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  Reto Cuento de Terror I: Ni una palabra
Enviado por: Joker - 20/05/2015 06:43 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (5)

Ni una palabra


Saber que pronto moriré me reconforta: muriendo, evitaré las torturas y la sangre y este llanto que me desgarra. Ya resistí demasiado, más de lo humanamente posible. O será que mi humanidad fue siempre una fachada. Aunque acá mis poderes no pueden ayudarme.
Sí: saber que el final se acerca me da esperanza.
En el último mes fui perdiendo a dentelladas pedazos de mis piernas y espalda: tironeados, arrancados, triturados, saboreados. Ya debería haberme desangrado hasta la muerte, pero mi naturaleza mágica me lo impide. Y así la agonía perdura, y la misericordia se convierte en una palabra hueca. Imploro a un Dios que no me escucha, porque ignorarme voluntariamente en este momento sería cruel, incluso para Él.
Ahora oigo ruidos que no reconozco. Ni siquiera estoy segura del origen —una vez me sorprendí a mí misma intentando identificar un sonido sibilante que terminó siendo mi propio llanto—. ¿Ratas? Sí, acaso esos zurridos viscosos puedan ser ratas, otra vez atraídas por el aroma de mi sangre. Si al menos mi sangre sirviera para algo… Pero mi magia se ha drenado: ya no puedo provocar ni una chispa. Ella sabía lo que hacía al secuestrarme en el día del solsticio.
Y estas cadenas… el bronce no deja de quemarme las muñecas. El olor a carne quemada es vomitivo. Pero prefiero eso: arder y vomitar, temerles a las ratas, perder mi magia. Cualquier cosa antes que otra mutilación. No, no puedo más: con un poco de suerte, esta noche moriré.
Ahora la escucho claramente. Es ella: la bruja. Soy consciente de cada músculo tenso, de mis nervios rotos, de la oscuridad que me ahoga. Soy consciente… y deseo no serlo. Necesito desaparecer.
La escucho.
Sé que sus ruidos afilados buscan enloquecerme. Quiere que grite y que suplique y que le diga la verdad. Aunque no hay tortura que me haga decirle la verdad. Sólo necesito morir. Pero, en lugar de eso, tiemblo y lloro y me despellejo los brazos. Ya no estoy tan segura de si voy a morirme. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué no llegó el fin?
Un alarido me sobresalta y me hace golpear la cabeza contra los barrotes del techo de mi jaula, tan diminuta que me obliga a permanecer en cuclillas. Miro hacia todos lados: la oscuridad es espesa, no distingo nada. Los gritos persisten, aumentan de intensidad. Me cubro las orejas, aunque eso no ayuda demasiado. Y ya está viniendo aquella bruja, la presiento. Si tan solo pudiera lanzarle algún hechizo.
Una luz amarilla y diminuta se acerca: su vela negra. La bruja baja las escaleras de piedra hasta la catacumba. Si no pudiera verla, la reconocería por su hedor: incluso a pesar de que yo apesto, su olor acre se adhiere a mi nariz. Arrastra los pies en cada escalón, cargando un bulto a su espalda. Me acurruco contra el fondo de la jaula y me aferro a mis cadenas: aunque me chamuscan la piel, prefiero mil veces las quemaduras antes que a la mascota de la bruja. La veo tirar algo en el suelo, maniobrar las llaves en la cerradura. Retrocedo ante el tacto de sus dedos fríos y huesudos contra mi tobillo. Me revuelvo, la pateo. Pero ella me tironea en silencio, con tanta fuerza que acaso me sacará el pie.
No sé cómo, pero con una sola maniobra logra agarrarme por el cuello y poner mi cara a la altura de la suya. Me mira con esos ojos velados, silenciosos. Me clava las garras en el hombro y no deja de mirar cómo me retuerzo: disfruta con mi calvario. Sospecho que ni siquiera busca que le diga lo que sé. Pero insiste con un seco graznido:
—¿Cómo entro a tu mundo?
Yo niego con la cabeza y lanzo el alarido que ya no puedo contener. No se lo diré. Jamás se lo diré. Antes, muerta.
Pero ella sabe que matándome me haría un favor. Lo sabe, y saberlo la extasía. Por eso se limita a abrir la boca.
Y entonces lo veo surgir de esa hediondez: una bestia abandonando su cueva.
Lenta, muy lentamente.
No por favor Dios no por favor por favor no otra vez no
A la bruja no le importa lo mucho que yo implore. Su mascota, aquel inmundo reptil, ya salió completamente de su boca y cayó al suelo de mi celda. Se desliza sobre mis piernas, siseando. A pesar de que intento sacármelo de encima a patadas, se me enrosca en la cintura y hunde todos sus dientes en mi muslo. Grito y lloro y lo tironeo hacia atrás. La luz de la vela me muestra más de lo que deseo ver, aunque las lágrimas limitan mi visión. Hay mucha sangre: la dentellada es más grande que cualquiera de las que ya sufrí. Quiero desmayarme, pero la suerte me es esquiva, y soporto consciente hasta que las mandíbulas arrancan el pedazo.
La bruja no deja de sonreír en ningún momento, ni siquiera cuando su familiar vuelve a metérsele en la boca con su trofeo rojo y babeante. Ella se limpia la sangre que se le escapa por las comisuras, y señala con uno de sus dedos huesudos hacia un lado. No quiero mirar.
Bajo la vista y constato el estado de mi muslo —o de lo que queda de él—. Me dan arcadas, pero no lanzo: mi estómago está vacío. Tomo aire, me cuesta respirar. Tal vez sea el momento en que Dios me lleve. Pero la bruja me roba esa esperanza con una cachetada que vuelve mi cara hacia lo que ha tirado en el piso.
¿Qué veo allí? La comprensión no es inmediata. No, no quiero entenderlo. ¿Cómo asumir, cómo creer en lo que promete aquel montón amorfo? Un cuerpo destrozado, mutilado hasta los huesos, con las articulaciones quebradas, retorcidas.
—Murió hace un rato —dice la bruja con aquella voz astillada que apenas usa—. Dos años duró. Jamás soltó una palabra.
Cierra la puerta de mi jaula y se aleja en silencio, mientras yo no dejo de contemplar aquel cadáver. La llama titilante de la vela negra desaparece. Sacudida por el llanto, me dejo envolver en la oscuridad.
Dos años. No sé si seré capaz de resistir tanto sin confesar mi secreto. Tendría que morir antes, aunque la bruja hará todo lo posible por evitarlo. Solo hay una salida, pero pensar en eso me quita el aire. Siento el corazón empujarme las costillas buscando un resquicio para escapárseme del pecho. Si me detengo a considerar mi plan inmediato, sé que me faltará valor para cumplirlo.
La bruja habrá podido anular mis poderes, pero mis dientes siguen siendo afilados como navajas. No me sirven para quitarme la vida: ¿cómo arrancarme el corazón a dentelladas? De modo que los uso para no caer en la tentación de confesar: abro la boca y la cierro de golpe sobre mi lengua.
Quiero gritar y no puedo.
La boca se me llena de sangre, y me atraganto y toso y vomito más sangre. A pesar de que no puedo verla, estoy segura de que la habitación da vueltas a mi alrededor. El olor a sangre y a carne quemada me descompone.
Sostengo entre mis manos el pedazo que acabo de arrancarme. Trato de recordar la imagen de aquel cadáver mutilado, destrozado. Y me pregunto cómo guardó el secreto durante tanto tiempo. ¿Acaso también se mutiló para evitar hablar? Aquel cuerpo informe que resistió dos años. Y que nunca dijo una palabra.


La bruja se esfuerza por contener sus estremecimientos. Sube por la escalera de piedra, alejándose del ser mágico. La mano que sostiene la vela le tiembla. No es la mutilación de esa criatura mágica lo que la afecta, sino… eso.
Al dejar atrás los calabozos, cierra la puerta con candado: aísla a la criatura mágica y a sus sollozos insoportables. Ya en la seguridad silente de su propia recámara, la bruja se tambalea hasta la pared y se sostiene del marco de la puerta. Aprieta los puños, apenas contiene sus propios gritos. Cada vez le resulta más difícil calmarse, mantener la compostura. Respira profundo y escupe al suelo. Aún paladea el sabor de la sangre mágica de aquel ser.
Se agacha y levanta el trozo de pierna recién arrancado. Lo examina entre sus garras huesudas: apenas se nota la dentellada. Su técnica ya no presenta fallas: su maestro estará orgulloso de ella.
La bruja cruza otra entrada, de la que cuelgan finos hilos de fuego. Escucha el murmullo del silencio, el rumor de la soledad, la falta de palabras. Mira hacia todos lados, buscando a su maestro. Pero es en vano: allí no hay nadie. Contiene la necesidad de estrujar aquel pedazo de muslo que aún sostiene: de estrujarlo y maldecirlo y quemarlo y triturarlo.
Niega con la cabeza y procede a terminar su tarea antes de que ese trozo se vuelva inservible. Antes de que su esfuerzo por torturar a aquel ser mágico pierda sentido.
Avanza hasta la mesa y levanta la sábana agujereada. Descubre una pierna incompleta, zurcida de cicatrices. Saca de entre su ropa una aguja ya hilvanada con hilo de plata y comienza a coser: por encima de la rodilla, une aquel nuevo pedazo de muslo que consiguió hace sólo unos momentos. Aquel trozo del ser mágico al que debía torturar durante años y cuyo secreto no era relevante, sólo su cuerpo: con sus trozos mutilados día a día, la bruja urde aquel nuevo espécimen para su maestro. Un espécimen creado a imagen de los seres mágicos, pero con las cualidades privativas de los brujos. El primero —y el único— de su estirpe. Un ser despreciablemente perfecto. Y a pesar de que aún falta más de medio cuerpo para darle vida, la bruja ya lo odia: tal vez el maestro la reemplazará por aquella abominación. ¿Acaso eso ocupará su lugar?
—¿Has hecho lo que te ordené? —La voz de su maestro la sorprende, pero la bruja contiene el sobresalto. Mucho tiempo atrás había aprendido que no debía demostrar su rechazo. Debía mentir sin palabras.
Asiente con la cabeza y se guarda la aguja: el nuevo pedazo ya late, asimilado a aquella pierna repugnante. La bruja quiere decir algo, usar su voz, pero se arrepiente antes de abrir la boca.
—Retírate —ordena el maestro.
Y la bruja obedece en perfecto silencio. No tiene permitido hablar delante de su maestro. Para él, ella bien podría ser muda: jamás le ha dicho una palabra.

