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  Castillos y fortalezas
Enviado por: Ash Nazg - 05/03/2016 09:08 AM - Foro: Taller Literario - Respuestas (2)

Ayer informándome sobre las Casas-Torre y demás fortificaciones que ocuparon la zona del País Vasco en la Edad media para una futuro novela histórica, topé con esta página que no se si alguno de vosotros ya conocíais. Parece bastante interesante y os animo a que le echéis un vistazo.

http://www.castillosnet.org/espana/index.php

Saludos!!!

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  BASES reto 'Intrigas Palaciegas I'
Enviado por: Cabromagno - 05/03/2016 08:24 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (128)

BASES

Organizador: Cabromagno
Mano Inocente: Cabromagno


Normas generales

1. Los relatos podrán ser de cualquier género, pero la trama debe girar obligatoriamente alrededor de alguna intriga por el poder, ya sea en un palacio, en un ayuntamiento, o en una luna de Júpiter.

2. La extensión máxima de los relatos será de 4.000 palabras. No hay mínimo.

3. Los relatos serán titulados de la siguiente forma: “Reto Intrigas Palaciegas I: Titulo del relato”.

4. Una vez subido el relato el autor deberá notificar a la Mano Inocente, mediante un mensaje privado, su autoría.

5. Cada participante, antes de enviar los votos, debe leer y comentar todos los relatos participantes, incluido el suyo propio para mantener el anonimato. Cualquier participante que no lea y comente todos los relatos será descalificado.

6. En el plazo de votación cada participante deberá enviar sus votos a la Mano Inocente mediante un mensaje privado. En el caso de otros miembros del foro que quieran votar en el reto, pueden hacerlo siempre que antes lean y comenten todos los relatos.

7. Las votaciones se realizarán del siguiente modo: Cada concursante ordenara los relatos según su preferencia otorgandole la mayor cantidad de puntos al que mas le gusto y la menor al que menos. Los puntos variaran en funcion del numero de participantes. Por ejemplo: Si hay 8 relatos, al relato que mas te gusto le otorgaras 8 pts, al siguiente 7, al siguiente 6, etc. Para los concursantes, la menor puntuación (1) quedará reservada para su propio relato.

8. No debe desvelarse la autoría del relato a nadie salvo a la Mano Inocente mientras dure el reto y hasta que los resultados sean publicados.

9. Para subir los relatos se utilizará el usuario Joker, cuya contraseña será debidamente proporcionada el día de inicio de las subidas.

10. El usuario 'muad' queda inscrito automáticamente en el reto. Como compensación será invitado a una cerveza por parte de la organización si alguna vez viene de visita a España.

11. Habrá premio sorpresa para el ganador. Este será enviado por correo ordinario tras la finalización del reto (si asi lo desea el ganador).

12. El límite de palabras y los plazos podrán ser modificados a petición popular.

13. Aquellos que se inscriban en el reto y posteriormente se retiren, golpe de remo Big Grin

14. Cualquier participante o relato que no cumpla estas normas y/o no respete los plazos establecidos quedará inmediatamente descalificado.


Plazos

Inscripciones: Hasta la publicación del primer relato.

Subida de los relatos: A partir del lunes 14 de marzo y hasta el martes 29 de marzo.

Comentarios y votaciones: Hasta el 1 de abril.

¿Quién es quién?: 31 de marzo.

Resultados finales: 2 de abril.


Índice de concursantes

muad
Nidaros
Mercader de Historias
Juno Natsugane
Andy_Megumi
Tardast
Yaya Ceravieja
Rohman
Geralt de Rivia
...


Índice de relatos
...





Cualquier duda que tengáis podéis formularla en este mismo hilo.

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  ¿Alguna vez los han expulsado/banneado/suspendido de algun foro?
Enviado por: Haradrim - 04/03/2016 06:46 PM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (15)

Pues eso, en mi caso fue banneado de un viejo foro de WOW-España, por "abrir demasiados hilos y muy poco interesantes", aparte de eso un par de suspenciones por uno o dos dias.

¿Y ustedes?

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  Resultados del reto "La Muerte"
Enviado por: Krivus - 04/03/2016 03:33 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (9)

Buenos días y bienvenidos a los resultados de este mes. El reto comenzó a todo y al final sólo cinco valientes llegaron a terminarlo. Y ahora es el momento de saber como fueron las cosas para ellos.
Pero antes agradecerles por el esfuerzo de seguir participando y manteniendo viva esta tradición que tiene sus orígenes en el ahora perdido Fantasiaepica.

En quinto lugar tenemos Obsesión de Cabromagno con un promedio de 5,75.

En cuarto lugar Un plan misericordioso de Kiefer con un promedio de 6,28.

En tercer lugar Último de Nidaros con un promedio de 6,31.

El segundo puesto es para Lo que los hace humanos de Lanay con un 6,56.

Y como ya se imaginaran, el primer puesto vuelve a llevárselo Yaya con Volver (valga la redundancia) y su flamante 7,16.

Felicidades al podio y ánimos para verlos en próximas entregas.

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  Reto La Muerte I: Último
Enviado por: Joker - 28/02/2016 06:46 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

Nunca entiendo por qué la gente me llama voluntariamente.

Me di cuenta de mi existencia desde el primer día. A veces no sé si realmente soy una entidad consciente o tal vez de algún modo dejo de existir en ese instante en que el voluntario también. Creo que soy solo una creación del último instante vital, y mi consciencia dura lo mismo que esa fracción de segundo en la que la estricnina, la punta de una bala, la áspera textura de la fibra de cáñamo sobre la piel, la sangre mezclándose con el agua caliente o los pulmones llenos de agua, tardan en disolver la vida de mi voluntario.

Nada de eso importa, me has llamado, y yo acudo a ti con la esperanza de aliviar tu sufrimiento. Tenemos bastante tiempo pues tú lo decidiste así, y nada terminará hasta que tú lo quieras. Y curiosamente elegiste hacer de este último momento una eternidad.

Déjame conocerte antes de que tomes tu fatal decisión. Quiero que sepas que en lo más profundo de mis deseos odio esta misión que me has encomendado. No tienes el derecho de terminar con tu existencia por ningún motivo. Tus padres se esforzaron tanto por formarte, tus familiares se han acostumbrado a confiar en ti y seguramente también eres una gran persona para tus amigos. ¿Qué todo es vano y perecible? Pues sí, lo es, mas no es motivo para no emprender. No seas egoísta. Por favor, sálvate. Haz algún ruido, tira algo al suelo, ese reloj por ejemplo, dale una patada y túmbalo. Tu madre está en el piso de abajo, te oirá y vendrá a ayudarte, después os abrazaréis mientras lloráis y todo estará tan bien.

Dame la mano, todavía tienes tiempo de arrepentirte y yo aún puedo saber quién eres.
¡Un artista! Esa es la clase de cosas que odio de mi labor ¿Es esa la gaveta donde guardas tus obras? Déjame echarles un vistazo… ¡Pero si esto pide a gritos estar colgado en un museo! Te lo digo en serio. Mira a esas personas retratadas, podría jurar que estoy viendo una foto. A tus amigos y familiares les encanta. Incluso ganaste un concurso ¿No es así? El juez calvo te buscó después de la gala y te ofreció una beca en Arvan. Tú le dijiste que lo pensarías y él se aseguró de dejarte todo tipo de medios para que lo contactes cuando termines el liceo…vaya. Incluso les reglaste varios retratos a tus amigos y a algún profesor. ¿Quién es ella? Es preciosa… Créeme por favor, no lo digo solo por reconfortarte. Todavía tienes tanto que dar al mundo. Por favor desiste de esta idea tan absurda.

¿Tienes amigos? No lo dudo, solo era una manera de preguntarte sus nombres sin sonar como un empleado del censo. ¿Sabes algo? Ellos se lo pierden, no te sientas mal por eso. No eres tú el que no entiende las cosas, simplemente ellos son más comunes. De verdad. No deberías dedicar tu arte a esas cosas tan horrorosas. Mira este, dudo mucho que te guste que te hagan ese tipo de cosas, a nadie le gustaría que lo claven en un madero de esa manera tan humillante. Siento tu pena, haz empapado muchos dibujos con ella y de verdad me gustaría poder bebérmela toda.

