***


—¡Ahí está! —Esa voz. ¿Mamá?. El CRACK fue mucho más sonoro que antes, pero no fue la madera al romperse—. Dios… —Mi madre me mira con asco—. Alguien por favor que lo descuelgue. No puedo verlo así. Y que no manche la alfombra.
—¿Señora?
La mucama espera una orden más clara. Yo veo todo desde arriba, colgado por el cuello. Aún con mis pies temblando. La vida se me escapa, y el ahogamiento no me permite emitir palabra.
Sólo espero que en mis ojos rojos se note el odio irremisible hacia mi madre.
—¿Qué? —Mamá mira a la mucama con aire altivo—. El imbécil se mató el día de su cumpleaños, con todo lo que le dimos. Lo odio, a él y a su egoísmo: vaya uno a ver, arruinarle el día así a su madre. No quiero ver ni su cara hinchada, ni una gota de su sangre marcada sobre mi parqué.
Quiero vivir. Quiero maldecirla. Y cuán retorcido es que mi mente me muestre lo que podría haber sido, entender en las puertas de la muerte lo que significa la vida.
Viene el amante de mi madre, el jardinero gigante, y con un rastrillo intenta descolgarme. Tarda varios intentos y lastimaduras en mi cara hasta que logra cortar la soga. Pero ya es tarde.
Mi cuerpo ya no responde.
Caí con el peso de una tormenta de otoño. Con la agonía de un viento de verano.
El CRACK había sido mi cuello. No una silla, no un golpe. Siempre mi cuello.
Mi cuello había sonado como una rama al quebrarse.
Mi cuello… Quiero vivir y...
...no puedo…
...no.


Oscuridad.

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