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  Reto Cuento de Terror I: Pesadillas nocturnas
Enviado por: Joker - 20/05/2015 04:11 PM - Foro: Retos Mensuales - Respuestas (8)

Pesadillas nocturnas



El viento sopla en el exterior con fuerza, haciendo que los árboles agiten sus ramas como si de espectros fantasmagóricos se trataran. Por las juntas de las ventanas el aire se filtra produciendo un silbido discordante que hace recordar los gemidos de las almas muertas.

Me encuentro en un largo pasillo con puertas numeradas a ambos lados. Una alfombra de un rojo deslucido cubre el suelo bajo mis pies. No sé cómo he llegado aquí, pero parece que estoy en un hotel. Me resulta ligeramente familiar, aunque no sabría decir porqué.

Percibo un sonido intermitente que viene de arriba, algo que golpea el suelo de manera rítmica. Y se mueve. Sigo con la mirada la trayectoria del ruido, sin ver nada más que el techo desgastado sobre mi cabeza. De pronto el sonido se detiene al llegar a lo alto de unas lujosas escaleras. No tarda en volver a iniciarse, pero ahora es distinto, más parecido al ruido que producen las uñas de un perro al correr sobre un suelo de madera. Lo acompaña una voz gutural, un croar estertóreo que me revuelve el estómago.

Veo una figura en lo alto. Una sombra que se arrastra por el suelo. Lentamente empieza a bajar y puedo percibir mejor sus rasgos. Parece una persona, una mujer desnuda y pálida como la misma muerte, unos largos y finos cabellos negros ocultan su rostro. Avanza por los peldaños impulsándose con los brazos, que forman un ángulo imposible con su cuerpo.

Estoy paralizado por el terror, pero cuando veo, entre la maraña que es el pelo, unos ojos rojos que me miran, un escalofrío recorre todo mi cuerpo y empiezo a correr alejándome de las escaleras, pasillo adelante, sin atreverme a mirar atrás. No hace falta, sigo escuchando el sonido que esa cosa produce.

Cuando veo que no tengo por donde salir, pues el pasillo termina en una pared, me acerco a la puerta más cercana y la abro. Por un segundo miro los números dorados que, a la altura de mi cara, indican que se trata de la habitación 217. Entro rápidamente y cierro la puerta.

Dentro, la habitación es pequeña. Sin embargo no parece encajar con el estilo del exterior. La cama y los muebles son modernos y sobre una pequeña mesa descansa un televisor, que en el mismo instante en que echo el seguro de la puerta se enciende mostrado la nieve que indica que no recibe señal alguna. Sin hacer caso del aparato busco una salida. Solo hay una puerta que da a un cuarto de baño.

Antes de poder dirigirme a ella una imagen en la pantalla me hace detenerme. La nieve ha desaparecido y en su lugar se ve, en una imagen tétrica y de tonos grisáceos, un prado con un pozo en el centro. De su interior surge lentamente una figura. Por un momento creo que es la que me perseguía en el exterior. El mismo cabello negro y lacio sobre un rostro pálido. Pero a medida que sale del pozo veo que no se trata de la misma, pues esta es más pequeña y viste un largo camisón tan blanco como su piel. Termina de salir del pozo y se acerca caminando hasta la cámara que la graba. Extiende un brazo como si la fuera a tocar, pero en lugar de eso… ¡los dedos asoman por la pantalla del televisor!

No puedo creer lo que veo, la mujer de la imagen está saliendo a la realidad. Incapaz de evitar el grito que se escapa por mi garganta, corro hacia el baño y de nuevo cierro la puerta con fuerza, cerrando el pestillo.

El lugar está a oscuras y no veo nada. A tientas busco un interruptor. Cuando doy con él y se enciende la luz apenas puedo contener un nuevo grito. Frente a mí una nueva figura me observa. Pero enseguida descubro que el adolescente con el cabello rubio alborotado y el rostro demacrado que me observa no es más que mi propio reflejo en un espejo. Más relajado, me siento en el borde de la bañera, tratando de recuperar el aliento y tranquilizar a mi acelerado corazón.

Pero apenas he podido inspirar dos veces cuando la luz empieza a parpadear, encendiéndose y apagándose a gran velocidad. Los fogonazos me ciegan y pierdo el equilibrio hacia atrás, cayendo en el interior de la bañera. El grifo se abre sin tocarlo y un líquido cálido y denso empieza a llenar la pila y a cubrir mi cuerpo encogido. Pronto empieza a desbordar. Mi cabeza sobresale y mis piernas cuelgan por el borde, pero el resto de mi cuerpo ha quedado sumergido. Antes de que la luz por fin cese su parpadeo para dejarme a oscuras, veo su color rojo oscuro.

Estoy intentando levantarme cuando la puerta del baño empieza a temblar, víctima de unos violentos golpes procedentes del otro lado. En las tinieblas apenas veo cómo saltan astillas con lo que parecen ser hachazos. Vuelvo a estar paralizado, tirado en la bañera llena de sangre.

Los golpes siguen hasta que la luz empieza a filtrarse por la abertura cada vez mayor de la puerta. Aterrado, no puedo dejar de mirar tratando de ver lo que hay al otro lado. Cuando el agujero es lo suficientemente grande como para pasar un brazo, los golpes se detienen y un rostro asoma por el hueco.

Para mi sorpresa, no es ninguna de las siniestras mujeres de antes, sino la cara redondeada de un niño. Me mira y yo le miro a él, sabiendo que le conozco de algo pero sin ser capaz de concretar. Entonces el niño abre la boca para hablar.

—En ocasiones —dice mirándome fijamente a los ojos— veo muertos.

Entonces mete la mano por el agujero y abre el pestillo. La puerta se abre con violencia y el niño se abalanza sobre mí. En su mano derecha lleva un largo y afilado cuchillo que enfila hacia mi pecho.





Me incorporo en la cama con un grito, cubierto de sudor y respirando agitadamente. La habitación está a oscuras, salvo por la luz roja del despertador, que marca las 3:13 de la noche.

Trato de tranquilizarme, repitiéndome una y otra vez que solo ha sido una pesadilla. Poco a poco mi respiración se suaviza y mi corazón recupera su ritmo habitual. Sentado en la cama, con los brazos rodeando mis rodillas, analizo fríamente lo que recuerdo del sueño, conteniendo un escalofrío.

Las imágenes se diluyen en mi mente, pero logro recuperar algunos detalles, percatándome a su vez de qué me sonaban tanto el lugar como las caras.

—Mierda, tengo que dejar de ver esas películas —me digo a mí mismo. Mi voz, a pesar de ser apenas un susurro, retumba por la habitación.

Maldigo la tarde del día anterior que pasé viendo una película de terror tras otra. Siempre me han gustado, aunque mamá se cabrea cuando descubre que las veo. Dice que soy muy pequeño para esas películas, pero con mis 14 años he descubierto que me apasionan, y papá siempre me echa algún cable para poder verlas.

Sin embargo, nunca me habían producido pesadillas. Normalmente las veo, paso un rato en tensión, pero cuando se terminan me olvido del miedo. ¿Por qué está vez no ha sido así? Quizás se deba a que, por primera vez, estoy pasando unos días solo en casa.

Papá y mamá se fueron de vacaciones hace dos días y, a pesar de que a ella le costó decidirse, él la convenció para dejarme solo sin nadie que me cuidara. Ya soy mayorcito como para estar solo unos días. Siempre que me dejen la nevera llena, claro.

Así que, con la libertad que me brinda la oportunidad, he aprovechado para levantarme tarde por las mañanas y pasar las tardes viendo películas. Cuando mamá llama, con más frecuencia de la que me gustaría, le digo que he quedado con unos amigos para salir por ahí. Pero en realidad paso de ellos, mis compañeros del colegio son unos caguetas y unos cobardes. No quiero juntarme con gente como ellos. Mejor quedarme en casa y disfrutar de estos días de soledad.

Aunque, visto ahora, quizás no haya sido tan buena idea.