También puedo ver esa idea que te ronda por la cabeza siempre que te hacen sentir mal ¿Volver al pasado? Si yo pudiera volver al pasado, elegiría el momento anterior a cuando tu cuello estaba apresado en ese cable. Si yo fuera una persona elegiría ser una chica de tu edad.
¡Vaya! Con que eso era. No soy muy alta, mi cabello está bien peinado al estilo de los sesenta, estas manitas y estos piececitos sientan bien conmigo. Me veo hermosa ¿verdad? Daría todo por ser esta beldad de la que me has mandado a disfrazarme. Espero que sea digna merecedora de tus últimos pensamientos. Muéstrame el recuerdo más hermoso que tengas de ella.

Esto es un salón de clases. Allí están las carpetas y el pupitre del profesor. Todo huele a transpiración y a maquillaje barato. Las clases han terminado y allí estamos con sendas escobas haciendo una limpieza de alguna travesura ¿Verdad que soy rápida? Ya puedo leer tus recuerdos con facilidad y eso me encanta. No me mires así. Sé que no soy ella y nada de esto pasa en realidad. Te prometo no volver a tomarme el atrevimiento de hacerme pasar por ella.

— ¡Joder, deja de hacerme zancadillas con la escoba! Me siento como una basura pero no tienes por qué barrerme como si en verdad lo fuera

Te está barriendo los pies. Hasta haciendo travesuras se le ve hermosa. Tienes muy buen gusto. Continúa

— Te estoy barriendo los pies ¡Te vas a casar conmigo!

Tú la miras con mucha ternura y comienzas a sentir esa sensación hermosa en tu pecho. Te está haciendo una promesa, una promesa falsa y bastante cruel a decir verdad pues tu venderías tus ojos por hacerla real.

Ella se aparta el flequillo de sus ojos y se va a corriendo fuera de la clase. ¡A tomar por culo las responsabilidades con el aula! Tú la sigues y, de paso, le llevas sus pertenencias. Eres un hombre delicado y bastante consciente. Me encanta.

Este lugar es inmenso, tus padres deben pagar una fortuna para que estudies aquí. ¡Allí estoy yo! …Digo “ella”. Deberías coger su mano, incluso si solo fuera tu amiga, esto es un bosque y puede pisar en falso.

— Mira…–Te muestra su móvil, un video gracioso o algo así–No entiendo qué situación puede llevar a las personas a actuar así.
— Eso es lo que pienso cada vez que te veo comer sándwiches de mantequilla y mermelada de fresa.

Ríes, esa es una sonrisa sincera. Estoy más que complacida de haberte hecho carcajear. ¡Diablos! Lo siento, te prometo no volver a interrumpirte o intentar apropiarme de ella. Continúa por favor.

— Tengo un novio otra vez—Te lo ha dicho como si fueras su hermano mayor. No, te lo ha dicho como si fueras su padre—Lo conocí en la playa… ¡Maldita sea! No sé en qué pensaba. Es un tío majo pero me lleva tres años y mi madre me ha dicho que me separe cuanto antes.

Ha soltado una risita nerviosa y te mira. Tú no sabes que decir. Te has quedado prendado de un agujero en el tronco de un árbol cercano

— Eres una chica tonta—No la estas observando, tienes los ojos pegados a algún terrón entre las hojas del pasto—. Ojalá ese tipo te haga sentir una fracción de lo bien que te sientes al ver tus dibujos animados
— ¡Anime! Ya te dije que cuando dices “dibujos animados” me haces sentir como una adolescente.
— ¡Acaso no lo somos! Joder, ni tan siquiera tenemos dieciocho. Seguimos haciendo estupideces—Estas furioso y te sonrojas— ¡Cuánto tiempo te durará este!
— Es un buen tío, ya te lo dije. Nada de locuras. Espero que se olvide de mi cuanto antes pues la verdad no lo soporto.
— Eres realmente estúpida pero no puedo dejarte, ¿sabes?
No se lo has dicho en verdad, nunca podrías hablarle así. Lo he comprendido todo. No te culpo de nada ¿Sabes? Son tus recuerdos y estás en todo tu derecho de manipularlos a tu antojo. No me molesta. Espero que me perdones el atrevimiento de volver a disfrazarme de ella. Déjame demostrarte cómo es que las cosas serían si fuera menos ciega. Yo sí te complaceré, sí dejaré que tomes mi cintura y me des el primer beso, ese que has guardado entre tus cuadernos y  uniforme. Déjame intentarlo.

— Soy una estúpida ¿verdad?—Me río, pero entre mis carcajadas escondo mi aroma adolescente—Siempre me arrepentiré del tiempo que he perdido. Yo…

Lo ves, ves la luz que se filtra por entre los pedruscos de la cueva en la que estás metido. Adelante te espero con los brazos abiertos.

— Siempre he tenido algo que decirte, pero es de la clase de cosas que nunca diría a una buena amiga.
— Yo sé lo que tienes que decir—Me aparto el flequillo y te hago una sonrisa, de esas que son fáciles de romper—. Te conozco desde siempre.

Me miras con furia, lo has descubierto todo ¿Verdad? No soy una buena actriz, lo he arruinado. Sabes que ella nunca diría eso. Tal vez ella se reiría y te llamaría “capullo energúmeno” o algo parecido. No, ella no te conoce casi nada. Siempre estás a su lado y la haces sentir bien, casi como uno de sus dibujos animados. Para ella eres un personaje secundario pero muy querido. Si hubiera una encuesta entre fans para decidir tu muerte, ella votaría negativo y se pelearía con medio mundo para defenderte, pero al primer mensaje de texto de su hombre, apagaría su portátil y lo atendería con una pequeña carcajada en el alma.

No soy ella pero en realidad no me importa.

Te tumbo en el pasto y me subo encima de ti, cierro los ojos pues sentirte cerca de mí me imbuye de éxtasis. Tú eres la persona más importante de mi vida de adolescente y yo soy una gran idiota por no darme cuenta de ello. Son tuyos mis ojos inexpertos, mi sudor juvenil, mi chaqueta y mi primitiva feminidad. Quisiera arrancarme la piel a puñados, darme contra un muro y tal vez así pensar las cosas bien. Prometo ser una buena chica y nunca hacerte sentir triste, prometo ser todos tus amigos y todo tu anhelo por la vida. ¡No lo hagas por favor, prolonga este instante más! Me encorvo encima de ti, como un gato cuando quiere que su dueño le abra la puerta en la mañana ¡Así, pon tus manos en mi cintura! Soy tuya en este instante. Hagamos de este fragmento de segundo, una eternidad.

Yazco cubierta de briznas. Puedo oír mis latidos en el oído. Siento una comezón en todo mi cuerpo bañado por el sudor y no puedo dejar de jadear. Mi uniforme es un desastre y la verdad estoy contenta con eso. Estoy exhausta y en mi visión del cielo han aparecido chispas de colores y formas extraños. No me dolió. Tampoco recibiré una reprimenda de mis padres pues estoy echada encima del último pedazo de la tierra que desaparecerá. Hice todo lo posible, pero sigo siendo una adolescente estúpida, y lo seré hasta dejar de existir.

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  [Fantasía Épica] Capítulo 6 Relatos de Mondabar
Enviado por: Relatos de Mondabar - 27/02/2016 05:01 PM - Foro: Tus historias - Sin respuestas

Hola a todos!!

Aquí os dejo el nuevo Capítulo de Relatos de Mondabar, ¡espero que os guste!

Saludos!!