Cuando por fin se me ha pasado el sobresalto, vuelvo a tumbarme en la cama y me tapo con la sábana y la manta hasta las orejas, literalmente. Es curioso cómo este simple gesto puede hacerte sentir más protegido, a pesar de lo inútil que resulta. Cierro los ojos y trato de volver a dormirme.

Pero los minutos pasan lentamente y no logro volver a conciliar el sueño. Doy vueltas en la cama, sin importarme ya si la sabana me tapa hasta los ojos o no. Al cabo de un rato, aburrido, vuelvo a mirar el reloj.

Qué extraño, marca las 3:31, apenas ha pasado un cuarto de hora desde que desperté, pero a mí me ha parecido una eternidad. Vuelvo a arroparme y me abrazo a la almohada, en un nuevo intento de dejarme llevar por el sueño.

Parece que por fin he logrado volver a dormirme cuando algo me despierta. No sabría decir qué ha sido, pero tengo la extraña sensación de haber percibido algo. Sin moverme, trato de escuchar con atención. No se oye nada, el silencio invade la habitación, solo alterado por mi respiración, agitada otra vez. Abro los ojos apenas una rendija, lo suficiente para escudriñar la oscuridad a la luz del despertador, que en esta ocasión marca las 4:01.

De pronto suena un golpe. No es muy fuerte, sólo lo suficiente para oírlo. Proviene del piso de abajo. Escucho atentamente durante un rato. El sonido no se repite.

Ahora que lo he oído, no logro volver a dormirme. Pasados unos minutos en los que apenas ni respiro, me incorporo en la cama y me levanto con sigilo. No me atrevo a dar la luz, aunque me asusta lo que pueda haber en la oscuridad.

—No seas tonto —me digo en un susurro, en un intento por que el sonido de mi propia voz me tranquilice—, aquí no hay nada. El ruido ha sido abajo.

Empiezo a pensar que me lo he imaginado, que mi subconsciente me está jugando una mala pasada. Pero entonces vuelvo a oír algo. Esta vez parece algo que se arrastra por el suelo, como cuando mueves un mueble. La imagen de mi pesadilla de la mujer bajando las escaleras vuelve a mi mente, pero logro desecharla.

Los ruidos siguen, débiles pero incansables. Acabo convenciéndome de que hay algo en la planta inferior de la casa.

Estoy aterrorizado, pero no puedo dejar que el miedo me domine. Siempre me he reído de aquellos que temen a los fantasmas. Sin embargo, ahora no me parece tan ridículo. He visto suficientes películas cómo para poder imaginarme mil horrores distintos que produzcan esos sonidos.

Decidido a no dejarme dominar por el miedo, tanteo en mi mesa de estudio en busca de algo que me pueda proteger. No enciendo la luz, por temor a que eso atraiga a lo que sea que hay abajo. Desechando bolígrafos y papeles mis dedos dan con unas tijeras. No las cogen, bien sé que no me servirían de nada. Finalmente alcanzo un pequeño crucifijo de madera, del tamaño de mi mano, que siempre tengo, boca abajo, junto a distintas figuras de esqueletos y calaveras en la estantería.

—Esto servirá —me digo.

Así armado salgo de la habitación, abriendo la puerta con sigilo, y me dirijo a las escaleras. El pasillo está oscuro, pero lo conozco lo suficiente como para no chocarme con nada sin necesidad de encender una luz. Una vez en lo alto de las escaleras me asomo hacia abajo. No sé ve nada salvo oscuridad.

Desciendo los peldaños uno a uno, hasta llegar a la planta inferior. Los sonidos han cesado hace un rato, pero ahora percibo un murmullo.

Me dirijo hacia el origen, agarrando con firmeza el crucifijo. Atravieso el pasillo hasta llegar a la puerta de la cocina. Al mirar dentro me quedo petrificado. Hasta ahora había albergado la esperanza de que todo fueran imaginaciones mías, pero al ver las puertas de los armarios abiertas y las cosas revueltas por el suelo comprendo que lo que sea que está pasando es real.

Los sonidos provienen del salón, así que atravieso la cocina en dirección a la otra puerta, que está entornada. La abro con cuidado, pero la bisagra chirria levemente. Los murmullos al otro lado cesan de pronto.

Me imagino un par de ojos rojos y brillantes clavados en la madera, esperando verme aparecer. Un escalofrío me recorre, pero continúo abriendo la puerta con calma.

Al otro lado no veo unos ojos luminosos. En realidad, apenas puedo ver nada debido a la oscuridad. Pero percibo las puertas del armario también abiertas de par en par. En el suelo hay varios bultos, como cajas o paquetes. Avanzo con cuidado, manteniendo el crucifijo por delante y escudriñando la oscuridad.

El sofá está cambiado de posición y la mesita ha desaparecido. Hay libros tirados por todas partes, como si el ser que he hecho eso buscara algo. Tropiezo con algo y veo que es la televisión, envuelta en una manta en el suelo.

—¡Ay! —no puedo evitar exclamar.

En respuesta escucho una risa débil. Me giro rápidamente hacia el origen, y no puedo creer lo que veo. Junto a la ventana, tras las cortinas, se mueve una figura completamente oscura. Alzo el crucifijo hacia ella y grito con todas mis fuerzas:

—Fuera, criatura infernal. Vete de esta casa o te arrepentirás toda la eternidad.

Mis palabras parecen tener efecto, pues la figura se encoge sobre sí misma y empieza a convulsionar mientras emite un sonido ahogado.

—Vuelve al infierno del que vienes —continúo, envalentonado al ver que surte efecto, e improvisando un exorcismo basado en todas las películas que he visto. El ser empieza a convulsionar, todavía semitapado por las cortinas—.  ¡Vete! Vuelve a tu oscuro y putrefacto hogar. Vuelve a…

Me detengo de pronto cuando los gruñidos que emite se transforman en algo que identifico pero no puedo asimilar. Son… son carcajadas. El ser se está tronchando de la risa a mi costa. Enfurecido me lanzo hacia él enarbolando el crucifijo como si de un cuchillo se tratara.

Apenas he dado media docena de pasos en su dirección cuando oigo una fuerte explosión y, casi de inmediato, un agudo dolor me atraviesa el abdomen.

Caigo al suelo con un gruñido de dolor, incapaz de entender lo que está pasando. Presiono con las manos la herida que ha aparecido junto a mi estómago y noto que la sangre mana a borbotones. La cabeza me da vuelas y la vista se me nubla.

Entonces frente a mi aparece un rostro que no logro enfocar.

—Idiota, me dijiste que no había nadie en la casa —bramó una voz—. Y solo se te ocurre echarte a reír delante del muchacho. ¡Inútil, eres un inútil!

—Lo… lo siento, jefe —respondió otra voz, más aguda y atemorizada—. Habría jurado que se habían marchado todos. He vigilado la casa durante dos días y nadie ha salido. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Está muerto?

Tardo un rato en comprender que se refiere a mí. ¿Estoy muerto? No lo sé. El dolor ha desaparecido —o quizás es tan fuerte que ya no lo percibo— pero no me puedo mover y me siento muy cansado. Mi cabeza tarda en procesar la conversación y sus implicaciones.

—No, no lo está —responde la primera voz. Ya no veo el rostro del que proviene. Ya no veo nada— Pero no tardará en estarlo. Vámonos, alguien habrá oído el disparo y la policía no tardará en estar aquí. Déjalo todo, tenemos que marcharnos ya. Este robo no podía haber salido peor.

Noto sus pasos precipitados junto a mí y después alejándose por el pasillo. Abren la puerta de la casa y se marchan, dejándola abierta. El aire gélido del exterior se cuela hasta mí. O quizás el frío que siento no tenga nada que ver.

Ni siquiera trato de moverme, las fuerzas me abandonan con rapidez. La oscuridad total me rodea, unas tinieblas heladas y eternas, donde reina el silencio más absoluto. Mis pensamientos son cada vez más lentos hasta que el último de ellos se rompe en pedazos.

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  Codex Alera
Enviado por: Gaoth - 16/05/2015 10:12 AM - Foro: Colecciones, Sagas, etc. - Respuestas (7)

Buenas de nuevo!

Pues vengo a hablaros de otra saga, también escrita por Jim Butcher. Diréis, joder que pesado con este autor, pero la verdad que sus libros me encantan y tiene un sentido del humor que a mi siempre me hace reír y sus libros son lo suficientemente ligeros para poder leerlos tranquilamente, sin esos tochos de mil paginas que hacen otros autores.

Bueno, esta saga nos sitúa en un mundo imaginario donde sus habitantes pueden utilizar magia elemental, que toman la forma de espíritus elementales. La historia en general es bastante típica, pero esta muy bien llevada y en cada libro se nos introduce algo más sobre este mundo y sus habitantes, dejando una historia divertida y entretenida de leer.

No os vais a topar con muchas sorpresas en este libro, pero el tratamiento que hace de la magia es muy interesante y la historia os enganchará. Para que os hagáis una idea, esta saga surgió a partir de una apuesta entre el autor y alguien (no recuerdo quien). El tema fue (más o menos):

Jim - No importa realmente la idea de la historia, lo que importa es como la desarrolles y la escribas.
XXX - No me lo creo, sin una buena idea de comienzo no sacas nada.
Jim - Decidme dos ideas que yo os hago una historia y luego me decís que tal.