RELATOS DE MONDABAR- CAPÍTULO 6

6.—Las calles de Lhaimar


Halan y Owain avanzaron por la calle central de la ciudad. Era una ancha avenida empedrada que la dividía en dos partes, atravesándola desde el puerto hasta el final de la ciudad, donde acababa abruptamente en un camino que se perdía en el bosque. A ambos lados de la calle, se levantaban casas construidas con madera, barro y piedra. Frente a ellas había dispuestos cientos de puestos y tenderetes, en los que se exponían todo tipo de mercancías. Había telas de texturas que Halan no había sentido jamás. Según andaban entre los puestos, el joven alargaba la mano para acariciarlas sorprendido por el extraño tacto. Les llegaban olores de exóticos alimentos especiados, que abrían su apetito. Vio animales de formas y colores imposibles y artefactos que hacían toda suerte de cosas. A su paso se cruzaban vendedores que no dejaban de cantar las virtudes de sus mercancías, ofreciéndoles descuentos y promesas sobre su calidad.
A pesar de ser un extraño en la ciudad, se sentía extrañamente confortable en ese lugar. Había gente tan diversa y de lugares tan distintos, que se sentía uno más. No había diferencia aparente entre él y cualquier otro de los cientos de foráneos que caminaban entre el gentío. El sol de la mañana se había abierto paso entre las nubes y comenzaba a caldear el ambiente.
—¿Quién era el hombre del puerto? —peguntó Halan mientras sorteaban a la gente que se iba deteniendo delante de los tenderetes.
—Degar —contestó Owain con una sonrisa—. Es un viejo amigo. Trabajamos juntos en muchas ocasiones. Incluso luchamos en bastantes batallas codo con codo.
Halan miró a Owain, sintiendo de nuevo esa sensación extraña de no saber muy bien ante quién se encontraba. Degar era un hombre fuerte y desde luego tenía aspecto de guerrero, pero a Halan no se le escapaba que era casi un anciano. Las batallas a las que se refería Owain deberían haber sucedido hacía bastante tiempo. Pero de ser así, su compañero de viaje habría sido un chiquillo. Una nube de preocupación cruzó su mente de nuevo. ¿Quién era ese hombre y por qué le ayudaba? Halan decidió que tarde o temprano debería averiguar su naturaleza, si iba a seguir viajando con él.
—Es un amigo leal —seguía diciendo Owain—. Se instaló en Lhaimar hace ya muchos años en busca de una vida más pacífica. Con su experiencia en el mundo militar y su carisma, no fue difícil que le nombraran alguacil. Es una persona en la que se puede confiar, y con la que no muchas desearían discutir.
Halan asintió en silencio. Decidió que ya indagaría sobre los secretos de Owain mas adelante. Ahora debía centrarse en su misión, aunque no bajaría la guardia.
—¿Dónde crees que podremos encontrar a La Sirena de Sangre?
—En esta zona no —contestó Owain haciendo un gesto con su mano para señalar a su alrededor —. Aquí no hay más que baratijas y objetos sin valor real. Sólo chucherías y lujos para ojos no expertos. En Lahimar hay que saber encontrar los lugares donde puedes hallar lo verdaderamente valioso. La Sirena de Sangre lo sabe y allí es donde debemos buscarla.
Siguieron avanzando por la avenida central, hasta que llegaron a un lugar donde la calle se ensanchaba, formando una pequeña plaza, alrededor de una estatua, deteriorada por el tiempo, que mostraba a un dragón enroscado alrededor de una montaña mirando hacia el suelo con expresión voraz. Varias posadas y tabernas se levantaban a su alrededor, contribuyendo a la algarabía del mercado, que tenía en esa plazoleta uno de sus puntos álgidos. Cada vez era más complicado andar, por la acumulación de personas. Halan comenzaba a sentirse incómodo. Nunca había visto tanta gente junta. Apenas había salido de Ébure en toda su vida, salvo esporádicos viajes con su padre a lugares y ciudades cercanas.
Desde la plaza, pudo divisar la alta silueta de un edificio, recortada por la luz del Sol. Elevándose sobre las casas, se levantaba una alta torre de aspecto tosco, pero resistente. Era una mole de piedra gris, que no parecía encajar con el resto de la ciudad. Tenía un gran ventanal en la parte más alta, del que pendía una larga bandera verde rectangular, en la que podía verse un dragón en posición similar al de la estatua de la plaza dibujado en colores grises y rojizos.
—¿Qué es ese lugar? —preguntó Halan.
Owain siguió su mirada y entrecerró los ojos para protegerlos del Sol. Recordaba perfectamente ese lugar. Había pasado mucho tiempo en él, pero tampoco tenía sentido hablar de eso ahora.
—La fortaleza de Kael. Es quién gobierna ahora las islas de Lhaimar desde hace un tiempo —contestó Owain en un tono neutro.
—¿Le conoces? Degar mencionó su nombre.
Owain asintió.
—Sí. También fue compañero nuestro, aunque es mucho más joven que Degar. Es un gran guerrero y tiene ciertos conocimientos mágicos. No me extraña que haya llegado tan lejos.
—Quizá pueda ayudarnos —sugirió Halan —. Puede que sepa dónde encontrar a la Sirena de Sangre, o al menos dejarnos un barco para buscarla.
—No lo creo. No le gusta hacer tratos con nada que tenga que ver con los piratas, aunque no en pocas ocasiones se ve obligado a hacerlos. Es mejor que no nos vea y sigamos nuestro camino.
Owain echó a andar sin decir nada más y sin darle tiempo a responder. Halan lanzó un vistazo mas a la torre y se apresuró en seguir a su compañero, que se alejaba a grandes zancadas, mientras se echaba la capucha sobre la cabeza, a pesar de que el día cada vez era más caluroso. Salieron de la plaza por un lateral y caminaron a gran velocidad por estrechas callejuelas, que se cruzaban unas con otras como un laberinto. Las casas parecían más toscas y deterioradas en esa zona. Las paredes grisáceas tenían ventanas cuadradas sin cristales ni postigos, simples aberturas en los muros, y Halan podía atisbar de cuando en cuando, rostros anónimos que le lanzaban curiosas miradas desde dentro de las casas. Se cruzaron con una turba de niños que corrían, persiguiéndose unos a otros, mientras un anciano les llamaba a gritos. Bajaron por una escalinata de piedra y llegaron a lo que parecía ser la parte baja de la ciudad.
Era un barrio muy distinto a lo que habían vivido en el atestado puerto. Había gente y puestos como en el centro de la ciudad, pero la cantidad de gente era mucho menor. No se escuchaba el griterío de los vendedores y los clientes caminaban tranquilamente de un puesto a otro. Era como un oasis de tranquilidad, aislado del barullo de la zona central.
Halan se fijó también en que el tipo de personas que pululaban por esa zona era diferente a la anterior. También había diversidad de razas y de gentes, pero su aspecto era especial. No eran ciudadanos comunes, sino que parecían mercenarios y guerreros. Gente habituada a la aventura y a la acción.
—Allí —susurró Owain señalando una alta figura encapuchada y posando una mano en el pecho de Halan para que se detuviera.
Caminaba con elegancia y tranquilidad entre los puestos. De vez en cuando se detenía frente a uno de ellos y tomaba algún objeto con su enguantada mano, lo examinaba brevemente y volvía a dejarlo. Era alta y los aleteos de su capa, oscura y con reflejos carmesíes, dejaban atisbos de una figura esbelta. Sus movimientos eran fluidos y ágiles. Desde donde estaban no podían ver su rostro, oculto por una ancha capucha, pero Owain estaba seguro de que era ella. De su cadera pendía una espada curva, que de vez en cuando repiqueteaba cuando se giraba.
—Sigámosla a cierta distancia, de momento —sugirió Owain.
—¿Por qué? ¿No sería mejor que hablásemos con ella directamente? —preguntó Halan —Dijiste que erais amigos, ¿por qué tanta cautela?
—Hazme caso, es mejor así —se limitó a responder.
Siguieron a la mujer encapuchada durante un buen rato, mientras ella iba de un lugar a otro. Parecía buscar algo concreto entre las mercancías que se exhibían. Se acercaba a los tenderetes y observaba en silencio durante unos instantes, tomando diferentes objetos, hasta que se volvía y seguía su camino. Tras recorrer varios puestos más, giró a su derecha y se introdujo en un callejón. Owain y Halan se apresuraron a seguirla, manteniendo la distancia, pero cuidando de no perderla de vista. La observaron discretamente desde detrás de las telas de un tenderete.
La mujer se detuvo ante una puerta de madera desvencijada y tras mirar a un lado y a otro, la golpeó con los nudillos suavemente. Pasaron unos instantes hasta que se abrió ligeramente. Un hombre de aspecto rudo y sucio, asomó la cabeza y la miró de arriba abajo. Ella esperó pacientemente hasta que él se hizo a un lado y le franqueó el paso. La puerta se cerró tras ella de golpe.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Halan preocupado.
—Esperaremos —contestó Owain sin quitar los ojos de la puerta, mientras se adentraban en el callejón —. No creo que tarde en salir.

El enano escuchó como varias flechas impactaron en las paredes del carromato, mientras el griterío aumentaba de intensidad en el exterior. Varias exclamaciones de dolor le revelaron que algunas de las saetas habían dado en el blanco. Escuchó como a lo lejos alguien gritaba una orden y al instante, el sonido de muchas pisadas apresuradas le anunció una carga contra los soldados que le custodiaban. Las espadas se desenvainaron y empezaron a repiquetear. El carro se sacudió cuando alguien chocó contra él, aullando de dolor. De pronto, escuchó el relincho asustado de los caballos que tiraban del vehículo. Las ruedas chasquearon cuando el vehículo comenzó a avanzar de improviso, lanzando al enano al suelo con violencia.
—¡Maldita sea! —se quejó, mientras trataba de incorporarse.
El carro saltaba y bamboleaba de un lado a otro, lanzándole contra las paredes de forma descontrolada. Los sonidos de batalla quedaron lejos rápidamente. Tras unos interminables instantes, notó como los caballos tomaban una curva cerrada y escuchó un fuerte crujido. El carro volcó y se derrumbó con un fuerte estrépito, haciéndole caer de bruces contra el suelo, que ahora era una de las paredes. El armazón se deslizó por el suelo, hasta que chocó con algo con gran estrépito y se quedó inmóvil. El enano gimió y trató de moverse, pero las cadenas se habían enredado a su alrededor y le habían dejado en una posición en la que casi no tenía capacidad de maniobra.
—Por los dioses…—murmuró, mientras dejaba caer la cabeza dolorido.
A su alrededor se había hecho el silencio. Los caballos que tiraban del carro habían huido, y la batalla había quedado lejos. Durante un largo rato, lo único que escuchó fue el cantar de los pájaros en las copas de los árboles que suponía había alrededor del carromato. Poco a poco, un canto se fue distinguiendo cada vez más cercano, hasta que de nuevo, escuchó el familiar aleteo junto al ventanuco. El enano suspiró aliviado.
Unos pasos ligeros y apresurados se acercaron con rapidez. Notó como alguien se encaramaba al carro y comenzaba a trastear en la puerta, que al parecer quedaba justo en lo que ahora era el techo. La hoja de metal se abrió y chocó contra la pared con gran estrepito. Alguien se deslizó al interior, y aterrizó a su lado con suavidad. Unas hábiles manos le liberaron de las cadenas, forzando las cerraduras y le ayudaron a incorporarse. El enano se retiró la venda y parpadeó para habituarse a la claridad que se filtraba por la puerta abierta.
—¡Ya era hora! —protestó —¡Y ya podríais tener cuidado, casi me mato aplastado en este carro!
—Un error de cálculo. Una flecha alcanzó a uno de los caballos y les hizo huir —dijo una voz femenina frente a él.
El enano por fin fijó la vista. Frente a él había una joven vestida con una ligera armadura de cuero y una capucha del mismo material. Tenía la mitad del rostro cubierto por un pañuelo, que sólo dejaba a la vista sus ojos negros. Unos largos rizos oscuros se escapaban de la capucha y caían por sus hombros.
—¿Dónde estamos? —preguntó él —Hace días que me han llevado de un lado a otro como un saco de verduras, con los ojos vendados.
—En Lhaimar —respondió la joven —. Lo cierto es que no ha sido fácil encontrarte.
—Me alegro de que lo hayáis hecho —agradeció él.
Ella asintió brevemente, después le miró con intensidad.
—Tenemos problemas —dijo con gravedad —. Esto no ha sido una casualidad. Las noticias que hemos recibido son preocupantes.
El enano agitó la cabeza con pesar.
—De acuerdo. Pero salgamos de aquí primero.
La joven movió la cabeza afirmativamente.
—Volvamos con los demás. Tenemos un barco esperando. Lo mejor será salir de Lhaimar cuanto antes —dijo mientras se agarraba al borde de la puerta abierta para salir.

*******Si quieres leer los capítulos anteriores, puedes hacerlo aquí: Relatos de Mondabar *******

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  Reto La Muerte I: Volver
Enviado por: Joker - 27/02/2016 03:36 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (10)

El viejo abrió los ojos. Tras de sí, como envuelto en una neblina, vio su propio cuerpo inmovilizado en un aire denso y translúcido, con multitud de doctores y enfermeras alrededor. Las máquinas conectadas a sus constantes vitales estaban congeladas en un eterno pitido que anunciaban al mundo su fallecimiento.

—Pues sí que estamos bien —murmuró el hombre con fastidio—. Por lo visto acabo de palmarla.

—¿El señor Onésimo García? —preguntó una voz meliflua a su espalda. Onésimo se giró rápidamente, o más bien realizó el equivalente espiritual de girarse, lo que le produjo una sensación bastante molesta de mareo, para encararse con quien lo requería.

—Sí, soy yo. ¿Y usted es…?

—Mi nombre es Mariano, y tras su fallecimiento vengo a acompañarle y guiarle en el periplo de su camino a una nueva vida que…

—Espere, espere —interrumpió enfadado el discurso aprendido de memoria de su interlocutor—, ¿me está diciendo que es la muerte? ¿Usted?

Incrédulo, Onésimo repasó el aspecto de Mariano. Era un hombrecillo pequeño, regordete y casi calvo, con unas gafas de montura metálica que cabalgaban patéticamente su nariz dándole un aspecto de contable pasado de moda, algo que su traje viejo a cuadros ayudaba a resaltar. Dos grandes orejas remataban una cabeza más redonda de lo habitual, proporcionando a la vista un festín bastante peculiar.

—Bueno, no soy La Muerte como tal, sino uno de sus múltiples ayudantes. Mi misión es acompañarle y guiarle en… —comenzó de nuevo con el sonsonete de quien se conoce sus palabras al dedillo.

—¡Que se calle, puñeta! Ya me ha dicho quién es, y sospecho qué quiere. Y no.

—¿Que no? —preguntó confundido Mariano —. ¿Cómo que no?

—Que no, que no me voy con usted, ni que me acompañe ni que me guíe a donde narices me tenga que acompañar o que guiar. ¡Habrase visto tamaña desfachatez! Me muero y van y me mandan a un comercial bajito y con gafas.

—Oiga, que no es necesario faltar. Soy bajito y llevo gafas, sí, pero desde luego no soy un comercial. Soy el ayudante de La Muerte —respondió muy digno, levantando la cara de forma que miraba a Onésimo desde arriba. O al menos lo intentaba, aunque lo que realmente conseguía era un bizqueo un tanto vago.

—Por mí como si es usted entrenador del Real Madrid. Yo de aquí no me muevo.

—Bueno, don Onésimo, vamos a ver —continuó el hombrecillo con su mejor tono conciliador, agarrando al anciano del brazo; no en vano había practicado con innumerables ancianas cascarrabias que se aferraban a su antigua vida como si fuera un amante joven—. Usted no puede quedarse aquí. Aunque le cueste reconocerlo, ha muerto, o como suele decirse “pasado a mejor vida”, y debe iniciar el tránsito al otro lado.

—Y una mierda. Ya sé que he muerto, joven, soy viejo pero no idiota, y desde luego no estoy ciego. Ese de ahí es mi cuerpo —señaló hacia atrás con el pulgar—, aunque con lo estropeado que estaba tampoco me servía de mucho. Lo que le estoy diciendo es que no me pienso mover de aquí y punto.

—¿Y entonces qué va a hacer? ¿Convertirse en un fantasma? Hombre —rió Mariano—, me parece que ha visto usted muchas películas.

—Pues mire, no se me había ocurrido eso del fantasma, pero podría estar bien; hay un par de asuntos que me gustaría arreglar con mi yerno, por cierto… —dijo Onésimo, mientras sonreía calculadoramente.