Aquí se hizo una votación o algo así, y el resultado final fue "La caída del imperio romano" y "Pokemon". Así que esa es la base de esta historia  Smile

La saga consta de 6 libros, aunque no sé cuantos de ellos están traducidos al español. Lo normal sería que todos, ya que la saga terminó hace algunos años ya. Os animo a todos a leer esta obra.

Hasta otra!

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  Dresden Files
Enviado por: Gaoth - 16/05/2015 09:53 AM - Foro: Colecciones, Sagas, etc. - Sin respuestas

Buenas a todos!

Escribo este post para recomendaros una gran saga escrita por un gran autor llamado Jim Butcher.

En esta saga se combinan la fantasía y la novela negra. Como yo soy un gran seguidor de ambos estilos, esta saga me encantó. La historia nos sitúa en la época actual, en la ciudad de Chicago, donde los cuentos de hadas,los monstruos y los dioses no son solo mitología, sino seres reales. Nuestro protagonista, Harry Dresden, es un detective y mago con una habilidad innata para recibir palizas y destruir edificios.

Esta saga tiene un sentido de humor genial, que te arrancará, a buen seguro, más de una carcajada y con algunas escenas de lo más épicas que he leído hasta ahora. Combina la magia y el misterio con nuestro mundo, obteniendo una historia de fantasía urbana increíble. Recomiendo esta saga a cualquiera, sobretodo a los que les guste ver una saga donde se van ofreciendo pistas que vas descifrando que significan algo en los siguientes libros (releyendo los libros una vez leídos todos por primera vez, te das cuenta de como el autor ya había guiado la historia desde el primer momento) y con uno de los mejores desarrollos de personaje que he visto.

Actualmente esta saga consta de 15 libros (en total el autor planea escribir unos 22), un montón de historias cortas (que por si solas ocuparían seguramente otro par de libros) y también varios historias en formato cómic. Los libros no son tochazos estilo CdHyF, sino que son libros muy amenos de unas 400-500 pag máximo y que en ningún momento se te hacen pesadas.

Conforme vayas leyendo, te darás cuenta que el autor evoluciona y cada vez los libros son mejores. Aunque los 2 primeros no te emocionen, te recomiendo que sigas leyendo, ya que el autor va mejorando y las historias son cada vez más épicas y mejores. Así que realmente haced un esfuerzo de leer esta saga, porque lo merece.

Respecto al idioma, no sé cuantos de estos libros están traducidos al castellano, pero me consta que almenos 10 de ellos si, aunque no puedo decir si han hecho un buen trabajo con la traducción ya que yo los he leído en inglés.

Por último, os dejare una imagen para que os abra el apetito.

   

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  Feria del Libro 2015
Enviado por: Alan Rotoi - 12/05/2015 12:22 PM - Foro: Fuera de tema - Sin respuestas

¿Alguno pudo ir a la feria del libro? ¿Alguno es de Buenos Aires?

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  El Caballo
Enviado por: W.A.K.O.N - 11/05/2015 03:27 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (4)

Una vez quise escribir una historia del tipo medieval, los personajes iban de vez en cuando montados a caballo, es ahí, aunque parece obvio, que me di cuenta de que no sabia nada de estos animales. ¿Cómo escribir sobre algo que no sabes nada? En esta época lo común seria buscar en Internet pero pasar horas y horas para leer información que no nos va a servir de nada es una completa perdida de tiempo. Una cosa u la otra, lo mejor pensé es encontrar un termino medio, es decir conocer lo básico sobre elementos que en nuestra historia si o si van a ser utilizados o acompañarán a los protagonistas, ya sean caballos, espadas o la vestimenta que llevan puesta. No solo estos elementos darán peso a la lectura si no también estimularan nuestra imaginación abriendo posibilidades a situaciones o sucesos que puedan transcurrir en la historia. No subestimemos estos elementos, ¡hay que documentarse! al menos lo básico.

Espero que este tema sirva de referencia.

luego me dedicare a mejorarlo...

[Imagen: 398116_640px.jpg?1307813015]
Alejandro Magno cabalgando sobre su caballo, Bucefalo.

Porte:

La altura de los caballos, como en los demás cuadrúpedos, se mide hasta la cruz, donde encuentran las escapulas, es decir el punto donde se une el cuello con la espalda en el caballo. Se elige como referencia este punto por ser una altura estable que no puede subir o bajar como la cabeza o el cuello. La altura de los caballos de silla o ligeros suele oscilar entre 142 y 163 cm y su peso oscila entre 380 y 550 kilogramos. Los caballos de silla más grandes tienen una altura a partir de 157 cm y llegan hasta 173 cm, pesando alrededor de 500 a 600 kg. Las razas de tiro o pesadas miden generalmente de 163 a 183 cm y pueden pesar entre 700 y 1000 kg.

Partes del cuerpo del caballo

[Imagen: partes_del_caballo.jpg]

El casco de los equinos

La pata de los animales equinos tiene tres huesos: caña, cuartilla y tejuelo. Lo que vemos del casco es la pared cuya base es la planta.

¿Cómo mantener sano el casco?
El animal debe acostumbrase a que se le levante la pata. Se debe limpiar la planta del casco eliminando el barro y el estiércol. Si no se eliminan estos materiales, la humedad que contienen provocan la infección de la planta.
Se debe cubrir con regularidad la pared del casco con grasa o aceite para mantenerla untuosa. Esto evitará que se agriete.

La importancia del herrado
La tapa del casco crece como crecen las uñas de su mano. Se desgasta a medida que el animal camina. Cuando los animales pasean o trabajan en superficies duras, como cemento, asfalto y caminos montañosos, el casco puede desgastarse más rápidamente de lo que crece. En este caso el herrado protege el casco. Si se hierra un animal, las herraduras deben quitarse cada seis semanas para poder eliminar el crecimiento extra del casco.
El herrado y engrosamiento del casco evitan que se agriete. Se debe consultar con el herrador cada vez que necesite herrar los animales o cuando cojeen debido a problemas de las herraduras.

Edad
Tienen una vida media de 25 a 40 años en cautividad y en libertad viven en torno a los 25 años.

Cepillado de los equinos
Los animales deben ser aseados a diario. Para quitarles el pelo suelto y la suciedad de la piel se emplea un cepillo manual duro (cepillo corporal). Después de dos o tres pasadas con el cepillo, la suciedad y el pelo se retiran del cepillo pasándolo por un peine metálico (almohaza). Es importante eliminar el barro y la suciedad de las patas para que no se presenten dermatitis. Los cascos deben examinarse a diario y limpiarse con un gancho para cascos. Los animales deben ser aseados para evitar que la suciedad se sitúe debajo de los arneses y cause problemas en la piel.

Cuidado de los animales mojados
Cuando el caballo esta empapado de sudor, lluvia o nieve, debe ser secado inmediatamente o caerá enfermo. Debe eliminarse el agua de la capa de pelo utilizando un rascador metálico de mango que se aplica al animal en dirección supero-inferior. También se puede quitar el agua con un puñado de paja o heno que se retuerce para darle una forma curvada y que se pasa de arriba abajo por todo el cuerpo. Para secarlo y frotarlo se necesita más paja, trapos o una manta vieja.

Arneses de los animales de trabajo
Cuando se emplean los animales para trabajos de tiro deben llevar arneses. Los mulos, asnos y caballos necesitan colleras para tirar de los instrumentos agrícolas y carros. Los caballos también pueden arrastrar pesos mediante una cincha pectoral. Los mulos y asnos pueden transportar cargas de hasta 100 kg y arrestar carros de 300 kg. Los caballos son más fuertes y pueden tirar de cargas más pesadas, pero son más difíciles de entrenar para el trabajo. Las colleras, cinchas y bridas (arneses de la cabeza) deben estar perfectamente adaptados, evitándose que rocen a los animales.

[Imagen: t0690s2b.gif]

Guarniciones
Los arreos deben adaptarse perfectamente y no presentar bordes rígidos ni duros que puedan rozar al animal. Se recomienda colocar debajo de la albarda una manta, sobre todo en tiempo caluroso, ya que el tejido de algodón absorberá el sudor. Después de un paseo, cuando el animal está caliente y sudoroso, debe aflojársele de inmediato la cincha, pero dejando la silla en su lugar varios minutos hasta que se enfríe el animal.

[Imagen: t0690s2c.gif]

Heridas producidas por arreos mal ajustados
Albardas, colleras, trabas y cinchas mal ajustas dan lugar a heridas que pueden terminar en úlceras. Una albarda mal adaptada produce úlceras del asiento y una cincha mal ajustada da lugar a rozaduras de la cincha. Se desprende el pelo por el roce y se produce una herida que puede infectarse.
Todos los arneses o arreos deben mantenerse limpios y al colocárselos al animal hay que procurar adaptárselos y ajustarlos bien para que no le rocen y no le produzcan pliegues en la piel debajo de las cinchas. Recuerde que la falta de cuidado y el empleo de arneses o arreos que se ajusten mal puede originar la pérdida la capacidad del animal para el trabajo.

Aires del caballo.-
Se llaman aires a las diferentes formas de desplazarse que tiene el caballo. El caballo tiene tres aires naturales: paso, trote y galope.

[Imagen: aires-basicos-del-caballo_6305_2_1.jpg]

El paso.- Es el equivalente al caminar del ser humano.