—No es buena idea, créame. Los fantasmas están muy mal vistos en este nuevo estado del que disfruta. Son estúpidos, chapuceros y muy ruidosos; son como los ladronzuelos del más allá. Estará mucho mejor si viene conmigo y asume su condición.

—¡Que no me da la gana, leñe! No me he tirado los últimos diez años abandonado en una residencia de ancianos para que ahora me venga usted con zarandajas. Yo, que era el alma de la sala de visitas…

—Pues aquí me consta que era bastante protestón e intransigente —comentó Mariano mientras consultaba unos papeles que había sacado del bolsillo—. De hecho, las asistentas lo llamaban “el enano gruñón”.

—Ahhh, esas malas pécoras me tenían manía. Todo porque una vez le di a Carmen una palmadita en el trasero, y ya empezaron a llamarme viejo verde y a avisar a las enfermeras de que no se me pusieran a tiro. Pero es que con ese culazo, cualquiera se resistía —rememoró el viejo—. De todos modos, a lo que estamos: no pienso ir con usted.

—Pero… ¡Pero esto es altamente irregular!

—Oblígueme si es capaz.

—Voy a tener que… —Onésimo nunca sabría qué iba a tener que hacer Mariano, porque en ese momento un soplo de aire helado interrumpió su discurso.

—¿Puede explicarme alguien qué está pasando aquí? Tengo la impresión de que las cosas no van bien del todo—terció una nueva voz.

Ambos se giraron para encarar al recién llegado. Era un hombre muy viejo y tan delgado que, literalmente, parecía solo piel y huesos. Las mejillas se le tensaban hacia dentro hasta tal punto que podían notarse los relieves de los dientes, la piel apergaminada semejaba el tacto de las alas de una mariposa muerta. Unos cabellos ralos aunque elegantemente peinados, cubrían apenas su cráneo, tan pálido que las venas se transparentaban. Sus enflaquecidas manos, coronadas con una primorosa manicura, se apoyaban en un bastón de ébano con mango de plata que recordaba a una guadaña. Vestía un impecable traje negro de tres piezas, de cuyo chaleco colgaba un diminuto reloj de arena sujeto a una cadenilla de oro.

—¡Señor! —Inmediatamente Mariano se acercó al caballero y le hizo una torpe reverencia—. Cuánto siento que se haya tenido que molestar en venir; seguro que tiene cosas mejores que hacer.

—Bueno, no se crea. Ahora mismo estaba en una auditoría, y necesitaba tomarme un respiro. Desde que se han implantado las nuevas normas de recuento espiritual la contabilidad es un caos, y mis compañeros no ayudan en nada. Guerra se quiere apropiar de las almas de Hambre, y Peste ha decidido que las chinches y pulgas también son de su competencia —Muerte suspiró con cansancio—. Antes era todo mucho más sencillo: un muerto, un alma, y ya se ocuparían de las cuentas arriba. Ahora me exigen que controle la trazabilidad. ¡Tra-za-bi-li-dad! Bien, ahora explíquenme qué está pasando.

—Bueno, usted sí que parece una Muerte como Dios manda —terció Onésimo, con satisfacción.

—¡Onésimo, por favor, un poco de respeto! Verá, Señoría, don Onésimo aquí presente, que no quiere iniciar el tránsito…

—Mariano, por favor, no sea tan pusilánime, que parece que estuviéramos hablando de sus movimientos intestinales. O sea, que no quiere seguir, ¿no? —preguntó, dirigiéndose directamente al vejete.

—Exacto, no quiero.

—Y ¿me podría explicar por qué? Supuestamente ha pasado a mejor vida y todo eso; tras una enfermedad como la que presumo, debería estar encantado.

—Oiga, mire —explicó Onésimo con gesto contrito—, es que hay cosas que me gustaría dejar terminadas, flecos sueltos en mi vida, por así decirlo. Y soy muy cabezota. Igual puede intentar obligarme a seguir adelante, pero le aseguro que no pienso irme sin pelear, y cuando decido armar escándalo no hay quién me gane. Pregunte a Mariano, pregúntele.

Muerte suspiró.

—¿Sabe? Estoy muy harto. Esto de ser Muerte en un momento tan difícil de transición burocrática, es algo muy pesado, así que no tengo ganas de pelear, ni de llevar a rastras al más allá a un viejo que podría ser mi tataratataratataratataranieto. Así que decreto que su alma volverá a nacer en otro cuerpo, pero no recordará nada de su vida anterior. —Y de este modo, chasqueando los dedos, desaparecieron Muerte y Mariano, dejando solo al viejo.

Mientras el espíritu de Onésimo se disolvía, rió para sí. Llevaba cientos, tal vez miles de años haciendo lo mismo, una y otra vez. En raras ocasiones se había tenido que enfrentar a la Muerte misma, casi siempre lo reencarnaban aquellos que venían a buscarle: al fin y al cabo, nunca había sido lo suficientemente importante como para que el mismo Rey del Más Allá lo recogiera. Y todas las veces, nada más morir, recordaba las vidas que había dejado atrás y las formas de evitar su paso al otro lado. “Pero la vida es tan bella, tan maravillosa, que merece la pena morir mil veces para seguir viviendo”. Y con esta última reflexión, se desvaneció.

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  Reto La Muerte I: Obsesión
Enviado por: Joker - 27/02/2016 03:20 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (9)

La puerta se abrió de golpe. Una figurada encapuchada se arrastró cojeando hacia el interior de la estancia dejando un reguero de sangre a su espalda. Cada paso que daba parecía costarle horrores, hasta que finalmente cayó de bruces sobre el frío suelo. Resoplando, intento levantarse de nuevo, pero el esfuerzo resultó inútil. La sangre empezó a encharcarse.

«Esto no puede estar pasando…», se dijo el hombre con el rostro congestionado. De pronto le sobrevino una arcada, y una mezcla de bilis y sangre brotó de su boca. Un escalofrío recorrió su espalda y abrió muchos los ojos, asustado.

Empezó a arrastrarse por el suelo en dirección a las escaleras. Intentó usar sus poderes para curar alguna de las múltiples heridas que surcaban su cuerpo por dentro y por fuera, pero su magia estaba completamente mermada. Comenzó a sentir frío, aunque poco tenía que ver con las ventanas abiertas por las que se colaba la luz de la luna llena.

«Tengo que llegar hasta el libro… tiene que haber alguna forma…», intentó convencerse. Empezó a escalar por los empinados peldaños, embadurnándolos con sangre. De nuevo le sobrevino una arcada, y un sudor frío empezó a recorrerle la frente.

Casi agotado por el esfuerzo consiguió llegar al piso superior. Intentó forzar una sonrisa, pero un vistazo abajo le provocó un nuevo escalofrió. Desde el vano de la puerta hasta lo alto de la escalera todo estaba impregnado de una sustancia rojiza. Nunca había visto tanta sangre… al menos no suya.

«No puedo creerme que de verdad existan…», se lamentó desesperado empezando a arrastrarse por el pasillo. Necesitaba llegar a su habitación, necesitaba abrir el baúl que había a los pies de su cama, necesitaba encontrar alguna respuesta en el maldito libro…

Cada vez la puerta estaba más cerca, pero sus posibilidades se antojaban cada vez más remotas. De repente un chasquido sonó a lo lejos proveniente del sótano. Su cara se tornó al instante blanca como la nieve.

«¡Hoy no…! ¡Ahora no…!», pensó empezando a temblar. El sonido de unas garras resonó por la silenciosa casa. Un olfateo, un gruñido y unos pasos subiendo los peldaños. Dos ojos ambarinos aparecieron de pronto por el hueco de la escalera. Con suma cautela la bestia empezó a acercarse.

En ese instante le pasó toda su vida por delante de sus ojos…

Su infancia en la pequeña Valtena, maltratado y humillado por un padre autoritario. Su huida hacia la gran ciudad de Rizevel con apenas trece años, donde sus dotes mágicas le permitieron subsistir haciendo números callejeros para los transeúntes. Las noches durmiendo en callejones y portales… hasta que Lerín le encontró.