[Imagen: aires-basicos-del-caballo_6305_2_2.jpg]

El trote.- Seria comparado al trotar o footing que hacemos. Se puede considerar un término medio.

[Imagen: aires-basicos-del-caballo_6305_2_3.jpg]

El galope.- El clásico movimiento de correr con el viento que vemos en las series y películas.

Alimentación.-
Pasto
La comida más natural para los caballos es el pasto de buena calidad. Ellos son animales herbívoros muy selectivos y necesitan una gran superficie para satisfacer sus necesidades nutricionales.
Heno
El heno es el alimento básico de los caballos domésticos, hay que asegurarse de que este libre de polvo y moho. Alimentar a un caballo con heno mohoso puede provocar cólicos y el heno polvoriento puede causar problemas respiratorios. También se incluye en su alimentación avena, salvado, maíz, alfalfas y zanahorias.

Visión.-
El ojo del caballo goza de un campo visual muy amplio: alrededor de 340° con dos pequeños ángulos muertos, adelante y detrás suyo. Por consiguiente, una persona debe acercarse siempre al caballo de lado, para no sorprenderle. La visión lateral con un solo ojo no le permite percibir el relieve (visión monocular). Un campo ciego le impide ver en línea recta delante suyo sobre poco más de un metro. Más allá, ve en relieve (visión binocular) Así, pues debe girar ligeramente la cabeza cuando haya un obstáculo delante suyo. El caballo percibe detalles peor que el ser humano, pero es muy sensible a los movimientos.

Estado de ánimo según movimientos corporales
Los jinetes experimentados pueden saber el estado de ánimo de sus caballos con solo darles una mirada.

Las orejas.-
Las orejas de los caballos los capacitan para identificar la fuente de cualquier ruido a largas distancias.
Las orejas echadas: signo de advertencia o agresión.
Las orejas relajas y muy móviles: está tranquilo y esta con disposición a cooperar.

[Imagen: img1102.gif]

La nariz.-
Cuando el caballo está de buen humor tiene la boca blanda, relajada y móvil mientras que un caballo malhumorado la tendrá tensa y firme.

Los ojos.-
Ojos grandes, abiertos y tranquilos nos hablan probablemente de un animal inteligente y seguro de sí mismo. En cambio si se encuentran muy abiertos dejando a la vista la parte blanca de los ojos, son un signo de miedo.

Las patas.-
        a) Cocea con las patas traseras: tiene miedo y utiliza las coces para intimidar.
        b) Mantiene las patas delanteras fijas en el suelo en señal de no querer avanzar:
        c) obstinación, en ese caso el jinete debe preguntarse la razón por la cual lo hace.
Escarba el suelo con su pezuña delantera: frustración.

El Cuerpo.-
      d) Te da la espada y se aleja: no le interesas.
       g) Gira hacia ti: está interesado y te considera el líder de la manada.
Invade tu espacio o se acerca demasiado: intenta dominarte o mostrar que no eres el líder.
        h) Mantiene la cabeza y la cola erguida aparentando ser más grande de lo usual, realizando muchos movimientos: tenso, temeroso o excitado.  

Cola.-
         i) Cola alta: excitación. Cola apretada hacia abajo: tenso y temeroso. Movimiento de cola con ruido silbante: incomodo, enojado o avisa que puede estar a punto de cocear.

Respiración.-
Respiración corta y rápida: tenso y temeroso.
Respira ruidosamente mientras se mueve: se afana por algo.
Respiración lenta y suave: esta relajado y cómodo.

¿Cuándo saber que un caballo está feliz?
El caballo puede manifestar su bienestar soplando suavemente por los ollares, mordisqueando tranquilamente o suspirando con tranquilidad. Cuando dormita en compañía de los demás, el caballo deja caer la cabeza y el cuello y mantiene los ojos a medio cerrar. Cuando esta relajado y de buen humor no se asusta con facilidad y, si lo hace, se deja tranquilizar más rápido.  
También hay que recordar que usando elogios un jinete puede producir felicidad y satisfacción en el caballo que sirve como refuerzo positivo en el entrenamiento del animal. El caballo recordará la relación entre una acción ejecutada correctamente y el sentimiento positivo posterior, generado por los elogios del jinete. Después intentara realizar lo mismo para satisfacer al jinete y ganarse de así de nuevo los elogios. Una respuesta clara del caballo a la aprobación, por ejemplo soplando con suavidad o mordisqueando, le demuestra al jinete que le comprende.

Vocabulario:
Coz: Sacudida violenta que hacen las bestias con alguna de las patas.
       Ejemplo: recibió una coz cuando se acercó al caballo.
Cocear: Dar coces o patadas, patear.
Ollar: Cada uno de los dos orificios de la nariz de las caballerías.
Crin: Conjunto de cerdas que tienen algunos animales en la parte superior del cuello.
Grupa: Ancas de una caballería.
Anca: Cada una de las dos mitades laterales de la parte posterior de las caballerías y otros animales.


Fuentes:

El lenguaje de los caballos, Angelika Schmelzer
Susurra a tu caballo, Perry Wood
El caballo. Trucos y consejos para su adiestramiento y doma, Claude Lux
mascotas.facilisimo.com
wikipedia.org
fao.org/docrep/t0690s/t0690s09.htm

[Imagen: sombragris.jpg]
"Es uno de los Meara, si mis ojos no me engañan por algún hechizo."

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  Solucionar sustitución de guiones por rayas
Enviado por: Monje - 09/05/2015 12:34 PM - Foro: Wattpad - Respuestas (3)

Muy buenas, compañeros.

Viendo que el problema es generalizado y que de momento wattpad no lo soluciona, voy a compartir un método para evitar que, con la nueva actualización de la herramienta de edición y publicación, wattpad modifique las rayas de los diálogos.

Es muy simple, en el borrador que copiemos a wattpad, cambiamos todas las rayas por dos guiones juntos. A la hora de publicar estos son sustituidos de forma automática por rayas.

A partir de ahora lo voy a hacer siempre así, que me cansé de cambiar uno a uno los guiones por rayas.

¡Nos leemos, un gran saludo!

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  [Fantasía] El Cuaderno de Pavel
Enviado por: W.A.K.O.N - 07/05/2015 02:22 PM - Foro: Tus historias - Respuestas (8)

Hola, aburrido y animado por estar otra vez en la reencarnación de fantasía épica decidí escribir una historia. Quizás casi nadie recuerde de que publique en el anterior foro el prologo de una historia titulada -Das Portal-, a fines de diciembre pero que lamentablemente coincidió con la "gloriosa y épica caída del servidor a manos de la fuerzas del mal". Angustiado espere que la pagina volviera pero nunca lo hizo, aun así seguí con el desarrollo de la historia y al final decidí guardarla para mi. De todas maneras aun deseo postear algo aquí en el foro. Por eso he traído este pedacito de historia, espero que a alguien le llame la atención.

Dejo escrito "categoría" para tengan una idea de va la historia.

Categoría: Aventura/Fantasía/Terror



El cuaderno de Pavel

Primera página…
Segunda página…
Tercera página…

Aquí comienzan las anotaciones que realizó el joven vocero de la orden de los Vurishkroyos, Pavel Sergey Popov. Para ello se valió de un pequeño cuaderno de apuntes, en el cual dejó constancia de todo aquello que le pareció de importancia en su rutina diaria. En términos generales las anotaciones están dispersas y carecen de orden, aunque se puede seguir una secuencia si se lee el cuaderno utilizando las fechas anotadas en las páginas. Pero algunas hojas han sido arrancadas del cuaderno por lo cual hay vacíos en la lectura, quizás en un intento de hacer desaparecer algún dato comprometedor. Aún asi el cuaderno está repleto en los bordes de sus hojas de mucha información con los nombres de personas y pueblos, así como direcciones y referencias de toda índole, pero lamentablemente fueron escritos unos encima de otros haciendo ahora poco legible su lectura. También muchas de sus páginas se usaron para plasmar en dibujo los bosquejos de personas y animales, y es seguro que se inspiró en la población local con la que se topaba en sus distintos viajes. Para un lector desprevenido las primeras páginas solo le parecerán meros quehaceres diarios que seguía el joven Pavel, pero en realidad lo más inquietante y perturbador seria lo que contiene escrito más adelante…

Anotaciones de cuaderno

Primera página

22 del sexto ciclo del año 184


Ubicación: Tren expreso de Pravda, cerca de la frontera de Yaroviya.

Es de noche; según mi reloj de bolsillo son las 10:03 pm. Ya han pasado casi dos días desde que abandone Nikiroit y emprendí con diligencia este viaje. Aún me cuesta creer como logre desembarazarme de medio mundo y pude abrirme paso hasta la estación. Recuerdo que tuve que darme prisa, pues apenas me llego una carta junto con la orden de partir; deje a lado mí informe en que está trabajando, tome a toda prisa mi equipaje y salí del monasterio. Es parte de mi trabajo y no es ninguna novedad dejar todo a medias y correr como un desquiciado para cumplir con mi deber, pero hasta ahora no logro acostumbrarme. De todas formas todo el papeleo que debo hacer me estará esperando cuando regrese, y no fingiré que le doy todo el crédito al capitolio Mijaíl Semiónov Gólubev. No es la primera vez que consigue el boleto a última hora y me lo envía con apenas unos minutos para que el tren parta. Así que al llegar a la estación, el tren ya estaba en movimiento y a duras penas logre treparme al vagón y acomodarme en un asiento junto a la ventana, para así seguir con la orden que se me encomendó.

Ya son las 10:24 pm. Cuando salí del monasterio deje atrás muchas cosas que debí traerme conmigo, pero por suerte nada imprescindible. Entre ellos cuento con un pequeño cuaderno que tome “prestado” de la oficina del capitolio. En donde he decidido empezar con algunas notas que me ayudarán en mi informe al regresar. Ahora que lo pienso debo hacer un recuento de las cosas que tengo en mi bolsa de viaje para no extraviar nada:

   - En primer lugar esta mi pasaporte, que será de utilidad en los pasos fronterizos.
   - Ropa interior, calcetines y una capa de viaje (Lo más esencial).
   - Dinero en efectivo que guardo en mi billetera y un pequeño cheque bancario que escondo entre mi ropa.
   - Una pistola Tokarev, junto con dos cartuchos. (Nunca la he usado pero es de reglamento llevarla).
   -Un pequeño cuaderno azul de tapa dura (donde estoy escribiendo) y algunos artículos de aseo personal entre otras cosas de utilidad.
    -Y finalmente la carta que recibí en el monasterio.

La orden es un simple pedazo de papel taquigrafiado donde reconocí la letra del capitolio Seminov, en la cual me solicitaba que parta de inmediato hacia el país de Yaroviya y que para ello abordase el tren que partía a Pravda en la Estación Central. La carta no la he abierto aún, sobre ella reza con letra cortante “abrir solo al llegar a destino” con lo cual esperare mañana para hacerlo. Eso es todo.

Son las 10:38 pm. Siento que el sueño se apodera de mi lucidez. En un momento u otro las luces del vagón se irán apagando para que los pasajeros puedan descansar cómodamente. Sera mejor que yo también me una a ellos. Miro la ventana y un agujero negro como fauces se abre ante mí, quizás como un signo de advertencia de lo me aguarda en mi viaje pero no pienso más, las luces se apagan, y el sueño me lleva.

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Video Peliculas vistas
Enviado por: Gaoth - 06/05/2015 08:22 AM - Foro: Fuera de tema - Respuestas (20)

Buenos días a todos!

Abro este hilo para que comentemos las últimas películas que hayamos visto, con algún comentario para animar a nuestros compañeros del foro a verla (o a ahorrarnos algo de dinero en el cine si es mala Big Grin ).

Por favor, cuando comentéis, decid rasgos generales. NO QUIERO SPOILERS en este hilo. Si os véis en la necesidad de hacer algun spoiler, que sea oculto y quién quiera que lo lea posteriormente.

En mi caso la última pelicula que he visto ha sido Big Hero 6. Es una pelicula de animación que se estreno estas pasadas navidades y que ha salido recientemente en blu-ray. La verdad es que a mi me ha gustado bastante. Tiene sus momentos graciosos y algo de acción. No llega al nivel de Los increibles, pero bastante guapa. La recomiendo.

Antes de esta vi El Hobbit: La batalla de los cinco ejercitos. Y simplemente decir que la pelicula no tiene sentido y que la han cagado bien. No voy a entrar en spoilers, pero el Hobbit se supone que es una precuelo al señor de los anillos, pero en esta pelicula eso se lo han pasado por el forro y se han inventado montón de mierda que no pega para nada con el comienzo de la comunidad del anillo. Algunos dirán que es porque no se parece al libro, y en parte quizás sea cierto, pero es que siendo 3 peliculas era imposible que se pareciese al libro. Lo que me molesta es que la historia que se han inventado no vale nada ni tiene ningún sentido, ni tiene un desenlace logico en el señor de los anillos. NO recomendada.

Espero que se publiquen peliculas interesantes. Nos vemos!

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  [Fantasía] La piedra de valor
Enviado por: Celembor - 05/05/2015 09:21 AM - Foro: Tus historias - Respuestas (18)

—Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, papá.
Su padre se quedó unos instantes más en el quicio de la puerta dirigiéndole una mirada cansada.
—Y por favor, intenta no llamarme, ¿vale? Necesito descansar.
Marcos lo miró con un rostro de rebosaba culpabilidad y asintió, inseguro.
—¿Puedes bajar del todo la persiana?
Su padre miró hacia la ventana.
—Ya está bajada. —Su tono de voz ya había cambiado, de conciliador a impaciente.
—No, le falta un poco. Por ahí entra la luz y hace sombras que se mueven.
—¡Oooh, por Dios! —exclamó su padre—. El piloto de luz también hace sombras —dijo mientras se dirigía hacia la ventana—. No hay nada, los monstruos no existen, ni las sombras se mueven ni nada de nada. ¿Cómo he de decírtelo?
Marcos se encogió en su cama e instintivamente se tapó un poco más con la manta. Su padre bajó del todo la persiana hasta que todas las baldas encajaron perfectamente y miró a su hijo:
—¿Así está bien?
Tras un breve asentimiento del niño su padre se dirigió a la puerta y murmuró un «buenas noches» antes de salir y cerrar.
Marcos tragó saliva y se acurrucó un poco más, mirando con ojos abiertos cada una de las sombras que el piloto de luz proyectaba, esperando que en cualquier momento cobraran vida.
—Los monstruos no existen —murmuró, aunque sabía que sí existían.
Estuvo así durante un tiempo, con todos los sentidos alerta, hasta que cayó dormido.

***

Un crujido lo sacó de su sueño. Con el corazón acelerado, miró a su alrededor. ¿Lo había soñado? Escrutó la oscuridad aguantando la respiración para no emitir ni un sonido. Parecía que no había nada. Cuando se relajó y volvió a taparse, lo vio: la sombra que el piloto de luz proyectaba sobre el pequeño escritorio donde hacía los deberes se movió.
«Ha, Ha, Ha», rió la voz.
La sombra se alargó y se formó un rostro cornudo y unos brazos terminados en garras.
—Vete, por favor —susurró Marcos, con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos. Estaba paralizado por el terror, como siempre que aparecía aquel ser monstruoso.
La sombra se desplazó hasta la silla y volvió a reír, esta vez más cerca.
—Papá, ven —llamó Marcos, sin la fuerza suficiente como para que le oyeran.
«Tu padre no puede ayudarte», dijo la sombra en un susurro amenazador. «Nadie puede hacerlo». Y se desplazó un poco más, alcanzando los pies de la cama. «Te voy a llevar conmigo».
—¡Papá, papá, papá! —gritó mientras las lágrimas explotaban en sus ojos—. ¡Papá, ven, papá! —llamaba aterrado Marcos. ¿Por qué no acudía su padre?
La sombra se acercaba, con las garras extendidas, dispuesto a tocarle. Marcos lanzó un grito de terror y se arrastró hasta la esquina que la cabecera de la cama hacía con la pared, encogió las piernas todo lo que pudo y se abrazó a ellas.
Su padre abrió la puerta de súbito y miró a su hijo. Estaba hecho un ovillo en una esquina, llorando y murmurando. Cuando su padre se acercó y le puso la mano en el brazo, Marcos saltó como un resorte y gritó con toda su alma, intentando apartar aquella mano con golpes y arañazos, con la cara desencajada y los ojos rojos por las lágrimas.
—Soy yo, Marcos, soy papá —le dijo mientras lo abrazaba para inmovilizarlo. Empezó a llorar él también; aquello había llegado demasiado lejos—. Soy papá, soy papá…
Marcos dejó de luchar y lloró. Aquella sombra monstruosa había estado a punto de cogerle. Se abrazó a su padre y fue consciente, entonces, de que se había orinado encima.
Tras aquella noche, y en contra de lo que le habían aconsejado, el padre de Marcos permitió que su hijo durmiera con él hasta que encontraran una solución. No era normal que un niño de nueve años durmiese con su padre, pero la situación que atravesaban tampoco lo era. Todos los psicólogos que había visitado coincidían en que esas pesadillas estaban relacionadas con la muerte de su madre, ocurrida hacía casi un año, pero ninguno logró solucionar el problema. Y es que, desde aquel fatídico día, el niño había cambiado mucho: de ser un chico alegre y con muchos amigos había pasado a ser un niño solitario, sin ánimo. Se estaba convirtiendo en una sombra de sí mismo.
Pasaron varias semanas, durante las cuales Marcos no volvió a tener pesadillas. El ánimo en aquella reducida familia había mejorado un poco, ya que el padre pudo descansar mejor y Marcos dormía sin ataques de pánico. Pero los dos sabían que no podrían dormir siempre juntos.