El viejo idiota nunca le cayó demasiado bien, pero siempre le estaría agradecido por sacarle de la calle. Gracias a él pudo asistir a la Academia Imperial de Hechicería, dónde poco a poco fue labrándose un nombre. Su pericia en la magia era tal, que constantemente le requerían para los más diversos trabajos en todas las partes del imperio. Y con el tiempo, hasta el mismísimo emperador terminó por llamarle.

Apenas contaba treinta y cuatro años cuando se convirtió en Hechicero Imperial. Como tal, su libertad para hacer investigaciones relacionadas con la magia era total. No tardó en orientar sus investigaciones hacia su mayor inquietud… la muerte.

Desde las palizas de su padre, que le habían dejado inconsciente en más de una ocasión, hasta las frías noches de invierno durmiendo en las callejas, sabía muy bien lo que era estar al borde de la muerte. Nada había que pudiera temer más que ver finalizados sus días. Aquellas noches a la intemperie, mirando las distantes estrellas, rodeado de oscuridad… así imaginaba lo que venía después de la muerte, una oscuridad fría, infinita y eterna… no quería llegar a eso por nada del mundo.

Sus investigaciones se centraron desde un comienzo en revisar cientos de libros antiguos de la Academia, buscando cualquier cosa que hablara sobre la muerte o la inmortalidad. Sin embargo pronto descubrió que todo eran conjeturas y teorías. Los antiguos magos, de la época en que también dirigían el culto del país, defendían que la magia emanaba del alma, que esta estaba formada de la magia más pura e inestable. En otros libros negaban tal cosa, y afirmaban que la magia emanaba de la naturaleza. Al final, lo que quedaba claro era que todo era palabrería, pues nadie parecía haber experimentado nunca con estos temas. O al menos, no en la Academia… tenía que buscar más allá de aquellos muros.

En aquel momento empezaron sus viajes a los rincones más recónditos del Imperio, buscando respuestas a sus preguntas entre las ruinas del pasado y los círculos de magos más esotéricos. Tras años de búsqueda, dio con un libro. Escrito a mano hacia más de cuatrocientos años, parecía tener las respuestas que anhelaba.

El libro abordaba muchos de los tabúes de la hechicería, los cuales no tardaron en llamar su atención. Pasó noches enteras sin dormir devorando sus páginas. Las teorías del autor en relación con la inmortalidad seguían la senda de las quimeras. Dominar el arte de crear estas criaturas, el arte de crear nueva vida, era primordial para seguir el camino a la inmortalidad. Había que aprender a manipular la vida para después manipular a la muerte.

Así decidió comprar una villa muy alejada de la ciudad. Necesitaba un lugar aislado y apartado de miradas curiosas para llevar a cabo sus experimentos. Las leyes imperiales condenaban todo lo que él iba a hacer desde ese momento en adelante. Empezó por cruzar distintas especies animales, los resultados fueron dispares al principio, pero con el tiempo llego a dominar la técnica. Entonces llegó el turno de la mayor abominación, empezó a trabajar en quimeras humanas. Pobres diablos sacados de las calles, olvidados por la sociedad en un callejón, pero recogidos por él con mentiras y falsas promesas para convertirlos en ratas de laboratorio.

Las quimeras humanas eran más complejas, el cerebro humano, más desarrollado que el de otros animales, era difícil de alterar y continuamente las quimeras fallecían por muerte cerebral.

Los éxitos llegaron con el tiempo, consiguió un buen resultado al mezclar a un muchacho con una hiena. La quimera resultante era muy astuta, conseguía a menudo escaparse de la jaula, pues él nunca prestó demasiada atención a la seguridad. Su poder era tan grande que no tenía nada que temer de esas criaturas. Otra característica de la hiena humana, es que parecía conservar algún recuerdo, o al menos, tenía algún tipo de conciencia sobre lo que le había ocurrido y quien se lo había hecho. Cuando escapaba siempre intentaba ir a por él, pero para su desgracia él siempre tenía una barrera mágica a su alrededor que le protegía y a la vez dañaba a quien se acercara.

Poco a poco, a costa de un esfuerzo sobrehumano y de privarse del placer de los sueños, fue dominando la técnica y realizando más quimeras humanas, mucho más dóciles y obedientes que la primera. Llegó por tanto la hora de dar un paso más siguiendo las teorías del libro. Si podía transferir la vida de un cuerpo a otro, mezclar dos vidas en una… era hora de aprender a absorber la vida y lograr la inmortalidad.

Reunió, una vez más, a unos cuantos desdichados y los ató a los postes que había instalado en el patio de la villa. Iluminado por la luna llena, empezó su experimento. Creó un círculo mágico y los envolvió a todos con él. Concentró su energía hasta que pudo sentir la presencia etérea de la vida de aquellos desgraciados. Atrajo hacia si toda esa vida entre los gritos desesperados de aquellos que la perdían. Entonces los aullidos agónicos de aquella pobre gente aumentaron de golpe, pues había algo más con lo que él, en su descuido, no había contado. Entonces todo sucedió, el cielo se oscureció de repente, el círculo mágico colapsó, y llegó el dolor y la sangre.


El alma. Nunca había creído en su existencia, pero era un error no haberse cuidado de esa posibilidad. Ahora, con la bestia a un par de metros, la certeza de su existencia caía sobre él con toda crudeza. Había intentado absorber las vidas de aquellos hombres, pero en el camino había liberado sus almas sin el menor control. Grave error. Aquello había desbordado su capacidad, los hombres desposeídos de la esencia de la vida habían muerto, y él iba a pagar el precio de una vida de pecados.

Los ojos del hechicero se anegaron en lágrimas. La criatura se detuvo a un par de metros, temerosa, esperando una reacción que no sucedió. Entonces la quimera rió macabramente, complacida. Antes de que el hechicero pudiera discernir si la risotada provenía de su mitad humana o de su mitad hiena, la bestia se abalanzó sobre él.

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  Sobre libros
Enviado por: Enigmaticos - 25/02/2016 11:25 PM - Foro: Taller Literario - Respuestas (7)

Chicos , estas semanas estoy muy movido respecto a la literatura y queria saber sobre la literatura de Patrick Rothfuss , steven erickson . Y referéncias cortas sobre sus creaciones , así como una pequeña explicación sobre sus libros y como parten sus sagas  .................... si hay algún otro autor mas por favor diganlo y hagan lo mismo de detallar etc ...................................................... excluyan a J.R Martin y a tolkien , por cierto lean las de jean ray- Harry dickson

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  Reto La Muerte I: Lo que les hace humanos
Enviado por: Joker - 25/02/2016 10:58 AM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (18)

LO QUE LOS HACE HUMANOS


El interior de la cabaña era oscuro y frío. No había ventanas y una pesada cortina cubría la entrada. Las paredes se perdían en las tinieblas, dando al lugar un aspecto atemporal y fantasmagórico. La única fuente de luz, pálida y mortecina, provenía de una solitaria vela que luchaba, con escaso resultado, por dar algo de claridad entre las sombras.
El visitante, alto y de porte estirado, paseó su atenta mirada por el lugar. Cubría su cabeza con una capucha que apenas dejaría entrever su rostro ni a la luz del día. Sus ojos, penetrantes y grises como la niebla de una mañana de otoño, se detuvieron sobre la pequeña figura que buscaban.
Se trataba de una mujer encorvada sobre la mesa, junto a la vela que lograba iluminar su cara lo suficiente como para apreciar las arrugas y manchas que la surcaban. Los cabellos blancos, largos y finos, estaban desordenados y enredados, y caían como una maraña sobre sus hombros. Despedía un aura de poder y misterio a su alrededor que ponía los pelos de punta a quienes osaban adentrarse en su morada. Sin embargo, Valgir Kraison permaneció impertérrito ante su presencia.
—Vaya, vaya —dijo la mujer, con una voz susurrante—. Un visitante lo suficiente valiente, o ingenuo, como para mantener la compostura incluso en mi humilde hogar.
Valgir no respondió al comentario de la bruja.
—No se ven muchos como tú por aquí, querido —continuó ella, al ver que no iba a obtener respuesta—. Pero tanto unos como otros quieren lo mismo. Dime, ¿en tu caso de qué se trata? ¿Ansías la inmortalidad? ¿No? ¿Tal vez deseas salvar la vida de alguien? ¿Una amante, quizás? ¿Tampoco? ¿Será entonces que lo que has venido a buscar es que resucite a algún ser querido?
—Ninguna de esas opciones, mujer —respondió al final Valgir Kraison. Su voz sonó serena y decidida, sin una pizca de temor. Una voz acostumbrada a dar órdenes y ser obedecida sin rechistar—. No he venido aquí buscando la vida, si no la muerte —Mientras hablaba, se descubrió el rostro, de manera que la anciana pudo ver, a la escasa luz, las orejas puntiagudas que sobresalían entre la larga y bien peinada melena castaña—. La mía.
—¡Esto sí que es nuevo! ¡Un elfo pidiendo morir! —la mujer rio. El sonido de sus carcajadas retumbaba como un trueno—. No obstante, tengo lo que buscas, querido. Un veneno capaz de matar a la más fuerte de las criaturas, incluidos los inmortales elfos, extraído de la mismísima Alaeskia, la serpiente del infierno. Una sola gota, y morirás en apenas unos minutos. Es un poco doloroso, pero eficaz.
—No me has entendido —intervino el elfo—. No quiero morir de inmediato. Sólo ser mortal.
Por un momento la bruja pareció quedarse estupefacta. Un silencio denso y pesado inundó la estancia; hasta que las carcajadas de la mujer, todavía más estruendosas que antes, lo rompieron de nuevo.
La bruja continuó riendo durante un par de minutos antes de cortar la risa de manera brusca. Ladeó la cabeza y clavó sus ojos en Valgir. Solo entonces el elfo se percató de que eran cada uno de un color. El derecho de un blanco lechoso, mientras que el izquierdo era negro como el azabache. En ese momento se le escapó, por fin, un escalofrió que lo recorrió entero.
—¿Por qué? —inquirió la voz de la mujer desde lo más profundo de su ser, sonando como el graznido ahogado de un cuervo.
—Solo quiero ser más humano.


***


473 años antes. Al final de la Cuarta Guerra Humana.



El general Valgir Kraison, al mando del segundo batallón del VII ejército élfico, está acampado junto al reciente campo de batalla en el que se ha convertido la ciudad de Grilboun, capital del reino humano de Shudmit. Cientos de cadáveres humanos cubren las calles de la urbe, mientras que los elfos heridos son trasladados a las tiendas de recuperación, donde los médicos y magos tratan de curarlos. Aunque los elfos no mueren, independientemente de la magnitud de sus heridas, el equipo médico está encargado de hacer que dichas heridas sanen correctamente, de manera que los que las han sufrido no tengan cicatrices ni malformaciones que entorpezcan su vida durante toda la eternidad.

Valgir es uno de los mejores generales de los que dispone la Alianza Élfica de Reinos y Ciudades Independientes. Durante su larga historia de luchas con otras razas ha destacado como un firme dirigente y un inteligente estratega. Gracias a él se venció a los testarudos enanos en las guerras de la primera era, obligándolos a replegarse al interior de las Montañas Malditas, de donde nunca más han salido. También comandó las operaciones militares que lograron expulsar a los escurridizos centauros de los bosques del norte. Entre otras muchas grandes victorias militares.

Ahora es uno de los encargados de poner fin a la molesta plaga humana que se extiende como una infección por el sur del Mar Frío. La última gran ciudad ha caído, pero la resistencia se mantiene en pequeños grupos repartidos por una gran extensión.

En la reciente batalla los soldados han logrado capturar a la líder humana, llamada Riaky Slen. Está prisionera en una tienda, encadenada y vigilada por media docena de guardias elfos.

Valgir Kraison se dirige a la tienda, con la intención de interrogar a la humana y obtener información sobre los grupos de resistencia que quedan en el reino. También tiene un segundo objetivo, más personal, pero igual de importante para ganar de manera definitiva la guerra contra los humanos.

Aunque procura mantenerlo en secreto, sus grandes logros han sido debidos, en su mayoría, a su capacidad para comprender al enemigo y saber cómo piensa. Siempre le ha resultado de una facilidad asombrosa entender las culturas de las distintas razas a las que se ha enfrentado y diseñar una estrategia contra ellas. Sin embargo, a los humanos no consigue comprenderlos. Parecen simples y predecibles, pero terminan actuando de maneras incomprensibles para él.

Al entrar en la tienda hace un gesto a los guardias para que se marchen, dejándolo solo con la prisionera. Esta se trata de una mujer madura, en la que los años de lucha y constantes enfrenamientos han dejado factura. El rostro presenta una cicatriz reciente que afea su rostro. Su mirada desafiante se clava en Valgir.

— Estarás contento, elfo —dice en tono sarcástico—. Has logrado tomar la ciudad, seguro que ahora los tuyos te dan otra medallita —añade, señalando las distintas insignias que el elfo, orgulloso, lleva en el pecho de la armadura.

Sin hacer caso del comentario de la mujer, Valgir la observa con sus penetrantes ojos grises. Trata de averiguar qué se esconde en la cabeza de Riaky.

—Dime, humana —la interrumpe por fin—, ¿por qué peleáis?

—¿Qué porqué luchamos? —responde ella, sorprendida— Por nuestras vidas y las de nuestros hijos. Por tener un lugar en el que vivir y llamar hogar. Por nuestra libertad, sin rendir cuentas ante vosotros, que pretendéis doblegar a los nuestros.

—¿Acaso no lo entiendes? —replica él—. Sois una raza débil y mortal, voluble y, si me lo permites, con graves problemas internos. No creas que no me han llegado rumores sobre vuestras luchas entre distintas facciones. Os iría mucho mejor como siervos de los elfos. Nosotros os mantendremos a salvo de otras amenazas y nos encargaremos de que estéis en paz. Solo tenéis que rendiros y arrodillaros ante nosotros.

—No vamos a ser esclavos de nadie —responde Riaky, con mirada decidida y voz agresiva—. Lucharemos por nuestra libertad hasta donde haga falta.

—Si todos los tuyos piensan como tú, humana, es que sois unos ingenuos. No podéis tratar de vencernos, nunca lo lograréis, aunque obtengáis alguna victoria aislada. Vuestra propia naturaleza está en vuestra contra. Vivís apenas un suspiro y morís antes de aprender nada sobre el verdadero funcionar del mundo. Sin embargo nosotros no podemos morir, estaremos siempre aquí, enfrentándoos y reduciendo vuestro número, recordando cada una de vuestras inútiles estrategias de guerra.

—El que no entiende nada eres tú. No nos comprendéis y eso es lo que os hará perder la guerra. Nos llamas débiles por ser mortales, pero es precisamente nuestra mortalidad, y la consciencia de ella, la que nos hace luchar hasta el final. Preferimos morir luchando por nuestra libertad que vivir como esclavos de una raza fría y sin emociones como vosotros, dejando a nuestros hijos el mismo futuro cruel. Creéis que por ser inmortales vosotros sois mejores, pero no entendéis que el saber que vamos a morir en algún momento es lo que nos hace humanos, vivir con intensidad, disfrutar de cada momento, amar y odiar con el corazón.

—Es posible que logréis seguir luchando unos años —la interrumpe Valgir, cansado de oír sus ilógicos argumentos—, pero llegará un día  en que vuestros descendientes terminarán por rendirse, cuando apenas queden de los tuyos y tu nombre y el de todos tus compatriotas se hayan perdido en el olvido. Te aseguro que ese día llegará y yo, que estaré allí para verlo, sonreiré y te recordaré aquí prisionera, hablando sobre libertad y amor.

Riaky no responde a su provocación, convencida de sus palabras y cansada de los comentarios grandilocuentes del elfo. Este, frustrado, sale de la tienda con paso firme. No comprende a estas criaturas ni su manera de ver el mundo. Eso lo asusta, pues no le permite adivinar cómo actuaran y anteponerse a sus movimientos. Las palabras de la mujer resuenan en su cabeza mientras se aleja de la tienda donde está prisionera. “Saber que vamos a morir en algún momento es lo que nos hace humanos”. “Lo que nos hace humanos”.