***

Un día, tras la salida del colegio, su padre le dijo:
—Marcos, esta tarde iremos a visitar a alguien a ver si te puede ayudar. Me lo ha recomendado mi amiga Bea.
—Pero papá, ya estoy durmiendo bien, no tengo pesadillas —replicó, y sus ojos empezaron a humedecerse.
—Hijo, tienes que superar esto. No puedes pasarte toda la vida conmigo. —Esperó unos instantes antes de añadir—: crecerás y te harás mayor y no podrás seguir así. Además, vas a pasar el verano con los abuelos porque yo estaré trabajando, y tendrás que dormir solo.
—Pero papaaaa… —Marcos dejó escapar varias lágrimas y empezó a estirarse los dedos, algo que siempre hacía cuando estaba muy nervioso—. Además, ese médico tampoco va a solucionar nada. Nadie puede.
—¿Por qué dices eso, Marcos?
—Porque es verdad. Hemos ido a muchos médicos y ninguno ha podido devolvernos a la mamá. Nadie puede.
Su padre se mordió el labio y miró la carretera, parpadeando para que las lágrimas no le entorpecieran la visión, hasta que llegaron al lugar donde estaban citados.
Los dos observaron el lugar con muchas dudas: era una especie de librería, tienda esotérica y supermercado ecológico, todo junto.
—Debí habérmelo imaginado, con lo rarita que es Bea. —Marcos miró sin entender a qué se refería exactamente—. Bien, entremos —dijo dándole unas palmaditas en el hombro a su hijo.
En cuanto abrieron la puerta, una mezcla de aromas agradables les cambió el ánimo. Olía a un incienso suave, mezclado con lavanda y otro olor que no pudieron identificar. Había estanterías con velas y rocas extrañas de todos los colores y tamaños, estanterías con avena, arroz, huevos…, y también libros, tanto con lomos modernos como antiguos y desgastados. En la parte derecha había dos entradas a otras estancias, en las que en una de ellas Marcos vio una sala de juegos.
—¿Puedo ir, papá?
—Luego. Primero vamos a preguntar —contestó su padre mientras se dirigían al mostrador al fondo de la tienda.
Un hombre mayor los observaba con una sonrisa afable mientras tejía unas suelas de esparto.
—Buenas tardes, estoy citado con Antonio.
—Sí, soy yo. Y él es Marcos, ¿verdad? —el niño asintió—. ¿Y qué te parecería, Marcos, si vas a jugar mientras tu padre y yo hablamos un rato?
Su padre se mostró algo contrariado.
—Pero, ¿él no tiene que venir? —preguntó. Al fin y al cabo era el niño quien tenía pesadillas.
Antonio le sonrió.
—Puede que no sea necesario, ya lo veremos.
A su padre no le hacía ninguna gracia dejar a Marcos solo. Antonio pareció leerle los pensamientos porque a ante sus dudas, añadió:
—No se preocupe, estará bien. Mi mujer saldrá enseguida y mi nieta suele revolotear por aquí cuando entra gente. —E, indicándole la entrada a otra habitación, le pidió que le acompañara.
Marcos se despidió con la mano y se fue hacia el cuarto de juegos. Primero observó su interior desde el marco: peluches y muñecas (alguna de ellas descabezada), un par de balones deshinchados, coches y camiones, una mesita con pinturas, un montón de piezas de Lego en una esquina… Más juguetes de los que podría jugar en el rato que estuviesen allí. Una vez estuvo seguro de que no había nada extraño, entró y se sentó en la esquina de los Legos y empezó a juntar piezas, sin saber muy bien qué montar.
—¡Hola! —exclamó alguien a su espalda. Marcos se asustó y se giró bruscamente—. Uy, perdona, no quería asustarte. Mi nombre es Lea. ¿Tú cómo te llamas?
Marcos observó a aquella niña. En aquel rostro había un montón de cosas que le llamaron la atención. La primera, el pelo, pelirrojo, que crecía en bucles en todas direcciones; la segunda, unos enormes ojos castaños y curiosos, que lo observaban con una fijeza intimidadora; y la tercera, las numerosas verrugas y pecas que tenía repartidas por la cara.
—Soy Marcos —dijo apenas moviendo los labios. Miró detrás de la niña, hacia la salida, por ver si su padre había terminado ya.
—¿Y cuántos años tienes, Marcos?
—Nueve.
—Ah, muy bien, yo tengo trece.
Marcos arqueó las cejas. Apenas aparentaba tener nueve como él.
—¿Puedo jugar contigo?
—Bueno —contestó mirando de nuevo los Legos.
Había algo en aquella niña a Marcos le hizo sentir bien. Sonreía todo el tiempo y jugaba a lo que él proponía. Cambiaron varias veces de juegos hasta que, tras divertirse un rato pasándose uno de los balones pinchados, se sentaron en la mesita a dibujar.
—¿Por qué has venido? —preguntó Lea de sopetón, sin dejar de pintar un castillo.
Marcos la miró durante unos instantes y reanudó su dibujo de un partido de fútbol, sin contestar a la pregunta.
—¿Por qué has venido, Marcos?
Esta vez había dejado de pintar y lo miraba con aquellos ojos enormes.
—Tengo pesadillas.
—¡Oh! ¿De qué tipo?
—Sueño con monstruos.
—Sí, ya, pero de qué tipo: Rugarones, Rartingalos, Bestias Pinchudas… hay muchos tipos de monstruos.
—Pues no sé.
—Aaaah, ¿por eso has venido entonces, para conocerlos?
Marcos abrió los ojos y cerró la boca. ¿De qué hablaba aquella niña?, se preguntó. Él no sabía nada de monstruos y no tenía ningunas ganas de conocer a ninguno. Ya tenía bastante con aquel que le visitaba por las noches.
—Iré por mi libro —dijo Lea, y salió disparada de la sala de juegos. Tras un par de minutos volvió con un enorme libro que parecía muy antiguo, como de los que se ven en los museos—. Ya estoy aquí.
Marcos miró a la niña y a aquel libro, preguntándose si sus padres le dejarían jugar con él, ya que parecía muy delicado.
—¿Puedes describírmelo?
El niño bajó la vista y se encogió de hombros. Hacía muchas noches que no tenía pesadillas y no quería recordar nada que hiciese referencia a aquel que perturbaba su sueño.
Pero Lea no parecía aceptar sus silencios, porque le preguntaba una cosa tras otra, hasta que le dijo:
—Si no conoces a tu monstruo, no podrás derrotarlo.
Aquello pareció remover algo en el interior del niño. Dejó la pintura sobre la mesa y empezó a estirarse los dedos.
—Es una sombra que se mueve —dijo en un hilo de voz, intentando que no le oyese nadie más que ella.
—¡Oh! Vaya, entonces iré a por el otro libro. ¿Puedes ir pintándolo mientras lo traigo?
Marcos siguió con la mirada a su nueva amiga hasta que salió por la puerta y luego miró el papel en blanco que le había dejado Lea antes de levantarse. No sabía muy bien por qué pero no quería decepcionar a aquella niña. Sabía jugar a todo, era divertida y, cuando le miraba, sonreía.
Tardó en empezar a pintar, porque no sabía cómo hacerlo, pero recordó la silla de su habitación y, tras dibujarla, todo lo demás salió solo. Estaba terminando el dibujo cuando Lea volvió a entrar, esta vez con un libro más pequeño y pero igual de viejo que el anterior.
—Vamos a veeeer —dijo mirando el dibujo por encima del hombro de Marcos, que se movió vergonzoso al notarla tan cerca—. ¡Oh! ¡Qué bien pintado! Eso nos facilita mucho el trabajo. —Dejó el libro encima de la mesa y se sentó junto a él—. Por lo que veo, eso podría ser un Adoptasombras, o un Reflejo Sombrío, o tal vez un Horror de la Penumbra. Y dime, ¿cuándo te aparece, antes de dormir o cuando te despiertas por la noche?
—Cuando me despierto.
—¿Y te despiertas tú o te despierta él haciendo ruidos o cosas así?
Marcos se encogió de hombros. Nunca se lo había planteado.
—Pues piénsalo bien, porque es importante.
Inspiró profundamente y luego soltó el aire como si estuviese agotado.
—Creo que me despierta él.
—Bien, bien —dijo la niña llevándose el dedo al labio inferior y dándose unos golpecitos—. Creo que se trata de un Reflejo Sombrío. —Tomó el libro y fue pasando hojas hasta que encontró lo que buscaba—. Mira, se parece a lo que has dibujado.
Efectivamente, la ilustración de aquel libro mostraba una habitación en penumbras y una sombra amenazadora extendiendo sus garras. Marcos apartó la vista y volvió a coger su dibujo del partido de fútbol.
Lea le acarició el brazo y le dedicó una tierna sonrisa.
—Yo de pequeña también tenía pesadillas. Soñaba con un monstruo sin ojos ni nariz, que me decía que me podía ver y oler y que iba a comerme. Mi abuelo me dijo que era un Aberrado, una criatura que se alimenta de los miedos de los que temen ser devorados. Mi abuelo lo buscó en uno de los libros que tiene y me dijo cómo expulsarlo. Me costó mucho, porque tenía miedo de él, pero lo conseguí. Y tú también puedes conseguirlo —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Marcos la miraba ensimismado, incapaz de apartar la vista de ella. ¡También tuvo pesadillas!, pensó excitado. Tal vez pudiese ayudarle con su monstruo.
Escuchó lo que ella le iba leyendo, repitiendo las oraciones para memorizarlas. Hablaron sobre cómo se lo iba a decir y cuánto se reirían cuando lo expulsara. Su padre apareció por la puerta, con los ojos húmedos. Hacía tanto que no lo oía reír que apenas ya recordaba cómo sonaba. Lo abrazó muy fuerte cuando Marcos fue a contarle que tenía una nueva amiga y que habían estado jugando. Fue sin duda el mejor momento en aquel año.