***


—Solo quiero ser más humano —repitió el elfo en apenas un susurro.
Habían pasado años desde aquella conversación, pero la guerra continuaba. Los humanos no se rendían jamás y, a pesar de que en cada batalla morían cientos de ellos, su ritmo de reproducción y crecimiento les permitía seguir oponiendo fuerzas a los elfos. Hasta los territorios humanos se habían extendido, robando tierras tanto a los elfos como a otras razas más pacíficas.
Durante mucho tiempo trató de vencerlos, pero viendo que no lograba ningún progreso empezó a obsesionarse con el ser capaz de comprender la mente humana, hasta que acabó retirándose del mando del ejército. Y las palabras de aquella mujer resonaron en sus pensamientos una y otra vez.
Finalmente llegó a la conclusión de que volverse como ellos era la única forma de comprender, y vencer, a los humanos.
—Así que eso es lo que quieres —dijo la bruja, pensativa, meditando las palabras del elfo. Lo observó con atención, sin dejar entrever emoción o pensamiento alguno. Tras un largo silencio, volvió a hablar—. De acuerdo. Si lo que quieres es ser mortal como un humano, que así sea.
Dicho esto, agitó las manos en dirección a Valgir Kraison. Un humo denso y más negro que la oscuridad de la cabaña brotó de sus dedos y envolvió al elfo en un abrazo asfixiante. En apenas unos suspiros, lo cubrió por completo, sumiéndolo en la negrura. La sensación cuando le entró por la nariz y la boca le provocó arcadas, pero pronto perdió la consciencia.
Cuando despertó, se encontraba en mitad del bosque. Estaba aturdido y tardó un rato en recordar lo sucedido. Se sentía mareado.
Recorrió los alrededores, pero no había ni rastro de la cabaña de la bruja.


***


68 años después.



El anciano se encuentra solo, recostado en un mugriento colchón en una posada de mala muerte. Su cabello está lacio y blanquecino, mientras que sus ojos cenicientos han perdido todo rastro de brillo. El rostro está lleno de arrugas y marcas de la edad, y la piel le cuelga de los huesos.

Valgir Kraison, el antaño orgulloso y respetado general élfico, rememora ahora su larga vida y, en especial, las seis últimas décadas, que para él han sido apenas un suspiro, comparadas con los siglos anteriores. Maldice mentalmente, con sus escasas fuerzas, a la bruja y también a aquella humana, la Riaky Slen.

“Lo que nos hace humanos” dijo, refiriéndose a la consciencia de la propia muerte. Sin embargo él, que ha sacrificado su vida inmortal por ser como ellos, sigue siendo incapaz de comprenderlos lo más mínimo.

Los años transcurridos, aunque para él han sido muy cortos, en realidad han dado bastante de sí. El ejército humano ha seguido creciendo y ganando cada vez más batallas. De alguna forma, son esos seres mortales los que han entendido la mentalidad de los elfos y empiezan a comprender, y a superar, sus estrategias militares, perfeccionadas durante siglos de guerras.

En cuanto al propio Valgir, se sintió envejecer al poco de visitar a la bruja. Decidido a entender a los humanos, trató de vivir tomando consciencia de lo que significaba ser mortal. Pero pronto, cuando los signos del paso del tiempo empezaron a ser visibles en él, los demás elfos, a los que no les gusta ninguna señal de decadencia, lo repudiaron y expulsaron.

En poco tiempo, Valgir se vio recorriendo caminos y vagando de pueblo en pueblo. Mientras, su cuerpo se iba deteriorando a la vez que su mente, obsesionada con el enemigo y angustiada por la soledad y el desprecio, enloquecía.

Ahora, cuando sus última fuerzas están a punto de abandonarlo para siempre, el elfo se siente invadido por la frustración. En su interior, entre el remolino de pensamientos inconexos que vagan por su cabeza, destaca, clara y firme en medio del caos, la idea del fracaso.

Fracaso. Eso es lo que siente que ha sido su vida. El más puro, absurdo y profundo fracaso.

El tiempo pasa. Ya no es capaz de distinguir si deprisa o despacio. De pronto aparece ante él una figura. A pesar del velo de niebla que cubre sus ojos desde hace unos años, es capaz de distinguirla con facilidad. Clara y bien definida.

Se trata de una joven, pequeña y delgada. Su apariencia frágil, desprende, sin embargo, un aura tan poderosa que hace estremecerse al anciano. De piel pálida y cabello largo y oscuro, viste un largo vestido tan negro como un abismo insondable.

—Valgir Kraison —pronuncia la mujer, y su voz resuena en los oídos del elfo—, ya es la hora.

—No —logra susurrar él, haciendo acopio de fuerzas—. No. Es demasiado pronto.

—Es la hora —repite ella, en el mismo tono.

—¡Apenas ha pasado un siglo! —Parece recuperar algo las fuerzas y, haciendo acopio de ellas, continúa hablando—. Esa mujer me engañó. ¡Maldita humana! Me dijo que siendo mortal comprendería a los humanos, que sería capaz de amar, odiar y pensar como ellos —su mente, confusa, mezcla los recuerdos de dos mujeres distintas—. Ella me envenenó y me engañó.

—Nadie ha sido engañado —responde la joven—. Tú hiciste el trato. Tú viniste a buscarme pidiéndome ser mortal como un humano. Yo solo te concedí lo que pedías —Mientras habla, su cuerpo se transforma lentamente. El rostro se le arruga y el pelo se le aclara, mientras que su espalda se encorva, haciéndola, si cabe, aún más pequeña. Solo entonces él aprecia el color de los ojos de la mujer. Uno claro, el otro oscuro—. Y ahora tu tiempo como humano ha expirado. Un trato es un trato, querido. Y nadie rompe un trato conmigo, pues soy la Muerte.

—Pero necesito más tiempo —reclama Valgir, angustiado—. No he vivido como ellos, no he entendido su mente. ¡Aún no sé cómo vencerlos!

—Eso no es cosa mía —responde la Muerte, con tono paciente, como quien habla con un niño—. Yo te di lo que querías, pero has sido tú el incapaz de ser humano. Tu mentalidad de elfo no es compatible con la de los humanos.

—Pero ellos son mortales. Eso es lo que los hace humanos, ser como son. Si solo me das más tiempo, conseguiré ser como ellos y entender su manera de actuar.

—Te equivocas, querido. Siempre te has equivocado. No soy yo la que hace a los humanos como son, ni la conciencia de su breve vida. Su manera de ser, de actuar, es algo inherente a ellos. Son una especie muy inteligente y curiosa, nunca ha existido criatura alguna como ellos. Pero no soy yo la culpable. Es su propia naturaleza la que los hace como son.

—Pero aquella mujer dijo…

—Aquella mujer se equivocaba —le interrumpe ella, con una brusquedad que no ha mostrado hasta ahora—. Los humanos, al fin y al cabo, no lo saben todo.

El silencio se impone entre ambos. La Muerte espera pacientemente, mientras que el elfo, en un destello de lucidez, empieza a asimilar todo lo que acaba de escuchar. Por fin, en su rostro siempre serio y ajeno a las emociones, empiezan a perfilarse los rastros de la tristeza y la desesperación.

—No te preocupes, elfo —dice ella. El apelativo de su raza hiere a Valgir en lo más profundo de su ser—. Pronto los tuyos te seguirán al otro mundo.

—¿Qué quieres decir? Son elfos. Los elfos no morimos… —tras pensar unos instantes, rectifica la frase—Los elfos no mueren, son inmortales.

—¡Ay, querido, qué equivocados estáis! —exclama ella—. Que todavía no le haya llegado la hora a ningún elfo no significa que no les vaya a llegar nunca. Existo desde el principio de los tiempos, hace miles de millones de años, antes de que la primera criatura viva apareciera. Y sé que todas ellas, tarde o temprano, mueren. Todo muere en este mundo, excepto la propia Muerte.

La oscuridad envuelve a Valgir Kraison mientras que sus pensamientos se desintegran en la nada, haciendo de su cuerpo un cascaron vacío.

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