***

—Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, papá.
Su padre entornó la puerta y Marcos se enfrentó de nuevo a su habitación. Había estado muy animado toda la tarde tras jugar con Lea, pero a medida que se acercaba la hora de dormir su coraje fue disminuyendo hasta que se disipó por completo en cuanto su padre abandonó la habitación. Paseó la vista por todas y cada una de las sombras que poblaban la habitación deseando que ninguna se moviese, sobresaltándose de cualquier ruido, aunque venían de la calle o de la cocina.
No tuvo conciencia de cuándo se durmió, pero sí de cuando despertó. Escuchó una silla al ser arrastrada y se sobresaltó. Abrió los ojos, deseando con todas sus fuerzas que no fuera su Reflejo Sombrío, apretando con fuerzas las sábanas y con el miedo recorriendo todo su ser.
«Ha,ha,ha», rió aquella voz. «Vengo a por ti».
Marcos vio cómo la sombra de la silla se alargaba tornándose monstruosa, con un par de cuernos y las garras extendidas hacia él.
—Vete —dijo Marcos, y recordó todo lo que le había dicho Lea que tenía que recitar—. Te conozco, eres un Reflejo Sombrío.
La sombra paró en su avance, como si dudase, pero la falta de convicción del niño hizo que reanudara su avance.
—No te tengo miedo —continuó, atemorizado—, porque te conozco. No me… no me… —No pudo continuar.
«No puedo hacerlo, no puedo hacerlo» se repetía una y otra vez mientras intentaba que las palabras de expulsión salieran de su boca.
—Papá… ¡papaaaa! —gritó cuando no pudo más.
Su padre apareció rápidamente y miró en la habitación, sin ver nada raro. Se volvió hacia su hijo, que estaba temblando y llorando, presa del pánico.
—No puedo, no puedo —susurraba Marcos.
—Tranquilo, hijo, estoy aquí contigo.
Su padre lo consoló esa noche y le permitió que durmiera de nuevo con él.

***

—Papá, quiero volver a aquella tienda —dijo una mañana Marcos mientras desayunaba.
—¿Por qué? Aquel hombre solo era un charlatán.
Marcos se encogió de hombros y siguió mordisqueando una galleta, como si no hubiese dicho nada. Pero su padre, recordando lo bien que lo había pasado su hijo aquel día, decidió que lo llevaría de nuevo.

***

—¡Hola, Marcos! —Se giró de un susto y vio la alegre cara de Lea—. Me alegra volver a verte. ¿Jugamos un poco?
Marcos asintió y fue a por una pelota.
—¿Cómo te fue con el Reflejo Sombrío?¿Ya lo expulsaste?
Marcos bajó la mirada y negó con la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó ella acercándose a él. Le puso una mano en el hombro y le acompañó a que tomara asiento.
—Porque no puedo.
—¡Oh! Claro que puedes. Solo hay que hacerlo.
—Sí, claro, eso lo dices tú —replicó Marcos, molesto—. Tú no tienes una sombra de esas en tu habitación.
—No, yo tenía un Aberrado —le recordó Lea.
Estuvieron unos minutos en silencio, hasta que ella volvió a tomar la palabra.
—Te voy a contar una cosa que solo sabe mi abuelo —dijo, acercándose a él para contarle el secreto—. Cuando era pequeña, después de que mis padres muriesen, empezó a visitarme este Aberrado. En cuanto se lo conté a mi abuelo supo de qué se trataba y me explicó cómo expulsarlo. Lo intenté muchas veces sin conseguirlo, porque tenía mucho miedo, así que terminaba llamando a mis abuelos para que viniesen. Cuando acudían, el Aberrado desaparecía, pero solo para volver a la noche siguiente, o la siguiente. En aquel entonces yo era muy desobediente; estaba enfadada con todos y tenía muy mal carácter. Mis padres se habían ido para siempre y yo no lo aceptaba. Los quería, y quería que volviesen.
»Una tarde me enfadé con mis abuelos y me escapé de casa. Tenía nueve años, como tú tienes ahora. Encontré una finca abandonada y, mientras buscaba un buen lugar para esconderme, caí por un agujero que había en el suelo y me torcí el tobillo. Estaba todo muy oscuro y no podía andar, así que me puse a llorar y a gritar pidiendo ayuda. Nadie acudió.
»Y entonces, cuando estaba sola y desamparada, apareció él. No sabía cómo, pero me había encontrado. No importaba donde fuese, siempre me encontraba. Yo entonces no sabía que lo llevaba siempre conmigo, con mi odio y mis miedos.
Lea hizo una pausa. Su siempre jovial sonrisa ya no estaba. Ahora tenía el rostro serio y los ojos entrecerrados.
—¿Y qué pasó entonces?
La niña le miró a los ojos y dijo:
—Lo vencí.
Marcos se sorprendió.
—¿Y cómo lo hiciste? ¿Ya lo habías intentado antes y entonces tenías el pie roto?
Lea se acercó a él un poco más.
—No había nadie a quien decirle que no podía hacerlo. Estábamos él y yo. Nadie más. No tenía otra alternativa. Así que recité las oraciones con todo mi ser y lo expulsé para siempre.
Marcos estaba todavía con la boca abierta, asimilando aquella historia. Poco a poco se fue dando cuenta de las implicaciones que tenía aquello y su ánimo cayó como un árbol cortado con una sierra. Se hundió en la silla y se empezó a estirarse los dedos.
—¿Qué te pasa?
Marcos dudó unos instantes antes de contestar.
—Yo no quiero quedarme a solas con él.
Lea lo miró con ternura y le acarició la cabeza.
—Espera, te voy a dar una cosa —y salió disparada de la habitación.
A los pocos minutos volvió con las manos en la espalda.
—¿Qué mano quieres, izquierda o derecha? —Marcos la miraba sin ganas de jugar—. Vamos, elige.
El niño bufó y eligió la derecha con desgana.
Lea abrió su mano y le mostró un mineral de cristal semitransparente, de forma alargada y terminado en punta por los dos extremos, uno de color rosado y el otro azulado. Marcos se maravilló ante la belleza de aquella roca.
—Esto es una piedra de valor —dijo Lea—. El abuelo de mi abuelo la encontró en un antiguo cofre de unas ruinas lejanas. Esta piedra de valor da el coraje necesario para realizar cualquier cosa que te propongas. Creo que te vendrá bien.
Marcos tomó el mineral que le ofrecía y lo observó detenidamente, impresionado por el regalo que le acababa de dar. Era una piedra mágica.
Levantó la mirada y fue a decirle lo mucho que se lo agradecía pero Lea ya estaba saliendo de la habitación de nuevo.
—Vamos, tu padre ya ha terminado.
Marcos corrió hasta su padre y le mostró la roca, emocionado, explicándole las propiedades mágicas que tenía.
Su padre lo miraba como si acabase de comprender una obviedad y se giró para mirar al viejo tendero, que le guiñó el ojo.
Juntos, padre e hijo, abandonaron la tienda para dirigirse a casa.

***

—Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, papá.
Se dedicaron una mirada de complicidad y su padre se fue de la habitación, dejando la puerta entornada.
Marcos sonreía mientras sostenía el colgante que le había hecho su padre y que sujetaba la piedra de valor. Ahora que tenía aquel objeto mágico lo conseguiría. Estaba convencido. Y mientras lo pensaba, quedó dormido.

***

Un crujido lo despertó. Marcos asomó la cabeza de debajo de la sábana y se dio cuenta de que estaba nervioso. La sombra del escritorio empezó a alargarse y adoptar la forma del Reflejo Sombrío.
«Ha, ha, ha. Vengo a por ti…».
Marcos se sentó en la cama y aferró con fuerza la piedra de valor. Miró con firmeza a aquella sombra que se acercaba con las garras extendidas.
—Te conozco, eres un Reflejo Sombrío —empezó recitando las oraciones que le había dicho Lea. La sombra paró en su avance, dudando—. Ya no puedes hacerme nada porque no te temo y no te temo porque te conozco. Vuelve a la oscuridad de la que vienes, porque en mí ya no encontrarás sombras. Vete y no vuelvas.
El Reflejo Sombrío se retorció y se arrugó, hasta volver a la oscuridad de detrás del escritorio. Fue entonces cuando Marcos se dio cuenta de lo que había hecho y se derrumbó en la cama, con la respiración entrecortada y las manos temblando. Lo había conseguido. Lo había expulsado, gracias a la piedra de valor.
Aquella noche, y todas las posteriores, Marcos durmió bien, como duermen los niños de nueve años, y poco a poco dejó de ser una sombra de sí mismo.

Epílogo

Muchos años después, mientras preparaba sus maletas para irse a la universidad, Marcos observaba sentado en la cama aquel colgante de cuero desgastado que sujetaba la piedra de valor. Sonrió como cuando su profesor de naturales le dijo que era un cristal de cuarzo muy bonito. Un simple mineral de sílice con el que había dejado de tener pesadillas, que le había ayudado a ganar el campeonato nacional de tiro con arco, que le dio la fuerza de voluntad necesaria para ser el segundo de su promoción y acceder a una beca completa para estudiar astrofísica y que, lo más importante, le insufló el valor suficiente para pedirle salir a Laura.
Una piedra que lo único que había hecho era mostrar el valor que él llevaba dentro.

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